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El presente trabajo colectivo propone una nueva interpretación de la inscripción celtibérica sobre estela de piedra caliza procedente de Langa de Duero (Soria), cuya lectura, desde su descubrimiento en 1928, ha resultado problemática dado que uno de los signos existentes en el epígrafe era identificado como una letra 1, correspondiendo, por el contrario, a un símbolo 2 probablemente alusivo al estatus del personaje al que está dedicada la pieza. El hallazgo del epígrafe se inscribe en un amplio programa de excavaciones que B. Taracena inició en 1928 en un paraje genéricamente conocido como el Cerro del Moro 3, que es en realidad una extensa zona arqueológica constituida por varios yacimientos de distinto tipo y cronología. De todos ellos, el que merece nuestra atención es el conocido como Las Quintanas, donde fue localizado un conjunto de construcciones de época celtibérica que pueden ser fechadas, a partir de su contenido mobiliar, a lo largo del siglo II y parte del I a.C. La posibilidad de vincular cronológicamente nuestra inscripción a cualquiera de los otros yacimientos inspeccionados es muy escasa, pues según la memoria de excavaciones, además de en Las Quintanas, se actuó en asentamientos datables, bien en la Primera Edad del Hierro, bien en época medie- val. Las Quintanas, sin embargo, ofrecen una cultura material característica de la segunda mitad del siglo II a.C., ya que, a excepción de un ánfora vinaria de tipología itálica (por otra parte presentes en esta zona de la Meseta ya en la primera mitad del siglo II a.C.) carece de los productos de importación (como la cerámica Campaniense A y B) 4 o indígenas (como la cerámica polícroma de estilo numantino) que se generalizan en la zona a partir de la caída de Numancia en el 133 a.C. Desde un punto de vista estrictamente arqueológico cabe centrar nuestra atención en un detalle existente en el texto que ha pasado hasta el momento desapercibido a todos los especialistas que han estudiado la pieza: en el extremo izquierdo de la línea inferior existe un carácter que rebasa en más de dos centímetros el tamaño de los caracteres epigráficos a los que acompaña 5. Responde a la forma de carrete en posición vertical y su lado derecho ha sido aprovechado para representar la primera de las letras de la línea. Su identificación era difícil, ya que su extremo inferior está prácticamente perdido a causa de la erosión del soporte, conservándose tan sólo la zona más profunda del surco inciso. aparece en otras estelas prerromanas de la península Ibérica 6 y, de forma mucho más habitual, en los repertorios ornamentales de la cerámica de la Edad del Hierro peninsular. Efectivamente, elementos similares forman parte de los esquemas decorativos de la cerámica de época ibérica en el valle del Ebro y el Bajo Aragón 7, pero es en la cerámica pintada celtibérica de los siglos II y I a.C. donde su presencia es, no sólo más reiterada, sino también significativa, por la carga simbólica que conlleva. Algunas de las piezas recuperadas en yacimientos como Los Castellares de Herrera de los Navarros en Zaragoza 8, Numancia 9, Izana 10 y Las Quintanas de Langa de Duero 11 en Soria muestran la reiterada asociación del labris y una o varias esvásticas: 12 Ob. cit. nota 4. Una interpretación modificada (con 2 sepultados y 1 oferente de la estela frente a los 5 sepultados de la interpretación tradicional) es la propuesta por De Bernardo Stempel, «From Indo-European to the Individual Celtic Languages», FS G. Mac Eoin, Dublín, 2001, § 7.4. Considerazioni», XI Congresso Internazionale di Epigrafia Greca e Latina, Roma, 1999, pp. 629-637. -Nótese que de la treintena de inscripciones de la Galia transalpina seleccionadas por la Epigraphische Datenbank de Heidelberg (agradecemos a la Dra. Elena Torregaray su ayuda informática) casi un tercio son también conmemorativas de los dedicantes mismos, cf. p.e. HD027951, donde Toutedo y Atevrita parentes miserrimi de linaje céltico et sibi uiii posuerunt et sub ascia dedikauerunt, o, aún más claramente, la HD012273, donde el maritus et sibi uiu(u)s posterisque suis fecit et sub ascia dedicauit. Según Cirlot 12, la doble hacha es un ideograma de amplia dispersión geográfica que suele vincularse a la idea de poder y prestigio. Por su parte, la esvástica o tetraskelion, a la que en ocasiones se encuentra asociado, representa, sobre todo en la Edad del Hierro, al dios supremo, la rueda solar, etc. Un binomio simbólico que encaja bien con la nueva lectura del epígrafe que se propone en este trabajo: un ideograma y un epígrafe asociados para ensalzar la gloria de un personaje. Este recurso no es desconocido en el mundo prerromano peninsular, ya que es relativamente frecuente encontrar imágenes simbólicas utilizadas para ensalzar la gloria de un personaje o círculo parental. Son bien conocidos casos como el de los vadinienses en el norte peninsular, que se asocian a la imagen del caballo 13, o las estelas anepígrafas bajoaragonesas, en las que se representan lanzas que, en número variable, hacen referencia a la gloria del individuo al que estuvieron vinculadas 14. En ámbitos célticos extrapeninsulares encontramos un notable ejemplo en la estela de San Bernardino de Briona (Novara, Italia) 15, donde un epitafio queda asociado a cuatro ruedas de ocho radios (representativas de un carro) con las que se pretende significar el estatus de los personajes que se enterraron junto a ella 16. También se discute como fenómeno de origen céltico el formulario sub ascia dedicauit, frecuente en epitafios latinos de época imperial en la Cisalpina y en la Lugdunensis 17. 18 Nos preguntamos, con toda la cautela que se requiere en estos casos, si el desarrollo del texto (como ya se ha comentado, de forma aproximadamente triangular) no podría ser un refuerzo del mensaje simbólico del labris descrito. La lectura del texto (J.G.) El texto, en escritura celtibérica occidental, describe un recorrido triangular a través de tres segmentos diferenciados: el signo R-, a partir del cual se bifurcan los segmentos superior e inferior, corresponde a la primera letra del nombre personal y constituye el vértice inicial del texto. El segmento superior o hipotenusa del triángulo contiene el resto del nombre, -eTuKeno, y queda nítidamente separado por tres puntos del siguiente segmento vertical, en el que se puede leer esTo con orientación destrorsa. Por último, el inicio del tercer e inferior tramo de texto está marcado por un elemento simbólico (probablemente una doble hacha, cf. § 1) que lo separa del vértice izquierdo formado por el carácter r antes citado. El signo ÿ tiene también otras funciones, ya que, además de poseer un carácter simbólico, su trazado cóncavo derecho sirve para expresar el silabograma (de forma parecida a la del tipo nE 4 de MLH que se encuentra en Gruissan y Luzaga), después del cual se lee -lTis. El vértice inferior derecho no tiene ninguna marca especial, sino el hecho de que en él se enfrentan las dos líneas de lectura destrorsas de esta inscripción. El trazado pseudotriangular del texto no se parece al de los demás epígrafes celtibéricos conocidos, quizá pueda responder a una intencionalidad difícil de determinar por el momento 18, ya que no es la morfología del soporte la que lo justifica: Los signos están profundamente incisos en la superficie rugosa de la piedra, lo que no impide la lectura. Solamente los tres últimos signos del texto del lado derecho, que leemos e.s.To, carecen de sus partes superiores por haber desaparecido a causa del desgaste del borde de la piedra. Pero el resto del trazado de los signos obliga con seguridad a proponer la lectura da-19 Ob. cit. nota 5. J. de Hoz, «La epigrafía celtibérica», Reunión sobre epigrafía hispánica de época romano-republicana, Zaragoza, 1983-86, p. 22 Considerado un arcaísmo por De Bernardo Stempel, «From Indo-European to the Individual Celtic Languages» (ob. cit. nota 15), § 1.1. 23 Para Untermann todavía sin identificar («ohne Anschluß»: MLH IV, p. Gorrochategui, «El celtibérico, dialecto arcaico celta», EMERITA 42, 1994, p. 26 Las inscripciones funerarias que tenemos (una decena, la mitad fragmentarias) responden a otras fórmulas: unos ejemplos son la K.13.1 con Kaabaarinos, es decir, con el nominativo singular masculino de nombre individual *Kambarinos 'Cambarinos' (cf. el genitivo plural masculino de nombre de agrupación familiar Kambarokum en K.5.2) y la K.16.1 da, como bien indica Untermann en su edición del epígrafe 19. El texto, como finalmente se puede leer, es, por tanto, r.e.Tu.Ke.n.o (e.s.To * ÿ (Ke).l.Ti.s donde el símbolo interrelacionado con el comienzo de la última palabra se puede también entender como resumen iconográfico del texto. Interpretación del texto y comentario gramatical (P.d.B.St.) Hasta ahora la única palabra considerada clara de este texto que «parece sepulcral» 20 era r.e.Tu.Ke.n.o, es decir el nombre celta Rectugenos 21 en la forma de genitivo singular celtibérico en -o 22, Retugeno, y con el desarrollo fonético *kt > t, también típico del celtibérico. El Determinatum o Bezugswort del genitivo inicial está en el (Ke).l.Ti.s final del texto 23: análogamente respecto al cib. gen-ti-s'generación > hijo' 24 podemos pensar en un nomen actionis en -ti-de la raíz kel-'elevarse', es decir, en un kel-ti-s con el sentido de'elevación > estela'. La palabra intermedia ha sido recientemente considerada, por su vocal final -o, como otra forma de genitivo singular de nombre individual, aunque todavía sin posibilidad de contrastación con otros ejemplos 25. Este juicio ha sido emitido a pesar de la rareza de una fórmula onomástica articulada en dos nombres individuales en genitivo singular precediendo a un nombre individual en nominativo 26. Según nuestra visión, y evitando los prejuicios EM LXIX 2, 2001 de ca. 100 a. de C. con Tirtanos Abulokum LetonTunos Ke() BeliKios (*Tritanos Ab(u)lokōm Letondunos ge(ntis) Bel(i)k/gyos) "Tritanos de los Ab(u)loci, hijo de Letondo, ciudadano Belg-", o sea con una estructura de NomSingMasc (Nombre individual) + GenPlurMasc (Nombre de agrupación familiar) + {GenSingMasc (Nombre individual) + NomSingMasc ('hijo')} + NomSingMasc (Étnico). 27 Esta postura podría resumirse en la no aceptación de una ō arcaica en celtibérico. 28 Recuérdese que la existencia de formas arcaicas de imperativo en -o# fue postulada por F.R. Adrados («Aportaciones a la interpretación del bronce de Botorrita», Actas del I coloquio sobre lenguas y culturas prerromanas de la Península Ibérica (Salamanca 1974), Salamanca, 1976, pp. 25-47, y en part. 202s.) a fin de explicar el neito de Botorrita IA6, interpretado por ellos como "no vaya" (ne-ito). 29 Frases con imperativo de futuro en inscripciones privadas son conocidas también en el ámbito itálico, cf. el Ni uiolato de la inscripción nE 938 de la colección de A. Degrassi, Inscriptiones Latinae liberae rei publicae, Florencia, 1972 (1 a ed.1963), frente al Nolei uiolare de la nE 937 o la inscripción sobre canalón no 2491.153: liber-esto del corpus de R.G. Collingwood & R.P.Wright, The Roman Inscriptions of Britain, II/5 (ed. por S.S. Frere & R.S.O. Tomlin, Oxford, 1993). -Otros casos interesantes son algunas estelas en las que el texto encierra la intencionalidad de "para XY sea esta estela"; p.e. la inscripción picena meridional de Penna Sant'Andrea (= nETE.5 de A. Marinetti, Le iscrizioni sudpicene: I testi, Florencia, 1985, pp. 117-130 y 215-217), cuyas últimas líneas han sido interpretadas por I.-J. Adiego Lajara, Protosabelio, osco-umbro, sudpiceno, Barcelona, 1992, p. En ámbitos célticos recordaremos, aunque elípticas de forma verbal, las estelas lepónticas del tipo pala (M. Lejeune, Lepontica, París 1971, pp. 80-87) como la de Davesco: Slaniai VerKalai pala! Pivonei TeKialui pala'estela para Slania hija de Vergos (y) estela para Bivón hijo de Dengios'. 53ss. mantenidos por algunos investigadores 27, esto sería una forma arcaica del imperativo es-tō correspondiente al celtibérico clásico **estu 28. La inscripción, correspondiente a un originario *Rektugenō(d) estō(d) keltis, significaría por lo tanto "de Re(c)tugenos sea estela" y tendría la estructura GenSingMasc(Nombre individual) + Verbo(3 a SingImperat 29 ) + NomSingFem/Masc(Nombre común). La posición aparentemente intermedia del verbo es en realidad ejemplo de orden de palabras VS, marcado con respecto al orden con verbo final típico del celtibérico 30 y que se adapta bien a 31 Cf., p.e., C. F. Justus, «Dislocated imperatives in the Indo-European prayer», Word 44, 1993, pp. 273-294, y en part. De hecho, este orden OVS es el mismo que se encuentra en otras frases imperativas celtibéricas como dekametinas datu-z en Botorrita I (v. más adelante). 32 Y dī-(e)n-bituz, usa-bituz, bisetuz, todas con sonorización de la sibilante sorda originaria en final absoluta. Cf. también J. de Hoz, «La epigrafía celtibérica», ob. cit. nota 20, pp. 57 y 88, J.F. Eska, «The Verbal Desinence -Tus in the Hispano-Celtic Inscription of Botorrita», ZCP 43, 1989, pp. 214-22, y más recientemente De Bernardo Stempel, «From Indo-European to the Individual Celtic Languages», ob. cit. nota 15, § 7.3.2 con paralelos italianos. 34 Cf. ya Villar 1989, ob. cit nota 28: «Naturalmente, la presencia y ulterior aglutinación de *so no ha lugar cuando el mandato o prohibición expresados por el imperativo no se refiere a un individuo concreto previamente citado» (p. 35 V. ahora De Bernardo Stempel, «Grafemica e fonologia del celtiberico: 1. Nuovi dati sulle vocali mute», Religión, lengua y cultura prerromanas de Hispania (ed. por F. Villar y M a. 322, sobre la variante abreviada /ekwalak u /, escrita. 36 Nótese que los dos tipos de leyendas celtibéricas con nominativo plural y con genitivo plural del etnónimo corresponden exactamente a los dos tipos galos, es decir el de la Galia una frase imperativa 31. En el ámbito del corpus celtibérico podemos comparar el simple y arcaico imperativo estō con formas como datuz ( -tu# ampliadas por medio del pronombre sujeto de tercera persona singular, sos, en su alomorfo enclítico -s, «siguiendo una propuesta de Fleuriot [ÉC 18/1981, p. 91] perfectamente congruente con usos aglutinativos verbo-pronombre bien conocidos entre las lenguas celtas» 33. La alternancia entre formas con pronombre enclítico de sujeto y sin él (que recuerda vagamente la alternancia del indicativo galo entre el tipo delgu y el tipo con nota augens pissíiu-mí) se justifica perfectamente por el contexto sintáctico celtibérico en el cual los dos tipos se encuentran 34. Con respecto a la vocal -ō# de estō, todavía no oscurecida en -u# en final de palabra, tenemos aquí, como en los nominativos plurales de etnónimos [URL]. ArKailikos persona de Retugenos, a cuya memoria va dedicada la estela, como aquellos otros personajes a los que van destinadas las estelas anepígrafas de tradición indígena del valle medio del Ebro 40, debió haber jugado un papel importante en el seno de la sociedad celtibérica y pudo haber sido un miembro destacado de la élite indígena. Esta consideración se ve reforzada por la ausencia de la fórmula onomástica indígena propia de los celtíberos (del tipo mencionado en la nota 26), lo que nos inclina a pensar que en la época en la que se grabó la estela Retugenos era lo suficientemente conocido para que sólo su nombre individual sirviera para identificarlo 41. Por todo ello, se puede apuntar la posibilidad de una identificación entre el Retugenos de la estela de Langa de Duero con el 8Ρητογένης numantino citado por Apiano (Iber., 94) y apodado Καραύνιος, es decir'Φιλάμενος 42, amable'. Retógenes, uno de los -ριστοι numantinos que en las fuentes literarias son identificados únicamente por su nombre personal y, en el caso que nos ocupa, por su apodo, se había distinguido por protagonizar una noble gesta que más que el éxito personal persigue la salvación de su comunidad, Numantia, en unos momentos en los que peligra su existencia 43. En consecuencia, no resulta del todo improbable que la estela aquí estudiada recuerde una hazaña y un valiente y "amable" personaje histórico que en el año 133 a.
el pasado 23 de noviembre. Es una triste noticia que nos ha dejado anonadados: todavía en agosto pasado participaba, lleno de vitalidad, en el Congreso Papirológico de Viena. Estábamos acostumbrados a encontrarlo en Italia, en Grecia, en Suiza, en todas partes. Y aquí en Madrid, a donde había venido varias veces a nuestros Congresos, invitado por nosotros. Le acopañaba las más veces su mujer Valeria, también helenista.
Es importante esta edición de Piteas, acompañada de traducción y amplio y erudito comentario, después de la antigua de Schmekel y de las más recientes de Mette y Roseman. Toda esta literatura geográfica antigua, incluidos Apolodoro, Avieno y otros autores que nos conciernen directamente, está recibiendo últimamente mucha atención. Aunque hay que decir, para empezar, que el presente libro separa tajantemente a Piteas de Avieno: Piteas es colocado en el s. IV, lo que creo acertado, entra en las preocupaciones de esta época, y lo más que puede tener de común con Avieno radica en fuentes comunes arcaicas (cf. p. Por cierto, y esto es muy satisfactorio, la bibliografía española está bien atendida. Piteas, tal cual aquí es presentado, es un curioso personaje, mezcla de astrónomo y explorador que trata de comprobar sus teorías. Escribió una obra titulada El Océano: un periplo muy sui generis por su alcance geográfico y su intención. Hay que colocarlo, de un lado, junto a Eudoxo, Hiparco y Eratóstenes; de otro, junto a los autores de periplos de fecha helenística, desde el siglo IV. Goza de la animadversión de Estrabón, que le calificó de mentiroso (es, sin embargo, nuestra fuente principal); y sus noticias sobre el Polo Norte, Bretaña y (sobre todo) Tule son ya aceptadas ya consideradas como mitos. Se llegó con frecuencia a considerarlo como un narrador de fantasías, a la manera de Antonio Diógenes, de quien es sin duda fuente. Si a todo ello se añade la escasez de sus fragmentos (la autora solo nos da 23, algunos divididos en varias letras) y lo controvertido de los mismos (opiniones de Piteas frente a las de Eratóstenes, Posidonio, el mismo Estrabón, etc.), se verá lo difícil que es hacerse una idea de su obra. Se trata de una navegación con la cual Piteas quería demostrar la continuidad del Océano en torno a las tierras; de un periplo que señala siempre los días de navegación (transformados en estadios en nuestras referencias, quizá por obra de Eratóstenes). Piteas parte de Massalia, llega a Cádiz, luego al cabo San Vicente: el cierre del Estrecho por los cartagineses el 348, en contexto con el segundo tratado con Roma, que algunos proponen, no es aceptado, con razón, por nuestra autora. Como se ve, hay terribles saltos, quedamos a oscuras sobre nuestra costa mediterránea (si es que el viaje a Cádiz no lo hizo por tierra, como opinan algunos, yo no lo creo). Pienso que este periplo quedó oscurecido por otros. En cuanto a la navegación en cinco días de Cádiz al Cabo San Vicente, suscitó dudas ya entre los antiguos (Apolodoro, Eratóstenes, Estrabón, cf. p. Se añaden a las bien conocidas sobre la toponimia del Estrecho. Estrabón, que tenía con nuestro autor graves discrepancias sobre Tule y todo el Norte de las tierras, aprovechó para arremeter contra él. Por cierto, no es este el orden en que nos da los fragmentos la autora: empieza por los de carácter general y astronómico, a saber, sobre el polo y las mareas (que atribuyó el primero a la luna). Piensa sin duda que podían constituir una introducción o justificación, yo no estoy tan seguro. Los siguientes grupos de fragmentos se refieren a la costa atlántica: los ya aludidos y otros sobre las Galias (tampoco son muy fructíferos, salvo la mención del Liger o Loira). Siguen los relativos a las islas británicas. Nuestra autora aporta mucha erudición sobre este tema, Piteas quizá circumnavegó la Gran Bretaña, pero es dudoso que mencionara Irlanda: los datos sobre ella en Estrabón deben de venir de Posidonio. Sigue Tule, para él la última de las islas británicas y objeto de sus descripciones del sol de media noche, del mar de hielo y de diversos temas astrológicos. Pese a algunas fantasías como el «pulmón marino» en el límite de Tule y el regreso por el Tanais al Mediterráneo, y a errores geográficos que fueron rebotando hasta Ptolomeo, la descripción es justa, como es injusta la desvalorización del total, como cosa mítica, por tantos escritores antiguos. Igual lo relativo a los países del ámbar, aunque quede imprecisa su localización. Rodeado de prejuicios desde su primera cita en Dicearco, poco y mal citado luego, convertido en una especie de mitógrafo o novelista, Piteas pertenece al importante movimiento de los astrónomos y autores de periplos del s. IV a. C. Es original entre ellos por la unión de los dos temas y la ampliación del ámbito geográfico que describe. Sería importantísimo para el conocimiento de nuestra Geografía antigua si conociéramos más de él. Pero hemos de resignarnos a sacarlo del siglo VI y dejar de hacerle la fuente original de Avieno. Puede decirse, al menos, que si tuvo poco éxito con los geógrafos, lo tuvo con los novelistas y poetas antiguos y, a partir de la ultima Thule de Séneca, que sin duda lo había leído, con los modernos. El libro es especialmente erudito y bien informado. No se puede hacerse más con citas y referencias tan miserables, oscuras y, a veces, no bien intencionadas. Ahí quedan reunidos, en todo caso, todos los materiales. Nos dejan admirar los conocimientos de los griegos fuera de las Columnas de Heracles: esta vez hacia el Norte, otras hacia el Sur. La lástima es que, en nuestro caso, un científico que desmitificaba en la medida en que podía fue interpretado como mitógrafo. El libro incluye amplias y útiles bibliografías e índices, así como varios diagramas. Quiero iniciar esta reseña con la afirmación de que comparto totalmente las consideraciones que Formicola hace al comienzo de su Introducción. El estudio de la literatura latina de una época dada no debe ser abordado desde la comparación con la producción literaria de otra época considerada, con más o menos razón, modélica. Las condiciones históricas y sociales en que se produce la literatura augústea son muy distintas de aquéllas en la que se escriben las obras literarias de la primera época imperial y, por supuesto, de las que rodean y condicionan la producción tardoantigua. No proceden, por tanto, juicios de valor comparativos. Cada época tiene su literatura y es dentro de aquélla donde debe ser estudiada, ya que la actuación sobre modelos precedentes se efectúa con nuevos criterios, que no interrumpen, sino que marcan, una evolución continuada que será recogida por las literaturas europeas de siglos posteriores. El profesor napolitano llama la atención sobre el trasfondo filosófico, para él estoico, que ilustra el poema y frente a afirmaciones de que fue compuesto para una circunstancia concreta (visita de Adriano a Sicilia, o con motivo de una fiesta religiosa consagrada a Venus) piensa que no es más que una transfiguración literaria con alusión, eso sí, a una fiesta. En relación con ésta, no cree que sean identificables, a pesar de la clara influencia ovidiana, el ritual descrito por el poeta de Sulmona en Fastos IV 1-162 y el rito aludido en el Pervigilium. Tampoco ve razones suficientes para pensar que el autor del poema celebra Hybla y el culto a la Venus Hyblea. Tras un estudio pormenorizado de la tradición manuscrita y señalar los errores coincidentes de los códices Thuaneus (T) y Vindobonensis 9401 frente al Salmasiano, señala las lecturas correctas del segundo y las también correctas de éste y del Salmasiano frente a T. En el análisis de la lengua y el estilo Formicola destaca la elevada formación del poeta y cómo en el léxico se mezclan lo clásico y lo postclásico, así como la presencia de neologismos, sin que por ello se observen discrepancias entre unos y otros elementos. Después de algunas consideraciones sobre la sintaxis y la presencia de algunas figuras, el estudioso italiano se detiene, cómo no, en la métrica, en la que es especialista (en esta misma revista he reseñado yo su libro sobre el hexámetro del Cynegeticon de Gracio, publicado en la misma colección que el Pervigilium, de 1995). Como resultado de su análisis, establece 16 diseños del tetrámetro trocaico cataléctico presentes en el poema, señalando la frecuencia de cada uno de ellos; en otro cuadro se muestra la recurrencia de pies en cada una de las posiciones. Estudiadas las distintas hipótesis que se han formulado sobre la datación del poema, y que van desde el siglo II al V, Crescenzo Formicola restringe la posibilidad a los siglos II, III y IV, opta más bien por el II ó el IV y rechaza la paternidad atribuida a Floro o Tiberiano. Es la presencia de elementos estoicos la que avala, según el profesor italiano, la datación en el siglo II. Para él, la sfragís final mediante la cual el poeta relaciona la fiesta de Venus con su propia experiencia, denuncia con su melancolía el final de una época, la época en que la doctrina estoica se agota. La bibliografía, amplia y completa, es comentada por Formicola en los diversos apartados de la Introducción que he reseñado hasta aquí, y también en el comentario verso a verso del que hablaré más adelante. Sigue la edición del texto, con un aparato negativo al que se incorporan, como indica el editor, las posiciones críticas de los distintos puntos en discusión y el mayor número posible de conjeturas, incluidas las suyas propias. Es un criterio personal que, sin duda, unos estudiosos compartirán y otros no. Baste como ejemplo el aparato del v. 46 (quod decenter tota nox est peruigilanda canticis) que no reproduzco aquí debido a su extensión (18 líneas y media). Personalmente, pienso que con notas críticas al texto hubiera podido descargarse notablemente el aparato, pero la opción de Formicola es tan válida como otras. A continuación se incluyen la traducción y un comentario, verso a verso, en el que en ocasiones se recogen de nuevo discusiones críticas introducidas ya, aunque con menor detalle en algunos casos, en el aparato (la comparación del aparato crítico correspondiente el v. 46, del que acabo de hablar, y el comentario al mismo verso lo evidencian claramente). De ahí la conveniencia de haber limitado la presencia de dichas discusiones a un solo lugar, excluyéndolas del aparato mismo. El libro presenta a continuación un léxico (lematizado con las primeras personas de los verbos y los nominativos de los nombres) precedido, según el autor, de una explicación del valor semántico del término en cuestión dentro del contexto en que se encuentra. No siempre es así: mientras para adfero, por ejemplo, indica «i. e. efferre, effundere», a propósito de almus se limita a decir «epitheton deorum». En el léxico se señalan mediante signos diversos las conjeturas que han sido acogidas en el texto y las que no. El volumen se completa con tres índices: uno de lugares citados, otro de cosas notables y un tercero de autores modernos. El libro de Formicola, por lo completo del estudio y de la edición del poema, creo que es de obligada consulta para cualquier especialista que quiera profundizar en el conocimiento del Pervigilium Veneris. 7) el autor justifica la edición unitaria de ambas cartas aduciendo que están al inicio de una nueva fase en el desarrollo espiritual de Lucilio y se encuentran íntimamente relacionadas, no sólo por la temática general sino también por la relación, en cierto sentido simbiótica, de los dos epílogos, unidos por sendas sentencias afines: la 22 trata del retiro de la vida pública, ampliamente debatido por los intelectuales romanos, que Séneca plantea ya en la 19: forzosamente apartado de ella, pasa de considerar el otium una alternativa al negotium a interpretarlo, en sentido absoluto, como el objetivo primordial del sabio que, siguiendo la doctrina estoica de no abandonar la actividad pública, busca en él ser útil a todos, ahora y después, pese a las renuncias materiales que ello implica. 22 ss. se plantea el contenido de la carta 22 ampliando los conceptos enunciados antes, con mención de las conocidas posiciones "netamente contrapuestas en tiempos de Séneca" de Epicuro y los estoicos, y referencias a Cicerón y otras obras de Séneca, el cual aconseja a Lucilio elegir con cuidado el momento, pero sin dejarlo escapar, buscando la paz interior. 81 ss. el de la carta 23, con una exhortación a la sabiduría, a la bona mens, con el gozo (gaudium), no tocado hasta ahí por Séneca, como su fundamento y culminación: sólo es aceptable el que nace en uno mismo y sigue con rigor la ley moral, que implica despreciar la muerte, aceptar la pobreza, contener los placeres, soportar el dolor... en fin, quitar importancia al cuerpo. El uerum bonum proviene de bona conscientia, honesta consilia, rectae actiones, contemptus fortuitorum El texto está tomado expresamente de la edición oxoniense de L.D. Reynolds (1965), tan "al pie de la letra" que se escapa algún detalle nimio, pero significativo como el de no sustituir siempre las 'comillas simples' por "comillas dobles". El autor resuelve el posible locus corruptus de 22,13 sarcinas adoro con s. adfero, que toma Préchac de p2; sigue, creo que con razón, a los códices en uitae laboramus de 22,17, pero ni siquiera comenta el añadido stat de Madwig y otros, incluido Reynolds, a in praecipiti en 23,6, no indispensable, a mi juicio, aun cuando es el verbo más frecuente con esta expresión... y sin embargo se demora con un praesenti por a praesente (22,1) "del tutto inutile" y sólo recogido por un editor del XIX. Las notas son, en general, amplias y documentadas. No obstante, hay algunos descuidos. Bologna, 2000, pp. 9-95), a veces se omiten observaciones a mi juicio interesantes, como la que atañe al "compuesto con preverbio múltiple" circumaspicias de 22,12 (que sólo usa también Plinio, en Nat. Y no demuestra una lectura muy atenta el comentario a illud alterum (22,2): se menciona la observación general de Setaioli, pero no el comentario restrictivo aplicado concretamente a este pasaje, lo cual provoca un "desacuerdo" que no es tal. En otro orden de cosas, no creo que quepa hablar de sinónimos (si es que alguna vez cabe) entre occupationes y negotia (22,1), aduciendo Cic., Rosc. 39, donde aparece éste en pl. y aquél, como un genérico, en sing., lo cual ocurre incluso en el de tranq. animi senecano: 6,4 et haec -scil. negotia -refugienda sunt ex quibus noua occupatio multiplexque nascetur. Tampoco de cuasisinónimos para sordidus y contumeliosus (22,8), que presentan una gradación intensiva creciente, ni con el apoyo del texto ciceroniano aducido (Off. I 150), donde se califica de sordidi "tutti i mestieri" (no tienen por qué ser, también, contumeliosi); además, puede verse Ira III 29,1 con una combinación de adjetivos muy distintos: sordida ac laboriosa ministeria. Ni aún de sustancial equivalencia semántica entre los adjetivos de 23,7 ex honestis consiliis, ex rectis actionibus, sobre la base de que en Ep. 66,33 las actiones son definidas a la vez como honestae y rectae (¿para qué entonces la redundancia?) y de que ambos adjetivos califican a veces a actio (por cierto, no a consilium, que sí lleva honestum en ep. En 22,7 se interpreta luctare como infinitivo activo de un deponente, dándole el sentido de «essere riluttante ad un impegno» y citando otro ejemplo en Séneca: Ep. Para evitar la singularidad morfológica y la diferencia de valor entre los dos, basta tomarlos como imperativos, con su sentido de 'enfrentarse con'. Dentro de ese mismo pasaje me parece acertado ver en la frase de nisi una yuxtaposición buscando la variatio (algo así como "no es fuerte y valeroso el hombre que rehuye el esfuerzo, (no lo es) si su espíritu no se crece con las propias dificultades"). En fin, sorprende que al autor le parezca "en cierto sentido anómalo" el liberare epistulam de 23,9, cuando él mismo lo relaciona acertadamente con la idea de "liberar", por ej. de una deuda, en un contexto que viene en esa línea desde el principio del parágrafo, pensando, a mi juicio innecesariamente, que Séneca "allora intenderebbe dire che con la sentenza di Epicuro può sciogliere dal debito e quindi terminare la sua lettera"; como consecuencia, liberare valdría 'concluir', aunque extrañamente (!) el ThlL no lo incluya entre los pasajes que tienen este sentido (VII 2, col. 1304.42, donde, por cierto, lo que se recoge son los derivados)... Al margen de ello, el trabajo de G. Laudizi, que se cierra, por cierto, con un cómodo índice analítico, bien merece una lectura detenida que, sin duda, puede resultar provechosa. La monografía de José Antonio Berenguer tiene, ante todo, una virtud que se le reconoce en el prólogo firmado por el profesor Adrados: la de abordar un tema por extenso con la voluntad firme de proponer la reconstrucción de un sistema de la protolengua indoeuropea, algo que hoy en día escasea, puesto que los investigadores se han centrado más en estos últimos años en profundizar en el conocimiento de los dialectos históricos y de sus implicaciones con la protolengua. Claro que, sin estos estudios, muchos de los logros a los que llega el autor no serían posibles, pues, y esto es otro de los méritos señalados de la monografía, el manejo de la bibliografía dedicada a las partículas de los distintos dialectos indoeuropeos es exhaustivo y, lo que ha debido de ser un trabajo agotador, ha rendido grandes frutos en las aportaciones reconstructivas. La monografía, de gran extensión, presenta una estructura comprensible dentro de su complejidad. La primera parte la dedica el autor a la discusión del concepto de partícula, algo evidentemente arduo, aunque trabajos recientes como los de Bader y Dunkel han desbrozado algo el espinoso camino. Evidentemente, se presentan notables dificultades de carácter semántico y funcional. El autor engarza el estudio de las partículas dentro del concepto de clases de palabras del proto-indoeuropeo avanzado por Adrados y Mendoza. Evidentemente, las partículas forman parte de la macroclase de palabras pronominal-adverbial, por lo que vincula la estructura formal de estas palabras a la de dicha clase, aunque se les reconoce un cierto tipo de particularidades, como veremos. A lo largo de toda la monografía B. confiesa una clara preferencia por la reconstrucción de partículas con valor deíctico-anafórico y postula que la multiplicidad de valores con las que encontramos a las partículas en las lenguas históricas, modales, aspectuales, relacionales, etc., son fruto de procesos de gramaticalización, concepto este que defiende y maneja de un modo coherente, sobre todo a la hora de explicar la el llamado sá-figé del antiguo indio y los distintos valores de la partícula *k w e, incluido el llamado τε épico. El esquema morfológico básico que propone B. para las partículas indoeuropeas es el de CV, (V = vocal apofónica *-e/-o) con una variante CI (I = sonante *-i o *-u). Las partículas, igual que los pronombres, tienden con frecuencia a la aglutinación, de modo que son frecuentes las reconstrucciones de partículas compuestas de tres elementos reconstruidos, en los que son comunes los grados cero, sin que B. haya podido establecer una proporción en la vinculación de elementos, posiblemente porque no existiera, a diferencia de la clase de palabras nominal-verbal. En este punto es clave en su exposición la defensa que hace de su propuesta explicativa de la apofonía ide. Para B., a diferencia de una línea muy asentada en la reconstrucción, la variación de timbres en la apofonía cualitativa ide. se establece como *-ó tónica frente a *-e átona. Las bases para dicha propuesta son fundamentalmente de carácter morfológico, como el hecho de que los presentes primarios tengan grado -e y se conserven en posición independiente en védico como átonos; en cambio, los sustantivos correspondientes son tónicos y llevan un grado -o radical. Abogaría igualmente a favor de su teoría el hecho de que reconstruyamos nombres con grado -o en los casos rectos y grado -e en los casos oblicuos, cuando el acento se ha desplazado a la desinencia (en los nombres de estructura acentual anficinética, se ha olvidado de añadir el autor). Esta reconstrucción es mantenida coherente por B. durante toda la monografía, aunque en algunos casos el material no esté tan claro como le gustaría, como comentaremos más adelante. En cuanto a las partículas de estructura CI, B. se decanta claramente por un origen secundario de dicha estructura, en un esfuerzo notable de reconstrucción interna; así pues, establece varios orígenes posibles para la sonante vocálica: CI puede provenir de la univerbación de dos partículas: C(V) + Y(V), pues ya hemos visto que en las aglutinaciones de partículas son muy frecuentes los grados cero; puede proceder de la adición a la partícula en grado cero de una *i deíctica, bien conocida en la reconstrucción del ide.; también puede ser un resultado fonético regular de una laringal con apéndice palatal, aunque no niega la posibilidad de que esta laringal se haya visto aumentada por *i; finalmente, hay que resaltar aquí una de las propuestas más novedosas del libro: B. postula que en partículas de clara vinculación pronominal en las que *i aparece en sílaba trabada, esta vocal sea el resultado regular de *é con acento secundario (pues lo antiguo sería que la *e fuera átona). El paralelo de esta ley fonética es una vez más de índole morfológica (lo cual no deja de tener sus inconvenientes teóricos): se encuentra en los presentes reduplicados, tipo gr. γίγνομαι, pues supone la existencia de una reduplicación originaria de timbre -e, esto es, que repetía el timbre originariamente supuesto para los presentes. La propuesta es interesante, aunque salta a la vista que los ejemplos más conspicuos se ajustan a presentes cuya raíz está en grado cero, por lo que hay que suponer que dicho grado cero es resultado de una síncopa por el desplazamiento del acento a la reduplicación. B. excluye la posibilidad de partículas de inicio vocálico, siendo todas las que en las lenguas históricas se atestiguan con comienzo vocálico de estructura originaria *He/o. Estas partículas de base laringal serían los primeros elementos en aglutinaciones que darían lugar a las formaciones que en las reconstrucciones tradicionales leemos como *eti, *epi, etc. Como puede ver el lector, los presupuestos teóricos son de una gran envergadura, pues incluyen, aparte de una amplia reflexión sobre el concepto de estudio, una propuesta de estructura morfológica y un par de consideraciones fonéticas sobre el vocalismo de enjundia. Con estos mimbres teóricos B. teje el cesto del análisis de varias partículas de base consonántica y laringal, que estudia detalladamente, en su etimología y en su función, para lo cual tiene que entrar a discutir diversos valores sintácticos. En esto, obviamente, se ha ayudado de los numerosos trabajos parciales que existen sobre las diversas partículas de las lenguas históricas. De los muchos análisis etimológicos que hace B. pongo de relieve la solución que da a la relación etimológica entre luv. -ha e hit. -a/-ya (< *H 2 y e) (pp. 506ss.). Del análisis de las distintas partículas estudiadas, B. extrae otro concepto que creo que merece la pena ser resaltado en esta reseña: el de partícula prototónica, que se corresponde con conectores oracionales que ocupan obligatoriamente el primer lugar de la frase y por tanto reciben el acento y la eventual enclisis de otras partículas. En ese sentido es reseñable la defensa que hace del aumento como una partícula prototónica reconstruíble como *H 1 é-(pp. 538ss.). B. se fundamenta en la propuesta de Watkins, que analiza el aumento como preverbio verbal en una posición inicial de frase enfática. En suma, se trata de un trabajo de enorme envergadura, que avanza grandes propuestas dentro del orden metodológico en el estudio de las partículas indoeuropeas y que tiene relevantes repercusiones en lo morfofonológico. J La densa monografía de Anttila está consagrada por entero a un étimo y las consecuencias que se pueden sacar de su análisis exhaustivo. A. arranca del significado de gr. -γω y sus paralelos etimológicos en contraposición con otros verbos que quieren decir 'llevar' (aunque dicho análisis hubiera resultado mucho más productivo si el autor hubiera llevado a cabo un análisis de semántica estructural); concluye que la raíz indoeuropea quiere decir algo así como'llevar, conducir (desde atrás)'. A. añade a dicha interpretación (ya conocida) una dimensión paleolingüística: esta raíz sería característica de pueblos seminómadas en los que el significado de la acción incluiría la conducción de ganado o de pueblos enteros en marcha. A partir de este postulado básico, A. se dedica a estudiar, en una sucesión de capítulos en los que agrupa grandes bloques de étimos, palabras griegas que relaciona con -γω. Mayoritariamente se ocupa de términos del épos, recogidos a partir del LfgrE, aunque es una lástima que no consultara los significados recogidos para todos estos términos en el vol I del DGE, lo que le hubiera resultado muy productivo para el análisis de significados como el de •γών. Una parte muy importante de los análisis etimológicos que A. lleva a cabo tiene que ver con la interpretación que hace de •γών y su significado primario. Para A. su valor originario es el de 'carrera' como competición de carácter aristocrático y sagrado. Se apoya en varios pasajes de Homero. Secundariamente el substantivo derivaría por sinécdoque a 'lugar donde se lleva a cabo la competición' y a 'conducción del pueblo', de donde 'asamblea'. A esta constatación le sigue el análisis morfológico de •γών: sería un colectivo *H 2 eg ́-on-H 2, de donde se sigue el análisis más polémico: la misma forma pero sin la desinencia de colectivo y con el sufijo en grado cero, *H 2 e•-n; -, daría lugar de modo regular a un substantivo testimoniado sólo como primera parte de compuestos, -γα-, con el significado 'la competición heroica'. De ahí que •γήνωρ signifique, en opinión de A.,'heroico' o compuestos como 9Αγαμέμνων equivaldrían a 'recordado por la competición', etc. Por lo mismo el adverbio -γgν sería 'muy bueno' (en su caracterización positiva), en tanto que 'bueno en la competición'. Es interesante toda la línea de análisis de -γα-de los capítulos 2 y 3, porque se opone a otra explicación muy bien desarrollada que recientemente han llevado a cabo Bader y Pinault, por la que -γα-se analiza como *m; gh-, esto es, el grado cero de *megh-, cf. ai. mahá-, gr. μέγας. A. añade a este análisis una serie de términos como •γαθός, que interpreta en Homero como 'bueno' en tanto que líder, es decir, que conduce pueblos. El segundo término del compuesto tendría que ver con la raíz *dheH 1 -con su valor epifánico; •γαθός sería, por tanto,'que se manifiesta en el -γα-, es decir, en la prueba heroica'. Sobre esta misma línea analiza entre otros •γανός 'conductivo 6 efectivo 6 gentil'. Pero las posibilidades léxicas de la raíz no terminan ahí.'Conducir' implica también, como analiza en el capítulo 5,'guiar las palabras, decir'. De ahí que interprete lat. aio < *agyō en conexión con la raíz que nos ocupa. Igualmente hom. -νωγα contendría en realidad el perfecto de -γω (*αν-ε-ογ-α)'conducir 6 ordenar (en cuanto al contenido)'. El capítulo 5 está repleto de consideraciones morfológicas; A. analiza el imperfecto μ como *e-ag ́-t o alternativamente como un presente Narten *H 2 ēg ́-t. Una parte de la obra (distribuida en varios capítulos) está destinada a analizar los valores de *ag ́-en contraposición a otros étimos de significación próxima. Esto da lugar a diagramas muy clarificadores como el de la p. 156 sobre la distribución de significados entre la raíz indoeuropea *ag ́-y la germánica *drīb-. Igualmente una parte del capítulo 6 está dedicada al análisis de ide. *gh w en-'golpear 6 matar'; A. ve que esta derivación es paralela de la etimología que él propone para hit. akk-'matar', que relación con *ag ́-en el sentido de 'llevar al sacrificio' (valor bien testimoniado en latín) 6 'llevar a la muerte' (otras etimologías distintas en Melchert o Schmidt-Brandt). El capítulo 7 se dedica a los valores psicológicos y religiosos derivados de la idea de "conducir" de *ag ́-. Aquí entrarían términos como -γαμαι 'admirar' o -γη'admiración, envidia'. La cara negativa del semantema estaría reflejada por -γος con una significación sacral. En cualquier caso es muy clarificatorio el cuadro de la p. El capítulo 8 es una prolija enumeración de los valores del verbo finés ajja que son, en buena medida, paralelos de los propuestos para el griego. De hecho, A. propone que el verbo finés es posiblemente un préstamo indoeuropeo antiguo. El libro se cierra con una bibliografía citada más extensa de lo que el autor se propone en la introducción (defendiendo el libro de Sihler, New Comparative Grammar of Greek and Latin) y sendos índices temático y de palabras citadas. La obra está escrita con un cierto sentido del humor, manifestado sobre todo en los títulos de los epígrafes. Las justificaciones iniciales de carácter docente e incluso personal (obviamente la inclusión de material finés está motivada por el origen finlandés del autor) tienen un cierto interés para conocer y entender las motivaciones que pueden llevar a un investigador a consagrar un esfuerzo tan grande y dilatado en el tiempo a una cuestión de carácter etimológico. Este Homenaje a Shevoroshkin es una miscelánea de estudios sobre el Indoeuropeo en general y sus lenguas (albanés, luvita, etc.), el Nostrático y dentro de él el Altaico y sus lenguas, teoría general de la reconstrucción de los más antiguos estadios lingüísticos, etc.; hasta llega a los orígenes del beso, que con la lingüística no parece tener mucha relación (pero presenta el problema común de la monogénesis, la poligénesis y la oligogénesis). Hasta se ocupa de lenguas aparte, como el semítico y el amerindio. Difícil dar cuenta de todo esto. Intentemos, sin embargo, estudiar unos cuantos grupos de artículos. Por ejemplo, al problema general del estudio de las relaciones de parentesco en fases lingüísticas muy antiguas, carentes de documentos escritos, se dedican artículos como los de Iren Haguedus, «On Grammaticalization in Nostratic», B. D. Joseph «Macrorelationships and Microrelationships and their Relationship», Mark Kaiser, «Rigor or vigor: Whither Distant Linguistic Comparison?» y I. Peiros, «Macro Families: can a mistake be detected?» Se sabe que sobre el nostrático son estudiosos rusos (como Illic-Svitic, Dolgopolsky, Starostin, Dybo y el propio Shevoroshkin, más americanos como Greenberg) los que más se han distinguido. Pues bien, se aprecia una tendencia a exigir más rigor, a saber, regularidad fonológica en los «parecidos». Otros artículos intentan añadir nuevas comparaciones entre el IE y el Nostrático: V. Blazek, «Indo-European 'seven'». La comparación se extiende, incluso, a las lenguas amerindias (M. Ruhlen: «Proto-Amerind. *KAPA `Finger, Hand' and its Origin in the Old World» (tendría que ver con lat. capio, etc.). Cf. también K. H. Menges, «Etymological Problems with Words for 'blood' in Nostratic and Beyond». Dentro del Nostrático, al Altaico, defendiendo su existencia, que es negada por algunos, dedican sus contribuciones J. H. Greenberg, «Does Altaic exist?» y P. A. Mihalove, «Altaic Evidence for Clusters in Nostratic». Específicamente al japonés, dentro del Nostrático, se dedican artículos de S. A. Starostin y A. Vovin. Pero se intenta, al tiempo, establecer nuevas etimologías dentro del Indoeuropeo: así en el artículo de R. Anttila, «Beating a Goddess out of the Bush» (sobre Gr. εÛθενέω) y en dos sobre el Albanés de E. P. Hamp y V. Orel. Hay que añadir artículos sobre morfología: el de E. P. Hamp sobre los colectivos y no colectivos en -ar en luvita y el de L. Kulikov sobre Ai. mriyáte y otros pseudo-pasivos (vienen de la clase IV). Un artículo de M. M. Deshpande, «Panini and Distintive Features» señala aproximaciones del gramático indio a la teoría fonológica de los rasgos distintivos. Todavía otros artículos se refieren a lenguas particulares, como el Sumerio (C. P. Boissson), el Shina oriental (P. E. Hook) o el Yiddish (K. H. Menges). Y otros más se ocupan de problemas generales de la comparación. Así el de J. C. Catford, «The Myth of Primordial Click» (los clicks, lejos de ser fonemas primordiales, serían derivaciones secundarias) o el de R. A. Rhodes, «On Pronominal Systems», que ofrece escepticismo al uso de los pronombres para demostrar parentescos entre lenguas de lejana relación. La variedad de temas responde a la variedad de intereses del homenajeado, representante hoy en América de la escuela lingüística rusa sobre el Nostrático y temas emparentados. Esto puede verse en la Tabla de «Selected Publications» de Shevoroshkin, que abre el volumen. Da la impresión de que estas escuelas, que a veces han sido desechadas por los indoeuropeístas por su falta de rigor, tienden a aproximarse a los métodos de estos. La idea de que el rético, conocido por algunas inscripciones del Norte de Italia, y el etrusco sean lenguas emparentadas, es confirmada en este estudio de H. Rix. Parte de la afirmación de Livio V 33. 11 de la origo Tusca de los retios, para intentar apoyarla con comparaciones concretas: algunas ya hechas antes, otras nuevas o precisadas. Estos puntos de comparación son, entre otros: nombres de personas y lugares; patronímicos con -nu / -na (este femenino es secundario); nombres de mujeres en -i (del itálico); predicado en -ku seguido de satélites en -le y -si: formas emparentadas con el pertinentivo etrusco en -si y -le (también en lemnio); Genitivo del poseedor en -s; formas verbales en -ku, en ret. hay también zinake/-χe, cf. etr. turuce, turce; la conjunción -χ / -k `y', etc. Nuestro autor considera probable que el alfabeto rético venga del venético antiguo. E insiste en el paralelo con el lemnio. Esto desplaza la fecha de la lengua común original al paso del segundo al primer milenio a. LITERATURA, FILOSOFÍA Y RELIGIÓN SETAIOLI, ALDO, Facundus Seneca. Estas apretadas páginas recogen trabajos publicados durante los últimos 20 años por un investigador de gran rigor filológico y espíritu crítico, actualizados en notas complementarias. Los cap. I y II versan sobre de lengua, aspecto poco presente en la bibliografía actual, como nota el propio autor en los "aggiornamenti" (p. 393), por lo que les dedicaré un poco más de espacio. Los "Elementi di sermo cotidianus nella lingua de Seneca prosatore" (pp. 9-95 = SIFC 52, 1980, pp. 5-47; 1981, pp. 5-49) siguen siendo básicos, sobre todo para la sintaxis (el autor deja pendiente un estudio similar de morfología y léxico: n. 658), y no sólo en la obra de Séneca, por su minucioso encuadre cronológico. Séneca recurre a estos elementos que, sobre el entronque con la diatriba, le acercaban las tendencias de su época y, en las cartas, la propia convención del género, para enriquecer el estilo. Se distancia del latín clásico mediante el incremento de rasgos coloquiales esporádicamente presentes en éste y la incorporación de otros que se extenderían con posterioridad, llegando, en buena parte, a las lenguas romances. De pasada vemos cómo la consideración de estos aspectos permite resolver algunas vacilaciones en torno al texto. Quien lo lea no debe perder de vista, como se avisa en p. 11, que la de Séneca es prosa artística como la que más. Y guardarse de pensar que tal o cual particularidad coloquial documentada por primera vez en ella (compártala cronológicamente o no con algún contemporáneo, p. ej. Columela para nec non et: p. 35) sea "invención" suya y no, a lo sumo, osadía al aplicar tendencias o rasgos de la lengua de uso. Aún veinte años después, sólo cabe hacer alguna observación de detalle, como, por ejemplo, a propósito de ille prior que Séneca incorpora a la prosa latina: leemos en p. 73), que Séneca no siempre usa ille para el primero de dos términos. O bien, respecto a lo dicho sobre los diminutivos en pp. 26-27, quizá balneolum angustum (Ep. 86,4) hagan algo más que "reforzarse mutuamente": un baño pequeño puede no ser angustum (sí, como leemos, p. ej., en Epigr. 4,1, breue...); también cabría cuestionarse hasta qué punto castellum se toma como diminutivo (y cf. Sall., Iug. 30), está, además, en Plin., Ep. "La resa dell'•-privativo nella prosa filosofica senecana" (pp. 97-109 = Menmosynum, Bolonia, 1989, pp. 521-532) analiza, a propósito de este dificultoso prefijo privativo, la técnica minuciosa de Séneca, que marca una etapa crucial tras Cicerón, al traducir la terminología filosófica griega: cuando no encaja in-, préstamo directo, perífrasis, palabra no negativa.... Para Séneca el estilo es, tanto en la práctica como en la teoría, un medio, no un fin, subordinado a la eficacia; se adapta a dos tipos de discurso filosófico, la admonitio y el sermo: aquélla, psicagógica, de más aliento retórico, no renuente a la poesía, adecuada para las disertaciones públicas y los praecepta, precede a éste, modesto en su expresión, propio de la instrucción personalizada y la objetividad de los decreta o principios teóricos. El tener en cuenta tal "dualidad" resuelve ciertas contradicciones observadas en su obra por los estudiosos. En cuanto a influencias, destaca el autor la relación con la retórica clásica y contemporánea, pero sobre todo la notable presencia, con Panecio en lugar destacado, del estoicismo (en medio, obras de Cicerón como el De officiis), que discuten ciertos estudiosos. Entre otras cosas, la falta de rigidez normativa del estoicismo en cuanto al estilo de los géneros literarios le permite alejarse ostensiblemente de las rígidas normas que los regían en Roma, concediendo mayor capacidad de individualidad al escritor, que en todo caso debe seguir a la natura, de manera que uno de los puntos recurrentes en su teoría es la correspondencia entre carácter y estilo. También destaca el autor a lo largo de muy brillantes páginas la originalidad de la teoría senecana de la imitación. Atti del Convegno di Perugia... a cura di A, Setaioli, Napoli, 1991, pp. 33-43) matiza la idea generalizada de que Séneca no aprecia a los arcaicos, sobre la base de que más bien va contra los arcaizantes. En cuanto a los escasos elementos arcaicos que recoge en sus citas, o no tienen relevancia literaria, o deben su presencia a su eficacia sentenciosa. De hecho, no valora el elemento arcaico en cuanto tal, sino en cuanto coincide con las estructuras primitivas y auténticas del lenguaje, lo cual justificaría su propuesta de utilizarlo para traducir términos filosóficos. 107,10, y vuelve 2) sobre posturas sostenidas en "Seneca e lo stile" (no sólo falta en Séneca una poética coherente del sublime sino que éste es quizá el elemento cultural que ha dejado menos huellas en su pensamiento estético y literario: p. Ocupa las páginas 255-274 la ponencia presentada al congreso Séneca, dos mil años después (Córdoba, 1977, pp. 653-576), "Séneca, Epicuro y Mecenas": Séneca, como ya demostró el autor en otro lugar, toma las sentencias, sean epicúreas o no, de gnomologios, donde están descontextualizadas e incluso anónimas, independientemente de que maneje algunas obras, tanto de Epicuro como de Platón e incluso de Panecio. Su juicio, el único positivo sobre el valor literario del primero, a quien se le niega desde la antigüedad, se debe a la eficacia de éste. Sin embargo, Séneca reproduce la mayoría de las críticas, incluso las filosóficas, sólo que aplicándolas a Mecenas, representante típico para él de "ese epicureísmo ruin que falsifica la doctrina del maestro" (p. Particularmente significativa es la comparación de un texto de Cleómenes sobre todo, pero no exclusivamente, con la Epístola 114. Para Séneca lo que cuenta realmente es vencer el temor a la muerte; ésta, incluso voluntaria es, en todo caso, una liberación, en especial de los males que acarrea el cuerpo (la tiniebla frente a la luz del alma). No existe el Hades tradicional (incluso, de acuerdo con la física estoica, el alma, de sustancia ligera, tendería hacia lo alto). Séneca admite ocasionalmente la validez del consenso de los hombres, que dan carta de naturaleza a la vida de ultratumba. Las líneas maestras de su pensamiento sobre este asunto aparecen preferentemente, como es de esperar, en los escritos consolatorios: la muerte como vuelta al estado de insensibilidad previo al nacimiento; la doctrina platonizante de la palingenesia o renacimiento de las almas, la existencia de un periodo de purgatorio (única traza en su obra de retribución escatológica: p. 300), la comunión total de las almas de los bienaventurados, la disolución de todas en la conflagración cósmica (p. 304)... este cuadro es, con todo, la proyección ultraterrena de un ideal filosófico, que no está en situación de resolver sobre el plano ontológico el dilema socrático, sino sólo de configurar con viveza su lado positivo (p. Pero también aparece con cierta frecuencia la total negación de cualquier supervivencia. Aunque el sabio pueda anticipar mediante la contemplación la felicidad celestial, eso es irrelevante, pues lo único que cuenta es la rectitud de la acción; así pues, una retribución escatológica no es necesaria ni relevante... la perfección de la virtud es independiente de su duración y a ella se debe tender aquí, en la vida terrena. Con esas ideas se entiende por qué Séneca no resuelve el dilema socrático (p. Antes del último capítulo, que recoge una serie de extensas y enriquecedoras recensiones (335-391), el autor dedica dos, breves, a "Un' espressione ingiuriosa greca in Seneca (vervex marinus: const. Cierran estas enjundiosas páginas, de muy sugerente lectura y amplia documentación, indispensables para profundizar en el conocimiento de la obra de Séneca, unos valiosos índices: de Autores antiguos citados (pp. 413-447) y de Obras modernas citadas (pp. 449-480). Este libro es una muestra del desarrollo de los estudios de griego clásico en la Universidad de São Paulo, bajo la dirección de la profesora Haiganuch Sarian. Ya lo vi cuando visité esa Universidad hace años. El libro es obra de una profesora, actualmente, de dicha Universidad, que se ha beneficiado, además, de una estancia en el Bedford New College de Londres. Demuestra un excelente conocimiento de Arquíloco y de Homero, a cuya comparación en relación con los temas guerreros, está dedicado. Y es para mí muy interesante, quizá lo que más, el estudio de los pasajes de autores tardíos que transmiten los fragmentos: ayudan a su interpretación y dan noticia del uso que de ellos hacían los antiguos. Y un excelente conocimiento de la bibliografía pertinente, con una excepción que es habitual: no conoce la bibliografía española, y no lo digo solo por mi (discute un antiguo artículo publicado en Buenos Aires y cita en la bibliografía, aunque no utiliza, la edición de 1956 de Arquíloco y demás elegiacos y yambógrafos), lo digo por el resto de la bibliografía española sobre la poesía griega. Fuera de esto, el tratamiento de la bibliografía es normalmente correcto y con frecuencia se pueden seguir sus conclusiones. Aunque solo fuera por la exposición y comentario de las opiniones de tantos autores, sería interesante el libro. Pero no puedo dejar de notar un cierto empacho bibliográfico: yo prefiero comenzar por los textos, aquí se empieza siempre por la discusión de las distintas posturas de los helenistas, sobre todo de la escuela encabezada por Snell y Fränkel. A veces la discusión de hace tediosa y no siempre es claro cuál es, definitiva, la elección de la autora. El título «Armas e varões» suena a la Eneida. En realidad, el libro viene a ser una comparación del tratamiento de la guerra y los guerreros en Homero y Arquíloco, una parte de Arquíloco (algunos fragmentos elegiacos y poco más) que no es ciertamente la más significativa de nuestro poeta. La parte I, en su primer capítulo, recorre la visión de Homero y Arquíloco como opuestos (trágico y cómico, para decirlo brevemente) a lo largo de la Antigüedad: habría que añadir a los copiosos datos de la autora los Hermes bicéfalos que los oponen. Y asegurar que no son, salvo excepciones, los fragmentos estudiados en el libro los que más llevaron a esta visión de los antiguos. Por otra parte, en la continuación de esa parte primera se insiste mucho en la exposición y debate de la ideas sostenidas por Snell y otros sobre «el hombre homérico»: su incapacidad de abstracción, su desconocimiento de su unidad psicofísica, su sometimiento a las fuerzas divinas. Y las de Fränkel, Vernant y otros sobre el «hombre lírico», dominado por el aquí y el ahora. Quizá habría sido necesario, para atender al título del libro, hablar sobre todo del ideal del guerrero, el heroísmo, para comprobar su evolución en Arquíloco. Es esta la que fundamentalmente interesa a la autora. Y la tendencia general de su estudio es a señalar que la diferencia entre la concepción homérica y la arquilóquea no es tan grande como se dice. Esto se ejemplifica con el tratamiento por la autora del fragmento 1: si Arquíloco es servidor de Enialio y conoce el amable don de las Musas, no difiere del aedo Demódoco cuando afirma que es autodidacto y que un dios implantó las canciones en su mente. Estoy de acuerdo, quizá en este y otros casos se ha exagerado la oposición Homero / Arquíloco. Yo iría más lejos: si en Homero no hay un aedo-guerrero, sí presenta a Aquiles, el guerrero, cantando. Por cierto, la tentación de atribuir a Arquíloco la retórica, como hacen Temistio y otros cuando citan el pasaje (Temistio lo refiere a Teodosio) debería descartarla la autora. En suma, la poesía elegiaca arrastra un léxico y unos temas épicos. Y si Arquíloco, en algunos momentos, supera la posiciones épicas, como tantos hemos propuesto, es a partir de las mismas. Pero no se queda aquí: dice cosas que Homero jamás diría. Puede Arquíloco, en un cierto momento, ironizar sobre su lanza, que es su sustento, dígase como se quiera: su posición social no era la de los príncipes aqueos. O describir el momento de diversión y bebida de los guerreros. El fragmento de Glauco no hace sino describir los fallos, en ocasiones, del tipo del guerrero épico: algo nuevo. Arquíloco está al comienzo de la lírica pero, en cierto modo, al final de la épica. La táctica hoplítica, a la que Arquíloco alude, es de los últimos elementos de Homero. Arquíloco la conoce e ironiza sobre ella. Está, sobre todo, el famoso fragmento del escudo perdido. Como siempre, la autora sigue el fatigoso camino de las interpretaciones contrapuestas, algunas evitables; pero llega, pienso, a soluciones correctas. No sin señalar, claro está, el punto de partida tradicional, homerizante. Para el escudo añade un largo estudio de crítica textual, que la lleva, igual que a algunos predecesores, a eliminar la lectura aristofánica ψυχ¬ν δ' ¦ξεσάωσα, sustituido por el αÛτόν μ' ¦ξεσάωσα de otros autores y editores (no soy partidario, personalmente). Pero, prescindiendo de esto, la autora acepta, como no podía ser menos, el «cambio» de actitud y de registro lingüístico. La originalidad de Arquíloco es algo innegable, por más que sus puntos de partida épicos también lo sean. Se llega a esto, que es evidente, a veces con demasiado esfuerzo y rodeo. En fin, en realidad no hay mucho de nuevo en el libro, salvo insistir en los puntos de arranque homerizantes, claros en las elegías pero también en yambos y tetrámetros. Pero contradichos por otros pasajes más «modernos». Un guerrero homérico no diría abiertamente que va a la guerra para huir de la pobreza («aquellos higos y la vida del pescador») ni se reiría de su propio ejército, cuyas supuestas hazañas se debían a una aplastante superioridad numérica ni describiría tan realistamente la lucha con los tracios. Y, con todo, los tetrámetros del monumento de Sóstenes mantienen el tono épico, con la intervención de Atenea, como si de una Odisea se tratara, y explican el resultado de la lucha por la decisión de los dioses olímpicos. No modifica mucho este panorama el estudio detenido de otros temas arquilóqueos, tales como los relativos a la guerra de Lelanto, a los males de los magnesios y los tasios, o a la piedra de Tántalo. Y, sobre todo, de los fragmentos en los monumentos de Mnesíepes y Sóstenes, muy epizantes, como he dicho, pero con algunos temas arquilóqueos. Estudios muy detenidos en cuanto a texto e interpretación. Igual que el del fragmentos (dos fragmentos para nosotros) sobre la Nave del Estado (según mi interpretación), que casa mal con el propósito general de libro si es cierta mi propuesta. No veo muy clara la posición final de la autora. Esto es más o menos el libro, cuyos resultados son en realidad los previsibles, apoyados, eso sí, por una copiosa bibliografía y un detallado estudio de la misma y de cuestiones formales diversas. Mucha erudición y exposición de las conclusiones no tan clara como se desearía. Se echa de menos, por otra parte, una ligazón de los fragmentos estudiados con el resto de Arquíloco, que es, ya lo dije, el que da su imagen en la Antigüedad y el más significativo. Aunque proyectar el foco sobre los pocos fragmentos aquí estudiados también tenía su interés. Se trata de un estudio sobre el Banquete de los Siete Sabios de Plutarco, examinado a la luz del uso que el polígrafo griego hace de la figura de Esopo: uniendo, en suma, su «seriocómico» a la profunda seriedad especulativa, platónica sobre todo, del pensamiento de Plutarco. Este seriocómico o spoudaiogéloion ha sido estudiado varias veces, el trabajo más conocido sobre él es el de Giangrande (1972). J. llega, más bien trabajosamente y después de muchas páginas, a ponerlo en conexión con la Vida de Esopo y con una línea entre socrática y cínica. Esto tiene muchos precedentes, algunos los cita. Pero es pena que, si no me equivoco, no conozca mis «Géneros helenísticos en el 'Banquete de los Siete Sabios de Plutarco'»: lo cita en su Bibliografía, pero sin duda le llegó tarde, es de 1996. Como tampoco cita, entre otras cosas, mi «The Life of Aesop and the Origins of Novel in Antiquity», QUCC N.S. 1, 1979, pp. 93-112. Hay un primer capítulo que trata del Banquete como obra seriocómica: tesis bien evidente, como en realidad todo el género del Banquete, y más si intervienen el tema de Esopo y su Vida. Pero conviene reafirmarlo y no puede sino asentirse a la afirmación de nuestro autor (p. 33) de que lo cómico y lo lúdico son instrumentos para reafirmar lo más serio. Algo notable, ciertamente, dentro de la producción de Plutarco. El segundo capítulo hace un notable estudio de los instrumentos seriocómicos de la sophía: la gnome, el enigma, la resolución de «problemas», la imagen, la fábula, el relato maravilloso, la paradoja, ironía y broma, la risa y la sonrisa, lo serio y lo burlesco. Lo ejemplifica bien en toda la literatura griega precedente, ya en «Banquetes», «Vidas», etc., ya en pasajes aislados, ya en colecciones: aquí todo aparece junto y culmina en Esopo, que desde el siglo IV va unido a los Siete Sabios, pero se distingue de ellos. En él culminan esos temas, pero no es exactamente un igual: se sienta en un taburete bajo Solón y Plutarco le concede un tipo de sabiduría, pero no la conceptual. Prepara el ambiente para ella. Es típico de Plutarco. El capítulo siguiente, el tercero, hace un fino estudio de los distintos personajes del Banquete: los menores, las mujeres, los monarcas, los sabios, explicando sus rasgos seriocómicos en Plutarco y su finalidad. Así en los casos sucesivos en Tales, Anacarsis y Solón, este el más serio, pero también sabe sonreír. Varía así su caracterización respecto a la Vida de Solón, por la necesidad del género de nuestra obra. Con esto está ya preparado el escenario para presentar a Esopo, el invitado «diferente». Lo califica de «elénctico» y describe sus enfrentamientos, en serio o en broma, con los demás invitados y sobre todo con los sabios (y con Solón más que con ninguno). Todo esto es tradicional, convendría haberlo dicho más explícitamente: se hace sobre todo a propósito de la oposición Esopo / Janto. Pienso que también habría sido importante aludir a los precedentes en la figura del mendigo Iro, de poetas como Arquíloco e Hiponacte, el Homero de la Vida, etc. De esto he escrito hace tiempo, últimamente en el mismo sentido Papademetríou. 2) a Bertoldo, nosotros lo hemos hecho a Lázaro de Tormes. Hay en todo ello un prototipo universal. J. se centra en el manejo del tema por Plutarco: para él la sabiduría de Esopo se refiere al hic et nunc y a las situaciones concretas, no posee conceptos abstractos, como dije. No estoy tan seguro de ello, su desprecio por la belleza, el ploûtos y la truphé, su afirmación del noûs (temas socrático-cínicos) parecen ir en otra dirección. En todo caso, su mayor aportación está en el estudio del ensamblaje de la temática «esópica» y la platónica. Este capítulo prepara el siguiente, el quinto, sobre el interés de Plutarco por Esopo: es parte del estudio de que vengo hablando. Lo comienza por una relación de fábulas en Plutarco, en nuestra obra y otras, organizándolas por grupos temáticos (podría prescindirse de ellos). Cree que expresan algunas constantes ideológicas. La verdad, aunque en el Banquete hay fábulas, no son lo más característico, en él, del personaje Esopo. Lo más característico es el saber lúdico, de que se habla en el capítulo sexto y que se hace descender de la época clásica, de la comedia y el diálogo. Personalmente creo, ya lo he adelantado, que los rasgos sapienciales de Esopo vienen de tradiciones conexas con él y que culminan en las dos Vidas que se nos han conservado. Heredan el típico diálogo entre el sabio y el poderoso que viene de la Vida de Ahikar y de diversos relatos orientales y griegos que he estudiado en otros lugares, incluido el diálogo entre Solón y Creso en Heródoto, las conocidas anécdotas de Diógenes y Bión, etc. J. hace alusiones a este tema, pero para él, y tiene razón, lo notable de Plutarco es hacer coincidir elementos que vienen de los dos géneros del «Banquete» y la «Vida». Géneros fundamentalmente helenísticos que él asocia con el elementos «serio» que viene de los diálogos platónicos y las máximas de sabiduría que ruedan por toda la literatura griega y, desde luego, son atribuidas con frecuencia a los «sabios». En suma, Plutarco ha conseguido verter su sabiduría platonizante dentro de un marco lúdico que hereda y transforma. El libro no aporta grandes novedades, pero contiene finos análisis y coloca la obra de Plutarco en su lugar justo. Reunión muy oportuna porque el tema, importante, estaba últimamente bastante abandonado: el trabajo principal, sobre todo las colecciones de materiales, se había hecho principalmente a fines del siglo XIX y comienzos del XX. Este volumen puede ayudar a volver a ponerlo en marcha, tanto por sus contribuciones como por sus cuidadosos índices y bibliografías (general y de cada trabajo). La editora y organizadora de la reunión es autora de un primer estudio general, relativo a las distintas posiciones metodológicas («Les proverbes: nature et enjeu»): habla de la terminología, características formales, inserción y uso. Del proverbio en relación con las técnicas retóricas y lógicas se ocupa L. Montefusco Calboli («La gnome et l' argumentation»), que parte de la Retórica de Aristóteles. Sigue el trabajo de G. Calboli sobre «Sentences et proverbes dans la littérature et la rhétorique»: se apoya en los retóricos latinos para señalar la relación que existe entre el estilo breve del asianismo y las sententiae y establecer una distinción entre proverbio, sentencia y chria. Estudia la relación con las gnômai griegas de Menandro sobre todo. Los usos retóricos y poéticos de los proverbios así como su métrica son investigados en el trabajo de J. Dangel, mientras que a su estructura sintáctico-semántica se refiere el de A. Orlandini: ambos trabajos son interesantes desde el punto de vista lingüístico. Son monográficos los que siguen: de G. Achard sobre los proverbios en Cicerón y de E. Plantade sobre Catulo. Resulta interesante el estudio de la implantación de los proverbios y su papel en la obra literaria que ahora se crea y que los incluye. Importante es también, en lo relativo a Cicerón, un tema a veces menos atendido en el resto del volumen: el del origen griego de muchos proverbios usados por Cicerón, hay atribuciones a presocráticos, los Siete Sabios, diversos filósofos (véase p. Es interesante ver en qué medida se trata de proverbios ya "hechos" y transplantados al latín y en qué otra los autores latinos convierten en proverbios pasajes griegos, por ejemplo de Eurípides. Libro interesante desde puntos de vista literarios, filosóficos y lingüísticos. Pero queda pendiente un estudio total, que enlace con los griegos y con las distintas fases de la literatura latina. Aquí tenemos un nuevo estudio y un nuevo comentario de la Ora Maritima de Avieno que, desde Schulten en 1922, tanto nos ha interesado a todos los que nos ocupamos de la Geografía y etnografía de la antigua Iberia (y no solo de ella). El subtítulo da cuenta clara de la intención: «Lettura stratigrafica e commento storico-archeologico dell' Ora Maritima di Avieno». El estudio propiamente dicho ocupa las 110 primeras páginas; sigue una edición, que en realidad reproduce la de P. Villalba i Varneda. La acompaña una traducción y a partir de la página 153 hay un comentario verso a verso, que recoge los resultados del estudios y añade otros. El planteamiento es el siguiente: ¿nos hallamos ante la versión latina de un antiguo periplo masaliota (¿y de qué fecha?), versión sembrada de interpolaciones posteriores? (tesis de Schulten 1922, sobre todo). ¿O es una obra de Avieno, literato del s. IV interesado por estos temas (también tradujo, retocado, a Dionisio Periegeta) y que picó de aquí y de allá (tesis de Berthelot 1954 y otros)?. No hay tanta distancia, después de todo: que Avieno incluye materiales de épocas diversas, es seguro. En todo caso, y para comodidad del lector, anticipo la conclusión: la base está en un periplo masaliota del s. VI (más tardío que la fecha propuesta de Schulten, ya veremos por qué) y hay luego estratos varios: uno del s. IV, la gran época de los periplos; otro posterior a la conquista romana, pues se cita a Tarragona y Barcelona) y otro del propio Avieno, que cita autores diversos. Por supuesto que es un tema comprometido, y yo no me atrevería a suscribir todas las propuestas de la autora, una a una, ni a establecer exactamente los cuatro «pisos»; pero que hay materiales arcaicos y otros recientes me parece evidente. Hay muchos estudios valiosos sobre esto, varios en nuestro país. Y que los arcaicos pertenecen exactamente a un periplo, también lo creo. Lo que yo no aceptaría es la idea de que el periplo masaliota (al que hay que atribuir el cómputo de las distancias en días de navegación) partiera de Massalia y llegara a Tartessos, y que Avieno hubiera invertido su dirección (¿también lo relativo a las Estrímnides?) La dirección normal de los periplos griegos es de Oeste a Este. El libro comienza por un Capítulo I «Avieno y su tiempo»; el II se ocupa de «La geografía occidental de Avieno». Es una buena idea comparar la Ora Maritima con la Descriptio orbis terrae, traducción (retocada), obra de Avieno. de Dionisio Periegeta. El principal resultado que se obtiene es el siguiente: el doble nombre Gádeira / Cotinoûsa, en Dionisio, viene de una fuente griega antigua (de Éforo y Timeo, se dice luego) y existe diferencia respecto a la Ora Maritima, en que hay Tartessos, como región o reino, y Tartessos / Gadir, como ciudad. Nuestra autora cree que la fuente original de la Ora no conocía Tartessos-ciudad, que esto (y la identificación con Cádiz) es cosa reciente, de Avieno, A continuación (capítulo III) estudia precisamente estos elementos recientes. Muchos se detectan por las fuentes que el mismo Avieno nombra, Himilcón entre otras, y por retomar el relato tras las digresiones; pero la localización alternativa de las Columnas en dos islotes, atribuida a Euctemón, puede venir de fuentes del s. IV. Otros pasajes «se revelan fruto de una paciente investigación erudita del propio Avieno». En otras ocasiones la autora piensa que fue Avieno el que fue a buscar noticias antiguas, así, para la identificación de las Columnas con Avila y Calpe en una fuente común con Estrabón. Si esto es así o nos hallamos ante la habitual "segunda fuente", un periplo del s. IV, no puede asegurarse, aunque me parece más probable. Los «elementos arcaicos» son estudiados en el capítulo IV. Los ve en los relativos a las Estrímnides y Ofiusa, pero sobre todo en el trayecto del cabo San Vicente al Estrecho; aunque no faltan en él elementos recientes, ya vimos el constituido por Tartessos-ciudad. Tiene razón la autora en que es «un banal equívoco de Avieno» lo relativo a la Gerontis arx relacionada con Gerión: es «del viejo» (pero creo que ese viejo es Crono, no Heracles ni Argantonio). Para ella esa arx estaría en la costa de la bahía de Cádiz, sería un establecimiento comercial fenicio. Otro elemento reciente sería interpretar el Herma como un monte africano que sería la Columna de Libia. También cree que Avieno ha confundido la Mainake griega con la Malaca fenicia. No puedo seguir el detalle, pero sí anoto algo que puede ser un acierto importante (hay un precedente): que en 558 ss. la ciuitas ditis laris cercana al Pirineo, en que los masaliotas negotiorum saepe uersabant uices se refiera a Emporion. Esto coloca el poema arcaico en el siglo VI y no antes, como proponía Schulten por la falta de mención de Emporion. Lo del cierre del Estrecho no lo cree ya nadie. En suma, hay elementos arcaicos que hay que relacionar con la secuencia de la navegación, calculada en días; y hay otros más recientes. Cuando se habla, por ejemplo, de Hemeroscopion en ruinas (476) ¿esto es cosa de Avieno o de su fuente del s. IV, por ejemplo? En el caso de Besara (590, hoy Béziers) la autora se apoya (p. Este es el verdadero problema, ya he hablado de Tarragona y Barcelona, de fundación posterior. En el capítulo «Una lectura estratigráfica» la autora hace una recogida de datos sobre la costa mediterránea española y francesa en autores diversos, atribuyendo el origen a geógrafos y periegetas del s. IV, Éforo y Timeo serían importantes, ya dije. Yo veo en las fuentes griegas una insistencia en los topónimos griegos y en la helenización de los fenicios e indígenas; he escrito sobre esto. Pienso que, fundamentalmente, Avieno añade esta clase de fuentes a su arcaico periplo; y a veces interpreta o confunde. Las decisiones de detalle, sin embargo, son difíciles. Sobre ellas insiste la autora en su comentario. En él pueden encontrase, organizadas pasaje a pasaje, sus interpretaciones, en general las mismas del estudios inicial, a veces completadas. Así, por ejemplo, para Eritea (309), que cree que faltaba (o no era localizada) en la fuente arcaica. 180 explica las confusiones sobre los varios nombres de las Baleares. No se añaden, por lo demás, grandes cosas. Creo, en suma, que el libro está en el buen camino abierto por Schulten (sin que sean de despreciar las aportaciones de sus continuadores). Pero no todo arrastra convicción, todo el tema de nuestra Geografía antigua merece nuevos estudios. La verdad es que nuestros materiales son difíciles. Al final se nos dan unos útiles mapas, más una bibliografía, un índice de las fuentes antiguas citadas y otro de étnicos y topónimos. F.R. ADRADOS GUARIGLIA, OSVALDO, La ética en Aristóteles o la moral de la Virtud. Esta obra, que recoge algunos trabajos que se remontan a 1975 (p. ej. cap. 3 y cap. 5.1) y es, en lo sustancial, una reelaboración de un estudio que el autor había publicado en 1992 (Ética y Política según Aristóteles), concentra más de 30 años de investigaciones sobre la filosofía de Aristóteles. Aunque, oponiéndose a la interpretación de Jaeger con razones atendibles, no cree en una evolución del pensamiento ético del filósofo, G. rechaza una interpretación unitaria de la ética aristotélica, que, para él, escinde la virtud de la felicidad. Distingue tres capas teóricas que se encuentran en una cierta tensión disgregadora: una filosofía moral general, que examina los presupuestos de la acción, una teoría moral positiva, que describe las virtudes morales existentes en la sociedad griega de su época, y un ideal de vida contempla-tiva, que se funda en una nueva concepción de la divinidad (pp. 334s.) y que es heredera de la ética eudemonista del platonismo. Esta versión kantiana de la filosofía práctica de Aristóteles (cf. pp. 258,300,326 et passim) es, quizás, el rasgo más original del ensayo. Como sucede en el caso de la ética deontológica, el cálculo "hedónico" o utilitarista sería completamente ajeno a la aristotélica, a pesar de su teleologismo (p. Es imposible discutir aquí en profundidad la tesis central de la obra, pero quisiera señalar que el mismo autor ofrece indicios del origen de su interpretación en su propia biografía intelectual (cf. p. Tras un capítulo introductorio sobre la vida de Aristóteles y el origen aristotélico de las tres éticas que se han transmitido en el corpus (pp. 19-31), en el que es posible observar una versión idealizada y tradicional de la Academia fuertemente influida por la interpretación tubinguesa de Platón (cf. pp. 21s.), siguen dos capítulos metodológicos. En el primero, una larga y penosa exposición (pp. 33-102) intenta demostrar que Aristóteles rechaza un presunto concepto jerárquico de las ciencias que Platón habría propuesto en la República y en el Filebo, impugnando la exactitud absoluta como único criterio para juzgar el edificio jerárquico de la ciencia. Esto permitiría el surgimiento de diferentes modelos y la integración de la ética y la política en el edificio de las ciencias. La tarea de la filosofía práctica consistiría en establecer una tipología de las acciones e indicar las causas que las impulsan (p. A continuación (pp. 103-136), se analizan la relación entre la noción aristotélica de educación y el papel que desempeña la dialéctica en la argumentación. La educación sería una capacidad universal y flexible que permitiría saber cuáles son las respuestas «que satisfacen las expectativas abiertas por la pregunta "porqué" (sic)» (p. Esta capacidad se adquiere a través de la dialéctica que aporta el entrenamiento metódico que precede a la adquisición de las ciencias específicas (p. La dialéctica es, según G., el método de la ciencia práctica. Para fundamentar su afirmación, realiza un análisis de las coincidencias entre ambas en los ámbitos ontológico, epistemológico y axiológico (pp. 127-133). Las acciones voluntarias en las que el agente actúa conscientemente constituyen el ámbito específico de la ética. Dos son los criterios fundamentales que Aristóteles utiliza para distinguir las acciones voluntarias de las involuntarias: el principio del cambio y el conocimiento de la acción que tiene el agente (p. Para G., el análisis aristotélico constituye el despliegue más completo dentro de la ética antigua del concepto de responsabilidad: se sitúa en una posición equidistante tanto de la noción griega tradicional de culpa y pecado como de la moderna interiorización de la responsabilidad moral (p. La estructura del silogismo práctico descrita por el estagirita indica la relación existente entre razón y acción. El capítulo dedicado al estudio de la noción de "bien" desarrolla lo que podría considerarse la tesis central del estudio. G. considera que los análisis aristotélicos del concepto de bien (EN I 4, EE I 8, MM I 1) permiten una interpretación polisémica de la noción de "bien práctico", e. d. que existen diferentes bienes en sí mismos de distinta naturaleza en el ámbito de la vida moral que no pueden ser reducidos a un bien único. De esta premisa, concluye que para Aristóteles hay dos bienes diferentes: la virtud y la felicidad, admitiendo la pérdida de unidad de la ética aristotélica. En el análisis de la estructura del acto moral, el autor llega a sostener que para A. la virtud es «la realización práctica de la norma, en tanto hábitos de elegir adecuadamente lo medido» (p. 199) y, en las cercanías de la interpretación kantiana de la ética, que «realizar el acto que la virtud correspondiente exige en las circunstancias propicias» es «un fin en sí mismo» (p. Como cada virtud posee un ámbito específico, los diversos fines no pueden reducirse a un fin último (la felicidad) que serviría de fundamento a los fines parciales de las acciones humanas. En la consideración de la temperancia, la liberalidad y la magnificencia, G. pone de relieve lo que denomina «el trasfondo aristocrático» (p. 222) de la ética aristotélica, mostrando su relación concreta con el contexto histórico-social en el que surge. En el caso de otra de las virtudes sociales, la magnanimidad, sostiene que la descripción aristotélica del magnánimo representa un ideal filosófico de la vida en su aspecto de vida práctica que complementa el de la vida filosófica contemplativa presentado en el libro X de la EN (p. Las características de estas cuatro virtudes están determinadas para G. por la inexistencia en la Antigüedad de una burocracia de estado y de un mercado en sentido estricto (p. El capítulo sobre la justicia está lastrado por una interpretación demasiado positivista del pensamiento aristotélico que intenta superar la contradicción que implica la afirmación expresa de la existencia de una "justicia natural" por medio de la distinción de un significado central y unitario del término de significados periféricos que pueden ser contradictorios entre sí y que se identifican con las distintas concepciones de justicia existentes en las diferentes sociedades. El análisis de la prudencia lleva a G. a la convicción de la proximidad existente entre la concepción aristotélica de razón práctica y la kantiana. La idea de que la posibilidad del «conocimiento del bien como algo en sí, con independencia de todo otro conocimiento empírico o teórico» (p. 300), independientemente de las dificultades que pueda tener tanto desde el punto aristotélico como desde el kantiano, parecería acercar la filosofía práctica de Aristóteles a la de Platón. El tratamiento de la ética aristotélica culmina con un estudio de la felicidad en el que G. reafirma su convicción de la falta de unidad de la EN y la presencia de dos ideales de vida irreconciliables: el de la virtud, un ideal fundamentalmente político, y el de la contemplación, básicamente ascético y autárquico. Un capítulo extremadamente impreciso y confuso sobre la recepción de la ética aristotélica en la filosofía contemporánea (Wittgenstein, Anscombe, McIntire, Ritter) cierra el trabajo. Para G., la filosofía moral general es la capa más fructífera de la teoría aristotélica y la que ha tenido una mayor recepción en la teoría actual. Este libro constituye, sin lugar a dudas, una valiosa contribución a los estudios aristotélicos en el mundo de habla castellana. Desgraciadamente, algunos aspectos formales como las numerosas erratas, la prolijidad del estilo y la absoluta ignorancia de los nombres castellanos de la mayoría de los autores clásicos lo empañan parcialmente. Helenagestalt», pp. 291-307) analiza la imagen de Helena en Il. y Od. y la confronta con otras manifestaciones del motivo de la mujer raptada en la literatura universal. Si pasamos a referirnos a la pervivencia de los poemas homéricos habremos de mencionar primeramente el artículo de Latacz («Philitas und Homer», pp. 202-10) en el que se propone una reconstrucción convincente del Hermes de Filetas, poema que reelaboraba sucesos narrados en Od. X. Ahora bien, es obvio que el aemulus por excelencia de Homero es Virgilio, y por ello no sorprende encontrarnos con tres trabajos referidos de manera más o menos directa al épico latino. El escrito por Papanghelis («Relegens errata litora», pp. 275-90) estudia el significado de aquellos pasajes de Aen. III en los que el protagonista del poema recorre escenarios conocidos por Od. Gordesiani («Prinzipien der Individualisierung der Helden», pp. 124-31) identifica los diferentes métodos con que los tres grandes épicos de la Antigüedad individualizan a sus héroes. Por su parte, Holoka («Heroes cunctantes», pp. 143-53) analiza el motivo del héroe que duda de su determinación y propone, en conexión con ello, una interpretación sugerente de feruidus en Aen. El último artículo en el que se estudia el eco de Homero en un autor antiguo (Schwabl: «Zwei homerische Nachwirkungen bei Artemidor», pp. 357-62) comenta paralelos demasiado genéricos y es poco convincente. Una observación similar puede formularse a propósito de una de las tres aportaciones que hablan de la pervivencia de Homero en el S. XX: me refiero al trabajo de Bannert («Hektor und Konstantinos Palaiologos», pp. 66-75) en el que se esbozan paralelismos entre Elitis e Il. Considero excelente, en cambio, el estudio de Lohmann («Die rosenfingrige Eos», pp. 221-44) en el que se argumenta que el Ulises de Joyce retoma el motivo odiseico de la Aurora "de rosados dedos" para mantenerlo en su estatuto de Leitmotiv. Morrison («Images of the Golden Age», pp. 245-258) nos traslada del Egeo al Caribe para discutir el sentido de los motivos clásicos presentes en el Omeros de Walcott. Resulta difícil formular un juicio general sobre veintiséis artículos de otros tantos autores, reunidos en un mismo volumen por su relación más o menos directa con la épica griega y, por supuesto, por la simpatía de los firmantes hacia el profesor Maronitis. Aunque alguna contribución nos sepa a poco, el tono general de los trabajos es muy notable; más de uno será de referencia obligada. Quizá el mejor elogio que se puede hacer del libro sea subrayar la pluralidad de sus enfoques y de los temas escogidos. De las denominaciones políticas que tuvieron vigencia en la Antigüedad, desde el punto de vista institucional, siempre ha sido la democracia la que ha recibido más atención, por su especificidad y por haberse convertido muy pronto en objeto de imitación. Muy diversas han sido las formaciones políticas que la han pretendido presentar como su modelo, desde la monarquía de los Antoninos hasta el régimen del general Franco. Martin Ostwald, tras haber dedicado él mismo importantes estudios al régimen democrático, dirige ahora su atención hacia la oligarquía, forma de gobierno menos prestigiosa, pero seguramente mucho más extendida en la antigua Grecia. Si el término democracia responde a la forma más extremada que Aristóteles caracteriza porque en ella participan los trabajadores manuales, prácticamente sólo fue Atenas la que, durante un período relativamente breve, se rigió por ese sistema. En general, las ciudades permitían la participación en exclusiva de quienes estaban económicamente cualificados para dedicar su tiempo a la política, los eúporoi de Aristóteles, y sólo en el caso de Atenas la comunidad prestaba su apoyo financiero para que participaran los pobres. Ahora bien, el término oligarchía no tuvo mucho prestigio, de modo de con frecuencia los partidarios de la oligarquía buscaban como alternativa la denominación de aristokratía. En general, sin embargo, los teóricos antiguos se fijan más en las denominaciones referidas al poder personal para definir los sistemas opuestos a la democracia, de tal modo que, todavía hoy, en muchas publicaciones, da la impresión de que ésas eran las dos únicas posibilidades de la historia política griega: monarquía, en el sentido etimológico, y democracia, como gobierno de las colectividades. cipación restrictiva como el que se estaba fraguando en la crisis del clasicismo en su marcha hacia el mundo helenístico. D Desde la publicación de The Ancient Economy de M.I. Finley en 1973 (La economía de la Antigüedad, Madrid, F.C.E., 1975), la influencia de su autor sobre la escuela de Cambridge de Historia Antigua se ha dejado notar, entre otros aspectos, en el importante debate allí desarrollado sobre el carácter de la producción antigua en relación con los modos de intervención del estado. El debate se inscribe en el renacimiento de las perspectivas antropológicas que tuvo lugar en esa época, en coincidencia con la aparición de la Escuela de París, centrada en la herencia de Gernet recogida por Vernant y Vidal-Naquet. Como ha hecho notar hace tiempo F. Hartog, en su artículo «Histoire ancienne et histoire», publicado en un número de la revista Annales (37,(5)(6)(7)1982), dedicado a la Antigüedad, así se ponía el acento sobre ciertos rasgos de las sociedades antiguas que las incluían en su tiempo histórico y procuraban despojarla del aspecto estático que caracterizaba hasta entonces el clasicismo. admitiendo que el estado interviene, pero que lo hace con fines políticos o religiosos. La cuestión la vio con claridad Godelier, cuando en el prólogo al libro coordinado por K. Polanyi sobre Comercio y mercado en los imperios antiguos, que tanta polémica sembró en el campo aquí tratado, puso de relieve el carácter inseparable de economía y sociedad en el mundo antiguo. Así lo ve también Ampolo, al tratar de los terrenos sacros como modo de intervención pública, o Van der Spek, cuando estudia los modos de intervención de los reyes helenísticos, inseparables del evergetismo como característica propia de las sociedades antiguas, así como Foraboschi y Rathbone, que admiten que no hay economía planificada, pero sí formas de intervención "en el plano de las sociedades antiguas". Los matices se señalan también en las diferencias entre los textos de Schneider y de Andreau, donde se destaca que a veces no importa la voluntad de intervenir por parte de los estados, tanto como efecto logrado a partir de actuaciones orientadas en sentido político o religioso. Las intervenciones que se refieren al Imperio Romano se ven más obligadas reconocer la intervención estatal, con la acuñación monetaria (Lo Cascio), con la explotación de la minas (Orsted), o con el apoyo a la circulación del oro en época tardía (Banaji). En definitiva, según expresión de Bagnall, la economía antigua no funciona como la de la U.R.S.S. ni como la de los E.E.U.U. Evitar el modernismo no significa acudir a formas de funcionamiento excesivamente "primitivas" y despojar a la Antigüedad de todo rasgo que pueda despertar sospecha, sino plantearse los problemas de acuerdo con estructuras diferentes a las contemporáneas, que desde luego hacen difícil un planteamiento como el de la alternativa entre intervencionismo o liberalismo. D. PLÁCIDO ESTEVE FORRIOL, J., Valencia. Los estudios de microhistoria dedicados a ciudades concretas de la antigüedad romana permiten profundizar nuestro conocimiento sobre el devenir de las comunidades básicas de la sociedad y estructura política de la República y el Imperio Romano, engarzándolas con los acontecimientos generales de la Historia de Roma. Ante este planteamiento base, al que nada tenemos que objetar, el Dr. Esteve Forriol presenta un voluminoso trabajo dedicado a la ciudad de Valentia, la actual Valencia. Sin embargo, el primer inconveniente que encontramos es que no es una obra inédita, sino una puesta al día, parcial, muy parcial, de una obra anterior publicada en 1979. Esto se observa perfectamente en el elenco bibliográfico ofrecido por el autor al final de la obra, en el que no aparece ningún artículo ni monografía de los años 80 y 90, reduciéndose a una erudita, pero también desfasada, lista de historiografía valenciana hasta la fecha de la publicación de la primera versión de esta obra. Es más, la estructura de la obra está poco modificada respecto a la edición de 1979 e incurre en los mismos errores que entonces. El estudio que realiza se divide en una introducción, una primera parte dedicada a las guerras Lusitánicas y la fundación de Valencia, una segunda al Tratado Fundacional de Valencia, una Tercera a los Historiadores Antiguos y la Población lusitana establecida en Valencia, y una cuarta a la Hipótesis sobre el recinto Fortificado y los Territorios Primitivos de Valencia. En las tres primeras partes el autor analiza desde varios ángulos las fuentes escritas sobre los orígenes de Valentia, y mantiene la controvertida teoría de su fundación con prisioneros de guerra lusitanos procedentes del ejército de Viriato. La interpretación sintáctica del texto de las Periochas de Livio -Iunius Brutus cos. in Hispania is, qui sub Viriatho militauerant, agros et oppidum dedit, quod uocatum est Valentia -hace posible pensar ésto, aunque la mayoría de los autores se inclina por una fundación irregular realizada al terminar la guerra contra los lusitanos con soldados itálicos y, tal vez, romanos. El proceso que el Dr. Esteve describe como el de esta fundación apoyándose en las fuentes clásicas referidas a la fundación de municipios, colonias y ciudades peregrinas en el marco itálico y, más raramente, extraitálico, bajo la República Romana es correcto, sin embargo cae en uno de los peligros que atraen al historiador, que es el de la analogía. Puede ser que el proceso de fundación de Valentia fuese así, pero no hay ningún dato positivo -perdón por la expresión -en ninguna de las fuentes escritas o arqueológicas que permita probarlo realmente, y como historiadores, debemos diferenciar muy claramente lo que es una hipótesis plausible de lo que es una teoría plenamente demostrada. Por lo demás, el autor se deja llevar en exceso por las fuentes conservadas, ya que, siguiendo el bronce de Lascuta, piensa que los magistrados romanos actúan en las provincias como imperatores, cuando en realidad lo hacen como Cónsules y Pretores o, en su caso, como Procónsules y Propretores, puesto que el imperium, el mando con el derecho de vida y muerte, forma parte de los poderes de las magistraturas y confiere la capacidad de mandar ejércitos y no al revés. Cuando un magistrado romano, caso de Emilio Paulo en el bronce de Lascuta, utiliza el título de imperator, indica que sus tropas lo han aclamado como vencedor y que puede optar a la concesión del triunfo por parte del Senado cuando regrese a la Vrbe. En cuanto a la forma de evaluar el asentamiento original de la ciudad, el autor levanta una fantasiosa teoría sobre lo que significa la expresión agros et oppidum dedit de Livio, ya que lo único que se indica es que Bruto concede a los beneficiarios de la fundación de Valentia un núcleo urbano con su territorio, es decir, les concede una ciuitas que es la suma de Vrbs y territorium. El significado que el autor atribuye al término oppidum como fortaleza militar no se desprende del conjunto de fuentes conservadas de la antigüedad clásica, sino que este vocablo hace referencia a una ciudad amurallada -Cf. A. Jiménez de Furundarena, «Precisiones sobre el Vocabulario Latino de la Ciudad: El Término Oppidum». Parece improbable la existencia de una fortaleza abandonada de época de la II Guerra Púnica a la que hace referencia el Dr. Esteve, y sobre la que no aporta ni una sola prueba arqueológica. El estatuto político de esta primera fundación sería, según el Dr. Esteve, el de municipio de derecho latino y aduce que las monedas de la ceca de Valentia así lo indican, pero es muy posible que este estatuto sólo le fuera concedido en época postsertoriana, tras la violentísima destrucción de la ciudad que indican las excavaciones arqueológicas, que el autor ni siquiera recoge. La parte Cuarta se dedica a analizar la delimitación primitiva de la ciudad de Valencia y de su territorio. El análisis de los procedimientos de agrimensura romanos aplicados a las ciudades es muy meritorio, pero el perímetro minuciosamente reconstruido por el autor, basado en un plan preestablecido y en la recogida al volapié de algunos datos arqueológicos, es, francamente, muy difícil de creer. En este caso, y en el de todo el proceso fundacional de la ciudad de Valentia, recomendamos que se acuda a la obra de Albert Ribera, La Fundació de València, Valencia 1998, en el que se recogen exhaustivamente los datos proporcionados por las excavaciones arqueológicas de Valencia, tanto históricas como recientes, y, al mismo tiempo, se hilvanan con los datos proporcionados por las fuentes escritas. Por último, el autor dedica un capítulo a la delimitación y estructuración del territorio de la ciudad, recogiendo una posible donación de tierras a la primitiva comunidad de los Valenetini entre la ciudad y la Albufera, y otra al Norte sobre la costa cuando se funda la Colonia de Veteranos, en la que se aprecia una centuriación. En ambos casos relaciona los nombres de algunas localidades actuales con los de posibles uici, pagi o mansiones antiguas, lo que es plausible, pero que es preciso demostrar arqueológicamente. Por lo demás, el aparato gráfico del libro es excelente, y posee una edición muy cuidada, aunque el trabajo es susceptible de mejora. Esta es la segunda edición de una obra publicada en 1980: ahora reaparece con un prefacio a esta edición y con la recopilación de varios trabajos del autor en conexión con el tema. Esto, más el hecho de que la primera edición no fuera reseñada aquí, justifica, creo que sea reseñada ahora. Es una obra basada en el estudio directo de los textos, hecho de una manera muy competente; pues la estructura social desde la época de Homero al siglo V se deduce más del estudio de los textos que de otra cosa (aunque no faltan datos arqueológicos). Pero en las notas, al final de cada capítulo, hay una amplia discusión de la bibliografía (casi siempre en lengua inglesa, la española falta por supuesto). El enfoque es en principio sociológico y antropológico, lo que se trasluce en cierta terminología («reciprocity», «chiefdom system» en la sociedad homérica, por ejemplo), pero ello no aporta diferencias notables respecto a los análisis de los filólogos (por ejemplo, el mío en mi Ilustración y Política en la Grecia Clásica, 1966). Paga, eso sí, tributo (pero más en el programa que en los hechos) a ciertas modas modernas, como el atribuir las afirmaciones de los líricos más a un «yo poético» que a otra cosa. La idea que subyace a todo el libro es la de la evolución de la sociedad, el ideal y el modo de vida aristocráticos a lo largo del período estudiado. El autor mismo dice que usa el térmico «aristocracia» a falta de otro mejor, distingue una sociedad basada en la «reciprocidad», en la época de Homero, de otra mucho más clasista posteriormente. En todo esto no se puede menos de estar de acuerdo, ni tampoco en el fino análisis de la situación social y económica que llevó a una serie de enfrentamientos así como a sucesivos intentos de los aristócratas de adaptarse a esas nuevas situaciones. Es excelente la pintura de la sociedad homérica en el capítulo I, sobre el guerrero aristócrata; incluye el hecho del paso, en Hesíodo, del «tribal chiefdom» a la «aristocratic polity», por causa de factores como la diferenciación social, competición, especialización, propiedad privada, deudas, etc. Señala, con razón, algunos anticipos de esto en Homero. Si en algún punto se puede disentir es, por lo que a mí se refiere, en que prácticamente identifica la cultura homérica con la de la sociedad de en torno al 750: no cita para nada los puntos comunes con la épica indoeuropea, ni el hecho del arrastre de arcaísmos por este tipo de poesía, ni utiliza apenas los datos micénicos (algo más, pero no mucho, en dos artículos recogidos en el libro: «The pre-estate Community in Greece» y «Homeric témenos and the Land Economy in the Dark Age»). También es excelente el segundo capítulo, «The old Ideal under challenge». Aquí entra el nuevo punto de vista de la areté en defensa de la comunidad (no sin precedentes en la Ilíada, sobre todo a propósito de los troyanos). Esto en Tirteo, entre otros. Al tiempo, una búsqueda de un superior estilo de vida de los aristócratas, es evidente; incluso un cierto decadentismo y relajación en el lujo y el banquete. En relación con esto y con el creciente individualismo son estudiados sobre todo fragmentos bien conocidos de Arquíloco y otros autores. Pero no sé si se destaca lo suficiente que Arquíloco es, después de todo, pese a sus alharacas verbales, un guerrero al servicio de la polis. Y que lo trascendental en toda esta escuela de poesía es el descubrimiento del hombre, potencialmente igual: puerta abierta para la posterior ideología democrática. El capítulo tercero se ocupa de la crisis de identidad en Teognis y Píndaro. Son, en realidad, cosas bien conocidas; lo que nuestro autor aporta fundamentalmente es, me parece, que la perspectiva de los dos es desde ángulos diferentes: el de la derrota política en un caso, el del triunfo en los Juegos en otro. Y hay una cierta evolución, los atributos del agathós son principalmente morales e intelectuales. Ahora bien, quizá habría que subrayar con más fuerza las dos teorías contrapuestas: la de que la areté viene del nacimiento, no es enseñable, y la contraria, que está en la base de las filosofías posteriores. El capítulo IV, sobre el ideal aristocrático en el período clásico, es muy complejo y contiene finos análisis sobre sus matices, sus adaptaciones a las circunstancias, sus varios reflejos en el léxico, etc. Hay cosas que no quedan demasiado claras, como la interrelación de todo esto con la realidad política, con personajes como Pericles, con la lucha por las distintas interpretaciones del concepto de igualdad, con la llegada paulatina de la guerra civil a Atenas. El papel de los sofistas y socráticos, su oposición al pensamiento trágico, la situación ambigua de los jóvenes aristócratas alumnos de los sofistas, son temas que merecerían un estudio más detenido. En suma, la relación entre ideal aristocrático y política se echa a ratos de menos. Pero son buenos los análisis de Aristófanes y Eurípides, sobre todo, en relación con las cambiantes maneras de pensar. En cuanto al capítulo V, sobre el estilo de vida aristocrático en el siglo V, hay que decir que es una buena descripción. Aunque ese estilo de vida tiene matices, no todo es uniforme. Esta es, por lo demás, la tesis de nuestro autor: hay evolución del modelo aristocrático. Y cree que quedaba en Grecia, desde la edad tribal, un igualitarismo bien arraigado, que fue la base de la democracia. Las aristocracias se adaptaron mal a ella, pese a múltiples cesiones; pero los no-aristócratas no pudieron establecer un modelo contrario, solo negaciones y críticas. No creo que pueda, en definitiva, negarse aquello que dijo Jäger en su paideía: todo lleva en Grecia la impronta de su origen aristocrático. Pero, ciertamente, el de «aristocrático» es un concepto complejo y que evolucionó; y del mismo salieron el individualismo que creó los mejores logros griegos. Y la imitación de los ideales aristocráticos, de algunos al menos, por parte de todos. Los artículos recogidos al final añaden detalles sobre algunos de los puntos estudiados; dos fueron ya aludidos más arriba. Otros se refieren a temas como el significado de demos (un buen estudio lexicográfico y semántico); al pensamiento antiaristocrático en la poesía arcaica (importante catálogo de pasajes); a la estructura de la autoridad en la Ilíada (cree que la del grupo es decisiva, no estoy tan seguro de que no se trate de un prejuicio etnográfico); a la «gift-economy», en relación con el intercambio de regalos entre Glauco y Diomedes); a la comunidad preestatal en Grecia (tribal, decimos nosotros, en Homero). Hay, finalmente, un capítulo nuevo en esta edición: el dedicado al jefe y sus seguidores en la Grecia preestatal, cree que entre ellos hay un igualitarismo que es precedente de la democracia. F.R. ADRADOS Esta obra recoge una serie de estudios sobre varios temas de bibliografía, lengua, sociedad y religión indoeuropeas editados por el desaparecido E. C. Polomé. Hay un extenso artículo de carácter bibliográfico. Alain de Benoist dedica 71 páginas a hacer una enumeración de los libros (incluye alguno de los Festschriften más importantes y alguna tesis doctoral inédita) sobre indoeuropeo publicados desde 1710. En este sentido es de destacar el sentido cronológico que tiene el artículo, en donde se puede apreciar claramente que existen "modas" dentro de nuestros estudios; es de apreciar que incluya la bibliografía en lenguas que no suelen recogerse en los repertorios más usuales, como el ruso o el lituano. En cuanto a las obras en español hay que hacer notar que el Origen de la flexión nominal indoeu-ropea de Villar aparece citado dos veces el mismo año, la primera atribuida a Adrados y la segunda a su verdadero autor. Es de señalar también que la crónica incluye los libros dedicados a la religión indoeuropea, gracias a lo cual se puede ver que el tema ha interesado desde muy antiguo y ha dado lugar a una producción amplísima. El libro concluye con una revisión de Polomé de las obras recientes dedicadas a la religión indoeuropea, analizadas por temas. Manifiesta un cierto interés en recoger obras que proyectan problemas antiguos o prehistóricos sobre nuestro tiempo. Carol Justus escribe sobre los sistemas de numerales y sobre la virtualidad de los mismos para convertirse en criterios de parentesco lingüístico. Parte de la hipótesis de Vennemann que propone que el sistema vigesimal deducible en el vasco se difundió como substrato al celta y el germánico, sustituyendo a un sistema decimal indoeuropeo heredado. Justus determina que en la hipotesis de Vennemann hay un problema sustancial de análisis y que el sistema vigesimal existente en galés, francés y vasco puede reposar sobre un sistema anterior de unidad 5. La vigesimalidad, por otra parte, no excluye la decimalidad: simplemente representan dos estadios de evolución de la numeración compatibles. El uso del 20 no convierte a un sistema en vigesimal, pues los sistemas numerales incluyen no sólo las bases exponenciales de los sistemas, sino también los intervalos de factores que secuencian las unidades de contabilidad numérica, que es justamente lo que estudia la autora. Polomé dedica un artículo a estudiar las raíces incluídas en Pokorny y otros léxicos etimológicos de lenguas históricas indoeuropeas con *b-inicial. La mayoría de ellas son palabras onomatopéyicas, expresivas o préstamos. Concluye que la única raíz atribuible a la protolengua con seguridad es *bel-'fuerte' y duda que una sola raíz permita reconstruir un fonema */b/. Utilizando criterios lingüísticos para reconstruir las realidades históricas de la protolengua, Françoise Bader analiza las referencias a los pelasgos que encontramos en Homero. Tomando la obra homérica como una verdadera Histoire de la langue grecque, analiza una serie de términos procedentes de la raíz *plH 2, que serían de origen pelásgico y se habrían integrado en la lengua griega, como πύλη; lo mismo sucede con la raíz *g w hedh-, gr. Φθίας, Θεσσαλία. Es un artículo complejo, pero sin duda apasionante. En un extenso artículo, Alexander Häusler critica la teoría de M. Gimbutas sobre la difusión de los indoeuropeos a partir de las estepas pónticas. Häusler insiste en demostrar que Gimbutas no es en absoluto original, y cita profusamente un amplio elenco de autores, fundamentalmente alemanes de la primera mitad del s. XX en los que los indoeuropeos aparecen descritos como un pueblo nómada y belicoso, y en los que estas características están presentadas de manera muy positiva. Para Häusler la concepción de los indoeuropeos como un pueblo nómada que se expande agresivamente desde un zona esteparia no es sino el reflejo de un prejuicio de origen bíblico que subyace en la mayor parte de los estudiosos (ex oriente lux). Después de una extensísima crítica H. propone que caballos y carros, dos realidades constatables mediante la paleontología lingüística más tradicional, son una realidad arqueológica común a una cultura autóctona radicada en toda Europa Central, Septentrional y Norte del Ponto y Caspio desde el Mesolítico hasta el comienzo del Bronce (2300 a.C.). En esta se desarrollaría un continuum lingüístico en donde cristalizó el indoeuropeo. Respecto a la extensa crítica que hace de la conocida teoría de M. Gimbutas sólo quiero hacer dos reflexiones. Una, que no es comparable políticamente la apología de los indoeuropeos belicosos que hacían los estudiosos alemanes de la época hitleriana, en donde la presunta agresividad de los indoeuropeos era un factor de prestigio, con la presentación que del mismo pueblo hace Gimbutas, pues en ella el prestigio se desplaza descaradamente hacia los antiguos europeos, matriarcales y pacíficos; el lector simplemente tiene que leer la cita de Meid que recoge H. para comprobar hasta qué punto los indoeuropeos reconstruídos son muy poco políticamente correctos. Dos, que la acogida que ha tenido dicha hipótesis entre los lingüistas (Tovar, Adrados o Meid, citados por H.) difícilemente tiene que ver con prejuicios de origen bíblico, sino con el hecho de que explica mejor hechos de difusión dialectal y de cronología absoluta. En cambio, la propuesta de H. no incluye ni una palabra de cuál pudo ser la evolución de los indoeuropeos hacia Oriente (los tocarios existen), ni hacia Anatolia. Garret Olmstead analiza textos del antiguo irlandés para proponer una expansión de los indoeuropeos distinta de la hecha por Renfrew. Para O. los indoeuropeos se difundieron con un sistema intermedio de cría de ganado y cultivo de grano sustentado por una sociedad jerarquizada en clientes (agricultores), nobles, reyes y grandes reyes. La obra incluye también dos revisiones de la conocida teoría de la trifuncionalidad de la sociedad y la religión indoeuropea de Dumézil. Nick Allen estudia los rasgos más característicos del hinduísmo para confirmar su propuesta de que a las funciones dumézilianas hay que añadir una cuarta, que recoge lo no incluido o que está más allá de las tres conocidas y que presenta dos lados, uno positivo y otro negativo. Dean Miller redefine la monarquía dentro de la primera función de Dumézil y critica a Allen. Mejor que una cuarta función prefiere incluir en la primera función una soberanía de carácter mágico, intermedia entre la mitraica y la varunaica, con carácter transgresor, ejemplificado con el mito de Atreo. 282 pp. El inconveniente que tienen libros de título sugestivo como este y que en realidad son Actas de un Congreso, es que hacen esperar un tratamiento de conjunto del tema, cuando lo que en realidad ofrecen es un mosaico de contribuciones bastante incoherente, por interesantes que sean, muchas, una a una. Este es el caso de este libro, obra por lo demás de buenos especialistas austriacos y alemanes en especialidades diversas. Los tres conceptos del título son muy diferentes y tampoco es claro el concepto de Indogermania. No se trata de un estudio sobre el amor en pueblos que sin duda no conocieron ese concepto, ni tampoco de especulaciones sobre el tema en época indoeuropea. Se trata de estudios ya lexicales, ya institucionales, ya religiosos ya literarios en épocas y geografías dispares ocupadas por pueblos indoeuropeos. Lo que más se aproxima a un estudio relacionado con los antiguos indoeuropeos son los varios trabajos sobre léxico. Uno de S. A. Romaschko sobre las raíces *ljub-y *mil-en eslavo (y en otras lenguas); otro de F. Lochner von Hüttenbach «Wörter für Zuneigung in der indogermanischen Namengebung»; y un tercero de W. Meid, «Liebe und Sexualität in las últimas tablillas en lineal B descubiertas, que parecen apuntar a la existencia de un culto a Deméter vinculado con los Misterios eleusinos. Se nos detallan también los últimos 18 años de hallazgos arqueológicos, entre los que cabría resaltar las nuevas investigaciones sobre la primitiva muralla cadmea. Es el supuesto origen divino de esta muralla tebana, que retrata toda la literatura griega desde Homero hasta Eustacio, junto con el manido vínculo de Heracles con la ciudad de Tebas lo que constituye el objetivo del apartado titulado "mito y rito". A este capítulo hay que añadir también un estudio sobre la evolución cronológica de la fiesta tebana por antonomasia, las dafneforias, con sus interrupciones, restauraciones y reinterpretaciones. El capítulo "épica y lírica arcaica" se abre con un análisis de las tradiciones tebanas en estos dos géneros literarios. La pérdida de poemas épicos tan emblemáticos como la Edipodia o los Epígonos hacen que estas tradiciones tebanas no sean tan numerosas como las que encontraremos después al hablar del teatro. Aún así se puede seguir su rastro fundamentalmente en el Catálogo de las naves de Homero y en la lírica de Corina y Píndaro, especialmente la Ístmica VII de éste último. El apartado consagrado al teatro es, como cabría suponer, uno de los más amplios y complejos. La supuesta influencia de las Historias de Heródoto en el personaje sofócleo de Edipo (evidente por determinadas coincidencias en las costumbres, vocabulario, realia, etc) es el tema de uno de los artículos. En otro se resalta la íntima interdependencia entre el tratamiento teatral de la ciudad de Tebas en Esquilo y Eurípides y las relaciones de hecho entre los Estados de Atenas y Tebas. Por último, la imagen contradictoria de Tebas en el Heracles de Eurípides y la supuesta influencia de la ética de Simónides en esta obra cierran el capítulo. Poesía helenística e iconografía son capítulos más breves, conformados de hecho por un sólo artículo cada uno. En el primero se aborda la sorprendente utilización por Calímaco, en época alejandrina, de una extraña versión de la leyenda del adivino Tiresias para explicar el singular ritual del baño de la estatua de Palas Atenea en el rio Inaco. En el segundo se nos confirma cómo, con el tiempo, Tebas, en las artes decorativas, dejó de ser un vehículo de propaganda política para convertirse en un simple teatro de sus más famosos mitos catastróficos. Más tarde, con el helenismo, la presencia tebana se reduce ya a los mitos de carácter literario: Edipo, Antígona, etc. Con Roma será ya tan sólo una parte más del patrimonio literario antiguo (interesante apéndice iconográfico en pp. 302-315). Se cierra el libro con el apartado histórico. La tensión creciente entre Atenas y Tebas a principios del s. IV a.C. -una vez que Esparta deja de percibirse como un peligro para la región del Ática -, el escaso protagonismo de la liga beocia y de Tebas en particular en el desarrollo del federalismo en ese mismo siglo, y la identificación del autor de una ley tebana recordada incluso en tiempos de Cicerón (ley que velaba por el buen comportamiento de las mujeres en ciertas festividades nocturnas) son los artículos que conforman los variados contenidos de este último capítulo. Los índices de nombres y de los pasajes discutidos (pp. 367-378) cierran definitivamente el libro. La bibliografía, por ser muy específica, la encontrará el lector al final o a los pies de cada artículo.
El presente artículo se incluye en el Proyecto de investigación "Diccionario de tópicos amatorios en la literatura latina y su pervivencia en la poesía española" (PB97-0442-C02-01) de la Dirección General de Investigación Científica y Técnica. Desearía agradecer los valiosos comentarios y acertadas correcciones críticas de mis colegas los Profesores G. Laguna y L. Rivero. El pentámetro es considerado por McKeown 2 como «an awkward line», pero persiste en la línea poco convincente de, por ejemplo, Brandt 3, Kenney 4, Marg-Harder 5 y Booth 6. La disposición del dístico es en paralelo y no en quiasmo7, es decir, que haec se refiere a me noua sollicitat e illa a me tangit serior aetas, como en I 9, 19-208: ille graues urbes, hic durae limen amicae/ obsidet; hic portas frangit, at ille fores. Los problemas de comprensión se centran en los términos corporis y placet. Parece claro que species corporis se refiere a la belleza física de las jóvenes, aunque el término corporis ha parecido sospechoso por ser redundante de species. Sin embargo, junturas similares se encuentran en el mismo Ovidio (Fast. Precisamente, debido a su teórico valor redundante, Kenney9 cambió corporis por moribus, como ya hiciera Marius. Con ello, el pentámetro se entiende como que la mujer joven es superior en belleza física (specie) y la madura agrada (placet) por sus buenas costumbres (moribus). Y es verdad que el verbo placere, en el sentido de'ser sexualmente atractivo/-a a alguien' (OLD, 1d) aparece cinco veces en la presente elegía: vv. Y, por otra parte, la juntura illa placet, que suele chocar por la ausencia aparente de complementación, pero donde es fácil sobreentender mihi a partir del verso anterior (me... me), también está en el verso 29 o en II 10, 8 (et magis haec nobis et magis illa placet), y una variante, ipsa placet, en el v. Es más, en otros lugares de la obra amatoria los ejemplos no son raros: ille placet (Am. Sin embargo, esta interpretación no me resulta clara, porque Ovidio no está desarrollando aquí la idea antigua de que la falta de atractivo físico, especialmente en las mujeres que ya no son jóvenes, se compensa con los mores o conducta sin tacha. Ovidio se está refiriendo a otro asunto, a saber, que la mujer madura, en este caso, atrae no ya por su conducta intachable, sino por su mayor experiencia en el sexo y, por tanto, por tener más capacidad de satisfacer al hombre. Y esto último es lo que el mismo Ovidio desarrolla en su Elogio de la mujer madura en Ars II 663-702, especialmente los versos 689-696: me uoces audire iuuat sua gaudia fassas, utque morer meme sustineamque, roget; aspiciam dominae uictos amentis ocellos: langueat et tangi se uetet illa diu. haec bona non primae tribuit natura iuuentae, quae cito post septem lustra uenire solent. El significado que Ovidio da a sapere en su obra amatoria es el de "savoir-faire" en asuntos del amor, es decir, el conocer bien los asuntos del querer 10. ¿Y quién puede conocer bien los entresijos del amor? La puella sapiens o el puer sapiens, que no son las jóvenes, como nos lo recuerda Calpurnio Flaco (Decl. II: miraris, si aliquis non sapienter amat, cum incipere amare non est sapientis), sino la mujer madura o el hombre maduro que controla y disfruta de su pasión amorosa. Este es el sentido de Ars I 63-66: Creo que, una vez más, la no pocas veces estéril pudicitia philologorum no ha sabido o no ha querido ver en sapit todo el contenido erótico y sexual que sí estuvo en la cabeza del gran poeta de Sulmona. Véanse los siguientes ejemplos sólo en Amores II, donde se ha practicado la pudibundez en el texto:'quid facis?' exclamo'quo nunc mea gaudia differs? iniciam dominas in mea iura manus! (5.
El propio Isócrates califica estas guerras de χαλεπούς en carta III.11. El corpus epistolar que bajo el nombre de Isócrates ha llegado hasta nosotros contiene un total de nueve cartas de las que cuatro (cartas II, III, IV y V) están dirigidas a gobernantes macedonios, todas ellas escritas con posterioridad a la redacción del A Filipo en el año 346. Considerando que después de esta fecha el único discurso que se nos conserva de Isócrates es el Panatenaico, estas cuatro cartas nos ofrecen por lo tanto un testimonio crucial para verificar la validez de la interpretación que hice de este discurso en las EM LXIX 1, 2001 1 «El Panatenaico de Isócrates: 1 -El excursus de Agamenón», EMERITA 64, 1996, pp. 137-156 y «El Panatenaico de Isócrates: 2 -Tema y finalidad del discurso», EMERITA 66, 1998, pp. 67-94. dos entregas anteriores de este estudio 1. Por ello es preciso dedicar a estas cartas un estudio detallado e individualizado que tenga en cuenta sus problemas de autenticidad y datación, en torno a los cuales hubo un intenso debate a fines del XIX y principios del XX que no ha tenido apenas continuidad en épocas más recientes. La primera carta a Filipo (II) Se trata de la carta más larga de nuestro orador. En ella Isócrates se dirige al rey pidiéndole disculpas por dirigirse a él de nuevo, aunque no sea para darle consejos como en ocasiones anteriores, sino para interesarse por lo que le ha sucedido, ya que es algo que ha puesto en riesgo su vida ( §1-2). Según nos dice, el rey, para demostrar su valor, ha corrido un riesgo innecesario e impropio de su condición, pues si hubiese muerto en combate, no sólo habría perdido su vida, sino perjudicado sus planes ( §3-4). En otros estados como Atenas, Esparta y Persia los gobernantes siempre han sido protegidos de los peligros que acechan en combate, pues su muerte perjudica al estado ( §5-8), por lo que Filipo tendría que tener estos ejemplos presentes y mantenerse vivo para alcanzar una gloria que sólo a él está reservada ( §9-10). Objetivo de Filipo, continúa nuestro orador, no deben ser guerras difíciles y sin prestigio contra los bárbaros, pues basta con controlar sus fronteras, sino la guerra contra el rey persa ( §11). Isócrates se lamenta de no haberle enviado la carta antes de que saliera en campaña para que así el rey hubiera sido precavido y evitado la herida ( §12) y aunque quiere concluir aquí este escrito a fin de no convertir en discurso una simple carta ( §13), se extiende un poco más para señalar a Filipo que no haga caso de las críticas que contra él dirigen ciertos oradores que manipulan al pueblo ( §14-15) y siga manteniendo la alianza con Atenas, pues aunque esta ciudad ha cometido errores, sigue siendo la que más útil resultará a Filipo en su lucha contra los bárbaros ( §16-18), mucho más útil desde luego que el recurso a mercenarios ( §19). Insta a Filipo a que tenga con Atenas el mismo prudente comportamiento que tuvo con los tesalios y evite el uso de la fuerza ( §20-21) y termina la carta quejándose de la mala reputación que él mismo tiene entre 2 El comentario se conserva en un papiro hallado en Egipto: H. Diels -W. 12. determinados círculos atenienses ( §22-23) e instando de nuevo a Filipo a actuar en favor de los griegos ( §24). La carta, cuya autenticidad no ha sido nunca cuestionada, es posterior a la redacción del discurso A Filipo del 346 ya que en su comienzo Isócrates recuerda que ya anteriormente ha dado consejos al rey sobre qué es lo que le convenía hacer (πρότερον ¦τύγχανόν σοι παρ®νεκãς). Un apoyo cronológico para precisar más su datación lo da el propio motivo de la carta, que Isócrates declara haber escrito preocupado por la salud de Filipo y por el hecho de que asuma riesgos innecesarios que le pueden causar la muerte. En §11 Isócrates insta incluso al rey a que no se empeñe excesivamente en las guerras que ahora lleva a cabo contra los bárbaros y que se limite simplemente a asegurar su territorio contra ellos, pues su principal objetivo debe ser la guerra contra el persa. Por el tenor de lo escrito en §12 queda claro que es justamente en el curso de esta campaña cuando Filipo ha corrido un gran riesgo que ha estado a punto de costarle la vida. Se trata evidentemente de alguna de las graves heridas que recibió Filipo a lo largo de su vida, sin duda, como todos los estudiosos conceden, de la que Filipo recibió en la pierna derecha en el curso de la sangrienta campaña contra Pleurato, el rey de los ardieos, un pueblo ilirio de la costa dálmata. De ella y de otras heridas que recibió el rey nos informa Dídimo en su comentario a Demóstenes XI.22 2. Otras heridas que recibió Filipo en los años 354 y 339 no entran aquí en consideración por salirse del marco cronológico que marcan, como veremos enseguida, las indicaciones de la carta. La datación de la carta depende pues directamente de la datación de la campaña de Filipo contra los ardieos, que sucedió inmediatamente a la campaña contra los dardanios. Sin embargo estamos mal informados de ambas campañas pues nuestras fuentes, especialmente Diodoro Sículo (XVI 69) y Justino (VIII 6), son confusas acerca del momento en el que tuvieron lugar. Benno von Hagen y casi simultáneamente Eduard Meyer no tuvieron duda de que las campañas contra los ilirios tuvieron lugar en el 344 considerando que precedían a la que Filipo llevó a cabo en Tesalia en otoño de ese mismo año 3. La carta de Isócrates tenía por lo tanto que ser posterior a esta fecha, por lo que habría sido escrita bien a finales del 344 o incluso, como pensaba von Hagen, a principios del 343. Esta opinión, desde que fue asumida por Georges Mathieu en su edición de Belles Lettres, se convirtió en communis opinio prácticamente hasta hoy entre los filólogos 4 y es aceptada sin discusión en recientes ediciones de Isócrates 5. No obstante entre los historiadores se ha propuesto desde hace años el año 345 como fecha alternativa para las campañas ilirias de Filipo. La propuesta, que cuenta con algún antecedente a principios de siglo 6, fue defendida de nuevo por G.L. Cawkwell en 1963 en un artículo dedicado a reconstruir el escenario político ateniense tras la paz de Filócrates del 346 7. Cawkwell discutía la datación de la embajada del bizantino Pitón, enviado por Filipo II a Atenas para intentar defender al rey de las acusaciones de romper la paz y perjudicar los intereses de Atenas. Según la propuesta de este autor, la embajada de Pitón no habría tenido lugar en el 343, como se pensaba unánimente hasta entonces, sino un año antes, en el 344. Una prueba de ello sería la propia II Filípica de Demóstenes, que se habría escrito precisamente para responder a las acusaciones de la legación macedonia de Pitón. Para Cawkwell era necesario en consecuencia retrasar la fecha de la carta II de Isócrates hasta el 345, puesto que las observaciones hechas por el orador en la carta II.14-15, minimizando las críticas de los atenienses a Filipo y calificándolas de calumnias, son absolutamente inapropiadas («inapposite») en el ambiente caldeado que se vivió en Atenas un año después como consecuencia de la embajada. Cawkwell encontraba un apoyo a su propuesta de datación en el hecho de que la campaña contra los arieos en la que fue herido Filipo muy bien pudiera haber tenido lugar en el 345, ya que: 1) todos los estudiosos están de acuerdo en que la mención de las dos campañas ilirias en Diodoro XVI.69.7 dentro del año ático 344/343 es muy tardía y fruto de un error al ordenar su narración de los hechos de esos años; 2) parece imposible que Filipo pudiera desarrollar en la primera mitad J.R. Ellis en Cambridge An. Hist., vol. IV, ob. cit., pp. 762-763 opta por el 345 para las campañas ilirias, pero Hammond, Philip..., ob. cit., pp. 115-117 aunque se inclina por el 345 para su comienzo, no descarta que se prolongasen en el 344. del año 344 dos campañas tan complejas 8 como las realizadas contra los dardanios y los arieos antes de marchar sobre Tesalia; 3) no consta expresamente en ninguna fuente que Filipo haya realizado campaña alguna en el año 345 ya que la fundación de colonias que le atribuyen las fuentes «would not have required Philip 's presence or the use of his whole military power». Los argumentos de Cawkewll en lo que respecta a la datación de la embajada de Pitón no han sido siempre aceptados por algunos de los mayores especialistas del periodo 9, pero su idea de que las dos campañas ilirias deben datarse en el 345 fue retomada por Griffith, que la defendió con varios argumentos de manera convincente 10. La propuesta de Griffith, con matices, parece haberse convertido en communis opinio entre los historiadores 11. Ello significa que la carta de Isócrates para estos historiadores pudo haber sido escrita ya en el 345 o, a lo más tardar, a comienzos del 344, pues aunque Isócrates escribe al rey con motivo de la herida que acaba de sufrir, era necesario un cierto tiempo antes de que la noticia llegase a Atenas desde la región de los arieos donde estaba el rey de campaña. En cualquier caso, Isócrates escribe mucho tiempo antes de la redacción de la II Filípica en el otoño del 344, que marca un primer punto de inflexión en el camino hacia la guerra entre Atenas y Macedonia después de firmada la paz de Filócrates en el 346. Esta datación encaja perfectamente con el duro tono empleado en esta epístola abierta a la hora de criticar a los enemigos atenienses de Filipo, quizás difícilmente explicable en el ambiente político de fines del 344. Otro aspecto que ayuda a fijar la datación de la carta es la mención que se hace en §20-21 al hecho de que Filipo II ha tratado con justicia (δικαίως) y de manera adecuada (συμφερόντως) a los tesalios. Meyer pensó que esta indicación se refería a la intervención en Tesalia llevada a cabo por Filipo en el 344, que databa justamente después de las campañas ilirias de ese año. Sobre la actuación de Filipo en Tesalia en el 344 nos informan diversas fuentes 12, que hablan de la deposición de tiranos de algunas ciudades tesalias y la imposición de un nuevo orden más centralizado controlado por guarniciones macedonias. Podría pensarse que las palabras de Isócrates puedan aplicarse a los cambios acaecidos en el 344, pero ya el propio Meyer advirtió que en el A Filipo 20, escrito en el 346, Isócrates hablaba en términos similares del tratamiento dado por Filipo a los tesalios, gracias al cual el rey había conseguido su fidelidad. Filipo, según escribía Isócrates en el 346, había conseguido gracias a sus actos de generosidad (ταÃς εÛεργεσίαις) que algunas ciudades de aquel área entraran voluntariamente en alianza con él (πρÎς τ¬ν αßτοØ συμμαχίαν), mientras que sometió por la fuerza a aquellas que le habían causado daño 13. En realidad, Filipo estaba interviniendo en los asuntos de Tesalia desde el 353. Los sucesos del 344 fueron motivados precisamente por una sublevación de ciudades como Feras y Larisa contra el statu quo marcado por los macedonios en los años previos y sólo suponen el final de un proceso de creciente intervencionismo del rey macedonio en la región. Es por lo tanto evidente que las alusiones a Tesalia de la carta III no tienen por qué referirse los sucesos del 344 y pueden haber sido escritas años antes, como el pasaje del A Filipo 14. Si Isócrates se hubiera referido en su carta III a la intervención tesalia del 344, quizás hubiéramos esperado de él una postura de apoyo menos entusiasta a la política de Filipo, considerando que su contemporáneo Demóstenes escribía justamente en el año 344 duras palabras respecto al definitivo sometimiento de Tesalia por los macedonios (II Filípica 22), que sabemos acantonaron allí guarniciones de soldados (III Filípica 12) 15. Si consideramos además que Isócrates en su carta III. 20 escribe que la prudente política que Filipo ha seguido con los tesalios es la misma que debe adoptar con los atenienses (χρ¬ τοίνυν κα περ oμς πειρσθαι γίγνεσθαί σε τοιοØτον), parece bastante difícil pensar que nuestro orador pueda tener en mente los su-16 Pace M.M. Markle, «Support of Athenian intellectuals for Philip: a study of Isocrates' Philippus and Speusippus' Letter to Philip», JHS 96, 1976, pp. 80-99, que partiendo de una datación de la carta en el 344 considera que de acuerdo con este pasaje Isócrates estaba aconsejando a Filipo que «ganase el apoyo de Atenas apoyando por todos los medios a los partidarios de Macedonia y aplastando por la fuerza todas las facciones que se le opusieran» (p. Parece difícil que Isócrates pudiera expresarse públicamente en esos términos frente a su ciudad sin correr el riesgo de ser considerado un traidor, una circunstancia que el propio Markle señala en la primera parte de su estudio al indicar que el A Filipo de Isócrates estaba esencialmente dirigido a sus conciudadanos (pp. 81-85). 17 El hecho de que en §18 Isócrates indique que si tuviese a Atenas como aliado no encontrarían en ella ningún refugio (•ποστροφήν) personas que están ahora sometidas a él, puede referirse a los focios refugiados en Atenas al finalizar la III Guerra Sagrada en el verano del 346 (Dem. Si esta inferencia es correcta, creo que ello sería otro motivo para datar la carta más cerca del año 346 que del 344. Más difícil de interpretar es el hecho de que la carta II.11 contenga reflexiones sobre bárbaros y persas muy similares a las de la carta III.5, pues no podría decirse cuál de los dos pasajes pudo escribirse primero. cesos del 344 16. Estas consideraciones sirven pues para mantener la datación de la carta en el 345 o, a lo más tardar, a principios del 344 cuando todavía no se sabía nada de los planes de intervención de Filipo en Tesalia 17. Las alusiones a atenienses que critican la política de Filipo encajan quizás mejor, como ya sugirió Cawkwell, en el contexto anterior al verano del 344 que en el posterior a esta fecha, donde la progresiva hostilidad de los atenienses a la potencia macedonia hubiera quizás llevado a Isócrates a formular la carta de otra manera. Así, la ya mencionada referencia a los que calumnian a Filipo en §15, una crítica directa a la labor que estaba realizando Demóstenes por esas fechas, hubiera sido quizás expesada de forma más prudente. Por otra parte, ya indicamos en la parte segunda de este estudio que la progresiva hostilidad de Atenas hacia Filipo acabó perjudicando al propio Isócrates y fue una de las causas que le impulsaron a escribir el Panatenaico para vindicar su patriotismo. Las afirmaciones del orador en §22 de que su prestigio no es bueno entre el pueblo y aquellos que carecen de una opinión sólida (οÜτ' εÞ παρ τοÃς πολλοÃς κα τοÃς εAEκ± δοκιμάζουσι φερόμενος) y de que incluso no se entienden sus opiniones y se le tiene envidia (•γνοούμενος ßπ' αÛτäν κα φθονούμενος) son precisamente las que encontramos en el comienzo del Panatenaico, donde Isócrates se queja amargamente de la incomprensión de muchos de sus conciudadanos. Que la coincidencia no es casual lo prueba otro detalle. En §16 Isócrates afirma que también Atenas, a pesar de ser la ciudad que más beneficios ha procurado a todos los griegos, ha co- metido errores, pues ni siquiera los dioses están faltos de ellos. En el Panatenaico 64 Isócrates repite la misma indicación y añade "ya hice mención antes a esto" (Óπερ εÉπον 3δη κα πρότερον), en lo que es un claro reenvío a nuestro pasaje. Estas consideraciones nos permiten sospechar que las reflexiones que se hace Isócrates en la carta coinciden totalmente con las inquietudes que le llevaron por los años 344-342 a escribir finalmente el Panatenaico. La concreción de las indicaciones, las alusiones al clima que se vivía entonces en Atenas, el propio estilo de la carta, así como el reenvío desde el Panatenaico a ella, demuestran que estamos ante una carta genuina de Isócrates. La carta a Antípatro (IV) Más problemas de autenticidad ha despertado por el contrario la carta IV dirigida por Isócrates a Antípatro, embajador macedonio ante Atenas en dos ocasiones: en el 346 con motivo de la paz de Filócrates y en el 338 para negociar la paz que sucedió a la batalla de Queronea. En la carta nuestro orador recomienda ante Antípatro a un personaje llamado Diodoto y a su hijo, sobre los que nada sabemos y no encierra más alusión a las circunstancias históricas que la que hace Isócrates al comienzo cuando señala que le resulta peligroso enviar una carta a Macedonia ahora que está en guerra con Atenas. La carta tuvo por lo tanto que escribirse una vez estallada la guerra entre Atenas y Filipo II en el 340. Isócrates no dirige además a Antípatro ninguna reflexión, al contrario de lo que ocurre con los destinatarios de las cartas VII y VIII que también contienen recomendaciones, por lo que cabe suponer que ya había tenido previamente trato con él, probablemente en el 346. Son muchos los autores que han cuestionado la autenticidad de la carta. El primero fue Bruno Keil por razones fundamentalmente de estilo que nadie hasta la fecha, como veremos, ha podido refutar 18. Según constató este estudioso, hay en la carta muchas expresiones que no aparecen en el resto de la obra de Isócrates, como el extraño -ττα σίνη, "algunos defectos" de §11 (en vez del previsible κακά τινα 19 ), el lírico λιγυρώτατον de §4, o palabras como διαγωγαί ( §2), συνημερεύειν ( §4), ¦φέλκεσθαι ( §6), Ïκνηρäς ( §8), εÛκρινής ( §11), σωμάτιον ( §11), πρεσβυτικός ( §13), προσφιλής ( §13). Hay 20 Una comparación similar en Antídosis 301, pero en este caso pertinente, ya que Isócrates critica como excesivos los elogios que se tributan a los atletas. 329 -Keil manejó la primera edición de la edición de Blass, aparecida en 1874 y recoge también en su enumeración algunas de las observaciones de éste sobre el estilo de la carta. además expresiones o giros realmente poco afortunados e impropios de Isócrates, como el •ξιόχρεων τÎν Ðγκον τÎν τ−ς ψυχ−ς §χοντες ( §5) o el εAEς τοÜμπροσθε πειραθ−ναι προελθεÃν ( §10). Keil señala también que el exceso de comparaciones que encontramos en la carta es «ab Isocrate plane alienum», como cuando en §8 se dice que las dificultades que tuvo Diodoto con sus anteriores patrones (unos δυνασταί de Asia) le disuadieron de acercarse a Antípatro, del mismo modo que aquél que ha padecido una tormenta en el mar no se atreve ya a navergar; o también cuando en §10-11 señala que Diodoto considera que entrar al servicio de Antípatro es como participar en un certamen atlético, aunque reconoce que carece de la fuerza para ganar la corona 20. Finalmente, entre otras observaciones, Keil señala que es improcedente enumerar todos los problemas que tuvo Diodoto en Asia con sus anteriores dueños δι τÎ παρρησιάζεσθαι. Todas estas consideraciones fueron valoradas por Keil en su conjunto como decisivas para negar la autoría de la carta a Isócrates. Keil desautorizaba además la hipótesis de Blass de que las peculiariades estilísticas de la carta, que él ya había observado, se explicaban por su carácter privado y confidencial («vertraulich») 21. Según Blass, Isócrates no había pretendido hacer un «Schaustück», sino una carta de recomendación privada y por ello descuidó su estilo, lo que hacía la carta «muy interesante por su singularidad». Para Keil esto es inconcebible, puesto que el estilo usado es en ocasiones más poético que sencillo y por otra parte, según decía, «expresiones de ese tipo no creo que sean tanto propias de un discurso familiar (pues pensamos que no se encuentran en cartas familiares), como de un orador que pretende hacer un despliegue de sus capacidades sin que ello venga a cuento». La polémica continuó en los años siguientes sin que se añadieran nuevos argumentos al problema, sino sólo matices y precisiones. Wilamowitz apoyó las conclusiones de Keil en 1892 y pensó incluso que Diodoto y su hijo pudieron haber compuesto la carta mucho después de muerto Isócrates 22. Pero Blass en los Nachträge del vol. III.2 de su Attische Beredsamkeit insistió, replicando a Wilamowitz, en la idea de que la carta IV era especial por el hecho de no haber sido publicada, a diferencia de las ocho restantes que sí lo fueron, lo que hacía inútil el análisis de Keil 23. Wilamowitz replicó de nuevo a Blass en un artículo aparecido en 1898 24, en el que insistía en los argumentos de Keil. Wilamowitz se centraba en el carácter inapropiado de las palabras λιγυρός, que él consideraba vulgar con independencia de que apareciese en el Cinegético de Jenofonte 25, y -ττα una forma ática, pero evitada por Isócrates, Tucídides y los trágicos. Wilamowitz se extrañaba además de que Isócrates no utilizara el mismo estilo en las otras cartas confidenciales conservadas (refiriéndose probablemente a las cartas VII y VIII) y consideraba finalmente que no podía ser privada ni confidencial una carta con una cuidada composición rítimica como la de la carta IV. Blass replicó una vez más a Wilamowitz en otro artículo aparecido al año siguiente 26 en el que insistía que λιγυρός podía ser usado en prosa ática porque aparecía en el Cinegético de Jenofonte y apuntaba la posibilidad de que el uso de -ττα y otras palabras inapropiadas para Isócrates de esta carta IV fueran introducidas por nuestro orador en el discurso recogiendo las propias palabras de Diodoto. Blass defendía de nuevo la posibilidad de que se hubieran perdido muchas otras cartas privadas de Isócrates con un estilo sencillo y similar al de la carta IV, pero no consideraba la cuestión de la confidencialidad de las cartas VII y VIII, también cartas de recomendación. La discusión, simplificada en torno al valor que se debe dar a los términos -ττα y λιγυρός, llegó a un punto muerto con la edición de Belles Lettres de Georges Mathieu, para el que la carta era auténtica de Isócrates, como defendía Blass, y no podía ser comparada a otras del orador por su carácter privado. Mathieu quitaba importancia a que el uso de -ττα o de σίνη fuese significativo como para denegar la autoría del discurso a Isócrates. Las ideas de Ma thieu fueron luego aceptadas por La Rue van Hook, el editor de Loeb 28. Desde entonces nadie ha dudado de la autenticidad de la carta, a pesar de que todavía quedaban algunas «questions embarrassantes» según concedía el propio Mathieu. En realidad pocos parecen haber leído con detalle los argumentos de Keil, que no se limitaban simplemente al valor de las palabras -ττα σίνη y λιγυρός, sino que se extendían a otros muchos términos del discurso. Es más, como vimos, Keil consideraba lo inapropiado de ciertas comparaciones rebuscadas en el interior de la carta así como la torpeza de algunas construcciones. Todo ello hacía imposible pensar en una carta privada o confidencial, pues, como el propio Keil subrayaba, este tipo de cartas suelen ser mucho más breves y carentes de todo adorno literario. Como sabemos por el repertorio de cartas de recomendación recopilado por Chan-Hie Kim 29, éstas suelen ser breves misivas que van directamente al asunto que concierne. Su brevedad se explica tal vez simplemente porque es la persona que escribe la carta la que supone la mayor recomendación. Una elaboración prolija y literaria como la que tiene lugar en la carta de Isócrates se entiende únicamente porque la carta va dirigida a un gran público y no sólo al destinatario. Esto sólo bastaría para invalidar la tesis de Blass y Mathieu, pero es que además no se ha tenido en cuenta tampoco que las cartas VII y VIII son también cartas de recomendación y carecen de todos los problemas estilísticos señalados para la carta IV. Que las tres cartas pertenecen al género de cartas de recomendación se puede observar por la presencia en ellas de una serie de fórmulas similares. Así, en la carta IV Isócrates dice a su interlocutor en §13 que no se asombre porque la carta que le ha escrito sea tan extensa (μ¬ θαυμάσ®ς, μήτ' εAE μακροτέραν γέγραφα τ¬ν ¦πιστολ¬ν) ni porque haya escrito en ella cosas que sobran o son propias de viejos (μητ' εÇ τι περιεργότερον κα πρεσβυτικώτερον εAEρήκαμεν ¦ν αÛτ±), ya que al escribirla se despreocupó de todos los demás aspectos y sólo pensó una cosa (πάντων τäν -λλων •μελήσας ©νÎς μόνον ¦φρόντισα), que se apreciase su interés (τοØ φαν−ναι σπουδάζων) por amigos suyos que se habían convertido en personas muy queridas para él. Esta preocupación por hacer público su interés por los amigos la encontramos también en la carta VII, donde en §10-11 Isócrates pide a Timoteo que EM LXIX 1, 2001 30 La expresión Ò τ γράμματα φέρων οAEκείως oμÃν §χει, con que se introduce la sección de la carta VII que tiene que ver estrictamente con la recomendación, es, según vemos por el repertorio de Kim, ob. cit., pp. 37-53, la típica fórmula de identificación del recomendado en las cartas de recomendación. Véase en las tres el giro μ¬ θαυμάσ®ς, la indicación a la publicidad con las formas φανερόν o el infinitivo φαν−ναι, la referencia a la excesiva longitud de la carta o a su tono quizás demasiado vehemente etc. emplee a su servicio a Autócrator, el portador de la carta, que es íntimo suyo 30. En efecto, Isócrates dice allí que quiso que Autócrator fuese bien acogido por Timoteo y de manera satisfactoria para ambos para que así fuese evidente que Autócrator obtenía aquello que necesitaba gracias a su intercesión (κα γενέσθαι φανερÎν Óτι μέρος τι κα δι' ¦μ¥ γίγνεταί τι τäν δεόντων αÛτè). Sigue diciendo Isócrates a su destinatario que no debe asombrase de que le escriba con tanto interés (καÂ μ¬ θαυμάσ®ς, εAE σο μ¥ν οàτως ¦πιστέλλω προθύμως), aunque nunca pidió nada a su padre Clearco, pero que ello se debe a que Timoteo da acogida a los mejores de sus discípulos (τοÃς βελτίστοις τäν ¦μο πεπλησιακότων). La misma expresión aparece en la carta VIII, que es toda ella una carta de recomendación de los hijos de Afareo ante los gobernantes de Mitilene. En la conclusión de la carta escribe Isócrates que sus destinatarios no deben asombrarse de que haya escrito la carta con más interés y longitud de lo habitual (μ¬ θαυμάζετε δ' εAE προθυμότερον κα δι μακροτέρων γέγραφα τ¬ν ¦πιστολ¬ν), pues él quiere que ésta ayude a sus chicos y les revele (ποι−σαι φανερÎν αÛτοÃς) que aunque no sean oradores ni generales y se limiten a imitar el estilo de su escuela (μιμäνται τÎν τρόπον τÎν ¦μόν), no pasarán desapercibidos entre los griegos. La fórmula es tan idéntica en las tres cartas 31 y el énfasis en su divulgación tan claro en todas ellas, que la única interpretación posible es que estas cartas de recomendación, además de servir para recomendar a una persona en concreto, servían igualmente para divulgar la fidelidad y el apoyo que daba Isócrates a sus discípulos. Esto no sólo beneficiaba a Isócrates como persona, sino, y en ello creo que está la clave de esta insistencia en la divulgación, a la propia escuela que él dirigía. Se trataba en estas cartas de demostrar que el maestro no dejaba nunca de ayudar a sus discípulos y allegados, lo que daba prestigio a su propia actividad. De ahí la insistencia en la divulgación y de ahí quizás la razón de que estas cartas se hayan conservado entre el conjunto de cartas atribuidas a Isócrates: no se trataba de simples cartas de recomendación, sino de cartas de recomendación reelaboradas literariamente para dar 32 Vat. gr. 64, Vat. gr. 1461, Palatinus 134, Helmstad. LXX.19. publicidad a la escuela de Isócrates. Prueba de que formaban una unidad puede estar en el hecho de que las tres cartas, a pesar de estar escritas en fechas muy diversas, aparecen copiadas juntas al final de la colección nada menos que en cinco manuscritos 32. Una vez demostrado que la carta IV no puede diferenciarse de las cartas VII y VIII por su condición de carta de recomendación, queda sin embargo explicar por qué sólo el estilo de esta carta IV dirigida a Antípatro está tan en contradicción con el de Isócrates. Frente a la suposición de Wilamowitz, pienso que no hay que pensar en una falsificación realizada por Diodoto o su hijo a la muerte de Isócrates: como bien han indicado muchos estudiosos posteriores no se ve razón alguna para esa falsificación. Pero esto no significa tampoco necesariamente que fuese Isócrates el autor mismo de la carta. La formalización con que se escriben estas cartas permite pensar que Isócrates pudiese confiar ocasionalmente su redacción a alguno de los propios recomendados, ya que éstos eran al fin de cuentas miembros de su escuela y por lo tanto conocedores de los mecanismos y recursos que determinaban este tipo de composiciones. Esto es lo que pudo ocurrir con la carta IV a Antípatro y para ello me apoyo precisamente en la fecha en la que se supone fue escrita: probablemente en el año 340, si hacemos caso a la indicación de que Atenas estaba entonces en guerra con Macedonia. Ahora bien, como hemos visto en el análisis del Panatenaico, Isócrates estuvo enfermo entre el año 342 y el 339, de forma que tuvo que interrumpir precisamente durante estos tres años la redacción del discurso. ¿No es posible pensar que justamente durante ese periodo en el que nuestro orador se vio imposibilitado para escribir, delegara a veces en sus discípulos la redacción de escritos de circunstancias como es la presente carta a Antípatro? Ello explicaría no sólo el torpe estilo de la carta y la inconveniencia de alguna de sus afirmaciones, sino el hecho sorprendente de que la carta carezca de cualquier alusión a la persona o figura de Antípatro, frente a lo que ocurre en las otras cartas, en las que la recomendación en sí ocupa incluso menos espacio que la amplia captatio beneuolentiae dirigida al destinatario. Si Diodoto escribió la carta ¿cómo iba a poder decir algo sobre Antípatro, al que él mismo no había tratado? De acuerdo con esta idea, Diodoto no incluyó nada referente a la persona del macedonio, pero se extendió en las circunstancias de su vida y las de su hijo, que refiere en estilo Tampoco hay que descartar sin embargo que redactase la carta un colaborador estrecho de Isócrates, como su propio hijo Afareo, del que sabemos por la Vida de Isócrates 839 del Pseudo-Plutarco que escribió diversos discursos y obras trágicas y estuvo sin duda muy cercano a su padre al que erigió estatuas y que, como veremos en el apartado 4.2, fue además un estrecho colaborador suyo. Obviamente Isócrates tuvo que dar el visto bueno a la carta que Diodoto, Afareo u otra persona habían escrito para él ¦κ προσώπου, pero quizás su intervención se limitó a la introducción y al cierre y a limar alguno de los fallos más evidentes. Queda por lo tanto únicamente explicar cómo es posible que Isócrates pudiera permitir que se hiciera pública una carta suya al macedonio Antípatro en tiempo de guerra entre Atenas y Macedonia. La cuestión llevó incluso a Münscher a considerar que la carta no era auténtica, pues no era posible esperar una correspondencia semejante en guerra 34. No obstante, no hay nada que en la carta aluda a la situación política. Aunque el hecho de que Isócrates recomendase a un discípulo suyo ante Antípatro podría hacerlo sospechoso ante los sectores radicales atenienses, hay que tener en cuenta que estas cartas no tenían otro objetivo, como hemos visto, que demostrar la fidelidad del maestro hacia sus discípulos. La insistencia en este particular es en la carta IV mucho mayor que en las otras dos, ya que en §13 Isócrates señala que ésta es la única consideración que le movió con exclusión de todas las demás (πάντων τäν -λλων •μελήσας ©νÎς μόνον ¦φρόντισα). El carácter público que necesariamente debía tener la carta por sus pretensiones literarias nos hace suponer que Isócrates corría obviamente riesgos al permitir que se redactase ese escrito recomendando a un discípulo ante un potentado macedonio. Son esos los riesgos a los que alude precisamente al comienzo de la carta. Pero el viejo orador, fiel a sus convicciones, no dejó incluso de favorecer a sus amigos en tiempos de guerra, al margen de sus propias ideas políticas. Quizás esta circunstancia explica también que no haya referencia alguna a la persona del destinatario. Nuestras fuentes son Dióg. Laercio V.10 y Dion. de Halicarnaso, I A Ameo 5.3. La carta a Alejandro (V) La carta V, dirigida a Alejandro Magno, es la más corta de todas las atribuidas a nuestro orador. Isócrates la envía a Alejandro junto a otra que dirige a su padre para que, según declara al principio de ella, los lectores no lo consideren un necio debido a su gran edad y se den cuenta de que todavía le queda algo del raciocinio que tenía cuando era joven ( §1). Cuenta Isócrates a continuación cómo ha oído que todos califican a Alejandro de φιλάνθρωπος, φιλαθήναιος y φιλόσοφος, pues acoge junto a él a ciudadanos atenienses cuya compañía puede resultarle muy provechosa ( §2). Sabe nuestro orador que Alejandro, entre los diversos sistemas filosóficos (τäν φιλοσοφιäν), aunque no rechaza el estudio de la erística ( §3: τ¬ν περ τς §ριδας), la considera quizás útil en asuntos privados, pero inapropiada para los gobernantes o monarcas que no deben caer en semejante tipo de debates. De ahí que Alejandro se haya entregado al estudio de la retórica ( §4: τ¬ν παιδείαν τ¬ν περ το×ς λόγους) que es útil para los asuntos cotidianos y los problemas públicos. Gracias a ella Alejandro podrá, continúa Isócrates, hacer predicciones razonables sobre lo que puede ocurrir, dar órdenes adecuadas a sus súbditos (τοÃς •ρχομένοις), formarse un juicio correcto sobre lo bueno, lo justo y sus contrarios así como juzgar y castigar a cada cual según lo que debe ( §4). Si sigue así podrá superar a los demás del mismo modo que su padre Filipo ha superado a todos ( §5). Para todos los autores que han analizado la carta, el interés de Isócrates por la educación de Alejandro sólo puede entenderse a partir de la llegada de Aristóteles a la corte macedonia como su preceptor: la enseñanza filosófica de contenido erístico que descalifica el escrito sería justamente la impuesta por Aristóteles al joven príncipe. Dado que la llegada del estagirita a Macedonia se produjo en el arcontado de Pythodotos, es decir entre julio del 343 y julio del 342 35, la carta debía ser posterior a esta fecha. Es más, la carta habría tenido que ser enviada cuando Alejandro y Filipo se hallasen juntos, tal como se indica en el párrafo inicial, lo que según Wilamowitz sólo podía ocurrir durante el invierno 36. El autor propuso así como fecha los meses iniciales de los años 341 o 340, pues en octubre del 340 estallaba la guerra entre Atenas y Macedonia. Enseguida consideraremos con más detalle las implicaciones de estas fechas. Pero no es la fecha de la carta lo que más ha preocupado a los estudiosos, sino el hecho de que Isócrates señale en ella que Alejandro comparte con él su escaso interés por la erística y su afición por la retórica. Ya Wilamowitz llamó la atención sobre la poca credibilidad que le merecía el hecho de que Alejandro, tal como Isócrates indica en la carta, se sintiese atraído por la enseñanza de la retórica: Para Wilamowitz resulta pues evidente que Alejandro no sintió el menor interés por la educación retórica de Isócrates, aunque esta constatación no resulta para él prueba de la falsedad de la carta, sino que justamente es el indicio más claro de su autenticidad. En efecto, según él, Isócrates convierte en realidad su deseo de que Alejandro estudie retórica y, basándose en lo que supuestamente ha oído, alaba al príncipe por aquello por lo que él querría que hiciese. Como Isócrates, prosigue Wilamowitz, no podía criticar directamente la enseñanza aristotélica, recurrió a esta crítica indirecta. De esta forma la carta no puede ser sino auténtica, ya que es más profunda de lo que pretende y alude de manera disimulada a hechos que son exactos. Esta interpretación de Wilamowitz se convirtió enseguida en la communis opinio sobre la carta 37. Basándose en su tesis, Philip Merlan realizó en 1955 el estudio más detallado de la carta hasta el momento 38. Merlan partía también de la idea de que en la carta V Isócrates enunciaba sobre todo su propio Muchos estudiosos, partiendo de una falsa datación de la carta II que se refería a la herida de Filipo, pensaron que la V podía haber sido enviada junto con esta: así Wilamowitz, Aris. und Athen, ob. cit., p. 7210 y el Vat. gr. 1353, los dos manuscritos propiedad de Láscaris, presentan la carta V copiada a continuación de la II, acertando así con el orden correcto en programa educativo y no las inclinaciones reales de Alejandro acerca de la educación que se le impartía: debido a la cortesía obligada en una composición dirigida al príncipe heredero de Macedonia, nuestro orador no podía criticar directamente el sistema de enseñanza erístico que Aristóteles estaba proporcionando a Alejandro y se veía obligado a desaprobarlo fingiendo hacerse eco de las supuestas preferencias del joven príncipe. En su estudio Merlan comparaba además la carta con pasajes paralelos de otras obras de Isócrates en los que también se vierten críticas a la educación erística y se defiende una educación práctica basada en la retórica (la "filosofía" de Isócrates): todos ellos revelaban las mismas preocupaciones e ideas por parte de nuestro orador. De esta forma quedaba confirmada la autenticidad de la carta, el único documento fiable con el que contamos para apreciar las bases de la educación de Alejandro. Sólo Jaeger 39, refutado por Merlan 40, cuestionó esta interpretación de Wilamowitz y defendió que la carta era espuria, pero sus argumentos se basaban sólo en la inverosimilitud de que Isócrates pudiera atreverse a refutar al preceptor de Alejandro. La tesis de Wilamowitz, ampliada por Merlan, obligaba, como vimos, a fechar la carta con posterioridad al año 342 y antes del 340. Ello implica en primer lugar que se ha perdido la carta a Filipo a la que supuestamente acompañaba nuestro billete a Alejandro, ya que ninguna de las dos cartas a Filipo que se nos han conservado se escribieron en ese año o en una fecha próxima, algo que ya apuntó Meyer 41 y que descalificaba lo que en su momento pensaron el propio Wilamowitz y otros autores 42. No es en efecto posible adelantar o retrasar mucho la fecha de la carta V para hacerla coincidir con una de las dos cartas a Filipo y ello por varias razones. En primer lugar, si pensamos que la carta V pudo haberse escrito ya a principios del 344 y que fue enviada juntamente con la carta II 43, nos encontramos con el problema de que su destinatario, Alejandro, apenas contaría con doce años por entonces, pues nació en el verano del 356. Aunque no habría problemas para pensar que un precoz Alejandro hubiera sido iniciado en la enseñanza retórica con esa edad 44, parece excesivo atribuirle criterios y juicios tan maduros como los que pone Isócrates en su boca en esta carta 45. Además, aunque sabemos que Alejandro contó con varios preceptores antes de la llegada de Aristóteles en el 343/342, tal como nos indica la biografía de Plutarco 46, es probablemente a partir de ese momento cuando resulta quizás pertinente un debate de la erística frente a la retórica en los términos en los que lo plantea Isócrates. Por otro lado también, si queremos rebajar la datación de la carta, nos encontraremos con el problema de la inconveniencia de calificar de "amigo de Atenas" a Alejandro en el 341 o el 340, cuando el clima de enfrentamiento entre Atenas y Macedonia es total. Además Isócrates, no sólo estaba enfermo desde el 341, sino que antes de esa fecha había empezado a redactar el Panatenaico para defenderse de los ataques del partido antimacedonio. Por eso pienso que son demasiado tardías las fechas de comienzo del 341 o del 340 que se suelen dar para fechar la carta V 47 o incluso la de finales del 342 que sugieren Mathieu 48 y van Hook 49, y me inclino por pensar que la carta se envió quizás ya entre los años 343 y 342, coincidiendo por lo tanto con la llegada de Aristóteles. Son varios lo argumentos que me llevan a proponer esta fecha. En primer lugar, parece descartado que Isócrates pudiera enviar a Alejandro una carta a finales del 342 o principios del 341 por la sencilla razón de que por aquellas fechas su padre Filipo estaba de campaña en Tracia. Se trató de una campaña excepcionalmente larga, que le retuvo durante más de diez meses, incluido el invierno, lejos de su patria, tal como sabemos por el discurso Sobre el Quersoneso de Demóstenes escrito en la primera mitad del 50 Dem. VIII.2 (Filipo lleva 11 meses en Tracia) y 35 (Filipo lleva 10 meses fuera y debido al invierno, la guerra y su enfermedad no ha podido regresar a casa: òστε μ¬ -ν δύνασθαι ¦πανελθεÃν οÇκαδε). Frente a quienes negaron la condición de maestro-discípulo que unía a Isócrates y Teopompo puede reenviarse simplemente al unánime testimonio de las fuentes antiguas que confirman esta relación (cf. R. Laquer en RE s.v. Incluso M. A. Flower (Theopompus of Chios, Oxford, 1994), que pretende demostrar que el 341 50, según admiten hoy además la mayoría de los historiadores 51. Está por lo tanto excluido que Filipo pudiera estar con su hijo Alejandro por esas fechas y que Isócrates pudiera dirigirse a ambos. No obstante, entre su intervención en Tesalia en el verano del 344 y su intervención en el Epiro en el verano del 342 para colocar en el trono de los molosos a su cuñado Alejandro 52, no hay noticia de campaña alguna de Filipo que le mantuviera alejado de Macedonia. En cualquier momento entre ambas fechas el rey podría estar con su hijo Alejandro, aunque, como hemos dicho antes, la carta de Isócrates debe coincidir por lo menos con la llegada de Aristóteles a Macedonia, que tuvo lugar, como muy pronto en Julio del 343. Otra consideración que me lleva a preferir esa temprana datación está basada en una indicación contenida en la carta que Espeusipo, sobrino de Platón y director de la Academia, envió a Filipo en el año 343 y en la que critica con dureza el discurso A Filipo. En esta carta Espeusipo declara enviar junto a Filipo a su alumno Antípatro de Magnesia con un discurso sobre la historia de Grecia mucho más favorable a las reivindicaciones territoriales de Filipo que las tesis ofrecidas por Isócrates en el discurso dedicado al rey. Minor Markle ha analizado brevemente el contenido de la carta y la grosera manipulación de la historia mítica operada por Espeusipo y Antípatro en beneficio de los intereses políticos del macedonio, pero sobre todo ha inscrito la redacción del escrito en el contexto de la polémica entre la Academia y la escuela de Isócrates por ganarse el favor del patrono macedonio 53. En este sentido es interesante subrayar que la carta de Espeusipo, datable probablemente de la segunda mitad del año 343 54, habla ya de la presencia en la corte macedonia de Teopompo, el famoso historiador y quizás el más conocido de los discípulos de Isócrates 55. Según señala Espeusipo en su carta ( §12), No contamos con testimonios en la vida de Teopompo que permitan postular una relación con Alejandro en su juventud, pues las fuentes hablan sólo de contactos entre ambos cuando Alejandro era ya rey (RE s.v. Interesante es únicamente la indicación de Cicerón de que Aristóteles y Teopompo escribieron «quae ipsis honesta essent et grata Alexandro» (cartas a Ático XII.40.2), lo que podría apuntar a un papel común de ambos como educadores del príncipe. Teopompo no deja de calumniar a Platón ante el macedonio, algo que coincide con las informaciones que nos presentan a Teopompo como autor de escritos contra Platón 56. Por esta razón Espeusipo insta a Filipo a que ordene que Antípatro lea ante presencia de Teopompo su obra histórica a fin de que éste deje de comportarse con rudeza (Ëνα οâν Θεόπομπος παύσηται τραχ×ς ëν) y se dé cuenta de que todos tienen razón al despreciarlo mientras que Filipo le ha hecho disfrutar de sus beneficios sin que lo merezca (κα γνώσεται Θεόπομπος δικαίως μ¥ν ßπÎ πάντων ¦ξαλειφόμενος, •δίκως δ¥ τ−ς παρ σοØ χορηγίας τυγχάνων). Esta indicación es valiosa pues señala que Teopompo, un discípulo de Isócrates, estaba ya asentado en la corte macedonia en el año 343, pues estamos muy mal informados sobre los movimientos de la vida de Teopompo en general. Es evidente que esta indicación indica una cierta preeminencia de Teopompo en la corte de Filipo, que por estas fechas no se debería tanto a su condición de futuro historiador de las Φιλιππικα Êστορίαι que tomaron el reinado de Filipo como centro 57, cuanto a la influencia de su maestro Isócrates en la corte macedonia a raíz de la publicación del A Filipo en el 346. Es para nosotros indiferente saber si Teompopo pudo haber sido llamado a Macedonia por Filipo simplemente como un intelectual de corte o con las miras puestas en la futura educación de Alejandro, en la que el rey pudo empezar a interesarse en ese largo periodo entre el otoño del 344 y el verano del 342 58. Lo que nos interesa sólo es que las críticas de Espeusipo a Isócrates y a su discípulo Teopompo, revelan sin duda un influjo de estos dos últimos en la corte macedonia del 343, un inlfujo que los académicos estaban dispuestos a reemplazar mediante la obra de Antípatro de Magnesia. En este contexto cobra nueva relevancia tanto la carta V de Isócrates como la llegada de Aristóteles a Macedonia por esas mismas fechas. La llegada de Aristóteles a Macedonia ha sido entendida como una victo-59 W. Jaeger, Aristoteles, Berlín, 1923, pp. 120-122 postuló por primera vez que Aristóteles fue llamado por Filipo porque Hermias (el tirano-filósofo de Atarneo y discípulo de Platón en cuya corte se hospedaba Aristóteles) había pactado con Filipo II una alianza frente al persa (cf. W.K.C. Guthrie, Historia de la filosofía griega, vol. VI: Introducción a Aristóteles, Madrid, 1993 [trad. de la ed. Cambridge, 1981], pp. 48-50 y S. Hornblower en Cambridge An. Otros autores consideran que Aristóteles fue llamado porque su padre Nicómaco fue el médico del padre de Filipo II (para fuentes sobre la familia y biografía de Aristóteles cf. I. Düring, Aristotle in the ancient biographical tradition, Göteborg, 1957). ria de la Academia frente a la escuela de Isócrates, pues aunque los motivos de la llegada de Aristóteles junto a Filipo no tengan que ver directamente con su vinculación a la Academia 59, es evidente que su método era heredero del de Platón y que, como ha demostrado Merlán, no hay razones para suponer que tuviera por aquel entonces malas relaciones con Espeusipo 60. El propio Merlan hizo ver claramente que la educación erística que ataca Isócrates en la carta V y en el resto de sus escritos no era tanto la practicada por Aristóteles como la seguida por los miembros de la Academia, verdaderos rivales de la escuela de Isócrates 61. ¿Cabría pensar por lo tanto que la crítica a los métodos de enseñanza platónicos que realiza Isócrates en su carta V no estuviera motivada tanto por el nombramiento concreto de Aristóteles como tutor de Alejandro, como por la rivalidad de Isócrates con la Academia en general? Son de hecho numerosos los estudios dedicados a la rivalidad entre Isócrates y la Academia de Platón y sus discípulos, que constituye un elemento clave para entender gran parte de la obra de nuestro orador 62. Aunque el nombramiento de Aristóteles fuese el desencadenante de la carta V, nada habría de extraño en suponer que Isócrates la escribiese incluso un poco antes de la llegada de éste a Macedonia, en medio de la disputa existente entre académicos e isocráticos por el control de la educación de Alejandro. En este sentido la carta no habría supuesto una descalificación directa de Aristóteles después de que éste había sido confirmado en su puesto de preceptor del príncipe, precisamente el aspecto que más inverosímil resultaba a Jaeger y el que le movía a considerarla falsa. La carta habría podido ser escrita justamente para prevenir la posible influencia de los académicos ante Filipo y haber sido escrita ya a finales del 343, por las mismas fechas en las que Espeusipo enviaba su misiva a Filipo. El hecho de que ni Isócrates mencione los argumentos de Espeusipo contra él en su carta a Alejandro, ni Espeusipo mencione en ningún momento a Alejandro en su misiva, permite pensar que hubo más cartas de ambos a la corte macedonia. En el caso de Isócrates tenemos la referencia en la carta V a la perdida carta a Filipo a la que acompañaba. En el caso de Espeusipo, el tono inmediato y directo de la misiva parece implicar una correspondencia anterior. Pienso además que no sólo la carta V sino también el propio Panatenaico, que Isócrates empezó a escribir en el año 342, pueden inscribirse dentro de esta polémica con los académicos, pues en este discurso nuestro orador parece responder a algunos de los argumentos planteados por el platónico. En efecto, en su misiva Espeusipo no sólo critica duramente a Teopompo, sino que acusa a Isócrates de vender el mismo discurso a todo tipo de gobernantes ( §13) y, sobre todo, dice que Isócrates no ha sido capaz de legitimar ciertas ambiciones territoriales de Filipo sobre Atenas con argumentos de la historia. Éste es el motivo principal de la carta de Espeusipo, ya que el escrito que Antípatro lleva al rey con ella trata precisamente de estas cuestiones y justifica con frecuentes apelaciones a las acciones de Heracles, supuesto ancestro de Filipo, las legítimas aspiraciones de éste sobre ciertos territorios en contra de los intereses de Atenas 63. Isócrates no podía dejar sin respuesta semejantes graves acusaciones, con las que la Academia demostraba además su poco patriotismo al vender argumentos a Filipo contra Atenas. Si la carta V no menciona estas críticas, sí tal vez el Panatenaico, donde Isócrates empieza justamente haciendo una defensa de su patriotismo como ateniense y rechazando los relatos míticos 64. Su reivindicación de la antigua Atenas es, como vimos, el objeto principal del discurso y estaba motivada por los ataques que contra él dirigieron sectores antimacedonios descontentos con su A Filipo. Sin embargo en la obra, Isócrates no sólo critica a los oradores demagogos, sino que además pretende poner fin a las calumnias a las que le someten "sofistas perversos e indignos" (Panatenaico 5-6). Muchos estudiosos han visto 65 En el Liceo se reunían tal vez por aquellos años sofistas próximos a la Academia: Merlan, «Isocrates...», ob. cit.., p. 69 nota 2, sugiere que es en esos sectores donde encontraría posteriormente su apoyo Aristóteles al fundar el Perípato. justamente en la alusión de Panatenaico 33 a los sofistas del Liceo una referencia a miembros de la Academia 65. Es evidente que Isócrates, criticado por su postura promacedonia por sectores políticos próximos a Demóstenes y desacreditado además ante Filipo por miembros de escuelas rivales, tenía razones para considerar amenazado su prestigio entre sus conciudadanos (Panatenaico 5-6). Su respuesta consistió en refutar a todos haciendo una reivindicación del pasado ateniense que en primer lugar dejara a salvo su patriotismo frente a los ataques de los demosténicos, pero que además sirviera para descalificar a los académicos por su interpretación interesada de ese mismo pasado de su ciudad. En consecuencia: el Panatenaico, iniciado justamente en el año 342, podría haber servido también como respuesta a la carta de Espeusipo. Pero si esto no bastara para pensar que la carta V y el Panatenaico se redactaron en momentos muy próximos, puede señalarse también el hecho de que en el comienzo de la carta V Isócrates diga que escribe esta misiva para que sus enemigos no piensen que "está fuera de sus cabales debido a la edad y que no hace sino decir absolutas necedades" (μ¬... με παραφρονεÃν δι τÎ γ−ρας μηδ¥ παντάπασι ληρεÃν), una indicación que es muy similar a la que hace en el Panatenaico 23 donde señala que sus enemigos no dejarán de acusarle de no dejar de decir necedades debido a su gran edad (μηδ¥ νØν πω τηλικοØτος ëν πεπαυμένος παραληρäν). Aunque las alusiones a la edad son frecuentes en las últimas obras de Isócrates, no se puede negar que éstas adquieren una dimensión especial al principio del Panatenaico con respecto a otras obras de nuestro orador. Finalmente, hay que tener en cuenta que la carta V de Isócrates, como toda carta pública, no se dirigía sólo al rey sino al público ateniense en general y a los rivales de la Academia en particular. De hecho Isócrates se refiere a los lectores como uno de los motivos que le llevan a escribirla: Isócrates cree que sería improcedente escribir sólo a Filipo sin enviar unas letras al hijo que hagan que los que la lean ( §1: το×ς •ναγνόντας) no piensen que la vejez le hace ya decir necedades. Es decir: parece ser que son sus lectores, conocedores de sus cartas y de su discurso A Filipo, los que le exigen un escrito a Alejandro y que esta obra responde básicamente a su petición. Esta carta pudo haber surgido pues de las necesidades de defender su escuela y sus postulados frente a los académicos y encaja perfectamente en el ambiente de los meses finales del 343 o principios del 342 en los que Espeusipo escribió su carta. No sabemos cuál fue la influencia real de Teopompo y de la escuela de Isócrates después de esa fecha y con la llegada de Aristóteles, pero pienso que es exagerado afirmar, tal como hacía Wilamowitz, que esa influencia nunca existió. Es pues probable que las ideas y enseñanzas de Isócrates tuvieran algún eco en la corte macedonia 66, aunque el influjo que supuestamente ejercieron sobre Alejandro haya sido a veces exagerado 67. La segunda carta a Filipo (III). Contenido de la carta y estado de la cuestión Isócrates comienza la carta III dirigida a Filipo diciendo que ya ha discutido con Antípatro detalladamente las medidas que cree serán beneficiosas tanto para Atenas como para el rey y que ahora ha decidido escribir al rey para contarle lo que cree que debe hacerse después de la paz (μετ τ¬ν εAEρήνην), aunque lo hará de manera mucho más breve a como lo hizo en su discurso (se entiende: el A Filipo del 346). En el momento de redacción del discurso, sigue diciendo Isócrates en §2, era preciso convencer a los atenienses para que se reconciliaran con Esparta, Tebas y Argos, pero ahora debido al reciente conflicto (δι τÎν •γäνα τÎν γεγενημένον) todos se han visto obligados a actuar sensatemente. Finalizadas las rencillas entre los griegos es de esperar que ahora emprendan la guerra contra Asia. Muchos preguntan a Isócrates si la idea de esta guerra fue suya o de Filipo, pero el orador no es capaz de dar una respuesta clara, pues sólo recientemente ha entablado relación con Filipo ( §3). Isócrates se disculpa a continuación por dirigirse a Filipo por carta, ya que la edad no le permite presentarse ante él ( §4) y le insta a emprender la noble empresa de la guerra contra el bárbaro, que le proporcionará una gloria que ninguna otra acción será capaz de aumentar ( §4-5). Concluye la carta Isócrates dando gracias a que su edad le haya permitido ver cómo se va a cumplir la empresa con la que soñó en su juventud y que defendió en el Panegírico y en el discurso que envió al rey ( §6). La datación de la carta en el 338 ha sido defendida casi unánimente por to- dos los estudiosos 68, pues se consideró que el conflicto (•γäνα) al que Isócrates se refería en §2 no podía ser sino el de la batalla de Queronea de ese año, en la que Filipo derrotó a tebanos y atenienses. Sólo esta circunstancia, se creía, podía explicar que Isócrates pudiera pensar que ya no había obstáculo alguno a los proyectos del rey macedonio de emprender una campaña contra el persa, campaña que hasta entonces no había sido posible por el enfrentamiento con Atenas. Sin embargo esta datación de la carta III planteaba dos serios problemas de interpretación: 1) ¿cómo se compagina una felicitación de Isócrates al rey Filipo en el 338 con el hecho de que la tradición biográfica posterior nos diga que Isócrates, conmocionado por las noticias de la batalla de Queronea, se dejó morir de hambre?; 2) ¿es posible que Isócrates pudiera felicitar tan efusivamente a Filipo cuando su propia patria, Atenas, acababa de ser derrotada en batalla por sus tropas? La respuesta a estos dos interrogantes se resolvió en la investigación posterior en dos posturas claramente enfrentadas. Unos autores defendieron la autenticidad de la carta por encima de cualquier otra consideración y, partiendo de su datación en el 338, intentaron descalificar como válidas las noticias de la tradición biográfica griega acerca del suicidio de Isócrates después de Queronea. Para estos autores estas noticias sobre el "patriótico" suicidio de Isócrates habrían sido difundidas por personas próximas al orador para defender su prestigio y su memoria ante los atenienses, que no podían ver con buenos ojos su posición promacedonia. Pequeñas contradicciones de la tradición biográfica les servían como punto de partida de su hipótesis 69. Otros autores por el contrario consideraron inconcebible que Isócrates hubiera podido escribir la carta III a Filipo en el 338 después de la derrota de su ciudad en Queronea, por lo que la consideraron una falsificación de la cancillería macedonia y encontraron la principal prueba de su hipótesis en la unanimidad En la edición de G. Aujac (París 1978) esta autora traduce la expresión como «l 'effondrement de la cité», por entender que el autor se refiere a τ •γαθ τ−ς πόλεως (idéntica opinión Münscher en su reseña a Wendland de 1911, p. 1349) pero pienso que •γαθοÃς debe referirse más bien (en masculino y no en neutro) a los "nobles" atenienses muertos en la de la tradición biográfica antigua que atestiguaba el suicidio de Isócrates después de la batalla 70. Entre estas dos posturas excluyentes, la crítica se inclina hoy mayoritariamente a favor de la autenticidad de la carta, lo que ha supuesto que hasta ahora no se haya dado crédito al relato de la tradición biográfica sobre el suicidio de Isócrates después de Queronea. Desde entonces los nuevos estudios no han hecho sino repetir los argumentos de la bibliografía más antigua. En realidad pienso que la cuestión se ha cerrado en falso y que no es posible: 1) ni descalificar sin más las informaciones de la tradición biográfica antigua, 2) ni postular tampoco la falsedad de la carta. Para demostrar ambos puntos vamos a someterlos primero a un análisis por separado en el que prescindiremos en principio de consideraciones que determinen la interpretación de la carta III a partir de la tradición biográfica o viceversa. Una vez demostrado que la carta es auténtica y que también lo es la tradición que postula que Isócrates se dejó morir de hambre en el 338 tras la batalla de Queronea, adelantaremos una hipótesis (¡ya propuesta en 1875!) que conjuga perfectamente ambos hechos y encaja además con la interpretación que hicimos del Panatenaico en la segunda entrega de este estudio. Son varias las fuentes griegas que nos transmiten noticias sobre la muerte de Isócrates. La más antigua de todas es probablemente la vida de Isócrates pergeñada por Dionisio de Halicarnaso al comienzo de su estudio dedicado a nuestro orador, escrito a finales del siglo I a. Dionisio describe la muerte de Isócrates en estos términos: A. Murió en el arcontado de Queronides, pocos días después de la batalla de Queronea, habiendo vivido cien años a falta de dos, pues decidió poner fin a su vida junto con los mejores de la ciudad (μα τοÃς •γαθοÃς τ−ς πόλεως) 72 cuando todavía era incierto de batalla de Queronea. Este aspecto tendrá su relevancia, como enseguida veremos. qué modo utilizaría Filipo su éxito una vez convertido en dueño de Grecia. Según esta noticia Isócrates habría muerto en los instantes posteriores a la batalla de Queronea, cuando en la ciudad, tal como sabemos perfectamente por el discurso Contra Leócrates de Licurgo, estalló el pánico y se pensaba que las tropas macedonias iban a tomarla al asalto. La indicación de 98 años y la del arcontado de Queronides encajan perfectamente en el año 338. En Pausanias I 18.8, que escribe en la segunda mitad del siglo II, encontramos también una pequeña nota sobre la muerte de Isócrates motivada por la mención de una estatua del orador: B. Hay sobre una columna una estatua de Isócrates, que dejó tres cosas para el recuerdo: su gran entrega al trabajo, porque nunca dejó de tener discípulos aunque llegó a vivir cien años a falta de dos; su gran prudencia, porque vivió al margen de las responsabilidades políticas y sin intervenir en los asuntos públicos; su sentido de la libertad, porque ante la noticia de la batalla de Queronea se dejó morir voluntariamente transido de dolor (•λγήσας ¦τελεύτησεν ¦θελοντής). La siguiente noticia la encontramos en Macrobioi 23. En esta obra, dedicada a personajes longevos de la Antigüedad y transmitida dentro del corpus de Luciano de Samosata, leemos a propósito de Isócrates: C. Isócrates escribió el Panegírico cuando cumplió noventa y seis años y cuando le faltaba un año para cumplir cien, al enterarse de que los atenienses habían sido derrotados por Filipo en la batalla de Queronea, lanzando grandes lamentos, recitó este verso de Eurípides aplicándoselo a sí mismo: «Cadmo, que dejó otrora la villa de Sidón» y, añadiendo que esclavizaría a Grecia, abandonó esta vida. No hay más variación con respecto a noticias anteriores que la indicación de 99 años, cuya divergencia de la cifra de 98 es fácilmente explicable por un cálculo inclusivo. Sí es nueva la indicación de que Isócrates recitó un verso de Eurípides antes de morir que aludía a la esclavitud de Grecia en manos de un nuevo bárbaro como el fenicio Cadmo. De fecha próxima pueden ser dos noticias que aparecen recogidas en la Vida de Isócrates incluida en las Vidas de los diez oradores áticos 837E-F y 838B, una obra conservada entre los escritos de Plutarco que contiene numerosas noticias sobre el orador y su familia: D.1. Murió en el arcontado de Querondas, cuando, al enterarse de las noticias que llegaban sobre Queronea mientras estaba en la palestra de Hipócrates, se quitó la vida en cuatro días privándose de comida después de pronunciar el comienzo de tres EM LXIX 1, 2001 73 La cifra de 4 días quizás deba corregirse en 14 de acuerdo con la indicación de la fuente F (cf. infra), aunque los autores han supuesto más bien lo contrario, ya que consideran que 14 días no pueden considerarse como "unos pocos". 74 Tucídides II 34. dramas de Eurípides: «Dánao, el padre de cincuenta hijas», «Pélope, hijo de Tántalo, al llegar a Pisa», «Cadmo, que dejó otrora la villa de Sidón». Vivió noventa y ocho años, o, según algunos, cien, al no soportar ver a Grecia esclavizada por cuarta vez. Dejó de vivir, según dicen unos al noveno día por privarse de comida, según otros al cuarto juntamente con las ceremonias fúnebres de los caídos en Queronea (μα ταÃς ταφαÃς τäν ¦ν Χαιρωνεί' πεσόντων). Su hijo Afareo redactó discursos sobre él. Frente a versiones anteriores, la primera noticia (D.1) del Ps.Plutarco indica que Isócrates daba su clase en la palestra de Hipócrates y cita dos versos más de Eurípides que Isócrates habría pronunciado al morir. La divergencia entre la indicación de que el orador murió a los 98 o a los 100 años es fácil de comprender si se considera que muchos autores redondean en 100 la cifra de los años de nuestro orador (véase infra noticia E) y que además otros autores, como Dionisio de Halicarnaso indican su edad con expresiones como "cien años a falta de dos". En cualquier caso D.1 indica que el autor de esta noticia manejaba más de una fuente. La segunda noticia (D.2) señala que el orador se murió después de nueve o cuatro días 73 de abstinencia de todo alimento en el momento en que se celebraban los funerales por las víctimas de Queronea. Sabemos que estos funerales tuvieron lugar meses después de la batalla, probablemente durante la ceremonia de los ¦πιτάφια celebrada en invierno con la que Atenas honraba a sus héroes 74. La noticia, interpretada literalmente, hace pensar que Isócrates pudo morir varios meses después de la batalla. Flavio Filóstrato, que escribe en torno al año 200 (dos siglos después de Dionisio) nos transmite en las Vidas de los Sofistas 17, la siguiente noticia: E. Murió en Atenas con aproximadamente cien años y lo debemos considerar como a un muerto en batalla, porque murió después de Queronea al no poder soportar la noticia de la derrota ateniense. La última fuente significativa sobre Isócrates es quizás la más tardía, pues se trata la vida anónima que aparece en los manuscritos copiada al principio de sus escritos y que algunos atribuyen a Zósimo de Ascalón, un gramático del siglo V/VI d. C. En ella leemos lo siguiente a propósito de la muerte de Isócrates: F. Isócrates vivió según unos cien años, según otros noventa y ocho. Murió en el arcontado de Querondas después de la batalla de Queronea, lleno de dolor por la derrota y la desgracia que les sobrevino allí a los atenienses a manos de Filipo. Se dejó morir de hambre, según dice Demetrio, durante nueve días, pero según Afareo, durante catorce. Murió después de leer estos versos de tres dramas de Eurípides: «Dánao, el padre de cincuenta hijas», «Cadmo, que dejó otrora la villa de Sidón», «Pélope, hijo de Tántalo, al llegar a Pisa». Con ellos mostraba que, del mismo modo que aquellos, siendo bárbaros, se apoderaron de Grecia al llegar a ella, así este Filipo se convirtió en el cuarto dueño de Grecia... [tras una explicación sobre los personajes mitológicos citados concluye la vida:] Después de decir estos versos y morir, los atenienses, llenos de admiración por el patriotismo de Isócrates [πρÎς τ¬ν πόλιν εÜνοιαν], lo enterraron con honores a cargo del estado y esculpiendo una sirena de piedra la pusieron encima de su tumba para demostrar la armonía de su palabra [εÛμουσίαν]. Esto en lo que respecta a este divino orador. La novedad de esta noticia, cronológicamente la más tardía de todas, es su prolijidad con respectos a las anteriores. No es de extrañar, puesto que el interés del autor es redactar una vida de Isócrates y no puede por lo tanto compararse con otros relatos incidentales anteriores, salvo quizás con la vida del Pseudo-Plutarco que contenía muchos detalles importantes sobre la vida de nuestro orador pero que en lo tocante a la muerte es menos precisa que F. Importante sobre todo es que este último testimonio indique las fuentes últimas de las que procede nuestra información sobre la muerte de Isócrates: su hijo Afareo y Demetrio de Falero, dos fuentes estrictamente contemporáneas de nuestro orador. Esta información no tiene por qué ser tardía al igual que la prolija explicación sobre el significado de los tres versos de Eurípides citados por Isócrates: nuestro anónimo autor simplemente da más detalles de sus fuentes que otros autores callaron por no considerar esencial extenderse en ellos, pero que probablemente conocieron. Los defensores de la autenticidad de la carta III y de su datación en el 338 tras la batalla de Queronea no pueden admitir como válida la noticia de que Isócrates se dejó morir de dolor por la derrota ateniense pocos días después de la batalla, tal como indican claramente nuestras noticias A, B, C, D.1, E y F. Es evidente que una muerte así le habría impedido escribir la carta III felicitando a Filipo, por lo que consideran que es en la noticia D.2 donde debía estar inicialmente la verdad sobre la muerte de Isócrates. En esta noticia se dice efectivamente que Isócrates murió en el momento en que se celebraban los funerales por los caídos en Queronea, por lo tanto a fines del año 338 y meses después de acaecida la derrota ateniense. Según vieron todos los autores que analizaron el problema, Isócrates no habría podido escribir su carta III Hagen, ob. cit., (nota 2) p. 119 piensa que es una descomposición intestinal la enfermedad a la que Isócrates alude en Panatenaico 267 como la que le tuvo postrado tres años sin dejarle terminar el discurso y que es esa misma enfermedad la que le llevó a la muerte en el 338 ante la imposibilidad de digerir alimentos. Cf. también Mathieu, Philippe..., a Filipo inmediatamente después de la batalla, pues entonces Atenas vivió situaciones de pánico y emergencia ante la idea de que las tropas macedonias iban a dirigirse contra ella 75. El discurso Contra Leócrates de Licurgo caracteriza perfectamente esta situación y nos documenta incluso la adopción de medidas drásticas como la prohibición de abandonar Atenas (que precisamente contravino Leócrates) o la de liberar a los esclavos y nacionalizar a los extranjeros para evitar disidencia interna (Contra Leócrates 41). Sólo meses después desaparecieron en Atenas los peores temores concebidos en los momentos posteriores a la batalla. Según sabemos por ejemplo por el epítome de Trogo hecho por Justino (IX.4) y por Polibio (V.10.1-6), Filipo se mostró en efecto generoso con los vencidos atenienses y firmó con ellos una paz ventajosa. Ya desde antes de que Filipo devolviese a Atenas los huesos de los caídos en Queronea, el clima era diferente entre ambos estados, de forma que es posible concebir que Isócrates pudiera haber escrito entonces una carta a Filipo con el optimismo que respira nuestra carta III 76. Para explicar entonces que el resto de las noticias hablen de la muerte de Isócrates justo después de Queronea, los estudiosos recurren a distintas explicaciones. Así, consideran que Afareo se inventó ese relato de la muerte de su padre para caracterizarlo como un patriota y lavar su memoria manchada tras Queronea por su postura promacedonia 77; o resaltan que la indicación de D.2 de que Isócrates murió tras cuatro o nueve días de ayuno es la original y que posteriormente esos días se pusieron en relación por error con la fecha de la batalla de Queronea 78; o incluso señalan que no hay mención alguna a un suicidio voluntario en D.2 y que la muerte le pudo venir simplemente por la incapacidad de ingerir alimentos debido a una afección intestinal 79 No obstante, si admitimos que la versión patriótica de la muerte de Isócrates estaba contenida en un discurso judicial (?) escrito por Afareo (tal como sugirió Blass) difícilmente se puede entender que desde allí pasara a convertirse en la única versión autorizada sobre la muerte del orador. 83 Wilamowitz, Aris. und Athen..., ob. cit., pp. 395-396. mente el hecho de que ninguno de los antiguos viera problema en atribuir a Isócrates la carta III y al mismo tiempo transmitir el relato "patriótico" de la muerte del orador tras Queronea, era solucionado por estos autores con la indicación de que los antiguos no pudieron ver quizás la contradicción porque ignoraban la fecha de la carta III 80. El carácter legendario de la muerte de Isócrates quedaría además probado por la historia inverosímil del recitado de los versos de Eurípides, que tiene todo el aspecto de ser un desarrollo posterior destinado a ennoblecer al personaje 81. Como se ve, los argumentos que descalifican el valor de toda la tradición biográfica y sólo admiten como válida la indicación de D.2 son en su mayoría bastante forzados. Admitiendo que la noticia de la muerte patriótica de Isócrates en el 338 haya podido ser "adornada" y ampliada en la tradición posterior (y que por lo tanto pueda ser falsa la historia del recitado de los versos de Eurípides), parece excesivo descalificarla totalmente en favor de una noticia tan breve como es la D.2, que además se halla a escasas líneas de la versión D.1 que confirma la noticia del suicidio patriótico de Isócrates: ambas salieron de la pluma del mismo autor y es difícil pensar que éste no supiera apreciar la contradicción entre las dos versiones, cuando el resto de su relato es por lo demás coherente y homogéneo. Por otro lado aun admitiendo que Afareo pudo inventarse una muerte patriótica para su padre 82 ¿qué decir del aristotélico Demetrio de Falero, en nada sospechoso de ser partidario de nuestro orador? Ya Wilamowitz señaló el valor de estas dos fuentes independientes 83 y parece excesivo descalificar su testimonio indicando que en puridad el texto F sólo presenta a Demetrio y a Afareo como fuentes de los días que duró la muerte de Isócrates, pero no del momento ni de las causas que la motivaron. Se trata de una explicación in extremis, pues es más que inverosímil que el EM LXIX 1, 2001 84 Mathieu, Philippe..., pp. 48-49 va más allá de lo razonable cuando piensa que la indicación de Hermipo de que Isócrates escribió el A Filipo poco antes de su muerte y de la del rey macedonio, hace en realidad referencia a la carta III. redactor de F sacase de dos fuentes tan valiosas como Afareo y Demetrio sólo la indicación banal de los días que Isócrates tardó en morir: es probable que todo su relato se base en ambos autores (ya que no cita otras fuentes) y que sólo la discrepancia (menor) en los días que duró la agonía del orador motive su mención expresa. Se olvida también que hay otras fuentes antiguas como Hermipo que redactó una biografía de Isócrates ya en el siglo III a.C. de la que proceden sin duda muchas de las informaciones de autores posteriores, como por ejemplo Dionisio de Halicarnaso 84. Por otro lado ¿cómo es posible pensar que se pudiera falsear la muerte de Isócrates de manera tan flagrante haciendo pasar por un "suicida patriota" al autor de una carta de aliento a Filipo tras la batalla de Queronea? La importancia de la figura de Isócrates hace inverosímil pensar que esta grosera manipulación pudiera haber pasado sin réplica en la tradición posterior, pues réplica no es la noticia D.2, cuyo origen, como pasaré ahora a considerar, es fácil de explicar a partir de las demás. La noticia D.2 no contiene en realidad ningún elemento nuevo con respecto a las demás, sino que es fruto de un sencillo error: el de hacer coincidir la fecha de la muerte de Isócrates con la fecha del funeral consagrado a su memoria. Según dicen todas las noticias recopiladas, Isócrates no pudo soportar la noticia de que Atenas fuera derrotada por Filipo y se dejó morir de hambre días después de Queronea. Este patriótico suicidio del orador hizo que se considerara que su muerte había acaecido, como señala Dionisio en A, junto a los nobles atenienses (μα τοÃς •γαθοÃς τ−ς πόλεως), es decir, junto a aquellos atenienses muertos en el campo de batalla de Queronea. Isócrates era pues un caído en combate más y por ello es lógico que cuando se celebraron las honras fúnebres oficiales por los muertos en Queronea al final de ese año, Isócrates fuera incluido en ellas. Que esta idea no es una pura especulación nos lo demuestra el testimonio E, que declara expresamente que se debe «considerar a Isócrates como a un muerto en batalla, porque murió después de Queronea al no poder soportar la noticia de la derrota ateniense». El testimonio F insiste incluso en este particular y escribe que «los atenienses, llenos de admiración por el patriotismo de Isócrates lo enterraron con honores a cargo del estado y esculpiendo una sirena de piedra la pusieron encima de su tumba para demostrar la armonía de su palabra». La existencia de la propia tumba con una efigie 85 Es incluso posible que Licurgo, testigo de los momentos de angustia que se vivieron en Atenas cuando llegó a la ciudad la noticia de la derrota, tenga presente a nuestro orador cuando escribe que se podía ver vagar por toda la ciudad a viejos exentos del servicio militar, ancianos exhaustos al borde de la tumba, envueltos en su mantos dobles (Contra Leócrates 40). de sirena, conocida por innumerables autores de la Antigüedad (hasta el punto de que aludir a la "sirena isocrática" se convirtió en un proverbio) es simple prueba de la veracidad de esta versión. Si con esta interpretación en mente volvemos al pasaje D.2, veremos que en realidad tal como está formulado presenta algún problema. En el pasaje se mezclan en efecto sin solución de continuidad dos criterios: uno que indica el número de días que duró la agonía y otro que hace referencia a los funerales de los caídos en Queronea, sin que esté claro cómo deben ponerse en relación ambos. No se entiende además la afirmación subsiguiente y aislada de que Afareo redactó un discurso (o varios: la palabra λόγους es ambigua) sobre Isócrates, porque no tiene relación con lo que se dice antes y después sobre la muerte del orador. Como además todo el texto de la Vita está muy corrompido (hay dos cruces en la edición de J. Mau a dos y cinco líneas de nuestro pasaje) es posible suponer que la frase que indica que Afareo "escribó los discursos de Isócrates" (συνέγραψε δ' αÛτοØ καÂ Ò παÃς 9Αφαρε×ς λόγους) está desplazada, ya que se repite en 839C (Ò δ' zΑφαρε×ς συνέγραψε μ¥ν λόγους). Si suprimimos esta frase, al igual que hace el editor con otra referida a Afareo unas líneas más adelante, la alusión a los discursos fúnebres por Queronea puede aplicarse entonces a la siguiente que empieza con ¦τάφη y menciona el entierro de nuestro orador. Es posible también que hayan desaparecido algunas palabras en el lugar en el que se insertó por error la referencia a Afareo. Otra opción sería cambiar de posición un δέ y leer ~Αμα δ¥ ταÃς ταφαÃς τäν ¦ν Χαιρωνεί' πεσόντων συνέγραψε αÛτοØ καÂ Ò παÃς'Αφαρε×ς λόγους, entendiendo "los discursos de Isócrates" como discursos en su honor compuestos por Afareo en el momento de su funeral oficial. En cualquier caso es claro que la mención a los funerales de Queronea no iba referida al día de su muerte, sino a la frase de ¦τάφη, lo que elimina toda sospecha de que existió una versión diferente de la muerte de Isócrates en la tradición biográfica antigua. Por todo esto creo que se puede afirmar sin la menor duda que Isócrates se suicidó pocos días después de la batalla de Queronea 85. La tumba que le erigieron los atenienses con motivo de los ¦πιτάφια al final de año demuestra claramente que en los últimos momentos de su vida nuestro orador antepuso claramente sus convicciones patrióticas a sus sentimientos promacedonios: un camino que ya recorrió en el Panatenaico. Un escrito en favor de la política de Filipo después del 338 contradice lo que sobre nuestro orador dice unánimemente la tradición antigua, que desconoce por completo la existencia de una obra así. Autenticidad de la carta Son pocos los autores que han dudado de la autenticidad de la carta y la mayoría de ellos lo ha hecho no en función del estilo de la carta en sí (tal como ocurría con la carta IV dirigida a Antípatro), sino en función de la verosimilitud o no que tenía el hecho de que Isócrates se dirigiese laudatoriamente a Filipo después de la derrota de Queronea. Para ellos resulta imposible que Isócrates pudiera aprobar la política de Filipo en aquellos momentos, cuando acababa de derrotar a Atenas, sin que ello perjudicase su reputación de patriota (que, como vimos, se había labrado trabajosamente con la redacción del Panatenaico). Sin embargo este tipo de argumentos no tienen por qué afectar necesariamente la autenticidad de la carta, en la que, según analizaré en este apartado, desde el punto de vista de su formulación y de las ideas recogidas en ella no hay nada que nos indique que es falsa. El único estudio que ha intentado negar la autenticidad de la carta III desde el punto de vista de estilo, el de Woyte 86, ha sido incluso considerado poco convincente por Münscher 87 e ignorado por Wilamowitz, a pesar de que ambos autores consideraban también la carta III una falsificación. Más contundente aún es el juicio de un autor como Wendland que considera poco correcto el proceder de Woyte, porque señala giros supuestamente no isocráticos como prueba de la falsedad de la carta, mientras que califica de imitación los que coinciden con el estilo de nuestro orador 88. En realidad, no hay nada en el estilo de la carta que esté en disonancia con el de Isócrates. Es más, son tantos los paralelos que pueden establecerse entre las ideas formuladas en la carta III y otros escritos isocráticos, que los defensores de su falsedad se ven obligados, como Treves, a calificarla de un "centón" de otros escritos del orador 89. Sin embargo, una simple consideración de los pasajes con más ecos del estilo e ideas de Isócrates parece más bien convencer de lo contrario, es decir, de que la carta salió de la pluma de nuestro orador, dado que una compenetración tan estrecha con su obra no parece estar al alcance de cualquiera, tal como vimos al analizar la carta IV. Pero veamos algunos ejemplos del carácter isocrático de esta carta III. Algunas alusiones a la obra de Isócrates estaban al alcance quizás de un simple conocedor de la obra de Isócrates y en concreto del discurso A Filipo, que fue objeto de duras críticas en ambientes platónicos tal como vimos por la carta de Espeusipo. Las referencias a la guerra contra el persa que aparecen en §2 son en efecto el motivo central de este discurso. Cuando un poco antes en el mismo párrafo de la carta se dice que en el A Filipo se intentó que el rey conciliase a Atenas con las ciudades de los lacedemonios, tebanos y argivos se tiene en mente un pasaje de este discurso, concretamente A Filipo 32-38, donde Isócrates recordó al rey los lazos históricos que le unían a estos cuatro estados y que le hacían la persona adecuada para conseguir reconciliarlos. Isócrates insiste en A Filipo 36 que el rey tiene una oportunidad para ser útil a estas ciudades ( §χεις δ¥ καιρόν), y en A Filipo 38 se indica que si crece el odio no podrá reconciliar a los griegos (διαλλάξειεν): ambos términos, καιρός y διαλλάσσω aparecen de nuevo en este párrafo segundo de la carta recordándonos el discurso de Filipo. También la alusión a la vejez en §4 es tópica en los últimos discursos de Isócrates, y la encontramos en Panatenaico 268, carta I 1 y carta IX 16 expresada en similares términos y con el verbo •πείρηκα. Finalmente, la mención a personas de su entorno en §3 es un recurso frecuente del orador, tal como vimos en el propio Panatenaico: Isócrates solía responder en sus discursos a las opiniones o dudas que le formulaban sus allegados como medio de romper el monólogo del discurso escrito 90. Aunque estos rasgos no bastan para probar la autenticidad de la carta, es claro que nos indican que su autor estaba cuando menos compenetrado con la obra de Isócrates. Hay sin embargo dos sutiles reenvíos al A Filipo que no son a mi entender comprensibles desde el punto de vista de un falsificador, ya que tienen que EM LXIX 1, 2001 ver con reflexiones generales sobre modos de comportamiento y no con características específicas del mensaje del A Filipo que pudieran ser fácilmente identificadas. Se trata en primer lugar de §4, que recoge en términos casi idénticos una afirmación contenida en A Filipo 135. Basta con comparar ambos pasajes: Idéntico paralelo se observa entre otros dos pasajes de la carta y del discurso: Los paralelos entre estos dos pasajes no deben llevarnos sin embargo a la errónea conclusión de que aquí está actuando un falsario que se inspira en el A Filipo para redactar su carta: es costumbre de Isócrates repetir constantemente ciertas ideas en sus obras. Las palabras que utiliza son además, aunque muy próximas, no idénticas, lo que indica que es la idea lo que fundamentalmente repite el autor, no su formulación, aunque la primera lleva inevitablemente a la segunda. Lo único que quizás pueda resultar un tanto chocante es la razón de recordar con tanta insistencia en esta carta III ideas o expresiones presentes en el A Filipo. Una razón de ello puede estar precisamente en el hecho de que ambos escritos se redactaran a escasa distancia uno de otro, tal como defenderé en el apartado siguiente. La única idea que parece desentonar de las opiniones de nuestro orador se encuentra recogida en §5, donde Isócrates escribe, dirigiéndose a Filipo, que si éste cumple sus objetivos derrotanto al persa, "nada quedará ya sino que te conviertas en un dios" (οÛδ¥ν γρ §σται λοιπÎν §τι πλ¬ν θεÎν γενέσθαι). Allí en efecto nuestro orador niega a los reyes la posibilidad de alcanzar la condición de dioses. Pero por encima de esta contradicción interna, la "divinización" de Filipo resulta escandalosa en boca de un ateniense del momento, por más que el camino que conduce a la divinización de los gobernantes con Alejandro esté próximo y por más que sea en Atenas donde se concedió en el 307 por primera vez honores divinos a un gobernante en las personas de Demetrio Poliorcetes y su padre Antígono 91. Wilamowitz ya vio en esta divinización de Filipo uno de los principales obstáculos para considerar auténtica la carta y pensó que fue redactada en tiempos de Alejandro 92. Esta dificultad puede obviarse si consideramos que lo que está afirmando aquí Isócrates es que la mayor gloria que puede obtener Filipo se la proporcionarán sus campañas persas, puesto que el ser dios es algo que cae fuera de su alcance. Esta interpretación viene avalada por un análisis de Fritz Taeger 93 que considera que la afirmación de Isócrates tiene un claro valor gnómico precisamente en este sentido. Además la frase en cuestión aparece en los manuscritos, no donde la escriben los editores (y allí todavía plantea problemas), sino en un lugar en el que carece de sentido, justo al final del primer párrafo, detrás de la palabra ßπαρξάσης, lo que hace pensar que pudiera haberse deslizado como una glosa en el texto 94. Pero si no hay por lo tanto nada desde el punto de vista de las ideas que descarte la autoría de nuestro autor, desde el punto del estilo todo parece encajar con el lenguaje de Isócrates. Todas las palabras utilizadas son normales en su prosa y algunas como Òμόνοια, καιρός, δόξα o πείθω son incluso conceptos clave de su obra. Si comparamos el uso de determinados términos que aparecen en esta carta con el que presenta el resto de su obra y la de Platón (por escoger un contemporáneo con un amplio corpus de textos), veremos que el adjetivo •νυπέρβλητος aparece 6 veces más en Isócrates por ninguna en Platón; que el verbo παροξύνω se encuentra otras 7 veces más en Isócrates por una sola en una epístola de Platón; que εÊλωτεύω y ¦μπιπλάνω son inéditos en Platón, mientras que aparecen otra vez más cada uno en los escritos isocrá- ticos; y que ¦ξαρκούντως aparece otras dos veces más en Isócrates por un solo caso en Platón... Desde el punto de vista de la lengua, si hubiera que hablar de falsificación, sólo podría decirse que ésta es tan próxima al original que sólo es concebible dentro del círculo de sus más íntimos discípulos. Pero aún admitiendo que la carta hubiera podido ser falsificada y que el estilo e ideas de Isócrates hubieran podido ser imitados de manera tan exacta por algún allegado a él, faltaría por probar cuál pudo ser el motivo de semejante falsificación. El único posible (no me consta que se hayan sugerido otros) fue apuntado por Wilamowitz 95 que pensó que la carta sólo pudo haber sido fraguada en el bando promacedonio después de Queronea para demostrar que las simpatías de Isócrates hacia Filipo se habían mantenido después de la derrota ateniense. Según Wilamowitz con esta carta los partidarios de Filipo habrían querido hacer frente a la historia, inventada por los enemigos de Macedonia, de que Isócrates en el momento de su muerte había "estigmatizado" a Filipo mediante la cita de tres versos de Eurípides que identificaban al rey con a un bárbaro conquistador semejante a Pélope, Cadmo y Dánao. El erudito alemán, aunque creía en el suicidio del orador tras Queronea, no concedía en efecto crédito a la historia de las últimas palabras de Isócrates en el momento de su muerte. Estoy de acuerdo con Wilamowitz en que el único momento posible en el que tenía sentido falsificar una carta promacedonia de Isócrates era el inmediatamente posterior a Queronea, pero realmente es más que extraño que el supuesto falsificador no hiciese mención alguna a la preocupación de Isócrates por su ciudad derrotada y le hiciese hablar en términos tan distantes y vagos acerca de los recientes sucesos, algo que no cuadra con el procedimiento de un falsificador que busca siempre autentificar su carta con referencias concretas. Por otra parte, si una falsificación como ésta hubiese sido divulgada ¿no habría sido detectada de inmediato? ¿no hubiera habido una respuesta por parte de los allegados al orador? Y sin embargo, no hay una sola palabra de polémica acerca de este asunto en toda la tradición antigua, tan rica en detalles sobre la muerte y la familia del orador, tal como nos muestra el texto del Ps.Plutarco. Por todo ello lo lógico es pensar que la carta III es auténtica. La propuesta de Philipp Wagner Un análisis de la tradición biográfica nos ha demostrado que Isócrates se suicidó en el 338 a escasos días de la derrota ateniense en Queronea, mientras que el tenor de la carta III a Filipo confirma claramente que fue escrita por la pluma de Isócrates. Llegados a este punto parecemos encontrarnos en el mismo callejón sin salida en el que se encuentra la crítica y sin embargo nos hallamos más cerca que nunca de la solución, que no puede pasar sino por admitir la autenticidad de la carta y de la tradición biográfica y proceder a una redatación de la carta III. La hipótesis que ahora voy a proponer no es sin embargo novedosa, ya que fue defendida en 1875 por Philipp Wagner, pero desgraciadamente no tuvo eco alguno entre sus contemporáneos, ya que se publicó en un Programm del gimnasio de Jever, una pequeña localidad de los confines de la Frisia alemana, y ninguno de los estudiosos que ha dedicado su atención al problema parece haber leído su argumentación. La propuesta de Wagner es sin embargo certera, pues propone datar la carta al final del año 346. Sus sucintos argumentos, ya inaccesibles para sus contemporáneos, se basan fundamentalmente en el análisis del contexto histórico en el que se sitúa la carta. Los recogeré en nota al hilo de mi exposición y a ellos añadiré otros nuevos argumentos, de forma que resultan ocho puntos a favor de la datación en el año 346: El silencio sobre Atenas. Entra dentro de lo posible que Isócrates escribiera a Filipo después de Queronea cuando éste mostraba una política generosa hacia Atenas. Menos probable es que después de la derrota de su patria Atenas por Filipo en un enfrentamiento armado Isócrates se agarrase a la convicción de que Filipo podía seguir siendo el que mejor podría unir a los griegos, cuando precisamente la batalla era la prueba palpable de su desunión. Es además el propio Isócrates el que en la carta VI.3, ante la simple posibilidad de un conflicto de intereses entre su ciudad y otro estado, se encuentra obligado a tomar partido por su ciudad de antemano, ya que, según dice, en caso contrario se vería acusado de faltar a sus obligaciones. Pero incluso admitiendo que Isócrates hubiera preferido su lealtad a Filipo frente a su condición de ateniense, lo que ya resulta absolutamente inconcebible es que hubiese escrito tras Queronea sin mencionar en un solo momento a su ciudad ni indicar a Filipo cómo debía comportarse con los vencidos atenienses, cómo debía administrar la victoria y superar los recelos hacia él. Dicho de otro modo: lo que realmente choca en la carta no es tanto la alabanza a Filipo sino el absoluto silencio de Isócrates sobre su ciudad, derrotada y humillada en Queronea. Este silencio no sólo es absolutamente impensable en una carta escrita supuestamente en tan críticos momentos, sino que arruina la labor que Isócrates intentó hacer en el Panatenaico, que en la segunda entrega de este estudio demostramos que era una defensa por parte de Isócrates de su patriotismo ateniense con el fin de librarse de las acusaciones que habían recaído sobre él por la redacción del A Filipo. ¿Cómo es posible que Isócrates, después de vindicar su patriotismo en el EM LXIX 1, 2001 96 Si Isócrates tenía miedo de escribir a Antípatro cuando Atenas y Macedonia estaban en guerra e incluso pensaba que era peligroso en años anteriores ¿cómo es posible pensar que escribe una carta tan entusiasta a Filipo después de Queronea? 97 Sólo Focio menciona expresamente la existencia de dos cartas a Filipo, pero sus datos están apoyados en Dionisio de Halicarnaso y en Cecilio de Caleacte. Panatenaico pueda componer una carta entusiasta a Filipo sin aludir siquiera con una sola palabra a la situación de la Atenas derrotada? La δόξα de Isócrates, su propio prestigio como patriota que ya vimos era una de las cosas que más le importaban, se habría visto definitivamente arruinado de haber escrito una carta como esta en el año 338 96, en la que todas las palabras son de alabanza a Filipo y no hay ninguna alusión a su patria. Por ello parece difícil que Isócrates pudiera escribir esta carta en el 338, aunque no hay ningún obstáculo para suponer que pudiera haberla escrito en otro momento próximo a la redacción del A Filipo. La tradición antigua sobre la carta. La tradición antigua, probablemente desde la época de Dionisio de Halicarnaso, conocía la carta III a Filipo y la versión sobre el suicidio de Isócrates después de Queronea 97, y sin embargo ningún autor antiguo apreció contradicción entre ambas. Es un recurso fácil decir, como hace Wendland 98, que como la tradición en la que se basaba Dionisio no sabía en qué fecha se escribió la carta no pudo apreciar la contradicción entre ella y el suicidio de Isócrates tras el 338. En realidad es bastante sospechoso que nadie entre todos los autores antiguos se preguntase jamás sobre la fecha en que pudo ser escrita la carta. Lo más razonable es pensar por el contrario que sí lo hicieron, pero que su conclusión fue diferente a la de la mayoría de los investigadores modernos, es decir, que ningún antiguo pensó que la carta fue escrita en el 338, entre otras razones porque ello entraba en contradicción con el suicidio de Isócrates tras Queronea. Es más, en dos de los manuscritos del siglo XV que nos transmiten las cartas de Isócrates 99, la carta III aparece situada, no detrás de la carta II también dirigida a Filipo en el año 344/343, sino antes de ella. El hecho de que el poseedor de estos códices sea un filólogo de primera fila como Constantino Láscaris, al que Teresa Martínez Manzano ha dedicado dos magníficas monografías 100, hace pensar que el cambio no es azaroso sino fruto de una reflexión sobre la cronología de las cartas que llevó al copista a situar la carta III en un momento anterior al de la II. Si esta inferencia es correcta, entonces la carta III se escribió antes de 345/344. Isócrates y Antípatro ( §1). Si Isócrates murió pocos días después de Queronea, como admite por unanimidad toda la tradición biográfica, es evidente que no tuvo ni tiempo ni ocasión para redactar una carta en la que, como él dice en §1, ha hablado con Antípatro sobre la paz antes de escribir a Filipo. Dejando aparte que la enfermedad se lo impedía, Antípatro había llegado a Atenas en el 338 dos meses después de Queronea para negociar la paz, cuando Isócrates estaba ya muerto. Sin embargo si datamos la carta en el 346 entenderemos que las conversaciones de Isócrates con Antípatro se desarrollaron en ese año, pues entonces el embajador de Filipo estuvo en Atenas para negociar con las autoridades atenienses la paz llamada de Filócrates. Es a estas conversaciones con Antípatro a las que se refiere probablemente Isócrates. No parece además verosímil que en el 338 Isócrates participase en conversaciones con Antípatro después de la derrota de Queronea, cuando el macedonio había derrotado a Atenas y estaba ya seguro de su política, mientras que es más probable que esas conversaciones se llevaran a cabo en el 346, cuando Filipo intentaba todavía evitar la confrontación con Atenas a través de la paz y necesitaba apoyo y consejo entre los sectores promacedonios atenienses. En el párrafo tercero de la carta Isócrates indica que sus contemporáneos le preguntaban de quién había surgido la idea de una campaña contra el persa, si de Filipo o de él, a lo que Isócrates responde que no lo sabe exactamente, porque no había tratado antes con el rey de Macedonia. Esta indicación es incomprensible en el 338 por dos motivos. En primer lugar Isócrates tenía relación con Filipo desde ocho años antes de esa fecha, ya que en el 346 le escribió un discurso, el A Filipo. En segundo lugar, en el año 338 eran ya de sobra conocidas desde años las intenciones de Filipo de llevar a cabo una campaña contra los persas, por lo que resulta extraño que sea ahora cuando los atenienses le pregunten a Isócrates sobre quién de los dos, si el orador o el rey, tuvo primero la idea de esa campaña. Estas inquietudes son por otra parte inexplicables de parte de unos atenienses inmersos en el aftermath de Queronea. Semejantes afirmaciones encajan sin embargo mucho mejor en el año 346, ya que es precisamente a finales de ese año cuando Filipo difundió por primera vez sus intenciones acerca de una campaña contra el persa 102. La fuente de esta información es Diodoro de Sicilia XVI.60.4-5, que señala que cuando acabó la III Guerra Sagrada en el 346 Filipo regresó a Macedonia no sólo con un gran prestigio por su piedad y sus dotes de estratega (οÛ μόνον δόξαν εÛσεβείας κα •ρετ−ς στρατηγικ−ς περιπεποιήμενος) sino con grandes proyectos para su gloria futura (•λλ κα πρÎς τ¬ν μέλλουσαν αÜξησιν αÛτè γίνεσθαι μεγάλα προκατεσκευασμένος) ya que deseaba ser designado general en jefe de Grecia y llevar la guerra a Persia (¦πεθύμει γρ τ−ς ́Ελλάδος •ποδειχθ−ναι στρατηγÎς αÛτοκράτωρ κα τÎν πρÎς Πέρσας ¦ξενεγκεÃν πόλεμον). El momento era propicio para que Isócrates escribiera al rey una carta recordándole que los planes a los que le instó en el A Filipo hacía unos meses, eran ahora más factibles que nunca. La ausencia de mención al Panatenaico ( §6). Los que defienden que la carta se escribió en el 338 tienen que admitir necesariamente que el Panatenaico no es una defensa encubierta de la política de Filipo, pues en ese caso Isócrates lo habría EM LXIX 1, 2001 103 Blass, «Isokrates' dritter Brief...», ob. cit., p. 110 pensó que la carta III no pudo escribirse tras la paz del 346 pues según él Isócrates indica en el párrafo 6 de la carta haber compuesto el A Filipo, escrito en el 346, cuando era mucho más joven. Cuius enunciati imo haec est sententia: ea, quae iuvenis animo mecum reputabam, quae oratione cum media aetate eram et altera oratione senex exprimebam, haec nunc spe celerius in eo sunt, ut perficiantur». mencionado en esta carta, donde hace mención en §6 al Panegírico y al Filipo como dos discursos que apoyan la política que ahora defiende Filipo. Ahora bien, si el Panatenaico es un simple discurso de vindicación patriótica, tal como yo he defendido, y por lo tanto no es pertinente citarlo en este contexto, nos encontramos entonces frente al problema que he planteado en el punto 1: ¿cómo es posible que Isócrates arruine la labor de defensa de su patriotismo emprendida en el Panatenaico con una carta que ignora por completo la difícil situación de su polis? 6. Hay en la carta dos ocasiones en las que el orador hace referencia a su discurso A Filipo, escrito en el 346: una en el comienzo y otra en el final de la carta. En la primera ocasión, en §1 dice Isócrates a Filipo que después de hablar con Antípatro sobre lo que convenía hacer, quiso también escribir al rey algunas consideraciones "similares a las que éstan escritas en el discurso, pero mucho más breves que aquellas" (παραπλήσια μ¥ν τοÃς ¦ν λόγå γεγραμμένοις, πολ× δ' ¦κείνων συντομώτερα). Llama aquí la atención que la referencia al discurso A Filipo sea tan imprecisa. Si Isócrates hubiera escrito estas palabras en el año 338 ¿quizás no hubiera necesitado aclarar que el discurso al que se refería era el A Filipo, escrito nada menos que 8 años antes? De hecho entre el 346 y el 338 Isócrates escribió otras obras, como el propio Panatenaico. La situación política había cambiado además bastante durante esos ocho años. Por otra parte, un discurso como su Panegírico, aunque muy anterior al A Filipo (se escribió en el 380), contenía ideas panhelénicas como las que se van a tratar en esta carta III, por lo que, a falta de mayores indicaciones, un lector de esta carta podría pensar que Isócrates se refería a él, ya que, al fin de cuentas, es la obra más importante del orador. Confirma esta idea el hecho de que el propio Isócrates haga referencia al Panegírico en §6 al final de esta carta, cuando señala que ve ahora realizadas y espera que se cumplan cuantas ideas «concebí siendo joven y me propuse escribir en el discurso Panegírico así como en el que te envié». Como ya señaló Wagner, Isócrates no pudo decir que era joven cuando escribió el A Filipo, pues tenía entonces más de noventa años, pero tampoco cuando casi sexagenario publicó el Panegírico, por lo que se entiende que en esta frase Isócrates distingue entre las ideas que tuvo de joven y los discursos que escribió para defenderlas, ya en la madurez (Panegírico), ya en la vejez (A Filipo). En cualquier caso contrasta aquí la precisión con la que se refiere al Panegírico por su nombre (Ò ΠανηγυρικÎς λόγος) con la forma con que Isócrates califica el discurso A Filipo simplemente como τè πρÎς σ¥ πεμφθέντι. Esta expresión, a mi entender, no debe considerarse como el "título" del discurso, ya que el verbo πέμπω no recoge la "dedicatoria" a Filipo, sino simplemente señala que el discurso le fue "enviado" a Filipo. La espontaneidad de ambas expresiones sugiere que la carta fue enviada en un momento lo suficientemente cercano en el tiempo al de la redacción y envío del discurso A Filipo como para que no fuera necesaria mayor precisión sobre la identidad de éste. Pienso por lo tanto que sólo por esta circunstancia la fecha del 346 se hace más verosímil que la del 338 para la redacción de la carta. En §2 Isócrates hace mención a que "debido al conflicto que ha tenido lugar" (δι τÎν •γäνα τÎν γεγενημένον) todos los griegos se han visto obligados a actuar de manera sensata y a tener presentes los planes de Filipo, dejando de lado sus ambiciones y locuras para concentrarse en la guerra contra Asia. Todos los estudiosos han pensado que esto es una clara alusión a Queronea, pero esta hipótesis plantea serios problemas en la interpretación del pasaje. En primer lugar la palabra •γών no parece la apropiada para referirse a la guerra que han sostenido tebanos y atenienses contra Filipo. Para las guerras Isócrates emplea la palabra πόλεμος que es incluso la que utiliza en este mismo párrafo para designar la guerra contra el persa. La palabra •γών en Isócrates se utiliza sobre todo en un sentido judicial o para referirse competiciones cívicas en casi 3 de 4 casos y cuando se aplica a enfrentamientos entre estados (en un sentido que comprende y supera al del mero combate por las armas), aparece siempre junto a la palabra πόλεμος u otras similares para precisar que el conflicto es armado 105. En segundo lugar, no se entiende el sentido que puede tener en el año 338 que Isócrates diga que "todos" los griegos (πάντες se EM LXIX 1, 2001 aplica a los griegos y no incluye a los macedonios, según la interpretación general) están ya convencidos de que deben abandonar sus enfrentamientos mutuos. En efecto, si en el 338 los griegos, tebanos y atenienses habían dejado de lado sus enfrentamientos mutuos, ello fue antes de la batalla y precisamente para coaligarse contra Filipo. Pero aunque el "todos" al que hace referencia el texto incluya a Filipo y los griegos a la vez, parece sorprendente que se califique este enfrentamiento de μανία y, sobre todo, de πλεονεξία cuando los ejércitos de Filipo estaban luchando en Beocia, en las propias puerta de Atenas. Pienso por lo tanto que la alusión encaja mucho mejor en el año 346, cuando todos los griegos estaban divididos respecto a la actitud que debía tomarse frente a Macedonia y la cuestión de la III Guerra Sagrada caldeaba los ánimos. Isócrates utiliza la palabra •γών y no πόλεμος para referirse a las tensas negociaciones entre Atenas y Filipo a lo largo de todo el año 346 (hubo hasta cuatro embajadas entre ambos poderes) y que condujeron en abril a la firma de la llamada paz de Filócrates con Macedonia, en junio a su ratificación por Filipo y en agosto al acuerdo para poner fin a la III Guerra Sagrada. Esta última en concreto enfrentó a la mayoría de los estados griegos en torno a la solución que debía darse a la ocupación focia de Delfos que había desencadenado el conflicto en el año 355 y había obligado a prácticamente todos los estados griegos a alinearse, bien con Tebas, bien (como Atenas) con los focios. El acuerdo que los miembros de la Anfictionía tomaron a principios de agosto del 346 acerca de cómo castigar el "sacrilegio" de los focios, aunque no satisfizo a Atenas (hubo tensiones en los meses siguientes) supuso cerrar un prolongado periodo de conflictos. El propio Demóstenes defendió el acuerdo en su discurso Sobre la Paz con el fin de evitar una nueva guerra contra Filipo. Para Isócrates los acuerdos tomados entonces reflejan la sensatez de los griegos, que han sabido reaccionar ante la gravedad del conflicto ("obligados" en cierto modo por la situación) y conseguido ponerse de acuerdo dejando sus enfrentamientos de lado. Calificar de los enfrentamientos de la III Guerra Sagrada de μανία y πλεονεξία es más que acertado. La "locura" de los contendientes que designa la palabra μανία caracteriza muy bien la falta de lógica que llevó al enfrentamiento por el control de Delfos, mientras que la avidez de poder y dinero que designa la palabra πλεονεξία hace referencia a las ambiciones injustificadas de todos los estados y las claras motivaciones económicas que determinaron el conflicto, en el que los focios habían utilizado los tesoros de Delfos para pagar a mercenarios. Las circunstancias en que se compusieron la carta III y el discurso A Filipo. Si a la luz de todas las consideraciones anteriores, partimos entonces de la idea de que la carta se compuso a finales del 346, habrá que explicar entonces por qué en esta carta se subrayan de manera tan marcada las diferencias que existían en el momento de su redacción con respecto al del discurso A Filipo que se compuso también ese mismo año. En efecto, Isócrates señala en §2 que "en aquel momento" (κατ' ¦κεÃνον τÎν χρόνον), cuando escribió el A Filipo, pensó que era preciso que Filipo pusiera las bases de la concordia entre los griegos después de haber reconciliado a Atenas con Esparta, Tebas y Argos, pero que "entonces las circunstancias eran diferentes" (τότε μ¥ν οÞν -λλος μν καιρός), mientras que "ahora ya no es preciso convencer" (νØν δ¥ 106 Blass, Attische Beredsamkeit, ob. cit., vol. II, p. 314 piensa que Isócrates comenzó a escribir su discurso A Filipo ya en Abril del 346, nada más aceptada la paz con Macedonia por la asamblea: esta es hoy la communis opinio sobre el particular. συμβεβηκε μηκέτι δεÃν πείθειν) ya que todos se han visto obligados por el conflicto pasado a poner fin a sus discrepancias. Como ya vimos en el punto anterior, este momento presente se refiere a un momento posterior al fin de la III Guerra sagrada, es decir Agosto del 346. Por las consideraciones hechas en el punto 4, pienso que Isócrates escribió esta carta sólo después de la divulgación de los propósitos de Filipo de marchar contra el persa, tal vez en los últimos meses del año 346 o incluso a comienzos del 345. El discurso A Filipo se compuso en cambio con motivo de la paz entre Filipo y Atenas ratificada en Abril del 346, pero en cualquier caso antes de Julio de ese mismo año, ya que en A Filipo 55-56 se habla del enfrentamiento que sostienen todavía los focios y los tebanos con motivo de la III Guerra Sagrada y en A Filipo 74 se indica que no está resuelto aún. Suponiendo por lo tanto que el A Filipo se enviara a Filipo en torno a mayo del 346 106 y la carta III seis o siete meses después, se puede decir que las circunstancias habían cambiado lo suficiente entre ambas fechas como para que Isócrates en la carta III pudiera ver con más optimismo una paz que en mayo estaba todavía en el aire y pendiente de ratificación final por Filipo, pero a la que a final de año no se oponía ni siquiera Demóstenes. No me cabe duda en efecto que es al partido de Demóstenes al que hemos de ver detrás de las alusiones a los demagogos enemigos de la paz hechas en A Filipo 73-80. Como consecuencia del análisis realizado en las páginas anteriores podemos establecer el siguiente orden cronológico de las obras escritas por Isócrates desde la redacción del A Filipo en el 346 hasta su muerte en el 338: discurso V (A Filipo) -ca. mayo 346 carta III (a Filipo) -fines del 346 carta II (a Filipo) -fines del 345/principios del 344 carta perdida a Filipo -fines del 343/principios del 342 carta V (a Alejandro) -fines del 343/principios del 342 inicio del Panatenaico -342 carta IV (a Arquidamo) -finales del 340 conclusión del Panatenaico -339 Esta ordenación de sus obras tiene importantes repercusiones a la hora de valorar las ideas del orador. Podemos así concluir que después de la redacción del A Filipo en la primavera del 346 Isócrates envió en los siguientes años por lo menos tres cartas al rey, de la que se nos conservan dos. La primera de ellas (carta III) es de finales del 346 y muy optimista, e insta al macedonio a EM LXIX 1, 2001 107 La crítica a Esparta, que ocupa un amplio espacio en el Panatenaico, es instrumental en el discurso, tal como han advertido los estudiosos que la han analizado (cf. E.N. Tigerstedt, The Legend of Sparta in Classical Antiquity, Estocolmo 1965, vol. I, pp. 179-206 para las opiniones de Isócrates sobre Esparta). La finalidad de esa crítica no fue sin embargo la de resaltar por contraste las virtudes de Atenas, ya que, tal como vimos en la parte anterior de este estudio (cf. nota 1), Isócrates critica claramente la política de su ciudad. Hodkinson (eds.), The shadow of Sparta, Londres 1994, pp. 223-271, considera que Isócrates emprender la campaña contra el persa ahora que las circunstancias eran más favorables que meses antes cuando todavía la III Guerra Sagrada estaba en curso. La segunda carta, escrita antes de la campaña Tesalia de verano del 344, es más larga y motivada por la inquietud que provocan en Isócrates las graves heridas que tuvo Filipo en el combate con los ardieos de la Dalmacia. Su tono es más pesimista e Isócrates no deja de referirse en ella a las críticas que ciertos sectores atenienses (ligados sin duda a Demóstenes) vierten tanto contra él como contra el rey. La carta refleja el creciente desencanto con la paz de Filócrates producido durante el año 345. La tercera carta a Filipo no se conserva, pero debió de escribirse a fines del 343 o principios del 342, ya que acompañaba a la carta V que Isócrates escribió por esas fechas. No sabemos qué pudo haber escrito entonces Isócrates al rey, aunque dado el creciente clima antimacedonio que se respiraba en Atenas (Filócrates se había exiliado en el 343) es de suponer que su contenido sería muy diferente del de las dos anteriores. En cualquier caso, en la carta dirigida a Alejandro Isócrates se interesa por cuestiones más educativas que políticas, que pueden entenderse a la luz de su enfrentamiento con los académicos de Espeusipo. Este enfrentamiento con rivales de otras escuelas debió unirse por aquellas fechas a una descalificación de la política de Isócrates por parte de los sectores antimacedonios liderados por Demóstenes. Ante las críticas que se le dirigían desde diversos sectores, Isócrates empezó a escribir un discurso de reivindicación personal quizás con la intención de terminarlo para las Panateneas del 342. En él, omitiendo toda referencia a su vinculación con Filipo, tan inconveniente en aquel momento, el orador hacía una exaltación de los valores de la Atenas de sus antepasados que le permitía, por una parte demostrar su patriotismo y su amor a su ciudad (algo de lo que no podían hacer gala los miembros de la Academia), y por otra criticar la política de la Atenas contemporánea (dirigida por Demóstenes y con la que estaba en profundo desacuerdo) 107. Una grave enfermedad tuvo durante tres años postrado a nuestro concibió el discurso como un ensayo retórico con el que, partiendo de la alabanza a Atenas, pretendía plantear el problema de la mala recepción que tenían sus discursos críticos entre la audiencia contemporánea. Esta perspectiva, aunque correcta, es parcial porque ignora que las críticas a la Atenas contemporánea están en el núcleo del discurso y no se ven motivadas por su comparación con Esparta. S. Tzannetatos, «Tò perì tòn qánaton toû 9Isokrátouj próblhma», Athena 61, 1957, pp. 289-322 contiene reflexiones interesantes acerca del modo en que se suicidó un Isócrates exhausto por los años y la enfermedad. No obstante, Tzannetatos intenta hacer compatible el optimismo de la carta III, que supone escrita por Isócrates pocos días después de Queronea (frente al testimonio de la propia carta, escrita sólo "después de la paz"), con el suicidio del orador. orador y al borde de la muerte, por lo que se vio incapacitado para trabajar y poner fin al Panatenaico. A este periodo de enfermedad, y ya comenzada la guerra con Atenas, pertenece la carta IV dirigida a Antípatro, lugarteniente de Filipo II. Se trata de una carta de recomendación, sin ninguna referencia a la situación política salvo una breve indicación al principio en la que Isócrates declara que es peligroso escribir a Macedonia en tiempos de guerra. El estilo de la carta no encaja con el de nuestro orador, por lo que considerando el tema de la carta y su enfermedad, no cabe descartar que otra persona participase en su redacción. Superada la enfermedad en el 339, cuando Atenas está en guerra con Macedonia, Isócrates publica el Panatenaico. Al año siguiente, en el 338, se produce la catástrofe de Queronea. Noticias alarmantes de la derrota llegan enseguida a la ciudad, que piensa que las tropas de Filipo se dirigen contra ella. Nuestro orador, viendo cómo sus proyectos de unidad entre los griegos han fracasado y las esperanzas que había depositado en Filipo se han desvanecido, no puede soportar ver el triste destino de su ciudad y se suicida dejando de ingerir alimentos 108. A los pocos días muere y meses después se pronuncia su elogio fúnebre en los epitaphia ofrecidos a los caídos en Queronea. Nuestro orador no vivirá para comprobar que precisamente la derrota de Queronea fue la que posibilitó que Alejandro realizase la campaña contra el persa por la que él siempre había abogado.
La moderna ciencia lingüística parece haber llegado a la conclusión de que los sinónimos, en rigor, «son correferenciales, en cuanto que denotan el mismo hecho; pero eso no quiere decir que tengan la misma significación», por lo que puede estimarse que la sinonimia es una relación onomasiológica, que debe situarse en la antesala de la semántica, no dentro de sus dominios, dando por supuesto que para los eruditos de la Antigüedad, y particularmente para los que trataban de rhetorice, la sunwnumía consistía, pura y simplemente, en «indicar la misma cosa con diferentes palabras» 1. Ciertamente, esa suposición no carece de base, puesto que, según San Isidoro, synonymia est, quotiens in conexa oratione pluribus uerbis unam rem significamus (Etym. II 21.6); y Quintiliano, al ocuparse de esa figura retórica, que algunos preferían llamar diiunctio, dice que es una nominum idem significantium separatio, lo que justifica el nombre de diiunctio, y que, por otra parte, congregantur quoque uerba idem significantia, por lo merecía llamarse también sunonumía 2. EM LXIX 1, 2001 Cabe, sin embargo, poner en tela de juicio la interpretación de esas dos definiciones, ya que, en la isidoriana, unam rem significamus puede entenderse como "indicamos una sola cosa", aunque también podría tomarse como "significamos una sola y la misma cosa"; en cuanto a Quintiliano, es más que posible, aunque no lo parezca a primera vista, que usara el verbo significare con el significado de "dar a entender", de suerte que los nomina y los uerba idem significantia bien podrían ser "locuciones que vienen a significar lo mismo", y no "vocablos que significan lo mismo", puesto que el mismo Quintiliano dejó bien claro que en su opinión, algo discrepante de la más corriente, no había sinónimos perfectos, en primer lugar por mediar entre los "sinónimos" diferencias no estrictamente semánticas:... cum idem frequentissime plura significent, quod sunwnumía vocatur, iam sunt aliis alia honestiora, sublimiora, nitidiora, iucundiora, uocaliora. Nótese bien, para empezar, que ahí dice que los aficionados a esa maña recurrían a ella para que "si al poco de usar un vocablo necesitaran volver a emplearlo, tuvieran la posibilidad de tomar en su lugar otro por el que pudiera entenderse, o darse a entender, lo mismo"; y obsérvese, al mismo tiempo, que son dos los beneficios que se extraen del estudio de las obras de los maestros: se aprende a usar eficazmente el vocabulario, sabiendo quod quoque loco sit aptissimum, y se llegan a conocer los nomina ipsa rerum, es decir, el significado exacto, propio y privativo de cada palabra, aquel que debe expresar cuando se utiliza con todo rigor. Así pues, con arreglo a la doctrina de Quintiliano, los uerba idem significantia no serían "palabras con exactamente el mismo significado", y habría que entender que la synonymia, para ser legítima y plausible, debía consistir 3 Ejemplo tomado de Cic., Pro Lig. 4 El primer ejemplo, de Cic., Catil. El segundo, de Verg., Aen. XII 638, no debería ser considerado, en rigor, con criterios retóricos, aunque ciertamente no podría encontrarse en toda la oratoria ciceroniana una muestra de synonymia que permitiera mostrar cómo esa figura puede llegar a parecer pleonasmos. 5 Según J. Cousin (n. complementaria a este lugar en p. 319 de su edición, París, 1978), los dos primeros ejemplos podrían proceder del hoy perdido In Metellum ciceroniano. El tercero viene de Cic., Catil. I 10. en una acumulación, o congregatio, de locuciones semánticamente afines, pero no equivalentes y conmutables, ya que la repetición de palabras y giros con idéntico sentido constituiría o una simple congeries, útil y eficaz, pero nada meritoria, o un pleonasmos, decididamente vicioso: potest adscribi amplificationi congeries quoque uerborum ac sententiarum idem significantium. nam etiam si non per gradus ascendant, tamen uelut aceruo quodam adleuantur: |'... cuius latus ille mucro petebat? qui sensus erat armorum tuorum? quae tua mens, oculi, manus, ardor animi? quid cupiebas? quid optabas?'. simile est hoc figurae quam sunaqroismón uocant, sed illic plurium rerum est congeries, hic unius multiplicatio. Bien claro está: no habrá synonymia si no hay diferencias semánticas de alguna relevancia, por sutiles que éstas sean, entre los "sinónimos". Por lo que habrá que entender que los nomina, o uerba, idem significantia se congregan, o, mejor dicho, se combinan, para dar a una sola idea -una res, en la definición isidoriana -cabal expresión. Interesantísima me parece a mí esa fina distinción de dos géneros de synonymia que conviene no confundir. En el primero, que también podría rotularse diiunctio, o "disyunción", el combinado de "sinónimos" consta de "palabras diferentes, pero no divergentes" -aliis sed non alio tendentibus uerbis -, o sea concurrentes, que denotan facetas de un mismo hecho que sólo en teoría pueden ser separables: la idea de "juzgar" (iudicastis) comporta necesariamente, en efecto, las de "determinar, decidir, establecer" (statuistis) y "dictar, pronunciar la sentencia" (sententiam dixistis), acciones que, conjuntamente, constituyen la de "juzgar" en el ámbito de lo judicial; y en la suma de "arrostrar las asechanzas" (optulerim insidiis) y "enfrentarse al odio" (obiecerim inuidiae) consisten la idea y la acción de "exponerse a todos los peligros" (dediderim periculis omnibus) en la lucha política. Debe notarse, en fin, que en el ejemplo de initium la terna de locuciones "sinónimas" -| dediderim periculis omnibus | optulerim insidiis | obiecerim inuidiae | -va encabezada por la que asume, refundiéndolo, el contenido de las otras dos, ocupando, en cambio, el último lugar en la terna -| uos enim statuistis | uos sententiam dixistis | uos iudicastis | -propuesta como ejemplo de clausula: parece, por tanto, que el objeto de la synonymia de este primer género sería, simplemente, el de explicar la idea expresada, por lo que no hay que descartar que diiunctio, y su equivalente separatio, signifiquen, en realidad, lo mismo que'nálusij,'análisis'. En cuanto a la terna que Quintiliano pone como ejemplo del segundo género de synonymia, que sólo así puede llamarse, hay que señalar que difícilmente podría aprehenderse cabalmente el significado de perge quo coepisti sin egredere y proficiscere, que son equivalentes y conmutables entre sí, pero no con perge: también aquí habría, pues, diiunctio, o sea análisis, o explicación, y no acumulación de "sinónimos". No la hay tampoco en los dos ejemplos, también extraídos de la oratoria de Cicerón, que ilustran la definición de San Isidoro: Al restituir el primero de ellos a su contexto, se aprecia que la terna formada por agis, moliris y cogitas, buenísima muestra de synonymia / diiunc-6 El inespecífico agis -recuérdese que ago significa 'desarrollar una actividad', y no 'hacer' (facio) -engloba los contenidos de moliris y de cogitas, que hacen referencia a las dos posibles modalidades de actividad; y en el contenido de sentiam se hallan, desde luego, refundidos los de audiam y uideam, puesto que oír de otros y ver por uno mismo son las dos principales modalidades de la percepción. tio a comienzo de frase, se combina con otra terna que responde al esquema de la diiunctio / synonymia en cláusula descrita por Quintiliano: Difícil parece, en efecto, encontrar diferencias de relieve entre feram, patiar y sinam, porque, de hecho, los tres verbos vienen a significar lo mismo, o sea 'permitir'. Pero esos tres uerba idem significantia no son, en rigor, tres palabras equivalentes y conmutables entre sí, ya que entre los significados de fero y de patior -'soportar' y 'soportar pasivamente' -se aprecia una diferencia de grado, y una de más entidad, no susceptible de neutralización, entre esos significados y el de sino -'autorizar, dar licencia' -que, cuando EM LXIX 1, 2001 7 Así aparece usado en diez y ocho lugares, a saber: Cic., Quinct. 18. --Sin negación, sólo media docena de veces: Verr. 103. va modificado por una negación, significa en el léxico de la oratoria ciceroniana 7'prohibir terminantemente, impedir con la mayor eficacia', como, por ejemplo, en los dos pasajes siguientes, en los que con sino se alcanza el punto más alto de una gradación ascendente: mala est haec quidem, ut dixi, ac potius perdita maximorum peccatorum, huius autem iniquitatis et inertiae confessio, non defensio criminis; sed tamen hac ipsa tibi, si uti cupias, non licet; uetat te Volcatius... mentionem mancipis facere; Timarchides autem... premit fauces defensionis tuae...; iam uero scriba tuus anulo aureo suo, quem ex his rebus inuenit, ista te ratione uti non sinet. Así pues, en la synonymia construída con non feram, non patiar, non sinam hay diiunctio, por cuanto es enumeración de las tres diferentes, pero no divergentes, actitudes que pueden adoptarse frente a un hecho que se desaprueba: en esa terna de verbos se da una diversidad de significados, pero un único "sentido", o sea una res. Por consiguiente, habremos de entender que la definición isidoriana de la synonymia es enteramente acertada, y sumamente precisa. Y, al mismo tiempo, tendremos que seguir poniendo en cuestión la apuntada por Quintiliano, que no parece concordante ni con los ejemplos que la ilustran ni con la de San Isidoro, porque lo que dice Quintiliano es que la synonymia, o diiunctio, consiste en una acumulación de palabras "que significan lo mismo", y esto ni tiene vuelta de hoja ni se presta a segundas o terceras lecturas. Pero tampoco puede ser tomado alegremente en su valor facial, puesto que nos consta que Quintiliano era muy consciente de que no hay palabras que signifiquen lo mismo que otras, o, mejor dicho, que no hay dos palabras que tengan, en rigor, exactamente el mismo significado. Eso último no es, por supuesto, un hallazgo de Quintiliano, que pudo haber tomado esa idea -que, dicho sea de paso, deberían tomar también, aun-que sólo fuera en consideración, muchos lingüistas y filólogos -de la fuente principal de su saber, es decir, de Cicerón, que en sus Tusculanas señaló, sin querer pararse a definirlas o desentrañarlas, las borrosas diferencias que median entre el "significado" y el "sentido", conceptos que, hoy por hoy, muchos no distinguen todavía debida y netamente: ratio una omnium est aegritudinum, plura nomina. nam et 'inuidere' aegritudinis est et 'aemulari' et 'obtrectare' et 'misereri' et 'angi','lugere','maerere','aerumna adfici','lamentari','sollicitari','dolere','in molestia esse','adflictari','desperare'. | haec omnia definiunt Stoici, eaque uerba quae dixi singularum rerum sunt, non, ut uidentur, easdem res significant, sed aliquid differunt; quod alio loco fortasse tractabimus. haec sunt illae fibrae stirpium, quas initio dixi, persequendae et omnes eligendae, ne umquam ulla possit existere. magnum opus et difficile, quis negat? quid autem praeclarum non idem arduum? sed tamen id se effecturam philosophia profitetur, nos modo curationem eius recipiamus.... Trabajo grande y difícil es separar todas las delgadísimas fibrae stirpium que son los significados individuales de las locuciones, y en su mole y dificultad reside su grandísimo mérito, que será de la philosophia, pero no su interés, porque lo que de verdad importa es que inuidere, aemulari, obtrectare, misereri, angi, lugere, maerere, aerumna adfici, lamentari, sollicitari, dolere, in molestia esse, adflictari y desperare, aunque aliquid differunt, parecen significar, y de hecho significan, una misma cosa, aegritudo: lo que en el mundo real cuenta es el "sentido" de las palabras, o sea aquello que el que las usa quiere dar a entender, y lo que siente o entiende, o quiere entender o percibir, el que las oye o lee. Con arreglo a eso, podemos, y creo que deberemos, juzgar que los uerba idem significantia serían palabras que "tienen el mismo sentido" para Quintiliano, que, por considerar el significado sólo desde el punto de vista de la retórica, y no desde el de la philosophia, no veía en la synonymia nada más que una modalidad de la amplificatio, una congeries uerborum ac sententiarum idem significantium condensada que pone de manifiesto, y de relieve, la ratio de una exposición si la encabeza, y su conclusio si la cierra. Ateniéndose a ese enfoque puramente pragmático, el propio de su especialidad, tuvo que escapársele el hecho de que la diiunctio, sin la que no hay ni puede haber synonymia, es, además de una separatio, o'nálusij, una síntesis, lo que justifica que la diiunctio se llamara también sunwnumía, o combinación de los plura nomina, cada uno de ellos con su significado particular, que pue-EM LXIX 1, 2001 den darse a una res, o idea constitutiva del sentido, o ratio, de todas esas locuciones específicas: es lícito y acertado, por tanto, decir que cada uno de los catorce "nombres" de la aegritudo "significa" justamente 'aegritudo', ya que ésa es, a fin de cuentas, la idea que expresa, o da a entender. Con lo que la definición de la synonymia que manejaba Quintiliano resulta no ser discordante de la formulada por San Isidoro, y da pie para seguir reivindicando, contra la opinión de casi todos los modernos eruditos, el impecable rigor intelectual y el vivaz espíritu científico de los sabios de la Antigüedad romana, que sabían apreciar la dificultad, y el mérito, de la definición y descripción de los contenidos semánticos rasgo por rasgo, o fibra por fibra, pero se contentaban con aprehender y comprender las sententiae, o sentidos, o significados esenciales, de las palabras, cosa que no requiere nada más, y nada menos, que sagacidad y discernimiento, siendo accesorio el rigor terminológico. Del que no carecían en absoluto, contra lo que creen y no se cansan de repetir los que estudian el léxico latino, y en particular el relativo al significado, siguiendo simplistas criterios rigurosamente hodiernos, y estereotipados más que formalizados. Pero ése es otro asunto....
su lectura de una versión previa de este artículo y sus valiosos comentarios al texto, sin que ello implique que compartan cada una de nuestras conclusiones. Una completa lista de las referencias bibliográficas hechas a lo largo del texto aparece al final del artículo. Colocada al final de la colección de las Píticas, la número 12 es sin embargo una de las primeras obras de Píndaro, fechable en 490 (ó 486). Se trata de una composición monostrófica (como la contemporánea Pítica 6, además de N.2, 4, 9, O.14 e I.8) de sólo 32 versos en dáctilo-epítritos, que presenta además la particularidad de ser el único de los epinicios conservados dirigidos al vencedor no de una competición atlética, sino de un certamen musical, concretamente de una ψιλ¬ αÜλησις (ejecución de una melodía con EM LXIX 1, 2001 2 Según la inscriptio de los escolios Midas venció dos veces en Delfos (en las Pitíadas 24 y 25) y quizás también en las Panateneas (φασÂ δ¥ αÛτÎν κα Παναθήναια νενικηκέναι). 364 toman a Midas por el maestro de Lamprocles, de quien a su vez fue discípulo Sófocles, y lo presentan como músico célebre en su época. Modernamente también Luisi lo considera «tra i più famosi auleti dell 'antichità» Gentili-Luisi p. Común a todos estos textos es no ofrecer la fuente de la que extraen tales datos. Yo me temo que lo primero no es sino un error surgido al tomar a Midas por Midón, padre o maestro de Lamprocles, según el gramático Frínico en Sch.Ar.Nu.967b αq Φρύνιχος δ¥ αÛτοØ τούτου τοØ šσματος μέμνηται ñς Λαμπροκλέους Ðντος τοØ Μίδωνος υÊοØ ́ μαθητοØ (Cf. Albert, «Lamprocles», REA 23). Quizás no haya otro motivo para creer que Midas realmente gozó de fama que entender ingenuamente (como hacía Böckh) que la curiosa noticia sobre el accidentado modo en que Midas obtuvo la victoria (cf. §2) la tomaron los escoliastas de una inscripción que en Delfos celebraría al músico. El resto de los tratadistas modernos subraya la falta de otras noticias acerca de Midas. 3 También parece dedicada a una persona de condición menos que ilustre la P.11, cf. τ μέσα v. Para la métrica y una introducción completa a esta oda, remito a la excelente edición crítica de Gentili, pp. 307 ss. 205 (en referencia a la opinión de Radt de que P. 12 es «verhältnismaßig unproblematisch» p. Midas, el auletes vencedor del certamen y destinatario de esta oda no es mencionado por las fuentes antiguas fuera de los escolios a la obra 2. La Pítica no hace referencia a su familia ni a una posición social distinguida, lo que resulta extraordinario en Píndaro. Esto, unido al hecho de que el nombre del músico es ciertamente frigio (lo que recuerda el origen de su instrumento) ha llevado a conjeturar que se tratara de un esclavo, o más probablemente un liberto protegido por la poderosa casa acragantina de los Emménidas, quienes a su vez son destinatarios de la mencionada P. 6 3. El sentencioso final de esta Pítica (versos 28-32) es un texto lleno de dificultades («eine alte Crux der Erklärung» como reconoce Schlesinger al final de su artículo sobre el poema) 4, y también (y quizá por ello) uno de los pasajes menos apreciados estilísticamente por los estudiosos de Píndaro. Reproduzco el texto establecido por Snell-Mahler, con un aparato distinto del de estos editores 5. 6 Cito solamente dos traducciones. -------------------29 ¦κ δ¥ τελευτάσει νιν 3τοι: ¦κ δz ¦τελεύτασέν νιν μτοι Böckh 1, ¦κ δ¥ τέλεσσ' §νν® νιν 3τοι Mair, ¦κ δ¥ τελεύτασεν, Μίδα, τοι Kaibel La mayoría de los comentaristas que se han detenido en estos versos han manifestado claramente su disgusto por la inoportuna banalidad de los sentimientos que expresan, o bien piensan que el pasaje está corrupto (cf. infra): «'The fateful is beyond shunning' must be thought inferior even to che sarà sarà, because the pretentious wording may persuade the unwary that something has been said», Norwood p. Si el texto del poeta viene a significar lo que con algunas diferencias de detalle se ha venido entendiendo hasta hoy, tales opiniones no son del todo injustas. Sin embargo, las lecturas modernas del texto presentan serios problemas que dejan abierta la posibilidad de un nuevo enfoque 6. Tratar de dar una interpretación de la oda en su conjunto, o de la relación entre el mito central y el final gnómico nos colocaría frente al problema de la unidad de las odas de Píndaro, algo que solo muy superficialmente puede ser EM LXIX 1, 2001 7 Para una revisión crítica de las explicaciones sobre el sentido del mito, y su relación con el final de la oda, cf. Köhnken 1971, esp. pp. 147 tratado aquí por exceder el propósito de estas páginas 7. En cuanto al final del poema, que es el asunto de este artículo, es evidente al menos que trata de la felicidad y los pesares de los hombres durante su vida, y del modo en que divinidad, tiempo y destino intervienen en ellos; pero es algo mucho menos claro de qué forma entiende Píndaro la relación entre estos poderes y aquel acaecer, o su relación con el mito de Perseo y la victoria de Midas y por ello los especialistas están lejos de tener una opinión unánime 8. Buena parte de los comentarios y traducciones parten de la suposición de que en el texto hay una (o dos) alusiones implícitas a la vida de Midas: por un lado, cierto evento acaecido durante la ejecución de la obra que refieren los escolios (cf. § 2 comienzo), y por otro lado, una elíptica referencia a alguna aspiración insatisfecha del auletas (cf. § 3 fin). Unos entienden que la oda se recitó en Agrigento tras el retorno del vencedor y para otros es indispensable que la ejecución de la oda ocurriera inmediatamente a continuación del agón. Las diferencias en la interpretación semántica de algunas palabras clave o el valor de algunas construcciones son casi tantas como autores se han ocupado del texto. Determinar el sentido de las máximas en el sistema de valores del autor, o siquiera la conexión entre unas y otras es también un escollo ante el que cualquier lectura crítica titubea. En este análisis de los versos 28-32 de la Pítica 12 nos centraremos primero en las dificultades gramaticales y de coherencia interna que presentan las diversas explicaciones de los últimos versos, para proponer después una interpretación que difiere de todas ellas en varios puntos y de la que de deriva un sentido que espero resulte más plausible que los propuestos hasta ahora. La inscriptio de los escolios (y más tarde el escolio a v. 32) nos cuenta un suceso que habría tenido lugar durante el certamen: en medio de la ejecución de la melodía, la pieza que une los dos tubos del instrumento se rompió, pero 9 Para una discusión sobre la exacta naturaleza del instrumento, y especialmente sobre la función de las γλωσσίδες, cf. Gentili-Luisi p. 17 ss. y la abundante bibliografía en n. 10 (a) la ponen seriamente en duda, o la toman por una invención del escoliasta: Wilamowitz p. 52; (b) la consideran irrelevante para la interpretación: Mezger, p. Según el autor (ib. ibid.) sería este hecho el que hizo famoso a Midas, pero cf. n. Midas continuó la melodía soplando directamente en la caña, provocando la admiración del público y obteniendo finalmente la victoria 9: •γωνιζομένου γρ αÛτοØ [sc. Aunque no faltan quienes ponen en duda la historicidad de la anécdota, la consideran irrelevante, la pasan por alto, o la toman sólo con reservas 10, una buena parte de los comentaristas y autoridades en Píndaro la consideran auténtica e incluso imprescindible para la interpretación de los versos 11. Dentro de quienes abogan por la verosimilitud del escolio, todavía cabe distinguir entre aquellos que lo hacen pertinente para la explicación de los versos 28-29 y con ello de todo el final (Mommsen, Gildersleeve), o de todo el poema (Gentili 1995, 1996, pp. 109-112; Gentili-Luisi). La interpretación de toda la oda inteligentemente elaborada por Gentili [1995, 1996], y desarrollada de forma erudita en Gentili-Luisi es a nuestro juicio la mejor fundada de las que conocemos, por lo que le dedicaremos aquí una atención especial. Tal interpretación descansa sobre la exigencia de que tal historia sea cierta 12, lo que se supone debe demostrar el estudio del segundo coautor, pero en mi opinión las conclusiones de éste más bien rebaten la hipótesis central del artículo. XXXVIII ss. mo es descrito no es verosímil, (entre otras cosas porque el aulós no puede emitir sonido sin la boquilla, cf. pp. 16, 25), y basándose en la hipótesis, no documentada y probablemente errónea, de que Midas fue considerado uno de los grandes auletes de la antigüedad (pp. 15, 25), pergeña la siguiente explicación: Midas, un gran virtuoso del instrumento (formado éste por dos cañas unidas por una pieza de bronce que sirve a su vez para recibir la embocadura) sustituyó en medio de la ejecución la tradicional boquilla del instrumento por otra doble, la cual proporciona un sonido más armonioso y con la que habría practicado largamente antes de la competición, lo que provocó la natural admiración del auditorio (que evidentemente no estaba al tanto de la maniobra) y en definitiva le concedió la victoria (pp. 24-5). Tan ingeniosa explicación, meramente especulativa, no sólo está en contra de la literalidad del escolio, que además dice que Midas sopló μόνοις τοÃς καλάμοις, sino que va en contra de la posible relación que pueda existir con los vv. 30 ss, ya que si tales hubieran sido los hechos, no se trataría de un éxito en contra de lo esperado, sino, en realidad, de una recompensa al ingenio y la preparación. Hay además una objeción no menos seria a la hipótesis de Gentili: si se acepta que la oda fue ejecutada el día de la victoria (lo que resulta necesario para su interpretación de σάμερον en v. 29) y además se entiende, como hace Gentili, que los motivos principales de la oda, y no sólo las sentencias finales, han sido creadas en gracia al inesperado modo en que Midas venció en el certamen 13, entonces es preciso admitir que toda la oda, con sus complejos juegos de referencias y su elaborado mito central, fue compuesta el mismo día de la competición, en el tiempo que media entre la victoria y su celebración, lo cual resulta improbable por varios motivos, incluso para quien acepte que una pieza de esta complejidad puede tener tal génesis. En primer lugar, la oda comienza con un canto a Agrigento como καλλίστα βροτεν πολίων, en lugar de la esperable alabanza a la ciudad de la victoria, y las palabras de v. 5 δέξαι στεφάνωμα τόδ' ¦κ Πυθäνος indican casi necesariamente que la celebración no se realiza en Delfos. Por otro lado, los epinicios creados in situ, para ser ejecutados al término de las competiciones, en el mismo escenario de la victoria, responden a una tipología de rasgos bien determinados tanto por las exigencias materiales de este tipo de composición poética (premura del tiempo, etc.) como por las funciones sociales y de comunicación a que res-14 Identificó y caracterizó brillantemente este tipo de epinicios Gelzer 1985. 15 Incluso admitiendo que sámeron pudiera tener, en el contexto de la celebración, un sentido más amplio que el de la jornada limitada por las salidas del sol. Aunque no comparta siempre el procedimiento de Bradford Welles, ni su interpretación de los versos finales, le cabe a este autor el mérito de haber vuelto a otorgar a las consideraciones éticas y religiosas la relevancia debida en la exégesis de este pasaje. ponde 14. Solo tres rasgos formales acercan esta pieza al tipo en cuestión: la relativa brevedad (en el tipo es frecuentemente más breve aún), el carácter monostrófico y el metro. Pero en todos los demás rasgos, de índole material, el poema se aparta por completo del tipo, pues no se celebra al comienzo a Delfos ni a Apolo (-να en el v. 3 debe necesariamente referirse a la propia Agrigento), ni el agón es una competición atlética importante, ni se menciona la familia del vencedor; y por el contrario el mito ocupa una parte fundamental de la obra, la cual termina con una serie de sentencias, rasgos ambos que cuando muy ocasionalmente aparecen, lo hacen de forma incomparablemente más breve y marginal que en esta pieza. Finalmente, todavía cabría suponer que la oda fuera compuesta inmediatamente, pero sólo para ser ejecutada a la vuelta de Midas a Agrigento: ello haría menos graves los problemas del encabezamiento del texto, pero tornaría más acuciante el de la referencia de σάμερον, y a las dificultades de forma ya mencionadas añadiría la falta de algún elemento que indicara este carácter del poema. Todo ello hace que (aun cuando este extremo no afecte a nuestra interpretación), pongamos seriamente en duda que la obra fuera compuesta el mismo día de la victoria 15. Mientras el sentido de Ðλβος ('dicha','felicidad','prosperidad') no ofrece mayores dificultades, κάματος exige una consideración detenida. El término tiene un amplio significado que excede con mucho la noción de "esfuerzo" necesario para la victoria en un agón, que es el sentido que posee en P. 5.47, I. 8.1. En otros pasajes de Píndaro lo vemos usado para referirse a los trabajos de Hércules (N. 1.10), las fatigas de Peleo y Cadmo (P. 3.96), el dolor de Cástor ante la muerte de su hermano (N. 10.79), los peligros de una travesía marina (O. 6.103), o los sufrimientos de las mujeres locrias en la guerra (P. 2.19) y ya ha sido empleado antes (v. 10: δυσπενθέϊ σ×ν καμάτå) para referirse al dolor de las serpientes que cubrían la cabeza de las Gorgonas 16. Esta repetición del término no es probablemente casual, y del sentido general del contexto se deduce que κάματος no debe de referirse (o no únicamente) al Píndaro se refiere con frecuencia a la felicidad que proporcionan los dioses a los hombres piadosos, especialmente en la vejez, pero pasajes como Pi., N. 9.44, redactada en honor del anciano Cromio hacia 474: ¦κ πόνων δ', οÌ σ×ν νεότατι γένωνται σύν τε δίκ', τελέθει πρÎς γ−ρας αAEãν oμέρα son de un tono completamente diferente al de nuestra oda. esfuerzo en el agón, sino que puede alcanzar a todo lo que se opone a Ðλβος: sufrimientos, penas, angustia, dolor. ¿Cuál es la relación entre Ðλβος y κάματος? Algunos autores (entre ellos quienes entienden que κάματος sólo alcanza al esfuerzo del músico) afirman que es la que se da entre el esfuerzo humano consciente que tiende a lograr un propósito y la satisfacción al obtener la recompensa, cf. Christ, p. Es cierto que todo epinicio exalta el esfuerzo agonístico cuando es coronado por el éxito, y que la relación entre el esfuerzo del competidor y su victoria puede verse como una celebración de este principio, pero en mi opinión, el tono de este pasaje no está puesto al servicio del lugar común "la felicidad sólo se alcanza mediante el esfuerzo", sino que, como muestra en contexto, da voz a una reflexión sobre la relación entre la divinidad y los humanos, y por la función del sistema aristocrático de valores 17. Los editores y comentaristas hasta finales del s. XIX entendieron casi siempre ¦κτελευτάω como "dar término", (así Heyne "finiet", Rumpel "prorsus ad finem perduco") y generalmente tomaron el sustantivo más cercano κάματον como referente de νιν (Lauts, Mezger, Gildersleeve, Fennell). Tal interpretación, de una óptima sintaxis en lo que al anafórico se refiere, se basaba principalmente en el aparente paralelo de ¦κτελευτήσας de M frente a ¦κτελέσας de A en P., Fr. 172.4, restituido por Snell-Mahler τÎν zΙάσονος εÜδοξον πλόον ¦κτελέσαις como una forma de ¦κτελέω. Por otro lado, esta traducción (que exige entender 3τοι = μ τοι, cf. infra.) no da buen sentido: ni se entiende por qué razón el κάματον del auletes habría de durar después de la victoria hasta la celebración (salvo que la oda se hubiera cantado ese mismo día, lo que rechazan la mayoría de los autores, cf. § 2) ni, sobre todo, es coherente con la siguiente sentencia: τÎ δ¥ μόρσιμον οÛ παρφυκτόν. Por la misma traducción se habían inclinado Strohm p. 49, Sandys, «bring that bliss to an end», y Suárez de la Torre. los autores modernos, quienes se inclinan mayoritariamente por dar a ¦κτελευτάω el sentido de 'llevar a su cumplimiento','perfecerit' (ya Böckh)'vollenden' (Wilamowitz),'bring about' (Slater, LSJ) y hacen de Ðλβον el referente de νιν (así Böckh, Lattimore, Bischoff, Cerratto, Puech, Alsina, Bádenas-Bernabé, Race) 18. Recientemente ha levantado serias objeciones a esta interpretación Pfeijffer (p. 410) con los siguientes argumentos: además de persistir la incoherencia con la sentencia del v. 30, la pesimista formulación del comienzo εAE δέ τις Ðλβος... οÛ φαίνεται no se compadece con la afirmación siguiente de que el dios dará cumplimiento a la dicha del músico. Con tal sentido (referido a Ðλβος) se solucionarían tales problemas de contenido, pero se plantearía uno nuevo no menos grave: ¿cómo puede explicarse que el Poeta se dirija al vencedor del certamen en el día de su celebración diciendo de forma tan tajante que una divinidad pondrá fin a su dicha? Y además, ¿por qué decirlo precedido de la máxima anterior? A mi parecer, es excesivamente optimista (dejando cuestiones de sintaxis para más tarde) pensar que la misma ambigüedad que plantea cada una de tales interpretaciones irreconciliables resuelve todos los problemas interpretativos, en lugar de sumarlos. Por otra parte, y en contra de lo que opina Pfeijffer, en ninguno de los textos por él mencionados tiene ¦κτελευτάω simplemente el sentido 'terminar','beenden'. Puesto que el significado de este verbo es de suma importancia para entender el pasaje en cuestión, nos detendremos en él un momento. Esta línea de interpretación ha sido casi unánimemente abandonada por zΕκτελευτάω es un verbo de frecuencia mucho más restringida que ¦κτε-λέω (con el que tardíamente tiende a confundirse) o que los verbos simples correspondientes, y cubre solamente una parte del significado de aquél (mas semejante, o casi sinónimo de ¦πικραίνω). Revisando los léxicos existentes he encontrado 9 testimonios con anterioridad al s. IV d.C 20 En todos los casos, aquello que se cumple está prescrito por la divinidad, lo que no debe extrañar en el compuesto de un verbo tan ligado al culto como τελευτάω; en todos los testimonios, el agente es una divinidad o un semidiós que cumple un designio divino. La acción que éste realiza no consiste meramente en poner término a algo, hacer que esto termine en algún punto de su desarrollo, sino en dar cumplimiento al designio divino. En casos como E., HF 827-30 (el único ejemplo donde el sujeto no es un dios) τÎ χρή νιν ¦ξέσåζεν subraya el carácter teleológico de la acción. En nuestro caso el designio divino está bien claro, tanto por la oración anterior como por τÎ μόρσιμον de la siguiente. Naturalmente ¦κτελευτν τι implica también que el proceso llegue a su término y 'final' es materialmente indistinguible de'término, perfección del desarrollo' cuando el objeto indica "periodo de tiempo" como en A., Pr. 1020 donde se habla del primer castigo de Prometeo. El complemento directo de ¦κτελευτάω (o el sujeto, en la construcción pasiva e intransitiva) es normalmente un pronombre con un referente difuso (aκαστον Sem. 2.5 'cada cosa' o 'cada día' 21, παντα A., Supp.) o un anafórico τοιαØτα, τάδε. 94) no ve dificultad en este verso. 228, etc. 22 En oposición con el simple τελευτάω, y en el área donde este verbo coincide con el compuesto, ¦κτελευτάω puede añadir un matiz de intensidad, como parece deducirse de Il. IV 161 (cf. infra) donde, según creo, se ejemplifica esta área semántica de coincidencia 23. El siguiente problema es 3τοι, lectura unánime de los manuscritos. Böckh corregía μτοι (con una grafía hoy reprobada para μ τοι) 24 «intelligo emphatice,'uel hodie'» (Mommsen in app.). Este 3τοι "emphaticum" es traducido a las lenguas modernas de dos formas muy distintas: normalmente, siguiendo a Christ 25 se da a la frase un tono interrogativo o se añade un matiz de duda ('vielleicht','acaso'). A pesar de lo improbable de este valor26, es el sentido que sigue la mayoría de los traductores, y algunos comentaristas (Bischoff, Farnell, Puech, Bremer, Suárez de la Torre, Pfeijffer, Alsina, Lattimore, Sandys); otros autores entienden en cambio que el matiz es intensivo, y traducen "en verdad" (Bádenas-Bernabé) "wirklich" (Köhnken [1971], pp. 148 n. 408, se declara a favor de la explicación de Schröder, «nam respondent inter se 3τοι et •λλά», que deja por explicar τÎ δε μόρσιμον... (que en el texto dado por Hummel está omitido). 161 y la mayoría de los intérpretes, la oda se recitó al regreso del campeón al hogar, probablemente en algún festival en honor de los dioses. De la misma manera, Bischoff, p. 200. pretación de 3τοι = μ τοι depende de la ciertamente improbable capacidad de la partícula para aparecer en este lugar de la frase 27. Wilamowitz (a quien siguen Schlesinger, Burton, Slater, Bradford Welles, Race, Gentili) que ni siquiera se planteó la probabilidad de que 3τοι fuera otra cosa que la conjunción disyuntiva, entendía que el poeta se interrumpía antes de expresar el segundo término de la disyunción: «die zweite Alternative wird formell nicht ausgesprochen: das 'oder später' birgt sich in dem •λλ' §σται χρόνος. Yo tampoco creo que el anacoluto suponga una dificultad insalvable, pero no veo fácil seguir en su traducción 28 el curso de las ideas del poeta, quien, como proponía Gildersleeve, estaría refiriéndose veladamente a un deseo insatisfecho de Midas 29. Gentili no ofrece ningún argumento para explicar por qué Píndaro puede haber omitido el segundo término de la disyución. La interpretación de σάμερον trae a cuestión la ocasión del poema 30. La palabra no ofrece dificultades para quienes entienden 3τοι = μ τοι con matiz enfático si "hoy" se refiere al día de la celebración de la victoria; pero resulta difícil de explicar si 3τοι significa 'quizás' o si se trata de la disyuntiva: ¿a qué debe esperar Midas en el día de la celebración para ver realizada su dicha? Ya hemos dicho que algunos autores entienden que Midas espera algo más, pero, aunque es frecuente que el poeta desee futuros triunfos en certámenes mayores, en ninguna Oda se supone que el triunfo no haya llenado de satisfacción al vencedor, siquiera temporalmente. XXXIX, cf. pp. 322 in app. y 683), lo que no consideramos asumible por las ya alegadas razones ( § 2) y por las que además expondremos en § 5. Las dificultades de este pasaje son igualmente de tipo textual e interpretativo. Casi todos los comentaristas recalcan la abrupta forma en que las palabras aparecen intercaladas en el discurso. La lección δέ es la aceptada por todos los editores modernos, excepto Turyn, Köhnken [1971] p. 148 y Gentili, quienes prefieren γε (antes también Heyne). Ésta es también la lectura del comentario (o un resumen del mismo) de Teón el hijo de Artemidoro (POxy. Además de las razones paleográficas, Pavese la considera también (correctamente, a mi juicio) «preferibile per il senso» 31. Por otro lado la lectura οÛ παρφυκτόν de la recensión vaticana no se impone a la οÜ πα φυκτόν de cod. 2403 sino como lectio difficilior (παρφυκτόν es hapax legomenon) y recientemente Pavese y luego Pardini han argumentado firmemente en favor de esta última lectura, que es la de POxy. Los ejemplos utilizados por los modernos léxicos para ilustrar los usos de μόρσιμον son escasamente representativos del amplio espectro de realidades a las que se puede referir, pero en esencia τÎ μόρσιμον es la parte que le corresponde a cada cual, aquello que está prefijado para cada uno por la divinidad, casi siempre (como aquí) de forma ineluctable 32, y naturalmente es el δαίμων (sustantivo derivado de δαίομαι,'repartir') quien lo distribuye entre los hombres. αλλ' §σται: Si se refiere a Midas, el futuro no ofrece otra dificultad que identificar cuándo el poeta pasa de utilizar las máximas en sentido general a dirigirlas al músico. Si se toma como una máxima de alcance genérico, debe entenderse como futuro gnómico 33, cf. O. 6.85, 7.3. χρόνος οâτος: οâτος causa problemas a muchos traductores, que simplemente lo ignoran (Puech, Sandys, Werner, Alsina, Bremer). Hay varias interpretaciones radicalmente opuestas de estas palabras. Por un lado, la de quienes consideran χρόνος οâτος determinando un periodo específico y determinable de la vida: "diese Zeit = dieses Leben, die zukünftige Lebenszeit" 34. Tal traducción parece muy arriesgada, y parte de un paralelo que plantea un número de dificultades semejante al de este texto (O. 1.115). Más comúnmente οâτος se toma en posición predicativa modificando χρόνος: "eine solche Zeit" Lauts, etc. (cf. O. 4.24). Esta interpretación, sugerente en consideración al lugar de οâτος en el verso, conlleva todas las dificultades consideradas en § 2 y presenta una semántica ciertamente inusual (a mi juicio P., P. 4.289, el pasaje alegado como paralelo, no es comparable). Ô καÂ: El empleo de las formas del artículo en función de relativo es frecuente en Píndaro, por lo que nadie ha discutido que Ó = Óς y su antecedente sea por tanto χρόνος. τιν': Los editores imprimen unánimemente τιν' lo que comentaristas y traductores entienden de forma igualmente unánime como elisión de τινα. Buena parte de los comentaristas del s. XIX y comienzos del XX (y algunos de los más recientes) ven el pronombre como una alusión oblicua al ganador 35. En general, sin embargo, este τινα es considerado impersonal, conforme al carácter de una máxima. Solamente Mezger entre las ediciones que he podido consultar, acepta un valor distinto cuando enmienda el texto de Christ «καί τινz lies κα τίν ='auch dir' scil. τÎ μ¥ν δώσει, τÎ δ' οÜπω» 36. Esta casi unanimidad de los editores es tanto más llamativa cuanto que es exclusiva- 3.84 τιν (recoge ́Ιέρων de v. 80), P. 8.80, P. 9.100, P. 11.43. (e) En N. 1.20 el poeta se refiere a la casa del vencedor θύραις •νδρÎς φιλοξείνου en la 2o estrofa (la antepenúltima) y es también reseñable (como lo es el carácter de toda la oda) la larga alusión a la familia del vencedor Teeo en la 3o estrofa (antepenúltima triada) de N. 10. (f) En las composiciones monostróficas esta mención al ganador se hace a lo largo de toda la N. 2, la última estrofa de I. 8.66 y penúltima de P. 6.44. 39 En la N. 11 (que sin duda no es un epinicio) hay una alabanza continua al nuevo prítane Aristágoras, que se detiene en la última tríada, de carácter mítico y gnómico. Aunque la estructura habitual de los epinicios podría invitar a corregir aquí el τιν' de los editores por τιν (= σοι, lo que como hemos dicho rechazan comentaristas y traductores modernos, aunque la sintaxis no es obstáculo), hay que hacer varias consideraciones previas. ¿Es necesario suponer que la referencia al ganador en la parte final de la obra es en Píndaro un elemento indispensable de cualquier tipo de epinicio (en el sentido estricto del término)? Eso parece sugerir la mayoría de los textos, pero quizás esta inferencia se deba a la acumulación de datos sesgados por factores externos que han jugado un papel determinante en la transmisión de los epinicios pindáricos, que estaban dedicados casi en su totalidad a notables personajes de la sociedad de la época 41. Es indiscutible que el respeto a esta preeminencia de ciertas familias debía jugar un papel en la forma del epinicio. Yo me inclino a pensar que después del obligado saludo al vencedor o a su patria (que no siempre figura tan al comienzo de la oda como en la P. 12) había consideraciones externas que podían determinar la aparición o no de una segunda alusión al cierre de un canto solemne recitado en público y en una ocasión cargada de significación religiosa. Quizás el origen menos que ilustre de Midas u otro hecho que desconocemos sea uno de los factores que expliquen por qué en esta (por lo demás breve) oda no aparezcan más referencias a su destinatario después de ser saludado sencillamente como εÛδόξå en v. Ante tales consideraciones (además, evidentemente, de las paleográficas), y aun estimando que la probabilidad de que el único indicio que empleara el poeta para dirigirse ahora al vencedor fuera este pronombre son en mi opinión muy escasas, considero acertado que haya prevalecido la lectura τιν(α), que deja el final de la oda sin una referencia directa a Midas. Entre los editores modernos, Puech y Turyn se han inclinado por la corrección de Mommsen •ελπεί'. Fuera de aquí, •ελπτία sólo está testimoniado en Archil. 163.3. con el sentido de "acontecimiento inesperado". §μπαλιν γνώμας: Γνώμη es un término frecuente en Píndaro, que puede referirse tanto a la esfera del conocimiento como a la de los deseos, la opinión, etc. Gildersleeve, Fennell y la mayoría de los comentaristas parecen en-42 §μπαλιν solamente aparece en dos ocasiones en la obra de Píndaro, la primera de ellas (O. 12.10-11) en un contexto semejante. Lo inesperado de los hechos que acaecen a los hombres y su impotente capacidad de previsión son dos elementos recurrentes en Píndaro 43. τÎ μ¥ν δώσει, τÎ δ' οÜπω: La interpretación de τÎ μ¥ν..., τÎ δ'... es uno de los pocos lugares donde los comentaristas parecen haberse puesto de acuerdo, aunque examinado más de cerca, tal acuerdo es sólo aparente y en realidad existen dos interpretaciones completamente distintas (¡de las que debo discrepar!). El acuerdo entre los exégetas se limita en realidad a reconocer que este pasaje presenta una variación del conocido giro, típicamente pindárico, τ κα τά (cf. Bischoff, pp. 159-160, Bradford Welles p. Pero mientras unos entienden que se habla siempre de bienes (Sandys, Bádenas-Bernabé) o más oscuramente de "una cosa... otra..." 44, otros entienden que hay una dicotomía más profunda: «It is usual in these cases to suppose that the first τά is not the same as the second τά, and one translates 'good and bad' or something of the sort, but Pindar, it should be marked, does not say that, any more than he does in the present passage», Bradford Welles, p. A mi juicio, es aventurado, desde el punto de vista sintáctico, querer ver en este τÎ μ¥ν... τÎ δ'... el giro pindárico, que en el resto de los casos 46 aparece en plural y nunca con el juego de partículas que indica nos hallamos ante una deixis cercana y definida, cf. A., Pers. ΟÜπω presenta de nuevo una dificultad, y el sentido de todo el pasaje se ve gravemente alterado según el valor que se le quiera dar. En 1966 Bradford EM LXIX 1, 2001 48 No incluidos en la relación de Bradford Welles: (a) "todavía no": Wilamowitz, Werner, Puech, Alsina, Bernabé-Bádenas, Bremer, Suárez de la Torre; (b) "no": Sandys (a quien sigue Greene p. Welles contabilizó el número de traducciones que vertían el significado de οÜπω como "no, nunca" y como "todavía no": «thus far the score is 10 to 6 in favor of 'not'» (p. Posteriormente, la mayoría de las traducciones se han decantado (como hacía el propio Bradford Welles) por "todavía no" de forma mayoritaria 48. Esta interpretación encaja mejor con la disyuntiva de los vv. 3τοι σάμερον δαίμων) y en presencia del anterior οÛ es sintácticamente preferible a la otra. El principal problema que a mi juicio plantea, es que si entendemos que τÎ μ¥ν..., τÎ δ'... habla exclusivamente de "bienes" o "aspiraciones", el sentido resulta extraordinariamente optimista, y si lo comparamos con los versos anteriores "no hay dicha sin dolor; el destino no tiene escapatoria; el tiempo te dará unas cosas ahora, pero otras todavía no (e.e., te las dará más tarde)", se diría que es incoherentemente optimista. Quienes se inclinan por οÜπω como negación enfática entienden casi unánimemente que τÎ μ¥ν..., τÎ δ'... son las aspiraciones (ya sea una referencia general a los deseos humanos, ya sea a los de Midas en particular) 49. Principales aporías que persisten. Las principales aporías interpretativas que aún persisten después de eliminar las interpretaciones que nos parecen menos fundamentadas se pueden resumir de la siguiente manera: ¿Por qué se interrumpe Píndaro en mitad de la oración de los versos 29-30? ¿Cómo es posible hacer de Ðλβον el antecedente de νιν sin ningún elemento que previamente nos indique que el poeta pasa ahora a referirse a Midas? Si suponemos que la disyuntiva no terminada se refiere a la posibilidad de alcanzar una victoria en un certamen más importante (o alguna otra expectativa del auletes), tenemos un uso sin paralelo de ¦κτελευτν, y un caso único en que el poeta supone que la presente victoria no ha colmado de satisfacción al vencedor. Por otro lado, si estas γνäμαι se dirigen a Midas, se han de suponer uno (o dos) eventos de la 50 O como afirma Bradford Welles «a kind of comic law», p. Acerca del valor de esta ley, dice el autor «So there is no Ðλβος without κάματος, although whose κάματος remains a question», Bradford Welles p. 93. vida del músico, que no han sido mencionados por el poeta, y una alusión igualmente críptica mediante τινα para entender la oda (cf. § 2, 3); Igualmente, si el poeta pasa en estos versos a dirigirse al destinatario de toda la oda es difícil ver cómo pueden entenderse las referencias 3τοι σάμερον... (v. Las palabras del verso 30 τÎ δ¥ μόρσιμον οÛ παρφυκτόν aparecen como un inciso sin fácil relación con lo anterior; y la idea de que la divinidad concederá unos bienes ahora, y otros más tarde no guarda fácil conexión con la idea expresada antes de que en la vida humana no se da Ðλβος sin κάματος. Tales son las cuestiones que intentamos resolver a continuación. Una propuesta de interpretación. La totalidad de las interpretaciones analizadas hasta ahora tropiezan en su intento de conectar las γνäμαι de estos versos con la esperable referencia final a la victoria de Midas en la competición. La ingeniosa conjetura de Kaibel (cf. §1, la acepta Herwerden) nacía de la perplejidad ante la falta de una mención más directa al vencedor. Ahora bien, es posible que buena parte de las dificultades de interpretación se desvanezcan si no intentamos encontrar al final de esta oda, peculiar o única por varios factores externos (cf. § 1) una inexistente referencia inmediata a la victoria de Midas o una advertencia al ganador. En la interpretación que sigue, tanto el sentido de las máximas tomadas cada una por separado, como el conjunto de las mismas, se entienden como declaraciones de un valor universal. "Si hay alguna felicidad entre los hombres, no aparece sin dolor". En la primera máxima, Píndaro enuncia una ley universal en la forma condicional propia de la legislación arcaica griega (pero en presente de valor intemporal, no infrecuente en γνäμαι) 50 de la que el resto de los enunciados casi se desprende como corolarios. No se afirma que la dicha vendrá gracias al esfuerzo, o después de él, y en definitiva ni siquiera se afirma que Ðλβος y κάματος pertenezcan a la vida de la misma persona: solamente se dice que EM LXIX 1, 2001 ambos elementos deben aparecer conjuntamente en la vida humana. El contenido evoca la famosa escena homérica de Il. XXIV 527-533, en la que Zeus extrae de dos πίθοι los dones que reparte entre los hombres: "pues dos pithoi están fijos en el umbral de Zeus: uno contiene los males y otro los bienes que nos obsequian. A quien Zeus, que se deleita con el rayo, le da una mezcla, unas veces se encuentra con algo malo y otras con algo bueno. Pero a quien sólo da miserias lo hace objeto de toda afrenta". La vida humana como sucesión y mezcla inevitable de bienes y males es un concepto recurrente en el pensamiento griego, que aparece varias veces en la obra de Píndaro. Frente a la concepción fatalista de la Ilíada (o la "sabiduría de los antiguos" de P. 3.80-83), el enunciado Pindárico de la P. 12 resulta incluso reconfortante. El final de la Pítica octava (fechable en 446) termina con una larga serie de reflexiones sobre la condición del hombre. La expresión aquí es más elaborada que en el final de P. 12 y las ideas contrastan de forma más clara: se afirma que es el demon quien proporciona la dicha a quien consigue lo que perseguía con ahínco (vv. 73-6) para, a continuación, describir la desgracia del perdedor y contraponerla a la dicha del competidor victorioso. }Ολβος y κάματος, dispensados al hombre por fuerzas divinas y entendidos en una oposición absoluta de la que el agón es una metáfora, son ahora los dos elementos sobre los que se articula el final de Pítica 12. "Y a ello dará cumplimiento, ya sea hoy una divinidad..." Salvo que se considerara corrupto el pasaje, para lo que no hay base paleográfica, ni es necesario para el sentido, solamente cabe una interpretación disyuntiva de 3τοι. Examinaremos primero el valor de ¦κτελευτάω en este lugar para ver luego cuál es el referente de νιν. El significado de ¦κτελεύταω como verbo causativo referido a la voluntad de la divinidad está como hemos visto (cf. § 2) indisolublemente unido a la noción de τÎ μόρσιμον. Pero ¿de qué manera está relacionado el poder de los dioses con el destino de los hombres? Si todo lo que acontece está gobernado por los dioses, pero es dolorosamente evidente que no todo lo que ocurre es justo, ni el culpable es castigado o el justo recompensado, ¿qué clase de divinidades son éstas? ¿Son omnipotentes o hay fuerzas que escapan a su poder, y ellos sufren también como los humanos? ¿O existe una doble ley, una que gobierna el mundo perfecto de los dioses y otra que permite la injusticia entre 51 «This is the first general statement in Greek literature of the powerful dogma that Zeus always exacts vengeance in the end, and that it may spread into the transgressor 's family», Kirk ad 160-162. Cf. el mismo lugar sobre el tono gnómico de estos versos. los hombres? Que la relación entre el poder de la divinidad y la justicia entre los hombres es algo que ha preocupado a todas las civilizaciones en cualquier época no requiere argumentación, pero es conveniente examinar dos ejemplos que por las similitudes formales con el texto de Píndaro resultan pertinentes para advertir el valor del pasaje en la evolución de un topos en el pensamiento griego desde Homero hasta el siglo V. En el pasaje homérico antes citado (el lamento de Agamenón ante Menelao en aparente agonía) leemos: Zeus Crónida no había querido dar cumplimiento a los juramentos entre Menelao y Alejandro (οÛδ' -ρα πώ σφιν ¦πεκράαινε Κρονίων), pero Agamenón no duda de que, si el Olímpico no lo hace al momento (αÛτίκ'... οÛκ ¦τέλεσσεν), lo hará más tarde (Ïψ¥ §κτελεÃ), en los culpables o en sus descendientes, y llegará el día ( §σσεται μμαρ Óτ') en que el Crónida cambiará la aflicción de Agamenón por la satisfacción de la venganza, aunque sea tras haberle causado sufrimiento (αAEνÎν -χος) por la muerte de su hermano (μοÃραν [vulg.: πότμον Aristarch.] •ναπλήσ®ς βιότοιο). Este pasaje homérico era bien conocido para cualquier griego y debía constituir un ejemplo notable y estremecedor de los valores aristocráticos 51. Ni Komornika ni Gerber citan en sus respectivos estudios el presente texto. final de la Pítica 12 aparecen en él, a veces con el mismo o muy parecido vocabulario, y con un tono gnómico semejante pero las diferencias de contenido son no menos interesantes, de tal modo que parece como si Píndaro hubiera modelado estas sentencias teniendo presente el espíritu del pasaje homérico, y a la vez en oposición ideológica con él. La discrepancia más llamativa entre el pasaje de la Ilíada y nuestro texto es el papel de la divinidad en la aplicación de τÎ μόρσιμον. En Homero, Zeus Olímpico puede no atender a los juramentos y dejar morir al inocente, pero el Crónida ejecutará el destino inexorablemente, bien en la persona del transgresor, o en las de sus descendientes. En Píndaro en cambio aparece un reparto de funciones entre el δαίμων, que actúa inmediatamente y el tiempo, que lo hace más tarde. Es muy importante llamar la atención sobre el orden de palabras del pasaje pindárico: los autores que aceptan el valor adversativo de 3τοι afirman sin excepción que el término elidido es simplemente una expresión temporal (vg. αÜριον, Gentili p. XXXIX), pero debe notarse que tanto el sujeto (δαίμων) como el término temporal (σάμηρον) han sido puestos detrás de la adversativa. Ello no puede ser casual, y opino que a ambos alcanza la elisión, como indican los versos 30 fin-32, y por esto debemos concluir que el elemento elidido por Píndaro es doble, y el sentido del mensaje inacabado es "lo predestinado lo cumplirá Zeus inmediatamente, o Cronos, más adelante". El porqué de la omisión lo veremos a continuación. Es conocida la escasa relevancia que χρόνος tiene en la épica homérica, en contraste con el importante papel que le reservan desde el siglo VI la filosofía y los poetas, en particular Píndaro. 7 ss.) cita varios ejemplos donde χρόνος en Píndaro aparece personificado y más cautelosamente Gerber afirma «'Time' in its various aspects is virtually personified in Pindar» (p. Cuál fue la evolución del concepto de χρόνος / Χρόνος en esta época, y su relación con Κρόνος ha sido un tema sumamente debatido desde hace varias décadas 53. Según las fuentes, quien primero colocó a Χρόνος personificado en el centro de una cosmogonía es Ferécides, pero Χρόνος ya había sido identificado con Κρόνος por los órficos 54. Por diversos caminos el concepto adquirió un papel cada vez más importante en la visión filosófica del mundo de los griegos y a mediados del s. V el cómico Hermippo se permitía parodiar las especulaciones filosóficas sobre tiempo comunes en su época 55. La concepción del tiempo de Píndaro está más cerca de los órficos que del "fundamento cosmogónico" de Ferécides, aunque en aquél no vemos la identificación Κρόνος / Χρόνος característica del orfismo: en O. 10.49 ss., Χρόνος asiste con las ΜοÃραι a la consagración del Πάγος Κρόνου por el propio Zeus. Este texto muestra además la "solidaridad entre ΜοÃραι y Χρόνος" característica de la época 56 que es, a nuestro juicio, fundamental para entender nuestro pasaje. Cómo llegó a adquirir Χρόνος (y no otro término) el papel que tiene en la filosofía de los ss. VI / V sigue siendo un problema. Si los antiguos vieron, como creemos, un paralelismo entre Il. IV 155-170 y el tipo de pasajes que hemos citado en los que el tiempo se encarga de dar cumplimiento a los designios divinos que Zeus no ejecuta inmediatamente, la oposición Ζε×ς zΟλύμπιος / Κρονίδης pudo aliarse con la semejanza fonética en la formación de este notable sincretismo. Décadas más tarde, y quizá haciéndose eco del pasaje pindárico que estudiamos, Diágoras de Melos elaboraba una idea semejante en el encomio a Nicodoro de Mantinea, del que solamente nos han llegado dos versos: κατ δαίμονα κα τύχαν | τ πάντα βροτοÃσιν ¦κτελεÃται (Fr. Los autores que nos han transmitido el fragmento de Diágoras "el ateo" (Phld., De pietate coll. 9.53, etc.) testimonio de la piedad del autor en los primeros tiempos de su producción poética. La tradición ha conservado el relato de que una desilusión de Diágoras respecto a la justicia de los hombres por un pleito particular le hizo cambiar radicalmente hasta convertirse en el ateo κατz ¦ξοχήν de la antigüedad. La vida y obra de Diágoras está sumida en la casi total obscuridad, pero cabe preguntarse si la mencionada anécdota (que difícilmente puede explicar un cambio espiritual tan radical como el que pretendidamente se operó en Diágoras) no nació de las interpretaciones del texto al que pertenece el fragmento. Y de nuevo encontramos la misma idea de nuestros versos, con un vocabulario semejante, pero una formulación más conservadora, en Esquilo: Ζε×ς •πέσκηψεν τελευτ¬ν θεσφάτωνq ¦γã δέ που | δι μακροØ χρόνου τάδ' ηÜχουν ¦κτελευτήσειν θεούς, A., Pers. La ejecución de τÎ μόρσιμον aparece dividida entre un δαίμων y χρόνος en Píndaro; entre Zeus y θεοί en Esquilo; y entre el demon y τύχη en Diágoras, en una dicotomía cara al pensamiento griego del s. V. Cualquier elaboración de las dos ideas fundamentales que subyacen a la cuestión (por qué la divinidad no actúa inmediatamente para restaurar los desequilibrios, y cómo se relaciona el demon con el fatum) debe moverse necesariamente en un terreno delicado para quien no pretenda ofender la creencia popular o la fe más ingenua, y Píndaro probablemente no quería ir tan lejos a la hora de atribuir un papel a χρόνος como para que éste resultara equiparable al del demon 58. No sabemos qué papel correspondía a τύχη en el encomio a Nicodoro de Diágoras, quien con toda probabilidad trató con más extensión (¿quizás con imprudencia?) el papel de la divinidad y la fatalidad en el destino humano. Podemos intentar ahora determinar cuál es el referente de νιν. La coexistencia de Ðλβος y κάματος en la vida de los hombres es una ley divina, pero la ejecución de esta ley no es algo puramente mecánico, dejado en manos de unas fuerzas cósmicas. Se trata más bien del cumplimiento individual de cada uno de los designios de la divinidad por actos singulares de su voluntad. Podemos decir que el demon ejerce continuamente esta ley sobre la vida de cada hombre, y esto mismo, la ejecución de esta ley enunciada en el v. 28, es a lo que se está refiriendo Píndaro al afirmar ¦κ δ¥ τελευτάσει νιν 3τοι σάμερον | δαίμων. La autora cita dubitativamente (pp. 201-202) τ× δ¥ σάφα νιν §χεις ¦λευθέρ' φρεν πεπαρεÃν (νιν = τÎ πλουτεÃν δ¥ σ×ν τύχ' πότ|μου σοφίας -ριστον) P. 2.57 y εAE δέ νιν §χων τις οÉδεν τÎ μέλλον, Pi., O. 2.56, y además O. 7.61, P. 8.16 y ¡12.28-30!, aunque esto parece un error de interpretación, pues se presenta como la propuesta de Köhnken 1971, p. 148, quien en la traducción citada por Hummel y más claramente en la explicación de p. En el otro ejemplo de ¦κτελευτάω en Píndaro, el complemento también es una oración subordinada sustantiva: κεÃνος Ðρνις ¦κτελευτάσει μεγαλν πολίων | ματρόπολιν Θήραν γενέσθαι, Pi., P. 4.19 como el objeto del verbo. Para aceptar esta interpretación no es obstáculo el pronombre νιν, que puede referirse a una oración entera, como vemos en varios lugares de Píndaro 59, ni el tipo de complemento de ¦κτελευτν, que igualmente puede ser una oración 60. Como ya se ha visto, el complemento de este verbo es rara vez algo concreto; es cierto que no he encontrado otro caso de ¦κτελευτν en el que lo que se haga cumplir sea la propia θέμις divina, en lugar de las manifestaciones individuales de la voluntad del dios, pero no me parece que tal sea una objeción grave, y h.Merc. V. 30: τό γε μόρσιμον οÛ παρφυκτόν... "pero no puede escaparse a lo fijado por el destino". Esta sentencia, que ocupa el lugar donde el público esperaría oír el segundo miembro de la alternativa (cf. Ïψ¥ ¦κτελεà en Il. IV 161), deja en suspenso la formulación pindárica del problema de la distribución de funciones entre las potencias que ejecutan el designio divino, sólo para hacer una reafirmación previa de "piedad tradicional": todo designio divino que es μόρσιμον termina por llevarse a cabo. La vida nos traerá bienes y desgracias, y es inútil resistirse a ello, o esperar que la vida sólo depare felicidad y calma después del triunfo. Aunque apenas relevante para el sentido, parece necesario, ponderando los argumentos paleográficos, leer aquí la partícula γε, que tendría el habitual valor de refuerzo. Un uso comparable (aunque no idéntico) lo encontramos en diálogos (especialmente en comedia y tragedia) donde el discurso interrumpido de un personaje es completado por la respuesta con γε del EM LXIX 1, 2001 61 «In drama, the speech of one character is sometimes completed by a second, who either (a) interrupts, or (b) carries on a sentence which is already complete in itself», Denniston, p. 62 Compárese este valor con el que ante una semejante interrupción del poeta tiene δέ en la oración que retoma el curso de la oda en O. 2.58. La razón de escoger la lectura οÛ παρφυκτόν sobre οÜ πα φυκτόν (que no afecta al presente argumento) sigue siendo, fundamentalmente, dar preferencia a la lectio difficilior pues los criterios paleográficos a favor de la lectura alternativa no son decisivos en este caso. "Pero será el Tiempo aquel que, tras haber alcanzado a alguien con lo inesperado, en contra de sus previsiones, le dará esto, pero aquello otro aún no". El autor sigue empleando en esta sentencia el futuro gnómico. Insistimos: todo este final tiene una unidad que discurre acerca de Ðλβος y κάματος, y es a ellos (concertando en género con el último) 63 a los que debe referirse τÎ μ¥ν... τÎ δέ..., como indica el singular del pronombre y el juego de partículas. La traducción que he dado a •ελπτί' intenta conservar una ambigüedad de la sentencia, pues es fundamental tener en cuenta que 'esto''lo otro' pueden referirse alternativamente a Ðλβος o κάματος. Ambos están presentes entre los hombres necesariamente, y no se da el primero sin el segundo, por lo que se engaña quien disfruta la presente felicidad creyendo que ya nunca tendrá su parte de la otra mitad de su lote. Si uno se ha presentado ya, el otro lo hará más adelante. Sin tener en cuenta la argumentación anterior, no es fácil resolver cómo hay que tomar χρόνος οâτος. Sin embargo, los paralelos aducidos para explicar el papel del sujeto agente de la oración, y el tiempo futuro de la oración invitan a ver Χρόνος personificado, como sujeto de la oración de la que οâτος Ó... es el atributo. Χρόνος, el encargado vicariamente de realizar los designios de los dioses, es aquí en siguiente lugar el agente engañoso que encontramos en Píndaro y Sófocles de manera eminente entre los poetas griegos: δόλιος γρ αAE|ãν ¦π' •νδράσι κρέμαται, || ©λίσσων βίου πόρον Pi., I. 8.14, cf. S., OC 607 ss. 64 El compuesto privativo •ελπτί' (o •ελπεί'), usado poéticamente como instrumental de βάλλω, presenta una doble interpretación que da mayor riqueza al pasaje. 105.3 West [= 163.3 Adrados]), que sacude a quien ha recibido y disfruta de Ðλβος, y confía en que nunca le llegará su otra parte del lote. Pero en la otra interpretación significa que el que sufre largamente κάματος y a quien el tiempo ha golpeado con la "desesperanza" de no llegar a ver el fin de su dolor, debe esperar la llegada de la dicha 65. En este tipo de sentencias Píndaro suele limitarse a indicar que hay ambas cosas en la vida, lo que en el contexto es una grave admonición que parece sugerir cierto pesimismo 66, pero una idea semejante sobre la alternancia de Ðλβος y κάματος puede ser también expresada de forma abiertamente positiva u "optimista" cuando conviene a la ocasión: πολλ δ' •νθρώποις παρ γνώμαν §πεσεν, | §μπαλιν μ¥ν τέρψιος, οÊ δ' •νιαραÃς | •ντικύρσαντες ζάλαις | ¦σλÎν βαθ× πήματος ¦ν μικρè πεδάμειψαν χρόνå. "Muchas cosas acontecen a los hombres en contra de sus deseos, en contra a veces de sus placeres, mientras otros, tras haberse encontrado con penosas tempestades, al poco tiempo cambia en gozo intenso su pesar". Píndaro desarrolla en este final gnómico lo que a la vista de los pasajes examinados podemos considerar un topos de la literatura griega: "lo que Zeus no hace cumplir inmediatamente, lo ejecutará el tiempo (u otra divinidad), si ese es el destino", pero debe hacerlo con la debida prudencia, pues el tema está en el centro de la controversia filosófico-religiosa de la época. El poeta expone esta nueva concepción de la providencia en unas máximas donde, excepcionalmente, no encontramos referencias al vencedor de la prueba
Los temas griegos en -Ós / -eu, -És / -eu, -Á / -ei deben interpretarse como derivados de antiguos temas indoeuropeos en laringal. Con arreglo a las normas editoriales vigentes para las publicaciones periódicas del CSIC, se hace constar que el original de este artículo se recibió en la redacción de EMERITA en el primer semestre de 2006, siendo aprobada su publicación en ese mismo período (21.03.06 -15.05.06)
versiones anteriores de estas páginas y han mejorado notablemente su contenido. Cualquier error, del tipo que sea, que sigan conteniendo es responsabilidad exclusiva del autor. 3 En este trabajo no vamos a analizar y discutir la fuerza e influencia que tal imagen, utilizada por Virg., ha tenido con posterioridad a él, aunque en cualquier caso, nos parecen evidentes a la vista del material literario e icónico que hoy conocemos y de su cronología. Kraus 1980, en general, pero sobre todo sus pp. 604-5, «die Zahl des Abhandlungen und Bücher, die dieser Gedicht behandeln, ist unendlich», además de la selección y comentario bibliográficos contenidos en Perutelli 1995, pp. 60-2, y en Martindale 1997. 7 Cf., con todo, aquello que comenta el maestro Timpanaro 1994, p. IX, cuando habla de ipsa tibi blandos fundent cunabula flores. occidet et serpens, et fallax herba ueneni occidet; Assyrium uulgo nascetur amomum. Llama poderosamente la atención el hecho de que algunos de los más importantes especialistas en Virgilio y en sus Bucólicas afirmen con cierta contundencia que la imagen del puer nascens en Buc. 4, como metáfora de la aurea aetas que el poeta desea adivinar en el futuro de Roma, no tiene precedentes anteriores al mantuano (dando de paso a entender, o afirmando, que la imagen, la metáfora, nace con él) 3. No hace falta decir que nos consideramos incapaces de conocer y leer cuanto se haya podido escribir a lo largo de los siglos sobre esta Buc. en particular, con toda probabilidad, la "estrella" más rutilante del universo pastoril virgiliano, no tanto por su belleza intrínseca (que también) o por el interés de los hechos alrededor de su contemporaneidad, cuanto por las constantes "adopciones interpretativas" que la calculada ambigüedad del poeta le han otorgado hasta el siglo XX 6. A pesar de esta nuestra manifiesta incapacidad, nos acogemos a la benevolencia del lector y proponemos en estas páginas una hipótesis de interpretación que no sabemos si es o no nueva en la crítica virgiliana; sí sabemos que en toda la bibliografía por nosotros conocida, no aparece ni es recogida, tal y como la formulamos aquí 7. la defensa de una emendatio -tómese aquí por "hipótesis de lectura": «il filologo che abbia escogitato un' emendazione... e abbia constatato dopo una paziente e doverosa ricerca che quei contributi non si trovano in edizioni e in studi recenti e tuttora autorevoli, ha il diritto di proporli cautamente come suoi. El último y muy importante libro de Thomas N. Habinek, The Politics of Latin Literature. Writing, Identity and Empire in Ancient Rome, Princeton, 1998, comparte nuestro punto de vista fundamental a la hora de afrontar la lectura de un texto antiguo: "el texto en su contexto, de una forma íntegra". 8 En su ponencia de Literatura Latina en el último congreso nacional de la Sociedad Española de Estudios Clásicos (Alcalá de Henares, Madrid, septiembre de 1999), que llevó por título «Los Clásicos latinos: estética y política» y que hemos podido leer antes de su publicación gracias a la generosidad del autor, a quien manifestamos aquí nuestro agradecimiento. 9 El último estado de la cuestión, que nosotros conocemos, sobre el tema puede verse en S. Hinds -D. Fowler (edd.), Memoria, arte allusiva, intertestualità, volumen monográfico completo de MD 39, 1997. Resulta especialmente interesante, dentro de él, el artículo de D.Fowler, «On the Shoulders of Giants: Intertextuality and Classical Studies», pp.13-34. 10 Para un desarrollo de nuestra visión de este tipo de análisis, v. nuestro artículo «El Mundo de la Filología Clásica», en J. Gómez Pallarès -J.J. Caerols Pérez (edd.), Antiqua Tempora (Reflexiones sobre las Ciencias de la Antigüedad en España), Madrid, 1991, pp.1-22. 11 En su Geschichte der klassichen Philologie, que leemos en su traducción italiana, Nuestro punto de partida aquí, que aplicamos sistemáticamente en nuestras lecturas, aunque sus resultados no salgan siempre a la luz pública, parte de lo que J. C. Fernández Corte llamó 8 "neoculturalismo," esto es, el conocimiento, valoración y análisis del entorno material y cultural que puede haber influído a un autor en el momento de la escritura de su obra. En los últimos años se ha valorado en especial el peso de la intertextualidad como elemento clave del análisis literario 9, mientras que nosotros intentamos encontrar un equilibrio entre la influencia de las lecturas de los autores (poetas en nuestro caso) y el entorno material que les rodea y, también, influye en el momento de la creación. De hecho con la formulación, arriba apuntada, de "el texto en su contexto, de una forma íntegra" no inventamos nada nuevo 10, tan sólo intentamos (con la modestia de nuestros medios y capacidad) volver a aquello que ya formulara U. v. V. 13 V., por ejemplo, «Otros ecos en la Eneida de Virgilio: la 'evidencia' de los Carmina Latina Epigraphica», Helmantica 44, 1993, pp. 267-80;«Poetas latinos como 'escritores' de Carmina Latina Epigraphica», CFC.Lat, n.s. 15 El capítulo «Observation, Description, and Imagination», de su básico Tradition and Originality in Roman Poetry, Oxford, 1968, sobre todo pp. 634-81. Esta visión, por citar al más reciente formulador de la idea por nosotros conocido, la defiende D. West con su habitual ardor 12 cuando dice que «if we approach poems with a theory in mind, we shall see what we expect to see... the target is to understand the texts as they were understood by contemporary readers». Con anterioridad, ya lo hemos intentado, mostrando cómo el estudio de la civilización epigráfica, en su imbricación e interrelación con los textos de su entorno, puede ser significativo y productivo para comentar no pocos pasajes 13. Con estas páginas iniciamos un nuevo (¡para nosotros!) camino, que está encontrando no pocos cultivadores en los "últimos" años: entre otros, además de los ya citados trabajos de Heffernan 1993, Galinsky 1996 (aunque no lo confiese demasiado abiertamente, siempre está atento a esa posibilidad en sus análisis), MacKay 1998 y Putnam 1998 14, hay que tener en cuenta (sin orden de prelación de ningún tipo: se trata tan sólo de un apunte bibliográfico de nuestra base documental) a G. Williams 15, J. Hollander 16 Gymnasium 105, 1998, pp. 289-305. 29 Además de los trabajos citados en notas supra, entre los que se encuentran las obras de referencia básicas (¡para nosotros!) para este tema en el artículo de Don Fowler y los libros de Heffernan 1993 y Murray Krieger, pueden consultarse con gran utilidad, en primer lugar, el ya "clásico" (al menos entre los especialistas del tema) libro de P. Friedländer, Johannes ning Edgecombe 17, D. P. Fowler 18, E. Simon 19, G. Ravenna 20, A. Barchiesi 21, U. Eigler 22, A. Laird 23, A. Riemer Faber 24, E. C. Keuls 25, M. Smith 26, A. Sprague Becker 27 y M. Krieger 28. Este "nuevo" camino es el de la interrelación "texto poético -obra de arte" y, más en concreto, el análisis del universo visual que integran las obras de arte, como factor de influencia en los poetas objeto de comentario. Esta "civilización visual" es un elemento más del entorno, del contexto del poeta, pero su ponderación adecuada en el comentario, en un momento (el actual) en que poseemos extraordinarias y relativamente nuevas herramientas de trabajo y repertorios del arte antiguo (LIMC in primis), se nos antoja como especialmente productivo. El camino más habitual que han utilizado el filólogo y el historiador del arte para acercar a ambos integrantes de ese mismo mundo, y para hacerles "dialogar", es lo que conocemos como écfrasis 29. La écfrasis, con todo, es un camino ya suficientemente conocido En segundo lugar, los artículos del Reallexikon für Antike und Christentum, «Ekphrasis», firmado por G. Downey, vol. IV, Stuttgart, 1959, cols. 922-44 (creemos que es mejor que la entrada de RE, en Suppl.Bd. Pueden también consultarse con provecho las entradas s.uu. descriptio y ékphrasis, de H. Lausberg, Manual de retórica literaria. 6, «The rhetorical technique of envoicing a silent object», que nos parece una definición especialmente afortunada, aunque no se pueda decir (sobre todo después de los trabajos de P. Zanker, no sólo Zanker 1992, y de Galinsky 1996) que las obras de arte no tengan su propio sistema de comunicación y que la palabra que les es "dada" por el poeta a través de la écfrasis, es un procedimiento más, pero no el primero ni principal, de su estrategia comunicativa (de la del artista plástico, queremos decir, y también en no pocas ocasiones del comandatario de la obra). 33 Algunos de los "keylights" que podríamos destacar del trabajo de Putnam 1998, y que nosotros convertimos en divisas parciales de este trabajo nuestro, serían: p. P. 2: «it will be my presumption that all of Virgil' s notional ekphrases are in consequential en su acepción tradicional, como para que planteemos aquí novedad alguna al respecto de su "aplicación" y hermenéutica para abrir nuevos "cerrojos" a las puertas de nuestros textos. En este caso, estamos hablando de la écfrasis explícita, aquella con la que el poeta juega de forma clara e identificable, aquella que viene precedida de fórmulas, de verbos técnicos, de preámbulos, que "anuncian" al lector la proximidad de la descripción de algún objeto artístico, aquella que Heffernan 1993 (p. 36) puede definir como «the verbal representation of visual representation» 30. Con este tipo de estrategia narrativa, el trabajo le viene al filólogo cuando quiere encontrar razones a la relación "objeto visual -trama poética", pero no cuando quiere localizar e identificar objetos de arte, porque éstos son ya denotados por el propio poeta. O sobre el uso interpretativo que se puede hacer de las mismas: cf. Putnam 1998, como paradigma de la actitud del filólogo ante la écfrasis localizada de forma "canónica" y analizada en función de su imbricación en la trama poética 33. ¿Y qué tiene que ver la Bucólica 4 en todo ésto, se preguntará el paciente lector? Pues tiene que ver que nuestra hipótesis de lectura e interpretación (muy en la línea de lo que defiende Putnam 1998, pp. 211 y 214), que nace de la perplejidad que nos produjeron las afirmaciones de Coleiro 1979 y Clausen 1994, antes citados, pasa por proponer como elemento siempre presente en el universo creador del poeta, a los "objetos visuales" de su entorno. Y pasa por considerar que estos objetos siempre están ahí y siempre pueden estar a punto de "entrar en acción", sea de una manera explícita y declarada (tal y como se nos ha mostrado con abundancia en los últimos años), sea, como vamos a proponer aquí, de una forma implícita y, en consecuencia, más ambigua, de una forma no identificada positivamente y a través de fórmulas estereotipadas por el poeta. Si no erramos en nuestro planteamiento de base, de la misma manera que el poeta no siempre identifica explícitamente a quien ha ejercido su influencia literaria sobre él (pero da pistas para que el lector "atento", en su contemporaneidad al menos, se dé cuenta de sus "guiños"); de la misma manera que la civilización en general deja sentir su presencia inmanente en la obra (sin que el poeta vaya identificando a cada paso qué es qué); de esa misma manera, los componentes del universo visual del poeta, que ahora individualizamos en lo que se podría llamar "obra de arte" (representación visual), también están siempre presentes y pueden dejar sentir su influencia (su presencia, por tanto) en la obra, sea ésta reconocida por el autor (écfrasis explícita, tradicional), o no lo sea (la que aquí intentaremos mostrar, implícita, subyacente, aunque no inconsciente: ¡tiene el poeta sus motivos!). Por supuesto, el camino pasa por mostrar y demostrar esa presencia, y el final del mismo, por explicar su (o sus) por qué (por qués). La asociación de ideas que utiliza Virg. en esta Buc. para "anunciar" la llegada de una aurea aetas se fundamenta, a nuestro entender y retomando el hilo inicial del trabajo, en las imágenes de un puer nascens que, a no dudarlo, son las que han provocado el auténtico alud de publicaciones sobre nuestra poesía. La calculada ambigüedad del poeta facilita las posibilidades de "identificación" de ese puer y a ella nos acogemos también nosotros para partir, en nuestro análisis, de dos presupuestos: Breve estado de la cuestión Esa ambigüedad tiene que proceder, no de una ceremonia de la confusión por parte del poeta, sino del hecho de que su imagen, su metáfora del "tiempo mejor" es múltiple y variada y no tiene, pues, un solo origen. Sea cual sea la conclusión o conclusiones finales a que se pueda llegar, la metáfora tiene que cumplir la "ecuación" siguiente: la imagen del niño tiene que estar asociada, en su origen y desarrollo, a la/las imagen/imágenes de aurea aetas y del paso del tiempo en Roma, porque esos son, a nuestro entender, los temas fundamentales de la Buc. La literatura secundaria sobre el tema no se pone de acuerdo sobre la identificación: o bien no ofrece ningún dato preciso sobre ella 34, más allá de una obvia y genérica relación con las fuentes literarias para la edad de oro; o bien se aventura en un sinfín de posibilidades, ninguna de las cuales puede ser asumida con datos contrastables en la mano. Como comentábamos antes, ello, más que probablemente, responda a la propia voluntad del poeta de construir su poesía sobre símbolos y metáforas de los mismos, más que sobre certezas fácilmente rastreables por sus lectores, contemporáneos o no. Y aquí la metáfora gira alrededor del tiempo y de la sucesión de distintas etapas y el símbolo/símbolos, alrededor de la imagen de un puer. Como resume magistralmente Perutelli 1995 35, «taken together, these difficulties lead us in the end to see in the puer not a real child, but rather a metaphor for the birth 36 En este sentido, el otro Companion virgiliano, Martindale 1997, en especial en pp. 107-24, no aporta ningún dato que permita avanzar en este camino más allá de lo que ya ha propuesto Perutelli 1995. 37 Clausen 1994, p.122, parece apuntar, aunque no lo afirme porque en realidad antes ha propuesto una identificación positiva del puer con el niño (al final, niña) que tuvieron Marco Antonio y Octavia, que el tal puer pudiera ser Hércules: la imaginería que acompaña al niño en Virg., Buc. 4, al margen de la alusión genérica a la serpiente, poco tiene que ver con el hijo de Alcmena y Júpiter. Este es uno de nuestros dos presupuestos, que hace falta asumir para intentar mejorar nuestra comprensión de la Buc. 4: no hay una única identificación posible. Existe ahí un concepto para el que no conocemos (o no ha sido propuesto todavía) un único origen, que se metaforiza bajo los símbolos del puer nascens y demás elementos de los vv. 18-25, y que tiene su vía de explicación, y su base, en el paso del tiempo en la Antigüedad grecorromana y en el advenimiento de una aurea aetas. Con todo, algunas de las aportaciones de la literatura secundaria anterior merecen ser, siquiera brevemente, comentadas porque pueden aportar elementos valiosos y a tener en cuenta. En primer lugar, las afirmaciones, ya esbozadas, de Coleiro 1979 y Clausen 1994, en el sentido de que no hay precedentes, en el mundo antiguo anterior a Virg., para la imagen de un niño asociada al advenimiento de una nueva era y, por tanto, al paso del tiempo, puede que sean parcialmente ciertas, pero tan sólo si se las circunscribe al mundo de los referentes literarios 37. Quedaría todavía otro mundo de referentes por explorar, el visual-artístico, para el cual todos los conceptos relacionados con el paso del tiempo son de gran importancia en Roma. En segundo lugar, y en relación con la vía que pretendemos introducir aquí, algunas otras afirmaciones de estudiosos anteriores, podrían ser también tenidas en cuenta: Norden 1924, trabajo al que Clausen 1994, p.129, lanza una acusación tan grave como «the consistent aberration of a great scholar», hace una serie de propuestas por entero superadas en cuanto a sus conclusiones. Con todo, la búsqueda preconcebida de "su verdad" le hizo, a nuestro modesto entender, dar con dos elementos clave para comprender Buc. 4, elementos que no hay que menospreciar, como hizo Clausen 1994, sino, quizás, dirigir hacia el objetivo correcto: 1. Intentó relacionar el nacimiento del niño con las fiestas en honor a Aion, sin reparar en que, al margen de una identidad concreta, divina o humana, para puer, EM LXIX 1, 2001 38 Traducción y concepto debidos fundamentalmente, en Roma, a Cic.: cf. OLD, s.u. aeternitas. uno de los objetivos de Virg., sí era plantear la descripción de ΑAEών, i.e. aeternitas 38, uno de los conceptos ligados al paso del tiempo de más honda tradición artística y, no menos, literaria, en el mundo grecorromano. Más o menos la misma conclusión de Perutelli 1995, que compartimos plenamente: alrededor de los conceptos ligados al paso del tiempo tiene que existir una simbología que permita al poeta concretar esa abstracción en la persona de un puer nascens (nadie en concreto, pues) y en los símbolos que le acompañan en Buc. Aion, su imágen/imágenes, sus símbolos, puede ser una de las vías a través de las cuales concretar, en el imaginario visual de Virg., esa abstracción. Así lo corroboraría también una referencia literaria que las rotundas afirmaciones de Coleiro 1979 y Clausen 1994 tampoco tuvieron adecuadamente en cuenta: el fragmento n.52 de Heráclito (cf. Norden 1924, p. 45) en que ΑAEών es considerado χρόνον παÃς (como sucede también en Eur., Heraclid. 900) o, en palabras de Norden 1924, «(Aion ist) ein Knabe spielend, Brettsteine schiebend». Jachmann 1952 desmonta concienzudamente la teoría de Norden 1924, pero, a fin de cuentas, ambos adolecen de lo mismo: buscan una identificación concreta para puer (digan lo que digan en sus preámbulos). Si para Norden 1924 ese ser tenía que ser de naturaleza divina y hundir sus raíces en el mundo oriental, para Jachmann 1952, en las antípodas sí, pero con la misma necesidad que Norden 1924, (p. 55) «ist der puer ein Wesen aus Fleisch und Blut, von menschlichen Mutter nach schlicht natürlich -beschwelicher Schwangerschaft...» y en esa vía, como ha mostrado Perutelli 1995, es imposible entrar porque todas las identificaciones concretas propuestas son indemostrables. Nisbet 1978 intenta aportar un punto de equilibrio entre los intérpretes orientalizantes de Buc. 4 (Norden 1924 y seguidores) y los occidentalizantes (Jachmann 1952 y seguidores), aunque relaciona la mayor parte de símbolos que acompañan al puer con la tradición literaria occidental (Teócrito fundamentalmente). En cambio, en relación con el propio puer (p. En este sentido, y aunque no pueda probar que Virg. leyera lo que él considera fuente primaria para el pasaje de Buc. 4, ésto es Isaías 11.6-9, sí afirma que la "lectura" que de Isaías hicieron los Oráculos Sibilinos (3, 788 ss.) pudo haber influído en el mantuano, porque sí es evidente (tanto por Buc. 6) que nuestro poeta tiene una deuda importante con la literatura sibilina. Puede que, como tantas otras veces, Nisbet 1978 aporte también aquí un elemento clave para completar esta parcela del mosaico, porque el "background" literario para la Buc. 4, además de todos los referentes sobre aurea aetas desde Hes., tiene que contemplar también esas más que probables lecturas de libros sibilinos. En este texto, pues, sibilino, hay no sólo referencias vagas y genéricas a decoración floral y animales, sino también a Aion y a la εÛφροσύνη αAEäνος que proporciona el dios que ha parido cielo y tierra. Es posible que la respuesta a nuestra identificación se encuentre, tal y como muestra Nisbet 1978 para la "lucha" entre "Easterners" y "Westerners," en un equilibrio entre lo que algunos referentes literarios pueden aportar (fundamentales los recogidos en Nisbet 1978) y lo que la cultura visual al alcance de Virg. tradujo (en símbolos) para "hablar," artísticamente, de aurea aetas y del paso del tiempo. Coincidimos también plenamente con Nisbet 1978 cuando (p. Coincide Kraus 1980 con uno de los planteamientos básicos que aquí usamos (p. También es nuestra opinión que la identificación tenía que quedar abierta porque detrás de puer no hay ninguna persona concreta, sino el símbolo de un concepto abstracto, aunque con varios objetivos concretos. 617, comenta también que el contenido de nuestros versos «sind allgemeine Charakteristika des neuen Aeons, ohne Beziehung auf den Knaben». Vamos a intentar mostrar a continuación cómo, además de las referencias literarias ya citadas y ampliamente trabajadas en estudios anteriores, existe también un mundo de referentes en que puer se relaciona con el paso del tiempo; un mundo, que es el del universo visual y artístico grecorromano, en que los conceptos relacionados con el "tiempo" engloban y contienen todos aquellos símbolos que Virg. utiliza con finalidades muy parecidas en Buc. 4; un mundo, creemos, no tenido en cuenta para la interpretación de esta Buc. y al que hay que entrar a través de la écfrasis, entendida ésta tal y como la EM LXIX 1, 2001 39 Heffernan 1993, p. A no olvidar tampoco la relación de esta palabra en latín con el mundo de los niños y planteamos al principio del trabajo y tal y como la define Heffernan 1993, p. 7, a partir de los trabajos de Hollander (cf. nota 16): «the representation of an imaginary work of art». Hablamos, pues, de écfrasis implícita, de "notional ekphrasis," de aquella écfrasis que no responde a la descripción de una obra de arte única e identificable, sino de la que integra a las obras de arte (una o varias, reales o imaginadas a través de aquello que el poeta pudo ir viendo en distintos momentos) dentro de la narración poética, sin cortes ni pausas 39, de la écfrasis que Virg. pudo haber utilizado aquí, no para hablar de las obras de arte en concreto, sino para construir una imagen, para metaforizar su idea de aurea aetas y del paso del tiempo. Estamos hablando, pues, de la construcción de un concepto literario gracias, entre otros elementos, a la ayuda de los símbolos icónicos que el poeta conoce bien y que, aquí en Buc. 4, traduce (convierte) en palabras sin hablar explícitamente de sus fuentes. Estamos hablando de la descripción "visual" de un concepto a través de la "inspiración" que proporciona al poeta el imaginario visual que conoce, que está compuesto de varias individualidades y de distintos conceptos artísticos. Para conseguir este objetivo, vamos, en primer lugar, a individualizar los elementos virgilianos en este pasaje, susceptibles de formar parte de alguna iconografía y, en segundo lugar, vamos a repasar (siguiendo nuestra segunda premisa, apuntada más arriba), iconográficamente hablando, todos los conceptos grecorromanos relacionados con el paso del tiempo: no olvidemos que estamos hablando de puer nascens y de todos los símbolos con que Virg. acompaña la imagen, como metáfora de aurea aetas y del paso del tiempo. Los elementos hipotéticamente icónicos en los vv. Cf. nuestro último libro Studia Chronologica. Estudios sobre manuscritos latinos de cómputo en la Edad Media, Madrid, 1999, y lo mucho que hemos trabajado en los textos de cómputo. De hecho estamos ahora preparando una nueva edición crítica para el Corpus Christianorum (Brépols, Turnhout), que llevará por título Opera de Computo ante Bedam Scripta. Clausen 1994, p.144, parece aludir a que estos diez meses son lunares («a normal pregnancy of ten (sidereal) months»), pero no hace ni tan siquiera falta suponer eso, porque el sistema de cálculo romano es inclusivo y cuando se habla de un embarazo de 10 meses se está aludiendo a un cálculo del 0 al 9, que incluye (y de ahí la discrepancia nuestra respecto del "sidereal") nueve lunas, no diez: cf. Ov., Met. En síntesis, para transmitir al lector su concepto (¡con sus símbolos!) sobre el paso del tiempo y su deseo de advenimiento de una época nueva y mejor que las anteriores, Virg. utiliza la imagen de un niño, la "decoración" floral espontánea, abigarrada y "exótica," que es de caracter positivo pero también puede serlo negativo, rebaños de ovejas y cabras que conviven con fieras salvajes, y la serpiente. Ya lo han destacado comentaristas anteriores, pero tampoco queremos olvidar aquí (¡en casa de herrero, cuchillo de palo!) 41 que para enfatizar el caracter cronográfico y, casi, hemerológico de su mensaje y de sus símbolos, Virg. no duda en utilizar en Buc. 4 varios términos técnicos (antes y después de los vv. 18 a 25) relacionados con el cálculo del tiempo en Roma: v. Todo ello, pues, nos sitúa en la mejor posición posible para intentar indagar, en la línea que proponemos aquí, qué conceptos del mundo visual, convertidos en objetos de arte, relacionados con el paso del tiempo, podrían haber servido de fuente de inspiración al poeta (junto con otros elementos literarios, ya subrayados en estudios anteriores), en el momento de concretar su deseo del advenimiento de un tiempo mejor. Vamos a intentar enfatizar de qué objetos visuales se trata y bajo qué interpretaciones los especialistas explican su presencia, para intentar, al final del artículo, recoger conclusiones no sólo sobre cómo y gracias a qué objetos (apartado siguiente) basa Virg. su EM LXIX 1, 2001 43 Cf. Aion, n.12, con una información mucho más completa, y también J. Gómez Pallarès, Edición y comentario de las inscripciones sobre mosaico de Hispania. BA 3, pp.58-62 y láminas 12-13. écfrasis nocional implícita de aurea aetas = puer, sino también sobre por qué y para qué utiliza esos iconos (apartado final, de conclusiones). El cuerpo de la "evidencia" Hemos basado esta parte de nuestro trabajo en una búsqueda en LIMC de los conceptos más fácilmente y claramente relacionables con el paso del tiempo: No queremos dejar de hacer una observación, casi un reparo a nuestro propio trabajo: intentamos aquí marcar una tendencia, una manera de "leer" un texto, pero lo hacemos basándonos en un material (el artístico) frágil por naturaleza, fragmentario por conservación y que, con frecuencia, juega malas pasadas en relación con su datación. No siempre podremos afirmar que tal o cual obra es anterior o contemporánea a Buc. 4; ni tan siquiera dejaremos, en no pocas ocasiones, de citar obras posteriores. No vea en ésto el lector una contradicción en nuestro modus operandi, sino tan sólo la voluntad de acumular indicios que apunten hacia la consolidación de nuestra hipótesis de trabajo, pero no, y al 100%, a su probación: si conserváramos todo (y "todo" quiere decir "todo") el material artístico producido antes y en tiempos de Virgilio, podríamos aspirar (de hecho, deberíamos) a ello. No siendo así, conviene ser más prudentes y proponer tan sólo lo que podríamos considerar "datos para una nueva explicación". 72 (artículo firmado por G. Guido Belloni): se trata del llamado "mosaico cosmogónico de Mérida" 43, que presenta la figura de un joven con el letrero AET(ernitas), identificándolo. La pieza puede fecharse en el siglo II d.C., pero interesa al menos ahora remarcar la unión que se opera en el mundo antiguo (y que aquí se puede observar) entre el concepto de aeternitas y el ejercicio del mando: el joven está en el centro del pavimento, es decir, en el centro del universo y todo (el cielo y el mar y cuanto se mueve por ellos) se somete a él. La importancia, aquí, del 44 V. infra nota 47. mosaico de Mérida radica en el hecho de que ese mensaje, tan asumido en la antigüedad, es asociado a la figura de un joven. Interesa remarcar, en primer lugar, que, aunque las Horae casi siempre se identifican con figuras femeninas, cuando acaban estabilizando su número en cuatro (cf. p. 511), se confunden rápidamente con las estaciones del año, con lo que pasan a simbolizar también, en Roma, "el paso del tiempo". En este sentido, es importante el comentario del autor del lema de LIMC, L. Abad Casal, porque conecta a las Horae (a través de Ov., Fast. I 125 y V 199-213) con otras divinidades romanas tradicionalmente consideradas como asistentes de Jano y Flora, y con una función "temporal" entre los Romanos. Es así que las Horae = tempora anni, representan el ciclo del nacimiento y la muerte en la naturaleza y de todo lo que ésta contiene, y este ciclo, que Ov. describe, es el mismo en que Virg. inserta su Buc. 4 y al momento en que el poeta vive, en el sentido de que después de una época (del signo que sea) llega otra, y que a una mala época sucede otra mejor u otra peor y que, en cualquier caso, la cadena y sucesión de épocas en la línea del tiempo está hecha de constantes nacimientos y muertes. En esta línea, los atributos icónicos de las Horae son siempre florales, así como los de las estaciones del año y, por ejemplo, en el mismo pavimento emeritense citado, aparecen bajo la figura joven de Aeternitas, dos figuras de Horae, identificadas (con letreros) como Autumnus y como Aestas (una mujer acompañada de un niño que parece llevar espigas en la mano). Ambas figuras se acercan a Aeternitas en actitud de sometimiento 44. Siguiendo con este análisis, en LIMC, vol. V.1, s.u. Kairoi / tempora anni (artículo firmado también por L. Abad Casal), p. Afirmaciones éstas, basadas en todo el material atribuible a las "estaciones del año," que se nos antojan claves para explicar la relación entre la eternidad, el paso del En esa época, Virgilio, por razones históricamente obvias, no podía todavía poner nombres concretos a ese deseo, sin correr el riesgo cierto de "quedar mal con alguien". 47 Galinsky 1996, citado, identifica explícitamente a éste y al otro niño que aparece en la Gemma Augusta, con Autumnus y Aestas. Hay que recordar aquí que en el mosaico emeritense de Aeternitas, citado supra, éstas mismas dos estaciones personificadas "se someten" también a ese concepto. No olvidemos aquí los conceptos cronográficos citados por Virg. en esta Buc. 4, entre ellos los magni... menses del v. Aion (artículo firmado por M. Le Glay). Según el autor, y con el bagaje de toda su documentación (p. Entre esta documentación, conviene destacar aquí algunos ejemplares: n. Es un pavimento que procede de Sassoferrato, fechable en el siglo III d.C., en que se observa a un joven desnudo, rodeado por un círculo con todos los íconos del zodíaco, que posee una abundante cabellera. En la parte baja, a la derecha, aparece la figura de Tellus, con los cabellos adornados con flores y frutos y, aquí sí, aparece la serpiente enrollada a su cuello, como un collar. Alrededor de la Tierra, cuatro niños representan las estaciones del año. n. 14, mosaico de Hippo Regius, de mediados del siglo III d.C. (sin foto en LIMC), en que aparece un joven con la rueda del zodíaco y sosteniendo una cornucopia, rodeado, en el campo, de uva, de flores y de frutas, que simbolizan la abundancia. 17, relieve que procede de Módena, fechable en el siglo II d.C., aparece otro joven (éste alado) apoyado en un cono del que surge abundante vegetación (Tellus), con una serpiente que le rodea y animales a sus pies (toros, cabras, ovejas). En su torso lleva la imagen de un león y encima de su cabeza (perteneciente al zodíaco), el símbolo del carnero. En este relieve se dan cita todos los símbolos que utiliza Virg.: alrededor de un joven, la Tierra, la abundancia de la vegetación, las cabras, ovejas, leones, la serpiente, todo para simbolizar un nuevo orden de cosas, que va a estabilizar la inmortalidad del tiempo y que va a renovar, dentro de esa estabilidad, el zodíaco, que simboliza el paso de los meses y de las estaciones a través del año. M.le Glay, comentando el n. 24, moneda con bustos de distintos emperadores (foto en LIMC, vol. V 2, p. No podemos dejar de indicar que Brisson 1992, pp. 83-88, partiendo de la descripción de Filostrato del nacimiento de Dioniso, propone para la Buc. 4 una interpretación dionisíaca, dentro de la teogonía órfica. Creemos que ni el tema fundamental de la Buc. (el advenimiento de un tiempo mejor) ni la iconografía paralela acumulada en nuestro trabajo (a añadir a una comparación con la iconografía, muy bien conocida, propiamente báquica), sobre el concepto de Aion, permiten un acercamiento fundamentado de puer a Dioniso. Exactamente esto es lo que proponemos como una de las bases sobre las que Virg. construye su mensaje en la Buc. Se encuentra en algunos de los textos que pudo haber leído, sí, pero fundamentalmente es un mensaje presente en el mundo grecorromano desde el siglo II a.C., a través de la comunicación visual, de los objetos de arte que simbolizan al poder relacionándolo con el paso del tiempo. Por decirlo en las palabras del maestro Le Glay, el tipo iconográfico que representa Aion (en combinación con elementos de los tipos anteriormente enumerados (p. A nuestro entender, no hay descripción genérica que cuadre mejor con el cómo y el por qué del contenido de Buc. Acabamos de ver el cómo y el qué de la base iconográfica, como motivo de inspiración virgiliano. En cuanto al por qué y para qué de esta hipotética 51 Sin querer entrar en temas algo lejanos al espíritu de este trabajo, podría quizás apuntarse la idea de que el epodo 16 de Horacio (sobre todo, los vv. 41 y ss.), en su relación con esta Bucólica, podría interpretarse bajo el prisma que apuntara R. O. A. M. Lyne en Horace behind the Public Poetry, New Haven-Londres, 1995, a lo largo de todo el trabajo, pero fundamentalmente en sus pp. 215 y ss. Horacio, a partir de lo que conocemos de su biografía y de su inicial y difícil (por utilizar un adjetivo benévolo) "relación" con Octaviano, habría generado un estado de cierto resentimiento, que iría emergiendo en determinadas poesías de su obra, detrás de lo que podría considerarse su imagen de "poética público" y al servicio de un cierto ideal de estado y de gobernante. En este sentido, en la cronología del epodo 16 y de Buc. 4 no se puede, por razones obvias, hablar de resentimiento hacia el princeps Augusto, pero puede que sí se pueda hablar de distintas posturas y descripciones, por parte de Virgilio y de Horacio, ante el deseo de advenimiento de un tiempo mejor para su sociedad. Y aquí Virgilio, mediatizado por una experiencia pasada y por una realidad presente quizás no tan traumática como la de su amigo Horacio, habría generado una descripción (entre otras cosas, partiendo de la iconografía propuesta supra) mucho más optimista y colorista que la que produjo Horacio en su epodo 16, quizás porque, como indica Lyne, p. Some of those earlier edifices totter». inspiración del poeta en el universo visual que le proporcionaban los conceptos relacionados con el paso del tiempo en Roma (donde sí hay niños convertidos en símbolo de aurea aetas y nacimientos y muertes: cf. Coleiro 1979 y Clausen 1994), he aquí un breve resumen, en forma de conclusiones, de las principales "motivaciones" y mensajes que el material iconográfico presentado y analizado podría haber proporcionado al poeta y que éste, a su vez, a través de su referencia implícita, pudo haber "compartido" con sus lectores contemporáneos: Asociación del concepto de Aeternitas al ejercicio del poder político en Roma y, más en concreto, al de un nuevo poder político. Vinculación de la figura de las Horae con las estaciones del año y con Aeternitas, con toda la carga de decoración floral que éstas comportan. Relación entre el ejercicio de un nuevo poder político y la iconografía de las estaciones del año, en el sentido de que un nuevo gobierno, un nuevo emperador, era concebido, también icónicamente, como una señal de felicitas temporum y asociado al "nacimiento" de una nueva época, de una nueva aurea aetas, con los símbolos propios de ese "nacimiento" (como si de un nuevo año, con sus nuevas estaciones y productos se tratara) 51. Aion, representado siempre como un joven o un niño, y que aparece, en diferentes manifestaciones, con todos los símbolos icónicos que utiliza Virg., simboliza la Aeternitas de Roma, del pueblo romano y de su máximo representante EM LXIX 1, 2001 52 No así en el período de Augusto, en general: cf., in primis, las enseñanzas al respecto de Zanker 1992, y trabajos anteriores allí citados, y Galinsky 1996. 53 Éste último, el más reciente, con elementos y perspectivas distintas a la nuestra, pero político; simboliza también la inmutabilidad y solidez del poder (en relación con su permanencia y el bienestar que ésta produce) y, al mismo tiempo, la renovación de sus elementos (a través de símbolo del zodíaco, que indica el discurrir del tiempo y el renovarse de las cosas a través del año). En suma, si no estamos equivocados con nuestra propuesta, Virgilio utiliza el universo visual y artístico a su alcance para dar forma y voz, a través de los objetos referentes que hoy conocemos y, los más, los que hemos perdido, a un concepto que ya existía (también en forma escrita) antes que él escribiera su Buc. 4: el del paso del tiempo, el del advenimiento de un tiempo mejor y el del deseo de que ese tiempo mejor (ligado a una opción, en ese momento todavía no concreta, de nuevo poder político) perdure lo más posible. Y lo hace de una manera en que se combinan los referentes literarios (muy bien marcados en estudios anteriores) con los iconográficos (probablemente más conocidos y familiares para el común de sus contemporáneos), hasta ahora más bien negligidos en la explicación de esta Buc. 4 52 y de los cuales podría haber surgido, sin más, la imagen del niño como símbolo del nuevo y deseado tiempo: la metáfora, pues, aion = puer nascens. Si nuestra hipótesis es correcta, el camino que hemos seguido en estas páginas puede ser productivo porque permite un análisis de los textos mucho más integrador de los mismos en el mundo que les vió nacer y que les leyó en primera instancia. Es el camino que han marcado, como decíamos, ilustres predecesores como Zanker 1992, Galinsky 1996, Putnam 1998 o MacKay 1998 53, y que parte de la integración de los versos en el mundo visual de aportando una nueva explicación, a través de los referentes del mundo contemporáneo (la pompa triumphalis en Roma y su recorrido físico por la ciudad), a la más famosa écfrasis de Virg., la del escudo de Eneas en el lib.8 de A. referentes que el poeta tenía delante cuando los escribió (hasta donde sea posible hacerlo). Es el camino, uno más de los posibles, que permite ir recuperando la unidad de sentido y de explicación que reclamaba Wilamowitz-Möllendorff para los textos del mundo grecorromano y que nosotros, en la modestia de nuestros medios y capacidades, intentaremos aplicar en el futuro a la lectura y comentario de otros poetas, como esperamos haberlo podido hacer aquí, con los vv. Terminado este trabajo, y ya en pruebas, hemos podido leer el "último" artículo sobre el tema, que por mor de su interés e importancia, conviene citar siquiera brevemente, y contextualizar en relación con nuestras páginas. Tras su detenida lectura, creo que sus tesis son complementarias con las mías: su idea fundamental es que el puer de Buc. 4 no es ningún concepto abstracto, ni cualquiera de las identificaciones "óseas" previamente postuladas, sino Octaviano en persona. Partiendo de la base de que eso es indemostrable a partir del texto virgiliano, no es menos cierto que una identificación con Octavio, combinada con una adecuada contextualización de las fuentes de inspiración virgilianas para su "definición" de la nueva edad dorada que está llegando (entre ellas, las que propongo en mi trabajo), permite una lectura global de la Buc. 4 muy adecuada a la época y a las circunstancias de todos sus protagonistas. Por otra parte, me parece mucho más aceptable, y mejor demostrada, la segunda gran idea de Lefèvre en ese artículo: hay que tomarse mucho más en serio el papel de Virgilio como lector e intérprete de Catulo. En relación con nuestro poema, creo que se demuestra con contundencia que, entre otras fuentes ya detectadas para esta Buc. 305-322 (la descripción de las Parcas) debe ser tenida muy en cuenta.En ese sentido, y en tantos otros de su obra primera, Virgilio debe ser leído, también, como un "poeta neotérico".
en el poderoso movimiento religioso órfico. Durante siglos el nombre de estos cantores míticos se utilizó para dar autoridad a cualquier escrito de contenido cosmogónico o ultramundano, y sus cosmogonías y teogonías fueron objeto de continuas interpolaciones. Hoy la filología moderna se halla ante los escasos fragmentos de lo que debió ser un nutrido conjunto de literatura hierática. El material de trabajo que poseemos sobre Museo es en efecto escaso, puesto que de toda su obra no conservamos sino fragmentos, algunos títulos de poemas desconocidos, citas de dudosa credibilidad y referencias de segunda e incluso tercera mano no más fiables, debido a la extendida creencia de que Museo no era más que un nombre legendario unido a la figura mítica de Orfeo 1. Asimismo la serie de noticias y textos pseudoepigráficos que se atribuyen a nuestro autor han recibido muy poca atención desde el siglo pasado por parte de los estudiosos 2; prueba de ello es que el trabajo de investigación realizado por Vincenzo Curti en 1893, La Teogonia di Museo, reseñado por Kern y calificado de gran importancia para el avance en los estudios sobre poesía teogónica, parece haberse perdido para siempre, sin que haya sido posible recuperar la información que este autor ofrecía sobre la obra de Museo. Por otra parte, basta echar una ojeada a los repertorios bibliográficos para darse cuenta de la escasa, o prácticamente nula, bibliografía que ha aparecido sobre Museo durante los últimos años 3. La confusión que ha surgido durante mucho tiempo entre la pareja mítica Orfeo-Museo ha dado lugar a la aparición de múltiples elementos comunes entre ellos y, al mismo tiempo, notables diferencias. Uno y otro parecen representar a Dioniso y a Apolo respectivamente. Mientras a Orfeo se le atribuyen caracteres dionisíacos, Museo goza de los dones apolíneos. Aristófanes contaba que el primero enseñó a los griegos las iniciaciones y a abstenerse del homicidio; mientras Museo, por su parte, enseñaba los oráculos y a curar enteramente las enfermedades 4. Estas prácticas eran definidas por Platón como una "sofística disfrazada", puesto que, según afirmaba, sus enseñanzas eran disimuladas bajo la máscara de las iniciaciones y profecías, al igual que las enseñanzas de poetas como Homero, Hesíodo o Simónides lo eran bajo la máscara de la poesía 5. Al margen de su relación con la figura de Orfeo, Museo posee en la tradición antigua la característica propia del adivinador 6 (si bien Onomácrito pudo haber reordenado sus oráculos e, incluso, haber escrito él mismo parte de ellos 7 ). A este respecto, Museo aparece ligado a la característica apolínea de la sabiduría, como requisito imprescindible para ser superior a los demás mortales, y comparte con Apolo el dominio de la palabra, otro don divino. Sin embargo, continúa ostentando un lugar privilegiado dentro de la esfera dionisíaca y, más exactamente, de la poesía órfica y Eleusis. En algunos testimonios es considerado un hombre de Tracia, o autóctono de Eleusis 8; lo cual explicaría que inmediatamente se atrajese el eco de la figura de Orfeo 9 y la posterior confusión entre ambos personajes; aunque bien podría haber ocurrido al contrario. Lo cierto es que no tenemos ninguna constancia sobre la existencia real de Museo y, si nos detenemos a considerarlo, tampoco es una cuestión decisiva a la hora de estudiar los fragmentos que a él le atribuye la tradición. A pesar de los numerosos ejemplos que puedan servir para ilustrar la importancia y el destacado lugar que se brindaba a Museo entre los autores antiguos, parece que las razones arriba citadas han tenido mucho que ver en que hasta el momento no se haya dedicado atención expresa a la obra cosmoteogónica atribuida a Museo. Tanto es así que incluso algunos de sus fragmentos han permanecido inéditos. En este trabajo se presentan cuatro fragmentos cosmogónicos atribuidos a Museo inéditos hasta el momento, que aparecen incluidos como Fr. 5, 6, 15 y 19; y un intento de reconstrucción de su poema cosmogónico, que nos ayude a comprender mejor la tradición mítica y la religiosidad en la Grecia arcaica. Con ello quizá podamos contribuir a mostrar que los escritos de Museo aportan en sí mismos, sin necesidad de ser un anejo a las teogonías órficas, nuevos elementos cosmogónicos primordiales, y avanzan una concepción filosófica que constituirá el eje central de posteriores interpretaciones en la llamada filosofía presocrática. Composiciones atribuidas a Museo Bajo el nombre de Museo nos han llegado los siguientes poemas y escritos, todos situados en el s. VI a.C.: Χρησμοί, Τελεταί, ~Υμνοι, Περί Θεσπρωτäν, Περί }Ισθμίων, Καθαρμοί, Παραλύσεις, zΑκέσεις νόσων, ΣφαÃρα, Τιτανογραφία, ΕÛμολπία ποίησις o 8Υποθ−και, Κρατήρ, y una Θεογονία citada por Diógenes Laercio 10, que constituye el objeto del presente estudio. Los fragmentos cosmo-teogónicos de su obra conservados nos son de gran ayuda, a la hora de situar a este autor mítico en el mismo ámbito religioso-cultual de Epiménides, Ferécides, Alcmán y Hesíodo entre otros autores prefilosóficos, quienes con sus obras sentaron las bases de la tradición mítica posterior y avanzaron ideas filosóficas, que no tardaron en ser adoptadas por los filósofos de la naturaleza, los primeros φυσιολόγοι o φυσικοί griegos. Como apéndice a la traducción y comentario de los fragmentos y testimonios aquí reunidos, se ofrece un intento de reconstrucción del poema cosmo-teogónico de Museo, con el fin de facilitar al lector una valoración del contenido de la obra perdida que se le atribuye. Para ello se observan unas pautas de reconstrucción que atienden al contenido de los fragmentos conservados, aunque en ocasiones hayan sido necesarios los paralelos con generaciones de dioses pertenecientes a otros autores cosmogónicos. Fragmentos y Testimonios cosmo-teogónicos La colección de fragmentos que se presenta a continuación podría ser la más completa conocida hasta el momento, dada la novedad de los fragmentos y testimonios citados como Fr. 5, 6, 15 y 19, y que no están incluidos en ninguna edición de Museo que yo conozca. Museo, autor que si existió nunca imprimió en sus escritos el sello de su firma, nos muestra a través de ellos un reconocimiento hacia la filosofía natural que despuntaba en la Atenas del s. VI a.C. Por otra parte, las innovaciones en los poemas que se le atribuyen, con relatos y anécdotas acerca de la titanomaquia y toda una genealogía divina que difiere de la hesiódica, lo convierten en una especie de introductor de una versión órfico-eleusina, procedente de Tracia, en la floreciente Atenas del s. VI. Los siguientes fragmentos y testimonios se presentan numerados, incluyéndose entre paréntesis la fuente antigua de donde proceden, así como las distintas ediciones modernas en que se hallan recogidos. La tradición más común hace a Museo hijo de Selene, aunque, como hemos visto al referirnos a su origen, algunos autores lo consideraron hijo de Orfeo, y él mismo se hace llamar hijo de Antifemo (o Antiofemo) y de Pandia. Kern niega simplemente que Museo haya existido y lo considera una personalidad legendaria, estrechamente enlazada al culto eleusino y sin duda una representación del mítico cantor por excelencia, que más tarde se asociaría al más famoso cantor de Grecia, el tracio Orfeo 11. No conservamos ni un exiguo resto de la obra La Esfera, atribuida por Diógenes a Museo, pero a través de la cita: "Muestra (en ella) que todas las cosas nacen de una sola y se disuelven en ella misma", podríamos afirmar que se trata de una obra de filosofía natural, acorde con la tendencia de la racionalidad jonia, en la que ya se empezaban a buscar conceptos, como el -πειρον de Anaximandro, que constituían un principio único de todas las cosas y al que todas las cosas volvían al final de su existencia; aquella sustancia que permanece mientras cambian los accidentes y que no se corrompe, porque se conserva siempre 12. El problema de la •ρχή en la época y el pensamiento de Anaximandro, ya tenía precedentes teogónicos 13. Esta sustancia primitiva que Aristóteles colocaba en el centro de su doctrina es eco, según Bréhier, de un tema teogónico que se refiere no a la materia de los seres, sino al elemento del que ha nacido el mundo 14. El ciclo de formación y disolución que suponemos en La Esfera, revela la existencia permanente de una relación entre el principio universal y los principios cósmicos a los que se vuelve; relación que, por manifestarse evidente tanto al principio como al fin del proceso, se admite presente a lo largo de todo su curso. Podríamos pensar que se trata de una •ρχή universal 15 Dentro de este ciclo de generación y corrupción se incluía según la doctrina la transmigración de las almas. Cf en la representación cíclica del proceso de nacimiento y de disolución de todas las cosas 15, identificada no sólo con el principio sino también con el término, el fin al que todas las cosas llegan y al que todas deben regresar ineludiblemente. En este punto se pronuncia Anaximandro explícitamente 16 cuando atribuye al principio divino la doble función de περιέχειν 'abrazar' y κύβερνν = συγκρατεÃν 'gobernar' (Anaximand. fr. Autores como Museo, Hesíodo, Epiménides, Ferécides, Acusilao y los órficos, queriendo comenzar su genealogía divina ¦ξ •ρχ−ς, se plantean todos ellos inicialmente el problema del πρäτον o πρώτιστον, qué debe ser lo primero en surgir antes que todos los demás seres generados, de ahí que encontremos, como ocurre en Alcmán, la prioridad cronológica expresada en πρεσβύτατος 17. Este "primerísimo" o "más antiguo" es de hecho generador de todo y en Hesíodo 18 nos encontramos con un elemento primero 19, que nos lleva inevitablemente a pensar en algo que es principio y fin de todas las cosas, puesto que cumple la función de "abrazador" de toda la naturaleza, y que Aristóteles 20 atribuye al θεÃον originario de los •ρχαÃοι κα παμπάλαιοι expresamente en la forma del mito 21. Podríamos afirmar, por tanto, que en la cosmogonía de Museo, el sentido del primer elemento o unidad, cuyo nombre no se cita, conjuga las funciones de •ρχ¬ κα τελευτή y περιέχον, desempeñadas por χάος en Hesíodo y citadas explícitamente en Anaximandro. El contenido de este fragmento encuentra por tanto sus antecedentes en el s. VI, aunque parezca difícil admitir que entre los griegos, antes del s. V, existiese la idea de que a partir de un único elemento todas las cosas pueden surgir y, finalmente, volver de nuevo al principio único primordial. En esta única cita de La Esfera, no se nos dice cuál es esa sustancia o elemento del que nacen todas las cosas y al que todas vuelven para disolverse o desaparecer en él, no obstante, tampoco parece una omisión casual 22. Quizá sencillamente se postulaba una unidad originaria sin especificarse qué materia era. La conclusión que se puede extraer, de manera más verosímil aun hipotética, es que esta obra pertenecía probablemente a un tipo de literatura oracular y ultramundana, a la que ha sido siempre asociado el nombre de Museo 23, y cuyo contenido estaría vedado a todo aquél no iniciado o ajeno a este círculo de escritos. Pero tampoco debemos descartar la idea de que simplemente, como una de tantas obras de la Antigüedad, se perdiera en el olvido y por ello no conservemos más que su título y alguna referencia aislada a su contenido. En algunas fuentes se dice que todas las cosas proceden de Noche y de Tártaro, en otras por el contrario de Hades y Éter. Quien escribió la Titanomaquia dice que las demás cosas descienden de Éter, sin embargo, Acusilao dice que (descienden) de Caos el primero. Y en los versos atribuidos a Museo está escrito que primero existieron Tártaro, Noche y el tercero Aer. Como nos muestra este fragmento del De Pietate los principios primordiales que encontramos en la Cosmogonía de Museo son Noche, Tártaro y Aer. Examinemos cada uno de ellos: 25 No sabemos en qué época exactamente, pero Damascio corrobora con su testimonio que todavía tras Platón, la Noche era el primer término de la teogonía órfica, corroborando a su vez el testimonio de Aristofanes. Cf A partir de este testimonio deducimos, por lo tanto, que Aristóteles sabía que hubo poetas y escritores antiguos que consideraban a la Noche como la primera y más importante de las divinidades. Aristóteles conocía el pasaje homérico en que se hacía referencia a la diosa Noche personificada y con un poder extraordinario sobre los dioses, incluso Zeus teme hacer cosas que desagraden a la Noche rápida 27. El respeto que muestra Zeus por la diosa Noche en este pasaje no tiene paralelos. Cabe suponer que Homero conoció alguna historia sobre la Noche en que ésta desempeñaba un papel cosmogónico. Lo mismo creemos acerca de Aristóteles, quien probablemente además de conocer el testimonio de Homero, también tendría noticia de una serie de narraciones poéticas, compuestas a finales del s. VII o en el s. VI a.C. que hacían de la Noche el origen del mundo. Estas narraciones incluirían seguramente poesía órfica y asociarían a la Noche otras figuras como Aer o Tártaro, también relacionadas con la oscuridad 28. Encontramos más ejemplos en el libro I de Crisipo 29 Acerca de la Naturaleza: "(Crisipo) dice que en el principio la diosa Noche era la primera". La idea principal que parece subyacer en esta cosmogonía, así como en la de Onomácrito, Epiménides y Acusilao, es la de una unión primitiva de todas las co- sas que en un momento determinado se ve interrumpida por la separación, espontánea o no, de este "todo". En la cosmogonía de Museo todas las cosas surgen de Tártaro y vuelven a él. Aquí Tártaro es el centro primitivo y único del que nacen y descienden todas las cosas existentes en el mundo configurado. ¿Por qué eligió Museo el Tártaro como principio del que surgen todas las cosas? Resulta interesante a este respecto la idea de que Museo, cuando hace surgir todas las cosas del Tártaro y al final hace que todo vuelva al Tártaro, pudiera estar conectando su cosmogonía con las ideas escatológicas del s. VII-VI que prosperaban en aquel entonces, en las que el círculo de la vida se cerraría, una vez cumplido su ciclo, y el alma del hombre volvería a empezar una nueva existencia en otro cuerpo. Del mismo modo, todas las cosas deben regresar al lugar de donde han salido y el Tártaro sería entonces el elemento más adecuado para albergar en él y dar salida en un momento determinado, a todos los elementos que componen el mundo configurado del que formamos parte. Por otra parte, Tártaro es también una figura relacionada con la oscuridad. De él desconocemos su situación exacta, tanto en el estadio primordial de la formación del mundo, como en el mundo ya configurado 30. Según la cosmogonía de Museo nos muestra, Tártaro existía antes de que la Tierra hiciera su aparición, sin embargo, posteriormente ha sido entendido como una parte de sus entrañas. También se nos cuenta de él que era el escondite seguro de la negra Noche, y que podía albergar en él, en potencia, todas las demás cosas, como hace la Tierra εÛρύστερνος. En la mayoría de las cosmogonías que estamos tratando, hay también un elemento central del que derivarán luego todos los demás, pero el caso de Tártaro es especial, lo que impregna la cosmogonía de Museo de un estilo personal, puesto que la línea en los escritos cosmogónicos órficos hacen de la Noche el principio de todas las cosas. El tercer elemento en aparecer, después del Tártaro y la Noche es Aer, también relacionado con la oscuridad. Al igual que nos ocurre con Tártaro, también desconocemos la situación de Aer, que como hemos visto anteriormente puede estar situado en el cielo, en una parte de la sub-tierra, entre el cielo y la tierra, más allá de éstos, etc. 31. Aer es un elemento primordial que aparece en otras cosmogonías, como la de Epiménides, donde constituye el elemento central del que descenderán todas las cosas. encontramos una interesante definición de Aer entendido como la separación de la tierra, y Dídimo en sus Epítomes 33 habla de Aer como sumo principio del mundo. Son muchos los epítetos que acompañan a Aer atribuyéndole un sentido cosmogónico o de divinidad primordial: "pero lo que subyace a la tierra y a la humedad de ésta es el aire 34 ", a diferencia de ΑAEθήρ descrito como περιφερόμενον. Aunque también se dice de Aer, como hemos visto, "húmedo aire que rodea la tierra" 35; "el aire frío que rodea la tierra" 36; "el aire que rodea (op. el aire en el centro)" 37. Podríamos decir, por lo tanto, que para Museo existen tres elementos primordiales: Tártaro, Noche y Aer, que éstos hacen su aparición sucesivamente, siendo Tártaro la figura central de su cosmogonía, y que de ellos descenderán todas las cosas que forman parte del mundo configurado. Filodemo cita aquí de manera indefinida "algunas fuentes" en las que se hace de Tártaro y Noche los principios de los que descienden todas las cosas, mientras "otras fuentes" citan Hades y Éter. Si entendemos que ambas fuentes son variantes de un mismo sentido para Tártaro y la oscuridad etérea, -representada en Noche y Éter según estas fuentes-, entonces, cabría decir que Tártaro y Hades cumplieron, en un primer estadio cosmogónico, las veces de la negra Tierra, mientras Noche y Éter, las veces del negro Cielo, con lo que estaríamos ante una variante mítica de la tradicional unión Cielo-Tierra, sobradamente conocida por nosotros a través del relato cosmogónico hesiódico y otros mitos orientales. En otras palabras, los elementos primordiales Tártaro y Noche serían las variantes de Tierra y Cielo que Museo propone en su cosmogonía, a diferencia del modelo cosmogónico de Hesíodo. La información de este fragmento cosmogónico, además de las referencias extraídas sobre la vida de Museo respecto a Orfeo y viceversa, nos permiten relacionar íntimamente sus ideas cosmogónicas con las que circulaban en el s. VI bajo el nombre de Orfeo u órficas. Pero Museo difiere en el orden de importancia de los elementos primordiales que componen su EM LXIX 1, 2001 cosmogonía. Noche es una divinidad primordial en la cosmogonía de Museo, pero no es la primera. Aer, primera y única divinidad primordial en la cosmogonía epimenidea, ocupa en Museo el tercer lugar. De Tártaro no tenemos noticia en otras cosmogonías. A la luz de estos razonamientos se puede afirmar lo siguiente: a) Museo conocía, además de la poesía órfica, la poesía que escribió Epiménides, seguramente impregnada del contenido religioso de la poesía órfica del s. VI a.C. b) Museo pudo haber conocido otras cosmogonías de las que no conservamos resto alguno, que hicieran de Tártaro el principio de todas las cosas, y de ahí haber incorporado Tártaro con un papel principal dentro de su cosmogonía, si no fue él mismo quien decidió atribuir a Tártaro la función primordial que ostenta en su obra. c) A pesar de los escasos fragmentos que conservamos de su obra, Museo, ya se trate de un personaje mítico o real, debió ser muy conocido por sus oráculos y escritos poéticos, y gozar de gran fama entre sus contemporáneos, puesto que su nombre aparece ligado siempre al del sabio que enseña muchas cosas útiles a los hombres. La razón de que en la cosmogonía de Museo encontremos tres principios primordiales simultáneos, (a diferencia de otras cosmogonías conservadas, en las que hallamos un único principio), puede deberse al carácter ecléctico del poeta, quien pudo haber tomado, como ya hemos apuntado anteriormente, divinidades primordiales de otras cosmogonías, entre ellas las órficas y la epimenidea -que conozcamos -, y haberlas incluido en la suya, del mismo modo que incluye relatos mitológicos olvidados o explica etimologías de nombres curiosos y términos chocantes ya en su época. En los versos atribuidos a Museo se cuentan dos generaciones de Musas, unas más antiguas, del tiempo de Crono y otras más recientes, hijas de Zeus y Mnemósine. El fragmento se halla estrechamente relacionado con los versos que com- 38 ponen la última parte del antiguo comentario a Alcmán 38, en que también se hace referencia a una generación de Musas más antiguas, hijas de la Tierra. El contenido de este testimonio, según Colli 39, puede ser muy importante a la hora de verificar la antigüedad de la poesía órfica, puesto que se atribuyen a Museo versos que citan dos generaciones de Musas, una de ellas del tiempo de Crono, otra del tiempo de Zeus. La primera de ellas nos trae a la memoria la generación de Musas, hijas de Urano, atribuida por Pausanias a Mimnermo 40; al tiempo que tenemos presente el antiguo comentario a Alcmán donde se vuelve a citar esta antigua generación de Musas, hijas de la Tierra (y, siguiendo la cita anterior, de Urano), mientras que los poetas tradicionales sólo conocen la mítica generación de Musas descendientes de Zeus y Mnemósine 41. La diferencia que hallamos entre la generación de Musas, atribuida a Mimnermo y a Alcmán, y la atribuida a Museo, es que ésta última desciende de Crono y no de Urano. En cualquier caso, si Museo tenía noticia de una generación de Musas más antigua, ora descendiente de Urano, ora de Crono, es probable que existiera otra línea mítica paralela a la tradicional, que nosotros identificamos con la transmitida por Hesíodo. Si Mimnermo vivió en el s. VII a.C. se puede pensar que esta versión del mito del nacimiento de las Musas habría sido difundida a partir de otra fuente: la poesía órfica, que ya debía de circular en aquel entonces por determinados círculos literarios. Esta hipótesis ha sido defendida asimismo por Kern y Ziegler; y como ejemplo paralelo, se presenta el mito, ofrecido en dos versiones por la poesía órfica y la teogonía hesiódica, del nacimiento de Afrodita, en el que también encontramos un problema de paternidad, en este caso, entre Urano y Zeus. Nosotros, como partidarios del origen antiguo de la poesía órfica, también consideramos factible la influencia órfica sobre el poeta Mimnermo. Se admite en esa configuración la cabra y los cabritos. En efecto, Museo dice que Zeus, una vez nacido, fue confiado por Rea a Temis, y Temis entregó el recién nacido a Amaltea, quien tenía una cabra que amamantó y crió a Zeus. La cabra era hija de Helios, tan terrible que los dioses en el tiempo de Crono, aborreciendo el aspecto de la criatura, rogaron a la Tierra que la ocultara en alguna de las cavernas de Creta. Y (la Tierra) ocultándola, confió su cuidado a Amaltea, la cual con la leche de aquélla crió a Zeus. Cuando el niño alcanzó la edad viril y estaba a punto de entablar batalla con los Titanes, pero no tenía armas, le fue profetizado que se serviría de la piel de la cabra como arma por la invulnerabilidad y el terrible aspecto de ésta y porque en el centro del lomo tenía el rostro de la Gorgona. Tras hacer estas cosas, y por medio de este artificio, Zeus se apareció en una doble figura, cubrió los huesos de la cabra con otra piel, le insufló vida y le hizo inmortal; dicen que ella aparece como un astro celeste, y que por ello Zeus es llamado 'el portador de la égida'. Terra autem in antro clausam Amaltheae tradidit custodiendam ibique Iouem infantem cum cura Amaltheam educasse. qui cum esset iuuenis et [ille] contra Titanas inermis uellet pugnare, eius pellem dicitur adreptam, pro scuto usum ea, quod semper Titanis agitata timori fuerit et quod dicebatur media pelle Gorgoneum caput habere. eo tutus tegimento alia caprae terga alia pelle tecta res- 43 Museo, por su parte, cuenta que siendo Júpiter un niño fue entregado a Temis para que fuera criado, y Temis lo entregó a Amaltea. Esta era dueña de una cabra, con cuya leche alimentó a Júpiter. Pero se dice que esta cabrita, hija del Sol, tenía un aspecto tan terrible, que los Titanes la temían y rogaron a su madre Tierra que la ocultara. Sin embargo, la Tierra tras encerrarla en una cueva, entregó su custodia a Amaltea y allí Júpiter siendo un niño creció bajo los cuidados de Amaltea. Este, cuando alcanzó la edad viril y quería entablar batalla contra los Titanes, se dice que tomando su piel, la colocó por delante de su escudo, porque siempre había representado temor para los Titanes y porque en el centro del lomo tenía el rostro de la Gorgona. Protegido con su piel, reanimó el cuerpo de la cabra cubriéndola con otra piel. Le insufló vida e inmortalidad, por ello es llamado también 'portador de la égida'. Museo dice que Júpiter fue alimentado por Temis y la ninfa Amaltea, a quienes se cree EM LXIX 1, 2001 que fue confiado por la madre Ops. Amaltea tenía como animal predilecto una cabra, que alimentó a Júpiter. Otros dijeron que fue Ega, hija del Sol, quien se distinguía entre las demás por el esplendor de su cuerpo, pero tenía un aspecto tan horrible que contrastaba con su belleza física. Por ello los Titanes, espantados, suplicaron a Tierra que ocultara su cuerpo, de modo que, se cuenta, Tierra la ocultó en una gruta en la isla de Creta. Está demostrado que ésta se convirtió después en la nutricia de Júpiter, como ya hemos dicho antes, pero, cuando Júpiter confiando en su juventud decidió hacer la guerra contra los Titanes, le fue vaticinado que, si quería vencer, habría de combatir vestido con una piel de cabra y con la cabeza de la Gorgona, lo que los Griegos han llamado "égida". Así que, tras haber hecho lo que explicamos arriba, Júpiter venció a los Titanes, obtuvo el reino, y revistiendo los huesos restantes de la cabra con una piel les infundió vida, asimismo en señal de reconocimiento la transformó en estrella; después entregó a Minerva la indumentaria con la que él mismo había vencido. Y dicen que (una vez muerta) tomando su piel, la adoptó como atributo y a ella misma la convirtió en constelación, por ello "es llamado por los hombres portador de la égida". Museo es el inventor de que Júpiter en su lucha contra los Titanes utilizó la piel de esta cabra por delante de su escudo; por esa razón los poetas lo llaman "el portador de la égida". 7 no menciona explícitamente el nombre de Museo, pero podemos considerarlo perteneciente a la Teogonía que circulaba bajo su nombre, dado que según se decía él fue quien inventó el relato que convierte a Zeus en portador de la égida. Asimismo el escoliasta cita entrecomillada la frase que Lactancio en el siguiente fragmento considera sin lugar a dudas perteneciente a Museo. Todos estos fragmentos de la Teogonía de Museo, alusivos a las constelaciones, coinciden con elementos de las teogonías órficas, donde algunas de las divinidades citadas aquí vuelven a aparecer. Es el caso de la diosa Amaltea (y su hija Adrastea) y Temis. Amaltea es una ninfa nacida, dependiendo de las citas conservadas, de cuatro progenitores distintos: Océano, Hemonio, Meliso y Oleno 44. Según unas versiones, era dueña de la cabra que alimentó a Zeus en la cueva del Ida, según otras, ella misma era la cabra. Por el testimonio que nos transmite Eratóstenes sabemos que la cabra, en este caso nacida de Helios, era una criatura terrible, ocultada por su madre Tierra desde que nació en alguna de las cavernas de Creta. No obstante, su leche habría de alimentar a Zeus, su cuerno proporcionaría la abundancia a todo aquél que tuviera hambre y sed y su propia piel haría invulnerable a Zeus en su lucha contra los Titanes. Más tarde fue transformada por Zeus en constelación. Los fragmentos que aluden a la Titanomaquia, Fr. 4, 5, 6, nos dicen que a partir de entonces fue llamado "portador de la égida", pero el testimonio que nos llega a través de Lactancio es más específico al hacer a Museo inventor de este pasaje mitológico. Por ello, sabemos también que Museo debió de haber escrito una teogonía en la que Zeus, al igual que narra Hesíodo, luchó contra los Titanes hasta erigirse con el poder absoluto en el Olimpo. La diosa Temis también forma parte de las divinidades órficas que aparecen en este fragmento. Es citada en dos testimonios de Proclo, en los que el comentarista hace de ella una divinidad hermana de la ninfa Tetis, figura claramente órfica y quizá en estos versos emparentada indirectamente con la Noche 45: «Pues la Tierra alumbró a escondidas del Cielo, como cuenta el teólogo: "(engendró) a sus hijas Temis y a la nocturna Tetis y a Mnemósine, feliz diosa de marcados tirabuzones"». El otro pasaje 46 se refiere a la diosa Temis: "naturalmente, Temis, se encargó en los comienzos de la creación, puesto que ella misma es la causa de los preceptos de los artesanos y gracias a ella se instauró indisolublemente el orden de todo". El pasaje apunta a un desorden primordial, quizás en el reino de la Noche, que debió poner en orden una divinidad tan antigua como Temis, encarnación del "orden establecido". De ahí que posteriormente Temis haya pasado a ser representación de la Justicia. Pero el testimonio más interesante lo hallamos en un pasaje de Apión 47, del s. I. d.C. que hoy sabemos que se refiere a las Rapsodias, pero que estudiosos como Kern o Zeller atribuyeron a la Teogonía de Jerónimo y Helánico, cuya fecha de composición es incierta: "En efecto, con su propio calor, Zeus dejó la sustancia borbollante en la humedad que subyacía y empujó hacia arriba el más tenue y divino espíritu, al que llamaron Metis". La communis opinio data la Teogonía de Jerónimo y Helanico entre la Teogonía según Eudemo y la rapsódica; y si aceptamos este fragmento como un testimonio de ella, se podría situar la fecha entre el s. III a.C. y el s. I. d.C. En opinión de Colli 48, dadas las diferencias existentes entre el testimonio de Apión y la Teogonía de Jerónimo y Helanico, podría incluso pensarse en una línea del orfismo afín a la de la teogonía según Jerónimo y Helanico, pero con variantes de contenido, lo cual es sumamente interesante para constatar la antigüedad de divinidades propiamente órficas como Fanes o Temis. Adrastea es citada por Hermias 49 en su comentario del Fedro de Platón, como una divinidad perteneciente a la noche y como hija de la ley: "Pero Adrastea es única y es la divinidad propia de los que habitan en la Noche, nacida de Meliso y Amaltea. Meliso fue estimado por su cuidado y preocupación por los inferiores. Amaltea por su firmeza y por no doblegarse... Y se dice que la Justicia es hija de la Ley de aquí y de la Piedad, pero la propia Adrastea, nacida de Meliso y Amaltea, es universal y es hija de la Ley. Y se dice que ellas mismas alimentaron a Zeus en la cueva de la Noche". Dejando a un lado su tono platónico, Rathmann cree que el pasaje se hace eco de los misterios eleusinos (por la serie de preceptos que las almas deben cumplir para llegar a la pureza absoluta), y la influencia órfica se advierte en el tema de la metempsícosis y en la curiosa identificación de Adrastea con Ananke, explícita en la Teogonía de Jerónimo y Helánico 50. Adrastea aparece en otro pasaje platónico identificada con Ananke 51. En este pasaje, Adrastea, lo suceso se va gravitando llena de olvido y dejadez... entonces es de ley que tal alma no se implante en ninguna naturaleza animal, en la primera generación, sino que sea la que más ha visto la que llegue a los genes de un varón que habrá de ser amigo del saber, de la belleza o de las Musas tal vez, y del amor; la segunda, que sea para un rey nacido de leyes...". Trad "inevitable", dicta un decreto, como hace Ananke, la "necesidad". Adrastea no es sólo un doblete de Némesis, una hija de la Noche y personificación de la cólera justificada, especialmente de los dioses hacia el atrevimiento humano, sino también de Ananke, Necesidad, con la que aparece identificada en la Teogonía órfica de Jerónimo y Helanico 52. Sin embargo, Ananke personificada aparece por vez primera en Parménides 53. El carácter de inevitabilidad que comporta Adrastea y las referencias escatológicas del pasaje, sumergen indudablemente el mito platónico en la corriente del orfismo. Por otra parte, llama la atención que las diosas Adrastea y Ananke formen un trío junto con Dike, la personificación de la Justicia. Dado que en Tracia ya existían tablillas conteniendo escritos órficos, como se puede deducir a partir de este testimonio: "Nada hallé más poderoso que la Necesidad. Contra ella no hay remedio alguno en las tablillas tracias en las que se encuentra incisa la palabra de Orfeo,..." 54 se podría afirmar que hacia la mitad del s. V. ya se había difundido en el Ática una literatura órfica escrita, lo cual implicaría, aunque no necesariamente, la existencia más antigua de un orfismo no escrito. Museo cuenta que Zeus, enamorado de Asteria, se unió a ella y después de unirse la entregó a Perses, de quien ella parió a Hécate. Asteria es hija de los Titanes Ceo y Febe y madre de Hécate. Asteria, cuando era perseguida por Zeus, se transformó en codorniz y se lanzó al mar EM LXIX 1, 2001 56 Cf. Según otra versión, Asteria sería hija del gigante Alcioneo, hijo de Urano y Gea, y fue transformada en martín pescador. También podría haber sido hija de Crono y haber engendrado de Apolo al argonauta Idmón. La versión más interesante es la que hace a Asteria hija de las Híades. Esposa de Belerofontes engendró para él a Hídiso, epónimo de la ciudad de Caria llamada 8Υδισσός. Decimos que es la versión más interesante dado que entre los escasos testimonios teogónicos que conservamos de Museo, tres de ellos hacen referencia a las Híades y las Pléyades 56. Museo parece aquí seguir en parte la tradición del mito narrado por Hesíodo 57, en el cual Asteria es esposa de Perses y madre de Hécate, pero antes, cuenta Museo, se unió a ella Zeus. Hesíodo por su parte no menciona que Zeus, enamorado de Asteria, tras unirse a ella la entregara a Perses; sino que fue el propio Perses, quien en cierta ocasión la llevó a su casa para que fuera llamada su esposa. Sin embargo, Hesíodo hace hincapié en que el Crónida Zeus estimó a Hécate, fruto de Asteria, por encima de todas y le dio como brillantes regalos participar de la tierra y del estéril mar, etc. La detallada descripción que hace Hesíodo sobre Hécate, quizá sea indicativa de la relación previa de Asteria con Zeus, que haría a Hécate hija de Zeus, aunque Hesíodo no la mencione. (Híades)... nodrizas de padre libre, como escribió Museo, son llamadas Híades por su hermano Hias, a quien lloraron tras haber muerto en una cacería. 59 62 Las fuentes y tradiciones no llegan a un acuerdo sobre su genealogía, su número y el origen de su nombre. La indicación de que antes de convertirse en estrellas fueron mujeres reales la tenemos en una cita de la Astronomía hesiódica (fr. Pero han sido llamadas Híades, como dice Museo, porque de Atlante y Etra, hija de Océano, nacieron quince hijas, de las cuales muestra que cinco son llamadas Híades, porque su hermano fue Hias, muy querido por sus hermanas. Este fue muerto por un león en una cacería; se dice que las cinco, a las que ya nos hemos referido, perecieron entre incesantes lamentos; debido a ello, a que lloraron con mucho su muerte, han sido llamadas Híades. Pero las diez hermanas restantes deliberaron acerca de la muerte de sus hermanas y de entre ellas siete se suicidaron; por ello, como fueron más las que tomaron la misma decisión, han sido llamadas Pléyades. Hijas de Atlante y de la Océanide Etra o Pléyone. Su número varía de dos a siete 60, pero la tradición mítica más corriente dice que son doce, igual que las Pléyades. Inconsolables tras la muerte de su hermano Hías, se suicidaron. Zeus se compadeció de ellas y las transformó en constelación, situándolas en Tauro como un grupo de estrellas entre las Pléyades y Orión. La etimología de este nombre significa literalmente: "las que proporcionan la lluvia". Probablemente a causa de la leyenda que contaba de ellas que derramaron lágrimas incesantemente por la muerte de su hermano, fueron consideradas las ninfas que traen la humedad a la tierra. El comienzo de la estación de las lluvias estaba marcado por su ocaso, justo antes de la salida del sol, a principios de noviembre. También son conocidas como ninfas de Nisa y ninfas de Dodona o Náyades, así como miembros del cortejo dionisíaco, identificadas en este caso con las Ménades. Las citas antiguas que conservamos de las Híades son poco relevantes. En ellas aparecen únicamente como constelación 61 que sirve de guía a los navegantes. Sólo en autores tardíos y escoliastas encontramos indicaciones sobre su vida y personalidad 62. Las Híades no aparecen como mujeres en ningún testimonio de la poesía griega arcaica, excepto en esta cita de Museo, que 63 hace referencia a su parentesco. Tras él, parece ser Ovidio (de acuerdo junto con Higino 63 en la versión de Museo), quien vuelve a contar la historia de las Híades. La novedad es que Museo cuenta de las Híades que fueron las nodrizas de Dioniso. Sin embargo, la antigüedad de esta idea ya es confirmada por Ferécides 64, quien relata que Selene tomó el nombre "Hía" y las Híades eran ninfas de Dodona, perseguidas cuando estaban criando a Zeus. En gratitud a sus cuidados, Zeus las convirtió en estrellas. Otra versión cuenta de ellas que, por miedo a Hera, tras confiar el niño, sano y salvo, a Ino, huyeron hacia la lejana morada de su abuela Tetis, y allí, después de ser rejuvenecidas por las artes de Medea, fueron transformadas en constelación 65. Los testimonios aquí recogidos y que parecían estar incluidos en la Cosmogonía de Museo, siguen la tradición que hace de las Híades hijas de Atlante, también por ello llamadas Atlantes. Más tarde pasarían a ser llamadas Híades por su hermano Hías. En cuanto a sus padres, Etra y Atlante, encontramos una variante en los escolios a Germánico 75, 10 66, donde aparece Hía (Aethra Muncker.) y Océano, (error que corrigió Robert) como progenitores de las Híades. Higino, II, 21, 2 67, por su parte, que presenta la versión con la pareja Atlante y Etra, también atribuida a Museo, afirma que Alejandro las llama Híades porque son hijas del propio Hías, unido a Boecia 68. La poco conocida versión de las Híades como mujeres, antes de su transformación en constelación, y como nodrizas de Dioniso, convierte su historia en un capítulo misterioso de la mitología griega. Su hermano Hías no tiene historia propia y es citado únicamente en estos pasajes, donde se cuenta de él que murió en una cacería. La identificación de estas ninfas con Ménades, miembros del cortejo de Dioniso y, más exactamente, nodrizas de Dioniso, ha llevado a autores como Ferécides a interpretar el nombre de Híades a partir de ~Υης, nombre de Sémele y, por ello, epíteto de Dioniso. De ahí que llame a la madre de Dioniso Hías y a sus nodrizas Híades 69. De este modo, lo que nos cuenta Ferécides el ateniense, conduce el relato de las Híades a una estrecha relación con Dioniso; en este caso el Dioniso-Zagreo, que tan importante papel desempeña en las creencias de los griegos que celebraban los misterios de Orfeo. Dioniso-Zagreo, nacido de Perséfona y "reconstruido" por su padre Zeus a partir del corazón de Dioniso (su antiguo hijo descuartizado y devorado por los Titanes, por instigación de la celosa Hera 70 ) habría sido criado por las Híades, que después se identificarían con las Ménades, miembros del cortejo de Dioniso. A partir de este pasaje, es fácil observar que Museo conocía y seguía una corriente órfica creciente, que ya había arraigado en las ideas filosófico-religiosas de bastantes θεολόγοι. Hermanas de las Híades, son hijas, según Hesíodo 71, de Atlante: zΑτλαγενεÃς. Este epíteto fue quizá mal entendido por Hesíodo, quien inconscientemente lo relaciona con el Titán Atlante. Simónides es el primero que enlaza este nombre con las hijas de Atlante 72. Más verosímil es que las Pléyades debieron de nacer en algún punto geográfico llamado Atla-, quizás algún monte, y que, por similitud del nombre se relacionaran luego con Atlante. Su madre es la hija de Océano, Pléyone. De hecho, parece ser que la pareja Atlante-Etra, Fr. 16 podría ser un doblete de la pareja Atlante-Pléyone, dado que Pléyone es un epíteto de Etra. Perseguidas por Orión, fueron transformadas, junto con él, en constelación. De ellas habla Hesíodo atribuyéndoles una significación especial por señalar las épocas de sembrar y plantar. Sabemos que las Pléyades eran antes que estrellas mujeres, porque un fragmento del Corpus Hesiódico 73 mos, de acuerdo con Gantz 74, que fueran la parte central de un catasterismo (o que estuvieran, al menos, explícitas en él); sin embargo, este racimo de siete estrellas, antes mujeres, se difumina y desaparece a lo largo de la historia de la mitología griega. Como vemos, Museo parece haber escrito una cosmogonía continuada en teogonía, que se iniciaría en el principio más absoluto, en este caso la Noche, y llegaría hasta Dioniso-Zagreo (última divinidad de la sucesión regia, presente asimismo en las teogonías órficas), tras haber narrado la ingente lucha del Olímpico contra los Titanes, cuyo resultado asentaría a Zeus en el trono como soberano supremo entre los demás dioses olímpicos, y máxima divinidad para los mortales. Es una verdadera lástima que no haya llegado hasta nosotros ningún resto del relato de Museo sobre la Titanomaquia, porque las referencias que nos ilustran sobre lo que escribió Museo, presentan numerosas alusiones a los Titanes y su descendencia, que no aparecen en ningún otro autor o sólo esbozadas en exiguas citas. La composición cosmogónica de Museo parece estar inundada de referencias órficas y nombres que inevitablemente nos introducen en las corrientes mistéricas propias del orfismo. Además de las múltiples alusiones a su relación con Orfeo y los misterios órficos, y las citas que ligan su vida estrechamente a la de Orfeo y viceversa, el hecho de que Museo considere la Noche uno de los máximos exponentes de su cosmogonía, junto con Tártaro y Aer, implica sobremanera su obra en la poesía teogónica de contenido místico-religioso que debía circular por entonces, aproximadamente la segunda mitad del s. VI a.C. En cuanto a la aparición de nombres ligados a Orfeo y a los misterios órficos, en sentido lato, Temis, Celeno, una de las hija de Atlante, etc,... subraya de manera certera que Museo, no sólo conocía y había leído versos órficos, sino que él mismo debió enfocar su obra según el modelo órfico que habría tenido entre sus manos. 77 En ocasiones una harpía. Tiene cuatro pares de ojos. Y Museo dice que Argo engendró a 'cuatro Etíopes','reyes de los mortales' de Celeno, hija de Atlante. La expresión "Tiene cuatro ojos" aparece aquí aislada, puesto que carecemos de contexto donde incluirla, pero en los fragmentos órficos conservados se hace referencia al dios Fanes, con cuatro pares de ojos 76. La genealogía de Museo debía continuar con los reyes que Argo engendró de Celeno, hija de Atlante. La pareja Argo-Celeno no está atestiguada, únicamente la pareja Celeno y Posidón, cuyo hijo fue Lico. Según esta versión, Celeno es una pléyade 77, que ocupa el quinto lugar entre las hermanas. Fruto de Posidón, engendra un único hijo: Lico. En un papiro plausiblemente atribuido a Helánico 78, aparece un fragmento en que Posidón traslada a su hijo a la isla de los Bienaventurados y allí lo hace inmortal. Ningún otro autor menciona esta historia, excepto Apolodoro 79, y en sus testimonios no se expresa razón especial alguna que explique este trato para con Lico. Nuevamente se alude a un personaje mitológico, Celeno, que quizá por ser una de las pléyades, posteriormente caídas en el olvido, es una figura casi insignificante o sobre la que no conservamos más que esta referencia. 17 Y tales apariciones, Museo dice en sus escritos que se elevan desde el Océano y se desvanecen en la región del Éter. Y aquéllos llamados por Museo 'astros', Apolonio los llama de manera plausible resplandores. El escoliasta trata de explicar las estrellas fugaces como apariciones que, según Museo, "se elevan desde el Oceáno y se desvanecen en la región del Éter". El contenido de esta cita es puramente cosmogónico y enlaza con el problema, ya tratado por muchos estudiosos, sobre qué entendían los antiguos por Éter y dónde estaba situado. Aquí parece hacerse referencia a la región del Éter, como situada, no en una región celeste, sino más allá de ella, puesto que las estrellas fugaces (vistas por el hombre desde tierra o, quizá situando su salida del Oceáno, desde las islas), parecen difuminarse y desaparecer ya en un lugar más allá de la tierra, ya todavía en el cielo, por encima de la tierra, en una región específicamente etérea. Lo cierto es que a partir de este fragmento y el Fr. 2, que aluden a Éter y a Tártaro y en los que son considerados elementos o regiones divinas, no podemos saber con exactitud qué entendía Museo por región del Éter o por Tártaro; ¿eran partes del cielo y de la Tierra respectivamente?, ¿estaban situados en un lugar más allá de ellos? Ante todo, estas regiones divinas nos sugieren una primera organización del espacio: lo más alto y lo más bajo. Del mismo modo que se produce una primera diferenciación en el tiempo, siendo distinguido un elemento originario del que todo nace y al que todo vuelve para diluirse en él, se produce una primera diferenciación en el espacio, elementos primordiales que señalan lo más alto y lo más bajo en una materia primigenia que no conocía límites ni divisiones. Lo que sí podemos asegurar es que tanto Éter como Tártaro forman parte de los elementos primordiales cosmogónicos en el origen del mundo, tienen descendencia, como si de divinidades se tratara, y tendrán capacidad para albergar dentro de sí muchas de las cosas que forman parte del mundo configurado, al igual que ocurre en la obra de otros autores cosmogónicos. Esta es la única referencia que tenemos acerca de Dío, hijo de Apolo. Este Dío es aquí padre de Mélite, una heroína, que dio su nombre a un demo ático de la Cecrópide. Lo único que sabemos de Mélite es que era amada por Heracles, quien a su vez recibió culto en el demo Mélite como •λεξίκακος. Debemos, por tanto, entender que la historia mítica de Mélite quedó atrapada en un ámbito local del Atica, condenada al olvido con el paso del tiempo, puesto que no tenemos la más remota idea de por qué Museo se ocupó de una heroína como Mélite, absolutamente ignorada o desconocida por la tradición mítica, hija de Dío, un descendiente de Apolo, igualmente desconocido y sin historia ni vida propia, sólo la escueta mención de ser hijo de Apolo y padre de Mélite. La respuesta podría hallarse, al igual que en el caso de Erictonio, en que Museo introduce la tradición ática en el relato cosmogónico, haciendo de este modo un "orfismo para áticos". El vuelo es un símbolo apolíneo. Museo, considerado en el s. V máximo exponente de la potencia apolínea, habría recibido de Bóreas, viento del norte, el don extraordinario de volar. Bóreas, hijo del titán Astreo "el de las estrellas" y de Eos "la aurora", era un dios nativo de Tracia. Tomó por esposa a la ninfa Oritía, hija de Erecteo, con la que los atenienses creían tener una relación especial por ser hija de uno de los primeros reyes de Atenas. Bóreas recibió culto en Atenas y fue padre de Zetes y Calais, mencionados entre los argonautas. Una vez más los versos de Museo, o atribuidos a Museo, hacen mención implícita a divinidades procedentes de Tracia, a un don exclusivamente apolíneo y a un rey mítico nacido de la Tierra. La expresión "recibe del viento del norte el don de volar" también parece 80 aludir en sí misma a la levitación o a la capacidad de que el alma pudiera abandonar el cuerpo, cuando quisiera, viajar, y después regresar a él 80. Considerando el vuelo una característica semidivina propia de Apolo, la esfera mística de Museo se encuentra inmersa en la apolínea hasta sus más profundas raíces, teñidas de misticismo y teología. Este pasaje es controvertido asimismo por la afirmación de Pausanias "No hay ninguna obra que sea de Museo con seguridad, excepto un Himno a Deméter dedicado a los Licomidas". Este testimonio y el siguiente, Fr. 21, nos hacen pensar que Pausanias no estaba seguro de que Museo fuera el autor de los versos que se le atribuían, debido probablemente a la existencia de una amplia tradición pseudoepigráfica. No obstante, poseemos un fragmento procedente de un escolio a Apolonio Rodio (Sch. A. R. IV, 156; 491, 1-2 Keil; 2 B2 DK; 5 [B 28] Colli), en que se cita el libro tercero de poesía escrito por Museo:... o δ¥ -ρκευθος δένδρον τι •κανθäδες zΑπόλλωνος Çδιον, ñς ÊστορεÃται ¦ν τρίτωι τäν εAEς ΜουσαÃον •ναφερομένων. El enebro es un arbusto espinoso propio de Apolo, como se cuenta en el libro tercero de la poesía atribuida a Museo. Gracias a este escolio sabemos que Museo escribió o se le atribuían, al menos, tres libros de poesía. Esta información no nos la transmite ninguna otra fuente, puesto que la mayoría de las alusiones a la obra de Museo que conservamos la citan de manera indirecta: "en los versos de Museo" 81 o "en los versos atribuidos a Museo" 82. El testimonio del escoliasta vendría avalado por la existencia de numerosas citas, en las que también se hace referencia a "los versos que escribió Museo". El testimonio de Pausanias, "No hay ninguna obra que sea de Museo con seguridad", confirma el desconocimiento del periegeta sobre la obra de Museo, de quien sólo conoce un Himno a Deméter que fue dedicado a los Licómidas. Debemos suponer que en este himno Museo se referiría a sus orígenes genealógicos y a su descendencia, haciendo un canto a esta divinidad. En este sentido, gracias a Pausanias también sabemos que Museo contaba a Deméter entre las grandes divinidades griegas. Por otra parte, cuando Pausanias afirma: "Yo mismo he leído versos en los que Museo..." no necesariamente debemos entender que tuvo entre sus manos una obra de Museo, o atribuida a Museo, ya que su fama de engañoso nos pone en guardia sobre la posibilidad de que pudo afirmarlo sin haberla leído 83. En cuanto al enebro, descrito por el escoliasta como un arbusto espinoso propio de Apolo, según afirma Museo en su libro tercero, sabemos que es un fruto cuprisáceo de hoja roja muy oloroso. Fue catalogado por Dioscórides 84 y citado en Hipócrates 85, por ser útil para curar las reacciones postparto o tras un aborto: "Si después del parto o de un aborto sobrevienen escalofríos, fruto de enebro con una copa de vino blanco, removerlo y dejar reposar. Por la mañana colarlo, templarlo y darlo a beber". Lo que no podemos explicar es por qué Museo lo considera atributo de Apolo y lo cita en su libro de poesía. Por este caso y otros nombres aparecidos en los fragmentos de Museo, de los que apenas conocemos ningún dato, parece que este poeta gustaba de explicar términos de significado oscuro e introducir en sus escritos personajes míticos poco conocidos o que no gozaban de hazañas ni parentela ateniense memorables. De cualquier modo, Pausanias prefiere creer que los versos en los que Museo recibe del viento del norte el don de volar, los escribió Onomácrito, puesto que circulaba la creencia de que Onomácrito había reordenado los oráculos de Museo 86. De Onomácrito también se ha dicho que compuso los versos atribuidos a Orfeo 87, además de realizar numerosas compilaciones. Se cantan unos versos de Museo, si es que en verdad éstos son de Museo, según los cuales Triptólemo es hijo de Océano y Gea; y otros de Orfeo, ni siquiera éstos me parecen que son de Orfeo, según los cuales Disaules era el padre de Eubuleo y Triptólemo y que a éstos les fue concedida la siembra por Deméter, porque le informaron acerca de su hija. Pausanias vuelve a poner de manifiesto sus dudas sobre la autoría de unos versos que son atribuidos a Museo. Colli 88 aduce que Pausanias habla aquí de Museo con un escepticismo que no se desprende de otros pasajes con el mismo contenido. Pausanias tampoco está seguro de que los versos a los que se refiere a continuación, atribuidos a Orfeo, le pertenezcan realmente. Los personajes que aparecen en este pasaje pertenecen al mito de Deméter, aunque en su versión órfico-eleusina 89. Según ésta, Triptólemo es hijo de Océano y Gea (Tierra) 90. La versión tradicionalmente conocida lo hace hijo del héroe Eleusino, que dio nombre a la ciudad 91. En el Himno Homérico a Deméter, Triptólemo es simplemente un ciudadano de Eleusis. Su popularidad en época clásica es debida al papel que desempeña más tarde como héroe propagandístico-cultual ateniense, al contarse de él que fue instruido por la diosa Deméter en las artes de la agricultura, y que posteriormente viajó por todo el mundo para extender sus conocimientos a todos los pueblos 92. Sin embargo, en la tradición órfica, él y su hermano revelan a Deméter el secreto de la desaparición de Perséfone, y por ello reciben de ella los primeros conocimientos de agricultura. La tradición artística representa la leyenda de Triptólemo por primera vez en dos vasos de figuras negras del tercer cuarto del s. VI a.C., donde aparece sentado en un carro alado, portando espigas de grano mientras Deméter y Perséfone están a su lado 93. Sin embargo, en representaciones de figuras rojas aparece con cierta frecuencia una serpiente saliendo del eje de las ruedas 94. Dioniso también ocupa su lugar en el carro alado. Hasta aquí todos los atributos que acompañan al mito órfico de Triptóle- 41a. mo y su imagen artística. Es fácil advertir que el joven Triptólemo presenta ciertas similitudes con Erictonio, otro hijo de Gea, del que ya hemos tratado en el Fr. Tanto Triptólemo como Erictonio aparecen acompañados por serpientes (el segundo es rendido culto incluso en forma de serpiente), han nacido de Gea (Tierra) y van montados en carro, además de estar profundamente relacionados con los ritos órficos y el culto dionisíaco. No son personajes con vidas paralelas, ni siquiera hacen eco de un mito común; sin embargo, están unidos por lazos de parentesco -ambos son hijos de la Tierra y están asociados a su culto -y participan de características propias de los personajes "remodelados" a la manera órfica. Queremos señalar con este paralelismo entre dichos personajes mitológicos, que el orfismo que circulaba alrededor del s. VI a.C. había recogido algunas historias míticas tradicionales y las había reinterpretado con un estilo propio, es decir, había añadido a su contenido elementos y símbolos que fueran fácilmente identificados como órficos. Es el caso de las serpientes, la importancia de la madre Tierra y su culto, y las alusiones a Eleusis y a Tracia. De ahí los chocantes parecidos entre ambos personajes míticos. Posteriormente en el s. IV Platón hizo a Triptólemo, junto con Minos y Radamantis, con cierta seguridad a causa de sus conexiones órficas, juez de los muertos en el mundo subterráneo 95. Y existe entre los griegos una obra poética, cuyo nombre es Eumolpia, esos versos son atribuidos a Museo, hijo de Antiofemo. De hecho, en ellos se afirma que el oráculo pertenecía en común a Posidón y a la Tierra, y que la Tierra daba las respuestas del oráculo ella misma, mientras Pircón era el sacerdote de Posidón en las adivinaciones. Y los versos dicen así: "al punto la diosa Tierra pronunció una respuesta sabia, y con ella Pircón, servidor del ilustre Enosigeo". 96 Eumolpia es la tercera obra de Museo de la que tenemos noticia. Además de La Esfera, obra filosófica, y una Genealogía, parece que se atribuía a Museo la obra titulada Eumolpia, de cuyo contenido sólo sabemos que Posidón y la Tierra compartían un oráculo. Las repuestas que ofrecía este oráculo eran interpretadas por la Tierra, mientras Pircón hacía las funciones de sacerdote o directo servidor de Posidón en las profecías y adivinaciones. Según cuenta Pausanias, Gea, después de compartir durante un tiempo el oráculo situado en Delfos, cedió su parte a Temis, quien a su vez se la regaló a Apolo. Este, para apropiarse por completo del oráculo, ofreció a Posidón Calauria, una isla de Trezén 96. Desde entonces, el oráculo délfico pasó a ser conocido como del dios Apolo. Probablemente el contenido de la obra Eumolpia fueran los preceptos relacionados con los misterios fundados por Eumolpo, un tracio hijo de Posidón, (quizá por ello Museo se ocupara en Eumolpia del oráculo de Posidón). Según la mitología griega, Eumolpo llegó a Eleusis exiliado de Tracia, en castigo por un intento de violación y allí fundó los misterios eleusinos (o quizá sólo entró en relación con ellos, siendo él mismo iniciado 97 ). De Eumolpo se cuenta que accedió al trono de Tracia, pero luego fue llamado por los eleusinos para ayudarlos en su lucha contra Erecteo, rey de Atenas, y murió en esta campaña. En cuanto a Enosigeo "el que conmueve la tierra", es en otras fuentes un epíteto de Posidón, pero en ocasiones, como ocurre aquí, él mismo designa al dios, como si de un nombre propio se tratara 98. De nuevo la poesía teogónica de Museo hace alusión a personajes semidivinos venidos de Tracia, a preceptos de desconocidos misterios, probablemente eleusinos, y a antiguos reyes mitológicos como Erecteo, íntimamente relacionados -como acabamos de observar -con el culto a la madre Tierra y a la serpiente, un símbolo de unión con la tierra ampliamente reconocido en las culturas orientales y mediterráneas. Muy escasos son los datos que tenemos acerca de la identidad de Palamaón. Además de este escolio a Píndaro, Filodemo dice que Palamaón, citando al poeta Eumolpo, fue quien abrió la cabeza de Zeus de un hachazo: "A Zeus dicen que Hefesto le abrió la cabeza, pero según Eumolpo o el poeta que haya compuesto esa obra, fue Palamaón" 99. En otro pasaje 100 lo hace padre de una Palas compañera de Atenea a quien la diosa mató involuntariamente y a partir de entonces tomó su sobrenombre. Pausanias 101 lo conoce como padre de Dédalo, el mítico artesano. Las vacilaciones para designar a Museo o Eumolpo autor de la obra en que se hace a Palamaón autor del hachazo que propició el nacimiento de Atenea de la cabeza de Zeus, se originan en los problemas que ya presentaba ese conjunto de literatura teogónica del s. VI que se atribuía a Museo. Bernabé afirma: "Nada nos extrañan las vacilaciones en la atribución, típicas de este tipo de literatura, más aún cuando Eumolpo pasaba por ser hijo de Museo y editor de las obras de su padre, y cuando a Museo se le atribuía una Eumolpia. La confusión, pues, no es nada sorprendente" 102. El nombre Palamaón está relacionado con παλάμη. Palamaón es aquel que es hábil con las manos, quizá por eso recibiera de Zeus la orden de abrirle la cabeza de un hachazo. su estrecha relación con Hefesto es clara. Algunos estudiosos lo han considerado sosias o un antiguo epíteto del dios Hefesto 103. Nos encontramos así con un nombre propio que encarna a un dios o con un adjetivo sustantivado que sustituye al nombre propio del dios. Hemos subrayado el mismo caso anteriormente con el dios Posidón y un epíteto que hace las veces de nombre propio: "el que conmueve la Tierra". El águila pone tres huevos, pero de ellos rompe el cascarón de dos, como se dice en los versos atribuidos a Museo: "... que pone tres huevos, rompe el cascarón de dos, y cuida de uno solo". En este pasaje, Aristóteles cita versos atribuidos a Museo, en los que se habla de las águilas, pero ignoramos la razón por la que Museo trata este tema. Podríamos suponer que Museo, en su obra poética, al igual que se ocupó de describir ciertas plantas y nombres de díficil identificación, también pudo interesarse y escribir acerca de algunos animales y aves, en este caso el águila que, por otra parte, se considera ave propia del culto a Apolo. Estos versos, en opinión de Freeman 104, podrían constituir una variante de la idea órfica tradicional del huevo del mundo, a partir del cual, tras romperse o separarse en dos partes, surge Fanes, un ser de naturaleza doble. Por el contexto en que Aristóteles cita este pasaje se podría también interpretar que el águila empolla dos huevos y abandona uno o, como observa Thompson 105, quizá podamos relacionar el contenido de estos versos con el pasaje del autor egipcio Horapolo, II, 99, en el que se habla de un halcón que pone tres huevos, pero empolla solamente uno y rompe los otros dos. Según Freeman 106, este mito podría hallarse tras los versos de Museo, mal entendidos a su vez por Aristóteles. Quizá sea simplemente un juego de palabras por parte de Museo, pero lo cierto es que no podemos saber qué quería decir Museo con estas palabras. Los fragmentos de contenido cosmo-teogónico atribuidos a Museo que están aquí reunidos nos pueden ayudar a conocer mejor cuál era el ámbito religioso-cultual del s. VI en que se insertaba la obra de nuestro autor. El hecho de que Museo nunca se haya declarado autor de estos escritos nos induce a pensar que quizá no tuviera la intención de darse a conocer gracias a su obra, sino simplemente de difundir y ser transmisor de una literatura que empezaba a ser bastante conocida en los círculos de poesía teológica griegos. No en vano se dice de Museo que "transmitió muchas cosas útiles a los hombres" 107. Sabemos que se le atribuía una Generación de los Dioses o Teogonía, en la que explicaría en profundidad los orígenes y nacimientos de los dioses, narraría una Titanomaquia -añadiendo a ella la innovadora anécdota de la utilización de la égida por Zeus en su lucha por el Olimpo-e incluiría en ella su propia descendencia divina -dando lugar a una poesía teogónica marginal respecto de la hesiódica, que nosotros consideramos canónica-, compuesta de deidades menos conocidas o posteriormente olvidadas. Asimismo habría construido una descendencia heroico-mortal apropiada para cada uno de los dioses, aunque fuera poco conocida o hubiera que explicar elementos implícitos en ella. La reconstrucción del poema cosmogónico de Museo, a partir de la interpretación de los fragmentos que conservamos, puede ilustrarse en el siguiente esquema: A través del recorrido por todos estos fragmentos, nos encontramos una base común que podría servir, en gran medida, para valorar el contenido de su obra perdida: el tiempo mítico en que Museo parece haber situado su relato cosmogónico-teogónico. En la mayoría de los fragmentos analizados, los personajes desarrollan su historia en un tiempo muy antiguo. Erictonio nos remonta a un tiempo heroico con el primer rey de Atenas, y mucho más atrás, a un tiempo divino, con el relato sobre la lucha de Zeus contra los Titanes, que convierte a Zeus en dios olímpico supremo. Los testimonios que han llegado hasta nosotros sobre Museo, hacen de él el inventor de la anécdota sobre la piel de cabra que Zeus utilizó en su lucha divina, para ser llamado "el portador de la égida". Del mismo modo las Híades y las Pléyades, hijas de Atlante, se pierden en el olvido tras su catasterismo y gracias a Museo podemos recuperar sus orígenes femeninos. Lo mismo EM LXIX 1, 2001 108 En opinión de Bianchi la poesía órfica contendría no sólo pensamientos cosmológicos y ritos de purificación, sino también teo-cosmogónicos, relacionándose así con la poesía aédica, pero con elementos propios. 152. ocurre con Mélite, hija de Dío, y con el propio Dío, personajes ambos de los que no poseemos ninguna información, excepto en la poesía Museo. Podemos afirmar lo mismo de Celeno, otra atlántide, y Palamaón. A la luz de todos estos nombres mitológicos sin historia y los relatos escasamente conocidos, aparecidos en los versos de Museo, se advierte en la exposición de sus relatos míticos una vertiente mitológica distinta a la tradicionalmente conocida, entendiendo como tal la línea hesiódica. Como ya hemos afirmado anteriormente, los escritos y mitos órficos que circulaban alrededor de la segunda mitad del s. VI eran "versiones", las llamadas versiones órfico-eleusinas, de mitos tradicionalmente conocidos, que habían sido deliberadamente transformados para ser convertidos en símbolos del culto órfico a determinadas divinidades como Dioniso, y relacionarlos por esa vía con cualquier elemento o creencia popular órfica. Con Museo, por tanto, estamos ante un autor que conoce perfectamente la tradición mítica, pero cuya composición muestra importantes variantes e innovaciones en lo que respecta a relatos y personajes divinos. Ello nos hace pensar que Museo tenía la intención de introducir la mitología ática en el relato cosmogónico, ligando así las creencias de la doctrina órfica de la época con las creencias míticas áticas que seguían la tradición hesiódica y conviertiéndose en una especie de "Orfeo ático". Por otro lado, Museo no crea nuevos mitos o relatos cosmogónicos para el pueblo griego, sino que elige mitos y personajes divinos que eran de dominio público en su época y los reinterpreta y transforma, creando su propia versión cosmo-teogónica acerca del principio de todas las cosas y su devenir, e impregnando toda su obra con un estilo personal, que la distinguirá incluso de la poesía órfica contemporánea 108.
Lamentamos tener que dar la noticia del fallecimiento de otro de los miembros de nuestro Consejo Asesor: el profesor Miroslav Marcovich. Nacido en la antigua Yugoslavia, las tremendas vicisitudes históricas que han perseguido (y siguen presiguiendo) a ese país marcaron su carrera. Hubo de marchar a la Universidad de Los Andes, en Mérida (Venezuela), y allí desplegó una actividad prodigiosa, publicando su Heraclitus, el mejor comentario del filósofo de Éfeso, cuyo ejemplar guardo con cariño. Publicó allí también una traducción del BhagavadgÀta. De esos tiempos le venía su conocimiento del español y su relación con la filología española. Ha estado varias veces en Madrid, en Congresos o dando conferencias.
En la conocida e importante colección Testi e manuali per l'insegnamento universitario del latino, dirigida por A. Traina, aparece ahora una muy cuidada edición del Attis de Catulo, preparada por L. Morisi y acompañada de introducción, traducción y notas. Podría quizá parecer que el texto -un conjunto de tan sólo 93 versos -es de escasa entidad, pero la tendencia a la especialización que impera en nuestros estudios y el interés de un poema tan particular, tanto por el tema como por su tratamiento métrico, justifican totalmente la aparición del trabajo que aquí se ofrece. M. distribuye su trabajo en una serie de seis apartados, perfectamente concordes con lo esperado: Introducción. En las páginas dedicadas a la introducción, M., con muy buen criterio, se dedica sobre todo a centrar la perspectiva bajo la que Catulo se enfrenta con el conocido mito de Atis y Cibeles, que ya desde Heródoto registra diversas tradiciones recogidas en versiones de autores muy diferentes (como Diodoro Sículo, Pausanias, Ovidio y Arnobio, entre otros), pero ninguna de ellas coincidente con la del autor latino. En opinión de un estudioso tan calificado como Wilamowitz, la versión catuliana, dada su originalidad, pudo surgir de un modelo helenístico perdido, pero los investigadores más modernos suponen mejor que el Carmen LXIII de Catulo es producto de la originalidad del poeta latino, de manera que en él ha quedado marcada la impronta de su personalidad. Esta es, por ejemplo, la opinión de Havelock, según el cual Catulo encubre, en esta representación de Atis, el componente femenino que percibe inserto en su propia masculinidad. M., sin embargo, prefiere reconocer en la elección de Atis como protagonista del poema, y en la pintura de su desgracia, la marca de la propia y cruel experiencia amorosa del autor, que va a manifestar paralela y casi idénticamente -y de una manera en cierto modo brutal y paradójica -en dos poemas claves en su producción: por una parte, en el Carmen LXXXV, con el desgarrado Odi et amo, y por otra, en este Carmen LXIII, con la desesperada reacción del joven servidor de Cibeles cuando toma conciencia de su mutilación; en ambos casos -Catulo y Atis, autor y protagonista -la locura arrastra a los amantes hacia una existencia irregular, en la que el seruitium amoris rompe la normalidad de unas vidas que en principio buscaban sencillamente la felicidad del compromiso amoroso: en ningún caso la bárbara y cruda sujeción de un hombre libre a una diosa, ni de un joven de buena familia a una experimentada mujer de costumbres libertinas (p.40). Otra cuestión debatida en torno al poema, y que el autor italiano no ha querido dejar de lado, deriva de su pretendida adscripción a un género literario determinado; los diversos estudiosos no se ponen de acuerdo: para unos nos encontramos ante un epilio, para otros ante un antiepitalamio, para algunos ante un himno, o quizás ante un drama. M., sin embargo, defiende que la condición del Carmen LXIII resulta, en muchos aspectos y por voluntad del poeta, ambigua y polifacética, de manera que en esta composición parecen confluir rasgos de campos tan diversos como el epos, la tragedia, la lírica, la elegía y el epigrama, cuyos respectivos códigos y valores se entretejen en el poema para dar como resultado una forma literaria inestable, perfectamente adecuada a los contenidos que se quieren expresar (p.32). Un tercer punto muy discutido en torno al Attis catuliano nos remite a la estructura interna del carmen: distribuido en una combinación que alterna fragmentos narrativos con otros en estilo directo, algunos estudiosos, como M. Schmidt, defienden una escansión cuatripartita, mientras que algunos, como Godwin y Traina prefieren la bipartición, en tanto que otros, por ejemplo, Guillemin, Ferrero, Oksala, Schmidt, Rubino y Perutelli, adoptan una distribución tripartita, la más defendible, quizá, desde el punto de vista de M. (p. Otro tema importante que el estudioso italiano no deja de comentar se recoge bajo el epígrafe general de El metro. Evidentemente, la elección del galiambo era casi obligada para Catulo (la misma denominación del verso hace referencia a los galli, los sacerdotes de Cibeles en Asia Menor), si es que pretendía lograr una correspondencia entre forma y fondo; pero la opción del poeta representaba a la vez un esfuerzo notable para el creador, ya que, en una lengua en que predominan las sílabas largas, la composición de un verso cuya longitud puede oscilar, por término medio, entre las doce y las dieciséis sílabas -de las cuales diez, al menos, debían resultar breves-, no podía por menos de resultar un auténtico reto, trance que sólo un versificador muy experimentado estaba en condiciones de superar. Tras el estudio de los noventa y tres versos del poema, M. ha interpretado el esquema versal que utiliza Catulo como un tetrámetro de jónicos a minore, constituido por dos dímetros anaclásticos (acataléctico el primero y cataléctico el segundo) separados por una diéresis fija, donde se repite de manera casi habitual la resolución en dos breves del primer longum del cuarto metro: con ello el poeta habría conseguido, por la reiterada asimetría de la cláusula, un ritmo más vibrante y, por tanto, muy adecuado al enervante contenido del poema. (p.54) Con respecto a la traducción italiana, nos ha parecido fiel y ajustada. En cuanto al texto latino elegido, el mismo M. nos advierte que no se ha decantado por una edición determinada, sino que ha estado atento a las que en su opinión mostraban una mayor competencia (Mynors, Bardon, Eisenhut, Thomson), eligiendo las variantes que en cada momento consideraba más oportunas, y justificando en cada caso su preferencia, lo que ha dado lugar a un abundante co-mentario, que, sin embargo, no se reduce tan solo a la reflexión sobre las dificultades textuales, sino que contempla igualmente cuestiones sintácticas, estilísticas y de realia. El resultado, fruto, sin duda, de muchas horas de trabajo, redunda en una mejor y más amplia comprensión del texto, si bien algunas de sus opciones puedan no ser tomadas aún como definitivas. El volumen se completa con una actualizada y muy completa bibliografía, y un par de índices, que en ambos casos resultan de mucha utilidad: el primero, un índice analítico de las palabras y las cosas notables, y el segundo, un índice de los pasajes citados. Se trata, en definitiva, de un buen trabajo que supone un avance en nuestros estudios, y útil especialmente para los interesados en la poesía latina. Ma LUISA ARRIBAS HERNÁEZ Universidad Nacional de Educación a Distancia AMATO, EUGENIO, Per la ricostruzione del ΠΕΡΙ ΓΕΡΩΣ di Favorino di Arelate, Quaderni di Filologia Classica ( ́Υπομνήματα, 1). Se trata de un trabajo personal de E. Amato en el que trata de aunar en una misma obra los fragmentos tradicionalmente adscritos al escrito Sobre la vejez del filósofo y rétor Favorino, más otros que él sostiene que deben ser incluidos entre aquéllos para conferir una forma más acabada a la colección de textos. En una "Premessa" o declaración de intenciones, el especialista italiano habla del peligro de elaborar a base de fragmentos una obra que podría resultar del todo distinta a como era antes de que se perdiera en su práctica totalidad. Pero se declara inconformista con quienes prefieren dejar un conjunto de citas inconexas sin intentar al menos averiguar la relación que puede haber entre todos o muchos de ellos. La colección se basa en los pasajes favorinianos recogidos en la Antología de Juan Estobeo. Ya en la introducción, el autor, como es costumbre, expone con brevedad, pero con gran claridad didáctica, cómo puede insertarse el tema de la vejez en el conjunto de la literatura antigua anterior a Favorino, esto es, cuál ha sido el éxito y el tratamiento de esta edad del hombre en la cultura de la Antigüedad clásica. La temática ya remonta a Mimnermo de Colofón y a Solón, ambos del siglo VI a.C. Platón, Aristóteles y Plutarco se detuvieron en aquélla, pero sobre todo resalta en la historia de la literatura el tratamiento dado por Cicerón. Sea como sea, también éste bebió de fuentes anteriores. Es de resaltar que las obras literarias de pensamiento que versan sobre este pormenor incluyen las más de las veces las dos posturas contrapuestas de defensa y denuesto de la vejez dentro de la misma obra, si bien a veces fueron escritos tratados sólo de ataque o sólo de alabanza de aquélla. El contexto en que tiene lugar la discusión sobre la vejez son los debates entre un joven, que denuesta la edad provecta, y un anciano, que se ve forzado a hablar de las ventajas de aquélla frente a la juventud (esta podía ser también la estructura de la obra favoriniana de que tratamos). Una de las que fueron compuestas teniendo en cuenta ambas posturas es aquélla de la que bebió Cicerón, la de Aristón de Ceos -cuya obra se titulaba significativamente Titono. En cambio, los fragmentos del Περ γήρως de Favorino se limitan a la defensa de la edad senecta, igual que una obra perdida de Musonio, también recogida fragmentariamente por Estobeo. Amato habla del argumento concreto de esta obra, y expone que, como en el De senectute de Cicerón, el debate en Favorino se articula en torno a cuatro acusaciones contra la vejez (o crimina senectutis), si bien sólo dos de ellas están desarrolladas, como en la obra ciceroniana: la privación de los deseos del cuerpo y la preocupación por la muerte (los otros dos son el alejamiento de la vida política y el decaimiento físico). Dentro de la Introducción, el especialista italiano expone cuál es el origen y el criterio de selección de los fragmentos. A los siete que provienen del capítulo L (Περ γήρως) de Estobeo, Amato agrega dos procedentes de la colección de sentencias de Favorino (γνωμολογικά) incluida en el códice Paris. Además, se juntan otros dos pasajes de Favorino extraídos también de Estobeo, aunque se encuentran bajo otro epígrafe distinto del Περ γήρως. El resto de los fragmentos, hasta un total de dieciséis, proceden tanto de Favorino como del códice mencionado, y, aunque no son atribuibles a obras conocidas, han sido seleccionados por la relación temática que guardan con los anteriores. El editor lleva a cabo una labor de secuenciación de los trozos textuales a partir de su argumento (no siguen estrictamente el orden en que se encuentran, por ejemplo, en la Antología de Estobeo). Todos los fragmentos que se atribuyen a Favorino se encuentran recogidos ya por Barigazzi en su edición de las obras completas del filósofo, si bien cinco de ellos eran considerados por Barigazzi como «di sede incerta». Por último, en la Introducción, se habla de las posibles fuentes de Favorino para el Περ γήρως, y Amato menciona la obra ciceroniana, el filósofo Junco (¿siglo II d.C.?), sólo conservado por Estobeo (que Amato sospecha que pudiera ser el mismo Aristón de Ceos, con ser este del siglo III a.C.), aunque Favorino bebe también de una corriente de pensamiento académico-peripatética que arrancaba de Platón y Aristóteles, como vimos antes. La estructuración interna de la edición textual de los fragmentos es la siguiente, aunque no en todos los casos, sino sólo en los más desarrollados: texto griego, fuente de la que está extraído (Estobeo o códice Paris. 1168), aparato crítico; por último, la traducción al italiano. Esta última resulta clara, elegante, y a la vez llana, sin pedanterías. En el comentario, tercer apartado de este trabajo, en todo momento se hallan presentes las comparaciones con otras obras que tratan sobre la vejez, en especial la antedicha de Cicerón y el Περ γήρως de Junco. El tono general de la exposición de Amato en este punto es de índole filosófica, centrada en las tradiciones que se daban en la Antigüedad clásica acerca de la senectud. El mismo Favorino está inserto en el caudal de pensamientos que sobre la vejez se daban en las escuelas filosóficas de la época antigua; él recibe información de la tradición y la transmite a su vez. Las referencias de crítica textual en este apartado son, por el contrario, bastante reducidas. Al contrario de lo que ocurre en el segundo apartado del estudio, el de la edición de los fragmentos favorinianos, los textos latinos y griegos aportados como paralelos o profundizaciones de lo expuesto en el comentario no están traducidos (si bien los textos griegos de Junco y Musonio -recogidos por Estobeo y aportados aquí -por lo general son largos). También son motivo de comentario los exempla incluidos en los fragmentos de Favorino, dado que suelen pertenecer a una tradición de ellos; así el de la anciana que desde joven acarreaba un ternero y era capaz de levantar una vaca sin darse cuenta (una anécdota similar también se encuentra en Cicerón), o el anciano beocio que se encontró un tesoro y pasó de largo. Asimismo se incluyen algunas anécdotas moralizantes de la vida de Arístides el Justo. Entre los fragmentos publicados hay alguno de mayor extensión, como el de Stob. 4.21.24, que incluso contiene citas de Anacreonte y Homero. En casos como éste, el editor se incluso posibilitado de hacer un comentario estilístico del fragmento (así, las figuras retóricas del homeoptoton, el poliptoton y la anáfora). El estudio léxico tiene también cabida en el comentario, en especial en el dedicado al fragmento 8, en que Amato debate el uso de πολυχρηματία y de πολυπραγμοσύνη en Favorino apoyándose en la aparición de los términos en otros autores (resalta la vinculación que encuentra entre el segundo de aquéllos y la Ïψιμαθία de Teofrasto, aunque también menciona paralelos en Lisias, Tucídides, Pseudo-Jenofonte, Polibio y Diodoro Sículo). Pero no sólo dichos vocablos son objeto de estudio; también otros, como •ποματαΐζω, prácticamente un hápax, sólo presente aquí y en Heródoto. La bibliografía suplementaria (es decir, las obras modernas de referencia) no se citan con tanta profusión como en otros trabajos de Amato, probablemente a causa del estado fragmentario de los textos a los que dirige su atención. Sin embargo, la riqueza de las citas de autores clásicos griegos y latinos es grande, y sería sorprendente para quien no cayera en la cuenta de que nos hallamos delante de un tema, el de la alabanza y el denuesto de la vejez, que forma parte de los tópicos más repetidos a lo largo de la época antigua. Por dar una muestra, en el comentario que Amato dedica al fragmento 6 de su edición (= Stob. 5.50.23), en el que se habla del alejamiento de los placeres típico de la vejez, hay referencias de Homero, Píndaro, Eurípides, Platón, Aristóteles, Menandro, Publilio Siro y Cicerón. A continuación, Amato ha insertado una tabla de concordancias entre los fragmentos que él publica, los de la edición canónica del siglo pasado de J. L. Marrès (De Fauorini Arelatensis iita studiis scriptis; accedunt fragmenta, tes. doct., Utrecht, 1853) y los que se hallan en el último editor de las obras completas de Favorino, Adelmo Barigazzi (Favorino di Arelate. Al final de la obra hay un apéndice (titulado «Favorin., fr. 28 Bar.: quale Aristarco?») en el que Amato se hace eco de una discusión sobre la identificación de uno de los tres personajes (el emperador Adriano; Brisón, maestro del fundador del Escepticismo; y un enigmático Aristarco) a los que Favorino dedica su Περ τ−ς καταληπτικ−ς φαντασίας, un escrito de crítica de los postulados estoicos; también intenta dilucidar a qué obra favoriniana desaparecida pertenece el pasaje en que Favorino, seguidor del Escepticismo, expone sus dudas sobre la posibilidad de la existencia de la ciencia (en concreto, una afirmación: μηδ¥ τÎν »λιον εÉναι καταληπτόν, es decir, "que ni siquiera el sol es abarcable por la razón"). El personaje del que Amato hace mención es un Aristarco que, según él, difícilmente puede tratarse del gramático alejandrino del siglo II a.C., dado que los escépticos denostaban la actividad de los gramáticos. En opinión del especialista italiano, se puede tratar de Aristarco de Samos, el primero que formuló con fundamento la teoría heliocéntrica (la razón de la dedicatoria que Favorino le hace del antedicho tratado podría hallarse en la refutación que mediante esta teoría Favorino pretendía hacer de los postulados estoicos de la comprensión directa o "fantasía comprensiva"). Por último, Amato defiende la inclusión del debatido pasaje acerca de la incomprensibilidad del sol en la obra de que acabamos de hablar, ya que éste con toda seguridad fue concebido con el fin de demoler el criterio gnoseológico de la representación evidente de los estoicos. Hemos encontrado varias erratas en los textos griegos de la Introducción y el comentario, si bien no más que un espíritu mal colocado en los fragmentos editados. En un testimonio de Musonio citado por Amato a propósito del fragmento 8 (= Stob. 5.50.25) faltan siete palabras del original griego, probablemente por fallo de copia. Otro defecto que hallamos está en que el editor no da una lista de las abreviaturas que figuran en el aparato de fuentes; hay algunas que podemos desvelar totalmente, como "Diog. L", evidentemente referida a Diógenes Laercio, o las de "Galen." y "Vitruv.", pero no resultan tan evidentes otras como "Max.", "Arsen. Esto mismo vuelve a ocurrir en lugares aislados del comentario. En interés de la claridad y de la •κριβία, se echa de menos una clauis compendiorum, o al menos, una referencia de en qué obra puede encontrarse una solución para dichas abreviaciones. Además, este estudio no incluye índice de palabras. De nuevo Petronio y su Satiricón, un texto que sigue mereciendo sin pausa la atención de los estudiosos, un texto que, para nuestro regocijo, no envejecerá jamás y del que nunca nos cansaremos de leer versiones. Esta nueva que nos ofrece el profesor Roberto Heredia tiene, como todas las de esta colección, la ventaja de ser bilingüe, algo esencial para el que quiera consultar la traducción de un texto teniendo a mano lo que el autor del texto dijo y en qué términos lo dijo exacta y realmente. Edita el autor por separado el Satiricón y los Fragmentos (es decir, los fragmentos que tradicionalmente se considera que componen la obra y los fragmentos que se atribuyen a Petronio). La versión del texto novelesco (también y especialmente se puede adscribir a este género) ofrece una correcta introducción que recoge y resume acertadamente las diferentes y controvertidas opiniones que la debatida "cuestión petroniana" abarca. En la cuestión de la época de producción de la obra, el profesor Heredia, como la mayoría de los estudiosos en la actualidad, se decanta por el siglo I, y en la cuestión del posible autor, se inclina por el atractivo Petronio de Tácito, manteniendo siempre todos los recelos que sobre estas teorías es lógico mantener, teniendo en cuenta el total desconocimiento que existe prácticamente acerca de todos los aspectos de la obra. Incluye después una introducción clara y ajustada sobre la sátira menipea -de la que muestra ser sin duda gran conocedor -con la que identifica la obra de Petronio. El texto latino que la edición presenta no ofrece ninguna sorpresa ya que, como el mismo autor nos advierte (Advertencia p. V) ha «seguido fielmente... el texto preparado por M. Heseltine,... publicado en la Loeb Classical Library en 1969», y aunque aclara que ha «tenido a la vista las principales ediciones modernas», con-cluye que ha «resistido la tentación de seleccionar variantes sólo a partir de mi buen sentido». Por tanto, y sólo en contadísimas ocasiones, y «cuando lo crea oportuno», señalará «simplemente otras lecturas y otros criterios». Estos últimos aparecen en las Notas al texto latino que se incluyen al final junto a unas Notas al texto español; tanto las unas como las otras cumplen a la perfección la intención que con ellas persigue el autor: «En las notas al texto latino... señalar algunas peculiaridades léxicas o estilísticas y allanar casos de morfología o sintaxis. En las notas al texto español... explicar brevemente algunas referencias o alusiones a hechos de cultura en general». Estas notas resultan muy didácticas y esclarecedoras para cualquiera que se acerque al texto de Petronio, aunque en el caso del texto latino, al no señalarse en él los términos que se comentan, son incómodas a la hora de la consulta pues se encuentran al final del texto. También advierte el autor de cómo va a ser su traducción: «he buscado la mayor exactitud en mi versión, tratando de poner en español cuanto dice, y nada más, el texto latino, y procurando expresarlo como él mismo lo dice, en cuanto esto es posible». Y lo hace a la perfección. La verdad es que ha conseguido una traducción totalmente ajustada al texto, fluida, y que, prácticamente nunca parece forzada en castellano, aunque a veces resulte, creemos, menos expresiva que el texto latino. Este esfuerzo es especialmente loable por la dificultad que entraña y el éxito conseguido en el caso de los poemas; en ellos, el profesor Heredia, además de intentar mantener la exactitud del texto latino, adapta la traducción verso a verso, siempre en la medida de lo posible. La versión de los Fragmentos y Poemas está basada fielmente en el texto de la edición de Heseltine-Warmington y en el que de los Poemas ofrece Butler en esta misma edición, cuyos criterios de atribución respeta escrupulosamente el profesor Heredia, aunque, como él mismo dice, «no sin titubeos» (p. En lo demás parece seguir (en este caso es menos explícito) la mismas directrices que siguió al elaborar el texto de la novela; con todo la edición de los fragmentos resulta menos atractiva, quizás porque el material también lo es, aunque de gran importancia y en espera aún de un estudio en profundidad. El autor aparece más dubitativo respecto a las diferentes lecturas e interpretaciones de los textos y menos original en sus comentarios, aunque conserva su absoluta fidelidad al texto latino a la hora de elaborar su correcta y ajustada traducción. Cuando de una edición de Petronio bilingüe y en castellano se trata, es imposible no hacer referencia a la magnífica y no superada del profesor Díaz y Díaz en Alma Mater, tanto en su acertada edición del texto latino, como en su esmeradísima traducción y su excelente y completa introducción. La versión de Roberto Heredia, quien acertadamente tiene muy presente la obra de profesor Díaz, ofrece al lector algunos nuevos y acertados comentarios sobre el Satiricón, y una nueva traducción ceñidísima al texto latino que, además de ser buena, presenta un valor añadido de grandísima utilidad: resulta muy didáctica. Es ésta una monografía dedicada a un poeta y gramático "menor", Alejandro Etolo, que EM LXIX 1, 2001 testimonia una época de transición en el desarrollo literario helenístico. Se trata de una nueva edición de sus fragmentos acompañada de un aparato crítico exhaustivo y un comentario filológico completísimo. Todo ello precedido de una introducción que, además de situar a nuestro autor en el ambiente literario alejandrino, nos proporciona una más que sobrada cantidad de datos acerca de sus fuentes, su estilo, métrica e influjo posterior: en cuanto a sus fuentes destacan Estesícoro, sobre todo en el tratamiento de los temas mitológicos, y Esquilo en ecos léxicos; su lengua aparece marcada por el patrimonio expresivo de la épica homérica y por numerosos hápax. Incluso se pone de manifiesto su influencia en Euforión. Aunque es realmente escaso lo conservado (27 fragmentos, de los que 7 se consideran dubia, más los incertissima y spuria) y pocos los testimonia (se encuentran principalmente en Suidas, Tzetzes y la Vita Arati), es posible gracias a este estudio conocer mejor a un ejemplo del binomio poeta y grammatikój (pensemos en Licofrón, Arato, Calímaco, Eratóstenes... ) del s.III d.C. De su labor erudita apenas nada por ahora se puede saber, bastante, en cambio, de su variada producción poética, que se caracteriza por la polimetría y el uso de diferentes géneros literarios, tendencia corriente en su tiempo: hexámetros (en forma de epilios), anapestos, elegía, epigrama... Hablaremos someramente del fragmento más largo, el titulado 'Apolo', el no 3 de esta edición. Son 34 versos transmitidos por Partenio de Nicea que constituyen la muestra más extensa de su producción elegíaca. En ellos se nos narra el fracasado intento de seducción de Anteo por parte de Cleobea -mujer de Fobio, rey de Mileto -y su posterior venganza (la historia pertenece al famoso tema literario de Putifar). El significativo título y una técnica narrativa que emplea el tiempo futuro proporcionan al poema el tono de profecía de un diosen este caso Apolo-, lo que ha dado lugar a distintas conclusiones, poco acertadas en opinión del editor. Gracias a un extenso comentario (pp.130-188) lingüístico, léxico y lleno de loci paralleli podemos reconocer en Alejandro Etolo todas las características de un poeta doctus. Finalmente, hay que señalar que es éste un libro muy cuidado, tal y como se aprecia en su índice. Aparte de la introducción (que incluye un apartado para las ediciones anteriores y otro para los criterios adoptados por ésta) y los textos (más un apéndice de conjeturas), el grueso lo ocupa el extenso comentario de los fragmentos, seguido de su traducción. No faltan asimismo la bibliografía y varios índices. Este libro reúne, como es habitual en la colección de Clásicos Griegos y Latinos en que se publica, una amplia introducción, el texto latino de la obra, un comentario detallado verso por verso, de casi 190 páginas, un apéndice bibliográfico y dos índices, uno de conceptos y nombres propios y otro de palabras latinas. En conjunto, un cuadro completo para disfrutar de una lectura seguida o, si se prefiere, para elegir la consulta de cualquiera de sus partes. En la Introducción no faltan los trazos necesarios sobre la vida de Plauto, el fondo griego y el fondo 1 Cf. B. García-Hernández, Gemelos y sosias. La comedia de doble en Plauto, Shakespeare y Molière. B. García-Hernández, Descartes y Plauto. La concepción dramática del sistema cartesiano. Madrid, 1997. itálico de la obra, el análisis escénico, dramático y artístico; las fuentes y desarrollo del mito, el uso del verso y de la música, la tradición posterior del tema y la transmisión del texto. El elenco bibliográfico da fe de que el editor está al corriente de casi todo lo que se ha publicado sobre el Anfitrión plautino en los últimos años; pero se trata de una comedia especial, de una tragicomedia, que sigue dando sorpresas y produciendo novedades notables. Además, conviene superar ciertos tópicos tradicionales, que carecen de base filológica. Anfitrión es, en efecto, una comedia de doble, de dobles divinos impostores, y Los Menecmos lo es de dobles gemelares; pero lo que es discutible es la inclusión habitual de Las Báquides como comedia de doble (p. 13), algo que no se ve confirmado por el desarrollo de su argumento; no es seguro que en ella el carácter de doble rebase la homonimia de las dos hermanas, pues no hay apoyo suficiente para sostener que fueran gemelas y, en todo caso, el equívoco producido por la confusión de sus nombres afecta tan sólo a tres escenas de un total de veinticuatro, proporción muy inferior a la de El militar fanfarrón, con seis escenas de doble entre veinte y generalmente preterida por la crítica en esa clasificación 1. En el catálogo de las imitaciones que ha tenido el tema de Anfitrión (p. 71 ss.) echamos en falta la mención, al menos, de las primeras adaptaciones españolas; la de F. Pérez de Oliva, de en torno a 1525, que influyó en la posterior de L. de Camoens y que explota la actitud paternal de Júpiter respecto del hijo que le dará Alcmena, algo sólo insinuado en Plauto (v. Como últimas imitaciones podemos añadir la farsa Los dioses y los cuernos (1995) de A. Sastre y la tragicomedia francesa Amphitryon (1996) de A. Arcellaschi, que tiene la novedad de introducir un coro de periodistas. Pero la producción más grandiosa que jamás se haya inspirado en el Amphitruo plautino es el sistema filosófico cartesiano; esa inspiración, por más increíble que parezca, es filológicamente irrebatible: la dependencia argumental y expresiva y el tono dramático de las tres primeras Meditaciones metafísicas así lo confirman 2. A propósito del cogito de Sosia (v. 447), D. Christenson hace una breve alusión a su analogía con el cogito cartesiano, según han hecho otros críticos desde que fuera establecida por G.B. Vico; pero la verdad es que se trata de una estrecha relación de dependencia que alcanza además a las tres figuras divinas cartesianas, esto es, al Genio maligno, al Dios falaz (Dieu trompeur) y al Dios no falaz, como trasuntos respectivos del dios Mercurio y de Júpiter, en la función de dobles impostores de Sosia y Anfitrión, y de Júpiter en la función de dios veraz y deus ex machina. P.ej., la malicia y la astucia, que se dan como caracterización tópica del esclavo plautino y, consiguientemente, de Mercurio como doble suyo (v. 268), son también los atributos principales del Genio maligno cartesiano (Med. Gracias a la inspiración cartesiana, podemos hacer hoy una lectura distinta de esta tragicomedia; mucho menos farsesca y, desde luego, más dramática y profunda en torno a las trascendentales cues- París, 1998, p. 83. tiones que plantean los dobles impostores respecto de la identidad individual y de la verdad del mundo circundante 3. El texto de Amphitruo resulta, por fortuna, inagotable en sus múltiples aspectos filológicos, literarios y lingüísticos. Algunas cuestiones seguirán pendientes para generaciones futuras de especialistas, a la vez que surgirán nuevos puntos de controversia; pero otras parecen solucionadas ya. 272) no debe identificarse con Nox (v. 277), pues este adjetivo sustantivado es la denominación que conviene al Lucero del alba antes de amanecer y como precursor de la salida del Sol (v. Otro epíteto de características similares, por el que se lo conoce ya desde Plauto, es Submanus, cuyo significado, como tematización de sub mane, es "el de hacia la mañana" (cf. EMERITA 60, 1992, 205 ss.). Por su carácter fronterizo entre la noche y la mañana, el Lucero del alba recibe, pues, denominaciones tanto de una parte como de otra. Por lo demás, la exégesis de la obra que realiza el Prof. D. Chistenson resulta siempre jugosa, ilustrativa y amena, en la buena línea de sus predecesores W.B. Sedgwick (1960) y R. Oniga (1991). La tabla de variantes textuales que establece respecto de las lecturas de Leo y Lindsay (pp. 77-80) ponen de manifiesto su buen criterio y proceder filológico. El libro contiene tal riqueza de datos en su parte de crítica literaria y en la de comentario filológico que cualquier conocedor de la tragicomedia plautina no podrá menos de sacar gran provecho de la lectura y consulta de esta bella edición. En los últimos años vamos asistiendo a una paulatina mejora del panorama de las traducciones al español de los textos sánscritos, mejora a la que contribuye sustancialmente la publicación de estos dos libros. El lector español tiene ahora la posibilidad de acceder a dos de las obras de Kālidāsa, quien es considerado habitualmente el más grande escritor en lengua sánscrita. Se trata de sus dos poemas épicos, de los que hasta ahora no existían traducciones directas al español. Para ello se han rescatado las versiones que dejara inéditas Justo Ramos de Andrés, profesor de sánscrito de la Universidad de Madrid hasta el año 1965. Las traducciones son fieles al original y correctas, aunque se resienten del tiempo transcurrido desde que fueron elaboradas y del hecho de que no haya sido el propio traductor el que las haya entregado a la imprenta. Así, el estilo empleado, que resulta un tanto anticuado para el uso castellano actual, y la utilización frecuente de la puntuación a la alemana, es decir, como marca de separación de oraciones subordinadas, requieren a veces del lector un esfuerzo añadido a la propia dificultad de los textos para seguir el hilo de la lectura. Hubiera sido de desear que se modernizaran y sistematizaran con precisión las transcripciones o adaptaciones al castellano de términos y nombres propios sánscritos. Choca, por ejemplo, encontrar Çiva (transcripción a la francesa) en vez de Siva, según la adaptación española más usual, o Śiva, si nos mantenemos en el nivel de la transcripción. En el caso del Kumārasam § bhava se echa de menos una introducción que complemente la traducción y permita enmarcar la obra en su contexto literario y mítico-religioso, así como la inclusión de notas explicativas del texto, puesto que la distancia cultural existente entre la India y España no permite dar por supuestos conocimientos en el lector medio culto que le permitan enfrentarse sin ayudas a la comprensión de un texto como éste. En cuanto al Raghuvam § śa, carecemos igualmente de notas, aunque la presencia de un glosario final de nombres propios y términos sánscritos ciertamente supone una compensación al menos parcial. Para esta obra, además, contamos con una introducción debida al propio traductor, que, no obstante, hubiera debido revisarse y actualizarse. EUGENIO R. LUJÁN PLATÓN, Gorgias. Edición crítica, traducción, introducción y notas de R. Serrano Cantarín y M. Díaz de Cerio Díez, Madrid, Consejo Superior de Investigaciones Científicas (Alma Mater, Colección de autores griegos y latinos), 2000. Este Gorgias que presentamos es (con sus casi setecientas cincuenta páginas) el mayor volumen publicado hasta la fecha en la colección Alma Mater. La obra preparada por los profesores Serrano y Díaz de Cerio destaca, sin embargo, por motivos de mayor calado que el de su simple extensión. El texto consta, según lo habitual en Alma Mater, de una introducción y una edición bilingüe acompañada de las notas correspondientes. La Introducción a la obra se articula en siete secciones, más una bibliografía y una sinopsis del Gorgias. Tema de esas siete secciones son los protagonistas del diálogo, su estructura, su contenido, el análisis del método dialéctico utilizado, la situación dramática y la cronología del Gorgias; a continuación los coautores dedican cuarenta páginas a presentar y discutir los materiales sobre los que se basa su edición: códices (para los que se proponen tres stemmata complementarios en pp. CXII-CXIV), papiros, comentarios, escolios y tradición indirecta. Aunque no aparezca numerada como una sección más, también forma parte de la Introducción una amplia bibliografía. Cierra la Introducción, como indicábamos antes, una sinopsis del diálogo en la que se dividen y subdividen las cuatro secciones anunciadas ya en la página XLIV. El texto griego que presentan Serrano y Díaz de Cerio se sustenta sobre una base muchísimo más sólida que aquélla en la que se apoyaba el de J. Burnet (Oxford, 1903), textobase para los filólogos de todo el S. XX; desde el punto de vista de los códices empleados también es notable la ventaja frente a la edición comentada de E.R. Dodds (Oxford, 1959), que sin duda ha sido tenida como punto de referencia. Los coeditores parten de la colación de toda la evidencia conocida: casi sesenta y cinco códices, entre los que destacan los que aquí se conocen como classis prima y classis altera. Hace unos cien años, al preparar su edición crítica, Burnet se había basado fundamentalmente en el testimonio de dos de los códices que integran la classis prima (el Bodleianus y el Venetus). En 1959, Dodds tuvo en cuenta, a la hora de fijar su propio texto, un número mucho mayor de testimonios (nueve códices más cuatro papiros). La progresión en el conocimiento de la tradición manuscrita del Gorgias parece culminar, a las puertas del S. XXI, en esta edición que parte del cotejo de toda la evidencia conocida, aun cuando no toda ella haya sido asumida en el aparato crítico de la obra. Como indican los coautores (p. 265), una edición exhaustiva del diálogo sería muy de desear; con todo, son de la opinión de que la mayor parte de la evidencia reunida no sería de interés para fijar el texto del diálogo sino, en todo caso, para conocer el proceso de transmisión del Gorgias: en este punto su postura es similar a la de los coeditores del nuevo Platón que publican los Oxford Classical Texts. Un conocimiento tan fundamentado de la historia del texto del Gorgias tenía que plasmarse en un aparato crítico minucioso: también en este punto se observa la progresión frente a las ediciones anteriores. Tomemos como ejemplo la primera sección del diálogo (447a-4449a): si la edición de Burnet recoge variantes de lectura en veintidós lugares del pasaje y la de Dodds en treinta y seis, Serrano y Díaz de Cerio proponen variantes, por su parte, en ciento treinta y seis lugares. Ha de decirse que el mismo detalle que presenta el aparato crítico se observa en los dos aparatos de fuentes incluidos por los editores. De los diálogos platónicos no es el Gorgias uno de los más traducidos al español; con todo, contamos con diversas traducciones (alguna bastante reciente) de la obra (cf. p. La incluida en el volumen que reseñamos posee dos ventajas obvias frente a las anteriores: primero, el hecho de presentar enfrentado el texto griego; segundo, el ir acompañada de un número tal de notas que convierte este Gorgias en una auténtica edición comentada. La abundancia de asuntos tratados en las notas es tal que será difícil que la lectura de la obra suscite cuestiones que no se hayan planteado previamente los coautores; no habrá muchos pasajes en los que se echen de menos las observaciones de Dodds. Es cierto que la profusión de notas puede entorpecer en ocasiones la lectura de la traducción; quizá habría sido preferible reservar para el final del libro parte de las anotaciones; con todo, las convenciones de la editorial justifican la opción escogida. Plantear objeciones a este trabajo lleva, por fuerza, a caer en la pedantería. Al que reseña le habría gustado, por ejemplo, encontrar en p. 274 (Apéndice IIa) las referencias concretas de aquellos lugares del Gorgias en los que se insertan citas de otros autores. Somos también de la opinión de que la lista de ediciones del Gorgias (p. CXXXIII) debería haber incluido una referencia a la que, en 1951, publicó Julio Calonge; nótese que, hasta la publicación de la obra de los profesores Serrano y Díaz de Cerio, ésta era la única edición bilingüe del Gorgias existente en español. Si se nos objeta que lo que alegamos son sólo menudencias habremos de reconocer lo atinado del reproche. Poco más que menudencias podrán ser objeto de censura en esta obra que saludamos con admiración y con la esperanza de que sus autores cumplan lo que prometen en diversos lugares (cf. p.ej. p. 255) y nos proporcionen en el futuro más trabajos escritos en la misma línea y con idéntico rigor. He aquí en edición bilingüe el título XVI del libro L del Digesto, una de las cuatro grandes obras que componen el Corpus Iuris Ciuilis, mandado codificar por el emperador Justiniano al final de la Antigüedad Clásica. De la magnitud de la empresa justinianea y de su trascendencia para la historia del derecho romano se da cuenta en la introducción de este libro; pero si tuviéramos que buscar un parangón hispano de la inmensa labor compiladora desarrollada en la Corte de este emperador de Bizancio, pensaríamos inmediatamente en la amplia empresa literaria, historiográfica, científica y jurídica que llevó a cabo, siete siglos más tarde, el rey Alfonso X el Sabio en la Corte de Toledo. Aunque existen otras ediciones latino-españolas de este y otros títulos del Digesto, la presente tiene el mérito de destacar el título XVI, por su interés no sólo para los juristas sino para cualquier estudioso de la lengua latina; dicho título consta de 246 párrafos, a veces con subdivisiones internas, cuya extensión varía desde una línea a más de una página. La traducción, bastante cuidada en el aspecto terminológico, no está exenta de errores, pero permite seguir de cerca el texto latino. Un índice de frases y vocablos definidos y otro con los nombres de los juristas citados, entre los que hay que señalar por su recurrencia a Ulpiano y Paulo, completan al final las páginas en números romanos de este libro, pequeño en su formato, pero de gran valor didáctico. Como se desprende del epígrafe del título XVI del Digesto, se trata en él de definir y aclarar el sentido y el empleo de términos jurídicos o de expresiones comunes que tienen aplicación jurídica. No deja de ser curioso cómo los juristas romanos se planteaban cuestiones lingüísticas que mantienen hoy toda su vigencia y son del mayor interés para el lexicólogo actual. El párrafo 18 constituye un bello artículo sobre la polisemia de munus, que se explica en términos de donum ('regalo'), onus ('carga') y officium ('deber'); en relación con esos tres significados podemos poner el español munificente, inmune y munícipe, cuyos étimos, con alguna variante, aparecen en la explicación latina. Mientras los oradores explotaban los sinónimos por su semejanza significativa y recurrían a ellos para variar la expresión o para insistir en una idea, los juristas marcaban sus diferencias con exquisito cuidado; así entre diuortium, que concierne al marido y su mujer, y repudium (101,1), que se aplica sólo a la mujer, en particular a la prometida. A los juristas romanos les tocó ya combatir los malentendidos a que daba lugar la estructura asimétrica de la categoría del género y no hacían remilgos ante el uso de sexus; decimos esto pensando en el acoso que sufre hoy tan bella palabra como sexo de un arrogante género con empaque foráneo; se veían en la necesidad de recordar la frecuencia con que la expresión en género masculino se refiere a uno y otro sexo (195) y el caso particular de homo ('hombre') que comprende tanto a la mujer como al varón (152). Por otra parte, son muchos los ejemplos en que hacen gala de un sano criterio interpretativo y prefieren el sentido lato al estricto o se atienen al espíritu antes que a la letra de las palabras.
LINGÜÍSTICA BELTRÁN, JOSÉ A.: Introducción a la morfología latina, Zaragoza, Universidad, 1999. Así como en otras disciplinas de la filología latina, por ejemplo la literatura, se publican constantemente nuevos manuales para el público hispanohablante, no ocurre lo mismo en morfología. Es más, en 1992 y 1993 respectivamente se han publicado la traducción al español del libro de P. Monteil, Elementos de fonética y morfología del latín (París 1986) y una reedición del manual de J. Molina Yévenes, Estudios latinos. I. Iniciación a la fonética, fonología y morfología (Barcelona 1966), a consecuencia de la dificultad con que se encontraba el alumno para acceder a manuales de estas materias. De modo que llega en muy buena hora este trabajo que supone una nueva forma útil, clara y atenta a las últimas investigaciones de presentar viejos temas. Los contenidos del libro se estructuran de la siguiente manera. En primer lugar encontramos unos preliminares que versan sobre la palabra, las formas flexivas, la derivación y la composición e incluyen un listado con raíces y temas frecuentes con un significado no muy evidente (-cen, -ceps, -cida, etc.; pp. 27-28), otro con prefijos inseparables (dis-, in-, re-; etc. p. Después hay una serie de apartados con importantes consideraciones previas dedicados a la morfología nominal (se estudian las cinco declinaciones y la declinación greco-latina del sustantivo y la declinación y los grados del adjetivo), la morfología pronominal (los pronombres personales, posesivos, demostrativos, anafórico, de identidad, enfático, relativointerrogativo-indefinido, indefinidos y los numerales, a pesar de que el propio autor reconoce que esta clase de palabras tiene un "comportamiento singular"), la flexión verbal (conjugación regular, temas verbales, morfemas verbales y aparte los verbos irregulares, defectivos e impersonales) y finalmente las palabras invariables (adverbios, preposiciones y conjunciones) de las que otros manuales no se ocupan. Finalmente se incluye un apéndice con los principales procesos fonéticos a los que se hace referencia a lo largo del libro, un índice de palabras latinas y un índice analítico. El libro sigue dos sistemas de enumeración, por párrafos (al que remiten los índices de palabras latinas y analítico) y por páginas, atendiendo al índice general, y utiliza cuadros para presentar los paradigmas, donde se señalan la cantidad silábica de las desinencias y el acento prosódico, y listados bien organizados para presentar los elementos que están relacionados entre sí (por ejemplo, pronombres, verbos irregulares, etc.). Todo lo cual resulta muy útil y da una buena visión de conjunto en una consulta rápida. Por otro lado, el autor, siempre que es posible, recoge la forma indoeuropea de la que proceden las formas latinas y las compara con formas griegas, etruscas, etc. y muchas veces está atento al significado y la traducción, por ejemplo al hablar de los pronombres (así en la p. 121 al hablar sobre los numerales distributivos y multiplicativos) o de los verbos irregulares. La bibliografía es muy completa y recoge muchos trabajos recientes de indoeuropeo, lingüística general, funcionamiento sintáctico y prosodia de las formas latinas, etc., si bien echo en falta algún trabajo reciente de indoeuropeo, como el de A. Giacalone Ramat y P. Ramat (edd.), Las lenguas indoeuropeas, Madrid 1995 (= Bolonia 1993). En suma, es un libro que resultará muy didáctico para los estudiantes de filología latina desde los primeros cursos y muy práctico para los latinistas que deseen refrescar o poner al día sus conocimientos de morfología en general. El volumen recoge los trabajos presentados durante el seminario de estudios que, con el mismo título, tuvo lugar en la Universidad de Urbino entre el 17 y el 19 de Mayo de 1997, y tras su lectura a nosotros al menos no nos queda ninguna duda de que, como indica el profesor Gentili en las páginas introductorias, una edición moderna de un texto poético griego debe partir necesariamente de la colometría de papiros y manuscritos y tener siempre muy presentes los estudios antiguos sobre métrica, ya que sólo conociendo y recuperando la tradición métrica antigua «la disciplina della metrica greca potrà avere nuove prospettive di ricerca storicamente fondate». Es, en efecto, una dura batalla la que el profesor Gentili (y también sus discípulos y otros estudiosos que colaboran en el libro) lleva combatiendo desde hace muchos años en pro de reivindicar una valoración más justa de los trabajos sobre métrica de los filólogos antiguos, los cuales sufrieron en particular la demoledora (y a menudo injusta) crítica de la gran filología alemana (Boeckh, Hermann, Wilamowitz y, sobre todo, Paul Maas), con su consiguiente amplia repercusión en el trabajo editorial de los helenistas. El núcleo del libro que reseñamos está compuesto por dos estudios de carácter más general (los de Fleming y Tessier) y otros once trabajos que consisten básicamente en análisis pormenorizados de textos de Píndaro (Gentili, Lomiento), tragedia (Kopff, Pardini, Fileni, Gostoli, Marino, Pace), drama satírico (Meriani) y comedia (Bravi, Perusino). En todos ellos se pone de manifiesto la necesidad ineludible de partir de la colometría de papiros y manuscritos y de los escolios métricos para la fijación de los esquemas métricos en nuestras ediciones. Th.J. Fleming («The survival of Greek dramatic music from the fifth century to the Roman period») defiende con buenos argumentos, frente a la teoría tradicionalmente admitida, que la música de la tragedia sobrevivió hasta la época de las ediciones de los filólogos alejandrinos y posiblemente incluso hasta época romana (al menos hasta Dionisio de Halicarnaso), de manera que, si «the music survived long enough to provide a solid foundation for the cola of the Alexandrian editions», la colometría de nuestros manuscritos, heredera de las ediciones alejandrinas, refleja en última instancia (con las inevitables modificaciones y corrupciones) la música original de los autores. Tessier («Demetrio Triclinio (re)scopre la responsione») nos ofrece un magnífico estudio, sólida y ricamente documentado, sobre la progresión de los conocimientos métricos de Triclinio y su plasmación en sus ediciones de los trágicos, todo ello a partir de los manuscritos que contienen huellas de su obra e incluso sus anotaciones marginales de contenido métrico. Al comentario métrico de textos pindáricos dedican sus aportaciones B. Gentili («Problemi di colometria pindarica [Pae. Ambos autores, en exhaustivos trabajos que proporcionan abundante información sobre cuestiones de pormenor, defienden que la colometría que manuscritos y papiros ofrecen para las composiciones estudiadas, así como la interpretación métrica de los escolios, son preferibles a las modificaciones que en algunos casos han introducido los editores modernos. Con Gentili y Lomiento estamos plenamente de acuerdo en la necesidad de aceptar las responsiones libres (un aspecto sobre el que hay general coincidencia entre los autores que colaboran en el volumen, siguiendo la estela de las enseñanzas de Gentili) y en conjunto en su defensa de la colometría antigua. No obstante, en algunos casos concretos no estamos seguros de que sea preferible la colometría de los manuscritos; por ejemplo, tanto para la estrofa de Ol. 4 como para la estrofa de Ol. 5 seguimos pensando (pese a la impecable competencia con que Lomiento defiende sus hipótesis) que una interpretación a base fundamentalmente de versos eolocoriámbicos (el ritmo del epodo, también en la interpretación de los escolios) es más aceptable que la admisión de un ritmo predominantemente jónico a maiore en Ol. 4 o que una combinación de dáctilo-trocaicos, jónicos a maiore, anapestos y docmios para Ol. El artículo de Liana Lomiento incluye asímismo un convincente estudio de los problemas que, ya para los antiguos, planteaba la división estrófica de la Ol. Kopff («Diggle 's critique of Dale' s canon of iambic resolution in tragic lyrics») discute los pasajes en los que Diggle basa sus críticas contra la regla de Dale de que en cola yámbicos o trocaicos sincopados no hay ejemplos en los que la sincopación vaya precedida de resolución; llega Kopff a la conclusión de que no hay ejemplos de resolución ante sincopación en los yambos líricos de Esquilo y Sófocles y que, de los casos euripídeos que aduce Diggle, la mayoría de ellos presenta problemas textuales o métricos, de manera que pueden ser válidos únicamente algunos pocos ejemplos de las tragedias tardías de Eurípides y de Reso (lo cual sería huella de las innovaciones musicales de finales del siglo V). En nuestra opinión, no es tan fácil como pretende Kopff eliminar por razones textuales y/o métricas buena parte de los pasajes de Eurípides que cita Diggle contra la tesis de Dale, de manera que, como apunta R. Ma Mariño en una reciente revisión del problema («Resolución ante sincopación en yambos y troqueos líricos de la tragedia griega», CFC [gr] 5, 1995, pp. 143-165), debemos contar con casos de sincopación precedida de resolución en tragedias euripídeas de diversas épocas e incluso con posibles ejemplos en Esquilo y Sófocles. Por otro lado, la visión que Kopff ofrece del problema es necesariamente parcial, dado que, salvo algunas concesiones a la filología alemana, no cita bibliografía que no se deba a filólogos de habla inglesa. Mejor documentados bibliográficamente están el resto de los trabajos que se incluyen en el volumen. Osservazioni sulla colometria dei manoscritti»); G. Pace aborda el problema de los errores colométricos y las colometrías equipolentes en la tradición manuscrita de Reso; y, por último, a partes corales de las comedias de Aristófanes dedican sus contribuciones L. Bravi («Aristofane, Cavalieri 303-311; 382-388: manoscritti e scolî metrici») y F. Perusino («La seconda canzone spartana nella Lisistrata di Aristofane [vv.1296-1321]»). Todos estos trabajos tienen en común el hecho de constituir análisis muy pormenorizados, bien documentados y fiables, en los cuales se defiende la colometría de los manuscritos y su "patente de antigüedad". Además, en varios casos (Pardini, Marino, Pace, Perusino, etc.) los estudios han partido de la colación directa de códices y papiros, de manera que aportan nuevos datos también en este campo. Aun pareciéndonos en general convincente la colometría propuesta en cada uno de estos trabajos, hay ocasiones en las que creemos que es quizá conveniente modificar la disposición de los cola que ofrecen los manuscritos: en Heraclidas 617-618 = 628-629 Fileni propone colizar alcmLL + ion min, pero consideramos preferible una lectura totalmente dactílica de la estrofa, que quizá se vea reflejada en la colometría de P para la antístrofa (Fileni demuestra que el alcmLL es verso frecuente en lírica arcaica y tragedia, pero el jónico final nos resulta más difícil de admitir, ya que es, en palabras de la propia autora, «raro in posizione isolata e mescolato a metri di ritmo diverso»); en Reso 242-252 = 253-263 creemos que frente a la colometría de los manuscritos, que presenta una combinación de metros enhoplioprosodíacos, adonios, troqueos, jónicos a minore y docmios (algunos de formas extrañas), cabe, con Dale y Zanetto, una interpretación a base de enhoplios y eolocoriambos; en Caballeros 303-311 y 382-388 la colometría de los escolios métricos no ofrece responsión entre oda y antoda, una excepción que L. Bravi considera admisible en el agón de la comedia, pero que a nosotros no nos parece aceptable (véase el comentario de F. Perusino en la p. En definitiva, haciéndonos eco de las palabras de Pietro Giannini en el capítulo dedicado a las conclusiones, el seminario (y el libro resultante) es un excelente y riguroso punto de partida para un modo nuevo de estudiar la métrica griega, en el cual la colometría antigua, los escolios métricos y, en suma, la teoría métrica de los antiguos desempeñen un papel mucho más importante del que han jugado hasta ahora, y no sean testimonios que se rechacen sin argumentos de peso para hacerlo. FERNANDO GARCÍA ROMERO Dado su carácter de glosario, el estudio que aquí reseñamos es de apariencia sencilla y no presenta mayores complicaciones teóricas. autor ha llevado a cabo una amplia labor de documentación lexicográfica, que abarca desde los primeros textos literarios a los medievales e incluye tanto los diccionarios generales (OLD, ThLL, etc.) como los léxicos particulares de autores. Si se une a ello la consulta de una extensa bibliografía y la dirección del Prof. O. Panagl, sólo cabe esperar un excelente trabajo; eso sí, con ciertos límites, sobre los que previene el autor y en los que vamos a insistir a continuación. Según se propone en el subtítulo, el glosario se ciñe particularmente al ámbito de la poesía. Al principio del prólogo se indica a qué tipo de compuestos se da preferencia, esto es, a los que se atienen a modelos griegos, y cuáles se excluyen; se aclara cómo se ha tenido en cuenta todo el material anterior a Ovidio y cómo se ha explorado la documentación posterior. Sin embargo, el procedimiento seguido en el despojo es a veces redundante, y otras veces deja entrever ciertas deficiencias. Sorprende que se haya recurrido a la lectura sesgada de la voluminosa obra de Ovidio, excepto de las Metamorfosis, cuyo material se ha extraído del antiguo léxico de O. Eichert, en vez de consultar la concordancia de Deferrari, Barry y McGuire, reeditada por G. Olms en 1968 y que abarca el conjunto de la obra ovidiana. Ese esfuerzo de lectura podía haberse dedicado a poetas que carecen de índices lexicográficos. Delimitar la parcela de los compuestos poéticos dentro del marco general de la composición es una cuestión a la que se renuncia desde la formulación del título, en el que tan sólo se les concede atención preferente («vornemlich»). Luego tres páginas de introducción son un espacio demasiado breve para poder discutir sobre los fluídos límites de la composición, o considerar la distinción entre elementos poéticos y no poéticos. Esta falta de desarrollo teórico puede explicar también la ausencia en la relación bibliográfica de estudios notables, como el de A. Cordier sobre el vocabulario épico de Virgilio, el de J. Perret sobre la estructura coriyámbica de los compuestos poéticos, el de A. Ernout sobre los compuestos enfex, -fico y -ficus, etc. La dificultad de fijar unos criterios de selección de los compuestos hacen de este trabajo un glosario abierto a nuevas incorporaciones y quizás a algunas exclusiones. Así, si se admite antelucanus, "vor Tageslicht" (Cic., Varro, Vitr., Colum., Plin. -Nat. y Epist. -, Prisc.), no hay razón para no dar entrada a subsolanus, que presenta el mismo tipo de composición, y aparece en varios de esos autores; la cuestión que se nos plantea entonces es cómo saber si está todos los que són o si, al contrario, no son todos los que están; pues si están los compuestos de ante-, ¿por qué no pueden estar los de inter-, prae-y sub-? Por otra parte, pensando en una nueva edición quedaría mejor el ordenamiento vertical de los lexemas completos, y no sólo el del primer elemento. Bien es verdad que la negrilla permite distinguirlos en cualquier posición de la línea, pero así las páginas aparecen demasiado tupidas y el material da la impresión de estar un poco apelmazado, sobre todo si se tiene en cuenta que un glosario ha de ser un libro de consulta, más que de lectura. Es raro encontrar algún error de catalogación, como el de auriflaccus, "Gladiator mit zerschlagenen Ohren", que se incluye bajo auri-,'Gold'; debe pasar, pues, a auri-,'Ohr'. Con todo, no se puede dudar del rigor con que se han ordenado los lemas, de la precisión con que se han traducido y del esmero con que se ha elaborado cada artículo de este glosario; ya de por sí, tiene el gran mérito de reunir mayor número de compuestos en su clase que cualquier diccionario.
El tema de las relaciones entre los textos poéticos helenísticos, y en particular los alejandrinos, parece inagotable. El hallazgo de nuevos fragmentos y (o) la reubicación de otros ya conocidos basta para provocar nuevas propuestas en este sentido. Hace pocos años A. Cameron reabría la cuestión en un libro aún más voluminoso que el que comentamos, y ahora aparece éste de Seiler, también ambicioso y sobre todo osado. Y a la vez prosigue el flujo de artículos que insisten en esas interpretaciones metapoéticas, que en muchas ocasiones no son sino ocurrencias con muy escasas bases. Incluso hay quienes, sin una larga experiencia en este difícil terreno, se lanzan a esta maraña filológica con vehemencia y juvenil atrevimiento. Éste es el caso de Seiler. Si Cameron era en el momento de publicar su libro un veterano estudioso, si bien más probado en los textos imperiales que en los alejandrinos, Seiler nos ofrece como audaz primicia esta edición de su Dissertation de la Universidad de Zürich (1995Zürich ( -1996)), bajo la sabia tutela de W. Burkert, el cual tampoco se mueve, por cierto, en su medio más habitual. No sabemos hasta qué punto esta edición está reelaborada respecto al original, pero creemos que una vez más se cumple la regla de que la inmediata publicación de una tesis es un riesgo del que pocas de éstas salen bien paradas. Las tesis, si se plantea su publicación, requieren no sólo la debida reelaboración, sino también un cierto plazo para que sus ideas sean repensadas. Seiler, sabedor sin duda de las dificultades del tema, trata de afinar cuidadosamente sus armas metodológicas. La intertextualidad y la semiótica son sus pilares teóricos, si bien no es aquí la terminología un problema para el lector, aunque en alguna ocasión aparezcan conceptos como Decodierung y Dekonstruktion, la verdad es que no con clara justificación, de suerte que el autor parece olvidarse pronto de ellos, sin que el lector deba lamentarlo. En el fondo estamos ante un simple y tradicional análisis del nivel alusivo o mimético, si bien la entidad de sus hallazgos más de una vez tiene una escasa solidez. El punto de partida, perfectamente asumible y asumido por todos, es que la producción poética del ámbito del Museo alejandrino se alimentó densamente durante decenios no ya sólo de la tradición poética sino también de sí misma. El problema está en señalar con razones de cierto peso y aceptables por otros no ya los mecanismos de esta labor metapoética, que fueron catalogados por Pasquali, sino los materiales concretos. No se puede pedir, en este ámbito pleno de sutilezas, que las interrelaciones se demuestren con argumentos de probada objetividad: la poesía no funciona así, y menos esta poesía tan elaborada e hiperculta. Pero sí se puede reclamar que no se recurra a pruebas de valor tan endeble como las que aquí con demasiada frecuencia se aportan. La acumulación de ellas no sirve tampoco de demostración. La cuestión reside, si no ya en dar con demostraciones objetivas, sí al menos con propuestas asumibles por convincentes y razonables. La sutileza de los materiales manejados no debe ser un argumento que justifique la volatilidad de las propuestas. Y es que éste es un ámbito muy propicio para que filólogos no ya agudos sino imaginativos, y a veces simplemente fantasiosos, publiquen páginas que apenas resisten un mínimo examen. Y el lector puede hacerse cargo de inmediato de lo que queremos decir cuando, en las pp. 4-19, ve cómo Seiler, que ofrece ahí un repertorio de ejemplos a título metodológico, se desliza fácilmente de un nivel razonable a otros que lo son mucho menos. Son diversos los textos examinados. 111 se estudian varias obras y pasajes teocriteos (Idilios 7 y 11, y 1.32-54) en función de la concepción estética de Calímaco, un espacio éste más trillado y en el que nuestras discrepancias son menores. Pero las páginas sin la menor duda con más pretensiones de novedad son 29-110, en las que Seiler confronta el Id. 25, tan problemático en fecha y autoría, sobre todo con la actual y también polémica reconstrucción de la que P. J. Parsons bautizara como Victoria Berenices, es decir, la suma de textos que hoy se sitúa en el inicio del libro tercero de Aetia. El punto de partida está en una observación de Parsons (ZPE 25,p. 44), que a su vez tuvo ya un atecedente en Pfeiffer, en el sentido de que el texto supuestamente teocriteo mostraría ecos del calimaqueo, pero no dependería en absoluto de éste en la organización de su relato. 10) incluso pone en duda tales ecos. Pues bien, Seiler convierte la vaga propuesta de Parsons de la distancia, no imaginablemente intencionada, entre la redacción del Id. 25 y la Victoria en una tesis positiva: aquél es una especie de muy intencionada réplica de ésta. Y este carácter y esta intención serían perceptibles en muy diversos momentos y en la organización misma del texto y de la narración. De este modo tenemos servido, con nuevos materiales, el retorno a la vieja tesis de las dos concepciones épicas del Helenismo, que creíamos ya afortunadamente en franco retroceso. No podemos por supuesto seguir aquí los detalles del análisis y las ramificaciones textuales a que le lleva su indagación. Ésta se nos ofrece a nuestro juicio un tanto dispersa, lo que juega contra la pretendida concreción. Hay algunas páginas sin duda más convincentes y que progresan más allá del rápido vistazo de Kurz, pero otras no convencen en modo alguno y resultan, para el lector, en detrimento de aquéllas. Por ejemplo, ver en Id. 1s. una clara e intencionada dependencia del fr. (SH) o, por dejar la Victoria, en v. 16 otra alusión al célebre prólogo calimaqueo (1.33 Pf.), no ya no contribuye a la plausibilidad de la tesis de Seiler, sino que más bien pone en guardia contra el resto de los paralelos alegados. Los posibles ecos en el nivel del léxico, muy vagos tantas veces, no se refuerzan convincentemente con pretendidos ecos fonéticos. En un ámbito como el épico-elegíaco, tan acotado en este nivel del léxico y las posiciones métricas, es muy arriesgado sacar consecuencias positivas, para colmo, a partir de simples detalles fónicos aislados. La falta de relaciones contextuales es una carga con frecuencia muy gravosa para estas conclusiones. En fin, la tesis de que el Id. 25 posea componentes metapoéticos y, más concretamente, aporte algunas alusiones al texto de la Victoria Berenices y a otros pasajes de Calímaco sigue siendo razonable, a pesar de las reservas de Kurz. Y es un mérito de Seiler haber hecho un gran esfuerzo en esta dirección. Pero las pruebas aducidas no son siempre convincentes ni mucho menos, y el alcance que se ha pretendido dar a esa tesis nos parece abusivo. Además, el sentido de esa relación plantea agudos problemas, de los que el autor es plenamente consciente (cf. p. Sin duda un mejor conocimiento de la Victoria, aún esperable a través de nuevos hallazgos, podría contribuir a iluminar estos problemas. Hoy estamos sólo ante una propuesta verosímil, siempre que la situemos en un nivel mucho más limitado, pero en este caso con el apoyo de un análisis en el que no se ha separado convenientemente lo que tiene un valor asumible de lo que es pura ganga imaginativa. Y todavía, a pesar de ser mucho lo que en nuestra opinión debería haberse dejado de lado, echamos en falta alguna referencia (las pocas que hay son de mero detalle) a la relación posible entre la construcción del Id. 25 y el poema de Apolonio de Rodas. Si se trata de resucitar la vieja teoría de la querella épica ysi el Id. 25 es a la vez, como viene a sostener Seiler, un documento poético con elementos programáticos y una especie de lección práctica del supuesto programa anticalimaqueo, ¿por qué no indagar también la hipotética relación entre este texto y el de Apolonio? Así habríamos llegado hasta las últimas consecuencias de la posición que subyace en este libro. Claro es que abordar esta otra tarea habría acrecentado las páginas del libro y, estamos seguros, al mismo tiempo reducido aún más la ya difícil aceptación de sus propuestas. Desde el punto de vista de la presentación del material, creemos que algunos apartados, sobre todo los que figuran como apéndices, podrían haberse dejado para una posición aparte y final, puesto que en su lugar no contribuyen a que el lector siga cómodamente el texto. Pero en todo lo demás debemos felicitar al autor por la esmerada elaboración. Los títulos de los capítulos, muy expresivos de sus contenidos, son una ayuda eficaz para el lector, y el aparato de índices es muy cuidadoso. ÁLVAREZ HERNÁNDEZ, ARTURO: La poética de Propercio (Autobiografía artística del 'Calímaco romano'). Asís, Accademia Properziana del Subasio, 1997. El autor de esta monografía es Catedrático de Latín en la Universidad de Mar del Plata (Argentina). La investigación conducente a la culminación de la Tesis se vio beneficiada por varias estancias del autor en la universidad de Bari (1993Bari (, 1998)). Como corolario de esta relación académica del profesor Álvarez Hernández con la universidad italiana, el presente libro aparece publicado dentro de la serie de Publicazioni dell'Accademia Properziana del Subasio. Además de esta publicación, conozco del autor un destacable capítulo sobre la influencia de Propercio en Quevedo («Properzio e Quevedo», en G. Catanzaro -F. Por su parte, el profesor Paolo Fedeli, sin duda el más profundo conocedor de la obra properciana en el panorama internacional de la Filología Latina (como atestiguan sus comentarios a los cuatro libros de Propercio), ha compuesto un breve prefacio de resumen y valoración del contenido del libro (pp. 7-8). El tema del libro es la exposición sistemática y detallada de la poética de Propercio, entendida, según el autor, como «el conjunto de ideas sobre la poesía que Propercio manifiesta a lo largo de su obra» (p. Supongo que el tema merecía un libro, aunque no soy un entusiasta de dedicar tesis y monografías enteras a minucias interpretativas cuando quedan tantos comentarios y ediciones aún por hacer, pero, en fin, no puede negarse que Propercio es el poeta que, entre los romanos, más pasajes de carácter programático y metapoético ha insertado en su obra. La poética properciana toma su origen, como es el caso de otros poetas romanos, en el programa alejandrino y, más específicamente, calimaqueo (es significativo que Propercio se declare el "Calímaco romano" en IV 1, 64). El estudio de los programas poéticos, de carácter calimaqueo, en la poesía romana ha conocido bastante auge en el último tercio del siglo XX, especialmente por influencia de la obra, seminal pero farragosa, de W. Wimmel, Kallimachos in Rom, Wiesbaden, 1960. En lo que respecta a Propercio, contábamos con aportaciones parciales sobre su poética, pero limitadas a libros individuales, así que faltaba una monografía de conjunto que estudiara la evolución del programa properciano a lo largo de toda su carrera poética. La principal aportación del autor consiste en que demuestra que el programa poético de Propercio no constituye un sistema unitario, sino que está sujeto a una compleja evolución, desde el libro I al IV, pasando básicamente por tres fases (1a: libro I; 2a: libros II-III; 3a: libro IV). Para demostrar ese aserto, el autor procede por análisis pormenorizados de poemas individuales que presentan contenidos programáticos en cada libro. Así que vayamos por partes. El capítulo I (pp. 21-88) está dedicado a la poética del libro I, o Monobiblos, de Propercio. Según el autor, en este libro Propercio establece como ingrediente clave de su poética la identificación entre la poesía y la vida de amante "elegíaco" (caracterizada por la humillación o seruitium). Como exponente de esa concepción, los poemas más claramente programáticos son los del ciclo de Póntico (7, 8, 9), donde el poeta presenta una típica recusatio calimaquea: se rechaza la poesía épica en favor de la vida-poesía propia del amante elegíaco. El capítulo II, que versa a su vez sobre el libro II de Propercio, es el más extenso y denso (pp. 89-196). El autor defiende, como cuestión previa, la unidad de este libro II, frente a los intentos de dividirlo en dos que ya se remontan a la edición de Lachmann de 1816 (no estoy yo tan seguro de que el libro II no sea en realidad la conflación de dos originarios, como últimamente postula de nuevo G. P. Goold, en su excelente y provocativa edición de Propercio, no citada por cierto por Álvarez Hernández, en la Loeb Classical Library (1990)). Aquí el autor postula que ha habido una sutil evolución de la poética properciana, como consecuencia de la adscripción de Propercio al círculo de Mecenas y de la emulación de poetas como Virgilio y Horacio: ahora Propercio, aunque rechazando el género épico en forma de excusatio (II 1), pasa por una etapa intermedia de poética, en la que acepta otras modalidades literarias de carácter erótico y de forma elegíaca, pero no dominadas por el seruitium que caracterizaba al Monobiblos. Esta concepción programática de Propercio como poeta erótico y elegíaco se manifesta especialmente en la elegía II 12 y suele venir acompañada por la imaginería figurada relativa al Helicón (II 13). Esa misma etapa intermedia del libro II continúa en el libro III, donde se insertan los poemas programáticos más obvios y extensos. El autor, en el capítulo, examina cómo en este libro continúa la imaginería "helicónica" del libro II, especialmente en el ciclo programático de los cinco primeros poemas del libro. En un segundo ciclo, constituido por las elegías 17 y 21-25, asistimos al adiós definitivo de Propercio al seruitium amoris que había sido su programa poético-vital en el libro I. Por fin, el libro IV de Propercio supone la culminación de la evolución de su poética. A esta poética del libro IV el autor la llama de "poesía vática", en cuanto el poeta se considera un uates al servicio de la comunidad. Se expone teóricamente sólo en un poema de Propercio, el primero del libro, que es estudiado extensa y convincentemente por el autor (pp. 270-90). Como es sabido, esta compleja elegía se divide en dos partes aparentemente contradictorias: 1) en la primera (vv. 1-70), el poeta apostrofa a un forastero y le va indicando distintos lugares de Roma, con sugerencia de sus orígenes, para anunciar que esos orígenes serán materia de su canto subsiguiente; 2) en la segunda parte (71-150), el astrólogo Horos reconviene a Propercio, e intenta disuadirlo de su orientación etiológica, para que vuelva a la temática amorosa. Para el autor, no hay contradicción entre ambos discursos programáticos: el primero preludia las elegías etiológicas del libro (2, 4, 6, 9 y 10), y el segundo presenta las elegías de temática erótica (3, 5, 7, 8 y 11). Ahora bien, ambas series serían manifestaciones solidarias, no contradictorias, de una poética evolucionada, que se sitúa en un término intermedio entre la epopeya heroica y la poesía amorosa de seruitium. Y esa poética intermedia se manifestaría prácticamente en las citadas dos series: una, de temática etiológica (que es una forma menor de la epopeya); y, la otra, de temática erótica, pero elevada, heroizada. El libro se cierra con un capítulo a manera de conclusión (pp. 307-311), en que se resume la evolución del programa poético properciano y se presenta su poética como una autobiografía artística. Sigue una extensa bibliografía (pp. 313-322), que da cuenta de la amplísima base doctrinal que ha servido como apoyo a la investigación. Echo de menos, no obstante, además de la edición antes citada de Goold, el completo resumen sobre la recepción de Calímaco en la poesía romana debido a G. O. Hutchinson, Hellenistic poetry, Oxford, 1988, pp. 277-354, con bibliografía crítica en pp. 360-61. También le habría servido al autor, al hilo de su capítulo I sobre la identificación vida-poesía en el Monobiblos properciano, el ameno artículo de A. Ramírez de Verger, «El otium de los elegíacos: una forma heterodoxa de vida», en F. Gascó -J. Alvar (edd.), Heterodoxos, reformadores y marginados en la Antigüedad Clásica, Sevilla, 1991, pp. 59-70. Por otro lado, el presente libro no aborda la recepción ulterior de la temática programática, pero no está de más recordar aquí el interesante artículo de J. G. Montes Cala sobre el motivo de la recusatio en Fernando de Herrera y su ascendencia clásica (frecuentemente, properciana): «Del tópico grecolatino de la recusatio en la poesía de Fernando de Herrera», Criticón 75, 1999, pp. 5-27. En fin, ausencias de detalle que en nada desdicen del mérito global del libro, cuya utilidad queda redondeada por un minucioso «Índice de pasajes citados» (pp. 323-330) y un selecto, pero útil, «Índice de temas» (pp. 331-333). En cuanto a la forma expositiva del libro, en general es discursiva y densa, en ocasiones un tanto trabajosa de seguir. En todo caso, doy por bueno el páqei máqoj y, como valoración final, reconozco que compensa el esfuerzo que exige la lectura del libro. Las Olímpicas 10 y 11 de Píndaro están dedicadas a Hagesídamo de Locros Epizefirios ("occidentales") en Calabria, y celebran su victoria en el pugilato infantil de los juegos olímpicos del 476 a.C. La Olímpica 10 es una compleja oda de unos cien versos, y la 11 es un breve poema de veinte. Los versos 11-14 del poema más breve dicen: «sábete ahora, hijo de Arquéstrato, Hagesídamo, en honor de tu pugilato, sobre la corona de áureo olivo yo entonaré (κελαδήσω) el ornato de un dulce canto como honra para el linaje de los locrios occidentales». Según la interpretación tradicional (que remonta a Boeckh, cf. también B. L. Gildersleeve, Pindar, Olympian and Pythian Odes, reimpr. Amsterdam, 1965, pp. 212 ss.), estos versos y, en particular, el futuro κελαδήσω anuncian otra celebración, para la que habría sido compuesto el poema más largo, que es la Olímpica 10, y del que la Olímpica 11 habría sido un anticipo. Píndaro asistió en persona a los juegos del 476 y compuso la Olímpica 1 en honor de Hierón, y la 2 en honor de Terón, para celebrar sus victorias en la carrera de caballos y en la de carros, respectivamente. La Olímpica 11 habría sido compuesta por Píndaro, quizá en la propia Olimpia, y la 10 más tarde, para la celebración ulterior en Locros Epizefirios. Los versos iniciales de la Olímpica 10, en los que el poeta parece reconocer haber olvidado su compromiso de componer una oda (γλυκ× γρ αÛτè μέλος Ïφείλων ¦πιλέλαθ') y se disculpa por la demora (Ò μέλλων χρόνος ¦μÎν καταίσχυνε βαθ× χρέος) apoyarían esta interpretación. Contra esta interpretación tradicional, E. L. Bundy -Studia Pindarica I. The Eleventh Olympian Ode, Berkeley-Los Ángeles, 1962(reimpr. 1986), pp. 21 s. -sostuvo que el uso de futuro de indicativo en primera persona nunca se refiere a un momento posterior a la propia oda, hecho que sería una convención del estilo encomiástico. En efecto, el contenido del verbo expresado por el futuro en primera persona es cumplido con frecuencia con la mera enunciación, como en prometeré equivalente a prometo. Bundy supuso que la primera persona de futuro es usada por Píndaro para referirse a un futuro que nunca excede el tiempo al que se refiere el fin de la oda. Este supuesto uso de la primera persona de futuro fue llamado "encomiástico". El argumento crucial es el uso de τόκος,'interés', en el verso 9 de la Olímpica 10 (Óμως δ¥ λØσαι δυνατÎς ÏξεÃαν ¦πιμομφν τόκος θνατäν, "sin embargo el pago con interés es capaz de disolver el agudo reproche de los mortales"), y en las inscripciones inicial y final de los escolios a la Olímpica 11, que dan a entender que este poema es un τόκος, lo que indicaría que la Olímpica 10 es el pago de Píndaro a Hagesidamo, y la 11 es el interés por la demora. Si esto es así, κελαδήσω del verso 14 de la Olímpica 11 se referiría al momento en que ambas odas fueron cantadas en la misma celebración, no a un futuro posterior. Buena parte de la bibliografía posterior a Bundy aceptó su interpretación, ofreció explicaciones del fenómeno y adujo ejemplos en otros autores. Pocos discutieron la sugerencia de Bundy. La bibliografía publicada en España, que Pfeijffer no cita a este respecto, no ha tomado en consideración la hipótesis de Bundy. M. Fernández-Galiano, en la introducción a la Olímpica 11 de su edición (Píndaro, Olímpicas, Madrid, 1956, reimpr. 289), señala que «esta opinión resulta poco probable... ¿Qué finalidad puede tener el enviar dos himnos para la misma fiesta?». De las traducciones recientes, P. Bádenas de la Peña y A. Bernabé Pajares traducen κελαδήσω "voy a entonar" (Píndaro, Epinicios, Madrid, 1984, p. 94); E. Suárez de la Torre, "añadiré a tu corona de áureo olivo el adorno grato de mi canto meolodioso" (Píndaro, Obra completa, Madrid, 1988, p. 127); A. Ortega, "quiero añadir con mi himno dulcísono atavío" (Píndaro, Odas y fragmentos, Madrid, 1984, p. 126); J. Alsina, "añadiré a tu corona de áureo olivo" (Píndaro, Epinicios, Barcelona, 1988). El libro de Pfeijffer repasa la bibliografía (pp. 11-17) y examina el uso de la primera persona de futuro en Píndaro. El estudio está dividido en dos capítulos, que tratan respectivamente de los futuros que se refieren a un momento posterior dentro del poema (pp. 19-43) y de los referidos a un momento posterior al poema (pp. 45-69). En éstos, a su vez, el futuro se refiere a un momento posterior a la oda, que es específico o no. En las páginas 61-65 Pfeijffer estudia la Olímpica 11 y expone razones a favor de que κελαδήσω se refiera al futuro específico en que el poema será cantado en la celebración que tendrá lugar en la patria de Hagesidamo. La conclusión de Pfeijffer es que los futuros en Píndaro no registran usos diferentes de los futuros en otros autores griegos clásicos: la mayoría de los futuros en primera persona se refiere a un momento posterior situado durante el canto de la oda; un pequeño grupo se refiere al conjunto de la oda y crea la ilusión de que el canto de la misma no ha comenzado aún; y en unos pocos ejemplos el futuro se refiere a un futuro posterior al fin de la oda, específico o no. No hay futuros referidos al presente. El libro termina con un apéndice (pp. 69-75) sobre el uso de la primera persona de futuro en el idilio 2 de Teócrito y en los textos mágicos. El examen de los ejemplos es ponderado, y la conclusión convincente. LÓPEZ, A. -POCIÑA, A.: Estudios sobre comedia romana, Frankfurt am Main, Peter Lang, 2000, 408 pp. La dilatada y fructífera trayectoria investigadora de los Profesores Aurora López y Andrés Pociña en torno al género dramático latino tiene en este volumen su más justo colofón, pues en él se recopilan algunos de sus más conocidos y citados trabajos sobre comedia romana que han ido apareciendo, desde mediados los años setenta hasta hoy, en diversas revistas y publicaciones colectivas de ámbito nacional e internacional. Es, pues, una excelente oportunidad para tener a la vista, gracias a la ordenación lógica que se ofrece de todo este material, las aportaciones más significativas de ambos estudiosos sobre el género cómico y su doble realización en Roma bajo las formas de la fabula palliata y de la fabula togata. En estos tres apartados se divide, en consecuencia, el grueso de trabajos aquí recogidos (que suman un total de veintiuno, aparte de la bibliografía final) y, asimismo, en cada uno de ellos éstos aparecen dispuestos en función de la visión general o restrictiva del aspecto tratado, yéndose de lo más general a lo más concreto y saltándose a veces incluso los márgenes del hecho teatral romano para ofrecer una valoración de su repercusión filológica en la posteridad. Como hemos indicado, el presente volumen es en realidad una recopilación de trabajos ya publicados y es por ello por lo que, a nuestro juicio, hubiera sido conveniente y útil indicar siempre su exacta procedencia -algo que a veces queda señalado o insinuado en las líneas iniciales de cada aportación-, sobre todo si tenemos en cuenta que la relación bibliográfica final no recoge la totalidad de los artículos que aquí se contienen (así, p.e., el que A. López dedica al sentido de "amar" en Plauto y Séneca -aparecido en Emerita 31 [1980] 313-341, pero parece que revisado con posterioridad a 1998-o el que A. Pociña dedica a la influencia de Menandro en la comedia latina -publicado en el volumen conjunto sobre La comedia griega y su influencia en la literatura española, Madrid 1998-). Con todo, esto no es óbice para recibir con agrado un libro que pone en manos del lector un abanico suficientemente amplio y sugerente de aproximaciones a la comedia latina sin ceñirse con exclusividad al texto literario del género y dando generosa acogida a las cuestiones del texto escénico y de los signos dramáticos y al hecho mismo de la representación teatral, tanto en su reconstrucción arqueológica como en su puesta en escena actual. El primero de los apartados del libro recoge ocho trabajos que abordan de manera general algunas cuestiones que caracterizan el género cómico latino y lo individualizan con respecto a la comedia griega (los recursos dramáticos propios, el léxico, la aparición de los dioses en los subgéneros de la atellana y la togata, el éxito de que gozó la comedia latina en sus inicios o la incidencia de Menandro en Roma), así como los problemas que este género plantea a la hora de abordar la edición de los fragmentos de los cómicos latinos -para lo cual la autora propone una serie de soluciones a la luz de su edición de los Fabularum togatarum fragmenta, Salamanca 1983-y a la hora de traducir -y adaptar-el texto de la comedia de cara a su lectura y a su representación, esto es, como texto literario y como texto dramático. El segundo bloque de trabajos se centra con más detalle en la palliata, dedicándose la mayor parte de los también ocho estudios que aquí se contienen a comentar con detalle algunos aspectos significativos de la obra plautina -aunque también hay un artículo dedicado a Cecilio Estacio y dos más al Eunuchus terenciano-, tales como el intento de demostración de que en el sarsinate no hay, salvo la excepción del Curculio, atisbo alguno de crítica social, o como los apuntes que pretenden delimitar los signos dramáticos de la Aulularia a través de su texto literario. Por último, el tercer apartado da acogida a cinco estudios que perfilan el concepto y contenido de la fabula togata prestándose especial atención a la cuestión de su denominación y a su origen y desarrollo en Roma (desde Titinio hasta Lucio Afranio), así como a las publicaciones más significativas y esclarecedoras que sobre este subgénero cómico han aparecido en aproximadamente el último cuarto de nuestro siglo XX. A estos tres bloques les sigue una bibliografía que recoge en esencia el volumen de trabajos citados en EM LXIX 1, 2001 esta veintena de artículos y que está convenientemente actualizada hasta el día de la fecha. El libro, en suma, resulta muy representativo de la importante labor que sus autores han desarrollado en el ámbito del teatro romano y ofrece, como dijimos al principio, aspectos también muy dignos de tener en cuenta a la hora de enfrentarse, en particular, a la comedia romana y, más en concreto, al texto de Plauto. Aquí, al igual que en otras publicaciones no recogidas en este volumen, los autores aciertan a proponer soluciones a problemas consagrados en la crítica dramática latina y a abrir nuevas vías de estudio y aproximación al hecho teatral romano que ya, por la venerabilidad de algunos de los artículos que se presentan, están plenamente asentadas y reconocidas por todos. Esta contribución se basa en dos textos de otros tantos autores que manifiestan dos puntos de vista de otras tantas visiones antropológicas y filosóficas diferentes. Los dos autores son Lucrecio y Dión de Prusa, llamado Crisóstomo. Amato se concentra en un pasaje del libro V de De rerum natura del primero, concretamente en los versos 805-825, en los que el poeta latino, transmisor para la latinidad de la filosofía epicúrea, narra cómo en los tiempos primigenios el género humano surgió de la tierra a partir de unos úteros enraizados en aquélla, y fueron alimentados, amamantados, por la madre Tierra mediante un suero parecido a la leche que les llegaba a través de conductos subterráneos; después surgirían los cuadrúpedos y las aves. El texto del de Prusa consiste en un pasaje del Discurso Olímpico, el XII ( § § 29, 30 y 31), que relata los comienzos del género humano, nutrido y custodiado por la divinidad, que se desarrolla en dos fases de crecimiento, caracterizadas por dos modos de alimentación: el primero a base de «un pasto hecho de tierra... blando y fecundo»; el segundo, «compuesto de frutos espontáneos, tierna hierba junto con rocío y frescas aguas de manantial de las Ninfas» (extractos de la traducción del autor). El motivo del estudio de Amato es comprobar hasta qué punto el texto de Lucrecio forma parte de una ciencia-ficción elaborada a base de teorías filosóficas y biológicas griegas, en una suerte de eclecticismo que se alejaría notablemente de la doctrina epicúrea; además, se trataría de ver si el pasaje es una descripción imaginativa de los comienzos de la vida sobre la Tierra o bien fue concebido para atacar la teoría antropocéntrica de los estoicos, considerados los principales adversarios filosóficos de los epicúreos. Amato reproduce los textos originales (latino y griego) de los dos autores, extraídos de las principales ediciones de ambos; añade una traducción italiana elegante, fresca y bastante literal, como aquéllas a las que nos tiene acostumbrados de otros trabajos suyos. Sin embargo, al igual que sucede en otros trabajos suyos, Amato ofrece como apoyo a su explicación textos suplementarios en griego y latín que no traduce, con ser bastante largos. El centro del trabajo de Amato lo constituye la investigación sobre las fuentes del pensamiento filosófico vertido en los dos textos ofrecidos. Amato retoma el hilo de la narración de Dión para resumir el Discurso Olímpico desde el comienzo. Sin embargo, se centra en el pasaje ya mencionado, en el que ve un ataque a la filosofía epicúrea. En efecto, los estoicos eran providencialistas, defendían la presencia de lo divino en la naturaleza y su cuidado por los hombres. En cambio, los epicúreos, como es sabido, eran abiertamente agnósticos. Los dioses, si existían, estaban del todo desligados de la historia de la humanidad y de la naturaleza, que vagaba por el espacio infinito sin ninguna guía. En una ácida invectiva contra la doctrina epicúrea, Dión rechaza que los epicúreos despreciaran la divinidad para fabricarse un demonio malvado, divinidad femenina hecha de ocio y prepotencia, al que llaman placer (oδονή). La narración de los primeros hombres nutridos por los dioses (que son progenitores, προπάτορες, tal como figura en el texto dioneo seleccionado por Amato) estaba concebida para criticar el ateísmo práctico de los epicúreos. Incluso, según los postulados de los estoicos, el alma tomaba su nombre (ψυχή) de la refrigeración vital provista por la divinidad al hombre, que le hace un ser vivo. Pero en lo que Amato se detiene más es en el modo como el ser vivo es creado por la naturaleza. Para los griegos el comienzo del hombre era hasta tal punto un misterio, que sostenían que los primeros seres tuvieron que surgir de la tierra. Antes de su nacimiento, el hombre formaba parte de la tierra, al igual que el feto no es un ser animado, sino una porción del vientre de la madre, de modo semejante a lo que analógicamente les sucede a los frutos de las plantas. Es ésta una analogía que también forma parte del pensamiento de los presocráticos, los Platón y peripatéticos, a excepción de Aristóteles, que rechaza la idea de que la tierra pudiera dar a luz hombres, ni siquiera amamantarlos. Lucrecio incluye esa teoría analógica de la generación de las plantas, aunque, para él, los hombres surgen no directamente de la tierra, sino de unas matrices arraigadas en ella. Se pregunta Amato si Lucrecio se ha inspirado en la teoría analógica tradicional o si ha extraído sus consideraciones de textos epicúreos perdidos. En las siguientes páginas, el especialista italiano se da a la búsqueda de los antecedentes de la teoría de Lucrecio sobre el surgimiento de los hombres sobre la tierra, y así intenta ponerlo en relación con Varrón, con Demócrito, con Empédocles; en definitiva, no queda totalmente asegurado que Lucrecio se inspirase en Epicuro o lo estuviera citando en Rer. nat. No obstante, sí le parece a Amato probable que Lucrecio estuviera utilizando este material, aunque no procediese de Epicuro, para atacar tanto a los estoicos como a los sucesores de Platón y Aristóteles. A propósito, es en esta sección de la contribución de Amato donde se detecta el uso más frecuente a la bibliografía moderna, de tal modo que en algunas páginas las notas al texto superan las de la propia exposición. Amato concluye en la índole espiritualista y providencialista del texto de Dión de Prusa, así como en el materialismo del de Lucrecio, basado en la necessitas; éste parece hacer frente al antropocentrismo de los estoicos y al providencialismo de las corrientes platónicoaristotélicas. El poeta latino, además, no duda en usar argumentos no documentados en el pensamiento epicúreo. En opinión de Amato, queda claro tanto la naturaleza no estrictamente epicúrea de la teoría expuesta en De rerum natura, como el hecho de que Dión, que parece seguir la doctrina estoica en su Discurso Olímpico, no ha intentado polemizar contra Lucrecio. En efecto, el ataque al epicureísmo por parte de Dión tiene lugar en párrafos posteriores al arriba expuesto, pero la crítica no se extiende a la doctrina de la generación espontánea. En realidad, el hecho de que Dión no cite a Lucrecio ni intente rebatir dicha doctrina sería un ulterior indicio del cierto alejamiento de la filosofía epicúrea que se daba en el texto lucreciano. Aparte del recurso a estas dos fuentes de pensamiento, Lucrecio y Dión, Amato aporta otros testimonios que ayudan a sostener sus tesis (en sólo dos páginas, por ejemplo, 18 y 19, vemos citados a Pseudo-Aristóteles, Teofrasto, textos de la escuela estoica, Cicerón, Plutarco, Galeno y Pseudo Galeno, Sexto Empírico, Diógenes Laercio y Clemente de Alejandría) si bien lo que más resalta en su contribución es la profusa bibliografía atinente al tema del trabajo. Una vez más se hace patente la facilidad que halla este especialista italiano en la búsqueda y presentación de estudios de todo tipo dentro del ámbito del pensamiento. Como es conocido, es un gran estudioso de este ámbito, y en particular, de la obra de Dión Crisóstomo. Al final de la obra, se añaden unos pasajes extraídos de Plutarco que Amato desea comentar, sobre todo para corregir sus lecturas en algunos puntos. Los «Disiecta membra I» formaban parte de las contribuciones hechas con motivo de los treinta y cinco años de la fundación del Liceo Classico "F. de Sanctis" de Salerno. En concreto, se trata de cinco pasajes pertenecientes a dos tratados plutarqueos de los Moralia: De fortuna (98E y 98F) y De vitioso pudore (528F, 529A y 530E). Las dos ediciones (bilingües) de Plutarco a las que Amato hace alusión en este apéndice son las de A. Barigazzi, (La fortuna. Amato presenta sus propuestas de lectura de dichos pasajes, en general admitiendo las lectiones de los códices. El número de erratas, que en el resto de la obra es muy bajo, se incrementa en este apéndice, en especial en la transcripción griega de los textos. Este libro, según el autor un desarrollo de su tesis doctoral, se divide, aparte de la «Premessa» y la «Introduzione», en cuatro epígrafes mayores («Erodoto e le pubbliche letture», «Le rubriche dell 'etnografia erodotea», «L 'etnografia nelle sezioni descrittive», «L 'etnografia nelle sezioni narrative») más cuarenta páginas de bibliografía y dos índices, uno de nombres antiguos y otro de lugares citados. Como se desprende del título, uno de los propósitos de la obra es mostrar como son presentados los diferentes pueblos desde el punto de vista de un Heródoto todavía en el filo entre literatura oral y escrita, entre poesía e historiografía, entre poesía y etnografía. Las variadas alternativas de este equilibrio inestable resultan fundamentales a la hora de estudiar y describir la cuestión etnográfica. Los sofistas están también entre el mundo oral y los principios del tratado escrito. Igual que ellos, parece que el historiador, ofreció conocimientos a cambio de remuneración, cuestión que suscitó escándalo en su momento. Pero muy especialmente, como varios de los sofistas (y echamos de menos aquí una mención a Protágoras), Heródoto cree en la relatividad del νόμος (entendiendo así correctamente Dorati la famosa frase νόμος Ò πάντων βασιλεύς de Píndaro). Pero, según el autor, Heródoto no sigue en su práctica literaria ese convencimiento ni piensa que sea la posición dominante de los que le escucharon en su momento. Dorati dedica gran parte de su estudio a la cuestión de si Heródoto dió lecturas públicas (o más bien conferencias orales) en las que exponía sus Historias. Aunque no hay testimonios directos de ello, en Sófocles hay huellas que hacen pensar en una audición directa de Heródoto; en el caso de Tucídides (contrapuesto a Heródoto a lo largo de varias páginas), esas conferencias fueron definitivas para decidir su vocación histórica. Por ello, y por otros testimonios (tales como un análisis interno del discurso, un poco somero), Dorati considera posibles estas conferencias públicas, afirmando que hay casi total desconocimiento de la modalidad de divulgación de los predecesores de Heródoto. Creemos, sin embargo, que en este sentido hay algún testimonio particularmente importante, como el τάδε γράφω de Hecateo en su primer fragmento. Según Dorati, estas eventuales conferencias debieron ser escuchadas por un público bastante amplio, que asistiría a ellas como a una ejecución rapsódica o teatral, en la que él, indudablemente precedido de un enorme prestigio, producía con sus Historias emoción y encanto, en forma parecida a la que reconocía Gorgias para el arte de la palabra. Opina el autor que en cualquier caso la fase "oral" se daría solamente mientras las Historias estaban in fieri. Ello revela un gran optimismo en lo que se refiere a la existencia de "ediciones" en aquel tiempo absolutamente cerradas y acabadas, que excluirían la versión oral. ¿Hasta que punto condiciona esta forma de difusión del conocimiento la presentación de pueblos "diferentes" a los griegos? También con gran optimismo, opina que la etnografía antigua no es una ciencia aséptica: habría que pensar si alguna vez lo ha sido o si aún hoy lo es. Dorati trata de crear un protocolo de la presentación de los rasgos étnográficos intentando diseñar un espectro del primitivismo frente al mundo griego: así, en lo referente a la alimentación, si la comida es a base de cereal o cocinada, Heródoto pensaba que se ha subido un escalón de progreso; sigue en lo referente a la bebida un pueblo no conoce el vino, hay proximidad a la barbarie; sigue con el vestido, peinado, aspecto físico, etc. Posiblemente se podrían haber organizado estos apartados de forma más ordenada. Algunos son poco relevantes, como el aspecto físico, pero otros son muy complejos, amplios y distintivos. Dorati se da cuenta de que la lengua tiene una posición muy particular en esta relación: por un lado permite adentrarse (en el experimento de Psamético) en una "arqueología" de los diferentes pueblos, casi un paralelo a las gradaciones primitivismo-civilización, que tanto parecen interesar a Dorati. Por otro, la lengua es a veces un rasgo irrelevante: cuando hablan entre sí pueblos diferentes se prescinde del hecho de que se utilicen lenguas diferentes o de que en medio debe existir un intérprete. Se trata de una convención narrativa en la que Heródoto sigue a la épica. Sin embargo, señala Dorati, cuando se habla de la corte persa sí se mencionan intérpretes. Creemos que no solo se trata de impresionar con el fasto de la corte, sino que a Heródoto le llama la atención el interés, casi institucional, de los persas por las diferentes lenguas (recordemos también, las estelas en griego y asirio levantadas por Darío tras el paso del Bósforo con los nombres de todos los pueblos de su ejército) así como también por la cartografía, lo que revela rasgos de "modernidad" de un pueblo que aspiraba a controlar un amplísimo y variopinto estado. La religión está en una posición semejante: Heródoto, como Homero, no ve diferencias sustanciales entre las religiones griega y de otros pueblos, aunque según Dorati, sí en los cultos. Tal vez en relación con las las lenguas y las religiones de pueblos como los lidios o los persas, Heródoto y sus contemporáneos no veían diferencias tan grandes como puede parecernos hoy día. Frente a este mundo, Egipto y sobre todo sus costumbres funerarias tiene un lugar netamente diferenciado. Echamos de menos en la obra un análisis, semántico, previo: ¿Como se define lo extranjero y lo bárbaro? ¿Cuándo hay denominaciones de pueblos en plural y cuándo tienen una denominación local? ¿Cuales de ellos son §θνεα, y cuál es su diferencia con φύλη, p. ej.? ¿Por qué hay pueblos sin "etnografía": puede ser (y recordemos aquí al desaparecido Nenci), como cuando se refiere a algunos de occidente, por escaso conocimiento. Pero Dorati señala precisamente el caso de los griegos, de los que Heródoto no considera diseñar una etnografía, salvo en cierta medida de los espartanos. Dorati ve en la descripción un nivel "odológico", de viaje horizontal que articula en sus apartados descriptivo y narrativo. Sin embargo, pensamos que es precisamente el gran viaje de infinitos pueblos hacia Grecia, en las Guerras Médicas, en el que Dorati ve sólo un «blocco compatto di indistinti barbari», lo que va a definir para el futuro la barbarie y la extranjeridad desde el punto de vista de los griegos. HISTORIA Y SOCIEDAD HIDALGO DE LA VEGA, Ma. J. -SAYAS ABENGOECHEA, J.J. -ROLDÁN HERVÁS, J.M., Historia de la Grecia antigua. Salamanca, Ediciones Universidad de Salamanca, 1998. 489 pp. Dentro de la Historia Salamanca de la Antigüedad, dirigida por José Manuel Roldán Hervás, se publica ahora un segundo volumen, tras la Historia de Roma, editada en 1995, redactada por el mismo director de la colección. Éste se encarga además de la tercera parte de la nueva obra, «El mundo helenístico», mientras que J.J. Sayas se encarga de «La Grecia clásica» y Ma J. Hidalgo de la «Grecia arcaica». La reciente aparición de los nuevos planes de estudio universitarios ha llevado a muchos profesores a plantearse una vez más las necesidades bibliográficas de los alumnos, lo que constituye sólo una parte de la justificación de este nuevo manual. En otro plano, más profundo, se halla la convicción de todo historiador de que siempre es posible aportar una nueva visión de los temas globales, nunca agotados a pesar de la reciente proliferación de estas publicaciones en España, hechas por profesores españoles, tras una larga etapa en que los alumnos más bien se veían obligados a usar traducciones de manuales extranjeros. Finalmente, también constituye sin duda un factor añadido la política editorial, que ahora suele preferir traducir obras monográficas de autores extranjeros consagrados y dedicar el esfuerzo de los españoles a la redacción de manuales. La división del libro viene a ser la tradicional y generalmente admitida de Arcaísmo, Clasicismo y Helenismo, heredera de la Historia del Arte. Destacan algunas matizaciones, en relación con las divisiones más frecuentes. Por un lado, se incluye un capítulo previo sobre «La civilización egea», período controvertido a ese respecto, pues algunos prefieren considerarlo como una parte la etapa protohistórica, paralela al resto de la Edad del Bronce mediterránea, donde adquiriría todo su sentido. Sin duda, apoyar en ella el arcaísmo, como historia material y como referencia ideológica, es también un acierto desde el punto de vista de la comprensión general de la Historia de Grecia. Igualmente, hay quien prefiere incluir las Guerras Médicas en el arcaísmo, en la idea de que sólo a partir de su finalización aparecen los rasgos que definen claramente el clasicismo. Los mismos matices caben en relación con el carácter de las campañas de Alejandro como final del clasicismo o inicio del helenismo. Dado su carácter convencional es obvio que toda periodización es posible, pero tal vez fuera provechoso para un lector escolar explicar por qué se elige una entre las posibles. En Historia, cada autor representa una visión distinta de los hechos y una obra de tres autores conduce inevitablemente a la aparición de puntos de vista diferentes, lo que contribuye a dar a ese lector en formación una nueva idea de lo que realmente es la Historia, como objeto permanentemente sujeto a interpretación y a enfoques variados. La lectura suscita pues de nuevo el debate acerca de si un manual de Historia de Grecia es más formativo cuando ofrece una visión unitaria o cuando al mismo tiempo permite comprender la heterogeneidad de las tendencias historiográficas actuales. Así, desde luego, resulta más ilustrativo incluso en lo que se refiere al descubrimiento de la realidad historiográfica actual. Este libro tiene dos partes claramente diferenciadas: la primera, integrada por los tres primeros capítulos, se dedica al estudio de la gestualidad que formaba parte de la retórica romana, cuya descripción y formulación detallada se encuentra principalmente descrita de modo minucioso por Quintiliano (Inst. XI 3.68-149) y de forma menos sistemática en numerosas referencias de Cicerón y otros autores. G. S. Aldrete comenta estos textos haciendo de ellos una paráfrasis y los complementa con eficaces ilustraciones y con referencias iconográficas desde el período tardo-republicano hasta el siglo II d.C. incluyendo relieves, monedas, estatuas. La segunda parte, que incluye los capítulos cuarto y quinto, estudia las acclamationes que en distintos contextos y circunstancias pronunciaban distintos grupos sociales en Roma con ocasión del aduentus, de los juegos circenses o de múltiples oportuni-dades, dedicadas a gobernantes, políticos, oradores, tanto en un sentido positivo, de asentimiento o de felicitación y buenos deseos, como negativo, imprecando, solicitando, protestando. Para ello el a. recurre igualmente a la dispersa documentación literaria existente sobre el tema así como a algunas inscripciones a incluso representaciones iconográficas. El resultado es un libro que en palabras del a. es «un estudio de comunicación, de cómo los oradores romanos se comunicaban con sus audiencias y cómo, a su vez, estas eran capaces de responder y mostrar sus reacciones hacia los oradores» (p. Por tanto, declara el a. que se trata de un estudio sobre la comunicación no verbal (los gestos que minuciosamente y reglamentadamente debían seguir los oradores en sus discursos) y sobre comunicación verbal, la utilizada por las diferentes audiencias como respuesta (v. tb. p. Esta primera y esencial distinción en el libro que comentamos me parece muy frágil, débil y artificial porque las acclamationes, en la mayoría de los casos, en el mundo romano, no eran respuestas, sino expresiones espontáneas de acuerdo o desacuerdo, principalmente con la autoridad política, esto es, con el Emperador en sus apariciones públicas. Esta artificialidad entre las dos partes del libro condicionan su unidad y desarrollo, de modo que la primera parte es y tiene una estructura coherente y cerrada en si misma (el estudio de las gestualidad en la oratoria romana), mientras que la segunda desarrolla un tema que, aun estando ciertamente relacionado con la comunicación, es diferente y diverso del argumento tratado en los tres primeros capítulos y, en cierto modo, rigurosamente, que no tiene nada que ver con el primero. La primera parte aborda problemas interesantes y originales y poco tratados por los clásicos manuales o estudios sobre la retórica romana, como son los diferentes tipos de gestos que debían hacer los oradores para enfatizar sus palabras y discursos (p. El problema está en saber si las reglas que establece Quintiliano -que escribe a fines del siglo I d.C. -no son otra cosa que aspiraciones propias de un manual que nunca se llevaron a la practica de forma completa. Quintiliano representaría la teoría paradigmática y modélica, pero quizás no podemos dar por hecho que sus reglas se llevaron a cabo todas y cada una de ellas, tal y como da por supuesto G. Aldrete. Falta en el libro, o se echa de menos, una valoración o evaluación de la documentación que se utiliza, tanto de Quintiliano como de Cicerón mismo. Conviene recordar a este propósito que muchos de los discursos de este son elaboraciones literarias en ocasiones nunca pronunciadas. Al margen de estas consideraciones, el a. aborda temas de interés que, por otro lado, han sido puestos de relieve recientemente, por ejemplo, por F. En muchas ocasiones los oradores hacían referencias a monumentos cercanos a ellos durante su discurso o que formaban parte del escenario del mismo (estatuas, templos etc.) y el a. hace abundante use de las documentación arqueológica a este propósito, aunque a veces de forma imprecisa (por ejemplo en p. 23 se habla de la "victoria naval de Maenius sobre los Antiates" aunque, de hecho, no fue una victoria naval: cf. Liv. En general el a. en la discusión arqueológica es muy general y no entra casi nunca en los debates actuales ni en las nuevas propuestas o discusiones (ninguna referencia al Lexikon Topographicum Urbis Romae (ed. M. Steinby) o artículos o trabajos como los de Tonio Holscher, Monumenti statali e pubblico, Roma, 1996, entre otros muchos). Un ejemplo de esta falta de profundización en el debate arqueológico es su interpretación del relieve del Arco di Portogallo (hoy conservado en los Museos Capitolinos) que representa al Emperador Adriano hablando delante de tres personajes y flanqueado por otros dos (p. 95; este relieve constituye, por otro lado, la ilustración de la cubierta del libro, pero su reproducción es sencillamente inaceptable por su falta de nitidez que lo convierte casi en una mancha negra). Aunque el a. conoce el excelente y polémico (y tambien novedoso) articulo de Eugenio La Rocca sobre el mismo (Rilievi Storici Capitolini, Roma, 1986, p. 186, no tiene en consideración que el relieve formaba parte de un conjunto que decoraba el arco, en el que se hallaba, tambien, otro que representaba la "Apoteosis de Sabina", igualmente conservado en los Museos Capitolinos. Este hecho hace que la lectura de ambos sea indisociable, representando uno a Adriano como iurator de la elevación a los cielos de Sabina y el otro, la laudatio funebris pronunciada por el Emperador en recuerdo y memoria de su esposa ante los miembros de la familia imperial que se asociaban en ese momento a la sucesión al trono (sobre el tema ver ahora, Javier Arce, Memoria de los antepasados, cit. pp. 147-155 ). Por ello es una solución demasiado simple decir que el relieve «is an allegorical depiction of the emperor addressing the people somewhere in the Forum» (p. Habiendo mencionado la laudatio funebris resulta sorprendente que el a. no la mencione, a pesar de que constituyó una de las costumbres más significativas y emblemáticas del use oratorio en la época republicana (especialmente durante el siglo I a.C.) (la laudatio estaba normalmente encargada a un orador no profesional, aunque a veces fueron pronunciadas por grandes oradores: sobre el tema, ademas de J. Arce, cit. supra cf. también H. I. Flower, Ancestor Masks andAristocratic Power in Roman Culture, Oxford, 1996 y W. Kierdorf, Laudatio Funebris, Meisenheim am Glam, 1980). La segunda parte dedicada a las acclamationes es quizás menos novedosa porque recoge y comenta un material documental muy bien conocido sobre todo por las referencias literarias. Un hecho significativo, que el autor podía haber enfatizado y analizado más ampliamente, es que el fenómeno de las acclamationes se documenta principalmente a partir del siglo II d.C. y su máximo período de expresión y uso será el siglo IV y la época tardía. De hecho, mucha de la documentación que el a. utiliza para ilustrar el fenómeno proviene de la Historia Augusta. En resumen: Gestures and Acclamations es un libro atractivo por su tema, pero superficial por su tratamiento demasiado anecdótico y excesivamente repetitivo. Posee una extensa bibliografía, no sólo referida a la historia romana, sino tambien a tratados de semiótica y comunicación verbal o no verbal, pero no hace use suficiente ni profundo de sus contenidos, sobretodo desde el punto de vista antropológico y sociológico. Aún así, ilustra aspectos del comportamiento de la sociedad romana que a veces suelen pasar inadvertidos pero que son esenciales para la comprensión y entendimiento de sus formas de comunicación y vida política. La referencia al libro-tesis de J.V. Law, The Acta Fratrum Arualia as a Source for Roman Imperial History, Univ. of Minnesota, 1980, debe ser un error tipográfico en vez de Acta Fratrum Arualium. Artecom, 1999, 148 pp. El hallazgo casual de un epígrafe funerario inédito, en Roma, ha desembocado en esta monografía sobre la variedad de nombres dentro de una misma familia en la epigrafía de la Vrbs. Respecto a la presentación del nuevo epígrafe, el autor tantea las posibilidades de datación sin tener en cuenta la presencia de la fórmula DM, que lo sitúa en un momento no anterior al último tercio del siglo I. La onomástica del difunto -Ti. Claudius Dydymus (sic) -, probablemente un liberto imperial, parece corroborar estas fechas: la dedicatoria está puesta por el hijo. La duda sobre la interpretación como nominativo o dativo de la abreviatura frat en la penúltima línea es superflua: se trata naturalmente de un dativo. Las características de la onomástica del epígrafe presentado han llevado al autor a un análisis, desmesurado para el caso, de los epígrafes sepulcrales procedentes de Roma en los que hay distintos gentilicios en una misma familia. El cuerpo del trabajo está constituído por una serie de datos, porcentajes y gráficos que los representan. Este último repertorio, a todas luces fuera de lugar dado el contexto cronológico, arroja sin embargo un dato de cierto interés: no existe en la epigrafía de época republicana variedad de gentilicios entre personas emparentadas por línea paterna. La parte dedicada a las conclusiones no ofrece grandes novedades: se constata que la existencia de distintos gentilicios dentro de la misma familia es menos frecuente en las clases sociales elevadas, mientras que el fenómeno tiene gran incidencia entre los libertos. Podría haber sido de más interés profundizar en el estudio sobre los casos en que los hijos llevan el gentilicio de la madre. La adición de capítulos sobre los alumni de una parte y la guardia pretoriana por otra, incluyendo en este último observaciones sobre las vestales, contribuyen a la impresión de estar ante una acumulación caótica de datos con ausencia de un verdadero estudio. BLÁZQUEZ MARTÍNEZ, J. M.: Mitos, dioses, héroes en el Mediterráneo antiguo. Este trabajo reúne un buen número de estudios realizados por el prof. Blázquez acerca de diferentes aspectos de la religiosidad en la Antigüedad. Muchos de estos artículos habían sido publicados en distintos volúmenes y revistas nacionales y extranjeras de la última década de los noventa, siendo a veces de difícil consulta para alumnos e interesados en el tema, por lo que es de resaltar iniciativas como la planteada en este volumen. Sobre el contenido hay que señalar la importante contribución del libro, que conjuga aspectos en ocasiones no suficientemente resaltados, como la conexión entre las culturas de los extremos del Mediterráneo antiguo. Incidiendo en esta cuestión, los primeros trabajos versan sobre leyendas y mitos griegos originariamente documentados en el Mar Negro, la Cólquida y Tracia, que fueron trasladados e insertados en la tradición de Iberia. Mención especial merece igualmente la serie de estudios dedicados a la influencia próximo-oriental y específicamente fenicia en Occidente a través de la selección de trabajos como "Sirios y arameos en la colonización fenicia de Occidente" (pp. 128-146), "Astarté, señora de los caballos en la Hispania prerromana" (pp. 175-199), "El legado fenicio en la formación de la religión ibera" (pp. 201-216), "El legado cartaginés en la Hispania Romana" (pp. 217-240) ó "El impacto de la religión semita, fenicios y cartagineses, en la religión ibera" (pp. 241-304). Las últimas aportaciones sobre las religiones ibéricas, con particular dedicación a rituales funerarios, música y danzas, compone un tercer bloque temático que, no obstante, sigue el mismo criterio utilizado en los trabajos citados, el estudio de las fuentes literarias e iconográficas. Estamos, pues, ante una obra que, al proceder de un gran especialista en religiones antiguas como el prof. Blázquez, presenta además el mérito de acercar a alumnos y estudiosos a una detallada bibliografía y un rico aparato crítico sobre el tema, favoreciendo su iniciación al conocimiento científico de la religiosidad en el mundo antiguo. Prefacio de Michel Serres. Este libro es una traducción de Le Savoir Grec. Dictionnaire critique, editado por primera vez en 1996 por Jacques Brunschwig y Geoffrey Lloyd, profesores de Historia de la Filosofía en las Universidades de París y Cambridge, al frente de un numeroso grupo de colaboradores e investigadores. Lleva el subtítulo de «Diccionario Crítico» ya que pretende reflejar «la mirada de los modernos sobre el saber griego». Su objetivo principal es el de presentar un análisis descriptivo de los más importantes filósofos, historiadores y políticos, en definitiva, de los principales sabios de la Grecia clásica y helenística. Los autores de los distintos artículos ser objeto de crítica porque ya en la introducción los editores ponen de relieve el carácter selectivo de la obra. Por otra parte, los índices finales (de nombres y temas) permiten al lector interesado en un punto concreto una búsqueda rápida y eficaz. Por tanto, esta obra monumental se convierte en un magnífico instrumento de trabajo y de consulta. En sus casi ochocientas páginas encontramos, sin duda, lo más importante y característico del tema tratado. MÓNICA ELÍAS PÉREZ VI. BREVES BLÁZQUEZ MARTÍNEZ, J. M.: Los pueblos de España y el Mediterráneo en la Antigüedad. Estudios de arqueología, Historia y Arte. Este volumen es fruto de una detallada labor de compendio, que ofrece a todos aquéllos lectores e interesados en el estudio de los pueblos de España en la Antigüedad y sus relaciones con otras poblaciones del Mediterráneo un panorama actualizado de las investigaciones realizadas por el prof. Blázquez. El trabajo consta de cinco partes. La primera se compone de varios estudios sobre la influencia de los colonizadores en obras de arte de la Península Ibérica, la segunda aspectos relacionados con Cástulo (Linares, Jaén), la tercera diversas cuestiones que abarcan desde la época helenística a las repercusiones del gobierno de Nerón en Hispania, la cuarta las últimas investigaciones sobre diversos aspectos de la Hispania Romana y la quinta las más recientes contribuciones del prof. Blázquez acerca del estudio de la musivaria romana, tratando desde el diverso repertorio figurado, las relaciones con otras zonas del Imperio y las consideraciones históricas y especialmente socioeconómicas, que se pueden extraer de un arte como el de la musivaria romana. En suma, un extenso volumen que, conjugando una detallada y reciente bibliografía así como un amplio aparato crítico, ofrece al estudioso las últimas investigaciones del Prof. Blázquez acerca de los pueblos de la España Antigua en el contexto del Mediterráneo.
Ha contado con las observaciones y críticas de amigos y compañeros, que agradezco profundamente. En las referencias a autores y obras seguimos las pautas del Diccionario Griego Español, Madrid, CSIC,, Corolla Complutensis. Homenaje al Prof. J. Sánchez Lasso de la Vega, Madrid, 1998, un trabajo que, como el que aquí ofrecemos, comparte mucho en intención y método con los de otros miembros del equipo investigador del PI citado más arriba, cf., por ejemplo, los dedicados a la tradición indirecta de Homero en Aristóteles por M. Sanz Morales (especialmente su El Homero de Aristóteles, Amsterdam, 1994) y J. B. Torres Guerra, «El Homero de Jenófanes», Emerita 67, 1999, pp. 75-86. Asimismo, presenta ciertas semejanzas, debidas al parecido entre los autores estudiados, con Ma T. Amado, «8Omhrokrati‹ní›zein», Minerva 8, 1994, pp. 99-114. 2 Resulta extraña en esas condiciones la escasa atención que recibe Aristófanes en los manuales de crítica textual y estudios de tradición indirecta y el exiguo espacio que se le concede a la presencia de lo épico en su obra. 241) a la deformación cómica de un epíteto y de una expresión homérica muy frecuente en Eq. 297-300. a los autores de la comedia, siempre atentos a lo cotidiano, integrar en sus piezas por la vía de la parodia y de la crítica literaria fragmentos más o menos extensos de la producción ajena; se expusieron también las líneas generales de lo que pretende ser un estudio completo de la presencia de Homero y la épica en Aristófanes, que se inició con el análisis de las citas homéricas directas; a él remito también para cuestiones bibliográficas, relacionadas con la tradición indirecta en general y con la importancia de Aristófanes dentro de ella. Parece oportuno, no obstante, insistir brevemente en lo allí expuesto, con vistas a facilitar la lectura de este trabajo. Las comedias de Aristófanes -la Comedia en general -ofrecen de un modo voluntario o involuntario numerosos ejemplos de producción ajena integrada en su trama general o en escenas puntuales al servicio de sus propios intereses. Después de la tragedia, el género épico en general y Homero en particular es uno de los que con más frecuencia podemos detectar 2. La nobleza y solemnidad de su ethos se opone a la vulgaridad del contexto en que suele incluirse y ese contraste resulta cómico.Para establecer el conjunto de pasajes aristofánicos que habría que analizar hemos rastreado en Aristófanes la presencia de homerismos y epicismos, que hemos comprobado y, en su caso, ampliado por medio de la consulta de traducciones y comentarios de las comedias de Aristófanes, que suelen indicar los paralelos entre el cómico y otros autores, y de los escolios antiguos, fuente habitual, aunque no siempre reconocida, de muchos de esos paralelos citados por los modernos. Ese corpus, incompleto si se nos ha pasado por alto algún ejemplo, o más extenso de lo debido, si alguno no le pertenece en rigor -de hecho, es probable que alguno de los ejemplos que citamos reflejen la presencia en Aristófanes de un topos que documentan igualmente Homero, la épica u otros autores -, fue clasificado EM LXVIII 2, 2000 cos, no todos ellos incluidos en la versión actual del TLG, hemos manejado la edición de A. Bernabé, Poetae Epici Graeci. A los testimonios de la expresión Μουσάων θεράποντες, que citábamos en nuestro trabajo ya mencionado como paralelos para Av. 908, podemos añadir ahora, gracias a su consulta, el fr. 2 de Quérilo de Samos. 7 No se ve, sin embargo, la razón que justifique ese aserto ni qué problemas conlleva pensar lo contrario. De hecho, tanto V. Coulon-H. Van Daehle (Aristophane I-V, París, 1967-72 -Coulon a partir de ahora), como E. Rodríguez Monescillo (Aristófanes. Comedias I, Madrid, 1985 -en adelante Monescillo), como L. Gil Fernández, (Aristófanes. Comedias I, Madrid, 1995 -Gil) coinciden en esa identificación. 8 Así lo indica Gil, ob. cit., que comenta el carácter homérico del pasaje, así como el del proyectil aquí mencionado, mármaron (cf. Il. 9 "Apunta a un farol y mata a una vieja", decimos en castellano. Sobre el valor de los verbos empleados en la expresión homérica de este motivo, véase L. Conti, «Zur Bedeutung von tugxánw und 'f' ‰martánw», Glotta (en prensa). Parodias de situación con indicación de autor Las comedias de Aristófanes incluyen como propias algunas escenas y ciertos términos que forman parte del argumento de los poemas homéricos o son en ellos motivos y temas recurrentes. Presentamos los ejemplos por el orden cronológico generalmente aceptado para las once comedias. Los escolios sólo comentan que el Cratino de este verso no es el viejo poeta cómico, rival de Aristófanes, sino cierto individuo de ese nombre, fanfarrón, pendenciero y borracho 7. Sea como sea, tenemos en este verso un ejemplo del motivo homérico del tiro fallido 8, que se presenta en aquellos poemas de un modo más o menos completo y desarrollado, según los casos. El motivo tiene un desarrollo completo, como en el verso aristofánico, cuando a la mención del fallo en el objetivo deseado le sigue la indicación del blanco realmente alcanzado 9. Así aparece once veces en Homero (cf. p. ej. Il. Presenta, en cambio, un desarrollo incompleto cuando se menciona solamente el fallo. Fuera de Homero, la épica no presenta ejemplos de ese motivo, y en la literatura de los siglos VIII-V sólo Heródoto utiliza el motivo del tiro fallido en la narración de un hecho histórico, aunque los términos empleados y su distribución son distintos de los Ese carácter de conservador único o casi único de homerismos parece corriente entre los poetas de la Comedia Antigua, a juzgar por la situación de Cratino, cf. Ma T. Amado, en págs. 105,113 de «8Omhrokrati zein»,art. cit. 11 Cf. 12 No creemos demostrada la identificación que propone E. K. Borthwick (apud Gil, ob. cit.) con Il. V 580 ss., basada en que Aristófanes mencione un arma "no convencional", pues, de hecho, los tiros de piedra dan en Homero siempre en el blanco (a excepción de Il. XX 286, donde el fallo se debe a la intervención directa de un dios). 13 Aparte de Coulon y Gil, ya citados, véase R.A. Neil, The knights of Aristophanes, Hildesheim, 1966; no menciona el homerismo M. Landsfester, Die Ritter des Aristophanes, Amsterdam, 1967. Dedicamos aquí nuestra atención al conjunto del pasaje, reservando para otro lugar de este trabajo más acorde con nuestra clasificación el análisis de algunas expresiones concretas, como la del v. La expresión del cómico es completamente similar a los ejemplos homéricos señalados 11, aunque mucho más condensada, poniendo en vecindad absoluta el fallo y el acierto, que en la mayoría de aquéllos se mencionan separados con el intervalo de un verso o más. En ese sentido se parece más al ejemplo de Heródoto recién citado, pero pensamos que es Homero el autor que Aristófanes quiere sugerir a su público. En cuanto al pasaje concreto que se parodia en esta ocasión, creo que es imposible de identificar, ya que sólo se pretende evocar un motivo homérico muy frecuente 12. Casi todos los comentaristas señalan la evidente parodia del estilo oracular de este pasaje 13. La relación entre los oráculos y la épica es, por otra parte, algo bien conocido 14 y se han señalado diversos ejemplos de ese género como precedentes o imitados en éste. Los escolios antiguos advierten de la frecuencia en los oráculos de un comienzo como 'll' Àpótan. A su vez, Coulon y Gil señalan con toda razón su semejanza con Il. XII 200-207, que describe un presagio en el que aparece un águila que lleva entre sus garras ensangrentadas una serpiente, pasaje que ofrece ciertamente un parecido general bastante notable y una fácil identificación de la serpiente con las morcillas que fabrica Agorácrito, pero cuyas similitudes no bastan, a mi juicio, para reconocerle la EM LXVIII 2, 2000 15 No se le escapa el parecido a Van Leeuwen, Aristophanis. Coulon menciona unos versos parecidos en boca de la nodriza de Orestes en las Coéforos de Esquilo, vv. 751-62. consideración de modelo concreto imitado en estos versos aristofánicos. También podría citarse como pasaje homérico más cercano Od. XIX 538, si bien, a diferencia de los otros posibles modelos mencionados más arriba, la semejanza con éste es menos general que concreta, pues aunque en él aparece la expresión a±etòj'gkuloxÉlhj, "esa águila se deja caer sobre unas ocas". En consecuencia, nos encontramos ante la imitación general de una escena homérica contenida en un pasaje oracular, posiblemente Il. Y en este sentido queremos destacar que ni en la épica ni en la literatura de los siglos VIII-V hemos encontrado ningún ejemplo semejante. A pesar de que los escolios y la mayoría de los comentaristas modernos guarden silencio sobre la posibilidad de que en este pasaje tengamos una parodia de Homero, parece evidente la semejanza de la situación general, aunque no de cada uno de los cuidados que Estrepsiades dice haber dispensado a Fidípides en su niñez, con la que describe Fénix, el viejo ayo de Aquiles, en la escena de la embajada, Il. Tanto Fénix como Estrepsiades actuaron con igual cariño y abnegación, pero aunque en términos generales la situación es similar, el dramatismo de la escena iliádica que probablemente se parodia aquí, sumado a la nobleza de los caracteres heroicos en ella implicados, a la fuerza tenía que contrastar vivísimamente con la garrulería y vulgaridad de las palabras del viejo ateniense, protagonista de las Nubes, quien, no obstante, comparte con su noble predecesor la expresión de su amargura por el pago que sus respectivos pupilos les dan por sus cuidados de antaño. Aparte del posible paralelo esquíleo que señala Coulon, Aristófanes es, una vez más, el único autor que ofrece una muestra de ese tema en el marco cronológico y literario considerados en este trabajo. Aristófanes juega allí, parodiando la escena de una tragedia de Eurípides, con el doble valor de adjetivo y nombre propio de la palabra helena. 17 Ya hemos señalado la voluntad de Aristófanes de traer a sus comedias palabras de otros autores e integrarlas en ellas para provocar risa. El hecho parece ser característico de la Comedia en general, sobre todo cuando era difícil ejercer la crítica política directa, pues, como ha puesto de relieve Ma.T. Amado, Cratino muestra semejante intención. No obstante, el viejo cómico ofrece más ejemplos de parodias de situación que de versos concretos (lo que es lógico, pues es el tema de su comedia el que parodia un episodio homérico) que Aristófanes, en cuyas obras es más frecuente la parodia de palabras que la de escenas. En nuestro trabajo anterior hemos descrito los rasgos más generales de este ejemplo, de cuyo carácter de parodia de la famosa escena de la fuga de Odiseo y sus compañeros de la cueva de Polifemo, que se relata en el canto noveno de la Odisea, dan noticia los escolios y no deja de señalarse en los comentarios modernos. Para la identificación del personaje, compárese Od. 184; la misma extrañeza que muestra Tiracleón por la tardanza del asno es la que expresa el Cíclope (ibid.447-52) ante el retraso de su carnero favorito. Hemos señalado también ya que el juego de palabras aquí directamente parodiado tiene una segunda edición en los vv. El episodio homérico fue tratado también por Eurípides en su drama satírico El Cíclope, pero en la literatura de los siglos VIII-V no encontramos ya más ejemplos, ni siquiera en Los Odiseos de Cratino, aunque en este caso la ausencia de esta escena obedece, sin duda, al estado fragmentario de su conservación 17. Aunque no lo señala Coulon en su comentario, parece muy probable a simple vista que en este verso tengamos una nueva parodia de situación, referida a alguna de las numerosas artimañas de Odiseo: para salir de su encierro, Filocleón podría buscar un canalón (v. 350) y deslizarse por él disfrazado con harapos de mendigo como el muy astuto Odiseo. Semejante procedimiento encajaría bien con las mañas del héroe, pero en los poemas homéricos no hay ningún pasaje concreto que pueda aducirse como EM LXVIII 2, 2000 18 Il. XXI 355, aplicado a Hefesto, como en Helanico, fr. 20 Un cómodo resumen en Apolodoro, Epit. Polúmhtij 9Odusseúj es una fórmula muy frecuente en Homero: ochenta y seis ejemplos, sesenta y ocho de ellos en la Odisea, y una sola ocasión en que el adjetivo no se le aplica a Ulises 18. Fuera de Homero el conjunto no tiene más ejemplo que este verso y también es escasa la representación del adjetivo 19. Éste es, a mi entender, un detalle de gran importancia para interpretar el verso en conjunto y referirlo en general a la Odisea y su ambiente. Por otra parte, el uso de harapos como disfraz es un motivo odiseico muy conocido: es así como Ulises puede regresar a su patria y engañar a los pretendientes para darles muerte. Sin embargo los escolios al verso 350, comentando 1⁄2pÉ, el agujero o canalón, afirman que estos versos se refieren a la ocasión en que aquél (y Diomedes) penetraron en Troya por una alcantarilla para robar el Paladio. Y ahí comienzan las dificultades: IV 245 Helena relata la entrada en Troya de Ulises como espía en busca de la forma de conquistarla (speîra...'mf' ämoisi balÓn), entrada, circunstancias y medio que documenta asimismo Eurípides (Hec. 711-13, katà pólin,... ßakodútw7 stolâ7 pukasqeíj, ejemplo bastante cercano al nuestro por la presencia del adjetivo ßakodútw7 ). En cuanto al tema del robo del Paladio que protegía a Troya y la hacía inexpugnable, no está en Homero, pero sí en el Ciclo: aparece en la Iliupersis (fr. También en el Reso de Eurípides (vv. Los ejemplos mencionados documentan, pues, la presencia de Odiseo en Troya en dos ocasiones diferentes: una primera, en la que entró en la ciudad para espiar, y una posterior, en la que robó el Paladio, si bien el pasaje del Reso (vv. La Pequeña Ilíada, en efecto, las presenta en ese orden: primero, la entrada de Ulises en Troya para espiar (a±kisámenoj ¡autón, para lo cual se hizo desfigurar el rostro a golpes por Toante (fr. 7, 4-5 Bernabé, una forma de pasar inadvertido distinta a los harapos y las alcantarillas de las otras fuentes), y después el robo del Paladio, acompañado de Diomedes. En cuanto al medio empleado para penetrar en la ciudadela troyana, las fuentes se refieren principalmente a la ocasión en que entró para espiar y, salvo en la versión de la Pequeña Ilíada, coinciden en los harapos como disfraz, aunque sólo Rh. El único testimonio que, aun sin especificar que fue para robar el Paladio, alude al camino secreto, a la alcantarilla, como el escolio al v. 350 antes mencionado, es Sófocles, fr. 367, stenÈn d' oedumen yalída koÐk'bórboron, versión 21 W. J. M. Starkie, Aristophanes. 22 Por esa razón Van Leeuwen, Aristophanes. Vespae, Leiden, 1909Leiden, (= 1968) prefiere la Odisea como marco de referencia global para esta parodia. Que ignoran el paralelo de los vv. 525-26 del Agamenón de Esquilo, Troían kataskáyanta toû dikhfórou Diòj makéllh7, donde la presencia del adjetivo "justiciero" hace a ese que ofrece igualmente Servio, Aen. El conjunto de testimonios aducidos permite, pues, distinguir dos entradas de Ulises en Troya, para espiar y para hacerse con el Paladio, y dos medios distintos de hacerlo, disfrazado y por una conducción de agua, si bien no es posible establecer con precisión la relación exacta entre entradas y medios de hacerlo. Nuestro escolio al v. 350 parece interpretar que Aristófanes lo ha mezclado todo, al identificar una de las entradas con los dos medios empleados, pues carece de sentido disfrazarse si se va a utilizar un camino secreto o usar éste si ya se va disfrazado. Esa posible contaminación parece a primera vista la explicación más plausible y es la que aceptan en su mayoría los comentaristas 21, pero caben otras posibilidades. Ante todo, conviene recordar que el Ulises que Aristófanes pone como modelo para Tiracleón sale de un lugar, en tanto que el de sus posibles modelos entra; en segundo lugar, que salvo el paralelo más cercano a este verso, el de Rh. 710, ninguno de los posibles precedentes comparte con él cuestiones tan fundamentales como la adjetivación del héroe o, sobre todo, la mención explícita de los harapos, que constituyen la base del disfraz en nuestro verso y que ambos detalles son iguales en la Odisea 22; en tercer y último lugar cabe plantearse si las palabras ñsper polúmhtij 9Odusseúj abarcan al truco del canalón o, como el orden de palabras parece sugerir, sólo al disfraz con harapos, pues en este caso Aristófanes no sería culpable de contaminación, sino que se referiría a una sola situación. Por mi parte, aun con dudas, creo que esta explicación es preferible, pues a mi entender lo más característico de este Ulises aristofánico y, por lo tanto, lo que se parodia aquí, es su gran capacidad para urdir tretas y la del disfraz es una de las más conocidas. 1240, Diòj makéllh7 pân'nastréyh7 Díkh El azadón bifurco es un apero de labranza. XXI 257 ss. es la herramienta que se usa para desatascar una acequia de las piedras y el ramaje que la obstruyen. Y si el azadón es de Zeus, nos hallamos ante una metáfora de su arma favorita, el rayo, con el que despeja su camino y elimina cualquier obstáculo, humano o divino, que se opone a los designios de su voluntad. Así es como se le nombra en Sófocles, fr. 727, cuyo carácter modélico respecto a nuestro verso señalan los escolios 23. EM LXVIII 2, 2000 verso bastante parecido al nuestro, en el que es la mismísima Justicia la que manejará el azadón bifurco para aniquilar a los impíos. Si lo hay, es, en efecto, más general que concreto. Homero emplea laimój cinco veces, aunque ninguna de ellas en contexto de sacrificio. La palabra es frecuente en Eurípides, que en Helena 1584 ofrece un paralelo bastante cercano a nuestro verso, pero que no puede ser modelo de éste, pues esa tragedia es posterior a esta comedia. Quizá tengan razón los escolios y sea Sófocles el imitado. En ese caso nos hallaríamos ante una parodia del grandilocuente estilo de los trágicos, que, sobre todo en el caso de Eurípides, tanto fustiga nuestro poeta; pero creo que bajo el empleo de esa metáfora trágica subyace una nueva parodia de situación de la épica homérica, la del gran Zeus atacando y destruyendo con el rayo a sus enemigos, tal como lo vemos, entre otros ejemplos, en Od. Verdad es que en todos los ejemplos homéricos el rayo es nombrado directamente, nunca mediante la metáfora del azadón, con lo cual, si estamos en lo cierto, lo que hace Aristófanes es convertir en ridícula la acción de Zeus, al presentarle manejando una humilde herramienta de labrador para dar rienda suelta a su terrible cólera: lo que en los trágicos es una agudeza léxica, un artificio literario, sería ahora una burla, una imagen grotesca del dios completamente indigna de su majestad. 1517-18, oÐdè knîsa mhríwn ƒpo'nÊlqen ðj amâj La fundación de Piopío de las Nubes impide hace tiempo que los dioses reciban en su morada el humo de la grasa de los sacrificios. Las escenas épicas de sacrificio vienen inmediatamente a nuestra memoria ante esta frase, aunque no puede citarse ningún punto en Homero donde una frase así se repita. Podrían mencionarse, no obstante, numerosos paralelos, entre los que el más apropiado 24 es probablemente Il. El motivo es claramente épico y se encuentra también en el Himno a Apolo (vv. XI 49 y 82 como referencia, pero creo que es preferible ibid. 35, tà dè mÊla labÒn'pedeirotómhsa. En realidad, la parodia que lleva consigo esta escena afecta en su conjunto a la parte de la Nekuia odiseica en que se narran los sacrificios propiciatorios ofrecidos a las almas de los muertos, si bien aquí, con vistas a la comicidad de la referencia, la oveja y el cuello de allí se convierten en la 'camellacordera' y el 'gañote' de este verso. Los escolios no indican el aparente paralelo homérico 25 y afirman que la parodia se emplea para hacer una crítica de los filósofos: seres sin alma y que frecuentan las sombras. 309-12 de Pluto, que canta el coro en respuesta a unos muy similares que acaba de decir Carión (vv. 302-5), rezan así: "Desde luego que a ti, aquella Circe que brebajes mezclaba, preparaba filtros y manchaba a los compañeros, te vamos a echar mano por puro placer, e imitando al hijo de Laertes te vamos a colgar por los cojones" (Con la cursiva indicamos la transformación que señalan los escolios). Las identificaciones son sencillas: como Circe, Laide atraía a sus amantes con brebajes; en cuanto a Filónides, llamaba "jabalíes" a sus colegas, y en cerdos se convirtieron los compañeros de Ulises por culpa de Circe. 290-315 Los escolios indican que este pasaje está tomado del Cíclope de Filóxeno26, uno de los autores contemporáneos de Aristófanes más ridiculizados por el cómico, del que se burla por haber convertido al salvaje Polifemo homérico en un citarista enamorado y vegetariano. Pero a lo largo de este amplio pasaje los escolios señalan también paralelos con la Odisea, como no podía ser menos, dado que ese poema es en último término el modelo de las imitaciones de Filóxeno y Aristófanes. En efecto, al comentar el v. 312 27, los escolios se hacen eco de la imitación de varios pasajes odiseicos; el escolio, a cuyas palabras añadimos nosotros la identificación de los pasajes, afirma que habría sido más correcto que Aristófanes dijera "te pondremos una espada en el pecho", como hizo Ulises con Circe (Od. X 321-22, siguiendo el consejo de Hermes, ibid. 294-95), pero que el cambio de esas palabras pretende que lo sucedido con Circe sea igual que lo que le pasó a Odiseo cuando se colgó del cabrahígo durante el episodio de Caribdis (ibid. XII 432) o cuando por orden de aquél Eumeo y Telémaco colgaron al cabrero Melanto (ibid. XXII 187-94). Es decir, que Aristófanes habría imitado, deformándolos además, pasajes bien conocidos, lo que sin duda provocaría una reacción de sorpresa en su auditorio, que ya se habría quedado perplejo por la identificación de Laide con Circe y porque ésta y Filónides, identificado a su vez con Odiseo, sean los protagonistas del mito 28. En otro orden de cosas, cabe señalar el paralelismo de los versos en que se menciona a Laide, como Circe, mezclando mierda para atraer a los compañeros de Filónides, remedo de Ulises, y Od. Resulta, sin embargo, notable que la propia actividad de Circe mezclando brebajes, tÈn tà fármak''nakukÔsan (v. 309), prácticamente no sea mencionada en Homero. En sus poemas se citan con frecuencia los fármaka, habitualmente en conexión con alguna forma del verbo pássw, pero nada se nos dice acerca de cómo se fabrican, pues en el episodio de Circe ya mentado (Od. IV 230, fármaka... memigména se alude a la mezcla como génesis de aquéllos, aunque el verbo empleado es diferente del que usa Aristófanes en este pasaje, otra nueva deformación si el modelo homérico estaba en su EM LXVIII 2, 2000 29 No haremos aquí el análisis de Ves. 30 Del mismo modo que en nuestro verso lo está la contracta, pues kunÊn ocupa el último pie del verso, un trímetro yámbico, y en esa posición no es posible el anapesto. De todas formas, todas las apariciones de esa palabra en Aristófanes presentan la forma contracta, independientemente de su lugar en el verso. VI 277 e) decía que Sófocles se abastecía de la cantera homérica y es notorio que los ciclos tebano y troyano están en la base de sus obras; véase también una lista de motivos (no exhaustiva, según el autor) que comparten los tres trágicos entre sí y, frecuentemente, con la épica, que aporta J. Vara (en J. A. López Férez (ed.) III Versos y miembros de versos homéricos sin indicación explícita de autor Desperdigados por las comedias, con fidelidad al modelo o deformados -a veces por la necesidad de ajustarse a un esquema métrico ajeno al dactílico, a veces simplemente para obtener una mayor comicidad -, encontramos versos o segmentos de versos homéricos o épicos que sorprenden al auditorio con su solemnidad inesperada, insertos en un contexto de tono más bien vulgar por lo general 29. Que Aristófanes remeda aquí el homérico 4Aidoj kunéhn (Il. V 845), donde la forma antigua no contracta está exigida por la métrica 30 lo señalan los escolios y es sorprendente que no lo hagan ni Coulon, ni Monescillo ni Gil. La mención del casco mágico de Hades, que hacía invisibles a sus portadores, para describir la enmarañada cabellera de Hierónimo es un buen ejemplo de homerismo conservado casi exclusivamente por nuestro cómico. De hecho, en el género épico sólo se le cita en el Escudo pseudohesiódico (v. 227) y en dos pasajes de las Dionisiaca de Nonno (XXII 55 y XLVII 524) y en la literatura de los siglos VIII-V sólo lo hace Platón (R. 612 b). Esa situación resulta relativamente extraña, sobre todo por lo que se refiere a la tragedia, cuya mayor proximidad a la épica respecto a la comedia es generalmente admitida 31. Aquélla, en efecto, toma de la épica el tono general y prácticamente la totalidad de sus temas; en ella son muy abundantes los epítetos épicos y las escenas y situaciones que recuerdan pasajes de ese género o que están tomados directamente de él, cosa que, como hemos visto, es menos frecuente en la comedia, al menos en Aristófanes. Pero el caso es otro si nos fijamos en el empleo de versos y expresiones épicas 32 Véanse, por ejemplo, los ecos casi literales de Il. I 5 en Esquilo, Supp. 205-206 y Heródoto, VII 10, q 3, un ejemplo en el que, no obstante, es posible que estemos más bien ante la presencia de un lugar común en varios autores que ante la imitación consciente de uno de ellos por los demás. La primera de ellas es rechazable por inverificable y porque igualmente sería posible que en las comedias aristofánicas no conservadas estuvieran esos ejemplos que transmiten los trágicos o bien nuevos ejemplos épicos ausentes en éstos; el argumento basado en la métrica es igualmente desechable, pues aunque el ritmo de la comedia tampoco es fundamentalmente el dactílico, Aristófanes no parece tener problemas para integrar, deformados o literales, versos y cola de ese ritmo. Sólo la tercera explicación parece, en principio, plausible: los trágicos necesitarían un lenguaje especial, distinto del de la épica por un doble motivo. Primero, por hacer diferente en algo sus obras de la épica, con la que comparten tema y ambiente; segundo, porque las expresiones de la épica, reflejo de su concepción del hombre y el mundo, resultarían, por fuerza, pasadas de moda y, grave peligro, potencialmente ridículas, porque en la época de la tragedia esa concepción había experimentado profundos cambios. Tanto los héroes de la épica como los de la tragedia son, cada cual en su momento, personajes serios, y si los de esta última hablaran en el siglo V con el mismo lenguaje que aquéllos, resultarían anacrónicos y producirían un efecto devastador sobre la seriedad de la obra. En esas condiciones, la opción de la tragedia es emplear un lenguaje elevado, pero adecuado a las circunstancias de su tiempo. en los dos principales géneros dramáticos. Al analizar las citas homéricas directas vimos ya indicios de una tendencia que ahora se confirma en un número bastante elevado de los ejemplos que estudiamos en este trabajo: Aristófanes integra algunas veces en sus piezas expresiones de esa clase que no se documentan en la tragedia; con ello no queremos decir que él sea conservador único de lo épico en la poesía dramática, pues en alguna ocasión ejemplos épicos presentes en los trágicos están ausentes de su obra 32, pero sí que lo es en numerosos ejemplos que él cita y que carecen de correlato en aquéllos. ¿Obedece este hecho al azar de la tradición manuscrita, que nos ha permitido conservar sólo una mínima parte de la obra de los trágicos? ¿Es fruto de la dificultad de introducir palabras de ritmo dactílico en la métrica de la tragedia? ¿Refleja el interés de los trágicos de marcar diferencias con la épica con la que comparten tema y ambientación? El tema merecería un estudio particular que excede de los límites de este trabajo 33. El oráculo imitado en el pasaje analizado como ejemplo 2 del grupo anterior termina con este hexámetro, impecable desde el punto de vista métrico e incluso como predicción, pero ridículo por la afirmación de que los morcilleros recibirán de los dioses EM LXVIII 2, 2000 34 Podría ampliarse hasta la trocaica, incluyendo qeój, pero creemos preferible reducirla a los términos propuestos, pues si en la épica homérica se cita al dispensador de esa fuerza, se le menciona por el nombre (vid. Il. I 279, etc.) 35 En nueve de ellos se repite la fórmula méga kûdoj AxaiÔn [URL]. En su forma 1⁄2páss-son semejantes a la nuestra diecisiete de sus veinticuatro ejemplos. 38 Destaca kûdoj 1⁄2pázei en I 511. el kûdoj, esa especie de fuerza mágica que permite a ciertos héroes llevar a cabo acciones sobrehumanas en algún momento. La mezcla de lo épico y lo grotesco en aras, una vez más, de la comicidad. Centrémonos en la parte épica de este verso, desde la cesura heptemímeres 34 al final. Es preciso señalar ante todo que la idea que expresan esas tres palabras es muy frecuente en la épica, pero que su aparición conjunta es absolutamente exclusiva de este ejemplo. En Homero hay setenta y tres ejemplos del sustantivo kûdoj; dieciocho de ellos en la expresión méga kûdoj. Catorce 35 de éstos ocupan la misma sede que en este verso y cuatro (p. ej. Il. VIII 176), otra distinta; en cuanto a su combinación con formas del verbo 1⁄2pázw, son diez los ejemplos, nueve de los cuales [URL]. VII 205) forman, como aquí, el adonio final y uno (Il. Por su parte, 1⁄2pázw, aparte de los ejemplos en que se combina con kûdoj, se muestra en Homero nueve veces, ocho de las cuales aparece en final de verso [URL]. Como dijimos, se trata de una expresión bien asentada en Homero, pero que no aparece nunca en la forma que ha usado Aristófanes. El resto de la épica ofrece un panorama semejante. 20.9; 22.35 Bernabé) presentan sólo ejemplos del verbo, con muy escasa similitud con el verso que estudiamos; Hesíodo ofrece cinco usos de kûdoj, todos ellos similares por la sede métrica que ocupan 37 y entre los que merece mención especial Th.438, kûdoj 1⁄2pázei; los Himnos ofrecen sólo el buen paralelo de h.Merc. Entre la épica posterior, Apolonio, que emplea kûdoj en once ocasiones, lo hace sólo en tres de ellas en sede semejante 38, Nonno ofrece una curiosa peculiaridad, y es que utiliza la raíz de kûdoj nada menos que ciento veintisiete veces, pero sólo en D. XL 217, imitación de Il. XXII 393, aparece esa palabra, situación que resulta un poco menos exagerada en Quinto de Esmirna, que entre ciento veinticinco usos de palabras de la raíz de kûdoj ofrece veintitrés ejemplos de la propia palabra, de los cuales sólo son comparables al nuestro III 197, IV 577 y VII 566, que contienen la expresión méga kûdoj, aunque en sede distinta, y XII 273, kártoj dè qeòj kaì kûdoj 1⁄2pássei. Su ausencia es completa en los trágicos y entre los líricos más "homéricos" apenas si cabe mencionar cinco ejemplos en Píndaro y uno en Baquílides. El carácter épico del verbo es claro. 40 Nos hallaríamos, probablemente, ante variantes de origen rapsódico, una de las formas más frecuentes de modificación de un texto por la tradición indirecta, véase M. Van der Valk, Researches on the text and scholia of the Ilias II, Leiden, 1964, pp. 264-369, especialmente 266 ss. Con distinto orden de palabras, pero sin variantes textuales similares a las de este ejemplo, Aristófanes repite la expresión en Thes. Cuyo alejamiento del modelo homérico se demuestra por la imposibilidad de su inclusión en el ritmo dactílico, lo que no es problema con las palabras finales. En la literatura de los siglos VIII-V los ejemplos son muy escasos, y la falta de empleo de formas del verbo 1⁄2pázw 39 es un indicio de lo que sucede con la cita en su conjunto. En todo ese período sólo puede mencionarse un uso cercano en dos ejemplos de Solón (fr.19.5 y 31.2, en los que se combinan sustantivo y verbo), y sólo Píndaro, en once ocasiones no comparables a nuestro ejemplo, y Baquílides, en un fragmento dudoso, utilizan el sustantivo. Nos encontramos, en suma, ante unas palabras que aunque unidas no aparecen nunca en Homero, separadas y combinadas de diversa forma constituyen una expresión épica muy habitual, la de la concesión a un héroe de la fuerza necesaria para realizar hazañas portentosas. En ese sentido, la parodia y la burla del verso aristofánico es manifiesta y cabe pensar incluso en un falso epicismo, un invento de Aristófanes que ha unido palabras épicas de diversa procedencia para formar un conjunto que imita paródicamente dicho género. En otro orden de cosas, nos encontramos ante un ejemplo en el que Aristófanes se convierte prácticamente en el único autor de la época que estudiamos que conserva, aunque sea para ridiculizarlo, un homerismo. -----------------makrá VFS: pollá R keleúsaj R: keleúwn VFS Según los escolios, makrà keleúsaj es una expresión antigua del ático que manifiesta el desprecio del superior hacia el inferior. Las variantes textuales señaladas, equivalentes tanto desde el punto de vista del contenido como del de la métrica y presentes asimismo en alguno de los paralelos que señalaremos, indican que el tópico era susceptible de expresarse de dos formas distintas 40. Aunque la mayoría de los comentarios modernos consultados no lo indica, se trata de una expresión de raíz claramente homérica que Aristófanes carga de comicidad al mencionar la orden, kláein 41. Por otra parte, hay variantes textuales entre la frase de EM LXVIII 2, 2000 42 Obsérvese que el texto de Homero ofrece las palabras que son variantes en Aristófanes y viceversa, cf. el aparato crítico de nuestra Ilíada II. Aristófanes y el texto de Homero que probablemente son de origen rapsódico: estaríamos ante una misma noción, expresada de dos formas equivalentes que han tenido diferente fortuna en la tradición manuscrita de los autores que la emplean. Los precedentes homéricos para estas palabras son Il. Ámilon šfoíta pollà keleúwn 42 ) y XVII 356 (A2aj... špÓ7 xeto pollà keleúwn), únicos entre los numerosos ejemplos del verbo 'ordenar' en los que encontramos un complemento de género neutro, posiblemente con valor adverbial, como en el verso aristofánico. En estos ejemplos, además, ese complemento es el único, lo que quiere decir que no se menciona cuál es esa orden que con tanta insistencia dan los héroes, y en esto radica precisamente la comicidad de la parodia aristofánica, pues si el público reconocía la procedencia homérica de la mención de la orden, no dejaría de sorprenderse ante el contenido de la misma, "que te vayas a hacer muchas y buenas", una expresión vulgar, impropia del contexto épico al que apunta el resto de la frase: una carcajada segura. La épica no homérica ofrece ejemplos comparables en los Posthomerica de Quinto de Esmirna (VIII 259, boâ7 d' Á ge makrà keleúwn) y, con la variante pollà, el propio Quinto (VII 600, foíta... pollà keleúwn) y Apolonio Rodio (I 555, pollà bareíh7 xeirì keleúwn). En la literatura de los siglos VIII-V apenas podemos mencionar un ejemplo en Hiponacte (fr. 18, ]klaíein kȩleú[wn Boú]palo[n), otro en Heródoto (III 36, 8, Kûroj šnetélleto pollà keleúwn se nouqetéein), donde se hace explícita la orden, pero no tiene la carga de ridiculez del ejemplo aristofánico, y otro en Platón, también con expresión de la orden (Smp. Estamos, en resumen, ante un homerismo claro, escondido en una frase aparentemente vulgar. Tras él éxito de su viaje al cielo para rescatar a Paz y devolverla a la tierra, Trigeo prepara un banquete. A las puertas de su casa, algunos mozalbetes, hijos de personajes que participan en el mismo, pronuncian versos que permiten identificar al padre de cada cual. El primero de ellos se arranca con un recitado de fuerte apariencia épica, tanto por el tema como por el contenido, que dará lugar en su momento a la identificación del niño como hijo de Lámaco y al consiguiente rechazo del mismo por Trigeo, que lo considera inapropiado por lo belicoso a sus propósitos actuales y a la situación de calma que se ha logrado gracias a él. Para el análisis de esta escena parece oportuno dividirla 43 Relataba la conquista de Tebas por la generación de los hijos de los siete adalides que, con Polinices a la cabeza, protagonizaron el fallido intento de tomar esa ciudad que refleja el mito de los Siete contra Tebas. El poema, del que apenas conservamos más fragmentos que estos versos de Aristófanes (v. A. Bernabé, ob. cit. pp. 29-32, T. W. Allen, Homeri Opera vol. V, Oxford, 1947 (corr.) pp. 115-6) era, al decir de Pausanias (IX 9, 2), el más bello del ciclo, a excepción de Ilíada y Odisea. En el tercer año de la sexta Olimpiada, según Plutarco, Rom. 45 El verso corresponde con el fr.1 en la edición de Bernabé y en la de Allen, si bien este último no hace mención expresa del autor del poema. A mi entender, Aristófanes no debía de estar muy preocupado por esos distingos de atribución de autor, más propios de filólogos: Homero y la épica son para él la misma cosa, y, aunque eso no quiere decir que su opinión fuera acertada, cuesta creer que pudiera hacer gala de ella si su público no la compartía en mayor o menor medida. Como señalan los escolios, las palabras del niño coinciden con el comienzo de los Epígonos, poema épico del ciclo tebano 43 que ellos atribuyen a un Antímaco, que necesariamente ha de ser el poeta de Teos que alcanzó su cima en el año 753 a.C 44, a nombre del cual aparece, en efecto, en las ediciones modernas 45, pero que el Certamen entre Homero y Hesíodo y ciertos testimonios antiguos 46 hacían, aun con dudas, obra de Homero, verdadero cajón de sastre de toda la poesía épica arcaica. Que Aristófanes piense en este momento como autor de ese verso en Antímaco o en Homero (a quien él también considera autor de casi toda la poesía épica) no importa demasiado. Es claro que el verso sería reconocido por el público, que su recitación haría trasladar la imaginación de todos al terreno de lo épico y que el paûsai de Trigeo que lo cierrapronunciado, sin duda, con una inflexión de voz tan distinta del resto como pudiera el actor encargado de ese papel -, en lugar del esperado Moûsai, auténtico final del verso de los Epígonos, provocaría más de una risotada. El tono épico del verso es manifiesto, y resulta extraño que ni Coulon, que no comenta los posibles homerismos del pasaje completo, ni Platnauer 47, que lo hace ocasionalmente, señalen los paralelos. La exhortación a principiar el canto (no importa la deformación final de Trigeo) es usual en ese género, como puede verse en numerosos Himnos Homéricos (p. ej. h. 1, etc.) y en los vv. 1-36 de la Teogonía y presenta un lejano paralelo en el comienzo de las elegías de la colección teognídea (v. En cuanto a la expresión Àplotérwn'ndrÔn, encontramos paralelos épicos en Homero y en la épica posthomérica 48. En resumen, Aristófanes introduce en boca del primer niño, ridiculizándolo en su final, el comienzo de los Epígonos. Es dudoso si con ello pretende hacer pensar a su auditorio en Homero, pero la inclusión de semejante verso, épico en su conjunto y en sus elementos, evocaría sin duda el mundo de referencias propio de ese género literario. Por otra parte, nuestro poeta es el único testigo entre los siglos VIII y V de esas expresiones épicas. Pax 1273-74, {P. A ́} o ¶ d' Áte dÈ sxedòn ©san šp''llÉloisin ±óntej, sún ß' oebalon ßinoúj te kaì'spídaj 1⁄2mfaloéssaj -----------'spídaj:'spídoj R Versos así ofrecen pocas dudas acerca de la intención de Aristófanes de aprovecharse de Homero para sus fines. Tan belicosos hexámetros hacen pensar en las batallas de la Ilíada. De hecho, el niño que los pronuncia será enseguida (v. Los dos hexámetros conforman una frase de sentido completo y en todo o en parte repiten palabras de Homero, pero no hay ningún pasaje en los poemas de éste en el que aparezcan exactamente así, y ésa puede ser la razón que hace afirmar a Platnauer que Pax 1272-76 es un centón homérico, para el que señala algunos de los paralelos que se mencionan a continuación. Digamos, por último, que ni en el resto de la épica ni en ningún autor de los siglos VIII-V encontramos huella alguna de estas palabras y que sólo Aristófanes lo hace. Veamos los precedentes homéricos: Pax 1273 coincide exactamente con un verso homérico doce veces repetido, todas ellas en la Ilíada 49; por su parte, el v. 1274 está formado de la unión de dos hemistiquios documentados en Homero, aunque no formando parte del mismo verso: sún... ßinoúj aparece en el segundo verso de una escena de batalla, repetida dos veces en la Ilíada (IV 446-51 = VIII 60-65), verso que se completa con sùn d' oegxea kaì méne''ndrÔn 50. Es digno de mención que el primer verso de esa escena de combate empieza te kaì'spídaj 1⁄2mfaloéssaj es una fórmula, presente en distintos casos de la declinación diez veces en la Ilíada y una en la Odisea 51. Conviene señalar su presencia, en caso nominativo, en los vv. IV 448 ( = VIII 62) integrados en la escena de batalla que contiene nuestro primer hemistiquio. Veamos esta segunda parte del verso con más En principio, la fórmula declinable'spídaj 1⁄2mfaloéssaj es susceptible de ocupar en el hexámetro tanto la posición inicial como la final, pero en todas sus apariciones, a las que cabría añadir Il. XIII 192,'spídoj 1⁄2mfalòn oÖta, de métrica equivalente y sonido muy similar 52, está en final de verso, como en el ejemplo aristofánico. En esa posición compite con otra fórmula,'spída pántose 2shn (Il. III 347, al.), que con quince ejemplos es aún más frecuente que la nuestra. En todos los ejemplos (incluyendo Il. XIII 192), el pie anterior, el tercero, es un dáctilo y entre ellos hay seis, cuyas dos breves están ocupadas bien por te kaí, como en nuestro verso (Il. XIX 32), o bien por kaí, precedida de breve (Il. Nos hallamos, en suma, ante un ejemplo claro de homerismo conservado exclusivamente por nuestro poeta y sólo la falta de la mención explícita del nombre de Homero justifica que no incluyéramos este ejemplo en el trabajo que dedicamos a las citas directas. No obstante, hemos dicho ya que la cita no es completamente literal, ya que, aunque en cada una de sus partes las palabras de Aristófanes están en Homero, no lo están nunca reunidas de esa manera: algo semejante a lo visto ya en el ejemplo de Eq. En ese sentido resulta especialmente notable el caso de los dos hemistiquios que componen el v. Que aparezcan en dos versos consecutivos de la Ilíada, IV 447 y 448 ( = VIII 61 y 62), sugiere la posibilidad de una variante de número de versos en el texto homérico, una cita condensada de dos versos en uno, cuyo sentido completo es perfectamente adecuado al tono general del género épico; es más, tal como los presenta Aristófanes, ofrecen una secuencia de contenido más lógica en sí y más parecida a otros pasajes épicos similares que la del texto de nuestras ediciones de Homero 53; sin embargo, no podemos saber si la secuencia de versos que presenta Aristófanes es producto de una deformación voluntaria de los versos de su modelo en busca de la sorpresa cómica o si refleja la existencia en su época de variantes de número de versos para este pasaje respecto al texto iliádico comúnmente aceptado. 119 el mismo comienzo, õj... daínunto, que estos versos de Aristófanes. 62), aparezca el primer hemistiquio, sún... ßinoúj, como en Pax 1274, apunta más bien a la primera posibilidad: Aristófanes, para sorprender y hacer reír, deforma el modelo homérico, haciendo de dos versos uno solo con el principio del primero el final del segundo. Tras la interrupción de Trigeo, a quien no le satisfacen las alusiones a escudos recién recuperada la paz, el niño vuelve a la carga con un nuevo hexámetro homérico, que está (es el v. IV) dentro de la escena de guerra citada en el ejemplo anterior y es ejemplo único del verso en Homero. Este hecho refuerza, en mi opinión, la posibilidad que estamos discutiendo de que Aristófanes invente para sorprender al público o conozca una variante más breve para todo este pasaje que la de nuestra Ilíada y no sólo para 1274. Recuérdese que la escena de batalla repetida (IV 446-51 = VIII 60-65) comienza por el mismo o ¶ d' Áte dÉ que nuestro v. Como en el ejemplo anterior, nos hallamos ante la conservación exclusiva por Aristófanes de un verso que sólo se documenta en Homero. Con todo, puede apuntarse algún verso parecido en la épica posterior, concretamente en Quinto de Esmirna (XIII 103, o±mwgÈ dè péle stonóessa gunaikÔn y XIV 515-16, o±mwgÈ katà nÊaj oeplet''polluménwn). 107-108 del Certamen entre Homero y Hesíodo, cuyo primer verso presenta una variante, deîpnon oepeiq' e1lonto, probablemente rapsódica 54, son incluidos como dudosos entre los fragmentos de los Epígonos (fr. Sobre la autoría de este poema hemos hablado al comentar Pax 1270 y aún hemos de hacerlo en la cita siguiente. Tras completar su primer verso con palabras propias, que respetan, no obstante, la secuencia métrica del hexámetro, como hizo ya en el v. 1270, Trigeo se siente inspirado y recita, como si fuera épico, un verso inventado por él, más adecuado a sus intenciones del momento. El resultado es un hexámetro correctamente construido pero de muy escasa relación con posibles modelos homéricos. Vayamos por partes: Sin la deformación de Trigeo, el Niño recita los dos versos que, como dijimos en el ejemplo anterior, figuran en las ediciones modernas entre los fragmentos dudosos 59 de los Epígonos. Es importante señalar que en esta ocasión, a diferencia de lo que pasaba con el v. 1270, ni los escolios ni el Certamen mencionan los Epígonos como fuente de estos versos 60. Ya hemos dicho también que el Certamen presenta una variante para el primer verso y a ella hay que añadir la que citamos supra en el aparato crítico de esta cita. Desglosados en sus componentes y realizado su rastreo en los lugares de costumbre, a saber, Homero y la épica, por una parte, y la literatura de los siglos VIII-V, por otra, encontramos lo siguiente 61: No hay huellas en toda la épica del adonio final, kaÐxénaj 1ppwn; pero podemos citar expresiones parecidas en Homero y fuera de Homero 62; y entre los siglos VIII y V sólo Sófocles usa la expresión lasiaúxená q' 1ppon. Para las palabras kaÐxénaj... ¶drÓontaj hay un precedente en Il. IV 39), o ¶ d' 1ppouj mèn lûsan ×pò 63 Respectivamente, poléwn kekorÉmeq''éqlwn y fulópidoj péletai kóroj, para los dos últimos grupos,. En el segundo verso nada, excepto lo recién apuntado, puede aducirse como precedente para sus primeras palabras, y la situación no es mejor en el resto, carente asimismo de paralelos exactos. No obstante, pueden aportarse ejemplos del uso del verbo con régimen en genitivo, como en el verso de Aristófanes, con palabras de sentido concreto indicando el alimento con el que se sacian, o en dativo instrumental. Entre ellos consideramos especialmente interesantes aquellos cuyo complemento tiene alguna relación con el ámbito de la guerra, la palabra que constituye el complemento del verso que analizamos. En cuatro de ellos (Il. XIV 456 y XVIII 172) el complemento es una palabra de sentido concreto (p. ej. škoréssato forbÊj en Il. XXIII 350) lleva un complemento de sentido menos material y en los dos restantes (Il.XIX 221 y XX 2) pertenece al ámbito de la guerra 63. La similitud con nuestro verso es, no obstante, mínima. Fuera de Homero, en la épica el complemento es una palabra de sentido concreto en un verso del Himno a Deméter (v. Sólo el Escudo pseudohesiódico presenta en sus tres empleos del verbo (vv. 346, 433 y 459), como el verso de Aristófanes y los dos ejemplos iliádicos citados supra, un complemento perteneciente al campo semántico de la guerra. Por su parte, en la Literatura de los siglos VIII-V no hay paralelos exactos. Ni siquiera cabe mencionar en ese período la presencia de ejemplos como los recién mencionados con complementos relacionados con la guerra. Los usos de ese verbo suelen presentar complementos de sentido concreto 65, excepto un ejemplo de Teognis, ploútou qumòn ×perkorésaij (I 1158), de sentido más bien abstracto. Del análisis de los dos versos de esta cita surge una conclusión evidente: constituyen una expresión única, ajena a la tradición, aunque para algunas palabras y expresiones contenidas en ellos pueda apuntarse algún que otro paralelo lejano. Y en esas circuns-EM LXVIII 2, 2000 66 La cronología más alta la dan A. Pérez Jiménez y A. Martínez Díez, Hesíodo, Madrid, 1983, que piensan en V-IV a.C.; para F. Rodríguez Adrados (en J.A. López Férez (ed.), Historia de la Literatura Griega, ob. cit. p. 68) es seguramente de IV a.C. y el Canon del TLG lo sitúa entre III antes y II d.C. Por su parte, West, «The contest of Homer and Hesiodus», CQ 17, 1967, pp. 433-50 y V. di Benedetto, «Aristophanes, Pax 1282-3 e il Certamen tra Omero e Esiodo», Rend. Linc. ser VIII 24, 1969, pp. 161-65 difieren en el sentido de que mientras West niega cualquier relación voluntariamente establecida por Aristófanes entre estos versos y Homero y Hesíodo, para di Benedetto, Aristófanes habría innovado respecto al Certamen, al darle los dos versos a un solo personaje (lo que, de paso, supone concederle mayor antigüedad). Nosotros pensamos más bien que el Certamen es posterior a Aristófanes y que, aunque hubiera sido al contrario, no cabría hablar de innovación por parte de éste, sino, en todo caso, de deformación cómica. tancias cabe preguntarse por su autoría. ¿Son, como afirma el Certamen, versos de Hesíodo y Homero? ¿Formaron parte, como aceptan aun con dudas los editores modernos, de los perdidos Epígonos, fuera quien fuese el autor de éstos? ¿O son, simplemente, un invento de Aristófanes que ha configurado dos versos de apariencia completamente épica, sacando sus integrantes de aquí y de allí? Y aún hay una segunda cuestión que plantean estos versos, la discrepancia textual entre Aristófanes y el Certamen y la relación cronológica entre ellos. Vamos a abordar aquí esta cuestión y dejaremos para el siguiente ejemplo, con el que acaba este grupo de citas, el problema de la autoría antes mencionado. En ese sentido es preciso afirmar que pese a que Platnauer en su comentario a los vv. 1280-81 de esta comedia dice que Aristófanes ha tomado del Certamen el principio de sus versos, esa obra suele datarse con posterioridad a nuestro cómico, lo que significa que si hay alguna relación de dependencia entre ellos sería el Certamen el que habría introducido cambios sobre el modelo de Aristófanes 66. Sin embargo, es preciso recordar que la lectura del comienzo de Pax 1280, repetido en 1283, no tiene más paralelos que Od. IV 15 y el más lejano de Od. IX 162, etc., en tanto que la variante del Certamen está algo más representada en la tradición épica, con ejemplos en Homero, que en Od. VI 97 presenta el mismo deîpnon... e1lonto y una combinación de esos mismos verbo y sustantivo en otras cuatro ocasiones (Il. IX 86 (= X 57) y XVII 176), y fuera de Homero en un único ejemplo del mismo tipo que estos últimos paralelos homéricos recién citados 67. Es decir, las dos variantes cuentan en los poemas homéricos y en el género épico con posibles precedentes más o menos exactos, y en esas condiciones, si queremos defender que Homero late en ese verso, no se le puede otorgar mayor autoridad a una variante que a la otra, sino que, como ya apuntábamos, lo correcto sería interpretarlas 68 De los veinte ejemplos de Homero sólo uno es de la Odisea (XII 227) y ocho de los trece ejemplos en que el verbo ocupa el final de verso aparece en la misma forma que en nuestro verso; los ejemplos posthoméricos corresponden a A.R. I 42 y a Opp., C. I 202. Los escolios explican θωρήσσοντο como sinónimo de "beber" (cf. LSJ s.u. qwrÉssw) y tanto Van Leeuwen como Platnauer aceptan, acertadamente a mi juicio, ese sentido para este verso, al que consideran deformación de Il. 70 En el resto de la épica el verbo sólo aparece en esa posición en seis ejemplos, todos de como rapsódicas, variantes libres entre dos expresiones alternativas de una misma acción, y de ser así no podrían utilizarse para determinar la cronología relativa de las dos fuentes que las transmiten. Pax 1286-87 {P. A ́} qwrÉssont' ƒr' oepeita pepauménoi -{TR.} ƒsmenoi, o: mai. {P. A ́} púrgwn d' šcexéonto, boÈ d' ƒsbestoj 1⁄2rÓrei De nuevo el niño recita versos de apariencia épica -el primero de ellos interrumpido por el irónico comentario de Trigeo -, pero que, como veremos, carecen prácticamente de precedentes en ese género. Como los del ejemplo anterior, los versos son considerados, con dudas, parte de los Epígonos (fr. 116), pero en este caso Aristófanes es la única fuente de los mismos. Vamos a buscar los posibles paralelos, descomponiendo los versos en sus integrantes: No hay ningún ejemplo de qwrÉssont'... oepeita, a pesar de que el verbo es muy frecuente en la poesía épica, pero no en el comienzo del verso, posición para la que sólo cabe mencionar el paralelo de Quinto de Esmirna (VIII 4). La sede más usual es el final de verso. Así se da en trece de los veinte ejemplos del verso en Homero, en la Teogonía hesiódica y en sus dos usos en la épica posthomérica 68; puede afirmarse, en consecuencia, que su uso en esa sede es formular y en ese sentido resulta sorprendente que no sea su lugar en el verso en ninguno de sus diez usos en Nonno. En cuanto a pepauménoi, hay que decir que esa forma sólo aparece en Il. III 150 y precisamente en esa sede, pero con una diferencia importante, y es que en ese verso, como suele suceder en la mayoría de los numerosos ejemplos que el verbo presenta en Homero, un complemento aclara con qué se termina, cosa que no aparece en este verso. Y a diferencia de otras ocasiones en que nos hemos atrevido a proponer una forma de completar el verso que comentábamos (véase más arriba respecto a Pax 1281), no encontramos en ninguno de ellos el complemento que nuestro pepauménoi podría llevar en el hipotético verso épico que recita el Niño 1 y que habría sido sustituido por el irónico comentario final de Trigeo 69, ya que, como hemos dicho, Il. III 150 es el único ejemplo en todo Homero en el que una forma de ese verbo ocupa esa sede 70 Aunque podrían reducirse a dos, ya que en el v. Tendríamos pues, como otras veces, formas épicas empleadas en sede no épica, y ello, unido al posible doble sentido de qwrÉssw en este verso, refuerza la posibilidad de que el verso no sea de procedencia épica, sino una invención de Aristófanes. XVI 267, šk nhÔn šxéonto: boÈ d' ƒsbestoj 1⁄2rÓrei, estaríamos ante un verso con una segunda parte plenamente épica, pero cuya primera parte sería un completo invento de nuestro poeta. 1⁄2rÓrei tiene precedentes en la poesía épica y particularmente en Homero, en cuyos poemas esas palabras son una fórmula de final de verso 72, la misma posición que, aunque modificada, ocupa en sus dos únicos ejemplos de la épica no homérica 73. Concluido el análisis del grupo de citas de Pax 1270 ss., es momento de responder a la pregunta que dejamos planteada al comentar los vv. ¿Estamos ante la presencia de versos épicos auténticos -de los Epígonos concretamente, sea este poema obra de Homero o de Antímaco -o ante unos versos donde lo épico es sólo aparente y son una invención paródica de Aristófanes, que ha reunido palabras épicas bien documentadas, colocándolas en posiciones del verso ajenas a lo habitual en ese género 74? El problema, en realidad, atañe más a los vv. En rigor, la épica ofrece ejemplos similares por el contenido y por la posición de las palabras en el verso sólo para el principio (õj o ¶ mèn daínunto, v. 1287), lo que quiere decir que sólo a esos segmentos les es imputable sin problemas el carácter de cita épica u homérica por parte de Aristófanes; pero no pasa lo mismo con el resto, que parece hecho por medio de la reunión caprichosa de palabras épicas en lugares del verso extraños para esas palabras cuando aparecen en la épica. Pese a todo, las ediciones modernas de poesía épica atribuyen, aunque con dudas, es-76 Cuatro ejemplos, todos en la Odisea: X 521, parecido a XI 29 y X 536, parecido a XI 49. La expresión falta en la literatura de los siglos VIII-V a.C. tos versos de Aristófanes a poemas épicos perdidos; pero la carencia de paralelos que hemos señalado en su análisis y el hecho de que nuestro poeta sea fuente única o casi única del presunto poema épico perdido nos induce a creer más bien que los versos son un mero invento de nuestro poeta y que nunca formaron parte de otro poema que La Paz. 685-87, ƒge dÈ fúsin ƒndrej'mauróbioi, fúllwn geneâ7 prosómoioi, 1⁄2ligodranéej, plásmata phloû, skioeidéa fûl''menhná,'ptÊnej šfhmérioi, talaoì brotoí,'nérej e±kelóneiroi Dentro de un pasaje en tetrámetros anapésticos catalécticos (nos hallamos en la parábasis), el corifeo emplea para calificar a los seres humanos algunos adjetivos y expresiones que a primera vista podrían pasar por épicos. La presencia de dichas palabras en ese ritmo, en cuyo seno el dáctilo es un pie utilizable en casi cualquier posición y cuyas semejanzas generales con el ritmo dactílico son manifiestas, facilita notablemente la posibilidad de uso de formas épicas: de hecho estas palabras cumplen ese requisito; pero de todo el pasaje tan sólo podríamos pretender una segura procedencia épica para fúllwn geneâ7 prosómoioi del v. 685 y es menos probable o incluso hay que rechazar la posibilidad por completo para el resto y posiblemente la mejor opción para alguno de los términos aquí usados sea pensar que estamos ante frases gnómicas y que como tales son objeto de profusa utilización por diversos géneros, lugares comunes no exclusivos de ninguno de ellos. Ni Homero, ni la épica, ni la literatura entre los siglos VIII y V usan jamás el adjetivo'mauróbioi; en cuanto a 1⁄2ligodranéej, apenas podría apoyarse en el participio 1⁄2ligodranéwn documentado en Il. 7.2 del poeta Ión de Quíos; cabría mencionar incluso 1⁄2ligodranían en el v. La situación no es mucho mejor para la expresión skioeidéa fûl''menhná, ya que el primer adjetivo suele ofrecer en Homero la forma compuesta mediante el sufijo -oeij y el sustantivo que constantemente completa a'menhná es kárhna 76, si bien el v. 352 del Himno a Deméter contiene el mismo grupo fûl''menhná que el verso de Aristófanes. Tampoco son observables posibles precedentes épicos para talaoì brotoí; de hecho, no hay ejemplos de la primera de esas palabras en ninguno de los ámbitos que consideramos en este trabajo, donde lo que aparece es, o bien la forma simple, tálaj, muy frecuente en la tragedia, pero no en expresiones tales que puedan hacer pensar en que ésta se ha tomado de ella, o bien en el compuesto talasífrwn. Sin paralelos exactos, aunque bien documentada, encontramos la calificación de efímero para el Graeci, vol. 2, Oxford, 1972). Hace tiempo, siguiendo una conjetura de Bergk que reflejaba un claro intento de defender para Homero la datación más alta posible, la cita se le atribuía al yambógrafo Semónides de Amorgos, cuya cronología es dudosa, pero, en cualquier caso, anterior al lírico de Ceos. Por otra parte, Clemente de Alejandría (Strom. VI 2, 5) afirmaba que el verso en cuestión era de Museo, de quien lo habría tomado Homero, lo cual, unido a la presencia del desarrollo del motivo que ese verso inicia (que se hace en los versos inmediatamente siguientes) en otros pasajes de Homero y fuera de Homero (por ejemplo, Mimnermo y Píndaro, a quienes nos referiremos enseguida), hace pensar que entre todos esos testimonios no hay relación de modelo y copia, sino que quizá todos reflejan independientemente un motivo tradicional, probablemente de carácter oracular, cf. nuestro Homero. 80 ãkumórwn merópwn geneÈn fúlloisin šískw, un ejemplo muy cercano a Il. VI 146, la género humano y la que lo compara con la inanidad de los sueños 77. Con todo, se trata de expresiones sin paralelo exacto, que esta vez, dada su presencia en un pasaje fácilmente adaptable al ritmo dactílico, habría sido sencillo de conseguir. Ello nos induce a suponer que en estas palabras no hay indicios de cita -y, por ende, de parodia -de palabras y expresiones homéricas o épicas concretas, sino ante la presencia en la comedia de una máxima bien conocida y con amplia representación en toda la literatura. Distinto es, en cambio, el caso de fúllwn geneâ7 prosómoioi, cuya semejanza de contenido con Il. VI 146, uno de los versos de Homero más citados en la literatura griega 78, es señalada por los escolios pero incomprensiblemente silenciada por Coulon. En el texto de Aristófanes esta expresión debe considerarse sin duda un homerismo, pues, de hecho, sólo en Homero dentro de la literatura de los siglos VIII-V encontramos, aparte del ya citado, posibles precedentes para esta expresión, lo que quiere decir que una vez más nuestro poeta es testigo prácticamente único de esa clase de expresiones 79. Podrían mencionarse expresiones parecidas en Il. II 800, líhn gàr fúlloisin šoikótej y XXI 464, deilÔn, oo fúlloisin šoikótej; y como paralelos más alejados, los vv. VI, donde se desarrolla el símil y, muy parecidos a ellos, Il. Por ello, a pesar de que ni referencia homérica más próxima a este verso de Aristófanes, y que continúa en un sentido muy parecido al de los paralelos más lejanos de Od. IX 51, etc. 81 Véanse, entre otros, Coulon; F. Rodríguez Adrados, Aristófanes. Homero ni la épica ofrecen un paralelo exacto para estas palabras, la frecuente presencia en ellos del motivo de la comparación entre la vida del hombre y la de las hojas nos hace afirmar que en esta ocasión hay una intencionalidad por parte del cómico de hacer pensar en Homero y la épica al introducir esas palabras en sus versos. Remedando a su marido, que reivindica la actividad bélica como algo puramente varonil, Lisístrata pronuncia esas palabras que poco más adelante (v. 538) repetirá deformadas Cleonica, reclamando para las mujeres la participación en esas mismas actividades. Nos encontramos, como en el ejemplo anterior, dentro de sendos pasajes de ritmo anapéstico, tetrámetros catalécticos en 520, donde estas palabras ocupan el segundo hemistiquio, es decir, constituyen un paremiaco, y un breve sistema anapéstico que cierra precisamente el v. Las palabras del marido de Lisístrata reproducen las que le dirige Héctor a su esposa durante su breve visita a la ciudadela troyana (constituyen el segundo hemistiquio de Il. VI 492, desde la cesura pentemímeres hasta el final, y se repiten posteriormente, en igual sede pero contexto diferente, en XX 137). Los escolios señalan la procedencia homérica de ese hemistiquio y también lo hacen los comentaristas modernos 81. Homero es, en efecto, el único poeta épico que emplea esa frase, y la combinación de esas tres palabras juntas no se da en la literatura de los siglos VIII-V más que en este verso de Aristófanes, aunque cabe citar un lejano paralelo en Jenofonte, Cyr. Si eliminamos una de las palabras de la cita, resultan dos posibles agrupaciones: por una parte, los hombres y su actividad; por otra, la guerra y sus exigencias. Respecto a la primera combinación, hay que decir que es casi exclusiva de Homero y su Odisea dentro de la épica, cf. I 358, mûqoj d' ƒndressi melÉsei, XI 352, pompÈ d' ƒndressi melÉsei y XXI 352 tócon d' ƒndressi melÉsei; añádase el v. 27 (Áde d' aÖt' ƒndressi melÉsei) del Himno Homérico a Dioniso. Los ejemplos prueban que, aun con cometidos diferentes, se trata de una expresión formular de final de verso. La literatura de los siglos VIII-V no ofrece sino dos ejemplos de esta combinación de palabras (Thgn. 83 Las propias palabras de Héctor a Andrómaca son una amable invitación a que se ocupe exclusivamente de sus cosas. Mucho menos amables y más explícitas son las palabras con las que Agamenón (Il. I 31, ¶stòn špoixoménhn kaì šmòn léxoj'ntiówsan) explica cuáles son sus intenciones respecto a Criseida. El modelo parodiado por este verso, pólemoj d' ƒndressi melÉsei, y todos los que hemos citado como parecidos a él por mencionar a la par a los hombres y sus cometidos, ocupan siempre la misma porción del verso: desde la cesura pentemímeres hasta el final, y su cuarto pie es un espondeo que respeta el llamado "puente bucólico", ya que la segunda larga de dicho espondeo pertenece a la misma palabra que la primera del quinto pie. En la parodia, en cambio, el segmento de verso es el mismo, pero el cuarto pie es un dáctilo, entre cuyas dos breves, además, hay un final de palabra. Incumple, pues, el respetadísimo "puente de Hermann". siones muy diferentes de la que estamos considerando. En cuanto a la mención conjunta de la guerra y su atención, la épica sólo ofrece un ejemplo en Apolonio (III 562, mhd' Ñmmin polemÉia oerga méloito) y en la literatura de los siglos VIII-V todos sus ejemplos se encuentran en obras escritas en prosa 82. 520 de Lisístrata nos pone una vez más ante la conservación exclusiva de un homerismo por parte de nuestro poeta, así como (v. 538) ante su deformación voluntaria con vistas a provocar la sorpresa y la risa de su público. A los escolios antiguos y a los numerosos comentaristas modernos que han señalado el paralelo del v. VI 146 se les ha pasado por alto la fuerte comicidad que contiene su parodia un poco más adelante en boca de Cleonica: la aparentemente leve deformación que sobre el modelo del v. 520 supone el 538, pólemoj dè gunaicì melÉsei, es un cambio fundamental con un efecto doblemente chocante. Por una parte, por la atribución a las mujeres, mediante palabras que respetan el ritmo de la épica, de cometidos que ésta les niega en absoluto 83; por otra, por la muy diferente forma métrica 84 de la parodia respecto al modelo. A la sorpresa de una afirmación inesperada se uniría el golpe de una secuencia rítmica inusitada, con el efecto cómico que cabría suponer. El análisis de los dos grupos de citas homéricas estudiados en este trabajo, a saber, parodias de situación y versos y miembros de versos homéricos, apoya con nuevos datos las conclusiones que se alcanzaron en el análisis de las citas directas, aunque sólo podremos considerarlas definitivas cuando se haya completado el análisis de todos los ejemplos. Hemos visto, en efecto, también en este trabajo, que Aristófanes tiene en Homero un referente universal para todo lo épico y que ese género le proporciona un filón del que sacar situaciones o palabras que en un momento pueden servirle para caracterizar una acción, un personaje, etc. La épica, en conjunto y en detalle, era, sin duda, un género bien conocido entre el público ateniense de finales del siglo V, y cuando se comparara la vulgaridad del contexto cómico, tanto en situación como en palabras, con el tono elevado y el aura general de nobleza de la épica, tan bien conocidos por todos, forzosamente habría de producirse un contraste sorprendente y ridículo que provocaría la risa.En cuanto al número relativo de unas y otras, se observa que las parodias de palabras y expresiones son en él más frecuentes que las de situación y que, en principio, se incluyen en cualquier contexto métrico que emplea el cómico, si bien resultan más fáciles de rastrear en contexto anapéstico o dactílico. Aristófanes se apropia con gran libertad de sus posibles modelos, repitiéndolos literalmente, deformándolos para sorprender y hacer reír a su público, inventando incluso, versos de aire homérico o épico. Hemos visto que a la hora de parodiar y modificar sus modelos Aristófanes recurre a la sustitución de unas palabras por otras o al empleo de combinaciones de palabras épicas que nunca se dan juntas o a su situación en una sede métrica inadecuada. En esas condiciones es dudoso que versos de apariencia épica pero sin paralelos evidentes en ese género y que no tienen más testigos que Aristófanes formaran alguna vez parte de poemas épicos perdidos y no sean, simplemente, una invención del cómico, un falso epicismo.Es notable también que en la mayoría de los ejemplos que hemos analizado no hemos encontrado paralelos en los autores trágicos y que con mayor frecuencia de la que a priori cabría esperar nuestro poeta es el único o casi el único autor que entre los siglos VIII y V a.C. emplea expresiones o versos homéricos y épicos, por delante de los cultivadores de otros géneros, como la lírica o la tragedia recién mencionada, tradicionalmente considerados más cercanos a Homero que la comedia. Una situación sorprendente, para la que hemos apuntado una posible explicación, pero que resulta digna de un estudio específico, que sobrepasa los límites de este trabajo.
En el año 20, durante el reinado de Tiberio, fue juzgado en Roma bajo la acusación de rebelión armada y sospecha de envenenamiento, Gneo Calpurnio Pisón, que había sido cónsul con Tiberio en el año 7 a. C., y era miembro destacado de la familia Calpurnia, como hijo del célebre Pisón que había luchado contra César, y al que su sucesor, Augusto, hizo todo lo posible por atraerse a su bando, y hombre que, al igual que su padre, poseía un carácter altanero y era violento y rebelde (insita ferocia a patre Pisone: II 43). Entre el pueblo, empero, más que la rebelión armada, era la extendida creencia de que Pisón había envenenado a Germánico, sobrino e hijo adoptivo de Tiberio, la que lo había puesto en pie de guerra contra él, así como contra el mismo emperador, al que culpaban de haberlo instigado. Pues en el año 17, tras el triunfo de Germánico, celebrado a finales de mayo en Roma, Tiberio, celoso sin duda de los éxitos de su hijo adoptivo en EM LXVIII 2, 2000 la guerra contra los germanos, había decidido despacharlo a Oriente con el pretexto de organizar la situación allí existente, dotándole del imperium maius, es decir, la facultad "de ejercer un poder superior a quienes por sorteo o enviados por el emperador lo detentasen dondequiera que fuese" (II 43), poniendo al mismo tiempo al frente de la provincia de Siria (la más antigua de Oriente, pues fue creada en el 63 a. C.), precisamente, a este Gneo Pisón, su íntimo amigo, elegido "sin duda -a juicio del propio Pisón -, para poner coto a las esperanzas de Germánico" (ibíd.). Tampoco se dudaba de que Livia, viuda de Augusto, había dado instrucciones a Plancina, esposa de Pisón, para que hostigase a Agripina, esposa de Germánico. Germánico parte para Oriente a finales del año 17, y el 1 de enero del 18, año para el que había sido nombrado cónsul, le sorprende en Nicópolis (Acaya), donde se ha detenido algún tiempo para reparar las naves. A partir de ese punto emprende un largo itinerario, fundamentalmente turístico, durante el cual, aparte de visitar múltiples lugares, se produce el nacimiento de su última hija, Julia Livila, en la isla de Lesbos (¿mes de febrero?). En junio, probablemente, arriba por fin a su destino, y parte para Armenia. Pasa el verano en esta provincia (en realidad, estado colchón entre Partia y Roma, potencias bajo una de las cuales se halló alternativamente siempre y contra las cuales hubo de combatir sin tregua, así como en Commagene y Capadocia). Entretanto, Pisón se ha ido ganando a las legiones de Siria (en especial, la VI Ferrata) y cuando Germánico le pide que conduzca parte del ejército a Armenia, él mismo o por medio de su hijo Marco, hace caso omiso de ambas cosas (II 57). Por último, los dos se ven las caras en Cirro, ciudad al norte de Siria, en los cuarteles de invierno de la legión X, probablemente hacia el mes de octubre, una entrevista en la que quedó clara la incompatibilidad entre ellos, y de la que se despidieron con odio mutuo. Al año siguiente, el 19, Germánico marcha a Egipto, otra vez a hacer turismo. A su regreso (¿a principios de julio?), halla que han sido revocadas sus órdenes y abolidas sus disposiciones. Se produce un cruce de duros reproches entre Germánico y Pisón, que decide abandonar Siria. Poco después, el joven príncipe cae enfermo (¿mes de agosto? Suetonio habla de una larga enfermedad -Calígula 1,1: diuturno morbo -. Germánico morirá el 10 de octubre), y durante ese tiempo Pisón aguarda el desenlace de la enfermedad en la ciudad siria de Seleucía. Entonces, Germánico, asus-tado y temeroso de haber sido envenenado, retira su amistad a Pisón mediante una carta (II 70) y le ordena que abandone Siria. Sin más demora, Pisón embarca y se aleja, y hallándose en la isla de Cos, al sur de Caria (¿a tres o cuatro días de Seleucía en Siria?), recibe la noticia de la muerte de Germánico, acontecimiento que le llena de alegría y que lleva a Plancina a quitarse el luto por la muerte de una hermana (II 75). Los generales deliberan para ver quién se encarga del gobierno de Siria, y a la postre éste es confiado a Gneo Sencio, quien de inmediato ordena a Martina, una conocida envenenadora, partir para Roma, ya desde ese instante acusada por los amigos de G., Vitelio y Veranio. Agripina, por su parte, deseosa de hacer justicia, embarca con las cenizas de su esposo (¿25 de octubre?), y al costear Licia y Panfilia se cruza con la nave de Pisón, quien ha dado vuelta y regresa con la intención de recuperar su poder en Siria: Vibio Marso, acompañante de Agripina, le comunica que debe acudir a juicio a Roma (II 79). Mientras aquélla prosigue su marcha hacia Roma, el aristócrata organiza un pequeño ejército, en la creencia de que las legiones, a las que ha obligado a llamarle padre de las mismas, le van a apoyar, y toma el pequeño sitio de Celénderis, en Cilicia, adonde acude presuroso Sencio, que le derrota. Pisón se da entonces por vencido, y pide permanecer en el castillo de la ciudad hasta que se consulte a Tiberio quién debe mandar en la provincia. No aceptó Sencio semejantes condiciones, y sólo transigió con poner un barco a su servicio y darle vía libre para Roma (II 81: ¿25 de noviembre?). Mientras, en Roma se recibe la noticia de la muerte de Germánico; después, se desmiente, y por fin se confirma definitivamente (II 82). El senado decreta el iustitium el día 8 de diciembre (EJ, p. 41), y el 16 del mismo mes (a saber, un nundinum más tarde, a. d. González, J., Estudios sobre la Tabula Siarensis, Madrid, 1988, pp. 307-315, IIb 12) se aprueba un senadoconsulto acerca de los honores oficiales al príncipe fallecido (II 83). Sus cenizas llegan a Roma probablemente el 8 de enero del año 20 (III 2 consules -iam enim magistratum occeperant -et senatus... uiam compleuere). ¿Cuándo tuvo lugar el juicio de Pisón, con cuyo suicidio quedó saciada en parte, al menos, el ansia de venganza del pueblo romano y de los amigos del joven príncipe? Según se desprende del relato de Tácito (y así se ha EM LXVIII 2, 2000 aceptado unánimente desde siempre), dicho juicio tuvo lugar en la primavera del año siguiente a su muerte, año 20. Conforme con el SCPP, recientemente descubierto (cf. Caballos,A.,Eck,W.,Fernández,F.,Woodman,A.J.,, el juicio habría concluido el 10 de diciembre (SCPP: a. d. Dec. -línea 1 -; IIII Idus Decem. -línea 175), y por tanto se habría celebrado entre finales de noviembre y la fecha en cuestión. Una fecha ajena a la narración de Tácito, pues (la del SCPP), ha suscitado la tesis de la datación a final de año del juicio contra Pisón, y una fecha igualmente ajena a la narración de Tácito (la de la ouatio de Druso, hijo de Tiberio, datada el 28 de mayo del mismo año, el 20, por los Fastos Ostienses) alimenta la fe en la datación taciteana del juicio de Pisón en el mes de mayo, como tradicionalmente se ha venido aceptando sin discusión. ¿Cuál de las dos fechas ajenas a la narración de Tácito ha de tener más fuerza, por consiguiente? ¿Cuál de las dos ha de ser más probatoria y capaz de inclinar la balanza a su favor? Insistamos ante todo en el hecho innegable de que hasta el descubrimiento del SCPP nadie en el mundo de la Filología ni de la Historia había puesto pega alguna a la narración de Tácito, que claramente sugiere la primavera del año 20 como época de la celebración del juicio a Pisón. Y convengamos, por otro lado, que la duda o el rechazo olímpico de dicha narración se ha planteado exclusivamente con el descubrimiento del famoso senadoconsulto, cuya fecha de emisión, dada, como hemos visto arriba, tanto en la praescriptio como en la subscriptio, no deja lugar a dudas: 10 de diciembre. A partir de ese momento es cuando se han buscado y hallado pegas de todo tipo al relato taciteano: a) Necesidad de un amplio período de tiempo para el enfrentamiento de Pisón con las legiones al mando de Gneo Sencio (II 80-81). b) Necesidad igualmente de más tiempo para el viaje de Druso al Ilírico, así como su vuelta (III 7). c) Necesidad de un amplio intervalo de tiempo para el nombramiento de defensores de Pisón, envío de la causa a Tiberio y devolución de la misma al senado (III 10-11); etc., etc. En una palabra, el período de tiempo comprendido entre la muerte de Germánico (10/10/19) y la fecha presumible del juicio (mediados de mayo 1 Por lo que atañe al SCPPP en sí, debemos decir que, en puridad, éste nada tiene que del año 20), en total, siete meses, parece ahora demasiado corta para que se desarrollen tantos acontecimientos: a) muerte de Germánico. b) noticia de su muerte en Roma. c) combate Pisón-Sencio d) regreso a Roma de Pisón, del que la plebe se quejaba de que "hacía tiempo provocativa y fraudulentamente en las amenas ciudades de Asia y Acaya para destruir las pruebas" (III 7). e) encuentro Druso-Pisón en el Ilírico. f) llegada del altivo político a Roma. g) regreso de Druso del Ilírico. h) preparativos del juicio... Por tanto, en el presente escrito procede demostrar estos dos supuestos: Que los siete meses transcurridos entre la muerte de Germánico y el juicio de Pisón, hipotéticamente en el mes de mayo, es un lapso de tiempo suficiente para que el juicio tenga lugar, y que, por tanto, no hay ninguna necesidad de retrasarlo seis meses y medio (hasta primeros de diciembre). Que el modo en que Tácito narra el juicio y sus antecedentes se adecua perfectamente al método por él seguido en los 43 libros de los Anales (de los que en parte o en su totalidad nos ha llegado la versión del historiador romano), y que de esta manera las claras sugerencias cronológicas que apuntan a la celebración de dicho juicio en el mes de mayo se desprenden de su relato en la misma forma como se desprende en el resto de su narrativa histórica, por lo que podemos manifestar que en esta parte de nuestra demostración no pretendemos tanto dar fe de la veracidad histórica del autor latino y defender, por así decir, a capa y espada la versión que presenta de los hechos, particularmente en su aspecto cronológico, cuanto corroborar, 1o) que Tácito sigue un método narrativo-histórico en toda su obra, al cual se atiene rigurosamente, y 2o) que conforme a dicho método, los hechos que confluyen en el asunto que estamos debatiendo en esta ocasión se producen temporalmente (esto es, en el tiempo) de la manera que su narración sugiere. EM LXVIII 2, 2000 ver con la narración de Tácito y la secuencia cronológica que de ella se desprende (en tanto, por el contrario, sí tiene que ver, y mucho, la celebración de la ouatio de Druso el 28 de mayo), y en todo caso dicho senadoconsulto requeriría una explicación por sí mismo, ya que su emisión en la fecha por él declarada no contradice la celebración del juicio seis meses y medio antes (pues tampoco afirma que el juicio se haya celebrado en el mes de diciembre), pudiendo y debiendo justificarse la publicación de semejante senadoconsulto en la fecha mencionada, pese a la distancia temporal con la finalización del proceso, a cuyo fin algunos indicios tal vez quepa rastrear en la redacción misma del documento senatorial. ---En realidad, es a quienes defienden la fecha del senadoconsulto como fecha del juicio a quienes corresponde la obligación de demostrar que esa es la fecha del juicio contra Pisón. Pues a nosotros sólo nos compete decir que un senadoconsulto de esa naturaleza no tiene por qué ver con la celebración del juicio al que alude: también Nerón, a raíz del incendio de Roma en el año 64 (XV 38-45) tiene que salir al paso de los rumores que apuntaban hacia él como culpable del incendio: ergo abolendo rumori Nero subdidit reos et quaesitissimis poenis adfecit quos per flagitia inuisos uulgus Christianos appellabat (ibíd., 44), una medida que no debió tomarse antes de octubre, por lo menos, esto es, tres meses después del incendio de Roma, ocurrido el 19 de julio. El tiempo transcurrido entre la muerte de Germánico y la celebración del juicio 1. El reo: Gneo Calpurnio Pisón ¿Pudo el reo, Gneo Pisón, regresar a Roma a tiempo de ser juzgado durante el mes de mayo? Evidentemente, sí, pese al mal tiempo para navegar, y no hay mejor prueba que el viaje de Agripina, quien, proveniente del mismo lugar, estaba en Roma a principios de enero del año 20 (III 1-2). Sólo que Agripina anhelaba llegar a Roma para hacer justicia (II 75: omnium... quae ultionem morarentur intolerans), en tanto que para Pisón hay que contar con dos inconvenientes: 1o) su pretensión de recuperar el poder de la provincia (Siria), que le lleva a una aventura bélica (II 76-81), y 2o) sus escasas prisas por comparecer ante la justicia (III 7: quod uagus... per amoena Asiae atque Achaiae). Tratemos primero el primer punto. Habíamos dejado a Pisón y a Plancina en el instante en que, tras enterarse de la muerte de Germánico durante su estancia en la isla de Cos (II 75), y regocijarse y expresar públicamente ambos su alegría por dicha muerte, sus barcos se cruzaban con los de Agripina en la costa de Licia y Panfilia (II 79). Debía ser probablemente el 28/29 de octubre (v. infra). En ese momento, una vez muerto Germánico, Pisón aspiraba a hacerse de nuevo con Siria, desoyendo los consejos de su hijo Marco (II 76) y cediendo a los requerimientos de Domicio Céler (ib. 77). En los días previos a esa fecha (digamos, a partir del día 14; v. infra), Pisón había tenido tiempo para: a) felicitarse por la muerte de Germánico; b) celebrar consejo con su hijo y Domicio Céler; c) enviar a éste a Siria por alta mar (ib.78), y d) organizar a los desertores, armar a los buhoneros, secuestrar una bandera de reclutas que marchaban a Siria y escribir a los régulos cilicios pidiéndoles colaboración. Todo ello es posible en un par de semanas, porque a) puede durar unos días sin excluir b) y c), que pueden a su vez ser liquidados a la semana, en tanto que d) puede, solapándose parcialmente, con a), b) y c), solucionarse en 10 días: los desertores acudían a él (II 76), los buhoneros estaban a su lado, y la bandera pudo ser fácilmente interceptada en un audaz golpe de mano. Por lo demás, su hijo Marco debía llevar el peso de la acción (haud ignauo ad ministeria belli iuuene Pisone: II 78). En todo caso, tales movimientos son anteriores al encuentro con Agripina (II 79), y que ésta se hallase en tal fecha (28/29 de octubre) en el lugar indicado (a dos o tres días de Antioquía) es más que probable, si tomamos en consideración el hecho irrefutable de que hacia el 18 ó 20 de diciembre (54 días más tarde) la flota de la princesa atraca en Brindis (v. infra), si es que queremos que, como se colige claramente de III 2, los restos mortales de G. lleguen, siguiendo la vía Apia, finalmente a Roma hacia el 8 de enero. Tras dicho encuentro, que, no lo olvidemos, debió producirse hacia el 28 ó 29 de octubre, se suceden los siguientes hechos: Sencio escribe a Pisón para que no persista en amotinar las tropas, dado que Domicio ha llegado a Laodicea, al sur de Antioquía hacia el 29 de octubre (interim: II 79), con la intención de sublevar a la legión VI Ferrata, cosa que frustra su comandante, Pacuvio (ibíd.), al tiempo que se prepara para cualquier contingencia; 2. Pisón, que ya no volverá a Siria jamás, decide entonces tomar al asalto el castillo de Cilicia, cercano al mar, llamado Celénderis, empleando para ello una especie de legión que ha organizado con los siguientes elementos: a) conocidos (supra, 78), a saber, desertores y reclutas; b) nuevos (ib., 80), a saber, mercenarios ya enviados por los régulos, más la servidumbre propia y la de Plancina; 3. choque con las legiones de Sencio delante de las murallas, y desbandada general de cilicios y buhoneros; 4. intento fracasado de sublevación de la escuadra por parte de Pisón; 5. asalto del castillo por las legiones comandadas por Sencio y rendición sin condiciones de Pisón (81). EM LXVIII 2, 2000 ¿Cuánto tiempo pueden llevar estos hechos? Sencio separa a los partidarios de G. de los posibles revoltosos y forma con ellos una tropa valerosa, dispuesta a combatir (79): esto es cuestión de unos pocos días (¿7/8? Pues, evidentemente, las circunstancias urgen); 2. Pisón conquista Celénderis nada más tener noticias de que Domicio no ha logrado nada y recibir la carta de Sencio (80: arceri a Sentio priuatum odium falsis criminibus tegente (la conquista en sí puede llevarse a cabo en un día; Pisón ha tenido que desembarcar -¿el 31 de octubre? -, organizar la legión -¿5 ó 6 días?: 6/11-); 3. Sencio, viniendo de Seleucía con sus legiones, ha podido plantarse en la cercana Celénderis, en pocas jornadas (¿6 ó 7 días más tarde de separar a los partidarios de G., dado que 6 días son suficientes para que una legión se ponga en camino? El intento personal de Pisón de sublevar la escuadra (81) puede llevar días u horas. En cualquier caso, dicho intento se produce simultáneamente a la desbandada de los cilicios (interim: 81). Digamos que a mediados de noviembre; 5. A la desesperada, Pisón hace un último intento de sublevar a los legionarios, y un abanderado de la VI Ferrata deserta a él. En ese momento (tum: 81), Sencio ordena el asalto. Tandem uicta pertinacia, Pisón se rinde. ¿En cuántos días pueden suceder estos acontecimientos? Nos hallaríamos, pues, finalmente, hacia el 25 de noviembre. En resumidas cuentas: los acontecimientos que tienen lugar desde el encuentro con Agripina en el mar hasta la rendición de Pisón en Celénderis (Cilicia) apenas pueden durar un mes. Pues Domicio llega a Laodicea en cuestión de unos días; Sencio reacciona y organiza el ejército en cuestión de días también, avanza hacia Cilicia, adonde Pisón ha llegado fácilmente (porque se halla muy cerca y ya ha avisado previamente a los régulos por escrito); el choque no dura ni un día ( ut uenere in manus non ultra dubitatum: 80). De modo que el tiempo que le hemos asignado a este período (un mes) incluso puede resultar excesivo. Por lo demás, una vez vencido Pisón, se le facilitan naves y un viaje con garantías a Roma (tutum in urbem iter concessum est: 81). Cuando volvemos a oír de él es en III 7 (año 20), en que llega al Ilírico para entrevistarse con Druso, presumiblemente, el 8 ó 10 de abril. Para entonces han transcurrido cuatro meses y medio. ¿Qué ha hecho Pisón durante ese tiempo? Naturalmente, sólo sabemos lo que Tácito dice o insinúa, y el historiador afirma en primer término que Gneo Sencio, el gobernador de Siria, le concede, al vencerle, un salvoconducto para Roma. Desde ese momento, como hemos visto, el republicano rebelde dispone de más de cuatro meses hasta su encuentro con Druso. La gente en Roma se queja de que se retrase en comparecer ante la justicia (III 7): según se dice ahí, Pisón remoloneaba por Asia y Acaya (Grecia) deteniéndose en lugares de recreo (amoena). Ahora bien, en el mismo pasaje se afirma que su objetivo no era tanto el turismo como destruir pruebas (y por lo que se nos dice a continuación se trataba de una sola prueba: el asesinato de Martina, la envenenadora). Pero Martina había sido enviada a Roma por Gneo Sencio, postulantibus Vitellio ac Veranio (II 74), y ello había sido a raíz de la muerte de Germánico. Por tanto, su envío debió tener lugar muy pronto (¿15 de octubre?). De esta forma, la muerte de Martina (quien, como vemos, ha partido de Siria antes que Agripina), que tiene lugar en Brindis, pudo haber ocurrido perfectamente a primeros de diciembre, fecha en que Pisón ya había recibido orden de partir a su vez hacia Roma y en la cual fecha, liberado de su aventura en Cilicia, disponía de tiempo para ordenar la eliminación de la envenenadora. De modo que durante ese mes de diciembre es cuando Pisón se halla en Asia. Nos hallamos en invierno, y en esa época no se suele navegar por los peligros que entraña la navegación. Ahora bien, aparte de que en ese momento justo Agripina navega hacia Italia, ¿cuánto tiene que navegar Pisón? Supongamos que se pasa en Asia el mes de diciembre. El 1 de enero decide pasar a Acaya: sólo tiene que atravesar el mar Egeo para de isla en isla (como solía navegarse) llegar en muy poco tiempo a Eubea. Y ya está de nuevo en tierra firme. Todavía dispone de los meses de enero y febrero para andar uagus por Acaya (Agripina ya ha llegado a Roma): ese es el momento del crebro questu de la plebe (III 7). Por último, en marzo decide acercarse a su predio (regalo de Augusto) del Ilírico (SCPP 84-85: utique bona Cn. Pisonis patris publicarentur excepto saltu, qui esset in Hillyrico) y, sabedor de que Druso vendría a la provincia, resuelve visitarlo para ganárselo en la inevitable e inminente causa que le aguardaba en Roma (8/10 de abril). Acto seguido, atraviesa el Adriático, en Ancona toma la vía Flaminia, y en menos de quince días arriba a Roma (25/4). El 26 de abril se le declara imputado. La acusación: Vibio Marso, Vitelio, Veranio, etc. En su lecho de muerte, Germánico pide a sus amigos que le venguen, que hagan justicia: erit uobis locus querendi apud senatum, inuocandi leges (...) amicorum munus est (...) quae uoluerit meminisse, quae mandauerit exequi (...) uindicabite uos (...) misericordia cum accusantibus erit (II 71). Y sus EM LXVIII 2, 2000 amigos aceptaron inmediatamente el reto: iurauere amici...spiritum ante quam ultionem amissuros (ib.). Como esta conversación tuvo lugar, según el historiador, ubi finis aderat (ib.), y dado que posiblemente los últimos días no pudo hablar (II 72), podemos suponer que ocurrió efectivamente hacia el 6 ó 7 de octubre. Luego, el 15 del mismo mes, Gneo Sencio, como hemos visto, "envió a Roma a Martina", postulantibus Vitellio ac Veranio ceterisque qui crimina et accusationem tamquam aduersos receptos iam reos instruebant (II 74), donde, dicho sea de paso, se habla en plural (reos), lo cual sólo puede implicar que, además de Martina, se alude a Pisón y Plancina. Por su parte, Agripina parte de Antioquía el 25 de octubre, omnium quae ultionem morarentur intolerans (II 75), lo que quiede decir que su rápida marcha tiene como objeto pedir a Tiberio que castigue a Pisón. ¿Qué imaginaremos que va a hacer o decir Agripina desde el instante mismo de su llegada a Roma el 8 de enero? ¿Y sus impacientes amigos? Hacia el 20 de octubre, o poco antes, Domicio Céler acaba por convencer a Pisón de que debe hacer valer sus derechos sobre Siria con los siguientes argumentos: "¿Nos daremos prisa para atracar junto a las cenizas de Germánico (pues su hijo, Marco, le había aconsejado partir inmediatamente para Roma -properandum in urbem: 76, 1) y para que el duelo de Agripina y el vulgo ignorante te arrebaten al primer rumor, sin oírte ni defenderte?" Por último, el 28 de octubre, según se ha visto, Pisón y Agripina se cruzan en el mar, y Vibio Marso, que acompaña a Agripina en su viaje a Roma, nuntiauit Pisoni Romam ad dicendam causam ueniret; ille eludens respondit adfuturum ubi praetor (el presidente del tribunal) qui de ueneficiis quaereret (SCPP 121-122: aqua et igne interdici oporteret / ab eo praetore qui lege maiestatis quaereret) reo (Pisón) atque accusatoribus (Vibio, Vitelio y los demás) diem prodixisset (II 79). Por consiguiente, tenemos cinco referencias claras al juicio contra Pisón en la narrativa anterior al año del proceso, el 20, todas ellas en octubre del 19, el mes de la muerte del príncipe romano, y atribuidas a ambas partes: de un lado, la víctima, Agripina y los acusadores, y del otro, el reo y su amigo Domicio. La víctima pide venganza antes de morir; su esposa se muere de impaciencia por vengarse, sus amigos claman justicia y parten para Roma a exigirla de inmediato, Céler, el amigo de Pisón, invita a éste a dar largas al asunto, el reo, aunque mofándose, admite que cuando haya citación judicial tendrá que acudir al juicio. 2 Cuando los cónsules, el senado y gran parte del pueblo salen a recibir las cenizas de Germánico, lo hacen a la Vía Apia (uiam oppleuere: III 2), pero en la vecindad de Roma, ya que de Druso se dice que salió hasta Terracina (a 103 kms. de Roma, "un solo día de camino": III 5), dándose a entender así que la cercanía de Roma en el caso de los demás queda fuera de toda duda. En ese momento, el historiador afirma, tras nombrar a los cónsules, que "ya habían iniciado sus funciones", lo que implica, dado que Agripina y sus acompañantes han llegado a Brindis todavía en diciembre, que "acaban de tomar posesión", y por tanto la fecha propuesta no debe andar lejos de la realidad. Por otra parte, llegados Agripina y los acusadores a Roma, lo más tarde el 8 de enero 2, ¿qué otra cosa van a hacer sino pedir, exigir a Tiberio el encausamiento de Pisón? Éste se halla a la sazón (v. supra I 1) en Acaya. Nada más natural que el hecho de que el entierro de Germánico (tal vez el 15 de enero, un nundinum después de la llegada a Roma) se envíe a Pisón la orden de regresar a Roma. Dicha orden puede ser cursada por Tiberio a finales de enero, y llegar a manos de Pisón a lo largo del mes de febrero. El reo dispone a partir de ese instante de tiempo más que suficiente para volver a Roma y llegar a tiempo de ser juzgado desde finales de abril en adelante. Druso y su relación con el proceso Druso, el hijo de Tiberio, aparece mencionado en tres ocasiones en estrecha relación con el juicio de Pisón: 1a. Por su encuentro con Pisón en el Ilírico (encuentro no mencionado en las demás fuentes; III 8); Por su regreso a Roma durante la fase de instrucción del proceso, ocasión en que aplaza la celebración de la ouatio (III 11). Tras la finalización de aquél, momento en que sale de la ciudad a retomar los auspicios, vuelve a entrar y celebra finalmente la ouatio (III 19). Cabe preguntarse qué interés tenía Tácito en vincular tan íntimamente a Druso con el juicio de Pisón. Pues se podría alegar que el encuentro en el Ilírico era un deber histórico contarlo, aun cuando, como hemos reseñado, semejante encuentro es silenciado por las restantes fuentes. Pero las otras dos citas, vuelta a la ciudad durante el proceso y alusión a su ouatio como broche absoluto del mismo, no se ve qué obligación tenía el autor de hacerlas. En general, el historiador pudo obviar las tres referencias sólo con suprimir la frase et Drusus Illyricos ad exercitus profectus est, así como el capítulo 8, y naturalmente evitando las otras dos menciones, que no se ve qué relación EM LXVIII 2, 2000 pueden guardar con el proceso. Hecho esto, es decir, rota la conexión del juicio con Druso, dicho juicio quedaba temporalmente libre, en el aire, sin anclaje a lo largo del año, y de este modo lo mismo daba asignarlo a la primavera, que al verano o al invierno. Y esta es la razón por la que debemos preguntarnos el motivo que llevó a Tácito a establecer dicha conexión, estructuralmente, innecesaria, entre el hijo del emperador y el juicio. Y la respuesta no puede ser otra que la siguiente: porque Druso tenía vivo interés en vengar la muerte de Germánico, su hermano adoptivo, con el que siempre se llevó a las mil maravillas (cf. II 43 -año 17: sed fratres egregie concordes et proximorum certaminibus inconcussi). Y aparte de mostrarse unidos frente al senado en el caso del pretor que había de sustituit a Vipstano Agripa (II 51, mismo año), cuando Germánico iba camino de Oriente a finales de ese año 17, uenerat per Illyricam oram uiso fratre Druso in Delmatia agente (II 53 -año 18). Así que mientras Tiberio, Augusta y por supuesto los amigos de Pisón hubieran deseado echar tierra al asunto, a tenor de las dudas que acerca del papel desempeñado por los primeros en el acoso de G.existían, Druso era tal vez el único miembro de la familia imperial que tomaba parte por Germánico, junto a la plebe, por supuesto, cuyo clamor todos conocían, y los amigos del difunto, naturalmente. Y Tácito, que ha recogido la tradición favorable al afecto entre Druso y Germánico, quiere igualmente poner en primer plano el papel que, en la medida que le era dado, y llevado de su deseo de justicia para con su hermano, quiso desempeñar Druso. Por ello, cuando Pisón, que, en su soberbia, ha perdido el norte, visita a Druso en el Ilírico, y cree que el joven se mostrará "más comprensivo" porque le han quitado de en medio al rival (III 8), halla un Druso que le responde que si uera forent quae iacerentur praecipuum in dolore suum locum, es decir, un Druso que clama justicia, si es verdad que Pisón ha tenido algo que ver con la muerte de su hermano (ib.). Por ello, antes que con nadie, la conexión de Druso con el juicio se establece desde el primer momento (cap.7): la ciudad regresa a las tareas habituales, y Druso marcha al Ilírico, en medio de la expectación colectiva por la venganza de Pisón y la queja generalizada porque, a juicio de la gente, éste destruía las pruebas, al tiempo que se divertía en Asia y en Acaya; de esa conexión se deduce inmediatamente la visita de Pisón a Druso en la provincia, así como la marcha de aquél a Roma desde la misma (y no es que "obligado" por el encuentro en Dalmacia el autor prepare la visita en el cap. 7, sino al revés, deseando mostrar el interés de Druso en el juicio, narra este encuentro previo, que realza con la debida antelación). En efecto, en cap. 7 se afirma que tras el levantamiento del iustitium Druso marcha al Ilírico, y en el cap. 11 se nos dice que vuelve instantes antes de comenzar el juicio. ¿Cuándo marcha Druso a su provincia? Como el iustitium se ha levantado por un edicto (6) que después de justificar su levantamiento con ejemplos históricos recomienda a la ciudadanía la vuelta a sus tareas y a las diversiones, y éstas son el espectáculo de los juegos megalesios cuya celebración era del 4 al 10 de abril juegos que estaban al caer (suberant), y como por otra parte el iustitium se había decretado el 8 de diciembre, no tendría nada de extraño que el levantamiento se produjese poco después del 8 de marzo, a los tres meses de su promulgación; pues no creo que lo de los juegos debamos entenderlo en el sentido de que eran al día siguiente, y, dada la necesidad que tenía Tiberio de suprimir el iustitium, con una fecha de 15 o 20 días antes de los juegos se puede calificar a éstos de "inminentes". Por ello, Druso ha podido partir para el Ilírico a mediados de marzo, y haber llegado allí en nueve días, si ha marchado a la velocidad que se circuló con las cenizas de Germánico desde Terracina (103 kms. en un solo día -III 2 y 5) a Roma, o bien rebajando esa velocidad a 70 kms., pongamos por caso, en trece o catorce días. De modo que a finales de marzo ha podido estar en su provincia. Allí se entrevista con Pisón hacia el 10 de abril, y a continuación el excónsul emprende la marcha a Roma, para llegar a la cual, tras la travesía del Adriático, toma en Ancona la vía Flaminia, que hasta Roma le lleva siete días (aun cuando parte del viaje lo haga por el río). Ello quiere decir que en quince o dieciséis días puede estar en Roma, y entrar en ella el 25 de abril. Al día siguiente se produce la cita judicial: 26 de abril (III 10: postera die). Por su parte, Druso, sabedor asimismo de que Pisón ha partido para Roma, donde le aguarda el juicio, una vez resueltos los asuntos más urgentes de su administración en Dalmacia, se pone igualmente en camino a Roma, para asistir al juicio con el que se quiere vengar a su hermano, Germánico. Por ende, Druso puede haber salido del Ilírico el 20 de abril, con lo cual ha permanecido en su provincia tres semanas, más tiempo del que permaneció su padre con ocasión del viaje de éste a la misma provincia en el verano del año 14, cuando nada más llegar a la provincia tuvo que volver, llamado urgentemente por su madre ante la gravedad de la enfermedad de Augusto (I 5). Y EM LXVIII 2, 2000 esa es la nueva mención de Druso (III 11), su vuelta a Roma, que coincide con el breve compás de espera abierto tras la citación judicial de Pisón. Dicho compás de espera tiene dos partes: a) petitum est a principe ut cognitionem acciperet; b) paucis familiarium adhibitis minas... et preces audit integramque causam ad senatum remittit (III 10). ¿Cuánto tiempo puede necesitar esto? En primer lugar, ¿no se tratará de puro formulismo? Pues, como hemos señalado más arriba, la acusación contra Pisón está trabajando directamente en Roma (cabe que ya antes de la llegada de Agripina a la ciudad hubiesen pedido por escrito a Tiberio justicia con Pisón) para que Tiberio ejerza su autoridad y facilite el juicio cuanto antes. Es posible que ello sea desde mediados de enero, digamos (de modo que cuando Pisón llega a Roma, la "instrucción" del caso está más que concluida, y el juicio puede empezar). Por consiguiente, la petición al príncipe es cuestión de un día. A continuación, Tiberio escucha las partes en pétit comité y devuelve la causa al senado: ¿Dos días? En este momento, llega Druso, y se nombran defensores: Lépido, Pisón y Livineyo (un día más). Por tanto, si la cita judicial se produce el 26 de abril, el juicio puede comenzar (die senatus: III 12) cinco días o una semana más tarde; digamos el 5 de mayo. Druso ha podido llegar a Roma el 2 ó 3 de mayo. Por si fuera poco, no contento con haber vinculado tan íntimamente el juicio de Pisón con la figura de Druso, Tácito remata la faena escogiendo para poner broche final al proceso precisamente la ouatio prometida por los padres (II 64, año 18), tanto a él como a Germánico, y al día siguiente de la terminación del juicio, Tácito nos revela (III 19): at Drusus urbe egressus repetendis auspiciis mox ouans introiit. Y los Fastos Ostienses conservan la fecha: 28 de mayo del año 20. En III 11, cuando Druso regresa a Roma el 2 ó 3 de mayo para asistir al juicio, Tácito hace hincapié en que, pese a que los padres habían decretado su ouatio, pospuso ésta y entró en la ciudad con toda normalidad. En primer lugar, sorprende la insistencia en ese detalle, porque en marzo Druso estaba en Roma, en la que había entrado, no sabemos cuándo, proveniente presumiblemente del Ilírico; y no sólo en marzo, también en enero se hallaba en la ciudad, puesto que sale hasta Terracina a acompañar los restos de Germánico. Como, por otra parte, Livia, su esposa, ha tenido los gemelos a finales de diciembre del año anterior, es de creer que, si no otro motivo anterior, ha sido el parto de la cónyuge el que le ha traído a Roma, y por tanto podemos colegir que Druso ha vuelto del Ilírico como muy tarde a primeros de diciembre (coincidiendo además con la confirmación definitiva de la muerte de Germánico y la declaración del iustitium el día 8 de ese mes). Pero, claro, no eran esos días para celebrar nada: Germánico había muerto en extrañas circunstancias y su esposa se iba a poner de parto, y además era el mes de diciembre, poco propicio, me parece, para tales desfiles. Por lo tanto, es ahora, al volver a principio del mes de mayo, cuando Druso podía haber celebrado su ouatio, sólo que el juicio de Pisón por la muerte de su hermano, Germánico, estaba en curso y no parecía decente semejante celebración en medio del mismo. De modo que lo que hay que destacar, una vez demostrada la causa de la vinculación de Druso con el juicio, es que dicho juicio se vincula a su vez íntimamente con la ouatio y no sólo porque el broche final es la celebración de la misma, como se encarga de decirnos Tácito, sino también porque a la vuelta de Druso del Ilírico para asistir al juicio lo único que se pone de relieve es precisamente que n o c e l e b r a l a o u a t i o. Por lo tanto, no es una sola vez, sino las que el historiador conecta o relaciona juicio y ouatio de Druso: sólo un loco podría poner dos veces la ouatio en relación con un juicio finalizado el 10 de diciembre, haciendo creer, primero, que Druso regresa, p. ej., en octubre y pospone su celebración, y afirmando, segundo, que Druso celebra la ouatio tras finalizar el juicio, por tanto, el 28 de diciembre, si el mismo individuo es sabedor de que el triunfo se ha celebrado el 28 de mayo y de que, por tanto, la posposición ha tenido que ser necesariamente antes del 28 de mayo, de suerte que por dos veces incurra en engaño histórico, sin que por otra parte se vea la más leve razón para ello, pues, como hemos dicho más arriba, con eliminar las referencias a Druso de capp. 7 y 8, la narrativa quedaba perfectamente coherente, e incluso también nombrando a Druso en ambos capp. y eliminando las dos menciones de la ouatio cuya función, de no haber existido la posposición de EM LXVIII 2, 2000 3 Pero, ¿cómo es posible que Tiberio ordenase a esas alturas del año -en el mes de sep-la ouatio ni la misma en la época "real", no venía a cuento, se mire por donde se mire. En este caso, la equivocación sería triple: 1o. Pospone la ouatio en sept., oct. o nov., y es en mayo (o abril). Celebra la ouatio en 28 de diciembre y es en 28 de mayo. Admite (ante sus ojos se halla la documentación, el SCPP incluido) la ouatio en pleno diciembre, un mes, a mi juicio, poco adecuado para festejos. Pero además, Tácito no puede olvidarse de que el año 17 lo ha comenzado justamente con el triunfo de Germánico, que se celebró precisamente el 26 de mayo, exactamente tres años antes que Druso, y el historiador no deja de significar que esos tres años son los que separan los honores de Druso (consulado, triunfos, etc.) de idénticos honores de su primo hermano: Germánico = cónsul en 12 y 18, triunfo en 18; Druso = cónsul en 15 y 21, triunfo (ouatio) en 20 (idénticos meses y fechas). Creer que Tácito se ha ofuscado en esta ocasión es creer en lo excusado. En definitiva, por lo que acabamos de ver un error o equivocación es impensable e increíble; un engaño, injustificable e innecesario. Y si no es un error ni un engaño, sólo queda una opción: la época que sugiere Tácito para el juicio de Pisón es la época en que el juicio tuvo lugar de verdad. Por lo demás, pensamos que el juicio duró del 5 al 20 de mayo (cap. 11-18), y que, transcurrido un nundinum, Druso pudo entrar y, una vez hecha justicia con su hermano, celebrar finalmente la ouatio. Otro dato relacionado con la celebración del juicio y su tiempo es el encuentro de Pisón con la legión IX (III 9) en la Vía Flaminia, a cuyo respecto caben dos posibilidades: El juicio es en diciembre y Pisón llega a Roma en septiembre u octubre (Caballos, etc.,p. Como Pisón y la legión se cruzan en la vía Flaminia los días previos a la llegada del primero a Roma, la legión a su vez llegará al África a finales de octubre o ya en noviembre (desde la vía Flaminia la legión ha de llegar a Roma, descender hasta Ostia y embarcar al África -450 km. -, lo que implica unas tres semanas de viaje). Como entra efectivamente en combate (III 21: quis uelocissimos legionum addiderat), ha de hacerlo a esas alturas del año 3. tiembre u octubre -cuando la época de guerra normalmente está terminada, el traslado de la legión desde un punto tan lejano hasta el norte de África? ¿Tan crítica era la situación? Pero Tiberio no se dejaba fácilmente conmover por amenazas de guerra (como se demostrará con la rebelión de las Galias en el año 21, y ya había puesto de manifiesto a propósito de los motines de Panonia y Germania en el año 14), ni la situación era tan crítica: la guerra de África había comenzado ya en el año 17 y no concluirá hasta cuatro años más tarde (año 24). Del mismo modo que en los tres o cuatro años anteriores el emperador veía que no se había acabado la guerra, no se vé por qué va a envidar tanto en una época tan avanzada del año (otoño), en que, proveniente de Panonia en esa época del año la legión tenía que encontrar necesariamente dificultades casi insalvables al toparse con la nieve de los Apeninos (cf. 2o. Ello implicaría que, en caso de haberse cruzado con Pisón en la Vía Flaminia, el encuentro ha tenido lugar en mayo. En tal caso, Pisón no llega a Roma en septiembre o en octubre, sino en dicho mes de mayo. Con lo que si, pese a todo, persistimos en poner el juicio en diciembre, el reo ha debido esperar para el mismo no dos meses (octubre y noviembre), sino siete meses (mayo-noviembre), lo que a todas luces resulta completamente absurdo. Luego el encuentro de Pisón con la legión IX Hispana implica que el juicio tiene lugar en mayo y no en diciembre. 5 El caso de Lépida y su relación con el juicio. Los ludi de III 23 han de ser los de septiembre, pues la guerra es en verano, y la narrativa avanza. Por otro lado, la frase de III 24 haud multum dis- EM LXVIII 2, 2000 tanti tempore Calpurnii Pisonem, Aemilii Lepidam amiserant, que los defensores del juicio en diciembre interpretan bonitamente diciendo que «Tácito sólo permanece fiel a la sucesión de su propia narración» (Caballos, etc.,p. 147), y que por tanto no aporta ninguna luz para resolver el problema, no conviene despacharla tan cómodamente, pues, en primer lugar, si citase los nombres al revés, también cabría decir que se expresa en quiasmo (Aemilii-Calpurnii) y que ello no era más que un recurso estilístico que no implicaba orden cronológico estricto: cita primero a los Emilios porque son los que acaba de nombrar, y luego recoge también el caso, más lejano ya, de los Calpurnios, sin que ello implique orden temporal. Y en segundo lugar, ¿por qué no va a implicar secuencia cronológica real? Simplemente, Tácito sabe que los Calpurnios sufrieron antes la pérdida y por ello los cita en primer término, y lo mismo, que los Emilios la sufrieron d e s p u é s, de donde que los cite en segundo lugar. La prueba del método cronológico-estructural En un trabajo todavía inédito («El método cronológico-estructural en los Anales de Tácito») he estudiado minuciosamente la manera en que este autor combina en su narrativa histórica el tiempo real o tiempo histórico, dentro del cual tienen lugar los acontecimientos que narra, con las necesidades literarias y estructurales indispensables, combinación que permite obtener el producto intensamente dramático que todos conocemos, sin que por ello falte el historiador a la verdad histórica. Conviene, para simplificar, decir en primer término que el carácter de lo que se narra es, desde el punto de vista literario, doble, a saber, narrativo, propiamente dicho, e informativo, entendiendo por lo primero aquellos acontecimientos susceptibles de ser narrados articuladamente en su progresión temporal natural, con principio, medio y fin, en tanto que por informativo hemos de entender aquellas noticias pobres y dispersas, acerca de las cuales no se narra, sino simplemente se informa de manera no durativa, sino puntual. Por otra parte, la analística romana atendía cuasi mecánicamente a una dicotomía narrativa según que los hechos relatados fuesen referidos a Roma (y, diríamos también, Italia) o de fuera de Roma (e Italia), es decir, las provincias romanas y los pueblos bárbaros. Conforme a esta cuádruple división, la estructura narrativa en los Anales puede adoptar las cuatro siguientes formas: a) Narración interior propiamente dicha, esto es, acerca de hechos referidos en la línea del tiempo, uno detrás del otro y correspondientes a Roma. b) Información de hechos igualmente del interior pero sin preocupaciones cronológicas ("cajón de sastre atemporal"). c) Narración propiamente dicha, pero de hechos exteriores en secuencia cronológica. Esto es, uno detrás del otro. d) Narración de hechos exteriores, pero tan resumidamente que aunque se adivina la evolución de los acontecimientos, su cronología precisa es difícil de seguir, sencillamente porque el autor se desentiende de ella, cosa que confiesa en más de una ocasión ("bloque errático"). Pues bien, en tanto que el cajón de sastre tiende sistemáticamente a ubicarse a final del contenido anual, el bloque errático puede, amén de ocupar esa posición, la más habitual, situarse al principio o en medio. Y mientras que el cajón de sastre y, en parte, el bloque errático, se sitúan, por así decir, al margen del tiempo (si bien en el cajón hay también referencias cronológicas rudimentarias y en el bloque secuencias claras, por más que vagas), la narración propiamente dicha, tanto la de interior como la de exterior, obedece a una estricta secuencia temporal. Y en este punto, debemos anticiparnos a decir que de los 43 años sobre los que nos ha llegado algo en el estado actual de la transmisión de los Anales y si exceptuamos 3 de dichos años (29, 34 y 57), cuyo pobre contenido no permite trazar su calendario, de los 43 años restantes, 15 presentan una secuencia temporal referida exclusivamente a hechos interiores, 1, referido exclusivamente a hechos exteriores, y 8, una secuencia temporal en la que alternan los hechos exteriores y los interiores, o viceversa, a los que hay que añadir otros 11 años más, en los que a dicha secuencia (simple o compuesta) se le adjunta un bloque errático, que como tal se muestra temporalmente independiente (hacemos abstracción de los casos con cajón de sastre atemporal, dada su nula repercusión cronológica por mor de su carácter meramente informativo). Al margen de otras características que ahora no vienen a cuento, sí nos interesa poner de relieve el hecho importante de que la prosecución temporal (unos sucesos detrás de otros) no sólo halla cabida en los años lineales sim-EM LXVIII 2, 2000 ples (esto es, que narran acontecimientos o puramente interiores o puramente exteriores), sino igualmente en los años compuestos o mixtos (esto es, aquellos que alternan exterior con interior, o viceversa, de tal modo que, si, p. ej., en la primera parte del año se han referido hechos interiores, a continuación pueden venir hechos exteriores, p. ej., del verano, y luego, otra vez, hechos interiores del otoño, etc.), siendo así que el historiador goza de la libertad tanto del cajón de sastre para hechos interiores salpicados a lo largo del año que no han podido ser recogidos en la secuencia narrativa anterior como del bloque errático para resumen de hecho exteriores en períodos que rebasan el cauce anual. Fijémonos, para lo que aquí nos interesa, en los años que suman interior/exterior/interior, etc. Hemos dicho que son 8 por un lado, más (especifiquemos ahora) 7, por el otro (número del tipo compuesto o mixto: interior/exterior, de entre los 11 dotados de bloque errático). Si decidimos representar semejante secuencia de manera esquemática, obtendremos esquemas de los siguientes tipos: Pues bien, cualquiera de los 32 restantes años apuntados en los Anales responderá a uno de estos diseños (con distintas combinaciones, lógicamente, de asuntos interiores, asuntos exteriores, extensión temporal, y presencia o no de cajón de sastre o bloque errático). Es así como el año 20, el año en cuestión en el presente trabajo, cuyo contenido, según la tesis tradicional aquí defendida, es: -En enero se celebra el entierro de las cenizas de Germánico en el mausoleo de Augusto; en marzo se levanta el iustitium y Druso marcha al Ilírico; en abril se ven Pisón y Druso en dicha provincia; a finales de abril llega Pisón a Roma, a comienzos de mayo lo hace Druso; el 5 de mayo comienza el juicio, que termina el 20; el 28 se celebra la ouatio (período enero-junio). -Empieza la guerra de África (verano), después de la cual viene el juicio de Lépida, el regreso de Silano, el tratamiento de la ley Papia Popea; más tarde, la al senado a favor de Nerón (con cajón de sastre atemporal) y a fin de año (fine anni) un par de obituarios (período otoño-diciembre). Pero a tenor de la opinión de los que creen que el juicio se celebró en diciembre, habría de aceptar una distribución de hechos como la siguiente (dos posibilidades): 1) enero-diciembre = entierro, juicio, ouatio (?) = asuntos interiores. 3) otoño-diciembre = Lépida, Silano, ley Papia Popea, petición al senado, obituarios = asuntos interiores. 1) enero-diciembre = entierro, juicio, triunfo (?) = asuntos interiores. 3) primavera (pero Druso no estaría en Roma, si acaba de marchar al Ilírico, y Tácito afirma que durante el juicio de Lépida se hallaba en Roma (III 22: exemit Drusum consulem designatum dicendae primo loco sententiae) = Lépida, Silano, ley Papia Popea, petición al senado (que en este caso coincidiría con la fecha del 7 de junio, que los Fastos dan para la toma de la toga viril por Nerón, hijo de Germánico), y luego, salto de junio a diciembre para los obituarios. Pues bien, este año 20 que estamos estudiando, tendría las tres siguientes representaciones esquemáticas de acuerdo con las tres propuestas de secuencia temporal descritas aquí arriba. Fácil es percatarse de que, en ambos casos, el esquema resultante no se corresponde con ninguno de los esquemas normales reseñados arriba, sino que, por el contrario, ambos diseños son absolutamente aberrantes. Luego la estructura y secuencia temporales subyacentes en estos dos esquemas anómalos son aberrantes, razón por la cual nos vemos obligados a volver al esquema por nosotros propuesto. Luego el juicio de Pisón no se celebró en el mes de diciembre. Luego dicho juicio tuvo lugar, conforme con el esquema normal, en primavera. De este modo, resulta claro, más allá de toda duda razonable, que el juicio de Gneo Calpurnio Pisón tuvo lugar, como se trasluce de la narración de Tácito, en mayo del año 20, y de ninguna manera en el
EM LXVIII 2, 2000 considerado el más completo testimonio de la familia g ya que contiene 83 obras y es el mejor y más antiguo para 59 de ellas; por otra parte, elegimos N (Parisinus Graecus 2957) porque, a pesar de ser uno de los más recientes (s. XV) y considerado mixto y aun deterior por muchos autores, guarda significativas conexiones con la parte perdida (E 1 ) del más antiguo manuscrito de Luciano, el manuscrito E (Harleianus 5694). El párrafo 11 de El escita o el cónsul de Luciano 1 ha suscitado particularmente nuestro interés cuando hemos estudiado el texto de este opúsculo para preparar su edición 2. Parece cierto que todos los manuscritos ofrecen la lección'pácetai tal como se comprueba por la lectura de aquellos a los que hemos podido acceder directamente, a saber G y N 3, y como sugiere la falta de indicaciones contrarias en las ediciones más importantes de la obra de Luciano. Sin embargo, a partir de una primera enmienda de Valckenaer, seguido por Dobree 4, los editores, casi sin excepción, dan por sentado que la lección'pácetai es imposible y la corrigen en špácetai 5. El contexto en que aparece dicha forma verbal es el siguiente. Lucianosegún él mismo refiere en el § 9 -se halla en una ciudad de Macedonia, tal vez Tesalónica o quizás Béroe, y, con objeto de ilustrar mediante un ejemplo su propia situación, dedica los capítulos iniciales de la obra a relatar qué le ocurrió al escita Anacarsis cuando llegó a Atenas. Y fue que aquél en aquella ocasión encontró en la ciudad ática a un compatriota suyo, Toxaris, a quien tomó como guía para conocer todo lo que había venido dispuesto a aprender, deseoso de instruirse en el modo de vivir de los griegos, como muy bien ilustran, asimismo, otras dos obras de Luciano, tituladas, precisamente, Toxaris, una, y Anacarsis, la otra. Toxaris no renuncia a tamaño honor, pero estima más oportuno que sea Solón el que instruya y eduque al recién llegado Anacarsis, ya que según afirma «en él se encuentra Grecia entera y podrías ya conocer lo mejor de lo bueno que hay en ella» ( § 5). Explica Luciano que Solón no defraudó la confianza de Toxaris y que, en consecuencia, Anacarsis no sólo lo aprendió todo de un único hombre, sino que fue objeto de la admiración y confianza de todos por su relación con el sabio legislador. De la comparación con lo ocurrido a los escitas en Atenas, Luciano deduce cuán más afortunado que el propio Anacarsis ha sido él mismo en "... y el hijo, en cuanto lo veas te arrastrará: tan alto y tan hermoso es en sus proporciones varoniles. Y si además también se pone a hablar, te llevará atándote por las orejas: tanta es la Afrodita que tiene en la lengua ese joven". Macedonia, ya que al buscar «quiénes eran los preeminentes, y a quiénes uno podría acercarse y tener por protectores» ( § 10), no ha encontrado una persona así, sino dos y de una misma familia, padre e hijo. Del padre sólo dice que hay que imaginarlo como un Solón, un Pericles o un Arístides, referentes, claro está, que hablan por sí solos. En cambio, es precisamente en la evocación, más detallada, del hijo donde se plantea el problema textual. Luciano quiere destacar el poder cautivador de este joven y lo refiere tanto a su aspecto físico como a su elocuencia: La descripción del joven abarca un período sintáctico organizado en dos secuencias unidas por la correlación mèn/dè; el hijo (À u ¶òj) es el sujeto de dos formas verbales ('pácetai y o±xÉsetai) cuyo complemento directo es en ambos casos el pronombre se. A su vez, uno y otro predicado verbal están determinados por una oración circunstancial, aunque se produce una variación sintáctica. En el primer caso, dicho valor circunstancial viene dado por un participio apositivo al sujeto (1⁄2fqeìj), pero el uso de un participio pasivo produce, por así decirlo, un quiasmo sintáctico, ya que el sujeto, activo, de la oración principal (À u ¶òj) pasa a ser sujeto paciente del participio, mientras que el complemento agente, no explícito, del participio, es el complemento directo del verbo principal ('pácetaí se). En el segundo predicado, el valor circunstancial se expresa mediante una oración subordinada condicional (e± dè kaì fqégcaito mónon) cuyo sujeto, no explícito, sigue siendo À u ¶òj. Por otra parte, Luciano hace del joven una descripción muy sensual, en la que implica varios sentidos corporales -la vista y el oído, claramente, y quizás el gusto -y, sin duda, tiene en cuenta el papel activo que el hijo, en tanto que sujeto -gramatical también -ejerce sobre el objeto representado por el pronombre se, como se comprueba en la segunda parte de la descripción, "te llevará atándote por las orejas" (o±xÉsetaí se 'pò tÔn ätwn' nadhsámenoj). F. Rodríguez Adrados, Nueva sintaxis del griego antiguo, Madrid, 1992, p. 726, donde se expone claramente que en los verbos compuestos con preposición no siempre el primer elemento determina al segundo, sino que el preverbio puede subrayar la realización completa de la acción verbal, convirtiéndose entonces en un procedimiento para marcar un matiz aspectual. Es decir, cuando el compuesto presenta un complemento, no es determinante que éste sea precisado por el preverbio (cf. también I. Rodríguez Alfageme, Nueva gramática griega, Madrid, 1988, pp. 57-59). 10 La visión es, para la belleza física, un tópico: la belleza de alguien da placer al contemplarla y éste, sin duda, es el valor de 1⁄2fqeìj en este pasaje, del mismo modo que el Basándonos, precisamente, en el paralelismo entre ambas proposiciones principales creemos que hay que mantener la forma utilizada por Luciano según transmiten los manuscritos. El verbo ƒgomai compuesto con la preposición špì -tal como corrigen los editores -indica la atracción, de algo o de alguien que, hacia sí y en su propio interés, ejerce el sujeto, valor reforzado en este caso por el uso del verbo en voz media. Este es el significado que hallamos en otros autores áticos. Sirvan como ejemplo, un pasaje de Tucídides y otro de Jenofonte. Cuenta aquél que los megarenses se sublevaron, «tras conseguir ayuda de los corintios, sicionios y epidaurios» (špagagómenoi dè Korinqíouj kaì Sikuwníouj kaì 9Epidauríouj'pésthsan o ¶ MegarÊj) 7; y Jenofonte refiere que Sócrates obligó a los jueces a votar por su condena, «con el odio que se atrajo por aquello de ensalzarse a sí mismo en el tribunal» (fqónon špagómenoj) 8. No obstante, en el pasaje de El escita el contexto tal vez permita desplazar esta perspectiva, ya que, si bien el verbo principal del primer período lleva un régimen en acusativo -el complemento directo se -, éste es el agente implícito del participio 1⁄2fqeìj referido al sujeto À u ¶òj. Es decir, usar aquí un verbo compuesto con la preposición'pó permite a Luciano situar, semánticamente, la acción desde el objeto directo, que es quien resulta desplazado de su lugar -y se mantiene así el valor originario del preverbio: "con movimiento desde" 9. Así pues, no se trata tanto de significar la atracción hacia, como el desplazamiento desde, expresión que encaja en el contexto, puesto que, en esta primera parte de la descripción, tal como decíamos, el joven macedonio, sujeto, no actúa propiamente, sino que se limita a "ser visto" 10. substantivo qamá en Platón (Prt. 218 d-e), del que se hablará más adelante. En este sentido, sorprende, por inapropiada en el contexto, al reflejar escasamente el juego entre la voz pasiva del participio y la voz media del verbo principal, así como el valor claramente estático de la contemplación de la belleza, la traducción de J. Zaragoza, Luciano. 490: «el hijo en cuanto te vea se hará amigo tuyo: tan alto, es, tan guapo con belleza varonil, que con sólo hablar te dejará atado por las orejas, por el atractivo que tiene el jovencito en la lengua». 11 Como reproduce la traducción de K. Kilburn, cit., p. Por otra parte, cada una de las secuencias sintácticas de la descripción termina con una oración asindética que, a modo de explicación, justifica la acción expresada por cada uno de los predicados'pácetai y o±xÉsetai. El sujeto de ambas oraciones es el macedonio, elíptico en la primera y representado en la segunda por el sintagma À neanískoj. También entre estas oraciones hay una variación sintáctica: la primera de ellas se inicia con el adverbio demostrativo oØtw que modifica al atributo (oØtw mégaj šstì kaì kalòj'rrenwpÉn tina tÈn eÐmorfían), mientras que la segunda empieza con el adjetivo demostrativo de cantidad tosaúthn que determina al complemento directo (tosaúthn 9Afrodíthn špì tÊ7 glÓtth7 À neanískoj oexei). En cuanto a su contenido, la primera oración explicativa detalla la capacidad de atracción del joven relacionada con el sentido de la vista: su apariencia exterior, su belleza física son tales que mueven, desplazan, a quien lo ve, tal como se ha expresado en la frase anterior de la misma secuencia 11. No es de extrañar, pues, el uso por parte de Luciano de la forma verbal'pácetai, que resaltaría la intensidad del desplazamiento, máxime si se tiene en cuenta que se trata de un verbo cuyo significado genérico de "llevar consigo" o "llevarse consigo" se puede concretar, cuando es usado en contextos de contenido amoroso o erótico, en el sentido de "tomar esposa", e incluso "seducir" o "raptar" 12. Además, no hay que olvidar que el referente histórico con el que es comparado el joven macedonio es Alcibíades, como comentaremos más adelante. Las obras del propio Luciano ofrecen diversos ejemplos cuya comparación con el pasaje de El escita permite, a nuestro entender, mantener la lectura'pácetai de los manuscritos. Cf., en un sentido equivalente, Apollod., Epitome 3.3: peíqei tÈn 8Elénhn'pagageîn sùn ¡autÔ7; cf. también Parth. Sobre el modelo de Herodoto (I 196) donde'pagágesqai junto a tÈn parqénon describe el acto de "tomar esposa", en la idea de que "se saca" a la doncella de la custodia o casa paterna, Luciano escribe, por dos veces en Toxaris y una en el Banquete, el sintagma tÈn númfhn junto al verbo'págw para designar la acción de "llevarse como esposa" o "dar la hija en matrimonio": ¢wqen dè prokriqeìj tÔn ƒllwn 9Adúrmaxoj oemellen'pácein tÈn númfhn ("por la mañana, Adírmaco, que había sido elegido frente a los demás pretendientes, se dispuso a llevarse a la novia", Tox. 45); 9Adurmáxw7 dè tÔ7 Máxluï parédwken'págein tÈn númfhn, Áti xrusâj te fiálaj ("pero a Adírmaco el macliano le entregó a su hija para casarse", ibidem 46); špì tò zeûgoj 'nateqeìj šf' oÞ tÈn númfhn'pácein oemelle ("subió al carro en el que iba a llevarse a la novia", Symp. Es más, Luciano utiliza este mismo verbo para narrar el punto final del rapto de Europa por parte de Zeus, el comportamiento indigno de Paris en el asunto de Helena o la inducción a adulterio en que puede incurrir un esposo si no vigila lo suficiente a su joven y bella esposa: špilabómenoj dè tÊj xeiròj À Zeùj'pÊge tÈn EÐrÓphn e±j tò Diktaîon ƒntron šruqriÔsan kaì kátw ÀrÔsan: ¤pístato gàr ¥dh šf' Átw7 ƒgoito ("tomándola de la mano, Zeus condujo a la cueva de Dicte a Europa, ruborizada y cabizbaja, pues ya sabía para que se la llevaba allí", DMar. 15); oenioi dè kaì cénwn tÔn sfetérwn gunaîkaj'págousi moixeúsontej katà tòn 9Iliéa škeînon neanískon ("algunos incluso conducen al adulterio a las mujeres de sus propios huéspedes, como aquel joven troyano", Fug.18) 13; mâllon dè aÐtòj 'págoi moixeuqhsoménhn' noígwn tàj qúraj kaì mastropeúwn kaì pántaj šp' aÐtÈn kalÔn ("más aún, él mismo la condujo al adulterio, abrió las puertas y la prostituyó invitando a todo el mundo a estar con ella", Tim. La misma idea de seducción, pero con fines más perversos todavía, delata la actitud de las mujeres de la isla Cabalusa en la Historia Verdadera, donde, evidentemente, se invierten los papeles habituales de hombre/mujer, dentro del juego de múltiples inversiones que la obra presenta: laxoûsai d' oÖn amâj a ¶ gunaîkej ¡kásth pròj ¡autÈn'pÊgen kaì cénon špoieîto ("así pues, cada una de las mujeres se llevó consigo, por sorteo, a uno de nosotros y lo hizo su huésped", VH 2.46). 14 Sin embargo, Hans Licht (seudónimo de Paul Brandt), Sexual Life in Ancient Greece, Nueva York, 1974(1a edición, Londres, 1932), p. 417, parece no estar de acuerdo con esta idea, sino que parte de la base de que, aunque se dieran este tipo de relaciones con muchachos de corta edad, éstos siempre habían iniciado la pubertad y, por tanto, no eran niños. 45, Luciano reitera de nuevo esta misma imagen para designar la capacidad de persuasión a través de la palabra: ZEUS Tí légeij, ae MÔme? katafroneîn? oÐx Àrâ7 j Ásoi'koúousi kaì ðj sumpepeisménoi e±sìn ¥dh kaq' amÔn kaì 'págei aÐtoùj' nadhsámenoj tÔn ätwn À Dâmij? Y también mediante este verbo'págw pueden ser referidos la seducción, el rapto o el ultraje de muchachos con fines, parece deducirse, pedofílicos 14: oÞtoi pántej, ae 8Radámanqu, pròj toû'lithríou teqnâsin, o ¶ mèn gunaikÔn ¢neka eÐmórfwn špibouleuqéntej, o ¶ dè u ¶éwn 'pagoménwn pròj Øbrin' ga-naktÉsantej ("todos estos, Radamantis, han perecido por obra del malvado, unos víctimas de conspiraciones a causa de sus hermosas mujeres, otros de indignación al serles raptados los hijos para su deshonra", Cat. 26); sù gàr ×pò mèn tÔn meirakíwn kaì pánu ßa7 díwj aÐtò pásxeij, ñste qâtton ƒn tij Álon tòn Sípulon metakinÉseien § sè tÔn kalÔn'págoi mÈ oÐxì parestánai aÐtoîj kexhnóta kaì špidakrúontá ge pollákij ñsper škeínhn aÐtÈn tÈn toû Tantálou ("pues tú, mucho más fácilmente, por los muchachos experimentas esto mismo, hasta el punto de que con más rapidez alguien movería el Sípilo entero que te alejaría de los bellos mozos sin que gritaras por no permanecer junto a ellos y lloraras abundantemente como aquella hija de Tántalo", Im. La segunda secuencia introducida por e± dè, trata de la fuerza de atracción del joven macedonio, ligada ahora a su capacidad oratoria, que Luciano considera cautivadora en extremo, ya que este joven, con solo abrir la boca, arrastra por su elocuencia "atándote por las orejas" ( § 11). De este modo, Luciano recurre a una imagen que en otra ocasión refiere de la elocuencia misma, identificándola entonces con Heracles, al amparo de una tradición distinta a la helénica, cuando describe una pintura que recuerda haber visto en la Galia. En este cuadro el héroe griego también arrastra a una multitud de hombres "atados por las orejas" (¢lkei šk tÔn ätwn Špantaj dedeménouj, Herc. 3) 15, los cuales, a pesar de ser conducidos por débiles cadenas, no oponen resistencia alguna. En el Proemio: Heracles, Luciano ilustra el poder cautivador de la palabra presentando como dóciles prisioneros, de verdad, a quienes escuchan al héroe, puesto que éste ha sido Cf. 10.4, donde se alude incluso al defecto de pronunciación que padecía. representado con las manos ocupadas por algunos de sus atributos más significativos tales como la piel del león nemeo, el arco o la maza, y, en consecuencia, los extremos de las cadenas que ligan a los cautivos de su verbo aparecen atadas a lengua sin que ello deba producir asombroadvierte Luciano -«por el parentesco entre los oídos y la lengua» (tÈn ätwn kaì glÓtthj suggéneian, Herc. Por el contrario, en El escita, Luciano deja claro que las ataduras son sólo una metáfora para designar la fuerza seductora de las palabras del joven, cuando explica que aquéllas denotan la gran cantidad de Afrodita que éste "tiene en la lengua" (tosaúthn 9Afrodíthn špì tÊ7 glÓtth7 À neanískoj oexei). Esta expresión, que introduce una fuerte e innegable sugerencia erótica, contribuye a justificar, creemos, el uso de'págw en la primera secuencia, puesto que el oyente -visualizador del hermoso y elocuente joven recibe un impacto de placer tan intenso que "consiente" en ser raptado, pues le es imposible sustraerse a la atracción que el joven le ha suscitado. Además, si la escueta descripción del padre se basaba en una comparación con tres hombres de estado (Solón, Pericles, Arístides), emblemáticos en la historia de Atenas, tampoco falta en el retrato del hijo este referente histórico. El modelo es ahora Alcibíades cuya belleza, capacidad de seducción y habilidad oratorias son, sin duda, un lugar común en la literatura griega, de Platón y Jenofonte hasta Plutarco, pasando por los poetas cómicos y los oradores 16. La elección del hijo de Clinias garantiza doblemente a Luciano el éxito en el elogio del joven macedonio, ya que, al haber sido Alcibíades tan amado como odiado por sus conciudadanos, la mayor alabanza no es ser comparado con él, sino ser considerado mejor todavía. El macedonio, como en otro tiempo Alcibíades, deja boquiabierto al auditorio que siente por él auténtico amor y veneración (toûton dè a pólij oÐ fileî mónon,'llà kaì a±deîsqai ¥dh'cioî, § 11), pero su buen talante, a diferencia de lo que ocurrió otrora con el ateniense, hace que este amor y afecto sean perdurables. Es interesante referirse por un instante al posible modelo platónico de la comparación con Alcibíades. En el primer intercambio de palabras al inicio del Protágoras, el interlocutor de Sócrates no tiene ninguna duda de que 17 En el mismo sentido que en Il. XXIV 348 y que Estratón (AP 12.4), donde queda claro que el mejor momento para los chicos es precisamente aquél en el que empieza a despuntar la barba. éste ha estado en compañía del bello hijo de Clinias, al cual, parece ser, ya le apunta la barba y empieza a tener aspecto de hombre. Esto, sin embargo, no es obstáculo para que Sócrates continúe alabando su belleza 17. Ahora bien, ante la presencia de Protágoras, la visión (qamá) de Alcibíades ya no provoca nada: efectivamente, Protágoras es, para Sócrates, más bello que Alcibíades porque es muy sabio o porque encarna la más alta sabiduría (tò sofÓtaton) 18, en perfecta consonancia con el discurso platónico que contrapone la belleza física a otro tipo de belleza. También en el Banquete (218 d-e), Sócrates, dirigiéndose precisamente a Alcibíades, establece claramente un sistema que opone kálloj a eÐmorfía, del mismo modo que'lÉqeia se opone a dóca, siendo los términos de la oposición tan dispares, cualitativamente, como el oro del bronce. Y, a su vez, nos preguntamos, si, en el pasaje de Luciano objeto de nuestro comentario, la confluencia de belleza, oerwj y sabiduría, no evocaría -de forma irónica, tan irónica que incluso el elogio queda minimizado -el contexto del mito del Fedro, donde kálloj es, precisamente, la belleza cuya visión conduce a los amantes a un régimen de vida ordenado y a la filosofía misma 19. Salvando, naturalmente, todas las distancias -de género, de intención, de época -, la presentación del joven macedonio por parte de Luciano pretende englobar ambos tipos de belleza, siendo la maestría en el manejo de la palabra el equivalente, aquí, de la sabiduría. En definitiva, pues, la lectura'pácetai parece ajustarse con más precisión a la capacidad de seducir del joven, tanto por su eÐmorfía (aspecto físico) como por su kálloj (maestría en el manejo de la palabra), cualidades que el autor describe en términos de habilidad erótica. En todo caso, y en nuestra opinión, no hay duda de que Luciano, al utilizar este verbo, lo hace de manera coherente, de acuerdo con un significado claro que corresponde a desplazamiento con finalidad de secuestro físico y espiritual. Hay que tener en cuenta, además, que Luciano tiene una gran preocupación Cf., como obra paradigmática de esta puntillosidad, la titulada Sobre una falta cometida al saludar así como también El solecista. por el uso preciso y correcto de la lengua 20. Su origen no griego, a la par que su situación militante de griego de adopción y de cultura, hacen que para él, más que para otros, éste sea un asunto de suma importancia. Es posible que cometiera o a menudo estuviera a punto de cometer errores de uso de la lengua, pero se obstina, hasta lo puntilloso, en corregirse -y corregir también a los demás. Si, en efecto, en este pasaje de El escita, Luciano se sirve del verbo'págomai, como parecen indicar unánimemente los manuscritos, este uso es del todo adecuado con el valor alusivo de la descripción del joven y la intención semántica deseada, como demuestra la presencia de este mismo verbo en otros lugares de su obra -así como en la de otros autores áticos o aticistas. Por otra parte, la enmienda špágomai podría responder a un nuevo afán hiperaticista de los filólogos del XVIII y del XIX, seguidos por todos los demás, combinado, evidentemente, como es típico de la época, con un cierto puritanismo.
Pero este choque de modelos se produce sólo a partir de la intervención de Juno, que parte por la mitad la narración de la guerra 7: Talia certatim Myniae sparsisque Cytaei funera miscebant campis Scythiamque premebant. cum Iuno Aesonidae non hanc ad uellera cernens FARSALIA EN LA CÓLQUIDE... Palabras clave: épica, Valerio Flaco, Lucano, símiles. La guerra en la Cólquide, que Valerio Flaco introduce en el libro VI de las Argonáuticas, constituye la más significativa innovación estructural del autor romano por comparación tanto con Apolonio Rodio como con las demás versiones conocidas de la saga 1. La communis opinio de la crítica atribuye la invención de este episodio épico tout court al afán de imitatio, y de aemulatio, que abriga Valerio respecto de Homero y de Virgilio 2. Para el texto de la Argonáuticas me remito a la edición teubneriana de Ehlers (Stutgartt, 1980). Para la terminología, v. 7 Acerca de las implicaciones metaliterarias del pasaje, v. En efecto, el viraje provocado por la Saturnia divide el relato de la guerra en dos partes diferenciadas no sólo por la primacía del modelo bélico o del erótico, sino también por el punto de vista de la narración. En la segunda parte, la'risteía de Jasón es narrada bajo la perspectiva de Medea mediante el expediente homérico de la teixoskopía, de modo que la hazaña bélica deviene (pre)texto del enamoramiento de la Eétide. 8 Ahora bien, ¿significa esto que la primera parte de la guerra en la Cólquide, previa a la intervención de Juno, se ajusta sin mayor problema al modelo-código definido por la auctoritas de Homero y de Virgilio? No parece, puesto que, a pesar de que predomina el tema bélico, los argonautas participan como aliados de Eetes en la guerra que enfrenta a éste con su hermano Perses, con lo que se involucran en una guerra civil o, peor aún, fratricida. 9 Y Valerio, lejos de pasar por alto este aspecto, incide en él mediante dos símiles que, colocados al comienzo y al final de esta primera parte de la guerra, remiten al lector al bellum ciuile por antonomasia, i.e. a Lucano. En consecuencia, el presente artículo intentará demostrar que, así como la injerencia del amor socava el carácter marcial de la segunda parte de la narración bélica, a partir de la intrusión de Juno, la qualitas homérico-virgiliana de la primera parte es puesta en cuestión por el encuadre lucaneo bajo el que Valerio la presenta. Al comienzo de la batalla que enfrentará a los argonautas, junto con los colcos de Eetes, contra los escitas de Perses, la marcha de los ejércitos sobre la llanura se ilustra como sigue: ipse rotis gemit ictus ager tremibundaque pulsu nutat humus, quatit ut saeuo cum fulmine Phlegran Iuppiter atque imis Typhoea uerberat aruis. 12 La gigantomaquia y la tifonomaquia son narraciones no idénticas pero fácilmente Valerio yuxtapone en un solo símil el comparans lucaneo (Flegra) y el homérico (Tifeo). Aun cuando el tertium comparationis sea distinto en Lucano, donde la similitud se basa en los preparativos del armamento anteriores al choque y no en la reacción del campo de batalla, la equiparación retórica de los combates humanos a los divinos, así como la posición que, como antecedentes de la guerra, ocupan los símiles en los tres textos, invita a sospechar que estamos ante lo que Philip Hardie denomina "double imitation", i. e., la contaminatio de dos modelos de los que uno es, a su vez, modelo del otro. 11 Así pues, Valerio reescribe a Homero junto con Lucano (que, a su vez, reescribe a Homero), pero, como veremos, lo hace de tal manera que la filiación lucanea cuestiona la filiación homérica. Porque, mientras que la asociación Flegra-Tifeo no presenta mayor problema en términos míticos 12, asimilables. De hecho, Valerio las asocia por el mismo orden (gigantes-Tifeo) con ocasión del paso de la Argo frente a la costa de Palene. 13 Si bien el duelo frustrado entre Paris y Menelao (Il. 14 La comparación con Flegra precede también a la batalla de Cannas en Silio Itálico (IX 304-9), donde el tertium comparationis es el clamor levantado por el choque bélico. La deuda con las sucesivas relecturas del "Zeusgleichnis" homérico estriba, una vez más, en la colocación del símil antes del encuentro decisivo. Tal parece que, en pos de Lucano, los dos épicos flavios hayan hecho del símil de Flegra la clave inaugural de sus propias "ilíadas". 152 la asociación Homero-Lucano resulta ambigua en términos literarios, toda vez que, en tanto que preludio de la guerra, el símil suscitará en el lector consciente de los intertextos dos expectativas contradictorias acerca de la narración por venir: si la guerra en la Cólquide se anuncia como una ilíada, entonces no podrá ser un bellum ciuile, y viceversa. El símil de Tifeo preludia en Homero la ruptura de hostilidades (Il. III 1ss.) 13, así como el símil de Flegra precede en Lucano a la batalla de Farsalia (VII 214ss.). Entre el símil y el comienzo efectivo de los combates, se intercalan las deliberaciones de los troyanos junto con el catálogo de sus aliados en Homero (Il. En Valerio Flaco, el símil antecede casi inmediatamente al choque de los dos bandos (VI 182ss.), tras una breve presentación de los ejércitos, así como de las divinidades y personificaciones implicadas en la acción bélica 14: Prima tenent illinc patriis Absyrtus in armis et gener ingentesque inter sua milia reges. at circa Aesoniden Danaum manus ipsaque Pallas aegide terrifica, quam nec dea lassat habendo nec pater horrentem colubris uultuque tremendam Gorgoneo. nec semineces ostendere crines tempus adhuc primasque sinit concurrere pugnas. impulit hos contra Mauors pater et mala leti Gaudia Tisiphoneque caput per nubila tollens ad sonitum litui mediaque altissima pugna necdum clara quibus sese Fuga mentibus addat. En este retrato de Palas y de Marte, junto con su cortejo de personificaciones, se entremezclan dos pasajes homéricos traídos a colación por Langen: 15 oo d''mf' 9AtreÍwna diotreféej basilÊej V. Garson 1969; Baier 2001, pp. 84-99. Puesto que Anausis y Estiro son pretendientes de Medea, el duelo entre ambos ofrece cierta correspondencia tipológica con el duelo entre Paris y Menelao por Helena (Il. La lucha por las armas de Canto, en la que destaca Telamón, sigue el modelo homérico constituido por la refriega en torno al cadáver de Patroclo (Il. XVII 123ss.), de tal manera que Valerio le atribuye al Eácida el protagonismo que le correspondía a su hijo Ayante en el citado pasaje de Homero. A partir de aquí, la narración que hace Valerio de los combates en la Cólquide se desarrolla sub specie Iliadis, con no pocos ecos textuales de Homero 16. Podría parecer, pues, que la expectativa homérica engendrada por el símil de Tifeo se cumple sin más, y que lo hace en detrimento de la expectativa lucanea sugerida por Flegra. De hecho, la sucesión de'risteíai y de otras escenas homéricas contribuye a consolidar en el lector la idea de que la guerra en la Cólquide se desarrolla narrativamente more Homeri. Y no otra cosa cabría esperar de la escena final de esta primera parte de los combates, previa a la intervención de Juno, a juzgar por el modo en que irrumpe en la batalla Ariasmeno, aliado de Perses notorio por su carro armado de cuchillos: De los once apóstrofes que se encuentran en el catálogo de los argonautas (I 350-483), cinco están dotados de función proléptica (371-2, 380-2, 391-3, 441-3, 457-9). La aparición de Ariasmeno, ilustrada por el prolongado símil del diluvio, permite, en efecto, aventurar una nueva'risteía de corte homérico, anticipada en potencia por el participio de futuro (rapturus, 389). La expectativa del personaje se plantea, así mismo, como sua proelia (386-7), como proyecto épico normal según el conocido tropo virgiliano reges et proelia. 18 Además, ya la presentación de Ariasmeno en el catálogo de los escitas parecía presagiar grandes hazañas: te quoque uenturis, ingens Ariasmene, saeclis tradiderim, molem belli lateque ferentem undique falcatos deserta per aequora currus. El apóstrofe, entrañe o no la simpatía de Valerio por un héroe de tristes destinos, 19 sirve como recordatorio del poder que tiene la poesía épica para perpetuar las gestas de sus personajes, rasgo que lo asemeja a la invocación dirigida por nuestro autor a Hipsípile en el libro II (242-6). Mas no se debe pasar por alto el hecho de que el apóstrofe a Ariasmeno carezca de la función proléptica que encontramos en otros apóstrofes a lo largo de las Argonáuticas, en especial contraste, por la repetición de la fórmula introductoria, con el que precede a la muerte de Canto: 20 Te quoque, Canthe, tui non inscia funeris Argo fleuit ab inuita rapientem tela carina. De este modo, a diferencia de lo que ocurre con Canto, ni la presentación de Ariasmeno en el catálogo ni su irrupción posterior en el campo de batalla permiten anticipar el malhadado fin que el poeta le reserva, sino que crean la expectativa de una'risteía homérica, que se verá, con todo, defraudada. Porque es precisamente ahora, tras la aparición de Ariasmeno, cuando la estructura de esta pequeña ilíada que constituye la primera parte de la guerra se cierra en anillo con la intervención de Palas prefigurada al comienzo de la contienda (nec semineces ostendere crines / tempus adhuc, VI 176-7), pero demorada hasta que blande la égida para confundir a los escitas: Y, en efecto, la intervención de Palas hace de la Cólquide una suerte de Farsalia, de manera que la posible'risteía de Ariasmeno deviene ahora bellum ciuile por vía de comparación. En cuanto Palas enarbola la égida, la hueste de Ariasmeno se enzarza en un cuadro propio de la guerra civil, es decir, de Lucano: tunc ensibus uncis implicat et trepidos lacerat discordia currus. El tertium comparationis de este segundo símil lucaneo es la autodestrucción causada por la discordia entre socii, la guerra entre iguales que equipara a romanos y escitas. En consecuencia, el pasaje se ha leído como alusión histórica a las contiendas que siguieron al destronamiento de Nerón. 23 Con mayor claridad, D. T. McGuire distingue expresamente dos niveles interpretativos, uno histórico y otro literario, a propósito de este símil de valeriano. 25 En el nivel histórico, el pasaje no sólo se refiere a las guerras de 69 d. C., sino que comporta, a juicio de McGuire, una valoración política negativa del resultado de los enfrentamientos, la restauración del Principado, habida cuenta de que que Valerio se refiere a los cuatro emperadores de ese año con un término tan poco grato al oído romano como reges (VI 403) 26. En el nivel literario, el símil se muestra deudor de Virgilio, el primero que hace de la discordia civil un término de comparación para otros acontecimientos, 27 así como de Lucano. No obstante, McGuire no trae a colación un paralelismo textual concreto que pueda remitir al lector de Valerio a Lucano, sino que entiende el pasaje como una evocación, en sentido amplio, del modelo poético de la guerra civil creado por el épico neroniano. Por mi parte, creo que la referencia del símil de Valerio a ciertos loci del proemio lucaneo puede interpretarse como alusión, por sinécdoque, al Bellum ciuile, en la medida en que entre el proemio y el cuerpo de una obra se establece una relación de pars pro toto comparable a la que ésta guarda con el título 28 La imago lucanea de la matanza mutua de los escitas no sólo quiebra el desarrollo iliádico de los combates previos, sino que se aparta, así mismo, de la Eneida, y este desvío del modelo virgiliano se expresa en términos de espacio poético. Mediante una especie de Østeron próteron, el símil de Valerio evoca los escenarios donde se sitúa la acción de la Eneida al comienzo de cada una de sus dos partes: La Cólquide de Valerio no es, pues, la Libia que acoge a los enéadas náufragos, ni tampoco el Lacio, las terrae Laurentes donde se desarrollan las guerras iliádicas de Eneas. En efecto, el fatal equívoco de que adolecía el kairój heroico de Ariasmeno, tal como al propio interesado se le antojaba (locum tempusque ratus, VI 386), estriba en la percepción errónea del espacio literario que le está reservado como campo de actuación. Sabido es que la Cólquide no constituye un campo de batalla propiamente dicho en la versión de Apolonio, mientras que en Valerio alcanza ese estatuto por mediación de Homero y de Virgilio, de modo que se establece una cierta equivalencia implícita entre la Cólquide, por un lado, y Troya y el Lacio por otro. Pero el símil de la guerra civil, por cuanto que inserta a Farsalia en la Cólquide, añade una analogía que resulta problemática en concurrencia con las otras dos. Naturalmente, el lector puede optar por circunscribir la pertinencia de Farsalia, en tanto que término de comparación, al contexto estricto del símil, i.e. al desastre provocado por Palas entre los escitas de Ariasmeno. Si se acepta, empero, la implicación lucanea que hemos hallado en el símil de Flegra, se estará de acuerdo en que el símil de Farsalia viene a consolidar, retrospectivamente, la posibilidad de una lectura ambivalente de la primera parte de la guerra que, sin menoscabo de los derechos adquiridos por la Ilíada y por la Eneida, de cuenta, a su vez, de la pertinencia intertextual del Bellum ciuile. Por lo que atañe concretamente a los escitas de Ariasmeno, el enfrentamiento mutuo hace que sucumban al fin bajo los colcos como ciervos que el cazador se encuentra enfrentados entre sí, de suerte que el caudillo perece despedazado por sus propios carros: haud usquam Colchorum animi †neque in peste reuinctos † tela, sed implicitos miseraque in peste reuinctos confodiunt ac forma necis non altera surgit quam ceruos ubi non Umbro uenator edaci, non penna petit, haerentes sed cornibus altis inuenit et caeca constrictos occupat ira. ipse recollectis audax Ariasmenus armis desilit. illum acies curuae secat undique falcis partiturque rotis atque inde furentia raptus in iuga Circaeos tetigit non amplius agros. No deja de ser irónico que el verbo rapere, cuyo participio de futuro activo aventuraba la posible'risteía de Ariasmeno (protinus omnes / Graiugenas, omnes rapturus acumine Colchos, VI 388-9), sirva ahora para rubricar, bajo la forma del participio de pasado pasivo, la frustración de dicha expectativa: furentia raptus / in iuga Circaeos tetigit non amplius agros. De hecho, la quiebra de la expectativa homérica se le compensa al lector a costa del personaje mediante una suerte de ironía trágica. Es cierto que, dado que no se anticipa en modo alguno el desenlace fatal de la carga de Ariasmeno, el lector carece a priori de la información privilegiada que, por contraste con el desconocimiento del personaje, hace posible la ironía trágica propiamente dicha. No obstante, la analogía con la guerra civil establece una cierta complicidad entre el autor y el lector, basada en el conocimiento superior que, ahora, ambos comparten, y que es intertextual en la medida en que viene determinado por la competencia literaria de uno y otro. En otras palabras, Ariasmeno no ha leído a Lucano, pero el lector, como el autor, sí, de modo que el símil de la guerra civil le permite anticiparse, en cierto modo, a la aniquilación no homérica del héroe, en la idea de que un bellum Cf. V. Río, 2005. ciuile a la manera de Lucano no es preludio propio de una'risteía a la manera de Homero 29. La posibilidad misma de leer la guerra civil como frustración de un fin esperable según una norma, tal como la evoca Valerio en el símil (idem lectos ex omnibus agris / miserat infelix non haec ad proelia Thybris, VI 405-6), viene determinada por Lucano, toda vez que non haec ad proelia constituye, en efecto, el "leit Motiv" del conocido apóstrofe dirigido por el épico neroniano a los ciues 30. En consecuencia, entiendo que, como glosa o comenta-rio acerca del desastre de los escitas, el símil de la guerra civil delata un desvío de la ortodoxia bélica, i. e. de la norma épica. Así, el símil le ofrece el lector una clave intertextual para interpretar la guerra en la Cólquide de un modo distinto al prescrito por Homero y por Virgilio, un modo que, sin embargo, no deja de ser épico, al menos en la misma medida en que Lucano también es épico. Y esta posibilidad de lectura no sólo abarca el episodio concreto de la confusión de los escitas, sino que invita a leer la guerra entre Eetes y Perses como guerra entre hermanos, es decir, como guerra civil quintaesenciada. El símil de la guerra civil precipita, pues, una inflexión en el modo que tiene Valerio de narrar la guerra en la Cólquide, un viraje hacia Lucano anticipado por el símil de Flegra. Mientras que este primer símil equiparaba a la Cólquide con Farsalia indirectamente, a través del añadido de Flegra al símil homérico de Tifeo, el segundo símil lucaneo viene a consolidar la analogía de un modo más directo. En el primer caso, el hecho de que la Cólquide evoque Farsalia mediante Flegra añade una complicación ulterior, puesto que no se trata de la única referencia a la gigantomaquia en la obra Valerio, donde Flegra se propone, por boca de Júpiter, como paradigma mítico del heroísmo 31: tunc oculos Aegaea refert ad caerula robur Herculeum Ledaeque tuens genus atque ita fatur:'tendite in astra, uiri. me primum regia mundo Iapeti post bella trucis Phlegraeque labores imposuit; durum uobis iter et graue FARSALIA EN LA CÓLQUIDE... 166; Feeney 1991, pp. 329-30, 330 n.55; Río 2005, p Así, P. Schenk ha querido ver en el símil de Flegra una referencia intratextual a este pasaje mediante la que se confirmaría la adecuación de la hazaña bélica de los argonautas al "Weltenplan" de Júpiter, en la idea de que la guerra en la Cólquide, en tanto que primer encuentro hostil entre Oriente y Occidente, abre la cadena de enfrentamientos que posibilitarán la transferencia del poder de Asia a Grecia. 32 Por mi parte, creo que el exemplum de Flegra, más que un plan cósmico propiamente dicho, entraña una propuesta de heroísmo dirigida por Júpiter, en principio, a unos destinatarios concretos, que son Hércules y los Dióscuros. Si, además, se tiene en cuenta que este programa heroico se define por la adecuación de los trabajos de los hombres a los de los dioses, concretamente a la gigantomaquia, la connotación lucanea del símil de Flegra viene a desestabilizar la validez general de la norma propugnada por el Saturnio: si liceat superis hominum conferre labores... En el exemplum del libro I, mediante el que Júpiter propone a sus hijos un programa heroico, Flegra (i. e. la gigantomaquia) funciona como tropo por el modo épico por excelencia. 33 Pero dicho tropo, como toda figuración restrictiva del género, queda abierto a su propia deconstrucción. Así, en el primero de los dos símiles lucaneos del libro VI, la identificación de la gigantomaquia con el bellum ciuile no viene a establecer una analogía entre los combates de los argonautas y el proyecto heroico de Júpiter, sino todo lo contrario. La guerra fratricida en la que los argonautas toman parte no es precisamente una gigantomaquia entendida como gran hazaña épica, sino que, en el libro VI de Valerio, la Cólquide se identifica con Flegra porque en Lucano Farsalia se identificaba con Flegra. Por consiguiente, y a despecho de la restricción de significado operada por el exemplum de Júpiter, la polisemia de las posibles referencias a Flegra sugiere otra interpretación, menos pura pero igualmente épica, de la acción bélica, llama la atención sobre otras maneras posibles de leer los labores hominum. Además, la aproximación retórica de la Cólquide a Farsalia, que Valerio apunta en el símil de Flegra y culmina en el símil de la guerra civil, es posible, a mi juicio, no sólo por el carácter de bellum ciuile que reviste, en gene- Lucano compara a la lucha fratricida de los hijos de la Tierra un episodio concreto de la guerra civil, el suicidio mutuo de los cesarianos de Vulteyo acosados por los pompeyanos de Octavio (Luc. Pero se trata de una acción que, por su propia naturaleza de matanza entre iguales, puede entenderse, en cierto modo, como sinécdoque por la guerra civil: totumque in partibus unis, / bellorum fecere nefas (IV 548-9). Teniendo en cuenta la dimensión espacial del pasaje (Tebas y la Cólquide como loci belli ciuilis), bien se puede decir que la Cólquide ilustra el bellum ciuile en Lucano como el bellum ciuile ilustra la Cólquide, y no sólo el desgraciado fin de los hombres de Ariasmeno, en las Argonáuticas. En la lectura de Lucano, la Cólquide ofrece un buen término de comparación porque se entiende como campo abonado para la guerra civil, y como tal deviene tropo, metáfora espacial por el suicidio colectivo y, en definitiva, por Farsalia. De modo inverso, Farsalia deviene tropo por la matanza mutua de los escitas y, lato sensu, por la Cólquide en Valerio Flaco. Así pues, los dos símiles lucaneos que acabamos de comentar enmarcan la primera parte de la guerra en la Cólquide, que se abre con el símil de Flegra y concluye con la muerte de Ariasmeno, precedida del símil de la guerra civil. En consecuencia, la inserción en el libro VI de las Argonáuticas del modelo bélico de estirpe homérica y virgiliana no sólo no escapa al anti-modelo construido por Lucano, sino que el propio Valerio Flaco le proporciona al lector las claves que le permiten entrever la implicación intertextual del Bellum ciuile, al menos en la primera parte de la guerra en la Cólquide. Así, la posible lectura del libro VI como episodio bélico ajustado a una norma definida por Homero y por Virgilio no sólo es puesta en tela de juicio por el amor de Medea, fundamental en la segunda parte de la guerra, sino también por lo que pueda tener de guerra civil una narración marcial que se auguraba más bien homérica. Esto no quiere decir que la mención de la guerra civil requiera necesariamente un referente histórico o político fuera del texto, ya sea las guerras del 69 d.C. o la actualidad del Principado en general, aun cuando quede abierta para el lector la posibilidad de una interpretación en este sentido. En tanto que referencia puramente intertextual a Lucano, la injerencia de Farsalia en la Cólquide me parece, sobre todo, un modo de llamar la atención sobre la referencia en sí misma, i. e. sobre el complejo proceso por el que el texto de las Argonáuticas construye su significado en relación con los textos de los precursores. "Homero", "Apolonio", "Virgilio", "Lucano" son todos textos épicos, sí, pero textos que, por su heterogeneidad, se encadenan en una tradición bastante más rica y, en consecuencia, más ambigua de lo que pudiera parecer a juzgar por las definiciones más estrictas del género. La guerra en la Cólquide se deja leer, en fin, como una Ilíada, pero también, a su vez, como un Bellum ciuile..
En el teatro de Eurípides se hace especialmente patente el carácter contradictorio y poliédrico, no resuelto y posiblemente irresoluble, del conflicto trágico. La complejidad de sus tragedias, abiertas a múltiples exégesis que se han ido sucediendo a lo largo de la historia del análisis de sus textos, encuentra su mejor reflejo en Medea, para la cual las distintas interpretaciones se superponen unas a otras -siempre posibles y con apoyaturas textuales -y la elección de una excluyendo las demás supone un riesgo de banalización de la obra de un autor en cuyo carácter está el hacer problemática la realidad, suscitar dudas y, en definitiva, obligar a pensar a su audiencia. Desde este punto de vista, en estas páginas pretendemos una lectura de la obra en la que insistiremos en algunos pasajes que ponen de relieve cómo Eurípides utiliza ciertos conceptos de la moral tradicional para construir la argumentación de Medea, conceptos cuya plasmación más efectiva se realiza en el primer estásimo del coro de mujeres corintias (410-445) 1. 139, para la función del juramento de Egeo. Según el planteamiento de Medea, el núcleo del conflicto con Jasón es el Árkoj traicionado. La importancia del juramento en el desarrollo de la trama se hace manifiesta por partida doble: por una parte, el Árkoj de Jasón desencadena la acción trágica; por otra, el de Egeo hará factible la venganza de Medea. Ambos son garantía de confianza y crean, entre los que toman parte en él, un vínculo que ha de ser indisoluble; en el caso de Jasón este vínculo es el matrimonio en Corinto, en el de Egeo, la hospitalidad en Atenas. Por ello, Medea no puede comprender el trato recibido estando aún ligada por juramento con Jasón (161-162: megáloij Árkoij / šndhsaména), tras haber unido su mano derecha, algo que es -nos recuerda la nodriza en el prólogoprueba de pístin megísthn (22). Dentro de los mismos parámetros, en la escena de Egeo, a la heroína no le basta con que el rey ateniense le asegure refugio; le requiere un juramento que lo ligue a ella y, de este modo, evite su traición. Medea necesita de nuevo una prueba de confianza (pístij, 731) que comprometa a Egeo con ella (toútoij d' Àrkíoisi mèn zugeíj, 735) 2. La violación del Árkoj supone la inmediata puesta en marcha del proceso de castigo al perjuro, en una relación causa-efecto que es objeto del conocimiento común. Las consecuencias de la traición al juramento son, como decimos, conocidas, forman parte de un código del que -al menos en teoría -todos participan. Así se muestra cuando, tras prestar su juramento, Medea pregunta a Egeo qué sufrira si no se mantiene fiel a lo jurado. El rey lo sabe bien: OE toîsi dusseboûsi gígnetai brwtÔn (755). Nosotros podemos imaginar a qué se refiere Egeo con su lacónica respuesta: a lo que le va a ocurrir a Jasón, que se ha comportado como un dussebÉj. La violación del juramento, pues, es un acto de impiedad, por lo que su castigo proviene de la esfera religiosa y se realiza bajo la advocación de Zeus y Temis, garantes de los juramentos. Desde luego, la efectividad y oportunidad de su sanción no son puestas en cuestión en ningún momento. La presentación de estos motivos que conforman el trasfondo moral de la argumentación de Medea es realizada por Eurípides con una magistral técnica compositiva. A modo de Leitmotiv recurrente son introducidos en una secuencia gradual y progresiva, que reproduce el tempo de asunción del tema trágico por los distintos personajes. Para el autor, muchas de las dificultades que la crítica ha visto en la obra (la escena de Egeo, el infanticidio) quedan explicadas desde una perspectiva teológica, es decir, como fruto de la intervención de Zeus en su deseo por castigar al perjuro. El epílogo, con el que se cierran también Alcestis, Andrómaca, Helena y Bacantes, es suprimido por Diggle y otros editores. Page, ad locum, considera la colocación de estas líneas aquí «a little inapposite». Por su parte, Kovacs (ob. cit., ha reivindicado recientemente su autenticidad. En la tragedia este epíteto aplicado a Zeus, esta vez como tÔn mellóntwn tamíaj, aparece en Sófocles (Fr. 590, Radt). el relato de la nodriza que nos presenta a una Medea recordando a gritos los juramentos y el apretón de la mano derecha e invocando a los dioses como a los testigos en un proceso judicial del que se espera la satisfacción de la díkh (20-23: MÉdeia d' a dústhnoj ¤timasménh / boâ ̧ mèn Árkouj,'nakaleî dè deciâj / pístin megísthn, kaì qeoùj martúretai / o1aj'moibÊj šc 9Iásonoj kureî). Más adelante la nodriza, intentando calmar a su ama, le pide que deponga su cólera: Zeus actuará como su abogado y conseguirá que se le retribuya la justicia debida, empleando en la expresión de tal pensamiento un verbosundikéw -de uso habitual en la esfera judicial (157-8: mÈ xarássou / Zeúj soi táde sundikÉsei), pero que tiene en este lugar la única aparición dentro del corpus de Eurípides. Junto a Zeus se invoca a su hija Temis; primero lo hace Medea (160-162), después, como un eco de la voz de su ama, la nodriza (168-170) y, por fin, la secuencia anafórica culmina con la intervención del coro que reproduce también el llamamiento a la divinidad (209). Como ha observado D. Kovacs 3, no es casual esta invocación insistente a las dos divinidades, cuya presencia reiterada al comienzo de la obra sugiere un trasfondo teológico en esta tragedia mayor del que habitualmente se piensa y hace evidente la fundamental importancia de Zeus en la pieza. Por ahora, nosotros insistimos de nuevo en la relación estrecha que el pensamiento tradicional establece entre las nociones de Árkoj y díkh y los dioses invocados aquí: Temis, madre de Díke y Eunomía ya en Hesíodo (Th. 901) (presentada con los epítetos megála, eÐktaían y, sobre todo, Àrkían) y Zeus, como tamíaj Árkwn qémin eÐktaían ZÊná q', Ãj Árkwn / qnhtoîj tamíaj nenómistai, 169-70), con un epíteto, tamíaj, que se reitera en composición circular en la fórmula final del epílogo (pollÔn tamíaj Zeùj šn 9Olúmpw7, 1415) 4. Como decíamos, no sólo no es puesta en cuestión la oportunidad del castigo, sino que su realización es vista como consecuencia natural del compor-EM LXVIII 2, 2000 5 Como se sabe, Gorgias en su Encomio de Helena (6) niega la culpabilidad de Helena en los sucesos acaecidos en Troya pues en su opinión hizo lo que hizo raptada por la fuerza, persuadida por las palabras o presa de amor. En ninguno de los tres casos es responsable pues actuó sobre ella una fuerza mayor. Sobre la presencia del amor como manía en la obra de Eurípides, cf. F. R. Adrados, «El amor en Eurípides» en M. F.-Galiano -J. R. Adrados, El descubrimiento del amor en Grecia, Madrid, 1985, pp. 181-200. tamiento de Jasón y, por ello, la simpatía del coro está con Medea desde el principio: le promete complicidad pues la venganza es justa (267: drásw tad': šndíkwj gàr škteísh7 pósin); pide la ruina para el perjuro (659-662) y considera a Jasón responsable último de la perdición de todos (991-995). La culpabilidad de Jasón no ha de pasar tampoco desapercibida a ese Zeus garante de la justicia invocado desde el comienzo, en una idea que se repite tras los dos episodios que precipitarán la tragedia. En primer lugar, una vez que ha sido decretado el exilio por Creonte, Medea acude de nuevo al dios supremo, para que tenga bien en cuenta quién es el culpable: Zeû, mÈ láqoi se tÔnd' Ãj a2tioj kakÔn (332). En segundo lugar, tras la providencial aparición de Egeo, que soluciona el tema de la huida y permite la venganza, la heroína hace un llamamiento a Zeus y a su hija Díke (764) y vuelve a plantear su acción reiteradamente en términos de retribución de la justicia: teísein díkhn (767) y, otra vez, sùn qeÔ7 teísei díkhn (802). Ahora bien, ¿qué significa exactamente la violación del juramento de Jasón? Detengámonos brevemente en releer el agón que se establece entre Medea y Jasón en su primer encuentro. La escena se constituye como un "debate de palabras" (Šmilla lógwn, 546) en el que, a manera de proceso judicial, ambos personajes desgranan sus argumentos de acusación y defensa. Ahora nos interesa ver desde qué perspectiva enfoca cada uno de ellos el problema. Jasón pretende primero explicar la actitud de Medea apelando a la "salvaje ira" (traxeîan 1⁄2rgÉn, 447) y acudiendo a elementos irracionales de su carácter: su cólera, su locura, su odio (446-464). Incluso, en un argumento sofista que nos recuerda a Gorgias, llega a decir que la ayuda que le prestó Medea en Cólquide no fue en realidad un acto de su voluntad, sino una decisión de Eros, quien con sus tócoij'fúktoij le forzó a salvarle (4Erwj s' ¤nágkase, 530 y ss.) tema éste, el de la fuerza del amor, que es retomado en la siguiente intervención del coro sobre el poder de Cipris 5. 6 Es usual en la tragedia la descripción del género femenino como sometido al oerwj y al léxoj. A este respecto es interesante la comparación con la figura de Alcestis. En el diálogo con Admeto le pide que no la deshonre buscando a otra mujer que comparta el lecho: tal y como indica Di Benedetto, al reclamar la timÉ -concepto en el que la relación afectiva no es lo fundamental -Alcestis no está pidiendo amor a su marido, cf. V. Di Benedetto, Euripide: teatro e società, Turín, 1992 2, pp. 27-28. El núcleo del problema está, pues, según su perspectiva, en los celos de Medea y en su irritación por la nueva boda. Todo queda reducido, en definitiva, a un asunto de léxoj: la fuerza de Eros, la cólera de la amante despechada y los celos por el nuevo matrimonio, es decir, los motivos que guían el comportamiento femenino e impulsan a las mujeres a la acción, según la doctrina tradicional recogida en la tragedia 6 y puesta ahora en boca de Jasón. Si Medea fuera capaz, viene a decir en un cínico tour de force, de eliminar la ira y los celos que la ciegan e hiciera un cálculo racional comprendería las ventajas que la nueva situación tiene para todos (570 y ss.). En esencia, el argumento de Jasón es el mismo que subyace en aquellos autores que, ya desde la Antigüedad, han venido caracterizando a Medea como una "amante despechada" que actúa irracionalmente movida por los celos y la pasión y que han considerado el conflicto central de la obra casi exclusivamente en relación con el oerwj, con lo que, en nuestra opinión, se ofrece una visión un tanto reduccionista del personaje y de la obra 7. Porque a este respecto es oportuno recordar que Medea acusa a Jasón desde el principio de haberla tratado injustamente (¤dikhménh, 26) y deshonrado ('timásaj, 33), es decir, las reivindicaciones de esta mujer pertenecen al ámbito de la timÉ y la díkh, que poco tienen que ver con la esfera de lo erótico y lo irracional 8. Por su parte Medea, en su empeño por alejar el conflicto del terreno del léxoj y el oerwj al que quiere reducirlo su antagonista masculino, insiste en la trascendencia del comportamiento de Jasón y, a lo largo de su parlamento, se hace evidente su insistencia en dotar a su caso particular de un significado moral general. Por este motivo ha sido secluido en este lugar por la mayoría de los editores, pues, tal y como indica F. R. Adrados, se le ha considerado redundante (cf. 259); ahora bien, es posible que la repetición del verso -primero en boca de Medea referido a Jasón y luego en boca de Jasón referido a Medea -sea intencionada, en la medida en que contribuye a resaltar la inversión de los papeles, una vez que la heroína ha cometido el infanticidio. Para la situación de la mujer en la Antigüedad puede verse, en general, el trabajo de L. Gallo, «La dona greca e la marginalità», QUCC 18.3, 1984, pp. 7-51 y, para la tragedia, los de H.P. Foley, «The Conception of Women in Athenian Drama» en H.P. Foley (ed.), Reflections of Women in Antiquity, Londres, 1981, pp. 127-168 y M. Madrid, ob. cit, especialmente, pp. 183-186. Este tópico, el de la reducción del espacio femenino al oμkoj es reiterado con insistencia, como otros tantos que afectan al génoj gunaikÔn, en la tragedia. Es el caso, por ejemplo, de Clitemestra: en Ifigenia ción injusta, la violación del juramento y con ella ha traspasado el ámbito de lo doméstico, convirtiéndose así no sólo en el enemigo de la propia Medea, sino también de los dioses y del género humano entero (©lqej oexqistoj gegÓj? /[qeoîj te k 'moì pantí t''nqrÓpwn génei?], 467-8) 9. De la acción de Jasón extrae la heroína una conclusión de carácter general, la pérdida de la fe en los juramentos, hecho que supone la violación de las normas que han gobernado tradicionalmente el mundo humano y el desprecio al gobierno de los dioses que velan por ellas. La formulación clarísima de este pensamiento se halla en los versos 492-495: Árkwn dè froúdh pístij, oÐd' oexw maqeîn e± qeoùj nomízeij toùj tót' oÐk ƒrxein oeti, § kainà keîsqai qésmi''nqrÓpoij tà nûn, špeì súnoisqá g' e±j oem' oÐk eÑorkoj än Claramente, pues, -al menos como le interesa presentarla a Medea -, la acción de Jasón tiene unas repercusiones sociales, casi cósmicas diríamos. La esfera de lo privado se hace así universal: no se trata ahora de un asunto doméstico sino de un comportamiento que tiene consecuencias morales en una dimensión mayor, la de la pólij, y que afecta a las normas (qésmia) que la rigen. Esta traslación del conflicto de un ámbito a otro puede ponerse en relación con la salida de Medea del palacio a requerimiento de las mujeres corintias: su simbólico šcÊlqon dómwn (214) ha sido interpretado como el transgresor paso de la mujer del ámbito que la convención le asigna, el del oμkoj, al espacio de la pólij, tradicionalmente reservado al varón 10. Estas palabras resultan especialmente paradójicas puestas en boca de Clitemestra, pues será precisamente ella una de las mujeres trágicas que mayor relevancia adquirirá después en el ámbito de la pólij y será vista por la tradición, por ello, como mujer transgresora y "masculina". Sobre el tema, cf. M. Madrid, ob. cit., pp. 197-209 y A. Morales-D. de Paco, «Mujeres masculinas y hombres femeninos en la tragedia griega», en prensa en las Actas del IX Congreso de la FIEC (Kavala 1999). 11 Sobre la presentación de Medea como un carácter heroico, asimilable a los protagonistas sofocleos, cf. B. Knox, «The Medea of Euripides», Word and Action. 12 Actitud de complicidad que hace el crimen posible y que llevará al climax dramático del quinto estásimo con la intervención de los niños pidiendo auxilio ante los ojos aterrorizados de las mujeres corintias, cf., Ch. Segal, «Fifth Stasimon of Euripides Medea», Medea mantendrá esta postura a lo largo de toda la obra. En ello la heroína, ciertamente, se muestra inflexible, rasgo, por otra parte, típico de los héroes de la tradición: Medea se comporta con la misma inflexibilidad de Edipo que lo conducirá a la ceguera, igual intransigencia que Aquiles en su negativa a deponer su cólera o similar rigidez de Antígona que camina a la muerte sin dejar de defender su concepción de lo justo 11. El llevar hasta sus últimas consecuencias las determinaciones tomadas es justamente lo que genera el conflicto trágico. A este respecto, no deja de ser irónico que precisamente ella, la mujer bárbara, se nos presente como la defensora de la justicia y la ley, conceptos ambos considerados producto de la civilización griega, mientras que Jasón, el griego, sea el que transgreda esa misma justicia y esas mismas leyes. Medea ha aprendido bien la lección durante su estancia en Corinto. Recordemos que Jasón, en el agón anteriormente mencionado, dice a la heroína que debe estar satisfecha de haber tenido la ocasión de convivir con griegos, pues gracias a ellos ha llegado a saber qué es la justicia y cómo servirse de las leyes para evitar la violencia (536-38): prÔton mèn 8Ellád''ntì barbárou xqonòj gaîan katoikeîj kaì díkhn špístasai nómoij te xrÊsqai mÈ pròj ±sxúoj xárin Obviamente, planteando el conflicto en estos términos, Medea -que no lo olvidemos es, fundamentalmente, sofÉ -logra ganarse las simpatías del coro, que mantiene una actitud ambigua y de "no intervención" hasta que el infanticidio es ya inevitable 12. La sofía de Medea consigue manipular su opi- A lo largo de toda la obra se insiste en la especificidad de Medea frente al resto de las mujeres (así Creonte siente miedo ante su habilidad, sabiduría, perfidia, carácter colérico etc.), especificidad que desde el principio queda claramente unida a su condición de mujer extranjera. Es Jasón quien más insiste en ello, primero en los versos 536 y ss., ya comentados, y, sobre todo, al final de la pieza (1339: oÐk oestin ¬tij toût' ƒn 8Ellhnìj gunÈ / oetlh poq'). nión hasta extremos que no alcanza ningún otro personaje de la tragedia euripidea 13, en un proceso que, a nuestro juicio, es llevado a cabo en dos niveles. Un primer nivel consiste, como venimos insistiendo, en la focalización del conflicto en la violación de los juramentos por parte de Jasón, que supone una ofensa a las instituciones sociales y al propio Zeus, es decir, apelando a un moralismo que sitúa automáticamente a Jasón como culpable y a Medea como víctima y que en principio libera a la protagonista ante los ojos del coro de cualquier responsabilidad, por terroríficos que sean sus actos -como al final lo serán, con el asesinato de los "traidores" y, sobre todo, con el infanticidio -, justificándolos siempre en el comportamiento infiel e injusto de Jasón, merecedor de ineluctable castigo divino. El segundo nivel se produce mediante el establecimiento del problema en términos de conflicto entre hombres y mujeres, consiguiéndose así, como Mastronarde destaca 14, que, pese a que la acción de Medea dañará en sus cimientos a la ciudad de Corinto, las mujeres corintias se disocien de la comunidad en la que viven, se alejen de la estructura política en que están inmersas para hacer causa común con una mujer, Medea, esencialmente extranjera 15. De este modo, se consigue la universalización del conflicto por partida doble. Con el primer argumento, como vimos, el problema excede el ámbito doméstico para alcanzar el político y religioso. Con el segundo, trasciende los límites de la dicotomía griego/bárbaro o, más exactamente, mujer griega/mujer bárbara -límites en los que sobre todo los personajes masculinos, Creonte y Jasón, insisten una y otra vez en situarlo 16 -para replantearse como conflicto genérico hombre/mujer. Ambos argumentos están presentes desde el comienzo. El primero, ya lo hemos visto, desde el monólogo introductor de la nodriza. El segundo aparece con fuerza en el parlamento de Me-17 Cf. El proverbio vuelve a ser usado por Eurípides en Supp. 18 «Medea and the tragedy of revenge», CPh 68, 1973, pp. 1-24, especialmente pp.19-21 dea con las mujeres corintias, en la célebre descripción de la injusta condición femenina y su dificultad para conseguir eÑkleia (230 y ss.). Tras esta auténtica captatio beneuolentiae la protagonista obtiene fácilmente la complicidad del resto de las mujeres. Los dos motivos son formulados de manera magistral por Eurípides en el estásimo que sigue a la intervención de Medea y que analizaremos a continuación. En él, por boca de las mujeres corintias, convencidas ya completamente por la heroína, quedan planteados explicítamente: el primero de ellos -la violación de los juramentos -apelando al pensamiento moral tradicional; el segundo -el conflicto genérico -recurriendo a la tradición misógina de la literatura griega arcaica. En ambos casos es Hesíodo fundamentalmente quien ofrece el material que Eurípides va a utilizar para poner en movimiento un sutil entramado de alusiones y referencias. El coro comienza su intervención con una referencia al tópico del mundo al revés introducida por medio del refrán ƒnw potamÔn ¶erÔn xwroûsi pagaí 17. Tal y como se formula generalmente, el motivo consiste en que, dado un hecho mostruoso, es posible que hasta lo más inverosímil ocurra, pues ya no hay normas que regulen el curso de los acontecimientos. En el caso que nos ocupa, Jasón -desoyendo los 2XFμ4" vigentes y protegidos por los dioses, tal y como Medea le recrimina en el pasaje más arriba comentado -ha provocado una situación límite. El tono apocalíptico que introduce este refrán y la imagen del mundo al revés, como ha indicado A. Burnett 18, nos trae inequívocas resonancias de la descripción hesiódica de ese mundo que el autor beocio prefiere no conocer, el de la Edad del Hierro, última etapa de la degeneración y corrupción de la raza humana. Al situar esta referencia abriendo la intervención del coro, Eurípides consigue poner énfasis en la acción de Jasón: la violación del juramento dado a Medea se convierte de manera automática en el ejemplo de la subversión de los valores morales producida, cuya expresión plástica se logra con la repetición del verbo stréfw y su carga semántica de "inversión" y "dislocación". Pero, además, la mención de los "ríos sagrados" nos trae inmediatemente una asociación con los juramentos. Recordemos a este respecto que en Hesíodo las aguas de Estige están relacionadas estrechamente con el juramento de EM LXVIII 2, 2000 los dioses (Th., 400), que queda representado en el "agua fría" que Zeus manda traer a Iris en jarra de oro cuando alguno de los olímpicos miente, un agua fría que mana en abundancia šc ¶eroû potamoîo (Th. Esta asociación entre el río sagrado y el juramento vuelve a aparecer en Eurípides, nos parece, en la segunda parte del tercer estásimo, que con una nueva alusión a los ríos sagrados ( 846), ésos que aquí fluyen del revés. Esta nueva mención a los ¶erÔn potamÔn en contexto tan distinto es un claro guiño irónico de Eurípides, que de este modo pone en relación inteligentemente las dos intervenciones del coro. Porque, en definitiva, es un rasgo más del mundo al revés que la sagrada Atenas acoja a una Medea impía (oÐx Àsían, 850) y dispuesta a cometer la acción más impura (oergon'nosiÓtaton, 796), como en efecto ocurrirá al final, pues será precisamente en Atenas, pese a la prevención del coro, donde, en el summum de la paradoja, la heroína encuentre refugio una vez llevada a cabo su sangrienta venganza. En Hesíodo la descripción de la quinta edad se realiza en futuro, el tiempo de la predicción; la sombría situación descrita por el beocio es, empero, el presente de Medea (stréfetai). En el segundo bloque se aborda el tema de las mujeres: éstas alcanzarán la gloria y la honra por sus acciones y la fama odiosa dejará de perseguirlas: tàn d'šmàn eÑkleian oexein biotàn stréyousi fâmai: oerxetai timà gunaikeíw7 génei: oÐkéti duskéladoj fáma gunaîkaj ¢cei Como es sabido, en la moral tradicional la violación del juramento es el peor de los males para los hombres y Hesíodo hace a Horkos hijo de Eris, engendrado como castigo para los perjuros (Th. Su viola-19 Ambos adjetivos aparecen sólo aquí en todo el corpus euripídeo (en Or. 1517 se lee el verbo eÐorkoîm'). ción es reflejo y causa del mundo al revés, tal y como se expresa repetidamente en Trabajos y Días. De hecho, en la raza de hierro, paradigma del mundo de la perversión ética, uno de los rasgos de la mostruosidad moral alcanzada es que ya no habrá consideración para aquel que respete los juramentos y sea justo (Op. Es precisamente su condición de no eÑorkoj lo que recrimina Medea a Jasón (špeì súnoisqá g' e±j oem' oÐk eÑorkoj än, 495), acusación que volverá a repetir aplicándole más adelante el poco usual epíteto yeúdorkoj (1392) 19. En el mundo de la tragedia, pues, la pérdida de respeto al juramento tendrá como resultado su sustitución como guía del actuar humano por otros intereses, esos kainà qésmia de los que hace mención Medea en el verso 494 antes comentado, que en el caso de Jasón tienen que ver con la conveniencia política o económica. De este modo la xárij ausente en la Edad de Hierro es la misma que abandona el mundo de Medea: bébake d' Árkwn xárij (439) sentencia el coro. Como bien indica Page, la xárij del juramento no es la del amor jurado, sino la casi fascinación que ejerce el conjunto de los ƒqikta, uno de cuyos elementos es el Árkoj 20. Esta "gracia" viene dada, probablemente, por el propio hecho del pronunciamiento del Árkoj, que, por el poder mágico de la palabra, actúa sobre la realidad estableciendo automáticamente un compromiso indisoluble entre los participantes en él. Podemos interpretar entonces la pérdida de la xárij como la utilización "en vano" del juramento acudiendo de nuevo a Hesíodo y a su formulación múqoisi skolioîj šnépwn, špì d' Árkon 1⁄2meîtai (Op. Las "palabras torcidas" hesiódicas son las propias de las'ndrási dóliai boulaí que mencionan las mujeres corintias en la tragedia euripídea (412); las mismas que ha usado Jasón en el agón habido con Medea, propias del que, siendo injusto (ƒdikoj, 580) es sabio en el hablar y se jacta de envolver la injusticia con su lengua (glÓssh7 gàr aÐxÔn tƒdik' eÖ peristeleîn, 582). En el poema épico díkh y Árkoj van siempre unidos (Op. 219 y ss) y será precisamente la ciudad que mantenga la justicia la que florezca, velada por Zeus (Op. Frente a ella la ciudad injusta recibe un castigo del dios supremo que, fundamentalmente, se concreta en la no continuidad y la EM LXVIII 2, 2000 infertilidad: ni los campos, ni los animales, ni las mujeres producen fruto. Zeus se encarga de hacer perecer su linaje (Op. 245), exactamente el mismo castigo que va a recibir Jasón, que habrá de pasar en soledad su vejez, según le anuncia Medea en las palabras que cierran la obra, una vez que se le ha negado la posibilidad de descendencia mediante el asesinato de Glauce y de los hijos tenidos con Medea. La díkh, insistirá Hesíodo, es norma para los humanos y su violación acarrea sólo desgracias; mientras que para el hombre fiel al juramento (de nuevo eÑorkoj, Op. 285) se dispone la mejor descendencia, el injusto tendrá una descendencia oscura. En los versos 440-1 se introduce una imagen simbólica de la situación en la que queda el mundo sin justicia y sin respeto a los juramentos, imagen con la que, sin duda, Eurípides busca la complicidad de su audiencia. Perdido el respeto a los juramentos, a±dÓj abandona el mundo: bébake d' Árkwn xárij, oÐd' a±dÒj 8Elládi tâ7 megála7 ménei, a±qería d''népta. La alusión a Hesíodo es inequívoca: también para él A±dÓj, o mejor, su falta, es consustancial a la Edad de Hierro (díkh šn xersí, kaì a±dÒj / oÐk oestai, Op. La descripción de esta edad acaba en el poema épico con esta conocida imagen: El abandono del mundo por parte de A±dÓj -la vergüenza que se siente ante el quebrantamiento de la justicia, el obstáculo que ha de impedir al ser humano la comisión indiscriminada de actos injustos -y Némesij -la exacta retribución que cada cual obtiene por su comportamiento injusto y que actúa, por lo tanto, como catalizador de las acciones humanas -es el climax de la pesimista visión que Hesíodo nos ofrece del decurso de la historia humana. Llegado este momento, a los mortales sólo les quedarán grandes dolores (tà dè leíyetai ƒlgea lugrà, Op. 200) y ya no habrá -dice Hesíodo -solución para los males (kakoû d' oÐk oessetai'lkh,/ Op. El paralelismo buscado con el mundo de Jasón y Medea es total: Medea acusa a Jasón precisamente de impudor ('naídeia), el mayor de los vicios humanos (471-2, a megísth tÔn šn'nqrÓpoij nóswn / pasÔn,'naídei') y también a él, de resultas de sus acciones, tan sólo le quedará dolor hasta su vejez, hasta su muerte in-21 La "deshumanización" de la protagonista es confirmada por el propio Jasón al final: Medea, a la que constantemente se compara a lo largo de la obra con una roca o una leona, ha completado su metamorfosis: léainan, oÐ gunaîka, tÊj Turshnídoj / Skúllhj oexousan'griwtéran fúsin (1341-2). Ha sido precisamente este vicio de Jasón, su falta de a±dÓj (patrÓ7 a7 nósw7, 1364) lo que ha ocasionado la ruina a los hijos de ambos, como insiste Medea en el último diálogo. Este impudor le ha llevado a un acto de Øbrij y ha sido él el verdadero causante de la desgracia y no Medea, autora material de la venganza. Ahora bien, la imagen hesiódica de A±dÒj y Némesij con sus velos blancos subiendo a los cielos presenta en la versión euripidea una significativa diferencia, pues en ella sólo A±dÓj abandona el mundo humano. La explicación de esta variante parece evidente: en la tragedia Némesij tiene todavía un lugar y una misión, cuyo medio de realización será Medea. La mano derecha de la protagonista, la misma que al comienzo de la obra es invocada como señal de confianza traicionada, es ahora instrumento de la venganza. Su mención en el último diálogo de la tragedia cierra el círculo fatal de traición y muerte (1364-1366): Mh. ae paîdej, ðj älesqe patrÓ7 a7 nósw7 Ia. oÐ toínun amÈ deciá sf''pÓlesen Mh.'ll' Øbrij, o1 te soì neodmÊtej gámoi A este respecto no es casual la imagen final de la obra, la de una Medea terrible abandonando el escenario en un vuelo hacia los cielos. Se suele interpretar la escena como un símbolo del proceso de deificación o, mejor, de deshumanización que convierte a la protagonista -una vez realizado el infanticidio y perdidos los rasgos humanos mediante la negación de los instintos maternos 21 -, en una figura divina semejante a las usuales en el deus ex machina euripideo 22. Además, a nuestro juicio, con la evocación del texto de Hesíodo que estamos comentando, Eurípides consigue de manera muy efectiva una clara identificación de Némesis con Medea. Ésta, conforme a la descripción hesiódica, sube a los cielos una vez cumplida su tarea. Como decíamos, el tópico del mundo al revés da pie a Eurípides para introducir además el tema de la situación de inferioridad de la mujer, argumento que Medea ha empleado sabiamente para ganarse las simpatías del EM LXVIII 2, 2000 23 Sobre él, véase E. Cantarella, La calamidad ambigua, Madrid, 1991[= Milán, 1985] y la obra ya citada de M. Madrid. 24 Con la invocación del silencio cómplice (sigân, 263), cf. Page, ad locum. La inmediata relación entre ambos temas es comentada ya por el escoliasta del pasaje: Así pues, el caos generado por la desaparición de las normas tradicionales que rigen la vida humana tiene como consecuencia la inversión también en el ámbito de los papeles masculino/femenino: los hombres serán engañosos y dignos de censura mientras que las mujeres aparecerán justas y sensatas. En este caso, en una obvia relación causa-efecto, la nueva situación de la mujer es un hecho predecible (es decir, futuro: stréyousi, 418), que -hemos de suponer -, alcanzará su realización cuando Medea cumpla su venganza. Si, como hemos visto, Eurípides encuentra en Hesíodo el material para el desarrollo del trasfondo moral del planteamiento de Medea, también en él, pero en una operación inversa, hallará la referencia para el desarrollo de este tema. No en vano es en el autor beocio donde comienza, con el mito de Pandora y la concepción de la mujer como kakòn'mÉxanon, una tradición misógina de yógoj de las mujeres que alcanzará amplia difusión como tópos literario en la literatura arcaica y que tiene honda huella en la tragedia 23. En este tópico tradicional, las mujeres son presentadas como parte de un génoj indeterminado, como una colectividad sin identidad particular, algo que no ocurre con los personajes masculinos. Es precisamente esta condición de grupo lo que favorece el establecimiento de la complicidad entre el coro femenino y la protagonista, en una llamada a la "solidaridad entre mujeres" usual en la tragedia y que también realiza aquí nuestra heroína 24: las mujeres del coro son aquí, antes que bárbaras o griegas, elementos de ese génoj al que también pertenece Medea. La duskéladoj fáma que tradicionalmente ha perseguido a las mujeres, vienen a decir las mujeres corintias, basada fundamentalmente en su'pistosúnan (422), dejará de tener sentido, puesto que -en el mundo al revés, es decir, en un mundo en el que los hombres no respetan el nómoj pactadoson los varones, representados aquí en Jasón, quienes traicionan la pístij y 25 Cf. al respecto,B. Knox, ob. cit., se hacen, ellos, merecedores de los conocidos versos de Homero (špeì oÐkéti pistà gunaicín, Od. Como consecuencia natural de esta nueva condición de los hombres, surge la exigencia de las mujeres de eÑkleia (tàn d' šmàn eÑkleian oexein biotàn stréyousi fâmai, 418) y timÉ (oerxetai timà gunaikeíw7 génei, 419), reservadas convencionalmente a los varones. Ahora bien, esta inversión del estado de las cosas requiere un cambio de dirección también en la tradición literaria: se abre ahora la posibilidad de iniciar una tradición de vituperio contra el génoj masculino (špeì 'ntáxhs' "n Ømnon /'rsénwn génna7 ), lo que supone que también los varones son susceptibles de quedar reducidos a un conjunto genérico tal y como ha ocurrido con las mujeres. En definitiva, como bien observó el escoliasta, todo es un problema de perspectiva: al igual que el león de la fábula, si supiera escribir o modelar, cambiaría las tornas y representaría al hombre vencido por el león, también las mujeres, si Apolo las dotara de capacidad de canto ('oidán), podrían invertir los términos y responder a la larga tradición que les censura. En definitiva, como estamos viendo, la acción de Jasón supone la ruptura de las normas y el dominio de un mundo caótico en el que son las mujeres las que han de defender el nómoj establecido frente a la'pistosúna masculina. Ahora bien, tampoco en este caso nos lo pone fácil Eurípides, sino que son varios y complejos los niveles de lectura: la propia Medea es producto de ese caos y, en su defensa extrema de los qésmia por los que aboga en su parlamento con Jasón -en este caso la inviolabilidad de los juramentos -, llega a trasgredir las también inviolables leyes de la fúsij, pues cumplirá su venganza superando incluso el que tradicionalmente es el sentimiento natural por excelencia de las mujeres: el amor por sus hijos. Por ello, la condición de enemigo de los hombres y los dioses que Medea recriminó a Jasón en el pasaje comentado más arriba es aplicada en idénticos términos a ella al final de la pieza (qeoîj te k 'moì pantí t''nqrÓpwn génei, 1324). A este respecto hay significativas concomitancias entre la figura de Medea y la de Hécuba. Según el análisis de M. Nussbaum (La fragilidad del bien. Fortuna y ética en la tragedia y la filosofía griega, Madrid, 1995[= Cambridge, 1986], pp. 491-521) la tragedia de Hécuba es comprobar que el antiguo nómoj -entendido como red de vínculos interpersonales basado en la confianza -ha sido destruido en el acto de Poliméstor de no respetar los lazos de hospitalidad y matar a traición a Polidoro. Como en el caso de Medea, para Hécuba será la venganza el nuevo nómoj que ocupe el lugar del antiguo. Asímismo, en el mundo del Desorden, ambas heroínas experimentan la pérdida de rasgos humanos ante los ojos del resto de los personajes: Medea, como hemos visto, se transforma en leona, Hécuba en perra.
El presente artículo tiene como objeto analizar el uso que Marcial hace del recurso léxico-estilístico de la antonimia. Limitaremos el análisis únicamente al libro I de los Epigramas. Se trata, en todo caso, de una cala lo suficientemente significativa como para que las conclusiones a las que lleguemos puedan ser aplicadas -con las debidas precauciones, como es naturalal resto de la obra de Marcial. Por otro lado, analizaremos sólo los antónimos que aparecen en lo que tradicionalmente se ha denominado la punta epigramática, o agudeza final, porque es justamente ahí, en el último dístico o en el último verso del epigrama, donde el recurso de la antonimia alcanza una importancia estilística capital en la obra de Marcial. La antonimia, si bien se mira, no es más que una variante de un procedimiento estilístico de mayor calado, la figura retórica de la antítesis 1, que, EM LXVIII 2, 2000 posio sobre Marco Valerio Marcial, poeta de Bílbilis y de Roma, Zaragoza, 1987, p. 299, dos de los principios fundamentales de la técnica poética de Marcial son la "recurrencia" y la "contraposición". Pues bien, es dentro del principio general de la "contraposición" donde hay que situar al procedimiento particular de la "antítesis". Para una relación de epigramas de Marcial en los que se recurre al uso de la antítesis, vid. J. Kruuse, "L' originalité artistique de Martial, son style, sa composition, sa technique", Classica e Medievalia 4, 1941, p. 2 Para una visión panorámica -con abundantes referencias bibliográficas -de los diferentes estudios sobre el fenómeno lingüístico de la antonimia, en donde se pone de manifiesto la gran variedad metodológica y terminológica sobre el asunto, vid. M. Martínez Hernández, Semántica del griego antiguo, Madrid, 1997, pp. 289-306. como es bien sabido, puede ser expresada mediante dos procedimientos básicos, a saber, o léxicos o gramaticales. En este trabajo nos centraremos exclusivamente en el análisis de los procedimientos léxicos antitéticos utilizados por Marcial. Pues bien, desde el punto de vista léxico, el recurso habitual para la expresión de ideas o pensamientos antitéticos es el uso de antónimos, entendiendo por antonimia lo que tradicionalmente se entiende, es decir, la "contrariedad" u oposición de significados: frío / calor; alto / bajo; amor / odio; claro / oscuro; antes / después, etc. Ahora bien, la antonimia pone en juego diversos tipos de "contrariedades", o contraposiciones lógicas. Así, por ejemplo, la relación de antonimia que se establece entre los siguientes cuatro pares de palabras es diferente en cada caso: soltero / casado, caliente / frío, dar / recibir, preguntar / responder. Todos son antónimos, pero cada una de estas cuatro parejas es antonímica en función de un criterio diferente. La cuestión de las subdivisiones de la antonimia no es algo fácil de establecer, y por ello mismo el asunto no ha sido resuelto definitivamente por los especialistas en Semántica 2. Por eso, a la hora de elaborar este trabajo nos ha parecido oportuno proponer nuestra propia subdivisión, a fin de disponer, sobre todo, de un instrumento claro con el que intentar alcanzar un mejor entendimiento del asunto. Pues bien, en nuestra opinión habría que distinguir dos grandes grupos de antónimos. En el primero estarían aquellos pares de palabras a los que se podría denominar "antónimos opuestos", es decir, aquellos que establecen entre sí una auténtica y radical contraposición; antónimos a los que, además, se les podría caracterizar como "insolidarios", en el sentido de que los dos vocablos que intervienen en la antonimia no se relacionan entre ellos de un 3 Se trata de un tipo de antonimia aceptada por la generalidad de los lingüistas. J. Lyons, Introducción en la lingüística teórica (vers. cast. 4 Otras parejas de "antónimos complementarios" serían, por ejemplo, útil / inútil, vivo / muerto, macho / hembra, hablar / callar. Se trata de lo que la lógica clásica denomina opuestos "contradictorios": "si A es verdadero, B es falso; si A es falso, B es verdadero". modo positivo, sino que más bien sus significados, si vale la expresión, se repugnan entre sí: hablar/callar; caliente/frío. En el segundo grupo de antónimos estarían aquellos pares de palabras a los que se podría denominar "antónimos recíprocos", es decir, aquellos en los que los dos términos de la antonimia, más que enfrentarse o contraponerse entre sí, se correlacionan; y en ese sentido se les podría caracterizar como antónimos "solidarios", pues en este caso los dos términos de la antonimia se relacionan entre sí de un modo positivo y, por así decir, fluido y amistoso: comprar / vender, preguntar / responder'. Cada uno de los dos grandes grupos de antónimos descritos ("opuestos" y "recíprocos") se podría dividir, a su vez, en otros dos subgrupos, lo que nos daría cuatro clases diferentes de antónimos. Concretamente, dentro de los "antónimos opuestos" habría que distinguir -siguiendo ahora la terminología tradicional -entre los "antónimos complementarios" y los "antónimos contrarios". Los "antónimos complementarios", o "contradictorios" responderían a la siguiente fórmula: "La afirmación de A implica necesariamente la negación de B, y la negación de A implica necesariamente la afirmación de B". Esquemáticamente: A > -B; -A > B. En última instancia, estaríamos ante el tipo de antonimia que responde al criterio de la "disyunción exclusiva", o, dicho de otro modo, aquella que se basa en el hecho de que un término es la negación del otro y viceversa 3. Es la oposición que se establece, por ejemplo, entre casado / soltero. En efecto, "casado" implica necesariamente "no soltero"; y viceversa, "no casado" implica necesariamente "soltero" 4. Por su parte, los antónimos "contrarios" responderían a esta otra fórmula: "La afirmación de A implica necesariamente la negación de B, pero la negación de A no implica necesariamente la afirmación EM LXVIII 2, 2000 5 Obviamente quedan excluidas de la fórmula oposiciones del tipo rosa / camelia o caliente / tibio, cuya relación no es de antonimia, sino de cohiponimia (ya sea serial o gradual). Otras parejas de antónimos contrarios serían, por ejemplo, afirmar / negar, ir / venir, meter / sacar, subir / bajar, traer / llevar', grande / pequeño', etc. Se trata, a grandes rasgos, de lo que la lógica clásica denomina opuestos "contrarios": "si A es verdadero, B es falso; si A es falso, B puede ser falso o puede ser verdadero". Muchos lingüistas únicamente consideran "antónimos contrarios" a los "antónimos graduales" (caliente / frío; alto / bajo). Nosotros incluimos aquí también los pares de palabras del tipo amor / odio, abrir / cerrar, ir / venir, etc., ya que se trata también de términos "polarizados y mutuamente antagonistas". De hecho, así es como lo entiende, por ejemplo, R. Martin, «Logique et mécanisme de l 'antonymie», en Travaux de Linguistique et de Littérature 11, 1973, pp. 37-51, quien considera que este tipo de pares responden al «semantismo de la inversión», ya sea inversión de posición (superior / inferior), inversión de dirección (ir / venir, subir / bajar) o inversión de grado (caliente / frío). Por su parte, J. Lyons, Semántica (vers. española de R. Cerdà, Barcelona, 1980, pp. 263 y ss.) a una parte de estos antónimos, aquellos que tienen que ver con relaciones espaciales (ir / venir, arriba / abajo, derecha / izquierda, llegar / partir, etc.), los incluye dentro un grupo diferenciado de antónimos, a los que denomina "antónimos direccionales". Festschrift für H. Gipper, Amsterdam, 1979, pp. 455-482, a los antónimos del tipo'amar/odiar' los denomina "antónimos antitéticos", a los del tipo abrir / cerrar "antónimos reversibles" y a los del tipo ir / venir "antónimos contradireccionales". Nosotros, reconociendo que las distinciones de Geckeler son completamente pertinentes, a todo este conglomerado de antónimos los denominaremos en este trabajo, en aras de la simplificación, "antónimos contrarios", por cuanto todos ellos responden a la fórmula propuesta para tales antónimos: A > -B; -A no > B. Ahora, un término no es ya la negación del otro, sino que nos encontramos más bien ante la contraposición o enfrentamiento de dos conceptos que se hallan en los dos extremos o los dos polos de una misma realidad conceptual. Se trataría, por así decir, de términos polarizados y mutuamente antagonistas, términos que responderían a la definición lógica de "incompatibilidad": caliente / frío, amar / odiar, ir / venir. En efecto, "caliente" implica necesariamente "no frío", pero "no caliente" no implica necesariamente "frío"; o bien, "amar" implica necesariamente "no odiar", pero "no amar" no implica necesariamente "odiar", etc. 6 En cuanto al segundo gran grupo de antónimos, los "antónimos recíprocos", se podrían subdividir en "antónimos inversos" y "antónimos alternos". Los "antónimos inversos" obedecerían a la siguiente fórmula: "La existencia de A implica necesariamente la existencia de B, y la existencia de B implica Para S. Gutiérrez Ordóñez, ob. cit., p. 133, la "inversión" no es, en sentido estricto, una relación antonímica. Sí lo es, en cambio, para J. Lyons, Introducción en la lingüística teórica (vers. española de R. Cerdà), Barcelona, 1971, pp. 481-2; para H. Geckeler, art. cit., pp. 455 y ss.;o para M. Justo Gil, ob. cit. p. 8 Otras parejas de "antónimos inversos" serían, por ejemplo, las siguientes: marido / esposa, amo / esclavo, tío / sobrino, maestro / discípulo, padre / hijo, médico / paciente, vender / comprar, pagar / cobrar, prestar / deber, hablar / escuchar, enseñar / aprender. 9 Este tipo de "antónimos alternos" no es reconocido por muchos especialistas como antónimos propiamente dichos. Bastantes estudiosos del asunto ni siquiera los mencionan. Por su parte, J. Lyons, Introducción en la lingüística teórica, cit., p. 483, aunque advierte que este tipo de términos presenta una estrecha relación con los llamados "antónimos inversos", por estar «permutacionalmente relacionados del mismo modo que los términos inversos», no llega finalmente a concederles el estatuto de antónimos. Por su parte, H. Geckeler, art. cit., les da abiertamente tal estatuto, bajo el criterio de que este tipo de pares establecen una «relación antecedente-consecuente». Otras parejas de "antónimos alternos" serían, por ejemplo, preguntar / responder, ofrecer / aceptar, buscar / encontrar, saludar / devolver el saludo, escribir una carta / contestar a una carta, invitar / corresponder a una invitación, etc. Como señala B. García Hernández, «Estructuras léxicas en los Epigramas de Marcial», en Actas del Simposio sobre Marco Valerio Marcial, poeta de Bilbilis y de Roma, Zaragoza, 1987, p. 247, hay un prefijo latino singularmente adecuado para indicar este tipo de relación, re(d): rescribo, reuoco, resaluto. necesariamente la existencia de A" 7. Esquemáticamente: A > B; B > A. En este caso estaríamos ante una relación de "reciprocidad necesaria" entre los dos antónimos: dar / recibir. En efecto, la existencia de alguien que "da" implica necesariamente -y de un modo simultáneo -la existencia de alguien que "recibe"; y a la inversa, la existencia de alguien que "recibe" implica necesariamente la existencia de alguien que "da" 8. Por último, los "antónimos alternos" responderían a la fórmula siguiente: "La existencia de A no implica necesariamente la existencia de B, pero la existencia de B sí implica necesariamente la existencia de A". Esquemáticamente: A no > B; B > A. En este caso estaríamos ante una relación de "reciprocidad potestativa", en la que, además, los dos términos que intervienen en la antonimia no son simultáneos, sino sucesivos o alternos: dar / devolver. En efecto, "dar" no implica necesariamente "devolver", pero "devolver" sí implica necesariamente que alguien "ha dado" 9. Una vez establecida la existencia de estos cuatro tipos diferentes de antónimos, procederemos ya a analizar el uso que Marcial hace de la antonimia en el libro I de los Epigramas. Esta misma oposición, bajo la forma castus / improbus, vuelve a aparecer en Epigr. III 86, en donde se trata de este mismo asunto. 11 Acerca de la exquisitez formal de Marcial, v. La oposición nolo / uolo reaparece en la punta epigramática de los siguientes epigramas: Epigr. En este último, el verso es el siguiente: uelle tuum nolo, Dindyme, nolle uolo, con la doble oposición uelle nolo / nolle uolo. Por lo demás, esta oposición antonímica vivo / muerto, vivir / morir es muy del gusto de Marcial, como lo demuestra el hecho de que, además de en el epigrama citado, aparece en otros tres casos más en el libro I, si bien sin utilizar expresamente el término 'morir', sino mediante perífrasis, circunloquios o metáforas: Epigr. El primer ejemplo de antónimos "complementarios" lo encontramos en el conocido epigrama en el que Marcial contrapone a la obscenidad o procacidad de su obra la honestidad de su vida y de su conducta personal: lasciua est nobis pagina, uita proba 10. La maestría de Marcial deja, como siempre, la agudeza para el último verso del epigrama. Y su exquisitez formal le lleva a utilizar para la expresión del pensamiento una equilibrada estructura en quiasmo: lasciua pagina / uita proba (adjetivo-sustantivo / sustantivo-adjetivo), con uso de antónimos "complementarios" colocados en principio y final de verso y aplicados a la conocida dualidad "vida / obra" 11. Veamos un segundo ejemplo: En esta ocasión estamos ante una estructura en la que los dos antónimos complementarios (nolo / uolo) aparecen ambos a principio de verso y, de nuevo, siguiendo una estructura quiástica: nolo uirum / hunc uolo (Verbo-O. Directo / O. Directo-Verbo). Pero no es ésta la única oposición antonímica que existe en el dístico. Hay, en efecto, una segunda expresión antonímica por la que se oponen los conceptos complementarios "muerto / vivo": facili sanguine / sine morte. El sentido, en efecto, del dístico es el siguiente: "no quiero un héroe muerto / quiero un héroe vivo" 13. Esta misma idea antonímica "esterilidad / fecundidad" aparece recogida en la punta epigramática del Epigr. VIII 68, aunque no mediante el uso de antónimos Un tercer ejemplo de uso en Marcial de antónimos complementarios aparece también en la siguiente agudeza final, en la que se contraponen los términos 'calvo' y 'melenudo'. hac et tu ratione qua poeta es, caluus cum fueris, eris comatus 14. Se trata, de nuevo, de una estructura en quiasmo (adjetivo-verbo sum / verbo sum-adjetivo), con uso de antónimos complementarios aplicados a un mismo verbo sum y colocados los dos antónimos en principio y final de verso. Entre fueris / eris existe, además, una oposición temporal pasado / futuro y una oposición modal subjuntivo/indicativo. En esta composición aparecen, por un lado, cuatro verbos pertenecientes al mismo campo semántico: clamare, loqui, dicere y tacere ('gritar, hablar, decir y callar'). Por otro lado, para lo que ahora nos interesa, en el último verso -en la punta epigramática -aparecen dos antónimos complementarios: tacere / dicere. Para terminar, entre el primer y el último verso se establece una oposición de modalidad indicativo / imperativo, en estructura quiástica una vez más, y con valor claramente irónico: loqueris... Otras veces, la relación que se establece entre los antónimos no es quiástica, sino paralela: in steriles nolunt campos iuga ferre iuuenci: pingue solum lassat, sed iuuat ipse labor 16. 17 Hay que tener en cuenta que la paradoja no es otra cosa, en última instancia, que una antítesis conceptual. En este caso los dos antónimos complementarios ('estéril / fértil') aparecen colocados en el mismo lugar -principio de verso -y siguiendo una estructura paralela: steriles... campos / pingue solum (adjetivosustantivo / adjetivo-sustantivo). En otro orden de cosas, los verbos lassat y iuuat se relacionan entre sí de forma paradójica: arar los campos fértiles "cansa", pero, sin embargo "agrada". La paradoja reside en el hecho de que el cansancio normalmente, lejos de agradar, molesta o importuna. De ese modo, la paradoja "cansa: agrada" se halla montada sobre una antonimia implícita: en esta ocasión -dirá Marcial -el cansancio, agrada, no desagrada, como hubiera sido lo lógico 17. El "paralelismo" en cuanto a la colocación de los antónimos a veces es absoluto. Este es el caso de la siguiente agudeza final: Se trata del conocido epigrama dedicado a la perrita Issa, hecha pintar por su dueño Publio en un cuadro tan conseguido que no era posible -según afirma Marcial de manera hiperbólica -diferenciar la perrita real de la pintada, esto es, la perrita verdadera de la falsa. La oposición que se establece, pues, entre ueram y pictam es una oposición de antónimos "complementarios":'real, verdadera, natural'/'pintada, falsa, artificial'. Por lo demás, como se ve, salvo el juego de los dos antónimos, el resto de los dos versos finales es idéntico en todo. El sentido y la función estilística de la repetición es muy claro: Marcial trata de reflejar, formalmente, el parecido casi absoluto existente entre la perrita real y la pintada; y ello lo consigue mediante este artificio formal de la repetición de dos versos casi idénticos. Hay veces en las que los antónimos "complementarios" aparecen enfrentados entre sí mediante la figura retórica de la antonomasia, lo cual le confiere a la expresión una particular elegancia. Este es el caso de la siguiente punta epigramática: Marcial se defiende de nuevo en este epigrama de la acusación de obscenidad que algunos le hacían a él y a su obra. El autor replica que la obscenidad es algo consustancial del género epigramático, y que, por tanto, eliminar la obscenidad de su obra sería tanto como pretender que Príapo (caracterizado en la mitología romana con un pene enorme y siempre enhiesto) se convirtiera en un Gallus, es decir, en un sacerdote de Cibeles (sacerdotes que, como es sabido, se castraban en memoria del automutilado Atis, amado de Cibeles). Así pues, Gallo y Priapo -colocados una vez más estratégicamente en principio y final de verso -funcionan claramente aquí como antónimos "por antonomasia" de los conceptos "capado / no capado" o "con pene / sin pene". Veamos un caso más de uso de antónimos "complementarios": Aquí tenemos, por un lado, la oposición clamare / tacere. Literalmente se trataría de la oposición'gritar/callar', términos que, en puridad, no son exactamente antónimos, ya que el antónimo propiamente dicho de 'gritar' sería, tal vez,'susurrar' ('hablar alto/hablar bajo' 21 ). Sin embargo, en este contexto el verbo tacere significa, por oposición al verbo clamare, no tanto 'callar' como 'dejar de gritar','dejar de alborotar'. En efecto, el sentido del epigrama es el siguiente: "Si alborotas siempre, si interrumpes a los abogados durante su actuación, Elio, no lo haces gratis: te dan dinero para que dejes de alborotar". Estamos, pues, propiamente, ante antónimos "complementarios":'gritar/no gritar','alborotar/no alborotar','hablar/callar'. Pero además de los antónimos clamare/tacere, encontramos todavía en este epigrama otra expresión antonímica: non facis gratis/accipis ('hacer gratis'/'cobrar dinero'). Efectivamente, "hacer gratis" implica "no cobrar dinero", y a la inversa, "no hacer gratis" implica "cobrar dinero" 22. Veamos otro ejemplo de expresión antonímica 23 de términos "complementarios": sed tu ne totiens domini patiare lituras neue notet lusus tristis harundo tuos, aetherias, lasciue, cupis uolitare per auras i, fuge; sed poteras tutior esse domi 24. En primer lugar, encontramos ya una primera oposición de tipo vagamente antitético entre el sustantivo lusus ('chanzas') y el adjetivo tristis ('triste, ceñudo, malhumorado'), términos que remiten a los campos semánticos antitéticos de la alegría y la tristeza, respectivamente. Pero las expresiones más claramente antonímicas se encuentran, como casi siempre, en el último verso: i, fuge / domi ("marchar, huir fuera / quedarse en casa, permanecer dentro"). Las oposiciones conceptuales con las que se juega en última instancia son las de "huir" o "quedarse", es decir, las de "huir" o "no huir"; así como las de "fuera" o "dentro". Se trataría en ambos casos de antónimos "complementarios". Veamos, finalmente, un último ejemplo de este tipo de antónimos: En primer lugar se da en este epigrama una pareja de antónimos complementarios: praesto / nego,'dar / no dar','proporcionar / no proporcionar' 26 27 Mart., Epigr. La oposición magnus/pusillus reaparece en III 42; III 62. (un término es la negación del otro y viceversa). En segundo lugar, aparece una antonimia de expresiones también complementarias, pero llevada a cabo en este caso no mediante procedimientos léxicos, sino mediante procedimientos gramaticales, es decir, mediante la "afirmación / negación" de una misma expresión: non multum est / multum est. En tercer lugar, aparece la oposición decuma... hora / mane, es decir'por la tarde/por la mañana'. Por último, es reseñable la oposición antonímica representada por ipse / pro me, que en última instancia remite a la siguiente oposición: "personalmente / no personalmente". Veamos, a continuación, el uso que hace Marcial del segundo tipo de antónimos, los denominados antónimos "contrarios", es decir, los que responden a la fórmula siguiente: "La afirmación de A implica necesariamente la negación de B, pero la negación de A no implica necesariamente la afirmación de B". Un primer caso es el siguiente: En primer lugar hay en este epigrama una primera oposición conceptual entre "parecer" y "ser", colocadas las dos formas verbales en final de verso: uideri / est. Esta oposición alcanza su verdadero sentido si se tiene en cuenta que el concepto "parecer" lleva implícito en sí mismo el significado de "no ser" (lo que "parece", "no es"), de modo que la oposición "ser / parecer" remite en última instancia a una oposición antonímica más profunda "ser / no ser". Pero, en todo caso, la oposición fundamental en este epigrama es la de los antónimos contrarios magnus / pusillus ('hombre grande / hombre pequeño'). Ahora bien, la agudeza de la composición no consiste en la sola presencia de estos antónimos, sino que la gracia del chiste radica en la triple dilogía presente en los tres adjetivos que intervienen en el epigrama: homo bellus et magnus significa dos cosas al mismo tiempo; por un lado "hombre excelente e ilustre" en el sentido moral o social; por otro lado "hombre guapo y alto o de buena planta" en el sentido físico o estético. Por su parte, el adjetivo pusillus tiene también un doble sentido: en vertiente EM LXVIII 2, 2000 28 Porque para muchos romanos la belleza varonil era signo de afeminamiento. Por lo demás la gracia del epigrama está reforzada -desde el punto de vista formal -por el paralelismo existente en el último verso (bellus homo est / pusillus homo est) con paronomasia entre bellus y pusillus. 31 Efectivamente, si algo es hermoso o grande, por fuerza no puede ser feo o pequeño; pero el que algo no sea hermoso o el que algo no sea grande no implica necesariamente que sea feo o pequeño. puramente física significa 'pequeño o bajo', en oposición al magnus 'alto o de buena planta'; pero en la vertiente moral o social pusillus significa'insignificante, bajo o despreciable', en oposición al magnus'ilustre, excelso, esclarecido'. En el juego entre los seis significados de los tres adjetivos -según se actualice uno u otro sentido -es donde reside la gracia del epigrama, cuya traducción más plausible en castellano tal vez sería la siguiente: "Quieres parecer, Cota, un hombre hermoso y alto, pero el hombre que es hermoso, Cota, es un hombre bajo" 28. Esta misma oposición "ilustre / despreciable" vuelve a utilizarla Marcial en otro epigrama del libro I, aunque con diferentes adjetivos: desperanda tibi est ingentis gloria fati: non potes hoc, tenuis praeda, sub hoste mori 29. La antonimia, que en el epigrama anterior se llevaba a cabo con los adjetivos magnus/pusillus, se lleva a cabo ahora mediante los adjetivos ingens /tenuis: "Abandona la esperanza de la gloria de un ilustre destino. No puedes, presa insignificante, morir a manos de ese enemigo". Veamos un tercer caso de uso de antónimos contrarios: Los adjetivos 'hermoso' y 'feo', lo mismo que los anteriores 'grande' y 'pequeño' (llamados por muchos estudiosos "antónimos graduales"), entrarían dentro de los antónimos "contrarios", es decir, aquellos que consisten en el enfrentamiento de dos conceptos situados en los dos extremos o los dos polos de una misma realidad conceptual, y que se ajustan a la fórmula propuesta: "la afirmación de A implica la negación de B, pero la negación de A no implica la afirmación de B" 31. La oposición longus / breuis reaparece en Epigr. Y sobre el mismo asunto que en el presente epigrama, es decir, sobre la excesiva extensión de los epigramas o de sus versos, la oposición longus / breuis reaparece en Epigr. Acerca de este motivo de polémica literaria en Marcial, v. 34 Se trata, en efecto, de una antonimia "gramatical": no escribir es claramente el antónimo gramatical de escribir. Concretamente, la antonimia gramatical basada en la oposición "afirmación / negación" equivale, en el plano semántico, a la antonimia léxica representada por los antónimos "complementarios". Lo que ocurre es que, a diferencia de la antonimia léxica del tipo hablar / callar, en escribir / no escribir la antonimia no se halla lexicalizada, sólo gramaticalizada. Una prueba de que ello es así es que la antonimia léxica hablar / callar es perfectamente conmutable con la antonimia gramatical hablar / no hablar. Veamos un cuarto caso de antónimos "contrarios", en esta ocasión repetidos por dos veces: Nec me, quod tibi sim nouus, recuses: Omnes hoc ueteres tui fuerunt. Toda la agudeza del epigrama reside en esta oposición de antónimos: "Y que no me rechaces porque soy nuevo para ti: todos tus viejos amigos lo fueron. Tú mira solamente si el nuevo amigo que adquieres puede convertirse en un viejo camarada". Veamos un quinto caso de antónimos contrarios: En primer lugar tenemos un oposición de persona: "yo / tú". En segundo lugar, se da una antonimia gramatical del tipo "afirmación / negación": "yo escribo / tú no escribes" 34. En tercer lugar, en fin, encontramos una antonimia léxica. En concreto, aparecen los antónimos contrarios "largo / corto". Y todo ello se encuentra aderezado con la estupenda ironía del último verso: "Tú mismo no escribes nada: tú los haces más cortos"; ironía que venía ya anticipada por la utilización del nombre parlante Velox: ¡Y tan veloz!, como que nadie puede ser tan rápido en terminar un epigrama como aquel que ni siquiera empieza a escribirlo. Los términos 'todos' y 'nadie' son claramente antónimos contrarios, por ser los dos polos extremos de una gradación 38. Pero, además de antonimia, en-contramos en este epigrama la figura retórica denominada "antapódosis", figura consistente en la presentación de dos enunciados contrapuestos que se corresponden y oponen miembro a miembro. En el epigrama de Marcial la antapódosis es la siguiente: "ojalá que tú envidies a todos y nadie te envidie a ti". La punta epigramática se ve, finalmente, adornada por la paranomasia, o parecido fónico, que se establece entre inuide y liuide. Esta misma antonimia, aunque en la variante omnes / nullus, se da también en la siguiente punta epigramática: omnis ab infuso numeretur amica Falerno, et quia nulla uenit, tu mihi, Somne, ueni 39. Y otro caso muy parecido a éste es el siguiente: En esta ocasión no estamos ante una antonimia propiamente dicha, pero la verdad es que se le parece mucho. Ahora la oposición no es "ninguno/todos", como antes, sino "ninguno/muchísimos"; es decir, ahora no estamos ante los dos términos extremos de una gradación, ya que el término extremo que se opone a 'ninguno' es 'todos', no 'muchísimos'. Pero, en última instancia, el sentido perseguido por Marcial es un sentido claramente antonímico: "antes nadie quería tocar a tu mujer / ahora todos la quieren tocar". Con esto entramos en una segunda oposición del epigrama: una oposición de tiempo "pasado/presente": nullus in urbe fuit tota / ingens turba fututorum est. Por último, todavía se podría advertir una tercera oposición conceptual de tipo antonímico entre dum licuit y positis custodibus, pues, en última instancia, la oposición se establece entre "mientras se podía, porque no tenía puestas guardas" y "ahora que no se puede, porque sí tiene puestas guardas"; es decir, existe una oposición tácita de conceptos "complementarios" entre "poder/no poder" o entre "mujer con guardas/mujer sin guardas". La gracia del epigrama se cierra con la ironía final con la que termina la composición: ingeniosus homo es. Veamos un octavo caso de uso de antónimos contrarios, acompañados en este caso por una pareja de antónimos complementarios: En la agudeza final de este epigrama aparece una pareja de antónimos "contrarios" (uenit / abit) junto a una pareja de antónimos "complementarios por antonomasia", ya que los nombres propios Penelope y Helene están en lugar de los adjetivos'fiel / infiel', por ser Penélope y Helena el paradigma de la fidelidad y la infidelidad, respectivamente. Y todo ello se encuentra expresado mediante un hermoso quiasmo: los dos antónimos complementarios en los dos extremos, y los dos antónimos contrarios en el centro, dando lugar a la secuencia sustantivo-verbo-verbo-sustantivo: "Penélope vino, marchó Helena". Veamos un noveno epigrama en el que se juega en todo él con la presencia de antónimos o de expresiones antonímicas contrarias: En esta composición aparecen, de entrada, tres parejas sucesivas de lo que, a grandes rasgos, pueden ser considerados como antónimos contrarios: saeuus / placidus ('feroz / pacífico'), paruus / magnus 43 ('pequeño / grande') y tenuis / tantus ('pequeño / tan grande'). Existe, además, una cuarta expresión antonímica implícita en la confrontación que se hace entre el sintagma praeda canum ('presa propia de perros'), es decir, "presa propia de fauces pequeñas", frente a la expresión uastos hiatus ('fauces grandes'). Por lo demás, la liebre y el león, los dos animales protagonistas del epigrama no son más que símbolos -como quedará desvelado al final de la composiciónde dos conceptos también antonímicos entre sí: "débil / fuerte". En lo que se refiere al contenido general del epigrama, el juego del mismo se basa en la idea de que los débiles (las liebres) no deben tener miedo de los fuertes (los leones), ya que en este caso, paradójicamente, el fuerte no se va a comer al débil. Pues bien, ese mismo tipo de relación'liebre / león' ("débil / fuerte") es el que Marcial postula para la pareja del verso final: puer / Caesar. El muchacho dacio -dice Marcial -no debe tener miedo del emperador, es decir, el humilde no debe tener miedo del poderoso, y ello porque el poderío de César -dice Marcial, adulando al emperador de turno -nunca dirigirá sus armas contra la debilidad de sus súbditos. Así pues, Caesar / puer remiten en este epigrama, lo mismo que'león / liebre' a una antonimia metafórica implícita "fuerte / débil" o "poderoso / humilde". Veamos un caso más de la presencia de varias parejas de antónimos en un mismo epigrama: Qualem, Flacce, uelim quaeris nolimue puellam? nolo nimis facilem difficilemque nimis. illud quod medium est atque inter utrumque probamus: nec uolo quod cruciat nec uolo quod satiat 44. En primer lugar encontramos una pareja de antónimos complementarios: uelim / nolim ('querer / no querer') 45. En segundo lugar, una pareja de antó antonimia se halla lexicalizada: uolo/nolo; en español, en cambio, esta concreta antonimia no está lexicalizada y por ello nuestra lengua tiene que recurrir al procedimiento gramatical de la "afirmación/negación", que como ya hemos dicho es el equivalente al de los antónimos complementarios:'querer/no querer'. De todos modos, el latín dispone también de este segundo procedimiento "gramatical", pudiendo sustituir la forma léxica nolo por la forma gramatical nec uolo, como de hecho aparece en el último verso de este mismo epigrama. nimos contrarios: facilis / difficilis, antónimos expresados mediante un elegante quiasmo: nimis facilem difficilemque nimis, con repetición del adverbio nimis en los dos extremos y con el enfrentamiento en el centro de los dos antónimos 46; para terminar concluyendo el poeta en el verso tercero que a él le gustan las mujeres que están en medio y entre ambas, es decir, las que no son ni demasiado fáciles ni demasiado difíciles. Y ello se recoge, finalmente, en el cuarto y último verso con una nueva pareja de antónimos contrarios: cruciare / satiare ('atormentar / empalagar'), es decir, algo así como "causar excesivo dolor / causar excesivo placer", expresado en este caso mediante un perfecto paralelismo: nec uolo quod cruciat / nec uolo quod satiat 47. Veamos, finalmente, un último ejemplo de antónimos contrarios, en conjunción, una vez más, con antónimos complementarios: Encontramos en este epigrama, en primer lugar, una oposición de antónimos contrarios en empleo comparativo: candidus/niger 49. Cada uno de los comparativos lleva tras de sí sendas ristras de cinco ablativos con los que se ceptor". De hecho, la punta epigramática consiste, precisamente, en la acusación al plagiario "Veloz" de querer suplantar al verdadero autor. Pasemos, finalmente, al empleo por parte de Marcial del segundo tipo de antónimos recíprocos: los que hemos denominado "antónimos alternos", y que responden a la siguiente fórmula: "La existencia de A no implica necesariamente la existencia de B, pero la existencia de B sí implica necesariamente la existencia de A". Este tipo de antonimia aparece una sola vez en el libro I: "Si dederint superi decies mihi milia centum" -dicebas nondum, Scaeuola, iustus eques -, "qualiter o uiuam, quam large quamque beate!" En esta composición la oposición se establece entre el primer y el último verso del epigrama, y se lleva a cabo, concretamente, mediante lo que antes definimos como una antapódosis, es decir, la presentación de dos enunciados contrapuestos que se corresponden y oponen miembro a miembro: si dederint superi decies / decies redde deis ("si los dioses me dieran un millón / devuelve el millón a los dioses"). En lo que se refiere a la antonimia propiamente dicha (dederint/redde) responde, en efecto, a la fórmula que hemos postulado para los antónimos alternos: "dar" no implica "devolver", pero "devolver" sí implica "dar". Con lo dicho hemos querido ilustrar el uso que hace Marcial de la antonimia léxica, especialmente en la punta epigramática o agudeza final de sus epigramas (tanto en los epigramas burlescos como en los epigramas serios). Concretamente, de las 118 composiciones que tiene el libro I de los Epigramas, en 28 de ellas aparece el recurso de la antonimia léxica; y ello representa cerca del 25 % de todo el libro I, lo cual constituye un porcentaje de frecuencia realmente extraordinario. En segundo lugar, hemos querido ilustrar también cómo Marcial reutiliza una y otra vez las mismas o parecidas parejas de antónimos en los sucesivos libros de epigramas que fue escribiendo a lo largo de su vida, de modo que hasta en 71 ocasiones!"como hemos ido señalando oportunamente en las notas a pie de página de este trabajo"! Marcial vuelve a utilizar las mismas o parecidas parejas de antónimos que ya aparecían en el libro I. Ambas cosas ponen de manifiesto un hecho que, en nuestra opinión, hasta ahora no había sido enfatizado suficientemente, a saber, la extrema importancia que alcanza el uso de la antonimia -como procedimiento de estilo y como recurso de agudeza -en la obra epigramática de Marcial.
Vemos con gusto cómo desde hace algunos años en la producción bibliográfica española se está dedicando mayor atención a algunas obras de la Antigüedad que por causas diversas no habían gozado de la difusión que merecen. Tales son las obras de Flavio Josefo. Una de sus primeras traducciones castellanas, la de Juan Martín Cordero (París 1549), se ha venido reeditando y adaptando hasta muy entrado nuestro siglo, y sólo recientemente han aparecido otras nuevas a partir del original griego y no, como en anteriores, de su versión latina. Se echaba de menos, sin embargo, una publicación con notas explicativas bien documentadas, como esta nueva versión de Jesús Nieto Ibáñez. El lugar que ocupa Josefo en la cultura judeohelenística, su singular personalidad y su posición entre dos mundos, el judío y el romano, hacen de él un historiador especialmente interesante. Aunque los datos que aporta no siempre son fiables, su extensa obra es un documento único y de referencia obligada en trabajos de biblistas e historiadores. Su forma personal y atrevida de narrar la historia -incluso la bíblica -nos proporciona una visión crítica del judaísmo en general, y en particular de las distintas actitudes de su pueblo ante la romanización. Nieto Ibáñez presenta en su Introducción el panorama político de Palestina, el significado de la guerra y la intención de Josefo al narrarla; y también una historia de la transmisión del texto y una selección bibliográfica. Precede a cada uno de los siete libros que componen La guerra una nota textual que nos remite a las pocas lecturas o conjeturas que Nieto Ibáñez ha preferido a las de B. Niese, cuya edición ha seguido sistemáticamente. El estilo de Josefo es algo retorcido, con períodos largos, y un hilo mental que va más allá de la mera narración, intercalando opiniones personales e interpretando intenciones. Traducirlo es quizá más complejo de lo que puede parecer. Además es tarea ardua por su extensión y por la mezcla de culturas subyacentes. Un ejemplo: aunque Nieto Ibáñez no es el único traductor (también Ricciotti, Thackeray, Pelletier) que da personalidad al "Destino" (tò xreÓn), con mayúscula, y con rango divino en el mundo helenístico, sería discutible que así lo percibiera Josefo. En estos volúmenes se presenta una traducción, en general, bien adaptada al texto, en ocasiones con elegancia y ritmo, como en I 335: «a la mayoría les impulsaba un deseo irreflexivo de cambio». Me atrevo, sin embargo, a sugerir que, en algunos casos y sin duda con una inversión de tiempo posiblemente excesiva, se debiera haber mejorado la expresión castellana. En I 513: «No mucho tiempo después llegó a Judea un hombre bastante más importante que la estratagema de Arquelao» ('nÈr polù tÔn 9Arxeláou strathghmátwn dunatÓteroj), el término 'importante' desconcierta un poco, pues la importancia de un hombre se percibe de modo diferente a la de una estratagema. Traducir dunatÓteroj por "más fuerte", término aplicable tanto al hombre como a las argucias (tampoco se ha respetado el plural del texto), habría sido más directo. En alguna ocasión la traducción expresa lo contrario del texto: I 228 «Sin embargo, al aconsejarle su hermano Fasael que no se enfrentara públicamente a ese hombre, ya que si no el pueblo se amotinaría, Herodes aceptó entonces las excusas de Malico»; el pueblo se amotinaría si se enfrentaba, no si no se enfrentaba; la traducción más literal de diastasiásein gàr tò plÊqoj «pues se iba a amotinar el pueblo» también habría sido más clara. Otras veces la opción resulta ambigua: I 348 «y siempre planeaba un nuevo obstáculo para contrarrestar las máquinas de guerra de los adversarios, si bien en nada superaba a sus enemigos tanto como en la construcción de minas subterráneas». Recién nombradas las máquinas de guerra, podría parecer que se tratara de artefactos bélicos modernos, si bien enseguida (I 350) se perfila el término: «... pero a través de las minas subterráneas se presentaban de improviso en medio de ellos...». La traducción de metalleía por «galería o paso subterráneo, túnel» habría evitado la perplejidad. Pequeños cambios harían la narración más fluida, así en I 303 «tras llevar a su madre y a sus parientes que había liberado...», sugiero «y a cuantos parientes (Ásouj... o±keíouj)»; o en I 341: «... allí no había nadie más para que apresara a esos soldados»: preposición innecesaria, pues el imperfecto de subjuntivo ya refleja el participio futuro À sullhyómenoj. Los problemas que señalo no son graves, muestran la dificultad que encierra toda traducción, y cómo resulta inalcanzable mantener la fidelidad al original transformando a la vez una narración severa y arcaizante en un texto ágil y con encanto literario. Sobre traductores, revisores y editores recae la tarea de procurarlo. La traducción de Nieto Ibáñez aparece reforzada con abundantes notas a pie de página, que constituyen un excelente complemento al texto. Contienen toda suerte de referencias: bibliográficas, bíblicas y de la literatura clásica, e internas a las obras de Josefo, e información precisa sobre datos geográficos, de costumbres y de personajes. También es apreciable el esfuerzo por alcanzar coherencia en la identificación y transcripción de los nombres propios, que con frecuencia presentan grafías diversas -por ejemplo V 474 Tefqaîoj, VI 92 Gufqaîoj, y VI 148 Gefqaîoj, transcrito Gipteo, según VI 92). Sin embargo, cuestiono la acentuación de algunos nombres como Masada -en griego Masáda, y palabra llana en hebreo actual -, que aparece con acento agudo, Masadá, quizá con la intención de reflejar su supuesta pronunciación aramea. Finalmente, es justo reiterar la importancia de esta aportación en el ámbito científico y de El texto latino que se ofrece es el mismo que el de 1990. Creo que el mejor original de Catulo es el revisado por G. P. Goold para la Loeb Classical Library (1988, pp. 1-183). He aquí algunas lecturas que prefiero a las mantenidas en el texto de Seva: IV 8 Thracia La traducción en prosa (intentos de traducciones poéticas, como el último de M. Roldán -Noventa poemas de Catulo, Pamplona, Pamiela, 1999 -, a mí no me convencen nada, porque, al final, se trata de poesías de Mariano Roldán elaboradas a costa de G. Valerio Catulo a dos mil años de su muerte) difiere ligeramente de la de 1990. Yo diría que la traducción de Seva se ha actualizado y ha ganado en fluidez. Las notas a la traducción vienen a ser una selección abreviada de las aparecidas en 1990. Los poemas mayores (61-68) están encabezados por sendas notas un poco más amplias (la nota 104 es nueva), pero en las restantes se hacen más ligeras (cf., e.g., notas 31 o 151). El volumen, muy manejable y de clara tipografía, se cierra con un índice explicativo de nombres propios (pp. 279-312) y un sucinto apéndice métrico (pp. 313-316). ¿Era necesario este nuevo Catulo? La traducción corregida, sí (hubiera sido preferible una nueva versión de la de 1990); pero el texto latino no aporta nada nuevo. A. RAMÍREZ DE VERGER PSEUDO-DIÓN CRISÓSTOMO: De Fortuna (or. Es este uno de los tres discursos (LXIII, LXIV, LXV) que sobre el tema de la fortuna fueron atribuidos a Dión de Prusa, llamado Crisóstomo. De ellos, sólo uno, al parecer, el LXV, es genuinamente suyo. De los otros dos, uno (el LXIV) es atribuido a Favorino de Arlés por gran número de especialistas, y el otro es éste del que ahora tratamos. En el primer apartado de la introducción, E. Amato se dedica a exponer los problemas de la adscripción de este discurso a Dión de Prusa, basándose en el estilo, el estado inacabado de la obra, la estructura, la falta de homogeneidad y coherencia, así como el carácter fuertemente retórico de la obra. El autor de este estudio no expone ninguna hipótesis acerca de la autoría del discurso, sino que únicamente comenta que un discípulo de Dión debió de recopilar notas tomadas del maestro y después, debido a la semejanza del tema tratado, el discurso debió de ser incluido entre las creaciones del sofista. Antes del apartado de la Introducción encontramos un prefacio compuesto en forma de carta por Giuseppe Lazzaro, antiguo profesor de Amato y ex-presidente del Liceo de Salerno "F. de Sanctis", por cuya iniciativa se ha editado el presente estudio. A continuación, también dentro de la Introducción, existe una sección dedicada a la estructura del discurso LXIII, con sus partes, aunque no sólo de esta obra, sino de las otras dos de tema similar que ya hemos mencionado, los discursos LXIV y LXV; Amato compara las disposiciones internas de los tres opúsculos y de sus diferencias, como la ausencia de demonstratio en los discursos no dioneos o el uso de las imágenes marineras -así la de que la fortuna sobreviene como el viento en el mar -en los discursos LXIII y LXV y saca algunas conclusiones. En la siguiente sección de la Introducción se recoge un estudio bastante concienzudo del texto de Pseudo-Dión Crisóstomo, que gira en torno a la lengua, el estilo y las cláusulas rítmicas del discurso; como decimos, es uno de los apartados mejor trabajados. El discurso Perì túxhj es obra de un autor anónimo, perteneciente a la corriente aticista, pero no exagerado como Elio Arístides y Herodes Ático. El autor del estudio se detiene en las partículas y las conjunciones, en la fonética, la morfología, el uso del hiato -bastante abundante, por cierto -, la sintaxis, en particular de las preposiciones; el léxico, en el que se detecta un uso aticista, si bien se da acogida a formas postclásicas (a las que Amato presta especial atención), sin que falten términos tomados en préstamo de la poesía y la ciencia, los recursos estilísticos y, por último, el ritmo y la métrica de las cláusulas. El siguiente capítulo previo a la edición del texto se consagra enteramente a la historia de la transmisión tanto del discurso como del conjunto de la obra dionea. Así, en primer lugar, Amato resume el problema de la elaboración del Corpus de discursos del sofista de Prusa, así como, a grandes rasgos, la fortuna de la obra dionea en la Antigüedad tardía (autor relevante para pensadores como Filóstrato, Temistio y Sinesio), y en la edad bizantina (Focio y Aretas contribuyeron a la revitalización de la figura de Dión en la alta Edad Media). A continuación se exponen las sucesivas ediciones impresas a partir de la aldina de 1551, debida a F. Torresano, pasando por la de F. Morel, Reiske, Emperius y Von Arnim, hasta las modernas de G. de Budé (Teubner), y J. W. Cohoon y H.L. Crosby (Loeb). Aprovecha Amato la mención de éstas dos últimas para expresar su desagrado por el hecho de no haberse producido ningún avance significativo en la labor investigadora filológica sobre Dión; de hecho, la crítica que Amato dirige a las ediciones modernas resulta insólitamente dura. En la última parte de esta sección introductoria dedicada al texto viene la correspondiente exposición acerca de los códices en que se conserva la Oratio LXIII, si bien antes muy brevemente Amato comenta algún pormenor sobre los manuscritos en que se conservan los discursos del Corpus dioneo; en el mismo apartado, figura el Stemma codicum, así como los criterios editoriales y la edición básica sobre la que está fundamentada la presente colación de manuscritos, que no es otra que la de J. von Arnim. Finalmente, antes de pasar a la edición, el autor de ésta ha incluido, con buen criterio, una lista de las ediciones y traducciones de la obra íntegra de Dión Crisóstomo (si bien sólo aquéllas que contienen el discurso LXIII). Aunque se menciona a G. Morocho Gayo (discursos I-XI), entre las traducciones, sin embargo, no se recoge la española llevada a cabo por G. del Cerro Calderón (discursos XII-LXXX), sin duda porque fue acabada de editar ya en 2000 (si bien el primer tomo, de los discursos XII-XXXV, fue publicado en 1989); tanto la de Del Cerro como la de Morocho pertenecen a la Biblioteca Clásica Gredos. En cuanto al texto griego mismo, consideramos que está editado de modo preciso y con un vasto aparato crítico; se trata de la colación de quince códices de los siglos XI a XVI. Es un discurso de sólo siete párrafos, o, dicho de otro modo, 56 líneas en total, pero Amato lo ha publicado de manera definitiva. En la traducción intenta aferrarse a la literalidad del griego, pero sin distorsionar la lengua italiana; en nuestra opinión es a la vez elegante y ajustada. Sin embargo, hemos detectado un error bastante grueso: hay una oración (šmoì dè dokeî kaì oÐranòj túxhn oexein, Àpóte "n a±qrían oexh7, mÈ skótoj) que figura en las ediciones de Von Arnim, Budé y la Loeb en el párrafo 3, mientras que en la edición de Amato se ha deslizado al párrafo 4 (en la traducción italiana, sin embargo, no se ha producido este deslizamiento y figura, como debe ser, en el párrafo tercero). En la sección dedicada a la traducción italiana, además, el autor ofrece notas al texto de contenido exclusivamente mitológico (en concreto, los trabajos de Hércules citados por el Pseudo-Dión en este discurso), a excepción de la explicación del personaje histórico del pintor Apeles. En lo referente a la mitología, Amato reenvía a las fuentes literarias más usuales (Hesíodo, Apolodoro, Higino...). Ya con relación al comentario, en primer lugar diremos que ocupa la mayor parte de este estudio, en concreto treinta y tres páginas. En segundo lugar, el comentario en su mayor parte incluye referencias al pensamiento del Pseudo-Dión, a su filosofía, que extrae ideas sobre todo del estoicismo, pero también del epicureísmo y del neoplatonismo. Los comentarios filosóficos forman la mayor parte del estudio de Amato, evidentemente a causa del argumento del discurso del sofista Pseudo-Dión. A este respecto, la competencia del comentarista se hace evidente tanto por el contenido del comentario como por las fuentes y la bibliografía que cita. Una parte pequeña de esta sección se dedica a justificar las decisiones desprendidas de la colación de manuscritos, relativas a las lecturas elegidas. Las citas en griego y latín de los filósofos y pensadores son continuas y demuestran que Amato sabe desenvolverse bien en este campo de la sofística. Asimismo, son muy abundantes las referencias bibliográficas de autores modernos que han estudiado el pensamiento y la religión de los griegos. Pondremos un ejemplo; en un pasaje del discurso LXIII ( § 3, ll. 23-24) se ensalza a la túxh como divinidad que tutela la ciudad, pero que cuando no vela por ella puede ocasionar injusticias, como en la ocasión en que Demóstenes, sobornado por Hárpalo, dejó que este corrupto tesorero de Alejandro Magno se refugiase en Atenas. Pues bien, Amato, aparte de desarrollar el motivo de Demóstenes, apenas esbozado en el texto griego, nos aporta un conjunto de informaciones que pasan por buscar otros lugares de la literatura clásica en que aparece la Fortuna como diosa protectora de la ciudad (y así menciona a Alcmán, Solón, Píndaro, Sófocles, Eurípides, Plutarco, Pausanias, así como fragmentos de líricos y trágicos inciertos). Además, busca en la nuestra bibliografía contemporánea autores que se han interesado por este detalle perteneciente al acervo religioso griego, y así introduce citas de G. Herzog-Hauser, de A. Garzya, de O. Vox, de L. Torracaen dos lugares distintos -, y el artículo de K. Ziegler en el Pauly-Wissowa). De esta manera queda manifiesto el gran interés que tiene Amato en corroborar las afirmaciones que emite en su comentario, así como en profundizar en las que figuran en la obra que está estudiando. También se tocan cuestiones de léxico, como el uso de yaúein en la línea 31 del § 4, o el sentido especial de (tà tÔn palaiÔn) a±nígmata ( § 7, lín. 480) como "los relatos [o las fábulas] de los antiguos". También dentro del comentario, Amato se detiene en problemas gramaticales (sintaxis del infinitivo de finalidad mÈ'nqrÓpouj šsqíein en § 6, lín. 46, del que da otros testimonios en la literatura griega). Resaltamos, además, los comentarios que Amato dedica al pasaje sito en el último párrafo del discurso ( § 7) en que se incluyen las diferentes modalidades de representación de la túxh en la Antigüedad (en el filo de la navaja, sobre una esfera, manejando el timón de la vida de los hombres, con el cuerno de la cabra Amaltea o de la abundancia). La información proporcionada y la exposición sobre los paralelos de dichas representaciones de túxh que aparecen en la literatura griega resultan muy útiles y notables, aparte de satisfactorias. En esto, una vez más, aparece manifiesto que Amato maneja con gran facilidad las fuentes y la bibliografía, tanto la tradicional como la más moderna. Sin embargo, el número de erratas es considerable, como es comprensible en un texto reciente en su primera edición, aunque en el texto griego del Pseudo-Dión sólo hemos encontrado un espíritu áspero donde debía haber un espíritu suave ( § 4, lín. 28 2ppon por 1ppon); es decir, la práctica totalidad de los errores de impresión se hallan en el texto italiano. He observado, sin embargo, una cantidad mayor de erratas en los contextos griegos de las citas presentes en el comentario. Al final de la obra, inmediatamente antes del índice, existe un addendum en el cual el traductor y comentarista afirma haber podido examinar una edición que en el momento de mandar a imprenta el estudio no había hallado -concretamente, la de Wechelus. Además, incluye un número de lecturas divergentes de la edición de Filippo Giunta de las obras completas del historiador Jenofonte (1527), donde también figuraba nuestro discurso LXIII del Pseudo-Dión. Por último, figura un Index nominum et rerum notabilium. En resumen, diremos que la obra da la impresión de ser un estudio de gran profundidad sobre el discurso De la fortuna del Pseudo-Dión Crisóstomo, con una estructuración ya consagrada por el uso, pero en la cual todos los aspectos que rodean al texto han sido tocados y exhaustivamente tratados. En especial resalta la dedicación que Amato ha dispensado a la parte de estudio de la transmisión escrita y al comentario del contenido. Una obra definitiva, como dijimos antes. JORGE MARTÍNEZ DE TEJADA GARAIZÁBAL CICERÓN: Acerca del orador. Edición, traducción y notas de Amparo Gaos Schmidt. Completa este volumen la edición bilingüe del De oratore ciceroniano de la Bibliotheca Scriptorum Graecorum et Romanorum Mexicana. Con esta publicación ven la luz los libros segundo y tercero de la mano de la Prof. Gaos Schmidt, que ya en su día preparara la correspondiente edición, traducción y estudio del libro primero, en el que se incluye la introducción a la obra completa. La materia se reparte esencialmente en dos grandes bloques claramente diferenciados por la numeración de sus páginas. El primero, en arábigos, está formado por el texto latino y su traducción, enfrentados en páginas con la misma numeración. El segundo, en romanos, lo constituyen las notas al texto -las del latino, escolares; las del castellano, de realia -ordenadas por el libro y el párrafo en el que aparece cada una, una nutrida bibliografía en la que figuran ediciones y traducciones de la obra, así como fuentes para profundizar en su estudio, tanto de la Antigüedad como trabajos modernos, y dos índices -uno onomástico para el texto latino, y otro de abreviaturas de autores y obras citados por la autora en sus comentarios -que cierran la obra. Editar y comentar un tratado de la envergadura del De oratore -un diálogo a tres voces sobre la preparación del orador político -supone un gran trabajo de investigación y síntesis, toda vez que en la obra entran en juego dos de las más importantes coordenadas culturales del Mundo Clásico: la retórica y la filosofía. El esfuerzo necesario para realizar una edición de este tipo parece haber desalentado a nuestros investigadores, puesto que no abundan las traducciones de esta obra a nuestra lengua -y menos las ediciones bilingües -, y la mayoría de las existentes datan de la primera mitad del siglo XX, mientras que disponemos de estudios de estas características relativamente recientes en otras lenguas. Por ello, es especialmente valioso el trabajo de la Prof.a Gaos Schmidt, cuya traducción y comentarios son concretos y asequibles, fruto un neto dominio de la materia, capaces de llegar hasta cualquier lector y de proporcionarle una guía útil a la hora de consultar citas o de examinar los estudios de otros investigadores. Se trata, pues, de una obra clara y completa, un valioso instrumento para acercarse al texto de Cicerón de un modo serio, con la garantía de que tanto aspectos lingüísticos y formales, como literarios y culturales, encontrarán en ella una explicación cabal. Acerca de la colección de autores griegos dirigida por D.R. Slavitt y P. Bovie nos remitimos a la reseña por Mónica Elías aparecida en pp. 156-158 de este mismo tomo de Emerita. En el prólogo de la presente obra, escrito por P. Bovie, se incluye una breve historia de las festividades dionisíacas en las que eran representadas las obras dramáticas, en especial las Grandes Dionisias. En esto, como en otros detalles, se sigue un método pedagógico apto para el uso escolar y divulgativo. En dicho prefacio se habla del teatro y sus partes, los artefactos utilizados como auxiliares de la acción, el número de actores a lo largo de la historia dramática, la transmisión de los textos, Esquilo y su estilo dramático, su condición de organizador de la estructura trágica. Después, Bovie comenta el objetivo y las ideas de la tragedia de Esquilo, ejemplificadas en la tragedia Prometeo encadenado -cuya autenticidad, según parece, no ofrece duda para Bovie -, así como la metáfora y la idea de la justicia en Esquilo. Inmediatamente antes de su traducción, D. R. Slavitt escribe un prefacio en el que habla de las dificultades de traducir al inglés moderno esta trilogía. No se debe olvidar el carácter religioso del que está traspasado el texto. El autor de la edición recuerda el contexto de festividad dionisíaca en que se escenifican los dramas, un festival religioso no exento de rasgos de espectáculo. Después, Slavitt expone algo sobre el tratamiento psicológico de los personajes, de la significación de las muertes que recaen sobre una misma familia, sobre el libre albedrío o predestinación de los hombres. Por último, comenta en qué puntos podría considerarse diferente su versión: descubrimiento de matices sorprendentes, toques de humor (como cuando el coro escucha los gritos de Agamenón y Casandra y queda atenazado por un estupor rayano en la estupidez y en lo absurdo), silencios elocuentes como los de Casandra, ominoso; o el de Pílades, instando a cumplir con el juramento de venganza. El traductor, en nuestra opinión traza un cuadro histórico-literario de notable sensibilidad que invita al lector a sumergirse en la obra de Esquilo, una obra que, con sus palabras, "es seguramente la más influyente pieza EM LXVIII 2, 2000 dramática, e incluso podría decirse que la mejor jamás escrita". La traducción inglesa es notable por varias causas. En primer lugar, es un inglés contemporáneo, fácil de leer, de estilo elegante. La riqueza de léxico manifestada por Slavitt es evidente, y es digna de mención, tanto más cuanto que puede rivalizar con el difícil y riquísimo vocabulario que es característico de Esquilo. En segundo lugar, y como expone el traductor en su prefacio, «one must make emotional sense of what is on the page in order to find the right tone and cadence in English. Sobre la traducción diremos que, en nuestra opinión, alcanza maestría y es estimulante cuando se alcanza el clímax de las tragedias, aunque en ello tenga, sin duda, mucho que ver la fuerza dramática y la grandiosidad de la propia poesía dramática esquilea. De hecho hemos observado una muy grande adecuación entre la tensión dramática y su reflejo en la traducción. En alguna ocasión el traductor se permite utilizar términos contemporáneos algo chocantes intentando tal vez aproximarse más al lector que comienza a acercarse a los autores clásicos. Como reflejo de la métrica de Esquilo, resulta interesante y admirable el esfuerzo llevado a cabo por Slavitt en su versión rimada y provista de ritmo, reservada para los estásimos o partes en que el coro dialoga con los actores, un ritmo y una rima del que están desprovistos los trímetros yámbicos y otros esquemas. En ello no vemos sino el deseo de no resultar tedioso y la adecuación de la edición a un nivel escolar. En otro orden de cosas, un defecto que hemos detectado en esta edición es la ausencia total de comentarios al texto, es decir, de notas a pie de página, que si bien en profusión excesiva llegan a cansar y a abarcar demasiada porción de cada página, son útiles para orientar sobre costumbres, curiosidades y toda clase de detalles más o menos relevantes o desconocidos; en efecto, el desconocimiento de ciertos aspectos de la lengua y civilización griega puede empecer la comprensión total de una obra. De cierto se echa de menos un conjunto de notas sabiamente equilibrado. En sustitución de estas notas sólo contamos con un léxico al final del volumen en que quedan recogidos los nombres propios (antropónimos, topónimos, teónimos...); he podido detectar la ausencia de alguno de los antropónimos, al menos el de Admeto, mencionado en el verso 626 de las Euménides. Se añade a cada nombre propio su pronunciación figurada en inglés -utilísimo para los lectores de lengua ajena a ésta y cosa del todo insólitay una brevísima explicación de cada sujeto. En esto el volumen también cumple, evidentemente, con una función pedagógica y escolar. Otro defecto, en especial para los que siguen la traducción inglesa cotejándola con el texto griego está en la numeración de los versos, que es propia para la traducción, y no se corresponde con la de las ediciones establecidas (así, por ejemplo, en la edición de West en Teubner de Agamenón, la obra consta de 1673 versos, mientras que la traducción de Slavitt contiene 1420). Como conclusión diremos que la edición cumple su papel divulgativo en el prefacio y en la traducción, que alcanza un nivel literario bastante adecuado al texto griego traducido. Una vez más, no obstante, destacamos como fallo la ausencia de notas al texto. JORGE MARTÍNEZ DE TEJADA GARAIZÁBAL HOMERO: Ilíada. Cantos IV-IX, edición y traducción de J. García Blanco y L. M. Macía Aparicio. Madrid, Consejo Superior de Investigaciones Científicas (Alma Mater, Colección de autores griegos y latinos), 1998. En diciembre de 1998 veía la luz el segundo tomo de la Ilíada bilingüe que los profesores José García Blanco y Luis Macía Aparicio preparan para la Colección Alma Mater del CSIC. El que firma tuvo la oportunidad de reseñar el primer volumen de esta obra (aparecido en 1991) hace ya algunos años (cf. En esta nueva ocasión intentaremos recordar algunas de las características fundamentales del trabajo e incidir en las novedades que presenta este segundo tomo frente al anterior. Vaya por delante que, como escribimos en 1994, nuestro juicio del trabajo desarrollado y publicado por García Blanco y Macía Aparicio es altamente elogioso. Era obvio, primeramente, que en este segundo volumen no se hacía precisa una introducción pormenorizada como la que acompañaba, con sus 305 páginas, al libro editado en 1991. El espacio liberado ha permitido que los cantos incluidos en el tomo pasen de tres (I-III) a seis (IV-IX). En la edición del texto los criterios siguen siendo los mismos que se fijaron los editores al iniciar su trabajo y que aparecen expuestos en el volumen de 1991 (cf. pp. CCLV-CCLXVI). Como hubo ocasión de comentar en su momento (cf. Tempus 7, 1994, p. 64), las novedades más importantes que presenta esta Ilíada son, desde el punto de vista editorial, dos: el manejo de catorce códices procedentes del monte Athos (no cotejados anteriormente) y, sobre todo, la utilización de los papiros homéricos de publicación más reciente, no incluidos en las listas editadas por Mette (la última de las cuales es de 1977de: cf. Lustrum 17, 1976-77, pp. 5-8)-77, pp. 5-8). El rastreo de papiros homéricos se detuvo, en el caso del primer volumen, en 1986; para la preparación del tomo de 1998 los editores han detenido su búsqueda en el año 1995 (cf. L.M. Macía Aparicio, «Lista de papiros para una edición de la Ilíada», Tempus 19, 1998, pp. 5-57; cf. p. Una carencia evidente en el volumen de 1991 la constituía el hecho de que no se incluyera en él una lista completa del material papiráceo utilizado en la edición: los editores daban las referencias de los papiros posteriores a la última lista de Mette pero, para los papiros anteriores, remitían a los repertorios de este filólogo y a la edición de Mazon. Esa carencia se vio subsanada, quizá con cierto retraso, gracias a un artículo de uno de los coeditores al que acabamos de hacer referencia (cf. Macía Aparicio, art. cit.). Y hablamos de un "cierto retraso" porque ha de hacerse notar que, como indica el propio Macía Aparicio (art. cit.,, la novedad de su lista de papiros es sólo relativa, dado que, entre la aparición del primer tomo de la Ilíada y el artículo al que nos referimos, se había publicado, primero en disquetes y después en Internet [URL], otro índice de los papiros homéricos, obra de Dana F. Sutton; ésta es la lista cuya numeración sigue M. West en su edición en curso de la Ilíada (cf. M. West (ed.), Homeri Ilias. Volumen prius rhapsodias I-XII continens, Stuttgart-Leipzig, 1998). La alusión a la Ilíada de West puede darnos pie para comentar otra peculiaridad del libro que reseñamos: como en el caso del trabajo del filólogo inglés, el segundo tomo de la Ilíada de Alma Mater se caracteriza por presentar un aparato de referencias notablemente amplio, mucho más extenso que el incluido en el primer volumen. Realizando una cala en las cinco primeras páginas del canto IX se observa que cada página viene a presentar, como promedio, doce líneas de referencias: en cambio, una cala similar, efectuada para el canto I, reduce el promedio a tres. Aunque no parecía estar en la mente de los editores el preparar una editio maior de la Ilíada cuando publicaron su primer volumen, lo cierto es que con este nuevo aparato de referencias se aproximan a esas magnitudes; en este aspecto la Ilíada de los profesores españoles parece aventajar a la que edita West en Teubner. No parece, en cambio, que se haya producido una variación tan notable en el aparato crítico. Es verdad que la extensión de éste se ha incrementado frente al tomo anterior, pero no en la misma proporción en que lo ha hecho el aparato de referencias: al efectuar de nuevo una cala en las cinco primeras páginas del canto I nos encontramos con un total de treinta y una variantes textuales; para el caso del canto IX se obtiene una cifra superior (cuarenta y una) pero que aún se halla lejos de las cincuenta y seis variantes recogidas por West en esos mismos versos (IX 1-69). La traducción española que acompaña al texto griego se atiene a los mismos principios que ya glosamos en su momento: literalidad (que no prosaísmo) y conservación del aparato formular; pese a lo que pudiera hacernos pensar la distribución por versos del contenido, no nos hallamos ante una traducción poética sino ante una versión exacta que no renuncia a una cierta idea del ritmo: a manera de ejemplo puede leerse la traducción que ofrecen los autores de la réplica de Héctor a Andrómaca en VI 441 ss. Recordemos, por último, que las páginas pares presentan una serie amplia de notas que pueden hacer las veces de ese comentario a la Ilíada inexistente en nuestro país; según se dijo en su momento (cf. Tempus 7, 1994, p. 59), los editores dedican fundamentalmente sus anotaciones a tratar cuestiones de crítica textual, a hacer comentarios de realia o de contenido, a hablar de rasgos de estilo y, ocasionalmente, a justificar aspectos de su traducción. Puede llamarse la atención sobre el hecho de que, en este segundo volumen, no se ha considerado preciso recurrir a las notas complementarias (más extensas) que aparecían al final del tomo uno (pp. 125-141). En definitiva, querríamos reiterar la valoración favorable que adelantábamos al principio de esta reseña y que ya formulamos hace seis años. Esta Ilíada bilingüe, la primera que se publica en España en castellano, llena un hueco en nuestras bibliotecas y, sin duda, está llamada a ser una obra de gran utilidad para los filólogos de este país; por todo ello deseamos y esperamos ver pronto culminado el trabajo de García Blanco y Macía Aparicio. La mayor parte de la obra literaria de San Agustín no ha sido aún objeto de estudios filológicos. Algunas obras de este autor han sido estudiadas con el máximo detalle, casi siempre desde la perspectiva teológica, mientras otras aún permanecen como campo de investigación casi virgen. En algunos casos incluso, no existen ediciones críticas adecuadas de muchas de sus obras. Un ejemplo de esta falta de ediciones críticas globales de obras de San Agustín es el corpus de sermones. El corpus actual consta de 562 sermones, continuamente acrecentado por nuevos descubrimientos manuscritos (la ordenación y numeración de los sermones que conforman este corpus actualmente utilizada es la de P. P. Verbraken, Études critiques sur les sermons authentiques de saint Augustin, Steenbrugge, 1976; cf., al respecto, las actualizaciones de H. J. Frede, Kirchenschrifsteller: Verzeichnis und Sigel, Friburgo, 1995 4 [= Vetus Latina: die Reste der altlateinischen Bibel 1/1], R. Gryson, con el mismo título [Friburgo, 1999 = Vetus Latina 1/1C] y E. Dekkers, Clauis Patrum Latinorum, Turnhout, 1995 3 ). Bruna Pieri se propone en este libro el estudio y edición del sermón 302, dedicado a San Lorenzo con motivo de su festividad. Este sermón se inscribe en los llamados Sermones de Sanctis, que se pronunciaban con motivo de la celebración de las festividades en honor a santos y mártires. En este aspecto, San Agustín se inscribe en una antigua y extendida tradición profundamente enraizada en el África cristiana que pretendía la exaltación de los mártires en épocas de persecución, aún de reciente recuerdo en tiempo del autor. Es importante recalcar este aspecto porque tiene importantes implicaciones en el tipo de lengua utilizado por San Agustín en sus sermones. El libro de Pieri consta de tres partes bien diferenciadas: la primera, que comprende una breve introducción a diversas cuestiones referentes al sermón (ocasión para la que se compuso, datación, etc.) y un apartado dedicado a su tradición textual; la segunda, que comprende la edición del texto latino acompañada de traducción italiana; y la tercera, que está dedicada al comentario lingüístico. Al final encontramos un capítulo dedicado a conclusiones generales y un listado de la bibliografía citada. En la introducción, Pieri trata brevemente algunas de las cuestiones más importantes referidas al estudio de los sermones de San Agustín en el ámbito de la homilética cristiana antigua. Sigue un apartado sobre los manuscritos que han transmitido este sermón. La transmisión textual de los sermones de San Agustín presenta gran complejidad. VIII) explica las razones de ello: San Agustín no escribió ni dictó sus sermones, sino que los pronunciaba fruto de la improvisación y unos taquígrafos los ponían por escrito. San Agustín no pudo revisar la mayor parte de estos escritos, por lo que los mismos taquígrafos fueron también los primeros editores: los ordenaron y les pusieron título con indicación de lugar y fecha. Ejemplares de ellos se fueron propagando poco a poco por la cristiandad latina. Algunas colecciones desaparecieron, otras sufrieron modificaciones, fueron completadas, se cambió su orden y muchos de los títulos desaparecieron. El texto mismo de los sermones, sin embargo, quedó casi intacto (para una visión de conjunto de las principales colecciones de sermones que nos han llegado, remito a H.J. Frede, Kirchenschriftsteller, bajo la sigla AU s y ss.). En las pp. 46-81 encontramos la edición crítica de este sermón, acompañada de la traducción al italiano. El texto latino sigue la edición de C. Lambot (Sancti Aurelii Augustini Sermones selecti duodeviginti, Utrecht-Bruselas, 1950, pp. 100-111 [= C. Mohrmann, J. Quasten, Stromata Patristica et mediaevalia, fasc. 1]), con un aparato crítico que contiene variantes de otros manuscritos, tratados previamente por Pieri en las pp. 35-42. La traducción italiana va acompañada de un aparato que contiene las citas bíblicas. Hay que resaltar la importancia de estas citas, de las que las obras de San Agustín están plagadas, para el estudio y reconstrucción de las antiguas versiones latinas de la Biblia o Vetus Latina (los estudios más completos sobre la Biblia en San Agustín han sido llevados a cabo por A. M. La Bonnardière). La mayor parte de las citas bíblicas del sermón 302 corresponden a los Evangelios y las Epístolas Paulinas. La tercera y más importante parte del libro de Pieri contiene el comentario lingüístico del sermón (pp. 85-254). En general, los sermones de San Agustín son una fuente de información de gran importancia para el conocimiento del latín bíblico y cristiano en las comunidades cristianas del norte de África en el siglo IV, como ha demostrado Ch. Globalmente, el hilo conductor del comentario de Pieri parece ser la caracterización del lenguaje homilético de este autor en relación con la lengua utilizada en otras obras del mismo y en el ámbito más amplio del latín cristiano y común hablado en la época. La influencia griega, como era de esperar, es muy importante en la lengua de San Agustín y ello ha sido también objeto de estudio por Pieri. A veces, se hace referencia al texto de la Biblia latina, que tiene gran influencia en la obra literaria de San Agustín y, en general, en toda la literatura cristiana de la época. Sin embargo, en mi opinión, esta influencia es mucho mayor de lo que piensa Pieri. Muchas expresiones sólo se explican por influencia de una literatura de traducción, en este caso la Vetus Latina que estaba omnipresente en toda la cultura cristiana de la época y también, por supuesto, en la obra de San Agustín. En las conclusiones (pp. 255-283), Pieri analiza, a partir de los resultados obtenidos en el comentario, el estilo homilético de San Agustín en el sermón 302. En primer lugar, la autora presenta un detallado y bien planteado estado de la cuestión sobre la definición del estilo de San Agustín, en especial en relación con los postulados sobre el latín cristiano de la Escuela de Nimega, Löfstedt, Fredouille y García de la Fuente. En segundo lugar, Pieri caracteriza la lengua de los sermones de San Agustín en relación con otras obras de este mismo autor y con el entorno lingüístico de la época. Al final del libro (pp. 285-302) encontramos una completa y actual bibliografía, en la que se recogen las obras de referencia más importantes para la comprensión de los problemas tratados por Pieri, y un útil índice analítico. Como conclusión, puedo señalar que B. Pieri nos ofrece con este libro un interesante estudio lingüístico de uno de los textos más complejos de San Agustín, como es el de los sermones. Hasta el momento la obra de este autor ha sido objeto de numerosos estudios, en su mayor parte de tipo literario y teológico. Faltan, sin embargo, estudios sobre su lengua y, lo que es peor, incluso ediciones críticas adecuadas de muchas de sus obras; un ejemplo de ello son, precisamente, los sermones. Hasta el momento disponemos sólo de ediciones parciales de algunos de ellos, como las de G. Morin, Sancti Augustini Sermones post Maurinos reperti, Miscellanea Agostiniana 1, Roma, 1930 (= A. Hamman, Patrologiae Latinae Supplementum, vol. 2, coll. 417-743 y 1348-1356), las ediciones antes citadas de C. Lambot, etc. Aún hoy, para una edición casi completa del corpus de sermones de San Agustín es necesario recurrir a J. P. Migne, PL 38, coll. El libro de Pieri pone de manifiesto el interés que presentan estos sermones para la filología latina, ya que son exponente de una época tan compleja como es el siglo IV, en la que la cultura clásica languidece y la cristiana produce sus mejores obras literarias, con una "confrontación" cultural y social que tiene grandes implicaciones en el panorama lingüístico latino. Indirectamente, este libro puede servir como ejemplo de la metodología filológica que se puede seguir en la investigación de los textos de la literatura cristiana de los primeros si-glos, aún poco conocida y poco estudiada con detalle. Por las razones indicadas a lo largo de esta reseña mi valoración de este libro es muy positiva. Considero que su aportación al ámbito de estudio de la filología latina en torno a los textos patrísticos es muy importante, porque sienta las bases científicas para estudios posteriores y abre una vía de investigación hasta ahora poco frecuentada por los filólogos latinos. JOSÉ MANUEL CAÑAS REÍLLO II. LINGÜÍSTICA ADRADOS, FRANCISCO R.: Historia de la lengua griega. De los orígenes a nuestros días. Comienza recordándonos el autor en el prólogo de este libro, que el griego es conocido desde hace tres mil quinientos años y sigue hablándose hoy en día, no sólo en Grecia, sino también en buena medida en nuestras lenguas actuales, bajo lo que califica de una especie de semigriego o criptogriego. Esta observación no es gratuita. Existe, en efecto, un considerable número de historias de la lengua griega, algunas de ellas notables, amén de una copiosa bibliografía. Sin embargo, la respuesta habitual a ese continuum lingüístico de tres mil quinientos años, cuando ha sido preciso abordarlo dentro de los límites aconsejables e ineludibles de un manual, ha radicado fundamentalmente en la selección de algunas de sus etapas evolutivas, normalmente tras una introducción descriptiva general, o bien junto a referencias ocasionales a los estadios anteriores o posteriores de tal desarrollo. En este libro, en cambio, y es una de sus características esenciales, el profesor Adrados se propone, y consigue, llevar a cabo una exposición equilibrada del desarrollo de la lengua griega desde sus inicios hasta la actualidad, describiendo todas las etapas generales de ese proceso. Esta peculiaridad se observa en el planteamiento de la obra. Consta de dos partes fundamentales. La primera de ellas, que llega hasta la p. 157, responde al título «Del indoeuropeo al ático». La segunda, que abarca el resto del libro, se titula «De la koiné a nuestros días». Si observamos, además, la estructuración por capítulos, ratificaremos esta observación. La primera parte se divide en: I. Evidentemente, para hacer frente a este reto se requiere un vasto conocimiento y experiencia en el análisis de las sucesivas etapas evolutivas que pocos autores, como Adrados, poseen. Es más, es necesaria una toma de postura ante datos conflictivos que exigen algo más que su mero conocimiento. De ahí que este libro cuente además con el enorme atractivo de reunir, homogéneamente, las múltiples propuestas y conclusiones que, sobre muy diversos aspectos de la evolución de la lengua griega, el autor ha ido alcanzando en sus numerosísimas publicaciones anteriores. Aunque por fuerza de modo sintético, aquí están sus teorías sobre la diferenciación y evolución del indoeuropeo, sobre las relaciones del griego y las lenguas indoeuropeas, sobre la necesidad de reconocer un griego común sólo relativamente unitario y sus características, sobre la diferenciación dialectal durante el segundo y primer milenios (con sus propuestas en torno a la interpretación, desde una perspectiva dialectal, del micénico o del aqueo épico, antecedente de la lengua homérica), también sus conclusiones sobre la introducción de los aticismos en la koiné, importantes para poder fechar adecuadamente textos anónimos, como la colección Augustana de las fábulas esópicas, etc. No obstante, hace evidentes en todo momento, dentro de su descripción global, los puntos de coincidencia y divergencia con otros lingüistas. En este sentido, resulta muy práctico el empleo de distintos tamaños de letra para diferenciar, de la exposición general, las precisiones, ampliaciones y cita de abundantes referencias bibliográficas, que nos ofrecen una interesante actualización de las teorías existentes. Adrados, por lo tanto, nos embarca en un fascinante viaje por tres mil quinientos años de historia de la lengua griega, en el que, a modo de guía, nos indica con especial claridad los puntos claves en que hay que detenerse y las tendencias generales de su evolución. Se trata de una historia donde confluyen tendencias contrapuestas. Por un lado a la diversificación y por otro a la unidad, en una perspectiva cíclica. Esa confluencia muestra claros paralelismos en las tendencias evolutivas de otras lenguas, pero también (cuestión ésta especialmente subrayada por Adrados) hechos básicamente originales del griego. Éste es el caso de la tendencia unificadora lograda a través de lenguas literarias: la presión unificadora de la lengua homérica, que absorbió elementos eolios y jónicos y era cantada y entendida en todas partes, o de las lenguas literarias consecutivas (las de la elegía, el yambo o la lírica coral, la prosa jónica...), que también eran internacionales, dado que a ellas recurría cualquier autor que deseara escribir en cualquiera de los géneros que representaban. Incluso la evolución de una de esas lenguas literarias, el ático, que sustituyó al jónico en la prosa, daría lugar a la koiné: «Así, fueron las lenguas literarias las que, en definitiva, por medio de la última de ellas, el ático, unificaron el griego» (p. Y esto último con otro rasgo original, al darse un predominio cultural acompañado de un fracaso político. El carácter cíclico, en la sucesión de estas tendencias contrapuestas, se observa en el desarrollo posterior al surgimiento de la koiné. Así, una nueva presión diversificadora se manifiesta con la creación de dos estratos: el de la lengua popular y el de la lengua literaria a través de la época helenística, romana, bizantina, hasta casi hoy, pe-se a que en determinadas etapas resulte especialmente difícil rastrear la variante popular en los textos literarios. Y una nueva corriente unificadora acontece cuando, una vez más desde Atenas, surge la lengua que, tras la independencia de 1830, se impondrá: el llamado griego moderno, que es lengua popular pero con elementos cultos, creado en buena parte sobre la base de los dialectos peloponesios. Sus estudios sobre aspectos y momentos muy diversos en la evolución del griego, le permiten a Adrados el planteamiento de ideas que poseen una notable originalidad y atractivo. Citaré sólo un ejemplo: su establecimiento de comparaciones y analogías entre etapas muy distantes. Éste es el caso, por ejemplo, de su comparación entre el griego de los siglos XII-XVI y el griego antiguo e incluso el indoeuropeo. «Mirando hacia atrás, hacia el griego antiguo y el indoeuropeo, nos encontramos con una lengua bastante diferente, pero que lleva la huella de su herencia... un griego simplificado, que en parte sigue tendencias semejantes al IE que hemos llamado IIIB [...], que reduce la flexión verbal a dos temas y la regulariza mucho eliminando casi la atemática, reduce también los modos, desarrolla poco el participio e infinitivo y usa abundantes perífrasis para el futuro y perfecto» (p. Nos ofrece, por consiguiente, un panorama de la historia de la lengua griega en que han jugado un papel nada desdeñable tendencias de carácter supratemporal, paralelas a las sufridas por otras lenguas occidentales procedentes de un mismo origen indoeuropeo. En efecto, sólo bajo ese enfoque global se pueden entender o valorar adecuadamente fenómenos como el del desarrollo del léxico bizantino (p. 222) a partir de la composición y derivación, características éstas propias del léxico antiguo que se continúan a lo largo de los siglos. En suma, es éste un libro que aporta nuevos e interesantes enfoques, por lo que sin duda ha de convertirse en los próximos años en punto de referencia habitual para cualquier acercamiento a la historia de la lengua griega. Casi parece ser una ley de la Naturaleza que sean de hecho misceláneas, y hayan de ser reseñados en la sección de Varia, los volúmenes colectivos, hoy tan de moda. Éste es una excepción digna de aplauso, puesto que sólo cuatro de los veinte trabajos que lo componen dejarían de ceñirse estrictamente al tema, según los editores, que los ponen bajo la rúbrica «des conceptions modernes» y, en la nota de la contraportada, los describen así: «un échantillon des études sémantiques actuelles sur le latin vient compléter cette vue d 'ensemble». Le paradoxe du menteur Ateius Capito», pp. 255-266) está, efectivamente -el propio autor no lo oculta -, del todo fuera de lugar. Pero los otros tres se atienen al asunto y, considerándolo desde puntos de vista más filológicos que lingüístico-gramaticales, contienen aportaciones no menos estimables que los diecisiete trabajos que forman las cinco primeras secciones del libro. Así, Françoise Gaide («À propos du sens des dérivés: ambigüités, jeux de mots, préciosi-té», pp. 267-276) acierta a poner el dedo en la llaga cuando apunta que si la teoría varroniana de la derivación resulta ser notablemente más rica e inteligente que la de Prisciano, algo tendrá que ver el hecho de que Varrón era un «praticien de la langue», autor de un centenar y medio de satyrae Menippeae, y no un gramático. Por su parte, Monique Crampon («Callum, calleo, callidus. Sens et signe chez Plaute», pp. 277-290) se contenta con poner de relieve, mediante el análisis somero de un simple ejemplo, la verdadera importancia de las connotaciones y adherencias que, configurando el significado y prefigurando los sentidos de las palabras, suelen pasar desapercibidas en los análisis semánticos, o semémicos. Ciertamente, ni el enfoque ni el punto de partida de esos tres artículos, en especial el último, coinciden con los definidos en el «Avant-Propos» sin firma (pp. 7-9), en el que, poniendo por delante el reconocimiento de la supuesta falta de originalidad de los romanos, se dice: «le point de vue adopté ici consiste à se placer dans la perspective des Latins, pour reconstituer leurs conceptions du sens» (p. Tan laudable declaración de intenciones va seguida por la sección titulada «Problèmes terminologiques», en la que Claude Moussy («Les vocables latins servant à désigner le sens et la signification», pp. 13-27) y Jean-Paul Brachet («Réflexions sur l 'évolution sémantique de significare», pp. 29-39), tras revisar a la luz de criterios y prejuicios modernos -y con sumarísima brevedad -parte del vocabulario relativo a las ideas de "sentido" y "significado", acaban señalando que no hay en la lengua latina términos que específicamente expresen esos conceptos. En otro momento y lugar discutiré esas conclusiones y someteré a escrutinio esa porción del léxico latino. Viene luego la segunda sección, titulada «Les conceptions latines 1: les précurseurs» y compuesta por cinco artículos. El primero de ellos, de Gualterio Calboli («Linguistique et rhétorique: le changement contrôlé du sens», pp. 43-58) se ocupa del reparto de papeles entre la retórica, creadora -con escaso éxito por regla general -de neologismos, y la gramática, cuya función «était celle de bloquer ou de réduire le changement de la langue» (p. En el que le sigue, «La place du signifié dans les étymologies de Varron (L. L. VII)», Pierre Flobert (pp. 59-64), despacha ese asunto en cuatro páginas y media (59-63), en las que, amén de recordar que la mayor parte de las etimologías del libro VII del De lingua Latina -el dedicado al léxico de los poetas -son casi descabelladas, señala muy discretamente la falta de base teórica del trabajo de Varrón, que no sería seguidor de los estoicos, así como el hecho de que hay notables discordancias entre las etimologías y la terminología que se documentan en De lingua Latina y el texto (August., De dialect. 265, pp. 278-284 GRF Funaioli) en el que se ha creído ver un reflejo de las ideas varronianas acerca del significado. Eso explicaría la falta de rigor terminológico denunciada por Sophie Roesch («Le rapport de res et uerbum dans le De lingua Latina de Varron», pp. 65-80), que se pregunta por qué Varrón no procuró diferenciar el referente del significado, expresando mediante res esos dos conceptos. Bien podría preguntarse por qué no pocos de los lexicógrafos modernos siguen sin distinguirlos perfectamente. Tampoco Cicerón los distinguía, y también él usaba res para la expresión del uno y del otro, según Elisabeth Gavoille («Sens et définition chez Cicéron», pp. 81-95), que, citándolo y traduciéndolo, omite estudiar a fondo el pasaje de los Topica (26-27) en el que se establece que son dos los definitionum genera -a saber: unum earum rerum quae sunt, alterum quae intelleguntur -, y se reduce a catalogar, siguiendo los criterios de Richard Robinson, algunas "definiciones" ciceronianas. La sección dedicada a los "precursores" contiene, por último, un artículo («Le propre et l 'impropre de Quintilien», pp. 97-104) de Françoise Desbordes, que atribuye a Quintiliano el mérito de haber sabido darse cuenta de que la proprietas, contra la communis opinio de su tiempo -que él no impugnó abiertamente -, non ad nomen, sed ad uim significandi refertur, nec auditu sed intellectu perpenda est, haciendo de la significación «un objet non de science, mais d 'évaluation esthétique plus ou moins subjective». Aunque sólo fuera por eso, creo que habría que excluir del padrón de los «spécialistes anciens du langage» a Quintiliano, y con él a Varrón y a Cicerón, desde luego, para que no tengan que seguir mezclados con los gramáticos, que se atuvieron a criterios más formalmente "científicos", pero aportaron mucho menos a las ideas, primero latinas y universales luego, acerca del sentido y la significación: el lugar propio de esas tres autoridades es el que corresponda a los eruditos empeñados en desentrañar -que no siempre es lo mismo que analizar, catalogar y describir -el significado de las palabras con fines y criterios no estrictamente lingüísticos. En ese mismo lugar tendrán que hallar acomodo los juristas y los exegetas, de cuyas aproximaciones al sentido y la significación tratan los cuatro artículos que componen las secciones cuarta y quinta del volumen que reseño («Les conceptions latines 3: les juristes»: Michèle Ducos, «Interprétation du droit et sémantique chez les juristes augustéens», pp. 183-194; Danièle Conso, «De uerborum significatione: la réflexion des jurisconsultes romains sur le sens et la signification dans le titre 16 du livre 50 du Digeste», pp. 195-209. -«Les conceptions latines 4: l 'exégèse biblique»: Bruno Bureau, «Littera: "sens" et "signification" chez Ambroise, Augustin et Cassiodore», pp. 213-237; Blandine Corot, «Analyse du sens et discours cheétien chez les auteurs latins du IV e siècle», pp. 239-252). A los gramáticos -que, como es notorio, siguen a los griegos y no a sus "precursores" latinos -se consagra, en fin, la tercera sección del volumen («Les conceptions latines 2: les grammairiens»), que alberga seis estudios de detalle, entre los que me parece especialmente destacable el de Benjamín García Hernández («Nomina relatiua. Termes complémentaires chez les grammairiens latins», pp. 143-154), que se centra en el análisis de las parejas de vocablos -del tipo'pater / filius','uir / uxor' -que los griegos rotulaban tÔn prój ti y los latinos nomina ad aliquid, o relatiua, denominación que hace suya García Hernández advirtiendo muy atinadamente que sería mejor darles el título de "términos complementarios", o "correlativos". Señala, en conclusión, que los gramáticos romanos, siguiendo siempre a los griegos, supieron estudiar los tales términos con notable acierto. Pierre Swiggers y Alfons Wouters («Les noms ad aliquid et aliquid qualiter chez les grammairiens latins», pp. 127-142) se ocupan también de los nomina ad aliquid, y además de sus afines del tipo'dextra / sinistra','dies / nox', etc. Frédérique Biville («Son et sens», pp. 107-116) y Marc Baratin («Remarques sur l 'absence de signification chez les grammairiens latins», pp. 117-126) presentan apuntes relativos a las opiniones de los gramáticos acerca de, respectivamente, los sonidos hueros con función expresiva y los morfemas sin carga semántica. Chantal Kircher («Le paramètre sémantique dans l 'analyse des dérivés chez Priscien», pp. 155-165) subraya la importancia que, en lo tocante a la derivación, concedía Prisciano al significado. Por último, Jacqueline Dangel («Accius chez les grammairiens latins: fragments et seuil minimal du sens», pp. 167-179) muestra cómo las citas de los gramáticos deben ser examinadas a la luz de otros testimonios y considerando otros datos, y concluye, con más optimismo que coherencia, que es posible reconstruir en notable medida el "significado" de las obras de Accio gracias a las citas de ellas que se hallan en los tratados de los gramáticos. Como puede verse y dije ya, este volumen no es una miscelánea, sino un trabajo colectivo que plantea, y deja abierto, un debate acerca de las diferencias, substanciales y probablemente irreductibles, que median entre los puntos de vista de los gramáticos antiguos -helenizantes y empeñados en analizar y describir el significado -y los de los no gramáticos, latinizantes y pragmáticos, que buscaban desentrañar la significación de las palabras siguiendo criterios filológicos o paralingüísticos y con fines ajenos, y más bien contrarios, a ese conservacionismo que, según el maestro Calboli, es una de las principales señas de identidad de la gramática. Este libro -en el que no se echan en falta los índices de materias que no tiene -merecería, pues, contar con una séptima sección dedicada a presentar, con el detenimiento necesario, las conclusiones que el lector puede extraer estudiando artículo por artículo, y que no hallará expuestas ni en el muy escueto «avant-propos» (pp. 7-9) ni en el telegráfico texto publicitario de la perecedera contraportada. L. C. PÉREZ CASTRO MARTÍNEZ HERNÁNDEZ, MARCOS: Semántica del griego antiguo. La difusión en España de las doctrinas estructuralistas aplicadas al estudio del léxico debe no poco a Marcos Martínez Hernández, que aquí reúne, con el añadido de una inteligente introducción y el acompañamiento de unos útiles y cuidados índices, una decena justa de trabajos suyos, publicados entre 1977 y 1992 en actas, misceláneas y revistas que no están pre-sentes en todas las bibliotecas y que, en algunos casos, son ya difíciles de encontrar. Eso justificaría ya más que suficientemente la edición de este volumen, que, en palabras de su autor, «no es propiamente un "manual" de Semántica en el sentido propio que académicamente solemos darle al término. Pero las cuestiones y problemas que aquí abordamos... son los que habitualmente estamos acostumbrados a encontrar en cualquier tratado de semántica de cualquier lengua moderna. En este sentido pensamos que nuestra labor podría cumplir las exigencias que se le suelen reclamar a este tipo de obras» (p. Verdad es que esta colección de artículos no compone ni un manual ni un tratado de Semántica, pero también es verdad que a estas alturas ya no puede decirse que, salvo en el caso de ideas o de ocurrencias novísimas y prodigiosamente geniales, haya mucha necesidad de un manual más, o de un tratado más, que se ocupe de exponer los planteamientos generales del estudio científico del léxico y el significado. Pero sí hay, y seguirá habiendo, necesidad de monografías que pongan de manifiesto, además de la vigencia de la teoría, la validez del método cuando se trata de aplicarlo a un objeto de estudio real, a algo de mucha más entidad y envergadura que un selectivo corpus de ejemplos. De esta naturaleza son seis de los diez trabajos aquí recogidos: «El campo léxico de los sustantivos de "dolor" en Sófocles. Los otros cuatro, más teorizantes, siguen siendo interesantes a pesar del tiempo transcurrido desde su primera publicación, y junto con los seis reseñados hacen muy recomendable, especialmente para los que quieran aprender a enfrentarse al estudio del léxico, la atenta lectura de este libro. Teniendo como hilo conductor las distintas formas y técnicas de la comunicación en el mundo antiguo, el libro que ahora reseñamos contiene una serie de conferencias presentadas a lo largo de un curso cuyo eje central, como su título bien expresa, son las "otras formas de expresión y comunicación". Desde las primeras tablillas proto-cuneiformes que representan los pasos iniciales de un sistema gráfico de comunicación anterior a la escritura, pasando por distintas formas de relieve, grabado, moneda, y naturalmente dando su lugar a la comunicación escrita, esta recopilación resulta un curioso repaso a algunos de los medios de los que la humanidad se ha servido para trasmitir sus mensajes y ponerse en comunicación. Se nos habla de aquellos iniciales tokens que, al igual que las primeras tablillas proto-cuneiformes, representaron un medio de comunicación fundamentalmente mnemónico con toda la información necesaria para interpretar un mensaje. Son un sistema embrionario de comunicación todavía lejos de la escritura. Desde las primeras descripciones de obras de arte insertas en composiciones amplias, como es la del escudo de Aquiles en la Iliada, hacia la progresiva constitución de la écfrasis como excursus independiente es el tema que aborda otro de los artículos en el que se reflexiona sobre algunos aspectos de este subgénero literario. La exiguidad de testimonios no ayuda a reconstruir bien el cuadro musical de la cultura griega antigua. La expresión musical como forma de comunicación es tratada por Pretagostini también con una visión histórica: desde las primeras notaciones musicales hasta las elaboradas teorías musicales del s. IV. Los fragmentos papiráceos de la Ifigenia en Aulis y el Orestes de Eurípides son los primeros testimonios de la utilización de la notación musical por exigencias de aquellos actores profesionales itinerantes que en época helenística ofrecían recitales con antologías teatrales. Probablemente hasta entonces no se sintió la necesidad de escribir música. Las profesoras Caccamo y Radici, grandes expertas en léxico iconográfico, examinan la función comunicativa de las imágenes de las monedas. La primera ofrece un interesante enfoque sobre el paralelismo entre representación iconográfica y palabra en el lenguaje hablado. En otro sentido va el «Communicare con le monete» donde se establece la relación entre lenguaje y dinero: ambos son un medio y suponen una convención. Ambos son un lenguaje con el que los hombres se comunican y curiosamente comparten mucho vocabulario específico. Otra forma de comunicación, claro está, es la de aquel que practica el arte oratoria. Sin embargo nadie más lejos de ser un buen comunicador que aquél que no sabe controlar su verbo. La eficacia de la brevedad frente a la prolijidad es puesta de relieve por M. S. Celentano quien, en unos comentario del De garrulitate de Plutarco, llama la atención sobre todos los errores en los que cae el tipo locuaz. Los aspectos de la retórica como arte de la seducción se analizan en este mismo artículo tomando como base el Ars Amatoria de Ovidio. En «Struttura e linguaggio del rilievo storico romano» se hacen algunas consideraciones relativas a la tipología y a la estructura de los relieves históricos. Es un comentario de las columnas de Trajano, Marco Aurelio, Teodosio y Arcadio en Constatinopla. Otro análisis es el centrado en los Carmina Latina Epigraphica paganos y, dentro de ellos, en los de carácter funerario; se analiza la relación entre estas formas de poesía y las literarias. Con ello I. Bitto trata de reconducir las formas poéticas de la epigrafía, consideradas como poesía menor, a la cultura literaria. Las formas de comunicación son múltiples y el análisis del color y las imágenes del color, por ejemplo, han dado pie a un repaso al libro primero de las Geórgicas en el que se analiza lo que se refiere al elemento colorístico-cromático como representación del mundo real. Finalmente hay una serie de artículos que, como el de A. Grillo, resaltan aspectos sociales, culturales o históricos de algunas de las manifestaciones literarias como vía de comunicación. Alcuni riferimenti testuali e considerazioni» se insiste en la centralidad de la historia en la poesía épica latina. A. de Vivo estudia el caracter específico del lenguaje historiográfico cuyo desarrollo como instrumento propagandístico al servicio de la clase dirigente viene a coincidir con la justificación ideológica del imperialismo 1 Las autoras de la introducción son Julia Fernández Cuesta y Ma José Mora. romano. No falta un estudio de la homilía cristiana como forma de comunicación. «La letteratura omiletica...» es un intento de rescatar la validez histórica de una de las formas de comunicación más importantes y significativas de la antigüedad cristiana a través de las homilías de Crisóstomo. En general el volumen mantiene un buen nivel de novedades en los campos que estudia aunque, obviamente, proliferan los status quaestionis con visiones muy generales y manualísticas, las interpretaciones bien conocidas de todos y comentarios de textos que no suponen grandes aportaciones concretas a los campos examinados. Sin embargo, no hay que olvidar que, como se ha mencionado al principio de esta reseña, el libro recoge las lecciones de un curso del que hay que resaltar el enorme interés de su tema central y la variedad de aspectos que recoge. D. LARA FERNÁNDEZ ÁLVAREZ, Ma PILAR: Antiguo Islandés. Este libro constituye un repaso de los aspectos más destacados de la lengua nórdica antigua, no sólo desde una perspectiva lingüística propiamente dicha, sino filológica. El resultado es un excelente manual que llama la atención en primer lugar por lo completo de sus contenidos, teniendo en cuenta su extensión. Esto es posible gracias a una concisa organización a la que nos vamos a referir a continuación. Efectivamente, organizándolo todo en 10 secciones, nos encontramos en primer lugar con una introducción, sobre la que nos vamos a extender un poco más abajo; la segunda, tercera, y cuarta secciones están dedicadas respectivamente a fonética, morfología y sintaxis. En un quinto apartado tenemos un índice de las palabras en Antiguo Islandés que aparecen en los ejemplos de las anteriores secciones. En sexto lugar, tenemos un apéndice que constituye una verdadera gramática básica de Antiguo Islandés; el séptimo apartado ofrece una antología de textos; el octavo presenta un diccionario de Antiguo Islandés-Español. Las dos últimas secciones del libro son una bibliografía y un listado de las abreviaturas utilizadas en el manual. Como puede apreciarse por esta disposición estamos ante un manual diseñado esencialmente para que su uso pueda ser capitalizado al máximo por los estudiantes y estudiosos del campo. De hecho, las distintas secciones constituyen en sí mismas una unidad que facilita en gran manera el acceso a aquellos interesados en cualquiera de los asuntos que se tratan; lo que permite considerar el libro desde dos perspectivas una global y otra parcial según las distintas secciones en las que se estructura. En este sentido merece especial atención la introducción 1, que no sólo ubica el Antiguo Nórdico con relación al germánico; sino que esboza la evolución del germánico con respecto al indoeuropeo. Esto se materializa en un práctico resumen de las principales características fonológicas, y morfosintácticas del germánico, por lo que el libro puede captar el interés no sólo de los que desean realizar una incursión en el Antiguo EM LXVIII 2, 2000 Nórdico, sino también en el indoeuropeo y el germánico. Por lo tanto, esto identifica al libro como uno de carácter introductorio, y como todo libro de referencia no presupone un conocimiento previo del tema en el lector. Posteriormente, las autoras de esta introducción proporcionan un magnífico resumen de los distintos períodos que se distinguen en el Antiguo Nórdico. Este estudio diacrónico ha sido acompañado por apostillas de tipo histórico que no sólo enriquecen la disertación sino que sirven para recordarnos cómo el contexto es responsable de los diversos cambios y evoluciones de las lenguas. También, en la introducción, se nos muestra cómo las lenguas se adaptan a los distintos usos que de las mismas hacen los hablantes, lo cual enlaza con los objetivos concretos a los que se destina y, por ende, de nuevo con el contexto. Muy especialmente, debemos hacer notar el repaso de los principales géneros literarios en los que se conserva esta lengua. Este repaso comprende tanto poesía como prosa; destacando la atención dedicada a las sagas, pues se incluye una descripción de todos los tipos establecidos de esta máxima expresión de la literatura islandesa. Por último, cabe señalar que en el tratamiento temático de las obras se da una prolija explicación de los principales dioses que constituyen la mitología germánica. Esta explicación no tiene simplemente un carácter genealógico sino que se presta atención al sentido de la vida y la muerte que dichos dioses ostentan y cómo estos se encuentran presentes en la génesis del mundo concebida por el islandés de entonces. Para concluir diremos que, debido a la riqueza de la exposición de esta introducción puede resultar de gran utilidad a aquellos que simplemente tengan interés en aproximarse a cuestiones de tipo histórico y literario. En cuanto a las secciones que tratan temas específicamente lingüísticos, Ma Pilar Fernández Álvarez piensa en lectores que en un momento determinado no estén demasiado duchos en conceptos lingüísticos concretos. En consecuencia, antes de adentrarse en la ejemplificación de un determinado fenómeno en islandés, se dedica primero a definirlo de un modo general. Esta consideración va a resultar de especial utilidad a estudiantes que aún no se encuentran totalmente familiarizados, por ejemplo, con nociones que aluden a cambios y mutaciones fonéticas. Así, encontramos prácticas definiciones de disimilación, metafonía, apofonía, etc. También señalaremos que en las secciones de fonética, morfología, y sintaxis se hace referencia a las mismas cuestiones partiendo del germánico e incluso en ocasiones se mencionan características relevantes de otras lenguas germánicas. Por ejemplo, en la sección en la que describe el sistema verbal en Antiguo Islandés (pág. 149) comienza explicando que el paradigma verbal germánico sufrió un proceso de reducción y simplificación con respecto al indoeuropeo. Así, antes de entrar de lleno en el verbo en Antiguo Islandés dedica un apartado considerable al germánico. En este sentido, Ma Pilar Fernández Álvarez se mantiene coherente con su interés por ubicar el Antiguo Nórdico dentro de su línea evolutiva con relación al germánico. Además, en todas sus caracterizaciones de la lengua la autora no escatima el número de ejemplos que aporta, lo que no sólo enriquece la explicación sino que facilita al lector la comprensión de los procesos o hechos descritos. No vamos a dejar de hacer notar que las últimas secciones del libro refuerzan su carácter eminentemente práctico ya que lo hacen idóneo para una posible orientación docente del mis-mo. Encontramos en este sentido una antología de textos en Antiguo Islandés, cada uno de ellos precedido por una explicación sobre el autor, circunstancias históricas relevantes que rodean autor y obra; y, ya de un modo concreto, algunos detalles de la obra en la que se inserta el fragmento seleccionado. Esto no es más que otra demostración del carácter cuidado con el que se presenta este libro y que constituye una verdadera tónica con respecto al mismo. Además, destaca la inclusión de un diccionario de Antiguo Islandés-Español cuya relevancia se justifica por el hecho de que, tal como menciona Faarlund en el prólogo, éste es el primer libro de este cariz sobre Antiguo Islandés que se ha efectuado en español. Por último, la antología de textos y el diccionario se complementan con el apéndice que hemos mencionado anteriormente. Este apéndice incluye los principales paradigmas de la lengua organizados en prácticas tablas. Estos paradigmas se completan con una lista de formas verbales y nominales irregulares. Se puede decir que el apéndice contribuye a convertir esta obra en un verdadero libro de consulta. Finalmente, otro de los factores que, a nuestro juicio, incrementa el provecho del libro es que proporciona una completísima bibliografía de enorme interés no sólo por la abundancia de títulos aportados sino por hallarse organizada temáticamente, como sigue: manuales; fonética y fonología; morfología; sintaxis; diccionarios, glosarios y léxicos; runas; el antiguo islandés y otras lenguas germánicas antiguas; ediciones, traducciones y crestomatías; literatura; religión; y varia. Una bibliografía organizada de esta manera permitirá orientarse al interesado en campos de mayor especificidad, por lo que el carácter de introducción y guía, así como la utilidad de este libro, quedan ratificados una vez más. Ma DEL CARMEN GUARDDON ANELO BUBENÍK, VÍT: A Historical Syntax of Late Middle Indo-Aryan (ApabhraÕsá), Amsterdam-Philadelphia, Amsterdam Studies in the Theory and History of Linguistic Science, vol. 165, John Benjamins, 1998, xxii + 267 pp. Este libro se sitúa tras un importante trabajo del mismo autor sobre la morfología de las lenguas medio indias (The Structure and Development of Middle Indo-Aryan Dialects, Delhi, Motilal, 1996) y precede a una anunciada sintaxis de las lenguas indias modernas. Se trata, pues, de una parte de inflexión en una tarea investigadora importante, que cubre un campo muy descuidado de la indología; explica muy bien el autor en el capítulo 1 que el estudio de las lenguas medio indias se ha hecho siempre desde una perspectiva de complejo con respecto a la lengua antigua y así, su fonética y su morfología se describen en términos de "desviación" con respecto a la norma clásica. Por ello, trabajos como este resultan de gran interés. Pero además, se añaden dos aspectos que me parecen enormemente relevantes. El primero, es el trabajo con el material que el autor ha realizado. El apabhraÕsá es una lengua tardía (siglos VI al XII d. C.), con testimonios fundamentalmente poéticos creados por autores jainitas y de la que encontramos referencias en gramáticos indios de la época. Cualquiera que haya leído alguna vez a un gramático indio puede entender la dificultad que comporta abstraer en términos occidentales la preciosa información que en ellos está contenida. Por ello, creo que el trabajo de B. resulta enormemente meritorio. El segundo aspecto relevante es la metodología de análisis que el autor ha aplicado al material, dentro del marco conceptual de la Functional Grammar y con una orientación decidida a ser leído y entendido por estudiosos de la lingüística general y de la tipología lingüística. Es obvio que ninguno de los dos terrenos deben ser descuidados por los indoeuropeistas, por numerosos motivos que son tan prolijos que se escapan de este marco de expresión. A lo largo de la monografía, B. trata muchos temas, de entre los que yo resaltaría los siguientes: Reestructuración del sistema casual. El amplio sistema casual del sánscrito se reduce a sólo cuatro casos, parece que por la degradación fonética de las sílabas finales; lo más interesante del proceso es el desarrollo de un sistema postposicional que acaba derivando en un nuevo sistema casual para los casos oblicuos en las lenguas modernas. Reestructuración del sistema pronominal. En ella se analiza fundamentalmente el proceso de creación de un sistema conocido con el nombre de "doble-oblicuo", tipológicamente raro (se encuentra también en pashto, kurdo y lenguas del Pamir), que consiste en que, como fruto del sincretismo de las formas pronominales de Ac.sg. e I.sg., en las construcciones ergativas la misma forma puede ser Agente (I.) u Objeto (A.); como la ergatividad depende de la forma verbal, una oración trimembre se puede expresar de dos maneras, ergativa o acusativa, lo que obliga a fijar el orden de palabras. Esto enlaza con el cap. 9, en donde se trata del nacimiento y desarrollo de la construcción ergativa y en torno a este problema gira también el 8, en donde habla de la pasiva antigua sintética y la nueva pasiva analítica, que es la forma que da lugar a la reinterpretación ergativa justamente cuando el agente viene expreso, mientras que la pasiva antigua queda relegada a usos modales. Por el mismo motivo, las construcciones causativas pasivizadas necesitan un elemento argumental extra para expresar el causado asignado a la función sujeto, como se analiza en el capítulo 10. Estos serían los temas que a mí, personalmente, me han llamado más la atención en función de su novedad y de su imbricación en problemas que hoy en día son muy debatidos en el ámbito de la tipología lingüística y de la propia lingüística indoeuropea. En ese sentido tengo que comentar una afirmación que se emite en la p. 136: «La forma crucial en todas las discusiones sobre ergatividad en las lenguas i.-ir. es la forma ai. -ta. Se asume que es un ergativo más que una pasiva y es un arcaísmo del ide. en el que fue también un ergativo. En IE fue presumiblemente un nombre verbal que sólo después pasó a ser un adjetivo verbal con valor estativo». No estoy tan seguro del valor ergativo de la forma en *-tos en época IE, y sería más que dudosa en época védica. Está claro que la interpretación como ergativo o pasivo depende del actante nominal, esto es, de la presencia o ausencia de un elemento agentivo morfosintácticamente caracterizado como tal. Lo llamativo del apabhraÕsá es la coexistencia de un sistema de doble-oblicuo en los pronombres con un sistema ergativo de corte "clásico". Se crean entonces posiciones de frontera en la definición de la función S A y O, bastante complicadas de encajar en los sistemas de definición tradicional. 229 que se tengan en cuenta dos conceptos gramaticales nuevos, inspirados la categoría fonológica de semivocal y semiconsonante: los semisujetos, que serían los pacientes en construcciones pasivas, y los semiobjetos, los pacientes en las construcciones ergativas. Pero además se tratan otros aspectos sintácticos de interés: Aspecto y Aktionsart en las construcciones perifrásticas; modo y modalidad, las construcciones absolutas y el desplazamiento casual que experimentan hacia el G., y las oraciones de relativo y las construcciones adverbiales. No quiero terminar esta reseña sin elogiar un aspecto que me parece fundamental de esta monografía, que son los cuadros y esquemas que introduce en las explicación (55 en total); sin ellos la comprensión del análisis sintáctico emprendido por el autor sería sin duda mucho más dificultosa. JUAN ANTONIO ÁLVAREZ-PEDROSA NÚÑEZ MARTÍNEZ VÁZQUEZ, R. et alii: Gramática funcional cognitiva del griego antiguo I. Sintaxis y Semántica de la Predicación, Sevilla, Universidad de Sevilla, 1999. El activo panorama de los estudios sobre el griego antiguo en España ha proporcionado en los últimos años un número considerable de estudios sobre la sintaxis de esta lengua y al menos un gran manual de carácter general (F. Rodríguez Adrados, Nueva sintaxis del griego antiguo, Madrid, 1992). El trabajo que se nos presenta ahora pretende ser también una revisión completa, pero adoptando una perspectiva teórica verdaderamente innovadora y una reconsideración sistemática de los datos del griego sin deudas notables con las descripciones más tradicionales. Según se dice en el título, la perspectiva es funcional-cognitiva, lo que implica un encuadramiento simultáneo en dos líneas relativamente cercanas de la investigación lingüística actual, pero para las que todavía no se había intentado una aplicación conjunta. Por otro lado, hay que señalar que, si bien han sido numerosos los estudios parciales y las monografías que han aplicado un análisis funcionalista al estudio de la lengua griega, es éste el primer intento que conozco en términos absolutos, dentro y fuera de España, de utilizar con esos mismos fines las propuestas cognitivistas sobre el lenguaje tal y como han sido formuladas, por ejemplo, por R. W. Langacker (Foundations of cognitive grammar, Stanford, 1987). Sobre el modo en que se combinan ambos marcos teóricos en el libro comentado parece que es fundamentalmente por yuxtaposición o complementación: mientras los capítulos introductorios y el relativo a la diátesis verbal es más dependiente de una visión cognitiva, los capítulos referidos a la estructura de la frase y a la sintaxis de sus componentes nominales depende más del funcionalismo, más concretamente, de la Gramática Funcional de S. Dik (p. ej. The Theory of Functional Graammar, Berlín-Nueva York, 1997), cuyas propuestas han tenido un considerable número de desarrollos para el griego antiguo en este campo particular. El libro es sólo el primer volumen de una obra mayor. Su contenido se limita a estudiar la sintaxis de la frase simple, con particular interés por la sintaxis de los elementos nominales y por las diferentes estructuras diatéticas. Su estructura se organiza en seis capítulos: Introducción; Funciones sintácticas; Predicado; Tipología de los estados de los asuntos; Funciones semánticas; Diátesis. Quedan fuera, por tanto, la subordinación, el sintagma nominal, la sintaxis de los elementos nominales del paradigma verbal (infinitivo y participio) y toda la sintaxis verbal, salvo en lo referente a la diátesis. Se anuncian también para un próximo volumen fenómenos como los relativos al nivel presentativo del lenguaje (Proposición e Ilocución o Enunciado, según la terminología de la Gramática Funcional (Dik 1997)); Aunque es difícil resumir en unas pocas líneas el contenido de toda una gramática, resultan especialmente notables los siguientes aspectos generales, que pueden apuntarse en el haber de los autores: a) Se consigue mantener de un modo bastante coherente a lo largo de todo el trabajo una misma línea teórica y unos principios metodológicos comunes, aun predominando, según se ha dicho, a veces la óptica cognitiva y otras veces la funcionalista. b) Se ofrece por vez primera en un trabajo de esta envergadura una organización de la sintaxis nominal del griego antiguo sobre un patrón funcional y no meramente formal. En consecuencia, los usos casuales, los de los adverbios y los de los sintagmas preposicionales se presentan agrupados según categorías como Beneficiario, Instrumento, Compañia o Causa y no, como tradicionalmente, por "valores del acusativo", "usos de las preposiciones", etc. Tenemos así una segunda revisión completa de las funciones semánticas que se proponen para el griego, después de la de E. Crespo ("Sintaxis de los elementos de relación en griego clásico" Actas del IX Congreso Español de Estudios Clásicos, Madrid, 1997, 3-42). Su propuesta coincide parcialmente con la de él y en parte no; en general, esta gramática reconoce más funciones que Crespo. c) Se propone un estudio de la diátesis desde un punto de vista cognitivo, que da lugar a una consideración de la voz en términos gramaticales más como un fenómeno de derivación que de flexión: las distintas voces no se consideran variaciones categoriales del verbo, sino formas distintas de presentar la realidad. Cada estructura diatética responde a una forma diferente de predicación. Este planteamiento permite, a mi juicio, entender mejor la función comunicativa de las distintas diátesis y convierte este apartado probablemente en el más conseguido del libro. d) La redacción y discusión de los datos es de un gran esquematismo y simplicidad expositiva, muy didácticas. Se sigue la forma de presentación (incluso gráfica) de T. Givón [URL]. A functional-typological introduction, Amsterdam, 1984-1990), con múltiples apartados y subapartados de corta extensión que permiten discutir muy en detalle cada aspecto concreto. Todo ello configura, por tanto, una obra coherente, clara y sugerente en muchas de sus propuestas para quien se interese por una consideración de los datos sintácticos del griego antiguo desde una posición libre de ataduras tradicionales e inmersa en los estudios lingüísticos actuales. Hay, sin embargo, junto con los aspectos positivos enunciados, otros que merecen al menos una cierta reflexión: a) No está claro el propio objetivo de la obra: si pretende ser el resultado de una investigación original, le falta precisión en las definiciones y se echa de menos una descripción inicial de los métodos de análisis empleados y una presentación suficientemente convincente de los resultados de su aplicación. Si, por el contrario, se pretendía que fuera un manual de uso, falta una exposición más clara de las bases teóricas de las que se parte; p.ej., se dedican 2 páginas a describir los principios básicos del funcionalismo y el cognitivismo; 2 párrafos (no más de 15 ó 20 líneas) a describir teóricamente las funciones semánticas, cuya presentación pormenorizada para el grie-go antiguo constituye el núcleo de la obra; sólo otras 20 líneas se refieren a la teoría del prototipo, fundamental para sustentar la relación entre funciones semánticas, etc. b) Falta una reflexión explícita de un cierto calado sobre las semejanzas y diferencias entre un enfoque cognitivista y otro funcionalista, puesto que se desean combinar y ello representa, como se ha dicho, una interesante novedad. c) La ausencia de una referencia a los métodos de análisis da lugar a afirmaciones y clasificaciones que parecen puramente intuitivas. Muchas veces parece que estamos simplemente la transcripción de las creencias de los autores, pero sin soporte de métodos, datos o bibliografía que las apoyen. Los ejemplos más notables afectan al reconocimiento de los distintos tipos de predicados (denominados estados de los asuntos) y, sobre todo, al reconocimiento del elenco de funciones semánticas. Así sucede que, ante la ausencia de cualquier criterio de reconocimiento objetivo de estas funciones, su número aumenta de un modo desmesurado, hasta 32. Sin embargo, no se ve la base gramatical -no intuitiva -que permite, por ejemplo, diferenciar en griego nociones como Procesado (p. No hay pruebas verdaderas de que tales funciones se gramaticalicen de forma diferente y, por tanto, en la medida en que no hay pruebas lingüísticas determinantes, no se sabe si se conceptualizan cognitivamente de forma diferente. Problemas semejantes se producen con bastantes otras funciones. d) Se adopta en algunos casos una terminología propia, idiosincrática, sin la suficiente justificación. Por ejemplo, ¿por qué traducir state of affairs de la Gramática Funcional como "estado de los asuntos" y no como "estado de cosas" o "clase de predicados", terminologías ambas más antiguas y de más amplio uso?. Un caso más grave es el de Objeto, denominación que se utiliza para describir cualquier forma de complemento obligatorio, independientemente de que tenga marca de función semántica o no (Acusativo). Se produce así una confusión entre los conceptos de argumento o complemento necesario y función sintáctica o caso estructural. Todas las lenguas conocidas tienen lo primero, pero sólo las lenguas con casos llamados sintácticos (las no ergativas) tienen lo segundo. e) La bibliografía debe ser completada, fundamentalmente en lo referente al estudio de muchas de las funciones propuestas, que cuentan con antecedentes recientes de una cierta importancia. Igualmente sería muy interesante que se consideraran estudios tipológicos sobre casos gramaticales y funciones, por lo que puedan tener de base empírica para conclusiones cognitivas, como, por ejemplo, el voluminoso estudio sobre las lenguas europeas de J. Feuillet (Actance et Valence dans les Langues d l'Europe, Berlín-Nueva York, 1998). e) En un terreno más formal, es bastante confusa la presentación formal: a diferencia de sus modelos anglosajones, los capítulos y numerosos epígrafes no tienen numeración. De este modo, algo que sin duda ha ayudado a articular la composición de la obra no puede apenas ser aprovechado por el lector en la secuencia de la descripción y la comprensión de la estructura que los autores nos proponen. En conclusión, estamos ante un trabajo interesante e innovador en muchos pasajes. Muestra que se ha acumulado una gran cantidad de información y que hay una visión de conjunto detrás bastante coherente. Ha habido, además, un gran trabajo de reconsideración y sistematización de datos, que ha avanzado sobre todo en el tratamiento de la diátesis. Sin embargo, quedan importantes problemas abiertos, desde el objetivo de la obra en sí misma, pasando por el marco teórico y los métodos de análisis, hasta la presentación formal, que deben ser resueltos en la continuación del trabajo. Una vez solucionados estos puntos, este prometedor y sugerente comienzo puede dar lugar a una obra verdaderamente significativa. Cuando en 1956 se publicó el primer fascículo de este monumental léxico, que incluía las tres primeras letras del alfabeto, su autor, A. Mauersberger, cerraba la introducción al volumen con una hermosa cita de Polibio, que dice así, en la traducción de A. Díaz Tejera (Madrid 1981): «He aquí, pues, el plan propuesto. Con todo es necesaria la ayuda de la Fortuna a fin de que la vida me acompañe hasta dar cumplimiento a mi proyecto. Estoy convencido, en todo caso, de que, aunque me sobrevenga algún impedimento propio de lo humano, esta empresa no quedará en barbecho ni le faltarán hombres capaces, pues muchos verán en su belleza una garantía y se esforzarán por llevarla a término». Mauersberger vivió lo suficiente como para ver publicado en 1975 el cuarto fascículo, que llegaba hasta el final de la letra omicron y en los últimos años pudo contar con colaboradores que, pasado el tiempo, hacen realidad su esperanza de continuidad de la obra, muy especialmente G. Glockmann, al que más tarde se sumarían otros. El núcleo del equipo que prosiguió la empresa a la muerte de su fundador, tras desechar algunas posibilidades de aligerar el ritmo de publicación a costa de reducir los objetivos del proyecto, ya en 1977 tomó la decisión de atenerse en lo esencial al diseño original de la obra, cuya continuación a partir de entonces pasó a llamarse Polybios-Lexikon. Durante los años ochenta G. Glockmann trabajó practicamente en solitario y sólo en los primeros años noventa el proyecto adquirió una mayor vitalidad, gracias a la incorporación de varios colaboradores y a la ayuda de los nuevos métodos informáticos. El presente fascículo es, como digo, la primera entrega de las cuatro en que se repartirá la publicación del volumen II de la obra. Entre las principales características de ésta, cabe destacar las siguientes. La edición seguida es la de Büttner-Wobst en la Bibliotheca Teubneriana, si bien se ha recurrido en caso de necesidad a otras ediciones anteriores y posteriores (entre ellas la de A. Díaz Tejera en la Colección Hispánica, Madrid 1972 ss.). Se estudian absolutamente todas las citas sin omitir ninguna, aunque en algunos apartados de algunos lemas largos se abren ocasionalmente secciones de citas "unrubriziert". Las citas pertenecientes a secciones consideradas espurias por Büttner-Wobst quedan convenientemente identificadas, así como aquellas con variantes críticas relevantes. Con respecto a la organización interna de los artículos, unas veces priman los criterios semánticos y otras veces los gramaticales, dependiendo de la palabra. Unos y otros criterios a menudo se entrecruzan, sobre todo en lemas de extensión media o larga. La jerarquía de apartados prevé hasta cinco niveles (A I 1 a a a a a), aunque a memudo basta con las subdivisiones intermedias 1 y a. Siempre consta la frecuencia, tanto en cabeza del lema como de cada uno de los apartados y subapartados. Muy interesante resulta la introducción de resúmenes iniciales de la estructura en el caso de artículos largos (piénsese por ejemplo que el artículo poiéw tiene 1825 citas). También resulta práctico que en muchos casos la cita venga precedida de un contexto breve y regularizado y seguida de un contexto literal más desarrollado entre paréntesis. Desde el punto de vista formal, la única crítica que me aventuro a hacer es la presencia excesiva de palabras abreviadas, tanto alemanas como griegas, sobre todo si tenemos en cuenta que la lista de abreviaturas se reserva para el volumen final. A pesar de las justificaciones de los editores, a veces no resulta evidente a primera vista a qué corresponden algunas de ellas, sobre todo cuando son de tipo ocasional. Digamos que nos encontramos ante un trabajo verdaderamente serio, magníficamente presentado además. Es una satisfacción comprobar que uno de los grandes léxicos de autores griegos que ha dado este siglo, y probablemente el mejor diseñado y realizado por lo que se refiere a los autores en prosa, estará terminado en el plazo de unos años. G. Glockmann y sus colaboradores merecen todo nuestro respeto y admiración por su constancia y dedicación. Las empresas lexicográficas de gran alcance son una de las tareas más sacrificadas pero al tiempo más nobles y más útiles a que puede dedicarse un filólogo. Este tipo de grandes obras lexico-EM LXVIII 2, 2000 gráficas de tipo colectivo se cuentan en mi opinión entre las empresas científicas en el campo de la Humanidades que más deberían promover, apoyar y "mimar", si se me permite la expresión, organismos públicos de investigación como las Academias, o en España el CSIC. Son obras prácticamente imposibles de llevar a buen puerto sin una infraestructura y unas condiciones que permitan el trabajo en común de un equipo de personas dedicadas a ello "full-time", esto es, por ejemplo, en las Universidades. Reitero mi deseo de que G. Glockmann y sus colaboradores prosigan con su trabajo sin nuevos sobresaltos hasta concluirlo. 1999. xxii + 192 pp. Una buena parte de las lenguas del mundo (quizás una mayoría) no tiene un verbo para designar el estado de cosas en el que un sujeto conserva la posesión de algún objeto, mientras que en aquellas que sí lo poseen (como casi todas las lenguas indoeuropeas) tal verbo adquiere una enorme importancia por la frecuencia de su uso, la diversidad de sentidos y usos que puede presentar y porque a menudo este verbo sirve para formar perífrasis modales y temporales. Kulneff-Eriksson, en línea con la tendencia actual en lingüística, emplea el significante 'have' para referirse al mismo significado al que yo me refiero con el verbo latino habere. Aunque los papeles asignados prototípicamente a los complementos argumentales de este verbo son desempeñados por un ser humano (sujeto) y un ser concreto, no humano (objeto), habere o 'tener' puede presentar casi cualquier tipo de sujeto y objeto (como testimonia la primera oración de esta reseña), y una enorme variedad de significados y usos, lo que supone la primera y no menuda dificultad para cualquiera que encare su estudio, ya que no resulta siempre fácil definir con exactitud el límite de los usos que son pertinentes para un estudio comparativo de las distintas formas de expresar la noción habere. El presente libro es un detallado estudio diacrónico de las dos alternativas que presenta el griego antiguo para expresar habere, con especial detención en el uso de oexw. Los ejemplos de la forma alternante (la construcción comunmente llamada oesti moi, mihi est) son recogidos, analizados, y, cuando las diferencias de uso son llamativas, también descritos. Se han recogido los ejemplos en que la construcción tiene por núcleo verbos distintos a e±mí, como gígnomai, ×párxw, keîmai, pélomai e incluso fúomai (una ampliación del corpus ampliaría igualmente este repertorio de verbos, cf. v. gr. À pezòj aÐtoîj parÊn Th. La obra se ordena en una introducción (cap. I); estudio etimológico (cap. II); descripción de usos de oexw con significados distintos a habere (y por tanto no contabilizados para el estudio, cap. III); habere y sentidos limítrofes en relación con el aspecto verbal (cap. IV); un capítulo dedicado a cada uno de los autores del corpus estudiado (V-XI); una importante sección dedicada a las relaciones entre los conceptos gramaticales de "definición" y "posesión" (cap. XII), y las conclusiones, precedidas de un resumen (cap. XIII). En la introducción, y tras justificar el interés de su objeto de estudio (se trata de la tesis doctoral de la autora) se presenta concisamente el problema de habere en lingüística general y se explica de forma más pormenorizada la metodología del estudio. La autora ha comenzado por seleccionar 8 textos o "autores" (en estudios de lingüística de corpus de este tipo es común y cómodo llamar sencillamente "autor" incluso a un corpus como el de las tablillas de Lineal B, y es una convención inofensiva cuando se usa razonablemente). El corpus efectivamente estudiado es una una porción de la obra de cada autor de una extensión semejante a dos libros de Herodoto o dos tragedias de Eurípides. Los "autores" seleccionados son las tablillas en Lineal B de Pylos y Knossos, Iliada, Odisea, Herodoto, Eurípides, la Ciropedia de Jenofonte, Platón e Isócrates. K.-E. sitúa su estudio de habere en tipología lingüística dentro del marco creado por Isaèenko, quien distinguía entre lenguas "be" y "have", refiriéndose al uso exclusivo de una construcción del tipo mihi est en las primeras, o la presencia de un verbo habere en las otras, no incompatible con el uso de la anterior construcción (A. V. Isaèenko, «On "have" and "be" languages» en Slavic Forum, ed. por Flier, M. S. pp. 13-77. No se menciona que algunas lenguas usan una tercera construcción no transitiva con un verbo estativo y la misma asignación de poseedor y posesión entre el sujeto y el objeto que presenta habere, pero con valor comitativo (por lo que se puede parafrasear como mihi stare) cf. Givón, T. (1984). K-E. dedica varias páginas (pp. 12 ss.) a los problemas de interpretación de oexw, que representan una cuestión esencial para delimitar el problema y para comparar tan solo aquello que deba compararse. En primer lugar hay una serie de usos de oexw que pueden excluirse con facilidad (usos como auxiliar, intransitivos como eÐ oexein, etc.) pero a partir de ahí es preciso un esfuerzo de precisión metodológica para determinar qué es exactamante lo que se quiere estudiar, pues es evidente que uno no "tiene" de la misma manera "un problema", "una enfermedad", "una nacionalidad", "un traje" o "un par de manos". Véase, por ejemplo, que se puede expresar el mismo estado de los asuntos cambiando el poseedor y la posesión en algunos casos como "tiene un gran miedo" (oexei mégan fóbon Men., fr. 388.1 Körte-Thierfelder). y "un gran miedo le tiene" (cf. améaj oexei fóboj Hdt.4.115.2), mientras que en otros casos, si la oración resultante tras la inversión tiene algún sentido, no es ciertamente el mismo. Es satisfactorio a mi juicio el criterio empleado para resolver alguna de las cuestiones relevantes, y en ellos se muestra el interés de la autora para basar sus conclusiones en un criterio verificable y falseable. Por ejemplo, si el verbo aparece complementado por un instrumental como xeirí, un "locative complement" como šn xeirí u otro tipo de complementos semejantes, podemos esgrimir un dato formal para asignar a estas formas el sentido "coger con la mano" y excluirlos por tanto del estudio. Igualmente se opera en otro lado (pp. 3-4) una limpia separación teórica entre los cuatro dominios semánticos afines que la autora llama "have", "get", "give" y "take" tomando como base el haz de rasgos semánticos formado por cuatro oposiciones privativas (a saber: +/-estado, +/-incohativo, +/-causativo, +/-posesor activo). La misma austeridad en el utillaje teórico se ha empleado para la clasificación sintáctica que articula gran parte de la discusión: K.-E. ha agrupado y estudia todos los ejemplos relevantes para su investigación según la posición de posesor y posesión en una escala (la autora habla de jerarquía) de cuatro posiciones discretas señaladas por otros tantos rasgos semánticos: +/-concreto; +/-animado; +/-humano; +/-femenino. Por algún motivo K.-E. no emplea el concepto de neutralización en casos que parecen reclamarlo (v. gr. p. La inclusión del último rasgo, quizás el menos acostumbrado en estudios de este tipo, es metodológicamente correcta y, como muestra el estudio, es ciertamente relevante en ocasiones, aunque la autora podría haber hecho gracia al lector de una relacion igualmente minuciosa de aquellos casos en que no lo es. En general, este criterio de clasificación en una sola escala resulta inicialmente cómodo para disponer los datos y desarrollar el argumento, pero buena parte de los datos parece reclamar una atención en diferentes sentidos. El lector debe esperar hasta el capítulo XII para conocer los datos relativos a la definición o indefinición (semántica) de la posesión, que presentan al menos el mismo valor en el estudio y que también fueron recogidos por la autora. 18-20 las nociones de tópico y foco son marginalmente aludidas. El grueso de este serio estudio está formado por la presentación del material en cada autor siguiendo el criterio antes expuesto y discutiendo algunos casos especialmente complejos. K.-E.argumenta a favor de la teoría según la cual oexw aquirió el sentido habere en griego a partir del primitivo sentido de IE *segh-'agarrar, tomar con la mano' que sería anterior al significado que se encuentra en otras lenguas IE 'vencer'. El sentido del verbo en griego (pero cf. p. 165 sobre los datos de la onomástica) y el incremento del uso de oexw frente a oesti moi así parecería testimoniarlo. Con el significado habere, oexw se emplea 45 veces en (el texto estudiado de) la Ilíada, frente a 54 usos de oesti moi. Los totales de tales usos son 62:36 en Odisea, 160:68 en Platón, 249:37 en Isócrates, por citar solo algunos ejemplos entre los dos extremos, que ilustran el declive de la segunda construcción en favor de la primera. La clara (aunque no lineal) tendencia de tal evolución solo se ve contradicha de manera significativa por los textos del Lineal B, donde solamente la construcción con oexw está testimoniada. La autora trata con detenimiento la cuestión, y aunque no pueda dar una solución definitiva a tal anomalía debe coincidirse con ella en que un estudio de las relaciones de propiedad de la sociedad micénica tal como se reflejan en la contabilidad palacial cae fuera de un estudio de esta naturaleza. Lo más interesante del estudio no es, evidentemente, constatar esta evidente evolución, sino observar en qué campos semánticos cede una construcción ante la otra, y cómo lo hace en cada género literario, y ello es lo que más ha ocupado a la autora, dentro de los severos límites autoimpuestos. Alguna otra limitación como es un uso muy escaso de la estadística lingüística no pueden levantarse como un serio reproche puesto que son más la regla que la excepción en trabajos de filología clásica, y su complejidad hace que semejantes cálculos sean a menudo objeto de otro tipo de estudios (pero cf. p. 66 donde se afirma que la diferencia en los usos de oexw y oesti moi en Il. y Od. que he citado más arriba «is more likely to be explained for example by a chronological distance between the poems or by the fact that two different poets have been at work». Sin terciar en tan uexata quaestio, debe advertirse que aplicando el sencillo test de Porson obtenemos una probabilidad de entre el 5 y el 10% de que la discrepancia entre los datos observables y el reparto teórico o ideal se deba al mero azar). Las omisiones más destacables en la bibliografia lo son en el terreno de la lingüística general, pero en el campo específico de la filología griega la autora muestra el dominio de la literatura científica que es de esperar de un discípulo de la tan notable escuela sueca de sintaxis de las lenguas clásicas. No he podido encontrar el lugar donde la autora ha empleado la obra lexicográfica básica para los textos del Lineal B, el DMic. de Aura Jorro, que figura en la bibliografía. El libro está correctamente editado, la tipografía es agradable de leer y las notas están colocadas a pie de página. No he encontrado ninguna errata en el texto griego, que viene acompañado de una traducción de la autora en muchos casos. Cualquier lector agradecerá también la existencia del índice de loci citati, no menos que el índice de tablas de las pp. XII-XIII. El rigor con que Kulneff-Erikson ha llevado a cabo su investigación y sus reseñables aciertos (como es la elección del corpus) hace que éste sea sin duda un trabajo sobre el que construir cualquier investigación sobre el mismo asunto en el futuro. El problema será naturalmente cómo aprovechar esta rica base de datos (o cualquier otra del estilo) en el futuro, aunque en el presente, solo podemos lamentarnos una vez más de la ausencia de convenciones para el empleo por otros investigadores de un material como este que solo puede recogerse con un gran esfuerzo y dedicación. DANIEL RIAÑO RUFILANCHAS CONDE SALAZAR, MATILDE -MARTÍN PUENTE, CRISTINA: Lexicografía y lexicología latinas. Repertorio bibliográfico, Madrid, C.S.I.C., Manuales y Anejos de Emerita XL, 1998, 290 pp. A las valiosas aportaciones a la lexicografía de las lenguas clásicas de los investigadores del Consejo Superior de Investigaciones Científicas, entre las que sin duda destacan los volúmenes del monumental Diccionario Griego-Español dirigido por D. Francisco Rodríguez Adrados (1980 ss.), los fascículos iniciales del truncado Diccionario Latino que dirigió nuestro llorado maestro D. Sebastià Mariner i Bigorra (1984y 1988), el Diccionario Micénico de Francisco Aura Jorro (1985-1993), el Léxico de Valerio Máximo de Enrique Otón Sobrino (1977-1991), el Léxico de los Himnos de Calímaco de Emilio Fernández-Galiano (1976-1980) o la Introducción a la Lexicografía Griega de F. R. Adrados, E. Gangutia, J. López Facal y C. Serrano Aibar (1977), se añade el copioso repertorio bibliográfico (casi 300 páginas) de la lexicografía y lexicología latinas del último cuarto del siglo XX, obra conjunta de las profesoras Conde Salazar y Martín Puente. El ambicioso proyecto tiene pretensiones de utilidad para la comunidad de los latinistas: presentar de forma accesible una información bibliográfica lo más exhaustiva posible de los trabajos de lexicografía y lexicología latinas aparecidos desde 1975 hasta la fecha de su publicación. Además, tiene la dificultad de las obras precursoras, por cuanto no constituye la «continuación» cronólogica de otra bibliografía: el Répertoire bibliographique des index, lexiques et concordances des auteurs latins (Hildesheim-Nueva York, Georg Olms, 1980) de H. Quellet, al que se remiten las autoras (p. 13), «aborda un campo mucho más reducido». El modelo de las autoras es L'Année Philologique; a ella se remiten, por ejemplo, las más de las abreviaturas, y su intención sería hacer una variante temática sobre lexicografía y lexicología latinas. Después del prólogo programático de Benjamín García-Hernández («Por una lexicografía latina más lexicográfica») y de la introducción de las autoras se nos presenta el grueso de la bibliografía (pp. 19-234), dividida en once grandes apartados: El primero («Obras misceláneas») suministra la lista de obras colectivas (actas, homena-jes...), con su correspondiente referencia, a las que se remitirán los siguientes apartados del libro; el segundo apartado («Obras de referencia») completa el primero: se compone de dos grandes subapartados («Bibliografía» y «Diccionarios»), que recogen la bibliografía general y lexicográfica, periódica y relacionada con la informática (CD-ROM y programas informáticos incluidos), y los diccionarios (al Thesaurus Linguae Latinae se le adjuntan los artículos que comentan aspectos suyos, con las correspondientes remisiones al apartado de palabras), glosarios, diccionarios de frecuencia y bibliografía «metalexicográfica». Quizá los «Léxicos de autor», a los que se dedica el apartado 3, deberían incorporarse al apartado anterior, pero las autoras prefieren reservarle una rúbrica especial, dividida en tres partes (autores antiguos, medievales, renacentistas), impecablemente ordenadas por orden alfabético del autor o la obra a la que se dedica el léxico. Después de un apartado introductorio que recoge los «Tratados teóricos» (clasificados en generales, teóricos, griego > latín, históricos y traductológicos) vienen tres apartados escalonados de mayor a menor: sobre campos léxicos y esferas técnicas, sobre familias léxicas y sobre palabras (con subapartados de palabras griegas en latín y latinas en griego). Aunque los trabajos están organizados por orden alfabético de su autor, los índices finales recogen las palabras a las que se refieren. La etimología centra el siguiente apartado, dividido en obras generales y estudios sobre palabras y correspondencias etimológicas concretas. Los dos apartados siguientes engloban estudios sobre léxico específico por ámbito territorial y por período histórico (tardío y vulgar, medieval, renacentista). La bibliografía se cierra con el undécimo apartado, dedicado al nombre propio: onomástica y toponimia en trabajos teóricos y trabajos concretos. Si el índice de autores que sigue (pp. 235-264) es de utilidad relativa (comprobar quién ha publicado qué; por otra parte hemos encontrado alguna omisión), los dos siguientes son imprescindibles, y sin ellos apartados enteros del libro (por ej., § 5, 6, 7, 8.2, 11.2), como ya hemos hecho notar, se convertirían en laberínticos: son el «Índice de palabras, nombres y expresiones latinas» (pp. 265-286) y el «Índice de palabras griegas» (pp. 287-288). Dada la variedad de § 8.2 y 11.2, no habría estado de más un índice de «palabras de otras lenguas», dado que allí encontramos especímenes de lenguas romances, indoeuropeas y no indoeuropeas antiguas y modernas, como albanés, sánscrito, italiano, francés, germánico, celta, indo-iranio, etrusco, itálico, hetita, árabe, hebreo, eslavo, ibero... ción, utilizando una perspectiva funcional inspirada por los trabajos de Martinet. Si algun lector queda que por su educación gramatical en la «antigua escuela» aún sienta cierta aprensión ante las monografías de la lingüística moderna, no debe sin embargo tener reparos a la hora de consultar este trabajo puesto que, pese al título y cierta terminología, la disposición del material responde a unos criterios estrictamente formales, con las tradicionales subdivisiones ulteriores en uerba sentiendi, iubendi, etc. a todos familiares. Así, el cap. 2 «Infinitivo como SN1» estudia el infinitivo en función de sujeto; en cap. 3.1 el infinitivo en función de CD, etc. De este modo son analizadas todas las "funciones" del infinitivo: adyacente de un sustantivo, de un adverbio, sustantivado, con transpositor (construcciones preposicionales), etc. A diferencia de otras monografías descriptivas de este tipo, el autor se ha tomado el trabajo de cuantificar cuidadosamente los resultados de su estudio, lo que indudablemente aumenta el valor del resultado. En cuanto al número y orden de los parámetros estudiados, el autor ha sido notablemente minucioso en unos casos, aunque muy parco en otros, de modo que mientras da, por ejemplo, el tiempo de cada infinitivo empleado, no registra la misma categoría gramatical del verbo regente, lo que sin duda es un parámetro fundamental para estudiar el uso de los complementos. La tabulación de los datos también es en extremo simple: para cada función se señalan diversos parámetros estudiados (el tiempo del infinitivo, si es concertado o no, etc.) pero siempre por separado, sin cruzar los datos en los casos que podía haber sido conveniente. El autor ha hecho un notable esfuerzo para presentar los datos y los presupuestos teóricos con claridad y precisión, pero sus categorías no son siempre atinadas, a mi juicio. 40, por ejemplo, afirma que el CD se caracteriza en griego «desde el punto de vista semántico por delimitar, concretar y ceñir el contenido de un verbo de gran extensión semántica; desde el punto de vista de la forma, por ir unido a un verbo en caso acusativo; y desde el punto de vista sintáctico, por ser adyacente de un verbo de estructura transitiva». Pero la primera característica es claramente errónea, puesto que verbos de extensión semántica tan restringida como'leífw, se construyen con frecuencia con un CD; la segunda característica, aún dejando de lado infinitivos y oraciones sustantivas, es cuando menos discutible, pues es difícil separar los complementos en genitivo o dativo de verbos como basileúw, špikratéw de los CDs en acusativo de otros verbos; y la tercera, es simplemente una tautología. El autor ha debido hacer uso de una enorme bibliografía en varios idiomas, que el lector puede consultar en pp. 318 ss. Dado el objetivo descriptivo, sin pretensiones teóricas, del trabajo esta cantidad de material no deja de ser destacable, incluso dentro de un campo ya casi inabarcable como el del infinitivo griego. En el libro menudean las erratas en el texto en alfabeto latino (yo he contado tres entre las pp. 2 y 5), pero no en el griego, donde el texto es notablemente pulcro. La composición de la página, sin destacar por su elegancia, permite leer el texto sin gran esfuerzo.
«Que la imaginación (fantasía), en oratoria, cumple una función distinta de la que desempeña en poesía, es un hecho que no se te oculta, como tampoco que su propósito es, en poesía, provocar el asombro (oekplhcij), en prosa, la evidencia (šnárgeia)» (Anónimo Sobre lo Sublime XV 1, traducción de J. Alsina). La A. del presente libro conoce muy bien este texto, que cita o parafrasea en diversas ocasiones (pp. 25, 51, 173; cf. también 50, 52, etc.); pero si lo hubiera meditado más a fondo posiblemente habría escrito una obra diferente. No ofrece duda que la incorporación al campo de la filología clásica de bastantes de los postulados de la "estética de la recepción" (incorporación en la que ha jugado un destacado papel la escuela de Urbino, a la que el libro de Manieri, en definitiva, se vincula) ha producido -y continuará produciendo -sólidos resultados, en particular con respecto a obras inicialmente concebidas para una fruición oral. El escollo más arduo radica, empero, en el hecho de que, en muchos casos, entre la época de composición y la que contempla la organización de un corpus crítico articulado y formalizado, el lapso de tiempo transcurrido es considerable, incluso enorme. Y en lo que respecta al libro de M., el problema se agrava a causa de una insensibilidad singular respecto a la dimensión diacrónica. La téxnh ßhtorikÉ experimentó sin duda una evolución considerable, que Fr. Mis reservas al presente libro -que no son, en modo alguno, de detalle -no me impiden, en todo caso, reconocerle una serie de méritos significativos: el papel fundamental de los estoicos a la hora de definir «il modello interno della fantasia interiore del artista» me parece bien estudiado; hallamos también un ajustado análisis de los términos de la familia de ejnavrgeia en una serie de textos filosóficos; excelentes páginas sobre Polibio y sobre el Quomodo historia conscribenda sit de Luciano... El esfuerzo por sacar partido de los Escolios, de los homéricos en particular, también es encomiable. Pero no consigo substraerme a la sensación de que una organización de los materiales no muy congruente (por no decir bastante caótica) dificulta una lectura realmente provechosa y gratificante de este trabajo. En esta breve pero interesantísima obra, M. Giordano intenta caracterizar la maldición y el juramento en la Grecia arcaica, buscando a su vez elementos distintivos entre las dos figuras. El estudio se basa sólo en Homero y en los líricos, cuyo análisis determina la división básica del libro, en dos partes. Giordano califica la maldición ('rá) como un "enunciado performativo", en el sentido que dan a esta expresión autores como Austin o Benveniste (aquél en el que expresar el enunciado representa la ejecución de una acción). Según Giordano, entre maldición y plegaria se produce a menudo una confusión (como se ve en distintos pasajes homéricos citados por la autora) pero hay un elemento que permite distinguirlas: la plegaria es una relación entre dos personas (emisor -destinatario), en la cual el destinatario es la divinidad, a la que se pide la realización del contenido del mensaje, mientras que en la maldición, aun tratándose de una relación entre emisor -receptor, el destinatario es la realidad evocada por el enunciado. Formalmente, la plegaria se articula con un imperativo, seguido quizás por una proposición de infinitivo, mientras que en una maldición es preceptiva la presencia de un optativo de maledicencia o de un imperativo (en este caso, dirigido directamente a la persona objeto de la maledicencia). Por otra parte, la plegaria es un acto que pone en comunicación la sociedad humana con la divina, mientras que la maldición es un acto lingüístico eficaz que, como el juramento o la sentencia, pretende actuar directamente sobre la realidad gracias al simbolismo, conferido y compartido por la sociedad, de la palabra eficaz. Una vez establecidas, en los dos primeros capítulos, estas distinciones básicas, Giordano analiza cuestiones más de detalle. Por ejemplo, en el capítulo tercero analiza la estructura de la maldición "analógica-homeopática", es decir, aquélla en la que una comparación sirve para reforzar el contenido de la maldición (véase, por ejemplo,. En el capítulo cuarto, se investiga qué conexiones pudiera haber entre la maldición y la justicia o, dicho de otro modo, dado que la'rá está reconocida socialmente, en qué medida la maldición, como palabra eficaz y como palabra de justicia, se propone como forma de sanción que suscite un mecanismo de reequilibrio, apelándose a la idea de Dike. Se trata, pues, de la función prelegislativa de las'raí, como las pronunciadas, por ejemplo, por los bouzygai atenienses. El capítulo quinto estudia las raíces comunes de juramento y maldición. La mayor aportación de este capítulo consiste en analizar el juramento de Aquiles del primer libro de la Ilíada (Il. Giordano no duda en calificar este juramento como un "oráculo". Se llega a la conclusión, por otra parte, de que tanto maldición como juramento tienen una importantísima función jurídica, la primera como prueba de tipo ordálico, el segundo como sanción. En el sexto capítulo se estudian las relaciones entre maldición y bendición, citándose a tal efecto las Euménides de Esquilo, en las que, significativamente, se produce una transformación de divinidades maléficas a divinidades benéficas. El análisis de los líricos es, forzosamente, mucho más breve que el de Homero. Sin embargo, se dicen cosas interesantes. Arquíloco, Hiponacte y Alceo son considerados como maestros de la invectiva. Sin embargo, paralelamente a la forma escomática se encuentra una forma distinta de golpear al adversario, que es la maldición. La maldición, en estos autores, es la forma utilizada cuando se responde a la violación de la palabra eficaz del juramento, en especial, en el contexto de la hetería. Señalemos, como particularmente interesantes aquí, el análisis del Epodo de Estrasburgo (pp. 55-56) y del fragmento 129 V. de. También el capítulo tercero de esta segunda parte, en la que se analiza la figura de Teognis, es altamente valioso. En Teognis se introduce un nuevo sistema de pensamiento, que Giordano llama "la crisis de la pistis y la integración de la polis". En este sentido, la autora señala hasta qué punto es significativo que el verbo prodídwmi, en el sentido de "traicionar", aparezca por primera vez en Teognis. Pasemos ahora a valorar la obra. A mi modo de ver, este libro -tan interesante, por otra parte -presenta dos problemas estructurales importantes. En primer lugar, el hecho de que sólo se base en Homero y en los líricos. Ello impide estudiar fuentes que son de gran valor para el conocimiento de esta cuestión en esta época, como Hesíodo (en el que, independientemente de la interpretación que se acepte, es evidente que el juramento juega un importantísimo papel), el Código de Gortina, determinadas inscripciones (en ocasiones, hay referencias tangenciales a alguna de ellas) o el célebre pasaje de la Antígona (vv. 264-267), que recoge sin duda una práctica ordálica totalmente arcaica. En segundo lugar, la aproximación a la cuestión me parece demasiado lingüística (en realidad, la idea de "enunciado performativo", que es esencialmente lingüística, recorre todo el libro). Actualmente, la ordalía, la'rá y el juramento se estudian normalmente como manifestaciones pre-jurídicas o jurídicas de sanción de un deseo o compromiso. La propia autora señala (p. Sin embargo, Giordano no tiene en cuenta bibliografía jurídica importantísima en el estudio de esta cuestión, como las obras de M. Gagarin, Early Greek Law, Berkeley, 1986 y «Oaths and Oath-Challenges in Greek Law», en Symposion 1995, Vorträge zur griechischen und hellenistischen Rechtsgeschichte, Colonia-Weimar-Viena, 1997, pp. 125-134 o la de G. Thür, «Oaths and dispute settlement in ancient Greek Law», en Greek Law in its political setting, Oxford, 1996. Por otra parte, encuentro a faltar referencias a la obra clásica sobre la materia (A. Audollent, Defixionum tabellae, Paris 1904, reimpresión Frankfurt am Main 1967), que ni tan siquiera se cita en la bibliografía y que, al estudiar la maldición como una forma de ordalía (idea que me parece acertadísima y que comparto) no se saque más provecho de la gran obra de G. Glotz, L'Ordalie dans la Grèce primitive. Étude de droit et de mythologie, Paris, 1904 la cual, aunque un poco anticuada, sigue siendo una obra de referencia (de Glotz se cita La solidarité de la famille dans le droit criminel, Paris, 1904 que, a mi entender, no es tan importante para el tema que ocupa a Giordano). Finalmente, cada vez se reconocen más, también en esta cuestión, las deudas del mundo griego con Oriente. En este sentido, hubiera sido deseable un análisis de las interrelaciones entre ambos mundos, para lo cual hubiera sido muy útil el estudio de G. Ries, «Altbabylonische Beweisurteile», SZ 106 (1989) En el apartado dedicado al motivo de la obra, Montanari afirma que recoge un conjunto de artículos escritos por comentadores de los poemas homéricos, "no para hablar del trabajo realizado, sino de argumentos sugeridos por su experiencia de intérpretes de los textos épicos griegos". Los autores de los artículos son: F. Montanari, R. Janko, N. J. Richardson, J. B. Hainsworth, S. West, T. Krischer, J. Latacz y F. Montana. Todos ellos han dedicado estudios a la épica en forma de comentarios y traducciones y uno de ellos al menos, Joachim Latacz, prepara la reedición del comentario alemán más célebre de Homero, el de K.F. Ameis, C. Heutze y P. Cauer (1956Cauer ( -1962)). Además, Janko, Richardson, Hainsworth y West son autores de recientes comentarios a Homero, como los de la Odisea de la fundación Lorenzo Valla (Col. El ámbito en que se sitúa esta serie de contribuciones ha sido el III Seminario Homérico de Génova celebrado los días 15 y 16 de Abril de 1996 y organizado por el Departamento de Arqueología y Filología Clásica y sus Tradiciones, de la Universidad de Génova. En el primer artículo, debido a Franco Montanari, titulado «Antichi commenti a Omero. Alcune riflessioni», el especialista italiano traza la historia de los comentaristas de Homero, partiendo de los estudios alejandrinos de Aristarco. En seguida, pasa a examinar cómo los especialistas modernos han elaborado el acervo de materiales transmitidos desde la Antigüedad, en concreto los dos tipos de materiales exegéticos de los poemas homéricos: los que versan sobre la historia del texto y su fijación (y así se habla de las ediciones de los Escolios de los Cuatro Eruditos y de los Scholia Exegetica, debidas a Erbse; y las peripecias de la edición de los Escolios del Pseudo-Dídimo, o "Escolios D", en la cual Montanari mismo se afana en los últimos tiempos) y otros, que Montanari engloba en el apelativo de "historia de la recepción". Muy interesante resulta la ejemplificación que Montanari introduce de la repercusión de Homero en tiempos posteriores, como prótos heuretés En el segundo artículo («I poemi omerici come testi orali dettati»), debido a Richard Janko, este erudito comentador de Homero se muestra del todo a favor de la tesis del dictado en la composición de los poemas épicos homéricos, un dictado que Milman Parry ya había deducido a partir de las investigaciones llevadas a cabo entre los guzlari (juglares) yugoslavos. Asimismo, se opone a M. L. West, que intentaba hacer descender la fecha de la fijación de dichos poemas hasta los siglos VII o VI a.C.; Janko piensa incluso en una fecha anterior a la que en años pasados había postulado: entre 775 y 750 antes de Cristo. A continuación, Janko desarrolla sistemáticamente su tesis contra quienes se abonan a la idea de que los poemas homéricos son obra de un poeta medio ignorante que no aprendió a escribir para componerlos. En la porción tal vez más apasionante de su artículo, se dedica a intentar identificar patentes descuidos del poeta que lleven a la conclusión de que éste no pudo repasar sus versos porque no los había escrito, sino, en opinión de Janko, dictado. Muestra como prueba de dichos descuidos extravagancias en la escansión, aparentes contradicciones en la narración, en la localización de los personajes, anticipaciones o prolepsis... La exposición de Janko acaba con una sugestiva teoría sobre la causa de la transcripción o dictado de los poemas homéricos. En su opinión, los poemas fueron vertidos en el texto por razones ideológicas: en efecto, su fondo ideológico no sería aristocrático, sino monárquico. Durante el siglo VIII a.C., debido al debilitamiento de la monarquía en Grecia, la aristocracia se fue haciendo con las magistraturas de las ciudades. Según Janko, pudo ser entonces cuando un rey o príncipe, a causa de la favorable visión homérica de la monarquía, hizo fijar dos de los poemas orales y conservar la transcripción en Quíos. Después, los homéridas pudieron continuar perpetuando trozos aprendidos de los poemas, aunque su fama debió de ser limitada hasta que en el siglo VI a.C., tiranos como Pisístrato les dieron popularidad como defensa de la monarquía frente a la nobleza. Nicholas J. Richardson, en su contribución titulada «Ripensare la struttura dell 'Iliade», retorna al problema de algunos comentaristas de este poema, cuyos comentarios son pródigos en los detalles, pero adolecen de un deficiente tratamiento y análisis de conjunto; echa una mirada a los últimos trabajos que se dedican a la empresa de síntesis de la estructura del poema homérico, en concreto, los de O. Taplin y K. Stanley. Richardson se muestra abiertamente partidario de la composición en anillo, si bien confiesa que dicha estructura -que él llama "el gran proyecto" -se halla compensada por gran número de detalles que actúan de contrapunto y contribuyen a la armonía de la totalidad del poema (grandes particiones estructurales frente a notable variedad de elementos particulares). En una suerte de Ringkomposition, el autor de este artículo concluye reivindicando la preciosa labor del comentarista que se detiene en los detalles, un amor por el pormenor que Richardson considera característico de Virgilio y Homero. En el artículo de John Bryan Hainsworth («Omero artigiano versus Omero artista») el especialista diserta sobre en qué medida puede tener cabida en un comentario la crítica literaria. Según él, el juicio crítico puede dejarse a la voluntad del lector u oyente, pero éste debe ser orientado mediante una buena información por parte de los comentaristas, dado que la poesía homérica es compleja y se caracteriza por un determinado background, que es la poesía de transmisión oral. Hainsworth expone que los comentarios a la épica deben tratar sobre tres cuestiones: el cómo, el qué y el porqué de lo que se nos cuenta en este género literario. Para conocer al Homero artista hay que detenerse en la labor del Homero artesano. Sea como sea, en nuestra opinión el artículo de Hainsworth está expuesto de modo bastante farragoso y desordenado. La contribución de Stephanie West, cuyo título, en parte tomado del libro del Eclesiastés, es «"Meglio la fine di una cosa che il suo principio". Come comporre una Odissea», se centra en la figura de Ulises, cuya descripción homérica es primeramente puesta en relación con la epopeya de Gilgamesh. Con arreglo a lo que dice West, las incoherencias presentes en la Odisea han sido achacadas por algunos estudiosos a una presunta adaptación de la épica del Próximo Oriente a la cultura griega. Y así, después de los estudios antropológicos de M. Parry, los defectos de la narración vendrían justificados por la fuerza de la tradición y las presiones debidas al estilo compositivo. Para la West, en cambio, las contradicciones de la Odisea deri-varían "de la concentración del poeta sobre la eficacia de escenas singulares a expensas del conjunto". La especialista dedica su comunicación a estos pasajes en que Homero "parece dormitar". La West se detiene, más adelante, en la propia composición de la Odisea, en la figura de Ulises como leader y en si los datos que se ofrecen de las culturas del siglo VII a.C. son o pueden ser realistas y en qué proporción están tomados de tradiciones fabulosas. En opinión de West, por último, la Odisea es mucho más que un conjunto de cantos organizados en serie, un poema más moderno que la Ilíada y que se basa en ésta como en una primera experiencia de largo relato en verso. Tilman Krischer, autor de la contribución titulada «Arcieri nell' epica omerica. Armi, comportamenti, valori», se fija en el uso que el poeta hace del arco en los poemas. Resulta curioso para Krischer que mientras en la Ilíada el término tocóthj es casi un insulto, en la Odisea dicha arma es un motivo central. El especialista se centra en los comportamientos que suscita el uso del arco en contraste con la utilización de armas de metal. En opinión de este autor pueden observarse dos partes diferenciadas en la Ilíada, una en la que se lucha cuerpo a cuerpo (monomaquia) y otra en que predomina el ataque por sorpresa. A continuación, Krischer examina las menciones a los arqueros en la Ilíada. Más adelante pasa revista al papel de Ulises en la Odisea, como arquero consumado, el cual, sin embargo, en la Ilíada aparece sin arco, porque se adapta al mismo tipo de lucha que sus compañeros. En la segunda parte de su contribución, Krischer se pregunta si con otro tipo de armas e instrumentos bélicos aparte del arco y de las de metal se dan comportamientos semejantes (antitéticos) que con aquéllas. Después, Krischer se para en el término 'falange' utilizado en la Ilíada, que se diferencia del de época clásica; habla en la misma digresión sobre el papel del flautista que marca el ritmo de la falange clásica y que cumple el mismo papel en las naves de la flota. A continuación, el autor se ha detenido en otros motivos épicos tradicionales, como la aristía o culminación del comportamiento heroico del guerrero. Concluye en el establecimiento de dos clases de aristíai, la que acaba con la muerte del rival porque éste es más débil, y la que finaliza con la suspensión de la lucha porque el rival es más poderoso. El artículo finaliza en otra Ringkomposition con la rememoración del motivo central de aquél: la diferencia de comportamiento que conlleva el uso de diferentes armas. En nuestra opinión, Krischer ha expuesto a contribución mejor estructurada y la de argumento más interesante. Está escrita con gran amenidad. El último artículo de contenido («Il nuovo "Ameis-Hentze" all'Iliade. Tradizione e rinnovamento nel commentare Omero») nos lleva de nuevo a la historia de los comentaristas de los poemas homéricos; en esta ocasión es Joachim Latacz quien se dedica a exponer los esfuerzos por editar un nuevo Ameis-Hentze. La primera sección de la contribución de Latacz está dedicada a la historia de los comentarios homéricos a partir de la afirmación de Jenófanes de Colofón sobre Homero como objeto de estudio ya en su época. A partir de este examen, resalta una primera conclusión de Latacz: un comentario verso por verso, de carácter cerrado y homogéneo, digno de la calificación de científico sólo se ha dado en época de Aristarco, en el siglo XIX con Ameis y Hentze y con los autores de los comentarios de Mondadori de la Odisea y de Cambridge de la Ilíada, ya a finales del presente siglo. Latacz reconoce la excelencia de las dos tradiciones, inglesa y alemana en que se insertan los hasta hoy mejores comentarios a Homero; a partir de aquí se ve que la unión de ambas tradiciones es el objetivo más impor-tante de la moderna investigación sobre Homero; en consecuencia, sólo después de que los resultados obtenidos por el trabajo del equipo de Kirk para la Ilíada puedan ser logrados también por la tradición de lengua alemana se podría emprender una empresa exegética aún más profunda. Para Latacz, el medio para ello puede hallarse en el comentario de Ameis y Hentze. La segunda parte del artículo de Latacz, titulado «Il vecchio Ameis-Hentze», se divide en dos secciones: 1) "Historia del desarrollo, nivel, construcción, cualidad" (del comentario de Ameis y Hentze), y 2) "Defectos". Ensalza la añeja obra, pero la reconoce obsoleta a causa de las nuevas teorías filológicas y los descubrimientos arqueológicos del siglo XX. El tercer y último capítulo de la contribución de Latacz («Concezione e stadio attuale del lavoro») se dedica a desarrollar las características del proyecto ya iniciado para el nuevo Ameis-Hentze de la Ilíada, dirigido por el propio J. Latacz, R. Nünlist y M. Stoevesandt, auxiliado por un notable equipo de investigadores de habla alemana, que fue iniciado en 1995 y deberá estar finalizada en 2010. Finaliza el volumen de las comunicaciones del III Seminario Homérico de Génova con una puesta al día bibliográfica sobre los comentarios de los poemas homéricos («Edizioni e commenti dei poemi omerici. Bibliografia selettiva») llevada a cabo por Fausto Montana. Se parte de los estudios homéricos en la Antigüedad y se llega a la actualidad. Las partes de esta contribución de Montana son: I. Para terminar, diremos que nos ha resultado muy grata la lectura de los artículos de las actas del congreso de Génova, dado que hemos podido tener una visión a la vez de conjunto y bastante detallada de pormenores que habitualmente son poco tratados: las experiencias que han tenido los comentaristas de Homero al realizar un trabajo tan complejo como el de poner al día de modo exhaustivo los conocimientos sobre los poemas épicos de los primeros siglos de la literatura europea. JORGE MARTÍNEZ DE TEJADA GARAIZÁBAL GONZÁLEZ OCHOA, CÉSAR: La música del Universo. Apuntes sobre la noción de armonía en Platón. El trabajo de González Ochoa propone un repaso a la teoría platónica del origen del universo contenida en el Timeo, una teoría harto compleja desarrollada por Platón en el marco de la especulación numérica de los pitagóricos, conectada con la noción de harmonía y la concepción de la interrelación entre las leyes que rigen el universo y las que subyacen a la música. El Timeo platónico desarrolla precisamente una explicación de la generación del cosmos utilizando los procedimientos musicales articulados mediante las razones y proporciones matemáticas; explicación que, debido a su complejidad, fue ya desde la Antigüedad arduamente comentada (Teón de Esmirna, Proclo, etc.). El libro se compone de seis capítulos encabezados por una Introducción, más un repertorio bibliográfico. En la Introducción (pp. 7-20), el autor plantea rápidamente los principios básicos sobre los que se articula el pensamiento pitagórico, dado que éste es el que aporta todo el aparato matemático a la cosmogonía platónica: así, tras apuntarse la relación entre alma y cosmos, la armonía como mediación entre los opuestos y entre el plano divino y el humano, se pasa a las diferentes concepciones platónicas de la ciudad, diseñadas de forma análoga al sistema de afinación pitagórica. De ahí, entonces, la necesidad del conocimiento del sistema armónico pitagórico, que evidenciará la unidad intrínseca del sistema cosmológico con el político, además, por supuesto, del rico y complejo entramado de la música griega antigua. En el cap.1 («La mediación», pp. 21-36) se explica el procedimiento de generación del cosmos del Timeo, a través del Demiurgo y los opuestos eternidad y devenir (lo Mismo y lo Otro), a los que hay que armonizar mediante la "progresión", entendida ésta como instancia intermedia entre dos números. Esta "unidad perfecta", a la que se imprime movimiento, es combinada con progresiones numéricas matemáticas. Es interesante notar que se estudian las características físicas de este Universo, entendido matemáticamente, características tomadas de filósofos anteriores como Demócrito. Finalmente, se explica la génesis de los dioses, los mortales y los seres intermedios (daímones) según la pureza de los materiales tomados del Alma del Mundo; así, además, cobra sentido dentro del sistema la existencia en particular de esos seres intermedios, ejemplo de mediación entre opuestos. En el cap.2 («La armonía y el número», pp. 37-54), se explican la noción pitagórica de armonía como reunión de contrarios y su traducción en el dominio musical, así como la importancia y función del número en la filosofía pitagórica, matriz de la generación de los intervalos musicales desde la tetractýs. Dentro de la teoría del intervalo como razón matemática, se explican las "medias" aritmética, geométrica y armónica, que sirven para la división de las consonancias musicales, y que ya se encontraban en la división del Universo del Timeo. Estas "medias" y los números asociados a ellas aparecerán después en una disciplina muy relacionada con la armonía musical, la arquitectura. En el cap. 3 («La proporción», pp. 55-72), el autor explica la idea matemática de proporción como una progresión de tres términos, ya sea aritmética, geométrica o armónica (la misma idea de "mediación" platónica). Con estas nociones, se comprenden ahora las operaciones del Demiurgo con la serie numérica original (1,2,3,4,8,9,27), huyendo de los números racionales, y obteniéndose una serie numérica que es expresión de la escala musical de tonos y semitonos pitagórica, subyacente al universo platónico. En el cap. 4 («Algunas nociones de teoría musical griega», pp. 73-84) se llevan al terreno estrictamente musical toda la fundamentación matemática anterior, repasando ideas básicas: el intervalo llamado consonante, el tetracordio (o, como lo llama el autor, "tetracorde") y sus géneros y los sistemas, así como la nomenclatura de las notas. Estas nociones han sido explicadas muchas veces desde un punto de vista estético o psicológico, pero aquí se hallan los elementos que generan cada una de ellas mediante el número, dentro de la teoría pitagórica. En el cap. 5 («Sobre el temperamento», pp. 85-106), se comparan los sistemas de afinación antiguos, es decir, el pitagórico (desarrollado por Arquitas y Filolao), el aristoxénico (dentro de la escuela peripatética y más cerca de la moderna noción de "temperamento"), y el de Ptolomeo, que introdujo intervalos propios de la afinación justa. No obstante, a pesar de que efectivamente estos autores polemizaron acerca de la división de la octava, no hay que olvidar que un eje fundamental que aleja a estos teóricos es su particular idea de los criterios armónicos, ya que a veces se prima la percepción sobre la razón (Aristóxeno) y otras lo contrario (la escuela pitagórica): precisamente Ptolomeo constituye la confluencia al proponer un reparto de dominios, una actitud que también aparece en el tratado pseudoplutarqueo Sobre la música. El capítulo desarrolla, además, el problema que subyace al temperamento: la imposibilidad de dividir una razón matemática de tipo llamado epimórios en dos partes iguales, como explica, por ejemplo, Euclides en su Sección del Canon. La consecuencia es que un tono no se puede dividir en dos partes iguales (como pretendería la percepción) o una octava en seis tonos iguales: en términos modernos, la infinitud de la espiral de intervalos de quinta. En el cap. 6 («La armonía del cosmos», pp.107-130), se vuelve a las analogías platónicas música-política y música-cosmos, así como a la concepción del alma mediante las progresiones matemáticas ya explicadas. Todo el universo platónico, entonces, tiene también una estructura musical conformada por intervalos, expresados éstos mediante razones entre números enteros; dichas razones son las que encontraremos en los diseños platónicos de las ciudades de Atenas, Atlántida (en los diálogos Timeo, Critias) y Magnesia (Leyes). La conclusión es que «el estudio de la música lleva también al conocimiento de la sociedad humana, y por tanto, a su regulación» (p. 130), así como a la constatación de la analogía cosmos-música-vida política. La obra de González Ochoa es sumamente interesante porque, además de contribuir a la escasísima bibliografía en castellano sobre la teoría musical griega, desarrolla como idea central el hecho de que el conocimiento de la estructura interna de la música, entendida como teoría matemática, permite entender mucho mejor todo el pensamiento platónico tanto cosmogónico (desarrollado en el Timeo) como político, social, astronómico e incluso psicopedagógico (pues Platón recogió la teoría del éthos damoniano en su República); lo cual no es poco si pensamos en la fortuna de tal edificio conceptual, presente a partir del neoplatonismo hasta Agustín y Boecio, y más allá. Y, por otra parte, incide en los aspectos más complicados de la teoría armónica pitagórica, necesarios para entender otros teóricos que prescindieron de ella, como el más conocido Aristóxeno. Los griegos entendieron la música como téchne (práctica instrumental) y como epistéme, concebida ésta como conocimiento elevado que apela al alma y sus afectos, y escindida de la praxis musical, siempre peor considerada por los teóricos por inexacta [URL].,v. I 8); de ahí que hayamos conservado obras de carácter técnico, junto con nuestro peor conocimiento del Musikleben (los modos reales, la afinación real, etc.). La explicación del sistema numérico que contiene el Timeo ofrece la oportunidad de basar la investigación sobre la teoría armónica griega no sólo en los aspectos meramente musicológicos, sino sobre aquéllos que verdaderamente están detrás de todo el sistema: la teoría pitagórica, que desde Pitágoras y sus seguidores (Hípaso, Arquitas, Filolao) llega hasta Platón y mucho después (Arístides Quintiliano, Nicómaco, Ptolomeo, Porfirio...) y a la que otras escuelas debieron, como mínimo, considerar. Finalmente, el autor tiene el acierto de hacer evidente que, para el estudioso de los sistemas armónicos, multitud de conceptos y problemas que presenta la teoría musical ya fueron enunciados por los griegos; en concreto, este comentario al Timeo permite tener presente el desarrollo y resultado de algunos de estos problemas "fundacionales", que en textos posteriores, incluso hasta nuestros días, se encuentran inextricables. Se reúnen en este libro doce trabajos sobre temas diversos relacionados con la figura y la obra de Plutarco publicados (I-X), o en vías de publicación (XI y XII), a lo largo de los últimos quince años por el Prof. Italo Gallo, tiempo que su autor, como confiesa en la «Premessa», ha dedicado en su mayor parte al escritor de Queronea. 13) y la nueva ordenación propuesta para los Moralia atendiendo a los géneros, frente a la discutible organización de Ziegler que prefiere criterios de contenido a los formales. Sobre las Vitae nos parecen acertadas algunas opiniones del autor, como la observación de que, sin ser historiador, Plutarco es muy escrupuloso en el manejo de la historia, que la finalidad ética de éstas debe atribuirse al concepto plutarqueo de biografía y no al género en sí (p. 31) o que no debe modificarse el texto transmitido ni emitir opiniones de autenticidad basándose en el hiato (p. 35), aunque echamos de menos alguna referencia a Nepote como precedente. El cap. II («Forma letteraria nei Moralia di Plutarco: Aspetti e problemi», 1998, pp. 39-86) amplía las reflexiones expuestas a propósito de Moralia en el artículo anterior y en el trabajo «Strutture letterarie dei Moralia di Plutarco: Aspetti e problemi» (en J. A. Fernández Delgado -F. Pordomingo Pardo, edd., Estudios sobre Plutarco: Aspectos formales, Madrid, 1996, pp. 3-16); aquí quedan en cuatro los seis apartados propuestos en cap. I: a) diálogos; b) tratados; c) declamaciones retórico-epidícticas; y d) otras formas literarias. Los capítulos III y VI directamente, y el resto -salvo el VII XI y XII -indirectamente, atañen a uno de los proyectos más ambiciosos dirigidos por el Prof. Gallo, la edición con traducción italiana del Corpus Plutarchi Moralium. El III («Una nuova iniziativa scientifica ed editoriale: il Corpus Plutarchi Moralium», 1986, pp. 87-90) evidencia (con la publicación reciente del tratado Se sia ben detto 'vivi nascosto', Nápoles, 2000, a cargo del propio I. Gallo, son ya 32 los volúmenes aparecidos), cómo su trabajo y entusiasmo son las claves de este éxito. El cap. VI («Ecdotica e critica testuale nei Moralia di Plutarco», 1992, pp. 125-156) es fruto de la experiencia acumulada desde que se inició el proyecto presentado en el trabajo anterior. Resume los problemas de edición de los Moralia, cuyo texto ha sido víctima de la preferencia de los editores por las conjeturas en detrimento de la tradición manuscrita, y destaca la cautela que debe mostrar el editor para encontrar el equilibrio preciso entre tradición manuscrita, transmisión indirecta, documentación papirológica y propuestas propias. Estos principios se demuestran con ejemplos sobre todo del De adulatore et amico y del De Gloria Atheniensium, objeto de más amplio desarrollo en los capítulos IV, V y VIII del libro que reseñamos. El IV («Il trattato di Plutarco sull 'adulazione», 1988, pp. 91-110) es precisamente la introducción a la edición Come distinguere l 'adulatore dall' amico, preparada con E. Pettine para el Corpus Plutarchi Moralium. En el cap. V («La parrhesia epicurea e il trattato De adulatore et amico di Plutarco: qualche riflessione», 1988, pp. 111-124), elaborado al menos antes del cap. IV, se pone en sus justos términos la pretendida (Olivieri) relación entre las páginas correspondientes del De adulatore y el tratado sobre el tema de Filodemo, al defenderse la independencia de Plutarco respecto a éste. Con el paréntesis del cap. VII («Un pamphlet di Plutarco sulla vita teatrale in Atene», 1992, pp. 157-164), que atañe más bien a cuestiones de crítica literaria y replantea la visión plutarquea del teatro griego, también el cap. VIII («La battaglia equestre di Mantinea (Plut., De gloria Athen. 346B-D)», 1995, pp. 165-174), tiene que ver con la actividad editora del autor; aquí se insiste sobre un problema textual surgido tal vez en el curso de la preparación con M. Mocci de La gloria di Atene (Nápoles, 1992); el autor defiende la lectura de los manuscritos (a mi juicio con bastante razón y ejemplar'kribía filológica) frente a la preferencia de su reseñista A.B. Bosworth (Ploutarchos, 11,1, 1994, pp. 24-28) por las enmiendas de los editores modernos. En la misma línea, los capítulos IX («La polemica antiepicurea nel De latenter vivendo di Plutarco: osservazioni e note esegetiche», 1996, pp. 175-184) y X («Plutarco contro Epicuro: L''anima luce' nel de latenter vivendo », 1996, pp. 185-194) estudian diversos aspectos de este tratado retórico-epidíctico, cuya edición a cargo del autor ha visto recientemente la luz, como ya dijimos. En ambos capítulos Gallo trata cuestiones de crítica textual, siempre en favor de la tradición manuscrita, y defiende un conocimiento profundo de la doctrina epicúrea por parte de Plutarco, explicando la aparente superficialidad en este punto del tratado por su carácter retórico-epidíctico. Vuelve a la datación tardía del opúsculo (en contra de Barigazzi), pero sin asumir el valor complementario respecto a los otros tratados antiepicúreos que le asignaba en general la crítica. Del cap. XI («L 'idea di Roma in Plutarco», 1996, en prensa, pp. 195-204) destaco la hipótesis de que la decisión de comparar un griego con un romano no obedece a razones propagandísticas, ni al deseo de demostrar la no inferioridad de los griegos (ya que Plutarco escribe esta obra en una época de plena integración y él se siente griego de nacimiento, pero romano), sino a una práctica propia de las escuelas de retórica y a razones literarias y artísticas, para dar más vivacidad a la obras; en cuanto al tema del capítulo queda claro para Gallo que la visión plutarquea de los romanos no está condicionada por un presumible patriotismo helénico, sino que «la sua idea di Roma non é diversa da quella della classe dirigente romana del tempo» (p. La propuesta es interesante, pero nos cuesta trabajo aceptar la renuncia patriótica de alguien como Plutarco, aferrado a las tradiciones -por formación intelectual y práctica religiosa -y que pone su ideal de educación en el concepto griego de paideía, piedra de toque para su valoración de los héroes de las Vidas Paralelas. En fin, el cap. XII («Funzione e significato dei miti nei Dialoghi di Plutarco», pp. 205-224) reproduce un trabajo leído en Madrid en 1995, aún no publicado, que afronta la siempre interesante cuestión de la estructura y función literaria de los mitos escatológicos de Timarco, Tespesio y Sila. Es lógico que libros como éste, que recogen trabajos publicados en distintos lugares y momentos, y elaborados por razones diferentes, ofrezcan al lector y supongan para el autor aspectos positivos y negativos. De los negativos indico la dificultad de su organización (aquí parecen seguirse a veces criterios temáticos y otras cronológicos), la heterogeneidad de los contenidos y las inevitables repeticiones. Por citar sólo un par de ellas, los apartados 3-5 del cap. I (pp. 14-29) en parte sirven de introducción, pero en parte también son repetidos en el cap. II. De igual modo la discusión sobre la parrhesia como ±día fwnÈ tÊj filíaj del cap. IV (pp. 107-108) se reproduce casi literalmente a partir del cap. V -aquí el orden cronológico, al menos de elaboración, está invertido -(pp. 114-115). En cuanto a los positivos, señalo que estos Parerga Plutarchea -que lo son por extensión y no por contenido -ponen a disposición del lector menos especializado trabajos dispersos en Actas, libros de conjunto y otras publicaciones no siempre de fácil localización; pero que son -repito -contribuciones filológicas de primer orden para entender el pensamiento de Plutarco y los problemas textuales de su obra; y lo son tanto por las novedades que aportan, como por la fina sensibilidad y el profundo conocimiento de este autor que tiene una figura tan decisiva para la difusión moderna de Plutarco, como es la de Italo Gallo. Subrayamos por último la utilidad de los dos índices -de pasajes de autores antiguos (pp. 225-228) y de estudiosos modernos (pp. 229-232) -que preceden el Índice General (p. En la primavera de 1991 el profesor de la Universidad de Basilea F. Graf, conocido especialista en religión y mitología griegas, impartió varios seminarios en la École pratique des hautes études, en París, sobre magia en el mundo greco-romano. Surgió de ellos un libro, La magie dans l'antiquité greco-romaine, París, 1994, que ha sido traducido ya al alemán y lo es ahora al inglés. Ambas versiones están considerablemente reelaboradas y ofrecen información bibliográfica muy actualizada. La traducción inglesa que reseñamos combina la lista de abreviaturas y la bibliografía del original francés en una sección alfabética, más cómoda. El índice de palabras, que era una simple lista de nombres propios, se ha convertido en un útil instrumento de consulta, que recoge conceptos y vocablos importantes, con especificación, cuando es conveniente, de los contextos en que aparecen. Continúan las notas agrupadas al final, lo cual ocasiona siempre molestias al lector, pero aquí, al menos, se facilita el manejo indicando al pie de cada página de notas las referencias correspondientes a las del texto. Hay, además, a lo largo de todo el libro muchas modificaciones de detalle con respecto al original. No se trata, pues, de una simple traducción. Las mejoras son dignas de atención, de modo que el hecho de tener ya la edición francesa no exime a las bibliotecas especializadas de adquirir también esta versión inglesa. El título, sin embargo, es poco afortunado, porque en él la referencia a la antigüedad greco-romana ha sido substituida por una mucho más general al mundo antiguo. El libro de Graf no trata de la magia egipcia o de la mesopotámica o de la india, aunque contiene a veces documentación interesante de estas culturas (cf., en especial, la información de pp. 169-174 sobre maleficios en los textos asirios de Maqlû). Su objeto es Grecia y Roma, sobre todo el sincretismo de época imperial, reflejado en los papiros griegos de Egipto. El plan de la obra está bien meditado. Los cuatro primeros capítulos siguen una técnica expositiva que va de fuera a dentro, acercando cada vez más al lector al fenómeno de la ma-gia. La introducción (pp. 1-19) informa con brevedad de las fuentes y bosqueja una historia de los estudios. Sigue (pp. 20-60) un análisis del vocabulario que las dos lenguas clásicas utilizan para designar los hechizos y a quienes los practican; se estudia a continuación la idea que la gente se hacía de los magos (pp. 61-88) y luego (pp. 89-117) cómo se veían éstos a sí mismos, concretándolo en las condiciones que exigían para admitir a alguien en su mundo peculiar. Así se completa la gradación ascendente de lo que podemos considerar primera parte del libro. Los tres últimos capítulos son diferentes. Uno (pp. 118-174) está destinado a las defixiones y a esas figuritas maléficas que los anglosajones denominan "muñecas-vudú"; otro trata de la magia en la literatura griega y latina (pp. 175-204). El último, más general, lleva el título de «Words and Acts» (pp. 205-233) y sirve, en parte, para establecer las conclusiones. Como ha demostrado en otros trabajos, y muy especialmente en su Griechische Mythologie. Eine Einführung (1985, traducida también al inglés), el Prof. Graf posee la admirable cualidad de compendiar una enorme documentación filológica y bibliográfica en síntesis claras, bien escritas y notablemente competentes. También en el libro que reseñamos destacan estos méritos. No deja de advertirse, de todos modos, su origen en cursos de seminario por su tendencia a concentrar la discusión en unos pocos ejemplos, que se tratan en detalle, a expensas de los otros. Tal proceder facilita que una temática amplia y difícil pueda concentrarse en un volumen poco extenso, pero tiene el inconveniente de que lleguen a generalizarse conclusiones que precisarían de muchos más testimonios. Así, el capítulo tres, dedicado a examinar el concepto popular de los magos, no es, como podría pensarse, un estudio de las opiniones que sobre ellos corrieron en la Antigüedad clásica, sino que está centrado en dos acusaciones del crimen de magia. Una, durante la República romana, narrada por Plinio el Viejo, que sigue a C. Pisón (NH XVIII 41-43). La otra es el famoso proceso contra Apuleyo, en el s. II d. C. Ambos análisis se leen con gusto y provecho, aunque ninguno de estos dos casos es especialmente relevante para caracterizar al mago como personaje que no participa en las relaciones sociales, como un marginado, según dice el autor. También en el apartado que trata de la magia en la literatura estudia sólo dos textos, ambos poéticos: el id. II de Teócrito y el episodio de la hechicera Ericto en el libro VI de la Farsalia de Lucano. El Prof. Graf tiene cosas interesantes que decir sobre uno y otro, si bien ha de tenerse en cuenta que, en el de Teócrito, Simeta no es, en modo alguno, una hechicera, sino una muchacha ingenua que intenta arreglar sus cuitas amorosas con procedimientos mágicos mal aprendidos. El poeta sugiere sutilmente esta realidad a lo largo de todo el poema. La propuesta de que con la quema del salvado quiere empezar una diabolhv, una difamación o calumnia contra el amado, no parece fundada. Cuando se escribe sobre magia surge la cuestión previa de la definición, de la delimitación del concepto. El Prof. Graf prefiere atenerse simplemente a lo que los antiguos llamaron así, aunque es consciente de las dificultades que esa manera de proceder encierra (pp. 18 s.). Tales inconvenientes, son, en efecto, grandes, pues llevan a tratar como magia todo lo que se encuentra en los papiros y demás documentos "mágicos". Rechaza, pues, como otros muchos, la idea de magia como un saber que, en esencia se basta a sí mismo, puesto que es capaz de violentar a los propios dioses. El poder del mago vendría, en cambio, de su intimidad con la divinidad suprema. Opone así a los muchos testimonios griegos y latinos que caracterizan la magia por esa supuesta capacidad de coaccionar (desde el De morbo sacro y Platón hasta los autores cristianos), el de Apuleyo, que tenía el mayor interés, durante su proceso, en presentarla como práctica sublime, o el de Jámblico, que buscaba una justificación filosófica dentro de su sistema neoplatónico. En el fondo, desde luego, hay una ambigüedad terminológica: también entre los antiguos, unos llaman "magia" a una cosa y otros, a otra. La confusión estaba facilitada por el origen, bien conocido, de la palabra "mago", que denominaba a un tipo de sacerdote persa. El lector debe tener en cuenta ese punto de vista del autor y no sacar de contexto las conclusiones. Puede estar seguro, de todos modos, de encontrar en este libro mucha información útil sobre los documentos griegos y romanos que llamamos mágicos, para cuya interpretación ofrece un estado de la cuestión muy actual y muy bien informado, en el que no faltan ideas propias. Se trata de una importante aportación al estudio de la magia greco-romana francamente recomendable. MANUEL GARCÍA TEIJEIRO CRUZ ANDREOTTI, GONZALO (coord.): Estrabón e Iberia: nuevas perspectivas de estudio, Málaga, Thema, 1999. Como afirma Cruz Andreotti en su introducción a esta serie de artículos sobre el libro tercero de Estrabón (cuyo origen se encuentra en unas Jornadas intensivas celebradas en Málaga en julio de 1997), los avances en cantidad y calidad que han experimentado últimamente los estudios sobre la Hispania antigua exigen una nueva lectura de Estrabón. Este autor no sólo es la fuente literaria más completa de que disponemos para el tema, sino además una fuente que data de una época clave, de transición entre lo prerromano y lo romano. El libro que reseñamos sirve de presentación de algunos de los aspectos fundamentales que trata el geógrafo en su descripción de Iberia y que deben ser reinterpretados ahora que se conocen mejor otras fuentes -epigráficas -y otros aspectos como el lingüístico para utilizar de forma adecuada los datos que proporciona el escritor en la reconstrucción de la Hispania antigua. Los artículos de F. Prontera, F. Trotta y F. J. Gómez Espelosín están dedicados a la cuestión de la tradición literaria y geográfica y al enfoque general que refleja el libro tercero de Estrabón. Prontera analiza los distintos elementos que forman la tradición geográfica sobre Iberia y que subyacen a la obra estraboniana: el papel de las concepciones míticas y de la épica; la influencia de la época helenística, que levantó el problema concerniente al horizonte geográfico del mundo homérico; las experiencias históricas que han ido actuando sobre los criterios descriptivos actualizando los cuadros geográficos y etnográficos, pero siempre sobre un método ya consolidado en la periegesis, el de la descripción de la costa y luego del interior. Trotta escribe también sobre la tradición geográfica de que se vale Estrabón, pero centrándose en las fuentes concretas que utiliza y en su postura frente a ellas. El intento por parte de Estrabón de buscar otras fuentes aparte de la básica poseidoniana no sería sólo un esfuerzo de buscar la totalidad de la información, sino también un método de selección según la veracidad de algunas tradiciones. Gómez Espelosín, aunque empieza señalando cómo el mito ibérico se fue racionalizando durante las épocas clásica y helenística, revela una influencia prin-cipal y directa de Roma en la desaparición de la Iberia mítica en Estrabón, y lo hace mediante una larga serie de elementos de la tradición mítica que Estrabón bien silencia, bien desmitifica, generalmente a favor de elementos relacionados con la intervención romana en Iberia. El tratamiento por Estrabón de pueblos concretos de Iberia es el tema de los artículos de Alonso Núñez sobre la Turdetania, J. Sayas sobre los vascones y los puelos del norte y Pilar Ciprés sobre el impacto de los celtas en la Península. Alonso Núñez analiza los pasajes dedicados a la Turdetania e insiste en el carácter paradigmático que los turdetanos tienen en Estrabón de pueblo civilizado dentro de una preocupación constante en la obra estraboniana por los conceptos de civilización y barbarie. Es en los artículos de Ciprés y Sayas donde encontramos una preocupación explícita por las cuestiones de método, una preocupación por lograr la interpretación correcta de Estrabón para que sea válido como fuente en el estudio de Hispania. Sayas se centra en la descripción de los vascones y de los pueblos del norte para exponer un método interpretativo, demostrando que las raíces de identidad con las que acostumbramos a personalizar a los vascones tiene muy poco que ver con lo que Estrabón decía sobre este pueblo. Analiza los pasajes para llegar a una interpretación sobre qué entendía Estrabón por vascones y por otro lado por galaicos, astures y cántabros (su distribución geográfica, organización social, religión etc.), teniendo en cuenta que estos pueblos no fueron bien conocidos hasta época de la conquista y que algunos de los etnónimos no aparecen en autores anteriores a esta época, y afirmando que el desigual tratamiento entre vascones y los pueblos del norte no se debe a diferencias entre las fuentes sino a una distinta trayectoria histórica. El artículo de P. Ciprés sobre el impacto de las celtas comienza con una puesta al día sobre este problema, motivo de tanta discrepancia y variedad de interpretaciones. La autora expone la dificultad, a veces imposibilidad, de hacer congeniar fuentes literarias, arqueológicas y lingüísticas, y destaca el estudio de la etnogénesis al que dedican sus esfuerzos actualmente los arqueólogos. Teniendo en cuenta estos problemas de método hace un análisis del texto de Estrabón como fuente de información sobre la presencia de celtas en Iberia, señalando la importancia de la visión diacrónica del autor que le lleva desde un pasado indígena hasta un presente romano. Desde un punto de vista muy distinto, el artículo de M. Álvarez está dedicado al papel que juega la descripción estraboniana de Iberia en los historiadores de España de los siglos XVI a XVIII centrándose en dos pasajes de Estrabón que han tenido una importancia clave en la creación de ciertos tópicos sobre la historia antigua de España (el 3.1.6 sobre la gran antigüedad de las leyes de Tartesos, que llevó a algunos historiadores a considerar a los españoles el pueblo más culto de occidente, y el 3.4.5, donde se caracteriza a los íberos como orgullosos, divididos en pequeñas tribus sin mezclarse entre sí, y por ello débiles ante los atacantes, que se ha utilizado numerosas veces como justificación de la historia invasionista de España). A lo largo del libro aparecen una serie de cuestiones recurrentes que se consideran fundamentales para interpretar los datos que Estrabón nos ofrece sobre España. La descripción de Estrabón es diacrónica, dedicada a momentos distintos de la historia de cada pueblo, sin que siempre se explicite a qué momento se está refiriendo; gran parte de los datos que proporciona pertenecen a la época de la romanización, cuando se acrecienta en general el conocimiento de España; su descripción está condicionada por una ideología imperial romana. Creo sin embargo que se concede demasiado peso a esta ideología en los estudios sobre la Iberia de Estrabón. Prontera en su artículo, aunque habla de la adhesión de Estrabón a los motivos ideológicos del Imperio de Augusto, advierte de que el universalismo de la geografía estraboniana no es un producto de la ascensión de Roma a potencia mundial sino que remonta a la concepción geográfica más antigua, y que sería como mínimo inexacto convertir a Estrabón exclusivamente en el geógrafo del imperio romano. De la misma manera creo que la racionalización u omisión del mito ibérico en Estrabón, más que por la influencia de la presencia romana en Iberia (v. Gómez Espelosín) está determinada por la tradición helenística, de la que Estrabón es un fiel discípulo. El tema tópico en Estrabón al que se alude en el libro frecuentemente, de la oposición entre barbarie y civilización, también suele aparecer relacionado con la romanización (v. por ej. las afirmaciones de Trotta o Alonso Núñez), como es lógico en el caso de España. Para entenderlo sin embargo correctamente como muestra de una ideología estraboniana deberíamos compararlo con su aparición en los libros dedicados a la zona oriental del imperio. Sería interesante, ahora que se han hecho estudios monográficos de las distintas zonas que describe Estrabón, como por ejemplo los presentados en los distintos congresos sobre este autor que comenzaron n 1984 en Perugia, comparar su postura al respecto en la descripción de otras zonas, lo que quizá nos hiciese matizar el aspecto de su ideología política en la descripción de Iberia. F. Lasserre (ANRW II 30.1, pp.867-96) llama la atención sobre el hecho de que la descripción estraboniana de la zona oriental del imperio no revela en absoluto una ideología imperial romana, sino más bien al contrario en muchos casos. Este autor demuestra además que la fuente de Estrabón para la época de Augusto es principalmente Nicolás de Damascio, que en la parte de su Historia concerniente a este emperador se basa en una autobiografía del mismo, lo que sin duda explica el carácter encomiástico sobre éste y el imperio. Por otra parte, es cierto que el geógrafo expone al comienzo de su obra su objetivo (1.1.18ss.), señalando que está concebida para los hombres de gobierno. Esta idea no parece pasar de ser un tópico literario, pues como dice el mismo Lasserre ¿Cuántos elementos no sobran y cuántos no faltan en su obra para que verdaderamente sea útil a dicho público? Creo que no se ha dado la importancia necesaria al peso de la tradición helenística en la Geografía de Estrabón al estudiar a este autor como fuente en el estudio sobre Hispania antigua, y que sería necesario un estudio más a fondo de las posibles fuentes de Estrabón para esta zona, así como una comparación con los otros libros de su obra para comprender su ideología al describir Iberia. El libro contiene un mapa de la Península en la antigüedad, índice de fuentes e índices geográfico-etnográfico y de topónimos y antropónimos. La Sociedad Australiana de Filosofía Antigua (ASAP) organizó en 1994 un simposio sobre Platón, del que este libro recoge interesantes trabajos. Su editor alude, en el prólogo, al retraso con el que han llegado a Australia los estudios de filosofía antigua, a pesar de que, en filosofía contemporánea se han realizado, desde hace años, investigaciones de gran calidad. Sin embargo, parece que, entre los mismos estudiantes, ha crecido el interés por la filosofía griega y que los planteamientos metodológicos de filosofía contemporánea, aunque sean distintos de los análisis filológicos de textos griegos, pueden fecundar otras experiencias. Prueba de ello son, pues, los ocho estudios platónicos, de autores que trabajan algunos de ellos en Australia, y en los que se pone de relieve el interés de estas aportaciones. Los temas que plantean tienen que ver con «la práctica de la justicia en el Critón», escrito por D. Blyth, con «el deber y la deliberación en el Critón», del mismo E. Benítez, y con «los problemas del intelectualismo y hábito moral en los primeros diálogos», obra de P. Yong. A esta primera época se refiere, también, el artículo de M. McAvoy sobre «conocimiento carnal en el Cármides». Un sugestivo tópico griego sobre la edad del aprendizaje, que aparece tan radicalmente expresado en el Gorgias, es analizado en el estudio de H. Tarrant. Del período de madurez platónica tratan, principalmente, D. Baltzly en «antiempirismo socrático en el Fedón» y A. Barker, que se plantea los problemas de unidad y numeración en el Filebo. Por último, un excelente broche a este valioso ramillete de interpretaciones sobre el filósofo ateniense lo ofrece el texto de Diane O'Leary-Hawthorne que lleva el título «No ser y engaño lingüístico», en el que, entre otras cuestiones, se describen las estructuras esenciales del platonismo. Efectivamente, estos trabajos, como insinúa el título del libro, son diálogos con el creador de la filosofía dialogada: la única manera posible de renovar y enriquecer nuestra lectura no sólo de la filosofía antigua, sino de toda la historia del pensamiento. Es un objetivo importante, no sólo de la filosofía platónica, el buscar los modelos ideales que determinan la evolución de los pueblos. La observación de cada presente y su inmediata historia permiten descubrir los condicionamientos que pudieran haber orientado ese desarrollo. En función de esos posibles modelos ideales, observamos las desviaciones e, incluso, las aberraciones de un presente distanciado ya del supuesto modelo. El libro de Wilke descubre, pues, un componente fundamental en el pensamiento de Platón y, sobre todo, en su filosofía política. Los problemas que, en su época, plantearon los distintos regímenes, desde la tiranía a la democracia, y la inestabilidad de estos regímenes, llevó al filósofo a una intuición en la que, sin duda, se percibía el lastre ideológico de la clase social a la que pertenecía. Ese prejuicio aristocrático le hizo suponer que la inestabilidad de la historia, y los posibles males que tal inestabilidad traía consigo, eran debidos al alejamiento de un pasado mítico o histórico que fue modélico en otra época, y del que los tiempos presentes no eran sino desviación y decadencia. Es interesante analizar esta tesis, y ver las razones que, desde el descontento presente, nos llevan a añorar o incluso a rescatar, por muy diversas que sean las actuales circunstancias, el modelo perdido. Tal esfuerzo imaginativo, y tal ejercicio de añoranza, implica un cierto desprecio hacia las posibilidades de orientar la historia en función de nuevos horizontes. Esta vuelta al pasado ha sido, desde luego, un tema reiterativo en la práctica política occidental, ya la autora del presente estudio, aunque se limita exclusivamente al análisis de los textos platónicos, nos ofrece una visión de este esquema de nostalgia política y de rechazo al presente. Wilke organiza su investigación estableciendo los fundamentos de esa "edad de oro" perdida, y de los dioses y mitos que poblaron, en su inmutable perfección, el dorado y ejemplar universo. Pero también personajes históricos como Licurgo, Milciades, Solón, Temístocles, Cimón o Pericles acompañan, como autoridades ejemplares, la solvencia de ese pasado. Una larga lista de poetas, que comienza con Homero y Hesiodo y que, pasando por los poetas líricos, llega hasta los trágicos, forman la constelación de figuras memorables que llenan los diálogos platónicos como marcas que ofrecen sus lecciones de sabiduría. La autora analiza todos los pasajes en que aparecen estos poetas, e intenta mostrar las valoraciones concretas que, sobre ellos, lleva a cabo Platón. Aunque el filósofo pueda disentir, en estas valoraciones, de los personajes que menciona, lo decisivo para él es que constituyen un horizonte ideal de continua referencia. Pero también las interpretaciones que hace, y que Wilke destaca minuciosamente, dejan ver la interesada e interesante hermenéutica platónica. El carácter normativo de esa ejemplaridad permite que ese pasado, que para Platón acaba en las guerras médicas, le lleve a suponer que también ha habido regímenes que, como Esparta o Egipto, eran modelos de estabilidad y coherencia, mientras que en Atenas o los países del "Gran Rey" eran, por el contrario, ejemplos de cambios y destrucción. Un cierto pesimismo histórico ante la decadencia y las inevitables catástrofes no impide, sin embargo, que el filósofo ateniense luchase por enderezar, con su República, los torcidos caminos de su tiempo. El libro de Brigitte Wilke, que en su origen fue una tesis doctoral presentada en la Universidad de Friburgo, ofrece un rico material para seguir reflexionando sobre la filosofía de la historia que impregna los Diálogos. Una buena bibliografía, índice de autores y pasajes citados completan el libro. EMILIO LLEDÓ FERNÁNDEZ MARCOS, N.: Introducción a las versiones griegas de la Biblia (2a edición revisada y aumentada), Textos y Estudios "Cardenal Cisneros" de la Biblia Políglota Matritense (TECC) 64, Madrid, C.S.I.C., 1998. Con la publicación del volumen Introducción a las versiones griegas de la Biblia (TECC 23, Madrid, CSIC, 1979), N. Fernández Marcos puso a disposición de la ciencia bíblica actual un instrumento de trabajo fundamental para los estudios sobre Septuaginta (= LXX). A diferencia de las introducciones procedentes de otros ámbitos de investigación, especialmente ingleses y alemanes, que se ceñían al estudio del texto canónico de la LXX libro a libro, N. Fernández Marcos en su introducción a la LXX abordó la cuestión desde una perspectiva más amplia, en la que se tuvieron en cuenta las grandes implicaciones culturales y religiosas de este complejo corpus textual en la historia de la Biblia. A lo largo de la obra se pone de manifiesto la gran importancia que ha tenido la LXX en la historia de la cultura judía y cristiana. Esta introducción es, además, una obra esencial para el seguimiento de la historia de la investigación de la LXX, del estado actual de estos estudios y de las perspectivas de futuro que presentan. La 2a edición, que constituye el objeto de esta reseña, mantiene básicamente el esquema de la primera, a excepción de algunas diferencias formales y, especialmente, de la actualización científica que requieren los casi veinte años transcurridos desde la aparición de la primera edición en 1979. La obra se articula en cinco partes: el marco lingüístico y cultural en que surgió la LXX, sus orígenes, su lugar en la tradición judía, su lugar en la tradición cristiana y, por último, su relación con los orígenes del cristianismo. En la primera parte, se ofrece un panorama detallado de la historia de la investigación referida al griego bíblico y su lugar en la koiné, y se hace un balance de los resultados de la investigación más reciente. Se analiza, además, la LXX como uno de los ejemplos de literatura de traducción por excelencia. En la segunda parte, el autor aborda el estudio de los orígenes de la LXX, centrándose especialmente en la problemática que suscita la Carta del Pseudo Aristeas y en las interpretaciones modernas de que ésta ha sido objeto. En el capítulo 3 («La Carta del Pseudo Aristeas y demás fuentes antiguas») se han incluido dos nuevas secciones en esta edición: el punto a («Los Judíos de Alejandría»), en el que se ofrece un interesante panorama del marco histórico, social y cultural en el que surgió la LXX, y el punto h («La terminación de la Septuaginta»), que trata la conformación de un tipo de Biblia griega independiente de la hebrea. Respecto a estas cuestiones, la relación de la LXX con el texto hebreo del que es traducción y, en especial, con los textos de Qumrán, es uno de los temas que más interés despiertan en la investigación contemporánea. Es, también, uno de los aspectos donde más se aprecian las novedades de la investigación más reciente, ya que es uno de los campos de estudio más florecientes de la ciencia bíblica actual. En esta parte hay que señalar especialmente el capítulo 5 («La Septuaginta y el texto hebreo»), que nos presenta un interesante estado de la cuestión sobre las relaciones del texto de la LXX con su Vorlage hebrea. En las pp. 82-87 se hace referencia a la importante contribución del testimonio de los manuscritos de Qumrán para el estudio de la historia de la LXX y el valor de ésta para la crítica textual de la Biblia Hebrea. Finalmente, en esta misma parte, el autor trata un tema tan complejo como es el de los dobles textos en algunos libros de la LXX y el targumismo. La tercera parte constituye, junto a la cuarta, una de las aportaciones más interesantes de esta obra frente a otras introducciones a la LXX. En ella se trata el desarrollo y la transmisión de la LXX en el ámbito de cultura judío. Al respecto, varias cuestiones han sido objeto de actualización en esta 2a edición: la versión de Áquila y sus predecesores (cf. p. 130), la versión de Símaco, que ha sido objeto de numerosos estudios en los últimos veinte años (remito especialmente a la bibliografía citada en p. 162), y las versiones judías de la Biblia en griego medieval y neogriego (cf. especialmente pp. 182 y ss., respecto a Éxodo, y pp. 191-192, respecto al Pentateuco de Constantinopla). Con la cuarta parte entramos en uno de los aspectos más controvertidos y estudiados de la LXX. Se trata de su lugar en el ámbito de cultura cristiano, con especial referencia a las recensiones cristianas de la Biblia griega. Estas constituyen el punto de enlace fundamental de la LXX con otras versiones cristianas de la Biblia, como la Vetus Latina y la Peshitta, con una importancia que sobrepasa el ámbito de cultura griego. En referencia a ello, son fundamentales las investigaciones sobre las Hexaplas de Orígenes, que tan importantes fueron para el desarrollo posterior de la LXX y de otras versiones antiguas, y sobre la recensión luciánica: su rica historia de la investigación, la detección y reconstrucción de su texto y, en estrecha relación con él, la compleja cuestión del protoluciánico. Es en este aspecto donde encontramos algunas de la principales novedades de esta 2a edición (cf. especialmente, pp. 235 y 238). La recensión luciánica ha sido, históricamente, uno de los objetos de estudio más tratados en el ámbito de estudio de la LXX. Ello se debe a su importancia para el conocimiento de la historia de la Biblia griega y de su profunda influencia en otras versiones bíblicas antiguas, como la Vetus Latina, la siriaca, la armenia, etc. Hay que recordar al respecto, que el equipo de griego del proyecto Edición de Textos Bíblicos y Parabíblicos (Biblia Políglota Matritense), que dirige N. Fernández Marcos, autor de esta obra, ha publicado los tres volúmenes que configuran la edición del texto antioqueno de la Biblia griega para los libros históricos (N. Fernández Marcos, J. R. Busto Sáiz, con la colaboración de M. V. Spottorno y Díaz Caro y S. P. Cowe, El texto antioqueno de la Biblia griega I: 1-2 Samuel, TECC 50, Madrid, 1989; II: 1-2 Reyes, TECC 53, Madrid, 1993; III: 1-2 Crónicas, TECC 60, Madrid, 1996). Al Dr. Fernández Marcos debemos, además, numerosos estudios particulares sobre el texto antioqueno de la Biblia griega (cf. especialmente la bibliografía en la p. En esta parte se incluyen también capítulos dedicados a otras recensiones como la de Hesiquio, las prehexaplares y las parahexpalares. Finalmente, el autor incluye un interesante apartado dedicado a la importancia que tienen las citas bíblicas, los comentarios bíblicos y las catenae para el conocimiento de la historia de la LXX. En ellas, la investigación contemporánea reconoce cada vez más un medio fidedigno para el conocimiento externo de la historia y desarrollo de este texto. En la quinta parte, el autor aborda la importancia de la LXX para la historia del cristianismo, especialmente por sus implicaciones en la génesis del Nuevo Testamento y por su profunda influencia en la literatura cristiana griega de los primeros siglos. Este último aspecto ha sido objeto de especial actualización en esta 2a edición (cf. el capítulo 22: «La Septuaginta y la literatura cristiana primitiva»), ya que es uno los campos de estudio más interesantes para la investigación más reciente, especialmente en referencia a tres aspectos: la LXX en la tradición literaria patrística primitiva, su importancia como fuente de estudio de la lengua griega cristiana, y su importante papel en la transmisión de la Biblia como Vorlage de otras traducciones antiguas, que se dividen en dos grupos: orientales (copta, armenia, georgiana, etiópica, sirohexaplar y siropalestinense) y occidentales (latina, gótica y eslava). El volumen finaliza con útiles índices de términos técnicos, citas bíblicas y autores modernos. Como conclusión, teniendo en cuenta lo dicho, creo que hay que resaltar de nuevo la importancia de esta obra y su extraordinaria aportación al ámbito de estudio de la filología bíblica, renovada y puesta al día con esta 2a edición. En el ámbito bíblico, esta obra sigue siendo la única introducción global dedicada al estudio científico de la LXX desde una perspectiva muy amplia: desde el estudio de sus orígenes hasta las versiones griegas medievales, pasando por el papel que desempeñó la LXX en la cultura judía, su relación con el texto de la Biblia hebrea y con los textos de Qumrán, su importancia en la cultura cristiana con las recensiones de Orígenes o Luciano, cuya influencia sobrepasó con mucho el ámbito de cultura griega, y, en general, su extraordinaria importancia para la culturas judía y cristiana. En relación con ello, el plan seguido por el autor en la exposición de los diversos problemas científicos que presenta el estudio de la LXX permite al lector hacer un seguimiento detallado de la historia de la investigación, apreciar cuál es su estado actual y percibir con claridad cuáles son los problemas científicos más candentes y las líneas de investigación más prometedoras para el futuro. Así pues, hay que valorar muy positivamente la 2a edición de esta obra que, además, es una prueba de la extraordinaria aportación española al ámbito de estudio de la filología bíblica actual. JOSÉ MANUEL CAÑAS REÍLLO LÓPEZ, AURORA: Modelando con palabras. La elaboración de las imágenes ejemplares de Catón y Cornelia. Catón y Cornelia han sido, cada uno en su ámbito, dos personajes ejemplares o modélicos en la vida romana hasta el punto de que, a uno el senado y a otra el pueblo romano, les erigen sendas efigies conmemorativas. Este hecho común a ambos ha sugerido a la autora del libro la idea de reconstruir la imagen de estas dos figuras representativas a través de los textos, es decir sirviéndose de las palabras que fueron modelando la imagen desde el plano literario. El método que aplica, relacionado, según ella misma afirma, con la "hermenéutica de la sospecha" de algunas escritoras americanas, se basa en un análisis lingüístico, concretamente en el estudio del léxico, a saber, sustantivos, verbos, adjetivos y adverbios utilizados por sucesivos escritores de la Antigüedad cuando hacen referencia a Catón y a Cornelia. Todo ello, la misma autora lo pone de manifiesto en su preámbulo (pp. XX-XXI), con un corte claramente feminista. La obra se divide en tres capítulos, el primero dedicado a dibujar la imagen de Catón y el segundo la de Cornelia a través de los escritores de las diferentes etapas, tienen una estructura paralela, si bien, lógicamente, el tratamiento de la figura masculina tiene una amplitud mucho mayor en la literatura que se refleja, a la fuerza, en la obra que reseñamos (91 páginas para Catón frente a las 24 en que se traza la de Cornelia). El primero, imagen ejemplar de ciudadano ideal es definido, ante todo, por su actividad militar (imperator) y política (senator) y, en la segunda parte de su vida, orador (orator) y literato (scriptor) según se desprende del examen de la terminología empleado para ello en la obra del propio Catón, pero también en la de otros ilustres escritores romanos como -siguiendo el orden cronológico en que los analiza la autora -, Cicerón, Cornelio Nepote, Tito Livio, Valerio Máximo, Séneca, Columela, Plinio el Viejo, Quintiliano, Plutarco, Frontón, Aulo Gelio y De uiris illustribus urbis Romae. Cornelia, con un recuerdo mucho más discreto en la literatura, representa la imagen ejemplar de la mujer ideal por su papel de filia, uxor y mater y esta imagen se puede seguir en la literatura además de en los dos fragmentos que se conservan de sus cartas, en las breves referencias recogen las obras de diferentes autores latinos entre las que, para el propósito de la obra, la autora considera útiles las de Cicerón, Tito Livio, Valerio Máximo, Séneca y Plutarco. En el tercer capítulo se establece el paralelismo entre ambas figuras poniendo de relieve la inevitables desigualdades que entre ambas figuras surgen en razón de su sexo, a pesar del tratamiento extraordinario que de esta figura femenina encontramos en los escritores latinos, que, sin embargo, no traspasa el plano de lo privado más que a base de erigirse en "ejemplo de". Es una pena que en el encabezamiento de las páginas de este apartado (125 y 127) se haya deslizado erróneamente el título «No sólo hilaron lana», que corresponde a otro trabajo de esta misma autora. La obra se completa con un apéndice que facilita la traducción de los principales textos analizados en los capítulos I y II y un segundo apéndice en el que recoge la visión sobre Catón que en el siglo XIX plasmaba el profesor Arcadio Roda en su libro sobre Los oradores romanos (Madrid, 1883) y que supone una buena muestra de cómo se transmitió y pervivió esa imagen de Catón que ya quedaba forjada desde la Antigüedad. Cierra el libro un repertorio bibliográfico, bastante exhaustivo en relación con el tema, en el que apoya la investigación. La revisión a que están siendo sometidos los tratados de los médicos latinos africanos y el interés que despiertan se hace una vez más evidente si observamos los trabajos recogidos en este volumen colectivo, que se debatieron durante en el coloquio celebrado en Lausanne en 1996. El hilo conductor y tema central de todos los trabajos, como del referido coloquio, es el acercamiento a Caelius Aurelianus, médico del s. IV-V, transmisor de las teorías de la escuela metodista y se hace a través de la profundización en el conocimiento de su tratado sobre Acutae siue celeres passiones, obra que, durante mucho tiempo, ha suscitado poco interés para historiadores y filólogos, posiblemente porque la figura de su autor se ha visto oscurecida por la gran personalidad de Sorano cuya obra griega, del mismo título, no se conserva. Precisamente a recobrar la personalidad, originalidad y autoría del escritor latino, revalorizando su labor por encima de la de ser un simple traductor de Sorano, están dedicados casi en su totalidad los dieciséis trabajos de otros tantos especialistas que contiene este libro. El análisis se realiza desde muy diferentes perspectivas con aportaciones de crítica textual como las; estudios sobre los paralelismos y diferencias entre el autor latino y su fuente griega, como el de Fabio Stok sobre la estructura de la obra y la relación con su fuente (pp. 1-26), el de Philip J. Van Der Eijk que plantea una reflexión sobre el metodismo de Celio Aureliano y la evolución de su pensamiento respecto a las doctrinas de Sorano con las que se muestra en ocasiones discrepante (pp. 47-83). Heinrich von Staden llama la atención sobre el importante papel que juegan en la obra de Celio Aureliano obras pre-meto-distas de época helenística que cita abundantemente, intentando desvelar si las conoce de forma directa o indirecta, cuáles son las fuentes de las citas indirectas y qué papel juegan las opiniones de Celio Aureliano divergentes de dichas fuentes (pp. 85-119). Innozenzo Mazzini rastrea la originalidad de Celio Aureliano con respecto a Sorano en Gynaecia, de la que se conserva el original griego y traspasa los resultados al tratado objeto de estudio donde individualiza elementos genuinamente celianos en el ámbito lingüístico, autobibliográfico y ético, para dejar de manifiesto la fuerte personalidad del reelaborador que responde a las exigencias de un público diferente (latino), en una época diferente y, además, cristiana (pp. 27-46). Anna M. Urso ofrece una codificación del vocabulario nosológico que emplea Celio Aureliano, y que en parte proviene de la tradición léxica griega, pero que también está en consonancia con la tradición latina y, en este sentido, modifica a Sorano, añadiendo términos latinos, antiguos y nuevos, muchos de los cuales sustituyen a términos griegos. Son muy ilustrativos los cuadros finales que reúnen este vocabulario (pp.213-258). Partiendo, como Mazzini, de la obra Gynaecia, Vázquez Buján estudia el proceso de modificación de algunos textos médicos de la antigüedad tardía para extender las conclusiones a la obra que centra la atención del coloquio y de la que no se conserva el original griego (pp.121-140). Fischer edita algunos fragmentos entre los que el de mayor interés es el denominado Augiense. De sanguinem reiecentibus, que ofrece una versión latina diferente de la obra de Sorano de acutis et chronicis passionibus, probablemente utilizada por Celio para su traducción (pp. 141-176). Otros trabajos escudriñan las teorías de Celio Aureliano ante una diversidad de pacientes y enfermedades, así, siguiendo la pista de las palabras mulier y muliebris a lo largo de la obra de Celio Aureliano, Danielle Gourevitch traza un panorama de la medicina en la época de este autor y estudia con cierto detenimiento la distribución de las enfermedades según sexo y edad (pp. 177-211); Manfred Horstmasthoff, por su parte, analiza la descripción que hace de las emociones como síntomas de una disfunción física o mental concluyendo que Celio Aureliano observa atentamente los aspectos físicos de las emociones prestando atención a fenómenos psicosomáticos generalmente en consonancia con la tradición fisiognómica, y no hace distinciones por razón de sexo ni de edad. Dirige su trabajo e una minoría que no cree en amuletos o tradiciones populares (pp. 259-290). Una revisión de las técnicas de composición nos la ofrece Philippe Mudry quien aborda un análisis del estilo de Celio Aureliano, considera los procedimientos retóricos y sitúa la obra en la corriente literaria expresionista que caracteriza la literatura griega y latina de la segunda sofística (pp. 291-302). El abanico se cierra con un detenido examen, por parte de Jackie Pigeaud, de la repercusión de Celio Aureliano hasta el siglo XIX, para lo que parte de la editio princeps y tiene siempre presente que el interés no es sólo filológico, sino también está en relación con el tema de la obra, el metodismo, que conoce un importante crecimiento en los ss. XVII y XVIII, especialmente en. Los editores completan el libro con un índice de pasajes citados y un índice general en el que incluyen los términos que los autores de los diferentes artículos han puesto de relieve. Sólo queda, por mi parte, ratificar que estamos ante una importante profundización, por parte de reconocidos especialistas, en el estudio de la figura y obra de Celio Aureliano que se une a otros de reciente aparición como el que reseñábamos hace poco de Anna Maria Urso, sobre el mismo autor y obra (cf. EMERITA 68, 2000, p. 173), con lo que contribuirán, sin duda, a un mejor conocimiento de este médico y de su producción, que, a su vez, arrojará luz sobre otras obras y autores contemporáneos con los que inevitablemente le unen características comunes. Este libro es un análisis de los elementos retóricos que conforman el tratado didáctico dirigido por Ovidio a los enfermos de amor. El principal propósito del autor es el de mostrar que, aunque el poeta latino estructura la didaxis del texto de manera muy simple mediante el encadenamiento de Instigadores y Argumentación con la intención de lograr una mayor eficacia de sus consejos en los enfermos de amor, cuya capacidad de entendimiento se encuentra mermada, sin embargo, logra mantener un elevado nivel de uariatio tanto en lo concerniente a la forma como a las aplicaciones de las estructuras retóricas. En este análisis, Jones revela la vertebración lógica del recurso de persuasión que él formula como E+As (Enjoinder and Arguments) y que constituye la base retórica de Remedia Amoris. El primer capítulo instruye al lector acerca de cómo reconocer un Instigador según las diversas formas sintácticas que adopta en el texto y sus funciones retóricas. Los Instigadores son incitaciones del poeta dirigidas a los enfermos de amor con el fin de contribuir en su curación. Estos aparecen en las formas de imperativo, subjuntivo, gerundivo, futuro o interrogación. Generalmente les sigue una sentencia de carácter universal que actúa como Prueba de la eficacia del consejo del poeta. Jones dedica el capítulo segundo a analizar el uso del recurso retórico de la Prueba mediante el estudio de numerosos ejemplos tomados de Remedia. No sólo encontramos Pruebas o Sentencias como confirmaciones de los consejos sino también como instrumentos narrativos de apertura o clausura de una estructura de E+A. El tercer capítulo estudia los diversos tipos de Exempla, cuya función en los E+As es la de servir como evidencia de todos los demás componentes. Estos ejemplos provienen principalmente de motivos humanos y mitológicos, de motivos de la naturaleza y del mundo animal. Otro componente frecuente de la estructura retórica aquí analizada, motivo del cuarto capítulo de este estudio, es el del Compromiso; consiste en una aserción de garantía de los consejos prestados y en una advertencia o amenaza del autor a los pacientes de lo que ha de sucederles si no los llevan a cabo. Su forma más común es la del futuro de indicativo. En el último capítulo, el análisis de los versos 79-106 muestra cómo Ovidio estructura el encadenamiento de sucesivos E+As para la argumentación de un mismo tópico. Del mismo modo, en el apéndice Jones analiza uno por uno los componentes de los E+As de todo el resto de la tractatio. La obra consigue hacer constar el asombroso dominio de la retórica del poeta latino, que logra desarrollar una ingeniosa estructura lógica dentro de los límites de la sencillez requerida por el tipo de público al que dirige su tratado didáctico, los enfermos de amor. Cuando, en los años sesenta, la editorial P.U.F. proyectó la reedición de la vieja colección de manuales Peuples et civilisations, encargó el volumen correspondiente a la Grecia clásica y helenística a Edouard Will, quien se dió cuenta de que el tiempo transcurrido desde 1928 lo obligaba realmente a redactar una nueva obra, con características adaptadas a las nuevas necesidades del conocimiento. Entre otras novedades, ésta aparecerá en dos tomos en los que se separa el siglo V del siglo IV y mundo helenístico. Recientemente, la editorial Akal ha emprendido la tarea inesperada de traducir esta colección, incluyendo los volúmenes recientes, como el de Le Gall y Le Glay, dedicado al Alto Imperio, tanto como estos otros, que ya cuentan con más de veinte años. Lo peor es que, en el caso del tomo II, se publique en 1998 sin alteraciones, incluyendo el prólogo de la segunda edición francesa de 1985 como si se tratara de una novedad. Sólo en algún caso muy aislado se añaden novedades bibliográficas posteriores a la edición francesa (Hammond, Griffith, Walbank, de 1988), en p. Parece que se ha perdido una oportunidad de ofrecer a los estudiantes un útil instrumento de trabajo. El volumen ha sido elaborado por tres autores. Cada uno de los libros mantiene una estructura similar, en la que se separa la historia política de los restantes aspectos de la historia, como la historia económica y la de la civilización. Parece seguir, por tanto, el esquema de los Anales ligeramente modificado. En el primero de los libros, obra de C. Mossé, la separación plantea bastantes problemas, pues es necesario realizar llamadas constantes (ver infra, supra) a otros capítulos donde se tratan los mismos temas desde otra perspectiva, lo que ofrece una visión poco articulada del siglo IV, ya de por sí bastante difícil de percibir en su unidad. Más unitaria resulta la elaboración de P. Goukowsky, pues, al dedicar dos capítulos a la sucesión de los hechos y uno a «la obra de Alejandro», todo cobra una unidad en torno a problemas de fuentes y de formación de la imagen del macedonio que presenta una figura suficientemente inserta en su época a través de las cuestiones historiográficas. El tercer libro, de E. Will, vuelve a ofrecer una separación convencional, con una mezcla de enfoques cronológicos y locales que sólo se supera en la lectura gracias a la maestría del autor y a su exhaustivo conocimiento de la época. Desde luego, la tradición de los grandes manuales franceses de la primera parte del siglo XX se ve continuada con dignidad y, en su momento, representó un auténtico paso en el camino de la actualización. No obstante, su publicación en España sin ningún comentario ni advertencia representa un cierto fraude para el lector ingenuo, que puede hacerse una idea incompleta del estado actual de los conocimientos. Por otra parte, sería de agradecer que las editoriales cuidaran más la forma, las transcripciones de nombres propios y las traducciones, sobre todo cuando crean confusión, como «el ala derecha» de la p. 237, que traduce «l 'aile gauche», lo que hace incomprensible la táctica empleada, o la oración fúnebre «que le dedica» («qui lui prête») Tucídides a Pericles, o los nombres geográficos de los mapas, que se hallan en un lenguaje mixto entre el francés y el español. La oportunidad de una traducción tan tardía tendría mucho más sentido si se explicara su verdadera naturaleza y se realizara con exquisito cuidado. XII+530 pp. Se trata de un libro homenaje, editado con ocasión del sexagésimo aniversario del estudioso finlandés. La epístola que abre el volumen, a modo de prefacio, escrita en latín, no exenta de humor, está firmada por O. Salomies, discípulo y colaborador del homenajeado. En ella se expone el propósito del libro: reunir los Analecta publicados por Solin a lo largo de 28 años en la revista Arctos, con las correcciones y añadidos que se han considerado oportunos. La redacción de la epístola está hecha con la misma puntillosa precisión que caracteriza los escritos del maestro. Se echa en falta un Sumario de títulos que debería preceder a la serie de Analecta que consta de 172 números. Suplo aquí la ausencia de ese Sumario que da razón del contenido del libro; como hay varios títulos que se repiten, los he reseñado mediante las siguientes abreviaturas: FN (Falsche Namen); VN (Verkannte Namen); VI (Verkannte Identitäten); VV (Varia Vrbana). Como se ve, los epígrafes estudiados son casi en exclusiva de procedencia italiana, y principalmente de la Vrbs: fruto de las estancias de Solin en el Instituto Finlandés de Roma. Junto con la destacada atención a la onomástica, hay algunos tipos de inscripciones a los que dedica interés preferente: los epitafios métricos, las defixionum tabellae, los epígrafes de época republicana. De imprescindible consulta son las cincuenta páginas que contienen correcciones al index cognominum de CIL VI. Los índices de fuentes epigráficas cubren 27 páginas; el onomástico, 22; hay además un index prosopográfico y los habituales: lugares de procedencia, imperatores et domus eorum, etc. El de notabilia está especialmente cuidado. A los organizadores se les ha olvidado, al parecer, contar con los epigrafistas españoles, de manera que faltan en la tabula gratulatoria los nombres más representativos de la ciencia epigráfica en nuestro país. Bien es verdad que en los índices de fuentes no figura el volumen II del CIL que contiene las inscripciones de Hispania. Por mi parte, sirva esta breve reseña como contribución cordial al homenaje. Esta obra abre la colección Études que publica el Instituto Ausonius, de la Universidad Michel Montaigne de Burdeos, dirigido por Jean Michel Roddaz; la colección tiene como objetivo la publicación de estudios referidos tanto a la historia antigua como a la medieval. Este primer volumen recoge diez y seis intervenciones correspondientes a una mesa redonda celebrada en Burdeos en la primavera de 1966, etapa previa a la publicación de la epigrafía de la ciudad de Thugga -uno de los conjuntos más ricos del África Proconsular -, a cargo de un equipo franco-tunecino. Su finalidad, según declaran los propios editores, es presentar los textos inéditos descubiertos a partir de 1960 y actualizar cuestiones generales en torno a la historia de esta ciudad. Entre los epígrafes nuevos destacan: los fragmentos de la dedicatoria a la victoria de Caracalla, los del nuevo templo de Minerva, los dos que mencionan los templa Concordiae, Frugiferi, Liberi Patris cum reliquis templis et xystis, y el conjunto correspondiente a la familia de los Calpurnii, que emergen como un núcleo de notables hasta ahora desconocidos. La cuestión del peculiar status jurídico de esta ciudad -en cuya base hay de una parte un pagus de ciudadanos romanos dependiente de Carthago y de otra parte una ciuitas peregrina -es el hilo conductor de las comunicaciones; constituye el tema central tratado por Chastagnol (cuya aportación se recoge, a pesar de que el ilustre científico ya no pudo asistir al coloquio) y por Beschaouch, pero también está presente en los de Ginette di Vita, Gascou y Lepelley. La propuesta de Beschaouch, que entiende que el epíteto Aurelia responde a la concesión del derecho latino a la ciuitas por parte de Marco Aurelio (por tanto, antes de que la ciudad pasara a convertirse en municipio con Septimio Severo), poniendo fin con ello a la condición de adtributa que tendría hasta entonces la ciuitas, choca con la hasta el presente admitida opinión de Laffi, según la cual sólo las ciudades que no tienen magistrados propios pueden ser "atribuídas" a otra ciudad; G. de Vita evita, mediante la utilización del término 'autorités', el uso de magistri o magistratus, precisamente por la peculiar situación de la ciuitas. J. Gascou vuelve sobre la cuestión del status jurídico a propósito de una relectura de CIL VIII 27374, dedicatoria a Cómodo al que se honra como conseruator pagi Thuggensis. Lepelley analiza por su parte el alcance del epíteto liberum que lleva la ciudad al convertirse en municipio en el año 205 o algo más tarde: defiende, como ya propuso F. Jacques, que se trata de un privilegio fiscal, no de una cuestión de autonomía; pero hace notar que cuando medio siglo después Thugga pasa a ser colonia se suprime el adjetivo en su nomenclatura, interpretando el hecho de la promoción al rango colonial como un honor que compensa de alguna manera el aumento de la presión fiscal exigido por las dificultades económicas del momento. La propuesta es brillante, aunque no todos los participantes en el coloquio aceptaron la equivalencia libertas = inmunitas que la sustenta. La historia de la familia de los Calpurnii, que puede seguirse a través de varias generaciones, ilustra por otro lado lo que los autores de este estudio llaman "romanización jurídica"; los Calpurnii no alcanzan la ciudadanía romana mediante el desempeño de magistraturas locales (ius Latii), sino gracias al favor del emperador, que debió de ser Nerva, o quizá mejor Trajano. De cualquier forma, se ve claro que desde el principio son bienhechores (epígrafes ob merita), y que desde el principio, aun antes de alcanzar la ciudadanía, están ligados al culto imperial como flamines; sus donaciones fueron in crescendo, así como su rango: el más reciente de los conocidos pertenecía ya al orden ecuestre. Otra cuestión digna de interés es el gran valor de Dougga como situs arqueológico con importantes monumentos religiosos, cuya clasificación y datación presenta Moustapha Khanoussi. De gran agudeza es el análisis de M. Chrisol, que puntualiza la cronología de la carrera de Plautiano, señalando como paso definitivo el año 201, fecha en que Plautilla -sponsa de Caracala -es designada ya como Augusta. En resumen, una obra de indudable interés para el conocimiento de la vida ciudadana en el África Proconsular, y para el estudio de la historia social del Alto Imperio.
Heidelberg, C. Winter, 1999, XVIII+567 pp. Denso volumen que recoge 52 comunicaciones de los participantes en el V Coloquio internacional sobre el latín vulgar y tardío (Heidelberg 5-8 de septiembre de 1997) en las que dan a conocer a la comunidad científica los resultados de sus investigaciones. El nutrido número de participantes ha obligado a reducir el espacio dedicado a cada trabajo, razón por la que algunos presentan tan solo el resumen y otros se limitan a plasmar unas breves consideraciones remitiendo a una versión más extensa que se ofrece en diferentes publicaciones periódicas. Los temas tratados afectan a todos los campos de la Filología y también es amplísimo el elenco de autores, obras o géneros literarios objeto de estudio. Por ello, ante la imposibilidad de dar cuenta detallada de cada uno de los trabajos, me ha parecido lo más indicado reproducir el índice temático que se ofrece al comienzo del volumen y que resulta lo suficientemente ilustrativo sobre el contenido del mismo. El primer apartado bajo el título «Problemas generales» recoge, en tres subapartados, problemas referentes a: Caracteres y estructuras del latín vulgar y del protoromance. Reúne nueve comunicaciones en torno a temas relacionados con las características de la lengua que se encuentra a medio camino entre el final de una conciencia de hablantes latinos y la extensión definitiva de las lenguas romances (R. de Dardel, J. Herman, H. Lüdtke etc.). Diferencias cronológicas y locales, donde se da cabida a una comunicación sobre la debatida cuestión en torno al origen de las lenguas romances (W. Manzak) y otra sobre las características del latín en la zona oriental del imperio (B. Adamik). Un tercer subapartado enmarcado bajo el título «Oral y escrito» acoge trabajos de temas tan variopintos como, entre otros, la poesía oral en el contexto del latín vulgar de las inscripciones pompeyanas (R. Wachter) y las marcas que permiten una articulación y coherencia en los textos de las crónicas latinas de la alta edad media (S. Kiss). El segundo apartado, rubricado como «Elementos constitutivos» enmarca los tres subapartados relativos a: Morfología, en el que se incluye el trabajo de Emilio Nieto Ballester sobre la participación de colectivos latinos en -etum, -eta en la toponimia de las lenguas españolas. Léxico: de inscripciones funerarias de Panonia (T. Adamik), partículas (D. Langslow) o aspectos de lexicología histórica (B. Müller). Engloba un importante número de trabajos relativos a innovaciones sintácticas, construcciones impersonales, modos verbales, prefijos y preposiciones o sobre el origen de algunos complementos en lengua romance (C. Arias, B.L.M. Bauer, B. García-Hernández,, G. Haverling, M. Iliescu, J. De la Villa, etc.). El tercer apartado reúne todas aquellas comunicaciones que tratan "problemas o caracte-rísticas de documentos concretos": inscripciones, passiones, cartas, obras de autor, etc. El cuarto apartado está dedicado a dos trabajos específicos sobre "lenguajes técnicos": Louis Callebat trata el vocabulario de las residencias privadas romanas y Hubert Petersmann aborda el sermo militaris en Latín Vulgar. En el último y quinto apartado, bajo el epígrafe "estilística", se incluye el trabajo de F. Biville sobre la lengua de los tratados de gramáticos latinos reunidos por Keil y el de R. Müller acerca de las diferentes formas de referirse a la rusticitas. Casi todos los trabajos facilitan, al final, la bibliografía pertinente, con lo que también es importante destacar la abundante información bibliográfica que el volumen aporta. Tan solo haré una precisión, muy pequeña, pero que atañe a nuestra lengua y se refiere al ejemplo que aporta Maria Iliescu, entre los de otras lenguas, a propósito del objeto indirecto no dativo (p. 271) pone, en español, "pienso a mi amigo" cuando la expresión correcta es "pienso en mi amigo". Otros ejemplos, sin embargo, están muy bien traídos. En general hay que decir que el volumen está muy cuidado y ni la complejidad temática, ni la brevedad del espacio dedicado a cada trabajo van en detrimento de la calidad científica. Christopher Stray reúne en este libro una colección de artículos que proporcionan una amplia y rigurosa información sobre el estado y evolución del Tripos Clásico de la Universidad de Cambridge durante el siglo diecinueve. En el primer apartado Stray ofrece una cronología del primer siglo del Tripos situando, a modo de introducción, cada uno de los artículos del libro en el marco histórico y académico correspondiente. Stray distingue tres fases en el primer siglo de historia del Tripos; la primera comprende desde su fundación en 1822 por C. Wordsworth hasta 1854. En este período los estudios clásicos estaban ligados a los estudios de matemáticas y eran considerados por su rigurosidad como la educación básica del perfecto caballero victoriano. A pesar de que en ocasiones los clásicos habían sido estandartes de la lucha liberal, Stray ofrece como ejemplo el caso de la apropiación de los exempla romanos por los revolucionarios franceses, durante este período seguían siendo instrumentos educacionales de la Iglesia. La segunda fase, a la que Stray denomina «Autonomy and plurality», corresponde al período entre 1854 y 1879; el momento determinante lo constituyó la ruptura entre el Tripos Clásico y las matemáticas. La autoridad de los clásicos comenzó a verse afectada con las demandas de reforma; los académicos más liberales criticaban el énfasis que hasta ahora se había dado a la lingüística y la composición y defendían la introducción de la historia y la literatura. La tercera fase (1879-1914) engloba un momento de grandes cambios en la organización mundial que se hacen sentir incluso en la vida académica. Los estudios clásicos dejaron de ser estrictamente una disciplina lingüística, símbolo del puritanismo anglicano, permitiendo la introducción de la literatura, la filosofía o la historia como parte opcional de los cursos. Además, uno de los avances mas significativos fue la admisión por primera vez de mujeres en la Universidad. El segundo artículo del libro analiza el estado de la filosofía antigua durante los años 1866 a 1869 a través de la figura de H. Sidwick. En 1866 la historia de la filosofía constituía la base para el dominio del método filosófico contemporáneo y la lectura de textos de Platón y Aristóteles se imponía en el Tripos Clásico como un mero ejercicio estilístico; el transfondo ideológico de los escritos de los filósofos de la antigüedad carecía de valor educativo para la mayoría de los académicos de Cambridge. H. Sidwick, uno de los más activos partidarios de la reforma del Tripos Clásico, defendió durante estos años que una formación general que contemplase incluso conocimientos científicos era imprescindible para abordar las cuestiones de la filosofía contemporánea. Robert B. Todd encuentra en Sidwick al principal precursor de los avances que experimentó el estudio de la filosofía en los años cincuenta del siglo veinte. El tercer artículo está dedicado a los primeros años del teatro griego en Cambridge. Pat Easterling describe con rigor histórico el ambiente social y universitario en que se realizaron las primeras representaciones de obras clásicas. La institucionalización del teatro griego en los años ochenta del siglo diecinueve coincidió con la modernización de Cambridge. El teatro griego supuso una respuesta al creciente protagonismo que el Helenismo gozaba en estos tiempos. Los dos principales impulsores de las primeras representaciones fueron John Willis Clark y Charles Waldstein, cuyo común interés eran los vestigios artísticos de culturas pasadas. Ambos contaban entre sus colegas con muchos de los estudiosos que defendían una actitud progresista con respecto a los estudios clásicos y que proclamaban la insuficiencia del análisis técnico de los textos para ahondar en el conocimiento de la cultura griega; la puesta en escena de las obras teatrales constituía, por tanto, una forma novedosa de acercarse a ella. Las representaciones de Cambridge se instituyeron como un acontecimiento social elitista; Easterling proporciona en su artículo fotografías de algunos momentos teatrales de la época y una lista de todas las representaciones realizadas en Cambridge desde 1882 hasta nuestros días. Claire Breay dedica su intervención al análisis del período de incorporación de la mujer al Tripos Clásico (1869Clásico ( -1914)). Con la fundación de Girton (1865) y Newnham (1871), de enseñanza exclusivamente femenina, se ofreció a las jóvenes británicas por primera vez la posibilidad de realizar estudios universitarios en cuestiones clásicas. Sin embargo, a pesar de la aparente igualdad de oportunidades entre ambos sexos, las estudiantes se vieron forzadas a competir con los universitarios varones en términos desiguales debido a la precaria formación obtenida durante los años de enseñanza secundaria. Breay describe en este artículo las diversas etapas por las que pasó la enseñanza femenina hasta lograr la casi total igualdad de condiciones con la masculina. En primer lugar, compara el papel de la educación secundaria para chicos y chicas; seguidamente, analiza las medidas tomadas por Girton y Newnham para salvar las desventajas de las mujeres y cómo el sistema del Tripos Clásico, creado para una Universidad de hombres, afectaba en las calificaciones de las nuevas estudiantes. La autora ofrece tablas de datos estadísticos que documentan la ardua incorporación de la mujer a la vida de Cambridge. Además del debate sobre si la mujer debía de ser o no admitida en la Universidad, otra de las cuestiones que dividieron a la sociedad victoriana fue la de la abolición del griego comoasignatura obligatoria. Como símbolo del antiguo orden, la obligatoriedad de esta materia cuestionaba las ideas liberales de la nueva época, en la que se estaban produciendo cambios significativos tanto sociales como educacionales. Judith Raphaely analiza las implicaciones que este debate tuvo en el orden victoriano. En primer lugar, se refiere a las escuelas como uno de los principales focos de oposición al griego; en las últimas décadas del siglo diecinueve surgieron en Gran Bretaña escuelas que ofrecían a los alumnos la opción de los idiomas modernos y de las ciencias como alternativa a las lenguas clásicas y que amenazaban la autoridad de las Universidades, las únicas cualificadas hasta el momento para establecer el curriculum. La aparición de otras Universidades que ofrecían una amplia gama de materias demandadas por la sociedad utilitaria fue a la vez un factor decisivo para la renovación del curriculum de Cambridge. Raphaely analiza también la preocupación de la Iglesia por la desaparición del griego como materia obligada y la progresiva desvinculación de esta institución de la enseñanza universitaria. En definitiva, mediante el análisis del debate del griego como materia obligatoria, este capítulo ofrece una enriquecedora visión de lo que significó la liberalización de los estudios clásicos en Cambridge y de la sociedad victoriana en general. Mary Beard contribuye en este libro con un artículo en el que analiza las diversas reformas que experimentó el Tripos clásico desde 1879 hasta 1984. El principal objetivo de Beard es indagar cuál fue el origen de la Sección D, la arqueología, que constituía una de las cinco secciones de la Parte 2 del Tripos tras la primera reforma, en la que la composición en verso había pasado a un segundo plano. Al finalizar la primera guerra mundial el Tripos Clásico sufrió la mayor modificación de la historia ofreciendo a partir de este momento estudios generales de lengua, literatura, filosofía, historia y culturas clásicas. La religión pasó a englobarse dentro del estudio de la filosofía, y la historia del arte y de las civilizaciones griega y romana cobraron una relevancia considerable. David W. J. Gill ensalza en su artículo la figura de Winifred Lamb como encargada honorífica del Departamento de Antigüedades de Grecia y Roma del museo Fitzwilliam. Durante el período comprendido entre 1920 y 1958, fecha en la que fue aceptada su dimisión, Lamb contribuyó considerablemente a aumentar los fondos del museo mediante un gran número de adquisiciones e incluso donaciones de colecciones de su propia familia o de hallazgos realizados en excavaciones organizadas por ella misma. Aunque su labor se centró de manera especial en las estatuillas de bronce griegas y romanas, en estos años entraron en el museo algunos restos prehistóricos, vasijas de cerámica griega, gemas y joyas clásicas o diversas antigüedades etruscas. Desde el punto de vista de Gill, el papel realizado por Winifred Lamb no sólo como encargada sino también como benefactora del Fitzwilliam fue relevante para la consolidación de las colecciones de objetos clásicos del museo. El último apartado del libro contiene los testimonios de John Crook y Joyce Reynolds sobre las actividades que se realizaban en el club del libro griego y latino de la Universidad de Cambridge. La principal motivación de este club fue hacer circular los libros entre los socios para una posterior subasta. Reynolds nos proporciona información sobre el reglamento de club y el sistema de adquisición de los libros. Ofrece también un breve comentario sobre el perfil de sus miembros y la escasa presencia de mujeres. John Crook analiza las causas de su desaparición en 1993. Ambos testimonios concluyen con un apéndice que presenta un registro de nombres de los miembros que adquirieron libros en las subastas de los años 1910, 1930 y 1970. I Encuentro Boliviano de Estudios Clásicos, ed. A. Eichmann Oehrli, La Paz, Universidad, 1999, 226pp. Un año después de la celebración de este primer Encuentro Boliviano de Estudios Clásicos (La Paz, 1998) aparece publicado el volumen que, bajo el nombre de Classica Boliviana, recoge varias de las contribuciones de destacados investigadores allí reunidos, algunos de ellos venidos del otro lado del Atlántico para apoyar este evento, como el Prof. D. Francisco Rodríguez Adrados, representante de la Sociedad Española de Estudios Clásicos. Este primer Encuentro surgió por iniciativa de la Unión Latina y la Universidad Nuestra Señora de la Paz con el fin de alentar la lengua y cultura latinas e intensificar la investigación en el campo de los estudios clásicos no sólo en esta universidad sino también en el resto de la universidades del país. Al mismo tiempo, el acontecimiento sirvió como escenario para anunciar la creación de la Sociedad Boliviana de Estudios Clásicos. En relación al contenido del libro, se reconocen dos líneas fundamentales, una que engloba los artículos relativos a la influencia, pervivencia y tradición clásicas en Iberoamérica (a los cuales dedicamos mayor atención) y otra sobre lengua y literatura griegas y latinas. Respecto a la primera línea temática destacaremos los siguientes: «Contrastes semánticos del Aymara registrado por Bertonio con el Castellano de Gracián» (I. G. de Rojas) en el que el autor (que no es filólogo sino un ingeniero interesado en ingeniería del lenguaje) señala los contrastes semánticos entre el aymara arcaico y el español del XVI dentro de la obra del humanista L. Bertonio con la ayuda de un programa informático creado por él mismo. «Los dioses de la antigüedad clásica en Copacabana» (T. Gisbert) es un artículo que explica cómo el poema sacro titulado Santuario de Ntra. De Copacabana en el Perú del limeño Fernando de Valverde, es uno de los testimonios de la equiparación entre los mitos indígenas y el humanismo reinante en el s. XVI. «La tradición clásica en el Perú virreinal: una visión de conjunto» (T. H. Martínez) expone los resultados de un proyecto de investigación, llevado a cabo bajo el auspicio de la Sociedad Peruana de Estudios Clásicos, a partir de diferentes enfoques y campos sobre el influjo de la tradición grecolatina en la vida cultural del Virreinato, documentando de primera mano la llamada "cultura de la Conquista". «El Soplo Clásico en la Escritura de Bartolomé Arzáns» (A. O. Bleichner) es una aportación que da a conocer la influencia del mundo y pensamiento clásicos en la obra Historia de la Villa Imperial de Potosí del autor potosino del XVII Bartolomé Arzáns y de qué modo se puede interpretar este hecho. «Reminiscencias clásicas en la lírica de la Real Audiencia de Charcas» (A. E. Oehrli) nos acerca el universo poético de este corpus lírico, testimonio del período colonial boliviano. «El latín en la literatura boliviana finisecular» (S. R. Pittari) habla de la necesidad de retomar su enseñanza y estudio como consecuencia de su progresivo abandono frente al francés. En último lugar mencionaremos dos que están en conexión con el arte «La arquitectura neoclásica en Bolivia» (F.C. de la Vega) y «Las sibilas y las virtudes teologales en la pintura virreinal boliviana» (T. V. de Aneiva). A la segunda línea temática pertenecen artículos como «Poesía Lírica Griega Arcaica o de la cotidianeidad atemporal» (H. García Cataldo), «El Destino en la Ilíada y su campo semántico» (I. Salas Pinilla), «Mi odisea de traducir la Odisea» (M. Frías Infante), «Apología, Critón, Fedón: Acta Iudiciaria» (J. Araos Uzqueda), «Papiros latinos en Egipto: Algunas consideraciones» (R. P. Buzón), «Escisiones y unificaciones en la historia del griego» (F. R. Adrados). Finalmente y por no encajar específicamente en estos dos bloques, hablaremos someramente de los tres artículos restantes que tienen un punto en común, la vigencia de la filosofía griega y su "utilidad" actual: «Sócrates y las tendencias pedagógicas actuales» (E. I. Melgar), «Lo rescatable de la tradición clásica para el campo de la ciencia política» (H.C.F. Mansilla) que destaca la reconocida validez de los modelos clásicos y «Algunas notas acerca de la investigación en los Estudios Clásicos (Investigación, Hermeneútica, Postmodernidad y Mito)» (S.R.M. Gelonch V.) el cual, a modo de breve ensayo, insiste en «la importancia y perenne actualidad de los estudios clásicos como fuente de verdaderas soluciones a los problemas de las sociedades contemporáneas». A modo de conclusión, este volumen nos permite hacernos una idea representativa del panorama de la investigación y enseñanza de las lenguas clásicas en América Latina (más a fondo nos lo cuenta E. Bertolaja en su artículo «La política de la Unión Latina en el ámbito de los estudios clásicos en América Latina», pp.183-185). DOLORES MARTÍN RODRÍGUEZ PÉREZ GONZÁLEZ, MAURILIO (coord.): Actas II Congreso Hispánico de Latín Medieval (León, 11-14 de Noviembre de 1997). Puntualmente, según la periodicidad cuadrienal establecida ya en el primero de esta serie, se celebró en León el II Congreso de Latín Medieval Hispánico en noviembre de 1997 y, más puntualmente si cabe, se publican, en dos volúmenes dedicados merecidamente a Joan Bastardas, las Actas en que se recogen, junto a la semblanza de este profesor, los trabajos discutidos en aquellas sesiones. Si en cierta medida se podría pensar que, por su título, el contenido de estos volúmenes excede el límite cronológico que para la publicación de trabajos y recensiones tiene fijado la revista Emerita, hay que tener en cuenta, sin embargo, que dicho límite para el origen de la Edad Media Latina se sitúa en una época que se debate entre latín tardío/alta edad media, en la que se está llegando al final de un período de conciencia lingüística latina, pero que aún no se ha producido una interrupción de la etapa anterior. La fluctuación da lugar a reflexiones como la de Puentes Romay (pp.769-775) y, de hecho, muchos de los trabajos recogidos en las actas inciden precisamente en ese período, así los relativos a autores de esta época como Arnobio (Bodelón), Venacio Fortunato (Lopetegui), Gregorio de Tours (Cabrillana), Isidoro de Sevilla (Andrés, Feáns, Manero, Martín, Sánchez), o estudios como el del léxico jurídico que parte del Corpus Iuris Ciuilis (Martínez); otros abordan temas de tradición clásica (González Rolán, Blanco, Carracedo, Muñoz-Pizarro, Otero) y algunas ponencias plantean cuestiones de interés general como la lexicografía (Codoñer), crítica textual (Díaz y Díaz), epigrafía (García Lobo), lírica (Marcos Casquero) y épica (Martínez Pastor) o contienen una inexcusable referencia a los últimos años del período denominado época clásica (Montero). Era, por lo tanto, de justicia, hacernos aquí eco de esta publicación así como de, al menos, una buena parte de sus contenidos. Comienza el volumen de Homenaje al emérito Profesor de Cambridge E. J. Kenney con un sentido genethliacón o poema de aniversario a modo de laudatio Kennei magistri a cargo de J. C. McKeown, autor del mejor comentario de Amores de Ovidio (falta el último volumen sobre el libro III). En la dedicatoria del libro recuerda el Profesor de Madison en hexámetros catulianos, lucrecianos y ovidianos que el Profesor Kenney ha dedicado toda su vida a compartir sus saberes con los demás y a no ser la luz brillante de un solo día, sino el faro permanente que ha iluminado a todos constanti lumine. McKeown repasa también las contribuciones más importantes de Kenney a la Filología latina (Lucrecio, Ovidio [Amores, Ars, Epistulae Heroidum]) y termina con una tierna profesión de amor a su maestro. El segundo trabajo de J. Barsby («Love in Terence», pp. 5-29) trata sobre la originalidad de Terencio frente a Menandro y Plauto y sobre su influencia en Catulo y los poetas elegíacos. Esa originalidad, según los modelos griegos hasta ahora descubiertos, es analizada a través de las metáforas amatorias de la militia amoris, el incendium amoris y el morbus amoris. También analiza el autor el amor romántico en Terencio, que no fue inventado por los trovadores franceses del s. XI, sino que ya se dio en el mundo antiguo en general y en Catulo y Propercio en particular. La pintura que hace Terencio del amor romántico, identificado por N. Rudd («Romantic love in classical times», Ramus, 10, 1981, pp. 140-158) en seis hechos (amor a primera vista, síntomas físicos de amor, idealización de la amada, preocupación constante por la amada, amor más allá de la muerte y aplazamiento de la consumación física) es analizada por el autor en las comedias terencianas Andria, Heauton, Eunuchus, Phormio y Adelphoe. Se concluye con que Terencio, especialmente en el Eunuco, es un claro antecedente de Catulo y los poetas elegíacos latinos en la descripción de las metáforas amatorias y en su concepción del amor romántico. El siguiente artículo consiste en unas reflexiones farragosas e innecesarias de D. F. Kennedy sobre el controvertido poema 68 de Catulo («Cf.: Analogies, relationships and Catullus 68», pp. 30-43). Los filólogos ciertamente van too far (pp. 30 y 43) "demasiado lejos", es decir, a ninguna parte en muchas interpretaciones literarias, meramente especulativas. Para una interpretación más directa del poema 68, cf. mi artículo «Una lectura de Catulo 68», Excerpta Philologica 3, 1993Philologica 3, (= 1995)) Los estudiosos de la Antigüedad saben bien que hay muchos puntos obscuros que, con la documentación actualmente disponible, no podrán nunca ser del todo esclarecidos. Pero también hay investigadores que no se resignan a vivir con esa frustración, y presentan, como si fueran conclusiones contrastadas, meras hipótesis de trabajo -que a veces se antojan simples barruntos y certezas morales bastante razonables -, aprovechándose lícitamente del hecho de que la falta de documentación que impide comprobarlas impide también impugnarlas. De ésos parece ser el autor de este libro, que da por probadas -no sé si ya de antemanosus personales ideas sobre el oficio de strator, que a mi juicio ni son del todo acertadas ni van del todo desencaminadas, pero se permite negar (pp. 62-63) la evidencia indiscutible de un epígrafe que menciona a un strator (¿'caballerizo'?) al servicio de un praefectus orae Ponticae maritimae ya que, según dice, «sería ciertamente singular que la estratoría se diera en la classis Pontica y no hay un sólo {sic} documento seguro para las classes praetoriae con base en Italia (Miseno y Rávena)» (p. Creo que no le vendría mal considerar que el despliegue de las fuerzas armadas se ajustaba en la Antigüedad, como ahora mismo, a las particulares circunstancias y demandas del "teatro de operaciones", y que los piratas -bastante más activos en el Ponto que en Italia -eran en realidad saqueadores del litoral, que practicaban más el desembarco que el abordaje y debían ser combatidos en tierra firme más que en el mar. Recuerde el autor el caso de los vikingos que pretendieron saquear Compostela, y piense en la función verdadera de las atalayas de nuestra costa levantina, que daban la alarma a las poblaciones "de mar" para que se refugiaran en los reductos "d 'alt". Esta brevísima publicación -no sé si es libro o se queda en folleto -toca, o más bien roza, el interesantísimo e inagotable asunto de las veleidades helenizantes de los romanos más cultivados intelectualmente. Esta es materia filológica, creo yo, pero la autora piensa que cae dentro del dominio de la Lingüística, y entiende que la costumbre, o manía, de escribir y ha-blar latín entreverado de griego era efecto y muestra de bilingüismo, y no alarde pedantesco o expediente para suplir las deficiencias puntuales de la lengua latina. Y, consecuentemente, procede a rotular como "cambios de código emblemáticos" los casos en los que un romano inserta en su prosa latina, supuestamente sin darse cuenta, una palabra, una expresión o una frase en griego. Desde que los ordenadores empezaron a formar parte del mobiliario de los centros de investigación y de los gabinetes de los eruditos, se viene diciendo que "pronto" los ficheros de toda clase se grabarán en disco o serán accesibles on-line. Pero no todos los investigadores se muestran partidarios de facto de ese cambio, y siguen editando en papel repertorios bibliográficos que necesitan ser actualizados y corregidos al día siguiente de su publicación -o incluso mucho antes -, así como indices uerborum, concordancias, léxicos y prontuarios innecesaria pero inevitablemente voluminosos, y por ello de manejo incómodo y lento, además de carísimos. Por ejemplo, esta utilísima cronología. Todos los que trabajamos sobre la vida y obra de Cicerón querríamos tenerla siempre a mano, y poder consultarla sin necesidad de apartar el teclado o girar la silla. Ya que no puede ser así, tendremos que aceptar resignadamente las incomodidades que comporte el uso de este imprescindible instrumento de trabajo.
El contacto de los griegos con Iberia y Tartessos En numerosas publicaciones sobre topónimos en Iberia y Tartessos se mencionan etimologías griegas. Pero no conozco ningún estudio sistemático sobre los topónimos griegos: su etimología y las razones de su formación. Naturalmente, su estudio está en relación con el tema del conocimiento de Occidente en Grecia y el de la llegada de los griegos a Occidente: a Iberia y Tartessos, en nuestro caso. No voy, claro está, a debatir la enorme bibliografía sobre el tema, pero sí a presentar un cuadro general desde nuestro punto de vista. Nuestra Península comenzó a dibujarse en la imagen del mundo de los griegos a través del mito: el libro de Elvira Gangutia 1 lo hace ver claramente. Pero hay que decir una cosa: lo primero es el mito, lo segundo su Los navegantes que en la Edad Micénica y la posterior llegaban a Occidente llevaban la cabeza llena de estos mitos sobre el Océano, los Cimerios, las bocas del infierno y las puertas del Sol, Atlas, Gerión y su acompañamiento, las islas Eritea y Sarpedonia, el Jardín de las Hespérides, el Elisio, las Gorgonas. Estos son los primeros nombres griegos en nuestro país: nombres míticos traídos de Grecia. La visión de los montes Abila y Calpe localizaba las antiguas columnas de Crono, luego de Heracles, solo comprensibles a partir del mito de la separación del Cielo y la Tierra por el propio Crono. Las islas misteriosas se hacían sede de lugares paradisíacos, también temibles: más tarde, se buscaba darles un asiento geográfico firme. Con ello no se hacía sino llevar más allá, hacia Occidente, los paraísos y los terrores homéricos de las islas de Circe y de Calipso, de las sedes de las sirenas y los lestrigones. Se creó así, poco a poco, una mágica geografía, iniciada por Estesícoro con su río Tartessos y su isla Eritia, donde Gerión apacentaba sus vacas. Otro modelo es el de las sucesivas localizaciones de las Islas Afortunadas 3. Pero ni el mito ni la geografía mítica son el objeto de este trabajo. Lo que quiero señalar es que los nombres de los personajes y lugares míticos que los poetas colocaban en Occidente (pero no solo en Occidente, algunos de ellos), no son occidentales: son griegos, en contra de algunas propuestas 4. Abren el paso a la geografía real, a partir del siglo VII. Griegos eran el Océano, el Céfiro que en su orilla embarazaba a la Harpía Podarges, también griega, y ella paría los caballos de Aquiles; y las otras Harpías, y las Hespérides. Y Briareo y Egeón y Atlas y Crono y Heracles; y toda la parentela y el «entourage» de Gerión: Posidón y la Gorgona Medusa, Crisáor y Calírroe, Euritión y Menetio; y Eritea 'la roja', que es al tiempo una Hespéride y una isla. El perro de Gerión, con las variantes Ortro y Orto, es también griego, sin duda. Y pienso que lo es el mismo Gerión, aunque a partir de un pasaje de Avieno se haya intentado varias veces derivarlo de una forma indígena 5. Efectivamente, las varias formas del gigante tricéfalo ('0DLf<,'0DL`-<0H,'0DL@<,bH) son griegas y la básica es la primera. Tiene paralelos estrictos en su formación a partir del verbo (0DbT: cf. •DZ(T / •D0(f<, FJV.T / FJ"(f<, JDb.T / JDL(f< y también •8".f<, 8"((f<, $"4f<, etc.; y otras con acento en la penúltima, del tipo de N,\*T< 6. La dificultad que se pone es salvable. Cierto que en el mito griego Gerión no canta como las Hespérides, pero lo que sabemos sobre su naturaleza arcaica como monstruo alado, testimoniada por Estesícoro, un monstruo paralelo al Anzû mesopotámico, nos da una pista. Hay que comparar las aves estinfalias y las Harpías y hasta EM LXVIII 1, 2000 7 Cf. 19 (que cita mi «El mito indio en la perspectiva del mito indoeuropeo», Estudios sobre la Antigüedad en Homenaje al profesor Montero Díaz, Madrid, 1989, pp. 66-81). 8 La plata de Tartessos es el gran tópico, véase más abajo a propósito de z!8b$0, del •D(LD@Ø< ÐD, etc. Pero la plata de Tartessos la conocemos también por las fuentes hebreas, por ejemplo Jeremías 10.7-9. Y, por supuesto, por la investigaciones mineras actuales, cf. J. Fernández Jurado, «Economía Tartésica: minería y metalurgia», en Huelva en su Historia, Sevilla, 1986, pp. 149-170. las sirenas, aves de muerte, y pensar en el grito aterrador del monstruo alado lanzándose sobre su presa, ni más ni menos que la Escila virgiliana y el Oceanus latrator de Avieno 390. Nótese que en Píndaro, O. 2.96 el poeta, que es el águila, invita a los «cuervos» Simónides y Baquílides a graznar vanamente (-6D"<J" (0DLXJT<) contra la primera. El Gerión clásico, con su tricefalia, que tiene paralelos indoeuropeos, es posiblemente secundario 7. Ahora bien, como queda indicado, al mito de las regiones occidentales, regiones infernales y paradisíacas a las que solo acceden héroes como Odiseo y Heracles, paralelos de Gilgamés y Ninurta, recibe gradualmente, ya he dicho, una localización geográfica. Posiblemente la más antigua es la de las «columnas» de Heracles, nombre dado por los focenses al que los fenicios llamaban «estrecho de Melkart» y que en un momento se atribuyó a Crono. Los dos montes simétricos de Africa y Europa daban la "solución" al problema mítico de compaginar la separación de Tierra y Cielo por obra de Crono y la unión de tierra y cielo en el horizonte. Pero véase más abajo. Y luego tenemos a Estesícoro, con su isla Eritea «enfrente de las inagotables fuentes del río Tartessos de raíces de plata»: el Guadalquivir 8. Y luego seguirán gradualmente los demás nombres geográficos. Nada extraño que los griegos, tras trasplantar a Occidente su geografía mítica y sus propios mitos, consideraran normal ampliar esta geografía con nuevos topónimos. Esto sucedió, naturalmente, al llegarse a un conocimiento directo de Iberia y Tartessos. En Hecateo, en la Ora Maritima de Avieno (que tiene fuentes arcaicas, griegas y púnicas, sea o no cierta la tesis de Schulten sobre su derivación de un periplo masaliota del siglo VI) y en fuentes posteriores desde el siglo V o IV (Ferécides de Atenas, Píndaro, los trágicos y cómicos, Scylax, Helanico y los historiadores, Platón, etc.) aparecen ya nuevas versiones de los antiguos mitos, ya topónimos más o menos reales. También M. Bendala Galán, «Las más antiguas navegaciones griegas a España y el origen de Tartessos», AEspA 139-140, pp. 33-38, quien cree en navegaciones antiguas a España de gentes de raigambre griega y en un componente griego en la génesis de la civilización tartésica. 10 Sobre el eco de estas navegaciones en la Odisea, véase mi artículo citado en la nota anterior. Sobre la colonización griega en España y el origen de las escrituras locales, mi Historia de la Lengua Griega, Madrid, 1999, pp. 66 y 72, con bibliografía; también E. Gangutia, «Hecateo y las inscripciones griegas más antiguas de la Península Ibérica» Archivo Español de Arqueología 72, 1999, pp. 3-14. 11 Cf. la edición de los plomos por H. Rodríguez Somolinos, en el tomo publicado conjuntamente con E. Gangutia antes citado (THA II), p. Sobre esos contactos comerciales Habría que hacer, para comprender esto, una historia de los contactos de los griegos con nuestra Península. Y esto es imposible aquí. Pero recuerdo las grandes líneas y fechas: Existen huellas de navegaciones micénicas que llegaban a Sicilia y a España, donde hay hallazgos de cerámica de esta época 9. A partir del siglo VIII se reanudaron las navegaciones griegas, que han dejado huella arqueológica en nuestra Península, sobre todo en Huelva y Málaga, y dieron origen a la escritura tartesia, quizá desde el mismo siglo VIII 10, así como a otras escrituras indígenas. He aquí algunas fechas obtenidas de fuentes literarias: 638: llegada a Tartessos de Coleo de Samos, según Heródoto IV 152 empujado por la tempestad (pero los datos arqueológicos son más antiguos). Fundación de Emporion, Hemeroscopion, Alonis y Mainake. 535: batalla de Alalia entre los focenses y la coalición de etruscos y cartagineses. Tras esta batalla desapareció el reino de Tartessos, las colonias griegas (salvo Emporion) fueron destruídas e Iberia quedó cerrada a los griegos. Pero, en la zona Norte al menos, esto no es exacto: los plomos de Ampurias y Pech Maho, anteriores al siglo IV, testimonian relaciones comerciales estrechas entre griegos e indígenas. Y lo mismo, más al Sur, la creación de la llamada escritura greco-ibérica de Levante: textos del s. IV, pero en una escritura de origen anterior 11. EM LXVIII 1, 2000 y la escritura greco-ibérica, cf. J. de Hoz, «Epigrafía griega de Occidente y escritura grecoibérica», en?3! 12 Cf. sobre todo F. Villar, «Termes, Tarraco, Turiasu», Beiträge zur Namenforschung 28, 1993, pp. 301-1339; «Los topónimos de la serie tur-», en Estudios de Celtibérico y de Toponimia prerromana, Salamanca 1995, pp. 199-244; y «Indoeuropeos y no indoeuropeos en la Península Ibérica» (en prensa); también mi «Precelta, celta y latín en la toponimia hispánica» (en prensa). La raíz tur-'fuente, río, agua' está en Turta, Turdetani, etc., creo que en Baeturia); y está emparentada con tart-(en I"DJ0FF`H), véase más abajo. Este es el panorama del que hemos de sacar consecuencias para las navegaciones, los intercambios con los indígenas, los puestos comerciales, las colonias: éstas solo desde el 600, los puestos comerciales son sin duda más antiguos, igual que en lugares como Tell Sukas, Pitecusa, Naucratis, Al Mina, donde hay huellas de comercio desde el siglo IX. Y, naturalmente, todo esto es el punto de partida de la toponimia griega en Iberia y Tartessos. El hecho es que los griegos llegaban a un mundo extraño, con habitantes de etnias diversas y de lenguas diversas. No es este mi tema ahora, pero en Iberia y Tartessos encontramos huellas del paleoindoeuropeo, por ejemplo, en la raíz hidronímica tur 12; encontramos ligur (la palus ligustina); ibérico, cómo no (il-'ciudad', ib 'río', etc.); celta (los celtici, -briga, Seg-, -eburo, -samo, etc.); un área meridional suroccidental, quizá tartesia (-uba / -oba, -ippo, -urgi) (algunos dicen que indoeuropea); lusitano (indoeuropeo no celta) (porcom, etc.); púnico (Cartaia, Gades) 13. Imposible desenredar la compleja situación lingüística, solo en algunos casos tenemos éxito. Frente a este panorama, los griegos que navegaban, comerciaban y a veces se establecieron no tenían más que tres salidas: o aceptar los nombres indígenas; o adaptarlos al griego; o poner nombres griegos, aunque solo fuera para usarlos ellos, otras veces para imponerlos (en las colonias sobre todo). En una obra como la Ora Maritima o en el mismo Hecateo hay de todo esto: y con frecuencia es muy difícil la interpretación. Yendo ahora a nuestro tema, los topónimos griegos, pensamos que hay que distinguir casos diferentes: a) Navegantes y comerciantes pueden poner nombres griegos a accidentes geográficos que divisan desde el mar. Todo esto no implica el establecimiento de los griegos. Conviene estudiar de dónde tomaron estos nombres: pudieron crearlos a partir de la forma o características de los accidentes geográficos o poner nombres originales de Grecia o de Asia o traducir nombres púnicos o indígenas. Es análogo a lo que hicieron españoles y portugueses en América. Conviene, de otra parte, estudiar los rasgos jonios de todos estos nombres. Pues fueron los focenses quienes primero vinieron a nuestras costas, en jonio están escritos los plomos de Ampurias y Pech Maho y del alfabeto jonio derivó el greco-ibérico. b) Una variante es cuando se fundaron colonias ya con nombre griego: pero puede aceptarse uno indígena, así en 9"4<"6Z. c) Pero también es interesante el caso de nombres indígenas "adaptados" al griego. Y esto vale también para algún nombre propio señalado, pienso en Argantonio, luego hablaré de él. Hay que ver a qué tipo de griego, dialectal o geográfico, se acudió. Los topónimos griegos en Iberia y Tartessos Vamos a señalar sucesivamente los diferentes casos. 452 designa el Cabo de Palos; Schulten, p. 129 lo entiende como una JD0J¬ -6D", paralela a un monte ID0J`< en Argos, cf. THA I, p. 3.4 Respecto a esta serie de nombres griegos pueden hacerse varios comentarios: a) No son diferentes de otros nombres griegos en Occidente: Sicilia, Italia, Sur de la Galia, Africa. Muchos son, ya se ha notado, nombres de colonización, traídos de Grecia o Asia Menor, sobre todo de esta última: llamo la atención sobre {!8T<\H, Calacticus, Calpe, Cassius mons, Cetaria, Cherroneo, 7, L6¬ BX-JD0, Rhode, Treta; incluso de Europa (z/D\*"< ). Y sobre -@ØF", tan frecuente en la colonización más antigua y sobre todo en la de los focenses. b) O bien son tomados de las características del lugar: costa o roca bella, blanca, agujereada, seca,'en forma de cántaro' o 'arca','escollo'; isla roja, redonda; península. O bien de los minerales o plantas: estaño, oro, plata, plomo; pinos, cebollas, ganado (?); escombros, serpientes. También hay referencias míticas (a Crono, Odiseo, Sarpedón, Mnesteo) o un posible descubridor (Caridemo). O simplemente, a los habitantes (desnudos, mezclados) o su actividad ('mercado'). O a la situación geográfica (Tingentera, Hemeroskopion). c) Hay que añadir que los topónimos griegos presentan rasgos jonios, cosa normal en las fuentes en que aparecen: así z!8b$0, z+DL2,\", 7, L6Z, 9 $-*\<0, BXJD0; pero también en el texto latino de Avieno hay Strongyle, Trete (y fuera de él, Rhode). Todos los textos griegos hablan de 6"FF\J,D, 6"FF4JXD4*,H, con la -ssjonia. Ahora bien, textos griegos tardíos introducen formas áticas o de koiné (-6D", •D(LD@Ø<, E6@μ$D"D\", =,DV) y esto es lo frecuente en los textos latinos (Cetaria, Chrysus, Erebea, Erythea, Gymnesia, Tingentera). Como se ve, las creaciones toponímicas son paralelas a las de españoles y portugueses en América: nombres míticos y religiosos, referencias geográficas o a las poblaciones, nombres de los descubridores, adaptaciones de nombres indígenas (conservados otras veces). Sobre todo el tema véanse los trabajos ya citados de F. Villar, «Los topónimos...» y «Los nombres de Tartesos», también el mío «Precelta...». Aunque desde fecha antigua hay dudas e hipótesis varias y los traductores de la Biblia (los LXX) ya dicen 1VDF4H, ya cosas más o menos extrañas: «el mar», «Cartago», «Tarso». Ya dí la bibiografía pertinente para la identificación con I"DJ0FF`H. Sin entrar, insisto, en el detalle, es claro que la raíz de Tartessos coincide con la de Turta, Turdetania, etc. (y ríos Turia, Tortiella, etc.), ni más ni menos que como hay una antigua Turiaso frente a Tarazona. Pienso que la Baeturia, derivada del nombre del Baitis (cf. Baelo, Baesipo, Baitulo), representa la unión de un término paleoindoeuropeo tur y uno ibérico bae para designar el río: he estudiado cómo un nombre de sustrato que ya no se entendía en un momento dado, era aclarado mediante la yuxtaposición de una forma lingüística de un estrato más moderno, así en Turodanum, Torraguas, Guadiana, etc. Pero no puedo entrar aquí despacio en este tema. #"ÃJ4H, Baetis es posiblemente una adaptación griega. El caso es que hemos de pensar que los griegos derivaron de un tart, extraño para su sistema fonético y morfológico, la forma I"DJ0FF`H, como los romanos derivaron de tur, turt las formas Turduli, Turdetani, etc. La forma indígenas I la testimonia Artemidoro (en St. Byz., s.u. I *0J"<\"), también hay Turta (en Catón, Orat. Es caso es que por primera vez aparece en Livio, a propósito de la historia del año 220, la forma Turdetani, que sustituirá a la de Tartessus, que aparece aún de cuando en cuando (así en el mismo Livio 23-26, sucesos del 216). Villar supone que lleva un vocalismo más reciente. Ahora bien, hay variantes con -s o -sh: en las formas hebreas y asirias de que trato a continuación; también, en fuentes greco-latinas, la 9"FJ\" I"DFZ4@< de Polibio 3.24.1 que M. Koch supone que es un lat. Tarseiom (G. pl.) no entendido y que a su vez procede de un nombre fenicio-púnico (se trata del texto del primer tratado entre Roma y Cartago). Algo semejante se piensa de los 1, DFÃJ"4 (Tartesios, Turdetanos) de Polibio 3.33. No estoy seguro de estas explicaciones: en todo caso, en la toponimia de Hispania no hay huella de la ampliación con -s de la raíz. Esta -s aparece en las formas hebreas (Tarshish) y asirias (Tarsisi) de la región occidenteal que, ya dijimos, debe identificarse con Tartesos 23. Quiero ofrecer a continuación una hipótesis sobre estas formas. Véase J. M a Blázquez, Tartesos y los orígenes de la colonización fenicia en Occidente, Salamanca, 1968, p. 15 ss.; y antes Schulten, p. También los trabajos ya citados de J. Alvar y M. Koch. La documentación completa sobre las formas del nombre puede encontrarse en el Apendice de M a M. Miró a Los enigmas de Tarteso cit., p. Schulten partía de una raíz etrusca, lo que nadie ha aceptado, pero sí algunos la posibilidad de una fricativa final -y que podía entenderse ya como silbante ya como oclusiva dental. La otra hipótesis es la de M. Koch: parte de una raíz indígenas con dos variantes, habla de «die trs/trt Leute». Esto en cierto modo coincide con nuestra posición, las vocalizaciones pueden ser secundarias. Pero choca en un obstáculo: no hay formas con -s en la toponimia, sólo con -t (y -d, un derivado). Tarshis (hebrea, aparece en la Biblia en relación con «las naves de Tarshish») y Tarsisi (asiria). La cita bíblica más antigua es de c. Bien que a veces se refieren a fecha más antigua, la de Salomón, en que una alianza entre éste y Hiram de Tiro les llevó a construir «naves de Tarsis»: es decir, naves de comercio que habían tomado su nombre de las anteriores navegaciones a Tartessos y que ahora se usaban variamente. En todo caso, cuando hay referencias contemporáneas estamos a fines del siglo VIII (Isaías) y VII (la inscripción de Asharadón, 671). Y se nos habla de navegaciones por el Mediterráneo y se califica a Tarshish de hijo de Yawán (Grecia), igual que Kittim (Chipre). Hay en estos textos, en efecto, huellas de navegaciones tirias, en efecto, ya en el siglo X y luego a partir del VIII: una línea de comercio Tiro-Tartessos. Pero vuelvo al problema lingüístico: la forma con -shi, que viene sin duda desde antiguo, pero que los griegos decidieron rechazar, aceptando, igual que luego los romanos, la -t final de la lengua indígena (los romanos, con otro vocalismo). Pues bien, la única manera, pienso, de interpretar la alternancia -t-/ -s es notar que esta -s aparece ante -i y que podemos pensar que la vía de entrada de -si es la evolución griega -ti > -si. Esta evolución, comenzada ya en el segundo milenio en micénico y en el dialecto épico, se difundió (aunque nunca totalmente) en jónico-ático, arcadio, chipriota y lesbio. EM LXVIII 1, 2000 25 Sobre los influjos protoorientalizantes y de los pueblos del mar, anteriores a los fenicios, véase ahora J. L. López Castro, «Difusionismo y cambio cultural en la prothistoria española: Tarteso como paradigma», en Los enigmas de Tarteso cit., pp. 39-68. Este influjo oriental arcaico se ve también en la «sociedad palacial», estudiada por M. Almagro Gorbea en «Tarteso desde sus áreas de infleuncia: la sociedad palacial en la Península Ibérica», en Los enigmas de Tarteso cit., Cf. D. Plácido, «La imagen griega de Tarteso», en Los enigmas de Tarteso cit., pp. 81-89. O sea: antes de la forma helenizada en -J0FF`H hubo otra forma, también helenizada, en -J4H (como la del #", J4H, por ejemplo), que los griegos llevaron a Oriente quizá desde el siglo X o antes, en época micénica. Buen testimonio, a añadir a los arqueológicos, sobre las antiguas relaciones de micénicos y tartesios 25. Y de fenicio y griegos, desde luego: pues fueron aquéllos los que difunderon la palabra. La objeción que podría ponerse es la de por qué no se conservó esta forma en los textos griegos. Aparte de que pueden quedar huellas antes mencionadas, lo claro es que en su gran época de navegaciones ya solitarias por Occidente, desde el siglo VIII, prefieron dar nombre al gran reino de Occidente con el sufijo que la colonización ponía ahora de moda: I"DJ0FF`H. Es la época en que, sin duda, fundaron allí un emporion 26. Extraña historia: una forma indígena helenizada con -J4, como tantas otras, prestada a los fenicios, difundida por éstos, sustituída por la nueva forma helenizada I"DJ0FF`H, luego ésta por la forma latinizada Turdetania. El estudio de los nombres míticos que lleva un pueblo colonizador y el de los topónimos que, para uso propio o para quedar establecido, impone a las nuevas tierras, tiene un interés tanto para el conocimiento de éstas como para el de las circunstancias históricas: cómo ese nuevo mundo era visto por los recién llegados, qué traían de sus tierras lejanas y trataban de implantar aquí para no sentirse tan solos, cómo veían el nuevo mundo a que llegaban. Los topónimos reflejan aquello que traían y aquello que buscaban, ilustran sobre la mezcla de religiones y culturas. Así es, ni más ni menos, en el caso de los nombres que traían o que inventaban o copiaban los griegos, a veces traduciéndolos o adaptándolos a su lengua. Traían sus dioses y mitos, sus topónimos griegos o minorasiáticos, se alegraban ante los productos vegetales y minerales que buscaban, identificaban el nuevo mundo con el suyo mediante traducciones y adaptaciones. Era un mundo nuevo del que no tenían más remedio que tomar nombres y cosas, pero que trataban de asociar a la esfera helénica, fundirlo con ella. Ciertamente, antes de llegar a Iberia y Tartessos los griegos habían navegado, comerciado, establecido colonias en el Mediterráneo. Este fue un nuevo paso, sobre los mismos principios sentados desde antes, pero en un territorio nuevo en su geografía, su cultura, sus pueblos, sus productos, sus lenguas. Y ello desde la edad micénica, pero luego, sobre todo, desde el siglo VIII. Comenzó este proceso con ensayos míticos y lingüísticos y con los contactos comerciales y humanos que les acompañaron, la helenización de Hispania, precedente de su romanización. Aquí he querido dar algunas luces, desde el punto de vista de la toponimia, que pueden ayudar a ilustrarla. Hay que añadir a todo esto unas consideraciones cronológicas. Fundamentalmente, los topónimos griegos nos hacen remontar a un tiempo comprendido, aproximadamente, entre el viaje de Coleo (c. 630), que abre nuestra Península a los griegos, y la batalla de Alalia (535), que se la cierra, con ciertas excepciones. De ahí que nuestras fuentes sean fundamentalmente Estesícoro, Avieno, Ferécides y Hecateo, así como datos tomados de aquí en escritores posteriores. Es interesante notar que, si bien una parte de este vocabulario, el griego (tipo Calpe, Emporion) y las adaptaciones al griego (tipo Baetis) se conservó, en mayor medida no fue aceptado: se trataba de nombres que daban a ciudades, pueblos y accidentes geográficos los navegantes y comerciantes griegos, simplemente. Pero es interesante como testimonio del jonio de aquellos tiempos y, también, del conocimiento de los griegos, ya de esa época, sobre minería, productos, geografía y etnología de Hispania. Ahora bien, Tartessos y Tarsis, formas helenizadas, nos hacen remontar más atrás: sin duda, al período en que griegos y fenicios comerciaban juntos en Andalucía, al período, a partir del siglo VIII, testimoniado por la arqueología. En otros casos, el terminus post quem es dudoso: el viaje de Coleo es sólo una precisión aproximada. Pero es bien posible que otros nombres grie-EM LXVIII 1, 2000 gos o helenizados sean posteriores: una cronología relativa es con frecuencia imposible, como ya dije. Para los griegos micénicos y arcaicos, e incluso para los posteriores, Sicilia era como América para los españoles, Hispania era como Oceanía. A ésta llevaron nombres como Guadalcanal. Traían sus nombres geográficos y míticos, inventaban otros sobre datos diversos que se les venían a la vista, adaptaban otros indígenas. Son nombres que a veces se difundieron e implantaron, otras veces eran usados por los solos griegos. Los nombres indígenas resurgieron con frecuencia y se añadieron los romanos (con frecuencia traducciones del griego, así Lucentum). Pero la toponimia griega que hemos estudiado no deja de tener interés tanto desde el punto de vista de la lengua griega arcaica, como desde el propiamente histórico.
Mi larguísima experiencia docente en la explicación del Hercules furens de Séneca, así como mis también innumerables años de dedicación a la investigación de la mitología clásica, me han hecho acoger con gran placer la reciente aparición de una nueva edición, bilingüe y comentada, de Para los amores de Hércules con Ónfala (en p. 465-471 del Hercules furens) no es admisible la calificación de «interpretación helenística»: así lo he demostrado yo, creo que hasta la saciedad, sobre todo en CFC n.s. 14, 1998, pp. 27-55, especialmente en pp. 38-42: los amores de Hércules y Ónfala están atestiguados con toda seguridad a mediados del siglo V, en Cratino (en Cratino el Viejo, sin que conste en absoluto si lo estaban o no en la Ónfala de Cratino el Joven), y es prácticamente seguro que estuvieron en la leyenda de Hércules ya desde sus comienzos. Y, por otra parte, no sólo en Sófocles, sino también en el Agamenón de Esquilo, está la esclavitud de Hércules a Ónfala, aunque, en uno y otro, silenciando los amores, silencio que nada demuestra. Para la relajación de Hércules tras sus muchas hazañas, conforme la disculpa Anfitrión frente a Lico en el post mul/ta uir/tus ope/ra la/xari/ solet de v. Para el opima uicti regis de v. 48 ya expliqué yo con todo detalle por qué Séneca llama "despojos opimos del rey vencido, del Júpiter infernal" (opima uicti regis en v. 99 s.: «Habiéndosele ordenado que se adentrara en las regiones del sol ardiente y en los reinos abrasados que tuesta el astro del día en el cénit,...»: no es designación geográfica (= "localizadora" según la definición de Emilio H. del Villar; sí lo es, en cambio, en Georg. III 302, v. infra), sino astronómica; astronómica también, aunque no 'el astro del día', en Lucano I 16 quaque dies medius flagrantibus aestuat horis "y donde el día, en su parte media, se abrasa en las horas ardientes": es el Sur, pero es todo el verso el que lo designa, no sólo el dies medius, que, por otra parte, al ser sujeto del intransitivo aestuat, no es el Sol, mientras que sí lo es, por activo, en el senecano medius regna quae torret dies. III 302 "poner los establos al abrigo de los vientos, de manera que les dé el sol invernal, orientados a mediodía" (et stabula a uentis hiberno opponere soli / ad medium conuersa diem, se trata de una orientación puramente geográfica, de puntos cardinales; lo mismo, probablemente, en Lucano IX 606 ultra / a medio die,'más allá del medio día', aunque el límite aquí es impreciso, pese a la interpretación 'el Ecuador' de Housman. El in cuius ortus mundus impendit diem, que es el v. El abrupto obice del v. 237 es perfectamente posible, y no hace falta la enmienda ac rupto obice de Gronovio, ni, por otra parte, el que, no mucho después, en v. 287, aparezca et rupto aggere demuestra nada, es decir, no demuestra, en absoluto, que en el v. 237 estuviera igual, por mucho que así lo pongan muchos editores para admitir sin más la enmienda de Gronovio. Basta, como hace Thomann, poner puntuación fuerte tras soluit, y el sentido es absolutamente el mismo: utrim/que mon/tes sol/uit: ab/rupto ob/ice latam / ruen/ti fe/cit O/ceano / uiam. En cuanto a ese oo bice, sobre cuya sílaba larga inicial nada dice la autora de este libro, yo siempre he llamado la atención sobre esa cantidad, que es puramente posicional, y corresponde (como el subices de Ennio en Gelio IV 17,14 -y en Festo, p. 394,33 L. -, y como los demás ejemplos que en ese capítulo 17 ofrece Gelio, bastante confusamente por cierto) a los alargamientos posicionales en ao bÁcio, coo nÁcio, oo bÁcio, en los que, como bien dice Monteil en p. 101 de Eléments de phonétique..., se trata de dos ies en la pronunciación, que es la que determina, en éste y en otros muchos casos, la cantidad, a pesar de ser una sola i en la grafía. Todos los ejemplos de esos verbos, y de gen. oo bÁcis, etc., tienen sílaba inicial larga en Virgilio, en Ovidio y en Séneca; sólo Silio Itálico abrevia oa bÁces en IV 24 et fi/dos cer/tant obi/ces ac/cersere/ silua, por reacción ortográfica como bien dice el Ernout-Meillet. Tengo que decir también que a esta versión senecana (también en el Hércules Eteo v.1240 y 1568 s., y que es igualmente la de Plinio NH III 4, y la de Pomponio Mela I 27), en la que Hércules rompe la barrera o muralla natural y obstáculo que hacía del Mediterráneo un lago o mare internum o šndotéra qálassa, el Mar Interior (detallado por mí en MC pp. 231 s.), a esa versión, digo, se opone la de Diodoro en IV 38,5 (aunque termina ofreciendo también la otra, pero como menos aceptable, al parecer, para él), según la cual lo que hizo Hércules fue, no "abrir o establecer la comunicación", que no existía, entre el Oceáno y el Mediterráneo, sino "estrechar" dicha comunicación, ya existente aunque no dice cómo. Y lo curioso es que esta versión de Diodoro (ya sea directamente, ya a través del Padre Mariana) parece encontrarse, según ya indicó Rosa López Torrijos (en pp. 142 s. de La mitología en la pintura española del Siglo de Oro), y según ha estudiado después, más detalladamente, Francisca Moya del Baño en «Séneca y la pintura» (pp. 125-132 del libro colectivo Séneca dos mil años después, Córdoba 1997; pp. 130-132), parece encontrarse, digo, en Zurbarán, a saber, en el primero, núm. 1241 del Prado, de diez cuadros suyos, todos en el Prado, consagrados a Hércules. Según Francisca Moya, sin embargo, en ese Zurbarán no está claro que Hércules esté aproximando los dos peñascos el uno al otro (lo que sería estrechar el paso como en Diodoro), sino más bien separándolos como en Séneca. La cuestión queda abierta y en espera de opinión autorizada de algún experto en funcionamiento de los músculos y huesos de los brazos. Para la Bacchi parens, "la madre de Baco" que, en vv. 16 s., ha engrosado, juntamente con su hijo, el número de los celestes, los textos pertinentes los he estudiado yo en MC pp. 177 y 183, y no hace falta ya, como en tantos otros casos, acudir al Roscher ni al P.-W. Y lo mismo para toda la restante enumeración de catasterismos, y de otros nuevos habitantes del cielo, que hace Juno en vv. 6-18; muy especialmente, en pp. 76-78 de MC, para las particularidades del nacimiento de Ártemis y Apolo, y avatares de la isla de Delos, del v.15 (quibus/que na/tis mo/bilis/ tellus/ stetit), y, más recientemente, en p. 285 de Silva de temas clásicos y humanísticos, para las particularidades prosódicas del nacimiento de Perseo en el verso 13: sua ao s|quea |Peo r|seo us ao u|rea uo s|steo llao s|haa bea t. Aquí, por cierto, para la "lluvia de oro" (esto es, Zeus que en esa forma llega hasta Dánae y engendra a Perseo) a la que alude ese epíteto aureus, trisilábico au-re-us, a diferencia del bisilábico Per-seus que inmediatamente precede, más importantes que los textos que aduje yo en MC pp 158 s. (y que el aurigenae fratri de Met. V 250) son, por más exactos y rotundos, estos otros: aureus|idem || fluxit in | imbri v. 207, dímetro anapéstico, de la Octavia (citado éste por la autora de este libro), y, sobre todo, Higino, fab. La única demostración posible de que la Thracia paelex de v. 149 es Filomela (paelex a la fuerza: empleo nada raro de paelex; y Thracia por haber sido violada en Tracia) está en p. 111 de mi Silva de temas clásicos y humanísticos: por el pendet stridula ramo de v. 146, que no es aplicable a la golondrina: así, b i e n, la autora de este libro en p. que Procne no es nunca paelex en este mito, sino siempre la esposa de Tereo; es en las metamorfosis de una y otra hermana donde hay variación (sobre todo en los textos latinos), pero nunca en los respectivos papeles, de esposa y cuñada, de Procne y Filomela: MC pp.359-365. 650 securae es, como bien dice la autora, "ya asegurada", "ya sin temor", y no "de corazón tranquilo o impávido". Para el regno capaci de v. 659: donde mejor está esta noción es en el discurso de Orfeo a los soberanos del Infierno, en Met. Para el cumba succubuit uni de vv. 775 s. (el esquife de Caronte que empieza a hundirse por el peso de Hércules) el más sugestivo paralelo es el haber, según Ferecides 3 F 111 en Apolodoro I 9, 19 (p. 279 de mi MC), el haber, digo, la propia nave Argo, haciendo uso de su facultad de hablar, manifestado que no podía con el peso de Hércules: cf. schol. V 401; y, curiosamente, AP VII 391: en el pentámetro final: no cabe en el Aqueronte un navío suficientemente grande para llevar a Germánico (oÐ xwreî nÊa tóshn 9Axérwn), cuya grandeza (en el hexámetro que precede) "no me pertenece a mí" (habla Plutón), sino a los astros. 776: seo dit de la parádosis es positivamente mejor que la inútil enmienda sidit de Gronovio, puesto que es perfecto común a sea deo re y a sÀdea re; y ello, aun cuando exista también sÀdi para sÀdea re, y de modo en parte semejante a como el bÁbit del verso que sigue es a la vez perfecto y presente (homonimia sólo en esa 3a persona del singular y en la 1a del plural). Y no hace falta aquí cambio alguno de tiempo verbal: si presentes históricos son domat y scandit en vv 774 s., el tiempo pasa a perfecto preterital en el succubuit de v. 776, y se mantiene como tal en seo dit y en bÁbit, pasando de nuevo a presente histórico en trepidat y mergit de vv. Y, por supuesto, y en esto estoy de acuerdo con la autora, esto es así lo mismo si el seo dit se refiere a la nave, lo que es más obvio como vamos a ver en seguida, que si, como entienden Miller y Thomann entre otros, se refiere a Hércules, lo que no es imposible. Pero, en efecto, lo obvio es "la nave ha empezado a hundirse, y, al aumentar de peso, a beber las aguas del Lete por ambos costados que se bambolean": en efecto,'empezar a hundirse', a partir de 'ceder','humillarse', nachgeben, resulta indubitablemente del contexto, así como de ejemplos de sea deo re con esa significación como Lucrecio V 474, quod neque tam fuerint grauia ut depressa sederent, "porque ni para en lo hondo posar eran tanto de peso" (García Calvo), y Tibulo IV 1,41 s., iusta pari premitur ueluti cum pondere libra / prona nec hac plus parte sedet nec surgit ab illa, "[las alabanzas que tú, Mesala, te mereces no son mayores en las armas ni menores en el foro] como cuando la balanza, en equilibrio, recibe pesos iguales, y ni baja inclinándose por una parte, ni sube por la otra" (cf., en mi artículo «La Balanza de la Justicia», CFC n.s. 13, 1997, lo que digo en pp. 10 y 11; y cf., en la Loa para el Auto sacramental Siquis y Cupido -de los dos de este título, en el de Toledo -de Calderón, en p. 344 de la ed. Aguilar de D. Ángel Valbuena, «quiero decir que si el rico / ocupase con extremo / una balanza y el pobre / se ve en la otra sujeto / que ni una por lo más suba, / ni otra baje por lo menos»); y cf., asimismo, no mucho después de Séneca, el sedisse immensos montes (uno de los prodigios de aquel año 17 p.C.) en Tácito, Ann. Y, por último, ese valor incoativo, o ingresivo e inminencial, se propaga al bibit, lo mismo si es perfecto que presente. 840 quantus/ Ele/um ruit ad/ Tonan/tem no hay tal "anacronismo", puesto que el coro está hablando en el "tiempo mítico", y la fundación de las Olimpiadas por Hércules (en mi MC p. 842 cum longae redit hora nocti: detallado todo lo de Libra en mi citado artículo de CFC n.s. 866 hay que mantener potuit; la "zwingende" conjetura poterit de Bentley está muy bien rechazada, por inútil, como casi todas las innumerables conjeturas de Bentley, por la autora, siguiendo las deutéraj frontídaj de Zwierlein en la reimpresión de 1987 de su edición (en 1986 sí la había aceptado -siguiendo su manifiesta inclinación a lo conjetural, como se ve por ejemplo en su dogmática abjudicación de la Octavia y del Hercules Oetaeus). -Para el v. 873 cf. de nuevo Orfeo en el principio de Met. Es insuficiente la indicación del contraste (en p. 478), común a Eurípides y a Séneca, entre el «Triumph und Lobpreis des Helden» y la «folgende(n) Peripetie». Con mayor precisión lo expuse yo ya en Introducción a la poesía clásica, Murcia, 1964, p. 19, y en «La tragedia como mitografía», RUM 51, 1964, en las dos páginas finales, pp. 561 s.: «... consiguiendo así (Eurípides), a la vez, el máximo efecto dramático sobre el espectador, que después de la angustiosa espera de toda la primera parte de la pieza, y después de sentirse inundado de alegría a la llegada triunfal del héroe que libera a toda su familia de la muerte inminente castigando al tirano Lico, ve caer a ese héroe inigualable en la más imprevista catástrofe, la locura rabiosa que le hace tomar por hijos del odiado Euristeo a los suyos propios, y darles muerte, así como a su esposa....». La catábasis o descenso de Hércules al infierno no es voluntaria en ningún caso, a saber, en particular en esta pieza, tanto en vv. Se trata, por el contrario, del último trabajo impuesto por Euristeo (como explicitísimamente dicen los versos (en el Logóteta, v. 305) del Pirítoo de Eurípides que muy bien reproduce la autora en esa p. 479); y el nimium... properas... maestos uisere manes de v. 186 s. no implica de ningún modo que lo haga voluntariamente, sino que es un triste y resignado comentario, en apóstrofe del coro, dirigido a Hércules ausente, acerca de esa necesidad en que se ve Hércules (aunque explícita solamente después, en vv. 832 derat hoc solum numero laborum) de bajar al Hades. 185, tras el gens hominum fertur... obuia fatis de vv. 183 s., es gnómico, general, y no indica tampoco voluntariedad, sino o ceguera (incerta sui), o necesidad de obedecer como en este caso particular de Hércules. El mortal castigo de Lico por obra de Hércules en vv. 642-644 si noui Herculem,/ Lycus Creonti debitas poenas dabit. / lentum est dabit: dat; hoc quoque est lentum: dedit) no aparece en escena, sino que lo comunica el propio Hércules, también muy brevemente, y como ya consumado, en esos vv. Parece Séneca seguir aquí (pero no en la Medea v. Sin embargo, tal cosa aparece nada menos que en Sófocles: el suicidio de Ayax en el Ayax, explicado por mí con precisión en CFC 24, 1990, pp. 93 s. 16. 569-589, de la catábasis o descenso al infierno de Orfeo, pero el de Orfeo por amor, por acendradísimo amor a su esposa Eurídice, y para recuperarla, lo tengo yo estudiado y aludido tan insistentemente, y en tantos trabajos desde 1964, que me remito a uno de los más recientes (en donde doy la referencia exacta de los más importantes de entre los anteriores): Mitología clásica y música occidental, Universidad de Alcalá, 1997, pp. 95-98 y 124-125. --Para el surdis... locis de v. 577: debe mantenerse así: es lección absolutamente irreprochable, "lloran a Eurídice las mujeres tracias", puesto que la localización en Tracia de la muerte de Eurídice (como más tarde de la de Orfeo) es perfectamente posible y no está contradicha por las otras fuentes, que no ofrecen localización alguna; y aun sin localización, ni deliberada ni implícita, de esa muerte de Eurídice, nada tiene de extraordinario que siendo tracio Orfeo lloraran la muerte de su esposa las damas de su país. Es inútil, por tanto, la «glänzende Emendation» (como tantos miles de otras igualmente "glänzende" e igualmente inútiles) de B. Schmidt, y el que Eurydice esté poco antes y poco después, en vv. 571 y 578, no demuestra nada: sólo que pudo estar Eumenides en vez de Eurydicen, no que lo estuviera ni que haya constancia alguna de que ese "que lo estuviera" sea probable. Y no menos absurdo es forzar Threiciam nurum en vez de Threiciae nurus para que cuadre el sentido, apoyando una conjetura en otra, como tantas veces, en vulgarísimo círculo vicioso, y por mucho que lo diga Axelson. --Sobre el verus amor de v. 588: verdadero amor es, de Orfeo a Eurídice, y no sólo aquí (y, tan clara como implícitamente, en vv. 1085-1088 del senecano -v. infra -Hercules Oetaeus), sino, arrolladoramente, ya en Virgilio y en Ovidio, y, poco menos, en Boecio (en toda la larga poesía glicónica, vv. 5-58, de la Philosophiae consolatio, III 12, especialmente en vv. Sólo Platón, por su absoluta insensibilidad para el amor (puesto que sólo conoce la homosexualidad: v. lo que digo en p. Banquete una inadmisible reprobación del descenso de Orfeo para recuperar a Eurídice: v. especialmente Introducción a la poesía clásica, pp. 22 s.,Valoración ideológica...,p. 220. --Y, a propósito del Hercules Oetaeus: no puedo estar de acuerdo, de ningún modo, con la autora en su sumisa aceptación de las abjudicaciones, por Zwierlein (después de tantos otros), del Hercules Oetaeus y de la Octavia. Para el momento de la salida de Hércules a la luz del día, en vv. 593 s. O lucis almae rector et caeli deus, / qui alterna curru spatia flammifero ambiens / illustre latis exeris terris caput: apóstrofe al Sol tan gozoso como éste, sólo el de Brunilda al despertar, por el beso de Sigfrido, en el Siegfried, III 3, pp. 1010-1015 de la partitura Eulenburg, en Do mayor: «Heil dir, Sonne! Mucho menos en Eurípides, vv. 523 s., ae xaîre mélaqron... šj fáoj molÓn; tampoco está este apóstrofe al salir de la oscuridad (de la del sueño en Brunilda) a la luz, sino en situaciones totalmente diversas, en los alme Sol, lux alma, dies almus, o... mundi decus, lucidum caeli decus de Horacio (carm. saec. V 64), ni en ningún otro sitio al parecer, y menos aún en griego. 596 y de la quincena de otros pasajes similares que ad v. 596 ofrece la autora, hay que destacar el, muy importante, de vv. Y muy bien señala la autora, ad vv. 213 s., partiendo de Heldmann, que, a diferencia de todo esto en los textos latinos, en griego, en cambio (cf. Trach. 19-21), no está claro que sea Hera la que manda y Euristeo sólo su agente. Frente a la no presentación en escena del castigo de Lico (el terram ce-cÀdit ore de vv. 895 s.) conforme la hemos visto supra, parágrafo 15 (y lo mismo en Eurípides: vv. 493), hay también que destacar que, por el contrario, Séneca casi presenta en escena, en el "reportaje simultáneo" (simultáneo con las palabras y golpes de Hércules) de Anfitrión en vv. Sobre particularidades de este precioso apóstrofe anapéstico al Sueño, tengo que decir: que el llamar Séneca al Sueño hijo de Astrea (v. 1068) puede ser una innovación suya, o bien, si seguimos a Traina, ser Astraeae aquí adjetivo,'hijo de la madre estrellada' y entonces esa madre es, como en Hesiodo (y en la cantata 56) la Noche, llamada'steríh núc en Arato v. 695, y signipotens nox por Cicerón en Arat. 475; que hay que mantener el uolucer (con concordancia ad sensum) del Etruscus y del Parisinus 8260, sin hacer caso de la inútil enmienda de Leo uolucre o: uolucer / matris // genus As/traeae; que del mismo modo hay que mantener, en v. 1072, el pater o rerum del Etruscus y de los A, sin hacer el menor caso de la igualmente inútil enmienda, meramente posible como tantos millones de otras, de Wilamowitz, pax (aunque aceptada por Traina y por otros muchos, si bien añadió errorum en vez de o rerum, y en eso no le ha seguido casi nadie): pater o / rerum, // portus / uitae; y que para el genus humanum // cogis longam discere mortem (no el noctem de Dousa, aceptado por la autora), mucho an-EM LXVIII 1, 2000 tes que la qanátou e±kÓn de las Sentencias de Segundo, y que la promúhsij toû qanátou de Plutarco que cita la autora, está la imago mortis de Cicerón en Tusc. 60 s. de mi Mitología clásica y música occidental). Por último, me parece muy acertada la sugerencia, de Zintzen y de la autora, para el ofrecimiento final de Teseo a Hércules en vv. 1331 Teseo admite que Hércules morirá un día, en Séneca en cambio, al indicar Teseo que Atenas suele absolver a los dioses, con hiperbólica referencia (como en otros casos de solere bien reseñados por la autora ad v. 1102) a la absolución de Ares por el Areópago (en MC p. 88), está, muy probablemente, aludiendo a la futura apoteosis de Hércules, que no morirá nunca y será uno de esos dioses (a pesar de no haber tenido lugar esa apoteosis en Atenas, en ninguna fuente y en particular tampoco en el Hercules Oetaeus): illa te, Alcide, uocat, facere innocentes terra quae superos solet.
Siendo Cicerón el autor que más entradas devenga en el index nominum de la Institutio oratoria, y abundando en ésta las referencias extremadamente elogiosas a su perfecto dominio de la ars dicendi, no es cosa fácil abstenerse de subscribir la opinión común según la cual Quintiliano sería seguidor fidelísimo, y hasta reivindicativo 1, de la doctrina de Cicerón. Lo que, por lo menos a primera vista, parece ser seguro y evidente, y dar sólido fundamento a lo que de las dos citas ciceronianas que cierran el capítulo primero del libro IX de la Institutio dice Jean Cousin: para él, las aduce Quintiliano en apoyo de su parecer acerca del número de figurae, «ou plutôt pour indiquer sa propre position,... marquant ainsi sa volonté de ne pas s 'écarter fondamentalement de la tradition cicéronienne» 2. Pero a pie de página pone la siguiente apostilla: «ces longues citations de textes connus étaient-elles né-cessaires?». Observación oportunísima, por cuanto es indiscutible que no hacía falta reproducir ocho parágrafos del De oratore (III 201-208) y seis del Orator (134-139) para manifestar inequívocamente la adhesión de Quintiliano a los postulados científicos de Cicerón. Pero me parece a mí que no era ésa, sino justamente la contraria, la verdadera intención del autor de la Institutio, que presenta la primera de las citas en cuestión como si viniera a ilustrar la reseña de la doctrina de Cicerón en lo concerniente a la naturaleza de los sxÉmata y al censo de éstos: Y es muy cierto que el pasaje no se deja entender muy bien si se parte de la convicción de que constituye una declaración de fidelidad, y sobre todo si no se repara en un importantísimo detalle: Quintiliano omitió citar, y considerar, el pasaje que en el De oratore sigue inmediatamente al pretendido catálogo de figurae ciceronianas, que se encuentra al final de una exposición puesta en boca de Craso. El texto omitido -¿o escamoteado? -dice así: Bien a la vista está que para Cicerón todos los artificios retóricos enumerados en ese lugar eran del dominio común, perteneciendo a lo que llamaríamos "cultura general" de la oratoria. Por lo que, valiéndose de su calidad de orator, hace lo que un rhetor no haría jamás y "amontona" -congerit -los sxÉmata, que para él son quae essent clarissima et ad mouendum auditorem ualerent plurimum, sin preocuparse de clasificarlos, definirlos e ilustrarlos 3 Quint. IX 1.36. con ejemplos: acertado es, por tanto, decir que "echó por la calle de en medio", modismo que, si no fuera vulgar, traduciría mediam quandam secutus uiam con toda propiedad. De lo que se desprende que, a juicio de Quintiliano, la doctrina retórica de Cicerón dejaba realmente mucho que desear. ¿Qué otra cosa podríamos entender si nos dice de sus figurae que no son mejores que aquellas quae ab auctoribus claris traduntur; que con el tiempo fue variando el número de ellas; que algunas, bastantes, no son sxÉmata verdaderos; y que, por último y para colmo, no siempre son precisos e inequívocos los "términos técnicos" de los que Cicerón se servía? 4 Quint., Inst. He ahí un testimonio definitivo de lo poco que para Cicerón importaba el rigor formal. A este respecto, creo necesario recordar que en el libro III de la Institutio se encuentra, envuelta en lisonjas, una grave acusación contra el orator que, metido a rhetor, habría omitido deliberadamente "detalles de mucha importancia" en sus ensayos: praecipuum vero lumen sicut eloquentiae, ita praeceptis quoque eius dedit unicum apud nos specimen orandi docendique oratorias artes M. Tullius, post quem tacere modestissimum foret, nisi et rhetoricos suos ipse adulescenti sibi elapsos diceret, et in oratoriis haec minora, quae plerumque desiderantur, sciens omisisset. Por otra parte, es indudable que Quintiliano no quiso ocultar en ningún momento las radicales diferencias de enfoque que le separaban de Cicerón, ya que al término de la cita del Orator -extraída de un pasaje en el que se pone una vez más de manifiesto la orientación "acientífica" de la retórica tuliana 4 -expone y subraya esas diferencias: ergo cui latius complecti conformationes uerborum ac sententiarum placuerit habet quod sequatur, nec adfirmare ausim quicquam esse melius; sed haec ad propositi mei rationem legat: nam mihi de iis sententiarum figuris dicere in animo est quae ab illo simplici modo indicandi recedunt, quod idem multis doctissimis uiris uideo placuisse. Sigue a esto una relación sumarísima de las figurae mencionadas en la cita del De oratore adscritas al simplex modus indicandi por Quintiliano 5, que 6 A saber: adiunctio, anteoccupatio, comminatio, concisa breuitas, continuatum, conuersio, declinatio, declinatio breuis a proposito, dissipatio, dissolutum, erroris inductio, illusio, impetus et concursio, interruptum, obsecratio, percursio, personarum ficta inductio, progressio, reuocatio uerbi y rogatio. ni siquiera hace mención de un buen número 6 de las figurae enumeradas en el De oratore como pertenecientes a la doctrina uulgaris, con lo que se reduce a una docena muy justa 7 el número de los sxÉmata ciceronianos tenidos por meramente aceptables -ceteris omnibus consentio, en palabras del rhetor -, aunque con reparos, reservas o matizaciones tres de ellos: A la vista de todo lo cual, forzosamente hay que concluir que carece absolutamente de fundamento real la opinión común según la cual Quintiliano sería seguidor fidelísimo, y hasta reivindicativo, de la doctrina de Cicerón, así como el juicio que acerca de las citas reseñadas aventuró Cousin: seguro es, y evidente, que fueron aducidas para que los lectores de la Institutio pudieran apreciar -ne fraudarem legentes iudicio maximi auctoris -las radicales diferencias de criterio que separaban la doctrina rigurosa del rhetor de la de aquellos pragmáticos que, atentos sólo a los resultados, creían que era lícito y oportuno latius complecti conformationes uerborum ac sententiarum, como por ejemplo el admirable y admirado orator, pero no rhetor, Marco Tulio Cicerón.
Se ha resaltado que «el Crátilo es, sin duda, entre los diálogos de Platón, uno de los que más bibliografía específica ha suscitado en virtud de los múltiples problemas que plantea», NUEVA INTERPRETACIÓN DEL CRÁTILO PLATÓNICO A PARTIR DE LAS APORTACIONES DEL PAPIRO DE DERVENI * FRANCESC CASADESÚS BORDOY Universitat de les Illes Balears versia: para Crátilo, los nombres se corresponden por naturaleza con "exactitud" con cada uno de los seres que designan 2. Su interlocutor, Hermógenes cree, por el contrario, que la relación entre el nombre y la cosa es producto del consenso y de la convención entre los hombres 3. Para llegar a alguna conclusión entre estas dos posiciones antagónicas, interviene Sócrates. En un principio, Sócrates parece refutar la posición "convencionalista" de Hermógenes ofreciendo un centenar de etimologías sobre el significado de los nombres de los dioses y otros más comunes, 4 con la intención de demostrar que, en efecto, los nombres contienen y manifiestan la esencia natural de las cosas. Sin embargo, el tono irónico en el que se enmarcan sus explicaciones despierta pronto la sospecha sobre si Sócrates estaba defendiendo con seriedad la teoría naturalista. El desarrollo del diálogo acaba demostrando que lo que en realidad Sócrates se propuso fue poner en evidencia las limitaciones de esa concepción etimológica. Esta conclusión no es el resultado de una simple conjetura: el propio Sócrates, una vez expuestas una buena parte de las etimologías, confiesa sin rubor a Crátilo, antes de introducir su crítica a la creencia en la exactitud natural de las palabras que ocupará la parte final del diálogo, 428a-440e, que "ni yo mismo sostendría nada de lo que he dicho porque lo he examinado tal como se me ocurría con Hermógenes" 5. alarde de imaginación, pretende encontrar un significado profundo en las etimologías propuestas por Sócrates, relacionado con aspectos esenciales del sistema filosófico platónico. Resulta particularmente pintoresco su intento de demostrar que las etimologías propuestas por Sócrates para los nombres de los dioses Krónos y Ourános, como Korou' nou' y oJ rw' sa ta; a[ nw, respectivamente, revelan que «pure intellect comes from astronomy» y que son por ello «the anticipation of a genuine platonic insight», Sedley 1998, p. Como una advertencia previa a esta declaración hay que interpretar la insistencia de Sócrates en dejar claro que su inusitado interés por las etimologías es algo repentino, ej xaiv fnh", "una sabiduría que me ha sobrevenido de repente, no sé de dónde". 6 Ante tamaña confesión y frente a la larga sarta de etimologías improvisadas, Hermógenes insiste en que "como los poseídos por un dios recitas, de repente, oráculos". 7 Sócrates acaba reconociendo que lo que está haciendo es algo momentáneo y espúreo, válido tan sólo para hoy, pero "que mañana conjuraremos y purificaremos". 8 El tono sigue siendo altamente irónico y pretende advertir de la escasa importancia que Sócrates concedía al método etimológico excusándose en el hecho de que era para él algo inusual y sobrevenido debido a una inspiración divina repentina. En definitiva, Sócrates concluyó su larga exposición etimológica reconociendo algo que puede decepcionar a más de un estudioso: que su aparente aplicación e interés en ofrecer etimologías "naturalistas" no era más que un recurso irónico, una broma, para refutar aquello que, en un principio, había parecido querer defender: que los nombres poseen por naturaleza rasgos inherentes a la esencia de las cosas que describen. Ahora bien, si hasta aquí el hilo de la argumentación socrática habla por si mismo, no está tan claro, en cambio, el motivo de esa refutación burlesca ni contra quiénes iba dirigida. Este artículo pretende desvelar en quién estaba pensando Platón para intentar contribuir, de paso, a ofrecer una interpretación del Crátilo distinta de las que han predominado hasta ahora. Para ello conviene analizar con cautela algunos pasajes del Crátilo que han pasado desapercibidos a los especialistas que, en general, si bien han intuido y aceptado que Sócrates se dirigía contra alguien en concreto, como EM LXVIII 1, 2000 9 «There was a time when scholars believed that behind the etymologies we were to see the shadow of some philosophical enemy of Plato' s, the favourite candidate being Antisthenes», Baxter 1992, p. 10 Esta es la opinión mantenida por Baxter, para quien el Crátilo parodiaba a todos aquellos que concedían un valor excesivo a las etimologías: «The etymologies parody a whole range of Greek thinkers and poets», Baxter 1992, p. 6 11 Descubierto en el año 1962 en Derveni, a 10 kilómetros al norte de Tesalónica, ha sido datado unánimemente en el siglo IV a. C. por los especialistas. Hasta que aparezca la ya largamente esperada edición crítica que fije definitivamente el texto, los estudiosos tienen que conformarse con una transcripción anónima y provisional, basada en transcripciones preliminares del papiro: Der orphische Papyrus von Derveni, ZPE 47, 1982, tras la p. Recientemente ha sido reeditadas las siete primeras columnas con notables variaciones respecto a la primera versión, K. Tsantsanoglou, «The First Columns of the Derveni Papyrus and their Religious Significance», Laks-Most, 1997, pp. 93-128. Antístenes, 9 Heráclito o los sofistas, no han considerado otras posibilidades quizá mucho más verosímiles. En otras palabras, si bien puede ser cierto que Platón tuvo in mente en su refutación a todos aquellos que, ya fuesen poetas, filósofos o sofistas, concedían un valor fundamental al conocimiento que se podía adquirir mediante el análisis etimológico, 10 no lo es menos que, entre ellos, debe incluirse también a los seguidores de Orfeo. Este artículo pretende demostrar que la exégesis etimológica practicada en determinados círculos doctrinales órficos fue uno de los objetivos preferentes que motivaron la elaboración del Crátilo. El papiro de Derveni. El sensacional descubrimiento del papiro de Derveni 11, como ya ha señalado algún estudioso 12, facilita la tarea de identificación que nos hemos propuesto. En ese papiro un autor anónimo comenta exegéticamente una veintena de versos de una teogonía cosmogónica adjudicada a Orfeo, recurriendo a numerosas alegorías y explicaciones etimológicas. Algunas de las afirmaciones del comentarista y el propio método etimológico utilizado coinciden, como se verá, con la posición naturalista defendida por Crátilo. Las similitudes entre determinados aspectos del pensamiento de Heráclito y el orfismo ya han sido resaltados por otros estudiosos. Hay que observar, además, que la frecuente afirmación de Heráclito de que son muy pocos los hombres que captan el lov go" (cf. 22 B 1 DK; 22 B 17 DK; 22 B 34 DK) coincide con la afirmación recurrente en el papiro de que la mayoría desconoce el verdadero significado de las palabras utilizadas por Orfeo (cf. PD IX 2-3; XII 3-7; XVIII 14; XIX 1-3; XXVI 8). Sobre las relaciones entre Heráclito y el orfismo se ha escrito mucho a partir del descubrimiento del papiro, cf. W. Burkert "Heraclito nel Papiro di Derveni: due nove testimonianze", Atti del Symposium Heracliteum, Roma, 1981, pp. 37-42; K. Tsantsanoglou y G. M Parássoglou, «Heraclitus in the Derveni Papyrus», Studi e testi per il Corpus dei Papiri Filosofici Greci e Latini, Florencia, 1988, III, pp. 125-133;D. Sider, «Heraclitus in the Derveni Papyrus», Studies on the Derveni Papyrus, Laks-Most, 1997, pp. 129-148. Las conexiones entre el orfismo y Heráclito ya habían sido observadas, exageradamente incluso, por V. Macchioro, Eraclito, Nuovi Studi sull ́Orfismo, Bari, 1922. 134. feo poseían un significado profundo y oculto, esencial a las cosas mismas, que la mayoría de los hombres ignoraba porque era incapaz de comprender que esas palabras representaban algo más que una simple y superficial expresión poética. El autor del papiro de Derveni se propuso desvelar esos significados escondidos a unos pocos priviligiados que deseasen iniciarse en ellos. Los especialistas que han reparado en la existencia de similitudes entre el papiro de Derveni y el Crátilo han sugerido, incluso, algunos paralelismos hasta el punto de que se ha supuesto que Eutrifrón podría ser el verdadero autor del papiro porque aparece mencionado en seis ocasiones 13 en el diálogo platónico como defensor de las mismas teorías naturalistas defendidas por Crátilo y Heráclito 14 o que, incluso, Orfeo, habría sido considerado, al menos en los ambientes órficos, el sabio legislador, oJ nomoqev th", 15 que dio el nombre a las cosas tan reiteradamente citado en el diálogo 16. Antes de profundizar en estas cuestiones veamos algunos de los puntos más relevantes en los que se basa el método exegético del comentarista: se dispone a comentar es enigmático para la inmensa mayoría de los hombres, aunque Orfeo no se propuso que los hombres discutiesen sobre ellos, sino decir grandes cosas recurriendo a los enigmas 17. b) El comentarista, puesto que cada una de las palabras empleadas por Orfeo alude crípticamente a hechos y cosas concretas, perì tÔn pragmátwn, tiene que comentarlas pormenorizadamente, una a una, verso a verso, para explicar su significado 18. c) Orfeo utilizó nombres corrientes que los hombres utilizan habitualmente 19, aunque desconozcan su verdadero significado, como, por ejemplo, ocurre con la palabra Moira que Orfeo habría entendido como la inteligencia de Zeus 20. Las palabras, asimismo, poseen un sentido derivado que muy pocos captan 21. d) Cada cosa se denomina a partir de aquello que predomina en ella 22. e) Orfeo se esforzó por denominar todos los seres de la manera más bella y adecuada que pudo, porque conocía la naturaleza de los hombres, que no todos tienen la misma ni quieren las mismas cosas 23. f) Orfeo, en definitiva, utilizó conscientemente las palabras como una pantalla, porque no deseaba que todos los hombres supiesen 24. En todos estos puntos predomina una idea que, en cualquier caso, justifica la labor del comentarista y que, de paso, deberá permitirnos analizar el Crátilo desde la nueva perspectiva que nos proporciona el docu-25 q]uv ra" ga; r ej piqev [sqai kel]euv sa" toi' ["] [wj si; ]n PD VII 9-10. A. Bernabé ha realizado un exhaustivo análisis de esta fórmula en su artículo «La fórmula órfica "cerrad las puertas, profanos". 29 Entre esas observaciones destacan la insistencia del comentarista del papiro en diferenciar el lenguaje popular y el que utilizó Orfeo. El primero, al que el autor del papiro alude con la expresión kata; fav tin, es el que utiliza la mayoría de los hombres que no entiende correctamente lo que dice. Así sucede con la expresión 'Moi' ran ej piklw' sai' o el verbo aj frodisiav xein que los hombres entendieron de un modo distinto al que interpretó el comentarista: oiJ dj j a[ lloi a[ nqrwpoi kata; fav tim 'Moi' ran ej piklw' sai' fasiv n 'sfiv sig' kai;'e[ sesqai tau' q j a{ ssa Moi' ra ej pev klwsen', lev gonte" me; n oj rqw' " ouj k eij dov te" de; ou[ te th; m Moi' ran o{ tiv estin ou[ te to; ej piklw' sai, PD XVIII 3-6; aj nh; r gunaiki; misgov meno" aj frodisiav zein lev getai kata; fav tin, PD XXI 7-9. Asimismo, estableció mento: Orfeo denominó lo mejor que pudo los seres utilizando palabras usuales porque conocía el significado natural de las mismas. El principio de denominación que siguió se basó en su conocimiento de aquello que domina en la cosa nombrada, su realidad esencial. A pesar de ello, el sentido oculto de las palabras impide, por voluntad expresa de Orfeo, que la mayoría de los hombres comprenda su verdadero significado. La función del etimólogo órfico consistía en poner de manifiesto ese sentido. Para que no quedase ninguna duda sobre el carácter mistérico del conocimiento transmitido por las palabras órficas, el comentarista lo enmarcó en un contexto iniciático. Así, antes de comenzar su comentario exegético recordó la conocida máxima órfica utilizada para ahuyentar a los extraños e ignorantes: "cerrad las puertas a los oídos de los profanos" 25. El autor del papiro, pues, abordó la teogonía órfica como un problema lingüístico a resolver 26, con la esperanza de que la explicación de esas palabras le abriese el conocimiento del mundo físico y filosófico 27 en tanto que le explicaban cómo era las cosas, perì tÔn pragmátwn, descritas por ellas. El autor, en definitiva, trató de explicar el mundo por medio del lenguaje 28 lo que explica sus observaciones lingüísticas 29 y las numerosas referencias a EM LXVIII 1, 2000 diferencias dialectales, kata; glw' ssan: Gh' kai; Gai' a kata; [g]lw' ssan, PD XXII 9. Por último, y en relación con la polémica mantenida en el Crátilo, resulta muy interesante constatar que el comentarista identificó el lenguaje vulgar con el que los hombres habrían establecido por convención, como en el caso de la palabra tierra, Gh': Gh' me; n nov mwi, PD XXII 8. Lo que diferenciaba a Orfeo del resto de los mortales es que el poeta supo captar el sentido esencial de los vocablos que ellos ignoraban. Por ese motivo, Orfeo no tuvo inconveniente en utilizar las mismas palabras que los hombres cuando éstas convenían a sus intereses expresivos, porque tan sólo Orfeo conocía el verdadero significado de los nombres. De este modo, el autor del papiro explicó que Orfeo había entendido "Moira" como el pensamiento de Zeus porque éste era el nombre que, de todos los que utilizan los hombres, le resultaba más útil para expresar ese pensamiento: j Orfeu; " ga; r th; m frov nhs[i]m Moi' ran ej kav lesen: ej faiv neto gaJ r auj tw' i tou' to prosferev staton e[i\ ]nai ej x w| n a{ pante" a[ nqrwpoi wj nov masam, PD XVIII 6-9. Los términos utilizados por el comentarista para desarrollar sus aclaraciones son oj nov mata, rJ hv mata, glw' ssa, fav ti", oj nomav zein, kav lein, fav nai, lev gein. Sócrates repite machaconamente esta tesis a lo largo del diálogo para resaltar que, según la posición esencialista, la exactitud, oj rqov th", de los nombres radicaría en su capacidad de revelar cómo es cada uno de los seres, oj nomav twn hJ oj rqov th" (...) oi{ a dhlou' n oi| on e{ kastov n ej sti tw' n o[ ntwn, Pl., Cra. Teniendo en cuenta todos estos aspectos, resulta muy probable que Platón hubiese pensado en individuos como el anónimo autor del papiro de Derveni cuando aludió directamente a la teoría de que "la esencia dominante de la cosa se manifiesta en el nombre" 31. Con la ayuda de los datos aportados por el Papiro de Derveni pueden entenderse mejor algunos pasajes del Crátilo y, por extensión, comprender con mayor precisión los motivos sobre los que Platón fundamentó su crítica al método etimológico esencialista a lo largo del diálogo. Así, por ejemplo, en el pasaje del Crátilo 412c6-413d2 Sócrates, en plena explicación del significado de diversos nombres comunes, aborda la etimología del nombre de la 'justicia', dikaiosuv nh, que encuentra fácil de explicar como procedente de 'el conocimiento de lo justo', dikaiv ou sunev sei. Sin embargo, Sócrates consideró la etimología del concepto de 'lo justo', to; div kaion, 32 ej pei; d j ou\ n ej pitropeuv ei ta; a[ lla pav nta diai> ov n, tou' to to; o[ noma ej klhv qh oj rqw' " "div kaion", Pl., Cra. Una explicación parecida se lee en Pl., Cra. Obsérvese que, sutilmente, se ofrece ahora una nueva etimología resultado de unir el anterior diai> onta con el nuevo participio kav onta de tal manera que div kaion, identificado por algunos con el sol, sería "justo" porque "atraviesa quemando".! mucho más difícil de entender. Además, Sócrates aprovechó ese concepto para demostrar la incapacidad del método etimológico de proporcionar un conocimiento verdadero, basándose en las diversas explicaciones que sobre to; div kaion ofrecían distintas doctrinas y escuelas. La existencia de una controversia sobre el significado de esa palabra ponía de manifiesto el punto flaco del método: la falta de acuerdo entre los etimólogos sobre el origen del significado de los mismos conceptos. Según explica el propio Platón, la dificultad radicaba en que, a pesar de que pareciese que existía un acuerdo sobre el significado de div kaion, pronto resultaba evidente que no sucedía así. Sócrates recordó en qué consistían esas divergencias: algunos, los que creen que "todo está en movimiento", dicen que div kaion procede de diai> ov n,'atravesando', porque lo que domina todo lo demás atraviesa todo el universo rápida y sutilmente y esto lo identifican con lo justo, div kaion 32. A continuación, Sócrates añade que también se ha informado en reuniones secretas, ej n aj porrhv toi", de que lo justo es lo 'causante', ai[ tion,'por lo que', di' o{, las cosas se generan, y que, por ese motivo, alguien le reveló que Zeus se denomina etimológicamente Div a 33. Pero cuando Sócrates, insatisfecho, volvía a interrogarles sobre la cuestión y les planteaba qué era en realidad lo justo, le contestaban que preguntaba demasiado y que con lo dicho ya era suficiente. Sin embargo, intentando satisfacerle "cada uno le contestaba una cosa y ya no se ponían de acuerdo" 34. Así, para unos lo justo era el sol porque, recuperando en parte la primera etimología, es lo único que atravesando y quemando, diai> ov nta kai; kav onta 35, gobierna los seres. Pero la contestación se demostraba, a su vez, insuficiente porque ¿quería decir esto que cuando el sol se pone desaparece la justicia?. Platón utilizó en varias ocasiones la expresión ej n aj porrhv toi" para referirse a los círculos órficos. En el Fedón se adjudica a esas reuniones secretas la teoría órfica de que los hombres en vida nos encontramos encerrados en una prisión, muy similar a la teoría del cuerpo prisión citada en Pl., Cra. En la República, Platón aconsejó que determinadas historias cruentas sobre los dioses, como la castración de Urano por su hijo Krono, relatadas por Homero, Hesíodo y otros poetas, entre los que sin duda hay que contar a Orfeo, fuesen contadas en secreto, di j aj porrhv twn, para que no llegasen a los oídos de los niños, Pl., R. 378a4. Al margen de que Heráclito sea el único filósofo citado en el papiro por su nombre (PD IV 5), junto con dos de sus fragmentos ya conocidos, 22 B 3 DK y 22 B 94 DK, resulta evidente que existen muchas más coincidencias con el autor del mismo. Entre ellas, como ya se ha mencionado en la n. 14, la frecuente insistencia de Heráclito y el comentarista del papiro en que la mayoría de los hombres no captan el significado profundo de las palabras: «l 'influence d' Heraclite es plus notable (...) surtout la constatation surprenante que le langage usuel a un aspect plus profond et essentiel dont les hommes ne se rendent compte», Burkert 1970, p. 40 Las coincidencias con Anaxágoras son muchas. De un lado, el autor del papiro tiende realidad lo justo es el fuego. Afirmación que provocaba las burlas de otro que sostenía, siguiendo a Anaxágoras, que lo justo es el nou' ", "porque es autónomo, no se mezcla con nada y gobierna todas las cosas atravesándolas" 36. Sócrates, ante todas esas interpretaciones diferentes, tuvo que acabar reconociendo, escépticamente, que a pesar de que se denominase div kaion por todas las razones aducidas por unos y otros, él, debido a esas disensiones exegéticas, se encontraba en un estado de "mayor perplejidad que antes de intentar saber qué era lo justo" 37. Centremos ahora la atención algunos aspectos relevantes de la argumentación socrática. Antes que nada hay que resaltar que los destinatarios de la crítica son tres: los heraclitianos, aludidos tras la expresión "los que creen que todo está en movimiento" y las referencias al fuego; los órficos, tras la expresión "reuniones secretas", ej n aj porrhv toi" 38 y, por último, Anaxágoras, mencionado por su nombre como responsable de la teoría de que el nous gobierna todas las cosas sin estar mezcladas con ellas. Resulta muy significativo que sean Heráclito 39 y Anaxágoras 40 los filóa presentar una inteligencia, un nous que acaba identificando con la divinidad, Zeus y que, como en Anaxàgoras, todo lo gobierna. De otro, coinciden en la creencia naturalista fundamental de que "cada cosa se denomina a partir de aquello que domina en ella" tal como lo afirma el comentarista del papiro e} n [e{ k]astog kev k[lht]ai aj po; tou' ej pikratou' nto", PD XIX 1-2 y también lo mantuvo Anaxágoras; eJ kav stou de; kata; to; ej pikratou' n ej n auj i carakthrizomev nou, DK 59 B 1. 41 Sobre esta cuestión, v. 42 Los tres conceptos representan el poder creador y absoluto en el papiro de Derveni. Sobre el papel desempeñado por el sol en la creación de los seres, PD IX 8-10. Sobre el poder de Zeus PD VIII; IX; XIII passim; XVII 12; XVIII passim; XIX passim; XIX 4-5; sobre el nous y la inteligencia PD XVI 9-15; XVIII passim; XIX passim. Sobre el papel que desempeñan Zeus y el nous en el papiro, v. Casadesús, 1996. sofos aludidos junto al ambiente secreto órfico porque el pensamiento de ambos autores parece haber ejercido una influencia importante en el autor del papiro de Derveni. Además, merece una consideración particular que un individuo anónimo de este ambiente secreto órfico asociase el nombre de un dios, Zeus, con el concepto de lo justo, explicación que también coincide con la tendencia de los seguidores órficos de "etimologizar" los nombres de los dioses. 41 Por último, puede que, en este contexto, sea más que una casualidad que las sucesivas identificaciones del sol, Zeus, y el nous de Anaxágoras, con lo justo, mencionadas sucesivamente por Sócrates en este pasaje del Crátilo, coincidan con los tres elementos fundamentales mencionados por el anónimo autor del papiro de Derveni 42. La estrategia socrática resulta evidente: denunciar a quienes creían en la validez del método etimológico como método de explicación de la esencia de los seres, entre los cuales, sin duda, se encontraba el autor del papiro. ¿Qué mejor crítica que sacar a relucir que entre los mismos etimólogos naturalistas existían explicaciones diversas y contradictorias de una misma palabra?. La aparición de contradicciones, en definitiva, anulaba de raíz su fundamento metodológico al tiempo que demostraba que lejos de ser un método útil para alcanzar un conocimiento verdadero, una episteme, sumía a los oyentes en la más completa perplejidad e ignorancia. Gracias al papiro de Derveni sabemos ahora que Sócrates, al mencionar una reunión secreta y obtener de alguien de ese círculo como respuesta el nombre de Zeus, se estaba refiriendo a algún personaje cuyo método de trabajo era similar al del anónimo autor del papiro de Derveni. Todo indica, pues, que Platón criticó a los círculos secretos órficos que basaban su doctrina en la explicación secreta para unos pocos iniciados del verdadero significado de las palabras. Actividad etimológica que Sócrates reprobó como un intento estéril al demostrar que existían disensiones irreconciliables incluso entre los etimólogos que compartían la misma tesis naturalista de que, como creían el autor del papiro de Derveni y Anaxágoras, "cada cosa se denomina a partir de aquello que domina en ella" 43. Este hecho demostraba, a su vez, que la explicación etimológica se encontraba sometida a la subjetividad de quien interpretase esa esencialidad. La conclusión es que cada uno interpretaba lo esencial de una palabra de modo distinto, en función de sus intereses doctrinales, religiosos o filosóficos. Las ocurrencias etimológicas socráticas. Vistas así las cosas, resultaría que lo que pretendió Platón en el Crátilo fue presentar a Sócrates inventando sin rubor etimologías, tal como se le iban ocurriendo, como el mismo reconoció, con la intención de deprestigiar el método etimológico por la vía irónica de la reductio ad absurdum. Es más, puede conjeturarse que, al menos en determinados casos, Sócrates propuso intencionadamente una etimología distinta a la ofrecida en los círculos órficos. Sucede así, por ejemplo, con la etimología del nombre de la diosa Dhmhv thr, que el autor del papiro de Derveni, siguiendo la misma versión ofrecida en otros testimonios órficos y aceptada, además, por los estudiosos como la más verosímil, 44 explica como Gh' mhv thr, "la madre tierra" 45. Sócrates, en cambio, la explicó con un juego de palabras aliterado, mediante el verbo div dwnai, dar, los substantivos dov sin,'don', y ej dwdh' ",'alimento', de modo que el nombre de la diosa Deméter significaría, en la versión socrática, algo así como la "madre que da alimento" 46. Esta etimología difiere tan claramente de la órfica y comúnmente aceptada que algún estudioso ha supuesto que Sócrates quiso provocar un contraste deliberado 47 «The Derveni derivation is banal (Dhmhv thr = Gh' + mhv thr) whereas the Cratylus version seems by contrast deliberately far-fetched», Kahn 1997, p. En otro momento, Sócrates parece insinuar que Krov no" procede de krounov ",'fuente', Pl., Cra. Algo parecido sucede con la etimología del dios Crono, que el comentarista del papiro explicó como krouv ein nou' n, 48 "chocar la mente", y que Sócrates, en cambio, explicó como procedente de kaqaro; n,'puro', y aj khv raton nou','sin mezcla de la mente' 49. Pero no acaba aquí el divertimento etimológico de Sócrates. En el que quizá sea el testimonio más conocido sobre la doctrina órfica, el que discute la etimología de la palabra sw' ma, "cuerpo", se produce un hecho remarcable que resulta muy útil para la comprensión de la nueva interpretación del Crátilo que aquí se propone. Como brillantemente ha demostrado A. Bernabé 50, Sócrates, al abordar la terminología de esta palabra, comenzó recordando que los seguidores de Orfeo derivaron sw' ma de sh' ma para expresar, de modo alegórico, un aspecto fundamental de su doctrina: que el alma está sepultada en el cuerpo. Sin embargo, Sócrates, no satisfecho con esa explicación etimológica propuesta por los órficos, ofreció a continuación una segunda etimología con la intención de mejorar, incluso, la de los órficos 51. Sócrates, entonces, ofreció una de su propia cosecha que consistía en derivar sw' ma del verbo swv / zein,'salvar','preservar', para expresar que el alma, mientras expía las culpas que, según la doctrina órfica, debe expiar, "está preservada" por el cuerpo que la "conserva" a modo del recinto de una prisión. Sócrates, incluso, llegó a sugerir, sin demasiada modestia, que su hallazgo etimológico era todavía mejor que el órfico porque, a diferencia de los seguidores de Orfeo, él, con su propuesta etimológica, no había tenido que cambiar "ni una letra" 52. El mismo espíritu de contradicción socrático de ofrecer etimologías distintas con la intención, incluso, de mejorarlas se repite con la etimología del dios infernal Hades, $Aidh". Sócrates reconoció que eran mayoría, entre EM LXVIII 1, 2000 53 Esta etimología, $Aidou-to; aj ide; ", vuelve a repetirla Sócrates en el Gorgias 493 b4, en un contexto órfico, en boca de un anónimo hombre ingenioso, komyo; " aj nh; r, al que nos referiremos al final de este artículo. Sobre la identificación de ese personaje y el juego de etimologías ofrecido en ese pasaje, v. infra n. Afrodiv thn kiklhv skousi qeoi; te kai; aj nev re", ou{ nek j ej n aj frw/' qrev fqh, Hes., Según un escolio de Proclo al pasaje del Crátilo, Orfeo también denominó a la diosa Afrodita por haberse originado de la espuma de los genitales de Urano: parav gei ou\ n auj th; n (sc.!Afrodiv th) oJ Ouj rano; " ej k tou' aj frou' tw' n goniv mwn eJ autou' moriv wn rJ ifev ntwn eij " th; n qav lassan, w{ " fhsin! Esta disparidad corrobora la libertad con que el autor del papiro realizaba sus explicaciones etimológicas. los cuales se encontraban también los órficos 53, quienes creían que el nombre del dios procedía de to; aij de; " 54, invisible. Sin embargo, Sócrates, si bien aceptó como posible esta etimología, consideró "mucho mejor" que procediese de eij dev nai, "conocer todas la cosas bellas", motivo por el cual, siempre según Sócrates, tras una extensa justificación, el legislador de los nombres denominó realmente a Hades. 55 Asimismo, resulta llamativo comprobar que tampoco coinciden el autor del papiro y Sócrates en la explicación de la etimología de la diosa del amor, Afrodita. El comentarista del papiro explicó ingenuamente que la diosa se denominó! Afrodiv th a partir del momento en que los seres existentes se unieron los unos con los otros, porque los hombres denominaban coloquialmente aj frodisiav zein 56 a la relación sexual entre un hombre y una mujer, a pesar de que, en realidad ocurrió el fenómeno contrario, que del nombre de la diosa Afrodita, por metonimia, se derivó el verbo aj frodisiav zein para describir el acto sexual. Sócrates, en cambio, se ciñó a la explicación mitológica tradicional al sostener que la diosa fue llamada! Afrodiv th porque nació de la espuma, aj frou', y que, por ello, no convenía, en este caso, contradecir a Hesíodo 57 que ya había relatado que el nombre de la diosa Afrodita se originó de la 58 to[i' " m]e; n polloi' " a[ dhlon ej stin toi' " de; oj rqw' " ginwv skousi eu[ dhlon o{ ti j Wkeanov " ej stin oJ aj h; r, aj h; r de; Zeu; ", PD XXIII 1-3. Los poetas, en efecto, calificaron con frecuencia al Océano como un río, cf. Ilíada XIV 245; Odisea XII 1; Hes., Th. 60 euj ru; rJ ev onta fue, en efecto, una expresión habitual para calificar un río, cf. Ilíada XXI 186. 61 kai; ga; r tw' n aj n[q]rwv pwn tou; " mev ga dunat[ou' ]nta"'megav lou"' fasi;'rJ uh' nai', PD XXIII 9-10. espuma que en el mar formaron los genitales de Urano cortados por Crono. Desgraciadamente, el mal estado del papiro no permite conocer la explicación que el autor dio al nombre de las otras diosas como Rea, Hera o Hestia, cuyo nombre también fue explicado por Sócrates. Existen también coincidencias entre el comentarista del papiro y Sócrates en el modo de citar a los poetas y extraer de sus palabras significados "profundos". En el papiro de Derveni, el hábito de su autor de citar algún verso o versos del poema de Orfeo del que iba a interpretar etimológica o alegóricamente una palabra o expresión se repite unas veinte veces. Analicemos, a modo de ejemplo, una de esas citas. En la columna XXIII del papiro, el comentarista inicia su comentario exegético, previo a la explicación el significado de "Océano", afirmando que el sentido del verso que va a comentar está derivado y que, por ese motivo, la mayoría de los hombres no alcanza a entenderlo, porque, como ya había advertido, Orfeo utilizó expresiones normales y corrientes y eso provocaba que los hombres lo entendiesen literalmente. Lo que en realidad pretendió el comentarista fue establecer una identidad sorprendente, pero muy de su gusto: que el Océano es el aire y el aire Zeus 58. A pesar de todo, el autor del papiro reconoció que la mayoría de los hombres seguía creyendo que el Océano es un río 59. porque Orfeo lo calificó con una expresión habitual en poesía, euj ru; rJ ev onta, "de ancha corriente". 60 El comentarista, para adaptar la expresión a su propia interpretación, sugirió que euj ru; rJ ev onta, aplicado por Orfeo al Océano, quería decir 'de gran fuerza'. Para demostrarlo, recordó que, de los hombres poderosos, se dice también que "fluyen poderosos" 61. La broma es evidente en lengua griega ya que katav rroo" y rJ eu' ma proceden de la misma raíz, rJ ei' n, fluir. Por su parte, Sócrates también procedió de un modo muy semejante cuando, para explicar la etimología del nombre de la diosa Rea, recurrió a la cita de dos versos de Orfeo 62 para dar a entender que, con el epíteto kalliv rroo",'de hermosa corriente', aplicado al Océano, el poeta aludía de manera velada a la diosa Rea, que Sócrates, de forma un tanto ambigua y utilizando terminología heraclitiana, quería, junto con el de Crono, derivar del concepto de 'fluir', rJ eumav twn. 63 La conclusión para Sócrates, tras la cita de lo versos de Orfeo, es que el epíteto órfico coincidía con lo que quería decir Heráclito. Es decir, veladamente, Sócrates procedió del mismo modo que el autor del papiro: dar a entender que si bien Orfeo, aparentemente, estaba utilizando un adjetivo común con un sentido evidente para todo el mundo, kalliv rroo",'de hermosa corriente', en realidad quería decir otra cosa muy distinta que muy pocos pueden captar: que enigmáticamente, con ese adjetivo, Orfeo se estaba refiriendo a la diosa Rea. Para acabar, obsérvese la coincidencia en los dos pasajes analizados del Papiro de Derveni y el Crátilo al ofrecer dos etimologías basadas en el concepto de "fluir", de fuertes resonancias heraclitianas, recurso que Sócrates repitió con insistencia hasta el último momento en el diálogo. Sócrates, para ridiculizar a quienes como "Heráclito y muchos otros" explicaban la realidad y las palabras que las designan como resultado de ese fluir, rJ ei' n, concluyó el Crátilo jugando de nuevo chistosamente con las palabras al afirmar que éstos actuaban como las personas acatarradas que creen que todo está sometido a "flujo y catarro" 64. La etimología, una actividad propia de individuos ingeniosos y ocurrentes. Con esta broma Platón expresó su opinión sobre el método etimológico: quienes se dedican a él demuestran tener un ingenio fácil que les permite 65 Platón no identifica al personaje al que ambigüamente califica como "itálico o siciliano" y lo describe como un "mitólogo". Sus juegos de palabras etimológicos consistieron, entre otros, en identificar a los insensatos con los no iniciados, tou; " aj nohv tou" aj muhv tou", o en explicar la ya mencionada etimología del Hades como $Aidou-to; aj ide; ". El pasaje evoca el tipo de personaje que Platón pretendió criticar en el Crátilo. Sobre la identificación y método de ese anónimo individuo, v. Al menos en dos ocasiones se califica en el Crátilo una explicación etimológica como algo komyw' ", cf. Pl.,Pl., Pl., Cra. 5. decir ocurrencias más o menos verosímiles. Es un actividad propia de personas agudas, komyoi;, como el anónimo personaje del Gorgias al que Platón calificó como un komyo; " aj nh; r, un "hombre ingenioso", antes de evocar algunas etimologías de fuerte sabor órfico 65. Y a ese juego de ingeniosidades es al que se dedicó Sócrates a lo largo del diálogo tal como él mismo confesó en varias ocasiones. Su estado de "inspiración", que le permitía explicar el significado de cualquier palabra que se propusiese a comentario, lo definió irónicamente como el resultado de una súbita y momentánea habilidad inventiva que le hacía parecer más sabio que lo conveniente 66. Afirmación que anticipa lo que Sócrates afirmará más tarde, tal como se ha recordado al inicio de este artículo: que ni él mismo estaba en condiciones de garantizar nada de lo dicho porque lo había afirmado todo según se le iba ocurriendo 67. En resumen, Platón elaboró el Crátilo con la nada disimulada intención de ridiculizar el método de explicación etimológica basado en la creencia de que las palabras contienen un sentido profundo que hay que descifrar mediante un ejercicio exegético. Para demostrar su ineficacia, decidió utilizar las mismas armas que los etimólogos proponiendo etimologías imposibles, según se le ocurrían y, por supuesto, sin otra pretensión que demostrar la inutilidad del método etimológico basado en la creencia de que las palabras describen la realidad esencial que predomina en ellas. Procuró, además, vencer a los órficos, como el anónimo autor del papiro de Derveni, en su propio terreno: proponiendo etimologías distintas a las suyas o, incluso, atreviéndose a retocarlas para mejorarlas. Para que la estrategia fuese evidente para todos, Sócrates reconoció que estaba inventando según se le ocurría y denunció sin ambigüedades que lo mismo que hacía él, sucedía también en
Trabajo realizado dentro del Proyecto de Investigación HUM2005-00317/FILO, financiado por el Ministerio de Educación y Ciencia. una fortuna y enfrentarse a los peligros de un adulterio furtivo, frente a lo barato y fácil que resulta el trato con prostitutas 4. Contrariamente a lo que pensaba Kaibel 5, la autoría filodemea de este poema está hoy fuera de toda duda 6; es más, ya en 1921 Wright afirmaba que el Filodemo mencionado por Horacio en un pasaje de sus Sátiras 7 no es un simple personaje típico (para indicar «a man of low tastes», como pretendía Hendrickson 1918, p. 31), sino una persona real, concretamente el poeta Filodemo de Gádara, y sugería que Horacio desarrolla el resto de su sátira sobre los excesos sexuales a partir de nuestro epigrama 8. No obstante, lo más probable es que el pasaje de Horacio no se refiera a este epigrama, sino a otro (por desgracia perdido para nosotros) paralelo y a la vez en contraste con él (es decir, alabando a la mujer que cobra poco, y no atacando al hombre que paga mucho, como aquí), dada la tendencia de Filodemo a componer poemas en pares contrastantes 9. Pasemos ya, sin más preámbulo, a centrar nuestra atención, como dijimos, en el v. 3 de este poema, y concretamente en el sintagma tÔn dÓdeka (paralelo a ¡nòj del v. 1) en el que, desde la edición de Dübner, se viene sobreentendiendo un término como concubitus (cuyo equivalente griego podría ser binÉmata, que podríamos verter metafóricamente en español con'pol-10 Dübner 1864, p. 81: «Quinque dat pro uno concubitu cuidam feminae quidam talenta, / (...) / quinque autem ego drachmas pro duodecim Lysianassae» (la traducción es de F. Boissonade, según indica el editor en la p. 77: «Yo le pago a Lisianasa cinco dragmas [sic] por doce veces»; Galán-Márquez 2001, p. 80: «Yo le doy a Lisianase cinco dracmas por doce veces». Desde el punto de vista sintáctico, tanto en el v. 1 (Pénte dídwsin ¡nòj tÊ7 deîna7... tálanta) como en el v. 3 (pénte... [dídwmi] draxmàj tÔn dÓdeka Lusianásh7 ) tenemos la estructura típica de "dar (vender, comprar, cambiar, etc.) algo [acusativo] a alguien [dativo] por/a cambio de algo [genitivo]". Puesto que ¡nòj en el v. 395), el sintagma tÔn dÓdeka, en el v. 3, debe entenderse de manera similar 14, genitivo de precio, que designa habitualmente tanto el nombre de la cosa sometida a estimación como el precio de la misma: cf. Rodríguez Adrados 1992, p. 354; Crespo-Conti-Maquieira 2003, pp. 59 aun-que ni Sider ni ningún otro traductor o comentarista dicen nada al respecto. En cuanto al artículo tÔn, su presencia es de todo punto necesaria, no ya, como podría pensarse en un principio, por tratarse de un caso de fijación del artículo en ciertas expresiones con numerales, de los que recogen la mayoría de las gramáticas griegas al uso 15, sino simplemente porque posibilita el correcto entendimiento de la frase, al ser indeclinable el numeral dÓdeka (al contrario que ¡nòj del v. 1); de hecho, en buena parte de los ejemplos de esa fijación del artículo que incluyen las gramáticas, si se suprimiera el artículo correspondiente no se entendería la sintaxis de la frase (algo que no recoge, por cierto, ninguna de las gramáticas que hemos consultado). Lo lógico, por tanto, y lo que de entrada parecería más correcto, sería no traducir el artículo en el sintagma tÔn dÓdeka, como hemos visto que hacen la mayoría de traductores de este epigrama. ¿Pero por qué hacen lo contrario precisamente Beckby y Sider, traduciendo literalmente la expresión («for the twelve favors»; «fürs Dutzend»)? Mi intención es demostrar que ese artículo tÔn aporta en nuestro epigrama algo más que la mera inteligibilidad de una frase, y que por tanto la traducción preferible y correcta es la de estos autores, aunque no sé si han llegado a ella de manera consciente, pues no explican por qué traducen así ese sintagma. Es evidente que, al menos para el lector moderno del epigrama, no es lo mismo leer simplemente'doce [favores, veces, polvos...]' que'los doce [favores, veces, polvos...]'. ¿Quiere decirse, al traducir de este modo, que Filodemo se está refiriendo aquí a algo concreto y conocido? Beckby no explica su traducción, mientras que Sider 1997, p. Diríase que Sider quiera justificar su traducción literal del artículo tÔn haciendo ver que Filodemo (o el narrador) «es conocido» por -ya sea verdad o jactancia-ser capaz de hacerlo doce veces en una noche. Pero eso sería una mera suposición basada Men., Epitrep. VI 136-137 ('pókoitój šsti: pornoboskÔ7 dÓdeka / tÊj améraj draxmàj dídwsi) se refiere a las doce dracmas diarias que paga el joven Carisio a un proxeneta por los servicios de la hetera Habrótono, pero no a la cantidad de esos servicios. Encontramos también el número doce relacionado aparentemente con una prostituta (fututrix) en CIL IV 4381 [futut]rix salve XII D XII, pero la oscuridad del texto hace difícil su interpretación. hacerlo hasta cuatro veces en una noche (XI 97.1: una nocte quater possum), mientras que los graffiti pompeyanos, más modestos (pollà yeúdontai'oidoí), sólo llegan a dos o tres (CIL IV 4029: hic ego bis futui; IV 4816: Chryseros cum Successo hic terna futuimus). Por supuesto, el héroe por excelencia, también en el terreno de las proezas sexuales, fue sin duda Heracles, capaz de desflorar en una sola noche a cincuenta vírgenes y hacerle un hijo a cada una (a algunas, incluso gemelos) 20. No aparece, por tanto, en los pasajes habitualmente citados por los comentaristas para ilustrar el tópico literario de la potencia sexual del amante, ninguna referencia o alusión al número doce más que la de Filodemo en nuestro epigrama 21. Tampoco hemos encontrado referencia alguna a doce concubitus, binÉmata uel similia entre el largo acopio de fuentes primarias recogidas por la bibliografía específica sobre precios y servicios de las prostitutas y heteras de la Antigüedad 22. Entonces, ¿por qué escribió Filodemo 'doce'?; es más, si, como dijimos anteriormente, suponemos correcta la traducción de Beckby y Sider, ¿por qué 'los doce', y no simplemente 'doce'? La respuesta a esta pregunta puede encontrarse, en una primera aproximación, en el carácter "típico" o "retórico" del numeral doce, usado a veces de un modo especialmente connotado para designar determinados conjuntos de cosas o personas con «una cierta relevancia literaria, mítica o socio-política» 23, como por ejemplo los doce dioses (qeoí) del Olimpo, las doce partes (moîrai) del zodíaco, las doce tribus (fulaí) de Israel, los doce apóstoles o discípulos (maqhtaí) de Jesús... y también, por supuesto, los doce trabajos (ƒeqloi, ‡qla) de Heracles, lo que nos pone en la pista de asociar el numeral Plu., Ant. Plutarco (que en este último texto se refiere especialmente a amores pederásticos) debió de conocer bien las hazañas sexuales de Heracles, pues sin duda las habría recogido con mayor o menor detalle en su Vida de Heracles perdida. 25 P. ej., en Plaut., Per. 26 Sobre estos "erotic handbooks", cuya amplia difusión en el mundo grecorromano atestiguan numerosas fuentes, v. Para los testimonios que, como éste, apuntan a la existencia de ilustraciones en los libros de Filénide y otros, cf. Jacobelli 1995, p. 67 s.; Conron 2004, pp. 106-108. doce, en ese uso "típico" o "retórico" mencionado, con la esfera sexual, pues a nadie se le escapa el matiz erótico que esconden las empresas de Heracles, infatigable amante, al decir de Plutarco 24, entre cuyas hazañas encontramos también sorprendentes proezas sexuales, como la ya mencionada de desflorar en una sola noche a cincuenta vírgenes. Además, la relación entre empresas eróticas y empresas de Heracles viene apoyada por el hecho de que en algunos textos pueden detectarse comparaciones entre los pónoi del enamorado y los ‡qla del héroe 25, e incluso entre éstos y las diferentes posturas copulatorias (sxÉmata sunousiastiká, figurae Veneris) enumeradas y descritas (y en ciertos casos también representadas) por los diversos manuales pornográficos que circularon durante la Antigüedad, como el famoso Perì 9Afrodisíwn de Filénide o los molles libelli de Elefántide (o Elefantine) con sus obscenae tabellae 26. A ello parece apuntar, en efecto, la relación que establece Clemente de Alejandría, en su ataque contra la costumbre pagana de pintar imágenes obscenas y exponerlas en público, entre los doce trabajos de Heracles y «las posturas de Filénide» (tà Filainídoj sxÉmata) Pero podemos profundizar más en la respuesta a nuestra pregunta si fijamos la atención en dos términos compuestos con dÓdeka que se hallan en estrecha relación con la esfera erótico-sexual. El primero de ellos es dwde-kamÉxanoj, definido por De Martino 1996, p. La frase de Aristófanes 'nà tò dwdekamÉxanon KurÉnhj 29 viene explicada por el escoliasta como' nà tàj dÓdeka škeînhj [i. e., KurÉnhj] a±sxràj mhxanàj, pues «Cirene fue una hetera famosa, apodada dodechaméchanos porque ejecutaba tal número de posturas durante el coito» 30, una explicación en la que encontramos ya el numeral dÓdeka referido explícitamente a mhxanaí sexuales 31. El segundo compuesto al que nos referíamos es el término Dwdekátexnon, un hapax (no recogido en LSJ ni en DGE) que, según la Suda, era el título de un libro sobre posturas eróticas (perì a±sxrÔn sxhmátwn) escrito La Suda lo llama lógioj, mientras que Ateneo de Náucratis se refiere a él como À šmòj suggrafeúj (Ath.,IX 19 [376d]). Sobre su probable origen egipcio, v. En cuanto a su cronología, las dataciones van desde el siglo V o antes (Marks 1978, p. C., fecha esta última en la que coinciden la mayoría de los estudiosos (Morel 1949; Parker 1992, p. 59, en el caso de los dos libros de Beócicas (Boiwtiká), que podrían tener «un contenuto almeno in parte erotico ad andamento narrativo, come il titulo potrebbe suggerire (cfr. i vari Subaritiká, Milhsiaká, 9Efesiaká, 8Rodiaká, Foinikiká,...)», y de la misma opinión es Paniagua 2006, p. 200, quien los considera «de argumento quizás amatorio». También podría sugerirse algo en este sentido por lo que respecto a su Tratado de cocina (9Oyartutiká), pues es conocida la estrecha relación que establecían los antiguos entre la comida, la bebida y el sexo (v. 15.3), equiparaban el manual erótico de Filénide con la famosa guía gastronómica (o de la buena vida, 8Hdupáqeia) de Arquéstrato de Gela: v. al respecto Degani 1982, pp. 51-53. 5, no hallaba razones para conectar el Dwdekátexnon de Páxamo con el epíteto de Cirene: «Videtur enim meretricula illa duodecim Veneris figuras non tam scripto quam facto expressisse». El nombre de esta escritora, considerada por Brendel 1970, p. 66, «probably a learned courtesan from Alexandria», se refiere a la isla de Elefantina en el Nilo, cerca de Asuán, y tiene todas las trazas de ser un nombre ficticio (similar a los típicos 'Hetärennamen', según Crusius 1905, col. 2325), ideado para evocar el mundo de lujo y placeres del Egipto grecorromano. por Páxamo 32, un oscuro escritor de origen probablemente egipcio y de incierta cronología 33, entre cuyas obras encontramos algunos otros títulos que podrían tener también un contenido, al menos en parte, erótico 34. La mayoría de estudiosos modernos concuerda al afirmar que el título del manual de Páxamo está inspirado en el epíteto de Cirene dwdekamÉxanoj 35, aunque también cabría suponer lo contrario si aceptáramos la datación de Marks 1978, p. 36, para quien el escritor habría sido contemporáneo de la hetera, e incluso, aun conviniendo en la datación tardía de Páxamo, cabría pensar que ambos, el sobrenombre de la hetera y el título del libro, se originen en una tradición o fuente anterior desconocida para nosotros. Sea como sea, conviene insistir en el origen egipcio de Páxamo, pues de Egipto era también, al parecer, Elefántide 36, pretendida autora, como diji-Suet., Tib. La existencia de ilustraciones en los libros de Elefántide se ve confirmada también por Priap. También en Internet, por ejemplo en http://kemit.club.fr/sexe/ papyrus_eroti-que1.htm. 40 Algunos estudiosos apoyan actualmente esta interpretación simbólica del papiro erótico de Turín, al menos de algunas de sus escenas (v. ISSN 0013-6662 mos, de uno de los más famosos manuales eróticos de la Antigüedad, cuyas ilustraciones llegaron incluso a adornar las habitaciones privadas del emperador Tiberio 37. Téngase en cuenta, además, que el arte erótico helenístico y romano, de carácter tan marcadamente estereotipado y "minimalista" que se ha llegado a pensar que los artistas tomaban como modelos las propias ilustraciones de esos manuales eróticos 38, presenta un innegable influjo del arte erótico egipcio. Una de esas «comparable illustrative series» a las que se refiere Brendel es la serie de escenas eróticas conservadas en el famoso Papiro erótico-satírico de Turín (proveniente de Tebas de Egipto y fechado en torno a mediados del siglo XII a. C.), que contiene precisamente doce "cuadros" eróticos que representan con detalle distintas posturas sexuales entre un hombre y una mujer 39. Sin olvidar la gran distancia temporal que separa este documento egipcio de los textos que aquí estamos tratando, la referencia de Brendel 1970, p. 65 sirve para corroborar su idea de unas «possible or even likely astronomical connotations of these numbered catalogues» (del tipo de los de Filénide o Elefántide), al ponerlo en relación con el manual de Páxamo, en cuyo título encuentra Brendel una clara alusión («obviously agrees») a los doce signos zodiacales. Personalmente, creo que una influencia astrológico-zodiacal no es descartable, y que la antigua y extendida tradición de la existencia de doce signos zodiacales pudo influir a la hora de considerar el doce como el número de posturas sexuales básicas por excelencia. Pero más que en el plano específicamente astronómico-zodiacal, que pudo estar en el origen de la elección del doce en tal sentido, considero que la explicación habría que buscarla en general en la «relevancia literaria, mítica y socio-política» con que se empleaba este numeral, como ya vimos. A la vista de todos estos datos, la hipótesis que planteo es que el v. 3 de este epigrama de Filodemo esconde una alusión al Dwdekátexnon de Páxamo, no tanto al manual erótico en sí cuanto más bien al propio concepto de las doce posturas amatorias básicas, algo así como el summum del buen follar. Sugiero, pues, que el sintagma tÔn dÓdeka, más que a dÓdeka binÉmata, se refiere a tà dÓdeka sxÉmata (o téxnai o mhxanaí), que en boca de Filodemo, buen conocedor de los ambientes de heteras y prostitutas, podría ser una manera de referirse a lo que hoy en día llamamos'un (servicio) completo', y que en todo caso sería una idea o expresión conocida por sus lectores, dado el hecho documentado de la amplia difusión en la antigüedad, especialmente a partir de época helenística, de manuales eróticos como el de Páxamo y en particular los de Elefántide y Filénide, y la posibilidad, ya apuntada, de que éste último enumerara igualmente doce sxÉmata o figurae Veneris. Es posible que Filodemo tuviera en mente el manual de Páxamo al componer su epigrama (lo que serviría, indirectamente, para acercar la cronología de Páxamo más al siglo I que al IV a. C.), aunque me inclino más a pensar que la explicación de su referencia a 'las doce' (posturas, etc.) se encuentra en la relevancia tópica del numeral doce, como ya hemos dicho. En este sentido, conviene recordar que el compuesto similar dwdekádraxmon, que designa la pieza de doce dracmas, es, al menos teóricamente, el grado más elevado en la escala de los múltiplos de la dracma 41, y esa idea Se llaman así una Nereida (Hes., Th. 258; Apollod., I 2.6), la hija de Épafo y madre de Busiris, rey de Egipto (Apollod., II 5.11), la hija de Pólibo y esposa de Talao, rey de los argivos (Paus., II 6.6), y una de las hijas de Príamo (Hyg., Fab. 396, el masculino Lusiánac sí está atestiguado como nombre real: v. El LGPN recoge únicamente 22 nombres distintos compuestos con ese segundo elemento -ánassa, con un total de 37 testimonios tan sólo, la mayoría de ellos (23) procedentes de las islas del Egeo (LGPN I). El nombre que presenta un mayor número de ocurrencias es 9Aretánassa (6 testimonios en LGPN I), mientras que los demás oscilan entre una y dos; entre ellos interesa destacar 9Arxeánassa (2 testimonios en LGPN I), nombre de una hetera célebre, quizá contemporánea de Platón, mencionada por Asclep., Epigr. *XLI Guichard (= AP VII 217; cf. Ath., XIII 56 [589c], y D. L., III 31, quienes citan el epigrama atribuyéndolo al filósofo). El término šcorxhsámenai alude a revelación de secretos: v. Los testimonios de este uso, sin embargo, se limitan al masculino 9Astuánac: cf. Strat., Epigr. 180 del número doce como grado máximo en la escala monetaria podría haberse aplicado fácilmente también al terreno sexual. Nuestra hipótesis puede verse apoyada también por el nombre elegido por Filodemo para designar en su epigrama a la prostituta cuya baratura, facilidad y calidad pondera. En efecto, el nombre Lusiánassa, testimoniado sólo en personajes míticos de poca relevancia 42 y perteneciente a una categoría de nombres de persona relativamente raros y muy poco usados 43, se parece sospechosamente al de 9Astuánassa, la mítica fundadora del género "pornográfico", autora, según la Suda, de un manual perì sxhmátwn sunousiastikÔn que habría servido de modelo a los de Filénide y Elefántide 44. 2, la figura de Astianasa es doblemente dudosa, tanto por la etimología popular de su nombre (que recuerda el verbo stúw 'tener una erección','empalmarse', pero con alfa privativa, en alusión a la impotencia) 45 como porque «her existence as sexologist is confined to the Suda». Pero aquí debemos corregir a Baldwin, pues existe al menos otra referencia a Astianasa en ese sentido, como es Hsch., A 7916: 9Astuánassa: 8Elénhj qerápaina ¬tij prÓth šceûren 9Afrodíthn kaì'kólasta sxÉmata 46 (v. Gisler 1984), en la que se muestra la conocida escena de la partida de Corinto de Belerofontes, que recibe del rey Preto la funesta carta destinada a su suegro Yobates; la escena representa además a Estenebea, esposa de Preto, y a su lado una sirvienta, con la inscripción ASSTUANASSA, que le ajusta la diadema y el velo, y debajo Afrodita rodeada de dos Furias. Astéas [el pintor que firma la vasija] a pu s 'inspirer de la tradition mythologique qui faisait d' une Astianassa la servante d'Hélène à Sparte..., en utilisant ce nom pour désigner la servante en général», pero creo que, más que a 'la sirvienta en general', el nombre de Astianasa designaría a una sirvienta sofÈ šn toîj'frodisíoij, pues no podemos olvidar que la visita de Belerofontes a Yobates, que deberá matarlo tras leer la carta que le trae, viene motivada por la acusación de Estenebea despechada porque, enamorada del héroe, intentó seducirlo (probablemente con la ayuda de su sirvienta, experta en las lides de Afrodita) pero fue rechazada. Sería un estupendo broche para nuestro trabajo citar aquí el epigrama 38 de Filodemo en la edición de Sider, porque entonces quedaría probado que el poeta conocía esos manuales Perì'frodisíwn, al menos el de Elefántide, a cuyas "figuras" o "modelos" se refiere el v. Lo malo es que este epigrama no es de Filodemo,
Estudiada desde planteamientos meramente retóricos por considerarla casi privativa de Cicerón, de manera especial tras las obras de Norden y Leeman 2, la concinnitas se asocia al ritmo, la simetría y los efectos fónicos de la compositio como parte de la elocutio. Así aparece en la Retórica a Herenio, Cicerón, Quintiliano y los humanistas a los que sirven de modelo. Sin embargo, ni Cicerón y Quintiliano coinciden en el concepto, ni puede decirse que el mismo sea privativo de la retórica. Sólo el estudio de la familia léxica de concinno, de los términos etimológicamente relacionados con él, las relaciones sintagmáticas y los ámbitos de empleo de dichos términos nos dará luz sobre la polisemia en los distintos usos de los que el retórico es uno más. EM LXVIII 1, 2000 3 Sin embargo las lectura de los códices son dudosas: G (Sangallensis) da conci.nus; C (Collatio Scaligerana) da concinus; S (Cod. Emparentados con la misma raíz, tenemos los siguientes términos: concinnamentum, concinnaticius, concinnatio, concinnator, concinnatura, concinnis, -e, concinniter, concinnitas, concinnitudo, concinno, concinnus, concinnatus, inconcinniter, inconcinnus, inconcinnitas y los modificados de concinno, reconcinno, exconcinno y reconcinnarier. Al menos 18, distribuidos por todas las épocas de la latinidad y usados además por gran número de géneros y autores. Un estudio que trascienda los límites retóricos se hace, pues, imprescindible. En el copioso número de publicaciones sobre la lengua latina en general y de algunos autores en particular, casi siempre que se hace referencia a la concinnitas o a su antónimo, la inconcinnitas, parece tenerse en cuenta sólo una connotación estilística, hasta el punto de hablarse de cultivadores e infractores de la misma; de éstos últimos, por lo general de manera negativa. Así ocurre cuando se habla de la prosa de Salustio, Séneca y Tácito, frente a la prosa ciceroniana, dando por sentado que ésta es la modélica. Es más, cuando se trata de definir en qué consiste la misma, tal vez por las razones que aportaremos más adelante, se acude al falso amigo cano, dando por sentado, sin más, que este verbo y sus variantes de "cantar" (y por tanto con ritmo y eufonía) y "revelar con solemnidad" (y por tanto con un empleo que connota gravedad, importancia y hasta ampulosidad) están en la base significativa del término; es decir, aportarían los semas distintivos por excelencia. Sobre la base cano, modificada por con-, se desarrollaría el abstracto concinnitas mediante la sufijación -tas presente en gran número de abstractos del tipo cupio -cupiditas, cauo -concauo -concauitas, canoconcino -concinitas, firmo -confirmo -confirmitas. A este error fonético contribuyeron, entre otros, Prisciano y Varrón: No sabemos si la geminación de la n, tal como advierte el gramático Virgilio constituyó un rasgo fonético propio de la Galia, que se extendió a la tradición manuscrita carolingia, o es sólo algo esporádico; en cualquier caso no resulta extraño encontrar hoy defensores de la vinculación entre cano y concinnitas. Pensamos que la base de esta creencia radica en la doctrina métrica por la estrecha afinidad entre los ritmos prosódico y acentuativo en la poesía y los efectos de simetría y eufonía en la prosa. El gramático Cesio Baso en su obra De metris, al hablar de las figurae compositionum establece cuatro figuras propias de la compositio 5 que dan lugar a una doble oposición: adiectio / detractio:: concinnatio / permutatio. Como ejemplo de adiectio cita a Horacio, Carm. I 4.1, donde añade una sílaba al verso 6: soluitur acris hiems grata uice ueris et fauoni. Como ejemplo de detractio, Hor. I 4.2, verso al que faltaría una sílaba para completar el trímetro 7: trahuntque siccas machinae carinis. Como ejemplo de concinnatio, Hor. I 2.1, porque la parte última del tetrámetro está unida (concinnatio) con la parte primera del trímetro; es decir, el primer verso sería un tetrámetro si le añadiésemos la primera sílaba del verso siguiente y así éste resultaría un trímetro 8: iam satis terris atque dirae / grandinis misit pater et rubente. Y como ejemplo de permutatio convierte el elegiambo en yambélego: occasionem de die dumque uirent genua (Hor. Es decir, la parte yámbica precede a la heroica si invertimos los dos hemistiquios de Ep. La concinnatio sería, pues, el fenómeno rítmico contrario a la permutatio en la medida que la primera supone encadenamiento del ritmo heroico y el yámbico, y la segunda la inversión de este orden 9. En la base de esta doctrina métrica creemos que está la interpretación que el gramático Paulo (ex Festo, p. 33,25 L.) resumió muy bien en la definición concinnare est apte componere. Pero concinnare y concinnatio tienen varias acepciones, como son, entre otras, las de Catón (culinaria), Ausonio (literaria) y Mario Victorino (métrica), de las que daremos cuenta más adelante. Ahora, por haber sido estudiada con bastante detalle, entre otros, por Lisardo Rubio, Alberte, J. Ma Núñez en trabajos relativamente recientes, vamos a referirnos de manera breve al significado retórico para ver su parentesco con los otros significados que consideramos anteriores, y desde luego más esclarecedores. Vinculado a la compositio, el concepto de concinnitas, especialmente bajo la forma adjetival concinnus, penetra en la retórica con esta acepción y fue objeto de estudio por el anónimo autor de la Retórica a Herenio, especialmente cuando en el libro IV (17 y ss.), al tratar de la elocutio, lo hace con unas connotaciones señaladamente fónicas. La elocutio commoda et perfecta se basa en tres principios: 1o. La elegantia, que a su vez se basa en la latinitas y la explanatio, consistente la primera en evitar los vicios como solecismos y barbarismos, y la segunda en valerse de usitatis uerbis et propriis. La compositio, que define como 'uerborum constructio' quae facit omnes partes orationis aequabiliter perpolitas, y se consigue evitando la concurrencia de vocales que producen rupturas e hiatos, la concurrencia reiterada de las mismas consonantes, la repetición de palabras, los cortes de palabras, etc. La dignitas, es decir, la ornata oratio uarietate uerborum sententiarumque 10. Como vicios que atentan a la compositio enumera la transgressio, con su modalidad de peruersio y transiectio, que equivalen a lo que más tarde Cesio serían especificaciones del genérico collocatio, cada una de las cuales cuenta con unos elementos identificadores; así la compositio se basa en las aliteraciones y los hiatos; la concinnitas en los efectos de las figuras gorgianas (paralelismo, similicadencia, similidesinencia, antítesis); y el numerus en el ritmo producido por las combinaciones de sílabas largas y breves. Pero que la doctrina no es tan clara se pone de manifiesto cuando el propio Cicerón en Orat. 163.2, afirma que el placer auditivo lo proporciona el sonido y la cantidad silábica (sonus et numerus) que dan ritmo al verso y a la prosa: Al no hacer referencia a la concinnitas parece deducirse que ésta quedaría en una situación intermedia entre la compositio (referida a los elementos fónicos de las palabras) y el numerus (referido al período y las cláusulas) y afectaría solamente al equilibrio ("balancement") de la frase, tal como lo entiende Devoto, aun a costa de infracciones sintácticas, como la del ablativo cultura con la preposición a: Agros desertos a plebe atque a cultura hominum (Cic., Leg. agr. Quintiliano, que nunca empleó el término concinnitas, cuando trata la compositio, pese a mantener la estructura tripartita de Cicerón, se aproxima más a la Retórica a Herenio, que la había definido como uerborum constructio, con lo cual, el término que se había hecho específico en Cicerón, vuelve a ser genérico en Quintiliano, por lo que parece quedar claro que en el pensamiento de los rétores había una concepción demasiado genérica sobre la armonía, y que ésta era fruto de muy diversos procedimientos, tanto elementales, los meramente fónicos, como complejos, los relativos a la frase y al período, incluidos los suprasegmentales que se pondrían de manifiestos en las cláusulas ciceronianas, y, sobre todo, en la poesía. Sin duda, cuando de Salustio, Séneca o Tácito se dice que rompen la concinnitas hay que entenderlo en este contexto. El oyente o el lector espe-rarían un final más armónico, de acuerdo con las normas retóricas aplicadas principalmente al discurso oratorio. El ámbito distributivo (géneros, épocas, autores) Bajo cualquiera de las 18 formas enumeradas al comienzo, pertenecientes todas a la misma familia léxica, con la excepción de concinnatura'pegadura, encoladura', que está sólo en los glosarios, hay una repartición cronológica desigual. Salvo error u omisión, la distribución de los términos es la que sigue: De estos datos y el análisis de los textos podemos extraer, entre otras, las siguientes conclusiones: 1a. El denominador común, por lo tanto archilexema, viene dado por el prefijo conque aporta el rasgo significativo "colectividad" y "pluralidad". EM LXVIII 1, 2000 14 Sin abundar en la cuestión, es evidente la preeminencia en la lengua latina de las formas en -tas sobre las formas en -tudo así como la pertenencia a lenguajes técnicos de las formas en -tura y -mentum. Las formas sustantivas sufijadas por -mentum, -tio, -icius, -tura y -tudo son muy reducidas en relación a la forma en -tas. La forma verbal concinno y la adjetival concinnus son las más recurrentes y en ellas basaremos fundamentalmente el análisis significativo. Con la excepción de Cicerón, son autores arcaicos (Plauto, Catón y Nevio) o arcaizantes (Lucrecio, Apuleyo, Aulo Gelio y Frontón) los que más uso hacen de los términos. En cuanto a géneros literarios, de nuevo con la excepción de Cicerón, la poesía dramática, la novela (por ser reflejo del habla popular) y la prosa y poesía didáctico-científica, representadas por Catón y Lucrecio respectivamente, además de Horacio en Sátiras y Epodos, comparten usos significativamente coincidentes para dar luz sobre el significado del término. Delimitación significativa, relaciones sintagmáticas y transferencias Parece fuera de toda duda que el significado de un término cualquiera viene dado por oposición a los otros términos que comparten un campo léxico común, a la vez que por las relaciones sintagmáticas, que en el plano de las realizaciones sintácticas restringen o amplían dicho significado. Si a este principio estructural añadimos criterios de lingüística comparada y etimológicos que, por lo general, de manera acertada, nos dan los gramáticos y lexicógrafos latinos, todos los términos estudiados guardan relación con cinnus. "colectividad" y "pluralidad", puesto de manifiesto en las determinaciones objetivas o circunstanciales: ita est adulescens, ipsius escae maxumae ceriales cenas dat, ita mensas extruit, tantas struices concinnat patinarias (Men. También con este mismo significado de 'preparar un alimento o bebida' a partir de varios ingredientes lo emplea Catón, por lo general referido a la preparación de diferentes tipos de vino o de agua marina: 127: idem uinum taenias perpurgat et lumbricos, si sic concinnes ("El mismo vino expulsará las tenias y las lombrices si los preparas así"). 114: uinum si uoles concinnare, ut aluum bonam faciat, secundum uindemiam, ubi uites ablaqueantur ("Si quieres preparar un vino que haga bien al vientre, tras la vendimia, cuando las cepas se hayan dejado al descubierto"). 123: uinum ad isciacos concinnare ("Preparar un vino para los dolores de ciática"). 106: Si quis plus uoles aquae marinae concinnare pro portione ea omnia facito ("Si quieres preparar más cantidad de agua marina, mantén la proporción") 15. También Apuleyo, en quien se observa la transferencia del lenguaje culinario al de la estética ornamental cuando habla de una mesa repleta de platos y bien presentada: O sencillamente referido a la preparación de un plato a base de condimentos (intrimentis): Bastará una determinación objetiva o circunstancial diferente para obtener un significado transferido a otros campos, tales como el del ornato físico, presente ya en Plauto, y referido tanto a personas como a vestidos: Es precisamente en este ámbito distributivo donde más se consolidó el término, como puede apreciarse, entre otros, en los autores y ejemplos que siguen: Horacio, en relación a la isla de Samos (Ep., I 11.2): Petronio, de la actitud de Trifena atusando el pelo de Gitón, dice (Sat. Caeterum Tryphaena in gremio Gitonis posita modo implebat osculis pectus, interdum concinnabat spoliatum crinibus uultum ("Atusaba sobre su frente afeitada los rizos de la peluca"). Columela se refiere a la estética corporal a cargo de los peluqueros: Valerio Máximo es el más esclarecedor al respecto: Apuleyo contrapone los significados de disy conen un pasaje sumamente elocuente del significado del término: Y en la misma idea de complejidad armoniosa abunda Plinio al tratar de las diferentes clases de hojas: Otro ámbito significativo en que se observa transferencia es en el lenguaje amoroso, especialmente en Lucrecio cuando pone de relieve la armonía de las partes: 16 Se refiere a la creencia de evitar la concepción en las prostitutas según la posición del cuerpo: «Para no ser llenadas con tanta frecuencia y no quedar encinta, y también para hacer "más placentero" al hombre el acto de Venus». Ne complerentur crebro grauidaeque iacerent, et simul ipsa uiris Venus et concinnior esset (IV 1276) 16 Por el efecto semejante a la acción de bullir el agua en el lenguaje culinario, destacamos el siguiente pasaje en que la transferencia se lleva a descripciones de efectos físicos: quam, quum discidit, hinc prorumpitur in mare uenti uis et feruorem mirum concinnat in undis (Lucr. (La fuerza del viento levanta un prodigioso hervor de las olas). Como prueba de la oposición dis-/ consobresale el siguiente pasaje: exagitata foras erumpitur et simul altam diffidens terram magnum concinat hiatum (Lucr. VI 584) En Séneca, como es de esperar en razón del género que cultiva, podemos observar una nueva transferencia del primitivo significado culinario al de la "restauración corporal". Refiriéndose al cuerpo enfermo de Rufidio Baso, pese a la aparente mejora, dice (Epist. 30.1): illud continuit et, ut uerius dicam, concinnauit: subito defecit (Conservó largo tiempo el cuerpo, mejor dicho, lo "recompuso": repentinamente murió). Bastará una determinación objetiva como animum o ingenium para producirse la transferencia al campo intelectual: adeo nemo nostrum, qui cum maxime concinnamus ingenium, ferre impetum vitiorum tam magno comitatu uenientium potest (Sen., Epist. 115.3 alude a la elegancia del estilo como reflejo de la elegancia del alma, por lo que resulta claro el constante encadenamiento de transferencias. Del empleo culinario se pasaría al físico corporal y del vestido; posteriormente al anímico intelectual, y por último al literario: Séneca, infractor de la concinnitas tal como la entendemos en Cicerón, sostiene que el estilo amanerado no es propio de un hombre íntegro y el lenguaje viene a ser el estilo del alma. EM LXVIII 1, 2000 Se podría objetar que Séneca es posterior a Cicerón; pero estas transferencias, tan evidentes en el cordobés, se habían producido ya en Plauto, mediante especificaciones del genérico concinnare puestas de relieve con toda clase de determinaciones. De algunas ya hemos dado cuenta antes, y otras, como las del estado anímico, esán presentes en: 601) Los tres ejemplos, "dejar hecha un mar de lágrimas", "hacer delirar" y "volver loco", responden a una situación físico-anímica, que por lo demás explica usos a priori sorprendentes, como el de Nevio: En el plano de la constructio, por tanto, un verbo que empezó como propio del lenguaje culinario, con el significado inherente a cinnus, mediante transferencias motivadas especialmente por las determinaciones objetivas, amplió su ámbito de empleo a la vez que redujo su significado. El proceso, por lo demás, se da igualmente en castellano con verbos del mismo campo semántico; cocinar, aderezar, componer, aliñar y guisar, por ejemplo, dan pie a expresiones del tipo: "se está cocinando un buen castigo", "aliñó los huesos dislocados" (en Chile), "compuso las lentejas con poco aceite", "aderezó las aceitunas", pero también, "aderezó a la niña para la fiesta". Complementos como aquam, uinum, tucceta y struices patinarias o panes et mellita, del lenguaje culinario en Plauto y Catón, dieron paso a lacernam (Apuleyo), cuppam y trapetum (Catón), amorem, feruorem (Lucrecio), uultum, tunicam (Plauto y Petronio), animum, querelas, etc., etc. Bastó la introducción del término en el ámbito literario y retórico para que la "colectividad" y "pluralidad" que llevaba implícita concinno se plasmase en la constructio como parte de la elocutio. En su apoyo concurrieron también otras determinaciones en el plano sintagmático y que en su origen estaban en los otros ámbitos de empleo. 11.5) o al concinnam, distinctam, ornatam festiuam del De orat. Cuando el verbo amplió su ámbito de uso, además de las determinaciones objetivas y ablativas que hemos visto como favorecedoras de las transferencias, fue necesaria también la concurrencia de otras relaciones sintagmáticas que especificaron lo que cualquiera de las formas de la familia de concinno, por sí solas, ya no podían significar. Todas, además, tienen en común la adscripción (pertenencia) al campo de la estética, física o corporal, y al de la elocutio cuidada en el terreno de la oratoria: Todos estos términos no hacen sino confirmar en la oratoria lo que ya en otros ámbitos había desarrollado Plauto con idénticos modificadores: lepide (Epid. 312) y seguido Séneca, Frontón, Aulo Gelio y otros. De ahí que las sententiae tengan siempre especificaciones como acute, elegantes, blande, politae, ornatae, uenustae, facetae, florentes, etc. La historia de la lengua latina desde Plauto parece confirmarnos que cinnus, su modificado concinnus y el desarrollo concinnare, están en la génesis de todos los demás términos y que son el lenguaje culinario y el técnico de la agricultura los que mejor identifican su significado de "componer" a partir de varios ingredientes. Concinnus, mediante transferencias, así como el denominativo concinnare, penetraron en la retórica sin perder su significado originario. De hecho, en la Retórica a Herenio de los tres pilares en que sustenta la elocutio EM LXVIII 1, 2000 perfecta, concinnus se vincula tanto a la compositio como a la dignitas y está especificado en los capítulos de los genera exornationis: In his quattuor generibus exornationum...inest festiuitas quae facilius auribus diiudicari quam uerbis demonstrari potes (Rhet. ad Herenn. Es un placer auditivo provocado no por las palabras sino por el sonido, ya que las palabras, dejando al margen sus efectos fónicos, se incluyen en el primer pilar, el de la elegantia, que se logra mediante la latinitas y la explanatio usitatis uerbis et propriis. Los rétores latinos tienen una percepción auditiva, y posiblemente intelectual, sobre la concinnitas; pero un análisis metalingüístico de los términos vinculados a la misma, como son constructio y compositio, demuestra que ni Cicerón, ni Quintiliano los emplean de manera unívoca, y no van más allá de una serie de medios que la producen, tales como las figuras gorgianas. Esto se debe a que el término es ya polisémico cuando llega a Cicerón y a que las determinaciones objetivas, ablativas y adverbiales, así como las relaciones sintagmáticas se hacen imprescindibles para apoyar sus significados específicos en los distintos ámbitos de empleo: facetus, ornatus, lepidus, uenustus, elegans, politus, florens, etc. etc. hablan por sí solos de estas asociaciones léxicas tan esclarecedoras. Que el significado originario era el que postulamos y que no se llegó a perder nunca lo atestiguan claramente los escritores arcaizantes del siglo segundo, como hemos visto páginas atrás, y que este proceso de transferencias del lenguaje culinario al literario no es ajeno a la lengua latina lo pone de manifiesto Persio en la Sátira I a propósito de decoctus, ardere y otros términos del mismo campo semántico de la cocina: aspice et haec, si forte aliquid decoctius audis. inde uaporata lector mihi ferueat aure. Un buen guiso (Plauto), una buena mezcla de ingredientes proporcionados (Catón), una buena presentación de los manjares (Apuleyo), una buena vestimenta y ornato corporal (Plauto y Petronio) y una armonía y equilibrio de las partes constituyentes de un período oracional o una cláusula (Cicerón), tienen demasiadas cosas en común.
Este trabajo ha sido elaborado en el marco del proyecto Los manuscritos griegos de los humanistas salmantinos. Una contribución a la historia del humanismo español, DGICYT, PB96-1265. elaborado en el siglo pasado en el marco de las Missions scientifiques et littéraires francesas, ni el más reciente y pormenorizado de Antonio Tovar 4 reflejan la existencia de este manuscrito. Tal olvido se explica por razones estrictamente codicológicas. En primer lugar, el Salm. 769 ha perdido su encuadernación original y con ella las contratapas y hojas de guarda donde habitualmente se consignan signaturas o marcas de propiedad que avisan de la pertenencia del libro a una biblioteca determinada o a un particular. En segundo lugar, el aspecto del volumen hace pensar en un impreso antes que en un manuscrito, puesto que los márgenes de sus folios han sido cortados para adaptarlos al tamaño de las páginas de un ejemplar impreso, concretamente el que precede al texto manuscrito y con el que ha sido cosido. En efecto, abre el volumen la edición de Demetrio Ducas del poema Hero y Leandro de Museo -un folleto en 4o de ocho hojas sin foliar -, impresa en 1514 en Alcalá por Arnao Guillén de Brocar 5, que pasa por ser el primer libro de asunto profano que se editó en España en caracteres griegos. Esta circunstancia propició seguramente la confusión del volumen formado por el impreso y el manuscrito con un ejemplar impreso de principio a fin. No obstante, pese a la pérdida de su encuadernación original y de su signatura antigua -el manuscrito está protegido en la actualidad con un cartón que no está cosido ni pegado al volumen -, dos datos confirman que el Salm. 769 perteneció a la antigua Biblioteca de la Universidad de Salamanca. El primero es el exlibris de esta institución que aparece en letra cortesana en el margen inferior del f. 1: «Este es de la Universidad de Salamanca». Según ha demostrado recientemente Juan Signes 6, ésta es la rúbrica con 9 abril 1999. Este trabajo verá próximamente la luz en forma de libro. Agradezco a su autor el haberme proporcionado los resultados de su investigación antes de ser publicados. T. Martínez Manzano, «El Pinciano, anotador de textos griegos», en V. Bécares, Ma. P. Fernández Álvarez, E. Fernández Vallina (edd.), Kalon Theama. Estudios de filología clásica e indoeuropeo dedicados a F. Romero Cruz, Salamanca 1999, pp. 129-141, para algunos aspectos de su actividad como helenista y sus adquisiciones de manuscritos griegos. 8 El inventario, que lleva por título Memoria de los libros que de presente ay en la libreria de la Universidad de Salamanca fecho en quinze dias del mes de octubre de 1610 años, ha sido editado por L. E. Rodríguez-San Pedro Bezares, La Universidad salmantina del Barroco, período 1598-1625. II, Régimen docente y atmósfera intelectual, Salamanca 1986, pp. 627-671, quien ha matizado su edición con correcciones de la versión contenida en el Archivo Provincial de Salamanca, Protocolo 3247, ff. 9 Las versiones del Archivo Provincial de Salamanca citadas en la nota anterior agregan a esta entrada el aviso "en griego". Catalogus Codicum Graecorum, o. c., pp. 12-13 sí identifica los restantes títulos mencionados en la Memoria de Miguel de Velasco con los Salmanticenses del fondo actual y deja constancia de otros códices citados en aquella Memoria que han desaparecido. A este desliz contribuyó sin duda el hecho de que el manuscrito se guardaba en un cajón de impresos y no en el que estaba destinado a los manuscritos griegos, el «Caxon 39. Libros en griego, de mano». F. Riesco, Incunables de la Biblioteca Universitaria de Salamanca, Madrid 1949. 12 Me oriento en este punto por las conclusiones de Juan Signes, en la contribución reseñada anteriormente, acerca de la encuadernación de los libros del Pinciano llevada a cabo por orden de la Universidad. La lectura de este inventario proporciona una noticia sin duda relevante para la historia del códice, ya que éste se pone en relación no sólo con la ya mencionada edición de Museo sino también con un psalterio griego. El examen de los ejemplares de la Biblioteca Universitaria de Salamanca que contienen psalterios griegos nos ha permitido confirmar que es el incunable 179 11, editado en Venecia por Alejandro el Cretense el 15 de noviembre de 1486 (Hain 13453), el libro que precedía a Museo y a Píndaro. Este incunable contiene en unas pocas hojas centrales notas del Pinciano (concretamente en el fascículo decimoprimero), presenta el exlibris de la Universidad en su primera página y tiene exactamente las mismas medidas que el Salm. 769: 196x145 mm. Su encuadernación, realizada en época indeterminada en pergamino sobre cartón, está despegada en la parte posterior del libro, con lo que puede observarse sin dificultad cómo el cosido de los dos volúmenes, el incunable y el manuscrito, coincide a la perfección y cómo el ancho del lomo abarca justamente el grueso de ambos juntos. Por consiguiente, gracias al inventario de 1610 sabemos que al menos hasta aquel año el incunable 179 y el Salm. 769 conformaban un único volumen encuadernado en pergamino sobre cartón, y que éste presentaba dos exlibris de la Universidad, uno en la primera hoja del psalterio impreso y otro en el primer folio del texto manuscrito. Para explicar la aparición de dos exlibris en un mismo volumen se ofrecen dos posibilidades 12. Puede pensarse en primer lugar que el incunable y el manuscrito eran dos ejemplares independientes en la biblioteca del Pinciano que fueron rubricados por el escribiente de la Universidad cuando se hizo efectiva la donación de aquél y después encuadernados juntos, pues efectivamente en octubre de 1556 el Claustro universitario ordenó que los libros donados por el Pinciano fuesen encuadernados y esta encuadernación se llevó a cabo al año siguiente. La única objeción que puede hacerse a esta hipótesis es que la Universidad ordenó encuadernar los libros "en tablas", con el fin de fijar en ellas 13 Cf. para estos inventarios Ma T. Gómez Pérez, La Biblioteca de la Universidad de Salamanca en el s. XVIII (Memoria de diplomatura mecanografiada), Salamanca 1995, pp. 51-66. 41), es el único que consigna los manuscritos. No obstante, nuestro ejemplar no aparece ni en la relación de «Libros griegos manuscritos», ni en la de «Libros griegos impresos», ni en la de «Libros duplicados y descavalados» ni en ninguna otra susceptible de acogerlo, como las secciones dedicadas a la Biblia, a los Padres o a los exégetas. 168v-169) menciona dos partidas de manuscritos situados "encima de la puerta" cuyo contenido sin embargo no se especifica: «Previenese que estas dos ultimas partidas de manuscritos, la una de setenta y la otra de quarentaydos cuerpos han sido sin especificacion de los asumptos que contienen ni nombre de sus autores, por ser obra que requiere bastante tiempo... pero en el interim que asi se practica, se hizo entrega de ellos rubricados con la que acostumbran los srs. Maestro Dn. 15 En el Índice alfabético general del fondo universitario elaborado en 1776 por el bibliotecario José Ortiz de la Peña (Salm. 592-593) no se incluyeron los manuscritos, como explica el propio Ortiz ante el Claustro de la Universidad en diciembre de 1775: «sin entrar en esta cuenta los manuscritos ni la multitud de impresos que se hallan en la pieza contigua a la bibliotheca, que desde luego pasan de otros diez mil, en parte útiles pero que no tienen hierros para cadenas y broches que evitasen los hurtos. Entonces, la encuadernación en pergamino del psalterio y el manuscrito de Píndaro tendría que considerarse un caso excepcional, que se sumaría a los de los incunables 64 y 199 de la Biblioteca Universitaria, los cuales contienen igualmente el exlibris de la Universidad duplicado y están encuadernados en simple pergamino y pergamino sobre cartón respectivamente. La segunda posibilidad sería suponer que el incunable y el manuscrito ya estaban encuadernados juntos en la biblioteca del Pinciano y el escribano estampó dos exlibris en el mismo volumen para evitar que la parte manuscrita fuese arrancada o desencuadernada impunemente de la parte impresa. En cualquier caso, la Memoria de 1610 elaborada por Velasco ofrece la primera y única referencia que se conoce sobre el códice de Píndaro. Aparentemente el volumen formado por el incunable y el manuscrito no abandonó nunca la Biblioteca de la Universidad, pero los diversos inventarios de los fondos de la Biblioteca que se confeccionaron durante el s. XVIII 13 no dan cuenta de él, ni entre los manuscritos -lo cual no supone una extrañeza ya que el aspecto del libro lo haría ser considerado y catalogado como un impreso 14 -ni tampoco entre los ejemplares impresos, seguramente porque era uno de los múltiples volúmenes duplicados que se encontraban almacenados en la pieza anexa a la Biblioteca 15 y que nunca llegaron a ser catalo-EM LXVIII 1, 2000 cabida en la pieza principal y en parte duplicados». 16 El Claustro Universitario, en sesión celebrada el 2 de diciembre de 1776, insta al bibliotecario Ortiz a completar su Índice, que «sólo comprende los libros colocados en la pieza principal de la librería (...) pero los libros que se hallan en la pieza contigua, por multiplicados y sueltos, no tienen aún inventario (...). Tampoco comprehende este Yndice general los libros prohibidos y manuscritos» (cf. AUSA 239). 17 A esta suposición nos lleva la afirmación del entonces director de la BUS César de la Riva, «Normas para la catalogación de manuscritos», RABM 62, 1956, pp. 395-404, quien en p. 396 se refiere a ciertos "trabajos de reorganización" en la Biblioteca. Hasta aquí se ha expuesto la historia del manuscrito Salm. 769 desde 1548 -fecha de la donación de la biblioteca del Pinciano a la Universidad de Salamanca -hasta la actualidad. La descripción que a continuación se ofrece sigue en líneas generales los criterios adoptados para la catalogación completa del fondo griego de Salamanca en curso de elaboración 20 y que han sido aplicados ya en la descripción de otros códices salmantinos 21. 61 y 62 se ha dejado un folio sin numerar) y dos folios de guarda al final. Los folios han sido numerados en época reciente con tinta azul y en el margen superior derecho. El códice consta de los siguientes fascículos: 10x8 (ff. 1-79), 1x4 (80-83), 1x2 (84-85), numerados en sus primeros cuatro folios en el margen inferior derecho con letras latinas seguidas de trazos verticales por la misma mano que transcribió el texto principal y los marginalia en griego y latín. El códice fue transcrito a principios del s. XVI por un copista griego que utilizó tinta de color marrón oscuro. Sus anotaciones marginales incluyen referencias al filólogo Manuel Moscópulo y correcciones al texto señaladas con la característica abreviatura gr(av fetai), lo que indica que no sólo no carecía de conocimientos de gramática, sino que estaba en condiciones de enmendar el texto allí donde éste así lo requería. No hay marginalia de otras manos, salvo el título Olympia Pindari que aparece en el margen superior del f. 67 escrito con tinta más oscura. El contenido del manuscrito, que presenta en el f. 1 el epígrafe 9EcÉghsij e±j tà Pindárou mélh (v., a final de texto, fig. 1 Sobre el origen y la naturaleza de los escolios pindáricos transmitidos en el códice Salmanticensis deben hacerse algunas consideraciones. Tras la muerte de Píndaro, la influencia de su poesía coral se vio considerablemente limitada por razones de orden estético e ideológico: por una parte, el epinicio como forma literaria quedó fuera de uso, el estilo pindárico pasó a ser considerado como pasado de moda a los ojos de la estética sofística y la música tomó en su desarrollo nuevos derroteros; por otra, el orden de la pólij se adhirió a ideales muy alejados de aquellos de corte aristocrático que propugnaba el poeta beocio. Que pese a todo ello su obra nos haya sobrevivido se debe principalmente a la labor filológica de los alejandrinos, que incluyeron a Píndaro en el canon de los clásicos y editaron sus composiciones. De esta forma Píndaro se convirtió en el princeps lyricorum y la teoría artística clasicista no dudó en recomendar la imitación de la magnificencia de su lenguaje. Las odas pindáricas pasaron de ahí en adelante a formar parte de los contenidos de la educación general, ya que proporcionaban abundante material tanto para las explicaciones gramaticales e históricas como para la formación moral de los lectores. Los numerosos testimo-nios papiráceos encontrados 22 demuestran que el estudio científico de la obra de Píndaro no tuvo solución de continuidad y que este autor siguió formando parte de las lecturas escolares en época tardía. Punto central de esas lecturas eran los Epinicios, de los que se preparó en el s. II una edición 23, hecho que, no obstante, tuvo como consecuencia la progresiva pérdida del resto de las composiciones pindáricas corales. Junto a la recepción pagana de Píndaro en autores tardíos como Libanio y Juliano y en autores protobizantinos, como Procopio de Gaza o Procopio de Cesarea 24, debe tenerse presente la enorme recepción cristiana, atestiguada por las numerosas citas pindáricas de los Padres de la Iglesia -aunque no hay que descartar que éstas procedan de florilegios y no de lecturas propias -, los cuales ensalzaron al poeta beocio como autoridad moral y ejemplo de piedad 25. En definitiva, en lo que respecta a la popularidad de Píndaro no se produjo ruptura alguna entre la Antigüedad tardía y la cultura bizantina. La cultura oficial de Bizancio estaba fuertemente determinada por el modelo lingüístico, el cual era buscado en los autores clásicos que se habían convertido en "canónicos" y entre los cuales figuraba Píndaro, y si bien el ideario pindárico no se correspondía enteramente con el de la sociedad feudal bizantina, no obstante las sentencias y máximas que caracterizan su obra poética fueron entendidas en un sentido amplio y adaptadas sin mayores problemas a una interpretación cristiana. Durante el renacimiento cultural que tuvo lugar en Bizancio bajo la égida de los emperadores Comnenos se realizaron varios trabajos filológicos centrados en la producción literaria del poeta beocio: Isaac Tzetzes compuso un poema didáctico sobre métrica pindárica 26 cuya existencia confirma que Píndaro era objeto de análisis en la escuela patriarcal de Constantinopla; y una generación después, Eustacio de Tesalónica redactó un comentario sobre Píndaro del que únicamente se ha conservado el proemio, Prov logo" tw' n Pindarikw' n parekbolw' n 27. Éste aborda las características de la poesía lírica en general, la lengua, el estilo y la métrica de las odas pindáricas y, en último lugar, la biografía del poeta, y de su lectura parece desprenderse que el arzobispo de Tesalónica pudo leer un texto de los Epinicios más extenso del que hoy en día conservamos. Durante el reinado de la dinastía de los Paleólogos, la filología bizantina alcanzó su punto culminante y el resurgimiento de los estudios clásicos no descuidó lógicamente la obra de Píndaro: no en vano, los cuatro grandes filólogos de la época -Máximo Planudes, Manuel Moscópulo, Tomás Magistro y Demetrio Triclinio -dedicaron su atención también a las composiciones del poeta tebano 28. Jean Irigoin 29 ha podido reconstruir una edición de Planudes de ca. 1280 a partir de los manuscritos Par. gr. 2403 y 2774, señalando ciertas mejoras textuales dignas de atención de las que fue responsable este filólogo. Pero la edición pindárica que tuvo mejor acogida fue la de Moscópulo 30: más de sesenta de los doscientos manuscritos aproximadamente que conservamos del texto pindárico ofrecen esta recensión, a cuyo éxito contribuyó seguramente su brevedad -incluye sólo las Olímpicas -, la cuidada composición del comentario, que consiste en realidad en una explicación continua que combina la paráfrasis y la información tomada de los escolios antiguos y puede ser leída con comodidad sin acudir a la edición del texto, y la adición de aclaraciones de tipo gramatical. Los escolios moscopuleos se limitan a la explicación elemental de palabras, circunstancias históricomitológicas y realia; para lograr mejoras métricas Moscópulo se sirvió de procedimientos igualmente elementales, como el cambio en el orden de palabras, la adición o eliminación de sílabas o palabras enteras, la sustitución de vocablos y la manipulación al gusto de la n efelcística 31. de Magistro y los suyos propios los comentarios de Moscópulo 37. En esta segunda edición Triclinio hizo diferenciar los escolios de Moscópulo mediante una cruztou' sofwtav tou kuriv ou Qwma' tou' Magiv strou kai; tou' Moscopouv lou kuriv ou Manouh; l scov lia: o{ ti e[ nqa kai; aj rca; " staurov " eij si tou' Moscopouv lou -y los extractos de la explicación continua de aquel mediante la indicación marginal suv ntaxi", "construcción gramatical". En cualquier caso, el interés de las ediciones de Triclinio no reside tanto en el comentario -que es poco original con la excepción de los escolios métricos -, cuanto en los principios que siguió para el establecimiento del texto. Los comentarios de Moscópulo, Magistro y Triclinio se conocen como scholia recentiora, para diferenciarlos del corpus de escolios medievales anteriores o scholia vetera, unos escolios antiguos que contienen fragmentos del comentario de Aristarco transmitidos a través de Dídimo y análisis métricos de las odas fundados en la doctrina de Hefestión, y a los que suponemos subyace originalmente una paráfrasis del texto acompañada de un comentario erudito y ricamente documentado 39. Con independencia de que el enjuiciamiento del trabajo de los filólogos de época paleóloga haya oscilado entre la postura radicalmente negativa de la crítica decimonónica y la opinión en exceso favorable de Alexander Turyn 40, lo cierto es que su ocupación con la obra de Píndaro propició sin lugar a dudas una mayor circulación del texto del poeta beocio durante los siglos XIII y XIV. Los escolios pindáricos fueron publicados por vez primera en la edición Volviendo ya al Salmanticensis 769, hay que advertir que los scholia recentiora que transmite nuestro manuscrito no incluyen ni los escolios métricos de Triclinio ni los argumentos de Magistro, sino únicamente aclaraciones gramaticales e históricas de este último y de Moscópulo. Queda por determinar cuál pueda haber sido el modelo de copia y si éste fue un manuscrito o una edición impresa. Las especiales características codicológicas del ejemplar salmantino descritas al comienzo explican que éste no figure en el aparato crítico de la edición de Eug. Abel ni en el inventario elaborado por Tycho Mommsen de los códices con escolios pindáricos que descienden de las ediciones bizantinas de Magistro, Moscópulo y Triclinio 42. El Salmanticensis es igualmente desconocido para J. Irigoin, quien ofrece en su estudio una lista completa de los manuscritos con el texto de Píndaro 43. La docencia de las lenguas clásicas en las Universidades de Salamanca y Alcalá supuso un enorme estímulo para el desarrollo del helenismo en España durante el s. XVI, y es en este contexto histórico-cultural en el que debe enmarcarse la confección del códice salmantino. Ciertamente la identificación del escriba del manuscrito contribuiría sensiblemente a un mejor conocimiento de las circunstancias en que se llevó a cabo la copia. Que la transcripción fue realizada en torno al año 1515 lo confirma no sólo Demetrio Ducas y que el Pinciano fuese el responsable del traslado del manuscrito de Alcalá a Salamanca 46. Desgraciadamente no se ha encontrado hasta el momento ningún autógrafo de Ducas ni se ha publicado ninguna muestra de su escritura griega, si bien se ha querido reconocer su mano en los marginalia del códice Ambr. C 195 Inf., que contiene la citada edición de Moralia de Plutarco 47, así como en las anotaciones que se encuentran en el manuscrito Par. gr. 2921, el ejemplar que Ducas utilizó como modelo para preparar la edición aldina de los Rhetores Graeci mencionada también más arriba 48. Queda por examinar cuál es el uso que el Pinciano pudo hacer del Salm. 769, ya que el códice no presenta sus características anotaciones marginales, tan frecuentes en la mayoría de los volúmenes de su biblioteca. La única explicación que puede darse a este hecho es suponer que el Pinciano anotó otro ejemplar de su propiedad que contenía el mismo texto. Sin embargo, el ejemplar supuestamente anotado por el Pinciano no puede identificarse con el códice Salm. 124-145v de este manuscrito del s. XV, que son los que contienen las catorce Olímpicas (desprovistas de escolios), y en general todo el códice, carecen de marginalia suyos. Y sorprendentemente la Biblioteca Universitaria tampoco conserva ninguna edición de Píndaro de la primera mitad del s. XVI. Afortunadamente sobre este problema arrojan luz los documentos publicados recientemente por Vicente Bécares que dan cuenta de las adquisiciones de impresos griegos de la oficina de Aldo Manuzio que la Universidad de Salamanca realizó con la mediación del Pinciano en la década de los años Figura 1 treinta del s. XVI 49. Por ellos sabemos (cf. Obligación notarial B, núm. 66) que la Universidad pidió un «Pindarus sendo con comento» y que el Pinciano declaró haber recibido este libro en 1533 (cf. Recibo 11, núm. 55: «Píndaro con escolion»): se trata sin duda de la espléndida edición de Zacarías Caliergis a la que hicimos mención páginas arriba, editada en Roma en 1515, que estaba provista de abundantísimos escolios y que no ha llegado hasta nosotros, quizás porque fue vendida, sustraída o encuadernada con otra obra. Éste fue seguramente el ejemplar que anotó el Pinciano, un ejemplar comprado originariamente para la Universidad, pero que el Comendador retendría y utilizaría en su casa, como hizo con muchos otros libros adquiridos por él para el estudio salmantino. El viaje a España de Fausto con Ducas y su participación en la edición de la Políglota parecen asegurados porque el volumen de la Biblia de 1514 contiene epigramas griegos compuestos por el editor cretense y por aquél. Un incunable de la Biblioteca Marciana de Venecia (Aldina 100) que contiene la edición del Thesaurus Cornucopiae de Aldo Manuzio presenta el exlibris Nikhv ta tou' Fauv stou kai; tw' n bebaiv wn fiv lwn con las iniciales V. F. escritas como monograma -recuérdese que "Nicetas" es una versión culta de "Víctor"-, pero tiene muy escasos marginalia y no presenta mayor información sobre el trabajo filológico de Fausto, que desde 1517 reaparece en Venecia como sucesor de Musuro en la enseñanza del griego pero que llegó a ser conocido sobre todo por su actividad como arquitecto naval.
EM LXVIII 1, 2000 son variados Propercios que responden a las variadas teorías de un siglo. Tal vez el estudio fundamental haya sido el de J. P. Boucher, Etudes sur Properce, Paris, 1965, pp. 41-64, quien se refirió a la "sensibilidad visual" del elegíaco. Si es posible prestar atención a los ojos del amante es porque Cintia tiene cerrados los suyos. Luego del arribo, de la contemplación de la dormida y del debate entre deseo (por Amor y Liber avivado) y seruitium (por el recuerdo experto presente), el amante se cuida de tocar a la amada y se queda con los ojos fijos en ella, tal como Argos ante los cuernos de la: I 3 es el recorrido de una mirada desarticulado por una voz, pero también el motivo de numerosas lecturas que conforman ya una historia secular de las diferentes perspectivas con las que se ha planteado, desde la crítica, la relación entre las representaciones del mito en las artes figurativas y en la poesía; y es en esa "historia" 1 en la que hay que inscribir la insistencia en relacionar el dístico con la imagen pictórica de Io como una joven con cuernos. No se ha tratado sólo de enfatizar más o menos un Propercio "visual" que sin cesar refiere a las representaciones del arte, sino de sofisticar, en este caso particular, la posible incongruencia de la aparición de una heroína metamorfoseada en vaca (por hermosa que sea, como escribirá Ovidio) 2 en mitad del relato erótico de la elegía 3. El problema, sin embargo, no está fuera del poema. Lo que hay que evaluar en el dístico es la intención de la apuesta técnica: ¿hasta dónde se extiende la comparación? Leído el símil desde una analogía total que hace irremediablemente del amante y de la amada un carcelero con su víctima 4, y exasperada la fascinación por el ejercicio de visualizar que motivan los versos, los análisis han dejado de lado los grados y matices de semejanza que la mecánica de la "similitud" admite. Por otro lado, no conviene olvidar que una decisión técnica, según el programa del Monobiblos 5, está atravesada por consideraciones amorosas: la perspectiva toda del relato desde los ojos del amante, el cuidado por los detalles de luz como parte del artificio de "verosimilitud" (antorchas, v. 36) o la descripción de la amada que hace del lector un testigo según el ejercicio de la enargeia (posible de vincular no ya a ecphrasis de objetos de arte sino a relatos acerca de su contemplación) conforman toda una "variación" que parece acentuar más la relación entre el amante y el monstruo de cien ojos que entre la amada e Io. Cuando Quintiliano se refiere al símil (una figura que, si bien articulada allí desde la oratoria, podría ser pensada como un mecanismo inherente al 6 Ver D. C. Feeney, «Shall I compare thee? 7 Entiendo el exemplum como una variedad de la similitudo. Se verá sin embargo cómo la comparación de los vv. 19-20 constituye más que una simple relación analógica. Véase en Cicerón la división entre imago, collatio y exemplum (De inv. 8 El cuarto y más complejo de los usos del mito en la poesía de Propercio según la divi-artificio elegíaco 6 ) distingue entre aut similia esse aut dissimilia aut contraria (Inst. V 11,5) y señala, en la valoración que pueda hacer el escritor u orador de estas posibilidades, la funcionalidad mayor o menor de su uso; aclara sin embargo no aceptar las disquisiciones de quienes han llegado más lejos: Scio quosdam inani diligentia per minutissimas ista partes secuisse, et esse aliquid minus simile... aliquid plus... et dissimilibus inesse simile... et similibus dissimile... V 11,30), aunque su decisión de limitar la indagación supone más una consideración de lectura que una afirmación normativa sobre el funcionamiento del recurso. La complejidad en el mecanismo del símil está ya presente en los exempla del inicio de la elegía 7. 1) inicia una relación de semejanza de tres imágenes míticas que se cierra recién con talis uisa mihi mollem spirare quietem / Cynthia non certis nixa caput manibus (vv. Es Cintia dormida, como objeto de la visión del amante, sobre quien se insiste; pero es preciso notar que la cercanía se da a partir de la postura de sus brazos y de su actitud en el sueño. La similitud no es plena: por un lado, cada una de las heroínas comparte una semejanza parcial con el sueño de Cintia (cada uno de los tres movimientos supone un grado diverso de precisión); por otro, la relación es percibida desde un estado en extremo particular: la interesada mirada de un amante que, además, se encuentra ebrio (v. No hay identidad absoluta sino un juego de perspectivas que condiciona una y otra vez la proximidad entre las imágenes, tal como se hace notar a través de talis uisa mihi (v. 7) y de la ubicación temporal de la semejanza (ebria cum multo traherem uestigia Baccho,v. Esas marcas de la particularidad de la percepción son más que suficientes para instalar en quien lee la duda sobre los motivos de la relación entre Cintia y las heroínas. ¿Se la compara a Ariadna porque ambas dormían con la misma postura? ¿O porque, como Ariadna, Cintia había sido abandonada? ¿O porque, como a Ariadna, se le acercaba un ardoroso lleno de vino? 8 EM LXVIII 1, 2000 sión de R. Lyne, The latin love poets from Catullus to Horace, Oxford, 1980, pp. 82-102, podría ser pensado desde estas variables («Myth believed-precariously»); pero Lyne, en su afán por señalar el "romanticismo" de la pasión, descuida a veces el saber técnico de la elegía. 9 Leo con P. J. Enk, Sex. 38 La comparación de los vv. 19-20 se resuelve en un sólo dístico y la alusión mitológica ocupa sólo el pentámetro; ya esa brevedad indica una concentración mayor de tensión. Pero en este caso la similitud no vincula en particular el objeto de la mirada sino el modo de la acción de los ojos. La semejanza no se da entre Cintia e Io y ni siquiera, con general vaguedad, entre el amante y Argos, sino entre el modo en que ambos observan. La relación se hace evidente en la sintaxis (el monstruo exige el verbo del amante) y en la descripción de la acción de la mirada que ocupa todo el hexámetro: entre haerebam fixus e intentis ocellis se complementan entre sí las nociones de adherencia, de traspaso y de dirección. Por su parte, el pentámetro localiza el blanco de los tensionados ojos: ignotis cornibus; ya se piense ignotis como enálage, ya en tanto inconsuetis, el adjetivo responde a la excepcionalidad de Io (y por lo tanto de Cintia o de la fábula misma) pero no explicita por sí mismo la funcionalidad de la comparación 9. El amante y el monstruo comparten una mirada. Pero uno de ellos es una figura mítica, el otro no; uno de ellos ama, del otro nada sabemos; uno de ellos es un esclavo (domina, v. Y si tanto lo similar como lo disímil son parte del recurso, la habilidad de lectura estará dada por determinar la presencia mayor, menor o combinada de esos elementos, pero también, sin duda, por evitar la decisión única que elimine la ambigüedad. Si se privilegiaran las apariciones latinas de Argos (Accio, Valerio Flaco, Plauto, Virgilio, Ovidio 11 ) parecería difícil desechar que la relación entre las miradas del amante y del monstruo responda a la intención de la vigilancia. Se ha sostenido la irrelevancia amorosa del símil, pero el custos 12 En I 11,15, amota custode puella (sigo la lectura de Fedeli, P., Sexti Properti Elegiarum Libri IV, Stuttgart, 1994) es la misma elegía, en la forma de una epístola, la que cumple la función (seis versos después el amante compara el cuidado de su puella con el de su querida madre). 14 El destino de Argos es recordado a fin de disuadir a un esclavo vigilante de no ser tan celoso de su oficio (Am. II 2, 45-46); acerca de cómo eludir la vigilancia de un Argos (Ars III 617-618); el placer es mayor si hay obstáculos: un Argos, por ejemplo (Am. Curioso es el calificativo polúglhnoj que le da Paulo Silenciario (AP V 262, 4) en un epigrama que no ha terciado en la histórica disputa sobre la vinculación posible entre la elegía latina y la griega. En AP V 262, Silenciario propone el pasaje de un custos mítico a uno cotidiano: la mirada de la vieja que vigila, por muchas pupilas que la animen, no llega al corazón. 16 Sobre este tipo de juegos, ver F. Cairns, Tibullus: a hellenistic poet at Rome, Cambrid-es un participante privilegiado del relato elegíaco de amor y la vigilancia de la amada una preocupación constante del amante 12. La comparación entonces no sería ajena a la Selbstironie de la elegía 13 si aquel que entró fuera de sí con la intención de violar a la dormida aparece, luego de contenerse, como un fiel guardián. Y sería ineficaz privarse de entender que es un custos quien, cuando Cintia suspira durante el sueño, imagina que alguien quiere forzarla contra su voluntad (vv. Argos aparecería ya entonces, de acuerdo a apreciaciones elegíacas, como un vigilante pasible de ser burlado. Ovidio insistió con exasperación en esta veta del mito 14: centum fronte oculos, centum ceruice gerebat / Argus, et hos unus saepe fefellit Amor (Am. III 4.19-20), una versión que se reitera también en otros poetas y prosistas con la mención recurrente del verdugo Hermes cada vez que la historia es narrada. Pero como hace obvio Ovidio en la precisión de un número -y como precisamente obvia Propercio con el vago plural intentis ocellis -la eficacia de este custos radica en la cantidad de excepción de sus ojos. La semejanza se sostiene menos en la intención de la mirada que en la intensidad. Más que su condición de fúlac o custos la novedad que distingue al monstruo es su capacidad visual: 4Argoj À panópthj (Apolod. El poeta ofrece en'balórioj la comparación una uariatio que, según ejercicio helenístico, engaña la perspectiva del lector 16: la esperable y en este caso ge, 1979, pp. 111-143; T. D. Papanghelis, Propertius: a hellenistic poet on love and death, Cambridge, 1987, pp. 199-216. 17 Cien ojos cuenta Ovidio, Met. Cratino, acerca de quienes serían discípulos del mítico guardián, habla de incontables: 1⁄2fqalmoì d' oÐk'ríqmhtoi (fr. Según escolios a Eur., Phoen. 1115, se le habría adjudicado ya otro ojo en la nuca, ya otro par. inútil metamorfosis de Io distrae la metamorfosis presente y crucial del cuerpo del amante, quien pasa de mirar con dos ojos a mirar con cien, con mil, con incontables 17. La multiplicación ubica al exemplum entre los del tipo "gradación de menor a mayor" 18 en un movimiento que responde a la resolución del conflicto del amante: la conciencia del seruitium ha puesto freno a las manos pero no al deseo. non tamen ausus eram dominae turbare quietem (v. 17) se conecta con precisión con los vv. El impulso inicial, relatado en un momento único de la elegía en crudo lenguaje amatorio (temptare, v. 16), se traspasa así en la hipérbole de una mirada excesiva: el cuerpo del amante se convierte en un cuerpo de ojos. Hay en la escena, sin duda, admiración 20, aunque tramada en un gesto contenido: los ojos concentran el deseo de todo el cuerpo, y el hexámetro exhibe la ansiedad en la intensidad de una mirada que clava y perfora trasladando a los ojos propiedades e intenciones del resto del cuerpo. Atención, vehemencia, y tensión física atraviesan a su vez intentis ocellis 21. Semejante tensión y atención de los ojos se recorta como experiencia individual del amante elegíaco frente al saber habitual sobre la pasión. Ciertos versos de Lucrecio responden a la situación: sic in amore Venus simulacris ludit amantis, / nec satiare queunt spectando corpora coram / nec 22 Recuérdese que la elegía III 21 presenta esta tesis (v. 3): crescit enim assidue spectando cura puellae (una obsesión presente en la fijación consonántica del verso IV 1102 de Lucrecio: spectando corpora coram). "En fin, la belleza de éstas se ha esparcido sobre mí y me ha cubierto de tal manera que ya no soporto no poder, como Argos, mirar con todo el cuerpo...". manibus quicquam teneris abradere membris / possunt errantes incerti corpore toto (IV 1101(IV -1104)). Si con dos ojos es imposible hacerse del cuerpo de la amada, cierta gracia hay (no exenta de desesperada inquietud) en pensar que tal vez sea más posible con cien. Del mismo modo funcionaría un Briareo, de cien manos, para recorrer todo el cuerpo. La insatisfacción constante del amante a que alude Lucrecio, motivo presente en la elegía, exaspera en varias ocasiones el relato de los amores en Propercio no sólo a través de la vana espera o del rechazo de la amada (modos tradicionales) sino, como en el caso de I 3, de la estrechísima, inútil e insoportable cercanía con el cuerpo deseado: uix tamen aut semel admittit, cum saepe negarit: / seu uenit, extremo dormit amicta toro (III 21,7-8) 22. No es ya que Propercio haya encontrado en la comparación de Argos una ocasión propicia para ilustrar la fiebre visual del amante. La extrema locura de la pasión se ejemplifica menos en el tener 100 ojos que en tener 100 ojos y fijarlos (haerebam fixus) en una única mujer. (En una asociación horizontal, de monstruo a monstruo, Argos amante actúa como Polifemo). Pero la multiplicación de los ojos es una metáfora doble. Porque la potencia visual del amante-Argos hace referencia no sólo al estado de quien ve sino a lo excepcional de la visión. La belleza de quien duerme se enfatiza en elogio indirecto en los numerosos ojos de quien la ve dormir. La mirada se vuelve aún más paradigmática por su destino. Este uso es evidente en una mención al monstruo del Deorum iudicio de Luciano. Las diosas son presentadas ante Paris para que realice el juicio de la más hermosa, pero ante la belleza extrema de cada una de las tres, los ojos del pastor se muestran insuficientes, por lo que comenta: kaì Álwj perikéxutai moi tò kálloj aÐtÔn kaì Álon perieilhfé me kaì ƒxqomai, Áti mÈ kaì aÐtòj ñsper 1⁄2 4Argoj Álw7 blépein dunamai tÔ7 sÓmati 23 El pasaje exhibe un mecanismo similar al de I 3: hay una belleza excesiva y hay, como consecuencia, una voluntad desmedida de mirar. Lo desaforado de la pasión del amante elegíaco se enfatiza frente a este ejemplo de Luciano, porque en este caso el deseo -no ya la comparación afirmativa de Luc., Dearum iudicio 1.7 (paradócou qéaj) y 11. Propercio usa dos veces la forma sincopada spectaclum en referencia a la amada (IV 8,21 y 56). 181, compara al poeta elegíaco con Pigmalión, hacedores ambos de "mujeres". E. Greene, ob. cit., pp. 51-52, afirma que la mirada masculina hace de las mujeres "estatuas" en el proceso de especularización (se ve sólo lo que se desea). Greene ve bien ese deseo que objetiviza y no ve bien la "densidad literaria" de ese modo de percepción: en los helenísticos la relación mirar / arder se da tanto ante un cuerpo de carne y hueso (ejemplos múltiples en Meleagro) como ante uno de piedra (Afrodita y Deseo de Praxíteles, AP XVI 167). Propercio -de tener, como el monstruo, cien ojos, es provocado por tres cuerpos de tres diosas, no por una amada mortal como Cintia. Pero además la idea que se enfatiza en el texto es la del cuerpo de ellas como superficie a recorrer y, por lo tanto, como espectáculo (triple repetición de qéaj en el relato 24 ). Más allá del uso de spectaculum en referencia a Cintia 25, habría que recordar ahora II 3a,41-42 (el poeta propone a la amada como modelo para pintores) o, en una relación más estrecha con el texto de Luciano, el pasaje II 2,13-14, versos en los que el elogio de la belleza de la amada supera al de las diosas que vio el pastor del Ida. En todas estas menciones la belleza aparece asociada a la desnudez y las comparaciones dejan entrever que la asociación con el cuerpo de las divinidades es el de las representaciones que de ellas hicieron la escultura o la pintura. Más que una ecphrasis particular o una alusión precisa, I 3 exhibe la práctica de la enargeia tramada con la ilusión (a las artes atribuida) de "simular vida", y deja en claro de modo eficaz cómo la representación misma de la amada se escribe desde los códigos de un objeto artístico 26. No es extraño entonces que una cuestión propia de la pintura asome en la reflexión del exemplum, porque la noción de un cuerpo bello en todas sus partes (intento de Zeuxis) se corresponde con otro cuerpo que posee, en todas sus partes, ojos para contemplarlo. Amante y amada se corresponden así, desde la pasión del amante, en el artificio elegíaco: el exceso de los ojos impone la calidad de espectáculo (ignota cornua) del cuerpo de la amada. Y así el lector mismo aparece como un testigo frente a la descripción. Propercio presenta el efecto final de la enargeia (non tam dicere quam ostendere, Quint., Inst. Plinio sobre la perfección del cuerpo esculpido (Nat. Ver también Pseud.-Luc., Am. En varios epigramas helenísticos esa mirada se enfatiza mediante el uso de expresiones precisas: perisképtw7 (AP XVI 160,3), panwpÉessa (XVI 166,3), peridérkomai (XVI 169,1). desde un cuidado por la "verosimilitud" 27: la amada es presentada como si fuese una estatua, y para producir ese efecto no hace falta la descripción de una obra precisa; alcanza con su pertenencia al mundo del sueño, su ausencia momentánea de voz, las marcas de un espacio ocupado (impresso... toro, v. 12) y las intensas alusiones táctiles que acompañan la primacía visual. Así funcionan las menciones tanto de la postura de quien duerme y luego habla (v. 34), como de los intentos de acercamiento (molliter impresso conor adire toro, v. 12, y subiecto leuiter positam temptare lacerto, v. Y si la metáfora "clavar los ojos" de haerebam fixus indica la "parálisis" del estupefacto, aún hay inquieta curiosidad en medio del estatismo. Así lo entiende Pontanus en una nota a Ov., Met. I 628 que ejemplifica precisamente con Prop. La multiplicidad de los ojos de Argos anticipa el recorrido tácito alrededor de la dormida que se da en los vv. También esa posibilidad múltiple de ver es asimilable a una experiencia del arte, según se puede leer en los relatos acerca de la Venus Cnidia en los que se festeja tanto la "sensación de vida" (elogio conveniente a I 3) como la ubicación elegida que permitía observarla "de todos lados". En referencia a la ubicación en Roma de otra escultura insiste en una osada frase sobre este interés: oculatissimo loco (Nat. Pero el lector no sólo está presente en un espacio: la noche del poema avanza a medida que lee. Las constantes marcas temporales (sera nocte, v. 38) evidencian las pautas narrativas de la elegía y justifican la ausencia de una referencia que ha desconcertado: de la Cintia que duerme con la cabeza apoyada en las manos (vv. 317, cree que se trata de un simple olvido del poeta, una hipótesis difícil de confirmar. De todos modos habría que suponer más olvidos: parece no haber puerta en la casa de Cintia (vv. 9-12), y las ventanas aparecen como por arte de magia (vv. Los "olvidos" son técnicos. 30 Nótese cómo la misma dispositio uerborum del hexámetro demora la llegada de los rayos lunares a los ojos de Cintia: compositosleuibusradiispatefecitocellis. Del motivo conviene tener en cuenta su importancia en Meleagro: entre otras ocasiones, AP XII 137 y V 172. No hay que olvidar que el amante no quiere el despertar de Cintia porque, además, le teme. El cambio de postura enfatiza el tiempo que dura la visión y provoca en quien lee (y debe suponer el transcurso de las horas), la verosimilitud de un tiempo que corre (praecurrens, v. Los modo... modo... nunc... quotiens de los vv. 21-30 extienden las múltiples miradas del amante a modo de una glosa de los vv. 19-20 y, al mismo tiempo, presentan un tiempo lento y obsesivo, afirmado por las repeticiones (munera, vv. 31 y 32) y por los imperfectos que, precisamente, se inician con haerebam (v. 19) para matizar la duración en el modo del recuerdo. El haerebam mismo prolonga la mirada indefinidamente en relación al pluscuamperfecto del v. 17: a la duración de la mirada del amante se le suma la de Argos, que no tiene tiempo. Por eso hacia el final de ese recorrido visual la temporalidad escapa a las marcas de la narración, se tematiza y ofrece una pauta notable de la particularidad de la figura del amante -Argos: dejada de lado la voluntad de posesión, la mirada se ha vuelto un goce en sí misma y ya no quisiera tener fin: donec diuersas praecurrens luna finestras, / luna moraturis sedula luminibus / compositos leuibus radiis patefecit ocellis (v. Está presente aquí el motivo de la queja por la brevedad de la noche 30, aunque el uso es irónico o, al menos, inquietante, porque el amante pide más tiempo para gozar de la amada sólo con sus ojos. El mito aparece en la elegía atravesado por saberes e intenciones diversos. La mención de la luna que llega hasta la dormida no sólo con sus rayos sino provista de ojos (luminibus, vv. 31-33) mantiene una indistinción entre la luz y la visión frecuente en Homero, Hesíodo y Esquilo y por la cual el Sol, por ejemplo, mira con sus rayos a los mortales al mismo tiempo que los ilumina 31. Así también la etimología antigua de lumina: (de oculis) dicta lumina, quod ex eis lumen manat (Isid., Orig. 10) aconseja a quien escribe tener siempre presente la posible existencia (entre su público) de jueces -Argos dotados de ojos en todo el cuerpo. Esa conciencia de tener lectores atentos al más mínimo detalle, sin duda, obliga a quien escribe a multiplicar a su vez los propios ojos. superficie a recorrer con la guía amorosa de los ojos), pero si es cierto que esa mirada lunar aparece en la elegía apoyada por años de vivencias del mito, también es cierto que el mito mismo se halla cruzado entonces por conocimientos de distinto nivel y supersticiones varias: un siglo después se hace así presente en el escrito de Plutarco De facie quae in orbe lunae apparet, en cuyo comienzo (929b) se mencionan opiniones acerca del "rostro" de la luna que estaban en labios de todos. Aunque se podría afinar la perspicacia y leer en leuiter (v. 33), calificación que da el poeta a la acción de los rayos lunares sobre la amada, una intensidad gradualmente menor a la del astro mayor: la reflexión de los rayos del sol (según certezas de Anaxágoras) en una luna terrena sin luz o con luz falsa. La luna a través de las ventanas abiertas señala una dirección no perpendicular sino ladeada (a esa hora en que desciende a Roma), alcanzando hasta los ojos cerrados una luz indirecta y demorada como el inicio de la elegía que enfatiza la comparación antes que lo comparado. Esa calidad de lo oblicuo (resuelta técnicamente hasta el cansancio por los alejandrinos) afianza la exasperación de los detalles en los relatos del mito 32. Parte de esa erudición perdura en las preguntas crueles que solía hacer Tiberio, según Suetonio (Tib. 70), a los gramáticos que conversaban con él: quae mater Hecubae, quod Achilli nomen inter uirgines fuisset, quid Sirenes cantare sint solitae. Luego de señalar que sus autores favoritos eran Euforión, Riano y Partenio, poetas dados todos al uso de la erudición mitológica y vinculados estrechamente a la poesía latina, Suetonio comenta: Maxime tamen curauit notitiam historiae fabularis usque ad ineptias atque derisum. Hay allí la fascinación de una práctica que no le era sólo a él atribuible. A pesar de la perspectiva condenatoria del historiador, esa particularidad de Tiberio ofrece la nunca obvia afirmación de la convivencia de distintos modos de leer en una época dada. Las preguntas continúan la ficción de la mitología innecesariamente; es decir: parecen haberse dado Veyne enfatiza la mitología como «ciencia grata», «divertida», «virtuosismo erudito», pero desmerece su uso en una poesía, como lo indica el título de su libro, "erótica". Ovidio los hace descansar a pares (Met. aisladas, sin responder a un texto determinado (aunque se adivinen los poemas homéricos) sino a un juego fatuo 33. Y sin embargo no son ajenas al comentario de sus costumbres en Capri, donde en los jardines y parques de su casa se podían ver jovencitos y jovencitas disfrazados (in habitu) de ninfas y silenos (Tib. En un movimiento que roza la ligereza de un divertimento, la mitología se entrelaza con la pasión y la excitación sin dejar de mostrarse como un espacio de conocimiento obsesionado en la ilusión de agotar un saber. 19-20, Tiberio habría preguntado por el número de los ojos de Argos o por el modo de su funcionamiento. Porque el recorrido de los ojos del amante es sólo una perspectiva de I 3. La voz de la amada, que pretende invalidar el poder de esa mirada, lo completa y cuestiona. Argos muere en la elegía, como en el mito, por el oído (con los suspiria de la amada primero, y con su parlamento final después). Esa dualidad ojos / voz se enfatiza en el pasaje del sueño, cuando Cintia relata que las dulces alas fueron lacrimis ultima cura meis (v. 46); allí la elegía termina y lo que queda fuera del poema son los abiertos ojos del amante, insomne toda la noche como un Argos ejemplar 34. El sueño que alivió las penas de la amada es el que ha sido y será negado de ahora en más al amante. La figura de Argos, completada la elegía, ha adquirido un nuevo matiz de la similitud: es el Argos de la obligada vigilia. Los ojos de Argos descansaban según un mecanismo de alternancia (alterna statione 35 ): parte dormía, parte permanecía despierta. De modo similar funciona la elegía: los seis ojos cerrados de las heroínas, los dos cerrados de Cintia, los dos abiertos del amante, los cincuenta cerrados de Argos, los cincuenta abiertos de Argos, los dos abiertos de Io, los dos abiertos de la luna, los dos de Cintia que se abren, los dos de Cintia que, otra vez, se cierran.
El conjunto narrativo que gira en torno a la figura de Cárite forma dentro de la obra de Apuleyo un bloque unitario. En el presente trabajo nos proponemos examinar la segunda parte de dicho conjunto: las historias de Cárite y de Lucio tras salvarse de las manos de los ladrones. La comparación de la novela latina con el Asno de Luciano nos haría esperar una mera coda tras la aventura de los ladrones que sirviera de transición a las nuevas aventuras del asno. Pero en las Metamorfosis la segunda parte del conjunto incluye el relato del destino infeliz de Cárite. Tanto las aventuras posteriores del asno como la historia de la venganza de Cárite retoman en Apuleyo motivos utilizados en la narración anterior, complementando de este modo la significación de los hechos. Las historias de Lucio y de Cárite discurren paralelas, tocándose apenas incidentalmente, a lo largo de esta parte de la novela. Las dos series de acontecimientos actúan como contrapunto la una de la otra, como si discurrieran en distintos planos de realidad. Los sucesos relativos a Cárite evocan intertextualmente las peripecias propias de la novela griega (en el episodio de los ladrones) y el mundo de la tragedia y el universo ejemplar de 1. Tras la salvación de Cárite por obra de su novio, Lucio va a sufrir en el libro VII nuevas desventuras por culpa de la fortuna. Los recién casados, con la intención de recompensarlo, lo envían a la campiña para que disfrute de entera libertad. Sin embargo, la cruel Fortuna no deja de perseguirlo. La secuencia in crescendo de los reveses a los que se ve sometido Lucio recuerda en gran medida los que sufre anteriormente, cuando, después de transformado en asno, es robado por los ladrones. También en este caso las penalidades forman una progresión que termina por resultar casi insoportable y que amenaza con poner término a la vida del protagonista. Los reveses se suceden, acumulándose injusticia tras injusticia, de modo que Lucio venga a tomar consciencia de su nueva condición de asno. El narrador explota el recurso de la acumulación de peripecias de signo idéntico, procedimiento narrativo relacionado con el tema, reiterado en toda la novela, de los cambios de la Fortuna. Una de estas líneas acumulativas viene dada por los sucesivos intentos de Lucio por comer las rosas que permitirían su conversión de nuevo en hombre. Diversas oportunidades se le ofrecen sin que por una u otra razón pueda aprovecharlas. Todavía en el establo trata de apoderarse de las guirnaldas de rosas que adornan la estatua de la diosa Epona, pero se lo impide su propio criado 2. Más tarde, al pasar junto a un huertecillo en que florecen unas rosas, no las toca por miedo a que los ladrones lo maten por creer que se trata de brujería o bien como testigo importuno de su delito. Finalmente en un momento de pausa en la huida cree distinguir el color de las rosas en un bosquecillo, para descubrir finalmente que se trata de venenosas "rosas de laurel", con las que siente la tentación de suicidarse 3. Ambas series de acontecimientos, las peripecias de Lucio en poder de los ladrones, y las que habrá de experimentar entre los desleales siervos de su amo en el campo, guardan estrechas semejanzas. En ambos casos el asno cae en manos de desaprensivos que lo explotan sin piedad. Por otra parte, existen claros puntos de contacto entre ambas secuencias narrativas en el detalle del relato: En ambos casos Lucio ha de enfrentarse con la rivalidad de sus congéneres, caballos y asnos. También se repite el juego irónico de perspectivas con respecto a la hospitalidad y la alusión a Júpiter Hospitalario (III 26 y VII 16) 4: Lucio es rechazado por su propio caballo y por otro asno en sus intentos de acercarse al pienso. El amo se convierte así en compañero de esclavitud de su antiguo siervo. Ya en manos de los ladrones, el protagonista decide fingirse muerto, para eludir la pesada carga. Pero el otro asno se le anticipa y Lucio tiene ocasión de contemplar en carne ajena el destino que le estaba reservado de haber llevado a cabo su propósito, pues los ladrones dan muerte al asno despeñándolo (III,5). El asno, al que en algunas ocasiones se le permite andar suelto entre las yeguas, ha de sufrir la competencia de los sementales que lo agreden con gran violencia (VII 16). 7 La agudeza se repite en VIII 29 en el episodio de los sacerdotes de la diosa Siria, secuencia que guarda estrechas semejanzas con las dos que ahora nos ocupan (también en este caso se dan las sucesivas amenazas de muerte y un equívoco que se presta a una falsa acusa-El relato de la rivalidad entre Lucio, convertido en asno, y los otros animales robados por los ladrones corresponde a la tradición de las narraciones esópicas. En la tradición fabulística son corrientes las historias de animales que por evitar hacer su tarea en detrimento de un rival se ven, al morir éste, obligados a soportar toda la carga. Otro tema corriente es el del animal que se queja de su destino en contraste con el de otros de mejor suerte, para averiguar más tarde que la aparente fortuna del otro acarrea penalidades peores que las suyas. Propia de la fábula es la queja contra la Fortuna, que juega precisamente un papel tan relevante en la historia de Lucio, cuyas aventuras revelan los cambios provocados por ella. En la fábula del asno y el jardinero en Esopo, por ejemplo, el asno se queja de la dureza del trabajo y pide cambiar de dueño, pero cada cambio acarrea una suerte peor, formando una secuencia in crescendo (como la de las peripecias que sufre Lucio), que acaba con el asno al servicio del curtidor, donde puede contemplar por el oficio de su amo cuál será su destino 5. Lucio es así doblemente excluido del mundo de los hombres y del de los animales y al igual que el Acteón del grupo escultórico será atacado por sus propios animales servidores 6. En la historia de los ladrones el intento de hablar del asno da lugar a una humorada, mediante una ambivalencia de la palabra o (que une a su sentido lingüístico el de una onomatopeya del rebuzno del asno) (III,29). El intento (y el chiste con la ambivalencia de las palabras, que junto a su sentido adquieren el carácter de onomatopeyas) se repetirá posteriormente cuando escucha que es acusado de los crímenes de los ladrones (VII 3) 7. ción). (Apulée, Metamorphoses, XI,2) Lucius ou l 'apprentissage de la parole comme trajet initiatique», Euphrosyne 25, 1997, pp. 311-325, cree descubrir un simbolismo iniciático, sostenido en toda la novela, en torno a la pérdida de la palabra y su recuperación y la posterior transformación de Lucio en orador. En estos episodios del Asno de oro se debió inspirar sin duda Cervantes cuando en El coloquio de los perros hace que Berganza, al encontrarse en presencia del corregidor, trate de hablarle para denunciar «la perdición tan notoria de las mozas vagamundas: Digo que queriendo decírselo, alcé la voz, pensando que tenía habla, y en lugar de pronunciar razones concertadas ladré con tanta priesa y con tan levantado tono, que, enfadado el Corregidor, dio voces a sus criados que me echasen de la sala a palos». Pero las implicaciones de este episodio del relato cervantino son más profundas que el juego humorístico de Apuleyo. A las amenazas de muerte que recibe Lucio hay que añadir los presagios de Cárite sobre su propia suerte. Cárite afirma que le espera la muerte, ya sea suicidándose mediante un lazo corredizo, o asesinada con un puñal o despeñadada por un precipicio (IV 25). Otra relación entre ambos pasajes se encuentra en el modo peculiar y grotesco en que Lucio se defiende contra sus agresores en IV 3 contra el ataque de los hortelanos y en VII 28 contra la madre del niño. La comparación grotesca con Altea acentúa la comicidad del pasaje. Como en el mito, un tizón ardiente juega aquí un papel relevante; la mujer enloquecida trata de vengar la muerte de su hijo; inversamente Altea venga la muerte de sus hermanos a costa de la vida de su hijo Meleagro. En ambas secuencias narrativas la amenaza de muerte es reiterada in crescendo (complementando así en el primer caso los intentos de salvación), sin que se cumpla inmediatamente, pero quedando la amenaza pendiente sobre Lucio 8. En la historia de Lucio en poder de los ladrones, éstos amenazan reiteradamente con despeñarlo (VI 26 y 30-32). Estando en el campo Lucio también es amenazado de muerte en repetidas ocasiones, sufriendo la animadversión de un muchacho hipócrita y cruel que lo maltrata. Las amenazas del muchacho y las de los ladrones son parecidas, jugando en ambos casos el autor con la ironía dramática a que dan lugar las falsas acusaciones y la subjetividad del personaje 9. En ambos casos se delibera, dentro de una parodia de juicio, sobre la muerte del asno, adoptándose finalmente una resolución "adecuada" al "crimen" del que se le acusa: Los ladrones proponen como castigo por la huida sepultar viva a la muchacha dentro del cuerpo del asno, tras haberle sacado a este las entrañas; castigo que, según explica el ladrón sirviéndose en una atroz parodia del artificio retórico de la correlación, combina todos los demás. El castigo resulta singular en el contexto de una novela en la que el protagonista es un hombre encerrado bajo la piel de un asno y al que se amenaza con desollar... para introducir en su piel un nuevo ser humano. En el libro X de la novela Lucio será destinado a unirse a una nueva Pasífae en un espectáculo que inevitablemente lo condena a ser devorado por las fieras 10. Por otra parte, en una de las historias narradas por los ladrones uno de los caudillos de estos, Trasileón, se disfraza introduciéndose en la piel de un oso, para de esta forma asaltar una casa acomodada, lo que lo convierte en una especie de Lucio voluntario. Como Acteón, de cuya estatua se ha hablado en la primera parte de la novela, también Trasileón será devorado por los perros 11. Convertido en fiera, el hombre es pasto de otras fieras. Al castigo sugerido contra Lucio por los ladrones corresponde en el episodio de Lucio en el campo la idea de desollar al asno y fingir que ha sido muerto por lobos 12. Más tarde en el libro VIII un cocinero trata de matarlo para hacer sido atacados por el lobo, lo mismo que se proponen hacer precisamente los pastores con Lucio en Apuleyo. Pero el tema en Cervantes responde también a un motivo (el lobo al frente del rebaño) de honda raigambre en la literatura renacentista, donde es frecuente encontrarlo en la literatura relativa a las polémicas religiosas de la época y también en la temática política. 15 Similar es la tortura a que Mecencio somete a sus víctimas, según Virgilio (Aen. Comenta Servio que esta forma de tortura era practicada por los piratas etruscos. El juicio paródico por parte de los bandidos corresponde al marcado gusto de Apuleyo por las escenas judiciales 13. Es además un tópico de la novela EM LXVIII 1, 2000 17 Cf. sobre el motivo común de la heroina en un burdel S. Trenkner, The Greek Novella in the Classical Period, Cambridge, 1958, pp. 108-109. sanguineis uerberatus deinde culleo insuatur cum cane, gallo gallinaceo et uipera et simia: deinde in mare profundum culleus iactatur (Dig. En Apuleyo esta es la condena sugerida para el joven acusado falsamente por su madrastra en X 8. En IX 22 un esclavo, que ha provocado con su infidelidad la muerte de sus hijos a manos de su esposa y el suicidio de ésta, es condenado a ser devorado por las hormigas. Pero en Jenofonte el castigo constituye un absurdo, puesto que la protagonista sólo se ha defendido de un agresor que intentaba violentarla. El encierro en la fosa recuerda igualmente la propuesta anterior de enterrarla viva con el bandido y viene a ser indirectamente de este modo un ejemplo más del tema de la muerta en vida, tan convencional en la novela helenística como lo será en la novela de aventuras o en el folletín europeos posteriores. El motivo cumple así la función del juicio de Dios, otro episodio común en la novela helenística y se ajusta a la imagen arquetípica del justo condenado entre las fieras. La salvación adquiere el carácter de prodigio (comparable al de Cárite ayudada en su huida por el asno en Apuleyo), aunque en este caso se vea motivada por el bandido que sacia el hambre de los perros, para que estos no devoren a la protagonista. La condena aplicada a Cárite es igualmente apropiada a la culpa (haber intentado escapar con la ayuda de Lucio convertido en asno, que se ve de este modo igualmente castigado). También en este caso el castigo posee los rasgos de una condena legal, aunque la motivación es aun menor, pues Cárite huye de sus raptores y, aunque también ha habido en este caso un muerto, la vieja que cuidaba a los ladrones, ha sido ella misma la que se ha matado. El castigo sugerido más tarde por el propio prometido de Cárite disfrazado de ladrón, el de que ésta sea entregada a un burdel, es también un tópico de la novela helenística. En la propia novela de Jenofonte de Éfeso Antía, después de otras muchas peripecias, será vendida más tarde al dueño de un burdel, una más de las pruebas que ha de superar la fidelidad de la pareja 17. La parodia legal justifica, por otra parte, el paralelismo con el motivo de Pasífae en el libro X, pues la mujer destinada a unirse a Lucio en público es la envenenadora condenada por parricidio a ser devorada por las fieras. La conexión con el pasaje anterior de la matrona enamorada de Lucio sugiere que se trata al tiempo de un castigo divino contra Lucio, que en esta última Tanto en un caso como en el otro Lucio siente tentaciones de suicidarse o dejarse morir y en ambos casos el castigo que le estaba reservado cae finalmente como justicia poética sobre los verdaderos culpables 18: En la historia de los ladrones el otro asno, que en su astucia se anticipa a sus designios, es despeñado. Más tarde la vieja guardiana de la cueva, habiéndose ahorcado, es arrojada por un precipicio. A parte de los ladrones se les arroja al fondo de unos acantilados, como ellos habían amenazado hacer con Lucio, mientras que otros son degollados con sus propias espadas (IV 5, VI 30 y VII 13). El muchacho hipócrita y cruel que había acusado falsamente al asno en la historia de Lucio en el campo es descuartizado por un oso, recibiendo así una muerte similar a la que se había propuesto con respecto a Lucio (VII 24). En ambos casos hay una huida. En ambos casos la huida tiene lugar con alguien a su lomo (Cárite, el viajero) y se alude al mito de Belerofonte (VI 30 y VII 26). Por otra parte, la huida de Lucio y Cárite responde estructuralmente a la conducción del asno a la cueva. También en este caso aparece el tema de la cojera (unido en los dos relatos a la amenaza de ser arrojado al precipicio) y EM LXVIII 1, 2000 19 Cf. 20 La luna delata a los fugitivos a los ojos de los ladrones. La luz de la luna marcando, como indican aquellos irónicamente, la hora de los aparecidos y del peligro, con sus implicaciones simbólicas negativas, contribuye al suspense: el libro concluye con la imagen de la muerte, y el día siguiente debe suponer el cumplimiento de la amenaza del suplicio. La comparación irónica con los aparecidos evoca el universo de la novela griega, como puede verse por un fragmento de las Feniciacas de Loliano, en el que los ladrones se disfrazan de fantasmas. No es el único caso de esta utilización dramática de la luz en el Asno de oro. Baste recordar la amenaza del día y el uso de la ventana en el cuento de Aristómenes. En 3,1 Lucio despierta con la llegada de la Aurora y recuerda lleno de aprensión los sucesos del pasado. Cf. sobre las connotaciones negativas de la cojera del asno y las implicaciones simbólicas de su comparación con el caballo Apuleius Metamorphoses VI 25-32 and VII, Groningen Commentaries on Apuleius, Groningen, 1981, pp. 31-2, 65 y 275-278. Beiträge zu Phädrus, Petron, Martial und Apuleius, Heidelberg, 1931, ha creído reconstruir el origen de la historia de Cárite y Tlepólemo a partir de una primitiva aretalogía. En la historia original, que podría reconstruirse mediante la comparación con una fábula de Fedro, dos pretendientes, pobre el uno y rico el otro, aspirarían a la mano de una muchacha, que ama a su vez al pobre. Al tener que casarse ella con el rico, el pobre pone a disposición de la novia un asno que la lleve a la casa de su prometido. La diosa del amor suscita una tempestad que dispersa a la comitiva y el asno lleva a la novia a casa del enamorado pobre, que se casa con ella. Cf. sobre la interpretación que ve en la doncella conducida por el asno una alusión a la Virgen y a la huida a Egipto, por ejemplo, R.W. Hooper, «Structural Unity in the Golden Ass», Latomus 44, 1985, 398-401. La rauda carrera, la cojera y la luz espectral de la luna confieren al fracaso de la tentativa de fuga un carácter igualmente ominoso 20. El episodio de la liberación de la doncella por el asno y la feliz intervención de su prometido pueden así concebirse como variantes de un mismo elemento funcional desde el punto de vista de la lógica de las acciones 21. La historia del asno entre los ladrones y del rapto de Cárite está integrada por elementos heterogéneos: fabulísticos unos, otros propios de la novela erótica griega, etc. En la novela griega era frecuente, por ejemplo, el rapto de la 22 Un análisis de los argumentos de la novela griega desde la perspectiva de V. Propp realiza C. Ruiz Montero, Análisis estructural de la novela griega, Salamanca, 1979, y La estructura de la novela griega, Salamanca, 1988. Cf. con respecto a los motivos característicos de la novela griega y la tradición novelística que desciende de esta F. Létoublon, Les lieux communs du roman. 23 Podemos, por ejemplo, comparar las circunstancias del relato de Apuleyo sobre el robo del asno, el rapto de la muchacha y su posterior liberación con las aventuras del protagonista de una novela como el Gil Blas de Santillana de A.R. Lesage. Las semejanzas de las peripecias de Gil Blas en el libro I de la novela y las de Lucio son evidentes: Gil Blas, huido a causa de su ingenuidad, cae en poder de unos ladrones, que lo secuestran para hacerlo su criado (G.B.). Lucio cae en manos de los ladrones (A.A.). || Los ladrones viven en un subterráneo, junto a una colina (G.B.). Los ladrones habitan en una cueva, junto a una montaña (A.A.). || Una vieja (en compañía de un negro) sirve a los ladrones (G.B.). Una vieja sirve a los ladrones (A.A.). || Llegada de otros ladrones (G.B. y A.A.). || Cena y alboroto de los ladrones (G.B. y A.A.). || Los ladrones cuentan tres historias sobre sus vidas, ejemplos de literatura picaresca (G.B.). Los ladrones relatan tres historias sobre las peripecias ocurridas durante su expedición (A.A.). || Los ladrones se retiran a descansar (G.B. y A.A.). || Gil Blas, tras servir en la mesa, cena él mismo (G.B.). Comida del asno (A.A.). || Consuelos de la vieja a Gil Blas (G.B.). Consuelos de la anciana a Cárite (A.A.). || Monólogo del protagonista sobre su situación (G.B.). Diversos monólogos de Lucio (A.A.). || Gil Blas finge unirse a los ladrones, con el propósito de encontrar una ocasión de escaparse (G.B.). Tlepólemo se une a los ladrones para poder rescatar a su amada (A.A.). || Los ladrones se apoderan de una joven señora (G.B.). Los ladrones se apoderan de Cárite para pedir rescate por ella (A.A.). || Gil Blas se finge enfermo (G.B.). El asno, cojo, no va con los ladrones (G.B.). || La vieja consuela a la joven señora (G.B.). La vieja consuela a Cárite (G.B.). || Gil Blas y la joven, tras reducir a la impotencia a la anciana, se escapan; salen del subterráneo al rayar el alba y llegan a una encrucijada; eligen un camino que les permita evitar el encuentro con los ladrones (G.B.). Lucio y la joven se escapan por la noche, tras luchar con la anciana, y llegan a una encrucijada; Lucio y la joven quieren ir en direcciones opuestas, porque él trata de evitar el camino que sabe que tomarán los ladrones (A.A.). || Los fugitivos triunfan en su intento de muchacha por piratas y ladrones, lo que se convertiría en un motivo tópico de la novela de aventuras 22. La novela griega ocurre siempre en un mundo fuera de las constricciones de la sociedad normal. De ahí que ladrones y piratas como representantes de un universo asocial sean habitualmente los agentes que provocan el paso de los protagonistas de un mundo a otro, frecuentemente con variaciones sobre el tema de la falsa muerte. No resulta de extrañar que la combinación de elementos que encontramos en el Asno de oro, con su mezcla de relato de aventuras y novela del tipo picaresco atrajera extraordinariamente a la tradición novelística posterior 23. Fracaso de la tentativa al ser sorprendidos por los ladrones (A.A.). || Historia dramática de doña Mencía de Mosquera, en la que la protagonista forma parte sucesivamente de dos triángulos amorosos (G.B.). Historia de la muerte de Tlepólemo y Cárite: historia trágica de un triángulo amoroso (A.A.). B.E. Perry, «Some Aspects of the Literary Art of Apuleius in the Metamorphoses», TAPhA 54, 1923, pp. 196-227 (pp. 214-216), que observa este procedimiento desde el punto de vista de la escritura, señala el gusto de Apuleyo por la duplicación de incidentes del mismo tipo. Tales sueños premonitorios constituyen un tópico de la novela griega. Por ejemplo, en las Efesiacas de Jenofonte de Éfeso (I 12,4), al protagonista se le aparece en sueños una mujer sobrehumana vestida de púrpura que destruye su nave, anticipando así el ataque La secuencia de los acontecimientos en estos episodios del Asno de oro se rige por varios principios narrativos. Un principio viene dado, como hemos visto, por la acumulación de episodios del mismo signo, que crea un efecto in crescendo. El mismo recurso se encuentra en el caso de la historia de Lucio en el campo, en la que se suceden las injusticias contra el asno y las muestras de hipocresía y de crueldad por parte de los seres humanos 24. Tales acontecimientos, que constituyen (como el narrador no deja de recordarnos continuamente) ejemplos de los cambios de la fortuna, se inician precisamente con el asno entregado a la rueda del molino, lo que en dicho contexto tiene un valor simbólico evidente. Otro principio viene dado por los anuncios que se refieren al devenir de los acontecimientos posteriores. Tales anuncios (presagios, augurios, deseos, promesas, etc.) abren una expectativa con respecto a los posibles narrativos; suponen en potencia un posible desarrollo narrativo, un plan que puede cumplirse o no. La maestría del autor en este terreno es extraordinaria. Podemos comprobarlo en el episodio en que Cárite recibe los consuelos de la anciana. En IV 27 Cárite narra el sueño que ha tenido con respecto a los acontecimientos futuros: El sueño retoma, como el personaje mismo señala, acontecimientos ya pasados, mientras que, por otra parte, anticipa los futuros 25. Hay, por posterior de los piratas fenicios. En XI 11 se dirá también: cum dei dignati pedibus humanis incedere prodeunt. 1998, pp. 302-324. ejemplo, una clara referencia a la huida de Cárite con Lucio: me pedibus fugientem alienis, frase que se refiere tanto al pasado como al futuro. Cuando ambos se encuentren en su huida ante la encrucijada que ha de llevarlos a la salvación o a la muerte, dirá Lucio: Quid facis, infelix puella? quid agis? Ahora bien, la anciana en su intento de consolar a la muchacha responde amablemente: Lo que dice la anciana con respecto a los sueños puede entenderse metanarrativamente con respecto a las relaciones entre las peripecias de una secuencia narrativa. No sólo son posibles las relaciones analógicas, sino también las relaciones antitéticas y antifrásticas. Los anuncios se cumplen con frecuencia, como hemos tenido ocasión de ver a propósito de las amenazas de muerte con respecto a Lucio y a Cárite, a la inversa. Se cumplen pero con respecto a los verdaderos culpables o a los oponentes de los protagonistas. Sumamente interesante resulta el uso en la novela de las comparaciones, siempre con carácter de parodia e ironía. Suponen una forma de intertextualidad explícita. Un ejemplo es la referencia a los mitos de Atis y de Protesilao en IV 26. Ambos mitos tienen una doble implicación en la novela. Por una parte, se refieren a los hechos pretéritos, el rapto de Cárite por los ladrones cuando estaba a punto de casarse. Por otra, anticipan acontecimientos posteriores 27. Con respecto a los sucesos pasados la comparación esclarece el significado del rapto de la joven Cárite poco antes de casarse. Las circunstancias de los personajes son, pues, opuestas a las de los de la novela, en la que es la novia la que es arrebatada a su prometido, antes de casarse y no después. Por otra parte, la alusión puede comprenderse como una anticipación de los acontecimientos posteriores y concretamente de la historia de la muerte de Tlepólemo. En efecto, después de liberar a su amada del cautiverio y casarse con ella Tlepólemo recibirá la muerte (en lo que en realidad constituye otra historia diferente de las muchas intercaladas en el Asno de oro) a manos de un rival, Trasilo, lo que resulta literalmente mucho más conforme a los dos mitos en cuestión. La relación con el mito de Atis es más evidente si se tiene en cuenta que existe una versión del mito de la que Pausanias (VII 17,9) ofrece un resumen, según la cual, Atis habría fundado en Lidia los misterios de la Gran Madre; Zeus, irritado, habría enviado a Lidia un jabalí que causaría su muerte. Existe además otro Atis, cuya historia guarda cierta semejanza con la anterior, el hijo del rey Creso, de cuya muerte nos habla Heródoto (I 34-45). Creso sueña que su hijo ha de morir, herido por una lanza de hierro. A causa de esto hace que se case apresuradamente y no le deja participar en ninguna empresa. Pero, asolando un gran jabalí las tierras de los misios, estos envían una embajada ante el rey para que les preste ayuda. El hijo del rey se empeña en participar en la caza, aduciendo que el sueño se refería a lanzas y no a los colmillos de la fiera. El rey le deja partir, pero sólo enviando junto a él como guardaespaldas a Adrasto, un huésped que él había purificado de una muerte involuntaria y que había recibido en su corte. Pero Adrasto en medio de la cacería yerra el tiro y mata a Atis, cumpliéndose así la profecía. La similitud con la historia narrada en Apuleyo no necesita aclaración. En la historia de Cárite, su marido, Tlepólemo, muere en la cacería de un jabalí, a manos de su rival, Trasilo, que se finge amigo suyo. Cárite no permite a su esposo la caza de animales peligrosos 28. Pero, cuando en una cacería aparece un jabalí, Trasilo incita a Tlepólemo a cazarlo y lo traiciona hiriendo a su caballo y dejándolo a merced del animal, para más tarde rematarlo con un golpe de lanza en el muslo (lo que recuerda, por otra parte, la herida que sufre Adonis por obra del jabalí que acaba con su vida); la 29 Según P. Grimal («A la recherche D 'Apulée», REL 47, 1969, pp. 94-99 [p. 99]), la historia de Cárite, Tlepólemo y Trasilo recuerda el mito de la muerte de Adonis. Cf. para otros precedentes del tema de la viuda vengadora de su marido O. Weinreich, ob. cit., p. 25, Forbes, art. cit., y P.G. Walsh, ob. cit., La estatua como doble del difunto y consuelo del enamorado es un tema tradicional. Cf. con respecto a las prácticas rituales funerarias en relación con el mito de Laodamia J.P. Vernant, Mito y pensamiento en la Grecia clásica, 1973, Barcelona, pp. 302-316. V. Cristóbal López, art. cit., pp. 342-343, compara la función de la estatua en este cuento con el papel de la muñeca como reflejo del más allá en los cuentos populares rusos estudiados por V. Propp. Cf. con respecto a este tema M. Ruiz Sánchez, Confectum carmine. En torno a la herida será así confundida con las provocadas por el animal 29. Si la primera parte del relato recuerda la historia de Atis, la muerte de Cárite en la segunda constituye un ejemplo de fidelidad más allá de la muerte como la historia de Protesilao y Laodamia 30. También Protesilao muere poco después de la boda, también Laodamia, como Cárite, es presionada por sus familiares para olvidar, y adora una efigie del marido muerto 31. El mito constituye el ejemplo clásico del amor más allá de la muerte y la fusión de los motivos eróticos con los fúnebres constituye una de las características mas llamativas del relato en Apuleyo. Al igual que las heroínas míticas la noticia de la muerte de su marido sume a la protagonista en un estado de frenesí semejante al de una bacante. El motivo tradicional está aquí empleado de acuerdo con su origen en Homero: el duelo de Andrómaca cuando presiente la muerte de su marido Héctor. Pero el motivo había sido aplicado, por otra parte, desde antiguo a la temática erótica 32. También en el poema 64 de Catulo la comparación con la estatua de una bacante y el frenesí báquico de Ariadna anticipa su conversión en esposa del dios. Significativamente el mismo tema vuelve a aparecer a propósito de la locura de Cárite tras la venganza; repetición que corresponde a la dualidad del motivo en la tradición épica. Las otras muestras de luto, el ocultarse en una oscura cueva renunciando a ver la luz del día y la decisión de dejarse morir de hambre, corresponden a la historia de la matrona de Éfeso en Petronio. Trasilo hace en la historia de Cárite el papel del soldado en el cuento de la matrona. Cf. sobre la relación entre ambas historias O. Weinreich, ob. cit., pp. 53-73, y P. G. Walsh, «Petronius and Apuleius», en Aspects of Apuleius Golden Ass, B. L. Hijmans Jr. y R. Th. van der Paardt (edd.), Groningen, 1978, pp. 17-24 (p. Pero los dos relatos tienen naturalmente una conclusión y un tono opuestos, lo que implica probablemente que las semejanzas son tradicionales y pertenecen al acerbo de motivos de la novela griega. Su origen debe buscarse en la tragedia. 355-356) enumera una serie de rasgos que aproximarían la figura de Tlepólemo a la de Dionisos. Por su parte, ya O. Weinreich, ob. cit.,observaba acertadamente que la estatua de Baco apuntaba al episodio anterior de la novela, la liberación de su amada en poder de los ladrones; de ahí su asimilación a Baco liberador. el frenesí báquico de Cárite funde ambos usos del motivo y la estatua de Baco que adora simboliza la permanencia tranquila de la relación amorosa más allá de la muerte, tras la conmoción y la agitación inicial provocada por la noticia 33. La elección del dios Baco para el culto fúnebre de Cárite, implica un simbolismo de renacimiento. También Dionisos renace tras su desmembramiento; simbolismo fúnebre que corresponde dentro del simbolismo literario al mantenimiento de la adoración y el amor de Cárite tras la muerte del esposo. La historia trágica de Cárite, tiene (según una estructura habitual en el cuento, pero también, por ejemplo, en la tragedia) dos secuencias, de tal modo que la segunda invierte, por así decirlo, la primera. En efecto, en el relato el acto de cegar a Trasilo constituye el equivalente de la muerte de Tlepólemo a manos de éste. Por otra parte, la ceguera, esa forma de muerte en vida, está con frecuencia asociada en la mitología al castigo de delitos con trasfondo sexual. Baste recordar en este sentido el mito de Edipo. Cárite finge aceptar las proposiciones de Trasilo, como este había fingido la amistad por Tlepólemo, teniendo ambos como objetivo la desgracia del oponente. Cárite señala explícitamente la relación entre su venganza y el asesinato cometido por Trasilo. La ceguera de Trasilo lo convierte en una especie de fantasma: 34 V. Cristóbal López, art. cit., p. 345, compara acertadamente el castigo de Trasilo con el que sufre Poliméstor a manos de Hécuba, por haber dado muerte a Polidoro. Ambos relatos presentan rasgos en comunes: traición de las leyes de la hospitalidad en el caso de Poliméstor y de las de la amistad en el de Trasilo e idéntica venganza, propia de la astucia femenina. Esta devoción de los ladrones por Marte se encuentra en Jenofonte de Éfeso (II,13), sed incertum simulacrum errabis inter Orcum et solem. Cárite no empleará tampoco contra el asesino la espada de Tlepólemo; no será un arma masculina la ejecutora de la venganza, sino un arma femenina, las agujas para sujetar el pelo 34. A las agujas se opone la espada, símbolo del esposo (como en el libro IV de la Eneida), con la que la protagonista se inmola ante la tumba de este. Más tarde será el propio Trasilo el que se niega a utilizar la espada para darse muerte: nequiens idoneum exitum praesenti cladi nisi nova clade reddere certusque tanto facinori nec gladium sufficere. La historia concluye con el sacrificio del propio Trasilo, que se hace conducir a la sepultura de sus víctimas, donde dramáticamente se encierra, condenándose a sí mismo a morir de hambre. Su gesto de encerrarse en vida recuerda el castigo que sufren en el folclore los héroes del tipo de Edipo, que tras causarse a sí mismos la ceguera, se encierran en un precipicio o en una cueva. Este gesto final de Trasilo invierte el de Cárite al comienzo de la segunda parte del cuento. También Cárite se encierra a oscuras en un lugar sin luz y decide dejarse morir de hambre, decisión a la que ha de renunciar a causa de Trasilo y de sus propios allegados y familiares. El carácter de Trasilo está prefigurado por su nombre, como el autor señala en dos ocasiones: Thrasyllus nomine. El nombre indica, en efecto, por su relación con 1DVF y con 2D"FbH, audacia, resolución, impudor, fanfarronería, etc. La presentación que Apuleyo hace del personaje resulta significativa: iuuenis natalibus praenobilis quo clarus et pecuniae fuit satis locuples, sed luxuriae popinalis scortisque et diurnis potationibus exercitatus atque ob id factionibus latronum male sociatus nec non etiam manus infectus humano cruore, Thrasyllus nomine. Esta caracterización del personaje lo aproxima explícitamente a los ladrones a los que está ligado precisamente el destino de Cárite. Liberada de los ladrones, sucumbirá finalmente por obra de un ser de instintos semejantes a los de aquellos. También los ladrones destacan por su audacia y salvajismo. Ellos se ven a sí mismos como servidores de Marte 35. En el Asno de EM LXVIII 1, 2000 donde los bandidos celebran un sacrificio en honor de Ares. La comparación de la conducta de los bandidos con centauros y lapitas recuerda un pasaje de las Feniciacas de Loliano, en el que en el contexto de la orgía de unos bandidos se habla de una copa en la que está representado el mito (PColon inv. Este pasaje de las Feniciacas de Loliano presenta numerosas analogías con la narración de Apuleyo sobre la banda de ladrones. Nótese también la avidez de Trasilo que consume una gran cantidad del vino drogado que le proporciona la nodriza, lo que, por otra parte, expresa dramáticamente la ignorancia del personaje en contraste con los planes amenazadores de Cárite. En realidad, en el mito centauros y Lapitas son parientes, aunque se odien. Ixión, del que descienden los centauros, hombre igualmente brutal y sanguinario, que asesina a un pariente y, tras ser purificado por Zeus, le paga su beneficio intentando violar a Hera, es también padre de Pirítoo. El propio Pirítoo no deja de mostrar un carácter violento y audaz, llegando a intentar raptar a Perséfone en compañía de Teseo. oro la relación entre los ladrones y Marte forma parte evidentemente de la ironía dramática de la que con tanta habilidad se sirve continuamente el narrador, y del subjetivismo que los limita como personajes. Tienen de sí mismos un alto concepto y presumen de heroísmo a la hora de morir. El ladrón, entregado a la rapiña y a la violencia, es la cara meramente negativa del soldado. En la cena que preludia las narraciones sobre las incursiones de los ladrones se describe su comportamiento violento en el banquete. Una vez más se sirve Apuleyo de la comparación mitológica degradante y paródica: el banquete de los ladrones es comparado con el de los centauros y lapitas 36. Dicha comparación tenía por otra parte carácter proverbial para referirse a quienes perturban el orden debido del banquete 37. En la mitología centauros y lapitas luchan en la boda de Pirítoo y de Hipodamía. Los centauros, seres salvajes y primitivos, no saben contener sus instintos; no soportan el vino y tratan de violar a la prometida en el mismo banquete de celebración de la boda 38. La comparación con estos seres tan estrechamente relacionados con los caballos no deja de ser por otra parte irónica en el contexto de una obra que trata precisamente de un asno y en la que los caballos juegan un papel no desdeñable. Con los centauros son comparables por su salvajismo los cíclopes. Cuando Cárite ciega a Trasilo afirma: sed incertum simulacrum errabis inter Cf. 63, y B.L. Hijmans Jr., art. cit. pp. 360-361, quien sugiere que, además de la historia de Odiseo-Polifemo, sería relevante aquí la del triángulo amoroso Polifemo-Galatea-Acis. 40 Todo el episodio responde, por otra parte, a motivos folclóricos tradicionales. De l'ivresse grecque au libre latin, 1994, París, p. Cf. sobre la oposición naturaleza / cultura a propósito de centauros y cíclopes, G. S. Kirk, El mito. Sobre los modelos literarios de estos pasajes de la novela pueden verse los artículos de S.A. Frangoulides, «Charite dulcissima: A Note on the Nameless Charite at Apuleius' Metamorphoses 7.12 (163.10)», Mnemosyne 44, 1991, pp. 387-394, «Charite 's Literary Models» (art. cit.), «Epic Inversion in Apuleius' Tale of Tleplemus/Haemus», Mnemosyne 45, 1992, pp. 60-74, «Self-Imitation in Apuleius' Tales of Tlepolemus/Haemus and Thrasyleon», Mnemosyne 47, 1994, pp. 337-348, así como la bibliografía allí citada. C. Lazzarini,, quien compara el episodio con el de Sinón y con otros pasajes virgilianos de la Eneida. Esta frase final (nescies de quo queraris) recuerda la estratagema de la que se sirve Odiseo para escapar de Polifemo. Todo el episodio de la ceguera de Trasilo por obra de Cárite corresponde a la historia de la Odisea, como han señalado repetidamente los intérpretes de Apuleyo 39. Del mismo modo el episodio anterior de la salvación de Cárite por Tlepólemo ha sido comparado frecuentemente con diversos episodios relacionados con la leyenda odiseica 40. Los ladrones recuerdan por su carácter a los cíclopes, salvajes como ellos y moradores de una cueva 41. La victoria de Tlepólemo frente a los ladrones corresponde al mismo modelo, lo que relaciona estrechamente las dos historias de este complejo narrativo. Las hazañas de Tlepólemo pueden recordar igualmente el enfrentamiento entre Odiseo y los pretendientes 42 o la toma de Troya mediante el traidor Sinón 43. La diferencia entre los dos EM LXVIII 1, 2000 transposición de la historia del caballo de Troya Vicente Cristóbal López, art. cit. pp. 330-335, A. La Penna, «Una novella di Apuleio e L 'Iliupersis Virgiliana», Maia 37, 1985, pp. 145-147, y C. Lazzarini, art. cit., pp. 153-154. modelos épicos que han sido señalados para el episodio de la liberación de Cárite (episodio homérico del cíclope y Odiseo entre los pretendientes de su esposa y libro II de la Eneida) no es importante, ya que en la Eneida el traidor Sinón es un doble de Odiseo (del que se finge precisamente enemigo). En la descripción anteriormente citada del personaje dos notas caracterizan a Trasilo: la incontinencia de su sensualidad y la falta de respeto por las leyes divinas y humanas. Su conducta, se nos dice, le había llevado a relacionarse con ladrones y a mancharse las manos de sangre. La sucesión posterior de los acontecimientos está de acuerdo con esta caracterización. Un rasgo que unifica las dos secuencias del relato es la falta de respeto de Trasilo por las leyes humanas y divinas. Del mismo modo que el crimen de Trasilo es aún más digno de execración por implicar la traición a las sagradas leyes de la amistad, tampoco respeta posteriormente el luto de la viuda. El sueño de Cárite en el que su marido muerto le revela los hechos acentúa el carácter de profanación que tendría la boda con el asesino. Trasilo quiere casarse con Cárite antes de que haya acabado el año de luto, lo que supone una profanación más. Así tanto el desprecio por parte de Trasilo de las leyes humanas y divinas como la sobrevaloración de las obligaciones del matrimonio por parte de Cárite conduce al fingimiento. Trasilo es, por tanto, el doble negativo de Tlepólemo; es la proyección sombría de todos los impulsos incontrolados de lo masculino, sin el heroísmo de aquél. En este contexto, la cita de amor que encubre la celada de Cárite tiene connotaciones singulares. Cárite, acosada por Trasilo, finge ceder a sus deseos, pero solicita y consigue de él mantener las apariencia durante el tiempo del luto, consintiendo, en cambio, en que se encuentren en citas clandestinas. La cita es descrita por el narrador de forma contradictoria. Por una parte, el proyectado encuentro constituye una unión adúltera (furtiuo concubitu). Furtiuus indica en latín el adulterio, pero también lo relativo al ladrón (fur), siendo ambos términos equivalentes en latín. Por otra parte, la cita constituye una especie de matrimonio, pero un matrimonio pervertido: Placuit Thrasyllo scaena feralium nuptiarum (VIII 11). El texto explota así el tema del matrimonio que es al mismo tiempo un funeral, tema tradicional 44 Cf., sobre la temática nupcial en el rapto de Cárite por los ladrones y el paralelismo de éste con la historia de Psique, S. Papaioannou, art. cit. en la literatura clásica, pero que en este caso adquiere un valor nuevo 44. Cuando le da las instrucciones para la cita insiste Cárite en mantener la más absoluta obscuridad. Posteriormente, cuando la cita se realiza, el adúltero es drogado por la nodriza con un soporífero y de nuevo Cárite juega en su discurso con el tema de la oscuridad; oscuridad del dormido, que es paralela a las tinieblas de la ceguera y a las de la muerte. El encuentro (a la vez adulterio y matrimonio de muerte) se produce, profanación sobre profanación, en el tiempo de luto. Ya hemos visto cómo una de las formas que adoptaba el luto de Cárite era encerrarse en la más absoluta oscuridad. Así, la cita concertada tiene un carácter ambivalente, boda o encuentro sexual proyectado por Trasilo, forma de luto y al mismo tiempo de venganza para Cárite; una venganza que adquiere tintes claramente rituales. Para el romano la relación matrimonial no acaba con la muerte del marido. El elogio mayor de una matrona es el haber sido mujer de un solo hombre. Tras la muerte de Cárite dice el narrador: Tunc propere familiares miserae Charites accuratissime corpus ablutum unita sepultura ibidem marito perpetuam coniugem reddidere (VIII 14). Se trata del ideal, típicamente romano, del matrimonio "perpetuo". De esta forma, el relato no tiene el carácter enteramente negativo que cabría esperar, pues al igual que ocurría en la historia de Psique, al perder a su marido, Cárite accede a una forma superior del amor. Muy similar a la historia de Cárite y Trasilo es la de Camma que narra Plutarco en el De mulierum uirtutibus (20). En ambos relatos el marido es asesinado por un rival y vengado por la esposa. También allí el malvado rival presiona a Camma para casarse cuando aún está reciente la muerte del marido. El medio de la venganza es en este caso el envenenamiento. Tiene lugar delante del altar de Ártemis, de la que la protagonista de la historia es sacerdotisa. Así el castigo del culpable adquiere un carácter ritual. En el relato de Plutarco la ambivalencia del encuentro de los dos enemigos es resaltada por la propia Camma en su discurso, al señalar que el destino del asesino será la tumba en lugar del tálamo nupcial. Otra comparación mitológica interesante aparece en las aventuras de Lucio en el campo, cuando el protagonista convertido en asno es atacado EM LXVIII 1, 2000 45 Curiosamente en El asno hay en este pasaje una comparación cómica a propósito de la conducta de la mujer del mayoral. Dice el narrador que le ocurrió en esta ocasión lo que a Candaules. La historia de Candaules y Giges, narrada por Herodoto (I 8-12), se basa en un motivo tradicional. Candaules se vanagloria de la belleza de su mujer y hace que Giges la contemple desnuda. Habiéndose dado cuenta la mujer, pone a Giges ante la alternativa de matar a su marido o morir. La comparación con la situación del asno, que no se encuentra en Apuleyo, donde las alusiones se limitan a mitos bien conocidos por el lector, es profundamente cínica. Al acceder a la alcoba conyugal y contemplar a la mujer desnuda Giges ha adquirido los derechos del marido y como consecuencia debe convertirse realmente en tal o morir. La situación del asno podría compararse a la de la esposa del relato, pues al quedar al cuidado de la mujer del mayoral ha pasado de hecho a ser de su propiedad. Pero la comparación del Asno sólo tiene sentido si se invierte el significado de la narración de Herodoto, como tal vez ocurría en otras versiones de esta misma historia. La imprudencia de Candaules provocaría su ruina al haber puesto a prueba intencionadamente la fidelidad de su esposa, sin pensar que ésta como mujer no podría resistir la tentación. Así la mujer del mayoral sería equivalente en la comparación a la mujer de Candaules. Resulta, por otra parte, curioso que la alusión a esta historia de adulterio aplicada a un ámbito que no le corresponde preceda inmediatamente a la historia de la rivalidad del asno con los caballos, pues estos hacen precisamente el papel opuesto al de Candaules. por los caballos que defienden sus derechos sobre las yeguas de la manada 45: Referencias a la antropofagia a propósito de caballos son corrientes en todo el ámbito de la Grecia antigua en leyenda locales y mitos. Se trata en este caso de uno de los episodios de las hazañas de Hércules: la historia de los caballos de Diomedes. La comparación mitológica sirve en apariencia para describir simplemente la actitud agresiva de los caballos que tratan de excluir violentamente al asno. Pero la referencia mitológica adquiere implicaciones connotativas más interesantes. En efecto, la acusación falsa contra Lucio del hipócrita muchacho, que trata en su crueldad de provocar la muerte del protagonista, consiste precisamente en haber tratado, llevado de la lujuria, de intentar violar a diversas mujeres: 46 El pasaje evoca por otra parte un símil de Virgilio, Aen., XI 493. La falsa acusación del muchacho evoca en la novela los intentos lujuriosos del asno con respecto a las yeguas, calificados por el narrador irónicamente como adulterio, y la descripción del intento de violación se aproxima en su violencia a los ataques de los caballos contra Lucio. Al comienzo del episodio del enfrentamiento con los caballos Lucio, "domado" por las penalidades (talibus aerumnis edomitum, VII 16) se entrega a la lujuria hacia las yeguas del rebaño: At ego tandem liber asinus laetus et tripudians graduque moli gestiens equas opportunissimas iam mihi concubinas futuras deligebam (VII 16). ¿Por qué razón un asno "libre de compromisos" y con buena salud no ha de entregarse a los placeres de la carne? 46 Los sementales reaccionan en contra como si se tratase de un adulterio y el narrador hace referencia a la costumbre bárbara de entregar a la propia mujer como forma de hospitalidad; papel que los caballos no están dispuestos a jugar. La comparación con los famosos caballos tiene un carácter aún mas humorístico si se tiene en cuenta que, según una versión del mito, Diomedes entregaba a sus propias hijas en brazos de los viajeros hasta extenuarlos 47. La comparación con el mito de los caballos de Diomedes contrasta con el juego humorístico del comienzo del episodio sobre la naturaleza del asno. En efecto, la comparación sólo es legítima si se tiene en cuenta que Lucio es en realidad un hombre, cosa que los otros personajes no saben y que contrasta con la percepción anterior de sí mismo como asno. También los pastores que creen en las acusaciones del muchacho tachan al asno de adúltero (Quin igitur publicum istum maritum (...) immo communem omnium adulterum illis suis monstruosis nuptiis condignam uictimamus hostiam?, VII 22). Y como tal amenazan con someterlo a la castración. El falso intento de violación conecta así con el episodio del enfrentamiento con EM LXVIII 1, 2000 48 Resulta curioso que en un cuento del poeta argentino Leopoldo Lugones titulado Los caballos de Abdera, que se sirve del mito de los caballos de Diomedes como pretexto argumental (Cf. Leopoldo Lugones, La estatua de sal, Madrid, 1985, pp. 61-72), el autor haya transformado la historia de un modo que recuerda la conexión entre estos dos episodios del Asno de Oro. El cuento trata del tema característico de la literatura fantástica, la rebelión de los animales contra los hombres. Los caballos de Abdera están domesticados hasta tal punto que adoptan actitudes humanas. Durante la sublevación se produce también en este caso un intento de violación descrito por el narrador de forma que recuerda la del falso intento de Lucio en Apuleyo: «Otros hablaban de monstruosos amores, de mujeres asaltadas y aplastadas en sus propios lechos con ímpetu bestial; y hasta se señalaba a una noble doncella que sollozando narraba entre dos crisis su percance: el despertar en la alcoba a la media luz de la lámpara, rozados sus labios por la innoble jeta de un potro negro que respingaba de placer el belfo enseñando su dentadura asquerosa; su grito de pavor ante aquella bestia convertida en fiera, con el resplandor humano y malévolo de sus ojos incendiados de lubricidad». M. Ruiz Sánchez y F. Moya del Baño, «Los caballos de Abdera de Leopoldo Lugones», en Conversaciones de Famas y Cronopios. Antropofogia y conducta sexual anómala están, por otra parte, estrechamente conectadas en la mitología. Baste recordar los mitos de Procne y Filomela o el de Atreo. Ambos fenómenos son desviaciones paralelas de las normas humanas y divinas. La antropofagia en el caballo muestra su condición de extremo salvajismo (naturaleza del caballo antes de ser domesticado, pero que en el pensamiento mítico griego permanece estrechamente asociado con él) y, por otra parte, constituye una clara transgresión de las normas de la naturaleza. Recuérdese a este respecto la asociación de los ladrones con los centauros y Lapitas. Por otra parte, si la agresión de los caballos contra Lucio, puede ser comparada con la historia de los caballos de Diomedes sólo si se tiene en cuenta la naturaleza humana de Lucio, el falso intento de violación mantiene su carácter monstruoso sólo si se desconoce que el protagonista es en realidad un hombre bajo la apariencia de un asno. La falsa acusación del malicioso muchacho resulta especialmente apropiada al contexto de la historia de Lucio. Tales inclinaciones resultarían naturales en un hombre-asno. De hecho, la novela incluye un episodio en el que de nuevo se va a jugar con la diversidad de perspectivas implicadas por la doble naturaleza del asno en el libro X de la novela, cuando Lucio haya de someterse a perversiones parecidas pero de signo inverso, pasaje al que ya hemos hecho referencia anteriormente 48. De este modo, el conjunto narrativo relacionado con Cárite consta (si dejamos a un lado la historia de Cupido y Psique) de dos secuencias referentes
EL EPISODIO VIRGILIANO DE ARISTEO Y LAS METAMORFOSIS DE OVIDIO CRISTINA MARTÍN PUENTE Como es bien sabido, Ovidio conoce perfectamente la obra de Virgilio y gusta de recrearla tanto en sus aspectos formales como en sus temas y tópicos (cf. Von Albrecht 1987). Precisamente uno de los pasajes virgilianos que el poeta de las Metamorfosis recrea es aquel en el que relata cómo Aristeo, tras perder sus abejas, se acerca hasta la fuente donde habita su madre con otras ninfas y comienza a lamentarse. Cirene le permite entrar y, después de enterarse de lo sucedido, le aconseja visitar a Proteo. El anciano le explica que su desgracia es un castigo por haber provocado la muerte de Eurídice y cómo puede recuperar su enjambre (Georg. Una mirada atenta a las Metamorfosis permite reconocer en varias ocasiones distintos aspectos de este epilio mezclados con elementos tomados de otras fuentes, como veremos a continuación. El orden elegido para traer a colación los textos ovidianos corresponde más o menos al orden de aparición de los motivos, personajes y situaciones virgilianos en las Geórgicas. Empezaremos por el motivo del hilado de las ninfas (II) y los relatos que cuentan a la par que EM hilan (II) y (III), continuaremos con el escenario que puede contemplar Aristeo cuando entra en el río (IV), y finalizaremos con la escena de la llegada de un extraño al lugar donde mora un personaje rodeado de ninfas (V, VI y VII). En el libro cuarto de las Metamorfosis (vv. 334 ss.): con motivo de una fiesta en honor de Baco, el sacerdote había mandado que se dejase la tarea y se celebrase la fiesta en honor del dios, pero las hermanas se quedan en casa hilando y bordando. Como castigo por su desobediencia serán convertidas en murciélagos. Varios son los elementos comunes en la primera parte del relato de Ovidio con el texto de las Geórgicas, sobre todo con respecto a los personajes de las Minieides, trasunto de las ninfas de Virgilio. Como éstas, las hijas de Minia aparecen en grupo, son hermanas y trabajan en el hilado. Al tiempo que realizan esta actividad, cada una de ellas va contando relatos míticos. Precisamente una de las historias que narran es la de Venus y Marte, la misma que contaba Clímene (Georg. Ahora bien, Ovidio amplifica extraordinariamente el pasaje virgiliano, por ejemplo, dum fusis molli pensa / deuoluunt (Georg. IV 348-349) se convierte en: aut ducunt lanas aut stamina pollice uersant aut haerent telae famulasque laboribus urgent; e quibus una leui deducens pollice filum No obstante, el autor de las Metamorfosis introduce nuevos detalles que no estaban en Virgilio. 37-41 una de las jóvenes propone amenizar el trabajo con la narración de historias. El grupo aprueba la propuesta e incluso le pide que sea ella misma la que comience (v. Como ya decíamos, uno de estos relatos es precisamente el de los amores de Venus y Marte, que el Sol descubre y delata a Vulcano. Es indudable que la fuente de este pasaje son los versos 266 ss. del libro VIII de la Odisea; sin embargo, parece evidente que Ovidio la contamina el texto de Virgilio -que, a su vez, se había inspirado en Homero -, ampliando una vez más lo que en Virgilio eran dos versos (Georg. Pero el de Sulmona va aún más allá y pone en boca de las hilanderas las 2 Met. También resulta interesante señalar que, si las ninfas de las Geórgicas se quedan ensimismadas oyendo el canto de Clímene (Georg. IV 348: carmina quo captae 348), algo parecido les ocurre a las hijas de Minia, quienes además opinan sobre la veracidad de la historia de Clitie: Precisamente el motivo de la narración de las transformaciones de los dioses desde el principio de los tiempos, la mayoría de las cuales tiene al amor por protagonista, aparece al comienzo de las Metamorfosis 2 y está inspirado sin duda en el verso virgiliano atque Chao densos diuum numerabat amores (Georg. Respecto al escenario en que transcurre la primera parte de la historia, nos parece acertado el escueto comentario de Bömer (1969, pp. 180-181) Este pasaje podría tener como fuentes también un pasaje de la Odisea (V 440 ss.), donde Ulises pide hospitalidad a un río y el ditirambo XVII de Baquílides, probable fuente, a su vez, del episodio de Aristeo (Martín Puente 1993, p. El ritual de la hospitalidad es un tópico épico procedente de Homero. Ovidio nos presenta dentro del río una cueva donde habitan ninfas y el propio "gran río", personaje que en Virgilio no hacía acto de presencia. Y no faltan sinónimos que contribuyen a corroborar que Virgilio es fuente de estos versos: en vez de flumen, como Virgilio (Georg. Otro pasaje con una estructura claramente inspirada en el episodio de Aristeo es la acogida de Teseo por el río Aqueloo (Met. El río Aqueloo, engrosado por la lluvia, cierra el paso a Teseo y lo invita a que entre con sus compañeros, advirtiéndole del peligro que corre si se confía a las ondas voraces 4. Teseo acepta, entran en su morada y reciben un festín que les servirán unas ninfas, como en las Geórgicas. Todo esto es en realidad un pretexto para que Aqueloo cuente la historia de las Equínades y Perimele; Lélex cuente la de Filemón y Baucis, y finalmente el río Calidón, la de Erisicton y Mnestra. Aparte de las ninfas -que les sirven como personaje coral secundario -, otros elementos comunes, en los textos de ambos poetas son la cueva 5 -de similares características (pumice) en las Metamorfosis (VIII 561) y las Geórgicas (IV 374)-, la invitación de un personaje que vive dentro de un río (Aqueloo, Cirene) a un terrestre para que entre en él (Teseo, Aristeo) y el propio ritual ofrecido al huésped 6. Los versos 572-573 de Ovidio (instruxere epulis mensas dapibusque remotis / in gemma posuere merum), claramente inspirados en Georg. 7 En el episodio homérico de Ulises en la morada de Circe (Od. X 347 ss.), en el cual se inspira Ovidio, las ninfas ni hilaban ni clasificaban plantas, sólo atendían al héroe. A continuación detendremos nuestra atención en un episodio de los viajes de Ulises, concretamente el de la llegada de Macareo y sus compañeros a la morada de Circe (Met. Cuando los extraños se presentan en el palacio de Circe, de nuevo unas ninfas, sus sirvientas, los reciben y los acompañan por una especie de gruta de mármol (Met. XIV 260: atria marmore tecta) hasta su señora, que aparece, como Cirene, sentada en un trono y rodeada de ninfas y nereidas. Pero Ovidio tiene especial interés en resaltar que estas ninfas no se dedican al hilado, (Met. XIV 264-265:... uellera motis / nulla trahunt digitis nec fila sequentia ducunt), al contrario que las de Virgilio (Georg. Hay, pues, en ese empeño de llevar la contraria a Virgilio una clara alusión a las Geórgicas. Acto seguido, comienza un ritual falsamente hospitalario. Tras recibirlos, la anfitriona les ofrece una mezcla de granos de cebada, miel tostada, vino fuerte y requesón, a la que añade unos "jugos" para transformarlos en cerdos 8. El último pasaje en el que hemos detectado ecos claros del episodio de Aristeo es el que narra la historia de Acteón, el protagonista de una de las metamorfosis más dramáticas. Un día, tras haber estado cazando, Acteón se acerca hasta un valle en cuyo manantial la diosa Diana acostumbra a bañarse cuando viene cansada de cazar, en compañía de las ninfas de su cortejo y, sin querer, llega a contemplar a la diosa desnuda. Cuando Diana se da cuenta, irritada derrama agua sobre él y lo transforma en ciervo para que no pueda contar que la ha visto desnuda. Acteón huye y sus propios perros lo persiguen y despedazan, al tiempo que sus criados lo llaman. Aunque la fuente principal del pasaje ovidiano no es el de Virgilio 9, además de la relación que existe entre Aristeo y Acteón, padre e hijo, hay bastantes motivos tomados de las Geórgicas: el cortejo de las ninfas (a), la gruta que sirve como escenario (b), el momento del día en que ocurre la acción (c), el baño o la unción con perfume de un personaje (d) y la llegada de un extraño (e). 12 "...la morada del tálamo, abovedada de esponjosa piedra..." a) En Ovidio las ninfas forman parte del séquito de Diana como en Virgilio rodeaban a Cirene. Distinta es, sin embargo, su actividad: en Geórgicas incluso las ninfas cazadoras hilan, mientras que en las Metamorfosis, siendo cazadoras también, sirven como doncellas a Diana y la ayudan en su aseo personal. En cualquier caso unas y otras son sirvientas dóciles y amables que atienden en un caso a Aristeo 10 y en otro a Diana. Incluso la cabellera que cubre la espalda de las ninfas de Virgilio, caesariem effusae nitidam per candida colla (Georg. IV 337), encuentra eco en Ovidio e) Otra circunstancia que se da en ambos textos es la interrupción de las faenas de las ninfas por un extraño. En el caso de las Geórgicas el forastero es Aristeo, en el de las Metamorfosis, Acteón; si bien es este último caso esa interrupción será mucho más dramática: en medio de la atmósfera casi mágica que Ovidio ha creado con las ninfas y el paisaje tendrá lugar una metamorfosis trágica, que costará la vida a Acteón. No podemos finalmente cerrar este apartado sin señalar las muchas coincidencias léxicas que se dan una vez más en ambos textos. Y además Ovidio emplea sinónimos de algunos términos que aparecen en Virgilio, como antrum 157 y capillus 169. En conclusión podemos decir que Ovidio parece especialmente interesado en el episodio virgiliano de Aristeo y lo recrea una y otra vez, quizá por la gran cantidad de posibilidades que le ofrece para jugar con la alusión. Pero para ello, no cuenta de nuevo la historia de Aristeo -como sí hace con la de Orfeo o Eneas -, sino que toma elementos de ésta y los combina con elementos procedentes de otros autores para crear episodios ricamente alusivos, utilizando la técnica de la referencia múltiple o "conflation", estudiada en el caso concreto de Virgilio por Thomas (1986: 193-198). Así, en algunos de los pasajes que hemos tenido oportunidad de ver recrea el epilio de las Geórgicas, de forma muy general, es decir tomando muchos de sus elementos. Es el caso de la entrada de Teseo en el río Aqueloo (Met. VIII 547-573), la llegada de Macareo y sus compañeros a la morada de Circe (Met. III 138-252), aunque en los dos últimos casos Ovidio lleva la contraria en ciertos detalles a Virgilio.
Tenemos que dar a nuestros lectores la noticia del fallecimiento del Profesor Edgar Polomé, miembro del Consejo Asesor de nuestra revista. El profesor Polomé nació en Bélgica, en 1920, y allí estudió Filología germánica, sánscrita e indoeuropea, así como Historia de las Religiones, y comenzó su carrera de profesor universitario. Posteriormente pasó al antiguo Congo Belga y a Ruanda-Burundi, donde explicó Indoeuropeo y lenguas africanas y trabajó mucho en sociolingüística africana. Estas disciplinas han dejado amplia huella en sus publicaciones. Posteriormente pasó a la Universidad de Austin, Texas, donde trabajó en los departamentos de Lenguas Germánicas, de Lingüística y de Lenguas Orientales y Africanas. También enseñó en Kiel, Alemania, y en Tanzania. Era Polomé un hombre de intereses universales, centrados en torno al Indoeuropeo, al Germánico y a la Historia de las Religiones. Ha contribuido a colocar la Lingüística Indoeuropea en un contexto universal y a combinarla con estudios sobre historia de las instituciones indoeuropeas. Sus temas saltan del germánico y sus diversas lenguas, al venético, a las lenguas africanas, etc. Podía publicar un manual de Swahili o investigar sobre la "Verschärfung" en Germánico o los nombres de los dioses védicos o reseñar obras sobre el Verbo indoeuropeo. También se ocupó de temas generales, como el del bilingualismo y el cambio lingüístico. Hombre afable, sobre el que se podía hablar de temas lingüísticos sin encontrar posiciones cerradas, frecuentaba los Congresos de Lingüística Indoeuropea y temas emparentados. Al Homenaje que se le dedicó, y al que tuve el honor de contribuir, demostró cuántos afectos despertaba. Publicaba nuestros artículos en las revistas que dirigía y contestaba a las consultas de esta revista. Su muerte ha sido una gran pérdida, se encuentra a pocos hombres de intereses tan universales.
Otro de los miembros de nuestro Comité Asesor, el profesor Olivier Reverdin, acaba de fallecer. Reverdin, nacido en 1913, comenzó su carrera como helenista en Suiza y luego amplió sus horizontes en París y a través de su estancia en la Escuela Francesa de Arqueología de Atenas, de sus servicios diplomáticos al estado suizo en Roma y de su vida como periodista y político, que nunca le apartó del cultivo de las Humanidades. Este cultivo, tras esas interrupciones arqueológicas y diplomáticas, en que aprendió a conocer los pueblos griegos e italiano, la reanudó como "Privatdozent" (luego profesor ordinario, 1958-1983) en la Universidad ginebrina. Publicó en 1945 su tesis doctoral sobre «La religion dans la cité platonicienne» y luego obras sobre Creta y Suiza. Pero nunca abandonó la Filología Clásica: fue importante su publicación, en los Papiros Bodmer, de La vision de Dorotheos, importante texto greco-cristiano. Luego derivó hacia los estudios de Humanismo, así en su libro de 1984, Les premiers cours de grec au Collège de France. Este tema del Humanismo francés y, sobre todo, del Humanismo ginebrino, le apasionaba. Era un perfecto conocedor de los diccionarios y las ediciones de griegos y latinos en la Ginebra del XVI. No en vano pertenecía a una distinguida familia ginebrina de origen francés, protestante. Pero Reverdin era un "uomo universale" que se ocupaba también del periodismo y la política. Trabajó desde 1945 en el Journal de Genève, el gran periódico liberal. Entró en él como simple redactor y terminó como director de 1954 a 1967 y presidente, más tarde, de su Consejo de Administración. Allí, en su despacho, trabé conocimiento con él. Al tiempo o posteriormente intervino en la vida pública de su país y de Europa. Fue presidente del Consejo Suizo de Investigaciones (1968-80), Vicepresidente de la Fundación de la Ciencia Europea, presidió la Asamblea Parlamentaria del Consejo de Europa en Estrasburgo (1963-74). Y fue diputado liberal por Ginebra en el Consejo Nacional Suizo (1955-71), luego senador. Sin embargo, su obra para él más importante y por la que es más conocido entre los filólogos y humanistas de todo el mundo es la creación y dirección (hasta hace muy pocos años) de la Fundacion Hardt para el Estudio de la Antigüedad Clásica, en Vandoeuvres, cerca de Ginebra. Garantizó económicamente (logrando subvenciones de importantes empresas suizas) y mediante su gestión su supervivencia y crecimiento. Es un hotel que tiene, al lado, una magnífica biblioteca de Filología Clásica y en el que hemos estado y trabajado, por turno, filólogos y humanistas de todo el mundo: muchos de España. A la sombra de los árboles del jardín, cerca de la tumba del barón Hardt y oyendo el canto de los pájaros hemos trabajado amigablemente en estancias de quince días o un mes. El libro de firmas de la Fundación es una especie de who is who, en el que lo más granado de los humanistas clásicos de todo el mundo ha dejado su recuerdo, casi siempre en griego o latín. Luego, en verano, tienen lugar las "Rencontres", reuniones de especialistas sobre temas específicos, de las que ha salido una hermosa colección de volúmenes. Reverdin era un hombre activo y amistoso que acogía al mundo de los humanistas como si fuera en su casa. Sabía unir su presencia en la vida política y económica de Suiza y de Europa con su amor al Humanismo y al cultivo del mismo. Amaba a Grecia e Italia, que conocía muy bien. Fue para mi una sorpresa grata cuando en la isla de Itaca encontré una calle a él dedicada. Pero también amaba a España, que visitó más de una vez, invitado por unos o por otros y pronunciando conferencias en Madrid, Granada, Sevilla y otros lugares. Hombres como él es difícil encontrarlos en nuestros días.
No es ésta la primera recopilación y edición de los fragmentos atribuidos a este médico griego -siciliano del s. I a.C. -, pero sí es el primer estudio amplio y en profundidad del autor más representativo de la escuela médica empírica. La edición que ha precedido a la que aquí se reseña -K. Sammlung der Fragmente und Darstellung der Lehre Berlín, 1930 (posteriormente mejorada en 1965) -tiene el enorme valor de venir integrada en el primer estudio importante sobre los médicos empíricos, por lo que la edición de Guardasole es deudora de dicha obra y así lo reconoce la autora con gran talante científico. En cuanto a la edición en sí de los fragmentos, amplía el valor de la edición el hecho de que la autora se haya servido directamente de los códices, en la medida que eso era posible, para los fragmentos tomados de obras de Galeno, muy especialmente las no editadas más que en la vieja edición de Kühn. Teniendo en cuenta que, en general, los autores que nos han trasmitido fragmentos de Heraclides, no tienen precisamente ediciones bien actualizadas, Dioscórides, Celso, Galeno, el esfuerzo de crítica textual hecho por la editora ha sido grande y, creo, con buen resultado. La obra de la que más fragmentos se nos han trasmitido es la de farmacología que es, por lo demás, en la que Heraclides fue más creativo en el terreno de la lengua y, especialmente, en el de la creación de vocabulario. Los loci paralleli son ya algo a lo que no debe renunciar ninguna edición de fragmentos, pero mucho más valor tienen en un escrito de medicina que se supone, era leído una y otra vez, siempre corregido y continuamente enriquecido, con fines pragmáticos. En este aspecto la edición de Guardasole ha hecho una buena colación con todos los autores de obra farmacológica, terapéutica, semiótica y, en general, de obra médica o de historia natural. Los fragmentos, así como los testimonios, van traducidos al italiano lo que añade utilidad a la edición y es siempre de agradecer. Pero más todavía se la aportan los comentarios que, fundamentalmente, están referidos a identificación de términos botánicos o a nombres propios, especialmente de médicos. Mi más importante objeción a este libro la he encontrado en el índice de los nombres comunes. No me parece buena idea mezclar los términos griegos con los latinos, pero es especialmente rechazable alfabetizar aquellos por el alfabeto latino. En mi opinión, no deberíamos permitirnos esas licencias o ceder lo más mínimo a la presión de la informática, lo que acabaría por desalojar de nuestros libros, estoy segura, el alfabeto griego. Por lo demás, es una edición cuidada en lo formal y solamente señalo el desacuerdo que hay entre ‰paloxrÓj (p. 37, último párrafo) y ‰palóxrwj en el índice (p. Dado que en el texto del fragmento 7 (por cierto que línea 119 y no 122) aparece ‰paloxrÔtaj quizá debería haberse dado en el índice ‰paloxrÓj; aun en contra de la mayoría de los compuestos con ese segundo elemento. No quisiera terminar sin felicitar a la autora tanto por el autor elegido para su trabajo, como por esta buena edición que nos ofrece. En suma, por colaborar a la depuración de los textos médicos griegos situando a Heraclides en un lugar propio dentro de la literatura médica griega. D. LARA REYES CORIA, BULMARO: Cicerón, De la invención retórica. El hecho de que el De inuentione ciceroniano fuera desde la Antigüedad una de las obras más leídas y estudiadas en las escuelas, especialmente en las de retórica, no resulta sorprendente si se considera la importancia que los antiguos concedían a la oratoria y a la retórica en general, dos disciplinas esenciales en la formación escolar de los romanos cultivados. Bulmaro Reyes acomete la realización de esta edición bilingüe de los dos libros del De inuentione de Cicerón con la pretensión de acercar al lector de hoy, especialmente al estudiante de latín, el mundo de la retórica desde una perspectiva lo más cercana posible a la que tuvieron los antiguos. En una amplia introducción dividida en cinco secciones y completada con cuidadas notas a pie de página, el editor reflexiona, en primer lugar, sobre la retórica entendida como un arte de vida, sobre las virtudes del buen orador y sobre lo que de bueno y malo hay en toda persuasión. Seguidamente da cuenta de las circunstancias y de la fecha de composición de la obra, así como del título latino de la misma (no, en cambio, de la traducción que de éste se hace). En tercer lugar, propone un breve estudio sobre el estilo de la obra, calificado muy a menudo como "árido y monótono": esta aspereza la documenta Bulmaro Reyes, con intención de justificarla, en varios pasajes en los que tales características se ven especialmente acentuadas, incluyendo además un esquema desplegable referido a uno de ellos. A continuación ofrece un detallado resumen de la obra, donde se describe capítulo a capítulo el contenido de la misma. Finalmente, y de manera concisa, expone los criterios seguidos a la hora de traducir y de elaborar las notas, y referencia, asimismo, las ediciones de que se sirvió: el autor especifica que el texto fijado en la presente obra está tomado de la edición de Leipzig, dada por Stroebel en 1915. La traducción, que se presenta enfrentada con el texto latino, es lineal y literal, tal como el editor afirma en la Introducción, para que la obra resulte lo más didáctica posible. Asimismo, las abundantes y meticulosas notas al texto latino, ubicadas al final, comentan cuestiones gramaticales, estilísticas o léxicas, y son fruto, según el propio autor, de los problemas que se le fueron planteando a él mismo en la elaboración de la traducción. Inmediatamente después se encuentran las notas al texto español, igualmente profusas y cuidadas, comentarios de realia, en su mayoría, y explicaciones secundarias -no por ello menos importantes -al contenido del texto. Se cierra la obra con una generosa y detallada Bibliografía, que incluye ediciones, traducciones, obras sobre retórica de autores clásicos y una amplia lista de estudios generales sobre oratoria, política y retórica antiguas, así como sobre el propio Cicerón. Nos encontramos, pues, con una nueva edición de este texto ciceroniano, la primera bilingüe que se publica en nuestra lengua, concebida como un medio de aproximación a la retórica antigua. Dada la escasez de traducciones españolas del De inuentione -la más reciente de las cuales fue publicada en 1997 por la editorial Gredos, obra de Salvador Núñez -, y a pesar de la ausencia de un aparato crítico, es ésta, indudablemente, una obra estimable y útil tanto para alumnos como para docentes, por su notable componente escolar y didáctico. MARÍA A. MORENO GILMARTÍN PIMENTEL ÁLVAREZ, J.: Cicerón, Catón el Mayor: de la vejez, Lelio: de la amistad. Julio Pimentel nos ofrece en este libro una nueva versión de dos tratados ciceronianos de filosofía: De senectute y De amicitia. Como ya es habitual en esta colección, el libro comienza con una introducción en la que, a lo largo de seis apartados, se hace un profundo estudio de ambas obras. El primer apartado se ocupa del título, la fecha de creación de las obras y sus destinatarios; se trata en el segundo de los interlocutores, presentándonos la biografía de estos; es en el tercero donde el autor nos proporciona referencias de otros tratados dedicados a estos mismos temas, la vejez y la amistad, publicados algunos años antes que estas dos obras de Cicerón, que no salieron a la luz más tarde del 44 a.C.; en el apartado cuarto encontramos un esquema de las partes más importantes en que se dividen las dos obras, seguido de una descripción extensa de las mismas y bastante útil para una comprensión cabal de las mismas; en el quinto se nos habla de la edición presentada, ecléctica, según reconoce el propio autor, y basada en otras tres excelentes ediciones; finaliza esta introducción con una breve conclusión. La introducción se complementa con un número extenso de notas, muy bien documentadas, que son, en su mayor parte, referencias a los textos originales de los que el autor ha sacado las citas. La más de las veces aportan una información importante para el lector, aunque, y esto no se puede pasar por alto, en algunas ocasiones esa sobreabundancia de datos obliga a interrumpir en exceso la lectura. El texto latino y su correspondiente traducción constituyen la segunda parte de la obra. La traducción es correcta, sobria y muy literal, hasta el punto de que da la impresión que lo que se ha intentado con ella es la perfecta reproducción del texto latino. Tanto el texto latino como el texto traducido ofrecen un número amplio de notas, lo que constituye una importante ayuda a la lectura. En el texto latino, las notas sirven al autor, en su mayor parte, de aparato crítico. Las notas relativas al texto en castellano facilitan, como se ha dicho, la comprensión del mismo, aunque de algunas de ellas se podría prescindir por su obviedad. Al igual que en la introducción, también aquí la lectura se resiente de este exceso. Después de este bloque de traducción y notas, se encuentra una completa y amplia exposición bibliográfica. La obra se cierra con un índice de abreviaturas y de nombres propios. Esta traducción se publica muy oportunamente, pues son pocas las que se pueden encontrar de estas obras en lengua castellana, en especial del De Senectute, del que no habían aparecido versiones posteriores a la de Aurea María Martín Tordesillas, que, por otra parte, no era sino una quinta edición revisada (Gredos Estos tres libros forman parte de una ambiciosa colección (Penn Greek Drama Series) que consta de doce volúmenes, publicados entre los años 1997 y 1999 por la Universidad de Pennsylvania. Su objetivo es presentar traducciones originales inglesas de tipo literario-poético del conjunto de las obras dramáticas griegas clásicas (tragedias, comedias y dramas satíricos) de Esquilo, Sófocles, Eurípides, Aristófanes y Menandro. Los editores de la serie, D.R. Slavitt y P. Bovie, han reunido un selecto grupo de cuarenta traductores, entre los que se cuentan no sólo prestigiosos profesores de universidades americanas, sino también numerosos escritores (poetas, ensayistas, dramaturgos, novelistas, etc.) de formación clásica. Esta iniciativa pretende poner a disposición de profesores y estudiantes de lenguas clásicas versiones de los textos dramáticos griegos fieles al original, pero libres de una excesiva literalidad, tan frecuente en muchas traducciones modernas. Con ello se busca además hacerlas especialmente accesibles a los lectores no especialistas, al público culto en general. El primer volumen reseñado se abre con una breve introducción general a la tragedia griega y a la vida y obra de Eurípides a cargo de P. Bovie. Siguen las traducciones de Medea (Eleanor Wilner e Inés Azar), Hécuba (Marylin Nelson), Andrómaca Donald Junkins) y Bacantes (Daniel Mark Epstein). Todas ellas vienen precedidas por un prefacio, en el que cada uno de los traductores presenta al lector su visión personal de la obra y una pequeña introducción a la misma. Especialmente interesantes son las consideraciones de algunos de ellos sobre los soluciones adoptadas a los eternos problemas planteados por la traducción de este tipo de textos: el ritmo, la literalidad, los coros, las metáforas, la adaptación a un público moderno de imágenes o expresiones propias del griego antiguo, su condición de textos escritos para ser leídos en voz alta, etc. Al final del libro encontramos un glosario de nombres propios que incluye su correcta pronunciación inglesa y un breve curriculum de los traductores («About the Translators»). En el segundo volumen reseñado es, de nuevo, P. Bovie quien abre la obra con una pequeña introducción sobre la vida y obra de Sófocles y una comparación entre su técnica dramática y la de Esquilo. A continuación, siguen las traducciones de Ayax (Frederic Raphael y Kenneth Mc Leish), Traquinias (Brendan Galvin), Electra (Henry Taylor) y Filoctetes (Armand Schwerner). En el prefacio de cada una de ellas el traductor nos presenta la tragedia y los problemas encontrados a la hora de realizar su labor («Translators' note»): las exclamaciones, los coros, una serie de anotaciones sobre determinados versos, la literalidad, el deseo de haber conseguido una lectura legible para el lector contemporáneo, la difícil elección de la mejor traducción, etc. En las últimas diez páginas encontramos un glosario de nombres propios y unas breves líneas con el curriculum de los traductores, en donde volvemos a observar la gama tan variada de traductores, como por ejemplo una poetisa, Brendan Galvin, y un novelista, Frederic Raphael. Sheila D'Atri es quien se encarga de escribir en el tercer volumen reseñado una presentación general sobre la vida y obra de Menandro, así como sobre las principales diferencias entre la Comedia Nueva y la Comedia Antigua y sobre la transmisión de los textos. Esta introducción viene acompañada de una bibliografía básica, algo novedoso en comparación a los volúmenes antes mencionados. Siguen las traducciones de El Misántropo (The Grouch) por Sheila D'Atri, El Arbitraje (Desperately Seeking Justice) por Sheila D'Atri y Palmer Bovie, La Trasquilada (Closely Cropped Locks) por Sheila D'Atri y Palmer Bovie, La Samia (The Girl from Samos) por Richard Elman y El Escudo (The Shield) por Sheila D'Atri y Palmer Bovie. Cada comedia viene precedida por un Translator's Preface en donde el traductor nos señala la fecha de creación de la obra, su argumento, sus principales características, su métrica, su estado de conservación, la técnica utilizada por el traductor (así, por ejemplo, Richard Elman nos señala que se ha tomado ciertas libertades para reflejar el tono urbano de la época), etc. Como es característico de esta colección, al final de la obra aparece un curriculum de los traductores. En esta ocasión no encontramos glosario de nombres propios. Como conclusión, cabe señalar que se trata de una iniciativa importante, ya que se trata de la primera traducción completa del conjunto de las obras dramáticas griegas después de muchas décadas. Se trata de versiones cuidadas y de evidente interés, no con una finalidad filológica especialista, sino pretendiendo llegar a un público amplio mediante una traducción accesible. Es claro, por tanto, que estos volúmenes pueden hallar acomodo en bibliotecas especializadas, pero, sin duda, es especialmente recomendable para los amantes de la buena literatura, para los lectores que disfrutan leyendo y escuchando poesía bien escrita en lengua inglesa. MÓNICA ELÍAS PÉREZ II. LINGÜÍSTICA Aparece veintisiete años después que el primero el segundo volumen de los artículos escogidos de Manfred Mayrhofer, editado por R. Schmitt para celebrar el septuagésimo aniversario de uno de los indoeuropeístas de más reconocido prestigio de los últimos decenios. El libro se ha concebido como una continuación del primer volumen hasta el punto de que la numeración de las páginas comienza donde aquél se había quedado. Una primera sección, escrita por R. Schmitt, nos ofrece, en consonancia, la lista de publicaciones de M. Mayrhofer entre los años 1978 y 1995, tras la cual aparecen artículos de Mayrhofer que han visto la luz desde 1980 a 1992. Éstos han sido repartido bajo cinco rúbricas centradas, respectivamente, sobre el indoeuropeo, el indo-iranio y el antiguo indio, el iranio, otras lenguas indoeuropeas y, por último, una parte final que bajo la denominación de "biográfica" recoge dos necrológicas (las de W. Eilers y E. Risch), una curiosa incursión en la indoeuropeística por parte del filósofo O. Weininger y una autobiografía científica del propio Mayrhofer. Esta agrupación de los artículos ya da una idea de los campos sobre los que, en consonancia con sus líneas de trabajo anteriores, se ha centrado M. Mayrhofer en el final de los 70, los 80 y comienzos de los 90. Hace más cómoda el libro la accesibilidad a una serie de artículos no siempre fáciles de encontrar en las bibliotecas por el carácter de la publicación en que aparecieron. Aparte de la división elaborada por el editor, encontramos fundamentalmente dos líneas vertebradoras de estos opera minora en relación con los opera maiora del autor. No en vano M. Mayrhofer es el autor del volumen dedicado a la fonética dentro de la Indogermanische Grammatik publicada por la Carl Winter's Universität Verlag y, así, aparecen en este tomo cuatro artículos que tratan de problemas relativos a las laringales en indoeuropeo. Se centran sobre desarrollos particulares de las lenguas o grupos, como los trabajos de conjunto dedicados a los resultados de las laringales en latín y en indo-iranio, o sobre aspectos específicos como el posible origen laringal de la vocal protética griega y armenia. En ellos reencontramos el pensamiento de M. Mayrhofer sobre la cuestión, expuesto con rotundidad y claridad. Convencido defensor de un sistema de tres laringales en indoeuropeo, Mayrhofer no desatiende cuestiones polémicas como la ya citada de la vocal protética griega, aunque en honor a la verdad hay que decir que los ejemplos que utiliza para su argumentación son a veces recurrentes y, como es lógico, los más favorables a sus posiciones. Así, en el caso de la vocal protética, para demostrar el origen laringal de la vocal inicial de gr. • μ@-, de la raíz del numeral 'uno', y seguramente también para el latín, cuando el timbre a aparece frecuentemente en la vocalización de sonantes en vez de los timbres "regulares" o y e con r,l y m,n, respectivamente. En el terreno de la fonética indoeuropea también encontramos un interesante artículo en el que M. Mayrhofer revisa el problema de las correspondencias tradicionales establecidas para el fonema thorn en indoeuropeo. Naturalmente, Mayrhofer rechaza la posibilidad de reconstrucción de tal fonema, pero, además, va más allá del trabajo ya clásico de J. Schindler sobre el tema al refinar algunas correspondencias y hacer ver cómo en ellas hay implicados otros fenómenos diferentes. Como no podía ser de otro modo, el segundo hilo vertebrador de este volumen es el trabajo etimológico y lexicográfico en el ámbito de las lenguas indo-iranias, lo que no extraña en el autor de obras capitales como el Kurzgefasstes etymologisches Wörterbuch des Altindischen y el Etymologisches Wörterbuch des Altindoarischen. Los problemas de carácter general y metodológico son el centro de algunos artículos, mientras que otros se dedican a palabras concretas, como los que tratan de véd. apãpá-o a.pers. taumani, o a cuestiones EM LXVIII 1, 2000 específicas como los problemas que plantea el tratamiento del material mitanio. Fuera de estas dos líneas fundamentales encontramos trabajos sobre temas varios, como la influencia del Mémoire de Saussure en el desarrollo de la lingüística indoeuropea, los restos en iranio del tipo flexivo al que corresponde el a.ind. vr$ kÃ-, el sistema de escritura del persa antiguo o la posibilidad de reconstrucción del proto-iranio. Así pues, se trata de un volumen de obligada consulta para indoeuropeístas, iranistas e indianistas, quienes sin duda encontrarán en él fértiles ideas a partir de las cuales profundizar en la investigación. EUGENIO R. LUJÁN A. MARTINET: De las estepas a los océanos. El Indoeuropeo y los "Indoeuropeos". Desde hace algún tiempo, las editoriales españolas han emprendido la tarea de traducir obras relacionadas con la lingüística indoeuropea como consecuencia de la relativa abundancia de publicaciones de los últimos años. Prueba de ello son las traducciones del libro de Renfrew El enigma indoeuropeo. Arqueología y Lenguaje (Barcelona, 1991), o del volumen colectivo editado por A. Giacalone Ramat y P. Ramat, Las lenguas indoeuropeas (Madrid, 1995), o del que ahora mismo nos ocupa, cuya edición original es de 1994. El libro, como se puede deducir por su título, está concebido, por un lado, como una obra de alta divulgación para que pueda ser leído por un público general; pero, al mismo tiempo, se trata de un compendio de lo que ha sido la docencia e investigación del profesor Martinet en esta materia. Por tanto, en él vamos a encontrar las teorías que el autor ha defendido a lo largo de su vida, por ejemplo, su contribución a la teoría del cambio fonético, la teoría laringal, o la hipótesis glotálica, junto con la historia del problema indoeuropeo, la patria, los orígenes, las diferentes lenguas indoeuropeas, etc. El autor, consciente de que hay dos tipos de lectores potenciales, los aficionados y los investigadores, utiliza un lenguaje claro, con explicaciones en las que, a menudo, se recurre a las lenguas modernas para ejemplificar tal o cual tratamiento fonético, o una evolución determinada. En este sentido, hay que advertir que los lectores que no estén familiarizados con la lengua francesa o con su fonética, encontrarán algunas dificultades, ya que la mayoría de los ejemplos proceden de esta lengua (v. por ejemplo, la página 174). Especialmente interesantes nos han parecido el capítulo VI en el que trata de la inestabilidad gramatical y, en general, las explicaciones fonéticas que se dan en todos los capítulos, área esta a la que Martinet ha dedicado una buena parte de su investigación. Asimismo, el capítulo dedicado a comparación y reconstrucción contiene reflexiones muy interesantes y de gran utilidad para el lector que se quiera introducir en esta materia. El libro se completa con un índice de lenguas y pueblos y otro de autores citados. Con respecto a la edición española, la versión de Segundo Álvarez es correcta, aunque en algún caso la traducción del nombre de alguna lengua no se atiene a la norma de los indoeuropeístas españoles. Así, al hablar de las lenguas germánicas, llama "wéstico" a lo que se conoce como germánico "occidental". 232 el texto es confuso porque no se ha traducido bien: donde dice «que precisan de la naturaleza del proceso (acción o estado) expresado, precisan de ciertas circunstancias de dicho proceso y de las relaciones...», lo que dice el original es «qui précisent la nature du procès..., certaines circonstances... et les rapports...», es decir, con un uso transitivo del verbo precisar. Igualmente, se le ha deslizado un 'pero' en lugar de 'sino', en la p. 236, donde hay una correlación «non seulement... mais» en el original. Por otra parte, hemos de decir que hay demasiadas erratas en el texto, fenómeno éste que cada vez es más frecuente en las ediciones españolas. A título de ilustración, en la p. 24 'a parte' por 'aparte',p. 65 'ricón' por 'rincón',p. 77 dice «al que hizo frente al romano César» debe decir «el que hizo...», en referencia a Vercingetorix,p. 169 'retoflejo' por 'retroflejo',p. 250 'batante' por 'bastante', etc. En cualquier caso, sea bienvenida esta traducción al español de una obra que permitirá al lector interesado en el indoeuropeo y en general, en la lingüística comparada, acceder de forma bastante asequible a sus problemas y planteamientos, de la mano de un prestigioso lingüista como Martinet. Eso sí, no se olviden de confrontar las teorías con las de otros autores. La comparación entre el léxico micénico y el léxico homérico no es en sí algo nuevo en los estudios de filología griega. Según es bien sabido, en la todavía no muy larga historia de los estudios micénicos ha habido un enriquecimiento mutuo tanto en la interpretación de las tablillas a partir de la información conservada por los aedos del primer milenio como en la interpretación de los poemas homéricos gracias a los nuevos datos aportados por la filología micénica en esta segunda mitad del siglo. A estas cuestiones se refiere precisamente I. Hajnal en las primeras páginas de este librito. Sin embargo, sí que resulta novedoso e importante el intento de sistematización que pretende llevar a cabo I. Hajnal, estableciendo para ello una tipología de las diferentes posibilidades de relación entre una determinada palabra micénica y los textos homéricos. Hajnal plantea una tipología sencilla en la que distingue tres casos fundamentales, a saber: correspondencia total, correspondencia parcial y divergencia. Dentro del primer grupo distingue, a su vez, lo que serían correspondencias totales claras y aquéllas que Hajnal denomina correspondencias totales "ocultas", que, como señala acertadamente, pueden revestir gran interés para ahondar en la interpretación de los poemas homéricos. Para cada uno de estos tipos Hajnal ofrece análisis de ejemplos concretos en tres campos semánticos que pueden considerarse representativos del léxico micénico: producción artesanal, agricultura y sociedad. Por tanto, al ir ejemplificando los tipos nos encontramos en EM LXVIII 1, 2000 esta monografía con pequeños estudios de detalle acerca de algunas palabras micénicas que tienen de por sí interés. Como ejemplos de correspondencias totales Hajnal estudia las palabras ta-ra-nu/2D<LH, o-ro-me-no/ÐD@μ"4 y e-u-ke-to/,ÜP,J"4, que tienen usos coincidentes en las tablillas micénicas y en los poemas homéricos. Las correspondencias totales "ocultas" se ejemplifican, dentro del campo de la producción artesanal, con a-mo/Dμ"J@-, pues, como es bien sabido, Dμ "J" en Homero significa 'carro' y no 'ruedas', pero existen compuestos como Dμ"J (óH y Dμ"JD, en cuyo primer término el significado 'rueda' todavía puede rastrearse: la crítica homérica se ve enriquecida así por la aportación de los textos micénicos. Dentro de este apartado estudia también Hajnal a-ko-ra-jo y •(Dóμ,<, lo que permite poner en relación los pasajes homéricos en que aparece tal participio con la cuestión de los "collectors" micénicos y su papel dentro de la economía palacial. Ejemplifica Hajnal las correspondencias parciales con los pares ki-ti-me-no/,Û6J\μ,<, qa-si-re-u/$"F48, bH y qe-qi-no-me-no/*4<TJóH. A propósito de los últimos señala cómo qe-qino-me-no aparece acompañado de un instrumental referido al tipo de decoración (to-qi-de), mientras que en Homero el complemento es de materia (¦8XN"<J4 6"Â •D(bDå), circunstancia ésta que cuando se quiere notar en los textos micénicos se hace mediante una forma como aja-me-no (al hilo de la discusión de ésta en la p. 23 se ha deslizado una errata, ya que se hace referencia a PY Ta 708.3, mientras que la transcripción fonética que se ofrece no corresponde a esa tablilla, sino a PY Ta 722.1). En mi opinión, no creo que -al menos con los datos tan limitados sobre el micénico de que disponemos -se deba otorgar excesiva relevancia a la aparente divergencia de uso entre qe-qi-no-me-no y *4<TJ`H, al menos por dos razones: a) de entrada, la formación que encontramos en Homero es un adjetivo en -J`H, mientras que en las tablillas tenemos un participio en -μ,<, lo que ya de por sí podría bastar para explicar especializaciones de uso diferentes; b) no podemos estar seguros de si la oposición semántica en la que se encontraban qe-qi-no-me-no y a-ja-me-no era equipolente o privativa, es decir, al mismo nivel, o si, por el contrario, qe-qi-no-me-no era un hiperónimo con el sentido más general de 'decorado' (cf. español 'decorado con espirales','decorado con marfil'), mientras que a-ja-me-no tenía un sentido más preciso,'taraceado' uel sim. En cuanto al tercer grupo, no se revisan ejemplos de palabras atestiguadas en micénico pero no en griego del primer milenio en general, caso frecuente, sino palabras micénicas que sí se encuentran en griego del primer milenio pero no en Homero. Los ejemplos de Hajnal son ko-to-na frente a rodio 6J@\<" y te-re-ta frente a eleo J,8XFJ" y do-e-ro frente a *@Ø8, que en su forma masculina no aparece en los textos homéricos, siendo igualmente escasas las apariciones del femenino y de otros derivados de la raíz. La segunda parte del estudio (pp. 51-74) se dedica a un análisis más detallado de tres palabras a la luz de las conclusiones alcanzadas en las páginas precedentes. Se centra Hajnal en el estudio de da-ma/*Vμ"D, wa-na-ka/- y los nombres propios. En el caso de da-ma, aunque se suele aceptar la relación con *Vμ"D, habría sido deseable que se desarrollara la cuestión de la relación con du-ma, que, en mi opinión, puede haber pervivido en griego del primer milenio como nombre propio )bμ"H. En cuanto a wa-na-ka/-, además de estudiar la pérdida del carácter institucional del término en griego del primer milenio frente a su utilización en el mundo micénico, Hajnal ofrece una interesante etimología para la palabra. Aceptando que frigio vanaktei (dat.) no es un préstamo del griego, plantea la posibilidad de que micénico y frigio conserven un compuesto *w;n-H 2 ág-t-, donde el primer término pertenecería a la raíz *wen(H)-'ganar' y el segundo, a *H 2 ag-'guiar, conducir', como en ra-wa-ke-ta o su correspondiente frigio lavagtaei, palabras con las que se encuentra en correspondencia. Dicha etimología se ve reforzada por la existencia en antiguo indio del sustantivo va? níj-'comerciante'. Nos encontramos, por tanto, ante una contribución valiosa a los estudios micénicos y al estudio diacrónico del léxico griego. Sin embargo, no puedo dejar de notar lo llamativa que resulta la falta de referencia a un proyecto en curso cuyos objetivos son al menos parcialmente coincidentes con los de este librito, ya que pretende abordar la constitución, desarrollo y evolución al griego del primer milenio del léxico micénico estudiado por campos léxicos. Las bases metodológicas aparecen expuestas en el trabajo de F. Aura Jorro, «Cambios léxicos del micénico al griego del primer milenio», Atti e Memorie del Secondo Congresso Internazionale di Micenologia, Roma, 1996, pp. 177-188, y Esta pequeña monografía de los Innsbrucker Beiträge supone una aportación importante al estudio del sufijo griego -,J y por ende, de sus orígenes indoeuropeos. Según nos relata el propio autor, la monografía tuvo como punto de arranque su interés por explicar la forma eolia ÐDB,J@<'reptil' que aparece en uno de los fragmentos de Safo, lo que le llevó a ocuparse, en general, del sufijo que ésta presentaba. En este sentido, B. Vine, tras repasar rápidamente las diferentes esferas de utilización del sufijo (pp. 14-15), dejando de lado los materiales relativos a su uso en la derivación nominal, así como los casos de equívoca interpretación, se concentra en el estudio de la función y significado del sufijo cuando se aplica a raíces verbales. Los resultados han sido interesantes, aunque la complejidad y relativa escasez de los materiales sobre los que trabajar impiden alcanzar conclusiones claras en todos los casos. El punto de partida para el análisis lo constituye una clasificación de los materiales homéricos en dos bloques (pp. 15-17): formas generalmente con grado pleno y relacionables con un tema de presente (tipo ¦>-"\D,J /"ÊDXT o •D4-*,\6,J /*X6@μ"4) y formas con grado cero relacionables con un tema de aoristo (tipo --FP,J /FP,Ã< o --FB,J /¦<4-FB,Ã<). Como cuestión de detalle, hay que señalar que el significado de -FB,J en griego no es exactamente'not to be told, unspeakable' -lo que constituye más bien una traducción etimológica -, sino 'indecible' pero en el sentido de 'inmensurable' (v. A continuación B. Vine va intentando establecer pautas de significado generales para cada uno de los dos tipos y analiza los casos que resultan anómalos para cada uno de ellos. El cuadro general que emerge es que el significado originario de los adjetivos verbales en -etóera potencial-pasivo, lo que, en el caso del griego, no supone una diferenciación con los adjetivos verbales en -J`H, ya que, como es bien sabido, frente al valor perfectivo con el que aparecen en latín las formaciones en -tus, sus correlatos griegos suelen tener ese carácter potencial. Por esta razón sí que pueden tener un mayor peso argumentativo, a la hora de analizar la semántica de estas formaciones, los adjetivos sánscritos en -atá-y sus correlatos iranios, dado que no hay confluencia de significado con los adjetivos en -tá-, por lo que hubiera sido deseable que el autor se hubiera detenido algo más en su estudio. Por otra parte, en cuanto a la relación entre las formas en -tó-y en -etó-, B. Vine reconstruye una situación antigua en la que a un adjetivo en -tó-se correspondía una formación en -etó-, tipo *wid-tó-(como en -4FJ ) frente a *-wid-eto-(mic. o-wi-de-ta-i). Sin embargo, existen excepciones como *;n-sgh-eto-(-FP,J ) o *;n-sk w -eto-(-FB,J ) frente a las cuales no encontramos el correspondiente adjetivo en -tó-. B. Vine lo explica por meras razones de estructura de la raíz, ya que formas como *sghtós o *sk w tós hubieran sido fonéticamente inviables; de hecho, la tendencia ha sido a crear formas alternativas con grado pleno tipo • -FP,J. En cuanto a la antigüedad relativa de las formas con grado cero y con grado pleno radical, B. Vine llega a la conclusión de las formas con grado cero deben ser las más antiguas, lo que resulta verosímil porque cuadra bien en el contexto general de la morfología indoeuropea más antigua donde alternancias de tipo cero/pleno frente a pleno/cero entre raíz y sufijo estaban vigentes, pero no se deduce de forma inequívoca de los datos. Como señalábamos anteriormente, de entrada B. Vine no toma en consideración los ejemplos dudosos del sufijo -eto-. Sin embargo, a medida que avanza la argumentación sí que va incorporando algunos de tales ejemplos, notablemente formas de tipo •2V<"J o •6Vμ"J, para las que -siguiendo a Waanders para la interpretación fonética, aunque morfológica y semánticamente difiera en algunos puntos de la propuesta de éste -ve la posibilidad de que procedan de derivados de tipo *-dh(w);nH 2 -eto-o *-k; mH 2 -eto-, frente a la interpretación habitual como *-dh(w);nH 2 -to-y *k; mH 2 -to-, respectivamente. En este sentido, por ejemplo, parece forzada la distinción entre un -N"J 1 (<*;n-bhH 2 -tos)'no dicho' y un •N"J 2 (*<;n-bhH 2 -etos)'inefable, que no se puede decir' que habrían confluido en griego. Finalmente, por lo que respecta a ÐDB,J@. Así pues, como de las consideraciones anteriores se desprende, se trata de un libro rico y que se atreve a cuestionar interpretaciones tradicionales. Se proponen, además, nuevas etimologías y precisiones a la interpretación etimológica de un nutrido grupo de palabras griegas. Su lectura resulta, por tanto, sugerente y fértil para el desarrollo de la investigación en la morfología derivativa del griego y del indoeuropeo y en cuestiones particulares de fonética y etimología. Como su propio título indica, el presente estudio se centra en el análisis semántico de los términos ludus e iocus y sendas familias léxicas en la lengua latina. Dicho análisis presenta unas características que deben explicarse con algún detenimiento, pues van a determinar la estructura del libro y, posiblemente, sus conclusiones. En primer lugar, hay que hablar del enfoque metodológico; en este sentido, el trabajo de Andrea Nuti es toda una novedad al aplicar con rigor y éxito un reciente método de análisis, el de los prototipos, que, hasta ahora, se había desarrollado sobre todo en el campo de la sintaxis. La teoría de los prototipos viene explicada en el capítulo cuarto, pues, hasta entonces, el análisis empleado para el comentario de los textos era de índole "filológica", es decir, un comentario contextual (histórico y de autor) y cotextual (morfológico y sintáctico). De este modo, el autor va desgranando, en los primeros capítulos dedicados al latín arcaico, los rasgos semánticos de ludus e iocus, que constituirán la base de su descripción prototípica y que le servirán para explicar los fenómenos de prototipicidad (pp. 199 ss.), que ambas palabras manifiestan a lo largo de su historia. A grandes rasgos, el análisis muestra que el rasgo "mímesis" (capt. 5) es el que mejor define la actividad básica de ludus, y que los rasgos "oral" y "subversión" son los más prototípicos de iocus. Con la simple mención de estos rasgos, ya se ve la enorme diferencia de potencial semántico que existe entre ambos: el campo de actividad de ludus es más amplio y complejo que la limitadísima actividad, casi estática, de iocus (la broma o el chiste); este rasgo básico de imitación de un original está en la base de la polisemia de ludus: juego (tanto del niño como de un animal), espectáculo público, juego de gladiadores, cualquier tipo de representación de canto y danza, asunto amoroso, escuela, etc. Pero hay otro ludus representado por la actividad del esclavo plautino, que participa de uno de los rasgos prototípicos de iocus: la subversión; este "demone del ludus", magistralmente definido en palabras de G. Chiarini, es la bufa, el engaño, la magia del seruus plautino, y es algo más, es el ludus iocans de Lucrecio (capt. 10); representa, en una palabra, la manifestación de los límites difusos de ambos campos léxicos, lo que la semántica estructural llamaría neutralización del rasgo o rasgos pertinentes en un contexto adecuado, pero que en la teoría de los prototipos forma parte de un principio básico, edges fuzzy o límites difusos, que permite al autor hablar de usos centrales (los más prototípicos) y de usos periféricos (los menos prototípicos). La segunda característica de este trabajo es el enfoque diacrónico aplicado a ludus e iocus; de hecho, los ya mencionados fenómenos de prototipicidad no podrían ser observados y menos aún explicados sin una vasta panorámica, la que proporciona la diacronía. Esta perspectiva diacrónica es esencial para entender la inesperada evolución o cambio semántico que sufren ambas palabras, en una especie de intercambio recíproco muy semejante al de unos vasos comunicantes, que no llegan a nivelarse nunca: el vaso inicialmente más lleno, ludus, va a transferir casi todos sus valores semánticos al vaso casi vacío, iocus, en un largo proceso histórico, en el que factores heterogéneos van a colaborar para invertir la situación inicial (de ludus iocans a iocus ludens). Por lo tanto, autores y textos de todas las épocas (desde Nevio o Ennio hasta Claudiano o Sidonio Apolinar) comparecen para marcar los hitos principales en el cambio de significado del par estudiado. Pero no todos los autores van a ser tratados por igual; algunos constituyen auténticas monografías que hacen pensar en una combinación de diacronía y sincronía ligeramente desequilibrada, lo que es natural, si se tiene en cuenta que los autores arcaicos, Plauto y Terencio, son la base de los 19 rasgos prototípicos (p. 78) aislados por el autor para su posterior manejo; además de los comediógrafos, los poetas elegíacos constituyen el otro gran hito de este seguimiento histórico-semántico, que, además, tiene nombre propio: Ovidio y sus "ioci di società" (capt. Es Ovidio junto con los otros elegíacos el que da la primera señal de alarma con el uso cada vez mayor del derivado nominal lusus, señal inequívoca de la pérdida de polisemia y riqueza léxica que atesoraba ludus en los primeros siglos, pérdida que no afecta al verbo ludo. El tercer dato relevante en este estudio es la interpretación sociológica de los datos; gracias a ella comprendemos que un factor cultural y social como los espectáculos públicos a cargo del estado y su especialización léxica, los ludi, es la causa que desencadena todo el cambio semántico entre ambas familias. En el capítulo de las conclusiones (capt. 12, p.197 y ss.) se hace hincapié en la transformación de mentalidad que esconde un cambio semántico de esta envergadura: del sentimiento ritual, ligado a lo sacro, protegido por el poder público y experimentado en una colectividad (ludus/ludi), se pasa, con el andar del tiempo, a un sentimiento nacido del deseo espontáneo, personal, no mimético, sino transgresor de la expresión del placer (iocus). El tratamiento sociológico de los datos es, en mi opinión, inmejorable (paradigmático es el capítulo 8, para explicar el paso de ludus a lusus en su contexto social y cultural), y responde a la única finalidad que justifica los estudios léxicos: la interacción entre lengua y sociedad. Hay otros muchos aspectos dignos de elogio en este trabajo; en especial el exhaustivo y enriquecedor examen de los textos, la gran capacidad del autor para relacionar géneros, épocas y necesidades de expresión y el acertado análisis de los fenómenos de metonimia y sinonimia de ludus e iocus (pp. 112-113). Sólo se echa en falta una reflexión más profunda del fenómeno del ludus en la sociedad romana (algo se apunta en el capt. 4) y su conexión con el otium; en este sentido, tal vez hubiera sido importante preguntarse no sólo qué no es otium (negotium), sino también qué no es ludus. Es decir, falta el análisis de los contrarios, como falta, también, un planteamiento más pormenorizado del agente y del paciente de las respectivas acciones de ludo e iocor; esta consideración incide en uno de los rasgos manejados por el autor, el rasgo centrífugo -centrípeto, que, por cierto, ya puede leerse en el Diccionario latino -español, de Raimundo De Miguel. Y con esto, quiero hacer mención de una tendencia que recorre todo el trabajo y que sorprende al lector atento: el uso de la bibliografía; tal vez sea justificable que al tratar del ludus erótico sólo se cite el manual de Adams, dejando caer en el inclemente olvido el de Montero Cartelle; pero no lo es despachar toda la teoría componencial de Pottier, sobre la cual, por cierto, se basa todo el análisis previo de los prototipos, con una referencia en nota sobre lo poco científico que resulta dicho método (p. 14); y es, no ya injustificable sino inexplicable, el silencio absoluto con que es tratado en la bibliografía un lingüista de la talla de Coseriu, sobre todo, si el libro está plagado de referencias a los campos semánticos y a los rasgos distintivos. Con toda sinceridad, creo que el trabajo habría salido beneficiado si, al analizar los preverbios, el autor no se hubiera limitado a la consulta de los valores, insuficientes a todas luces, que ofrece el diccionario etimológico de Ernout-Meillet; a poco que hubiera consultado la bibliografía actual de este tema (cfr. García Hernández, por ejemplo), habría podido comprobar que el preverbio ex también expresa valores resultativos, lo que posibilita otra interpretación del pasaje de Curculio (p. 41 y ss.): no se trataría de "salirse del juego", sino de "ganar de manera aplastante en el juego", lo que precisamente hace Curculio con el soldado. Y el preverbio ob no sólo expresa el valor espacial "delante de", sino el valor clasemático de "obstaculización", para impedir la realización de una acción; así pues, oblecto significa en el pasaje de Truculentus (p. 57) "entretener impidiendo que el portero realice su trabajo", tal vez mediante un baile, como propone el autor. De todas formas, estas objeciones no van más allá de la sugerencia, y tienen como fin mejorar un trabajo enormemente útil para el investigador y muy enriquecedor para el lector no especializado. LITERATURA, FILOSOFÍA Y RELIGIÓN HAVELOCK, ERIC A.: Alle origini della filosofia greca. El libro de Havelock, publicado en italiano por la editorial Laterza, constituye una interpretación original de los, a veces, anquilosados estudios sobre filosofía griega. Havelock había hecho ya aportaciones valiosas en libros tan conocidos como Preface to Plato (1963) y The Greek concept of Justice from its shadow in Homer to its substance in Plato (1978). Este nuevo trabajo plantea, sin embargo, de una forma más radical, un enfoque renovador sobre los orígenes de la filosofía. El libro ha sido revisado por Thomas Cole, ya que la muerte de Havelock, en 1988, ha dejado inacabada la que había de ser una lectura muy original de la filosofía de los siglos VI y V a.C. De todas formas, los discípulos de Havelock pretenden concluir, en el espíritu del maestro, esta obra que es, sobre todo, un proyecto de trabajo. Una de las ideas centrales de esta revisión se funda en el hecho de que, casi siempre, se parte de Platón o de Aristóteles para investigar sobre la filosofía anterior. Pero esta situación, que pudiera parecer inevitable, implica una originaria falsificación. Esta es, entre otras, la razón por la que Havelock no quiso encasillar a los supuestos "presocráticos" bajo tal clasificación. Esta denominación es algo más que una simple cuestión de nombres, y supone una proyección, llena de prejuicios interpretativos, que impide el ajustado enfoque de esos primeros filosofadores. Esa lectura platónica bañaba de "idealismo" un territorio intelectual que, en principio, nada tenía que ver con tal término. Porque para Havelock, estos primeros personajes del pensamiento estaban inmersos en un mundo primitivo en el que sus productos mentales y ellos mismos eran personajes de una historia, y no entidades de un sistema teórico. Pero no es sólo esta perspectiva histórica la que deforma los más importantes logros intelectuales del pensamiento antiguo. Más bien, lo que ha entorpecido su revisión e interpretación ha sido el conformismo con el que la mayoría de los creadores de "opinión" filosófica ha reiterado sus estereotipos. Ha habido, pues, una historiografía "políticamente correcta", por así decir, que nos ha satinado y civilizado un bloque de conceptos que nada tenía que ver con esa tradicional corrección. Una buena parte de esa fecundidad ha sido esterilizada por alguno de los más importantes historiadores. Havelock cita, por ejemplo, los estudios de Guthrie y Kirk. Los intereses teológicos de Guthrie impregnaron toda su historiografía de una peculiar sustancia religiosa que poco tenía que ver con los autores cuyo pensamiento exponía. Claro que esto no ha sido sólo obra del benemérito profesor de Cambridge. Ya en los primeros pasos de los historiadores alemanes o ingleses que, como Th. Stanley o J. Brucker, escribieron prolijos y eruditos manuales de filosofía griega, hasta la monumental historia de E. Zeller, parece inevitable la tendencia a solidificar, en determinados esquemas, la vida del pensamiento. La precisión normativa e incluso filológica que, sin duda, servía para enmarcar a los autores estudiados, iba derramando por la historiografía posterior unos estereotipos que rodaban fácilmente por las páginas de futuros intérpretes. La influencia, más o menos directa, de Zeller, que va a inspirar también una obra fundamental como los Fragmentos de los presocráticos de H. Diels, consagrará, con un término desafortunado, el de 'presocráticos', toda una manera de entender la filosofía griega. No es exagerado afirmar que el gremio académico, sumido en prejuicios burgueses decimonónicos, señaló los derroteros por los que caminaría, sin apenas crítica, la investigación posterior. De la misma manera que Mommsen escribió la historia de Roma desde las perspectivas de un profesor ilustrado y prusiano, los Zeller, Diels, Wilamowitz, Jaeger, Guthrie, nos entregaron su imagen peculiar e ideológica del pensamiento antiguo, por muy científico que pareciera el entramado filológico que, con tanta destreza, utilizaban. La diferencia, sin embargo, entre Mommsen y los historiadores de la filosofía consistía, sobre todo, en que las interpretaciones de Mommsen dejaban ver otros horizontes de la historia romana, como correspondía a un profesor ocupado en la política activa de su tiempo. Sin embargo, para Zeller o Guthrie no se alumbraban otras perspectivas que trascendiesen la visión monolítica de un saber que, descrito con rigor y erudición, no dejaba ver sino los múltiples detalles de un organismo disecado, y sin el aire que lo había alentado. Ese aire es, tal vez, por lo que se refiere a los primeros siglos de la filosofía, la oralidad, que fue el medio prácticamente exclusivo en la transmisión de las ideas. Esta oralidad de la que Havelock ha sido tan agudo investigador, ha hecho que este trabajo incompleto, pero sugerente y valioso, establezca todo un programa de investigación para los futuros estudiosos de la filosofía griega. "Oralidad" quiere decir, en este caso, discusión y crítica de los tradicionales marcos en los que se ha encuadrado la obra de esos primeros filósofos. Revisión, pues, de los autores anteriores a Platón, incluidos pitagóricos, Sócrates y Demócrito; nueva lectura de los sofistas, de su significación social y sus aportaciones al análisis del lenguaje. Una lectura crítica que alcanzaría a la historiografía sobre Platón y Aristóteles y, por supuesto, a las escuelas helenísticas. No vale ya, únicamente, intentar reproducir lo que d e c í a n, sino reflexionar sobre lo que q u i s i e r o n d e c i r y desde dónde lo decían. No puedo entrar en los múltiples problemas que Havelock plantea en su programático esbozo en el que, principalmente, se apunta, aunque sea de una manera indirecta, a esa historiografía cuyos métodos necesitan hoy ser orientados de nuevo. Ello nos llevaría a descubrir a los autores griegos con una inmediatez y originalidad que se ha perdido en la mayoría de sus intérpretes. Por cierto, sorprende que, en el libro de Havelock, no se menciona para nada la meritoria obra de G. Thomson, The first philosophers (Londres, 1955), que constituye el segundo volumen de sus estudios sobre la sociedad griega antigua. Thomson ha tenido siempre mala prensa entre los historiadores más "políticamente correctos". Su marxismo radical hizo que los "científicos" y "neutrales" colegas ingleses le ignorasen totalmente. Pocos son los libros sobre los presocráticos en los que se le cita. Probablemente, por ese radicalismo marxista que le convirtió en un miembro incómodo de los asépticos salones de la comunidad científica. Pero, al menos, Havelock debería haberlo discutido o mencionado, ya que, limpio de la costra estalinista, podía estar más próximo a sus idaes. Pero se ve que el buen profesor de Harvard no había llegado a librarse completamente de las posibles "incorrecciones políticas" de George Thomson, anatematizadas por sus "liberales" colegas ingleses. Liberales, con tal que no toquen los bolsillos de sus conservadores y bien conservados prejuicios. EMILIO LLEDÓ RONCHI, ROCCO: La verdad en el espejo. Los presocráticos y el alba de la filosofía. Traducción de Mar García Lozano. No estoy muy seguro de qué es lo que pretende este pequeño ensayo sobre los primeros pasos de la filosofía griega. No sirve como introducción a los problemas que se plantean en este período del pensamiento filosófico. Tampoco se nos habla de los llamados "presocráticos" más que con vagas alusiones. Los temas que, realmente, preocupan al autor son la verdad y la escritura. Es cierto que los orígenes de la escritura en Grecia se alimentaron pronto de la qewría que van alumbrando los filósofos, y que Platón mismo iniciará la crítica del lógoj escrito que, en cierto sentido, habrá de culminar, no hace muchos años, en una revisión de las perspectivas y limitaciones que supuso el paso de la oralidad a la escritura. Este paso es suficientemente importante como para haber condicionado el contenido de muchas cuestiones filosóficas y, al mismo tiempo, para presentarnos un nuevo horizonte en su estudio. Pero por mucho que los grámmata den consistencia al río del pensamiento y representen una especie de espejo en el que recuperar las imágenes de la filosofía de otras épocas, nuestra mirada tiene que ser capaz de dialogar con esa escritura y convertir en voz interior su inicial silencio. Por supuesto, desde los trabajos de Ong, Goody y Havelock sabemos de lo determinante que fue, para la filosofía, esa tensión entre la oralidad y la escritura, que acabó venciéndose del lado de la palabra escrita. Pero la "verdad en el espejo" que aparece en este libro queda un tanto desenfocada por lo que, en mi opinión, parece ser una obsesión del autor: sumergir la verdad y su escritura en una reflexión, más o menos heideggerianizante, sobre la parousía lingüística del ser, entreverada con citas de Wittgenstein, Viano, Derrida, Husserl, Colli, Levinas, Detienne, Lugarini, Snell etc. Para un libro tan breve y con tan ambicioso título todo esto parece un poco excesivo. El autor, buen conocedor de la filosofía francesa, ha aplicado un método que no sé si sirve para iluminar esa misteriosa verdad que pretende encontrar en los "primeros que filosofaron". Pienso que su sutileza lingüística y su indudable erudición exigen una investigación más extensa y precisa para que los problemas planteados no desborden el marco del espejo y queden desenfocados en él. Leyendo libros como éste, uno se pregunta, continuamente, cómo ha de ser la nueva metodología en los estudios de historiografía filosófica. EMILIO LLEDÓ VENTURI, IPPOLITA: Dioniso e la democrazia ateniese. El presente estudio -que se autopresenta como una "ricerca laterale" a Il Mito, il Rito e la Storia de D. Sabbatucci (Roma, 1978) -constituye una suerte de viaje (con frecuencia fascinante, pero también bastante errático) para hallar respuesta a una inquietante pregunta: ¿por qué Heródoto, en su logos egipcio, identifica a Dioniso con Osiris y a Apolo con Horus, a pesar de que los egipcios presentaban a Osiris como "padre" de Horus, mientras que Apolo y Dioniso eran "hermanos", hijos ambos de Zeus? En los términos de la A. (quien proclama de entrada que le importa más formular buenas preguntas que hallar respuestas definitivas), el estudio constituye todo un éxito: quiero decir que, a pesar de que muchas de sus especulaciones no convencen, ha sabido poner el dedo en la llaga de una cuestión significativa. Entre las páginas más estimulantes del libro de Venturi quisiera destacar las consagradas al tracio Eumolpo, a Museo (cf. p. También me parece muy importante llamar la atención sobre el singular mitema de los restos de Dioniso sepultados en Delfos bajo la custodia de Apolo, a pesar de que, por lo menos en mi opinión, su sentido se nos escapa casi por completo. En el debe del libro de V. hay que anotar cierta tendencia a analizar los hechos históricos de un modo en exceso "estilizado" o abstracto (consecuencia, pienso, de una asimilación demasiado rudimentaria de la "manera" de su maestro Sabbatucci); también la tentación de sacar un partido excesivo de realidades de las que sabemos muy poco -como la realeza micénica, por ejemplo. Por otra parte, el gran mito "antigenético" de los atenienses (para expresarse en el lenguaje de los actuales representantes de la escuela de Roma) no me parece que sea el de Dioniso destrozado por los Titanes sino más bien el de la autoctonía. Casi al final del libro, V. cita el enigmático fragmento 22 B 15 DK del obscuro Heráclito efesio:...wØtoj dè 1Aidhj kaì Diónusoj...; e insinúa que, dado que Osiris es, en definitiva, el soberano de los muertos, estas misteriosas (¡y tan debatidas!) palabras podrían ayudarnos a comprender el alcance de la problemática identificación herodotea que se tomaba como punto de partida. Esta insinuación, sin embargo, no está lo bastante desarrollada. Lástima, porque me parece uno de los apuntes más productivos de este libro desigual. JAUME PÒRTULAS RODRÍGUEZ MORENO, I.: Ángeles, démones y héroes en el neoplatonismo griego. 40), decíamos, refiriéndonos a la demonología filosófica, que «una verdadera historia de la demonología está aún por hacer», ya que quien se acercaba a este campo en la década de los años setenta, veía las enormes lagunas existentes y el atractivo terreno que quedaba por investigar. Cierto es que desde entonces hasta la fecha se ha progresado mucho en este terreno, en el que incluso se han centrado no pocos encuentros de investigadores que, a su vez, han dado lugar a no pocas publicaciones. Actes du Colloque de Liège et de Louvain-la Neuve 25-26 novembre 1987( J. Ries, ed., Louvain-la-Neuve, 1989), Héroes, semidioses y daimones, Primer encuentro-coloquio de ARYS, Jarandilla de la Vera, diciembre de 1989 (J. Alvar-C. Asimismo no debemos olvidar que del 26 al 29 de mayo de 1999 se ha celebrado en la Universidad de Valladolid, bajo la presidencia del Dr. Suárez de la Torre, el VII Congreso Internacional del Centre International d ́Étude de la Religion Grecque Antique, centrado en el tema de Héroes y Heroínas en los mitos y cultos griegos, cuyas contribuciones deben aparecer en el suplemento 10 de Kernos. Pero de una forma sistemática, en el sentido de que se reuniera en un volumen el estudio demonológico en profundidad con sus textos de una escuela filosófica determinada, en este caso la neoplatónica, no existía. Cierto es que la autora, en diversos artículos aparecidos en Habis, Fortunatae o Excerpta Philologica nos había ofrecido estudios de la demonología en los presocráticos, Platón o los estoicos, entre otros, pero ahora nos ofrece lo que es el núcleo de su Tesis Doctoral, leída en 1997 en la Universidad de Cádiz, que tenía por título Los seres intermedios entre el hombre y la divinidad en el pensamiento griego de época helenística e imperial. Lógicamente el núcleo de la obra es el segundo, «Neoplatonismo. Ángeles, démones y héroes» (pp. 33-210), que va precedido por una introducción que nos acompaña sucintamente por el devenir demonológico desde la época arcaica a los primeros siglos del Imperio: presocráticos, Sócrates, Platón, Aristóteles, Jenócrates, estoicismo, epicureísmo y platonismo medio fundamentalmente, que fueron preparando el terreno para la gran floración demonológica de los últimos siglos del Imperio. Indudablemente momentos claves preneoplatónicos fueron los pitagóricos, Platón, Jenócrates y platonismo medio. Pero, como decíamos, el núcleo de la obra lo constituye la teoría neoplatónica sobre los démones. En este caso la autora sigue una exposición diacrónica y por escuelas. En efecto, como dice la autora, «el neoplatonismo lleva a la demonología a cotas más altas, sistematizando de manera exhaustiva la heredada jerarquía demónica constituida, en principio, por ángeles, démones y héroes» (p. 213), que vienen a llenar el espacio que media entre el hombre y Dios, siendo sus dos pilares fundamentales, demonológicamente hablando en el neoplatonismo, Jámblico y Proclo. La demonología en Plotino no es tan relevante como en el resto del neoplatonismo y hay que esperar a su discípulo Porfirio, en quien ya tenemos una determinante influencia de los Oráculos Caldeos, para que la demonología adquiera un peso específico determinante. Pero es con Jámblico y fundamentalmente con su De Mysteriis con quien «la demonología neoplatónica llega a un momento culminante» (p. Jámblico sistematiza y jerarquiza una escala demonológica compuesta por arcángeles, ángeles, démones, arcontes, héroes y almas, cada uno de ellos con sus funciones específicas y determinadas, mientras que Proclo, en quien siguen resonando, como en Jámblico, la tradición platónica heredada y los Oráculos Caldeos, estructura la unión entre el plano divino y el humano mediante la serie ángeles, démones y héroes, con sus funciones y peculiaridades específicas, como por ejemplo, la distinción sexual también en el ámbito demonológico: démones y daimonídes, ángeles de la serie masculina, encabezado por Hermes, y de la serie femenina, encabezada por Iris. Interesante también resulta la figura de Sinesio en quien encontramos unidos los dos mundos que pugnan por imponerse, el cristiano y el "pagano". En resumen, la autora nos ofrece un estudio en profundidad, que viene a llenar una laguna importante y que, por tanto, resulta imprescindible en el ámbito del pensamiento. El estudio está bien llevado a cabo a partir del análisis de los textos neoplatónicos, textos difíciles en no pocas ocasiones, de los que la autora incluso ofrece siempre su versión a nuestra lengua, de forma que puedan ser seguidas las diversas teorías incluso por el no especialista. Pero hemos de advertir además que no es un terreno agotado, aun quedan investigaciones por hacer, en un campo sumamente atractivo, que hace prever la continuación y aparición de nuevos estudios. Presentamos un trabajo importante para el conocimiento de conjunto de la obra de Celio Aureliano y, con él, de la literatura médica de los siglos IV/V. Ya desde el primer momento plantea la autora lo que ha supuesto la mayor dificultad y que consiste en la necesidad continua de acudir a hipótesis y suposiciones sobre diferentes cuestiones, muy especialmente a la hora de examinar el tratamiento que se da en latín a la obra de Sorano, ya que carecemos de la posibilidad de cotejar el original. A esta dificultad hay que unir el poco conocimiento que se tiene de la figura y obra del traductor latino, lo que no ayuda a superar el rechazo que suele suponer abordar el estudio de una obra de traducción. A pesar de todos estos inconvenientes, nos encontramos ante un riguroso análisis de la producción celiana, basado particularmente en las Passiones celeres y tardae. Comienza por un examen de las técnicas compositivas (Capítulo I) que responden a una estructura formal racional y cuidada, se ajustan a las normas de la retórica y, al menos en su origen, parecen ser atribuibles a Sorano, aunque lo importante es que la traducción latina las haya retomado con coherencia. Sigue, a continuación (capítulo II), una paciente búsqueda de los criterios con los que el autor (muy posiblemente ya Sorano) selecciona las citas de la literatura médica del pasado, así como de los modos de presentación de las opiniones de los antiguos y los objetivos que se persiguen, para determinar la posible originalidad de la compilación latina respecto a la obra que traduce. En el capítulo III se entra de lleno en la parte más difícil de la tarea, como es la de resaltar la labor de Celio Aureliano, que supera la de un simple compilador o traductor, para lo que se necesita determinar en qué dirección y con qué fines Celio Aureliano interviene sobre el modelo. No desperdicia la autora ni una sola de las mínimas posibilidades que encuentra para demostrar una posible originalidad celiana, resaltando, una a una, las aportaciones personales que se cifran, sobre todo, en las explicaciones de términos técnicos dirigidas, según parece, a un público de iniciados o especialistas en la materia, capaces de acceder directamente al texto griego. En ocasiones la penuria y fragmentariedad de la documentación conservada obligan a recurrir, aunque se hace con cautela, a conjeturas que, en palabras de la propia autora «representan el recurso obligado para contribuir a trazar el perfil global de Celio Aureliano, que aún hoy, como lo era para Ernout hace 30 años, es un desideratum». El libro es presentado por Silvano Boscherini, director del trabajo, y se cierra con una bibliografía en la que se recogen, de forma bastante exhaustiva, todos los trabajos publicados sobre la figura y la obra de Celio Aureliano. Es, como decimos, una aportación importante para el conocimiento de la figura y obra de este médico africano de los siglos IV/V. Francisco Rodríguez Adrados publica en versión inglesa el volumen primero de la Historia de la Fábula greco-latina que la editorial de la Universidad Complutense había dado a la luz en 1979 y que se hallaba, desde hacía tiempo, out of print; parece que los otros dos volúmenes seguirán a buen ritmo. Respecto a la edición española, el libro ofrece una serie de mejoras: ante todo, la unificación en un grueso volumen de más de setecientas páginas de los dos tomos de la primera parte, separados antes por razones puramente coyunturales; el desglose en capítulos del Índice (que, de acuerdo con la tradición anglosajona, se halla al inicio); breves (¿demasiado breves?) suplementos de actualización bibliográfica; y un Index Locorum compilado por G.-J. van Dijk. Se puede decir que culmina así, por lo menos de momento, una tarea que A. había iniciado hace muchísimos años con su tesis doctoral (leída en el lejano 1947, publicada en 1949). Tiempo de balances, pues. Tratándose de una obra que la mayoría de lectores de esta Revista conoce perfectamente, no me parece del caso dedicarme a una reseña descriptiva, minuciosa. Simplemente quiero señalar, a vuelapluma, ciertos aspectos que en la relectura me han llamado la atención o que me parecen más susceptibles de polémica, e indicar por dónde podrían ir, a mi entender al menos, algunas discusiones futuras. También quisiera añadir un par de referencias bibliográficas más. A propósito del alcance de las fábulas en la reconstrucción de los Epodos arquiloqueos (un tema caro al autor, y que también a mí me interesa mucho), la discusión no parece que lleve trazas de amainar, por el momento. Cuando A. reimprimió su «Nueva reconstrucción de los Epodos de Arquíloco» de 1955 en El mundo de la lírica griega antigua (Madrid, Alianza, 1981) hizo constar taxativamente en el prólogo (cf. p. 12) hasta qué punto estaba convencido de haber dibujado «un panorama [...] más moderno y adecuado que el que puede deducirse de la nueva edición de West, tan conservadora». No es difícil compartir, hasta cierto punto, algunas de las reticencias de A. acerca de esta especie de "minimalismo filológico" de que hace gala West en su célebre edición. Pero, por otra parte, el propio Van Dijk, el colaborador holandés de A., descarta (en su reciente Aμnoi, Lógoi, Mûqoi. Fables in Archaic, Classical and Hellenistic Greek Literature, Leiden-New York-Köln, Brill, 1997) una parte considerable de las reconstrucciones arquiloqueas... Sería deseable, desde luego, encontrar un término medio; pero es algo que resulta más fácil de decir que de llevar a cabo. En cambio, en lo que respecta a los vestigios métricos que A. ha creído hallar en las colecciones en prosa, sobre todo en la Augustana, y que el mismo West ha tachado (en la discusión del volumen sobre La Fable, Entretiens de la Fondation Hardt XXX, Vandoeuvres-Genève 1984; cf. en especial pp. 187 ss.) de «not verses [...or] extremely bad verses», me parece a mí que la discusión se ha desenfocado. Dado que de lo que se trata es de progresar en la tarea de fijar un stemma que dé razón, del modo menos impreciso posible, de las relaciones entre cada recensión, resulta esencial conquistar la mayor familiaridad posible con todos los detalles de la dicción, independientemente de si exhibe cláusulas rítmicas más o menos precisas. Es conocida la inclinación de A. por poner a la figura de Esopo en conexión con determi-nadas figuras rituales como el farmakój, pertenecientes al ámbito de ciertos festivales de burlas enraizados en un viejo fondo agrario. Esta posición, argumentada con eficacia por Arnold Wiechers en su famoso Aesop in Delphi de 1961, ha recibido válidos apoyos, sobre todo por parte de Gregory Nagy y otros filólogos americanos que comparten sus puntos de vista. También yo, modestamente, estoy de acuerdo con esta posición, por lo menos en sus líneas fundamentales. Solamente discreparía de A. cuando enfatiza en términos demasiado unilaterales la nota que podríamos denominar "frazeriana", la de la fertility magic. Aunque la existencia de un ritual délfico de narración de fábulas no ha sido suficientemente demostrada, lo que sí existió, probablemente, fue la biografía (originada, quizás, por algún episodio del culto) de un personaje de burlas a quien se adjudicó, progresivamente, un capital de anécdotas y fábulas cada vez más abundante. Más y más aventuras y un número cada vez mayor de fábulas distintas fueron cristalizando progresivamente en torno suyo. La mayoría de filólogos opinan (aunque podría discreparse a propósito de este particular) que resulta improbable que durante el siglo V a.C. existiera una Vita fijada por escrito; más bien parece que nos las habemos con una tradición oral, fluctuante. Estos personajes grotescos agreden a figuras por encima de su propia posición con befas, máximas, fábulas y maldiciones. De todos modos, últimamente M.J. Luzzatto ha publicado una significativa serie de trabajos (en Illinois Classical Studies, Quaderni di Storia, etc.; una síntesis puede hallarse en I Greci. La polémica, desde luego, está lejos de cerrarse. En lo que hace referencia a la primera recopilación de fábulas de Demetrio de Fáleron, que se inserta sin dificultad en el vasto empeño compilador del Perípato (colecciones de vencedores olímpicos, de constituciones, inscripciones, decretos, etc.), pienso que se podría añadir, además, la recopilación de refranes a la que parece que se dedicó el propio Aristóteles -o, por lo menos, esto es lo que se ha pretendido deducir del fragmento 13 Rose = 8 Untersteiner del Perì Filosofíaj (cf. la edición comentada por Untersteiner de los vestigios de dicho diálogo). En un orden muy distinto de cosas, resulta importante un libro que A. probablemente no ha llegado a tiempo de conocer: William Hansen (ed.), Anthology of Ancient Greek Popular Literature, Indiana University Press, 1998. Hansen, profesor no sólo de Filología Clásica sino también de Folklorística en la Universidad de Indiana (uno de los mayores centros de estos estudios en los USA), hace un esfuerzo por replantearse la noción de "literatura popular" en el mundo grecoromano (dado que una transposición pura y simple de los parámetros modernos resulta anacrónica e inservible); publica en traducción y comenta, entre otros textos, la Novela de Esopo y una veintena de fábulas en la recensión Perryana. Todavía resulta prematuro (creo) valorar lo que pueden dar de sí orientaciones de este tipo; pero personalmente desearía que resultasen fructíferas. Los Suplementos bibliográficos de A. y Van Dijk (al final de cada capítulo) son muy útiles para hacerse una idea de las vías por las que han transitado las discusiones acerca de Esopo y sus fábulas, entre 1979 y 1998. Se puede opinar que a veces resultan demasiado breves; quizá también que habría sido mejor integrarlas (por lo menos en ciertos casos) en el cuerpo de la discusión principal. Por otra parte, algunos puntos de vista ajenos se resumen de un modo un poco apresurado; puedo aducir un ejemplo que me concierne personalmente. 64 se alude a una vieja comunicación mía -un honor que este texto primerizo sin duda no merecía -, «El lobo y el pulpo: vieja moralidad», Actas del V Congreso Español de Estudios Clásicos, Madrid, 1978, pp. 277-282; pero lo que yo intentaba destacar allí era una relación dialéctica, no una mera similitud, entre la Weltanschauung de Píndaro y la de la fábula. A propósito de la figura de Esopo, A. no podía conocer Pilar Gómez Cardó, La Vida d'Isop entre el Iambe, la Faula i la Novel•la, Tesis doctoral inédita de la Universidad de Barcelona (1987); pero ciertamente habría merecido la pena citar los dos volúmenes del Isop de la Fundació Bernat Metge, a cargo de F. J. Cuartero y Montserrat Ros (1984 y 1989). En el segundo de ellos, Cuartero traduce la Vita Aesopi en la recensión Perryana; su "Notícia Preliminar" (pp. 87-130) resume críticamente, y con admirable eficacia, los puntos de vista de Perry y del propio A. En el segundo volumen de A., a propósito de la figura de Esopo durante el período romano, será necesario tener muy en cuenta la inteligente discusión de Stefano Jedrkiewicz, Il convitato sullo sgabello. Plutarco, Esopo ed i Sette Savi, Pisa-Roma, IEPI, 1997, que mantiene los elevados estándares de calidad de su Sapere e Paradosso del 1989, que A. conoce bien. Finalmente, hay que hacer votos para que el último tomo contenga una Bibliografía general y unos índices lo más exhaustivos posible; el Index Locorum que cierra este primer volumen es de gran utilidad, pero algo así no bastaría en modo alguno para la obra completa. En definitiva, frente a este poderoso volumen (y a la perspectiva de lo que seguirá) no he podido evitar la sensación de hallarme frente a una summa. No creo, empero, que ello nos ahorre el derecho, y el deber, de referirnos periódicamente a ella en términos razonadamente críticos; al fin y al cabo, es lo que hace de vez en cuando el propio A. con nombres tan ilustres como los de Hausrath, Perry, Nørhgaard, etcétera -nombres a los cuales viene ahora a sumarse el suyo. La Asociación Vita Latina de la Université Paul-Valéry de Montpellier ha tenido el acierto de acoger en su colección Bibliothèque d'Études Classiques (no 14), dirigida por los profesores Guy Serbat y Paul-Marius Martin, esta obra fruto de una Thèse de Doctorat dirigida por el profesor Hubert Zehnacker y defendida en diciembre de 1996 en la Université de Paris-Sorbonne. F. Ripoll, en su Introducción (pp. 1-21), se propone partir de los problemas más intemporales, los más consustancialmente ligados a la esencia misma del género épico, para acabar abordando los aspectos más tributarios del contexto histórico de la redacción de las obras, y para ello estructura su estudio en tres grandes bloques: A) Los modelos éticos (pp. 23-192), esto es, el tratamiento de los modelos y paradigmas de comportamiento heroico propuestos a los protagonistas. B) Los valores fundamentales de la moral épica (gloria, pietas, uirtus) (pp. 193-372), esto es, los fundamentos axiológicos de la acción heroica. C) Los temas éticos de la epopeya en el contexto moral e intelectual de la era flavia (pp. 373-532), esto es, los nuevos conflictos introducidos en la epopeya latina del siglo I por la evolución de las mentalidades. Cierra cada una de estas secciones un epígrafe a modo de Conclusión, y pone broche al conjunto de la obra una Conclusión general (pp. 533-554). Completan el estudio una vasta bibliografía organizada por autores (pp. 555-583), y tres útiles índices (Index nominum, Index rerum, Index auctorum), si bien el Index rerum podría haber sido más completo (p. Como es bien sabido, los poetas que en el siglo siguiente a la época de Augusto osaron aventurarse en el género épico toparon con una montaña de cima inalcanzable: la Eneida de Virgilio. F. Ripoll propone que la ética heroica está en el centro del problema de la aemulatio virgiliana. Lejos de una imitación servil del modelo virgiliano, los poetas flavios se apoyan en la referencia al poeta de Mantua para desarrollar una concepción de la humanidad heroica adaptada a la sensibilidad de su época, una sensibilidad marcada por el gusto por las oposiciones éticas fuertemente dramatizadas y una tendencia creciente hacia la moralización de temas éticos. Como Lucano, los épicos flavios explotan los recursos de una técnica alusiva que permite adivinar claramente en un segundo plano el intertexto virgiliano, salvo que no se trata, como en la Farsalia, de rodear la cumbre subvertiendo el modelo augústeo, sino de rodearla integrándolo. Para ello los poetas flavios acuñan un nuevo tipo de heroismo épico que rebasa al modelo por tres procedimientos simultáneos: a) mediante el retorno a los aspectos viriles y guerreros del heroismo épico-homérico minimizados por Virgilio: de hecho, la rehabilitación de la cupido gloriae, el tratamiento renovado de la imagen del dios Marte y el énfasis sobre el tema de la uirtus contribuyen notablemente a la revalorización del componente marcial; b) mediante la continuación y aun amplificación de rasgos de humanización del heroismo épico ya esbozados por Virgilio: se insite así en la clementia y la iustitia, mientras los restos de brutalidad 'homérica' presentes en el héroe virgiliano (sacrificio humano, negación de la sepultura) son eliminados o traspasados a las figuras antagonistas del héroe; c) mediante la integración de aportes de la literatura épica y dramática postvirgiliana: ante el declive de la pietas virgiliana, los poetas flavios exploran formas novedosas de heroismo épico ausentes en la obra de Virgilio pero prestigiadas por Séneca y Lucano (suicidio estoico, resistencia moral a la tiranía). La mayoría de los críticos están de acuerdo en que en las epopeyas flavias el estoicismo es mucho menos rígido y sistemático que en Lucano. F. Ripoll se propone estudiar en qué medida se puede hablar de un heroismo estoico en las epopeyas flavias. En Silio Itálico hay que distinguir entre los elementos estoicos que contribuyen a dar color estoico -así los rasgos de patientia, fortitudo y uirtus no hacen de Aníbal un héroe estoico, sino que contribuyen a la dramatización trazando la figura temible del "contra-estoico" cuya uirtus se ha torcido hacia el mal -, y aquellos elementos que sí traducen una intención deliberada de ilustrar una concepción estoica del heroismo épico, caso de la progresión moral, ordenada y lineal, de Escipión, el guerrero impulsivo y sensible a los adfectus animi que, cual proficiens in uirtute estoico, accederá progresivamente a la virtus tras un itinerario personal fundado en la prueba, el acceso al conocimiento y el rechazo de la voluptas, en la línea del paradigma de Hércules. El ideal heroico de Silio es, en suma, un estoicismo moderado, de clara impronta ciceroniana, que concilia la ética del Pórtico con la moral tradicional romana (aprobación de la cupido gloriae al servicio del Estado), y que vincula estechamente la acción eficiente en el mundo y el perfeccionamiento moral personal. A diferencia del autor de los Punica, Estacio no es un poeta estoico, sino un poeta influenciado por el estoicismo y que sabe sacar partido de los recursos dramáticos que le brindan sus intertextos senequianos y lucanianos para integrarlos en su proyecto poético: su concepción del cosmos -como la explicación del encadenamiento de sucesos por sympathéia-y de los mecanismos sicológicos, su apología de la humanitas y su aspiración a la fraternidad universal, la interiorización del sentimiento de lo divino y, en definitiva, su pintura del heoismo épico, aunque estoicos, están al servicio de un fin estético. En Valerio Flaco, por su parte, la influencia del pensamiento estoico sobre la concepción de la ética heroica es bastante difusa, limitándose al colorido estoico como recurso para la dramatización y amplificación de un episodio: Jasón está lejos de ser un proficiens y el carácter secundario de la gesta hercúlea en relación con la trama principal hace difícil una interpretación de las Argonáuticas como apología coherente del heroismo estoico. En definitiva, uno solo de los tres épicos flavios crea un universo moral directamente inspirado por consideraciones filosóficas, mientras que en Valerio y Estacio la presencia de la ética estoica se manifiesta sobre todo en prestámos de Séneca o Lucano y se subordina generalmente a los intenciones estéticas. La concepción de la ética heroica se inscribe en el marco de un proyecto poético general específico de cada una de las epopeyas flavias. Las Argonaúticas no se centran en un tema moral netamente delimitado, como la Tebaida y los Púnica, ni en la sola personalidad de un héroe principal, como la Aquileida, sino, de forma más general, en las tribulaciones de una comunidad heroica. La concepción de la ética heroica está en el centro del proyecto poético de Silio Itálico, constituyendo su eje no un personaje, sino el tema de la renovación de la virtus Romana en la lucha contra Cartago. En la Tebaida, en cambio, la cuestión de la ética heroica parece secundaria en relación con el problema moral que ocupa el centro de la obra: se trata de un conflicto fratricida. Las tres grandes epopeyas flavias representan en grados diferentes una moralización del universo épico. Valerio Flaco se esforzó en dar al relato de Apolonio una orientación más romana y más virgiliana, reubicando la búsqueda del vellocino de oro en el marco de una visión teleológica de la historia humana; y aunque sigue la trama narrativa de su modelo helenístico, Valerio rompe con su ambigüedad moral y su tendencia a cuestionar el heroismo épico tradicional, y pone en escena una humanidad heroica donde se combina la referencia explícita al mundo homérico y la presencia latente del modelo virgiliano como fuente de la imitatio y la aemulatio, y acaba por hacer de las Argonáuticas latinas lo que se llama una epopeya moralizada. Estacio, por su parte, se consagra, en su Tebaida, a explotar plenamente los recursos dramáticos que le brindan los juegos de oposiciones morales y el enfrentamiento de grandes principios éticos, bien a través de sus representantes humanos, bien bajo formas alegóricas: Bien y Mal, pietas e impietas, humanitas e immanitas, uirtus y feritas son constantemente enfrentados en una obra donde los más mínmos detalles están subordinados en su tratamiento a la coloración ética del episodio. Gracias a esta unidad ética y estética, la Tebaida es en sí un ejemplo consumado de epopeya moral. Siguiendo una triple exigencia de estilización épica, de exaltación patriótica y de pedagogía estoica, Silio se esforzó en retomar y realzar, gracias a los recursos poéticos de la inuentio y de la dispositio, las grandes tendencias morales del relato liviano, integrando además el aporte de la ética ciceroniana: el resultado es una epopeya moralizante, donde el discurso moral se hace más explícito y las reflexiones sentenciosas más numerosas. Este volumen es una reedición mejorada del libro La lirica corale greca. Alcmane, Simonide, Pindaro, Bacchilide I. Introduzione, Indice dei Temi e dei Motivi (Roma, Edizioni dell' Ateneo, 1979), que fue terminado por el Profesor Pavese en 1977, es decir, veinte años antes de esta nueva publicación. Ante la constancia de que aquel libro fue mal comprendido, en parte por deficiencias técnicas achacables al estado de la informática en aquella época, el autor ha querido rehacerlo mejorando su forma y revisando su contenido. Ya sólo el hecho de escribir los textos analizados y los índices en alfabeto griego justifica esta nueva edición, pero además todo el libro, incluida la introducción, ha sido revisado y corregido concienzudamente, y algunas partes se han visto modificadas por la aplicación de nuevos criterios. Se trata de un original repertorio, que halla su sentido dentro de la conocida dedicación del Prof. Pavese a los géneros arcaicos -en especial a la poesía hexamétrica no homérica y a la lírica coral -, incidiendo en su carácter tradicional y su transmisión oral. Su idea parte, en primera instancia, de la constatación de que en los poemas corales conservados de distintos autores arcaicos a menudo encontramos las mismas ideas y secuencias encadenadas de ideas. Por tanto, sólo podemos comprender el significado de estos poemas o de pasajes aislados de ellos, e interpretarlos adecuadamente, situando cada idea y cada motivo literario dentro de un contexto más amplio, el de la totalidad de la lírica coral conservada, que es lo que nos ayudará a conocer dicha idea o dicho motivo en toda su extensión. Contra lo que podría pensarse en un primer momento, el autor insiste en desmarcarse del método de los loci similes; propone otra cosa que va más allá del estudio de la simple coincidencia externa entre versos o pasajes, que tanto puede encubrir coincidencia de ideas como no hacerlo, mientras que la misma idea puede ser expresada de formas muy diferentes. En un plano más profundo, la intención del Prof. Pavese es introducir un nuevo método de crítica literaria, más allá de los estudios tradicionales enfocados a la creación individual, la crítica textual y exegética o la sociología literaria. Pretende obtener un conocimiento profundo del significado y función de la lírica coral arcaica como género poético tradicional, de las leyes y las claves de un género que sólo sus contemporáneos podían entender con facilidad en toda su dimensión significativa y artística. Y para ello considera que es imprescindible un análisis morfológico previo, descomponiendo los textos en temas y motivos. Partiendo de estas premisas, el libro lo que pretende ser es un útil instrumento que ayude a este proceso crítico. Se trata de un repertorio exhaustivo de -en terminología propia -"semantemas", es decir, de temas y motivos definidos, obtenidos a través de un doble comentario: vertical (de un poema) y horizontal (de los distintos lugares en que aparece la misma idea). Los resultados de sendos comentarios corresponden a lo que en el libro figura respectivamente como análisis y como índices (de temas y de motivos). Pero antes del análisis y los índices el autor dedica una amplia introducción a exponer sus planteamientos y métodos, basados en sus propias ideas sobre los géneros arcaicos y los tipos de lírica, primordialmente en función de su ejecución. Así, en primer lugar hallamos un apartado sobre la ejecución de la lírica coral, redactado ya a la luz de los resultados obtenidos del análisis. También la parte correspondiente a metodología ofrece la interpretación del total de los resultados obtenidos. A partir de ellos el Prof. Pavese puede configurar el sistema semantemático del epinicio, la disposición de los temas dentro de él y la distribución de los semantemas en los tipos de lírica coral, incluyendo estadísticas. Previamente, nos informa de la historia de la investigación, revisa la bibliografía anterior comparable, en general restringida a poemas individuales, justifica los textos seleccionados y aclara los conceptos de tema y motivo. Los autores tomados en cuenta son los cuatro del canon alejandrino que Pavese considera líricos corales. Lo cual justifica la exclusión de Estesícoro e Íbico, que para él entran dentro de la citarodia y de hecho comparten pocos motivos con aquellos. El material analizado ha sido dividido en dos bloques: de un lado todos los epinicios de Píndaro y Baquílides, de otro una serie de fragmentos largos de Alcmán (1), Simónides (37), Píndaro (Fr.52f y 94b, vv. En los índices se añaden, además, motivos rastreables en algunos otros fragmentos de estos cuatro autores, incluidos algunos indirectos. Para Pavese un motivo es una idea esencial que se encuentra dos o más veces en los textos analizados. Es comparable a la noción de fórmula en la épica (rapsodia en su terminología), pero sólo a nivel de significado, puesto que a nivel formal la heterometría de la lírica impide la regularidad que hallamos en la épica. Por su parte el tema, unidad significativa mayor, es un complejo de motivos unidos de forma coherente. Los temas hallados son 11, mientras que los motivos alcanzan el número de 225. Todos ellos son indicados mediante la abreviatura de su nombre en latín. Así por ejemplo los temas de los epinicios, en total nueve, son: L (Laus, alabanza), V (Victoria, anuncio de la victoria), C (Catalogus, catálogo de victorias conseguidas), A (Augurium, augurio de victorias mayores que las conseguidas), P (Preces, súplica), Praep (Praeparatio, preparación a la alabanza), Praet (Praeteritio, preterición del tema precedente), G (Gnomica, sentencia), M (Mythus, mito o ejemplo o narración mítica o legendaria). En los otros poemas el tema de la victoria se sustituye por Fe (Festus dies, fiesta pública en honor de un dios) o Co (Comissatio, Conuiuium, fiesta privada o simposio en el encomio). A su vez estos temas tienen numerosas subdivisiones o variantes. Por su parte los motivos pueden ir acompañados de una serie de signos que indican situaciones diversas: negación expresa del motivo, expresión exclamativa o vocativa, etc., con lo cual su número aumenta. Con todas estas claves los poemas han podido ser descompuestos en su totalidad en temas y motivos. Como se dice en la contraportada, los semantemas reflejan todo lo que se puede decir en la lírica coral. Primero se nos ofrecen los textos completos acompañados de las numerosos signos correspondientes a temas y motivos, y a continuación los correspondientes índices, el de temas y el de motivos. Los textos siguen las principales ediciones, pero han sido corregidos en numerosos lugares, a menudo con la ayuda del propio comentario horizontal. Al final se añade el índice de motivos rastreables en los fragmentos de una serie de autores corales de los que no se conservan poemas largos: Eumelo, Laso, Prátinas, etc. Se ha de reconocer el esfuerzo realizado por parte del autor para elaborar este repertorio e interpretar sus resultados, todo ello culminación de un trabajo de más de treinta años, como demuestra la serie de artículos y libros relacionados. Aunque no se compartan todas las ideas del autor, este libro tiene una indudable utilidad para la interpretación de poemas completos y el conocimiento de los contenidos y, en cierto modo, de las técnicas compositivas de la lírica coral. Puede ser realmente útil a los estudiosos de este género, y abre vías para futuras investigaciones de este tipo sobre otros textos poéticos. El volumen que nos ocupa no es en realidad una novedad bibliográfica, sino que se trata de la segunda edición (corregida y aumentada) de la publicación homónima que Traina publicara en 1976 como continuación de los trabajos que en torno a las relaciones entre forma y sonido había sacado a la luz con motivo de dos reseñas que publicó años antes a propósito del tema que aquí trata en extenso (una dedicada al libro de A. Ronconi, Interpretazioni grammaticali -Padua 1958 -y otra al de P. Valesio en torno a la estructura de la aliteración en Dante, Pascoli y D'Annunzio). Y así, además de incluirse, actualizados, ambos trabajos pioneros de Traina, se incluyen nuevos capítulos y estractos de recensiones del autor a otras obras en las que se alude de forma más o menos explícita al asunto aquí tratado. El primero de los capítulos («Forma e Suono», pp. 19-53), además de sentar las bases metodológicas del estudio que se desarrolla en las páginas siguientes y de acotar el objetivo sobre el que va a aplicar dicho método, pretende ser un estudio diacrónico de la influencia de las figuras de sonido -desde el punto de vista estilístico -sobre el sistema morfológico latino (aunque también se añaden ejemplos tomados de otras varias lenguas modernas, especialmente del italiano) con el objeto de señalar hasta dónde puede decirse que algunas anomalías de la flexión latina -tanto nominal como verbal -responden desde antiguo -y así el punto de partida es Plauto -a una tendencia de la lengua latina a la sistematización y a la homofonía. La idea de Traina, una vez que ha dejado clara la diferencia entre forma ("sonido lingüísticamente organizado") y sonido, y tras sentar las bases de la implicación existente entre estos dos conceptos (en el sentido de que el sonido actúa sobre la forma a nivel intraverbal e interverbal), es que el sonido, dejando aparte el aspecto semántico, contribuye no sólo a la selección de variantes morfológicas, sino que también y especialmente a la creación de formas semánticamente autónomas, esto es, de neologismos. Así es como procede al estudio y análisis de dobletes y formas nuevas (muy frecuentes en el campo de los diminutivos) que pueden justificarse por las mencionadas cuestiones de homofonía y sistematización y de casos contrarios donde por una especie de disimilación lexical se produce la innovación o el neologismo. A pesar de que estas páginas iniciales se han ido viendo salpicadas de ejemplos tomados del cómico de Sársina, es en el capítulo segundo («Le iterazioni foniche e la loro incidenza sulla lingua di Plauto», pp. 55-104) donde se lleva a cabo el intento de demostración más sistemático de que la lengua de Plauto está condicionada por una tendencia a la homofonía que es innata a su estilo. Se estudian desde este punto de vista casos de índole fonética (p.e., que en busca de tal homofonía se encuentran sintagmas preposicionales de per + acusativo en lugar de instrumentales cuyo contexto demuestra claramente que el autor los ha preferido por cuestiones homofónicas, etc) y morfológica, campo en el que aparecen formas únicas de Plauto, en el sentido en que es aquí en donde más puede darse un isomorfismo que determine la heteróclisis de algunas formas -como en Aul. 722 la forma gemiti -o nuevas formaciones como los superlativos pronominales -ipsissimus -y nominales -oculissimus, patruissimus -, condicionados, según los casos, por la figura etimológica o la paronomasia. Asimismo, en el terreno de la morfología verbal se centra en uno de los aspectos de ésta más críticos: la oscilación voz activa-voz deponente (como, p.e., el verbo perfabrico -activo -frente a perfabricor -activo a partir de Horacio, pero siempre deponente en Plauto) que Traina explica por la rima leonina del verso en que se atestigua (Pers. En cuanto al léxico, los ejemplos ofrecidos -que aparecen agrupados en las siguientes figuras de sonido: paronomasia, figura etimológica, aliteración y homeoteleuton -son mucho más numerosos y quizá menos discutibles -pues los anteriores, tanto los fonéticos como los morfológicos, bien podrían tratarse de meros vulgarismos infiltrados en la lengua de Plauto a través de sus personajes. El total de innovaciones léxicas creadas por el cómico latino asciende, según el recuento de Traina, a 2284 (la lista se ofrece en pp. 77-91) y de ellas aproximadamente un 35%, siempre según el autor, se deben a un motivo fónico. Por su lado, comparativamente hablando, en Terencio los hápax lexicales son 1140, de los que un 18% se justifican por los mismos motivos fónicos; de esta ecuación Traina infiere que tal diferencia cualitativa (1 de cada 3 en Plauto y 1 de cada 6 en Terencio) marca la diferencia entre la lengua de uno y otro comediógrafo, de modo que la lengua de Plauto se conformaría como más imaginativa y transgresora que la Terencio, caracterizada por ser más realista y conservadora. El capítulo tercero («Epilegomini a Forma e Suono», pp. 105-125), que ya fuera publicado en el volumen III de los Poeti latini (e neolatini) -Bolonia, 1989, pp. 9-33 -, incorpora nuevos datos tomados ahora de textos literarios y no literarios tanto prosísticos como poéticos y los organiza y comenta en atención a las tres categorías que establece en relación a su origen: hechos de innovación, de conservación y de selección. Todo ello permite concluir a Traina que fuera de la lengua poética se infravalora la importancia del sonido como creador o seleccionador de formas y que la "creatividad léxica" queda reducida únicamente a la onomatopeya. Al margen de estos tres amplios capítulos, que conforman el grueso del estudio de Traina, se incluyen al final del volumen dos apéndices. En el primero de ellos se da cabida a cuatro breves aportaciones vinculadas, metodológica y temáticamente, al objeto del presente trabajo: «Integrazioni a Forma e Suono» (pp. 127-128), donde se incorporan algunos datos aportados por estudios recientes en relación a varias de las formas comentadas en páginas anteriores, «L' alternanza -end-/-und-nel gerundio-gerundivo in Terenzio» (pp. 129-143), «Magna pugna. Por su lado, el segundo apéndice («Estratti da recensioni», pp. 157-164) recoge una selección de fragmentos de varias reseñas escritas por el autor a otros tantos estudios en los que se hace mención expresa de algunos de los aspectos tocados en este recopilatorio de trabajos de Traina centrado en desentrañar la estrecha relación e implicación entre la forma y el sonido. Por último, además de los muy extensos y actualizados «Riferimenti bibliografici» (pp., se incorporan cinco índices: de pasajes citados, de nombres, de materias, de términos latinos e italianos. Éste es, en suma, el contenido de este facticio estudio de Traina que arroja una clara y luminosa luz sobre un aspecto tan sugerente y poco estudiado de la lengua latina: el de los condicionantes fónicos a la hora de seleccionar y crear el léxico por parte, especialmente, de los poetas.
1 Ver, por ejemplo, D. Musti, Demokratia. 2 Madrid, Alianza Editorial. HISTORIA Y SOCIEDAD ADRADOS, F. R.: Historia de la democracia. De Solón a nuestros días. La conmemoración de los dos mil quinientos años de la aparición convencional de la democracia, con las reformas de Clístenes, estimuló en todo el mundo los estudios sobre el tema, que se plasmaron en publicaciones y reuniones científicas en que el tema se orientaba desde muy diferentes perspectivas 1. Por otro lado, el autor había publicado ya en 1975 La democracia ateniense 2, que constituía una adaptación para un público más amplio de su más extensa Ilustración y política en la Grecia clásica 3, donde se llevaba a cabo un importante y trascendente análisis de las relaciones entre el desarrollo político y las formas literarias y de expresión del pensamiento desde la época arcaica hasta el final del clasicismo. Finalmente, por los mismos años, M.I. Finley publicaba el libro que en España se llamó Vieja y nueva democracia 4. Tales son los antecedentes en que se basa la comprensión historiográfica del nuevo libro de Adrados, desde las efemérides, tan de moda en los útimos tiempos como motivación para la celebración de eventos culturales, a través del propio historial del autor, para llegar a las preocupaciones comparativas con el presente, aunque en el caso de Finley lo que le preocupaba era el aspecto que adoptaba la democracia americana, cuestión bien diferente de la que preocupa a Adrados, más vinculada a la historia recentísima del mundo y de España. Efectivamente, los acontecimientos de la historia universal de los útimos decenios, donde, junto a la caída del bloque que formaba el Pacto de Varsovia, se ha presenciado la democratización de estados sometidos a dictaduras de otro signo, así como el hecho de que entre éstos se halle no sólo España sino también la cuna de la democracia, ha estimulado sin duda los estudios de la larga duración, resultado metodológico tardío y un tanto exorbitado de la escuela de los Annales. Por otro lado, la situación crítica en que se encuentran los estudios clásicos, seguramente en España de modo acentuado como consecuencia de las últimas políticas educativas, favorecía la idea de que era posible para tales estudios hacerse presente al destacar las posibles referencias de la joven democracia española a su más prestigioso antepasado, la democracia griega. Lógicamente, un buen ciudadano educado en la democracia debe tener un conocimiento serio de ésta. Por ello, Adrados no se limita a hacer una historia lineal de veinticinco siglos con el hilo conductor de la democracia. El ambicioso objetivo constituye lo que para muchos viene a ser el 5 C. Renfrew, The Emergency of Civilisation. 6 Ver recientemente, M. Fournier, «Les fractures du XX e siècle. 89. mismo de los estudios históricos, el de abordar las relaciones entre el pasado y el presente. La historia política griega representa un arma intelectual para entender el presente; pero la vivencia crítica del presente resulta también un arma para entender el pasado. Las similitudes y los paralelos son los argumentos dominantes de la obra de Adrados. En definitiva, aun sometido a los más dispares condicionantes históricos, el hombre es el mismo desde que es hombre y todas las sociedades de hombres participan de las mismas potencialidades 5. Por ello, el tratamiento de las similitudes se enfoca como resultado de las tendencias de la naturaleza humana, donde sólo se alteran las condiciones culturales, producto de los múltiples factores que juegan en las relaciones entre los hombres, de colaboración o de conflicto. En consecuencia, no son el efecto de ningún proceso de imitación, de difusionismo de largo alcance; los nuevos sistemas democráticos no buscan el modelo griego, pero el paralelo desarrollo de las civilizaciones, que potencia el recurrente renacimiento de la antigüedad como paradigma, permite también que surjan posibilidades de que se rememoren las experiencias de los clásicos. En ello también se muestra la vitalidad de la tradición de los estudios a ellos referentes. Cada nueva forma de democracia, en su peculiaridad histórica, renueva la memoria para buscar su legitimación en la antigüedad. La idea de que los griegos se hallan en el origen de todo cobra así un sentido profundamente histórico, en la relación dinámica entre pasado y presente, que hace pertinente la referencia al mundo clásico cuando se busca una educación moderna y actual en el ambiente democrático, para impedir la visión idealizada de un panorama idílico ajena a la historicidad de la naturaleza humana. El marco teórico dominante está constituido por la teoría general de que la democracia se basa en la secuencia revolución-conciliación, lograda ésta cuando se aceptan los límites. Al autor le preocupan grandemente los problemas derivados del llamado idealismo revolucionario que proclama la igualdad y que se convierte en fuente de totalitarismos, en una línea iniciada por Alexis de Tocqueville y profundizada recientemente por Hanna Arendt 6. En muchas de sus consideraciones el autor expresa experiencias personales propias, sus satisfacciones, esperanzas y frustraciones, lo que naturalmente, afecta más a las que se refieren a la época por él vivida. Aquí reconoce las dificultades que existen para alcanzar la objetividad, lo que se proyecta, al estudiar los paralelos, hacia el pasado. Trata de ser neutral pero, como todos, está inmerso en su tiempo y condicionado por esas experiencias que configuran sus propias opiniones. Efectivamente, las dificultades para la objetividad histórica no afectan sólo al presente. Si consideramos la historia como la de la naturaleza humana, todo ella es en cierto modo presente. Tanto se implica el estudioso al tratar de Robespierre como al estudiar a Efialtes, personajes que precisamente compara en p. Cree también que el jacobinismo francés es precedente del marxismo y por tanto del bolchevismo, experiencia ésta demasiado próxima. La objetividad histórica es seguramente imposible. Por ello el autocontrol del historiador sólo puede servir para intentar 1 B. V. Head (1874), «On the Chronological Sequence of the Coins of Syracuse», NC, 1-90 y W. Giesecke (1923), Sicilia Numismatica. Die Gründlagen des griechischen Münzwesen auf Sizilien, Leipzig. evitar la culpabilización e intentar buscar explicaciones, no justificaciones, lo que sería otro modo de dejarse llevar por opiniones y sentimientos personales. La democracia es desde luego el único modelo viable y no se puede obviar la existencia de la democracia ateniense, no como modelo, sino como término de referencia de los análisis, para entender cuáles son los mecanismos de funcionamiento de las relaciones entre lo político y lo social en una realidad donde sea posible la democracia, en cada caso dentro de sus posibles históricos reales, procurando evitar las culpabilizaciones y simpatías, sustituidas por el análisis totalizador. Más que la objetividad y la neutralidad procedente de la distanciación, conviene emplear el análisis procedente de la comprensión de las múltiples realidades históricas que ha atravesado y atraviesa la humanidad. Ahí es donde puede situarse la esperanza, de cara al nuevo milenio, de democracia sustentada sobre un panorama menos violentamente desigual entre los hombres y los pueblos del presente. Es muy estimulante que estos problemas sean objeto de interés de los estudiosos de la antigüedad clásica. Siracusa ellenistica constituye un análisis pormenorizado de las monedas de plata acuñadas a nombre de Hierón II, su esposa Filístide y su hijo Gelón, y de las fracciones de plata acuñadas a nombre del pueblo siracusano. Los autores, la profesora M. Caccamo Caltabiano y dos discípulos suyos de la Universidad de Messina, B. Carroccio y E. Oteri, destacan por sus importantes contribuciones en el campo de la monetación siciliana y, con este trabajo, pretenden suplir las deficiencias que presentan las dos principales obras de conjunto sobre el tema, publicadas por Head y Giesecke en 1874 y 1923 1, respectivamente, y decisivas por su influjo en la crítica posterior. La obra consta de una introducción general (E. Oteri y B Carroccio), una parte relativa a las emisiones de la familia real (E. Oteri y M. Caccamo Caltabiano), una sección en la que se estudian las monedas acuñadas a nombre de los siracusanos (B. Carroccio), un capítulo dedicado a las conclusiones (M. Caccamo Caltabiano) y diversos apéndices muy útiles para los especialistas, como el de gráficos ponderales (B. Carroccio), un catálogo, una lista de monedas falsas, la bibliografía, el índice de los catálogos de venta de las colecciones y los museos y un índice temático (E. Oteri). Por último, se incluye un amplio dossier fotográfico (M. Caccamo Caltabiano-E. Aparte de la laboriosa tarea de compilar los documentos, diseminados en distintas colecciones y museos, la obra tiene el mérito principal de presentar nuevas hipótesis para explicar los numerosos problemas planteados por la monetación siracusana del periodo helenístico. Para ello, los autores toman en cuenta información muy diversa, relativa a la circulación de las monedas y a los sistemas de control, y a aspectos históricos, iconográficos, estilísticos, ponderales, etc. Es así como llegan a la conclusión de que todas las monedas forman parte de un sistema unitario, en contra de la opinión corriente, según la cual las de Hierón y su esposa Filístide habrían sido distintas de las de su hijo Gelón. Uno de los aspectos en los que este estudio ha realizado un aporte sustancial es en la cronología. El examen de las marcas de control ha permitido deducir que parte de la monetación de Hierón y Filístide es póstuma. En cuanto a las emisiones de Filístide, los autores concluyen que comenzaron a acuñarse después del 222 a. C., a partir de una serie de paralelismos iconográficos con las monedas de Berenice II, que a su vez fechan, tras una serie de ingeniosas hipótesis, en los años 222-20. Por otro lado, estos paralelismos ponen en evidencia la existencia de contactos entre Sicilia y la Cirenaica. En otro orden de cosas, las monedas de Filístide y Gelón han permitido reconstruir los procesos de trabajo y la organización interna de la ceca siracusana, probablemente provista de dos talleres principales y de varios subtalleres. El estudio de Caccamo Caltabiano, Carroccio y Oteri demuestra que el complejo productivo era imponente debido a la necesidad de acuñar mucho dinero en poco tiempo, lo que da una idea de la importancia económica de Siracusa en época helenística. Una de las hipótesis más brillantes presentadas en el libro es la relativa a un problema muy discutido hasta ahora: la presencia de la doble leyenda Surakósioi (en la parte superior) -Ge-lÔnoj (en la inferior) en los nominales acuñados a nombre de Gelón. Se trataría, según los autores, del mismo recurso empleado por los romanos en las provincias en época imperial, por el cual en una cara figuraba el nombre del emperador y en la otra el del pueblo que había proporcionado el metal. Esta es una muestra de la originalidad de la monetación siracusana, ya que el único precedente en el resto del mundo griego es una serie de emisiones cívicas de Cirene acuñadas por Tolomeo I. Tras un análisis de los datos acompañado de algunas conclusiones parciales, los autores presentan en el último capítulo una interpretación muy novedosa de la política monetaria siracusana a partir de la reconstrucción y explicación de las sucesivas reducciones ponderales que tuvieron lugar a partir de los últimos años del reinado de Hierón II. Es entonces cuando las dracmas de Filístide y dos submúltiplos de los Surakósioi documentan la adopción del sistema ponderal euboico-ático, que también es utilizado durante los trece meses del reinado de Hierónimo. De esta manera, durante la Segunda Guerra Púnica se emplean en la isla los dos sistemas monetarios más importantes en el Mediterráneo, el euboico-ático y el tolemaico, que en la V República Siracusana se amplían a tres con la adopción del corcirense. Lo más curioso es que el fenómeno de devaluación puede compararse con el que afecta a la moneda romana por las mismas fechas. Según los autores, la explicación sería la misma en ambos casos: el Estado habría intentado reducir la deuda pública, por lo que habría pagado las deudas contraídas con los ciudadanos durante la guerra con una cantidad de metal cada vez inferior pero nominalmente dotada del mismo valor. Estas reformas, por otro lado, habrían tenido validez solamente en Siracusa o, como mucho, en el resto de la isla, ya que la moneda acuñada era semejante por su peso a la de los mayores reinos helenísticos contemporáneos. Es más, parece que Siracusa tuvo en cuenta los valores absolutos de otros reinos, especialmente del tolemaico, para facilitar los intercambios en el Mediterráneo. Aparte de renovar los estudios sobre la monetación de Siracusa, la obra contribuye a un mejor conocimiento de la historia de la ciudad. En concreto, el análisis iconográfico y estilístico de las emisiones de Hierón y su familia ha permitido poner de manifiesto la semejanza con las de los Bárcidas en España y con las macedónicas de Filipo V (acuñadas en 221/0). Todo esto no sólo constituye una prueba más de las excelentes relaciones internacionales de Hierón, sino que plantea el problema de los posibles contactos entre Macedonia y Siracusa. Pero, sobre todo, son evidentes los paralelismos iconográficos, estilísticos y ponderales con las series tolemaicas, indicios de la existencia de un influjo egipcio en la isla. Este influjo es especialmente manifiesto en lo que respecta al culto a la tríada formada por Serapis, Isis y Harpócrates, plenamente asentado en Sicilia en época hieroniana, como se deduce de su representación en las monedas, en las que los dioses egipcios no son sino símbolos de Hierón, Filístide y Gelón. La representación de la tríada egipcia en las monedas, por otro lado, constituye un intento propagandístico de legitimar el poder real. En efecto, la monetación es un verdadero instrumento ideológico y refleja claramente la evolución política de la figura de Hierón, que empieza su carrera como strathgój aÐtokrátwr y termina convirtiéndose en un basileúj de carácter típicamente helenístico. El agudo análisis de los autores demuestra que, frente a la tendencia de la crítica moderna a enjuiciar la monarquía de Hierón simplemente como una dictadura militar o como una basíleia, la realidad es mucho más compleja y la adopción del título real y del retrato por parte de Hierón sólo tiene lugar en un momento muy tardío de su reinado. Esto hace que, a pesar de los evidentes influjos externos, la situación política siracusana sea original con respecto a la de los demás estados helenísticos. En conclusión, Siracusa ellenistica es una obra de lectura obligada no sólo para los especialistas en numismática, sino también para todos aquellos interesados en profundizar en la historia política y económica de Sicilia. Sus innovadoras hipótesis han contribuido a aclarar numerosos aspectos problemáticos de la monetación siracusana y han puesto de manifiesto el importante papel desempeñado por Siracusa en el Mediterráneo en época helenística. SUSANA La colaboración científica entre los Ministerios de Cultura de Túnez y Francia ha permitido poner en marcha un ambicioso proyecto de recuperación sobre la antigua Colonia Iulia Pietas Tertiodecimanorum Vthina, enclavada en la antigua provincia romana Africa Proconsularis. La intención de esta operación no se limita a la simple excavación y restauración de las ruinas de esta antigua ciudad, ya que lo que se pretende es crear una auténtica escuela arqueológica, histórica y de restauración, que sirva para formar con una excavación real a nuevas generaciones de investigadores, tanto tunecinos como franceses, logrando al mismo tiempo concienciar a la sociedad tunecina del valor de su patrimonio cultural y arqueológico y profundizando en las raíces culturales preislámicas de su pasado, especialmente, en este caso, en la época romano-bizantina. En este sentido, este libro es uno de los primeros frutos de esta colaboración, ya que en él se exponen los resultados de los trabajos realizados a lo largo del tiempo sobre esta ciudad y se intenta reconstruir su desarrollo histórico. El método empleado, cuyos pasos van apareciendo claramente trazados en la obra, es el de realizar un estudio de microhistoria de un núcleo, para, a través de las conclusiones obtenidas, encajar esta historia dentro de la de la provincia Proconsularis y, más en general, dentro de la del Imperio Romano. Esta forma de trabajar tiene un futuro bastante prometedor, ya que, agotadas en muchos casos las canteras de investigación generales, se impone este enfoque de la realidad del Imperio romano, aunque con el riesgo de caer en la fragmentación de la Historia o en el localismo. Esto puede evitarse si, a partir de todos los estudios microhistóricos, se realiza una síntesis histórica global. El libro se desarrolla en una introducción, en la que se justifica la necesidad de este proyecto de excavación, investigación y recuperación y se expone el plan de trabajo, y tres partes dedicadas, respectivamente, a la historiografía del yacimiento y su historia a través de las fuentes, a la descripción arqueológica de la ciudad y de las excavaciones y restauraciones acometidas, y, por último, a la descripción del territorium de la Colonia y su poblamiento y a su trabazón con la zona nororiental de la Proconsularis. El primer capítulo analiza el proceso de redescubrimiento de la Colonia Vthina desde el Renacimiento hasta nuestros días, indicando de forma minuciosa las principales figuras y trabajos realizados a lo largo de los últimos dos siglos sobre sus ruinas. Esta labor se vio facilitada por el casi total abandono de la ciudad desde los primeros momentos de la dominación islámica en Tunicia, culminando una larga decadencia empezada en época tardorromana. A modo de conclusión, aparece una breve descripción del estado actual del oppidum y se realiza una interesante profecía sobre el futuro de Vthina como escuela de arqueólogos e historiadores y como museo vivo para la sociedad tunecina y para los visitantes extranjeros. En el capítulo segundo se reúnen las fuentes escritas antiguas sobre esta ciudad, fundamentalmente epigráficas, agrupadas por un criterio de contenido -instituciones, sociedad, cultura, actuaciones imperiales, religión romana, monumentos públicos, prosopografía de notables y funerarias -tanto altoimperiales, como bajoimperiales y paleocristianas y bizantinas. Las inscripciones son estudiadas a través del sistema ideado por el proyecto P.E.T.R.A., mostrando una ficha epigráfica muy minuciosa, y, a nuestro juicio, bastante farragosa. Mención especial merecen las inscripciones que reflejan los orígenes púnicos de la ciudad y la aparición del texto y traducción de la Passio sancti Gallonii martiris. Sin embargo, la prosopografía está apenas esbozada. El capítulo tercero se dedica a recrear la topografía urbana del núcleo principal de Vthina, tratando de situar de forma precisa el callejero, el hábitat y los principales monumentos de la ciudad. En el capítulo cuarto se analizan arqueológicamente los principales monumentos y las intervenciones arqueológicas y de consolidación y restauración realizada sobre ellos, es decir, sobre el anfiteatro, el capitolio y las termas públicas, todo ello acompañado de un abundante aparato fotográfico y de planos, y con comparaciones con otros edificios de la misma provincia y de todo el imperio. La existencia de talleres de alfarería bajoimperiales, de época vándala y bizantina es analizada en el capítulo quinto a través de la descripción de los hornos y de sus producciones cerámicas y su decoración, aunque falta alguna clase de estudio de comercialización de esta industria. Todo esto también esta acompañado de unos excelentes planos de los hornos y de dibujos de los diferentes tipos de cerámicas. En el capítulo sexto, se realiza una exhaustiva carta arqueológica del territorium coloniae, analizando los yacimientos del entorno de Vthina desde su núcleo hacia la periferia de su territorio. Se empieza con las necrópolis, se continua con algunas villas periurbanas y se termina con el análisis de los uici y uillae y santuarios del territorio de la ciuitas. En este capítulo, también se describen los tres acueductos que surtían de agua a la ciudad, describiendo sus ruinas y realizando una reconstrucción de su trazado y de su forma arquitectónica, que se ven reflejada en unas excelentes reconstrucciones en alzado. El séptimo capítulo se reserva para describir brevemente la relación entre la Colonia Vthina y las ciuitates de su entorno, para describir el trazado de las vías romanas de la comarca y del gran acueducto de Cartago a su paso por el territorium de Vthina. Después, se estudian los santuarios rurales y los núcleos habitados secundarios del territorio de la ciuitas, dedicando una especial atención a los pagi Fortunalis y Mercurialis, asentamientos militares de época cesariana enclavados en el territorio Utinense y dotados de una amplia autonomía administrativa respecto de la colonia, ala que fueron asignados por Augusto, autonomía que perdieron a comienzos del siglo III. Por último, una breve conclusión trata de contextualizar Vthina dentro de la historia del África romana, aunque sería necesario un trabajo más profundo de esta historia, ya que toda la obra sienta las bases para poder escribir la historia de Vthina sin hacerlo y para poder completar la historia de la Proconsular es necesario que se estudien de la misma forma todas las comunidades privilegiadas o no de la provincia. La obra se completa con una abundante bibliografía general, que completa la más específica ofrecida en cada capítulo, con un índice de fuentes, personas, divinidades e instituciones y otro geográfico, y con un plano de mano de las ruinas de la ciudad. La necesidad de este tipo de trabajos es evidente, tanto en el África romana, como en el resto de las provincias del imperio, y especialmente en las de Hispania, aunque, eso sí, con una mayor colaboración entre arqueólogos, filólogos clásicos e historiadores de la antigüedad. AGUSTÍN JIMÉNEZ DE FURUNDARENA MARTÍNEZ PINNA, J. -MONTERO HERRERO, S. -GÓMEZ PANTOJA, JOAQUÍN: Diccionario de personajes históricos griegos y romanos. El objetivo que se proponen los autores en este libro, como declaran en el prólogo, es la confección de una prosopografía básica de las antiguas civilizaciones de Grecia y de Roma, no con fines de investigación, sino dirigida especialmente a los estudiantes de enseñanzas medias y de primer ciclo universitario, así como a cualquier lector que sienta cierto atractivo hacia la Antigüedad. En ella incluyen todos los personajes que ocuparon un lugar preeminente y destacado en el ámbito de la civilización grecorromana, desde los albores de la historicidad (s.VII en Grecia, y V en Roma) hasta la época de Teodosio y la división de imperio romano, los personajes "periféricos" más sobresalientes de los pueblos de Oriente y Occidente relacionados con ella, como Cartago, los reinos del norte de Africa y los sátrapas persas, y los hombres de letras o intelectuales que contribuyeron a la "creación de ideologías" e influyeron en la política por sus acciones, excluyendo a aquellos «cuyo papel histórico no se desarrolló stricto sensu en la esfera política», aunque sus obras tuvieran relevancia histórica. El núcleo principal del libro lo constituye por tanto dicha prosopografía en forma de diccionario biográfico. En él aparecen los personajes ordenados alfabéticamente, identificados mediante el nombre común en castellano (el nomen en latin) y otras entradas cruzadas para evitar confusiones. Junto al nombre figura la fórmula onomástica propia en su lengua original, en latín para los personajes romanos y transcrita al alfabeto latino para los personajes no romanos, y la época en que vivió, exponiéndose a continución con mayor o menor amplitud, según la categoría y relevancia política de los personajes, la información correspondiente a las distintas etapas y circunstancias de sus distintas biografías, desde la filiación, el rango social, los cargos, las acciones, etc. hasta la muerte. El libro se completa con una bibliografía sucinta con la que los autores pretenden únicamente «aproximar a los lectores a la Historia Antigua», seleccionando algunos diccionarios y obras de consulta, distintos estudios generales y por épocas de la historia de Grecia y Roma, y página y media sobre páginas de Internet relativas al tema; y se cierra con una lista cronológica de monarcas y emperadores (Reyes de Esparta, Macedonia, Egipto, Siria, Pérgamo, Bitinia, y de los Emperadores romanos desde Augusto a Teodosio) y cuadros genealógicos de las grandes familias y dinastías. La información de las biografías está bien seleccionada tanto en su contenido y como en su cantidad, repartiéndose de forma equilibrada, de acuerdo con la importancia de los respectivos personajes. La exposición es clara y la lectura resulta agradable, aunque a veces se utilizan expresiones un tanto extrañas («su mayor reclamación a la fama es haber patrocinado», Abascanto, p. 9; «Abgar maniobró las alianzas para asegurar», Abgar, Ibidem; «le enajenó el apoyo de sus aliados», Acrótato, p. 10; «aun así, debe acreditarse a este emperador con el nombramiento de caballeros», Adriano, p. 13) y se filtran algunos errores y erratas de imprenta. Por otra parte, aunque los autores se excusan por no haber incluido fuentes por no tratarse de un instrumento de investigacion, no hubiera resultado superfluo para los lectores a los que se dirige haber incluido una breve referencia, al menos, sobre las más importantes que se citan en el diccionario, para poder contrastar en ellas determinados datos o noticias que se ofrecen en él; e igual que se explican los nombres de algunas dinastías o familias que aparecen en la lista de Monarcas y de Emperadores o en los cuadros genealógicos, como los Agiadas, Euripóntidas, Argeadas, etc., deberían haberse explicado asimismo los de otras, como los Antigónidas, Lágidas, Alcmeónidas, Filaidas, Ortagóridas y Pisistrátidas, identificando también su epónimo. Son éstos algunos reparos puntuales y de menor relevancia que no empañan para nada el trabajo realizado en su conjunto. El libro resultará sin duda muy útil para el público que está concebido y, en general, para todos los interesados por el tema, pues en él se proporciona una información muy rica y variada sobre la Historia de Grecia y de Roma, además de la propiamente prosopográfica que configura las vidas de sus principales protagonistas.
Este nuevo volumen de la prestigiosa colección de estudios y textos "Le Rane", que dirige Francesco De Martino, recoge los trabajos presentados durante la celebración del congreso internacional que da título al libro y que tuvo lugar en Valencia en Mayo de 1997. Se abre el libro con un ilustrador ensayo de Jaume Pòrtulas, «Tragèdia grega i ideologia», que nos ofrece una excelente visión general de un tema de importancia capital para la valoración de la tragedia griega, que es abordado también, en dos contribuciones de propósitos más específicos, por B. Zimmermann («Die Krise der Polis im Spiegel der attischen Tragoedie (Euripides, Orestes; Sophokles, Philoktetes») y J. Redondo («Polis i tragèdia a l' Ion d' Eurípides»). El atractivo trabajo de Franceso de Martino («Teatro 'sonoro' e teatro 'muto': fumetti greci») se ocupa del estudio de las "viñetas" que en los vasos griegos representan escenas en las que se reproducen por escrito las palabras de los personajes pintados. J. V. Bañuls («μh •<hDfBå *"\μT<») estudia el μh de los personajes trágicos, particularmente en los dramas de Sófocles. Cuestiones referentes a la comedia griega y romana se abordan en las contribuciones de C. Morenilla («Amor y aventuras en la comedia y la novela»), M. Madrid («La imagen de las mujeres en la comedia aristofánica»), C. Ferragut-S. Ferri-J.L. Martínez («Aplicación didáctica de las comedias de Plauto»), D. Escalante («La anus en la comedia greco-latina») y C. Bernal («Los personajes secundarios en Terencio»). La pervivencia del teatro griego y latino es uno de los temas dominantes en los trabajos que componen el volumen, desde la recepción del teatro griego en Roma (A. dramaturgos comparan y discuten sobre sus respectivas Antígonas. A la traducción precede una larga introducción en la que se aborda la obra dramática de Sófocles (E. Miranda, J.V. Bañuls) y Antígona en particular (J. Redondo), la obra dramática de Brecht (K. Andresen) y la vida y la obra de Walter Jens (B. Raposo). Finalmente, siempre en el marco de las mismas jornadas, concebidas como homenaje a Bertolt Brecht en el centenario de su nacimiento, se ha editado también en formato de vídeo la representación, por parte del Grupo Sagunto («Grup de recerca i acciò teatral de la Universitat de València»), de Antígona o la tragedia de Creonte, en la versión de J.V. Bañuls y C. Morenilla. Se trata de otra adaptación libre, que parte de la Antígona sofoclea, pero que se inspira también en Edipo Rey, Edipo en Colono, Siete contra Tebas, e incluso en El resplandor de la hoguera de Valle Inclán. El coro original es sustituído (como es tan frecuente en las adaptaciones y recreaciones modernas) por escenas entre actores, un soldado que todo lo observa y que hace las veces de "comentarista objetivo" (personaje similar a la voz en off y al "lúcido consejero" de las Antígonas de Anouilh y Espriu respectivamente), y por dos personajes femeninos (Eurídice, la esposa de Creonte, y la nodriza de Antígona) que, en contraste muy sofocleo, sirven de contrapunto a la actitud de Creonte. Por supuesto, como el subtítulo indica sin ambigüedad alguna, los autores de la versión se adhieren a la idea de que el verdadero protagonista de la tragedia es Creonte y no Antígona. Al cumplirse los mil novecientos años de la muerte de Estacio, Sophie Georgacopoulou, ayudante de la Escuela Normal Superior de la Universidad de París-Ulm y autora de varios trabajos sobre el poeta flavio, propuso que se celebrase un acto conmemorativo. Fue así como Fernand Delarue, Pierre Laurens y Anne-Marie Taisne lograron reunir en un volumen las colaboraciones de expertos actuales sobre el tema. La Aquileida ocupó a Aricò y Foucher, mientras que la reflexión sobre las Silvas corrió a cargo de Taisne, Croisille, Laguna Mariscal, Hardie, Delarue, Dewar y van Dam. El título elegido para esta miscelánea parece indicar que por fin corren buenos tiempos para Estacio. Epicedion implica, tal como indica Vessey en la página inicial, alabanza; y si de algo estaba necesitado el autor de la Tebaida era, precisamente, de aproximaciones exegéticas elogiosas y benévolas. A esta labor se encomiendan con bastante fruición los participantes en este homenaje. El honor de abrir el volumen corresponde, como no, a Vessey, quien en 1973 sacaba a la luz en Cambridge la primera monografía de este siglo en lengua inglesa sobre la Tebaida (Statius and the Thebaid), publicación con la que contribuía de forma decisiva al interés que en estos últimos treinta años ha mostrado el mundo anglosajón por el hasta entonces denostado poeta. En esta ocasión, Vessey, tras hacer un recorrido por las opiniones, siempre encontradas e irreconciliables, que la estética estaciana ha suscitado desde el siglo XVII al XIX, concluye que «our receptivity as individuals is with the flux of time itself made up of many snow crystals» (p. El sentimiento de desesperanza respecto a las posibilidades de la hermenéutica estaciana que estas palabras traslucen, aparece prefigurado en su trabajo de 1986 («Pierius menti calor incidit. Ya en aquella ocasión, desilusionado ante la variedad de opiniones que despertaba el mundo moral estaciano, afirmaba que no podemos aspirar a penetrar el universo épico de Estacio. Lo único que podemos hacer es contentarnos con disfrutar de su lectura y este «joy requires no ground, or interpretation» (p. Si algo refleja fielmente este libro es, precisamente, el ambiente de polémica y de desacuerdo constante que la poética estaciana suscita entre sus estudiosos. Tal desacuerdo es más evidente en lo que toca a la Tebaida que a las Silvas o Aquileida, y se recrudece cuando los que se enfrentan son Kytzler, Hill y Dominik, autores que hoy día resultan continuar el enfrentamiento que en los años sesenta habían protagonizado, también siendo la Tebaida el objeto de discusión, Kytzler y su colega Schetter. Una parte importante de la investigación actual sobre Estacio intenta penetrar la insoluble cuestión de la adscripción filosófica del poeta. De la problemática de la convivencia de rasgos epicúreos y estoicos se ocupa, con la mira puesta exclusivamente en las Silvas, Laguna Mariscal, que en 1992 hizo un comentario al libro III de las Silvas y es el estudioso español de Estacio que está gozando de más proyección internacional, cosa de bastante mérito si se tiene en cuenta que Estacio nunca fue objeto de especial atención en ámbito español. También referidos a las Silvas, son de lectura obligada los trabajos de Delarue y Taisne, quizás los dos expertos en Estacio de vocación más comprensiva y de más profunda erudición. Delarue, autor de la monumental monografía Stace, poète épique (Paris, 1991), resulta fundamental para el lector interesado en encontrar luz en el problema de la polisemia y adscripción genérica de las "silvas". Taisne se ocupa de rastrear los ecos épicos en la producción ocasional de Estacio, especialmente en sus poemas celebrativos. Ahora bien, quizás sea Alex Hardie, el especialista por antonomasia en las Silvas, el que con más peso rivalice en erudición con el propio poeta. A partir de las referencias estacianas a los juegos seculares del 88, el autor de Statius and the Silvae: Poets, Patrons and Epideixis in the Graeco-Roman World (Liverpool, 1983) nos introduce en una profunda disquisición sobre la religión oficial de los Flavios. En lo que se refiere a la producción épica de Estacio, los veteranos Kytzler, Vessey, Lesueur, Franchet D'Espèrey, Venini y Aricò convierten este homenaje en una ocasión de declaración de principios, de acuerdo al perfil, casi podríamos decir psicológico o, al menos, metodológico que comparten desde sus primeras publicaciones en los años cincuenta y sesenta. En efecto, todos ellos tienen en común el hecho de haber consagrado prácticamente la totalidad de su vida a este único autor y todos ellos, quizás con la salvedad de Vessey, siguen siendo hoy día fieles a sí mismos y a las tesis mantenidas con anterioridad. Hommage à P. Papinius Statius Kytzler insiste en defender la estructuración de la Tebaida en cuatro tríadas, tal como ya había hecho en sus trabajos de 1955 y 1960 (Statius-Studien. Tampoco ha modificado sustancialmente su teoría del enfrentamiento dialéctico entre Pietas/Impietas, que él considera eje temático fundamental de la última tríada de la Tebaida (libros X-XII). Cuando los contenidos de Statius-Studien y su defensa de esta estructuración, utópica en su búsqueda de simetría clásica, fueron conocidos en 1960, las réplicas no se hicieron esperar. Willy Schetter le dedicó una respuesta airada, directa y, creemos, no carente de alguna razón (Untersuchungen zur epischen Kunst des Statius, Wiesbaden, 1960). En el presente homenaje, Kytzler pierde a dos de sus principales continuadores, Aricò y Vessey, y gana un oponente que toma el relevo de Schetter, Dominik. Aricó en esta ocasión centra su atención en reivindicar la utilización del código épico en la Aquileida y Vessey, según hemos indicado, prefiere soslayar la cuestión del mundo moral estaciano. La nuclearidad del tema del triunfo de la Pietas lo retoma Sylvie Franchet D'Espèrey. Dicho dualismo, que Franchet articula en el enfrentamiento entre Violencia/No Violencia, vería su concreción narrativa en el duelo que en el libro XI de la Tebaida protagonizan la Pietas y Tisífone y convertiría a la composición en una de las primeras manifestaciones de literatura alegórica de Occidente. Como decíamos, Dominik dedica su colaboración en este volumen a rebatir a Kytzler y, basándose en el análisis de la intervención divina, distingue tres momentos estructurales frente a las cuatro tríadas del autor alemán. El investigador, no obstante, parece haber perdido cierta fuerza respecto a sus trabajos precedentes y opta por un método parafrástico que no acaba de convencer. Ahora bien, la brillantez de las teorizaciones de Dominik sobre la lectura política de la Tebaida, mantenidas con anterioridad a su contribución en este volumen (concretamente en The Mythic Voice of Statius. Power and Politics in the Thebaid, Leiden, 1994), siguen siendo dignas de atención y réplica. A ello dedica su intervención Hill («Thebaid I revisited»). Lo esencial de la argumentación de Hill ya está contenido en un trabajo de 1989 («Statius' Thebaid: a Glimmer of Light in a Sea of Darkness», Ramus 18, 98-118), pero ahora se concentra en rebatir la identificación, que Dominik propone, entre Júpiter y Domiciano. La tensión existente entre los investigadores de Estacio queda perfectamente de manifiesto en este Hommage à P. Papinius Statius. Esto quizás cause la perplejidad del lector, pero, en realidad, lo único que pone de relieve es el cambio de perspectiva que en la actualidad se tiene respecto a la ciencia de la literatura. Las que hace veinte o treinta años eran consideradas conclusiones incontrovertibles sobre la literatura romana, son hoy día sometidas a revisión. La contestación acerba y crítica contra las teorías tradicionalmente mantenidas en el campo de los estudios virgilianos fue lo que provocó una similar toma de postura respecto a otros grandes autores romanos. Ni Estacio ni sus exegetas del siglo XX pudieron sustraerse a esta tendencia. Y así, los participantes en este homenaje, inmunes a la cautela aconsejada por Vessey, hacen con pasión sus propuestas teóricas sobre el inasible mundo estaciano y sobre su complejísima técnica de intertextualidad. Opiniones, según decíamos, en pocas ocasiones coincidentes y, en muchas, altamente conjeturales, pero siempre esclarecedoras para el lector que se quiera iniciar en el estudio del oscuro mundo poético del napolitano. Este volumen está dedicado a la memoria de Nicólaos M. Panayotákis, recientemente fallecido. Por ello, al abrir el libro nos encontramos en primer lugar con la semblanza de este profesor, que durante muchos años impartió clase en la universidad de Yánina, en la que impulsó los estudios de bizantinística, y que fue director de la revista que ahora acoge su homenaje. Esta breve semblanza se cierra con una bibliografía de sus trabajos. El contenido del libro es variado así como la extensión de los artículos. Dos de ellos tratan temas de literatura griega moderna: «Mavilis en la educación» (A. Gótovos) y «La universidad de Atenas y su relación con la generación de 1880» (A. Benátsis). El primero intenta demostrar la utilidad de la poesía de L. Mavilis (1860Mavilis ( -1912) ) para la enseñanza del griego en la escuela y el segundo se detiene en mostrar el ambiente en el que se iba a desarrollar esta generación de poetas, que reivindicaron la lengua dimotikí y que oficialmente nace con la publicación de dos colecciones de poemas, Versos de N. Cambás y Telas de araña de Y. Drosinis, y cuyo poeta más representivo será C. Palamás. Los restantes trabajos se ocupan de temas de literatura antigua. Dos de ellos tocan el teatro de Sófocles: «El Ayax de Sófocles: la tragedia de la visión» (H. Gastí) y «Hermanas convencionales en el teatro de Sófocles» (M. Mántsiu). Este último pretende examinar desde un enfoque moderno el contraste entre las dos parejas de hermanas, Antígona e Ismene en Antígona y Electra y Crisótemis en Electra. Ismene y Crisótemis, según la autora, aparecen dibujadas como mujeres convencionales, aunque no con idéntico propósito en ambas tragedias. Siguen una serie de artículos escritos en inglés. El primero, de I.N. Perysinakis, está dedicado a Píndaro: «La imaginería en la poesía de Píndaro: Las Nemeas». En él se completa el recorrido sobre las referencias del propio Píndaro a sí mismo (como atleta, arquero, artesano, mensajero etc.) y a su poesía. El siguiente artículo lleva por título «El motivo poético del gámoj-qánatoj en griego antiguo e indoeuropeo» (G.K. Yanákis), y repasa cómo aparece esta frecuente (sobre todo en la tragedia) metáfora en la que, desde un punto de vista estructural, el término no-marcado es gámoj y el marcado qánatoj. Extenso y exhaustivo es el artículo sobre la métrica de las Cinegéticas del Ps.Opiano en comparación con la brevedad del de G. Giangrande, «Los argonautas en el banquete», en el que se limita a refutar una objeción hecha a su traducción de la palabra šrétai en el verso 467 del canto segundo de las Argonáuticas. En último lugar, se cierra este volumen con dos artículos más, uno sobre problemas y contradicciones de composición en Heródoto y el otro, muy extenso, acerca de cómo considerar la 9Efhmeríj de Ausonio, llegando a la conclusión de que esta poesía personal entra dentro de un género literario mixto con influencias del mimo y de la precedente literatura latina. El libro se abre con una introducción de los editores N. Loraux y C. Miralles, en la que exponen el propósito de la obra, que no es otro que el de rastrear posibles antecedentes en la Antigüedad Grecorromana del intelectual, término que, como es sabido, es acuñado por E. Zola, a finales del siglo pasado, a raíz del caso Dreyfus y que, desde entonces, se ha utilizado como anacronismo cómodo para épocas anteriores. A continuación, en diez capítulos, agrupados, a su vez, en tres bloques -Le poète, De l 'historien y Figures d' intellectuels -se estudian diferentes "rostros" del saber u "operadores culturales" desde puntos de vista diversos que, en ocasiones, se aluden y entrecruzan. El panorama que se nos ofrece no pretende ser exhaustivo, ni cronológicamente lineal; tampoco ofrece una unidad metodológica, pero la presencia en toda la obra de una serie de constantes que actúan de referentes -como los conceptos de tiempo, escritura, inspiración divina, verdad o justicia -confiere cohesión al conjunto. En el apartado dedicado al poeta, C. Miralles y J. Pòrtulas («L 'image du poète en Grèce archaïque», pp. 15-63) ven en el poeta al máximo operador intelectual de época arcaica en tanto que constructor del pasado mediante la palabra. Tras una rigurosa primera parte en la que se analizan los rasgos que comparte con el resto de demiurgos homéricos a partir de los datos que ofrecen Ilíada y Odisea, pasan a estudiar una supuesta influencia délfica en la imagen del poeta a partir de las uitae de los heroificados Homero, Hesíodo y Arquíloco. En el capítulo siguiente («La figure du poète tragique dans la Grèce ancienne», pp. 65-106), N. Palomar Pérez recoge abundantes testimonios de diversas épocas -alusiones de Aristófanes, Pausanias, Plutarco, las uitae o la Suda -acerca de Esquilo, Sófocles y Eurípides que documentan una imagen algo más laicizada del poeta, pero con rasgos heroicos, en época tardía, muy semejantes a los que las uitae atribuyen a los poetas épicos. En el tercer capítulo («La sagesse de la comédie», pp.107-120), C. Garriga propone una audaz comparación entre el método hipocrático, tal y como aparece en el tratado Sobre la medicina antigua, es decir, analógico y empírico, y la sabiduría cómica, encarnada en el ingenio del deciój, héroe cómico que actúa sobre un "cuerpo" social enfermo aplicando la analogía, materializada en la metáfora. En el polo opuesto se halla el saber teórico y argumentativo, desvinculado de las urgencias del mundo sensible, que representan los físicos del "pensadero" de las Nubes aristofánicas. Abriendo la sección dedicada al "rostro" del historiador, F. Hartog, en su sugerente capítulo «Premières figures de l' historien en Grèce: historicité et histoire», (pp. 123-141), constata que es la aparición marcada de la primera persona, del hic et nunc del narrador, lo que diferencia la vaga noción de historicidad que se vislumbra en las lágrimas que Ulises derrama al escuchar su propia historia de boca del aedo en Odisea (VIII, vv. En quinto lugar, C. Darbo-Peschanski («L 'historien grec ou le passé jugé», pp.143-189) nos pone en guardia frente al error que supone juzgar con los mismos criterios a historiadores antiguos y modernos, dados sus diferentes objetivos y concepciones de la realidad. En efecto, a historiadores como Heródoto, Tucídides o Polibio no les interesa la realidad en estado puro o'lÉqeia, sino en su relación con la díkh, o la túxh. Partiendo de esta premisa, la autora de este capítulo, detalla minuciosamente el modo en que cada uno de estos historiadores presenta esa realidad con una intención moralizante. En el capítulo «Le temps comme Sophos», (pp. 191-218), partiendo de la afirmación de Tales en Plut. 153d de que el tiempo es lo más sabio, M. Jufresa rastrea las referencias al tiempo y a la sabiduría en la Antigüedad que expliquen la relación de ambos conceptos. El resultado es un abigarrado e interesantísimo estudio en el que se dan cita todas los "rostros" del saber que aparecen en el resto de la obra -poetas, científicos de la naturaleza, políticos... -, pues toda sofía tiene por objeto el estudio del tiempo, en la medida en que éste, a su vez, es agente de verdad y de justicia. Finalmente, dentro del apartado Figures d'intellectuels, P. Loraux («Le pragmaticien», pp. 223-260), complementando el capítulo de C. Garriga, propone la acuñación de este nuevo término para designar a toda una serie de profesionales -médicos, políticos, sofistas, maestros de armas -que ejercen en Atenas durante la guerra del Peloponeso y que tienen en común el hecho de ocuparse de los prágmata. Según esta estudiosa, el filósofo que defiende Platón, preocupado por la'rxÉ y el téloj, no existe en este turbulento período, de manera que la oposición sofista/filósofo es un anacronismo más de Platón. Tampoco existe la oposición oergon/lógoj más que desde la distancia espacial -Tucídides -o temporal -Platón. Los oerga han sido sustituidos por los prágmata, asuntos que exigen una resolución urgente mediante un lógoj de ejecución deslumbrante, pero de finalidad pedestre. La única oposición posible, pues, es la de "pragmático"/"meteorólogo" desconectado de la realidad, como el Sócrates retratado en Nubes. N. Loraux, en su revelador trabajo «L 'équité sans équilibre du dialogue» (pp.261-294), pone en relación el diálogo de los Melios de Tucídides y los diálogos socráticos con la šcétasij de los juicios, en la idea de que, planteados en principio como modelos de equidad y de justicia, esconden un profundo desequilibrio: el desequilibrio del "diálogo" entre acusador y acusado. En el siguiente capítulo («La figure du médecin -Galien philosophe», pp. 295-331), J. Pigeaud reflexiona sobre las ideas que están en la base de la separación de filosofía y medicina, lugar común de toda historia de la medicina desde la Antigüedad. No le interesa la verificación histórica de este proceso fundador de la disciplina, sino destacar su importancia para la ontología de la ciencia médica, ciencia que, como se pone de manifiesto en la figura de Galeno, muestra puntos de contacto y diferencias con la filosofía. En el décimo y último capítulo («Les sophistes de Philostrate», pp.333-369), F. Mestre y P. Gómez intentan sistematizar los rasgos que definen al sofista según las Vidas de los Sofistas. Analizan, por un lado, en qué basa Filóstrato su distinción entre filósofos y sofistas y, por otro, el por qué de la continuidad, a los ojos de éste, entre la primera y segunda sofística. En definitiva, creen percibir en la obra de Filóstrato la intención de ofrecer un modelo de intelectual accesible al ciudadano de la Grecia de época imperial, en un momento en que sabios legendarios como Homero, Hesíodo o los Siete Sabios, dados los profundos cambios culturales, quedaban ya muy lejos. Las diez páginas finales del libro, 371-381, se dedican a una extensa, si bien no exhaustiva, bibliografía. Cabe lamentar, por último, los pasajes transliterados, con ausencia de acentos y algunos errores. Sorprendentemente el griego aparece, por lo general, bien escrito en las notas a pie de página. Esta obra, en definitiva, no sólo plantea una interesante reflexión en torno al intelectual avant la lettre, sino que también invita al cuestionamiento del concepto en nuestros días, dejándonos la inquietante sensación de que, quizás, el concepto de intelectual sea actualmente tan anacrónico como lo es su empleo para la Antigüedad Grecorromana. Scripta Selecta es el título de este libro en el que encontramos reunidos 31 artículos, pequeño número en comparación con el de su extensa bibliografía, de una excelente papiróloga (recuérdese su libro La papirología, Milán, 1988 2 ) y filóloga: Orsolina Montevecchi. Esta recopilación de artículos de papirología documental pretende, según explica S. Daris en un brevísimo prólogo, servir de homenaje y al mismo tiempo, dejar constancia de una ininterrumpida labor científica en este difícil campo de investigación. El libro se divide en tres partes temáticas. La primera de ellas contiene artículos que tratan de la historia, naturaleza y métodos de la papirología. En el último de ellos, «La papirología. Balance de cincuenta años y perspectivas para el futuro» se hace un recorrido sobre la historia de esta disciplina, desde su nacimiento hace más de cien años con la publicación de los papiros de Turín y París, pasando por la fundación de Aegyptus en 1920 por obra de A. Calderini, hasta la publicación del último de los más de sesenta volúmenes de papiros de Oxirrinco, por señalar algunos hechos destacados. Define asimismo lo que constituye el propium de la papirología: «la posibilidad de reconstruir la vida de un país sobre documentos contemporáneos» y señala el lugar que debe ocupar «la colocación de esta disciplina entre las ciencias históricas de la antigüedad». Una segunda parte, bajo el título de «Cinco emperadores según los papiros», agrupa una serie de artículos sobre los emperadores romanos Tiberio, Nerón, Vespasiano, Tito y Hadriano, estudiados a la luz de la documentación papirácea relativa a sus relaciones con la provincia de Egipto. Todos ellos sobrepasan el mero examen paleográfico y papirológico hasta llegar a un análisis histórico de los hechos que se constatan. Cabe destacar, como ejemplo, el que aporta, a modo de breve visión de conjunto, algunas conclusiones sobre el significado de la época neroniana en Egipto, o el que intenta explicar con claridad las razones e intenciones de Hadriano cuando funda Antinoópolis en el s. II de nuestra era. La tercera parte, Problemas sociales y administrativos, recoge artículos sobre diferentes aspectos de la realidad del Egipto romano: desde los dedicados a términos específicos de carácter socioeconómico («La špíkrisij de los greco-egipcios», «Una mujer prostátij del hijo menor de edad en un papiro del II a. C.», «A±gúptioj -1Ellhn en época romana» o «BGU IV 1139: paramonÉ y trofîtij») pasando por los que tratan de cuestiones socioculturales («Endogamia y ciudadanía romana en Egipto» u «Opinión pública y rumores en papiros griegos», que toca el tema de las malas relaciones entre griegos y hebreos en Alejandría) hasta los que se refieren a períodos determinados («La crisis económica bajo Claudio y Nerón: nuevos testimonios» o «Problemas de una época de transición. El helenismo de Egipto entre los s. I a. Muy interesante es el último artículo de esta tercera parte «Laos. Líneas de una investigación histórico-lingüística», en el que estudia diacrónicamente esta palabra. Por último, el libro se cierra con tres pequeños índices que facilitan su consulta: uno de papiros, óstraca e inscripciones, otro de palabras griegas y un tercero de "cose notevoli". Así pues, estos Scripta selecta no se quedan en una simple recopilación sino que tienen una utilidad evidente: la de reunir en un solo volumen un número considerable de artículos, publicados en diferentes lugares, que sirven de punto de referencia o modelo en el estudio de la papirología y el período histórico que documentan. El volumen recoge, tras la "Premessa" del editor, las siguientes intervenciones en esta reunión de la Associazione Italiana di Cultura Classica: El A. se alinea con quienes, desde H. Mutschmann en 1915, sostienen que Séneca conocía a fondo la doctrina epicúrea y la siguió no pocas veces; su producción filosófica, nada sujeta a la rigidez de la antigua doctrina estoica, rompe todo prejuicio sectario y muestra la voluntad de conciliar lenguajes y argumentaciones diversas para la conquista de la serenidad. En Séneca hay dos aspectos fundamentales fuertemente contrastados, una aspiración contemplativa y una ambición política (i.e. uita actiua), reflejados en su biografía: tras el destierro escribe el De breuitate uitae como refugio en la vida contemplativa ante la visión negativa de la situación político-social; durante el retiro de sus últimos años (con un De tranquillitate animi que como temática y modelo se acerca al De breuitate), la mayor parte de su producción filosófica. Pero en la actividad pública no es ésta la que cuenta ante sus contemporáneos: Agripina lo escogió como maestro de retórica que «es, en cuanto oratoria, formación política» (pues, según ella, la filosofía imperaturo contrariam esse: Suet., Nero 51,2). De hecho, el primero en llamarlo philosophus es Lactancio. La rotunda propuesta de Grilli de «echar un jarro de agua fría sobre la afirmación, del todo moderna, que ve realizado en Séneca el ideal platónico del filósofo al frente del estado» me parece excesiva: de hecho el propio Séneca, conocedor sin duda de la obra platónica, no pudo menos de sentirse tal... y nada nos impide pensar lo mismo de sus contemporáneos instruidos. Tentativa de explicar de modo satisfactorio esta evolución atendiendo a la adecuada cronología de las obras, sobre la base de 5 puntos clave: el principado en sí con respecto a la tiranía; con respecto a la libertas republicana y las guerras civiles; el culto imperial; cada uno de los emperadores y miembros de la familia imperial; el compromiso político del "sabio" en el principado. Amplia documentación sobre la fortuna de la lectura de Séneca desde el mundo antiguo hasta la Baja Edad Media (cultura cristiana latina de los primeros siglos; aetas Senecana, sobre todo en los estudios laicos de los ss. XII y XIII) y la tradición manuscrita de sus obras. "Bibliografía de la bibliografía" y selección de obras sobre la tradición. Apéndice sobre las dos recensiones de las tragedias (concretamente Phoe. Interesante cuadro de las opiniones de Séneca sobre la actividad del escritor y su responsabilidad tanto en el ejercicio del poder como del saber -ínti-mamente ligados en el De clementia -, actividad que comporta no sólo vocación sino disciplina; su concepto de stilus como instrumento de unificación y personificación del saber, y la prioridad de la instancia moral sobre la artística a la hora de escribir -con la crítica a quienes no saben utilizarla -, su eficacia terapéutica y la opinión sobre los distintos genera literarios. La dimensión irracional del hombre codificada en los cantica de la tragedia, lejos de confirmar la hipótesis de los que, en pos de Dingel, sostienen que la filosofía de Séneca poeta negaría la fe en el logos proclamada por Séneca prosista, lleva a creer «exactamente lo contrario»: Séneca, frente a Eurípides (y a Freud), no es un descriptivista o un justificacionista: presenta a los hombres como deberían (o no deberían) ser; deja siempre un espacio, por pequeño que sea, al libre juicio del logos. Sólo la conciencia es el lugar donde cabe el triunfo o la derrota del logos y la uirtus; en la profundidad de la conciencia es donde Séneca combate e induce a combatir la guerra de las fuerzas morales contra las imperantes e imperiales del mal. Los paralelismos, no sólo formales, descuidados por la mayor parte de la investigación, entre la Fedra y las Stanze de Poliziano, con distintos planteamientos por parte de éste, tras las huellas de Boccaccio, y entre esta tragedia y la Aminta de Tasso. Se centra en sus dos periodos más fructíferos: el Humanismo y el Renacimiento por un lado, el siglo XX por otro. En la enseñanza escolar, Séneca es uno de los autores latinos que mejor puede representar la vitalidad y la presencia de la cultura antigua en la tradición occidental y una experiencia intelectual y estética intensa y profunda. El autor subraya por propia experiencia el impacto de la "contemporaneidad" de Séneca en los estudiantes de la enseñanza no universitaria. Sigue un índice de los pasajes senecanos citados y una "Bibliografía esencial", con 16 obras de las que sólo una, traducida al italiano, fue inicialmente escrita en otra lengua, el Séneca de P. Grimal. Este detalle viene a confirmar el interés de los investigadores italianos por Séneca, autor que, como recuerda el último de los citados, lleva cerca de treinta años formando parte de los programas desarrollados en sus liceos. El apretado resumen de los contenidos no permite extenderse en la valoración crítica de cada uno de ellos. Digamos, pues, como conclusión, que en conjunto es una valiosa muestra, digna de ser leída con detenimiento, del estado actual de los estudios sobre Séneca en la tierra que lo vio vivir una vida tan intensa y morir como el "sabio" que quiso ser... y fue. Algunas otras, reseñadas por Lia de Finis en la introducción (pp.9-16), no aparecen entre el cuerpo de artículos. El interés del certamen se centra especialmente en el largo período que transcurre entre la antigüedad tardía y la edad moderna, del que dependen directamente nuestras culturas. De las aportaciones, que se caracterizan por la interdisciplinariedad, reseñaremos más detenidamente las que incumben al período que abarca al ámbito de esta revista. Planteamientos un poco generales, aunque para temas concretos, encontramos, siguiendo el orden en que aparecen, en el interesante trabajo de Italo Lana sobre «Aspetti e tendenze della civiltà letteraria in Occidente durante l 'età tardoantica» (pp. 17-31), donde dibuja el panorama de las diferentes actitudes que adoptan los intelectuales paganos y cristianos ante los cambios culturales que se producen en la antigüedad tardía. Mientras los primeros permanecen "como si" nada estuviese sucediendo y se encierran en el pasado, aunque sin dejar de buscarse un hueco en la nueva sociedad, los cristianos son conscientes de que la realidad ha cambiado, y comienzan a desarrollar una actividad literaria separada programáticamente de la tradición clásica. Un panorama amplio de la época objeto de estudio ofrece también Alberto Zamboni en «Dal tardo antico all' alto Medioevo: dinamiche linguistiche della transizione» (pp.65-97), sobre el tan debatido problema de cuándo se da por terminado el latín o cuándo se inician las lenguas romances. Siguiendo a Banniard, propone ejemplos de polimorfismo e inestabilidad lingüística, en el siglo VI, en ambiente galo-latino, como rasgos característicos de la época de monolingüismo complejo que identifica la transición. Este punto de vista está estrechamente ligado a la concepción de un espacio unitario en el que todavía no se pueden admitir desviaciones insalbables. La idea de polimorfismo está asociada a la de lengua hablada cuyas innovaciones son durante mucho tiempo variantes expresivas dentro de una única norma. A un ámbito de investigación más reducido se dedican contibuciones como la de Franco Sartori, quien bajo el título «Factus est imperator Augustulus» (pp.33-63), interpreta, en un texto problemático del s. VI, el Anónimo Valesiano, si el período del imperio de Augústulo es de diez años o de diez meses. Es de destacar la abundante bibliografía, que inserta el autor, sobre el intrincado trabajo de examen y búsqueda de fuentes griegas y latinas con que la crítica moderna ha recabado las líneas maestras para la reconstrucción de sucesos de la época. Asimismo resulta ilustrativa la presentación que hace, a grandes rasgos, de las imbricaciones entre las diferentes obras históricas del momento: Jordanes, Paulo Diácono, Historia Miscella de Landolfo, Laterculus o Casiodoro, entre otros. La propuesta es, después de examinar todas las fuentes, cambiar, como también propone König en la reciente edición (Darmstadt 1997), en Anonymus Valesianus, annos por puesto que en el códice Berolinensis es un añadido en abreviatura (ann.). De atractiva lectura resulta la contribución de Maria Silvia Bassignano sobre «L 'epigrafia funeraria fra paganesimo e cristianesimo» (pp. 98-121), donde examina epígrafes funerarios paganos y cristianos del s. II y posteriores para comprobar cómo se superponen sepulturas cristianas en estructuras paganas, los cultos paganos a Dioses Manes aparecen junto a los de Cristo y también presentan expresiones de dolor comunes. La identificación de este género pudo basarse en el cruce de, al menos, dos elementos caracterizadores: uno formal, cruce de prosa y verso, otro de contenido, mezcla de serio y broma (FB -*@(X8 @<), polos tradicionales y núcleo constante del género literario. La obra de Marciano Capela De nuptiis Philologiae et Mercurii, tiene un papel esencial reforzado, además, por la pérdida de otros textos del mismo género, que convierte a estevautor en el único testimonio de la elevación y contenido doctrinal de la sátira menipea. En él adquiere un gran peso la alegoría. La comunicación de Alberto Cavarzere «La Mosella in Arcadia» (pp.155-170) ofrece una docta interpretación filológica de algunos pasajes de Mosella de Ausonio. Marin Zaninovic en «Gli influssi culturali latini nel tardo impero: il caso dalmata» (pp.171-183) analiza los influjos culturales latinos en tierra dálmata. La ricezione di Stazio nel Super Thebaiden» (pp. 185-197) plantea la cuestión del cristianismo de Estacio y la importancia que en el debate tiene el comentario Super Thebaiden, atribuido a Fulgencio, obispo de Ruspe (ss. V-VI) donde el poema estaciano es interpretado en sentido espiritual. Dedicados concretamente a Trento se incluyen trabajos de investigación histórica como el de Ezio Buchi «Presenze tardoimperiali nell 'area tridentina» (pp. 269-305), sobre el paso de Trento de oppidum a colonia, o los de Cristina Bassi y Lorenzo dal Ri-Giovanni Rizzi sobre el estado de la investigación arqueológica (pp. 307-344). Resumiendo diremos que el conjunto constituye un recorrido atractivo, y muy ilustrativo, a través de una época de la latinidad especialmente conflictiva y aún hoy llena de interrogantes a algunos de los cuales se intenta dar respuesta. Bajo el epígrafe Recorridos y trámites culturales, el profesor napolitano Antonio Garzya ha reunido un grupo de artículos hasta ahora dispersos que fueron publicados entre 1982 y 1997 en distintos homenajes y actas de congresos. El volumen resultante constituye un elenco bien organizado de trabajos variopintos que reflejan la amplitud de los intereses filológicos de Garzya, desde la meditación de más amplio respiro sobre la historia cultural griega (capp. 1-8) hasta el detalle del testimonio aislado, por ejemplo (cap. 20) sobre la pervivencia de Safo en Bizancio. Los trabajos recogidos han sido organizados cronológicamente, dando el volumen comienzo con diversas aportaciones sobre la cultura tardoantigua y acabando en la actualidad, con distintos análisis de las aportaciones de las filologías alemana, francesa e italiana a los estudios clásicos (capp. Esta ordenación no ha impedido cierta coherencia temática en el tratamiento de cuestiones o autores especialmente caros al autor, como la historia de la medicina (capp. 23 y 28), la cultura griega en el sur de Italia (capp. 14-17), del que Garzya no es sólamente editor sino también uno de sus estudiosos más agudos y profundos. Aunque el volumen incluye dos trabajos relativos al helenismo renacentista (a propósito de la labor filológica de Angelo Poliziano, capp. 22 y 23), su núcleo está constituido por aportaciones sobre la literatura y la lengua bizantinas (en sentido amplio, i. e., incluyendo la época tardoimperial). En algunos casos, Garzya examina problemas lingüísticos o formas literarias típicamente medievales (como las erotapocriseis, cap. 10, o las traducciones griegas de textos patrísticos latinos, cap. 9) pero la cuestión que mejor articula las aportaciones del profesor italiano es la de la pervivencia del mundo clásico en el universo literario bizantino, a la que dedica innumerables páginas. En este libro la autora se propone dar a conocer dónde tiene su origen la leyenda de los primeros reyes romanos, Jano y Saturno, y con su investigación llega a la conclusión de que esta tradición mítica parte de la Eneida de Virgilio. El estudio crítico de cada uno de los textos anteriores donde se habla de estos personajes legendarios que eran a la vez dioses y reyes parece demostrar que Virgilio no tiene a ninguno de ellos por modelo, es más, según ella, la concepción de Saturno que encontramos en la Eneida es distinta de la que Virgilio presenta en las Bucólicas y las Geórgicas. Otro de los temas que aborda este trabajo es cómo después de Virgilio esta materia legendaria comenzó a ser considerada como auténtica historia del pasado y de esta manera se transmitió y desarrolló en autores tanto paganos como cristianos. Los grandes capítulos en que se divide el libro tratan sobre los elementos tradicionales e innovadores de la saga de Saturno en la Eneida (I), las tradiciones más antiguas sobre Saturno (II), la historización de la leyenda que aparece en la Eneida (III), la recepción y desarrollo de la leyenda concebida como realidad histórica (IV), las diferentes sagas de los dioses del Lacio (V).
El problema y nuestra respuesta al mismo Anticipando trabajos posteriores más detallados, voy a ocuparme de textos sapienciales castellanos traducidos del árabe (o reelaborados a partir del árabe) por iniciativa de Alfonso X el Sabio, a mediados del siglo XIII: el Libro de los Buenos Proverbios, Poridat de Poridades, Bocados de Oro y La Historia de la donzella Teodor. Ahora bien, a diferencia de lo que sucede con otra traducción de la misma época del árabe al castellano, el Calila e Dimna, no conocemos el modelo de que proceden dichas versiones: a saber, según nos dicen los traductores, originales griegos. En cambio, para el Calila tenemos, ya que no una versión previa pehlví, sí modelos de ésta en sánscrito más o menos aproximados. Y para el Libro de los engaños e los asayamientos de las mujeres o Sendebar, traducido igualmente del árabe en las mismas fechas, podemos imaginar más o menos aproximadamente el modelo pehlví, derivado quizá de uno sánscrito anterior; aunque contiene claras adiciones de la tradición greco-romana 1. Pues bien, se trata en todos los casos de obras pertenecientes a la literatura sapiencial que llegó, desde varias fuentes, al mundo árabe; las Mil y Una Noches son un caso más. En el de las cuatro obras que mencionamos en primer lugar hay que partir del griego, traducido al árabe (en algún caso, parece, por el intermedio del siriaco). Lo que intento, aquí y en estudios que seguirán, es establecer que a partir de los textos castellanos (y de los árabes, por supuesto) son en cierta medida reconstruibles los modelos griegos, hoy perdidos. Por ello, son completamente inexactas, en libros y artículos sobre la literatura castellana, las repetidas afirmaciones del "influjo árabe" u "oriental": es influjo griego, a través ciertamente de fuentes intermedias árabes; en otros casos, las fuentes intermedias son latinas. Otra cuestión es la de la fecha de los originales griegos: pienso que bizantina temprana, pero como culminación de una tradición antigua. Aunque no puede excluirse a priori algún retoque árabe (y siriaco, a veces lengua intermedia). La existencia de traducciones árabes de textos griegos, científicos y filosóficos sobre todo, es bien conocida; y también que, en ciertos casos, sola mente el texto árabe nos ha sido conservado. Este tema ha dado lugar a una amplia bibliografía a la que más adelante aludiremos. Pero esto se ha estudiado mucho menos para los textos sapienciales que para los científico-filosóficos. Lo que nos dicen los estudiosos de la literatura castellana (luego hablaré de esto) sobre esos orígenes es sumamente vago: evidentemente, es para ellos un tema lejano que les es poco familiar. Mayor interés ha despertado el tema entre unos pocos arabistas, aunque en general se han interesado más por las traducciones de textos científico-filosóficos, como acabo de decir 2. a estos textos árabe-castellanos en obras de tipo general como las de F. Rosenthal (citada arriba) y J. Vernet, La cultura hispanoárabe en Oriente y Occidente, Barcelona 1978. Kasten, «Poridat de Poridades», Romance Philology 5, 1951-52 estudia la relación con el Secretum Secretorum y no cree que las coincidencias de Buenos Proverbios con Poridat procedan de esta obra, sino de Hunayn. Los argumentos a favor del origen estrictamente griego (no se trata de lejanas influencias convertidas en una nueva obra por los árabes) de los textos árabes traducidos al castellano son: Los mismos autores árabes lo dicen. Así Hunayn, traductor (entre otras múltiples traducciones del griego) de Buenos Proverbios a partir de «libros antiguos», evidentemente griegos, pues dice a continuación que «los romanos (esto es, los griegos) fata oy en dia fazien sus libros e sus psalmos escriptos con oro y con plata en pargaminos tintos de la color que dixiemos» y sigue «falle escrito en unos libros de los griegos que un rrey fue en Grecia, etc.» 3. El traductor de Poridat, Yahya ibn Batrik (Juan, hijo de Patricio), dice paralelamente que, encargado por el rey Miramamolín (el califa al-Ma'mon) de buscar este texto supuestamente aristotélico, lo halló (entre otros con letras de oro) en un templo de Homero el Mayor (Hermes Trismegisto), es decir, en un templo de la tarda antigüedad, y lo tradujo del lenguaje de los «gentiles» (del griego) al latín (al siriaco, véase más abajo) y de él al árabe 4. Nada dicen de sus originales ni al-Mubassir, autor de Bocados, ni el desconocido traductor de La donzella Teodor. Pero tampoco hablan ni el uno ni el otro de sí mismos, como los de las dos primeras obras. Parece que decir, por ejemplo, que Bocados utiliza «a Diógenes Laercio y otras fuentes tardías» 5 o que la Donzella Teodor viene «del Oriente» 6, es insuficiente, dada la conexión de ambos con géneros estrictamente griegos. En la polémica sobre en qué medida textos árabes como estos, incluidos pseudoepígrafos como Poridad, sean traducción o recreación original, la opinión de los doctos se inclina cada vez más a la primera hipótesis. Nótese que no hay nada de musulmán en ellos y que proceden de un círculo no musulmán de Bagdad: el de cristianos nestorianos y jacobitas, principalmente. Sobre todo, hay que insistir en la constante presencia en nuestros textos de los temas y los géneros literarios implicados en el universo cultural y literario griego. 9 Cf. por ejemplo I. Gallo, Frammenti biografici da papiri, II, Roma 1980, p. 169 ss. a) Derivados más o menos lejanos de la leyenda de Alejandro, a distancia considerable, a veces, ya, del pseudo-Calístenes original, conservado en la recensión a; otras, más próximos a éste. A los datos derivados de las obras que comentamos, hay que añadir otros de obras árabes no traducidas al castellano: por ejemplo, fragmentos importantes de una novela en cartas que fue traducida al árabe, en opinión de Grignaschi, en época omeya 7; y gnomologías árabes de origen griego pero que no siempre coinciden con las griegas que conservamos 8. b) El complejo de Vidas de sabios y filósofos griegos combinadas normalmente con una descripción fisiognómica y con series de máximas y de preguntas y respuestas entre un discípulo y el filósofo, todo ello en estrecho contacto con las Vidas y las gnomologías antiguas que nos han llegado. Y con distintas variantes: puede faltar la Vida, puede tratarse de máximas anónimas, etc. Esta libertad de combinación la encontramos ya en la tradición griega de época imperial. Y, en realidad, aparece desde los más antiguos gnomologios papiráceos sobre Sócrates y Diógenes, en el siglo IV a. C. 9; y luego en Diógenes Laercio. c) La variante consistente en el episodio en que alguien sale de una situación peligrosa contestando inteligentemente a una serie de preguntas del tipo ¿qué es...?, ¿qué es el más...?, que incluye también enigmas; otras veces se trata tan solo de un certamen de sabiduría. La Vida de Esopo, la Vida de Secundo, el Banquete de los Siete Sabios de Plutarco y la Disputa de Hadriano y Epicteto son los ejemplos más conocidos, pero no, ni mucho menos, los únicos. Un eco importante se encuentra en Poridat (respuestas inteligentes de Aristóteles allí donde el hijo del rey fracasa) y, sobre todo, en La donzella Teodor, en que esta esclava triunfa en un debate de sabiduría sobre los sabios del reino. Este tema, de cuyo origen mesopotámico, en el Ahikar, me he ocupado en otras ocasiones, encuentra ecos en el debate de Santa Catalina con los sabios e incluso, en el Evangelio, en el de Jesús con los doctores de la Ley. Todo esto es claramente griego y, salvo excepciones referidas a Homero (en la Vida) o a Solón (en Heródoto), se centra, dentro de la filosofía que va de 10 Así D. Gutas, Greek Wisdom Literature in Arabic translation. En esta obra y en bibliografía que cita sobre las gnomologías árabes no se pone en duda su carácter de traducciones del griego más o menos retocadas o modificadas; y estudia el tema detenidamente para la gnomología árabe que edita, el Siwa ̄n alhikmah o «La sala de la Sabiduría», de al-Sijistani, que ofrece grandes coincidencias con las demás, incluso las nuestras. Evidentemente, a los estudiosos de la literatura española se les ha escapado esta bibliografía. Sócrates a Diógenes, en el complejo de literatura sapiencial que envuelve a Alejandro y Aristóteles (adscritos, en esa tradición, a la misma filosofía) y en algunos otros derivados del tema del debate de sabiduría. Pero el tema de Aristóteles y Alejandro está ampliado en la literatura sapiencial por estratos tardíos, cristianos (citas de padres de la Iglesia de los siglos IV-V, referencias a Nuestro Señor y a la moral cristiana) y bizantinos (temas de la realeza y del ambiente cortesano). La verdad, entre la ética socrática, con sus múltiples desarrollos, y la cristiana hay múltiples coincidencias: nada extraño el sincretismo en que entraron. En las gnomologías bizantinas, que proceden de las antiguas y de Juan Damasceno, se unen máximas más o menos auténticas de la tradición que viene de Sócrates con otras de los padres de la Iglesia, como Basilio de Cesarea, Gregorio de Nazianzo y Juan Crisóstomo. En realidad, desarrollan los mismos temas del autodominio y autoexamen, el amor al pueblo, la obediencia a la naturaleza y a la ley divina, el aborrecimiento de la hybris y la pasión, el desprecio por el poder y el dinero. Son los mismos temas que hallamos en las máximas de nuestros tratados castellanos. Ese sincretismo entre las doctrinas de los distintos representantes de las escuelas socráticas fue promovido fundamentalmente, en la época precristiana, por los cínicos 10. Y esta línea se fundió con la cristiana: como digo, los padres de la Iglesia del siglo V fueron admitidos en las gnomologías al lado de Sócrates, Platón, Aristóteles, Diógenes, Esopo, Aristóteles, Plutarco, Galeno y los demás. Que a partir de un cierto momento, en Bizancio y en Siria, entraran temas cristianos en estas obras sapienciales, no es extraño. Por supuesto, habrá que estudiar los diferentes estratos con más detalle. Pero, con frecuencia, elementos temáticos exactamente griegos, máximas, anécdotas y khreíai, por ejemplo, se conservan exactamente en los textos castellanos. Y en otras ocasiones habrá que concluir que otros elementos paralelos a aquéllos en cuanto a forma y contenido, son también griegos, aunque EM LXVII 2, 1999 no se conserven literalmente en griego. Elementos árabes o musulmanes apenas existen; ni castellanos tampoco, salvo en el léxico de las instituciones. Como cuando en Poridat Alejandro hace a Aristóteles «su alguazil» o los filósofos se reúnen «en una eglesia»; o esta obra comienza hablando de «el rey mayor, el hondrado Dulcarnayn (nombre árabe de Alejandro, ya en el Corán)». Los distintos sectores cronológicos e ideológicos griegos se combinan variamente, a veces de manera un tanto arbitraria, como cuando se mezcla la leyenda de Alejandro con la gnómica socrática y posterior. Y, como queda dicho, hay huellas claras de una evolución interna. Si todas estas acrecciones y combinaciones estaban ya en los modelos griegos exactos de las traducciones árabes de los siglos del IX al XI (e incluso anteriores, se piensa) o si una parte de ellas se deben a estos mismos traductores, sobre la base de materiales griegos hallados en la biblioteca de los califas de Bagdad, es el gran problema. De origen griego son en todo caso las más de ellas. Aunque puede haber soluciones intermedias. Y aunque, sea cual sea la respuesta, queda pendiente el tema ya apuntado, merecedor de estudio, de cómo tuvo lugar el proceso de crecimiento de esta literatura desde la Grecia clásica a la bizantina. Porque, como ya he anticipado, nos encontramos ante el concepto de literatura sapiencial, que es una literatura escrita en múltiples lenguas y con estructuras abiertas. Comprende fábulas, máximas, diálogos y debates, Vidas, anécdotas, temas eróticos y filosóficos varios (incluso novelescos), parodias, cartas, todo ello combinado variamente. Hay atribuciones cambiantes de los autores de las máximas y los protagonistas de las anécdotas y falsas atribuciones de cartas u obras: pseudoepígrafos, que decimos. Esta literatura sapiencial la encontramos en Mesopotamia (desde los sumerios) y Egipto, luego en la Biblia, en Grecia en todas las épocas, también en la India y en Persia. De Grecia y la India (vía Persia) llegó una doble tradición al mundo árabe de Bagdad (luego de Egipto, etc.) y de aquí ya sabemos que a Castilla, luego a toda Europa. Pasó también a Siria (desde el griego o desde el árabe), a Armenia y Etiopía y a los pueblos eslavos. Pero también hay la tradición que va de Grecia a Occidente a través del latín. Nadie ha descrito nunca esta literatura sapiencial en su conjunto: es demasiado amplia, se incardina en demasiadas lenguas y culturas. Pero sus rasgos esenciales sí son conocidos. 11 Cf. por ejemplo mis trabajos «The earliest influences of Greek Fable on Medieval Latin writing», Classica et Mediaevalia 35, 1984, pp. 243-263.; y «Aportaciones al estudio de las fábulas del Arcipreste», en Philologica Hispaniensia in honorem M. Alvar, Madrid 1986, III, pp. 459-473. También Historia de la Fábula greco-latina cit., III, p. 12 Véase la traducción inglesa del vol. I, «History of the Graeco-Roman Fable», Leiden, 1999, puesta al día. El tema de la transmisión es complejo. A veces la tradición indo-persa ha llegado a Grecia (caso del Barlaam); otras, la tradición griega ha pasado al latín (las varias colecciones de fábulas, la Vida de Alejandro de Julio Valerio, la de Secundo) o esto se supone, pero faltan los originales griegos (las obras de Dictis Cretense y Dares frigio, la Historia Apollonii regis Tyri, etc.); o bien hay creaciones latinas en la misma línea (colecciones de fábulas, la Altercatio Hadriani et Epicteti, etc.) Del latín imperial ha pasado toda esta literatura a la Edad Media europea. En nuestros manuscritos las obras procedentes de traducciones árabes y las procedentes de traducciones latinas se encuentran unas al lado de otras: se ha recobrado la unidad original. Pues también sucede, y esto lo he propuesto en escritos míos anteriores, que cierta literatura sapiencial bizantina (de origen oriental o no) ha pasado a España a través de la Europa latina: así en el caso, por poner un ejemplo, de varias fábulas que están en ésta y en el Arcipreste de Hita 11. Aquí no hago sino una rápida referencia a cosas que son bien conocidas (aunque no todas lo son: no la línea Bizancio -Europa latina -España), con el fin de situar a nuestros textos dentro del ámbito literario al que pertenecen. El hecho es que a España llegó la descendencia de la literatura griega por dos vías: la de los árabes (que traían también la literatura de origen persa, a veces india en el origen) y la latina europea. Hay así un reencuentro de las diversas literaturas sapienciales: en nuestros manuscritos, como digo, conviven amigablemente obras de todas estas tradiciones, el concepto de literatura sapiencial, como un conjunto, continuaba vivo. Y España fue el punto de lanzamiento de todo este conjunto en dirección a la Europa latina y germánica. Aquí no hago sino explicar cómo una parte de la herencia árabe es, en definitiva, herencia griega. Ni que decir tiene que yo he llegado a interesarme por este tema a partir de estudios míos sobre la literatura sapiencial, estudios que comenzaron por la fábula y cuyo principal exponente es mi Historia de la fábula greco-latina (1979-1987), ya aludida 12. Véase sobre todo mi Historia de la fábula greco-latina II, 1985, p. («La fábula medieval griega y latina de tradición oriental e influjo de la fábula griega en Oriente»). más arriba (serán recogidas en un volumen que preparo, De Esopo al Lazarillo), tracé ya la historia, para la fábula y géneros conexos, de esos múltiples caminos, con España como punto de reencuentro. Y fui ampliando gradualmente el panorama para ocuparme, a más de la fábula, de las Vidas y debates, la anécdota y el cuento, la máxima, la literatura erótica y la novela. La literatura sapiencial y el concepto de tradición abierta. El concepto de tradición abierta lo aplicamos a los cuentos, anécdotas, romances, máximas, etc. para los que no es posible establecer un arquetipo del que derive toda la tradición posterior. Las discrepancias entre las diversas versiones no son «faltas», sino innovaciones de copistas, escritores o difusores orales que se creían autorizados a introducir una dosis de creatividad. O, inconscientemente, confundían o contaminaban. Personalmente, he tratado este tema en detalle a propósito de la transmisión de la fábula y, también, del cuento erótico y la novela 13. He puesto de relieve temas como el de los elementos griegos que entraron en el Calila y el Sendebar (aquí, sobre el precedente de Perry) en Bagdad, de la presencia de otros en la Haggadah, las Mil y Una Noches y Pedro Alfonso, la entrada de elementos orientales en las fábulas siriacas procedentes del griego, la combinación de las tradiciones oriental-bizantina y greco-bizantina en la fábula latina medieval, etc. Creo que hay que recordar esto en nuestro contexto. Pues es cierto que la escuela de traductores de Bagdad, cuando hacía realmente traducciones de textos filosófico-científicos (filósofos, médicos, astrólogos, matemáticos, geógrafos, etc.) hacía exactamente eso: traducciones más o menos exactas. Conocemos el método de traducción descrito por el hombre clave de la escuela de traductores de Bagdad, Hunayn ben Ishaq, que es comparable al de cualquier grupo de trabajo moderno y que podríamos llamar científico. Por supuesto, la tarea era difícil por motivos varios (manuscritos defectuosos, falta de conocimientos precisos sobre ciertos puntos) y no faltan los errores 14. Pero el traductor se consideraba simplemente eso: un traductor. El comentario o la interpretación quedaba a cargo de estudiosos posteriores: múltiples comentaristas y pensadores originales del tipo de Averroes y los demás. En cambio, la literatura sapiencial no sabemos en qué medida era «traducida» y en qué medida era ampliada, reelaborada. Dado que estos procedimientos existían ya en Bizancio y existieron luego en Castilla, hemos de verlo, cuando no tenemos datos precisos es difícil establecer la parte que tomaron los árabes (y, a veces, antes los sirios) en esas reelaboraciones. La hubo importante, por ejemplo, en las Mil y Una Noches y en la leyenda de Alejandro, pero es más dudosa para nuestros textos. Aunque volveremos sobre el tema. Por otra parte, el conocimiento de los más antiguos manuscritos árabes de nuestras obras dista, hoy por hoy, de ser completo; e incluso las más antiguas versiones castellanas deben, en cierta medida, reconstruirse 15. El hecho es que las tres primeras obras que comentamos dan la impresión de que contienen abundantes contaminaciones y ampliaciones, mientras que la historia de la doncella Teodor (para la que, paradójicamente, no se nos habla del autor ni de sus fuentes) es de una estructura mucho más cerrada. De todas maneras, algo podemos decir, aunque dejamos el detalle de las fuentes de las cuatro obras para estudios posteriores. De una parte, todo el ambiente de las obras lleva al mundo griego, cuyo estrato más reciente es el EM LXVII 2, 1999 16 Así D. Gutas, ob. cit., p. Para el origen más temprano de las traducciones de la novela de Alejandro, cf. M. Grignaschi, «Le roman épistolaire classique conservé dans la version arabe de Salim Abu-l-Iskandar», Le Muséon 80, 1967, pp. 211-264; «Les Rasa' il Aristatalisa ila-l-Iskandar de Salim Abu-l-Ala et l' activité culturelle à l' époque Omayyade», Bulletin d'Etudes Orientales 19, 1965-66, pp. 7-83. bizantino: tema obsesivo, ya lo anticipé, del rey y su corte, sus palacios, esplendor y guerras, enseñanza en las diez artes; temas cristianos en las máximas (atribuidas a veces a los padres de la Iglesia de los siglos IV y V). No hay, propiamente, un estrato musulmán. Sólo muy raras alusiones: sobre todo, al califa en los prólogos de las obras: se le nombra con su nombre propio, pero se le llama «rey». Las únicas referencias precisas son la de Buenos Proverbios, p. 55 de la edición de H. Sturm cuando dice que «los moros pintan en sus mezquitas», lo que apunta a la época omeya; y cuando cita a Locanen o Loginem (Lockman) en Buenos Proverbios, p. 146, pero en realidad es un equivalente de Esopo. Salvo, clara está, las referencias de «los prólogos externos» de Buenos Proverbios y Poridat, en que los traductores toman la palabra, hacen de narrador. De todas maneras, hay que hacer constar que se ha propuesto ver una diferencia entre el proceder de Hunayn, en el siglo IX, y el de los autores del siglo XI, Ibn Sindi y al-Mubassir. El primero es un traductor, aunque ha podido unir fragmentos de una novela en cartas sobre Alejandro (que se piensa que fueron traducidas al siriaco y al árabe en la primera mitad del siglo VIII) y gnomologías; los segundos trabajan sobre textos árabes, ciertamente traducidos del griego 16. Hay ciertos indicios de modificaciones o variantes ya en los textos del siglo IX, pero no parece que alcanzaran el volumen de las variantes árabes y judías de la leyenda de Alejandro o de los múltiples agregados de las Mil y Una Noches. Tras precedentes siriacos, que pudieron introducir variantes, nos hallamos, en la corte de Bagdad del siglo IX, ante un círculo de cristianos (y adeptos al zoroastrismo) solo formalmente musulmanes. Y al-Ma'mon, el creador de la escuela, era un fanático de Aristóteles, que se le apareció en sueños. Todo transcurría al margen de la religión oficial. Con todo, algunas alteraciones o contaminaciones pudieron introducirse, algunos errores también, aunque creo que la mayor parte procede de Bizancio. Nótese la escasa atención prestada a las traducciones de la literatura sapiencial en la obra más importante sobe la escuela de traductores de Bagdad en el siglo IX, la de Dimitri Gutas, Greek Thought, Arabic Culture, Londres 1998. Sobre las traducciones siriacas previas a las árabes, cf. por ej. A. Baumstark, ob. cit. (sobre Hunayn,p. Hay alguna bibliografía arabista valiosa 17. Pero muy poco dicen las obras más difundidas sobre la tradición de la Vida de Alejandro llegada a los modelos árabes de nuestras traducciones castellanas 18. Y los helenistas (estudiosos del griego antiguo y del bizantino), evidentemente, apenas han puesto los ojos en ellas: porque no solo es que los autores de los textos árabes hablen de fuentes griegas, es que el contenido mismo muestra claramente ese origen. Cualquier helenista puede verlo 19. Es preciso, pues, un estudio independiente, apoyado ciertamente en la bibliografía arabista, incompleta pero existente. Voy a presentar, pues, las líneas principales del problema: las características de nuestros cuatro textos, la literatura sapiencial griega en que se insertan y que los hace comprensibles, la fecha de llegada de los originales árabes a nuestra Península. Y hay dos cosas que querría recordar en primer término. Una, que hay que colocar las traducciones o reelaboraciones árabes de textos griegos a que me refiero en Bagdad, hacia la mitad del siglo IX d.C.: se trata, ya lo he dicho, de la escuela de traductores ya del griego, ya del pehlví fundada, sobre EM LXVII 2, 1999 precedentes siriacos y, luego, de Al-Mansur y Harun al Rashid a fines del VIII, por el califa al-Ma'mon en el IX (Hunayn fue el principal traductor) y que se continuó luego en el X y sobre todo en el XI (al-Mubassir fue el traductor principal). Claro que ya aludí a los precedentes siriacos y omeyas. Y que estos fechan las obras griegas en los siglos VII y anteriores: sin duda eran originales que se encontraban en Damasco y en el Oriente en general, pues en la época de los iconoclastas cesó la relación directa con Bizancio y la redacción allí de obras de este tipo. Por supuesto que la traducción de obras científicas y filosóficas era lo esencial; pero no faltaban las obras sapienciales, procedentes igualmente ya del griego ya del pehlví; en uno y otro caso, a veces, a través del siriaco. De las características de estas sucesivas escuelas orientales de traductores he de decir algo, porque si no, no se entiende el tratamiento en las mismas de los textos griegos que aquí nos interesan. Otra cuestión es la de llegada a Al-Andalus, en el lejano Occidente, de los textos árabes en cuestión, modelo de los castellanos. Sobre esto no se dice nada, en general: sólo que los originales árabes, tanto los científico-filosóficos como los sapienciales, fueron traducidos al castellano en la escuela de traductores de Toledo fundada en los años centrales del siglo XIII por Alfonso X. Y que luego fueron imitados en la literatura castellana posterior. Esto es exacto, pero insuficiente. Pues es claro que estos originales árabes fueron conocidos en Al-Andalus desde su origen en los siglos IX u XI, según los casos. Llegaron de Oriente: pues en Al-Andalus no hubo una escuela de traductores, se vivía de los libros que venían de Oriente, las traducciones del Bagdad abbasida. Baste con recordar lo que sabemos sobre la tradición del texto de Dioscórides, traducido en Bagdad al árabe en época abbasida (traducción de Esteban hijo de Basilio, revisada luego por Hunayn) y usada en España según cuenta el cordobés Ibn Yulyul. Pues bien, Romano, emperador de Bizancio, envió como regalo a Abderramán III en el año 948 un Dioscórides griego. Y resultó que en Córdoba nadie sabía griego, Abderramán hubo de pedir a Romano un traductor: como tal fue enviado un monje Nicolás, que se convirtió en una gran figura entre los 20 Cf. Sobre las colecciones aquí estudiadas y la prosa sapiencial castellana en general, cf. Ma J. Lacarra y F. López Estrada, Orígenes de la prosa, Madrid 1993, pp. 31-43 y F. Gómez Redondo, Historia de la prosa medieval castellana. El «Libro de los Buenos Proverbios» El Libro de los Buenos Proverbios 21 es conocido por dos manuscritos de El Escorial (L-III-2 y h-III-1, llamados L y H). Fue traducido por Hunayn ibn Ishaq, el personaje más importante del círculo de traductores de al-Ma`mon, nacido en 803 y muerto en 873. Era un cristiano nestoriano que aprendió griego y siriaco en Asia Menor y fue llevado a Bagdad por el califa. Allí, rodeado de un verdadero equipo, tradujo innumerables obras filosófico-científicas (Hipócrates, Platón, Ptolomeo, Galeno, etc.). Y tradujo, como acabo de decir, esta obra de literatura sapiencial. Describe el manuscrito original como un lujoso libro en pergamino con letras de oro y plata y que presentaba, en la página inicial, una imagen del filósofo sentado en una silla y rodeado de discípulos que aprenden. Era un manuscrito griego, ya dije: la traducción castellana habla de «los romanos» (es decir, rumís, griegos) y su prólogo afirma que Hunayn (a quien llama «Joaniçio, fijo de Ysaac») tradujo el libro del griego al árabe y «nos agora del aravigo al latín (esto es, castellano)». Nótese que en ambos manuscritos la obra sigue a Poridat y está rodeada de otras obras sapienciales procedentes ya del árabe, ya del latín: formaban para el escritorio alfonsino un corpus unitario. Narrada la obra por Joaniçio (aunque en un momento el narrador desaparece) existe la yuxtaposición bastante artificial de la anécdota de Anchos (derivada de la de las grullas de Ibico) y de un discurso moral centrado en torno a Aristóteles y dividido en dos partes: VI, VII, XIV -XVIII (tema Platón -Alejandro -Aristóteles: enseñanza de Aristóteles, que culmina en una serie de máximas, luego vienen las cartas y los diálogos de Alejandro); y XIX-XXVI EM LXVII 2, 1999 22 Seguimos la edición de Ll. Véase también del mismo autor «Poridat de poridades», Romance Philology 5, 1951-52, pp. 180-190 (propone que hay acrecciones siriacas); F. Gómez Redondo, ob. cit.,p. 21 s. (entierro y máximas de los filósofos, la corte y las mujeres, cartas consolatorias). Todo esto es coherente, pero se añade una serie de máximas de varios filósofos que ya van en comienzo (II), ya se intercalan (las de Sócrates, XII, y Platón, XIII), ya van al final a manera de apéndice (las de Diógenes, XXVII, y Pitágoras, XXVIII). En total, nos hallamos no ante una Vida de Alejandro, sino ante un tratado moral acerca de su aprendizaje del gobierno y de su muerte, comentada por los filósofos, la madre y la corte. Es un tratado de gobierno y un tratado ascético. Todo esto ha atraído, sin duda, elementos morales ajenos que se han añadido bien en época bizantina, bien siriaca, bien árabe. Pero el carácter griego del núcleo y de los añadidos, es bien claro: únicamente, se trata de una estratificación de elementos ya helenísticos, ya de fecha imperial, ya posterior. En el pseudo-Calístenes, aparte de la gran humanidad de Alejandro, hay escasos precedentes: la muerte por veneno, el sepulcro de oro (III 31) y otros. No es, ni mucho menos, la fuente única. Ni las enseñanzas, ni las cartas morales y consolatorias ni las reuniones de filósofos ni las gnomologías aparecen en él. Es, en suma, una obra completamente distinta, aunque sea en torno a la vida y muerte de Alejandro. Parecen, a priori, elementos griegos la novela inicial entre Platón, Aristóteles y Alejandro, continuada por una serie de máximas de Aristóteles; la novela sobre la muerte de Alejandro, combinación de cartas y de plantos de filósofos; y otros más. Y también son griegas de origen las otras gnomologías, al comienzo y al final: pero parecen de origen independiente. Claro que estos elementos deben ser estudiados en detalle, contienen problemas de cronología y de posibles adiciones. Otra cosa es el ensamblaje de los dos niveles entre sí y con las demás gnomologías: puede ser griego o posterior. Y es árabe, desde luego, el prólogo exterior. Nos hallamos, una vez más, ante una traducción al árabe en la Bagdad del siglo IX, esta vez por el cristiano sirio Yahya ben Batrik, Juan hijo de Patricio: traducida, ya dijimos, del griego al siriaco y del siriaco al árabe 22. Este texto ha Recuérdese también el trabajo de M. Manzalaoui ya citado. Hay una edición del texto árabe de la recensión oriental de A. Badawi, El Cairo 1954. llegado, en dos versiones: una más amplia u oriental (seguramente ampliada secundariamente), de la cual hubo una versión al latín de Filipo de Trípoli (Secretum secretorum) en el siglo XV (de ella vienen las versiones europeas, entre ellas una castellana del siglo XV); y una más reducida, de la cual, previamente a la versión castellana alfonsina, hubo una versión parcial al latín, obra de Johannes Hispalensis, y una hebrea obra de Al-Harizi, ambas del siglo XII. Y una vez más nos hallamos, en realidad, ante una especie de espejo de príncipes o de reglas de gobierno organizadas en torno a la figura de Alejandro. Pero de él queda poco: tras el prólogo de ibn Batrik narrando la orden de búsqueda del rey y una introducción sobre Alejandro, viene el hallazgo del libro supuestamente de Aristóteles en un templo de Hermes Trismegisto y vienen siete tratados sobre el gobierno. O sea, tenemos un prólogo exterior con la búsqueda y hallazgo del libro, algo que era habitual en esta literatura sapiencial árabe: en el Calila aparece lo mismo. Pero el prólogo admite la intercalación de un relato sobre Alejandro: sus grandes hazañas y su comportamiento humano después de recibir una carta de Aristóteles. Procedimiento no lejano del empleado por Hunayn. Ahora bien, la ficción consiste en que los siete tratados son parte de la carta, de cuando en cuando se comienza párrafo con un vocativo «Alexandre». Nos hallamos, pues, ante una carta que es, en realidad, un «espejo de príncipes» que continúa la tradición de Isócrates y, en realidad, una muy anterior que viene del antiguo Orie nte: la educación del príncipe por el filósofo. Solo que aquí hay una variante: el discípulo, Alejandro, se convierte en un verdadero filósofo. No hay, propiamente, máximas. Todo es en torno al rey y la corte, con sus funcionarios, con una terminología medieval, tras el artificio de la búsqueda del libro y de la carta. Es notable el prólogo inicial. Coincide, ya dije, con el Calila en el viaje para buscar el libro. Evidentemente, un prólogo de mítico o exótico ambiente era de rigor, se halla también en Buenos Proverbios y en la Donzella Teodor, también en precedentes orientales y griegos (Ahikar, Pañcatantra, Vida de Esopo, Banquete de los Siete Sabios, etc.) Lo notable aquí es el componente hermético, egipcio de origen como dice el libro, presente no sólo en el hallazgo EM LXVII 2, 1999 23 Hay sentencias de Hermes en gnomologías árabes, cf. D. Gutas, ob. cit.,pp. 45,246,309. 24 Seguimos la edición de M. Crombach, Bonn 1971 (tras la de H. Knust cit., p. Cf. también Ma J. Lacarra y F. López Estrada, Orígenes de la prosa, Madrid 1993, p. 33 y R. Gómez Redondo, ob. cit., p. 455 ss., donde se habla de la versión latina del s. XIII de Giovanni Procida (hay una fragmentaria, las máximas de Ptolomeo, anterior a la castellana), de las versiones amplificadas castellanas del s. XV, etc. Crombach, p. XIX ss. da noticia de las traducciones europeas dependientes de la latina. sino también en la petición de secreto. Podría discutirse si entró en fecha antigua, en Egipto, donde también se piensa que se escribió el pseudo-Calístenes, o en época árabe, en que quedaban restos de hermetismo 23. Y también existen modelos antiguos de la relación Alejandro / Aristóteles, del recurso de las cartas, del uso de la falsa atribución a Aristóteles y de otros extremos. No puedo entrar aquí en el detalle. Esta obra 24, otra traducción del árabe, es conocida por nueve manuscritos castellanos del siglo XV, a los cuales se añaden tres ediciones impresas de los siglos XV y XVI. La traducción, datable en torno al 1048-49, es obra del médico y filósofo sirio al-Mubassir, que trabajó en la corte fatimida de El Cairo bajo el califa al-Zahir 25. A diferencia de las dos obras anteriores, el texto comienza abruptamente sin prólogo, esto es, sin indicaciones sobre el origen de la misma ni sobre el traductor; esta es la razón, pensamos, de que ciertos copistas se creyeran en el caso de añadir un prólogo según el cual el libro había sido traído de la India. Aparece, pues, como una gnomología pura y simple. Todos los autores piensan que en ella se encuentran fuentes griegas: se habla de «escritos de la baja antigüedad tamizados ya por Diógenes Laercio» (Gómez Redondo,p. XIII habla de «fuentes» que en parte se han investigado para las máximas atribuidas a Zenón, Aristóteles, Alejandro. Véanse las obras de Endress, Lippert, Rosenthal y Strohmaier citadas ya. Pero no se trata de estudios sistemáticos ni para el detalle ni para los conjuntos gnomológicos referidos a los distintos autores antiguos: solo de algunas ideas generales. Más concretas son las coincidencias que D. Gutas, arriba citado, A estos sabios griegos se añaden aquí y allá otros varios, algunos no identificados. Cito por las páginas de Crombach: 168 Proteus (Plutarco), Plinit (Apolonio de Tiana), Dimicratis (Demócrito, Demócrates o Demóstenes), Aseus (?), Asigranis (¿Arqui-?), Escalibus (Asclepio); 169: Aracanus (?), Calides (¿Euclides?), Aplino (Filemón), Aseres (?); 170: Silus (Basilio), Tenparastis (Teofrasto), Abrachis (¿Hiparco?), Nichomatus (Nicómaco), Grenes (?); 170: Asajagonis (?), Polutucus (Plutarco), Quedaras (?), Domiciatis (Demócrito), Plimes (Píndaro); 172: Dicomes (?), Anicos (¿Anito?), Polos (¿Polo?), Ocason (?), Critus (Critón); 173: Amaron (?), Tisemus (?), Armesis (?), Milisius (Meliso), Pirgonos (Fedro); 184: Quedaris, Eugenius (Jenofonte), Ocriton (Critón), Eclimon (Filemón); 177: Vastacos (Pitaco), Bracalitos (Heráclito); 178: Ascidus (Hesíodo), Senus (Simónides), Acasagoras (Anaxágoras), Malisius (Meliso), Arsides (Eurípides); 178: Aderando (?), Aclines (?), Crianus (?), Quenis (?). Como se ve, junto a sabios griegos hay personajes de la leyenda hermética, otros de los Diálogos de Platón; y además Alejandro y Tolomeo, padres de la Iglesia, quizá algún persa. En la interpretación de estos nombres me ha ayudado la Dra. Conchita Gil Gangutia. halla con varias gnomologías, sobre todo con la por él editada, una recensión de la de al-Sijistani. La obra está organizada en una serie de capítulos que hablan de los dichos, a veces precedidos por los hechos, de una serie de personajes diversos, los más sabios griegos, pero a veces difíciles de reconocer. La organización no es tan caótica como pudiera parecer. Hay que distinguir grupos: Cf. también Ma J. Lacarra y F. López Estrada, ob. cit., pp. 51 ss., y F. Gómez Redondo, ob. cit., p. La tradición socrática, con su descendencia cínica y cristiana e incluyendo a Alejandro, domina: los temas son los mismos de la justicia, el autocontrol, los amigos, el buen callar, etc. Todo esto coincide con las otras obras que estudiamos y con la línea principal de las gnomologías griegas que conocemos en sus fases antigua y bizantina. Naturalmente, el gran problema es el de si todo esto procede de las gnomologías antiguas y de qué fecha o si hay reelaboraciones; y el de la relación con las otras obras sapienciales de que nos ocupamos. Pero que nos hallamos ante una recopilación de gnomologías bizantinas tempranas, de origen antiguo y con fusión del cristianismo y de la doctrina hermética, es evidente. ¿Fueron ensambladas en la Antigüedad tardía o más tarde o la respuesta es mixta? El problema grave, como ha visto Strohmaier, es el de si existen añadidos que pueden ser siriacos o árabes; él propone esto para una máxima socrática que se reencuentra en Bocados y en el mausoleo de una hermana de Tamerlán en Samarcanda. Y el de si la colección antigua pudo ser incrementada. Pues el esquema Vida + obra en la línea socrática es, sin duda, antiguo. Esta obra 27 cierra el ciclo de las cuatro obras árabes derivadas del griego que fueron traducidas al castellano en nuestro siglo XIII. Se conservan en cinco manuscritos del s. XV (en varios como apéndice de Bocados) y en tres ediciones impresas del XV-XVI, entre cuyas versiones hay importantes variantes, recogidas en la edición de Mettmann. La historia fue muy popular en España: se hicieron numerosas ediciones y dio origen a un comedia de Lope de Vega, Historia de la donzella Teodor. Por otra parte, en este caso se conocen no una, sino varias fuentes árabes, también notablemente discrepantes entre sí. Se trata del tema de la doncella, esclava además, que derrota a los sabios en un examen a que se somete. Narro primero sumariamente el tema de la obra castellana: En suma: nos hallamos ante una versión más de la tan frecuente novela del personaje inferior en riesgo que se salva triunfando con su sabiduría frente a sus encumbrados oponentes. Pero mientras que en otras versiones, como la Vida de Esopo, el elemento novelesco domina, aquí, como en la Vida de Secundo y la Altercatio de Hadriano y Epicteto, es solo un marco o pretexto para la exposición de las ingeniosas respuestas, que son las más veces definiciones y soluciones de enigmas, de Teodor: nombre sin duda antiguo y recuperado por la versión castellana (Teodora se la llama en algunas versiones impresas). Algo parecido sucede en un texto complejo como es el Banquete de los Siete Sabios de Plutarco. Con esto pongo fin a este esbozo de primeras conclusiones del estudio que estoy realizando. Podemos seguir en cierta medida la evolución de tradiciones biográficas, de «novelas de cartas», máximas de la tradición socrático-cínicocristiana, escritos de consolación, etc., a partir de fecha helenística y luego a través de la imperial romana, para pasar a Bizancio y luego a Siria (a veces), a Bagdad y a Castilla. Son géneros sapienciales de origen oriental pero que en la Grecia helenística y posterior evolucionaron en torno a Vidas y episodios novelescos de Alejandro y de diversos filósofos, máximas de los filósofos, etc. El contenido y la forma nos son bien conocidos. Solamente, no podemos precisar el detalle de la evolución ni las fechas de la misma. Fundamentalmente, es griega: antigua, imperial y bizantina. Los elementos posteriores son menores: más bien consisten en fusiones y ampliaciones. Todo esto es importante, pienso, para la historia de la literatura y el pensamiento griegos, para el de su difusión en el mundo siriaco y árabe y luego en el castellano, después en toda Europa. Y es importante para que nos decidamos a definir la literatura castellana inicial, sobre todo la prosa, como una literatura de traducciones: de obras greco-árabes, perso-árabes y greco-castellanas, sobre todo. Nada hay de deshonroso en ello: así empezó la gran literatura latina y luego la armenia, la eslava, la germánica y otras más. Por supuesto, la vía de entrada en Castilla estuvo en Al-Andalus, donde conocemos la presencia de estas obras, en ocasiones, en fecha anterior al siglo XIII en que fueron traducidas al castellano. Pero allí se trataba de obras importadas de Bagdad, fuera su origen griego o persa. También la literatura árabe fue, en sus orígenes orientales, una literatura de traducciones. Insisto en que el tema de las fuentes griegas apenas ha sido tratado en la bibliografía de la literatura castellana, algo más (pero apenas para nuestras obras) en la de la árabe: he dado la bibliografía pertinente. El reciente libro de Ma J. Lacarra, citado en nota 25, es paradigmático: de Buenos Proverbios dice (p. 49) que «la crítica parece pensar en una versión directa del árabe, sin prestar excesiva atención a las palabras del prólogo» (en las que Ioaniçio habla del original griego). Pues bien, claro que hay versión del árabe: pero ésta lo es a su vez de uno o varios originales griegos. Sin entrar por el momento en esta difícil cuestión de la singularidad o pluralidad de los modelos, quiero insistir aquí en algunas cosas ya dichas. Por ejemplo: la Vida de Alejandro se convierte en un pretexto para escribir tratados morales e igual las gnomologías antiguas. Luego todo ello procede de tratamientos sucesivos en época imperial y bizantina, con pocas huellas de lo musulmán. Hay, efectivamente, un proceso de bizantinización y de cristianización EM LXVII 2, 1999 31 Cf. 176 ss. de textos más antiguos, ya he presentado sus rasgos fundamentales. Quiero insistir que este proceso no es único, ni mucho menos. Lo vemos, por ejemplo, en el Barlaam. Y también en la tradición del ps.-Calístenes: solo las recensiones bizantinas derivadas de la B (la E, la l, el ms. L, la g, la e) presentan una serie de temas nuevos como la visita de Alejandro a Jerusalém o el cierre de los montes para bloquear el paso a los pueblos de Gog y Magog. Estas recensiones continuaron creciendo, igual que las colecciones de fábulas, hasta el siglo VII. E igual sucede con las gnomologías de nuestras obras, que trabajan sobre otras cuyas citas remontan hasta el s. V y luego fueron refundidas variamente. Aquí es donde mejor puede verse la estratificación: hay gnomologías de Sócrates (y de Diógenes) desde fines del s. IV a.C. 31, contienen máximas o khreíai que vienen a veces de Jenofonte o Platón, otras entraron más recientemente y llegaron muchas de ellas a las gnomologías de Máximo Confesor y Antonio Melissa, en la Edad Bizantina, a través de otras intermedias. Surgen máximas nuevas o atribuciones a Sócrates de material cínico. Las gnomologías de Bocados y demás tienen este origen: pero a veces ofrecen material nuevo, casi siempre de origen griego, de cuya fecha de entrada dudamos. Este es un tema que hemos de estudiar. O sea: el tema de la tradición gnomológica greco-árabe debe ser estudiado aparte del de la novela o novelas de Alejandro y la novela de la doncella Teodor. Nótese que el ambiente regio, los palacios y las joyas y, por supuesto, el ambiente cristiano, ha de atribuirse al mundo bizantino. Y errores groseros, como atribuir a unos autores máximas que no les corresponden o atribuir a Homero la fábula esópica de las dos alforjas (así Bocados), son propios de esta tradición. Así, ya en los gnomologios conservados en griego se dicen cosas tan erróneas como que Sócrates murió despeñado (así, en el Gnomologium Vaticanum 478). C. los gnomologios (y las colecciones de Vidas + máximas) fueron creciendo, casi siempre bajo influjo cínico, luego cristiano. Los bizantinos los aumentaron enormemente, cada vez con menos rigor: es fácil que sea suya, sobre base anterior, la mayor parte de las gnomologías de nuestras obras, aunque no puede excluirse alguna intervención árabe. Y en todos los casos hemos de contar con redactores incultos, interesados por los temas de moral y no por el rigor histórico. Esto ya desde época helenística (fase antigua del ps.-Calístenes, de la Vida de Esopo, de las gnomologías) y luego cada vez más. En suma, recogiendo cosas anteriores y añadiendo otras y prescindiendo por el momento del ensamblaje de los distintos elementos, hay una larga serie de estos que hay que atribuir a la primera época bizantina como coronamiento de estratos que vienen de la clásica. Añadidas a lo dicho más arriba, estas consideraciones hacen seguro que, si no en todos los casos las obras completas, sí al menos los elementos de que se componen son griegos. Griegos bizantinos, hasta el siglo VII. Pero son herederos, a su vez, de una tradición anterior que intento reconstruir. Las dudas, la vacilación y, en definitiva, el casi silencio de muchos estudiosos de las literaturas árabe y castellana son injustificadas. Lo que dicen los traductores árabes es verdad: traducen del griego. Y los modelos griegos pueden ser comprendidos dentro de la tradición griega y pueden ser parcialmente redescubiertos. Porque a veces se han perdido en la tradición estrictamente griega.
Muy difícil, o del todo imposible, parece a primera vista poder decir algo que todavía no haya sido dicho acerca de los libros ad Herennium que se titulan corrientemente Rhetorica y también, con mayor precisión, De ratione dicendi, por cuanto no hay datos nuevos y los conocidos han sido objeto de incesante y rigurosísimo escrutinio desde hace ya varios siglos con la pretensión de establecer quién fue, o podría ser, el autor de esos libros, que San Jerónimo -al que se debe la primera noticia de ellos -, elogiándolos sin reservas, atribuía a Marco Tulio Cicerón, distinguiéndolos, tómese nota de esto, de los libri rhetorici compuestos en su primerísima edad:... lege ad Herennium Tullii libros, lege rhetoricos eius... Trillitzsch, Leipzig, 1993) se halla un muy completo "estado de la cuestión", al que me remito, ateniéndome estrictamente a mi propósito, que es poner de manifiesto que la Rhetorica no puede ser obra de un solo auctor. Hay sin embargo un punto, que se me antoja de importancia, pendiente todavía de examen y debate. Pues hasta ahora todos los estudiosos de la Rhetorica han omitido tomar en consideración la posibilidad de que el texto que conocemos sea, en realidad, el resultado de refundir los libros ad Herennium de un autor con el tratado de figuris de otro por obra de un tercer erudito igualmente desconocido. Ciertamente, esa omisión es, como luego diré, disculpable, y en alguna medida justificable. Pero ha de ser subsanada. Pues al confrontar los tres primeros libros de la Rhetorica con el cuarto se encuentran diferencias de actitud y criterio que no son relativas y de grado, sino absolutamente irreductibles, y en el plano terminológico se constata que nada menos que nueve tecnicismos definidos en los tres primeros libros son en el cuarto objeto de nueva y por entero diferente definición. Hay fundamento, pues, para sospechar que los tres primeros son de un autor al que, en adelante, llamaré A, y el cuarto de otro -B -que, por lo que parece, podría ser ese tal Cornificio al que insistentemente le atribuyen la Rhetorica ad Herennium entera 1. El "antihelenismo" de los autores de la Rhetorica. Esa sospecha empieza a convertirse en certeza cuando se considera que A y B, aunque los dos usan una terminología retórica propia, exenta de helenismos visibles, no son "antigriegos" ni de la misma manera ni en la misma medida, ya que A se declara abiertamente contrario al enfoque científico que aplicaban a la retórica los griegos, mientras que B se confiesa seguidor y émulo de ellos, si bien se aparta en algo de sus usos:... illa, quae Graeci scriptores inanis adrogantiae causa sibi adsumpserunt, reliquimus. nam illi, ne parum multa scisse uiderentur, ea conquisierunt, quae nihil adtinebant, ut ars difficilior cognitu putaretur, nos autem ea, quae uidebantur ad rationem dicendi pertinere, sumpsimus. La "vanidad" de los autores de la Rhetorica. La impresión de que A y B no pueden ser la misma persona cobra fuerza al comparar sus respectivas actitudes frente al mundillo intelectual que había de juzgar sus méritos. Pues A, afectando despreciarlo, exhibe una arrogancia más bien áspera, proclamando que a él no le mueven, «como a los demás», ni la codicia ni la sed de gloria; B, en cambio, compone un prólogo de marcado tono apologético, en el que con mucho empeño y prolijidad procura poner de relieve las diferencias que median entre los testimonia y los exempla, y convencer al lector de que lo verdaderamente meritorio es servirse de ejemplos de cosecha propia, y no de citas de autoridad que, siendo tan ilustrativas como los exempla, pueden ser motivo de reproche y no de alabanza, por cuanto cabe entender que el que recurre a los testimonia peca de falta de originalidad, adornándose con galas ajenas:... non enim spe quaestus aut gloria commoti uenimus ad scribendum, quemadmodum ceteri, sed ut industria nostra tuae morem geramus uoluntati. La estimación de la retórica. Salta a la vista que B abrigaba la pretensión de hacer progresar la ciencia de la retórica, "engendrando y alumbrando preceptos nuevos". Es, por tanto, indudable que este tal B, que con toda seguridad sería un rhetor de oficio o de afición, apreciaba sobremanera su arte, en la que ansiaba distinguirse por la originalidad de sus aportaciones metodológicas. Parece también indiscutible que A, en cambio, despreciaba ese arte, o la apreciaba en medida mucho EM LXVII 2, 1999 menor que B, puesto que empieza diciendo que el interés por el estudio de la ratio dicendi es plausible -¿o tolerable? -sólo en atención al provecho que de la copia dicendi podía bajo ciertas condiciones obtenerse, y avisando al destinatario, real o ficticio, de su trabajo de que era la adsiduitas dicendi, y no la doctrina -ars -la que hacía al orador:... tua nos, Gai Herenni, uoluntas commouit, ut de ratione dicendi conscriberemus, ne aut tua causa noluisse aut fugisse nos laborem putares. et eo studiosius hoc negotium suscepimus, quod te non sine causa uelle cognoscere rhetoricam intellegebamus: non enim in se parum fructus habet copia dicendi et commoditas orationis, si recta intellegentia et definita animi moderatione gubernetur.... nunc, ne nimium longa sumatur oratio, de re dicere incipiemus, si te unum illud monuerimus, artem sine adsiduitate dicendi non multum iuuare, ut intellegas hanc rationem praeceptionis ad exercitationem adcommodari oportere. Es comprobable y evidente la sinceridad de esa declaración de principios e intenciones, en especial por lo que se refiere a la minusvaloración del artificium retórico, ya que A dedica todo el primer libro a la inuentio de las causae iudiciales, y a la de las causae deliberatiuae y demonstratiuae el segundo, comprimiendo en el tercero (y, en mi opinión, último) tres -dispositio, pronuntiatio y memoria -de las cuatro partes de las que, para A, constaba el artificium oratorio. En cuanto a la elocutio, materia única del libro de B, o cuarto libro de la Rhetorica, véase lo que dice A en el prólogo de su tercer libro, que se cierra con una muy significativa exhortación a centrarse, sin esperar a recibir el cuarto, en el estudio de los tres que, a juicio del autor, contenían toda la enjundia de su tratado:... reliquae quattuor partes erant artificii. de tribus partibus in hoc libro dictum est: dispositione, pronuntiatione, memoria. de elocutione, quia plura dicenda uidebantur, in quarto libro conscribere maluimus, quem, ut arbitror, tibi librum celeriter absolutum mittemus, ne quid tibi rhetoricae artis deesse possit. interea prima quaeque et nobiscum, cum uoles, et interdum sine nobis legendo consequere, ne quid inpediare, quin ad hanc utilitatem pariter nobiscum progredi possis. nunc tu fac attentum te praebeas: nos proficisci ad instituta pergemus. A la vista está que ese cuarto libro era, en la intención de A, mero apéndice -ne quid tibi rhetoricae artis deesse possit -por lo que sería legítimo, y hasta conveniente, despacharlo a vuela pluma -celeriter absolutum -, o sea sin poner en su redacción el esmero y el detenimiento que se palpan en el libro del rhetor ortodoxo B, el que hoy figura como cuarto, de cuya traza no pudo ser el de A, si este anti-rhetor llegó a escribirlo. 2 En todos los casos significaría'disputa, contienda verbal': «contentio est oratio acris et ad confirmandum et ad confutandum adcommodata». En este caso, como en el de contentio, las diferencias son más de referente que de significado: «dignitas est oratio cum aliqua grauitate et uocis remissione». Las terminologías de los autores de la Rhetorica. Si llegando a este punto ya parece probable que A y B no fueran la misma persona, el examen de las respectivas terminologías, por somero que éste sea, hace absoluta y definitivamente indefendible la atribución de la Rhetorica a un solo autor. Pues en la parte de A se hallan definidos nueve "términos técnicos" que en la parte de B, aparecen redefinidos, en principio para designar figurae traduciendo o calcando los correspondientes tecnicismos griegos. A saber: conclusio, conplexio, contentio, continuatio, demonstratio, dignitas, distributio, diuisio y ratiocinatio. Dejando para más tarde la consideración de diuisio, omitiré la de contentio 2, continuatio 3, demonstratio 4 y dignitas 5, vocablos que A y B usan con el mismo significado -el que les pertenece en el léxico latino común -aunque EM LXVII 2, 1999 6 Cic., Orat. Quintiliano resume así esa observación: «perihodo plurima nomina dat Cicero: ambitum, circumitum, comprensionem, continuationem, circumscriptionem» (Inst. IX 4.124), con lo que un lector de la Institutio poco avisado, y desconocedor de Cicerón, podría muy bien entender que éste vacilaba a la hora de traducir algunos tecnicismos griegos, o que usaba una terminología insegura o cambiante, falta de la que le acusa, aunque veladamente, Quintiliano. (Cf. mi comunicación al X Congreso Español de Estudios Clásicos, cuyas actas, Dios mediante, verán la luz en breve). 8 Así traducen ratiocinatio, respectivamente, G. Achard -que en nota al pie de la p. Indiscutible me parece que este "razonamiento" no tiene nada que ver con la a±tiología, que, según Quintiliano (Inst. IX 3.93), era el nombre que daba Rutilio Lupo a lo que Cicerón (De orat. III 207) llamaba la ad propositum subiecta ratio, figura -niega Quintiliano que sea sxÉma lécewj -que consistiría en hacer seguir a cada aseveración la pertinente "exposición de motivos". no con el mismo referente, hecho que en principio podría ser interpretado como muestra de lo poco que cuidaban el rigor formal de sus terminologías los romanos, y entre ellos Cicerón, que autorizó nada menos que cinco diferentes calcos o traducciones de períodoj, como algo ambiguamente hizo notar Quintiliano 6. Caso muy diferente es el de distributio y el de ratiocinatio, términos al parecer de uso corriente entre los rhetores romanos, y empleados por A con tecnicidad y muy propiamente, pero no así por B, que los toma en sus acepciones comunes, dando el nombre de distributio a un "reparto de cometidos y competencias" 7, y el de ratiocinatio a un "raisonnement interrogatif", o "ragionamento eziologico" 8. En cambio A toma en acepción especial esos dos términos, dando el significado de'combinación, con arreglo a cierto Compárese lo que dicen el uno y el otro: «ex ratiocinatione controuersia constat, cum res sine propria lege uenit in iudicium, quae tamen ab aliis legibus similitudine quadam aucupatur.... hic certa lex in rem nulla adfertur, et tamen multae adferuntur, ex quibus ratiocinatio nascitur, quare potuerit aut non potuerit iure testamentum facere...» Ésta es una de las bien conocidas coincidencias entre los libros ad Herennium y la primera obra retórica de Cicerón, que en ella define las diversas modalidades de la ratiocinatio, ninguna de las cuales se parece, ni de lejos, a la figura descrita por B en el libro IV. plan, de elementos diferentes' a distributio, que en virtud de ese significado puede referirse o al esquema del discurso 9 o a una variante de la contentio en la que el tono enérgico, propio de esa modalidad oratoria, da paso de cuando en cuando a breves accesos de uociferatio 10. Y para A, como para Cicerón, la ratiocinatio no es una concatenación de preguntas retóricas, sino el más puro razonamiento deductivo 11. Los desacuerdos terminológicos entre A y B alcanzan su punto crítico con el uso que el uno y el otro hacen de conplexio y conclusio, que en A son, respectivamente, el nombre técnico del resumen final, o recapitulación, y un vocablo común susceptible de diversos usos técnicos -como traducción de špílogoj (II 47) o de dílhmma (II 38), o como designación de una de las seis partes del discurso (I 4 y II 47) -, del que A se sirve con tanta soltura que no tiene reparo en decir (II 47) que la conclusio es uno de los lugares en los que la conclusio puede ser utilizada: La acepción técnica que A da a conplexio es asumida en la parte de B por conclusio, y conplexio, que propiamente significa 'abarcadura', aparece en el libro IV como calco formal de sumplokÉ, que en la terminología griega 12 designaba la combinación de la'naforá -B la llama repetitio -y la'ntistrofÉ, término traducido mediante conuersio por B, que dice de su conplexio que esta figura 13 utramque complectitur exornationem, lo que justificaría, por lo menos a sus ojos, el nombre latino que le da: conclusio est, quae breui argumentatione ex iis, quae ante dicta sunt aut facta, conficit, quid necessario consequatur, hoc modo:'quodsi Danais datum erat oraculum non posse capi Troiam sine Philoctetae sagittis, haec nihil alIud autem fecerunt, nisi Alexandrum perculerunt, hunc extinguere, id nimirum capi fuit Troiam'. El refundidor, o tercer autor, de la Rhetorica. En el caso de diuisio, y sólo en éste, el desconocido al que llaman auctor de la Rhetorica ad Herennium se percató de que, conculcando la norma esencial de las terminologías científicas y técnicas, éste era un término cargado con dos acepciones especiales, ya que designa la tercera de las partes de las que consta el discurso en el libro primero, y en el cuarto aparece como nombre de una figura retórica 14: sería la que Rutilio Lupo daba a la sucesión de a±tiologíai, que para Cicerón era la in distributis subiecta ratio. diuisio est, per quam aperimus, quid conueniat, quid in controuersia sit, et per quam exponimus, quibus de rebus simus acturi.... En otro lugar, el tal auctor se limita a constatar la doble acepción de conclusio, calificando de exornatio uerborum la conclusión recapitulativa del libro IV, como si entre ésta y la del libro II (28 y 46) pudieran apreciarse a primera vista diferencias substanciales: deinde conclusionem, de qua in secundo libro, quae opus fuerunt, diximus, demonstrantes argumentationes quemadmodum concludere oporteat: in hoc libro docuimus, cuiusmodi esset exornatio verborum, cui conclusioni nomen est (IV 56). A los libros "anteriores" -o, mejor dicho, a "los otros libros" -alude también de pasada en el capítulo 58 del IV, y en el prólogo de éste, que ocupa toda una octava parte de la extensión del libro, se disculpa por no entrar en materia casi sin preámbulo, como en los libros I-III: quoniam in hoc libro... quibus in rebus opus fuit exemplis uti, nostris exemplis usi sumus et id fecimus praeter consuetudinem Graecorum, qui de hac re scripserunt, necessario faciendum est, ut paucis rationem nostri consilii demus. atque hoc nos necessitudine facere, non studio, satis erit signi, quod in superioribus libris nihil neque ante rem neque praeter rem locuti sumus. nunc, si pauca, quae res postulat, dixerimus, tibi id, quod reliquum est artis, ita uti instituimus, persoluemus. sed facilius nostram rationem intelleges, si prius, quid illi dicant, cognoueris. Acto seguido, desmiente esas manifestaciones perdiéndose en una disquisición, innecesariamente larga y farragosa, acerca de las diferencias que han de marcarse entre un testimonium y un exemplum, y de lo inconveniente que es servirse de testimonia ajenos, y no de exempla propios, en las artes retóricas, cuyo mérito debe cifrarse, se dice ahí, en la originalidad. Hay, pues, indicios vehementes de que el erudito que perpetró la refundición en un solo cuerpo de los libros de A y el libro de B procuró, esforzada y EM LXVII 2, 1999 fallidamente, dar al conjunto una apariencia de unidad y cohesión. Empresa en verdad desesperada, puesto que sólo un auténtico genio de la falsificación podría haber conseguido que la obra de un rhetor y la de un anti-rhetor parecieran ser de la misma mano. Contenido y propósito de los libros I-III de la Rhetorica. El principal desacuerdo entre la parte de A y la de B radica, en efecto, en las orientaciones divergentes del uno y el otro: está muy claro que el interés de B se centraba -y no sólo por el asunto de su libro -en las exornationes, o sea en la pura preceptiva retórica; y es patente que A, en cambio, atendía sólo a la estricta eficacia, y que no pretendió componer una ars, sino redactar un manual eminentemente práctico de técnicas forenses, en el que puso de manifiesto su particular manera de entender el arte del orador: omnem orationem eorum, qui sententiam dicent, finem sibi conueniet utilitatis proponere, ut omnis eorum ad eam totius orationis ratio conferatur. utilitas in duas partes in ciuili consultatione diuiditur: tutam, honestam. tuta est, quae conficit instantis aut consequentis periculi uitationem qualibet ratione. haec tribuitur in uim et dolum, quorum aut alterum separatim aut utrumque sumemus coniuncte. uis decernitur per exercitus, classes, arma, tormenta, evocationes hominum et alias huiusmodi res. dolus consumitur in pecunia, pollicitatione, dissimulatione, maturatione, mentitione et ceteris rebus de quibus magis idoneo tempore loquemur, si quando de re militari aut de administratione rei publicae scribere uelimus. honesta res diuiditur in rectum et laudabile. rectum est, quod cum uirtute et officio fit. id diuiditur in prudentiam, iustitiam, fortitudinem, modestiam. prudentia est calliditas, quae ratione quadam potest dilectum habere bonorum et malorum. dicitur item prudentia scientia cuiusdam artificii: item appellatur prudentia rerum multarum memoria et usus conplurium negotiorum. iustitia est aequitas ius uni cuique rei tribuens pro dignitate cuiusque. fortitudo est rerum magnarum adpetitio et rerum humilium contemptio et laboris cum utilitatis ratione perpessio. modestia est in animo continens moderatio cupiditatem. La acotación que he puesto en cursiva ha sido tomada al pie de la letra, según es costumbre, como declaración de intenciones, y como prueba de que el auctor de la Rhetorica fue un erudito generalista. Así podría ser, y así me conviene que sea, ya que trato de demostrar que A no era un rhetor, un especialista en retórica. Pero ahora mismo me parecen más importantes otros aspectos de ese revelador pasaje, en el que A expresa con el más ácido de los sarcasmos su opinión acerca del estado de la cosa pública de su tiempo, dominada por la pecunia, la pollicitatio, la dissimulatio, la maturatio y la men-15 Todos los estudiosos datan la Rhetorica en la época inmediatamente anterior a la primera guerra civil, en torno al año 85 a.C. 16 Cf. titio 15; y al mismo tiempo refleja una realidad diecinueve siglos más antigua que la celebérrima máxima de Clausewitz: la fuerza de las armas era ya en la Antigüedad, por lo visto, una continuación de la oratoria, un factor con el que debía contar el orador, por lo que, contemplada con lúcido realismo la ratio dicendi, no estaría del todo fuera de lugar en un tratado de esa materia la consideración de la ultima ratio regum. Pero A, sin ignorar la realidad, prefiere atenerse al ideal, y aplazando sine die el estudio de los aspectos extrarretóricos de la oratoria se centra en el de las cuatro animi uirtutes 16, que son las cardinales nuestras, prudencia, justicia, fortaleza y templanza. Las identidades de los autores de la Rhetorica. Para terminar, reafirmándome en la idea de que fueron dos más uno, y no uno solo, los autores de la llamada Rhetorica ad Herennium, me declaro igualmente convencido de que B fue efectivamente ese Cornificio al que muchos atribuyen la paternidad de los cuatro libros, reunidos por obra de un erudito falsario cuya identidad de ninguna manera podrá ser establecida. Pero no acierto a resignarme, que sería lo más prudente, a descartar definitivamente la posibilidad de averiguar quién fue A, el autor verdadero de los libri ad Herennium que tanto estimaba el más sabio de los santos -o el más santo de los sabios, que en esto hay opiniones -, porque me retienen en el reino de la incertidumbre un par de hechos, a saber: 1) Sabemos por Marco Tulio Cicerón 17 que Quinto, su hermano menor, militar de profesión como es notorio, se interesaba vivamente por la ratio dicendi, siendo en sus últimos años crítico amigable de la obra EM LXVII 2, 1999 18 En el primer párrafo (I 1) del prólogo, que más arriba he reproducido, A recomienda acomodar la ars a la exercitatio, y el último párrafo del último de los libros ad Herennium acaba diciendo «tu primas quasque partes in animo frequenta et, quod maxime necesse est, exercitatione confirma». III 40). retórica de juventud -el De inuentione -de su hermano Marco, cuya obra oratoria habia dejado chica y anticuada, a juicio de Quinto, su primera doctrina retórica. 2) Sabemos también, por esa misma fuente, que Quinto, coincidiendo con su hermano en muchos puntos, en uno esencial discrepó de él hasta el final de sus vidas: Quinto opinaba que la clave última de la elocuencia residía en la exercitatio mucho más que en el estudio afanoso de las artes de los rhetores más afamados, y en esto estaba perfectamente de acuerdo con el autor A de los libros ad Herennium 18. Dado que Quinto muy bien podría ser ya hombre -nació en el 102 a.C., y la primera parte de la Rhetorica suele fecharse entre el 88 y el 80 -en la fecha de composición de esos libros, no sería descabellado por este concepto atribuírselos, y esta hipótesis explicaría y justificaría, en primer lugar, la atribución por San Jerónimo de los libros ad Herennium a Tulio Cicerón, y, lo que es mucho más importante, las coincidencias notabilísimas y las marcadas discrepancias que entre esos libros y el tratado De inuentione han sido detectadas y estudiadas exhaustivamente. Pero esto, ciertamente, tendría, por el momento, más de fantasía que de hipótesis, y me apartaría de mi único propósito, que en este mismo instante es poner de manifiesto que la llamada Rhetorica ad Herennium es el resultado de refundir en un solo cuerpo los libros ad Herennium de autor todavía desconocido y un tratadillo de figuris que, casi seguramente, sería de un rhetor, de nombre Cornificio, del que nos da algunas noticias Quintiliano.
En la Antigüedad se consideró que ambas obras fueron escritas por el mismo autor, un solo Opiano, cuya vida era bien conocida a través de un artículo de la Suda y de varias biografías, dos en prosa y una en verso, tal y como ha estudiado P. Hamblenne, «La légende d' Oppien», Los otros dos tipos de poema didáctico son, según B. Effe (Dichtung und Lehre. Untersuchungen zur Typologie des antiken Lehrgedichts, Münich, 1977, pp. 26 y ss.), los siguientes: A) Tipo Normal: la forma del poema está al servicio del contenido. Su principal representante es Lucrecio. B) Tipo Formal: la forma ocupa el primer plano. El poeta pretende delectare y no docere. Su máximo exponente es Nicandro. Teniendo en cuenta la tradicional dicotomía establecida en la poesía didáctica entre la búsqueda de instrucción o la búsqueda de deleite 4, una parte de la crítica ha señalado que Opiano de Cilicia compuso las Haliéuticas con una finalidad moralizante. Esta es la opinión de B. Effe, para quien la obra tendría que ser clasificada dentro de lo que él denomina "tipo transparente" de poema didáctico, es decir, aquel en el que el objeto real de la instrucción no es aquello que constituye la materia del poema -sea la astronomía, la caza o la pesca -, sino la enseñanza de otras cuestiones tomando como excusa el material poetizado. Arato, Virgilio y Opiano de Cilicia son los modelos básicos de este tipo de poema 5. Otra parte de la crítica, como, por ejemplo, James 6, opina que la composición de Opiano ha de interpretarse desde el punto de vista de la tradición helenística, en la que el principal objetivo de los poetas didácticos fue componer admirables ejercicios de erudición poética. Ahora bien, más allá de la dicotomía planteada por la crítica, es preciso, 7 E. Pöhlmann, «Charakteristika des römischen Lehrgedicht», ANRW I, 3, 1973, pp. 813-901. Una versión abreviada del mismo trabajo se puede encontrar en «Sabiduría útil: el antiguo poema didáctico», Historia de la Literatura Universal: I. El mundo antiguo, Madrid, 1988, pp. 135-162. En general, durante mucho tiempo, predominaron las opiniones negativas con respecto a este movimiento: cf. Schmid-Stählin, Geschichte der griechischen Literatur, 2.2, Münich, 1924, pp. 663-671 y B. A. van Groningen, «General Literary Tendencies in the Second Century A. D.», Mnemosyne 18, 1965, pp. 41-56. Fruto de una nueva valoración es el surgimiento de un amplio interés por esta época de la literatura griega. En este sentido, cf. las obras de B. P. Reardon, Courants littéraires grecs des II et III siècles après J.C., París, 1971; de G. W. a nuestro juicio, analizar la obra de Opiano en el marco de la poesía didáctica greco-latina, tal como, en parte, ya hizo Pöhlman 7. Este tipo de análisis es imprescindible si queremos conocer con mayor precisión las características de una obra que constituye el resultado de una larga evolución del género. En esa línea, el presente trabajo tiene como objetivo analizar la utilización por parte de Opiano del tema de las "edades del mundo", de profunda raigambre literaria, a lo largo del libro II de sus Haliéuticas, y confrontarlo no sólo con la tradición previa sino también con los condicionantes socio-políticos presentes en el momento en que el poema fue redactado. Este análisis permitirá contemplar el segundo libro de su obra -y, por extensión, el resto del poema-como un exponente de la poesía griega que floreció a lo largo del último cuarto del siglo II d.C., en el final de la fructífera época de los Antoninos. Pero antes de pasar al análisis concreto, parece conveniente recordar, aunque sea de forma somera, las características generales de los poetas griegos de época imperial y su relación con Opiano. Los poetas griegos de época imperial y sus características generales. Las Haliéuticas de Opiano de Cilicia es un poema didáctico que pertenece a un período de la literatura griega, la época imperial, caracterizado por un abrumador dominio de los escritores en prosa. Frente al amplio desarrollo de los géneros poéticos en la época helenística, los autores imperiales manifestaron escaso interés por las formas literarias tradicionales en verso; las mentes más agudas del momento centraron su atención en la filosofía y, sobre todo, en la retórica, dando lugar al movimiento conocido como Segunda Sofística 8. En todo caso, a pesar de tratarse de un grupo de importancia menor, los poetas de época imperial comparten una serie de características generales 9 que, en el caso de Opiano, se cumplen en todos sus puntos, haciendo de él un poeta representativo de su tiempo. Esas características son las siguientes: procedencia oriental, movilidad, contrapartida económica u honorífica y erudición. Al igual que algunos de los principales autores griegos de época imperial, Opiano procede de las regiones orientales del mundo romano 10. En concreto, de Cilicia, en Asia Menor, como el mismo poeta declara, al señalar que los dioses lo han alzado para ser delicia y cantor entre los cilicios 11. Más adelante, concreta la localización de su patria chica al hablar de la ciudad de Corico, famosa por sus barcos 12. Esta procedencia oriental, confirmada por el mismo autor, es un rasgo compartido con la mayor parte de los poetas del período. Así, Posidipo procede de la Tebas egipcia; Mesomedes es de Creta; Páncrates vio la luz en Alejandría; Quinto parece haber nacido en Esmirna; y egipcios son la mayoría de los poetas de la escuela de Nono, como Trifiodoro, Coluto o Museo; finalmente, el otro Opiano, el autor de Cinegéticas, era oriundo de la ciudad siria de Apamea. 13 Cf. al respecto el magnífico análisis sobre la época en general, y sobre la parte oriental del imperio en particular, de A. Esta situación no es extraña si se tiene en cuenta el renacimiento económico que vivió la zona asiática del imperio a partir del reinado de Augusto y muy especialmente a lo largo del siglo II d. C., cuando la paz imperial acabó con las exacciones abusivas y con los saqueos en la parte oriental del imperio. Esta nueva situación, favorecida sucesivamente por Adriano (117-138), Antonino Pío (131-161) y Marco Aurelio (161-180), propició, en efecto, que las emprendedoras ciudades helénicas de Asia recobraran parte de su antiguo esplendor 13 y pudieran aportar los medios materiales que habrían de sustentar las nuevas corrientes literarias e intelectuales 14. Sin embargo, a finales del siglo II, en el momento en el que Opiano desarrolla su labor poética, a lo largo de gran parte del reinado de Marco Aurelio, asistimos al final de este período de prosperidad a causa de las guerras exteriores y del desequilibrio entre ingresos y gastos 15. De hecho, a partir de la década de los setenta, fecha de composición del poema, el sistema comienza a resquebrajarse, lo que pensamos que también se percibe en la obra de Opiano. Alejados de los centros de poder, como consecuencia de su origen oriental, los poetas de época imperial se caracterizan por su movilidad a lo largo del mundo romano en busca de mecenazgo y protección. Ya los poetas helenísticos, como es bien sabido, realizaron frecuentes viajes en busca de protectores y mecenas. Estas condiciones, aunque cambiaron considerablemente a lo largo de la época imperial, siguieron manteniéndose al menos en dos casos: en el de los maestros de retórica, que recorrían las regiones imperiales dando conferencias y abriendo improvisadas escuelas; y en el de los poetas profesionales, que iban a la búsqueda de mecenas que financiaran su labor poética. Quizás el ejemplo más extremo sea el de Claudio Claudiano, poeta nacido en Alejandría a finales del siglo IV d. C., que alcanzó en Roma sus más importantes éxitos, escribiendo en latín elogios de las gestas de sus protectores 16. En el caso concreto de Opiano, la movilidad parece obedecer, de entrada, a una cuestión más personal. Así, entre los datos biográficos transmitidos por la Suda y por sus Vitae, se destaca el hecho de que uno de los dos Opianos era hijo de Agesilao, un varón distinguido y erudito que tuvo que abandonar su ciudad natal por un desplante hecho al emperador Septimio Severo, sufriendo por ello el destierro en una isla del Mediterráneo 17. Pues bien, Opiano, años más tarde, ya con su obra poética bajo el brazo, emprendió camino hacia Roma con la intención de conseguir para su padre, según cuentan sus biógrafos, el perdón y la posibilidad de regresar a su patria. Sin embargo, más allá de las informaciones contradictorias que nos ha legado la antigüedad sobre tal peripecia vital 18, lo cierto es que, teniendo en cuenta sus precedentes en la literatura romana -especialmente en el caso de Virgilio y su relación con Augusto -, pensamos que el viaje a Roma de Opiano de Cilicia y la relación con Marco Aurelio hay que ponerlos en relación más bien con el papel decisivo que desempeña la figura del princeps en la poesía didáctica del momento (o, incluso, la del rétor en la administración del estado) que con el loable y meritorio deseo de obtener el perdón para su progenitor. Los poetas y rétores que encandilaban a la sociedad del momento conciben su tarea como un quehacer por el que reciben una contrapartida honorífica o económica. En este sentido, consideramos que el poema de Opiano es la típica obra de un autor provinciano deseoso de hacerse un nombre en la capital del Imperio. El autor dedica el poema a Marco Aurelio, aprovechan- Una selección de esta poesía puede leerse en N. Hopkinson, Greek Poetry in the Imperial Period. Sobre la poesía en Asia Menor en el siglo II do el apogeo cultural de la época de los Antoninos y el vivo interés que el emperador había manifestado por la poesía griega 19. Los resultados no se hicieron esperar según cuenta la Suda: la labor poética de Opiano fue muy generosamente pagada, recibiendo una moneda de oro por cada hexámetro. Los poetas de época imperial son, como lo habían sido sus lejanos antecedentes helenísticos, eruditos. Sus obras muestran un detallado conocimiento de los giros, la lengua y el metro de toda la milenaria tradición griega, lo que no habría sido posible sin un estudio minucioso de la poesía helena anterior. La consecuencia inmediata es que estos poetas manejaron un vocabulario de una enorme riqueza, procedente, en su mayor parte, de la lengua literaria tra-cia con los escritores de manuales en prosa, se dedicó a elaborar amplias composiciones didácticas. Ahora bien, ¿qué motivos empujaron a un creador como Opiano a seguir esta segunda línea? Pensamos que hay dos: en primer lugar, como comprobaremos en la siguiente sección, al hecho de que la poesía didáctica gozaba de gran aceptación en el mundo romano; en segundo lugar, porque, gracias a esos precedentes romanos, sobre todo Virgilio, el poema didáctico se había convertido en un medio de mostrar la valía poética, a la vez que permitía practicar una poesía cercana al poder. Un ejemplo representativo del modo de proceder de Opiano lo observamos precisamente en su tratamiento del tema de la justicia y de las edades del mundo presente en el libro II, en el que pensamos que hay una perfecta integracion entre forma 23 (a través de un motivo literario de larga tradición) y contenido 24 (una selección de información científica de tipo ictiológico proporcionada por sus fuentes en prosa), en el marco de los nuevos condicio-Opiano desarrolla lo que Pöhlmann, art. cit., pp. 852 ss. denomina «forma ampliada del poema didáctico». La mayor parte de las obras didácticas griegas, siguiendo el modelo hesiódico, estructuraba el tema tratado en un solo libro, con un ordenación interna mediante simples asociaciones de ideas. Frente a esta situación, vigente hasta la obra de Dionisio Periegeta, el De rerum natura lucreciano estableció un segundo modelo más complejo compuesto por varios libros. El desarrollo de este modelo, con la consiguiente expansión del contenido, obligó a los poetas didácticos a prestar una mayor atención a la estructura interna. Así ocurre con Opiano, que, en busca de éxito, adopta una característica propiamente romana, elaborando una obra de gran complejidad formal, con una estructura muy cuidada, compuesta por dos partes claramente diferenciadas: la primera (libros I-II) estudia la vida y hábitat de los peces, y la segunda (libros III-V) se centra en el arte de la pesca: tras pasar revista a los atributos con que ha de contar el buen pescador en comparación con el cazador, el poema describe cómo son capturados diversos tipos de peces y acaba con una loa a la superioridad del hombre sobre los animales marinos. Análisis detallados de esta estructura se encuentran en R. Keydell El contraste entre el modo de vida del mújol, que le hace acreedor de un honorable nantes políticos y sociales. El libro II cierra la primera parte 25 de las Haliéuticas. En él, tras un proemio (II 1-42) en el que se desarrolla el tópos del πρäτος εßρετής 26 -lo que permite presentar a diversos dioses como los creadores de tareas y funciones vitales para los hombres (II 3-32) -, Opiano describe (II 43-663) la enemistad entre los animales marinos y su cruenta lucha por la supervivencia 27. En claro contraste con ello, el autor termina con una breve exposición (H. II 642-663) dedicada a describir, como caso excepcional, el manso y justo comportamiento (πρηΰτατόν τε δικαιότατόν τε νόημα) del mújol, pez que no perjudica a ninguno ni de su especie ni de otra 28 Con todo, no debe llamar la atención que Justicia habite lejos del mar, cuando no ha mucho que ella, la más augusta entre las diosas, ni siquiera ocupaba un trono entre los mortales, sino que los tumultos de sonido terrible y la impetuosa locura de Ares, destructor de hombres, y la Discordia, pródiga en dolores, madre de la guerra que tanto llanto, arrasaban la desgraciada raza de los mortales. Y cuando tampoco eran muchos los mortales que se diferenciaban de las bestias salvajes, sino que, más fieros que leones, cubrían las torres bien amuralladas y las moradas y los aromáticos templos de los inmortales con la sangre de los hombres y con el humo oscuro de Hefesto; hasta que el Crónida se apiadó de la desgarrada raza y, ofreciéndosela a vosotros, hijos de Eneas, os encomendó la dirección de la tierra. Pero, incluso entre los reyes anteriores de los Ausonios, se enfurecía Ares, levantando en armas a los celtas y a los orgullosos iberos y la gran extensión de Libia y los dominios del Rin, y al Istro y al Éufrates. Pero, ¿por qué acordarme de estos hechos de la lanza? Pues observo que ahora, tú, Justicia, sustentadora de ciudades, compartes el hogar y la morada con los mortales desde que me gobiernan, alzados en un gran trono, ambos, el excelente padre y el espléndido retoño, gracias a cuyo gobierno está abierto para mí un dulce puerto. De entrada, como es evidente, nos encontramos en estos pasajes -sobre todo en el primero -ante un eco de los famosos versos de Trabajos 32 en los que Hesíodo recomienda a Perses obedecer a la justicia y no actuar con la fuerza bruta como las bestias salvajes, siguiendo la norma dictada por el Crónida. Hesíodo llegaba a la conclusión de que «no existe justicia entre los animales». Este mismo aspecto, partiendo seguramente de un comentario de la misma fuente, es también tratado por Plutarco en De sollertia animalium (964 B) 33 y por Eliano (VI 50) 34, si bien, en este caso se pone en relación con EM LXVII 2, 1999 §δωκε δίκην» πρÎς •λλήλους... J. González (edd.), Las letras griegas bajo el imperio, Sevilla, 1996, pp. 53-133, al respecto describe (p. 103 ss.) un epílogo «extenso (II 664-683), en el que el tema de la violencia entre los peces conduce al motivo tradicional de la personificada Δίκη entre los humanos, cuya conquista culmina, como era de esperar, bajo el cetro de los soberanos elogiados». 36 Según Fontenrose, art. cit., el mito sería para Hesíodo un αÇτιον con el que explicar la necesidad de trabajar para vivir. Para Arato y sus seguidores, en cambio, el declive moral de las razas es una de las características primarias del mito. la debatida cuestión de la inteligencia de los animales. Tanto Plutarcoanterior a Opiano -como Eliano -posterior a él -llegan a la conclusión de que sí existe justicia entre los animales terrestres y que, en todo caso, la afirmación hesiódica sólo tendría validez entre los animales marinos. Pues bien, este último aspecto, que cuenta con una clara tradición, es el que precisamente ha servido a Opiano para estructurar el libro II de su poema. En todo caso, la utilización de este lugar común por parte de Opiano va mucho más allá de un simple uso de las fuentes en prosa y debe ser relacionado con la tradición poética anterior. Así, el tema de la justicia es uno de los más importantes que desarrolla Hesíodo no sólo en Trabajos, sino también en Teogonía, donde, al vencer Zeus a Cronos y a los Titanes, se implanta un orden nuevo, del que el Crónida es el valedor. Ahora bien, teniendo en cuenta el epílogo de Opiano 35 y las conclusiones a las que pretende llegar, los puntos de contacto con la tradición poética previa tienen que ver sobre todo con uno de los aspectos más importantes del tema de la justicia en el mundo: el llamado mito de las edades del mundo, que gozó de gran desarrollo en la poesía didáctica greco-latina: a) Hesíodo, en Trabajos, introduce el mito de las cinco edades 36, en el que cada raza es reemplazada enteramente por otra y donde el autor predice que, al final de la edad de hierro, debido a la degradación producida, ΑAEδώς y Νέμεσις marcharán al cielo 37 Lucr., V 1423-5: tunc igitur pelle, nunc aurum et purpura curis / exercent hominum uitam belloque fatigant; / quo magis in nobis, ut opinor, culpa resedit. A Study of the Georgics, Leiden, 1980, pp. 41 ss. mito de las edades, mito que en Arato también consiste en una progresiva degradación de la raza humana, en la que la edad de plata es vástago de la de oro, y la de bronce es vil descendiente de la de plata. Es en la edad de plata donde dan comienzo las disputas entre los hombres, razón por la cual Δίκη se retira a la cima de una montaña. Al agravarse las discordias en la edad de bronce, la diosa Δίκη se elevó al cielo para convertirse en una constelación 38. c) Esta visión pesimista de la degradación progresiva de la raza humana y el alejamiento de la justicia es una idea compartida por los poetas romanos 39. Así, Lucrecio considera que el incremento de las guerras y de la decadencia moral se deben a una culpa innata en el ser humano, preocupado sólo por el oro y la púrpura 40. Por su parte, Catulo termina su carmen 64 con una descripción de la edad de hierro, señalando su convencimiento de que la tierra arrastra una mancha de generación en generación que hace inevitable su deterioro 41. Ovidio, en Metamorfosis I 89-150, retoma el mito de las edades, con una progresión decadente a lo largo de cuatro edades -oro-plata-broncehierro -que supone una vuelta al modelo descrito por Hesíodo. d) Frente al planteamiento desarrollado por estos poetas, Virgilio, según ha estudiado Johnston 42, supone un cambio sustancial: En primer lugar, frente a una visión marcada por el pesimismo, que habla de una edad áurea situada en un pasado mítico irrecuperable, Virgilio muestra la posibilidad de retornar a 2.4. Por su parte, teniendo en cuenta esta tradición previa, consideramos que Opiano sigue la línea emprendida por Virgilio en el tratamiento de este motivo literario. De hecho, la estructuración de todo el libro II de las Haliéuticas está elaborada según las pautas del autor de la Eneida, al trasladar el mito tradicional de las edades del mundo al plano político. Así, tras haber introducido al comienzo del libro II el tópico hesiódico de la falta de justicia en el mundo de los peces, en el epílogo reinterpreta todo lo tratado bajo los nuevos parámetros virgilianos. En primer lugar, el mito de las razas queda reducido al mismo binomio hierro/oro expresado por Virgilio. Frente a la raza que sufría la «impetuosa locura de Ares» y la «discordia pródiga en dolores», los hombres actuales viven en una época dominada por la Justicia. En segundo lugar, Opiano, para que no quede ninguna duda sobre la identificación de la nueva edad dorada, procede a concretarla de un modo que afecta tanto al plano espacial como al temporal: a) Plano temporal. Opiano mantiene una postura optimista frente a la pesimista defendida por la tradición previa a Virgilio, al manifestar que es posible la llegada de una nueva edad de oro tras un período en el que falta la justicia y en el que los hombres no se diferencian de las bestias (II 269-270). Evidentemente, esta ubicación de esa nueva aurea aetas en un presente histórico perfectamente definido, que es regido por el emperador antonino al que se ha dedicado el poema, sigue la estela de la actitud de Virgilio con respecto a Augusto -acorde con la perspectiva latina que adecua el mito a la historia -, y, sobre todo -lo que creemos que es fundamental -muestra a las claras la intencionalidad política del pasaje analizado en concreto (que va más allá de la simple lisonja y alabanza del poder imperial) y del libro II en general. Esta nueva época de paz a la que se hace referencia cuenta con un precedente de época augústea de tal calibre en la tradición poética que su inclusión y desarrollo en la obra del poeta de Cilicia, al final del siglo de los Antoninos, ha de obedecer a razones afines a las que motivó su empleo por parte de Virgilio. b) El ámbito de referencia espacial pasa del territorio impreciso del mito al mundo romano contemporáneo. Así, Opiano cuenta que, tras el período de brutalidad, la Edad de hierro en la que los hombres actuaban como bestias salvajes, el Crónida se apiadó de los hombres y envió precisamente a los hijos de Eneas para conservar su raza (II 674-5), afirmación especialmente significativa si tenemos en cuenta que es pronunciada por un poeta griego. Esta referencia a los descendientes de Eneas se concreta en los guías de esa nueva edad de oro. Si en Virgilio ese guía era un niño que había de nacer o un La difícil situación real que sabemos que existió en esas fronteras del imperio 51 durante el reinado de Marco Aurelio convertiría la afirmación de Opiano más en la expresión de un deseo que en la celebración de una realidad, lo que permitiría entrever una de las intencionalidades políticas del pasaje: la exaltación poética de un régimen que daba serios indicios de crisis. No obstante, sin descartar esta hipótesis -que, como veremos más adelante, se justifica por medio de la comparación con la línea de pensamiento político desarrollada a lo largo del siglo II d. C. -, la explicación más simple de esta nueva edad de oro alabada por Opiano está estrechamente ligada a las fechas que suelen barajarse para la publicación de la obra; es decir, entre los años 177 y 180. En efecto, el período de paz exaltado por el poeta coincidiría con el regreso triunfal de Marco Aurelio a Roma, tras ocho años de ausencia por culpa de sucesivas campañas militares. Justo en este momento (otoño del año 176 d.C.) asistimos a un período excepcional en el reinado de Marco Aurelio 52. Han sido sofocados temporalmente tanto los focos de tensión situados en las fronteras del imperio (Britania, Hispania, Egipto, Germania y las fronteras del Danubio y del Éufrates -coincidentes en gran medida con los confines geográficos señalados por Opiano), como eliminado el riesgo cierto de una guerra civil, provocada por la rebelión de los ejércitos romanos de Oriente al mando de Avidio Casio 53. Esta situación, como ha estudiado P. Grimal 54, tuvo su evidente reflejo en la acuñación de moneda a partir, precisamente, del año 176, con el predominio de divisas como concordia exercituum -en referencia al episodio protagonizado por Casioo Pax aeterna 55. El emperador en este momento aparece, más que nunca, como protector del Estado. Marco Aurelio y Cómodo son proclamados imperatores por los soldados en noviembre del año 176 y juntos, el 23 de diciembre del mismo año, celebran en Roma su triunfo común. Este período excepcional en el ámbito político fue acompañado de la distribución de un congiario entre el pueblo56 y de la condonación de las deudas particulares con el tesoro. Era como si el pasado quedase abolido y todo volviera a comenzar de nuevo. En resumen, era como si la edad de oro que Virgilio situó en los años de Augusto hubiera vuelto a producirse en este momento feliz del reinado de Marco Aurelio. De hecho, como resalta el poeta como conclusión de todo el pasaje (II EM LXVII 2, 1999 57 El término empleado en otros lugares de las H. es Òμοφροσύνη. Los contextos son muy significativos: I 415 (poder de Zeus, que ha unido a todos los seres con un vínculo de concordia) V 444 (relación de concordia entre los hombres y los delfines, los reyes del mar) y V 563 (hombres que pescan delfines, quebrantando la mutua concordia). Con respecto a este término en época imperial, cf. A.P. VII 551, donde se emplea el mismo término para referirse a la Concordia personificada. 680-681), lo relevante, sobre todo, es que, en el momento actual (νØν), la Justicia comparte el hogar y la casa con los hombres. De este modo, el poeta cilicio, partiendo del tópico hesiódico de la falta de justicia en el mundo de los peces y en el de los hombres de estirpe de hierro, lo reconvierte, dotándolo de un marcado carácter político, en un medio de alabar y enaltecer el justo reinado de Marco Aurelio sobre el mundo contemporáneo, que, según Opiano, representa una nueva edad de oro en la que el emperador ha conseguido la paz y ha acabado con la «Discordia pródiga en dolores» (II 668: }Ερις •λγεσίδωρος). Esta idea, si tenemos en cuenta el marco de la poesía didáctica greco-latina previa, tiene un valor evidente. La alabanza a ese poder imperial que ha traído la paz no es sólo una referencia laudatoria más de las muchas que contienen este tipo de poemas en época romana, cuando el destinatario de la instrucción -el princeps -se coloca por encima del poeta. Pensamos que, teniendo en cuenta los datos históricos, va más allá de la simple adulación hacia el elevado destinatario de la instrucción didáctica, y que el poeta ha utilizado el ejemplo negativo que proporciona el predatorio y cruel mundo de los peces para resaltar la aportación del poder imperial a la pacificación y finalización de la citada discordia en un imperio que, no obstante, ya entraba en crisis. Este último término es clave, ya que pone de manifiesto la importancia de algo que no se cita directamente en este pasaje del poema 57, pero cuya importancia es resaltada de manera continuada: la idea de concordia o Òμόνοια como fuerza integradora y como medio de superar los períodos de crisis, una idea de enorme peso en la cultura griega y romana. En este sentido, pensamos además que no sólo influyó sobre Opiano la tradición literaria previa y la decisiva figura de Virgilio, que permitía contemplar el presente como una vuelta a los años dorados, sino que el autor enfocó y reinterpretó el contenido ictiológico desarrollado en el libro II en la misma dirección que algunos de los prosistas más destacados de la Segunda Sofística, como Dión de Prusa o Elio Aristides, quienes en sus discursos concedieron gran importancia a la cuestión de acabar con las disputas y de propugnar la concordia en los dos sentidos del término: concordia nacional opuesta a πόλεμος y concordia social opuesta a στάσις. El tema de la concordia suscitó el interés y la preocupación de los autores de la Segunda Sofística, como han estudiado Sirago 58 y Bravo 59, ya sea por la necesidad de afrontar una situación explosiva que comenzaba a expandirse entre las clases humildes, ya como consecuencia de las frecuentes rivalidades entre ciudades. Así, para Dión de Prusa 60, la ciudad concorde es similar a una casa bien administrada. Lo que hay que alabar en los hombres 61 es la disciplina (εÛταξία), la mansedumbre (πρ'ότης), la concordia (Òμόνοια) y el orden de su régimen político (κόσμος πολιτείας), sin el que la comunidad no puede existir 62, lo que lleva a Dión a decir que la ley es para las ciudades un instrumento más útil que el timón para los barcos 63. En este contexto, el sofista propone el ejemplo de ciertos animales terrestres -descarta los marinos por la "mala prensa" que hemos visto que arrastraban -, como las hormigas 64, los pájaros 65, o las abejas 66, que constituyen un modelo de conducta. Elio Aristides, por su parte, en su discurso A los rodios 22 ss., afirma que obedecer a uno más poderoso es ley de naturaleza y que desobedecerlo no lleva en modo alguno a la libertad, sino a la anarquía; Hasta tal punto está presente esa amenaza en los autores griegos del período que, por ejemplo, en el modelo de βασιλικÎς λόγος que nos ha transmitido Menandro el rétor, se destaca de manera preferente el papel del emperador como pacificador, defensor y guardián del orden romano (cf. 377.15-17) frente a otras características como la de simple benefactor de ciudades. J. Ferguson, «Homonoia», en Moral Values in the Ancient World, Londres, 1958, pp. 118-132, señala que la Òμόνοια propugnada en el mundo romano desde Augusto no está unida a la idea de una ciudad (o ciudades como en el caso de Dión de Prusa) o de un pueblo (como en el caso de Plutarco: los griegos han de renunciar a la rebelión y fomentar la tolerancia), sino que se refiere a la inconmensurable majestad de la Paz Romana de la que habla Plinio (N.H., XII 2; XXVII 3) y que incluso alaban los apologetas cristianos. afirmación esta última que, precisamente, presenta claras concomitancias con el comienzo del libro II de Opiano, donde se defiende la sumisión de los hombres a un poder divino, que regula y dirige todo desde lejos, pero estando muy cerca (H. II 7-8); y el que un destino inmutable obligue a los hombres a prestar obediencia (H. II 8-9). Esta necesidad de orden y concordia expresada por los autores de los dos primeros siglos d. C. tiene dos causas principales. En primer lugar, surge por influencia de la línea de pensamiento oficial, el estoicismo, que, en las manos de los nuevos sofistas y poetas, se puso al servicio del orden constituido y de la paz pública. Así, bajo el reinado de Marco Aurelio, se extiende la idea de un imperio mundial 67, regido por la fuerza y por la ley; y de una sociedad piramidal cuyo vértice es el emperador, preocupado por la salvación de todos los hombres. Con el objetivo de difundir y fortalecer esta idea, la cultura griega es puesta al servicio de la realidad política del momento. En segundo lugar, el comienzo de una nueva crisis en el imperio, con problemas en la frontera y con un progresivo empobrecimiento interior 68, justifica esa preocupación por el orden y la concordia. En este sentido, el elogio de la concordia entre las ciudades y los hombres servía para sancionar un orden constituido que comenzaba a verse amenazado 69. Ahora bien, mientras autores como Dión de Prusa tratan estos asuntos con un objetivo exclusivamente moralizante, Opiano es un poeta que sigue la línea iniciada por Virgilio, con la intención de defender una postura más política que ética 70. En el epílogo del libro II Opiano afirma que esa paz y justicia no son una meta, sino una gracia otorgada por la divinidad al emperador 71. Pensamos, pues, que la intención última del poeta va más allá de hacer un cumplido a la autoridad imperial o de ofrecer una enseñanza moral: el objetivo del libro II de Haliéuticas es realizar una exaltación del régimen establecido. En este sentido, Opiano adopta una postura más cercana a la defendida por Elio Aristides, en su discurso Sobre la concordia 72, donde deja claro que la ciudad de Roma es la que domina la tierra, o en su discurso A Roma 73, donde señala que el marco político impuesto por los emperadores romanos como el mejor de los posibles 74, hasta el punto de contraponerlo incluso a los vanos intentos previos llevados a cabo por los griegos para conseguir la paz y la unión. Así pues, ambos griegos se oponen tanto a aquellos compatriotas que no encontraban un cauce adecuado para sus pretensiones políticas, como a los que miraban el pasado de Grecia con cierta añoranza 75. Para Opiano, como poeta griego sumiso al poder romano, la única opción defendible es mantener el status quo del imperio y mucho más ante el presente momento de gloria de Marco Aurelio y, por extensión, de Cómodo, su futuro sucesor. En conclusión, creemos haber demostrado que Opiano de Cilicia, en el libro II de las Haliéuticas, retoma el tema tradicional de "las edades del mundo" y lo reconvierte bajo la influencia de la tradición poética previa, en la que desempeña un papel decisivo el nuevo enfoque dado por Virgilio; Opiano selecciona a partir de sus fuentes en prosa los datos que considera útiles para desarrollar el tema de la ausencia de justicia en el mundo marino, constituyendo un ejemplo de conjunción de forma y contenido; y el resultado obtenido, la alabanza del poder constituido, del emperador que, con sus victorias externas e internas, ha conseguido instaurar una nueva aurea aetas en la que se ha puesto fin a la discordia y se ha restituido la justicia, coincide con una de las preocupaciones más importantes de los pensadores del siglo II d. de C. Según eso, retomando la tesis de Effe sobre la finalidad moralizante del poema y la de James sobre un interés únicamente estético del mismo, hemos comprobado que, al menos en el libro II de Haliéuticas, existe un objetivo que va más allá de lo meramente estético -de una poesía por la poesía -, y que este objetivo es más de índole política que moralizante. Así pues, hemos de concluir que, por lo menos en lo que se refiere al libro II, el poema de Opiano ni es solamente un ejercicio de erudición poética, ni su finalidad última es simplemente la de fustigar los vicios de una sociedad de hombres que pueda parangonarse con la de los peces. Por lo demás, pasajes fundamentales de las Haliéuticas también están concebidos como un medio de alabanza y justificación del poder del emperador 76. En definitiva, se trata de una obra escrita en griego que encontró su perfecto acomodo en una época, la de los Antoninos, en la que la retórica y la poesía griega gozaron de gran aceptación, y en la que el objetivo final de sofistas y poetas fue alcanzar el favor imperial.
Este artículo ha sido realizado gracias a beca del "Comissionat per a Universitats i Recerca de la Generalitat de Catalunya" FI/96-2.624 por el trabajo de investigación "Pseudo-Eratòstenes, Catasterismes: Estudi de la tradició textual, edició, comentari i traducció" (integrado en el proyecto de investigación "Els mitògrafs grecs. Edició comentada" (DGICYT PB96-1221), dirigido por Francesc Josep Cuartero Iborra). El índice de estrellas de la constelación de Andrómeda ofrece, en los documentos griegos y latinos derivados de los Catasterismos de Eratóstenes, una disparidad excepcional: cuando llegan a la altura de los brazos y las manos -en una descripción que, como impone la retórica, comienza por la cabeza y termina por los pies 1 -, y antes de enumerar las tres estrellas que forman el cinto, cada uno de los testimonios opta por una solución diferente: En cambio, en el pasaje correspondiente del texto de Beda -el cual reproduce el Aratus Latinus -insinúa, no entiendo por qué, que pedalium equivale a pÊxuj (p. Es cierto que en estos índices, donde son habituales los bailes de cifras, a menudo varía la disposición de las estrellas. Sin embargo, la diversidad irreductible de las soluciones mencionadas sugiere que estamos ante un locus, acaso incomprendido o corrompido en un momento lejano, que se ha intentado enmendar. Y queda, todavía, un último testimonio, excepcional dentro de este panorama irregular: La versión latina de los Fenómenos de Arato con escolios tomados de los Catasterismos -que conocemos, a partir de la edición de Maas, con el nombre de Aratus Latinus -es producto de un traductor inhábil, probablemente de la Galia del siglo VII 2, con conocimientos muy rudimentarios de lengua griega. Hasta el punto de que a menudo las palabras latinas son absolutamente incomprensibles, si no nos remitimos al original griego: Casos como éstos, transliteraciones y correspondencias uerbum uerbo, abundan a lo largo de todo el texto. Lo cual nos lleva a reconocer la posibilidad de que la secuencia anterior in pedalium de summitate manu -por otra parte enteramente ininteligible 3 -reproduzca servilmente el original griego, y, por lo tanto, que bajo la palabra pedalium se esconda phdálion. De esta forma recuperamos un nuevo testimonio, que sitúa dos estrellas de la constelación de Andrómeda en la mano que se agarra en el phdálion -propiamente la palabra que designa la caña del timón (que en las naves antiguas tiene forma de remo y es lateral) 4. Una Andrómeda ataviada con indumentaria oriental aparece, efectivamente, en una serie de representaciones vasculares -de cerámica ática, apulia y de la Campania-atada de manos a dos (o una, o tres) estacas. Por oposición a la tragedia homónima de Eurípides, en la que la hija de Cefeo, al comenzar la pieza, aparecía encadenada a una roca, se acepta comúnmente que esta variante iconográfica de la exposición de la heroína remite a la Andrómeda de Sófocles 5. A pesar de que el motivo básico del héroe que libera a la princesa o a la diosa del monstruo marino es de origen oriental (en Grecia el rescate de Andrómeda no está documentado antes del siglo VI aC) 6, los testimonios paralelos egipcios e hititas que han sido solicitados no iluminan la interpretación del mito en suelo griego 7. 9 En virtud de la reinterpretación que hacen del mito los decoradores del sur de Italia, según la cual la exposición de Andómeda es asociada a la fórmula ritual y legal de la adligatio al arbor infelix, un castigo infligido a raíz de un caso de impietad o hybris -a lo cual la vanidad de la madre de Andrómeda se prestaba fácilmente. 10 V. las ilustraciones 80, 81, 82, 88, 89, 90 y 97 del apéndice del libro de Lionel Casson, Ships and Seamanship in the Ancient World, Princeton, 1971. drómeda sujeta a dos estacas -ya un acto de estricta significación religiosa (como creía Welcker), ya el reflejo de una pena capital extensamente practicada en Persia y Grecia en los siglos VI-V aC (Phillips) 8 -es la representación habitual de la heroína a partir de mediados del siglo V, y está muy bien atestiguada hasta bien entrado el siglo IV aC. Estas estacas, antes de convertirse primero en árboles 9, y posteriormente en un arco en la tradición iconográfica del sur de Italia, adoptan en algunos vasos la forma, más o menos estilizada, de un phdálion (vid. el LIMC,s.v. Las representaciones vasculares de naves griegas, en las que fácilmente se distingue el gobernalle lateral (a menudo tan estilizado o más que los remos en los que se agarra Andrómeda), son, según nuestro parecer, concluyentes 10. A fin de cuentas -podrá objetarse -, estas decoraciones vasculares tan sólo nos obligan a reconocer y a identificar una ligera variante iconográfica. Sin embargo, el nuevo testimonio que a través del Aratus Latinus hemos recuperado para los Catasterismos demuestra que esta variante de la exposición de Andrómeda no es sólo iconográfica, sino que se hizo un hueco en la tradición literaria, y, probablemente, subió a la escena de las manos de Sófocles. No en vano Eratóstenes cita, efectivamente, como fuente de la parte mitográfica de los catasterismos dedicados al mito de Perseo y Andrómeda (Cat. XV-XVII, XXII y XXXVI), la tragedia Andrómeda de Sófocles.
La paráfrasis, como forma velada de alusión, es un procedimiento frecuente en los autores de la tardía latinidad, acorde con la concepción que en la Antigüedad se tenía sobre la creación literaria 1. Para la crítica textual, el testimonio de este tipo de tradición indirecta no es equiparable, por su misma naturaleza, al que aportan las citas literales. Sin embargo, en algunos casos, su contribución puede resultar fundamental para el establecimiento del texto. Tal sucede, en mi opinión, en dos pasajes del escrito anónimo De laude martyrii (=dlm), del tiempo de san Cipriano o algo posterior, incluido en la mayoría de manuscritos de la tradición ciprianea. Este breve tratado fue editado, entre otros escritos espurios, por W. von Hartel en el apéndice a su edición de la obras del obispo de Cartago 2. Para la constitución del texto el editor vienés se basa en el testimonio de siete códices antiquiores: dos familias, LNP y MQT, que, en su opinión, remontan a sendos subarquetipos, y S, EM LXVII 2, 1999 3 Véase CSEL III, 3, pp. II-VIII, XXIX-XLVI y LX. Salvo en el caso de los siete manuscritos de la edición de Hartel, que se citan por siglas alfabéticas, para el resto de códices utilizo la referencia numérica, cronológico-topográfica, que les atribuye H. von Soden en su fundamental estudio Die cyprianische Briefsammlung. Leipzig 1904 ("Texte und Untersuchungen", N. F. 10, 3), y también en "Sententiae LXXXVII episcoporum. Klasse, Berlín 1909, pp. 247-307 Oxford 1961) amplió el acervo de Soden con algunos manuscritos más y modificó la cronología de otros (lo señalo con una b añadida al número de referencia). La relación de los manuscritos citados figura al final del artículo. En este pasaje, transmitido sólo por los cinco manuscritos que presentan el texto completo, LN presentan la lectura nec dolore, que el editor prefiere, MT dolore y Q dolere. Pero el texto así establecido plantea un problema de interpretación, toda vez que no resulta claro qué elementos coordina este segundo nec. La omisión de la partícula coordinante en el texto transmitido por MT se debe probablemente a un intento de solventar tal dificultad, pues, en efecto, la supresión de nec permite interpretar el ablativo dolore como instrumental de animari. Con todo, para la constitución del texto contamos también aquí con el apoyo de la tradición indirecta, cuyo testimonio, en mi opinión, resulta esclarecedor. Una actualización de las observaciones de Merk a la luz de nuevos pasajes paralelos puede verse en L. Ferreres, «Las fuentes de Lucifer de Cálaris en su Moriundum esse pro dei filio», Anuario de Filología 3, Barcelona, 1977, pp. 104-115. 5 El texto se cita por capítulo y líneas de la edición de G.F. Diercks, CCL 8, Turnhout 1978. tratado Moriundum esse pro Dei filio, redactado alrededor del 360, su autor, Lucífero de Cagliari, utiliza profusamente, entre otros, el texto del dlm 4. No se trata de citas literales, sino de reelaboraciones insertas en el cuerpo del escrito sin solución de continuidad. La comparación del redactado inicial, desde ut hasta doleamus, con el texto fuente revela un claro paralelismo en la disposición de los enunciados, y también una correspondencia en las formas verbales, excepto en doleamus, que carece de correlato en el texto editado por Hartel: duremus/opponere, horreamus/horrere, animemur/animari, doleamus/... Ello lleva a concluir que en el ejemplar del dlm que manejaba Lucífero se leía nec dolere, el correlato lógico de doleamus. Esta lectura, que, con toda seguridad, es la correcta, se lee en los manuscritos 233, 219b y 435, pero no aparece transmitida en su integridad por ninguno de los códices utilizados por el editor vienés; sólo Q lee dolere, pero omite nec, al igual que 66b. La restitución de dicha lectura restablece el equilibrio en la disposición de los dos miembros: opponere nec... horrere, animari... nec dolere, y el pasaje resulta entonces perfectamente comprensible. La disposición bimembre queda además claramente destacada mediante el uso de la misma cláusula 1g al final del primer miembro, torquentis horrere, y en la conclusión del segundo, credatur extingui. En la puntuación, la coma que Hartel coloca tras opponere no resulta necesaria y, en cambio, sería recomendable tras extingui, para indicar convenientemente la pausa. 46, 3-5, Hartel establece el texto como sigue: EM LXVII 2, 1999 6 Carecemos también aquí del testimonio de P, cuyo texto se interrumpe en el capítulo 23, p. Igual sucede en los manuscritos 126b y 203, estrechamente emparentados con P. En el aparato crítico por error se indica arentibus como lección de T. El ThlL II 504, 68-71 registra este uso a partir del período postclásico: Séneca, dial. El editor ha desestimado la lectura arentibus de LN en favor de la lección arantibus, transmitida por QMT, manuscritos de inferior calidad, pero concordantes aquí con S, el testimonio más conspicuo de la tradición 6. Mas el texto así establecido resulta en este punto poco claro y, en cierta medida, hasta incoherente. La lectura arantibus, que prefiere Hartel, es, a mi juicio, el resultado de una corrupción del texto por lectio facilior, propiciada, en parte, por el contexto inmediato, y también por el uso bastante insólito del neutro plural arentia como sustantivo, con el significado de 'sequedal' 7. También aquí la tradición indirecta resulta de suma importancia para la constitución del texto. Ahora bien, a diferencia del pasaje anterior, en este caso el dlm es el receptor de una influencia ajena. El anónimo autor del escrito inspira aquí su discurso en los versos 104-110 de la primera Geórgica: quid dicam, iacto qui semine comminus arua insequitur cumulosque ruit male pinguis harenae, deinde satis fluuium inducit riuosque sequentis et, cum exustus ager morientibus aestuat herbis, ecce supercilio cliuosi tramitis undam elicit? La comparación entre ambos pasajes evidencia que arentibus está tomado de Virgilio. El autor del dlm sigue aquí un procedimiento análogo al que se observa en otras paráfrasis del texto virgiliano presentes en el escrito 8. El hemistiquio arentia temperat arua se convierte, por cambio en el orden de palabras y
Éste es un trabajo realizado en el marco del Proyecto de Investigación PB 93-0254 (DGICYT). El análisis diacrónico de los datos y su conexión con la sintaxis indoeuropea se ha beneficiado de la ayuda de la Fundación Caja de Madrid. Expreso mi agradecimiento a J. L García Ramón, H. Hettrich y J. de la Villa por sus críticas y observaciones, así como a E. Crespo, con quien he discutido en detalle ésta y otras versiones anteriores. 1 En griego, al igual que en otras lenguas, las fronteras entre actantes o argumentos y circunstantes o satélites no son siempre fáciles de trazar. A pesar de ello, operaré con esta diferencia para facilitar el análisis de los datos (sobre esta cuestión, cf., entre otros, Vater 1978). La Causa con referente humano presenta en Homero diversas expresiones cuyo uso parece estar condicionado tanto por factores sintácticos como semánticos. El presente trabajo tiene por objeto analizar, en primer lugar 1, las formas empleadas en estrecha dependencia del verbo y determinar su significado. A continuación, se tratarán aquellas formas que admiten una interpretación como circunstantes o satélites, con el fin de constatar las posibles LUZ CONTI EM LXVII 2 (1999) 2 La concepción de las funciones como nociones graduales, propuesta por la semántica de los prototipos, ha sido aplicada al estudio de la sintaxis casual de lenguas IE como el védico o el griego (cf. Hettrich 1995, Luraghi 1995y 1996, Crespo 1997y de la Villa 1998). La existencia de un eje o continuum conceptual entre las nociones de Causa y Agente en griego ha sido planteada por Luraghi 1996, Crespo 1997y de la Villa 1998. 3 Para seleccionar los verbos se ha partido de la información de las gramáticas, que se ha completado con la que proporciona el diccionario inverso de Güthling (1913). La recopilación y clasificación del material se ha llevado a cabo con ayuda del CD-ROM del TLG. 4 Todos los verbos, excepto a) nia/ w (a) nia/ zw), ƒxqomai y stenaxi/ zw, tienen como rasgo común el uso del Gen. sin preposición. Para simplificar el análisis de los datos, me voy a centrar en el grupo mayoritario de verbos, ya que los tres primeros no presentan peculiaridades de interés y se explican sin dificultad según el esquema que se propone para el resto; haré alusión a ellos en nota. coincidencias de uso respecto a las primeras. Dado que las funciones semánticas no se organizan en la lengua como parcelas conceptuales estancas, sino como nociones graduales que tienen algunos puntos de máxima diferenciación y otros de estrecho contacto, en el trabajo se intentará identificar la parcela significativa que ocupa en Homero cada una de las expresiones de causa con referente humano en el continuum entre las nociones de Causa y Agente 2. Empleo de expresiones de causa como actantes En los poemas homéricos, las expresiones de Causa se documentan como segundo complemento de un grupo reducido de verbos de sentimiento, que describen, bien el dolor o la aflicción del sujeto (Suj.), bien su cólera o irritación: a) mfitrome/ w, a) nia/ w (a) nia/ zw), a) xe/ w (a) xeu/ w), a) / xqomai, a) / xnumai, kh/ domai, o) du/ romai, o) / qomai, o) lofu/ romai, stenaxi/ zw // a) sxala/ w, e) pime/ mfomai, kote/ w, mhni/ w, perixw/ omai, xolo/ omai, xw/ omai 3. El genitivo (Gen.) sin preposición, que en estos contextos designa tanto tanto entidades abstractas y objetos inanimados (1) como seres humanos (2), es la forma empleada con mayor frecuencia 4: Meríones) tanto por la victoria como por la pica, que se le había roto XVI 552-3... hÅ rxe d' aà ra/ sfin à Ektwr xwo/ menoj Sarphdo/ noj Héctor los guiaba, encolerizado por Sarpedón 5 Cf. Adrados (1992, pp. 94, 153-4, 156, 160) niega el significado específico de este Gen. y lo equipara al llamado Ac. objeto; se trataría, en su opinión, de un uso reccional derivado de construcciones nominales del tipo xo/ loj + Gen. Por comodidad, hago sólo referencia a e( / neka. Entiéndanse con ello también las formas ei/ ( neka y e( / neken. Con otros verbos, el Gen. se utiliza en alternacia con oraciones subordinadas que admiten una interpretación causal (cf. Od. XI 103 xwo/ menoj oÀ ti oi ̧ uio\ n fi¿ lon e) cala/ wsaj). Para un análisis de o( / ti con verbos de sentimiento, cf. Muchnová (1989). En este caso no es posible atribuir a la subordinada un valor completivo. Por otra parte, el contexto parece excluir una interpretación condicional de a) ll' ei1: la superioridad de la fuerza Si bien estos Gen. se han considerado en ocasiones como expresiones partitivas 5, los poemas homéricos tan sólo aportan datos a favor de su interpretación como formas causales. Así, el hecho de que algunos de los verbos analizados presenten el Gen. en alternancia con el S. Prep. e( / neka 6 + Gen. puede interpretarse como indicio de la función causal del primero. En los siguientes pasajes de xolo/ omai, por ejemplo, e( / neka + Gen. y el Gen. sin preposición se emplean con referentes inanimados haciendo alusión a nociones muy próximas 7: XI 544... kexolwme/ nh eià neka ni¿ khj'irritada (scil. el alma de Ayante) por la victoria' (4) Il. XI 703 tw1⁄2 n o( ge/ rwn e) pe/ wn kexolwme/ noj h) de\ kaiì eà rgwn el anciano, irritado por estas palabras y obras,... La hipótesis de la función causal del Gen. se ve confirmada por la posibilidad de coordinar las formas de Gen. tanto con el S. Prep. ¢neka + Gen. (5) como con subordinadas causales (6)8: 188), quien propone un concepto que engloba diversas funciones. El valor causal del Gen. con verbos de sentimiento es también defendida por Muchnová 1989, pp. 240-1 en un estudio centrado en Jenofonte. Entre los verbos de dolor, sólo o) du/ romai documenta e( / neka + Gen. con referente inanimado; entre los verbos de cólera, xolo/ omai. ) Ek + Gen. se documenta en un ejemplo de xolo/ omai: Il IX 565 e) c a) re/ wn mhtro\ j kexolwme/ noj... 13 A diferencia del Gen., el Dat. sin preposición se emplea con cierta frecuencia como circunstante para expresar la Causa con referentes inanimados (cf. Chantraine 1953, p. 77) En todos los pasajes analizados, el uso del Gen. sin preposición coincide con la definición propuesta habitualmente para la Causa: entidad, situación o persona que provoca o posibilita un estado de cosas sin tener control sobre él 10. Cuando el referente es inanimado, el Gen. sin preposición se presenta en alternancia con e( / neka + Gen. 11, e) k + Gen. 12 y con el Dat. sin preposición. El escaso uso del Dat. sin preposición, limitado al ejemplo de (7), es sorprendente, pues en el ámbito de la Causa el Dat. tiene en Homero una productividad mayor que el Gen., ya que no está limitado, como este último, a un uso como actante del verbo 13: (7) Il. 1 ArgeiÍ oi de\ kaiì a) xnu/ menoi¿ per a) na/ gkv 14 los argivos, aun disgustados por la necesidad... En el caso de los referentes humanos, la situación es algo distinta: el Gen. sin preposición alterna con e( / neka + Gen. y también con u( po/ + Gen. 15, pero 16 El Dat. que presentan algunos verbos de cólera ha de interpretarse como dativus incommodi. El siguiente pasaje muestra claramente cómo el Dat. y el Gen. desempeñan funciones distintas con estos verbos: Il. IX 449 oÀ j moi pallaki¿ doj perixwsato kalliko/ moio'quien (scil. mi padre) se irritó contra mí por una concubina, de hermosos cabellos'. Nos hallamos ante un antiguo Dat., cuya función originaria con referentes humanos fue, ya desde el IE, la expresión del Beneficiario. 17 Con los verbos o) du/ romai y o) lofu/ romai se documentan formas de Ac. que designan una misma realidad que el Gen. (cf. Il. IV 819 tou= dh\ e) gwÜ kaiì ma= llon o) du/ romai hà per e) kei¿ nou: Gen.). También a) / xqomai y stenaxi/ zw ofrecen varios ejemplos de Ac. Tanto la identidad referencial entre el Gen. y el Ac. con los dos primeros verbos como el propio contexto permite en todos los pasajes una interpretación del Ac. como expresión de la Causa. Ahora bien, puesto que la identidad referencial no implica necesariamente identidad funcional y el contexto no debe emplearse como criterio único, queda abierta la posibilidad de que el Ac. haya de entenderse como Paciente o Meta (Goal) (piénsese en español llorar por alguien / llorar a alguien). Sobre la pérdida del valor funcional del caso en formas adverbiales del tipo a) mfo/ teron, que en Homero expresan la Causa, cf. de la Villa 1986, p. no con e) k + Gen.; por otra parte, no se documentan formas de Dat. como expresión de la Causa 16. Tanto el Gen. sin preposición como los S. Prep. e( / neka + Gen. y u( po/ + Gen. designan con estos verbos la persona que desencadena los sentimientos del Suj. sin ejercer control, al menos absoluto, sobre ellos. Sin embargo, la propia autonomía y capacidad de decisión que caracteriza al ser humano lo capacita para provocar un estado de cosas no sólo de forma involuntaria, sino también mediante una acción controlada que puede tener o no como fin el estado de cosas que se deriva de ella. En el caso concreto de los verbos de dolor y los verbos de cólera, el primer supuesto, que denominaré a partir de ahora Causante involuntario, aparece expresado mediante el Gen. sin preposición o e( / neka + Gen. 17, pero no mediante u( po/ + Gen. La falta de responsabilidad del Causante involuntario sobre la situación que desencadena queda patente en numerosos ejemplos, ya que el Gen. sin preposición y e( / neka + Gen. designan personas que carecen de toda capacidad de acción. De hecho, en muchas ocasiones son difuntos quienes provocan el dolor o la cólera de sus allegados o amigos: Cuando una persona provoca el estado de cosas descrito en la oración mediante una acción controlada, noción que a partir de ahora denominaré Responsable, pueden emplearse también el Gen. sin preposición (10) y e( / neka + Gen. ( 11). Como muestran los ejemplos siguientes, esta persona no persigue con su acción controlada la situación que resulta de ella. Es decir, en estos casos el Responsable provoca los sentimientos del Suj. de forma no intencionada. Es interesante señalar que el Gen. sin preposición, documentado con frecuencia como expresión del Causante involuntario, sólo se emplea en el pasaje de (10) como designación del Responsable (Responsable sin intencionalidad) 18: También es posible establecer otros subtipos de Causa a partir de criteros diferentes de los que aquí se tienen en cuenta. 45, distingue la Causa propiamente dicha de la Razón en función de la ausencia o presencia de control por parte del Suj. En español las expresiones gracias a y por culpa de parecen estar especializadas en la designación del Responsable; presentan, además, una valoración positiva o negativa de la acción de este Responsable. los troyanos se inquietaron por obra del varón que les disparó; y no arrojó el proyectil en vano Los datos de los verbos analizados permiten establecer tres subtipos de Causa con referente humano, que pueden definirse en los siguientes términos 21: a) Causante involuntario: persona que desencadena el estado de cosas descrito en la oración por medio de una situación que escapa a su control (cf. «dejó los estudios a causa de sus hijos, que eran todavía muy pequeños»). b) Responsable sin intencionalidad: persona que desencadena el estado de cosas con una acción controlada, pero inintencionada (cf. «el presidente dimitió por culpa de los ministros corruptos de su gabinete»). c) Responsable con intencionalidad: persona que desencadena el estado de cosas con una acción controlada e intencionada que tiene como fin el resultado que se deriva de ella. (cf. «aquel rey perdió el trono por culpa de un traidor») 22. La diferencia entre el Responsable con intencionalidad y el Agente es, en numerosas ocasiones, mínima. Los resultados obtenidos en el análisis de las expresiones de Causa en su uso como actantes de los verbos de dolor y los verbos de cólera se resumen en los siguientes puntos: El Gen. sin preposición es la marca habitual de la Causa tanto para referentes inanimados como humanos. El Dat. sin preposición, por el contrario, sólo se emplea de forma ocasional con referentes inanimados, y nunca con referentes humanos. Con referentes humanos, el Gen. sin preposición se emplea generalmente como expresión de lo que hemos denominado Causante involuntario. Sólo en un pasaje expresa el Responsable; se trata, con todo, de un Responsable sin intencionalidad. 1Eneka + Gen., menos frecuente que el Gen. sin preposición, puede expresar también una y otra noción. El Responsable con intencionalidad se expresa mediante u( po/ + Gen. LUZ CONTI EM LXVII 2 (1999) 23 La comparación con otras lenguas IE permite suponer el uso del Abl. tanto con estos verbos como con los que expresan el temor del Suj. Puesto que uno de los usos fundamentales del Instr. IE consistía en la expresión del instrumento del que se sirve un Agente para llevar a cabo una acción controlada, no es de extrañar que el Dat. griego se especializara como expresión del segundo complemento de los verbos de disfrute y alegría, que admiten un grado de control por parte del Suj. mayor que los verbos de dolor o cólera. A pesar de que todos los verbos de sentimiento pueden ser concebidos, en principio, como procesos (o estados) no controlados por el Suj. o como acciones controladas por él, (cf. Mumm 1996, pp. 48-51), unos verbos favorecen más la primera interpretación y otros la segunda. Así, el disfrute o la alegría se representan con frecuencia en la lengua como el resultado de una acción controlada y consciente del Suj. VI 104, por ejemplo, se muestra a la cazadora Ártemis complaciéndose con jabalíes y ciervos: Od. Los verbos de dolor o cólera, por el contrario, se prestan muy poco a una representación semejante de los sentimientos del Suj. Esta situación puede entenderse como resultado del siguiente proceso: El antiguo ablativo (Abl.) IE fue la marca originaria de la Causa con los verbos de dolor y los verbos de cólera 23. El antiguo Instrumental (Instr.), que tal vez compitió en un principio con aquél, se especializó con el tiempo como segundo complemento de los verbos de disfrute o alegría 24; con los verbos de dolor y cólera, su uso quedó excluido en el caso de los referentes humanos y se mantuvo de forma marginal para referentes inanimados. ( / Eneka + Gen. y u( po/ + Gen., formas más recientes que el Gen. sin preposición, comenzaron a utilizarse ante la necesidad de recaracterizar preposicionalmente los casos heredados del IE; con todo, el funcionamiento del Gen. como actante permitió la continuidad de su uso sin preposición. Ahora bien, su espectro semántico se redujo: el morfema, que en su origen debió de expresar todo el continuum conceptual comprendido entre el causante involuntario y el Responsable con intencionalidad hasta la zona de confluencia de éste con el Agente, quedó relegado a la expresión del Causante involuntario y del Responsable sin intencionalidad. ( / Eneka + Gen. compitió con el Gen. en la expresión de estas mismas nociones. La expresión del Responsable con intencionalidad, noción próxima al Agente, fue asumida por u( po/ + Gen., una de las marcas de esta función en Homero y en el griego posterior. Empleo de expresiones de Causa con referente humano como circunstantes El análisis de los verbos de dolor y los verbos de cólera permite obtener una visión parcial del funcionamiento de las expresiones de Causa con refe-25 La situación parece ser semejante en el caso de los referentes inanimados y abstractos. rente humano en los poemas homéricos. Para completar esta visión parcial se ha de comprobar si la situación que presentan los verbos objeto de estudio tiene un carácter general o si responde a factores particulares y exclusivos de estos contextos. En este sentido se plantean dos cuestiones fundamentales: la productividad del Gen. y del Dat. sin preposición en su uso como circunstantes y la pertinencia de la distinción entre Causante involuntario, Responsable sin intencionalidad y Responsable con intencionalidad como nociones relevantes en la expresión de la Causa. En lo que atañe a la productividad del Gen. y del Dat. sin preposición como expresiones de la Causa con referente humano, el análisis de los poemas homéricos ofrece los siguientes datos: El empleo del Gen. sin preposición como circunstante es muy reducido 25. Además, los ejemplos de que disponemos admiten siempre una interpretación alternativa. Se trata, como muestra el siguiente pasaje, de oraciones en las que se puede atribuir al Gen. tanto una función causal como un funcionamiento adnominal 26. Obsérvese que, de optarse por la primera interpretación, habríamos de tipificar el Gen. como expresión del Causante involuntario, valor que coincide con el que muestra el morfema en la práctica totalidad de los ejemplos de los verbos de dolor y los verbos de cólera: El Dat. sin preposición, que en su uso como actante de los verbos de alegría podría interpretarse en ocasiones como expresión causal 27, tampoco forma parte de las expresiones habituales de la Causa con referente humano en la esfera de los circunstantes 28. Sólo he encontrado un ejemplo de estas características: LUZ CONTI EM LXVII 2 (1999) 29 La información contextual no permite determinar ante qué tipo de Causante nos hallamos. Tan sólo e( / neka + Gen. presenta un uso abundante como expresión de la Causa, ya que los ejemplos de dia/ + Ac. referente humano son poco numerosos; por otra parte, e) k + Gen. y pro/ j + Gen. expresan, por lo general, el Origen y u( po/ + Gen. y u( po/ + Dat., el Agente. Cástor) entre los cretenses era venerado por el pueblo como un dios por su dicha, su riqueza y por sus ilustres hijos La conclusión es evidente: en su uso como circunstantes, los poemas homéricos sólo ofrecen escasos restos del uso del Gen. y del Dat. sin preposición como expresión de la Causa con referente humano. Las formas casuales han sido sustituidas por S. Prep. Se hace necesario, por tanto, un análisis de estos S. Prep. que permita determinar si los tres subtipos de Causa establecidos encuentran en Homero un reflejo formal. Para ello se han seleccionado los ejemplos con referente humano de los S. Prep. que las gramáticas tipifican como expresiones de la Causa en Homero: dia/ + Ac., e) k + Gen.,?e( / neka + Gen., pro/ j + Gen., u( po/ + Gen. y u( po/ + Dat. 30 Los datos muestran que e( / neka + Gen. está especializado en la expresión de las variantes conceptuales de la Causa más alejadas de la noción del Agente: el Causante involuntario y el Responsable sin intencionalidad. La información es menos precisa, sin embargo, en lo que atañe a dia/ + Ac.; los escasos pasajes de que disponemos parecen indicar que el S. Prep. expresa el Responsable que actúa de forma intencionada, pero sin ejercer un control pleno sobre el estado de cosas descrito en la oración. La ausencia de ejemplos de dia/ + Ac. como expresión del Causante indirecto no impide, con todo, suponer que este S. Prep. también ocupa una parcela conceptual relati-vamente alejada de la noción del Agente. De hecho, de los S. Prep. analizados, tan sólo dia/ + Ac. y e( / neka + Gen. carecen de ejemplos que admitan una interpretación como expresiones del Agente 33. En el caso de e) k + Gen., pro/ j + Gen., u( po/ + Gen. y u( po/ + Dat., por el contrario, contamos con oraciones pasivas de carácter léxico o de carácter morfológico. Son estas últimas las que propician en mayor medida una interpretación de los S. Prep. en términos de Agente Vemos, por tanto, cómo las expresiones de Causa con referente humano presentan un mismo significado en su uso como actantes y en su uso como circunstantes, si bien el empleo productivo del Gen. (y del Dat.) sin preposición se limita a su funcionamiento como actante. Así, la diferencia semántica entre el Causante involuntario, el Responsable sin intencionalidad y el Responsable con intencionalidad, establecida en los complementos de los verbos de dolor y los verbos de cólera, encuentra también reflejo formal en el caso de los circunstantes. Estas nociones forman parte de un continuum significativo y funcional cuyos extremos están definidos por el Causante involuntario y el Agente. Las diferentes expresiones de Causa con referente humano 35 No he tenido en cuenta el Dat., ya que su estudio, que obligaría a plantearse las relaciones entre las nociones de Causa e Instrumento, supera los límites de este trabajo (sobre este punto, cf. de la Villa 1998). Si bien los Agentes prototípicos son los seres humanos, las partes del cuerpo humano, las entidades abstractas y los objetos inanimados asociados claramente a ellos admiten con frecuencia una interpretación como Agentes. abarcan zonas concretas de este continuum, que en ocasiones coinciden total o parcialmente y que en otras, por el contrario, se complementan: e( / neka + Gen. y el Gen. sin preposición abarcan la zona comprendida entre el Causante involuntario y el Responsable sin intencionalidad; dia/ + Ac., la zona del Responsable con intencionalidad; e) k + Gen., pro/ j + Gen., u( po/ + Gen. y u( po/ + Dat., la zona comprendida entre el Responsable con intencionalidad y el Agente. El siguiente cuadro representa la distribución de las expresiones causales con referente humano en este continuum 35. Como puede apreciarse, las fronteras entre los distintos subtipos de Causa son difusas, pues los ámbitos de uso de cada una de las formas se superponen parcialmente: La diferencia semántica y funcional entre el Causante involuntario y el Agente, puntos extremos del continuum, se hace patente en la yuxtaposición entre e/ ( neka + Gen. y u( po/ + Gen. de ( 26 Cf. El origen ablativo de qeou= es defendido por Jamison 1979, p. 102 admiten también esta posibilidad, aunque con reservas. Según estos autores, el valor de este Gen. sería idéntico, al menos en su origen, al de formas como la del siguiente pasaje: Il. 39 Sobre el uso del Gen. IE en estos contextos, cf., entre otros, Delbrück 1893, p. 40 Ebeling 1885, s.u., propone para estas formas las traducciones surgo, ruo, curro e irruo. Helena) numerosos enfrentamientos de troyanos, domadores de caballos, y de aqueos, de bróncineos mantos, que por su causa padecían a manos de Ares Pasajes como éste demuestran que las formas situadas en el extremo izquierdo del continuum son incompatibles con la expresión de las nociones situadas en el extremo derecho, así como las situadas en el extremo derecho lo son con las nociones del extremo opuesto. Hay, sin embargo, una posible excepción a este respecto: el supuesto uso del Gen. sin preposición como expresión del Agente. Esta hipótesis se basa en el siguiente verso: Od. Ahora bien, la interpretación del Gen. qeou= como expresión del Agente plantea algunas dificultades. En primer lugar, no hay argumentos suficientes para reconstruir un antiguo Abl., ya que en los poemas homéricos los S. Prep. de origen ablativo empleados como expresión del Agente sólo se documentan con formas personales del verbo o con infinitivos, pero no con participios 37. De aceptarse el valor pasivo de o( rmhqei/ j, parece más acertado interpretar qeou= en términos de Gen. posesivo (Gen. auctoris) 38, ya que ésta es la construcción documentada en otras lenguas IE en el caso de participios pasivos y adjetivos verbales 39. En segundo lugar, el propio valor pasivo del participio o( rmhqei/ j es dudoso, ya que en Homero las formas medio-pasivas de o( rma/ w con Suj. humano se emplean sin excepciones con un valor medio 40. Además, si el Gen. qeou= se hace depender de este participio, sea cual sea su función, se habrá de entender un uso absoluto de a) / rxomai, anómalo en Homero cuando el verbo se emplea con el significado 'comenzar' 41. H.Q (Cito los escolios por la edición de Dindorf 1962). Junto a esta hipótesis, algunos escolios entienden también una relación entre o( rmhqei/ j y qeou=; en contra de los autores modernos, sin embargo, atribuyen al participio un valor medio y consideran el Gen. como expresión del Origen. Parece más acertado, por tanto, plantear el valor medio de o( rmhqei/ j y el uso de qeou= en dependencia de la forma h) / rxeto 42. Según esta interpretación, el pasaje discutido describiría el momento en el que el aedo Demódoco, inspirado, comienza su canto con una invocación a la divinidad para narrar a continuación el episodio de la construcción del caballo de Troya Esta interpretación, que no presenta inconvenientes de orden sintáctico o semántico, encuentra también el apoyo en los Himnos homéricos, cuya fórmula inicial muestra en ocasiones un claro paralelismo con la construcción qeou= h) / rxeto (cf. Hym.15.1 Mousa/ wn aà rxwmai 1 Apo/ llwno/ j te Dio/ j te, Hym.13.1 Dh/ mhtr' h) u/ + komon semnh\ n qea\ n aà rxom' a) ei¿ dein) 44. Se ha de tener también en cuenta, por último, que de las tres interpretaciones del pasaje aquí esbozadas, ésta es la única mencionada en los escolios homéricos 45. VIII 499... o( d' o( rmhqeiì j qeou= hà rxeto... manifiesta, a mi entender, la falta de datos que corroboren el empleo del Gen. homé-LUZ CONTI EM LXVII 2 (1999) 46 El Dat. sin preposición también se ha interpretado con frecuencia como una de las expresiones homéricas del Agente (cf. Il. Dado que este morfema apenas se emplea en Homero como expresión de la Causa con referente humano, no parece aconsejable poner en relación ejemplos como éste con un uso causal. El empleo en las estructuras pasivas del antiguo Instrumental para referentes inanimados pudo propiciar la extensión de este caso a referentes animados (Hettrich 1990, pp. 76-9). Es probable, por tanto, que nos hallemos ante una manifestación de la proximidad entre las nociones de Instrumento y Agente (cf. de la Villa 1998, pp. 157-9). rico sin preposición como expresión del Agente 46. Por tanto, nada impide defender la incompatibilidad de las formas situadas en un extremo del continuum significativo Causa --Agente con las nociones del extremo contrario. El Gen. sin preposición empleado con verbos de dolor y verbos de cólera expresa en los poemas homéricos la Causa. Junto al Gen. se documentan también otras formas; en el caso de los referentes humanos, sólo e( / neka + Gen. comparte la particularidades funcionales y semánticas del Gen. sin preposición. Cuando el referente es humano, en Homero resulta pertinente establecer tres subtipos significativos de Causa, que encuentran reflejo formal tanto entre los complementos de los verbos de dolor y los verbos de cólera como entre los circunstantes de otros verbos: Causante involuntario, Responsable sin intencionalidad y Responsable con intencionalidad. El Gen. sin preposición y e( / neka + Gen. expresan el primero y el segundo de ellos; dia/ + Ac., e) k + Gen., pro/ j + Gen., u( po/ + Dat. y u( po/ + Gen., el segundo y el tercero; el ámbito funcional de e) k + Gen., pro/ j + Gen., u( po/ + Dat. y u( po/ + Gen., por su parte, se prolonga hasta la expresión del Agente. Todas estas nociones forman parte de un continuum significativo y funcional, cuyos extremos están definidos por el Causante involuntario y el Agente. Las formas que ocupan un extremo del continuum son incompatibles con la expresión de las nociones situadas en el extremo opuesto. Este hecho explica, por ejemplo, que el Gen. sin preposición no se emplee como expresión del Agente y que un S. Prep. como u( po/ + Gen. tan sólo designe las variantes de la Causa más próximas al Agente. El Gen. sin preposición, continuación del antiguo Abl. IE, es una antigua expresión causal con la que, poco a poco, comenzaron a competir formas con recaracterización preposicional; el uso del morfema casual sin preposición se fue limitando, con el tiempo, a un funcionamiento como actante de los verbos de dolor y los verbos de cólera. Como resultado de este empleo progresivo de S. Prep., el espectro semántico del Gen. sin preposición se redujo: el morfema, que en su origen debió de expresar todo el continuum conceptual comprendido entre el causante involuntario y el Responsable con intencionalidad (incluyendo el Agente), ha quedado relegado en Homero a la expresión del Causante involuntario y, en menor medida, del Responsable sin intencionalidad.
Con este trabajo pretendemos aclarar algunos aspectos del empleo de Homero en la formación retórico-escolar antigua desde el s. III d. C. en adelante, aunque las conclusiones pudieran retrotraerse al menos hasta el s. I d. C. Para ello hemos abordado el estudio de la etopeya (???p???a ), un ejercicio de preparación retórica (p????μ? asμa) practicado con el??aμμat???? y con el??t??, y consistente en hacer hablar a dioses, héroes o cualquier otro personaje de acuerdo con su carácter, edad y condición en una situación determinada 1. En un artículo reciente el profesor J. A. Fernández Delgado ha catalogado y estudiado las etopeyas hexamétricas conservadas en papiro y otros materiales 2. En su mayor parte, y al igual que otras muchas etopeyas transmitidas por vía indirecta, presentan temática mitológica y del ciclo troyano 3. Pues bien, el abundante material existente del ciclo troyano, y particularmente homérico, disponible tanto en prosa como en verso, nos ha parecido que merecía un tratamiento específico, a fin de explicar la actitud adoptada por los autores en su confección. Para ello ha sido necesario llevar a cabo un estudio de los textos que, además de examinar la temática y la preceptiva retóricas, abordase el comentario de las posibles fuentes y su modo de empleo. Pensábamos que de tal estudio podrían extraerse conclusiones que aclararan aspectos concretos de la elaboración del ejercicio en la escuela y fuera de ella, sobre todo los que atañen al empleo del material homérico. Por otro lado, como se desprende de la lectura de los escolios y comentarios homéricos, determinados pasajes homéricos llamaron la atención de los comentaristas antiguos por su eficacia caracterizadora. Naturalmente dichos pasajes influyeron sobre los ejercicios prácticos, pero también sobre la propia 4 La información teórica en lengua griega sobre la etopeya procede principalmente de los manuales de ejercicios de preparación retórica obra de Teón (s. I-II d. C.), Hermógenes (II d. C.), sus escolios y los comentarios a los ejercicios de Aftonio de Juan de Sardes (VIII-IX d. C.) y Doxopatros (XI d. Los textos de los rétores y escoliastas son citados según las siguientes ediciones: Rhetores Graeci, vols. 2 y 3, L. Spengel, Leipzig. 1854 y 1856 = Sp.; Ioannis Sardiani commentarium in Aphthoniis Progymnasmata, H. Rabe, Leipzig, 1928 = R.;Rhetores Graeci, vol. 1 y 2, C. Waltz, Stuttgart, 1832-6 = W.;Rhetores Latini Minores, C. Halm, ed., Frankfurt, 1964, reimpresión de Leipzig, 1863 = H.;Hermogenis Opera, H. Rabe, Stuttgart, 1969, reimpresión de 1913 = R. 5 Un interesante trabajo en esta línea es el llevado a cabo por Ma V. Pérez Custodio, «La expresión del ethos y el pathos en las etopeyas escolares del Renacimiento», en Humanismo y Pervivencia del Mundo Clásico. Homenaje al profesor Luis Gil, Cádiz, 1997, vol. 2, pp. 795-806, si bien recoge sobre todo datos de la tradición occidental (latina) del ejercicio durante el Renacimiento. Según su autora, los hechos que facilitaron la evolución sufrida por la etopeya en favor de la presencia de lo emotivo en cualquiera de los tipos fueron los siguientes: la alteración de la definición etimológica antigua del ejercicio, la abundancia de comentarios que recomendaban lo patético, las lecturas complementarias sugeridas y los ejercicios prácticos desarrollados con predominio de la expresión del pathos (p. Tal explicación es, asimismo, perfectamente válida para la etopeya en época bizantina. 75. preceptiva teórica 4 de la etopeya, un ejercicio cuyo principal modelo era Homero. A lo largo de los siglos el texto homérico, sus escolios y comentarios, la preceptiva de la etopeya (y los modelos en ella propuestos) y los ejercicios prácticos mantuvieron una relación de interdependencia e influencia mutua, cuyo estudio resulta de gran importancia, tanto para explicar determinadas características de las composiciones prácticas y la naturaleza de algunos comentarios homéricos como para entender la evolución de la preceptiva retórica de la etopeya. Se trata de un método de acercamiento a los ejercicios de preparación retórica, a nuestro juicio, poco aprovechado hasta ahora 5. Presencia de Homero en la preceptiva de la etopeya. Con gran acierto dijo Platón que Homero había "educado a la Hélade" (R. 606e). La epopeya homérica ha sido considerada recientemente por Havelock una "Enciclopedia tribal", en la que los griegos encontraban modelos de vida y conducta, así como recomendaciones para todos los aspectos de la vida diaria 6. Heráclito, autor posiblemente del s. I d. C., dice en sus Alegorías de Homero (1.5-7) que el prolongado contacto con Homero durante toda la vida no provoca hastío alguno sino todo lo contrario. Son muchos más Sobre Homero como base y padre de la retórica, léase, por ejemplo, Ps.-Plutarco, Sobre la vida y poesía de Homero, cap. 161-74; en L. Radermacher, Artium scriptores: Reste der voraristotelischen Rhetorik, Viena, 1951, A 2-4, pp. 3-10, aparece recogido un gran número de los testimonios acerca de la importancia de Homero en la educación 7, pero bastaría con un breve recorrido por los ejercicios presentes en los textos escolares para atestiguarlo 8. En efecto, la presencia de Homero es abrumadora desde la copia y dictado, aprendizaje de memoria, separación de palabras, ejercicios de contenido gramatical, glosarios y léxicos, cuestionarios, resúmenes, paráfrasis, narraciones y ejercicios sobre prosodia, etopeyas, etc. 9 Y es que, como recuerda Viljamaa 10, Homero fue la norma para la poesía y para toda forma de elocuencia (cf. Quint., Inst. X 1,27 y ss.); en él vio Hermógenes al mejor poeta, rétor y logógrafo (390 R.) y fue considerado por Pseudo-Dionisio el maestro de los tres tipos de oratoria (D.H., Imit. 204 U.-R.) 11: en pocas palabras, puede decirse que Homero fue el medio y textos que muestran a los héroes homéricos como modelos de habilidades retóricas y presentan a Homero como el inventor de todas las ramas y aspectos de la retórica. Sobre ello, véase, además, F. Cairns, Generic Composition in Greek and Roman Poetry, Edimburgo, 1972, p. 34 y ss., y el esclarecedor capítulo «Homero, promotor de la poética» de A. López Eire, Orígenes de la poética, Salamanca, 1980, pp. 119 Österreichischen Nationalbibliothek, n. s. 5, 1956, pp. 51-8; sobre la presencia de Homero en los ejercicios de escuela, cf. R. Cribiore, «Literary School Exercises», ZPE 116, 1997, pp. 57-8, y «Gli esercizi scolastici dell' Egitto greco-romano: cultura letteraria e cultura populare nella scuola», en La letteratura di consumo nel mondo greco-latina, O. Pecere y A. Stramaglia, eds., Univ. di Cassino, 1996, pp. 511-2; véase también Morgan, Literate education..., pp. 105-15. el fin de la formación en Grecia (D. Chr.,Or. Como era de esperar, la presencia de Homero en los manuales de ejercicios de preparación retórica fue continua 12. Así, Teón recuerda que Homero fue desde antiguo objeto de paráfrasis (2.62 Sp.) y son numerosos los ejemplos homéricos de anécdotas, sentencias de todo tipo, relatos, comparaciones, descripciones y, cómo no, también de etopeyas. Según Teón, los mejores ejemplos de etopeya se encuentran en Homero, Platón y los diálogos socráticos, y las comedias de Menandro (2.68 Sp.). Homero, en concreto -según Teón -siempre pone en boca de los personajes las palabras adecuadas (2.60 Sp.). Ello hace que en los manuales de ejercicios de preparación retórica los personajes homéricos sean los protagonistas de la mayor parte de las etopeyas. Así, el nombre de Aquiles es citado por Hermógenes (20 R.) a la hora de explicar lo que es una etopeya "de personaje determinado", es decir, aquel cuyo nombre es conocido. Además, la obra homérica contiene espléndidos ejemplos de todo tipo de etopeyas. Las palabras de Aquiles dichas ante el cuerpo de Patroclo (Il. XVIII 324-42) y en su reincorporación al combate son citadas como ejemplo de "etopeya mixta", etopeya con???? y p???? De "etopeyas patéticas", es decir, composiciones en las que el personaje expresa páqoj (dolor, pena, rabia, etc.), son calificadas las intervenciones de Andrómaca en Il. Emporio nos recuerda como ejemplo de "etopeya patética" EM LXVII 2, 1999 las palabras de Aquiles cuando en Il. Los consejos de Néstor a Antíloco en Il. XXIII 306-48 corresponden a lo que algunos rétores llaman "etopeya protréptica" o de tipo "práctico" (Sardianus, 199 R.), etopeya en la que alguien aconseja a otro cómo hacer algo, y cuya naturaleza y denominación recuerdan alguno de los modos de acción que, según Teón, pueden adoptarse en la confección de la etopeya (cf. 2.116 Sp.); al mismo tipo pertenecería también Od. Las escenas de Odisea en que Odiseo es reconocido por Telémaco y Penélope (Od. XVI 194 y ss. y XXIII 209 y ss.) son citadas como ejemplos de etopeyas "de dos personajes" (Sardianus, 211 R.). Y tampoco faltan "idolopeyas" o etopeyas en las que habla un muerto, como cuando en Od. Agamenón, Ayante y Aquiles hablan después de muertos (Sardianus, 203 R.); y cuando en Il. Un claro ejemplo, en fin, de "prosopopeya" o etopeya en la que habla un ser irracional es Il. XIX 408-17, donde Janto, el caballo de Aquiles, cobra voz por unos momentos (Sardianus, 204 R.). En ocasiones la materia homérica sugiere nuevos discursos no desarrollados en Ilíada y Odisea. Así, aunque Aquiles habla a Patroclo poco antes de armarlo (Il. XVI 126-9), la etopeya de ese mismo título a la que se refieren los rétores sería en parte una creación propia del alumno (Sardianus, 206 R.). Algo similar podría decirse de la etopeya "lo que diría Odiseo a Circe al ver a sus compañeros metamorfoseados" (Sardianus, 211 R.), pues si bien en Od. X 388-99 Circe devuelve a su forma a los hombres de Odiseo en su presencia, nada dice Odiseo en ese momento. Por su parte, las palabras de Patroclo al ver cómo muere Héctor (Sardianus, 202 R.) constituirían una magnífica "idolopeya". Y ese mismo tono de venganza delatarían, seguramente, las palabras de Palamedes al ver a Odiseo vagar por todas partes (Sardianus, 202 R.). Encontramos también en los rétores algunos títulos de etopeya de temática posthomérica. De tipo "ético" o de carácter serían las palabras de Agamenón al tomar Ilio (Nicol., 3.489 Sp.), y las de Menelao en ese mismo momento al no encontrar a Helena (Sardianus, 211 R.); y de tipo "patético" o emotivo, las palabras de Príamo y Hécuba ante la caída de Ilio (Sardianus,13 También la mención que hace Teón de los diálogos socráticos procede de Aristóteles, en concreto del pasaje de la Retórica donde trata de la expresión de caracteres (Rh. Sobre los conceptos de êthos y páthos en Aristóteles, Cicerón, Dionisio de Halicarnaso, Quintiliano y Ps.-Longino, véase C. Gill, «The Ethos/Pathos Distinction in Rhetorical and Literary Criticism», CQ 34, 1984, pp. 149-66; comentarios sobre el tratamiento del ©qoj en varios discursos de distinta naturaleza y fecha pueden leerse en D. A. Russell, «Ethos in Oratory and Rhetoric», en Characterization and Individuality in Greek Literature, Chr. EM LXVII 2, 1999 16 No olvidemos que el ejercicio tal y como lo define Teón debe bastante a Aristóteles, en especial los criterios de división tipológica: edad, sexo, ocupación, fortuna, etc. (cf., por ejemplo, Rh. La importancia de Homero en la educación griega durante muchos siglos es un hecho que no necesita ser probado. La presencia de su obra en los ejercicios de escuela, y particularmente en los de preparación retórica, se comprueba tras un breve repaso a las distintas modalidades. En el caso concreto de la etopeya, la obra homérica es la que proporciona el mayor número de modelos. El juicio de Aristóteles, según el cual todo personaje homérico contiene????, hizo de Homero el modelo más recomendable para la confección de etopeyas 16. De esa opinión fue Teón y seguramente también otros autores de manuales de época imperial. Así, Hermógenes y Aftonio incluyen ejemplos homéricos, pero en la misma proporción proponen como modelos otros autores recomendados por Teón (Menandro, Platón y Jenofonte), y también algún comediógrafo (Éupolis) y oradores (Demóstenes y Aristides). La influencia de los textos homéricos sobre la preceptiva se hace especialmente evidente en el caso de la etopeya emotiva o "patética", aunque la brevedad de los manuales de ejercicios de preparación retórica tampoco permite aquí extraer conclusiones definitivas. Tras la afirmación de Teón de que la etopeya es un ejercicio expositivo de caracteres y emociones, pronto se confirma la división entre etopeya "ética" y "patética" ya presente en otros ejercicios, y en los manuales los ejemplos de la última se entresacan sólo de Homero. A nuestro juicio, dada su fuerza caracterizadora, los lamentos ante los cadáveres de Patroclo (Briseida y Aquiles) y, en especial, de Héctor (Andrómaca, Hécuba y Helena), contribuyeron mucho a la consolidación del tipo "patético", mientras que en los manuales no se citan ejemplos procedentes de un género tan propicio para ello como era la tragedia. Por el contrario, en el caso de la "idolopeya" los ejemplos homéricos tardan algunos siglos más en ser incluidos en los manuales, a pesar de contar con el modelo de la visita de Odiseo al inframundo; habrá que esperar hasta Juan de Sardes y Doxopatros, comentaristas bizantinos de los ejercicios de Aftonio, para encontrar un mayor número de ejemplos de etopeyas procedentes de Ilíada y Odisea. Parece como si el interés por el estudio de Homero y las preferencias por la etopeya en época bizantina hubieran hecho de Homero -junto con la tragedia de Eurípides -casi el único modelo literario pagano para el 17 No faltan ejemplos de etopeya con esta temática: ¿Qué diría Aquiles en la sala de doncellas cuando escuchara la tuba de Diomedes? (A. Riese, Anthologia Latina siue Poesis Latinae supplementum, vol. 1, Amsterdam, 1973, reimpr. de Leipzig, 1894, carmen 198, pp. 162-5); y Qué diría Tetis al ver a Aquiles muerto y Qué diría Menelao al ver Troya arrasada por las llamas de Enodio (Dict. EM LXVII 2, 1999 20 Algunos de esos modelos habían pasado inadvertidos a editores y comentaristas. Dejamos para otra ocasión el estudio exhaustivo del empleo del léxico y la temática homéricos en estas composiciones. Sobre la necesidad de distinguir entre ejercicios puramente escolares, textos para la escuela y ejercicios de naturaleza retórica, véase Cribiore, Writing, Teachers and Students in Graeco-Roman Egypt, p. Sobre la naturaleza de las etopeyas hexamétricas conservadas en papiro y otros materiales, véase Fernández Delgado, «Hexametrische-Ethopoiíai...». Sobre las etopeyas hexamétricas presentes en la Antología, véase G. Guidorizzi, «Gli epigrammi papiracei di epoca imperiale», en Atti del XVII Congresso Internazionale di Papirologia, Nápoles, 1984, pp. 313-7. Tras la referencia, la edición manejada y el título de la etopeya (original o supuesto por autores de lemas y editores modernos), mencionamos los pasajes, sean o no homéricos, que han inspirado la composición o servido de modelo compositivo al autor del ejercicio 20. Por lo demás, aunque no siempre es fácil determinar la verdadera naturaleza de cada composición, conviene recordar que en la lista se incluyen unos pocos ejercicios de escuela compuestos por alumnos, algunos modelos de profesores, numerosas composiciones retóricas y textos cuya naturaleza podría considerarse "literaria" 21. TEMA PREHOMÉRICO Severo, eth. Die Ethopoiie:???a??? e? p?????????e???a?? t?????e???d??? t???????????p? sa?t??;», Byzantinisch-Neugriechische Jahrbücher X, 1932-3, pp. 321-4): ¿Qué diría Menelao después de raptar Alejandro a Helena?. cf. Il. Argumenta orationum demosthenicarum, Leipzig, 1915, pp. 405-8): «¿Qué diría Quirón tras escuchar 24 Es el único ejemplo conservado de paráfrasis en verso (cf. Fernández Delgado, Hexametrische-Ethopoiíai..., p. que Aquiles vivía entre doncellas?». XLII 3002: «Palabras de Atenea para detener a Aquiles cuando va a echar mano a su espada y atacar a Agamenón» (hexámetros). La composición está a medio camino entre la etopeya y la paráfrasis, otro ejercicio escolar. Su autor parafrasea en verso 24 Il. I 207-14, aunque, como ocurre en muchos casos, el número de versos que influye directamente sobre la composición es algo mayor. 25 (Foerster, Libanii Opera, vol. 8, pp. 431-4): «¿Qué diría Odiseo tras dar muerte a los pretendientes?». cf. Od. Aquiles y la toma de Troya XXXVIII): «Cuando, tras la conquista de Troya, los griegos se disponen a regresar a su patria, la sombra de Aquiles aparece sobre su tumba reclamando su parte del botín» (hexámetros). Libanii Opera, vol. 8,: «¿Qué diría Políxena cuando los griegos le ordenan que se ponga en marcha diciéndole que va a ser la esposa de Aquiles?». Hécuba de Eurípides; cf. entre otros los versos 342-4. Juan Graso I (M. Gigante, Poeti Italo bizantini del secolo XIII, introduzione, testo crítico e commentario di..., Nápoles, 1953, pp. 51-3): «¿Qué diría Hécuba tras la destrucción de Troya?» (trímetros yámbicos). Troyanas y Hécuba de Eurípides (cf. especialmente Tro. 7 (Foerster, Libanii Opera, vol. 8,: «¿Qué diría Ayante privado de las armas?». Sobre el juicio por las armas de Aquiles y la confrontación entre Ayante y Odiseo, pueden mencionarse el Ayante y el Odiseo de Antístenes (L. Radermacher, Artium scriptores..., pp. 121-6), las intervenciones de Ayante y Odiseo durante el juicio en el libro XIII de las Metamorfosis de Ovidio, y las palabras de ambos héroes en las Posthoméricas de Quinto de Esmirna (5.180 y ss.). 6 (Foerster, Libanii Opera, vol. 8, Los autores de etopeyas prefieren en general la temática homérica, sobre todo los episodios de los primeros y últimos cantos de Ilíada, la parte más conocida de la obra en la Antigüedad. Y como es natural, siguen las propuestas teóricas y los modelos incluidos en los manuales de ejercicios de preparación retórica cuando elaboran lamentos ante los cadáveres de Héctor y Patroclo 25, abordan situaciones producidas durante la embajada ante Aquile s 26, y componen intervenciones puestas en boca de los compañeros muertos de Odiseo durante la visita del héroe al inframundo 27. Muchas de las situaciones tratadas son similares a las que podían leerse en Homero, aunque en no pocos casos los autores desarrollan alguna otra inspirada en la obra EM LXVII 2, 1999 28 Cuando citamos traducciones españolas, salvo mención expresa, utilizamos las de la Biblioteca Clásica Gredos. A este respecto, cabe decir que la crítica negativa que Teón dirige a Eurípides por su homérica. Cuando así ocurre, unas veces los compositores se preocupan por delinear los caracteres en situaciones de gran trascendencia o especialmente señaladas, como cuando Briseida es llevada por los heraldos, Aquiles recibe las armas o aparece en el campo de batalla armado con ellas; y en las etopeyas de temática posthomérica, cuando tras la caída de Troya intervienen Hécuba o Pirro. Otras veces las situaciones parecen sugeridas por el propio Homero, sea directamente o por medio de sus silencios. 4 «¿Qué diría Aquiles ante la derrota de los griegos?», Libanio da cuerpo a la opinión de Néstor cuando en Il. XIV 139-41 se dirige éste a Agamenón en los siguientes términos: «¡Atrida! Seguro que ahora el maldito corazón de Aquiles está alegre en el pecho, contemplando el asesinato y la fuga de los aqueos, pues no tiene ni el más mínimo sentimiento» 28; y en Severo, eth. 6, «¿Qué diría Héctor al enterarse en el Hades de que Príamo comió con Aquiles?», "idolopeya" cuyo argumento encuentra su origen en las palabras de Aquiles en Il. XXIV 592-5, donde el héroe pide a Patroclo ya muerto que no se enoje con él si se entera de que a cambio de rescate ha entregado el cadáver de Héctor a Príamo. Así pues, las palabras de reproche dirigidas por el fantasma de Héctor a su padre por haber cenado con Aquiles representan la "versión troyana" de la reacción ante un encuentro tan inesperado. Los silencios de Briseida al ser llevada por los heraldos en Il. I 348 y de Ayante ante las palabras de Odiseo en Od. XI 563 suponen un reto al que, respectivamente, dan respuesta Severo, eth. 4; también la callada alegría de Aquiles en Od. XI 540 al saber de los éxitos de su hijo es expresada por medio de la palabra en Severo, eth. Por lo demás, algunas composiciones pueden haber tenido como modelo episodios de los poemas cíclicos, si bien el análisis de las mismas revela en algunos casos su gran dependencia del material homérico. Eso ocurre, por ejemplo, con Severo, eth. 4, «¿Qué diría Menelao después de raptar Alejandro a Helena?», composición que sigue principalmente los argumentos puestos en boca de Menelao y dirigidos a Paris en Il. Por otra parte, nada de extraño tiene que la tragedia, a pesar de no aparecer recomendada a tal efecto por los autores de manuales de ejercicios de preparación retórica 29, proporcione abundantes modelos a la etopeya de te inadecuada caracterización de Hécuba al presentarla filosofando en momentos inoportunos (2.60 Sp.), aunque de modo indirecto, tal vez sugiere el empleo de la tragedia como modelo para la etopeya. Sobre la tradición de Eurípides, véanse G. Zuntz, An inquiry into the transmission of the plays of Euripides, Cambridge, 1965, y A. Tuilier, Recherches critiques sur la tradition du texte d'Euripide, París, 1968. Muy útiles trabajos de carácter general sobre el destino de la poesía griega en Bizancio son el de H. Hunger, «On the imitation (Mimesis) of Antiquity in Byzantine Literature», DOP 23-24, 1969, pp. 14-38 y el de A. Bravo García, «Sobre el destino de la poesía griega en Bizancio», Erytheia 7, 1986, pp. 303-21. ma posthomérico, sobre todo cuando en la elaboración del ejercicio acaba imponiéndose el tipo "patético", y cuando la representación de las tragedias ya había quedado reducida al recitado o canto de algunos pasajes de gran patetismo (especialmente monólogos). Según Viljamaa, una de las formas en que debió de practicarse la etopeya fue la canción de lamento, cuya fuente y origen fueron lamentos poéticos, especialmente trágicos 30. Además, la tragedia es, junto a la épica homérica, el género literario más imitado por los autores bizantinos. El tragediógrafo más apreciado en esta época es Eurípides. Y aunque no siempre ha sido vista, la influencia de su tragedia se observa fácilmente en la etopeya, en particular la de las obras que configuran la llamada tríada bizantina, Orestes, Hécuba y Fenicias. Así, podemos citar Lib. eth. 22 («¿Qué diría Meneceo al tomar la decisión de quitarse la vida para que su patria consiguiese la victoria?», etopeya inspirada en E. Ph. VI «El fantasma de Agamenón ante la falta de ayuda a Orestes por parte de Menelao», cuyo modelo es Orestes, en concreto los versos 642-79, donde Orestes pide a Menelao que, en pago a la deuda contraída con Agamenón, salve su vida, y en su petición emplea argumentos luego utilizados en el ejercicio escolar y acaba diciéndole a Menelao: «¡Tío, hermano de sangre de mi padre, piensa que el muerto escucha bajo tierra estos ruegos, que su alma revolotea sobre ti, y que te dice cuanto yo te digo!»; P.Heidelberg 1271 v, frag. II «Una mujer griega que se encuentra con Helena en Grecia», inspirada igualmente en Orestes (especialmente Or. 21 («¿Qué diría Menelao al enterarse de la muerte de Agamenón?»), que revela conocimiento de Or. 360 y ss.; el Díptico de El Cairo, en el que el fantasma de Aquiles se dirige a los griegos, cuyo modelo indiscutible es E. Hec. 16 («¿Qué diría Políxena cuando los griegos le ordenan que se ponga en marcha diciéndole que va a ser la esposa de Aquiles?»), etopeya construida con materiales procedentes de Hécuba. Por su parte, Juan Graso utiliza como fuentes Troyanas y Hécuba en la elaboración de su ejercicio patético «¿Qué diría Hécuba ante Troya destruida?». También otras etopeyas parecen depender de la tragedia: P.Graves, frag. II («¿Qué diría Odiseo al dar Menelao orden de no enterrar a Ayante?»), de Ayante de Sófocles; P.Vindob. 29789 («¿Qué diría Clitemestra cuando Orestes se disponía a atacarla?»), de varias tragedias (cf. S. El. 5, 6 y 7, del Ayante de Sófocles; Lib. eth. 1 (y en parte tal vez eth. 17), de Medea de Eurípides; y Nicéforo Basilaces, eth. 23 («¿Qué diría Adrasto cuando, tras la victoria de los tebanos, éstos no permiten dar sepultura a los argivos muertos en combate?»), de Suplicantes de Eurípides, y eth. 15 («¿Qué diría Heracles cuando Zeus le vaticina que un muerto le dará muerte?»), de Traquinias de Sófocles (cf. v. Por lo demás, la intervención del fantasma de Polidoro en la Hécuba de Eurípides (vv. 1-58) será recordada por los rétores posteriores como ejemplo de "idolopeya" (Doxopatros 2.496 W). Incluso cabe explicar la utilización del trímetro yámbico en algunos ejemplos de etopeya como consecuencia directa de esa influencia del género trágico. Si analizamos las composiciones según criterios estrictamente retóricos, observamos que sus autores practican sobre todo etopeyas "simples", es decir, monólogos 32, etopeyas "de personaje determinado" y etopeyas "patéticas"; en general las etopeyas, como a excepción de Teón recomiendan todos los rétores, presentan una estructura temporal más o menos fija (presentepasado-[breve vuelta al presente]-futuro) 33, aunque no faltan excepciones, en especial entre las etopeyas en verso, las de tono menos patético y las que no parecen obras de rétores. También hallamos algunos ejemplos de lo que puede considerarse "prosopopeya", aunque éstos no presentan el encabezamiento propio del ejercicio o forman parte de una composición en estilo narrativo, razones por las cuales no han sido incluidos en nuestro catálogo. Nos referimos a las intervenciones de Valentía ante la injusticia sufrida por Ayante en el juicio por las armas (AP 7.145-6), y a la breve intervención de las propias armas dentro de otra composición (AP 9.116,v. Es frecuente encontrar estos recursos en las etopeyas de Libanio, cf. Schouler, La tradition hellenique chez Libanios, vol. 1, Ya Viljamaa se percató de que, para la confección de la etopeya y para la composición de otros géneros encomiásticos que incluyen algún lamento, como es el caso de la monodia, los manuales retóricos antiguos ofrecen las mismas recomendaciones acerca del estilo y de la división temporal (Studies in Greek Encomiastic Poetry of the Early Byzantine Period,. Como hipótesis explicativa nosotros sugerimos la siguiente: tal vez el rétor Aftonio entendió como de aplicación general a todas las etopeyas el precepto acerca de la elaboración de éstas en tres ejes temporales tal y como la presenta Hermógenes, quien, más bien, parece aplicarla únicamente a la "etopeya mixta" de Aquiles ante el cadáver de Patroclo; en cualquier caso, tanto Hermógenes como Aftonio presentan esa división temporal inmediatamente después de tratar sobre la "etopeya patética" y la "etopeya mixta", de modo que tal vez ambos rétores podrían estar recomendándola sólo para estos dos tipos de etopeya de tono emotivo. Posteriormente, la gran influencia que, por razones de brevedad y claridad, y por el hecho de presentar modelos prácticos, ejerció el manual de Aftonio sobre la tradición retórica pudo facilitar la pervivencia de este malentendido. No olvidemos, por otra parte, que el único ejemplo de etopeya que presenta Aftonio es, precisamente, una "etopeya patética" titulada «¿Qué diría Níobe ante los cadáveres de sus hijos?». Por lo demás, el predominio de ejemplos prácticos de tono emotivo generalizó la aplicación de los mencionados preceptos sobre el estilo y la división temporal. También las recomendaciones de estilo ofrecidas por Aftonio (claridad, concisión, etc.), algunas de las cuales nos recuerdan las'retaì lécewj, deben, a nuestro juicio, referirse principalmente a la "etopeya patética" y a la "etopeya mixta", como sugieren los datos que nos transmiten los autores antiguos sobre recursos que encontramos, asimismo, ejemplos de etopeya "de personaje indeterminado" 35. Por lo demás, las composiciones están repletas de exhortaciones, interrogaciones y exclamaciones, y su principal recurso de estilo es el asíndeton, reforzado en ocasiones por la anáfora y el isocolon 36. En su manual, el rétor Teón aconseja emplear en la etopeya un estilo acorde con la naturaleza y situación del personaje (2.115-6 Sp.), al igual que hace Hermógenes (21-2 R.); en cambio, Aftonio recomienda un estilo «claro, conciso, florido (en el sentido de vigoroso), suelto y libre de cualquier artificio y figura» (2.45 Sp.). A nuestro juicio, el tono patético de la mayor parte de las etopeyas hizo que los recursos apropiados para conseguir p???? predominaran sobre los demás 37, tanto en la práctica del ejercicio como en su preceptiva teórica, y no EM LXVII 2, 1999 procuran páqoj; cf., entre otros, los términos en que se expresa el rétor Menandro al hablar de la monodia (D. A. Russell y N. G. Wilson, Menander rhetor, Londres, 1981, pp. 200-7) y las precisiones de Hermógenes sobre el discurso lastimero (360 R.), aunque, como recuerda Demetrio en Sobre el estilo, determinados recursos de estilo deben ser igualmente empleados en la expresión de emociones y en las descripciones de carácter (L. Radermacher, Demetrii Phalerei qui dicitur de elocutione libellus, Stuttgart, 1967, p. 38 Quintiliano recrimina el uso de comienzos abruptos y llenos de exclamaciones, y recomienda abandonar esa costumbre, al parecer muy extendida entre los rétores (Inst.. sólo en las etopeyas sino también en las declamaciones 38. El rétor Libanio y su discípulo Severo compusieron varias etopeyas de tema homérico o del ciclo troyano, y en la práctica del ejercicio ambos muestran un uso peculiar y en parte distinto. Así, Libanio está más interesado que otros autores por la temática de Odisea; aborda en varias de sus etopeyas el tratamiento de un mismo tema: Aquiles enamorado del cadáver de Pentesilea (eth. 13); o presenta momentos próximos: Ayante privado de las armas, una vez recuperada la razón, y cuando se dispone a suicidarse (eth. 5); y Odiseo encerrado en la cueva y viendo al cíclope comerse a sus compañeros (eth. Además, en sus composiciones Libanio tiende a ofrecer gran acopio de datos acerca del personaje tratado, rememorando por medio de sus palabras situaciones anteriores que, mejor o peor, vienen al caso. Por contra, Severo compone etopeyas más breves y centradas en una sola intervención del personaje homérico. Por lo demás, es frecuente que los rétores reutilicen los mismos temas tratados por otros rétores anteriormente. En cuanto a la dicción empleada en las etopeyas, la de las composiciones en verso es épica y fundamentalmente homérica, aunque con algunos términos y giros presentes en la obra de Nono y Quinto de Esmirna. Casi todos los términos y expresiones los hallamos en Homero con la misma o parecida forma, y no pocas veces en la misma sedes métrica. Por otra parte, y ello es algo de gran importancia, los autores se esfuerzan en caracterizar a los personajes no sólo por lo que dicen, sino también por cómo lo dicen. La selección de términos y expresiones puestos en su boca está guiada por el criterio de adecuación al carácter y a la situación homérica. Es decir, el personaje se expresa como lo hace ese mismo u otro personaje parecido, en esa misma o en otra situación parecida en Ilíada y Odisea. En otras ocasiones sus palabras nos recuerdan las que el narrador o algún otro personaje refiere a él o a EM LXVII 2, 1999? st?ate???t?,?a??????a d??????t??,??????e??a?'?????????e???as?,?a? p??? d???e?a??p???μa???a? e? μ? μ????,??????e?,??e??e??se? μe???at??, ß??? d???e????? pa? seta?. ¿Qué diría Briseida llevada por los heraldos?: Tras la destrucción de mi patria, tras la muerte del rey, tras un largo catálogo de desgracias, de nuevo, por segunda vez, soy cautiva de guerra. Los griegos luchaban con nosotros y me convertí en botín de guerra; los griegos se han enfrentado a los griegos, y también soy conducida a la esclavitud. Parece que, si no me libera la muerte, la vida nunca dejará de esclavizarme. En su comentario a esta etopeya, Karnthaler («Severus von Alexandreia...», pp. 328-30) menciona de pasada los pasajes homéricos a los que se refiere nuestro texto, concretamente Il. Se trata de una etopeya en prosa, "de personaje determinado" y del tipo emotivo; estamos, además, ante una "etopeya simple", a pesar de la opinión de Karnthaler, quien considera las palabras de Briseida dirigidas a Agamenón. En cuanto al tiempo, en el comentario se nos recuerda que en la etopeya se respeta la preceptiva retórica: presente (?a? p??? d???e?a??p???μa?), pasado (??????e? -?e???as? ), futuro (?a? e? μ? μ???? -pa? seta?). También menciona Karnthaler la claridad, concisión y estilo vigoroso, suelto y libre de figuras. Caracteriza, pues, al texto la?a?a??t?? o claridad expositiva: léxico sencillo, sujetos en nominativo (????t??); se evitan construcciones con participio y especialmente la hipotaxis. No faltan, sin embargo, algunas figuras: la? pa?af??? al comienzo de los???a: μet?... μet?... μet?? d?p????af??? en??????e?...?a???????e??a?; p???pt?t?? en??????e??a?'??????e?, todo ello para indicar viveza. La? peμß???, es decir, el paréntesis o inserción de la expresión??????e?, sirve, según el comentarista, para equilibrar la longitud del período, mientras que los???a breves le confieren vivacidad. Ciertamente en la etopeya Severo trata de caracterizar a una mujer, concubina, esclava desafortunada, que expresa sus desgracias, pero no a cualquier mujer desgraciada, sino a Briseida; y ya el mejor caracterizador de la literatura griega, Homero, había proporcionado un modelo para ello a Severo, hecho éste al que Karnthaler no parece haber prestado la debida importancia en su comentario. I 348, Homero describe con una sola palabra la actitud de Briseida que marcha de mala gana con los heraldos (?????s'). Además, Briseida interviene en Homero una sola vez, en Il. XIX 287-300, haciendo un sentido lamento ante el cadáver de Patroclo, por quien sentía espe-cial afecto, debido a que él le hizo concebir esperanzas sobre su boda con Aquiles y le impidió hundirse en el desánimo en momentos difíciles para ella. En esa dolida intervención (en la que precisamente Briseida menciona el momento en que fue llevada por los heraldos), al recordar sus desgracias y desventuras anteriores (destrucción de su patria, muerte de sus hermanos y esposo), exclama:...?? μ?? d??eta??a??????a??? a? e? XIX 290), es decir, «desgracia sobre desgracia me viene sin cesar». Parece claro que Severo ha construido su ejercicio a partir de esa idea y teniendo en mente esta intervención de Briseida. Además, un término clave en la composición es dourikthtÉn (Il. IX 343), dicho por Aquiles de Briseida por la que dice sentir gran amor. Severo emplea sinónimos de este término homérico más comprensibles (a??μ???t?? y d??????t??), en la línea de las glosas presentes en los léxicos utilizados en las escuelas bizantinas. Y lo mismo puede decirse de las expresiones con las que Briseida se refiere a la destrucción de su patria y a la muerte de su esposo (μet??p??e?a?, μet???a??es?? ), frente a las empleadas por Homero (??te??e?, p??se?, deda?? μ????). Severo emplea una sintaxis fácil y términos comprensibles para los lectores de su época, términos que están presentes en historiadores (Herodoto, Tucídides, Jenofonte y Polibio), en oradores (Andócides e Iseo) y en los textos bíblicos (Nuevo Testamento y Los Setenta). Por otro lado, y aunque no necesariamente dependan de su modelo, las repeticiones puestas en boca de Briseida como fruto de la emoción encuentran un precedente en el??d? μ????d? μ'? as?e? con el que se dirige a Patroclo (Il. En cuanto al paréntesis, hay que decir que su contenido es necesario y propio de la etopeya. Como veremos, según Eustacio de Tesalónica, la suposición es una de las características de la etopeya. En ella el personaje puede conjeturar sobre su futuro, pero no debe dar la impresión de saberlo, pues no sería coherente, salvo que se tratase de una profetisa o lo supiese de boca de un dios. Por lo demás, según el rétor Hermógenes, atenuar una afirmación es un rasgo de "equidad", que confiere???? al discurso. Con este repaso hemos pretendido ofrecer una visión panorámica de la etopeya de temática del ciclo troyano. Para ello hemos intentado compaginar los datos de la preceptiva retórica sobre el ejercicio, sus ejemplos prácticos y EM LXVII 2, 1999 41 En Occidente la temática retórica fue extraída principalmente de Virgilio (cf. Seruius, Aen. Nosotros creemos que tal vez llegaríamos a conclusiones parecidas a las de nuestro trabajo, si abordásemos el estudio de la etopeya en lengua latina a través de los textos de Virgilio, los comentarios de la Eneida realizados por Servio y otros autores, las etopeyas de temática virgiliana conservadas (entre otras, las parafrásticas incluidas en Riese, Anthologia Latina siue Poesis Latinae supplementum, vol. 1, p. 187 y ss.) y la preceptiva sobre la etopeya transmitida por los rétores latinos. la importancia del modelo homérico. La relación e influencia mutua no presenta una sola dirección desde la escueta preceptiva del ejercicio transmitida en época imperial hasta los ejemplos prácticos, pues aunque sin duda en las composiciones ha influido la preceptiva con sus modelos propuestos, no es menos cierto que, ya desde los orígenes de la etopeya hasta época bizantina tardía, el modelo homérico y sus interpretaciones retóricas de algún modo han determinado, en un proceso a la vez sincrónico y diacrónico, la evolución teórica de la etopeya y la naturaleza de las composiciones prácticas, tanto en el tema como en la forma 41. Por lo demás, a fin de ilustrar mejor los diversos aspectos teóricos tratados en el trabajo, nos ha parecido oportuno incluir, a modo de ejemplo, un abundante número de pasajes, los cuales no habrán de ser, seguramente, lo menos valioso de nuestro estudio. Hemos elaborado una recopilación y organización de las etopeyas conservadas según criterios temáticos; en tal catálogo, tras los datos de cada etopeya, hemos añadido las referencias de sus fuentes y paralelos, muchos de los cuales habían pasado inadvertidos a editores y estudiosos. Asimismo, hemos organizado los datos de Eustacio de Tesalónica sobre la presencia de la etopeya en Homero siguiendo criterios puramente retórico-escolares, intentado también en este punto que el aporte de material fuera lo más exhaustivo posible. Hemos llevado a cabo, en fin, un estudio sobre la forma y el contenido de las etopeyas, gracias al cual han quedado desveladas -creemos -las preferencias temáticas de sus autores, así como algunas características de su técnica compositiva.
Como toda obra clásica, la Electra de Sófocles ha sido objeto, desde su primera representación, en los festivales dionisíacos de Atenas, de numerosas y entusiastas interpretaciones que avalan cualquier intento de reencuentro con ella. Por eso deseamos abordarla desde una lectura interesada por los aspectos jurídicos del prederecho, que se esbozan en ella como parte de un marco social y cultural en el que nació y se desarrolló la legislación del pueblo griego. Intentaremos acercarnos al gran tema de la venganza desde dos aspectos: la sociedad y la religión. Al recuperar los rasgos más destacados de ambas manifestaciones en su encuentro con algunos de los procedimientos legales áticos, será posible advertir cómo Sófocles los ha adaptado como marco de la acción, orientándolos por un camino comprensible para su audiencia, familiarizada ya con el aparato judicial de la ciudad. El prólogo nos enfrenta, en primer lugar, con el pedagogo, Orestes y Pílades que han regresado secretamente y contemplan la región de Argos. Es el pedagogo el encargado de abrir el prólogo presentando al hijo de Agamenón como heredero y. En relación con su filiación, enfatiza su misión de vengador del asesinato de su padre y le recuerda que ha llegado la ocasión de pasar a la acción. Es el kairój, el momento oportuno para ejecutar las decisiones. Orestes toma la palabra en segundo lugar, (v. 23-78) y tras alabar la fidelidad de su ayo informa acerca de su viaje a Delfos. Rememora las palabras del oráculo pítico que le profetizó que, después de coronar la tumba de su padre con bucles cortados de su cabellera y libaciones, podría ejecutar, «sin ejército y con ardides, él sólo, las justas muertes» (v.37). Dóloj y díkh son los instrumentos que le ha señalado Apolo. El dóloj está resaltado en su aspecto positivo de instrumento indispensable de la díkh, e implica, para Orestes, su falsa muerte, a fin de que un muerto pueda vengar a otro muerto, que en cierto modo es su reencarnación. Expone con detalle el plan de venganza y la parte que le toca ejecutar a cada uno, exigiendo la adhesión de sus acompañantes para cumplir el oráculo. Eleva su plegaria a los dioses tutelares, a la tierra patria y al palacio paterno para que no lo rechacen deshonrado. Al final del discurso de Orestes el espectador posee todos los datos que le permitirán seguir el curso de la acción, menos uno: el grado de juramentocompromiso de Electra. La hermana, que actuó heroicamente para salvar al hermano varón, ha sido mencionada por el pedagogo. Pero luego, en el discurso de Orestes, su nombre está ausente. Al concluir esta ßÊsij la acción se pone en movimiento desencadenada por los qrénoi de Electra, que adquiere desde este momento un protagonismo que le era ajeno en los dramas de Esquilo y Eurípides. Con ello tan sólo pretendemos observar uno de los tantos problemas que se desprenden de la asimilación de fuentes, pues no hay datos respecto a la cronología de la Electra de Sófocles y la de Eurípides, no hay didascalia ni escolios que revelen con seguridad cuál fue primera, sólo se observan las muchas semejanzas textuales que las acercan. Es evidente que con Sófocles, por primera vez, Electra domina la escena totalmente desde el monólogo trenódico que cierra el prólogo hasta el final. El primer lamento de Electra se alcanza a oír desde donde se encuentran los recién llegados. Una duda por parte de Orestes es dominada por el pedagogo y abandonan la escena. En este punto de la obra podemos ya elucidar algunos rasgos del rito de entronización que, sumados al mandato del oráculo de Apolo, permitirán a Orestes asumir la función propia del dios de Delfos al presentarse a reclamar sus derechos como purificador, -kaqartÉj (v. El primero de ellos nos muestra cómo se ponen de manifiesto las profundas motivaciones que permiten a Orestes, por un lado, formalizar su "petición para fundar su herencia" como un rito de šmbáteusij y su "acción vengadora" como oendikoj sfagÉ, por otro. 9Embáteusij y díkh son los pasos previos de la venganza. El segundo, cómo esas motivaciones son acordes con una serie de componentes que actúan como configuradores del proceso judicial ateniense aún en el siglo V. 9Embáteusij: rito de entronización del príncipe Las bases de la ßÊsij del pedagogo se hallan elaboradas dramática y jurídicamente en relación con el rito de šmbáteusij, rito de entronización o de toma de posesión de una herencia. La sucesión se refería en un principio sólo a los hijos de reyes, sacerdotes o adivinos, y el acto que la probaba radicaba en el uso del patronímico con significado dinástico. El complemento natural de la investidura de un personaje noble es el acto de arrogarse una filiación y una jerarquía, a la vez que un nombre. Tal es el sentido que alcanza el patronímico que abre la exposición del ayo: «Oh hijo de Agamenón, el que en otro tiempo estuvo al frente del ejército en Troya!» (v.1-2). El príncipe de Micenas penetra en la tierra patria accediendo así a un espacio con significación y virtualidad religiosa, que era la base del rito de entronización, y lo hace a través del más alto rango alcanzado por su padre. La šmbáteusij se completará con los ritos sobre la tumba de Agamenón -visita sólo mencionada en la ßÊsij de Orestes -, que redondea el procedimiento arcaico, de carácter mágico, que luego el derecho irá integrando en un cuadro más racional y sometido al control de una concepción más rigurosa de la ley. Toda la tragedia de los Pelópidas podría leerse como un mito sucesorio, en el cual el regreso de Orestes, tras el exilio, lo lleva a penetrar en su anhelada Argólida, su patria, como el sucesor, el que está calificado para realizar actos eficaces. Sólo con tal carácter el acto de "toma de posesión" alcanza una fuerza propia. En este contexto es el hijo varón, exclusivamente, quien hereda el klÊroj paterno, patrimonio largo tiempo inalienable, que constituye como la sustancia visible de la familia. La tierra, bien familiar, estable y permanente, es la única que posee un estatuto de plena realidad y su precio se matiza con un valor afectivo y religioso. Es el hombre en el seno de esta sociedad masculina, el que simboliza los bienes raíces de la oîkoj, estos patrÔia que mantienen a lo largo de las generaciones la unión de un EM LXVII 2, 1999 linaje con el terruño donde están establecidos. Penetrar en la tiera patria, luego del exilio, significa para Orestes penetrar en un ámbito cualificado, espacio del santuario mítico, donde la representación espacial resulta esencial. El Pedagogo se aboca, entonces, a describirle la Argólida. Parece contemplarla desde una de las colinas que constituyen sus límites naturales, la Profitis Ilias, al norte, o la Zara, al sur. Su mirada se detiene primero en ese espacio global ocupado principalmente por el monte Arachneon, donde se alza «la antigua Argos» -palaión (v. En el epíteto está contenida la rica historia de esta región, pues como lo muestran las viejas leyendas y como más tarde lo señalará Herodoto, es allí, en el Golfo Argivo donde nacieron y crecieron las relaciones entre Grecia y Asia. A continuación, le señala los principales ámbitos religiosos dando prioridad al ágora de Apolo, el más espléndido y temido de los dioses olímpicos, hijo de Zeus y su profeta: «la plaza licia del dios matador de lobos» (v.7). A la izquierda de su ágora, continúa diciéndole, se alza el «famoso templo de Hera» (v. 8), la esposa de Zeus. Su epíteto permanente es'rgeía. Es la argiva kórh, diosa principal del Argos peloponesio en tiempos históricos. La mención del Heraion muestra la importancia que tenía su culto para la vida familiar, el matrimonio y la fertilidad. Y finalmente, el pedagogo focaliza los centros de la vida cívica: la ciudad de Micenas, «la rica en oro » (v. 9), presentada con uno de los epítetos homéricos más queridos para la ciudad, y en el centro de ella, el palacio de los Pelópidas, «lleno de horrores» (v. La casa es lo que da al culto familiar sus fundamentos más definidos, tanto por estar concebida bajo una autoridad monárquica, como por la noción religiosa que la engloba. Constituye así el símbolo más abarcativo de este culto. De ahí que contemplar el palacio, por cuya puerta habrán de penetrar para vengar la memoria del rey Agamenón y recuperar la herencia, tenga para los recién llegados un eminente valor religioso. Los cinco espacios elegidos se van visualizando en una gradación que lleva a Orestes a ponerse en contacto con las fuerzas que afloran de su oμkoj, las emanadas de la tierra, porque la tierra del padre es la esencia de la herencia y, en particular, lo es la tumba del padre, que habrá de pisar antes de ejecutar el plan de venganza, por expresa recomendación del oráculo. Ella contiene en sí los materiales que fundan una šmbáteusij y permiten entrar en relación inmediata con los dioses del linaje paterno. El Pedagogo toma a su cargo la función de la diamarturía, puntualizando tanto su estatus social de salvador y educador, como su rol de testigo del exilio del príncipe. En el momento de la toma de posesión, el sucesor está, 1 Las citas del texto en griego están tomadas de la edición de Sir Richard C. Jebb, The Electra of Sophocles. Las citas en español están tomadas de la traducción de Assela Alamillo, Madrid, 1981. normalmente, asistido por los suyos, por el grupo de parientes más próximo. Aunque Orestes no será investido por ellos, la autoridad del Pedagogo es suficiente pues emana de su capacidad de dar testimonio del espacio geográfico de la tierra patria y de la historia personal del hijo del Atrida. Tras encadenar los hitos cruciales de su vida conforme al relato mítico tradicional, se dirige a Orestes por primera vez, no como su discípulo, sino como el «vengador» -timwrón (v. 14) de la muerte de su padre. A partir de este momento Orestes debe hacerse cargo de la concreción de la venganza. Encuadradas en ese espacio cualificado aparecen las dos imágenes que el ayo posee del sucesor. Una pertenece al pasado y nos muestra a Orestes en un papel pasivo (v.11-13), enfatizando la misión de su protector con la primera persona como ejecutor de la acción salvadora que le fuera encomendada por la hermana: «de donde en otro tiempo te saqué después del asesinato de tu padre, habiéndote recibido de manos de tu hermana, la que lleva tu misma sangre» -Áqen se patròj šk fónwn šgw/ poté pròj sÊj Àmaímou kaì kasignÉthj labÓn (v. Construye así una imagen de Orestes niño, inconsciente de su destino, alejado de las desgracias de su familia y muestra cómo su coraje permitió su salvación e implicó, luego, su crianza hasta su juventud. La otra imagen lo ubica en el presente cuando ya el papel de Orestes debe tornarse relevante: «... hasta tanto llegaras a la edad de ser vengador de la muerte de tu padre. Y ahora, ciertamente, Orestes y tú Pílades, el más querido de los húespedes, debéis tomar pronto una decisión sobre lo que tenéis que hacer» -... tosónd' šj ¬bhj, patrì timwròn fónou. / nûn oÖn, 9Orésta, kaì sù fíltate cénwn Puládh, tí xrÈ drân šn táxei bouleutéon (v. Señala la'kmÉ de esa existencia destinada perentoriamente al deber de la venganza. El Orestes que regresa es su discípulo con lucidez y plena conciencia de lo que hay que hacer. El Pedagogo se relega a un segundo término, el del hombre fiel, dispuesto a ayudar y a esclarecer las dificultades. Deja en manos de Orestes las decisiones, porque la llegada al hogar simboliza para el joven el logro de la madurez necesaria para cumplir su misión. Orestes se ha afirmado como individuo, como sujeto de derecho, comprometido en una acción que tiene como objetivo recuperar el centro del poder familiar cuyo eje es el culto a los muertos y, por lo tanto, el cumplimiento de las prácticas tradicionalmente obligatorias,-ta nómima-, que al ser violadas por un delito de homicidio deben EM LXVII 2, 1999 ser vengadas por los parientes hasta el tercer grado, los mismos que forman parte de la estrecha comunidad del culto, aquellos que tienen derecho a heredar al muerto y a quienes incumbe, a la par, el deber de rendir culto a su alma. Díkaioj fónoj: El crimen justificado Con la ßÊsij de Orestes se inicia el drama de la venganza, difícil y peligrosa, cuyo protagonista es el hijo varón que debe matar a su madre por designio de los dioses. Apolo se lo ha ordenado; sin embargo, en ningún momento a lo largo de este discurso Orestes la nombra, como si quisiera olvidar el horrible crimen que significa hundir la espada en el seno de una madre. No hay otro que pueda ofender más a los dioses y a los hombres; no obstante, este crimen es ordenado por un dios en nombre de la díkh, porque el hijo debe vengar al padre y porque el único derecho que permite el castigo de Clitemnestra es este derecho familiar. En nombre de él la llegada de las divinidades vengadoras, las Erinnias, será anunciada por el coro en la antiestrofa del primer estásimo, precedidas por «la Justicia, llevando en sus manos justos poderes» (v.475). Estas diosas, que desempeñan un papel tan importante en Esquilo y Eurípides, no aparecen en esta tragedia para atormentar a Orestes sino para castigar «una unión manchada de sangre» (v. La solidaridad religiosa de la familia cobra tal relevancia que la herencia fatal del crimen, sin ser negada expresamente, pues también el coro alude a ella en el épodo de este canto, ya no es puesta en escena. Parecería que Sófocles ha encontrado para este tema un nuevo punto de tensión entre la antigua concepción religiosa de la falta, que persigue al individuo de generación en generación, y la concepción nueva, respaldada por nuevos dioses -Zeus y Apolo -, que ilumina las prácticas procesales de la Atenas del siglo V. «Tensión que», como explican Vernant y Vidal-Naquet 1987, p. 38, «se produce entre el mito y las formas de pensamiento propias de la ciudad, conflictos en el hombre, el mundo de los valores, el universo de los dioses, carácter ambiguo y equívoco de la lengua, todos estos son los rasgos que marcan fuertemente la tragedia griega. Pero lo que quizá la defina de modo esencial es que el drama llevado a la escena se desarrolla a la vez en el plano de la existencia cotidiana, en un tiempo humano, opaco, hecho de presentes sucesivos y limitados, y en un más allá de la vida terrestre, en un tiempo divino, omnipresente, que abarca en un instante la totalidad de los su-cesos, unas veces para ocultarlos, otras para descubrirlos, pero sin que jamás se le escape nada, ni se pierda nada en el olvido. Por esta unión y confrontación constantes, a lo largo de la intriga, del tiempo de los hombres y del de los dioses, el drama aporta la revelación manifiesta de lo divino en el curso mismo de las acciones humanas». Es así como en la perspectiva trágica de la Atenas de Sófocles aún se mantenía en pleno vigor la creencia de que el alma de una persona muerta por la violencia vagaba sin encontrar sosiego mientras no se vengase el crimen en el asesino, encolerizada por el delito de que había sido víctima y enfurecida contra los llamados a vengarla que no cumplían con su deber. Si bien el estado prohibía a los parientes tomar la justicia por su mano, los incitaba, a cambio de ello, a llevar al agresor ante los tribunales y luego, el propio estado se encargaba de pronunciar la sentencia y de ejecutarla, si fuere condenatoria, aplicando el correspondiente castigo. Mediante trámites procesales minuciosamente establecidos los tribunales competentes en cada caso decidían si la acción debía ser considerada como un 'asesinato premeditado', (fónoj ¡koúsioj), una'muerte casual, involuntaria', (fónoj'koúsioj), o un 'homicidio justificado', (fónoj díkaioj). Con esta distinción el estado introdujo una reforma a fondo del antiguo régimen de la venganza de la sangre en el que el derecho a vengar se ponía exclusivamente en manos de la familia y en el que el asesino era, sin más, reo de la pena de muerte. Sin embargo, el estado no hace sino tomar a su cargo los derechos y exigencias de caracter religioso pues seguía viendo el delito de homicidio como una mancha que caía sobre el culpable y amenazaba caer sobre toda la ciudad. No podía ser, por lo tanto, reclamado por cualquier ciudadano por medio de una grafÉ, sino por los parientes próximos del muerto en el marco de la díkh, que al tomar como eje del culto familiar el culto a los muertos gira en torno a la noción de nómima que engloba todos los ritos tradicionalmente obligatorios. Cuando éstos han sido violados por un delito de homicidio cometido en el seno de una misma familia, los procedimientos para vengarlo se tornan complejos y recaen sobre un tribunal de fundamentos claramente religiosos, presidido por el arconte-rey, la Boulé del Aréopago, el más alto tribunal de sangre que funcionaba en Atenas. Bajo su jurisdicción se hallaban los fónoi ¡koúsioi, asesinatos premeditados, sacrilegios y la traición. Sin embargo, de los actos de Clitemnestra nada se dice acerca de que hayan sido sometidos al juicio de ningún tribunal y serán sus propios hijos los portavoces de la posición conservadora que Sófocles sostiene en lo que, seguramente, era un acuciante debate en la sociedad ateniense de su época. En el tratamiento dado a este tema por Sófocles, se destaca el profundo cambio operado en cuanto a la fe en el alma en los tiempos posteriores a Homero. Ahora el dios délfico ejercía también su tutela sobre los derechos EM LXVII 2, 1999 de los muertos, y el hecho de que sus oráculos confirmasen la santidad del culto del alma tenía, por fuerza, que contribuir a hacer valer este culto. Las normas de Delfos alcanzaban una influencia aún más profunda cuando se trataba de una persona muerta violentamente y sus sacerdotes eran la cofradía sacerdotal a quien los estados griegos conferían la máxima autoridad en la reanimación y desarrollo del proceso judicial que penalizaba estos crímenes.El alma de Agamenón depende, naturalmente, del culto que le tributen los miembros de su familia que aún viven y su suerte se halla determinada por el deber piadoso de la venganza. Esta fe difiere totalmente de la concepción expresada en los poemas de Homero, que muestra a las almas desterradas en el reino de Hades eternamente sustraídas a los cuidados y deberes de los vivos. En cambio, en la obra de los trágicos advertimos que el castigo o la recompensa que las almas de los muertos encuentran en la vida no depende de sus propios méritos, ni de su naturaleza heroica, ni de la conducta que siguiera en vida, sino de la que los supervivientes sigan con respecto a ella. A la luz de estas ideas está elaborada, no sólo la ßÊsij de Orestes, sino todo el drama de Electra. En este primer discurso de Orestes se pueden esclarecer estos rasgos indudables del antiguo deber impuesto por la venganza de la sangre, modificados a tono con las exigencias del mandato de Apolo. La interpretación que el príncipe hace del oráculo trae consigo, por sí misma, la liberación del castigo de las Erinnias y el encuadre de los nuevos crímenes como un bien público acorde con la šmbáteusij del heredero. Gracias a esto, Orestes puede afirmar al cerrar la tragedia: «Sería preciso que esta justicia fuese inmediata para el que quisiera transgredir las leyes: la muerte. Así el malvado no abundaría tanto» (v. La estrategia preponderante de esta ßÊsij es exponer el plan de venganza en el entorno propio de un díkaioj fónoj. De este modo, los nuevos asesinatos se encuadran en la categoría del 'crimen justificado'. La sombra de un juicio humano ante el tribunal del Delfinión, al que conduciría tal situación en el siglo V, no agobia al joven, porque su misión de "vengador" se halla inmersa en un espacio consagrado, el santuario de Apolo en Delfos y posee el respaldo de una palabra trascendente, la profecía del dios. Al ser el oráculo el que le ordena el asesinato deliberado de su madre no hay resquicio para la vacilación humana ni para la intención delictiva del sujeto. Decisión y responsabilidad son los ejes que modalizan la exposición del plan.Ambas proceden del derecho antiguo, jamás derogado desde que Dracón le diera forma legal, según el cual, los más próximos parientes del muerto se hallaban exclusivamente autorizados, a la par que irremisiblemente obligados, a perseguir judicialmente al asesino. Quedan los dioses y los hombres en su individualidad absoluta sin verse inmersos en el clima de ambigüedad que tiñe el juicio de Orestes en Euménides de Esquilo. La audiencia preliminar -que en Atenas realizaría el arconte, antes de que el caso llegara a los tribunales -, podría situarse en la visita al santuario de Delfos. Tras ella, Orestes se muestra como un individuo capaz de elegir deliberadamente el mejor modo de ejecutar el mandato del oráculo. Su relato crea una atmósfera de interrogación y esclarecimiento de la verdad que forma parte de su proceso de maduración, a fin de que pueda establecer su derecho a luchar por la justicia -díkaj ‰roímhn (v. 34) -, y fortalecer su identidad de vengador. Al asumirla ya no dudará acerca del encuadre de su acción. Esta no puede ser sino un díkaioj fónoj y en ese marco exigirá la máxima adhesión a su plan de venganza. 14) -, adhiere íntimamente a la voluntad de Apolo y se presenta él mismo como purificador -kaqartÉj (v.70) -y enviado de los dioses, -prój qeÔn ðrmhménoj (v.70) -, implorando la ayuda de los dioses patrios para no ser expulsado de su tierra sin honra. Está atrapado, y de antemano lo sabe, entre dos exigencias de lo divino: matar y sufrir el castigo por haberlo hecho. Parece una trampa sin salida para una conciencia recta, puesto que el mundo de los dioses, al que es forzoso obedecer, es el que está aparentemente dividido: «Por qué ha de inquietarme esto cuando, muerto de palabra, estoy de hecho vivo y voy a obtener fama con ello?» (vv. 59-60) La'nákrisij como audiencia de interrogación y esclarecimiento de la verdad, -tò safÉj -, que, al tratarse de un caso de homicidio, se configura como una prodikasía, se podría advertir en el relato de la consulta al oráculo. Orestes la ha realizado con el propósito de adquirir la seguridad necesaria, no para descubrir a los culpables, que todos conocen bien, sino para culminar su aprendizaje -ðj máqoimi (v.33) -, establecer su derecho a luchar por la justicia -díkaj'roímhn (v.34) -y fortalecer su identidad de vengador, garantizando que lo que habrá de exigir luego a sus más íntimos amigos, es lo correcto. Su principal móvil en la visita a Delfos parece haber sido asegurar la elección correcta de la acción legal -díkh -que serviría para cumplir con su deber: «de qué modo vengaría a mi padre de sus asesinos», Átw7 trÓpw7 patrì díkaj'roímhn tôn foneusántwn pára (v.34). Los litigantes en la apertura de una díkh tenían la obligación de proferir juramentos sobre la veracidad de su pedido y ser respaldados por varios miembros de su familia en una especie de promesa colectiva, bajo el nombre de diwmosía. EM LXVII 2, 1999 Aún hay huellas de tal conjuración en la legislación de Dracón que constituye una especie de hito, pues revela una cierta exigencia de la prueba para perseguir y condenar a un acusado. Si bien Orestes no recurre a un juramento para hacer valer sus derechos de vengador ha consultado el oráculo pítico, que lo confirma como tal. Asume este deber absoluto, -deber de conciencia, privado, reivindicación imperiosa del difunto -, como su condición existencial y hace de Apolo el testigo fundamental de la verdad de su palabra. La decisión de Orestes se deja oir con el tono de una revelación -tà dócanta dhlÓsw (v.29) -, que ha sido iluminada por el dios profeta. La cita textual de la respuesta de Febo y la necesidad ineludible, con que la introduce, autentifican sus futuras órdenes y la búsqueda de esa adhesión o diwmosía que exige a sus acompañantes: «me responde Febo lo que al punto conocerás: que yo mismo, desprovisto de escudo y ejército, con astucias, tramara las muertes justicieras por mi mano» -xrÊ7 moi toiaûq' À Foîboj ñn peúsei táxa: ƒskeuon aÐtòn'spídwn te kaì stratoû dóloisi kléyai xeiròj šndíkouj sfagáj (v. La palabra del príncipe se manifiesta como la sentencia de Apolo: lógw7 dè xrÔ toiÔ7 d' (v. Presenta así como irrefutable la estrategia urdida y se coloca explícitamente como fuente evaluativa de la orden que emite: «Anuncia, reforzándolo con un juramento, que ha muerto Orestes debido a un fatal accidente...» -ƒggelle... / téqnhk' 9Orésthj... (v. Se instaura como sujeto de la cláusula subordinada y crea una distancia enunciativa que sirve para enfatizar la seguridad que deposita en su interpretación del oráculo. Lo que presiente como factible de corrección (v.31) lo muestra, luego, como infalible (vv.51-58). Mediante este efecto de objetivación sus interlocutores no tendrán ya ningún derecho a impugnar su plan. La diamarturía del pedagogo respecto de su calidad de heredero y vengador queda así respaldada por la autoridad del dios, que lo avala para ejecutar, tanto el dóloj de un lógw7 qanÓn -eje de su plan estratégico de penetración en el palacio -, como el asesinato de Egisto y el matricidio, sin la mancha que procedería de una decisión humana. De este modo pasa a primer plano lo que es secundario: la intriga previa a la ejecución de la venganza, que es el proyecto con que Orestes interpreta el objeto de la consulta al oráculo, -el modo de llevar a cabo la venganza -, el Átw7 trópw7 que lo llevó a Delfos. La fuerza argumentativa se concentra en el dóloj que se despliega en círculos concéntricos como un permanente lógoj, una fic-ción dentro de la ficción, cuyo núcleo es la antinomia lógw7 qanÓn (v. 60), focalizando, a partir de allí los conceptos ventajosos que proceden del éxito de su decisión se suceden uno tras otro: kléoj (v. Orestes sabe que el dóloj es el paso previo a la díkh y que ésta redunda en gloria, para los hombres y para los dioses: «Así también yo me jacto de que, como resultado de esta noticia, brillaré vivo entre mis enemigos como una estrella» (vv. También era el oráculo de Delfos el encargado de velar por la ejecución de los actos expiatorios y purificadores. La necesidad de cumplir esta clase de actos procedía de la leyenda de la fuga y purificación del propio Apolo después de haber dado muerte en Pito al espíritu de la tierra. Y es también en Delfos donde, según el poema de Esquilo, cuida el propio Apolo de purificar a Orestes de su matricidio. A pesar de que los ritos expiatorios no son privativos del culto apolíneo -hállanse consagrados también a otros dioses, ctónicos en su mayoría -, es el oráculo délfico quien confirma su santidad. Las ideas que afloran en la plegaria de Orestes (v.67-72) adquieren mayor fuerza, precisamente, porque el oráculo del dios omnisciente santifica y aconseja la expiación de los delitos de sangre, a la par que el estado reglamenta, en base a la antigua venganza familiar de la sangre, la persecución de los asesinatos. Como manifestación de su religiosidad la plegaria abre un nuevo diálogo entre Orestes y sus dioses tutelares, entre el heredero y esa fuerzas que emanan de la tierra de sus ancestros y de la casa paterna. Presupone una fe firme en su poder y en su benevolencia, además del reconocimiento tácito de su inferioridad frente a ellos, y la amistosa confidencia de sus más íntimos anhelos. Estas ideas descansan sobre esa relación establecida entre la religión y el estado y hacen explícita la vinculación de esta oración de Orestes y su šmbáteusij, a partir de la convicción de que el alma de Agamenón sigue viviendo dotada de conciencia y habita esos poderes invisibles, y que, gracias a ello, conoce lo que pasa en el mundo de los vivos. Las almas de los padres de generaciones anteriores son dioses familiares y en esta creencia se halla la raíz de todo el culto del alma como la fuente más remota de la religión. Esta fe se conservó sin abandonar las viejas tradiciones, a la sombra de los grandes dioses olímpicos y de su culto, en medio del paulatino despliegue del poder y las instituciones del estado. EM LXVII 2, 1999 La certeza en esta fe impulsa a Orestes a invocar, en la špíklhsij de la plegaria, a sus dioses familiares y a su tierra, como testigos de su reentronización, a fin de que ésta tenga éxito y su condición de sucesor alcance la sanción de un destino favorable: décasqe m' eÐtuxoûnta... (v.68). En esa relación personal que los une radica la idea de retribución y representación del orden moral de acuerdo con el cual se realiza la retribución. En segundo lugar, después de la invocación a los dioses y a la tierra patria, Orestes toma como destinatario de su súplica al palacio: la «morada llena de horrores» (v.10) que le mostrara el pedagogo requiere una purificación. Es el mismo Orestes quien asume la función propia del dios de Delfos, presentándose con el más alto título personal que le confiere el máximo derecho a suplicar: díkh7 kaqartÊj (v. 70) y añade que llega impulsado por los dioses -pròj qeÔn ðrmhménoj (v.70) -que garantizan la díkh de este gesto. Por último formula la súplica concreta. Su eÐxÉ se presenta como la reclamación de un derecho natural: el derecho a recuperar su heredad. Esta eÐxÉ no es de caracter coactivo sino que busca un efecto persuasivo a fin de no ser víctima de la'timía que supone la pena del destierro como justa componenda en los conflictos de sangre. 9Embáteusij y díkh quedan así en suspenso a la espera de una resolución favorable tras el cumplimiento de la venganza. Resta ahora llevar a cabo los ritos en la tumba de Agamenón. Será Crisótemis quien dé a conocer estos hechos en el segundo episodio sin atisbos de duda acerca de la presencia de su hermano (v. En Las Coéforas de Esquilo, en cambio es Electra, que esperaba angustiada su regreso, quien reconoce sobre la tumba signos que no le permiten dudar de que su hermano ha regresado (v. Eurípides también reelabora estos ritos en su Electra, presentándolos con rasgos de cierto humor (v. Es interesante destacar que estos datos del mito se remontan hasta la versión de Estesícoro quien los elaboró literariariamente en el siglo VII a C. Aparece frente a tal situación una especie de postulado que es compartido por los tres trágicos: sólo Orestes ha podido llegar hasta la tumba de su padre de la manera que se nos describe. Sólo él estaba autorizado a poner el pie en lo alto del túmulo y realizar el rito de la ofrenda del rizo que establece un vínculo religioso entre el heredero varón y su progenitor. Orestes está obligado a reconocer su dependencia de los dioses familiares y del alma de sus antepasados, con estas muestras de un culto que comprende tanto su plegaria como la ofrenda, las libaciones y el sacrificio. Son el géraj, el homenaje y tributo de honor que corresponde recibir a las almas por derecho propio. Para comprender en todo su alcance las ceremonias y prácticas externas en que se manifiestan los rasgos entrevistos de la legislación ateniense, con respecto a los derechos de sucesión y en relación con la venganza de la sangre, hubiera sido necesario seguir observando sus apariciones en toda esta tragedia. El análisis del Prólogo no es más que una muestra, suficiente creemos, para comprobar cómo los dos discursos confluyen a demostrar que el oráculo de Apolo, como dios profeta de Zeus, trae consigo un efecto de indulgencia y persuasión, que se suma a la súplica de Orestes a los dioses y el palacio paterno, a fin de confirmar que la venganza del asesinato de Agamenón es un acto justo: šndíkouj sfagáj (v. Se construye así una imagen del delito real, -asesinato de Egisto y matricidio -, como el lugar de una verdad exterior al sujeto-agente, Orestes, que posee la fuerza sagrada de la ley divina. Con esto queda asegurada la complicidad de los conjuradores, el pedagogo y Pílades, que comparten con Orestes un mismo paradigma de conocimientos del mundo: su adhesión silenciosa presupone la existencia de ciertas instituciones humanas que regulan su conducta. La jerarquía política de Orestes como sucesor de Agamenón, una vez garantizada por el Pedagogo, y sobre todo por Apolo, le permite producir un discurso cuyo tono de mandato se inscribe en una relación interpersonal de máxima confianza y solidaridad que garantizan su cumplimiento. Inmerso en este contexto el imperativo de la venganza se torna un llamado al a±dÓj, hacia las obligaciones que todo hombre tiene para consigo mismo y con los suyos, con los dioses y con la ley divina. El Orestes timwrón, se ha tornado kaqartÉj, "suplicante y purificador" del palacio, enviado por los dioses.
Este artículo forma parte del proyecto de investigación UPV 05/133. Presentamos un esbozo de las líneas principales en una comunicación al La representación de una batalla, debido a su propia naturaleza, requiere normalmente la elección -en ocasiones, una necesidad impuesta por las adscripciones de niveles distintos del escritor -de una perspectiva que determina la definición de su resultado como victoria o como derrota, fruto, y manifestación visible, de la decantación de las lealtades de quien la relata. La cuestión, sin importancia para un escritor romano cuando se trata de guerras externas, resulta, en cambio, comprometedora en el caso de una lucha civil: en primer lugar a causa del desgarro que supone una decisión de este tipo; en segundo lugar, si se opta por el bando vencido, en razón del peligro próxima a lo expresado por Séneca (Ep. XIV 13): Potest melior uincere, non potest non peior esse, qui uicerit, que se encuentra por primera vez en Lucano, excepción hecha de Séneca, Epigr. 34) había señalado las dificultades que tuvo que afrontar Virgilio al narrar la Iliupersis por boca de uno de los principales troyanos, nada menos que el ancestro de los romanos. 6 El trastorno de la "romanidad" que se produce con las guerras civiles (F. Ahl 1976, p. 230), se acentúa en el libro VII, el de la batalla decisiva. La transformación de la figura de Pompeyo en ese libro y sobre todo su retirada pone al descubierto los auténticos contendientes en la lucha (sed par quod semper habemus, /libertas et Caesar, VII 695-6). El empleo del término clades sirve de instrumento de coherencia temática del poema (54 veces en la obra, 15 en el libro VII), cf. P. Esposito 1987, p. En su empeño Lucano desvela lo caduco de los mecanismos ideológicos tradicionales que sirvieron para justificar las victorias romanas: la equivalencia entre razón o justicia y victoria, poniendo en evidencia la falsedad del aparato ideológico que explicaba la instauración del régimen de Augusto 5. Consecuencia de la calificación del suceso como derrota es la profunda revisión de la historia de las guerras civiles, incluida la batalla de Accio. I. La caracterización como derrota El motivo fundamental de la decantación de Lucano se encuentra en la identificación de los vencidos con la causa de la libertad y de los vencedores con la tiranía, por lo que las consecuencias del desenlace fatal de un enfrentamiento entre los defensores de la esencia de Roma y quienes pretenden su destrucción no pueden ser sino lamentadas 6. La coincidencia con la perspectiva del bando perdedor se manifiesta mediante el recurso más obvio, el empleo reiterado del término clades en las múltiples intervenciones del poeta -con mayor frecuencia a lo largo del relato de la batalla decisiva (libro VII) 7 -para definir el resultado de la lucha; más interesante, sin embargo, es la incardinación de la batalla referida en el interior de un ámbito de mayor alcance que expresa con precisión su magnitud: la comparación con las más famosas derrotas sufridas por Roma contra P. Jal (1963, p. 11), basándose en los datos aportados por J. Gagé [Édition des R.G, 177], indica que los Fastos sí recogen Farsalia, pero además se señala como victoria: Maff.: hoc die Caesar Hispali uicit. No hay que excluir, por otra parte, que la referencia a Alia en este pasaje constituya una alusión a Verg., Aen. 9 J. Masters (1994, pp. 160-1) resume la cuestión de la falta de unanimidad sobre la consideración de la victoria de César. 20 ss.), quien compara dicha celebración con la de los triunfos de Octaviano. un enemigo externo, especialmente la del Alia y la de Cannas, puntos de referencia para historiadores y poetas romanos, enfatiza la consideración de Farsalia. Los pasajes más sobresalientes los hallamos igualmente en este mismo libro: Cedant feralia nomina Cannae/ et damnata diu Romanis Allia fastis/ tempora signauit leuiorum Roma malorum, / hunc uoluit nescire diem (VII 408-11) 8. Se trata de una denuncia del registro tradicional de la memoria romana, que, a un tiempo, cancela toda posibilidad de calificar los sucesos de Farsalia como una victoria, en contraposición a la valoración oficial 9. La comparación no se limita a definir el sentido de dicha batalla, sino que intensifica el grado negativo del acontecimiento. Por un lado, mediante la palabra de los propios contendientes, que declaran preferir un destino tan indeseable e infame, como el de los vencidos en las derrotas de Cannas y el Trebia ('o miserae sortis, quod non in Punica nati / tempora Cannarum fuimus Trebiaeque iuuentus', II 45-6), a la lucha en esta contienda; por otro, el narrador mediante la comparación expresa con Cannas (non illum Poenus humator / consulis et Lybica succensae lampade Cannae / conpellunt, VII 799-801). Por último, la intervención autorial (Non istas habuit pugnae Pharsaliae partes/ quas aliae clades..., VII 632-3) contribuye asimismo a acrecentar las dimensiones de Farsalia como derrota al comparar los resultados de esta lucha con los efectos de otros sucesos catastróficos sin especificar (aliae clades, v. Todas las voces, por tanto, confluyen en un mismo punto. El efecto de la comparación magnificadora de Farsalia con las derrotas señaladas es demoledor, pues reinterpreta la historia oficial de Roma, y cancela, a diferencia de lo ocurrido en las derrotas con las que se compara, toda posibilidad de compensación mediante una victoria definitiva 10. La trascendencia de la pérdida sufrida en Farsalia sólo alcanza parangón Las referencias a la destrucción del universo menudean en el texto, por ejemplo: I 5-6, 72-80; II 2,[9][10][11]VII 46,89,; se trata de una forma reiterada en la caracterización de las guerras civiles, como demuestran los datos aportados por P. Jal (1963, pp. 281-4) y M. Lapidge (1979). Asimismo el enfrentamiento entre César y Pompeyo se plantea como un conflicto universal, cf. Hunink 1992, pp. 103-6. 12 La comparación de esta secuencia de Lucano con Propercio (II 1.25-36) y Ovidio (Met. XV 822-28) merece un estudio detallado que aquí nos es imposible realizar; baste decir que muestra, al menos de forma aparente -la interpretación irónica o seria de muchos de estos pasajes o de poemas dificulta la consideración unívoca-, divergencias considerables entre estos escritores y el poeta cordobés. Llama la atención el silencio sobre la guerra civil en la enumeración de los triunfos de César que incluye Ovidio (Met. Enumeraciones similares se repiten en V 478-9, y antes en I 678-95, igualmente en VII 867-72 o en X 65-73, donde se refiere a la intervención de Cleopatra en Accio. lio por la de Ardea (VII 411 ss.), etc., induce a pensar que Lucano pretende hacer evidente la profecía de destrucción escondida en Virgilio. En la misma dirección puede interpretarse la presencia de las familias más ilustres de Roma en medio de la batalla (Verg., Ge. 15 No es posible definir una línea única en el tratamiento de Accio entre los distintos autores; tampoco mantuvieron una actitud idéntica a lo largo del tiempo. La valoración de dicha batalla es una cuestión compleja y su examen está fuera de nuestro propósito, por lo que remitimos al tratamiento que hace R. A. Gurval (1995), donde se encuentran los datos necesarios para seguir este complejo problema. Es digno de destacar el esfuerzo de Lucano por enfatizar el carácter de lucha civil, frente a lo que ocurre en los relatos de la batalla de Accio entre los augústeos, empeñados en presentarla como una victoria sobre un enemigo externo: Virgilio, Aen. VIII, Propercio IV 6 (más dudas ofrece Horacio en Ep. La repetición de términos como sanguis o cruor adjetivados con Romanus, Hesperius o Italicus en la batalla central insiste en la misma idea. I 21, I 22, II 1), bien sea en franca contradicción con lo que los posicionamientos más tardíos de aquéllos parecen sugerir. 15 Igualmente, deja poco espacio para la valoración, favorable a Augusto, de Accio como una guerra extranjera 16. Pero la diferencia principal consiste en que dichos poetas no desdicen abiertamente su carácter de victoria ni abandonan como perspectiva dominante la del vencedor, mientras que Lucano, elige, para componer su epopeya de la derrota, la perspectiva del vencido. La consideración de la batalla desde este punto de vista exige una narración particular, ya que no sirve a este fin ni el relato épico tradicional que ensalza la gloria del vencedor, ni el histórico dominante, que expone las razones que conducen a la victoria. Tales modelos resultan inservibles para su propósito, pero no puede prescindir de ellos, por lo que su estrategia consiste en utilizar de modo muy peculiar, por un lado, el código épico, mediante el empleo de modelos «inadecuados» o el uso antifrástico de algunos de sus recursos tipificados; por otro, el historiográfico, en un tipo concreto que poseía ya una configuración específica: el relato de derrotas, entre las que las causadas a Roma por Aníbal son los ejemplos más notables. Entre los intertextos épicos, por supuesto, el de Virgilio, sin ser el único, es omnipresente; entre los historiográficos, dos son de un valor particularmente considerable: el del relato de César, al que en parte desdice y desmiente, y el de Livio, del Los rasgos que caracterizan las descripciones de batallas de Lucano respecto a Virgilio los resume en tres P. Esposito 1987, p. 37: 1) relato de tipo heroico-mítico en Virgilio, histórico-militar en Lucano; 2) Lucano hace suyos los procedimientos y técnicas de la historiografía; 3) con Lucano, el código épico se transforma, por fundirse, en cierto grado, con el de la historiografía. Las técnicas historiográficas (atención a las acciones de conjunto en vez de aristías, etc.) las analiza en p. 18 Los dioses, que aseguran en la Eneida el éxito de la misión de su protagonista, no intervienen en la Farsalia de forma activa (D. Feeney 1991, p. 250 ss.), tan sólo se limitan a manifestar su voluntad coincidente con el destino; tampoco garantizan «la teleología imperial de Livio» (E. Fantham 2003, p. 19 Probablemente encontremos aquí una muestra más de la pretensión de Lucano de explicitar lo que Virgilio dejó oculto o velado por la ambigüedad (la polifonía de Virgilio), idea que cobra cada vez más fuerza por encima del anti-virgilianismo enunciado por A. Thierfelder 1934, cf. E. Narducci 1979, 1985y 2002, pp. 75-80, con bibliografía y resumen de la cuestión, y F. Delarue 1996, p. 281, habla de un tipo de «Enea sconfitto», cf. también Íd. 21 No olvidamos la reacción de Latino ante la petición de lucha de su pueblo (Verg., Aen. Con ello, el poeta demuestra que la derrota no encuentra explicación según los parámetros de la épica ni de la historia 18, por lo que resulta imprescindible para dar cuenta de lo sucedido un tratamiento trágico (Codoñer 2003). En el análisis del intertexto épico nos limitaremos a los pasajes que ilustran la falta de adecuación funcional de los modelos elegidos respecto a la condición de vencedor o vencido 19. La discordancia se observa en la identificación entre las figuras relevantes de una y otra obra desde la perspectiva señalada: por un lado, la establecida entre Eneas y Pompeyo 20; por otro, la correspondiente a Turno y César. La relación entre Turno y Pompeyo, adecuada funcionalmente, resulta, debido a otras razones, inapropiada por completo, como veremos. Tales faltas de adecuación se encuentran en consonancia con otro marco más amplio de referencia intertextual, el mito de la Gigantomaquia y su utilización por los poetas de la época de Augusto y por Lucano. El lamento de Pompeyo ante la imposibilidad de diferir la lucha, ya inminente: Quantum scelerum quantumque malorum/ in populos lux ista feret... / sanguine romano quam turbidus ibit Enipeus. 21, evoca el profe-266 JESÚS BARTOLOMÉ GÓMEZ una estatus especial al margen de los contendientes, pero menor para nuestro propósito. Aunque el pasaje de la Eneida no anuncie propiamente una guerra civil, se puede interpretar como símbolo de ella, como señala A. Barchiesi (1984, pp. 79-82). En palabras de E. Narducci (2002, pp. 305-6): «el prodigio que determina la exclamación de Eneas vale a su vez como anuncio de la guerra ruinosa y como señal de la ayuda divina a los exiliados troyanos, de cuya victoria surgirá con el tiempo la potencia de Roma y el 'nuevo orden del mundo' (así como de la victoria de Augusto nacería una orden nuevo e imperecedero)». dioses que apoyan a los impíos como causa de la inevitabilidad de la masacre que espera cumplimiento. Únicamente desde la posición de rechazo a la lucha civil -y, de forma prospectiva, en su condición de vencido -, desde la que toma la palabra Pompeyo, cuya figura, liberada de su realidad histórica, emerge transformada, el lamento puede ser sincero. La integración del texto virgiliano induce al lector a establecer entre ambos personajes, por encima de la proximidad aparente, una relación compleja que, además de cuestionar la validez del planteamiento virgiliano antes señalado, pone al descubierto la falsedad de la ecuación pietas-apoyo divino-victoria. La proximidad entre los personajes citados, e incluso la superioridad moral de Pompeyo en su lamento negándose a la lucha, hace más patente la contradicción con la condición opuesta de vencedor y vencido que uno y otro encarnan 24. Si continuamos la indagación en esa línea de referencias intertextuales, nos encontramos de forma inevitable con los modelos funcionalmente idén-La diferencia reside, de acuerdo con E. Narducci 2002, p. 303, en la manifestación del engaño divino en el pasaje homérico y su ausencia en el de Eneida. Los términos del lamento de Anquises en el momento de anunciar a Eneas el futuro enfrentamiento entre César y Pompeyo: Illae autem paribus quas fulgere in armis,/concordes animae nunc et dum nocte premuntur,/ heu quantum inter se bellum, si lumina uitae/ attigerint, quantas acies stragemque ciebunt.../ Ne, pueri, ne tanta animis adsuescite bella/ neu patriae ualidas in uiscera uertite uires:/tuque prior, tu parce, genus qui ducis Olympo,/ proice tela manu, sanguis meus! (VI 832-35) recuerdan los empleados por Lucano en esta ocasión, pero la contradicción entre la petición de Anquises a César y la realidad de los hechos subraya el carácter irónico de la evocación del modelo (E. Narducci 1976, p. El uso reiterado de uiscera referido a lo más escogido del ejército pompeyano identificado con Roma (vv. 4.35.6) introduce un verso muy semejante: sanguineum quatiens dextra Bellona flagellum ̧ al que añade el anterior de Virgilio (Aen. 29 Hemos simplificado en este punto la detallada explicación de P. Esposito (1987, pp. 76-83) en cuya conclusión indica que, siguiendo la tradición homérica de utilizar al dios de la guerra como figura simbólica con la que comparar a distintos personajes, Lucano lo asimila a César, a quien inviste de los valores simbólicos de Marte. Las relaciones intertextuales señaladas sirven para definir el carácter de César, pero creemos que la evocación de Turno lo incluye entre los vencidos, situación que en esta batalla no se produce. 30 La ira es, precisamente, una de las características más reiteradas del César de Lucano, rasgo que comparte con Aquiles y Turno (E. Narducci 1979(E. Narducci, p. Una prueba más de la inversión de las expectativas de victoria y derrota en la Farsalia se encuentra en la ineficacia de la Górgona en el pecho de Palas para sembrar el terror ante Marte, trasunto de César, como señala M. Malamud 2003, p. III.1.7 y Propercio IV 6 recurren a una simbología similar; cf. Ph. Dicho autor realiza en esta obra un importante análisis de la presencia y el significado del citado mito en la Eneida y la influencia en sus sucesores. Para D. Feeney (1991, pp. 296-7), la impiedad de la guerra civil permite su representación bajo al forma de la Gigantomaquia; en este caso una muy particular y extraña pues los Gigantes vencen. 309), su empleo subraya la dimensión universal del conflicto, pero también responde a los augústeos, cuyo empleo tenía por finalidad afirmar el triunfo del orden sobre el caos, con clara referencia al régimen de Augusto. En la misma línea de significación se encuentra la oposición entre Minerva y Marte. La alteración integral del sistema ordenado de victoria/derrota elaborado por la tradición se completa con el recurso a un episodio mítico, el de la Gigantomaquia, que encuentra entre los augústeos, en especial en la Eneida 31, un tratamiento privilegiado como instrumento para representar el triunfo del orden (y asimismo el de Octaviano) sobre el caos. Su inclusión en el momento de la descripción de la preparación de las armas, mediante la comparación explícita de la actitud del bando pompeyano con la que mostraron los olímpi-32 Su intertexto más inmediato es la preparación de las armas por parte de los pueblos de Italia en Aen., VII 626-36, pero la comparación expresa de Lucano, remite al universo simbólico citado. La equivalencia se hace explícita mediante la aplicación del término rabidos a los Gigantes 145 y rabies para definir la actitud de César y los suyos (vv. Los Galos, por otra parte, son un símbolo en la Eneida de los Gigantes según la interpretación de Ph. Hardie (1986, pp.123-5) y Lucano se refiere al ejército de César con el término Gallica rabies (eco de Livio XXXVIII 17 pues sólo ambos emplean dicha expresión). Por otro lado, confirma esta identificación, la interpretación del catálogo de tropas cesarianas que hace E. Batinski (1992). La autora citada lo considera como una inversión de dicha escena típica, pues Lucano subraya la felicidad que sienten los galos liberados de la presión del ejército cesariano. La finalidad de esta alteración es magnificar la fiereza de los soldados de César por encima de la proverbial de los Galos. La presencia considerable de este mito en la Farsalia 410-2) responde a esa estrategia. 295, concreta el significado con estas palabras: «An indispensable part of the system is the quasidivine status of the tyrant. 32, establece una equivalencia incontestable: la identificación del bando cesariano con el de los Gigantes 33. por lo que una vez más observamos la inadecuación de los modelos empleados respecto a la condición de vencedores y vencidos; lo que evidencia la distancia entre aquel suceso mítico que finalizó con el triunfo sobre el caos y la barbarie y éste que culminará con la derrota del orden. Por otro lado, esta acción, que, en principio, parece un signo de impiedad del bando republicano, adquiere, mediante la comparación con la acción de los dioses, una dimensión distinta, que justifica dicho acto en virtud de la trascendencia de la lucha 34. El uso antifrástico del mito saca a la luz las contradicciones de la interpretación justificadora de la instauración del régimen imperial, e implica una relectura de dicho mito, una reinterpretación del significado de Accio 35. La conclusión de este examen parece por lo tanto obvia, todo apunta a una búsqueda sistemática de modelos inadecuados en lo referente a la condición de vencedor y vencido con el fin de cuestionar la validez de las explicaciones que forjó la ideología imperial, y de negar la equivalencia de justicia y victoria; la elección de tales intertextos "inapropiados" forma parte del proyecto subversivo de Lucano, para quien sólo resta la consumación de la Para más detalles, se puede consultar J. Bartolomé 2005. 37 Además de la dependencia del relato concreto de esta parte de la batalla, sólo reconstruible a partir de la tradición histórica dependiente del paduano, bien analizada por J. Radicke (2004, pp. 9-43). Podemos valorar las referencias concretas o la utilización de un léxico común, como prueba de esta traslación; así por ejemplo, el espectáculo de Cannas (Liv. XXII 51.5), los discursos previos al desastre en el Tesino, la identificación entre ambos personajes corroborada por la expresión cupido regni que aplica Livio a Aníbal en un discurso de Hannón (Liv. La incorporación de textos históricos complementa los modelos inapropiados de la épica con el paradigma historiográfico de narración de derrotas, que le sirve para poner en evidencia la distancia entre lo sucedido en Farsalia y la secuencia habitual que conduce al desastre del ejército romano. Lucano acomoda la batalla culminante de su obra al diseño de las grandes derrotas romanas, pero lo hace introduciendo pequeñas alteraciones sobre el modelo básico de dicha macro-estructura. La evocación del mencionado paradigma y las sutiles variaciones que sobre él establece conceden a dicha batalla una fisonomía particular y conducen al lector a la conclusión de que esta derrota no encuentra explicación según los esquemas tradicionales, sólo se justifica aceptando su completa inversión. Es más, convierten la narración en una reflexión sobre los principios en los que se sustenta la mentalidad tradicional representada por la aristocracia romana, el sistema de valores aceptable para esta elite social: se enfrentan en el campo de batalla la ideología del pasado, sin vigencia en el mundo del poeta, y la del futuro, el presente de la época del poeta. La obra de Livio es el espacio donde se plasman con mayor claridad y frecuencia estos paradigmas elaborados por la tradición que conforman, en conjunto, lo que podemos denominar un intertexto cultural (A. Barchiesi 1984, p. La presencia de Livio, difusa en ocasiones, concreta en otras, se encuentra en la base de la narración; y se hace patente mediante la evocación directa o la alusión. El modelo básico es el de la sucesión de derrotas encadenadas que sufre el ejército romano en sus primeros enfrentamientos con Aníbal, el enemigo de Roma por antonomasia y prefiguración del personaje de César 37. Todos estos relatos responden a una estructura básica común. Si la elite romana, como ha demostrado N. Rosenstein (1990) Es el modelo por antonomasia de guerra contra el enemigo externo y la derrota de Cannas constituye su momento de más alta dramaticidad, señala M. Fucecchi (1999, p. 40 Livio entiende la victoria como justicia divina en el inicio de la Segunda Guerra Púnica: uicerunt ergo di hominesque et, id de quo uerbis ambigebatur uter populus foedus rupisset, euentus belli uelut aequus iudex, unde ius stabat, ei uictoriam dedit. XXI 10.9) son palabras de Hannón referidas a la guerra anterior que recuerdan las de César, pero cuya formulación se contrapone a ellas y se aproxima a las dichas por Pompeyo (Luc. Le proporciona una importancia mayor el hecho de tratarse de un suceso inventado por Lucano, ya que Cicerón no participó en esta batalla, cf. E. Malcovati 1953 y R. C. Lounsbury 1976. No se puede excluir tampoco entre las causas de la introducción de esta escena la preocupación arquitectónica, como propone Radcike (2004, p. 380), pues responde al discurso de Curio a César. V 670) proporciona a Pompeyo una capacidad de ver con nitidez la catástrofe que se avecina superior a la del resto. En la formulación final de su discurso (omne malum uicti... omne nefas uictoris erit, Luc. 126). de un tipo de relato particular, el patético. Pompeyo arrastrado a la batalla La batalla está precedida por una escena en que presenta la situación en el campamento pompeyano, donde los subordinados reclaman al general la lucha (primero los romanos, a continuación los extranjeros), después de la intervención de Cicerón en favor de plantar batalla a César 42. La inclusión de dicha escena es de una importancia extraordinaria. En primer lugar, porque le sirve para caracterizar a Pompeyo como un personaje dual dotado ahora, en su condición anticipada de vencido, de una clarividencia especial (Quis furor, o caeci...VII 95) 43; asimismo el discurso de Cicerón, al que responde el de Pompeyo, sirve para anticipar el debate de cuestiones cruciales que se desarrollarán en las arengas (sobre todo la referencia a la confianza en los dioses: de superis, ingrate, times causamque senatus/ credere dis dubitas? (76-7) 44. En segundo lugar, porque reproduce aquí Lucano un paradigma de Livio: la discordia entre el general prudente y sus subordinados, ansiosos de lucha; la insistencia de Cicerón en plantar batalla y la amenaza de desobediencia al general no admiten discusión. VI 23-24), pero es fácil añadir otros más próximos, como las disensiones entre los dos cónsules de aquel año, Varrón y Paulo, que preceden a la batalla de Cannas 45; la pre-sencia continua de este hipotexto a lo largo del relato, de forma directa o indirecta (mención comparativa, referencia expresa al comportamiento con los cadáveres de los combatientes caídos, estructura), lo corrobora: en primer lugar, se presenta la reclamación de los soldados: et clamore 46 Como prueba indirecta se puede aducir la utilización de la batalla de Farsalia para el relato de la batalla de Cannas por parte de Silio Itálico IX 211, X 450 y ss. La construcción del Varrón, empeorado, sobre la base del Cicerón de Lucano en Punica, de acuerdo con M. Fucecchi (1999, p. 327) Esta escena debe entenderse como signo anticipatorio de la derrota por identificación con los relatos de este tipo; pero induce asimismo a la comparación de los hechos con las expectativas creadas de acuerdo con los modelos a los que remite. La conclusión más sencilla es aceptar la pretensión de exculpar a Magno; otras, menos favorables al personaje, conducen a considerar que la muerte en combate (al igual que Paulo) -o su sacrificio (deuotio) como quiere M. Leigh (1997, p. 157) -, esperada de acuerdo con los modelos invocados, deja abierto el terreno a la ambigüedad en la valoración de la actitud de Pompeyo, pues, según su afirmación, «la Farsalia es un poema demasiado escéptico para entregarse la celebración acrítica o la exculpación de nadie, menos aún de Pompeyo». La comparación con Varrón, que proponemos nosotros, tampoco está exenta de ambigüedad pues es susceptible de interpretarse como una muestra de desesperanza por comparación con los personajes de los tiempos gloriosos del pasado 47. En ningún caso se resuelve por completo, si bien la narración de la huida de Pompeyo al final de la batalla matiza las posibilidades. La enumeración de los prodigios anunciadores de la desgracia, siempre numerosos en caso de enfrentamiento civil 48, responde a la misma lógica que el resto de preparativos. Pero existen diferencias, o se alude a los dos campamentos, o se habla de ambigüedad en la interpretación (Plutarco, Caes. Su inclusión responde al deseo de reflejar la mentalidad de los protagonistas de la acción, no a la opinión de los historiadores, como pone de manifiesto E. Fantham (2003, pp. 243 y 247-8). La coincidencia con diversos pasajes de Livio (abejas: XXI 46.2, peso de los estandartes: XXII 3.11-12 y huida de la víctima sacrificial: XXI 63.13) en los que se anuncian prodigios en el contexto de derrotas da validez a nuestro argumento. Por otro lado, la utilización para el relato de Cannas por parte de Silio Itálico de algunos de los prodigios formulados por Lucano en este pasaje (VII 151 ss.) y por Livio en distintos lugares, como indica E. Ariemma (2000) en su comentario a los versos VIII 622-27 de Punica, confirma la práctica de Lucano a la hora de servirse del paduano como intertexto y el significado de esa utilización. 115, proporciona interesantes datos sobre el uso de estos términos. 329, lo distingue del Varrón de Punica, que, ciego frente a los signos inequívocos enviados por los dioses, avala con su comportamiento el designio del destino. Apiano (BC II 68-9) por su parte, advierte cierta ligereza en la actitud ante los anuncios. ISSN 0013-6662 resan aquí concretamente los que preceden de forma inmediata a la lucha y se producen, de forma exclusiva, en el campamento vencido (vv. Los prodigios se entienden como manifestación de la ira de los dioses, y, por ello, pocas veces faltan en las derrotas romanas, de las que a menudo son una justificación 50. La función de la presencia de lo divino en la tercera década de Livio es, según las palabras de D. S. Levene (1993, p. 77): «reforzar la idea de que la piedad es recompensada, y la impiedad castigada, y de forma más general, que la victoria romana ha sido garantizada por los dioses. Esta idea sólo aflora a la superficie en contadas ocasiones, pero se halla presente en la mayor parte de su narración» 51. Asimismo los dioses de la Eneida apoyan al pius y castigan al impius 52. Si intentamos aplicar este principio al pasaje de Lucano, observamos que ha dejado de funcionar. No se puede hablar de falta alguna, ni, como es el caso de Flaminio en el Trasimeno (XXII 3.12), de una desatención hacia los prodigios 53, tampoco de un advertencia divina que exija el cumplimiento de las condiciones necesarias para aplacar a los dioses en el momento en que estos se muestren dispuestos a ello (así en el Tesino o en Cannas); la imposibilidad de alcanzar el favor divino, es el resultado del destino trágico de Roma que los dioses, aunque No creemos sin embargo que Lucano haya pretendido contradecir de forma sistemática la obra de César, como defienden M. Rambaud (1960) y J. Henderson (1988Henderson (, pp. 133, y 1998)), entre otros. Podríamos añadir asimismo la extensión del discurso, bastante menor en el de Pompeyo, lo que constituye un indicio de la contención, moderación y asimismo de su predisposición anímica. ISSN 0013-6662 validez de este argumento se deriva de dos circunstancias: en primer lugar, de la contradicción dentro de la narración pues Lucano, en el curso de la batalla recuerda la disposición de la quarta acies cesariana (vv. 521-4); en segundo lugar, se trata de una elaboración particular de Lucano pues contradice plenamente la realidad histórica de acuerdo con lo transmitido por otros autores 61. Es más, como ha subrayado J. E. Lendon (1999, pp. 273-329), si César plantea los relatos de batalla basados en tres pilares (estrategia, animus y uirtus; precisamente los tres exigencias que cumple el bando pompeyano: vv. 216, 383) es esta batalla donde insiste de forma más clara en el carácter decisivo que tuvo la táctica. De ello se deduce que Lucano ha querido destacar el carácter bárbaro de la actuación de los cesarianos, su brutalidad, el ansia por llegar a la victoria frente a las reticencias continuas de Pompeyo, y del propio narrador, envarado siempre en la demora y el deseo de evitar el final de la guerra de consecuencias indeseadas (I 672), pero también pretende confrontar el resultado con la lógica de la victoria, acentuando la falta de razón de su triunfo incluso en el plano militar 62. Otra consecuencia que se desprende del cambio introducido por Lucano es su rechazo a otorgar al texto cesariano la condición de acceso privilegiado, incluso de acceso aceptable, para la reconstrucción de los sucesos por ambos narrados 63. Por último, la presentación y el contenido de las arengas determinan la superioridad del bando vencido. Entre los factores de mayor valor figuran el orden y los gestos 64, la actitud de oradores y auditorio, y las referencias intertextuales. La conjunción de todos ellos dirige la recepción del lector de un modo particular. Así ocurre en la batalla del Tesino (Polibio III 64, en cambio, altera el orden), en la segunda batalla del Alia (VI 28-29); en este caso bajo la forma de pensamientos recogidos en estilo indirecto, y en Zama. Una prueba indirecta de los que decimos está en el hecho de que Apiano recoge los discursos en el orden contrario (BC II 72 y 74, respectivamente), pese a que en ambos casos poseen un fondo común y parecen responderse el uno al otro. 7) a la alteración del orden propio de la épica en las palabras que César y Domicio intercambian en el combate que conduce a la muerte de este último. Cuando se incluyen en las obras históricas los discursos de dos personajes enfrentados, suele hablar en último lugar el vencedor en la disputa, algo semejante ocurre en las contiendas verbales representadas en la épica 65. Sin que constituya una norma en el caso de las arengas, se observa, al menos en Livio, la tendencia a colocar el discurso del general cuyo ejército resulta vencedor en último lugar, con lo que se le concede así la oportunidad, que no tiene el primero, de contestar los argumentos de su oponente, probando ante el lector la supremacía de su causa. Facilita esta interpretación la semejanza de los argumentos empleados por uno y otro, lo que conforma el segundo discurso como una respuesta al primero 66. La concordancia de las palabras expuestas por Pompeyo (se hace eco de los mismos presupuestos, como se desprende de la repetición léxica de la narración y de los discursos, del mismo modo el desacuerdo con César al que desmiente sin contemplaciones, respeta la realidad narrada a diferencia de su oponente, que la falsea) con lo narrado y con las intervenciones directas del narrador conceden crédito a los argumentos del Magno y pretenden demostrar, pues se le concede el privilegio de decir la última palabra, la superioridad de su causa y, con ello, la victoria moral del bando pompeyano, indicio frecuente de victoria real. Las arengas se encuentran precedidas por la caracterización de los oradores (vv. La disposición mental de ambos, definida por el temor, evidencia la transformación necesaria en la actuación pública que tiene por objeto el enardecimiento de los oyentes. La reacción de los soldados demuestra el poder de convicción de ambos, el éxito, por vías distintas, de su retórica. Antes de ocuparnos de la articulación de esa retórica, basta con señalar que la forma de resolver el sentimiento inicial común (vv. 248-9 y 340-2, respectivamente) y, más aún, la reacción, tan diferente, del público de cada uno, insisten en poner de manifiesto la superio-Responde esta reacción al argumento exhibido por Pompeyo, que considera a su ejército investido de la uirtus de los tiempos gloriosos de Roma. Sobre el empleo del término uirtus en Farsalia y las complejidades del uso en este pasaje remitimos a R. SklenáÍ 2003, pp. 117-8. 68 G. H. Goebel 1981 Si pasamos ahora a la articulación de las arengas, observamos que, si bien respetan las convenciones de la retórica militar, lo que les da un aire de familia, las diferencias, cruciales, refuerzan lo indicado por otros factores 68. Ambas tienen una misma finalidad: enardecer a los soldados ante el enfrentamiento que se avecina y para lograrlo buscan fortalecer su confianza 69. El discurso de César intenta, por un lado, suscitar el sentimiento de alegría y satisfacción por el inicio de la lucha; por otro, prevenir los posibles peligros, mediante la insistencia en la debilidad del adversario y el valor propio (vv. A continuación pretende provocar otros dos pathe, en este caso mediante el recurso a la representación plástica (euidentia): el sufrimiento posible ante la derrota y la indignación contra el enemigo por su futura crueldad (vv. El último de los movimientos del discurso tiende a suscitar la idea de clemencia (vv. César se presenta bajo la luz más favorable para lograr la convicción del auditorio: la de hombre benevolente, virtuoso, y, en menor grado, prudente. Su éxito no muestra otra cosa sino la coincidencia entre orador y público, pero ante el auditorio externo sus palabras delatan la falsedad de su discurso: los principios morales no son sino una justificación cínica de sus aspiraciones, y su petición de apoyo divino no se basa en la pietas. La arenga de César manifiesta la inversión perversa de la mentalidad tradicional, que considera que los dioses otorgan la victoria 70 La lógica perversa de estos planteamientos quedan patentes en las palabras de A. Feldherr 1998, p. 55: «Cada tratado internacional impone una obligación religiosa a sus firmantes, y los dioses que sirvieron como testigos de un tratado eran frecuentemente invocados para castigar a su violador. Puesto que estas fuerzas no podrían cooperar con aquellos cuyas reclamaciones eran falsas, cada demostración de superioridad militar necesariamente establecía la versión de los sucesos del bando vencedor». Merece la pena reproducir las palabras de O. Due 1962, p. 116, en su comentario a este pasaje: «César en diversas ocasiones en sus discursos mantiene que el resultado de la guerra decidirá la cuestión de la culpa (1.227, 7.259), y el resultado [...] permite a su victoria convertirse en oficialmente justa, y garantiza a César el derecho de colocar la culpa en el bando derrotado y esclavizar a Roma». De acuerdo con E. Narducci 1976, pp. 127-8, se desvela la ley del más fuerte, la razón es la fuerza: «El termino iudex se refiere tanto al vencedor de la guerra civil como a los dioses que lo protegen; la bestial crueldad de César se identifica con la voluntad de estos. Estamos ahora en disposición de captar en toda su fuerza titánica contestataria el celebérrimo uictrix causa deis placuit sed uicta Catoni». La comparación con las palabras de Pompeyo: omne malum uicti... omne nefas uictoris erit (120-3) acentúa la perversidad del razonamiento cesariano. Al mismo principio de legitimidad recurren en sus discursos antes de Zama Aníbal y Escipión (Liv. 73 Lucano, además, tergiversa una de las órdenes de César, que Floro (Epit. II 13.140) recoge: parce ciuibus; en cambio, ambos coinciden en la orden de herir en el rostro, algo de lo que se hacen eco igualmente Plutarco (Caes. 45.2) y Apiano (BC II 78). a la causa justa 70; para él, en cambio, la victoria es el árbitro de la razón y posee capacidad para limpiar la culpa: haec acies uictum factura nocentem est... gladio exoluite culpam:/nulla manus, belli mutato iudice, pura est (vv. Aunque, en efecto, esta es la verdad que late en el fondo de la concepción romana, la expresión de César lo evidencia con todo el cinismo posible (Di... uincat qui..., vv. Niega, además, la condición criminal de la lucha, reiteradamente señalada por el narrador, y manifiesta su impietas cuando insta a sus soldados a superar el temor que la presencia paterna en el otro bando impone, desmintiendo que combatirlos sea un acto criminal (non uos pietatis imago/ ulla nec aduersa conspecti fronte parentes/ commoueant: uoltus gladio turbate uerendos, vv. La expresión pietatis imago, que encuentra su contrapunto en la veneración de los antepasados expresada en el discurso pompeyano: sponte uiri sacraque antiquus imagine miles (v. 357), opone las actitudes de ambos en detrimento de César 74. Su imagen como orador remite a la del conspirador, del tirano o del enemigo lleno de soberbia pero destinado a la derrota (Catilina, Alejandro Lo categórico de la declaración, como señala W. Tasler 1972, p. 112, contrasta con el miedo que delata en la contradicción de iubet sperare. La mentalidad según la que razona Pompeyo se corresponde con la de los personajes históricos de Livio; véase, por ej., la arenga del cónsul L. Papirio antes de la batalla de Aquilonia contra los Samnitas (X 39.14-15). Opinión diferente sostiene G. H. Goebel 1981, pp. 88-9, que indica el mal empleo del tópico de la comparatio uirium por parte de Pompeyo. Coincidimos con él en que se trata de un argumento débil, y donde demuestra el Magno una seguridad inesperada, pero se advierte que en el discurso se antepone a otra intención el deseo de responder al locus de barbaris esgrimido por César contra el ejército pompeyano. Además la dimensión universal del conflicto es un tema reiterado en la obra de Lucano, como hemos dejado señalado en la nota 11. 78 La imagen de la patria (Virgilio, Aen. 342, sobre espectáculo y guerra civil. 79 Son aplicables a este discurso las conclusiones de M. Helzle 1994 sobre el carácter de la retórica de César: utiliza siempre el registro militar, imperativos y vocabulario violento. 81 La oposición entre César y el narrador se acentúa si tenemos en cuenta que nefas es uno de los términos claves de definición de la guerra civil a lo largo de la Farsalia; igualmente se esfuerza por borrar la culpabilidad de su bando mientras que Lucano insiste en aplicarles el adjetivo nocens (empleado en 10 ocasiones en el libro VII, cf. P. Esposito, 1987, p. La excelencia de los argumentos de Pompeyo delata la contradicción entre razón y resultado. El poeta ha pretendido, al conceder la palabra a César, mostrar los motivos profundos de su actuación y subrayar que recibe el apoyo divino pese a la falta de legitimidad de su causa. Con el fin de hacerlo más evidente plantea el discurso de Pompeyo como una reflexión sobre la legitimidad y la justicia divina. A lo dicho se debe añadir un dato más que instala la arenga en el marco del esquema de derrotas. El discurso de César encuentra paralelos notables en la arenga de Aníbal que precede al primer enfrentamiento con los romanos en Italia, el del Tesino. Llama la atención, además de los numerosos ecos verbales (J. Lorenzo 1991), la coincidencia en el uso de algunos argumentos. En efecto, la idea de la crueldad del enemigo, del perdón de consecuencias nefastas, la invocación a los dioses como garantía de su acción. Menos perceptibles, pero aceptables son las correspondencias entre la arenga de Pompeyo y la de Escipión en esa misma batalla (XXI 41), especialmente cuando plantea la lucha como defensa de la patria asediada (41.16) 82. El corolario de la comparación, la identificación entre Aníbal y César, resulta problemático en algunos puntos, pues la figura del cartaginés no es unívoca: por un lado, Esta es la opinión de F. Ahl 1993, p. 156 -ignora la clarividencia de la mirada estratégica; muestra la guerra de cerca, y reflexiona de lejos. Coloniza los márgenes del relato racional, y designa así los límites en los que éste se encierra -la demasiado cómoda ceguera en la que se funda». De acuerdo con P. Esposito 1987, pp. 68-9, lo que en los historiadores es manifestación de lo excesivo en las batallas se convierte aquí en el único modo de descripción bélica. Además, Lucano efectúa «un desmontaje completo del código de la épica» en este tipo de narraciones (Íd. LXXIV 2, julio-diciembre 2006 pp. 259-288 ISSN 0013-6662 es el vencedor en esta batalla, pero, por otro, es un vencedor temporal destinado a la derrota definitiva, como lo expresa Livio en el momento mismo de sus mayores victorias (XXII 46,(8)(9) y se reitera en los discursos que anteceden a la victoria final romana, la de Zama (XXX 30-32); nada similar sucede en la Farsalia, pues, aunque se aceptasen las alusiones a la muerte de César como una forma de compensación a su éxito 83, la consecuencia más grave de su victoria, la pérdida de la libertad, permanece presente en la generación de Lucano (prosternimur, v. Así, la identificación en la actitud y el carácter de ambos personajes busca, una vez más, subrayar la frustración de las expectativas que supone el desenlace de esta batalla. El relato patético de la batalla El proceso iniciado en la preparación encuentra su culminación en el relato de la batalla misma, en el que se advierte la desfiguración, propia de las derrotas, del relato lógico, sólo que aquí se lleva a sus términos más extremos, sobrepasando a sus modelos. Con las premisas de las que parte Lucano no puede caer en la trampa de narrar la batalla al modo tradicional de la épica, como un espectáculo cruel pero glorioso; tampoco mediante la adecuación al relato racional clásico, que, por estructura, quita la razón al vencido, asimilando de manera automática del vencido con el culpable (VII 260) 84, sino que debe servirse de una forma narrativa opuesta, que se concreta en lo que J. Kaempfer (1998, p. 122) denomina "relato patético", un tipo de relato que expone con detalle minucioso los aspectos más detestables de la guerra, e implica una nueva consideración de las víctimas. Los modelos narrativos de derrotas de la historiografía, que con frecuencia eluden o alteran el orden habitual 85, le son útiles, pero no consiguen por completo dar cauce adecuado a la expresión que pretende, por lo que, partiendo de ellos, acentúa los ras- gos más característicos en el contenido (la ausencia de batalla en Alia, la crudeza en el Trasimeno, la descripción del campo de batalla de Cannas cubierto de cadáveres) 86, y supera además, mediante las intervenciones en primera persona y la fusión del tiempo de lo narrado y el de la narración, la distancia (en gran medida atenuada gracias a técnicas como la selección del punto de vista fijo o del foco único), del historiador (P. Esposito 1978, p. La elección del punto de vista del vencido determina el especial desarrollo de la narración de la batalla, expuesta como un espectáculo de horror que degrada al vencedor (M. Leigh 1997, p. La comparación más superficial del relato de los mismos acontecimientos en la obra de César (Ciu. III 82-94) y en la Farsalia pone de manifiesto una visión diametralmente opuesta; el trazado simétrico cesariano que justifica la victoria en la lógica de una buena planificación estratégica y la adecuada ejecución, se transforma en una narración en la que la proporción y lógica desaparecen, en la que la estrategia deja paso a la furia y las acciones militares ceden su puesto a la masacre. Lucano se limita a proporcionar el marco básico, que garantiza la claridad suficiente para la comprensión del sucederse de las acciones 87, lo demás es un conjunto de escenas grotescas cuya narración compromete. Unas calas bastarán para ilustrar lo que decimos y poner fin a nuestro estudio. La narración selecciona momentos de especial significado, cuyo valor acentúa la intervención del narrador. Así, antes del enfrentamiento crucial, el poeta expresa su negación a narrar las atrocidades de las que debe dar cuenta (el recurso a la inversión de uno de los módulos expresivos de la invocación a la Musa: fuge, mens: nullaque tantorum discat me uate malorum... quidquid in hac acie gessisti, Roma, tacebo, profundiza La utilización en este pasaje del núcleo de la revista de los soldados (epipolesis) por parte de Agamenón (Hom., Il. 90 La ausencia de nombres propios es clave de la estrategia de subvertir la escena épica de la aristía, cf. B. Gormann 2001, esp. p. 91 Algunos usos de la palabra rabies en Livio son de interés: XXV 37.11; XXIX 9.6; XXXII 23.9 y de forma especial XXXVIII 17.8, donde se opone la rabies gala a la uirtus romana (oposición que a distancia recoge Lucano, véase nota 30). Conviene recordar que la ira es uno de los ragos reiterados en la definición de César (E. Narducci 1979(E. Narducci, p. 92 La interpretación de la presencia de César en medio de la batalla es controvertida; para E. Narducci (2002, p. 221), responde a un tópico de las narraciones bélicas, que Lucano invierte en contra de César. 92), por su parte, la considera su actitud como la propia de un imperator que se rebaja a la categoría de miles, y es asimilado en este aspecto a personajes como Alejandro Magno y Catilina. 93 La comparación con el catálogo correspondiente de Virgilio (Aen. XII 500-4) muestra la distancia. quae/ unde/ quo, vv. 557-65 y 579-83) 89, pero, finalmente cede a la necesidad imperiosa de narrar, y cuando lo hace es para dar cuenta de la actuación de César bajo la forma de una aristía épica invertida, que la transforma en un espectáculo grotesco 90, donde contienden personajes anónimos ante la omnipresencia brutal de César, un héroe presa del furor que irradia su rabies 91. La comparación de su actuación como un avance entre la catástrofe y la matanza (it uagus, v. 566) con la presencia de Marte y su séquito en la batalla, que ya hemos señalado, completa de forma inequívoca el significado de su caracterización 92. Un segundo momento importante es el de la enumeración de los combatientes muertos; nuevamente expresa, mediante la praeteritio, su rechazo a narrar, en esta ocasión a referir las muertes particulares (Inpendisse pudet... ac singulis fata sequentem/ quaerere, vv. 618-9); consigue así la inversión de una escena típica de la epopeya: el catálogo de muertos en combate 93, recurriendo a un módulo estilístico semejante al anterior (per cuius uiscera uolnus/ exierit, quis/ ore quis/ quis/ quis...qui/ quos/ quis / quis/ quis, vv. 619-30); una marca sustancial de la inversión es la ausencia de nombres propios; los muertos son condenados al anonimato, el mejor premio en una guerra que no procura gloria alguna 94. El tercer momento es el de la descripción del campo de batalla, expuesta a través de la visión de, que se deleita en el espectáculo. No existen demasiados ejemplos de la visita del vencedor al campo de batalla después de la lucha, y estos se intercambian entre los historiadores y poetas (A. Perutelli 2004, p. La descripción se reserva a circunstancias especiales: la derrota romana contra un enemigo extranjero: Cannas (Liv. II 23.2), a episodios de guerras civiles -tan sólo los cadáveres romanos suscitan el suficiente interés. La visita de César y Aníbal se parecen, pero Lucano ha tratado de extremar la perversidad del romano, pues Livio matizaba: spolia legenda foedamque etiam hostibus spectandam stragem insistunt (XXII 51.5-6); el César de Lucano, en cambio, lejos de sentir rechazo, se deleita en el espectáculo. Nos encontramos ante una nueva inversión, ahora de una escena entre épica e histórica, con la misma finalidad de las anteriores 95. Por último, la escena de la huida de Pompeyo (vv. 647-727), su acción más difícil de justificar tanto según las exigencias del código social, del que se hace eco el género histórico, como desde el punto de vista del código heroico, se transforma respecto a su significado habitual y sólo encuentra justificación aparente como contrapunto a los efectos de la aristía: evitar un derramamiento de sangre mayor (671-2). Así parece confirmarlo el monólogo de Pompeyo y la voz autorial que acompaña su huida y aplaude su suerte por liberarse del espectáculo de sangre que deja a sus espaldas (vv. En conjunto, tal descripción de la batalla dramatiza el acto mismo de la contemplación del espectáculo, como propone M. Leigh (1997, p. 110 ss.), pues el relato de Lucano, reticente a mostrarlo pero obligado a ello, lo coloca ante los ojos del lector y fuerza su reacción. El texto manifiesta en distintas ocasiones la ecuación entre conocimiento visual y complicidad: los soldados, que se paralizan antes de la batalla, se llenan de culpa con su conocimiento (vv. 462-65); a César lo domina un deseo morboso de contemplación (vv. 292-4); Pompeyo, en cambio, imagina el espectáculo y lo lamenta (vv. 114-6); el poeta pretende callar para evitar ser responsable de darlo a conocer (vv. El lector queda así, al igual que los personajes y el narrador, comprometido: puede, como César, deleitarse ante el espectáculo, puede lamentarlo y volver horrorizado los ojos, como Pompeyo, también manifestarse indiferente como Júpiter (vv. 445-7), pero tiene asimismo la posibilidad de actuar; la tensión entre las pretensiones de César y las protestas del narrador basta para suscitar una respuesta. V. Conclusión Constatamos que Lucano ha conjugado diversos factores para desvelar, en contra de las dificultades procedentes de la elección como tema de un suceso histórico cuyo final es imposible alterar, la falta de adecuación entre el desenlace final de la batalla y las expectativas de acuerdo con los principios romanos tradicionales. Todo ello busca producir en el lector una impresión de asombro. Posiblemente, con la inclusión de un narratario interno (VIII 17) incapaz de conceder credibilidad al relato de lo sucedido que el propio Pompeyo (K. Ormand 1994) confirma, el poeta no pretende sino anticipar o dirigir la lectura en esa dirección. La coincidencia entre esta proyección implícita hacia el lector de la actitud del narratario interno con la solicitada de forma explícita, mediante la intervención autorial, al narratario externo (VII 212) apoya nuestra opinión. La aproximación, por un lado, a los modelos épicos inadecuados, y, por otro, a los paradigmas narrativos de derrotas romanas le resulta, por diversas razones, de gran utilidad. En primer lugar, demuestra lo sorprendente e injusto de la victoria de César al identificarlo mediante las relaciones intertextuales señaladas con los héroes épicos condenados a la derrota; establece, en segundo lugar, una equivalencia nítida entre César y el enemigo de la patria, al representarlo con los tintes del enemigo más temible de Roma, Aníbal, de ahí su calificación como uictor iniquus (VII 40). Por último, mediante las diferencias perceptibles entre esta derrota y las infligidas a Roma en otros tiempos, libera al vencido de responsabilidad en el desenlace; y como consecuencia de las identificaciones descritas, su propia condición de vencido le redime en parte de la culpa contraída por la participación en la contienda civil y la colaboración en la ruina de la esencia de Roma que el destino ha querido. Las contradicciones resultantes de la comparación con los modelos evocados consiguen hacer más evidente la crueldad de un destino implacable.
Este trabajo viene a completar los estudios realizados hasta el momento sobre las Leyes de Gortina. Más aún, podemos congratularnos ya que nos hallamos ante un profundo estudio de las mismas que incluye una traducción en español, pues si bien no es la única -había una editada por Colubi (1994) -esta nueva traducción facilita de forma singular la labor del investigador. La obra, estructurada en tres grandes bloques, aborda en el primero una amplia introducción en la que se desarrollan todos los aspectos jurídicos y sociales que aparecen en Las leyes. Se inicia, con un estudio sobre el descubrimiento de las primeras leyes escritas; fecha y promulgación de las mismas; cómo fueron encontradas; la ausencia del nombre del legislador y finalmente una breve historia del descubrimiento del texto (fue Thenon quien encontró la primera columna, que se corresponde con la número once, que trata sobre la adopción de los hijos; posteriormente se hace referencia a la expedición arqueológica de 1884 y al descubrimiento de las ocho columnas restantes por Fabricius). A partir de aquí, se pasa al desarrollo de las características que vienen a definirlas como un código a la vieja usanza. A continuación, y ya con menos referencias a los aspectos históricos y jurídicos de las Leyes, continúa con el estudio del alfabeto y dialecto de los textos, escritos en un alfabeto epicórico muy primitivo de dieciocho letras, bustrofedón, y -siguiendo la teoría de Kieckers sobre la división de Creta en tres zonas dialectales -en el dialecto cretense de la zona central. A partir de aquí, la autora se centra en el estudio de las diferentes clases sociales; de la familia; el matrimonio; el divorcio; los delitos sexuales; el patrimonio; los derechos hereditarios; la adopción; la justicia con sus órganos judiciales y el procedimiento ejecutivo. En cada uno de estos apartados, se desarrollan las teorías seguidas por los diferentes autoresentre los que destacan Willets, Maffi, Paoli, Gagarin, Bile -que han aportado su particular visión acerca de los aspectos tratados en esta investigación, así como los problemas lexicográficos que suscitan las diferentes lecturas del texto. EM LXVII 2, 1999 En el apartado referente a las clases sociales, la autora distingue tres grupos: una minoría de ciudadanos libres, una clase intermedia (los apetairoi) y una clase servil. En el dedicado al parentesco, hace distinción entre los parientes en línea directa o colateral de los que no lo son, y un estudio del matrimonio, el divorcio, de las leyes que castigaban los delitos sexuales y contra la familia, y de cómo las penas prescritas diferían en función de la posición social del agredido o del agresor. En el capítulo referente al patrimonio, se estudian los derechos hereditarios: reparto de la herencia entre hijos e hijas, limitación de la cuantía de la herencia y los derechos y deberes de la heredera. Posteriormente y a semejanza de otros códigos, se centra en el estudio de la adopción: este apartado establece quién está facultado para adoptar (ciudadanos varones libres y púberes); las dos posibles formas de adopción, la incidencia en la redacción de la legislación de tres aspectos importantes, a) la iniciación religiosa ante los miembros de la asociación del adoptante, b) la intervención política, y c) la manifestación de la voluntad del adoptante. El siguiente epígrafe versa sobre la justicia, resaltando el hecho de que las primeras leyes aparecen como una garantía de protección al más débil y como mecanismo de control de los magistrados, con objeto de evitar en ellos conductas estragadas. A continuación, se acomete el análisis de los diferentes órganos judiciales: los dikastai, los kosmoi, el startos, y el mnamon, comparándolos con otras instituciones de Atenas y Roma; se señala la necesidad de la prueba, de los testigos y del juramento como elementos necesarios para que el juez pueda impartir la justicia. En este sentido, siento discrepar de la autora cuando ésta atribuye la presencia de los testigos a un signo de primitivismo, ya que este requisito puede ser considerado como una de las bases esenciales sobre las que se asienta el procedimiento judicial tal como lo conocemos hoy en día. Tras este primer bloque introductorio, se cita la bibliografía, en la que se hace una breve descripción de las ediciones y traducciones habidas hasta la fecha, y posteriormente se detalla dividida en dos bloques temáticos: el primero corresponde a temas históricos y jurídicos, el segundo a lo tocante a la lengua y el alfabeto. La segunda parte del libro corresponde a la traducción de las leyes, distribuidas por columnas y acompañadas del texto en griego con un pequeño, pero funcional, aparato crítico. El hecho de que el texto griego con su aparato crítico se presente confrontado con la traducción es de agradecer. La tercera y última parte la ocupa un comentario lingüístico (fonético, morfológico, léxico y, cuando es posible, sintáctico) de cada columna y verso, para acabar con un glosario. En conclusión, estamos ante una obra importante, que en algunos puntos puede dar lugar a controversia y discusión -de lo que es bien consciente la autora -y deja el campo abierto a nuevas interpretaciones y estudios, haciendo adelantar una línea de investigación sin llegar a cerrarla, que era, a mi juicio, la principal pretensión de este libro. En dos volúmenes lujosamente editados nos ofrece Giorgio Bernardi-Perini, como fruto maduro de sus lecturas del texto de Aulo Gelio, cuya primera edición es de 1992 y la reimpresión revisada de 1996, nos ofrece, decía, una introducción, nota biográfica, nota bibliográfica, aparato crítico, texto, traducción con notas e índice onomástico de la obra del escritor latino, autor erudito de la época de los Antoninos que escribió las Noctes Atticae. En la introducción expone con unas pinceladas, la sociedad del tiempo del autor, y un breve comentario de la historia y contenido del texto. La nota biográfica es amplia, incluyendo el conocimiento que tuvieron los antiguos de las Noctes Atticae, citando entre otros a Agustín obispo de Hipona, al historiador Amiano Marcelino y a eruditos como Nonio y Macrobio, autor de las Saturnales entre otras obras, del que fue fuente importante. Y añade que el texto geliano se consolida en el siglo VI y, con el nombre deformado de Agellius, atravesará el medioevo y el comienzo del Renacimiento. La nota bibliográfica es muy completa, comprende la tradición manuscrita, ediciones, traducciones y comentarios, la crítica, estudios generales y trabajos sobre la obra. El aparato crítico es sobreabundante en referencias a las variantes de los distintos códices y las conjeturas de distintos autores. El texto va precedido de un prefacio del mismo Gelio y de un resumen de cada capítulo de los veinte libros que componen la obra. Dicho texto, muy cuidado, se acerca lo más posible al de los mss. En general, la elección de variantes es razonada, en gran parte difiere de las variantes elegidas por P. K. Marshall, autor de la edición crítica de Oxford Classical Texts. En la grafía utiliza v para la u consonántica. La traducción, el mismo autor lo confiesa en p. 44 cuando habla de la presente edición, asume también una función exegética o de comentario para aligerar el peso de las notas a pie de página, aun así diríamos que es ceñida y muy matizada. Las notas a pie de página, aunque en general breves, son precisas, que unidas al aspecto de la traducción y a la adición de un índice onomástico con amplias referencias, podría considerarse una resumida edición comentada. CONSOLACIÓN GRANADOS FERNÁNDEZ GONZÁLEZ RINCÓN, M.: Estratón de Sardes. El trabajo de González Rincón consta de cuatro partes: introducción (pp. 9-66), textos y traducción enfrentados (pp. 67-135), comentario (pp. 137-286) y una última parte reservada para tablas de correspondencias, índices y bibliografía (pp. 287-348). El autor aborda en una completa introducción los aspectos fundamentales en este tipo de trabajo: datación del autor, tradición manuscrita, etc. Cabe destacar, no obstante, el capítulo dedicado al humor en Estratón, donde se realiza un excelente análisis de los recursos empleados por el epigramatista, como la anfibología en casi todas sus variantes y otros recursos léxicos que convierten los paignia de Estratón en verdaderos "acertijos" literarios, alguno de los cuales sigue hoy sin ser resuelto o al menos sin haber recibido una explicación satisfactoria como, por ejemplo, los versos finales del epigrama 28 (AP XII 187). Ahora bien, lamentamos la ausencia de unas páginas introductorias dedicadas a la traducción y al texto, donde quedaran recogidos algunos aspectos igualmente interesantes como la historia de las ediciones, las traducciones (antiguas y modernas) existentes o una valoración de los estudios precedentes; pero, sobre todo, los criterios seguidos por el autor en la elaboración de estos dos apartados y sus aportaciones. Además del interés que por su información hubieran suscitado, estas páginas hubieran permitido valorar en su justa medida los logros de la edición que nos ocupa. En cualquier caso, se podría haber salvado con una mera relación bibliográfica. Hay que celebrar el cuidado puesto en la edición, aunque en 27.4 (AP XII 186.4) quizá hubiese sido más exacto, en lugar del punto alto, editar un signo de interrogación (;) tras πυρίχην (de hecho la frase se traduce como interrogativa). Por otra parte, se precisa más información sobre alguno de los uiri docti citados en el aparato crítico que no están relacionados ni en los sigla que encabezan la edición, ni en la bibliografía final del volumen. En cuanto a la traducción, se trata de un trabajo muy correcto y fiel, tanto más si se tiene presente la dificultad que entraña plasmar la riqueza semántica del léxico estratoniano; y en cuanto al estilo, habría que objetar alguna expresión un tanto brusca como, por ejemplo: 32.3 (AP XI 190.3) tu antaña belleza (τ πρÂν καλά). El comentario que acompaña a la edición es de tipo totalizador, en el que se da cabida a cuestiones de toda índole (crítica textual, símiles y otros aspectos de carácter lingüístico y literario). En cuanto a los lugares comunes, por ejemplo, se podría haber distinguido entre lo que son meros símiles, que con un simple aparato de símiles se podría haber salvado bien, y lo que son las fuentes de inspiración y los pasajes inspirados por Estratón, aspecto éste que sí precisa la presencia de un comentario adecuado con el fin de ubicar la colección de epigramas en su exacta tradición genérica y de contenido. Quisiéramos, no obstante, hacer algunas observaciones o añadir algún dato en algunos puntos muy concretos. En el comentario del epigrama 5 (AP XII 5) creemos que se desaprovecha el célebre texto de Platón, República 474e (donde hay que corregir la numeración del pasaje 474c y varios acentos de la cita), como fuente indiscutible de la composición y sobre todo lo que en el citado pasaje se dice a propósito del término μελιχλώρους (μελιχρώδεις en Estratón), palabra inventada por los amantes para justificar la palidez del amado, ya que se podría relacionar directamente el texto de Estratón con el tópico de la "ceguera de amor": el amante justifica cualquier defecto del amado con tal de que esté en sazón. No obstante, González Rincón destaca con acierto el "giro" estratoniano de los términos μέλανας (con el valor de •νδρικούς) y λευκοί (θεäν παÃδες en el texto de Platón, pero sin duda κίναδοι en el de Estratón). Este epigrama debe ponerse además en relación con otros de esta misma colección: 39 (XII 198) y, sobre todo, 82 (XII 244). En otros epigramas se podía haber hecho referencia a algunos tópicos y motivos amatorios que aparecen en la composición o bien han recibido un tratamiento peculiar y que están muy bien documentados en la literatura de carácter erótico de todos los tiempos: en los epigramas 7 (AP XII 7) y 8 (AP XII 8) llamamos la atención sobre las variantes estratonianas de dos conocidos tópicos: la rivalidad entre la mujer madura y la joven en el primero; y, en el segundo, el de la mujer que exhorta al amante a que se vaya antes de que llegue el marido, en este caso el niño temeroso de que lo sorprenda el padre (corríjase además el acento erróneo de σÂγα en la cita de Hom. XIV 493); en el 18 (AP XII 177) encontramos el tópico del ensueño erótico; en el 26 (AP XII 185) aparece la imagen de los higos pudriéndose en los altos riscos como una variante de la manzana que madura en la rama más alta, no por haber sido olvidada, sino por no poder ser alcanzada (Safo 105a V); en el 36 (AP XII 195) se echa en falta alguna referencia a la imagen trillada de las Gracias y Afrodita juntas en una misma composición; el 42 (AP XII 201) se podría relacionar con otros textos en que aparece el tópico del juramento que el amante no llega a pronunciar en su renuntiatio amoris, ya que, consciente de su debilidad y sabedor de que no va a poder mantenerlo, pone cualquier excusa para no prestarlo (tópico recreado en los versos 180ss. de Lisístrata o en Aristaen. 2.16); en el 44 (AP XII 203) llamamos la atención sobre la imagen erótica recogida con el tópico de los vilanos del abrojo, como en Teócrito 6.17; en el 64 (AP XII 223), cuyo lema es que Estratón elige a los muchachos por su rostro no por su trasero y, por ello, los contempla como a un templo o una estatua de frente y no por la espalda, parece constrastar con el conocido pasaje de Luc. 13-14, obra en la que precisamente se debate la supremacía de las relaciones homoeróticas sobre las heterosexuales, tema bien documentado en la Antología y en la colección de Estratón; y, por último, nos detendremos en el 73 (AP XII 235): este tipo de composición con dos frases condicionales que dan lugar a un curioso paralelismo formal, pero de contenido aparentemente antitético, recuerda otros textos eroticos como la carta 6 de Filóstrato: εAE σωφρονεÃς, δι τί ¦μο μόνå; / εAE χαρίζ®, δι τί μ¬ κ•μοί; Un recurso muy semejante lo encontramos en el epigrama 44 (AP XII 203) de esta misma colección o en los versos finales del 86 (AP XII 248). En algunas composiciones disentimos de la interpretación dada por el autor. No sin reconocer que los argumentos esgrimidos podrían ser correctos y están bien documentados, consideramos que la interpretación sexual (las más veces defendiendo una anfibología por homonimia) no es suficientemente clara: en el 49 (AP XII 208), la interpretación sexual es a nuestro entender un tanto forzada. No está tan claro que en el término βιβλίδιον esté subyacente la idea del pene, lo que no impide que en otros contextos pueda ser así. Pero, creemos que aquí se trata simplemente, como bien señala el autor, del tópico erótico de tocar al amado a través de un objeto, como en otras composiciones serán las rosas, manzanas, cartas de amor, etc.; en el 67 (AP XII 226) creemos que la interpretación de la masturbación está también quizá un tanto forzada (el propio autor no lo descarta al final del comentario); se trata, sin más, de una habitual sucesión de tópicos eróticos: signa amoris, dolor por el amado ausente, juramento de fidelidad y poca resolución para guardarlo, etc.; en el 79 (AP XII 241) creemos que se trata de una metáfora piscatoria habitual en este tipo de composiciones. No entendemos, por tanto, que sea tan defendible el doble sentido de la maturbación. De hecho, esta interpretación obliga al autor del comentario a adaptar la anfibología de los términos y mezclar, quizá sin justificación, aquellos que pueden significar momentos del acto sexual y de la masturbación; en el 82 (AP XII 244) la interpretación de μελίχρουν como un eufemismo por μέλας o μελάγχρον nos parece poco acertada. Remitimos a la explicación dada para el texto platónico citado como fuente del epigrama 5 con el que este texto está también estrechamente relacionado; en el 84 (AP XII 246) coincidimos en que se trata de una recreación del tópico del doble Eros, pero disentimos en que el epigrama trate «la idea de la insatisfacción del amante tanto cuando está con el amado como cuando éste está ausente»; se trata más bien de la conocida imagen erótica del amante que cuando está con uno de sus amados anhela estar con el ausente y viceversa, motivo ampliamente documentado en la literatura de carácter amatorio y recreado en AP V 232 (Paul. Aprovechamos estas líneas para llamar la atención sobre dos erratas: en el epigrama 48, en el comentario al v. 2, habría que corregir la forma (repetida tres veces) •ναδιομένη, término que en la edición, p. 100, aparece correctamente escrito (•ναδυομένη); y en el 50, en el comentario al v. 1 hay que corregir la forma παπακέκλισο, término que en la edición, p. 102, también aparece correctamente escrito (παρακέκλισο). Cierran el volumen distintos apéndices: una tabla de correspondencias de los epigramas de la edición con los de la Antología Griega, en la que se ha deslizado un pequeño error al final de la misma, ya que AP XII 256 y 257 son de Meleagro y no corresponden a los números 94 y 95 (correspondientes a AP XII 258 y XI 19 respectivamente); un index verborum; un index locorum en el que se distinguen autores citados y colecciones de inscripciones y papiros; y un index rerum notabilium, éste quizá un tanto confuso, ya que se mezclan tópicos amatorios, motivos literarios y otros términos retóricos con otros aspectos quizá menos relevantes dado el contenido de la obra. Estamos, en resumen, ante un trabajo de gran calidad científica, con una excelente organización de la materia y muy bien documentado, un trabajo justificado, además de por sus muchos aciertos, por el mero hecho de no existir hasta la fecha en el panorama editorial español la edición de ninguno de los libros de epigramas de la Antología realizada con criterios filológicos modernos. En el prefacio de este libro, que es una reelaboración de la tesis del autor, F. Montana señala que el reciente aumento de estudios sobre la tradición indirecta de los clásicos grecolatinos ha llevado a la creación de una verdadera filología específica de los escolios. En la tradición indirecta de las Constituciones aristotélicas, en especial la de Atenas, esta literatura erudita tiene un papel preponderante. La Constitución de Atenas debió de ser utilizada ya por los filólogos alejandrinos para interpretar y explicar los pasajes, por así decir, "atenienses" del teatro y de la oratoria. La exégesis aristofánica parece proporcionar buena prueba de la fortuna de esta obra entre los comentaristas antiguos. En este estudio se sostiene la tesis de que los escoliastas de Aristófanes recurrieron más a la Constitución de Atenas que a las Atthídes para la explicación de las alusiones a las instituciones atenienses; en cambio, en lo que respecta a los hechos históricos, se sigue también la obra aristotélica para la época arcaica, pero se prefiere la Atthís de Filócoro para la clásica. También es interesante para la historia de la filología la sugerencia de que la mayor presencia en los escolios de Las avispas y La riqueza (frg. 14-18) de citas de tema judicial puede interpretarse como muestra del interés específico de un filólogo alejandrino, aunque no cabe desdeñar en el primer caso el condicionante del argumento. La obra comprende una introducción de 83 páginas donde se trata de la tradición indirecta de la Constitución de Atenas, la génesis del corpus de escolios de las comedias aristofánicas, la tipología, descripción y fuentes de las citas antiguas y también de las citas excluídas de la colección. Sigue una advertencia sobre el texto de los escolios y sobre el comentario, y una bibliografía amplia y bien documentada. El resto de la obra se divide en dos partes dedicadas respectivamente a la descripción de las citas relativas a las res gestae (frg. 1-8) y a las instituciones (frg. Un índice de nombres antiguos completa útilmente el texto. Cada escolio va precedido de la indicación de las fuentes citadas en él, de las ediciones modernas en las que aparece y de la bibliografía esencial relativa tanto al propio escolio como al pasaje aristotélico en cuestión. El texto griego del escolio va acompañado de traducción y de un comentario muy detallado con abundantes notas al pie. La impresión que produce este estudio es, como ya advierte el prologuista, la de que el autor ha reunido una imponente colección de materiales en sus comentarios a los fragmentos, y la de que el carácter de su investigación le ha obligado a enfrentarse con una enorme cantidad de problemas históricos y filológicos, cada uno de los cuales exige conocimientos específicos y análisis particulares. Hay que reconocer que el autor sale muy airoso de semejante empeño, y agradecerle que proporcione a los futuros editores de Aristófanes, y a los de la obra aristotélica, un conjunto bien ordenado de datos que mejora considerablemente la documentación existente al respecto. ESPERANZA RODRÍGUEZ MONESCILLO ARISTÓTELES: Física, Texto revisado y traducido por José Luis Calvo Martínez, Consejo Superior de Investigaciones Científicas, Colección de Autores Griegos y Latinos (Alma Mater), Madrid, 1996, CVIII + 277 pp.. Hasta hace bien poco, los estudios aristotélicos tropezaban en nuestro país con el importante obstáculo de carecer de traducciones fiables y puestas al día de una parte notable del Corpus Aristotelicum. Esta laguna de la filología clásica española -salvada, a lo sumo, por honrosas excepciones, como las traducciones de Valentín García Yebra -se ha ido paliando en los últimos años gracias a las traducciones de la obra de Aristóteles que en sucesivos volúmenes han aparecido en la Biblioteca Clásica Gredos. En el caso de la Física, en el breve EM LXVII 2, 1999 plazo de dos años han salido a la luz dos traducciones meritorias por diversas razones: la de Guillermo R. de Echandía (en la BCG) y la que aquí nos toca valorar, de José Luis Calvo. Pero el trabajo del profesor Calvo es algo más que una traducción: se trata de una edición crítica rigurosa, muy cuidada en la organización de los datos y ponderada en sus criterios editoriales. A los méritos propiamente textuales de este trabajo -es decir, el texto crítico revisado y la traducción -, que más abajo se explicitan, se unen otros no menos importantes: la excelente Introducción General, en cuyos dos primeros capítulos se ofrece al lector una equilibrada puesta al día de los problemas relativos a la figura de Aristóteles y su obra en general, y a la constitución del Corpus Fusikh' " aj kroav sew" en particular; el aparato de notas que acompaña a la traducción, donde se desmenuza de forma sencilla y clara la, a veces, muy compleja problemática terminológica y conceptual que supone la intelección e interpretación del pensamiento y lenguaje aristotélicos; y, por último, una bibliografía exhaustiva de cada uno de los aspectos tratados en la Introducción, organizada temáticamente siguiendo el orden de los libros del Corpus. Si tenemos en cuenta todo ello, podemos afirmar que la edición de José Luis Calvo debe ser considerada como uno de los instrumentos de trabajo indispensables en nuestro país -y fuera de nuestro país -para el estudioso de la Física aristotélica o de la Filosofía y las Ciencias de la Naturaleza en la Antigüedad. En el terreno crítico-textual, las aportaciones de Diels en el estudio de la tradición manuscrita y las excelentes ediciones de Bekker y Ross (la editio maior de 1936 y la editio minor de 1950 para OCT) han dejado un margen muy estrecho para contribuciones posteriores. Es por ello un criterio acertado el que adopta el editor de prescindir de la colación y recensión de los manuscritos y limitarse a la revisión del texto y el aparato críticos de Ross. Aun así, el estudio de la tradición manuscrita de la Física aporta a los lectores españoles la novedad de examinar textualmente tres manuscritos conservados en la Biblioteca de El Escorial. Ello, si bien no tiene consecuencias trascendentales desde el punto de vista editorial (sólo uno de los códices escurialenses ha sido tenido en cuenta de forma esporádica en el aparato y en una ocasión aceptada una lectura suya en el texto), al menos permite confirmar por extenso el carácter altamente contaminado y abierto de la transmisión manuscrita y la conveniencia de encarar la examinatio teniendo en cuenta cada caso por separado. La genealogía de los siete manuscritos en que se apoya la recensión (único arquetipo ramificado en al menos dos familias: E es el único representante de la primera; el resto, FGHIJK, de la segunda) permite establecer unos criterios generales (no infalibles, por supuesto) en la evaluación de las variantes: es claro que la coincidencia de E con alguno o varios de la otra familia dará en un gran porcentaje de casos la lección correcta. El problema surge cuando se enfrentan E y los demás manuscritos. En este caso, no creemos que sea «más prudente adoptar la lectura de FIJ» (p. LXXII), sino que, como dice Ross en el prefacio a su Editio Minor, corrigiéndose a sí mismo (v. pag. 113 del estudio preliminar a la edición de 1930), «consensus omnium codicum alterius familiae par auctoritate sit codici E». Por otro lado, la aportación de los comentaristas de Aristóteles al texto de la Física es examinada por el editor, en nuestra opinión, con excesivas cautelas frente a Ross (v. pag. De ahí que su testimonio se incorpore en el aparato con siglas entre paréntesis (lo cual nos parece acertado por motivos de claridad) y en apoyo de la lectura de uno u otro manuscrito. Sin embargo, este proceder, que no se sigue sistemáticamente (cf. 184 b11, 185 a7-12), tropieza con la dificultad metodológica de dar crédito al texto de los comentaristas cuando corrobora la lección de algún manuscrito (método en sí mismo aconsejable), pero negárselo cuando divergen las lecturas de aquéllos y las de la tradición manuscrita al completo. Baste como ejemplo el pasaje 185 b30, en que el editor lee leleukwmev no" con los codd., frente a leleuv kwtai de los comentaristas. Sin embargo, la lección de los códices parece poco plausible, y ello por dos razones: en primer lugar, leleuv kwtai responde a badiv zei en el sintagma coordinado a él y, segundo, el método de eliminar el verbo ser de las oraciones copulativas atribuido a Licofrón e invocado por el editor para defender la lección de los manuscritos no es el que aquí se refiere, sino más bien el de "reformar la frase", referido a un "los otros" sin especificar. Seguramente cada caso debe ser evaluado por sí mismo cuando los manuscritos y los comentaristas dan variantes independientes unas de otras. A tenor con este criterio de privilegiar en lo posible las variantes atestiguadas en los manuscritos, se ha mantenido a lo largo de la edición la lección de éstos frente a las contribuciones de la crítica, acogidas en el texto de las ediciones anteriores, en no pocos pasajes (justificando siempre la elección en una nota crítica). Debo decir que este método se ha aplicado con buen criterio en la mayoría de los casos, de manera más discutible en otros. Véase, por ejemplo, 184 b21 to; gev no" e{ { n, schv mati de; h] ei[ dei diaferouv sa", donde se mantiene la lección de los mss., pero luego se traduce de acuerdo con la conjetura de Torstrik. Ello no impide que en algunos pasajes lacunosos o de difícil interpretación el propio editor aporte una solución atendible (por ejemplo, en 185 a9-12, 186 b5, etc.). Por lo demás, los criterios textuales (pag. LXXX s.) en virtud de los cuales ha sido adelgazado el aparato crítico son coherentes con el alcance y características de la edición y simplifican la tarea del lector al tener delante la información mínima necesaria. Cualquier interesado en conocer más datos sobre la tradición manuscrita acudirá a la edición de Ross. En cuanto a la traducción, tarea especialmente difícil en un texto abierto y elíptico como éste, la de José Luis Calvo tiene la virtud indudable de reunir a un tiempo la precisión conceptual y la claridad lingüística, méritos a los que es preciso añadir la voluntad decidida de renovar la traducción de no pocos términos especiales del lenguaje aristotélico. En efecto, la presente versión, en la línea de otras traducciones recientes del estagirita, se propone devolver el texto de Aristóteles al propio Aristóteles, arrebatándoselo a la escolástica, que ha hecho de su filosofía un "moviente inmóvil" y camuflado su lenguaje bajo un ropaje de términos fosilizados y sin vida (en muchos casos provenientes de las traducciones al latín). Desde este punto de vista, la traducción de to; o[ n, ta; o[ nta ('lo que-es','las cosas-que-son'), o las traducciones etimológicas de las cuatro causas ('aquello a-partir-de-lo-cual', en lugar de 'causa material';'aquello de-donde', en lugar de 'causa eficiente'; y'aquello para-lo-cual', en lugar de 'causa final') y de los distintos giros participiales del verbo sumbaiv nw que hacen referencia a la noción de accidente ('atributo concurrente', o 'por concurrencia'), aparte de su mayor fidelidad, dan efectivamente al texto aristotélico una agilidad y viveza cercanas a las de esos borradores para la discusión que eran los tratados esotéricos. A veces, ciertamente, las excepciones están justificadas por la dificultad de desentrañar el sentido o mantener la estructura de la forma literal de estas locuciones: por ejemplo, cuando se traduce la compleja expresión to; tiv EM LXVII 2, 1999 h\ n ei\ nai por 'esencia'. En cuanto a la expresión to; tiv ej sti, que aparece en la Física tan sólo seis veces, esta traducción rehúye, con buen criterio, el término escolástico 'quididad', vertiéndola literalmente por'qué-cosa-es' (aunque echamos de menos el esperado comentario en nota). En fin, un problema casi irresoluble lo plantea la traducción de ouj siv a: para esta palabra se escoge un sustantivo abstracto de reciente acuñación,'entidad', a costa de desechar el término respaldado por la tradición ('sustancia'). A casi nadie se le oculta que ambas traducciones de ouj siv a son insatisfactorias, pues ninguna de ellas cubre la amplitud de significados que el propio Aristóteles asigna a este concepto central de su ontología. Aún así, las razones que da el traductor en defensa de la primera de ellas no me parecen decisivas. En efecto, el hecho de que la ouj siv a sea la primera de las categorías aristotélicas no autoriza, creemos, a utilizar el mismo sufijo con que se traducen la mayoría de las categorías (es decir,'entidad' a imagen y semejanza de 'cualidad','cantidad', etc.), puesto que la ouj siv a tiene un estatuto ontológico propio que la separa del resto de las categorías, a saber: el de ser el sujeto lógico de la predicación o el sujeto físico último (en este sentido, coincidente con la forma o esencia), mientras que las restantes categorías son predicados o determinaciones accidentales de la ouj siv a. En cuanto a la mayor abstracción del vocablo 'entidad', que permitiría acoger la pluralidad de acepciones de ouj siv a (esencia, género, universal, sustrato, etc.), no debería pasar desapercibido que estas acepciones se proponen de una manera hipotética y provisional, y que el objeto fundamental de la especulación ontológica de Aristóteles es, al fin y al cabo, la definición del sentido preciso de este concepto. Al final, la definición más exacta -y mínima -de los sentidos de ouj siv a la da Aristóteles en 1017 b 23-26: tov q j uJ pokeiv menon e[ scaton, o} mhkev ti kat j a[ llou lev getai, kai; o} a] n tov de ti o] n kai; cwristo; n h\ /: toiou' ton de; eJ kav stou hJ morfh; kai; to; ei\ do". En su sentido ontológico, la ouj siv a, como principio de determinación de la materia, se identifica con la forma o esencia, y ella es causa inmanente del ser. Es un tov de ti, un algo determinado que da forma y ser a la materia como ente separable (cwristo; n) y autónomo (esto es, que no se predica de otro). Sin ser un término del todo apropiado, creemos que el concepto así definido se deja traducir mejor por 'sustancia' que por 'entidad'. Por otro lado, la apuesta por el vocablo 'entidad', fundada en la equivalencia etimológica, tiene el inconveniente, ya señalado por García Yebra, de no estar respaldada por una tradición milenaria (con resonancias no sólo en las traducciones, sino en el lenguaje mismo de la filosofía europea medieval y moderna), circunstancia que, en el caso de un término conceptualmente tan amplio y complejo, y dada la impropiedad de las dos traducciones, debería tenerse seriamente en cuenta. Por lo demás, el reproche principal de García Yebra al término 'entidad', basado en el hecho de que la equivalencia morfológica ente/entidad corre el riesgo de distorsionar el sentido propio de ouj siv a, más restrictivo que el de to; o[ n, se podría dirigir contra el lenguaje aristótelico mismo, donde se da la misma equivalencia morfológica entre ouj siv a y to; o[ n sin que los significados de ambos términos sean equivalentes. En consecuencia, la apuesta por 'entidad' frente a 'sustancia', sin ser inconsistente, no tiene, por sí misma, ni más ni menos razones a su favor que la tradicional a no ser que se considere una razón de peso suficiente la sola necesidad de renovar el acervo terminológico de la filosofía aristotélica. RAÚL CABALLERO SUETONIO: Vidas de los Césares. Edición de Vicente Picón. Cuando se trata de libros editados bajo sellos estrictamente comerciales, a mí me parece de justicia, y cada vez más necesario, que las recensiones procuren hacer distinción entre los méritos y deméritos imputables a las editoriales y los que han de atribuirse al autor, que por regla general tiene que resignarse a acatar los dictados de la industria, agradeciéndole a ésta el apoyo que presta a nuestros estudios. En este caso particular, creo que son debidas a la editorial las pocas faltas del libro, en el que, para empezar, se echa de menos el texto latino, cuya inclusión habría exigido el desdoblamiento del volumen. Dado que el traductor sigue una edición presente en todas las bibliotecas institucionales, esa falta se queda en tolerable incomodidad. Esa misma calificación merece la disposición de las notas, colocadas a final de texto y no a pie de página para abaratar la composición a costa de la fatiga del lector. Disculpables son también las erratas -no muchas, y casi todas ellas achacables seguramente a una tecnología que aún se le resiste a bastantes tipógrafos -, que afectan especialmente al poquísimo griego que hay en las notas. En la cuenta de Vicente Picón hay que anotar todo lo demás: una traducción fidelísima, provista de una introducción completa y documentadísima (pp. 9-125) y de una multitud de notas eruditas, inteligentes y oportunas, a pie de página -dado su número (395), esto es muy de agradecer -en la introducción. Siete páginas (107-113) de ésta se dedican, bajo la rúbrica «Esta edición», a exponer los criterios a los que se ha atenido V. Picón, que ahí dice: «Convencidos de que la traducción de los textos clásicos griegos y latinos se debe ajustar lo más posible al original y reflejar no sólo el contenido o el mensaje del autor, sino también a su forma de expresión..., hemos procurado mantener la máxima fidelidad al texto y desviarnos lo menos posible de él en ambos sentidos; pero hemos puesto un cuidado especial por reflejar el segundo, intentando mantener en la mayor medida posible el estilo y el ritmo que imprime Suetonio a la construcción de la frase y del periodo... Nos ha supuesto sin duda una gran dificultad..., y somos conscientes del grave riesgo que hemos corrido de no lograr a veces una versión del todo agradable a‹l› lector actual...» (p. He ahí una autocrítica honestísimamente realista, que peca de excesiva modestia por cuanto omite declarar que el verdadero destinatario de este espléndido trabajo no es el sector más culto del público en general, sino el estudioso de la latinidad que, sea principiante o veterano, sin duda apreciará y aprovechará la riqueza de contenido de esta publicación científica imprescindible y, ¡felicísima rareza!, también sumamente asequible. LOIS C. PÉREZ CASTRO GARCÍA ROMERO, FRANCISCO A.: Quinto de Esmirna. Un autor griego que había sido ignorado por los traductores españoles modernos, y que pude rescatar del olvido en 1991 con la primera traducción española al castellano, viene de nuevo a atraer el interés de los estudiosos con la aparición de esta segunda versión llevada a cabo con acierto por F. A. García Romero para Ediciones Akal. Este libro consta de los obligados apartados que requiere una obra de este género. Después de una breve introducción (pp. 7-26), donde se nos proporciona información acerca del autor, obra, fuentes, estilo, etc., y donde se dedica un apartado (pp. 16-19) al mundo divino en la obra, como fruto de la investigación del propio traductor, se procede a la traducción de este extenso poema, acompañada de notas a pie de página en las que se indican precedentes y paralelos en otros autores griegos. El traductor, que sigue básicamente la edición de Vian, busca ante todo la máxima literalidad y fidelidad al texto original, que la exagerada monotonía de Quinto de Esmirna contribuye a complicar. El índice de nombres propios, que, a mi juicio, debía haber aparecido al final, es muy completo por lo que se refiere a los nombres citados, pero incompleto en cuanto a los pasajes que recoge, como el propio traductor advierte. Hubiera sido preferible presentarlo completo por razones obvias de utilidad a los futuros estudiosos de Quinto de Esmirna. La bibliografía, que cierra la obra, no está actualizada. Creo que debia haber incorporado publicaciones que han venido apareciendo tanto en España como en el extranjero, cuya recopilación, por no ser tan abundante como ocurre con otros autores, no habría reportado gran complejidad. Se echan en falta trabajos sobre crítica textual y sobre análisis literario como el de West (1986), Giangrande (1986), Bezan Takos (1992), e incluso no tan recientes, como el de Ferrari (1963). En definitiva, nos encontramos ante una nueva traducción de Quinto de Esmirna, cuya calidad contribuirá, estoy segura de ello, a la difusión de la obra de nuestro poeta entre el público interesado. Se trata de la edición crítica, traducción y comentario del poco conocido tratado de Dionisio De Imitatione. En esta obra Dionisio hacía un repaso por géneros para ofrecer modelos literarios dignos de imitar según las distintas necesidades estilísticas y compositivas. Es una obra que nos ha llegado en estado fragmentario por tres vías: algunas citas sueltas en comentarios de Siriano a Hermógenes, una larga cita del propio Dionisio en su carta a Pomepeyo Gémino sobre los modelos historiográficos con una comparación estilística entre Heródoto y Tucídides y un epítome de autor desconocido por el que podemos reconstruir los modelos poéticos y la crítica que sobre sus virtudes literarias hacía Dionisio. Contiene referencias a Homero, Hesíodo, Antímaco, Paniasis entre los épicos; Píndaro, Simónides, Estesícoro, Alceo, entre los líricos; Esquilo, Sófocles y Eurípides, entre los trágicos; Heródoto, Tucídides, Filisto, Jenofonte, Teopompo, entre los historiadores; Platón, Jenofonte, Aristóteles, entre los filósófos. La edición crítica de Battisti, alumna de los profs. Gentili y Perusino, sólo es original en lo que afecta al Epítome. En cuanto a las citas de Siriano sólo propone como novedad un or-den distinto para algunas de ellas y algunos testimonios. La parte conservada en la carta a Pompeyo Gémino que ofrece Battisti en su edición es reproducción directa del texto de H. Usener y L. Radermacher, Dionysii Halicarnasei quae exstant, vol 6, Leipzig (Teubner) 1929 (= Stuttgart 1965) y la presenta sin ningún aparato crítico. Mientras que existe traducción al italiano de todos los fragmentos, el comentario sólo afecta al Epítome. Por tanto, más que hablar de una nueva edición comentada del De Imitatione sería preferible decir que lo es, pero sólo del Epítome. Las ediciones modernas de éste son la de Usener-Radermacher en el mismo tomo mencionado, a partir del texto que publicó Usener en Bonn, 1889, Dionysii Halicarnassensis Librorum de Imitatione Reliquiae Epistulaeque Criticae Duae y la de G. Aujac con traducción francesa en la colección de Belles Lettres, Denys d'Halicarnasse. Opuscules Rhétoriques, vol. V, París 1992, de la que Battisti voluntariamente se olvida casi por completo. ¿Qué novedades aporta en cuanto al texto, entonces, Battisti respecto a Aujac y Usener-Radermacher? De entrada podemos decir que el trabajo de la escuela germánica puede seguir considerándose fundamental ya que las variaciones respecto a su texto son muy poco significativas y muy escasas en el caso de Aujac; algo más en el de Battisti, aunque sólo en el Epítome. La inmensa mayoría de las "novedades" textuales de Battisti respecto a Usener-Radermacher consisten en rechazar, en general, con buen criterio, conjeturas un tanto arriesgadas y volver al texto de los manuscritos. Es decir, es texto fácil de reconstruir con el aparato crítico de la edición de Teubner. Este proceder tiene la ventaja, indudablemente, de que aumenta el rigor, pero el inconveniente de que el texto tiene muchas cruces y lagunas para las que el lector debe buscar propuestas en el aparato crítico o en el comentario, donde muchas veces se reconoce que la mejor solución es la de la edición de Usener-Radermacher. Hemos inventariado una treintena de variaciones respecto a esta edición, la mayor parte de ellas poco significativas (singulares por plurales, presencia o ausencia de artículo, etc.). La postura conservadora de Battisti le lleva a veces a arriesgarse a mantener en el texto cosas que para Usener-Radermacher son claramente glosas, como el comienzo del § IV (p. 6 de la ed. de Battisti), donde es muy discutible que el elogio a los pitagóricos sea de Dionisio, o el tÔ7 'feleî a tofueî' basanistÔ7 en § IV (p. 17 Battisti), donde los otros editores modernos suprimen 'feleî y' basanistÔ7. También se separa de ellos en el pasaje del § III en el que se habla del hiato en Teopompo (p. 86, para recuperar una conjetura de Sauppe (Philologus 53, 1894, 434) en un pasaje problemático y que se reconstruye por comparación con otros textos de Dionisio. En definitiva, no dudamos, como nos señala en las pp. 33-35, que haya usado un mayor número de testimonios manuscritos, concretamente el grupo formado por C (s. XV), D (s. XV) y E (s. XVI), siendo C la base de la edición de Stephanus de 1554, como demostró L. Cohn, Philologus 49, 1890, 390-99; pero dado que Usener basó su texto, sobre todo, en P (s. XI) de cuya excelencia parece que no se puede dudar, no son muchas las aportaciones que de ello se derivan en el propio texto, aunque sin duda el aparato crítico es más rico y está mejor fundamentado. Hay que resaltar también la importancia de los testimonios a los que se remite en cada página de texto, la mayor parte de ellos a la sección primera del libro X de Quintiliano. Aunque ya Aujac en su comentario había aportado estos testimonios el trabajo de Battisti a este respecto es bastante más completo. La introducción (unas 20 páginas) está bien documentada y es de gran interés para conocer la importancia de la mimesis en la composición literaria en la antigüedad, su relación con el proceso de aprendizaje (máqhsij), su relación con la emulación (zÊloj), los modelos literarios según las necesidades compositivas, la aplicación de la teoría de las uirtutes dicendi, etc. También es de gran valor por los datos que aporta la parte dedicada a establecer la historia del texto del Epítome, aunque nos hubiera gustado que diese alguna conjetura sobre su autor, época, etc. La traducción es elegante y clara en todo momento. El comentario al Epítome es pertinente y aclara tanto las cuestiones textuales como toda la teoría crítica antigua que subyace en el texto. El libro se completa con una excelente bibliografía, un índice de pasajes citados y otro de nombres propios. En definitiva, el trabajo de Battisti es una excelente edición del Epítome al De imitatione de Dionisio de Halicarnaso, en lo que respecta al texto, a su traducción, a la introducción, al comentario, a los testimonios, etc. El libro de Silvia Luraghi no pretende ser una gramática nominal completa del griego antiguo, sino más bien un esbozo de lo que podría ser tal empresa desde una orientación funcionalista y cognitiva. Persigue, por tanto, fundamentalmente un objetivo teórico y, en parte, programático. Trata de mostrar cómo varios de los problemas planteados hasta ahora en el estudio de la sintaxis nominal del griego y, por extensión, de otras muchas lenguas, pueden encontrar solución si se combinan dos nociones básicas: la de papel semántico, entendido como categoría gramaticalizada, y la de prototipo, asociada al reconocimiento del carácter abierto, gradual y no discreto, de muchas de las categorías lingüísticas. En lo que atañe a la primera noción, Luraghi reconoce su deuda con las propuestas de la Gramática Funcional holandesa (Dik, etc.); en lo que se refiere a la visión prototípica, sigue la teoría cognitivista tal como ha sido presentada por Lakoff, Langacker y otros. De la combinación de ambas nociones surge este libro cuyo principal atractivo radica precisamente en lo novedoso y sugestivo de muchas de las soluciones y planteamientos que se ofrecen. Internamente la obra se articula en tres secciones. En la primera, tras una breve presentación de los aspectos teóricos de las propuestas funcionalistas y cognitivas, se discuten cuestiones relacionadas con los casos nominales del griego antiguo, tanto sincrónicas como diacrónicas. Entre estas cuestiones destaca la revisión de la noción de caso gramatical y su aplicabilidad al griego; desde un punto de vista sincrónico, las relaciones entre léxico y gramática y, finalmente, en el campo de la diacronía, los problemas que plantea el sincretismo en la historia de la lengua griega desde sus orígenes indoeuropeos. La segunda sección se dedica a los sintagmas preposicionales. Se estudian las relaciones entre los casos nominales y las diferentes preposiciones propias y el modo en que las distintas combinaciones dan lugar a un sistema complejo e inestable de relaciones. Se muestra la importancia que en este sistema tiene el léxico nominal, pero, sobre todo, se insiste en la idea de que es el valor gramatical de los sintagmas preposicionales, los papeles semánticos que transmiten, el origen de los cambios históricos en este campo. Numerosos reajustes tienen como fin evitar el solapamiento de papeles semánticos que transmiten diferentes sintagmas preposicionales, así como establecer un sistema de marcas no ambiguo. Luraghi hace un repaso de la evolución del sistema desde el griego homérico hasta el Nuevo Testamento. Finalmente, la tercera sección es la que manifiesta de un modo más claro los resultados que se pueden alcanzar con la aplicación de un punto de vista cognitivo al estudio de la sintaxis nominal. Se toma como ejemplo el ámbito nocional que va desde el Agente hasta la Causa, pasando por papeles semánticos como el de Instrumento, Intermediario o Fuerza. En este campo el tratamiento tradicional o, incluso, el funcionalista más rígido, plantea problemas irresolubles derivados de la descripción de estas nociones como categorías discretas. ¿Qué hacer, por ejemplo, con agentes no animados, como son las fuerzas de la naturaleza? ¿Son agentes o causas? ¿Cómo analizar los dativos de contenido personal que se refieren a la vez agentes en el desarrollo de la acción e instrumentos de la intervención divina? Luraghi, defiende la existencia de un continuo gramatical en el que cada uno de los papeles indicados representa la asociación prototípica de una serie de rasgos. Agente se definiría por los rasgos de animación, voluntariedad en la acción y control; la ausencia de estos rasgos serían precisamente las características prototípicas del Instrumento, etc. Cada noción prototípica se transmite, también prototípicamente, por una marca formal determinada, caso o sintagma preposicional. El hablante puede reconocer en las diferentes entidades de la realidad la presencia de todos los rasgos protótipicos, con lo que asignaría un papel semántico claro a la representación lingüística de esa entidad. Pero puede ser que ese referente no posea alguno de los rasgos típicos de un papel o que comparta rasgos de más de un papel semántico; en ese caso tal noción estaría situada en punto intermedio entre dos referencias prototípicas y podría recibir, en consecuencia, más de una marca de su papel, según se incline el hablante a considerarlo más cerca de un polo o del otro. Con este repaso de algunos problemas de la sintaxis nominal del griego antiguo el libro alcanza, a mi juicio, su principal objetivo: el de demostrar la utilidad en términos generales y en algún campo concreto del planteamiento teórico y la metodología de análisis asumidos. Sus principales limitaciones proceden, sin embargo, precisamente de la parcialidad y, a veces, parquedad con que se abordan algunos aspectos. Al no tener un objetivo de exhaustividad sería injusto exigir de un libro como éste la discusión de una larga serie de cuestiones que quedan sin tratar. No obstante, habría sido útil que al menos se hubieran citado otros problemas que pudieran ser susceptibles de un tratamiento semejante, sobre todo cuando, a veces, parece imposible comprender la totalidad de un sistema sin tener presentes todos los elementos que forman parte de él. Se habría evitado así la impresión un tanto caleidoscópica que algunas veces puede transmitir el libro. Por poner algunos ejemplos, dentro de la primera sección, se echa de menos en algunos pasajes la explicación más detallada de conceptos fundamentales del análisis propuesto. Así, por ejemplo, aunque se discute sobre las relaciones entre núcleo y periferia dentro de la estructura oracional (pp. 31 ss.), quedan sin definir las características de los niveles sintácticos no nucleares y cómo influyen en el comportamiento y la evolución de los papeles semánticos. De este modo, la repetida alusión a la existencia de sistemas de casos diferentes según el grado de dependencia del predicado [URL]., en la pág. 36) resulta oscura y poco definida. Una breve revisión, incluso un resumen de planteamientos generales como los de Pinkster (Sintaxis y semántica del latín, 1995, § § 2 y 3) habría sido muy aclaratoria. Del mismo modo, la importancia que se otorga al léxico en la conformación y funcionamiento de los sistemas sintácticos nominales (pp. 36 ss.), impecable como principio, queda un tanto desvaída cuando sólo se analiza el rasgo de la animación y no otros como la oposición concreto/abstracto, temporal/no temporal, etc. que se han mostrado muy relevantes para la lengua griega. La falta de concreción invita a pensar que la autora cree en la existencia de una serie abierta de rasgos, cuando todo hace indicar que se trata de una serie cerrada compuesta por unos pocos rasgos (v. Villa en Jacquinod (ed.) En tercer lugar, no queda clara la diferencia entre el contenido concreto o no concreto de los casos y la diferencia entre papeles funcionales sintácticos y semánticos. Aunque hay referencias al Acusativo como marcador de Objeto o como marca de nociones más concretas (pp. 31 ss.), no queda suficientemente recogida la posible existencia de papeles puramente estructurales y papeles con contenido semántico, incluso si éste no es espacial, como son la Causa, el Instrumento, el Fin, etc. En este sentido, la diferencia entre funciones sintácticas y semánticas que introduce la Gramática Funcional, parece interesante. Pero, sobre todo, sorprendentemente dentro de un tratamiento que parte de la noción de prototipo, no se insiste suficientemente en la existencia de situaciones intermedias entre lo estructural y lo semántico como la del Acusativo a lo largo de la historia del griego (v., p.ej., Crespo en Rijksbaron (ed.) In the footsteps of Raphael Kühner, 1988) o, incluso, la del genitivo adnominal (v., para el latín, Torrego en Coleman (ed.) Finalmente, habría sido interesante que, aun de un modo tentativo, se nos hubiera ofrecido una relación de los papeles semánticos que se proponen para el griego y, sobre todo, los procedimientos heurísticos de identificarlos. De otro modo se corre el peligro de que etiquetas como Receptor, Beneficiario, Intermediario o Causa eficiente parezcan el resultado de un análisis excesivamente intuitivo. La segunda sección, dedicada a los sintagmas preposicionales, posee un carácter excesivamente diacrónico. Sin duda es verdaderamnte interesante el descubrimiento de un sistema de oposiciones definido como + específico / -específico y marcado por Gen. / Ac., que fue sustituyendo progresivamente al sistema espacial dirección / origen / posición, marcado por Ac. / Gen. / Dat. Pero la insistencia en esta evolución nos hace perder de vista asuntos centrales desde el punto de vista sincrónico, como la configuración de un sistema general los sintagmas preposicionales en las distintas épocas del griego, la propia naturaleza dual o unitaria de los sintagmas preposicionales como marca -apenas esbozado en las pp. 63 ss. -, o la relevancia de rasgos léxicos diferentes de ± animado. La fragmentación del estudio por pre-posiciones hace perder al conjunto cohesión, sin que se compense esta carencia con la presentación de un cuadro general. La tercera sección, para concluir, ofrece la concreción más clara del análisis propuesto y está claro que sólo es un ejemplo de los resultados que pueden obtenerse. La presentación en este caso resulta, sin embargo, un tanto confusa. En lugar de haber distribuido el análisis de un modo sistemático entre papeles semánticos, sus marcas y la participación del léxico -los tres elementos capitales de la propuesta de Luraghi -, se produce un entrecruzamiento de estos aspectos que oscurecen las, por otro lado, interesantes propuestas de la autora. Así, antes de haber acabado con la definición de papeles, ya aparece la discusión sobre el valor de las marcas ( § 3.2.1 para διά, § 3.2.3 para el dativo, etc.), para regresar después a discutir de un modo más preciso el valor de otros papeles semánticos, como Causa ( § 3.2.7), o la existencia de un papel como Intermediario ( § 3.2.10). Hay otras cuestiones menores, pero importantes, que no podemos discutir aquí por falta de espacio, como el de la identificación de Intermediario con Agente secundario (pp. 120 s.) y sus relaciones con Instrumento, por un lado, y con Causa eficiente (pp. 116 ss.), por otro; el reconocimiento de una noción como "causas concomitantes" como papel semántico o no (p. 97); la posibilidad de conjugar una cierta independencia semántica de los casos dentro de los sintagmas preposicionales con el carácter sincrónicamente unitario, al menos en época clásica, de la marca formada por preposición más caso (pp. 63 ss.) y otros muchos puntos que este sugerente trabajo abre a la discusión. Notemos, para acabar, la existencia de un cierto número de erratas y desajustes formales que, sin restar mérito al fondo del trabajo, desmerecen del conjunto. Algunas proceden de simples olvidos, como la ausencia en la bibliografía final de referencias citadas en el texto: Somers 1987 (p. Finalmente, por razones puramente estéticas, no sería malo unificar la forma de citar el nombre propio de los autores, con el nombre completo o con las siglas. Sólamente porque pueden inducir a malas interpretaciones merece la pena comentar confusiones en algunas de las múltiples referencias a los casos griegos: en la p. 2 debe decir dativo, no genitivo; en la p. 15 debe decir acusativo, no dativo; en la p. 109, última línea, debe decir acusativo, no locativo; en la p. 31, en el cuarto párrafo, seguramente se quiere decir que ¦ρν rige genitivo, no dativo. En la última línea de la p. 136 se comenta una frase que no coincide con la que sigue. 2 del segundo párrafo, se debe hacer referencia al ej. (99), no al (98). Los ejemplos griegos se citan y reproducen con una enorme exactitud, lo que es muy de alabar si se maneja una gran cantidad de datos. Sólo he detectado un par de errores en las citas: el ejemplo (105) de la p. En el texto griego, hay que corregir αßτοÃς en lugar de αÛτοÃς en el ej. ( 160 Todos estos detalles, como he señalado, no alteran el juicio final, enormemente positivo, que me merece un libro como éste. A pesar de tratarse sólo de un primer acercamiento al análisis cognitivo de la sintaxis nominal griega, ofrece ya resultados importantes y representa una obra innovadora y enormemente sugerente. A partir de una idea inicial de trazar el perfil de la categoría de los adverbios latinos entus, la autora ve clara la complejidad del tema, fuente, como ella misma reconoce, de problemas e interrogantes, que se plantean ya desde el mero registro de los adverbios: dificultad de inventariar, de distinguir entre adverbios auténticos y los que no lo son, y de clasificación, pero, además, en varios planos: lingüístico, histórico, literario y, en particular, en el de la tradición textual y en el de la exégesis. Por ello prefiere optar por un camino, en cierto sentido parcial como es la elección y el examen más en profundidad de algunos ejemplos y de momentos significativos de la historia de la categoría, que podría también, al mismo tiempo, sugerir el sentido de la complejidad de los problemas y las líneas esenciales de un cuadro de conjunto (pp.7-8). Divide su trabajo en cuatro apartados. En el primero, titulado «Tertuliano y los adverbios en -tus», hace una presentación general de la clase léxica que ilumina continuamente con ejemplos, especialmente abundantes cuando se refiere al renacimiento del adverbio en el s.. La categoría es arcaica y su productividad se divide en dos fases; la primera va desde Livio Andrónico a finales del s.I a.C. y la segunda, arcaizante y con gusto por las recuperaciones literarias, de la mano de Fronto, Gelio y Apuleyo da lugar a muchos hapax. Esta segunda etapa se cierra con Tertuliano cuya actitud es mucho más innovadora (a excepción de diuinitus). El sufijo tiene, semánticamente un valor propio y sin otras alternativas adverbiales: el ablativo con idea de derivación y procedencia que puede especializarse en la noción de agente (diuinitus) o en la de causa-instrumento (pugnitus), al que se le añade un valor coincidente con el modal de -ter. Como núcleos originarios de desarrollo se localizan, en el período arcaico, por un lado un ámbito de tipo técnico y otro de umgangsprächlich, especialmente en sus componentes afectivos y emotivos, que suelen transcurrir en paralelo (a excepción de humanitus y penitus). En cuanto a su distribución literaria se encuentra, sobre todo, en el teatro cómico afianza-do por la sátira. Es mucho más escasa su aparición en la prosa donde se documenta tan sólo el núcleo técnico y con tendencia arcaizante y formular. También es exigua la presencia en la épica y la tragedia donde si bien su empleo es relativamente abundante por parte de Ennio, es decir, en una época más arcaica del género, queda sin embargo prácticamente marginado del resto de la producción, donde su conservación se debe, en general, a los casos en que el sufijo -tus presenta su valor semántico pleno de más difícil sustitución por otros adverbios. Una excepción notable la constituye la poesía de Lucrecio donde la explicación viene dada por el género filosófico-didáctico de se poesía. La resurrección de los adverbios a partir del s.II se da en general en textos cultos, y son más bien neoformaciones arcaizantes donde el sufijo tiene un valor semántico pleno incluyendo el valor afectivo que había desaparecido. Posiblemente muchos de ellos no sean sino el reaflorar literario de elementos que estaban presentes en el uso vivo de la lengua. El examen de ejemplos concretos seleccionados por la autora se produce al hilo de sus explicaciones generales y afecta a formas como humanitus, penitus, publicitus, sollemnitus que confirman el conservadurismo formular o la innovación de la creación. Con mayor detenemimiento explica la única reminiscencia literaria que encuentra en Tertuliano (adu. 3,9,5) donde se recupera, pero con plena autonomía, la iunctura terenciana humanitus tractare. En esta misma línea y mediante una cuidada exégesis textual analiza, en el segundo capítulo, las escasas ocurrencias poéticas de «diuinitus en Ennio, Lucrecio y Virgilio» que tienen un punto de unión en el plano temático: las tres ocurrencias aparecen en contextos poéticos de tono filosófico-didáctico: El recorrido por la correcta exégesis del adverbio enniano -y del fragmento completo (frg. annales 10 ss. 2 ) -explica no tanto su presunta relación directa con el esquema tópico, cuanto, sobre todo, su relación con el nudo temático verdadero del proemio de los Annales: la transmigración del alma, tema al que por lo demás reconduce la "cita" lucreciana (I 116). En esta polaridad de diálogo entre Ennio y Lucrecio estriba, y en cierto sentido se consuma, la historia de diuinitus en la poesía latina. El ulterior, y en cierto sentido conclusivo, capítulo de la historia de diuinitus en la poesía está representado por un complejo lugar virgiliano (Georg. I 415) donde, en el plano estrictamente literario y formal el empleo del adverbio alusivo presente en Lucrecio y Ennio refleja la relación y el reconocimiento de la tradición, pero también tiene un sentido en el plano temático: a través del adverbio diuinitus Virgilio alude a la polémica paradigmática de Lucrecio respecto a Ennio (polémica epicúrea y antipitagórica); desplazándose, sin embargo, a un terreno marginal y menos comprometido de los pronósticos, hace del adverbio el centro vital de un problema y no, como en Ennio o en Lucrecio, el gozne de una verdad revelada. El único empleo posterior interesante es el de Paulino de Nola (Carm. 27,207) donde de nuevo se encuentra el adverbio con sentido pleno, pero fácilmente explicable por la presencia del modelo virgiliano. Dedica el tercer capítulo a un examen de «Caelitus: in margine ad Apul. 206», donde completa la información del Thesaurus Linguae Latinae, en cuanto a los matices semánticos que presenta este adverbio y de nuevo se introduce en una detenida y cuidada exégesis textual; en esta ocasión en el pasaje Apuleyano a que se refiere en el título, donde el restablecimiento de este adverbio retrotrae en siglo y medio la aparición de la palabra. La lectura caelitus, posible neologismo,(frente a caelestus) resulta la más coherente al contexto. El empleo de la locución adverbial en lugar de una normal locución ablativa (de caelo) dejaba más espacio a una potencial carga semántica y estaba también promovida por la influencia del modelo griego oúranozen en una época en que ha adquirido una más ampliav razón de uso. Concluye con un apéndice dedicado a la historia de el sufijo -tus del indoeuropeo al latín, donde se explica la dificultad de interpretar de forma unívoca los datos de la lingüística comparada por la disparidad de las definiciones del sufijo en perspectiva diacrónica. El esfuerzo de individualizar la identidad, la génesis y la composición del sufijo ha producido la más variadas salidas. El trabajo se complementa con un apartado de referencias bibliográficas y una rica sección de índices: de autores (no clásicos), de términos latinos y griegos y de rerum, donde se incluyen los autores clásicos. Ma del Carmen Hoces Sánchez (Equipo de Investigación dirigido por J. Luque Moreno). Dentro del proyecto de investigación dirigido por el profesor Luque Moreno, de la Universidad de Granada, sale ahora a la luz el volumen XIII, con las Concordancias de los textos de una serie de escritores latinos que, necesariamente, para llevar a buen término su obra, tuvieron que aplicar su atención y su esfuerzo a las cuestiones de la prosodia y la métrica antiguas. En este caso, no nos encontramos ante las reflexiones de uno o varios tratadista, como en la mayoría de los volúmenes anteriores, sino con los textos mismos de los poetas, lo que proporciona a esta publicación un singular interés. La recopilación de la mayor parte del material la ha realizado Ma del Carmen Hoces Sánchez dentro de un trabajo elaborado como Tesis Doctoral y dirigido por el profesor Luque Moreno; se ha visto necesario, sin embargo, incluir en este volumen algún otro trabajo realizado con anterioridad, como la Memoria de Licenciatura de P. M. Pérez Aguilera (La doctrina prosódico-métrica de Appendix Vergiliana, Corpus Priapeorum, Anthologia Latina, Carmina Latina Epigraphica, Catullus et Martialis. Estudio del léxico técnico.) y la recopilación del léxico procedente de la obra en verso de Varrón y Lucilio, recogido por P.R. Díaz y Díaz y publicado en 1990 en el vol. VII de esta misma colección. Los autores estudiados en este trabajo son aquellos cuya obra de desarrolla entre los comienzos de la literatura latina y el siglo VIII d.C. Como es habitual en esta colección, el inventario se ha hecho con la mayor exhaustividad, aunque hay que hacer notar que, con respecto a los autores cristianos, se han considerado únicamente los de mayor relevancia. Evidentemente, en el estudio de los textos poéticos propiamente dichos no podía hacerse una recopilación de términos técnicos con los mismos criterios que habían primado en el aná-lisis de los textos de tratadistas y gramáticos; en este caso, hubo que replantearse el concepto de "técnico", ya que, sin duda alguna, iban a aparecer una serie de términos que quedarían convertidos en "técnicos" de modo circunstancial, y otros que, sin serlo realmente, informaban de cuestiones relacionadas con la métrica y la prosodia, aunque generalmente hubieran quedado desatendidos en los textos de gramáticos y tratadistas. En este sentido, podemos afirmar que el resultado de estas Concordancias nos proporciona un léxico muy abundante y variopinto, donde los vocablos más frecuentes son los del tipo cano, canto, carmen, uersus, etc., y donde aparecen ejemplos tan particulares como gemitus, tintinnabulum o thiasus. Dada la ausencia de intencionalidad didáctica en la casi totalidad de los textos analizados, no se ha podido recoger ni el Índice de ejemplos ni el de fuentes a que nos tiene acostumbrados esta colección, aunque sí aparecen el de autores y obras y el de siglas y abreviaturas, que resultan muy útiles. En definitiva, una vez revisadas estas Concordancias, se ha podido detectar que los poetas latinos no aparecen interesados en las cuestiones teóricas, aunque sí en los aspectos más prácticos de su creación, es decir, los que atañen a la composición poética y a la ejecución del lenguaje versificado. El conjunto léxico, por tanto, aquí analizado, sobrepasa el interés de los estudios métricos propiamente dichos, introduciéndonos en los campos de la lexicografía y de la crítica literaria. Cabe señalar la aparición de algunas erratas, que, sin embargo, no empañan la calidad del trabajo. Una nueva aportación, pues, muy lograda y muy interesante para los estudiosos de las técnicas de la poesía latina, fruto del ya dilatado esfuerzo que hemos de reconocer para el profesor Luque Moreno y sus colaboradores, entre los que cabe destacar hoy a Ma del Carmen Hoces, que ha llevado sobre sus espaldas la mayor parte de este trabajo: por ello, nuestra felicitación. Ma LUISA ARRIBAS HERNÁEZ Scriptores Latini de re metrica. M. del Castillo Herrera (Equipo de Investigación dirigido por J. Luque Moreno), Universidad de Granada, 1997, XXXIX + 852 pp. La profesora del Castillo Herrera, que ya había publicado el léxico técnico del tratado gramatical de Diomedes en el vol. V de esta misma colección, ofrece ahora a los interesados en estas cuestiones las Concordancias no sólo de los tratados de carácter métrico de Prisciano, sino también de sus obras gramaticales, retóricas e incluso poéticas. Para mayor precisión anotaremos que se han revisado, como obras de carácter teórico: De metris fabularum Terentii, Institutiones grammaticae, Partitiones duodecim versuum Aeneidos principalium, De nomine, pronomine et verbo, De figuris numerorum y De praexercitamentis rhetoricis. Además, como obras de carácter poético: Carmen de laude Anastasii imperatoris, Periegesis y Carmen de sideribus. Para llevar a cabo este grueso trabajo, la profesora del Castillo ha contado con la colaboración de una serie de estudiosos del grupo reseñado, cuyo nombre no debemos omitir: A. Barnes Vázquez, J. Capel Tuñón, P. Díaz y Díaz, Ma.D. Guerrero Pulido, C. Hoces Sánchez, P.Ma Pérez Aguilera e I. Sánchez Ruiz. A ella, sin embargo, como investigadora principal, le ha correspondido el análisis de una buena parte de los textos, la supervisión de otros y, por último, la conjunción de todos los materiales. El volumen consta, como es habitual en esta colección, de una Introducción, en que la profesora del Castillo nos informa de la intencionalidad y alcance del trabajo, de las Concordancias propiamente dichas, de un Indice de ejemplos, distribuidos según su finalidad, su autoría y el orden de aparición, y de un Indice de fuentes, en el que éstas quedan clasificadas según su nombre y según el orden de aparición. No hace falta destacar la laboriosidad exigida para la realización de este trabajo tan amplio, ni tampoco la importancia de esta publicación, dada la relevancia del autor considerado, cuya obra se sitúa entre las más eminentes de los gramáticos latinos, hasta el punto de que su Institutio grammatica se ofreció como manual para la enseñanza escolar en la Edad Media occidental y ejerció notable influencia en los estudiosos posteriores. Tras la consideración de estas nutridas Concordancias de Prisciano, se puede fácilmente constatar que el grueso del léxico seleccionado -aunque no faltan las referencias al campo de la métrica-corresponde sobre todo al campo de los datos prosódicos, ofreciendo una riquísima información sobre la fonética del latín e incluso sobre la de la lengua griega, lo que resulta sumamente interesante para los que gustan de cultivar estas áreas de la filología clásica. La presentación tipográfica del volumen es en conjunto correcta, aunque en el ejemplar que hemos manejado hemos de señalar -lamentablemente -la falta de las páginas XXXIII-XXXV, correspondientes al listado de autores y obras, y la aparición de algunas erratas fácilmente subsanables, entre las que señalamos, por ejemplo, en pág X, l.3 «se ha trata» o en pág. XIII, l.4 «séis». En definitiva un excelente trabajo, que puede agilizar enormemente el trabajo de prosodistas y metricólogos, dentro de la línea a que nos tiene acostumbrados el profesor Luque Moreno y su ya prestigioso equipo de investigadores: a ellos, y muy especialmente a la profesora del Castillo Herrera, nuestra más cordial felicitación. La colaboración de los Departamentos de Filología Clásica de las Universidades de Trento y Urbino ha hecho posible la publicación de esta voluminosa recopilación de estudios sobre el hexámetro dactílico griego, que aparece con el no 10 de la colección Studi di Metrica Classica, dirigida por B. Gentili y R. Pretagostini. La obra comprende dos volúmenes, el segundo de los cuales recoge algunos de los trabajos, ya publicados con anterioridad, que han marcado las pautas de la investigación sobre el origen y estructura del hexámetro en las últimas décadas, en tanto que el volumen primero es una recopilación de nuevos estudios, que abarcan en conjunto toda la historia del hexámetro griego en sus distintas etapas, desde los poemas homéricos hasta el final de la Antigüedad. Struttura e storia dell' esametro greco nos ofrece, en consecuencia, un panorama muy completo tanto del uso que del verso épico han hecho los poetas griegos durante un milenio y medio, como de las metodologías con las que la Filología moderna ha abordado su estudio y los resultados que se han obtenido. El núcleo central del volumen segundo lo constituye la nueva publicación de cuatro trabajos fundamentales, cuya crítica, naturalmente, no corresponde hacer aquí. Por un lado, a propósito del origen del hexámetro se recogen, en versión revisada por los autores, «Preistoria e formazione dell' esametro» de B. Gentili y P. Giannini (original en QUCC 26, 1977), y «Metrical convergences and divergences in early Greek poetry and song» de G. Nagy (revisión de originales publicados en 1992 y 1979). En segundo lugar y como representantes de los estudios sobre la estructura del hexámetro, encontramos la traducción italiana de la versión de 1955 de «Der homerische und der kallimachische Hexameter» de H. Fraenkel (seguida de un apéndice en el que se traduce «Binnengliederung des Hexameters bei Apollonios», en Noten zu den Argonautika des Apollonios, Munich, 1968), así como el ensayo de L. E. Rossi «Estensione e valore del colon nell' esametro omerico» (originalmente publicado en StudUrb 39, 1965). Se completa este segundo volumen recopilatorio con dos acertadas contribuciones adicionales, que nos ofrecen una revisión crítica de los estudios sobre el origen del hexámetro que han visto la luz en los últimos veinte años (E. Magnelli, «Studi recenti sull' origine dell' esametro: un profilo critico», centrado en los trabajos de Vigorita, Ivanov, Campanile, Berg, Jahn, Vissier y Fernández Delgado), y sobre la génesis, desarrollo y evolución de la teoría fraenkeliana (F. Michelazzo, «Per una rilettura dell' Esametro di Hermann Fraenkel»). El volumen primero consta de nueve ensayos, seis de ellos en lengua italiana y tres en lengua inglesa (y tal distinción no es ociosa, como habremos de comentar). El largo trabajo inicial de M. Cantilena («Il ponte di Nicanore», pp. 9-67) es un modelo de minuciosidad y precisión en la recopilación e interpretación de los datos y de exhaustividad y buen criterio en la documentación bibliográfica, de manera que coloca muy alto el listón de las exigencias para las colaboraciones que siguen, muchas de las cuales, sin embargo, no desmerecen de este buen comienzo. Cantilena realiza un despojo completo de Ilíada y Odisea para determinar hasta qué punto las "leyes de Meyer", cuyo autor sólo consideró válidas para el hexámetro helenístico, son también aplicables al hexámetro homérico. El trabajo aporta precisiones de gran interés sobre la estructura del hexámetro homérico en general y en particular sobre la estructura de la primera parte del verso, la que mayores dificultades plantea. No queremos dejar de mencionar tampoco el excelente estudio previo (con cuyos planteamientos y conclusiones estamos completamente de acuerdo) que Cantilena lleva a cabo sobre las apositivas y el concepto de "palabra métrica", un punto fundamental para la correcta interpretación de las exhaustivas estadísticas que nos ofrece en su contribución, y por supuesto también para sus conclusiones finales sobre la articulación del hexámetro homérico. El más breve ensayo de L. Sbardella («La struttura degli esametri in Esiodo, Erga 383-828», pp. 121-133) se ocupa de las diferencias que pueden apreciarse en la estructura de los hexámetros de la segunda parte de Trabajos y días con respecto a los hexámetros de la primera parte del poema y, más en general, con respecto al resto de la poesía hexamétrica hesiódica y homérica. En concreto, el predominio (que ya observó Porter) de B1 frente a B2, invirtiendo la práctica habitual en Homero y el resto de Hesíodo, es explicado por Sbardella como influencia de la estructura métrica de las expresiones gnómico-proverbiales y por el deseo del autor de utilizar esquemas nuevos para reflejar un contenido innovador en el mundo griego para un poema compuesto en hexámetros. «L' esametro nel dramma attico del V secolo: problemi di 'resa' e di 'riconoscimento'» (pp. 163-191) es el tema de la contribución de R. Pretagostini, que realiza un excelente estudio de conjunto, en las obras conservadas completas de los tres trágicos y Aristófanes (se incluyen también algunos fragmentos de Eurípides), sobre el uso que en el drama ático del s.V se hace de un verso que en principio le es extraño y sobre las razones que motivan su empleo. Analiza Pretagostini en primer lugar los pasajes en los que se emplean hexámetros no líricos (una treintena de versos, todos sofocleos, en tragedia; en comedia unos 130, la mayoría de ellos parodia de oráculos), y aquéllos otros en los que se mezclan hexámetros líricos y recitados (una veintena de versos en Paz), abordándose en ambos casos el problema de la "realización" del verso (¿recitado o en parakatalogÉ?). La segunda parte del trabajo se dedica a los hexámetros líricos (sus características métricas y los contextos en los que se emplean), cuya principal dificultad radica en su identificación dentro de la estrofa lírica. Con el trabajo de M. Fantuzzi («Variazioni sull' esametro in Teocrito», pp. 221-264) entramos ya en el hexámetro helenístico. Fantuzzi, en otro artículo magníficamente documentado y desarrollado, parte de una revisión crítica de los estudios anteriores al suyo sobre el hexámetro teocriteo (desde la edición de Hensius de 1604 hasta las contribuciones más recientes) y realiza un estudio pormenorizadísimo de la estructura interna del hexámetro de Teócrito y de sus semejanzas y diferencias con respecto al hexámetro de Calímaco. En concreto resulta muy sugerente y productiva su demostración de cómo la articulación del hexámetro de Teócrito puede modificarse y adaptarse en algunos rasgos al género e incluso a las características individuales de cada poema, un aspecto que queda también demostrado a partir de los datos que se deducen de la "outer metric", del estudio de las secuencias de dáctilos y espondeos y su distribución en los hexámetros del poeta siracusano. Un buen conocedor de la Filología helenística, F. Montanari, se ocupa de «I versi 'sbagliati' di Omero e la filologia antica» (pp. 265-287), un intento muy interesante de reconstruir, a partir de la comparación de los escolios homéricos con otras fuentes, las opiniones que merecían a los filólogos antiguos los hexámetros "irregulares" que se encuentran en Ilíada y Odisea y las diferentes explicaciones que daban a propósito de ellos. G. Agosti y F. Gonnelli, en un trabajo tan extenso como exhaustivo y bien documentado («Materiali per la storia dell' esametro nei poeti cristiani greci», pp. 290-434), se ocupan de estudiar cómo los poetas cristianos adaptan el tradicional hexámetro dactílico a las exigencias propias de obras de características tan diferentes. Los autores estudian la producción literaria cristiana en hexámetros (tanto los usados katà stíxon como los elegíacos) desde la fase inicial de los siglos II-III hasta los poetas "nonnianos" del siglo VII, y abordan tanto aspectos relacionados con la "métrica externa" (frecuencia de dáctilos y espondeos y su distribución en el hexámetro, cesuras, siempre con completísimos cuadros estadísticos comparativos) como cuestiones de "métrica interna" (puentes, tratamiento del final de verso, acentuación, aspectos prosódicos). Por lo que se refiere a los trabajos en lengua inglesa recogidos en el volumen, M. Campbell («Hiatus in Apollonius Rhodius», pp. 193-220) ofrece una completa lista crítica, acompañada de breve comentario de los pasajes problemáticos, de los casos de hiato que se encuentran en las Argonáuticas, con indicación de casos similares en los poemas homéricos y en poetas contemporáneos o casi contemporáneos. Por su parte, C. Higbie («Archaic hexameter: the Iliad, Theogony and Erga», pp. 69-119) aplica a los poemas de Hesíodo la metodología desarrollada en su libro Measure and music: enjambement and sentence structure in the Iliad (Oxford, 1990), y estudia con pormenor los casos de encabalgamiento y la relación entre estructura de frase y estructura de verso. Finalmente, H. R. Barnes («The structure of the elegiac hexameter: a comparison of the structure of elegiac and stichic hexameter verse», pp. 135-161) analiza, en el hexámetro elegíaco arcaico y helenístico, el encabalgamiento y la posición en el verso de final de frase y final de palabra, para concluir que los elegíacos no consideran el hexámetro como una unidad métrica individual, sino como miembro de un conjunto que es el dístico, y que las características métricas peculiares del hexámetro de la elegía frente al estíquico se deben en buena parte al deseo de evitar repetir en él la misma cadencia rítmica del pentámetro. Los últimos trabajos citados proporcionan sin duda observaciones muy dignas de ser tenidas en cuenta y completísimas y muy útiles estadísticas a propósito de los fenómenos que estudian. No es de ninguna manera nuestra intención negarles los méritos que les corresponden. Sin embargo, en concreto las colaboraciones de Higbie y Barnes adolecen a nuestro entender de una restricción (que los propios autores se han autoimpuesto), la cual creemos que condiciona notablemente los resultados de sus investigaciones, y es que la bibliografía utilizada se limita casi exclusivamente, con un par de honrosas excepciones en cada caso, a trabajos publicados en lengua inglesa. Tal limitación no se encuentra en absoluto en el resto de los artículos que componen el libro, en los cuales se acogen sin discriminación (en el mal sentido de la palabra) trabajos procedentes de cualquier ámbito y país, siempre que aporten alguna luz sobre los temas que se tratan, sea para aceptar sea para rechazar lo que en ellos se dice. Leyendo los estudios de Higbie y Barnes se tiene, en cambio, la impresión de que no existe más método u orientación en el estudio de los temas que el que sigue la escuela a la que pertenecen. Ni una alusión (ni siquiera para criticarlos) a los trabajos de Fraenkel ni a otras aportaciones absolutamente fundamentales de la filología alemana o italiana, por sólo citar un par de casos. Tal actitud (anticientífica a nuestro entender) perjudica seriamente los resultados de las investigaciones. Por poner un ejemplo, los resultados de las estadísticas que ofrecen Higbie y Barnes variarían enormemente según se tenga o no en cuenta el concepto de "palabra métrica", que es para nosotros, como apunta Fantuzzi, «una de las adquisiciones más sólidas de los estudios métricos de nuestro siglo» (por obra sobre todo de la filología alemana e italiana, con importantes contribuciones de la filología norteamericana y de otros países); la discusión del problema hubiera merecido por parte de Higbie y Barnes algún comentario, aunque fuera sólo para justificar por qué no se está de acuerdo con tal concepto y por qué se consideran proclíticas y enclíticas como palabras independientes, dada la repercusión que tal decisión tiene en los resultados de los trabajos. Por otra parte, como es natural, esas limitaciones que estamos apuntando en el uso de la bibliografía conllevan el riesgo de repetir y presentar como novedades observaciones que ya se encuentran en trabajos anteriores. En este sentido, también resulta paradigmático el hecho de que Barnes afirme al comienzo de su trabajo que «neither the elegiac couplet as a whole, nor its individual component lines has benefited from a detailed metrical analysis». Pues bien, tampoco hace falta escarbar mucho (basta consultar las bibliografías que ofrecen los colaboradores italianos del libro o la bibliografía dedicada al dístico elegíaco en el manual de métrica de M. Ch. Martinelli) para encontrar referencias a trabajos que no sólo desmienten la afirmación de Barnes, sino que incluso aportan observaciones y conclusiones similares a las que alcanza Barnes y más arriba comentábamos: para empezar, el excelente estudio de Máximo Brioso «Sobre el hexámetro de la elegía y el epigrama griegos» (Habis 9, 1978; cf. asímismo Emerita 40, 1974), y también trabajos como los de Coletti (Omaggio G. Monaco, 1991; Omaggio B. Gentili, 1993), Treu (QUCC 6, 1968) y otros publicados en lengua inglesa y en revistas bien conocidas como los artículos de Clarke (CR 5, 1955), Greenberg (QUCC 49, 1985; CW 80, 1987) o M. van Raalte (Glotta 66, 1988), ninguno de los cuales cita Barnes. En fin, tampoco entendemos cómo estudios que se ocupan del encabalgamiento en el hexámetro, como el de Higbie, pueden prescindir de trabajos como el libro de Cantilena Enjambement e poesia esametrica orale: una verifica (Ferrara 1980), por sólo citar un caso de las bastantes ausencias bibliográficas importantes que se nos ocurren. El libro incluye un índice de pasajes y un completo índice de autores modernos citados. Un índice temático hubiera sido también muy de agradecer como colofón de esta magnífica obra, que sin duda será en adelante punto de referencia ineludible para los estudiosos del verso épico y de la métrica griega en general. LITERATURA, FILOSOFÍA Y RELIGIÓN BERTINI, FERRUCCIO: Plauto e dintorni. He aquí, reunido en un volumen, el conjunto de diez trabajos que el autor ha publicado a lo largo de treinta años en homenajes a colegas, actas de congresos y revistas científicas; a ellos se añade uno más, inédito. Dada la variedad de cuestiones tratadas, siempre bajo la unidad temática del ámbito plautino, conviene tomar alguna nota de cada uno. «Vent' anni di studi plautini in Italia (1950Italia ( -1970Italia ( )» (1971) ) es una serena crítica bibliográfica; además de re-cordar los grandes estudios alemanes, franceses, ingleses y angloamericanos de este siglo sobre la obra de Plauto, se destacan las notables aportaciones de la filología italiana en esos dos decenios, consistentes en estudios sobre el hombre y su obra, sobre la fortuna de ésta, en ediciones, versiones, comentarios, etc.; entre otros muchos, descuellan los conocidos nombres de F. Della Corte -maestro de Bertini -, E. Paratore y su discípulo C. Questa. A continuación pasa revista a la tradición de dos comedias; una de ellas no muy imitada («Fortuna dell' Asinaria plautina», 1968), pero a la que Bertini ha dedicado mayor atención que a ninguna otra; recorre sus huellas a través de la Antigüedad y la Edad Media y, para la Edad Moderna, repasa las literaturas italiana, francesa, española, portuguesa, alemana e inglesa. La otra es una comedia de doble («Anfitrione e il suo doppio: de Plauto a Guilherme Figueiredo», 1981). No sólo su primera escena, en la que tiene lugar el encuentro de Sosia y Mercurio, se puede considerar «una de las obras maestras del teatro de todos los tiempos», sino la comedia entera, y desde luego es la más trascendente del teatro plautino. Siguen otros dos trabajos sobre el tema del doble; el primero («Sosia e gemelli in Plauto»), publicado bastante después (1995) del segundo (1982); en ambos el estudio del doble se limita a las tres comedias que figuran entre paréntesis en el título de éste, «Le risorse comiche del doppio nel teatro plautino (Anfitrione, Bacchidi, Menecmi)»; no se hace referencia al doble ficticio que opera en el primer episodio de El militar fanfarrón, ni tampoco al más esporádico de El Persa; y, sin embargo, el tema del doble es mucho más importante en la primera de estas dos comedias que en Las Báquides, en la que, como bien dice el autor del libro, el carácter doble de las dos hermanas quizás no va más allá de su hominimia. Por tanto, al elegir tres comedias de doble plautinas, a las dos cabales (Anfitrión y Los Menecmos) hay que añadir El militar, antes que Las Báquides. Si exceptuamos los dos últimos estudios y la revisión bibliográfica inicial, los demás versan sobre la proyección de la comedia plautina después de Plauto; así el segundo y el tercero de los reseñados y los seis restantes. En «Da Menandro e Plauto alla commedia latina del XII secolo» (1987) el autor se fija, más que en las conocidas comedias elegíacas de Vidal de Blois, de argumento plautino, en Alda de Guillermo de Blois, que a través de Terencio trae ecos de Menandro. En los dos estudios siguientes vuelve sobre su comedia preferida, para mostrar la estima de que gozó entre los humanistas italianos, desde finales del siglo XV («Un volgarizzamento rinascimentale dell' Asinaria de Plauto», 1991) a finales del XVI («Lo Scrocca di Cornelio Lanci», 1990). A este éxito no es ajena la posición ventajosa que ocupa la comedia en el Corpus Plautinum. Después de considerar una imitación de Mostellaria («Un rifacimento rinascimentale di Plauto: I fantasmi di Ercole Bentivoglio», 1992), se pasa revista a las numerosas imitaciones que tuvo Los Menecmos («Rifacimenti rinascimentali dei Menaechmi plautini», 1996), a cargo del cardenal Bibienna en La Calandria, Cecchi en la Moglie, Firenzuola en los Lucidi y Trissino en los Simillimi. El último trabajo, publicado ahora por primera vez, se dedica a «Le commedie di Ludovico Dolce», entre las que sobresalen Il marito e Il capitano, imitaciones respectivas de Anfitrión y de El militar. Si Los Menecmos fue una comedia de gran éxito, desde que se representó en 1486 en la corte de Ercole d'Este en Ferrara, estas otras dos vienen a confirmar que buena parte de ese éxito hay que atribuírselo al motivo del doble, desarrollado EM LXVII 2, 1999 de principio a fin en dos de ellas y en la primera parte de la otra. En suma, debemos agradecer al autor y a la editorial el poder disponer de este magnífico conjunto de trabajos, hasta ahora dispersos, pero cuya unidad temática es indiscutible. En cada uno de ellos puede apreciar el lector, sea o no especialista en teatro latino, el profundo saber filológico y la vasta erudición de F. Bertini, conocedor como pocos de la obra de Plauto y de su tradición medieval y humanística. BENJAMÍN GARCÍA-HERNÁNDEZ CABALLERO LÓPEZ, JOSÉ ANTONIO: La lengua y el estilo de la República de los Atenienses del Pseudo-Jenofonte, Classical and Byzantine Monographs, vol. XXXIX, Amsterdam, Hakkert, 1997. Caballero López dedica su esfuerzo a probar que el tratado de Pseudo-Jenofonte está inmerso en las corrientes literarias de su tiempo, el siglo IV a.C., basándose en el examen de la fonética, morfología, formación de palabras y léxico, de la sintaxis y, por último, del estilo literario de la obra República de los Atenienses. En particular, es de resaltar el interés que posee el autor del estudio en rebatir teorías que caracterizaban al llamado "Viejo Oligarca" como un autor de estilo severamente ático; arguye, en efecto, Caballero que, al igual que la inmensa mayoría de los autores de los siglos V y IV a.C., su lengua era una síntesis en que los componentes estrictamente áticos habían sido "suavizados" por medio de la introducción de características de la prosa jonia que desde Homero había constituido un signo necesario de la elegancia de la literatura griega, frente al seco lenguaje de las inscripciones y de las Defixionum tabellae Atticae, un lenguaje que sí refleja con mucha mayor fidelidad el dialecto del Ática. Es decir: una muy sustanciosa porción de los esfuerzos de Caballero se dirige a buscar en toda la obra Atheniensium Respublica trazas del lenguaje de la literaturas poética, histórica y científica de dichos siglos, que realmente estaban escritas en una lengua bastante distinta de la cotidiana de todos los ámbitos de las relaciones humanas, una lengua eminentemente de la tierra, pero muy empapada en el estilo alto y elegante de las manifestaciones literarias. En este sentido destacan las referencias de Heródoto y Tucídides, como los más conspicuos representantes de la prosa histórica del siglo V, en los cuales Caballero encuentra un firme apoyo para sus planteamientos pues, al comparar el estilo de ambos con el de Pseudo-Jenofonte, concluye en la práctica similitud en todos los aspectos de los estilos de las obras de dichos tres autores griegos. Destacamos por su interés una conclusión del capítulo consagrado al estudio del léxico (titulado «Formación de palabras y léxico»): «Los aspectos estudiados del léxico del Pseudo-Jenofonte nos confirman, una vez más, en la idea de que la lengua con que nos topamos en la República de los Atenienses no es ni mucho menos la del hombre de la calle». También seleccionamos un pasaje extraído de las conclusiones generales: «... el Pseudo-Jenofonte se sirve de una modalidad de ático que cuenta con el influjo del jónico, dialecto que gozaba de gran prestigio por estar escrita en él una parte muy considerable de la literatura precedente... En segundo lugar hemos podido comprobar cómo es este "jónico-ático" de alta cultura el origen mismo de la koiné helenística, que se constituirá como tal cuando se produzca la integración en el nivel de baja cultura del ático y una vez que haya tenido lugar el correspondiente proceso de normalización lingüística». El estudio cuenta, además, con una exhaustiva bibliografía con las ediciones de la República de los Atenienses, otra lista bibliográfica de los trabajos acerca de esta obra, sean consagrados por entero a ella, sean artículos en revistas, y por último, bibliografía de carácter general sobre la lengua, estilo y otros rasgos de otros autores, ya de la época del Ps.-Jenofonte, ya anteriores, que el propio autor del estudio ha utilizado. Cuenta, por último, con un útil Index uerborum que remite a los párrafos de la Atheniensium Respublica en que se encuentrano los términos, así como a los capítulos de la monografía de Caballero en que se estudia la palabra en cuestión (el índice general, por otro lado, sirve para la búsqueda de conceptos lingüísticos). Pasando a comentar algunas características, observamos que cuando el autor del estudio cita textualmente pasajes extraídos de las obras de referencia de los especialistas que tienen relación con dicho estudio prefiere dejarlos sin traducir, sin duda para mantener un mayor rigor científico. Es especialmente relevante, a este respecto, el número de citas en alemán y francés, debido a que los mejores tratados sobre el Pseudo-Jenofonte se hallan escritos en tales idiomas. A la hora de comentar las voces y modos verbales, el autor se ha fijado sólo en lo que puede parecer distintivo con respecto al uso del griego de las inscripciones, considerado el más cercano al habla del pueblo. Así, en cuanto a la voz, revisa los casos en que se utilizan los aoristos y futuros pasivos de verbos medios, característica del dialecto ático del s. V a.C.; ello le da pie para examinar si ha comenzado en tiempos de la redacción de la República de los atenienses el proceso que eliminaría la voz media. En cuanto a los modos, estudia únicamente el optativo, con un método similar: revisa cuantos optativos existen en el texto clasificándolos según si llevan o no partícula -ν, si van o no coordinados (no hay optativos oblicuos ni de deseo); y hace especial hincapié en la evidencia del reducido número de optativos en las inscripciones áticas contemporáneas (según esto, el tratado «se halla más cerca de los registros literarios»). En cuanto a las virtudes de este trabajo, una vez que Caballero deja sentado que el Ps.-Jenofonte está inmerso en la literatura de su época, se percata de que, debido a ello, el carácter ático del tratado ayuda a establecer pautas de estudio útiles para la investigación sobre otros autores de la época, y viceversa, éstos auxiliarán para una mejor comprensión de las características fonéticas, morfológicas, sintácticas y estilísticas de Ps.-Jenofonte. Pero Caballero López no sólo se sirve de la literatura coetánea en su escrutinio, sino también de las inscripciones, los papiros y asimismo de la literatura posterior. En concreto, los autores contemporáneos con los que Caballero coteja al autor de De Atheniensium re publica son Heródoto, Tucídides, Gorgias, Andócides y Antifonte. Para otras comparaciones, como la lengua de la koiné, también cita pasajes del Nuevo Testamento, mientras en el capítulo dedicado al estilo se cita gran profusión de autores -entre ellos Homero y los presocráticos-para comparar los usos de καί y la λέξις εAEρομένη. Algo que hacía mucha falta es la recapitulación de los datos lingüísticos tras cada uno de los capítulos en un apartado titulado «conclusión». Así se puede ir extrayendo conclusiones al EM LXVII 2, 1999 final de cada etapa de estudio, con lo cual se observa generalmente una corroboración del punto de vista del autor del estudio y se ayuda a que el lector y estudioso no pierda el hilo de las deducciones de aquél. Es notable la exhaustividad que el autor dedica al estudio de la sintaxis, que ocupa las páginas 62 a 106 de la obra. A partir de los epígrafes de los apartados podemos hacernos una idea de la amplitud del campo tratado: concordancia, número: el singular colectivo, uso de los casos y de las preposiciones, comparativo y superlativo, Óδε / οâτος, aκαστος, aτερος, la voz del verbo, el optativo, partículas coordinativas, oraciones subordinadas, infinitivo sustantivado con valor final. La destreza en la exposición del autor se hace más patente que en otras partes en la dedicada al estilo, donde se estudia el estilo δέ, el estilo καί y la denominada λέξις εAEρομένη ya definida por Aristóteles. En efecto, en los dos primeros apartados se va viendo los valores modales de δέ y καί en el Pseudo-Jenofonte, buscando -como ya viene haciendo desde el principio el autor-el vincular esta obra a las corrientes literarias presentes en Ática y de gusto por lo jonio. Tanto en dichos apartados como en el de la λέξις εAEρομένη, es bien manifiesto el método de comparación con pasajes los autores áticos anteriores, aunque también con los grandes nombres de la literatura anterior (en especial, Homero y Heródoto), con el fin de hallar paralelos del uso de δέ, καί, la λέξις y el recurso de la Ringkomposition.. En definitiva, gran rigor científico, pero no sin ello abandonar un cierto tono didáctico, como en la exposición sobre qué se entiende por λέξις εAEρομένη. Resaltamos también el apartado del «Estilo» consagrado al examen de las figuras de repetición, en que Caballero recoge todos los pasajes distribuyendo los distintos casos conforme a los presupuestos y la tipología ya planteados por D. Fehling en su obra Die Wiederholungsfiguren und ihr Gebrauch bei den Griechen vor Gorgias (Berlín 1969). Es de destacar asimismo el último apartado del estilo, el de las antítesis, donde puede observarse un conjunto de pasajes que bien pueden servir para establecer la línea de pensamiento del llamado Viejo Oligarca, dado que incluyen gran número de oposiciones establecidas por el autor de la Atheniensium Respublica entre los •γαθοί y los δημόται o πονηροί. El único defecto patente, probablemente a causa de que es una primera edición o impresión, es que posee algunas erratas en los textos griegos. En conclusión, tenemos ante nosotros un estudio eminentemente científico, y como tal, riguroso, que deja bien planteada la cuestión de la lengua y el estilo del autor de la zΑθηναίων πολιτεία, un estudio en el que, partiendo de unos presupuestos claros que intentan rebatir la teoría de la pureza ática de dicha lengua, va desbrozando todo cuanto puede haber de interés en el estudio de dicha obra para los lingüistas. Creemos que es un trabajo de interés para los historiadores de la literatura y también para los filólogos o en general los interesados en investigar las características de la lengua literaria del siglo IV a.C. JORGE MARTÍNEZ DE TEJADA GARAIZÁBAL NARDUCCI, EMMANUELE: Cicerone e l'eloquenza romana. Roma-Bari, Laterza, 1997, VIII+186 pp. Como el propio autor anuncia al comienzo, el libro es un esfuerzo por ofrecer algunas panorámicas generales sobre el papel central que tiene Cicerón para la definición del arte de la elocuencia. Parte para ello de unos principios básicos que componen el ars de la elocuencia, la retórica entendida como instrumento de ayuda, la formación humanística del orador y las dotes naturales de cadda uno perfeccionadas mediante el ejercicio oratorio. Es un estudio bien estructurado en cinco capítulos, tres de los cuales basan sus argumentaciones en obras de Cicerón escogidas intencionadamente para poder seguir el hilo conductor: Pro Archia, De oratore y Brutus. Son trabajos de épocas diferentes que permiten seguir la evolución del pensamiento del autor. La defensa que en la primera de ellas (Cap. I) hace del poeta deja traslucir la importancia que Cicerón concede a la actividad intelectual del orador, formación que, además no es necesario disimular y que sirve de alimento de la elocuencia, a la que proporciona una inmensa fuente de exempla y ayuda a una mejor defensa argumentativa. La elaboración literaria en forma de diálogo que presenta el De oratore (caps. II-III) facilita la exposición de las ideas de Cicerón puestas en boca de los diferentes interlocutores: relación entre elocuencia y paz social, o con la libertad, defensa de la sapientia y de la formación enciclopédica del orador. IV) presenta el declinar de la elocuencia romana tras la guerra civil y se hace mediante la exposición histórica de la evolución de arte oratoria expuesta en forma de diálogo. Cicerón pretende demostrar que la elocuencia se ha formado a través de un proceso de evolución histórica y pone de relieve la importancia de la introducción de la elocuencia artística (Porcina) que dará paso a la elaboración y, de aquí, se llega a la elocuencia como producto literario (cap. V), que alcanza su punto culminante en Cicerón. El estudio se cierra con dos índices. El primero de ellos temático, pero en relación con autores antiguos, y el propio autor confiesa que es selectivo en cuanto que no recoge autores que son citados sólo de forma accidental. El segundo recoge los nombres de los autores modernos citados a lo largo del libro que, por lo demás, ofrece una amplia y acertada bibliografía, reflejo del dominio que el autor tiene sobre la materia tratada y hemos tenido ocasión de comprobar en otros trabajos suyos. Se trata de un volumen colectivo realizado con motivo de la conmemoración del bimilenario del nacimiento del filósofo. Todos los trabajos, excepto la conclusión realizada por el coordinador de los mismos, tienen un objetivo central que consiste en analizar, a través de su obra, la opinión de Séneca sobre la infancia y adolescencia, así como las vivencias y recuerdos personales de aquella etapa de su vida. Para el estudio han partido de un examen, a lo largo de toda la producción senecana, de aquellos términos que guardan relación con estas etapas de la vida, tanto de los hombres como de las mujeres. Una vez despojado el material y analizada la bibliografía pertinente, los resultados de la investigación se presentan organizados en seis capítulos realizados por diferentes miembros del equipo. Andrea Balbo en «Chi è il giovane ovvero quando comincia e quando finisce la gioventù» (pp.11-28), ofrece un panorama bibliográfico y un examen de los testimonios antiguos en torno a las divisiones de la vida en edades con el fin de fijar la terminología. Monica Guerra en «L 'infanzia e l' adolescenza di Seneca» (pp.29-55), trata el tema de cómo refleja Séneca en sus las vivencias de su infancia y adolescencia, plasmadas a base de recuerdos traidos de forma aislada y dominados por la presencia de parientes y naestros. La juventud se presenta como época de gran actividad formativa. Marcella Guglielmo en «L 'educazione dei giovani secondo Seneca» (pp.55-90) concluye que el interés de Séneca por la educación de los jóvenes tiene su fundamento en su adhesión a la teoría antropológica estoica en torno a la naturaleza de los niños. En la edad adulta se saca provecho de lo que se ha aprendido de joven. Todas las sugerencias didácticas para el joven deben estar encaminadas a formar su temperamento para que llegue a poder evaluar por sí mismo lo que le viene del exterior. Roberta Strocchio en «Seneca precettore di Nerone» (pp.91-122) examina la labor de Séneca como educador de Nerón y lo hace desde dos posiciones, por un lado examina los testimonios de los historiadores Tácito, Suetonio y Dión Casio, por otra parte examina la obra de clementia, tratado de filosofía política dedicado a Nerón, con un claro carácter pedagógico, donde proyecta sobre el soberano el modelo ideal y aplica ampliamente la estrategia de los exempla, característica de la didáctica estoica y de la retórica. Barbara Villa en «Fanciulli e adolescenti nelle opere in prosa di Seneca» (pp.123-150) muestra cómo Séneca, a partir de su concepción de infans (más alejado de la percepción), puer (privado de la capacidad de discernimiento e incapaz de comprender un pensamiento profundo) y adulescens (edad en la que falta una verdadera regla de vida, difícil de domar, pero rica en esperanzas y necesitada de enseñanza) se sirve de ejemplos de ellos para expresar juicios, observaciones y reflexiones de carácter específicamente filosófico. Por último Simona Rota en «Bambini e giovani nelle tragedie di Seneca» (pp.157-196) constata que todas las tragedias de Séneca utilizan niños o jóvenes en el desarrollo de la acción dramática. El panorama aquí es distinto que el de los otros capítulos ya que no se trata de reflejar una realidad histórica. La concepción fundamental es que sobre los niños recaen las culpas de los padres que deben pagar, la mayoría de las veces, con una muerte atroz. A modo de conclusión Italo Lana presenta una panorámica de la visión que tienen de Séneca algunos de sus contemporáneos en «I giovani e Seneca (da Nerone agli Antonini)» (pp.197-211). El volumen se cierra con un bibliografía selectiva del material utilizado. En todos los trabajos se vislumbra la unidad de criterios, propia de la labor realizada en equipo y el conjunto de la obra deja patente, a través una amplia base documental, el criterio de Séneca con respecto a la infancia y juventud. En las 205 páginas del presente libro Maria Lucia Sancassano ha procedido a un muy minucioso estudio de los textos literarios en los que se menciona a la serpiente desde Homero hasta Esquilo (sólamente la Orestea): en total 59 testimonios. Con un examen y comentario detallado de los pasajes se intenta caracterizar la utilización del motivo por los diversos autores con el propósito fundamental de "decodificar" el sentido de la imagen literaria de la serpiente, especialmente su utilización en la Orestea. Este trabajo recoge la parte central de la tesis doctoral de la autora. Su publicación ha estado precedida por la de dos amplios artículos en la revista Athenaeum 84. 1, 1996, pp. 49-70 y 85.2, 1997, pp. 355-390 (por alguna razón ausentes en la bibliografía final) en los que Sancassano trataba por extenso dos cuestiones que han quedado fuera de este volumen: la etimología de los principales términos griegos para designar genéricamente a la serpiente (Ðφις; δράκων; §χις y §χιδνα; àδρα) y las interpretaciones modernas de lo que la autora llama con justicia «il mistero del serpente»: se trata por tanto de dos aportaciones complementarias a este trabajo, que deben ser tenidas en cuenta por el lector interesado tanto en la evolución de este intrigante y casi universal topos de la literatura como en la historia de la herpetología antigua. El lector sabe que con el nombre de Ðφις y especialmente δράκων (cf. el artículo correspondiente en el vol. VI del DGE, en preparación), además de otros de uso mucho más restringido, se designa en griego antiguo no sólo al reptil común en toda Grecia, sino también a una gran diversidad de seres míticos anguiformes: unos son seres monstruosos de naturaleza mixta, ya individualizados desde los comienzos de la literatura como Equidna (»μισυ μ¥ν νύμφην ©λικώπιδα καλλιπάρηον, »μισυ δ' αÞτε πέλωρον Ðφιν δεινόν τε μέγαν τε Hes.Th.297-8 [West]) o Tifón (Hes.Th.820 ss.; cf. Sancassano pp. 56 ss.); más raramente se presentan con el cuerpo de serpiente únicamente (cf. Hes.Th.313 ss., de la Hydra). Otros de estos seres míticos epitomizan la función del guardián, generalmente encargados de una fuente o un oráculo, (como la serpiente del Jardín de las Hespérides, Hes.Th.333-335) que en los autores posteriores ya podían haber adquirido un nombre propio e incluso una genealogía si carecían de ella. Además de todos ellos encontramos gran cantidad de divinidades, generalmente infernales, que cuentan con las serpientes entre sus atributos, como la Gorgona u otros como la propia Atenea. En ellos vemos el resultado de la evolución y sincretismo de mitos que sólo muy parcialmente nos es dado rastrear, a menudo mediante la comparación con la mitología oriental. Cualquier estudio sobre el tema del Δράκων-}Οφις debe por tanto resolver el problema de la presentación coherente de semejante material. Para ello, en los cuatro primeros capítulos del libro (el quinto es de conclusiones parciales), Sancassano presenta su estudio diacrónico ejecutando sendos "cortes sincrónicos" en el material a analizar: capítulo 1o Homero; 2o Hesiodo; 3o poesía lírica y 4o Esquilo. Sin duda que la diferencia en el tratamiento de la serpiente que vemos en la poesía homérica y hesiódica justifica al menos la división de estos dos autores, pero aun después de haber procedido a esta distribución, queda todavía un material notablemente dispar, debido de una parte a las diferentes tradiciones que han podido dar forma a un determinado pasaje y de otra parte a la enorme variedad de interpretaciones, a menudo contradictorias, que tiene este motivo de la serpiente, sin olvidar que el tema mismo del poema determina en ciertos casos la forma y oportunidad en que aparezca la serpiente. La solución de la autora, que maneja una cantidad abrumadora de bibliografía y pasa airosamente la prueba del enfoque "multidisciplinar", ha sido naturalmente ecléctica: en unos casos trata uno por uno los pasajes donde aparece el animal (a menudo como centro de la escena), deteniéndose en las funciones que su presencia tiene en el conjunto, mientras en otros casos (fundamentalmente el capítulo dedicado a Hesiodo) trata separadamente los pasajes (principalmente de la Teogonía) que se refieren a las distintas divinidades anguiformes, siguiendo el orden "generacional". Aunque el análisis es eminentemente de tipo literario, sobre todo en el estudio del la función de este elemento en la Orestea, la autora no rehuye digresiones sobre el valor social del mito y su origen y evolución (cf. p. 73 sobre el origen del mito de Atenea). En general puede decirse que solamente el tratamiento "etológico" queda fuera de su planteamiento. Llama sin embargo la atención que en un estudio tan detenido de este elemento literario se pase por encima, sin apenas mencionarlo (p. 204.136 de Hesiodo (Merkelbach-West = 96 Rzach), perteneciente al Catálogo de las Mujeres, sin duda uno de los episodios más sugerentes e intrigantes en los que aparece el animal. En él, tras evocar a los principales pretendientes de Helena, y mencionar el juramento que los ligaba a todos, el poeta anuncia los planes de Zeus hacia la humanidad, que será destruida para que perezcan con ella los semidioses. Los versos 124 ss. son una descripción de gran belleza y fuerza poética de la agonía de la naturaleza y los hombres en cumplimieno de este designio divino: los árboles caen y pierden el fruto, tiembla la tierra y el mar, mueren los hombres incluso en la primavera Óτε τ' -τριχος οÜρεσι τίκτει // γ]α ̧ί ̧[η]ς ̧ ¦ν ̧ κευθμäνι τρίτå §τεϊ τρία τέκνα. // μρο]ς ̧ μ¥ν κατ' Ðρος κα •ν δρυμ{ν}α; πυκν κα àλην // εÉσι]ν ̧ [φοιν-(vv. El papiro (PBerl.10560, III d.C.) está muy mutilado a partir de aquí y es prácticamente ilegible pocas lineas más adelante. Ante esta inesperada aparición de la serpiente, todavía el lector tiene que preguntarse con los primeros editores (Schubart y Wilamowitz) «Aber damit is ein Verständnis der Verse mitnichten erzielt. Aun cuando la evidente obscuridad del fragmento no permite usarlo fácilmente para explicar el significado de otros pasajes, que es la principal preocupación del presente trabajo, el reto de darle un sentido a estas líneas creo que justificaría un tratamiento más extenso. El libro está escrito con rigor, y ofrece una excelente bibliografía para cada tema tratado (que no son pocos), aunque la elección de las ediciones no deja de sorprender en ocasiones 1 Esta polémica alcanzó su mayor intensidad con la publicación de R. von Pöhlmann, Geschichte der sozialen Frage und des Sozialismus in der antiken Welt. Münich, 1925 (3a edición), al que se acusaba de proyectar indebidamente las categorías contemporáneas al mundo antiguo. Para un estado de la cuestión hasta esa fecha, puede consultarse Fr. En el campo de la economía griega, ofrece un panorama É. También en el aspecto formal es de agradecer la cuidadosa presentación, la claridad de los tipos griegos y latinos y el primor de la impresión. El lector agradecerá también el cuidado en la revisión del texto italiano y griego, por lo que el error de la cuarta nota, casi al comienzo (p. 10) es en realidad excepcional. Debe decir: «Δράκων: 2. A pesar de su título, el presente trabajo, que en gran parte reproduce material anteriormente publicado, se propone demostrar que ni en Aristóteles ni en ningún otro autor antiguo es posible encontrar una teoría económica, aunque sí puede hablarse en el caso del estagirita de una contribución a la economía (cf. especialmente 196ss.). S.M. pretende terciar en la polémica existente desde hace más de un siglo acerca de las características de la organización económica del mundo antiguo 1. Sin negar la existencia de un desarrollo de la producción y circulación de mercancías en la Atenas del IV a. C. (5), el autor sostiene que el mercado tenía una existencia periférica en la sociedad, a diferencia de lo que caracteriza a la sociedad capitalista. Este hecho se refleja en lo que suele considerarse el pensamiento económico de Aristóteles, que tiene dos textos que se encuentran en el centro de la polémica: Ética Nicomaquea V 5 y Política I 8-10. M. dedica tres capítulos a analizar en detalle el problema del valor de cambio (1 y 7) y la noción de χρεία en el texto de la EN (2); dos, a considerar el análisis del intercambio y la función de la moneda en la Política (3 y 5); uno, a afirmar la coherencia e integridad de las concepciones de la EN y la Política (4) y tres, a ver las distintas exégesis modernas (4: la interpretación neoclásica, 8: la literatura especializada sobre la economía en Grecia y el mundo antiguo en general, 9: las interpretaciones de la teoría económica clásica del valor de cambio). Según M., las dificultades que la interpretación moderna ha encontrado en EN V 5 se de-Mathematics in Aristotle, Oxford, 1949, p. 275. ben a la ideología económica que los intérpretes proyectaron sobre el texto (6s.), mientras que la finalidad de la investigación del capítulo es metafísica, ya que busca desentrañar la naturaleza del valor de cambio (19). La estructura de la discusión implica cuatro problemas: la equiparación de las diferencias entre los que realizan el intercambio, es decir qué cantidad de mercancía debe aportar cada parte para que la transacción sea equitativa, la explicación de la conmesuración (συμμετρία) de las mercancías objeto del intercambio (algo presupuesto por la equiparación que tiene lugar), la explicación de la medida y la unidad utilizadas para cuantificar la dimensión conmensurable de la que participan los productos y la explicación de qué manera estos elementos mantienen a la ciudad unida a través de transacciones equitativas (32). El análisis revela que valor de uso y valor de cambio son dos formas de predicación diferentes, una cualitativa y otra cuantitativa (13s.). M. ve dos temas entrelazados, que el dinero, en tanto medida común de todas las cosas, hace que los productos sean conmensurables entre sí y abre la posibilidad de igualarlos y que es la necesidad la que hace las cosas conmensurables (21, 32ss.passim). Si bien Aristóteles logra formular el problema, no encuentra una solución aceptable, puesto que no puede explicar la idea de conmensuración de los productos, e. d. no logra aclarar cómo una igualdad como la propuesta es teóricamente posible (27 y 28-42). Para M., Política I 9 hace un análisis histórico de la evolución de las relaciones de intercambio a través de sus formas sucesivas (trueque, compraventa, comercio, préstamo de dinero) en un grado de complejidad creciente y se une al, considerando sus efectos sobre el pensamiento y la conducta humanos (43-67). Los dos fines a los que tienden las distintas clases de intercambio, la satisfacción de las necesidades y el enriquecimiento (87-109), son evaluados en su dimensión ética: hasta qué punto ayudan a lograr el fin propio de la comunidad y el ciudadano, la felicidad. Para M., la unión de un análisis ético y el económico produce una tensión que lleva a A. a atribuir dos naturalezas al dinero, la de medio para realizar un intercambio que permita satisfacer las necesidades del individuo o como fin en sí mismo (87), lo que hace que el valor de cambio aparezca como un obstáculo para que los habitantes de la polis alcancen la felicidad (81). En el capítulo dedicado a analizar uno de los aspectos más oscuros, la relación establecida por Aristóteles A:B:: xD:C donde A equivale a constructor, B a zapatero, C a casa y D a zapatos (1133a5-25), siguiendo la interpretación de T. Heath 2, M. sostiene que tanto la primera ecuación como la segunda deben expresarse en términos de igualdad y no de desigualdad. La desigualdad existente antes del intercambio se anula por medio del establecimiento de una igualdad proporcional entre los productos, lo que no podría suceder si la desigualdad fuera social (139). Para M. se ha otorgado demasiado importancia a esta ecuación, que no se trata sino de un ejemplo intrascendente (144). Entre los capítulos dedicados a exponer la recepción en la literatura contemporánea de los textos aristotélicos, el 6 (110-128) analiza las interpretaciones de Schumpeter, Barker, Mulgan y otros, intentando demostrar que no entienden el texto por sus propios condicionamientos ideológicos (los presupuestos filosóficos de Hume, 114,116 y antes passim). En el 8 (147-179), dedicado al análisis de la polémica entre modernistas y primitivistas, M. parece adoptar 3 La lectura de J. D. Denniston, The Greek particles, Oxford, 1934, pp. 470-480, le habría demostrado que estamos ante un μ¥ν οÞν transicional y no enfático, que raramente se da, si es que se da. Quizás estas falsas interpretaciones se deban a que M. se basa en traducciones para realizar su interpretación. Como ejemplo sirvan las traducciones de p. Las versiones del alemán en p. 186 también revelan un concepto bastante lato de traducción. una versión revisada de las tesis de Finley, pues acepta, por un lado, un desarrollo significativo del comercio y el valor de cambio, pero sostiene que incluso en la Atenas clásica sólo tuvo una significación periférica y no central. Por último, en el capítulo 9 (180-200), repite la teoría de que la interpretación de Marx de la teoría del valor se encuentra más cerca del pensamiento aristotélico, mientras que los clásicos de la ciencia económica, como Smith y Ricardo no se ocupan de las nociones de valor de cambio y valor de uso, porque parten de una metafísica empirista, en la que la oposición nomos-physis que sirve de base a la distinción aristotélica carece de fundamento. Para ambos el valor de cambio es una propiedad intrínseca de los productos y su contenido era el trabajo humano, algo que pertenecía a la physis, con lo que ellos el valor de cambio se les aparecía como algo natural y no producto de la convención, como a Aristóteles (183). Para Marx, que adhería a la teoría aristotélica, las acciones, deben ser identificadas y discriminadas por sus fines, de manera que las clases de trabajo son diferentes e inconmensurables porque tienen diferentes fines. Las mercancías, en tanto valor de cambio, expresan el trabajo abstracto, de carácter puramente cuantitativo, lo que las hace conmensurables (184s.). A. no tiene una teoría del valor, sino que su contribución consistió en haber dado una formulación precisa al problema que ésta debe resolver (190). El hecho de que el libro de M. sea un conglomerado de diferentes publicaciones afecta no sólo a la unidad de la exposición, sino que también lo hace innecesariamente reiterativo. Las distintas tesis -e incluso frases -se repiten hasta el aburrimiento. M. ignora de manera inquietante la obra de A. y se limita a volver una y otra vez sobre los cortos pasajes analizados, limitándose a escasas excursiones en otras obras que revelan más su desconocimiento que su dominio del pensamiento aristotélico. Por ejemplo, no considera la relación del problema del intercambio y del valor de cambio en el contexto más general del δίκαιον. A pesar de todas sus declaraciones, no entiende el carácter metafísico de la idea de medida. De ahí que interprete que A. desemboca en una aporía (cf. p. Es imposible, en el contexto de esta reseña, refutar una a una muchas de las interpretaciones de M., pero basta con indicar que tiene una tendencia a desvirtuar claramente el sentido de los pasajes para adecuarlos a sus hipótesis. Así interpreta de manera radical el giro τ± μ¥ν οÞν •ληθεί' 3 en 1133b18-20, para justificar el carácter aporético del capítulo (p. 31, 35, 41 et passim), cuando lo que A. está haciendo es simplemente fundamentar la función del dinero como intermediario en los procesos de intercambio 4. La teoría de que el producto del trabajo no tomaba la forma de valor de cambio de manera universal porque una proporción importante de la producción se hacía con Para no abundar en datos sobradamente conocidos, cf. Ch. G. Starr, The economic and social growth of early Greece (800-500 B.C.), New York, 1977, pp. 66 ss. con sus notas, con testimonios de todo tipo de exportaciones, incluso de materias primas. M. reconoce implícitamente en p. 124 la existencia de una economía de mercado bastante desarrollada (significant money-economy). La Atenas de la época de Aristóteles dependía para su subsistencia de la importación de cereales, difícilmente pueda hablarse, entonces de una producción dedicada sobre todo al consumo propio. fines de consumo propio más que para el mercado (90, 105) muestra también una equivocada interpretación de la realidad económica. Incluso en el sistema actual, una parte importante del trabajo personal no va dirigida al mercado, e. d. tampoco tiene valor de cambio, p. ej. el trabajo de la población femenina en la casa, sin el cual no podría mantenerse el sistema capitalista. Tampoco produce para el mercado el que tiene un huerto y se alimenta de él, mientras vende su fuerza de trabajo, ni lo hace la mayor parte de las masas campesinas en el tercer mundo, cuya producción se dirige fundamentalmente al consumo propio. En otras palabras, probablemente la noción de mercado y de economía que propone M. pueda verificarse en Glasgow, pero difícilmente en la mayor parte del mundo. A la inversa, tampoco puede afirmarse que no produjeran para un mercado las factorías atenienses que se dedicaban a la exportación. La idea platónica de la especialización en el trabajo implica la existencia de un mercado regulado al que todos aportan sus productos que luego se redistribuyen por medio del intercambio. Los guardianes venden su fuerza de trabajo a cambio de un salario de subsistencia. El estado platónico de las Leyes presupone la existencia de salarios, salarios recibían los sofistas y los maestros, salarios pedían los armadores para transportar gente y mercancías, etc. 5 Existían préstamos de inversión de capital(cf. Jenofonte, Memorables II 7) y prácticamente la mayoría de los viajes comerciales se financiaban con créditos (cf. Demóstenes 34, 51). En resumen, sus prejuicios ideológicos impiden también a M. dar una interpretación plausible del texto aristotélico. Reúne el autor en este libro una serie de trabajos ya publicados, puestos al día con el contenido de nuevos trabajos aparecidos sobre cada uno de los temas aquí tratados. La obra presenta una clara división tripartita, en República, Alto Imperio y Bajo Imperio. Entre los estudios / capítulos de época republicana referidos a la época republicana destacan el III, el IV y el V, dedicados a las minas hispanas, y ello encuentra plena justificación en el hecho de que Hispania fuera el distrito más rico de todo el mundo romano, y de que fuera explotado intensamente durante varios siglos. El capítulo III trata de la famosa mina de La Loba (Córdoba), de plomo argentífero. El mayor interés de este yacimiento es que ha proporcionado a la arqueología, y en consecuencia también a los estudios históricos, una serie de almacenes prácticamente intactos, pues el lugar fue abandonado a raíz de un incendio. La explotación de esta mina se sitúa cronológicamente en los años anteriores a la Guerra Sertoriana. El capítulo IX examina el elemento étnico de la Hispania romana, que, a juzgar por los nombres, es más abundante de lo que cabría esperar. En la segunda parte sobresalen los capítulos XV al XX, referentes a las exportaciones del aceite hispano a Roma y al resto de Europa, Britannia, Germania y Alejandría. De especial interés son los capítulos dedicados al Monte Testaccio, en Roma, donde el autor ha dirigido hasta la fecha nueve campañas de excavaciones. La documentación anforaria del Testaccio, constituído en su mayor parte por trozos de ánforas béticas, viene a ser el mejor archivo fiscal del Imperio Romano. En la tercera parte destaca el capítulo XXII, que estudia la sociedad hispana del Bajo Imperio, que se complementa con el siguiente, XXIII, sobre las élites de la Hispania bajoimperial. A juzgar por la calidad de las uillae, Hispania contó con unas élites cultas, que demostraban un excelente conocimiento de la mitología pagana, que estaban muy en contacto con la aristocracia urbana de Roma y conocían las corrientes artísticas del Oriente y del norte de África. Gran parte de esta élite se agrupó en torno a la figura de Teodosio I, ocupando altos cargos administrativos, destacando, entre otros, Materno -este personaje es, posiblemente, el dueño de la uilla, decorada con excelentes mosaicos, de Carranque, (Toledo) -, o bien el dominus enterrado en Pueblanueva (Toledo), y el possessor de Azuara (Zaragoza). Esta sociedad hispana no presenta signos de decadencia económica. Al contrario, eran grupos sociales cultos y ricos. Sufrieron un duro golpe con la invasión de suevos, vándalos y alanos (409-412), y sus haciendas fueron objeto de saqueos y destrucciones, como bien narra el cronista Hidacio, contemporáneo de los acontecimientos. Este libro del profesor J. M. Blázquez, tal como viene siendo habitual en él, conjuga bien los datos de los autores clásicos con las informaciones arqueológicas para dar una explicación coherente y sin vacíos de una época, la bajoimperial, en la que, por ejemplo, las fuentes epigráficas son prácticamente inexistentes. El volumen está bien ilustrado. F. CORDENTE BLÁZQUEZ, J. M.: Intelectuales, ascetas y demonios al final de la Antigüedad. Recoge el autor en este volumen una serie de trabajos que tratan de los tres aspectos enumerados en el título, a finales del Mundo Antiguo. Algunos de ellos, sin embargo, por ejemplo los capítulos I-III, no se refieren estrictamente a la Antigüedad tardía, sino a los dos primeros siglos del Imperio y a la reacción pagana ante el cristianismo y a la asimilación de la cultura pagana por Clemente de Alejandría, escritor cristiano que es considerado pieza clave en esta asimilación. Piensa J. M. Blázquez que sin esta asimilación del pensamiento pagano, el cristianismo hubiera quedado reducido a una secta sin importancia, y que el Imperio no se hubiera convertido, pues ninguna religión puede prescindir de los intelectuales que hablan un lenguaje perfectamente asimilable por la sociedad de su tiempo. Esta asimilación es en gran parte obra de Clemente de Alejandría y de su discípulo Orígenes, como ha propuesto P. Brown, al que sigue en líneas generales J. M. Blázquez, y originó la democratización de la cultura en toda la Antigüedad. La escuela de Alejandría, con Panteno, Clemente y Orígenes, revisó toda la cultura pagana, trasvasando todo lo que ésta tenía de aprovechable al cristianismo, de modo que éste se inserta plenamente en la cultura greco-romana. El monoteísmo en la idea de la providencia divina y el culto imperial fueron, sin embargo, temas conflictivos. El trasvase en bloque de la cultura pagana dejó sin fuerza la acusación que lanzó Celso, el gran enemigo del cristianismo, en 177, de que el cristianismo era una religión de indoctos. El trasvase cultural logró que el cristianismo se erigiera en el auténtico heredero de la cultura romana. El "préstamo ideológico" comenzó en realidad con la figura de Justino, apologista de mediados del siglo II, quien asentó el criterio de que toda la filosofía antigua era una revelación. Se refería probablemente a la filosofía platónica. Con este criterio se podía bautizar todo el pensamiento filosófico pagano en su práctica totalidad. El capítulo III estudia la sociedad romana en los autores cristianos Clemente y Jerónimo. J. M. Blázquez es partidario de que la obra de Clemente es fiel retrato de la sociedad de su época, pues algunos datos aportados por Clemente tienen refrendo en el material arqueológico, y por otras fuentes literarias. El lector no encontrará en este libro una evolución del dogma cristiano, sino exclusivamente en el monacato y su impacto social y religioso. Estudia J. M. Blázquez en el capítulo IV el monacato como fenómeno social de masas, contra la cultura civil y religiosa establecida, que trae una escala de valores totalmente diferente de la del mundo clásico, y de la seguida por muchos miembros de la Gran Iglesia, ligada al Estado Romano, convertida en un Estado dentro del Estado, y cargada de privilegios. El autor insiste en la desastrosa situación moral de muchos obispos en los siglos II y IV, en los que la religión es sólo una excusa para su enriquecimiento, convertidos en simples funcionarios públicos, salvo honrosísimas excepciones. J. M. Blázquez manifiesta un buen manejo de las fuentes contemporáneas y de la bibliografía fundamental. El monacato en su impacto social lo examina en varias figuras cumbre de los últimos tiempos de la Antigüedad, como Melania la Joven, Antonio, Hilarión de Gaza y Martín de Tours. Dentro del capítulo IV analiza el autor, basándose en la vida de varios ascetas importantes, la sociedad romana del Bajo Imperio, incidiendo en el lujo ostentoso de las clases altas en la Vida de Melania la Joven; las posesiones de esta asceta de origen hispano; diversos problemas económicos y sociales en las "vidas" de Melania la Joven y en la Historia Lausíaca de Palladio; la extracción social del monacato primitivo; varios aspectos del ascetismo de Melania la Joven y las relaciones de ésta con la sociedad del Bajo Imperio. Un acierto grande del libro de J. M. Blázquez es utilizar la Vida de Melania la Joven como documento histórico de primer orden para el estudio de problemas económicos y sociales, pues dicha obra, escrita por un contemporáneo de la biografiada, es una auténtica mina de in-campos en que el Prof. Hellegouarc'h ha centrado sus investigaciones y ejercido su magisterio: el del estudio de la vida política romana, a través, sobre todo, del léxico; el de la métrica y la estilística; el de la literatura latina. La primera de estas tres partes centrales (II «Vocabulaire et politique»: pp. 1-281), presentada por F. Hinard (pp. 3-7), incluye trabajos que se sustentan sobre la base de la que fue en su día la "thèse principale" de Hellegouarc ́h (Le vocabulaire latin des relations et des partis politiques sous la République, Paris, 1963) y de otros estudios suyos posteriores acerca de Juvenal, Salustio, Veleyo Patérculo o Tácito. Está organizada en dos sectores, el primero de los cuales («L 'échange politique») da cabida, entre otros, a estudios sobre los conceptos de nobilitas o de uirtus, fortuna y libertas, sobre ejército y partido político durante la república, sobre el imperialismo romano en la obra de Veleyo Patérculo o sobre ideas políticas y clase social en Juvenal. El segundo sector reúne en torno al concepto y término que le da título (Princeps) trece estudios sobre temas como la auctoritas, la democracia y el principado en las cartas de Salustio a César, la fortuna del princeps, las figuras de Sejano o de Tiberio vistas por Tácito y por Veleyo Patérculo o el principado visto por Suetonio. La parte tercera (III «Métrique et stylistique», pp. 283-595), presentada por J. Dangel (pp. 285-296), descansa sobre la que fue "thèse complémentaire" del autor (Le monosyllabe dans l'hexamètre latin. Essai de métrique verbale, Paris, 1964), obra de referencia para todo el que desde su aparición se ha acercado a la métrica verbal del hexámetro latino. Se distribuye en tres apartados en los que el lector o estudioso puede encontrar reunidos y sistematizados otros muchos estudios (se incluyen también reseñas de importantes obras de Soubiran, Park Poe, Thraede, Gérard o von Albrecht) del Prof. Hellegouarc'h que también vienen siendo de obligada atención en el terreno de la métrica y la estilística latinas: A) sobre metodología del análisis estilístico de la poesía (se añade un trabajo inédito, de 1986), sobre las relaciones frase-verso, sobre la cesura, su determinación o su realización, sobre métrica verbal. B) Análisis métrico-estilísticos de diversos escritos en verso: los Annales de Ennio o la Eneida de Virgilio, Plauto o la estructura y declamación de los versos del drama latino, las sátiras de Juvenal, los versos líricos de Horacio o los de Tibulo. C) Se cierra la serie con tres trabajos sobre la prosa latina: dos en torno a Tácito y una reseña del libro de Primmer acerca del numerus ciceroniano. La parte cuarta (IV «Littérature: De Plaute à Gautier de Châtillon»: pp. 597-764), presentada por A. Foulon (pp. 599-603), recoge los principales artículos del autor en el ámbito de la literatura latina, tanto antigua (A: Plauto, Catulo, Lucrecio, Virgilio, Tibulo, Ovidio, Veleyo Patérculo, Juvenal) como medieval (B: Gautier de Châtillon). He aquí, pues, un libro importante y oportuno. Oportuno es celebrar la jubilación del Prof. Hellegouarc'h y reconocer la importancia de su figura de latinista penetrante y sensible y de maestro "generoso". Oportuno es poner al alcance de todos cuantos hemos seguido ese magisterio un importante florilegio de trabajos suyos, que hasta ahora habíamos tenido que consultar dispersos aquí y allá. JESÚS LUQUE MORENO RIAÑO RUFILANCHAS, DANIEL: Aplicaciones de Macintosh a la Filología Clásica. En lo tocante a la informatización de nuestras labores, los dedicados a la Filología Clásica y materias afines nos repartimos, como es público, en dos fracciones -PC y Mac -, y dentro de ellas en dos bandos: unos, posiblemente la mayoría, pretendemos emplear un solo programa para todas las tareas; otros, más técnicos, defienden la necesidad de disponer de una variada y formidable batería de programas superespecializados. Los primeros, hasta hace poco, teníamos en contra la falta de potencia y versatilidad del software al uso; los segundos tienen que resignarse a que sus "aplicaciones" -usan este calco de applications para referirse a los programas de ordenador -sean en realidad complicaciones, ahora mismo ya del todo innecesarias porque los programas más modernos adoptan una configuración modular que permite satisfacer todas las demandas imaginables con notable facilidad. Pero hay que reconocer que en el pasado reciente las tales complicaciones eran en gran medida inevitables. A ese tiempo se refiere este libro -aparecido con retraso no por sólito menos irritante -, cuyo autor lo es también de una "aplicación", bautizada con el nombre glorioso de Aristarchus y objeto de recensión autocrítica (p. 120) que da fe de la honestidad y el rigor de Daniel Riaño. No es culpa de él, sino de la demora de la publicación, que ya no estén al día en esta fecha los capítulos 3 y 5 de su libro, dedicados a inventariar y describir los programas que pueden utilizarse en la investigación filológica. En ese mismo caso, y por la misma causa, se encuentran los apéndices 1 («Direcciones de Internet», pp. 162-168) y 3 («Direcciones de los distribuidores», pp. 173-176). Mucho menor es el desfase del capítulo 4, titulado «Bases de datos textuales y bibliográficas» (pp.79-112), en el que pasa revista a las publicaciones en CD-ROM, la mayor parte de las cuales, dicho sea de paso, deber ser "leídas" empleando un ordenador PC (DOS o Windows) o aprovechando la capacidad de remedar -"emular", en jerga informática -el funcionamiento de un ordenador PC de la que han tenido que dotarse los Apple-Macintosh. A los entusiastas de esos sistemas, que no son pocos, están reservados los capítulos 1, 2, 6 y 7 («Algunos conceptos básicos», pp. 1-8; «Fuentes y teclado», pp. 9-44; «Utilidades para todo», pp. 135-152; «Presentación e intercambio de documentos en formato electrónico», pp. 153-161), en los que ponen de manifiesto las interioridades técnicas de los Mac, que vistos por dentro resultan ser tan complicados como los PC, o más que éstos, a los que el autor dirige frecuentes y sutiles alfilerazos, compensados por una sincera confesión: «hay menos software para Macintosh que para DOS o Windows, muchísimo menos, y además, en ocasiones el mejor programa para realizar una tarea es de Windows, no de Mac. Por ello muchas veces es aconsejable utilizar un ordenador con distinto sistema operativo, o si ello no es posible, utilizar el Mac como si fuera un ordenador con Sistema MS-DOS o Windows» (p. El libro, que es de buena presencia y agradable tipografía aun a pesar de la profusión de subrayados, contiene pocas e insignificantes erratas, de las que mencionaré sólo una («las ipsissima uerba», p. 82), que bien podría tenerse por lapsus -sería una concordancia ad translationem -, lo mismo que la atribución a la Università di Pisa del programa SNS Greek, que, como proclaman las siglas, es de la Scuola Normale Superiore, elitista organismo autónomo suprauniversitario radicado en la misma ciudad. Está además razonablemente bien escrito, y en él se hallan algunos toques de fino humour que dan una pizca de amenidad a un textonecesariamente árido en razón de las materias tratadas. Verbigracia: «el autor de este manual consideraría una pequeña victoria ganada para la causa de la filología clásica si los más recalcitrantes filólogos liberaran a sus procesadores de texto de tareas que pueden ser más eficazmente ejecutadas por otro tipo de aplicaciones» (p. Declaración que a mí, el más recalcitrante -y a mucha honra -de los filólogos, me suena a provocación al debate, que es precisamente lo único que echo en falta en este libro, en el que me habría gustado leer alguna reflexión acerca de las repercusiones que el empleo regular de ordenadores, sean Mac o PC, tendrá sobre las técnicas, los hábitos y los métodos en el dominio de la Filología Clásica. Pues es indiscutible que la confección de indices uerborum y de concordantiae publicables en forma de libro es ya un trabajo injustificable, sin más mérito que el de su penosidad, dado que las capacidades de indización y búsqueda de los programas de tratamiento de textos actuales hacen innecesarias esas ayudas, antes imprescindibles; y es también evidente que el pesadísimo papeleteo, que inevitablemente suponía la fragmentación y dispersión de los materiales, es ahora igualmente innecesario, por cuanto hay programas de gestión de freeform databases -integrados con los mejores word processors -que hacen posible, y además muy fácil, reunir en un solo cuerpo toda la información pertinente, constituyendo ficheros relacionados entre sí, o incluso combinados, y manejando los textos íntegros, sin someterlos a despojos que siempre tienen algo, o mejor dicho mucho, de mutilación o desnaturalización. Gracias a los ordenadores, la Lexicografía, por ejemplo, puede empezar a proponerse como objetivo la descripción globalizada del vocabulario, meta antes absolutamente fantástica y fuera de todas las perspectivas metodológicas sensatamente realistas. De todo eso nada dice Daniel Riaño, y no puedo reprochárselo, puesto que ninguna obligación tenía de aprovechar la ocasión y especular sobre el futuro al hacer reseña puntual de lo presente -hoy en parte ya pasado -, que era su propósito. A éste se ha atenido estrictamente, y el resultado es un manual imprescindible para los filólogos que quieran servirse del Mac con conocimiento de causa, y también para los que, empleando esos u otros sistemas, quieran empezar a moverse por el mundo, a primera vista cerrado e inaccesible, de las ediciones y los bancos de datos en CD-ROM, así como de los apreciables, aunque todavía no muy abundantes, recursos de los que podemos disponer, gratuitamente en la mayor parte de los casos, a través de Internet. LOIS C. PÉREZ CASTRO MARTÍNEZ HERNÁNDEZ, MARCOS -PINO CAMPOS, LUIS MIGUEL -SANTANA HENRÍQUEZ, GERMÁN: Los mitos de Platón: antología de textos. Arafo-Tenerife, Consejería de Educación, Cultura y Deportes del Gobierno de Canarias, 1997. Se trata, como dice el subtítulo, de una antología de textos platónicos de contenido mítico. La obra ha sido realizada por cuatro autores, uno de los cuales, el Dr. Cristóbal Cáceres Rodríguez, no puede aparecer expresamente por cuestiones de índole burocrática. La obra ha sido dirigida por el Dr. Martínez, que es autor de la introducción general y de las introducciones parciales a todos los textos. Los textos se acompañan de notas aclaratorias que han sido obra de los otros autores. El Dr. Pino es responsable también de la sección de vocabulario. La selección de textos en sí misma, como señala M. M., es ya un escollo difícil, por la falta de acuerdo de que hacen gala los estudiosos del tema. La selección que presentan se ha hecho sobre un entendimiento amplio del término 'mito', y puede ser aceptada por cualquiera. El único texto que, a mi entender, no se justifica, es el del mago Gobrias. Aunque sea interesante desde el punto de vista religioso (p. 171), no es platónico, y la comunidad de fuentes no es razón suficiente para incluirlo. La finalidad de la antología es la de ser texto escolar, supongo que para los primeros años de carrera, por ello no hay traducciones, hay notas abundantes y encontramos un apéndice con vocabulario. Las anotaciones de los mitos son muy distintas. El Dr. Cáceres reseña aspectos morfológicos básicos, el Dr. Pino reseña, sobre todo, aspectos sintácticos básicos, y el Dr. Santana hace un comentario filológico amplio. A mi entender, habría mejorado mucho la obra si los tres autores hubieran comentado todos los textos, y así tendríamos unas anotaciones completas: morfológicas, sintácticas y filológicas en sentido amplio. Por otra parte, no se compadecen unas anotaciones con otras: pasamos de los productos más refinados de la erudición filológica europea a la etiqueta morfológica más escolar. En suma, echo en falta un sistema más coherente y que la tonalidad media de las anotaciones fuera más uniforme. La selección bibliográfica ha querido recoger lo publicado en nuestro país, y ha atendido también al público al que se dirige la obra. La única ausencia reseñable quizás sea la de los comentarios utilizados. Estamos ante un tipo de obra que no es frecuente en nuestro país, que se aparta de la norma que consiste en editar traducciones con alguna nota, y ésta sin contenido lingüístico. Esperemos que este libro abra brecha y se extienda este formato, con lo que se podría remediar la endémica carencia de textos comentados que padecemos. Felicito por tanto a los autores por una iniciativa y unos resultados de cuya utilidad estoy completamente convencida. BREVES DRÄGER, PAUL: Untersuchungen zu den Frauenkatalogen Hesiods (Palingenesia LXI), Stuttgart, Franz Steiner Verlag, 1997, IV + 171 pp. EM LXVII 2, 1999 Este libro es una colección de estudios, ya publicados en otros lugares, con el loable empeño de descubrir lo que hay de auténtico en la atribución a Hesíodo de los fragmentos tradicionalmente recogidos bajo el título Catálogo de las mujeres o Eeas, tratando de contrarrestar la fuerte corriente que los considera en general pseudoepigrapha. El primero de ellos, «Hesiod als Verfasser des Theogonie-Schlusses und der Frauenkataloge», intenta desmontar los argumentos (estructural, histórico, estilístico y lingüístico) de M. L. West, que desde una posición "analítica" un tanto apodíctica considera que el final de la Teogonía es una expansión posterior. Por el contrario, el autor piensa que son testimonios fundamentales para fechar el Catálogo. El nombre de Latino que allí aparece nos lleva a las conexiones de la expansión euboica con el occidente itálico. En el segundo «Waren Graikos und Latinos Brüder? Hesiod F 5 und der Name der Griechen», por sus coincidencias y divergencias muy relacionado con el anterior trabajo, considera que bajo el nombre de Graikos puede haber un problema textual: el nombre, procedente de una glosa marginal se ha instalado una generación antes que Helen el antecesor de los griegos. Tanto aquí como en el siguiente capítulo III «Aioliden-Stemma und Koronis-eoie» se plantea el problema de la Biblioteca de (Ps.) Apolodoro como modelo para la reconstrucción del Catálogo (y para otras obras, p. ej. de Estesícoro) con el paso forzoso por Ferécides, a veces con mas complicaciones que ayuda. A este denso capítulo sigue otro, breve pero exhaustivo desde un punto de vista lingüístico, «A±sÓn und A swn. Finalmente «Spondeiazontes bei Hesiod» concluye que desde un punto de vista prosódico el Catálogo no ofrece un panorama esencialmente diferente al de las otras dos grandes obras de Hesíodo, Teogonía y Trabajos. Se trata de un detenido estudio sobre algunos aspectos de la obra fragmentaria atribuida a Hesíodo que en cualquier caso advertimos cada día más como una codificación de la materia mítica que proveyó el material de la lírica, la tragedia y a veces paródicamente la comedia. ELVIRA GANGUTIA ESIODO: Opere. Se trata de una edición con aparato crítico selecto y traducción italiana del conjunto de la obra hesiódica Teogonía, Trabajos, Catálogo de las mujeres o Eeas, Escudo y Certamen. Contiene además una introducción y bibliografía generales, introducción particular a cada obra, notas y lo que Arrighetti llama "antología crítica": una selección de estudios de diferentes autores, traducidos al italiano cuando están en otras lenguas, sobre diferentes aspectos de la obra hesiódica. Todo ello, reunido en un librito en papel biblia de práctica y cuidada presentación. Aun reconociendo el trabajo ingente en esta y en otras obras del Dr. Arrighetti y el excelente resultado obtenido, queremos señalar algunas ausencias de apreciación. El editor y traductor manifiesta en su «Premessa» cómo se sintió animado a emprender esta obra a partir de las grandes ediciones comentadas de West desde 1966 a 1978, evidenciando cierto convenci-miento de que antes había una especie de desierto de desinterés por el poeta beocio. Sin quitar mérito en absoluto a la obra de West, hay que señalar que gracias a ciertas aproximaciones a la obra de Hesíodo desde los años cincuenta, la social y antropológica o la debida a la detección de importantes elementos orientales se produjo una gran revolución en la forma de contemplar la literatura griega. A estas corrientes se incorporaron pronto los estudiosos españoles, cuya obra frustra inuenies en la bibliografía impresa por Arrighetti. De ella solo vamos a citar Hesíodo, Obras y fragmentos: Teogonía, Trabajos y Días, Escudo, Fragmentos, Certamen. Introducción, traducción y notas de A. Pérez Jiménez y A. Martínez Díez, Madrid, (Biblioteca Clásica Gredos), 1978, un precedente muy completo de la del Prof. Arrighetti y en cuyas páginas introductorias puede encontrarse esa bibliografía temprana que echamos en falta. ELVIRA GANGUTIA FRABOSCHI, AZUCENA A. -STRAMIELLO DE BOCCHIO, CLARA I. -SÁNCHEZ, MÓNICA -GARCÍA MUÑOZ, CARMEN: Isócrates: La formación ética del hombre político (el gobernante y el ciudadano), Buenos Aires, Instituto de Estudios Grecolatinos "Prof. F. Nóvoa", Universidad Católica Argentina, 1995, 121 pp. Las cuatro autoras de este pequeño volumen, todas ellas profesoras procedentes de diversas áreas (Filosofía, Musicología y Ciencias de la Educación) de la Universidad Católica Argentina, pretenden sólo recrear la figura y la labor de Isócrates fundamentalmente a través de un comentario a pasajes escogidos de su obra. Se trata de una obra de divulgación de nivel escolar, en la que el único libro citado y manejado que tiene que ver específicamente con el orador es el viejo estudio de Matthieu, Les idées politiques d'Isocrate, por cierto recientemente reeditado. El tono didáctico y sin pretensiones queda subrayado por la recreación literaria de los últimos pensamientos de Isócrates en los días finales de su vida que aparece intercalada entre los distintos apartados de que se compone el libro y que, ciertamente, desmerece del modelo de Broch al que parece imitar. El libro consta de tres partes. En la primera se hace un repaso rápido y esquemático del panorama histórico-cultural (pp. 5-35). Allí se nos dice por ejemplo (las frases clave van impresas en negrita) que «Isócrates convierte la retórica en un medio de acción política», sin que las autoras se hayan planteado el problema de la producción oratoria política esencialmente oral de los predecesores de nuestro orador. Las autoras parecen también ignorar que el propio Isócrates se denominó a sí mismo filósofo cuando intentan definir su actividad (p. La tercera parte, que da título al libro, se dedica a la formación ética del hombre político (pp. 83-118). La figura de Isócrates aparece caracterizada siempre en positivo como persona comprometida con su tiempo frente al idealismo platónico, al que se define como cerrado y de espaldas a los problemas reales del mundo griego. Esta visión simplista y didáctica de los problemas es extensiva a todo el volumen. La única palabra en griego reproducida en el volumen está mal acentuada (διανοία en vez de διάνοια en nota 86).
Recogemos aquí algunos testimonios papirológicos de fábulas esópicas, correspondientes a algunas de la colección Augustana, Fedro, Babrio y pseudo-Dositeo. No hallaron cabida en mi Historia de la Fábula Greco-Latina (ni en las varias publicaciones de van Dijk 1 ). No aportan fábulas nuevas, pero sí variantes de las conocidas, a más de la mencionada epopeya burlesca. Se trata casi siempre de ejercicios escolares, lo que confirma el abundante uso de la fábula en la enseñanza. Y es notable que se trate siempre de versiones de la línea principal de las fábulas, la que halla representantes en las Fábulas Anónimas y sus derivados. Era, evidentemente, la más popular. Una variante de H. 215 "El niño que cogía saltamontes", seguida de dos anécdotas de Esopo. 130-140, editado por J. Bingen y otros, es un ejercicio escolar de un niño que aprendía a escribir. Tiene una falta usual en el griego de Egipto (akritaj) y otra más (didasgi). Es una parte de H. 215, la fábula del niño que cazaba saltamontes e iba a coger también un escorpión: éste le dijo que ojalá lo hiciera para que perdiera sus saltamontes. La nueva versión, fragmentaria, no tiene demasiado interés. Pero confirma que se trata de una fábula cínica 2: el epimitio, en efecto, es una exhortación a no confundir a los buenos con los malos (aparte de que se alude al carácter fijo de la naturaleza animal, un tema cínico). Pues bien, nuestro óstracon añade a la fábula dos anécdotas de Diógenes. Es interesante ver cómo la fábula se usaba, unida a anécdotas y xreîai, en el siglo II de nuestra era para la enseñanza escolar. Existen ejemplos numerosos, en los papiros escolares, no solo de series de máximas (de Sócrates, Menandro, Esopo, las Vidas de los Siete Sabios, etc. o anónimas), sino también de fragmentos de Eurípides, la Ilíada u otros seguidos de máximas 3. Pero digamos algo de la tradición de nuestra fábula. En mi libro yo distinguía en ella una línea 1, la de las Anónimas (también en las fábulas siriacas y Sintipas y en los Tetrámetros de Ignacio el Diácono); y una 2 (en que entra el tema del «aléjate y sálvate» proferido por el escorpión, sin duda secundario), línea de la Paráfrasis Bodleiana y los Dodecasílabos bizantinos. El ps.-Dositeo parece independiente. Pues bien, esas dos líneas deben de venir de un original común, el verso es complementario: introduciendo en 1 (en la Augustana) un tij de 2 sale un coliambo inicial completo paîj prò toû teíxouj'krídaj šqÉreue (sigue, también métrico, pollàj dè sullabÒn). Pero la línea 2 añadía un verso parcialmente rehecho, así un coliambo ae paî, ƒpelqe kaì met' e±rÉnhj 4 Cf. por ejemplo mi «Problemas de crítica textual en la transmisión de la fábula grecolatina», en La crítica Textual y los Textos Clásicos, Murcia, 1986, p. 139. sÓ7 zou, quizá de Babrio: se añadió con él un detalle pintoresco, pero bien alejado de la tradición antigua, el escorpión no podía en ésta dar buenos consejos, era un «malo». Esto es incompatible con el e2qe toûto poiÉsaij de la Augustana. La línea 1 es, pues, la original; a juzgar por su presencia en las fábulas siriacas, anterior a Fedro, como he demostrado en otros lugares 4; la 2 debe de remontar, como mucho, a Babrio, en torno al año 100. Pues bien, el fragmento de óstracon viene de la línea 1, sin el tij ya y sin huella de verso; y con el mismo final de que el niño iba a perder los saltamontes (no el innovado). Pero la prosificación había ido más lejos que en el texto que llegó a nuestra Augustana. Tenemos, pues, ante nuestros ojos, un nuevo avatar de la fábula cínica: una prosificación más radical que la del texto que ha llegado a la Augustana, con finalidad escolar. Otros avatares fueron la versión 2 y la del ps.-Dositeo. Es una muestra más de la rica vida de la fábula en la edad imperial, de su uso en la enseñanza elemental y del ambiente cínico que la rodeaba. Colección con versiones de H. 53 "El labrador y sus hijos", H. 1 "El águila y la zorra" y otra fábula más. Nos hallamos ante, parece, el resto de una colección de fábulas, que ha editado W. Luppe. Son pequeños fragmentos difíciles de casar entre sí de un papiro del s. III d.C. en los que los editores ven una probable fábula H. 53 ("El labrador y sus hijos"), una segura versión de H. 1 "El águila y la zorra" y quizá una fábula más, indeterminable, que comienza por Aiswpwi. No puede obtenerse gran cosa de estos fragmentos, mínimos, pese al esfuerzo del editor. Lo principal es que se trata de un testimonio más de la existencia en el siglo III d.C. de colecciones de fábulas: ésta se caracteriza por un orden arbitrario, que no podemos justificar, y por su carácter prosaico. Los escasos restos de "El labrador y sus hijos", a los que aconseja que cesen en su discordia con el ejemplo del haz de varas que se rompen una a una, pero juntas no, no presentan los fragmentos métricos de la Augustana 5, ni se pueden establecer diferencias argumentales entre una y otra versión. Una restauración, dada a título de ejemplo, de los editores nos ofrece un final de coliambo y comienzo del siguiente (pròj'llÉlouj / peirÓme[noj dè to[î]j lógoij), pero la cosa es demasiado incierta. Algo más se obtiene de "El águila y la zorra", en la que no se encuentran, sin embargo, ni el metro de Arquíloco ni el helenístico 6. Al menos, se puede establecer que aquí faltan, igual que en otras versiones y sin duda ya en Demetrio, elementos de la fábula de Arquíloco: el papel de Zeus y el tema del picacho al que el águila se lleva las crías de la zorra. Es notable también que falte el final (en la Augustana, procedente seguramente de Demetrio) con la muerte de los pollos del águila al prenderse fuego su nido. Esto revela quizá un origen independiente respecto a la Augustana, quizá una reducción. Lo mismo puede decirse del hecho de que falten también elementos fedrianos que vienen de Arquíloco (y seguramente estaban en Demetrio), a saber, el lamento de la zorra y el desprecio del águila. Pero es arcaico un elemento religioso que procede sin duda de Arquíloco y falta en la restante tradición, al menos explícitamente: el papiro (Fr. I, col. II, 14) habla de qewn org, de la ira de los dioses por el crimen del águila. Pienso, en suma, que esta versión es un testigo más de la colección de Demetrio, a la que, gracias a él, habría que atribuir algún rasgo de Arquíloco que falta en la Augustana y, desde luego, la ausencia de algunos rasgos innovados por ésta o por Fedro. Es nuestra versión, sin duda, una prosificación independiente de una versión métrica derivada de Demetrio; o quizá, una derivación prosaica, sin más, del mismo. Las innovaciones de la Augustana y de Fedro están ausentes. Nuevas copias de H. 32, la fábula del parricida. De esta fábula teníamos, a más de la versión de las Anónimas (I y II, H. 32) y la de Antífanes de Macedonia (s. I d. C.) en la Antología Palatina, la 7 Sobre la ortografía cf. J. Kramer, «Sprachliche Beobachtungen an Schuldiktaten», ZPE 64, 1986, pp. 246-252; sobre del papiro Grenfell II 84 (un dictado escolar) 7. Sobre estos tres testimonios habíamos montado nuestra reconstrucción de la historia de esta fábula en nuestra Historia de la Fábula Greco-Latina 8. Los nuevos testimonios con que contamos ahora no añaden nada sustancial, son copias escolares paralelas a la del P. Grenf.; aunque nos van a dar pretexto para reexaminar la historia de esta fábula. Son interesantes porque nos hacen ver la gran difusión de la misma en Egipto: el parricida, tras subir a un árbol junto al Nilo, muere por obra de un cocodrilo. Quizá esto, junto con su carácter moralizante, la hizo tan popular en las escuelas de Egipto en una fecha tan tardía como la de estos papiros y pergaminos, que van del siglo V al VIII. Llamamos a esta versión F. Esc., es decir, Fábula Escolar. Se trataba de mejorar la ortografía de escolares sin duda coptos (a juzgar por sus faltas) y, también, de imbuirles en los principios de la religión cristiana, que aceptaba el moralismo de muchas fábulas que, como ésta, predicaban el castigo divino del sacrílego y del malvado 9. Concretamente, en el vol. XV de P. Rain., p. 117 ss. hallamos bajo el epígrafe Diktate la edición de una serie de dictados escolares de dicha fábula, que se abre con la ya citada versión de P. Grenf. pergamino 118 y 132, de papiro los demás. De otra parte, en Tyche 3, 1988, pp. 33-37 J. Diethart, J. Kramer y P. J. Sijpesteijn bajo el título «Ein neuer Zeuge der Vatermördergeschichte», han publicado P. Vindob. inv. C. que contiene una copia de la misma fábula, también escrita por un niño copto «con el tipo de letra propio de los textos teológicos de los siglos VI -VIII». Todos estos dictados proceden del nomo Arsinoita. Es verdaderamente notable cómo, para los niños coptos, el proceso de la alfabetización en griego, de la cristianización y de la introducción elemental a la literatura griega, iban unidos. Porque nuestra fábula viene de la tradición griega helenística, concretamente de Egipto, y tratando, precisamente, el tema del castigo divino del criminal, que es propio de un sector de la fábula helenística, el que he llamado moralizante y estoico y del que me he ocupado en mi libro 10. Lo que hizo el autor de una fábula, la versión original de ésta, de la que derivan las versiones citadas de F. An., la de AP y la usada por los maestros de escuela del nomo Arsinoita al final de la Antigüedad, fue ejemplificar esa doctrina entre teológica y moralista con una fábula colocada en el ambiente egipcio: el parricida, perseguido por un león (o lobo) y una serpiente, acaba por ser devorado por un cocodrilo, animal «justo contra los impíos», como dice Antífanes (siguiendo la tradición egipcia). Efectivamente, los intentos 11 de relacionar esta fábula con la parábola del Barlaam y Josafat (derivada en definitiva del Pañcatantra) en que se representa al hombre como caído a un pozo al huir de un animal salvaje y colgado de su pared agarrado a una raicilla mientras un dragón y una serpiente esperan abajo su caída y dos ratones roen la raíz (¡y unas gotas de miel, caídas de un panal, endulzan su boca!), esta conocida alegoría nada tiene que ver con nuestro tema. Hay fábulas griegas mucho más próximas sobre el hombre que intenta inútilmente huir del destino o la profecía y sobre el malvado castigado. Y se ha visto que los trímetros del epimitio de la Fábula escolar aquí estudiada son comparables a la máxima de Menandro 626 Jäckel (oÐdeìj poiÔn ponhrà lanqánei qeón). 46 s. Ahora bien, querría aprovechar este aumento de documentación para decir algo más de lo ya avanzado en mi libro sobre la fábula en cuestión. Hice ver allí que: a) Los restos métricos de F. An. (que allí doy) no coinciden con los de la fábula del P. Grenf. y demás (es decir, con la F. Esc.); y que F. An. I y II acceden, como en otras ocasiones, independientemente a su modelo. II ayuda a completar el metro y, por otra parte, coincide con AP y/o la fábula escolar en algunos puntos (león en F. An. II y F. Esc. / lobo en F. An. II y F. Esc. / oexij en F. An. I /'spíj en AP) b) Los restos métricos de F. Esc. son muy amplios y consisten en trímetros yámbicos. Los doy aquí más completos, sin restitución alguna: nómouj fobhqeìj oefugen e±j šrhmían'nÊlqen e±j déndron drákont' ±dÒn kaqhménon kakòj gàr oÑpote lanqánei ƒgei tò qeîon tòn kakòn pròj tÈn díkhn Yendo ahora a la forma original de la fábula, pienso que el tema del parricida, en AP y F. Esc., es más antiguo que el del simple asesino y la persecución por los parientes del muerto, sólo en F. An. I y II (y en su modelo, por tanto). El tema del parricida es más propio de este tipo de fábulas moralizantes, el otro complica la fábula con la intervención de los parientes, que se añaden al león / lobo, serpiente y cocodrilo. Por otra parte, el término'ndrofónoj difícilmente entra en el metro. Difícil decidir si es más antiguo el lobo (F. An. I, AP) o el león (F. An. II, F. Esc.): es decir, qué animal estaba en el modelo de F. An. y qué rama ha innovado, como sin duda ha innovado uno u otro de los otros dos testigos. No hay argumentos métricos, tampoco (en F. An. II léonta ±dÓn puede suponer un métrico léont' ±dÓn, pero también es pensable un lúkon d' ±dÓn). Sin embargo, parece más verosímil el león, que aparece en Egipto como guardián de tumbas, animal simbólico del faraón y en fábulas 12. Pienso que drákwn es preferible a oexij y'spíj: está en F. An. II (eÞre dè drákonta) y F. Esc. (eμden drákonta), lo uno y lo otro puede remontar a un ±dÒn drákonta. EM LXVII 1, 1999 En cuanto al epimitio, falta en AP, pero la coincidencia de los demás testigos certifica su existencia en el modelo antiguo. Si la aserción general de F. Esc. sobre el castigo del malvado o la de F. An., muy fabulística, de que al impío ni la tierra ni el aire ni el agua le protegen, es más antigua, es difícil decidirlo. En cuanto a AP, parece que suprimió el epimitio, contentándose con la afirmación de la justicia que hace el cocodrilo con los impíos. En suma: no podemos restituir el verso de la versión más antigua, pero sí creemos que trataba del parricida y que la fábula, de creación helenística, tenía epimitio (eliminado por AP). Están más próximas a ella, pues, F. Esc. y AP, una rama que creó o conservó un verso bastante completo (alterado por AP con sus dísticos elegiacos). La otra rama creó otro verso (trímetros y coliambos conservados mejor ya en F. An. I, ya en II) e introdujo a los parientes del hombre asesinado. Una de las dos ramas debió de innovar a favor del león o del lobo: posiblemente lo antiguo es el león y F. An. y AP introdujeron independientemente el lobo. Fábula muy fragmentaria (comienzos de columna) escrita por un escolar en el s. II d.C. Introduce una variante interesante respecto a la versión de las Anónimas. En ésta alguien pregunta a la maga que no ha sabido defenderse ante el tribunal que cómo es que sabe alejar la ira de los dioses y no convencer a los hombres: en el papiro la pregunta es la de cómo es que sabe hacer bajar la luna (como se atribuía a las magas de Tesalia) y no persuadir al tribunal. No hay coincidencias verbales con la Augustana ni restos de verso, a lo que puede verse. Y no se ve cuál de las dos preguntas es más antigua en la tradición de la fábula. «Esopo el fabulista, preguntado por uno... en burla (šn gélwti)», dice este óstracon. Que Esopo aparezca dialogando y dando respuestas sabias e ingeniosas dentro de una fábula es antiguo a partir de Aristófanes 13; se da en las Anónimas, en Fedro y en las demás colecciones. A partir de aquí se crearon las «máximas de Esopo», de las que Perry 14 ofrece una colección, procedente ya de la Vida ya de diversas fuentes. Es un material tardío, comparable a las xreîai de los cínicos y, con mucha frecuencia, absolutamente coincidente. Concretamente, en O. Claud. 413, arriba estudiado, tras la fábula del niño que cazaba saltamontes hay dos máximas de Diógenes el Cínico que comienzan igual: «Diógenes el filósofo cínico preguntado... dijo...». Otras se atribuyen a distintos filósofos, por ejemplo, a Anacarsis. Con frecuencia hay un paralelismo estricto con nuestra máxima, cf. por ejemplo: Perry 11 A2swpoj À muqopoiòj šrwthqeìj tí..., 12 À aÐtòj šrwthqeìj ×pó tinoj... Pero nuestra máxima no coincide con ninguna de las conocidas. Cf. también infra el papiro del pseudo-Dositeo (8). A título de mera hipótesis me pregunto si no tendrá relación con el pasaje de Diógenes Laercio VI 54: Polloì soû katagelÔsi. -9All' oÐk oegwge katagelÔmai. en la versión de Babrio 9, con el que coinciden las palabras clave 3⁄4yon,'nabÊnai y sagÉnh. Finalmente una segunda paráfrasis, de Babrio 67 (de H. 154 «El león, el asno y la zorra», pero en Babrio solo aparecen el león y el asno: el primero se queda con las tres partes de la presa), se encuentra en P. Lugd. XXV 5, un ejercicio escolar del s. II d. Lo que tiene de interés en estas paráfrasis es su cronología, puesto que las más antiguas que de los dos autores nos habían llegado son ya medievales. Efectivamente, en nuestra HFGL hemos asignado a las prosificaciones de Fedro una fecha a partir del s. II d.C. y a las de Babrio una del IV o V d. Pero no había testimonios directos: estos son los primeros. Nada de extraño que estas prosificaciones comenzaran tan temprano. Efectivamente, desde el s. II a. C. debieron de comenzar las prosificaciones de las fábulas en verso de influjo cínico de las dos línes principales de la tradición derivada de Demetrio de Faleron; lo hemos defendido explícitamente en nuestro libro. C. tenemos ya ante nosotros las fábulas prosificadas del P. Rylands 493. Fedro y Babrio, que invirtieron esta tendencia creando fábulas "artísticas", sucumbieron también ellos -sus obras, mejor dicho -a la moda de la prosificación, impuesta por las escuelas y los retores. Tiene el interés de ser el primer papiro del pseudo-Dositeo, conocido hasta ahora tan solo por dos manuscritos de los siglos IX y X, el Parisinus latinus 6503 (P) y el Leidensis Vossianus 7 (L). Pueden verse las dos versiones en el Corpus Glossariorum Latinorum de Goetz (Leipzig, Teubner, 1892), III, pp. 45 s. y 100 La fábula está incompleta, queda del griego el promitio y del latín el final de la fábula. Merece la pena hacer notar que el promitio es una respuesta de Esopo del tipo arriba estudiado a propósito del óstracon en Wilcken, Gr. II 1226: «Esopo preguntado por qué las mujeres dan una dote a los hombres y no los hombres a las mujeres, comenzó la siguiente fábula» 16. No es fácil establecer la relación del papiro con las dos versiones.
El carmen no 686 de la Anthologia Latina de Riese apenas ha merecido la atención de los estudiosos quienes, en todo caso, han dejado sin tratar un par de entre los problemas que presenta: su precisa tipificación dentro de los poemas de tema o imitación virgilianos de la Anthologia Latina -en especial por lo que hace a su forma y a la técnica con que ha sido compuesto -y su mismo sentido, concretamente si estamos o no ante un poema alegórico y, en el primer caso, cuál es la posible interpretación de esa alegoría. Ambas cuestiones pueden ser abordadas de forma conjunta y así nos proponemos hacerlo aquí. Dada la poca difusión y relativa rareza del texto empezaremos por reproducirlo a continuación para comodidad del lector 1: Las pocas variantes introducidas en la puntuación no necesitan ser explicadas, excepto las siguientes: en el v. 7 hemos sustituido la coma tras moratur por dos puntos y en el v. 8 hemos introducido punto y coma tras aequales, que así queda referido a lo anterior (como había propuesto Baehrens), lo que nos permite eliminar la crux desperationis antepuesta por Riese a aequales. Por otra parte, en el v. 24 hemos corregido el segundo ei mihi de los códices en et mihi (siguiendo también a Baehrens, luego retomado por Shackleton Bailey; en cambio no hemos aceptado corregir de la misma manera el primer ei mihi, como propone Shackleton Bailey). Véase sobre esto infra, n. 2 El Prof. Cristóbal aceptó cordialmente la invitación a traducir el poema en el curso de unos días en los que coincidimos en la Fundación Hardt de Vandoeuvres (Ginebra). También por nuestra parte aportamos algunas sugerencias a la traducción y a ellas probablemente se deben los errores de la misma. Damos a continuación una traducción en hexámetros rítmicos del poema, que el profesor Vicente Cristóbal ha tenido la gentileza de componer y de cedernos para este trabajo 2: esfuerzo de mi colega y amigo. No hemos podido acceder a una tercera obra del mismo autor, «Centoniana. Una ciudad que su testa entre todas las otras alzaba tanto cuan suele el ciprés superar flexibles viburnos, Mantua, mi patria, en honor atrás queda ante otras ciudades tanto cuan cede a purpúreo rosal el espliego rastrero o ante el olivo el espino, o aliso ante vides preciadas, o ante los nardos, pimienta y el oro, el eléboro, el haba y la toba. Príncipe en ella no queda ninguno ni esclavo tampoco: ya son iguales; que en todo dominan, en todo, tiranos. Triste, la paz se marchó y campean las guerras civiles. Frío está el culto al amor, las semillas del odio germinan; hóllase el trigo, cizaña sin precio en los campos se cría. Venden sillares sacados del muro y fortificaciones quienes, salidos a suerte, hacen guardia. Y el culto a los dioses y a las virtudes cesó; cada cual para culto se inventa lo que su mente errabunda le dicta. Cercana a gran ruina, Mantua, ¡ay de ti desdichada!, ¡cuán bárbara gente te habita, cómo te parte con charlas quien sólo a su vientre obedece! ¡y a la palabra que ha dado a su hermano no es fiel ni el hermano! Títiro -¡cuán a menudo! -mandó al ciudadano cuidarse no hiciera estrago de ovejas el lobo en los hatos. Mas división y discordia impidieron que, al menos, la plebe junta pudiera enfrentarse a los guardias -o más bien ladrones -. Ronca, en efecto, el pastor. ¡Ay, que veo el desastre cercano! ¡Ay! finalmente me alcanza ¡oh dolor! también ya la desgracia. Si algo te importa tu madre ahora mismo, concede tu ayuda. Por lo que hace a los aspectos formales y a la técnica de composición del poema, Crusius lo cita como un ejemplo de centón virgiliano 3, pero no viene recogido como tal en niguno de los catálogos de centones latinos más importantes, por ejemplo en los de Delepierre 4, Schenkl 5, Ermini 6 o Salanitro 7. 10 Courcelle, además, ha señalado lugares paralelos de Próspero de Aquitania, Agustín y el Carmen de Prouidentia. Sobre ellos volveremos más adelante. En ese caso el poeta se exhorta a sí mismo. Si entendiéramos, lo que es muy posible, tuae... matris como "tu propia patria", la exhortación iría dirigida al destinatario del carmen. editores 8 del texto no hacen referencia a su presunto carácter centonario, ni tampoco los escasos estudiosos 9 que se han ocupado de él. A lo sumo unos y otros se limitan a señalar las reminiscencias virgilianas que abundan en el poema, pero sólo las más evidentes, especialmente cuando es todo un verso de Virgilio lo que se ha insertado en el texto o cuando un lugar del mismo recuerda indudablemente a otro de Virgilio 10. Por nuestra parte intentaremos someter el carmen a un análisis más ceñido con objeto de clarificar su utilización del préstamo de Virgilio y de dilucidar hasta qué punto coincide ese uso con la técnica centonaria propiamente dicha. Una lectura poco exigente de los veinticinco correctos hexámetros que integran el poema no ofrece problemas de importancia. Se abre con un apóstrofe a la ciudad -Mantua -en otro tiempo orgullosa (vv. 1-2) y ahora venida a mucho menos que las otras (vv. 3-6), sometida a tiranos y librada a la guerra intestina y a sus secuelas (vv. 11), desmanteladas las murallas por quienes estaban encargados de vigilarlas (vv. 12-13), la religión y las virtudes olvidadas y las gentes abandonadas a cultos extraños (vv. La desdichada Mantua es hollada por el bárbaro insaciable y ya nadie en ella se atiene a su palabra (vv. Títiro había advertido del peligro (vv. 19-20), pero la discordia no dejó a los ciudadanos ocuparse de ninguna precaución y aquél les pilló desprevenidos (vv. El poeta ve acercarse el desastre, se lamenta amargamente y acaba el poema con una exhortación (¿dirigida a sí mismo?, ¿al destinatario del carmen?) a tener cuidado de la suerte tuae...matris (¿de la madre de sí mismo, del poeta?, ¿de la patria común del destinatario y del escritor? 11 ). En definitiva, estamos ante un dramático lamento (un "Stoßseufzer", un 12 Usener, p. 160,: «An potius ad Germanorum tempora saeculi V uel IX spectat?», pero en los Addenda et corrigenda de su edición (p. 388) elimina la segunda parte de la disyuntiva. Este autor señala un paralelismo muy interesante entre los vv. 13-14 de nuestro poema [URL] deorum /... cadit) y un pasaje de Agustín en donde éste se hace eco de las recriminaciones que los paganos hacían a los cristianos, acusándoles de ser causa de la calamidad de los tiempos: Aug., Cons. Este paralelismo -al que quizá quepa añadir el que se da entre el moenia del texto agustiniano y el moerorum lapides del v. 12 de nuestro poema -, junto con otros que establece además Courcelle con respecto a otros autores del principio del siglo IV, como Próspero y el Carmen de Prouidentia (cf. infra notas 28 y 33), apoyan indudablemente la cronología y la interpretación que propone aquél (no obstante, véase infra n. "profundo suspiro", tituló Usener, el primer editor del texto) de un mantuano ante su ciudad abandonada a la calamidad e invadida por gentes extrañas o por (los) bárbaros (15-16:... magnae uicina ruinae / Mantua uae miserae, quam barbarus incola replet). Los elementos descritos apenas dan para una interpretación más concreta, relacionada con un momento histórico. Sin embargo tal interpretación se ha intentado y a veces con características sorprendentes. Usener afirma ocuparse del poema «no tanto por sus reminiscencias virgilianas, como porque nos introduce, a través de un testimonio inmediato, en la época de la fusión de los elementos germano y romano en la Italia del Norte» 12. A su juicio el autor es romano y con toda seguridad cristiano, pero católico: la fe de los germanos arrianos estaría reflejada en la expresión: fingit sibi quisque colendum, / mens uaga quod suadet (14-15). Más cautamente Riese intenta también relacionar los versos 13-16 con las vicisitudes de la Italia sometida a las invasiones germánicas del siglo V 13. Courcelle, en fin, se aparta expresamente de la interpretación de Usener y ve más bien en los citados versos la queja de un pagano «que lamenta que sus conciudadanos cambien los cultos nacionales por supersticiones» 14, pero es el más optimista de todos a la hora de fijar una cronología: el poema haría alusión a los acontecimientos de fin del año 408, cuando Alarico, pasando por Aquilea, Padua y Cremona, marcha sobre Roma15. Este tipo de pesquisas parten, como se ve, de un a priori más o menos sobreentendido, a saber, la consideración del poemita como un documento que se refiere por vía de alegoría a unos acontecimientos históricos, cualesquiera que estos fuesen. Lo cierto es que el testimonio de los códices puede ser apurado aun en otra dirección. En el ms. G (Sangallensis 878, s. IX-X) los versos aparecen precedidos del siguiente título: MARO MECENATI (sic) SALVTEM; Riese ya apostilló convincentemente: «ergo a. Y, en efecto, con independencia de la circunstancia histórica que motivara el poema -si es que hubo tal motivación -, lo que es evidente es que el autor se decidió por darle una apariencia de "asunto virgiliano", si se nos permite la expresión; el "asunto" sería concretamente una peripecia más dentro del episodio, tan celebrado por la exégesis virgiliana antigua, de la distributio agrorum que estuvo a punto de afectar o afectó a Virgilio y a la que éste habría aludido en E. I y IX 16. Así lo vió ya Comparetti 17, quien relacionó estos versos con la enraizada tradición escolar y retórica de los ejercicios de versificación sobre tema virgiliano, desechando expresamente los intentos explicativos de Usener y Riese. Es, en fin, Baehrens quien, atendida la advertencia de Comparetti, lleva la cuestión al punto donde queremos tomarla: «uix autem dubito quin carmen Vergilio adtributum... et flosculos Vergilianos prae se ferens olim in nostrae syllogae capite Vergiliano locum habuerit» 18. Ese capítulo a que se refiere es uno de los que integran su edición de la Anthologia Latina 19 y en él se agrupan bajo el título genérico de carmina Vergiliana un conjunto de composiciones relacionadas de diverso modo con el poeta de Mantua. En primer lugar, una serie de versos atribuidos a 20 Sobre los carmina Vergiliana de la Anthologia Latina véase ahora V. Tandoi, «Antologia Latina» en Enciclopedia Vergiliana I, Roma, 1984, pp. 198-205. Virgilio mismo; a continuación varios argumenta de las obras mayores de Virgilio, escritos en versos dactílicos agrupados en diversas combinaciones; siguen luego una sucesión de carmina en donde se yuxtaponen juicios sobre los poemas virgilianos con ejercicios poéticos sobre themata Vergiliana o loci Vergiliani; finalmente vienen los centones virgilianos 20. ¿Qué lugar podría ocupar nuestro poema en este hasta cierto punto abigarrado conjunto? Por su contenido no hay duda, como acabamos de ver, de que puede considerarse como la versificación de un acontecimiento unánimemente recogido por la tradición biográfica de Virgilio; al mismo tiempo podría pasar perfectamente por el desarrollo de un lema tomado del propio Virgilio (al estilo de los themata o loci antes mencionados), por ejemplo de E. I 70-71: impius haec tam culta noualia miles habebit / barbarus has segetes..., lugar no casualmente aludido en el poema (v. La dificultad se presenta en el momento de buscar una calificación para la forma del carmen. ¿Se trata de un centón, de un poema entreverado de plagios, de un fragmento salpicado de reminiscencias, de un carmen alusivo? Pues todas esas formas y otras más -sería, ciertamente, una cuestión de nombres -se dan dentro del amplio panorama de la imitación y reminiscencia de Virgilio 21. Análisis y comentario del poema. Los préstamos de Virgilio. Para hacer patente la técnica de composición del carmen conviene analizar cómo se dan en cada verso -cuando se dan -los préstamos virgilianos. Nos proponemos como modelo de este tipo de análisis el que realizó Suringar en su edición del centón De ecclesia 22. No obstante, la diversidad del objeto de estudio aconseja algunos retoques. Suringar editaba un poema de indudable carácter centonario y su comentario tendía sobre todo a analizar algunos procedimientos de la técnica del género o a señalar las incorrecciones o "licencias" que en la construcción del centón había cometido o se había permitido el autor. El comentario que sigue se propone, en EM LXVII 1 (1999) 23 Van en VERSALITA los fragmentos virgilianos reproducidos exactamente en nuestro poema y en cursiva aquellos que han proporcionado una base sobre la cual se han construido, en mayor o menor grado, versos o fragmentos de verso de aquél. El texto de Virgilio (y el del aparato crítico que ocasionalmente lo ilustra en las notas) es el de R. A. B. Mynors, P. Vergili Maronis Opera, Oxford, 1969, salvo en dos ocasiones en que nos separamos de Mynors, advirtiéndolo en nota (nn. La técnica (o "leyes") del centón viene expuesta en un lugar clásico el prefacio de Ausonio a su Cento nuptialis (puede verse en D. M. Ausonii... opera ed. S. Prete, Leipzig, 1978, pp. 159-169, esp. 160-161). Ni siquiera el mismo Ausonio se atuvo a sus reglas, ni cambio, dilucidar hasta qué punto el autor de nuestro carmen ha utilizado la técnica centonaria u otros recursos dentro de la escalonada gama de la alusión, reminiscencia e imitación de Virgilio. Para que esto pueda verse incluso gráficamente proponemos el siguiente procedimiento: reproducimos primero por separado cada verso del poema, que va seguido inmediatamente de uno o varios versos de Virgilio; cuando éstos no llevan indicación alguna queremos significar que con seguridad son esos lugares los que han proporcionado los versos o los fragmentos de verso con cuya sutura el autor ha compuesto "su" verso; esa seguridad a que nos referimos, o bien nace de la evidencia (por ejemplo, un verso del carmen compuesto por dos hemistiquios virgilianos, hasta la cesura pentemímera y desde ella, tomados sin el más mínimo cambio), o bien pretendemos demostrarla en el comentario; cuando un verso virgiliano va precedido de un signo de interrogación, éste señala que dudadamos, en términos y grado que luego se especifican en el comentario, que tal verso haya sido tenido en cuenta por el autor del nuestro poema o que haya sido precisamente ése y no otro el tomado en préstamo; finalmente, cuando el verso de Virgilio está precedido por la abreviatura vg. (= uerbi gratia), es que el lugar está aducido sólo como ejemplo: nuestro autor podría haber obtenido su préstamo de ese lugar ciñéndose a las leyes del centón 23. Los sujetos de préstamo o fundamentos virgilianos que en principio suponemos para cada verso del carmen son ratificados o rectificados en el comentario que sigue. Esto es así porque tal suposición inicial la hacemos como si atribuyéramos al autor la intención de ajustarse lo más posible a los usos centonarios y, posteriormente, el análisis puede poner de manifiesto que es otro el lugar virgiliano del que ha desgajado sus palabras, aunque al hacerlo así haya incurrido en licencias o incluso en franca violencia con respecto a la técnica centonaria 24. Este sistema de autocorrección, mucho menos los demás autores de centones. Sobre la técnica centonaria y las desviaciones en la práctica del centón de las "leyes" puede verse todavía L. Müller, De re metrica poetarum Latinorum praeter Plautum et Terentium, Leipzig, 1894 2, p. Un elenco muy completo de las "licencias" que encontramos en los centones de la Anthologia Latina puede verse en Schenkl, pp. 533-554. con un punto de partida mecánica y asépticamente válido, por así decir, que puede o no ser ratificado, es el que utiliza Suringar y ofrece al lector la posibilidad de contrastar la hipótesis teóricamente más ajustada a la técnica centonaria con lo que a nuestro juicio es el proceder real del autor del poema. En la construcción del v. 1 hay un auténtico procedimiento centonario, a nivel formal, doblado de alusión, a nivel de fondo, a E. I 19-25, el parlamento de Títiro que refiere a Melibeo su asombro y admiración ante la Vrbs por excelencia. Esta coincidencia de niveles en el texto se hace más palmaria si, en lugar de la "construcción" con los fragmentos virgilianos que hemos propuesto -aséptica, por así decir, y encaminada a verificar la posibilidad de "zurcir" el verso de acuerdo con la técnica del centón -admitimos, lo que es mucho más probable, que el versificador prefirió operar con unidades mayores que se articularan por las cesuras principales y que en el original estuvieran cercanas; y que, puesto a proceder así, no dudó en aceptar ciertas "licencias" que le permitían un verso más compacto y con mucho mayor poder alusivo que el que hubiera obtenido con una fabricación como la que mecánicamente -asépticamente, hemos dicho -hemos propuesto inicialmente. En definitiva proponemos la siguiente fabricación, con licencias, por lo demás frecuentes en toda la poesía centonaria: E. I 19 + E. I 24. Nuestra sugerencia se afirma si consideramos que el siguiente verso del poema (v. 2) es precisamente también el que sigue en Virgilio, o sea E. I 25, lo que está de acuerdo con las leyes del centón, que permiten expresamente la combinación de fragmento de verso con el siguiente verso. oleae nunca aparece en Virgilio en esa posición, la forma spinus no está en Virgilio, que sólo presenta -y es hapax -el acs. pl. spinos en G.IV 145; caris tampoco aparece en esa posición en los hexámetros virgilianos y, finalmente, aut es tan frecuente en principio de verso que no es posible afirmar que au aparición aquí sea un préstamo virgiliano. En la construcción del verso desde la cesura heptemímera cabe, sin embargo, que sí haya habido intención de componerlo more centonario: VT VITIBVS aparece una sóla vez en Virgilio, precisamente en la misma posición que aVT VITIBVS de nuestro verso y ALNVS sólo en dos ocasiones está en final de verso (la citada y G. II 451), lo cual podría haber estado presente en la memoria del poeta. Pero de nuevo creemos que, aunque un poco más alejados verbalmente, los finales de uno de los dos o de los dos versos geórgicos citados pueden ser la base del final del verso 5. E. Borrell, Las palabras de Virgilio en Juvenco, Barcelona, 1991, p. Borrell quien nos ha llamado amablemente la atención sobre la presencia de este recurso en el autor de nuestro carmen. A ella también debemos, además de una atenta revisión de este trabajo, una serie de observaciones que han contribuido a limar muchos de sus defectos. Permítasenos señalar aquí nuestro agradecimiento por ello. Comentario (v.7): uerna no existe en Virgilio, nullus jamás ocupa en él ninguna de las posiciones en que aparece en este verso; qua, por el contrario, es de una frecuencia en primer lugar de verso que hace la coincidencia irrelevante y también moratur aparece varias veces en Virgilio en la misma posición que en este verso. Ahora bien, es posible que, por lo que respecta a PRINCEPS y QVOQVE se hayan tenido en cuenta precisamente los versos virgilianos que hemos propuesto, pues estas palabras ocupan la misma posición en Virgilio que en el verso 7 sólo en esos lugares citados y en ningún otro más. Podría darse pues que el v. 7 de nuestro poema se hubiera construido sobre un esqueleto virgiliano:... Comentario (v.8): Hasta la cesura pentemímera no puede decirse nada relevante: aequales en esa posición no se da en Virgilio (cf., no obstante, en ella aequalem de Aen. X 703) y totum en la suya se da con una frecuencia que no permite obtener conclusiones. A partir de la cesura mencionada sí pueden suponerse rasgos de procedimiento centonario: no hay retinent en ningún lugar de Virgilio, pero sí retinet, colocado por única vez, como en el v. 8 retinent, en la clave del hexámetro, entre la cesura pentemímera y la heptemímera, en Aen. X 308 (la ligera mutación de la desinencia personal todavía puede minimizarse más si se tiene en cuenta la escasa incidencia fónica de la nasal [Borrell] y es procedimiento que se da, y con mucha mayor libertad que en este caso, en los centones virgilianos que conocemos); que el monosílabo uel haya sido proporcionado por el verso virgiliano que proponemos y precisamente por él es muy probable porque es el único lugar de Virgilio donde ocupa esa posición. Finalmente el modelo que proponemos para los dos últimos pies del v. 8 tiene en cuenta la frecuencia con que en los centones se procede a mudar las consonantes del segmento-modelo virgiliano, manteniendo las vocales y su cantidad 27. v. 9): No conoce Virgilio la forma pax. Mantenemos que pax ABIIT está construido sobre transABIIT por las razones explicadas para el final del v. El verso propuesto para tristis desde luego lo está a guisa de ejemplo, porque la palabra en esa posición es de una frecuencia irrelevante en Virgilio. La única forma del adjetivo ciuilis que conoce Virgilio es el abl. ciuili que aparece como hapax precisamente en la misma posición que el ciuilia de nuestro verso, lo que apunta a algo más que una coincidencia. Con mayor seguridad detectamos rasgos de técnica centonaria en la construcción que hemos propuesto para el fragmento que comprende desde la llamada diéresis bucólica hasta el final del hexámetro. Veamos cómo funciona el procedimiento en el mismo ejemplo que da Lamacchia: Medea, ed. R. Lamacchia, Leipzig, 1981, v. 165 DEEST IAM TERRA FVGAE, RERVM PARS ALTERA ADEMPTA EST, que está formado de Aen. X 378 (hasta la pentemímera) DEEST IAM TERRA FUGAE... y IX 131 (desde la cesura en el segundo troqueo)... FVGAE RERVM PARS ALTERA ADEMPTA EST, con FUGAE (entre la cesura en el segundo troqueo y la pentemímera como palabra de engarce común a los dos kôla). Efectivamente, R. Lamacchia ha puesto de relieve, estudiando la Medea de Hosidio Geta, un procedimiento centonario que consiste en unir dos fragmentos de Virgilio aprovechando una palabra de engarce común a los dos, como si ello diese al autor «mayor garantía para la unión de las fórmulas entre sí» 30. Pues bien, en el verso que comentamos se trataría, si no de una palabra, sí de una sílaba de engarce, -GE-, que se repite al final y al principio de los kôla virgilianos: BELLA GErendo + GERVNTVR. Por otra parte la inversión que suponen en nuestro verso pax... bella respecto a bella...pacem refuerza la idea de que Aen. VII 444 es ciertamente el modelo tenido en cuenta. Se da en la trabajosa construcción de este verso un ejemplo indudable de lo que Borrell ha estudiado en Juvenco como «recreación completa de un verso» a partir de los modelos virgilianos 31 Comentario (v. 11): Como en el anterior, no hay rastro de procedimiento centonario. La forma frumentum no aparece en Virgilio, ni niguna otra de ese paradigma aparece en primer lugar de verso; lolium no ocupa en Virgilio esa oposición (la forma aparece dos veces). La frecuencia con que sine nomine y surgit aparecen en igual posición en los hexámetros virgilianos era algo que creaba un color virgiliano especialmente sensible para el lector antiguo. Señalemos además que PREMITVR aparece en esa única ocasión que hemos citado en Virgilio y, precisamente, en igual posición que en nuestro verso. Es lo único que podría desbordar los límites de la coincidencia fortuita y ser préstamo consciente. Cf. centón De ecclesia, 69, fama uolat ILLVM EXPIRANTEM sedibus imis, en donde el colon comprendido entre la triemímera y la llamada diéresis bucólica) está obtenido de Virgilio, Aen. I 44, ILLVM EXSPIRANTEm transfixo pectore flammas, en donde abarca desde el inicio hasta la pentemímera. Parecidamente ocurre en el centón De alea (Anthol. Riese I, no 8, pp. 34-38), 43, nec mora MISSVS ADEST fati sortique futurae, donde el fragmento que va desde el segundo pie a la pentemímera está traspuesto del inicio de Virgilio, Aen. III 688 (hasta la triemímera): MISSVS ADEST uiuo praeterueho ostia saxo. IV 89 es la única vez en que la forma de genitivo plural murorum ocupa el primer lugar de verso en Virgilio; no puede extrañar que el autor del poema haya preferido la grafía arcaizante, porque la vacilación es frecuente en los mss. y en las ediciones de Virgilio en la mayor parte de los casos en que aparece esta forma (vg. Es legítimo considerar que no hay entre el poema y Virgilio casual coincidencia, sino que la forma que encabeza el v. 12 ha sido precisamente desgajada del lugar virgiliano citado. También es seguro el procedimiento centonario por lo que se refiere al segundo hemistiquio del verso, es decir, a partir de la cesura pentemímera; esto queda patente si se tiene en cuenta que la forma uendunt no aparece en Virgilio y que iungunt podría estar perfectamente en su base, según lo expuesto en el comentario al v. Con todo esto nos quedaría una estructura entresacada de Virgilio con una laguna entre la cesura triemímera y la pentemímera: murorum //... // ET PROPVGNACVLA iungunt. --Es precisamente el hueco que corresponde a lapides que, ciertamente, nunca ocupa ese lugar en Virgilio. Ahora bien, lapides aparece sólo tres veces en la obra virgiliana, en una de ellas (G. I 62) con la siguiente situación: Deucalion uacuum LAPIDES iactauit in orbem, que importa comparar con nuestro v. La posición de LAPIDES en Virgilio y en nuestro poema es rigurosamente paralela, ya que no la misma: entre triemímera y pentemímera en éste, entre pentemímera y heptemímera en aquél. Ahora bien desplazamientos de este tipo -y mucho menos pulcros -son típicos en la composición de algunos centones y son frcuentes, además, en autores tardíos, tanto prosistas como poetas, especialmente cristianos, que así incorporan iuncturae procedentes de la tradición clásica pagana 32. Nos encontramos, en definitiva, ante un procedimiento técnico que ya de por sí merece el ajetivo de centonario. Pero es que en esta misma juntura se da cita otro artificio estudiado con más detalle en el comentario al verso 9: la presencia de un elemento que hace de clave o punto de sutura -la expresión es de Lamacchia -entre dos junturas virgilianas aprovechando su presencia en ambos: (Aen. IV 89) MVRORVM Comentario (v. 13): Los hexámetros apostillados a este verso puede que no sean más que un elenco de hipotéticas posibilidades que el texto virgiliano ofrece para construirlo. Ahora bien, pueden apreciarse algunas circunstancias que disminuyen la posibilidad de casualidad y permiten afirmar la hipótesis de que han sido esos versos virgilianos precisamente, o algunos de ellos, los que realmente ha utilizado nuestro autor para construir los suyos; en definitiva, circunstancias que hablan en favor del procedimiento centonario lato sensu. En primer lugar EXCVBIAS, presente sólo en dos ocasiones en Virgilio, en el verso propuesto ocupa por única vez la misma posición que en el nuestro. VI 431 SORTE ocupa por única vez en Virgilio el mismo lugar que en el verso comentado y en Aen. VII 664 ocurre lo mismo con GERVNT, es más que probable que no sean ésas las fuentes donde ha bebido el centonario para el préstamo SORTE GERVNT o, al menos, que no sean ésas solas, sino "contaminadas" por Aen. V 132, donde la juntura SORTE legunt presenta respecto a nuestro SORTE GERVNT una serie de correspondencias fónicas y métricas del tipo de las que ya han sido comentadas anteriormente que hacen muy posible que sea la fuente del préstamo. También son muy grandes las posibilidades de que el autor del poema haya tenido presente para CVLTVRA precisamente G. II 420, como hemos propuesto, porque CVLTVRA es hápax en Virgilio y en su solitaria aparición ocupa el mismo lugar en el hexámetro. Finalmente, la frecuencia de DEORVM en último lugar del verso en Virgilio haría irrelevante nuestra cita de G. I 24, si no fuera porque, teniendo en cuenta lo que hemos dicho acerca de la utilización de "claves" o "puntos de sutura", aparece como muy probable la combinación propuesta para dar razón del verso 13 desde la cesura heptemímera: nuestro CVLTVRA DEORVM está probablemente construido sobre G. II 420 CVLTVRA + G. I 24 (habi)TVRA DEORVM. Nuestro verso 13 es, en conclusión, un buen ejemplo de la ténica mixta, entre la reminiscencia o cita y la ténica centonaria propiamente dicha, que en gran medida utiliza el autor del poema en su composición. 8-9, pero debe tratarse de un error, pues el paralelismo se da, en todo caso, con los versos 10 y 14 del De Prouidentia, como puede verse: Ac si te fracti pestringunt uulnera mundi, / turbatumque una si rate fert pelagus; / inuictum deceat studiis seruare uigorem. / Cur mansura pauent, si ruitura cadunt? (10) / O felix cui tanta Deo tribuente facultas / contigit, ut tali tempore liber agat! / Quem non concutiat uicina strage ruina, / intrepidum flammas inter et inter aquas? --Éstas y algunas otras coincidencias verbales y de sentido (por ejemplo v. 5 de nuestro poema y v. 30 del De Prouidentia; así como la descripción de la desolación en aquél y en los vv. 25 ss. de éste) aconsejan un posterior estudio que dilucide las posibles relaciones entre ambos textos. 34 E. Borrell, ob. cit., QVISQVE del hexámetro virgiliano aducido inmediatamente antes -la clave de la soldadura con la junutura anterior. Todo ello nos daría para el fragmento posterior a la cesura heptemímera, SIBI QVISQVE COLENDVM, una construcción que reposaría sobre Aen. 15-16): El adjetivo uagus no aparece en el léxico de las obras canónicas de Virgilio, ni tampoco la forma ruinae. En el segundo hemistiquio del verso 15, sin embargo, es apreciable el procedimiento centonario a partir de la cesura pentemímera o, cuando menos, de la heptemímera. El poeta, en efecto, ha desgajado el verso virgiliano E. IX 28 por la cesura pentemímera y ha conseguido dos hemistiquios; el primero, sin ningún cambio lo ha utilizado como primer hemistiquio del verso 16, y el segundo, con la supresión de 'nimium' (que cae entre la pentemímera y la heptemímera) lo ha aprovechado para construir la parte final del verso 15, desde la heptemímera (téngase en cuenta que RVINAE no está en Virgilio, como se ha dicho, de ahí que puede defenderse plausiblemente que su base está en el CREMONAE virgiliano): esta técnica de composición es la designada por Borrell, en el caso de Juvenco, como de "iuncturae encabalgadas" 34. Para el segundo hemistiquio del v. 16 no se puede hablar de procedimiento centonario -barbarus aparece una vez en Virgilio y en posición distinta, incola no está en Virgilio -, pero sí de reminiscencia: Virgilio introduce ese único 35 En uenter quos protulit unus, lugar "irreductible" a virgiliano, como se dirá en el comentario, parecen en cambio resonar las palabras de Pablo (Philip. 3,(18)(19), multi enim ambulant... inimicos crucis Christi... quorum deus uenter est (cf. ya, a propósito de la sujeción al vientre como algo repugnante con la condición humana, el lugar clásico de Salustio, Cat. Si el lugar de Pablo está presente en el reproche de nuestro autor al barbarus devastador de Mantua, aquél sería cristiano, en contra de la correción de Courcelle a Usener (v. supra y n. barbarus en E. I 71, barbarus has segetes! en quo discordia ciues, o sea, en el lamento de Melibeo por las tierras arrebatadas y en posesión del feroz extranjero, es decir, en un contexto exactamente igual al de nuestro carmen, donde el autor lamenta asimismo la suerte de Mantua en manos del barbarus incola. No hay, por tanto, casualidad ninguna: es el barbarus de la primera égloga el modelo de éste de nuestro poema, de la misma forma que, como veíamos al principio, es la peripecia de la distributio agrorum -correlato real, según la tradición virgiliana, de las églogas primera y novena -la situación que se "re-crea" en nuestro poema. v. 17 No se puede dudar de la alusión a E. VI 4, con la interesante trasposición de que Títiro, que es en Virgilio el advertido, aquí es el que advierte. La reminiscencia de contenido es precisamente lo que elimina todo rasgo de casualidad en la coincidencia en ADMONVIT. No se da en Virgilio la combinación quam saepe, lo que hace más probable que su base sea el propuesto (nequi)QVAM SAEPE (obsérvese que la cesura heptemímera caería en nequi//quam, lo que proporciona un lugar recomendado por la técnica centonaria para desgajar un fragmento de verso). Lo mismo se puede decir del cauete apostillado para el CAVERE de nuestro verso, porque esa última forma no aparece en Virgilio. Puede, por tanto, hablarse de procedimiento centonario en la construcción de este verso (favorecido, además, por las reminiscencias de contenido), con la reserva de que tanto TITYRVS como CIVES pueden haberse obtenido de cualquier lugar virgiliano y no precisamente de los mencionados. 20 Sobre este término, véase más adelante lo que decimos en el apartado dedicado al vocabulario del carmen. frecuencia de sed al comienzo del segundo pie en los hexámetros virgilianos hace la coincidencia irrelevante. X 106 como base para DISCORDIA porque, aunque esta palabra aparece varias veces en Virgilio en esa posición, en ninguna como en ésta el contexto que la se acerca al que tiene en nuestro verso: téngase en cuenta que uetuit aparece una sola vez en Virgilio y en posición lejana de la que ocupa en nuestro poema (G. I 270 religio uetuit segeti praetendere saepem); por eso puedo ser más bien capit quien lo evocara. La reminiscencia es muy probable para para PLEBEM (sin descartar contaminación con el DISCORDIA finem de Aen. X 106), forma que aparece una sola vez en Virgilio y precisamente en la posición que se da en el verso 21. A pesar de esta reconstrucción que acabamos de proponer, no se puede descartar que en la base de DISCORDIA PLEBEM esté el verso E. I 71 barbarus has segetes en quo DISCORDIA ciuis, porque puede el ciuis virgiliano haber evocado, por razón semántica, el PLEBEM del v. 21, pero sobre todo porque, como ya hemos dicho, este pasaje de las Églogas gravita sobre todo el carmen. Se da entonces una convergencia entre la similitud formal y los muy relacionados contenidos semánticos, como ya hemos visto otras veces. (v. 22): Las dos primeras palabras del verso ocupan el primer y segundo lugar, respectivamente, de G. I 501 y 500, es decir, de dos versos virgilianos consecutivos, pero tomados en orden inverso, lo cual parece rebasar el margen de la casualidad. La forma excubiis no aparece en Virgilio más que en Aen. A pesar de que ocupa ahí un lugar distinto al que ocupa en el v. 22, hemos propuesto el verso Aen. IX 159 entre los que han servido para construir nuestro v. 22 porque la posición de la palabra en el hexámetro virgiliano es distinta, pero rigurosamente paralela; en Virgilio la palabra acaba antes de la cesura heptemímera, en nuestro verso antes de la pentemímera; en uno y otro autor igual sinalefa impide inmediatamente antes de la palabra la cesura pentemímera -Virgilio -o la triemímera -v. Teniendo en cuenta que la palabra aparece en Virgilio sólo en el lugar citado y la frecuencia en otros centones de desplazamientos análogos al que aquí postulamos (vid. vg. comentario al v. 12), podemos concluir que es seguro que nuestro autor ha tomado su EXCVBIIS precisamente del verso Aen. IX 159. --Desconoce el léxico virgiliano el término ambrones 36 y, sin embargo, estamos en condiciones de afirmar que el colon AMBRONIBVS OBSTET está construido precisamente sobre el final de G. II 482 EM LXVII 1 (1999) 37 Recordemos que los mss. dan dolor ei mihi, que es la lectura aceptada por Riese, en lugar de la correción dolor et mihi propuesta por Baehrens y retomada por Shackleton Bailey (cf. n. Es interesante preguntarse si Baehrens y Shackleton Bailey al proponer su conjetura eran conscientes de que "virgilianizaban" el texto. En nuestro caso, al aceptarla, pesa sin duda, aunque no exclusivamente, ese factor. Pero no sólo: aparte de que la conjetura tiene suficiente base paleográfica, es muy posible que el copista escribiera ei repitiendo el primer ei del verso (este primero, a nuestro juicio, no debe, en cambio, ser modificado en et, como (mo)ra noctIBVS OBSTET. Y lo sostenemos por las siguientes razones: a) el verso virgiliano propuesto registra la única presencia de la forma obstet en Virgilio y tal presencia se da en la misma posición que en nuestro verso; b) en el verso virgiliano la citada forma aparece precedida de las mismas vocales que en el v. 22 (A-O-I-V) y es frecuente en los centones, como hemos visto (cf. comentario al v. 8), que el préstamo se haga mudando las consonantes del fragmento virgiliano; c) la ausencia de la citada forma ambronibus en Virgilio, lo cual nos permite defender que en su base está el material fónico más semejante posible, como es el caso. --Es evidente en este verso que clausura el poema la intención -"manquée" (!) -de proceder según la técnica del centón, la misma que, a nuestro juicio, está presente en la composición del carmen, aunque el autor la realice sólo parcialmente, de forma desmañada y nada respetuosa de las "leyes" del centón. El vocabulario del poema De los términos empleados en el carmen no aparecen en el léxico de las obras mayores de Virgilio los siguientes: los sustantivos nardus (v. 22); los adjetivos uagus (v. 21); los verbos polleo (v. 10) -formas de cuyo participio pollens están en Culex y Ciris -y sterto (v. El témino ambrones es en el contexto del carmen menos extraño de lo que al principio se podría creer. Los Ambrones fueron, en efecto, según el testimonio de los escritores antiguos. «un pueblo galo de indeterminada localización que se unió a los cimbrios y teutones y junto con ellos movió guerra conta los romanos... fueron derrotados en 102 a. C. por Mario en Aquae Sextae» 38. Así entendido no se explica la presencia EM LXVII 1 (1999) 39 Fest., ed. Lindsay, Gloss. En el aparato crítico de su edición del poema Riese (ad u. 160) da, a propósito de Ambrones, una referencia a un texto de Audradus Modicus (Poet, aeu. 478) que resulta ser exactamente una nota de L. Traube referida a su propia edición de la obra de Audradus, Passiones BB. 108), referencia, la de Riese, cuya oportunidad es muy discutible. Si, como en el paso de Audradus, ambro puede tener el sentido, más derivado todavía, de diabolus (< deuorator hominum) -sentido que, efectivamente, registra ThLL en Aldhelmus y Angelomus (este último poeta también carolino, como el propio Audradus) -, habría que plantearse la posibilidad de que tuviera algún fundamento la extraña hipótesis de Usener sobre la naturaleza antiarriana de nuestro poema. Éste describiría alegóricamente a los mantuanos ( = romanos católicos) bajo el yugo del barbarus (v. 22), o sea, de los diaboli, o sea, de los arrianos germanos (!). de ese gentilicio en nuestro poema; pero, gracias al testimonio de Festo, nos enteramos de que Ambrones fuerunt gens quaedam Gallica qui subita inundatione maris cum amisissent sedes suas, rapinis et praedationibus se suosque alere coeperunt. A partir de este sentido figurado,'turpis uitae homines', el término pasa a significar cosas tales como'decoctor, consumptor patrimoni, deuorator, deuorator hominum', como testimonian los glosarios latinos 40. 1, 71, paso al que alude nuestro poema 41, es, sin duda el que aquí tiene el término ambrones 42. Hemos visto, además, una serie de formas que no aparecen tampoco en las obras mayores de Virgilio, otras formas de cuyo paradigma, sin embargo, sí están presentes en ese corpus. Son las siguientes: honoris (v. Ahora bien, no puede utilizarse esta lista para aducir una separación excesiva entre el poema y el modelo con cuyos retazos, pensamos, se ha "zurcido" aquél. Detenidamente hemos visto en el comentario la frecuencia con que, en poemas cuya adscripción al género centonario es indiscutida, aparecen términos que suponen pequeños 43 Para el elenco de esas "faltas" cf. supra n. -y no tan pequeños -retoques con respecto al modelo virgiliano y, precisamente, la mayor parte de esos retoques suelen consistir en modificaciones de las desinencias casuales y verbales, como ocurre en la lista anterior. En definitiva, ningún centonario se lo hubiera pensado mucho para alterar, por ejemplo, honori (Aen. Así pues, los términos que escapan de forma clara a la fraseología virgiliana son los de la primera lista confeccionada, o sea los lexemas inexistentes en las obras mayores de Virgilio. Pero eso no quiere decir que tales términos no hayan podido escribirse sobre, o ser suscitados por, otros términos virgilianos: es más, ya hemos visto que eso es lo que con bastante probabilidad ha ocurrido en el caso de ambronibus (v. 22) con respecto a (mo)ra noctibus, de G. II 482,(v. comentario al v. 23) con respecto a uenit, de E. X 19, (v. comentario al v. De todos modos, por más que se intente "virgilianizar" nuestro carmen, de niguna manera puede considerarse éste en su integridad un centón virgiliano. Y no lo decimos por la razón, que sería en exceso ingenua, de que no cumple las reglas del género, es decir las que Ausonio antepuso a su Cento nuptialis y que por tales se aceptan. Ya se ha dicho que ni en el propio Ausonio se cumplen, ni menos todavía en los poemas -paganos o cristianos -del códice salmasiano incontestablemente tenidos por centones a pesar de ese incumplimiento. Ocurre en ellos que las divergencias con respecto al texto virgiliano -permutación de alguna palabra o de algunas letras, introducción de nombres propios ajenos a Virgilio -, la inobservancia de las leyes del centón -versos no suturados por las cesuras permitidas, versos de Virgilio enteros seguidos -, los errores de prosodia o métrica, nunca son tales por su cantidad, pero sobre todo por su naturaleza, como para que permitan dudar de la estructura centonaria de los carmina. Es decir, pueden ser contabilizados y explicados como errores, licencias, muestras de una técnica inhábil, etc. 43. No es éste el caso de bastantes versos de nuestro poema: repárese en lo comentado a propósito de los versos 6, 10, 11, 14, 17 y 24, y se observará lo desesperado que es intentar considerarlos construidos -por torpe que se admita esa construcción -more centonario. Ahora bien, si, llevados de esa inicial desconfianza, pretendemos explicar el resto de las coincidencias entre el poema y el texto de Virgilio como eso, meras coincidencias, o como reminiscencias, alusiones o imitaciones más o menos cercanas del modelo, en más de una ocasión ese intento de explicación será, desde luego, insuficiente. Sin duda es lo que ocurre, por lo menos, con los versos 1-2, 4, 25, que son absolutamente centonarios. Excluidos por razones perfectamente opuestas estos dos grupos, nos quedan una quincena de versos cuya nota más destacada -y la que presta precisamente su sello a nuestro carmen -es la ambigüedad de la técnica con que han sido compuestos. En el comentario anterior se ha visto con detalle cómo en todos ellos se dan rasgos típicos del procedimiento centonario que de ninguna manera pueden ser casuales, sino buscados; y, sin embargo, también se ha visto cómo ninguno de esos versos está escrupulosamente construido según la técnica del centón. El carmen 686 de la Anthologia Latina (Riese) ocupa una matizada posición intermedia entre la alusión y el centón, por utilizar la expresión de R. Lamacchia en su artículo dedicado al tema 44. A su autor podría aplicársele perfectamente el curioso epígrafe que leemos en CIL VI 1, 638: poeta Vergilianus, tan sencillo como difícil de definir con exactitud; y el tipo de carmen que ha compuesto puede ser designado como un "semicentón" 45. Es evidente que la peculiar composición de este semicentón sólo puede explicarse suponiendo a su autor perfectamente familiarizado con las técnicas y los ejemplos de la poesía centonaria, en cuya tradición incluso hay que situarlo. Pero su actitud es mucho menos esclava que la del centonario típico: cuando el procedimiento no pone cadenas a su expresión lo utiliza conscientemente, para abandonarlo tan pronto convenga -en mitad de verso, con frecuencia -y trocarlo por la reminiscencia o la alusión virgilianas -verbales o de sentido -o por la libre formulación propia, esto 46 Cf. 24, El presente trabajo se inscribe en el Proyecto de Investigación PB-94-0847, financiado por la DGYCIT. último muy raramente 46. Eso hace que, considerado en sí mismo como obra autónoma, el poema sea mejor que la mayor parte de los centones conocidos; más correcto en su factura y, sobre todo, más claro en la exposición de su contenido. El centonario estricto se encontraba a menudo en un conflicto entre su propia intención expresiva y las posibilidades del modelo y en esos casos la primera debía ceder a las segundas, sus ideas debían adecuarse a las fórmulas virgilianas. Fruto de esa tensión son los pasajes obscuros y casi sin sentido, incomprensibles a fuerza de vaguedad en la expresión. El autor de nuestro poema, en cambio, se sustrae en gran parte a la esclavitud del centonario, es más libre de escoger la fórmula que se adapte a la expresión de su idea o incluso de decidirse por la propia expresión para la idea propia. La relativa facilidad y consecuencia con que fluye el pensamiento contribuye precisamente a distinguir nuestro poema de los centones estrictos, en donde los saltos lógicos, las suturas violentas, las frases suspensivas, conducen a un estilo cortado, paratáctico, que llega a hacer irritante su lectura y que constituye, sin duda, una de las características típicas del género 47. magnae uicina ruinae / Mantua uae miserae, que está construido sobre Verg., E. IX 28: Mantua uae miserae, nimium uicina Cremonae.
Sabido es de antiguo que el libro de strathgiká incluído en la colección de memorabilia relacionados con la res militaris que anda a nombre de Frontino no es del mismo autor que los tres de strathgÉmata, tenidos por genuinamente frontinianos 1. A mi entender, la atribución es dudosa y discutible, puesto que en esos tres libros encuentro algunos hechos que a mí no me parecen propios del Julio Frontino del que tenemos noticia.... (Ael.,. monumento funerario, por cuanto juzgaba que el gasto, por modesto que fuera, había de ser superfluo, ya que estaba convencido de que sólo los merecimientos en vida garantizaban fama y memoria duradera 4; por sus tratados sobre el sistema de abastecimiento de aguas de Roma y sobre aspectos jurídicos y técnicos de la agrimensura, tenemos constancia de que era autor, ya que no ameno, sí muy riguroso y "científico"; por Eliano el táctico, hay certeza de que era estudioso de la res militaris, además de muy entendido en ella, y de que se interesaba especialmente por lo tocante a la diatácij 5. Salta a la vista que éste era uno de aquellos romanos de pura cepa que apreciaban sobre todo, y casi exclusivamente, la šmpeiría, y entendían que la falta de ésta, la imperitia, era causa de deshonra por cuanto forzaba a los ministros a actuar siguiendo el criterio de sus ministriles. EM LXVII 1 (1999) más atención que a la exactitud y a la tecnicidad. Pues es patente, en efecto, que "mejoró" escandalosamente por lo menos una de las noticias históricas que transmite, y es también evidente que "enriqueció" el léxico militar latino con algunas aportaciones o invenciones, gratuitas y más bien necias, que no podrían de ninguna manera pasar por frutos del ingenio de un hombre tan entendido en la res militaris y tan serio en todo como Julio Frontino. En el segundo libro de los Strategemata, bajo el epígrafe de tempore ad pugnam eligendo, la circummunitio que intentó tender -conatur -César como obstáculo retardador -demoretur -se presenta como obra de cerco concluída, y ejecutada con el expreso propósito de hacer padecer sed extrema a los contrarios, cuyo deseo de huir ligeros de equipaje aparece transmutado en furiosa decisión de combatir a la desesperada: Nótese que el sacrificio de las acémilas -único punto en el que se atiene a su fuente el autor de los Strategemata (no he de llamarle Frontino) -, hecho justificado y conforme a la ratio rei militaris en el original, habría de entenderse en esta "versión libre" como muestra de locura delirante, y tómese también buena nota de lo "técnico" que resulta usar impedimenta en lugar de sarcinaria iumenta, locución demasiado, y evidentemente, "común". En cuanto al léxico relacionado con la res militaris de los Strategemata, hay que señalar especialmente, como rasgos peculiares: 1o El uso del vocablo común uires con el significado de 'tropas', acepción que regularmente reviste el también vocablo común copiae: parum fidenti uiribus quae sub ipso erant... cum deinde in Umbria occultatis itineribus collegae se iunxisset, uetuit castra ampliari, ne quod signum adventus sui Poeno daret, detractaturo pugnam, si consulum iunctas uires intellexisset. igitur inscium duplicatis aggressus copiis superavit... 2o El empleo de frons, también éste vocablo común, para designar el centro de la línea de batalla, usurpando el lugar del tecnicismo media acies:... ut animaduertit frontem hostium stipatam electis de toto exercitu uiris, latera autem infirmiora, fortissimis suorum in dextro cornu collocatis, sinistrum latus hostium inuasit... 3o La acepción, sin lugar a dudas impropia, de agmen como'grupo, batallón', haciendo referencia a un cuerpo de tropas estacionario:... ubi uidit ex suspecto iugo magnam uim auium simul euolasse neque omnino residere, arbitratus latere illic agmen hostium... EM LXVII 1 (1999) 4o La resemantización del verbo decerno -'decidir, decretar, resolver, sentenciar' y, tratándose de guerras o campañas,'decidir el resultado de un conflicto' -que aparece tomado como si fuera sinónimo de pugno, proelior, etc., y conmutable con éstos:... cum... castra super ripam posuisset multoque maiorem hostium manum esse intellegeret et ideo suos arcere a cupiditate decernendi uellet, dixit responso deum se ex collibus pugnare iussum... Extremando la tolerancia, podría llegarse a pasar por alto la substitución del habitual copiae por uires, atendiendo a la relativa ambigüedad de copiae, que, como es bien sabido, se usa alternativa e indistintamente para designar las tropas y los recursos de toda clase necesarios para la guerra. Pero, por mucho que se quiera buscar, no se encontrará ni una sola razón de cierto peso para justificar el empleo de frons como si fuera término técnico de la milicia, puesto que no se refiere al "frente", sino sólo a una parte de éste para la que la terminología militar latina disponía ya de denominación específica. Como única explicación, que no justificación, posible puede alegarse el hecho de que frons podía entenderse asociado naturalmente a cornua, que es como se llamaban técnicamente las divisiones de flanqueo. Pero esta explicación no confiere ni un ápice de tecnicidad a frons, cuya utilización como si fuera término militar habrá de juzgarse licencia tolerable sólo en una obra sin ninguna pretensión técnica. Por lo que se refiere al uso impropio y abusivo de agmen y de decerno, debe notarse especialmente que en toda la literatura anterior agmen significa invariablemente'tropel, masa o grupo en movimiento' -es de rigor dada su manifiesta relación etimológica con ago, verbo de "acción" y "movimiento" por excelencia -, y que decerno conserva intacto su significado propio,'decidir, sentenciar' en los contextos militares. Así lo emplea César una vez, y otra Tácito: Caesar postquam Pompeium ad Asparagium esse cognouit, eodem cum exercitu profectus... tertio die ad Pompeium peruenit iuxtaque eum castra posuit et postridie eductis omnibus copiis acie instructa decernendi potestatem Pompeio fecit. | ubi illum En otros autores, y señaladamente en Livio, se encuentra este verbo formando, en compañía de un instrumental -acie, ferro, armis -, una iunctura que, muy libremente, podría traducirse por 'luchar', en especial cuando se trata de un duelo a muerte o combate singular. Pero no hay nada que haga pensar que la tal iunctura llegara a adquirir la calidad de modismo consolidado en el uso. J. Costas, Aspectos del vocabulario de Q. Curtius Rufus, Salamanca, 1980, pp. 109 y siguientes. Curcio toma cuatro veces -III 2.1, 8.18-19, 11.1, IV 12.5 -decerno como sinónimo de pugno, lo que en su caso puede muy bien imputarse a un absoluto desconocimiento de la milicia y su lenguaje. Pero esa no podría de ninguna manera ser la causa de que incurriera en esa flagrante impropiedad el Frontino que precedió a Agrícola en el gobierno militar de lo que es hoy la Gran Bretaña. 10 D. Schenk dedicó cuarenta y cinco de las ochenta y ocho páginas que ocupa su tesis doctoral (Flavius Vegetius Renatus. Die Quellen der Epitoma Rei Militaris, Leipzig, 1930), de la 39 a la 83, a buscar parecidos y coincidencias puntuales entre los Strategemata y el libro III de Vegecio. Trabajo que hay que apreciar en gracia a su tesón, que no a la entidad y consistencia de sus hallazgos. A la vista de eso, habrá que suponer que fueron compuestos y publicados durante el reinado de Domiciano los tres libros de strathgÉmata, y que será de esa misma época el de strathgiká, que, hallándose exento de impropiedades terminológicas, podría ser obra de un miembro de la clase militar fiel al emperador, que occisum eum grauissime tulit statimque Diuum appellare conatus est, paratus et ulcisci, nisi duces defuissent 9. No, desde luego, de Frontino, puesto que Eliano no habría podido ni desconocer ni olvidar la existencia de una obra suya sobre la materia. La que manejó y citó Vegecio, en cuya epitoma no se encuentra ninguna referencia a los Strategemata 10, trataba de disciplina militari, prestando probablemente atención preferente a los aspectos jurídicos e institucionales de la organización militar, eminentemente funcional, de los romanos: 11 Cf. las opiniones manifestadas a este respecto por Cicerón (Font. 43 y, especialmente, Manil. 28) y, según Salustio (Iug. 85.12) por el gran Mario, autor, o principal fautor, del proceso de reformas que llevaron a la perfección la maquinaria militar romana. tanta in illis erat exercitatio, tanta fiducia, ut cuiuis bello duae legiones crederentur posse sufficere. quapropter ordinationem legionis antiquae secundum normam militaris iuris exponam. Aquí conviene hacer notar que no hay discordancia real entre ese testimonio de Vegecio y el de Eliano, que señalaba la 8RwmaïkÉ diatácij como especialidad de Frontino, por cuanto diatácij, amén de ser sinónimo de paratácij, se usaba corrientemente, en la documentación oficial de la época, para traducir constitutio,'reglamentación, ordenanza'. Consiguientemente, podemos dar por seguro que Frontino se ocupó de las instituciones militares romanas, que en buena medida eran puramente técnicas por cuanto la articulación de las legiones en cohortes y la subdivisión de éstas en centurias reflejaba con fidelidad el esquema táctico -genialmente sencillo y por eso mismo inmejorable e inmutable -de los romanos, que se mantuvo sin cambios realmente substanciales a lo largo de toda la historia militar de Roma, y llegó, lo mismo que su admirablemente sencillo y eficaz sistema de castrametación, a institucionalizarse de facto: no había, en rigor, una doctrina técnica mínimamente formalizada y con una base teórica, sino una práctica inveterada, o sea, en palabras de Eliano, una šn toîj polémoij šmpeiría. Por decirlo de otra manera, el propósito de Frontino, y antes el de Catón, habría sido pura y simplemente poner por escrito las "ordenanzas" consuetudinarias vigentes en los ejércitos, y no teorizar como los griegos acerca de los principios de la guerra y del arte del generalato, asuntos por los que no manifestaban ningún interés los romanos, convencidos -o conscientes -de que la verdadera scientia rei militaris procedía de la experiencia, y no del estudio 11. De ahí que Eliano se sorprendiera agradablemente de haber hallado a Frontino oÐk šláttona spoudÈn oexonta e±j tÈn parà toîj 1Ellhsi teqewrhménhn máqhsin. Fuera de una rúbrica en un códice, nada hay, pues, que avale o autorice la atribución a Frontino de los tres libros de strathgÉmata o del libro de strathgiká: tan espúreo será éste como aquéllos, o aquéllos como éste.
Trabajo cofinanciado por el Gobierno Foral de Navarra («Poesía sapiencial tradicional y poesía filosófica griega: Jenófanes») y la DGICYT (PB-95-0191). Agradezco a los profesores Ana Ma Fernández Vallejo y Jesús de la Villa Polo la atención prestada a versiones previas de este escrito. 1 No me ha sido posible consultar un trabajo de C. J. Classen («Xenophanes and the Tradition of Epic Poetry», en K. Boudouris (ed.), Ionian Philosophy, Atenas, 1989, pp. 91-103) que, a juzgar por su título, debe de perseguir objetivos similares a los míos. Este estudio tiene como objeto analizar las relaciones que existen entre los fragmentos de Jenófanes de Colofón y la tradición de poesía rapsódica representada por Homero (Ilíada y Odisea) 1. El nivel en el que voy a efectuar este estudio es el de las coincidencias de dicción, dado que las características de los fragmentos de Jenófanes (su escaso número y su corta extensión) dificultan o imposibilitan el análisis en otros niveles a los que también cabría atender 2. Considero, sin embargo, que antes de abordar el análisis hemos de hacer algunas observaciones previas: 1) Entiendo por coincidencias de dicción significativas las coincidencias en el uso de grupos de palabras; éstos pueden ser fórmulas recognoscibles con las definiciones clásicas de Parry o Hainsworth 3, o bien expresiones únicas que sólo se documentan en una ocasión en Homero 4. Las coincidencias en este nivel de estudio han sido consideradas desde siempre como significativas y han sido asumidas como tales en los trabajos recientes sobre intertextualidad 5. Ahora bien, ha de recordarse que una coincidencia entre textos en el período de la literatura griega que nos ocupa puede no obedecer a una relación textual directa sino al recurso independiente a un fondo tradicional común 6. Parto, con todo, de la hipótesis de que el valor de las coincidencias de dicción puede defenderse en función de factores como su especificidad (la expresión se repite acompañada de otros elementos que 7 Cito los fragmentos de Jenófanes por esa edición (B. Gentili y C. Prato (eds.), Poetarum Elegiacorum Fragmenta, Leipzig, 1979-85, pp. 166-183). Me ha resultado muy útil para mi análisis el aparato de lugares paralelos incluido en el libro; los datos de ese aparato han sido completados con las concordancias de G. L. Prendergast (A Complete Concordance to the Iliad of Homer, Hildesheim, 1962[1875]), H. Dunbar (A Complete Concordance to the Odyssey of Homer, Hildesheim, 1971[1880]) y J. R. Tebben (Concordantia Homerica. Es poco verosímil que Jenófanes, a caballo entre los siglos VI y V a.C., vertiera en una obra (Σίλλοι = "sátiras") todo su espíritu crítico y, en otra diferente (Περ φύσεως), todo su pensamiento positivo. 9 El F 17 combina un trímetro yámbico con un hexámetro. El F 22 es un tetrámetro trocaico. 10 Incluyendo los hexámetros fragmentarios, que son 4 (cf. F 24, vv. De los seis versos del F 24, tres son fragmentarios (cf. nota anterior); el fragmento si-sugieren su procedencia de un contexto determinado), o su mayor o menor frecuencia (entendiendo que un porcentaje alto de repeticiones de un autor puede apuntar a un contacto entre textos). Hay que tener además en cuenta que el interés de esta comparación radica en establecer nexos entre Jenófanes y la tradición rapsódica que cristalizó en la obra transmitida bajo el nombre de Homero; por tanto, la identificación de los pasajes concretos que pueda haber tenido en mente el colofonio a la hora de componer su poesía posee una importancia secundaria. 2) He hablado de la escasez y brevedad de los fragmentos de Jenófanes. Puede ser oportuno que recordemos que las ediciones de Jenófanes dividen lo que conservamos de este autor bajo tres epígrafes: Elegías, Σίλλοι y Περ φύσεως; la edición de Gentili-Prato, que he utilizado como base para mi trabajo 7, presenta esta división. Aunque tal tripartición puede presentar aspectos objetables (sobre todo por lo que se refiere a la distinción entre los Σίλλοι y el Περ φύσεως 8 ) la mantendremos como pauta de estudio. La información referida al número de fragmentos y versos de unas y otras obras, sus formas métricas y la extensión de los fragmentos mayores se puede sintetizar en la siguiente tabla: Toronto, 1992 (pp. 81-2). En total, el número de versos conservados de Jenófanes es ciento veintidós, distribuidos en cuarenta y seis fragmentos; las formas métricas utilizadas por Jenófanes son el dístico elegíaco, el hexámetro dactílico y, ocasionalmente, el trímetro yámbico (F 17) o el tetrámetro trocaico (F 22). 3) Conviene recordar, por último, que Jenófanes adopta en su poesía una actitud beligerante hacia la épica tradicional, cuya temática rechaza. Ese rechazo puede ser implícito, según sucede en la primera elegía de la colección (cf. οÜ τι μάχας διέπειν Τιτήνων οÛδ¥ Γιγάντων / οÛδέ τι Κενταύρων, πλάσματα τäν προτέρων, / ́ στάσιας σφεδανάς, τοÃς οÛδ¥ν χρηστÎν §νεστι, F 1, vv. Pero también nos encontramos con otros fragmentos (adscritos todos a los Σίλλοι) en los que Jenófanes rechaza explícitamente la teología homérica y hesiódica, por juzgar que sus dioses son más modelo de vicio que de virtud (cf. F 15: πάντα θεοÃς •νέθηκαν ́Ομηρός θ' ́Ησίοδός τε, / Óσσα παρ' •νθρώποισιν Ïνείδεα κα ψόγος ¦στίν, / κλέπτειν μοιχεύειν τε κα •λλήλους •πατεύειν) 13. A la luz de este material podríamos presumir que Jenófanes no es un autor especialmente propenso a reelaborar la dicción homérica; de hecho, la bibliografía sobre la materia ha destacado en alguna ocasión que Jenófanes renunciaba a las fórmulas homéricas 14. No parece ser exactamente así. Homero en las elegías. Primeramente, las elegías presentan (tanto en los hexámetros como en los pentámetros) coincidencias con la fraseología homérica que pueden dividirse en dos tipos. De una parte, Jenófanes repite expresiones que son fórmulas de 15 Sobre la cuestión cf. H. Fränkel, Dichtung und Philosophie des frühen Griechentums, Munich, 1993, 4a ed., pp. 373-4. 16 En la lírica coral del S. V, cf. Baquílides II 5 (-ρατο νίκαν). Adkins (Poetic Craft..., indica que el verso de Jenófanes alude a Odisea I 311-2; en su opinión (ibid.), el lenguaje homérico es utilizado a la mayor gloria del atleta en cuestión. Nótese que la apreciación de Adkins vale no solamente para la expresión del v. 9: toda la segunda elegía hace un uso notable de la dicción homérica (seis fórmulas o acuerdo con las definiciones de Parry o Hainsworth antes citadas (cf. n. Por otro lado, Jenófanes puede repetir expresiones únicas de Homero, tomadas mayoritariamente de la Ilíada. La evidencia relativa al primer tipo es la siguiente: 15): repite una fórmula presente en los poemas homéricos, con valor métrico ligeramente distinto en cada aparición. XV 258); la fórmula también puede aparecer separada: τ−, σπεÃσον Δι πατρί, κα εÜχεο οÇκαδ' Êκέσθαι (Il. Es importante indicar que, hasta donde sé, ésta es la única expresión homérica incluida en la primera de las elegías; el poema en cuestión, el más extenso de los conservados (24 vv.), posee un espíritu marcadamente diferente del homérico 15. 1): la unión de los conceptos νίκην-•είρομαι está escasamente atestiguada en la literatura griega 16. Pese a la existencia de otros paralelos posibles 17, un modelo obvio para la unión se halla en la expresión κØδος-•είρομαι, de uso formular frecuente en la Ilíada (aunque sólo se documente en una ocasión en la Odisea 18 ); con el verbo en optativo, cf. κØδος -ροιο (IV 95, IX 303: siempre a final de verso, como en el fragmento de Jenófanes) y κØδος -ροιτο (X 307, a final de verso; XXII 207, entre los pies segundo y tercero). Para la unión de las dos nociones (νίκη-κØδος), cf. Il. 9): κειμήλιον εÇη, fórmula, ocupa regularmente el espacio comprendido entre la cesura heptemímeres y el final del hexámetro; el verbo εAEμι aparece conjugado en tiempos diferentes; en dos de sus tres apariciones dentro del corpus homérico, esta fórmula aparece además en conexión con el sustantivo δäρον. I 311-2); δäρον δ', Óττι κέ μοι δώ®ς, κειμήλιον §στω (Od. IV 600); para κειμήλιον εÇη, cf. también Il. EM LXVII 1,1999 expresiones únicas en veintidós versos) y es probable que este hecho obedezca al deseo de Jenófanes de exhibir su σοφίη (cf. vv. 21 Depende de que consideremos significativo o no el grupo νØν γρ δ¬ (F 1, v. 1): este grupo se documenta en una ocasión en los poemas homéricos (cf. Il. X 173), también a principio de verso. Ahora bien, debe notarse que en el caso de los grupos de partículas es discutible que nos hallemos realmente ante repeticiones significativas; lo dicho puede valer también para los sintagmas preposicionales (¦κ γενετ−ς, F 7, v. Torres-Guerra, «Teoría oralista...», pp. 295-7. Es comparable el caso de Tirteo 9 Gentili-Prato, v. 8, donde μειλιχόγηρυς, también παξ, debe de proceder del μελίγηρυς épico; en contra, M. Davies («Poetry in Plato: a New Epic Fragment?», MH 37, 1980, pp. 129-132). 12): la unión puede ser considerada como fórmula desde la definición de Hainsworth. Por otra parte, hay inversión de los sustantivos en diversos pasajes de la Ilíada: cf. Ëπποι τε κα -νδρες (XXIII 242) y Ëππων τε κα •νδρäν (Il. De otra parte, las elegías coinciden con Homero en el uso de expresiones únicas; la frecuencia de éstas iguala (o supera 21 ) a la de las fórmulas: 2): repite (con sustitución de un pronombre personal por el nombre propio Διός) una expresión que aparece únicamente en una ocasión en la Ilíada, con el mismo valor métrico ( §νθα δέ οÊ (= ΔιÂ) τέμενος, Il. 4): vuelve a ser una expresión única de la Ilíada (πυγμαχίης •λεγειν−ς, Il. XXIII 653), adaptada a la estructura métrica del pentámetro; la adaptación va acompañada de una innovación léxica, pues πυκτοσύνη es παξ 22. XXIV 706); la inversión es además inversión léxica, porque el μέγα χάρμα de Homero es en Jenófanes σμικρÎν... χάρμα; nótese que en ningún otro lugar de la literatura griega arcaica se afirma que algo o alguien sea un χάρμα para la ciudad. 3): esta expresión también parece basada en un F 7 calcula la edad del poeta por referencia al momento en que debió de iniciar su vida errante (v. 2, βληστρίζοντες ¦μ¬ν φροντίδ' •ν' ́Ελλάδα γ−ν); es posible que ese momento coincida con la invasión de la patria del poeta por los persas, circunstancia a la que vuelve a referirse F 13 (v. Fritz, «Xenophanes», col. 1542. patria y los padres sea sustituida en Jenófanes por la pregunta acerca de la edad del forastero (πόσα τοι §τη ¦στί, φέριστεp), modificación que casa bien con la preocupación por la edad del propio poeta (¿el forastero de F 13?) demostrada por otros fragmentos (cf. F 7) 28. El primer hemistiquio del verso se repite en la Ilíada en una única ocasión (Il. 3) ¦ξ •ρχ−ς (F 14): el sintagma se repite, con un encabalgamiento abrupto, en dos lugares de la Odisea 29; en Jenófanes hay similitud en el hecho de que el grupo vuelva a aparecer a principio de verso: nótese, sin embargo, la ausencia de pausa tras el sintagma en este fragmento (¦ξ •ρχ−ς καθ' ~Ομηρον ¦πε μεμαθήκασι πάντες). 2): repite una fórmula homérica flexible que se atestigua con valores métricos diversos; a manera de ejemplo, cf. δέμας κα •τειρέα φωνήν (Il. Jenófanes presenta los dos miembros (φωνή-δέμας) en el orden inverso al homérico (δέμας-φωνή). Homero en el escrito Περ φύσεως. La situación es bastante similar en los fragmentos atribuidos al escrito Περ φύσεως; los lugares paralelos de Homero afectan en la mayoría de los casos a fórmulas, no a expresiones únicas. Las fórmulas homéricas que se reconocen en el escrito Sobre la naturaleza son las siguientes: 4): es fórmula por comparación con Il. IX 450 (Öος ποταμäν, en sede métrica distinta). 1): la unión de los conceptos θεοί--νθρωποι (siempre en este orden) es formular en Homero; en dativo (θεοÃσι κα •νθρώποισιν), cf. Il. XX 112 y XXII 346 (los tres ejemplos aparecen en la misma sede métrica de Jenófanes). 2): Jenófanes emplea, entre el primer pie y la diéresis bucólica, una expresión formada a partir de la fórmula δέμας •θανάτοισιν ÒμοÃος (cf. Od. 31 -λλως es la lectura de Estobeo; los códices proponen -λλå. Hago observar que en los fragmentos hay diversas coincidencias (de valor desigual) con el corpus de Teognis; además de lo observado a propósito del F 36, v. Sobre el valor doctrinal del fragmento, cf. Lesher, Xenophanes, pp. 129-31. Sobre la utilización que Jenófanes hace de la fórmula puede señalarse la inversión en los términos de la comparación hombres-dioses: en Jenófanes no son los hombres quienes son comparados con los dioses (como en la Odisea); al contrario, la poesía teocéntrica de Jenófanes define al dios por comparación y contraste con los hombres, negando su similitud de cuerpo (δέμας) e intelecto (νόημα). 2): el grupo puede ser considerado como fórmula por comparación con diversas expresiones homéricas, como -λλυδις -λλ® (Il. Con todo, el paralelo más próximo para el conjunto de la expresión de Jenófanes (¦πιπρέπει -λλοτε -λλ®) se encuentra en un verso de Teognis (v. 1): la expresión parece reformular un giro homérico (πείρατα γαίης) que ni en la Ilíada ni en la Odisea posee el sentido que Jenófanes da en este fragmento al sintagma. En efecto, en la Ilíada (XIV 200 y 301) πείρατα γαίης se repite en dos ocasiones dentro de un verso formular (εÉμι γρ ( §ρχομαι) Ïψομένη πολυφόρβου πείρατα γαίης) referido al supuesto viaje de Hera a la morada de Océano y Tetis; el grupo puede aparecer también separado y repartido entre dos versos (en VIII 478-9, οÛδ' εÇ κε τ νείατα πείραθ' Ëκηαι / γαίης κα πόντοιο). En la Odisea (IV 563) el giro se emplea en relación con el destino post mortem de Menelao (cf. IV 563-4: •λλά σ' ¦ς zΗλύσιον πεδίον κα πείρατα γαίης / •θάνατοι πέμψουσιν, Óθι ξανθÎς ́Ραδάμανθυς); en una única ocasión aparece en dativo (IX 283-4, νέα μέν μοι κατέαξε Ποσειδάων ¦νοσίχθων, / πρÎς πέτρ®σι βαλãν ßμ−ς ¦π πείρασι γαίης). En todos los ejemplos de la Ilíada y la Odisea πείρατα γαίης posee el sentido de 'confín' o 'último extremo', de la tierra en general o de un territorio en particular (cf. Od IX 284). En cambio, Jenófanes aplica la expresión al límite físico superior de la tierra (γαίης μ¥ν τόδε πεÃρας -νω παρ ποσσÂν Òρται / 2έρι προσπλάζον, F 30, vv. 1-2), en contraste con su límite inferior (τÎ κάτω δ' ¦ς -πειρον ÊκνεÃται, F 30, v. 2) 32; la reutilización implica modificación en el orden de los elementos de la fórmula (γαίης-πεÃρας), así como la sustitución del plural (πείρατα) por el singular (πεÃρας). 1-2): la unión de los conceptos σαφές (σάφα) y εAEδέναι (en diversas formas de su conjugación) es formular en la Ilíada y la Odisea; en Homero la expresión suele aparecer negada, Fritz («Xenophanes», col. 1560) señala que el fragmento aúna la observación de la naturaleza con la crítica a las creencias tradicionales. según sucede en el verso de Jenófanes (cf. p.ej. 3): puede ponerse en relación con la fórmula τετελεσμένον (-ος, -α) ¦στίν (μεν, §σται, εÇη), documentada con frecuencia en la Ilíada (doce apariciones) 33 y en la Odisea (once) 34. En cambio, sólo podemos proponer la reelaboración de expresiones únicas en estos dos casos: 1) »ν τ''Ιριν καλέουσι, νέφος κα τοØτο πέφυκε, / πορφύρεον κα φοινίκεον κα χλωρÎν AEδέσθαι (F 33): por comparación con Ilíada XVII 547 (πορφυρέην Éριν), el verso de Jenófanes parece una expansión y comentario (crítico) 35 del pasaje iliádico. Ahora bien, aunque es verdad que se trata de una expresión única en Homero, ¦τύμοισιν ÒμοÃα (base de comparación con ¦οικότα τοÃς ¦τύμοισι) recurre en el bien conocido verso de la Teogonía (v. Cabe pensar en un contacto entre textos, pero juzgo más operativo imaginar que todas estas expresiones podían derivar de un acervo común, y que por tanto la idea en cuestión poseía carácter tradicional. Los resultados del análisis se dejan expresar en parte en términos cuantitativos; por ello puede ser oportuna su representación por medio de la siguiente tabla, en la que se recoge la distinta aparición de fórmulas y expresiones únicas en cada sección de las obras de Jenófanes (con el recuerdo de los versos conservados en cada caso): Expresiones únicas 36 De los seis versos del F 24, tres son fragmentarios (cf. nota anterior); el fragmento siguiente en extensión es el número 35 (4 vv.). En un trabajo anterior («Teoría oralista...», p. A este respecto remito a las observaciones que he ido introduciendo en mi comentario. Cinco expresiones únicas de la Ilíada frente a una de la Odisea. No sé si esta preferencia puede ser casual y estar provocada por la fragmentariedad de la evidencia. También en el caso de Parménides se ha defendido un nexo específico con la Odisea; cf. E. Havelock, «Parmenides and Odysseus», HSCPh 63, 1958, pp. 133-143. A partir de los datos de esta tabla y de los comentarios incluidos en el análisis creo deducir lo siguiente sobre la relación entre Jenófanes y la poesía homérica: 1) Primeramente es obvio que en Jenófanes existe una presencia apreciable de fraseología homérica (26 fórmulas o expresiones formulares sobre un total de 122 versos conservados). Es cierto que el porcentaje es muy inferior al de otros textos arcaicos 37. Aun así, lo considero lo suficientemente elevado como para que podamos cuestionar el punto de vista según el cual Jenófanes renuncia a las fórmulas homéricas. Por otro lado (y aunque ello no se pueda asegurar con absoluta certeza) la reutilización de expresiones únicas sugiere, en más de un caso, su procedencia del contexto concreto de los poemas homéricos y no de un fondo tradicional 38. 2) En segundo lugar es posible constatar una actitud distinta hacia la tradición épica según las obras de las que proceden los fragmentos. Los compuestos en dísticos elegíacos reproducen o reelaboran tanto fórmulas como expresiones únicas de la Ilíada y la Odisea (con una marcada preferencia por las expresiones únicas tomadas del primero de estos dos poemas 39 ). En los fragmentos hexamétricos atribuidos a los Sílloi sólo ha sido posible detectar fórmulas, no así expresiones únicas. Pero lo más notable es lo que sucede en los fragmentos de contenido filosófico más claro, los atribuidos al escrito Sobre la naturaleza: en los veintiocho versos correspondientes a estos fragmentos, que constituyen aproximadamente la cuarta parte de nuestro texto literal, se concentran casi la mitad de las fórmulas homéricas identificadas (ocho de un total de dieciocho); las "expresiones únicas" son poco numerosas (cf. F 33 y 36, v. EM LXVII 1, 1999 40 Que Jenófanes se hubiese formado dentro de tal tradición no implica necesariamente que él también fuera un rapsoda; cf. Adkins, Poetic Craft..., p. Por otra parte ignoro si en el caso de Jenófanes es válida la distinción entre una tradición "jónica" y otra "continental" (según la conocida hipótesis de C. Pavese, cf. Tradizioni e generi poetici della Grecia arcaica, Roma, 1972); lo cierto es que en los fragmentos de Jenófanes no hay prácticamente coincidencias con Hesíodo (aunque cf. lo comentado a propósito de F 36, v. 41 Recuerdo asimismo que los fragmentos compuestos en dísticos son continuadores de la tradición elegíaca; sobre esta cuestión, cf. J. B. Torres-Guerra, «El estilo de Jenófanes», en Actas del IX Congreso Español de Estudios Clásicos, Madrid, 1998, Tomo IV, pp. 335-340. 3) Si nos limitáramos a interpretar el análisis en términos cuantitativos no llegaríamos a entender por completo la manera en que Jenófanes reutiliza y revisa a Homero. Por ello es importante indicar también que Jenófanes no sólo repite expresiones tomadas de la dicción homérica, sino que además las modifica en función de sus intereses; en mi comentario he indicado algunos casos relevantes del fenómeno. Recuerdo los ejemplos de introducción de términos nuevos por necesidad de la adaptación (F 2, v. Recuerdo el caso de expansión comentado a propósito del F 33 (»ν τ''Ιριν καλέουσι, νέφος κα τοØτο πέφυκε, / πορφύρεον κα φοινίκεον κα χλωρÎν AEδέσθαι, a partir del homérico πορφυρέην Éριν). Recuerdo, por último, todos aquellos lugares en que Jenófanes hace, por diversos motivos, una utilización de la dicción épica distinta de la que encontramos en la obra transmitida bajo el nombre de Homero (cf. las notas explicativas de σμικρÎν... χάρμα (F 2, v. 4) En definitiva, podríamos decir que Jenófanes, pese a sus críticas a Homero y sus diferencias con el mundo de valores de la poesía épica, sigue moviéndose dentro de la tradición rapsódica en la que se debió de formar 40. La continuidad (obvia por igual en sus tres tipos poéticos) es más acusada (por paradójico que resulte) en los fragmentos filosóficos del Περ φύσεως; muy posiblemente, el motivo de ello puede hallarse en el deseo de Jenófanes de conferir solemnidad y prestigio a sus declaraciones sobre la divinidad, que vendrían a constituir la nueva temática del canto demandada por el poeta (cf. F 1, vv.
A mi modo de ver, no hay que hacer demasiado caso de los contextos en los que aparece nuestro poema (ni tan siquiera el de Aristófanes) ya que es evidente que el juego de palabras que presenta sólo se comprendió y tuvo sentido en el marco en el que éste fue originariamente ejecutado (para nosotros, un simposio). Por otra parte, al ser posible la interpretación literal, no nos tiene que sorprender que el poema se comprendiera unánimemente como alarde del abandono de las armas. A mi modo de ver, la única clave interpretativa válida es el propio contenido del poema, sólo es posible una interpretación intrínseca. zΑσπίς como 'escudo': la interpretación tradicional La interpretación habitual del fragmento que nos ocupa afirma, como hemos indicado, que Arquíloco abandonó su escudo (lo cual equivale a decir, metonímicamente, que abandonó la guerra) pero que, a cambio, salvó su vida. Esta actitud de Arquíloco se conoce técnicamente como Õιψασπία y en la Atenas clásica estaba incluso condenada legalmente (mediante una δειλίας γραφή, datable de la época de Solón; por otra parte, el Õίψασπις se convertía en -τιμος 3 ). Dos autores que han defendido recientemente esta interpretación son Di Benedetto 4 y Schwertfeger 5. Este último se podría considerar un representante prototípico de esta corriente interpretativa tradicional: en el fondo, no hace más que utilizar el poema de Arquíloco como pretexto para analizar la Õιψασπία en las distintas épocas de la civilización griega como concepto jurídico y social. Se desprende de las MARTÍ DURÁN EM LXVII 1, 1999 6 Una de las principales fuentes teóricas sobre la Õιψασπία en Atenas la tenemos en las Leyes de Platón (943A-945B). 7 Para Esparta, cf. Tirteo fr. 10 Por ejemplo, Critias fr. Así, mientras en época clásica (tanto en Atenas 6 como en Esparta 7 ) el Õίψασπις era considerado como un desertor perseguible penalmente (lo hemos visto) en la época homérica y -según Schwertfeger-también en la arquiloquea, este mismo personaje actuaba por motivos meramente personales (salvar su vida) y no era mal visto por la sociedad: en realidad, el propio Alceo comenta el abandono de su escudo, al parecer, ante sus propios compañeros de banquete 8. Según Schwertfeger, esta evolución en la consideración de la Õιψασπία se debe al cambio de técnicas defensivas: efectivamente, en la época clásica la formación hoplítica convertía en extremadamente perjudicial para los demás la deserción de uno solo 9. También por ello es a partir de la época clásica cuando se empieza a valorar negativamente el poema de Arquíloco 10. Si retrocedemos ahora a la época homérica -más cercana a Arquíloco -vemos, por una parte, que se desconoce la Õιψασπία como tal (hay abandono de armas no especificadas y no, concretamente, del escudo) y, por otra, que este abandono no implica una deserción punible, sino que está al servicio de las necesidades prácticas ante 11 Según H. D. Rankin, «Archilochus fr. 6 D (13 L/B; 8 T», LF XCVIII, 1975, pp. 193-198, declarando con simplicidad que ha lanzado su escudo para salvar su vida, Arquíloco no ridiculiza la ética de la nobleza homérica, sino que simplemente demuestra que ya no tiene razón de ser en una época de batallas en fila. En efecto, si el heroismo daba excelentes resultados en el combate cuerpo a cuerpo, un hoplita era en cambio mucho más útil preparándose para un nuevo combate que persistiendo en una fila descompuesta. A nuestro modo de ver, esta serie de reflexiones son muy válidas y sin duda hay que tenerlas en cuenta para interpretar el poema de Arquíloco que, consciente de lo que probablemente era un motivo literario 14, juega con ellas y las utiliza para provocar la hilaridad utilizando las posibilidades de este primer nivel de lectura. Sin embargo, nos parece que quedarse en este nivel supone no sacar todo el provecho del poema ni, sobre todo, explica algunos de sus puntos. Un primer aspecto que no queda bien explicado con esta lectura son los elementos valorativos que aparecen: •μώμητον y οÛ κακίω. Evidentemente, estos adjetivos se pueden aplicar a un escudo, pero parece extraño que se califique de 'irreprochable' o 'no más malo' a un objeto, ya que estas cualidades parecen adecuarse mejor a una persona 15. Por otra parte, οÛ κακίω está en contradicción con •μώμητον, ya que οÛ κακίω -adjetivo en grado comparativo -pone en relación dos realidades negativas, mientras que •μώμητον se refiere únicamente a cualidades positivas 16. En estas circunstancias, parece extraño que Arquíloco se lamente tanto de haber abandonado un escudo que, al fin y al cabo, era κακή. Otro elemento que no queda especificado con esta interpretación es el étnico Σαΐων. Los sayos son una tribu tracia vecina a Abdera. Hesiquio los define como πολέμοι. νεκροί. κα §θνος, οÊ πρότερον Κίκονες, aunque es evidente que el primer elemento de esta definición procede del propio poema de Arquíloco, por lo que no tiene, a mi modo de ver, demasiado valor (como explica Hiller von Gaertringen 17, es probable que los tracios tuvieran conflictos con los habitantes de Paros a raíz de la colonización de Tasos). Es sabido que los tracios eran considerados como grandes borrachos (era proverbial el "beber como un tracio" 18 ); en este sentido, los Κίκονες son no sólo tracios sino, además, habitantes de la ciudad de Ismaro, productora de uno de los vinos más famosos de Desde esta perspectiva, "sayo" equivaldría a "borracho" o "inclinado a la bebida". Veremos después la transcendencia de esta palabra, en un contexto como el que nos ocupa. Finalmente, es extremadamente extraña la palabra §ντος, acentuada de esta manera y entendida como "arma". Como consta en el LSJ s.u., el poema de Arquíloco es el único caso en toda la literatura griega en el cual §ντοςun término de uso frecuentísimo -aparece en singular y no en plural ( §ντεα), ya que esta palabra pertenece a la categoría de los denominados pluralia tantum. Por otra parte, en la interpretación tradicional del poema hay una sintaxis posible, pero un poco alterada, en la oración de relativo: complemento circunstancial, aposición a un elemento que ha aparecido a bastante distancia, verbo y participio predicativo. A mi modo de ver, partiendo de otra estructura (complemento circunstancial, adverbio, predicativo, verbo y participio apositivo, es decir: "a la que en un matorral, aun siendo irreprochable en su interior, dejé y no quise") resulta posible y más sencillo sintácticamente entender ¦ντός como adverbio y no §ντος como substantivo (aunque, recordemos nuestra insistencia en la doble lectura, sin duda la homofonía de las palabras y el adjetivo de dos terminaciones -y no de tres -•μώμητον responden a un afán evidente de dilogía). De esta manera, Arquíloco afirmaría que, a pesar de la belleza de la mujer (o bien: estando a punto de gozarla, si entendemos que ¦ντός se relaciona con οÛκ ¦θέλων 19 ) la habría rechazado por ser una "víbora", consolándose con la certeza de encontrar pronto a otra no peor. Pero veamos a continuación a partir de qué elementos se puede considerar que Arquíloco se refiere a una "víbora". El término •σπίς (y muchos de sus derivados) significa en griego, además de "escudo", "serpiente". Si tenemos en cuenta este significado, nuestro poema ofrece un contenido hasta ahora insospechado. Arquíloco se alegraría de haber dejado apartada en un matorral a una serpiente que ha estado a punto de morderle y, en consecuencia (tengamos en cuenta las características mortíferas del áspid), de matarle. Desde esta perspectiva, se entienden bien dos términos que de otra forma resultarían difícilmente comprensibles: θάμνος y ¦ξεσάωσα. La aparición del matorral (aparte del significado erótico que después le veremos) es muy significativa en conexión con el término •σπίς, ya que las serpientes se refugian en matorrales. Por otra parte, la expresión "salvar la vida" se entiende bien si uno ha estado a punto de ser mordido por una serpiente venenosa, que ha acabado abandonando entre los hierbajos. A partir del significado de "serpiente", el término •σπίς pasa a designar en griego a la mujer o, más bien dicho, a la "mala mujer". Este significado (aunque tiene antecedentes, recordemos el ejemplo del Génesis) no consta en nuestros léxicos 20 pero, a mi entender, puede considerarse implícito en una gran cantidad de pasajes, de los que ahora señalaré sólo unos cuantos. Clitemnestra, paradigma de la mujer malvada que participa como autora o cómplice en la muerte de su marido Agamenón, es calificada por su hijo Orestes en Esquilo Choeph. Como indica Grimal, «Equidna es la 'Víbora', monstruo con cuerpo de mujer, terminado por una cola de serpiente en lugar de piernas» 22. Recordemos que, precisamente por esta cualidad, Heródoto (IV 9) califica a la Equidna como μειξοπάρθενος (τ−ς τ μ¥ν -νω •πÎ τäν γλουτäν εÉναι γυναικός, τ δ¥ §νερθε Ðφιος). Dión de Prusa, en su quinto discurso, nos habla de unas mujeres libias con características ofídicas. Según Dión, estas mujeres atraían sexualmente con su postura a los caminantes, mostrándoles sus pechos (ya que en su parte superior eran mujeres, y sólo a partir de medio cuerpo se convertían en serpientes). Una vez los habían atraído, los poseían (el desenfreno sexual de las mujeres-serpiente es un elemento recurrente) y los devoraban. Sin embargo, la figura mítica que, en sus orígenes, podemos pensar que tenía una relación más estrecha con la serpiente es Helena. Con variantes de detalle, el mito nos cuenta que los dos pilotos (Canopo o Faros) que la condujeron hacia Egipto murieron por la mordedura de una serpiente. En las diversas narraciones, que nos han sido conservadas en relatos tardíos y De opificio mundi LVI-LVII (157-161). Otro texto importante en el mismo sentido es Basilio (Sermo de contubernalibus 30, p. Obsérvese que la mujer es calificada exactamente de •σπίς, es decir, el término que nos parciales o alusiones, la atracción sexual parece haberse mezclado oscuramente con la muerte. Aunque no se dice explícitamente en ningún lugar que Helena fuera una serpiente, es significativo que los dos pilotos fueran atraídos por Helena y encontraran la muerte víctimas de una serpiente. En este sentido, hay que recordar que Helena había estado relacionada con el árbol 23 y que, según Nicandro, se contaba que de las lágrimas de Helena, afligida por la muerte de Canopo, nació el helenion, una hierba que curaba las mordeduras de serpiente. También hay quien dice que, en esta misma segunda estancia egipcia, confiada Helena a la protección de Tonis, la mujer de éste, al ver que su marido sentía atracción por Helena, la desterró a la isla de Faros, que estaba llena de serpientes y le dio, como antídoto contra las mordeduras, la hierba que hemos comentado. La literatura cristiana contiene, como era de esperar, abundantes referencias a la consideración de la mujer como serpiente. Aunque esta identificación tiene sin duda raíces semíticas (estudiadas por Phillips 24 ) ha sido un mérito de Gilabert 25 distinguir en algunos de estos textos misóginos importantísimas influencias griegas (por ejemplo, del Fedro de Platón), de manera que podemos usar algunos textos misóginos cristianos como reflejo de las concepciones griegas que nos interesa ahora analizar. Entre estos textos, es especialmente significativo uno de Filón de Alexandría 26. He aquí cómo interesa. comenta Filón el relato bíblico del pecado original: «todo esto no son ficciones propias del mito (οÛ μύθου πλάσματα), con las que se complacen el género poético y sofístico, sino manifestación de figuras que nos exhorta a la interpretación alegórica (¦π' •λληγορίαν) para dar razón de los significados escondidos (ßπονοιäν). Diremos, pues, con toda conveniencia, por seguir una conjetura verosímil (εAEκότι στοχασμè) que la repetida serpiente simboliza el placer (Ðφιν oδον−ς εÉναι σύμβολον); en primer lugar, porque es un animal sin patas que se inclina sobre el vientre (πεπτωκÎς ¦π γαστέρα); en segundo lugar, porque se nutre de migas de tierra (γ−ς βώλοις); y, en tercer lugar, porque lanza su veneno por los dientes, arma natural con la que mata a los que muerde. Aquél que desea el placer (Ò φιλήδονος) no deja de participar de ninguno de los rasgos citados. Dado que se encuentra pesado y se arrastra (βαρυνόμενος κα καθελκόμενος), prácticamente no levanta la cabeza (μόλις τ¬ν κεφαλ¬ν ¦παίρει), ya que su falta de autodominio (•κρασίας) lo hace tropezar y dar tumbos. No prueba la comida celestial (οÛράνιον τροφήν) que la sabiduría (σοφία) concede a los amantes de la contemplación (τοÃς φιλοθεάμοισι) mediante palabras y doctrinas (δι λόγων κα δογμάτων), sino que prueba la que la tierra nos da en cada estación (¦κ γ−ς κατ τς ¦τησίους òρας). De ésta derivan la borrachera (οAEνοφλυγία), la voracidad (Òψοφαγία) y la glotonería (λαιμαργία), las cuales, provocando e inflamando los deseos del vientre (τς γαστρÎς ¦πιθυμίας), hacen crecer y estallar el aguijón del bajo vientre (τς γαστρÎς ¦πιθυμίας). Disfruta entonces del trabajo de panaderos y cocineros y, girando la cabeza, intenta captar el olor de las comidas. En el caso de que vea una mesa llena, se lanza a ella con ansia de tragárselo todo, una cosa tras la otra, teniendo como objetivo no ya saciarse, sino agotarlo todo; es por eso que lleva, no menos que la serpiente, el veneno entre los dientes. Ellas son, efectivamente, las servidoras y criadas de la glotonería, ya que lo trocean y hacen todo añicos para poderlo comer. En primer lugar, pasan las comidas a la lengua para saborearlas y, después, a la garganta. Por otra parte, la falta de medida en la comida es mortífera y venenosa por naturaleza, ya que la digestión no se puede llevar a cabo si se introducen otros alimentos antes de evacuar los primeros. Se dice también que la serpiente emitía voces humanas, precisamente porque el placer (oδονή) se aprovecha de MARTÍ DURÁN EM LXVII 1, 1999 27 Según Gilabert (ob. cit., p. innumerables defensores para su custodia y protección, los cuales se atreven a afirmar que su poder se extiende a todos, pequeños y mayores, sin excepción. Y, ciertamente, los primeros encuentros entre hombre y mujer (πρäται τοØ -ρρενος πρÎς τÎ θ−λυ σύνοδοι) tienen por guía el placer (oδονή)». A mi entender, es evidente -a pesar de los titubeos de Gilabert 27 -que aquí la mujer se identifica con la serpiente, ya que el "placer" procede por antonomasia de ésta. Finalmente, dos sentencias de Menandro indicarían que la comparación de la mujer con una •σπίς formaba parte del refranero popular: en la 364 de sus Γνäμαι μονοστίχοι leemos que AEÎς πέφυκεν •σπίδος κακ¬ γυνή y en la línea 209 de la Comparatio I se nos advierte que γυναÃχ' Ò διδάσκων γράμματα καλäς / •σπίδι δ¥ φοβερ" προσπορίζει φάρμακον. Si aceptamos el significado de •σπίς como 'mujer', el poema que nos ocupa vendría a decir lo siguiente: la mujer con quien Arquíloco había estado ha pasado a relacionarse por otra persona (un sayo). Arquíloco, sin embargo, no se muestra en absoluto preocupado: él mismo la ha abandonado en un momento en que le era posible gozar de ella. Y lo ha hecho por considerarla, aunque bella, una "víbora", una mala mujer. Por ello, no cree que esta pérdida constituya ninguna desgracia (¦ρρέτω) y se ve capaz de procurarse rápidamente otra mujer mejor. Algunos de los elementos del poema adquieren su verdadero significado desde esta tercera posibilidad interpretativa. Vamos a ver los más significativos: Tengamos también en cuenta que este término, en griego κ−πος o κήπευμα, sirve para referirse al sexo femenino (cf. Aristófanes Av. Carles Garriga ha hablado, en este sentido, de «il prato delle donne» (cf. la conferencia «Il prato delle donne», pronunciada en Trieste el año 1997, todavía inédita, y de la cual me autoriza amablemente a citar los siguientes párrafos): «Il prato, o il giardino, possono essere un greco, come in altre lingue, metafore del corpo della donna o, più concretamente, del sesso femminile. Como se ve en este poema, la presencia del jardín 29 (en el caso despectivo del fr. Sobre este poema y una nueva división del papiro en que aparece, cf. mi el que se invierten los términos, del "matorral") implica la inmediatez del acto sexual. Desde esta perspectiva, el significado de nuestro poema está claro: a pesar de tener la oportunidad de gozar de una mujer, Arquíloco la ha despreciado y la ha abandonado. b) "Me procuraré otra no peor": el significado de esta expresión se entiende bien a partir de la misoginia griega y, esencialmente, de los poetas arcaicos. La mujer nunca puede ser buena: por ello, una mujer mejor que la abandonada sólo puede ser "no peor". Para entender esta idea, puede ser interesante repasar la concepción hesiódica de la mujer 30 o bien, en un ámbito más próximo, la de algunos poetas arcaicos: Semónides, por ejemplo, después de hacer un lamentable catálogo de las distintas posibilidades de mujeres -a cual peor -escribe 31 que Ζε×ς γρ μέγιστον τοØτ' ¦ποίησεν κακόν, γυναÃκας y continúa, en traducción de Adrados, «cuando más satisfecho crea estar el varón en su casa por disposición de un dios o por causa de un hombre, ella encuentra un motivo de reproche y se arma para la batalla. Porque donde hay una mujer, ni siquiera querrían recibir con amistad a un huésped que llega; precisamente la que parece ser más sensata, es la que mayores ultrajes infiere: pues cuando el marido está libre de toda sospecha... y los vecinos se divierten con él viendo cómo se equivoca. Cada uno alabará a su mujer cuando habla de ella y criticará a la de otro: ¡y no nos damos cuenta de que nos ha correspondido un lote igual! Pues Zeus ha creado esta calamidad superior a todas (Ζε×ς γρ μέγιστον τοØτ' ¦ποίησεν κακόν) y nos ha echado encima el bronce irrompible de unos grillos desde aquel día en que a unos los recibió en su mansión Hades cuando luchaban por una mujer...» 32. El propio Arquíloco no es precisamente delicado con algunas mujeres: recordemos, sin ir más lejos, la retahíla de "piropos" que dedica a una de ellas en el fragmento 184 Bergk (= 206, 207, 208 y 209 West): παχεÃα, δ−μος, ¦ργάτις, μυσάχνη o lo que dice en el Epodo de Colonia en relación con Neobula. Precisamente el Epodo de Colonia, que hemos transcrito antes parcialmente, nos da una clave interpretativa extraordinaria para el poema que nos interesa: parece ser que en ambos casos se da el mismo topos: el rechazo de una mujer por diversos motivos (por ser vieja, poco atractiva o mala persona) y la dedicación a otra más interesante. Este motivo, aunque aparece expresado de forma muy clara en el citado Epodo, se podría rastrear igualmente en otros poemas arquiloqueos, especialmente si lo consideramos en su versión más general, como desprecio machista a la mujer (lo que Pasquali 33, refiriéndose a Horacio, llama "canzone a dispetto"): en el fragmento 23 West ls. 16-21, por ejemplo, Mírmex sería felicitado por haber conseguido una mujer que no quería nadie (οÜ]τοι ποτ' -νδρες ¦ξe ̧[πόρθη]σαν, σ× d ̧[è ̧ ν]û ̧ν εÍλες αAEχμ−ι κa ̧[ μέγ' ¦]ξήρ(ω) k ̧[λ]έος, leemos en los versos 18-19 34 ). Igualmente, la literatura latina tampoco es extraña a esta idea, y así en comunicación «Dues consolationes ad pathicos d 'Arquíloc», presentada en el XII Congreso de la Secció Catalana de la Societat Espanyola d'Estudis Clàssics (Palma de Mallorca, 1 a 4 de febrero de 1996), Palma de Mallorca, 1997, pp. 189-194. 35 Sobre esta cuestión (ya tratada por F. Leo en su De Horatio et Archilocho, Gött. Programm, 1900, y continuada por E. Wistrand en «Archilochus and Horace», Archiloque. Que este poema tuvo su ejecución en un marco simpótico es aceptado actualmente por la mayoría de críticos. Adrados, por ejemplo, escribe al respecto (en J. A. López Férez, ed., Historia de la literatura griega, Madrid, 1988, p. 126) que «también podemos pensar en el banquete como lugar de ejecución del fragmento del escudo (12), aquel que Arquíloco no lamenta porque salvó la vida y ya se comprará otro mejor». Pues bien, como señala E. Pellizer («Outlines of a Morphology of Sympotic Entertainment», in O. Murray, Sympotica. En estas circunstancias, parece interesante el juego de palabras de Arquíloco: literalmente, adquirirá otra arma; metafóricamente, se "ligará" a otra mujer. En definitiva, como decíamos al principio de este artículo, para nosotros el fragmento 5 West admite diversas lecturas, todas ellas válidas. Este juego con la dilogía es muy propio de Arquíloco y es lo que ha motivado, a nuestro entender, que interpretaciones más atrevidas como la nuestra hayan pasado desapercibidas hasta ahora. Sin embargo, hay una serie de indicios que nos hacen ir más lejos de la interpretación meramente literal (entre ellos, tendríamos que tener en cuenta otro referido al marco de la ejecución del poema, el simposio meramente masculino 38 ) y que son los que aquí hemos symposion, about which much remains to be said, is that of the amorous discourse which is developed in the course of it. Eros and the pleasures of love figure amongst the most characteristic subjects of the logos sympotikos, both in its poetic expression and in the eloquent philosophical discussion which was to typify the 'literary' symposion from Plato and Xenophon onwards». * Agradezco al Prof. Ezio Pellizer, de la Universidad de Trieste, sus valiosos comentarios durante la confección de este artículo, así como su actitud abierta al diálogo, a pesar de sus reticencias sobre las conclusiones del trabajo. tratado de interpretar. Añadamos, finalmente, que si se acepta esta interpretación tendríamos una prueba más de la genialidad del poeta de Paros, un autor que es capaz de jugar simultáneamente y con toda naturalidad con dos o tres niveles de interpretación *.
Este trabajo ha sido realizado en el marco del Proyecto de Investigación «Corpus amatorium: temas, motivos y léxico amatorios en la literatura latina desde Plauto hasta Apuleyo (s. III a.C. -s. Fragmentum Es una hoja de tamaño folio escrito a dos columnas y con amplias anotaciones marginales. 605 (luego añadido al margen por otra mano), los vv. 605-613; luego, al comenzar la segunda columna del recto, se recupera la numeración correcta con el v. En cambio, concuerda con el texto de Anderson en los siguientes loci notabiliores: V 576 e[lei] = elei uELNPUe: alphei F 2 MN 3 Wp * 615 illa A: ille βL(M)W * 621 spissisque A: sparsisque EF 2 LU * 641 meae βEFMUW: mihi uLN 2 (per corr.) Pe * 651 qua A: quid uM 2 (in ras.) * 658 recipit A: recepit uL * 665 iacerent βu 1 EM 1 NU: facerent u 2 FLM 2 PW (in Treuirense f supra i add. secunda manus) * 667 nobis A: uobis Fragmentum Es una hoja de tamaño folio escrita a dos columnas (de 40 vv. cada una) y con amplias anotaciones marginales. 1 v col. 1 se ha cometido un error en la numeración, numerándose el v. 1 v se retoma la numeración correcta, si bien más adelante, a partir del v. 440, se vuelve a incurrir en el mismo error, y así los vv. Hay que destacar que en VII 399 este ms. ofrece la lectura correcta phene (pheneu/ phineu A: phoene M: phoeneu M 1 ), que J. Schrader conjeturara a partir de Anton. Fragmentum III 170, Hay dos errores notables en este fragmento. Ante todo, el primer verso del f. 1 r está mal numerado, pues no se trata del v. 217 se haya perdido por recorte del margen superior). En segundo lugar, hay que advertir del pequeño totum reuolutum del f. 1 v: comienza sorprendentemente con los vv. 1 r -y cierra, para mayor confusión, el v. Asimismo, cabe reseñar que toda la numeración de este fragmentose indica sólo el verso inicial de cada carilla y a veces también el final -es muy posterior a su escritura, como demuestra el hecho de que el v. VII 709 (sacra tori coitusque...) aparezca numerado como si realmente fuera el primer verso del f. 3 r, aunque todavía pueden rastrearse trazos del v. Debido al recorte del margen inferior, del verso final del f. 3 r (VII 749) sólo restan los trazos superiores; peor suerte corrió el v. final del f. VII 762, considerado non Ouidianum por los edd., verso recogido en el texto sólo en una exigua parte de la tradición manuscrita (Ueh), silenciado en otra (uE), si bien lo documentan indirectamente -entre líneas o en notas marginales -muchas manus secundae uel tertiae en gran número de mss. (F 2 L 3 M 3 N 2 P 2 W 3 a 2 ). Contiene asimismo el v. VII 170 (tras VII 293), omitido en parte de la tradición manuscrita (FU 1 e 1 h 1 ) y considerado espúreo por Heinsius, aunque no por los edd. modernos. Omite, en cambio, el v. VII 462 coincidiendo con una ramillete de mss. (EF 1 LWo, M. Planudes), así como el v. VII 727 (omisión que no consta a cerca de otros mss.). Se compone este fragmento de dos bifolios sueltos, sin que lleguen a formar un mismo fascículo o pliego entre sí; cada carilla está escrita a una sola columna, distribuyéndose los versos de la siguiente manera: M(N 1 )P 1 U 2 (W 1 ) * 741 mala (male Treuirense) pacta nego male pactus es 1: male fictor adest male fictus (fictor F) FMN 4 Ph: mala pectora detego (pectus E 1 N 3 Ua tectus L pactus r fictus v) E 1 LN 3 Uarv: male pactus ego //// (sum?) male fictus W mala pectora sum male pactus E 2: locus saepissime emendatus * 753 si ENUae: se FLM 1 PW * 756 manibus quod A: quod nos ut Mwv Chis. Fragmentum Se compone de dos folios sueltos, escritos a una sola columna de 45 versos. La parte inferior de cada folio ha sido recortada con posterioridad, perdiéndose con ello algunos versos finales: f. X 140 (aún puede leerse la mitad superior de este verso); f. 2 v, presumiblemente falta el v. En el folio 2 r el paso del tiempo ha desvaído la tinta hasta el punto de dificultar enormemente la lectura de muchos versos. Ambos folios presentan abundantes notas marginales y supraversales. 1 v se detecta un grave error de copista: los vv. 161 y 162; luego alguien -tal vez el propio copista -dejó indicado el orden correcto de lectura por el procedimiento de adjudicarle a cada verso una letra del abecedario (f: v. X 614 bis (spectat eum uirgo uincique an uincere mallet), lo cual emparenta el Fragmentum Treuirense IV con los contados mss. que igualmente lo recogen: el Marcianus Florentinus 223 (s. XI/XII), el Laurentianus 36.12 (s. XI/XII) y el Hauniensis Bibl. Los versos ovidianos se distribuyen de la siguiente manera: 2 v X 596-638 candida purpureum... inficit umbras Con respecto al texto de Anderson, he aquí las principales divergencias: X 97 buxus A: buxum M(N 1 ) * 98 ficus EN 2 PUWep: tinus Heinsius, Anderson: cinus marg. 451 obliquantem oculos... fauentum Las divergencias más notables respecto al texto fijado por Anderson son: VII 293 nunc se A (se om. M): hunc se Zulichem, Basil.
Las citas del texto griego han sido tomadas de la edición oxoniense (1955). Para una lectura de la figura de Helena en la épica y en la tragedia, remitimos al estudio de N. Loreaux Les experiences de Tirésias. Con respecto al nombre de Helena y a su etimología, sentida como verdadera para los poetas griegos, quienes "cratilianos antes de Cratilo" encuentran el ser en el nombre, Esquilo formula en boca del Coro un extenso lamento invocando la suerte que por causa de Helena han corrido hombres y pueblos: "Quién le dio el nombre de Helena con absoluta verdad?... Dio el nombre de Helena a la casada que fue disputada, que causó la guerra. Luego fue, de modo adecuado para su nombre, destructora de barcos, de hombres y pueblos..." ¡lénaj,¢landroj,. En Troyanas, Eurípides la enfrenta a Menelao, el hombre que ha perdido el honor debido a la falta de castidad de su esposa y a Hécuba, la esposa de Príamo, cuya figura trágica se recorta como modelo femenino de respeto y de vigilancia a las normas que regían la vida de la pólis. La imagen de Helena y su responsabilidad en la guerra de Troya, aparece con singular fuerza en el discurso de las otras mujeres esclavas: Hécuba (vs.130) la califica de "odiosa 4 Cf. 232;y también V. Bers, «Tragedy and rhetoric», en Persuasion: Greek Rhetoric in action, Londres, 1994, pp. 176-195. mujer de Menelao", (stugnàn ƒloxon tàn Meneláou), perdición para Cástor (lÓban Kástori) y baldón del Eurotas (duskleían tÔ7 EurÓta7), en tanto la culpa directamente de su suerte y de la de Príamo; Andrómaca, por su parte, la juzga nacida no de Zeus, sino de varios padres: 9Alástoroj mèn prÔton, e: ta dè Fqónou, Fónou te qanátou q' Ása te gÊ tréfei kaká. (766-69); finalmente Casandra señala en su argumentación que Helena voluntariamente (¡koúshj) y no por la fuerza (bía7 lelh7sménhj) siguió a Paris. Eurípides, pues, recoge la imagen que de Helena ha construído la tradición, pero, a diferencia de sus antecesores, y, ya en el discurso trágico, ante la decisión de Menelao de retornarla a Grecia y allí darle muerte como recompensa por las pérdidas de Ilión (874-879), le otorga la posibilidad de demostrar su inocencia. El discurso que Helena pronuncia en su defensa se enmarca en la estructura de polaridad y reverso de los dissoi lógoi. Al respecto, la crítica señala que en la tragedia, los agones o debates formales reflejan la retórica de las instituciones legales y políticas y el ejercicio dialéctico que éstas proporcionan. En cada una de las esferas ( la tragedia, la filosofía, la retórica o la sofística) la lógica observación de Protágoras acerca de los dobles discursos constituye el rasgo principal 4. En el texto de Eurípides esta estructura aparece mencionada en la afirmación de Hécuba (vs.908) en la que se hace referencia a dój toúj šnantíouj lógouj y luego, reafirmada por Helena a Menelao: oμmai dià lógwn ±ót' šmoû kathgorÉsein,'ntiqeîs''meíyomai toîj soîsi t 'mà kaì tà s' a±tiámata. El agon quedará establecido entre Helena/Hécuba, con una breve intervención del Coro, la respuesta de Menelao, una rápida esticomitia entre éste y Hécuba y una reflexión final de Menelao en la que expone las razones que motivan el castigo de Helena. Ahora bien, si como asegura Aristóteles el objeto principal de la retórica es la persuasión (Rhet. I.2, 1355b25-26) y se hace necesario en este punto un adecuado manejo de la argumentación, a qué estrategias deberá apelar Helena entonces para convencer a sus oponentes y con qué pruebas intentará demostrar su inocencia? La respuesta a tales interrogantes nos lleva a la consideración del ethos, de la inuentio y de las písteis a las que el orador (siempre según Aristóteles) debía recurrir hábilmente para lograr la adhesión de su auditorio. 6 Cf. para el análisis del ethos y su relación con la auctoritas de la retórica latina, Quintín Racionero Retórica de Aristóteles, Madrid, 1990, nota 34, p. Este análisis nos coloca ahora frente al problema de la inuentio: "en cuanto que connota las pruebas propias del arte, significa el acto de la facultad por el que ésta elabora, de acuerdo con un método, una red o trama de estructuras 8 Las características de la inuentio y las definiciones de las retóricas posteriores están citadas en Racionero, ob. cit, p. 9 Cf. la definición de H. Beristain en Diccionario de retórica y poética, México, 1992 3. 10 Para la noción de "acuerdo" remitimos al estudio de Ch. Al respecto, señala el autor «el desarrollo de la argumentación, así como su punto de partida, implica la aprobación del auditorio. Dicha conformidad versa ora sobre el contenido de premisas explícitas, ora sobre los enlaces particulares utilizados, ora sobre la forma de servirse de ellos: de un extremo a otro, el análisis de la argumentación atañe a lo que se supone admitido por los oyentes. El orador, utilizando las premisas que serán fundamento de su construcción, cuenta con la adhesión de los oyentes a las proposiciones de partida... Los acuerdos que pueden servir de premisa se agrupan en dos categorías: una relativa a los hechos, las verdades y las presunciones; otra relativa a lo preferible, que englobaría los valores, las jerarquías y los lugares de lo preferible». Estos lugares constituyen la tópica para Aristóteles y ésta expresa un "método de selección" de los argumentos pertinentes a un caso propuesto por medio de reglas lógicas que sirven de instrumentos de control. ( cf. Racionero, ob. cit, nota 67,p. epistémicas que, o bien hacen la causa probable y persuasiva, o bien cierta y demostrativa" 8. Definida también como la fase primera, preparatoria del discurso oratorio, que abarca la selección de los argumentos, y consiste en localizar en los compartimentos de la memoria (loci) temas, asuntos, pensamientos, nociones generales allí clasificadas y almacenadas.... los tres elementos que la componen (pruebas, costumbres y pasiones) constituyen un llamado a la razón, a tener confianza en el orador y a abandonarse a la emoción 9. A la luz de estos conceptos, examinaremos el discurso de Helena (930-965) a fin de esclarecer el manejo de sus argumentaciones, la manera en que configura su ethos y las fuentes de donde extrae los temas y las premisas sobre las que basa su defensa. En primer lugar, conviene señalar que ya en el exordio y dirigiéndose a Menelao, no sólo asume la imagen que de ella tienen sus acusadores ("puede que no me contestes por considerarme enemiga") sino que, además, puntualiza que ella hará acusaciones en su contra (918), circunstancia que aminora su culpa al compartirla, anticipadamente, con su oponente. En segundo término, conviene destacar que todo el discurso se enmarca en una suggnÓmh, a la que sólo tenían derecho, en los juicios públicos, aquellos que consideraban su faltas involuntarias. Este tipo de alegato, que el autor extrae de la oratoria forense contemporánea, constituye en la resis de Helena y según el criterio establecido por la retórica moderna 10, el acuerdo marco, EM LXVII 1, 1999 11 Para el análisis de suggnÓmh y los términos que aluden al concepto de indulgencia en la oratoria y en la tragedia, v. Este tipo de argumentos, claramente desarrollados en el siglo V, destinados también a servir a los oradores del siglo IV, y encuadrados luego por Aristóteles en el análisis de los actos involuntarios (Ret. I 10) no hacía otra cosa que lograr el desvío de la culpabilidad, proyectándola fuera del sujeto y haciéndola recaer en la fuerza, la voluntad divina o la pasión amorosa (recordemos, entre los sofistas, las excusas con que Gorgias absuelve a Helena en su famoso elogio.) Eurípides, por lo tanto, no podía estar ajeno a este hecho y valiéndose de este "acuerdo" implícito entre el público y los personajes trágicos, enmarca formalmente la defensa en un pedido de indulgencia, poniendo en boca de Helena suggnÓmh d' šmoí (950). Desde el lugar que Eurípides le otorga ( culpable a priori, pero con la posibilidad de articular un éthos basado en la involuntariedad de sus faltas), Helena busca sus respuestas argumentativas (héuresis) en dos tipos de acuerdos: uno, que extrae de la tradición mítica, y que obviamente, es conocido y compartido con el auditorio; el otro, basado en "lo preferible", remite a normas de comportamiento reguladas por el derecho y la costumbre: nos referimos en particular a los lugares de la jerarquía, de la autoridad y, en consecuencia, de la condición de la mujer en el ámbito del matrimonio. En el primer caso, en una extensa narratio, proyecta en Hécuba y en Príamo la responsabilidad por el nacimiento de Paris y por no haberle dado muerte (920-923); luego, en alusión al juicio de Paris y a la contienda con las tres diosas, culpa a Afrodita quien la entregó a causa de su victoria. En los versos siguientes ( 933-36) la estrategia argumentativa, común en la oratoria ateniense de la época, consiste en mencionar los servicios o beneficios prestados a la sociedad por o gracias a la víctima: así, Helena explicará que "habiendo vencido Cipris, mi boda benefició a Grecia, pues no fue dominada por los bárbaros ni -subraya -os sometísteis a su lanza ni a su tiranía". Si 12 Para el significado de los términos que remiten a un tipo de justicia primitiva, ver Glotz, Solidarité de la famille dans le droit criminel en Gréce, Paris, 1904, p. 13 En la Orestía de Esquilo, Clitemnestra usa un argumento semejante para desviar su culpabilidad, ante la acusación del Coro, en el asesinato de Agamnenón.. 14 La asociación mítica de Eros ( como poder destructivo en la mujer) y de Afrodita, y su vinculación con la persuasión está sañalada en Buxton, Persuasion in Greek tragedy, Cambridge, 1982. (Pothos y peitho, personificados, están asociados en contextos literarios como acompañantes de Afrodita.). Al respecto también es ilustrativa la iconografía: una pequeña ánfora en el Museo de Berlín (inv. nro. 30036, del sigloV), muestra la imagen de Helena sentada en el regazo de Afrodita; a la derecha del grupo, Paris, sobre el cual se apoya un pequeño Eros, a la izquierda Peithó, que tiene en la mano un cofre. En la argumentación sofística, esta asociación tenemos en cuenta el ámbito de la representación teatral, tal afirmación ( en la que están presentes sin duda elementos patéticos) no podía ser ignorada por el público que veía en la tiranía o en la barbarie uno de los mayores peligros que amenazaba los ideales democráticos. Desviando ahora la culpabilidad hacia Menelao mismo y en el marco de una narratio configurada en términos de contra-acusación, Helena responsabiliza a su marido de haberla abandonado, sola, junto al dios vengador: la inclusión del término alástor (calificación que le da a Paris) es por demás significativa y resulta algo extraña para la época. Este concepto, como ate o erinnias remite a un tipo de derecho ligado a una religiosidad muy primitiva, y a un tipo de memoria punitiva, asociada a la reprobación pública. El alástor ( o a veces daimon) es la representación de un genio maligno, que venga por lo general antiguos crímenes 12. Esta referencia subraya la presencia de una culpa hereditaria (en un esquema de pensamiento más cercano al mundo de Esquilo) de la que Helena, obviamente, intenta aparecer como víctima 13. La pregunta retórica del verso 945 "en qué estaba pensando para abandonar mi casa y seguir a un extranjero traicionando a mi patria y mi familia?" tiene su respuesta en lo que más adelante ella misma asegura, casi como una sentencia: "castiga a la diosa (tÈn qeón kólaze), hazte más poderoso que Zeus (kaì Diòj kreísswn genoû), quien tiene el poder sobre los demás dioses pero es esclavo de aquella (keínhj dè doûlòj šsti)". La persuasión de Afrodita, implícitamente contenida en las palabras de Helena, era un recurso habitualmente usado para explicar la fuerza del deseo en un acto de adulterio 14. Así en Nubes, el Razonamiento injusto hace referencia a una situación semejante: "Si eres sorprendido en adulterio, responderás al marido que no has cometido ninguna falta. Enseguida, culpa a Zeus: dirás que él también es vencido por el amor y las mujeres.Y tú, que eres mortal, cómo podrías ser más fuerte que un dios? " (1076-1082). 15 El tema de la sexualidad femenina, la sociedad y el adulterio está tratado de manera exhaustiva en los estudios de David Cohen.. Citamos como referencia su trabajo: «The social context of adultery at Athens», en Nomos. 17 Un interesante análisis del entimema hace F. Cortés Gabaudán en «Formas y funciones del entimema en la oratoria ática», Cuadernos de Filología Clásica IV, 1994, pp. 205-225. Este argumento de defensa pone de manifiesto el grado de culpabilidad que se le atribuye en su huída con Paris: con su conducta, Helena ha violado las normas del oikos que reconocen jerárquicamente la superioridad del hombre y la autoridad del marido en tanto kyrios de la esposa. Pero más aún: ha quebrantado el honor de Menelao, definido (como el de todo hombre, según era costumbre en la sociedad ateniense de este siglo) por la castidad de la mujer 15. La sexualidad de Helena y, en consecuencia, el deshonor que ha cubierto a Menelao, la hacen condenable a los ojos de éste, del Coro y de Hécuba. Anticipando la "conveniencia" (eÐprepÊ) de un contra-argumento (refutatio) de Menelao (952-53), Helena, mediante una hábil demostración retórica y partiendo en este caso de otro acuerdo también enmarcado en las normas sociales de la época, usa del entimema para lograr la persuasión deseada: nos referimos a la conducta que era considerada normal para una mujer cuyo marido había muerto y que Hécuba se apresura a señalar en su acusación: "Debías venir pobre, con la túnica hecha jirones, temblando de miedo, con la cabeza rapada como una escita y con más humildad que desverguenza por tus culpas pasadas" (1025). Conviene aquí recordar la definición de entimema, concepto que se encuadra en las pruebas demostrativas. Siguiendo nuevamente a Aristóteles «De otro lado, en fin, [los hombres] se persuaden por el discurso, cuando les mostramos la verdad, o lo que parece serlo, a partir de lo que es convincente en cada caso» 16. En este caso, los recursos técnicos de orden lógico mediante los que se prueba o se demuestra, son el entimema y el ejemplo 17. En el texto de Eurípides, Helena toma como punto de partida una opinión del auditorio: la premisa mayor (implícita) es una probabilidad sobre la Estos versos han sido suprimidos en las ediciones de Diggle y Murray (Oxford) siguiendo a Wilamowitz.. El texto presenta una laguna, lo que dificulta su interpretación. S. Barlow, Euripides Trojan women, Warminster, 1986, explica este pasaje justificando por el contexto la supresión de los versos aludidos. Sin embargo, si estas líneas son consideradas, la argumentación de Helena se podría comprender con la alusión a dos tipos de bía: una inspirada por Afrodita (v.. 962) con refrencia a la persuasión de Paris y la otra, en el sentido de fuerza física o rapto, realizada por Deífobo (lo que justifica la presencia del harpasas en 959). 19 Para la significación y los términos referidos a esta conducta sexual y su testimonio en la oratoria ática, remitimos al trabajo de S. Cole. 21 Para varios aspectos de peithó y su relación con eros y bía, ver Buxton, ob. cit, conducta humana: "cuando Alejandro murió y descendió a las entrañas de la tierra, debía yo (xrÊn m') ahora que ya no tenía una boda dispuesta por los dioses (anik' oÐk ©n qeopónhtá mou léxh) haber abandonado el palacio y marchado a las naves argivas" (950-54). La premisa menor es la comprobación que genera el cambio de opinión: "Me apresuré a hacerlo y son mis testigos los guardianes de las puertas y los vigías de las torres... Pero un nuevo esposo, Deífobo, me arrebató y me retenía como esposa con el consentimiento de los frigios" (bía7 d' À kainój m' oÞtoj ‰rpásaj pósij Dhífoboj ƒloxon eμxein'kóntwn FrugÔn, 955-962) 18. Aludiendo a una acción definida como "ataque sexual" 19, Helena configura el elemento esencial de su argumentación: la mujer que ha sido "tomada" por la fuerza o la violencia, no es culpable, sino víctima. En estos casos, como el de la mujer en un acto de moicheia, la ley preveía como castigo una separación de su marido y la prohibición de participar en ritos públicos religiosos (atimía) 20. La conclusión de su argumento refuerza su condición de víctima y, como ocurre generalmente en la peroratio, apela a la justicia de su oponente: "cómo pues, esposo mío, va a ser justo (pròj soû dikaíwj, §n À mèn bía7 gameî) que muera en tus manos, yo, a quien uno desposó a la fuerza y que, lejos de salir victoriosa, tuve que servir amargamente en mi segunda casa?". Intentando provocar un pathos en sus acusadores, concretamente oeleoj, Helena asume su defensa señalando las causas ajenas que motivaron su falta: la persuasión de Paris a causa de la intervención de Afrodita ( observemos en el texto la expresión bía gameî) 21, la violencia de su segundo matrimonio, en el que tuvo que servir como esclava (šdoúleusa) y, por último, indicando EM LXVII 1, 1999 22 El término a±sxúnein es usado con frecuencia en los trágicos y en los oradores para expresar un acto de adulterio y el deshonor que implica para el hombre. 98. puntualmente la intervención divina, apela a la razón, en una suerte de sentencia: "si quieres ser superior a los dioses, tal pretensión es insensata por tu parte" (964-65). La suggnóme pues, se configura a partir de un ethos elaborado en el discurso mismo: Helena, no sólo culpable sino también kakoûrgoj (968) se presenta víctima e inocente de las acusaciones, para lo cual argumenta una serie de excusas extraídas de la tradición mítica (la relación peithó-eros) o de normas que había impuesto la costumbre, ante las cuales aparece como transgresora "involuntaria". Sin embargo, el Corifeo pide expresamente la intervención de Hécuba, impulsándola a pronunciar su contra-discurso con el fin de refutar los argumentos de la acusada: "reina, defiende a tus hijos y a tu patria destruyendo la persuasión de ésta, puesto que, con ser malvada, habla razonablemente. Una vez finalizado su discurso, y como parte de la peroratio, Hécuba pide para Helena la muerte, requiriendo además, el establecimiento de una ley para todas aquellas mujeres que traicionen a sus esposos: nómon dè tónde taîj ƒllasi qèj gunaicí, qnÉ7skein ¬tij ƒn prodÔ7 pósin.. Por su parte Menelao reafirma la "voluntariedad" del acto de Helena e impone la lapidación como castigo: baîne leustÉrwn pélaj...: con ella pagará los sufrimientos aqueos y aprenderá a no cubrirlo de verguenza 22 (1n' e±dÊ7j mÈ kataisxúnein šmé, 1040-41). Si bien Eurípides recupera la figura de Helena con las características negativas que le había otorgado la tradición literaria, el tiempo en que representa la tragedia ofrece al poeta una innovación particular, en tanto los valores tradicionales se habían vuelto insuficientes para la vida y las actitudes de la pólis. Helena, figura épica de Homero, dramatiza en los debates de Troyanas los problemas acuciantes de la responsabilidad, la culpa y la penalización en términos y estrategias sofísticas. Una vez más el teatro, mímesis de la sociedad de su tiempo, pone al desnudo conductas éticas y sociales y cuestiona, bajo diversas formas, normas, leyes y transgresiones que marcan un fin de siglo particularmente conflictivo. Pero cabría preguntarse, retomando la figura de Helena como retor, si lo que en realidad cuestiona el dramaturgo, más allá de las consecuencias de la guerra y de una polis desmembrada, no sería acaso la nulidad de un discurso viciado de lugares comunes, poco consistente en sus argumentaciones y que efectivamente fracasa en si intento persuasivo. Tal vez la respuesta esté (cuando menos en parte) en la refutatio de Hécuba y en los valores que la sustentan.
Para gramático, y "difícil", no puede decirse que el destino le haya deparado a Apolonio la suerte reservada al común de sus colegas, favorecido como ha sido por los hados mucho más que todos ellos. Su opus magnum, la Sintaxis, no ha dejado de ser referencia obligada en los estudios gramaticales y lingüísticos desde la misma Antigüedad hasta nuestros días, editada y, sobre todo, traducida repedidamente: al latín (1590), al alemán (1877), al inglés (1981), al español (1987), y ahora al francés (con texto griego adjunto), noticia y examen somero que pretendo comunicar a los estudiosos en las líneas que siguen. La traducción resulta aparentemente fluida y digerible, sin que mi competencia para apreciarla sea definitiva (decidan los lectores franceses sobre calcos, préstamos o neologismos como "allopassiv", "autopassiv", "contre-diathèse", "diathèse de l 'âme", "orthotoner", "univerbation", etc), ni este breve espacio me permita descender a más detalles. Viene acompañada de un texto griego ad hoc (el informatizado del Thesaurus Linguae Graecae), sólo secundariamente crítico, con un aparato selectivo, no del todo ortodoxo, tomado asimismo de la edición de Uhlig (1910), revisado y modificado una serie de variantes más o menos potestativas y conjeturales justificadas unas veces en el propio aparato y otras en las notas del segundo volumen, lo mismo que los testimonios y las anotaciones exegéticas. El traductor y anotador quiere atenerse a un método estrictamente filológico, lo cual no puede reprochársele en absoluto, máxime después de las locas décadas de teorías que todos hemos vivido; con ello uno puede librarse de anacronismos (atribuir erroneamente conceptos actuales a épocas pretéritas) pero también se puede correr el riesgo de la extemporaneidad y la obsolescencia (quedar fuera de nuestro tiempo), que nuestros vecinos nos censuran; con todo, la intención siempre alimentará un plausible desideratum. El mayor inconveniente y limitación para una "lectura" exclusivamente filológica de EM LXVII 1, 1999 Apolonio es nuestro escaso conocimiento de la tradición gramatical griega antigua, que en el caso de la sintaxis se reduce a la obra de que estamos tratando. Ello ha hecho inclinar la balanza exegética del lado filosófico, de la dialéctica estoica en particular, lo que si no es anacrónico, sí puede ser, en mi opinión, "anatópico". La gramática griega no hunde sus raíces en la filosofía, sino en la filología alejandrina, que tuvo que dar respuesta técnica a dos serios problemas de la época, como fueron la necesidad de dar realidad escrita al lenguaje literario y a los textos poéticos orales tradicionales, hechos de regularidades y equivalencias (lo que se trasladaría a la lengua en general y a la consideración de la analogía como base del funcionamiento del sistema morfológico), pero también de usos desviados, junto con la necesidad de explicar todo ello. Dicho de otra manera: la gramática griega no se constituyó para estudiar el lenguaje en general como sistema de comunicación, sino de la literatura, de los textos, de la escritura, de los productos literarios de la época clásica; de ahí su carácter empírico, nada teórico. La obra de Apolonio no constituye tampoco, por tanto, una "teoría de la sintaxis", sino más bien una "práctica" de la construcción de las partes de la oración, de las palabras en la frase, aplicada al lenguaje poético griego y ejemplificada en su monumento más conspicuo: Homero. Ese es el fin de la gramática, y así lo afirma él mismo (ahora en francés): «car [la sintaxis] c 'est absolument nécessaire à l' explication des textes poétiques» (I,1). Por supuesto, las cuestiones las resolvía Apolonio, las razonaba, en el marco general del pensamiento de la época, filosófico o no, dialéctico o no. Los gramáticos griegos no escribieron sobre el origen del lenguaje, sobre la teoría del signo, sobre la relación entre forma y contenido, sobre la estructura del conocimiento conceptual o temas afines; si, con Apolonio, tomamos las obras de una docena de los más sobresalientes de ellos -Ammonio, Apolonio Sofista, Arcadio, Aristarco, Aristónico, Dídimo, Dionisio Tracio, Herodiano, Nicanor, Trifón, Zenódoto -veremos que su actividad consistía en preparar ediciones críticas de textos poéticos y literarios, en escribir los comentarios exegéticos respectivos y los ensayos monográficos oportunos, en confeccionar toda clase de diccionarios y léxicos como aparato coadyuvante a lo anterior, junto con los tratados técnicos y manuales, donde se exponían los conocimientos específicos requeridos para el ejercicio de dicho arte; que la actitud Apolonio sea más racionalista no modifica los hechos básicos, como tampoco los conceptos de "perfección" (aÐtotéleia), o "coherencia" (katallelótej) gramaticales (textuales) tienen por que ser dependientes, o confundirse, con los lógicos (dialécticos) correspondientes; ni puede afirmarse que en la gramática griega existan dos corrientes metodológicas: una empírica o filológica y otra teórica o filosófica: son dominios distintos. Todas estas cuestiones, como era de suponer, las verá el curioso lector reflejadas en la amplia introducción donde J. Lallot pasa revista a las peripecias vitales del traducido, a los problemas históricos de la gramática griega, a la metodología de Apolonio, así como a la propia del intérprete a la hora de enfrentarse a la obra cumbre de la sintaxis antigua para ofrecerlas al lector moderno (me temo, sin embargo, que tanto el helenista como el no helenista no lo tendrán fácil y el Díscolo haya salido una vez más por sus fueros). El traductor francés de Apolonio (antes había hecho otro tanto con la obra de Dionisio Tracio, la Téxnh gramatical) suele ser en general crítico sosegado de sus oponentes y elusivo de controversias; conciliador en los asuntos en litigio y humilde en las limitaciones. Las ventajas y provecho que ofrece la tecnología más reciente (se tendrá que mejorar lo relativo a la impresión del griego) empiezan a facilitar el trabajo y a manifestarse en las produc-ciones de los filólogos clásicos: una serie de índices (de tecnicismos franceses y griegos, de términos estudiados por Apolonio, de autores y citas de la Sintaxis, de textos antiguos aducidos por el traductor francés, de autores modernos mencionados) son una prueba de lo dicho y una invitación a servirse de ellos por la facilidad de las búsquedas. Al lector helenista se le ofrece, pues, la comodidad de un texto griego mucho más asequible que las ediciones tradicionales y a todos una traducción legible acompañada de una exégesis más que suficiente. PLAUTO, Comedias (II), ed. de J. Román Bravo, Madrid, Ediciones Cátedra, 1995, 739 pp. Después de la aparición hace algunos años del primero de los volúmenes, también a cargo de José Román Bravo, de las comedias de Plauto (Madrid, Ediciones Cátedra, 1989) conteniendo prácticamente la mitad de la producción dramática del sarsinate y una amplia y excelente introducción al autor y a las múltiples cuestiones pendientes que afectan al texto plautino, se publica ahora la segunda entrega que recoge las once comedias restantes, ordenadas alfabéticamente, desde el Mercator a la Vidularia, pasando por Miles gloriosus, Mostellaria, Persa, Poenulus, Pseudolus, Rudens, Stichus, Trinummus y Truculentus. La presentación formal de las traducciones es semejante a la que ya se ofreciera en el anterior volumen y, así, cada comedia va precedida de una introducción particular que informa de algunos pormenores relativos a la peripecia dramática y la estructura de la obra, a su modelo griego (en el caso de estar identificado), a la datación y a la influencia que pueda haber ejercido en la posteridad. Datos breves, bien hilvanados entre sí y bien documentados y apoyados en la bibliografía pertinente (profusamente citada y comentada en las abundantes notas que jalonan el volumen), que pueden servir (y ése es su objetivo) para que el lector se inicie en la lectura de Plauto con los útiles necesarios que le permitan disfrutar del talento cómico del latino. Si bien la traducción que se ofrece no está pensada para llevar a escena el texto de Plauto (aspecto este de la dramatización de las comedias plautinas muy a menudo olvidado por los estudiosos del sarsinate y que de tenerse en cuenta solucionaría no pocos puntos oscuros de su obra), sin embargo el texto castellano que nos brinda Román Bravo no adolece en absoluto de excesivo encorsetamiento literario y, por contar además con numerosas acotaciones escénicas que facilitan al lector la visualización de lo que pudiera ocurrir sobre un escenario, podría servir para ese objeto. El texto que se sigue, aunque de él se aparta en no pocas ocasiones (siempre indicadas en nota a pie de página), es el editado por Ernout (París 1932(París -1940) ) y sobre él se establece la muy buena traducción que ha llevado a cabo su autor, tanto en lo que se refiere a la fidelidad con que sigue a Plauto como en lo relativo a la interpretación que hace de algunas expresiones latinas que pueden tener su correlato con el castellano actual, aunque sin abusar del fácil chiste grosero que a veces suelen poner los traductores en boca de los personajes plautinos. Es, en suma, esta traducción del comediógrafo de Sársina, la primera muestra completa (por incluir los poco más de cien versos nunca traducidos al castellano de Vidularia) de la producción plautina que tenemos en España y que cuenta con la virtud de ofrecer, aunque se trate de una edición destinada al gran público, un inmenso caudal de información entreverado a lo largo de EM LXVII 1, 1999 los dos volúmenes que recoge lo más sustancioso que en torno a la figura y la obra de Plauto se ha escrito en los últimos años. Nigel Wilson, profesor asociado y tutor del colegio Lincoln de la Universidad de Oxford escribe una traducción de esta obra del prenestino Claudio Eliano. Con sus propias palabras, «aunque no se pueda reclamar que Eliano escribiera una gran obra maestra, este libro posee una atracción indudable y nos cuenta algo acerca de los gustos del público lector del Imperio Romano tardío». Esta obra está estructurada en las partes siguientes: una nutrida y bien trabajada introducción (vida, estilo, características del público lector y de la cultura del tiempo de Eliano, fuentes, el carácter de imitación y originalidad de su obra Poikílh ¶storía; comparación de ésta con otra antología de su tiempo: los Strwmateíj de Clemente de Alejandría, la historia de la transmisión manuscrita de la obra y su primera edición impresa), la traducción propiamente dicha de los catorce libros, tres páginas con la traducción de los escasísimos fragmentos -conservados en Estobeo y Suidas -del resto de la obra; por último, un índice onomástico y de materias. La estructura del libro es conocida. La colección Loeb se caracteriza por ser más divulgativa que exhaustiva en lo científico y en sus comentarios filológicos. Ello quiere decir que reduce al máximo tanto el aparato crítico como las notas a pie de página. Hay, por consiguiente, dos tipos de anotaciones: el mínimo aparato crítico y los comentarios aclaratorios o que exponen las fuentes de Eliano en un pasaje determinado. La mayor importancia se pone en la traducción, para la que establece un texto griego canónico, en este caso el de M. R. Dilts editado en la Biblioteca Teubner (Leipzig 1974); el editor y traductor remite a aquella edición para un más extenso estudio de crítica textual. Según afirma Wilson, en unos cuantos pasajes se desvía del texto de Dilts, por lo cual cree necesario que en el mínimo aparato crítico figuren también las lecturas escogidas. En las notas a la traducción, como él explica, han sido mencionadas las fuentes utilizadas por Eliano, cuando han podido ser identificadas, aunque no ha recogido los pasajes de otros autores que han dado la misma información a lo largo de los siglos hasta el siglo II d.C., ni tampoco los autores que han usado a Eliano como fuente. Varias características de esta edición permiten solazarse con las noticias, anécdotas y sentencias presentadas por el sofista Claudio Eliano, y adquirir una amplia visión de las pretensiones de dicho autor. La primera es el muy elegante estilo en que la obra está traducida. Wilson da la impresión de ser un maestro de la lengua inglesa, puesto que su estilo es sencillo y a la vez literario, es decir, que se encuentra a la altura de la literatura que está traduciendo, probablemente superando a Eliano en su uso del griego arcaizante, en cuyo ámbito nuestro sofista no parecía muy cómodo. El vocabulario utilizado por Wilson es vastísimo, lo que en no pocas veces puede incluso obligar al lector español no excesivamente ducho en el inglés literario a consultar un diccionario de inglés. Otro detalle que se agradece de parte del traductor, importante para la comprensión de las constantes referencias de Eliano a la historia de Grecia, Persia y otros, es la aclaración de las personalidades que va citando el sofista griego, puesto que un lector con una cultura meramente general podría encontrar dificultades para conocer quiénes son Fálaris, Dionisio de Sicilia o incluso Zeuxis o Apeles. La intervención del autor por medio de las notas al texto es breve, pero suple lo que hace falta, incluso con fechas, para abarcar mejor el inmenso caudal de la narración de Eliano. También es notable el hecho de que el autor remite al lector a una bibliografía acerca de la paremiografía: los adagios y refranes no son escasos en Eliano, por lo que se hace preciso conocer cuáles son las fuentes del escritor. Puede observarse la relativa riqueza de estas remisiones en una nota como la segunda ( b ) de la p. 463, en la cual la referencia es a autores antiguos, paremiógrafos o no (Platón, Libanio y una epístola del mismo Eliano), y a una mínima bibliografía moderna acerca de los proverbios. La brevedad de las notas y comentarios al texto no impide que se exponga una bibliografía necesaria para la mejor comprensión del texto de Eliano. En este sentido, el traductor expone las fuentes que haya podido consultar el autor griego -en especial, Ateneo -, así como las obras de consulta de especialistas modernos para la elucidación de los pasajes difíciles. Además, se utiliza las referencias cruzadas con otros pasajes de la misma obra Varia historia o con la de De natura animalium, especialmente cuando una anécdota se repite, o completa otra, o en lugares donde se habla de un personaje del que antes se ha expuesto alguna historia o noticia, o del cual se hará mención después. Otro dato útil que Wilson ofrece al lector de nociones filológicas amplias es el de las referencias de los fragmentos de los historiadores que Claudio Eliano va citando en sus ediciones propias -casi siempre las de Jacoby, Diels-Kranz...), dependiendo de la naturaleza de la fuente), así como las fuentes en las que Eliano se apoya para compilar sus anécdotas, que casi constantemente es su contemporáneo Ateneo de Náucratis. La información constante acerca de las referencias anecdóticas de Eliano llega incluso a incluir las meras alusiones, como en el caso de VH 10.18: «... when good-looking young men show their youth in its most attractive form, as Homer himself remarks somewhere [Iliad 24.348]. (...) 279 P.-D.]»; referimos esto a una meritoria búsqueda del editor o tal vez ha recogido las referencias de ediciones anteriores. Es fundamental el sistema de referencias cruzadas para recordar a los múltiples personajes que incluye Eliano en su abigarrada historia, así como el índice onomástico. Ambas cosas son -no decimos con ello nada nuevo -muy estimadas en especial por muchos filólogos que rastrean en busca de las peculiaridades del léxico de los autores, o bien por quienes, aunque no tengan una especialidad de filología clásica, sí puedan necesitar una guía que los lleve inmediatamente a cuanto hayan menester en lo referente a los personajes de la Antigüedad clásica, sean históricos, legendarios o mitológicos. En la introducción, se nota la falta de un resumen de la obra -comprendemos que realmente arduo en el caso de una compilación como la elianea -y de un mínimo esquema de su estructura. Asimismo, se echa a faltar una estructura más clara en dicha introducción, es decir, una división en aspectos de la vida y obra del autor, de la transmisión textual y otros. No obstante, lo que se cuenta en ella es, en suma, suficiente para una aproximación somera al autor del que se trata. Describiré finalmente con mucha concisión la organización de una plana de esta edición bilingüe: se observa en la página izquierda el texto original tal como se extrae de la compilación de los códices. Debajo existen en la mayoría de las ocasiones las uariae lectiones más importantes a manera de aparato crítico básico. En la página derecha, por otra parte, leemos la página en EM LXVII 1, 1999 inglés que se va resiguiendo con facilidad puesto que la traducción casi siempre va paralela a las líneas en griego, lo cual no ocurre en todas las ediciones bilingües; en la parte inferior se sitúan las notas aclaratorias, informativas o las referencias cruzadas. Si es parte principal en la tarea del crítico poner de relieve los defectos de una obra publicada para mejorar futuras reediciones, poco podemos objetar a la Introducción en la que se da repaso al ambiente cultural de la época de Plutarco y la personalidad filosófica y religiosa de este autor que tantos conocimientos exhibe en el tratado De Iside et Osiride sobre la religión egipcia y sus relaciones con las creencias greco-romanas. Salvo alguna afirmación hecha un tanto a la ligera como que «el cansancio espiritual de la época se hace notar en el abandono de la investigación científica» (p. 8), incompatible con el alto nivel científico ligado a nombres (p. ej. Tolomeo, Dioscórides, Herón, Galeno) del siglo I/II d.C.; o como que «la astrología fue el fruto de los estudios astronómicos realizados en el período helenístico» (p. 10), salvo estas imprecisiones, todo nos parece correcto y oportuno para el tema. En lo que al stemma se refiere, es acertada la descripción y selección codicológica hecha por la editora, con algunas salvedades que pone de manifiesto oportunamente en su reseña (Myrtia 12 (1997) 107-111) Raúl Caballero. Respecto a los criterios seguidos en la edición, que es junto con la traducción la parte más importante del libro, compartimos en general los puntos de vista de la autora; en especial, sus escrúpulos ante las modificaciones innecesarias del textus receptus tan del gusto de la filología decimonónica. No obstante, creemos que hay casos en que es imposible justificar lo injustificable y hacer justicia a la perspicacia de los editores modernos cuando mejoran una lectura de los manuscritos, aunque se encuentre en todos. Cierto que la Prfa García Valdés asume estas variables y en ocasiones puntuales prefiere conjeturas a lecturas codicológicas. Pero su pasión por "limpiar" el texto de intromisiones modernas la lleva a alguna que otra defensa numantina del texto manuscrito. Por ejemplo, esgrime la fonética del griego tardío para preferir en 352A8 w| n to; me; n e{ teron de casi todos los manuscritos frente a w| n to; n me; n e{ teron del Marc. 248; o para en 364E2 mantener como aj rcikla; me; n ou la lectura aj rciklamev nousan de los códices, argumentando que en griego postclásico a veces no se encuentra la -n final del acusativo masculino o femenino ante consonante; pero, dado el carácter excepcional de estas lecturas en Plutarco, podemos con toda justicia volver al revés el argumento y pensar, en el primer caso, que la pérdida es un error habitual cometido por la generalización tardía de esa indiferenciación fonética y que no pertenecía al original. Y, en el segundo, queda el problema, no resuelto por la editora en su comentario, de la -a-en el femenino de aj rcikov ". Aquí podría postularse, manteniendo la lectura de la tradición manuscrita y aceptando la explicación dada por la Prfa García Valdés para el grupo kl (pp. 256-257), aj rcika; mev nousan con el sentido de "tú que conservas en Delfos funciones directivas de las tíades"; pero, a pesar de ello, me inclino por la modificación de Keramopoullos, aj rchi? da, que cuenta con el apoyo de ser un título sacerdotal délfico cuyo nombre se ha podido corromper fácilmente en aj rcikla en el paso de uncial a minúscula (no es difícil HI> ik y L> d). También sirve la lengua postclásica para defender el indicativo en 384A8: o{ tan...poiei' esgrimiendo la confusión modal de la época. Aunque comparto el conservadurismo de la editora, aquí no tengo ningún problema en restaurar el subjuntivo con los editores modernos, por dos razones: la primera es que en un breve sondeo con ayuda del TLG y sobre los opúsculos contenidos en el volumen correspondiente de la Teubneriana (vol. II), de los 47 casos de oraciones con o{ tan (17 corresponden a nuestro tratado) sólo en este ejemplo encontramos indicativo en vez de subjuntivo y, asumido tácitamente como error por la editora, en 371F1 (o{ tan de; piov meno" ej pi; to; n pov tamon kataiv rh/ ) donde la lectura, kataiv rei aparece en los códices A 1 aLv. Este ejemplo es muy interesante porque, de acuerdo con el argumento de la editora que estamos discutiendo, habría que restablecer también aquí el indicativo, ya que coinciden en él las dos familias (a y v) establecidas en el stemma. El subjuntivo del resto de la tradición tendría que interpretarse como una corrección culta por copistas posteriores. Pero si no es así y aquí se admite un error, no entiendo por qué no admitir en 384A8 el mismo error no corregido en la tradición que arranca sin duda del arquetipo; en ambos casos se trata de un ejemplo típico de itacismo, facilitado por la confusión modal del griego tardío. Fuera de ejemplos como éstos y algún otro, como mantener ouj en 353E8, maqhv mata en 355B2, a mi juicio correctamente modificado en paqhv mata por Xylander (cf. Raúl Caballero, pág.110), o restablecer en 370C6 tou; " qeou; " genev sqai ou} " kalou' si, la metodología aplicada por la Dra García Valdés, con más ventajas que inconvenientes, mejora bastante el texto de este tratado. En el caso último, sin embargo, la lectura de los manuscritos es demasiado forzada; preferimos la sencilla corrección de Wyttenbach, ou} " qeou; " geneqliv ou" kalou' si basada en la alteración geneqliv ou" > genev sqai ou} " que es paleográficamente asumible; producida ésta, no resulta difícil aceptar que se haya corregido ou} " en tou; " por motivos sintácticos. Respecto a la traducción -García Valdés ya nos había ofrecido una en su selección Obras Morales y de Costumbres publicada en Madrid, 1987 -, nos parece en líneas generales elegante y ajustada al texto, aunque mejorable en algunos pasajes concretos en los que, o no se ha captado bien el sentido o se observa una disonancia entre ésta y el texto defendido por la autora. Algunos ejemplos de imprecisión: 351E: semnotev ran aj pev fhne th; n tou' Dio; " hj gemoniv an ej pisthv mh" kai; sofiv a" presbutev ran ou: Los genitivos, a juzgar por los versos de Homero anteriores, no se refieren a presbutev ran ("porque es anterior en conocimiento y sabiduría"), sino a hj gemoniv an ("superioridad en conocimiento y sabiduría por ser anterior"); 367A: eij de; tau' ta mh; lev getai par? auj toi' ", eij kov tw" ouj d? ej kei' non a[ n ti" aj porriv yeie... La traducción «Y si estas cosas no se dicen entre ellos sin razón, tampoco nadie rechazaría...» parece asumir (contra el criterio de la editora) la conjetura de Griffiths aj peikov tw" o la de Sieveking-Froidefond: para; to; eij kov ". Proponemos, eliminando la coma tras auj toi' ", la siguiente traducción: «Y si no es verosímil esto que se dice entre ellos, tampoco puede desecharse...»; 367D3-6: to; n d? h{ lion aj krav tw/ puri; keklhrwkov ta qav lpein te kai; katauaiv nein ta; fuov mena kai; teqhlov ta. Comparto en este pasaje la viabilidad del texto manuscrito y lo innecesario de las correcciones modernas; pero la traducción «Y el sol, en su dominio, con el fuego sin mezcla, calienta y deseca lo que nace y florece» es confusa. Si interpretamos aj krav tw/ puri; como complemento indirecto de keklhrwkov ta ("y el Sol, que tiene encomendado a su fuego puro calentar y resecar lo que nace y florece...") se mantiene el sentido activo del participio y el paralelismo con la oración anterior (th; n me; n ga; r selhv nhn gov nimon... e[ cousan...); en mi traducción h{ lion sería sujeto sólo de los infinitivos poiei' n...kai; katakratei' n (más abajo en el texto). Por último no entiendo por qué en 379B7-9 (ouj mov non Xenofav nh" oJ Kolofwv nio" h.., aj ll? o{ ti geloi' on a{ ma qrhnou' nta" eu[ cesqai...) se traduce o{ ti como causal, cuando tiene el valor completivo habitual en la secuencia ouj mov non... aj lla; o{ ti.... Ni tampoco entiendo por qué se traducen como intransitivos los versos aj poleaiv nei y poei' en 384A1-2: kai; to; fantastiko; n kai; deiktiko; n oj neiv rwn mov rion w{ sper kav toptron aj poleaiv nei kai; poiei' katarwv teron oj de; n h| tton h] ta; krouv mata th' " luv ra".. La traducción «Y la facultad imaginativa y receptiva de sueños, como un espejo, brilla y se hace más pura en nada menos que las notas de la lira,...» no se entiende; es mejor y más correcto interpretar como sujeto no to;... mov rion, sino (to; ku' fi) y devolver su transitividad a ambos verbos: "Y (el kifi) la facultad imaginativa y receptora de sueños, como si de un espejo se tratara, la pule y hace más pura, no menos que las notas de la lira..." Finalmente un par de puntualizaciones especializadas: La traducción del verso de Arato «cuando por primera vez el sol entra en conjunción con León» (366A2-3: hj eliv ou ta; prw' ta sunercomev noio lev onti) no es del todo correcta, ya que la conjunción es una posición astronómica que se da entre el Sol, la Luna y los planetas, no entre un planeta y una constelación. Sería más exacto traducir "cuando el Sol empieza a recorrer (o coincide por primera vez en su recorrido con) Leo". Y en cuanto a la palabra aj strologiv a (367C10: kai; tw' n aj p? astrologiv a" maqhmatikw' n e[ nia) no es correcto traducir «algunos conocimientos matemáticos en conexión con la astrología». El término griego aj strologiv a para Plutarco, como para casi todo el mundo greco-romano, significa 'astronomía' y así hay que traducirlo. En este pasaje no hay nada astrológico, pese a F.H. Cramer (Astrology in Roman Law and Politics, Philadelphia, 1954, pág. 196) que interpreta así tw' n... maqhmatikw' n («i.e. in modern terminology of "some astrological parts of astronomy"!»). Completan el libro dos útiles índices de nombres, uno de equivalencias divinas con otros dioses, principios, animales, objetos, números u otras realidades y, otro de autoridades. Tan sólo indiquemos nuestra extrañeza por la transcripción de z por c en Horomaces (también en el cuerpo de la traducción) y, en el de autoridades, -que recoge sus nombres en latín -la presencia de algunas incorrecciones como Euemerus, en vez de Euhemerus, Hermes Trismegistos, en vez de Hermes Trismegistus, y Pythagoricoi y Stoicoi, en vez de Pitagorici y Stoici. En resumen, a pesar de las puntuales precisiones y divergencias que hemos manifestado (no hay mucho más en las 318 páginas de que consta el libro), algunas de ellas por supuesto discutibles, nos ratificamos en nuestra apreciación altamente positiva de este libro en todas sus partes, tanto en la Introducción, que es clara y necesaria para el contenido, como en el establecimiento del texto y en la Traducción y Comentario. Respecto a este último subrayamos la valentía de la autora al afrontar y discutir con gran rigor filológico las distintas lecturas, correcciones y conjeturas propuestas a los diferentes pasajes. Tanta aj kriv beia implica el peligro de hacer más cómodo y atrevido el trabajo del recensionista, pero también dice mucho de la honradez filológica de la autora que discute con prudencia y respeto otros puntos de vista, argumenta con buenos fundamentos los suyos y exhibe en los comentarios su amplia experiencia crítica, sus profundos conocimientos de la lengua y del pensamiento de Plutarco y su erudición siempre justa y útil para la comprensión del texto y la interpretación de su contenido. Por eso aplaudimos el trabajo de la Prfa García Valdés y desde aquí animamos a otros plutarquistas a seguir el camino trazado por ella con este libro. Volume I: Nominatif, Vocatif, Accusatif, Génitif, Datif, Lovaina-París, Éd. Peeters, 1996, 616 pp. En 1981publicaba G. Serbat Cas et fonctions (trad. esp. Madrid 1988), estudio en el que abordaba una revisión crítica de las teorías casuales desde la Edad Media hasta nuestros días. Ya entonces el autor dejaba traslucir una visión personal del sistema casual latino, pero aquellos breves comentarios sobre doctrinas ajenas se convierten ahora en una exposición complexiva, en una explicación a la vez global y detallada del "valor" de los casos y de sus realizaciones concretas, en un intento por ofrecer un sistema "où tout se tient" (p. En realidad, ya en una de sus primeras incursiones en el tema (REL 56, 1978, pp. 90-114), una reseña a los Grundfragen de H. Happ (obra fundamental no incluida en la bibliografía final, pp. 581-90), Serbat, además de mostrarse crítico con la Gramática Dependencial, señalaba su convicción de que sólo un enfoque estructural podía explicar satisfactoriamente la sintaxis casual latina. En este intento se ha mantenido a lo largo de los últimos veinte años, a través de una copiosa producción científica que aparece recogida sólo parcialmente (pp. 588-9), una amplia lista en la que faltan trabajos citados en el propio volumen (así, p. 131: Serbat 1993) y otros muchos en los que se basan no pocas ideas desarrolladas en esta ambiciosa monografía: «Der Nominativ und seine Funktion als Subjektkasus im Lichte moderner Sprachtheorie», Glotta 59, 1981, pp. 119-36; «Sur le Vocatif. Le Vocatif: un acte de parole», VL 106, 1987, pp.7-13; «Le datif dans les Bucoliques de Virgile», Minerva 3, 1989, pp. 213-229;«Comment analyser id gaudeo?", Helmantica 45, 1994, pp. 231-238, etc. Hay otro tipo de ausencias más significativas, pero justificables desde el convencimiento de Serbat de que sólo su visión personal de la Sintaxis puede dar cuenta, de forma coherente y convincente, de todos y cada uno de los problemas que la "vulgate" gramatical (Kühner-Stegmann, Hofmann-Szantyr y Ernout-Thomas) había dejado pendientes. Así, su crítica frontal a Tesnière (pp. 22-25), al modelo valencial, y a los que denomina (p. 217) "neo-tesnerianos" (H. Pinkster y la Gramática Funcional de Dik) le lleva a prácticamente ignorar una de las corrientes lingüísticas actuales más importantes en el ámbito de la sintaxis latina; también son escasas las referencias a las aportaciones de la gramática generativo-transformacional, de G. Calboli y la "escuela de Bolonia", o, por citar otro nombre propio, de Ch. Touratier, cuya monumental Syntaxe Latine (Louvain-Paris, 1994) ni siquiera se menciona. En fin, aunque estructuralista, las críticas del autor alcanzan también a determinadas aplicaciones de esta corriente lingüística, por más que, por ejemplo, el lector hispano encuentre no pocas coincidencias entre la organización global del sistema casual que propone Serbat con la estructuración de los casos de L. Rubio (Introd. a la sintaxis estructural del latín, Barcelona 1966, pp. 77-162) o J. L. Moralejo (RSEL 16, 1986, pp. 293-323). De lo ambicioso del proyecto baste señalar que las más de 600 páginas de esta monografía son "sólo" el primer volumen, y que se anuncia un segundo dedicado a la sintaxis del ablativo y de los sintagmas preposicionales. De su exhaustividad puede dar una idea su comparación con tres de los manuales clásicos que han desarrollado con mayor amplitud el mismo tema: Kühner-Stegmann (Ausführliche Gramm. der latein. La diferencia entre estos manuales clásicos y la obra de G. Serbat, lógicamente, no está tanto -o no sólo -en los datos manejados (es verdad que en no pocas ocasiones -pp. 79, 116, 253-4, 435, etc. -el autor francés ofrece datos propios a partir del análisis de unos corpora concretos) o en su ordenación (Serbat sigue utilizando como criterio expositivo las "etiquetas" y clasificaciones de dichos manuales) como en su interpretación y análisis. En este sentido sería inútil, en los límites de esta reseña, hacer un recorrido, siquiera somero, del sinfín de cuestiones analizadas en esta monografía. Además, abordar el problema de los casos con la exhaustividad con que lo hace Serbat es ofrecer, en último término, una concepción global de la sintaxis: desde la definición de la función de Sujeto (pp. 76-80), al concepto de diátesis o transitividad (pp. 221 ss.), de la estructura sintáctica de la frase (pp. 21-26), a las funciones del lenguaje. Por todo ello, me voy a detener sobre todo en los principios metodológicos que informan la obra (pp. 3-26), ya que condicionan y ayudan a entender el tratamiento puntual de cada uno de los casos. Y será al hilo del comentario de estos principios donde señalaré algunos ejemplos puntuales de las consecuencias -y riesgos -que esta visión de la sintaxis conlleva. Pues bien, Serbat formula ya de entrada (p. Hay en este principio básico del estructuralismo más clásico una visión muy concreta de la sintaxis: pese a que la lengua tiene una función comunicativa, parece prioritario o más importante definirlo como un sistema "abstracto"; pese a que es en el marco de la frase donde se establecen las funciones de los elementos por su relación "sintagmática" entre unos y otros, y son esas funciones el objetivo primordial de la "sintaxis", se da primacía al paradigma fomal como si fuera más importante la oposición morfológica entre domin-us y domin-um que sus posibilidades funcionales (plurales y diversas). Partir de la(s) forma(s) o de la(s) función(es), adoptar una perspectiva paradigmática o sintagmática: eso es lo que distingue el estructuralismo taxonómico de Serbat de otras concepciones actuales de la sintaxis. Porque el autor -y es ésta una diferencia con otros estructuralistas -, no niega «la plurifonctionnalité» de los casos, pero cree posible el establecimiento de un valor unitario, aunque sea «au prix d 'un effort d' abstraction» (p. 119), sin necesidad de hablar de neutralizaciones, de empleos sintácticos y semánticos (Kury3owicz). Y es aquí donde el lector, más allá de apriorismos o de prejuicios de "escuela", debe valorar la validez, la capacidad explicativa, filológica, de un método. Así, dejando a un lado el vocativo (pp. 87-111) Esta caracterización del Nom., deudora de los gramáticos antiguos y ya presente en otros acercamientos estructurales, es un buen ejemplo del tipo de argumentación que subyace en los planteamientos de Serbat. La necesidad de buscar a toda costa un valor unitario a cada forma casual obliga a plantear como problemas hechos que están en la esencia de todas las lenguas: una misma función puede ser expresada por marcas distintas (que la función de Sujeto la pueda expresar también el Acus. no es razón -p. 54 -para negar que el Nom. sea marca de dicha función) y un mismo caso puede tener empleos "sintácticos" (en la frase) y "asintácticos" (al margen de una predicación). También de + abl. o una subordinada con quod (p. 43) pueden aparecer al margen de la predicación (desempeñando en términos pragmáticos la función Tema) sin que ello nos obligue a una definición "unitaria" de dichos elementos de relación a partir de ese contexto concreto. Por otra parte, no se entiende por qué el Nom. Pompeius es más "referencial" que a Caesare en Pompeius a Caesare victus est; en realidad, la función referencial (tal como la entendía Jakobson) excede el ámbito de los casos y es más bien una característica de la predicación en su conjunto. Frente al Nom. caso "asintáctico", el Acus., además de una dependencia sintáctica, se define en términos semánticos: «signale une operation de l 'esprit plus abstraite» que unifica todos sus empleos, descritos, por lo demás, con detalle y gran riqueza de datos (pp. 123-250): «L 'Ac a pour signifié d' appeler le signifié verbal à le recouvrir» (p. 26), es decir, indica una superposición total (acusativo interno) o parcial (todos los Acus. no objetos serían Acus. de objeto interno que sólo retoman parcialmente el significado verbal) del concepto nominal y verbal. Semántico también, aunque más concreto, sería el valor unitario del Gen. (pp. 253-431): «le rapport d' extraction (qui suposse inclusion) qu'il exprime, rend compte de tous ses emplois» (p. 26), un significado que ayudaría a entender conjuntamente los empleos adnominales y adverbales. En fin, el Dat. (pp. 431-580) «signifie constamment repère de visée», un significado que aparecería en estado puro en las dedicatorias y que se puede representar «abstraitement par le schéma [ › X]» (p. Dejando a un lado la necesidad de establecer un valor unitario para cada desinencia casual, cabe preguntarse hasta qué punto estas caracterizaciones tan abstractas resultan operativas. A mi juicio, Serbat incurre en el primero de los riesgos que advierte Lavency. Unas formulaciones tan abstractas, unos valores casuales tan poco aprehensibles por su vaguedad, acaban convirtiéndose en una especie de "cajón de sastre" où tout se tient. Por bajar de la abstracción a la realidad de los datos: ¿cómo explicar, por ejemplo, la concurrencia de tres acusativos en Cic. 4,39 (responderet illud argentum se misisse Lilybaeum, "respondió que él había enviado aquel objeto de plata a Lilibeo") a partir del valor de "superposición del concepto nominal y verbal"? ¿Cuántos tipos de superposición hay que distinguir? Porque se, además de Acus., es el Sujeto sintáctico de misisse, con independencia de que dicha realidad sintáctica se explique a partir de construcciones con "acusativo proléptico" (pp. 180-2), o como extensión de estructuras del tipo credo eum divitem (esse) (pp. 193-4), dos explicaciones, por lo demás, difícilmente aplicables a este ejemplo concreto. Salvo la coincidencia morfológica, ¿qué tienen en común se y Lilybaeum? ¿Hasta qué punto resulta operativo, en términos de descripción sintáctica, hacer una revisión pormenoriada de cada uno de los tipos de genitivo -"posesivo" (pp. 257-63), "de cualidad" (pp. 265-287), "apositivo y de definición" (pp. 287-302), etc. -para concluir que se trata de meras etiquetas contextuales y que únicamente «le concept 'd' inclusion', véhiculé à notre avis par la désinence G, permet de ramener à l 'unité la déroutante diversité de l' usage» (p. Los interrogantes podrían multiplicarse. El esfuerzo de convicción es indudable. Y allí donde el autor baja del terreno de la abstracción al análisis de unos datos, siempre ricos y sugerentes, el lector encontrará no pocas interpretaciones originales. En suma, aunque los planteamientos metodológicos de G. Serbat puedan ser -y, a mi juicio, lo son -cuestionables, o el lector se sienta poco convencido con determinadas explicaciones puntuales, lo cierto es que el mérito de la obra es indudable: Serbat no se limita a establecer un sistema o a definir el significado "abstracto" de cada caso, sino que, a partir de un caudal impresionante de datos, ofrece una interpretación personal de todos y cada uno de los "valores" que la tradición gramatical había asignado a cada caso. Desde esta perspectiva, la monografía de Serbat se convertirá en un punto de referencia tan obligado como los manuales clásicos de Kühner-Stegmann o de Hofmann-Szantyr. El libro describe una parte esencial de la Fonética y Fonología griegas, el sistema consonántico. Su novedad reside en presentar una visión (o revisión) unitaria del consonantismo en torno a dos fenómenos de gran complejidad, palatalización y despalatalización, que han ocasionado una transformación progresiva y absoluta del sistema. Se trata, además, de fenómenos que han funcionado a través de una cronología muy amplia, de modo que han afectado al griego desde fases antiquísimas de la lengua (caps. I y II), pero, eventualmente, han seguido operando en fechas muy recientes. Este es el caso del dialecto beocio (cap. IV). Además, su evolución no ha sido la misma en todas las zonas en idéntica cronología. Puede ser el caso del cretense (cap. III). El autor se basa, como en todos sus trabajos, en el estudio e interpretación de las grafías utilizadas en cada dialecto en las calas cronológicas establecidas (grafías únicas, dobletes gráficos, grafías conservadoras, aproximadas, inversas etc...). El libro consta de cuatro capítulos de extensión diferente. En él se tratan de manera global los fenómenos de palatalización y despalatalización operados en micénico. A la vez, se recogen cuestiones del capítulo I y se adelantan otras de III y IV. Paso, pues, a exponer las ideas desarrolladas en cada capítulo. Capítulo I (pp. 7-24): Brixhe revisa, siguiendo los principios de la Sociolingüística, varios problemas del griego micénico (tratamiento de *ti(:) en morfemas, palatalización esporádica de *thi(:), doble tratamiento de *j-y *p-). Según esta ciencia, una determinada evolución prosperará tan sólo si parte de las clases altas de la sociedad; si no, puede ser estigmatizada y volver atrás en el proceso; además, un cambio fonológico que en su día prosperó pudo ser desterrado posteriormente cuando la clase dominante pasó a ser otra con un panorama lingüístico distinto (los dorios). Ambas situaciones confluyen, por ejemplo, en el tratamiento de *t ante i(:), que sufre, según Brixhe, un proceso de palatalización y posterior despalatalización, alcanzada en la fecha de nuestras tablillas: t ́i(:) > tsi(:) > si(:). El fenómeno afectó al léxico y a la morfología. Fue desterrado, sin embargo, de ésta en aquellas zonas que posteriormente fueron colonizadas por los dorios o afectadas por su vecindad (beocio y tesalio). La nueva clase dominante hizo que el fenómeno quedara restringido al léxico o la onomástica en dichas zonas. Capítulo II (pp. 25-92): Se revisa el consonantismo griego desde fecha micénica a la luz de los procesos de palatalización y despalatalización. Sobre el proceso de palatalización, los postulados fundamentales del autor son: 1) no hay paso de serie velar a dental en un estadio oclusivo, sino confluencia de ambas en una palatal (t, d); 2) ante j se produce una neutralización sorda-aspirada (*t(h)j, *k(h)j) y dorsal-dorsal labiovelar (*k (w) (h)j, *g (w) j); 3) hay que distinguir entre consonantes palatalizadas (palatalización parcial) y palatales (total) (frente a t, d / t ́, d ́ y ¥, ¤), 4) es dudoso si la palatalización supone geminación, aunque Brixhe considera que la ha habido en posición intervocálica. Sobre la despalatalización o reducción de las palatales, opina que se ha podido efectuar por dos conductos: 1) regresión (t/d ere¥¥o: > eretto: en át. eub. y beoc.); 2) alargamiento de la explosión, que produciría una segmentación que ocasiona, a la postre, una africación (oclusiva + elemento chuitante en un primer momento, más tarde silbante: tß /dŸ > ts/dz). Estas africadas son, en principio, monofonemáticas /ts-dz/. No son inestables y se han mantenido, seguramente, en cretense (cap. III), pero el cambio de un elemento del par hace del otro un fonema mal integrado, que tenderá a reducirse a silbante (s)s/(z)z. Los grupos afectados por la palatalización en griego son: *oclusiva (no bilabial) + j, separadas o no por límite de morfema; *tw, confundida con *tj; *n y *l + j; *ti y *thi; *labiovelar + /i/ o /e/. Los fenómenos van analizados (pp. 43-92) en el orden en que el autor considera que se han producido. Palatalización y despalatalización serían fenómenos ya cumplidos (en algunos contextos) o que estarían cumpliéndose (en otros) en micénico (cf. cuadro, p. -Asibilación de *t(h)i(:) (pp. 44-48, cf. cap. I). -Tratamiento de *t(h)j (pp. 48-52): el problema es su evolución precoz respecto a *t(h)+j, como prueban los dialectos alfabéticos meridionales (B), en que ambos contextos han evolucionado de forma distinta (-s-/-ss-, át. -s-/-tt-). En micénico *t(h)j siempre se representa con la serie s-.Debido a esta coherencia gráfica absoluta, es posible que la africada [ts] se haya reducido ya a ss o incluso s (cf. pp. 60-61). -Tratamiento de *t(h)+ j (pp. 52-53): la diferencia con el anterior se explica por retraso en la palatalización a causa del límite morfológico. En micénico todos los ejemplos seguros se escriben con la serie s-(sólo inseguros con z-). El estado de cosas micénico debe de ser -sspuesto que no devendrá -s-en ningún dialecto griego del primer milenio. -Tratamiento de *kj,*k w j, *ghj, *g w hj que se reducen a kj (pp. 53-60): el micénico, aunque muchos ejemplos son de etimología complicada, asegura la grafía z-. La grafía parece alternar con s-en dos ejemplos de Pilo (Lejeune 1971:135) y ocasionalmente con k-(a-ke-tiri-ja/a-ze-ri-ti-ja). La palatal surgida en estos grupos evoluciona por regresión (o falsa regresión) en ático, beocio y euboico, mientras que lo hace por africación (t)t > ts > ss en el resto. Así pues, *kj estaría en vías de africación en el momento de la creación del silabario y habría devenido auténtica africada más tarde. El panfilio y el jonio tendrían en era alfabética esta africada, notada con Y en aquél y con @ en éste. -Tratamiento de *j-*dj *g (w) j (pp. 67-69, cf. cap. I): el tratamiento por refuerzo articulatorio de *j-y la palatalización de los dos grupos debió de ser contemporánea. Las tres secuencias evolucionaron a (¤)¤ > (d)dz. El estadio (d)dz, notado sistemáticamente con la serie z-, se habría conseguido ya desde la elaboración del silabario. -Tratamiento de *bilabial + j (pp. 69-72): su palatalización pt y su despalatalización por regresión pt se habrían cumplido entre fecha de creación del silabario y las tablillas de Cnoso. -Tratamiento de *rj, *lj, *nj (pp. 72-83): r/l ante j -que proporcionan los ejemplos más seguros-se habrían palatalizado y más tarde despalatalizado por regresión dando lugar a tres situaciones fonéticas distintas en las tablillas. Dos de ellas son las siguientes: -geminada tras e/i/u, con lo que la grafía (ra 2 y ro 2 ) puede ser utilizada (grafía inversa) también para *r/ls, que se encontraría en la misma situación (a-ke-ra 2 -te = aggerantej); -consonante simple tras otra consonante, así los agentes femeninos, que habría que entender en [-tra] (cf. Lejeune 1976, pp. 205-206). -Tratamiento de las labiovelares ante e/i (pp.84-90): la sorda ante /i(:)/ palatalizó en todos los dialectos y toda la serie lo hizo ante /e(:)/ (salvo en eolio). Pudieron existir, pues, situaciones lingüísticas distintas dentro del mundo micénico. En algunas zonas pudo haber comenzado la palatalización, aun sin cambio gráfico, y en otras no. Ello explicaría tanto lo que ocurre en eolio ante /e(:)/ como el hecho de que el arcadio haya mantenido un estadio intermedio entre *k w /g w y t/d (, o Z, ZT, TZ en las inscripciones arcaicas). Capítulo III (pp. 93-110): El dialecto de Creta ofrece un buen ejemplo de la posibilidad de que haya habido diferentes estadios lingüísticos en distintas zonas dentro del mundo micénico. En efecto, este dialecto presenta datos de la evolución de los grupos *j-, *dj, *g (w) j y *t(h)j, *k(h)j a través de diversas etapas hasta llegar a las notaciones extrañas propias de la koiné cretense. Unos y otros conocen sus articulaciones palatales (¤)¤ / (¥)¥, creando un orden palatal frente al apicodental, dorsovelar y bilabial. Esta es, según Brixhe, la fase representada por? de forma mayoritaria tanto para *dj como para *tj entre los siglos VII y VI (ocasionalmente el primero puede aparecer también representado por D y el segundo por T, S, C). La despalatalización por regresión (d)d/(t)t le parece la situación marcada por los grafemas D/DD T/TT, mayoritaria entre los siglos V y III (para el primero puede aparecer la alternativa gráfica TT y para el segundo S o (Q)Q). La aparición de esta extraña grafía para la serie sorda sobre todo desde el s. III podría resultar de la confusión con el resultado de *sth>thth, que se articularía [tth]. Así, a una forma dada de la koiné (QALASSA) respondería en dialecto QALAQQA lo que lleva a frecuentes hipercorrecciones del tipo POLIQI, vETEQQI. Capítulo IV (pp. 111-142): En esta sección el autor revisa dos hechos de vocalismo beocio para demostrar que ambos pueden ser producto de la semiconsonantización de /i/ en hiato seguida de un proceso de palatalización. Se trata de la aparición esporádica de un dígrafo (vocal)-iota ante s + oclusiva, explicado comúnmente por desarrollo de [j] entre la vocal y la consonante s, y de la desaparición eventual de iota en hiato. El autor explica el hecho dentro del panorama del propio dialecto beocio, en el que se habrían producido los siguientes fenómenos: -La /e/ habría sufrido en este dialecto, al menos en una parte de la población, un cierre similar al de /e:/. -Además, la [i] -de diversas procedencias-se consonantiza en hiato [j] tras diversos fonemas consonánticos. -Por último, habría palatalización parcial o total de la consonante anterior: si tan sólo hubiera ejemplos con r, s, d, l y n, se podría pensar en absorción de [j] tras articulación alveolar, pero hay que aceptar en términos articulatorios la palatalización tras kh, a pesar de que la grafía parezca responder a absorción: KEFWNIXOS por KEFWNIXIOS. Así pues, un fenómeno vocálico habría desencadenado en el dialecto beocio una serie de palatalizaciones recientes. El libro concluye con una amplia bibliografía (pp.143-146), índice de los dialectos griegos citados (p. El trabajo es un modelo de investigación científica. Sobre principios teóricos rigurosos se afronta un problema complicado de la Fonología y Fonética del griego antiguo. Como los fenómenos implicados han supuesto un cambio absoluto del sistema, se proporciona una visión de conjunto de las diferentes fases del consonantismo griego desde el II milenio hasta la lengua común. El libro está dirigido al especialista, no al estudiante, ya que en ciertos momentos su lectura llega a ser bastante difícil. Querría mencionar, por último, las abundantes citas de trabajos de profesores españoles esparcidas por el libro, en particular, E. Crespo, Minos XIX, 1985, pp. 91-104 Consecuentemente con el título de su trabajo, la autora, tras una introducción en la que da cuenta del estado de la cuestión de los estudios métricos sobre Marcial y el punto de vista que adoptan, así como del que va a ser el suyo propio (1), pasa revista al dístico elegíaco (2), al falecio (3), al coliambo (4) y finalmente a otros metros menos empleados, es decir, al hexámetro katà stíxon, al trímetro yámbico katà stíxon, al dístico formado por escazonte y dímetro yámbico y al sotadeo (5), atendiendo a los esquemas rítmicos pero, sobre todo, a cuestiones de métrica verbal, a través del estudio de cesuras y fin de palabra, cláusulas y acento. El trabajo termina con un capítulo de conclusiones (6) y un apéndice de diecinueve tablas, todas ellas desdobladas en dos, una correspondiente a los siete primeros libros y otra a los siete últimos de los epigramas de Marcial. Necesariamente, en estas tablas, la información se limita al dístico elegíaco, por ser ésta la forma métrica con un número de versos por libro «lo suficientemente importante como para establecer unas estadísticas fiables» (p. Como todo trabajo de métrica que hoy día se precie, éste no se queda en un estéril recuento de largas y breves: Marina Sáez estudia la imbricación del ritmo con la lengua y, a través de esto, la posición de Marcial en la historia de los metros que utiliza y en la historia de los géneros en que dichos metros han aparecido para llegar a la conclusión de que, sin obviar los resultados a que había llegado la tradición hexamétrica y la del dístico elegíaco, Marcial sabe incorporar características específicas a dichos metros en tanto que metros epigramáticos y no elegíacos y en tanto que metros propios. En este sentido, Marcial recoge con destreza el relevo del dístico elegíaco tal como queda normalizado por Ovidio, pero, a su vez, en la cláusula del hexámetro y preferentemente en el segundo hemistiquio del dístico elegíaco, es partidario de una mayor libertad, que, en el caso del hexámetro, lo acerca al comportamiento de Virgilio y, en el caso del dístico globalmente considerado, a Catulo, en cierto modo, y, sobre todo, a los Priapeos, contribuyendo, por tanto, a la confección de un dístico del epigrama. Así, pues, se trata de un trabajo donde la métrica se constituye en un instrumento riguroso y preciso de análisis lingüístico para de esta forma llegar a conclusiones relativas a la historia literaria y a los géneros. Esto por sí mismo justifica sobradamente este cuidadoso estudio en el que quizá se eche de menos un mayor perfilamiento de las conclusiones sobre la base de un estudio de otros aspectos lingüísticos como la tipología verbal y las clases de palabras. La autora, en cambio, ha preferido decantarse por una métrica verbal restrigida a las fronteras de palabra y al acento, poniéndola en relación con los mismos parámetros en poetas integrantes de la tradición en la que se inscribe Marcial. Precisamente por su propósito de estudiar la obra de Marcial dentro de la tradición literaria a la que pertenece, el trabajo aplica los mismos párametros de análisis a Catulo, Tibulo, Proper-cio, Ovidio y los Priapeos, por una parte, y entre los autores de hexámetros katà stíxon a Lucrecio, Virgilio, Lucano y Estacio. Como puede suponerse, en las formas dactílicas, en la mayoría de estos casos, se ha operado con una selección de versos, que fluctúa entre los 350 dísticos tomados de Tibulo y los 2500 versos de la Eneida o los 3321 hexámetros de las Silvas de Estacio, esta vez consideradas en su totalidad; en otros casos, en cambio, ha habido que contentarse con los disponibles: 320 dísticos de Catulo y 95 de los Priapeos. Por lo que se refiere a los falecios y a los coliambos, como reconoce la autora, el corpus es necesariamente bastante limitado (p.26). Así, pues, para cada uno de los parámetros analizados Marina Sáez pasa revista a todos los autores, ofreciendo los resultados en tablas donde se recogen los porcentajes de aparición de este o aquel fenómeno. Es digno de observación que en muchos aspectos los porcentajes suelen oscilar en todos los autores analizados en torno a las mismas cifras, lo que indica una determinada fijación de los metros dentro de ciertos márgenes, incluso en el nivel de la composición. Desde mi punto de vista, la constatación de determinadas estructuras verbales en todas las muestras tomadas y la demostración de que efectivamente eran asumidas por los poetas es uno de los aspectos más interesantes de este trabajo. No cabe duda de que en ocasiones se constatan diferencias que permiten agrupar a los autores desde el punto de vista de la historia del metro o desde el del género pero, a mi modo de ver, en otras se fuerza un poco la interpretación o incluso se da una sólo de entre las posibles. En lo que respecta a esto último, me remito, por ejemplo a la p.72 donde, al analizar la frontera de palabra trocaica en el segundo pie del hexámetro, se agrupa a los autores de esta forma: Catulo (6.25%), Tibulo (12.25%) y Ovidio (12.46%), considerados más cuidadosos porque en ellos se detecta una menor presencia de una frontera de este tipo; Propercio (14.20%) y los Priapeos (12.63%) que «no muestran el mismo cuidado que estos autores», y por fin Lucrecio (15%), Virgilio (15.08%), Lucano (16.80%) o Estacio (16.04%) o el propio Marcial (15.75%). Es evidente que, por una parte, Tibulo y Ovidio están más cerca de los Priapeos que de Catulo y que, por otra, Propercio está más cerca de Lucrecio o de Virgilio que éstos de Lucano o Estacio. En el caso de frontera de palabra trocaica en el cuarto pie (p.74) vuelve a ocurrir lo mismo. En cuanto a forzar un poco la interpretación de unos datos que no difieren prácticamente de unos autores a otros, véase, por ejemplo, la p. 211, donde quizá resulte excesivo establecer diferencias entre los poetas en relación con la heterodinia del final del verso, pues, excluidos los poetas anteriores a Virgilio, todos los demás oscilan entre un 99% y un 100% de homodinia en los dos últimos pies. Las en ocasiones escasas diferencias entre unos autores y otros se unen al hecho de que en muchos casos se están analizando fenómenos muy raros, con escaso número de ejemplos. Esto haría más recomendable quedarse sólo en las coincidencias, en las que, por otro lado, el análisis de un mayor número de versos no haría probablemente sino insistir. No quiere esto decir que haya que obviar el análisis de estos datos; al contrario, pueden ser tan significativos como los que se dan con persistencia y, en este sentido, Marina Sáez es tan meticulosa como en el resto de los casos. En este orden de cosas es digno de atención el análisis de los escasos ejemplos de diéresis polisilábicas en el hexámetro (pp. 102-107) y su relación con el estudio de los monosílabos ante cesura que se hace en el apartado siguiente (pp. 107 y ss.). Es un hecho demostrado que la composición del hexámetro queda normalizada sobre la base de la pentemímeres. Esto implica la aversión por la diéresis en el segundo pie que, en caso de que se produzca, exige la presencia de un monosílabo. Sin embargo, debe quedar lo suficientemente ligado al segundo pie como para que éste no quede destacado. Para ello se recurre en este segundo pie al empleo de monosílabos, de pirriquios, de la elisión o de palabras que terminen por consonante cuando la que comienza el tercer pie comienza por vocal. A pesar de haber dejado esto claro, observo que cuando se analizan los casos de diéresis, excepto en el caso de las diéresis polisilábicas, sólo se atiende a los tipos verbales que la preceden, y no a los casos de elisión o de ligazón CV (pp. 99-100) y cuando se habla de los monosílabos sólo se atiende a la elisión y a la ligazón. Por otro lado, en este capítulo, se analiza el comportamiento de los autores en función del uso que hagan de uno u otro recurso, lo que no debería eximir de ver, si es que se trata de recursos funcionalmente equivalentes, cómo se comportan los autores en el uso de estos recursos unitariamente considerados, cosa que, si se hace, vuelve a demostrar, más que discrepancias una relativa uniformidad en la mayoría de los autores. De todas formas estas observaciones de detalle no prentenden sino dejar entrever a través de ejemplos concretos el interés de los datos aportados por este trabajo y el esfuerzo de la autora por interpretarlos. Pretenden, además, insistir en la posibilidad -posibilidad de la que, por otro lado, es consciente la autora -de seguir utilizándolos e incluso ampliándolos, no sólo en orden a cumplir los objetivos métrico-literarios que la autora se había propuesto y que cubre sobradamente, sino a clarificar aspectos lingüísticos, sobre todo fonológicos, para los que la métrica sigue probablemente guardando mucha información. Pretenden, pues, resaltar no sólo las aportaciones del trabajo sino las potencialidades del mismo. En la dilucidación de si el falecio latino terminó fijando uno o unos determinados límites de palabra, quizá también se echen de nuevo en falta los datos relativos a las clases de palabras de que hablábamos arriba. En concreto, al tratar de las distintas combinaciones de frontera de palabra, la autora consigna la relativa frecuencia de combinaciones de fin de palabra en 5a sílaba y en 6a, lo que determina lógicamente que la 6a sílaba sea un monosílabo. Así «la cesura tras sexta quedaría obscurecida, dada la tendencia proclítica de muchas palabras de este tipo» (p. Si esta suposición quedara confirmada con los datos referentes a las clases de palabras, sería legítimo afirmar que el falecio latino, tal como se presenta en Marcial y, sobre todo, en Estacio y los Priapeos, tiende a presentar frontera de palabra en 5a sílaba y no en 6a, como afirma la autora más adelante (pp. 231-232). En efecto, tomando en consideración el caso de Marcial, al 23.77% de los versos con cesura en 5a sílaba habría que unir buena parte del 17.30% de versos con fin de palabra en 5a y 6a, lo que da un total 41.07% frente al 32.62% de versos con cesura en 6a solamente. En el caso de Estacio y los Priapeos el contraste es todavía más claro. Esto, sin contar con las combinaciones de fin de palabra en 5a y 7a sílaba, que aumentarían todavía más el número de versos con fin de palabra en 5a, frente al mucho más reducido de los que presentan este fenómeno en 6a y 7a, que vuelve a dar un monosílabo y probablemente a potenciar una frontera de palabra en 7a, a la que el falecio latino muestra cierta afición. En 1930 el joven filólogo Giuliano Bonfante escapó de la opresión del régimen fascista de Italia para terminar sus estudios lingüísticos en París. Acto seguido empezó a dar clases en el Centro de Estudios Históricos de Madrid, donde fundó en 1933, junto con don Ramón Menéndez Pidal, la revista EMERITA. Después de su intervención en la Guerra Civil española, Bonfante abandonó Europa y se marchó a los Estados Unidos donde daría clases en la Universidad de Princeton. Finalmente volvió a Italia en 1955 para dar clases en las Universidades de Génova y Turín, y actualmente reside en Roma. El presente libro se remite a la década de los años 40, cuando Bonfante participaba en el Linguistic Circle de Nueva York (luego la International Linguistic Association), y fundaba con otros la revista de esa sociedad, Word. Participaba entonces en lecturas semanales de Dante, tertulias que contaban con André Weil, Denis de Rougemont, Albert Einstein y su íntimo amigo Américo Castro. Bonfante escribió el manuscrito del presente estudio en esos años en los que se reunía un gran número de europeos exiliados en el noreste de Estados Unidos, años que otorgaron un papel central a la lingüística en el mundo de posguerra. Bonfante nunca entregó el manuscrito a ninguna editorial debido a su "pereza", dice, prefiriendo dedicarse a escritos más breves. Ahora su hija Larissa Bonfante, quien ha editado el presente libro con cuidado, precisión y también amor, le ha dado el ímpetu necesario para recoger el fruto de esa fecundísima época de la Filología Clásica. Lo que puede sorprender al lector es el hecho de que una gramática histórico-comparativa de las lenguas románicas escrita en los años 40 tenga hoy día alguna vigencia. Sin embargo, las cuestiones que el autor emprende no se han zanjado aún, y no pocas merecen el reexamen que supone este estudio. Además, el autor domina los dialectos románicos menos conocidos, como señala Edward F. Tuttle en su introducción, y tiene la capacidad de introducir diestramente esos descubrimientos sobre las «anomalías dialectales y periféricas para poner en tela de juicio las generalizaciones extraídas insípidamente de los equilibrados y pulidos estandars nacionales (e.g., italiano, francés, español)». En el primer capítulo («Las lenguas románicas como etapas en el desarrollo de la lengua latina») Bonfante contribuye a aclarar los elementos que vinculan el latín y las lenguas románicas, a través de un agudo análisis del desarrrollo histórico del latín al romance que investiga los cambios fonológicos, morfológicos, sintácticos y fraseológicos. Bonfante se propone examinar de nuevo la "teoría cronológica" del eminente filólogo alemán Gustav Gröber en torno al origen de las lenguas románicas, a saber, que las diferencias entre dichas lenguas se debe al hecho de que las varias provincias se colonizaran en diferentes épocas. Según esta tesis, entonces, la lengua de Sicilia representaría el latín de Plauto, el español sería el latín de Ennio, el francés se entendería como el latín de César y el rumano reflejaría el latín de Apuleyo. Bonfante pone al día esta teoría «esencialmente correcta», considerando además los acontecimientos históricos que afectaron la «pureza inicial» de estas lenguas e incorporando ciertos aspectos a la lingüística desde Gröber, por ejemplo, el sustrato y el superestrato. Bonfante no deja de señalar que la tesis de Gröber sólo se puede entender como una tendencia y no como un hecho absoluto ya que ciertas fuerzas externas afectaron el desarrollo natural del latín. A pesar del largo contacto mantenido con Roma (en la forma de soldados, colonizadores, oficiales, libros, leyes, etc.), las «nuevas olas de cambios lingüísticos» en las provincias, que sí impactaron la estructura de ciertas lenguas, «siempre dejaron intacto un gran número de aspectos lingüísticos que sin duda se remiten a la temprana época colonial». Bonfante destaca la organización provincial como el primer paso en la romanización: «Los montañeses medio salvajes de la Cerdeña actual y de Cantabria no recibieron la lengua romana de Roma sino de los territorios ya latinizados alrededor de las ciudades y de la costa. Es, pues, el latín de los primeros colonos el que les llegó». Mediante ejemplos del sistema consonántico, vocálico, morfológico y sintáctico, y rematando con unas conclusiones y comentarios sobre las teorías de Densusianu y Bàrtoli, Bonfante comprueba la idea de Gröber de que «la formación de las lenguas románicas empezó con la instalación de los primeros colonos en las provincias conquistadas, con la llegada, en Cerdeña y España, de los primeros legionarios que plantaron sus banderas e hicieron que resonara la lengua de Roma». En el segundo capítulo («Italia como foco de innovaciones en las provincias romanas occidentales: Iberia, Galia, Retia, Cerdeña») se propone comprobar el hecho de que Italia divulgara las innovaciones lingüísticas a lo largo del mundo romano, antes y después de la separación de Dacia. Bonfante compara las innovaciones lingüísticas en Italia con las fuerzas conservacionistas que preservan el latín en ciertas provincias con menos comunicación con Roma. El autor parte de la idea de que los que hablan lenguas coloniales, es decir, las lenguas y dialectos de las personas que dejan la madre patria para ir a regiones remotas, suelen conservar su lengua antigua mejor que sus compatriotas que se quedan en casa. Da tres ejemplos bien conocidos de este fenómeno: la lengua de los sefardíes que fueron expulsados de España y que se instalaron en Turquía a finales del XVI; la lengua de los franceses que colonizaron Canadá en el XVII; e Islandia, una antigua colonia noruega. Siguiendo este paradigma, el italiano se desvela como la lengua románica más joven, más desarrollada y más "progresista", siendo el español y el sardo las más arcaicas y conservadoras. Bonfante analiza las diferentes lenguas como organismos en plena expansión que llevan en su interior el origen de su futuro desarrollo. Considera que una lengua es un complejo de usos en boga y fuerzas latentes que no cesan de transformarla y modificarla. En el caso de las provincias, la nueva lengua colonial parece dejar de crecer, manifestando transformaciones más lentas y menos radicales que las acaecidas en la madre patria: «Nuevos y extraños fenómenos, completamente imprevisibles, aparecen al lado de arcaísmos y fósiles sorprendentes, mientras el río tranquilo y majestuoso de la lengua materna sigue su curso, trazado por el Destino». El autor comprueba estas ideas por medio de documentados ejemplos del sistema consonántico, vocálico, morfológico, sintáctico y léxico, rematando con unas conclusiones y comentarios sobre las teorías de Bàrtoli, Jud, Muller, Wartburg, Meillet, Meyer-Lübke y Devoto. Mediante el estudio de los cambios sufridos por el latín, documentados en la literatura y diversas inscripciones a lo largo de las distintas regiones periféricas, Bonfante nos descubre cómo la «teoría cronológica» de Gröber aún puede resolver muchas dificultades, algunas de las cuales el mismo Gröber ignoró. El presente libro es una gran síntesis y análisis de las ideas en torno a la cuestión palpitante de la lingüística románica: ¿cuándo nacieron las lenguas románicas? Bien puede ser que la resurrección de este manuscrito, que presenta las lenguas románicas como «etapas» en el desarrollo del latín, resucite a su vez el acalorado debate que tenía lugar en el momento en el que Bonfante escribía sobre la cuestión. LITERATURA, FILOSOFÍA Y RELIGIÓN RODRÍGUEZ ADRADOS, FRANCISCO -Democracia y Literatura en la Atenas Clásica, (Alianza Universidad), Madrid, 1997, 263 pp. Desde la publicación en 1966 de su Ilustración y Política en la Grecia Clásica, el Prof. Adrados no ha dejado de reflexionar sobre ese fenómeno único en la historia de la Antigüedad que es la democracia griega y más específicamente la democracia ateniense. A dilucidar ese "milagro griego" ha consagrado Adrados numerosos estudios en los que se ha cuestionado el ambiente cultural y social que hizo posible el surgimiento de las primeras formas democráticas europeas. En 1997 volvía sobre el tema con su Historia de la democracia de Solón a nuestros días (Alianza Universidad, Madrid, 1997), donde hacía historia y reflexionaba sobre la suerte de los regímenes democráticos hasta la actualidad. Y con este libro vuelve a plantearse Adrados la cuestión examinando ampliamente las relaciones entre Democracia y Literatura, entendida ésta en un sentido amplio que incluye también el Teatro, la Filosofía, la Historiografía, etc.. El libro está estructurado en dos partes. En la 1a parte (con cinco capítulos dedicados a "La democracia ateniense y los géneros literarios",, "Literatura, sociedad y opciones políticas", "Literatura y teoría política", "Literatura y educación: el teatro", "Literatura y educación: la filosofía y la oratoria") estudia Adrados las relaciones entre la Literatura y la organización social, mostrando cómo muchos de los géneros (el teatro, la filosofía, la historia) contribuyeron de forma decidida a la construcción intelectual del sistema político. Y también cómo, cuando éste último fracasó, algunos de esos géneros, la historia, la oratoria y la filosofía, sobre todo, buscaron dar una explicación del fracaso y avanzar propuestas reformistas más o menos radicales. En la 2a parte ejemplifica Adrados, por medio de algunos aspectos muy concretos, la amplia construcción teórica de la 1a parte. Esta descripción del contenido no da cumplida cuenta de la amplitud del libro, rico en propuestas exegéticas y en sugerencias hermenéuticas. Casi todas las cuestiones son expuestas con un estado de la cuestión donde se recoge la bibliografía pertinente de forma que el lector pueda hacerse una idea de la complejidad de las mismas. En otros casos, como en el capítulo dedicado a Tragedia y Comedia, se sobrepasa el marco griego para investigar la esencia de lo "trágico" a lo largo de la Literatura Occidental, en una breve y sugerente monografía. Tras el prólogo traza Adrados en el capítulo I un amplio panorama de los géneros literarios desde el fin de la tiranía hasta comienzos del siglo IV. La tesis que convincentemente defiende es que los géneros literarios que ven la luz con la democracia abren un espacio nuevo para el debate ideológico. Así en la tragedia, a la que Esquilo da un nuevo sesgo, convirtiéndola decididamente en un teatro político donde se reflexiona sobre las ventajas de la libertad sobre la tiranía, las consecuencias de la conquista injusta y la gloria de la defensa del propio país, los límites del poder enfrentado a normas religiosas tradicionales, si bien estos debates no son nunca encarnados de forma maniquea por personajes "buenos" y "malos". Todos son héroes y todos tienen sus luces y sus sombras. De otra forma no habría lugar para el debate y la confrontación de ideas y acciones. Esquilo, cuya obra ocupa el puesto central en este libro, teoriza en su tragedia, en opinión de Adrados, "la democracia religiosa", encontrando así una cierta salida al conflicto trágico, insoluble, por lo que sabemos, en Sófocles y muy moralizado ya en Eurípides. Como debate se conforma también ahora la filosofía, que deja de ser la revelación de una sabiduría más o menos inspirada, para convertirse en una búsqueda de nuevos principios y verdades racionalmente fundadas, como ocurre en Sócrates y Platón o para poner en tela de juicio, mediante el análisis radicalmente escéptico y relativista, las doctrinas y normas tradicionales. Por eso la filosofía encontrará nuevas formas de expresión literaria, más adecuadas al debate, en el diálogo platónico o en los discursos epidícticos de los sofistas. Y la oratoria, instrumento indispensable para la toma de decisiones en el sistema ateniense, en la asamblea o en los tribunales, fue un elemento educativo de primer orden para la participación del ciudadano en la vida pública. E igualmente la Historia se insinúa como un género de análisis capaz de comparar la experiencia griega con la de otros pueblos o de buscar alguna forma de racionalidad en el acontecer humano. La desaparición de la democracia comportará necesariamente la desaparición de los géneros "democráticos" (la tragedia, la comedia política, el diálogo filosófico) o su transformación en otros nuevos, con nuevas formas y propósitos (la comedia nueva, el tratado filosófico). Este panorama se completa con la descripción de aquellos otros géneros que surgen a comienzos del siglo IV para interesar al ciudadano en la política. Tal es, en opinión de Adrados, el sentido de algunos tratados de Jenofonte, que proponen reformas igualitarias o de obras como la del utopista Faleas (de Calcedón?) o de historiadores como Teopompo. Próxima a este tipo de historia está la novela utópica helenística, la de Evémero y Jambulo. Por su lado, la filosofía, tanto la de Aristóteles, con su pragmatismo político de articular una constitución ecléctica, como la de estoicos, epicúreos o cínicos, trata de dar respuesta a las necesidades del individuo, y no ya de la polis. La época helinística, con el alejamiento del ciudadano de la política, verá surgir nuevas formas literarias: las cartas, las máximas, el tratado, el diálogo, la diatriba, etc.. Es difícil no estar de acuerdo con un panorama tan general, en el que se aúnan el análisis formal con la sociología literaria, la interpretación genérica con la historia política. El capítulo II está dedicado en exclusiva a tratar de esbozar una sociología de la literatura griega, estudiando el origen social de los autores o el deseo de estabilidad de la democracia más que de progreso. Ello explicaría, en opinión de Adrados, la relativa homogeneidad de la literatura griega, en la que faltan propuestas radicales de izquierdas o de derechas. El capítulo III está dedicado a estudiar "Literatura y teoría política". En este apartado Adrados muestra de modo convincente cómo casi toda la producción literaria de la época tiene un elemento de teorización política, teorización que se modula, según las épocas y los autores, de forma diferente. En unos casos se trata de la investigación de las causas de los acontecimientos, en otros, del examen y descripción de las diferentes formas de las constituciones o regímenes políticos. Hay autores que defienden determinadas concepciones de la democracia (la democracia moderada e ilustrada de Pericles en Tucídides; la vieja constitución de Solón en Isócrates, por ejemplo). Otros escritores critican, a su manera, determinados aspectos de la democracia ateniense (Aristófanes o Sófocles, por ejemplo). Todo ello aparece muy fundamentado en sucesivos apartados dedicados a la tragedia, la comedia, el mito, en general, la narración exótica (Heródoto). Los temas de esta teorización son también comunes: las diferentes constituciones, el origen del estado y su legitimidad (divina, por ejemplo, en Esquilo; humana en Protágoras); la crítica abierta a la democracia por parte de aristócratas como Trasímaco o el Calicles platónico; las tensiones entre autonomía y hegemonía presentes siempre en el imperio ateniense; la moralización de la vida política; la estabilidad y decadencia de los estados; la descripción de la vida política; la explicación de su estabilidad (ejemplificada en Jenofonte y Platón en la historia de Esparta); la vuelta a la constitución de los mayores (en Isócrates y Demóstenes); las propuestas utópicas de reformistas ingenuos como Faleas o totalitarias como las de Platón; la cuestión del estado originario o primigenio de la humanidad. Como se ve un amplísimo abanico de cuestiones, muchas de ellas aún no resueltas, cada una de las cuales exige un tratamiento pormenorizado. No deja de ser mérito del autor haberlas integrado a todas, bien que someramente, en este capítulo que enriquece el panorama general a que aludíamos. El capítulo IV (Literatura y Educación: el teatro) es especialmente atractivo y sugerente. Lleva razón Adrados al considerar al teatro como un elemento fundamental de la educación popular. Porque, a diferencia de otras manifestaciones sociales, como las grandes fiestas, el simposio o la precaria escuela, el teatro es para todo el pueblo no para un grupo social, por lo general aristocrático, en una ocasión determinada. El teatro era organizado por y para el pueblo. Y en el teatro el pueblo recibía lecciones de esa virtud política cardinal que traducimos como "moderación y prudencia", es decir swfros ̇nh. Adrados insiste, con certero análisis, en la ambivalencia de lo trágico, que, por un lado, enaltece la conducta del héroe y, por otro, lo llora. De esa tensión brota esa apelación a la moderación y a la prudencia presente en todos los trágicos, incluso en Esquilo donde el conflicto trágico parece encontrar una cierta superación en lo que el autor llama la "trilogía ligada". En todo caso frente a la difícil conciliación del conflicto trágico o la irreflexiva e insolidaria conducta del héroe cómico, no faltaron quienes buscaron la formulación de códigos de conducta basados en doctrinas racionales: Sócrates y los sofistas, ante todo. Con ello se daba el golpe de gracia a la tragedia. Muy interesante resulta la sugerencia de Adrados de interpretar el Banquete platónico como un duelo entre la Filosofía, encarnada por Sócrates, y la Poesía (dramática), simbolizada por los discursos de Agatón y Aristófanes, un duelo por el "alma de Atenas". Esas otras propuestas racionales, nacidas ya de condiciones políticas diferentes, encontrarán formulaciones distintas en la filosofía y la oratoria, a las cuales se dedica el capítulo V. Son muy instructivas las reflexiones que el autor destina en este capítulo a la filosofía y a la oratoria, en general y a la sofística, Sócrates y Platón en particular. Lleva razón Adrados al situar a la Sofística en las antípodas del pensamiento trágico. El antropocentrismo y relativismo de un sofista como Protágoras, el examen sistemático de si las instituciones humanas son f ̇sei o nov mw/, la crítica sistemática de todo lo que Dodds llamó "el conglomerado heredado", las doctrina sobre el origen de la cultura y la civilización humanas, su incipiente etnografía que conllevaba la comparación y relativización de la organización de los diferentes grupos humanos, su creencia en el progreso, la negación de las doctrinas filosóficas sobre el Ser (y, en consecuencia, de los dioses), la concepción de la divinidad como hipóstasis de lo que es útil para el hombre en Pródico y en el Pseudo-Critias, el penetrante estudio de la naturaleza y funcionamiento del lenguaje humano tal como lo encontramos en Gorgias, en Protágoras, en Hipias, etc.. todo ello creó un nuevo clima intelectual que hizo pensar, por un momento, que era posible una reforma radical de la convivencia basada en convenciones nuevas. Cierto es que el relativismo moral implícito en sus doctrinas entrañaba el peligro de doctrinas totalitarias y ello fue una de las razones, no la única, desde luego, de que dichas doctrinas encontraran una fuerte resistencia tanto en el pueblo como en otros intelectuales como Sócrates y Platón, gran parte de cuya obra está dedicada a refutar sus doctrinas. Aún así la Sofística supuso quizás una de las más brillantes manisfestaciones de la Ilustración griega. A ella dedica Adrados, en la segunda parte, un capítulo con el título de "Cara y Cruz de los sofistas".Y junto a la Sofística analiza Adrados el titánico esfuerzo de Sócrates para arrancar a los hombres de su trágico destino, fundando una ingenua ética intelectualista, que arranca del principio de que el mal es fruto de la ignorancia: "nadie yerra volutariamente". Basta pues definir clara y racionalmente los principios morales para que el mal desaparezca. No era tan ingenuo Sócrates, como parece desprenderse de estas palabras. También él conocía la condición humana y, por ello, no deja de tomar sus distancias respecto a la democracia radical, sugiriendo que ésta debe ser un oficio en manos de los mejores, un arte práctico y teórico basado en el principio de'retÉ, el viejo concepto de excelencia ahora ya racionalmente moralizado. La filosofía de Sócrates sí es antitrágica, mucho más que lo era la de los sofistas. Al tratar de Platón Adrados señala muy certeramente que el criterio para enjuiciar la obra de Platón es político. Se basa sobre todo en las confesiones de las cartas VII y VIII que tiene por auténticas. Y explica su República y suponemos que Las Leyes como un intento de reforma radical del hombre, cuando las otras propuestas, la socrática, la de los oradores, habían ya fracasado. En el capítulo de la II parte dedicado a la República de Platón el autor se muestra de acuerdo con Popper al reconocer en Platón un enemigo de la sociedad abierta. Es cierto que en su obra se encuentran valores cooperativos, fraternales, humanitarios, en un intento de eliminar el fondo agonal o competitivo. Pero esto no es exclusivo de Platón, sino de cualquier Utopía. Platón lo que pretende es detener la historia, instaurar un sistema tan perfectamente totalitario, jerarquizado y controlado que en él todo cambio sea imposible. Y ello se expone como propuesta racional en la República o en los nostálgicos mitos de la Atlántida y la Atenas de hace 9.000 años del Timeo y de Critias. Lo que nos resulta antipático en él no es sólo, con ser mucho, que el sistema platónico "priva a los hombres de los valores de la acción....aislándolos del sufrimiento" (p.88). Lo peor de la propuesta platónica es, en nuestra opinión, que priva a los hombres de la libertad, controlando sus vidas e instaurando para la mayoría un sistema educativo basado en la "noble mentira", el gennaîon yeûdoj. Como dijimos la II parte del libro recoge una serie de estudios que profundizan algunos de los aspectos de este panorama tan bien trazado en la I parte del libro. De ellos destacan aquellos dedicados al teatro: a Esquilo, a Sófocles y a la comedia. En los trabajos dedicados a Esquilo (capítulo I: "Esquilo entre los orígenes del drama y la democracia ateniense", capítulo II: "El significado de la Orestea dentro de la literatura griega"; capítulo IV: "La mántica en los coros del Agamenón de Esquilo") Adrados, partiendo de sus conocidas ideas sobre el origen festivo y ritual del teatro, muestra convincentemente que Esquilo se encuentra en el punto de inflexión de un desarrollo que lleva de una tragedia lírica, donde el protagonista era el coro, apenas interrumpido por breves diálogos entre un actor y el corifeo, a una tragedia donde dos actores se enfrentan y dialogan, si bien faltan aún los auténticos debates o agones donde los adversarios exponen y defienden sus respectivos puntos de vista. El drama, sin dejar de ser aún colectivo, pone también el acento en el individuo. Agamenón es un salvador, pero también es un personaje cargado de culpa. Hay un plano social y un plano individual. Esta coexistencia de planos contrapuestos se expresa a través de la repetición de motivos, como los que aparecen en la larga párodos del Agamenón, donde el coro moviéndose a través de acontecimientos ocurridos en el pasado barrunta las desventuras del futuro. Y efectivamente en el capítulo dedicado a la mántica de los coros del Agamenón el autor muestra cómo Esquilo sabe incorporar a la tragedia un léxico y unos temas oraculares que contribuyen, mediante la insistencia y la combinación con otros elementos semejantes (presentimientos, sueños, profecías) a crear un clima creciente de terror y angustia, por decirlo en la terminología de Romilly. Quizás debiera haber insistido algo más el autor en lo que ha dado en llamarse el principio de anomalia: a saber, el hecho de que los rituales dramatizados no son rituales reales. No lo son evidentemente los cantos/súplica de las Erinis en Euménides (938 ss) a pesar de estar tan caracterizados lingüísticamente como una suerte de špw7 dÉ. Pero, sin necesidad de abandonar el Agamenón, vemos que una función, esencial según algunos autores, de los elementos rituales en la tragedia consiste en una suerte de perversión o subversión de las normas. El ejemplo clásico es Agamenón 151, donde Calcante describe el sacrificio de Ifigenia como qusiv an e{ teran, a[ nomov n tin j, a[ daiton, es decir, un sacrificio sin precedentes legales, sin participación en el banquete sacrificial. Las Troyanas de Eurípides, por señalar otro ejemplo, es una obra llena de distorsiones del ritual. Véase a este respecto y sólo a título de ejemplo W. Burkert «Opferritual bei Sophokles. Creo que Adrados lleva razón al destacar el aspecto político del teatro de Esquilo. Es cierto que en el trasfondo de la Orestea destacan las ideas de persuasión, de concordia, de la violencia de la gracia divina y la doctrina del aprendizaje por el dolor. Y no parece excesivo calificar a Esquilo de "fundador de la democracia religiosa". Y patriarcal, añadiríamos nosotros, que interpretamos en ese sentido "las extrañas ideas" sobre la generación que defiende Atena en el juicio de Orestes. Es verdad que la rudimentaria teodicea de Esquilo tiende hacia una suerte de panteísmo encarnado en Zeus que se constituye en el garante de la Díke o justicia cósmica. 70 N. donde Zeus es el éter, la tierra, el cielo, todo. Ahora bien, no toda la teología esquílea se agota en Zeus. A éste se subordinan las viejas divinidades ctónicas o demónicas, las Erinis en primer lugar. Pero no es menos cierto que su especulación tiende también a magnificar a otros dioses, especialmente los dioses panhelénicos: Ártemis (con una intervención oscura pero indudable en el conflicto de justicias que canta la párodos de Agamenón), Atena, Apolo. Y, en cuanto al matricidio, no puede ignorarse la justificación que el crimen recibe de parte de Apolo. Cuando Orestes en Las Coéforos duda ante la monstruosidad de su crimen, Pílades en sólo tres versos, vence sus dudas. No deja de ser relevante que Esquilo se sirva de un actor durante toda la obra para que diga sólo tres versos (Coéforos 899 ss.): y ello es así porque Pílades es el portavoz de Apolo, la voz del dios. Finalmente no hubiera estado quizás de más indicar que no todos lo intérpretes están de acuerdo con el panorama trazado en el libro. Por ejemplo los filólogos de Oxford, con Lloyd-Jones («Zeus in Aeschylus» JHS 76, 1956, pp. 57-67) a la cabeza, han tendido a pensar que Esquilo es un gran poeta pero no demasiado competente en materia religiosa. Por último, me atrevería también a señalar las coincidencias entre algunas concepciones de Esquilo y Heráclito, como ya demostrara G. Burkhard («Aeschyl. u. En el capítulo dedicado a "Religión y política en la Antígona de Sófocles" Adrados hace una completa historia de la exégesis de la obra, declarándose partidario de la línea de interpretación que Hegel inaugurara. Pero va más allá, al recoger las tesis de V. Ehremberg y B. Knox que ven en Creonte el tipo de político racional empeñado en desarrollar sistemáticamente el poder o una suerte de símbolo de la Atenas de Pericles y que desprecia o ignora la piedad debida a la religión tradicional, especialmente el culto a los héroes tan importantes en las tragedias sofócleas. Con "Edipo hijo de la fortuna" el autor señala el elemento de azar tan decisivo en la vida humana. Con ello culmina la larga e interesante reflexión sobre la naturaleza de lo "trágico" y lo "cómico" que desarrolla en el capítulo "Tragedia y comedia". En su largo recorrido por el teatro europeo Adrados señala la contradicción interna que define la categoría de trágico: paradójicamente la tragedia es antitrágica por cuanto ensalza al héroe, pero recomienda la prudencia, paradoja y contradicción que brota de la misma naturaleza humana. Dedica Adrados menos atención a la comedia, como ya hemos señalado más arriba. La razón de ello es que, en opinión del autor, lo que diferencia al héroe trágico del cómico radica en que en el momento de obrar, de hacer una elección decisiva, la elección del héroe cómico «provoca sólo risa. Porque es inocua» (p. No hace justicia, en nuestra opinión, a la fuerza liberadora de "lo cómico" tal como lo pensara, por ejemplo, Bergson. Pero es que el propio Adrados parece reconocer la trascendencia de lo cómico cuando afirma «la comedia, en su sentido más antiguo, estricto, el aristofánico, es dolor disimulado». Ese "dolor disimulado" es el que anima la nostalgia de una obra utópica como las Aves de Aristófanes, muy bien analizada en el capítulo "Las Aves de Aristófanes y la Utopía". El libro se cierra con sendos capítulos dedicados a Tucídides y Platón (capítulo IX: "Tucídides y el pragmatismo político" y capítulo X "La República de Platón"), a los que ya hemos aludido. Algunas de las reservas o matizaciones que me he permitido señalar son de sobra conocidas por el profesor Adrados que ha sacrificado, como dijimos, muchos detalles para ofrecer al gran público un panorama orgánico y esclarecedor de las relaciones entre Literatura y Democracia. La lectura del libro, siempre brillante y sugerente, resulta también muy provechosa para el especialista que encontrará en él no sólo nuevos planteamientos sino también el entusiasmo, en el sentido platónico, con que Adrados lo ha concebido. Para terminar digamos que la edición ha sido minuciosamente cuidada y apenas encontramos errores como esa extraña muerte de Orestes de la página 148 que puede despistar a quien no conozca bien el mito. En una primera aproximación a esta obra, el título Patrimonio e scambi commerciali..., podría resultar muy equívoco, porque es justamente al aspecto enunciado en la segunda parte del mismo, metafore e teatro in Plauto, al que dedicará su atención Emilia Sergi. Conviene advertir esto a posibles lectores y lectoras, y sobre todo señalarles que no se trata en las páginas de este libro, como podría suponerse, de una lectura de las comedias de Plauto como fuente de información sobre el mundo económico de su época, sobre la producción de bienes, su posesión, su intercambio... Sabido es que datos y consideraciones relacionados con estos contenidos se encuentran a cada paso en todas y cada una de las comedias plautinas, pudiendo servir de base -siempre dentro de la gran problemática que plantea el comediógrafo como fuente documental, debido a la doble naturaleza griega y romana de su producción -para un estudio de índole económica, bien sea relativa a su situación en Roma en general, bien sea a la visión específicamente plautina de la misma. Sin embargo, dentro de la cada vez más amplia bibliografía sobre Plauto, ya existían importantes y bastante recientes trabajos de este tipo: para recordar algunos, quizá los principales, Plauto es fuente fundamental, junto con otras, del estupendo libro de L. Nadjo, L'argent et les affaires à Rome des origines au II e siècle avant J.-C. Étude d'un vocabulaire technique, Lovaina-París, 1989; como objeto exclusivo de consideración las comedias de Plauto son estudiadas desde un aspecto semejante en M. Crampon, Salve lucrum, ou L'expression de la richesse et de la pauvreté chez Plaute, Besançon, 1985; bastante anterior, y dedicado a la obra de los dos grandes de la palliata, es la tesis doctoral de P. Brind' Amour, La Richesse et la Pauvreté chez Plaute et Térence, Estrasburgo, 1968. ¿En qué reside, pues, la novedad del libro que comentamos? Sin lugar a dudas en el original -e interesante -planteamiento del tema. Parte Sergi de la incuestionable premisa de que la res, el dinero, la riqueza, y cuando rodea a su adquisición, incremento, conservación o pérdida es un elemento fundamental en el argumento de la totalidad de las comedias de Plauto. El dinero mueve el desarrollo de la trama, el comportamiento de los personajes, la caracterización de las diversas "máscaras", dando lugar no sólo a una presencia constante del asunto "dinero", sino, lo que es más interesante, a una sorprendente, variadísima y magistral utilización metafórica por parte de Plauto, en la que reside sin duda una de las grandes originalidades de su comicidad. La investigación realizada por Sergi se articula en siete capítulos: en el primero de ellos («Patrimonio e commedia: la res e le sue metafore in Plauto», pp. 5-15) se ofrecen unas consideraciones generales sobre el significado del patrimonio en las comedias plautinas, y sobre el sistema que va a seguir la autora para su consideración. En los seis siguientes, los empleos metafóricos de res y los elementos con ella relacionados se agrupan por semejanza temática: «La sfera metaforica dell 'alimentazione» (pp. 17-31), «Uomini e res: metaforica di un "bestiario" economico» (pp. 33-56), «Uomini e res: identificazione e inversione dei ruoli» (pp. 57-86), «Amore e Denaro» (pp. 87-103), «Amore e Morte, Morte e Denaro» (pp. 105-124), «Maschere e res: l 'adulescens amator» (pp. 125-142). En cada uno de los capítulos se analizan fragmentos del texto cómico para situar de forma adecuada los términos o metáforas tomadas en consideración, o los personajes que son objeto de examen. A pesar de la variedad del material analizado, la autora intenta una estructuración en la presentación del mismo, cosa que no siempre consigue, como ocurre con tanta frecuencia cuando se realizan estudios de naturaleza a caballo entre lo literario y lo lingüístico. Por lo demás, la lectura se sigue con interés, siempre a condición de que se posea un conocimiento adecuado de las veintiuna comedias de Plauto. Tenemos, en suma, una nueva y muy interesante aportación para el conocimiento de un aspecto muy importante del teatro de Plauto, que ofrece con frecuencia valiosas ayudas a la exégesis y compresión de pasajes de todas sus comedias. Uno de los problemas más llamativos que se le plantean al crítico de esta obra es el misterio de su título, largo y en alemán, cuando la realidad es que, exceptuando las notas editoriales de las dos primeras hojas y el resumen del contenido que aparece en la contraportada, la obra está escrita en su totalidad en inglés, desde la dedicatoria hasta el mismísimo índice. No le encuentro explicación lógica alguna. La única que podría esgrimirse, esto es, el hecho de que esté publicado en una colección llamada Drama. Hay que subrayar, por lo tanto, para quienes pueda interesar la lectura de este libro, que está escrito en lengua inglesa, sin más excepción que las lógicas citas en latín de pasajes de las comedias de Plauto y de Terencio. Personalmente, nunca había visto un desajuste semejante, lo cual me sorprende especialmente en una obra que luego resulta bien construida y bien argumentada, e interesante dentro de sus limitaciones. El contenido se articula en un capítulo introductorio, «The Poetics of Performance» (pp. 1-20), y tres centrales, dedicados respectivamente a las comedias Mostellaria de Plauto (pp. 21-75), Phormio de Terencio (pp. 77-132), y Mercator de Plauto (pp. 133-143). En forma de Apéndice se añade un capítulo sólo marginalmente relacionado con los anteriores, «New Comedy in Apuleius' Tale of Cupid & Psyche» (pp. 145-177). La línea conductora de la éxegesis de Frangoulidis estriba en la consideración de la existencia en las comedias tanto de Plauto como de Terencio, de un constante recurso al metateatro como sistema normal de construcción dramática, de modo que en ellas podemos focalizar nuestro análisis en la separación de un argumento principal (play's plot o main plot), que consideraríamos como el argumento del autor, y uno o más sub-argumentos (subplots), de dos tipos distintos, reales o inventados (factual or fictive subplots), que en la ficción dramática son atribuibles a un personaje, casi siempre el esclavo pero no exclusivamente, que viene a convertirse en algo así como un nuevo poeta dentro de la obra, manteniendo hasta sus últimas consecuencias la ficción metateatral, a play within a play. En las páginas de introducción, Frangoulidis teoriza sobre el funcionamiento dramático de estos subplots, especialmente significativos en comedias como Mercator, Captiui y Mostellaria de Plauto, Andria, Eunuchus y Phormio de Terencio; para su estudio acuña el término, inusual en la crítica, counter-theatricalization, que utiliza «in order to describe the interruption of the dramatic illusion within the play» (p. El análisis detallado del funcionamiento de argumentos principales y sub-argumentos en la Mostellaria de Plauto y en el Phormio de Terencio ocuparan la parte más interesante del libro. Menos desarrollado, y además mucho menos convincente, resulta el capítulo tercero, que se centra en el curioso sueño, tan debatido por la crítica, de Demifón en Mercator 225-251; el propio título, «Dream and Theatre: Dionysiac Versus Apollonian Elements in Plautus, Mercator», ya nos indica que el autor se introduce en un tipo de crítica que, queriendo mantenerse en los cauces de la anterior, se mueve sin embargo por otros derroteros, al plantearse en su desenlace el carácter dionisíaco del sueño de Demifón, cosa que no deja de causar sorpresa. El posible influjo, sobre todo de naturaleza argumental, de la Comedia Nueva en el cuento de Cupido y Psique que se encuentra en el libro VI del Asno de oro de Apuleyo nos lleva a un tipo distinto, más habitual, de acercamiento a la obra literaria; sin tratar el tema de una forma exhaustiva, que podría ofrecer más luz sobre el problema planteado (por ejemplo, partiendo de un estudio general y detallado sobre el conocimiento del teatro por Apuleyo y su significación en la construcción de su novela), la comparación del famoso cuento con los temas de la Néa ofrece conclusiones muy interesantes, que conviene tomar en cuenta. En resumen, un libro interesante, sobre todo en la parte dedicada a la aproximación a la Mostellaria de Plauto y al Phormio de Terencio, que se sigue con interés, en lengua inglesa. Nos encontramos aquí con un libro de referencia verdaderamente útil y que todo estudioso de Menandro debe conocer y consultar. Su principal fuente es L'Année Philologique, cuyas referencias bibliográficas recoge de modo ordenado hasta el tomo LXIII, esto es, hasta el año 1992. Además, añade unas serie de referencias más para el período 1993-95, tomadas de otras fuentes. También incluye las reseñas. Las citas bibliográficas están organizadas en 90 epigrafes del tipo «Commentaries», «Menander and Plautus», «Characters and Characterization», etc. Aparte de su organización interna, quizá lo más apreciable de esta bibliografía radica en sus dos exhaustivos índices, el de autores modernos (pp. 102-118) y el de materias (pp. 119-159). Todas las referencias están numeradas de modo contínuo desde 1 a 2600. En realidad, el número real es algo inferior. Por un lado, hay que sumar 29 referencias más que se añaden en un addendum de última hora. Pero, de otro lado, hay que descontar 90 ítems que numeran los distintos epígrafes de la bibliografía. Con todo y con esto, la cifra resultante sigue siendo algo inferior a la real ya que hay un cierto número de referencias del tipo 2097(1). Por último, también es posible detectar alguna entrada en el addendum que ya estaba en la bibliografía principal (e.g. Las principales deficiencias de esta bibliografía son de tipo formal. En mi opinión en general son achacables a un procesamiento informático muy deficiente. Aparte de que la composición en su conjunto y en los detalles es muy mala, es posible encontrar por ejemplo errores en el manejo de las fuentes: 1830: «Locative singular in-ˆA`E» (debe decir «... in -ει»); 950: «o¿ÛÌq. Die Erscheinung...»), etc. En los índices a menudo hay errores en la ordenación númerica de las referencias (e.g. s.u. Samia: 2174 2097 2186, etc. Las subentradas están ordenadas siempre de modo alfabético, nunca numérico, lo que es la causa de que una referencia a Aspis 235 aparezca 15 líneas antes que una ref. a Aspis 45-48, etc. Hay largas series de números consecutivos que podrían abreviarse fácilmente con guiones (e.g. s.u. En el indice de autores algunos apellidos van acompañados de la inicial y otros no (especialmente los reseñantes, según las normas de l'Année Philologique). La decisión de Katsouris de incluir los reseñantes en el índice (a diferencia de lo que hace APh) es de agradecer, pero debería haber ido acompañada de la firme decisión de rescatar sus iniciales para unificar criterios y para evitar duplicidades y confusiones, como sucede por ejemplo en la siguiente serie: Schmid, K.Fr.T.W. -Schmid W. -Schmidt -Schmidt -Schmidt, Fr.W. -Schmidt, K. -Schmidt, K.F.W. -Schmidt, L. Es fácil adivinar que varios de ellos (erratas aparte) son el mismo autor, al igual que Lanowski, G. y Lanowski, J. o Manteuffel, G. y Manteuffel, J. Cuando hay homónimos es imposible saber a quien corresponden las referencias sin inicial ni hay garantía alguna de que aquellas que corresponden a reseñas que están agrupadas bajo un nombre con inicial pertenezcan realmente a ese autor. «W.M. von» imaginamos que es el mismo que «Wilamowitz-Moellendorf, U. von», etc. 2503, 2516), excepto ocasionalmente cuando el texto va en tipo cursivo, lo que causa bastante mala impresión. En resumen, como conclusión creo que no está de más decir que la informática, en estos tiempos en que cada vez más se nos obliga a convertirnos en tipógrafos y editores, no debe ser la causa de que los libros vean incrementadas sus deficiencias formales y sus erratas. La informática bien empleada debería ser más bien una garantía de lo contrario. Los filólogos clásicos que se resisten a entender que los ordenadores y los programas requieren un aprendizaje no deberían arriesgarse a hacer autoedición ni a publicar sus bases de datos sin asesorarse adecuadamente. Por otra parte, dejando de lado las cuestiones informáticas, mi experiencia en la confección de bibliografías me ha enseñado que este tipo de trabajos precisan siempre de un concienzudo trabajo de unificación de criterios y de comprobación de nombres para evitar errores, erratas, duplicidades e inconsecuencias. Esta breve pero densa publicación recoge dos artículos aparecidos con anterioridad 1. En la nueva edición no se han hecho modificaciones sustanciales a los puntos de vista y conclusiones de los originales; se han corregido algunos errores de poca importancia y se ha ampliado considerablemente el corpus de referencias a la literatura secundaria y, en parte, a la primaria, especialmente en el segundo capítulo, que había sido publicado en un estilo más divulgativo. El título general elegido y los de los dos capítulos del libro pueden parecer algo artificiales y pensados para poder acoger en una única obra dos publicaciones nacidas con ocasiones y con objetivos diferentes; pero, en realidad, responden también a una coherencia interna de los contenidos: el gnosticismo "cristiano" como ejemplo clásico de una coincidentia oppositorum ascética, que pretende alcanzar una salvación mística como fusión e identificación con la divinidad. El capítulo primero («La via della contemplazione trasgresiva. Gli gnostici e la tradizione orfica») sigue el programa trazado por los historiadores del Gnosticismo tras el descubrimiento de los manuscritos de Nag Hammadi; dicho programa, formulado por M. Krause en 1977, consistía en ordenar y aclarar las diversas escuelas o sectas gnósticas conocidas por los escritos de los Padres de la Iglesia (especialmente Justino, Ireneo e Hipólito). El autor se ciñe al grupo, o mejor constelación de grupos, conocido por "Sethianos" y "Barbelognósticos", partiendo de la noticia de Hipólito (Haer.V 19-21), completada con otros testimonios patrísticos y confrontada con los propios textos de Nag Hammadi. En esta biblioteca se encontraron, en efecto, numerosos escritos de origen gnóstico; de ellos, el autor cree poder identificar, al menos, 16 como pertenecientes a la familia sethiana: Apócrifo de Juan, Hipóstasis de los Archontes, Origen del mundo, Evangelio de los egipcios, etc. (pp. 26 ss). Algunos de los primeros historiadores del gnosticismo (A. Dietrich, R. Wünsch) creyeron que los sethianos eran adoradores de un dios con cabeza de asno llamado Seth (como el hijo de Adán) asimilado luego al dios egipcio de igual nombre y parecidas características; pero esta tesis se reveló falsa y varios críticos (K. Rudolph y sus seguidores) llegaron incluso a negar la existencia de una comunidad sethiana con un sistema doctrinal propio: los PP. de la Iglesia habrían incurrido en el error de pensar que las sectas gnósticas encontraban su cohesión en un corpus de doctrinas plasmadas en sus escritos (F. Wisse); éstos serían, por el contrario, una especie de mosaico compuesto de fragmentos heterogéneos, a la manera de un coleccionista. Un análisis detallado del texto de Hipólito muestra lo contrario. Lo que se desprende de él es, en síntesis, que los sethianos defendían la doctrina de los "tres principios" (luz, espíritu y tinieblas), el mecanismo de la creación (las ideas no son sino producto de los hurtos recíprocos de las potencias emanadas de los principios) y el proceso de la salvación (descenso de un logos al mundo inferior). Esto es también lo que confirman los principales escritos sethianos de Nag Hammadi, pese a sus divergencias. Pero en éstos aparece además una influencia órfica, como ya señala el mismo Hipólito (Haer.V, 20, 4-10): de unos "cantos báquicos" atribuidos a Orfeo, pero obra, en realidad, de un tal Nicias de Elea, de los que se habrían conservado una docena de hexámetros en las Saturnalia de Macrobio; igualmente del culto del primitivo santuario de Flia, influenciado también por el orfismo: la temática mítico-ritual de aquéllos coincide en lo esencial con el mito sethiano de la dialéctica entre mundo de la luz y de las tinieblas, representado antropológicamente por la matriz femenina, aunque ambos mundos religiosos (protoórfico y sethiano) estén separados por seis siglos y haya cambiado el modo de interpretar lo femenino, el cuerpo y la sexualidad, en una progresiva demonización como expresión máxima de la corrupción "hylica". Gli nostici e la tradizione giudaico-cristiana»), más breve, recoge la especulación sobre el destino escatológico del hombre y varios intentos de explicar lo que le sucede después de la muerte. Las respuestas que considera el autor son las del Antiguo Testamento, la de Filón de Alejandría, la de los "logia" de Jesús y los testimonios de S. Pablo y de S. Juan y la de algunos gnósticos cristianos: el samaritano Menandro, el efesino Cerinto y las sectas o grupos de Barbelo y Seth (sethianos). Las interpretaciones judeo-cristianas son más conocidas por numerosos escritos exegéticos. Cerinto, por el contrario, puede ser considerado ya un gnóstico, aunque sui generis: después de la muerte y la resurrección, el reino de Cristo será terrestre, los hombres volverán a vivir en la ciudad de Jerusalén, su cuerpo estará de nuevo sujeto a los apetitos y los placeres. Para Menandro, el bautismo ha inaugurado ya una nueva vida y no hay que esperar una resurrección del cuerpo tras la muerte; los bautizados la han vencido ya y son dueños de la vida eterna, estado que no consiste, como para otros gnósticos, en liberar al alma de las ataduras del cuerpo. Para los barbeliotas y sethianos finalmente, puesto que existe una perfecta consustancialidad entre Dios y el gnóstico, la inmortalidad divina es alcanzada ya en la tierra, mediante una especie de alquimia espiritual consistente en "castigar" la carne, en el sentido de transgredir sus leyes y límites llevando sus posibilidades al extremo, especialmente en el terreno de la sexualidad: como para todos los gnósticos, conocimiento y salvación van unidos, pero aquí se trata de un "conocimiento" en sentido bíblico. Pese a que el contenido de ambos capítulos no está igualmente perfilado y documentado, la presente obra es, en conjunto, interesante y rigurosa; aporta algunos sugerentes puntos de vista comparativos, con referencias al eventual trasfondo histórico-genético de las diversas corrientes ideológicas que analiza. Este interesante libro constituye una actualización sobre un recurso intertextual, el del motto. El concepto, difundido por la de la obra de G. Pasquali, ha quedado, sin embargo, prácticamente limitado al ámbito de la crítica horaciana, a diferencia de lo que ha ocurrido con la idea, igualmente procedente de Pasquali, hoy totalmente común en los estudios sobre literatura grecolatina, de arte alusivo. Precisamente en el famoso artículo sobre el arte alusivo (Arte allusiva, Pagine stravaganti, 2,1968, p. La primera parte del trabajo de Cavarzere está dedicada al origen del término y a su definición. La idea se encontraba ya en trabajos de Norden y Reitzenstein. El término corresponde a la comparación con los epígrafes poéticos que aparecen como encabezamiento de los textos literarios y en esta misma comparación basa el autor su concepción del recurso. El intencionado juego de palabras del título (limitar / imitar) se ve así refrendado por la definición analógica a partir del concepto de paratextualidad de G. Genette. Dos de las características del paratexto serían también propias del motto, la de comentar el texto y la de establecer un contrato genérico. La segunda parte del libro está dedicada a los ejemplos del recurso en la literatura anterior a Horacio. Dado que el fenómeno de la alusividad se asocia al paso de una cultura oral a la de otra basada en la escritura, el primer capítulo de esta sección, que versa sobre el mundo griego arcaico y clásico, gira en torno al problema de si es posible el procedimiento del motto en una cultura aún no predominantemente basada en la escritura, cuestión que el autor aborda desde la oposición, procedente de C. Segre, entre interdiscursividad e intertextualidad. El capítulo II de esta segunda parte se refiere al mundo helenístico (Apolonio de Rodas, Teócrito y Calímaco), de donde Horacio ha heredado el procedimiento, que aparece en esta época plenamente establecido. Se utiliza el motto en este caso como sello de un contrato genérico con la tradición de los poetas arcaicos. El capítulo III está dedicado al mundo latino: Ennio, Catulo, Virgilio. Con la tercera parte aborda Cavarzere finalmente la obra de Horacio, con lo que el análisis se vuelve mucho más minucioso. Esta sección del libro está dedicada a las sátiras y los epodos. ¿Es posible el motto en un género como la sátira caracterizado en principio por el estilo llano?. En el Iter Brundisinum la alusividad remite a la Odisea, pero la relación intertextual queda limitada al poema y no tiene carácter programático. El capítulo II está dedicado al examen de la polémica en torno a la relación entre el epodo XVI y la égloga IV de Virgilio. Las partes cuarta y quinta están dedicadas a las odas. El libro I contrasta, como hace ver el autor, con el resto de las odas con respecto a la frecuencia del motto; la presencia de ecos de Alceo en incipit se hace menor y los modelos genéricos se diversifican, sin reducirse ya a un solo modelo-género (según la terminología de Barchiesi y Conte). En las conclusiones el autor muestra el carácter multifuncional del motto. No siempre el modelo es griego; la relación no se limita siempre al ámbito microtextual; no faltan los casos en que el motto va unido a la contaminación con otras fuentes. La incidencia del metro es evidente, pero tampoco es rara la transmetrificación. El comienzo de las obras literarias tiene una función modélica, al reunir las señales que sitúan la obra dentro de la tradición y subrayan su novedad dentro de ésta; al ser un lugar particularmente citable y asumir casi el papel de un título, es lógica la preferencia por este tipo de pasajes como fuentes. Pero el motto no siempre procede del incipit de las obras aludidas. Finalmente muestra Cavarzere las consecuencias del concepto para la poética de Horacio y el carácter paradójico de su regreso a los modelos tradicionales. La novedad de Horacio consiste precisamente en ir más allá de Calímaco, pero dicha imitación se produce naturalmente a través de los propios alejandrinos. Viene así el autor a matizar la posición de Pasquali en su Orazio lirico. El carácter paradójico de la relación de Horacio en sus modelos corresponde al carácter igualmente paradójico del procedimiento, que a la vez implica la semejanza y la diferencia. El libro resulta valioso tanto para los interesados en la teoría de la intertextualidad como para el estudio de Horacio. Podrán, sin duda, discutirse los detalles concretos de las relaciones identificadas. Por ejemplo, ¿resulta razonable pensar en Teognis a propósito del poema 29 de Catulo? Dicha referencia no me parece demasiado oportuna. Y, por otra parte, ¿hubiera sido advertida una relación semejante, de existir, por parte del lector? Inevitablemente el problema de la intertextualidad nos remite a la diferencia entre un plano de la escritura, en el que los textos imitados son sólo fuentes, y un plano de la recepción. Hubiera sido tal vez deseable haber centrado el concepto del motto dentro de una teoría más amplia sobre la intertextualidad. La referencia analógica al concepto de paratextualidad resulta atractiva; ciertamente el epígrafe juega también con las semejanzas y las diferencias. Pero cabría objetar que al fin y al cabo la paratextualidad es una forma de intertextualidad explícita mientras que el motto supone una relación implícita. Al referirse a la paratextualidad como término de comparación del motto se produce en cierto modo un deslizamiento del sentido; se fuerza el carácter formalista del concepto genettiano. Por otra parte, esta forma sugerente de definir un procedimiento basado en la sugerencia no carece de atractivo, precisamente porque la definición no agota las implicaciones teóricas del fenómeno. Como señala el autor, el motto puede actuar como término espía de una relación alusiva, al tiempo que puede servir de señal genérica. Podríamos compararlo con la utilización ocasional en la poesía moderna de la convención de que el primer verso actúe de título, con su deliberada explotación de resonancias tradicionales. Dichos comienzos evocan entonces las convenciones comunicativas del género, adquiriendo un carácter, por así decirlo, casi musical, fenómeno lógico en una poesía que ha superado su radical de expresión original, pero que mantiene por convención los procedimientos ligados a él. Por otra parte, tales comienzos actualizan, a nuestro entender, una serie de convenciones interpretativas, propias de la lírica, que regulan, por ejemplo, la relación entre la situación discursiva primaria y el nivel comunicativo autor-lector. En definitiva, estamos ante un libro de indudable utilidad por la visión general que nos ofrece sobre este tipo de relación intertextual y, sobre todo, por el estudio minucioso de diversos pasajes de la poesía horaciana. MARCOS El libro que nos ocupa nace de una idea que fue germinando durante la Tesis Doctoral de la autora -que versaba sobre la política exterior de Filipo II hasta la Paz de Filócrates, en 346 -y que ahora alcanza su concreción definitiva, esto es, que sin la lucha de poder que tuvo como escenario el norte del Egeo durante la década del 360 no es posible una total comprensión de los futuros planteamientos y trayectoria político-militar del monarca macedonio desde su ascensión al trono. Realmente este área geográfica no ha captado en exceso la atención de los especialistas, que, al igual que los planes de estudio y manuales de Historia de Grecia, prefieren dirigir su mirada a los acontecimientos que tienen lugar en Grecia central y el Peloponeso, marcados por el decenio de efímera hegemonía militar tebana, ganada en los campos de Leuctra en 371 y cercenada en la batalla de Mantinea en 362. Será precisamente a partir de este momento cuando Macedonia entre decisivamente en juego en el tablero geopolítico griego para convertirse en poco tiempo en el nuevo e incontestado hegemón del mismo. Sin embargo, para la A. este desenlace tal vez no hubiera tenido lugar si Atenas no hubiese fracasado en el intento de recobrar su control sobre el norte del Egeo, perdido durante la guerra del Peloponeso; de hecho el éxito de Filipo en esta misma empresa significaría el primer peldaño en la construcción de su imperio. Estrechamente acotados los límites espaciales y temporales desde el mismo título, la obra se organiza -de una manera muy cartesiana -en dos partes, cada una de los cuales se consagra a un teatro bélico diferente (Anfípolis la una, el Quersoneso tracio la otra), pero que comparten tanto el arco cronólogico, la década del 370 al 360, como el mismo esquema de dos capítulos, siendo el primero un exhaustivo análisis cronológico y el segundo una exposición e interpretación de los hechos a partir de las conclusiones extraídas del primero. Así, por ejemplo, una datación lo más precisa posible de la maraña de expediciones militares atenienses a Anfípolis dirigidas por estrategos como Timoteo o Ifícrates y de las embajadas y acuerdos diplomáticos alcanzados con los poderes locales o con los reyes argeadas Ptolomeo y Perdicas prepara la sucesiva inserción de todos estos movimientos, bélicos o diplomáticos, en un tejido narrativo que explique sus consecuencias políticas para las partes interesadas. Las bases del estudio están constituidas por las fuentes literarias disponibles, bien que parciales y con frecuencia tendenciosas, como son los oradores áticos Demóstenes, Esquines y Apolodoro, y las fuentes epigráficas proporcionadas por la región, no menos problemáticas y que dejan un amplio margen a la conjetura. De lo arriba expuesto se colige que el aspecto cronológico tiene un gran peso específico en el conjunto del libro, ya que la búsqueda de una ordenada y coherente secuencia cronológica de los hechos se hace esencial para calibrar debidamente la significación de los mismos, todavía más si tenemos en cuenta que, de los dos únicos relatos continuados sobre el período en cuestión, Jenofonte y Diodoro, el primero apenas muestra interés en sus Helénicas por un área periférica y marginal como el norte de Grecia, mientras que el segundo no tiene entre sus puntos fuertes el rigor en la cronología. A tal efecto resulta de gran ayuda el apéndice final del libro, un detallado cuadro cronológico que condensa los datos aportados por el estudio y los relaciona con otros hechos acaecidos en áreas adyacentes o de interés para los poderes implicados (Atenas, Esparta, Tebas, Macedonia, Susa, etc.). Si bien es cierto por su estructura y finalidad la lectura de la obra puede resultar árida, pensamos que cumple su objetivo de establecer una sólida base cronológica sobre la que puedan moverse con seguridad trabajos venideros, que, dentro de más amplios presupuestos temáticos, se acercen a este área y a este período de la historia de Grecia. El presente volumen recoge las ponencias y comunicaciones presentadas al VI Coloquio sobre Lenguas y Culturas Prerromanas de la Península Ibérica, celebrado en Coimbra del 13 al 15 de octubre de 1994. Suman un total de diecisiete trabajos pertenecientes a todos los ámbitos de la paleohispanística, desde la lingüística y la historia a la toponomástica, la epigrafía y la arqueología, a cargo de destacados especialistas. La arqueología está representada por los trabajos de Alarcâo y Arruda sobre la Edad del Hierro en el sur de Portugal (pp. 19-36 y 37-50 respectivamente). De las numerosas cuestiones que la paleohispanística tiene planteadas, el origen de las escrituras hispánicas sigue siendo objeto de gran atención. Su actualización y la búsqueda de nuevas vías de investigación quedan patentes en las aportaciones de J. A. Correa («La epigrafía del Sudoeste: Estado de la cuestión», pp. 65-76) y de J. de Hoz («El Origen de las escrituras paleohispánicas quince años después», pp. 171-206). El primero, informa de los nuevos hallazgos en la epigrafía indígena del Sudoeste, especialmente en la zona del Algarve y el Baixo Alentejo, así como de los problemas que plantea el sistema gráfico utilizado en esta epigrafía. Javier de Hoz, por su parte, estudia el signario de Espanca, de gran importancia para la historia de los alfabetos paleohispánicos, y cuya dificultad y orden anómalo le llevan a plantear una serie de cuestiones metodológicas en relación a la adaptación de los sistemas de escritura de una lengua a otra. En el campo de la epigrafía celtibérica destacan las aportaciones de F. Beltrán, a propósito de la lectura de un término que aparece en la cara B del Bronce de Botorrita («Useisu aiankum tauro no era bintis. Una nota de lectura sobre la cara B de Botorrita 1o», pp. 51-64) y de L. Pérez Vilatela («Inscripciones celtibéricas inéditas de Peñalba», pp. 247-278), si bien algunas de las propuestas etimológicas de este último nos parecen un tanto aventuradas. A la epigrafía ibérica están dedicados el trabajo de Guitart, Pera, Mayer y Velaza sobre una inscripción ibérica encontrada en Guissona (Lleida) (pp. 163-170). La historia antigua está representada por los trabajos de J. Gómez Pantoja («Gentilidad y Origen», pp. 77-100) que aborda el problema del fenómeno gentilicio hispano, los llamados "genitivos de plural" y concluye que su repetición en lugares distintos lleva a pensar que en origen pudieron tener un ámbito de difusión geográfica concreto y localizado, que luego fue modificado por diferentes razones. Asimismo, J. Cardim Ribeiro plantea el problema de la localización de la insula Poetanion en su estudio de la Ora maritima de Avieno, que cree encontrar en la actual isla Alpeidâo, en la desembocadura del Tajo (pp. 279-296). Por su parte, Gorrochategui y Lakarra («Nuevas aportaciones a la reconstrucción del Protovasco», pp. 101-145) nos ofrecen un intento de avance en la prehistoria de la lengua vasca mediante la reconstrucción interna y la tipología en lo que constituye, por otra parte, un homenaje al profesor Michelena. A. Guerra plantea un problema de toponimia y de geografía histórica a propósito de los nombres diferentes que el río Lima recibe en las fuentes históricas (pp. 147-161). El trabajo de Oroz (pp. 207-215) se centra en el análisis de palabras prerromanas en escritores latinos, concretamente en el libro XXXIII de la Historia Naturalis de Plinio y pretende mostrar cómo cualquier intento de interpretación tiene que partir de un examen detenido de los manuscritos y de las propuestas de lectura de las nuevas ediciones. I. Panosa (pp. 217-246) plantea el problema de la romanización de la península ibérica a través de la epigrafía y de sus fases de transición que se reflejan en el bilingüismo. Finalmente, Villar (pp. 339-378) replantea algunas cuestiones fundamentales de la fonética y morfología celtibéricas que desde los primeros análisis por obra de J. Caro y A. Tovar, habían sido aceptadas sin posteriores revisiones. De ellas, las principales eran la falta de significación en la alternativa gráfica para las silbantes M y Σ y para o/u. Villar en un trabajo anterior había resuelto el problema de las silbantes, llegando a la conclusión de que la /s/ indoeuropea en determinados contextos se conservaba intacta, mientras que en otros evolucionaba a /z/. Igualmente, mostró que toda /o/ indoeuropea evolucionaba a /u/ como en el resto del celta. Partiendo de estos supuestos, hace un nuevo planteamiento de la fonética y morfología celtibéricas que suponen un gran avance en nuestro conocimiento de dicha lengua y sus relaciones dialectales. El balance final del Coloquio corre a cargo de J. Untermann quien tras un breve recorrido por los años transcurridos desde el primer Coloquio hasta el actual, hace un llamamiento a la internacionalidad del Coloquio que debe integrarse en el estudio general de las culturas antiguas de Europa y de las lenguas prerromanas mediterráneas. El presente volumen constituye la tercera entrega de la serie que con este título publica el Departamento de Filología Clásica y Medieval de la Universidad de Lecce y que en esta ocasión ofrece en sus páginas un amplio muestrario de trabajos que van desde la papirología hasta la arqueología, desde la crítica literaria hasta la crítica textual y la didáctica del griego. La parte correspondiente a la literatura griega y latina está conformada por un total de doce estudios que se abren con el informe de M. Capasso y F. de Salvia sobre la misión papirológica y arqueológica que la Universidad de Lecce llevó a cabo en El Faiyûm (Egipto) durante el mes de marzo de 1990 que se recoge en «Faiyûm 1990: prospettive di ricerca papirologica ed archeologica» (pp. 9-14) y donde se indican las acciones y los resultados obtenidos a propósito de los estudios realizados sobre los hallazgos de excavaciones anteriores. M. Capasso es quien, de nuevo, estudia la presencia de Filodemo en Epicarmo a través de dos referencias contenidas en sendos papiros de Herculano con el objeto de demostrar cómo es factible reconstuir el confrontamiento epicúreo entre filosofía y poesía a partir de las citas de poetas contenidas en papiros y, asimismo, calibrar la propia fortuna de los poetas citados, en el trabajo «Epicarmo nei papiri ercolanesi» (pp. 17-24). Un trabajo más de M. Capasso, esta vez sobre «Problemi di conservazione, restauro e svolgimento di papiri carbonizzati» (pp. 27-29), se adentra en el terreno de la papirología para explicar los resultados de la aplicación de nuevos métodos de conservación y cuidado de papiros con el fin de provocarles el menor daño posible por su uso y examen. También este mismo autor aborda, ahora desde un punto de vista netamente filológico, el estudio de algunos términos controvertidos que pueden leerse en el papiro Hibeh 110 II 61-64, cuyo texto contiene el registro de un no identificado oficio postal del Egipto tolemaico, en "Considerazioni bibliologiche a proposito di PHibeh 110 II 61-64" (pp.33-36) y, más adelante, en «Ancora su 9Omfalój / umbilicus", diserta sobre la naturaleza del umbilicus a partir de la representación de un fresco pompeyano, de un grabado de Antonio Piaggio y del papiro latino de Herculano 1624. Maria Antonietta Cervellera, en su trabajo «Seneca: la vita come metafora» (pp. 45-54), se propone indagar en cuál era la idea real que Séneca tenía de la muerte, habida cuenta de lo oscilante de su pensamiento en este ámbito que iba de considerarla como el fin de todas las cosas a verla como un mero tránsito. Por su lado, Marinella Corsano, en «Il sogno di Eufemo e la fondazione di Cirene nelle Argonautiche di Apollonio Rodio» (pp. 57-72), pone en relación el pasaje de las Argonáuticas de Apolonio en que se narra el sueño que tiene Eufemo a propósito de la fundación de la ciudad de Cirene (IV 1731-1764) con similares pasajes relativos también a ese suceso de Píndaro, Heródoto y Calímaco. Asimismo, Mariacarla de Giorgi ofrece como testimonios para la reconstrucción de la notación musical griega dos papiros de Eurípides que contienen sendos pasajes notados de Ifigenia en Áulide y Orestes, en su trabajo «Due frammenti notati di Euripide (P. Leid. inv. Rosanna Guido estudia la presencia del libro II de la República de Platón en la obra de Juliano el Apóstata Contra el cínico Heraclio apoyándose en el interés que para éste despertaba la filosofía y en las múltiples ocasiones que menciona el nombre del griego, en su estudio «Múqouj pláttein, un'eco platonica in Jul. Or. En el terreno de la crítica textual se inserta el trabajo de Dora Liuzzi «Maniliana II (Esegesi si alcuni passi controversi del l. Por su lado, Lucia Mancini, en «Recenti studi sulla psicologia di Cicerone» (pp. 125-129), repasa la bibliografía última que, en vez de tocar los habituales aspectos literarios, filosóficos o políticos relativos al arpinate, se centran en descubrir las claves psicológicas que pueden explicar el comportamiento de Cicerón ante los múltiples acontecimientos acaecidos a lo largo de su vida y de los que sus obras parecen ser claro reflejo. El último trabajo de este bloque de literatura lo constituye el estudio de Rosanna Sardiello, «Il Giuliano imperatore di Lorenzo de' Medici alla luce degli scritti dell 'Apostata» (pp. 133-140), que analiza cuáles pudieron ser las fuentes utilizadas por Lorenzo el Magnífico para la composición de su Sacra rappresentazione dei Santi Giovanni e Paolo, concluyendo que tuvieron más peso los propios escritos del Apóstata, conocidos por Lorenzo gracias a su amistad con el humanista Poliziano, que la Leyenda áurea de Jacobo de la Vorágine o el Gallicanus de Hroswitha. El segundo bloque está constuido por varios trabajos que abordan la situación de la didáctica del griego en la enseñanza secundaria italiana y cuenta con las colaboraciones de P. Giannini, Rita Calderini, M. Gigante y A. Masaracchia. Finalmente, sirviendo de colofón a esta abigarrada entrega de estudios sobre el mundo antiguo, se ofrece una reseña bibliográfica del libro Seneca e la cultura, editado por A. Setaioli, a cargo de Maria Antonietta Cervellera. La introducción, a cargo de Hannah Rosén, organizadora del coloquio y editora de los resultados, ofrece, entre otras cosas, una visión general de las cinco mesas redondas que complementaron la lectura de cerca de 90 comunicaciones, así como de aquellos campos que, si bien se abordaron en las sesiones científicas, han quedado fuera de la publicación como sucede con la retórica o la hermenéutica de textos. El núcleo de la obra comprende un total de 55 trabajos clasificados en nueve apartados correspondientes a diferentes aspectos de la lingüística latina: 1. dentro de "áreas del latín" (pp. 19-71) se engloban temas tan variados como la coexistencia de varias lenguas en toda la región de Italia Central en época arcaica, así como la rareza, en estos primeros siglos (VII-VII) de inscripciones en lengua latina (A. Bartonek), la importante influencia que el griego ejerce sobre el latín vulgar, que, a su vez, será el encargado de transmitirla a las lenguas romances (E. Coseriu), el impacto de la lengua latina en Palestina (J. Geiger) o el reflejo de las estructuras del latín clásico en el latín de época carolingia (H. Rosén); 2. el apartado de "fonología y escritura" (pp. 75-115) reúne tres trabajos sobre monoptongación en latín arcaico (E. Nieto), la cantidad de -u en los neutros de la 4a declinación (P.M. Suárez) y las desviaciones lingüístcas detectadas en un documento mercantil (C. Seidl); 3. bajo el epígrafe "estructura de la palabra" (pp. 119-206) encontramos: un trabajo en torno a los compuestos latinos con derivación cero en latín, es decir con la ausencia de algun rasgo formal o semántico (L. Nadjo), la base indoeuropea del patrimonio léxico latino (H. B. Rosén), explicación de pignus a partir de la teoría glotálica (C. de Lamberterie), estudio sobre el papel de los preverbios en el cambio de lengua (J. Untermann), los verbos en -sco y la función semántica de lso prefijos (G. Haverling), condiciones sintácticas para la formación de los nombres de agente en latín (E. Torrego) y evaluación de la teoría de Benveniste sobre los nombres de acción (M. Fruyt); 4. dentro de "categorías gramaticales" (pp. 209-330) se engloban trabajos dedicados a las interjecciones (F. Biville), el adjetivo (C. Kircher-Durand y C. Arias), la relación entre caso y preposición (P. de Carvalho), los giros preposicionales (J. de la Villa), y diferentes cuestiones relativas a la categoría verbal (B. García-Hernández, J.-L. Moralejo, G. Smith, L. Sznajder y M. Kooreman); 5. el apartado dedicado a "estructura de la oración simple" (pp. 333-400) ha unificado también trabajos de muy diversa índole desde cómo analizar una frase con verbo en tercera persona de singular (C. Touratier), un análisis de la aposición (F. Heberlein) o la interpretación restrictiva o partitiva de algunos adjetivos latinos (M. I. Romero), al anális muntifuncional del orden de palabras para una explicación más rigurosa de los datos lingüísticos (C. Cabrillana) y la integración de nombres indeclinables en el sistema gramatical latino (J. Herman); 6. de los temas referentes a la "estructura de la oración compuesta" (pp. 403-496) se aborda aquí un examen de las claúsulas condicionales en las Doce Tablas (R. Coleman), o la polarización en algunas oraciones completivas latinas (A. M. Orlandini), el acusativo sujeto de infinitivo como un caso «default» (G. Calboli), el infinitivo como estructura de control (M. Maraldi), la subordinación y los modos verbales en el latín de los papiros de Egipto (P. Molinelli), el empleo del ablativo absoluto en latín tardío (A. Moreno) y la concurrencia entre «rallonge» y «parataxe» en Tácito (D. Longrée; 7. bajo el epígrafe "cohesión del texto" (pp. 499-599) se incluyen trabajos sobre temas como los límites entre deixis y anáfora (J. R. de Jong) o anafóricos y antecedentes en un texto narrativo (D.P. Ross), el empleo de los diafóricos correferenciales de una proposición completiva (C. su tendencia a la institucionalización: no es πόλις pero desde muy pronto «tiende» a serlo, aunque no lo logre. Un regard historiographique» (pp. 109-121) señala que arduos problemas filológicos como la «cuestión» homérica (con un recuerdo a Bérard), crearon el interés por el «milieu périferique», lo que inició toda una época de estudio de los textos. El que en muchos casos los testimonios fueran varios siglos posteriores al objeto de estudio, llevó a valorar la investigación arqueológica, especialmente la de la cerámica. Aún con limitaciones, eso permitió avanzar en la cuestión de la circulación de bienes y productos por el Mediterráneo. Con ello, de una fase más bien economicista, se pasó a otra de dimensión antropológica. El resultado es la visión de un Mediterráneo no exclusivamente helenócéntrico sino en el que despliegan su actividad etruscos y fénico-púnicos y, consolidándose progresivamente, a pesar de tensiones, estructuras de intercambio. Valora en relación con todo ello las inscripciones arcaicas de Iberia y de Pech-Maho y la importancia del material que se encuentra en Hecateo. Aspetti e problemi» (pp. 123-140) sostiene que el arte en las zonas mencionadas no es solo un aspecto marginal del griego, sino que en algunos aspectos, como el desarrollo de los grandes frisos y otras facetas que impresionaron a Winckelmann y Goethe, precede a su desarrollo en las metrópolis. El autor recupera el acuñamiento de monedas propio de la zona como documento artístico. En lo que se refiere a la escultura en mármol, se dispone actualmente de una serie de piezas que revelan un arte con rasgos en gran parte independientes. Desde este punto de vista estudia detenidamente la famosa estatua de Mozia, que cree pertenece a un auriga, opinión que apunta en la discusión de pp. 27-28. A. Stazio «Monetazione dei Greci d 'Occidente» (pp. 141-150) recuerda que la opinión común era que la moneda había tenido su comienzo en las colonias aqueas de Síbaris o Metaponto. Ahora se puede hablar de una ampliación a diversos puntos con gran reciprocidad entre ellos, con Hímera o Selinunte, que, según opina el autor, podían tener un acceso fácil a la plata proveniente de Iberia o Cartago. Algo mas tarde entra en juego Massalia y estrechamente relacionada con ella Híele o Elea (Velia), así como Posidonia. Hace también un estudio mas restringido de las monedas de oro oponiendo la de metal precioso, destinada a la adquisición de recursos y servicios foráneos, a la moneda de bronce. El volumen, interesante no solo para el historiador sino para el filólogo que busca respuestas a cuestiones muy del momento, acaba con «Quelques réflexions en guise de conclusion» (pp. 151-157) del fallecido profesor Vallet, que mencionábamos al principio. Dentro de una de las series de Anejos de la revista Veleia aparecen estas Actas de un Primer Encuentro Científico y Pedagógico organizado por los Profesores del Departamento de Estudios Clásicos de la Universidad del País Vasco, organizado con el declarado propósito de servir de punto de encuentro con el Profesorado de los Centros de Enseñanza Secundaria. Una clara muestra de ello lo constituye el último capítulo del libro, en el que se resumen las discusiones y conclusiones de la Mesa Redonda: «Relaciones entre Universidad y Centros de Enseñanza de Secundaria: nuevas vías de colaboración». La parte principal del libro se organiza en tres secciones: I. Época antigua; II. Edad Media, Renacimiento e Ilustración; y III. En la primera sección encontramos, entre otros, dos interesantes puestas al día sobre la cuestión del bilingüismo en Roma (P. Redondo Sánchez) y sobre el debatido problema de la relaciones entre la literatura latina y la griega (J. Bartolomé Gómez). En la segunda sección destaca una panorámica de L. Gil sobre la enseñanza del griego en España entre los siglos XVI y XVIII, con sus curiosos avatares. De la tercera parte me gustaría destacar un documentado trabajo de C. García Román sobre la aplicacines informáticas para la enseñanza e investigación de las lenguas clásicas, quizá excesivamente centrado en el entorno Macintosh. Sobre esta cuestión, recomiendo a los interesados el reciente y exhaustivo libro de D. Riaño, Aplicaciones de Macintosh a la Filología Clásica, Madrid, Ediciones Clásicas, 1998.
La autora de este artículo lleva a cabo un estudio crítico textual de los principales pasajes discutibles del libro tercero de De natura animalium (NA) de te trabajo, parto de la transmisión manuscrita de NA y de los conocimientos que actualmente se tienen de la lengua griega tardía de un autor perteneciente a los siglos II-III d. C., dentro de la corriente aticista de la Segunda Sofística, intentando poner de manifiesto los errores debidos al enconsertamiento de los textos a las normas gramaticales del ático y ofrecer unas líneas metodológicas de actuación. La última edición de NA (Hercher 1864) 3 no presenta un estudio ni descripción de los códices. El breve aparato crítico de la edición, presentado al comienzo, no da información cierta y crea confusión, ya que no indica en ningún caso a qué manuscritos y ediciones anteriores pertenecen las lecturas variantes que ofrece. Se puede considerar de mínima utilidad. El editor afirma, ciertamente, que para establecer el texto sigue el manuscrito V, pero cuando se compara el texto de este códice con el texto editado, no coincide con muchísima frecuencia. Hace correcciones o bien acepta numerosas conjeturas de otros filólogos y él mismo introduce otras muchas; muestra una actitud menos respetuosa con la transmisión manuscrita que en su primera edición (1858). Es considerada, sin embargo, la edición canónica para todo tipo de estudio. Las ediciones anteriores, muy antiguas, siguen siendo útiles para conocer, en muchos casos, el origen de las lecturas de Hercher. Toda investigación sobre esta obra debe partir del estudio de principios del siglo veinte del italiano De Stefani 4, sobre la transmisión del texto de NA, en el que describe, por familias, diecinueve códices, que van del s. XII al s. XVI. Analiza la relación que hay entre ellos y presenta un stemma codicum. Después de los estudios que se han hecho, son seis los manuscritos más importantes, AFHLPV. Desde que nos constituimos como equipo, quedaron repartidos los códices entre los investigadores, para llevar a cabo la cola-El ms. A, que sirvió de base a la edición de Gesner (Zurich 1556), fue colacionado por la Dra. El ms. F y el ms. H fueron colacionados por el profesor M. González Suárez y realizó, asimismo, un estudio sobre ambos, investigación que será objeto de una tesis doctoral. El ms. L, que junto con P son los dos códices más autorizados de la rama b, fue base de las ediciones de A. Gronov (Londres 1744) y F. Jacobs (Jena 1832), lo colacioné yo misma. El ms. P fue colacionado por el Dr. L. A. Llera Fueyo. El ms. V, único representante de su tradición, del que se sirvieron los editores Jacobs y Hercher, fue colacionado por la Dra. Quiero expresar mi agradecimiento a todos ellos por la disponibilidad de los resultados de las colaciones que han llevado a cabo y que fueron indispensables para el presente trabajo. Son todos recentiores, menos el ms. antiguo L que es de finales del s. XII. Todos proceden de un arquetipo medieval (a) del que derivan dos ramas de la tradición: una, representada por el ms. V. La otra (b) está formada por los códices LPAHF, de los cuales los mss. L y P son copia cada uno de un descendiente diferente de b. Es decir la rama b se divide en dos, de una (b ́) procede su principal representante que es el ms. L, y de la otra (g) derivan los demás (PAHF); P es copia de g; mediante dos códices interpositi (g ́, d) perdidos deriva A; a su vez, mediante otros dos códices interpositi (e, z) perdidos deriva el códice H, y mediante otro códice interpositus (h) deriva F, códice que presenta un orden de capítulos muy diferente del de los demás manuscritos. Los códices FH requieren una investigación especial, ya que las relaciones entre ambos códices no están estudiadas, ni el orden del material zoológico en el ms. F. Las interrelaciones y parentesco entre los códices quedan mejor definidos después del trabajo sobre los Excerpta, que De Stefani publicó más tarde 6, en el que presenta un stemma codicum con mayor precisión, acerca de la relación de estos documentos entre sí y con la tradición de los manuscritos. Los Excerpta Constantini de NA dependen del arquetipo de los manuscritos (a); todos proceden de la tradición b, ya de b ́ (e c, e f, e l ), ya de g ́ (e κ, e v ), ya de η (e w ); menos e m que deriva de un descendiente perdido del ms. V. Fueron editados por Lambros en el Supplementum Aristotelicum 7. Son escasamente útiles para el establecimiento del texto, ya que están concebidos como mínimos extractos, con una elaboración personal del epitomador al comienzo y al final de cada extracto 8. Sin embargo, merecen cierta ESTUDIO CRÍTICO-TEXTUAL DEL LIBRO III DE NA DE CLAUDIO ELIANO... 203 de los Excerpta Constantiniana, siendo escasamente útiles y el de Focio en su Biblioteca. 9 El manuscrito A sufrió la pérdida de algunos folios y fueron suplidos por una segunda mano del s. XV, mediante copia de un descendiente de V (de ahí A, primera mano; Av, segunda mano). 10 Estudiado el ms. F y su relación con H, dadas las alteraciones que presenta del texto, tanto en su contenido como en el orden, no es útil en la edición, a no ser en pasajes muy concretos. 12 La regla "de hierro" según el método de Lachmann, es bien conocida: la concordancia de dos tradiciones contra una tercera debe dar automáticamente la lección del antepasado común. La investigación debe tomar como base no la calidad de cada uno de los manuscritos, o de cada rama de manuscritos, sino el valor intrínseco de las variantes. Esta es la situación que se encuentra, con frecuencia, en el texto de Eliano. Las dos ramas que transmiten la obra (Vb) son necesarias en la constitución del texto y no hay una prevalencia clara de una sobre la otra. Se deben valorar las lecturas variantes, se ha de examinar caso por caso, y escoger la variante buena, que no significa auténtica, sino simplemente la más atendible de las examinadas. Siempre con la convicción de que la lectura variante que prefiramos no es la original, sino la lectura de aquella rama de la tradición, o agrupación de códices, que según nuestra experiencia contiene menos número de pasajes corruptos 14. Es mejor hablar solamente de grados diferentes de probabilidad. La situación es con frecuencia ardua. Las dos ramas (Vb) son, como se ha dicho, necesarias para el establecimiento del texto. El método y valoración más fiable de las variantes para restablecer el arquetipo, dada la relación entre los códices, deben atenerse a las pautas siguientes: 1o El principio general es el de respeto al textus receptus sin caer en el fetichismo: cuando los códices concuerdan se tiende a mantener esa lectura y a suprimir las correcciones, enmiendas o conjeturas que existan, a no ser que haya razones muy justificadas para acturar de otro modo. 2o Si no concuerdan los manuscritos VA v, y concuerdan los de b, es más fiable, en principio, la lectura de b; y, viceversa. 3o Cuando los mss. difieren, debería darse la preferencia de la variante en el orden siguiente: a) aquella en la que coinciden los manuscritos VLP establece con seguridad la del arquetipo. b) la lectura en la que concuerdan los manuscritos VL, o bien VP, tiene un valor muy notable; es con mucha frecuencia segura, pero no siempre, lo sería más si concuerdan también los códices AH con uno de ambos grupos. 4o Si el ms. V testimonia una lectura variante y los mss. LPAH (b) otra, se debe estudiar cuál es la preferible. La concordancia de todos los códices de b, por pertenecer a la misma tradición, no hace la lectura más fiable, pero tampoco menos que la de V, ya que este códice presenta omisiones y errores propios. Dada la transmisión manuscrita de la obra, en la que, en su mayor parte, una rama está documentada sólo por un códice (V), debe estudiarse con gran cuidado cada pasaje que presenta una lectura variante diversa en En las citas del texto griego, sigo la edición de R. Hercher (1864), indicando libro, capítulo, página y línea. Esta situación se plantea con gran frecuencia en la obra y es difícil decidir cuál es la variante que correspondería al arquetipo. Cada rama de la tradición presenta una lección y no hay argumentos seguros para realizar la preferencia. En estos pasajes, el camino sería acudir a la autoridad del manuscrito, es decir, aquel que da el mayor número de lecturas buenas en pasajes en los que hay argumentos racionales para adoptar una decisión. Éste es el que tiene más posibilidades que los otros de dar la lectura más atendible en los demás pasajes en los que no existen tales argumentos. Esto que en teoría puede resultar convincente, no lo es tanto en la práctica, ante la demostración documental de esta obra. 5o En ocasiones, no concuerdan los códices de b, debido al error de uno de sus manuscritos, pero transmiten la lectura buena los demás testimonios de esa rama, frente a la lección errónea de V (con más frecuencia en la parte de la obra en que es único representante de esa rama). 6o Si difieren mucho, de tal manera que los mss. de V no concuerdan, ni, a su vez, los que constituyen la rama b, y los editores han conjeturado a su gusto, deben hacerse prevalecer los criterios internos del texto, el estilo y la lengua del escritor, y las características de la koiné de la época, para tratar de restituir el texto del arquetipo. Se está observando que los usos de la lengua del autor y las características de la koiné de la época, hacen prevalecer, en algunas ocasiones, la lectura de un códice solo, frente a variantes diversas de los otros o, incluso, al acuerdo de algunos de los otros. Este procedimiento seguido, en un número grande de lecturas, es altamente eficaz para hallar la lección más atendible del arquetipo. Pasemos al comentario de los pasajes del libro tercero que considero más ilustrativos de la variada problemática que presenta la tradición manuscrita de la obra 15. Este libro, como los diecisiete que componen la obra, ofrece una miscelánea de curiosidades zoológicas. Las costumbres de los animales son descritas, en algunos casos, atendiendo a los conocimientos de la moderna zoología, en otras ocasiones se narran con mucha fantasía y con una ingenuidad grande, que separan abiertamente al autor de una mentalidad científica y lo unen a los paradoxógrafos de su época. El objetivo principal del escritor es mostrar, según la doctrina estoica, la sabiduría de la Naturaleza, Véase, entre otros, Th. 271 ss.;Giangrande 1991, pp. 65, 87; García Valdés 1995, Is. et El texto continúa con el acuerdo de todos los manuscritos: kaì tÊ7 qrúyei šoíkasin a±sqanómenoij megéqouj te toû sfetérou kaì kállouj, kaì Áti xlidÔsi tÔ7 kósmw7. "Y parecen darse cuenta de sus galas y de su propio tamaño y de su belleza, y que se envanecen con su adorno". La primera cuestión que se plantea es que este último pasaje sea una adición, puede parecer originariamente una glosa y que se haya introducido en el texto. El consenso de los códices, sin embargo, permite restituir el arquetipo con el texto completo. En el arquetipo del que derivan las dos ramas ya se encontraba, sin duda, y tiene un significado muy inteligible y expresivo. Los editores, Gesner, Jacobs, Hercher (1858) establecen el texto completo; Hercher lo mantiene, pero en el comentario dice: Expugnenda verba: kaì tÊ7 qrúyei kállouj et kaì Áti xlidÔsi tÔ7 kósmw7. Sólo mantendría: šoíkasin a±sqanoménoij megéqouj te toû sfetérou, eliminando lo que parece en un primer análisis una glosa explicativa, debido a la insistencia y repetición de los vocablos (v. Sin embargo, las sucesivas traducciones latinas, que acompañan las antiguas ediciones mantienen en su versión el texto completo. En la última edición (1864), Hercher, siguiendo su comentario hecho en la primera edición, lo elimina. Se repiten, sin duda, las raíces de algunos vocablos o incluso las mismas palabras: xlidÊ7 / xlidÔsi, trufân / qrúyei, megéqei / megéqouj, kállei / kállouj; el significado del sintagma tÊ7 qerapeía7 tÊ7 oecwqen está en correspondencia con xlidÒsi tÔ7 kósmw7. Pero la repetición de palabras es muy frecuente y buscada en los textos en koiné. Se pueden citar ejemplos de otros autores de la misma época y ya se encuentra en la prosa de Tucídides y en la época helenística 16 III 3.60.24-28. En el mismo contexto que el anterior, sobre los caballos de Libia y de Persia, el autor se refiere a los perros, y de manera particular, a las cualidades de la perra cretense (ligera, saltadora y adiestrada para andar por las montañas), y los cretenses, al igual que los persas, manifiestan también estar dotados de las mismas cualidades que ella. El texto es el siguiente: taûtá toi kaì perì tÔn kunÔn oepeisi noeîn moi. kúwn KrÊssa koúfh kaì ‰ltikÈ kaì 1⁄2reibasíaij súntrofoj: kaì méntoi kaì aÐtoì KrÊtej toioútouj a×toùj paradeiknúasi, kaì ƒ7 dei a fÉmh. Los mss. transmiten: paradeíknusi VH, perideíknusi LPAv. El verbo compuesto con el preverbio peri-aparece sólo una vez y bajo la forma temática, perideiknúw (Phld., De libertati dicendi, p. 14, ed. Olivieri); en cambio, el verbo con el preverbio para-, bajo formas atemáticas y temáticas, es frecuente a partir de Polibio (véase, s. v. Transmiten correctamente el preverbio pará los mss. VH. La confusión de estos dos preverbios es muy fecuente en la transmisión textual. Así determinados manuscritos de las dos ramas (Av y LP) lo han alterado, muy probablemente, de manera independiente. Por otro lado, la forma verbal perideíknusi es la tercera persona de singular; sin embargo, se observa, de manera evidente, por su sujeto (aÐtoì KrÊtej), que se refiere a una tercera persona del plural. La necesidad de la tercera persona de plural la señala también Hercher quien la modificó estableciendo paradeiknúasi pro paradeíknusi, a partir del morfema desinencial de tercera persona del plural -nti (con la vocalización de la n en a y la asibilación de -ti en -si). La forma verbal paradeíknusi tercera persona de singular, si sufre Cf., García Valdés 2001, p. Decía Schmid en nota a pie de página: velim minima mutatione (ed. 1779)'pollûsi legere; forma que está empleada así por Heródoto (IV 69) y por Platón (Leg. 484; otros editores antiguos intentaron corregirla ante la necesidad de una tercera personal de plural, y propusieron'pollúasi. LXXV 2, julio-diciembre 2007 pp. 199-224 ISSN 0013-6662 una mínima modificación del acento, paradeiknûsi, es la tercera persona del plural, explicable por la perdida de la n y el alargamiento compensatorio de la vocal anterior, por lo que toma el acento circunflejo. De manera similar, debió experimentar una modificación 'póllusin en' pollûsin, en un texto del mismo siglo (Luc., Par. La transmisión de todos los códices, si se prescinde del preverbio, es deíknusi y, por tanto, como tercera del plural, debe modificarse en paradeiknûsi. De un modo general, se ha tenido tendencia a sustituir la flexión atemática por la temática, como en el caso del verbo simple deiknúw pro deíknumi; en la koiné los verbos en -numi siguen siendo eliminados paulatinamente. Εn el presente pasaje y con gran frecuencia, continúa empleada la forma atemática del verbo. El capítulo trata del "pez globo" y del carácter dañino de su pesca, ya que llega a provocar la muerte del que lo come. Pero a su vez, el pez, una vez capturado, paga su culpa, dice el texto: prÔton mèn oecw toû kúmatoj genómenoj o±dánei, kaì e2 tij aÐtoû yaúseien, Ã dè oeti kaì mâllon pímpratai. kaì e2 tij špimeíneie yaláttwn, gínetai pâj ×pò sÉyewj diaugéstatoj, ðj ×deriÔn eμta teleutÔn dierrágh. e± dè aÐtòn šqéloi tij oeti zÔnta šj tÈn qálattan meqeînai, Ã dè špinÉxetai díkhn kústewj'rqeíshj pneúmati. kaí fhsin Áti šk toû páqouj fúsalon škáloun aÐtón. "Primero, nada más que esté fuera del agua, se hincha, y si alguien lo toca quema hinchando más y más; y si alguien sigue manipulándolo, se corrompe todo llegando a estar muy translúcido, como un hombre hidrópico; y luego revienta. Y si se le quiere dejar libre echándolo al mar aún vivo, éste nada sobre la superficie, como una vejiga llena de aire. Y se afirma que a causa de esta propiedad lo llamaban pez "globo". El pasaje es interesante, por ofrecer ejemplos de la libertad con la que los editores alteran el texto transmitido por los manuscritos y, a la vez, para observar el empleo de los modos en los enunciados condicionales, ya que hay tres en el párrafo, que iremos analizando. Este tipo de actuación es muy frecuente, lo vamos a comparar con otros pasajes, y se debe, principalmente, a no tener en cuenta el uso de los modos en la koiné. Hercher altera, sin necesidad, las formas verbales de la prótasis de los dos primeros enunciados, intentando uniformar el modo de EMERITA (EM) LXXV 2, julio-diciembre 2007 pp. 199-224 ISSN 0013-6662 las tres en optativo (yaúseien/špimeíneie/šqéloi). La apódosis de los tres enunciados tiene el predicado verbal en presente de indicativo. Veamos el primer enunciado condicional, los manuscritos testimonian en la prótasis: yaúsei V, fut. indic. act.; yaúsoi LPA, fut. opt. act. (yaúsoito H, fut. opt. med.). Los editores Gesner y Hercher no se atienen a la tradición manuscrita, Gesner establece yaúsh7, aor. de subj., y Hercher en su primera edición, siguiendo la enmienda de Schneider, establece yaúsai, aor. de opt. act.; en su segunda edición, la modifica en la llamada forma eólica del mismo modo, yaúseien. Los códices presentan, como se observa, divergencia en el modo del verbo de la prótasis. Se trata del uso de e± + opt. fut. (e2 tij yaúsoi), o bien, e± + ind. fut. (e2 tij yaúsei), con la apódosis en indic. pres. (pímpratai). En la prótasis de un enunciado condicional, las dos construcciones son posibles en la koiné. La cuestión es explicar la divergencia y si es posible restituir la forma verbal del arquetipo. (Son significativos otros ejemplos que presentan prótasis en fut. ind. y apódosis en presente ind., o bien, dos prótasis en opt. de aor. coordinadas con otra prótasis en fut. de ind. y apódosis fut. de indic.: XVI 19.398.15-16. Se refiere a las liebres marinas por sus pelos en forma de púas: "si uno las toca, recibe un pinchazo". Los manuscritos: proyásetai VLPA (proyásaito H), y en la apódosis,'mússetai codd. El arquetipo es sin duda: e± proyásetai,'mússetai. Hercher corrige de manera innecesaria el texto, modificando el fut. ind. en aor. opt. El autor se está refiriendo a la mosca: aunque de los animales es la criatura más intrépida, si cae al agua no puede correr ni nadar sobre ella, y, por tanto, se ahoga. "Pero si sacas el cadáver y esparces ceniza sobre él y lo expones a los rayos del sol, resucitarás a la mosca". Hay tres verbos coordinados en la prótasis, los dos primeros, opt. aor., šcéloij, šmpásaij, codd.; el tercero, fut. ind., kataqÉseij VLPH (en el códice A, opt. aor., kataqÉsaij; el empleo del aoristo sigmático de tíqhmi es propio de la koiné muy tardía, siglo tercero en adelante, cf. Chantraine §181; el escriba del ms. A corrigió el fut. en aor., acudiendo a la forma de aor., usada ya en su tiempo, intentando uniformar el modo optativo en las tres prótasis). En la apódosis, fut. ind.,'nabiÓsh7 VLPH, bajo la forma'nabiÓsei A. El arquetipo, según la transmisión manuscrita, presenta, en la prótasis, tres oraciones coordinadas entre sí, las dos primeras en opt. aor. (šcéloij, šmpásaij), y la tercera en ind. fut. (kataqÉseij); en la apódosis, fut. ind. No se debe alterar el texto como ha hecho Hercher, de modo innecesario, estableciendo erróneamente la forma de optativo llamada eólica šmpáseiaj, y el aor. opt. kataqeíhj, en lugar de las del arquetipo šmpásaij y kataqÉseij. Liber., XX 2-3, donde están coordinadas dos prótasis: opt. aor. + ind. fut (e± paúsaito kaì e± ¶ereúsei). No cabe duda de que la evolución del vocalismo, en particular de los diptongos ei, h7, oi (cf. Lejeune 1987, pp. 236, 241), ocasionó la confusión de los morfemas: en la voz activa, de la tercera pers. sing. del fut. indic., del aor. subj. y del aor. opt. (también del pres. ind. y del pres. subj.); en la voz media, la segunda pers. sing. del fut. ind. y del aor. subj.; y en la voz pasiva, la confusión de la segunda pers. del pres. ind. con la del pres. subj.). Esta confusión fonética, va conllevando la desaparición del morfema que marcaba la oposición en el empleo de los modos, entre subjuntivo y optativo, oposición que marcaba una diferencia de significado. Los manuscritos manifiestan este fenomeno en las diferentes variantes que transmiten. Estos factores fonéticos, otros sintácticos y de otro tipo, contribuyeron a la desaparición del optativo, de manera total en el griego moderno, es sustituido por el subjuntivo en oraciones independientes y en todo tipo de subordinación. Otro ejemplo de Eliano, VIII 26.216.9, en el que se encuentran coordinados en la prótasis (e± prosagágoij kaì núceij), un opt. aor. prosagágoij (todos los códices), con un fut. ind. núceij VLAH (núch7 j P) -que Hercher cambia de manera innecesaria en optativo, núceiaj -, con la apódosis en presente de indicativo. Se observa, en consecuencia, que el autor emplea, en la prótasis, las dos construcciones, e± + opt. aor., o bien, e± + ind. fut., coordinadas entre sí, como se encuentra en la koiné literaria, en la que los autores se expresan entre una correcta sintaxis ática y vulgarismos sintácticos; tales fluctuaciones son muy comunes en los escritores de la koiné tardía 18 ) Estos ejemplos, en los que están coordinados, en la prótasis, el opt. aor. con indic. fut., muestran la dificultad de decidir, para restituir el arquetipo, en el pasaje III 18, en el primer enunciado condicional, entre la variante de V (yaúsei) o la de LPA yaúsoi (yaúsoito H). Es la norma de los aticistas la que aconseja establecer el optativo yaúsoi. El uso de e± + opt. es propio de la koiné y de los aticistas, llegando a emplearse el optativo, tras su casi desaparición en la época helenística 19, con una mayor frecuencia desde el s. I a.C., y aún mayor en el s. II d.C., al intentar imitar a los autores clásicos. El deseo de emplear la construcción propia del ático, lleva al uso hipercorrecto del modo optativo; éste llega a usarse como sustituto del indicativo o del subjuntivo, se encuentra el empleo alternativo de šán + subj. o, bien, e± + opt., como construcciones sin diferencias de significado. A partir de ahí, se encuentra usada la partícula ƒn de modo incorrecto, su presencia o ausencia no se atiene a las normas del griego clásico. Se encuentra ƒn usada con indicativo 4 Forma en la que se da la confusión en el vocalismo entre ei y h7 debido a la evolución de estos dos diptongos, con monoptongación del diptongo ei, y con pérdida del segundo elemento, la i, del diptongo largo h7, coincidiendo ambos en la pronunciación en i, por el fenómeno de iotacismo. Ya en Homero todas las oraciones subordinadas de subjuntivo (excepto las de 1na, las de temor y las comparativas), llevan ya partícula ya no. La partícula modal de la prótasis, en juicios de carácter general, falta a veces en la poesía arcaica, en la tragedia y raramente en prosa. Es el ático el que generaliza ƒn en el subjuntivo de casi todas las subordinadas; la construcción de la oración condicional e± ƒn + subj. (šán + subj. en la época postclásica) es la norma para la prótasis de la condición eventual referida al futuro, o bien, de la condición general de presente-futuro. En el griego helenístico, en cambio, cada vez tiene menos importancia la presencia o ausencia de ƒn (confundida con šán). Se observa precisamente este fenómeno en el segundo enunciado condicional del pasaje que venimos comentando (III 18), e± + subj. aor. sin partícula en la prótasis (e2 tij špimeính7 ), en la apódosis pres. indic. (gínetai). Los manuscritos transmiten: špimeính7 VPA, subj. aor.; špimeínei L 20; el ms. H atestigua ×pomeính7, con cambio del preverbio, alteración muy frecuente en la transmisión manuscrita, entre špí y ×pó; en la forma simple del verbo, H concuerda con VPA. La lectura špimeính7 es la del arquetipo y, por tanto, es la que hay que establecer, como ha hecho Gesner. Se emplea en la koiné tardía las construcciones e± + subj. sin partícula modal y šán + indic. en lugar de šán + subj. (véase Blass-Debrunner §372) 21. Los escritores de la koiné literaria que tratan de imitar el ático emplean la partícula ƒn "incorrectamente", es a modo de un "disparate" sintáctico, que no debe ser enmendado. Jacobs, siguiendo a Schneider, establece el opt. aor. špimeíneie, y Hercher lo mantiene en sus dos ediciones. Estos editores, considerando esa construcción un error (cf. el comentario de Jacobs, p. 111), modifican, sin necesidad, la tradición manuscrita. Otro pasaje del mismo libro, III 41.76.24-27, presenta una situación similar, si se observa el reparto de variantes. "Si alguien echa en ellas un veneno mortífero, el que lo bebe no recibirá daño alguno de la conjura, pues parece que el cuerno tanto del caballo como del asno es un antídoto contra el veneno." Los códices dan las variantes siguientes: šmbáloi V, šmbálh7 LAH, šmbálei P. Gesner establece, siguiendo el ms. A, šmbálh7, en esta variante vuelve a encontrarse el empleo del subjuntivo prospectivo sin partícula modal. Jacobs y Hercher establecen šmbáloi, es la lectura que se debe restituir. El empleo del verbo katárcasqai con el significado de "comenzar" se construye con genitivo: E., Ph. 151C; y también en el sentido religioso, "comenzar la ablución", "comenzar el sacrificio", rige genitivo: cf. E., Ph. En el tercer enunciado condicional del pasaje III 18 (e± šqéloi tij (...) špinÉxetai), se encuentra e± + opt. de pres., con pres. de indic. en la apódosis. Se observa el empleo, como en otros autores aticistas, de e± + opt., en dependencia de apódosis cuyo verbo no se refiere al pasado. En la prótasis, los manuscritos transmiten: šqéloi VLP, šqélh7 H, šqélei A. El editor Gesner, de acuerdo con el ms. A, que sigue en su edición, establece šqélei. Hercher mantiene la lectura de los mss. VLP šqéloi. Lectura que es la que debe establecerse, ya que es la que corresponde al arquetipo. Otros dos ejemplos ilustrativos, III 24.70.13-15: Se está refiriendo al material con el que las golondrinas construyen el nido. El modo de actuar de estas aves es diverso según tengan a disposición barro o les falte y tengan que elaborarlo. Dice el texto: e± dè'poría e2h, ðj 9Aristotélhj légei, ¡autÈn bréxei, kaì šj kónin šmpesoûsa fúrei tà pterá kaì. "Pero si hay falta de barro, como dice Aristóteles, se mete en el agua y revolcándose luego en el polvo, embadurna sus alas". En cuanto al uso de los modos, estos ejemplos se ajustan totalmente al uso propio de los aticistas: está empleado el optativo en la prótasis de oraciones condicionales, con la apódosis en un tiempo no referido al pasado. Se observa además, en el útimo pasaje, dos modificaciones muy llamativas de la tradición manuscrita sin ninguna justificación. En primer lugar, la transmisión unánime de los códices, xérniboj, término en genitivo que es regido por el verbo katárcasqai "comenzar la ablución" 22; es la lectura correcta; la modificación de Hercher, xérniba, es injustificable, cuando la transmisión de los manuscritos es concorde. De modo igualmente innecesario, el editor altera el adjetivo transmitido por todos los códices lusitelésteron en eÐtelésteron, adjetivo que también iría bien en el contexto del pasaje, pero que los manuscritos no testimonian. El autor se está refiriendo a la compra del animal para el sacrificio: la diosa Afrodita de Érice vigila que los precios de venta sean justos y que éstos sean los que paga el comprador; es el modo de tener a la diosa propicia; y si no es así, si se trata de sacar un precio "más ventajoso" (lusitelésteron) para el comprador, el animal, por influjo de la diosa, se marcha, y el comprador no puede sacrificarlo. El significa-EMERITA (EM) LXXV 2, julio-diciembre 2007 pp. 199-224 ISSN 0013-6662 do de "más ventajoso", implica, en el contexto, el significado "más barato", sin necesidad de alterar el adjetivo transmitido por toda la tradición manuscrita. El autor refiere cómo una pareja de leones se venga de una osa que mató a sus cachorros en la guarida no vigilada de los leones. Todos los códices transmiten 'fíketo y el editor corrige el verbo en' fíkonto, haciéndolo concordar con el sujeto doble, Á te patÈr kaì a mÉthr. No es necesaria la corrección. Cuando hay varios sujetos y el verbo está delante colocado, concuerda el verbo con el primero (cf. Blass-Debrunner, §135; p. Del empleo en singular se hace el paso a plural en los verbos que siguen, lo que es correcto en griego. El texto debe establecerse, según el consenso de los códices, como ya lo hicieron los editores Gesner y Jacobs:'fíketo / eμdon / ¥lgoun / 1ento III 22.69.7-10. En el capítulo se describe la lucha del áspid y la mangosta. Los manuscritos después de ƒkron coinciden todos en añadir ‰palòn 3⁄4n VLH, o bien ‰palòn 3⁄4n kaì PA, con la partícula kaì (esta partícula podría ser indicio de que ‰palòn 3⁄4n es una glosa introducida en el texto y la partícula sería añadida como nexo de los dos participios 3⁄4n y škkeímenon). El hecho de que coincidan todos los códices en la adición, ‰palòn 3⁄4n, es un indicio fiable de que estaba en el arquetipo del que proceden todos los manuscritos, aunque esto no garantiza que estuviera en el texto manuscrito del autor; ya que el material que transmite la obra se ha prestado a adiciones, glosas al margen, que pudieron ser incorporadas al texto. En el vocablo šgxrísei los códices muestran la grafía -nx-(véase, Mayser §39.2a), y algunos notan de manera errónea por el fenómeno fonético de iotacismo, eta pro iota (cf. Mayser, I, p. 52): šnxrÉsei LVH, šnxrísei PA. Después de oÐràn los manuscritos, por consenso, transmiten ×pokámyaj mâllon: oØtwj gàr poieîn e2wqen, (špikámyaj L, con la frecuente modificación del preverbio, que ya se ha visto). Es el texto que debe ser establecido dada la unanimidad de todos los testimonios manuscritos. Se observa, en el contexto del pasaje, que los códices dan una descripción más detallada de la escena y la intención del autor es insistir en la costumbre de la mangosta. "Protege la punta de su nariz, que es delicada, expuesta de alguna manera a una mordedura del áspid, plegando más su cola; pues así acostumbra a hacer: desviándola hacia arriba y ocultándo la punta por medio de ella". Eliano se está refiriendo a las cigüeñas, aves que atienden con amorosa solicitud a sus padres ya viejos y a sus crías, y considera que la ley que les impulsa no es una ley humana sino la causa de su conducta es la Naturaleza. Dice el texto refiriéndose al cuidado hacia las crías:'llà a±tía toútwn fúsij. o ¶ aÐtoì dè kaì tà ¡autÔn oekgona filoûsi: kaì tò martúrion, Átan À téleioj šndeÈj ©7 trofÊj'ptÊsin oeti kaì ‰paloîj toîj neottoîj šn tÊ7 kaliâ7 paraqeînai, genoménhj aÐtÔ7 katà túxhn'poríaj, Ã dè tÈn ¡autoû xqizÈn'nemésaj škeínouj tréfei. Los manuscritos, por consenso, transmiten el sintagma fúsij'gaqÉ, muy en consonancia con el pensamiento de Eliano; la expresión significa "la Naturaleza buena", "la bondad de la Naturaleza", con el adjetivo en uso predicativo. No hay motivo alguno que justifique la supresión de'gaqÉ, como hace Hercher en su edición. Los editores anteriores (Gesner, Hercher 1858) y la traducción latina de Gillius (sed sola bonitate naturae ad id impellantur), confirman la presencia del adjetivo'gaqÉ (fúsij'gaqÉ). Todos los manuscritos transmiten kaì toútou martúrion, "y un testimonio de esto". Es un sintagma que constituye una oración nominal pura, en la que el pronombre deíctico toútou (oØtoj) con mucha frecuencia se refiere a lo anteriormente dicho en su valor anafórico, pero se usa también para adelantar la referencia de la oración que sigue, que es su empleo en este pasaje. En la koiné el pronombre Áde tiende a desaparecer y oØtoj se usa con valor anafórico y catafórico (véase Myser §290 (3), cf. Adrados, Sintaxis, p. Hercher, sin ninguna justificación, modifica toútou en el artículo tò. En la oración temporal que comienza por Átan, los códices se dividen en la transmisión textual: la tradición de V transmite: Áte -šndeÉsh7; la rama b transmite: Átan -šndeÈj ©7 (omite ©7 H). El giro constituido por el adjetivo šndeÈj + el verbo e±mí + infinitivo es un uso frecuente del griego clásico, y también el verbo šndéw + gen. + infin. (cf. Liddell-Scott s. v. šndeÈj y s. v. šndéw). Respecto al modo del verbo es el subjuntivo en ambas ramas, aunque un corte diferente de la palabra da lugar a las variantes, šndeÈj ©7 (adjetivo + verbo simple e±mí, en presente subjuntivo), o, bien, šndeÉsh7 (verbo compuesto, šndéw, en subjuntivo de aoristo + infinitivo). El autor intenta ejemplificar el comportamiento de la cigüe-La norma ática para expresar "repetición" emplea el subj. con ƒn, cuando la oración temporal y la principal expresan una situación repetida o general, y están referidas al presente o al futuro (la partícula está ausente a veces en Homero, en la poesía y en Heródoto); este uso del subjuntivo con ƒn se da incluso cuando hay un tiempo secundario en la supraordinada. El predicado verbal se expresa en opt. sin ƒn cuando la oración temporal indica una situación repetida, se refiere al pasado o es potencial. Según la conjunción empleada y el valor aspectual de los verbos principal y subordinado, la subordinada es anterior, simultánea o posterior a la supraordinada. El uso en Eliano en las oraciones temporales (en 142 casos, 63,39 %, el verbo de la oración subordinada está en aor. de subj.; en 69 casos, 30,8%, está en pres. de subj.), aconseja establecer el aor. subj. Sin embargo, dado que el verbo e±mí carece de aoristo, ambas construcciones pueden expresar el mismo significado. La cuestión está en el uso alternativo de Áte + subj., ms. V / Átan + subjuntivo, mss. LPAH. El uso alternativo, en la koiné literaria, en las oraciones temporales (de manera similar a las condicionales), de Áte + opt. / Átan + subj., lleva al empleo de una u otra construcción, con ausencia o presencia de partícula de manera incoherente y sin obedecer a unas normas fijas, y al uso por hipercorrección de la partícula ƒn en las oraciones subordinadas. En este mismo libro, véanse dos ejemplos: de construcción de Áte + subj. en III 13.63.22-24: pálin Áte ×peúdia ƒrchtai kaì e±rhnaîa tà toû'éroj, ×postréfousin 1⁄2písw (Áte todos los mss. an supra Át9 en el ms. L; Átan Hercher). Y de construcción de Átan + opt. en III 24.70.12-13: 8H xelidÒn Átan eÐporoíh phloû, toîj 3⁄4nuci férei kaì sumpláttei tÈn kalián (Áte Hercher; todos los mss. Átan). (Otro ejemplo en otro autor aticista, véase Luc., Ti. 39, (Àpótan biázoito todos los mss. / Áte biázoito editores). Es el único caso en Eliano de empleo de Átan + opt., pero el uso en la koiné y el consenso de los códices permite establecer sin lugar a dudas Átan eÐporoíh. Es un ejemplo evidente de hipercorrección en el empleo de la partícula ƒn. Se puede poner en relación, tal vez, el hecho de que en este autor Átan es la conjunción temporal más usada, la utiliza en 224 ocasiones (61,53 % del total de las temporales), mientras Átan aparece en 26 ocurrencias (7,14% del total de las temporales). La explicación acertada es que en la koiné hay una mayor frecuencia en el uso de Átan, que sustituye a Áte, y llega a construirse también Átan con indicativo (véase, Blass-Debrunner §382.4; Cirac §783). Se está refiriendo a la abubilla en este capítulo. El texto: kaì ×postréyaj À oepoy, ðj eμden a×tòn'pokleisqénta, póan škómise, kaì pro-Véanse más ejemplos, en otros autores, del uso de aÐtój pro a×t-, en los que los manuscritos también concuerdan: Plu., Is. et Os. Todos los manuscritos transmiten aÐtón y más adelante tà aÐtoû, Hercher y editores anteriores los corrigen de manera injustificada en a×tòn y tà a×toû. En la koiné empleada por Eliano el pronombre aÐtój se estaba usando con mucha frecuencia en vez de la forma a×t-, debe conservarse la lectura de los códices aÐtón y tà aÐtoû (conservada ya por el ed. Gesner). El pronombre reflexivo va abandonando algunas de sus funciones originales y éstas pasan a los pronombres personales simples, en los textos de la época helenística e imperial y en el Nuevo Testamento 24. Y más adelante en el mismo capítulo referido a la abubilla. Todos los códices transmiten'noígwn, Hercher y editores anteriores lo modifican sin necesidad en'néw7 gen. El guardián que vigilaba la fortaleza en la que estaba empotrado el nido, al ver que volvía a estar accesible el agujero de entrada, apoderándose de la hierba que utilizaba la abubilla para disolver el barro, "no se servía de ella para lo mismo (šxrÊto), sino que abría (dejaba al descubierto) ('noígwn) tesoros que no le pertenecían". La oposición se observa entre šxrÊto oÐk šj tà aÐtá y 'll9' noígwn qhsauroúj, el participio está usado como imperfecto de indicativo, en paralelo al imperfecto šxrÊto. Se trata del uso del participio en vez de verbo en forma personal; ésta es una estructura sintáctica muy frecuente en la koiné, en los textos literarios en prosa, construcción considerada muy elegante por los aticistas, a modo, tal vez, de un giro poético (ya que es empleada en poesía épica, desde Homero hasta los Lithika órficos), y, sin embargo, es una de las que más se han modificado debido al empeño de editores y críticos en imponer las normas del ático clásico, y corregir el texto modificando el participio en forma personal. Es frecuente en la koiné encontrar un participio unido por conjunción a verbum finitum 25 Calias es un rico personaje en cuya casa tienen lugar las escenas de los Simposios de Jenofonte y de Platón. Ctesipo fue un personaje frívolo, objeto de burlas de los poetas cómicos. Lúculo, del s. I a.C., fue proverbial por su riqueza; Plutarco en Vit. El autor, tomando como fuente a Teofrasto, dice: 9En toîj ×groîj xwríoij kaì oenqa notiÓtatoj À'Èr ×perágan o ¶'lektruónej oÐk ƒ7 dousi. "Los gallos no cantan en los lugares húmedos y donde el aire está muy en exceso aguanoso"; la versión latina de Gillius: ubi coeli status valde pluvius est. Los códices coinciden todos en transmitir notiÓteroj. Se trata del empleo del comparativo en vez del superlativo; es un uso muy común en la koiné y muy usado por los aticistas, tal vez, a modo de un empleo literario (cf. Schmid, Attic., op. cit., vol. V Sachregister, s.v. El fenómeno opuesto, superlativo en vez de comparativo, también se encuentra, muy probablemente, por hiperurbanismo 26. El intercambio es un fenómeno típico de la lengua homérica y de los poetas helenísticos (véase, Giangrande,"Interpretazione", op. cit.,; si su uso frecuente en la koiné puede entenderse como un empleo poético, un ́epicismo ́ buscado, o bien un vulgarismo, es imposible saberlo. Se constatan muchas ocurrencias de este fenómeno (cf. en el mismo libro, III 39.76.3, tolmhróteroj, mss. VLP, por tanto, en la lección el arquetipo, y ed. Gesner; los mss. AH, y los otros editores -tatoj; véase Comentario ad locum de Jacobs en su edición, p. Por tanto, se debe conservar la tradición unánime manuscrita no-tiÓteroj (como hacen Gesner y Jacobs), y no notiÓtatoj como establece Hercher en ambas ediciones.. Se alaban las cualidades del calamón como una bella ave, que se sacrifica a sí misma si, después de su vigilancia, observa que una compañera hembra comete adulterio. Pasaje que presenta dificultad para establecer el texto del arquetipo debido a la defectuosa ortografía o, bien, mala comprensión, de dos nombres propios latinos. "No sé de nadie que haya sacrificado para comérselo un calamón, ni los atenienses Calias o Ctesipo, ni los romanos Lúculo u Hortensio 27. Mencioné a algunos de los muchos perdidos y muy inmoderados en otros placeres y sin duda alguna en lo relativo al estómago". Se observa, sin embargo, que en la transmisión ha habido dificultades de diferente tipo. De una parte, Eliano es un romano que escribe en griego y pudo tener ciertas dificultades para escribir los nombres propios latinos de Lucullus y Hortensius en griego, y desde el manuscrito del propio autor pueden arrastrarse variantes, o bien, desde el arquetipo medieval (cuando ya no se conocían a esos personajes), donde quedan notadas las dificultades en la comprensión de los nombres y se altera su grafía e incluso hay manuscritos que omiten el primero de ellos. Veamos los dos nombres y su transmisión: Con referencia a oÐ Leúkollon, así establecido por los editores Jacobs y Hercher; Leúkollon establece el editor Gronovius. Los códices LPH omiten oÐ Leúkollon; el códice V testimonia oÐkeÑkolon (sic). Parece claro que fue una mala lectura del escriba a partir de un oÐ leúkolon (con lambda no geminada) en el original: la falta de comprensión del nombre propio y la escritura continua ha dado lugar a la modificación de la primera lambda por kappa, pasando la lectura a oÐk eÑkolon, con un corte de la palabra tras oÐk. En latín Lucullum, la grafía de la u larga por el diptongo ou, o bien, eu griegos, es esperada, ya que el griego transcribe la u larga latina por ou; debido a la evolución de los diptongos eu y ou > u larga, en latín; y la grafía de la u breve por la omicrón griega, la o breve originaria latina pasa a u breve (véase Niedermann §33, 34, 28; Leumann §82(1.a-b); 80; 45; Bassols §126, 133; Lejeune §241. Una comprensión mala la confirma también el códice A: transmite a partir de una corrección, oÐkeÑkolon. El manuscrito A sigue la tradición textual de b, junto con los mss. LPH; en este pasaje A, por tanto, sería testimonio único de b, con una mala lectura bastante similar a la del ms. V. Al estar presente esta lectura en la tradición de b, muy probablemente la falta de comprensión ya se dió en el arquetipo. No obstante, el ms. A no es una prueba segura, ya que la segunda mano de A (A v ), para suplir las partes que le faltaban, se sirve de un códice afín a V, por tanto, pudo tener acceso a la tradición de V en esta lectura. La versión latina de Gillius vierte dos nombres, griegos, Calliam et Ethesippum (sic), y sólo uno de los romanos, Hortensium, Romanum (omite oÐ Leúkollon); así también testimonia el paremiógrafo Apostolius (s. XV). Es claro que la falta de comprensión del nombre, Lucullum, ocasionó el paso a una lectura errónea, al adjetivo eÑkolon, en la tradición de V; en la tradición b (en LPH) ocasionó la omisión, aunque el texto griego siguiente en estos códices transmite, paradójicamente, el plural toùj 8Rwmaíouj, referido a los dos nombres, y esto permite deducir que los dos nombres estaban en el arquetipo, ya que esto demuestra su presencia en las dos ramas de la tradición textual. El arquetipo medieval testimonia ya una defectuosa transmisión en el nombre propio que ocasiona la mala lectura (oÐkeÑkolon) e incluso la omisión del nombre, aunque la adjetivación toùj 8Rwmaíouj, hace necesaria y testimonia la presencia originaria del nombre. Tras esta conclusión, es la mención del mismo nombre en Eliano (Leúkolloj, Var. XII 25) y en Plutarco (Vit. Cat. min., 10), la que permite restituir la lectura, oÐ Leúkollon, o, bien, igualmente posible, oÐ Leúkolon, con lambda simple, como testimonian los códices VA (bajo la forma errónea oÐk eÑkolon). Respecto al segundo nombre latino, Hercher establece, oÐx ÀrtÉsion. Se nota, de nuevo, la dificultad de escribir el nombre latino, Hortensius, en griego. Se encuentra también este nombre en el libro quinto de la obra (V 21.120.9), en el pasaje en que se refiere al pavo real, como una de las más bellas y admiradas aves. Eliano menciona al romano Hortensio del que se dice que fue el primero en matar un pavo real para un banquete. El nombre latino, Hortensius, es transmitido por los manuscritos: 1⁄2rtÉnsioj LPH, 1⁄2rtínsioj V, 1⁄2rtúnsioj A, de manera bien diferente al anterior (III 42). Veamos en detalle. a) El espíritu es suave en todos los mss., en el pasaje de V 21; en cambio, en III 42, los códices notan la aspiración, bien con el signo diacrítico (VA), bien por el efecto de la aspiración notada en la negación, oÐx (LPH) c) Se observa además el fenómeno de iotacismo (en V 21), al comparar los fonemas siguientes: -tÉn-de los mss. LPH, con -tín-de V y -tún-de A; secuencia de fonemas en la que se da la confusión entre h y i, y entre u y i, fenómenos fonéticos tardíos bien conocidos; muy documentados en las inscripciones y en los papiros, textos en los que se refleja la pronunciación en la escritura, y también aparecen en la koiné (cf. Lejeune § 225; Mayser § § 7.4;13.2). d) Lo que se observa a partir de las variantes, si comparamos los dos pasajes (III42 y V21), es la vacilación en la grafía: 1. reducción del grupo -ns-con alargamiento de la vocal anterior (ÀrtÉsioj). 2. con restitución de la n, con el grupo ns (1⁄2rtÉnsioj). 3. con ss, (ÀrtÉssioj); ya sea espíritu suave o fuerte. Muy probablemente el grupo -ss-intenta notar la pronunciación larga de la vocal precedente al desaparecer la n, o bien el estadio intermedio, y el grupo ns restituye el originario de manera artificial en todas las ocurrencias (1⁄2rtÉnsioj, 1⁄2rtínsioj, 1⁄2rtúnsioj), ya que la vocal anterior al grupo -ns-siempre es larga, pues el iotacismo revela que en estas tres variantes se parte de h. La lectura ÀrtÉsioj atestigua la pronunciación clásica del latín con el alargamiento de la vocal precedente al grupo ns, la evolución común del grupo en latín y en griego y conserva la aspiración originaria del nombre. La variante 1⁄2rtÉnsioj es la más próxima a la ortografía del latín; pierde la aspiración, muestra el alargamiento de la e, que se da en griego y en latín cuando se reduce el grupo ns; y conserva el alargamiento de la vocal precedente cuando se restituye la n, fenómeno propio del latín. En conclusión, 1⁄2rtÉnsioj es la forma transmitida por todos los códices en V 21, aparte del iotacismo atestiguado. En el fragmento se destaca la cualidad de la continencia en las palomas torcaces. Texto: Swfronéstatai 1⁄2rníqwn a ¶ fáttai ƒ7 dontai. Es de destacar la partícula kaì, en cuarto lugar, que tiene valor consecutivo en la oración. Veamos: Hay una acumulación de kaì, bien empleados: el primero une dos nombres (ƒrrhn kaì À qhlukój), el segundo dos participios (sunduasqéntej kaì o ¶oneì sumpneúsantej), el tercero con su valor de coordinación de oraciones (oexontai kaì swfronoûsi), y el cuarto kaì, por la propia gradación en el sentido expresada en los términos y conceptos anteriores para poner de relieve la fiel unión de las dos aves, indica la consecuencia, el punto al que llegan de seguridad en su unión las aves. La versión latina de Gillius capta bien ese matiz consecutivo con las partículas adeo -ut: ex avibus castissimi (...), mutua consensione adeo ad stabile et certum connubium per summam castimoniam adhaerescunt, ut neuter alienum cubile attingat. La transmisión manuscrita presenta variantes, tal vez por la falta de comprensión del uso de la partícula kaì: Šyaito L, Šyetai PA, Šyhtai H, Šyatai V. El manuscrito V transmite un error en el verbo. La forma modal del predicado verbal de la consecutiva con indicativo expresa que la consecuencia es real y con optativo con ƒn indica que la consecuencia es posible (cf. Crespo et alii,41.2). La presencia de ƒn justifica bien la elección del optativo Šyaito. Las variantes de los códices indican la libertad en el uso de ƒn en la koiné; se emplea con frecuencia con el modo indicativo (cf. Blass-Debrunner §382 (4); Moulton I, I, pp. 168 y 239; Mayser II 1,p. 1), así la variante Šyetai de los mss. PA; las partículas modales en esta época tardía pueden asumir la función modal, que en la época clásica era inherente al modo (cf. Hoffmann,(336)(337)R. Adrados, Sintaxis,. El subjuntivo, al ir decayendo el uso del optativo, se convierte, simplemente, en modo de la subordinación, con o sin ƒn, desplazando al optativo y al infinitivo; así la variante Šyhtai del códice H. El empleo de kaì con variedad de usos, como enlace de oraciones, aparece ya desde el período clásico (cf., Th. LXXV 2, julio-diciembre 2007 pp. 199-224 ISSN 0013-6662 Estas observaciones, por un lado, no han intentado ser una investigación exhaustiva de los problemas crítico-textuales y de interpretación de todo el libro tercero, sino mostrar cuánto debe y puede ser hecho para comprender bien el texto, eliminar correcciones y enmiendas y editar la obra de Eliano. He intentado, por otro lado, desarrollar y justificar las líneas metodológicas principales, ya que los textos literarios de la koiné requieren un tratamiento rigurosamente diferenciado, teniendo en cuenta la corriente literaria de la época, la evolución y el uso de la lengua, sus peculiaridaades fonéticas, morfológicas, sintácticas y léxicas de la prosa griega más tardía, y el uso del autor.
El propósito de este trabajo es revisar algunos aspectos del método de trabajo de Nonio Marcelo y contribuir a una formulación más flexible de la llamada "lex Lindsay". EL DE COMPENDIOSA DOCTRINA: COMPOSICIÓN Y TRANSMISIÓN Tal y como nos lo presentan nuestros códices conservados, el De compendiosa doctrina es una obra singular, amorfa y hasta un punto antipática. A decir verdad, si no fuese porque en ella, y sólo en ella, se nos ha transmitido un número más que respetable de los fragmentos de autores republicanos que conservamos, es el tipo de libro que no habría despertado excesivo interés en los estudios filológicos. Pero, paradójicamente, el azar lo ha situado en un lugar privilegiado en la historia de la transmisión de nuestros textos y la investigación sobre su estructura, su método y sus fuentes constituye uno de los capítulos más importantes de la ciencia filológica en los dos últimos siglos. Más que ante una obra, podríamos decir que nos encontramos ante el esqueleto de una obra, un armazón a medio construir, un bastidor apenas revestido. Y es cierto que tal circunstancia puede resultar poco atractiva desde el punto de vista literario o estético pero, en contraste, facilita enormemente la observación de su método de construcción, de sus materiales y de su estructura. Como en cualquier edificio inconcluso, se perciben mejor los andamiajes. Y también los defectos. Aunque son muchas las opiniones que se han emitido al respecto de la génesis y elaboración de la obra, a nuestro modo de ver existen algunos elementos más o menos seguros que deben tenerse siem-1. El De compendiosa doctrina es con mucha probabilidad una obra inconclusa 1. Es cierto que, contemplada desde una cierta distancia, presenta una estructura aparentemente cerrada en veinte libros, un número perfectamente integrado en los géneros de la gramática y con paralelos ilustres como Festo, Gelio e Isidoro, entre otros. En el caso de Nonio, los libros llevan los epígrafes siguientes: I. Sin embargo, las diferencias de extensión entre unos libros y otros son tan enormes que difícilmente resultan compatibles con nuestro concepto de una obra acabada y proporcionada. Así, por ejemplo, los cuatro primeros libros ocupan las tres cuartas partes de la obra y los otros quince -el libro XVI se da por perdido en nuestra tradición -la cuarta parte restante. Los libros I-III forman el primer volumen de los tres de la edición teubneriana de Lindsay, el libro IV ocupa él solo todo el segundo volumen y en el tercero se incluyen holgadamente los otros quince. El libro XX, con doce líneas, apenas si resulta digno de tal nombre. A nuestro modo de ver, la razón de tales desproporciones debe buscarse en el carácter inconcluso de la obra, que probablemente se refleje también, como diremos más adelante, en algunos otros aspectos de su morfología. El De compendiosa doctrina es probablemente, en su configuración transmitida, obra de varias manos. Ya Friedrich Marx propuso una hipótesis de este tenor en su edición clásica de Lucilio 2: a su juicio, Nonio sería un hombre rico que se ayudaba de varios esclavos para recopilar las fuentes y realizar los excerpta o schedae necesarios para elaborar su obra. Naturalmente, él tendría que ser en última instancia el unificador de los materiales, quien les diese la forma definitiva. Sin embargo, es posible que, por un motivo o por otro, no tuviera la oportunidad o el tiempo de acometer esa tarea, al menos de un modo general y definitivo. A este carácter colectivo y plural de la recogida de los materiales podría deberse, Della Corte 1964, p. EMERITA (EM) LXXV 2, julio-diciembre 2007 pp. 225-254 ISSN 0013-6662 por ejemplo, un aspecto que ha llamado poderosamente la atención a los críticos: cuando se recogen citas del Orator y del De oratore, así como de los Academica y de las Tusculanae Disputationes, van invariablemente precedidas de la referencia Cicero, mientras que cuando se cita cualquiera de las otras obras ciceronianas, se las introduce con la expresión M. Tullius. Alexander Riese creyó encontrar en este fenómeno una prueba irrefutable de la ignorancia de Nonio, quien no sería capaz de identificar en Marco Tulio y Cicerón a la misma persona 3. Se convendrá en que la acusación de Riese es más que excesiva. Es seguro que Nonio no era un gramático profesional, ni siquiera un hombre de profunda cultura lingüística, como lo demuestra el inicio del libro IX, donde interpreta los genitivos del plural arcaicos en -um como acusativos del singular. Pero de ahí a pensar que un personaje seguramente perteneciente a la aristocracia, aunque fuese provincial y tardoantigua, desconocía el nombre de Marco Tulio Cicerón, va un trecho que entendemos insalvable 4. La razón de la diversidad de citas debe de estribar, precisamente, en que unas y otras han sido extraídas por personas distintas de códices encabezados por inscriptiones diferentes. Al no haberse producido finalmente la labor de homogeneización necesaria, tal diferencia se ha perpetuado en el texto. Es muy probable, por otro lado, que nuestra versión de la obra sea una versión abreviada. La hipótesis de que algunas citas nonianas recogidas en el Conucopiae del humanista italiano Niccolò Perotti correspondan a una versión más amplia del De compendiosa doctrina ha sido defendida en varias ocasiones por Ferruccio Bertini 5; incluso el propio Timpanaro, que mostró inicialmente su escepticismo ante tal posibilidad, acabó por adoptar en los últimos años de su vida una postura más abierta al respecto 6. Además, este Nonius amplior -mejor que Nonius auctus-podría haber estado también en disposición de Juan de Salisbury 7. Y recientemente hemos postulado la interpretación de otros dos lugares nonianos como dos nuevos restos de tal versión amplia del texto 8. Estos tres aspectos generales que atañen a la forma en que el De compendiosa doctrina fue concebido, se elaboró y se transmitió hasta nosotros pueden también explicar algunos detalles particulares de la morfología de la LXXV 2, julio-diciembre 2007 pp. 225-254 ISSN 0013-6662 tradición del texto noniano: a) En primer lugar, hay que recordar que en los libros II, III y IV los lemas tienen una disposición alfabética, mientras que en el resto de los libros no existe más orden que aquel en el que fueron recopilados. Para explicar tal fenómeno, se han postulado dos hipótesis diferentes; la primera, formulada por Lindsay, es que los libros II-IV hayan sido ordenados alfabéticamente por un editor medieval 9. La segunda, defendida por Strzelecki, es que fue el propio Nonio quien introdujo ese orden alfabético en los tres libros mencionados, en los que, por otra parte, y además de los materiales señalados por Lindsay, puede verificarse la presencia de otras fuentes gramaticales, en especial la de Flavio Capro para el libro III 10. Al planteamiento de la cuestión, por lo demás, es necesario añadir el testimonio del título que encabeza los códices nonianos, en el que, como se dijo más arriba, figura la expresión "per litteras". Ya desde la edición aldina de 1513, esa fórmula fue objeto de expunción, puesto que se atribuía a una inserción medieval procedente tal vez de los encabezados de los libros II-IV, que con justicia podían ostentarla. Sin embargo, Lindsay apuntó también hacia otra posibilidad, la de que fuese el propio Nonio el responsable del título genérico, que reflejaría así una intención de ordenar todos los libros alfabéticamente, intención que probablemente quedaría frustrada por su muerte 11. A nuestro modo de ver, esta última hipótesis se compadecería bien con la hipótesis general de obra inacabada que aceptamos para el De compendiosa doctrina. Ahora bien, ¿por qué fueron los libros II-IV y no otros los que se ordenaron alfabéticamente? Y, si es que se había comenzado por el principio y luego se interrumpió el proceso, ¿por qué motivo no se nos presenta en orden alfabético el libro I? Es posible que no tengamos por el momento una respuesta satisfactoria a estas cuestiones. Que los libros II, III y IV se considerasen ya acabados en lo tocante a recopilación de material y que, por tanto, se procediese a la ordenación alfabética de sus lemas podría encontrar apoyo en el volumen de información que dichos libros contienen, muy equiparable a la que libros de su género presentan en la tradición lexicográfica y gramatical. Sin embargo, también el libro I aparenta haber adquirido un volumen de lemas suficiente como para haber sido sometido a alfabetización, cosa que no sucedió. Ello puede obedecer a que, pese a todo, Nonio no lo considerase acabado o bien, por supuesto, a algún capricho del azar que no somos capaces de controlar. 12 Véase el ejemplo de Isidoro de Sevilla, quien sí que dedica apartados al vestido, pero no al calzado. 14 El incipit que Lindsay coloca en tal punto de su edición es estrictamente una reconstrucción suya sin soporte manuscrito y creemos que debería eliminarse. En definitiva, creemos que la hipótesis más verosímil con los datos de que disponemos es que el De compendiosa doctrina fuese una obra inconclusa y que, por otra parte, nos haya llegado en una versión reducida. Estas circunstancias deben ser tenidas muy en cuenta a la hora de abordar cualquier análisis de sus materiales constitutivos. LA LEX LINDSAY: ESTADO DE LA CUESTIÓN Que el De compendiosa doctrina era una compilación de materiales más o menos heterogéneos destinados quizás a ser elaborados como un léxico temático fue aspecto que los críticos intuyeron desde muy pronto. Pero algunos supusieron también que aquella acumulación de datos debía de haberse realizado siguiendo algún sistema más o menos regular, del cual tal vez pudiesen encontrarse todavía rastros al estudiar la obra. Entre los pioneros de tal tendencia de análisis es preciso mencionar a Martin Hertz 15, a Alfred Schottmüller 16 y a Friedrich Marx 17, quien además aplicó sus hipótesis al Lindsay 1901, pp. 3-4. Sin embargo, fue Wallace Martin Lindsay quien postuló un modelo general que explicaba cuáles eran las fuentes de las que Nonio disponía, en qué orden las utilizaba y con qué método elaboraba los materiales. La célebre lex Lindsay podría enunciarse, empleando las propias palabras de su autor, de la siguiente manera 18: La lista de fuentes que Nonio tenía a su disposición era, siempre siguiendo a Lindsay, la siguiente: Della Corte 1964, p. Si se acepta que Nonio copiaba los lemas en el mismo orden en que los encontraba en sus modelos originales, su testimonio se convierte en el criterio más sólido para la ordenación de los fragmentos de los autores que cita. De esta manera, desde la publicación en 1901 de la teoría lindsayana, los editores de los autores fragmentarios no se han visto ya forzados a recurrir tan solo a su propia intuición para ordenar los textos, sino que han aplicado casi sin excepción la secuencia que se desprende de la lex. Ahora bien, no deja de ser cierto que la ley de Lindsay dista bastante de constituir un dogma infalible. Cuando se aplica rigurosamente al De compendiosa doctrina, hay un número nada despreciable de lugares concretos en los que se detectan desajustes más o menos puntuales de los que el propio Lindsay fue, naturalmente, consciente, y a los que intentó dar respuestas lógicas siempre que pudo. Después de él, otros filólogos han señalado nuevas anomalías y disfunciones; algunos han visto en ellas nada más que el tipo de excepciones que, como dice el proverbio, vienen precisamente a confirmar la regla 20; los menos, sin embargo, ven en tales casos la prueba definitiva de que la ley es absolutamente inoperante 21. En términos generales, la mayor parte de los críticos opina hoy que la sustancia de la lex Lindsay es válida, aunque el sistema de recopilación de materiales de Nonio -o mejor, de Nonio y su equipo-está sujeto a una cantidad variable de irregularidades de las que podemos dar cuenta mejor o peor. A nuestro modo de ver, efectivamente, cuando se aplica el método a autores de los que conservamos el texto y de quienes, al menos en parte, conocemos la historia de la transmisión en época tardoantigua, la proporción de las regularidades frente a las irregularidades es, en general, suficientemente White 1980, p. La estadística elaborada por Della Corte indica, por ejemplo, que los fragmentos están citado en su lugar normal en la proporción de 150 contra 5 para PLAUTUS I, de 60 contra 2 para PLAUTUS II, de 18 contra 0 para LUCRE-TIUS, de 20 contra 4 para SALLUST, de 150 contra 20 para VIRGIL, de 15 contra 1 para TERENCE, de 64 contra 0 para GELLIUS, de 8 contra 1 para CI-CERO I 22. Y aunque estos números pudieran ser sometidos a revisión en función de los criterios de análisis que se apliquen, lo cierto es que en su globalidad nos parecen lo suficientemente probantes como para asumir que la lex Lindsay es a grandes rasgos válida 23. Ello no implica, por supuesto, que algunas de las matizaciones de que ha sido objeto, desde el propio Lindsay y hasta aquí, no hayan de ser tenidas muy presentes. Ni tampoco que no sea necesario observar su comportamiento en relación con otras cuestiones particulares y, eventualmente, formular hipótesis que contribuyan a mejorarla. A continuación haremos referencia de forma muy sintética a algunos de estos aspectos: a) Series de citas en orden inverso al canónico En algunos pasajes las citas no se suceden en el orden natural del modelo del que Nonio dispone, sino en un orden totalmente inverso 24. Es el caso, por ejemplo, de una parte del texto de Lucilio, el relativo a los libros XXVI-XXX que compone la lista llamada LUCILIUS II. Basta observar aquí la secuencia de los lemas extraídos de esta lista para el libro I del De compendiosa doctrina y el libro de Si hacemos excepción ahora de las inserciones, en esta secuencia puede apreciarse cómo, efectivamente, las citas de las Sátiras aparecen en orden estrictamente inverso al de los libros XXVI-XXX. No estamos, sin embargo, autorizados a afirmar cuál es, además, el orden de cita interno de cada libro, esto es, si dentro del libro XXVIII de Lucilio aqua intercus precedía a pensum -y nos hallamos entonces ante un orden estrictamente inverso de todos los lemas-o si efectivamente era al contrario y la inversión sólo afecta al orden de los libros. Dado que no conservamos otro testimonio de las Sátiras, ni directo ni indirecto, que nos asegure el orden original de las citas, hemos de dejar la cuestión en suspenso, por el momento. b) Salto repentino de lista y vuelta atrás En ocasiones en una secuencia se insertan lemas procedentes de otras. White explica este fenómeno de la siguiente manera: Nonio, utilizando una lista, pasaría a incluir un lema procedente de otra y después continuaría con la segunda y con las siguentes hasta que caería en la cuenta de su "error" y regresaría a la pri- Esto demuestra, según White, que Nonio utilizaba listas previamente confeccionadas y no los volúmenes completos de los autores o los glosarios 25. El argumento de White es, en parte correcto: efectivamente, si Nonio hubiese trabajado directamente sobre los volúmenes -o incluso sobre los códices -, sería mucho más difícil que hubiese cometido este tipo de contravenciones del orden. Pero, como veremos más adelante, ello no implica necesariamente el uso de listas ni descarta otros procedimientos de trabajo. c) Adición de informaciones de escolios o notas marginales al texto original 26 Una anomalía que Lindsay postula, y a la que achaca una parte respetable de las incoherencias del listado noniano, es la introducción de escolios o comentarios que pudiese encontrar en los márgenes de las ediciones que empleaba. Suele afirmarse, a este propósito, que Nonio disponía para muchos autores de ediciones anotadas y que, cuando lo consideraba conveniente, introducía a continuación del lema y de su ejemplo, la información del escolio que encontraba al margen. Veamos un ejemplo: En Non. 226, la lista Cicero iii está compuesta por sólo dos lemas: stupor Acc., Erigona statura M. Tull., Off. Lindsay sugiere en este caso que el primero de los dos lemas podría proceder de una nota al segundo 27. Sería, naturalmente, una posibilidad, aunque no se ve bien qué relación semántica o gramatical pudo inducir a anotar una palabra con la otra. d) Lecciones diferentes de un mismo pasaje Un fenómeno muy interesante es el que se da cuando un verso o un pasaje de un autor antiguo es citado en más de una ocasión y se produce una discrepancia en la forma en la que es citado. En algunos casos, es evidente que la discrepancia puede deberse a los procesos de transmisión del propio texto noniano. Pero en otros se da la circunstancia de que las variantes en el texto del autor antiguo están ambas representadas en diferentes líneas de la tradición del autor mencionado. En tales ocasiones, la hipótesis más verosímil es que la discrepancia sea provocada por la diferencia entre las fuentes utilizadas por Nonio, a veces una edición canónica del autor, otras veces un glosario en el que el autor es citado de acuerdo con otra edición. Aunque esta perspectiva de estudio se intuye muy interesante para la mayoría de los autores citados por Nonio, sólo hemos procedido aquí a su análisis pormenorizado tomando como base las citas terencianas. Veremos a continuación tres casos que nos parecen muy ilustrativos: En Non. 31,10, extraído de la lista de TERENCE, se introduce el lema defrudare, que se ilustra con Phorm. 44: suum defraudans genium conpersit miser El verso vuelve a ser empleado por Nonio en 117, 24, en la misma forma exacta y esta vez como ejemplo del término genium. Lindsay, a nuestro juicio con razón, piensa que también esta referencia ha sido tomada de la lista TEREN-CE. Sin embargo, hay una tercera comparecencia del verso en Non. 525, 5, a propósito del término demensum: quod ille unciatim uix de demenso suo, suum defrudans genium, conpersit miser En este caso, como puede observarse, hay una diferencia en el participio, que aparece como defrudans. Naturalmente, podría pensarse en primera instancia en un fenómeno propio de la transmisión del texto noniano, pero la cuestión es más compleja. En realidad, tanto defraudans como defrudans son variantes que se documentan ya en la propia tradición de Terencio: la primera se lee en los códices terencianos DFbG 2, pero también en Donato, Eugrafio y Carisio; la segunda, garantizada por el resto de los códices y por el manuscrito R de Donato, es también la privilegiada por los editores modernos. Ahora bien, lo que resulta estraordinariamente interesante, a nuestro modo de ver, es que la cita de Non. 525,5 en la que se lee defrudans no procede de la lista TERENCE, es decir, de la edición terenciana que Nonio tenía en su oficina de trabajo, sino que está insertada en la lista VIRGIL, y eso hace probable que proceda de una glosa a Aen. Esta glosa se habría extraído de un texto terenciano procedente de una tradición distinta de la de TERENCE, y mantendría una variante en Phorm. 44 que se conserva todavía en algunos de nuestros manuscritos medievales y en testimonios indirectos. Lo verdaderamente importante para nosotros es que, a través de los diversos estratos del texto noniano, podemos asistir a la presencia de líneas diferentes de la tradición noniana. Las variantes defraudans y defrudans, de esta manera, no deben explicarse como corruptelas medievales, sino como variantes antiguas perpetuadas en ramas diferentes de la tradición. Un caso diferente lo constituye el verso Ad. 31, que aparece citado en dos ocasiones en el texto de Nonio. 59,12), introduce el lema propitium que, según Lindsay, se ha tomado de Gloss. iv B: quam ea quae parentis propitii En la segunda (463,9), dentro del lema propitios que se ha incorporado de LUCILIUS II: quam ut ea quae parentes propitii En este caso, las diferencias textuales no tienen un reflejo directo en la tradición terenciana, que da el verso unánimemente en la forma irata, quam illa quae parentes propitii Ahora bien, si sólo tuviésemos la variante ea en un caso, pensaríamos legítimamente que podría tratarse de una corruptela producida, bien en el momento en que Nonio tomó la cita, bien en un estadio posterior de su propia tradición. Pero tenemos dos testimonios, procedentes ambos de fuentes distintas: en una ocasión, Nonio ha extraído la cita de un glosario; en el otro caso, no sabríamos decir si de su propio texto de Terencio o bien de una glosa a su edición de Lucilio, o incluso de otra fuente suplementaria. La probabilidad de que al copiar ambos textos se haya cometido el mismo error es, a nuestro modo de ver, más bien escasa, y lo que parece más verosímil es que la variante ea sea también antigua e independiente del illa que se ha perpetuado en nuestros códices. El tercer caso atañe a Eun. En el primer caso (270,37) parece haber sido extraído de la lista TEREN-CE y se da en la forma: conueni hodie adueniens mei loci quemdam atque ordinis hominem En el segundo caso (324,17), se trata de una cita secundaria añadida al lema impurus introducido por CICERO I: Por fin, en el tercero (359,8), estamos ante una cita secundaria introducida en CICERO III. offendi adueniens quendam mei loci atque ordinis hominem Ahora bien, ninguna de las tres versiones concuerda por completo con la que nos han transmitido nuestros códices terencianos, que son unánimes en su lectura: conueni hodie adueniens quendam mei loci hinc atque ordinis hominem Siendo estrictos, las dos primeras versiones pueden entenderse como corrupciones textuales más o menos triviales. Pero es mucho más llamativa la tercera, puesto que radica precisamente en el lema que se explica y ejemplifica mediante ella: offendere inuenire. (...) Por lo tanto, es necesario admitir que la lectura offendi se hallaba también en una rama antigua de la tradición terenciana; una rama, por cierto, diferente de la que se leía en el texto terenciano de Nonio, del cual, en consecuencia, no se extrajo el tercero de los ejemplos aquí aducidos. e) Introducción de citas secundarias de procedencia incierta En ocasiones, parece que una cita secundaria pudiera haberse introducido por contigüidad alfabética con la principal en algún glosario o un diccionario empleado por Nonio de manera supletoria y externa a la lista de las 41 obras de Lindsay. Veamos algunos ejemplos: En el libro primero de su De compendiosa doctrina, Nonio (Non. 7) está reproduciendo los lemas y las citas que ha extraído de PLAUTUS I. Después de varias citas de la Casina, introduce la siguiente serie: defloccare Plaut., Cas. Naturalmente, la inserción de depexum supone una irregularidad en el método noniano. Lindsay intenta saldarla escuetamente con la frase "from a note on defloccare" 28 La explicación de la secuencia no es sencilla, pero no hay que descartar la siguiente hipótesis, en parte ya postulada por Lindsay, en parte nueva: si expes es en realidad una intrusión derivada de la lista ACCIUS I, exules podría haberse introducido cuando Nonio empleaba para definirla (dicitur sine spe) un diccionario en el que inmediatamente después apareciera exules (dicuntur extra solum). Obsérvese, por cierto, la nada despreciable similitud en el estilo de ambas definiciones, que no es ni mucho menos el general en el De compendiosa doctrina. 27) se da la siguiente secuencia: strabones Lindsay recurre para explicar la inserción de exterminatum a una hipótesis de la que no parece demasiado convencido: "From a note on exodium?" 29. También aquí nos parece más probable que haya sido la búsqueda de exodium en un léxico lo que haya atraído la inclusión de exterminatum. 45 nos hallamos en la lista PLAUTUS II y Nonio va desgranando lemas de Amph., Asin. y Aul. Al final, y después de subleuit, introduce sorpresivamente el lema inuestes procedente de Verg., Aen. VIII y después pasa a VARRO II, que encabeza por inferum. Aquí creemos que en realidad se ha producido una mala interpretación de los hechos por parte de Lindsay: si no nos equivocamos, el lema virgiliano no ha sido introducido por atracción o por influencia del subleuit plautino, sino que proviene de la consulta de un léxico o glosario para definir el varroniano inferum. Existen casos en los que no es uno el lema atraído, sino más de uno: así, en Non. 120, dentro de la lista de PLAUTUS I, encontramos la siguiente secuencia: Aquí, entre halophanta y hilaritudo se han insertado dos citas de origen diverso, una de Levio y una de Varrón. La explicación más verosímil es que procedan ambas de lemas contiguos a los mencionados en un diccionario usado por Nonio. No podemos, por supuesto, analizar aquí uno por uno todos los casos en los que se ha producido una inserción que admite ser explicada como interpolación de un lema vecino en un diccionario suplementario usado por Nonio, seguramente, para definir el lema en cuestión. Bastará con que mostremos a continuación una selección de estos casos: hemos indicado en la primera columna el pasaje noniano, en la segunda la lista en la que, según Lindsay, se contextualiza el lema en cuestión, y en la tercera la secuencia de lemas, marcando con un asterisco el lema que ejerce la atracción -cuando es posible identificarlo -y con dos el lema atraído. Como puede verse, el fenómeno no sería excepcional, sino que estaría profusamente testimoniado a lo largo de todo el De compendiosa doctrina. A nuestro modo de ver, la mejor explicación que puede dársele pasa por aceptar que el método de trabajo de Nonio incluía, además del vaciado de las 41 fuentes lindsayanas, el uso de uno o varios léxicos o diccionarios que el autor manejaba a la hora de definir cada uno de los lemas. En ese momento, Nonio se dejaba atraer también por palabras contiguas en el glosario y, en no pocos casos, las incorporaba también a su texto. EL MÉTODO DE NONIO: HACIA UNA HIPÓTESIS FLEXIBLE El problema fundamental que presenta, a nuestro modo de ver, la lex Lindsay, es el de su rigidez o, cuando menos, el de la que han querido conferirle quienes se han aferrado a ella para establecer las ediciones de los autores fragmentarios que dependen de Nonio. En los libros I y V-XX, lo que nosotros tenemos del De compendiosa doctrina es en realidad un material que era para no visto, si se hubiera podido proceder, como creemos que estaba previsto, a su alfabetización. En este sentido, Nonio sólo estaba acumulando datos y no se preocupaba en absoluto de si, en cualquier momento del proceso alteraba el método, fuera éste el que fuese. Y a nuestro modo de ver, aquí estriba una buena parte de la cuestión noniana, a saber, en cómo se producía "físicamente" la acumulación del material. Ya hemos dicho que estamos de acuerdo con White cuando niega la White 1980, p. LXXV 2, julio-diciembre 2007 pp. 225-254 ISSN 0013-6662 hipótesis de Lindsay en el sentido de que Nonio iba copiando directamente de sus 41 fuentes pero, cuando en un momento determinado advertía o recordaba que una podía incorporarse a otra anterior, volvía atrás y la ponía en tal sitio. Ese procedimiento sería extraordinariamente engorroso y, por lo demás, creemos poder aducir pruebas en su contra. Ahora bien, White propone otro modelo de trabajo, y es que Nonio trabajaba con listas preelaboradas y que completaba cada entrada antes de pasar a la siguiente 30. A nuestro modo de ver, ninguna de las dos tesis satisface un fenómeno bastante habitual en el De compendiosa doctrina, y éste es el hecho de que dentro de una lista concreta y bien ordenada, al llegar a un lema concreto, la cita secundaria se anteponga a la primaria. He aquí algunos de los numerosos casos que podrían aducirse: En Non. 20 (libro I), cuatro lemas se extraen de la lista Accius ii: En el caso del segundo, corporare, a la cita acciana que lo ha motivado se ha antepuesto otra de Ennio que, sin duda, es secundaria. La anteposición, por lo tanto, es sólo física, provocada por algún fenómeno inherente al método de trabajo de Nonio. En el mismo libro I, dentro de la lista CICERO En este caso, la serie de las citas de Cicerón se ve interrumpida por dos referencias a las Geórgicas. Ambas ilustran el lema ignauum que se ha introducido por la lectura de la epístola ciceroniana, pero resulta que ambas se le han antepuesto. Otro caso muy interesante es el de Non. Se trata de una secuencia extraída de la lista VARRO En el lema infans, que ha sido motivado por la lectura de Varrón, la referencia a éste aparece en último lugar de la serie de ejemplos, detrás de los tomados de Cicerón, Lucilio (2) y Virgilio. El fenómeno que estos tres ejemplos ponen de manifiesto no está ni mucho menos restringido a ellos. Por el contrario, la lista de casos que se pueden rastrear es lo suficientemente nutrida como para atribuirle una motivación más allá del puro azar. He aquí los que hemos recopilado: A nuestro modo de ver, ni la hipótesis de Lindsay ni la de White explican bien este fenómeno. Ni, de hecho, cualquier otra hipótesis que suponga que Nonio trabajaba con listas "planas" o "en dos dimensiones". Intentaremos explicar gráficamente a continuación las limitaciones de tales hipótesis y cómo exigen otra de otro tipo. I. Como ya hemos dicho, Lindsay pensaba que Nonio trabajaba de manera directa sobre los textos de sus 41 fuentes y que, de allí, extraería los lemas para las veinte listas que tenía preestablecidas para los veinte libros del De compendiosa doctrina. Habría comenzado por la fuente 1, el llamado GLOSS. I, y habría encontrado en él tres ejemplos De proprietate sermonum, los lemas senium, uelitatio y phrygiones, y los habría copiado en su lista correspondiente al libro I; también habría encontrado 130 términos englobables en el libro II De honestis et noue ueterum dictis, y los habría consignado en su lista correspondiente; sobre el tema De indiscretis generibus encontró 8 ejemplos, que copió en su lista para el libro III, y así consecutivamente. Luego, en los libros II, III y IV, procedió a reorganizar todos los lemas que había copiado ordenándolos alfabéticamente, pero sólo en orden primario. Sin embargo, los libros I y V-XX quedarían en el orden mismo en que había copiado las listas. Con el modelo propuesto por Lindsay, algunas de las excepciones de la lex se justifican más o menos razonablemente: por ejemplo, en ocasiones Nonio aparenta saltar de una fuente a la otra y seguir por la segunda durante algunos lemas, hasta apercibirse del error y regre-Para el uso de este tipo de sistemas en el mundo antiguo pueden verse Stahl 1964 y Mejer 1978. Tal explicación no deja de ser un tanto incómoda, pero no resulta descartable del todo. Por lo demás, el método sería bastante engorroso, sobre todo porque obligaría a mantener abiertos no pocos volúmenes o códices. Pero, lo que a nuestro juicio resulta más grave es que este método no explica buena parte de los fenómenos excepcionales que se documentan en el De compendiosa doctrina. No justifica, por ejemplo, el que una, dos o tres citas secundarias se antepongan a la primaria, fenómeno que, como acabamos de ver, es relativamente frecuente. Y tampoco puede explicar otro problema del orden de las fuentes, como es el que una primera parte de GLOSS. IV se haya empezado a emplear antes de SISENNA y después una segunda parte a continuación, fenómeno que se repite con GLOSS. V antes y después de CICERO VIII y VARRO IV. Si el modelo lindsayano suponía que el trabajo de Nonio era enormemente engorroso al trabajar con los uolumina o los codices completos, el de White representa en este sentido una cierta simplificación y, a nuestro modo de ver, por tal motivo un progreso. Según esta investigadora, Nonio no habría trabajado directamente sobre sus 41 fuentes, sino sobre listas previamente extractadas de ellas. Es decir, que habría que contar con un primer proceso de extracción de lemas y citas a partir de la consulta directa de las 41 fuentes, del que se generarían, en consecuencia, 41 listas. Después, en un segundo estadio, Nonio habría procedido a tomar dichas listas en su mismo orden de extracción y repartir su contenido en los 20 libros. En cualquier caso, este método no supone progreso alguno frente al de Lindsay a la hora de explicar las inversiones entre cita primaria y cita secundaria. Continúa basándose en un modelo de listas planas, y en consecuencia no nos hace comprender qué tipo de razones pudieron impulsar a Nonio a incrustar una, dos, tres y hasta cuatro citas en el reducido espacio interlinear que quedaría entre un lema anterior y aquel que provocaba su inclusión. Así, las cosas, creemos que no queda otro remedio que suponer que Nonio preparaba sus materiales mediante un método de "tres dimensiones", esto es, empleando un sistema de "fichas" 31. Ello no afecta al núcleo de la tesis de Lindsay, es decir, a la existencia de un elenco de 41 obras de las que Nonio extrajo sus materiales, ni tampoco al orden en que éstas fueron empleadas. En términos generales, y aunque, como se verá más adelante, resulta también obligado someter a revisión algunos particulares relativos a ese corpus de fuentes, consideramos que esta parte de la lex Lindsay es válida. EMERITA (EM) LXXV 2, julio-diciembre 2007 pp. 225-254 ISSN 0013-6662 Lo que, a nuestro modo de ver, debe modificarse es la descripción del sistema de trabajo de Nonio, esto es, el cómo procedió a extraer de esas fuentes los lemas y de qué manera los acumuló y los dispuso luego en el De compendiosa doctrina. En resumidas cuentas, el modelo que proponemos sería el siguiente: Probablemente Nonio no trabajó solo, sino que se sirvió de varios ayudantes para llevar a cabo el vaciado de sus fuentes y la recopilación de sus lemas. Ello justificaría, por ejemplo, que el Cicerón de algunas fuentes fuera citado como Cicero y el de otras como M. Tullius: el fenómeno no se debería a que el propio Nonio fuese tan ignorante que pudiera considerarlos personajes distintos, sino a que dos colaboradores diferentes emplearon convenciones diferentes. La estructura general del De compendiosa doctrina, y su división en 20 libros estaría premeditada antes del comienzo del vaciado de las fuentes. Nonio habría dispuesto -en la forma que fuese -veinte "ficheros" destinados a cada uno de los veinte libros y en ellos se fueron disponiendo las fichas con los lemas y las citas primarias y a continuación, y a medida que se iban encontrado, se fueron insertando también las secundarias. Las fichas se colocaban en el fichero en el orden en que iban siendo extraídas de las 41 fuentes. Sólo los ficheros correspondientes a los libros II, III y IV fueron objeto de una ordenación alfabética primaria. Probablemente el trabajo quedó inconcluso. El resto de los libros no fue ordenado alfabéticamente precisamente porque se tenía previsto continuar con la recopilación de materiales; de hecho, algunos ficheros estaban todavía mal nutridos y generaron libros poco amplios como el XX, y quizás el relativo al libro XVI permanecía aún vacío. Pese a todo, el fichero fue finalmente trasladado a un texto continuo que es el que conocemos como De compendiosa doctrina. Quizás en ese momento, o en otro inmediatamente anterior pero con resultados idénticos, se emplearon uno o más diccionarios para definir los lemas recopilados. En ese momento pudo producirse la inclusión de ejemplos antiguos presentes en dichos diccionarios pero no en las 41 fuentes vaciadas. No es improbable que, en alguno de los episodios de su proceso de transmisión, el texto fuese recortado en algunos lemas; un Nonius amplior pudo ser conocido a Juan de Salisbury o Étienne de Tournai, pero el Nonius breuiatus está en la base de nuestra tradición manuscrita cerrada. Nótese que, si se acepta nuestra hipótesis, toda una serie de fenómenos aparentemente incoherentes pasaría a tener una explicación razonable: EMERITA (EM) LXXV 2, julio-diciembre 2007 pp. 225-254 ISSN 0013-6662 a) Así, por ejemplo, la inversión en el orden entrada primaria / entrada secundaria obedecería precisamente a que, a la hora de colocar la ficha secundaria, se introdujo delante de la primaria. No se trataba de un descuido o de un error, puesto que, recuérdese, la forma final del libro iba a ser alfabética y, por lo tanto, la ordenación provisional "de fichero" era indiferente. Se trata, sin más, de una operación casi inconsciente, pero muy familiar para cualquiera que haya trabajado alguna vez con ficheros "manuales". Se van pasando las fichas hasta que se encuentra el lema para el que se ha hallado un nuevo ejemplo y la ficha nueva se coloca, casi de manera indiferente, delante o detrás de la más antigua. b) De la misma manera, la ordenación inversa de algunas citas, como el caso de una parte de las lucilianas -y más adelante veremos que también de las terencianas -no se debería a la forma de empleo de los uolumina, porque este fenómeno en todo caso justificaría una cita inversa del orden de libros, pero no una absoluta inversión de los pasajes. Nadie lee un libro absolutamente al revés, pero es formalmente muy habitual que pueda acumular las fichas en sentido inverso. Así, el colaborador que leyó y extrajo los lemas de las Sátiras de Lucilio, comenzó por el libro I y depositó las fichas en el fichero; pasó al libro II e hizo lo mismo, pero poniéndolas delante de las del libro I, y así consecutivamente hasta el libro XXX. Por esto las citas lucilianas aparecen en la obra de Nonio en orden inverso de los libros de Lucilio, pero en orden directo de pasaje dentro de cada uno de ellos. c) Este modelo explica también, si no nos engañamos, mejor que los anteriores, la cuestión relativa a los lemas de los glosarios GLOSS. V a la que hemos hecho brevemente referencia antes. Lindsay advirtió que GLOSS. IV se interrumpía con la lista de SISENNA, quedando delante de ésta una parte que él llamó GLOSS. IV A y postponiéndose a ella otra parte que denominó GLOSS. V, cuya primera parte, GLOSS. V A queda separada de GLOSS. V B por las listas de CICERO VIII y VARRO IV. Ahora bien, este fenómeno sólo se cumple en el libro I, mientras que en los restantes no se da tal interrupción. Si Nonio hubiese trabajado efectivamente con listas "planas", la transposición habría afectado a todos los libros, o al menos a varios de ellos. Pero el hecho de que sólo se verifique en uno de los libros induce a pensar que se deba un accidente casual de colocación de las fichas en el subfichero correspondiente al libro I. Tras arcanum entran Tusc., que pertenecen a CICERO VIII y Epist., que corresponden a CICERO IV. Por algún motivo que ya se nos escapa, aquella fichas se inmiscuyeron entre las de la lista de TERENCE, sin que mediase una razón de índole temática o similar. Y, en la misma medida, disminuyen nuestros instrumentos de control sobre algunos episodios de transpapelamiento casual, como pudieran perfectamente ser las apariciones de una ficha en el interior de una secuencia coherente y lógica de otra fuente. Quizás sólo así podamos entender casos como los siguientes: En el libro I, la fuente Pomponius comienza con la siguiente serie: Entre los dos lemas pomponianos se ha insertado otro de Cicerón, concretamente de CICERO II. Entre los lemas no hay una relación alfabética ni semántica ni de otro tipo que justifique cómo ha llegado hasta aquí el lema ciceroniano, de manera que parece legítimo pensar en una transposición más o menos casual. Pero si POMPONIUS es la fuente 6, CICERO II es la 16, es decir, que se encuentra a una distancia excesiva como para que se haya producido esa alteración si Nonio trabajaba como Lindsay o White querían, esto es, con listas planas. Si pensamos, sin embargo, en el trabajo con ficheros, este tipo de accidentes se presenta como mucho más probable. El lema ebullire aparece incrustado en una serie coherente de VARRO I, sin que exista justificación alguna de tipo alfabético o léxico. La transposición se ha debido de producir a distancia, puesto que VARRO I es la fuente número 15 y las Tusculanas se incluyen en CICERO VIII, la número 39. Sin ánimo de exhaustividad, pueden considerarse las siguientes: Fuente de procedencia Fuente de inserción En estos y otros muchos más ejemplos parece evidente la presencia de accidentes transpositivos que no pueden ser achacados más que a un trabajo con fichas. En consecuencia, creemos que el modelo que hemos propuesto aquí satisface mucho mejor que los anteriormente postulados la variedad de fenómenos que el De compendiosa doctrina documenta. Con su aplicación, no sólo no se invalida la lex Lindsay, sino que se perfecciona su mecánica y se aumenta su rendimiento.
La imagen exótica que siempre hemos tenido de Oriente ha influenciado en las descripciones que se hacían, en las creencias sobre sus costumbres y en las narraciones sobre seres fantásticos. Relatos que si bien en algunos casos no pasaban de meras fabulaciones en otros tenían una base real. Examinaremos cuál sería el origen y la funcionalidad del misterioso díkairon que iría más allá del simple veneno que se recoge en las fuentes clásicas. C.), curándolo de las heridas que sufrió en la batalla de Cunaxa (401 a. Su prolongada estancia, su posición en la corte y su espíritu viajero le permitieron conocer diferentes embajadores, legados, comerciantes y soldados y recopilar testimonios de múltiples fuentes. Su status le facilitaría el acceso a la información que le habría de servir -en un intento de emular a Heródoto en opinión de Gil 4 -, para redactar varios tratados, entre ellas Persika (una Historia de Persia de veintitrés libros considerada su obra maestra) e Indika (dedicado a la India y del que solo alcanzó a escribir un único volumen) precisamente el objeto de nuestro interés. Además escribió también Períodos (una descripción de la Tierra) de la que no se ha conservado ningún fragmento de la misma 5. C. tras los diecisiete años largos vividos en la corte aqueménida, un lapso grande de tiempo que algunos investigadores consideran exagerado. Poco tiempo después de su vuelta publicaría sus obras. En el mundo antiguo la India era considerada un lugar enigmático y atrayente, de singulares tradiciones y costumbres, de paradojas y maravillas que hoy día, más de veinte siglos después, sigue evocando en la mente de mucha gente un aire de misterio y fascinación muy similar, sin duda, a la que debieron de experimentar los griegos y los romanos 6. A pesar de que él estuvo más cerca de lo que nunca estarían muchísimos de sus compatriotas, con respecto a su obra Indika, ya en la Antigüedad se discutió acerca de la veracidad del texto y de cuanto había de invención en él. Entre sus críticos se encontraban personajes tan prestigiosos como Aristóteles, Estrabón, Plutarco y Luciano, quienes le acusaban de interesarse más por los elementos fantásticos y extravagantes que por la realidad. Quizás por eso se le consideraba muy poco fiable e incluso se le llegó a tachar de "embustero" 7, convirtiéndo mente la misma noción hoy día que antaño. No se trataría tanto de una mentira sino más bien de una ficción consciente. Los convencionalismos literarios etnográficos de la época hacían que hubiera de mostrarse crítico y escéptico con la información recibida corrigiendo, en la medida de lo posible, a sus predecesores en el tema, mostrando así su independencia y superioridad sobre ellos y dejando de paso en evidencia su testimonio. Además no se debía de olvidar que tendría que parecer creíble al público heleno al que iba dirigido. Así en los primeros momentos este juicio podría parecer una acusación de falsedad que, en opinión de Karttunen, es lo que habría realizado Aristóteles -el primero en ejercer este análisis contra Ctesias -, quien, por otra parte, no dudaría en aprovecharse de su material al comentar las características de los animales de la India. 9 K. Karttunen, ob. cit., p. lo en paradigma del escritor crédulo con predisposición a lo ficticio 8. Coincidimos con Karttunen en la defensa de la verosimilitud de numerosos pasajes, lo cual no quita que tengamos que preguntarnos al leer su obra cuánto hay de veraz y cuánto de ficticio en sus informaciones 9. Sin embargo, en honor a la verdad, hemos de reconocer que éste no es un problema exclusivo de este autor, sino que puede hacerse extensivo a muchos otros autores de la Antigüedad y de nuestros días. Varios de sus críticos, sin ir más lejos. Nuestro objeto de análisis se centrará específicamente en un fragmento recogido por Eliano donde se nos menciona la aparente descripción de un ave. Dicha ave era conocida en la India con el nombre de díkairon, cuya traducción al griego sería díkaion. La curiosidad por este animal vendría motivada por el hecho de que los hindúes empleaban parte de su excremento como un remedio para olvidar los males y pesares cotidianos. Según parece, tenía la capacidad de hacer que una persona cayese en un estado de sueño parecido a la muerte, pero no un sueño cualquiera sino uno muy relajado y grato, y era además un antídoto de males incurables. Este punto es el que le permite al autor efectuar una comparación con el conocido pasaje de La Odisea en el que Helena le ofrece a Telémaco el nepenthes 10 y que no deja de recordarnos la muerte aparente en la que se sumía Deméter cuando se sentía apenada por la pérdida de su hija, simbolizada con la incorporación de la adormidera en el repertorio iconográfico de la diosa lo cual nos ha llevado a relacionarla con el consumo de la adormidera 11. También nos recuerda al kifi, un compuesto aromático igualmente de origen egipcio, cuyos efectos similares invitaban al cuerpo al descanso y al reposo de las preocupaciones diarias 12. Tampoco hay que desdeñar que la idea del sueño como preludio a la muerte es un tema típico de la Edad de Oro como apunta D. Lenfant 13, remitiéndonos a Hesíodo cuando describe el origen de los hombres y el final de sus días 14. El texto original de Eliano dice así: El resumen que nos ha llegado de la mano de Focio, patriarca de Bizancio (857-67 y 877-886), aporta poco a su identificación, pero uno de los datos que menciona ha servido para relacionarlo con un coleóptero añadiendo más confusión si cabe a este problema: W. Ball, «On the identification of the animals and plants of India which were known to early greek authors», The Indian Antiquary XIV, 1885, p. En la India se pueden encontrar tres tipos de preparados con esta planta, todos ellos asociados o destinados a fines religiosos. Por un lado nos encontraríamos con el bhang, donde se emplean las hojas del cáñamo para elaborar bebidas como la bhang lassi que toman algunos devotos en su visita a determinados templos de gran importancia; por otro lado tenemos el ganja, una especie de botones florales y, por último, el charas, es decir, la resina pura. Sobre la hipótesis del escarabajo D. Lenfant -en la reciente edición de la obra de Ctesias-opina que el único punto en común entre el posible escarabajo y el ser que menciona Ctesias es que ambos enterrarían sus excrementos, si bien éste último lo haría con los suyos propios y no también con los de los otros mamíferos como hace el escarabajo pelotero. Por otra parte nada hace pensar que dichos excrementos pudieran tener un carácter mortífero. A finales del s. XIX W. Ball apuntaba que no se trataba de un pájaro sino, por el contrario, un tipo de escarabajo, específicamente el Scarabeus sacer L. -popularmente conocido como escarabajo pelotero -proponiendo que lo que Ctesias quiso señalar al referirse al ansiado producto era en realidad una preparación resinosa basada en el cáñamo (Cannabis sativa L.) denominada charas 17. Esta hipótesis fue criticada en una breve nota por R. M. James quien llegó a tildar de panfleto el artículo, insistiendo en que se trataba de un ave sin mencionar para nada el charas 18. Tiempo después D.W. Thompson compartirá en parte la opinión de Ball; para este investigador lo más probable sería que dicha "ave" fuera en realidad una confusión con el mencionado preparado 19, hipótesis seguida por otros autores 20. Desde entonces puede decirse que los intentos por descifrar o identificar este término han sido prácticamente nulos. Tanto es así que incluso si acudimos al conocido diccionario Liddell-Scott en su entrada para esta palabra podemos leer que da como significado pájaro, sin más aclaraciones. La identificación del dikairon se muestra, en principio, bastante compleja si partimos únicamente de estos pocos datos. Para nosotros la clave estaría no sólo en la primera parte del texto sino especialmente en la segunda. Lo Por último sabemos que en la Europa Occidental se constata en contexto arqueológico desde el Neolítico hasta el mundo romano, en un área que abarca desde la Península Ibérica hasta Polonia o Rumania. En la cuenca del Mediterráneo aparece también en el mundo norteafricano durante la ocupación cartaginesa. Finalmente, las fuentes grecorromanas se ocuparon de esta planta principalmente por sus excelentes cualidades para la fabricación de utensilios de cuerda, redes o ropa, aunque tampoco se les escaparon sus propiedades psicoactivas 28. Si tenemos en cuenta la amplia cronología y la difusión territorial de esta planta tenemos forzosamente que preguntarnos qué necesidad tendría el rey persa de atesorar un regalo tan conocido y difundido en el mundo antiguo; por qué tendría que valorarlo tanto habida cuenta de la facilidad con la que podría obtenerlo. No obstante, si seguimos considerando que se trataría de una planta o de uno de sus derivados, la solución a este problema la encontramos en la obra del geógrafo almeriense Muhammad ibn Abī Bakr al-Zuhrī (s. XII); un trata- do de Geografía con carácter universal definido además como aíā'ib -maravillas -que en cierta medida se asemeja al relato de Ctesias ya que, ambos, aúnan en su prosa informaciones recopiladas tanto de fuentes orales y escritas; algunas tomadas de primera mano y que aportan testimonios y datos a partir de su propia experiencia personal 29: Inmediatamente sigue la isla de Nahrawan, llamada por el vulgo Nahrwala, que es la más cercana a Iraq y una de las últimas islas de la India. Es el único lugar de la tierra en el que se encuentra el árbol de areca (fatwan). Si alguien se pone en la boca una cantidad de sus hojas o de su madera equivalente a una octava parte de dirhem, inmediatamente su aliento toma un intenso olor a almizcle oloroso (adfar), enrojecen su tez y sus labios a la vez que se vuelve elocuente y feliz, cesando sus penas y aligerándose su alma. Da fuerzas para cohabitar con las mujeres y alegra y estimula tanto a los hombres como a las mujeres. Es un árbol sin igual, del que los reyes de la India y del Sind se sienten orgullosos, guardándolo celosamente para regalárselo y no permitiendo que nadie lo coja ni lo venda. En la antigüedad los reyes de la India lo ofrecían como presente a los de China del mismo modo que éstos les obsequiaban con el duhn, ya mencionado. También lo ofrecían a los reyes de Persia, del Yemen, de Himyar y de otros lugares y ellos, a su vez, se lo agradecían con los mejores dones 30. La areca (Areca catechu L.) es una especie que forma parte de la familia de las Palmae. Una palmera que puede alcanzar entre los 15 y 17 m. de altura y que hoy día se cultiva en zonas como la India tropical, Sri Lanka, Malasia, Sur de China y Filipinas alcanzando incluso África oriental. El tamaño de su fruto -la popular nuez de areca -tiene unos 2,5 cm de longitud, con una forma redondeada y cónica 31, aspecto que lo aproxima mucho a un huevo de perdiz como expresa el pasaje de Eliano. Además, la cubierta exterior presenta una coloración castaño claro y posee una serie de manchas que recuerdan y refuerzan aún más esta relación. En la obra del médico cordobés Ibn Yulyul (s. X) se menciona que la forma de esta nuez es como la de los corazones de los pájaros 32. Quizás el origen de este tipo de comparaciones pudo haber conducido a equivocaciones aumentado por la distancia y el mis-EMERITA (EM) LXXV 2, julio-diciembre 2007 pp. 255-272 ISSN 0013-6662 terio de esta lejana y enigmática región del orbe. Entre los principios activos que contiene la nuez de areca se encuentran principalmente dos tipos de alcaloides: la arecolina, estimulante del sistema nervioso central, y la arecaidina, producida por la hidrólisis de la arecolina 33. Tradicionalmente se ha empleado en China bajo el nombre de pin-lang, quizás como una derivación de pinang el nombre malayo de este árbol 34. El testimonio más antiguo en un contexto arqueológico se encuentra en la Cueva de los Espíritus, en el noroeste de Tailandia, datada en torno al 5600 a. Vestigios similares se han localizado en otros yacimientos tailandeses con una cronología que abarca desde el 3600 a. Recientemente aparecieron en la provincia vietnamita de Nui Nap restos de esta planta en los análisis efectuados en la dentición de varios individuos, con una cronología que los sitúa en torno a los 2300-1700 años de antigüedad 37. En la India la localizamos, al menos, en el yacimiento de Watgal, situado entre la parte meridional de la región de Deccam y al noroeste de la región de Dharwar. C. 38 Por otra parte, se cita también en la medicina ayurvedica, como laxante, diurético o astringente, con diferentes denominaciones: pūga, pūgi, gūvaka o kramuka entre otras 39. 41 El término fawfal sería una arabización de la palabra persa pūpal, que a su vez es un préstamo del sánscrito pūgaphala. 59 en el estudio a la obra de Ibn Yulyul. Observando el texto podría pensarse que la areca sería la respuesta a la pregunta que nos hacíamos al principio. Su suave efecto psicoestimulante, desinhibidor y especialmente favorecedor en las relaciones sexuales sería lo suficientemente importante como para ofrecerlo como un presente entre reyes -mucho más que el veneno que se desprende de la versión de Eliano -y que lo tuviesen en tan alta estima. Ahora bien el texto de Ibn Zuhr tampoco nos aporta todos los datos correctamente. Precisamente por eso creemos que es otro conocido geógrafo medieval, el tangerino Ibn Battuta (s. XIV), quien nos dará la clave para este punto en su obra Rihla, un relato de viajes. Como viajero incansable en su peregrinar recorrió el Norte de África y buena parte de Asia, llegando a vivir casi diez años en la India y uno y medio en las Islas Maldivas, por lo que su experiencia es de una gran importancia para comprender el tema que estamos tratando. A lo largo de su relato menciona en varias ocasiones las hojas de betel (Piper betle L.) en regiones de Etiopía, Yemen, Sumatra y la India. En la cultura hindú las hojas de esta especie tenían una gran carga simbólica y una significativa relevancia social y cultural que en muchos casos se ha conservado hasta la actualidad en buena parte del sudeste asiático. La empleaban en diferentes actos sociales como en bodas, comidas, despedidas de viaje y curiosamente se interrumpía su consumo durante los funerales hasta que un juez o su representante las daba al fallecido. También se utilizaban para honrar a los invitados y como obsequio representaban un honor aún mayor; mucho más que si les ofrecían oro, plata o cualquier otro regalo 40. Nos cuenta en su descripción que sus habitantes empleaban las hojas del modo siguiente:...cogen antes nueces de areca (fawfal) 41, que se parecen a la nuez moscada, las machacan en pequeños trozos, se lo ponen en la boca y lo mascan; de seguida cogen las hojas de betel (tanbūl), ponen encima un poco de cal de conchas y lo mascan con las nueces de areca. Tiene la propiedad de perfumar el aliento, haciendo desaparecer los olores de la boca, ayudar a digerir la comida e impedir que haga daño el agua bebida en ayunas: comer estas hojas produce alegría y ayuda en el coito 42. ridad el malagueño Ibn el Baytar (s. XII) en su Tratado de los simples hacía referencia a esta antigua forma de forma de proceder, si bien tampoco de manera completa pues no señalaba el empleo de la nuez de areca. El célebre viajero veneciano Marco Polo -quien también dedicó unas pocas líneas a esta planta -comenta igualmente este hábito aunque tampoco hace mención a la nuez de areca, insistiendo en su aspecto simbólico y, en cierta medida, el elitismo de su empleo. 462 Contrariamente de lo que se podría creer al leer el fragmento de Ibn Zuhr, para que los efectos que se mencionan puedan producirse no solamente ha de consumirse la nuez de la areca sino que, como recoge Ibn Battuta, es necesario añadir hojas de betel y un poco de cal -obtenida generalmente de la quema de conchas o el coral -formando un preparado masticatorio al que hoy día se denomina Betel. Se calcula que entre 200 y 400 millones de personas consumen habitualmente esta droga en el sudeste asiático y Oceanía; un acto semejante a la ingestión de café o el té empleado en Occidente, aunque algunos consideran que muchos más 43. Perteneciente a la familia de las piperáceas, P. betle es una planta trepadora de flores pequeñas originaria de las regiones tropicales del sudeste asiático. Entre los principales componentes de sus hojas se encuentra el eugenol -un aceite de carácter volátil-que contiene dos fenoles psicoactivos, el chavibetol y el chavicol, y un alcaloide estimulante llamado cadinene. También posee propiedades sialagogas, es decir secretoras de la saliva, lo que unido a la nuez de areca en un único compuesto explica la típica coloración rojiza de los labios y encías del consumidor de este preparado. Con todos estos componentes es lógico que se haya llegado a emplear como anestésico local 44. Aunque puede combinarse de diferentes maneras, con el añadido de especies aromáticas como el cardamomo, el anís o el jengibre para adaptarse a los gustos locales, su composición principal es la que acabamos de señalar. Para finalizar podemos decir que, además de lo ya expuesto, es capaz de producir una sensación de bienestar, una cierta euforia, una sensación de calor corporal, un aumento de la transpiración e incluso de la capacidad de trabajo. El hecho de haber encontrado restos de esta planta en la ya citada Cueva de los Espíritus junto a restos de A. catechu apunta la gran antigüedad de D.E. Yen, ob. cit., pp. 570 y 574-75. Aunque por lo general su título rara vez se cita, son numerosas las publicaciones donde, de manera indirecta, se hace referencia a esta obra y en concreto se señala la fecha del 504 a. C. como la más antigua que hace mención a la presencia de este masticatorio en la isla. La obra de Tennent (1859) parece ser la fuente original de esta afirmación, que tiene como base la traducción que del Mahawanso realiza Turnour en 1837. De hecho Tennent al comentar la antigüedad del betel relata en total tres ocasiones donde éste aparecería en el Mahawanso. Sin embargo, Geiger (1912) en su revisión y traducción del texto únicamente recoge una, la ya indicada de Vasabha. Por otra parte, Tennent también nos informa de otra fecha más antigua. C. en el fragor de una batalla. Durante el combate el rey Duttha Gamani habría mostrado unos labios manchados de un color rojizo, síntoma del consumo del betel. Su aspecto habría confundido a sus enemigos que creerían que se encontraba herido. Sin embargo, al provenir de una traducción sin cuerpo crítico del Rajavali y visto el caso anterior preferimos tomarlo con reservas. No obstante, todo parece indicar que este preparado se habría de conocer en la isla desde tiempos antiguos, máxime si tenemos en cuenta su histórica relación con el continente. J.E. Tennent, Ceylon, an account of the island, London, 1859, pp. 438-39 Reconoce que ni siquiera los boticarios sabían precisar con certeza a qué tipo de especie en concreto se referían e incluso señala que para algunos era el tembul de los árabes; al mismo tiempo confunde el verdadero betel con el malabathro del que no duda que se trata de la misma especie 55. Aspecto que no hace sino constatar la dificultad de precisar la identificación correcta de esta última planta, problemática que ya había señalado Dioscórides tiempo atrás 56. Queda aún pendiente una última cuestión. Aunque muy criticado -principalmente por su exceso de dramatismo y una actitud ciertamente tendenciosa hacia Macedonia 57 -Filarco (s. III a. C.) nos ha dejado un pasaje muy interesante para este tema que estamos analizando. C.) -Sandrácoto para los griegosenvió a Seleuco I Nicátor varios presentes entre los que se encontraban unos remedios afrodisíacos muy potentes 58. Un fármaco que -como acertadamente señaló J. Gil -tendría cualidades astringentes 59 y que se ajusta bien a este preparado que estamos estudiando. Si tenemos en cuenta que se trataría de un regalo protocolario de gran valor y destinado a la nobleza difícilmente pudo Filarco haber conocido siquiera su verdadera naturaleza, quedando a la imaginación del escritor su forma de utilización aunque no por ello dudara en señalar y exagerar su fuerza y efectos. Una imagen de carácter prodigioso digna del exotismo de esa tierra fabulosa que era la India y que el público al que iba dirigido aceptaría sin extrañeza. Quien sí pudo tener un contacto mucho más directo con esta droga debió de ser Megástenes. La persona a la que la historiografía tradicional le atribuye el papel de embajador de Seleuco en Pataliputra, la capital maurya, en torno al 303-302 a. C. No obstante, la recientemente revisión de A.B. Bosworth plantea que el diplomático habría llegado a la India poco tiempo después del fallecimiento de Alejandro, concretamente entre los años 320-318 a. C., bastante tiempo antes de que Chandragupta hubiese forjado su imperio 60. A esta hipótesis se une el análisis de M. Albaladejo Vivero quien va más allá señalando que el gobernante que verdaderamente envió a Megástenes a Pataliputra sería Sibirtio, el sátrapa de Aracosia 61. Sabemos que Megástenes pasó una larga temporada en sus tierras y que visitó en varias ocasiones a Chandragupta 62, motivo por el cual no debería de extrañarnos que en el segundo libro de su obra, que contendría noticias sobre las costumbres indias tal y como se deduce de un fragmento de Ateneo 63, hubiese dedicado algunos párrafos a este preparado. No debemos de olvidar que precisamente era en el antiguo país de Magadha donde las fuentes chinas señalan que se comerciaba con esta planta, lo que favorece aún más que Megástenes hubiera tenido conocimiento de ella. Por otra parte, podría explicar que Filarco hubiera tenido noticias acerca de las maravillas de dicho preparado que, por todo lo que venimos analizando hasta ahora, debía de tratarse de la combinación de la nuez de areca y las hojas del betel. Para finalizar debemos de regresar de nuevo al texto de Ctesias. Después de considerar todo lo que acabamos de exponer y a modo de conclusión queremos señalar que, a pesar de sus diferencias, los fragmentos de Eliano y de Focio tienen una base real y plausible, si bien el resumen del patriarca adolece de un enfoque mucho más acorde a sus intereses y gustos. Aun cuando el historiador de Cnido nunca hubiese pisado la mágica y enigmática India no parece que tuviese la intención de crear una fábula como la que nos ha llegado y que en ningún caso sobrevive al más simple de los análisis. Nada nos hace pensar que sus antiguos lectores griegos fueran tontos y por muy lejana, deslumbrante y singular que les pudiese parecer dicha tierra difícilmente hubieran creído que el excremento de un pájaro llegara a ser apreciado como un regalo digno de un monarca, más aún tratándose de un veneno. Parece más factible que una mala interpretación o traducción haya sido la causante del error y que el díkairon fuera ese masticatorio mezcla de hojas de betel, nueces de areca y cal. No debemos olvidar que Eliano redacta su obra más de seiscientos años después, con los posibles cambios e interpolaciones que la historia de Ctesias pudiera haber sufrido y como ejemplo basta con observar las diferencias existentes entre lo recogido por Eliano y por Focio.
En este artículo se estudia una glosa de Hesiquio desde el punto de vista histórico-comparativo. Se sugiere que el apelativo griego kÒroj, que según dicha glosa significa'multitud, número grande de personas' (plÁqoj'nqrÓpwn), representa un antiguo término ie. *kóros'ejército, muchedumbre, gente armada', que está documentado también en zonas periféricas orientales y occidentales (en iranio y báltico por un lado, y en lusitano por otro, cf. lusit. NP Coro-cuta, Coro-poti, Coro-bulti etc.). A su vez, la variante ie. *koryos puede rastrearse como apelativo en celta, germánico y báltico, y también en composición como primera o segunda parte de étnicos y antropónimos [URL]. en beocio, en celta y en germánico). Un primitivo derivado *koryanos 'jefe de ejército' está bien atestiguado en griego (cf. gr. ko...ranoj'soberano, líder, comandante (en la guerra y en la paz)', y en general 'seńor', así como también 'rey' en el dialecto beocio), en germánico septentrional (cf. el sobrenombre de Odín Herjann) y quizá en lusitano (cf. lusit. Palabras claves: indoeuropeo, vocabulario griego, lexicografía griega, antroponimia lusitana, terminología de guerra; formación de palabras; nombres de personas (NP). Con arreglo a las normas editoriales vigentes para las publicaciones periódicas del CSIC, se hace constar que el original de este artículo se recibió en la redacción de EMERITA en el segundo semestre de 2006, siendo aprobada su publicación en ese mismo período (06.11.06 -07.12.06)
Erudio está formado a partir del preverbio exy del adjetivo rudis (opuesto a politus) y muestra claramente tanto el sentido literal de pulimiento como el sentido metafórico de proceso continuo de aprendizaje hasta que se pierde la rudeza (E.-M. s.v. rudis -e). En este mismo sentido, tendríamos que considerar también el término elimare, utilizado igualmente por EMERITA. Revista de Lingüística y Filología Clásica (EM) SÍMILES Y METÁFORAS DE LA ERUDICIÓN EN AULO GELIO Pocas obras como las Noches áticas de Aulo Gelio ofrecen una idea tan rica sobre el concepto de la erudición y las cuestiones o problemas. La naturaleza abstracta de estos conceptos, sin embargo, no impide que la articulación de sus diferentes características se haga en torno a aspectos de la realidad sensible. De esta manera, la idea de erudición y de las cuestiones se va a construir a partir de metáforas y símiles tomados de objetos tangibles como las provisiones, los bocados, las ofrendas, los nudos, el juego de dados o la mezcla y acumulación de sustancias. Asimismo, la idea de lugar tendrá su importancia a la hora de valorar, en especial la dificultad del aprendizaje. Finalmente, trataremos sobre la importante metáfora de la erudición como luz, que motiva el propio título de la obra de Gelio. Palabras clave: Gelio; Noctes Atticae; erudición; cuestiones; metáfora de la vida cotidiana; símil; metonimia; sinécdoque Keywords: Gellius; Noctes Atticae; eruditio, quaestiones, metaphors we live by; simil; metonymy; sinecdoque La erudición supone un concepto referido a una realidad abstracta, relacionada con el ámbito general de la formación y del saber, pero la manera de concebirse y expresarse se ha de remitir metafóricamente a aspectos del propio mundo sensible. Ya el mismo término latino, eruditio (a partir de e-rudire "pulir") 1, muestra cómo su motivación responde a unas características metafóricas, dado que la erudición, como otras realidades no tangibles, puede experimentarse como algo material -en este caso, una superficie. Asimismo, las cuestiones o problemas, estrechamente vinculadas con el ejercicio de la erudición, provienen de antiguas metáforas que tienen que ver con el acto de "buscar" (quaerere) para el caso de la quaestio, y con el acto de "echar o arrojar" (en griego bállein) para el caso del término problema, de origen griego. Una reciente traducción parcial que hemos llevado a cabo de las Noctes Atticae de Aulo Gelio (García Jurado 2007) nos ha permitido valorar la atención que este autor dedica a expresar mediante diferentes símiles y metáforas tanto la actividad erudita en general como el planteamiento de problemas o cuestiones en particular. En el presente trabajo vamos a tratar, precisamente, sobre las maneras figuradas a las que recurre Aulo Gelio para hablar acerca de la erudición y las cuestiones. Las realidades con las que las compara son tan variadas como "provisiones", "postres" u "ofrendas", entre otras posibles, si bien tienen como característica común el hecho de que se parte de objetos materiales para referirse a la erudición o valorarla. Asimismo, son muy productivas las interpretaciones de la erudición como lugar o contenedor: puede tratarse de un espacio "sinuoso" o un "camino" de iniciación. Un tercer aspecto viene dado por las metáforas que consideran la erudición como luz 2 y que afectan, mediante un complejo proceso metonímico, al mismo título de la obra. Este rico y particular conjunto de símiles y metáforas que utiliza Gelio para hablar acerca de la erudición puede ser analizado desde la doble perspectiva tanto del lenguaje figurado, propio de la retórica, como de los esquemas mentales, de naturaleza cognitiva 3, que subyacen en la formulación de tales símiles. Así las cosas, pretendemos mostrar que este tipo de comparaciones y símiles, lejos de ser meros hechos puntuales, representan, precisamente, una rica visión y conciencia del saber, que conforma uno de los aspectos centrales de las Noches áticas, ya desde la consideración metafórica de su propio título. El uso de quasi puede tener un valor explicativo, en muchos casos de carácter metalingüístico, como cuando utiliza la partícula en una discusión etimológica. A partir de tales presupuestos, el propósito de nuestro trabajo es ofrecer una visión de conjunto relativa a los símiles y metáforas que Gelio establece para representar la erudición. En lo que a los símiles concierne, ha resultado muy útil el frecuente recurso de Gelio a la partícula quasi ("como si") 4, que deja explícito, por lo general, el símil al que se recurre. Por su parte, la metáfora no resulta tan sencilla de analizar como se ha considerado tradicionalmente (Bustos 2000, pp. 48-49). Suele interpretarse que la metáfora se distingue del símil porque en ella se oculta uno de los términos de la comparación. Esto puede ser verdad en ejemplos como: «Tus ojos son como lagos» (símil, comparación explícita, esquema «A es como B») «Dos lagos invaden tu cara» (metáfora, comparación implícita, esquema «A es B») Sin embargo, cuando nos movemos entre dominios concretos y abstractos, observamos que hay metáforas que no comparan exactamente dos cosas, sino que crean, a partir de una realidad dada, una nueva realidad. Veamos el siguiente ejemplo, que luego examinaremos en el propio Gelio: «Los problemas son (se experimentan como) nudos» Esta metáfora, que hemos estudiado en otro lugar (García Jurado 2004), no plantea una simple comparación, más bien, la naturaleza material del nudo sirve para que experimentemos la solución de un problema en los términos de la acción de «desatar un nudo». Este tipo de metáfora, que se ha llamado «de la vida cotidiana», se refleja, según Lakoff, en el plano lingüístico, pero su verdadero alcance está en el propio plano conceptual. No se trata de mero lenguaje figurado, sino, más bien, de un recurso cognitivo, pues, como señala Bustos, «la metáfora se encuentra en la base de nuestras abstracciones, posibilitando la elaboración de nuevos conceptos, que abarcan nuevas realidades» (Bustos 2000, p. Para tales metáforas utilizaremos los criterios ya desarrollados en otros trabajos anteriores relativos a la configuración de metáforas que permiten, precisamente, perfilar y hacer inteligible un concepto (García Jurado 2000, 2003y 2004). Por tanto, conviene hacer notar que ambos recursos, el símil o la metáfora, pueden responder a razones diferentes. En este sentido, cuando Gelio compara el acto de plantear problemas o cuestiones con el de echar los dados, nos encontramos ante una comparación deliberada que puede responder perfectamente a hechos de lenguaje Nuestro objeto de estudio lo constituye el texto de las Noctes Atticae en la edición de Marshall (1990). De acuerdo a lo ya expuesto, organizaremos los símiles de la erudición a partir de una triple estructura: la erudición concebida como objeto (2.) la erudición concebida como lugar (3.) y, finalmente, la productiva metáfora del saber entendido como luz (4.). Asimismo, atenderemos al parámetro relevante de la valoración positiva o negativa de los diferentes aspectos de la erudición. Nuestro propósito es estudiar qué idea de erudición se extrae del estudio conjunto de tales símiles y metáforas. Erudición como un objeto tangible Vamos a plantear los siguientes símiles relativos a la erudición y las cuestiones: "Hemos hecho uso del mismo orden fortuito que ya antes habíamos seguido al recopilar los datos. De hecho, siempre que caía en mis manos algún libro griego o latino, o cuando tenía la oportunidad de escuchar algo digno de ser recordado, todo cuanto me era grato, del tipo que fuera, lo anotaba de forma desordenada y en mezcolanza, y estas cosas las guardaba como apoyo de mi memoria, a la manera de provisiones para mis escritos, a fin de que, llegada la necesidad de recurrir a un asunto o palabra que había olvidado en ese momento, y a falta de los libros que me habían servido de fuente, fueran fáciles de encontrar y de extraer". La comparación no es en absoluto circunstancial ni fortuita, de lo que da cuenta el interés de la propia palabra penus, a la que Gelio confiere una nueva dimensión designativa al añadirle el genitivo litterarum 6 (véase la oportuna precisión que del término se hace en Gell., IV 1, 17 como cosas que se guardan no para comer o beber a diario, sino destinadas a largos periodos de tiempo). Como veremos en el apartado siguiente, a este dilatado periodo temporal del uso de la provisión se puede contraponer el símil de la provisión inmediata, en forma de "bocado" para consumir al momento.En definitiva, se trata de un símil que incide, sobre todo, en la idea de memoria y recolección de datos a partir de la imagen material de provisión de alimento. Así pues, desde el esquema formulable como "La memoria es provisión" lle-De hecho, hay capítulos de las Noctes que están motivados por el propio planteamiento de tales quaestiones. 8 " Esto es lo que hacían y observaban en Atenas aquellos que estaban más ligados al filósofo Tauro: cuando nos convocaba en su casa, a fin de que no acudiéramos, como suele decirse, inmunes y sin poner nada de nuestra parte, no reuníamos para la cena bocados para comer, sino cuestiones para plantear. De esta forma, cada uno de nosotros iba allí con cuestiones ya pensadas y preparados para plantear problemas, y el comienzo de hablar ponía término a la comida". Se termina con una nueva palabra para el símil de la quaestio como bocado o "postre": 2bis. Tales eran las contribuciones en casa de Tauro y tales eran los "dulces", como él mismo solía decir, propios de la sobremesa. Este capítulo muestra después -cf. ( 9) -un verdadero despliegue de términos (quaestiunculae, argutiae, sympoticae, entymemata, captiones...) con respecto a la idea básica de lo que es una quaestio o "problema que plantear". Además, aparecen diminutivos (quaestiunculae) y formas verbales relativas (quaerere "buscar", "indagar", "plantear un problema") que nos ilustran perfectamente acerca de la propia motivación etimológica del término quaestio ("búsqueda"). Pero el motivo básico por el que comentamos aquí este capítulo es la similitud que se plantea entre tales cuestiones y los bocados: cuppedias ciborum y traghmátia para hablar de las argutiae quaestionum. La comida se convierte en un referente básico del símil. No 9 " No nos hemos sumergido en los profundos y oscuros recovecos de tales problemas, simplemente hemos ofrecido ciertas primicias, como si fueran ofrendas de las artes liberales, aquellas cuyo desconocimiento por parte de un hombre formado como ciudadano no sólo le priva de cosas útiles, sino también resulta indecoroso". 10 Estamos ante una interesante construcción ciceroniana (petitum impetratumque -esseuolumus) que incorpora en lo que se refiere al léxico dos vetustos verbos muy ligados al proceso de petición de un deseo a los dioses: una cosa es solicitarlo (petere) y otra llevarlo a buen puerto (impetrare). De nuevo, lenguaje propio del ámbito religioso y augural que actúa como si del símil explícito se tratara cf. obstante, conviene recordar que, en cuanto al punto de partida común de la comida, aquí se trata de una aportación inmediata, y no de una provisión (penus) a largo plazo, como la que hemos comentado más arriba. Mientras en el primer caso se partía de la idea de provisión para referirse a la memoria, en este caso se parte de la idea de comida-bocado como objeto apetitoso para referirse a la curiosidad por saber mediante el planteamiento de problemas. En suma, la formulación del esquema metafórico de partida podría hacerse en estos términos: "La curiosidad es apetito de saber", y motiva el símil "Las cuestiones son como bocados". Como ofrendas de las artes liberales: quasi libamenta ingenuarum artium El símil de la erudición como una forma de ofrenda es un lugar común (Hornsby 1936, p. 54) que Gelio enriquece con nuevos aspectos: Se trata de un símil parejo al uso de otros términos propios del lenguaje sagrado: libamenta, al que, como en el caso de penus, se une un genitivo, en este caso ingenuarum artium, lo que le confiere una nueva dimensión designativa. A ello puede unirse el solemne uso de los verbos petere e impetrare 10: " Deseamos, además, que se ruegue y consiga de estos que tengan acaso tiempo y ganas de conocer esas pequeñas elucubraciones que no las desprecien como asuntos conocidos y vulgares si encuentran durante la lectura cosas que ya conocen ". 12 " Cuando Protágoras hizo lo que le pedía, Demócrito observó que aquel conjunto casi circular de leña estaba unido mediante un simple nudo inspirado en una razón casi geométrica, le preguntó quién había ordenado así la madera y como le contestara Protágoras que había sido él mismo, le rogó que lo desatara y volviera a ordenarlo de la misma manera ". Se trata de una metáfora encaminada a expresar la iniciación en asuntos sencillos. Esta condición de sencillez, de primicia, es una de las características con las que Gelio pretende caracterizar su miscelánea, como luego veremos, por oposición a las metáforas encaminadas a expresar la dificultad. El esquema metafórico de partida podría plantearse en los siguientes términos: "El aprendizaje es iniciación", que motiva el símil de "Los comentarios son como ofrendas". En este caso, conviene advertir que no estamos ante un mero símil, sino ante una metáfora compleja que ha contribuido decisivamente a la construcción del concepto de problema. La metáfora construye la idea de problema o cuestión a partir de la de nudo y, por ende, el acto de desatar el nudo se relaciona con la idea de solución. A este respecto, en Gelio es interesante el capítulo que relata aspectos de la vida de Protágoras, pues ofrece una interesante imagen de un nudo inspirado en una razón de carácter geométrico, de cuya naturaleza simbólica no podemos prescindir: 5. (Gell., V 3, 5) 12 La imagen del nudo como símil de un razonamiento o problema que hay que resolver configura una de las ideas más productivas de nuestro concepto de "problema" (García Jurado 2004): 14 " Tras la rendición de la ciudad, Alejandro hizo su entrada en el templo de Júpiter. Allí contempló el carro que, según se aseguraba, había transportado a Gordio, padre de Midas; carro que, en cuanto a su aspecto externo, verdaderamente no se diferenciaba de otros carros de menos valor y de uso común. Digno de ser notado era el yugo, amarrado como estaba con gran cantidad de nudos entrelazados entre sí y que no dejaban ver la trabazón. Al oír, de boca de los habitantes del lugar, que existía el vaticinio de un oráculo según el cual llegaría a ser dueño de Asia aquel que soltara aquel lazo inextricable, se apoderó del ánimo de Alejandro el deseo de dar cumplimiento al vaticinio. Rodeaban al rey una multitud no sólo de frigios sino también de macedonios, unos con el ánimo en vilo ante el resultado, los otros, preocupados por la temeraria osadía del rey, ya que la serie de ataduras era tan compacta que ni con la vista ni por cálculo se podía deducir dónde comenzaban los cabos ni por dónde se ocultaban. Alejandro, puesto manos a la obra, infundió en los suyos el temor de que, si el intento fracasaba, se volvería contra él la predicción del oráculo. Después de luchar en vano, durante mucho tiempo, con los inextricables nudos, dijo:'poco importa la manera de cómo sean desatados', y, cortando con su espada todas las correas, burló la predicción del oráculo o le dio así cumplimiento ". (trad. de Pejenaute Rubio) EMERITA (EM) LXXV 2, julio-diciembre 2007 pp. 279-298 ISSN 0013-6662 No se trata tanto de que los problemas se comparen con nudos, sino que se experimenten en calidad de tales. El nudo mismo puede simbolizar, por su parte, el planteamiento de un problema. A este respecto, el pasaje más significativo en la literatura latina es el texto de Quinto Curcio que nos refiere el conocido episodio del nudo Gordiano, con el que se encontró Alejandro Magno a su paso por Asia Menor: Esta noticia de la vida de Alejandro Magno adquiere una dimensión simbólica que guarda estrecha relación con el esquema metafórico que hemos estudiado previamente, dado que la importancia del nudo gordiano no sólo emana de su realidad física, sino de lo que representa como prueba-problema irresoluble. Por ello, si establecemos la analogía entre la realidad física del " Durante las fiestas saturnales en Atenas solíamos practicar cierto entretenimiento ingenioso y honesto de la siguiente manera: Cuando nos reuníamos unos cuantos compañeros de estudio para el baño, proponíamos esas cuestiones capciosas que se llaman sofismas, y cada uno por turno las echaba al centro como si se tratara de dados o teselas. El premio por resolver una de ellas o el castigo por no saber hacerlo era igualmente un sestercio ". ISSN 0013-6662 nudo y su trascendencia como motivo alegórico, el hecho de que Alejandro Magno busque la "solución" cortándolo nos lleva a un concepto drástico de "solución". De esta forma, observamos cómo el símil del nudo está encaminado al planteamiento de una cuestión o problema y su consiguiente solución. El esquema puede plantearse en los términos siguientes: "Los problemas son (se experimentan como) nudos". Como dados: captiones quasi talos aut tesserulas Los sofismas que se plantean en un simposio aparecen comparados con dados en esta descripción sobre las Saturnales en Atenas: 8. La analogía entre sofismas y dados (captiones... mente agitabamus easque quasi talos aut tesserulas in medium uice sua quisque iaciebamus) queda perfectamente reflejada incluso desde el punto de vista del paralelismo sintáctico: captiones agitabamus... quasi talos aut tesserulas iacebamus Es posible que la metáfora no esté desconectada de la propia etimología de la palabra problema, cuyo origen griego pone el término en relación con el verbo que designa el acto de lanzar. Como señalábamos al comienzo, la palabra "problema", en griego próblhma, proviene del verbo pro-bállein, que expresa la noción de "proponer o plantear" a partir de la idea espacial de "lanzar o echar", si bien en latín esta idea se expresa mediante el término quaestio, que traduce la idea de "búsqueda" o "inquisición". Si bien hemos planteado este símil de las cuestiones como dados desde el punto de vista del lenguaje figurado, es posible que haya una motivación "De esta forma, cada uno de nosotros iba allí con asuntos ya pensados y preparados para plantear problemas, y el comienzo de hablar ponía término a la comida. Sin embargo, no se planteaban asuntos graves ni serios, sino ciertos entimemas graciosos y pequeños que estimulaban el ánimo, ya inflamado por el vino, como éste que voy a exponer, verdadero ejemplo de entretenida sutileza. Se planteó el problema de cuándo se muere realmente al morir: si cuando ya se haya uno en la muerte como tal, o cuando todavía se está en la vida. O cuál es el momento preciso de levantarse, cuando ya se está de pie, o cuando aún se está sentado. Y el que aprende un oficio cuándo llega a ser un artesano, cuando ya lo es o cuando aún no lo es. Si contestas que una de las dos posibilidades, será una respuesta absurda y ridícula, pero mucho más absurdo parecerá si respondes que son las dos posibilidades o ninguna. Mas como algunos consideran todas estas cosas sutilezas vanas e inútiles, Tauro sale al paso diciendo:'no os atreváis a despreciar estos asuntos como si se tratara de un juego pueril'." Además de la comparación con bocados o postres que veíamos en el apartado 2.2., este pasaje muestra la interesante metáfora del planteamiento de las quaestiones en términos de juego, entretenimiento o subtilitas ludicra. Es importante hacer notar que esta metáfora de las indagaciones como juego no supone que haya que entenderlas en términos de un nugarum ludus, es decir, que sean una mera vagatela. Se trata, más bien, de ejercitaciones preparatorias (primitiae) para poder luego adentrarse en cuestiones más profundas, imagen a la que volveremos en el apartado 3.1. cuando consideremos las "Pues, aquellos que han recurrido a una doctrina variada, miscelánea y, por así decirlo,'confusánea', han puesto también por ello títulos rebuscadísimos, acordes con este parecer". Esta metáfora está, pues, encaminada a expresar tanto la idea de planteamiento de cuestiones como la de iniciación en el ejercicio de la reflexión filosófica. El esquema que la constituye se puede plantear en los términos siguientes: "El planteamiento de cuestiones es un juego", combinado con el otro esquema más general: "Las cuestiones son objetos", más concretamente "dados". A partir de ambos se obtiene el símil de los dados y el planteamiento de problemas: "Plantear problemas es como jugar a (echar) los dados". Por tanto, la comparación de las cuestiones con los dados se enmarca dentro de un esquema conceptual más complejo. La miscelánea como mezcla confusa y el saber como algo torrencial: símiles del desorden La valoración positiva o negativa se muestra como un factor importante a la hora de conceptualizar el hecho de la erudición. Hemos observado que los símiles también sirven para valorar distintas formas negativas de saber relacionadas con el desorden y la confusión. Miscelánea como mezcla confusa: quasi confusanea doctrina Se trata de un símil muy interesante, si bien Gelio lo aplica de manera irónica pensando en un tipo de erudición que es producto de una mezcla confusa de saberes: Hay que señalar aquí el cuidado que Gelio pone en el léxico, esta vez mediante la creación del neologismo confusanea. Lo que subyace es la idea de la mezcla de saberes que puede llevar a la confusión si no se contemplan ciertas contenciones. La metáfora de la mezcla es posible si se considera el saber como algo material. El símil, en definitiva, está encaminado a valorar de manera negativa la mezcla desmedida de información. El esquema que motiva el símil puede formularse en los términos de "El saber es una sustancia mezclable". "Se trata, por lo demás, de un defecto propio de una erudición tardía, que los griegos denominan 1⁄2yimaqía, de manera que aquello que antes no aprendiste e ignoraste durante mucho tiempo, una vez que comienzas en algún momento a saber de ello, estimas en mucho utilizarlo sin que venga a cuento ni dónde, ni cuándo ni cómo. Así ocurrió en Roma, estado yo presente, que un veterano y celebrado abogado, mas dotado de un saber reciente y como torrencial, al encontrarse hablando ante el prefecto de la ciudad con la intención de decirle que cierto individuo sin recursos vivía miserablemente, comiendo pan de salvado y bebiendo vino fétido, profirió esta frase:'este caballero romano come appluda (moyuelo) y bebe flocces (heces)'." El saber como algo torrencial: quasi tumultuaria doctrina La idea de un saber torrencial, es decir, que no ha seguido un adecuado período de aprendizaje (en contraste con la idea de la iniciación o primitiae) y asimilación, está muy cerca de la confusanea doctrina que hemos comentado antes y se remite a la esfera de las comparaciones de carácter negativo: Obsérvese también aquí la cuidada selección de términos: este tipo de sera eruditio se entiende como uitium. También se pone de manifiesto lo extemporáneo de ese saber acumulado en poco tiempo, y se termina comparando con algo torrencial o desordenado (tumulturarius). El símil implica una cuantificación, por lo que esta consideración negativa de la erudición parte de un esquema que puede formularse en los términos siguientes: "El saber es una sustancia acumulable". El saber como un lugar La idea del saber como lugar es complementaria de aquella que lo entiende como un objeto. En este caso, destacan los esquemas siguientes: 3.1. como lugar lejano, sinuoso, profundo y oscuro: metáforas de la dificultad 3.2. seguir las huellas: símil de la iniciación La propia idea de dificultad que expresa el adjetivo difficilis (dis-facilis) proviene de un proceso semántico complejo. El preverbio dis-, referido primeramente a la idea espacial de "divergencia" (frente a la idea de "convergencia" expresada por com-) ha desplazado su valor sémico-espacial originario a fin de expresar la negación de aquello que modifica: facilis frente a difficilis. Desde el punto de vista de la gramática cognitiva, habríamos pasado de un significado basado en una situación externa (el preverbio latino disexpresa la idea espacial de "divergencia", de igual forma que el preverbio praeexpresa la posición "por delante, anterior") a una situación interna (el preverbio disexpresa la expresión de la negación, al igual que praepasa a expresar la prioridad o preferencia). 20 "Dado que en los comentarios presentes podrán encontrarse algunas cuestiones minuciosas y que suscitan inquietudes científicas, como las que son propias de la gramática, la dialéctica o incluso la geometría, y como también habrá unas cuantas cosas más especializadas acerca del derecho de los augures y pontífices, no conviene alejarse de ellas por pensar que son inútiles de conocer o difíciles de aprender". Desarrollamos ahora cada uno de los recursos: Como lugar lejano, sinuoso, profundo y oscuro: metáforas de la dificultad A las valoraciones negativas de la confusión y la acumulación desmedida (2.6.) debemos añadir ahora la metáfora de la dificultad 19, expresada, en principio, de dos maneras diferentes: la lejanía y la profundidad. La primera idea espacial, la de la lejanía (remotiora), está, además, apoyada por el verbo defugere, que subraya ese alejamiento: 21 "No nos hemos sumergido en los profundos y oscuros recovecos de tales problemas, simplemente hemos ofrecido ciertas primicias, como si fueran ofrendas de las artes liberales, aquellas cuyo desconocimiento por parte de un hombre formado como ciudadano no sólo le priva de cosas útiles, sino también resulta indecoroso". El uso de altos nimis et obscuros in his rebus quaestionum sinus representa gráficamente, desde criterios espaciales y visuales, la dificultad del saber, que en otro lugar (Gell., XIV 2, 13) nos presenta como sinuosae quaestionis, o "problemas llenos de sinuosidades" o "recovecos". No pretende Gelio penetrar hasta los últimos vericuetos de los problemas (sinus quaestionum), pero sí quiere que sea un ejercicio provechoso para el intelecto que pueda dar lugar a profundas reflexiones. Debe observarse, además, la precisa adjetivación: altos nimis et obscuros, donde se combinan dos aspectos bien distintos: el espacio vertical (altos) y el visual (obscuros) 22. Estamos, pues, ante una caracterización muy icónica de una entidad intangible, las quaestiones o problÉmata, de la que cabe hacer una formulación en los términos siguientes: remotiora defugere "alejarse de las cuestiones lejanas (difíciles)": "La dificultad es lejanía" quaestionum sinus "recovecos de los problemas": "Los problemas son lugares (sinuosos)" altos nimis "demasiado profundos": "La dificultad es profundidad" et obscuros "y oscuros": "La dificultad es oscuridad" Esta amalgama de metáforas incide, básicamente, en la idea de dificultad, frente a la idea de iniciación (cf. 2.3. y 3.2.) y sencillez con la que Gelio quiere caracterizar sus enseñanzas. Asimismo, la metáfora de la oscuridad nos lleva directamente, por contraposición, a la de la luz, como vamos a ver en el apartado 4. "En cuanto a aquello que parezca poco claro o menos abundante y documentado, rogamos que no consideren que se han escrito tanto para enseñar como para recordar, que conformándose con las pistas de tales vestigios luego las sigan, si les place, en los libros o los maestros que encuentren". 24 "Y dado que comenzamos a disfrutar con la reunión de estos comentarios durante las largas noches invernales en la campiña ática, como ya dije antes, por ello les pusimos simplemente el título de Noches áticas (...)". La imagen del conocimiento como camino se adscribe a la utilización de la productiva idea de camino para conceptuar distintos ámbitos, como la vida o el amor. Gelio, una vez más, crea un interesante sintagma: demonstratio uestigiorum, que mediante la idea de mostrar las huellas indica, ante todo, la guía y la sugerencia para todos aquellos que deseen proseguir ampliando conocimientos. El símil está motivado por el siguiente esquema metafórico: "El saber es un camino". El saber es luz: Noctes Atticae Hemos revisado hasta aquí diversos símiles y metáforas que representan la erudición en términos tangibles y espaciales. Sin embargo, de todas las posibles metáforas que se emplean para la erudición la más importante es aquella que la concibe en términos de luz, y que puede rastrearse, si bien no de manera explícita, en el propio título de la obra: Noctes Atticae. Se trata de un título, en principio, sorprendente, dado que no atiende al contenido, sino a la circunstancia de la composición (Vardi 1993): El título es resultado de un complejo proceso conceptual explicable, en Para el estudio de la evolución semántica y literaria de la lucubratio resulta imprescindible el magnífico trabajo de Ker (2004, p. 26 "De todas formas, lo mejor será que aquellos que jamás han disfrutado ni se han ocupado en leer, curiosear, escribir y comentar, los que no han pasado vigilia alguna dedicados al estudio ni se han pulido en certámenes ni discusiones con aquellos que son émulos de las Musas, que éstos que no hacen más que trabajar a todas horas se aparten bien lejos de mis Noches y busquen para sí otros deleites bien distintos. Hay un viejo adagio que dice que la flauta no es para el grajo ni la mejorana para el cerdo". principio, mediante una sinécdoque de la acción expresada por el término lucubratio. Este término indica el trabajo a la luz del candil durante la noche, y se relaciona con la idea de luz en la oscuridad, como nos muestra Plinio, por ejemplo, en la expresión obcuris lucem dare (Plin., Nat. praef. A partir de aquí, la luz adquiere un carácter trascendente que va más allá de la mera ayuda para la escritura y la lectura y se convierte en parte fundamental de una de las metáforas más productivas que han configurado la idea del saber: "El saber es luz". En este contexto hay que entender noctes como parte de la lucubratio (Ker 2004), que es el trabajo intelectual a la luz del candil, llevado a cabo de noche: lucubrum es "lámpara", y de ahí toma su nombre la actividad nocturna (lucubratio). De esta forma, noctes o uigiliae no son otra cosa que términos cercanos, motivados por una sinécdoque del contenido total, expresado por lucubratio. 25 Asimismo, queda un proceso más, esta vez de carácter metonímico, por el que, al igual que lucubratio puede pasar a denominar por extensión el producto del esfuerzo nocturno, también noctes o uigiliae pasan a referirse a la obra final. Este uso de noctes con el sentido de la obra completa es el que vemos en el texto que sigue: 15. De esta forma, la metáfora enunciable en los términos de "El saber es luz", que motiva el uso del término lucubratio como actividad intelectual a la luz del candil, permite que términos como uigiliae y noctes, que indican la 296 FRANCISCO GARCÍA JURADO EMERITA (EM) LXXV 2, julio-diciembre 2007 pp. 279-298 ISSN 0013-6662 circunstancia de esa actividad, se conviertan, mediante la sinécdoque y la metonimia, en términos válidos para referirse a la obra miscelánea: SINÉCDOQUE: "noctes" (circunstancia) tomado por el todo: "estudio a la luz del candil" (elucubratio) METONIMIA: de "la actividad erudita" (noctes) se pasa a designar el "producto de la erudición" (opus) Hay que destacar, en conclusión, la rica complejidad que presenta la idea de erudición tal y como puede encontrarse en una de las obras que más ha ensalzado su práctica, las Noches áticas de Gelio. Asimismo, la riqueza de símiles viene motivada por una serie de metáforas que van más allá de la expresión, en particular aquella que entiende los asuntos de la erudición como objetos, la erudición misma como juego, o el aprendizaje como un espacio mental. Al mismo tiempo, merece un lugar aparte la consideración metafórica de la erudición como luz. El esquema siguiente intenta resumir todo lo que hemos expuesto hasta aquí: En definitiva, nuestro estudio no da cuenta de una mera enumeración de símiles, sino que pretende ofrecer un conjunto organizado que presenta, por lo demás, una idea articulada y compleja de la erudición. Los diferentes recursos conceptuales y expresivos para hablar de la erudición inciden en aspectos diversos como la memoria, la curiosidad, el aprendizaje, la naturaleza lúdica de la cuestiones, el carácter acumulable y cuantificable del saber, o la dificultad de la propia comprensión entendida desde criterios espaciales. La sinécdoque y la metonimia se conjugan, finalmente, para dar lugar al título de la obra, motivado por la metáfora que entiende el saber como luz.
Agradecemos sinceramente al Prof. Dr. Hans-Joachim Gehrke las sugerencias que han servido para mejorar nuestro trabajo. 1 En este sentido, sólo tenemos que recordar que los primeros capítulos del libro I se encuentran dedicados a los numerosos secuestros de mujeres protagonizados por griegos y bárbaros como antecedentes míticos del gran enfrentamiento entre griegos y persas a comienzos del siglo V a.C. 2 Para asombro de lectores antiguos y modernos, la Historia de Heródoto contiene un amplio número de referencias a mujeres, hasta el punto de tratarse de una de las obras que, en la Antigüedad clásica, las mencionó con mayor profusión 1. En su obra, las mujeres no sólo cumplen su función tradicional como amas de casa 2 y madres de personajes relevantes, sino que también gozan de un papel activo dentro de sus respectivas culturas, apareciendo a menudo como contrapeso a la actuación pública o privada de sus esposos, buscando con ello obtener unas relaciones sociales equilibradas, siempre y cuando esto fuera posible dentro de la mentalidad helénica 3. En general, se puede afirmar que Heródoto no reflejó dentro de su obra un estereotipo femenino (teniendo en cuenta, por supuesto, los estrechos límites impuestos a las mujeres en la sociedad y en la mentalidad griegas), sino que dotó de una personalidad más o menos definida a muchas de las mujeres que transcurren por las páginas de su obra 4. En realidad, esta escasez de estereotipos o de ideas preconcebidas 5 se trata de una característica propia del método investigador del de Halicarnaso, que puede hallarse, por ejemplo, en sus numerosas descripciones etnográficas. Las mujeres por él mencionadas pertenecieron a los más diversos estratos de la sociedad: reinas, princesas, concubinas, sacerdotisas, esposas fieles o prostitutas jalonan sus páginas dentro de unos relatos o logoi que contienen materiales de procedencia diversa: mitos, leyendas, relatos etiológicos, tradiciones orales mantenidas por diversas familias o simples habladurías, todos ellos conocidos por nuestro autor y, en numerosas ocasiones, reelaborados según sus intenciones narrativas. Dentro de ese variado elenco de representantes del género femenino, destaca con luz propia un grupo de mujeres caracterizadas con una personalidad extremadamente cruel o vengativa, en consonancia con algunos personajes arquetípicos del mundo de la tragedia ateniense que él conoció de primera 6 Algunos buenos ejemplos han sido recogidos por W.V. Harris, "The rage of women", en S. Braund y G.W. Most, Ancient Anger. 7 Como señaló E. Hall, Inventing the Barbarian. 8 Su nombre significa "Neith es excelente" y fue bastante habitual en la Época Tardía. Por otro lado, en el Canon de Turín aparece cierta Nitokerti reinando a finales de la 6 a dinastía, mientras que Manetón mencionó en su lista una Nitocris en esa misma época, quien mandó construir la tercera pirámide (el sacerdote egipcio confundió la tradición referente a Nitocris con la leyenda de la cortesana Rodopis, que se contiene en Hdt. La cifra puede referirse al total de reyes egipcios existentes entre Min y Shabataka, uno de los faraones etíopes de la 25 a dinastía. Es patente su semejanza al número de 329 soberanos que ofreció Manetón para el mismo período. Curiosamente, muchos de los ejemplos que vamos a exponer en el presente trabajo son de mujeres de origen bárbaro que, además, se encuentran en una posición de preeminencia dentro de sus respectivas sociedades 7. ¿Tiene algún significado la coincidencia de los tres elementos: feminidad, no pertenencia al mundo griego y poder político o se trata simplemente de eso, de una combinación al azar? En primer lugar, expondremos los personajes y, al final, intentaremos ofrecer una explicación a nuestra pregunta. Podríamos empezar precisamente por la escala más alta de la sociedad: se nos dice que Nitocris 8 fue la única mujer que reinó en Egipto de un total de 330 monarcas 9 y sucedió en el trono a un hermano suyo que había sido asesinado. Al llegar a este punto, no aclara el autor ni los móviles del crimen ni quiénes fueron los responsables del mismo; tan sólo habla de "los egipcios" (A±gúptioi). La estratagema ideada por Nitocris para no dejar impune semejante delito consistió en la construcción de una amplia cámara subterránea. A continuación invitó al banquete de inauguración que se celebró en la misma a aquellos egipcios que ella sabía eran responsables de la muerte de su hermano y sobre quienes arrojó el agua del Nilo canalizada a través de un gran conducto secreto. Heródoto finalizó este breve relato sobre Nitocris señalando que sus informantes -es decir, algún sacerdote egipcio -le indicaron que, cumplida su A.B. Lloyd, Herodotus. 11 Hubo varias versiones posteriores de la leyenda de Nitocris, como la de Manetón, F.Gr.Hist. I, 185-187, atribuyó numerosas obras hidráulicas y defensivas puestas en marcha realmente por Nabucodonosor II, acaso el más importante monarca neobabilónico. Según nuestro autor, la intención de esta reina fue la de impedir un ataque medo desde el Norte abriendo numerosos canales en el Éufrates y variando su curso, lo que produjo la creación de numerosos meandros. En su relato, Heródoto destacó la que consideraba la mayor obra de esta Nitocris: la realización de un enorme lago artificial en disposición paralela al río. 26 venganza, la reina se arrojó a un habitáculo lleno de brasas para evitar las represalias sobre su persona. Independientemente de los aspectos folclóricos presentes en la narracióncomo el tema de la fête fatale 10 -de un texto que tuvo bastante fama en la Antigüedad 11, no pasa desapercibido el papel que juega la actividad hidráulica en el contexto del relato. La Nitocris egipcia, al igual que su homónima babilónica 12, lleva a cabo una considerable obra pública relacionada, en primer lugar, con una excavación que luego es colmada de agua. Al mismo tiempo, existe una contradicción entre ambas actuaciones: si en Babilonia la construcción del lago artificial reporta un beneficio a todos los habitantes de la ciudad, que se encuentran mejor protegidos ante una posible invasión de los medos; en Egipto, la obra responde a una venganza premeditada de carácter, por supuesto, personal. En definitiva, nos encontramos ante un buen ejemplo del quehacer literario de Heródoto, al poner en escena dos pasajes bastante alejados y en contextos diferenciados que, en principio, presentan ciertos paralelismos, pero que tienen unas consecuencias radicalmente diferentes. El tema de la venganza se encuentra asimismo presente en el retrato de Tomiris 13, la soberana de los maságetas, un pueblo bárbaro que habitaba las llanuras el este y nordeste del mar Caspio, a la que Ciro quiso desposar para apropiarse de su reino 14. La personalidad de esta mujer es rápidamente esbo-CRUELDAD Y VIOLENCIA EN LOS PERSONAJES FEMENINOS DE HERÓDOTO 303 15 Hdt. 109, se trata de una "noble salvaje" que dirige la campaña militar de una forma "homéricamente irreprochable". 16 La moderación que Tomiris muestra al principio del relato se convierte en una cruel venganza al final del mismo. Por otra parte, otra reina-guerrera que goza de cierto protagonismo -e incluso de la simpatía de Heródoto en VII, 99-durante la batalla de Salamina, Artemisia de Halicarnaso, no presenta ninguna característica vengativa o cruel; al tratarse de una reina vasalla de Jerjes, lucha a favor de los persas mostrando un coraje "masculino" ajndrhivh-, en contraposición a los persas y fenicios que huyeron de la batalla. 17 El mismo ardid fue citado, aunque con algunas variantes, por Iust. Véase el interesante comentario al respecto de J.S. Romm, Herodotus, Hdt. Al tratarse de un pueblo nómada de las estepas, su bebida natural era la leche obtenida de sus rebaños, al igual que les ocurría a los escitas, los pioneros en el consumo del vino sin mezclar. 968, señalan que Ciro repitió en esta ocasión la misma estratagema que Odiseo había empleado contra Polifemo. 20 Dicho nombre debía de ser bastante común entre la realeza de los pueblos iranios y escitas, ya que en Hdt. IV, 76 y IV, 78 son mencionados sendos Espargapites, el primero de ellos fue un rey escita, bisabuelo del sabio Anacarsis, mientras que el segundo lo fue de los agatirsos, un pueblo vecino de los escitas. Tomiris es presentada como una reina valerosa que se permite aconsejarle al "Gran Rey" que abandone sus proyectos bélicos 16 y que se dedique a gobernar a sus súbditos; como era consciente de que Ciro iba a seguir adelante con sus planes, ella se presentó dispuesta a combatir, tanto en su país como en la propia Persia. Acto seguido, Ciro convocó una reunión de los persas principales y decidió seguir el consejo de Creso para invadir el país de los maságetas, lo cual incluía una estratagema consistente en dejar en el campamento las peores tropas preparando un banquete que incluía grandes cantidades de vino puro como bebida 17. Por supuesto, Creso pensaba que los bárbaros maságetas desconocían este lujo, un producto consumido por las sociedades más sofisticadas del momento 18. La estratagema de Creso resultó ser todo un éxito: los maságetas se hartaron de comer y beber después de asaltar fácilmente el campamento persa y el grueso de las tropas de Ciro acabó con muchos de ellos y apresó a los demás 19. Entre estos últimos se encontraba Espargapises 20, el hijo de Tomiris, quien se suicidó cuando se encontró sobrio y comprendió lo que había suce-Se recoge en Hdt. I, 212 y, al igual que ocurrió con la anterior misiva, fue totalmente inventado por Heródoto. La misma contienda fue asimismo mencionada por Frontin., Str. El autor indicó que, de entre todas las versiones de la muerte de Ciro, ésta le parecía la más probable. En cambio, Ctesias de Cnido recogió otra muy diferente en F.Gr.Hist. 688 F 6; concretamente, escribió que el fundador del Imperio Aqueménida pereció como consecuencia de una herida recibida en la campaña contra los derbices. Por su parte, el Ciro de Jenofonte en Cyr. VIII, 7, falleció en la cama rodeado de sus familiares y amigos. En fin, unas décadas después, Onesícrito de Astipalea señaló en F.Gr.Hist. 134 F 36 que el motivo de su muerte fue la tristeza, después de haber comprobado a los cien años de edad que todos sus amigos habían sucumbido a manos de su hijo Cambises, quien, por su parte, se defendía afirmando que se había limitado a cumplir sus órdenes. II, 44, 2, recogió una variante de la tradición seguida por Heródoto según la cual Ciro habría sido crucificado por una reina de los escitas. 24 Este tipo de "contrapartida trágica" es un castigo muy característico dentro del mito griego y Heródoto lo aplicó con profusión dentro de su narrativa como, por ejemplo, en IV, 2, con los esclavos cegados por los escitas. A propósito de Ciro y Tomiris véanse asimismo los comentarios de H.R. Immerwahr, Form and Thought, pp. 166-167 y de M. Rosellini y S. Saïd, "Usages de femmes", p. El siguiente mensaje de Tomiris a Ciro, emitido cuando su hijo aún no había acabado con su vida, fue mucho más contundente que el primero 21: los persas se habían valido de un truco burdo para vencer a los suyos evitando un combate directo (propio, por tanto, de los pueblos primitivos, pero no por eso menos valerosos); no obstante, ella le concedía una segunda oportunidad en caso de que el "Gran Rey" le devolviese a su hijo, en caso negativo, le prometía saciarlo de sangre. Al volverse imposible el cumplimiento de esta condición y puesto que Ciro no se retiraba a Persia, la batalla resultó inevitable. Según Heródoto, se trató de la más reñida de todas cuantas hubo entre bárbaros 22 y culminó con el aniquilamiento del ejército persa y con la muerte del propio Ciro. En cumplimiento de su promesa, Tomiris llenó de sangre humana un odre e introdujo en el mismo la cabeza de su enemigo 23, llevando a cabo de esta manera una contrapartida irónica a la "invitación" realizada por Ciro a los maságetas a beber vino 24. Otra reina, en este caso, consorte, que juega un importante papel al co-Hdt. Sobre la enorme producción científica acerca del logos lidio en general y de este cuento en particular, C. Talamo, "Erodoto e le tradizioni sul regno di Lidia", Storia della Storiografia, 7, 1985, pp. 150-163. Además, es interesante consultar los análisis de A. Heuss, "Motive von Herodots lydischem Logos", Gesammelte Schriften in 3 Bänden I, Stuttgart, 1995, pp. 68-102 (= Hermes, 101, 1973, pp. 385-419) y de E. Wolff, "Das Weib des Masistes", Hermes, 92, 1964, pp. 51-81, quien puso de manifiesto que Heródoto enmarcó su gran tema de investigación (el conflicto entre Grecia y Persia) entre dos historias paralelas: la de Giges y la de los amores de Jerjes con su cuñada y su sobrina. 26 Incluso la verdadera onomástica del rey destronado por Giges era Mirsilo, no Candaules, que era el nombre de una divinidad meonia a la que se sacrificaban perros y que los griegos tendieron a identificar con Hermes o Heracles. Por otro lado, en las demás fuentes que tratan esta historia, el nombre de la reina varía desde Nisia y Clitia hasta Abro y Toudo. Véase, por ejemplo, Nicolás de Damasco, F. Gr.Hist. Por otro lado, como bien señaló J.S. Romm, Herodotus, p. 120, este relato proporciona dentro de la obra de Heródoto un importante precedente a la catastrófica caída de Creso. Un análisis diferente, pero con algunas ideas interesantes es el de A. Tourraix, "La femme et le pouvoir", pp. 369-371. 29 De todas maneras, en Grecia era relativamente frecuente observar jóvenes varones desnudos en las competiciones deportivas y en los coros. La desnudez femenina era menos habitual y, por supuesto, afrentar a una mujer como ocurre en el pasaje de Heródoto no era concebible en ninguna polis. I, 94, se dice que los lidios tenían la costumbre de obligar a prostituirse a sus propias hijas. Amestris lo descubriría, pero, al haber realizado un juramento, no tuvo más remedio que acceder a la petición de su amante. Como cabría esperar, la esposa de Jerjes supo al poco que Artaínta llevaba el manto pero, de manera extraña dentro de la lógica interna del relato, en vez de concebir una venganza contra la joven, dirigió su rencor a su madre, pensando que había sido la instigadora del asunto. El escenario elegido para dar rienda suelta a sus planes fue el del banquete ofrecido por el "Gran Rey" para celebrar su cumpleaños 34, con ocasión del cual se distribuían regalos a los persas más destacados. Por supuesto, el regalo solicitado por Amestris consistió en la mujer de Masistes; al igual que había sucedido en la ocasión anterior, Jerjes mostró su oposición, pero, asimismo, acabó aceptando pesaroso la petición de su esposa, ya que tenía que atenerse a dicha costumbre. Temiendo la venganza de Amestris, convocó en un aparte a su hermano Masistes para solicitarle que renunciase a su esposa y se casase en su lugar con una hija suya. Masistes rechazó los planes de Jerjes y se marchó airado de la sala. Mientras tanto, Amestris comenzaba a llevar a cabo su venganza en la persona de la mujer de Masistes mutilando sus pechos -que luego mandó arrojar a los perros-, su nariz, orejas, labios y lengua 35; a continuación, la mandó a su casa, donde la contempló Masistes, quien tramó un complot que consistió en dirigirse a Bactria, su satrapía, en compañía de sus hijos y de algunos partidarios para sublevar la provincia contra Jerjes. Éste, avisado de los planes de su hermano, envió tropas para asesinarlo durante el camino junto con sus hijos y quienes lo apoyaban, sin que sepamos más sobre la suerte de la esposa de Masistes ni siquiera si Artaínta se encontraba entre los sublevados. En realidad, la crueldad de Amestris había aparecido en un pasaje anterior 36, con ocasión de una noticia que había escuchado Heródoto sobre ella y que consistía en que, durante su vejez, la esposa de Jerjes ordenó enterrar vivos a siete parejas de muchachos persas pertenecientes a distinguidas familias a modo de agradecimiento a la divinidad subterránea 37 por su larga vida. Aunque conocemos algún otro caso, por ejemplo, el de los doce persas de alta alcurnia enterrados vivos y cabeza abajo por orden de Cambises en Hdt. 39 Ambas eran reinas consortes y habían sido traicionadas por sus respectivos maridos. De todas maneras, en el caso de la mujer de Candaules, no se había producido ninguna infidelidad, ya que el marido tan sólo la había expuesto desnuda a la mirada de un extraño, si bien para las mujeres "bárbaras" dicho acto consistía en un grave ultraje. 41 Como puso de manifiesto K.H. Waters, Herodotos on Tyrants and Despots. 84, quien, por En este pasaje ya indicaba nuestro autor la característica fundamental que iba a otorgar a la personalidad literaria de Amestris. No podemos afirmar con rotundidad que el sacrificio humano fuese una costumbre relativamente habitual entre los persas 38, pero, de lo que no caber dudar es que espantaba a los griegos cuando unos inocentes eran sacrificados. Asimismo, el castigo infligido a la mujer de Masistes era excesivo y además injustificable, puesto que ella tan sólo había sido el objeto de deseo de Jerjes, quien al final cometió el adulterio con Artaínta, sin que sepamos nada acerca del posible papel jugado por ella dentro de esta relación extramatrimonial. Por otro lado, se puede admitir que existen ciertos paralelismos entre la historia de la mujer de Candaules y la de Amestris 39, aunque parece más claro que Heródoto nos presentó en esta ocasión a un Jerjes de personalidad voluble 40, encaprichado primero de su cuñada y, a continuación, de su sobrina y nuera, todo ello, una vez más, dentro de un ambiente típicamente "oriental", con sus intrigas de harén, entreveradas con los amores prohibidos e incluso una reacción sádica 41. La venganza ideada por ambas mujeres es, además, de distinta intensidad, puesto que la de Candaules plantea la disyuntiva de o bien acabar con la vida del hombre que la ha contemplado ilícitamente, o bien asesinar a quien la ha mostrado desnuda. En cambio, Amestris no busca en ningún momento matar a Jerjes, el verdadero culpable de la relación extramatrimonial, sino que busca vengarse en la persona de la madre de la amante, de una forma un tanto incomprensible si pensamos que su intención es la de vengar la infidelidad de su esposo. En caso de que admitiésemos que el relato herodoteo consiste en la versión final -muy deformada a través de la tradición oral y de las inevitables adaptaciones realizadas por nuestro autor para divulgarla por el mundo griego-de la narración de la rebelión protagonizada por el hermano de Jerjes a la que se superpuso el tema No es necesario señalar -siempre irónicamente-que la fuente empleada por el autor para redactar este pasaje presenta graves problemas de identificación. Por supuesto, Heródoto no esperaba que su audiencia considerase verídica esta escena. 25, se preguntó si la fuente de información acerca de este relato pudo haber sido la propia familia de Democedes, a cuyos descendientes habría conocido Heródoto en la Magna Grecia; en cuanto a la accesibilidad que tendría un médico griego a la familia real persa, es bien sabido que Ctesias de Cnido basó sus Persiká en informaciones recabadas en ambientes palaciegos. Otra mujer perteneciente a la realeza cuya actuación personal, según nuestro autor, produjo importantes consecuencias históricas fue Atosa, hija de Ciro el Grande, hermana y esposa de Cambises, a la muerte de éste, esposa del "falso Esmerdis" y, por último, de Darío 43. A los comentaristas de la obra herodotea no ha dejado de sorprenderles el interés que el de Halicarnaso mostró por diversas cuestiones relacionadas con el mundo natural y la medicina; en este sentido, Heródoto dejó testimonio del tumor de mama que afectó a Atosa y que fue convenientemente tratado por el especialista Democedes de Crotona 44. A cambio de su curación, Democedes le pidió que hablara en su favor a Darío para que él pudiese regresar a su ciudad y Atosa, mientras estaba acostada con el "Gran Rey" 45, supo convencerlo astutamente (apelando incluso a su virilidad 46 ) para que enviase por vez primera una misión exploratoria a Grecia con el caprichoso pretexto de que ella quería tener esclavas griegas. Este relato, nuevamente novelesco e insertado dentro del "cuento" del médico Democedes 47, habla de la posición e influencia de que gozaba Atosa en la corte aqueménida, hasta el punto de que en la Historia es la persona que dio origen, en último término, a las Guerras Médicas. La naturaleza etiológica de este pasaje resulta del todo clara: de las primeras palabras que le dirige Atosa a Darío 48 se desprende una reflexión política acerca de las actividades emprendidas por el gobernante y por su pueblo que un siglo más tarde sería retomada por Aristóteles 49. De entre todas las reinas sobre las que escribió Heródoto fue seguramente Feretima la retratada con una personalidad donde la crueldad e incluso la brutalidad se presentaron de una manera patente; por supuesto, el autor dejó claro que su caracterización psicológica estaba estrechamente vinculada a una masculinidad por supuesto impropia y ajena a la naturaleza femenina. Esta mujer, en concreto, había sido la esposa de Bato III de Cirene, apodado "el cojo" y el hijo de ambos fue Arcesilao III, quien reinó en dicha ciudad africana aproximadamente entre los años 530 y 510 a.C 50 Las reformas fueron enumeradas en Hdt. I, 161, donde se dice que Demonacte fue llamado a instancias de un oráculo emitido en Delfos. Dichos cambios fueron, a tenor de lo señalado por el texto, de carácter democrático, limitando considerablemente el poder real e incluyeron la organización de la población de Cirene en tres tribus. Es muy posible que ambas ciudades hubiesen tenido una importante relación con Cirene y por eso las eligieron Arcesilao y Feretima; además, el hecho de que los dos no se hubiesen exiliado en la misma ciudad indica un intento de alianza militar con ambas. participaba en las sesiones del consejo. El mismo castigo con el que comenzó Amestris el suplicio de la esposa de Masistes. Nos resulta imposible averiguar si Feretima lo aplicó sabiendo que era una pena inequívocamente persa o si se trata de una macabra coincidencia. 60 Su cuerpo se vio invadido por gusanos. La venganza divina frente a los excesos cometidos por los hombres es una constante moral dentro de la obra de Heródoto. Por su parte, W. Aly, Volksmärchen, p. 135, comparó la horrible muerte padecida por Feretima a causa de su crueldad con la de Herodes el Grande, descrita por Josefo, Ant. XVII, 6, 5 y en los Hechos de los Apóstoles XII, 23. 62 Se trata, por supuesto, de un relato de carácter etiológico, muy del gusto de nuestro autor. Sobre las imágenes de amazonas representadas como tracias o escitas en el arte griego, H.A. Shapiro, "Amazons, Thracians and Scythians", GRBS, 24, 1983, pp. 105-114. Arcesilao terminó siendo asesinado en Barca y Feretima volvió a exiliarse, esta vez en Egipto, ya controlado por Cambises. Los persas pusieron a disposición de Feretima todas las tropas con que contaban en el país del Nilo 56. Una vez que entraron en la ciudad de Barca, entregaron a la reina a aquellos implicados en el asesinato de Arcesilao 57. Feretima los hizo empalar alrededor de la muralla 58, mientras que hizo cortar los pechos a sus mujeres 59 para colocarlos igualmente en torno al muro, un castigo considerado desde el punto de vista griego "bárbaro" y brutal. Finalmente, Heródoto achacó el motivo de la penosa muerte de Feretima 60 a la venganza divina, ya que, según advirtió, las venganzas demasiado crueles de los hombres resultan odiosas a los dioses 61. Las amazonas que aparecen mencionadas en la Historia también presentan ciertos rasgos de crueldad, si bien ésa no fue la principal característica con que las reflejó el de Halicarnaso. En realidad, la presencia de las amazonas dentro de su obra responde al hecho de que él las convirtió en las antepasadas míticas de los belicosos saurómatas de su época 62. Para dar fe de ello, se remontó a la contienda que 63 No obstante, Heródoto no mencionó sus nombres, ni el de Teseo, quien, según el mito, había participado en este trabajo de Heracles, porque poco después afirmó que las amazonas prisioneras se liberaron y mataron a quienes las habían vencido. Evidentemente, Heródoto no podía permitir que Heracles y, menos aún, Teseo -un héroe estrechamente vinculado a Atenas, la ciudad que venció a las amazonas-fuesen derrotados en esta versión de los hechos. 64 Situado en Capadocia, junto al cual se localizaban legendariamente las amazonas. Todo este episodio se contiene en Hdt. 66 O, según C. Dewald, "Women and culture", p. 100, "estructurada como una comedia" en la que ambos sexos aprenden a vivir en común partiendo de una situación de origen absolutamente dispar. Por otro lado, F.S. Brown y W.B. Tyrrell, "šktilÓsanto: A Reading of Herodotus' Amazons", CJ, 80, 1985, pp. 297-302, ofrecieron una interpretación antropológica en clave de "ritos de pasaje", lo cual no era seguramente lo más adecuado para explicar todo el relato. enfrentó a Heracles con Hipólita 63, la reina de las amazonas, en una batalla librada junto al río Termodonte 64. Tras obtener la victoria, los griegos se hicieron a la mar llevándose prisioneras a numerosas amazonas. Sin embargo, en alta mar, las mujeres se rebelaron contra sus captores -hombres, por supuesto-y los arrojaron por la borda; a pesar de ello, no sabían pilotar las barcos -eran bárbaras, por tanto, desconocían los adelantos técnicos-y no tuvieron más remedio que dejarse llevar por el viento y las olas hasta arribar a Cremnos, en la costa del mar de Azov. La actividad desarrollada por las amazonas después de desembarcar consistió en saquear las posesiones de los escitas 65. Éstos quedaron extrañados ante el comportamiento y la apariencia de sus agresores, a quienes tomaron por adolescentes, ya que no tenían barba. Únicamente comprendieron que eran mujeres cuando lucharon contra ellas y observaron a las que habían caído en combate. A partir de ese momento, la estrategia seguida por los escitas no pudo ser más novelesca 66, ya que decidieron enviar a sus soldados más jóvenes cerca del campamento de las amazonas al objeto de seducirlas y engendrar hijos con ellas, posiblemente en espera de que éstos se convirtieran en grandes guerreros 67. Ambas comunidades, que tenían un número similar de miembros, se encontraban cada vez más cercanas, hasta que un día un escita se abalanzó sobre una amazona que se encontraba sola y ésta no lo rechazó. Como no hablaban el mismo idioma, la mujer le indicó por gestos que al día siguiente El comentario al respecto de W.W. How y J. Wells, A Commentary on Herodotus I, Oxford, 1975 8, p. 341, resulta políticamente incorrecto. 69 Como señalaron J. Carlier-Détienne, "Les amazones", p. 20 y, en especial, W.B. Tyrrell, Amazons, pp. 41-43, 77, en este pasaje se aprecia una inversión de las normas patriarcales griegas: los escitas de este relato, al igual que ocurría con las mujeres griegas, contraen matrimonio muy jóvenes; ellos aportan aquí la dote; en Grecia, eran las mujeres quienes se dirigían al domicilio de su esposo, mientras que en la presente historia las amazonas eligen el sitio donde van a asentarse con los escitas para que ellas precisamente sigan llevando a la práctica sus peculiares costumbres. En un sentido similar se manifestaron M. Rosellini y S. Saïd, "Usages de femmes", pp. 998-1003. acudiese al mismo lugar y que llevase a un compañero, dándole a entender que ella traería a otra amazona. Al final, todos acabaron emparejados, incluso llegaron a unir ambos campamentos y las amazonas terminaron hablando la lengua escítica 68. Lo primero que les dijeron los escitas es que ellos tenían padres y propiedadescomo símbolos de su "civilización", en contraposición a las amazonas, que no conocían a sus padres y tampoco tenían propiedades estables-y no estaban dispuestos a continuar el género de vida que llevaban -es decir, la caza y el pillaje, actividades propias de las míticas amazonas-, de modo que les propusieron residir entre los suyos convirtiéndolas en sus esposas. Las amazonas, fieles a su naturaleza "bárbara" y antisocial, les respondieron que ellas eran incapaces de convivir con las mujeres escitas puesto que no tenían las mismas costumbres. A continuación, enumeraron las propias de las amazonas: manejar el arco, lanzar venablos y montar a caballo. En cambio, las escitas realizaban las tareas consideradas propias de mujeres dentro de sus carros, debido a que el pueblo escita, por lo general, llevaba una vida nómada y carecía de casas. Las amazonas lograron convencer a los jóvenes para que regresaran junto a sus padres, tomasen la parte de sus bienes que les correspondía y regresasen junto a ellas para vivir por su cuenta 69. Finalmente, los escitas las obedecieron y acabaron instalándose al este del río Tanais dando origen a la etnia saurómata 70, que hablaba la lengua escítica con algunas particularidades locales 71. Las mujeres saurómatas de la época 72 Una noticia similar fue recogida por Nicolás de Damasco en F.Gr.Hist. 90 F 103 f); en el tratado hipocrático De aeribus aquis locis 17, las mujeres saurómatas debían acabar con la vida de tres hombres. Por su parte, Tac., Germ. 31, mencionó asimismo un "rito de paso" similar entre los guerreros germánicos. Según A. Andrewes, "Athens andAegina, 510-480 B.C.", ABSA, 37, 1936-1937, pp de Heródoto mantenían muchas costumbres de las amazonas: salían a cazar a caballo e iban a la guerra con el mismo atuendo que los hombres. Como pervivencia de un rasgo cruel, mencionó el autor una norma que regía entre los saurómatas: para contraer matrimonio, toda doncella tenía que matar previamente a un enemigo 72 y, para dar a entender la veracidad de esta costumbre, señaló que algunas mujeres fallecían ancianas y solteras por no haber podido cumplir esta norma. El último ejemplo de crueldad femenina que vamos a tratar en el presente trabajo se refiere a una venganza cometida de manera solidaria por las mujeres atenienses sobre la persona del único superviviente de la expedición enviada por Atenas contra Egina para recuperar las estatuas de dos divinidades realizadas en madera de olivo procedente del Ática 73. Según Heródoto, tanto la versión ofrecida por los argivos y eginetas como la de los propios atenienses coincidían en señalar que sólo un hombre pudo regresar con vida a Atenas. Tal individuo informó del desenlace de la operación y, al saber lo ocurrido, las esposas de los fallecidos, indignadas por el hecho de que ese hombre hubiese sobrevivido, se arrancaron las fíbulas de los vestidos y se las clavaron hasta matarlo, llevando a cabo, de esa manera, una contrapartida "femenina" al bien atestiguado rito de la lapidación, practicado por ciudadanos fuera del recinto urbano frente a alguien que ha puesto en peligro la paz social y la convivencia dentro de la ciudad 74. Ante semejante acción, los atenienses decidieron que, a partir de enton-Cuando, en realidad, parece que el cambio de una prenda a otra fue gradual durante la segunda mitad del siglo VI a.C., cuando creció de manera considerable la renta disponible por los atenienses y éstos pudieron acceder a prendas de vestir más costosas como el quitón de lino frente al tradicional peplo de lana. Aquí, el autor, se refirió brevemente a este mito, según el cual las mujeres de Lemnos fueron castigadas por Afrodita, quien hizo que sus cuerpos despidiesen un olor desagradable provocando el correspondiente rechazo de sus maridos, los cuales prefirieron tener relaciones con las esclavas. En venganza, las lemnias los asesinaron a todos excepto a Toante. 86, señaló que, en las fuentes literarias griegas, la acción espontánea, apasionada e histérica era propia de las mujeres; en cambio, la lapidación llevada a cabo ritualmente por los ciudadanos se trataba de un acto responsable en beneficio de la propia comunidad. No se trata ésta de la única mención realizada por Heródoto al asesinato de algún hombre por parte de un grupo de mujeres. Las habitantes de Lemnos asesinaron a sus respectivos esposos en tiempos del rey Toante 76 y también sabemos acerca del linchamiento de los familiares del buleuta Lícidas a manos, nuevamente, de las atenienses 77. De entre todo el material literario que acabamos de examinar, se desprende la idea de que Heródoto confirió en un mayor número de ocasiones una personalidad cruel y vengativa a las mujeres pertenecientes a las distintas casas reales orientales o, en todo caso, a algunas mujeres de origen griego dotadas de poder político pero que lo ejercían en los límites del mundo helénico, no en el seno de una polis. El caso de las iracundas mujeres atenienses constituiría una excepción a esta regla general, puesto que el superviviente regresado de Egina fue víctima de una violencia desbocada e irracional, en definitiva, de un acto puntual. Por supuesto, Heródoto encontró en las poderosas féminas orientales unos personajes idóneos para ejercitar la 1⁄2rgÉ. En las poleis griegas -excepto en las mencionadas zonas periféricas -la monarquía había sido abolida hacía mucho tiempo y la mentalidad social predominante no resultaba excesivamente dispuesta a aceptar la idea de que las mujeres ejerciesen el poder político. CRUELDAD Y VIOLENCIA EN LOS PERSONAJES FEMENINOS DE HERÓDOTO 317 78 Basta recordar la equilibrada imagen que ofreció sobre los persas en general, poniendo de manifiesto, eso sí, el desequilibrio y la crueldad de determinados personajes, como Cambises, Jerjes y algunos otros miembros de la familia real. A esto debemos añadir un elemento propio del pensamiento herodoteo: en las monarquías orientales, el poder absoluto del soberano no conocía ningún tipo de cortapisa, de modo que aquél podía adoptar todas las medidas que considerase necesarias sin tener en cuenta los inexistentes derechos de su súbditos, en contraposición a lo que ocurría en el ordenado y "democrático" mundo griego. Por tanto, los déspotas orientales -e incluso todavía peor, sus esposas e hijas, más predispuestas a una venganza desaforada debido a su naturaleza femenina, según mantenía la mentalidad predominante en Grecia -se veían libres de mostrar su verdadera personalidad, que en no pocas ocasiones conllevaba una actuación sumamente injusta y violenta. Con respecto a esta última apreciación, no queremos ofrecer una lectura simplista de Heródoto, basada en "los buenos griegos" y "los malos bárbaros", que en ningún momento pensamos que exista en la Historia 78. Nuestro autor era lo suficientemente sutil e inteligente como para no presentar un relato en blanco y negro; más bien, lo que nosotros entendemos que quiso transmitir fue la idea de que el poder sin el debido control, independientemente de quien lo ejerciese, podría dar lugar en muchas ocasiones -prácticamente en todas -a unos comportamientos tan arbitrarios cuyas consecuencias, sin duda, horrorizaron a los griegos contemporáneos de Heródoto.
La Magna Grecia, Torino, 1963) Tsetskhladze -F.
obra, que recoge y pone al día lo que se ha escrito hasta ahora al respecto. El libro, tras una corta Presentación, consta de Introducción, texto con traducción y comentario. Entre medias y en el lugar habitual se da cuenta de las Abreviaturas y las siglas utilizadas para citar los diferentes manuscritos y ediciones. Cierran la obra un elenco bibliográfico y el Índice de nombres propios. La Introducción expone el origen y desarrollo del género encomiástico, aún vivo en el mundo occidental, donde cada día se pronuncian discursos, tanto de bienvenida como fúnebres, a todos los niveles de la sociedad. Sigue un estudio del corpus de Panegyrici latini, que debe su pervivencia ante todo a su carácter escolar y didáctico. El texto latino del que se ocupa esta publicación ha ocupado el tercer puesto -a pesar de que por orden cronológico le correspondería el undécimo -, desde que se formó la colección en el s. IV. Ésta comienza con el dedicado a Trajano por Plinio el Joven, en el año 100 d. C., y llega hasta el pronunciado en honor de Constantino, en 313. Es sorprendente que este Panegírico -pronunciado en Constantinopla el primero de enero de 362 -haya sido incluido en el elenco, si se tiene en cuenta que todas las fuentes y las instancias cristianan de los siglos posteriores estaban interesados en silenciar la persona y los hechos del Apóstata. Es verdad que en las tensiones decisivas que jalonan todo el s. IV, los dos años escasos del reinado de Juliano como Emperador (361-363) y el enfrentamiento entre Símaco y Ambrosio en torno a la restauración del altar de la Victoria, constituyen sin duda los dos puntos álgidos. Pero ese hecho no es suficiente para explicar la supervivencia de este escrito. Más bien debe de obedecer a las cualidades del autor, y así lo pone de relieve la autora de un modo convincente. En efecto, este discurso -junto con el de Plinio, que es el modelo del género, el de Pacato a Teodosio (389) y el de Nazario a Constantino (321) -es uno de los cuatro estrellas de toda la colección. En ellos se une la extraordinaria personalidad del festejado a la fama del orador. Flavio Claudio Mamertino era un hombre culto, prestigioso, que parece haberse interesado por la política ya en edad avanzada, a partir del momento en que Juliano fue proclamado emperador, en París en 360. Su fidelidad al joven señor le hace merecer un rápido ascenso, que le lleva a ser nombrado primero comes sacrarum largitionum, una especie de asesor financiero, y poco más tarde praefectus praetorio para Su estatura política, junto con la maestría retórica de que hace gala en el escrito, explican pues la perviviencia de su obra. Ambas cualidades le sirven de salvoconducto para pasar con éxito todas las depuraciones de la memoria histórica. El punto central de la Introducción se ocupa como es natural del Juliano que refleja el Panegírico y pone de relieve cómo Mamertino no se fija en exterioridades, como su aspecto físico (a pesar de que ya hay algunos antecedentes en la colección, como en VI 3, 3 (307) y en VII 4, 4 (310) -sobre todo este último, donde se describen algunos rasgos del aspecto de Constantino -, hay que esperar aún un siglo hasta encontrar en Sidonio Apolinar y en Ennodio la técnica del retrato del héroe ensalzado) o sus campañas militares, sino en su comportamiento generoso frente a la envidia de Constancio II y sobre todo en sus virtudes: generosidad, templanza, y mucho más veladamente religiosidad. La última parte de este apartado presenta de forma bien sistematizada la tradición manuscrita de los Panegyrici. No reproduce el stemma, que está bien claro, pero remite a la bibliografía que lo ha establecido, así como a las ediciones de más peso científico. Presenta con brevedad sus opciones en cuanto al aparato crítico y explica los principios que han estado presentes en su forma de traducir, que por cierto resulta elegante y fiel al original, huyendo de la tentación de cercenar el ritmo cargado del original en aras de una presunta facilidad para el lector de hoy. A continuación viene el texto con el aparato crítico en el que minuciosa y exhaustivamente se recogen no sólo las variantes de los manuscritos sino las opciones preferidas por los editores anteriores. Del comentario vale destacar su sobriedad y funcionalidad, prescindiendo del peligro de la erudición inútil. Incluye aclaraciones a muchas de las alusiones a acontecimientos históricos (re)veladas por el texto, reminiscencias de los clásicos y sobre todo una discusión exhaustiva de las conjeturas asumidas en la edición. Es de agradecer tanto el que haya resaltado la dependencia respecto al Panegírico primigenio, el de Plinio, como su pervivencia en la obra de sus sucesores, sobre todo en la de Pacato Drepanio. Resaltaría dos cualidades sobresalientes en el trabajo de García Ruiz: de una parte, la recogida y objetiva valoración de bibliografía y apreciaciones hasta ahora dispersas; y de otra, el contundente desenmascaramiento del carácter de propaganda que encierra esta obra. Por lo que respecta al primer aspecto, basta asomarse a la bibliografía para apreciar que la figura de Juliano ha fascinado a lo largo de los siglos. Ya en la Antigüedad, sus detractores -Gregorio Nazianceno, Sócrates el escolástico, Sozomenes, Teodoreto -han acumulado sobre él toda una serie de reproches, que se pueden resumir en el título de Apóstata, mientras sus partidarios han destacado en él cualidades intelectuales y morales de excepción (Amiano Marcelino, Zósimo, Libanio). Por lo que se refiere al segundo, estamos sin duda ante un texto de intención política, de la que dan muestra una serie de técnicas, que la autora califica de funciona- primeras páginas de este tratado "conocer el lugar de donde parte el dolor es dificilísimo y a veces hay particularidades muy difíciles de explicar, tan sólo es posible que le lleguen a ser conocidas a quienes las han observado multitud de veces sobre el cuerpo enfermo". Diría que idéntica reflexión puede hacerse sobre sus tratados. No se puede llegar a él, desentrañarlo y expresarlo en otra lengua más que a base de leerlo y leerlo muchas veces en griego, darle muchas vueltas y luego repasar lo que ha quedado en castellano para ponerlo de una manera legible. Me refiero antes que nada a esa dificultad porque si siempre es de agradecer la traducción de un autor tan prolífico como poco estudiado desde un punto de vista filológico, lo es más cuando se trata de la primera traducción que se hace a una lengua moderna. Y es que éste es el verdadero valor del libro aquí traducido. Y yo diría que el único, porque creo que la traducción realizada por el Profesor Santana no llega a cumplir las expectativas que uno pudiera tener, no sólo por el poco respeto al texto griego, sino por la dureza -y a veces la ininteligibilidad-de algunas de sus frases en castellano. El adjetivo'rxaîoi se ha traducido por viejo (pág.39) estando substantivado y referido a los médicos ¿Cómo ha podido el traductor no saber que Galeno siempre que usa ese adjetivo en esas condiciones se refiere a los médicos arcaicos o antiguos, a los anteriores o a los primeros que escribieron de medicina, y no a médicos viejos?¿Se puede entender una frase como ésta que se lee en la pág.39 "sino que también esto necesita del que hace ejercicio físico, a través y por medio del ejercicio de la razón, de la mucha indagación y tiene que ver con la afección de los enfermos". Debería haberse dado cuenta el traductor de que el participio gegumnasménou no siempre se refiere al que hace ejercicio físico. Yo creo que el texto griego no dice eso. El verbo gumnázomai tiene una acepción muy corriente y frecuente que es la de ejercitarse, entrenarse no necesariamente en gimnasia. En la página 95 se traduce xwrìj toû mixqÊnai por "además de mezclado con castoreo", exactamente lo contrario de lo que quiere decir, ya que en realidad sería "sin mezclar con el castoreo". En la página 125, última línea, se dice que un preparado "se modela como colirio y se coloca en cada uno de los orificios nasales y luego se ordena esnifarlo hasta el tiempo que alguien pudiera recorrer cinco estadios": aparte de lo chocante de traducir el verbo'naspáw por esnifar (según el DRAE "aspirar cocaína u otra droga por la nariz") ¿no se podría haber dicho "el tiempo que se tarda en recorrer cinco estadios"? Creo que el traductor tenía que haber repasado más a fondo y con mayor puntillosidad lo que hay que interpretar es una apresurada primera versión. Hay alguna que otra pega que yo pondría a la edición: la poca claridad del texto griego por un lado, y luego que no se dan las páginas de la edición seguida, que se debían haber dado en los dos márgenes del texto castellano y del griego. En fin, una primera traducción a una lengua moderna algo fallida, pero que, repito, si tiene algún valor -que no validez -es el de haber sido la primera vez que se hace. DOLORES Esta obra colectiva, fruto de un proyecto de investigación llevado a cabo por especialistas en filosofía neoplatónica, se articula en una introducción, la recopilación de los testimonios conservados de Contra los cristianos, que se presentan con el texto griego o latino original y su traducción, y un índice final de nombres propios. La introducción comienza con la biografía y la obra del filósofo neoplatónico, y en ella los autores presentan la relación de las veintidós obras de Porfirio que han llegado hasta nosotros, ofreciéndonos los rasgos más sobresalientes de cada una de ellas y las ediciones y traducciones de que han sido objeto. Luego sigue un apartado sobre la religión de Porfirio y la obra objeto de estudio, donde se resalta que la originalidad de Porfirio y la mella que su crítica hizo en el cristianismo, por la solidez y coherencia de sus ataques a los evangelios y libros canónicos, se deben a su gran formación como filósofo y filólogo. El segundo bloque de la introducción está consagrado a Contra los cristianos y aborda cuestiones sobre su composición, pervivencia y reconstrucción, con una extensísima y profunda puesta al día bibliográfica. Se pasa revista a las ediciones de que fue objeto la obra hasta la de Harnack (1916), los criterios que rigieron esta edición que sigue siendo, pese a las críticas que han pesado sobre ella, la de referencia para los estudiosos, y se detienen en las dos cuestiones centrales en relación a esta obra que han ocupado a la crítica: la primera, orientada a la incorporación de nuevos fragmentos de Porfirio que, si bien no han sido muchos en número, sí son muy valiosos para el conocimiento de su obra; la segunda, centrada en la obra misma, su datación, su contenido y estructura. Los autores analizan estas cuestiones en detalle, incorporando las tesis que se han sostenido sobre ella y que mantienen puntos de vista muy enfrentados, lo que demuestra que no es una cuestión ni mucho menos zanjada, por lo que se justifica la pertinencia de la presente obra. Consideran asimismo, con gran acierto en mi opinión, que para analizar y llegar a comprender las argumentaciones de Porfirio en Contra los cristianos, es necesario una división conceptual de las mismas, sin que ello afecte a los criterios de edición de los fragmentos. Y proponen una división conceptual del tratado porfiriano en tres campos semánticos: I Los textos sagrados como fuente de transmisión del cristianismo; II La cristología y el dogma cristiano; III la comunidad cristiana: prácticas y modo de vida. Reparten los argumentos utilizados por Porfirio entre estos tres bloques, e hilvanan los fragmentos -editados y traducidos después -con los argumentos utilizados por Porfirio contra el cristianismo. De este modo, en este tercer bloque de la introducción, reconstruyen las tesis de Porfirio contra el cristianismo a partir de los fragmentos y testimonios conservados, y nos ofrecen una visión coherente y organizada de los mismos con la que podemos seguir el hilo de los argumentos del filósofo. Considero que esta parte puede ser de gran interés no sólo para el especialista en Porfirio, sino para cualquier lector interesado en conocer de primera mano las críticas que desde el paganismo se hicieron al cristianismo, y sobre todo éstas, filosófica y filológicamente bien fundadas y realizadas con gran sagacidad y agudeza intelectual. A la hora de fijar un criterio de edición, partiendo de la base de que el texto fijado por Harnack, a pesar de sus méritos, necesita de una revisión, los autores (contrariamente a otras traducciones) se inclinan por el criterio alfabético de autor-fuente, el mismo que defendió Benoit (1978) -un criterio ecléctico y poco comprometedor, pero sin duda el único que puede justificarse científicamente ante el material que tienen por delante -y ofrecen asimismo una recapitulación sobre los fragmentos que pueden considerarse, a juicio de los editores, con cierta fiabilidad que proceden de Contra los cristianos porque muchos de ellos pertenecen, de manera general, al conjunto de la polémica anticristiana, cuya cabeza más destacable fue Porfirio. Las aportaciones de este libro son varias. En primer lugar, es la primera traducción completa a una lengua moderna de todo el material disperso y complejo atribuido a la obra porfiriana, de la que existían traducciones parciales al italiano (de C. Mutti, 1977) y al inglés (de R.J. Hoffmann, 1994), ninguna de las cuales incluye el texto original. En segundo lugar, los autores nos ofrecen una traducción cuidada, que respeta el estilo y el tono de los textos griegos y latinos. En tercer lugar, hay que destacar el manejo de las fuentes críticas, ampliamente documentadas y relacionadas en la bibliografía que cierra la traducción. En conclusión, la obra resulta de gran interés no sólo para el especialista en Porfirio o en el paganismo y su conexión con el cristianismo, sino también, y ello me parece digno de ser subrayado, para cualquier lector culto que quiera conocer un aspecto tan interesante sobre la religiosidad antigua. REGLA FERNÁNDEZ GARRIDO Universidad de Huelva LELLO, EMMANUELE, Callimachi Iambi XIV-XVII. En las Diegeseis de Calímaco en P. Mil. I 18 figuran, tras los 13 yambos "seguros" y la Hécale, cuatro poemas que se duda si son otros yambos o bien cuatro mélh colocados aquí por Calímaco o un continuador suyo. Este es el gran problema, detenidamente debatido en la Introducción que precede a la edición, traducción y comentario de estos cuatro poemas en el presente libro. El autor, a lo largo de una discusión muy erudita, propone una primera edición de juvenil del propio Calímaco, seguida luego de otros dos yambos de tema bastante próximo, más un añadido posterior de dos poemas "cortesanos". En suma: a la edición de 13 poema poemas Calímaco (o un continuador suyo) añadió otros cuatro, en todo caso en fecha helenística. Muy detenidamente, nuestro autor se ocupa de las citas antiguas, de las imitaciones (incluida la de Horacio), de los títulos de los poemas, de los papiros y el presunto libro de mélh, los metros, etc. Horacio leía, en todo caso, un libro con los 17 poemas. Cree que 2amboi era, Calímaco, más bien un concepto temático que uno métrico. En su madurez, Calímaco habría querido acompañar el libro anterior con el nom-EMERITA (EM) LXXIV 2, julio-diciembre 2006 pp. 339-346 ISSN 0013-6662 bre de los de los dos soberanos que habían "acompañado" su vida: Arsínoe II y Ptolomeo II. Esta es su conclusión. Sigue luego un estudios muy erudito de los Yambos 14 y siguientes. Sigue la edición de los Yambos 14 y siguientes, con un amplio aparato crítico, Notabiliora, traducciones y amplio comentario. Sea cualquiera la opinión de cada cual sobre la tesis principal, la verdad es que el estudio crítico y erudito de los cuatro "yambos" constituye una importante aportación. F. R. ADRADOS EURÍPIDES, Las Bacantes. Introducción, traducción y notas de A. MARTÍNEZ DÍEZ. 63 pp. La traducción que presentamos no es ninguna improvisación sino más bien, haciendo uso de una expresión del Pseudo-Longino, «el fruto maduro de una larga experiencia». En efecto, más de treinta años han pasado desde que el prof. Alfonso Martínez publicara su edición del Erecteo (1975) y desde entonces se han ido sucediendo traducciones de diversas piezas euripídeas de manera constante y escalonada: Medea (1997), Ifigenia en Táuride y Electra (1998), Ión y Heraclidas (2001), Hipólito e Ifigenia en Áulide (2006). No se trata, pues, en este caso, de un trabajo incipiente sino más bien de todo lo contrario. Una de las virtudes de su Introducción es la de hacer fácil lo que desde siempre ha sido difícil: interpretar -o dar pautas para una personal interpretación -una de las tragedias más controvertidas del trágico ateniense, a saber, si se trata de una obra de conversión (se trataría más de «creer» que no de «saber»), cómo se conjuga la posibilidad de pensar en una obra de encargo, o la profunda huella que dejarían en su sensibilidad los festejos báquicos de Macedonia cuando el poeta hubiera abandonado Atenas, quién sabe si un tanto decepcionado. Además, de manera muy sucinta (pp. 7-10), Martínez ofrece un recorrido muy bien trazado sobre la antigüedad y elementos básicos del dionisismo, de la presencia de este dios en el teatro y, muy especialmente, del tema de este dios en diferentes trágicos. En cuanto a su traducción, ésta nos parece modélica. Combinando prosa y verso libre para los coros, el texto se lee de manera muy fluida y, a la vez, ofrece un regusto especial que le confiere un hechizo casi seductor. Tanto los diálogos como las intervenciones más largas muestran una lengua ágil y viva, en todo momento elevada y selecta. En las partes corales se combinan versos polimétricos (abundan heptasílabos y eneasílabos, también hay endecasílabos) para tiradas largas que básicamente EMERITA (EM) LXXIV 2, julio-diciembre 2006 pp. 339-346 ISSN 0013-6662 mantienen la cohesión mediante el encabalgamiento. Además, gracias a una hábil disposición de los adjetivos el sentido de la frase gana en elevación. Sirva de ejemplo el makarismós en forma de priamel del epodo del 3r. estásimo: «Dichoso aquel que de la tempestad / marina escapó y a puerto llegó. / Dichoso aquel que a las penalidades / se impuso. De modo distinto supera cada cual / a cada quien en felicidad y poder. / Esperanzas infinitas además asisten / a infinitos hombres. Unas acaban en dicha / para los mortales, otras fracasan. / A aquel que cada día tiene una dichosa / existencia lo tengo por bienaventurado.» Esta última frase, por ejemplo, fue vertida en prosa bastante llana por Julio Pallí: «Pero yo tengo por bienaventurado aquel que tiene día a día una existencia dichosa»; y de un modo bastante libre por Manuel Fernández-Galiano: «¡Dichoso aquel que sabe gozar / la fortuna del día!». Algunas mejoras se podrán incorporar en una segunda edición. Sería un logro mantener, por ejemplo, el juego de palabras del v. 67 kámatón t'eÐkámaton (ahora traducido como "placentera fatiga"). En el reparto de personajes creemos necesario distinguir el mensajero del v. 660 ss. con respecto el segundo, el del v. 1024 ss. (que a Wecklein se le antojaba un boukóloj): a pesar de la nota a pie de página (n. 51) convendría señalarlo al principio de la pieza. Y también sería bueno señalar -ya sea en la Introducción, ya en una nota en el lugar-el giro radical que da la obra a partir del v. En fin, data occasione séanos permitida una conjetura al texto griego: puesto que desde el v. 836 expresa una duda) se sucede una esticomitia de pregunta/respuesta, el v. 824 podría acabar con un signo de interrogación. A partir de la cesura pentemímera, pues, el texto quedaría así: © tij eμ pálai sofój? (también se podría intentar, variando un poco la propuesta de Wecklein comunmente aceptada, escribiendo Ástij eμ pálai sofój?).
Deseo agradecer a los doctores Sánchez-Ostiz y Lluch Villalba la atención con que leyeron versiones previas de esta colaboración. 1 Me refiero únicamente a autores de época imperial, motivo por el que dejo de lado los nombres de Polibio o Dionisio de Halicarnaso. De otro lado, a esta lista también podría haberse añadido a Plutarco por sus biografías de figuras romanas. En el siglo segundo de la era cristiana, Apiano de Alejandría hizo de Roma el tema de su obra. Su Historia romana comparte esta materia con los escritos de toda una serie de historiadores griegos de su época: Dión Casio, Herodiano o Zósimo son aquellos de los que hemos conservado los textos principales 1. La existencia de esta corriente dentro de la historiografía helénica sirve como primer recordatorio de que, en época imperial, la cultura y literatura griegas se hallaban mucho más imbricadas con Roma de lo que a veces puede pensarse. En este trabajo no voy a tratar sobre las fuentes latinas de Apiano, cuestión que ya ha sido discutida en numerosas ocasiones por la bibliografía 2. 5 Sabemos que Polibio, liberto de Claudio, compuso una traducción o paráfrasis de la Eneida (cf. Séneca, Cons. ad Pol. De un pasaje de Macrobio (Sat. V 2, 4) parece deducirse que Pisandro de Laranda, en el siglo III, tradujo al griego la Eneida (cf. M. Hose, "Die römische Liebeselegie und die griechische Literatur", Philologus 138, 1994, pp. 67-82; cf. p. 9Arrianòj špopoiój) nos informa también de una traducción tardía de las Geórgicas. No se conserva ninguna de estas versiones. 6 Sobre esta traducción existe abundante bibliografía. Entre los trabajos posteriores pueden destacarse los ya citados de Fisher y Rochette. Cuando oímos hablar sobre traducciones en la Antigüedad, pensamos espontáneamente en las múltiples traducciones y adaptaciones romanas de originales griegos 4. No en vano la historia de la literatura latina escrita se inicia precisamente con la versión de la Odisea compuesta por Livio Andronico. Sin embargo, el canal que conecta las literaturas de Grecia y Roma funcionó en los dos sentidos. Igual que hubo traducciones latinas de autores griegos, existieron también versiones griegas de autores romanos. La más famosa entre las conservadas 5 es la traducción de la Égloga IV de Virgilio incluida en la Oratio ad sanctorum coetum que compuso el emperador Constantino, según el testimonio de Eusebio de Cesarea (Vita Constantini IV 32) 6. Pero ésta no es la única traducción griega de un original latino, según destaca la bibliografía que existe sobre el tema, ciertamente no muy abundante 7. Apiano no es sólo uno de los autores griegos que toman Roma como tema o que escriben bajo el influjo de la literatura latina, en su caso de los 8 El conocimiento de la literatura latina que tenía Apiano debía de ser más amplio. Por ejemplo, parece probable que en BC IV 41 presuponga el conocimiento de la Eneida (II 721 ss.). Cf. la evidencia reunida por M. Hose (Erneuerung..., p. 333) sobre citas y alusiones literarias en Apiano. 9 Las Guerras Civiles ocupan cinco libros del total. Han llegado hasta nosotros, además, íntegros o en epítomes, otros diecinueve libros. Como edición de referencia, cf. la publicada por la editorial Teubner (P. Viereck, A.G. Roos y E. Gabba [eds.], Appiani Historia Romana. 10 Hoy por hoy parece haber acuerdo en considerar el decreto de proscripción como auténtico. Cf. la evidencia reunida por Famerie, Le latin et le grec..., p. La cuestión que ahora nos interesa es que, en dos lugares de su obra, Apiano declara o parece declarar que el texto que está incluyendo es traducción de sus fuentes latinas. Ambos lugares se encuentran en los libros dedicados a las guerras civiles de Roma (Bella Ciuilia = BC), la porción de su Historia romana que mejor se conserva 9. El primer caso lo encontramos en el libro cuarto de BC, donde se relata el enfrentamiento de Marco Antonio y Octavio con los asesinos de César. Entre BC IV 31 y 44 se incluye el texto de la proscripción decretada en el año 43 a. C. por Lépido, Antonio y Octavio contra los ciudadanos considerados traidores a Roma 10. Al final de la misma, el autor declara: öde mèn eμxen a prografÈ tÔn triÔn'ndrÔn, Áson šj 8Elláda glÔssan'pò Latínhj metabaleîn, "El escrito de proscripción de los triunviros era de este tenor, en la medida en que se puede verter a la lengua griega desde la latina" (BC IV 45). Un caso que podemos percibir como análogo (al menos en una primera lectura) aparece en el libro siguiente de la obra, cuyo tema general es el conflicto entre Antonio y Octavio. En BC V 171 Apiano comienza a narrar un encuentro mantenido entre Lucio Antonio (hermano del triunviro) y Octavio Augusto en el año 40 a. C. Entre BC V 176 y 190 expone los discursos pronunciados por ambos, según hace en diversos lugares de su obra 11. El pasaje se diferencia de otros en los que Apiano incluye intervenciones en estilo directo por el añadido final: taûta mèn oelecan'llÉloij, ðj šk tÔn ×pomnhmátwn ©n šj tò dunatòn tÊsde tÊj fwnÊj metabaleîn tekmairoménw7 tÊj gnÓmhj tÔn lelegménwn, "Esto se dijeron el uno al otro, según se podía verterlo a partir de los comentarios, de acuerdo con las posibilidades de esta lengua, deduciéndolo yo de la idea general de lo dicho" (BC V 191). Cf., en sentido contrario, E. Gabba, Appiani Bellorum Ciuilium Liber Quintus, Florencia, 1970, p. 13 La identidad de estos ×pomnÉmata ha sido discutida por la bibliografía. 188) opina que la fuente última de Apiano eran las acta urbis o populi diurna acta. 63), según el cual los comentarios a que alude Apiano habrían sido las Memorias de Augusto (cf. infra). Por cierto que el hecho de que Apiano traduzca el texto de la proscripción es uno más de los argumentos que permiten afirmar que este autor poseía competencia lingüística en latín. Cf. la bibliografía citada en n. 17 En el conjunto de su obra, Apiano emplea metabállw con el significado de 'traducir' sólo en estos dos pasajes. Liddell-Scott, puede tener ocasionalmente el valor de 'traducir' 16. Es oportuno indicar que, según se deduce del Liddell-Scott, el verbo sólo adopta este significado de manera esporádica; el único ejemplo del mismo que propone esta obra procede de las Antigüedades Judías de Flavio Josefo (Prooem. Sucede además que metabállw, empleado por Apiano en estos dos pasajes de BC 17, no es ninguno de los verbos que se utilizaban de manera habitual en griego para expresar el concepto 'traducir'. Si acudimos a un diccionario inverso 18, comprobaremos que este significado se expresaba por medio de otros significantes: De estos cinco verbos, sólo metaférw se emplea en la Historia romana de Apiano, aunque nunca con el valor de "traducir". Los otros cuatro verbos no se documentan nunca en el conjunto de la obra 20. En resumen, en los dos pasajes analizados (BC IV 45 y BC V 191) Apia-Como por ejemplo Sancho Royo (Apiano. 268), quien propone traducir así BC V 191: «en la medida en que me fue posible conocer el espíritu de lo que se dijo a partir de los comentarios, y verterlos a nuestra lengua» (la cursiva es mía). Me parece más ajustada la traducción de Gabba (Appiani..., p. EMERITA (EM) LXXIV 1, enero-junio 2006 pp. 17-28 ISSN 0013-6662 no designa su actividad como traductor por medio de un verbo (metabállw) que, aun poseyendo en ocasiones el valor de "traducir", es distinto de los usados habitualmente en griego para la expresión de este significado. De ello puede deducirse que la coincidencia en el empleo de esta voz marcada, no habitual (metabállw), en los dos lugares de las Guerras civiles (BC IV 45 y BC V 191) apoya la hipótesis y refuerza la idea de que existe una similitud de sentido entre ambos pasajes. Como decía más arriba, entiendo que Apiano parece concebir en los dos casos su actividad como esencialmente idéntica: como traducción. No obstante, para avanzar en la argumentación hemos de reparar en el hecho de que hay diferencias entre los marcos predicativos de metabaleîn en uno y otro lugar. Posiblemente, esas diferencias sintácticas guardan relación con formas distintas de ejercer la acción de traducir. En BC IV 45 (šj 8Elláda glÔssan'pò Latínhj metabaleîn, "verter a la lengua griega desde la latina"), dos complementos circunstanciales dependientes del infinitivo indican las lenguas de llegada y de partida de la traducción. Lo que hemos de entender como objeto directo (tÈn prografÈn tÔn triÔn'ndrÔn) se reconstruye a partir de la oración principal. El régimen del verbo cambia en BC V 191 (šk tÔn ×pomnhmátwn... metabaleîn, "verterlo... a partir de los comentarios"). En este segundo caso, el único complemento del infinitivo metabaleîn es el sintagma šk tÔn ×pomnhmátwn. Este sintagma indica el punto de partida de la traducción, pero evidentemente este punto de partida no es ahora la lengua desde la que se traduce (cf.'pò Latínhj ‹glÓsshj› en BC IV 45), sino el texto en que se basa Apiano a la hora de hacer su versión de los discursos: los comentarios (×pomnÉmata), que en ningún caso hay que entender, con algunos traductores 21, como el objeto directo elidido de metabaleîn. Una vez más (cf. lo dicho en el párrafo anterior), el objeto directo del verbo se restituye a partir de la oración principal, donde taûta se refiere a los parlamentos pronunciados por Lucio Antonio y Octavio Augusto. Tomo las evidencias sobre Cicerón, Horacio y San Jerónimo (cf. infra) de S. Brock, «Aspects of Translation Technique in Antiquity», GRBS 20, 1979, pp. 69-87 (cf. p. Lo que parece estar aquí en juego es el concepto antiguo de traducción, concepto que, como hemos de ver seguidamente, aceptaba la existencia de traducciones de tipo distinto; más aún, este concepto operativo en la Antigüedad reconocía como traducciones cosas que para nosotros no entran en esta categoría. Por supuesto, podríamos decir simplemente, aplicando terminología de nuestro propio tiempo, que en BC IV 45 estamos ante una versión literal; en el caso de lo que propone Apiano en BC V 191 deberíamos decir entonces que no estamos ante una traducción (¿de qué texto?) sino ante la paráfrasis de unos contenidos conocidos por vía indirecta. Pero quizá lo más propio sea intentar aclarar el asunto desde las propias observaciones antiguas sobre la traducción. Empezaremos por recordar lo que comenta Cicerón (De optimo genere oratorum 14) hablando sobre su propias traducciones de Esquines y Demóstenes 22: En la restante obra de Cicerón (cf. p. e. I 6, III 15), así como en algún lugar de Horacio (Ep. II 3.133: nec uerbo uerbum curabis reddere fidus interpres), se encuentran declaraciones similares, al menos por lo que a la valoración del papel del interpres se refiere. Con todo, el segundo pasaje fundamental para conocer las ideas antiguas sobre la traducción se halla en la Epístola LVII (5.2) de San Jerónimo: Tanto Cicerón como San Jerónimo plantean una dicotomía, en el caso del primero entre el interpres y el orator. El interpres, dice Cicerón, realiza una traducción exacta del tipo uerbum pro uerbo. El orator, en cambio, no atiende tanto a la literalidad de la versión como a mantener genus omne uerborum uimque. Brock considera que por interpres hemos de entender, concretamente, el traductor profesional que producía «slavish renderings of legal and business documents» 23; en cambio, el orator es, en el pasaje de De optita sobre el interpres en Cicerón L.C. Pérez Castro, «Acerca de las terminologías ciceronianas: préstamos, calcos y correspondencias», EMERITA 70, 2002, pp. 205-212 (cf. p. EMERITA (EM) LXXIV 1, enero-junio 2006 pp. 17-28 ISSN 0013-6662 mo genere oratorum, evidentemente Cicerón; más en general, según la interpretación de Brock, el término orator debe abarcar a todo aquel que practica la traducción de un texto literario o, mejor dicho, la traducción literaria. A San Jerónimo le debemos las expresiones que tipifican los dos estilos de versión, pues, como él dice, es posible traducir uerbum e uerbo (cf. uerbum pro uerbo en el texto de Cicerón) o bien sensum... de sensu. Yo entiendo, como ya he dicho antes, que tanto en BC IV 45 como en V 191 Apiano concibe su actividad como "traducir", metabaleîn. Pero creo también que en el primer caso, que precisamente es traducción de un texto legal, pretende ser un fidus interpres 25 que aspira a traducir uerbum e uerbo: "El escrito de proscripción de los triunviros era de este tenor, en la medida en que se puede verter a la lengua griega desde la latina". En cambio, en V 191, Apiano es claramente un orator en el sentido propuesto por Brock, que reconstruye con inevitable libertad (cf. tipo sensus de sensu), a partir de las informaciones recogidas en los ×pomnÉmata, los dos discursos que quiere transmitir a sus lectores: "Esto se dijeron el uno al otro, según se podía verterlo a partir de los comentarios, de acuerdo con las posibilidades de esta lengua, deduciéndolo yo de la idea general de lo dicho" 26. Llegados a este punto, y de cara a seguir apreciando el proceder de Apiano como traductor, cabría continuar por dos caminos distintos. Una vía posible de estudio consiste en centrarse en BC V 191 y analizar las cualidades de Apiano como orator, en el sentido que parece adquirir este sustantivo en el texto de Cicerón antes citado. Ahora bien, éste es un camino que considero preferible obviar por dos motivos. De un lado, parece a priori complejo analizar la elaboración a que sometió Apiano los parlamentos incluidos entre BC V 176 y 190 cuando carecemos de una versión alternativa de los dis- El orden en que discuto los tres casos no coincide con el orden en que aparecen éstos en el texto de Apiano. Cito el texto griego por la edición de Mendelssohn y Viereck (cf. n. Por otro lado, el tema de los discursos en la obra del historiador ya ha sido tratado en repetidas ocasiones, de tal modo que parece poco probable que se pudieran alcanzar conclusiones novedosas prosiguiendo por este camino 27. Aún queda abierta la posibilidad de estudiar a Apiano en cuanto interpres, es decir, en cuanto traductor según nuestro sentido actual de la palabra, tal y como lo vemos operar entre BC IV 31 y 45. Pero ha de reconocerse de entrada que, al querer desarrollar esta vía de estudio, nos encontramos otra vez con el problema que ya conocemos: el texto de la proscripción no nos es conocido en su original latino, y tampoco podemos confrontar la traducción de Apiano con otros textos griegos que transmitan versiones alternativas de esta prografÉ 28. Con todo, pienso que es posible efectuar algunas observaciones sobre la manera en que Apiano traduce del latín a partir del análisis de su texto griego. Por ejemplo, es evidente que, en la redacción de BC IV 31 -45, Apiano se ha esforzado por encontrar equivalentes griegos para términos que debían de aparecer en el texto latino expresando instituciones o conceptos culturales romanos. Podemos revisar tres casos procedentes de la narración sobre el asesinato de César (BC IV 34) 29: En el pasaje citado se dice que a César lo mataron šn mésw7 tÔ7 ¶erÔ7 legoménw7 bouleuthríw7, "en medio de la sede del senado, que es considerada sagrada". bouleutÉrion, "lugar de deliberación", es la voz escogida por Apiano para referirse al edificio donde se reunía el senado. Con el sentido derivado de 'consejo' o 'senado' (grupo de personas que integran el senado) la palabra aparece también en otros Cf. En Apiano, la voz gerousía se refiere habitualmente al senado de los cartagineses. En la obra de Apiano, la expresión ƒrxwn ¶erÔn sólo aparece en este lugar (cfr. D.H. II 12), en competencia con gerousía, el colegio de senes, que es la voz que escogen, por ejemplo, Plutarco o Juliano 30. El motivo de selección de bouleutÉrion en BC IV 34, en detrimento de gerousía, debió de ser el deseo de introducir una referencia local específica que aclarase la ambivalencia del término latino senatus, probablemente la palabra que aparecía en el texto original de la proscripción. b) A Julio César lo califica el historiador en BC IV 34 como aÐtokrátora... ƒrxonta ¶erÔn. Me refiero primero a la segunda de estas denominaciones. ƒrxwn ¶erÔn parece ser una versión griega del título de Pontifex maximus que César poseyó del 63 al 44 a. C. Es cierto que otros autores traducen este cargo al griego por medio de otros giros 31; no obstante, resulta difícil imaginar qué otro término latino podría esconderse tras ƒrxwn ¶erÔn. Da más bien la impresión de que la distinta organización religiosa de Grecia, que no conocía una autoridad religiosa suprema, llevó a los griegos a inventar nombres distintos para la magistratura romana. Por este motivo, a falta de un término propio, Apiano acuña en este pasaje 32 la expresión de carácter general ƒrxwn ¶erÔn, "el que manda en los asuntos sagrados", expresión que, aun debiendo de ser fiel al texto de partida, carecía evidentemente del contenido específico de Pontifex maximus. c) Merece atención también el hecho de que el pasaje denomine a Julio César como aÐtokrátwr 33. Según el DGE, el primer sentido de esta palabra es 'dueño de sí mismo' 34; de aquí procede (cf. ibíd.) el significado derivado de 'quien tiene autoridad absoluta', significado que convierte a aÐtokrátwr en equivalente griego para las voces latinas dictator e imperator. Ahora bien, con aÐtokrátwr concurre tam-35 Sobre diktátwr en Apiano, cf. Famerie, Le latin et le grec..., pp. 110-122. 36 Dentro de la traducción de la prografÉ, éstas son las dos únicas ocasiones en que aparece la palabra aÐtokrátwr. Recuerdo que la denominación de imperator se le aplica a Sila en monedas de su época. Parece curioso que, si el decreto de proscripción denominaba a César dictator, Apiano haya preferido traducir el título como aÐtokrátwr y no como diktátwr, voz que, por otro lado, aparece repetidamente en la Historia Romana 35. Por ello cabe pensar que el texto latino de la proscripción no se refería a César como dictator sino que le aplicaba la denominación de imperator. La interpretación de aÐtokrátora 3⁄4nta (34) ha de ponerse además en relación con el hecho de que, en un lugar posterior de esta traducción (39), el texto hable de ¢teroj prò amÔn aÐtokrátwr 36, en obvia referencia a Sila, autor de la primera proscripción en el año 82 a. C.; quizá no resultaba fuera de lugar que los promotores de la proscripción del año 43 a. C. llamaran a su precursor alter ante nobis imperator 37. Creo que estos ejemplos pueden bastar para mostrar la preocupación de Apiano por ofrecer en BC IV 31 -45 una traducción próxima al tipo uerbum e uerbo. La anotación que incluye al final del pasaje (öde mèn eμxen a prografÈ tÔn triÔn'ndrÔn, Áson šj 8Elláda glÔssan'pò Latínhj metabaleîn) es notable además por la conciencia de traductor que implica, una conciencia de traductor a la que tampoco parece ajeno el orgullo por la labor realizada. Si ésta es la única traducción uerbum e uerbo elaborada por Apiano e introducida en la obra, puede entenderse perfectamente que incluyera en BC IV 45 la declaración que acabamos de discutir. Pero, ¿por qué habla Apiano en un tono parecido en BC V 191? Que este caso lo consideraba también como traducción ya ha sido aclarado. El problema es otro y puede plantearse así: la adaptación de las fuentes efectuada entre BC V 176 y 190, ¿poseía alguna característica singular que la diferenciaba de otras adaptaciones de discursos incluidas en la Historia romana?; ¿por qué incluye Apiano sólo en este caso la aclaración de BC V 191: ðj šk tÔn ×pomnhmátwn ©n šj tò dunatòn tÊsde tÊj fwnÊj metabaleîn tekmairoménw7 tÊj gnÓmhj tÔn lelegménwn? Citadas como fuente en distintos lugares de las Vidas paralelas de Plutarco: cf. p. ej. Brut. Famerie (Le latin et le grec..., pp. 30-31) se muestra muy escéptico sobre la posibilidad de identificar la fuente del pasaje. 39 Un tipo especial, que merece estudio aparte, lo constituyen las traducciones oficiales, del tipo representado por la versión griega de las Res gestae diui Augusti (cf. Rochette, "Bi-linguisme...", pp. 8-16); frente a estas versiones, la incluida en BC IV 31-45 no es una traducción oficial sino la traducción que un particular hace de un texto oficial. De cara a la historia de la traducción (y de la educación) poseen también importancia las traducciones escolares conservadas en papiros, sobre las cuales cf. Fisher,"Greek Translations...", Rochette,"Bilinguisme...", En general se trata de traducciones de autores cristianos, elaboradas por Eusebio de Cesarea, Sofronio, Peanio, más algún traductor anónimo (cf. Fisher,"Greek Translations...",. De un contexto cristiano procede además la traducción de la Égloga cuarta virgiliana de la que hablábamos al principio de este trabajo. Yo propongo que el historiador quiere resaltar con esta expresión su fidelidad a unos comentarios (šk tÔn ×pomnhmátwn) en los que quizá se exponía con un detalle mayor de lo habitual las líneas maestras de los discursos pronunciados por Lucio Antonio y Octavio. La hipótesis cobra fuerza si es verdad, como sugiere entre otros Gowing (cf. n. 13), que la fuente de este pasaje de Apiano son las Memorias del propio Octavio Augusto 38, uno de los protagonistas de la escena. Las traducciones antiguas del latín al griego de las que tenemos noticia a día de hoy no son demasiado abundantes 39. Algunas se han perdido, como por ejemplo aquéllas a las que me refería en la nota 5. Las que conservamos proceden, además, de una cronología relativamente tardía, del siglo cuarto en adelante 40. Por estos motivos parece que no se ha de desdeñar el testimonio de Apiano en cuanto traductor del latín al griego en el siglo segundo de nuestra era. Si en casos como los de Polibio, Pisandro o Arriano (cf. n. 5) hemos perdido la traducción griega, lo peculiar en el caso de Apiano es que lo que se ha perdido no es la versión sino el original latino.
Este artículo revisa la interpretación de la glosa frigio-bitinia g£noj 'hiena', documentada por Hesiquio, desde la comparación con lo que, a nuestro juicio, constituyen variantes de la misma palabra, incluido el nombre que, según Aristóteles (HA 594 a, 27), daban algunos a este animal, gl£noj. Si nos detenemos a observar los diferentes significados y las explicaciones etimológicas a las que han dado lugar, parece que en la glosa converjan, por lo menos, tres raíces distintas. El primer significado de g£noj, par£deisoj, se explica a través de un préstamo de las lenguas semíticas (plausiblemente a través del fenicio): gn significa'jardín, huerto' tanto en ugarítico como en hebreo, arameo, nabateo y palmireno 3. Por lo que respecta a g£noj con el significado tanto de x£rma y adon» como de fÔj, aÐg», leukÒthj y lamphdÓn, Pokorny incluye la glosa en su entrada gāu-'alegrarse, ufanarse'; g -ro-s 'orgulloso' 4. Finalmente, las interpretaciones propuestas a propósito de g£noj = a Øaina ×pÕ FrugÔn kaˆ BiqunÔn se han mantenido al margen tanto del "jardín" semítico como de la "alegría" indoeuropea y apuntan en otras direcciones. El primer problema que surge a la hora de establecer la etimología de g£noj 'hiena', precede incluso a su propio compilador y nos lo plantea Aristóteles en su Historia animalium. Describe a la hiena como un animal del tamaño del lobo, pero con crin, y afirma que hay quienes lo llaman Øainan y quienes lo llaman gl£non: Pese a la distancia que separa ambos testimonios y aunque Aristóteles no especifica quiénes llaman gl£non a la hiena, la coincidencia entre ambas glosas es Encontramos -gr-en los lemas neofrigios gegreimenan, gegrimenon o gegreimenon y dregroun. Hay varios testimonios del grupo -kr-, tanto en paleofrigio (›.?.]kakrayunni[.?. y pakray) como en neofrigio (akrodman, [o]uekrw, oukra, oukraon y poukroj), y como en otras dos glosas hesiqueas,'Akris...aj y ƒkristin. Otros ejemplos de oclusiva + líquida son bren bratere y brokeiw; plen › plor.iata.[...; pren proitavos y protuss[.]stame.nan; -dren ‹ mod.rov.anak, dregroun, skeredriaj o skeledriai y nadrotoj; -tr-en mitrafata y satra[...]th[.....; o incluso la secuencia -qr-, única en todo el corpus, en adiqrerak. De acuerdo con el testimonio del filósofo, éste conocía con el nombre de gl£noj al mismo animal que Hesiquio glosó como g£noj casi ocho siglos más tarde. A menos que se opte por descartar cualquier relación entre ambos testimonios (cosa harto improbable), estamos, por lo tanto, ante básicamente dos posibilidades: a) que el testimonio de Aristóteles refleje un estadio anterior de la voz que recoge Hesiquio, que a su vez mostraría una forma evolucionada o corrupta de gl£noj (> g£noj). b) que la variante de Hesiquio sea preferible a la de Aristóteles y que el texto de la Historia animalium haya transmitido una versión errónea de la palabra documentada por el lexicógrafo alejandrino. La primera de estas dos posibilidades es la que, en principio, parecería tener más visos de fundamento. En una hipotética evolución gl£noj > g£noj, la simplificación del grupo consonántico inicial sería totalmente justificable en términos fonéticos, especialmente habiendo de por medio una líquida. Sin embargo, la conjunción de velar + líquida no es infrecuente en todo el grueso de la documentación; de modo que no parece que podamos hablar de una evolución regular para explicar la divergencia entre ambos testimonios, si bien también debemos tener presente que hay un lapso de al menos doscientos años entre las últimas inscripciones neofrigias y Hesiquio. Pero tampoco podemos pasar por alto que, pese a los abundantes ejemplos de grupos consonánticos formados por oclusivas y líquidas en el corpus, los únicos testimonios de la secuencia -gl-son otras dos glosas frigias, también documentadas por Hesiquio, gloÚrea y glourÒj y la inscripción fronteriza My-01 [URL] 6. La escasa documentación de este grupo puede deberse, sencillamente, al azar de lo que se nos ha transmitido; pero también podría indicar que el grupo no era demasiado habitual en frigio. Por otra parte, descartar que g£noj sea fruto de la evolución regular de la lengua para considerarla, sin más, una forma corrupta, recelando del testimonio de Hesiquio y atribuyéndole un error de transmisión, constituye, como poco, una descortesía, puesto que, sea por su propio celo o simplemente por el de sus fuentes, en las dos Figura en el aparato de todas las ediciones que citamos como D a. Sin embargo, le atribuyamos un error de transmisión a él o a sus fuentes, no podríamos descartar la posibilidad de que estuviera dando g£noj por gl£noj, de no ser porque la transmisión del texto de la Historia animalium nos deja un resquicio de duda a la hora de dar prioridad a gl£noj sobre g£noj. El pasaje de Aristóteles que acabamos de citar es el único lugar en toda la literatura griega en el que aparece documentada la voz gl£noj 'hiena'. Aunque, desde luego, gl£noj no es la única palabra documentada en griego por un único testimonio, pensamos que su semejanza con la glosa hesiquea g£noj justifica que en esta ocasión nos cuestionemos el texto de Aristóteles. Y si bien aun así podría parecer poco prudente desestimar en favor del de Hesiquio el testimonio del filósofo, avalado por su antigüedad y por la dilatada tradición filológica de sus obras, es, no obstante, esa misma tradición la que documenta una variante g£non, transmitida por un único manuscrito, el Codex Vaticanus gr. 262 7, para el gl£non que aparece en los demás códices. Esta variante constituye el principal argumento para considerar la segunda de las opciones que nos habíamos planteado, a saber, inclinarnos por el testimonio de Hesiquio en detrimento del de Aristóteles. Cierto es que el carácter único de la variante podría considerarse criterio más que suficiente (y, desde luego, filológicamente indiscutible) para preferir gl£non a g£non, pero existen, además, buenos argumentos lingüísticos para sostener la lectio gl£non 8. Encontramos, también en la Historia animalium de Aristóteles, otro animal que recibe un nombre muy similar al que el sabio dio como alternativa al de Øaina. Se trata de un pez de agua dulce, el siluro, al que llaman gl£nij no sólo Aristóteles, sino además Pausanias, Efipo de Olinto, Mnesímaco, Aristófanes de Bizancio, Arquipo y Matrón de Pítane. La voz está glosada como nombre de pez y con el sentido de "perezoso" por Hesiquio (quien también da otra palabra similar, gl£noi, con un significado afín,'xre‹oi). Finalmente, el gramático Herodiano de Alejandría da la variante gl£nioj 9. La semejanza entre ambos nombres salta a la vista y, de hecho, se han relacionado etimológicamente, aunque el origen de ambas palabras es desconocido. La comparación se esta-10 Cf. 225, s.v Todo parecería apuntar, en definitiva, a que la lectio gl£noj en el texto de Aristóteles sea la correcta. Pero aun así, creemos que hay argumentos de peso para considerar muy seriamente g£noj como una lectura viable. En primer lugar, y pese a que todos los manuscritos de la Historia animalium de Aristóteles (menos el Codex Vaticanus gr. 262) dan gl£noj, la variante g£noj existe, y coincide punto por punto con el testimonio de Hesiquio. Por otra parte, y pese a que gl£non es la lectura unánime de todos los códices de la Historia animalium, excepción hecha del Vaticanus gr. 262, el único en el que aparece g£non, quizá en este caso la lectio facilior no sea la lectio melior. Si la coincidencia entre la glosa hesiquea y la variante g£non ya constituye un argumento importante a favor de ésta, el códice que la transmite se ha considerado unánimemente uno de los mejores manuscritos para la fijación del texto de la Historia animalium. La crítica divide los manuscritos que nos la han transmitido en dos grandes familias, procedentes de dos tradiciones distintas. La primera de ellas se remontaría a la versión original de la Historia animalium en nueve libros, mientras que la segunda habría tenido como modelo original la edición de Andronico, que incluía el libro X. Los editores coinciden en que la primera de estas dos familias, encabezada por los manuscritos más antiguos, Aa (Marcianus 208), del siglo XIII, y Ca (Laurentianus 87-4), del XIV, es la más fiable; sin embargo, también están de acuerdo en que el codex Vaticanus gr. 262 (Da), que parece haber servido de modelo al resto de los manuscritos de la segunda familia, debe incluirse entre los mejores manuscritos, tanto por su antigüedad (siglo Volvemos a remitir al lector a las ediciones citadas. Por lo menos en una de las ediciones previas a la de Dittmeyer 1907, la lectura g£noj debió de preferirse a gl£noj: Bailly da ambas voces en su diccionario, remitiendo, en ambos casos, al texto de Aristóteles (y sin mencionar a Hesiquio). El diccionario remite, para este autor, a la edición de la Academia Real de Prusia y a las de la colección Budé. Lamentablemente, no hemos tenido acceso a ninguna edición anterior a la de Dittmeyer, que nos permitiría averiguar qué criterios siguieron los editores que optaron por g£noj, aunque sospechamos que el testimonio de Hesiquio fue determinante, como lo ha sido para nosotros. Por contra, gl£noj, la lectura mayoritaria, queda (voluntaria o involuntariamente) respaldada por el nombre del siluro. XIV) como porque en ocasiones ha dado lecturas preferibles a las de Aa y Ca. No estamos, en consecuencia, ante una variante dudosa agazapada en una de las últimas copias del texto 11. Finalmente, el argumento etimológico que sostiene la lectura gl£noj en la Historia animalium es su coincidencia con gl£nij 'siluro', pez que debe su nombre, de acuerdo con la opinión mayoritaria, a las características que comparte con la hiena. Pero también podría haberse dado el proceso inverso, a saber, que el gl£noj que aparece en Aristóteles surja del nombre del siluro, gl£nij. No estamos planteando tanto un origen común de ambas palabras como un cruce entre una palabra poco habitual (o incluso un barbarismo), g£noj, y el nombre griego de un animal cuyos hábitos podían relacionarse con los de la hiena, por lo menos en lo referente a su voracidad. Se trataría de la adaptación de un préstamo o un barbarismo a través de un proceso analógico con las características de una etimología popular. En griego ya existía una palabra para designar a la hiena, Øaina. Gl£noj es un hápax, y su similitud con la palabra documentada por Hesiquio podría estar indicando que se trate, en efecto, de una palabra no griega, quizá incluso de origen frigio o bitinio. Bien Aristóteles, bien sus fuentes, bien alguna de las incontables manos que nos han transmitido su obra podrían haber establecido una relación semántica entre un g£noj original y la palabra griega para designar al siluro, gl£nij (que sí que tenemos bien documentada) dando lugar a una hibridación entre ambos, gl£noj. Nuestro razonamiento puede parecer retorcido, pero se trata de un proceso bastante habitual, especialmente en lo que se refiere a la adaptación de préstamos. Se podría aducir, en contra de lo que acabamos de exponer, que en griego existe una palabra homófona al g£noj frigio y bitinio que significa'alegría, gozo', g£noj. Creemos, no obstante, que la identificación con gl£nij podría igualmente tener que ver con la existencia de una voz homófona a g£noj en griego, tratándose de una disimilación del barbarismo precisamente para distinguirlo del g£noj griego y en favor de su identifi-12 St. Byz. s.v.'Azano.... Nuestro análisis, en conclusión, se inclinará por la lectio difficilior de la Historia animalium, g£noj. Con todo, la discusión sobre cuál es la variante más fiel de la glosa no acaba aquí: en sus Ethnica, Esteban de Bizancio da una forma sospechosamente similar al g£noj de Hesiquio que no podemos pasar por alto. En su entrada dedicada a'Azano..., Frug...aj pÒlij, Esteban narra la leyenda que explica una curiosa variante del topónimo,'Exou£noun: TMbÁnoi (quien no especifica la procedencia de la glosa). En cuanto a'lwpek...j, cf. X. Cyn, 3, 1. Bailly lo traduce por «chienne de chasse tenant du renard». ISSN 0013-6662 das, el criterio del editor nos parece el más acertado en la elección de la variante'Exou£noun, pero, y aun a riesgo de caer en un argumento circular, consideramos que la glosa de Hesiquio parece indicar que oУnoun, y no oÐanoàn, es la lectura correcta, tal como veremos a continuación. La única garantía de que g£noj sea una palabra frigia (y bitinia), independientemente de nuestra propuesta de enmienda al texto de la Historia animalium, es que Hesiquio la identifica como tal. En el caso de oУnoun, esta identificación es implícita, ya que Esteban se limita a situar la voz en una leyenda local; sin embargo, hay argumentos lingüísticos que sugieren que la palabra con la que los habitantes de'Azano... llamaban a la zorra no es ajena a las características fonéticas de la lengua frigia. Esteban de Bizancio nos da el acusativo de esta voz, oУnoun, cuyo final en -oun evoca tentadoramente el acusativo singular temático frigio. Si estamos en lo cierto, Esteban no habría helenizado la forma, sino que habría mantenido la desinencia autóctona, desinencia que apunta hacia la lengua frigia 15. De modo que volvemos a encontrarnos frente a dos formas muy similares, ambas atribuidas de manera más o menos explícita a la lengua frigia, que designan a dos animales de la misma familia, la hiena y la zorra. Las coincidencias son tantas, que resulta muy difícil descartar una estrechísima relación entre ellas. Revisemos, antes de entrar en más detalles, las diferentes propuestas de análisis a propósito del nombre de la hiena en frigio, que, como se verá, quedan supeditadas a la consideración que sus autores hayan concedido a cada uno de estos dos testimonios. En 1960, Otto Haas publicó un artículo dedicado precisamente a la documentación indirecta de la lengua frigia 16. En él relacionaba la glosa g£noj con el testimonio de Esteban de Bizancio; no obstante, argumentaba que, aunque la ciudad en cuestión se hallaba en Frigia, la leyenda recogía una tradición previa y era bitinia, como lo eran, en consecuencia, también los nombres del erizo y de la hiena o la zorra, y añadía un tercer testimonio "tracio", la glosa TMbÁnoi:'lwpek...dej 17. Consideraba, en fin, que tanto TMbÁnoi, como oУnoun 'zorro', y la glosa g£noj 'hiena', eran una misma palabra, pero no frigia, sino traco-bitinia; pero, pese a afirmar que ni oУnoun ni g£noj podían considerarse frigias, ponía en relación las dos glosas con su antropónimo paleofrigio Evanos (sic). En cuanto a su etimología, Haas identificaba todos estos términos con el griego Øaina: < La identificación de g£noj con Øaina es de Georgiev 1959, a quien Haas (1960, p. 28) cita, aunque omite la etimología por la que Georgiev terminó inclinándose. En cuanto al "antropónimo" Evanos, se trata de la segmentación y transcripción (cuestionable) de i. e. *suHs 'cerdo' 18. Sí que es cierto, como apunta Haas, que g£noj / oУnoun podría ser un préstamo bitinio en frigio. Sin embargo, sus razones no son determinantes en este sentido. En efecto, Hesiquio da g£noj como frigio y como bitinio, y el testimonio de Esteban de Bizancio se puede considerar igualmente ambiguo en cuanto al origen de oУnoun 'zorro'. Pero el hecho de que la palabra para designar a la hiena sea la misma para los frigios y sus vecinos los bitinios no basta, de entrada, para descartar su pertenencia al léxico frigio. Para justificar su no pertenencia a esta lengua, Haas se ve obligado a afirmar, sencillamente, que la leyenda es bitinia, y no frigia, aduciendo razones históricas para sostener dicha afirmación: la ciudad de'Azano... se sitúa en un territorio que, antes que los frigios, habían ocupado los bitinios, a quienes Haas atribuye la leyenda, pero eso no significa necesariamente que ésta no pueda ser frigia 19. Por otra parte, el hecho de que TMbÁnoi se pueda poner en relación con g£noj y oУnoun tampoco prueba que las glosas no sean frigias. Simplemente, y de ser correcta su identificación con g£noj y oУnoun, constituiría un elemento más en la comparación, pero en ningún caso un argumento contundente a favor de una identidad traco-bitinia de las glosas, puesto que, de las tres, TMbÁnoi quizá sea la que Haas atribuye al tracio de manera más injustificada. En 1893, Tomaschek había identificado la glosa como tracia suponiendo que los gorros de piel de zorro que (según Heródoto y Jenofonte) lucían los tracios correspondían a la traducción'lwpek...dej que Hesiquio daba de TMbÁnoi 20. En 1957, Detschew descartó la interpretación de Tomaschek, afirmando, en base al testimonio de el Cinegético de Jenofonte, que'lwpek...j no significaba 'gorro de piel de zorro', sino 'híbrido de zorro y perro', sugiriendo la similitud fonética con t3⁄4n oУnoun en Esteban de Bizancio y poniendo en duda, en consecuencia, la pertenencia de TMbÁnoi al léxico tracio 21. Curiosamente, además, Tomaschek también había in cite, precisamente, tanto a Detschew, quien desbarata la hipótesis de Tomaschek sobre TMbÁnoi, como a Georgiev, quien (1957, p. 2) también acabaría dudando que la glosa fuera tracia. Aparece en la segunda columna de un papiro (lín. El documento, parte de la colección del British Museum, es una lista de nombres, entre los que figura G£noj, acompañados de sumas en dracmas y óbolos (posiblemente se trate de una factura). cluido la glosa hesiquea g£noj entre su compilación de glosas tracias, remitiéndola a *gh 2 eu-'gritar'; sin embargo, ya Detschew había descartado esta interpretación 22. Al cabo de dos años, Vladimir Georgiev descartó la interpretación propuesta por Tomaschek, concluyendo que la palabra era frigia y tenía el mismo origen que el griego Øaina 23. Consideraba que g£noj podría derivar de la raíz a la que tradicionalmente se remitía el término griego (i. e. *suHs 'cerdo', tal como acabamos de ver), aunque prefería otra etimología para ambas formas, que explicaba a través de una onomatopeya: su aullido sería el origen del nombre en griego y en frigio del animal, y remitía, en consecuencia, ambas voces a *u± -'aullar' (sic). En cuanto al testimonio de Aristóteles, Georgiev afirmaba que se trataba de una forma corrupta del de Hesiquio a través de una contaminación con glÁnoj 'alhaja'; por lo que respecta al de Esteban de Bizancio, pensaba que oУnoun conservaba la forma más antigua de la palabra frigia 24. En resumen, Haas establecía, para sostener su afirmación de que la glosa g£noj era "traco-bitinia", una comparación con otra glosa, TMbÁnoi, de cuya atribución al tracio dudaban los mismos especialistas a quienes citaba, los cuales, además, se mostraban muy cautos a propósito de g£noj (incluso Detschew, que la incluía entre los testimonios de esta lengua), tanto por los problemas de lectura que la confrontación del testimonio de Hesiquio con el de Aristóteles planteaba como por la posibilidad de que la glosa fuera frigia, y no bitinia. De hecho, puestos a comparar con el tracio, Haas tenía, en los mismos trabajos que citaba 25 cuenta a la hora de argumentar la filiación tracia de g£noj y oУnoun. En realidad, los argumentos más interesantes que Haas da para sostener su posición con respecto a la glosa son de carácter lingüístico y tienen más que ver con el erizo de la leyenda que con la zorra. La correspondencia griego TMx‹noj -frigio oexij (que, de acuerdo con el mismo Haas, representaba algo como *ežis?) implicaba el tratamiento propio de una lengua sat de la palatal, lo cual no encajaba con la visión que Haas tenía de la evolución de las oclusivas indoeuropeas en frigio 30. Haas siempre se había mostrado partidario de una teoría, con una larga tradición en la historia de la investigación de la lengua frigia, que sostenía que ésta había sufrido un proceso de rotación consonántica similar al de las lenguas germánicas 31. El tratamiento de la tectal en oexij no era, pues, el que esperaba, motivo por el cual dedujo que no debía ser una palabra frigia; y si oexij no era frigio, tampoco podía serlo el otro animal que aparecía en la leyenda, oУnoun. Desde el punto de vista de Haas, las dos glosas de Hesiquio (g£noj, frigio-bitinia, y TMbÁnoi, tracia según él mismo y Tomaschek) sólo hacían que confirmar su posición, alejando a ambos animales del vocabulario de la lengua frigia, posición que mantendría en 1966 32. Otra cuestión distinta es, como ya hemos dicho, la posibilidad de que g£noj (o incluso oУnoun, o la palabra que se encuentre detrás de estos dos testimonios) pueda ser un préstamo bitinio en frigio. Sobre esto volveremos más adelante; también sobre la etimología que Haas recoge para todos estos testimonios. Por último, deberíamos aclarar aquí que, aunque Haas conocía el testimonio de Aristóteles (gl£noj), en ningún momento se detuvo a analizar su relación con el oУnoun citado por Esteban de Bizancio y las glosas hesiqueas g£noj y TMbÁnoi 33. El nombre que Aristóteles da a la hiena constituye, en cambio, la base del Diakonoff / Neroznak 1985, p. 110 siguiente análisis de la glosa, en la monografía de Diakonoff y Neroznak sobre la lengua frigia 34. Los autores consideraron que la versión de Aristóteles era preferible a la de Hesiquio, y remitían gl£noj, que sí consideraban frigio, a *gh w lāno-(sic): raíz indoeuropea *ghel-'resplandecer, brillar','de color amarillo, verde, pardo o azulado (en adjetivos)' 35. La propuesta partía del color parduzco del animal y ponía en relación gl£noj con otras palabras frigias tradicionalmente remitidas a esta raíz, como las glosas gloÚrea y zšlkia, documentadas por Hesiquio. Sin embargo, proponían una etimología alternativa para g£noj, remitiendo la versión de Hesiquio de la glosa a *gh w n1⁄2 -yo-(sic), es decir, grado cero de *gh w en-'golpear, dar muerte'. Los autores se detenían a justificar su preferencia por el testimonio de Aristóteles, que consideran la lectio difficilior, sobre el de Hesiquio, y pasaron por alto la leyenda de la zorra y el erizo de Esteban de Bizancio 36. No vamos a discutir la primera de las dos etimologías propuestas por Diakonoff y Neroznak, a saber, gl£noj < *ghel-, puesto que ya hemos advertido aquí que descartábamos la lectio gl£non del texto de Aristóteles y hemos detallado los motivos que nos han llevado a preferir g£noj. Por lo que respecta a la segunda (g£noj < *gh w n1⁄2 -yo-), la relación semántica es muy interesante, y hay ejemplos en la documentación que presentan pautas de evolución similar: el tratamiento de la nasal silábica es paralelo al de voces con una etimología segura, como el paleofrigio materan, con un final en -an procedente de la desinencia de acusativo indoeuropea, *-n1⁄2, o onoman, de *h 3 n(e)h 3 -mn1⁄2; la aparición de la vocal a a partir de la nasal silábica habría evitado una posible palatalización de la labiovelar, que pasa, sencillamente, a la sonora correspondiente 37, final en -os igualmente bien documentado; sin embargo, resulta más difícil justificar la desaparición de la semiconsonante, ya que la misma sufijación que postulan Dia- konoff y Neroznak aparece en voces donde la y se ha mantenido intacta 38. Por otra parte, su propuesta no tiene en cuenta el testimonio de Esteban de Bizancio, cuya relación con el frigio g£noj, a nuestro modo de ver, no puede descartarse a la ligera. La última propuesta que revisaremos a propósito de g£noj es de Vladimir E. Orel 39. Éste traía a colación g£noj como un argumento a favor de la reconstrucción del nombre del perro en frigio, *kan-de acuerdo con el autor, quien basaba su reconstrucción en el pasaje del Crátilo de Platón en el filósofo asegura que los frigios dan el mismo nombre que los griegos (con alguna pequeña variante) al fuego, al perro, al agua y a muchas otras palabras, reconstrucción que apoyaba con un epíteto del Hermes lidio, Kandaàla 40. Sin embargo, él mismo advertía que la contribución de este testimonio no era del todo fiable, ya que tanto este teónimo como otras voces similares no eran frigias, sino lidias 41. Con todo, pensaba que el difuso testimonio de Platón podía encontrar sustento en la glosa que nos ocupa, g£noj: Orel afirmaba que el inicio gan-, a pesar de la sonora, se parecía al del antropónimo KandaÚlhj y podía bien ser la palabra a la que Platón se refería para "perro", aduciendo la imposibilidad de precisar las nociones de similitud fonética del filósofo como argumento para sostener su hipótesis. Descartaba, en consecuencia, el testimonio gl£noj de Aristóteles, que consideraba una forma corrupta de g£noj, sin entrar en más detalles. Precisamente la imposibilidad de determinar el grado de exactitud de Platón compromete, creemos, cualquier hipótesis basada en su testimonio. Asimismo, consideramos la equivalencia entre el ganinicial de la glosa y la primera parte del antropónimo lidio discutible. De entrada, porque quien la establece está reconstruyendo, dejando de lado la legitimidad de dicha reconstrucción, una voz frigia *kan-(que remitiría, suponemos, al indoeuropeo *kuon 'perro' 42, con lo que la sonora de la glosa no tiene ningún sentido, máxime cuando contamos con indicios bastante fiables de que tanto la palatal como la velar sorda indoeuropeas convergieron en k en Para la velar ver, p. e., el neofrigio a(d)daket. Se trata del verbo en las fórmulas imprecatorias neofrigias, y las formas remiten a i.e. *dheh 1 -'poner, colocar', con la misma sufijación -k-que el lat. faciō. En cuanto a la palatal, uno de los ejemplos más fiables es el también neofrigio [o]uekro, < i.e. *swekuros 'suegro', cf. IEW, pp. 1043-1044, s.v. swekrú-. De hecho, parece que la palatal sonora i.e. da g en frigio, desarrollo que sería consecuente con el de la palatal sorda: cf., p. e., Lubotsky 1989, p. 149 sobre el neofrigio gegaritmenoj, que remite a *ghrH-i-t, raíz -alargada-*gher-, cf. IEW, pp. 440-441 y LIV, pp. 156-157, s.v. *gher-1. frigio 43, que es precisamente la evolución que se postula en la reconstrucción citada. Segundo, porque no contamos con ninguna fuente que especifique que ni KandaÚlhj ni otros nombres habitualmente citados a propósito de la reconstrucción de la palabra "perro" en frigio sean palabras frigias. Finalmente, porque la hipótesis de Orel ignora, una vez más, oУnoun. A lo largo de todo este escrito hemos insistido en la importancia del término oУnoun 'zorra', mencionado por Esteban de Bizancio, en relación con la glosa frigio-bitinia g£noj 'hiena'. También hemos expuesto las razones que nos han llevado a preferir esta versión de la glosa a la variante gl£noj de la Historia animalium de Aristóteles e, igualmente, los motivos que nos han hecho pensar que la lectio gl£non (en vez de g£non) en el texto aristótelico podría no ser la correcta. Una vez establecida la variante de la glosa de la que vamos a partir, g£noj, y la certeza de que ésta está relacionada de alguna manera con oУnoun, intentaremos determinar la vinculación entre ambas y su etimología. Es difícil leer la glosa hesiquea g£noj sin que el primer pensamiento sea que el griego g£noj: x£rma, fÔj, aÐg», leukÒthj, lamphdÓn, adon» y la voz frigiobitinia g£noj: a Øaina, ×pÕ FrugÔn kaˆ BiqunÔn podrían estar emparentadas: el término griego nos remonta, como ya hemos visto aquí, a la raíz indoeuropea *geh 2 w-/ *geh 2 dh-'alegrarse, estar alegre' 44. La hiena, además de ser oportunista, carroñera y glotona como cualquier cánido es, en cierto modo, un animal alegre, ya que se ríe. La ā nos llevaría, tanto en griego como en frigio, al tratamiento habitual de la secuencia *-Ceh 2 C-45, y no sería descabellado pensar en el mismo tipo de sufijación; por lo que respecta a la velar, apenas hay ejemplos seguros, pero se puede encontrar algún paralelo 46. Pero no contamos sólo con el testimonio de Hesiquio, y hay razones de peso para relacionarlo muy estrechamente con el de Esteban de Bizancio. 1038, s.v. su± -s, suw-ós'Hausschwein, Sau', quien, sin embargo, no incluye ninguno de los testimonios que hemos citado aquí en su diccionario. Recordamos que la identificación de g£noj y Øaina había sido propuesta por Georgiev 1959, p. 72, si bien éste descartaba la hipótesis por la que se decantó Haas (y por la que nos inclinaremos nosotros) en favor de una explicación onomatopéyica tanto del frigio g£noj como del griego Øaina. Hay varias formas adjetivales con sufijo temático *-no-en varias lenguas históricas, en algunas de las cuales designan, ya sustantivadas, al cerdo: lat. suīnus, a.e.e. svinъ, let. svīns 'propio del cerdo'; o gót. swein, a.isl. suīn, ags., a.a.a. swīn o a.e.e. suinija 'cerdo' (< *suH-iHno-); la misma sufijación -no-vuelve a aparecer en el gr. tardío ×hnÒj; en cuanto a Øaina, ya hemos visto que parece presentar una sufijación algo distinta, a partir de un femenino: *suH-eh 2 -nih 2 -(con metátesis, como en mela‹na). LXXIV 2, julio-diciembre 2006 pp. 321-340 ISSN 0013-6662 nios podría hacer de oУnoun un argumento que legitime la variante g£noj frente al gl£noj documentado por Aristóteles, de modo que debemos descartar esta primera impresión, pese a que resulte tentadora. La relación entre g£noj y oУnoun parece bastante clara, de entrada, en lo que se refiere al significado. Hesiquio traduce g£noj como 'hiena', lo mismo que Aristóteles, y Esteban de Bizancio afirma que oÐanoàn es el nombre que los habitantes de'Azano... daban a la zorra. Por lo tanto las dos glosas designan o tienen que ver básicamente con dos animales, la hiena y el zorro, ambos cánidos, con hábitos carroñeros. A nivel formal, tanto el vocalismo como la nasal inicial e incluso la oscilación inicial ga-/ waparecen apuntar a un origen común. Pero, ¿en qué términos? El nombre del animal podría haberse desarrollado de manera independiente en ambas lenguas, dando como resultado dos palabras lo suficientemente parecidas como para confundir a los autores que nos lo han transmitido. O podríamos estar ante un préstamo, sea de los frigios a los bitinios o de los bitinios a los frigios. Llegados a este punto, hay que recurrir a la etimología. Como ya hemos visto aquí, Haas relacionó ambas glosas con el griego Øaina, remitiéndolas, junto con otros testimonios, al < i. e. *suHs 'cerdo' 47. Su hipótesis, que intenta conciliar las formas documentadas por Hesiquio y por Esteban de Bizancio en la dirección opuesta a la que hemos tomado nosotros, mantiene, en lo que se refiere a su etimología, plena vigencia, por lo menos desde nuestro punto de vista. Partamos del supuesto de que la forma es frigia. No se trata de una elección aleatoria: si bien no estamos en condiciones de ver lo que ambos testimonios puedan tener de bitinio, sí creemos que en el oУnoun de Esteban de Bizancio se pueden rastrear características propias de la evolución de la lengua frigia, cuando menos si se tiene en mente una derivación temática a partir de *suH-48. Se trataría de un proceso de lenición de *s-paralelo al del griego, aunque completado. En otros contextos, el frigio parece conservar bien la *s-: ver, p. e., neofrigio semoun / semon, que varios autores han relacionado con el tema del demostrativo indoeuropeo. apuntado el más endeble de ellos: la desinencia de acusativo que da Esteban presenta la forma frigia en -un (neofrigio -oun) propia de los acusativos de la flexión temática, aunque esto podría no ser más que la adaptación morfológica de un préstamo a la propia lengua. Pero lo que resulta sumamente interesante es que, si estamos en lo cierto, oУnoun presenta, en lo que a la evolución de la secuencia inicial se refiere, la misma evolución que determinadas voces frigias aisladas en la documentación directa, como venavtun, identificado con el tema del reflexivo indoeuropeo *sue, o el ya citado [o]uekrw, < i.e. *swekuros 'suegro" 49. Esta propuesta plantea, no obstante, dos problemas. El primero es que la derivación de la forma frigia a partir de i. e. *suH-s 'cerdo', no está del todo clara. Da la sensación de que g£noj / oУnoun no apuntaría tanto a una sufijación como la que presentan el lat. suīnus, el a.e.e. svinъ, el let. svÀns, el gót. swein, el a.isl. suÀn, el a.a.a. swÀn o el a.e.e. suinija, (< *suH-iHno-), ya que el frigio no tendría por qué haber perdido la semiconsonante que mantienen las demás lenguas 50, sino más bien a una derivación similar a la del griego tardío ×hnÒj o incluso, en parte, a la de Øaina: el vocalismo a de los dos testimonios del frigio, oУnoun y g£noj, podría estar reflejando una ā frigia procedente tanto de una *ē o de una secuencia *eh 1, *eh 2, como ya hemos visto aquí 51. No deja de ser curioso, por otra parte, que sólo el griego y el frigio coincidan en el significado. El siguiente problema que suscita la propuesta que sostenemos es conciliar la forma de Esteban de Bizancio, oУnoun, con la que documenta Hesiquio, g£noj, cuya principal discrepancia es la alternancia inicial wa-/ ga-. El cambio w > g, con todo, no es infrecuente, especialmente en posición inicial. Entre las lenguas indoeuropeas antiguas, se da en armenio: cf., p. e., gitem 'sé', de *weyd-'ver', (concretamente, a partir del perfecto *woyd-/ *wyd-) 52; también podemos citar, por dar un ejemplo en las lenguas que nos son más cercanas, el castellano y el catalán gastar, ambos procedentes del lat. uastare, el castellano galardón (un préstamo de las lenguas germánicas, cf. neerl. antiguo witherlôn, ags. witherleân 53 Cf. Corominas / Pascual 1980, III, pp. 29-30 y 121-122, s.v., quienes defienden la autoctonía de ambas voces en castellano, puesto que gastar se ha interpretado como un galicismo. Sea como fuere, en tal caso la voz francesa de la que se derive gastar en castellano estaría ilustrando el mismo proceso que suponemos para oУnoun: wa-> gua-(piénsese, por ejemplo, en los nombres del Guadiana y del Guadalquivir, cuyo primer elemento es el árabe wadi 'torrente'); gua-> g w a-; finalmente, g w a-> ga-. Hemos optado aquí por explicar la divergencia entre los testimonios de la glosa desde un punto de vista lingüístico, aunque se podría haber recurrido a un argumento paleográfico: una confusión entre F y G. Sin embargo, no hemos insistido en esta posibilidad, dadas las dificultades de justificar la presencia del mismo error en la transmisión del texto de Aristóteles y el de Hesiquio sin que haya ningún indicio de dicha confusión en la tradición manuscrita de ambos textos. Por otra parte, la grafía inicial de Esteban (OU-) complicaría aún más esta alternativa paleográfica a la explicación histórica.'pago a cambio de algo') 53 o, si bien no se trata exactamente del mismo proceso, el catalán coloquial aiga en vez de aigua, aunque en francés este tipo de cambio se da a un nivel muchísimo más amplio. De acuerdo con la etimología a la que la remitimos (*suH-s 'cerdo') y teniendo en cuenta que la evolución wa-> gaestá bien documentada, nos inclinaríamos a considerar oУnoun la forma más cercana al original 54. En cualquier caso, los datos no son suficientes, en nuestra opinión, como para hilar demasiado fino en cuanto a la divergencia de tratamiento: g£noj podría haber sido la adaptación bitinia del frigio oУnoun 55, o ambas formas podrían incluso haber convivido como variantes dialectales del frigio. Sin embargo, pensamos que hay indicios para pensar que oУnoun sería la forma más antigua, que es muy posible que sea frigia y que los bitinios podrían haberla tomado en préstamo, si bien tampoco podemos descartar completamente la posibilidad de que las dos lenguas hubieran desarrollado independientemente cada una de las formas o que el préstamo hubiera ido en la dirección contraria a la que proponemos. No intentaremos explicar el préstamo en sentido inverso, ni la posible relación de oУnoun / g£noj con otras formas, como la glosa hesiquea TMbÁnoi o los nombres tracios G£noj y Gani£da (topónimos), Ganha (teónimo) y G£noj (antropónimo). En el caso de TMbÁnoi, ni siquiera la filiación de la glosa es segura; por lo que atañe al resto, la homofonía puede ser casual o, bien al contrario, indicativa de que deberíamos replantearnos la posición de Haas en cuanto a la identidad bitinia de nuestra glosa, algo muy difícil de demostrar, dado el carácter paradigmáticamente fragmentario de los testimonios del tracio (con las limitaciones que ello conlleva). Este trabajo sólo pretendía llamar la atención del lec-EMERITA (EM) LXXIV 2, julio-diciembre 2006 pp. 321-340 ISSN 0013-6662 tor sobre dos puntos: el primero de ellos es que, en una revisión de la glosa que tenga en cuenta la totalidad de los testimonios, cabe una reflexión justificada sobre la posibilidad de que el texto de la Historia animalium de Aristóteles admita una enmienda. El segundo, que, tras varias décadas de investigación, podríamos tener nuevos argumentos a favor de una filiación frigia de la glosa. De todas maneras, no debemos olvidar que no sólo estamos ante una forma de la que sólo contamos con documentación indirecta, documentación que hay que abordar con sumas reservas (aunque también con cierto grado de optimismo), sino que dicha documentación, en el caso que nos ocupa, es considerablemente problemática. Por estos motivos, somos bien conscientes de que nuestras conclusiones no son más que simples hipótesis de trabajo, abiertas, en consecuencia, a propuestas más atinadas.
Revista de Lingüística y Filología Clásica (EM) RESEÑA DE LIBROS LXXV 2, julio-diciembre de 2007 II. París, Presses de l'Université Paris-Sorbonne, 2006. 334 pp. Número 9 de la colección Lingua Latina, esta publicación «s' efforce de cerner, au travers des données latines, les traits que l 'on peut retenir comme caractéristiques des langues techniques», según se dice al comienzo mismo del "avant-propos" (p. 7), que ocupa dos páginas, dedicadas en su mayor parte a la historia de la definición de los lenguajes "técnicos" y "especiales", y el último párrafo a presentar el volumen, compuesto por diecinueve trabajos que «concernent des domaines aussi divers que ceux de la grammaire, de la rhétorique, du droit, de la médecine, de la théologie, de l'agriculture, de la botanique, ou encore de l 'arpentage» (p. 8) y se reparten en tres secciones 1. Aunque la mayor parte de ellos son real e indiscutiblemente interesantes y valiosos, no constituyen en rigor un estudio de conjunto de los "lenguajes técnicos" de la lengua latina, por cuanto todos son estudios de detalle, y tampoco puede decirse que EMERITA (EM) LXXV 2, julio-diciembre 2007 pp. 347-353 ISSN 0013-6662 sean contribuciones expresamente orientadas a la definición de los rasgos característicos de esos "lenguajes", puesto que, con pocas excepciones, parten precisamente de una definición cerrada, en virtud de la cual las terminologías científicas y técnicas de la Antigüedad se equiparan a las de hoy en día y son comparadas con éstas a fin de apreciar su tecnicidad, o su "systématicité", empleando el término que propone Emanuela Marini, que se centra en el estudio de secare, según ella tecnicismo cabal, o de primer grado, y de caedere, que para ella sería un tecnicismo de segundo grado, o de bajo nivel de tecnicidad. He ahí un muestrario de los errores de enfoque que vienen estorbando el conocimiento de las porciones del léxico latino que pueden rotularse "técnicas", tan completo que no falta la alusión a la falta de "espíritu científico" de los clásicos que les achacó Jacques André en su conocidísimo estudio de los fitónimos latinos, con fundamento a mi entender más que discutible. El más grave de esos errores es, sin duda, tomar como requisito indispensable de la tecnicidad de un léxico especializado su alejamiento del común, cuando salta a la vista que los vocabularios científicos o técnicos de la Antigüedad griega, latina y grecolatina son, en justicia, extensiones especializadas del léxico común, en cuyo estudio ha de atenderse principalmente a la "propiedad" en la que ha de cifrarse la "tecnicidad" bien entendida, esto es, la eventualmente depurada precisión con que los "términos técnicos", ya sean neologismos o locuciones comunes, denotan las cosas y expresan los conceptos relativos a un determinado saber teórico o aplicado. A este respecto, y sin ir más lejos, véanse, en este mismo volumen que comento, los trabajos de Michèle Fruyt, Benjamín García Hernández y Gualterio Calboli, en los que se pone de manifiesto que la creación de los léxicos científicos latinos consistió en la adaptación del léxico latino, aprovechando sus recursos "naturales", a las necesidades terminológicas de las respectivas ciencias. Se trata, en fin, de una publicación de señalable interés que aporta nuevos materiales para el estudio y descripción de conjunto de los léxicos, o "lenguajes", latinos de las ciencias y las técnicas, que, hoy por hoy, sigue siendo una tarea pendiente. Esta monografía recoge las principales contribuciones de un Coloquio celebrado en la Universidad Michel de Montaigne de Burdeos, en septiembre de 2002, sobre estucturas correlativas en las lenguas clásicas. Sus editores han agrupado las comunicaciones en cinco grandes bloques temáticos: los tres primeros, que incluyen la mayoría de los trabajos, abordan el tema desde una perspectiva fundamentalmente lingüística, mientras que los dos últimos ofrecen una lectura de la correlación en clave literaria o incluso desde los postulados de la lógica. Así, las dos primeras contribuciones estudian aspectos concretos de la correlación en latín con un enfoque diacrónico o comparado. El trabajo de Michèle Fruyt ("La corrélation en latin: définition et description", pp. 17-44), por ejemplo, ofrece una descripción de conjunto de la correlación en latín a partir de la distinción de Minard entre díptico "normal" y díptico "invertido" (con la subordinada pospuesta). Una segunda distinción básica es de naturaleza formal, según que los correlativos que configuran el díptico sean diferenciados (*k w o-..., so-...; *yo-..., *to-...) o pertenezcan al mismo paradigma morfológico (*to-..., *to...; *yo-..., *yo-...), distinción pertinente para explicar, por ejemplo, el nacimiento de la conjunción si (si..., sic...) de forma distinta a la propuesta en su día por Haudry. Precisamente el valor fundamental de este trabajo es que ofrece una visión de conjunto tanto de los oraciones de relativo como, sobre todo, de las subordinadas conjuncionales a partir de esquemas correlativos, pero completando y matizando en no pocos aspectos el trabajo clásico de Haudry. Por un lado, el enfoque comparativo es uno de los rasgos característicos de su contribución al contrastar las estructuras correlativas del latín con las del germánico. Por otro, y sobre todo, la singularidad de su propuesta radica en el análisis de las estructuras correlativas desde los presupuestos de la lógica formal y desde una perspectiva cognitiva: la correlación, en cuanto estructura binaria (prótasis-apódosis, o viceversa) sirve a su juicio para expresar tres operaciones lógicas fundamentales: la conjunción (-que), la disyunción (-ue) y, sobre todo, la implicación (sei > si), presente esta última de forma explícita o implícita en todas las estructuras correlativas. El autor revisa y analiza, desde estos presupuestos, los tipos fundamentales de estructuras correlativas oracionales en las lenguas ides. deteniéndose, sobre todo, en las singularidades del latín. Una aproximación sincrónica a los datos de latín y del griego, respectivamente, es el rasgo compartido por las dos siguientes comunicaciones. Una afirmación nada novedosa si lo que se pretende es explicar el origen morfológico de la conjunción ut. Pero la propuesta de Maurel, y de ahí su naturaleza "hipotética", no es diacrónica sino sincrónica: ut seguiría siendo un relativo en los distintos empleos "conjuncionales" que la gramática descriptiva le otorga: como relativa adverbial (de modo o tiempo) en indicativo, como completiva y como introductora de subordinadas consecutivas o finales. Si la hipótesis puede resultar aceptable en el caso de los empleos en indicativo, sorprende en cambio cuando se intenta hacer extensible a sus empleos en subjuntivo, nada fáciles de unificar desde una perspectiva sincrónica, ni siquiera como empleos relativos, por más que el autor utilice el término "relativo" en un sentido muy amplio (p. 67): un relativo es una "pro-forma" (pro-nombre, pro-adjetivo, pro-lugar, etc.), sin contenido léxico, que equivale a una variable y designa un elemento cualquiera de un dominio nocional (individuos, cualidades, lugares, etc.) que se concreta al integrarse sintácticamente en una oración. Un "mécanisme interprétatif" tan dúctil que le lleva a concluir que también las subordinadas de si pueden considerarse funcionalmente relativas. Mucho más concreta, más apegada a los textos, es la contribución de Michèle Biraud ("La syntaxe des 'suites' de toiou' to", tosou' to", o{ moio", i[ so" et oJ auj tov ": subordination, corrélation et coordination", pp. 75-98): a partir de un amplio corpus de textos áticos, analiza las construcciones de los adjetivos de similitud e identidad oJ auj tov ", o{ moio", i[ so", con correlaciones del tipo o{ sper o oi| o"(per), pero también seguidos de kaiv o de un sustantivo en dativo; en contraposición, toiou' to" y tosou' to" no pueden aparecer más que en correlaciones del tipo o{ sper o oi| o"(per). Además de un análisis detenido de las similitudes y diferencias semánticas entre estos dos tipos de construcciones (según que esté presente o no una relación de correferencia), M. Biraud pone de manifiesto su estatus sintáctico variable, unas veces entre la correlación y la coordinación, otras entre la correlación y la subordinación relativa. Los cinco trabajos de corte lingüístico restantes comparten, en mayor o menor medida, el análisis de la correlación desde una perspectiva pragmática, en relación con el contexto comunicativo (Tópico / Foco, tema / rema), pero, sobre todo, como un mecanismo que contribuye a la cohesión textual y a la coherencia discursiva. Así, Fréderic Lambert ("Un cas de coordination corrélative: tev... kaiv en grec ancien", pp. 99-116) analiza, a partir de los datos del libro I de Tucídides, este tipo de coordinación correlativa tan típica del griego clásico, conjugando los aspectos sintácticos (el paralelismo estructural de los elementos correlacionados y la dependencia que se establece entre ellos) y semánticos (frente al valor de ruptura de dev, la correlación con tev implica continuidad y convergencia entre los elementos correlacionados, de naturaleza binaria), con sus implicaciones discursivas: la relación de complementariedad que se establece entre los términos de este tipo de correlación, más allá de sus EMERITA (EM) LXXV 2, julio-diciembre 2007 pp. 347-353 ISSN 0013-6662 múltiples efectos de sentido, es una manera de reflejar la oposición pragmática entre tema y rema. Pierre Sadoulet ("Le morphème intensif w{ ste dans la Géographie de Strabon: entre corrélation et coordination", pp. 119-140) adopta en el análisis de w{ ste un punto de vista que él mismo denomina "intersémiotique", pero que bien podría traducirse en términos pragmáticos y textuales. 119), agrupa los empleos del intensivo w{ ste en Estrabón en tres tipos fundamentales: (I) en correlación con tosou' to" o ou{ tw", (II) en relación con un antecedente evaluativo de intensidad y (III) sin cohesión sintáctica explícita con un antecedente, para introducir, a modo de una digresión, una nueva oración casi de naturaleza coordinada (como un "relatif de liaison"). Estamos, en último término, ante un continuum que va de la intensidad de un contenido referencial a la intensidad argumentativa, de la subordinación a la coordinación. También sobre las consecutivas, sólo que en latín tardío (no habría estado de más recordar el corpus al que se refieren los datos de frecuencias de las tablas de pp. 148-149), versa el trabajo de Olga Spevak ("Concession et corrélation", pp. 141-157) en el que retoma algunas de las conclusiones de su tesis doctoral (1991). Parte de nuevo del concepto de díptico de Minard aplicado a los períodos concesivos, para distinguir dos tipos fundamentales: un díptico normal concesivo (quamquam, quamvis, etsi..., tamen...), y el díptico invertido (con la concesiva pospuesta). La ausencia del correlativo tamen o su sustitución por otro correlativo (nihilominus, quidem, certe, etc.) resultan relevantes, como lo es también, en el caso del díptico invertido, la distinción entre una concesiva subordinada y una concesiva restrictiva. Anna Orlandini ("Fonctions adverbiales dans les structures corrélatives en latin", pp. 159-180), describe con acierto el proceso por el que numerosos adverbios de intensidad asertivos (quidem), así como expresiones cuantitativas enfáticas (omnino) o adverbios en origen temporales (etiam, iam) comparten propiedades funcionales que les permiten integrarse en contextos concesivos a partir de estructuras correlativas. En los tres casos, la autora analiza los distintos niveles de inserción de estos adverbios, bien determinando a otro constituyente (por ejemplo, como intensificador enfático de un adjetivo o de un adverbio), bien como adverbios de frase que aseguran la cohesión textual y la coherencia discursiva. Aunque no siempre la frontera entre unos empleos y otros resulta evidente, sí lo es el proceso de gramaticalización que experimentan estas coniunctiones expletivae, y que no hace sino confirmar, para el latín, la propuesta que E. Traugott (1995) había ya formulado con carácter general: "internal sentence adverb > sentence adverb > discourse markers". Interesante también, y clarificador, es el trabajo de Olga Álvarez Huerta ("Attraction régressive et corrélation en latin ", pp. 181-197). Frente a la atracción progresiva (notante iudice quo nosti populo), construcción excepcional que "semble EMERITA (EM) LXXV 2, julio-diciembre 2007 pp. 347-353 ISSN 0013-6662 correspondre à un stade final ou tardif de l 'évolution des constructions relatives" (p. 182), la autora se centra en la justificación de la denominada atracción regresiva, que no considera resto de una estructura originaria (en la que el relativo era un simple determinante del nombre), sino que relativo y sustantivo están disociados. Distingue, además, dos tipos fundamentales según que el sustantivo objeto de atracción esté en nominativo (patronus qui vobis fuit futurus, perdidistis) o en acusativo (Naucratem quem convenire volui, in navi non erat), porque la justificación de la atracción (o mejor, de su ausencia) es distinta en cada tipo: en el primero estaríamos ante un caso más de nominativus pendens; en el segundo, en cambio, se trataría según la autora de "sujets à l 'accusatif" (p. 193), una distinción sintáctica que tendría un correlato pragmático: el nominativo sirve para marcar el Tópico y el acusativo el Foco. Las tres comunicaciones siguientes comparten, en mayor o menor medida, una lectura literaria de las estructuras correlativas. Así, el título mismo del trabajo de Michel Briand ("Les énoncés en... mev n... dev dans les Idylles de Théocrite. Syntaxe, pragmatique, poétique",, anuncia ya la triple perspectiva desde la que es analizado este tipo de correlación en la poesía de Teócrito. Más allá de la relación de interdependencia que se establece en estas estructuras correlativas, se trata de un mecanismo de cohesión textual y coherencia discursiva, con una funcionalidad poética distinta según el tipo de texto en que se inserta: relatos y descripciones (el tipo más frecuente), diálogos (sobre todo en secuencias de cantos amebeos) y monólogos (cantos poéticos). Por su parte, Ghislaine Viré ("Structures corrélatives dans quelques ouvrages techniques latins", pp. 225-234) se pregunta si la frecuencia de estructuras correlativas en el Epitome rei militaris de Vegecio hay que entenderla como un fenómeno aislado o bien como un rasgo propio de la literatura técnica. El análisis de un corpus más amplio (Vitruvio, Frontino, Pseudo-Higino, el anónimo De rebus bellicis y Mulomedicina Chironis) no permite hablar de un uso frecuente de estructuras correlativas en la prosa técnica, lo que le provoca al autor una cierta "perplejidad": "je ne vois personnellement aucun élément dans la composition des oeuvres qui puisse nous fournir un embryon d 'explication" a la frecuencia de correlaciones de la obra de Vegecio (pp. 232-233), una muestra en todo caso de las preocupaciones literarias del autor. Louis Basset ("La corrélation dans les comparaisons épiques (Iliade, Odyssée, Énéide)", pp. 235-252) sí ofrece una explicación, más o menos convincente, al distinto empleo de formas correlativas para introducir una comparación épica por parte de Homero y Virgilio. Mientras que en la Ilíada y la Odisea es casi constante la correlación explícita, conformando un tríptico, con sus límites bien establecidos y casi estereotipada la marca para regresar al término comparado, en la Eneida las marcas son más diversas, el encadenamiento de la comparación más raro y menos explícito EMERITA (EM) LXXV 2, julio-diciembre 2007 pp. 347-353 ISSN 0013-6662 el regreso al relato. Unas diferencias que se podrían explicar en función de los distintos destinatarios de las epopeyas homéricas y de la Eneida: oyentes los de Homero y lectores los de Virgilio. La comunicación de Carole Fry ("Corrélatifs catégoriels et cognition: talis... qualis et les autres", pp. 255-266), con la que se cierra la monografía, propone una aproximación a las correlaciones talis... qualis, tantus... quantus, tot... quot, como categorías de naturaleza lógico-cognitiva. Además de detenerse en el referente de estos tres correlativos, la autora propone reducirlos a dos categorías básicas, cualidad (qualis) y número, sólo que el número puede entenderse como continuo (quantus) o discreto (quot). La sustitución frecuente del segundo (quot) por el primero (quantus), sobre todo en la lengua popular, sería a su juicio prueba, por una parte, de que constituyen una misma categoría y, por otra, de que quantus "est d 'une complexité cognitive moins importante que le quantitatif dénombrable" (p. Como se puede ver, los trabajos reseñados muestran las múltiples perspectivas de análisis que la correlación sigue ofreciendo (sincrónica o diacrónica; sintáctica, pragmática o estilística), dependiendo además de que el concepto mismo se entienda en sentido más restringido o más amplio. La coincidencia, en el tiempo y en el espacio geográfico, con un encuentro de características similares, reseñado también en esta revista (Anaphore, cataphore et corrélation en latin, Clermont-Ferrand, 2004), es una muestra sin duda de la actualidad del tema. Con la singularidad, en el caso del Coloquio de Burdeos, de que constituyó un lugar de encuentro entre helenistas y latinistas, un tipo de iniciativa menos habitual de lo que podría pensarse en un ámbito como el de la filología clásica. Y aunque sólo un trabajo (Basset) sea estrictamente comparativo, lo cierto es que la visión del tema se enriquece notablemente al contraponer el análisis de dos lenguas no sólo próximas sino que comparten además criterios de análisis de larga tradición. Si a ello se añade el interés específico de no pocas de las comunicaciones, la oportunidad del Coloquio y la publicación de sus resultados parecen más que justificados.
Se reúnen en este libro tres estudios que, aun siendo coherentes entre sí, se pueden leer independientemente. Su objetivo común es el de contribuir a una mejor comprensión del texto de Apolonio, mediante análisis detallados y enfoques novedosos, que se exponen con gran claridad y precisión. En la introducción (pp.4-8) el autor precisa el sentido de la terminología que va a utilizar cuando se hable de intertextualidad (pretexto, alusión, auténtica y genérica, por contraste, etc.) o de narratología. Esta preocupación terminológica le lleva, por ejemplo, a formular nuevas definiciones (pp.71-72) de "lista" y "catálogo", para precisar el sentido de "narración catalógica". Esta precisión metodológica supone un notable avance sobre estudios anteriores de Jong y Fusillo (cf. p.70 n.281). El primero de los estudios (pp. 9-56) investiga lo que hay de tradicional en la exposición de Apolonio y lo que innova respecto a las versiones precedentes. Parte de una presentación cronológica, en la medida de lo posible, de los testimonios, estructurada en tres apartados: 1o) Desde la épica arcaica hasta Píndaro: comienza por Homero y la alusión explícita de la Odisea (12, 69-72) a la nave Argo. Utiliza para ello desde datos arqueológicos de la frecuentación del Mar Negro por los griegos hasta paralelos míticos y antropológicos en textos hetitas, demostrando un profundo conocimiento de la bibliografía anterior. Los papiros POxy.3698 y 2513, con restos de hexámetros de contenido argonáutico, son de gran interés. Hesíodo, Eumelo, Mimnermo, Cinetón, Estesícoro e Íbico, y otros muchos autores son también analizados brevemente, así como la iconografía del mito a partir del 625 a.C. 2o) La trama argonáutica en Píndaro y Apolonio: tras una breve pero muy interesante presentación de la Pítica 4, primera versión completa que nos ha llegado del mito argonáutico, concluye que existe una estrecha y compleja relación textual entre ambos poetas, hasta el punto de que pasajes como Arg. 1.5-19, son poco comprensibles si no se tiene en cuenta el trasfondo pindárico. 3o) De Píndaro a la época helenística: presenta brevemente más de treinta autores que trataron el mito de los argonautas, entre ellos los trágicos mayores y menores, mostrando la riqueza y variedad del material existente. A continuación ofrece sinópticamente un cuadro (pp.49-56) de los catálogos de RESEÑA DE LIBROS -III. LITERATURA, FILOSOFÍA Y RELIGIÓN 355 EMERITA (EM) LXXV 2, julio-diciembre 2007 pp. 354-373 ISSN 0013-6662 los argonautas en el que se incluyen los datos recopilados, para lo cual ha ideado un sistema de signos que es, en su brevedad y precisión, algo que el lector sabrá agradecer. De él se saca la conclusión de que como muy tarde ya desde época helenística circulaban varias listas de argonautas, en las que unos treinta eran casi fijos, y también queda claro que Apolonio ha utilizado manuales mitográficos hoy perdidos. El Pseudo-Apolodoro, Higino y POxy 4097 y 3702, parecen reflejar en algunos casos una tradición independiente. En el segundo estudio (pp.57-134) se aborda el pasaje de Arg. 1.23-233 llamado "Catálogo de los argonautas", del que Körte decía en su libro sobre la poesía helenística que era "...una árida lista de participantes que constituía una durísima prueba para la paciencia del lector" y Fränkel consideraba "una de sus partes menos gratificante" (cf. p.3 n.3). En actitud diametralmente opuesta, el autor considera que tanto este catálogo como la profecía de Fineo (Arg. 2.311-425) que tratará en el tercer estudio, desempeñan una función importante en la épica hasta tal punto que pueden considerarse como geniales hallazgos narratológicos del poema. Este capítulo, escrito con un declarado entusiasmo, se abre con un apartado sobre la "poetología" del catálogo, su función en la épica y la necesidad de distinguir entre "enumeración, lista y catálogo". Describe a continuación los catálogos literarios en diversas culturas, desde las poesías rituales, las enumeraciones lexicográficas sumerias, las genealogías como caso especial, hasta los conocidos en la literatura griega y latina. Termina este apartado proponiendo varias definiciones: la de "lista" (descripción en forma de enumeración de conceptos del mismo contexto, o bien expansión de un pantónimo por medio de la enumeración de sus merónimos) caracterizada por ser monosintáctica; la de "catálogo" (descripción en forma de una lista formalmente sobreestructurada), caracterizado por ser polisintáctico; la de "narración catalógica" (narración en forma de lista formalmente sobreestructurada), de la que existe en Apolonio un ejemplo excelente en la profecía de Fineo. Los análisis de la ironía narrativa y de las relaciones contextuales desde el punto de vista poético dan paso a una edición crítica del catálogo seguida de la traducción alemana del texto. El estudio de los procedimientos literarios se inicia con la búsqueda y enumeración de los signos macrosintácticos, que son los que caracterizan la lematización en el catálogo (35+1 lemmata para un total de 54+2 héroes). Lo primero que se estudia son las partículas que separan y enlazan frases, luego los conectores semánticos, las secuencias, las innovaciones y secuencias semánticas formales. Aborda luego la relación entre narratología y mito mediante un análisis del lemma dedicado a Orfeo (pp. 115-124), reflejo modélico del espíritu innovador de Apolonio, y dedica un interesante cotejo intertextual entre la parte tesalia del catálogo homérico de las naves con la correspondiente zona geográfica en el de Apolonio. Todo el capítulo abunda en observaciones interesantes, paralelos bien traídos y enfoques novedosos que demuestran la refinada escritura del poema, los guiños literarios, el callado homenaje a Homero, y merece la atención de los estudiosos de la literatura griega porque se plantea la necesaria revolución metodológica de esa disciplina. 2.178-530), tema al que Scherer había dedicado ya su Staatarbeit, publicado en Münster en 1997, pero que aquí aparece profundamente revisado y ampliado. El pasaje en cuestión ha sido generalmente criticado por la duplicación que supone el extenso vaticinio con el propio viaje posterior, pero el autor considera abusivo este enfoque porque su función en el poema es en gran medida reveladora de las estrategias narrativas de Apolonio y, por ello, le parece de lo más logrado y sutil de toda la obra. La duplicación permite un enfoque intratextual e intertextual que revela la intención del poeta, y explica muchas de las cosas que se achacan a Apolonio por presentar un Jasón que no es ni homérico, ni trágico, ni antihéroe, sino la consecuencia directa del carácter abierto del texto que no permite una "etiqueta global" para su figura. El análisis narratológico, partiendo de la macroestructura del pasaje, le permite hacer observaciones interesantes sobre la estructura profunda del episodio de Fineo que no es otra cosa que el rechazo de la hybris y la necesidad de la themis. La creación de un espacio literario mediante la "prolepsis interna" hace que la profecía sea el elemento compositivo más importante del libro segundo. Para corroborar estas tesis proporciona a continuación (pp.142-146) un texto griego establecido de Arg. Partiendo de que estamos ante una composición anular, divide su estudio en cinco partes: el proemio, el paso por las rocas cianeas, la costa del Mar Negro hasta la Cólquide, la reacción poco heroica de Jasón y la respuesta enigmática de Fineo sobre la navegación de regreso. Sus numerosas referencias a la macroestructura textual ponen de manifiesto que se trata de un texto "abierto" cuya creatividad y autonomía lo distancia de la tradición. Muchas veces aparecen variaciones inesperadas que juegan con las expectativas del lector, como en el caso de la paloma que sirve de indicio positivo o negativo para el cruce de las rocas cianeas, o el hecho mismo de presentar a Fineo como un narrador tímido y cohibido que se interrumpe frecuentemente a sí mismo adelantando los hitos del periplo del Mar Negro. El juego literario se manifiesta claramente en los "pre-textos" utilizados: las profecías de Circe y Tiresias en la Odisea; el inquietante discurso de Néstor en la, trasfondo del paso de las cianeas; y la profecía del Prometeo encadenado y el itinerario marcado en ella. Existe una sutil ironía difuminada entre signos mánticos ambiguos que humanizan el mito, referencias textuales directas en las que "el fardo de la duplicación" se transforma en indicios reveladores de una intención expresa de juego y paradoja, de ironía narrativa y guiños literarios. Sorprendentemente, como si emulara el texto de Apolonio, el autor añade un nuevo comentario (pp.200-222) del mismo texto de Arg. Reúne en él materiales no utilizados en la parte anterior, pero esclarecedores y que le ayudan a mantener sus tesis. Notables aportaciones de realia en la parte "periplótica" del Mar Negro, y sutiles reflexiones exegéticas hacen de estas páginas consulta obligada para los estudiosos de Apolonio. Culmina el libro una bibliografía abundante y al tiempo selecta (pp.223-232), en la que no faltan estudios españoles. LXXV 2, julio-diciembre 2007 pp. 354-373 ISSN 0013-6662 Por el tema, por la forma estrictamente filológica de tratarlo y la hábil combinación de enfoque literario y rigor textual, este estudio, fruto de muchos años de reflexión, supone una muy notable aportación a nuestra comprensión de la obra de Apolonio y resultará de gran interés para los estudiosos de la literatura helenística. ROXANA BEATRIZ MARTÍNEZ NIETO Bruselas, Latomus, 2006, 156 pp. Accio es el máximo exponente de la tragedia arcaica romana junto con su predecesor Pacuvio. Se nos conservan fragmentos de un total de cincuenta títulos, aunque algunos se refieren a la misma obra pero conocidos por los eruditos antiguos con distinto nombre. En el presente trabajo Giampiero Scafoglio realiza una loable reconstrucción de uno de estos dramas, el Astyanax, a partir de los fragmentos que recoge la edición crítica de las obras de Accio llevada a cabo en 1995 por Jacqueline Dangel en la colección Les Belles Lettres. En la primera parte el autor hace una análisis extenso y exhaustivo de los antecedentes mitológicos del tema central del drama, un aspecto esencial para comprender los fragmentos conservados: los días posteriores a la caída de Troya en los que se decide el reparto de las mujeres troyanas entre los guerreros aqueos y tienen lugar dos crueles ejecuciones, el sacrificio de Políxena en la tumba de Aquiles y el asesinato del hijo de Héctor, Astianacte, aún niño, al que los griegos arrojan desde la muralla de la ciudad. En la Ilíada, cuando Andrómaca entona el lamento fúnebre por su marido muerto (XXIV, 725-745), presagia dos posibles finales para su hijo, la esclavitud al igual que ella o la muerte violenta. El ciclo épico también aborda el tema y aparecen dos versiones de la muerte de Astianacte: una a manos de Neoptólemo, quien se lleva como esclava a Andrómaca y no quiere que el hijo de Héctor pueda vengarse de él, hijo de Aquiles, el asesino de su padre. Esta versión aparece en el 9Iliàj μikrá atribuido a Lesques. En cambio, en el 9Iliàj pérsij de Arctino el asesino de Astianacte es Odiseo y Neoptólemo se limita a llevarse a Andrómaca como esclava, pero no se explica el motivo que lleva a Odiseo a matarlo. Ninguno de estos dos poemas se nos han conservado, pero los conocemos a través de sendos resúmenes que aparecen en la Crestomatía de Proclo. Aunque el tema está presente en la literatura griega arcaica, se desarrolla más ampliamente en la tragedia clásica griega y, en especial, en Eurípides, quien dedicó varias obras a las consecuencias de la toma de Troya: Andrómaca, Hécuba y Troyanas. Por ello, Scafoglio se extiende en la explicación de sus argumentos y en las partes en las que se cita a Astianacte. Eurípides se decanta por la versión en la que As-EMERITA (EM) LXXV 2, julio-diciembre 2007 pp. 354-373 ISSN 0013-6662 tianacte es asesinado por decisión de Odiseo que se presenta como un personaje vengativo y cruel a diferencia de las obras homéricas en las que encarna el ideal helénico. Después de Eurípides hay pocas noticias del desarrollo de dramas semejantes. A Antifonte (primeros decenios del siglo IV a.C.) se le atribuye una Andrómaca y quizás sea también suyo un fragmento en papiro (30 Page), muy mutilado, que narra un episodio en el que una mujer y un niño son obligados a dejar una tumba. A continuación aparece un lamento fúnebre cuya intérprete debe identificarse con Andrómaca, que recuerda todas sus desventuras. Es el esquema que aparecerá posteriormente en las Troyanas de Séneca. Por último, resulta muy interesante el estudio que hace Scafoglio de la que fue seguramente la fuente más importante para Accio: la tragedia romana, y, en concreto, Ennio, el primer autor romano, a tenor de las obras que se nos han conservado de Nevio o Livio Andronico, que escribió acerca de los hechos posteriores a la caída de Troya. El tema lo habría desarrollado en su obra Andromaca aechmalotis "Andrómaca prisionera", lo que nos hace pensar que tratara, al igual que Eurípides en su Andrómaca, la esclavitud de Andrómaca en casa de Neóptolemo. Sin embargo, un detenido estudio de los fragmentos lleva a Scafoglio a pensar que se trata del momento después de la caída de Troya. Al final de esta primera parte, el autor aporta una síntesis del argumento y del posible modelo de los doce dramas (de un total de cuarenta y ocho) dedicados al tema troyano que se conservan de Accio y se centra en el Astyanax. Se plantea el problema de si la obra Troades, bajo cuyo título hay dos fragmentos, es la misma que el Astyanax. Aporta tres posibilidades aunque ninguna de ellas es rigurosamente demostrable: a) Ambas tragedias eran la misma y el nombre de Troades hace referencia al nombre del modelo, las Troyanas de Eurípides. Es esta opción por la que se decanta Scafoglio, aunque su postura no es categórica. b) Son dos tragedias distintas que desarrollaban la misma materia c) Son dos dramas diferentes pero complementarios. La segunda y última parte es el texto y comentario de los fragmentos conservados del Astyanax y también de Troades. Toma el conspectus codicum editionumque de la edición crítica de Dangel así como el aparato crítico, aunque a veces introduce alguna variación en las lecturas. Los fragmentos, recogidos por gramáticos (Nonio, Prisciano y Servio) para explicar cuestiones gramaticales, están ordenados siguiendo el desarrollo argumental y este orden varía con respecto a la edición de Dangel. En cada uno, hace unas consideraciones métricas de carácter general y un breve comentario literario destacando las figuras retóricas que aparecen (las más frecuentes son la aliteración y la paronomasia). Se plantea quién es la persona loquens y qué escena podría estar narrando. Como novedad añade dos fragmentos dudosos de las Tusculanae de Cicerón que Dangel no recoge. En ellos, un personaje sale del Averno y lo describe en primera persona como un lugar tenebroso. Como conclusión de esta parte, se detiene en el Fragmento V y hace un excursus sobre el tópico del ataque a los adivinos, contando brevemente los antecedentes que tiene en la tragedia griega y latina. El trabajo de Scafoglio en su conjunto facilita la contextualización de los fragmentos de la obra de Accio y ofrece una visión panorámica del tratamiento del mito de Astianacte y de los acontecimientos después de la caída de Troya en la literatura griega y romana. Todo ello resulta de una gran utilidad para conocer a un autor como Accio, aún poco estudiado debido a la escasez de elementos conservados. Por otra parte, su aportación al tema puede servir de base a los estudios de tradición y de intertexualidad de otros autores. Un gran conocedor de la literatura latina, Antonio La Penna, nos ofrece en este enjundioso libro un estudio general de la obra virgiliana y en especial de la Eneida. Es una síntesis que abarca todos los aspectos, históricos, materiales y formales, que se suelen tratar al abordar un análisis literario. El autor se conduce en sus indagaciones siguiendo una línea crítica muy ponderada, dejando de lado interpretaciones simbolistas o deconstruccionistas, demasiado subjetivas o arbitrarias, y dialogando y aceptando moderadamente alguna de las conclusiones de la reciente escuela de Harvard (que propugna la existencia en la Eneida no sólo de una voz pro-augústea, sino de algunas otras voces más críticas con el régimen), pero defendiendo el carácter prevalentemente augústeo de la epopeya y desestimando posturas de los havardianos basadas en un demasiado frágil y arriesgado simbolismo. El título del libro procede precisamente de esa postura que se aproxima pero no coincide con la moderna crítica americana: La Penna destaca que, aunque en la poesía e la Eneida "la celebrazione trionfalistica della storia di Roma, dell'impero, del regime augusteo non ha ombre", sin embargo Virgilio protesta y deja oír paralelamente su voz a favor de las víctimas de ese destino, para el que no descubre justificación alguna; su protesta, cargada de dudas, lo es, en realidad, contra el fatum (véase sobre esta justificación del título especialmente las págs. 319-320). El libro consta de tres partes, de desigual extensión, que abordan el análisis de cada una de las tres obras virgilianas: primera sobre las Bucólicas (págs. 1-66), segunda sobre las Geórgicas (págs. 67-112), y tercera sobre la Eneida (págs. 113-496), aparte de una premessa y una notta dell'autore (pp. V-XII), un apéndice sobre la biografía (págs. 497-505), las notas, la bibliografía y los índices (págs. 506-580). La parte primera consagrada a las Bucólicas ("Le "Bucoliche" ovvero l 'impossibile Arcadia") se articula en diez capítulos en los que se analiza la formación cultural juvenil del poeta, su relación con Teócrito, su apartamiento del realis-EMERITA (EM) LXXV 2, julio-diciembre 2007 pp. 354-373 ISSN 0013-6662 mo propio de la poesía alejandrina, se estudian el canto y el amor pastoril como núcleos temáticos del conjunto, se descubren los elementos dispares que integran el género, para terminar abordándose la arquitectura del conjunto y el estilo peculiar de la obra. Entre las muchas observaciones interesantes y, a mi juicio, acertadas que en estas páginas se hacen, destacaré su puesta de relieve, a propósito de la Égloga I, de las dos voces: la propia, la afortunada, y la de las víctimas de los repartos de tierra, su consideración de la bucólica como género abierto e integrador de muchas otras posibilidades y variedades genéricas, su advertencia de cautela frente a los excesivos juegos y elucubraciones alegóricas de los intérpretes, su mesurada propuesta para una arquitectura de la obra, destacando el gusto por la simetría tanto en el conjunto como en las églogas individuales, su objetiva y detenida visión del estilo poético de la obra, en la que aduce, por ejemplo, el notable uso de la anáfora y la tendencia a colocar aposiciones entre el adjetivo y el sustantivo, rompiendo así el sintagma nominal. Ocho capítulos componen la parte seconda referida a las Geórgicas ("Le "Georgiche": il poema esiodeo e lucreziano del lavoro e della natura"), de modo que, como viene siendo habitual y a pesar de que en extensión dobla con mucho a las Bucólicas (2188 versos frente a 830), es la obra proporcionalmente menos atendida aquí del trío canónico virgiliano. Dichos capítulos se ocupan, paralelamente a lo que se hacía con las Bucólicas, del estudio de la génesis del poema didáctico y de las circunstancias históricas que lo contextualizan, de sus antecedentes literarios griegos y romanos, de su diferencia de perspectiva respecto a las Bucólicas, de su componente filosófico, de sus temas nucleares (el trabajo y la naturaleza, el amor y la muerte, la fábula de Orfeo), para acabar incidiendo en los aspectos formales de dispositio y elocutio en sendos capítulos dedicados a la arquitectura de la obra y a su estilo. Como para las Bucólicas, hay un capítulo final de actualización bibliográfica escrito por Perutelli. De las indagaciones y panorámica que aquí se presentan sobre la obra, me parecen especialmente relevantes algunas apreciaciones, tales como la conclusión de que en las Geórgicas el contraste campo-ciudad está aún más subrayado que en las Bucólicas, o el fino análisis de los componentes filosóficos epicúreos en avance hacia planteamientos estoicos, la detección en el poema didáctico de una tensión cósmica mayor que en la colección pastoril, y de un especial deleite en los detalles, que contrasta -y se contrapesa-con una paralela atención a las fuerzas universales de la naturaleza, más evidente en las digresiones pero igualmente apreciable en el resto del poema, la notación de cómo el libro III está teñido todo él de un tinte irracional muy lucreciano, por cuanto que pondera la fuerza del amor y de la muerte, y de cómo, al revés, en el libro IV, esa serenidad luminosa y armónica del mundo de las abejas es consecuencia de su falta de eros -reproduciendo Virgilio ese curioso error de percepción de los antiguos, que creían que las abejas recogían a su prole de las hierbas y de las hojas-, a partir de lo cual se crea, en este sentido, un vistoso contraste con el libro precedente, mayor aún si se tiene en cuenta que, frente a lo sombrío de la muerte destacado en el libro III, se detiene el poeta en este último libro a revelarnos la EMERITA (EM) LXXV 2, julio-diciembre 2007 pp. 354-373 ISSN 0013-6662 resurrección de los enjambres. Es, además, opinión del autor que la noticia de los comentaristas antiguos a propósito del cambio operado en el último libro -sustitución de los primitivos elogios de Cornelio Galo por el episodio de Aristeo y Orfeoes creíble y no hay por qué sospechar de su historicidad. Expone a continuación la perfecta simetría arquitectónica del conjunto, con estructura tripartita en los dos primeros libros y bipartita en los dos segundos, y con una regular alternancia de pasajes propiamente didácticos con digresiones ilustradoras; y señala por último, como nota estilística peculiar del poema, el amor por el detalle concreto y la constante humanización de plantas y animales. En la parte tercera se acomete el estudio de la epopeya virgiliana a lo largo de treinta y cinco capítulos y el título mismo que se le da ("L' "Eneide": il costo tragico del potere") nos habla ya, implícitamente, del reverso de la glorificación augústea, de esa voluntaria aproximación exegética a las conclusiones propuestas por la escuela de Harvard, bien entendido -como ya al principio he señalado-que La Penna es crítico además con posturas demasiado tajantes de esta escuela. Pero la mirada hacia el poema no es aquí tan limitada como se pudiera colegir por ese título: abarca prácticamente todas las habituales cuestiones de historia y análisis literario, al igual que ocurría antes con las Bucólicas y las Geórgicas. Se habla así del contexto augústeo del que brota la obra, de su particular compromiso histórico, de sus fuentes, del doble componente material mítico-histórico, y, concretando en sus dependencias literarias, de su vinculación con Homero y con el resto de la literatura griega (ciclo épico, tragedia, poesía helenística), así como con la literatura romana precedente (poesía arcaica, Lucrecio, poetas neotéricos, anticuarios e historiadores). Se examinan también los aspectos ideológicos, religiosos y filosóficos, la concepción del héroe; se plantea más de cerca la vinculación con la causa augústea y se contempla al mismo tiempo la epopeya como el poema de los vencidos. Un larguísimo número de páginas se dedica a las cuestiones formales de macroestructura y estilo: la distinción y confrontación entre parte odiseica e iliádica, la coherencia de los libros individuales, las correspondencias entre libros y el diseño integrador del conjunto, el proceso de composición de la Eneida y el problema de su inacabamiento, las características del estilo épico virgiliano y su iluminación en aspectos concretos como el de los discursos, las comparaciones, la expresión de lo patético, el llamado "estilo subjetivo" y el expresionismo, la herencia en este aspecto de alejandrinos y neotéricos, los colores, los efectos sonoros, en fin, y la expresividad métrica. Mucha claridad expositiva, mucho conocimiento de la bibliografía virgiliana, mucha sensatez en los juicios y gran habilidad de síntesis derrocha el autor en este largo estudio, del que me gustaría aludir a algunos puntos que considero significativos y que han conectado especialmente con mi percepción del hecho literario virgiliano. Destacables así me parecen las páginas que aluden a la expectación con que se aguardaba el acabamiento y publicación de la epopeya, o la recolección de datos sobre las fuentes para la leyenda de Eneas -magnífico capítulo -, o el análisis sobre las dificultades de cohesión, bien resueltas por Virgilio, entre lo mítico y lo histórico, o la erudita indagación sobre cómo el poeta recibió y leyó un Homero ya explicado por los comentaristas alejandrinos y visto desde una determinada perspectiva, o EMERITA (EM) LXXV 2, julio-diciembre 2007 pp. 354-373 ISSN 0013-6662 sobre las deudas probables con la Etiópide y otras epopeyas antiguas perdidas. En su escrupuloso recuento de fuentes no pasa por alto el autor la ausencia de improntas de la lírica griega -aparte de un esporádico eco de Píndaro Pyth. III 571-577-, y señala, en cambio, la nutrida herencia de la tragedia, y en especial de Eurípides, así como la estrecha vinculación con la poesía alejandrina, visible, por ejemplo, en la propensión a los relatos etiológicos; se detiene también, como era de esperar, a puntualizar la herencia neotérica, en especial la de Catulo (la proyección de su Ariadna en Dido, y ecos verbales dispersos), pero también la de Calvo, Varrón Atacino, Cornificio y Furio Bibáculo, en la medida en que las paupérrimas reliquias de estos poetas nos permiten la indagación; la búsqueda de continuidades no obsta, sin embargo, a la detección de distancias y enfrentamientos, y así, tanto respecto a los neotéricos como a la primitiva poesía romana arcaica, La Penna subraya la mesura y sobriedad virgilianas: mesura que se manifiesta en su cuidado para no caer ni en los excesivos refinamientos neotéricos, rehuyendo el lusus y la futilidad, ni en los abusos de efectos acústicos propios de Ennio y los poetas arcaicos; de Lucrecio puntualiza la deuda en aspectos tales como el léxico propio de la prosa; lúcidas exposiciones tiene este libro sobre la religión en la Eneida, tanto al tratar sobre la presencia de los dioses oficiales como de los ritos mágicos y otros fenómenos folclóricos. Muy rico es el panorama que se nos ofrece de la cultura filosófica virgiliana, teniendo en cuenta que el poeta no se propone seguir ninguna ortodoxia concreta, y muy fina es la indagación de correspondencias y distancias con respecto a las distintas doctrinas de su tiempo: de modo que pone muy bien de relieve la casi total marginación del epicureísmo y la inclinación hacia el estoicismo, como culminación de un proceso gradual que comenzaba en las Bucólicas y seguía en las Geórgicas; así, la distancia frente a la doctrina de Epicuro se hace evidente al admitir la resurrección de las almas; y estoico era ya en las Geórgicas el papel del labor en el regimiento de la vida humana, aunque este principio también coincidía con un cierto modo de ser propio del romano; rasgo estoico era igualmente la importancia concedida al Fatum y a la Fortuna; de modo que Eneas, si bien es cierto que no es del todo un modelo de sabio estoico, no se entiende, sin embargo, sin algunos presupuestos estoicos, tales como su sometimiento al destino; y en el excurso filosófico del libro VI (724-751) se debe al estoicismo la concepción del mundo penetrado y gobernado por el spiritus o pneuma, del cual son partículas emanadas las almas de animales y hombres; bien es verdad también que, sobre esta base, se monta una teoría del alma que tiene sus orígenes en el pitagorismo y el orfismo, y cuya historia pasa a través de Platón (véanse págs. 261 ss.) y llega a Virgilio bien a través de Posidonio (como pensaba Norden), bien a través de Antíoco de Ascalón y Varrón (como se piensa hoy); explica también cómo para la parte mitológica y descriptiva del mundo de ultratumba hoy se da como cierta la inspiración en fuentes órficas, tales como el Papiro de Bolonia, donde se contiene una catábasis, texto bien estudiado por Setaioli en sus posibles relaciones con Virgilio; pero además de esta cosmovisión estoica contaminada de platonismo y de orfismo, el autor señala la vinculación de las esperanzas soteriológicas presentes en la Eneida con el platonismo renacido de la primera mitad del siglo I a.C. y descubre cómo, en relación con tales ansias religiosas de salvación, el tema de la resurrec-EMERITA (EM) LXXV 2, julio-diciembre 2007 pp. 354-373 ISSN 0013-6662 ción -como el mito de la edad de oro-es una constante en la obra de Virgilio (Dafnis en la Égloga V, las abejas en el cuarto libro geórgico, y la transmigración de las almas en el sexto libro de la Eneida) y un vínculo más que da unidad a toda su producción. Al disertar sobre la epopeya como poema augústeo, se refiere el autor a las proyecciones simbólicas, propuestas por la crítica, entre el argumento legendario y la historia reciente, mostrando en este punto unos recelos tal vez excesivos y haciendo notar que alguna de las características del protagonista no convienen a Augusto en modo alguno; sí tiene razón -me parece -al subrayar cómo esa insistencia final de Virgilio (sobre todo en el libro XII) en Roma e Italia como núcleo irrenunciable del imperio debe entenderse como un correctivo necesario, después de Accio, a la leyenda de los orígenes orientales de Roma, y es convincente también al suponer que a tal objetivo apuntaba del mismo modo -interesante y aguda explicación (v. pág. 282)-la remota procedencia itálica de Dárdano, fundador de Troya, dato este sostenido únicamente por Virgilio y hápax digno de toda consideración. De las páginas posteriores, relativas a los dioses y a los héroes, yo destacaría el estudio de los precedentes literarios e ideológicos para la modelación y prosopopeya del protagonista: aunque plasmado a partir de patrones homéricos, el personaje de Eneas tiene además no sólo un fuerte componente estoico, sino también raíces en la tradición ética romana, y su comportamiento con los enemigos conecta con la moral teorizada por Cicerón en el De officiis; ajeno a ciertas pasiones como la del amor, su ocasional furor -que no es estoico en modo alguno-es, no obstante, perdonable, si está sometido a la pietas y obedece a causas más nobles; La Penna define con acierto a Eneas como héroe de la melancolía, de la tristeza, de la soledad y de la duda; de la duda sobre todo en aquel emblemático momento final en que da muerte a Turno, que solicitaba su perdón, héroe colocado así en la encrucijada de la clementia y la ultio, reclamada ésta por la pietas hacia Palante; y en su decisión final -como ya señalaban los comentaristas antiguos (Tiberio Claudio Donato y Servio) -se manifiesta doblemente su proverbial "piedad": tanto en su propensión a la clemencia como en su obediencia al deber de venganza del amigo, todo lo cual constituye -como subraya el autor -un conflicto límite muy semejante a los demuchas tragedias griegas (como en Esquilo el dilema de Orestes, que por vengar al padre debe matar a la madre), y en su exposición bien pudo Virgilio haber sido estimulado además por problemas vivos y actuales de su contemporaneidad. Más adelante (págs. 307-308), al contemplar la Eneida como poema de los vencidos, son muy significativas las palabras de La Penna para definir su postura frente a la escuela de Harvard y para justificar -como decíamos al principio-el título de su complilación. En su examen de la forma y estructura de la epopeya se muestra acaso cauto en exceso al sopesar las propuestas numerosas que se han hecho en el último siglo, y cree, por ejemplo, que a veces son muy forzados los paralelismos que se aducen entre la primera y la segunda parte de la epopeya (yo pienso, en cambio, que no hay razones para ser tan escéptico: v. mi introducción a la Eneida, Madrid, Gredos, 1992, págs. 58-68); mucho se detiene en el capítulo XXIII (págs. 326-364) al estudiar la estructura individual de cada libro, señalando bloques narrativos y descubriendo simetrías y diseños armónicos, antes de abordar, en el capítulo siguiente, la integración del conjunto, donde vuelve a ser crítico con propues-EMERITA (EM) LXXV 2, julio-diciembre 2007 pp. 354-373 ISSN 0013-6662 tas demasiado atrevidas a su juicio (pág. 368: "dove non arriva la metaletteratura nel suo dilagare!"). Para ilustrar el inacabamiento de la Eneida hace acopio de noticias sumamente útiles y de incongruencias notorias en el argumento. Desciende luego al análisis del estilo (los arcaísmos, las palabras compuestas, los epítetos, las aliteraciones, el léxico de la prosa, etc.), de la técnica de los discursos, de las particularidades de los símiles, y de varios otros rasgos de la elocutio virgiliana. Donde yo no me atrevería a seguir al autor es en alguna de sus afirmaciones a propósito de la "scelta dei suoni" en las que, según una línea de crítica fonoestilística muy exitosa en los penúltimos decenios, atribuye a determinados sonidos unos determinados efectos o sensaciones: así, me parece dudoso este aserto: "gli effetti musicali più suggestivi nell' Eneide sono dovuti (questa, almeno, è la mia impressione) a suoni cupi che si espandono in spazi più o meno ampi o, comunque, ad essi si associano" (pág. 460); al hablar de esas sinergias, que efectivamente se dan, entre forma y contenido, yo no hubiera dejado de traer a la memoria aquel mugiente verso de Aen. I 640-641 ingens argentum mensis caelataque in auro/ fortia facta patrum, series longissima rerum... se usen "gli spondei per raffigurare l 'argento e l' oro massiccio, i dattili, nel verso successivo, per evocare la lunghissima serie di imprese", aunque acaso sea por obcecación mía; no me niego, en cambio, a ver en I 592 (citado en pág. 487) la sinergia entre contenido y expresión: flauo argentum Pariusue lapis circumdatur auro, pues efectivamente la construcción del verso, con esa desunión máxima entre flauo y auro, refleja ese círculo de oro rubio en torno a la plata y a la piedra de Paros, pero en este pormenor, que a mí me parece más evidente, no repara La Penna; está claro que en este tipo de indagación literaria, donde los apoyos textuales no son unívocos, es difícil ser siempre convincente. Con tales notas, siempre apoyadas en los textos, de expresividad fónica y métrica, termina, pues, la interpretación que el filólogo italiano nos propone de la Eneida. No quiero dejar de señalar que, de cuando en cuando, al hilo de su exposición, se nos ofrecen algunas breves pero interesantes apreciaciones sobre la fortuna literaria del poeta. Y puede ser sorprendente, pero muy justificable desde mi punto de vista y muy acorde con la moderna concepción de la literatura, que el informe biográfico sobre Virgilio ("Le opere e gli anni", págs. 497-505) venga como discurso último y apéndice al libro, porque tal aspecto es importante para el entendimiento de la obra -¡por supuesto!-, pero es lo más externo a ella. En este punto vuelve a ser La Penna extremadamente cauto al enfrentarse con las noticias de biógrafos y escoliastas, y nos ofrece una reconstrucción sensata y convincente de la vida de Virgilio. Respecto a la noticia transmitida por Horacio en Carm. I 3 de ese enigmático viaje a Grecia del. Fontán, Madrid, Gredos, 1992, págs. 479-484), opina el filólogo italiano que su deseo de perfección era de tal magnitud como para tenerlo angustiado. Las notas aparecen recogidas en las págs. 509-549, y, a pesar de ser a menudo su exposición un diálogo con la crítica precedente, la información bibliográfica y complementaria está ofrecida en ellas con una oportuna economía, sin copiosos alardes inútiles de erudición. La bibliografía que se recopila en págs. 551-559 es, como se indica, la esencial: ediciones, comentarios y estudios, los que parecen más insoslayables. Rematan la obra los índices de nombres, de autores modernos y el índice general. En suma, este libro, denso y profundo, referido a la obra del mayor poeta de la Romanidad, es una reflexión y una actualización de su objeto de estudio. Su equilibrada metodología, atendiendo a los avances modernos pero siendo crítico en general frente a sus demasías, su apego a los textos, la cordura y lucidez de sus formulaciones, su claridad, su conocimiento cabal de todos los asuntos tratados y de su bibliografía, lo convierten en obra básica de la exégesis virgiliana (como lo fuera en su tiempo, por ejemplo, el libro de W. F. J. Knight, Roman Vergil, de 1944), que ha de tener, sin duda, una amplia y fructífera recepción en el siglo XXI. VICENTE CRISTÓBAL Universidad Complutense. Esta obra es el resultado de la reelaboración de una tesis doctoral leída en 2002. Sus objetivos consistían en dar a conocer la religión celta tal como se refleja en la tradición literaria antigua. Como es bien sabido, las fuentes secundarias para el conocimiento de las religiones antiguas apenas alcanzan a suplir lo que nos han hurtado las enormes deficiencias en la propia tradición de los pueblos indígenas, cuyas creencias se nos han hecho conocidas a través de los romanos, y declinaron progresivamente a manos de sus transmisores mismos y del cristianismo sin haber sido suficientemente estudiadas o registradas. El autor ha escrito esta obra con el fin explícito de superar el clásico en la materia, las Fontes Historiae Religionis Celticae de Johannes Zwicker, aparecidas en los años treinta del siglo pasado. Allí no se estudiaron exhaustivamente todas las fuentes ni se comentaron los textos. Por otra parte, algunas de las atribuciones de estos textos a sus respectivos autores han sido desde entonces objeto de revisión. En la presente obra se ofrecen noventa y nueve pasajes de veintitrés autores en orden cronológico, empezando por Avieno y concluyendo con Julio César, cuya obra ocupa por sí misma casi un tercio del total. Dos volúmenes más, que están por aparecer en el momento en que se edita este primer volumen, completarán la nómina de autores clásicos tratados, que llega hasta la Antigüedad tardía. La selección de los textos es amplia, dado que no está exclusivamente motivada por la alusión directa en ellos a las creencias de los celtas, sino que incluye a veces meras alusiones a personajes cuyo nombre es considerado teonímico en la literatura científica (BG 7,65,2,p. Naturalmente, la perspectiva adoptada sobre lo que es o no es celta es la moderna, de modo que se incluyen los testimonios legados sobre las Islas Británicas, que no llegaron a ser consideradas celtas por los autores antiguos. Y en cambio se eliminan con buen criterio aquellos fragmentos en que cabe sospechar que la alusión a lo "celta" se refiere en realidad a rasgos de los pueblos germánicos, dada la extensión que el término, como se sabe, llegó a conocer en la Antigüedad. El autor muestra la encomiable prudencia de reconocer que no es fácil desglosar lo celta de lo no-celta en lugares donde, como sucede en Galacia o en Hispania, ambas cosas estaban muy mezcladas, y tiene en cuenta la posibilidad de que se hayan dado casos de sincretismo. Los textos van acompañados de su correspondiente traducción, que hay que destacar que es fluida y de propio cuño del autor, y basada tanto en el texto mismo como en su conocimiento y valoración de las traducciones existentes a varios idiomas y, lo que no es menos importante, en la interpretación del texto: Por ejemplo, dependiendo del contexto, el autor tiene la sutileza de entender religio en diversos pasajes de César no como "religión", sino como "escrúpulo religioso" (BG 5,6,3, o "materias religiosas" (BG 6,(16)(17)(18); aclara que no es obvio siquiera lo que se quiere decir con "religión celta"; adicionalmente, tiene en consideración las dificultades de aceptar como objetivo el punto de vista tendencioso de los autores griegos y romanos, pero sin dejarse llevar nunca por un revisionismo absurdo; y finalmente parte de la base de que, lejos de haber un núcleo único de creencias, debieron existir grandes diferencias espaciales y temporales que se nos escapan. A continuación de la traducción se incluye un amplio comentario que comienza por lo que se sabe del autor y su posible relación con lo celta, justifica la traducción y repasa todos los aspectos textuales, arqueológicos o lingüísticos pertinentes para una exégesis completa del texto. Aquí muestra no sólo soltura en el manejo y entrelazamiento de disciplinas en ocasiones enfrentadas entre sí, sino un dominio de la bibliografía verdaderamente muy poco común, que incluye un vastísimo conocimiento de lo que se ha escrito en castellano a lo largo del S. XX. Hofeneder manifiesta un sano escepticismo ante la repetición de las opiniones EMERITA (EM) LXXV 2, julio-diciembre 2007 pp. 354-373 ISSN 0013-6662 que han sobrevivido amparadas en el criterio de autoridad a pesar de estar lastradas por saltos deductivos considerables, como pasa con la identificación por A. Schulten de Ataecina con la diosa infernal del Suroeste hispano mencionada en Avieno (pp. 22-23), aunque debería haber añadido que el paralelo se deshace totalmente si se piensa que las innumerables dedicaciones epigráficas a Ataecina, por mucho que en alguna ocasión se la identifique con Prosérpina, se sitúan mucho más al norte, casi siempre en Extremadura. También se muestra cauto con la aceptación de las opiniones tradicionales sobre cuestiones de interpretatio (pp. 203-211), que han dado lugar desde el S. XIX a conocidas ecuaciones, como Júpiter = Taranis o Mercurio = Lugu, que no siempre están lo bastante fundamentadas, si tenemos en cuenta que muy raramente se mencionan siquiera los nombres galos mismos en la literatura, o los romanos unidos a los autóctonos en la epigrafía. Y se añade a todo esto que estas identificaciones prescinden de cuestiones más abstractas, como la intercambiabilidad funcional misma de piezas independizadas de su contexto cultural, problemático en sí mismo, o de los objetivos precisos de César al presentar como algo obvio la identificación de divinidades extrañas con las propias. Sorprende la capacidad de Hofeneder para hacer crítica lingüística seria y realista, aunque no siempre esté preparado como es lógico para decidir entre la verosimilitud de diversas propuestas. Por ejemplo, está bien informado de las novedades de los últimos años en lingüística celtibérica, como demuestra en la p. 157 a propósito de celtib. weizos, y ha tenido el buen tino de consultar a celtistas competentes en caso de duda o desconocimiento, y en una materia, no lo olvidemos, cada vez más cargada ideológicamente, en la que abundan la repetición mecánica de los absurdos, la etimología fantástica y el esoterismo barato a partes iguales. En resumen, se trata de una obra útil, equilibrada y bien documentada. De Herodoti malignitate y en otros lugares: proceden de la Corona de Meleagro. Pero hay, también, los puramente epigráficos y los atribuidos a Simónides por los filólogos modernos (que recoge Page en su edición, no nuestro autor). Este, tras un estudio (cap. 1) del libro de los epigramas y su edición, edita y estudia en tres capítulos sucesivos los temas relacionados con los epigramas históricos, con el atletismo y con las reflexiones sobre el arte. Todos los problemas relativos a la vida de Simónides quedan aquí discutidos, así como la autenticidad de cada epigrama. Se añade la edición y traducción de los mismos, así como el estudio de las fuentes de transmisión y todos los demás datos y bibliografía. Creo que en esta fecha es el estudio más completo sobre el tema de que podemos disponer. F El 3 estudia más detalladamente la relación entre §κφρασις y símiles. Entre ellos los largos, que en realidad podrían ser eliminados sin que se perdiera la continuidad. Pero, en general, los símiles son una premonición, ponen al público en íntimo contacto con los héroes y el tema épico. Tornan lo desconocido en conocido. Siguen luego una serie de ejemplos de §κφρασις. En el capítulo 4, se trata de la descripción de los ríos y de la naturaleza troyana. La naturaleza es descrita en los símiles, que presentan la imaginaría de la vegetación, de la paz e introducen la inserción de los héroes en el cuerpo cívico. Insiste el capítulo 5, sobre el contexto agrario de la Ilíada, en la idea de la patria a través de la del padre, lo que ejemplifica, sorbe todo, con los temas de Aquiles y Sarpedón. Y en el 6 habla del contexto agrario de la Odisea. Más detenidamente y en términos generales el capítulo 7 habla sobe la §κφρασις homérica, insistiendo en la relación con el arte y la arqueología. Y el paisaje (los paisajes rocosos de Itaca). Pasa a hablar de las características de las descripciones homéricas y de su finalidad. Más en detalle, el capítulo 8 habla de la descripción de joyas y textiles. Y del bello aspecto de Odiseo después del baño, por ejemplo. El libro es hermoso y está bien escrito. Encuentro, solamente, demasiada dependencia de la bibliografía anglosajona (no hace falta insistir tanto en lo que dijo tal o cual filólogo). La española la conoce poco o no la conoce. No cita, por ejemplo, la Introducción a Homero, en que se han formado generalmente los helenistas de nuestro país. Jean-Yves Maleuvre (M. en lo sucesivo) se dedica al estudio de la velada oposición política de los escritores latinos que realizaron sus obras bajo el imperio de Augusto (cf. http://www.virgilmurder.org/). Su obra más conocida hasta ahora es La mort de Virgile d'après Horace et Ovide (Paris, Touzot, 1992), en el que intenta demostrar que Virgilio no murió de forma natural en el barco imperial, en su viaje de vuelta de Atenas, en Brindisi, sino por orden del propio Augusto, y como consecuencia del contenido posiblemente antiaugústeo de la Eneida. Este nuevo libro continúa, por tanto, sus estudios desde 1992, enfocados a demostrar que los escritores de la época no eran simples aduladores del emperador, o, mejor dicho, que lo eran sólo aparentemente (véase su bibliografía reciente abajo en referencias bibliográficas). En el presente libro M. se centra sobre todo en las Metamorfosis de Ovidio, con continuas alusiones a otros autores previamente estudiados por él. Intenta argumentar que el autor utiliza un lenguaje encriptado para denunciar la dictadura de Augusto, heredada de la de Julio César. El punto débil es su técnica, discutible porque actúa leyendo entre líneas, como antes hiciera con Catulo, Calvo, Virgilio, Horacio, y otros. El propio autor advierte (p. 13) que este libro no resultará del todo original a EMERITA (EM) LXXV 2, julio-diciembre 2007 pp. 354-373 ISSN 0013-6662 los filólogos interesados en su obra, ya que ciertas partes del mismo están retomadas, con algunas modificaciones, de su libro La mort de Virgile (1992), y otras, de su artículo "Ovide revisité: la satire politique dans les deux derniers livres des Métamorphoses" (Pallas 37, 1991, p. En la Introducción (pp. 1-13) M. plantea sus ideas principales. 5) que algunas situaciones en las Metamorfosis pueden parecerse, pero que nunca se repiten, y se muestra consciente de que Ovidio capta "el alma humana en su infinita complejidad" (p. Hasta aquí coincide con la doctrina común. Pero a partir de este punto, M. plantea su tesis central, empezando con el papel de los dioses en Ovidio. M. cree que los dioses en las Metamorfosis se muestran ambivalentes: son a veces respetables y compasivos (p. 6) y otras veces protagonizan situaciones escabrosas o ridículas (p. A lo largo del libro, M. cree desvelar la causa que subyace en ello. En su opinión, los dioses, los tiranos y demás personajes de las Metamorfosis, son a veces trasunto de diversos personajes reales, especialmente del emperador Augusto y de otros miembros de la familia imperial (especialmente César, Livia y Tiberio). En otros dioses y personajes, sobre todo Apolo y Orfeo, M. cree ver la figura del poeta: no sólo a Ovidio, sino a Catulo, a Calvo, y otros. Para poder leer el libro con estas claves M. nos advierte que recurrirá con frecuencia a su anterior obra sobre la muerte de Virgilio, a las ideas que allí expuso (p. 9; cf. La mort de Virgile..., 1992) y pide la colaboración activa del lector para comprender estas claves (p. Sobre Augusto nos dice M. que no era un «lecteur naïf»; que percibía el trasfondo antiaugusteo de los escritores bajo su principado, pero que «l 'important pour lui était que cela ne se vît point» (p. M. estudia desde ese punto de vista político una serie de cuarenta y siete artículos, "que pueden ser consultados al modo de un diccionario de mitología" (p. 13), siguiendo el orden de las tres péntadas ovidianas (es decir, en tres apartados de cinco libros cada uno). Las metamorfosis que estudia son las siguientes: 1) De la primera péntada, o libros I-V (pp. 15-94), se centra en: El primer capítulo (pp. 17-22) puede servir de muestra para captar la tesis de M. y su modo de argumentarla. Estudia la dualidad Júpiter-Apolo, un tema en el que abundará más adelante. Equipara esta dualidad a Júpiter = Augusto, Apolo = Poeta (Ovidio, la mayor parte de las veces). Augusto es el Júpiter terrestre. Retoma esta idea, p. ej., en el capítulo de Juno, pp. 33-35, donde ve en Juno un trasunto de Livia, e igual ocurre en el dedicado a Calisto y Coronis, pp. 42-46. En la tercera péntada del libro abundan las alusiones a Catulo y Calvo en las dobles lecturas de M. (p. ej., p. París, 1998, cap. 18), de que la muerte de ambos fue ordenada por Julio César. Hay ciertos pasajes de Metamorfosis (como ocurre también en Eneida) más claramente augusteos. En ellos M. no consigue aplicar del todo su teoría, lo que le lleva a veces a dudar del texto transmitido, a enmendarlos, a manipularlos, a aducir interpolaciones de versos (p. ej., p. 241), con lo cual su interpretación de tales mitos resulta menos convincente. En una ocasión, para dar una explicación del aparente elogio del tirano, dice meramente que 'Ovidio ha querido dar una lección a Augusto' (p. 237), sin una discusión filológica del asunto. Es cierto que es un libro con un contenido valiente, que invita a indagar, a leer con más profundidad a Ovidio, aunque haya que lamentar que esté falto de una buena edición. Hay errores de paginación (p. ej., el contenido empieza directamente en la p. Las citas griegas están editadas sin signos diacríticos (ej. p. Las latinas, en el caso de los dísticos elegíacos, no respetan el sangrado en el pentámetro (p. 11), entre otros múltiples detalles. En conclusión, M. hace un recorrido por diversos mitos para argumentar ese doble lenguaje donde se ve el contenido antiaugusteo. En ellos, tal vez con más intuición que capacidad argumentativa, llega a conclusiones que sí son ovidianas desde la reconocida tradición de la posible doble lectura en la interpretación de este autor. Por último, se echa en falta un uso más exhaustivo de la bibligrafía moderna que estudia el papel político de los escritores de época imperial (por citar dos ejemplos, cf. A. Barchiesi, Il poeta e il principe: Ovidio e il discorso Augusteo, Roma, 1994; P. J. Davis, Ovid and Augustus: a political reading of Ovid's erotic poems, London, 2006). Ma Elena Murcia Estrada J.-F. Nardelli publicó en 2006 esta monografía dedicada al último canto de la Odisea, en concreto a los versos en los que se narra el encuentro entre el protagonista y su padre Laertes. El título de la obra ya anticipa que el método de análisis empleado por el autor (N., a partir de aquí) será lingüístico. Aunque el texto que reseñamos se aproxima notablemente a un comentario filológico al uso (cf. M. Fernández-Galiano y A. Heubeck, Omero. XIII) la aplicación de tal calificativo a su trabajo. Al prefacio (pp. VIII-XIV), la lista de abreviaturas (p. XV) más la bibliografía (pp. 1-21) siguen las tres secciones fundamentales del libro: la introducción (pp. 22-32), el comentario lingüístico a los vv. Parecería lógico que la obra concluyese con el apéndice métrico (120-129) y los índices (de palabras, nombres, lugares, más un "index général" que en realidad es un índice temático: pp. 130-143); por ello mismo sorprende al lector encontrarse en pp. 144-5 con dos notas complementarias de N. al libro que publicó en 2004, también en la editorial de A. M. Hakkert (Le motif de la paire d'amis heroïque à prolongements homophiles: perspectives odysséennes et proche-orientales). La "réunion critique" del material lingüístico seleccionado por N. constituye el núcleo del comentario, dentro del cual el autor opera de la manera siguiente: tras editar una porción del texto griego examinado (que oscila entre los 2 y los 25 versos) se propone la discusión detallada (entre 1 y 18 páginas) de los fenómenos considerados por N. como significativos. La selección de tales fenómenos lingüísticos posee en buena medida carácter subjetivo: por supuesto, en este estudio estamos muy lejos del tipo de análisis sistemático representado por R. Janko, Homer, Hesiod and the Hymns: Diachronic Development in Epic Diction (Cambridge, 1982). Se ha de decir, en honor a la verdad, que N. es bien consciente de ese carácter personal e inevitablemente subjetivo de su estudio, punto éste que él mismo reconoce en algún lugar de su introducción (p. En ese mismo sitio reivindica el carácter "viscérale" de su aproximación al pasaje estudiado. A pesar de los recelos que tal confesión pudiera suscitar, lo cierto es que el trabajo desarrollado por N. entre las pp. 33-104 constituye un análisis sugerente y, sobre todo, bien fundado de la dicción épica manejada en Od. 28) poco partidario de las versiones más arriesgadas del oralismo como las representadas por G. Nagy o J. M. Foley; de ahí la EMERITA (EM) LXXV 2, julio-diciembre 2007 pp. 354-373 ISSN 0013-6662 opción de N. por el análisis detallado de la dicción épica y su manejo en los versos objeto de estudio. De este análisis pormenorizado se deduce ante todo el carácter secundario que posee la norma épica de Od. 110, el autor se manifestará partidario de datar el canto a finales de la época arcaica o en el S. V a. Como ilustración de la forma de proceder de N. en el comentario podemos proponer un sencillo ejemplo (cf. pp. 57-59): en XXIV 268, filíwn se emplea como comparativo de fíloj; esta forma anómala de comparativo (cf. fílteroj) ha debido de ser tomada en préstamo a partir de Od. XIX 351, único otro lugar de la literatura griega donde se atestigua; en el canto diecinueve, filíwn aparece en labios de Penélope y cumple una función estilística en tanto que nos muestra a la mujer de Odiseo como "femme de tact et de tête" (p. 59); en cambio, en XXIV 268 el comparativo se halla en labios de Laertes, dentro de un contexto narrativo distinto en el cual la forma del comparativo carece de funcionalidad, no caracteriza al anciano y, en cambio, le obliga a pronunciar un elogio inmenso e inmotivado del individuo que llega hasta él ("nunca otro mortal / entre los extranjeros de lejanas tierras llegó más grato a mi morada"). En los análisis de N. hay, evidentemente, mucho recibido de la tradición homerista previa. Pero también es mucho lo que N. aporta de su propia cosecha, y en este sentido puede que lo que más impacte al lector (incluso visualmente) sea su recurso a materiales tomados de Oriente, por ejemplo cuando cita la escritura jeroglífica egipcia. El resultado es estéticamente bello (cf. especialmente p. 101) a la par que, nos tememos, gratuito, igual que lo es reproducir las tablillas del lineal B empleando los tipos micénicos (pp. 50, n. En realidad todo el libro de N. tiene cierta tendencia al enciclopedismo, pese a las protestas del autor en sentido contrario (p. Este carácter prolijo de la obra explica la inclusión en la misma de notas tan extensas: de hecho, las anotaciones a pie de página ocupan, con diferencia, más espacio que el cuerpo del texto. Seguramente el libro que reseñamos no será la última palabra sobre el canto que los filólogos de la Antigüedad denominaron como w. Con todo, La Diction Épique... de N. constituirá una referencia obligada para cualquier estudio posterior sobre el asunto en tanto que intento sólido y bien informado de aproximarse ab intra (desde postulados oralistas) a la dicción homérica del pasaje. JOSÉ B. TORRES Universidad de Navarra [EMAIL]
CRUZ ANDREOTTI, GONZALO -LE ROUX, PATRICK -MORET, PIERRE (eds.), La invención de una geografía de la Península Ibérica. I. La época republicana = L 'invention d' une géographie de la Péninsule Ibérique (Actas del Coloquio Internacional celebrado en la Casa de Velázquez de Madrid entre el 3 y el 4 de marzo de 2005), Málaga, Centro de Ediciones de la Diputación de Málaga (CEDMA), 2006. La publicación del presente volumen es un ejemplo más del alza que en los últimos tiempos está experimentando el estudio de una disciplina importante y no siempre bien tratada en el conjunto de intereses de la comunidad científica: la geografía histórica (consúltese nuestra breve reseña al respecto en el número de la revista Iris [SEEC] correspondiente al último trimestre de 2006). La obra, como reconocen los propios editores en su breve pero clara y completa "Presentación" (en castellano, pp. 5-7, y francés: "Présentation" [pp. 9-11]), constituye la primera entrega (que cubre la época republicana y aglutina las ponencias presentadas en un Coloquio Internacional celebrado previamente en la Casa de Velázquez [marzo de 2005], organizado conjuntamente por la Universidad de París XIII y la de Málaga) de las dos que los editores se han propuesto elaborar sobre un tema tan sugestivo como el que ya figura en el título: el análisis del papel desempeñado por la disciplina geográfica, fuertemente especulativa y apriorística, máxime al tratarse del extremo Occidente, en el paulatino proceso de dominio territorial (e intelectual) de Hispania por parte de los romanos. La segunda parte de este análisis tomó cuerpo en abril de 2006, fecha en la que se celebró en la misma sede la continuación del Coloquio que ahora comentamos, centrado esta vez sobre la época imperial, cuyas reflexiones verán la luz próximamente en un nuevo volumen no menos prometedor que éste. El contenido del que actualmente hojeamos está estructurado en tres unidades perfectamente complementarias y lógicamente ensambladas. La primera de ellas (La representación geográfica de Iberia: tradición y evoluciones / La représentation géographique de l'Ibérie: tradition et évolutions, pp. 13-114) pretende ilustrar la progresiva concepción de Iberia, entendida como región extrema del poniente, en el marco del complejo diseño teórico de la ecúmene que logró bosquejar la geografía helenística. Y ello atendiendo a diversos aspectos: el papel de nuestro territorio en el esquema cartográfico vigente en la época (F. Prontera [Univ. de Perugia]: "La Penisola Iberica nella cartografia ellenistica", pp. 15-29), su percepción por parte de los especuladores griegos anteriores a Polibio (D. Marcotte [Univ. de Reims]: "De l' Ibérie à la Celtique: géographie et chronographie du monde occidental avant Polybe", pp. 31-38), la impronta colonizadora en la formación de su toponimia y etnoni-EMERITA (EM) LXXV 2, julio-diciembre 2007 pp. 374-386 ISSN 0013-6662 mia griegas (P. Moret [Casa de Velázquez]: "La formation d 'une toponymie et d' une ethnonymie grecques de l'Ibérie: étapes et acteurs", pp. 39-76), el papel del megalopolitano como mediador entre los tradicionales clisés helenísticos y el aporte empírico propiciado por la reciente dominación romana (G. Cruz Andreotti [Univ. de Málaga]: "Polibio y la integración histórico-geográfica de la Península Ibérica", pp. 77-96) y la configuración geográfica que traza de esta región Artemidoro de Éfeso (B. Kramer [Univ. de Tréveris]: "La Península Ibérica en la Geografía de Artemidoro de Éfeso", pp. 97-114). De todo el libro es ésta la sesión que más interesa al filólogo y al especialista en geografía histórica sensu stricto. Destaca en ella precisamente la última comunicación reseñada, que aporta como gran primicia la edición de un pasaje hasta ahora ignoto de efesio (extraído del famoso papiro Galazzi-Kramer) en el que éste revela de primera mano las claves de su concepción geográfica de Iberia, antes sólo conocidas por transmisión indirecta. Pero no desmerecen las restantes comunicaciones, obras todas de muy destacados especialistas, que demuestran tratar con solvencia y escrúpulo las temáticas propuestas. La segunda parte del libro (De la exploración a la construcción de un territorio: el papel del conquistador romano / De l 'exploration à la construction d' un territoire: le rôle du conquérant romain, pp. 115-174) está pensada como paso de la teoría geográfica a la praxis político-militar, o, más bien, como expediente de comprobación de la hipotética utilidad empírica de esas balbucientes deducciones alcanzadas por el pensador helenístico generalmente sobre la base de principios matemáticos o astronómicos. Tal es el cometido de las tres ponencias que integran esta sesión, bastante homogéneas a pesar de su parcial disparidad temática (P. Le Roux [Univ. de París XIII]: "L 'invention de la province romaine d' Espagne citérieure de 197 a.C. à Agrippa", pp. 117-134, F. Cadiou [Univ. de Burdeos III]: "Renseignement, espionnage et circulation des armées romaines: vers une géographie militaire de la péninsule Ibérique à l 'époque de la conquête", pp. 135-152, y M. Salinas de Frías [Univ. de Salamanca]: "Geografía real y ficticia de la epopeya sertoriana", pp. 153-174 [de entre ellas destaca la segunda]). Y las conclusiones son absolutamente negativas: se desprende de su lectura que la concepción territorial de la península que se forjan sus nuevos dueños no es el resultado de la aplicación práctica de los principios estructurales de la geografía helenística, disciplina que, a lo sumo, desempeñó un papel muy secundario en el proceso de conquista, a modo de lejano telón de fondo. La nueva visión romana de Hispania obedece, por el contrario, al desarrollo y a la consolidación de lo que puede denominarse una "geografía militar", basada en el cúmulo experimental de unos generales más preocupados por las circunstancias estratégicas concretas que por disquisiciones especulativas ajenas a sus intereses inmediatos. Y como ejemplo concreto de dicha realidad se ofrece la tercera y última de las sesiones que integran el volumen (Estudio de un caso: el noreste de Hispania, de los Pirineos al valle del Ebro / Etude de cas: le nord-est de l'Hispanie, des Pyrénées à la vallée de l' Ebre,. Se demuestra una vez más cómo el progresivo control administrativo romano del valle del Ebro es el factor que condiciona la configuración geo-política del cuadrante nororiental de la península: términos como celtíberos y Celtiberia se consolidan a raíz de la expansión militar romana por dicha EMERITA (EM) LXXV 2, julio-diciembre 2007 pp. 374-386 ISSN 0013-6662 zona (P. Ciprés [Univ. del País Vasco]: "La geografía de la guerra en Celtiberia",, así como el papel de frontera asignado tradicionalmente a la cordillera pirenaica arraiga sólo a partir de las primeras maniobras bélicas romanas en su entorno (Chr. Rico [Univ. de Toulouse II-Le Mirail]: "L'«invention» romaine des Pyrénées, ou les étapes de la formation d 'une frontière", pp. 199-215 [trabajo interesante]) y el paulatino dominio geográfico del valle no es más que un reflejo del proceso de implantación romana, en clara sintonía con su jerarquización territorial (F. Beltrán Lloris [Univ. de Zaragoza]: "El valle medio del Ebro durante el período republicano: de limes a conventus", pp. 217-240). La obra se concluye con un utilísimo apéndice (Resúmenes y palabras claves de las contribuciones [por orden alfabético] / Résumés et mots clés des contributions [par ordre alphabétique], pp. 241-248) en el que se ofrecen compendiados todos los contenidos tanto en castellano como en francés, aparte de su lengua original, en caso de que no sea ninguna de éstas. Y se añade a ello un práctico Directorio / Annuaire (pp. 249-250) donde se indican los datos identificativos (dirección profesional, e.-mail, etc.) de cada participante. Al final -y no al comienzo, como hubiera sido deseable-se incluye el Índice / Sommaire (pp. 251-252). Un libro, por tanto, elaborado con solvencia, orgánico, bien documentado, homogéneo y congruente en sus conclusiones, cuyo contenido admite en general pocas objeciones. Sólo en contadas ocasiones se echa en falta algo más de rigor. P. ej., en su escrupuloso trabajo P. Moret no repara (pp. 65-66) en que hoy día suele atribuirse a Caronte de Cartago el Periplo que la Suda imputa a su homónimo de Lámpsaco, aparte de que la cronología y la producción literaria de este último ha suscitado un debate filológico mucho más complejo de lo que allí se deduce (basta con revisar el dossier bibliográfico que ofrece al respecto G. Ottone, Libyká [Roma 2002], pp. 36-45). De igual modo este mismo autor (p. 70) parece presuponer una finalidad utilitaria y práctica en la periplografía helenística que los muchos fragmentos conservados desmienten sin titubeos en favor de su condición eminentemente literaria. Hay ocasiones en las que se reproducen -casi al pie de la letra y con lujo de detalles-los conocidísimos postulados de P. Janni sobre la concepción hodológica del espacio (F. Cadiou: pp. 143-147 y P. Ciprés: p. 184) sin mención explícita de su divulgador original, al que sólo se cita de pasada y en escuetas notas (p. 66 [sin siquiera reflejo en la lista bibliográfica] y p. Algunos aspectos se tratan muy a la ligera y con referencia a escasa bibliografía: tal ocurre en la noticia sobre las fuentes de la biografía sertoriana de Plutarco, cuestión en la que M. Salinas de Frías (p. 154, con expresión poco cuidada además: "quizá... quizás") da a entender que habitualmente se considera como modelo a Salustio (con algunas aportaciones de Posidonio), cuando en realidad la crítica mantiene un arduo debate entre Salustio y Juba (hay bastante literatura al respecto). E igual ocurre en el caso del descrédito que merece a Polibio el relato de Piteas, tema de gran trascendencia que habría merecido un tratamiento mayor del que le da P. Ciprés (p. 14) al despacharlo sin más mediante la seca remisión a un solo artículo reciente. En alguna ocasión se traduce de forma poco rigurosa e incompleta, como ocurre en la versión que P. Ciprés ofrece de PLB. Por último da la impresión de que, al no haberse conservado íntegra, F. Beltrán Lloris (p. 217) concede escaso valor documental a la literatura geográfica fragmentaria (Polibio, Posidonio o Varrón, junto a otros restos de mapas, periplos, geografías descriptivas -curiosamente hoy más numerosos que nunca-a la hora de reconstruir la visión geográfica de nuestra península en época de la conquista romana: evidentemente la inoportunidad de tal postura viene avalada por las propias conclusiones de la primera parte de este mismo libro. Tampoco desmerecen el conjunto algunas molestas incorrecciones en las citas bibliográficas, que también hay. Por poner algunos ejemplos: P. Moret habla de "MARCOTTE, D. ( 2002)" (p. 10) remite a los "travaux de J. Gorrochategui" sin recoger luego en lista ninguno de éstos; F. Beltrán Lloris (p. 9) alude a "FATÁS, F. ( 1998)" cuando en realidad se refiere a "FATÁS, G."; pero nadie yerra más a este respecto que F. Cadiou, cuya lista bibliográfica (pp. 150-152) ofrece un compendio de anomalías poco justificables: falta alguna obra ("BERTRAND, A.C. [1997]" [pp. 143, n. 66]), hay trastrueque en el orden ("ISAAC, B. [1992]") y además errata ("PÉREZ LARCHAGE" en lugar de "PÉREZ LARGACHA"). Por lo demás, no se justifican muy bien en una obra que destaca generalmente por su pulcritud algunas (pocas) erratas: sirvan de muestra "Adroteríon" por "Akrotérion" (G. Cruz Andreotti: p. 120) e "indicar que" por "indicar es que" (F. Beltrán Lloris: p. 17), aparte de que se confunde "Peninsola" por "Penisola" en el encabezado del capítulo de F. Prontera (pp. 17-29) y se altera sensiblemente el título de la contribución de M. Salinas de Frías en el Índice (p. Pero lo que menos justificación tiene es la proliferación de desajustes ortográficos, bastante abundantes éstos. Los hay en la presentación y en los resúmenes finales: "como" por "cómo" (pp. 7 y 246), en el capítulo de G. Cruz Andreotti: "esta" por "ésta" (p. 84) y "auna" por "aúna" (p. 89), y -sobre todo-se prodigan hasta el hartazgo en el de P. Ciprés: "gálos" por "galos" (p. 183), "arevacos" por "arévacos" (p. 184, corregido por ella misma una línea más adelante), "éstas acciones" por "estas acciones" (p. 186), "Polibio quién muestra" por "Polibio quien muestra" (p. 186), "Polibio, quién sitúa" por "Polibio, quien sitúa" (p. 53), "pacifícadas" por "pacificadas" (p. 53) y "aquél desde el cual" por "aquel desde el cual" (p. Habría bastado con una somera revisión para evitar tales errores. Con todo, nada de lo dicho resta méritos a una obra que, aparte de lo ya destacado, sobresale por una presentación poco menos que impecable, y ello por dos razones principalmente: por la calidad y nitidez de sus muy numerosos mapas y -de forma muy especial-por la excelencia de sus igualmente abundantes textos griegos, carentes de erratas llamativas, algo inusual en estos casos. Universidad de Sevilla FERNÁNDEZ MARTÍNEZ, V. M. Una arqueología crítica. Ciencia, ética y política en la construcción del pasado, Crítica, Barcelona, 2006, 265 pp.[ISBN: 84-8432-711-6] El libro de Víctor Fernández del que ahora nos ocupamos no es uno más en la producción científica del 2006, sino que constituye un valiosísimo ejercicio de reflexión teórica no muy frecuente en el panorama español de la historia y la arqueología y, por ello mismo, muy necesario. Ciencia, ética y política en la construcción del pasado se estructura en siete capítulos que van organizando el discurso de forma progresiva. La introducción, que lleva por título El conflicto entre verdad y razón, nos expone el primer problema clave al que se enfrenta el autor: cuestionar la supuesta objetividad de la razón y su defensa de una única verdad. Continúa, en el capítulo II (Ciencia, ética y política: la perspectiva postmoderna), con un análisis exhaustivo de las aportaciones del postmodernismo al pensamiento científico, así como una reflexión, en el tercer capítulo, sobre La ética en las Ciencias Sociales. Los siguientes tres capítulos (Arqueología y marxismo, Arqueología y feminismo y Arqueología, postcolonialismo y multiculturalismo) suponen una aplicación directa de los diversos planteamientos postmodernos anteriormente expuestos a la práctica arqueológica, con el potencial renovador que conllevan. Por último la conclusión, con el sugestivo título Una nueva forma de pensar el pasado, nos emplaza a repensar el pasado para, de ese modo, poder contribuir a mejorar el presente y el futuro, con la ciencia como un instrumento social que debe reconocer su enorme carga ética y política en un mundo tan complejo como el nuestro. Como dije al comienzo de esta recensión, el libro de Víctor Fernández es altamente valioso, y ello por múltiples motivos, de los que me gustaría resaltar especialmente cinco. En primer lugar, ya desde la Introducción uno es consciente de que se encuentra ante el ejercicio consciente de reflexión teórica, tanto histórica como arqueológica, más ambicioso concebido desde las posturas postmodernas y postprocesuales por un investigador español en formato libro, reflejando la problemática de la ciencia histórica en general y del sistema de investigación español en particular. El postprocesualismo y las diferentes formas de aplicar la postmodernidad al campo de la investigación son unas grandes desconocidas en España. Como señala el autor en el capítulo III, la idea que sobre ellas ha trascendido es la del postmodernismo como una irreverencia sin base científica comparable a los movimientos New Age, cuyo único propósito, representado en el célebre escándalo Sokal, es socavar las bases de la tradición sin criterio constructivo ninguno. El autor demuestra que esta visión es falsa, que el postmodernismo no niega irresponsablemente la realidad y nuestras posibilidades de transformarla, sino todo lo contrario. No trata de destruir el pensamiento científico, sino de reconstruirlo, pues considera que la base del conocimiento es su continuo cuestionamiento, alejándose de este modo del estatismo al que condujo la absoluta confianza en sí misma que destilaba la Ilustración y su ciega confianza en el EMERITA (EM) LXXV 2, julio-diciembre 2007 pp. 374-386 ISSN 0013-6662 "dogma de la razón". En segundo lugar, el autor reivindica (explícitamente en el capítulo II, implícitamente en todo el libro) la importancia de un tema capital en la labor del historiador: el uso (y abuso, que diría Finley) de la teoría, tan denostada por aquellos que se aferran al positivismo como sinónimo de búsqueda (y hallazgo) de la Verdad. Aunque básica en la labor cotidiana de cualquier historiador, la teoría ha tenido en nuestro país un escaso predicamento y aquellos que se han preocupado por ella han sido, en su mayoría, arqueólogos, como en este caso. No obstante, Víctor Fernández demuestra que el pensamiento arqueológico no puede separarse del histórico y que la teoría es un arma no sólo útil, sino imprescindible en la labor de cualquier investigador, pues es el armazón que nos permite hacernos las preguntas precisas y buscar los medios adecuados para contestarlas. En tercer lugar, Fernández plantea, especialmente en los dos primeros capítulos, la falsa dicotomía objetividad-ciencia, ética-pesudociencia. Desde el Renacimiento, y sobre todo con la Ilustración, en un intento por separarse de las constricciones religiosas, la ciencia se presentó como un análisis racional y ajeno a la moral que mostraba al mundo "lo que era" frente a "lo que debería ser". Esta supuesta asepsia moral de la ciencia fue duramente criticada tras la Segunda Guerra Mundial (los efectos éticos de la bomba atómica, desarrollada científicamente, fueron objeto de multitud de debates) y sufrió un golpe definitivo con los estudios de Foucault, los cuales plantean que la verdad está relacionado íntimamente con el poder y que, por lo tanto, la ciencia no escapa a su propia fuerza discursiva y debe ser consciente de ello. Desde la Antropología, como desarrolla en el capítulo III, la crítica a la objetividad científica ha supuesto un verdadero autoexamen, puesto que pocas ciencias han estado tan involucradas políticamente con su sujeto de estudio como la Antropología. Dicha consciencia constituye la cuarta característica esencial de este libro, que lo hace especialmente atrevido y valioso. La consciencia del poder discursivo de la ciencia y de su empleo de la verdad debería conducir a los científicos a una implicación directa, tanto ética como política, con sus sujetos de estudio, enfrentada al objetivismo banal que se ha promovido hasta ahora y que ha conducido incluso a justificar guerras por cuestiones "técnicas" que no hacen sino encubrir, bajo el supuesto ropaje aséptico de la ciencia, intencionalidades políticas. Los capítulos sobre marxismo, feminismo y multiculturalismo y colonialismo son un buen ejemplo de cómo aplicar la ciencia a mejorar las condiciones de vida (materiales y vitales) de la gente. El marxismo, por su parte, ha contribuido a despojar a la ciencia de su primer carácter esencialista. Por mucho que Marx y Engels partieran de presupuestos decimonónicos y, por tanto, positivistas, sus ideas sobre el desarrollo social cuestionaban el status quo y el universalismo esencialista, crítica llevada al máximo por las corrientes renovadoras neomarxistas. Los estudios feministas, en su reivindicación del género y el sexo como construcciones sociales en mucha mayor medida que naturales, han revelado y, por tanto, cuestionado, el carácter androcéntrico de las construcciones clásicas de la ciencia. A su vez, las criticas epistemológicas multiculturalistas y EMERITA (EM) LXXV 2, julio-diciembre 2007 pp. 374-386 ISSN 0013-6662 anticolonialistas implican un esfuerzo por aceptar, en términos de igualdad, otras formas de entender el mundo que se han considerado superadas por Occidente, constituyéndose en una crítica moral y política de la cultura occidental y su pretendido universalismo, que se ha construido a expensas de la eliminación de otras muchas concepciones, justificando en el proceso los arrogantes movimientos coloniales. Por último, el libro de Víctor Fernández cuenta con un valor poco habitual en las publicaciones históricas que, sin embargo, resulta esencial para la consecución del objetivo último de las mismas, que es la generación y transmisión del conocimiento histórico. Me refiero a la capacidad de transmitir que, como dijera Benedetto Croce en el siglo pasado, "toda Historia es historia Contemporánea". La obra de la que ahora tratamos es actual, está absolutamente viva y habla continuamente del presente sin dejar, por ello, de versar sobre Arqueología, Prehistoria e Historia Antigua. El Prof. Fernández consigue que el pasado se convierta en parte esencial del presente, que no podamos entender éste sin aquel (ni viceversa), ni plantearnos actuar sobre nuestro entorno sin reflexionar sobre cómo lo hicieron antes nuestros antepasados y las consecuencias que dichas actuaciones generaron. En definitiva, estamos ante una magnífica obra científica que nos recuerda la importancia de la teoría en nuestros discursos, el papel del pasado en la gestación del presente y la del presente en las formas de entender, asimilar y construir el pasado, así como la constante necesidad de autocrítica que implica un ejercicio consciente de nuestra tarea, el cual nos instruye acerca de las posibilidades de análisis que ofrecen las nuevas corrientes postmodernas (conjurando el tópico de su supuesto acientifismo) y nos recuerda la responsabilidad que, como científicos, tenemos con la sociedad, lejos de la imagen de racionalidad imperturbable que el positivismo ha otorgado a la ciencia. Ma CRUZ CARDETE DEL OLMO Departamento de Historia Antigua y Arqueología Universidad Complutense de Madrid [EMAIL] FORNIS, C., Esparta. Historia, sociedad y cultura de un mito historiográfico. 376 pp. De entre la no demasiada producción española de obras de síntesis oríginales sobre la Historia de la antigua Grecia destaca el libro que aquí reseñamos. Se trata, en efecto, de un estudio que versa sobre la Historia de una de las póleis que más atención despiertan, en el estudioso y en el profano, de entre las más de mil que poblaron el universo griego: la polis de los lacedemonios, Esparta. Nacido con la pretensión de convertirse en un instrumento al servicio sobre todo del estudiante universitario, el presente libro plantea una aproximación tradicional al mundo espartano, sin que este calificativo implique (todo lo contrario) juicio de va-lor alguno. Tras un prólogo, a cargo del Prof. Domingo Plácido, mentor intelectual de muchos de quienes en los últimos tiempos se dedican al estudio de la antigua Grecia en España, y una introducción del propio autor en la que establece sus objetivos principales, el libro de estructura en cuatro capítulos y un apéndice, además de la bibliografía y los índices. El primer capítulo, dedicado a la Esparta arcaica (pp. 27-84) empieza, como suele ser habitual con la cuestión del "asentamiento dorio" asunto sobre el que el autor quizá se muestra poco crítico sumándose al final a la idea de P. Cartledge para quien "no hay que negarle un poco de autenticidad" al asunto (p. No es, sin embargo, un apartado demasiado extenso, por lo que aquí tampoco vamos a incidir más en el asunto. Continúa el capítulo con la formación del estado lacedemonio, asunto en el que quizá vaya siendo hora de cuestionar la versión tradicional, transmitida por los propios espartanos, así como con el problema de Licurgo y la Gran Retra. Sintetiza el autor los principales puntos de las modernas discusiones, aunque tiende a aceptar una importante carga de historicidad en las tradiciones recibidas. Otros asuntos que se abordan en el capítulo son la primera guerra mesenia, asunto debatido donde los haya, en el que el autor tiende a aceptar el juicio de Pausanias (que escribe casi novecientos años después de los hechos) en el sentido de que "gran parte de la opinión pública griega no aprobaba la reducción a la condición servil de un pueblo griego" (p. La fundación de Tarento, las guerras contra Argos, Tirteo y la segunda guerra mesenia son objeto también de sendos apartados en los que el autor presenta los principales problemas historiográficos relativos a cada uno de esos puntos. El capítulo concluye con un análisis de la formación de lo que conocemos como "Liga del Peloponeso" a la que, quizá de forma algo anacrónica para época arcaica se la considera algo así como un "imperio espartano" (p. 70), el problema del éforo Quilón y la también así llamada "revolución espartana", las relaciones de Esparta con oriente y el reinado de Cleómenes I. Es el segundo capítulo, dedicado a la Esparta clásica (pp. 85-201) el que recibe más atención en el libro, a cuenta tanto de la información disponible como (por ello mismo) el mejor conocimiento que tenemos de esta época. Tras destacar el relevante papel de Esparta en la segunda guerra médica, analiza el autor el periodo de la "Pentecontecia" desde la perspectiva de la renuncia a la hegemonía por parte de Esparta, que él considera forzada más que voluntaria. Analiza, pues, la deriva de la política espartana en esos años, dando el relieve que merece a la revuelta de los mesenios (o "tercera guerra mesenia"), si bien hay algún problema de apreciación en la cuestión del asentamiento de los refugiados de Mesenia en Naupacto (p. Con la creciente tensión con Atenas finaliza este segundo apartado del capítulo para pasar, acto seguido, a la guerra del Peloponeso en la siguiente sección. Realiza el autor una buena síntesis de este conflictivo periodo, resaltando, como corresponde a la visión desde Esparta que muestra el libro, los principales rasgos del comportamiento espartano así como la evolución del mismo a lo largo de esta guerra. Tras el final de la guerra, Esparta desarrollará su propia política hegemónica EMERITA (EM) LXXV 2, julio-diciembre 2007 pp. 374-386 ISSN 0013-6662 marcada por figuras como Lisandro y, sobre todo, por el largo reinado del rey Agesilao II que para el autor significa "el periodo de imperialismo más descarnado y de indiscutible hegemonía en Grecia por parte de Esparta" (p. Con la paz del Rey, Esparta se convierte en el máximo poder de Grecia y a través de un claro hilo argumental que conduce a través de este complicado periodo, el autor consigue presentar un relato inteligible aunque sin renunciar a plantear los principales puntos de consenso y de disenso entre los historiadores contemporáneos. La pérdida de la hegemonía tras Leuctra y el posterior enfrentamiento contra los macedonios, saldado con una terrible derrota para Esparta y sus aliados en Megalópolis, marcan el final del periodo clásico para Esparta y el final del capítulo. El tercer capítulo, dedicado a la Esparta helenística (p. 203-243) pasa revista a una Esparta en decadencia y que obtiene cierta gloria en las intervenciones de sus reyes o de algunos de sus notables en lejanas campañas ultramarinas; la crisis de Esparta (económica y social) propicia reformas (Agis IV, Cleómenes III) culminadas con la llamada "revolución" de Nabis que el autor sitúa en el contexto de su época (la helenística). Su muerte y los sucesos inmediatos, cuando ya Roma ha mostrado su deseo de permanencia en Grecia, cierran el capítulo. La obra se completa con un cuarto capítulo dedicado al kosmos espartano (p. 245-319), esto es, a todos aquellos aspectos (sociales, económicos, religiosos, culturales), que caracterizaron e individualizaron a Esparta. En suma, nos encontramos ante una obra que es muy bienvenida dentro del panorama bibliográfico hispano y que cumple de modo satisfactorio sus objetivos de proporcionar al estudiante universitario (y auguremos que no sólo a él) una herramienta de gran solvencia para conocer lo que supuso la historia de esta pólis; pero, al tiempo, y consciente como es el autor de los objetivos de su obra, la misma proporciona al lector no sólo una sucesión de hechos sino también las principales líneas interpretativas que la historiografía contemporánea contempla sobre tales hechos, todo ello acompañado de una más que suficiente bibliografía, agrupada en bloques temáticos que siguen el mismo esquema que el texto, que sin duda permitirá la ampliación de datos y la profundización en los mismos. En diciembre de 2001 la Regione Autonoma Trentino-Alto Adige acordó adherirse a la delegación de Trento de la AICC, previa subvención de 10 millones de li-ras. Esta asociación, caracterizada por la tendencia centrífuga protagonizada por sus delegaciones, enfocó la reunión de una manera un tanto limitada. Quizá obligada por el apoyo apoyo institucional, o quizá por dejarse en manos de su delegación en Trento, está inundada de una visión un tanto regionalista. ¿Estará por medio la reciente autonomía obtenida por la región tridentina? El caso es que esta reunión careció del lustre de otras pasadas como las turinesas de los primeros 90, y se encuentra también fuera de onda respecto a la reunión celebrada este año también en Turín o el pasado en Nápoles. Los ponentes exponían tanta variedad de metodologías como de resultados. Los únicos factores comunes son el área de estudio, la cronología y la nacionalidad de los autores. El resultado de este cambalache es un libro ecléctico y de visión localista, tanto en su materia como su ambición. Tiene, a mi entender, algunos puntos fuertes que describiré a continuación. El artículo de Ciurletti sobre vías de comunicación, el primero, es una galería de demostración de un estudio diacrónico. Es un análisis sobre el movimiento a través de la región atesina, desde la prehistoria al medioevo. Para tratar la variedad de información disponible para estos periodos hay un cuidado esmerado realizar los análisis más adecuados. Así, cultura material, epigrafía y literatura pasan por métodos analíticos particulares para llegar a una visión homologable entre épocas. Es, en definitiva, un estupendo ejemplo diacrónico. También parte de esta premisa el artículo de Albertoni sobre el obispado de Sabiona. El autor, a través del estudio del origen y evolución de la sede episcopal, comprueba los cambios que ocurren en el culto de San Casiano, santo patrón del citado obispado. Es interesante comprobar los cambios de localización a través de la alta Edad Media, lo que no evitó la conservación del nombre. El artículo de Moretti, sobre el lenguaje simbólico de Silio Itálico en torno a los Alpes de Hércules, es fascinante. Supone un viaje a la imaginería tardoantigua sobre los Alpes como región al margen, escenario místico -algo así como el desierto bíblico. Sin embargo, leer este artículo supone un proceloso zigzag, partiendo del viaje hercúleo y arribando a través del estudio de la uoluptas en el autor. Es decir, parece haber incoherencia en el hilo discursivo, restando un poco de efecto a las conclusiones. Otros artículos interesantes son el de el asentamiento en la Antigüedad Tardía, cómo evoluciona hacia el encastelamiento. También el artículo arqueológico de Dal Ri y Rizzi sobre los restos viarios en los pasos trentinos. Aquí se da una afirmación inverosímil: ¡una calzada de la Edad del Hierro! En cuanto al resto de artículos, opino que se hubiese podido plantear el anejo entre manos de una manera más ambiciosa, con mayor rigor a la hora de seleccionar lo publicado. Muchos son intrascendentes, o sosos, o ni siquiera se prepararon para publicación. Parece que a algunos esta reunión pilló desprevenidos, sin preparación ni nada interesante que contar. Eso ha sido lo que mejor se ha transmitido a través de esta obra, ambiciosa en el título y menos en lo demás. GUILLERMO-SVEN REHER DÍEZ Acertado y muy clarificador podrían ser los adjetivos que definieran el título escogido por el autor como elemento introductor de su obra. Tanto es así que lo que aquí se nos ofrece es un completo e ilustrado recorrido a través del discurrir histórico de las instituciones urbanas hispanas de época tardoantigua con el claro objetivo de rebatir los modelos explicativos tradicionales que apostaron por sepultar su actividad a partir del siglo III. En definitiva, y a grandes rasgos, tratar de reconstruir la historia de la Hispania bajoimperial tomando como base la continuidad en la vida de sus ciudades. ¿De qué forma se puede reclamar este protagonismo? ¿Cuales son las razones que permiten reivindicar la importancia de la ciudad en el mundo peninsular tardorromano? El rápido desarrollo de nuestra arqueología urbana -estrechamente ligado al proceso de expansión y renovación de las ciudades actuales-, así como la multiplicación de los datos obtenidos gracias a una profunda actualización metodológíca, son las bases sobre las cuales se consolida un extraordinario aumento en el conocimiento de la vida de los núcleos urbanos en época romana. La puesta en común de los resultados obtenidos en trabajos monográficos y la presentación de los mismos al lector no hispanoparlante son otros de los cometidos que persigue este trabajo. Es por eso que, de forma lineal, y a lo largo de doce capítulos, los datos históricos se van imbricando de forma natural con las nuevas aportaciones procedentes del registro material. A definir cuáles son las bases sobre las que se sustenta la vitalidad urbana tardoantigua dedica Kulikowski los dos primeros capítulos; una tupida red de civitas/municipia que comienza a formarse en época de Augusto, el proceso de romanización a ellas asociada y, especialmente, la consolidación de unas elites urbanas fuertemente identificadas con la política imperial. El autor, recurriendo a las fuentes escritas y a testimonios arqueológicos, demuestra la continuidad de dichas elites hasta, por lo menos, el siglo V. Ahora bien, estos grupos de poder habrán de adecuarse a unos acontecimientos políticos, socioeconómicos y religiosos que explicarán la naturaleza cambiante de sus aportaciones materiales en los escenarios urbanos. En el capítulo 5, a nuestro juicio clave en el desarrollo del libro, se pone de manifiesto la sesgada interpretación que, hasta hace bien poco, se hacía de los datos arqueológicos y de la sumisión de éstos al esquema rígidamente marcado por las fuentes escritas, un esquema que estaba dominado por conceptos tales como "crisis del siglo III", "abandono de las ciudades" y "ruralización". A la luz de los nuevos hallazgos resulta difícil mantener tal postura, pues son muchos los núcleos urbanos en los que se ha constatado una profunda revitalización de sus estructuras públicas o de representación en época bajoimperial; Emerita Augusta, Barcino Tarraco, Corduba, Ilici o Complutum, entre otros. Pero es que además, y aunque resulte contradictorio, la lectura que se debe hacer de la importancia alcanzada por los asentamientos rurales de tipo villa viene a apo-EMERITA (EM) LXXV 2, julio-diciembre 2007 pp. 374-386 ISSN 0013-6662 yar esta idea de vitalidad en el ámbito urbano, puesto que no son más que una prolongación de esta vida urbana en su territorio dependiente. Que los propietarios aún mantengan unos lazos sólidos con las ciudades se deduce también de la escasez de mausoleos rurales. Para el autor, la explicación a tal ausencia es que los señores se entierran allí donde desarrollan su actividad, es decir, en las ciudades. Al análisis y valoración de las fuentes literarias destina una parte del libro, y se posiciona abiertamente en contra de la situación apocalíptica derivada de la lectura del principal referente escrito conocido para la Hispania del siglo V, la 'Crónica de Hidacio'. A tal conclusión se llega tras reflexionar acerca del contexto de desmembración general del Imperio, de la naturaleza cristiana de la fuente, de la procedencia de sus afirmaciones y de la toma de partido del cronista. Otra de las pruebas que confirman la parcialidad del texto analizado es que no exista mención explícita alguna referida a la destrucción despiadada de las ciudades a manos de los bárbaros. Incluso después de la caída definitiva de la parte occidental del Imperio y el relevo en el poder ejercido por los pueblos germánicos, las fuentes documentales confirman el mantenimiento de estructuras de gobierno de indudable cuño romano, si bien desconocemos el alcance real de las mismas. El ejemplo que mejor ilustra la efervescencia de la vida en las urbes y el empuje que aún poseen ciertos sectores sociales que habitan en ellas, lo encontramos en Mérida, que, si bien ha perdido la consideración oficial de capital de la diócesis, mantiene una gran relevancia como sede metropolitana de la provincia eclesiástica estrechamente unida al culto de Sta. Eulalia como elemento revitalizador. El caso de Mérida, tal vez el mejor conocido tanto documental como arqueológicamente, es tan solo la punta de lanza de un grupo de centros urbanos que, en su afán por santificar y conmemorar a los mártires, nos han dejado buena muestra de su capacidad a la hora de crear un modelo de topografía cristiana fiel reflejo del poder evergético de una aristocracia que ocupa los principales cargos en la jerarquía eclesiástica; Tarraco, Caesaraugusta, Valentia o Barcino. El punto de inflexión dentro de este desarrollo urbano se debe situar a finales del siglo VI, justo en el momento en el que las actas del concilio III de Toledo (589) recogen la trascendental alianza entre la aristocracia civil de origen godo -representada por la figura del rey Recaredo-y el poder episcopal católico. El autor pasa a realizar un breve análisis de las formas de asentamiento urbano que se conocen toda vez superada la escisión que representaba la diferencia de credos. En su opinión, la séptima centuria será testigo de la aparición de un modelo de ocupación de las ciudades que tiene su origen en el mundo clásico pero es preludio de universo medieval; núcleos con capacidad para dominar el territorio circundante y con un urbanismo concentrado en torno a los centros cristianos, ahora bipolarizado en torno a la basílica martirial y el episcopium situado en el interior de las ciudades. En definitiva, una obra que, pese a su carácter sintético, posee como elemento de validez el enriquecer e incorporar en el discurso histórico los datos procedentes del registro material. Es precisamente por ser este uno de sus grandes valores la razón EMERITA (EM) LXXV 2, julio-diciembre 2007 pp. 374-386 ISSN 0013-6662 por la que debemos realizar una mínima crítica a la presentación gráfica de los ejemplos ofrecidos que, a nuestro juicio, son limitados para un trabajo que acude de forma constante a referencias planimétricas correspondientes los distintos yacimientos. FRANCISCO J. MORENO MARTÍN Universidad Complutense de Madrid
Por no disponer de los correspondientes originales informáticos, la maquetación de este artículo difiere de la del publicado en papel. Por lo demás, los contenidos no han sufrido ninguna alteración. Revista de Lingüística y Filología Clásica (EM) -LXV 2, 1997, pp. 189-193 /Twako-lâwos/ pose moins de problèmes que celle de E. Forrer ( m Tawagalawa = zΕτεúοκλέúος).
Por no disponer de los correspondientes originales informáticos, la maquetación de este artículo difiere de la del publicado en papel. Por lo demás, los contenidos no han sufrido ninguna alteración. Los antiguos griegos fueron, como en otros campos del saber, los verdaderos creadores de la hermenéutica en todas sus modalidades. Desde el siglo VI a C. se crearon en Grecia diversos modelos de hermenéutica, basados en diversas formas de alegoría física, ética o moral, o exégesis histórica. Pero no voy a insistir en la definición o ejemplificación de todas estas formas de exégesis, muy bien estudiadas en los últimos años 1. Baste decir que un mismo relato o un mismo personaje mítico podían ser interpretados bajo la forma de exégesis física, ética, o histórica, según fueran identificados como fenómenos o fuerzas de la naturaleza, personificaciones de vicios o virtudes, o con un personaje histórico o fenómeno geográfico. Las aparentes antinomias que a veces aparecen en los autores pueden derivar de la diversidad de estas formas exegéticas. Estas interpretaciones diversas nacieron como reacción o desarrollo de una hermenéutica racionalista, iniciada por Jenófanes de Colofón y otros pensadores de la filosofía jonia. Más tarde Platón y Aristóteles crearon, a partir de sus teorías del conocimiento, un sistema muy elaborado de hermenéutica. A partir del siglo I p. C. aparecieron sistematizadas las leyes de estas formas de hermenéutica tradicional. Así por ejemplo las Homericae Allegoriae del Pseudo-Heráclito o los escritos de Cornuto y Paléfato 2. A partir de la segunda Sofística surgieron otras formas nuevas de interpretación, ligadas a la teología que se inició con Plutarco o bien la llamada exégesis mística del neoplatonismo y neopitagorismo tardíos, de gran incidencia en autores de la literatura tardoantigua, incluida la de los escritores cristianos 3. Muchos textos y representaciones artísticas se escriben o plasman en clave de alegorías, de acuerdo con las leyes de la naturaleza, del enigma o del misterio. El estudio de la hermenéutica griega sirve, por lo tanto, para interpretar y explicar obras literarias y manifestaciones culturales y artísticas del mundo greco latino. Pero, sobre todo, resulta imprescindible su estudio para una correcta interpretación del pensamiento, literatura y arte de la Edad Media bizantina, y del Humanismo renacentista de Europa occidental. Creo que puede ser de interés el estudio de los autores griegos y latinos de la época imperial y tardía, para entender mejor la literatura europea de la Edad Media y del Renacimiento. Dión vive en un mundo en que la imitación o reinterpretación de los clásicos es ya un recurso ulterior al «postmodernismo» de su tiempo. La búsqueda de la verdad por parte de los escritores de la segunda sofística y de los siglos IV-V condiciona en gran medida la literatura posterior. En efecto, fueron los procedimientos de técnica retórica y hermenéutica tardoantiguos los que mayormente influyeron en las formas de composición literaria de los periodos siguientes, hasta el llamado siglo de las luces. Revista de Lingüística y Filología Clásica (EM) -LXV 2, 1997, pp. 195-220 La gran aceptación que tuvieron los escritores de la Antigüedad tardía hasta el siglo XVII, contrasta notablemente con el descrédito y rechazo a que se vieron sometidos a partir del XVIII. Para los pensadores y filólogos del romanticismo y de una gran parte del siglo XX, incluso en los manuales de Historia de la literatura griega, estos autores no son otra cosa que un «museo de fósiles». Así los define la voluminosa obra de W. von Christ-W. von Schmidt-O. En libros más modernos, que leíamos los estudiantes de mi generación, como era el clásico manual de A. Lesky 5 o el de R. Cantarella, se afirma, por ejemplo en este último, que «la segunda sofística no es un movimiento de pensamiento, ni tampoco de cultura, es únicamente el apogeo que asume la retórica al convertirse en un fenómeno social, pero sin aportar ninguna innovación a la enseñanza ni a las corrientes tradicionales» 6 En el fondo y en la forma, ésta es la cosmovisión estética del siglo XIX y de una gran parte del XX. No obstante, estudios y monografías como los de Reardon 7, Bompaire 8, Caster 9, Boulanger 10, Bowie 11, Bowersock 12, Luis G. Morocho Gayo -Hermenéutica y Filología en el contexto de Dión de Prusa 4 13 «El cinismo y la remodelación de los arquetipos culturales griegos», Revista de la Universidad Complutense N.S. 1, 1980, pp. 43-78. 14 El pensar simbólico y el fenómeno cultural. Discurso leído en la Real Academia de Buenas Letras, Sevilla, 1987. 15 Enrique A. Ramos Jurado, Lo Platónico en el siglo V p. C.: Proclo, Publicaciones de la Universidad de Sevilla, 1981. 16 Sobre los presupuestos dioneos y los tipos más habituales de la exégesis nos hemos ocupado en: «Formas de exégesis y reinterpretación de Arquetipos en Dión de Prusa», Caesura 3, 1993, pp. 63-87. Revista de Lingüística y Filología Clásica (EM) -LXV 2, 1997, pp. 195-220 Gil 13, Díaz Tejera 14 y E. A. Ramos Jurado 15, comenzaron a ver en la segunda sofística y en autores más tardíos una reinterpretación de los autores clásicos, que partiendo de la retórica y de la controversia entre aticistas y asianistas, trató de revivir el esplendor literario y cultural de los grandes clásicos del pasado. Es decir, la segunda sofística es ya una cierta forma de humanismo, que servirá como paradigma al renacimiento literario de los siglos IV y V, y de modelo a los renacimientos posteriores. Historia de la exégesis homérica en Dión de Prusa, Or. Estudia Dión en este pasaje las principales formas de hermenéutica desde la Antigüedad hasta su tiempo, con referencia a las distintas escuelas filosóficas y especial mención a la filología 16. Siete son las principales modalidades que reseña el Sofista, aunque indudablemente las formas de hermenéutica habían sido muchas más. Dión establece una distinción entre la exégesis que deriva de la gramática filológica y de la crítica literaria, y aquellas otras formas de hermenéutica homérica anteriores a su tiempo. El conocimiento de las formas de exégesis que pertenecen a la hermenéutica resulta tan necesario para un filólogo y estudioso de Dión como el conocimiento de la retórica clásica 17, a la cual suelen estar ligadas. De otro lado nuestro autor diferencia claramente las formas de exégesis que pertenecen a sistemas racionalistas (Platón y Aristóteles) de aquellas otras que se buscan una defensa de Homero ya sea del mensaje religioso de los poemas homéricos. La hermenéutica trataba de evitar las aparentes 18 Entendemos en sentido aristotélico términos como ¦μπειρία, ¦πιστήμη y σοφία. Sobre la definición de estos conceptos cf. Arist. En ambos discursos Dión habla desde la madurez de sus meditaciones religiosas. Por eso, me inclino a pensar en una fecha de composición posterior al año 100 de nuestra Era como término ante quem en la composición del Olímpico. El Boristénico es tal vez uno de los últimos ensayos del prusense. Parece como si el autor, sin perder de vista los principios de la filosofía estoica, que ha practicado durante una gran parte de su existencia, volviera los ojos a la religión de su tierra natal y de su patria, vinculada a los cultos mistéricos de Cibeles cf. B. F. Harrison, «The Olympian Oratio of Dio Chrysostom», Journ. Revista de Lingüística y Filología Clásica (EM) -LXV 2, 1997, pp. 195-220 contradicciones de los poemas homéricos, buscando significaciones subyacentes, alegóricas, enigmáticas, etc. con explicaciones de índole filosófica y teológica. El Sofista de Prusa pretende conciliar, bajo el denominador común de la interpretación homérica, a filósofos de diferentes tendencias, gramáticos alejandrinos y críticos literarios de la escuela de Pérgamo, silenciando los acalorados debates que tenían lugar en su tiempo. Asimismo, de acuerdo con una tendencia sincretista que tendrá una gran fortuna a finales de la Antigüedad no establece fronteras claras entre cinismo y estoicismo. El Prusense limita su enumeración a los autores o sistemas más representativos 18. La exégesis de Dión presupone un incipiente sincretismo de cinismo y estoicismo, que con otros sistemas filosóficos y diversas formas de religiosidad griega, acabará confluyendo a finales de la Antigüedad, en una forma de monoteísmo inmanente a este mundo. Este monoteísmo inmanente frente al Dios personal y trascendente de la tradición judeocristiana está integrado por todo un conglomerado filosófico que impropiamente ha sido englobado en la denominación genérica de neoplatonismo. Pero en este conglomerado han confluido por sincretismo corrientes tan diversas como la filosofía peripatética, el estoicismo, pitagorismo, orfismo, cinismo y, sobre todo, platonismo en su vertiente de neoplatonismo propiamente dicho. Resulta pertinente considerar la hermenéutica dionea a partir de la concepción de un Poder único que rige el universo 19. Esta concepción de la divinidad aparece nítidamente expresada en el Olímpico y en el Boristénico y va mucho más allá del dios estoico tradicional, constituyendo una de las expresiones más altas que sobre la pureza divina nos legó la Antigüedad 20. Existe una alusión a los cultos mistéricos de Cibeles, cuando refiere el episodio de la sacerdotisa en el Discurso I de la Realeza, la cual le predice en los montes de Arcadia el fin de su destierro y el advenimiento de un principe ideal que será el español Trajano, a quien Dión refiere su relato (D. Chr. En el Himno al sol de Zoroastro y los magos persas que leemos en el Boristénico, detrás de los cuales parece que se esconden los sacerdotes de Mitra, Dión va más allá de la concepción religiosa del estoicismo, y creo que no sin razón, algunos intérpretes, como Bidez-Cumont, Les mages hellénises, Paris, 1938, vid. ad loc., han percibido en este Himno ecos de una concepción religiosa oriental. G. Morocho Gayo, Dión de Prusa. 36 De ser cierta, su estancia entre los esenios, habría que decir que no es nuevo en Dión de Prusa el afán de evasión y escapismo que leemos en algunos ensayos tan significativos como el Euboico, cf. H. Hommel, «Dio Chrysostomos euboische Idylle» WHB 4, 1961, pp. 18-21. No obstante, estos viajes a tierras remotas y lugares apartados pueden tener antecedentes literarios muy claros en relatos como el mito de la edad de oro, en las utopías de Platón o en la Meropia de Teopompo, hoy perdida. El Euboico de Dión, cuya primera parte está construida en técnica de novella es un canto lírico, escrito en prosa, a la vida sencilla y retirada de unos pastores, que han elegido la soledad de las montañas para vivir de acuerdo con la naturaleza frente al bullicio y corrupción moral de la urbe. A estas gentes sencillas el retiro en las montañas les ayuda a encontrar las respuestas que afligen a la existencia humana. El Troyano es, además, una de las mejores obras de crítica literaria de toda la Antigüedad. Fue impreso varias veces durante el Humanismo italiano y el Renacimiento europeo, como hemos escrito en otro lugar: «Traducciones de Dión de Prusa», Fidus Interpres, J. Santoyo & alii (eds.), vol.II, León, 1989 Tal vez este hecho pueda explicarse por el conocimiento de diversas religiones mistéricas 21, que prometían la salvación individual e incluso de formas de vida como la de los esenios entre los cuales se ha dicho que Dión había pasado algún tiempo 22. No obstante, para el pensador de Prusa, cuyo mensaje está lleno de grandes sutilezas sofísticas y retóricas, el verdadero centro del debate radica en los dilemas de verdad y engaño, como nos desvela en el proemio del Troyano 23. Existen, además, otras dos coordenadas que son como prerrequisitos fundamentales para conocer el alcance de la exégesis de Dión: su concepción del mundo y de la vida del hombre. El Sofista de Prusa, como Séneca de Córdoba y Pablo de Tarso, contempla este κόσμος cual si fuera un magno Dio Prus. VIII 15 cf. H. Funke, «Antisthenes bei Paulus», Hermes 98, 1970, 459-471 Estos elementos comunes han de ser interpretados como ideas propias del ambiente y de la época, tópicos habituales de una prédica popular no bien conocida, a partir de la cual motivos y formas infraliterarias pasan al plano de la literatura, un fenómeno que ocurre en todas las épocas. También se fundamenta esa coincidencia formal y de contenido en la unidad de programas escolares vigentes en los más prestigiosas escuelas del Imperio, «Tecnica della predicazione popolare: cenni di oratoria dionea», en P. Desideri, Dione di Prusa. Revista de Lingüística y Filología Clásica (EM) -LXV 2, 1997, pp. 195-220 estadio y concibe la vida humana como un certamen agonal, en el que la meta no es la conquista de una corona de apio, de olivo, de pino o de laurel, sino la obtención de la virtud, cuyo premio es la felicidad 24. Todos ellos tienen una concepción ascética de la vida como lo demuestran las coincidencias formales de metáforas deportivas y de catálogos idénticos de vicios y virtudes. Consecuentemente, según Dión, el hombre no puede contemplar su propia existencia, como el θεωρός que asiste cual mero espectador a una πανήγυρις, sino como •γωνιστής, corredor o luchador, que se lanza a la arena del estadio de este κόσμος 25. Los llamados «escritos filológicos» de Demócrito de Abdera. El Sofista comienza su desarrollo alabando el pensamiento de Demócrito, porque admitía la inspiración divina en la composición de la poesía homérica 26. Dión en este pasaje se limita a comentar una máxima de la tradición doxográfica, bien atestiguada en Cicerón 27, Horacio 28 y, 29 Strom. VI 168 (= DK 68, B, 18), en el cual recoge la misma doctrina que Cicerón y Horacio y afirma que «el poeta deberá escribir sus cantos con ¦νθουσιασμοØ κα ÊεροØ πνεύματος». Esta doctrina de Demócrito, como se infiere de todos estos testimonios, había llegado a ser un tópico en la tradición doxográfica y enseñanza escolar. posteriormente, en Clemente de Alejandría 29. El Prusense no atestigua explícitamente la existencia de un tratado de Demócrito Sobre Homero, cuya noticia conocemos por Diógenes Laercio 30. El testimonio de Dión avala la afirmación de que Demócrito fue uno de los más antiguos intérpretes de Homero y que su comentario gozó de gran prestigio pasando a formar parte de las enseñanzas escolares. La crítica antigua y algunos estudios modernos han considerado a Demócrito como uno de los principales antecedentes de los estudios gramaticales y filológicos 31. No obstante, si analizamos contextualmente los breves fragmentos que nos han llegado a través de Eustacio de Tesalónica 32, comprobaremos que se trata de formas alegorizantes de exégesis física33 y moral 34. La crítica moderna con mayor o menor acierto ha distribuido estos Las enseñanzas del περ γραμμάτων nos hacen pensar en aquellas doctrinas que leemos en el Cratilo de Platón 35. Parece que Platón se inspiró en concepciones expuestas con anterioridad por su rival, cuyo nombre oculta celosamente. En todo caso, estos testimonios tardíos del tratado περ γραμμάτων corroboran, al igual que los títulos de obras hoy perdidas, que el Abderita participó activamente en las reflexiones de su tiempo sobre temas lingüísticos, dedicando especial atención a la eufonía y disonía de las vocales y consonantes. Otros fragmentos encasillados en estas obras «filológicas» responden a la hermenéutica de la literatura de tendencia cínico-estoica, que se desarrolla desde el siglo I después de Cristo. Así, por ejemplo, en la segunda parte del Euboico de Dión de Prusa, se hace un elogio de Pobreza, haciendo exégesis moral de muy diversos textos de Homero, de Eurípides y de otros poetas 36. En esta literatura tardía los arquetipos de virtud, como veremos luego, suelen ser a veces obscuros e innominados personajes de los poemas homéricos, a los que para darles nobleza se les hace descendientes de virtudes morales personificadas 37. Por todo ello, la invención de la madre de Eumeo como prototipo de Pobreza más bien parece una creación tardía, cuya invención se atribuyó a Demócrito, por mera técnica escolar de acreditar opiniones con nombres de autorizados y famosos escritores antiguos. De la lectura de los textos filológicos de Demócrito que nos han llegado 38, ubicados en la hipotética obra Sobre Homero, se infiere que, efectivamente, el autor de tales fragmentos está glosando el texto del poeta, pero el contenido parece haber sido reelaborado de acuerdo con la técnica de los escoliastas y de la tradición filológica. En el estado actual del texto, es imposible determinar el verdadero carácter formal de las glosas de Demócrito sobre el texto de Homero. Es doctrina común, sin embargo, en el 39 Ρ. Pffeifer, Historia de la Filología Clásica, I, Gredos, Madrid, 1981, s. v. «Glosas», admite la posibilidad de que los rapsodos usaran colecciones de γλäσσαι, esto es, palabras épicas inusitadas. Aristófanes atestigua este hecho en una de sus comedias perdidas, cf. Κ. Revista de Lingüística y Filología Clásica (EM) -LXV 2, 1997, pp. 195-220 ámbito de la historia de los textos que estas atribuciones tardías se inspiran en una tradición doxográfica anterior, probablemente de época helenística, a cuyo núcleo fundamental remontan las elucubraciones de los escoliastas. Y, por lo tanto, muy probablemente no estamos leyendo textos del filósofo del siglo V, sino de la tradición posterior. Si fuera verdad, como dice la tradición, que Demócrito hizo exégesis del texto de Homero, habría que conjeturar que dicha exégesis se basaba ya en colecciones de palabras épicas anticuadas e inusitadas a las que ya en su tiempo se llamaba γλäσσαι. Es, además muy verosímil que, en sus explicaciones, recurriera al uso de etimologías de nombres propios y de palabras raras del texto homérico y cabe pensar que algunas de ellas suscitaran el interés de los glosógrafos posteriores 39, y de la tradición doxográfica. Ahora bien muy poco o casi nada conocemos de la hermenéutica de Demócrito al texto de Homero y del supuesto comentario prefilológico. Con los datos existentes, resulta muy problemático decidir cuestiones de autenticidad y las citas de Eustacio y de otros bizantinos per se no acreditan la autoría de Demócrito, aunque se mencione su nombre. Raigambre aristotélica de la gramática filológica y de la crítica literaria. Dión de Prusa ha comenzado su exposición sobre los intérpretes de Homero, por aquellos filósofos, cuyos estudios dieron lugar a la crítica literaria y luego a la Gramática: Demócrito, Aristóteles, Heraclides de Ponto, Aristarco de Samotracia 40, Crates de Malos. A continuación del texto referente a Demócrito, nos dice: También muchos otros han escrito sobre Homero, los unos alabando expresamente al poeta y, al mismo tiempo, esclareciendo algunos de los argumentos expuestos por él. Otros, por idéntica razón, han hecho exégesis de su pensamiento, no sólo Aristarco y Crates, sino también muchos otros de los que últimamente han sido llamados gramáticos y, anteriormente, críticos. También el mismo Aristóteles, de quien dicen que deriva la crítica y la gramática, trata del poeta en muchos de sus diálogos, Dión, al encabezar su texto con los gramáticos o filólogos de la escuela alejandrina y los críticos de la escuela de Pérgamo, representadas una y otra por los dos maestros más significativos: Aristarco y Crates, parece sugerir que las mejores interpretaciones del texto de Homero se hallan entre ellos. Gramática y crítica literaria son dos actividades claramente diferenciadas. Sin embargo, «los que últimamente fueron llamados gramáticos, anteriormente habían sido conocidos como críticos», y a renglón seguido corrobora con un «dicen» que «el origen de la crítica literaria y de la gramática deriva del mismo Aristóteles» 42 43, lo cual nos parece bastante convincente en lo que se refiere a la gramática filológica de los alejandrinos. Conocemos otros muchos estudios en los que se defiende el origen de la gramática a partir del estoicismo. Pero este planteamiento referido a la filología es un error, y tratar aquí del problema excedería los límites de esta exposición. Cosa bien diferente es la realidad de que el título o epígrafe del manual de Dionisio de Tracia haya sido modificado en la tradición manuscrita, desde muy antiguo, para someter la gramática y la actividad filológica a la lógica y a la hermenéutica estoicas y de otro tipo, calificándola como τέχνη y lo mismo podría afirmarse de la glosa 43 que apare en la sexta parte de la γραμμτική del Tracio 44. La filología helenística de la que Dión habla en este pasaje era herencia de muchos procedimientos antiguos, como el de los glosógrafos del siglo V. El carácter escolar e instrumental aleja a la filología de los grandes debates teóricos. El aprendizaje de los poemas de Homero con técnicas de exégesis gramatical constituía la tarea principal de los jóvenes en las escuelas griegas y a esta actividad escolar remonta el núcleo fundamental de algunos corpus de scholia o de Lexica que han llegado hasta nosotros en sucesivas reelaboraciones 45. Era, pues, esta exégesis filológica una forma de racionalización del lenguaje, en la cual la lengua está concebida como una ¦μπειρία, estudiando en un plano descriptivo los fenómenos lingüísticos, los de la lengua hablada, pero principalmente los de la lengua escrita y literaria. Incluso algunos teóricos antiguos llevaban tan lejos la consideración «empírica» y la enseñanza de la lengua como oficio de artesano, que Sexto Empírico, en su tratado Contra los gramáticos, niega competencia a los filólogos para ir más allá del nivel puramente técnico de enseñar a hablar y escribir correctamente una lengua. Modernamente se ha planteado la posibilidad de que Aristóteles llevara a cabo una recensión de la Ilíada 46. En mi opinión resulta difícil admitir la existencia de una recensión en época tan temprana, aunque tal recensión no fuera similar a las posteriores «ediciones» de los gramáticos alejandrinos. Sin embargo, sí parece evidente que Aristóteles hiciera numerosas correcciones en el texto homérico, anticipándose a lo que después será la filología helenística. También Dión hace a Aristóteles padre de la crítica literaria, el cual en obras como Dificultades homéricas, Sobre los poetas, y en la Poética, así como en otros diálogos «despliega su saber acerca de Homero, elogiándolo y honrándolo la mayor parte de las veces». En todas estas obras Aristóteles trataba difíciles problemas de crítica literaria, «y eso lo hace todavía más Heraclides el de Ponto» 47. El Prusense nos ofrece, por lo tanto, un testimonio importante sobre la evolución y desarrollo de la filología a partir de la escuela peripatética. Dión en este pasaje, por ser ajeno a sus fines, silencia el vivo debate sobre el concepto mismo de gramática, que tenia lugar entre los teóricos de su generación, filósofos y gramáticos, y que había comenzado en la primera mitad del siglo I a. C. De la misma manera oculta las polémicas entre los gramáticos de la escuela de Alejandría y los críticos de la escuela de Pérgamo. En Dión nos hallamos ante un fenómeno de sincretismo, que trata de limar todas las diferencias de la tradición helénica y de conciliarlas entre sí. El debate sobre la definición de gramática filológica. En Platón y Aristóteles la τέχνη γραμματική era el arte de leer y escribir correctamente la lengua. Pero la γραμματική, tal y como la concibió y dividió en partes Dionisio de Tracia era el resultado de la técnica de comentario filológico de época helenística. La γραμματική de Dionisio hemos de situarla dentro de la tradición de la filología alejandrina. La tradición hace a Dionisio un discípulo de Aristarco, en quien Dión ejemplifica la interpretación filológica de la escuela de Alejandría. Los escolios de Homero nos han transmitido noticias sobre el quehacer filológico de los primeros filólogos helenísticos, herederos de la tradición anterior, principalmente de la emanada de Aristóteles y de su escuela peripatética 48. Los filólogos de Alejandría desde el siglo III hasta comienzos del siglo II a. C. llegaron a fijar un riguroso trabajo científico, que Dionisio de Tracia va a definir como una ¦μπειρία, no como una σοφία o φιλοσοφία, y ni siquiera como una ¦πιστήμη, ni como una τέχνη. La ¦μπειρία excluye per se los métodos abstractos y especulativos. La filología helenística no implicaba una «teoría del conocimiento» a partir de un modelo matemático como el de Platón 49, o biológico como el de Aristóteles, ni tenía en cuenta una determinada creencia religiosa. La actividad filológica era un saber práctico. El problema de la definición de gramática filológica no parece tener solución satisfactoria desde un determinado planteamiento filosófico. Si a la gramática se la define como ¦μπειρία, y se la hace independiente de cualquier sistema filosófico, entonces es «como una ramera puesta en cualquier esquina, dispuesta a marcharse con el primero que llega» 50. Pero si por estar inserto en la mejor tradición erótica de las heteras de la lírica y de la comedia griega: τριβή τίς ¦στι κα ¦ργάτις -τεχνός τε κα -λογος, ¦ν ψιλ± παρατηρήσει κα συγγυμνασί' κειμένη. Este tratado evítanlo citar y estudiar, como si de una sierpe se tratara, los partidarios cada vez más numerosos de una gramática neo-lógica. Y sin embargo, encierra los secretos del debate gramatical de tres siglos. Sin un conocimiento muy a fondo del mismo resulta vanidad publicar libros o artículos sobre los problemas de la teoría gramatical de la Antigüedad. De hecho la Inquisición española en el siglo XVI, advirtió muy pronto los peligros de una praxis filológica, independiente de la hermenéutica, practicada por humanistas como Nebrija. Éste, en los primeros años de siglo XVI, tuvo que escribir su Apología, en defensa de la gramática filológica. Cf. nuestra exposición: «La Filología Bíblica del Humanismo renacentista: Continuidad y ruptura». La razón de este debate nos la ofrece el mismo S. E. Adu. Revista de Lingüística y Filología Clásica (EM) -LXV 2, 1997, pp. 195-220 se celebran las bodas de Filología con Mercurio, entonces Filología llega a ser una criada, al servicio de un sistema de lógica o de teología 51. La definición filológica que Dionisio de Tracia, discípulo de Aristarco, había dado a su gramática filológica, no complacía en modo alguno a los diversos sistemas de hermenéutica y de crítica literaria. Una definición de γραμματική en el plano de la ¦μπειρία limita la posibilidad de considerar el estudio de la lengua como elemento puramente ancilar de una hermenéutica, llevada a cabo desde unos presupuestos especulativos y filosóficos. Todos los dardos de los gramáticos y filósofos, ya desde el siglo I a C., se van a dirigir contra la definición de γραμματική como ¦μπειρία. Desde los tiempos de Dionisio de Tracia hasta los de Sexto Empírico 52 asistimos a un acalorado debate sobre el concepto y definición de γραμματική, en el que cada sistema de filosofía intenta definir la γραμματική de conformidad con su lógica y metafísica. Evidentemente muchos gramáticos, participaban de la verdad de un sistema filosófico y, en consonancia con ellos, van a definir la γραμματική como τέχνη o ¦πιστήμη, ars o scientia. El triunfo de esta concepción filosófica de la γραμματική contribuiría a la ruina y decadencia de los estudios específicamente filológicos. La γραμματική, dice Sexto Empírico, es el punto de arranque de todas las demás disciplinas, un prerrequisito para el estudio de las demás ciencias, o para decirlo con sus mismas palabras: «La γραμματική es por sí misma el pórtico o prerrequisito en relación con las enseñanzas de las demás ciencias». Entre los oponentes de Dionisio de Tracia, Sexto Empírico cita en primer 53 Probablemente se trata de Tolomeo Pindarión, contemporáneo de Dionisio de Tracia, que ejerció su actividad en el siglo II a. C. Era llamado Ò •ναλογητικός, por el uso que hacía de la analogía. 54 Evidentemente, el materialismo de Metrodoro estaba en consonancia con el escepticismo del Empírico. Revista de Lingüística y Filología Clásica (EM) -LXV 2, 1997, pp. 195-220 lugar a Ptolomeo el peripatético 53, el cual había reprochado a Dionisio de Tracia haber definido la γραμματική como ¦μπειρία, ya que la «destreza» es una clase de práctica y de tarea sin arte y sin λόγος o razonamiento que no sabe explicar las causas, por consistir en la mera observación y ejercicio, mientras que la γραμματική es, en la definición de Ptolomeo, una τέχνη. Sin embargo, prosigue Sexto Empírico, Ptolomeo se equivoca al no considerar que el término ¦μπειρία o destreza también se aplica a la τέχνη, pues designamos indistintamente a los mismos hombres como expertos o artistas y, por ello, Metrodoro el epicúreo 54 dijo que la filosofía es la única ¦μπειρία en los asuntos de que se ocupa, porque mira su propio fín, queriendo significar que es el único arte ya que, preferentemente, se ocupa de ordenar el conocimiento en muchos y muy variados asuntos, de igual manera que llamamos expertos en la vida a los ancianos, porque han visto y aprendido muchas cosas. A juzgar por estas palabras resulta evidente que tanto Ptolomeo como Sexto Empírico coincidían en la negación de la γραμματική como ¦μπειρία. Si Dionisio de Tracia hubiera rotulado o definido como τέχνη su manual, carecerían de todo sentido las objecciones de los gramáticos del siglo I y del filósofo del siglo II, por lo que es necesario concluir que tanto el epígrafe ΤΕΧΝΗ de la tradición manuscrita, como la segunda glosa de la sexta parte: τäν ¦ν τ−ι τέχνηι, son un añadido de la tradición. Otro de los oponentes de Dionisio fue Asclepíades de Mirlea, que vivió en el siglo I a. C. Asclepíades inició una nueva dirección en los estudios gramaticales. Tanto él como sus seguidores reprochan al de Tracia haber aseverado que la γραμματική es una ¦μπειρία, por la misma razón que había expuesto Ptolomeo, cuando reprochaba al Tracio haber declarado que era ¦μπειρία «en su mayor parte» 55 una se ocupa solamente de «los elementos y sus combinaciones y es el arte de enseñar a escribir y a leer». Para el Empírico esta γραμματική, en cuanto permite luchar contra el olvido y es el mejor recurso para la transmisión de los conocimientos, es una de las artes más útiles. La segunda gramática es más profunda y se ocupa de cuestiones como «la invención y la naturaleza de los elementos, la clasificación de las palabras en las partes de la oración, etc»... Esta gramática es rechazada por Sexto Empírico por ser «demasiado pretenciosa y demasiado curiosa» 57. El Empírico, pues, distingue, de acuerdo con la tradición de su tiempo, entre una γραμματική común o general (κοινäς) y una γραμματική específica o particular (AEδίως) 58 La primera es el conocimiento (εÇδησις) de las letras, a la cual habitualmente llamamos γραμματική; la segunda en sentido propio o específico es «la perfecta», o ¦ντελής. Sexto Empírico, al utilizar el sustantivo εÇδησις, está tomando un claro partido acorde con su planteamiento filosófico dentro del debate lingüístico, por eso afirma que la γραμματική perfecta «fue elaborada (¦κπονέθεισα)» por los discípulos de Crates de Malos en Cilicia, fundador de la escuela de Pérgamo como opuesta a la de Alejandría, representada por Aristófanes de Bizancio y Aristarco. Nos parece significativo que Sexto Empírico cite en primer lugar a Crates y a la escuela de Pérgamo entre los fundadores de la εÇδησις gramatical. Y, así, concluye El Empírico, «la γραμματική perfecta, llamada de esta forma desde el principio por el conocimiento de las letras, amplió también sus conocimientos con los más variados recursos y teorías técnicas sobre ellas». Formas de hermenéutica enumeradas por Dión de Prusa. Entre los filósofos, cita Dión en primer lugar a Platón 59, que menciona a Homero en todas las partes de su obra, y siente admiración por el encanto y deleite que le producen los versos del poeta; sin embargo, lo censura muchas veces por lo que dice en sus mitos y en sus discursos acerca de los dioses, en la idea de que su lectura no era cosa conveniente para los hombres y mujeres 60 Sobre hermenéutica platónica en relación con el mito nos hemos ocupado en otro lugar: «Hermenéutica y alegoría del Mito en Platón» (En prensa). Tampoco enumera Dión los sistemas de hermenéutica racionalista, ni alude a autores como Jenófanes de Colofón, quien afirmaban que Homero estaba errado al transmitir a los hombres, por medio de mitos, la imagen de la divinidad. Tampoco se refiere a la hermenéutica racionalista de los sofistas. En cambio, al exponer el rechazo que hace Platón de la hermenéutica alegórica de su tiempo 61, siguiendo la técnica alusiva, Dión sugiere queconoce la técnica de la ßπόνοια de Teágenes de Regio y de todos aquellos que en defensa de Homero sostenían que en las palabras del poeta existía «un sentido subyacente». Grandes creaciones literarias de la Antigüedad clásica, como las de Píndaro, Esquilo o Sófocles adoptaron los principios propios de la ßπόνοια de su tiempo y dieron nueva vida religiosa y literaria a los personajes del viejo mito, unas veces identificando a los dioses con fuerzas y fenónemos de la naturaleza y otras personificándolos con virtudes y vicios. Y otro tanto hicieron diversas religiones, como el orfismo, con su recurso a la etimología filosófica y a su peculiar forma de exégesis, para explicar los nombres divinos y las verdades de su concepción religiosa sobre el mundo y la vida humana. También en la literatura de los filósofos, sofistas y oradores del siglo V, e incluso en grandes genios literarios como Gorgias o Eurípides, los viejos mitos, como el de Helena, se transforman y son portadores de nuevas ficciones al servicio del racionalismo e ilustración griega. La arqueología de Tucídides 63 es ya un ensayo magistral de exégesis histórica, que culminará en sistemas como el de Evémero de Paros o el de Paléfato, los cuales reducen los mitos a narraciones o personajes de tipo histórico o a fenómenos geográficos, para no hablar de interpretaciones astrales como la de Eratóstenes. Posiblemente como reacción a esta exégesis racionalista se creará toda una interpretación en la que sitúa la realidad de los dioses y los héroes en las constelaciones celestes 64. C) combina una descripción de islas imaginarias situadas al Este del mundo griego, sirviéndose de un viaje imaginario por aguas del Indico, con una teoría del origen de los dioses, enseñando que Urano, Crono y Zeus habían sido grandes reyes en un momento histórico, elevados posteriormente a la categoría de dioses por el favor del pueblo 65. Por último, un esbozo de sociedad utópica, con otros elementos amalgamados era el argumento principal en las Filípicas de Teopompo 66. La utopía de Evémero situaba a dioses y hombres, siguiendo la tradición de la épica y lírica griegas, en una línea cuya frontera estaba muy borrosa. El evemerismo, pues, al suponer que algunos dioses habían sido originalmente héroes, se alineaba con el racionalismo de la historiografía jonia. Es notorio que esta interpretación alcanzó gran difusión gracias a autores como Diodoro Sículo 67, que nos ha conservado varios fragmentos de Evémero en el Libro VI, al igual que el escritor cristiano Lactancio 68. La hermenéutica del cinismo-estoicismo. Por último, Dión concluye su breve historia de las interpretaciones exegéticas de Homero con la hermenéutica que, según él, comenzó en Antístenes y los cínicos 69, y prosiguió Zenón y los estoicos 70. Simplificando tendencias y borrando límites cronológicos, Dión atribuyó a Antístenes y a Zenón, la invención y práctica de los dos procedimientos más generalizados de la exégesis de su tiempo. Formas de exégesis que empleaban los autores más representativos del cinismo-estoicismo de los siglos I-II p. C. y, sobre todo, el propio Dión. Éste suele hacer una exégesis κατ δόξαν y una exégesis κατz •λήθειαν 71. Dión afirma que fue Antístenes 72 el primero en formular estos dos principios de hermenéutica, que él mismo suele emplear a lo largo de sus ochenta ensayos o Discursos. Homero habría dicho cosas κατ δόξαν, cuando se expresaba según la opinión del vulgo y, por lo tanto, en estos casos, habría mentido. La inspiración de la musa le habría dictado no la verdad, sino el engaño. En esta exégesis κατ δόξαν se atacaba a Homero con los mismos argumentos de la hermenéutica racionalista o historicista. Sin embargo, estos ataques llegan a ser en la realidad literaria de la segunda sofística como un lusus literario o retórico, porque en el fondo se está defendiendo al poeta y a la religión tradicional de la Hélade. Resulta evidente que muchos relatos y mitos de Homero atacaban postulados elementales de la ética humana. En estos casos el intérprete busca en sentidos subyacentes el verdadero mensaje de las musas mediante el recurso a una exégesis alegórica, física, moral o de otro tipo. Este mismo procedimiento hermenéutico lo practica Filón en los libros del Antiguo Testamento, buscando en la •λληγορήσις, ya sea física o moral, o en determinados arquetipos del A. T. el significado profundamente religioso de muchos relatos bíblicos, vertiendo y traduciendo el pensamiento judío tradicional en moldes de cultura griega, accesible a los hombres de su tiempo, imbuidos del llamado judaísmo helenístico, recurso que seguirán después muchos exegetas del cristianismo 73. Otras veces, por el contrario, el poeta habría hablado κατz •λήθειαν, es decir, los versos de Homero han de ser interpretados en el nivel de κυριολογία o significación usual de las palabras y responden, por lo tanto, a la verdad de las cosas tal y como son en la realidad. Dión ejemplifica esta forma de exégesis κατz •λήθειαν, cuando pinta el retrato del buen príncipe, fijándose en la alegoría del buen pastor 74, o bien cuando elabora meras παραφράσεις Homero: EMERITA. Revista de Lingüística y Filología Clásica (EM) -LXV 2, 1997, pp. 195-220 caminante o peregrinante, el fardo, la capa raída y el bastón. Sin embargo, existen enormes dificultades para delimitar los contenidos específicos del pensamiento cínico y de la exégesis que hacían de Homero y de los poetas. Conocemos bien solamente uno de los dos momentos de esplendor: el de los siglos I-II p. C., no así el primero, siglos IV-III a. C. Estos dos períodos fueron coincidentes con profundos cambios culturales y están caracterizados por la supresión de la libertad y el aumento de la burocracia 85. Hermenéutica de tendencia cínica en Dión de Prusa. La técnica más característica de exégesis dionea aparece empleada en otros textos del cinismo contemporáneo o inmediatamente posterior. Así, por ejemplo en el Pap. Gen. 271, un brahmán de la India 86, al igual que hace el sacerdote egipcio en el Troyano, arremete dialécticamente contra Homero, Hesíodo y los poetas de la Hélade, por haber pervertido la moralidad pública con el comportamiento de sus dioses y de sus héroes. El brahmán echa en cara al poeta el pedir a la musa que le refiera la cólera de Aquiles, ya que a los dioses no les importa nada cantar las emociones y pasiones de los hombres. La sabiduría de este brahmán, como la del sacerdote egipcio en el Troyano, o la de los magos persas en el Boristénico en la ficción literaria 87 En esta columna XIV comienza un desarrollo nuevo siguiendo una técnica de composición especificamente exegética, la cual es un ejemplo, como el Troyano de Dión, de lo que venimos llamando exégesis κατ δόξαν. Sin embargo, esta es una técnica que en Dión se ha convertido en un procedimiento literario. La misma que sigue el anónimo autor de la columna XIV del Papiro Genevensis 87. El contenido de esta columna y también de la siguiente, aunque desafortunadamente sólo pueden leerse las primeras letras, lo constituye un feroz ataque contra Alejandro, detrás del cual puede esconderse algún emperador romano de la dinastía julio-claudia, por haber levantado sus puñales contra padres, hijos, hermanos, amigos, contra el desierto, contra la multitud y contra los animales inocentes. Alejandro en este pasaje es antitipo del buen príncipe, ya que está lleno de injusticia, como el gordo en el Discurso dioneo Sobre la Virtud estaba lleno de gula, acidia y lujuria. El autor del Papiro y el Sofista de Prusa establecen en su exégesis una representación figurada que conecta dos acontecimientos o personas, el primero de los cuales tiene significación por sí mismo y también para el segundo. Solamente el conocimiento de las dos personas o acontecimientos es un acto espiritual, y como tal no se agota en conceptos o abstracciones. Tal es el sentido profundo de la remodelación de los arquetipos en Dión de Prusa 88. Esta forma de exégesis κατ δόξαν que versa no sobre un texto sino sobre un arquetipo, hay que situarla dentro del contexto literario del siglo II p. C. Los arquetipos aparecen dentro de una visión más global de un texto poético o literario, que se interpreta con unas coordenadas nuevas. El Sofista en el Discurso II de la Realeza condena, al igual que haría según conjeturamos en la parte deteriorada el autor del Papiro, la poesía de Arquíloco, Safo, Anacreonte y los líricos corales, salvando los relatos de la conquista de Troya que hacen Estesícoro y Píndaro. Pero en el Discurso II nos movemos en un plano de exégesis κατz •λήθειαν por lo cual se considera la poesía de Homero como la única apta para la educación del Príncipe ideal. La gran diferencia entre el Discurso II de la Realeza en que se elogia la poesía de Homero y el Troyano, en el cual se censura al poeta, radica, por lo 89 D. Chr. Cf. nuestras notas a ése último pasaje en Dión de Prusa, pp. 451, s. Revista de Lingüística y Filología Clásica (EM) -LXV 2, 1997, pp. 195-220 tanto, en que se siguen procedimientos de exégesis diferente. Esta diversidad de modalidades interpretativas, en los Discursos de Dión y en otros autores y obras de la segunda sofística, explica las aparentes contradicciones que puede ofrecer un mismo escritor y puede despistar a un lector inadvertido, cuando ignora que la hermenéutica era en la segunda sofística y mucho antes un recurso habitual de composición literaria. Consecuentemente en muchos escritores de esta época, procedimiento que será muy imitado, cuando de un mismo personaje arquetípico se ofrecen versiones distintas o contrapuestas es un hecho que generalmente responde al uso de diversas técnicas exegéticas. El Troyano presenta buenos ejemplos de los procedimientos exegéticos más característicos de Dión. En este ensayo, sin embargo, predomina la exégesis κατ δόξαν, ya que la mayor parte del discurso constituye un desarrollo de las tesis defendidas por la crítica racionalista en relación directa con la idea de la literatura y el arte como engaño y apariencia. Dión explica aquellos versos en los que el poeta está mintiendo, por ejemplo, cuando atribuye una lengua a los dioses y otra a los hombres 89. El Sofista continuamente tacha a Homero de embustero. Sin embargo, el portavoz de la verdad en este discurso es un sacerdote egipcio, casta que en la tradición griega tenía fama de mentirosa y falaz. Quien está mintiendo es el sacerdote egipcio. La Helena de Estesícoro, Euríbides y Gorgias, como el Troyano de Dión, son obras en las que el personaje se mueve en un doble plano el de la δόξα y •λήθεια. La verdadera φύσις del personaje está más allá de la apariencia. Este es un procedimiento literario muy sutil de la segunda sofística, porque en realidad todo el Discurso XI es una alabanza del poeta, como verdadero educador de la Hélade. El ensayo, en su conjunto, constituye un intento por esclarecer los límites entre verdad y engaño en la naturaleza de la ficción poética y recoge los resultados del debate ya antiguo entre la crítica racionalista, por un lado, y la versión, por otra parte, que acerca del acontecimiento y personajes de la guerra de Troya había ofrecido la llamada •λλεγορήσις practicada por los defensores de Homero. Dión realza la antítesis entre verdad y engaño al poner en boca del sacerdote egipcio el EMERITA. Revista de Lingüística y Filología Clásica (EM) -LXV 2, 1997, pp. 195-220 discurso verdadero, y en la de Homero, que tenía fama de veraz, el discurso mentiroso. En el Troyano hallan solución las antinomias emanadas de •ντιλογίαι o δισσο λόγοι, así como otros argumentos derivados de diferentes formas de exégesis y de hermenéutica. El problema de la historia de Troya, evidentemente, tiene dos vertientes: una el hecho real y otra la explicación metahistórica de la ficción literaria del propio Homero y de la literatura y hermenéutica posteriores, que, han dado «realidad» mitificando el acontecimiento mismo en dos formas antitéticas. Homero mintió en su explicación del «hecho real», pero los que afirman que «Homero miente», inventan «otra historia no menos fingida» como hace el sacerdote egipcio. ¿Dónde está la verdad y donde está la mentira? Nos movemos en un un espacio literario en el que los relatos son una creación alegórica y los personajes meras figuras arquetípicas. Hermenéutica de los arquetipos en Dión de Prusa. Uno de los procedimientos más habituales de la hermenéutica de Dión consiste en la recreación de arquetipos o personificación de conceptos abstractos y de virtudes morales, creando una actualización narrativa en torno a ellos, tal y como aparece el nuevo arquetipo de Heracles 90. En los ensayos de Dión vemos, frecuentemente, al héroe asociado con un personaje, que, en virtud de la exégesis histórica, ha sido llevado al plano de la realidad temporal. Otras veces se trata de personajes realmente históricos. Pero la ruptura de la realidad histórica se produce en virtud de las leyes de la transposición simbólica. Frente a un arquetipo casi divinizado encontramos un prototipo histórico del cinismo: Heracles-Diógenes o Heracles-Antístenes. Ambos pares de personajes o tipos son los dos polos de una misma realidad. El arquetipo y el prototipo sirven para ejemplificar los catálogos de virtudes. Frente a ellos y su conducta encontramos con frecuencia antitipos, en los cuales se personifican los catálogos de vicios. Se trata de dos figuras gemelas o antitéticas que están separadas en el tiempo real, pero coincidentes en la actualización narrativa. Heracles en virtud de la exégesis histórica pierde los rasgos más grotescos del viejo mito y, por medio de la alegoría, sus gestos y acciones adquieren una profunda significación moral. Esta tesis encuentra su plena confirmación en el Discurso sobre la virtud o en el Discurso V: El mito africano, en el cual Dión presenta a Heracles como vencedor de los vestiglos de este mundo, cual eran las serpientes africanas. El rasgo más significativo del nuevo arquetipo en el conjunto de la obra dionea consiste en la misión liberadora de pueblos y de individuos por parte del personaje arquetípico. Dión ha superado las formas tradicionales de los viejos relatos de los mitos y cuentos populares y sitúa al personaje en una perspectiva nueva: la del sabio cínico de su tiempo, al presentarlo como encarnación del rey ideal. En el Discurso sobre la virtud, el héroe se presenta claramente como un modelo de asceta cínico, llevando a cabo sus hazañas con πόνος o esfuerzo. Antes de entrar Heracles en la escena, Dión por boca de Diógenes contrapone las figuras del gordo y el flaco. El gordo, que, como se ha dicho, representa a los deportistas, es el antitipo de Heracles y de Diógenes. Frente al ascetismo de Heracles, el gordo se pasa los días comiendo y las noches roncando, es un antitipo de virtud. Por eso, dice Diógenes al gordo habría que trocearlo como a un pescado grueso y cocerlo en salmuera y agua de mar para hacer grasa y ungirse con ella 91. En cambio, la figura del flaco, representa en el plano del tiempo histórico y real los rasgos que caracterizan a Heracles como nuevo arquetipo. El flaco es un εAEκών de virtud y, por lo tanto, es capaz, sin acidia, de afrontar las dificultades y de enfrentarse a los deleites de las pasiones, saltando al estadio de la vida, como un corredor, luchador o boxeador, o como el que lanza el disco o la jabalina. Dión había simbolizado la figura del flaco en Antístenes. Al filósofo de Cinosargos, se le hace maestro de Diógenes y discípulo de Sócrates: los tres personajes son modelo de virtud para el sabio cínico. El Sofista por boca de Diógenes nos dice que Antístenes tenía su cintura más delgada que el estrecho talle de una avispa 92 Heracles, situado en un «entonces» que fue el de Diógenes o en un «ahora» que es el del sabio cínico de los tiempos de Dión, dormía a cielo descubierto, pasaba las noches en vigilia y durante el día exhalaba un aliento de hambre, socorriendo a los pobres y castigando a los malvados. El cumplía su misión de liberar al mundo de vestiglos y tiranos. Por eso, mató a Diomedes el tracio, que, muy orondo, estaba sentado en el trono y celebraba diariamente opulentos banquetes, mientras oprimía a los indefensos y a los extranjeros. El héroe, golpeándolo con su maza, lo hizo pedazos como a una vieja cuba 93. El hijo de Zeus y Alcmena, en sus peregrinaciones por occidente, mató a Gerión, que se jactaba de ser el más rico y era en realidad el más insolente de toda Hesperia 94. Además, dio muerte al egipcio Busiris, arrojándolo al suelo, y lo hizo estallar como a un odre hinchado 95. Arrancó el cinturón de la amazona, cuando, coqueteando con él, quería subyugarlo con su belleza 96. E incluso a Prometeo, que era un charlatán al que se le inflamaba el hígado, lo curó de su fatua jactancia, dándole su propia inmortalidad y aceptando a cambio la muerte que correspondía a Prometeo 97. Heracles, símbolo de la vida de acuerdo con la ley de naturaleza, muere en lugar de Prometeo, arquetipo del progreso que hace infelices a los hombres, al apartarlos de una vida de acuerdo con la naturaleza. Finalmente 102 En otros textos cabe la posibilidad de interpretar el λόγος dentro de un εAEκών. Este suicidio de Heracles, imitado dentro del tiempo histórico por Diógenes, cual celeste Can 99, es sublimado en un texto tan tardío como el bello Himno a la virtud del genial fray Luis de León, en donde se considera al fuerte Alcide como personificación de la elevada virtud 100. Dión de Prusa interpreta el suicidio de Heracles como un acto de virtud y de amor por la humanidad. Se comprenderá desde esta perspectiva que la primitiva iconografía paleocristiana representara a Heracles al lado de Cristo y que en uno de sus Himnos Sinesio de Cirene, asiduo lector e imitador de Dión, caracterizara a Jesucristo con un epíteto que pertenece a los trabajos del héroe en su descenso al Hades para vencer a los vestiglos infernales y a los poderes del Tártaro 101. Ahora bien, el εAEκών de Heracles puede ser contemplado desde distintos prismas, dado que todo εAEκών se expresa en un λόγος 102. En virtud de la ley de transposición simbólica, el λόγος se ha transformado en diversos símbolos, sin que la mirada desde diferentes prismas se agote en una sola versión conceptual. Así, por ejemplo, el Héroe en el Discurso I de la Realeza es ante todo la imagen del Poder universal que gobierna el universo, fundamento de todo arquetipo e imagen ideal del hombre. Por eso la principal imagen que Dión ofrece de Heracles es la de rey del universo, que gobierna el mundo en nombre de Zeus, y cuya conducta han de imitar los demás reyes y gobernantes de la tierra. La misión de Heracles no se comprende sin la subida a la montaña mágica de la mano de Hermes, donde tiene lugar una encrucijada de caminos, la elección entre Realeza y 106 G. Morocho Gayo, «Manuel Moscópulo y la polémica religiosa de su tiempo». Estamos ante la exégesis mística del llamado neopitagorismo o neoplatonismo o ante los enunciados de muchos Padres de la Iglesia Griega, que nos hablan del misterio trinitario a través de flores, plantas y otras metáforas bien conocidas, expresadas en •λληγορυμένα κατ τοØς αAEνυγμοØς 106. Probablemente tenía razón Protágoras de Abdera, cuando en el diálogo platónico que lleva su nombre, afirmaba que el saber de todas las artes y de las ciencias está oculto bajo un velo o una máscara. Sin embargo, la mente humana puede ir más allá de los enigmas a que llega el saber científico y dialéctico o del λόγος que se expresa en el hermetismo de un misterio o en el leguaje de la mística. También estas formas de λόγος pueden perder toda su magia y mística al ser llevadas por la filología al plano ciriológico y ser reducidas a meros elementos. Estos στοιχεÃα pueden ser reordenados conforme a estructura y funciones. Se trata del λόγος que asciende y desciende por diversos planos, a través de un γρÃφος tan delgado como el hilo de una caña de pescar, y que sumerge a la mente humana como en una noria, dando siempre vueltas sobre la misma rueda. No obstante el mismo λόγος posibilita la salida desde el eterno círculo al campo de la libertad, pero en ese supuesto el fundamento y sostén que evita el desequilibrio está en el propio λόγος.
Por no disponer de los correspondientes originales informáticos, la maquetación de este artículo difiere de la del publicado en papel. Por lo demás, los contenidos no han sufrido ninguna alteración. 121; R. A. Santiago, «Epigrafía dialectal emporitana», en Dialectologica Graeca. Actas del II Coloquio Internacional de Dialectología Griega, Madrid, 1993, p. Revista de Lingüística y Filología Clásica (EM) -LXV 2, 1997, pp. 221-256 dialecto hablado en la Eólide, vecina de Jonia y limítrofe con algunas de las ciudades situadas más al norte de la Dodecápolis. Este hecho ha llevado en numerosas ocasiones a volver sobre el conocido pasaje de Heródoto, I 142.3-4, en el que se dividen las doce ciudades jonias en cuatro grupos según su modalidad dialectal: Una modalidad caria, que se hablaría en Mileto, Miunte y Priene; una modalidad lidia, representada por el jonio de Éfeso, Colofón, Teos, Lébedos, Clazómenas y Focea; una modalidad eolia propia del dialecto de Quíos y Eritras; por último, una modalidad «pura», hablada únicamente en Samos. No obstante, esta división herodotea en modo alguno se ve respaldada por los datos epigráficos de las ciudades en cuestión 2. Al margen del testimonio de Heródoto, el primer autor moderno que hace notar la presencia de eolismos en Jonia es F.Solmsen 3, quien precisamente señala la presencia del elemento eolio en Focea, una de las ciudades que no pertenecerían a la modalidad dialectal eolia, según la división herodotea, sino a una supuesta modalidad lidia. Después del artículo de Solmsen otros autores hacen mención de lesbismos en la Dodecápolis 4, tanto en manuales como en monografías o trabajos concretos referidos a la geografía dialectal del jonio. Por regla general, estos autores, sin ceñirse a la división de Heró-M. P. Hualde Pascual -Eolismos en Jonia: Revisión de un problema de geografía intradialectal 3 5 Idea defendida por A. Hernández Vázquez, art. cit., La lingüística de los contactos nace en los albores del siglo XX de la mano de H. Schuchardt, D. H. Hesseling y A. Coelho. Recientemente destaca la obra de A. Elizaincín, Dialectos en contacto (Español y portugués en España y en América), Montevideo, 1992, cuyo capítulo 2 incluye cuestiones generales de interés sobre la dialectología de los contactos. 7 Al sustrato lingüístico ha apelado recientemente Pérez Vilatela para hablar de eolismos, cf. art. cit., pp. 331-333. Revista de Lingüística y Filología Clásica (EM) -LXV 2, 1997, pp. 221-256 doto, limitan los supuestos eolismos a las variedades dialectales del norte de Jonia, precisamente aquellas que, por su vecindad con la Eólide (Quíos, Eritras), o por su origen eolio (Focea, Esmirna), podrían justificar la presencia de lesbismos en su subdialecto. No obstante, hay datos que muestran que los supuestos eolismos no se restringen a la zona norte de Jonia, sino que se documentan en toda la Dodecápolis e incluso en jonio de las Cícladas, hecho que se compadece bien con la idea de que el jonio de Asia y el jonio insular no presentan diferencias que permitan establecer una variedad dialectal entre ellos 5. En primer lugar, al hablar de eolismos en jonio debemos necesariamente precisar el concepto de eolismo a partir de la llamada lingüística de los contactos 6. Dos maneras habría, al menos, para justificar la naturaleza de los eolismos, bien acudiendo al substrato, en aquellas ciudades que hayan tenido un origen lesbio (Focea, Esmirna) e interpretar los lesbismos en cuestión como vestigios lingüísticos de su pasado eolio 7, bien apelando al adstrato en el resto de las ciudades, para las que deberemos más bien considerar la existencia de un área geográfica en la que se producen hechos de interinfluencia mutua entre el jonio y el eolio minorasiático, preferentemente en la zona limítrofe entre ambos territorios. Este hecho originará asimismo la presencia de abundantes jonismos en lesbio. Dado que los mencionados eolismos no limitan su aparición a las ciudades de Focea y Esmirna, sino que aparecen dispersos por un ámbito geográfico más amplio, es preferible rechazar la posibilidad de que se deban a la acción de substrato. Debemos partir más bien de hechos de adstrato, en concreto de una situación de bilingüismo que posibilite la acción mutua de un dialecto sobre otro. De esta manera, un indivi-duo bilingüe, cuando hable su dialecto materno, introducirá en él rasgos del dialecto aprendido (denominados préstamos) y cuando hable el dialecto aprendido introducirá en él rasgos de su dialecto materno (denominados interferencias) 8. Esta distinción, que se ha empleado con éxito en el estudio de dialectos vivos, no es fácil de aplicar a nuestro trabajo, que se ve necesariamente limitado al estudio de formas exclusivamente epigráficas que nada nos dicen sobre factores sociales o personales del cantero que ha realizado la inscripción. Por otra parte, estos rasgos específicos del eolio presentes en las inscripciones jonias pertenecerán tanto a la fonética y a la morfología, como al vocabulario, a la sintaxis y a la entonación y los rasgos prosódicos 9. P. Hualde Pascual -Eolismos en Jonia: Revisión de un problema de geografía intradialectal 5 10 Agradezco a la Dra. Hernández Vázquez de la Universidad de Salamanca la información que me envía per litteras acerca de que no parece que los rasgos léxicos sirvan para diferenciar dialectos, sino únicamente para contribuir a su diferenciación, pero siempre apoyados en rasgos de otro tipo. En opinión de la Dra. Hernández Vázquez, que ha realizado un exhaustivo estudio sobre el léxico de las inscripciones jonias, la mayor parte de los términos que presentan alguna peculiaridad léxica son arcaísmos o elecciones, lo que les resta valor como marca de dialecto. Revista de Lingüística y Filología Clásica (EM) -LXV 2, 1997, pp. 221-256 mente, desde el momento en que operamos exclusivamente con una lengua escrita, no podemos acceder al estudio de algunos de estos rasgos como es la entonación o la prosodia del jonio y, por otra parte, no parece claro que el hecho de que una palabra se utilice en una u otra zona dialectal pueda ser considerado como marca de dialecto 10. Asimismo el estudio sintáctico de los textos epigráficos, en su mayoría breves y a veces redactados en niveles de lengua muy específicos (religioso-formular, lengua de la cancillería, etc) resulta necesariamente limitado. Así, aun a sabiendas de que las conclusiones de este trabajo serán parciales, nos limitaremos a revisar aquellos hechos fonéticos o morfológicos que, considerados como rasgos eolios en las inscripciones jonias, pudieran justificar la presencia de un elemento eolio en la Jonia minorasiática e insular, intentando calibrar, en la medida de lo posible, si estos préstamos son simples hechos esporádicos en el habla o si llegan a integrarse en el sistema del dialecto jonio. Para ello intentaremos buscar contraejemplos en la aparición de las formas jonias esperables frente al eolismo, en la misma época y preferentemente en la misma ciudad. Esta pretensión se ve en buena medida entorpecida por la escasez de inscripciones arcaicas de cada ciudad (s.VI-V) y por la temprana aparición de aticismos y de formas de koiné en Jonia. A las dificultades mencionadas se añade que tanto en el estudio del dialecto jonio como del lesbio encontramos la dicotomía existente entre las fuentes epigráficas y las literarias. Es sabido que una lengua literaria, afectada por hechos tan diversos como la tradición, la trasmisión del texto, su propio carácter artificial, etc., no puede ponerse en el mismo nivel de fuerza testimonial que los textos epigráficos. Desde este punto de vista no consideraremos como eolismo una determinada forma por el solo hecho de que aparezca en los poetas lesbios, si su carácter eolio no se ve corroborado por su presencia en textos epigráficos dialectales. Asimismo trataremos de distinguir me-todológicamente si los eolismos son más o menos significativos según se trate de innovaciones, elecciónes o arcaísmos compartidos por el eolio y el jonio de Asia y de las islas. Sentados estos principios pasamos a mencionar los hechos fonéticos y morfológicos objeto de nuestro estudio y su distribución geográfica: Geminación en el contexto de primer alargamiento por compensación. Resolución como diptongo del contexto de segundo alargamiento por compensación. Formas con /a:/ mantenida en época arcaica. Un primer acercamiento a la distribución de los datos epigráficos pone de relieve que los supuestos eolismos de la Dodecápolis no se ciñen a la repartición presentada por Heródoto que mencionábamos al principio. Los datos de supuestos eolismos en las diversas ciudades se explicitan en el cuadro que aquí se presenta y que deja ver una relativa acumulación de datos en las ciudades más norteñas de la Dodecápolis, pero también habría presencia de rasgos eolios en ciudades situadas tan al sur como Mileto, e incluso, como dijimos, fuera de la Dodecápolis, en las islas de Tasos y Amorgos: 1. Revisión y discusión de los datos. Geminación en el contexto de primer alargamiento compensatorio. En jonio de Asia Menor se documenta con regularidad el primer alargamiento por compensación desde los testimonios más arcaicos, tanto en las ciudades más próximas a la Eólide (Eritras, Quíos), como en las que están más alejadas de esta zona. No obstante, en el dialecto de las ciudades de la Jonia del norte hay ejemplos que sugieren la posibilidad de un tratamiento alternativo para la resolución del contexto de primer alargamiento, la geminación 11, que representaría un arcaísmo en estas M. P. Hualde Pascual -Eolismos en Jonia: Revisión de un problema de geografía intradialectal 8 440 pone en paralelo la forma Φανναγορας del eolio de Cime con Eritras Φαννοθεμις. Hay formas más claras sobre este radical como lac. La cita de inscripciones de la Eólide se realiza de acuerdo a las convenciones de R. Hodot, Le dialecte éolien d'Asie. 14 En idea de R. Hodot, ob. cit., p. Asimismo cree este autor que la forma de Cime Κλεινναγορας IK 5,14, que aparece en una inscripción de koiné, se debe haber construido sobre el modelo de Φανναγορας; parece más sencillo, no obstante, considerar aquí una geminación expresiva en frontera de compuesto de un antropónimo. Es destacable el hecho de que esta geminación se encuentra restringida a los siguientes casos: Dos series de antropónimos, en ΦαννοE y ΔιννυE: Algunos de ellos son hipocorísticos y nombres abreviados, cuya naturaleza habrá que tener en cuenta a la hora de la interpretación de los hechos. A éstos se añade, fuera de la Dodecápolis, la forma de Tasos Λαλλης de difícil interpretación. Para su formación se ha propuesto un primer elemento creado a partir de una forma básica *p h a, esno-12, correspondiente al adjetivo φαεννός < φαúεσ-νό-(cf. Φάεννον εÉδος de Safo 34,2 V.). Este primer elemento aparecería también en el eolio de Cime gen. τω Φανναγορα KYM 305 (s.II) 13, forma cuyo tema originario, Φαεν-, en composición habría contraído en Φανν-, y que tendría un paralelo sin contraer, dentro de la propia Eólide en Φαεννης Ηροιδαος TRO 02,4 (s. I a. No obstante, dentro del jonio se documentan, como contraejemplo, formas paralelas sin geminación en la propia ciudad de Eritras, así Φανοπολιδος EpAnat 8, 1986, p.17 El SEG recoge tanto la lectura de R. Bernhardt, Φιλοθεμις, como la de Ch. Agradezco a la doctora Striano de la Universidad Autónoma de Madrid la documentación que me ha proporcionado sobre antropónimos laconios y rodios, así como la atención que ha dedicado a comentar diversos aspectos de este estudio. Agradezco asimismo a los doctores Crespo y Maquieira de esta misma Universidad la amabilidad con que han leído este trabajo y sus valiosas sugerencias. 18 Independientemente del origen de la /a/ breve, para lo cual cf. Chantraine, DELG, s.v. Revista de Lingüística y Filología Clásica (EM) -LXV 2, 1997, pp. 221-256 1149 (Teos: III/II), en un texto de difícil lectura 15, que supondría un claro correlato de las formas de Eritras; un caso parecido lo constituye la forma samia Φαννος Münsterberg 111. A esto se une la aparición de formas similares con geminada fuera de Jonia y de la Eólide, como es el caso de los antropónimos laconios Φαεννα IG 722.7 (Esparta: arc.); Φαβεννος Syll 3 422.7 (260 a.C.); de Cos y Rodas Φαεννος ASAA (1963-64) XIII 9 (Cos); [Φ]αεννηι W.Peek 1966; Φαεννου IG 12,3 no 263 (Rodas:s.II-I) 16 y en estos casos la posibilidad de eolismo en laconio o rodio está evidentemente descartada. Hemos de tener en cuenta que todas estas formas, por el hecho de ser antropónimos, en ningún caso pueden tener la misma fuerza testimonial para defender la posibilidad de eolismo que la que tendría un hecho que afecte a la fonética o a la morfología fuera de la onomástica. El hecho de que estos términos sean nombres de persona permite al menos dos explicaciones para la presencia de la geminada: En primer lugar, los antropónimos están sometidos frecuentemente a las presiones de la moda; en este sentido no es de extrañar que un determinado dialecto adopte formas de otro, en este caso el lesbio, en sus nombres de persona, de la misma manera, por poner un ejemplo, que en nuestra sociedad actual hay un cierto gusto por los nombres anglosajones. En segundo lugar, todas las formas mencionadas pueden ser atribuibles a un primer elemento ΦανοE, con geminación expresiva en frontera de compuesto o en hipocorístico 17, al que pertenecerían formas de dentro y fuera de la Dodecápolis como Φανος IG XII 9 n. A I 48 (Quíos); Φανης IG II 2 10232 (Samos) et. al. Bien es verdad que, al no aparecer ninguna de estas formas en textos métricos, no podemos saber si la /a/ es larga (procedente de Φανο-< Φαενο-< Φαúεσνο-) o breve 18 (procedente de primer elemento ΦανοE), pero, a la vista de los paralelismos como Φαννοθεμις y Φανοπολιδος dentro de la propia Eritras, y Φαναγορης, Φαναγορας, documentados en Éfeso y Clazómenas, y Φανναγορας en eolio de Cime, nos inclinamos a M. P. Hualde Pascual -Eolismos en Jonia: Revisión de un problema de geografía intradialectal 10 19 La identificación de las tres formas está generalmente reconocida cf. M. S. Ruipérez, «The Mycenaean name of Dionisos» Res Mycenaea, 1983, pp. 408-412; O. Masson, «Monetary magistrates in Abdera and Maroneia (V/IV a. 20 Junto a la forma con geminada aparece en esta inscripción la forma habitual del nombre de Dioniso en Διονισος (sic) Διννυος en donde Διννυος representa el genitivo patronímico. Nótese la grafía por, tal vez por error del escriba, y prueba de la anteriorización /u/ > /ü/. 22 Sobre la presencia masaliota en un santuario del dios Aristeo en el archipiélago de las Islas Hyères (costa de la Provenza francesa), cerca de Olbia, y el estado de las excavaciones cf. J. Coupry -M. 17, pp. 48-60, considera un hecho la relación de estos hipocorísticos con el nombre de Dioniso, dando la razón a Hoffmann Gr. II pp. 262-263.; asimismo Robert, que en «Quelques noms de personnes grecs», Ant. 32, 1963, 5-17 La etimología de este antropónimo ha suscitado asimismo no poca controversia: la opinión más generalizada es que este primer término de compuesto se relaciona con el nombre de Dioniso 23. Así las formas de Eritras y Focea Διοννυδος, Διοννις estarían creadas sobre el nombre de Dioniso a partir de una forma básica *di, os-nusos, con la forma de genitivo del nombre de Zeus como primer término de compuesto. Por su parte las formas en ΔιννυE, si realmente fueran variantes del nombre M. P. Hualde Pascual -Eolismos en Jonia: Revisión de un problema de geografía intradialectal 11 24 Cf. J. L. García Ramón, «Sobre las variantes Διεννυσος ΔΙννυσος del nombre de Dioniso», en Studies in Mycenaean and Classical Greek presented to J. Chadwick, Minos, 1987, pp. 197-198. Revista de Lingüística y Filología Clásica (EM) -LXV 2, 1997, pp. 221-256 mino del compuesto -αúελλης con el vocalismo del eolio (literario), •ολλής, y, además, no se conocen formas similares en lesbio epigráfico; finalmente, se añade a los obstáculos la propia complicación del recurso a la explicación haplográfica 30. Por otra parte, formas de antropónimo en Λαλ-y Λαλλ-no son desconocidas entre los nombres indígenas de Asia 31. Así, el antropónimo que nos ocupa podría estar creado sobre un radical de origen minorasiático y presentar el sufijo de hipocorístico -εας, jonio -−ς, muy frecuente en jonio de Asia y de las islas 32. Obraría en apoyo de esta opinión la presencia, ya fuera de Jonia, en Rodas, del hipocorístico Λαλλς Rev. 21 (ep. hel.), que puede entenderse como creado sobre la misma forma que el antropónimo de Tasos, pero con distinto sufijo de hipocorístico, así Λαλλ−ς vs. Λαλλς. No parece, pues, imprescindible la interpretación como eolismo del antropónimo Λαλλης. Datos en textos literarios: A estos datos de supuesta geminación se añadirían dos nuevos datos marginales, documentados en textos literarios: No supone problema la ausencia de notación de la geminada, puesto que en el mismo texto encontramos αλ(λ)ωι ib. 11. Mayor problema plantea el hecho de que en la inscripción Πελιναιος designa no el monte mencionado, sino que es la epiclesis de una divinidad, posiblemente Zeus, si bien en el texto se documenta únicamente la epiclesis, pero falta el nombre del dios. Sobre los problemas para la identificación de Zeus Pelinnaios y una posible divinidad autóctona Pelinnaios, desde un punto de vista sincrónico y diacrónico, cf. F. Graf, Nordionische Kulte, Zurich, 1985 pags. El hecho de que el monte Pelinnaios esté situado en el norte de la isla y que, por el contrario, la inscripción haya aparecido entre las ruinas de una casa de Mesa Rhamni, en el oeste de la ciudad de Quíos, y su procedencia última no sea clara, dificultan la cuestión de la vinculación entre la divinidad y el monte Pelinnaios. 38 Contra Sakellariou, op. cit., pp. 289-290, quien considera que la relación de este orónimo con Pelinna, en Tesalia, es la prueba fehaciente de su condición de eolismo. Consideramos, por el contrario, que, mientras no haya disponible documentación epigráfica de la geminación en este término, no se puede constatar su condición de eolismo. XIV 1.33) 36, pero cuya única mención epigráfica es Πελιναι[ου ICh. 4.1/2 (Quíos: V ex.), en inscripción que no nota geminadas 37. No consideramos que estos dos datos se puedan tomar como prueba definitiva de geminación eolia residual en las ciudades del norte de Jonia, puesto que en ambos términos la geminación se documenta únicamente en textos literarios 38. También se ha pretendido ver un caso de geminación eolia en el participio de Samos ονονημενα SEG XII 391.14 (Samos: 580/570), si se supone una deficiencia gráfica por ονον(ν)ημενα. Esta forma sorprende, en principio, porque presenta una reduplicación anómala, en un radical donde no sería esperable la reduplicación ática, ya que, según parece claro por su significado en la inscripción -evidentemente `compradas'-, no es otra cosa que el participio pasivo de §νέομαι. En este radical, que conlleva una *,-ini-M. P. Hualde Pascual -Eolismos en Jonia: Revisión de un problema de geografía intradialectal 14 39 La presencia de esta reduplicación en un tema con *,-inicial puede explicarse si entendemos una forma analógica, creada sobre los temas en los que la reduplicación es antigua y fonética, procedente del tratamiento de la laringal, según el esquema HRe-HC cf. *H 3 le-H 3 l-ολωλ-. Paralelos en este mismo sentido se encuentran en el perfecto ¦μήμεκα Luc. 37, correspondiente a un presente ¦μέω, de cuyo inicial en *u-no cabe duda a la vista de ai. vámiti, y en la forma Òρώρηκα Herod. 77, para un presente Òράω (cf. át. ©όρακα Ar., en su forma esperable); ello hablaría a favor de una reduplicación «reciente». de Samos, el texto, en sentido estricto, nos ilustra más sobre la variedad del jonio de la colonia que del de la metrópoli. 47, considera que no debe ponerse en pie de igualdad las posibilidades de préstamo «eolio» en los nombres propios y en las formas desinenciales que en uno de los verbos básicos del jonio. Sin embargo es fácil que se haya producido un préstamo léxico (y fonético a la vez, con sustitución del alargamiento por la geminación), uno de los tipos de préstamo más frecuentes en situaciones de lenguas en contacto. Esto es muy probable al ser un verbo tan frecuente en el léxico del comercio, lo que parece idóneo para que en él se produzca la influencia lingüística entre zonas que tendrían necesariamente trato comercial entre ellas. Salvo los datos de esta inscripción de Quíos y la forma δυωδεκων de la inscripción que nos ocupa, el resto de las formas de numerales de textos epigráficos de la Dodecápolis de Asia Menor presenta la forma indeclinable habitual, desde los más antiguos testimonios; para su discusión cf. infra.. 47 Otros casos de ausencia de notación de la geminada en Samos son Απολωνι LSAG n. 2 (Dedicación de un samio en Delfos: ca. (Datos tomados de nuestra tesis doctoral, El dialecto jonio de la Dodecápolis. Madrid, Universidad Autónoma, 1993. ) 48 Esta idea en Ringe, art. cit. p. La posibilidad de que en las secuencias osn-y oms-el alargamiento sea /O: / aparece en Buck, Dialects, p. Solo ìμος y ìνος avalarían ese tratamiento y para ìμος parece imposible determinar si hay que partir de una forma básica con vocalismo largo *omsos. Para la doble posibilidad oNs > oN, > oNN cf. Darms Vrddhi p. Revista de Lingüística y Filología Clásica (EM) -LXV 2, 1997, pp. 221-256 pretación que se vería respaldada por la aparición en el mismo texto de formas flexivas para los numerales cf. δυωδεκων ib. 16/17 45, en paralelo a las formas documentadas en la inscripción de Lofitis en Quíos 46. La forma en cuestión sería, en este caso, el participio perfecto pasivo de un verbo *Ïννέομαι, que sería el correlato de la forma epigráfica del lesbio οννα `contrato' IG Suppl. Esta explicación presupone que no se notaría la geminada ονον(ν)ημενα, hecho por otra parte frecuente en textos epigráficos arcaicos 47. En cualquier caso, la diferencia de cantidad vocálica entre las formas eolias οννα-y del jónico-ático ων-resulta difícil de reducir a una sola forma básica 48. Dos posibilidades se ofrecen: (a) Partir de una forma previa *,!sn-a partir de la cual el alargamiento compensatorio tendría un resultado de vocal abierta /O:/ en lugar de vocal larga cerrada /o:/ 49 jon.át. §νος frente a lesb. οννα; ello implicaría admitir la posibilidad de un doble tratamiento para la secuencia oNs ( 1 Ringe, tanto en su tesis, op. cit. p. La idea de la influencia de πωλέω sobre su antònimo éνέομαι remonta a Chantraine, «A propos de grec ΩΝΕΟΜΑΙ», Scritti in onore di Giuliano Bonfante, Vol I, Brescia 1976, pp. 147-154. En otro lugar (DELG s.u.) el propio Chantraine prefiere ver en éνέομαι un deverbativo iterativo con grado largo -o-de la raíz como πωλέω. Según Ringe, sobre un deverbativo iterativo contracto se esperaría un sustantivo con base -η-como êνησις, êνημα, términos que aparecen asimismo documentados. Por el contrario cree que ìνος es el término básico por comparación con otras lenguas IE. Sentada esta base acerca de las dificultades etimológicas del término, siempre según Ringe, la forma de Samos ονονημενα sería el participio de perfecto de la forma supuestamente originaria del jónico-ático *ōνέομαι en fecha anterior a que este verbo se viera afectado por EMERITA. Revista de Lingüística y Filología Clásica (EM) -LXV 2, 1997, pp. 221-256 /oNs/ > /O:N/, que daría cuenta de las formas del jónico-ático; (2) /oNs/ > /oNN/ que daría cuenta de las formas lesbias. (b) Partir de diferente cantidad vocálica para las formas del lesbio y del jónico-ático: un grado breve *,!snapara el lesbio οννα y un grado largo *,ōsna-para las formas del tipo §νος, presentes en jónico-ático 50. Una reciente explicación de Ringe 51, que trata de dar cuenta de ambas formas, del jónico-ático y del lesbio, supone que el verbo §νέομαι sería originariamente un verbo denominativo sobre un término base *ονος (de *,!sno-, con grado breve original de la raíz): Ïνέομαι (de *,!sne+e/o-52 ) y sólo por analogía del grado largo de su antónimo πωλέω surgiría el grado largo en el verbo Ïνέομαι -( §νέομαι, a partir del cual se extendería a los sustantivos ìνος, §νή de forma secundaria. El lesbio no participaría de este cambio analógico debido a que la forma esperable en este dialecto *Ðnνημαι por su diferencia formal con el antónimo *πώλημι (frente al jon.át. Ïνέομαιπωλέω) dificultaría dicha influencia analógica 53. En cualquier caso, dada la forma epigráfica ΟΝΟΝΗΜΕΝΑ y dado el carácter arcaico de la inscripción en que aparece (580-560 en la datación de la ed. pr. frente a la datación de Jeffery que la sitúa ca. 525) 54 y, puesto que esta época aún no se ha regularizado en Jonio de Samos la utilización de dígrafo para la notación de la larga secundaria 55, cabría entender que ambas de ονονημενα representan dos vocales breves, si bien, en este caso, tendríamos la dificultad de tener que explicar un tipo de reduplicación, inusual en el perfecto en griego, consistente en la simple repetición de la primera sílaba del presente. Sólo si entendemos la forma ονονημενα como un caso de reduplicación a partir de la primera sílaba del presente, se puede defender la posibilidad de un presente «eolio» *Ïννέομαι ( /onn/, ονον(ν)ημενα, se trataría de un eolismo presente en la variedad dialectal del jonio de Perinto, no compartida por el jonio de Ampurias, en el cual se documenta la resolución del grupo /ons/ con alargamiento compensatorio /O:n/ en el infinitivo de perfecto de este mismo verbo ονωνησθαι. Contexto de segundo alargamiento compensatorio resuelto por diptongación. 140, argumenta que la interpretación de Guarducci de λαγχανοισιν como optativo estaría fuera de lugar, puesto que lo esperable sería la forma λαγχάνοιεν; además, la interpretación de esta forma como indicativo se adecua más a la primera forma verbal que aparece en el texto en indicativo ερδεται. Finalmente, la presencia constatada de formas en -οισι para la 3apl. en jonio hace verosímil di-EMERITA. Revista de Lingüística y Filología Clásica (EM) -LXV 2, 1997, pp. 221-256 El segundo alargamiento compensatorio está generalizado en las ciudades de la Dodecápolis, tanto en interior de palabra como en posición final desde los más antiguos testimonios: cf. en posición interior δικαζōσι IEph. Sin embargo, hay cinco ejemplos de diptongación para la resolución del grupo -ns-interior, siempre en la desinencia de tercera persona de plural: en Quíos se documenta, en una sóla inscripción, en el siglo V, la diptongación en dos ocasiones, πρηξοισιν DGE 688.A.17/18.20 (Quíos: s. V) y λαβωισι ib. B.15/16. Asimismo se documenta en Mileto, según la lectura de Herrmann, el subjuntivo θεωισι Klio 52, 1970, p. En los últimos años se ha dado a conocer una forma procedente de Ampurias (colonización focense), que muestra una diptongación semejante a las tan conocidas formas de Quíos, en la tercera persona del subjuntivo del verbo εAEμί: ωισι ZPE 80 p. Un quinto caso, no suficientemente resaltado 57, se documenta en Tasos λα[γ]χανοισι Sokolowski LSCG 113 (Tasos: ca.475). Esta forma, inicialmente interpretada como error del lapicida 58, y posteriormente como optativo 59, ha sido revisada e interpretada, con argumentos convincentes 60, como indicativo, con resolución dip cha interpretación. Es, no obstante, curiosa la convivencia de formas con alargamiento y formas con diptongación en un mismo texto, como en el caso de la mencionada inscripción de Quíos en las formas τος B.5, C.1; τXς χορXς B 7/8 y para el grupo -ns-interior en πXσα A.9, junto a la diptongación en λαβωισι B.15.16, πρηξοισιν A.17/18.20. Este hecho, lejos de resultar una incoherencia, avala la idea de eolismo en Jonia: las formas en -οισι, que en lesbio son el resultado de un proceso fonético (la diptongación), en jonio parecen ser formas mixtas, resultado de la adaptación del final -οισι a formas jonias, a favor de lo cual hablaría la /ε:/ procedente de /a:/ y la ν eufónica de la forma πρηξοισιν 62. Nos encontraríamos, pues, ante un lesbismo en jonio oriental que se trata, en concreto, de un préstamo morfológico, no fonético, puesto que el segundo alargamiento por compensación se cumple de forma habitual y únicamente en el contexto morfologico de tercera persona de plural se adopta la forma lesbia -οισι, -ωισι en las ciudades de Quíos, Focea, Mileto y Tasos. Lamentablemente, no tenemos más datos arcaicos de tercera persona de plural en Quíos, Focea y Tasos que nos permitan comprobar el asentamiento de esta forma desinencial en la variedad dialectal de dichas ciudades. Sin embargo, no deja de ser interesante el hecho de que sí aparezca la desinencia de 3a pl. en su forma jonia esperable -ουσι en inscripciones arcaicas de otras ciudades de la Dodecápolis, como δικαζōσι IEph. 1678.B.1/2 (Éfeso: V) y, sobre todo, llama la atención la fluctuación entre la forma lesbia y la forma jonia en las inscripciones de una misma ciudad, Mileto, y en una misma época, el siglo V: así κατακτεινōσιν M 187.11 (Mileto: ca. Esto nos lleva a pensar que las formas con diptongación son préstamos puntuales que no llegaron a integrarse plenamente en el sistema del dialecto jonio de Asia. Presencia de /a:/ en época arcaica. El jonio de la Dodecápolis, al igual que el jonio insular, presenta /ε:/ procedente de /a:/, incluso detras de /e/, /i/ o /r/, frente al proceso de Rückverwandlung experimentado por el ático. Las formas en /ε:/ procedente de /a:/ son constantes en las inscripciones jonias hasta en siglo IV, fecha en la que, con el desarrollo y expansión de la koiné, la mayor parte de las ciudades de la Dodecápolis empiezan a documentar formas con /a:/ tras /e/, /i/ y /r/. Muy distinto es el caso sorprendente de la presencia de /a:/ en esta posición, en algunas ocasiones, en época arcaica (s.VI-V), fecha en la que no parece fácil el recurso a la influencia de la koiné para su explicación y que podrían ser un hecho de arcaísmo compartido con el vecino dialecto lesbio. Los datos manejados en este sentido pertenecen a dos cronologías diferentes, que abordaremos por separado: una más arcaica (s. VI-V) y otra posterior (V-IV in.): (a) Los datos más antiguos (s. VI-V med.) aparecen en Samos, Quíos, Antípolis y Ampurias (estas dos últimas de colonización focense): En Antípolis se documenta para el genitivo del nombre `diosa' una forma gen. θεας LSAG p. Por otra parte, aparece documentada en Olimpia una forma Πυθαγορας LSAG 19.2 (Olimpia, ca. 470), para el nombre del cantero samio que realizó la inscripción. La forma de Antípolis θεας, resulta llamativa, ya no sólo por su timbre, sino por su formación, ya que para el nombre de la diosa se esperaría en jonio o θεός y no es improbable que este término presente influencia de la lengua homérica. Para Πυθαγορας, nombre del lapicida samio en Olimpia, no puede descartarse que haya recibido la influencia del dialecto occidental de la ciudad en que se escribió, pese a tratarse de un antropónimo. La forma Ηρας, documentada en una breve inscripción dedicatoria recogida por Dunst 63 entre una relación de inscripciones arcaicas, aparece sobre un pequeño caldero de bronce de tipo samio conservado en el museo de Berlín, pero carece de procedencia concreta y datación precisa. Ello permite suponer que tenga un origen foráneo, o, en cualquier caso, que sea un ejemplo de aticismo temprano en las inscripciones de Samos. El teónimo de Quíos dat. Αγυαιαι SEG XVII 379.5 ha sido también interpretado como aticismo 64, aunque, si nos atenemos a la datación que Forrest hace de la inscripción, situándola en fecha algo anterior al siglo V, resulta difícil mantener el recurso a EMERITA. Revista de Lingüística y Filología Clásica (EM) -LXV 2, 1997, pp. 221-256 la influencia externa, a lo que se añade la dificultad de que el prestigio del ático haya impuesto su vocalismo al nombre de divinidades de arraigada tradición local. La única confirmación sin duda de la presencia de /a:/ sin cierre en /ε:/ aparece en la forma de Ampurias Εμπποριταισιν ZPE 80, 1990, p. 79 l.2, en la que se documenta la desinencia de dat. pl. -αισιν, sin duda eolia 65, frente a la jonia esperable -ηισιν 66. De nuevo, como en el caso de la resolución por diptongación del contexto de segundo alargamiento compensatorio, nos encontramos con un hecho fonético ligado al préstamo de una marca morfológica. En este caso, no tenemos más datos de dat. pl. de temas en -a en inscripciones arcaicas de origen focense, pero sí hay contraejemplos de formas en -ηισιν en varias ciudades jonias, incluso en aquellas que presentan otros casos de lesbismo en sus inscripciones, como el caso de ημερη[ι]σιν DGE 688 B 4/5 (Quíos: V). (b) Junto a estos casos confirmados de /a:/ conservada, aparece otro bloque de datos, documentado en antropónimos, en fecha algo más reciente (s. V/IV), en la ciudad de Eritras. Estos nombres, que presentan una /a:/, en la mayor parte de los casos tras /e/, /i/, o /r/, han sido considerados 67 como eolismos residuales en Eritras, si bien la observación del texto de la inscripción así como la atención a la fecha que le atribuyen los editores hace más que probable que se trate de simples formas de influencia ática o producto de la temprana imposición de la koiné en la ciudad. Las más antiguas formas con /a:/ en Eritras son de finales del siglo V o comienzos del IV, en dos inscripciones, IEK 1 y IEK 152: En la primera de ellas se documenta Απελλιας IEK 1.1 (V-IV), si bien en el texto aparecen otras formas con /e:/, como μηδεμιηι ib. 4, ταμιηι ib. 7. En la segunda inscripción mencionada aparece Καλλιας IEK 152.6, frente a Ιητροκλης con /ε:/; sin embargo, el influjo ático es evidente en grafías como Ερμον ibid. 3 por Ερμων 68, por lo que no sería raro que también al ático se debiera la /a:/ de los mencionados antropónimos. Bastante posterior es una inscripción, IEK 161, datable en la primera mitad M. P. Hualde Pascual -Eolismos en Jonia: Revisión de un problema de geografía intradialectal 22 69 Garbrah, o. cit., p. 4, considera fuera de cuestión la posibilidad de que estas formas se deban a otro dialecto distinto que el eolio (rechaza explícitamente la posibilidad de dorismo). Ante esto cabe argumentar que en jonio de Asia aparecen formas de antropónimo que probablemente no son jonias pero tampoco pueden deberse a préstamo o sustrato eolios: Las formas de Quíos Τι]μανακτος SEG XIX. 1 (III) presentan una contracción /o-a/ /a: /, ajena al jonio (cf. las formas habituales Ερμωναξ SEG XIX. 7 (Quíos: IV/III) et. al. ). Esta contracción no se produce en lesbio, por lo que es preciso descartar la condición de eolismo de estas formas; por el contrario la contracción /o-a/ /a: / se produce en los dialectos occidentales. Ciertamente nada en las inscripciones en que aparecen dichos antropónimos hace suponer que designen a individuos extranjeros, así que no se podría descartar la presencia de un elemento occidental en la antroponimia de Quíos, siempre que no se trate de formas con elisión de la última vocal del primer término del compuesto. No obstante, al movernos en el terreno de los antropónimos cualquier afirmación al respecto debe ser cuidadosamente matizada. Sobre el elemento occidental en la Dodecápolis, Sakellariou, o. cit., p. Revista de Lingüística y Filología Clásica (EM) -LXV 2, 1997, pp. 221-256 del siglo IV, en la que se documentan asimismo [Λα]μβραγορας (13) y [Τ]αυρεας (20), sin que en el texto aparezcan otras formas de koiné. A las mencionadas formas con /a:/ se añaden las formas que aparecen en inscripciones numismáticas Ταορεας BMC Ionia 126 n.90; Αριστεας BMC Ionia 123 n. 303; Ηγησιας Inventaire Waddington 1658, que pueden recibir la misma explicación, como elementos de koiné. En cualquier caso, no hay que dejar de observar que los antropónimos son un tipo de palabras que tienen la peculiaridad tanto de reflejar en fecha temprana las innovaciones, como de conservar por mucho más tiempo el arcaísmo, y de esta manera, también en otras ciudades jonias aparecen desde finales del siglo V y comienzos del IV, formas en -ιας, -εας, -ρας, como Αριστεας Quíos (c) A estos datos se añade el topónimo de Eritras Πολιχνα, Athenian Tribute Lists, formado sobre el diminutivo πολίχνα, con sufijo *-sna, `ciudadela', que, en apariencia, conserva una /a:/, si bien distintos textos literarios nos han transmitido la forma con /ε:/: διαβάντες δ¥ οÊ Κλαζομένιοι εÛθ×ς ¦ς τ¬ν 3πειρον τ¬ν Πολίχνην ¦τείχιζον Th. Contracción /a:-o/ > /a:/. Se ha defendido una supuesta contracción 71 /a:-o/ > /a:/, de origen eolio, en los antropónimos de Eritras Λαμεδων, Dan.Mus Ionia 601 y ZN 14, 1886, 151 y Λαπρεπης Dan.Mus. Respecto a la posibilidad de eolismo en las dos formas de antropónimo, repetimos la idea expuesta en el punto anterior: cualquier forma de antropónimo debe considerarse con extrema prudencia por la posibilidad de que designe a un individuo no jonio, y en especial las formas que nos ocupan, documentadas sobre moneda, por el carácter viajero de las mismas. Tampoco es absolutamente descartable la posibilidad de que nos encontremos ante formas haplográficas, con eliminación de la última vocal del primer elemento, a partir de formas, frecuentes en Jonia, con primer elemento Λαο-esclerotizado y sin cumplimiento de la metátesis de cantidad, si bien esta exlicación es más complicada. Es, no obstante, en la forma λατυπους `talladores de piedra', donde la posibilidad de eolismo está, a mi entender, totalmente descartada: el término consta de un primer elemento creado sobre λας, ac. λαν `piedra', término de etimología incierta 72 y que sólo secundariamente conoce una variante te de Heubeck, IF 66,1961, pp. 29-34, quien descarta la presencia de -,-sin pronunciarse sobre la etimología. 73 Así, en un compuesto similar, aparece la forma λαξόος `tallado en piedra' en Sófocles, fr. 212, pero en época helenística λαοξόος (pap. No obstante, las formas de compuesto con el primer elemento λα-esperable están generalizadas tanto en textos epigráficos como literarios: en concreto, el término que nos ocupa λάτυπος aparece en prosa jonia, Hp., Fract. 31, y, fuera de ella, entre otros, en Sófocles, fr. Es preciso decir, además, que este mismo primer elemento de compuesto se encuentra dentro de la Dodecápolis en la forma de Éfeso ac. pl. λατομια IEph. 3.11 (Éfeso: III) `canteras de piedra', sin que nada haga pensar en la posibilidad de eolismo para ninguna de ambas formas de la Dodecápolis. Palatalización de la dental sonora /d/ en contacto con yod secundaria. La palatalización de la dental sonora /d/ en contacto con yod secundaria, documentada en lesbio literario y epigráfico, es uno de los hechos que se han pretendido ver como eolismo en jonio de Asia Menor. Un solo dato del jonio de Asia ha respaldado esta posibilidad, la forma fragmentaria documentada sobre una estatera (s. VI?) de Focea Ζιονυ-SGDI 5623 (Focea: s.d.), pretendidamente para el nombre de Dioniso. En efecto, esta forma, que parece presuponer la palatización de la dental sonora /d/ en contacto con /i/, se ha considerado como eolismo en la Jonia del norte, a la vista del paralelismo con las formas de la Eólide minorasiática, cf. Ζοννυσω MYT 037 b.3; o38.7 (aet. Varios son, no obstante, los problemas a la hora de la interpretación de la forma focense como lesbismo: (a) Por una parte, el proceso fonético de la palatalización de /d/ ante yod secundaria en lesbio ha dado un paso más y la yod se funde por completo con la consonante anterior 74, según lo cual aparecen formas en lesbio epigráfico como el mencionado Ζοννυσω, y en lesbio literario ζαλεξαι Sapph. M. P. Hualde Pascual -Eolismos en Jonia: Revisión de un problema de geografía intradialectal 25 75 Cf. Hodot,o. cit.,, quien resalta la doble posibilidad de utilización de las formas disilábicas y monosilábicas según las necesidades métricas por parte de Alceo y Safo. Las condiciones en las que la tradición de los líricos se inclina por la reducción del grupo /di/ responderían no tanto a una ley fonética como a una «règle d 'apellation», a partir de su caracterización léxica (Hodot o. cit. y n. 77 La información es tomada de Hodot,o. cit.,p. Tal vez Babelon desconoce el articulo de Meister y de ahí que transcriba la forma Τιος que recoge la lectura de Sestini de 1817. Cf. las observaciones de Hodot en López Eire, art. cit., p. Revista de Lingüística y Filología Clásica (EM) -LXV 2, 1997, pp. 221-256 38 a, 3 V.; así, la consonantización de /i/ en hiato, produce, en definitiva, la pérdida de una sílaba, según constata el metro en los autores eolios 75. Es interesante el hecho de que este fenómeno sólo aparece en fragmentos de los líricos y en algunas inscripciones de la Eólide de época imperial, pero no en inscripciones propiamente dialectales. (b) Hay que tener en cuenta el aislamiento de la forma fragmentaria Ζιονυ-, atribuida a la ciudad de Focea. Esta forma se ha transmitido gracias a la lectura de Riggauer, a partir de la publicación del texto por Meister 76, y ha sido posteriormente recogida por Bechtel en SGDI 5623. No obstante, el desciframiento de Riggauer no permite leer el término completo, sólo el fragmento Ζιονυ, y otros autores presentan lecturas distintas, así Babelon en su Traité des monnaies II,1 n. En definitiva, es significativo el posible carácter foráneo que confiere a la forma Ζιονυ su aparición sobre moneda, a lo que se unen la ausencia de lectura y datación seguras (recuérdese que despues de la edición de Bechtel en Sammlung y de Schwyzer DGE no ha habido revisión ni posterior edición del texto) 78. (c) Por último, la ausencia de formas en Ζιοννυ-, Ζοννυ-en eolio epigráfico antes del siglo II d.C., hace este dato sospechoso, al que, en cualquier caso, hay que considerar con las debidas precauciones. En este sentido, es interesante recordar las conclusiones de Hodot 79 acerca de este proceso de palatalización en las inscripciones del eolio de Asia: (1) la palatalización que se da en δια > ζα tiene su origen en la tendencia al monosilabismo que manifiesta esta preposición, la única que presenta un hiato interno. (2) en el nombre de Dioniso la palatalización está motivada por la etimología incierta del teónimo, que, en cualquier caso, es sentido como extranjero. No M. P. Hualde Pascual -Eolismos en Jonia: Revisión de un problema de geografía intradialectal 26 80 Las formas en εσλοE se consideran eolismos en Wilamowitz, Nordionische Steine, Berlín, 1909, p. Por el contrario, Bechtel, Dialekte III, no cita las formas en εσλοE entre los posibles eolismos. (3) el fenómeno de la palatalización de /di/ se observa esporádicamente en otros dialectos, en los que la posibilidad de eolismo queda fuera de lugar: κορζα en chipriota o el antropónimo Ζαλευκος documentado en Italia para un individuo locrio (Bechtel HPN p. Ateniéndonos, pues, al propio carácter del proceso de palatalización de /di/ en eolio, recientemente estudiado por Hodot, y a lo débil del testimonio de la inscripción monetaria de Focea, parece difícil asegurar la posibilidad de eolismo en jonio para la forma Ζονυ. Reducción del grupo -sthl-a -sl-. Es sabido que el grupo *-sthl-, presente en el adjetivo ¦σθλός `excelente, noble', aparece simplificado como -sl-¦σλός, en varios dialectos, entre ellos en jonio de la Dodecápolis, hecho interpretado asimismo como eolismo en Jonia 80, dada la presencia de formas en εσλο-en los poetas lesbios. Si bien es cierto que dicho adjetivo no aparece con frecuencia en las inscripciones griegas, tenemos, sin embargo, la preciosa documentación que nos aportan los antropónimos creados sobre él. Hasta hace pocos años, no obstante, los testimonios epigráficos de antropónimos en ¦σλοE eran escasos, situación que se ha remediado en buena manera con la publicación de varios nuevos en los últimos años 81, entre los que destacan por su abundancia los documentados en Chipre. Según el estudio de Masson 82, frente a las formas en ¦σθλοE, documenta Cf. Revista de Lingüística y Filología Clásica (EM) -LXV 2, 1997, pp. 221-256 das fundamentalmente en el dominio dorio, en concreto, dentro de la antroponimia de Cirene, Corinto y Creta, aparecen diversos casos de formas en ¦σλοE, que se documentarían en tres grandes regiones del mundo griego: (a) en chipriota, numerosos casos de formas en ¦σλοE como primer elemento. Este tratamiento sería propio del grupo dialectal arcado-chipriota, si se considera dialectal la forma 83, documentada en un epigrama hallado en Olimpia, originario de Mantinea de Arcadia, ηεσλος (Hansen Carmina 380 = IvOl 266); (b) dentro del jonio, en Eritras, Quíos y Amorgos; (c) en formas literarias de Safo y Alceo, que no han encontrado correlato en lesbio epigráfico, y, como eolismo, en Pindaro 84. Ciñéndonos a los datos concretos del jonio de la Dodecápolis, estos se reducen a dos casos: en Eritras, el antropónimo derivado gen. Εσλωνο[ς IEK 327 (Eritras: IV 1 m.); en Quíos, en el adjetivo femenino gen. εσλη[ς] DGE 689.1 (Quíos: V), documentado en un epigrama sepulcral. Se recordará que ambas ciudades pertenecen a la zona tradicionalmente considerada como de influencia eolia. Dentro del ámbito jonio, pero fuera de la Dodecápolis, se documenta una nueva forma reducida ¦σλός, en Amorgos εσλος IG XII,7.107 (Amorgos: V) 85, en jonio de las islas, zona, en principio, ajena a la influencia eolia. Ciertamente, aunque el término aparece con frecuencia en epigramas, las formas reducidas en εσλοE no aparecen motivadas por razones métricas, así en Quíos y Amorgos: εσλη[ς] τοτο γυναικος οδον παρα τηνδε το σημα DGE 689 (Quíos: V) y εσλος εων Πολ[υ]ιδος Εχεκρατιδεω φιλος υιος IG XII,7, 107.1 (Amorgos: V). Sin embargo, sí cabe la posibilidad de que en estos textos la forma en εσλοE aparezca por influencia literaria, pero este argumento no es aplicable al antropónimo Εσλωνος de Eritras. M. P. Hualde Pascual -Eolismos en Jonia: Revisión de un problema de geografía intradialectal 28 86 Para la explicación fonética del resultado /k/ de la antigua labiovelar no hay unidad de criterios, cf. las distintas explicaciones de: (1) Schulze, CGA, 1897, 908.5, recogida por Bechtel, Dialekte, p. 89: disimilación de *k w entre dos vocales de timbre /o/; (2) Lejeune, Phonétique p. 45: disimilación de la labiovelar a partir de formas negativas del tema del relativo-indefinido, tipo *ouk w os, con disimilación tras vocal velar οÜκος; (3) recientemente, A. Lillo en «Ionic κώς, Ðκως, Óπως» Glotta 96, 1991, pp. 1-13, ha propuesto para las formas jonias un originario *yodk w o, con asimilación en fase de pervivencia de la labiovelar *yokk w o. Un complicado juego de reanálisis daría cuenta de las formas en οπο-y de la degeminación en las formas en οκο-. 87, quien opera con datos de autores literarios como Arquíloco, Demócrito y Heráclito, en los que observa una reapartición según la cual las formas en gutural aparecen siempre que la labiovelar vaya precedida de vocal posterior /o/, frente a la labial del resto de los casos. En otros autores jonios, sin embargo, prevalecen las formas en gutural, independientemente de si la labiovelar va precedida de /o/ o no (Bechtel op. cit. señala a autores como Herodas, Anacreonte y Heródoto, en los que prevalecen las formas con gutural). En cualquier caso, estas formas literarias no tienen ningún valor probatorio desde el punto de vista dialectal, pues en su aparición pueden intervenir factores como problemas de transmisión de los textos, o, simplemente, el carácter artificial de las lenguas literarias. Revista de Lingüística y Filología Clásica (EM) -LXV 2, 1997, pp. 221-256 Dadas las circunstancias y la expansión de las formas en εσλοE por distintas áreas dialectales, arcado chipriota, eolia y jonia, no es preciso entender que las formas en εσλοE de Eritras y Quíos se producen por influencia de la vecina Eólide, sino que puede tratarse, como parece avalar la forma εσλος de Amorgos, de un hecho propio del jonio oriental, compartido a su vez con el dialecto de Lesbos y con el grupo arcado-chipriota o, en cualquier caso, de un hecho resultado de influencia literaria. Tratamiento dorsal de la labiovelar en formas como οκο, οκοσο et al.: Las formas con dorsal en el tema del interrogativo-indefinido οκο-, frecuentes en textos literarios, se consideran un hecho específico de la lengua de la Jonia del Norte 86 coincidente con la del lesbio minorasiático οκοσον AIG 01,8,9. Así, marginando los datos literarios, que no consideramos probatorios desde un punto de vista dialectal 87, hay al menos cuatro datos de formas en οκο-en las ciudades del norte de Jonia y sus colonias: En Eritras οκοια IEK 205.11 (Eritras: 380-360) y en las colonias de Focea, en las inscripciones de Ampurias y Pech-Maho publicadas en los últimos años: οκοσο ZPE 80 (1990) p.79.12 (Ampurias: V); οκο CRAI 1988 l.8 (Pech-Maho: 440-450); posiblemente ο]κο Almagro IAIGL 21.6 (Ampurias: ca. Pese a la coincidencia de las formas del norte de Jonia y de eolio de Egas, tras el estudio de las inscripciones de la Eólide por parte de R. Hodot 89, parece que la forma eolia οκοσσον es un localismo de Egas, producido por influencia jonia, aislado frente a las más numerosas formas en οππο-del resto de las ciudades eolias. Por tanto, el tratamiento dorsal de la labiovelar en las formas en οκο-no es un eolismo en jonio, ni un tratamiento común para jonio y eolio, sino, por el contrario, un jonismo en el territorio eolio, o, si se prefiere la formulación, una interferencia fonética del jonio en el dialecto lesbio de Egas. El participio de perfecto flexionado con *-nt-: el caso de Quíos, γεγωνεοντες: Se suele citar la forma de participio γεγωνεοντες DGE 688.B.12/13 (Quíos: V) como caso de eolismo 90 dentro del subdialecto de Quíos, opinión esta que se vería respaldada por el hecho de que en esta conocida inscripción, el mojón de demarcación territorial de Lofitis, se concentra la mayor parte de los eolismos habidos en la Dodecápolis jonia. Como es sabido, es una característica de los dialectos eolios la declinación del participio de perfecto como el de presente, con *-nt-. No obstante, dificulta notablemente la posibilidad de defender el participio de perfecto en *-nt-como lesbismo en Jonia el hecho de que no se documentan más formas de participio de perfecto en época arcaica y que parece muy improbable que γεγωνεοντες pueda considerarse como tal. En efecto, la antigua forma de perfecto γέγωνα, de etimología incierta 91, cuyo pluscuamperfecto γεγώνει aparece en Homero 92, ha recreado ya desde la lengua homérica un presente γεγωνέω que subyace a las formas inf. γεγωνεÃν Il. Revista de Lingüística y Filología Clásica (EM) -LXV 2, 1997, pp. 221-256 ner que el participio γεγωνεοντες en Quíos sea un caso de participio de presente 93 con indudable influencia homérica (por lo demás también presente en otros términos de la misma inscripción), hecho que se ve corroborado de manera a mi entender definitiva por la forma de infinitivo presente atestiguada asimismo en Quíos, en la misma fecha γεγωνειν ICh. A la vista de los datos, creemos que no hay bases suficientes para defender la existencia de participio de perfecto flexionado como el de presente, con *-nt-, en el subdialecto de Quíos. Conjugación atemática de los uerba uocalia: La forma διψαντ[ι, documentada en un grafito sobre un fragmento de cerámica en Ampurias, en una breve inscripción de caracteres jonios, ]νι διψαντ[ι Almagro IAIGL no 43, es, evidentemente, el dativo de un participio que concertaría con el dativo fragmentario prececente, probablemente un antropónimo, y así su traducción sería «para [-----]on cuando esté sediento», haciendo alusión a la función a la que estaba destinado el vaso cerámico en cuestión. El interés de la forma radica en que al parecer se trata del participio del verbo δίψαμι, forma atemática correspondiente al temático διψέω, que es la formación atestiguada en jonio desde Arquíloco y Heródoto. Siendo así que el eolio de Lesbos y de Tesalia presenta en sus dialectos una conjugación atemática para los verbos contractos, esta forma se ha considerado un eolismo en el habla focense de las colonias 94. Ciertamente el verbo en cuestión plantea algunas reservas, pues a su infinitivo διψ−ν corresponde un participio en Homero διψάων, posible «eolismo» épico, frente a las formas de διψέω mencionadas para el jonio literario. La presencia de una forma atemática en Ampurias parece difícil de justificar, siendo así que el jonio no conoció la extensión de los verbos contractos a los atemáticos, de lo que hay testimonios evidentes desde época arcaica, incluso en las ciudades más septentrionales de la Dodecápolis, aquellas de supuesta influencia lesbia. Así tenemos el caso de part. δημαρχεων SEG. M. P. Hualde Pascual -Eolismos en Jonia: Revisión de un problema de geografía intradialectal 31 95 Cf. 153, donde da cuenta de la falta de testimonios de esta extensión analógica en las inscripciones del eolio de Asia, así en eolio epigráfico aparece δυοκαιδεκα MYT 05,6, pero en eolio literario δυωκαιδέκων Alceo 349. c. Revista de Lingüística y Filología Clásica (EM) -LXV 2, 1997, pp. 221-256 ελεορεοντος IEK XVII 18/19 (Eritras: V) et al. Una vez más, ante la presencia de numerosos contraejemplos y sin que podamos justificar que se trate de una forma residual en jonio, ni una inscripción foránea, por el carácter inequívocamente jonio de su grafía, debemos suponer que la forma de Ampurias sea un préstamo morfológico puntual en jonio de las colonias focenses. Declinación de los numerales: La declinación de numerales se documenta en dos puntos de la Dodecápolis: Quíos y Samos. En Quíos, en la inscripción de Lofitis, que habíamos mencionado como la de mayor concentración de elementos supuestamente eolios, aparecen las formas δεκων δυων DGE 688.D.13/14 (Quíos: V); τεσσ[ερ]ακοντων ibid. C.14; πεντεκοντων ibid. D.7/8; ενενηκοντων ibid. C.24. Por otra parte, en una inscripción hallada en Samos, una dedicación de los Perintios a la Hera samia, aparece la forma paralela δυωδεκων SEG XII 391.16/17 (Samos: 580-560). Salvo los datos expuestos, el resto de las formas de numerales que aparecen en los textos epigráficos de la Dodecápolis presentan la forma indeclinable habitual desde los más antiguos testimonios. La flexión de los numerales superiores a cuatro se considera tradicionalmente como un rasgo eolio 95, no obstante su documentación en este dialecto es solamente literaria, en Alceo πέμπων 350.7 V.; δυοκαιδέκων 349.e V., y Hesíodo τριηκόντων Erg. 696 y no se documenta ningún caso en las inscripciones de la Eólide 96. Todo ello lleva a pensar que la hipercaracterización de los numerales con una marca pluralizante es un elemento literario presente en las inscripciones, más que una manifestación de la lengua hablada de la Jonia del Norte. En cualquier caso, es destacable la presencia de este elemento en Samos, de nuevo fuera de la supuesta área de influencia eolia. Adverbio αιει/αει vs. αιι: M. P. Hualde Pascual -Eolismos en Jonia: Revisión de un problema de geografía intradialectal 32 97 Para este proceso cf. E. Crespo, Elementos antiguos y modernos en la prosodia homérica, Salamanca, 1977, pp. 85-86. Dubois,o. cit., Los datos del lesbio los tomamos de R. Hodot, o. cit. p. La métrica muestra que las formas en αι son disilábicas, constituídas por dos sílabas breves, resultado del proceso /aywi/ /ayyi/ /ayi/ /a-i/ (cf. Hodot loc. cit. ). El testimonio de Herodiano Gr. I,497, que da las formas αÉι, αÉιν como eolismos, no se ve confirmado por la epigrafía ni por la métrica de los textos literarios. 100 No se documentan otras formas en αι(ι) en otras zonas del jonio y para el ático epigrafico no se ha admitido la presencia del adverbio en el primer término de compuesto αισιτος, en la que Threatte, The Grammar of Attic Inscriptions: I Phonology, Berlin-New York, 1980, pp. 276-277, cree ver un caso de itacismo, en contra de la opinión de Bechtel, Dialekte I, p. Es evidente que las formas en ai del eolio coinciden totalmente con la forma en compuesto αιδασμον de Quíos, y parcialmente con la de Mileto αιι (en la que el proceso habría dado un paso menos /aywi/ > /ayyi/ > /ayi/ ), pero ello no implica su necesaria interpretación como eolismo. Una solución alternativa es considerar que las formas en αι(ι) suponen en jonio un arcaísmo coincidente con el eolio, al igual que con el arcadio, aunque encontramos la dificultad de que no se documentan formas de este tipo en otras áreas del jonio ni tampoco en ático 100. Bien es cierto que tanto en Mileto como en Quíos se documenta en fecha posterior la forma αει M. P. Hualde Pascual -Eolismos en Jonia: Revisión de un problema de geografía intradialectal 33 101 Cf. 300), en compuesto αειμνη[στος ibid. 39, si bien esto puede indicar, bien la imposición temprana de elementos de koiné, bien que el arcaísmo fue progresivamente eliminado. La diversidad de formas del adjetivo que designa lo sagrado plantea un serio problema fonético y morfológico para el que, hasta la fecha, no se ha llegado a conclusiones definitivas. El hecho de que en jonio de la Dodecápolis se documenten dos formas distintas, ιρος y ιερος ha llevado a pensar que la primera, coincidente con la que aparece generalizada en la vecina Lesbos, es un eolismo en jonio septentrional. La confirmación de esta hipótesis pasa por la explicación etimológica del término y de las divergencias dialectales en su vocalismo, si bien, pese a las distintas hipótesis propuestas, parece complicado sostener una forma básica única. Una propuesta reciente 101 pretende la reducción de las tres formas dialectales del griego ιερ-ιαρ-ιρ-a dos radicales distintos, (a) *H 1 eis-/*H 1 is-cf. indoir. *iš: ai. is-; av. is-`fuerza, impulso'; lit. aistrà `pasión fuerte, que impulsa'; gr. οÉστρος `tábano'; (b) *H 1 isH 2 cf. ved. isnati `poner en movimiento'; gr. AEνάω `evacuar'; jon. Para ello se basa en la diversidad de significados de AEερός en Homero, donde la acepción de `sagrado' en ocasiones resulta inverosímil, así en Êερόν AEχθύν Il. XVI 407, referido a un pez que se agita en el anzuelo. Según esta hipótesis, ambos significados y ambas formas se habrían fundido en griego en un solo adjetivo (de *H 1 eis-/*H 1 is-y de *H 1 sH 2 ) sin que se pueda precisar cuál era la acepción originaria de cada una de las dos formas, ya que ambas habrían coincidido fonéticamente en Êρός, como resultado de la evolución tanto de *H 1 sros como de *H 1 sH 2 ros en virtud de una ley fonética (ya IE) por la que la laringal se perdería en el contexto s___T. Los dialectos griegos habrían rehecho secundariamente su forma fonética *is-ros ya en *is-arós ya en *is-eros, mientras que los dialectos que presentan AEρός, con /i:/, procedente del primer alargamiento por compensación, conservarían la forma fonética como arcaísmo. La ausencia de geminación en lesbio Éρος en EMERITA. Revista de Lingüística y Filología Clásica (EM) -LXV 2, 1997, pp. 221-256 lugar del esperable *ιρρος se explicaría, en ese caso, por influencia jonia. Partiendo de esta base el jonio de Asia Menor conservaría como arcaísmo formas en ιρος junto a las formas propias del griego oriental rehechas en ιερος. Sin entrar en la polémica que la formación de este término ha suscitado desde hace tiempo 102 y para la que creemos que no hay de momento solución definitiva, hemos de hacer notar la acumulación mayoritaria de ιρος en la zona de Jonia más septentrional y, por tanto, más cercana a la Eólide: así Quíos (5x), Eritras (4x), colonias de Focea (4x), frente a sólo cinco ejemplos en el resto de la Dodecápolis, que, por lo demás algunos son tardíos y sospechosos de influencia literaria: Samos (2x) y Efeso (2x), Mileto (1x). Por su parte, las formas del tipo ιερος están asentadas en toda la Dodecápolis ya desde época arcaica, si bien durante los siglos VI y V los datos se concentran en Mileto (15x), frente a un menor número de datos en las ciudades del norte de Jonia: Eritras (4x), Efeso (1x), Quíos (2x) y colonias de Focea (1x). A ello se une la presencia de un alto número de formas en ιρ-, dentro del jonio insular en Tasos (8x), asimismo cercano a la Eólide, frente al resto del jonio de las islas que sólo documenta ιρος en Paros (1x). Por el contrario, en eolio de Asia las formas en ιρος parecen estar perfectamente asentadas en el dialecto, contabilizándose un total de 63 formas en ιρ-, a los que se añaden 41 datos de ιερ-con grafía itacística en inscripciones tardías, frente a sólo 16 formas en ιερ-103. Es destacable, incluso, la resistencia del dialecto a la koiné en este punto, de manera que las formas en ιρ-siguen siendo mayoritarias hasta época romana. La distribución dialectal observada en jonio y lesbio parece, en principio, avalar la interpretación de las formas en ιρος como eolismos en Jonia. No M. P. Hualde Pascual -Eolismos en Jonia: Revisión de un problema de geografía intradialectal 35 Revista de Lingüística y Filología Clásica (EM) -LXV 2, 1997, pp. 221-256 obstante se plantea un serio inconveniente: si se parte para la explicación de ιρος de una protoforma *is(H)-ros, la forma ιρος, con /i:/ procedente del primer alargamiento por compensación, sólo podría ser resultado fonético del jonio. La ausencia de geminación en lesbio Éρος frente a un esperable **ιρρος sólo puede explicarse por influencia jonia, pese a que los datos de Éρος son absolutamente mayoritarios en lesbio, frente a su carácter esporádico en jonio, y pese a lo difícil que resulta admitir que la forma supuestamente propia del lesbio **ιρρος haya remitido totalmente en favor del jonismo ιρος, sin que aparezca ni siquiera de forma residual. Lamentablemente, las dificultades etimológicas del término impiden ulteriores consideraciones. Sólo cabe decir que, si se parte de una protoforma *is(H)ros, con caída de la laringal, hemos de considerar que las formas en ιρ-son préstamos del jonio en el dialecto lesbio. Reparto intradialectal: diferencias con el testimonio de Heródoto. Eolismos eliminables y eolismos confirmados. Revisados los datos, y volviendo de nuevo al mencionado pasaje de Heródoto I 142.3-4 y, por limitarnos a aquellos casos que permiten un cotejo, observamos que son grandes las inexactitudes con respecto a la división hecha por el historiador jonio: La diptongación en el contexto de segundo alargamiento por compensación se documentaría en Quíos (supuesta modalidad eolia), pero también en Focea (supuesta modalidad lidia), en Mileto (supuesta modalidad caria) y en Tasos (fuera de la Dodecápolis); la declinación de los numerales aparece en Quíos (supuesta modalidad eolia) pero también en Samos (supuesta modalidad «pura»); supuestas geminaciones en contexto de primer alargamiento, en formas en ΦαννοE y en ΔιννυE, se documentan en Quíos y Eritras (supuesta modalidad eolia) pero también en Teos (supuesta modalidad lidia), así como ονον(ν)ημενα en Samos (supuesta modalidad «pura») y en el NP Λαλλης de Tasos (fuera de la Dodecápolis); la palatalización en Ζιονυ(σος) propia del lesbio, aparece documentada en Focea (supuesta modalidad lidia); la forma αιι para αιει se atestigua en Mileto (supuesta modalidad caria) y en Quíos (supuesta modalidad eolia); hay presencia de /a:/ tras /e/, /i/ y /r/ en Quíos (supuesta modalidad eolia), pero también en Focea (supuesta modalidad lidia) y Samos (modalidad «pura»); la reducción del grupo -sthl-> -sl-aparece en Eritras y Quíos (supuesta modalidad eolia) pero también se da en Amorgos (fuera de la Dodecápolis). Sólo se correspondería exclusivamente con la modalidad eolia la pretendida declinación del participio de perfecto en *-nt-(Quíos). Dejando, pues, de lado el testimonio de Heródoto, ¿Qué hay de cierto acerca de la presencia de elementos eolios en las ciudades de la Dodecápolis? Tras el la observación detallada de los datos de las inscripciones jonias estamos en condiciones de afirmar que algunos de estos rasgos, supuestamente compartidos por el lesbio y el jonio del Norte son claramente eliminables, en otros la cuestión del supuesto eolismo sería imprecisable, y, por último, hay confirmación de alguno de ellos como lesbismo en la variedad dialectal de determinadas ciudades de Jonia. a. Rasgos eliminables: Podemos, a su vez, dividirlos en tres grupos: a.1. Rasgos que han sido considerados como lesbismos por interpretación errónea de los datos: -Participio de perfecto en *-nt-. El único dato en que se sustenta esta suposición de eolismo es la forma de Quíos γεγωνεοντες (s.V): Esta es, sin duda, el participio presente de un verbo, cuyo origen es el perfecto γέγωνα, pero que aparece ya documentado como tal presente inf. γεγωνεÃν desde los poemas homéricos y, de igual manera, en las propias inscripciones arcaicas de la ciudad en cuestión, cf. también en Quíos γεγωνεÃν (s.V). -Contracción /a:-o/ > /a:/: Descartada para el apelativo λατυπους de Eritras, perfectamente asentado en la prosa jonia de Hipócrates y en otros autores. Para los antropónimos Λαμεδων y Λαπρεπης no se puede asegurar el origen jonio de los individuos designados. a.2. Ausencia de vinculación clara del testimonio epigráfico al dialecto jonio. -Palatalización de la dental sonora /d/ en contacto con yod: rasgo descartado, en este caso, por la debilidad del testimonio de Focea Ζιονυ(σος): se trata de un solo ejemplo, en inscripción monetaria, cuya lectura y origen no son seguros, frente a la abundancia de datos de la secuencia /di/ inicial sin palatalización, dentro y fuera del propio nombre de Dioniso, así como por el carácter tardío de los testimonios de Ζονυσος en Lesbio epigráfico (s.II d.C.). a.3. Hechos que aparecen en los poetas lesbios pero ausentes en eolio epigráfico, M. P. Hualde Pascual -Eolismos en Jonia: Revisión de un problema de geografía intradialectal 37 Revista de Lingüística y Filología Clásica (EM) -LXV 2, 1997, pp. 221-256 posibles elementos literarios en las inscripciones jonias. Hecho presente en textos epigráficos de Quíos y Samos, frente a su documentación, hasta la fecha, sólamente literaria en lesbio. Esto lleva a pensar que, mientras el hecho no se documente en textos epigráficos eolios, la flexión de los numerales podría ser un elemento literario presente en las inscripciones, más que una manifestación de la lengua hablada en la Jonia de Norte. -Simplificación del grupo -sthl-> -sl-. Habitualmente considerado como eolismo, su documentación en lesbio se reduce, sin embargo, a los textos literarios. Por otra parte, dada la extensión del hecho por distintas áreas dialectales (arcado-chipriota, dialectos dorios, jonio) y habida cuenta de su presencia en jonio de las islas, más bien parece tratarse de un hecho propio del jonio oriental (Amorgos εσλος, Quíos εσλης, Eritras Εσλωνος), compartido a su vez con el dialecto de Lesbos, pero no debido a su influjo. Por otra parte, en varias ocasiones las formas en εσλ-aparecen en textos métricos, donde no es descartable que su aparición se deba a influencia literaria. -Tratamiento dorsal de la labiovelar en las formas tipo οκο, οκοσο et al. Como se ha puesto de relieve, hay una única forma en οκο-documentada en la Eólide frente a las formas generalizadas en οππο-. Parece ser, pues, que nos encontramos con un hecho de aislado de interferencia fonética del jonio en la vecina Eólide. Si se parte de una forma previa *isros, no es posible considerar ιρος como eolismo, ya que sería un supuesto *ιρρος la solución fonética esperable en lesbio. Desde este punto de vista, y ante la ausencia actual de una explicación definitiva del término, parece más aconsejable entender ιρος como préstamo jonio que se asienta en el léxico del eolio de Asia. Rasgos en los que la posibilidad de eolismo resulta imprecisable. Todos ellos supondrían arcaísmos compartidos entre el jonio y el lesbio. La debilidad de los testimonios, que en cualquier caso permiten explicaciones alternativas, impiden determinar en qué medida las formas mencionadas presentan o no una geminación eolia: -Estadio de geminación en el contexto de primer alargamiento por compensación: *duis-nu-, son débiles testimonios de una supuesta geminación eolia por las siguientes razones: (i) la etimología de las mismas es difícil de establecer de forma definitiva; (ii) los antropónimos son una clase de palabras con menor fuerza testimonial para demostrar en ellos la presencia de eolismos, por su carácter de términos viajeros que pueden pasar de un territorio a otro por una simple cuestión de moda; (iii) nos encontramos con NP compuestos o claramente hipocorísticos y podemos suponer que en ellos el grupo /nn/ no es la continuación de un antiguo /sn/, sino un caso de geminación expresiva, muy frecuente tanto en frontera de compuesto como en las formas de hipocorístico. También para la forma de Tasos Λαλλης puede excluirse la posibilidad de eolismo, si entendemos que se trata de un radical de origen indígena con la consabida geminación expresiva. (b) Las supuestas formas de orónimo }Αργεννον y ΠελινναÃον sólo se documentan en textos literarios, lo que las hace débiles como testimonios dialectales. (c) En la forma de Samos part. ονονημενα un supuesta evolución *uosn-> uonnno puede ser corroborada por las supuestas deficiencias gráficas del texto, sin contar, además, la propia complicación morfológica de un participio que presenta una formación evidentemente analógica. En cualquier caso, de aceptarse la suposición de una forma ονον(ν)ημενα, se trataría de un lesbismo aislado, tal vez ligado a un préstamo léxico en un verbo de uso frecuente entre hablantes de ambos dialectos, pero en ningún caso se puede decir que sea un hecho que se haya integrado en el sistema fonético del jonio. -Permanencia de /a:/ tras /e/,/i/ o /r/: La forma θεας (Antípolis: 450-425) documentada en las colonias puede dejar sentir la influencia de la lengua homérica. Asimismo la forma Πυθαγορας (Samos: ca. 470), nombre de un cantero samio, documentado en una inscripción de Olimpia, puede estar influída por el dialecto local. Más difícil de justificar es el timbre -a-de las formas gen. Αγυαιαι (Quíos: V p. pr.), para las que no cabe el recurso a la influencia externa. Unicamente cabría considerarlas como aticismos tempranos, pero resulta sorprendente, aunque no imposible, que el prestigio del ático haya impuesto su vocalismo al nombre de divinidades de arraigada tradición local. -La forma αιι / αι para el adverbio αAEεί en Quíos y Mileto puede explicarse como un arcaísmo compartido entre el jonio y el eolio, conservado en esta dos ciudades de forma residual. Sin embargo no puede descartarse definitivamente su interpretación como eolismo en Jonia, desde el momento en que no se documentan formas en αι(ι) en otras áreas del jonio. M. P. Hualde Pascual -Eolismos en Jonia: Revisión de un problema de geografía intradialectal 39 104 Cf. Eolismos confirmados en Asia Menor. Se trata de préstamos presentes en algunas ciudades jonias de Asia (Quíos, Mileto), de las islas (Tasos) y en las colonias de Focea (Ampurias) y se producen en el terreno de la morfología, dos de ellos en formas desinenciales: -El más claro eolismo confirmado como tal es la forma de 3a pl. en -ωισι / -οισι en las ciudades de Quíos, subj. λαβωισιν, πρηξοισιν (V), colonias de Focea subj. ωισι (V) (en Ampurias), Mileto subj. θεωισιν (V med.) y Tasos λαγχανοισι (V). Como se ha puesto de relieve recientemente 104, la presencia de estos eolismos presupone que la diptongación en este contexto en Jonia no es un proceso fonético, como prueba el cumplimiento del alargamiento compensatorio en una misma inscripción (cf. ac. pl. τος ac.pl. τας χωρας), sino influencia del dialecto de la Eólide sobre el territorio vecino. -De forma paralela, el dat. pl. en -αισιν de Ampurias, Εμπποριταισιν (V), frente a la forma esperable en -ηισι(ν), es un lesbismo en las colonias de Focea. Al igual que en el rasgo anterior, la conservación de la /a:/ sin anteriorización no sería tanto un hecho fonético como el préstamo de una marca morfológica del eolio al jonio de Asia. -La forma part. dat. διψαντ[ι de Ampurias puede suponer asimismo un eolismo coincidente con el lesbio epigráfico y literario (cf. 3a pl. δίψαισι Alceo 39.2(34 D.)) en cuanto a su conjugación atemática correspondiente a lo que sería un verbo contracto esperable en jonio. Recapitulando lo dicho destacamos las siguientes conclusiones: (1) Se confirma la presencia del elemento eolio en jonio oriental, pero en menos casos de lo que habitualmente se consideraba, al descartar datos que se habían interpretado de forma errónea y otros cuya vinculación dialectal no es clara. (2) Los eolismos confirmados en Jonia son producto de la situación de bilingüismo producida en Asia Menor por el contacto entre los hablantes de los dialectos lesbio y jonio. Esto posibilita la influencia en ambos sentidos y la aparición de préstamos e interferencias, en cualquier caso, de lesbismos en jonio y de jonismos en lesbio. Se debe rechazar, por tanto, la explicación de los eolismos como producto del sustrato en ciudades a las que se atribuye un M. P. Hualde Pascual -Eolismos en Jonia: Revisión de un problema de geografía intradialectal 40 (3) Nos encontramos ante préstamos de carácter morfológico: la diptongación de las formas 3a pl. en -οισι y la conservación de /a:/ en dat. pl. -αισιν no obedecen a procesos fonéticos, sino que son simples préstamos de marca morfológica. (4) Los mencionados préstamos se producen de manera esporádica, siempre en inscripciones arcaicas, y hay contraejemplos documentados incluso dentro de una misma ciudad (cf. Mileto θεωισιν frente a κατακτεινοσιν). Dentro de las restricciones que nos impone lo reducido del material epigráfico de cada ciudad anterior al siglo V, la propia dispersión geográfica de Jonia y sus colonias, la temprana aparición de aticismos y la pronta extensión de la koiné en jonio, podemos afirmar, dado el carácter esporádico de estos préstamos y los contraejemplos documentados, que no son formas que lleguen a integrarse plenamente dentro del sistema lingüístico del jonio. MARÍA PILAR HUALDE PASCUAL su argumentación sobre la etimolo- gía del nombre de Dioniso y sus variantes, prefiere prescindir de los antropónimos de Quíos
Por no disponer de los correspondientes originales informáticos, la maquetación de este artículo difiere de la del publicado en papel. Por lo demás, los contenidos no han sufrido ninguna alteración. 11 Another Arco sobre epigrafía, religiones peninsulares, ed. J. Cardim Ribeiro, Sintra (forthcoming). F. Marco Simón in Los Celtas en el valle medio del Ebro, Zaragoza, 1989, p. Untermann, «Comentarios sobre inscripciones celtibéricas `menores'», pp. 357-358.
Por no disponer de los correspondientes originales informáticos, la maquetación de este artículo difiere de la del publicado en papel. Por lo demás, los contenidos no han sufrido ninguna alteración. Artículo publicado en el fascículo 2o del tomo LXV (1997) de EMERITA, Revista de Lingüística y Filología Clásica (EM) -LXV 2, 1997, pp. 281-285 di Giovenale: quot stabant pueri, cum totus decolor esset / Flaccus et haereret nigro fuligo Maronis..
Este artículo ha sido elaborado dentro del proyecto de investigación Estudios sobre teatro griego: sistema y diacronía II (UPV/EHU 106.130-HA163/94), financiado por la Universidad del País Vasco. -Salvo que se indique lo contrario, para las citas y las referencias de número de verso se ha utilizado la edición de V. Coulon (trad. p. 1 El concepto de personaje engloba al personaje individualizado y al coro, poseedor al igual que aquél de una identidad como dramatis persona -más marcada en su caso en las escenas que preceden a la parabasis-. No obstante, con el fin de evitar confusiones, cuando sea preciso diferenciar entre uno y otro, reservaremos el término personaje para el personaje individualizado. No así en el ámbito de la tragedia, donde en los últimos años está resultando una línea de investigación muy fructífera. Muestra de ello son los trabajos de O. LOS ANUNCIOS DEL CORO EN LA COMEDIA DE ARISTÓFANES* En efecto, prescindiendo de las referencias hechas al hilo del análisis formal de los elementos compositivos de la comedia -en especial de la parodos (así, en su reciente monografía B. Zimmermann 3 se ocupa de las cuestiones formales y de otras como la motivación y preparación de la entrada del coro, y la relación de éste con la acción dramática)-, una de las líneas de investigación más sólidas y consolidadas, la atención prestada a las entradas y salidas de personajes se reduce a breves apuntes que aparecen de forma esporádica en algunas ediciones comentadas y ciertos trabajos, como el de C. F. Russo 4, muy interesado por el componente teatral de las comedias -tradicionalmente estudiadas como obras literarias-, o el de J. Andrieu 5 sobre el diálogo antiguo, citados ambos porque contienen algunas observaciones acerca del elemento relacionado con el movimiento escénico que vamos a tratar aquí: el anuncio de entrada en escena. Centrándonos ya en el anuncio, si nos remontamos a fechas bastante anteriores, hallamos un estudio en el que se abordan con cierto detalle distintos aspectos del mismo. Nos referimos al trabajo publicado en 1893 por E. Bodensteiner 6, que aporta datos sobre el número de anuncios por obra, los formulados por los personajes y por el coro, el metro empleado o la extensión de los mismos, entre otros (contiene, además, un extenso apéndice con la relación de entradas y salidas de todas las comedias, 759-806). También merece ser destacado el de W. Koch 7, un poco posterior, en el que se estudia el carácter «formular» del anuncio en las comedias griega y latina, así como el de otros elementos ligados a los movimientos escénicos; la advertencia que hace uno mismo de su propia salida, la llamada con la que se solicita la presencia de un personaje ausente -preparando así su aparición-o la intervención del recién llegado son algunos de ellos. Volviendo al primero, cuando Bodensteiner da las cifras de los anuncios en boca del coro y de los que están en boca de los personajes, llama la aten-Szenische Fragen 706. Como veremos, estas cifras (Bodensteiner no menciona expresamente los anuncios) no coinciden con las nuestras, especialmente por lo que se refiere al número de anuncios formulados por los personajes, que es, según el concepto de anuncio que nosotros utilizamos y que determinaremos a continuación, más elevado que el dado por el autor (59); en cuanto a los del coro, hay dos más (9). Bodensteiner reserva el término de anuncio para las introducciones más típicas, como «alguien viene» o «aquí está éste», con las que se constata de forma explícita una entrada; según esta definición, p. ej., Aves 1196-8, donde el corifeo sólo señala que se oye la aproximación del personaje, no sería para él un anuncio, pero sí para nosotros. Siguiendo con las introducciones en boca del coro, el hecho de que Cab. 1326-1332 sea un anuncio dialogado entre Morcillero y el corifeo, en el que la constatación de la entrada de Pueblo recae en el personaje de Morcillero, permite no incluirlo dentro de los anuncios formulados por el coro; si suprimimos también éste (lo que nosotros no hemos hecho), se llega a la cifra de 7 dada por Bodensteiner. El recuento de los anuncios a cargo de los personajes resulta más problemático; aun contabilizando exclusivamente los anuncios del tipo más estereotipado, el número de éstos ronda los 50, una cifra muy alejada todavía de la ofrecida por el autor. En fin, según nuestros datos la diferencia entre el número de introducciones formuladas por el coro y aquellas en boca de los personajes es aún mayor. 71, apunta el cambio habido de Esquilo a Eurípides; en el primero la mayor parte de los anuncios están en boca del coro. Para los datos precisos, véanse G. Novo, Anuncio, pp. 564-565, y Bodensteiner, Szenische Fragen, pp. 705-706, cuyas cifras para la tragedia, a la vista de las ofrecidas por G. Novo, parecen más fidedignas que las dadas para la comedia (piénsese sobre todo en las referentes al número de anuncios pronunciados por los personajes). Revista de Lingüística y Filología Clásica (EM) -LXV 2, 1997, pp. 287-302 ción sobre el reducido número de aquéllos (7 frente a 36, según los datos del autor) 8, un hecho que ha sido señalado también en fechas más recientes por Russo, aunque sin ofrecer en su caso ningún dato sobre los anuncios formulados por los personajes; Russo (Aristofane, p. Bodensteiner, por otra parte, compara la situación con la de la tragedia, donde nos encontramos con un panorama del todo distinto. En efecto, en la tragedia las entradas anunciadas por el coro son en términos absolutos considerablemente más numerosas que las anunciadas por los personajes, y aunque es cierto que estos últimos fueron ganándole terreno a aquél paulatinamente, nunca se llegó a una situación ni siquiera parecida a la de la comedia: los anuncios del coro y los formulados por los personajes tendieron a igualarse 9. Pues bien, la escasa presencia de los anuncios del coro en Aristófanes, y que ambos autores se limitan prácticamente a constatar (resulta evidente en el caso de Russo), es lo que ha hecho que nos parezca interesante centrarnos en su estudio, que ya hemos llevado a cabo en 10 Como parte del trabajo de investigación de la tesis doctoral que estamos realizando. Titulada Los movimientos escénicos en la comedia de Aristófanes. Un estudio de técnica teatral, en ella nos ocupamos de este primer grupo de obras, con unas características propias dentro de la producción de Aristófanes, como es comúnmente admitido. La mejor visión de conjunto sobre las distintas etapas de la obra de Aristófanes nos parece la de Th. Partiendo de un criterio cronológico, establece la habitual clasificación en tres periodos: el primero lo constituyen las cinco comedias más antiguas, que van del año 425 -fecha de Acarnienses, la primera conservada-al 421 -fecha de la representación de Paz-; el segundo comprende las piezas representadas entre los años 414 y 405 -Aves, Lisístrata, Tesmoforiantes y Ranas-; y el tercero, las dos últimas comedias llegadas a nosotros, pertenecientes a los primeros años del s. IV, Asambleístas -representada probablemente en 392-y Pluto -388-. Dentro de cada periodo, Gelzer estudia los cambios de forma, función y contenido que experimentan progresivamente los elementos compositivos tradicionales (en especial el agon, la parabasis, las escenas yámbicas que siguen a ésta y las partes cantadas), así como las transformaciones habidas en la organización de la acción dramática, en el contenido de las obras y en los tipos de personajes, todo lo cual hace que cada una de las tres etapas, por encima de lo que la une a las demás, constituya algo diferente. Revista de Lingüística y Filología Clásica (EM) -LXV 2, 1997, pp. 287-302 otro lugar para los anuncios de las cinco comedias más antiguas 10; ahora nos proponemos recoger los existentes en las otras seis y analizar su forma, su distribución y contenido, lo que nos permitirá elaborar conclusiones definitivas sobre el empleo que el poeta cómico hace de ellos. Antes de emprender esta tarea es necesario aclarar qué entendemos por anuncio. El término lo empleamos según la definición dada por Taplin (Stagecraft, p. 11 En el caso del primer verso, los mss. nos han transmitido un dímetro yámbico. Para las propuestas que se han hecho con el fin de restaurar el trímetro esperado, cf. el aparato crítico de las ediciones de J. van Leeuwen, Aves, Leiden, 1968Leiden, (= 1903)) Muy diferente es el concepto utilizado por G. Novo (Anuncio). Entendiéndolo en un sentido más amplio, distingue los tipos de «anuncio inmediato» y «mediato», estableciendo a su vez una variedad de modalidades dentro de cada uno de ellos (cf. esp. pp. 34-5). A propósito de estas modalidades, queremos destacar, por un lado, que incluyen diversas formas de lo que Taplin considera «preparación» (Stagecraft 9 s.: «`anything said or done before an entry or exit which prepares for that event or has a bearing on it'»), y que nosotros, como él, distinguimos claramente del anuncio de entrada en escena; y, por otro, que la modalidad de «anuncio inmediato» denominada «anuncio explícito» (entendiendo por tal «exclusivamente la declaración de que un personaje llega a escena, hecha por el personaje que lo divisa», Anuncio 222) es la que coincide básicamente con nuestro concepto de anuncio, si bien éste es más amplio, como lo reconoce la propia G. Novo (41). En efecto, al examinar la definición de Taplin, concluye que dicha definición comprende otros dos subtipos además del de «anuncio explícito», los de «Voz en off sin palabras» y «¿Es él?». En el primero tienen cabida los comentarios que provocan en los presentes en escena los ruidos o pasos que alertan de la llegada de un personaje, y en el segundo, las dudas expresadas por aquéllos sobre la identidad del personaje que se aproxima (Anuncio 37). Para nosotros, insistimos, sólo hay un «anuncio» de entrada en escena y estas tres modalidades están incluidas dentro del mismo. En el conjunto de comedias que se abre con Aves y termina con la última de las que han llegado hasta nosotros, Pluto, encontramos únicamente cinco anuncios del corifeo, cuya extensión oscila entre los dos versos de Lis. Por lo que se refiere al metro, hallamos una cierta variedad: trímetros yámbicos (Aves 1196 ss. 12 Entendemos este concepto según un criterio métrico. Así, escena yámbica es toda parte recitada en trímetros a cargo de los personajes de la skene -aunque ocasionalmente puede incluir otro tipo de versos, también líricos, y breves intervenciones del corifeo-, con independencia del lugar en que aparezca (ya sea el característico, después de la parabasis -cuando la hay-, o antes de la misma) o de los elementos formales que le sirvan de marco (canto coral completo, estrofa y antistrofa formando una sizigía u otros -pensemos en la anotación χοροØ que aparece en los manuscritos de las dos últimas obras-). 13 La propuesta de considerar estos versos una sizigía en vez de una canción antistrófica fue de P. Mazon (Essai sur la composition des comédies d' Aristophane, Diss. Technik I 138, por su parte, opina que es plausible. Van Daele se inclina por la otra opción, englobándolos en el canto. 14 Tetrámetros yámbicos se encuentran igualmente en los cuatro versos con los que la corifea exhorta a sus compañeras a acudir a la Asamblea (285-8), abriendo así la intervención con la que el coro abandona la orquestra tras el prólogo. Sobre la función caracterizadora del metro en las parodoi de las comedias de Aristófanes, Zimmermann, Form u. 500 ss.) y, finalmente, tetrámetros anapésticos en el anuncio de Lis. Cabe señalar que salvo este último, que constituye desde el punto de vista métrico una secuencia aislada (entre un stasimon, 1043-71, y el recitado en trímetros, 1074 ss.), todos los demás forman parte de un conjunto más amplio en el mismo metro. Así, en una escena yámbica 12 aparecen los anuncios de Aves 1196 ss. y Lis. 571 ss. son los tres versos finales de la escena en tetrámetros iniciada en 531; por último, As. Respecto a la posición en que aparecen, si exceptuamos Lis. 1082-5, el resto sirven de transición de un elemento coral (stasimon y sizigía en el caso de los anuncios de Lis. 1072-3 y de As., según acabamos de ver, y estrofa en el de Aves -1188-95, en responsión con 1262-8-) o de una escena en versos largos básicamente a cargo de los personajes, como sucede en Tesm. (los vv. 531-2 y 571-3 constituyen las únicas intervenciones de la corifeo, aunque el coro es apelado continuamente por el Pariente de Eurípides y la Mujer 1a, de tal manera que, a pesar de su silencio, se hace notar su presencia), a una es-Por lo que se refiere al anuncio de Aves, el hecho de que se encuentre en una escena yámbica supone por sí mismo una integración del coro en esta parte estructural de la comedia, reservada propiamente para los personajes de la skene. De otro lado, es cierto que el corifeo enmudece tras el anuncio, a diferencia de lo que sucede en los casos restantes, pero al menos temáticamente sigue ligado a lo que acontece sobre el escenario, y no es descartable que sea él el destinatario de la pregunta formulada por Pistetero en 1211 (cf. Dunbar, ad loc.). Con todo, ninguna de las dos circunstancias puede compararse con la participación verbal que tiene el corifeo en los demás casos. 16 Seguimos la opinión de R. G. Ussher, Ecclesiazusae, Oxford, 1973, ad 500-2 y 509-13, al considerar que la protagonista entra sola en escena y que, por tanto, el coro es el único destinatario posible de todas las apelaciones; ad 500-2: «The chorus, of course, have eyes only for the general (en el anuncio, según la propuesta de Ussher para 503, sólo se menciona a Praxágora): but it seems clear she is entering alone. No obstante, su lectura del último verso del anuncio (cf. ad 503) no descarta que Praxágora esté acompañada (independientemente, como hemos señalado, de que luego el autor no encuentre apoyo en el texto para creerlo así): χαÞται γρ -κουσαι πάλαι τÎ σχ−μα τοØτ' §χουσιν («pues éstas [las mandíbulas] hace tiempo que soportan este disfraz [la barba postiza] sin quererlo»). La lectura de Coulon, en cambio, que es la de los mss., implica claramente que la protagonista regresa de la Asamblea con otras mujeres (χαÞται γρ »κουσιν πάλαι τÎ σχ−μα τοØτ' §χουσαι). Por nuestra parte, los argumentos del EMERITA. En definitiva, estas introducciones en boca del corifeo cumplen una función de puente, aminorando el hiato que existe entre dos unidades de carácter distinto. Siendo necesariamente los anuncios corales anuncios de la entrada de los personajes individualizados, constituyen por sí mismos una manera particular de contacto del coro con la skene, y ello con independencia de la forma que adopten, el lugar en el que aparezcan o su posición en el mismo, aspectos que acaban de ser analizados. Pues bien, como vamos a ver ahora, salvo en Aves, ese contacto prosigue tras la introducción del personaje, lo que significa, teniendo en cuenta lo dicho acerca de la distribución de los anuncios, una integración del coro en las escenas yámbicas que merece ser destacada 15. En todos los casos se produce un diálogo corifeo-personaje, iniciado normalmente por este último. Así, en As., cuando Praxágora regresa de la Asamblea, establece contacto inmediato con las mujeres del coro mediante un apóstrofe, ì γυναÃκες (504); comienza de esta forma una rhesis de diez versos en la que recuerda a sus compañeras el éxito logrado en la junta (505), las apremia para que se quiten el disfraz de varones que llevan puesto (506-10a) 16 y, por último, les comunica su intención de introducirse en su propia primero sobre la necesidad de enmendar el verso y la justificación de la lectura propuesta por él nos parecen razonables para aceptar ésta. Respecto al parlamento de Praxágora, Ussher (ad 504-13) observa un cierto colorido trágico en el estilo y en el metro. 17 Los trímetros yámbicos (520-70) reaparecen tras este pequeño grupo de tetrámetros, pero pertenecen por entero a los personajes. Sobre esta combinación de trímetros y versos largos, Th. 19 La pregunta no tiene un destinatario explícito, pero es el corifeo quien toma la palabra tras ella con un comentario acerca de la erección que padecen también los atenienses y con una cuestión formulada expresamente a éstos (1088 s.). Por lo que sabemos, sólo tras el diálogo con el corifeo el embajador ateniense se percata de la presencia de los espartanos, dirigiéndose a ellos mediante un saludo (1097); los espartanos no han abandonado la escena desde su entrada en el v. 20 Para ser rigurosos, hay que hacer algunas matizaciones al respecto. Así, Clístenes, al entrar, no se dirige expresante a la corifeo sino, en general, a las mujeres presentes en escena, EMERITA. Tienen lugar a continuación sendas intervenciones en versos largos 17 (tetrámetros anapésticos) de la corifeo y de la protagonista (514-6 y 517-9): la primera se dirige a Praxágora para decirle que su orden ya ha sido cumplida y que están dispuestas a seguir obedeciéndola, y la segunda recoge el ofrecimiento, pidiéndoles que aguarden y actúen como sus consejeras en el momento oportuno. En los demás casos, el diálogo es en trímetros yámbicos, dándose la circunstancia de que las intervenciones del corifeo en estos pasajes se encuentran entre las más extensas de las suyas en dicho metro 18. Se trata, de un lado, del conjunto de Lis. 1074-95 (doce versos del corifeo, incluido el anuncio de 1082-5), que comprende los dos diálogos sucesivos que mantiene el corifeo con los embajadores de Esparta (1074-81) y Atenas (1086-95), iniciado el primero por él mismo (saluda a los laconios y les interroga sobre su estado -recordemos que aparecen con una erección, fruto de la abstinencia sexual a la que les tienen sometidos sus mujeres, persuadidas por Lisístrata-, 1074-5) y el siguiente por el personaje que efectúa su entrada (el portavoz de los atenienses, aquejados de la misma enfermedad que los lacedemonios y deseosos como ellos de que la protagonista les reconcilie y recuperen así a sus mujeres, pregunta por el paradero de Lisístrata 19, 1086-7); y, de otro lado, de Tesm. 574-602, un diálogo, esencialmente de la corifeo (diez trímetros) con Clístenes 20, que constituye un caso especial. Su peculiaridad: es una parodia esto es, al coro, al Pariente -no descubierta todavía su verdadera identidad-y a la Mujer 1a; no obstante, es la corifeo quien interviene a continuación, iniciando un intercambio de réplicas con el recién llegado que finaliza en 591. El diálogo se diversifica en 592, cuando el Pariente toma la palabra para hacer a sus compañeras un comentario irónico sobre lo dicho por Clístenes (592-4), y a su vez éste se dirige a él reprochándole su actitud (595-6). Los interlocutores vuelven a ser la corifeo y Clístenes en 601-2, no sin que antes aquélla haya apelado a las demás mujeres (597-600). Finaliza así el diálogo de entrada, pero las intervenciones de la corifeo en trímetros se repiten en 607 y 613-4. Aunque la escena de mensajero alcanza un grado de formalización notable, especialmente, como hemos señalado, de la mano de Eurípides, no sigue un esquema rígido; así, por ejemplo, el anuncio es un elemento aleatorio de la misma. Véase el análisis de P. Rau, Paratragodia, München, 1967, pp. 162-168, de la parodia que hace Aristófanes en sus comedias de la escena de mensajero (para este pasaje concreto, 46 s.). La apelación misma φίλαι γυναÂκες (574a) es típicamente trágica. En efecto, la parodia no sólo está presente en la adopción de un esquema formal sino también en los aspectos verbal, de estilo y métrico. Nosotros, no obstante, vamos a referirnos básicamente a lo primero; para la otra cuestión remitimos al análisis ya señalado de Rau. Revista de Lingüística y Filología Clásica (EM) -LXV 2, 1997, pp. 287-302 de uno de los componentes del esquema más estereotipado que adopta la intervención del mensajero en la tragedia, sobre todo de la mano de Eurípides, el diálogo de entrada; este diálogo sirve de introducción a la rhesis en la que el personaje relata detalladamente la noticia que le ha traído a escena, rhesis que falta en nuestro caso. Clístenes, en efecto, cumple la función de mensajero que revela a las mujeres el plan urdido y llevado a cabo por Eurípides para evitar el castigo que éstas desean imponerle por difamarlas en sus tragedias: Eurípides ha introducido entre ellas a un pariente suyo disfrazado de mujer para espiarlas. Por otra parte, la parodia, como veremos, abarca también al propio anuncio, otro de los componentes de la escena de mensajero 21. En cuanto al diálogo de entrada, la parodia del mismo determina la estructura y, en buena medida, el contenido de Tesm. Elementos típicos de este diálogo en la tragedia son el apóstrofe con el que el mensajero se dirige a su interlocutor (574) 22 y los comentarios de aquél acerca de la noticia que trae, comentarios que ponen de manifiesto el carácter negativo de la misma en este caso (Clístenes se refiere a ella como πργμα περ ßμäν μέγα, 577b, y expresa la necesidad de contársela a las mujeres para evitar que algo terrible les suceda -πργμα δεινÎν κα μέγα, 581b -); típica también es la pregunta que formula el interlocutor, τί δz ¦στίν (582a), al oír las palabras anteriores del mensajero; y lo son igualmente el comunicado escue-Para el uso de ambos recursos por los poetas trágicos, Taplin, Stagecraft 147. En su análisis Rau sólo menciona el primero; tampoco dice nada sobre la petición de silencio de la corifeo (573), un motivo frecuente en los anuncios de la tragedia (G. Novo, Anuncio, p. Su naturaleza afeminada es uno de los elementos que rompen cómicamente el carácter estilizado de la intervención del mensajero en la tragedia (la noticia misma y la actitud irónica del Pariente, 592-4, contribuyen también a ello). Por otra parte, como lectores no sabemos con certeza que se trata de Clístenes hasta que en 634 (60 versos después de su entrada) se le llama por su nombre (es la única aparición del personaje y no ha sido preparada); en cambio, desde el primer momento se sabe que es un hombre, pues se expresa como tal, empleando formas masculinas para referirse a sí mismo (cf. esp. 575-9). S. D. Olson, «Names and Naming in Aristophanic Comedy», CQ 42, 1992, 304-19, 316-8, señala que la mayoría de los personajes que aparecen sobre la escena cómica encarnando a individuos de carne y hueso son identificados explícitamente por el nombre justo antes de su entrada o inmediatamente después de ésta, como si el poeta tuviera poca confianza en que el público los reconociera sólo con verlos, o lo que es lo mismo, sólo por su apariencia y comportamiento (316-7). A propósito de Clístenes (318), apunta que debía de tener una fisonomía tan característica que EMERITA. Revista de Lingüística y Filología Clásica (EM) -LXV 2, 1997, pp. 287-302 to de la noticia por parte de éste (584 s.) y la breve serie de preguntas-respuestas a cargo de la corifeo -interesada en ampliar la información que acaban de comunicarle -y de Clístenes (586-91). Finalmente, en cuanto a la forma del diálogo, la tendencia a la esticomitia que éste presenta en la tragedia la encontramos también en los vv. Respecto al otro elemento parodiado, la introducción del mensajero, su análisis será el punto de partida para estudiar el aspecto del que vamos a ocuparnos ahora: el contenido de los anuncios; y ello por una razón, la de que el contenido de Tesm. 571-3 está determinado en parte por la parodia misma. Dos son, concretamente, los motivos que se toman prestados. En primer lugar, el de la prisa con la que el personaje se aproxima (¦σπουδακυÃα προστρέχει, 572a), un motivo frecuente en los anuncios de mensajero, aunque no exclusivo de ellos; se trata de un recurso dramático que crea una sensación de premura y aviva la expectación que despierta por sí misma la entrada. De igual manera hay que entender el segundo, también ampliamente utilizado en la tragedia 23: se anticipa que el personaje trae noticias (ττα λέξει, 573b). En cuanto al resto del anuncio, contiene la reacción de la corifeo ante la entrada (ordena al Pariente y a la Mujer 1a cesar en su disputa, 571a, y pide silencio para poder escuchar lo que va a decirse, 573) y la identificación burlona del personaje que se aproxima, γυνή τις (571b), cuando en realidad se trata de Clístenes 24. permitía su inmediata identificación por la máscara (señalado ya antes por K. J. Dover, «Portrait-Masks in Aristophanes», en ΚΩΜΩΙΔΟΤΡΑΓΗΜΑΤΑ: Studia Aristophanea viri Aristophanei W. J. W. Koster in honorem, Amsterdam 1967, 16-28, 20 [= H.-J. Newiger (ed.), Aristophanes und die alte Komödie, Darmstadt 1975, 155-69, 159 s.]); se refiere, en concreto, a su condición de barbilampiño, blanco de las burlas de Aristófanes en varios pasajes de sus comedias, entre los que se encuentra también éste (Clístenes alude a sus mejillas despobladas al comienzo mismo de su intervención, 575; el motivo se repite en 583). 25 Seguimos a J. Henderson, Lysistrata, Oxford, 1987, al considerar que el portavoz de los atenienses no ha aparecido anteriormente en escena. Coulon otorga este papel al mismo personaje (Prítanis, en su denominación) que, según él, habría entrado en 982 y departido con el Heraldo laconio hasta 1013. Henderson (ad 980-1013) argumenta de forma convincente lo correcto de atribuir a Cinesias las intervenciones que Coulon pone en boca del supuesto Prítanis. 316, considera probable que tampoco el espectador lo supiera con seguridad hasta entonces, ya que, según señala, Iris no parece haber tenido unos atributos particularmente distintivos que permitieran su inmediato reconocimiento; por otra parte, las alusiones a dioses alados, previas a la aparición del personaje, no hacen posible determinar de quién se trata (cf. 572-5 y 1170 ss.). Las demás introducciones son también algo más que la mera constatación de una entrada, ofreciendo todas ellas información acerca de al menos dos de los datos contenidos en el anuncio de Tesm.: la identidad del personaje que aparece en escena, ya sea por primera vez (los embajadores de Esparta y los de Atenas, Lis. 500b); la reacción que provoca la entrada (en Aves 1196, el corifeo exhorta a sus compañeros a estar vigilantes, y en As. 500-3, la corifea insta a las demás a quitarse deprisa sus disfraces de hombre); o circunstancias particulares de la entrada misma o de quien la efectúa (en los dos anuncios de Lis. se presta atención a un hecho visual llamativo, la erección con la que los dos grupos llegan a escena, 1073 y 1083-5; en el de los espartanos se alude además a otra característica de su aspecto, la barba larga -1072b-, marca distintiva frente a la recortada al estilo ateniense 27 ). En este sentido, el anuncio de Aves resulta un caso peculiar, ya que contiene la alusión a un contacto aural, previo a la aparición del personaje (crea la expectativa de ésta), que no se encuentra en ninguno de los otros, faltando, en cambio, el anuncio visual propiamente dicho; en efecto, el corifeo se limita a señalar que se oye cerca el ruido de las alas del dios (1197-8), dirigiéndose a continuación Pistetero a Iris (1199). Otra característica, además de la del contacto aural, diferencia al anuncio de Aves de los restantes: el estilo elevado de sus dos últimos versos 28. Con una breve referencia a esta cuestión terminaremos nuestro aná sus respectivas ediciones de Aves. 197, señala, además, el ritmo trágico de los dos trímetros. Todo ello ha hecho pensar que ambos versos son, en realidad, la cita de alguna tragedia (adesp. Por otro lado, el género trágico está ya presente en la preparación de la entrada de Iris (recordemos la intervención paródica del mensajero que da la noticia de la infiltración de un dios en la ciudad de las aves, 1168 ss., y la reacción lírica del coro en docmios, 1188 ss.) y en parte de su intervención después de aparecer en escena (1231-3 y 1238 ss.), lo que cabe entenderse como una forma de caracterización de la diosa (Rau, ibíd., pp. 165 y 197 s.). Destacan en ellos el adjetivo eólico πεδάρσιος (1197b), de corte poético, la ausencia de artículo y la singular construcción gramatical (enálage) δίνης πτερωτÎς φθόγγος (1198) para referirse al ruido del batir de las alas -esto es, φθόγγος πτερäν δινουμένων -, no encontrándose en los demás anuncios nada parecido 29. El de éstos es un estilo prosaico (aunque el del mensajero sobresale por su carácter paródico). Se repiten en ellos, por otra parte, algunos elementos, lo que les da cierta uniformidad: las típicas partículas introductorias de anuncios 30, κα μήν, las encontramos en los dos de Lis.; el pronombre demostrativo Óδε, referido al personaje que entra en escena, aparece en todos salvo en el de Tesm.; se repiten los verbos Òρν (Lis. Llegados a este punto, no nos queda sino mirar atrás y poner uno al lado del otro el conjunto de anuncios que acabamos de analizar y el conjunto de los que encontramos anteriormente en las cinco primeras comedias: Ac. 1326-32, un anuncio dialogado en el que interviene el corifeo aunque es el otro interlocutor (Morcillero) quien propiamente introduce al personaje que aparece en escena (Pueblo). Las preguntas que surgen son dos: 1) ¿Pueden formularse algunos principios básicos acerca del uso de los anuncios corales en la comedia de Aristófanes? 2) ¿Son los anuncios de las obras posteriores a Paz algo distinto de los de las obras precedentes? Como vamos a ver, la respuesta en ambos casos es afirmativa. Efectivamente, además del principio básico fundamental, que es la escasez misma de los anuncios del coro, hay otros -por encima de ciertas particularidades-que atañen a la forma y al contenido de éstos; respecto a la segunda pregunta, se observa una diferencia clara en lo concerniente a la distribución de los anuncios y al contacto posterior del coro con la skene. Para el caso de los arquiloqueos de Avisp. Según el autor, la serie estíquica de arquiloqueos a la que pertenece el anuncio (1528-37) son versos recitados en parakatalogÉ por el corifeo sin acompañamiento de danza, y los arquiloqueos de la parte antistrófica precedente (1518-22 = 1523-7) son cantados por el coro mientras baila. 84) estima probable la propuesta de Rossi. Por su parte, van Daele los considera líricos, no haciendo así ninguna diferencia entre los arquiloqueos de un conjunto y otro. Revista de Lingüística y Filología Clásica (EM) -LXV 2, 1997, pp. 287-302 Empecemos por las características comunes: Los anuncios del coro son pocos, y la relación entre el número de éstos y el de los formulados por los personajes no varía de forma significativa en las distintas etapas de la producción del poeta cómico. Así, de Acarnienses a Paz hay 4 anuncios del corifeo (representan un 13% del número total) y 27 en boca de los personajes; de Aves a Ranas, 4 (casi un 15%) y 23, respectivamente; y, por último, en Asambleístas y Pluto, 1 (el porcentaje más bajo, un 10%) y 9. Se trata, por otra parte, de anuncios recitados 31, cuya extensión permite afirmar que hay una tendencia a la brevedad: excepto Cab. 1326-32, que tiene siete versos y que presenta, además, la particularidad de ser el único dialogado -Morcillero-corifeo (el resto de las introducciones dialogadas en las comedias de Aristófanes son entre personajes)-, todos los demás son anuncios de dos versos (así dos de ellos, Ac. 571-3, cuatro en total) o de cuatro (los dos de Lis. Otra tendencia clara se observa desde el punto de vista métrico, la de que el anuncio no posea un ritmo exclusivo para él; el único caso en el que esta tendencia se rompe lo hallamos entre las introducciones que acaban de ser estudiadas, Lis. 1072-3, dos tetrámetros anapésticos que siguen a un stasimon de ritmo fundamentalmente trocaico y dan paso a su vez a una escena yámbica. En cuanto a los metros empleados, lo más destacable es la variedad de los mismos, teniendo en cuenta que hay cinco diferentes en tan sólo nueve anuncios: a los registrados ahora (trímetros yámbicos, que encontramos en tres de ellos, Ac. 1069-70 comienza además con el típico κα μήν (no lo vemos en ninguno de los otros tres anuncios del primer grupo), por lo que resulta más estereotipado. 1939, pp. 58-65 (= Newiger, Aristophanes 144-54), sostiene que la entrada de Pueblo investido de nuevo de su poder soberano es una escena de epifanía configurada según el modelo cultual; una conclusión a la que llega después de analizar minuciosamente el vocabulario del anuncio y del resto de la esticomitia en la que éste se inserta. Véanse las matizaciones hechas por M. Landfester, Die Ritter des Aristophanes, Amsterdam 1967, pp. 92-97, a dicho análisis y a la interpretación del mismo. 1532-4 (¡ninguno! de los cuatro anuncios de estas comedias tempranas tiene el mismo metro). El contenido también merece una mención. Podemos afirmar que todos los anuncios en mayor o menor medida hacen algo más que constatar una entrada (ya se ha dicho que en el caso de Aves el contacto es sólo aural), añadiendo alguna breve información acerca de la misma o del personaje que la efectúa, o bien incluyendo la reacción del corifeo (en dos ocasiones pide silencio a sus compañeros, Ac. Por su contenido típico hemos destacado anteriormente Tesm. 1069-70, una parodia también del anuncio del mensajero trágico (se repiten en ambos los motivos de la prisa con la que el mensajero se aproxima y el de que trae noticias, a los que se suma, en Ac. 1326 ss., en cambio, sobresalía en el primer grupo de anuncios por su contenido «atípico» y lo hace igualmente una vez analizado el segundo; su tono solemne con tintes religiosos 33 y las expresiones descriptivas que encierra -algunas muy gráficas y cargadas de valor simbólico, como los detalles a modo de acotaciones escénicas acerca de la apariencia externa de Pueblo (1331-2), reflejo del orden establecido al final de la comedia (Pueblo recupera su antigua soberanía)-lo separan de todos los demás. No es infrecuente, por otra parte, que los anuncios creen una cierta tensión dramática en torno a la entrada. Ya nos hemos referido a cómo la tragedia emplea con este propósito los motivos presentes en los dos anuncios de mensajero, haciendo lo mismo la comedia al tomarlos prestados. Pues bien, igual fin tienen el contacto aural previo a la entrada (el corifeo oye la petición de silencio formulada por Diceópolis desde dentro, EMERITA. 238, y Morcillero, el ruido de los Propileos al abrirse, Cab. 1326; en Aves 1198 se percibe el ruido del batir de las alas del dios infiltrado) y la alusión explícita a la inmediatez de la misma (Cab. 1326) o a la cercanía del personaje (Aves 1197), recursos los tres con los que se crea la expectativa de la aparición de este último; la demora de la entrada (la expectativa de la llegada de Pueblo a escena se ve frustrada por un instante con la aparición de la antigua Atenas, Cab. 1327; Pueblo aparece en 1331) o del contacto verbal con el recién llegado (el coro se «retira» ante la entrada de Diceópolis, Ac. 239-40, cuando se esperaba que se lanzara sobre él, lo que hace más tarde, 280) son fuente también de tensión dramática. En el caso de la entrada de Iris (Aves 1196), el anuncio no desvela la identidad de la mensajera de los dioses, lo cual, a pesar de que el corifeo no se pregunta por la misma ni hace ninguna conjetura al respecto, despierta el interés por saber de quién se trata y, en consecuencia, por la propia entrada. Por último, las introducciones en boca del corifeo constituyen un buen ejemplo de esa variedad de registros lingüísticos tan típica de la comedia: así, junto a los solemnes anapestos de Cab. 1532 (Ò ποντομέδων -ναξ es el epíteto que se le atribuye a Cárcino al entrar en escena) se encuentra el estilo prosaico de Ac. 1072-3 y 1082-5, menos «neutro» que el de los anteriores por las alusiones sexuales, más o menos explícitas, que ambos contienen (el corifeo se percata de la erección de los embajadores atenienses y espartanos); alusiones, por otra parte, que algunos ven también en el apelativo τρίορχοι con el que el corifeo de Avisp. Pasemos ahora a ocuparnos de la segunda cuestión: las diferencias entre un conjunto de anuncios y otro. El lugar en el que éstos aparecen y el contacto posterior del coro con la skene constituyen, como hemos adelantado, tales 35 Gelzer, «Aristophanes», p. El análisis ha puesto de manifiesto que todos los anuncios del segundo grupo excepto uno (Lis. 1082-5) sirven de transición de un elemento coral o de una escena en versos largos (de la que el coro no permanece del todo al margen) a una escena yámbica, aminorando el paso de una unidad a otra distinta; ha revelado, igualmente, una cierta tendencia anuncio a aparecer en el recitado en trímetros: así, Aves 1196-8 y Lis. Respecto a la actuación del corifeo tras el anuncio, hemos visto que, excepto en Aves, interviene en un diálogo con el recién llegado. En el caso de las obras estudiadas ahora, estos anuncios y diálogos insertados en el recitado yámbico hay que relacionarlos con el hecho de que el corifeo, a partir de Aves, habla más a menudo -lo que no significa mucho -en esta parte estructural de la comedia; las escenas yámbicas pertenecen propiamente a los personajes de la skene, y el papel que le corresponde al coro durante las mismas es el de mero observador. Su participación (a través del corifeo) en estas escenas es una forma, aunque tímida, de integrar al coro en la acción dramática durante toda la obra 35. Bien distinto es el panorama que ofrecen las introducciones del primer grupo. Sólo una de ellas aparece en un lugar de transición; se trata de Ac. Y sólo una también forma parte de una escena yámbica (Ac. 1532-4, se encuentran, respectivamente, en una escena en versos largos (cf. Tesm. Por último, el corifeo interviene tras el anuncio en Cab. 1535-7, pero en ninguno de los dos casos lo hace dentro del recitado en trímetros y tampoco en ninguno de ellos su intervención da pie a un diálogo: Cab. 1333-4 es el ceremonioso saludo que el corifeo brinda a Pueblo, concluyendo así la esticomitia en tetrámetros anapésticos a la que pertenece el anuncio y, al mismo tiempo, la propia participación del coro en la comedia; en cuanto a Avisp. 1535-7, son los versos finales de la obra, en los que el corifeo sugiere a los
Las presentes notas sobre la Harmonía de Tolomeo han surgido de un trabajo de traducción y comentario de esta obra que vengo realizando desde hace algunos años. Algunas de ellas han sido motivadas por las variantes elegidas por Düring, el editor moderno de la obra, o por conjeturas realizadas por éste; otras, en cambio, se centran en determinados problemas derivados de la peculiar puntuación del texto por parte del editor 2. En realidad, la colocación de los signos de puntuación produce a veces dificultades de comprensión (así en 5. 3 Los comentarios constan de una entrada independiente donde se indica el punto que se va a tratar y se especifican los números de página y línea que le corresponden en la edición de Düring; hay en ellos una pequeña introducción, reproduciéndose a continuación el texto que se va a comentar. La numeración de página y línea de éste figura en números volados situados junto a la primera palabra de la línea tal y como se presenta en la edición de Düring, de manera que se sigan con comodidad las referencias numéricas. En el aparato crítico que acompaña los textos, cuando lo hay, indico los manuscritos de la Harmonía siguiendo a Düring (1930), p. CV; por su parte, P indica siempre el Comentario de Porfirio. Los manuscritos del Comentario de Porfirio usados por Düring para su edición se indican por medio del superíndice P: X P indica, pues, el manuscrito 'X' de la edición de Düring del Comentario de Porfirio. Cito en ocasiones variantes recogidas por Wallis que Düring no menciona; cuando lo hago, mantengo la denominación de manuscritos de Wallis -la descripción de los cuales puede verse en la Praefatio de su edición (cuyas páginas no están numeradas) -, pero acompañándolos del superíndice W, para evitar confusiones; además, cuando ello es posible, pongo entre paréntesis la familia que les corresponde en la clasificación de Düring -la adscripción de los manuscritos de la edición de Wallis a las diferentes familias distinguidas por Düring figura en la p. XCIII de la edición de éste, aunque no es exhaustiva -, de modo que, por ejemplo, X W (y) indica, por tanto, el manuscrito 'X' de la edición de Wallis, perteneciente a la familia 'y' en la edición de Düring. El tópico que desarrolla Tolomeo en este capítulo (I.1) es la distinta contribución que aportan al conocimiento el criterio sensible (a a2sqhsij) y el racional (À lógoj). Entre los traductores modernos de la obra, tanto A. Barker 4 como J. Solomon 5 parecen considerar que kaqáper (5.3) afecta sólo a taîj 3⁄4yesi (5.3), y que el genitivo absoluto tÔn Àmoíwn... sumbebhkótwn (5.2-3) depende del verbo deî (5.3); además, parece así mismo que ambos refieren el neutro škeîna (5.4) a toùj yófouj kaì tÈn'koÈn (5.2-3). De este modo entendida la sintaxis, la traducción que ambos autores nos ofrecen resulta algo chocante, pues su sentido, si se eliminan los complementos, es: «(...) there is needed to help them [sc. sounds and the hearing] (...) some rational criterion (...). In the same way, the hearing (...) needs some reasoned approach (...) » (J. Solomon), traducciones que podríamos interpretar como sigue: "tiene necesidad la percepción auditiva [sc. oídos, audición, sonidos, etc.] de un criterio racional. Del mismo modo, la percepción auditiva necesita de un procedimiento racional". Ahora bien, este adverbio puede actuar también como traspositor en oraciones comparativas 7; en nuestro caso, traspone una oración cuyo contenido se recoge posteriormente en el sintagma tòn aÐtòn trópon (5.6), de modo que la relación entre kaqáper y tòn aÐtòn trópon es aquí la que frecuentemente se da entre ðj y oØtwj 8, y la oración traspuesta depende del verbo deî (5.8). En cambio, tal como está puntuado el texto, dicha oración parece depender del genitivo absoluto tÔn Àmoíwn... sumbebhkótwn, el cual queda así entre dos puntos, mientras que la oración de kaqáper se ve separada de su núcleo. Debe sustituirse, pues, por una coma el punto que hay en 5.6 tras karkínou 9 y añadir una coma tras sumbebhkótwn (5.3) para dejar el genitivo absoluto entre comas. Además, cabe suprimir la coma que hay tras yuxÊj (5.8), que separa el dativo taîj'koaîj (5.6) del verbo deî (5.8) del cual depende, o bien añadir una tras'koaîj, dejando la oración del participio oÑsaij (5.7) entre comas. Por otra parte, en el sintagma pròj škeîna, el pronombre škeîna alude a los ejemplos anteriormente analizados (el trazado del círculo, en 3.20-4.7, y el cotejo de segmentos rectilíneos y su división en partes iguales, en 4.19-5.2); en ellos se resalta el hecho de que la vista sólo puede llevar a cabo intentos aproximativos, pero necesita algo más (el concurso de la razón) si quiere alcanzar la exactitud. Dicho sintagma se ejemplifica por medio de una oración parentética (o1⁄4on pròj mèn..., pròj dè... karkínou, 5.4-6), que resultaría más clara entre parénte- De este modo resulta patente el paralelismo entre la oración traspuesta por kaqáper (5.3) y la oración principal, que se manifiesta en los complementostaîj 3⁄4yesi (5.3) y taîj'koaîj, diakónoij... yuxÊj, (5.6) -, los genitivos regidostinoj (...) krithríou logikoû (5.3-4) y tinoj'pò toû lógou (...) šfódou (5.8-9)y los complementos preposicionalespròj škeîna (...), o1⁄4on pròj mèn..., pròj dè... karkínou (5.4-6) y pròj OE...'kribÔj (5.8-9) -; el verbo es igual en ambas, deî (5.3 y 5.8, respectivamente), y el contenido de la oración traspuesta se recoge, como ya se dijo, en el sintagma tòn aÐtòn trópon. La traducción del pasaje podría ser ésta: "Pues bien, como algo semejante ocurre así mismo respecto a los sonidos y el oído, al igual que a los ojos les hace falta, en relación con aquellos ‹problemas›, cierto criterio racional por medio de los instrumentos apropiados (por ejemplo, en relación con la rectitud en sí, ‹por medio› de la regla, digamos, y en relación con el círculo y las mediciones de sus partes, del compás), del mismo modo también a los oídos, siendo en especial servidores, junto con los ojos, de la parte del alma especulativa y que posee capacidad racional, les hace falta, en relación con lo que por naturaleza no pueden juzgar con exactitud, cierto procedimiento emanado de la razón contra el cual no testimoniarán, sino que estarán de acuerdo en que es así". La «parte del alma especulativa y que posee capacidad racional» es, desde luego, tò agemonikón 11, en relación con el cual se mencionan frecuentemente los sentidos de la vista y el oído. Especifica Tolomeo al comienzo del capítulo I.2 cuál es el instrumento que proporciona la razón a la percepción sensible para que le sirva de guía y modelo en aquello en que es deficiente el sentido del oído: el "canon harmónico"; señala así mismo como "propósito de un estudioso de la ciencia harmónica" (‰rmonikoû próqesij) "el preservar en todos los aspectos los fundamentos racionales del canon que de ninguna manera en absoluto entren en pugna con las sensaciones según el parecer de la mayoría" (5.14-15). El punto situado tras prosenexqéntej (5.27) aísla una oración cuyo sujeto sería oÞtoi (5.27), especificado por medio del atributo o1 te Puqagóreioi kaì o ¶ 9Aristocéneioi (5.27-6.1), y cuyo verbo sería "n (...) eF en (5.27), quedando por explicar cuál es el papel del infinitivo diamarteîn (6.1), que aparentemente no depende de un verbo en forma personal, un adjetivo u otro término cualquiera, y que habría que entender, en todo caso, quizá como «parentético». Tanto Düring 12 como A. Barker 13 y J. Solomon 14 traducen el infinitivo diamarteîn como si se tratara de un verbo en forma personal con sujeto ¡káteroi; en el caso de Düring se vierte incluso el segmento diamarteîn ¡káteroi separándolo por medio de un punto y aparte del resto de la oración. Por lo demás, no queda del todo claro en estas traducciones cuál es el respectivo referente de o ¶ mén (5.24) y o ¶ dé (5.26). Por mi parte, pienso que la sintaxis puede concebirse de otro modo, si bien es de nuevo la puntuación la que distorsiona su recta comprensión. En concreto, creo que se debe suprimir el punto de la línea 5.27, poniéndose en su lugar un guión, con lo que el texto quedaría así: [5.24] taúthj dÈ tÊj proqésewj o ¶ mèn oÐdólwj šoíkasi [25] pefrontikénai mónh7 tÊ7 xei-rourgikÊ7 xrÉsei kaì tÊ7 yilÊ7 kaì'lógw7 tÊj [26] a±sqÉsewj tribÊ7 prosxóntej, o ¶ dè qewrhtikÓteron tÔ7 télei prosene [27] xqéntej -oÞtoi d' "n málista eF en o1 te Puqagóreioi kaì o ¶ 9Aristocénei [6.1] oi diamarteîn ¡káteroi. De este modo, el genitivo regido taúthj (...) tÊj proqésewj (5.24) es común a los dos infinitivos pefrontikénai (5.25) y diamarteîn (6.1), las dos oraciones contrapuestas por mén (5.24) y dé (5.26) comparten el verbo šoíkasi (5.24), y en ambas hay una oración de infinitivo que depende de dicho verbotaúthj (...) tÊj proqésewj (...) oÐdólwj (...) pefrontikénai (5.24-25) y [sc. taúthj tÊj proqésewj] diamarteîn (6.1), respectivamente -, así como una oración de participio concertada con el sujeto -mónh7... prosxóntej (5.25-26) y qewrhtikÓteron... prosenexqéntej (5.26-27), respectivamente -; en la segunda de ellas figura, además, una oración parentética entre guiones -oÞtoi d' "n... En cuanto al referente de cada uno de los sujetos, después del análisis sintáctico precedente, es visible que o ¶ dé (5.26) alude al o1 te Puqagóreioi kaì o ¶ 9Aristocéneioi de la oración parentética, recogido en ¡káteroi (6.1) y que se comenta en una explicativa posterior (en 6.1-13). Por lo que respecta a o ¶ mén, de acuerdo con Porfirio, quien recurre al testimonio de Tolemaida de Cirene (in Harm. La traducción del pasaje podría ser la siguiente: "Ahora bien, parece que los unos [i.e. los instrumentistas] no se preocupan en absoluto de este propósito por haber atendido sólo al uso instrumental práctico y a la mera e irracional rutina de la sensación, y que los otros (y éstos serían sobre todo los pitagóricos y los aristoxenios), por haberse acercado al fin de un modo demasiado especulativo, se desvían ‹de él›, ambos [i.e. los pitagóricos y los aristoxenios]". Expone Tolomeo en el capítulo I.8 (16.32-19.15) qué motivos lo mueven a rechazar unos instrumentos y admitir otros para la demostración de las razones Traduzco el término xordÉ por «cuerda» como es el proceder habitual, pero se ha de tener en cuenta que su significado es «tripa», que era con seguridad el material empleado para su confección, tal y como ha venido haciéndose también en nuestra música occidental hasta que la tecnología ha permitido el uso de otros, como el metal o el nylon. matemáticas que se adjudican a los distintos intervalos musicales. Tras excluir los de viento por diversas consideraciones, trata a continuación los pesos colgados de cuerdas 15. Dice: "Y por lo que se refiere a los pesos que se atan a las cuerdas, al no mantenerse invariables unas con respecto a otras las cuerdas en su totalidad, pues es empresa ardua incluso hallar que cada una está de tal manera para consigo misma, ya no será posible adaptar las razones de los pesos a los sonidos que resultan por su causa, por producir las ‹cuerdas› más compactas y las más finas, en las mismas tensiones, sonidos más agudos" (17.7-12), yabundando en la misma opinión -continúa (17.12-16): El problema que origina la presente nota radica en el sintagma tÈn tÊj'rtÓshj aÐtÔ7 xordÊj diástasin, que -de acuerdo con el significado del verbo'rtáw 16 -sólo puedo traducir como «la extensión de la cuerda que pende con él», una forma bastante curiosa de describir una cuerda de la que pende un peso. Según consta en el aparato crítico, la práctica totalidad de los manuscritos presenta unánimemente la lectura aÐtó, y B. Alexanderson, p. 9, refiriéndose a este aÐtÔ7 dice: «Read aÐtó (sc. bároj)», pero no discute los motivos que lo llevan 17 Más exactamente dice: «Read aÐtó (sc. bároj). 85», pero no aclara este autor, o yo no he sabido averiguarlo, de qué libro es esa página 85 (el suyo consta de sólo 64); por ello, no sé en qué razones basa su sugerencia. Desde luego, en ninguno de los diccionarios consultados por mí (Bailly, DGE, LSJ, Stephanus) he visto que el verbo'rtáw en voz activa exija un complemento en dativo, sino que se construye con acusativo (para indicar lo que se cuelga o ata), más un giro de preposición con genitivo (para indicar de dónde se cuelga o a qué se ata). Al consultar las distintas traducciones 18, observo que todos los traductores dan al participio'rtÓshj un sentido pasivo; sin embargo, no veo la razón de tal sentido pasivo, pues se trata con toda claridad de la forma de participio presente activo (femenino) de un verbo que, por lo demás, es transitivo, esto es, que requiere un complemento directo en acusativo, precisamente el aÐtó que hay en el texto si se acepta lo testimoniado por la gran mayoría de los manuscritos en lugar de aÐtÔ7. Por todo ello, creo que se debe leer aÐtó en vez de aÐtÔ7 en 17.14. La traducción del pasaje 17.12-16 podría ser ésta: "Pero mucho antes todavía, aunque se suponga que esto es posible, e incluso que la longitud de las cuerdas es igual, el peso mayor aumentará, por la superior tensión, la extensión de la cuerda que lo suspende, y la hará más compacta, de tal manera que también por esa causa se da cierto excedente entre los sonidos en contra de la razón de los pesos". Critica Tolomeo en 25.1-26.2 el razonamiento aristoxenio utilizado para demostrar que la consonancia de cuarta se compone de dos tonos y medio, y vuelve de nuevo sobre una de las cuestiones fundamentales del tratado: la deficiencia del oído (el sentido, a a2sqhsij) frente a la razón (À lógoj) cuando se trata de captar con exactitud las relaciones entre los sonidos. Dice el autor que, si se acepta que la cuarta se compone de dos tonos y medio, hay que aceptar entonces que la octava (dos cuartas más un tono) consta de seis tonos; sin embargo, continúa, si se pide al músico más competente que afine seis tonos sucesivos, se verá que las notas extremas no hacen una octava, y razona: "desde luego, si sucede tal cosa y no es por ineptitud del sentido, ello haría ver que es falso el que la "Quod et verissimum est: Nam non modo non Dia-pason sed neque aliud aliquod, omnino efficitur ad differentiae (aliquoties repetendae) magnitudinem praecise; sive ipsorum jam aptatorum differentiae, sive (utcunque) ex eisdem semper repetitis" (Wallis, p. ISSN 0013-6662 consonancia de octava sea de seis tonos; y si sucede por no ser el sentido capaz de captar los tonos con exactitud, no será mucho más digno de confianza para la captación de los dítonos, a partir de los cuales cree [sc. Aristóxeno] hallar que el intervalo de cuarta es de dos tonos y medio" (25.9-13). Llama especialmente la atención la cantidad de glosas introducidas en los escolios, así como en las interpretaciones del texto, sea cual sea la versión del mismo adoptada. Las divergencias de los manuscritos se concentran en dos puntos: 25.14 (dià taÐtó), y 25.15 (špì pántwn ‰rmozómenon). Düring rechaza las va-Sintagma que A. Barker traduce por «any other thing», explicándolo (n. 99) así: «no significant harmonic structure», y J. Solomon, por su parte, vierte por «any other magnitude». Parece superfluo glosar ƒllo ti con súmfwnon como hace Paquímeres. 27 Así mismo, B. Alexanderson, loc. cit., adoptando la lectura taÐtó de la familia m y traduciendo mégeqoj tÊj diaforâj por "interval", de acuerdo con Düring (1934), p. 28 La forma de entender la sintaxis de B. Alexanderson (taÐtó como atributo de gínetai y ƒllo ti coordinado con mégeqoj tÊj diaforâj) me parece así mismo posible, pero creo que resulta un poco forzada y que distorsiona el orden de palabras; en todo caso, el sentido de ambas interpretaciones es muy próximo. riantes ofrecidas por las distintas familias, e introduce enmiendas propias; por su parte, Wallis elige la lectura de f en ambos puntos, en tanto que Porfirio se decanta por la de g, adornada con una glosa. Por lo que respecta a los traductores, cada uno elige una lectura de distinta procedencia en los puntos mencionados (así Höeg [g -Düring], Alexanderson [m -f], Solomon [g -f]), excepto Barker, que parece decantarse por las enmiendas de Düring. Por mi parte, trataré de demostrar que la lectura de m y g, respectivamente, es aquí la adecuada. Por lo que respecta al primer punto (25.14), creo que la lectura taÐtó de mfamilia que, según Düring, es la más fiable para el tratado en su conjunto -puede perfectamente mantenerse, en tanto que las de f y g las interpreto como modificaciones de aquélla debidas a una mala comprensión del texto: ƒllo ti (25.14) 25 hace referencia a diásthma, lato sensu 26, como sugiere el uso del artículo neutro en tò dià pasÔn (= tò dià pasÔn diásthma) en 25.14, sintagma con el que se contrapone ƒllo ti 27; y oÐd' ƒllo ti, así referido a diásthma, debe entenderse como sujeto de gínetai, siendo taÐtò mégeqoj pántwj tÊj diaforâj el atributo de ese verbo; el adverbio pántwj modifica a taÐtó 28. Por lo demás, tiene razón Düring al identificar mégeqoj tÊj diaforâj con «intervalo» 29: ya en la definición de la ciencia harmónica -‰rmonikÉ šsti dúnamij katalhptikÈ tÔn šn toîj yófoij perì tò 1⁄2cù kaì tò barù diaforÔn (3.1-2) 30 -con que comienza el tratado se alude a los intervalos, objeto de dicha ciencia, como "diferencias entre sonidos", y la referencia a ellos por medio del término diaforá es frecuente a lo largo de la obra (cf. 4.3-5, 6.3 o 28.15-16 31 ); en definitiva, el sintag barutérou diásthma'fésthken, kaì a diaforà toû 1⁄2cutérou parà tòn barúteron fqóggon kaì toû barutérou parà tòn 1⁄2cúteron kaleîtai diásthma. Hay, efectivamente, una referencia específica al intervalo de tono como diferencia entre dos notas: Átan punqanoménwn tí šsti tónoj e2pwmen Áti diaforà dúo fqóggwn špógdoon periexóntwn lógon (Ptol., Harm. 33 Una objeción semejante se me plantea respecto a la lectura de f (oÑte tÔn aÐtÔn ‰rmozoménwn oÑte špì tÔn aÐtÔn'eí), en la cual, entre los traductores que la adoptan, Wallis y B. Alexanderson interpretan tÔn aÐtÔn referido en cada caso a dos sustantivos diferentes, en tanto que J. Solomon no especifica ningún referente en el texto, pero parece entender que son distintos en p. Ocurre que] la sensación es en todo momento partícipe de materia, que es mezcla de múltiples sustancias y fluyente, de tal manera que, a causa de su inestabilidad, ni la sensación de todos ni la de los mismos siempre se conserva idéntica ante fundamentos semejantes, sino que requiere -a guisa como de bastón -la corrección procedente de la razón". ma mégeqoj tÊj diaforâj debe entenderse como una uariatio sermonis por "intervalo", quizá en velada alusión al intervalo de tono, recientemente descrito como diferencia de notas 32, y por cuyo intermedio se realiza la construcción de la octava que Tolomeo trata de refutar. En cuanto a 25.15-16, resulta difícil aceptar el texto oÑte špì tÔn aÐtÔn ‰rmozómenon oÑt' špì tÔn aÐtÔn'eí de m, que aparentemente contrapone el sintagma špì tÔn aÐtÔn consigo mismo; e igualmente inaceptable me parece la especificación en VE de distintos referentes para el pronombre aÐtÔn en cada caso (fqóggwn y xordÔn respectivamente): hay que suponer una voluntad verdaderamente oscurantista en el autor del tratado para admitir que use dos veces seguidas el mismo giro (špì tÔn aÐtÔn) aludiendo a una realidad distinta en cada caso 33. Similitud que no debe pasarse por alto. En efecto, en el punto que estamos actualmente discutiendo, la oración de gár (25.14-16) explica el sentido de la afirmación toûto dé šstin'lhqésteron (25.13), donde toûto alude 35, lógica ción inmediatamente siguiente, lo cual le obliga a prescindir del gár explicativo. Tampoco me parece necesario entender, como señala J. Solomon, p. 182, que'lhqésteron es un comparativo por superlativo. Tal y como expuse al principio, en el punto inmediatamente anterior al pasaje que estoy tratando revela Tolomeo dos posibles razones por las cuales no se produce el intervalo de octava cuando se afinan seis tonos sucesivos; el uso que el autor hace del comparativo'lhqésteron nos indica que ambas le parecen válidas, pero es la segunda (y de ahí el uso de toûto) la que considera «más verdadera». Esto es, a "si sucede [sc. que las notas extremas no hacen la octava] por no ser la sensación capaz de captar los tonos con exactitud, no será mucho más digna de confianza para la captación de los dítonos, a partir de los cuales cree [sc. Aristóxeno] hallar que el intervalo de cuarta es de dos tonos y medio" (25.11-13). Creo que en ambos fragmentos los pronombres pántwn y aÐtÔn apuntan a una misma referencia:'ndrÔn, o'nqrÓpwn si se quiere (para 3.18 puede consultarse Porfirio, in Harm. 18.13-16, que, aunque no menciona específicamente el referente, aclara muy bien su significado); en nuestro caso concreto, sería tÔn [sc.'ndrÔn] ‰rmozoménwn, entendiendo ‰rmózomai en el sentido de «afinar» que tiene en voz media. Ha de notarse así mismo la semejanza de threîsqai tÈn aÐtÉn (3.19) con [sc. gínetai] taÐtó, que es como queda 25.14 de acuerdo con m. Además, si se da por válida la variante de g para 25.15-16, puede explicarse el error de la de m como confusión del copista por una lectura anticipada de špì tÔn aÐtÔn en lugar de špì pántwn tÔn; el cambio de w por o en ‰rmozoménwn tampoco es extraño, pues la confusión entre o y w no es rara entre los copistas bizantinos, debido a la "lectura interna", al haberse perdido ya en griego la cantidad vocálica. Por lo que se refiere a la familia f, su variante puede entenderse como un intento de enmienda de la mala lectura de m, aunque sigue resultando difícil de aceptar, no obstante, la repetición en ella del pronombre aÐtÔn aparentemente con dos referentes distintos. En resumen, si se aceptan las variantes indicadas, el texto 25.13-16 queda como sigue: toûto dé šstin'lhqésteron: oÐ gàr mónon oÐ gínetai tò dià pasÔn,'ll' oÐd' ƒllo ti taÐtò mégeqoj pántwj tÊj diaforâj, oÑte špì pántwn tÔn ‰rmozoménwn oÑt‹e› špì tÔn aÐtÔn'eí. Su traducción podría ser: "Y esto ‹último› es más verdadero, pues no sólo el "No obstante, si tomamos del mismo modo [i.e., por el mismo método, guiándonos por el oído] el ‹intervalo› de cuarta y el de quinta en sucesión, los extremos producirán el ‹in-tervalo› de octava, porque éstos [sc. los intervalos de cuarta y de quinta] son más fáciles de determinar para el oído". ‹intervalo› de octava, sino tampoco ningún otro resulta ‹ser› del todo la misma magnitud de la diferencia [i.e. el mismo intervalo], ni en todos los que ‹lo› afinan, ni ‹tampoco› en los mismos siempre". El fragmento en cuestión se enmarca dentro de una de las múltiples contraposiciones entre a2sqhsij y lógoj que jalonan el tratado: el sentido es incapaz de alcanzar la exactitud, es un criterio que no merece confianza plena, pues al afinar «de oído» un determinado intervalo no se obtiene el mismo resultado, no ya cuando lo afinan personas cualesquiera, sino ni siquiera cuando es la misma quien lo hace una vez tras otra ('eí). No obstante, según el autor, tal incapacidad no se manifiesta del mismo modo en todos los casos, sino que depende del intervalo que se pretende afinar. En efecto, en 25.16 sigue refiriéndose Tolomeo, por medio del giro preposicional katà tòn aÐtòn trópon, al uso de la sensación auditiva para realizar determinadas construcciones: kaítoi lambanóntwn amÔn katà tòn aÐtòn trópon šfecÊj tó te dià tessárwn kaì tò dià pénte, poiÉsousin o ¶ ƒkroi tò dià pasÔn, Áti taûta taîj'koaîj šstin eÐoristótera (25.16-18) 37. Como es característico en este autor, no se desacredita por completo el criterio sensible, pero se restringe su aplicación a determinados ámbitos: sólo la razón alcanza siempre la exactitud. Así, en 25.18-26.2, haciendo uso de este segundo criterio, el de la razón, se refuta la afirmación de los aristoxenios de que el intervalo de octava consta de seis tonos. En otras palabras, para Tolomeo la sensación es un criterio falible, aunque pueda ser utilizado en determinados casos; sólo la razón es un criterio fiable en cualquier construcción. A lo largo del capítulo I.15 se propone Tolomeo adjudicar razones matemáticas a los intervalos musicales en que se descompone la consonancia de cuarta según los distintos géneros, lo cual comporta establecer cuántos géneros musicales pueden distinguirse según su criterio; para llegar a ello, sienta los que él considera principios (axiomas) propios de la ciencia harmónica. Ya en I.7 había fijado uno de carácter metodológico ("el principio según el cual asignamos números iguales a las notas isótonas, y desiguales, a las anisótonas 38, porque tal cosa tonoi, las que la tienen distinta. El término griego es špimórioi. Una razón špimórioj es del tipo (p+1)/p, como la sesquiáltera (3/2) del intervalo de quinta o la sesquitercia (4/3) del de cuarta. No hay término español que sirva para traducir el griego; ahora bien, como cada una de estas razones forma su nombre por medio del prefijo sesqui-añadido al ordinal correspondiente a su denominador (sesquicuarta, sesquiquinta, etc., cf. M. Moliner s.v. sesqui-) quizá se podrían denominar así, "sesquiparciales", si es que no se quiere transliterar su nombre griego. 40 Las tres razones correspondientes a la división del intervalo de cuarta se denominan, en Tolomeo, agoúmenoj, mésoj y ¡pómenoj:'que va en cabeza' o 'delantera','media' y 'siguiente' o 'trasera', respectivamente, en sentido descendente de altura de las notas que las determinan. Tò puknón es el conjunto formado por las tres notas más graves del tetracordio en los géneros cromáticos y en el enarmónico, que, como se puede apreciar a tenor del principio enunciado por Tolomeo, están muy próximas entre sí. No hay un término español que se corresponda con el griego, de modo que lo vierto por «condensación», en correspondencia con el significado de «denso» del adjetivo puknój. Así planteadas las cosas, el siguiente problema que debe resolver el autor es de cuántas maneras puede repartirse en tres razones «sesquiparciales» la razón sesquitercia 42 de la consonancia de cuarta, pues con ello se podrán determinar, de acuerdo con los principios anteriores, los distintos géneros musicales; y efectivamente, tal es la empresa que acomete en 33.27-34.5, donde afirma -sin demostrarlo -que 4/3 sólo se puede descomponer de tres maneras distintas en dos razones "sesquiparciales": 5/4×16/15, 6/5×10/9 y 7/6×8/7. Partiendo de esas tres únicas posibilidades, los géneros con «condensación» encajarán con las ternas de razones que se puedan obtener de ellas al dividir en dos 16/15, 10/9 y 8/7, respectivamente (pues en ellos la mayor de cada pareja se ha de poner en la pri- Düring 1934, p. Ello completa la que podríamos llamar "fundamentación matemática" de la cuestión. Ahora bien, queda por determinar a qué géneros corresponden estas divisiones en tres razones "sesquiparciales" de la sesquitercia, lo cual se lleva a cabo en 34.33-35.7. De la puntuación ofrecida por Düring parece desprenderse que la oración principal a la que va referida la causal de špeidÉ (k'peidÈ... diatonikÔn [34.33-35.1, según dicha puntuación]) es malakÓtera dè... šláttona (35.1-3). En realidad, 34.33-35.3 consiste en una sola oración causal introducida por špeidÉ, con tres miembros: malakÓtaton mèn..., Àdòj dè..., malakÓtera dè..., en la cual explica Tolomeo las razones en que se basa para adjudicar las ternas de razones obtenidas anteriormente a unos determinados géneros, adjudicación que se describe en la oración (principal) subsiguiente, tò mèn... tÔn xrwmatikÔn (35.3-7), que tal como se nos presenta en el texto queda aislada por medio de un punto de la causal en cuestión. El propio Düring indica 43 que su forma de puntuar es defectuosa y, aunque señala correcta-mente la oración principal, parece que opta por este recurso para romper los largos períodos de subordinación característicos del estilo de Tolomeo, y facilitar así la comprensión del contenido 44; de acuerdo con este criterio, traduce el editor 45 el pasaje eliminando el nexo causal de den härteren durch Vergrösserung der Intervalle, zuerst durch das Chroma malakón, dann durch das Chroma sýntonon bis zu den folgenden diatonischen mit Ápyknon. 37, en su edición, opta por separar los períodos por medio de puntos altos, pero no utiliza el punto hasta el final de la oración principal, tras xrwmatikÔn (35.7 en la edición de Düring). Este proceder, lícito quizá cuando se trata de realizar una traducción, debe rechazarse como recurso a la hora de editar un texto, puesto que, lejos de hacerlo más asequible, puede originar incluso problemas de comprensión, como creo que sucede en el caso de las traducciones de A. Barker 46 y J. Solomon 47, que mantienen el traspositor, por lo que la causal queda erróneamente referida a una oración principal inadecuada. En definitiva, el punto alto de la línea 35.1 debería sustituirse por una coma y el punto de la línea 35.3, por un punto alto o una coma 48. De acuerdo con esta puntuación, el texto podría traducirse del siguiente modo: "Y puesto que el enarmónico es el más blando de todos los géneros, y una especie de camino, por así decir, hacia el más tenso por incremento a partir de él -a través del cromático más blando primero, luego del más tenso hacia los sucesivos, los diatónicos, que no tienen 'condensación' -, y ‹puesto que› se ve que son más blandos en conjunto los que tienen mayor la razón delantera, y más tensos los que la tienen
Por no disponer de los correspondientes originales informáticos, la maquetación de este artículo difiere de la del publicado en papel. Por lo demás, los contenidos no han sufrido ninguna alteración. estamos ante la parodia de una plegaria 3. Sin embargo, la misma ambigüedad, desplegada para poner en funcionamiento el mecanismo de la comicidad, alcanza otras regiones de la pieza. La interpretación más corriente es la que considera que Catulo, deseoso de asistir a la cena dada por Sestio, lee el discurso elaborado en contra de la candidatura de Antio y que el texto lleno de veneno y pestilencia lo engripa, porque de él emana el frigus atribuido al estilo recargado, pomposo y preciosista del asianismo. Finalmente, el enfermo recupera la salud en su villa sabina-tiburtina gracias al reposo y al té de ortiga 4. La intención de Catulo era la de comer en un banquete los manjares preparados por Sestio, que escribía malos discursos pero daba buenas comidas 5, pero lo que en verdad hace es leer un escrito preparado por el mismo Sestio para ser expuesto en el foro. En sustitución de la ingesta en el ambiente del banquete, Catulo ingiere, metafóricamente, el discurso lleno de veneno y pestilencia dirigido contra Antio. La zona afectada no será el estómagoinconveniente para desarrollar el tópico del frigus -sino las vías respiratorias y en consecuencia no habrá indigestión sino gripe. Sin dudas, Ellis intuyó aquí la subyacente proximidad entre los dos procesos, una vinculación que ya antes había sido señalada por Platón 7, que una y otra vez encontramos en Petro-E. Zaina -Catulo 44, 50 y 51: el cuerpo atravesado por la literatura 3 8 Por ejemplo en Satiricón XXXIX 4: Oportet etiam inter cenandum philologiam nosse. 10 Catulo aprovecha para proferir una de sus críticas literarias, tal como sucede en otros poemas. No una comida sino el texto que la sustituye afecta a Catulo, quien percibe el helado estilo, la pestilencia y el veneno del discurso: el cuerpo se enferma porque funciona como un sensible juez literario 10 que arbitra en la controversia sostenida entre aticistas y asianistas. Si un discurso del que brota una corriente gélida engripa a Catulo, otros escritos le producen el efecto contrario. Esto es lo que ocurre en el poema 50, durante uno de los pocos momentos en que el poeta muestra la intimidad de su escritura, en que el juego de la poesía se hace visible al lector del s. XX: así como vemos que el poeta necesita la biblioteca en donde encontrar los textos antiguos imprescindibles para componer un poema erudito 11, también lo vemos escribir desasido del peso monumental de la literatura pasada: pura técnica, puro juego, puro goce de la improvisación: hay vino, un amigo inteligente, sensible, querido, poeta; todo esto repercute en Catulo, pero lo verdaderamente decisivo es el hecho de la improvisación literaria que ha sostenido con Licinio Calvo, un hecho que el poeta destaca por medio de la reiteración de verbos que indican el proceso de la escritura (y lectura) de versos improvisados: lusimus, scribens, ludebat, reddens. La jornada llega a su fin y Catulo no sale indemne del lugar, una vez más su cuerpo reacciona al punto de no poder dormir, comer ni escribir. La gripe producida por el frigus está en el extremo opuesto de la fiebre que le han provocado, entre otras cosas, los poemitas de Calvo. No es Licinio Calvo a secas, sino Licinio Calvo improvisador de versos quien conmueve a Catulo. Una vez más la literatura descompone el mecanismo de las funciones fisiológicas. Charles Segal, prosiguiendo la línea de análisis formulada por Krol, Pucci, Lavency y Quinn, señala: The amatory language reveals a man who feels his literary experience as something sensual 12, esta justa apreciación podría reformularse del siguiente modo: el poema 50 nos revela que la experiencia literaria -los poemas intercambiados con Calvo -afecta el cuerpo de Catulo de igual modo que si se tratara de una enfermedad con el poder de enfebrecer a su víctima. En el poema 44 la lectura de un texto ajeno, cuyo estilo resulta intolerable, descompone el cuerpo de Catulo. El discurso en contra de Antio reemplaza los manjares de una cena y su estilo, su elaboración, la desproporción de sus ingredientes repercuten sobre un cuerpo hipersensible al que le basta con aspirar los tóxicos efluvios que de él emanan para caer La mala literatura coloca al cuerpo en el centro de la escena al extremo de reemplazar los procesos racionales que naturalmente debieran emitir juicios literarios. En el poema 50, luego de un encuentro con Licinio Calvo, el poeta padece, una vez más en su cuerpo, las consecuencias que le acarrean los versos improvisados que intercambia con su amigo. Esta vez la literatura es tan sutil, graciosa y refinada que el cuerpo de Catulo retorna a su condición de juez involuntario y ganado por la excitación no puede comer ni dormir y debe esperar a que esta lo abandone para poder abocarse a la tarea de construir un poema destinado a Calvo. En verdad, el juego magistral de la representación del cuerpo que padece ha sido jugado, tal como lo ejercita Catulo, in... tabellis ajenas, en el fr. Es el imaginario de este poema de la literatura griega el modelo para representar los padecimientos del cuerpo, un tablero que el poeta latino retoma para repetir, con nuevas piezas, una partida jugada varios siglos antes. Más allá de la novedad relativa que aporta Catulo, de los añadidos al poema de Safo13, del dosaje entre los dos poemas, existe una elección decisiva que implica no sólo colocarse en la corriente de una tradición literaria antigua sino también elegir un modo de percibir a la amada y de describir los efectos del amor. Cuando el poeta ve por primera vez a la mujer que la historia nos dice que se llamaba Clodia, reconoce en ella a aquella otra mujer que ya había contemplado en los versos de Safo, en consecuencia la llamará siempre Lesbia, el nombre adecuado a su condición de imagen literaria. También el cuerpo de Catulo reaccionará de acuerdo con este imaginario poético: la descripción de los síntomas de la pasión erótica, tal como la representa Safo, ejerce un persistente influjo sobre el poeta latino. Una vez más un texto ajeno, como aquel discurso de Sestio o los versos de Calvo, desequilibra las funciones fisiológicas, aunque ahora por medio de una finísima acrobacia de enmascaramientos: el amante Catulo y la amada Lesbia quedan presos en una red de palabras que los condiciona a cumplir EMERITA. Todo el affaire entre Catulo y Lesbia se revela atravesado por el poema de Safo. El poeta encuentra allí una mujer indescriptiblemente seductora, la ominosa presencia del «otro» que se interpone entre ambos, y el amante que percibe el efecto arrasador de la pasión. Al representar el drama amoroso el poeta se vuelve mucho menos a la realidad histórica que a los versos de la poetisa griega, porque en ellos encuentra, tal como lo había señalado Aristóteles 14, una verdad más universal que la que podría hallar en la historia. Al rememorar las palabras del antiguo poema sáfico, que expresaba a la perfección las vicisitudes de la pasión por Lesbia 15, el poeta nos enseña que es la literatura la que coloca al cuerpo del amante en el lugar del sufrimiento erótico. El discurso de Sestio y los versos de Licinio Calvo provocan gripe (o indigestión), insomnio y anorexia. La imagen de Lesbia ciega, enmudece y torna sordo a Catulo aunque, en verdad, a través de ella se adivinan los signos griegos del poema de Safo.
Hall en su edición teubneriana de 1995 sigue la lectura quod, aunque en su aparato crítico da en M ante correctionem una lectura dudosa quo, que, como pretendo demostrar en este artículo, nunca existió. Por no disponer de los correspondientes originales informáticos, la maquetación de este artículo difiere de la del publicado en papel. Por lo demás, los contenidos no han sufrido ninguna alteración. Hasta el descubrimiento, a mediados del siglo pasado, del ms. Marcianus 223 todos los manuscritos y ediciones ofrecían la lectura unánime de quod en el verso 23. El primer lector del Marcianus 223, A. Kunz 1, ofrece q o, que resuelve por quo, lectura aceptada por Ehwald. A partir de ahí la confusión aumenta y Owen, Ehwald-Levy y Luck la siguen. Ahora bien, cuando leí el citado manuscrito no detecté ningún rastro del supuesto quo, sino quod. No hay huellas de raspaduras, desgastes o borrones 2, al menos, que se puedan vislumbrar a la vista del microfilm, por otra parte de perfecta calidad. El amanuense del Marcianus 223 utiliza la mayoría de las veces la palabra desarrollada tanto para quod, como para quo y quid. Cuando se sirve de la abreviatura, usa qd para quid (Tr. Sólo en dos ocasiones, en la que tratamos y en IV 3, 69, aparece la abreviatura referida. En el E. F. Baeza Angulo -Nota a Ovidio, Tr. Revista de Lingüística y Filología Clásica (EM) -LXV 2, 1997, pp. 309-310 verso IV 3, 69 en el que hay la misma grafía, la lectura correcta del texto de Ovidio comúnmente aceptada es quod. Por consiguiente, si en III 2, 23 la única abreviatura que aparece es la misma y no hay rastro de ninguna otra, es lógico pensar que la lectura también debe ser idéntica: quod. Hay que añadir que ninguno de los tres editores que siguen la lectura quo la han intentado justificar. Cosa que sí hace Housman 3 con quod. Luck es el único que ha tratado de buscar alguna explicación, pero se ha limitado a remitir a lugares que están bajo sospecha y en los que no hay unidad de criterios. Estos pasajes son Tr. Cur me docuere parentes. Además, el segundo es una conjetura de Kenney. En mi opinión, hay dos fuertes motivos para quedarse con la lectura quod. El primero, y en esto sigo a Housman, nos lo proporciona el contexto; Ovidio busca, desea la muerte. No se pregunta "para qué", sino que se queja "porque": a pesar de haber buscado la muerte, ésta no ha llegado y esto viene ratificado por el dístico siguiente (vv. 25-26): «¿Por qué he escapado a tantas espadas y ninguna tempestad / tantas veces amenazadora aniquiló mi infeliz vida?». El segundo es más contundente, creo, pues si los mss. son unánimes, si la lectura tradicional tiene sentido, como antes he dicho, si además está apoyada por otros pasajes paralelos inequívocos ( Met. I 6, 29 ei mihi, non magnas quod habent mea carmina uires...), y para colmo ese apoyo manuscrito del Marcianus 223 es inexistente tanto más en favor de la lectura tradicional. Ei mihi quo sería, en todo caso, una conjetura -aceptable o no -basada en otros posibles pasajes paralelos, en los que quo tendría no un significado local, sino final interrogativo (quid o cur).
Sa datation d'Eumélos au IV e s. av. J.-C. surprend AVISO Por no disponer de los correspondientes originales informáticos, la maquetación de este artículo difiere de la del publicado en papel. Por lo demás, los contenidos no han sufrido ninguna alteración. Artículo publicado en el fascículo 2o del tomo LXV (1997) de EMERITA, pp. 311-319 Autor: Orlando Poltera SIMONIDE, EUMELOS ET LA KORINTHIAKA (SIMON.
Por no disponer de los correspondientes originales informáticos, la maquetación de este texto difiere de la del publicado en papel. Por lo demás, los contenidos no han sufrido ninguna alteración. Reseñas publicadas en el fascículo 2o del tomo LXV (1997) de EMERITA, pp. 321-378 RESEÑA DE LIBROS I -EDICIONES Y TÉCNICA FILOLÓGICA. Revista de Lingüística y Filología Clásica (EM) -LXV 2, 1997, pp. 321-378 lo más que llega la autora de esta edición es a dar el s. VII como terminus post quem y los ss. IX-X como terminus ante quem. La obra, aunque en época medieval tuvo difusión, sin embargo ha sido desconocida por la ciencia moderna. En apartado distinto se habla de la lengua y el estilo que son, por su especial simplicidad y falta de retórica, reflejo del uso instrumental para el que fue concebido. Un tercer apartado de esta introducción describe los seis manuscritos conservados de la tradición directa (ss. XIV-XVI), así como otros en los que se conserva la obra sólo en parte o capítulos sueltos, y se organiza el stemma codicum. Al texto sigue la traducción y unas notas que, en especial, apuntan a dos cosas: la clarificación del trasfondo histórico-cultural y la interpretación semántica de la terminología médica. Finalmente hay cuatro índices: el primero de ellos recoge una selección del léxico más relevante a juicio de la autora. El segundo es un Index nominum que da los nombres propios (antropónimos, topónimos, etc.). El tercer índice da las citas de las fuentes, y el cuarto es un índice de los autores modernos citados por la autora en su Introducción o en las notas. En suma, que A. M. Ieraci ha realizado con éxito esta importante tarea de darnos a conocer, a filólogos e historiadores de la medicina, la obra de un autor bizantino que, si bien carece de toda originalidad, sí que puede reflejar el nivel de los conocimientos médicos de una época. El planteamiento del autor, E. Spinelli, es, sin duda, ambicioso: pretende, por primera vez, la exégesis sistemática total de una obra de Sexto Empírico. Vale decir que la obra escogida está bien acotada y abarca un campo limitado: se trata del libro XI (que contiene el Contra los éticos) del Aduersus mathematicos. La exégesis pretende ser abordada, pues, desde todos los puntos de vista y el resultado arroja, por un lado, una buena investigación sobre la utilización de la lengua por parte de Sexto Empírico, lo cual queda plasmado en una edición del texto y traducción al italiano del mismo impecables, y, por otro, un comentario completo y minucioso de la obra articulado en dos ejes: el primero que se preocupa por situar al autor en su época, en el ámbito filosófico de la misma, y en las corrientes de pensamiento tradicionales del mundo griego; y el segundo que se ciñe a lo más filológico del texto, detectándose así tanto términos raros, como hapax legomena, como efectos de estilo propios del autor. El texto viene dividido en nueve apartados, entre los cuales un prólogo y un epílogo, cuyos títulos ya nos son transmitidos por la tradición, división que permite la minuciosidad, párrafo por párrafo, del comentario en sus dos vertientes. El volumen se completa con una nutrida bibliografía, así como con cuatro índices muy útiles. Establecimiento del texto, aparato crítico, traducción y comentario -en su vertiente filológica -son instrumentos indispensables, y dignos de elogio, para el acercamiento al Contra Reseña de libros 3 EMERITA. Sin embargo, hay por parte del autor, una voluntad de añadir otro componente al instrumento básico: poner de relieve el interés del texto, el interés del propio Sexto Empírico como filósofo -o, al menos, como algo más que compilador de las doctrinas escépticas precedentes -, el carácter reelaborador y sistematizador de los pensadores de las épocas tardías y, por fin, la aportación substancial de Sexto Empírico al planteamiento escéptico antiguo ante los problemas éticos. A esta labor dedica Spinelli su introducción, breve, y, sobre todo, la vertiente histórico-filosófica general del comentario. En efecto, ante el cierto menosprecio como pensador del que Sexto Empírico ha sido objecto a lo largo de los estudios del pensamiento griego, Spinelli reivindica su figura y aporta importantes datos para apoyar su creatividad y originalidad, para contradecir así el carácter pobre en cuanto a aportaciones filosóficas, más bien asianista en cuanto a estilo, de sus escritos. Se confrontan, pues, en el comentario, las diferentes opiniones de Sexto Empírico con otras versiones, aislando de este modo su singularidad; hay un buen estudio de las fuentes así como de la conexión entre el Contra los éticos con la restante obra de Sexto; se discuten otras exégesis y se define la estrategia argumentativa de Sexto a base de situarlo en su entorno local y temporal. A menudo, en apoyo de todo esto, se acude a aspectos que conforman la otra vertiente del comentario, como son las particularidades léxicas y estilísticas. La visión resultante del Contra los éticos y de la labor de Sexto Empírico en general queda perfectamente circunscrita en la discusión entre empíricos y dogmáticos que domina el ambiente científico-filosófico del período imperial que, a su vez, pugna por imponerse al nuevo carácter místico que adquiere la religión, según el cual el hombre renuncia a la racionalidad para unirse con lo divino. Sexto, escéptico y empírico, pretende, pues, la reconstrucción del acercamiento escéptico ante los problemas éticos y rebate al mismo tiempo las teorías éticas dogmáticas, del mismo modo que en su actividad de médico desconfía de las teorías y adopta una actitud completamente empírica, en oposición, por ejemplo, a su contemporáneo Galeno. El volumen de Spinelli abordando y analizando su texto desde esa constelación de puntos de vista consigue poner de relieve todos estos aspectos y dar la clave de una lectura acertada de Sexto Empírico. Podría echarse de menos, en todo caso, un resumen de conclusiones, una vez concluido el comentario paso a paso, a través de las cuales quedaría más patente que las intenciones brevemente expuestas en la introducción se ven cumplidas. Revista de Lingüística y Filología Clásica (EM) -LXV 2, 1997, pp. 321-378 el tema de la educación, centro de atención del poeta junto con la crítica política y literaria. Además, las tres se apartan, por diversas razones, del modelo usual de Comedia Antigua en sus aspectos menos perdurables, lo que, unido a sus propias y diferentes cualidades, contribuyó sin duda a su inclusión en una especie de canon, la llamada «tríada bizantina», más favorecida por la tradición manuscrita que las restantes obras. Sin embargo, su valor literario es muy distinto: mientras que las dos primeras son, como se dice con razón, «espléndidos documentos del mundo intelectual y poético de su tiempo», la última refleja otra sociedad, más parecida a la actual, preocupada por los problemas privados de la subsistencia cotidiana y de la preparación de los hijos en las circunstancias económicas adversas de la Atenas contemporánea. La extrañeza de las dos primeras obras en relación con el esquema usual de Comedia Antigua puede explicarse, a mi juicio, porque en ambas la idea cómica no es desarrollada de principio a fin por el héroe frente a sus oponentes, sino que aparece al final y trans un cambio de plan; hay en ellas un tratamiento libre, nuevo, de la idea cómica, condicionado por el argumento. Además, la idea salvadora no coincide con la idea ingeniosa como en otras comedias, porque los protagonistas, Estrepsíades y Dioniso, sólo piensan al principio en su propio interés y cambian de objetivo a lo largo de las obras, con castigo divino a la manera tradicional en el caso del primero, por propio convencimiento en el del segundo. Estrepsíades es un héroe cómico sui generis, más bien tragicómico, que aprende la lección a su costa, pero también libra a Atenas de la supuestamente corruptora influencia de Sócrates al ejecutar su venganza. Dioniso comparte protagonismo con Esquilo, que es acompañado por el coro al final de la obra con augurios favorables para la ciudad por su regreso. Sobre la caracterización aristofánica de Sócrates, que R. Somolinos rechaza como excesivamente forzada, ya Tovar señaló en su Vida de Sócrates que no tiene por qué ser más infiel a la verdad histórica que las de Cleón y Eurípides, los otros dos blancos favoritos de la crítica aristofánica. La atribución al filósofo ateniense de todas las novedades intelectuales de la época, en especial la utilización de argumentos capciosos, pretende demostrar que la educación socrática, de cuño sofístico, corrompía a la nueva generación al enseñarla a renegar de la autoridad tradicional. Que Aristófanes estaba convencido de ello lo demuestra el que insista en su crítica del antinatural ascetismo y la prosaica «charlatanería» socráticos en Las aves y Las ranas. Varios filólogos antes y después de Tovar (Nussbaum y Marinetti entre los últimos) se han aplicado a la tarea de analizar las coincidencias entre el Sócrates aristofánico y el platónico, llegando más o menos a la misma conclusión: que no hay por qué rechazar sin más el testimonio de Las nubes, el más antiguo y directo que tenemos de Sócrates, pese a sus inexactitudes y falsedades, porque es un reflejo del personaje real deformado por la comicidad. Sólo el trágico fin de Sócrates y la responsabilidad que Platón achaca a Aristófanes, en la Apología, en la formación de una opinión adversa al maestro nos impiden disfrutar con esta parodia como con la de Eurípides, también injusta, y explican la antipatía que la obra despierta en muchos filólogos. De Pluto opino que no difiere tanto del resto de las obras como suele decirse. Aunque el tema central sea el del poder corruptor del dinero, no faltan en ella la crítica política y la sátira personalizada ni la censura de la grosería cómica al uso; ni siquiera se olvida la paratragedia. El punto de partida -parece que hay que encanallarse para medrar en la vida -recuerda EMERITA. Revista de Lingüística y Filología Clásica (EM) -LXV 2, 1997, pp. 321-378 el de Los caballeros; los labradores están ya en La paz, el esclao Carión tiene sus precedentes en Las avispas y Las ranas, y la obra termina con una procesión en honor de Pluto, motivo tampoco nuevo. El papel protagonista está repartido entre Crémilo y Pluto, sólo que aquí es el hombre quien trae al dios salvador de la comunidad, y no al revés como en Las ranas. Las traducciones y comentarios tienen la buena calidad que cabía esperar de sus autores; sólo quiero señalar que las primeras oscilan a veces, sobre todo en Las nubes, entre la versión demasiado literal de giros coloquiales y la modernización anacrónica y pasadera en otros casos, especialmente en el estridente `joder' para traducir ¦τεόν. Habría convenido unificar la traducción de λόγος, que alterna entre `argumento', `discurso' y `razonamiento', y matizar y precisar la de δίκαιος y κρείττων, de un lado, y -δικος y »ττων de otro, porque en ello está el quid de la obra. 336 se echa en falta una nota aclaratoria sobre los mistas, y otra en 715 sobre el doble sentido de εAEρηνικός `pacifista'/`pacífico', que ayudaría a entender el texto; en nota 25 a Pl. 254 se confunden los demos con los 30 distritos del Ática; se observan también algunas faltas gramaticales y ortográficas atribuibles a erratas, varias transcripciones inconsecuentes o mejorables -daduco / dadoûchos, Iaco por Yaco, Spártoco por Espártoco, Sánfora por Sánforas -, falta de acentos en Éaco y Ártemis, y sobra en Héracles. Estos lunares no empañan el excelente trabajo de los editores que, sin duda, tendrá la acogida que merece entre el público culto. A la útil bibliografía aportada cabe añadirle algún título interesante como: M. Nussbaum, «Aristophanes and Socrates on learning practical wisdom», YClS 26, 1980, pp. 43-97; Marie C. Marianetti, Religions and Politics in Aristophanes' `Clouds', Hildesheim, 1992; Paola Mignanego, «Aristofane e la rappresentazione di Socrate», Dioniso 62, 1992, pp. 71-101, y Maria de Fátima Sousa e Silva, Crítica do teatro na comedia antiga, Coimbra, 1987. ESPERANZA RODRÍGUEZ MONESCILLO GALENO -Sobre las facultades naturales. -Sobre la constitución del arte médica, a Patrófilo. Traducción, introducción y notas de DOLORES LARA NAVA. 258 pp. Para traducir bien un texto científico de la Antigüedad grecolatina se requiere, además de un sólido conocimiento de la materia y un dominio absoluto de la terminología, prudencia y mesura para no caer en la tentación de ofrecer al público lector una traducción más técnica que el original. Dolores Lara posee todos esos requisitos, a juzgar por su traducción de estos dos tratados galénicos, puesto que en ella ha acertado a reflejar fielmente el contenido de los textos griegos en español terso y sencillo, dejando sólo los tecnicismos verdaderos, que no son muchos, sin traducir, pero no sin explicar con la mayor claridad a pie de página. En ese lugar, en la brevísima introducción (pp. 7-10) y en las dos notas preliminares (pp. 13-22 y 189-194) el lector, aunque no sea entendido, encontrará toda la ayuda que puede precisar para la cabal inteligencia de los textos. Se trata, pues, de una publicación de notable interés para los filólogos, pero no sólo para EMERITA. Revista de Lingüística y Filología Clásica (EM) -LXV 2, 1997, pp. 321-378 ellos, porque es seguro que fuera del círculo de la Filología Clásica, cada vez más reducido, atraerá la atención de los eruditos esta primera traducción al español de dos tratados que, como la mayor parte de la obra de Galeno, fueron tenidos en grandísima estima en el Renacimiento. Lo que no me parece tan seguro es que todos sus lectores potenciales estén familiarizados con el alfabeto griego, que deberán conocer para poder leer sin tropezones las notas a pie de página, en las que los vocablos griegos -transcritos en el cuerpo de la traducción y en las notas preliminares -conservan su grafía original. Desde los años 70 han ido apareciendo una serie de trabajos que, partiendo de la lengua y la fraseología de los poetas lesbios, intentan aportar nuevos datos sobre el origen de su lengua poética, en consecuencia también de su género literario y, en último término, sobre la prehistoria de los géneros líricos griegos. Una vez superada la idea de que Safo y Alceo emplean el lesbio vernáculo, una vez demostrada la profunda influencia de la lengua y la fraseología homéricas en su poesía, se hizo necesario rastrear algunos indicios que permitieran intuir las raíces de un género que, en la forma en que nos ha llegado, muestra una profunda mezcla -en lengua tanto o más que en contenidos -de elemento popular, literario y simplemente nuevo. Lo cual entra dentro de una tendencia más amplia, iniciada en los años 50, que investiga las tradiciones poéticas y lingüísticas independientes de Homero, o compartidas con Homero como herencia anterior común, rastreables especialmente en Hesíodo y los Himnos, pero también en los distintos géneros líricos arcaicos. Hubiera sido deseable que el presente estudio se insertase de forma clara en este contexto, cosa que no hace. La introducción (pp. 15-19) no consigue clarificar su finalidad, limitándose a repasar los principales estudios de tipo general de que han sido objeto los textos de Safo y Alceo. Tras enumerar una serie de trabajos centrados más directamente en la herencia léxica y formular homérica, finaliza marcando una distinción entre éstos («Untersuchungen mit weitgehend philologischstilistischer Ausrichtung») y sus propios objetivos («eine sprachwissenschaftliche Kommentierung aller Epitheta bei Sappho und Alkaios») que el lector no acaba de captar, sobre todo a juzgar por los resultados obtenidos. Ya el subtítulo «Eine sprachwissenschaftliche Untersuchung» resulta bastante inadecuado, pues el estudio lingüístico, interesante y a menudo detallado, aporta poco a la ya clásica gramática de E.M. Hamm. Pero en cualquier caso, si su objetivo es contribuir a la caracteri-EMERITA. Revista de Lingüística y Filología Clásica (EM) -LXV 2, 1997, pp. 321-378 zación lingüística de Safo y Alceo, es claro que los epítetos proporcionan un material parcial y limitado, en el que los aspectos lingüísticos no son, a mi entender, lo más interesante. Pero antes hay que detenerse en una cuestión crucial: ¿qué es lo que aquí se considera epíteto? Partiendo de Parry la autora considera (p. 17) el epíteto como «un acompañamiento repetitivo, estereotipado en su contenido, y en gran parte funcional métricamente, que es característica constitutiva formal como componente de la poesía épica transmitida oralmente». Lo cual es correcto en principio pero no se corresponde siempre con los datos tomados en cuenta, pues se estudian prácticamente todos los adjetivos atributivos presentes en Safo y Alceo, no exclusivamente los de tipo ornamental ni los que proceden de sintagmas o fórmulas tradicionales. Por ejemplo, ¿por qué es epíteto •σίνης en Sapph.148, o -ριστον en Alc. Y, de modo contrario, ¿por qué se han visto excluidos del estudio nexos como χέλυ δÃα en Sapph. Aunque sean propiamente formaciones nominales, ¿no habría que haber tomado en cuenta ξε.ναπάταις y παμβασίλευς en Alc. ¿No es relevante que Ibico y Píndaro utilicen el primero, y quizá Estesícoro (S 14.1) el segundo? ¿Por qué se tienen en cuenta algunos adjetivos en función predicativa como χρυσοπάσταν (Alc. ¿Por qué se incluyen algunas glosas y otras no? En el estudio lingüístico hay, por lo demás, desequilibrios entre el espacio dedicado a unos términos y a otros. A menudo la autora se extiende en análisis lingüísticos y etimológicos de términos generales del griego, mientras que pasa rápidamente sobre palabras y formas exclusivas de los lesbios que son dignas de atención. Igualmente unas veces se comentan por extenso los substantivos a que se refieren los epítetos -ver por ejemplo sobre φίλων (p. 167) -pero la mayoría de las veces no, incluso tratándose de términos interesantes. Hay interpretaciones discutibles, que no puedo detenerme a analizar, y errores tan llamativos como •λώπαξ por •λώπα o zΑλένα por zΕλένα en el índice. A pesar de sus indudables méritos en el campo lingüístico, lo que realmente presenta el libro es un comentario literario-estilístico de los sintagmas adjetivales utilizados por Safo y Alceo, comparándolos con los usos en la literatura anterior y contemporánea, y tomando como punto básico de referencia el omnipresente modelo homérico. En ello se acerca a los estudios de Kazik-Zawadzka o Romè, aunque tomando en consideración el conjunto del material de modo sistemático. La obra es básicamente descriptiva: va enumerando, fragmento por fragmento según el orden de Voigt, los sucesivos epítetos empleados y sus paralelos épicos y líricos antiguos. El principal problema es que falta una verdadera interpretación de los datos que esté basada en unos planteamientos teóricos sólidos, lo cual nos proporciona un material abundante y de interés, pero que sólo será útil cuando sea objeto de una interpretación convincente. Lo cual se aprecia sobre todo en lo que la autora considera el mayor mérito de su estudio, y que es haberle permitido organizar los epítetos y sintagmas adjetivales de los poetas lesbios en una serie de categorías según su mayor o menor dependencia de la literatura anterior, es decir, según su carácter tradicional o no. En esta clasificación (pp. 253-303), que en sí misma comporta toda la interpretación que se deduce del análisis previo, reside al parecer la mayor originalidad de este trabajo con respecto a los de Treu (1955), Romè (1965) o Kazik-Zawadzka (1958). Sin embargo, en ningún lugar del libro se explican de forma clara los criterios segui-EMERITA. Revista de Lingüística y Filología Clásica (EM) -LXV 2, 1997, pp. 321-378 dos para dicha interpretación, y de hecho la clasificación es más que discutible en su estructuración general y en multitud de casos concretos, que es imposible detallar aquí. Como punto de partida considero un error la unión de Homero, los Himnos y Hesíodo como una misma cosa en la comparación. Es precisamente en las diferencias de tradición que reflejan los tres materiales, y en especial Homero y Hesíodo, donde está uno de los puntos más interesantes de la comparación con los otros géneros arcaicos. Por poner un solo ejemplo, incluir casos como χαλέπαν... μερίμναν (Sapph. 222b Davies χαλεπς... μερίμνας), dato que se omite, con las fórmulas homéricas literales es despreciar una de las vías más interesantes de investigación que ofrece el material lesbio. Lo mismo sucede por ejemplo con εÜστρωτον [λ]έχος (Alc. Igual problema plantea la consideración indiferenciada de los paralelos procedentes de los distintos géneros líricos. Por otro lado vemos que los criterios varían de un caso a otro. Por ejemplo, el apartado B «Auf Homer (und Hesiod) zurückführbare Epitheta und adjektivische Wortverbindungen» agrupa una serie de términos y sintagmas que, sin estar documentados propiamente en Homero, se pueden explicar sobre modelos épicos, como por ejemplo πολυστέφανος (se omite que Tirteo y la Copa de Néstor emplean καλλιστέφανος), ποικιλόθρονος, μελίφωνος, κροκόεις). Pero, ¿por qué es más importante, por ejemplo para παλίγκοτος, la existencia de modelos homéricos como ζάκοτος o diversos compuestos en παλιν-que el propio uso de παλίγκοτος por Arquíloco, ya antes de Safo? ¿O es que debemos aceptar sin discusión que Arquíloco formó el compuesto sobre modelos homéricos y Safo lo tomó de él? Por otro lado, uno no consigue apreciar por qué algunos epítetos, que tienen modelos épicos comparables, y se documentan en Safo o Alceo también por primera vez (como δολόπλοκος, AEμερόφωνος, ποικιλόφρων, etc.), están entre las «Neubildungen» (C3), y la solución no parece estar en el nexo adjetival en que aparecen, es decir, en el substantivo con que coordinan, puesto que en B no siempre se tiene éste en cuenta. En realidad es imposible saber qué quiere expresar la autora con el término «Neubildungen», a pesar de sus explicaciones en p. Si se utilizase de forma amplia, indicando que son términos documentados por primera vez, habría que incluir en este apartado muchos de los términos que aparecen en los demás. Por lo tanto se deduce que la autora considera estas nuevas formaciones como responsabilidad exclusiva de Safo o Alceo. Lo cual puede ser verdad en algunos casos -que en general podrían estar también en B, puesto que ambos apartados no son en absoluto exclusivos, ya que se basan en criterios no equivalentes ni sustitutivos -pero en otros es más que dudoso que se trate de creaciones realmente «nuevas», por ejemplo en términos abundantemente empleados por los distintos géneros líricos como AEόπλοκος. ¿Hay que creer que la lírica coral, que lo utiliza tan profusamente, lo tomó directamente de Alceo? ¿Qué hace en este apartado -y al mismo tiempo en B -el compuesto χρυσόπαστος, que tiene todo el aspecto de ser un término técnico, como demuestra su uso por Heródoto, y por qué χρυσόδετος se considera formado sobre Hom. μελάνδετος -y por esto se incluye en B -cuando es sin duda otro término técnico, como demuestra ya mic. ka-ko-de-to y otros múltiples compuestos en -δετος? Revista de Lingüística y Filología Clásica (EM) -LXV 2, 1997, pp. 321-378 Entre estas «Neubildungen» hay también adjetivos con abundantes testimonios en lírica (δολόπλοκος, •δυμέλης, μαινόλαις), lo que podría hacer dudar de su carácter «nuevo» y abrir otras interesantes posibilidades. Otros epítetos aparecen igualmente entre las nuevas formaciones cuando ya están en Homero (•πάλαμνος, βράδινος, Çμερτος, μέλλιχος), es de suponer que por la novedad en los substantivos a que van referidos con respecto a los usos homéricos ¿Cuál es entonces la nueva formación, el epíteto o el nexo? Pero considerar por ejemplo que μέλος -γνον (p. 257) está más cerca de Hom. ©ορτ¬... γνή que Ðρπακι βραδίνå (p. 272) de Hom. ́ ραδιν¬ν Êμάσθλην es subjetivo y muy discutible. Por su parte el apartado C1 «Alte Tradition» dentro de los «Nicht auf Homer (und Hesiod) zurückbare Epitheta und Adjektivische Wortverbindungen», agrupa cosas muy distintas, no todas ellas claras y que en cualquier caso procederían de más de una tradición antigua, cosa que convendría matizar. Por un lado presenta nexos adjetivales -fórmulas -que pueden ser herencia más antigua que Homero o Hesíodo aunque aparezcan en ellos (como el famoso κλέος -φθιτον); también epítetos de dioses que, en mi opinión sin argumentos suficientes, se consideran cultuales y por tanto tradicionales, como εÛλύραις o φαίνολις; además un nexo (Ûπαθύμιδας πλέκταις) que por el hecho de aparecer tanto en Safo como en Alceo es considerado más antiguo, y el epíteto πολυάνθεμος, sin nexo, puesto que en Alceo no podemos saber a qué iba referido. Finalmente también -βρος, adjetivo típicamente lírico que sin embargo utiliza repetidas veces Hesíodo, aparece en este apartado porque la autora cree posible que proceda de un préstamo minorasiático. }Αβρος efectivamente parece antiguo en su uso literario, pero no por su etimología sino por las mismas razones que lo parece ¦ρόεις, y que son su carácter exclusivamente poético y sus múltiples testimonios en la épica no homérica y en la lírica posterior. Respecto al apartado C2 «Wörter des Alltags und der Umgangssprache», incluye muchos términos cuyo carácter cotidiano o coloquial merecería una detenidísima discusión. Varios de ellos son poéticos, como μόλθακος, que en la forma no lesbia μαλθακός está ya en Homero y en otros líricos. Pero en especial muchos, no siendo poéticos, tampoco son coloquiales ni cotidianos, sino propios de una lengua literaria de tipo intelectual o culto, más propia de la prosa, que se va abriendo camino poco a poco a medida que avanzan el pensamiento y la política. Unidos a este avance, se desarrollan una lengua y un léxico propios, favorecidos por los fértiles recursos del griego, que culminan en la prosa y la tragedia del siglo V. Las reflexiones de los líricos, tan alejadas ya del pensamiento, la moral o las instituciones reflejados en la épica, precisan vehículos léxicos distintos que, o bien se adaptan a partir de lo anterior, o bien se crean, pero es más que arriesgado atribuir tal o cual creación a un poeta concreto. Por otro lado varios de estos epítetos y nexos adjetivales aparecen en más de un apartado, sin que sepamos siempre por qué, y hay otras arbitrariedades, como en ocasiones «pasar» la comparación al substantivo (así en el caso de •μάρυχμα, p. 297, o en la más llamativa inclusión del substantivo πλίνθος en p. 296) A veces la autora toma en cuenta los testimonios de los líricos antiguos, y otras veces los desprecia, no se sabe por qué, cuando aportan datos interesantes (por ejemplo ya Tirteo utiliza κροκόεις, o Estesícoro --en S 199.2, de Ibico según Page --δολοπλόκος), etc. En general falta una clara conciencia de lo que es léxico poético y lo que es léxico común, es decir, de lo que son los distintos niveles de lengua y literarios, cuyo manejo es im-EMERITA. Revista de Lingüística y Filología Clásica (EM) -LXV 2, 1997, pp. 321-378 prescindible en cualquier estudio de este tipo, más sobre autores de lírica arcaica. Falta también en la comparación la atención a los aspectos métricos, en ocasiones importantes, como por ejemplo en las fórmulas «homéricas» de Sapph.44. Pero sobre todo, al mantenerse la autora al margen de vías de investigación muy avanzadas, permanece en campos ya muy trabajados anteriormente. Así, se limita a separar lo épico de la tradición lírica posterior, y a ofrecer como conclusión principal que «es evidente el influjo de la lengua poética homérica sobre los líricos lesbios» (p. 309), lo cual ya estaba demostrado muchos años antes. Por el contrario, renuncia a profundizar en las tradiciones poéticas utilizadas por Safo y Alceo al margen de la homérica. De lo único similar que se nos habla es de las escasas fórmulas de origen indoeuropeo (p. 306), pero el resto del material en ningún caso es interpretado como reflejo de una tradición que no sea la homérica cuando, como he dicho al comienzo, hoy en día hay base suficiente, si no para realizar afirmaciones tajantes, sí para sugerir la presencia de otras líneas poéticas (épicas, líricas o épico-líricas), procedentes de ámbitos geográficos distintos al jonio, que parece estar en la base del dialecto homérico. Todo ello se explica como digo por no utilizar una bibliografía que arranca de Hoekstra (Mnemosyne 10, 1957, p. 177 y ss.), Edwards (The language of Hesiod in its traditional context, Oxford, 1971), y de la cual la autora sólo ha manejado el conocido libro de Pavese. Circunscritos al ámbito más propiamente lesbio, ignora los trabajos de Hiersche (Glotta 44, 1966, p. 441 y ss.), pero conoce los de Nagy, Hooker y Bowie, aunque no parece haberlos tenido mínimamente en cuenta. En el ámbito del léxico de los lesbios se echa en falta al menos la mención de Gerstenhauer (De Alcaei et Sapphonis copia vocabulorum, Halle 1894) y Mastrelli (La lingua di Alceo, Florencia 1954). En cuanto a la comparación de la lengua de la lírica con el micénico, incluye a Trümpy pero ignora por ejemplo los trabajos de Grinbaum, Gallavotti y Quattordio-Moreschini sobre el tema. En conexión con estas lagunas me parece obligado mencionar lo más criticable de la bibliografía manejada, y que es la práctica ausencia de nombres que no sean germánicos o anglosajones. En concreto me refiero a los autores italianos, que desde hace años son los que más a fondo trabajan en lírica, en sus aspectos generales y sobre todo en los de crítica textual e intertextualidad, dos campos nada desdeñables a priori para este estudio. Aparte de los trabajos mencionados de Romè y Pavese, encontramos en la bibliografía escasísimas excepciones, como un artículo de Privitera, otro de di Benedetto, un libro de Vogliano del año 1952 y -por supuesto -los conocidos Studi di poesia eolica de Marzullo, libro que marcó uno de los jalones principales en el estudio de la lengua y la poesía lesbia, aunque no es mencionado en la introducción. Lo cual da lugar, también, a errores. 130b.10 el texto editado ofrece, sin corregir, el texto de Voigt con la forma λυκαιμίαις. Aunque en nota se explica que la lectura correcta es λυκαιχμίαις (en mi opinión •λυκαιχμίαις, con claros modelos épicos), como sabemos desde la publicación del P.Oxy.3711, este adjetivo queda automáticamente excluido del estudio porque la autora -aquí sí siguiendo un artículo referido a un fragmento aisladosigue la interpretación de Lefkowitz y Lloyd Jones como dativo plural de un substantivo abstracto λυκαιχμία, cuando el resto de la crítica, siguiendo una línea que parte de Hesiquio, con-EMERITA. Revista de Lingüística y Filología Clásica (EM) -LXV 2, 1997, pp. 321-378 sidera de forma unánime que es un adjetivo en función predicativa. Terminamos lamentando el tiempo y el esfuerzo que se adivinan detrás de este libro, empleados en un trabajo mal planteado desde sus inicios. Estos defectos de base reducen su enorme potencial de interés, difuminan sus indudables aportaciones y lo convierten más en un repertorio de loci similes --útil en otro sentido -que en un verdadero estudio. XI+311 pp. Como magnífico complemento de su magistral Essai sur la versification dramatique des romains de hace unos años (1988), ofrece aquí el Profesor Soubiran, al término de su carrera universitaria, otro valioso regalo no ya a los metricólogos, sino a los latinistas en general; un trabajo tan paciente y detallado como otros suyos anteriores y que, también como esos otros antecesores, se constituye desde el momento de su aparición en punto obligado de referenciapara cualquier estudioso de la métrica latina, de la lengua y de la obra literaria de Plauto y, por supuesto, para cualquiera que en adelante se plantee una labor de crítica textual sobre el Miles. Muchos años de escansiones, de lecturas, de reflexión hay encerrados en estas páginas, que, como el mismo autor indica, se plantean como «una ilustración, sobre el terreno, del libro de doctrina que le precede». Abarcaba aquel libro, dedicado por completo al senario yámbico y al septenario trocaico, toda la producción drmática latina. Ahora, en cambio, se centra Soubiran en Plauto (él lo prefiere a Terencio; Séneca presenta ya otra prosodia y otra métrica) como la expresión viva del estadio más antiguo de dicha versificación dramática. Y dentro de Plauto ha escogido el Miles, además de por su calidad literaria, por su coherencia y unidad métricas: no presenta mutatis modis cantica (un material con una problemática aparte, dada nuestra casi total ignorancia del componente musical) y se articula enteramente a base de cuatro formas métricas (el senario yámbico y los septenarios trocaico, yámbico y anapéstico) bastante análogas entre sí. Aparte la introducción y la bibliografía, organiza Soubiran la obra en dos partes, la primera constituída por una especie de síntesis, en la que se ordena y sistematiza la enorme variedad de hechos que surgen del análisis verso a verso de la obra, tal como queda expuesto en la segunda parte. La primera parte, «Introducción a la prosodia y a la métrica de Plauto» (pp. 1-74), es, pues, un compendio que abarca incluso aspectos que quedaban fuera de las cuatro grandes secciones que componían el anterior Essai. Consta de los siguientes apartados: A. «Prosodia» (grupos consonánticos interiores, sigmatismo, consonantes finales, vocales finales, problemas de morfología, sinizesis, abreviación yámbica, abreviación por enclisis, encuentros entre vocales: elisión, aféresis, hiato); B. «Métrica» (en cada una de las cuatro formas se estudian el esquema métrico y las cesuras o diéresis); C. «Métrica verbal» (de los versos anapésticos, por EMERITA. «Cesura y diéresis» (estudio de las peculiaridades de estos cortes métricos en las distintas formas: elisión e hiato, palabra precedente y siguiente, posibilidad de indiferencia silábica en el elemento anterior). Todo esto, en cuanto que síntesis del análisis efectuado sobre el Miles, va referido, por supuesto, a esta comedia; pero su utilidad y valor trasciende, ¿qué duda cabe?, a toda la obra plautina. La segunda parte, «Comentario prosódico y métrico del Miles gloriosus» (pp. 75-303) es un análisis, verso tras verso, de los 1.437 de la obra, más los de los dos Argumenta. Aquí se van estudiando en cada caso, por supuesto, los distintos aspectos prosódicos y métricos del verso en cuestión y además aquellos problemas de crítica textual en los que dichas cuestiones se hallan implicadas; es decir, se estudia la prosodia y métrica no sólo del texto propuesto (se toma como base el de Ernout, pero sin perder de vista las ediciones críticas más autorizadas: Ritschl-Goetz, Leo, Lindsay) sino también del aparato crítico. El resultado es que para cada uno de los versos del Miles puede encontrar el lector la interpretación que hace Soubiran de sus peculiaridades prosódicas y métricas (para facilitar la comprensión y dar una visión sistemática de cada problema se hacen referencias a los apartados de la primera parte) y de las soluciones adoptadas hasta ahora por los estudiosos y editores de Plauto cuando la tradición manuscrita era problemática. Bien venida sea, por tanto, esta importante contribución al conocimiento del Miles gloriosus, de la lengua y métrica de Plauto y, en general, de la lengua, la métrica y la versificación latinas. Muchas gracias, Profesor Soubiran, por las horas, por los años de su vida consagrados a abrirnos camino en tal difícil terreno. Tenemos en nuestras manos un libro representativo de una de las grandes escuelas de lingüística latina actuales, cuyas bases metodológicas, como queda patente en la introducción, siguen sustentándose en el estructuralismo y el funcionalismo francés. El libro, escrito por tres eminentes profesores no necesitados de presentación, y que firman por separado cada una de sus contribuciones, supone un completo recorrido por los distintos aspectos del verbo latino desde el enfoque propio de una gramática de las que entendemos como tradicionales, es decir, basado en las marcas formales que definen las categorías verbales. De este hecho se da buena cuenta en los fundamentos metodológicos del comienzo del libro, pues las categorías verbales, en opinión de los autores, pueden mantenerse y volver a ser pertinentes si se renuncia a definirlas en términos nocionales (como son, por ejemplo, aquellos que hacen dudar de la adscripción de una determinada forma verbal a la categoría de tiempo o modo -es el caso del condicional francés -, o bien a la de tiempo o aspecto -como ocurre con el «passé composé» -) y si, por el contrario, se intenta comprender a qué tipo de operaciones específicas de la actividad discursiva se corresponden (p.10). Esta intencionada consideración de las categorías EMERITA. Revista de Lingüística y Filología Clásica (EM) -LXV 2, 1997, pp. 321-378 formales da, pues, lugar a la organización del libro, que dedica su primera parte a los tiempos del indicativo, la segunda al subjuntivo, la tercera al imperativo, la cuarta a las formas nominales del verbo, la quinta a los auxiliares, y la sexta a la voz. Dentro de un margen cronológico amplio que va desde la República hasta el Alto Imperio, el periodo que engloba lo que podemos considerar como el latín clásico (con oportunos epígrafes al final de cada capítulo que apuntan interesantes resultados diacrónicos de las formas verbales estudiadas en latín tardío), los datos latinos se han analizado de acuerdo con estos dos principios metodológicos fundamentales: -La consideración del valor referencial de un enunciado y de los diversos elementos que lo constituyen como un valor que se va haciendo, en la idea de que si bien se parte de un sistema, éste es un sistema abierto y dinámico. -En relación con el principio anterior, se presta una gran atención a los textos latinos. Como los mismos autores reconocen, si el análisis estructural del signo lingüístico en significante y significado tiene todavía algún sentido, es pertinente atribuir a cada marca una parte de ese significado invariable, dentro de un análisis unitario de tales marcas. Se trata, en definitiva, de una realización empírica del propio análisis estructural, en la más pura tradición del funcionalismo francés. Esto se traduce, en la práctica, en la presentación de textos latinos lo suficientemente amplios que permitan considerar el contexto en el que la forma verbal se inserta, para que podamos apreciar de qué manera esos valores contextuales contribuyen así a la comprensión del sistema de la lengua. Aunque no podemos dar cuenta ni siquiera sucintamente de la variedad de contenidos de este libro, en buena manera síntesis y actualización de conocidos estudios precedentes de los propios autores, sí podemos invitar, cuanto menos, a su lectura llamando la atención sobre la manera de enfocar las exposiciones y los epígrafes, muchos de ellos planteados llamativamente en forma de pregunta (así, por ejemplo, «Le verbe Latin au présent de l' indicatif a-t-il un signifié aspectuel?», «Qu' est-ce donc qu 'un verbe latin au présent de l' indicatif?», «Qu' est-ce que l'actuel?», pp.46-49). De esta forma, se refleja el carácter de eternas cuestiones abiertas de la sintaxis latina que tienen tales asuntos, lo que confiere al libro viveza y didactismo notables. El libro retoma, por ejemplo, en su capítulo dedicado al presente de indicativo, la sugerente cuestión de su significado aspectual. El mismo asunto también se aborda al tratar del perfecto (p. También dentro de los tiempos del indicativo, Mellet plantea cuestiones concernientes a las realizaciones modales del imperfecto, y en el apartado dedicado al perfecto, elaborado por Mellet y Joffre, se presta una especial atención al valor aspectual de la perífrasis del tipo amatus est. El análisis del pluscuamperfecto, el futuro de infectum y de perfectum, a cargo de Mellet, vuelve a plantear nuevas cuestiones en torno a los valores aspectuales y modales, además de un oportuno análisis de las formas perifrásticas. Los tiempos de subjuntivo, a cargo de Mellet, se analizan de acuerdo con la tradicional repartición de los empleos como modo independiente y en subordinación, y la misma autora, ahora dedicada al imperativo, hace una clara exposición sobre el lugar de éste EMERITA. Revista de Lingüística y Filología Clásica (EM) -LXV 2, 1997, pp. 321-378 dentro del enunciado, su uso para la expresión de orden o defensa en la frase compleja, así como de sus realizaciones pragmáticas. El análisis de las formas nominales del verbo viene de la mano de Mellet y Joffre. Esta última, por cierto, ya nos ha brindado varios trabajos previos acerca de las formas en -tus. Muy sugerente resulta el capítulo dedicado a los auxiliares latinos, donde se apuntan los criterios de análisis, y luego se estudian casos representativos de la expresión del aspecto y la modalidad mediante auxiliares, para terminar con la expresión del tiempo y la voz. Y la voz, con la que acaba el capítulo anterior, es ahora el asunto del capítulo que redacta Joffre, quien ha preparado, asimismo, una monografía sobre la voz y la diátesis para la misma colección del libro que reseñamos, aparecida en 1995. Sólo quiero destacar de este capítulo que parte de la discutida división en pasiva intrínseca y pasiva extrínseca, y que se cierra con unas interesantes notas sobre diacronía acerca de la expresión de la pasiva mediante formas pronominales. Una bibliografía general, que completa las parciales de cada capítulo, un Index rerum y un índice de materias cierran el volumen. Se trata, en definitiva, de un libro necesario para dar cuenta del estado de la cuestión de muchos aspectos de la sintaxis latina desde el punto de vista de esta escuela ligada a París, sugerente al igual que otras monografías más o menos recientes, como la Sintaxis de Touratier, o la Sintaxis y Semántica de Pinkster, de la que ahora disfrutamos en una magnífica versión española de Esperanza Torrego y Jesús de la Villa. Ahora bien, la novedad y el carácter necesario de estas monografías, que dan cuenta cada cierto tiempo del estado de la cuestión de una disciplina pujante como es la lingüística latina, sigue conjugándose necesariamente con los trabajos ya clásicos. Así lo vemos dentro de este mismo libro en el obligado envío al lector a la exhaustividad de las clásicas gramáticas alemanas de Szantyr y Kühner-Stegmann (p. FRANCISCO GARCÍA JURADO LARA, DOLORES )) Iniciación a la lexicografía griega. Veinte años después de la Introducción a la lexicografía griega de Rodríguez Adrados, Gangutia Elícegui, López Facal y Serrano Aybar (Madrid, CSIC, 1977), ve la luz pública esta Iniciación, cuyo título es veracísimo, pues su autora, sabiendo muy bien que la Lexicografía EMERITA. Revista de Lingüística y Filología Clásica (EM) -LXV 2, 1997, pp. 321-378 es casi puro menester, ha querido darle a este libro un enfoque rigurosa y rabiosamente técnico y práctico. De ahí que dedique a la historia y los aspectos teóricos de este quehacer sólo treinta y cuatro páginas, repletas de ejemplos y referencias bibliográficas. De ahí también que la segunda parte del libro sea un auténtico breviario técnico de cuarenta y una páginas, seguido de veintitrés apéndices que componen un completísimo catálogo de la gama de productos de la labor lexicográfica, incluyendo dos muestras procedentes de los ficheros de materiales del Diccionario Griego Español, que, como los demás ejemplos presentados en reproducción facsimilar, van acompañados de comentarios tan atinados como escuetos. Ciertamente, los helenistas principiantes que vayan a dedicarse a la Lexicografía encontrarán en este libro todo lo que pueden necesitar para dar sus primeros pasos por un camino que no suele recorrerse en solitario y sin tutores. Los que se acerquen a la materia con otro propósito, en cambio, probablemente tendrán que esforzarse algo más de lo que quisieran para poder apreciar debidamente la descripción, formulada con brevedad verdaderamente lexicográfica, que de este quehacer científico hace con cruda claridad Dolores Lara. Por otra parte, puede parecer a primera vista sorprendente que no se diga ni una sola palabra acerca de la mecanización de las labores lexicográficas en un prontuario técnico publicado en 1997. Puesto que su autora pertenece al equipo redactor del primer diccionario de la lengua griega que se elabora con ayuda de los ordenadores, es obvio que la omisión no se debe achacar a desconocimiento, o a desprecio, de las nuevas tecnologías, sino a la voluntad de separar claramente lo técnico de lo tecnológico, poniendo de relieve el hecho de que en Lexicografía, sea griega o de otra lengua, no valen, ni valdrán nunca, los «sistemas expertos» y la «inteligencia artificial», porque la tarea de componer diccionarios y léxicos ha de hacerse padeciendo las arideces y penalidades que Dolores Lara, especialista en el léxico médico, expone con precisión y concisión realmente clínicas. Onomasticon Senecanum, dir. por C. CASTILLO, redactado por C. ALONSO DEL REAL, J. M. BAÑALES, C. CASTILLO, R. MARTÍNEZ. Pamplona, 1995, 236 pp. De la obra en prosa de Séneca existen hasta la fecha múltiples concordancias y estadísticas léxicas, entre otras, las llevadas a cabo por L. Delatte y su equipo (Lucius Annaeus Seneca Opera Philosophica: Index Verborum, ed. L. Delatte -E. Sin embargo, no existía hasta el momento un onomasticon dedicado única y exclusivamente a los antropónimos de la obra en prosa de Séneca, muy numerosos y no siempre de fácil identificación. Esta obra, llevada a cabo por un equipo dirigido por la Dra. C. Castillo en el Departamen-EMERITA. Revista de Lingüística y Filología Clásica (EM) -LXV 2, 1997, pp. 321-378 to de Filología Clásica de la Universidad de Navarra, viene a llenar un vacío en este ámbito y, sin duda, resultará de gran utilidad a los estudiosos de la obra de Séneca, porque no sólo recoge los nombres propios, sino que además proporciona importantes informaciones adicionales sobre ellos, como son la identificación del personaje según las fuentes clásicas y la referencia directa a las obras de consulta utilizadas. Los antropónimos están clasificados en seis secciones. En la tres primeras encontramos nombres de interés histórico, distinguiendo los romanos (que a su vez se subdividen en dos grupos: nombres de época republicana, hasta el año 27 a. de C., y nombres de época imperial) y los no romanos (exterae gentes). En las tres últimas se incluyen los nombres de interés literario, con todos los scriptores citados (griegos y romanos) y nombres mitológicos (mythologica et ficta nomina). En último lugar hay dos índices, uno de nombres y otro prosopográfico. Cada uno de los lemas contiene, junto al nombre propio en cuestión, informaciones referentes a tres aspectos: la identificación, expresada muy concisamente, con indicación cronológica; las fuentes literarias que se han utilizado en esta identificación, y la referencia a la obra y pasaje de la obra de Séneca en la que aparece el antropónimo. Todos estos datos y referencias, que son producto de un minucioso y riguroso trabajo de erudición, hacen de esta obra un instrumento de trabajo muy estimable para el estudioso del ámbito histórico y literario en el que Séneca compuso sus escritos. En efecto, este onomasticon será sin duda de gran utilidad para el estudioso de la obra en prosa de Séneca, pues, desde el punto de vista histórico, la identificación de los antropónimos presentes en la obra de este autor, supone una gran ventaja para el conocimiento del medio político, social y cultural en el que compuso su obra. El mayor elogio que podríamos hacer sobre esta historia de la literatura latina es que está dedicada a una audiencia muy amplia, sea o no experta en la materia. Su lectura resulta un placer y, además, ofrece datos concretos, sin presuponer el conocimiento de éstos. De este estudio podemos aprender que la obra literaria adquiere valor cuando se relaciona con las demás y que los géneros, definidos por una tradición, innovación y personalidad artística, se hallan en función del texto y de los lectores a quienes éste se dirige. Revista de Lingüística y Filología Clásica (EM) -LXV 2, 1997, pp. 321-378 Resulta muy agradable y novedoso encontrar una historia de la literatura en la que no sólo se tratan los autores más leídos, sino todos por igual, conformes, asimismo, a una periodización que distingue la vida de sus obras, y concede especial relevancia a su éxito literario e influencia en la tradición posterior. El libro, dominado por la idea de que todo texto literario ha de entenderse en su contexto histórico, se estructura en cinco grandes partes: la primera (República temprana y media) abarca desde los inicios de la literatura latina hasta los tiempos de Sila; la segunda (República tardía), desde César hasta Salustio; la tercera (era de Augusto), desde Virgilio hasta la literatura jurídica en los albores del Imperio; la cuarta (Imperio temprano), desde Séneca hasta los poetae nouelli, y la quinta (Imperio tardío), desde la época de los Severos hasta la Edad Media (s. VII). Aparte del índice de autores, una valiosa información nos ofrecen los apéndices finales: las tablas cronológicas de autores, obras y acontecimientos históricos (hasta la coronación de Carlomagno), el listado de autores y textos griegos, una primera serie de términos romanos políticos, sociales e ideológicos, y otra segunda, de terminología retórica, métrica y literaria. Este manual analiza los precedentes literarios y sus relaciones, presentando un esquema cómodo al igual que organizado, con títulos que resumen, de modo muy acertado, el contenido de cada párrafo. Por otro lado, el estilo narrativo del autor resulta lógico y de un razonamiento gradual, por lo que nos hallamos ante una lectura didáctica y entretenida; en cada sección, del contexto histórico, social y político se llega al plano literario, con su tradición de género, así como a un análisis especial de la influencia en la literatura posterior. Finalmente, se presenta una bibliografía actualizada de ediciones y estudios críticos. No se trata, pues, de un simple manual, confuso y carente de datos reales e históricos, sino de un libro sobre Roma y su literatura (pagana y cristiana), una historia completa en la que el autor serevela como intérprete y crítico literario. Examinando todos los géneros, procesos de imitación, alusión y el contexto en su sentido más amplio, Conte insiste en la importancia de la creación artística dentro de su momento histórico, social, intelectual y político, y en la creación individual como un proceso que relaciona al poeta con sus predecesores y con la asimilación de elementos de una tradición literaria previa. Ma ÁNGELES RODRÍGUEZ MADRIGAL. Partiendo de estudios anteriores que ya veían en Catulo al autor epigramático que Marcial imitó reconociendo en él al precursor de una común tradición epigramática en la que el poeta de Bílbilis se inserta, el autor del presente estudio pretende apuntalar esta idea apoyándose no sólo en el contraste de la obra de estos dos poetas, sino también en la recepción posterior que, EMERITA. Revista de Lingüística y Filología Clásica (EM) -LXV 2, 1997, pp. 321-378 salvo la época romántica del siglo XIX, consideró siempre a Catulo y Marcial, junto a la Antología Griega, los máximos exponentes del género epigramático. El libro consta de siete capítulos precedidos de una Introducción en la que el autor se hace cuestión de la bibliografía que considera a Catulo un poeta romántico en detrimento de su faceta de epigramático y stablece el punto de partida o la hipótesis de los capítulos siguientes: la consideración expresada por N. M. Kay (en parecidos términos a los empleados por Friedländer, Citroni, Paukstadt o Howell) de que «Catulo es imitado y aludido frecuentemente por Marcial, quien reconoce a éste como precursor y mentor, particularmente, en el uso de la obscenidad no de forma eufemística», dentro también de una general tradición epigramática (p. Asimismo, en esta Introducción se adelantan ideas que luego serán tratadas en el capítulo VII (como es el hecho de que sólo en el siglo XIX Catulo es visto como un poeta lírico a la manera de los poetas románticos, para quienes, como para el veronés, el exceso amoroso lo lleva a su propia perdición) y, de igual manera, el autor da paso al grueso del estudio planteándose si Marcial, y en época de Marcial, Catulo era visto de esa misma manera. En el capítulo I («Martial and Catullus in Rome», pp. 10-31) analiza los puntos de encuentro y las discrepancias entre las experiencias vitales de ambos poetas en la Roma de sus respectivas épocas (situación política, cultura, su posición como «forasteros» frente a la urbe, etc.), resaltando los cambios de toda índole operados en Roma en tiempos de Marcial con respecto a los de Catulo (culturales, religiosos, urbanísticos y políticos). En resumidas cuentas, en palabras del autor, los puntos de semejanza en la postura de los dos poetas ante situaciones similares de la vida romana de sus épocas llevan a considerar que «las diferencias entre los dos pueden atribuirse a la vida social y política de la ciudad y sociedad en que vivieron» (p. 31), pero no a que escribieran desde puntos de vista y géneros dispares entre sí. La coincidencia en estos aspectos es mayor si se repara, como Swann hace en el capítulo II («Martial 's Catullus», pp. 32-81), en todas las referencias que Marcial hace de Catulo en su obra para poder determinar, según la hipótesis inicial, si el veronés es modelo epigramático para Marcial. El recorrido por estas concomitancias lo hace el autor desde dos ópticas: por un lado, estudia las ocasiones en que Marcial menciona a Catulo y/o su obra comoi se tratara de un predecesor en el género y, por otro, hace un repaso de los préstamos que el poeta de Bílbilis toma de Catulo en vocabulario, temas y estructura, comparándolos con los tomados de otros autores como Virgilio y Ovidio (sobre el primero, véase recientemente Ma J. Muñoz Jiménez, «La doble presencia de Virgilio en Marcial», CFC(Lat) 7, 1994, pp. 105-132). Es precisamente en este segundo apartado donde pueden verse las más interesantes coincidencias o dependencias, si se quiere, de Marcial respecto a Catulo: tanto en el vocabulario (Swann estudia el uso en Marcial de los términos genuinamente catulianos nugae, ludere, ioci, sal), en el uso del epigrama como vehículo caricaturizador, en la disposición estructural de los epigramas y en el metro (acerca de lo que el autor concluye que Marcial «entiende» como epigrama incluso aquellos poemas de Catulo no escritos en dísticos elegíacos, sino en metros griegos, como demuestra, por ejemplo, la comparación que realiza entre el poema 13 del veronés y el epigrama XI 52 de Marcial). Sentadas las bases, pues, de que Catulo es un autor epigramático y que así lo entendió Marcial, el autor realiza un recorrido por la recepción de ambos poetas en la posteridad tanto en el ámbito literario como en el de la crítica filológica con la intención de demostrar que la EMERITA. Revista de Lingüística y Filología Clásica (EM) -LXV 2, 1997, pp. 321-378 obra de Catulo no dejó de sentirse enteramente epigramática desde la época renacentista y hasta el siglo XIX. Así, el capítulo III («Catullus and Martial into the Renaissance», pp. 82-94) aborda el descubrimiento de los textos de Catulo y Marcial por el Renacimiento italiano, dedicando más específicamente los capítulos siguientes a la recepción de ambos autores en las obras de los poetas neolatinos y en el seno de la crítica literaria de Italia (capítulo IV: «Catullus and Martial in Italy», pp. 95-118), Francia (capítulo V: «Catullus and Martial in France», pp. 119-139), e Inglaterra y Alemania hasta el siglo XVIII (Capítulo VI: «England and Germany. Según se anunciaba en la Introducción del estudio, sólo en el siglo XIX la obra de Catulo dejó de ser considerada epigramática para convertirse en lírica en virtud de la estética romántica que vio en el elemento autobiográfico y la primera persona del escritor marcas inequívocas para catalogar a un poema como lírico; en este sentido, la poesía de Catulo encajó perfectamente en la percepción poética del siglo XIX contribuyendo también a ello de manera notable la propia visión del amor que el escritor de Verona plasmaba en sus versos y que tan bien cuadraba, como sentimiento destructivo, a la sensibilidad de la poesía romántica. Ésta es, básicamente, la idea sobre la que gira el último capítulo de la obra (capítulo VII: «Catullus transformed», pp. 155-165) que cierra un buen estudio levantado sobre una suposición inicial que la propia tradición literaria y filológica de los autores analizados se encarga de certificar. El punto final del volumen lo ponen una selección bibliográfica muy completa y un índice de nombres propios y de temas. Sólo nos resta hacer una breve crítica a la concepción general de la obra y que atiende especialmente a la ausencia absoluta de referencias a la recepción de ambos autores en España, aparte de la nula mención de bibliografía española a lo largo del estudio (algo a lo que ya estamos, por desgracia, bastante acostumbrados). Creo que las recientes bibliografías de los estudios clásicos en España podrían haber puesto al autor sobre la pista de trabajos que, al menos, deberían haber sido mencionados en la nota 31 de la p. 94: allí, Swann se excusa de no tratar la recepción de Catulo y Marcial en España «por limitaciones de espacio y tiempo» y remite al estudio, eso sí, más o menos reciente de J. Nowicki (1976), dejándose en el tintero, para el caso de Marcial (autor precisamente de nuestro suelo), los trabajos de V. Cristóbal («Marcial en la literatura española», en Actas del Simposio sobre M. Valerio Marcial, vol. II, Zaragoza, 1987, pp. 145-210), Ma A. Vilallonga («Marcial a l 'obra de Jeroni Pau», en Los géneros literarios, Bellaterra, 1985, pp. 199-206) o, sin ir más lejos, las páginas que la Bibliografía de Menéndez Pelayo dedica a la presencia de Marcial en España (Bibliografía hispano-latina clásica, vol. VII, Madrid, 1951, pp. 459-489), aparte de la antigua obra de A. Giulian sobre la recepción del epigrama de Marcial en la España de los siglos XVI-XVII (Martial and the Epigramm en Spain in the Sixteenth and Seventeenth Centuries, Filadelfia, 1930). Es ésta, por tanto, la única objeción que cabría hacer al estudio, perfectamente construído e hilvanado, de Bruce W. Swann que demuestra, por otro lado, cómo el análisis de la tradición clásica puede arrojar luz y suscitar o apuntalar nuevas o antiguas interpretaciones sobre los textos clásicos. Revista de Lingüística y Filología Clásica (EM) -LXV 2, 1997, pp. 321-378 IGLESIAS ZOIDO, JUAN CARLOS -La argumentación en los discursos deliberativos de Tucídides y su relación con la normativa retórica del siglo IV. La obra de Tucídides es un testimonio insustituible para la reconstrucción de la retórica política de finales del s. V a.C. Es producto de la sofística de la que nos han llegado muy escasos restos de discursos y desde luego ninguno del género deliberativo al margen de Tucídides. Su estudio retórico es, por tanto, un campo productivo no muy visitado. Ahora bien, si no se hace con rigor, cabe el riesgo de cierta circularidad al explicar los discursos de Tucídides desde las retóricas del s. IV y, a la vez, sostener que éstas se vieron influidas por este historiador, o, por lo menos, por las concepciones retóricas que en él se reflejan. No es el caso de esta investigación que comentamos, fruto de una tesis doctoral leída en la Universidad de Extremadura, que ilumina nuestro conocimiento de los procedimientos compositivos de Tucídides, al tiempo que, paralelamente, mejora de forma notable nuestra comprensión de la retórica del s. IV a.C., ya que usa las dos retóricas de la segunda mitad de este siglo, las más cercanas a la obra del historiador, la Rhetorica ad Alexandrum de Anaxímenes, con la que se descubren paralelos muy estrechos pero que afectan a rasgos bastante externos o superficiales, y la de Aristóteles que nos permite profundizar mucho más en los recursos argumentativos de los discursos, que es propiamente el núcleo de la composición retórica. Aunque la investigación se limita al género deliberativo, sólo se excluye como discurso importante el Epitafio. Los antecedentes en este tipo de investigación serían especialmente Moraux 1 y Gommel 2, como se nos explica en las pp. 15-22. Para empezar hace un estudio (pp. 23-7) de la interpretación en clave retórica del famosísimo y controvertido τ δέοντα del cap. metodológico: en caso de falta de información sobre un discurso realmente pronunciado o en caso de poca claridad en la expresión de sus intenciones, Tucídides lo reconstruyó según los criterios que deberían haber presidido su composición. Tras esta toma de posición sobre la metodología del historiador en lo que concierne a los discursos pasamos a una inteligente introducción que nos presenta sucintamente la teoría retórica en los s. V y IV y su evolución, pp. 29-43. El discurso deliberativo es sobre todo argumentación, quedando relegados a un segundo plano el proemio y epílogo, en caso de que aparezcan. Por tanto, el análisis retórico debe centrarse en el proceso argumentativo. Adopta para la comprensión de los medios de argumentación la teoría aristotélica, concretamente de las πίστεις §ντεχνοι, tal y como la entiende Grimaldi 3: son fuente de entimemas o recursos racionales de persuasión tanto el asunto del discurso (πράγμα) como la credibilidad del hablante (μθος) y las emociones del auditorio EMERITA. El entimema es una estructura silogística que se compone de una premisa mayor consistente en una idea general probable, que no siempre se expresa si se considera que el auditorio está de acuerdo con ella, una premisa menor en que se aplica la mayor al caso concreto que interesa para el caso y la conclusión, aquello de lo que quería convencer el orador, que será aceptable o convencerá en función de que el auditorio esté de acuerdo en la mayor y considere, mediante la menor, que es de verdad adecuada y aplicable al caso concreto. Aunque aparentemente la argumentación lógica se debería limitar a aquello que constituye el tema o asunto en discusión, de hecho los oradores en su experiencia y Aristóteles en su teorización habían comprobado que se conseguía persuadir por vía racional jugando con el μθος (entendido como •ξιοπιστία o credibilidad del hablante) y el πάθος (entendido como πάθη o sentimientos concretos que se provocan en el auditorio). Los temas típicos del género deliberativo, tanto en los discursos como en las retóricas del IV, eran la conveniencia de una alianza (tema de 7 discursos de Tucídides), de la guerra (tema de 17 discursos) y de la paz (tema de 2). Es llamativa la estrecha coincidencia entre los discursos de Tucídides y la retórica de Anaxímenes que nos demuestra en detalle J.C. Iglesias: en ambos las alianzas se hacen cuando una nación se considera débil, cuando hay una guerra próxima y cuando se unen contra una tercera. También en ambos debe demostrarse que es justo aquel con quien se hace la alianza, que los futuros aliados ya han hecho beneficios a la ciudad o que aportarán una fuerza militar considerable. Los motivos para la guerra son en ambos la existencia de un agravio (•δικία) contra la propia ciudad, un agravio contra los aliados o la conveniencia de la ciudad; también es fundamental valorar la capacidad militar (παρασκευή). En primer lugar está la cuestión de quién pronuncia el discurso, si un orador individual identificado o uno colectivo como representante de una ciudad o pueblo. Tras el recuento resulta que sólo se individualizan oradores atenienses, espartanos y siracusanos, siendo siempre los de los demás pueblos colectivos. Para unos y otros es aplicable la teoría sobre la credibilidad del orador (•ξιοπιστία), que para Anaxímenes es una cuestión propia del proemio: según la actitud del auditorio, en función de la existencia o no de una descalificación personal o διαβολή, se hará más o menos necesaria esta parte. Pues bien, de acuerdo con esto, se pueden perfectamente clasificar los discursos de Tucídides en función de que el auditorio sea favorable o desfavorable (por un prejuicio antiguo o por uno reciente), en plena coincidencia con la teoría retórica. Con auditorio favorable el proemio se hace innecesario, esto ocurre, curiosamente, sobre todo en los discursos a favor de la guerra en cuanto que la opinión del auditorio es coincidente (en este grupo es llamativo el caso de Cleón en III 37-40 en cuanto que, tan seguro está del favor de su público, que se permite un ataque al sistema democrático). Cuando el auditorio es desfavorable hay que hacer una προκατάληψις que anule los efectos de la διαβολή. Es justa la reflexión de que el uso de estos dos procedimientos transforman esta parte del proemio en una parte argumentativa de tono judicial. También existen algunos discursos tucidídeos que se sirven del μθος al final del discurso. Aristóteles se dio cuenta que tanto el uso del μθος como del πάθος no eran privativos del proemio o del epílogo y por eso los transformó en medios de prueba aplicables al conjunto de la argumentación. J.C. Iglesias demuestra de forma rigurosa que no es una construcción teórica de Aristóteles, sino un recurso de los discursos: existe en Tucídides un uso argu-EMERITA. Revista de Lingüística y Filología Clásica (EM) -LXV 2, 1997, pp. 321-378 mentativo del μθος que consiste en que el orador demuestra a su auditorio que es sensato, virtuoso y bien dispuesto, es decir, que posee φρόνησις, •ρετή y εÜνοια, siendo fundamental para ello estudiar las características de sus oyentes para agradarlos y no ofenderlos. En su último discurso (II 60-4) Pericles demuestra su valía como político por su comprensión de la situación, su amor hacia la ciudad y estar por encima de las riquezas (en otras palabras, las tres cualidades que infunden credibilidad). Los corintios en I 120-4 demuestran que los que no quieren la guerra tienen las cualidades contrarias: estupidez, cobardía y despreocupación. Además, de acuerdo con la teoría aristotélica, se argumenta según los comportamientos propios de los caracteres nacionales o según el carácter humano en función de que uno sea fuerte o débil, joven o viejo, pobre o rico, aplicados tanto a personas como pueblos. Así en I 73-78 los atenienses justifican su comportamiento como propio de un pueblo fuerte y dominador. Los sentimientos que mayor uso tienen en Tucídides son el temor (φόβος) y la confianza (θάρσος), se usan tanto en el epílogo (lugar tradicional para provocar sentimientos en el auditorio, aunque ninguna de las dos retóricas hagan mención concreta de los dos citados para esta parte), como en la argumentación. Nos encontramos, al igual que en el caso del μθος del hablante, que J. C. Iglesias demuestra con toda claridad la posibilidad de argumentar racionalmente a partir de sentimientos. Cuando se busca la paz se infunde por vía argumentativa confianza, cosa que ocurre en el discurso de los corintios en I 120-4, en el primero de Pericles I 140-4, en el de Alcibíades en VI 16-18 y en otros tres discursos. Incluso hay ejemplos en los que se combinan ambos sentimientos, temor, para provocar al auditorio a la acción, y confianza, para llevarle a la guerra, así ocurre en el discurso de los corintios de I 68-71 y en otros cuatro discursos. Sin embargo, cuando se trata de promover una alianza se usa el temor y, por el contrario, cuando se quiere disuadir de ella, la confianza. Existen casos más complicados en los que se matiza más el uso de uno u otro sentimiento, por ejemplo cuando la nueva alianza que se propone supone la defección de una anterior (caso de Eufemo ante los habitantes de Camarina en VI 82-7 y de otros dos discursos) o cuando previamente a la alianza propuesta debe hacerse la paz (caso de Hermócrates ante las ciudades de Sicilia en IV 59-64). Con ello se demuestra de forma meridiana el uso argumentativo (es decir, entimemático) de los sentimientos estableciéndose una interesante relación con el tema del discurso o aquello de lo que se quiera convencer. Esta conclusión es importante para nuestro conocimiento de Tucídides, pero lo es mucho más para la comprensión de la Retórica aristotélica, ya que queda fuera de duda que las interpretaciones en la línea de Grimaldi no sólo son las más coherentes con el conjunto de la obra, sino que también responden a la realidad de la práctica oratoria, ya en el s. V a.C. El estudio se cierra con unas breves conclusiones (pp. 153-7). En definitiva el interés de este trabajo es doble, por un lado para nuestra comprensión de los procedimientos compositivos de Tucídides, por otro para la interpretación de la teoría que se desarrolla en las primeras retóricas. En ocasiones, al lector le gustaría que no estuviera la investigación tan centrada en un autor y se ampliara con una visión más general de la historiografía griega. A veces peca de un exceso de prudencia que le hace intentar adoptar posturas eclécticas que concilian con dificultad puntos de vista demasiado dispares, que, además, desdibujan sus propios puntos de EMERITA. También abusa de cierta jerga tucidídea con profusión de términos griegos entremezclados en la redacción que pueden resultar molestos a los que no estén tan familiarizados con este autor, si bien debe destacarse también la pulcritud en las numerosas citas griegas. Una de las características más comentadas del quehacer historiográfico de Tucídides es que se centra en la historia contemporánea, sin embargo, en varios pasajes, aunque sólo en los libros I y VI dirige su atención al pasado, estos relatos son el centro de atención de este trabajo originado en una tesis doctoral de la Universidad de Munich. Hasta ahora, nos dice Tsakmakis en su introducción (pp. 1-17), estos relatos dirigidos al pasado no han merecido un estudio serio en su conjunto. Se han considerado por separado, especialmente desde la perspectiva analista. Con claridad nos resume cuáles han sido las aportaciones a este respecto, entre las que destacan las de Schwartz 1 o Ziegler 2 quienes consideran en general que son pasajes tardíos o, por lo menos, incorporados en la última fase compositiva de la obra. Más matizada y cercana a Tsakmakis es la postura de Froberg 3 que insiste en su dimensión poética: pertenecen a un estilo de madurez y han sido colocados donde los encontramos por el propio Tucídides con la intención de profundizar en los motivos de lo que se nos cuenta. Metodológicamente Tsakmakis reivindica en el estudio historiográfico, frente a la vieja discusión sobre la objetividad, la importancia de hacer un análisis literario que tenga en cuenta el género y el proceso compositivo que ha seguido el autor (selección y jerarquía de los sucesos, articulación contextual y plan, substrato literario general y del género con los sobreentendidos que ello supone de cara al lector y conocimiento histórico por parte del autor). Desde este punto de vista, Tucídides destaca por la coherencia de su obra que hace que los sucesos narrados aparezcan como resultado de un plan lógico gracias a la profundidad de su análisis. El estudioso debe reconstruir el proceso compositivo de Tucídides para interpretarlo mejor. Aunque Tsakmakis lo hace con ingenio, peca muchas veces por su excesivo afán por demostrar la absoluta coherencia del conjunto y las cualidades historiográficas de Tucídides en una reacción antianalista exagerada. En primer lugar se justifica su coherencia (pp. 18-24), frente a otras interpretaciones, ya desde Dionisio de Halicarnaso, que han insistido en su aspecto caótico por no haber comprendido la integración de sus elementos. Los contenidos del libro se articulan en un conjunto perfectamente coherente en el que se exponen tanto las motivaciones historiográficas sobre la importancia de la guerra como las motivaciones históricas sobre las causas del conflicto. Combina la información fáctica con reflexiones sobre su significado. Con el examen de la Arqueología (pp. 25-63), se inicia el estudio concreto de los relatos del pasado que centran la investigación. Se hace en cada caso de forma muy detallada y pormenorizada aportando con inteligencia las conclusiones relevantes de los estudiosos anteriores para aquello que se discute. El estudio se transforma a veces en comentario y se desdibujan en cierta medida las perspectivas de conjunto. Lo primero que tiene que hacer Tucídides es demostrar la importancia de la guerra que va a narrar mediante una comparación cuyo objeto no son las guerras del pasado frente a la del Peloponeso, sino la de la situación entre la Grecia del momento inicial de esta guerra y la Grecia de ocasiones bélicas anteriores. La Arqueología, por tanto, no es un bosquejo de la historia de Grecia ni una historia de las guerras anteriores; es un estudio para justificar la importancia de los medios (παρασκευή) que se destinaron a la guerra, importancia que se explica por la mayor potencia y desarrollo de las fuerzas en conflicto. El proemio en el que se integra esta mirada al pasado deja patente la capacidad de Tucídides para la predicción histórica e investigación metodológica que justifican la utilidad de la obra. No cabe duda de que enriquece nuestra valoración de esta parte frente a lo que podríamos considerar el punto de vista tradicional, por ejemplo, de Schwartz que la interpreta como una αÜξησις retórica para justificar la importancia de la guerra. La narración de los cincuenta años entre el final de las guerras médicas y la guerra del Peloponeso (Pentekontaetía, caps. 89-118, estudiada en pp. 64-100) es, en palabras de Tsakmakis, el lógos de Tucídides, resultado de su reflexión sobre los hechos, en el que expone el motivo profundo y oculto del conflicto (•λεθεστάτη πρόφασις), el temor de Esparta ante el desarrollo de Atenas, en contraposición a los lógoi o discursos pronunciados anteriormente en los que se expusieron causas superficiales. Han llamado la atención las diferencias notables entre sus partes, mientras que en la primera (caps. 89-95) se estudia el desarrollo de la hegemonía ateniense y las condiciones que permitieron el desarrollo de su poder, en la segunda (caps. 98-118.2) se trata de analizar cuál era la política militar y exterior de Atenas: se quiere dejar patente mediante ejemplos concretos la diferente actitud mental de los atenienses frente a sus enemigos, tienen una mejor visión política de la situación que les hace llevar la iniciativa, mientras que Esparta se deja arrastrar por las circunstancias. Entre ambas hay una transición de tono historiográfico que justifica la necesidad de esta digresión por las insuficiencias de los historiadores anteriores. Mientras que la Arqueología se centraba en lo cuantitativo ahora interesa más lo cualitativo. El cometido de los episodios biográficos del libro I (pp. 101-156), ha recibido distintas interpretaciones por parte de los analistas: Schwartz y Münch 4, por ejemplo, defienden, a par-Reseña de libros EMERITA. Revista de Lingüística y Filología Clásica (EM) -LXV 2, 1997, pp. 321-378 tir de una datación tardía de los episodios, el carácter paradigmático del de Pausanias y el de Temístocles, como representación emblemática de Esparta y Atenas, mientras que el de Cilón se justificaría por el contexto (Schwartz) o como introducción a la historia familiar de Pericles (Münch). Rawlings 5, dentro de su teoría general de la obra como una doble estructura paralela con comienzos en I y VI, considera que Pausanias y Temístocles se reflejan en Lisandro y Alcibíades. Tsakmakis rebate con fuerza el carácter paradigmático o tardío, aunque tiene que admitir que hay muchos rasgos en su composición que no encajan con el resto (tendenciosidad en la forma narrativa, uso de cartas como fuente, cierto carácter herodoteo, etc.). En cuanto a su interpretación, considera que los de Cilón y Pausanias están perfectamente justificados en su contexto, el de los intercambios de acusaciones entre Esparta y Atenas. Esparta apela al sacrilegio cometido contra Cilón para desprestigiar a Pericles entre los atenienses, Atenas, a su vez, responde aduciendo el sacrilegio cometido contra Pausanias. La referencia a Pausanias arrastra el episodio de Temístocles con la intención de contraponer los errores que cometió entonces Atenas con los que podría cometer con Pericles. Al tiempo, desde un punto de vista historiográfico y metodológico, Tucídides intentaría mostrar, según Tsakmakis, que no son válidas las explicaciones de corte herodoteo a partir de sacrilegios, pero sí lo es intentar aprender de situaciones del pasado, siempre que se sepan aplicar a la situación presente. Como vemos es una explicación ingeniosa pero no forzosamente convincente en todos sus puntos. La Arqueología siciliana del libro VI, caps. 2-5, (estudiada en pp. 157-175) es fácil de explicar como contraposición a la Arqueología del libro I (cosa, por otra parte, que ya había hecho Rawlings). Como ocurría en el principio de la obra, al empezar la historia de la campaña de Sicilia es necesario justificar la importancia de la isla que viene dada por su tamaño, habitantes, colonizaciones recibidas. Sin embargo, en esta mirada al pasado de la isla, han llamado la atención los silencios estruendosos sobre sucesos importantes de la historia reciente siciliana como la guerra con Cartago o las luchas internas en la propia Siracusa. Frente a otras hipótesis, Tsakmakis propone que a Tucídides le interesaba insistir en la ignorancia que demostró Atenas cuando decidió la campaña, de ahí que no mencione hechos posteriores al 460 porque irían en contra de la argumentación de esta ignorancia en cuanto que Atenas se vio implicada en ellos. Mientras que en el I libro la •λεθεστάτη πρόφασις era el temor de Esparta, ahora lo es el deseo imperialista de Atenas sobre Sicilia, aunque se pretexte para la intervención el apoyo a aliados de Atenas. En general en la interpretación de este pasaje se ha barajado su carácter paradigmático, como hacen Schadewaldt 6 y de forma más articulada Rawlings: existe un paralelismo evidente entre la huida de Hipias y la de Alcibíades, ambos llegan a esa situación a partir de un ataque a su posición aristocrática por gentes de baja condición que genera en uno y otro miedo, al que responden de forma excesiva. Tsakmakis intenta deshacer esta visión y profundizar más: Tu-EMERITA. Revista de Lingüística y Filología Clásica (EM) -LXV 2, 1997, pp. 321-378 cídides, en realidad habría intentado demostrar que los tiranicidas actuaron por motivos personales y no políticos, que la posible conducta impía de Alcibíades no tenía relación con su actuación política, por tanto, es falso el símil de Hiparco con Alcibíades y carecían por completo de base las insidias políticas contra Alcibíades. Tucídides intentaría desenmascarar los errores del pueblo y revalorizar la importancia del rigor metodológico del buen historiador en la toma de decisiones políticas. Se trata en definitiva de un estudio riguroso y lleno de interés que abarca aspectos fundamentales de la obra de Tucídides y la articulación de sus partes. Aunque quizá no aporte novedades revolucionarias tiene el interés de saber recoger toda la tradición de estudio anterior y avanzar a partir de ella. Por otra parte ofrece un análisis muy pormenorizado y detallado de los pasajes que estudia, siempre desde la perspectiva literaria de su composición y sus implicaciones en la metodología historiográfica. Como un acontecimiento inusual puede considerarse la aparición de libros monográficos sobre la obra de Isócrates, el cual, a pesar de ser una de las figuras claves del siglo IV a.C., ha merecido hasta ahora en nuestra disciplina una atención muy lateral, siendo incluso pocas las ocasiones en que se ha estudiado al orador por sí mismo y muchas aquellas en las que se le ha utilizado para arrojar luz sobre alguno de sus contemporáneos y rivales. El estudio de Masaracchia, junto al abajo reseñado de Alexiou y otro también muy reciente de Sylvia Usener (véase mi reseña en Cuadernos de Filología Clásica de 1996) permiten ya suplir algunas de las lagunas más urgentes en la investigación. El libro de Masaracchia (=M.) consta de tres estudios independientes entre sí. El primero se titula «Le scienze della paideia» (pp. 17-45) y quizás sea, a mi juicio, el más valioso y original. Con una magistral precisión describe M. en pocas páginas el papel que desempeñan las ciencias en el sistema educativo isocrático, un problema crucial injustamente olvidado por los estudiosos (cf. la ilustrativa nota 5 en p. M. sigue un procedimiento correcto pues no intenta analizar de forma global la validez de las ciencias en la concepción isocrática de la educación, sino que realiza un análisis de los diferentes discursos en orden cronológico, lo que le permite observar cambios en las posturas del orador, que pasa de ignorar el papel de las ciencias en la educación (no aparecen citadas en sus discursos chipriotas) o negarles validez cognoscitiva (reflejo de la desconfianza innata en Isócrates hacia la existencia de un saber objetivo, es decir, de su depreciación de la ¦πιστήμη, que subordina a la δόξα: Helena 5: «es mejor tener opiniones correctas sobre lo que es útil que conocimiento preciso sobre lo que es inútil») a adoptar una postura de un cierto compromiso en la que, sin revisar del todo este postulado, concede a dichas disciplinas una cierta utilidad formativa (Antidosis 261 ss.: las ciencias son útiles como una propedéutica para la filosofía). No cabe duda que la Academia platónica, EMERITA. Revista de Lingüística y Filología Clásica (EM) -LXV 2, 1997, pp. 321-378 que concedió tanta importancia a las ciencias, tuvo algo que ver en esta postura final de Isócrates. Desde una perspectiva teórica tiene razón M. cuando afirma que «el juicio de Isócrates sobre la utilización de las ciencias en la paideia coincide sustancialmente con el de Platón» (p. 40) ya que ambos instrumentalizaron el estudio de las ciencias en su sistema educativo, pero ello, como bien advierte también el autor, no debe hacer olvidar que la praxis de ambas escuelas era muy diferente y que las ciencias estaban probablemente ausentes por completo de la escuela isocrática, una circunstancia que pesa en su marginación del currículo helenístico, como ya señaló Marrou en su momento. Pero más que esta conclusión general el capítulo destaca por la suma de pequeñas observaciones de detalle que refuerzan la argumentación y que tratan tanto de las relaciones de Isócrates con Aristóteles (nota 49, p. 40) como de paralelos con Platón (tanto en Panatenaico 26-29 como en Gorgias 484c ss. se distingue entre la educación para jóvenes y adultos). El esbozo resultante del problema es ya imprescindible. El segundo capítulo, «Greci e Barbari nel Panegirico» (pp. 47-79), es también metodológicamente impecable en la medida en que, 1) sitúa la visión de los bárbaros en Isócrates dentro de unas coordenadas históricas; 2) considera la evolución interna de las ideas del orador respecto a los bárbaros a lo largo de su obra. Con respecto al primer punto, M. pasa revista al concepto de bárbaro en el mundo griego y comprueba que el siglo IV a.C., cuando el imperio persa dirige a distancia la política griega, atestigua un auge creciente de las posturas que consideran a los bárbaros como diferentes en su naturaleza de los griegos. Esta actitud, de la que M. encuentra reflejos en Platón, Aristóteles, Jenofonte y Demóstenes y que contrasta con ideas más racionales del ámbito de la filosofía griega que proclaman la igualdad de todos los seres humanos, es precisamente la que adopta Isócrates en su Panegírico. No obstante, M. hace ver la evolución de nuestro orador hacia posturas más abiertas a partir de la redacción del Panegírico, que pertenece al comienzo de su carrera como orador político. La helenización de monarquías periféricas como Chipre o Macedonia, no dejó de impresionar a Isócrates, que vió las posibilidades de helenización de los bárbaros y de hecho así lo refleja en Evágoras y A Filipo, superando visiones demasiado simplistas como las de su Panegírico. No hay que ver en él contradicción sofística (del tipo de la que se le acusa con frecuencia en la crítica), sino simplemente evolución. Pero dado que esta apertura de Isócrates es posterior al Panegírico, M. considera -y éste es el aspecto esencial que pretende aclarar este capítulo -que el famoso pasaje de Panegírico 50 en el que Isócrates afirma que el nombre griego no es propio del nacimiento sino de la παιδεία no es, tal como postulaba Jaeger, una superación de las diferencias entre bárbaros y griegos por la cultura, ajena a los planteamientos del orador en este periodo. Un estudio del contexto del pasaje permite a M. comprobar que la educación es lo que distingue para Isócrates no a griegos de bárbaros, sino a los atenienses del resto de los griegos; el hecho además de que Isócrates valore más la παιδεία que el γένος como criterio de identidad de los griegos no implica tampoco que el γένος no desempeñe papel alguno a su ojos a la hora de definir la identidad griega. En definitiva M. hace caer definitivamente uno de los tópicos más difundidos sobre Isócrates y nos aproxima algo más al verdadero pensamiento del orador. El tercer capítulo está dedicado al análisis del discurso Panatenaico (pp. 81-149) que M. define con razón como «la obra más singular de la producción isocrática y una de las más enigmáticas de su tiempo» (p. Los resultados obtenidos son sin embargo algo decepcio-EMERITA. Revista de Lingüística y Filología Clásica (EM) -LXV 2, 1997, pp. 321-378 nantes en la medida en que M. no logra romper del todo el círculo vicioso de los estudios anteriores (también insatisfactorios, como él reseña en su balance) con nuevas propuestas de interpretación del discurso. Desde el punto de vista del método del que se parte hay que reseñar igualmente alguna incongruencia de base. Opina así M. que el discurso fue redactado en dos fases, de forma que mientras en un primer momento la obra se dirigía a Filipo (la antigua tesis de Wendland) y le proponía la alianza con Atenas, en un segundo momento, después de una larga enfermedad del orador (a la que éste mismo hace referencia en la obra), éste, viendo que las circunstancias políticas eran otras y que Atenas estaba en guerra con el macedonio, cambió la orientación de su obra y eliminó las alusiones a Filipo. De esta forma quedaría un discurso extraño como el que hoy tenemos, en el que la alabanza de Atenas perdería su función inicial. M. sin embargo, al hablar de dos fases y observar las contradicciones que de ellas derivan, procede de una manera justamente inversa a la que le llevó a afirmar en pp. 49-51 a propósito del Panegírico que sus contradicciones no son debidas a la existencia de dos redacciones a pesar de que se nos dice que el orador invirtió largos años en su redacción. Pero más allá del diferente criterio seguido en cada caso, lo que realmente importa es que M. apoya su teoría en una interpretación demasiado libre de las palabras del orador en diversos pasajes. Así en § 232 Isócrates no afirma, como pretende el autor, que después de su enfermedad hayan desaparecido las razones que inspiraban su discurso original, sino simplemente que no estaba satisfecho con lo escrito. No hay pues espacio en esta afirmación para suponer un cambio de planes en el discurso que pudiera relacionarlo en una fase inicial con la figura de Filipo. El hecho de que en numerosos pasajes Isócrates considere que Atenas es un aliado más fiable que Esparta ( § § 42-48) no tiene tampoco por qué ser un mensaje dirigido exclusivamente a Filipo y no incluir a otros posibles amigos y aliados de Atenas. Igualmente, cuando Isócrates dice en § 65 que los que hablan mal de los atenienses son responsables de la mala fama que gozan sus amigos en Atenas, no se refiriere a la mala fama de Filipo como pretende M. (p. 96), sino tal vez a la mala fama de los espartanos, que son los amigos de los calumniadores y aquellos que se toman siempre como referencia frente a Atenas en la σύγκρισις de ambos estados que es en el fondo el discurso. El excursus a Agamenón nada tiene que ver con Filipo, tal como propone M., que no aprecia los paralelos entre la figura de Agamenón y la del propio Isócrates (ver mi artículo en Emerita 64, 1996, pp. 137-156 y más abajo algunas de las observaciones coincidentes de Alexiou). 100) con respecto al excursus que «la empresa troyana está aquí leída a la luz del proyecto político en el cual Isócrates quiere implicar a Filipo» no se da cuenta de que el proyecto político isocrático de la lucha contra el persa es independiente de la figura de Filipo y tan antiguo como el Panatenaico y que el hecho de que Isócrates implicara en él al rey macedonio con su A Filipo no supone que también lo hiciese en el Panatenaico. Las pruebas faltan y no se deben interpretar sesgadamente. La alabanza de la monarquía en § 119 no es tan clara como pretende M., no sirve sino para confirmar la condición oligárquica de Isócrates, no conduce en definitiva a Filipo, como tampoco lleva a él el elogio del rey Teseo en la Helena. El que en § 137 Isócrates alabe el carácter modélico de la constitución de los atenienses no es ni puede ser un guiño a Filipo como pretende M. (p.113, donde habla de «convergencia pragmática entre la democracia ateniense y la monarquía macedonia»), a menos que supongamos que el viejo orador estaba realmente al margen de la Realpolitik del momento. En § 147 no se dice como preten-EMERITA. Revista de Lingüística y Filología Clásica (EM) -LXV 2, 1997, pp. 321-378 de M. que la democracia aristocrática es «algo que se da entre los más afortunados tiranos» (lo que convertiría el pasaje en un guiño a Filipo) sino tal vez que el hecho de que el pueblo castigue a los gobernantes es «algo que les ocurre incluso a los más afortunados de los tiranos». A favor de esta interpretación está el hecho de que Isócrates habla negativamente del tirano Pisístrato en § 148 sin mayor transición. El superlativo de εÛδαίμων aplicado a los tiranos no cualifica la condición de la tiranía y sirve sólo para indicar la prosperidad del tirano, que precisamente puede verse frenada por el control del pueblo. Pese a todo ello, es evidente que Isócrates no tenía por qué renunciar a implicar a Filipo en su proyecto político y es por lo tanto esperable que ocasionalmente se puedan encontrar alusiones vagas al macedonio en su último discurso, pero esto no significa que el discurso esté construido en torno a Filipo al igual que no lo está respecto a los múltiples temas que toca Isócrates en el Panatenaico de manera incidental. Tampoco cuando Isócrates advierte a los griegos que el rey de Persia es severo con quien le adula y condescendiente con quien se le opone ( § § 159-160) hace otra cosa que incitar a los griegos a doblegarle combatiéndole; resulta forzada la idea de M. (p. 115) de que Isócrates está proponiendo a Filipo que adopte una actitud diferente a la del Gran Rey (¿y sea severo con sus opositores?). Las dificultades se hacen insalvables cuando M. interpreta la versión conciliatoria hacia Tebas del mito que nos cuenta cómo Atenas consiguió que el argivo Adrasto recuperara los cadáveres de sus soldados caídos ante los muros de los tebanos. Isócrates, claramente hostil a Tebas en otras obras suyas, relata ahora cómo los tebanos accedieron enseguida a la petición de Teseo de devolver los cadáveres de los argivos, actuando μετρίως, contrariamente a la opinión que se tiene de ellos y denunciando tan sólo a los que habían invadido su país ( § § 168-179). Creo que es imposible negar que Isócrates está defendiendo la alianza de Tebas y Atenas que es la que se enfrentó a Filipo y es salir difícilmente del paso el afirmar, como hace M. (p. 118), que la alabanza de Tebas «es coherente con el deseo de promover la concordia entre los estados griegos como presupuesto de la alianza que debe ser concluida entre Filipo y Atenas». En vista de todo ello creo que es conveniente poner en cuarentena la tesis de M. de que el discurso fue inicialmente concebido en función de Filipo y buscar en otra parte las motivaciones que llevaron a Isócrates a escribirlo. El libro de Alexiou (=A.), la publicación de una tesis doctoral leída en Heidelberg en 1994, aborda de manera monográfica un problema tan complejo como es el concepto del prestigio social en la obra de Isócrates. En efecto, la δόξα, así como otras nociones afines asociadas a ella, es cardinal dentro del pensamiento de Isócrates y ello no sólo porque alguno de sus más importantes discursos (como la Antídosis) hayan sido escritos fundamental-mente para defender un prestigio amenazado, sino porque está de hecho presente en casi todas sus obras e impregna en gran medida la propia concepción que tiene el autor de la oratoria y la retórica fren-EMERITA. Ante la importancia del tema hay que saludar pues con interés la aparición de este estudio que aborda el problema con rigor y competencia, aunque ofrece quizás menos de lo que promete el título y está lejos de presentar un tratamiento sistemático del concepto (no se analiza por ejemplo el binomio ¦πιστήμη -δόξα en Isócrates, que sí trata M. en su libro, pues A. no se centra en esta acepción de la palabra -cf. infra). Esta circunstancia, que ya reconoce el propio autor, era evidentemente inevitable, pues ya se sabe que la profundidad en el tratamiento de un tema está reñida con su extensión. El libro consta de dos partes desiguales. Tras unas páginas iniciales para plantear el estado de la cuestión y pasar breve revista a los estudios previos (pp. 13-17), en el primer capítulo (pp. 18-54) A. considera algunos de los principales términos griegos que van asociados a las nociones de Ruhm y Ehre (de significado muy próximo, aunque Ehre implica una noción subjetiva o interna de honor y honra de la que carece quizás Ruhm) que se propone analizar en su libro. El propósito de este estudio es simplemente liminar, el de servir de orientación para la segunda parte del trabajo, ya más extensa, en la que se utilizan constantemente los vocablos aquí analizados. Pese a todo, y a pesar de que el autor reenvía puntualmente a la bibliografía anterior, es quizás de lamentar que no se haya extendido algo más en esta parte inicial que establece un poco las coordenadas de lo que será la reflexión posterior del uso de estos términos en Isócrates. A. considera 8 términos, de los cuales 4 (κλέος, φήμη, μνήμη y λαμπρότης) le merecen poca atención, pues su uso en Isócrates es muy esporádico (de 4 a 8 veces, según los casos). Más se detiene en términos como δόξα (que Isócrates usa 166 veces), εÛδοκιμεÃν (76 veces), τιμή (62 veces) y φιλοτιμία (32 veces) cuya frecuencia habla de su relevancia para Isócrates y confirma lo acertado de un estudio al respecto. El autor ofrece unas definiciones de cada uno de estos términos, a las que acompañan ejemplos sacados de la obra del orador y siguen unas breves conclusiones sobre su uso. Las definiciones son acertadas en general, salvo quizás en el caso de δόξα, donde el autor establece 7 grupos dentro del sentido objetivo (prestigio social, reputación) que predomina en Isócrates frente al subjetivo (opinión sobre algo). A mi entender esta excesiva compartimentación de significados adolece de una casuística excesiva, parecida a la de ciertas gramáticas que consideran inherente al significado de una palabra sentidos que vienen dados por el contexto. Bien es verdad que el autor distingue entre Anwendungsbereiche y Bedeutungsschattierungen, pero no delimita a mi entender convenientemente ambos campos. En las conclusiones hay pocas novedades, ya que el uso que de estos términos hace Isócrates se ajusta en realidad a lo que es la norma de la lengua de su tiempo. Es por lo tanto correcto afirmar que el término κλέος representa «la fama de los héroes homéricos, de la moral aristocrática y tiene su anclaje en la familia y semejantes, mientras que δόξα es el concepto de la fama de la comunidad, la polis (p. 25)», pero ello no sirve más que para constatar que Isócrates se atiene, como es lógico, al uso de este último. Otras conclusiones resultan obviedades: es evidente por ejemplo que la δόξα a veces no es compartida por toda la sociedad. Con todo esta primera parte sirve para establecer las diferencias existentes entre la δόξα personal y formas como εÛδοκιμεÃν y τιμή que dependen totalmente del reconocimiento social. La segunda parte del trabajo consta de cuatro capítulos en los que A. estudia el uso de los conceptos antes definidos. El capítulo dos (pp. 55-67) estudia las implicaciones de Ant. 275-285, donde Isócrates expone cuáles son los tres objetivos que según él debe perseguir el ora-EMERITA. Revista de Lingüística y Filología Clásica (EM) -LXV 2, 1997, pp. 321-378 dor y define cada uno de ellos: 1) λέγειν εÞ, 2) πείθειν a los que le escuchan y 3) alcanzar una πλεονεξία o superioridad que nada tiene que ver con aspectos materiales, sino que Isócrates identifica con valores morales de justicia. A. desarrolla las ideas del pasaje sin abandonar demasiado lo que es el texto de las obras de Isócrates y así no se detiene en comparar el uso del verbo πλεονεκτέω asociado a la justicia o injusticia en la Ant. y los libros I-II de la República de Platón, una comparación que podría haber resultado ilustradora aun sin haber relación directa entre estas dos obras. El autor en sus conclusiones resalta con razón el papel secundario que para Isócrates asume la retórica a la hora de determinar el éxito del orador, éxito que depende en gran medida de factores externos como son su propio prestigio y su virtud, lo que establece una estrecha relación entre δόξα y •ρετή que constituye uno de los pilares del pensamiento isocrático. En el capítulo tres (pp. 68-87) se analiza el excursus que Isócrates dedica en Ant. 101-139 a la figura de Timoteo, discípulo de Isócrates y prestigioso general cuya caída en desgracia fue uno de los sucesos que más marcó al orador ya que con él se rompió la estrecha relación entre δόξα y •ρετή. A. hace ver cómo Isócrates destaca los servicios de Timoteo al servicio de su polis y justifica por su μεγαλοφροσύνη su incapacidad para conseguir ganarse amigos y el apoyo del demos, aspectos fundamentales en toda persona (y político) que quiera obtener el prestigio que se merece por sus actos, tal como se declara en Ant. La φύσις de Timoteo no pudo corregirse con las enseñanzas morales que Isócrates le dirigió, lo que hizo en cierto modo inevitable su final pese a los numerosos beneficios que había aportado a Atenas. Vemos pues cómo Isócrates comprende que el reconocimiento social no se concede sólo por los simples actos a favor de la comunidad, tal como debería ser lo δίκαιον, sino que depende de otra serie de factores determinados por la naturaleza humana. En el capítulo cuatro (pp. 88-131) analiza A. la relación que existe en la obra de Isócrates entre el prestigio y la ambición de conseguirlo. En el párrafo inicial reseña el autor un interesantísimo pasaje en Ant. 217 en el que Isócrates declara que todo lo que los hombres ambicionan es oδονή, κέρδος y τιμή, pero relega a una nota (n. 187) los paralelos existentes en otros autores griegos (como Aristóteles, EN 1095a) sobre esta escala de valores, que merecería haber ocupado un espacio central en el libro, ya que se trata de una expresión usual que habla de la importancia que los griegos concedían a la τιμή, ausente p. ej. de nuestro proverbial «salud, dinero y amor». En la primera parte de este capítulo (pp. 89-97) comenta A. diversos pasajes en los que Isócrates matiza la idea tradicional de que la fama va asociada a grandes acciones. El orador considera que la simple acción no acredita tanto a la fama como la finalidad para la que esta acción se concibe, lo que le hace valorar las hazañas de Teseo en la Helena por encima de las de Hércules, ya que las de éste fueron realizadas para su propio beneficio y por encargo de Euristeo, mientras que Teseo obró por propia iniciativa en favor de Atenas. Isócrates habla incluso en la Ep. II de una φιλοτιμία -καιρος cuando va dirigida a empresas improcedentes, una expresión sin duda crucial y que liga el concepto de τιμή con el de καιρός, otra de las palabras recurrentes en Isócrates: de nuevo A. no saca partido a esta relación, aunque aludirá expresamente a ella en la p. Como resultado de este apartado se comprueba la intelectualización a la que Isócrates somete la idea de prestigio so-EMERITA. Revista de Lingüística y Filología Clásica (EM) -LXV 2, 1997, pp. 321-378 cial, que relaciona con conceptos como φρόνησις, σωφροσύνη, δικαιοσύνη o εÛσέβεια. En el segundo apartado del capítulo (pp. 98-131) se estudia la caracterización del φιλότιμος en Isócrates a partir de las figuras de Evágoras, Nicocles y Filipo y los consejos que a estos dos últimos dirige el orador. Isócrates propone a Heracles como modelo de Filipo (pp. 124-127), algo que, como ya reconoció antes A. al tratar la imagen de este héroe frente a Teseo, era inevitable, dado que a Heracles hacía remontar su linaje el macedonio. Como ya se dijo, Heracles no es el modelo de héroe para Isócrates, pero éste sabe moldearlo ahora de acuerdo con sus ideas para que sirva de referente a Filipo. Está por discutir en qué medida la imagen isocratea de un Heracles justo, sensato y benefactor de Grecia es de verdad novedosa como proclama el orador, un aspecto en el que A. no toma partido claro (cf. pp. 94-95) y sobre el que sería urgente realizar una investigación. Las conclusiones más importantes del capítulo pasan por el hecho de que la φιλοτιμία, tal como está descrita en los personajes analizados, es un fenómeno individual pero que Isócrates pretende someter a las necesidades de la polis. En el capítulo quinto (pp. 132-158) se considera la caracterización que hace Isócrates de su labor como educador y del prestigio que asocia a ella y que determina su condición de •ν¬ρ φιλότιμος. El autor alude en la introducción a esta parte a la «vanidad» de Isócrates como un topos de la crítica, aunque no hace un intento serio de corregir esta visión parcial. A. descubre que algunos de los personajes alabados por Isócrates en sus obras asumen rasgos del propio orador, lo que desarrolla sobre todo al hilo de las figuras de Heracles y Agamenón (de este último hace en las pp. 144-145 algunas apreciaciones que coinciden en gran medida con las que yo mismo realicé independientemente en Emerita 64, 1996, p. A. observa que Isócrates proyecta sus ambiciones como orador en el ámbito de la antigua πάτριος πολιτεία, pero no analiza la posición política de Isócrates en la Atenas del s. IV. Siguen unas palabras sobre la identificación a ojos de Isócrates del prestigio cultural de Atenas con su propia labor. Las notas, una completísima bibliografía y los índices de pasajes y palabras cierran la obra, que destaca sobre todo por el método riguroso y por la hábil conjunción de pasajes sacados de los discursos de Isócrates con vistas a reconstruir las ideas del orador (que no parecen haber cambiado mucho a lo largo de su vida -aunque este es un punto que merecería también investigarse, ya que el énfasis en la δόξα parece crecer en el orador a partir del proceso de la antídosis). El libro es un punto de partida básico para futuras investigaciones y contiene muchas reflexiones aisladas de gran valor que no ha sido posible reseñar aquí y que son sólo apreciables para aquel que se acerca a la interpretación de un pasaje concreto. El libro que nos presenta aquí Eugenio Amato, que se califica a sí mismo como «giovane studioso», es una recopilación de estudios críticos sobre los dos discursos que se nos han conservado íntegros de Favorino de Arlés, un autor de la segunda sofística, contemporáneo de EMERITA. Revista de Lingüística y Filología Clásica (EM) -LXV 2, 1997, pp. 321-378 Adriano al que los estudiosos han prestado hasta ahora escasa atención. Se trata de la Corinthiaca oratio y el De fortuna, conservados ambos en el interior del corpus de discursos de Dión Crisóstomo que fue su primer maestro en Roma cuando Favorino llegó de la Galia. Amato desgrana unos pocos datos sobre la vida de Favorino en su «prefazione» (pp. VII-XVI), sin ofrecernos una verdadera biografía. Su interés es sólo el texto de las obras, que se propone editar en breve para Belles Lettres. El primer apartado del libro es un estudio sobre la tradición manuscrita del discurso a los corintios («La Tradizione Manoscritta del ΚορινθιακÎς λόγος di Favorino d 'Arelate», pp. 1-39). El autor colaciona mss. desconocidos a los anteriores editores pero que no aportan especiales novedades, aunque confirman alguna conjetura menor y proporcionan al editor más elementos de juicio. Amato enumera los mss. existentes, sin ofrecernos una descripción detallada y pasa enseguida a catalogar las variantes que presentan respecto a la edición de Barigazzi, cuyo aparato crítico, claramente deficiente según revela el autor, suple desde ahora su listado. A partir de ahí Amato elabora un stemma nuevo (p. 25), que está debidamente justificado en sus ramas inferiores, aunque parte de una división de la tradición en dos ramas, g y e, que Amato no se molesta en fundamentar pues «risulta evidente». La idea de que el arquetipo es un ms. de los discursos de Dión Crisóstomo que estuvo en posesión de Focio en el s. IX (nota 12, p. 34) se basa simplemente en que el patriarca declara haber leído a este autor en su Biblioteca (cod. Se parte así de una simplificación de los hechos muy usual entre los filólogos clásicos cuando se acercan a Bizancio: la de pensar que no había más mss. en Constantinopla que los que estaban en posesión de Focio (que sólo habla de varios mss. de un autor cuando éstos presentan divergencias, como en el famoso caso de las dos ediciones de Eunapio de Sardes, cod. Más interesante habría sido que el autor siquiera se plantease el modo y el momento en el que estos dos discursos de Favorino llegaron a incorporarse al corpus de obras de Dión Crisóstomo, y cuál pudo ser el motivo de que otros discursos del orador, como el De exilio, tuvieran una transmisión diferente (cf. Suda s.u. La formación de corpora de oradores en los que se incluyen obras de continuadores o coetáneos es un fenómeno conocido desde Demóstenes y no ajeno a otros autores de la segunda sofística. Es el segundo apartado del libro («Nuove note critiche alle orazioni Corinthiaca e De fortuna di Favorino», pp. 41-80) el que reclama sobre todo nuestro interés. En él se analizan casi una treintena de pasajes problemáticos de los dos discursos de Favorino. El autor sigue, como él mismo declara, un criterio «prudentemente conservatore», es decir, limita la conjetura a casos desesperados, cuando no puede sacarse sentido alguno a la lectura transmitida. De esta forma, rechaza conjeturas gratuitas de editores anteriores que no habían llegado a entender bien el sentido del texto transmitido. Sin embargo el autor no se atiene en un par de casos a la economía crítica que predica. 13 (pp. 53-55) Amato analiza unos hexámetros de la Sibila Herófila citados por Favorino, cuyo primer verso está claramente corrupto, puesto que no tiene ningún sentido y no encaja métricamente: ì δαίμων τι τύω δέος, Ðλβιος αÛχήν es la lectura de M, el mejor ms., mientras que el resto de la tradición presenta ì δαÃμον τι τοι ôδε Óς, Ðλβιος αÛχήν. Amato rechaza esta última lectura, con razón podemos añadir nosotros, pues da la impresión de ser una corrección de la primera: regularización en δαÃμον del vocativo anómalo δαίμων, y sustitución de τυ por τοι, que sonaban igual a los oídos griegos hasta el siglo IX d.C. (Ànos puede decir esto algo sobre la transmisión del texto que el autor deriva de EMERITA. El sentido de esta versión parece oscuro por más que Naogeorgius en el XVII se esforzó en traducirlo con un «O Deus, hic rerum tibi quid? felix...». Amato parte pues de la lectura de M para proponer su conjetura: óς δαίμονά σε τίω, εÜδιος Ðλβιος αÛχήν. La propuesta me parece inaceptable, no sólo porque introduce nada menos que siete cambios en el texto transmitido, sino porque además, en contra de lo que inexplicablemente afirma el autor, el verso reconstruido no encaja métricamente. Me parece más lógico partir de una conjetura de Arnim, que veía en τι τύω δέος una corrupción de πιτυώδεος. Dado que cualquier reconstrucción del verso pasa necesariamente por postular una laguna (el propio Amato suple ευ-en εÜδιος), propongo simplemente leer ì δαίμων πιτυώδεος, Ðλβιος αÛχήν, («Oh demon del bosque de pino...») siguiendo un pasaje de Estrabón (VIII 380, el propio Amato lo cita), en el que se habla precisamente de un bosque de pinos (-λσει πιτυώδει) en torno al templo de Poseidón junto al que se celebraban los juegos ístmicos a los que aluden los hexámetros siguientes. 28-29, Amato aplica la conjetura sin necesidad. Favorino se refiere a las críticas que podrían hacerse al hecho de que se erigiera una estatua al sofista Gorgias y en las que él no va a entrar, una clara praeteritio. 60 considera que el interrogativo Γοργίαν λέγω (otros mss. leen Γοργίαν τί λέγω) no es comprensible donde está, pero ello es debido a que entiende como local el o{pou siguiente, como si el autor dijese que es posible ver la estatua de Gorgias donde se levanta la de Frine de Tespias, una famosa hetera del siglo IV a.C. para la que Praxíteles fundió una estatua en Delfos. Por ello transpone el Γοργίαν λέγω al principio del pasaje, que traduce del siguiente modo (p. En realidad tal transposición no es necesaria, ya que o{pou tiene también un valor próximo al temporal que conviene muy bien al pasaje: «¿Gorgias digo, (o bien, siguiendo la variante de la tradición, quizás derivada: «¿Qué digo Gorgias...») cuando es posible ver incluso a Frine de Tespias también ella sobre una columna como Gorgias?». El resto de las propuestas de Amato se ajusta a la lógica prudencia del editor. Sólo realizaré por lo tanto algunas sugerencias: Cor. 19: pienso que no debe suprimirse sin más el τäν ¦κ Σικελίας que cierra el periodo, pues quizás Favorino quería indicar que nadie de los de Sicilia había expulsado (¦ξήλαυνεν) al tirano Dioniso, el cual abandonó la isla ßπόσπονδος, tal como nos testimonia Diodoro Sículo 16.70.1; Cor. 42: propondría suplir no τους ¦ξ ¦κείνου, como propone Amato (pp. 62-63), sino, si acaso, simplemente το×ς ¦ξ ¦κείνου; Fort. 9: me parece que no hace falta corregir el Ò Ζε×ς o Τύχη de los mss. en Ò Ζε×ς o Τύχη (pp. 65-66) puesto que la equivalencia entre ambas divinidades podría hacerse sencillamente con un Ò Ζε×ς ́ Τύχη; Fort. 17: la omisión de -ν ante una palabra que empieza por alfa como -λλος, tal como postula acertadamente el autor (p. 68), es un hecho muy frecuente en los mss. (cf. por ejemplo en J.M. STAHL, Kritisch-historische Syntax des griechischen Verbums, Hildesheim 1965, pp. 299-300). El Esta primera edición comentada del poema de Gregorio Preceptos a las vírgenes (1.2.2 en la clasificación de la Patrología Griega de Migne) forma parte del proyecto que sobre el Nacianceno se lleva a cabo en Paderborn, y que ya ha dado a la imprenta otros comentarios a los poemas Contra la soberbia (1.2.25, comentado por M. Oberhaus) y el Debate entre el matrimonio y la virginidad (1.2.1, vv. 215-732, comentado por K. Sundermann), ambos editados en 1.991, aparte de otros volúmenes que presentan colaciones nuevas de los textos de algunos discursos de dicho autor (Orationes III, IV y V). La parte central de la obra es, por supuesto, el comentario mismo a los versos del poema (1-689), pero ello no empece que las secciones anteriores constituyan un precioso material para el que estudia esta parte de la producción gregoriana. De hecho, sin la cuidada introducción debida a Martin Sicherl, muchas cuestiones no habrían sido tratadas. Dicho especialista se ha dedicado a los aspectos generales, complexivos, del poema, así como a su transmisión textual. En ella, efectivamente, trata en tres partes sobre la doctrina de la virginidad en Gregorio, la estructuración del poema y su forma o estilo. Anteriormente hay un prólogo del editor, el propio Sicherl, otro de María José Zamora a los versos que ella comenta (355-689) y una bibliografía en la que quedan recogidas las obras de consulta abreviadas, obras de comparación mencionadas sobre la virginidad, el modo de citar las obras de Gregorio de Nacianzo, del Niseno y de Filón, así como las abreviaturas de las revistas especializadas. Hablando ya de las características del comentario, una característica de los volúmenes de Oberhaus y Sundermann que se ha conservado en éste es la de que previo a cada sección, subsección y subdivisiones ulteriores exista un resumen del argumento en ese punto, lo que favorece el seguimiento del desarrollo del pensamiento gregoriano: los dos autores del comentario llevan a cabo una constante labor de desmenuzamiento del texto apto para detenerse en cada detalle. Por otro lado, los comentaristas procuran no repetir los rasgos de estilo u otras características del texto del Nacianceno para no resultar prolijos y lograr una uniformidad y la máxima fluidez en la lectura. Con el fin de que el lector no pierda ningún detalle respecto a di-EMERITA. Revista de Lingüística y Filología Clásica (EM) -LXV 2, 1997, pp. 321-378 chos rasgos o características hacen uso de referencias de avance (aunque éstas más raramente) y de retorno. Hay también envíos a la introducción, donde, como hemos dicho, se trabaja cuestiones que no se tratan en el comentario. Cada apartado del comentario está concebido como un todo, cual es característico en las obras de consulta bien estructuradas, es decir, que aun a riesgo de multiplicar referencias y hastiar en una lectura continua, se remite siempre que se puede a otros pasajes de la obra en que se trata de una cuestión con más detenimiento o por vez primera. Este tipo de referencias resulta muy útil a la hora de consultar pasajes o versos concretos, como es natural. Los comentaristas auxilian también al lector con la sintaxis gregoriana, que a veces se hace oscura. Además, el estudio acerca de la métrica del poema no ha sido descuidado. En efecto, aparte de las referencias en el interior de los apartados del comentario (en especial la estructura de cada verso notable, dependiente de la distribución de las cesuras), se ha continuado con la costumbre de colocar asteriscos a todo lo largo del comentario. Se indica mediante la adición de dicho signo las palabras y fórmulas («Junkturen») que se encuentran en la misma posición de verso dentro de la obra poética del Nacianceno y de otros autores de la literatura griega. En algunos casos se informa de esta característica formular por medio de la expresión «in gleicher Sedes...». Igualmente, se ha añadido un asterisco antes de la palabra o grupo de palabras que constituyen conjeturas divergentes del texto de la edición de la PG de Migne. En la parte final del libro, la que recoge los índices, se agrupan todas las conjeturas (Register 1). La transmisión escrita es solamente atendida cuando hay problemas en las lecturas de los códices. Ya en el interior de cada apartado, destaca la atención dedicada por los comentaristas al estilo poético de Gregorio y sus antecedentes: Homero, Hesíodo (con menos frecuencia otros autores)...; destacan los Padres, Apologetas y otros autores cristianos; los Setenta y el Nuevo Testamento, por supuesto. En este sentido utiliza Gregorio las fórmulas de la poesía épica, su vocabulario inveterado, sus tropos y figuras, todo lo cual es objeto de un comentario lingüístico y estilístico de los comentaristas en no pocas ocasiones. Una contribución interesante dentro del estudio de la tradición literaria griega en la que Gregorio de Nazianzo se encuentra es la paremiografía, esto es, los proverbios o dichos de sabiduría popular, que tienen a veces un origen literario. El recurso a las sentencias populares confiere mayor vividez al relato del Nacianceno. Es el caso del δεύτερος πλοØς o «segundo periplo» al que alude el verso 416. Asimismo, el pensamiento del autor es relacionado con el de la filosofía anterior a él, muy especialmente Platón, los estoicos, la diatriba y los neoplatónicos, para todo lo cual la bibliografía específica es abundantísima y constantemente citada. La remisión a las obras, tesis doctorales y revistas de temática patrística y teológica, en especial las de los últimos años, es también continua. Es impresionante el cúmulo de citas en griego --muchas más que las latinas --que pueden ser aducidas para las relaciones que los comentaristas desean y deben establecer; sólo es preciso contemplar un par de páginas para percatarse de la gran competencia que caracteriza a estos especialistas; así, por ejemplo, en el apartado del v. 29, donde se concentran hasta diez citas con fragmentos textuales. Aun corriendo el riesgo de demorar la lectura a causa del esfuerzo de traducción de dichos pasajes, los pasajes sucesivamente comentados adquieren una importancia inigualable en cada momento, puesto que son colocados bajo la luz de muchos focos diferentes y realzados mediante las comparaciones, los antece-EMERITA. Ningún detalle parece pasar inadvertido. Tal vez podría haberse descargado la caja del texto utilizando notas al pie. En todo caso, la multitud de citas en griego y latín enriquece el estudio de manera notabilísima, puesto que sitúa a san Gregorio en el centro de una tradición de la sabiduría helénica que comienza en la épica homérica, llega a él, lo rebasa incluso y se traslada a los Padres posteriores y aun más allá; o bien lo colocan en oposición a otras corrientes de pensamiento. Estas citas forman una parte fundamental del comentario y acaban siendo punto de partida de estudios más pormenorizados sobre la tradición patrística y los rasgos de la literatura del Nacianceno. Las referencias latinas, por su lado, no se encuentran ausentes, e incluso se acercan al número de testimonios en griego algunas veces. Con la aportación de textos, los comentaristas se proponen hacer ver --y lo consiguen --que el autor del poema compite con las producciones literarias contemporáneas en brillantez y estilo lírico y que posee una cultura poética y literaria en general excelente, como corresponde a una persona de su rango, obligada por ello a sentar una doctrina inequívoca para sus feligreses. Se hace patente de cuando en cuando la referencia a pasajes de obras muy conocidas por los especialistas en Patrística, pero cuya rememoración resulta muy útil. Es el caso de los Evangelios, los cuales están mencionados constantemente por Gregorio Nacianceno en su obra y, particularmente, en los Praecepta ad uirgines. En todo momento puede observarse una «asepsia científica» en los comentarios de los autores de esta edición, que se agradece especialmente por ser el estudio de una obra de espiritualidad. Se observa el alejamiento debido, la falta de apasionamiento, por consiguiente, aunque a veces el tema del poema lleva a los autores del comentario a hacer teología o historia. En esas ocasiones, hallamos a veces pormenores que suenan sorprendentemente nuevos en las explicaciones de los autores. A propósito de esto, la homogeneidad que puede observarse entre las dos partes trabajadas por F. E. Zehles y M. J. Zamora resulta notable. El estilo y cualidad científica del comentario no sufren variaciones apreciables, si acaso una leve disminución en la extensión de los apartados dedicados a los versos, necesaria si contamos con la precedencia de muchas ideas en el apartado estudiado por Zehles, que luego van siendo reiteradas, y a las que Zamora va remitiendo, por lo general. El tono se mantiene, pues, en especial en lo tocante a la bibliografía y a la aportación de textos --sean o no del Nacianceno --relacionados con los pasajes que se van estudiando. Una característica común que poseen todos los buenos comentarios a las obras literarias griegas es la concisión, dada la relativa escasez de espacio para extenderse en demasía sobre una cuestión individual. En el caso del comentario de Zehles y Zamora, en concreto, aunque bien es cierto que a veces el afán de abreviar somete al lector a una sobrecarga de información en cada apartado (en especial de textos griegos relacionados de algún modo con cada idea comentada), las resumidas explicaciones que hay en él (históricas, lingüísticas, filológicas, teológicas, de crítica textual y demás) resultan certeras y buscan agotar la cuestión sobre la que se fijan; para la ulterior información, como es natural, remiten a la bibliografía, que procuran exponer con la ayuda de abreviaturas y referencias cruzadas. Como resultado, por tanto, la exhaustividad se hace general a lo largo de todo el comentario, de manera que en un mismo apartado puede ser hallada cuanta información sea precisa para un entendimiento complexivo pero detallado del verso o versos tratados. Uno de los ejemplos más relevantes de ello es la exposición acerca de la concepción trinitario de Gregorio de Nacianzo, en las últimas páginas del comentario. Los autores parecen sorprendentemente desconocer la ingente obra de organización llevada a cabo por J. Mossay, B. Coulie y C. Detienne, las concordancias del Thesaurus Sancti Gregorii Nazianzeni, tomo II (Carmina, Christus Patiens, Vita), Brepols, Corpus Christianorum, 1991, editadas, por tanto, cinco años antes de la obra que estamos reseñando. Aun en el caso de que las conociesen y no las hubiesen usado, creemos que su presencia en el elaborado apartado que dedican a la bibliografía habría sido no sólo útil sino también necesaria. Otras son deficiencias menores, como el uso indiscriminado de dos abreviaturas distintas de una misma referencia: en las pp. 106-107, tenemos a la izquierda «alttl. Inhalts» (para abreviar «alttestamentlichen»), a la derecha «neutestamentl. Sprachgebrauch» (y a la izquierda, «ntl.-christl.», para significar «neutestamentlich-christlich»). O bien, en la remisión a pasajes del propio poema estudiado, usar tanto referencias sencillas (el solo número de verso, o la expresión «zu 352», por ejemplo), como otras más complejas que suelen servir para referirse a otras partes de la obra de Gregorio (1.2.2.352, por ejemplo, cuando sabemos que se está comentado el poema 1.2.2).: umanità, politica, cultura. Se nos ofrecen en este volumen las doce conferencias pronunciadas en octubre de 1992, en Gubbio, por ilustres filólogos en torno a la obra de Horacio para conmemorar así el bimilenario de su muerte. Los autores son mayoritariamente italianos, aunque también hay representantes de otros países europeos, sin que falten los españoles. JORGE MARTÍNEZ DE TEJADA Comienza Giancarlo Mazzoli hablando sobre «Italità oraziana» (pp. 7-22). En su intervención se van hilvanando oportunamente los textos en los que el poeta (que se definía como Lucanus an Apulus anceps) deja traslucir -al margen de su ocasional helenismo -su dimensión itálica, expresa no sólo en términos geográficos sino especialmente en determinados rasgos y virtudes del carácter itálico que son valorados positivamente. Nicholas Horsfall escribe sobre «Orazio e la conquista del mondo: problemi di ideologia e di metaforica» (pp. 23-34), destacando las alusiones horacianas a campañas romanas de conquista y tratando de fijar con sagacidad crítica los límites del compromiso político del poeta. Nuestro colega Enrique Otón Sobrino ha contribuído a este homenaje con un estudio titulado «Horacio y el sentido de lo efímero» (pp. 35-40), en el que subraya y comenta, con una amplia y lúcida perspectiva filosófica, esta constante tan importante de la personalidad y la poesía de Horacio, auténtico motor e impulso creador de muchas de sus mejores piezas. Carlo Santini se refiere en su aportación a un asecto más concreto: «Due ipotesi sull' identità di Cassius Etruscus (Hor., sat. I 10, 61-64)», explorando sobre quién pueda ser el personaje así llamado en ese lugar horaciano, y concluyendo que, aparte de la tradicional identificación con Casio de Parma, este autor, al que se le reprocha su excesiva fecundidad EMERITA. Revista de Lingüística y Filología Clásica (EM) -LXV 2, 1997, pp. 321-378 literaria, podría ser el analista Casio Hémina, o tal vez un Casio mencionado por Varrón. Aldo Setaioli, editor del volumen, ha escrito una magnífica contribución acerca de «Orazio e l 'oltretomba» (pp. 53-66). El mundo del más allá es un tema muy vinculado a esa continua obsesión del poeta por el fenómeno de la muerte: denominaciones míticas del más allá, geografía y personajes que lo habitan, incoherencias esporádicas en la presentación de dichos personajes y nociones, pesimismo del poeta al respecto, son los aspectos que aquí se analizan. En torno a las Epístolas versa la contribución de Italo Lana («La ricerca della coerenza nel primo libro delle Epistole», pp. 67-83), donde se pone de relieve la lucha de Horacioexplícita en esta parte de su obra, ya en su edad madura -por resolver sus íntimas contradicciones, por aceptarse a sí mismo tal cual era, por encontrar el equilibrio y la felicidad. Michael von Albrecht diserta sobre «Orazio e la musica» (pp. 83-88), y se detiene en un punto tan interesante como es la controversia acerca de si las Odas estaban o no destinadas a ser cantadas, revisando testimonios antiguos y analizando los datos con extramado rigor, para responder afirmativamente a dicho interrogante. Otra compatriota nuestra, la profesora Dulce Estefanía, es autora del estudio titulado «La amistad en la obra de Horacio» (pp. 89-99). Añade en él nuevos puntos de vista a un trabajo previo suyo sobre este mismo asunto, y pondera debidamente las implicaciones del tema amical con otros tópicos de la poesía horaciana, perfilando así una sugestiva lectura del poeta. Como se ve, todas estas contribuciones se detienen en análisis literarios de la obra horaciana, tocando casi exclusivamente aspectos del contenido. Nada hay relativo al estilo o a la arquitectura de los poemas o de los conjuntos poéticos, asunto éste que tanta tinta ha hecho correr en las décadas precedentes. Las cuatro últimas contribuciones se recfieren a la recepción y pervivencia de la obra de Horacio, siguiendo así la tendencia hermenéutica actual, muy dada a volcarse en este campo que amplía los horizontes de los estudios literarios. Aspetti della presenza oraziana in Ovidio», pp. 101-116) persigue la impronta que en la poesía ovidiana dejara nuestro poeta, partiendo del conocido pasaje de trist. Los ecos se muestran más pródigamente en la obra del exilio, según revela el concienzudo análisis de la autora. Maria Lisa Ricci se ocupa de la huella horaciana en la literatura de los siglos cuarto y quinto («Lettori di Orazio fra il IV e il V secolo», pp. 117-128), deteniéndose especialmente en Paulino de Nola, Claudiano y Prudencio como receptores. De la presencia de Horacio en Boecio da cuenta Alfonso Traina («Orazio in Boezio», pp. 129-135), presencia que es más lógica en las partes poéticas del De consolatione. Distingue convenientemente el autor entre la citación explícita (que aparece alguna vez en las partes en prosa), la imitación métrica, la alusión, para concluir finalmente que «la presenza di Orazio en Boezio rimane modesta (con netta prevalenza delle Ode), e in parte contrastiva». Finalmente, Luigi Quattocchi escribe su trabajo sobre «Orazio in Heinrich Heine e August von Platen» (pp. 137-152), y va hacia adelante cronológicamente en el examen de lo que ha sido la vigencia de Horacio en la posteridad, dejándola clara en estos dos poetas alemanes del siglo XVIII, no sin antes haber esbozado una síntesis panorámica de la fortuna del poeta en la literatura alemana anterior. Constituye, pues, este libro un valioso conjunto de indagaciones horacianas. Este volumen recoge las conferencias de los profesores encargados de participar en las jornadas que con ocasión del Bimilenario de Horacio organizó el Liceo Classico «Virgilio» de S. Giorgio del Sannio. Van precedidas de las intervenciones del Director del Liceo, Mario Pepe, del Subdirector, Mario Liucci y de los profesores Maria Teresa De Angelis y Enrico De Minico, organizadores del encuentro, intervenciones que justifican el mismo subrayando los valores humanos del venusino, la actualidad y modernidad de su refinada poesía y el interés que sus mensajes puede tener para el hombre de hoy (pp. 11-24). A continuación E. Di Lorenzo en «L 'itinerario poetico di Orazio» (pp. 29-67) nos ofrece un denso recorrido por toda la obra del poeta, con el que intenta eliminar la imagen convencional y reductiva que se ha dado de él considerándolo solo poeta augústeo o separando al Horacio lírico del satírico. Por eso le parece «più coerente e fecondo di resultati» el estudio de su «itinerario poetico» en el que es posible ver al poeta en relación con sus modelos, examinar las relaciones entre su obras, su evolución y unidad. Como en cualquier trabajo de conjunto de este tipo se advierten ciertos desequilibrios: el autor presta más atención a Epodos y Sátiras que a Epístolas y Odas. De todas formas es comprensible ya que no es fácil dar cuenta cabal de la poética horaciana y de la complejidad de su lírica en tan pocas páginas. Tras este ensayo introductorio entramos en contribuciones referidas a aspectos más concretos y ceñidos de la obra horaciana. A. De Vivo escribe sobre «Orazio e la guerra civile» (pp. 71-116) a partir de los poemas en los que el poeta reflexiona sobre ella y la condena sin concesiones, desde los epodos VII y XVI (año 39-38) hasta la última de su odas romanas (años 29-25). La conversión augústea del poeta, su amistad con Mecenas y Augusto, no le llevó a olvidar nunca que la paz augústea había surgido de una guerra civil, un drama del que las generaciones futuras debían guardarse. El A. subraya el parentesco entre la amargura expresada por el poeta en sus epodos más tempranos y el pesimismo de la Historiografía tardo-republicana. Que después Horacio estuviera de acuerdo con el programa de regeneración augústea no supuso ni adhesión servil al mismo ni un cambio de actitud con respecto a su propio pasado, como demuestra que aún en Epist. II 2, 46 ss. (año 18) evoque su participación en Filipos, un episodio que la propaganda oficial intentaba ocultar. Una vez más hemos de apreciar el esfuerzo de síntesis realizado por el A. para presentar un tema amplio en el que es difícil tratar la actitud del poeta ante la guerra civil sin discutir el controvertido tema de su adhesión al programa augústeo. Quizás por eso resulta más satisfactoria la primera parte del artículo, dedicada al análisis de los primeros poemas civiles de Horacio, especialmente el de Ep. I 37, dos parejas de poemas estrechamente relacionados entre sí. Por último A. V. Nazzaro hace una interesante contribución al «Fortleben» de Horacio en la tardía antigüedad cristiana: «La presenza di Orazio in Paolino di Nola» (pp. 119-161). Revista de Lingüística y Filología Clásica (EM) -LXV 2, 1997, pp. 321-378 curriendo a la Intertextualidad como método de análisis estudia la presencia «viva e operante» de Horacio en Paulino de Nola. Más allá de la tradicional «Quellenforschung», que se limita a buscar loci similes, Nazzaro pretende indagar más profundamente el diálogo entre textos de Horacio y Paulino. El poeta cristiano, tras su conversión, rechaza una y otra vez la poesía profana como falsa y mentirosa y se propone sustituir sus contenidos por la nueva doctrina, llena de autenticidad y verdad; pero su memoria de escolar formado en la poesía de Virgilio y Horacio le traiciona, de manera que incorpora a sus carmina y epístolas no pocos hipotextos horacianos. El A. analiza detenidamente cómo los reutiliza Paulino para un propósito generalmente distinto: el poeta cristiano los reinterpreta desde su fé; así por ejemplo convierte la invitación a la vida retirada del Ep. II en exaltación del abandono de una vida pecaminosa en su carm. 7; la inspiración de Apolo y las Musas deja paso a la de un maior deus que no es otro que Cristo etc. La presencia de hipotextos horacianos -advierte el A. -añade espesor significativo al texto de Paulino: este, además de rechazar explícitamente la poesía pagana, también connota permanentemente tal rechazo por medio de la incorporación como hipotextos de muchos pasajes de aquella, que niega o de los que se distancia. Así obliga al lector a leer el mensaje del nuevo texto en fuerte tensión o contraposición con el del antiguo, que permanece en él. El rendimiento del método de lectura intertextual es notable y la interpretación que resulta de su aplicación mucho más rica. Este trabajo demuestra cómo también gana en profundidad el estudio de la fortuna de los autores clásicos cuando se va más allá de la mera indicación de fuentes y se indaga la recepción de los mismos y las funciones nuevas que conceptos, imágenes y esquemas retóricos y verbales tomados de ellos, citados o imitados, cumplen en poetas posteriores. Finalmente para completar su estudio y demostrar la efectividad del método en el terreno de la crítica textual, Nazzaro vuelve a publicar aquí como Apéndice (pp. 162-175) su artículo «Su Paul. El análisis del incipit de Hor. O. I 22 como hipotexto del citado verso de Paulino junto con los recursos tradicionales que la crítica textual utiliza para sanear loci corruptos -análisis del contexto, del usus scribendi del autor etc. -permite fijar el texto con mayor fundamento. Así se cierra de una forma enteramente satisfactoria desde el punto de vista científico un libro, que quizás por el contexto en que nacieron sus colaboraciones tenía una función más de divulgación que de contribución al avance científico y metodológico de nuestros estudios. El profesor Alfonso Traina nos ha acostumbrado a esperar cada cierto espacio de tiempo su colección de estudios sobre poesía latina. Puntualmente ahora nos llega esta cuarta entrega, que recolecta sus trabajos publicados -en curso de publicación, los menos -durante los últimos siete años, sin más línea argumental que la que une cronológicamente los distintos intereses del profesor italiano: en especial, la poesía fragmentaria, Virgilio, Horacio y el poe-EMERITA. Por razones de economía de espacio -el índice cuenta treinta y cuatro entradas -, describiremos los trabajos más significativos. Arranca con «Dal Büchner al Dahlman» (pp. 9-20; puente con su anterior «Dal Morel al Büchner», 1985Büchner»,, 1989 2 ), apuntes críticos a una serie de artículos de H. Dahlman sobre poesía latina fragmentaria. Los interesados en este campo de la poesía latina habrán de tenerlos en cuenta, pues en la mayoría de los casos Traina sostiene diferentes propuestas, en general más conservadoras que las del alemán. Habría también que añadir otros dos artículos -«`Ed è subito pera': il pranzo» (pp. 37-40) y «Experdita...» (pp. 41-44) -. que se ocupan de criticar o apoya determinadas lecciones en sendos poetas fragmentarios: Pomponio (maestus ad maenam frente a maestus ad menam, en Pomp. fr. 80 Ribb., respetando la deliberada aliteración inicial) y Varrón Atacino (la consensuada curis experdita de Varro At. 7 Morel, frente a la difícil anástrofe curis ex perdita propuesta recientemente por su colega A. Lunelli). La tercera de sus «Note Plautine» (pp. 31-37), serie iniciada en entregas anteriores. versa sobre la expresión non pedibus termento fuit (Bacc. 929) y la matriz etimológica de termentum, que debe buscarse en ter(g)eo, no en tero, como sostiene un por lo demás atinado trabajo de Moretti. Los trabajos de argumento virgiliano se abren con «Soror alma (Verg., Aen. 10, 439)» (pp. 45-52), donde apuesta en este pasaje virgiliano por la comúnmente aceptada alusión a Yuturna, hermana del caudillo rútulo, desmontando uno por uno los argumentos de Knauer (1964), que pensaba en Juno. Al anecdótico «Audentes fortunas iuuat (Verg., Aen. 10, 284)» (pp. 53-58), le siguen dos artículos de mayor enjundia: una crítica -útil complemento por su carácter más bien bibliográfico -al comentario de S. J. Harrison (Oxford, 1991) al libro X de la Eneida (pp. 59-74) y in interesante análisis de «Il libro XII dell 'Eneide» (pp. 75-98: el «libro de Turno» giraría en torno a la aceptación por el rútulo de su destino: la muerte heroica en aras de la gloria; tras un apunte de su estructura narratológica a través de los episodios contrapuestos, su análisis sin embargo se reduce a tres pasajes «neurálgicos»: el símil inicial (vv. 1-9) o incipit, el consejo de Eneas a su hijo o focus y la muerte de Turno (vv. Después de un análisis de la presencia íntima del poeta mantuano en la obra de Pascoli, «uno de sus últimos hijos» («Virgilio in Pascoli, pp. 97-114), cierra el ciclo virgiliano una serie de apéndices que tratan tanto de la valoración de la magna Enciclopedia Virgiliana («L 'Enciclopedia Virgiliana», pp. 115-122; y «Bilancio di un 'Enciclopedia», pp. 123-138), en la que él mismo ha tenido una importante intervención (son suyas las entradas Turno, Pietas, Superbia, Violentia...), como de un par de reseñas a los trabajos de R. O. A. M. Lyne, Further Voices in Vergil's Aeneid, Oxford, 1987 («Le troppe voci di Virgilio», pp. 139-150) y Words and the poet..., Oxford, 1989 («`Parole' di Virgilio», pp. 151-160). Otro ciclo temático se ocupa, como apuntábamos, de Horacio. El primer ensayo, «Le Epistole e l 'arte di convivere» (pp. 161-186) -origen de una agria polémica con M. Gigante, que no se queda sin cáustica respuesta en «In Aristippi praecepta relabor» (pp. 187-190)revaloriza la relación del poeta latino con uno de sus maestros confesados, el epicúreo Aristipo, (Hor., ep. En «La linea e il punto (ancora sul carpe diem)» (pp. 191-196) entra en amistoso debate con su colega Mazzoli, quien en un reciente artículo y apoyándose en un precedente plautino que no convence a Traina, divergía de él (cf. «Semantica del carpe diem», 1973) en la naturaleza temporal de dies -frente a aetas -en la tópica iunctura horaciana. Revista de Lingüística y Filología Clásica (EM) -LXV 2, 1997, pp. 321-378 Tras un agudo comentario de un pasaje horaciano inadvertido por la crítica («Il pesce epico (Hor., sat. A dos observaciones sobre determinados pasajes de poesía cristiana (el anónimo Carmen de Iona,29,y Rosvita, Pafn. 12,5,, sigue la última serie temática, integrada por trabajos sobre poetas neolatinos, renacentistas y modernos, en los que el gran filólogo italiano reafirma su interés por la cada vez más explotada mina de un latín periférico hasta hace bien poco preterido, cuando no denostado por cierto sector miope de la crítica actual. Así, al alegrarse de la reedición del libro de Raimondi, Il Codro e l' Umanesimo a Bologna, 1950, 1987 2 (pp. 233-237), no sólo piensa en la actualización del interés por un humanista merecedor de mejor suerte, como Antonio Urceo, «el Codro» (1446-1500), autor de silvas y de versos goliárdicos, sino que focaliza la presencia de la herencia medieval en el latín humanístico. En «Un umanista risuscitato...» (pp. 239-248) celebra -en cuanto se rescata un latín «testimonio de su tiempo» (p. 240) -la editio princeps de la Gigantomachia de Fabio Barignani (1532-1584), olvidado autor de poesía y de un epistolario italiano. Su poema épico en cuatro libros y más de 3.500 hexámetros guarda la sorpresa de cantar el socorro que prestan los caudillos italianos contemporáneos a los dioses olímpicos acosados por Titanes, Gigantes y Centauros. Por último, treinta y cinco años de continua dedicación (recordados en la memoria final «I miedi conti con Pascoli», pp. 289-300) avalan la calidad de las observaciones de Traina sobre la obra de Pascoli. Aquí leemos unos breves apuntes a pasajes problemáticos de las Res Romanae de Pascoli, como adelanto del comentario que prepara para la B.U.R. («In margine alle Res Romanae del Pascoli», pp. 249-258), así como una nueva entrega de sus «Esegesi pascoliane» (pp. 259-280): seis estudios sobre diversos poemas de Pascoli que nos descubren un rico latín moderno en fecundo diálogo no sólo con autores clásicos, sino con otros menos esperados, como D'Annunzio o Baudelaire. Para finalizar, dos índices, de nombres propios y de vocablos latinos y también griegos, nos facilitan hacer la valoración del libro descrito. Sus diversas entradas (que no temen alinear a Baudelaire con Barignani, Barthes y Beroaldo) reflejan el amplio abanico de conocimientos desplegado desde la poesía arcaica en fragmentos hasta el último poeta latino, pasando por el estro cristiano y renacentista -y siempre con igual autoridad, la que dan el ingenio, el trabajo esforzado y los años -por uno de los grandes filólogos italianos actuales, a quien sólo le deseamos que nunca pueda decir, recordando a Terencio, satias me tenet studiorum istorum. DÍEZ DE VELASCO, FRANCISCO -Los caminos de la muerte. Religión, rito e imágenes del paso al más allá en la Grecia antigua. 198 pp. El autor de este libro, con buen dominio de los textos antiguos y la bibliografía pertinente, pero también de la iconografía, recogida en dibujos con finalidad documental, hace un EMERITA. Revista de Lingüística y Filología Clásica (EM) -LXV 2, 1997, pp. 321-378 recorrido muy completo por las creencias griegas sobre el viaje al más allá y los ritos conexos. Es un tema bien conocido desde el libro de Rohde, pero hay muchas cosas que añadir o rectificar, hoy en día. Como dice el autor (p. 18), no se ha conservado ninguna obra cuya finalidad primordial sea narrar ese paso al más allá; pero hay textos literarios, hay una información arqueológica privilegiada procedente sobre todo de los lecitos, podemos añadir conclusiones derivadas del estudio comparativo de las religiones y las literaturas. Y hay hoy día puntos de vista sociológicos que desbordan los presupuestos anteriores. Un punto de partida lo halla el autor en el estudio de las dos nekuias de la Odisea: ve una diferencia esencial entre los héroes muertos de la primera, que mantienen su apariencia y memoria humanas, y los pretendientes muertos de la segunda, que chillan cual murciélagos y han perdido su individualidad personal. Aportación interesante, continuada en el siguiente capítulo. Digamos, sin embargo, que Homero está muy incompletamente explorado en relación con el tema del alma y del viaje al otro mundo y los precedentes de todo ello fuera de Grecia. El tratamiento del tema que interesa al autor, que tiene un fondo social, es continuado, como digo, en el capítulo segundo, apoyado en la iconografía. Aquí la cerámica que representa a Hypnos y Thánatos como porteadores del muerto (como en el pasaje homérico sobre Sarpedón), se refiere a hoplitas muertos, equiparados con los héroes homéricos. En cambio, otras representaciones en que intervienen Hermes y, sobre todo, Caronte, dan una idea más democrática y común de la muerte, sea el que sea el origen de Caronte. Lo de democrático hay que entenderlo en sentido amplio, pues el barquero infernal aparece desde el siglo VI en diversas partes del mundo griego. Es muy interesante la investigación de la evolución de esta iconografía y de cómo, frente al trámite diríamos que vulgar, aparece otras veces Caronte como raptor, la muerte como un drama violento. Diferencias más o menos próximas se encuentran también entre representaciones en que junto a la tumba o estela aparece (en muy verosímil interpretación) el guerrero muerto vestido como hoplita y otras en que el alma del muerto vuela como eídolon despersonalizado, sea ave o figura alada esquemática. Las primeras representaciones recuerdan al autor el pasaje homérico en que Patroclo muerto se aparece a Aquiles. En las segundas, en cambio, se ha logrado despersonalizar la muerte, cortar radicalmente los lazos entre muertos y vivos. Lazos que hallan su expresión en el culto y creencias sobre los héroes, sobre las que se podrían añadir muchas cosas. Pero es útil esta visión doble de la muerte, cómo hasta después de la tumba continuaban las diferencias sociales, cómo se difundía una ideología nueva que trataba de cortar, en lo posible, los antiguos lazos de vivos y muertos, favorecidos por las aristocracias. Dentro de esta línea es también interesante lo que se nos dice en el capítulo cuarto sobre la cerámica del banquete, para uso de los nobles: su mezcla de motivos báquicos y eróticos y motivos de muerte, incorporados sobre todo a través de la cabeza de la Gorgona en el centro de la kylix. En este capítulo se incluye el tema de la adivinación, a propósito de Melampo, Tiresias y Branco. Creo que este tema es muy diferente del anterior. Y que la interpretación del papel de la serpiente en esos mitos y en el caduceo de Hermes a partir de ciertas creencias del EMERITA. Revista de Lingüística y Filología Clásica (EM) -LXV 2, 1997, pp. 321-378 tantrismo indio me parece que se desvía de la línea general del libro, que es mucho más segura. De ahí se pasa, al final de este capítulo y en el quinto, al tema de la muerte en el misticismo griego: en Orfeo, Empédocles y Epiménides y en Platón sobre todo. La verdad es que el tema merecería un estudio más detenido. Pero es importante el análisis de la muerte del iniciado, hecho a partir de textos de Platón y, sobre todo, de las laminillas órficas de oro halladas en Italia. Es un bonito estudio. Hace ver otro intento griego, distinto de los anteriores, para alejar la muerte. Un intento este individualista y ritualista, moralista también. Fuera, en todo caso, de los límites de la ciudad y de las diferencias de las clases sociales y sus tradiciones. En un tema que parecía agotado se encuentran, como se ve, cosas nuevas que no sólo interesan a la iconografía, también a la historia social e intelectual del mundo griego. Desde el punto de vista del filólogo es el cuidadoso análisis de la iconografía el que más novedades puede reportar. Es una línea que ya ha producido frutos en España y que produce este ahora. El Lexicon Iconographicum Mythologiae Classicae, en el que el autor trabaja, suministra buenos materiales, pero es precisa una investigación detallada en conexión con los textos, como la que aquí se realiza. El libro se cierra con abundantes notas, que contienen debates sobre cuestiones de detalle; y con dos buenos repertorios, uno bibliográfico y otro de fuentes iconográficas. Inteligentemente dirigida por Alberto Bernabé, la colección Instrumenta Studiorum de Ediciones Clásicas, a la que pertenece este libro, va cumpliendo su propósito de ofrecer a estudiantes y curiosos una serie de obras didácticas verdaderamente asequibles por todos los conceptos, en las que se presentan brevemente y con claridad descripciones panorámicas de las diversas ramificaciones superespecializadas de la Filología Clásica. Lo cual es ciertamente muy difícil, y por ello muy meritorio, en los casos como éste, en los que se trata de una materia de gran extensión y complejidad. No es, en efecto, nada fácil comprimir, para que pueda caber en volumen tan pequeño, todo lo que hay que decir acerca de los tratados médicos latinos, especialmente cuando ha de presentarse en apéndice una antología de textos ilustrativos, y cuando al reseñar cada una de las entradas del catálogo -consta de diez y seis el de los tratados médicos latinos formado por Matilde Conde -debe darse abundancia de citas, acompañadas de sus traducciones si se quiere garantizar que estarán al alcance de los lectores potenciales, a los que no sería prudente atribuirles de antemano un perfecto dominio del latín médico, que no es precisamente claro EMERITA. Para acomodar tanto contenido en tan poco espacio, la autora ha optado por componer un esquema, o guión, de lo que podría ser un curso del tercer ciclo universitario, repartiendo la materia en tres secciones -«Introducción» (pp. 3-11), «Los tratados latinos de medicina» (pp. 12-91) y «Aportación de los tratados médicos latinos» (pp. 92-93) -y aponiendo a éstas una antología de textos (pp. 94-131) y una bibliografía (pp. 132-153) rica y bien estructurada. La sección dedicada a dar noticia de los tratados médicos en latín se subdivide en cinco apartados: «Antecedentes griegos» (pp. 12-27), «tratados de época arcaica y clásica» -Catón, Varrón, otros autores, Celso, Escribonio y Plinio el naturalista, más una nota acerca de la lengua de los escritos médicos de estas dos épocas -(pp. 28-56), «tratados de los siglos III-IV (recetarios)» -Gargilio Marcial, Sereno Samónico, Plinio el médico, Pseudo-Apuleyo y Sexto Plácido -(pp. 57-60), «tratados de los siglos IV-V» -Vindiciano, Teodoro Prisciano, Celio Aureliano, Casio Félix, Marcelo de Burdeos, más una nota acerca de los tratados de esta época -(pp. 60-85), y, finalmente, «traducciones latinas de tratados griegos realizadas en los siglos VI-VIII» (pp. 85-91). A la vista está que el libro, ateniéndose a la orientación de la serie a la que pertenece, presenta un panorama sin lagunas de la materia, de la que hay que esperar que en un futuro próximo se ocupe M. Conde, por entregas o de una sola vez, sin tener que padecer las estrecheces de espacio y los condicionamientos que ha debido sufrir esta vez. Si el contenido me parece irreprochable, aunque desearía que no fueran tan escuetas las noticias y exposiciones que lo componen, la presentación tipográfica, de la que la autora no es de ninguna manera responsable, es a mi juicio, en cambio, deplorable, falta de gusto y de cuidado, como se pone de manifiesto en la p. 23, donde una cita de Galeno que da noticia de Andrómaco de Creta aparece en la ilegible transliteración del programa de ordenador empleado para ¿componer? el texto, cuya calidad merecía un mayor esmero y respeto. IV -HISTORIA Y SOCIEDAD. PANTASÍS, VANGELÍS -Geografía homérica y época homérica. La homerización de la antigua Grecia y el problema de Micenas. El libro de Vangelís Pantasís que aquí presentamos constituye una nueva aportación a la investigación homérica. La recreación del escenario geográfico en el que transcurren los poemas y la constatación de las diferencias que separan esta imagen de la actual -ya configurada en el período clásico -lleva al autor a formular una hipótesis cuyas implicaciones afectan a todos los ámbitos de estudio de las epopeyas. Pantasís sostiene que en tiempos posthoméricos se produjo una homerización de la Reseña de libros 47 EMERITA. Según él, entre la época homérica y la antigüedad histórica la destrucción y abandono de muchas ciudades griegas provocó la pérdida de sus nombres. Al finalizar la Edad Media griega y difundirse la Ilíada y la Odisea por todo el territorio de la Hélade, las diversas poblaciones helenas se disputaron la gloria de los lugares celebrados en las epopeyas. Ello hizo que el nombre y la identidad de ciertas localidades célebres, como Pilos, fueran reivindicados hasta por tres ciudades diferentes. Los topónimos disputados se atribuyeron nuevamente a partir de conjeturas basadas en las descripciones de los poemas. Esta reatribución -en muchos casos errónea -conformó una geografía homérica ficticia que hoy nos enmascara la que vio desarrollarse las grandes gestas épicas. Así, según la teoría de Pantasís, la Itaca, Micenas y Esparta homéricas estarían enclavadas en lugares diferentes a los de la Itaca, Micenas y Esparta del período clásico y de la actualidad. Y si esta revelación sorprende a los lectores (y defrauda a cuantos en alguna ocasión han visitado con actitud reverente las supuestas ruinas de las ciudades cantadas por Homero), más aún lo hace la explicación con la que el autor justifica la pérdida y el olvido de los topónimos de los poemas. Después de contrastar las representaciones geográficas de la Ilíada y de la Odisea, Pantasís concluye que ambos poemas pertenecen al mismo período y que probablemente fueron compuestos por la misma persona. Por otra parte, la comparación entre la imagen geográfica recreada a partir de ellos y la de otros períodos de la historia griega le permite averiguar la distancia temporal que las separa. De esa operación deduce una nueva cronología. Según Pantasís, los poemas fueron compuestos a mediados de la edad oscura griega y no en el siglo VIII a. C, como se suele aceptar. De acuerdo también con esta teoría, la pérdida de los topónimos se produjo cuando los poemas dejaron de ser recitados y se pusieron por escrito. La formulación escrita tuvo lugar durante el medievo, y en una escritura silábica del tipo de la lineal B. Después de varios siglos de olvido se redescubrieron y transcribieron alfabéticamente. Esta transcripción, que data según Pantasís de finales del período oscuro, supuso el comienzo de su difusión. A la escritura silábica original obedecerían determinados fenómenos prosódicos de los poemas: Así por ejemplo, el alargamiento de la sílaba que antecede a dos consonantes parece ser resultado de la intercalación entre ellas de una pseudo-vocal; con ello se habría imitado una práctica propia de la escritura silábica, en la que no se puede representar consonantes aisladas. Cuando se produjo el redescubrimiento y la transcripción de los poemas, al final del período oscuro griego, Grecia ya había adquirido una geografía política radicalmente diferente de la homérica. Sin embargo, en un intento de asemejarse a su gloriosa imagen pasada, dio nombres homéricos a ciudades que los habían perdido o que no los habían poseído jamás. La reatribución, como ya hemos dicho, partió de conjeturas y a menudo fue equivocada. Revista de Lingüística y Filología Clásica (EM) -LXV 2, 1997, pp. 321-378 Buen ejemplo de ello es el reino de Agamenón, que no se encontraba allí donde lo situamos nosotros, sino en Laconia. La Lacedemonia homérica, por su parte, era la actual Mesenia. Pantasís lleva a cabo un estudio especialmente pormenorizado de la ubicación de la Micenas homérica, que no coincide con la de la Micenas de Pausanias. En su opinión, ésta última es el Argos micénico y homérico. La obra que aquí se reseña es en suma un interesante trabajo de investigación histórica que, si bien puede violentar muchas de nuestras creencias, plantea problemas que habrían de ser resueltos y ofrece soluciones cuando menos novedosas a los mismos. 449 pp. El tema de que se ocupa este libro es sumamente interesante: se trata de estudiar las actitudes del mundo griego frente al poder de Roma en una época en que se iba recuperando de la anterior inestabilidad y que es previa al otro período de inestabilidad en la segunda mitad del siglo III y a la creación del nuevo modelo de Imperio del siglo IV. Inevitablemente, este tema arrastra otros: el de las diferencias entre las distintas clases sociales del mundo griego y el de las interacciones entre éste y el mundo semítico y egipcio, que formaban el estrato en que aquél se asentaba en Oriente. Evidentemente, no se puede esperar un estudio completo sobre un tema tan vasto y para el que, de otra parte, nos faltan muchísimos datos. Pero son importantes los dos enfoques aquí usados: uno, el de los niveles de lengua del griego de la koiné por estas fechas; otro, el de las posiciones de personajes muy distinguidos de la literatura (y a veces la política) griega en esta edad. El autor considera el movimiento aticista, que nació en Roma al fin del siglo I por obra de Dionisio de Halicarnaso y Cecilio de Caleacte, como un intento de mantener la identidad de la cultura griega frente a la romana. El tratar de seguir el ático clásico (aunque con muchas variantes y niveles) era, en definitiva, un oponer al dominio político de Roma un modelo que daba dignidad a los griegos, el de la antigua Atenas. No sólo esto, sino que el pasado ayudaba a las élites griegas locales a mantener su poder al dejar a la vista su conexión con los grandes días de Grecia. Inversamente, Roma concedía la ciudadanía a provinciales ricos y les permitía participar en su gobierno. Y ellos mantenían su dignidad de griegos de esta manera. Claro que este punto de vista no es único, habría que introducir los factores meramente literarios que están en la base de la creación de tipos diversos de lengua griega literaria, cada vez más aticistas, a veces poetizantes. Y habría que considerar luego el griego de los judíos, a partir de la versión de los LXX, y otras variantes del mismo. Y las variantes socio-EMERITA. Revista de Lingüística y Filología Clásica (EM) -LXV 2, 1997, pp. 321-378 lingüísticas que se manifiestan, por ejemplo, en tantas inscripciones de Asia Menor o en la Vida de Esopo. En realidad, son los sectores cultos y afluyentes de la sociedad aquellos que nuestro autor considera en su libro. En la segunda parte de éste son estudiadas sucesivamente las posiciones de Plutarco, Dión de Prusa, Arriano, Apiano, Arístides, Luciano, Pausanias, Galeno, Filóstrato y Dión Casio. Hay diferencias entre ellos y no siempre es fácil concretar sus opiniones, que a veces no dejan explícitas o son contradictorias. Distinguir entre retórica y realidad no es nada fácil. No son lo mismo personajes que participaron en el gobierno imperial, como Arriano, Apiano, Filóstrato y Dión Casio, que un médico e intelectual como Galeno, que sofistas y ensayistas diversos, que un periegeta como Pausanias, interesado por las antigüedades griegas. No son lo mismo los que procedían de tierra puramente helénica que los que tenían sus raíces en Bitinia, como Dión de Prusa, o en Alejandría, como Apiano, o en un territorio semítico como Luciano. Y es difícil juzgar el grado de sinceridad en discursos como los de Dión de Prusa ante Trajano o Arístides ante la familia imperial o donde está el verdadero sentir del autor cuando Luciano oscila entre la adulación (cuando formaba parte de la corte de Lucio Vero) y la crítica (en el Nigrino, sobre todo). Pero la crítica de los ricos romanos en esta obra y las acusaciones contra la conquista romana en otras (por ejemplo, en Pausanias) o contra Domiciano (en Filóstrato) o contra los gobernadores provinciales (en Dión de Prusa) no tienen por qué considerarse un ataque contra el poder imperial ni contra Roma. En términos generales, los escritores aquí estudiados, sean políticos o no, elogian la paz de los tiempos de los Antoninos y elogian a Roma en cuanto protege al mundo civilizado de los bárbaros. A veces hasta se ve esto como traído por la divina providencia, así en el caso de Plutarco. Admiten lo romano con aserción, al tiempo, de la superioridad cultural de Grecia, de su pasado glorioso: se consideran un pueblo diferente, aunque, a veces, reconozcan la cultura griega de ciertos dirigentes romanos, así Plutarco a propósito de Flaminio y Paulo Emilio. Esto se mezcla con un cierto desdén por la poca formación cultural incluso de personajes admirados, como Trajano. E incluso en lo político se creen en el caso de dar consejos, así en el caso de Plutarco o, en Filóstrato, Vida de Apolonio, en la reunión ante Vespasiano de Dión de Prusa, Eufrates y Apolonio. Los griegos de alta clase estaban integrados en la sociedad romana, sólo en ella ascendían algunos en la política, otros era en ella donde buscaban sus triunfos literarios o científicos. Pero una adhesión íntima era rara, aunque pueda encontrarse, por ejemplo, en Plutarco y Dión Casio. Su patria seguía estando en el mundo griego: Galeno, que vivió en Roma treinta años, se sentía como ciudadano de Pérgamo, Dión de Prusa de Bitinia, Plutarco de Beocia. Hay, diríamos, una aceptación del estado de hecho y de sus ventajas, unida a críticas sobre la conquista romana o los gobernadores provinciales o la vida de Roma. Y no hay crítica contra el régimen imperial, en abstracto: todos los que se expresan sobre el tema afirman que la monarquía era el único régimen posible para evitar el caos y defender a Roma. Pero tienen, al tiempo, un complejo de superioridad cultural. Por otra parte, los griegos estaban cogidos, en Oriente, entre el poder romano y el Revista de Lingüística y Filología Clásica (EM) -LXV 2, 1997, pp. 321-378 lo componen le permiten cubrir con solvencia el extensísimo frente de la Filología Clásica sin dejar en él ni huecos ni intervalos. Esa misma amplitud me veda reseñar uno por uno los treinta y cinco trabajos aludidos, por cuanto la simple relación de autores y títulos ocuparía más espacio del que me conceden normas editoriales que yo no puedo quebrantar. Esto es lo único que tienen para mí de malo los volúmenes colectivos como éste, y éste en particular LOIS C. PÉREZ CASTRO
Por no disponer de los correspondientes originales informáticos, la maquetación de este artículo difiere de la del publicado en papel. Por lo demás, los contenidos no han sufrido ninguna alteración. Autor: Esteban Calderón Dorda LOS TÓPICOS ERÓTICOS EN LA ELEGÍA HELENÍSTICA * Love appears to be the favourite topic of elegy in the Hellenistic period. E. Calderón Dorda -Los tópicos eróticos en la elegía helenística. La elegía de época helenística, como el resto de la poesía alejandrina, es el resultado de la convulsionada herencia social y política de Alejandro Magno, que dejó a la Helenidad fragmentada en una serie de reinos helenísticos cuyos soberanos detentaban un poder absoluto; consecuencia de lo cual sería que los ciudadanos, desvinculados ya del concepto de πόλις, se desinteresaron de los asuntos públicos bajo esta nueva forma de monarquía 1. El derrumbamiento del concepto tradicional de πόλις tuvo como consecuencias la aparición del individuo cosmopolita, el florecimiento de una clase media de comerciantes y artesanos acomodados, la creación de bibliotecas y núcleos académicos, un panorama, en definitiva, bien diferente de lo ofrecido en los siglos anteriores. También los gustos estéticos y literarios sufrirán una evolución. Es una sociedad la helenística alejada de los ideales y heroísmos, instalada en lo material y reacia a toda rebeldía que comporte peligros y asperezas, y cuyo cosmopolitismo se complace con ingredientes tan excitantes como las leyendas, las aventuras, los viajes y las costumbres exóticas, pero sobre todos ellos prima el amor. En este género renovado que será la elegía 2, se perfila como tema favori-6 7 Algunos tópicos eróticos han sido recogidos por M. Sánchez Ortiz de Landaluce, «Acontio y Cidipa y la novela griega: un nuevo análisis de motivos literarios recurrentes», Actas del VIII Congreso Español de Estudios Clásicos, II, Madrid, 1994, pp. 423-428. 8 En los ¦ρωτικ παθήματα de Partenio de Nicea se pueden encontrar expresiones como las siguientes: μάλα καλ−ς παιδός (10, 1), τ¬ν AEδέαν ¦κπρεπής (29, 1), τÎ κάλλος ¦κπλαγέντα τ−ς κόπης (30, 2), τ¬ν AEδέαν κράτιστος (34, 1), todas ellas relativas a la belleza del héroe o heroína. Las historias eróticas legendarias narradas por Partenio de Nicea han servido fundamentalmente como παραδείγματα del contenido de las elegías de la época. La elegía helenística contaba, además, con el precedente de Antímaco de Colofón que, según nos cuenta Plutarco (Cons. ad Apoll. 9), tras la muerte de su esposa Lide, compuso una colección de elegías con el título de Lide con el fin de mitigar su dolor; en estas elegías narraba una tras otra las desventuras amorosas de los héroes. Asimismo, los soliloquios sentimentales también tenían su lugar en historias como la recogida en la elegía de Calímaco Aconcio y Cidipe 7. Los elegíacos helenísticos expresaban su dolor desde el mito, histórico o legendario, tomando de éste la parte más patética, siguiendo las indicaciones del iniciador de la elegía alejandrina, Filetas de Cos (CA 10, 3-4): La elegía, por tanto, tiende a presentar los conflictos emocionales humanos dentro de una dimensión mítica. Con todo, las historias de amor incluidas por los poetas elegíacos helenísticos en sus composiciones no eran un mero adorno, sino que, por lo general, respondían al carácter probatorio del argumento, es decir, constituían un αÇτιον -en el sentido calimaqueo del término -que venía a demostrar las afirmaciones del poeta. Tal vez el ejemplo más representativo sea el fragmento de Fanocles (CA 1) que presenta dos αÇτια: el que explica el origen de la poesía lesbia y el referente al tatuaje de las mujeres tracias. Para los poetas eróticos griegos prima sobre todas las cosas el deseo por la belleza: los protagonistas siempre son personajes de gran hermosura 8. Calímaco dirá en un epigrama (AP 12, 51): καλÎς Ò παÃς, zΑχελèε, λίην καλός..., y Aconcio, en la elegía Aconcio y Cidipe, desea que todos los árboles del 9 La belleza es considerada en un epigrama atribuido a Platón (AP V 79) como algo efímero: Ïλιγοχρόνιος. Este τόπος del amor a primera vista -y otros aspectos -ha sido estudiado en Apolonio de Rodas en relación a Medea por M. Fusillo, «Apollonio Rodio», en Lo spazio letterario della Grecia antica. 11 Agatías también llama al aguijón κέντρον θαλυκρόν (v. El tópico del κέντρον }Ερωτος se perpetuará en la poesía griega (cf. Nonn.,Dionys.,4,217: κέντρον ¦ρώτων). Revista de Lingüística y Filología Clásica (EM) -LXV 1, 1997, pp. 1-16 bosque lleven grabadas la frase Κυδίππην καλήν. Esta pasión por la belleza puede plantear situaciones de lo más escabroso. Tal es el caso que nos narra Partenio (Narr. 31), según el cual Dimetes desposó a su sobrina Evópide, pero al descubrir el padre de la muchacha que ella mantenía relaciones amorosas con su propio hermano δι σφοδρÎν §ρωτα, la tal Evópide, por miedo a la reacción paterna y por vergüenza, decidió ahorcarse. Algún tiempo después, Dimetes se encontró en la playa el cadáver de una mujer arrojado por las olas. Resultó que era una mujer μάλα καλή, por lo que, inducido por el deseo, no tuvo reparos en acostarse con ella, hasta que comenzó a descomponerse. El necrófilo Dimetes, atormentado por el πάθος, terminó suicidándose 9. Esta idea básica consistente en buscar sobre todo la belleza, no la contradicen los elegíacos helenísticos. Según esto, el acto de enamorarse no era un proceso lento, sino algo instantáneo 10. Este es un aspecto fundamental: la «instantaneidad» del enamoramiento; el enamorado es alcanzado por la flecha de Eros. Meleagro confiesa (AP 5,198) Esta naturaleza γλυκύπικρος del Amor se manifiesta al comienzo de la pasión amorosa, atormentando al amante. Meleagro (AP 7, 419), por esta razón, también lo llamará γλυκύδακρυν }Ερωτα. Ovidio confesará que una puella es un dulce malum (Amores II 9,26) 12. A medida que el amor penetra en el corazón de la víctima del flechazo, se manifiesta más y más claramente como un dolor, como un tormento, como un πάθος ¦ρωτικόν. Así, Hermesianacte contaba en su poema elegíaco Leontion (CA 5) el terrible enamoramiento de Leucipo hacia su hermana por enojo de la diosa Afrodita; y para describir el sufrimiento que acarreaba dicho amor utiliza Parteneio (Narr. 5) los siguientes términos: νόσος y πάθος, o bien νόσημα y πάθημα, con idéntico significado 13. Era un tópico muy común en la poesía helenística el que el amor se presente como una enfermedad (νόσος) que debilita a las personas que son víctimas de su embrujo 14. Buena prueba de que los poetas alejandrinos consideraban el amor como una enfermedad contra la que no hay remedio, son los primeros versos del Idilio 11 de Teócrito 15: El amor se convierte en un fuego, un estado febril que prende de tal manera en el enamorado que éste sucumbe irremediablemente. Así lo presenta un fragmento elegíaco anónimo (SH 962) que debía de narrar una historia semejante a las de Pisídice, Nánide o Tarpeya -con abandono de sus debe-16 Para Ovidio (Amores II 16,(11)(12) su fuego --Corina--está lejos (meus ignis abest), pero la ardiente pasión que suscita está cerca (ardor adest). El fuego es símbolo de la pasión amorosa: Tib. Se trata de un motivo que presenta una amplia incidencia en toda la literatura clásica, el llamado «Motivo de Putifar» (cf. J.M. Lucas, «El motivo de Putifar en la tragedia griega», Epos 8, 1992, pp. 37-56). La historia de Anteo y Cleobea, que parece que también fue el tema de una tragedia de Agatón (cf. C. Corbato, «L 'Anteo di Agatone», Dioniso 11, 1948, pp. 163-172), constituye un πάθος ¦ρωτικόν que, de acuerdo con los cánones de la poética helenística, presenta un final desgraciado. Revista de Lingüística y Filología Clásica (EM) -LXV 1, 1997, pp. 1-16 res patrios por amor, como se verá más adelante -, y en el que se habla de un §ρως θαλυκρός (v. Otro tópico helenístico consistía en considerar el amor como una locura (μανία), es decir, un exceso irracional que acarrea grandes sufrimientos. El motivo de la ¦ρωμανία -término que hallamos especialmente en los epigramistas tardíos (AP 5, 220), Rufino (AP 5, 47) y Paulo Silenciario (AP 5, 255; 256; 293) -está muy difundido en la época helenística y toma como punto de partida a Platón (Phaedr. Así, Hermesianacte, al cantar que ni siquiera los filósofos -poseedores de μ−τις y •ρετή (CA 7, 81 s.) -escaparon al envenenado dardo del Amor, afirma de éste que es }Ερως μαινόμενος(CA 7, 83 s.). Razón por la cual la pasión que Pitágoras sintió por su discípula Téano le produjo μανίη (CA 7, 85). En definitiva, y por decirlo con palabras de Meleagro (AP 12, 144), el amor es φρενολ®στής. Viene a ser algo parecido a lo que expresa Apolonio de Rodas en un fragmento de su Fundación de Lesbos, cuando cuenta que Cipris φρένας ¦πτοίησε (CA 12, 6) de Pisídice 17, consiguiendo que ésta se enamorara de Aquiles -motivo de origen sáfico -. También el παρακλαυσίθυρον anónimo que nos ha transmitido el Fragmentum Grenfellianum (Lyr. Adesp., CA 1, 32) dice que }Ερως μαίνεσθαι ποιεÃ. En el Idilio 11 Teócrito narra que Polifemo mostraba su amor a Galatea ÏρθαÃς μανίαις (v. Del mismo modo, Alejandro el Etolo, en su poema elegíaco Apolo, cuenta los apasionados amores de la esposa de Fobio hacia su joven huésped Anteo; aquélla se sentirá μαινάς (CA 3, 12) de amor hacia Anteo. Finalmente, Cleobea se suicidará sin ver cumplidos sus deseos eróticos 18. En este fragmento, además, mediante la inuersio, es Cleobea quien con una hábil retórica logra que Anteo se introduzca en un pozo cf. G. Giangrande, «Topoi ellenistici...», art. cit., p. 67 s. 20 cf. G. Giangrande, «La concepción del amor en Apolonio Rodio», en La épica griega y su influencia en la literatura española, (ed. J.A. López Férez) Madrid, 1993, pp. 213-233 (en p. El tema de la persuasión ha sido abordado también recientemente por F.R. Adrados, «Sobre las innovaciones de la poesía erótica griega», en Tradiziones e innovazione nella Cultura Greca de Omero all'Età Ellenistica, Roma, 1993, pp. 253-266. 22 cf. Ou., Amores I 7, 1-4 (las llamadas rixae in amore y los ataques de locura). Revista de Lingüística y Filología Clásica (EM) -LXV 1, 1997, pp. 1-16 para, así, satisfacer sus deseos de venganza por el amor no correspondido. El tópico 19 erótico consistía en que el amante que deseaba lograr los favores de una muchacha debía tener, en primer lugar, una hablilidosa retórica. Así lo podemos ver, por ejemplo, en las Anacreónticas (fr. 52 Brioso) y en Apolonio de Rodas (Argon. El tópico de la μανία, de origen prehelenístico, gozó de mucha fortuna entre los poetas de este período y la elegía no escapó a él. Eurípides, por ejemplo, casi siempre concibe el amor como una μανία que acaba por entrar en colisión con el νόμος, las normas tradicionales de conducta, y que tiene dolorosas y nefastas consecuencias para el amante 21. El elemento irracional del amor está ya perfectamente recogido en un fragmento de Anacreonte (fr. 325 Page), en el que se ponen de relieve las locuras y disputas 22 a que Eros conduce a sus víctimas: El dolor y la impotencia provocaban que en la elegía helenística la víctima de Eros llorase con asiduidad; esto era corriente en toda la poesía alejandrina. Contaba Filetas de Cos, en su Hermes, que Polimela (CA 5), cuyos amores con Odiseo se habían abortado por la repentina marcha de éste, estaba μετ πολλäν δακρύων. La poetisa Hédile de Atenas compuso una elegía titulada Escila, en la que narraba el amor de Glauco por Escila y el rechazo que experimentó por parte de ésta, historia que conocemos bien por las Metamorfosis (13, 897-14, 74) de Ovidio. En el fragmento que nos ha transmitido Ateneo (VII 287A) una sirena se apiada del llanto, δάκρυ (SH 456, 3), de Glauco; fleuit amans Glaucus, dirá Ovidio (Met. Así pues, los sufrimientos que causa el amor tradicionalmente atormentan sin cesar a la perso-E. Calderón Dorda -Los tópicos eróticos en la elegía helenística. Ni siquiera intentar dormir libra de los padecimientos 23, ya que las preocupaciones torturan la mente, de suerte que en Fanocles (CA 1, 4 s.) el θυμός de Orfeo, que estaba enamorado del bello Calais, no podía encontrar oσυχίη 24, y las μελεδäναι afligían la ψυχή de Orfeo, que no podía dormir y estaba -γρυπνος 25, todo ello a consecuencia de su πόθος por Calais. Tampoco, cuenta Hermesianacte (CA 7, 64), escapó Eurípides a las νυκτερινς Ïδύνας que produce el amor. Algo parecido le sucedía a Medea, en Apolonio de Rodas (Argon. 3, 751 ss.), que no podía conciliar el sueño a causa de las μελεδήματα que le proporcionaba su πόθος hacia Jasón 26. Los poetas elegíacos latinos también adoptaron este motivo helenístico 27; para Tibulo (II 4, 11-12): nunc et amara dies et noctis amarior umbra est: omnia nam tristi tempora felle madent. En clara alusión al más amargo momento del día para el amante no correspondido: la noche. Se trata, pues, de un signum amoris típicamente helenístico. Este deseo amoroso incontrolable se puede convertir en un fuego que atormente el corazón incluso de un dios, como le sucedió a Apolo, que estaba πόθå καιόμενος por Dafne, a la que perseguía denodadamente hasta que intervino la piedad de Zeus, que la metamorfoseó en el árbol del mismo nombre. Esta historia la contaba en sus elegías Diodoro de Elea 28. Según Hermesianacte (CA 7, 37), también Mimnermo καίετο ΝαννοØς. Esta es la razón de que Partenio llame al deseo que Clite sentía por Cícico •λγεινÎν πόθον (Narr. 27), en una historia que también contaban Euforión de 29 Phanocl., CA 1. Calcis, en su Apolodoro, y Apolonio de Rodas, en las Argonáuticas. Este πόθος se torna insufrible, por más que Meleagro diga ingenuamente en una ocasión (AP 12, 101) que él era -τρωπον πόθοις. En la poesía erótica griega era muy importante describir los padecimientos que produce el amor, padecimientos que duran siempre. En la elegía de Fanocles (CA 1, 5), Orfeo padece unos sufrimientos interminables:... αAEεί... -γρυπνοι... μελεδäναι. Las protagonistas de algunas elegías eróticas que menciona Partenio, como las de Pisídice (Narr. 22), tienen un destino triste y trágico, por cuanto que el héroe amado se beneficiará de su amor y luego las abandonará a un cruel destino. Como consecuencia de todo esto, el amante siempre se sentirá desgraciado (δυσδάκρυτος o βαρύμοχθος en Meleagro, AP 12, 80 y 12, 132; miser en Propercio I 1, 1, o en Ovidio, Amores I 1, 25; por no citar el conocido miser Catulle... de Catulo 8, 1). En la elegía de Calímaco Aconcio y Cidipe, el primero sufre los rigores del amor y se confiesa λιρÎς ¦γώ (fr. 74 Pfeiffer), pero la versión que Aristéneto realizó de este poema ofrece δυστυχ¬ς ¦γώ, que encuentra eco en la versión ovidiana de las Heroidas (20, 135): me miserum. Parece lógico que del amor contrariado se derive el tópico de la soledad, como la que experimentaban las mujeres tracias 29 al ser rechazadas (οÛδ¥ πόθους •νεσε θηλυτέρων) por los varones, inducidos por Orfeo al amor homosexual ( §ρωτας -ρρενας) (v. Es la soledad que sentía Leucone 30, la esposa de Cianipo, quien pasaba el día sola, ya que su marido llevaba una vida montaraz y de noche estaba tan cansado que, a veces sin mediar palabra, se sumía en un profundo sueño despreciando a su compañera de lecho. En definitiva, se trata también de uno de los tópicos más comunes en la poesía helenística: la necesidad de «corresponder al amor» (•ντιφιλεÃν). Esta necesidad -a veces trágica -la expresa muy bien Teócrito en el Idilio 6 (v. 17): κα φεύγει φιλέοντα κα οÛ φιλέοντα διώκει, una contradicción en el 31 El enamorado desea alargar la duración de la noche cuando está en compañía de su amada. 25 (cf. Hes.,, según la cual Eros era hijo de Χάος (CA 24). Revista de Lingüística y Filología Clásica (EM) -LXV 1, 1997, pp. 1-16 campo del amor tan antigua como el mundo y origen del πάθος. Por eso, el ideal del amor residirá, como en el caso de Propercio (I 1, 32), en su correspondencia: sitis et in tuto semper amore pares. No obstante lo dicho, según la tradición helenística, el momento apropiado para el amor es la noche 31, y a ser posible a la luz del λύχνος, que produce un ambiente de penumbra. Es lo que se desprende de un fragmento hexamétrico anónimo (SH 951) que narra cómo Hero y Leandro esperaban anhelantes la cita que el anochecer -λάθριον òρην -les deparaba. Así, en la historia que cuenta Partenio sobre Periandro (Narr. 18), la madre de éste se hallaba presa de incestuoso amor por su hijo. Para conseguir su propósito, concertó una cita mediante engaño con Periandro, bajo pretexto de facilitarle relaciones con una bellísima mujer; dicha cita sería de noche, y, para evitar ser reconocida, no debía encender las acostumbradas antorchas (λύχνα) por pudor. Sin embargo, Periandro, en una ocasión, sacó una antorcha y descubrió que se trataba de su madre. Periandro, tirano de Corinto y uno de los siete sabios de Grecia, desahogó su cólera provocando una matanza entre sus conciudadanos, mientras que su madre, cuyo nombre nos oculta la historia, se suicidó. No es casualidad que, según cierta tradición 32, se considere a Eros como hijo de }Ερεβος y de Νύξ, pues ambas alientan la clandestinidad del amor 33; así al menos lo recoge uno de los poetas de la corte del macedonio Antígono II Gonatas, Antágoras de Rodas, quien en su Himno a Eros (CA 1, 3-4), dice como sigue: 36 cf. G. Giangrande, «La concepción del amor... », art. cit., p. También en las Anacreónticas encontramos un motivo semejante: Eros invita al poeta a acoger la posibilidad de amar: §πειθ' }Ερως φιλεÃν με (Anacr. El motivo del praeceptor (o magister) amoris está también en Ou., Amores II 18,20. 381-382), por ejemplo, se puede observar esta tendencia, según la cual ni la poesía de Calímaco, considerado como el maestro de la elegía (cf. G. Luck, La elegía erótica latina, Sevilla, 1993 [trad. esp.], p. 41), era apta para cantar las hazañas de EMERITA. La penumbra es, en efecto, la luz apropiada para el amor, como confirma la poesía experta de Ovidio (Amores I 5, 7-8) 34: illa uerecundis lux est praebenda puellis, qua timidus latebras speret habere pudor. La lucha interior suele ser un tópico frecuente en la poesía helenística: la persona enamorada intenta una resistencia al amor, pero éste resulta ser invencible. Tiempo después, el enamorado experimenta un cambio y pasa de la •μηχανία a la acción 35. Esta μετανοία se explica mediante el tópico helenístico que reconoce a Eros como el διδάσκαλος por antonomasia 36; así, Aconcio se abrasaba de deseo por la hermosa Cidipe y supo el camino a seguir gracias al magisterio de Eros: }Ερως ¦δίδαξεν zΑκόντιον (fr. Eros enseña a amar y a seducir a la amada; por esta razón Propercio afirma que Eros donec me docuit castas odisse puellas (I 1, 5), ya que el amor en la época helenística era concebido de una manera esencialmente carnal 37. El tópos del }Ερως διδάσκαλος está ya atestiguado en un fragmento de Eurípides (fr. 430 Nauck) y llega hasta la poesía de Nono de Panópolis, quien lo llama αÛτοδίδακτος (Dionys. Pero el poeta es, a su vez, un ¦ρωτοδιδάσκαλος -llamado por Ovidio praeceptor amoris 39 (Ars Amat. II 497) -que contempla en su programa el uso de la poesía para la conquista de la persona amada. Un buen ejemplo es la elegía de Hermesianacte, que ofrece un catálogo de las mujeres que fueron conquistadas por los poetas (CA 7). En Hermesianacte se puede observar la tendencia helenística a considerar la poesía de Homero y de Hesíodo como carente de sentimientos, al tiempo que se esfuerza en presentar a estos dos poetas como poetas eróticos, cuya poesía amorosa había sido capaz de cautivar a sus amadas. Los poetas augústeos heredaron este programa poético 40, según el cual la poesía erótica puede Aquiles, ni los versos homéricos eran los adecuados para cantar a Cidipe, tal como hace el cireneo en su elegía Aconcio y Cidipe: Callimachi numeris non est dicendus Achilles, / Cydippe non est oris, Homere, tui. El motivo del poeta praeceptor amoris es un motivo prehelenístico (cf. G. Giangrande, «Topoi ellenistici...», art. cit., pp. 65-68, y J.G. Montes Cala, «Bión y la poética de Eros (a propósito del fr. Revista de Lingüística y Filología Clásica (EM) -LXV 1, 1997, pp. 1-16 conquistar el corazón de sus amadas, las doctae puellae 41. En este sentido, Calímaco y Filetas eran considerados los maestros de la elegía erótica helenística, los principes elegiae, unos διδάσκαλοι en el campo del amor; leer sus elegías era contraproducente para quien quisiese librarse de caer en las redes de Eros, como previene Ovidio (Rem. El mismo Meleagro se autodenomina ¦ρωτογράφος (AP 7, 421). Otro tópico helenístico consiste en que las personas enamoradas faltan a sus deberes. Es lo que le sucedía a Nánide, hija del último rey lidio, Creso, la cual traicionó a su patria por convertirse en la esposa del invasor Ciro; sucedió después que Ciro no mantuvo sus promesas prematrimoniales una vez que consiguió conquistar Sardes. Así lo contaba Hermesianacte en el libro II de su poema Leontion (CA 6) 42. Una historia semejante es la que cuenta Partenio de Nicea (Narr. 21), al transmitir lo sucedido a Pisídice, que por amor a Aquiles, entregó la ciudad de Metimna, bajo la promesa de contraer nupcias. Pero, como en el caso anterior, Aquiles no mantuvo su promesa y consintió que sus soldados lapidaran a quien había faltado a sus deberes patrios. Hay una interesante versión romana, deudora de las precedentes, que narra Símilo, poeta elegíaco del que nada se sabe, aunque probablemente haya que situarlo en el límite del período helenístico y dentro del círculo de Partenio de Nicea 43. Se trata de una historia bien conocida a través de la poesía latina -la de Tarpeya, heroína epónima del Capitolio, enamorada del rey sabino Tacio -, de la que puede ser un ejemplo recomendable Propercio IV 4 44. Ahora bien, Símilo, siguiendo las pautas de la poética helenística, pre-En Ovidio (Amores II 16,(43)(44)(45)(46) es la palabra dada por una joven la que se lleva el viento (cf. Catull. Revista de Lingüística y Filología Clásica (EM) -LXV 1, 1997, pp. 1-16 senta una historia algo diferente, de la que son un buen testimonio los dos fragmentos transmitidos por Plutarco en su Vida de Rómulo (17, 6) (= SH 724). En su versión, Símilo narraba aspectos más novedosos de la leyenda; así, Tarpeya a quien entregó el Capitolio fue al rey de los celtas, del que se nos oculta el nombre, situando, pues, la aventura en la época de la invasión gala. El caso de Símilo podría ser un buen ejemplo de imitatio cum uariatione para acercar la leyenda a sus contemporáneos; asimismo, Partenio contaba alguna historia de amor que tenía lugar durante las correrías de los celtas (Narr. En cualquier caso, también en esta versión era aplastada Tarpeya por el peso de las armas galas, como castigo al deber faltado, pues πατέρων οÛκ ¦φύλαξε δόμους (SH 724, 4). El amor hace que la enamorada se mueva entre fuerzas contrapuestas: la razón, que le ordena ser fiel a los deberes patrios y paternos, y el amor, que le impele a entregar su voluntad al amado. Y el caso es que este tópico es típicamente femenino. Así, por ejemplo, sucede con Medea, que también traiciona a sus padres para ayudar a Jasón, del que está perdidamente enamorada, tal como lo describe Apolonio en las Argonáuticas (3, 630 ss.) 45. Asimismo, Jasón también hace promesas de matrimonio a Medea (Argon. El autor anónimo de un fragmento elegíaco (SH 964) pone igualmente a Medea como ejemplo de mujer que ocasiona grandes males a ciudades y personas por estar bajo el yugo de Eros, un Eros que es calificado como •τάσθαλος (v. Un tópico fundamental en la poesía helenística es el de Eros invencible. El motivo del triunfo del Amor sobre el poeta enamorado es de origen helenístico y tendrá mucha fortuna a lo largo de toda la historia de la literatura posterior. Partenio, en una elegía titulada Crinágoras (fr. 11 Calderón), dedicada al poeta elegíaco del mismo nombre, llamaba ~Αρπυς a Eros, porque saltaba de improviso sobre los enamorados y los despojaba. Propercio plasma muy bien este tópico: et caput impositis pressit Amor pedibus (I 1, 4). Meleagro (AP 12, 101) dice que Eros es un dios tan poderoso que ha vencido incluso a Zeus. Ovidio hará la siguiente confesión (Amores I 2, 19): en ego, confiteor: tua sum noua praeda... No tiene, por tanto, nada de particular que En este sentido, el testimonio mejor conocido es el de la elegía de Fanocles, de quien Plutarco dice que era un ¦ρωτικÎς •νήρ (Mor. 671B), palabras que iluminan de manera indefectible el carácter de su poesía. Por Clemente de Alejandría (Strom. VI 2, 23) conocemos el título de su obra: }Ερωτες Καλοί 52, si bien la segunda parte del título es un añadido para explicar la primera 53. En esta elegía, contrapartida masculina del catálogo de amores célebres de Hermesianacte, Fanocles cantaba los amores homosexuales míticos bajo la forma de αÇτια -el género literario consagrado por Calímaco -, y cada αÇτιον está introducido por la fórmula ́ ñς, al estilo del γυναικäν κατάλογος pseudo-hesiódico. Algunas de estas historias de amor son la de Dioniso, enamorado del bello efebo Adonis (CA 3), la de Tántalo, que raptó al joven Ganimedes (CA 4), motivo de una guerra entre el padre de éste, Tros, y Tántalo, la de Agamenón, enamorado del joven Argino en Áulide, cuya muerte es el motivo etiológico que explica la fundación del templo de Afrodita Argínide, o la del rey ligur Cicno, enamorado de Faetonte (CA 6). Pero donde mejor se puede apreciar el motivo erótico en la elegía de Fanocles es en el αÇτιον, conservado íntegro (CA 1), con el que el poeta quiere explicar por qué los tracios -todavía en su época -solían marcar a sus mujeres, y halla el origen de dicha costumbre en el mito de Orfeo enamorado del joven Calais y despedazado por las ménades tracias por haber enseñado, con su ejemplo, a los hombres a despreciar el amor de las mujeres y a preferir el E. Calderón Dorda -Los tópicos eróticos en la elegía helenística. 16 54 Sobre la cautela que exige tratar el tema del amor en la elegía de época helenística se puede ver lo dicho por M. Fernández-Galiano, «El amor helenístico», en El descubrimiento...,o. cit., Call., AP XII 150. El tatuaje era un signo que debía recordar a las mujeres el castigo que las antiguas culpables habían recibido de sus maridos después de haber dado muerte al mítico cantor. Al elegir una versión mítica que se aparta de otras más al uso, Fanocles nos revela su gusto exquisitamente helenístico, desdeñoso de todo lo que sea común. Era numerosa la lista de víctimas del §ρως παιδικός, cuyo poder fatal entraña la ruina para el hombre cazado en sus redes, incapaz de oponer resistencia y razón: ¦πιθυμ−σαι μ¥ν πασιν •νθρώποις §νεστιν, confesaba a Lisias (3, 4) un cliente para excusarse de haber intentado conseguir los favores de un muchacho. De todo lo anteriormente expuesto se deduce que, a pesar de las dificultades que plantea estudiar un material tan escaso y fragmentario 54, sí es posible apreciar que para estos poetas los sentimientos se mueven en una permanente tensión entre el amor y el desamor. El poema elegíaco helenístico tenía un contenido mítico erótico que generalmente acarreaba sufrimientos; es decir, ¦ρωτικ παθήματα. En el fondo de la elegía se perfilaba como hilo conductor un asunto mítico o legendario con la inserción de todo tipo de digresiones y anécdotas extrañas, sobre todo aquellas que se encontraban en fuentes reducidas, a menudo de origen popular. De estas fuentes minoritarias se extraían los argumentos eróticos, con preferencia por el aspecto más barroco de las aventuras y amoríos extraviados de los héroes legendarios; aspecto este que, además, no había sido tratado por la gran poesía épica. Toda esta labor literaria se llevaba a cabo a través de tópicos perfectamente codificados por la poética helenística y prehelenística y que eran el vehículo ideal para cantar los amores doloridos del mito; tópicos muy precisos que se correspondían con los utilizados en otros géneros poéticos de este período y que eran la respuesta esperada a la concepción que el público helenístico tenía sobre el amor. Posteriormente, la elegía latina representará bajo esta especie de τόποι, que se reproducen de manera casi idéntica, toda la gama de situaciones eróticas a las que el amor puede conducir y de las que, con frecuencia, sólo las Musas pueden curar: αÊ ΜοÃσαι τÎν §ρωτα κατισχναίνοντι 55.
Este trabajo forma parte del Proyecto de Investigación que está desarrollando actualmente el Grupo de Trabajo «Historiografía Antigua y su influencia en la literatura española» (no 1062 PAI). F. Jacoby incluye como apéndice de los fragmentos de Hecateo de Abdera (FGrHist 264 F 25) la práctica totalidad del libro I de Diodoro de Sicilia con un denso y enjundioso comentario en el volumen corres-AVISO Por no disponer de los correspondientes originales informáticos, la maquetación de este artículo difiere de la del publicado en papel. Por lo demás, los contenidos no han sufrido ninguna alteración. Artículo publicado en el fascículo 1o del tomo LXV (1997) de EMERITA, pp. 17-40 Autores: Jesús Lens Tuero y Javier Campos Daroca LA GEOGRAFÍA DE ASIA EN EL LIBRO II DE LA BIBLIOTECA HISTÓRICA DE DIODORO DE SICILIA Los primeros libros de la Biblioteca de Diodoro han sido siempre un texto privilegiado para la detección de fuentes por parte de muchos estudiosos, convencidos de que los diversos autores de los que Diodoro ha extraído su material para los diversos países bárbaros se pueden localizar con relativa certeza en las suturas que van marcando los diversos bloques temáticos. Así la diferencia fundamental que se detecta entre los libros I y II, la del carácter monográfico del I, consagrado a Egipto, y la índole marcadamente heterogénea del segundo, consagrado a Asia, viene a corresponderse, para los defensores de tal hipótesis, con una diferencia básica en el plano de las fuentes seguidas. Diodoro, según los estudiosos de tal línea, habría seguido monográficamente la Historia Egipcia de Hecateo de Abdera para su exposición del país de los faraones 1, mientras que para su historia asiática se habría ate-nido de modo servil, sucesivamente, a las obras de Ctesias, Megástenes, Posidonio y Yambulo. Hasta hace relativamente poco tiempo atribuir a Diodoro algo de su propia obra era una actuación que precisaba de todo tipo de justificaciones. Nuestra postura se inclina hacia lo que en los estudios diodoreos se está convirtiendo en la nueva ortodoxia, representada por Chamoux y Sacks 2 (precedidos por Spoerri y Goukowsky): el reconocimiento de que hay que dejar al propio Diodoro la responsabilidad tanto de la determinación de sus objetivos como de la puesta en práctica de su método 3. Pero creemos que al mismo tiempo se ha introducido cierta confusión, en la medida en que se hace depender la importancia de la Biblioteca de la «rehabilitación» de su autor a partir del examen de los fundamentos ideológicos de su concepción de la historia; el sistema conceptual de Diodoro, según los mencionados autores, no hace más que reproducir el de la clase intelectual del período helenístico. Dicha doctrina oscurece el hecho fundamental de que la importancia de mucha de la información contenida en la Biblioteca está asegurada (por su condición de testimonio único, decisivo o simplemente notable) 4, y no depende de que las concepciones ideológicas de Diodoro sean representativas de las de la intelectualidad tardohelenística, caracterizadas con el ambiguo epígrafe de «eclécticas». CAMPOS DAROCA -La geografía de Asia en el libro II de la Biblioteca Histórica de Diodoro de Sicilia 3 5 R. Drews, «Diodorus and his Sources», AJPh 83, 1962, pp. 383-392; en esta línea se sitúan los trabajos recogidos en J. Lens (ed). Estudios, cit. en nota 1. Revista de Lingüística y Filología Clásica (EM) -LXV 1, 1997, pp. 17-40 sobre Arabia y lo que allí se da, creemos con todo haber presentado muchos asuntos de interés para disfrute (φιληκοΐα) de los amantes de la lectura» 8. Al servicio de estos intereses lúdico-pedagógicos 9, Diodoro elabora y ordena en su Biblioteca el abundantísimo material historiográfico disponible, de manera que el acceso al mismo sea lo más fácil e inmediato posible, cuestión nada despreciable si se tienen en cuenta las condiciones editoriales del mundo antiguo y los modos de lectura que exigían. La labor de Diodoro es en este sentido esencialmente «retórica» 10, en el sentido de que su esencia no está en la indagación, sino en la elaboración de un material tópico con fines genéricamente persuasivos en una obra de conjunto que ofrezca en la medida de lo posible una impresión unitaria. En este sentido, es de notar que una de las carácterísticas fundamentales de la Biblioteca es su extraordinaria cohesión interna, cohesión que Diodoro hace explícita de manera insistente, tanto por medio de abundantes referencias cruzadas 11 como a través, de las recurrentes declaraciones sobre el sentido ético de los acontecimientos y su significado para la formación moral (o meramente «cultural») de los lectores 12. teca Histórica de Diodoro de Sicilia 5 13 Siguiendo en esto la opinión de Polibio, Historias V 33,2 (= FGrHist 70). Una revisión crítica de la abundante literatura sobre el tema puede leerse en P. Vannicelli, «L 'economia delle Storie di Eforo», RFIC 115, 1987, pp. 165-191, quien propone una interpretación «polivalente» del principio genérico seguido por Eforo. Commentationes Lovainenses in honorem Peremans, Lovaina, 1977, pp. 115 ss.; J. Lens, «Historiografía helenística» en Unidad y pluralidad en el mundo antiguo. Actas del VI CEEC, Madrid, 1983, pp. 341-7 y L. Canfora, «Le but de l 'historiographie selon Diodore», en H. Verdin -G. De Keyser (edd.), EMERITA. Revista de Lingüística y Filología Clásica (EM) -LXV 1, 1997, pp. 17-40 En resumen, hemos subrayado que muchas de las dificultades que plantea la Biblioteca y que no encuentran solución en los términos en que habitualmente se aborda su interpretación (de prejuicio favorable o desfavorable hacia un país, personaje o causa, etc.) pueden ser entendidas, en cambio, desde un estudio «formal» de esta obra, atento a las dificultades de elaboración y disposición del material que a Diodoro le planteaba su condición de autor de una obra universal. Por supuesto, Diodoro dispone ya de un modelo genérico en el que trabajar: la «Historia universal», cuyo primer representante es para nosotros Eforo de Cime 13. Aunque podríamos remontarnos al modelo herodoteo, son historiadores del siglo IV a.C. 14 como Eforo, Zoilo de Anfípolis, Anaxímenes de Lámpsaco, Timeo de Tauromenio e incluso Teopompo de Quíos, quienes empiezan, motivados por el volumen que adquieren las obras, a afrontar la obra histórica como problema compositivo de gran envergadura, en el que una serie de líneas maestras de gran alcance organizan estructuralmente el conjunto, y en el que el «libro» constituye el elemento compositivo básico. Es significativo que con estos autores comiencen a plantearse los problemas de «economía» compositiva, entre los que destaca, por ejemplo, el polémico principio κατ γένος de la obra eforea, que conocemos precisamente por un discutidísimo pasaje de Diodoro 15. 16 La cesura mito / historia es una de las más polémicas en el debate sobre la naturaleza de la historiografía antigua. En general véase A. E. Wardman, «Myth in Greek Historiography», Historia 9, 1960, pp. 403-13, quien distingue dos formas de recepción del mito en la historiografía antigua: como digresión o bien como única vía de acceso a la historia antigua de los diferentes pueblos. Que los antiguos no enjuician el mito según un criterio de verdad, sino más bien «pragmático», ha sido destacado por C. Calame, «'Mythe' et 'rite' en Grèce: des categories indigènes?» En este sentido, la posición de Diodoro es ejemplar: el mito es, ante todo, historia antigua, pero tiene además un importante valor moral en tanto que ejemplifica, como el resto de la historia, la pervivencia de las acciones virtuosas (cf. las polémicas declaraciones que abren el libro IV esp. 1.4-5). Sobre el lugar del mito en los primeros libros de la Biblioteca véase M. Sartori, «Storia, `utopia' e mito nei primi libri della Bibliotheca historica di Diodoro Siculo», Athenaeum 61, 1984, pp. 492-507, esp. pp. 520-29, quien destaca la originalidad diodorea de tomar partido decidido por la recuperación para la historia del pasado mítico dándole un lugar relevante en la organización de la obra. 17 Como se ve, los bárbaros quedan «recluídos» en el ámbito del mito, mientras que los griegos protagonizan el paso del mito a la historia, en un proceso cuya formulación más clara remonta a Tucídides, para quien los bárbaros de hoy viven como los griegos de antes (I 5.5). 39, donde destaca el hecho significativo de que para la primera sección de la Biblioteca (libros I-VI), las formas de referencia cruzada utilizadas por Diodoro se asemejan sobre todo a las que utiliza Plinio en su EMERITA. Revista de Lingüística y Filología Clásica (EM) -LXV 1, 1997, pp. 17-40 La amplitud de contenidos que Diodoro pretende abarcar en su obra junto con el esfuerzo sintético que en ella desarrolla hacen del problema compositivo una cuestión de primer orden en la labor de Diodoro. En este sentido la Biblioteca se construye según una serie de líneas maestras que articulan el conjunto con notable claridad tomando como unidad el libro. Diodoro distingue los primeros seis libros de acuerdo con un criterio «narrativo» que le permite distinguir las narraciones míticas de las históricas 16. Dentro de esta sección propone una segunda división interna conforme esta vez a un criterio antropológico: bárbaros versus griegos 17. Esta articulación en tres y tres libros para el conjunto no oculta la profunda unidad del mismo dentro de la Biblioteca que se refleja en la dominancia del factor geográfico-etnográfico en la organización de los contenidos (a falta de una cronología fiable) 18, en el uso de procedimientos específicos de cohesión interna 19, y en la recurren Historia Natural (p. Otros paralelos pueden derivarse del estudio de la arquitectura de ambas obras; cf. para Plinio cf. S. Sconocchia, «La structure de la NH dans la tradition scientifique et encyclopédique romaine» en Pline L'ancien. 20 Sobre el reencuentro de la geografía y la historia en los historiadores del siglo IV ha escrito elocuentemente S. Mazzarino, Il pensiero storico classico, vol. II, Roma-Bari, 1983, p. En este sentido ya había avanzado A. Dihle con su trabajo «Der fruchtbare Osten», RhM 105, 1962, pp. 97-110 (recogido en A. Dihle, Antike und Orient. Para la importancia de estas ideas en la tradición historiográfica moderna véase el artículo de J. Lens, «Bartolomé de las Casas y la historiografía moderna», en M. A. Marcos Casquero (coord.), Estudios de tradición clásica y humanística (VII Jornadas de Filología Clásica de las Universidades de Castilla y León), León, Universidad, 1993, pp. 87-104. Revista de Lingüística y Filología Clásica (EM) -LXV 1, 1997, pp. 17-40 cia de una serie de motivos narrativos que han sido estudiados por Sartori en el trabajo antes citado. Finalmente, los tres primeros libros dedicados al mundo no griego obedecen de forma monográfica a una dominante geográfica, según la cual se pueden distinguir con nitidez una serie de partes «naturales» del ecumene: Egipto, Asia y Libia 20. El ámbito geográfico cubierto por los pueblos bárbaros es predominantemente el meridional-oriental. Los tres primeros libros constituyen pues una unidad geográfica que recorre toda la zona «bárbara» del ecumene, tomando como eje la siempre ambigua tierra de Egipto, referencia recurrente en uno y otro libro, y cubriendo el libro II todo el este, y el III, el resto de la zona meridional. Se observará que el criterio geográfico, aparentemente el más objetivo, se encuentra sobredeterminado por los criterios que hemos llamado «narrativo» y «antropológico», siguiendo una concepción cualitativa que ha guiado la práctica totalidad de la indagación geográfica y etnográfica en el mundo antiguo 21. Al situar la Biblioteca dentro de unas coordenadas literarias específicas, la de la historiografía moralizante, por un lado, y la de la síntesis enciclopédica de un material muy amplio, por otro, estaremos con frecuencia en condiciones de determinar los aspectos originales de la actuación de Diodoro. Esta originalidad puede comportar actuaciones positivas, que permitan rei-teca Histórica de Diodoro de Sicilia 8 vindicar la personalidad del autor de Agiro como historiador, pero hemos de estar también dispuestos a aceptar sus aspectos negativos y, de modo especial, a determinar sus características técnicas a la hora de seleccionar y jerarquizar el ingente material que tenía a su disposición. A esta toma de postura no nos lleva únicamente el deseo de «reivindicar» a Diodoro, sino, fundamentalmente, el de alcanzar un conocimiento más depurado de los historiadores perdidos de los que él da conocimiento y noticia. Nuestro propósito en este trabajo es dar un paso más en esta línea, estudiando la geografía de Asia tal y como la presenta el libro II no sólo como punto de partida para determinar las fuentes, sino como la clave para el problema compositivo que plantea la redacción de un libro monográfico sobre Asia en el seno de un conjunto guiado por las exigencias de equilibrio y simetría. En el libro II la cuestión es especialmente interesante porque en este caso no nos encontramos con una sección geográfica diferenciada, como era el caso en la historia egipcia, sino que la imagen de Asia es sobreentendida; la geografía de Asia funciona como un «presupuesto», a partir del cual elementos diversos cobran un sentido unitario. De este modo una reflexión atenta sobre la profunda imbricación de la geografía en la historia en el libro II nos permite extraer ciertas conclusiones de carácter general acerca del método de trabajo de Diodoro. Como resultado creemos poder demostrar que existe entre los dos primeros libros de esta obra un paralelismo notable que ha de ser atribuído al trabajo personal de nuestro historiador en el seno de la tradición historiográfica precedente. Cuando Diodoro resume el tema del libro segundo de su Biblioteca como la «historia antigua de Asia» 22 entiende que el continente asiático permite dotar al libro de una unidad semejante a la que presenta el libro primero, dedicado monográficamente a Egipto y al tercero, que ocupa la descripción de los pueblos meridionales. Ahora bien, Egipto respondía de manera ejemplar a ese tratamiento monográfico, mientras que en el caso de Asia nos encontramos con una situación mucho más problemática: por la notable fluidez e Sobre el carácter modélico del lógos egipcio de Heródoto cf. G.Murray, «Herodotus and Hellenistic Culture», CQ 22, 1972, pp. 200-13. Sobre el sentido y los personajes de la polémica, cf. M. R. Cataudella, «La geografia ionica, Erodoto e il Perì Hebdomadôn Pseudoippocratico, cap. 11», Sileno 13, 1987, pp. 33-57. 25 Véase sobre este tema el reciente trabajo de Gh., Ceauçescu, «Un topos de la littérature antique: l 'éternelle guerre entre l' Europe et l 'Asie», Latomus 50,2 (1991), 327-341, que recoge la abundantísima bibliografía al respecto. En Heródoto, la relación entre Asia y poder está planteada en términos complejos que subyacen a planteamiento trágico del conflicto; en Historias, I 4,4 aparece «reivindicada» como espacio natural de poder para los monarcas persas por los sabios (λόγιοι). Sobre el lugar de la monarquía en la obra herodotea, cf. F. Hartog, Le miroir d'Hérodote. 29 El polémico libro de Edward W. Said, Orientalismo, Madrid, 1990 (la edición original inglesa es de 1978) busca las «raíces» griegas de esta idea en la dramaturgia ateniense (sin duda por la importancia del concepto teatral de «representación» en su revisión demoledora del orientalismo), proponiendo una lectura realmente simplificadora de las Bacantes de Eurípides (cf. la propuesta más documentada de S. Saïd, «Grecs et barbares dans la tragèdie d' Euripide. La fin des différences?», Ktema 9, 1984, pp. 29-53); deja, sin embargo, al margen escritos tan reveladores en este sentido como los de los historiadores o los escritos hipocráticos. Pero, por otro lado, Asia tiene una caracterización cualitativa que da razón de esta distinción tan marcada. Es un tema suficiente para dar coherencia a un libro, como lo ha sido Egipto, porque el primer elemento definidor de Asia es, precisamente, la variedad inabarcable, la productividad desaforada e inagotable de formas nuevas, siempre sorprendentes, todo lo que podríamos sintetizar con el término ποικιλία27. Pero la exuberancia definidora de Asia en el imaginario antiguo y moderno se complementa con un segundo factor igualmente definidor: el poder despótico que unifica lo diverso en tanto que lo posee. Asia es, al menos desde Heródoto, el espacio en el que se ejerce naturalmente el poder de un monarca28. El abigarrado cuadro de la corte persa, en el que confluyen los hombres de todo el imperio con sus lenguas, vestimentas y productos, es la representación fehaciente de la unidad que irradia el poder, unico factor de cohesión entre lo absolutamente dispar. El debilitamiento del poder se corresponde con la imagen de la corrupción y la descomposición. Diodoro se sitúa así en la historia de una idea de extraordinaria trascendencia para nuestra cultura, la de Oriente y el «orientalismo» 29, conceptualizado en términos de alteridad radical, por un lado, y, por otro, de síntesis de lo diverso y simbiosis de lo contradictorio, imagen recurrente de lo extraño y lejano bajo la égida de un monarca absoluto que unifica en tanto que con-J. CAMPOS DAROCA -La geografía de Asia en el libro II de la Biblioteca Histórica de Diodoro de Sicilia 11 30 Sobre la actitud «textual» propia de Occidente ante Oriente, cf. Said, o. cit., pp. 121-4. Pese a su gran utilidad como aglutinador del conjunto de tópoi que determinan el horizonte de intereses de los griegos sobre cualquier país extranjero, lo interesante de este modelo es que experimenta una extraordinaria capacidad de adaptación a los casos específicos. Lo interesante y, si se quiere, lo «original» del Asia de Diodoro es que sus intereses literarios le han llevado a enfatizar la unidad de Asia, aportando de esta manera un cuadro especialmente coherente de la misma cuya influencia está aún por valorar. Diodoro se sitúa a sí mismo en un ámbito «textual» que pretende confirmar en sus aspectos fundamentales una imagen ya existente 30. De ahí que lo más sorprendente sea la simplicidad y hasta cierto punto sistematicidad con la que se inserta en ella. Para ello Diodoro no tiene en principio que realizar un gran esfuerzo; sólo dejar hablar un «discurso» sobre Asia ya constituido en la larga tradición de la que es heredero y fiel servidor. La originalidad de Diodoro está, pues, en presentar una imagen especialmente coherente de Asia, en la medida en que revalida la tradición ya establecida sobre este continente siguiendo las exigencias de síntesis de su historia universal. Esta labor es bien visible en el orden de la disposición. El abundante material a mano es organizado de manera que redunde en la unidad del libro y para ello, es nuestra tesis, recurre al diseño tópico de la literatura etnográfica, tan claro por demás en el libro I, con el que la historiografía antigua aborda la descripción de un país o etnia determinada, y ajusta los contenidos en la medida de lo posible de manera que el cuadro resulta en buena medida homólogo del egipcio 31. III El libro II de la Biblioteca se inicia con la historia de Asiria y Media. Asia es un espacio geográficamente complejo y étnicamente muy diverso, cuya unidad le viene dada no por unos límites naturales ni, mucho menos, por una población homogénea, como en el caso de Egipto (que tanto llama-J. CAMPOS DAROCA -La geografía de Asia en el libro II de la Biblioteca Histórica de Diodoro de Sicilia 12 32 II 2.1. Adquiere sentido en este contexto la extensa relación de regiones de Asia conquistadas por Nino en II 3-4, cuyo único paralelo en la Biblioteca es el catálogo de las satrapías a la muerte de Alejandro en el libro XVII. Diodoro hace expresa su esencial dependencia de Ctesias, quien en la enumeración de los pueblos sometidos era más prolijo, haciendo uso de una técnica expositiva destinada a crear en el lector el efecto de magnitud incomensurable de Asia y que es, desde Heródoto, tópica en la historiografía de tema oriental. 26 y Jacoby, «Ktesias», RE XI, col. 2052, señalan que la extensión de las conquistas de Nino en Ctesias coincide con las que el imperio persa tenía en tiempos de Artajerjes. teca Histórica de Diodoro de Sicilia 13 34 La India es un territorio parcialmente sometido (II 37,3), pero en el resumen de los contenidos del libro II que Diodoro, según su práctica habitual, pone al principio del libro siguiente (III 1,2), la India aparece mencionada como un apéndice de la expansión babilonia. La ambigüedad del espacio escítico entre Asia y Europa tiene un protagonismo significativo en el relato de Heródoto; cf. Hartog,o. cit., La inatacabilidad de Arabia es un tópico de la Biblioteca, ya destacado por J. Lens, «La respuesta de los árabes nabateos a Demetrio Poliorcetes», EFG 2, 1986, pp. 169-191 (recogido en Estudios..., pp. 117-125). En el libro II es de señalar que los árabes se integran voluntariamente en el imperio persa (II 1,5; 24,6); ya en Heródoto eran nación no sometida (III 88) que con todo presentaba tributos al rey (III 97,5); cf. A. Dihle, «Arabien und Indien», en Hérodote et les peuples non grecs, Entretiens sur l'antiquité classique XXV, Vandoeuvres-Genève, 1990, pp. 46-50. 37 Ya Jacoby había formulado una especie de «ley» historiográfica según la cual «Im allgemeinen gibt es echte Etnographien nur von Ländern, die politisch selbständig sind, und nur solange das sind», art. cit., p. Las conquistas escíticas en el relato de Diodoro están marcadas por la expansión hasta el Tanáis, paso del Tanáis y llegada al Nilo como límite máximo (II 43,2; 43,4); idéntico movimiento se da en el caso de las Amazonas (II 45, 4; 46, 1-2), quienes sin embargo sólo llegan a alcanzar el territorio de Siria. Revista de Lingüística y Filología Clásica (EM) -LXV 1, 1997, pp. 17-40 caracterizados por su reconocida independencia política: India 34, Escitia 35 y Arabia 36, países de los que la tradición histórica y etnográfica subrayaba precisamente su inatacabilidad 37, eran, respectivamente, los límites septentrional, oriental y meridional de un territorio que es conceptuado por Diodoro como ámbito primordialmente político, sometido, en momentos diversos, al imperialismo asirio, escita y amazónico 38. Nadie parece haber reparado en esta importante característica del libro II, la de que partes del mismo cuya fuente principal, presuntamente, no es la misma, coincidan en determinar un idéntico modelo de expansión para un imperialismo histórico y otros míticos. Hay todas las razones para pensar que ha de ser atribuida a Diodoro esta actuación, que no redunda precisamente en su mérito, pero nos ilustra sobre sus dificultades. ¿Qué remonta a Ctesias de esta presentación de la historia de Asia? Se trata de una cuestión ineludible, dado que Diodoro reconoce repetidamente su deuda con el historiador de Cnido y que el conjunto de la sección sobre la historia asirio-meda (II 1-34) muestra una notable coherencia que sugiere un uso masivo y directo de los Persiká de Ctesias. En un artículo dedicado a Pero no esta en absoluto clara la contradicción con otros pasajes de la Biblioteca en los que Diodoro situaría correctamente Nínive junto al Tigris (XVII 53,3-4; 55,1), lo que demostraría que en este punto ha reproducido una noticia errónea de Ctesias. Cf. a este respecto la nota al pasaje en J. Lens, «Libro II. Traducción y notas», en J. Lens, Diodoro de Sicilia,..., cit., pp. 319-20. 498 y Sacks,o. cit.,; consideramos por tanto inadecuada la asimilación indiscrimanada de personajes regios que hace Sartori en «Note sulla datazione dei primi libri della Bibliotheca Historica di Diodoro Siculo», Athenaeum 61, 1983, p. En II 5,4-6, donde Diodoro justifica las cifras astronómicas del ejército movilizado por Nino contra Bactria (pasaje que remonta con toda probabilidad al propio Diodoro) no se trae a colación el parangón de Alejandro o César, y sí el de Darío, Jerjes, Anibal, e incluso Dionisio de Siracusa, cuyas campañas están conceptuadas en términos de conquista sin asomo de acción civilizadora. Del mismo modo, lo fundamental en este comentario diodoreo es la equiparación entre el ejército de Nino y los recursos humanos de Asia en su conjunto, lo que constituye en definitiva un tópico de la presentación de los ejércitos asiáticos por los historiadores antiguos. En el relato de las hazañas de Sesóosis subraya Diodoro, con una reiteración que no puede dejar de ser significativa, las pretensiones universalistas del faraón (I 53.7; 8; 9; 10), quien supera a Alejandro por la extensión de sus conquistas (I 55.3); igualmente significativo es que Sesóosis traspase los límites de Europa y Asia (I 55.4), mientras que en el caso de EMERITA. Revista de Lingüística y Filología Clásica (EM) -LXV 1, 1997, pp. 17-40 este tema 39, señala Bigwood algunos puntos en los que Diodoro sigue fielmente a Ctesias: la localización errónea de Nínive en el Eufrates (II 3,2) 40 y la tendenciosa presentación de las opiniones de Heródoto sobre el embalsamamiento etíope (II 5,1) o la historia de Media (II 32,3-3). Podríamos añadir igualmente, que mientras en los primeros libros de la Biblioteca la expedición de los monarcas tiene un modelo recurrente en la figura del héroe civilizador, concretada de manera paradigmática en las figuras de Dioniso, Hércules, Alejandro y, sobre todo, César, este modelo no es muy adecuado para el caso de Nino 41. El horizonte de Dioniso es el oikoumene, en su propósito de hacer avanzar lo más posible la civilización; Nino y sus sucesores restringen sus miras al horizonte asiático (en marcado contraste con los monarcas herodoteos que aspiraban a hacer coincidir los límites de la tierra con los de sus dominios). Llama también la atención el hecho de que el modelo de la expedición de Alejandro no determina la narracion de la campaña de Nino del modo en que lo hace en el caso de la expedición de Sesóosis 42, Dionisos 43, donde el paralelo es explícito, y Hércules 44. En los Nino se explicita que sus conquistas se extienden entre el Tanáis y el Nilo. Nótese que también el paralelo Diónisos-Sesóosis tiene sus límites, dado que el segundo limita su actividad benefactora y civilizadora al ámbito de Egipto. La expedición de Dioniso / Osiris tiene igualmente un talante universal (I 17.1; 19.6; 20.3), manifiesto en el traspaso de los continentes (I 19.1). Análogas pretensiones son las del Dioniso griego (IV 3.5), aunque Diodoro restringe el alcance de este viaje («casi todo el mundo habitado») en lo que sólo puede ser un esfuerzo por hacer concordar esta noticia con la que encontramos en el III 3.1, según la cual Dioniso (como tampoco Heracles) no alcanzó Etiopía. La labor civilizadora de Heracles es universalmente reconocida (IV 36.1), pero no se puede decir que sea fruto de una expedición civilizadora como la de Dioniso. Esta tendencia a remontar la delimitación territorial del imperio al monarca fundador de la dinastía lo podemos encontrar ya en Jenofonte. En la Ciropedia, el imperio persa no es ya el resultado de un proceso de expansión que se prolonga a lo largo de una sucesión de reyes, como es el caso de la narración herodotea, sino que se conforma ya con su fundador, que habría llevado su poder a los límites naturales de Asia. Es significativo, en este sentido, que Jenofonte atribuya a su héroe la conquista de Egipto, de modo que ya desde el mítico monarca alcanza Persia los límites de su poder, que coinciden con los de Asia: Ponto, Etiopía, Mar Rojo y Egipto (Ciropedia I 1.4; VIII 8.1;. Sobre esta presentación como fruto del etnocentrismo persa, cf. S.W. Hirsch, The Friendship of the Barbarians. Xenophon and the Persian Empire, Hannover-London 1985, pp. 79 sg. En cuanto a Ctesias, el resumen realizado por Focio de los Persiká, por desgracia de modo extremadamente esquemático, nos informa de que el historiador de Cnido terminaba su relato con una enumeración de trayectos, días y parasangas desde Efeso hasta Bactria y la India, y con un catálogo de los reyes desde Nino y Semíramis hasta Artajerjes (FGrHist 688 F 33). La índole original de esta recapitulación final nos lleva a pensar que la consideración casi exclusivamente políticomilitar del territorio asiático comprendido entre el Tanáis y el Nilo que encontramos en el libro II de la Biblioteca remonta en lo esencial a Ctesias; actuación propia de Diodoro sería el amplificar esta representación al caso de las monarquías escita y amazónica. 46 Sobre la contemplación propia de los monarcas persas cf. D. Konstan, «Persians, Greek EMERITA. Revista de Lingüística y Filología Clásica (EM) -LXV 1, 1997, pp. 17-40 monarcas asiáticos el motivo de la expedición tiene la función de renovar con cada reinado la relación de dominio natural sobre un territorio 45. Hay que tener en cuenta los actividades de transformación del paisaje operada por los reyes, especialmente en el caso de Semíramis, que difícilmente se dejan reducir a la la simple categoría de evergéticas. Las expediciones de Semíramis son decididamente erráticas; su único fin parece ser la transformación del territorio sin que exista referencia a un propósito universalista y civilizador. Es significativo en este sentido que su expedición a Etiopía venga dictada por su deseo de ver las maravillas de esa tierra (II 14.3-15) 46. Que tienen una función narrativa en la medida en que justifican el viaje de Semíramis a esta tierra. Que no es otro sino el libro III, en el que se toca esta zona del mundo, redundando en la dominante geográfica de esta primera sección de la Biblioteca. El brevísimo resumen con el que Diodoro introduce la historia del final de la hegemonía meda (II 32.2) simplifica el pasaje homólogo de Heródoto (I 95.2) en dos sentidos: redondea la cifra de los años del dominio asirio (500 frente a los 520 de Heródoto) y amplifica el dominio asirio, que en Heródoto se restringía al Asia «superior», a Asia sin más. S. Mazzarino, o. cit. pp. 498 sg., quien destaca la originalidad de Ctesias en este punto con respecto a Heródoto. Véase sobre este componente de la imagen de Asia J. Lens, «Introducción al libro II», cit., pp. 284 ss., donde se subraya la consistencia del tratamiento de los personajes femeninos por parte de Diodoro; cf. para la tradición orientalista, cf. Said, o. cit., pp. 50-51. Conviene sin embargo marcar las diferencias, pues mientras el orientalismo moderno que esboza Said reconoce la feminidad de Asia por su esencial pasividad, con una clara connotación sexual, lo que distingue el Asia de Diodoro es que las mujeres toman el protagonismo en la acción, punto en el que ya encontramos importantes antecedentes en Heródoto. El tema del travestismo femenino, por el que las mujeres asumen con pleno éxito los roles viriles, es esencial en la tradición ctesiana, punto en el que es muy plausible que el modelo sea la literatura dramática. Sin embargo, parece que hay que conceder que la labor de Diodoro en la redacción de estos capítulos ha sido bastante intensa. Bien podemos decir que buena parte de esta actuación se encamina a eliminar el material «marginal». La conquista de Etiopía motivaba en la obra de Ctesias un excurso en el que el médico cnidio desplegaba una vez más su polémica contra las supercherías de Heródoto; Diodoro ha desplazado este tema, con excepción de dos mirabilia 47, a su lugar correspondiente en el plan de su Biblioteca 48. La extremada síntesis a la que ha sido sometida la historia meda en comparación con la de Asiria se puede explicar igualmente por el mínimo papel que la primera tiene en la configuración espacial de Asia 49. El caso de Semíramis es especial, pues Diodoro, siguiendo en esto a Ctesias, ha hecho de ella el personaje eje de la historia asiria 50, concretando narrativamente una de las dimensiones simbólicas de la conceptualización antigua de Asia: su carácter esencialmente femenino 51. En este sentido hay que subrayar que alinearla con los demás héroes conquistadores y civilizadores 52 Sobre la posibilidad de que el cuadro de las conquistas de Semíramis haya sido rehecho sobre el modelo de Alejandro, sobre todo en lo que toca a la conquista de la India (II 16-18), es prudentemente reservado Drews, The Greek Accounts of Eastern History, Cambridge (Mass.), 1973, p. En realidad, tal vez el paralelo más adecuado no sea la campaña de Alejandro, en la India sino la expedición de Darío a Escitia que conocemos por el sin par relato de Heródoto IV 5-144, donde encontramos de manera recurrente los temas del engaño, los insultos, la inversión, el valor simbólico del río como frontera natural, entre otros. Revista de Lingüística y Filología Clásica (EM) -LXV 1, 1997, pp. 17-40 no nos ayuda mucho, más bien todo lo contrario, a entender su peculiaridad en la Biblioteca de Diodoro 52. Ciertamente, Semíramis, y sólamente ella, traspasa los límites asiáticos al invadir Egipto, Libia y Etiopía, pero en este capítulo del libro II Diodoro es especialmente moroso con los detalles geográficos. Antes de la expedición egipcia Semíramis ha recorrido «todos los restantes territorios sobre los que extiendía su poder en Asia» (II 14.1), dejando memoria en todo el continente de su poder (II 14.2). Por otro lado, cuando Semíramis vuelve de la campaña que la ha llevado a Etiopía y se dirige a Bactria el texto de Diodoro se ve obligado a reflejar el cambio de escenario y continente añadiendo la indicación pertinente (II 16.1), completamente innecesaria para quien sepa dónde esta Bactria 53. Esta indicación didáctica se explica tan sólo en un escritor preocupado por que el lector esté bien orientado en el ingente material que se le ofrece y no pierda de vista el carácter monográficamente asiático del libro, así como la marginalidad de los elementos no asiáticos. El motivo de la consulta del oráculo (II 14.3), donde podríamos suponer una influencia del modelo de Alejandro (así como en la secuencia Egipto-Bactra), tiene sin embargo un papel narrativo «prospectivo», interno a la historia de Semíramis (que no tiene la consulta de Alejandro, que versa sobre los orígenes) por referencia a los acontecimientos del final de la vida de Semíramis y su divinización (II 20) que en cualquier caso no es debida a sus beneficios a la humanidad o conquistas. El epílogo de Diodoro a la historia de Semíramis, «tras haber reinado sobre toda Asia excepto la India» (II 20.2), es indicativo tanto de la limitación de este personaje al espacio asiático, como de la imagen de Asia que tiene Diodoro. Esta independencia genérica con respecto al modelo de Alejandro puede, si se quiere, añadirse a la cuenta de los elementos ctesianos mantenidos por Diodoro, pero, habida cuenta de que el cuadro es coherente con pasajes que no pueden 54 Es significativa la voluntad de Diodoro de buscar paralelos a la historia de Asia en la historia de la expansión romana: guerra contra Aníbal (II 5.7) y guerra contra Perseo (17.3). El tópico de la conducta humanitaria empieza a jugar un papel en la historia meda con Arbaces (II 28,4; 7), mientras que es prácticamente inexistente en las conquistas de Nino (tan sólo en II 2.8 se nos dice que se comportó con magnanimidad, pero los párrafos inmediatamente anterior y siguiente muestran a las claras lo excepcional de este comportamiento) y en las de Semíramis. Revista de Lingüística y Filología Clásica (EM) -LXV 1, 1997, pp. 17-40 remontar a Ctesias, hay que contar en igual o mayor medida con la voluntad de Diodoro de mantener en la narración una cierta «coherencia histórica» de acuerdo con un concepto específico de la historia de Asia, actuación que le permite salvaguardar la individualidad de los personajes, sobre todo uno tan sugerente como es el de Semíramis, y nos advierte contra una tipificación excesiva en el estudio de la Biblioteca 54. Es mejor suponer que Diodoro ha uniformado las figuras del libro II de acuerdo con una imagen prototípica del «gobernante asiático», derivada de la tradición griega sobre este tema (con Heródoto y, sobre todo, Ctesias a la cabeza), en la que los rasgos recurrentes vienen a ser: a) su actividad conquistadora; b) sus grandes construcciones (cuyo valor es esencialmente monumental y sólo en segundo término evergético); y c) un componente de arbitrariedad y hasta crueldad en su comportamiento regio. A estos rasgos dominantes se subordinan los que puedan añadirse por la convergencia con otra imagen igualmente prototípica, la del monarca héroe conquistador y benefactor que alcanza honores divinos. Pero obsérverse que ambas imágenes son concurrentes sólo parcialmente, y en última instancia irreductibles. Pues si bien coinciden en los elementos de la conquista y la civilización, difieren radicalmente en lo que toca a la valoración moral, que en el caso de los monarcas asiáticos es o negativa o, en todo caso, poco ejemplar 55, donde juegan poco o nulo papel las virtudes filantrópicas tan importantes en la Biblioteca de Diodoro, especialmente en lo que toca al tema de los imperios 56. Es ciertamente visible la tendencia de Diodoro a aproximar ambos modelos, pero debemos también reconocer a Diodoro la capacidad de mantener la especificidad del monarca asiático, de la que no es ajeno cierto sentido histórico 57. La ciudad de Babilonia, descrita con morosidad por Diodoro (II 7-10), reproduce con su arquitectura en círculos concéntricos, la imagen de Asia que detectamos en el conjunto del libro; cf. J.M. Bigwood, «Ctesias Description of Babylon», AJAncHist 3., 1978, pp. 32-52. Una inteligente indicación de Bigwood sobre la labor diodorea se puede leer igualmente en este sentido 58. En II 1.5-6 y II 16.3-4 introduce Diodoro sendas referencias a Arabia y la India que concuerdan notablemente con las secciones específicas del libro dedicadas a estas regiones ). Para un autor como Krumbholz eran estas intervenciones de Diodoro posteriores a la composición de las secciones correspondientes 59. Pero, siguiendo a Bigwood, podemos considerar estos pasajes como indicios de un plan de Diodoro que abarca el conjunto del libro II, el de incluir en su monografía de Asia las secciones correspondientes a estas dos regiones tan representativas de su idiosincrasia, secciones que habrían sido adelantadas de acuerdo con la práctica diodorea de intensificar la cohesión textual de su Biblioteca por medio de una densa red de referencias internas a la que ya hemos aludido. Así pues, la sección histórica del libro II de Diodoro da una primera pauta que permite cohesionar el grueso de los materiales del mismo en función de su pertinencia al tema de Asia como espacio de poder, en el que se define un núcleo invariable de dominio, en cuyo centro urbanístico se resuelven los problemas de sucesión de toda Asia 60, y una frontera especialmente fluida, y donde se define la cualidad del gobernante por la amplitud de sus esfuerzos expansivos. Los pueblos de las márgenes se definen por su relativa independencia, que se incrementa conforme avanzamos hacia los límites septentrional y meridional. En este punto la definición «política» de Asia, que es la dominante a lo largo del libro, se complementa con una estrictamente geográfico-climática que resume y sintetiza el saber «científico» de su época, según el cual el que Asia comprende el mundo no griego que se extiende hacia oriente, con límites más definidos hacia el oeste en el Tanais y Nilo pero enormemente imprecisos en el resto de los puntos. Recordemos que esta definición «natural» J. LENS TUERO -J. CAMPOS DAROCA -La geografía de Asia en el libro II de la Biblioteca Histórica de Diodoro de Sicilia 20 Revista de Lingüística y Filología Clásica (EM) -LXV 1, 1997, pp. 17-40 pone en funcionamiento una segunda nota temática: la productividad y variedad de oriente conectada a condiciones climáticas excepcionales. Desde esta óptica geográfica, Diodoro articula su libro de modo que, dentro de esa orientación cualitativa dominante hacia el este, cubra el espacio conocido. Esto queda bien explícito cuando, despues del capítulo dedicado a los hiperbóreos, que agota el espacio conocido por el norte, nos propone «trasladarnos a la otra parte de Asia» (II 48.1), para emprender la descripción de la región sur hasta las islas del Sol. Las articulaciones textuales dejan ver la pertinencia que Diodoro observa en los diversos pueblos con respecto al tema central de Asia. Escitia y Arabia presentan una relación de contigüidad territorial, mientras que los pueblos «utópicos», con cuya localización concreta es más difícil comprometerse, muestran una motivación textual más 61 Sartori insiste en la localización geográfica de las utopías por parte de Diodoro como argumento para quitar precisamente valor utópico a los relatos de los hiperbóreos y las islas del Sol; cf. El hecho de que estos lugares sean localizables en la representación geográfica diodorea no resta carácter utópico al conjunto, marcado claramente por su especial aislamiento y consecuente inaccesibilidad. Toda la ficción utópica desde el siglo IV se construye sobre el juego de verosimilitudes que permiten los nuevos viajes, de Piteas o Eudoxo de Cízico por mencionar los que se han puesto en correspondencia con Hecateo y Yambulo. Por otro lado, la localización de ambas islas al norte y al sur respectivamente es tan genérica como la de Meropis de Teopompo o la Atlántida platónica, y contrasta con la contigüidad territorial de las demás regiones asiáticas (cf. II 35.1,43.1,48.1). La breve historia amazónica tiene, por su parte, una vinculación estrictamente «textual» (II 44.3). Sobre la literatura utópica ha habido recientemente abundantes trabajos, entre los que podemos destacar los del reconocido especialista en el tema L. Bertelli, «Itinerari dell' utopia greca: dalla città ideale alla isole felici», en R. Ugliore (ed.) La città ideale nella tradizione classica e biblico-cristiana, Turín, 1986, pp. 35-56; id., «L 'utopia», en G. Cambiano, L. Canfora y D. Lanza (edd.), Lo spazio letterario della Grecia antica, vol.I: La produzione e la circolazione del testo, tomo I: La polis, Roma, 1991, pp. 493-524; en español tenemos los trabajos recientes de H. F. Bauzá, El imaginario clásico. Edad de Oro, Utopía y Arcadia, Santiago de Compostela, 1993, y el extenso y documentado trabajo de F. J. Gómez Espelosín «Tierras fabulosas del imaginario griego» en el colectivo Tierras fabulosas de la Antigüedad, Alcalá de Henares, 1994, pp. 103-303. Importantes precisiones metodológicas en M. Brioso, «Geografía mítica de la Grecia Antigua», Philologia Hispalensis 8, 1993, pp. 193-213. 62 La descripción de los hiperbóreos tiene el carácter de sección «mitológica» de Asia (II 47.1), así como las islas del sol son un apéndice a la sección paradoxográfica (II 55.1). Se debe también prestar atención al hecho de que ambas secciones «utópicas» presentan características enunciativas peculiares: en los dos casos nos encontramos con una delegación explícita de la palabra por parte de Diodoro. Pese a que en el caso de los hiperbóreos esta delegación aparece menos marcada, por lo que sabemos de Hecateo de Abdera podemos avanzar que su escrito sobre los hiperbóreos se construía también como un relato de viajes, anclado por tanto en la experiencia personal y en la enunciación en primera persona (siguiendo en esto una ya vieja tradición que remonta a Aristeas de Proconeso); este elemento clave de la narración hecataica habría desaparecido, como también en el caso de Evémero, según Jacoby, en el proceso de epitomización; cf. Jacoby, FGrHist, Kommentar zu 264 F 7, Leiden, 1964, p. De hecho presentan carácter de «apéndices» 62, lo que se corresponde bien con su independencia política y aislamiento típicamente isleño. CAMPOS DAROCA -La geografía de Asia en el libro II de la Biblioteca Histórica de Diodoro de Sicilia 22 63 64 Sobre esta característica de la historiografía griega de tema «oriental» cf. R. Drews. o. cit. Islas del sur: relato de Yambulo (55-60).s IV Paralelamente a su función indirectamente geográfica, en un lógos etnográfico dedicado a un continente en el que la norma es la diversidad etnográfica, la historia asirio-meda viene a desempeñar el papel de material histórico tout court, homólogo de la historia faraónica en el libro I. Son notables las semejanzas entre la historia faraónica y la asirio-meda, sin duda debidas a que ambas están centradas en la figura del monarca, punto en el que concuerdan con las formas historiográficas dominantes en oriente próximo 63. Una vez más, guiado por las exigencias estructurales y temáticas de la Biblioteca, Diodoro ha operado un proceso que nos atrevemos a denominar de «emblematización», especialmente manifiesto en la parte asirio-meda. En el ámbito histórico, esta emblematización se pone de manifiesto en que las largas listas de reyes quedan simplificadas en un número muy pequeño de soberanos, en los que se representan los momentos clave de la historia de los imperios 64. Especialmente paradigmático a este respecto viene a ser el caso de la monarquía asiria, reducida a la pareja de Nino y Semíramis, consolidadora del imperio, y a las figuras de Ninias y Sardanápalo, que causan su pérdida. La fuerte simetría ente las dos secciones de la historia asiria es clara: al instinto expansivo de Nino y Semíramis corresponde la tendencia a la pasividad y la restricción al palacio de los dos últimos monarcas, siendo en esto Ninias fundador de una tendencia que Sardanápalo lleva al máximo. En esta parte del libro II de la Biblioteca existe una profunda conexión entre la «emblematización» de la monarquía y la del territorio; a la significación de la figura del monarca y su familia corresponde la importancia cuantitativa y cualitativa que en el relato adquiere el palacio. A su vez, el inmenso y variado paisaje asiático parece no tener sentido más que para que el sobe-65 Existen interesantes coincidencias de motivos entre el relato de Diodoro (que sigue a Ctesias de cerca en este punto) y las variadas tradiciones de la historiografía mesopotámica y del cercano oriente. Es significativa en este sentido la importancia de los motivos proféticos en la sucesión de Semíramis (II 20) y, sobre todo, en la historia de la translatio imperii de Asiria a Media (II 24.1; 25.8; 26.9; cf. J. van Seters, In Search of History. La historia de Nino y Semíramis (II 6.9-10) tiene ciertas semejanzas con la de David y la mujer de Urías (2 Samuel 11). Revista de Lingüística y Filología Clásica (EM) -LXV 1, 1997, pp. 17-40 rano haga exhibición de su poder de transformación del medio físico mediante la realización de obras. Constatamos, ante todo, que esta perspectiva regia tiene una consecuencia «geográfico-espacial», el interés por el entorno inmediato del monarca, la corte y el palacio, a partir del cual se extiende e irradia el orden al resto del dominio. Consecuencia de esta focalización en la figura del rey, que se expresa de manera privilegiada en sus monumentos, es la condición «urbana» o, mejor, «urbanística» de esta historiografía. La formación del imperio se define por los dos actos complementarios de la conquista y la fundación de una capital que organiza el espacio conquistado y, análogamente, la narración de la historia asiria se desarrolla entre ambos polos: extensión del imperio versus encierro en el palacio. Hay una segunda consecuencia de orden temático. Los problemas históricos fundamentales vienen a ser los que tienen que ver con la sucesión y la legitimidad. Las intrigas de corte y las rivalidades vinculadas a la sucesión, la continuidad dinástica y su ruptura son tan importantes desde esta perspectiva historiográfica como exóticas y pintorescas resultaban para el mundo griego. Pero es claro que estos ámbitos de coincidencia no son únicamente el resultado de un influjo oriental 65, sino que son también el resultado de un proceso de selección típico de la historiografía griega de tema oriental, que se manifiesta, en la reflexión histórica y política helenísticas, en el interés por los grandes conjuntos monumentales asociados a las grandes monarquías del próximo oriente, y en la selección de figuras emblemáticas de monarcas a partir de los intereses del público. Este proceso de «emblematización», en virtud del cual, en la secuencia de reyes, se verifica un proceso de selección a partir de un criterio axiológico tradicional, viene a producir interesantes y significativas coincidencias entre los reyes destacados por Diodoro y los que 66 El descubrimiento de los fragmentos de la novela de Nino y Semíramis (P.Berol. 6926; PSI 1305; hay traducción española con breve introducción de Julia Mendoza en Quereas y Calírroe, Efesíacas. Fragmentos novelescos, Madrid, 1979, pp. 327-339) supuso, como se sabe, un cambio radical en nuestro conocimiento de la novela antigua. La comparación entre la versión Ctesias-Diodoro y los fragmentos de papiro en lo que toca a estos personajes novelescos la emprendió ya M. Braun, History and Romance in Graeco-Oriental Literature, Oxford, 1938, pp. 6 y ss. y fue seguida por B.E. Perry, The Ancient Romances. A Literary-Historical Account of Their Origins, Berkeley-Los Angeles, 1967, pp. 164-166, con interesantes conclusiones acerca de la naturaleza de las convenciones de la escritura histórica y la ficción literaria antigua; significativamente, ambos textos coinciden en los datos político-militares (campaña de Armenia, Diod. B, para la que Braun o. cit., p. 12, postula diversos canales de transmisión; Egipto, Diod. B3; no deja de tener interés la coincidencia entre los diecisiete años que Nino tarda en comletar sus conquistas según Diodoro (II 2.1) y los diecisiete años de edad de Nino en la novela (frag. Perry destaca el contraste del carácter de Nino, de déspota oriental a héroe de novela amorosa, comparación especialmente interesante para nosotros que hemos destacado más arriba el carácter poco «ideal» de las figuras de Nino y Semíramis en el relato de Diodoro. Los datos coincidentes disminuyen la probabilidad de que Ctesias sea la fuente exclusiva para la historia Asirio-Meda. En el caso de la figura de Sesóosis en Diodoro, el paralelo con los fragmentos papiráceos de Sesóncosis (POxy. Revista de Lingüística y Filología Clásica (EM) -LXV 1, 1997, pp. 17-40 protagonizan la literatura novelesca de la época que de modo progresivo vamos conociendo por los restos papiráceos 66. V La historia asirio-meda constituye pues un primer factor de unidad a partir del cual se organizan los demás elementos en una dispersión progresiva que resulta en la segunda tónica del acorde asiático: la variedad. Pero esta variedad, insistimos, se encuentra controlada por el deseo de dar al conjunto de Asia la estructura de un logos cohesionado. Se verifica en este sentido una elemental especialización de contenidos por etnias, de modo que el conjunto constituye una presentación completa, dentro del espacio asiático, de la serie de tópicos que forman un logos etnográfico. Es llamativo en este sentido la complementariedad de los logoi de la India y Arabia. Mientras que en el caso de la India se han eliminado prácticamente todos los mirabilia naturales, para concentrar la relación en los aspec-67 Del que sin embargo toma algunos elementos; cf. Lens, «Introducción...», cit., pp. 295-7. En general, sobre la India en Ctesias, cf. los trabajos de K. Karttunen, India in Greek Literature, Helsinki, 1989, pp. 80-85. Es posible con todo descubrir cierta coherencia en la India de Ctesias a partir de otros criterios de identidad étnica y política, como ha puesto de manifiesto J. Campos, Experiencias del lenguaje en las `Historias' de Heródoto, Almería, 1992, pp. 143-152. 69 Zambrini ha desarrollado en dos extensos y documentados artículos la idea de que Megástenes utiliza el modelo egipcio de Hecateo de Abdera para proponer una imagen idealizada de la India que refleja los intereses integradores del joven y problemático reino seléucida («Gli Indiká di Megastene I», ASNP 12 (1982), pp. 71-149, II, pp. 781-853), relación acertada pero que debe matizarse en algunos aspectos que atañen precisamente a la redacción de Diodoro; cf. J. art. cit.,p. 70 Atribuido a Agatárquides por Schwartz, art. cit., coll. Revista de Lingüística y Filología Clásica (EM) -LXV 1, 1997, pp. 17-40 tos económico y social-institucional, en Arabia encontramos el caso inverso. La opción de Diodoro es en este caso especialmente clara, dado que podía disponer de un cuadro tan fantástico de la India como el de Ctesias, ejemplo sin par de fabulación etnográfica sobre este tema 67. La India de Megástenes 68 tiene, por contra, un notable parecido con el egipcio hecataico como paradigma de la excelencia social que entra sin paliativos en el ámbito de la utopía política, y aporta al conjunto del logos asiático la dimensión institucional que no podían cubrir ninguno de los demás pueblos 69. La sección dedicada a Arabia reviste un especial interés tanto por los contenidos como por la fructífera comparación que permite con otros autores contemporáneos. Se trata además de una sección que, en contraste con la dedicada a la India, ha atraído poca atención de los estudiosos, excepto por la circunstancia de constituir un pasaje clave para la reconstrucción de la obra y el pensamiento de un autor como Posidonio 70. En efecto, la mención fragmentos recopilados por W. Theiler (Poseidonios. Die Fragmente, I, Berlín, 1982, F 78 [= FGrHist F 114]); excluído naturalmente en la de Edelstein-Kidd, Poseidonius, Cambridge, 1973Cambridge, -1986, quienes consideran la atribución de Reinhardt más que dudosa. J. Malitz, Die Historien des Poseidonios, Munich, 1983, pp. 266-71, asigna la sección diodorea sobre Arabia a las Historias de Posidonio en su excurso geográfico-etnográfico sobre la historia de los seleúcidas, aunque reconoce cierta discontinuidad entre el cuadro de Arabia y la tónica más bien pragmática de las Historias. Posidonio habría tenido como modelo la obra de Agatárquides Sobre el Mar Rojo. Una primera aproximación a los historiadores griegos autores de Arabiká en J. Campos Daroca y J.L. López Cruces, «Fragmentos de historiadores griegos de Arabia», en Homenaje a la profesora Elena Pezzi, Granada, 1992, pp. 283-298. Revista de Lingüística y Filología Clásica (EM) -LXV 1, 1997, pp. 17-40 reiterada por parte de Diodoro al acción solar como factor explicativo de la peculiar naturaleza de los productos de Arabia (y en general de toda la zona sur de la tierra) remite, según Reinhardt y los que en esto lo siguen, a la formulación posidoniana de la δύναμις ζωτική 71. Con la descripción de Arabia Diodoro desplaza la descripción al sur, que complementa la relación ordenada de la parte norte de Asia. Siguiendo el criterio dominante en esta parte de la Biblioteca, la presentación de Arabia pretende seguir los criterios geográficos de articulación del espacio; el resultado es sin embargo de una confusión notable. Diodoro comienza situando Arabia de manera un tanto vaga entre Egipto y Siria y prosigue describiendo la parte oriental, que identifica con el territorio de los Nabateos. La descripción de este pueblo se organiza, desde el punto de vista propiamente etnográfico, en torno a un tema predilecto de Diodoro: el de la independencia política de los pueblos marginales, al que se añaden otras noticias de carácter más paradoxográfico, como la producción de asfalto o de balsamo. A continuación es descrito el territorio limítrofe con éste (¦χομένη II 49.1), la Arabia Feliz, sin especificar la orientación que se sigue, aunque el extenso pasaje hace ver que se trata del extremo sur. Los aromas centran, como era de esperar, el interés de Diodoro 72. Pero conforme progresa la descripción el J. LENS TUERO -J. CAMPOS DAROCA -La geografía de Asia en el libro II de la Biblioteca Histórica de Diodoro de Sicilia 27 73 A. Dihle, «Plinius und die geographische Wissenschaft in der römischen Kaiserzeit», en Tecnologia, economia e societè nel mondo romano, Como 1980, pp. 121-37 (incluído en Antike..., pp. 174-190), ha puesto de relieve, comparando las noticias sobre la India de EMERITA. Revista de Lingüística y Filología Clásica (EM) -LXV 1, 1997, pp. 17-40 se va ampliando hasta abarcar el conjunto de Asia como productora de formas excepcionales y maravillosas: Babilonia, Siria, India y hasta las partes orientales de Africa, cuya pertenencia a Asia fue siempre cuestión discutida, se unifican por la acción vivificadora del sol oriental. Diodoro complementa las fabulosas noticias con una comparación de conjunto con otras zonas del mundo en las que se dan los mismo productos pero con una diferencia cualitativa apreciable (II 53.5-7). Obligado por el carácter errático que ha tomado el discurso Diodoro cierra la sección con un cuadro de conjunto de Arabia (τ−ς Óλης zΑραβίας II 54.1) en el que distingue: a) Arabia Feliz, hacia el sur (πρÎς μεσημβρίαν); b) Arabia interior (¦νδοτέρω), habitada por nómadas que habitan en tiendas y crían ganado; c) una zona «intermedia» entre las dos anteriores (¦ν μέσω), desierta y sin agua, que Diodoro parece hacer corresponder con la Nabatea; d) las zonas de Arabia hacia occidente (πρός δυσμάς), desérticas, atravesadas por caravanas; e) Arabia que limita con Siria, habitada por agricultores y comerciantes; f) Arabia oceánica (παρ τÎν éκέανον), «más arriba» (•νοτέρω) de la Feliz, con abundante agua y gran cantidad de animales extraños. En el texto de Diodoro conviven, pues, dos presentaciones geográficas de Arabia que varían en detalle: a) la primera de carácter global que delimita Arabia por los territorios vecinos de Egipto y Siria y distingue esencialmente dos regiones: la desértica, país de los Nabateos, y la del sur, Arabia feliz; b) la segunda, que pretende presentar un cuadro más detallado y completo de las regiones de Arabia, delimitándola por todas sus partes. Uno se siente tentado a cargar sobre la mediocre inteligencia de Diodoro la confusión de todo el pasaje, pero la comparación con la literatura enciclopédica de su tiempo presenta paralelismos significativos. La división bipartita de Arabia en Arabia desértica y Arabia Feliz según una orientación global hacia el sur es, sencillamente, la vigente en época de Diodoro; ahora bien, cada autor intenta detallar este cuadro tan genérico de acuerdo con informaciones complementarias y guiado por intereses específicos 73. Un reciente Estrabón y Plinio, una práctica fundamental de la literatura geográfica del siglo I, la de atenerse para la presentación de conjunto a los autores «clásicos», esto es, reconocidos como autoridad en la formación literaria, (Eratóstenes en este caso), complementados, en todo caso, con noticias más recientes que no alteran el cuadro general aunque, en ocasiones, sean completamente incompatibles. 75 El confuso cuadro de Didoro remite pues a la representación vigente de un espacio en el que se dejan ver con especial claridad las limitaciones de la geografía antigua, estudiadas magistralmente por P. Janni, La mappa el il periplo. Arabia es, más que cualquier otra, una tierra en la que los diversos accesos para EMERITA. Revista de Lingüística y Filología Clásica (EM) -LXV 1, 1997, pp. 17-40 trabajo de Macadam pone de manifiesto la incongruencia que caracteriza la presentación de Arabia en autores como Estrabón, Plinio o Ptolomeo 74. Para el caso de Plinio es interesante constatar que nos encontramos con un desconcierto semejante cuando intentamos llegar a una imagen coherente de Arabia a aprtir de las diversas noticias que nos proporciona. En la sección geográfica de la Historia Natural reciben el nombre de Arabia hasta cuatro áreas distintas: en primer lugar el territorio que se extiende entre Pelusio y el Mar Rojo, habitada por muchas tribus entre las que destacan Scenitae y Nabateos y separa Egipto de Judea; la Arabia feliz y productora de aromas, en la otra orilla del mar Rojo (V 12,65); la Arabia oriental poblada por nómadas (V 15,72); y la Arabia junto al Eufrates (V 20,85). Pero más adelante podemos ver que, cuando Plinio la trata en general, el cuadro de Arabia se remite a una división bipartita (VI 142-162): una noroccidental en la que habitan Nabateos y Escenitas y otra sudoriental, el país de los aromas. Separadas ambas por una línea imaginaria entre Acaba y Carax en el golfo pérsico. Análogo es el caso de Estrabón, que muestra con Plinio significativas coincidencias de detalle. Estrabón ofrece de nuevo una visión en conjunto bipartita norte -nómadas / sur -aromas dentro de la presentación global del ecumene (II 5,32), pero en la parte dedicada a Arabia en el libro XVI nos ofrece un cuadro más detallado, que recuerda bastante al de Diodoro. Distingue en el norte de acuerdo con la mayor proximidad a la frontera del Eufrates, entre árabes y nómadas; entre los árabes nómadas del norte y la Arabia Feliz al sur, se extiende un extenso y seco desierto. Todavía en XVI 4.21 introduce Estrabón un tercer cuadro de Arabia que desde luego no clarifica las cosas 75. el viajero de Occidente determinan imágenes diferentes, subsumidas bajo un nombre, pero sin que se sienta la necesidad de sistematizarlas. 105), a Arabia se llega desde Egipto para tomar el camino de Siria o el del país de los aromas; el resto es tierra transitable sólo para los nómadas y sus caravanas. Revista de Lingüística y Filología Clásica (EM) -LXV 1, 1997, pp. 17-40 Pero está claro que a Diodoro le interesan menos aportar un cuadro completo de las regiones y etnias que pueblan Arabia que construir un cuadro de la misma que cumpla su función en el conjunto del libro II. Las distinciones propiamente geográficas se distribuyen en dos secciones que sirven de marco al tema realmente importante, la relación de los mirabilia naturales que produce esta región de Asia en comparación con otras regiones. Es significativo que en este desarrollo paradoxográfico las indicaciones geográficas sean claramente erráticas, distribuyéndose indistintamente por toda la región de Arabia e, incluso, el conjunto Asia. Diodoro potencia, pues, el factor geográfico común a Arabia, su situación al sur del mundo habitado, y los efectos de esta localización en la generación de mirabilia, superando las diferencias geográficas parciales en el interior de ese cuadro. El elemento propiamente etnográfico está fuertemente restringido a las escasas indicaciones sobre géneros de vida, nómada o sedentario, con excepción de lo que se vincula a la producción de aromas o, significativamente, al asunto estratégico de los nabateos (recurrente en Diodoro). El contraste con Estrabón es significativo. Mientras que en éste autor se consideran los aromas desde el punto de vista económico-militar y moral, con una formulación casi paralela en ocasiones 76, en Diodoro está completamente ausente este factor 77; reducidos a paradoxa, los aromas dan paso a auténticas maravillas como los animales biformes y las piedras preciosas. Arabia se convierte así en la sección paradoxográfica del libro II y su interés es, casi exclusivamente, el de sus productos como emblema de la fabulosa fertilidad de Asia.
Por no disponer de los correspondientes originales informáticos, la maquetación de este artículo difiere de la del publicado en papel. Por lo demás, los contenidos no han sufrido ninguna alteración. En una civilización tan sumamente tolerante con el suicidio como la romana -sobre todo a raíz del influjo de la doctrina estoica sobre el suicidio racional -; donde las leyes no castigan al suicida (al menos durante la República y bajo los emperadores Julio-Claudios); donde el suicidio, lejos de ser un acto reprobado, es incluso visto como el acto supremo de libertad, como un testimonio de uirtus, esto es, de valor y de dignidad; donde no existe una concepción unitaria del suicidio, hasta el punto de no encontrarse en la lengua latina antigua un término único para referirse al atentado contra la propia vida, sino un variado ramillete de fórmulas y perífrasis, muchas de ellas «clichés», algunos estrictamente poéticos 3; donde, en fin, la frecuencia harto excepcional, por elevada, de suicidios registrados entre los siglos I a. C. dentro las clases dirigentes invita a pensar en una libido moriendi característica de la idiosincrasia romana; ante todo esto, ¿cuál es la visión que de la mors uoluntaria nos han dejado los poetas elegíacos latinos? ¿Cuál es su actitud ante ella? Tal es el cometido de nuestro trabajo, el suicidio en los poetas elegíacos, en especial el suicidio como motivo erótico, esto es el suicidio por amor. El motivo del suicidio en la literatura clásica es tan antiguo como los poemas homéricos: en Il. XVIII 32 las esclavas temen que Aquiles se corte la garganta con la espada al enterarse de la muerte de su buen amigo Patroclo; en Od. X 49 Ulises, atrapado en altamar en medio de una violenta tempestad, sopesa si tirarse por la borda y morir ahogado en el ponto; en Od. XI 271-280 Epicasta, la madre de Edipo (Yocasta en los trágicos), al enterarse de que es con su propio hijo con quien se casó, se cuelga; en Od. XI 560 Áyax Telamonio, recobrada la lucidez después de haber aniquilado los rebaños de los griegos, enloquecido por haber perdido ante Ulises las armas de Aquiles, se suicida. En los trágicos griegos desempeña asimismo el suicidio un gran papel dramático como instrumento de liberación de la deshonra o del infortunio 4. El suicidio como motivo literario es, pues, tan viejo como la literatura clásica misma. En lo que se refiere al suicidio por amor, los poetas elegíacos contaban con los ilustres y variados precedentes literarios del Idilio XXIII de Pseudo-Teócrito (el llamado Erastés), el suicidio de Damón en la Égloga VIII de, el de Dido abandonada por Eneas en el libro IV de la Eneida o el de Niso lanzándose a una muerte cierta en medio de los rútulos para vengar a su amado Euríalo en el libro IX. Ya entre los elegíacos latinos -y como cabía esperar de la íntima ligazón entre la temática del amor y la temática de la muerte tan característica de este género -el motivo literario del suicidio por amor goza de un amplio tratamiento. Cabe distinguir entre los ejemplos mitológicos y los testimonios personales (es decir, aquellos pasajes donde el elegíaco expresa abiertamente su F. Navarro Antolín: El suicidio como motivo literario en los elegíacos latinos 4 5 Prop. V 5,[53][54][55][56][57][58] En ambos loci Ovidiani el ejemplo de Penélope completa el catálogo mitológico de esposas ejemplares que permanecieron fieles a sus maridos. Similar suicidio sugerido por un padre a su hija (Europa) para lavar su deshonra encontramos en Hor. Entre los primeros, Ovidio y Propercio ensalzan las figuras de Laodamía, de Alcestis y de Evadne, que se sacrificaron, la primera para no sobrevivir a su esposo, la segunda para obtener la salvación de su marido a cambio de su propia vida, la última para acompañar a su bienamado esposo en la muerte 5. Se trata evidentemente de exempla mitológicos aludidos interesadamente por los elegíacos para contraponer la fides de las heroínas legendarias a la perfidia de sus amadas. No es casualidad que Ovidio las mencione una a una y conjuntamente en una carta dirigida a su esposa Fabia desde el destierro como ejemplos de fides a imitar en caso de su muerte 6. En esa misma línea, Propercio exalta la costumbre del suicidio entre las piadosas viudas hindúes y la opone a la conducta impía de las adúlteras esposas romanas 7. Otro grupo de heroínas, seducidas y luego abandonadas, buscaron la muerte como remedium amoris acerbi: Filis, Briseida, Dido, Deyanira, todas ellas celebradas por Ovidio en las Heroides 8. En otros casos se trata de suicidios expiatorios o purificatorios para lavar una deshonra cometida o recibida: así Biblis, quien -dice Ovidio 9 -«ardió en un prohibido amor por su hermano y, ahorcándose, vengó valerosamente su sacrilegio»; o la incestuosa Cánace, forzada al suicidio por su padre Eolo 10 (buen ejemplo mitológico éste de una institución jurídica tan romana como el liberum mortis arbitrium, una suerte de suicidio-ejecución o suicidio impuesto por el Senado durante la República y luego, arbitrariamente, por el Emperador 11 ); o el intento de sui-12 Ov. El suicidio de Lucrecia llegó a constituir todo un auténtico tema nacional; cf. Varr. Suicidio y asesinato reaparecen juntos en otra elegía properciana, la II 8, Propercio ha perdido de nuevo a su amada, que se le ha ido con un rival, y se F. Navarro Antolín: El suicidio como motivo literario en los elegíacos latinos 7 20 Un ejemplo de suicidio para acompañar a la persona amada en la muerte lo proporciona el mismo Propercio en II 26. El poeta imagina en sueños a Cintia ahogándose en un naufragio y no duda en arrojarse desde una alta roca (v. 19, iamque ego conabar summo me mittere saxo); justo entonces, despierta de la pesadilla. Ya en los primeros versos asoma el deseo de morir (vv. Tras lamentarse de los altibajos del amor (rota amoris, vv. 7-8) y reprocharle a Cintia que por ella perdió la razón (insania amoris, v. 13) y la libertad (seruitium amoris, v. 15) para recibir a cambio sólo desdenes e insultos (vv. 15-16), Propercio se reafirma en la idea del suicidio e imagina el desprecio y burla que la amada hará de su muerte (vv. Es entonces cuando alude a Hemón de Beocia, quien se suicidó cuando Creonte condenó a muerte a Antígona, la hija de Edipo, su prometida, encerrándola en la tumba de los Labdácidas (versión de los trágicos, en especial Sófocles en su Antígona). El gesto heroico de Hemón predispone al poeta al suicidio y sirve además de contrapunto mitológico al comportamiento impío y poco «romántico» de Cintia tras la muerte del poeta: a éste le gustaría que Cintia, como Hemón, le siguiera en la muerte 20. A falta de esto, Propercio no consentirá abandonar este mundo dejando atrás a su desdeñosa amada y formula su intención de asesinarla y suicidarse luego, llevándosela consigo (vv. Es el llamado «suicidio criminal»: el suicida, antes de atentar contra su propia vida, atenta contra la vida de otro. En su vertiente pasional, el enamorado, embargado por la frustración y la impotencia, y dominado por los ce-F. Navarro Antolín: El suicidio como motivo literario en los elegíacos latinos 8 21 Horacio cuenta que un tal Mario se arrojó por la ventana después de haber asesinado a Hélade, su amante (Sat. 23 Para este tipo de suicidio erótico por ahorcamiento, cf. asimismo Ov. La tradición de ahorcarse el enamorado desdeñado del travesaño de la puerta de la persona amada remonta en la literatura erótica al Idilio XXIII de Pseudo-Teócrito, el llamado Erastés. Se trata del tipo de suicidio «por venganza» 22. Su finalidad es provocar remordimientos (capaces de entrañar la muerte) en la persona que se tiene por responsable del propio infortunio o arrojar al menos el oprobio sobre ella. El procedimiento tradicional entre los enamorados desdeñados imbuidos de un espíritu de venganza era precisamente colgarse del travesaño de la puerta de la persona amada 23. Según las creencias mágico-religiosas antiguas, la presencia o proximidad de la persona que el suicida deseaba conmover con su suicidio favorecía, e incluso era necesaria, para el éxito de su funesto propósito. Por otra parte, el aspecto dramático de la puesta en escena del suicidio por ahorcamiento, modo de ejecución tenido por particularmente innoble 24 y repugnante 25 por los roma procedimiento particularmente infamante para ellas, toda vez que la ley reservaba a las mujeres libres el castigo de la estrangulación como forma de ejecución capital; cf. Grisé, ob. cit.,p. 25 El aspecto horrible del ahorcado, con sus miembros retorcidos, su rostro descompuesto, sus ojos desorbitados y en blanco, la mirada fija, la lengua fuera, bastaba para crear en torno a sus despojos un sentimiento de temor y espanto, como un signo de mal augurio, maléfico, demoníaco; cf. Grisé, ob. cit., pp. 141-149. Virgilio describe la muerte de la reina Amata, quien se se suicidó ahorcándose, como nodum informis leti (Aen. 26 Connotaciones de venganza tiene asimismo, en la versión de Ovidio, el suicidio de la heroína Filis, quien, abandonada por Demofonte, amenaza con precipitarse a las aguas para vengarse de su amado con estas terribles palabras: «Que las olas arrastren mi cadaver y lo arrojen a tus costas y me muestren a tus ojos privada de sepultura» (Her. Como en el caso del suicidio por ahorcamiento, el suicidio por ahogo en las aguas, bien de un río, bien del mar, inspiraba igualmente en los romanos un terror especial: al horrible aspecto del cadaver hinchado del ahogado se unía la privación de los ritos funerarios que aseguraban el reposo de alma del muerto, caso de no devolver las aguas su cadáver. Esto explica los escasos testimonios de este tipo de suicidio en las fuentes literarias (cf. Grisé, op. cit.,, así como el temor proverbial entre los romanos a los naufragios (cf. Cic. También el suicidio de Dido, tal como lo cuenta Virgilio (Aen. 662 ss., et nostrae secum ferat omina mortis) entraña una voluntad de venganza contra Eneas: tras pronunciar contra su amante terribles amenzas, la reina recurre a la magia y se suicida para asegurar la eficacia de su maldición. Su suicidio aparece así como un sacrificio ritual comparable al de la devotio militar y que obliga a los dioses a corresponder conforme a la celebre fórmula contractual base de la religión romana: do ut des, facio ut facias; cf. A.-M. Tupet, «Didon magicienne», REL 48, 1970, pp. 229-258; R. J. Edgeworth, «The Death of Dido», CJ 72, 1977, pp. 129-133. Igualmente, en el Ibis, entre los infortunios con los que amenaza a su odiado enemigo, Ovidio expresa el deseo de suicidarse a fin de atormentarlo mejor por medio de su espectro: manu facta morte solutus ero (v. Revista de Lingüística y Filología Clásica (EM) -LXV 1, 1997, pp. 41-55 nos, se revelaba como el más apropiado para aterrorizar al enemigo en cuestión y desencadenar en él el sentimiento de culpabilidad previsto 26. El suicidio pasional es también el protagonista soterrado de una de las elegías del breve ciclo ligdameo, en el libro III del Corpus Tibullianum. En la segunda de sus elegías, Lígdamo afirma sentirse hastiado de la vida, velada alusión a una muerte deseada, sin duda por medio del suicidio (vv. F. Navarro Antolín: El suicidio como motivo literario en los elegíacos latinos 10 27 Estructuralmente y a tenor de lo dicho, esta elegía se organiza en dos bloques nítidamente diferenciados por la bisagra ergo (v. 9): A) cruda realidad insoportable para Lígdamo (vida presente: vv. 1-8); B) fantasía fúnebre anhelada y dichosa (muerte futura: vv. 9-30); es decir, la 1a parte describe el hastío vital (taedia vitae) por el discidium de Neera, la 2a detalla la ceremonia fúnebre, como ya observara R. Bürger («Studien zu Lygdamus und den Sulpiciagedichten», Hermes 40, 1905, p. La fantasía de la muerte como recurso supremo ante los males del presente no es original de Lígdamo, sino que ya otros maestros de la elegía amorosa romana, Propercio y Tibulo, habíanse imaginado en sus propias exequias rodeados de ese calor y esas muestras de cariño y atenciones por parte de sus respectivas amadas -momento dulce y dorado -de las que habían carecido por completo en vida; cf. Tib. El modelo helenístico es sin duda Ps.-Theoc. Sobre esta elegía ligdamea, así como sobre sus posibles modelos, léase el comentario ad loc. en F. Navarro Antolín, Lygdami elegiarum liber. 28 El epitafio erótico, fijado por el epigrama helenístico, particularmente por Meleagro (cf. AP. Este núcleo generador de la poesía (vv. 7-8) lo amplía Lígdamo, por un lado con los hechos preliminares que le abocan irremediablemente a ese insoportable malestar vital o taedia uitae: un rival le ha arrebatado a su amada Neera (vv. 1-6); por otro, con una larga panorámica de su propio funeral, visión gozosa para el poeta, pues al menos por ese instante recupera la compañía y el afecto de su añorada Neera (vv. La muerte no sólo se le representa a Lígdamo como la mejor vía de escape para su frustración amorosa (remedium amoris acerbi), sino que ante Neera opera a un tiempo como suprema declaración de amor total y eficacísimo instrumento de velada amenaza y chantaje emocional 27. La atmósfera de suicidio es clara, sobre todo si observamos que llamativamente similar a la presente elegía ligdamea es el ya aludido Idilio XXIII de Pseudo-Teócrito, donde un enamorado no correspondido, incapaz de soportar por más tiempo el desdén de su cruel amado, opta por suicidarse; y, como Lígdamo, el erastés deja instrucciones para su entierro -un entierro donde imagina aquellos gestos de dulzura y afecto por parte del efebo de los que no gozó en vida (vv. 35-45) -, así como su propio epitafio con la causa mortis, la cuita amorosa (vv. 29 La crítica no es unánime sobre la alusión exacta de estos versos. Algunos críticos, como Smith (1913) o Maltby (1980), creen que lo que Tibulo quiere decir es que está dispuesto a beber cualquier clase de filtro amoroso y a renunciar así a toda oportunidad de escapar al servitium. Con todo, aunque puede haber una alusión a los filtros amorosos en los vv. 57-58, el hippomanes, como bien precisa Murgatroyd (pp. 157-158 ad loc.), servía asimismo para otros propósitos como causar la locura (cf. Iuv. VI 614 ss.) o, como veneno, la muerte (cf. Ov. Ge.III 280 ss.); y desde luego los vv. 182), no ven claro si se tratan de filtros amorosos o venenos mortíferos. Tal vez la ambigüedad sea intencionada, conforme a la conocida expresión `morir de amores'. El suicidio como testimonio de amor también tiene cabida entre los elegíacos. Bajo esta modalidad se encuadra la única alusión al suicidio que se documenta en Tibulo. Se trata de su elegía más patética, la II 4, el locus classicus del motivo elegíaco del seruitium amoris (vv. Tibulo, aunque consciente de su humillación, no puede escapar a la esclavitud amorosa (vv. 51-52); como muestra de su completa sumisión, si su auara domina le ordenara entregarle la herencia paterna, Tibulo ) colmo de depravación ) gustoso se la daría (vv. 53-54); es más, con tal de recibir de ella una sonrisa amable, una mirada complaciente, sería capaz hasta de beber la copa de veneno que Némesis le ofreciera y cometer suicidio, colmo de sumisión a la par que testimonio supremo de amor (vv. 55-60) Por otra parte, Ovidio, con certeza el más osado innovador entre los poetas latino en materia de lengua poética, acuña la feliz juntura taedia uitae, empleada con mucha frecuencia como eufemismo literario en conexión con la idea de la muerte y el suicidio. Así, Mirra, cansada de huir de su padre Cíniras, descubierto ya su incesto, eleva plegarias a los dioses inter mortisque metus et taedia uitae, «entre el miedo a morir y el hastío de vivir» (Ov. Atalanta hace el siguiente comentario irónico sobre un Hipómenes empeñado en competir con ella, lo que la heroína considera un suicidio, pues el precio de la derrota «segura» es la vida (Met. Que muera, pues no ha escarmentado / con la muerte de tantos pretendientes y marcha al suicidio»). En el Ovidio pesimista y abatido del destierro no es difícil encontrar claras alusiones a los taedia uitae y al suicidio 31. En una epístola dirigida a M. connotaciones fúnebres. Ovidio mismo dice ver en todas partes el fantasma de la muerte: quocumque aspexi nihil est nisi mortis imago (Tr. Para la atmósfera fúnebre de los Tristia, véase A. Videau-Delibes, Les 'Tristes' d 'Ovide l' élégie romaine. Une poétique de la rupture, Paris: Klincksieck 1991, capítulo III: «La vie dans la mort», pp. 333-364; para el tema de la ecuación exilium = exitium en el Ovidio del destierro, véase B. R. Nagle, The Poetics of Exile, Program and Polemic in the Tristia and Epistulae ex Ponto of Ovid, Coll. Revista de Lingüística y Filología Clásica (EM) -LXV 1, 1997, pp. 41-55 Valerio Cota Máximo, Ovidio evoca el perfil de su buen amigo Celso, recién fallecido, y recuerda sus palabras de ánimo y consuelo, cuyo efecto balsámico disipaban sus ganas de suicidarse (Ponto I 9, 31): haec mihi uerba (scil. solacia Celsi) malae minuerunt taedia uitae (= `ganas de suicidarme'). La atmósfera de suicidio quedó patente pocos versos antes (vv. En su elegía autobiográfica (Tr. IV 10), tras narrar las penalidades y vejaciones del destierro, Ovidio confiesa que sólo el refugio y consuelo de su poesía le hacen desechar la idea del suicidio: ergo quod uiuo durisque laboribus obsto, / nec me sollicitae taedia lucis habent, / gratia, Musa, tibi, tu medicina uenis (Tr. Repárese en la variante eminentemente poética taedia lucis (= taedia uitae). No acaban aquí las alusiones ovidianas al suicidio. Con intenciones bien distintas, pero igualmente envueltas en la amargura del destierro, Ovidio llega a aludir hasta tres veces a la optata mors en su poema más corrosivo, la elegía Ibis. Encolerizado, el desterrado de Tomi promete a su enemigo no cejar jamás en su odio (vv. 30-66), que le fustigará incluso más allá de la muerte: sea cual fuere su forma de morir, e incluye el suicidio (v. 146, siue manu facta morte solutus ero), el espectro de Ovidio seguirá atormentándole en sueños (vv. Entre los terribles infortunios que el sulmonés le desea a Ibis, por dos veces menciona el suicidio, o por mejor decir, las ganas de suicidarse provocadas por un estado de desesperación como el que impulsó a Anfíon a quitarse la vida, muertos todos sus hijos e hijas por culpa de la soberbia Níobe (vv. Pero hay más; en otro pasaje Ovidio demuestra ser un ememigo terrible y de una retorcida: desea para Ibis Para la fortuna literaria de la juntura taedia uitae, cf. asimismo Nux 159, cum longae uenerunt taedia uitae; Stat. VII 464, taedia uitae; igualmente documentada en prosa (en singular), v. gr. Plin. La juntura verbal, en cambio, es más antigua y se documenta ya en Cicerón; cf. Cic. Según estadísticas de F. Bömer (457 ad Ov. IX 616-617, taedia capio [= me taedet]), Ovidio prefiere taedia, a menudo con perífrasis, -18 veces (+ Nux 159) -frente a la expresión verbal taedet (sólo en Ars II 325); en otros autores la proporción no es tan significativa: Verg. Frente al hastío vital que embarga a Ovidio, un sentimiento íntimo nacido de una experiencia muy personal, el exilio, tanto Lucrecio como el filósofo Séneca hablan de una cierta atmósfera general de taedium uitae que en sus respectivos tiempos invitaba a los romanos al suicidio, un mismo fastidio y desazón vital pero de origen bien dispar: fruto de los horrores y trastornos de las guerras civiles que asolaron Italia en los últimos tiempos de la República, este mal del siglo, conuicium saeculi, como lo llama Séneca el Viejo (Contr. 2), encuentra un nuevo caldo de cultivo en la insatisfacción y el enervamiento nacidos del lujo y ocio de la Pax Augusta en los comienzos del Principado; cf. Lucr. Con todo, pese a estas noticias que EMERITA. Revista de Lingüística y Filología Clásica (EM) -LXV 1, 1997, pp. 41-55 tan grandes males que arda en ganas de suicidarse, pero con la sutileza de que no halle jamás los medios para cometer el suicidio y así muera tras larga y atormentada agonía (vv. Con todo, con ser Ovidio el acuñador de la juntura taedia uitae, es Lígdamo (II 7-8 sup. cit.) el primero en vincular claramente los taedia uitae a un contexto erótico, como insoportable malestar vital, derivado de un repudio amoroso, que aboca al suicidio) 32. Por otra parte, y para comprender mejor su alcance, cabe reseñar que el motivo del taedium uitae 33 desempeña igualmente en las inscripciones sepul apuntan a la posible existencia de una libido moriendi que impregnaba el sentir general de una época de cambios, la mayoría de los casos de suicidio citados por los autores antiguos responden más bien a un deseo de sustrarse a un drama personal tan angustioso que paraliza las ganas de vivir, más que al hastío de la vida misma; cf. v. gr. Gell. Sin embargo, excepto CIL VI, el uso de la juntura es comparativamente raro. La juntura taedium uitae, en singular, se documenta bastante bien en los jurisconsultos romanos, donde este 'hastío vital' -en realidad un eufemismo que encubre causas de suicidio muy diversas-es el resultado de toda suerte de situaciones penosas (enfermedad, dolor causado por la pérdida de un ser querido, pobreza, miedo, locura, etc.); cf. Dig. Tal vez la originalidad de Ovidio consistió no en inventar la juntura, sino en introducir en la lengua poética un tecnicismo eufemístico de la lengua judicial, si entendemos que el Digesto refleja unos usos lingüísticos muy anteriores a su fecha de redacción, algo nada extraño en el periclitado sermo forensis. El plural ovidiano taedia queda explicado metri causa. Revista de Lingüística y Filología Clásica (EM) -LXV 1, 1997, pp. 41-55 crales un papel importante en conexión con la optata mors 34; asimismo, su presencia se documenta profusamente en el ámbito jurídico 35. Por último, no quisiera dar por concluído este trabajo sin aludir a las huellas que una variante muy romántica y hermosa de suicidio ha dejado en algunos de nuestros elegíacos. Se trata del suicidio de Alcestis. Como es sabido, esta heroína, modelo de amor conyugal, consintió en morir en lugar de su esposo. Este motivo del regalo de la propia vida o de parte de los propios años de vida al ser amado se documenta muchas veces en la literatura latina, sobre todo en epicedios, epigramas funerarios y consolationes, y del ámbito En el ámbito erótico, que es el que nos ocupa, el topos aparece por primera vez testimoniado en la Asinaria de Plauto: Argirippo y Filenia, dos jóvenes enamorados, van a ser separados y el joven amenaza con suicidarse. La muchacha afirma que Argirippo de este modo quiere hacerla morir, pero el enamorado sostiene que está dispuesto a dar la vida por ella y a regalarle parte de su existencia para prolongar la de la amada (vv. En el diálogo entre Horacio y Lidia de la Oda III 9, los antiguos enamorados se jactan de sus nuevos amores en tono de bravata. Horacio se vanagloria del amor de la tracia Cloe, por la que afirma que no temería morir, con tal que los dioses permitan a cambio que aquella le sobreviva (vv. A continuación, Lidia se jacta de su nuevo amor, Calais, y como es obligado en un canto «amebeo», donde el segundo interlocutor debe encarecer los términos del primero, afirma rotunda que por Calais estaría dispuesta a morir... ¡dos veces!, con tal que aquél le sobreviva (vv. El mito de Alcestis -el regalo de la vida o parte de la propia vida a la persona amada -cristalizó en un dicho popular (cf. Sen. Brev. 8.4, dicere solent eis, quos ualdissime diligunt, paratos se partem annorum suorum dare), de gran aceptación en el ámbito de las inscripciones funerarias. Ejemplo conspicuo de la supervivencia del mito son las poesías esculpidas, en latín y en griego 36, en el mausoleo de Attilia Pomptilla (época de Adriano) para re Paris: C. Reinwald, 1865-1874, p. 37 Otro interesante ejemplo en CLE 995B Buecheler; cf. la versión griega en W. Peek, Griechische Vers-Inschriften, Bd. 38 El topos vuelve a documentarse en Stat. Priscila, moribunda, se dirige a su marido y le manifiesta su pesar por no poderle donar los años que la Parca le sustrae. Sobre este topos del sermo eroticus y sus manifestaciones en otros ámbitos del afecto (fraternal, filial, entre amigos), cf. G. Danesi Marioni, «Il dono della vita alla personas amata: sviluppi del motivo nella letteratura latina», Prometheus 19, 1993, pp. 211-EMERITA. Revista de Lingüística y Filología Clásica (EM) -LXV 1, 1997, pp. 41-55 cordar su heroico gesto: un tal Casio Filipo había sido desterrado a Cerdeña, a donde le siguió su mujer Attilia Pomptilla; el marido enfermó y la mujer hizo votos de quitarse la vida si se salvaba la de su esposo; el marido sanó y ella efectivamente murió, por lo que fue considerada una nueva Alcestis 37. Reflejos deformados del mito euripideo encontramos asimismo en los elegíacos. En el epicedio o apología de Cornelia, la regina elegiarum como la llamó J. J. Escalígero (1540-1609), Propercio pone en boca de la matrona uniuira estas hermosas palabras (IV 11, 95): La difunta, dirigiéndose a su marido y a sus hijos, formula el deseo de que aquella parte de la vida que le ha sido arrebatada, se añada a los años de vida de sus seres queridos, de suerte que cuando el padre llegue a anciano reciba de sus hijos el apoyo y afecto que ahora le falta por causa de la pérdida de la esposa. Una nueva y original formulación recibe el topos en un pasaje de Ovidio (Tr. Ovidio, «muerto viviente» en la amargura de su inacabable exilio, escribe a su mujer Fabia esta epístola con motivo de su cumpleaños, le desea una larga vida y se muestra dispuesto a cederle los años que le restan de la suya propia, de no ser porque éstos son amargos y amargarían los de Fabia. Así, el sacrificio de cederle parte de su existencia podría resultar más que un regalo, un daño 38.
Por no disponer de los correspondientes originales informáticos, la maquetación de este artículo difiere de la del publicado en papel. Por lo demás, los contenidos no han sufrido ninguna alteración. Con el fin de poder justificar algunas lecturas adoptadas frente a las ediciones de la Alejandra de Licofrón a cargo de L. Mascialino 1 y de M. Fusillo-A. Paduano 2, publicada en fecha muy reciente, he tenido que plantearme algunas cuestiones textuales al abordar la tarea de edición y traducción (al catalán) de dicho poema helenístico 3. Ofrezco, pues, un breve elenco de notas críticas al texto mencionado. v. Adopto el jonismo en vez de --κρας en éste y en todos los casos en que la tradición manuscrita ofrece variantes dialectales diferentes al ático, dada la conocida apertura de la lengua de la tragedia griega con respecto a otros dialectos. Sigo en este punto el criterio de A. Hurst (cf. Licofrone. 54), dado el «aspetto manierista del testo». v. Teniendo en cuenta las famosas reglas lectio difficilior potior y recentiores deteriores (la segunda propugnada por Lachmann), y consciente de que no puede haber un mero error en la lectura (cf. la adoptada por los manuscritos deteriores, a saber -καταβρωθέντος, que, sin embargo, L.Mascialino prefirió para su edición), me veo inclinado a adoptar esta lectura. Por otro lado, A.Hurst señala que su adopción viene sugerida por la paráfrasis -καταποθέντος). Además, es más plausible la conjetura de Müller al verso 742 de la Alejandra, no aducida por Hurst, en la que se propone -καταβρόξ®, es decir el mismo verbo que postulo para el verso que nos ocupa, en vez de -καταβρώξ®. v. Es mucho más plausible suponer un «adversario en las armas», referido a Filoctetes con respecto a Paris, que no un -αÛθοπλίτου (Filoctetes tendría la «misma» arma que Paris, como propone A.Hurst, apoyándose en la lectura de varios manuscritos. v. Es la lectura de los ms. ABCDE, frente a -κελυφάνου de los deteriores (véase nuestro comentario a la lectura adoptada en el verso 55). Además, opino, con A.Hurst, que es más esperado un instrumental en dativo, ya que -στρόβιλον es un acusativo de relación. v. Me inclino a adoptar la conjetura de Kinkel (que recogen con espíritu suave inicial los ms. CDE), antes que la corrección de Müller (o -zχερουσία) que también adopta la edición milanesa. Métricamente, ambas lecturas son correctas. v. Prefiero esta opción ortográfica que presentan los ms. AB antes que -πλημμυρίδος, opción propuesta por L.Mascialino. v. Cf. el criterio de adopción dialectal a favor del jonio siempre que la tradición manuscrita presente variantes de otros dialectos, tal como queda explicado en el comentario al verso 2. v. Para la elección de esta lectura en vez de -εAEς, véase mi comentario al verso 2. v. Post 185 no considero necesario suponer la existencia de una laguna para la mejor intelección del texto, ya que, entre otras cosas, el relativo femenino -1⁄4ν del v. 186 concuerda perfectamente con -πόριν, dos versos más arriba. Además, contamos con un buen parangón en Alex. -πτολιρραίστου. Para la elección de esta lectura en vez de -πολιρραίστου, véase mi comentario al verso 2. v. De nuevo nos encontramos aquí con otro caso en el que elijo una variante manuscrita considerada preferible. Si me decanto, como Hurst, por -¦κχέας (ms. ACDE), en vez de -¦γχέας (ms. B, lectura elegida por Mascialino), es porque el contexto hace pensar más en «extraer» que en «verter». v. Para la elección de esta lectura en vez de -αÞθις, véase mi comentario al verso 2. v. Cf. comentario al v.2 (para -¦ς en vez de -εAEς). v. Prefiero esta lectura (uulg.), como Hurst a la adoptada en el texto de Mascialino (-¦κπεπλωκόσι, según conjetura Scheer), ya que el significado de la lectura adoptada, a saber, «para los que llegan por mar» (perf. -¦κπέπλευκα) hace innecesaria la conjetura. v. Elijo una variante manuscrita que considero preferible. Si me decanto por -ρπαις (con Mascialino) en vez de -ρπης (Hurst) es por la desinencia de la primera lectura, de acuerdo con el adjetivo con el que concuerda plausiblemente en dativo (-γαμψαÃσιν). v. 369. -ñς φθιτäν θέμις (según Bachmann, y no -1⁄4 θέμις φθιτäν, corrección propuesta por Kinkel y adoptada por Mascialino). Véanse las apreciaciones aducidas en el v.137 para entender la elección de esta conjetura. v. Prefiero la lectura de los ms. ADET 1, teniendo en cuenta, por lo demás, el parangón, destacado por A. Hurst, de genitivo con -•κτίς en Píndaro, -Πα 9,1 = fr. Lección proporcionada por los deteriores codices, adoptada por Mascialino y no por Hurst, que preferiero a -σαθρÎν (-ΑBCDE) por cuanto el significado de la primera variante («pútrido en salazón») se adecúa perfectamente a -τάριχον (cf. la proximidad léxica en Ar. Corrección de Hermann, al efectuar una transposición en el or-den de palabras del verso: -}Αλεντος οÛκ -πωθε καύηκας ποτäν (Hermann): -καύηκας οÛκ -πωθεν zΑλέντα ποτäν (uulg.). Referiéndose a las «corrientes» (-ποτäν) parece lógico esperar en genitivo el nombre del río (en este caso el Ales). Para la elección de esta lectura en vez de -α¦ίτα, véase mi comentario al verso 2. Con todo, para la lección -•ίτης `compañero', `amado', cf. Teocrito XII 14,20 y AP XV 26. v. Prefiero esta opción ortográfica que presenta el ms. B antes que -¦κγόνων, opción ofrecida por los ms. ACDE. v. Aunque no hay variantes manuscritas, podemos interpretar que - ́Ομολωίς es el adjetivo que concuerda con -βία (y no -Βία): cf. el parangón -βίη ́Ηρακληείη aducido por Hurst. v. Conjetura de Scheer (mientras que contamos como otras lecciones posibles -εÛτρεπ¬ς B: -εÛπρεπ¬ς CDET). Con -•κτ¬ (`playa') y con -τάφους (`tumba') es lógico esperar -εÛπρεπεÃς `preparada', `digna del -Γραικäν -ριστος', antes que -εÛτρεπ¬ς (`amena'). v. Hurst, que prefiere -μειλίξωσι, aduce la forma -δέξωνται del verso 539, es decir, tres versos más arriba. Con todo, prefiero, como Mascialino, la variante -μειλίσσωσιν, del verbo -μειλίσσω (`calmar, apaciguar') por cuanto no creo necesario el tiempo futuro porque ello supone una regularidad estilística y lingüística que en todo momento Licofrón intentó descuidar ex profeso. v. Me veo inclinado a adoptar esta lectura tradicional de los ms. DET 1 (en vez de -αÞτις), ya que contamos con un buen parangón en Sófocles, O.C. 364. De otro lado, su sentido (`otra vez', `nuevamente', etc.) Nueva conjetura de Scheer, que no ve necesaria Hurst, teniendo en cuenta las lecciones de los manuscritos: -Κυλιστάρου (ABV) y -Κυλιστάρνου (CD). v. Conjetura de Scheer, muy clara, por lo demás. Así, el artículo -τÎν en el mismo caso que -ναυσθλούμενον englobaría -Δαρδανείων ¦κ τόπων. lologus, 76, 1920, pp. 228-233) que Mascialino no tuvo en cuenta y que sí recoge Hurst. Mi elección se basa en la lección que nos ofrece otro manuscrito, el E, muy semejante: -κακκέλευθα. v. Variante recogida por los ms. BE que prefiero, como Hurst, aduciendo su utilización en los trágicos sin la partícula --ν. v. Prefiero relacionar el numeral cardinal con -πέτρον, tal y como lo presentan los ms. CDE, a entender que va concordado con Ulises, como apunta Hurst, basándose en los ms. AB. v. Según el criterio de no adoptar conjeturas si no es estrictamente plausible y necesario para la intelección del texto, prefiero conservar esta lección, al margen de la posible conjetura -παιδοβρäτος de Rebelo-Gonçalves (recogida también por Hurst). Cf. el artículo -τς. v. Post 1280 no considero necesaria la posibilidad de la existencia de una laguna (como sí, en cambio, propuso Scheer) para la mejor intelección o coherencia interna del texto, teniendo en cuenta el fin del parágrafo y el principio (plausible a mi entender) del siguiente, con -τοσαØτα... κακ). Corrección filológica de Wilamowitz (LA 14). Asterio, hijo de Téctamo, era rey de la isla de Creta. v. Me inclino a adoptar esta lectura tradicional de los deteriores (en vez de -αÞτις), según lo expresado en los vv. Lectio difficilior (ms. ABC), en vez de -γόνος, que adopto como «acusativo de relación» (cf. Od. Me decanto por la corrección filológica de Schwyzer (RM 75, p.448) en vez de -ληκτηρίαν (de los ms., preferida por el editor Mascialino) por cuanto veo plausible que concuerde en dativo con la diosa Cirita (-Ληκητρί' θε" Κυρίτ').
Por no disponer de los correspondientes originales informáticos, la maquetación de este artículo difiere de la del publicado en papel. Por lo demás, los contenidos no han sufrido ninguna alteración. Luciano en esta obrita, Contra un ignorante que compraba muchos libros, arremete contra un personaje, perfectamente caracterizado, que debía de ser bien conocido del auditorio; en ocasiones el ataque se vuelve personal y muy duro. Este es uno de los primeros ejemplos de invectiva, género que será después cultivado por los humanistas posteriores. El tema sigue siendo muy actual. El que adquiere y posee libros no logra con ello una formación cultural; sólo el uso que haga de ellos se la puede proporcionar. Las siguientes notas críticas son el resultado de un estudio del estado del texto de este opúsculo de Luciano con los conocimientos que actualmente se tienen de la lengua griega tardía del período helenístico y grecorromano. En la cita de los pasajes del texto griego de Luciano sigo la edición de M. D. MacLeod, Luciani opera, II, Oxford, 1993, edición corregida por el autor (1a ed., 1974). Sobre la transmisión textual de los códices, la relación entre los códices y las siglas, remitimos a la introducción de la edición de Oxford, tomos I y II. Esta obra está en las dos tradiciones textuales de las obras de Luciano, corpus -γ (-Γ Ω) y corpus -β (-Γ a -Ω b -Ψ Ρ). 1, 8-10: Luciano critica al ignorante porque no compra los libros mejores, ya que no tiene capacidad para discernir los antiguos y los que merecen la pena, y para darse cuenta de los errores y faltas que puede haber en ellos. Están coordinados un presente de optativo y un presente de indicativo. Revista de Lingüística y Filología Clásica (EM) -LXV 1, 1997, pp. 65-75 -παραλαμβάνοις, y establecen la corrección en su edición Dindorf, Jacobitz (2a ed.), Harmon y MacLeod. Con esta modificación se intenta igualar la estructura sintáctica con el optativo previo. Me parece que no es necesaria tal corrección. Es propio del estilo de la prosa de Luciano la tendencia a variar la sintaxis de dos verbos paralelos unidos por -κα o -•λλ o una antítesis -μ¥ν... δ¥. Emplea a veces dos construcciones diferentes, cuyo uso, por separado, es normal sintácticamente, pero resulta extraño cuando se encuentran en combinación. Este tipo de variación sintáctica ha provocado enmiendas de los editores a las lecturas correctas de los manuscritos. Algún ejemplo, en el mismo autor: Scyth. Este punto ha quedado bien explicado por MacLeod en su artículo «Syntactical Variation in Lucian», Glotta (1977), pp. 215-222. 3, 3-5: Luciano muestra el desconocimiento total del ignorante para cualquier mención que se haga de la cultura, y alude a las Musas y sus tertulias en el Helicón, lugar que tal personaje no habría oído nombrar en su vida. Todos los códices transmiten -τς τοιαύτας. Marcilius (ed. 1615) corrige en -τς αÛτάς y le siguen Harmon y MacLeod. El verbo -διατρίβειν está empleado en sentido absoluto con el acusativo interno, -διατριβάς, sobreentendido; en la segunda oración se emplea la forma analítica, -ποιεÃν + -διατριβάς, con el mismo significado: -τοιαύτας διατριβς ¦ποιοØ. El adjetivo -τοιαύτας, por un lado, parece referirse al complemento interno -διατριβς elíptico del verbo -διατρίβειν en la oración anterior, «... ni tenías conversaciones tales con nosotros de niños»; esto es, conversaciones semejantes a las conversaciones de las Musas. Y, por otro, y esto es lo que parece ser lo correcto, el adjetivo -τοιαύτας está empleado en su oración pro -αÛτάς, con el sentido de `las mismas' y rige -oμÃν. Es un empleo debilitado de -τοιοØτος para una designación menos definida (cf. 274). También, en esta época, hay un empleo confuso o intercambio entre -αÛτή y -αàτη (Blass-Debrunner § 277 (3), -αÛτός = οâτος o -¦κεÃνος (id. La traducción sería: «... ni tenías las mismas conversaciones que nosotros de niños». El texto debe establecerse, -τς τοιαύτας διατριβς, de acuerdo con todos los códices, como hicieron los editores Dindorf, Jacobitz (1a y 2a ed.) y Sommerbrodt. La lectura de todos los códices es...-μεταγεγραμμένα εßρέθη καλäς, παντα..., con la coma detrás de -καλäς. Los editores han considerado un problema dos oraciones en total asíndesis, y han modificado el texto de diversos modos: -κα Óλως, en lugar de -καλäς (el mismo adverbio modificado de la misma manera por Bentley, se encuentra en Plutarco, Is. et Os. 382 A 9-10) es una correción de Harmon, que sigue MacLeod, y colocan la coma delante de -κα Óλως; Schmid y Bekker añaden -κα después de -καλäς, los sigue Dindorf, conservando ambos la coma detrás de -καλäς. No parece necesaria ninguna corrección o adición. El adverbio -καλäς está al final de su oración, es complemento del verbo -μεταγεγραμμένα, y está empleado en el texto con el sentido de -πάνυ, `enteramente' (cf. Liddell-Scott s. v. La oración siguiente comienza por -παντα y está en asíndesis copulativa con la anterior. La asíndesis es muy frecuente en la -κοινή y más aún en la prosa tardía; se encuentra en Plutarco, Is. et Os. Sobre la asíndesis, cf. Schwyzer III pág. 633 ss.; Blass-Debrunnner § 462-3 ss.; 494; Schmid, «Der Atticismus des Lucian», p. El texto debe establecerse de acuerdo con los códices,... -εßρέθη καλäς, παντα..., como hizo Jacobitz (1a y 2a ed.). La traducción sería: «Según eso, retén aquellos escritos de Demóstenes, cuantos el orador escribió con su propia mano, y los de Tucídides, cuantos se descubrió que fueron copiados enteramente, ocho veces los mismos, por Demóstenes, todos aquellos cuantos Sila envió a Italia desde Atenas». 6, 9-12: Luciano deja más en ridículo la petulancia del ignorante, al compararlo a un hombre rico, a quien le tuvieron que amputar ambos pies, y para mitigar su desgracia, se hizo unos pies de madera y se compraba continuamente zapatos a la moda y muy caros. La expresión -οÊ πόδες δή Headlam la suprime y le sigue Harmon. Sommerbrodt y MacLeod la omiten entre corchetes. El texto muestra un énfasis especial en «los pies», dado el contexto del párrafo; y hay sin duda una gran dosis de humor sarcástico. Se mencionan al final -οÊ πόδες δή, para hacer hincapié en que los pies de madera de los que se servía tal hombre, después de todo eran «sus pies». La traducción sería «... Se había adornado sus pies de madera, sin duda `sus pies', con unos zapatos preciosos». El texto de los códices no debe modificarse; de acuerdo con ellos, sin omisión alguna, también fue establecido por Schmid, Dindorf y Jacobitz (1a y 2a ed.). Revista de Lingüística y Filología Clásica (EM) -LXV 1, 1997, pp. 65-75 12, 14-15: En este nuevo ejemplo, según la leyenda, Neanto, el hijo del tirano Pítaco, enterado de las propiedades de la lira que había sido de Orfeo, quiso poseerla, pero le sirvió de poco ya que él no tenía el arte de tañerla. El texto de los códices es:... -Óτεπερ κα σαφέστατα êφθη ñς οÛχ o λύρα θέλγουσα μν, •λλ o τέχνη κα o íδή, «... precisamente entonces también llegó a ser muy evidente que la lira no era la que embelesaba, sino el arte y el canto...». Halm añade el artículo -o delante de -θέλγουσα, para sustantivarlo, le siguen casi todos los editores. Parece innecesaria tal adición. Cuando los participos usados adjetivalmente son sustantivados, el uso del artículo corresponde muy de cerca al de los adjetivos sustantivados; en la inmensa mayoría de los casos les acompaña el artículo, pero ocasionalmente, como en griego clásico, el artículo es omitido, incluso en los participios en función de sujeto. Por tanto el texto es correcto como lo transmiten los códices, así lo mantienen Schmid y Jacobitz (1a ed.). 13, 21-23: En este fragmento Luciano se refiere, con cierta gracia, al caso de un hombre que se compró la lámpara de Epicteto el estoico, para ver si leyendo a la luz de ella, un sueño le infundía la sabiduría del filósofo: -εAE τäν νυκτäν ßπ' ¦κείνå τè λύχνå •ναγιγνώσκοι, αÛτίκα μάλα κα τ¬ν zΕπικτήτου σοφίαν Ðναρ ¦πικτήσεσθαι κα Óμοιος §σεσθαι τè θαυμαστè ¦κείνå γέροντι. Todos los códices dan -¦πιστήσεσθαι. Roeper (según dice Dindorf, en nota) corrigió en -¦πικτήσεσθαι, le siguen Dindorf, Sommerbrodt, Harmon y Macleod. Es una buena e ingeniosa corrección pues se tuvo en cuenta la relación etimológica de la raíz del verbo con el nombre del filósofo, -zΕπίκτητος / ¦πικτήσεσθαι. No obstante, me parece innecesaria tal alteración del texto. Éste es completamente inteligible sin la corrección; debería ser establecido de acuerdo con los códices, como ya lo hicieron los editores Schmid y Jacobitz (1a y 2a ed.). Por otro lado, en cuanto al empleo de ambos verbos, aunque este dato no es muy relevante ni sería definitivo como argumento, -¦πικτάομαι sólo aparece en Scyth. 1, mientras -¦φίστημι se encuentra en Tim. 15, 4-6: El contenido del fragmento continúa con la misma idea del pasaje previo, un ejemplo más. Se trata en este caso de Dionisio de Siracusa, de quien cuentan que adquirió con gran afán la tablilla de cera de escribir de Esquilo, porque creía que así usándola le vendría de la tablilla la inspiración y el estado de «entusiasmo»: -τÎ ΑAEσχύλου πυξίον εAEς Ô ¦κεÃνος §γραφε σ×ν πολλ± σπουδ± κτησάμενος, αÛτÎς îετο §νθεος §σεσθαι κα κάτοχος ¦κ τοØ πυξίου. Los códices transmiten -αÛτό (no -αÛτός), con la coma detrás de -αÛτό, que es el complemento directo de -κτησάμενος, pronombre que insiste de manera anafórica en el complemento directo La traducción sería: «Pero sin embargo, escribía en aquella misma (tablilla) cosas más ridículas con diferencia, como aquello en dórico: `... llegó la mujer de Dionisio'. Y de nuevo: `Ay de mí, que perdí a una mujer excelente'». El primer verso queda incompleto métricamente, mientras que los otros dos que siguen en el texto son trímetros yámbicos enteros. Además los versos no están escritos en dialecto dórico, como dice el texto. Seiler corrige en -Δωρίδιον 1⁄2κεν, y es aceptado en el establecimiento del texto por Jacobitz (2a ed.) y MacLeod; de este modo se forma un trímetro yámbico completo. Otra propuesta ha sido la de C. F. Hermann, corrigió del siguiente modo: -ΔωρÂς τέθνηκεν o Διονυσίου γυνή, lo siguen Dindorf, Harmon y Jacobitz (1a ed.); completa un trímetro yámbico: Doris murió, la esposa de Dionisio. El pasaje seguirá siendo un problema no resuelto, una crux philologica, esperando solución. 20, 1-3: Se trata, en este caso de suprimir el artículo añadido por Herwerden y que EMERITA. Revista de Lingüística y Filología Clásica (EM) -LXV 1, 1997, pp. 65-75 también aceptan Harmon y MacLeod: -καθάπερ Ò ψευδαλέξανδρος κα ψευδοφίλιππος ¦κεÃνος κναφε×ς καÂ Ò κατ το×ς προπάτορας oμäν ψευδονέρων κα εÇ τις -λλος... Los demás editores (Schmid, Dindorf, Jacobitz en las dos ediciones y Sommerbrodt) no lo añaden. Creo que no hay necesidad de tal adición. El artículo con adjetivos usados como sustantivos puede ser omitido, como con sustantivos en construcciones análogas (cf. Blass-Debrunner § 264 (1)). El artículo con dos o más sustantivos unidos por -κα puede estar presente en el primero y no en el siguiente si el género y el número son los mismos (cf. Blass-Debrunner § 276 (1); Adrados, Sintaxis, pág. 352, donde explica el uso neutral del nombre sin artículo, en todo el griego, como término negativo en el que los valores neutros ocupan la mayor parte del espacio). En todo caso, el segundo elemento coordinado es -ψευδοφίλιππος que es diferente del primero, en cuanto que acompaña a -¦κεÃνος κναφεύς, expresión bien determinada ya, sin necesidad del artículo, por el uso enfático de -¦κεÃνος, «aquel famoso cardador», sería la expresión completa: «aquel famoso cardador pseudofilipo» (cf. el uso enfático de -¦κεÃνος, Humbert, Syntaxe, § 40; Adrados, Sintaxis, pág. 356). 20, 3: Es el final del pasaje anterior comentado: -κα εÇ τις -λλος τäν ßπÎ τè ψευδο τεταγμένων, «y cualquier otro de los alineados bajo el vocablo `pseudo'». Los códices dan -ßπÎ τÎ ψεØδος. 31 -Ðχλος τäν ßπÎ τè λιμè ταττομένων) (aunque en el texto presenta -τè ψεØδο), siguen la corrección Harmon y MacLeod. Me parece innecesaria la corrección, si consideramos -ψεØδος un vocablo que forma los compuestos. Los editores Schmid, Dindorf, Jacobitz (1a y 2a ed.) mantienen -ßπÎ τÎ ψεØδος, como todos los códices atestiguan, y esto parece lo correcto. 22, 29: Comienza el párrafo con una pregunta retórica, según la corrección de Fritzsche: -Καίτοι τί ταØτα ληρäp Le siguen, en la alteración del texto, Dindorf, Jacobitz (2a ed.), Sommerbrodt, Harmon y MacLeod. Los códices dan -κα τί Ψ Γ d (-κα Óτι γ, τί Ρ). Luciano con su estilo retórico, tras extenderse sobre el parecido del ignorante, quien simula asemejarse a famosos personajes como hacía Pirro, y finalmente intentar explicar a cuál de los malvados que están en los escenarios se parece y echarle en cara su afán por darse de gran conocedor de la pintura, introduce ese inciso interrogativo, para pasar a otra argumentación más obvia sobre su gran afán de adquirir libros. Viene bien, creemos, en ese contexto la lectura de los manuscritos: -κα τί ταØτα ληρäp πρόδηλος γρ o αAEτία... «Y por qué digo ociosamente esto? pues la razón es muy clara...» Revista de Lingüística y Filología Clásica (EM) -LXV 1, 1997, pp. 65-75 23, 16-17: Luciano trae a colación otros personajes para demostrar su tesis sobre un tipo tal como es el ignorante: aunque se rodee de libros, todo el mundo sabe quién es y no puede engañar a nadie. Cita a Baso el sofista, a Bátalo el flautista y a Hemiteón el sibarita, de quien dice lo siguiente: -Ôς το×ς θαυμαστο×ς ßμÃν νόμους συνέγραψεν, ñς χρ¬ λεαίνεσθαι κα παρατίλλεσθαι κα πάσχειν κα ποιεÃν ¦κεÃνα,... Los códices transmiten todos -μαίνεσθαι. El verbo -μαίνεσθαι de los códices es correcto, denota en el pasaje «estar loco» metafóricamente, «entusiasmarse en gran manera» para prácticas eróticas. Schmid y Jacobitz (1a ed.) mantienen en su texto la leccion de los códices, -μαίνεσθαι. La traducción sería: «(Hemiteón el sibarita) el que os redactó las maravillosas leyes, como que es necesario entusiasmarse con locura y arrancarse el cabello y sufrir y hacer aquellas cosas,...» El verbo -λεαίνεσθαι supone una corrección sugestiva, por su semejanza con el sentido de -παρατίλλεσθαι. Sin embargo, después de lo comentado, me parece innecesaria. El texto de los códices presenta una corrección y una adición, que parecen innecesarias. En primer lugar, todos los códices transmiten dependiendo del verbo -οÇει el infinitivo de presente -φαίνεσθαι. Cobet lo corrige en el infinitivo de futuro, -φανεÃσθαι, como era de esperar como tiempo relativo con referencia al verbo -οÇει del que depende; y lo aceptan en su texto Sommerbrodt, Harmon y MacLeod. Este empleo, sin embargo, del infinitivo de futuro va desapareciendo y se encuentra el infinitivo de presente detrás ¦λπίζειν,397 (2)). La lectura de los códices,... -τί οÇει φαίνεσθαι..., es correcta. La traducción sería: «si alguno de esos, poniéndose alrededor una piel de león y con una maza, echara a andar, qué crees va a parecer a los que lo ven? ¿que es el propio Heracles?» Schmid, Dindorf, Jacobitz (1a y 2a ed.) establecen, correctamente, el texto de los códices, -φαίνεσθαι. En segundo lugar, en la última oración del párrafo, Fritzsche (Quaest. p. Lo siguen todos los editores posteriores. Los códices transmiten: -οÜκ εÇ γε (β), οÛχί γε (γ), οÐκ (sin duda, error pro -οÜκ) εÇ γε κα (recentiores). MacLeod en su aparato crítico EMERITA. Revista de Lingüística y Filología Clásica (EM) -LXV 1, 1997, pp. 65-75 anota que preferiría -οÜκ εAE καÂ, aunque no lo establece en el texto. Los manuscritos recentiores, si se tienen en cuenta los otros testimonios, son los que dan la mejor lectura: -οÜκ εÇ γε καÂ. Parece innecesaria la adición de -μ¬. El giro -οÜκ εÇ γε κα tiene el significado de «ni siquiera en el caso de que». Cf. para el empleo de -εAE κα Denniston (6)(I), pág. 300; y sobre el uso de la partícula -γε con valor limitativo con conjunción condicional y con -εAE καÂ, cf. id. s. v. ge II(2) (II), pág. 141-2. El texto debe establecerse: -οÜκ, εÇ γε καÂ. El sentido del texto es: «¿qué crees que les va a parecer? ¿que es el propio Heracles? Ni siquiera en el caso de que tuvieran legañas en los ojos». 27, 3-5: De manera irónica, se suceden las preguntas retóricas al ignorante sobre qué libros lee con más agrado; en primer lugar le pregunta por los de Platón, Arquíloco o Antístenes; y luego sigue: -3 τούτων μ¥ν ßπερφρονεÃς, Õήτορες δ¥ μάλιστά σοι [τούτων] δι χειρόςp εAEπέ μοι, κα ΑAEσχίνου τÎν κατ Τιμάρχου λόγον •ναγιγνώσκειςp en las dos oraciones que están en una relación antitética unidas por las partículas -μ¥ν... δ¥ se encuentra el pronombre -τούτων: en la primera como complemento del verbo -ßπερφρονεÃς y en la segunda regido por el superlativo -μάλιστα. Jacobitz (2a ed.) omite el segundo entre corchetes, le siguen Sommerbrodt y MacLeod; Dindorf y Harmon lo suprimen totalmente; Schmid y Jacobitz (1a ed.) lo conservan de acuerdo con los códices y creo que así debe establecerse en el texto. Se trata de una falsa anáfora a nivel sintáctico, ya que su función es diferente en cada oración. Las figuras que implican repetición de palabras es un recurso estilístico muy frecuente en la -κοινή, con fines retóricos o por influencia de la lengua coloquial (cf. Blass-Debrunner § 493; Schmid, Atticismus, «Der atticismus des Lucian», págs. 416-417). La traducción sería: «¿O tienes en poco estos (libros), mientras a los oradores (sin duda por `los libros de los oradores') muchísimo más que estos los tienes a mano?». 27, 7-10: Luciano pone de relieve que su protagonista ha adquirido los libros, pero no los lee ni los ha leído nunca. Por medio de una serie de preguntas retóricas con una gran ironía sarcástica intenta demostrar que no ha tocado los textos de esos autores que posee; así menciona concretamente a los Baptas, una comedia de Eúpolis en la que critica a los fieles de la diosa Cotis que realizaban rituales orgiásticos y a la vez aludía a las costumbres relajadas y afeminadas de algunos atenienses. Los códices transmiten -•πÎ ψυχ−ς (γρ. ¦π ψυχ−ς -Γ r ). Gesner, teniendo en cuenta a Lys. Revista de Lingüística y Filología Clásica (EM) -LXV 1, 1997, pp. 65-75 cuerda -τίνα con -ψυχήν y son complemento directo de - §χων, y -βιβλίων es el régimen de -πτ®. El significado de las dos últimas oraciones sería: «... qué espíritu tienes cuando tocas los libros, con qué manos los desenrollas». Le siguen en la corrección Dindorf, Jacobitz (2a ed.), Sommerbrodt, Harmond y MacLeod. Gesner, según una nota de Schmid, también propuso: -τί ποτε ψυχ−ς §χων. Según observamos en la tradición manuscrita, la dificultad de comprensión es ya antigua: se intenta resolver con -¦π ψυχ−ς, «en el alma». Muy probablemente se pensaba que -πτομαι sólo rige genitivo; rige genitivo y también acusativo: -τίνα (acusativo neutro plural) puede regir el genitivo partitivo -βιβλίων y es el complemento directo de -πτομαι. Y -•πÎ ψυχ−ς con el participio - §χων, tiene la función de complemento circunstancial, con el sentido de una expresión adverbial, intensamente, con toda el alma; en latín plene. Traducción: «(querían a Otón) y le eran totalmente devotos, no solo de palabra, sino también de corazón». No es un ejemplo totalmente similar, ya que está el complemento directo -πσαν αÛτè εÜνοιαν, pero sí orienta hacia un uso de - §χω + -•πÎ ψυχ−ς. Cf. también, Liddell-Scott s.v. -ψυχ−ς IV 4 Phrases: Thphr. 17, 3: -θαυμάζω εAE σ× κα •πÎ τ−ς ψυχ−ς οàτω με φιλεÃς, «me maravillo si tu me amas también así con todo el corazón». Con -¦κ y otras preposiciones: Thesaurus col. 1949, -¦κ ψυχ−ς ut latine quaque ex toto corde vel pectore, ex animo: Theocr. 8, 35: -βόσκοιτ' ¦κ ψυχς τς •μνάδας, «dad con toda el alma pasto a sus corderas»; id. col. 1946, Aristof. Schmid y Jacobitz (1a ed.), aunque conocen la corrección de Gesner, establecen la lectura de los códices, con quienes estamos más de acuerdo:... -τίνα •πÎ ψυχ−ς §χων πτ® τäν βιβλίων, Òποίαις αÛτ χερσÂν •νελίττεις. La traducción de todo el párrafo sería: «¿Leíste también los Baptas, el drama entero? ¿Entonces no tuvo ningún efecto en tí lo que en ellos había, ni te pusiste colorado al ir conociéndolos? De hecho, a cualquiera le llamaría la atención especialmente a qué libros te acercas con toda el alma, con qué manos los desenrollas». De otro modo dicho: «en realidad, a cualquiera le extrañaría especialmente esto: si alguna vez te acercas a algún libro entregándote con todo el alma y las manos con que los desenrollas». Esta última expresión, «las manos con que los desenrrollas», se refiere, sin duda, a la falta de costumbre y a la torpeza que muestra en el acto mismo de leer a través del rollo. 28, 13-18: El contexto es el mismo de los dos pasajes previamente comentados. Luciano exhorta al ignorante a que deje los libros a un lado y se ocupe de otras cosas, que son las suyas. Los códices transmiten, en línea trece, -πρÎ (πρÎς Ρ) σκότους (β); -πρÎς κότους (γ). Con un diferente corte, el texto de -γ incorpora con error la sigma a la preposición, con referencia al texto de -β. Burmeister hace, probablemente, una buena corrección, -πρÎς Κότυος, «por Cotis», como exclamación: Cotys es una diosa tracia conocida, a quien se da culto con ritos orgiásticos. Le siguen Jacobitz (2a ed.), Harmon y MacLeod. Sin embargo, me parece innecesaria tal corrección. Hay unas preguntas previas, en líneas once a trece, que proyectan una relación de sentido y de construcción con el texto escrito: -μεθ' oμέρανp •λλ' οÛδεÂς ©ώρακε τοØτο ποιοØντα. •λλ νύκτωρp πότερον ¦πιτεταγμένος 3δη ¦κείνοις 3 πρÎ τäν λόγωνp •λλ πρÎ σκότους μηκέτι μ¬.... En ellas se deja ver una relación particular entre -μεθ' oμέρανp •λλ' οÛδεÂς, y -•λλ νύκτωρp... •λλ πρÎ σκότους μηκέτι μ¬... En el texto está el sentido general y la argumentación siguiente: De día nadie le ha visto nunca leyendo; si leyese de noche, no tendría tiempo para el otro tipo relaciones, que no debería hacer antes de oscurecer; por tanto le aconseja que deje los libros y se ocupe solo de lo suyo, cosa que tampoco debería hacer, según la frase de Fedra de Eurípides. El texto de los códices creo que es plenamente comprensible, -πρÎ σκότους, «antes de oscurecer». Se repite el vocablo, -σκότος, aparece también en las palabras de Fedra. Sobre la repetición de palabras, muy propia de la -κοινή, ya se ha visto en el párrafo comentado, 27, 3-5. La traducción completa sería: «¿De día? Oh, antes de oscurecer, ni te atrevas ya a hacer nada tal; deja los libros y haz sólo lo tuyo. Aunque ni siquiera debieras hacer ya ni eso, y vergüenza debiera darte la Fedra de Eurípides cuando irritada con las mujeres dice: Ni temen la oscuridad cómplice de sus obras / ni las paredes de las casas que puedan soltar su voz.» MANUELA GARCÍA VALDÉS NOTA BIBLIOGRÁFICA. Ediciones: Schmid, P., Luciani opera, vol. VII, Mitau, 1778.
Pasaje que hoy es considerado por casi toda la crítica como la conclusión original de este poema), zanjada ya la cuestión planteada por Servio de si la fábula de Aristeo (Georg. de modo que sea más fácil después establecer los paralelismos entre los poemas de Virgilio y Draconcio. El pastor de la Arcadia, hijo de Cirene y Apolo, tras perder sus abejas por una epidemia, se acerca a la fuente del Peneo, donde mora su madre. Allí da rienda suelta a sus quejas: a pesar de ser hijo de dioses es «odiado por los hados». Las ninfas de la fuente. Cirene, la ninfa madre de Aristeo, hila en el fondo del río rodeada de ninfas, mientras una de ellas, Clímene, narra los amores de Venus y Marte y de todos los dioses. Aretusa, sacando la cabeza del agua, ve que el ruido que habían percibido las ninfas en su morada procede de Aristeo y advierte a Cirene de que su hijo la llama en medio de lamentos junto al río. Cirene ordena al río que se abra para dejar paso a su hijo. Éste entra en el fondo del río y queda admirado al contemplar los lagos y ríos que hay bajo la tierra. Por fin llega al tálamo de Cirene, donde sus hermanas las ninfas ofrecen un ritual de hospitalidad al joven. Madre e hijo realizan una libación en honor de Océano y de las ninfas, a la que sigue un presagio favorable. Cirene entonces le dirá a su hijo lo que debe hacer para averiguar las causas de la pérdida de las abejas. Aristeo debe visitar al pastor de focas Proteo, un viejo profeta que vive en el mar y todo lo sabe; de él conocerá la causa de la epidemia, si es capaz de reducirlo por la fuerza. Tras llegar, acompañado de su madre, a la gruta marina donde Proteo viene con sus rebaños a tomar el fresco y descansar, Aristeo espera a que el adivino se duerma y lo ata con cadenas; el adivino intenta escapar metamorfoseándose en distintas fieras, en agua y en fuego, pero al fin recobra su figura y le informa de la causa de su desgracia. El viaje a los infiernos. Es Orfeo quien ha promovido contra el pastor de la Arcadia un castigo para vengar a su esposa Eurídice, que al huir de Aristeo murió por la mordedura de una serpiente. Orfeo, desesperado, bajó al Hades para recuperar a la ninfa y lo consiguió gracias a su canto, con el que aplacó a las sombras y las divinidades infernales. Ya volvía con Eurídice al mundo de los mortales, cuando, olvidando la condición que le había impuesto Prosérpina, se vuelve a mirar a su esposa y la pierde para siempre. Siete meses pasa Orfeo junto al Estrimón amansando con su canto a los tigres y arrastrando a las encinas. Las Ménades, enfadadas porque Orfeo desdeña a cualquier mujer, lo descuartizan en medio de una orgía; pero su cabeza, separada de su cuerpo y llevada por la corriente del Hebro, continúa llamando a Eurídice. Concluido el relato de Proteo, éste se adentra en el mar. Cirene explica entonces a su hijo lo que debe hacer para aplacar a las ninfas, hermanas de Eurídice, y a Orfeo: ha de sacrificar cuatro toros y cuatro novillas a las ninfas y abandonarlos en el bosque, llevar adormideras y sacrificarle una oveja Se puede ver una interesante comparación del tratamiento del mito de Hilas en distintos poetas en Agudo 1978, pp.323-325. Revista de Lingüística y Filología Clásica (EM) -LXV 1, 1997, pp. 77-84 negra a Orfeo, volver a ver el bosque y, por último, sacrificar una novilla más a Eurídice. Cuando Aristeo, siguiendo los consejos de su madre, vuelve al bosque, contempla un enjambre de abejas que sale del cuerpo de las reses. El Hilas de Draconcio y Virgilio. El poeta del siglo V d.C. Draconcio compuso un poema de tema mitológico llamado Hilas (Romul. II) en el que podemos encontrar una influencia del episodio virgiliano de Aristeo mayor de lo que puso de manifiesto Cazzaniga (1950, pp.97-103), como trataremos de poner de manifiesto4. Si bien la fábula de Aristeo y la de Hilas no están tradicionalmente relacionadas, la coincidencia de muchos elementos en ambas hace muy fácil ponerlas en relación. La aparición de ninfas que habitan en un río y la llegada de varios personajes masculinos en ambas es lo que da pie a Draconcio a «tomar prestado» el pasaje de Virgilio. El Hilas, cuenta el famoso mito del compañero de Hércules de manera lineal tal y como habían hecho Apolonio de Rodas (Arg. III 521), o las Argonáuticas Órficas (643 ss.)5, pero introduciendo un nuevo motivo original de Draconcio: el rapto del joven es consecuencia de la venganza de Venus contra Clímene y sus hermanas las ninfas por haberse burlado de los amores de la diosa con Marte, amores que el Sol desveló a su marido Vulcano. El cómplice de la venganza será su hijo Cupido, encargado de que las ninfas se enamoren de Hilas y lo rapten. La razón más generalizada que se ha dado a la introducción de este motivo es que era habitual que en las escuelas se inventasen explicaciones a los mitos como temas de ejercicio compositivo (Quartiroli, 1946, p. 308) añade que esta innovación de Draconcio podría ser un medio de hacer intervenir en el poema a Venus, diosa por la cual Draconcio sentía gran simpatía. La estructura del poema es como si-EMERITA. Proemio en el que el poeta se encomienda a la Musa (1-3). Episodio de Venus y Cupido: Venus cuenta a Cupido la burla de las ninfas y le pide que haga que se enamoren de Hilas (4-70). Metamorfosis de Cupido en ninfa para mezclarse con ellas (77-93). Rapto de Hilas por las ninfas a instancias de Clímene (94-140). Con respecto a las fuentes del Hilas en general, Agudo (1978, pp.281-328) considera que existen en el poema pervivencias de Ovidio, Virgilio, Lucrecio, Claudiano, Lucano, Catulo, Arator, Horacio y Séneca y destaca por encima de todos la importancia de Estacio (silu. Pero nada dicen ni esta autora ni Curti (1985) de la posible influencia del pasaje virgiliano de Aristeo. IV con el verso 55 del Hilas, mientras que Cazzaniga (1950, pp. 97-103) amplía sustancialmente la lista de versos de Draconcio que están en deuda con el episodio de Aristeo, como veremos más adelante. Por nuestra parte, creemos que hay varios pasajes más de los que Cazzaniga menciona en notas que tienen el episodio de Aristeo como modelo. Antes de entrar en el poema que nos ocupa, el Hilas, no podemos dejar de mencionar que ya en la Praefatio (Romul. I), breve dedicación de 21 versos a su maestro, encontramos un personaje del episodio final de las Geórgicas: Orfeo. En esta primera composición mitológica de Draconcio, que, según Quartiroli (1946, p.172) y Agudo (1978, p.307), podría considerarse parte del epilio II, el Hilas, el poeta compara a su maestro con el cantor mitológico, al que siguen los rebaños y las fieras, amansadas por la música (vv. IV 510, mulcentem tigrem et agentem carmine quercus, mediatizada por el pasaje de Ovidio (Met. Ya dentro del epilio II propiamente dicho, el primer pasaje con reminiscencias virgilianas que Cazzaniga (1950, pp. 97-98) La aparición de la ninfa Clímene; el canto de ésta sobre los amores de Venus y Marte 7; el motivo del deleite que las otras ninfas experimentan al escucharla, quas audire libet de nostra clade canentem (Romul II 58), que no hace sino parafrasear el virgiliano carmine captae (georg. IV 348); el hilado de la lana y, por fin, el hecho de que la escena tenga lugar precisamente en el río Peneo son gran cantidad de elementos compartidos por ambas composiciones que prueban, de manera suficiente creemos, que la fuente del pasaje es Virgilio. El léxico compartido por ambas composiciones no hace más que corroborarlo: Más adelante encontramos otro pasaje que tiene grandes parecidos con la llegada de Aristeo al río Peneo. Nos referimos a la primera llegada en los vv. Los primeros versos de este pasaje (77-80), como ha puesto de manifiesto Cazzaniga (1950, p.97), están en deuda con Virgilio: Eros se anuncia a las ninfas como las palabras de Aristeo llaman la atención de las ninfas del Peneo y de Aretusa. Los términos léxicos que comparten con la llegada de Aristeo en Virgilio (315 ss.) no hacen sino corroborarlo: A lo cual creemos que hay que añadir que, más adelante, cuando Cupido se disfraza de ninfa (vv. 81-93) para introducirse entre las diosas, adquiere los rasgos que éstas tienen en el poema de Virgilio. El verso 85 candida diffusi ludunt per colla capilli parece deber mucho a Georg. Y ampliación del verso de las Geórgicas parecen, a su vez, los dos versos siguientes (86-87) et uento crispante gradu coma fluctuat acta, / frons nudata decet diuiso fulgida crine. Otro eco textual de las Geórgicas encontramos en los versos 16 y 17... donde los finales de verso coinciden con los de georg. Más tarde, como Cazzaniga (1950, pp.102-103) sostiene, la llegada de Hilas, al igual que la de Cupido, nos recuerda de nuevo a Aristeo llegando al Peneo, aunque cada uno haya llegado al río con un fin distinto y el «estupor» del héroe virgiliano se haya convertido en «miedo» en el caso del amado de Hércules. Una vez que Hilas está en el río con las ninfas, lo encontramos en un sitio parecido al de la morada de Cirene. En los versos 128-130 se nos describe un locus amoenus con una cueva y hierba similar al que aparecía en las Geórgicas: cum quo se Nymphae pariter mersere sub undas. expauit sic raptus Hylas pauidusque petebat herbida quod uitreum tellus perfuderat antrum. Pero aún encontramos otro pasaje con reminiscencias virgilianas. El tercer y último extraño que llega a la fuente, Hércules, es tal vez el personaje que más semejanzas comparte de los tres que se acercan al agua con Aristeo y, a la vez, con Orfeo. El hijo de Júpiter, como Aristeo y Orfeo, ha sufrido una gran pérdida y por ello se acerca al río entre triste y enfadado, llamando a Hilas, al igual que aquéllos llamaban a Cirene (Georg. A él también le responderá el eco de la misma forma que a Orfeo (Georg. Amor oye a Hércules, como Cirene, en georg. II 147-148) y le cuenta la causa de su pérdida, como Proteo, en 453 ss., le explica a Aristeo las razones por las que se ha quedado sin abejas:... cui gesta fatetur, Alcidis comitem fontis rapuisse puellas, ignibus Idaliis exustas Herculeas spes Por fin, cuando Hércules se entera de lo que ha sucedido, comienza a lamentarse, obriguit gemuitque simul clauamque remisit (Romul. II 151) de la misma forma que el coro de las Dríades (georg. IV 507 ss.) hacen al perder a Eurídice. Los paralelismos léxicos entre los pasajes de Virgilio y Draconcio no hacen sino corroborar la dependencia de éste con respecto a aquél
Con retraso, doy noticia del fallecimiento del profesor Agapitos G. Tsopanakis, miembro de nuestro Consejo Asesor. Era uno de los más destacados filólogos y lingüistas griegos a escala mundial. Cultivó el griego antiguo, el medieval y el moderno, poniendo especial atención en los dialectos, en la lexicografía, la crítica textual, la papirología y la métrica. Tanto en el griego antiguo como en el posterior. Pero su saber rebasaba estos límites y muchos otros. Tsopanakis nació en 1908 en la isla de Rodas, en Salakos, cerca de Camiros, donde también fue enterrado. Vivió las vicisitudes de la historia: Rodas bajo los italianos, la guerra, luego siempre Salónica donde fue una pieza clave en la Universidad Aristotélica como catedrático de griego antiguo y con muchas otras actividades. Antes fue profesor de Gimnasios, luego viajó visitando las bibliotecas y dando conferencias por toda Europa y América, pero siempre volvía a Salónica. Allí le conocí yo en los años cincuenta: antes había tenido conocimiento literario, debatiendo amistosamente con él, en EMERITA 22, 1954, sobre la "retra" de Licurgo, tema de su libro sobre este tema, del mismo 1954. Le recuerdo en Salónica visitando los monumentos tardorromanos y bizantinos, la ciudad toda, y llevándome en su cochecito a ver las ruinas de Terme. Me presentó a ella en el 92 cuando me hicieron miembro correspondiente; creo que ya no pudo el 2003, cuando me hicieron miembro extranjero. En Madrid estuvo varias veces con motivo de nuestros Congresos. Era hombre afable y amistoso. Su trabajo científico fue inmenso; una parte fue recogida en Contributions to the History of the Greek Language, dos volúmenes que publicó en
27.9.92, cuyas actas, en contra de lo previsto, no serán publicadas. Agradezco a la dirección del Mittellateinisches Wörterbuch y a la del Thesaurus Linguae Latinae el amable permiso de utilización de los archivos respectivos. En las notas utilizo las abreviaturas del Thesaurus Linguae Latinae y del Mittellateinisches Wörterbuch. Los concilios hispanorromanos los cito según la edición de Vives (Concilios visigóticos e hispano-romanos, ed. J. Vives, con la colaboración de T. Marín Martínez y G. Martínez Díez, Madrid, 1963), dando página y línea, y la Crónica de Hidacio de Chaves por los párrafos de la edición de R. W. Burgess (The Chronicle of Hydatius and the Consularia Constantinopolitana, Oxford, 1993) seguidos entre paréntesis por el número del párrafo en la edición de Th. AVISO Por no disponer de los correspondientes originales informáticos, la maquetación de este artículo difiere de la del publicado en papel. Por lo demás, los contenidos no han sufrido ninguna alteración. SOBRE LA UTILIZACIÓN DEL GIRO QVI SVPRA Es muy frecuente encontrar en latín, ya desde Catón el Viejo, oraciones de relativo del tipo is qui supra dictus est y similares para reenviar a un lugar anterior dentro del mismo texto. Cito aquí algunos ejemplos, de los muchos que se podrían poner: A partir del s. II se pueden encontrar ejemplos de frases de este tipo en las que el verbo principal es elidido. El relativo continúa sin embargo en el caso que correspondería de haber un uerbum dicendi. Este tipo de elisión es evitado en la lengua literaria, y aparece en un principio sólo en textos técnicos:... in hac quoque victus ratio eadem, quae supra, necessaria est. 7 Posteriormente encontramos esta elisión en algunos autores cristianos:... et lex et natura, quae per evangelium et Christum vindicabuntur, a deo illo iudicio, de quo et supra... 8 La omisión del verbo, acompañada de una elisión del antecedente, llevó a un uso prácticamente pronominal y a que se perdiera la noción del verbo elidido. En una carta de Jerónimo y en dos cartas del Papa Simplicio (Papa del año 468 al 483) 9 vemos ejemplos de una doble elisión de este tipo:... secundum omnes editiones qua supra exposuimus... El paso siguiente en la evolución es el que a nosotros nos ocupa: se pierde totalmente conciencia de un verbo elidido y se utiliza qui supra como adjetivo, concertando con el sustantivo o pronombre modificado en género, número y caso. Los ejemplos más antiguos de una utilización claramente adjetiva los he encontrado en las actas del Primer Concilio de Toledo, del año 400: 14 Este giro vuelve a aparecer posteriormente en otras actas de concilios hispanorromanos. Según el índice de palabras de J. Mellado 15 lo encontramos en la forma die et anno quo supra seis veces en las firmas del Concilio de Toledo II, del año 527 16; posteriormente, en el Concilio de Toledo IX (a. 655) leemos el único ejemplo en genitivo que pude encontrar: Incipit textus libri cuius supra 17 y, finalmente, en el XIV (a. En casi todos los ejemplos que hemos visto hasta ahora aparece el giro adjetivo qui supra en expresiones de tipo formulario para indicar la fecha. Este hecho, así como el tipo de escrito en que hallé los primeros ejemplos, en actas conciliares, me hicieron sospechar un origen de esta expresión en la lengua cancilleresca. Esta hipótesis se vió confirmada por la relativa frecuencia de aparición de este giro en la suscripción de documentos altomedievales procedentes de Centroeuropa. Así, por ejemplo, U. Chart. Revista de Lingüística y Filología Clásica (EM) -LXV 1, 1997, pp. 85-89 merovingia la siguiente fórmula en el actum: Actum NN, sub die et anno quo supra. En el área alemana encontramos igualmente fórmulas de este tipo. Muy frecuente es la utilización de este giro en los diplomas del monasterio de Lorsch, sobre todo en el s. VIII. En ellos he registrado los siguientes giros, procedentes todos de donaciones: sub die et tempore quo supra 20 die et tempore quo supra 21 anno et loco quo supra 22 tempore quo supra 23 En el cartulario del monasterio de Fulda se pueden leer unas fórmulas curiosas, que ponen de manifiesto hasta qué punto este quo supra ha quedado fosilizado en las dataciones, ya que en ellos modifica a sustantivos en acusativo. En primer lugar he encontrado una serie de donaciones 24 y contratos de venta 25, redactados todos ellos por un amanuense de nombre Wolfram entre los años 754 y 766, cuya suscripción sigue, con pequeñas variaciones, el siguiente esquema: Ego Uuolframnus emanuensis rogatus scripsi et notaui diem et tempus quo supra Entre los años 775 y 779 fueron redactados otra serie de diplomas 26, igualmente en Fulda, por otro amanuense, Wellmann, cuya suscripción sigue la fórmula: Ego Uuelimanus rogatus scripsi et notaui diem et tempus quo supra C. Cardelle de Hartmann -Sobre la utilización del giro qui supra como adjetivo demostrativo 5 En este párrafo (curiosamente sólo en éste, y no en los otros dos), propone Mommsen un de ante quo supra. 32 Los datos sobre la cronística asturiana provienen de: J. E. López Pereira, J. M. Díaz de Bustamante, M. E. Vázquez Buján y E. Lage Cotos, Corpus Historiographicum Latinum Hispanum saeculi VIII -XII. Revista de Lingüística y Filología Clásica (EM) -LXV 1, 1997, pp. 85-89 Esta utilización del giro qui supra como adjetivo no aparece en obras de tipo literario, con una excepción, la de la crónica cristiana, y una limitación geográfica (en la medida en que he podido constatar), la de la Península Ibérica. Los testimonios más antiguos se leen en la Crónica de Hidacio de Chaves (obispo de esta ciudad del 427 al 464 aprox.), y son los siguientes: 28 Ac mox hisdem delatoribus quibus supra Frumarius cum manu Sueuorum quam habebat inpulsus capto Ydatio episcopo... eundem conuentum grandi euertit excidio 29 En esta Crónica leemos qui supra en nominativo en otros lugares en los que no se puede precisar una utilización adjetiva, ya que junto a un qui supra en tal caso es posible suponer un dictus est o similar elidido. Hay que hacer notar no obstante, que en todos estos casos el giro define sustantivos o pronombres en nominativo 30. En esta Crónica leemos igualmente una utilización pronominal de este giro: 31 En la cronística hispana posterior 32 aparece el giro adjetivo qui supra tan sólo en fórmulas de datación provenientes muy probablemente de documentos utilizados como fuente por los cronistas. En De origine Gothorum lee- EMERITA. Revista de Lingüística y Filología Clásica (EM) -LXV 1, 1997, pp. 85-89 mos: Aera et anno quo supra Vallia Sigerico succedens... 33 La misma fórmula aparece en la Crónica Albeldense 34, mientras en la Rotense 35 y en la Najerense 36 encontramos en tres lugares la fórmula similar era qua supra. En resumen, la utilización de este giro parece limitarse a frases hechas para datar un documento o un suceso, y en ellas suele aparecer en ablativo singular de los tres géneros. Las únicas excepciones a esta regla son la utilización del genitivo cuius supra en el Concilio de Toledo IX, y, sobre todo, los tres ejemplos referidos a personas en la Crónica de Hidacio. Respecto a esta última obra, hay que hacer notar que su autor utiliza actas conciliares y gran número de cartas como fuentes para su obra 37, y que muestra en ella influencias de la lengua cancilleresca. Los ejemplos que pude encontrar proceden de obras escritas entre el s. V y el IX, con el ejemplo aislado de la Crónica Najerense en el s. XII.
Por no disponer de los correspondientes originales informáticos, la maquetación de este artículo difiere de la del publicado en papel. Por lo demás, los contenidos no han sufrido ninguna alteración. Artículo publicado en el fascículo 1o del tomo LXV (1997) de EMERITA, último versículo que considera Gregorio de Elvira. En segundo lugar, desde un primer momento el discurso se centra en el análisis de una quaestio que le ha llamado la atención al exégeta; ésta pone de manifiesto una aparente incongruencia detectada en el título 3, para la que se busca una solución. La incongruencia consiste en detectar la imposibilidad de que una visión, que ocurre en un momento determinado, sea aplicable a los tiempos de cuatro reyes diferentes. La quaestio inicial del discurso consiste, por lo tanto, en resolver una aparente incoherencia cronológica. Para ello se propondrá distinguir dos elementos: la vista como sentido corporal y la exhortación propiamente dicha, derivada de la visión. Dicha exhortación sería aplicable a los cuatro reyes que se citan (Ozías, Joatam, Ajaz y Ezequías), y, por extensión, al pueblo de Israel en su conjunto, así como a los cristianos. Pero le surge un nuevo problema al autor, pues, de esta manera, tanto en el título bíblico como en la exposición del profeta se está anticipando el resultado -la exhortación -sobre el motivo que genera dicho resultado -la visión; la cual ni siquiera aparece recogida en los versículos que se analizan, de 1.1 a 1.6 -; es decir, surge una nueva incoherencia, dado que la consecuencia se anticipa a la causa. A resolver ambas confusiones dedica el autor más de un tercio del tractatus -prácticamente la mitad (13 parágrafos sobre 31), donde, además, se añade una digresión teórica sobre los diversos procedimientos exegéticos presentes en los textos bíblicos 4 -, si bien, en su desarrollo, a partir del § 13, el tractatus se dedica a considerar el sentido exhortatorio del texto, dejando en un segundo plano las incongruencias señaladas. Por lo demás, parece claro que, en cuanto al conjunto del tractatus, el autor no disloca la disposición del texto del Libro de Isaías, pues, de hecho, Gregorio de Elvira, en lo referido exclusivamente a la segunda incoherencia, sigue una disposición lógica. Es decir, hasta el § 13 Gregorio de Elvira se 1. Estado de la cuestión: De acuerdo con las reflexiones anteriores, el tractatus analiza en su primera mitad dos incoherencias: 1o) El hecho de que una única visión sea aplicable a cuatro momentos distintos de la historia sagrada ( § 3). 2o) La anticipación de la consecuencia -perspectiva ética (de imprecación)sobre la causa -perspectiva exegética (de análisis de la uisio) -( § 5). La primera constituye la auténtica quaestio exegética del texto, por cuanto en el análisis posterior que hace el autor predominarán los contenidos exhortativos. La segunda posee un carácter más abstracto, o, por así decir, más teórico. A este mismo respecto, existen dos pasajes claves a la hora de estudiar el pensamiento del autor sobre el recurso a las incoherencias y la "inversión del orden"; se trata de los siguientes pasajes: 7 (...) 5 [Traducción: En estas circunstancias, resulta también totalmente necesario proceder a partir de la inversión del orden, pues se trata de un recurso que, con frecuencia, en-F. J. Tovar Paz -La "inversión del orden" en el Tractatus in Sacram Scripturam no 16 de Gregorio de Elvira 4 6 La traducción es nuestra. No existe, que sepamos, traducción a otras lenguas excepto al español (vid. U. Domínguez del Val, Gregorio de Elvira. Preferimos dar nuestra propia traducción con el fin de hacer más coherente el análisis de los conceptos sometidos a estudio. De forma deliberada hemos omitido toda referencia a los niveles de lectura y exégesis, pues no constituyen el objetivo de nuestro estudio. De cualquier forma, como estudios de conjunto, cf. H. de Lubac, Exégèse Médiévale: Les quatre sens de l'écriture, París, 1961; y M. Simonetti, Lettera e/o Allegoria. Análisis del léxico en relación con la restante producción de los Tractatus in Sacram Scripturam: De acuerdo con lo anterior, una misma expresión -de praeposterato ordine -puede poseer dos sentidos diferentes, a pesar de aparecer en pasajes próximos: en el § 7 ordo parece referirse a la segunda incoherencia detectada F. J. Tovar Paz -La "inversión del orden" en el Tractatus in Sacram Scripturam no 16 de Gregorio de Elvira 6 10 En otro orden de cosas, términos relacionados con ordo son el verbo denominativo ordinare (que aparece en participio en el Tractatus no 9.21.191), el sustantivo derivado ordinatio (también en el Tractatus no 9.22.205), en contextos diferentes de la cita objeto de estudio. Revista de Lingüística y Filología Clásica (EM) -LXV 1, 1997, pp. 91-102 en el análisis, mientras en el § 10, ordo aparece con claridad como referencia a la alteración de tiempos, aunque se presente, por lo demás, como algo característico de las profecías bíblicas. En el conjunto de los En definitiva, la aparición de ordo en el § 7 no es asimilable a ninguno de los contextos presentes en los restantes testimonios de los Tractatus in Sacram Scripturam. De dicho ordo no se hace exégesis, sino que éste responde al propósito del autor de hacer una digresión precisamente acerca de la ruptura del ordo, según se aprecia no en la Biblia (presentada como amplificación de la necesidad de la digresión, sobre todo, en virtud del número de ocasiones en que ofrece la «inversión del orden», y como portadora de la segunda incoherencia; de ahí el énfasis que denotan vocablos como quoniam saepe numero...), ni en la prophetia del Libro del Profeta Isaías, sino en el propio tractatus. Análisis del pasaje en el conjunto del tractatus: En líneas anteriores exponíamos cómo de praeposterato ordine del § 7 se puede referir tanto a la segunda incoherencia que suscita el texto del Libro del Profeta Isaías como a la situación en que se encuentra el autor, obligado a alterar la disposición de su análisis por las incongruencias que, en general, ha detectado. De tratarse de la situación del autor, el §7 poseería un evidente carácter programático 11, como, por otra parte, confirma la forma verbal dis en este segunda caso, se refiere más exactamente a la aparición en un texto de una digresión sobre su propia estructura; cf. H. Lausberg, Manual de Retórica Literaria, Madrid, 1966, passim. 12 Ya en el § 1 el autor anuncia su confusión a la hora de interpretar el texto del Profeta Isaías: (...) merito in ipsa inquisitione torquimur. 13 En relación con la Biblia que maneja el autor, cf. A. Barcala Muñoz, «Sobre las citas bíblicas de los Tractatus Origenis», Revista Española de Teología, 37, 1977, pp. 147-151. Revista de Lingüística y Filología Clásica (EM) -LXV 1, 1997, pp. 91-102 serendum est, con un sentido eminentemente exegético, no por tratarse de un análisis en sí, sino por referirse a la labor del autor 12. Desde una perspectiva propiamente textual, dicha labor es reconocible, sobre todo, a partir de las citas que hace del texto objeto de exégesis 13. Por otra parte, la organización de las citas permite comprobar si el autor ha alterado el orden normal de su análisis; finalmente, dado que es posible apreciar sobre el conjunto del tractatus cómo a tres perícopas -incluido el encabezamiento del Libro de Isaías -dedica más de un tercio del discurso (doce parágrafos), parece lógico deducir que éstas reciben un tratamiento diferente en una y otra parte del discurso. Dicho tratamiento es particularmente apreciable en las introducciones. A partir de las reflexiones precedentes, se pueden distinguir tres tipos de introducciones a las citas en el tractatus no 16: En definitiva, la necesidad de recuperar en I.d la cita de I.a, pospuesta a I.b, supone una alteración del ordo expositivo. De forma llamativa, es precisamente después de I.d cuando el autor hace la digresión programática, fuera de la captatio beneuolentiae, de forma que se rompe el ordo del mismo tractatus. Género literario y terminología retórica: De acuerdo con los dos exámenes anteriores, de praeposterato ordine del § 7 puede ser traducido como «a partir de la inversión del orden»; es decir, donde el autor, tras reconocer la existencia de incoherencias en el texto objeto de exégesis, procede con una ruptura del orden expositivo propio del tractatus, pues explica antes lo segundo que lo primero, además de ofrecer una digresión -imprevista inicialmente -sobre el fenómeno de la inversión en la Biblia. La otra traducción posible, «sobre la inversión del orden», se referiría exclusivamente a la presencia en la Biblia de anticipaciones de la consecuencia sobre la causa, cuando, en realidad, la quaestio primera se refiere a una incoherencia cronológica, la cual se soluciona a partir de apreciar el carácter exhortativo del texto objeto de exégesis. Por otra parte, de acuerdo con los criterios tradicionales del mundo no cristiano, la «inversión del orden» no resulta un procedimiento recomendable. Algunos ejemplos pueden ser útiles para poner de manifiesto esta idea, a partir del recurso al adjetivo praeposterus o el adverbio praepostere en textos no cristianos -pues, en sí, el término praeposteratus responde a una des-F. J. Tovar Paz -La "inversión del orden" en el Tractatus in Sacram Scripturam no 16 de Gregorio de Elvira 11 14 V. nota 8. viación ficticia de un verbo praepono flexionado por la primera conjugación, cosa que no está documentada en el latín clásico -: así, Cicerón, en De Oratore 3.49 propone como modelo estilístico una exposición sencilla que rehúya las inversiones; Servio, en su comentario al verso de la Eneida I 292 argumenta su interpretación destacando precisamente el desorden que se deriva de la de otros críticos; Aulo Gelio, en fin, en sus Noctes Atticae II 8.1, muestra cómo la inversión del orden no responde a presupuestos lógicos (se trata de la crítica fundamental que, según Gelio, Plutarco hace a los silogismos de Epicuro). En definitiva, se puede decir que, en líneas generales, el sentido de la raíz praeposter-se emplea para destacar usos desviados o no recomendables. Quintiliano, en su Institutio Oratoria IV 2.52, sintetiza la necesidad de una narratio creíble -y, por ende, coherente -en virtud de una disposición lógica, donde las causas se anticipen a los hechos, y no a la inversa. En un epígrafe anterior mencionábamos cómo Gregorio de Elvira no sólo estaba preocupado por solucionar una incoherencia cronológica (una uisio profética puntual, aplicable a cuatro reyes diferentes), sino también otra lógica (la presentación de la consecuencia antes que la causa). El desplazamiento de una incoherencia narrativa sobre otra dialéctica se comprende únicamente a partir de la consciencia por parte del autor de estar quebrantando unos usos más o menos establecidos. El hecho de que Gregorio de Elvira, para justificar su proceder, estime pertinente hacer una digresión sobre el procedimiento en la Biblia -con las finalidades establecidas con más nitidez en el § 10 14 -es muy significativo. Pensamos que lo que pone de manifiesto el autor en el § 7 es, sobre todo, la capacidad que le permite su propio texto de transgredir la disposición no sólo en el hecho de que una misma visio se pueda aplicar a cuatro personajes bíblicos diferentes, sino que la misma uisio no puede ser analizada sino desde sus resultados exhortativos, por cuanto ni siquiera aparece en el texto sometido a exégesis. Es decir, da la impresión de que Gregorio de Elvira está asombrado no tanto de la inversión presente en la Biblia, sino de la posibilidad que él mismo tiene de invertir el orden de lo que está escribiendo en un contexto en el que no cuenta con el referente narrativo de la uisio (de ahí lo EMERITA. Revista de Lingüística y Filología Clásica (EM) -LXV 1, 1997, pp. 91-102 elaborado que está el texto en virtud de las repeticiones de vocablos y sintagmas, o las introducciones a las citas, según hemos apreciado con anterioridad). La corriente crítica de la «Estética de la recepción» define el género literario como un «horizonte de expectativas» 15; la variación y evolución de los géneros se produce en virtud de un proceso de extrañamiento. El "horizonte de expectativas" del análisis exegético cristiano es, en principio, equivalente al de la exposición gramatical tradicional, consistente en la sucesión de cita más explicación, sin necesidad de presentación discursiva. Es claro que bastantes de los tractatus de Gregorio de Elvira, y, desde luego, todos los que constituyen los Tractatus in Sacram Scripturam, poseen una forma discursiva, reconocible por la presencia de vocativos plurales, formas pronominales y verbales de segunda persona del plural, imperativos también de segunda persona del plural, etc. La condición discursiva no sólo se aprecia en las formas que recrean la presencia de un auditorio, sino también en procedimientos de organización del texto; así no es de extrañar, por ejemplo, la aparición de captationes beneuolentiae, a pesar de que, en sentido estricto, no se pueda hablar de retórica en relación con los tractatus. Es en este contexto donde nos atrevemos a situar la sorpresa de Gregorio de Elvira, como una especie de «extrañamiento» a caballo entre unos contenidos, cuyo cauce de expresión normal hubiera sido la exposición gramatical, y las posibilidades que ofrece el tractatus de alteración del orden, una presentación discursiva. Además, dicha alteración no es voluntad del autor, sino un recurso que el autor cristiano es capaz de encontrar en los textos bíblicos. Conclusión: un procedimiento de la «literatura cristiana»: En trabajos previos nos hemos ocupado de delimitar, aunque se trate de una propuesta claramente parcial, la noción de «literatura cristiana» frente a F. J. Tovar Paz -La "inversión del orden" en el Tractatus in Sacram Scripturam no 16 de Gregorio de Elvira 13 16 F. J. Tovar Paz, «La narratio `de las lágrimas' en el De Lazaro de Potamio de Lisboa», La narrativa cristiana antica. F. J. Tovar Paz, Tractatus, Sermones atque Homiliae: El cultivo del género literario del discurso homilético en la Hispania tardoantigua y visigoda, Cáceres, 1994, passim. Revista de Lingüística y Filología Clásica (EM) -LXV 1, 1997, pp. 91-102 la «no cristiana» 16; de acuerdo con aquellos planteamientos, para que un texto pueda ser considerado dentro del concepto de «literatura cristiana» no sólo ha de ser obra de un autor cristiano -pues éste también puede elaborar obras englobables dentro de la «literatura latina», sin tratarse de textos específicamente cristianos -, sino cumplir con otros requisitos, como: 1) tener como referente los textos bíblicos, o estar inspirado en éstos; 2) intertextualizar, mediante mención expresa o cita indirecta, dichos textos bíblicos; 3) ser reflejo de la tradición literaria cristiana, que supone el reconocimiento de una singularidad cultural -que no tiene que estar presente en los primeros autores -; y 4) mostrar una intención analítica -o, por así decir, gramatical -sobre los textos intertextualizados. No se trata de una serie de requisitos evidentes o superfluos, pues es a partir de éstos desde donde, en nuestra opinión, debe partir cualquier estudio relativo a los géneros literarios que desarrolla el cristianismo ) si bien en nuestro análisis nos referimos exclusivamente al cristianismo latino -. Así, los puntos 1 y 2 permiten de una manera general una primera restricción de la «literatura cristiana», pero son los puntos 3 y 4 los que definen de forma más pormenorizada la situación que, en sus orígenes, tiene dicha literatura frente a la «literatura latina», en la que, de una manera u otra, está necesariamente englobada. De esta forma, se puede entender que un autor cristiano de los primeros tiempos, carente de tradición, sitúe sus textos en la órbita de los géneros literarios en funcionamiento dentro del ámbito no cristiano, y que no se pueda hablar stricto sensu de «literatura cristiana», a pesar de su contenido. Por otra parte, el punto 4 permite reconocer el surgimiento de la «literatura cristiana» en paralelo al surgimiento del sistema escolar cristiano, a pesar de las dificultades que posee el reconocimiento unitario de éste; y es que es un marco escolar el que facilita la irrupción de la «exégesis gramatical» -aunque con una personalidad definida 17 -como pauta perenne de cualquier tex-to cristiano, se englobe en el género en que se englobe. En otro orden de cosas, la definición de cualquier género literario cristiano y de su singularidad debe tener en cuenta siempre la situación que reflejan los géneros literarios no cristianos, con los que los planteamientos cristianos pueden entrar o no en colisión. Es, de nuevo, en este contexto donde se entiende el extrañamiento de Gregorio de Elvira; y es que en su análisis no sólo está apreciando un procedimiento disconforme con los postulados retóricos, sino un referente diferente a éstos, el bíblico. Además, la posibilidad de detener su análisis y hacer una digresión le resulta posible dentro de una presentación discursiva, a pesar de tratarse de un contenido exegético, o, por así decir, gramatical; a este respecto resulta muy significativo el imperativo audite con que comienza el § 8, como forma de remarcar estilísticamente la singularidad del fenómeno. Desde esta perspectiva se entiende la diferente actitud de los cristianos ante la «inversión del orden»; lo que en los autores no cristianos es correción de una voluntad de autor (según los ejemplos puestos en el epígrafe anterior), en los autores cristianos se hace proceder de una inspiración bíblica. En definitiva, la «inversión del orden» posee varias connotaciones: 1o) Legitima que se pueda acudir a la Biblia como fuente del recurso -entidad de la "literatura cristiana". 2o) Explica un aspecto de la primacía del análisis exegético en forma discursiva sobre el comentario tradicional -entidad del género literario del "discurso homilético". 3o) en lo que se refiere exclusivamente al Tractatus in Sacram Scripturam no 16, justifica que se pueda hablar de una visión sin haberse relatado ésta, así como que se intente resolver una divergencia cronológica a la vez que se discute la anticipación de la consecuencia sobre la causa.
que «imitar la οÛσία» sólo podría consistir en deletrear sus elementos constitutivos, lo cual sólo sería posible mediante una διαίρεσις del εÉδος en cuestión. Por mucho que las dos cuestiones no estén del todo desconectadas, lo que a continuación nos va a ocupar no es la justificación «en la cosa misma», sino la justificación «literaria». Por no disponer de los correspondientes originales informáticos, la maquetación de este artículo difiere de la del publicado en papel. Por lo demás, los contenidos no han sufrido ninguna alteración. DATACIÓN DEL CRÁTILO POR RECURSO A UN PASAJE ABRUPTO 424a7 SÓCR.-Luego, si esto es verdad, parece que hay que examinar ya acerca de aquellos nombres por los que preguntaste, Õοή, AEέναι y σχέσις, si con las letras y las sílabas captan la cosa correspondiente de modo que imiten su οÛσία, o no. Muchas páginas se han escrito en favor de una datación más o menos temprana o tardía del Crátilo dentro de la obra platónica, pero nunca, que yo sepa, se ha reparado en cierto paso que, al exigir para su comprensión el conocimiento por lo menos del Fedro, incluye definitivamente a nuestro diálogo en el grupo de los tardíos. Recordemos el contexto: para mostrar cómo los nombres son adecuados a sus respectivos referentes, Sócrates recurre primero a reducir todo nombre a una combinación de otros nombres en la que sea reconocible una descripción de la cosa; pero como también sobre estos «otros nombres» puede plantearse la pregunta por la corrección, hay que postular, para evitar un regressus in infinitum, unos «nombres primeros» que puedan describir las cosas «directamente», esto es, sin nombres, sin palabras; ahora bien: «describir sin palabras» es imitar; como el referente del nombre es la οÛσία, el nombre será una imitación de la οÛσία con letras y sílabas. Es en este punto donde se inicia el movimiento dentro del cual aparece la referencia a la διαίρεσις 1: Pues bien: sucede que nada hasta 424b7 hace esperar la mención de una διαίρεσις: En principio se trata simplemente de examinar un proceso de mímesis. Y, si poco antes se aludía a la imitación pictórica y musical, es evidente en esos casos que ni para hacer una correcta imitación ni para juzgarla es preciso practicar ninguna διαίρεσις; en particular, no es preciso hacer una διαίρεσις de los elementos (colores, sonidos) de que la imitación dispone. Ciertamente, alguien podría conceder carácter de dato objetivo a la atribución del proceder diairético a «los que se ocupan de los ritmos» (424c1), y ese dato muy bien pudiera haber sido del dominio público: en tal caso la precedente mención a la imitación musical sería lo que nos haría esperable ahora una mención de la διαίρεσις. Pero sucede que el proceder en cuestión se ejemplifica poco después de la siguiente manera: SÓCR.-¿No debemos así también nosotros separar (διελέσθαι) primero las vocales, luego entre las restantes por εÇδη las que son sin voz ni rumor (-φωνα κα -φθογγα) -que así las llaman los expertos en estas cosas -, y a su vez las que, sin ser vocales, sin embargo no son sin rumor? ¿Y entre las mismas vocales cuantos diferentes εÇδη tienen entre sí? (424c5-9). Es decir: se trata de una διαίρεσις dicotómica que parte del εÉδος στοιχεÃον y lo divide, tomando como diferencia la nota "voz" (φωνή), en "vocal" y "no vocal", y que divide luego a su vez el εÉδος "no vocal" en otros dos, tomando ahora como diferencia la nota "sonido" (φθόγγος) -cf. 18b8-c6, donde, con otros nombres, se distinguen esos mismos tres εÇδη. Atribuir ese método a los estudiosos de los ritmos sería atribuirles ese consciente proceder metódico que Platón utiliza en el Sofista y el Político. En cambio, si lo que quiere decirse es que en esos estudiosos hallaríamos la práctica de algo que Platón interpreta teóricamente como διαίρεσις, no tenemos nada que objetar, pues ciertamente, cualquier clasificación de las letras 2 No lo es, sin embargo, pues, si no me equivoco, cumple una muy precisa función dentro del propio diálogo. Veamos: decíamos en la nota 1 que la introducción de la διαίρεσις se justifica en la cosa misma por el hecho de que para imitar la οÛσία habría que practicar una διαίρεσις del εÉδος en cuestión; sin embargo la διαίρεσις se aplica aquí, sorprendentemente, precisamente a los elementos; se podría mostrar cómo ello deriva de aporías inherentes al propio modelo de corrección que se está examinando. Pues bien: lo literariamente abrupto de la mención de la διαίρεσις cumple la muy precisa función de llamar la atención del lector sobre ese sorprendente detalle y conducirlo así hacia el descubrimiento de aquellas aporías. Platón sigue siendo, también aquí, el gran escritor que es. Revista de Lingüística y Filología Clásica (EM) -LXV 1, 1997, pp. 103-107 que llegase a identificar a cada una de ellas sería interpretable como διαίρεσις; pero lo relevante aquí no es la interpretación teórica del proceder clasificatorio, sino precisamente su existencia empírica, esa existencia empírica que no sabe nada de διαίρεσις. Podemos decir, por lo tanto, que hasta 424b7 nada nos hace esperable una mención de la διαίρεσις. En esas condiciones, la referencia, en esa misma línea, a Ò τρόπος τ−ς διαιρέσεως («¿cuál sería el modo de la división a partir del cual empieza a imitar el imitador?»), resulta demasiado abrupta: ¿de qué división se nos está hablando, cuando en todo el diálogo no se ha mencionado división alguna? En particular resulta imposible justificar esa referencia retrospectivamente, por la subsiguiente alusión a la división practicada por los que se ocupan de los ritmos: tal justificación sería posible si la pregunta de Sócrates fuera «¿no crees que el imitador empieza a imitar a partir de una división?», pero una mención de «la división», con artículo determinado, presupone que el lector ya de entrada está familiarizado con esa «división», que no es para él nada nuevo. Si de ella no ha habido mención alguna en el diálogo, no queda otra salida que pensar en que Platón pueda dar por supuesto en el lector el conocimiento de otros diálogos en los que el proceder diairético ha sido suficientemente presentado. A esto podría objetarse que ni siquiera el conocimiento por el lector de esos otros diálogos eliminaría lo literariamente abrupto de la referencia. La objeción es, ciertamente, en su contenido válida, pues hay una considerable violencia en ese obligar al lector a saltar fuera del diálogo, una violencia que parece indigna del gran escritor que es Platón 2. Pero como objeción ya no vale tanto, pues, ¿cuál sería la alternativa? Si mantenemos la datación relativamente temprana del Crátilo, tendríamos en este pasaje la primera mención del proceder diairético en la obra platónica; es decir: en la primera mención 3 E. Kapp («The theory of Ideas in Plato 's earlier dialogues», en Ausgewählte Schriften, Berlín, 1968, pp. 55-150) ha utilizado un razonamiento análogo (p. 132-3) para inferir la prioridad cronológica del Fedón respecto del Crátilo: en el «sueño de Sócrates» (Crát. 439c6-d1) la postulación explícita de ideas tiene lugar de un modo demasiado brusco para que pueda tratarse de la primera vez que aparece en la obra platónica. 5 No en vano el verbo διαιρεÃσθαι se halla ahí utilizado metadialógicamente, en el seno de una consideración sobre el diálogo más que como parte del diálogo mismo: ello le da un carácter marcado y lo aproxima en cierto modo al sustantivo. Tenemos que esperar al Fedro para volver a encontrar la expresión κατ' εÇδη διαιρεÃσθαι (273e1; cf. también Parm. 7 Lo menciono aquí en atención a que Brandwood (op. cit., p. XVII) lo data antes del EMERITA. Revista de Lingüística y Filología Clásica (EM) -LXV 1, 1997, pp. 103-107 del proceder diairético se daría por supuesto que el lector ya sabe de sobra qué es eso de la διαίρεσις 3. Parece, pues, que, efectivamente, lo más razonable es contar con que en nuestro pasaje hay una referencia implícita a algún otro diálogo en el cual el proceder diairético se presenta de modo suficientemente claro. Pero, ¿de qué diálogo se trata? En apoyo de una datación temprana para el Crátilo, J.V. Luce 4 ha hecho la observación de que «the use of the method κατ' εÇδη τέμνειν is by no means restricted to the Sophist and the Politicus, but occurs in the Gorgias and Phaedo, not to mention the Republic.» (p. Ahora bien: en relación con nuestro pasaje lo pertinente no es documentar el uso de ese método, sino la conciencia de que efectivamente se trata de un proceder metódico bien definido y, aún más, etiquetable como διαίρεσις. Pues bien: de los siete pasajes que cita ese autor sólo en Rep. 454a[6] (κατ' εÇδη διαιρούμενοι) hay algún rastro de esa conciencia 5, y ello no basta, obviamente, para permitir una mención de la διαίρεσις como algo ya conocido. Por otra parte, si examinamos en el léxico de Brandwood 6 todas las ocurrencias de διαίρεσις en diálogos anteriores al Fedro, únicamente encontramos, aparte de la que ahora nos ocupa (Brandwood data nuestro diálogo en el periodo del Eutidemo y el Menón), una en Prot. 534a6, pero no parece que puedan servirnos, pues la una se refiere a la «división de los nombres» de Pródico y la otra a la división de los segmentos de la Línea. Parece, pues, que habremos de recurrir a los diálogos posteriores a la República. Pero ni en el Parménides ni en el Teeteto ni en el Timeo-Critias 7 Sofista (aunque ciertamente después del Fedro). 8 Cf. ya antes δεà ταØτα Òδè δι®ρ−σθαι (263b7): apunta ya el uso metadialógico del verbo διαιρεÃν -διαιρεÃσθαι. 10 Sólo mencionaré la ocurrencia de la expresión Ò τρόπος τ−ς διαιρέσεως en Sof. Revista de Lingüística y Filología Clásica (EM) -LXV 1, 1997, pp. 103-107 aparece la διαίρεσις mencionada como tal (y -ello es claro por lo menos en los dos primeros -ni siquiera un uso marcado del verbo διαιρεÃν -διαιρεÃσθαι). Sólo nos queda, pues, acudir a los diálogos en que la διαίρεσις se practica metódicamente (Sofista y Político), o por lo menos al Fedro, comúnmente aceptado como el diálogo en el que el proceder diairético hace su presentación en la obra de Platón. Tal vez esto pueda ya dar sentido al sintagma Ò τρόπος τ−ς διαιρέσεως en aparición abrupta. (Por cierto, poco después de la referencia a la διαίρεσις encontramos en el Crátilo un pasaje que recuerda fuertemente cierto paso muy característico del Fedro (Óλον, ζèον, Õητορική: 425a3-4); para Gaiser ese pasaje «weist auf den Phaidros voraus» 9, pero después de lo dicho es tentador considerarlo más bien una referencia retrospectiva: toda la página 424b-425b constituiría entonces una tácita alusión al Fedro). Si todavía se piensa que no, habrá que recurrir al Sofista y al Político, pero que las ocurrencias de διαίρεσις y su verbo correspondiente en esos diálogos sí serían suficientes para dar ese sentido es demasiado notorio para que me entretenga en demostrarlo 10. En cualquier caso, habremos de considerar el Crátilo como un diálogo tardío.
Por no disponer de los correspondientes originales informáticos, la maquetación de este artículo difiere de la del publicado en papel. Por lo demás, los contenidos no han sufrido ninguna alteración. Artículo publicado en el fascículo 1o del tomo LXV (1997) de EMERITA, pp. 109-122 Autor: Juan Carlos Iglesias Zoido PARADIGMA Y ENTIMEMA: EL EJEMPLO HISTÓRICO EN LOS DISCURSOS DELIBERATIVOS DE TUCÍDIDES * 1.-Estado de la cuestión y objetivos planteados: El ejemplo histórico, a pesar de ser uno de los instrumentos más útiles en el campo de la retórica y de la oratoria griegas, es un recurso argumentativo que todavía hoy no ha sido estudiado de manera satisfactoria. El interés de la crítica se ha orientado hacia cuestiones de tipo teórico 1, o hacia el estudio de los παραδείγματα como un complemento de la investigación histórica 2. Por lo tanto, son escasos los trabajos que profundizan en su naturaleza argumentativa y que, a la vez, permiten indagar en su función y empleo prácticos 3. El presente trabajo es una aportación a este tercer modo de entender la investigación retórica, analizando la función argumentativa de los παραδείγματα empleados en los discursos tucidideos. Sólo así pueden comprenderse aspectos tan decisivos como las preferencias de los oradores de J. C. Iglesias Zoido -Paradigma y entimema: el ejemplo histórico en los discursos deliberativos de Tucídides 2 4 Cf. 8 J. C. Iglesias Zoido -Paradigma y entimema: el ejemplo histórico en los discursos deliberativos de Tucídides 3 9 J. C. Iglesias Zoido -Paradigma y entimema: el ejemplo histórico en los discursos deliberativos de Tucídides 5 15 Cf. Revista de Lingüística y Filología Clásica (EM) -LXV 1, 1997, pp. 109-122 finales del siglo V a. de C. o algunos de los consejos de los manuales. De ahí que nuestro análisis preste atención a dos aspectos concretos de la práctica retórica: En primer lugar, a las preferencias de los oradores por períodos concretos de la historia griega. Como Nouhaud 4 ha demostrado, los oradores áticos, cuando han de elaborar un παράδειγμα, tienden a usar como punto de referencia los mismos períodos históricos. Es evidente que este proceder se debe a un interés por acomodarse a los gustos y deseos de su auditorio. En segundo lugar, a la debatida cuestión de los posibles límites temporales del ejemplo. ¿Acaso los sucesos históricos que conforman la base del παράδειγμα están constreñidos por unas fronteras más o menos arbitrarias? Tomando el pasado como una línea temporal, autores como Pearson 5 han señalado que uno de los dos extremos, el más alejado del momento en el que el orador interviene, no ha planteado problemas. En principio, parece que hacia atrás no hay un límite claramente establecido y, de hecho, en oradores como Isócrates 6, las alusiones históricas llegan a confundirse con el ámbito poco preciso del mito. Con todo, hay cuidado en evitar las referencias a sucesos demasiado antiguos que pudieran resultar oscuros a los oídos del auditorio. Con respecto al otro extremo, el que se va acercando progresivamente al tiempo presente de los receptores, no hay una frontera claramente definida. Una ojeada a los estudios previos muestra que esta cuestión no ha sido tratada de manera satisfactoria. El panorama ofrecido va desde el simple planteamiento de esta cuestión, como hace Bennet 7, hasta ciertas propuestas que pecan de arbitrariedad. Este es el caso de Nouhaud 8, quien, en su estudio sobre el ejemplo histórico en los oradores áticos, traza una línea divisoria entre el concepto de «historia» y el de «actualidad». Así, un suceso habría dejado de ser «actualidad» para pasar a ser «historia» cuando hubiera transcurrido un período de unos veinte años con respecto al momento en que es recordado. Como es obvio, ésta no es una solución convincente por arbitraria Sobre los procedimientos argumentativos en los discursos deliberativos de Tucídides, cf. J. Carlos Iglesias Zoido, La argumentación en los discursos deliberativos de Tucídides y su relación con la normativa retórica del siglo IV a. Revista de Lingüística y Filología Clásica (EM) -LXV 1, 1997, pp. 109-122 y resulta útil sólo a la hora de delimitar claramente un corpus de ejemplos. La respuesta a estas dos cuestiones permitirá ahondar en el funcionamiento argumentativo del παράδειγμα. El ejemplo histórico en los discursos tucidideos: Con la intención de aclarar estos dos aspectos y sus implicaciones, son de gran interés los ejemplos históricos empleados en los discursos deliberativos de Tucídides 9. Por una parte, en este autor coinciden el historiador y el ciudadano familiarizado con los procedimientos retóricos de finales del siglo V a. de C. Por otra parte, en su famoso capítulo metodológico (I 22), Tucídides pone de manifiesto una concepción del pasado que no sólo es útil sino imprescindible para prever el futuro, al afirmar que su obra se dirige a quienes deseen examinar la verdad de lo sucedido (τäν γενομένων τÎ σαφές) y de lo que puede llegar a producirse teniendo en cuenta la naturaleza humana. Estas palabras, desde el punto de vista del παράδειγμα, tienen interesantes conexiones con las preocupaciones de los rétores, que también resaltan la utilidad del pasado en el ámbito de un género como el deliberativo que dirige su mirada hacia el futuro. En este sentido, tal como ponen de manifiesto las principales retóricas 10, es notable la frecuencia con la que Tucídides emplea παραδείγματα en los discursos dirigidos a la asamblea. Es más, tomando de nuevo en consideración el capítulo metodológico, con su búsqueda de «lo que es preciso y necesario» (τ δέοντα), el interés del historiador por reflejar lo que debió de pronunciarse en cada momento, -incluso en aquellas ocasiones en las que no estuvo presente -, le llevaría a recopilar los παραδείγματα más comúnmente empleados. Este corpus de ejemplos, por lo tanto, hay que contemplarlo como el resultado de un proceso consciente de selección, razón por la que, sin duda, proporciona valiosos datos para un mejor conocimiento de la práctica oratoria de finales del siglo V a. de C. El corpus de ejemplos históricos utilizados por Tucídides puede clasificarse en tres grupos bien definidos, teniendo en cuenta el tiempo de referen- En primer lugar, aquellos ejemplos en los que el orador recuerda los sucesos ocurridos con anterioridad a las decisivas batallas de Salamina y Platea, que pusieron punto final a las Guerras Médicas. Siguiendo la tendencia general a evitar la evocación de unos hechos que no fueran bien conocidos por el auditorio y que incluso podían provocar su irritación 11, únicamente hay que mencionar la remembranza que hacen los corintios (I 41,2) de los favores prestados a Atenas con anterioridad a la guerra contra el persa (ßπ¥ρ τ Μηδικ πόλεμον). Es significativo el hecho de que ni siquiera en este caso los oradores hablen de un pasado remoto, ya que, según Gomme 12, los corintios rememoran unos hechos que sucedieron entre el 480 y el 475 a. de C. Para encontrar otros ejemplos que tomen como base sucesos anteriores a las Guerras Médicas, hay que recurrir al famoso enfrentamiento entre platenses y tebanos (III 53-9 y III 61-67), pero ya dentro del género judicial: los platenses (III 55), intentando ganar el favor de los jueces espartanos, evocan el origen de la alianza que unió ambos pueblos, fechada 13 en el año 519 a. de C. Teniendo en cuenta la escasez de ejemplos que recuerden sucesos anteriores a las Guerras Médicas, adquieren todo su sentido las palabras pronunciadas por los atenienses (I 73,2) ante la Asamblea espartana, al dejar de lado referencias a hechos demasiado antiguos, que no hubieran podido presenciar los oyentes y que conocieran sólo de oídas: «¿De los sucesos muy antiguos (τ μ¥ν πάνυ παλαιά), qué se va a decir cuando de ello son más testimonio las tradiciones orales que los ojos de quienes han de escucharlas?». Hay una relación directa entre estas palabras y las de otros oradores del siglo IV, como Isócrates, quien pide excusas por atreverse a hablar de hechos en los que no había estado presente 14. O Demóstenes, cuando se justifica por hablar de sucesos que sólo son conocidos por medio de las palabras de los ancianos 15. En segundo lugar, aquellos ejemplos en los que el historiador recurre a sucesos ocurridos durante la guerra contra los persas y en los años que siguieron. Éste es sin duda el grupo más numeroso. Tanto los oradores atenienses como los del bando peloponesio consideran que los hechos producidos durante este enfrentamiento y la consiguiente formación del imperio ateniense constituyen un punto de referencia fundamental con respecto a la toma de decisiones por parte de la asamblea. De hecho, se convierte en el gozne que separa la historia reciente de Grecia. Así, los oradores emplean comúnmente expresiones del tipo «antes de las guerras médicas» (ßπ¥ρ τά Μηδικά Th. I 41,2) o «tras las guerras médicas» ( μετ τά Μηδικά Th. En este sentido, de nuevo, los oradores tucidideos coinciden con los del siglo IV a. de C. en el hecho de que, en ambos casos, la guerra contra el medo desempeña un papel predominante 16. De hecho, debieron de ser tantas las referencias hechas por los atenienses que, en algún caso, surge la obligación de justificar su inclusión en el discurso 17. En tercer lugar, hay varios ejemplos en los que los oradores recuerdan hechos muy próximos al momento en el que están hablando o que, incluso, pueden aún estar desarrollándose. Así ocurre, por ejemplo, con la evocación que hacen los corintios del favor prestado a los atenienses durante la defección de Samos (I 41,2), ocurrida siete años antes (440-439 a. O cuando Alcibíades (VI 16,1-2) recuerda su victoria en la Olimpiada del año anterior y las consecuencias favorables que tuvo para la fama de Atenas. O la evocación de un favor que el mismo Alcibíades había prestado a los lacedemonios pocos meses antes (VI 89,2). Y, de manera mucho más clara, la exposición espartana de lo que inmediatamente antes les ha sucedido a sus hombres en J. C. Iglesias Zoido -Paradigma y entimema: el ejemplo histórico en los discursos deliberativos de Tucídides 6 18 Sobre el empleo que hace Tucídides de este tipo de expresiones cf. el trabajo de Y. Z. Tzifopoulos, «Thucydidean Rhetoric and the Propaganda of the Persian Wars Topos», PP 50, 1995, pp. 91-115, especialmente la p. Tzifopoulos analiza cómo es empleado el tópos de las Guerras Médicas tanto por parte de los oradores atenienses como por parte de sus enemigos y, en general, su correspondencia con la propia interpretación del historiador expresada en las partes narrativas de su historia. En estos casos, hay una ruptura de las fronteras arbitrarias marcadas por autores como Nouhaud, ya que apenas existe una diferencia temporal entre el momento en que se pronuncia el discurso y los sucesos a los que remiten las diversas intervenciones. En definitiva, tomando en consideración el ámbito de referencia temporal del παράδειγμα, los oradores tucidideos rememoran en sus discursos sucesos ocurridos en tres fases: lo realizado antes, durante y después de las Guerras Médicas 18. En este último caso, hay una cierta ruptura de las barreras tradicionales, ya que los oradores incluso pueden aludir a sucesos contemporáneos. Implicaciones con respecto al funcionamiento general del παράδειγμα. Pues bien, teniendo en cuenta las dos cuestiones planteadas al comienzo del trabajo, (las preferencias de los oradores por períodos concretos de la historia griega y la cuestión de los posibles límites temporales del ejemplo), hemos de destacar lo siguiente: 3.1. En primer lugar, los oradores utilizan como tiempo básico de referencia la época mejor conocida de la historia reciente de Grecia: las Guerras Médicas. Muy pocas veces evocan hechos sucedidos con anterioridad. Actúan, así, del mismo modo que los oradores del siglo IV a. de C. Es significativo, además, que omitan todo tipo de referentes míticos. De hecho, sólo hay un uso sistemático del mito en los discursos de Isócrates; pero éste es el caso bien conocido de un orador que no concebía sus discursos para una pública deliberación, sino para la lectura o recitación 19. Este es un punto que ha de tenerse en cuenta, ya que la coincidencia de la obra tucididea con el proceder habitual del resto de los oradores se debe, sin duda, a un respeto hacia las preferencias de su auditorio. De hecho, como destaca Pearson 20, y hemos comprobado en los propios discursos tucidideos, el orador deliberativo tiene muy en cuenta los gustos de los receptores del discurso. De ahí el temor a citar hechos muy antiguos y poco conocidos que pudieran provocar el enfado de su auditorio. Frente a esta situación, la concepción isocrática del discurso y el modo en que se transmite proporcionarían una mayor libertad, tanto en la composición general del discurso, como en la inclusión de elementos argumentativos como los paradigmas basados en narraciones mitológicas. 3.2.-En cuanto a la segunda cuestión, tocante a que haya un παράδειγμα en el que el orador toma como ejemplo unos hechos tan cercanos en el tiempo que pueden llegar a confundirse con la «actualidad», hemos de señalar lo siguiente: En primer lugar, desde un punto de vista funcional, estos ejemplos que evocan sucesos tan próximos al presente tienen una naturaleza similar a los que toman como base un tiempo más alejado. En ambos casos, el objetivo es fundamentar una toma de decisiones con respecto al futuro. En efecto, si observamos la finalidad de los παραδείγματα citados, la intención última es que el auditorio, o bien actúe de manera similar o contraria a como lo hicieron sus antepasados, o bien recuerde, simplemente, los favores que ha recibido. En la obra tucididea existe un pasaje en el que el historiador juega conscientemente con los tres niveles temporales que acabamos de señalar, teniendo los tres la misma función. Tras el proemio del discurso fúnebre (II 35-46) pronunciado por Pericles ante los primeros caídos en la guerra, comienza una sección (II 36,1-3) que la Retórica a Alejandro denomina γενεαλογία, en la que el orador recuerda a su auditorio los méritos que, de manera general o particular, han cosechado sus conciudadanos. A lo largo de esta γενεαλογία se distinguen tres fases: la de los πρόγονοι, la de los πατέρες y la de los οÊ νØν §τι Ðντες... ¦ν τ± καθεστηκυί' oλικί', es decir, la de los antepasados, los padres y los contemporáneos. Evidentemente, esta subdivisión no hace más que seguir la línea de las generaciones: los πρόγονοι citados por Pericles serían aquellos que alcanzaron su esplendor antes del 490 a. de EMERITA. Esta estructuración aparece consagrada en la retórica. Así, la Retórica a Alejandro, al tratar esta misma parte del discurso epidíctico (Rh. 1440 b 24 ss.), señala que, si los antepasados han mostrado méritos suficientes, hay que nombrarlos a todos, desde el primero hasta llegar al propio encomiado. Es decir, siempre que existan acciones dignas de mención, las referencias históricas pueden tomarse a partir de un abanico que recoja desde lo más antiguo a lo más reciente, sin determinar un límite claro. En todos estos casos, independientemente de su antigüedad o actualidad, lo importante es que la función desempeñada es la misma: recordar al auditorio unas acciones dignas de ser imitadas. En segundo lugar, desde el punto de vista temporal, este pasaje, unido a otros de la misma Retórica a Alejandro, es especialmente interesante al dejar abierta la posibilidad de que el ejemplo histórico tenga su base en hechos tan cercanos que incluso se pueden desarrollar en el momento de la intervención del orador. Así, al hablar de las diversas características de los παραδείγματα, existe la posibilidad de que éstos (Rh. 1430 a 6 ss.) puedan crearse no sólo a partir de las acciones pasadas, sino incluso a partir de lo que estuviera sucediendo en ese mismo momento (δι τäν νØν γενομένων). Esta no es una afirmación aislada, sino que, al explicar cómo ha de organizarse la argumentación en los discursos deliberativos (Rh. 1439 a 2 ss.), aconseja el empleo de paradigmas que sean no sólo los más apropiados al tema (οAEκεÃα τè πράγματι), sino también los más cercanos a los oyentes, tanto en lugar (τόπå) como en tiempo (χρόνå) 21. En consecuencia, este pasaje recoge dos planteamiento complementarios. Por un lado, tenemos el tópico del οAEκεÃον παράδειγμα, presente en la mayor parte de los oradores y que suele aparecer contrapuesto al •λλότριον παράδειγμα 22, mostrando así la preferencia de la comunidad a escuchar ejemplos propios antes que recurrir a otros extraños 23. El propio Isócrates exclamaba que no valía la pena gastar tiempo recordando las desgracias ajenas cuando se tienen a mano las pro- pias 24. Por otro lado, el autor de la Retórica a Alejandro destaca, de nuevo, la posibilidad de recurrir a los sucesos más cercanos en el tiempo y que, por tanto, estuvieran más presente en la memoria del auditorio. Pero estas apreciaciones funcionales y temporales de la retórica permiten entender mejor no sólo el funcionamiento del παράδειγμα, sino también el lugar que en ocasiones puede ocupar el ejemplo histórico en la argumentación del discurso. 1356 b 1 ss. y 1357 b 26 ss.), el παράδειγμα puede ser de dos especies según se base en cosas sucedidas, o según sea producto de la imaginación del orador. En el primer caso, habla del ejemplo histórico, en el segundo de la parábola y de la fábula. Por su parte, la Retórica a Alejandro (1429 a 21 ss.) simplifica aún más los términos y considera que un παράδειγμα es un hecho que ha sucedido de manera semejante o contraria a lo expuesto por nosotros. El caso es que, teniendo en cuenta estas definiciones, el paradigma puede llegar a convertirse en una parte de un razonamiento más complejo. En concreto, puede llegar a actuar en algunos casos como la premisa menor de un entimema 25 o, en palabras aristotélicas, silogismo retórico. El camino lo muestra el propio Aristóteles en sus Analíticos Primeros 68 b 38 ss., en donde habla de una πίστις por la ejemplificación. El objetivo de este pasaje 26 es mostrar cómo el paradigma, que es uno de los principales elementos de la inducción o ¦παγωγή, genera un nexo persuasivo mediante una relación de semejanza, que, siendo extrínseca al silogismo propiamente dicho, funciona en su interior como una regla §νδοξος. Es decir, el paradigma puede convertirse en un elemento básico del entimema, tal como señala Aristóteles poniendo como ejemplo 27 un razonamiento tomado de la oratoria deliberativa (69 a 1 ss.): Se quiere demostrar que la guerra contra Tebas es mala. Para ello basta con utilizar una premisa mayor que recoja una idea de tipo general aceptable por los todos los oyentes: Premisa mayor: «emprender la guerra contra los vecinos es algo malo». Esta premisa mayor, no por fuerza aceptada por todos, es apuntalada por lo que, en la práctica, actúa como su premisa menor, un paradigma concreto: Premisa menor: «La guerra de Tebas contra Focia fue mala». Conclusión: «es evidente que emprender la guerra contra los tebanos (que son vecinos) es un mal». El ejemplo, de este modo, no sólo concreta la abstracción de la premisa mayor, sino que ayuda a crear generalizaciones probables que, o bien son persuasivas por sí mismas, o bien lo son como premisas de un silogismo. De este modo, el παράδειγμα permite que lo «universal» indicado en la premisa mayor se compruebe en los aspectos «singulares» de la premisa menor, tal y como señala Aristóteles al estudiar la πίστις δι τ−ς ¦παγωγ−ς, en Tópicos 103 b 3 ss. En este caso, el Estagirita pone de manifiesto que la ¦παγωγή o inducción propia del ejemplo no es tanto un proceso cognoscitivo que nos remonte de lo singular a lo universal, cuanto un proceso de fijación y depuración por el que lo universal, en ocasiones confuso, se verifica en los singulares para así alcanzar una naturaleza clara y definida 28. Es a esta posibilidad a la que se refería Aristóteles cuando en su Retórica dejó entrever la posibilidad de que un paradigma actuara como premisa menor de un razonamiento de este tipo. Se trata de un conocido pasaje en el que señala que los materiales del entimema derivan de cuatro fuentes: por un lado, a partir de probabilidades (εAEκός) y signos (σημεÃα) (Rh. De este modo, pone de manifiesto Esa relación entre los dos procedimientos básicos señalados por el Estagirita, deducción e inducción, en principio tan diferentes (el uno a partir de lo universal, el otro a partir de lo particular), es evidente en APo. 81 a 40 ss., en donde se señala que no se pueden percibir los universales sin la contribución de la inducción. Revista de Lingüística y Filología Clásica (EM) -LXV 1, 1997, pp. 109-122 que hay entimemas que funcionan por inducción (δι' ¦παγωγ−ς) por la semejanza de uno o más, cuando, tomando lo general (τÎ καθόλου), por medio de un razonamiento (συλλογίσηται) se llega a lo particular mediante el ejemplo (δι παραδείγματος). Estos ejemplos de los que habla Aristóteles, más que ser una fuente del entimema, como señala Hood 29, pueden constituir, y en ello seguimos a Grimaldi 30, una parte del razonamiento, un medio que, a la vez que sirve para generar o fortalecer una premisa mayor, facilita el que se pase de un planteamiento general a otro más concreto 31. En resumen, los ejemplos históricos, al poder desempeñar la función de premisa menor, proporcionan un elemento concreto de comparación, una especificación con respecto al ámbito general que supone la premisa mayor. La única condición que existe, por lo tanto, es que el ejemplo concreto que proporciona el orador sea bien conocido por su auditorio. Consiguientemente, cuanto más cercano sea el tiempo de referencia, mayor será su utilidad. Ha de ser también por esta circunstancia por la que los oradores áticos en general prefieren evitar el recuerdo de hechos muy antiguos y poco conocidos por el auditorio, ya que éste no podría seguir con facilidad el razonamiento. En efecto, el paso de una premisa mayor a una conclusión es más dificultoso si en medio hay una premisa menor que alude a hechos oscuros y poco conocidos. Basándose en cuestiones prácticas como éstas, sin entrar en las profundidades del planteamiento aristotélico, y quizás de un modo intuitivo, el autor de la Retórica a Alejandro recomendó usar paradigmas que fueran cercanos tanto en el tiempo como en el espacio; mientras más conocidos sean los ejemplos, mejor se desarrollará el entimema. Es desde esta perspectiva desde la que adquiere todo su sentido no sólo la J. C. Iglesias Zoido -Paradigma y entimema: el ejemplo histórico en los discursos deliberativos de Tucídides 12 32 Cf. F. Rodríguez Adrados, Tucídides, Historia de la Guerra del Peloponeso, Madrid, 1967, I, p. Revista de Lingüística y Filología Clásica (EM) -LXV 1, 1997, pp. 109-122 preferencia de los oradores tucidideos por la época mejor conocida de la historia griega, sino también la elección de un referente temporal que llega a confundirse con el tiempo presente. Tanto en unos casos como en otros, hay ejemplos de παραδείγματα que actúan como la premisa menor de un entimema. En concreto, analizaremos varios casos que se corresponden con los tres períodos temporales reseñados: 5.1.-Sucesos ocurridos antes de las Guerras Médicas: En I 41, los corintios recuerdan a los atenienses un favor prestado antes de las batallas decisivas contra el persa, hacia el año 480 a. de C., que constituye la premisa menor de un entimema que sigue el siguiente orden: conclusión + premisa menor + premisa mayor: Conclusión (I 41,1): Los corintios señalan que es preciso que los atenienses, sin tener en cuenta la hostilidad, les devuelvan el favor que les prestaron en otro momento, ya que, además, en el momento presente (¦ν τè παρόντι) se mantiene una relación ni muy amistosa ni muy enemiga: «no siendo tan hostiles que busquemos producir daño, ni tan amigos como para tener relaciones cordiales (οÛκ ¦χθρο Ðντες òστε βλάπτειν οÛδ' αÞ φίλοι òστ' ¦πιξρ−σθαι)». Por lo tanto, la conclusión es que la hostilidad no es excusa para no hacer favores. Premisa menor (I 41,2): (παράδειγμα) Casos en los que la necesidad fue más fuerte que la hostilidad: Años atrás, independientemente de su hostilidad, los corintios hicieron un favor a los atenienses en contra de los de Egina. Premisa mayor (I 41,3): los pueblos se hacen favores en situaciones de necesidad, independientemente de la hostilidad, al tener su vista puesta en la victoria. Como señala Tucídides, hay ocasiones en las que los hombres, por buscar la victoria, aceptan la ayuda del que había sido antes hostil: «y tuvieron lugar ambos hechos en ocasiones tales en las que los hombres, volviéndose contra sus oponentes, más se despreocupan de todo lo que no sea la victoria; pues consideran amigo al que les ayuda aunque antes les haya sido hostil, y enemigo al que les hace frente aunque sea amigo... 32 (κα ¦ν καιροÃς τοιούτοις ¦γένετο οÍς μάλιστα -νθρωποι ¦π' ¦χθρο×ς το×ς σφετέρους AEόντες τäν πάντων •περίοπτοί εAEσι παρ τÎ νικνq φίλον τε γρ oγοØνται τÎν ßπουργοØντα, ́ν κα πρότερον ¦χθρÎς 1, πολέμιόν τε τÎν •ντιστάντα, ́ν J. C. Iglesias Zoido -Paradigma y entimema: el ejemplo histórico en los discursos deliberativos de Tucídides 13 33 Como consecuencia de la complejidad y condensación del pensamiento tucidideo, esta premisa mayor es, en el fondo, la conclusión de un silogismo oculto. Premisa mayor: si los enemigos se hacen favores, mucho más los que no son claramente hostiles. Premisa menor: los atenienses y corintios no son hostiles en este momento. Conclusión: los atenienses pueden hacer favores a los corintios. El historiador ha construído un entimema sobre un planteamiento general, a saber, que, a causa del interés del momento, los amigos, a veces, se tornan enemigos y viceversa. La conclusión a la que quieren llegar los corintios es que, a pesar de sus diferencias, ésta es la situación en la que se encuentran, en la que un enemigo se puede tornar amigo. Pero, para conseguir que el razonamiento se complete y los atenienses les presten la ayuda precisa, necesitan un nexo, una premisa menor que actúe como ejemplo concreto de ese razonamiento general. Y los corintios la encuentran mirando hacia el pasado, cuando, a pesar de no tener buena relación con los atenienses, les prestaron un favor decisivo. El paradigma, perfecto exponente de una de las funciones del ejemplo histórico, la •ξίωσις χάριτος o demanda de agradecimiento, actúa como una perfecta premisa menor. Hemos elegido dos ejemplos significativos. En I 69,1 los corintios critican a los espartanos por haber permitido que los atenienses hayan hecho desmanes entre los aliados peloponesios; y, para demostrar esta crítica, construyen un entimema en el que la premisa menor la conforma un παράδειγμα que recuerda la actitud mantenida por Esparta justo al acabar la Guerra contra el medo: Conclusión: Se acusa a los espartanos de ser culpables, por omisión, de los desmanes producidos por los atenienses: «Y de estos hechos vosotros sois los culpables» (κα τäνδε ßμεÃς αÇτιοι). Premisa menor: Los corintios recuerdan que, ya en su momento, tampoco los lacedemonios fueron lo suficientemente activos tras la guerra contra el persa y dejaron hacer a los atenienses: «... primero les dejásteis fortificar su ciudad al acabar las Guerras Médicas, después levantar los Muros Largos... (τό τε πρäτον ¦άσαντες αÛτο×ς τ¬ν πόλιν μετ τ Μηδικ κρατØναι κα àστερον τ μακρ στ−σαι τείχη...)», «pues no es el que esclaviza el que en realida d lo hace, sino el que puede impedirlo y no se preocupa por ello» 34 (οÛ γρ Ò En este caso, el παράδειγμα permite establecer una clara conexión entre la premisa mayor, una auténtica máxima que describe un comportamiento general, y la conclusión, que supone una acusación concreta. Los culpables de la esclavización son quienes la han permitido, al no enfrentarse, en su momento, a las desmedidas ambiciones atenienses. Por otra parte, Tucídides, en I 75 muestra la otra cara de la moneda: los atenienses justifican la creación de su imperio en los años que siguieron a las Guerras Médicas. Con esta intención elaboran un entimema en el que la premisa menor es otro ejemplo en el que rememoran la actitud ateniense durante el afamado enfrentamiento bélico: En ambos casos, la premisa menor está constituida por hechos bien conocidos y que, a pesar de ser antiguos, se mantienen frescos en la memoria de los oyentes. Teniendo en cuenta la peculiar naturaleza de los paradigmas basados en sucesos históricos cercanos al momento en que se pronuncia el discurso, es preciso un análisis detallado de los ejemplos incluidos en este apartado. En el primer caso, (I 41), compartiendo espacio con el recuerdo de un EMERITA. Revista de Lingüística y Filología Clásica (EM) -LXV 1, 1997, pp. 109-122 hecho sucedido antes de la Guerras Médicas, se repite la misma estructura que hemos señalado más arriba; sólo que el lugar de la premisa menor, en vez de la ayuda prestada por Corinto en contra de los de Egina, es ocupado por la referencia a un favor (εÛεργεσία) prestado siete años antes en contra de los Samios (κα o εÛεργεσία αàτη τε κα o ¦ς Σαμίους, τÎ δι' oμς Πελοποννησίους αÛτοÃς μ¬ βοηθ−σαι). En el segundo caso, (VI 16,1-2), Alcibíades defiende la conveniencia de que sea él quien esté al frente de la expedición ateniense a Sicilia, para lo que elabora un entimema en el que la premisa menor es el recuerdo de sus victorias en las olimpiadas del año anterior: Conclusión (VI 16,1): «El mando me pertenece más que a otros atenienses,... y además creo ser digno de él» (Κα προσήκει μοι μλλον ©τέρων, ì zΑθηναÃοι, -ρχειν... κα -ξιος μα νομίζω εÉναι.). Premisa menor (VI 16,2): «Pues los griegos consideraron a nuestra ciudad incluso como más de lo que es en realidad por causa del esplendor de mi participación en los Juegos Olímpicos» (οÊ γρ ~Ελληνες κα ßπ¥ρ δύναμιν μείζω oμäν τ¬ν πόλιν ¦νόμισαν τè ¦μè διαπρεπεà τ−ς zΟλυμπίαζε θεωρίας) 35. Premisa mayor (VI 16,2): Es generalmente admitido que vencer en ocasiones como éstas aporta honra a una ciudad (νόμå μ¥ν γρ τιμ¬ τ τοιαØτα, ¦κ δ¥ τοØ δρωμένου κα δύναμις μα ßπονοεÃται.). Este es un ejemplo curioso, en el que es discutible que, a partir de esta premisa (vencer en los juegos aporta honra), se pueda llegar a la conclusión de que Alcibíades es el más indicado para el mando, ya que no se establece ninguna relación entre la capacidad de mando y la dignidad que el político haya otorgado a la ciudad con su victoria deportiva. De nuevo, el pensamiento tucidideo ha dado un salto al concebir una conclusión doble: a Alcibíades le pertenece el mando al propiciar honor, ya que los que tienen honor son buenos generales. Hemos reservado para el final el ejemplo que consideramos más interesante: IV 18, 1-2. En este discurso (IV 17-20), los espartanos se ponen a sí mismos como ejemplo de nación poderosa que ha caído en desgracia, con lo que pretenden conseguir la paz y la salvación de los hombres bloqueados en Esfactería. El modo de actuación es muy parecido al que ejemplificaba Aristóteles en Analíticos Primeros 69 a 1 ss. Premisa mayor (IV 17,5): Quienes han sufrido numerosos cambios de fortuna (πλεÃσται μεταβολαÂ) en uno u otro sentido han de desconfiar de los éxitos (εÛπραγίαις). Premisa menor (IV 18,1-2): Eso es exactamente lo que les ha ocurrido a los espartanos, que se ponen como ejemplo: «daos cuenta (γνäτε), contemplando nuestras actuales desgracias (ξυμφοράς)», recordando que ellos, los que mayor reputación (•ξίωμα) y poder han tenido entre los griegos, han sufrido un revés -el innombrado asedio de Esfactería -a causa de un error de cálculo (γνώμ® σφαλέντες) que les ha costado el bloqueo de sus mejores hombres. Conclusión (IV 18,3): no es lógico (οÛκ εAEκός) que, basándose en la fuerza actual de la ciudad (τ¬ν παροØσαν νØν Õώμην πόλεως), los atenienses piensen que la fortuna va a estar siempre de su lado. Al igual que ocurría en el pasaje de los Analíticos Primeros, el ejemplo (el desastre espartano de Esfactería, citado a lo largo del discurso con el término ξυμφορά y que sólo aparece nombrado de manera explícita en IV 19,1: •νταιτοØντες δ¥ το×ς ¦κ τ−ς νήσου -νδρας) actúa en un doble sentido: por una parte, ayuda a crear generalizaciones probables (hay que mantenerse siempre alerta y desconfiar del éxito); por otra, se convierte en la premisa menor de un entimema que facilita la transición entre la idea general probable y la conclusión útil para la consecución del paz. Por un lado, creemos haber mostrado la necesidad de un estudio del ejemplo histórico teniendo en cuenta su función dentro del proceso argumentativo del discurso. A partir de estos ejemplos tomados de los discursos tucidideos, se observa cómo el paradigma puede actuar como una parte de un entimema y cómo, por lo tanto, si se quiere obtener un claro convencimiento del auditorio, es conveniente que los hechos de referencia sean los mejor conocidos o los más próximos al momento en que se pronuncia el discurso, ya que el establecimiento de límites temporales es algo extraño al propio funcionamiento del paradigma como elemento argumentativo.
Por no disponer de los correspondientes originales informáticos, la maquetación de esta sección difiere de la del texto publicado en papel. Por lo demás, los contenidos no han sufrido ninguna alteración. Reseña de libros, fascículo 1o del tomo LXV (1997) de EMERITA, I )) EDICIONES Y TÉCNICA FILOLÓGICA OVIDIO.-Heroidas. Introducción, traducción y notas de VICENTE CRISTÓBAL. Estamos ante una nueva traducción de V. Cristóbal, en la que una vez más demuestra su gran experiencia y su saber. La introducción es muy completa (pp. 9-51). Define con mucho acierto a Ovidio, junto a Eurípides, como uno de los más grandes conocedores de la mujer, y tras la rápida semblanza biográfica de Ovidio aborda los problemas del título, autoría y cronología en los que hace un claro estado de la cuestión. Se decanta por la anterioridad de Amores respecto a Heroides, y por la relativa posterioridad de las seis últimas, las dobles, frente a la serie de las sencillas. Al hablar de las Heroides en el marco de la obra de Ovidio hace un corte para mí excesivo entre las anteriores y posteriores al exilio, pues pienso que Ovidio en Tomi reescribió sobre sus motivos anteriores, profundizando en ellos, añadiendo a su asombrosa virtud y experiencia y sabiduría artísticas, una óptica intelectual nueva, grave y humana, el destierro, una tragedia con la que estoy segura de que él ya había contado dado el carácter conservador de la dictadura de Augusto y el terror que progresivamente sembró y cultivó. Por otro lado, respecto a la originalidad y la exuberancia de Ovidio, si comparamos con la pintura o con la música, no hacía falta que Velázquez inventara el óleo, ni los pinceles, ni siquiera los temas pictóricos, para revolucionar -recrear -lo preexistente, y el genio de Ovidio es del todo comparable en su fertilidad y en su novedad, en su donaire, al de Mozart. Ovidio domina con absoluta autoridad el arte de la variación. Son infinitos los matices, el alarde de ingenio (que ciertamente hay quienes consideran vicio, p. ¿O es que puede decaer alguna vez nuestro interés por estas cartas en una lectura atenta? Cristóbal trata también, muy documentadamente, los aspectos de antecedentes literarios, mitológicos y retóricos (suasoria y controversia), el estilo y la estructura, la tradición manuscrita. De este modo llegamos a pervivencia literaria, el último gran apartado -uno de los subgéneros que más me interesan y admiro en Cristóbal -y como cabía esperar en el caso de estas Cartas su balance y su aportación es nuevamente ejemplar, en especial en lo tocante a nuestras letras castellanas. Cierran la introducción la bibliografía y la nota a la traducción, para la que sigue a Dörrie anotando en la traducción oportunamente las divergencias. El volumen pospone a la traducción el usual índice de nombres propios al que añade él una útil tabla cronológica concerniente a Ovidio. Pero el máximo interés de una traducción debe residir y reside en la propia versión que hace el traductor sobre el original, y la de Cristóbal no decepciona a ningún público. Al lector habitual, al culto, al competente, le ofrece un acercamiento fiel al latín y amplias notas que, a modo de pequeño museo mitográfico y literario, enriquecen la lectura. Para el lector especia-Reseña de libros 2 EMERITA. Revista de Lingüística y Filología Clásica (EM) -LXV 1, 1997, pp. 123-180 lizado una traducción sirve además de primer comentario -coincido con otros en esta opinión -, y Cristóbal se muestra gran conocedor del espíritu de Ovidio, con los dobles y triples matices de cada pincelada de su paleta irisada. El pasaje que creo más adecuado, por más conocido, servirá de muestra de su hacer: «Esta carta te la envía tu esposa Penélope a ti, Ulises, que tanto tardas. Pero no me escribas ninguna respuesta, ven tú en persona. Troya yace abatida, odiada en verdad por las mujeres de los dánaos. Apenas Príamo y Troya entera han podido compensar tanto esfuerzo. ¡Ojalá las encrespadas aguas hubieran sumergido al adúltero cuando navegaba con su flota rumbo a Lacedemonia! No me hubiera acostado yo, helada, en lecho sin compañía, no me quejaría en mi abandono del lento correr de los días, ni fatigaría mis manos de viuda el lienzo colgante, mientras intento engañar con él las horas largas de la noche». Así comienza a hablar la primera heroína y lo dice todo de la capacidad de Cristóbal para ofrecernos su lectura personal de Ovidio, para comunicarnos la emoción que a él le transmite el texto. Ya poco más puedo decir del conjunto. Quiero sólo destacar un lugar (p. 78) donde Cristóbal define el arte secreto de esta obra, maestra como todas las de Ovidio: «Es como si Ovidio, con la magia de su arte, despertara al durmiente y callado personaje (...) y le diera semblante interior y palabras (...)». Con la misma belleza y el misterio de todos los grandes, Ovidio da voz al silencio. En un momento en el que se han multiplicado las traducciones de textos correspondientes a la antigüedad greco-latina, se agradece la presencia de una traducción en la que se ha conservado la vieja costumbre del texto bilingüe, tan útil para los estudiantes universitarios, a quienes va destinada esta serie. Se abre el libro con una introducción breve, pero abundante en datos y observaciones, medida en la expresión, en la que se ofrecen al lector -o se le refrescan -los conocimientos imprescindibles para acercarse a la obra con provecho. El modo de presentación elegido es el de enfrentar el texto a la traducción correspondiente: bajo el texto latino se da un escueto aparato crítico, y bajo la traducción las notas aclaratorias. En la elección de este procedimiento, se ve que ha prevalecido la consideración a la comodidad del destinatario por encima del efecto de simetría: frecuentemente las páginas pares presentan huecos que han resultado al parecer inevitables. La edición tiene como base fundamental la de Reynolds; es muy respetuosa con el texto transmitido, hasta el punto de mantener p. ej. la laguna de 12.3 en lugar de suplirla con la conjetura de Vahlen que figura en el aparato crítico y que parece bastante razonable. La traducción refleja con excelente tino el ritmo de la prosa senecana. La autora ha tenido el acierto de plasmar toda la fuerza expresiva del filósofo mediante un lenguaje que, sin dejar de ser culto, toma prestados giros y términos al lenguaje cotidiano; es una lengua viva, actual y rica, que sin embargo mantiene la fidelidad al original. Pongo algunos ejemplos: (2.2) quod hoc genus est consolandi? «¿qué manera de consolar es ésta?»; (9.6) qui tumultuosissimus est «que es muy estrepitoso»; (9.6) praeteruectum «pasó de largo»; (11.3) quae domum angustet «que abarrota la casa»; (12.2) rerum suarum «efectos personales»; (13.2) si satis tibi roboris est «si tienes suficiente aguante»; (14.1) infinitas lacrimas «lágrimas sin cuento»; (16.1) stulta indulgentia «necio sentimentalismo»; (19.4) perfectissimae feminae «de una mujer totalmente cabal». En esta búsqueda del término actual y expresivo es a veces audaz, como la traducción de ambitiosa por `intrigante' (19.2). Los ejemplos podrían multiplicarse. Revista de Lingüística y Filología Clásica (EM) -LXV 1, 1997, pp. 123-180 pocos los lugares en los que -a mi modo de ver -se podría mejorar: la mención C. Caesar [Augustus] (10.4) debería traducirse, sin más, como «el emperador Calígula»; la cacofonía «que que» (9.4) podría haberse evitado traduciendo «y no que»; en 11.4, hubiera sido preferible dejar las formas verbales en el modo en que están («todo lo que amontones... no será...»); en 10.10, ad rem pertinere, «es cuestión del objeto», sería mejor «depende de la hacienda»; no parece haberse captado el tecnicismo populi scita, variante de plebis scita, en 5.6. En la redacción de las notas, merece la pena destacar la aclaración de los conceptos filosóficos; el buen conocimiento que tiene la autora del conjunto de la obra senecana se deja ver en los frecuentes reenvíos a lugares en los que el filósofo ha tratado temas coincidentes. Debe de ser un error el reenvío en nota 55 a la nota 53: aquí se trata de Bruto, allí de Varrón. Hay una cierta vacilación en el uso de las mayúsculas y en la transcripción de los nombres propios de personas, conservados unas veces en su forma latina, y otras no. En apéndice, se ofrecen algunos pasajes de autores antiguos que tratan cuestiones relacionadas con el contenido de la Consolatio. Varios mapas y una reproducción de «La muerte de Séneca» vista por Rubens preceden al índice de nombres propios con el que se cierra este cuidado volumen, que será sin duda de gran utilidad. El presente es el último volumen de la nueva y elogiada edición de Campbell de los líricos griegos (con excepción de Píndaro) para la colección Loeb que ha venido a renovar y, podríamos decir, reemplazar la edición de Edmonds en la misma colección. En él se recoge la obra poética, principalmente ditirambos y nomos, de Melanípides, Cinesias, Timoteo, Filóxeno de Citera, Filóxeno de Léucade y otros poetas de la llamada «nueva escuela de poesía», cuya actividad se desarrolló entre mediados del s. V y mediados del IV. También la de poetas que no se encuadran en este movimiento, pero sí en la misma época, y de los que conservamos una producción muy limitada. Son incluídos además los carmina popularia, los carmina conuiualia y los fragmenta adespota, que, procedentes de papiros, inscripciones o citas de la transmisión indirecta, comprenden himnos, poesía narrativa, epidíctica y poesía con otros contenidos que, por su carácter fragmentario, no ha podido ser atribuída a un género. Los problemas planteados por la edición e interpretación de textos, en su mayor parte fragmentarios, que afectan a los otros volúmenes, creemos que se agudizan en éste dada la diversidad del material aquí recogido, la diversidad de su procedencia y el hecho de que la mayor parte corresponda a composiciones anónimas. Por ello tanto más loable es poder contar con una nueva edición de los mismos. Siguiendo la práctica de los otros volúmenes, y de la colección Loeb en general, la obra comprende no sólo el texto griego acompañado de un breve pero pertinente y esencial aparato Reseña de libros 5 EMERITA. Revista de Lingüística y Filología Clásica (EM) -LXV 1, 1997, pp. 123-180 crítico, traducción del mismo al inglés y notas interpretativas sucintas pero muy oportunas, sino también los testimonia tanto de los poemas como referidos a la vida y actividad poética de sus autores (cuando éstos son conocidos), acompañados también de notas de crítica textual e interpretativas, y de traducción. Bien es verdad que en el caso de las folk songs los testimonia se han limitado al contexto de la fuente que transmite un determinado texto, cuando existen bastantes otras que hablan de la existencia de una poesía popular adscribible a diversos géneros que no se nos ha conservado. El orden de presentación y numeración de los textos corresponde al de Page (Poetae Melici Graeci, Oxford, 1962) para aquellos (la mayoría) contenidos en ambas ediciones. El volumen comienza con una breve introducción referente a la «nueva escuela de poesía» y a los carmina conuiualia, pero no a los carmina popularia ni a los fragmenta adespota. Sigue a la introducción una breve, pero comprehensiva, selección bibliográfica, actualizada y muy ajustada, relativa a ediciones, grandes reseñas biliográficas o estudios realmente importantes de estos textos muy variados. Al final una tabla de concordancias entre la presente edición y las de Bergk (Poetae Lyrici Graeci, 3 vols., Leipzig, 1882 4 ), Diehl (Anthologia Lyrica Graeca, II, Leipzig, 1942 2 ) y la citada de Page, para los carmina popularia, carmina conuiualia y fragmenta adespota. La edición se cierra con dos índices, de «autores y fuentes» y «general». El texto adoptado es respetuoso con la tradición -aunque quizá Campbell se muestra menos timorato que Page en lo que se refiere a prescindir de cruces y a adoptar nuevas conjeturas en aras de un sentido más completo o de una secuencia métrica, como por ejemplo en Ad. 955, proemio de un himno a Ártemis -, en contraste con la práctica de Edmonds, que con frecuencia no sólo propone nuevas lecturas sino que recompone los textos, llegando incluso a unir fragmentos, sin que para ello haya evidencia objetiva: podría citar bastantes ejemplos en el caso de los carmina popularia, pero llamativos son los números 21 y 22 de su edición. Error de imprenta es posiblemente la omisión de una frase en 880, schol. b Hom. II XVII 570, que, en cambio, sí ha sido traducida. 836 (e) 8, μαλογενές es un hiperdorismo (sin base en la tradición manuscrita: μολογ-mss. 857, κίνασιν es también un hiperdorismo por κίνησιν (ms. I de Hefestión). Discrepamos de algunas lecturas y de la colometría e interpretación del metro como «jonio» más que «eolio» de la primera parte de 848 (no podemos entrar ahora en una discusión detallada). El libro supone un gran avance en lo que atañe a la colección de testimonia, no sólo porque han sido sometidos a revisión los de anteriores ediciones -el número en general ha sido incrementado respecto a la edición de Edmonds, aunque también han sido dejados fuera algunos de los reunidos por este editor -, sino por la utilización de las más modernas ediciones de las fuentes -la referencia a los Moralia de Plutarco, sin embargo, debería haber sido también a la paginación renacentista (1599) -. La clasificación de los contenidos («vida y obra», «cronología», «música y metro» etc.) en los testimonia de los poetas de la «nueva escuela de poesía» los hace de rápida lectura y de gran utilidad. Yo destacaría sobre todo su gran utilidad para los estudios de métrica y música. Discrepamos, sin embargo, de la interpretación de •ναβολαί (Melanípides, test. 4) como «arias»; creo que justamente ese pasaje es claro para el sentido de «partes en las que se divide el `solo' lírico (en lugar de antístrofas), separadas quizá por pasajes instrumentales». Gracias a los testimonia figura con nombre propio entre aquellos -no en la edición de Page, que no recoge testimonia -Frinis, un poeta del que no se nos con-EMERITA. En la delimitación del corpus el editor topa con el mismo problema que los editores anteriores a la hora de introducir o no textos anónimos pertenecientes a la época helenística. Creemos que ha habido criterios valorativos utilizados, muy positivamente, de forma individualizada: por ejemplo, del corpus de himnos epidáuricos (P. Maas, Epidaurische Hymnen, Halle, 1933) sólo tres (ad. 935, 936 y 937) han sido incluídos; aunque transmitidos en inscripciones muy tardías (del s. III o IV), el análisis literario los ha revelado como clásicos los dos primeros y helenístico el tercero. Lo mismo vale para textos en papiros escritos entre los siglos I al IV, pero que es posible remontarlos a la época clásica o helenística, o para los carmina popularia, que, transmitidos en fuentes de época imperial, por su vigencia en la tradición oral, sobrepasan hacia atrás las barreras temporales. El número de textos es muy superior al de la edición de Bergk, también a la de Diehl -Campbell es más cauto a la hora de apuntar una autoría -y a la de Page. Campbell ha incluído textos (984A, 931A-P) procedentes en su mayor parte de papiros y que ya habían sido editados en Page Supplementum Lyricis Graecis (Oxford, 1974), y otros (768A, 931Q-T, 938g, 945A, 961A, 985A, 1007A) procedentes de papiros (y una inscripción) publicados con posterioridad a esa fecha y de citas de la tradición indirecta, los cuales no se encuentran en ninguna de las dos ediciones de Page. Pero parece también animarlo el mismo espíritu que a este editor al no admitir, con raras excepciones, poesía lírica hexamétrica o en dísticos elegíacos. Sin embargo, al igual que se han añadido algunos «epigramas» -de Timoteo (p. 174), Aristóteles (pp. 218 y 220) -o fragmentos de hexámetro y dístico elegíaco, uno desearía que dentro de los carmina popularia se hubieran incluído las dos Eiresiones, la samia (Vita Hom. 728), en hexámetros y trímetros yámbicos la primera y en hexámetros la segunda; un dístico que es un canto de bienvenida a Aristómenes transmitido por Pausanias IV 16, 16; el verso ritual en Clidemo, FGrH 323 F 14; la fórmula infantil transmitida en Schol. 54, entre algunos otros. Igualmente podría figurar entre ellos el ad. 976, que Campbell incluso desplaza de los adespota para atribuirlo decididamente a Safo (v. vol. I, pp. 170 ss.). A los carmina conuiualia podrían añadirse BKT V 2, p. 62, un «epigrama» simposíaco que contiene todo un programa de banquete, y dos «epigramas», transmitidos por Planudes (AP V 82 y 83), que tienen claros paralelos en los cantos convivales. Éstas son algunas puntualizaciones que no restan valor a la obra. Debemos felicitarnos porque en un lapso encomiable de tiempo Campbell haya concluído con este volumen una edición de los líricos utilísima por su rigor filológico a la vez que asequible y equilibrada información, que la convierten en libro de uso y de referencia obligada para los estudiosos de la poesía griega. Revista de Lingüística y Filología Clásica (EM) -LXV 1, 1997, pp. 123-180 Estudia el autor una inscripción de 36 líneas, grabada sobre lámina de bronce, el llamado «filacterio de Moisés», conocido desde comienzos del siglo pasado, cuando fue desenterrado en el territorio de la antigua Acras, no lejos de Siracusa. Es uno de los textos que dan testimonio de la importancia que el legislador hebreo llegó a adquirir en los ambientes interesados por la teurgia y por la magia, ya que en él se revela el amuleto que Moisés usaba cuando entraba en el Sancta Sanctorum y el que, según la interpretación más probable, llevaba cuando subió al monte Sinaí (del cual la inscripción da dos versiones). F. P. Rizzo recoge la abundante bibliografía dedicada a discutir el epígrafe, que plantea considerables dificultades de lectura y de interpretación. A la que él cita hay que añadir la importante monografía de J. Gager, Moses in Greco-Roman Paganism, Nashville, 1972 (especialmente pp. 134 ss.), y sobre todo R. Kotansky, Greek Magical Amulets I, Opladen, 1994, pp. 126-154, que, por la fecha de su publicación, Rizzo no debe de haber podido conocer, lo cual es una lástima, porque Kotansky presenta varias propuestas valiosas y, sobre todo, consigue identificar una cita de la versión de Áquila de Deut. El cotejo de los estudios de Rizzo y Kotansky es instructivo. El primero indica que la lámina es de bronce («laminetta in bronzo», p. 2), el segundo dice que es de cobre («copper lamella», «copper tablet», p. Rizzo anota al comienzo que la inscripción está ahora perdida; Kotansky, en cambio, la sitúa en el Museo de Siracusa. Todo parece indicar que el autor italiano tiene razón, puesto que ninguno de los dos ha podido verla y ambos se quejan repetidamente de la falta de una fotografía suficientemente legible (Rizzo da una copia muy mala de la de Vogliano; Kotansky ofrece el facsímile de Thorlacius, reproducido en IG XIV 2413, 17, que no es de fiar). Tampoco sobre la fecha del documento hay coincidencia: para Rizzo es de los siglos IV o V d.C.; Kotansky asegura que la grafía apunta a finales del II o comienzos del III. La lectura e interpretación del texto son, sin duda, lo mejor del trabajo de Kotansky, aunque persistan algunas dificultades. Las propuestas de Rizzo convencen menos. En línea 30 lee πονηρόν por πυρετόν (p. 18) con argumentos paleográficos demasiado precisos para quien no ha visto ni el original ni una buena fotografía; parece muy equivocado puntuar 3-5 ¦[ν] τè •γαγεÃν αßτÎν εÊς τ¬ν δόξαν, φυσικοØ •νεχώρει [εAEς τ]Î γιωσύν[ης πνε]Øμα κα μετ ταØτα μετέστρεφεν para entender «nell' ascendere verso la gloria, (Mosé) si allontanava dalla materia (tendendo) verso lo spirito di santità e in questo modo si trasformava» (φυσικοØ, sin preposición ni artículo, debe depender de δόξαν); en línea 9 σειλαμωναι no puede ser adjetivo referido a τè Ðρει («monte splendente»); traducir los dos nombres mágicos de líneas 14 y siguiente, σειλαμ zΑβλα[ν]αθαναλβα, como «eterno Padre nostro» y ver aquí un eco del comienzo del «Padre nuestro» cristiano es, como mínimo, muy arriesgado. No creo tampoco justificado negar que la expresión πλ¬ν γονίμοις de líneas 13 y 29, después de la usual indicación de guardar secreto, se refiera a la descendencia, como hace el autor, defendiendo una conexión con los Minim del Talmud (pp. 29 ss.), pues si bien a veces la excepción es a favor de los otros iniciados, otras son los hijos (p. ej., PGM I 193, IV 476, con la lectura de Dieterich y Merkelbach, Abrasax III, Opladen, 1992, p. En pp. 50 ss., en cambio, hay interesantes observaciones sobre la población judía de Sicilia. MANUEL GARCÍA TEIJEIRO PETRONIO -Satiricón, edición de CARMEN CODOÑER MERINO, Madid, Akal, 1996, 292 pp. La editorial Akal nos ofrece ahora, de manos de Carmen Codoñer, uno de los títulos más importantes de la literatura latina: el Satyricon de Petronio; obra atractivísima e imprescindible para los amantes de la literatura en general, y de la narrativa en particular. La parte principal de la edición la constituye la traducción del texto latino; no «otra» traducción, sino una nueva, diferente, personal y brillante versión de la autora, que consigue acercar la obra a los lectores de hoy ajustando, sin retorcerlo ni perder de vista el original, el texto latino al castellano actual, interpretando los dobles sentidos y juegos de palabras, haciendo «asequible el texto en sus distintos matices» (p.53). La edición consta de Introducción, bibliografía, traducción e índice de nombres propios. La introducción (pp. 7-53) es breve pero enjundiosa. En ella se tratan somera, certera y lúcidamente todos los temas centrales de la siempre indescifrable cuestión petroniana: autor y datación, transmisión de la obra, estado actual del Satyricon, intentos de reconstrucción de la trama, reconstrucción del argumento, género al que podría pertenecer etc. No es sencillo acercarse a esta sugerente obra debido al estado desastrosamente fragmentario en el que ha llegado hasta nosotros y a la imposibilidad de determinar a ciencia cierta el autor y la época de su composición; estos problemas, asegura Codoñer, «rodean esta producción de un halo de misterio que ni siquiera a estas alturas se ha disipado» (p.7). La autora, que resalta «la originalidad y belleza literaria de lo conservado» (p.7), insiste, certeramente, en el carácter enigmático de la obra como su característica principal. Afirmaciones realistas como « se hace necesario renunciar...a la comprensión de su naturaleza en cuanto narración y a captar el sentido último del relato» (p.7), y «obra llena de atractivos, pero también de análisis yo diría que inviable» (p. 53), deslizadas repetidamente a lo largo de la introducción, no revelan sino una lectura apropiada de la obra y un profundo conocimiento de ella. La autora señala los problemas que ésta plantea, las soluciones para ellos más generalmente aceptadas, o las más interesantes y dispares, y en la mayoría de los casos añade su aportación personal al tema, siempre apoyada en el texto mismo, dejando abiertas las posibilidades para el debate. Por ejemplo, cuando trata la cuestión de la datación de la obra, destaca un malentendido que está en la base de todas las conjeturas: se están identificando autor y narrador, porque se examinan los detalles que aparecen en la obra sin distinguir que una cosa es la fecha de composición de la obra y otra el momento en el que el autor decide que tenga lugar la acción. El autor pudo haber conocido el mundo que ahora parodia en su juventud y escribir sobre él años más tarde (p. Excelentes y llenos de sugerencias nos parecen el examen breve y hábil de los fragmentos que quedan del Satyricon, con un análisis conjunto de los diversos elementos centra-EMERITA. Revista de Lingüística y Filología Clásica (EM) -LXV 1, 1997, pp. 123-180 les que los componen, y el intento de reconstrucción del argumento entretejido con reflexiones puntuales de la autora que nos lo hacen más cercano. Todo lo dicho en la introducción queda ratificado por abundantes notas con imprescindibles referencias bibliográficas, producto de las excelentes lecturas habidas. De su traducción dice la autora, «en mi intención ha primado trasladar al lector actual una imagen lo más viva posible de un texto `vivo' por excelencia» (p. Objetivo sin duda cumplido: estamos ante una traducción rigurosa, respetuosa con el texto al que sigue fielmente en la medida de lo posible (y aconsejable), pero también ágil, suelta, espléndidamente escrita, con un lenguaje moderno y realista (vulgar cuando el texto así lo demanda) que hace su lectura fácil, amena y más actual en algunos momentos, que la magnífica versión de Díaz y Díaz (por ejemplo, muliebris patientiae scortum, de 9,6, es traducido por Díaz como, «bardaje repugnante» y por Codoñer como «puto maricón», y putabat se coleum Iovis tenere (51,5) lo traduce Díaz como «creía que... había tocado las campanillas a Júpiter», mientras que Codoñer lo hace «pensaba que tenía a Júpiter cogido por los cojones»). De especial valor son las abundantísimas e soberbias notas que acompañan a la traducción: eruditas, de realia, bibliográficas, geográficas, históricas... Pero sobre todas ellas destacan, por su utilidad en una edición sólo en castellano, aquellas que comentan términos latinos, y, por su novedad, aquellas que indican y explican los dobles sentidos del texto y justifican la traducción adoptada para expresarlos, o bien la imposibilidad de hacerlo. Una bibliografía impecable culmina este imprescindible y personal trabajo que viene a aclarar (¿o a complicar?) un poco más esta intrincada maraña que rodea a Petronio y su obra. Ambos, sin ningún tipo de dudas, admiten y merecen nuevos acercamientos, sobre todo si son de la calidad del que ha llevado a cabo Carmen Codoñer. La presente edición crítica, realizada por Fausto Montana, de la exégesis de Gregorio Pardos -metropolita de Corinto entre 1092 y 1156 -al canon yámbico para la fiesta de Pentecostés atribuido a Juan Damasceno pretende abrir, por fin, un corpus de la hermenéutica de Gregorio de Corinto a partir de uno de los textos más significativos para facilitar la comprensión de los nexos y relaciones que convergen en la tradición erudita bizantina de exegetas desde los lexicógrafos hasta Teodoro Pródromo y Eustacio de Salónica. Una edición como esta venía haciéndose esperar desde hace más de un siglo, cuando Henry Stevenson publicara los comentarios de Pródromo a los carmina de Cosmas de Jerusalén y de Juan Damasceno y algunos de los escolios de Gregorio de Corinto y Zonaras sobre cánones anastásimos de Juan Damasceno (Roma 1888). Muchos años después, Athanasios Kominis en su fundamental estudio sobre la figura y obra de Gregorio Pardos (Roma-Atenas, 1960) manifestaba su intención, todavía no materializada, de publicar los cánones litúrgicos compuestos por el obispo de Reseña de libros 10 EMERITA. Veinte años después del trabajo de Kominis sobre Pardos, los comentarios de Eustacio al himno de Petecostés, de calidad bastante superior a la exégesis análoga de la de Gregorio, fueron acometidos por Silvia Ronchey y P. Cesaretti y en el momento de publicarse la actual edición que reseñamos, estaban a punto de aparecer. Vemos pues que la tarea filológica para hacer accesible este capítulo importante de la erudición litúrgica bizantina, tiene aún bastante camino que recorrer. La cuidada edición de Fausto Montana constituye pues un paso importante en esta línea. Montana parte para su edición del inventario de manuscritos con la exégesis gregoriana a los cánones de Cosmas y el Damasceno publicada por Kominis en el susodicho estudio. De los 49 códices de diversa procedencia y fecha (entre los siglos IX y XII e incluso algunos del XIX). De los 38 anteriores a 1500 Montana excluye cinco por diversas y justificadas razones, como estado lacunar del texto o por no comprender precisamente la exégesis al himno de Pentecostés (casos de los codd. Sin embargo Montana ha tenido en cuenta tres nuevos manuscritos importantes no incluídos en la lista de Kominis: el Vat. 1205), datable entre los siglos XIV-XV y el Marc. gr. II (coll. Montana establece su edición sobre veintiséis de los manuscritos de la lista de Kominis más estos tres que acabamos de señalar. La exhaustiva introducción realizada por Montana comprende una completa y bien documentada descripción codicológica y paleográfica de los manuscritos, especialmente valiosa no sólo para el propósito de la presente edición sino imprescindible para la crítica textual de los otros comentarios que en aquellos se contienen, como, por ejemplo, los comentarios a los cánones de Cosmas y del Damasceno de la Navidad, Anunciación, Ascensión, Semana Santa, etc. La colación y estudio de las relaciones entre manuscritos permite al editor establecer un stemma del texto de la exégesis al cánon de Pentecostés que se inserta en el tronco de una tradición lexicográfica y parafrástica muy rica y desarrollada, con una elevada tendencia a la transmisión horizontal de las lecturas, especialmente de lemas del himno o de glosas aisladas. Montana acierta al tener en cuenta las aportaciones externas, es decir, el caso de las variantes relativas al texto mismo del himno damascénico, coincidentes con las lecturas adoptadas por Eustacio de Salónica. Y es que los autores de comentarios, como Gregorio de Corinto, deben ser considerados asimismo editores de los himnos cuya exégesis acometen y que aparecen explicados estrofa por estrofa, alternándose las explicaciones con los himnos; cuando uno se encuentra con lecturas incongruentes con la exégesis respectiva es que, evidentemente, nos hallamos ante aportaciones externas a la línea normal de transmisión. Con toda probabilidad suele tratarse de variantes anteriores a Eustacio, cuya auctoritas filológica confirió el rango de verae lectiones. Esto significa que, mientras el editor de unos comentarios como los que nos ocupan debe restituir el texto de los himnos, establecido por el comentarista, una edición autónoma de los himnos con criterios filológicos modernos tendrá que considerar y cribar los filtros tradicionales que vienen de los editores bizantinos, quienes, por un lado se preocupan de restituir el texto más cercano al original y, por otro, contribuyen a acentuar la ambigüedad; de esto dan fe las discrepancias entre Gregorio y Eustacio documentada en la presente edición. Montana reconoce dos tipos de aportaciones: unas, procedentes de un antígrafo perdido, EMERITA. Revista de Lingüística y Filología Clásica (EM) -LXV 1, 1997, pp. 123-180 que aparecen en las copias conservadas; otras, en fase de inserción y que se manifiestan por el tipo de correcciones o añadidos interlineales, cuya presencia pudiera deberse a dobles lecturas en el antígrafo. El texto griego y la traducción italiana se presentan enfrentados y acompañados, a pie de página, aquél de las siglas de testimonios y del aparato crítico, ésta del aparato de fuentes y de loci paralleli. El texto establecido se atiene lo más posible a la tradición manuscrita y se insertan, como parte del mismo, los convencionales marginalia (del tipo íδή, εÊρμός, τροπάριον, ©ρμηνεία) que distinguen las estrofas de las odas y de la exégesis. El aparato crítico recoge todas las variantes de los manuscritos examinados y tenidos como relevantes en la tradición del texto y las claramente erróneas (se excluyen los normales errores de itacismo o grafías erróneas por fonéticas pero sin relevancia en la transmisión). En los casos de lecturas controvertidas del texto del himno damascénico, el editor ha recogido las opciones textuales hechas por W. Christ -M. Paranikas en su edición de los Cánones de Juan Damasceno (Anthologia Graeca carminum Christianorum, Leipzig 1871, pp. 205-232, hay reimpr. anastática de 1963) y por A. Nauck (Io. Damasceni canones iambici, San Petersburgo 1893), así como las lecturas atribuidas a Eustacio en sus comentarios al himno de Pentecostés del Damasceno (ed. de A. Mai, Spicilegium Romanun, Roma 1841). El aparato de fuentes y de pasajes paralelos, bien jerarquizado, recoge sobre todo información lexicográfica, paráfrasis y exégesis sobre cánones anteriores y posteriores a Gregorio Pardos, sin dejar de prestar atención a las Escrituras y a la literatura patrística y teológica griegas. No podemos pasar por alto el hecho de acompañar un texto como este -no precisamente sencillo por los niveles de lengua que se entrecruzan -de la traducción. Personalmente considero que la labor filológica de la edición se culmina con el compromiso que significa el trasladar a una lengua moderna la forma y el contenido del texto original. Montana ha conseguido una versión italiana redonda para un texto de estas características. No persigue una elegancia poética propia y autónoma respecto del original griego, en lo que atañe al texto litúrgico del himno, o una simplificación de los conceptos gramaticales y teológicos del comentario. El autor ha optado, con acierto, por una traducción que transmite la esencia del estilo, la sobriedad precisa de las observaciones gramaticales, el color de las digresiones argumentales y que resuelve satisfactoriamente las dificultades del tono repetitivo, conceptualmente elemental y sintácticamente retorcido de las paráfrasis del canon. Del presente libro merece destacarse que sea un compendio y puesta al día de lexemática latina; con ello me refiero a que contamos con un manual que se fundamenta en una base teó-rica y metodológica impecable presentada en los dos primeros capítulos, el primero dedicado a la explicación teórica, y el segundo dedicado al esbozo de la estructura del campo semántico de `encontrar' en latín, desbrozado más adelante. Es evidente que el hecho de trabajar con un campo de los llamados abstractos dificulta notablemente su delimitación y la tipificación de los rasgos pertinentes que ayudan a definirlo; en este sentido, el autor ha conseguido aislar los rasgos que caracterizan dicho campo: /percepción/, /consecución o adquisición/ y /acción no productiva/; el desarrollo de las implicaciones del rasgo /percepción/ son, sencillamente, inmejorables. Estos tres rasgos le permiten al autor localizar los verbos del encuentro en latín (inuenio, reperio, nasciscor, offendo) y, por otro lado, situar este microsistema dentro de una relación más amplia y genérica con otros campos semánticos adyacentes (la percepción, la aprehensión, la sustracción, el conocimiento, la posesión, la pérdida, la carencia, etc.); resulta muy útil, además de gráfico, el cuadro de relaciones entre campos descrito en las páginas 103-4. Previamente el autor ha realizado un finísimo análisis, si bien discutible en algunas cuestiones de detalle, de los tipos de encuentro que cree ver en la lengua, para indicarnos que va a analizar sólo el encuentro estricto, cuyos rasgos he señalado antes. A continuación se analiza minuciosamente la estructura interna del campo semántico cuya ordenación ocupará el resto del libro; los rasgos pertinentes hallados, en los que se basan las oposiciones funcionales del campo, son los siguientes: con esfuerzo, de forma imprevista, casualmente, enfrentamiento. Con respecto al análisis de cada uno de los lexemas verbales y sus relaciones hay que destacar el acierto y la exhaustividad con que se manejan todas las posibilidades sintagmáticas y de combinación contextual, separando rigurosamente procesos léxicos adyacentes de procesos léxicos relacionados, sin confundir, en ningún caso, realidad con significado. Dentro de tanto acierto, hay, a mi entender, algunos puntos mejorables, en concreto, uno de forma y otro de contenido. En primer lugar, el trabajo adolece, en mi opinión, de una cercanía excesiva al esquema de creación originario, es decir, a la forma de tesis, que se plasma en conclusiones repetitivas, en una exhaustiva enumeración de los datos de cada lexema verbal, en una casuística de la que podría prescindir en un manual, en un complejo empleo de las unidades de contenido o semantemas, distinguidas con un dígito, pero no explicadas con antelación de manera que resulta difícil saber qué entiende el autor por inuenio 1 e inuenio 2 (este hecho es mucho más frecuente al principio de la obra, al tratar inuenio, reperio, consequor, y mucho menos al final, al tratar offendo), y, por último, en la ausencia de la traducción de las unidades analizadas, lo que lleva a la inevitable traducción en español por parte del lector, con el riesgo de cometer algún error: nos planteamos si equivale inuenio a `encontrar' en tanto que término neutro, si reperio puede ser `lograr' en tanto que indica esfuerzo, si nanciscor es nuestro `dar con', es decir, el encuentro casual e idóneo, y si offendo responde a `toparse con', es decir, el encuentro inesperado, pero que contraría, mejor que `tropezar con'. En segundo lugar, no he podido dejar de apreciar, dentro del sólido contenido teórico que domina toda la obra, cierta indiferencia con respecto al aporte metodológico de Pottier, ajeno por completo a las repercusiones de su análisis sobre el «asiento» en francés. Y traigo este comentario a colación porque el empleo de las oposiciones privativas que definen la estructura interna del campo me resulta confuso y poco rentable en el esquema al que parece responder este campo; en concreto, el uso que se da al término negativo de la oposición se me hace difícil de entender, y creo que el Reseña de libros 13 EMERITA. Revista de Lingüística y Filología Clásica (EM) -LXV 1, 1997, pp. 123-180 análisis componencial de Pottier podría haber dado mejor cuenta de los rasgos funcionales de este campo, sin menoscabo de que en el análisis concreto de cada lexema verbal se hubiera formulado algún tipo de oposición, probablemente privativa, tomando como punto de partida cada rasgo pertinente. Para aclarar mi punto de vista voy a poner un ejemplo: al analizar el rasgo /con esfuerzo/ (pág 107-8) el autor formula esta oposición: No quisiera acabar sin expresar la impresión que me ha causado este manual en el tratamiento de los textos; cada punto está muy bien documentado y ejemplificado, de manera que son los textos, como reconoce el autor, los que orientan realmente para averiguar el significado de cada lexema; sin embargo, creo que este tipo de estudios son los más adecuados para la interpretación de los textos y, en el caso concreto de nanciscor (pág. 396), me pregunto si el contexto social de los ejemplos de uso absoluto, en el que este verbo describe un `encuentro' o `posesión' fruto de un acto de violación, con la presencia explícita de la intención, matizaría los rasgos /sin esfuerzo/, /por casualidad/ e /idoneidad/ de nanciscor en estos contextos. Reitero, por último, la solidez y el rigor de los que hace gala este libro y felicito al autor por la brillante articulación de un campo semántico a medio camino entre la percepción y la posesión. Cuando hace dos décadas P. Flobert publicaba Les verbes déponents latins des origines à Charlemagne (París 1975), se señalaba ya la necesidad de un estudio global sobre la voz en latín en el que se intentaran establecer los rasgos que caracterizan y oponen a la activa frente a la pasiva y a los deponentes. Pues bien, éste es el objetivo último de la obra de M.D. Joffre: a partir de la distinción entre «diátesis» (entendida ésta como la relación semántica que se establece entre un verbo y EMERITA. Revista de Lingüística y Filología Clásica (EM) -LXV 1, 1997, pp. 123-180 su sujeto, o, en su caso, entre un sustantivo y un participio) y «voz» (el sistema de marcas morfológicas que constituyen el significante de la diátesis), la autora se centra sobre todo en el análisis de la voz, en un intento por establecer el significado básico de las diversas marcas (desinencias personales o sufijos, formas sintéticas o perifrásticas) que concurren en la expresión de una diátesis. Este enfoque eminentemente estructural (en el que el principio del isomorfismo -a una marca, un único significado -y la necesidad de establecer oposiciones privativas constituyen dos de sus pilares básicos) condiciona en gran medida la estructuración, el desarrollo y las conclusiones de una monografía en la que M.D. Joffre, además de completar el estudio de Flobert, se muestra sobre todo deudora de las ideas de G. Serbat sobre aspectos tan relacionados con la voz como son, por ejemplo, su concepción unitaria del nominativo o sus reflexiones sobre la transitividad y el acusativo en latín. Además de resumir los trabajos más recientes sobre esta categoría verbal, la parte introductoria de la monografía (pp. está dedicada a señalar los objetivos y, sobre todo, a establecer los principios metodológicos que acabo de mencionar; a su vez, las conclusiones (pp. 407-410) se basan en el análisis de un corpus básico (Pl. 13) que se reduce o amplía (hasta llegar incluso a un autor del s. VI como Cesáreo de Arlés) según el tema que se aborde. El estudio propiamente dicho está dividido en tres partes cuya extensión y tratamiento están condicionados por los planteamientos previos de la autora. Así, puesto que se va a establecer que la voz diatéticamente marcada es la pasiva, el análisis de las desinencias personales activas y del participio de presente (pp. 35-77) se limita a su relación con la pasiva, las construcciones pronominales o los verbos deponentes. El planteamiento de Joffre es, en este sentido, notablemente original: lo habitual es analizar la pasiva como una variación o transformación (reducción de valencias, intransitivación) de la activa; sin embargo, desde el punto de vista de la diátesis, la voz marcada -se nos dice -es la pasiva: las formas morfológicamente «activas», al expresar procesos muy variados, que van desde la actividad del sujeto a la total pasividad, están desprovistas de todo significado diatético. De ahí que la parte central del estudio (pp. 79-284) esté dedicada al análisis de las formas sintéticas diatéticamente marcadas: la pasiva personal en -tur, el infinitivo (limitado al presente pasivo), la pasiva impersonal, los verbos deponentes y los giros pronominales; en la clasificación de los datos Joffre recurre a la terminología de Flobert distinguiendo, por un lado, entre pasiva extrínseca (la que es transformable en activa transitiva) e intrínseca, y, por otro, entre pasiva ternaria (con expresión del complemento agente), binaria y unitaria (los tradicionales empleos impersonales). Para Joffre la pasiva expresa la diátesis «interna», un concepto excesivamente abstracto y en ocasiones poco operativo: dicha diátesis señala «la superposición de dos conceptos, los expresados por el verbo y su sujeto, su implicación mutua, su adecuación» (p. 83); se trataría de la misma relación semántica -sólo que, en el caso de la pasiva, marcada morfológicamente por la desinencia verbal -que se establece en activa entre el verbo y su objeto en acusativo. Otra idea básica que subyace en todo el estudio es que la pasiva no se puede considerar el reverso de la activa, ni siquiera de la activa transitiva, ya que es indudable su autonomía y originalidad (no todos los giros pasivos son trasladables a activa). Una buena prueba sería la escasa frecuencia de la pasiva ternaria, por lo que hubiera sido interesante estudiar en qué EMERITA. Revista de Lingüística y Filología Clásica (EM) -LXV 1, 1997, pp. 123-180 contextos y por qué razones en latín se expresa el complemento agente. En el caso de los verbos deponentes, la autora se limita a constatar en el corpus analizado las ideas de Flobert, y sostiene, por tanto, que también los verbos deponentes expresan la diátesis «interna»; esta equiparación entre verbos pasivos y deponentes es cuando menos cuestionable, pero sólo así se podría defender que las desinencias «pasivas» son diatéticamente marcadas. Problemática resulta también la explicación de la pasiva impersonal: si la diátesis se define como la relación semántica entre sujeto y verbo, las formas impersonales serían ajenas a la diátesis por más que, desde un punto de vista morfológico, presenten las desinencias de la voz «marcada». En fin, el carácter cambiante y vivo de las marcas de la diátesis se observaría en los giros pronominales, que tendrán un gran desarrollo en las lenguas romances y que en latín clásico, sin configurar un paradigma gramaticalizado, constituirían una posibilidad más de expresar la diátesis interna. También son diatéticamente marcadas las formas en -to-(participio de perfecto) y -ndo-(adjetivo verbal de obligación o «gerundivo») a las que se dedica la última parte de la monografía (pp. 285-403). Además de señalar los contextos sintácticos en que aparecen (distinguiendo, sobre todo, empleos adjetivos o sustantivos, y confirmando, en el caso del adjetivo verbal en -ndus, las ideas de E. Risch sobre el gerundivo y el gerundio), Joffre destaca que en estas formas sufijadas la expresión de la diátesis sólo es posible cuando entran en relación con un sustantivo (es decir, cuando funcionan propiamente como adjetivos) y es indisociable, además, del valor aspectual de dichos sufijos. Éstas son, a grandes líneas, las ideas fundamentales de la monografía de M.D. Joffre que, no sólo llena una laguna en los estudios sobre morfosintaxis verbal del latín, sino, sobre todo, ofrece no pocas consideraciones novedosas sobre un tema -el de la voz y la diátesis -considerablemente complejo. Se podrán cuestionar, en mayor o menor medida, algunas de las ideas de este estudio por los presupuestos teóricos en los que Joffre se basa y, sobre todo, por unos principios metodológicos en los que prima más el análisis de la forma (voz) que de la categoría verbal (diátesis); pero, sea como fuere, esta obra constituirá, a buen seguro, un punto de referencia obligado para estudios posteriores: los problemas fundamentales que plantean la voz y la diátesis en latín están bien delimitados y siempre quedarán los datos para apoyar otras lecturas, otros análisis. El compendio de medicina de Marcelo de Burdeos, que vivió y escribió a finales del s. IV y en el s. V contiene, como es sabido, a modo de glosas o citas insinuadas en el texto latino, una serie de términos o frases galas. Las palabras son, en su mayoría, nombres galos de ciertas plantas medicinales, a la par que los textos, que están en relación con la medicina popular, EMERITA. Estos remedia fortuita atque simplicia, que no tienen una aprobación médica ni garantizan científicamente la curación, tiene una relación clara con las citas en lengua popular, que se presentan en esta obra no solamente en lengua gala, sino tambien, sobre todo, en lengua latina. Meid centra su interés en examinar las contribuciones que el escrito de Marcelo proporciona para el conocimiento del galo y de todos los demás estados idiomáticos no latinos. Con ello pretende abrir el camino que lleve a desentrañar lo que se supone que es lengua gala, que se esconde bajo este aparente texto latino, donde también se registran grecismos así como una tendencia generalizada, en las fórmulas mágicas, a elaborar giros mediante una manipulación de la lengua, manejando deformaciones lingüísticas y hasta galimatías que dan lugar a textos ininteligibles y corrompidos, cuyo saneamiento resulta muy difícil para el editor crítico del texto. Una combinación entre la interpretación del contenido y la restitución de formas puede ayudar, aunque de momento de forma parcial, al establecimiento de una lengua gala «ideal». El contexto, o el correspondiente latino colocado al lado, permiten la identificación de algunos lexemas y se pueden encontrar formas coloquiales latinas o griegas, quizás marcas comunes de fórmulas mágicas, que contribuyen a la interpretación de la lengua gala, auxiliadas a su vez por la aplicación de la gramática. Estudios como el presente, además de posibilitar la reconstrucción de una lengua como el galo, son muy de agradecer, desde el punto de vista del filólogo clásico, por la ayuda que prestan para la correcta edición de textos latinos de esta naturaleza. BAEZA ANGULO, E. F.-La lengua y el estilo de las Epistulae ex Ponto de Ovidio. El libro, en cuyo origen está la Tesis Doctoral del autor, es el resultado de un análisis exhaustivo y en profundidad de las Epistulae ex Ponto desde la óptica de la sintaxis, el léxico y el estilo. Como el propio autor recuerda, la vertiente estilístico-gramatical ha sido descuidada después de las disertaciones de filólogos como Jacobi, Hau, Brück, Linse, etc., pertenecientes a finales del siglo XIX y comienzos del nuestro. La atención que él prestará a esta obra evoca, por tanto, las «disertaciones», algunas tan valiosas, de esas épocas y a ellas intenta asemejarse. Pretende, pues -«para colocar en su debido lugar esas vituperadas», dice, «elegías del poeta de Sulmona» -hacer un estudio descriptivo de la sintaxis, el léxico y el estilo, del modo que lo hicieron Riemann con Livio, Lebreton con Cicerón, o Billerbeck con las tragedias de Séneca. Insiste en el carácter descriptivo del trabajo en el que se ha pretendido la exhausividad, pero no tomar partido por una u otra teoría. Revista de Lingüística y Filología Clásica (EM) -LXV 1, 1997, pp. 123-180 El estudio realizado le lleva a la conclusión de que el uso de la lengua por parte de Ovidio es siempre acertado, que su lengua es de una inmensa riqueza, y que la elección de una construcción u otra, un termino u otro siempre están justificadas. El trabajo, que pretende servir al estudioso de Ovidio en sus investigaciones, comienza con el apartado dedicado a Sintaxis, el más amplio con mucho (pp. 27-161), que comprende, en este orden: el sustantivo, adjetivo y adverbio, pronombre, preposiciones, verbo, proposiciones de relativo, proposiciones sustantivas, conjunciones subordinantes, negación, conjunciones coordinantes y proposiciones causales. La segunda parte se centra en el análisis del léxico propiamente ovidiano, y ocupa las páginas 63-188; consta de cuatro apartados dedicados respectivamente a derivación y composición, cambios semánticos, términos no poéticos y términos técnicos. Más breve la tercera y última parte (pp. 189-212), dedicada al estilo, está dividida en tres, bajo los siguientes epígrafes: construcción de la palabra, sonidos y ornato. Los diferentes apartados están subdivididos en otros, soliendo ir cada una de las «entradas» precedida de una generalmente breve introducción, que se acompaña de ejemplos de otros autores y remisión a los correspondientes lugares de las obras fundamentales sobre las diversas cuestiones; así en el apartado dedicado a sintaxis son Riemann, Stolz-Schmalz, Löfstedt, Bassols, Hofmann-Szantyr, los más citados; en el léxico lo son Linse, Booth, Perrot, Bader, Ernout, Axelson; en el estilo, Lausberg o Marouzeau, etc. Estas introducciones varían en extensión, yendo de la máxima brevedad a casos en que se recogen las diferentes posturas respecto, por ejemplo, a una cuestión sintáctica, etc. Los ejemplos ovidianos que se incluyen tras los diversos apartados constituyen el verdadero cuerpo de la obra. La Bibliografía, organizada alfabéticamente, ocupa las páginas 215-222. El index locorum, además de incluir todos los pasajes mencionados de las Epistulae ex Ponto (215-247), lo hace del resto de los ovidianos aportados como ejemplo en distintos lugares (247-255), o de otros autores igualmente aducidos en las introducciones (255-269). El trabajo, con el carácter descriptivo pretendido por el autor, resulta una obra de consulta muy útil para el estudioso de Ovidio; también para estudios de sintaxis, léxico o estilo. FRANCISCA MOYA ADRADOS, F. R., BERNABÉ, A., MENDOZA, J. -Manual de Lingüística Indoeuropea I. Prólogo, Introducción, Fonética. XIII + 402 pp. La lingüística Indoeuropea no es una materia fácil. De ello pueden dar fe las numerosas promociones de alumnos de Filología Clásica que han tenido que cursar antes o después la asignatura. Los diversos manuales que existían se habían quedado anticuados en muchos casos (pienso en el de Meillet, por ejemplo), o partían de una visión del indoeuropeo demasiado tradicional (cf. el de Szemerényi) o eran, quizá, demasiado densos para los alumnos. Revista de Lingüística y Filología Clásica (EM) -LXV 1, 1997, pp. 123-180 verdad que en los útimos diez años han visto la luz en diversos países algunos libros valiosos y útiles sobre el indoeuropeo en general y las lenguas indoeuropeas, desde diferentes perspectivas y con objetivos también distintos. Estoy pensando en Los Indoeuropeos y los Orígenes de Europa de F. Villar (Madrid, 2a ed., 1996), o en el que han editado P. Ramat y A. Giacalone Ramat (Las Lenguas Indoeuropeas, trad. esp., 1995) o F. Bader ( Langues Indo-Européenes, París, 1994). Pero no son manuales propiamente dichos. Así, pues, el presente volumen viene a llenar el vacío que existía en esta materia, especialmente en español. Sus autores, con experiencia probada en esta área de conocimiento, pretenden, por un lado, presentar el estado actual de la reconstrucción del indoeuropeo según las diversas teorías aceptadas comúnmente y, por otro lado, exponer sus propias ideas. A. Bernabé, autor de este primer volumen dedicado a la fonética, cumple sobradamente estos objetivos. La obra se divide en dos partes, una primera ocupada por la introducción (pp. 73-145), y una segunda dedicada a la fonética propiamente dicha (pp.149-402) que constituye el grueso del volumen. En el primer capítulo de la introducción se nos habla brevemente de cuestiones generales como el concepto de indoeuropeo y la historia de su descubrimiento hasta los neogramáticos (pp. 73-79). A continuación se nos habla de los métodos de la reconstrucción, principalmente, el método histórico-comparado y otros métodos complementarios (pp. 80-99), para pasar seguidamente a hacer un repaso de todos los dialectos indoeuropeos (pp. 100-131). La introducción se cierra con un capítulo dedicado a la lexicografía indoeuropea (pp. 134-145), donde se exponen algunas cuestiones metodológicas sobre el estudio del léxico indoeuropeo y se dan propuestas de cómo debería abordarse la confección de un futuro léxico indoeuropeo, en opinión de los autores. La segunda parte del volumen está íntegramente dedicada a la fonética, como hemos dicho. En primer lugar se dedican unas páginas a los fundamentos, ley fonética y analogía, al cambio fonético y su complejidad y a otras cuestiones de tipo teórico (pp. 149-160). Seguidamente se va a ir viendo en cada capítulo los diferentes subsistemas fonéticos: oclusivas, silbantes, vocales, sonantes, laringales, para terminar con un capítulo dedicado al acento. En cada capítulo, se expone en primer lugar la historia de las cuestiones planteadas y las diversas opiniones de los lingüistas sobre problemas particulares. Se dan los cuadros de correspondencias y se explican los diferentes tratamientos en las lenguas. Estas dos partes van precedidas por una extensa bibliografía general (pp. 9-70) a la que luego nos referiremos. Hay que decir, ante todo, que el manual es un modelo de claridad y el autor se ha esforzado en que resulte didáctico. La exposición de los problemas que existen, seguida de las alternativas de explicación por parte de los lingüistas es muy acertada. Bien es verdad que el autor, llevado en ocasiones por sus propias ideas sobre las diferentes cuestiones no es del todo objetivo en el tratamiento de algunos problemas. Así, por ejemplo, es demasiado crítico, a nuestro juicio, con la teoría glotálica, cuando dicha teoría ha sido postulada para intentar solucionar una serie de interrogantes que el sistema de las oclusivas indoeuropeas tiene planteados, y que hasta el momento sólo los partidarios de dicha teoría han intentado solucionar. Igualmente, es demasiado cauto el autor al presentarnos al más puro estilo tradicional las tres series de correspondencias de las guturales, a saber, velares, palatales y labiovelares, cuando él mismo reconoce que sólo deben remontarse a la lengua común dos órdenes: velar y labio-EMERITA. La explicación queda pospuesta para más adelante y quizá hubiera sido deseable ponerla a continuación de las guturales, porque puede dar la impresión de que ese es el sistema que está unánimemente aceptado. En cualquier caso, son detalles que no afectan al conjunto del manual que, como venimos señalando, es muy riguroso en el tratamiento de los temas. Finalmente, querría señalar algunos pequeños detalles que deberían ser tenidos en cuenta en futuras reediciones. En primer lugar, habría que incluir el lepóntico entre las lenguas célticas, tal y como se sostiene desde que Lejeune admitió su pertenencia a este grupo lingüístico e incluso su antigüedad con respecto al galo (v. En el manual, el lepóntico se recoge entre las lenguas peor atestiguadas, sin adscripción a grupo lingüístico alguno, aunque el autor «considera altamente verosímil considerar el lepóntico una mera variante de celta» (p. Igualmente habría que corregir algunas formas de albanés. Así, por ejemplo, en la p. 170 donde dice *dekm > djetë debe decir dhjetë, y lo mismo en *do-> dashë, donde debe decir dhashë. En lo que respecta a la bibliografía, hay que señalar que existen, a mi juicio, algunas incoherencias, que convendría tener en cuenta. Si dicha bibliografía intenta recoger las referencias citadas a lo largo de los diferentes volúmenes del manual, quizá sobren algunos títulos. Si, por el contrario, se pretende incluir en ella las obras de consulta obligada para el estudio de los diferentes temas, hay algunas ausencias, debidas probablemente a los problemas de edición que motivaron el retraso de la aparición del libro y que serán subsanadas con toda seguridad en el volumen II. Aun así, echamos en falta trabajos importantes que hacen referencia a lenguas particulares. Así, en celta, se echan de menos trabajos de K. H. Schmidt, de P. de Bernardo Stempel, de K. McCone, etc, anteriores a 1991. También es llamativo que se cite un artículo muy antiguo de J. de Hoz sobre hidronimia antigua europea, pero que no se citen otros trabajos posteriores de más envergadura como «La epigrafía celtibérica», Reunión sobre epigrafía hispánica de época romano-republicana, Zaragoza, 1986, etc. En cualquier caso, es lógico pensar que en los restantes volúmenes estas deficiencias se subsanarán. Pese a todo, este primer volumen del Manual de Lingüística Indoeuropea satisface de manera sobrada todas las expectativas de precisión, claridad expositiva y rigor científico que una obra de estas características exige. En resumen, pues, se puede decir que estamos ante una obra de consulta obligada para todo aquel que quiera conocer no sólo los fundamentos de la fonética indoeuropea, sino también todos los problemas que la reconstrucción de una protolengua lleva aparejados. 1 F. R. Adrados, A. Bernabé y J. Mendoza, Manual de Lingüística Indoeuropea, I, Madrid, 1994, p. Revista de Lingüística y Filología Clásica (EM) -LXV 1, 1997, pp. 123-180 No es este libro, ni lo pretende, un nuevo Manual de Lingüística Indoeuropea, sino una exposición de algunas «key questions» tanto relativas a la lengua del pueblo indoeuropeo como a su cultura. Cierto que faltan otras «key questions» que para mí, al menos, son tanto o más importantes. La mayoría de las exposiciones, contenidas en el vol. I, consiste en nuevos tratamientos de ideas expuestas ya repetidas veces por los autores: sobre todo, su teoría glotal y la del origen de los Indoeuropeos a partir del Asia anterior, de la zona montañosa donde nacen el Eufrates y el Tigris. Ciertamente, estas exposiciones se perfeccionan y se completan con otros temas. Pero el libro exige un lector bien avezado, que pueda luego tomar partido entre otras concepciones del indoeuropeo y la que aquí se presenta: muchas veces, en la forma más bien dogmática que está poniéndose de moda. He de confesar, honradamente, que esas dos teorías centrales (interconectadas la una y la otra) encuentran en mi grave escepticismo. Sobre las glotales, cf. Bernabé en nuestro Manual 1; sobre el origen del pueblo indoeuropeo, varias publicaciones mías 2. No menos escéptico soy sobre el papel de la tipología en la reconstrucción, base (junto con paralelos caucásicos) de la teoría glotal 3. No ha de entenderse con ello que yo niegue la existencia en el libro de cosas interesantes. Para mí, sobre todo en la parte II, «Semantic Dictionary of Proto-Indo-European and Reconstruction of Indo-European Culture». También en otros puntos de Fonética, Morfología y diferenciación dialectal, aunque con frecuencia se trata de cosas ya conocidas, sólo que expuestas con otra terminología. El libro se abre con una exposición resumida de las lenguas indoeuropeas y no indoeuropeas de Asia y Europa. Señalo que los autores aparecen no saber nada del celta de España. Pasando al libro propiamente dicho, me excuso de insistir sobre las glotales y temas conexos, ya digo que parecen una reconstrucción innecesaria en la que analogías extraindoeuropeas y supuestas razones tipológicas sustituyen a la reconstrucción estricta. No tengo, en cambio, grandes cosas que oponer a la exposición sobre las sonantes y laringales (p. 131 ss.), aunque me resultan incompletas: falta lo relativo a la teoría de los timbres de las vocalizaciones, por no hablar de las laringales con apéndice, ni siquiera mencionadas; y que o funcione como un grado 0 me parece una asunción sin fundamento. También es aceptable la exposición sobre las raíces (p. En cuanto a la morfología, creo aceptable, igualmente, la afirmación de que el IE era un tipo activo, pero no ergativo; sólo que la clasificación de los nombres en «activos» e «inactivos» no añade nada a la antigua de animados e inanimados. Sobre la teoría del origen de la Reseña de libros 21 EMERITA. Revista de Lingüística y Filología Clásica (EM) -LXV 1, 1997, pp. 123-180 flexión nominal a partir del activo -os y el inactivo -om, su equivalencia a las desinencias de Gen. sg. y pl., el origen del plural de estos casos y de los demás casos de plural, me encuentro, también, sustancialmente de acuerdo. En cuanto a la exposición sobre el verbo (p. 254 ss.), encuentro en ella cosas útiles, al relacionar las flexiones en *-mi y *-Ho (en v. med. y perf.) con la oposición activo / inactivo, así como en otros puntos más. Pero es terriblemente incompleto el no hablar del problema de la creación secundaria de los temas. Útil es también lo relativo al orden SOV en IE (también en compuestos nominales), pero no creo, en general, en las desinencias verbales como formas aglutinadas. No puedo repetir aquí mis múltiples publicaciones sobre esto (que los autores no conocen). La misma situación ambigua se produce en el capítulo sexto (p. 325 ss.) relativo a la diferenciación areal. Coincidimos, desde luego, en que la del anatolio es la más reciente, así como en alguno de los argumentos, pero a Gamkrelidze-Ivanov les falta el esencial: su monotematismo (y la pérdida posterior de laringales). Por eso mismo, aunque creo que aciertan en que el grupo de lenguas que a continuación se diferenció fue el del Griego -Indo-iranio -Armenio, dejan de reconocer los rasgos que unen a todo el IE postanatolio. ¿Por qué no leen las cosas que se publican en otros lugares? Como decía al comienzo, la parte que realmente comporta mayor novedad y número de datos y que ofrece una visión de conjunto más importante, es la segunda, el Diccionario Semántico de que hablé. Naturalmente, no todo puede admitirse sin más, pero hay que reconocer que la cantidad de datos que aporta sobre el mundo animal, vegetal y cultural de los indoeuropeos es impresionante. Lo que falla es la organización de conjunto, porque todo esto forma un conjunto independiente de lo que pueda pensarse de las partes lingüísticas, a veces muy endebles, del libro. Sin embargo, sobre el capítulo relativo a las migraciones de los indoeuropeos (el 12, p. 791 ss.) tengo gravísimas discrepancias. Sobre su origen en la región del alto Eufrates (cultura de Halaf), pasando luego los griegos desde Asia Menor a Grecia (¡menos los dorios!) y estableciendo los más de los otros pueblos una «segunda base» en la región del Volga, para de allí penetrar en Europa, tengo el mayor escepticismo. Casi todo se apoya en parecidos o supuestos parecidos léxicos entre el indoeuropeo y lenguas asiáticas. ¡Hasta puntos de comunidad lexical del Griego y lenguas de Asia Menor se explicarían así y los micénicos de Mileto habrían sido el punto de partida de los de Micenas y no al revés! No creo en nada de esto. Los fundamentos que se dan en p. 757 ss. son por demás insuficientes y los orígenes de la cultura de la «antigua Europa» en los Balcanes son despachados de cualquier modo. Creo correcta una cronología que coloca la separación del Anatolio y del grupo del Griego a comienzos del III milenio y, también, lo relativo a la edad posterior. En cuanto a las relaciones entre las distintas lenguas indoeuropeas, se dicen cosas acertadas, con apoyo ya en la morfología (cf. p. Pero falta una visión general, ya lo dije. La reconstrucción morfológica de las distintas etapas y dialectos no es el fuerte del libro, sólo procede de modo fragmentario y parcial. En fin, es un libro para conocedores, que puedan mantenerse con su sentido crítico abierto y bien aprender, bien rechazar. Para estudiantes no es recomendable: es incompleto y dogmático, centrado más en el léxico que en la gramática, incapaz de dar visiones de conjunto cuan-EMERITA. Tiene cosas importantes, pero ha de ser manejado con muchísima crítica. El volumen II tiene una importante bibliografía (las cosas españolas, por supuesto, apenas son citadas), otro de raíces, temas y afijos protoindoeuropeos, otro de semantemas protoindoeuropeos, otro de palabras de las diferentes lenguas indoeuropeas y otro, todavía, de palabras de lenguas no indoeuropeas. Todo ello demuestra una erudición apabullante en el dominio lexical (tratado, por lo demás, a veces, con excesiva confianza), lo que no quita para las enormes lagunas que encontramos sobre todo en el terreno gramatical. Como manifiesta su autor, retórica, «en el sentido más genuino del término», es aquella doctrina que nos enseñaron todos los autores que están recogidos en este estudio, en el que, junto a los grandes maestros: Aristóteles, Cicerón y Quintiliano, están presentes los rétores menores, porque «vale buscar el prístino concepto de la retórica», ya que, gracias a ellos, a través de las distintas etapas de la historia, ha llegado hasta nuestros días. El punto clave de la obra lo plantea el autor en su introducción al señalar que «revisará los conceptos sobresalientes en torno de los límites de la retórica marcados, por los que menciona Cicerón en el De inuentione e intentará mostrar que los antiguos consideraban el campo de esta arte más amplio, a la vez que dejará claro cuál es su objetivo». A la vista de este presupuesto la lectura se hace más interesante y sobre todo sitúa al lector ante la tesitura de ser él mismo, descubridor de los límites, del campo de esta arte y de su objetivo, ya que en la sucesiva información que de los veintiún autores ofrece (desde los predecesores, entre ellos: Platón, Aristóteles, con un núcleo central: Cornificio y Cicerón, hasta los sucesores: Quintiliano, Isidoro y otros), aporta en cada uno de ellos, además de la definición: arte de la vida, fabricante de persuasión, elocuencia artificiosa, fuerza del persuadir, ciencia de decir bien las cuestiones civiles; su oficio: decir el bien; el fin: persuadir, decir cosas semejantes a la verdad; la materia: exordium, narratio, epilogus que versa sobre las causas civiles e incluso tiene deecho a discutir sobre cuestiones morales y filosóficas; los argumentos: la invención, disposición, elocución, pronunciación; el carácter del orador y su tarea: hombre bueno, perito del decir, preocupado por el arte de vivir y bello escribir; el oyente: su disposición ante los discursos y la relación con otras ciencias: la dialéctica, la ética, incluso Quintiliano e Isidoro plantean la relación con la gramática. Es importante las referencias que se hacen al uso de «la palabra» como actividad de la mente o razonamiento y por ella la verdad. Efectivamente, «la retórica antigua, ciencia o arte, es un conglomerado de normas artificiales», y es éste el presupuesto que utiliza el autor para plantear, exclusivamente, el límite de la retórica a partir de la definición de la misma, apoyándose en Gorgias (cuya obra ha desaparecido) y en Aristóteles, cuya doctrina a través de Cicerón y después de él se EMERITA. A su vez, presenta un límite, a nuestro juicio demasiado restrictivo, que lo salva haciendo alusión a que éste puede ser analizado desde un sentido más estricto o amplio; estricto porque nos limitamos a preceptos que nos ayuden a persuadir en cuestiones civiles y amplio porque se refiere a la inalcanzable ciencia de los buenos para persuadir hablando bien. En conclusión, el contenido del libro es interesante. Su lectura ágil permite adentrarse en su tema, no sin dificultad, ante autores como Aristóteles, Cicerón o Quintiliano, al tratar el contenido de su materia, argumentos, etc. sencillamente extraidos de su definición: «la retórica es un arte, que disfruta de la eloquentia. y tiene fuerza para persuadir». El trabajo que queda, al lector y estudioso de esta materia, es obtener él mismo los límites marcados por la definición de cada uno de los representantes y la interrelación de los preceptos que intervienen en la preparación y desarrollo de un discurso que refleje «el decir bien para persuadir» de un perito, hombre bueno y sabio. Ma JOSÉ LÓPEZ DE AYALA Y GENOVÉS MORETTI, G. -Gli Antipodi. Asistimos con la lectura de este libro al nacimiento, desarrollo y ocaso de uno de los motivos que tuvieron un considerable peso específico en la evolución del imaginario humano desde la Antigüedad hasta los tiempos modernos. Un mito de origen científico, el de los Antípodas, que pronto se convirtió en un topos de la literatura antigua, medieval e incluso de época renacentista, bien es verdad que siempre mediatizada su utilización por aspectos tales como la doctrina cristiana o los sucesivos descubrimientos geográficos que fueron, por cierto, los que pusieron término a la creencia en esa tierra antipódica, siempre inaccesible y según determinadas concepciones caracterizada por ser un mundo al revés que el que se desarrollaba en torno al Mediterráneo, concepciones éstas elaboradas desde un punto de vista claramente etnocéntrico. No es éste el único análisis que Gabriella Moretti ha llevado a cabo sobre la «historia» de la teoría científica, leyenda geográfica, motivo literario que son los Antípodas; sus publicaciones sobre el tema en obras colectivas como Idea e realtà del viaggio: il viaggio nel mondo atico, Génova, 1991, o The Classical Tradition and the Americas, Berlín, 1993, hacen que deba ser considerada una de las responsables del resurgimiento del interés por ese mito científico de la cultura antigua que ocasionó no pocas disputas a lo largo de su existencia, puesto que después de las publicaciones de G. Boffito a principios de siglo no había sido tratado en su conjunto. Y éste es precisamente el gran valor de la obra de Moretti. Sin pretensiones de exhaustividad como la autora reconoce en el capítulo introductorio ya que los datos y perspectivas a analizar son innumerables, encontramos cómo se va dibujando el nacimiento científico de la teoría que defendía una tierra y un pueblo opuestos a los mediterráneos, cómo EMERITA. Revista de Lingüística y Filología Clásica (EM) -LXV 1, 1997, pp. 123-180 dicha teoría, aún manteniendo ese componente científico que aunque muy oculto nunca la abandonará, se convierte en un motivo presente en la literatura y en las discusiones doctrinales provocadas por la reticencia cristiana a la aceptación de un pueblo que por su aislamiento no puede ser evangelizado, y cómo a pesar de la resistencia cristiana la doctrina de los Antípodas perdura en el Medievo y llega a su ocaso como mito geográfico al abrirse paso la realidad tras la Era de los Descubrimientos. Estos son los períodos cronológicos en los que la autora ha fragmentado su análisis. En el primero de ellos, «Gli Antipodi: Dottrina e immaginario nell 'antichità» (pp. 18-77) encontramos planteada la génesis del mito de los Antípodas, teoría y mito ajeno a viajes y exploraciones puesto que es el resultado de una especulación geográfica sobre la forma del mundo. De ahí nos conduce G. Moretti por la literatura de la Antigüedad, donde nos encontramos ante el estudio de la diversa opinión que este tema suscitó en autores que, como Lucrecio o Macrobio, abordan directamente el motivo de los Antípodas, y en poetas como Virgilio u Horacio; aborda también -aspecto que resulta especialmente interesante -la influencia que la «alteridad» que reflejan los Antípodas pudo ejercer en otros autores que se ocupaban de la existencia de una tierra más allá de la tierra pero también de una tierra en el más allá. Precisamente este último punto es el que le conduce a ocuparse de la instrumentación de este mito en la Antigüedad, abordando dos perspectivas distintas, una espiritual, la otra política pero claramente imbricadas ambas en la cultura de la Antigüedad: se trata por una parte de la instrumentación que los poderes políticos harán de la teoría de la existencia de los Antípodas y de su inaccesibilidad para alcanzar el Imperio Universal, conquistado ya o aún por conquistar, y por otra parte de cómo la perduración de la idea de esa tierra inaccesible unida a la creencia en la existencia de un mundo de los muertos igualmente inalcanzable harán que se llegue a considerar la zona antipódica como la morada de las almas. Esta última perspectiva, claramente influida por fundamentos religiosos, está también presente en la parte inicial de «Gli Antipodi fra Tardoantico e Medioevo» (p. 79-111) puesto que el principal objetivo de la autora es poner de manifiesto el rechazo que la imposibilidad de que esos Antípodas pudieran relacionarse con gentes de este hemisferio provoca en autores cristianos tardoantiguos, encabezados por Agustín de Hipona y seguidos por otros como Cosmas Indicopleustes, Isidoro de Sevilla o Beda hasta concluir con el rechazo oficial, casi excomunión, de la creencia en una supuesta tierra antipódica; el motivo de ese rechazo está en clave cristiana: el Evangelio es una doctrina universal que debe y puede llegar a todos los pueblos; el mismo aislamiento sin posibilidad de solución de los Antípodas era el motivo del rechazo cristiano. Llegados a este punto hubiera resultado interesante presentar de un modo conjunto la distinta perspectiva utilizada en el s. IV-V por autores paganos y cristianos, puesto que la creencia o no en los Antípodas aparece como uno de los elementos más significativos para comprender el cambiante ambiente cultural del hombre de esos siglos tardoantiguos, un hombre inmerso en una cultura en plena transformación, conservadora pero igualmente innovadora. La perspectiva medieval sobre los Antípodas abordada a continuación es, de todas las que analiza la autora, la más resumida puesto que la múltiple utilización de este motivo en la literatura y en la ciencia de la época obligaría incluso a un tratamiento monográfico del tema, que lógicamente excede las pretensiones de esta obra; no obstante hay que destacar que se EMERITA. Revista de Lingüística y Filología Clásica (EM) -LXV 1, 1997, pp. 123-180 detiene en los aspectos más interesantes de la relación entre Medievo y Antípodas: la utilización poética del mundo antipódico en las hazañas arturianas así como el desarrollo iconográfico de los Antípodas como seres de características tan monstruosas como los panotios y otros pueblos anómalos físicamente hablando. «Gli Antipodi svelati» (pp. 113-136) es el tercer y último capítulo del libro; un capítulo centrado en el análisis de cómo se produce el ocaso del mito antipódico, ocaso provocado especialmente por la accesibilidad de una tierra más allá, por el descubrimiento de América (v. el artículo de G. Moretti en The Classical Tradition and the Americas). El mito se va a disolver pero no a desaparecer puesto que conoce una nueva instrumentación ideológico-cultural: no se puede defender la existencia real de un mundo inaccesible pero sí se puede parodiar la personalidad contemporánea del mundo acudiendo a la presentación de un mundo al revés, concepción que contiene todo el bagaje propio del mundo de los Antípodas. En definitiva, aparece en este libro claramente expuesta la articulación de la historia de este mito, presente en toda la cultura europea, puesto que «ogni età vi darà la sua soluzione, fra scienza e mito, fra teologia e política, fra geografia e leggenda». Cabe ahora interrogarnos, y este libro induce a ello, sobre cuál es el mito que en nuestros días ha tomado el relevo a ese concepción de un mundo más allá pero en éste, inaccesible pero para muchos, real. Con un título tan sugerente y un formato muy atractivo -el libro parece la reproducción de un ejemplar antiguo de reducido número de páginas, en las que se insertan bellísimas ilustraciones -el lector piensa que va a encontrar un libro de divulgación; y lo es, pero en el mejor sentido y acepción del término, pues la autora, especialista en Manilio, experta conocedora de estos temas, comunica con sencillez una doctrina, que sustenta en los textos fundamentales y documenta con una completa y oportuna bibliografía. La celebración del bimilenario de Horacio propició la lectura, desde una óptica particular, de la obra horaciana y, como consecuencia, la publicación de este libro que contó con la colaboración del Ministero della Pubblica Istruzione. La obra, que se estructura sobre el análisis de unos pasajes distribuídos temáticamente, consta de tres partes o capítulos, a saber: «la religione astrale» (pp. 9-26), «Orazio e l 'Ascendente» (pp. 27-44) y «l 'alternarsi delle stagioni legato ai segni» (pp. 45-63); precede una «premessa» de la autora y cierra una amplia y selecta «bibliografia» (pp. 65-72), un «indice dei testi antichi» (pp. 75-78), otro «indice degli autori moderni» (pp. 79-82) más el «indice generale» (pp. 84-85). En la primera parte, tras el análisis de varios lugares horacianos, muestra que el poeta constata la vigencia en el mundo romano, en la época augústea, de unas creencias o, por mejor decir, de «una ciencia», la astrología, como confirmará un poco después Manilio; en cuanto a la postura crítica ante la astrología que se le atribuía a Horacio, la autora puntualiza que ésta se limita a la astrología del horóscopo, que en esta época constituía verdadero furor, aunque de ello no se pueda derivar necesariamente la falta de fiducia de Horacio, y no deja de recordar que sus palabras podían tener algo que ver con la desaprobación «oficial» de Augusto hacia esta realidad, aunque él no estaba ausente de «preocupaciones» de ese tipo; aprovecha para detenerse en el thema de Augusto y ofrecer luz sobre la vexata quaestio del signo zodiacal del príncipe. El que las obras de los poetas augústeos rezumen astronomía/astrología hace impensable, en opinión de Liuzzi, que Horacio estuviese de espaldas a la cultura de su tiempo; horóscopo, adivinación por la posición de las estrellas o el papel del Genius en la vida de los hombres, cuestiones vitales para los romanos, hallan eco en la obra de Horacio. En cuanto a la «religión astral» con sus conceptos básicos (los cielos están llenos de espíritus de los que antes vivieron en la tierra y las estrellas influyen en los asuntos terrestres y cosas humanas) y su relación con la astrología, trata a propósito de El segundo capítulo lo representa el comentario a un famoso lugar horaciano (carm. II 17, 17-25) en que el poeta se refiere a su horóscopo de manera aparentemente ambigua (Seu Libra seu me Scorpios aspicit... seu... La autora partiendo de que el nacimiento de Horacio tuviese lugar el 8 de diciembre del año 65 a.C. y tras considerar necesario saber a qué calendario o planetario se refería Horacio, o si su referencia astrológica es al mes del nacimiento o al astro que aparece en el cielo a la hora del nacimiento (ascendente) o al signo que dominaba en el cielo el día de la concepción, recuerda las confusiones producidas por la reforma del calendario de Julio César; también que había diversos calendarios; y llega a la conclusión de que Horacio conocía un calendario prehelénico en el que la primavera comenzaba con el signo de Tauro, y en tal calendario su ascendente sería Escorpión; si tenía en cuenta el calendario helenístico sobre el que se hizo la reforma de César su ascendente sería Libra; y si el posterior a la reforma, sería Capricornio. Por eso, Horacio, confundido, como estaban, por los diversos calendarios que circulaban, no sabía cuál era en realidad su signo del horóscopo. Ahora bien, sabe mucho de ello y que su constelación, sea cual sea, está en armonía (συναστρία) con la de Mecenas (cf. IV 11,14 ss.). El análisis de diferentes términos y expresiones (aspicit, formidolosus, uiolentior, Iouis impio / tutela Saturno refulgens), pertenecientes al léxico técnico de la astrología, muy bien utilizados por el poeta, lleva a la autora a concluir que los concimientos de Horacio en este campo no son superficiales. I 6, 3-5 en los que la Liuzzi observa que Horacio sabe bien que las estaciones se alternan en períodos determinados y que existe un orden establecido, aunque diga que es necesario conocer las causas (epist. Su conocimiento lo muestra en sat. I 1, 36 en que se refiere al solsticio de invierno (simul inuersum contristat Aquarius annum), pues nombra a Acuario no equivocadamente sino, como hacía también Virgilio, siguiendo un calendario prehelénico, de origen asirio-babilonio o egipcio; así se explica lo dicho en carm. I 3,14, IV 14,[20][21]etc. Datos astronómicos utiliza Horacio para fijar las estaciones del año de las que habla (carm. También conoce la nefasta influencia de Sirio (carm. La autora concluye afirmando que Horacio tiene un perfecto conocimiento de esta ciencia, como corresponde a su época, y que no tiene un intencional rechazo del principio general de la interacción cielo-tierra, frente a lo que se ha dicho, como su estudio ha podido mostrar. La bibliografía ofrece una panorámica del estado actual de la investigación sobre este tema y los índices son muy útiles. El trabajo resulta, pues, muy interesante y aporta luz a algunos pasajes horacianos y a la personalidad del propio Horacio. Las dos monografías que se reseñan en estas líneas tienen quizás tantos puntos en común como diferencias. Son obras ideadas por J. C. Bermejo (catedrático de Historia Antigua de la Universidad de Santiago de Compostela y especialista reconocido a nivel internacional en el estudio de la mitología griega) y en ambos casos el estudio se ancla en la mitología más antigua (los orígenes o la arcaica, la primera escrita). Pero la primera es una obra colectiva en la que se incluyen también trabajos de dos discípulos del profesor Bermejo, ambos especialistas en Homero (Francisco Javier González ha investigado principalmente sobre la Iliada y Susana Reboreda sobre la Odisea) mientras que la segunda es una obra de reflexión personal del autor. La primera, Los orígenes de la mitología griega, es una recopilación puesta al día o retocada de artículos de J. C. Bermejo (capítulos I-VI) a la que se añaden tres largos capítulos (VII-IX) deudores de las investigaciones desarrolladas por S. Reboreda y F. J. González, principalmente en sus tesis doctorales. Por el contrario la segunda, Grecia arcaica: la mitología, es una síntesis que se adapta a las necesidades editoriales de la colección en la que aparece. Hipecu (Historia del pensamiento y de la cultura) es un proyecto internacional dirigido por Félix Duque (catedrático de filosofía de la Universidad Autónoma de Madrid) que en unos setenta pequeños volúmenes ambiciona repasar muy diversos aspectos con un ámbito cronológico y conceptual muy extenso (desde las sociedades no EMERITA. Revista de Lingüística y Filología Clásica (EM) -LXV 1, 1997, pp. 123-180 estatales al mundo actual, aunque con una indudable primacía del pensamiento occidental). Por tanto incluso temas idénticos (como por ejemplo el del héroe griego, presente en ambos libros) se enfocan de modo diverso, siendo su tratamiento en Grecia arcaica: la mitología mucho más teórico y sucinto. Este volumen tiene tres partes diferenciadas; la primera es una reflexión sobre el mito, sus significados y transformaciones (forma los capítulos II, V y VII); la segunda (capítulos II y IV) utiliza el ejemplo de la teogonía griega para avanzar en el estudio del orígen y consolidación del poder (y el sexo) en el imaginario aristocrático griego arcaico (en el que los dioses son modelos de los hombres); por su parte el capítulo VI es una reflexión sobre el papel del héroe. Los orígenes de la mitología griega es muy similar desde el punto de vista de los temas tratados (si exceptuamos la teoría del mito) ya que la mitología del héroe aparece en los capítulos VI, VIII y IX y la del poder y el sexo en los capítulos II, III, IV y VII. Sin poder entrar en detalles (dadas los requisitos editoriales para este tipo de reseñas) es necesario puntualizar que los análisis desarrollados en este libro resultan magistrales en muchas ocasiones (destaca el minucioso estudio de la base sexual del poder de Zeus, asociado con una serie de divinidades femeninas que, como si de una dote se tratara, le aportan cualidades imprescindibles para justificar y mantener su soberanía). De enorme interés resulta también el capítulo de introducción en el que el profesor Bermejo desarrolla un estado de la cuestión (desde una reflexión metodológica) sobre la religión micénica o el capítulo V en el que, empleando un impecable análisis estructuralista (en consonancia con el más puro Lévi-Strauss, el de hace una quincena larga de años, cuando se escribió la primera versión de esta investigación) desgrana las implicaciones del mito del enfrentamiento de musas y piérides. Estas dos obras que comentamos son un nuevo referente en la investigación que desarrolla la que con propiedad (y comodidad) podemos denominar «escuela de Santiago» que aglutinada bajo la dirección de J.C. Bermejo nos ha ofrecido con anterioridad otros trabajos colectivos sobre mitología del mundo antiguo (recordemos Mitología y mitos de la Hispania perromana 2) además de un notable conjunto de monografías y trabajos en revistas especializadas que presentan una coherencia y calidad dignas de admiración. Este último trabajo de Walter Burkert, profesor de Clásicas en la Universidad de Zurich y uno de los mejores especialistas en las religiones del mundo antiguo, representa un paso cualitativo en su investigación. Aunque el mundo clásico (y en particular el griego) sigue formando el armazón referencial de la reflexión y la apertura al Oriente antiguo (mundo hitita, mesopotámico, egipcio o judío) continúa en la línea de sus obras anteriores, este Cre-Reseña de libros 29 EMERITA. Revista de Lingüística y Filología Clásica (EM) -LXV 1, 1997, pp. 123-180 ation of the Sacred, con la inclusión de muchos otros ámbitos tanto geográficos como cronológicos se convierte en una reflexión transcultural en la línea de las síntesis de antropología o de historia de las religiones. No solo abundan las referencias a los «llamados primitivos» o a la religión prehistórica, imprescindibles en un tema como el que trata, sino que también se granan ejemplos tomados del cristianismo, el islam, las religiones orientales, mesoamericanas o incluso las nuevas religiones. Se trata de un trabajo que plantea el presente como punto de anclaje en una medida mucho mayor que en los otros libros del autor, tanto desde el punto de vista de la metodología auxiliar (la etología, la primatología, en general la biología y la ecología aunque también la cibernética, la psicología, la sociología, la geología, la astronomía...) como de las implicaciones intelectuales (y filosóficas) del tema tratado. Ir tras el rastro de lo biológico en las primeras religiones es desbordar evidentemente el límite del pasado para anclarse en el presente, en una reflexión sobre lo natural (religio naturalistheologia naturalis, el añejo debate) y lo cultural, esa mutua imbricación que define a una especie, la nuestra (homo sapiens sapiens), que solo desde el análisis interdisciplinar se llega a atisbar. El profesor Burkert ha satisfecho la ambición de encarar de modo sistemático esta reflexión que ya se encuentra presente en algunas de sus obras anteriores (por ejemplo el magistral Homo necans en el que intentaba comprender las razones del sacrificio griego, también desde la etología o la biología), y las Gifford Lectures de la Universidad de St. Andrews han resultado la oportunidad de alcanzar esa maduración. En los países anglosajones este tipo de marco académico cumple la función de acicate en la trajectoria de investigadores consagrados al obligarles a desarrollar reflexiones de carácter general que se exponen ante un público exigente. El libro que (por criterios editoriales) brevemente reseñamos se encuentra de todos modos bien alejado del lenguaje oral, presenta una notable elaboración tanto en lo que se refiere al aparato de notas como a una bibliografía muy nutrida (la que se recopila en las páginas 237 a 248 es solo una parte de la usada y citada en notas) y a una detallada y sabia selección de ejemplos. La finalidad del estudio es reseñar diversos ámbitos en los que la religión entronca con la biología, manteniendo ritos cuyo referente lo ofrece el comportamiento de animales más o menos cercanos a la especie homo. Nos parezcan pertinentes en mayor o menor grado sus aproximaciones (por ejemplo entre la búsqueda heroica presente en tantas leyendas y mitos y la búsqueda ancestral de alimento, los rituales de sometimiento a los dioses y sus paralelos entre primates o la biología del intercambio y los ritos de ofrenda, por citar solo unas pocas de las que repasa) la reflexión última del autor es fascinante pues atañe al núcleo «duro» de la religión y sus modos de materializarse. Este libro de Walter Burkert resulta de lectura imprescindible para avanzar en la comprensión de los orígenes de la religión y destaca como una aportación brillante a la teoría de la religión (es de lectura especialmente gratificante el primer capítulo de definiciones y planteamientos generales). La reflexión final que corona la conclusión incide en una proyección de futuro en la que el papel de la realidad virtual tiene su inquietante referencia: ¿dónde cabe ya lo biológico en un universo cibernético?; al parecer la respuesta arrastraría consigo quizás al hombre tal y como lo conocemos (es posible que nos encontremos ante el albor de una nueva especie, el homo sapiens ciberneticus) pero también a la propia religión, anclada como el autor ha desgranado en EMERITA. Se trata de un libro importante y enormemente sugerente sobre la retórica de los estoicos, que tuvo, sin duda alguna, gran repercusión en los gustos y estilos literarios de la antigüedad, especialmente en Roma, pero que nos es muy poco conocida por haber llegado hasta nosotros sólo escasísimos fragmentos de su producción. Como es bien sabido, sobre el estoicismo en general disponemos de una larga colección de testimonios dispersos y muy pocos escritos originales, como podemos comprobar en los monumentales SVF de von Arnim, o en los más recientes FDS de Hülser. Aunque es verdad que para el tema de la retórica estoica, particularmente en Roma, la mayor parte de nuestra documentación procede de Cicerón, autor que Moretti aprovecha al máximo discutiendo en detalle muchos de sus pasajes, fundamentalmente del Brutus y del De oratore. Tiene razón la autora cuando señala que el estoicismo se ha estudiado mucho más desde la perspectiva filosófica, ética o lingüística que desde la retórica; como podemos comprobar al repasar la rica y detallada bibliografía que encabeza su libro, son muy pocos los estudios dedicados específicamente a la retórica estoica. Aunque trabaja, como señalamos, con materiales conocidos, mejora notablemente, gracias a la orientación de su estudio, nuestro conocimiento de este tema. Estamos, por tanto, ante una publicación de gran interés tanto para los estudiosos de la historia de la Retórica como para los que se dedican a la literatura antigua, especialmente la latina. Además, es un libro ameno y fácil de leer, en buena medida porque ofrece en extenso gran parte de las citas, que acompaña de su correspondiente traducción. Se inicia con una brillante introducción en la que se juega inteligentemente, haciendo honor al título y al subtítulo, con varias paradojas. Así es paradójico que la propuesta retórica estoica fuera en muchos sentidos antirretórica, por primar más el contenido que la forma y por su rechazo de los procedimientos psicagógicos, pero que, sin embargo, los estoicos fueran criticados en Roma más por la forma retórica que adoptó su discurso filosófico que por su contenido. Por otra parte, también es paradójico que la insistencia de este movimiento de indiscutible tradición griega en una retórica de fuerte contenido dialéctico pero con una forma de expresión lo más braquilógica posible lo acercara a posturas cercanas al tradicionalismo romano de fuerte connotación antihelénica: el estoicismo curiosamente se vinculó en Roma a Catón el Censor. La primera parte (pp. 37-70) se dedica a hacer un repaso de las tradiciones retóricas y de las formas de expresión de los maestros de la Estoa, empezando por Zenón, para quien la dialéctica sintetizaba los pensamientos (imagen de la mano cerrada), mientras que la retórica, en una clara posición de inferioridad, los desarrollaba en un discurso amplio y fluido (imagen EMERITA. Cleantes (quizá también ya Zenón) sostenía que la lógica se subdividía en dos ciencias: la dialéctica y la retórica, ésta última se definía como la ciencia (epistéme) de expresarse con belleza; por ser ciencia se la depuró de las posibilidades de persuasión de las emociones (páthe), consideradas como enfermedades, y quedó restringida a las facultades racionales e intelectuales. Esto sucedía en un contexto en el que la retórica había perdido el ámbito de la lucha política, por lo que se concebía sobre todo como forma de expresión del discurso filosófico. A la postre se diferenciaba de la dialéctica sólo en sus procedimientos formales. Aunque los estoicos aceptaban las cuatro uirtutes orationis de Teofrasto, añadieron una quinta a la que concedieron la máxima importancia, la breuitas (syntomía). Por ello, al contenido dialéctico correspondía una expresión fuertemente concentrada: el laconismo era una de las virtudes atribuidas a los maestros estoicos. Remontándose a una vieja tradición antisofista que arrancaba de Sócrates, se atacaba la facundia de la expresión (macrología) que se consideraba indicio de la vacuidad del contenido, al igual que la preocupación excesiva por la forma. La escuela estoica buscó una expresión densa, concentrada, fuertemente conceptual que llegó a anular a las otras uirtutes orationis, empezando por la claridad (saphéneia) y el hellenismós, ya que por la brevedad se caía en la obscuritas (vicio que caracterizaba a Crisipo) y en el solecismo. Se acusó a los estoicos de usar una jerga filosófica difícil de entender que disimulaba la vacuidad de los contenidos. Pero también se sacrificó la adecuación de estilo y contenido, el prépon, al usar para conceptos de gran profundidad el sermo humilis. La segunda parte (pp. 71-106) se centra en el estoicismo en Roma. En primer lugar, a su penetración a lo largo de la primera mitad del siglo segundo a.C. Más allá de la anécdota de la embajada de los tres filósofos griegos (Carnéades el académico, Critolao el peripatético y Diógenes de Babilonia el estoico), que se fecha en el año 155, es mucho más importante en el proceso de penetración en Roma la figura de Catón el Censor, representante del tradicionalismo romano, que coincidía con el estoicismo en la renuncia al uso de las emociones, en el rigor por la verdad, en la importancia del contenido frente a la expresión, en el laconismo. A pesar de que se separaban en el gusto estoico por la sutileza intelectual y la capacidad dialéctica, no cabe duda de que el estoicismo proporcionó unas bases doctrinales sólidas al tradicionalismo romano. Aunque Panecio, discípulo de Diógenes, intentó moderar los excesos estoicos en el plano de la expresión, fue la línea más radical la que más impacto tuvo en el paso entre el siglo segundo y primero, como vemos en Rutilio Rufo caracterizado por Cicerón como de muy agudo (peracutum), aunque seco (exile) y desmedrado (ieiunae orationes); en cuanto al uso de recursos retóricos, por ser coherente con sus ideas, como un nuevo Sócrates, perdió un famoso proceso en el que no quiso utilizar recursos psicagógicos y sufrió el exilio. Más negativa es la caracterización que Cicerón hace, sobre todo en el Brutus, de otros oradores estoicos como Q. Elio Tuberón o L. Elio Estilón. Es importante destacar que sólo los oradores estoicos, y no los de las otras escuelas filosóficas, son considerados como un grupo homogéneo, en cuanto que existe una vinculación entre su pensamiento y su forma de expresión; en general, para Cicerón son malos oradores porque es muy difícil conjugar las exigencias dialécticas con la retórica. G. Aurelio Cota aparece en Cicerón caracterizado como orador estoico, al menos en el plano estilístico, ya que ideológicamente se le considera académico, con un estilo sutil y agudo (subtile et acutum dicendi genus) que EMERITA. Revista de Lingüística y Filología Clásica (EM) -LXV 1, 1997, pp. 123-180 evitaba al máximo las emociones del auditorio (flectere animos). También es matizada la valoración que hace de Catón de Utica, quien a pesar de un contenido áspero (horridum) conseguía que su discurso resultara elocuente y brillante. Una vez que ha conseguido que el lector esté perfectamente contextualizado, dedica la tercera parte (pp. 107-138) a la discusión de la caracterización ciceroniana del estilo estoico que puede resumirse en el título del libro, acutum dicendi genus. 3.66 encontramos todos los elementos que definen el estoicismo desde el punto de vista retórico, su estilo es sutil (subtile) y agudo (acutum), pero seco (exile), obscuro (obscurum), vacío (inane, ieiunum), muy poco apropiado para un auditorio (abhorrens ab auribus uulgi). En efecto el exceso de concentración degenera en obscuridad; su pretensión de ser chocantes hace que sean agudos y cortantes: sus máximas son como aguijones o espinas. La autora estudia con detalle el origen y uso de esta caracterización en otros autores anteriores y sobre todo posteriores a Cicerón. La cuarta parte (pp. 139-157) se dedica al estudio de la influencia de los procedimientos lógicos dialécticos sobre las técnicas expresivas de la estoa. Se trata de un proceso doble, por un lado su retórica era muy dialéctica en su contenido, pero, por otro, también la dialéctica se ve influida por la forma de expresión antitética y paradójica. Desde Crisipo es característico de la estoa el gusto por los sofismas y paralogismos, construidos casi siempre sobre una expresión antitética. A medida que el estoicismo, sobre todo en época imperial, va dejando a un lado el contenido filosófico para centrarse en el ético, el influjo de la forma retórica en la reflexión dialéctica se va haciendo cada vez mayor. La estructura del silogismo impregna el estilo y el discurso se articula en frases breves y punzantes llenas de juegos lógicos, que, como señala Séneca, da como resultado una forma de expresión por completo inadecuada e ineficaz para el mensaje ético al evitar al máximo lo que resultaría más útil en esta comunicación de intención moral: la exhortación directa, los afectos, los sentimientos y emociones. La dialéctica penetra en la retórica a través del entimema, especialmente en su forma gnómica (enthýmema gnomikón), en el que el razonamiento queda reducido a una máxima precedida de una breve justificación. Es muy fácil pasar, por tanto, de esa estructura lógica a la estructura retórica de la sententia (gnóme). El entimema, que por sí se caracteriza por su brevedad, por prescindir casi siempre de una de las dos premisas del silogismo, si se le añade una forma de expresión breve y concentrada se transforma en la sententia estoica, que insiste además en lo antitético. El resultado es un pensamiento que busca oposiciones máximas, sin matizaciones, que huye del término medio. Finalmente, llegamos a una última parte (pp. 159-189) dedicada a las paradojas de los estoicos, concebidas como un arma retórica para el radicalismo ético. Las paradojas estoicas se revisten de un carácter formular y giran fundamentalmente en torno a la figura del sabio. Uno de los ejemplos que se estudia con detenimiento es el de sapiens solus rex, solus liber, solus diues, solus orator que se contrapone a stulti omnes insani, omnes serui. Se trata de entimemas paradójicos que buscan la máxima confrontación entre sus términos. Se excluye el término medio y se falsea al tiempo la realidad. La dialéctica estoica queda reducida a una serie de sentencias. Esta llamativa forma de expresión fue aprovechada por la tradición satírica desde Lucilio a Juvenal, quedando en un segundo plano el contenido ético. El libro se cierra con un breve capítulo de conclusiones que no hacen sino reiterar EMERITA. Como vemos, se trata de un libro lleno de interés e inteligencia, que, quizá va perdiendo fuerza en las dos últimas partes, al resultar su contenido un tanto reiterativo tras las brillantísimas introducción y dos partes iniciales. Se trata de una colección de ensayos sobre la Odisea, paralela a las publicadas por el Instituto de Estudios Odiseicos de Itaca; sólo que esta recoge trabajos ya anteriormente publicados. Tras el Índice y un Prefacio, que da noticia de la publicación original de los trabajos aquí recogidos, la Introducción de Schein destaca los temas principales: diferencia de la Odisea respecto a la Ilíada por su contenido mitológico y folklórico y por su composición, oposición del ideal del kléos heroico a su redefinición en la nueva concepción del «survivor» triunfante, del mundo «claustrofóbico» de la Ilíada al abierto y complejo de la Odisea, etc. Anticipa también Schein los temas del Cíclope, las Sirenas, Calipso, Penélope, etc.; y de la oposición del mundo femenino (tema del placer peligroso, del oîkos) al puramente masculino de Odiseo. Los diferentes capítulos, obra de destacados especialistas, tratan temas esenciales de la Odisea. Así, Vidal-Naquet («Land and sacrifice in the Odyssey», pp. 33-53) se ocupa de la oposición entre paisajes reales y paisajes míticos a través del tema de la existencia del sacrificio en los primeros, su ausencia en los segundos. El paso del material mítico a una nueva interpretación épica es estudiado por Karl Reinhardt en su larga contribución («The Adventures in the Odyssey», pp. 63-132), en que distingue entre viejas y nuevas aventuras y utiliza el criterio del número de naves para distinguirlas y busca las razones de su organización en el poema. Son tres, para él, los elementos que el poeta funde: los relatos míticos, los procedentes de una nueva edad y el modelo de la Ilíada. No basta, pues, con buscar fuentes: hay que ver la dinámica con que con combinadas en la nueva obra, unitaria y múltiple, que es la Odisea. Este tema enlaza, en cierta medida, con el de la complejidad de la organización del relato, estudiada por Laura M. Slatkin («Composition by Theme and the Mētis in the Odyssey», pp. 223-237): composición «proteica», inteligente, que atiende al interés de los oyentes, prepara, recapitula. Es todo muy sutil, así lo hace ver también Pietro Pucci («The song of the Sirens», pp. 191-199): la concepción que las sirenas tienen de su canto, puramente épica, difiere de su papel en el poema. Otro tema que se repite en el libro es, como ya dije, el del kléos: así en Vernant («Death with two faces», pp. pp. 55-61), que opone la muerte heroica del héroe a la concepción terrífica de la muerte como puro aniquilamiento de la individualidad y la vida, en la Nekuía (que no contradice, sin embargo, el ideal de la muerte heroica). De los variados matices y la EMERITA. Revista de Lingüística y Filología Clásica (EM) -LXV 1, 1997, pp. 123-180 ambigüedad de la noción del kléos en la Odisea se ocupa, muy agudamente, Charles Segal («Kléos and its Ironies in the Odyssey», pp. 201-221): desaparece como ideal en largos pasajes, para reaparecer al final, pero en términos que no son exactamente los de la Ilíada. También el segundo trabajo de Jean-Pierre Vernant («The Refusal of Odysseus, tiene que ver con este tema: hay la heroica renuncia a la inmortalidad. El tema de las mujeres, finalmente, es importante. Al de la ambigüedad del personaje de Penélope se refieren los trabajos de Uvo Hölscher («Penelope and the Suitors», pp. 133-140) y Nancy Felson-Rubin («Penelope' s Perspective: Charakter from Plot», pp. 163-183): actúa como mujer prudente (períphr) on), pero lo hace en todo momento sin cerrarse las salidas, está a punto incluso de ceder ante los pretendientes. Hay una cierta tendencia hoy, sobre todo en la filología americana, a alejar a Penélope de la imagen simple y tradicional. Casi todos los caracteres femeninos son tomados simultáneamente en consideración por Michael N. Nagler («Dread Goddess revisited», pp. 141-161). En este trabajo no es extraño (ni nuevo) que se señalen los aspectos terribles y divinos de Circe y Calipso, más nos choca que se aproxime a su mundo a Ino-Leucotea y, sobre todo, a Penélope, a través del árbol que une su lecho al mundo ctónico. Quizá sea esto ir demasiado lejos (como cuando Schein habla del carácter femenino del Cíclope, a partir del mundo de la cueva). Evidentemente, son temas que están de moda. No deberíamos, los filólogos, sucumbir a ella. Como se ve, la mayor parte de los temas que pueden interesar al lector de la Odisea están tratados en el libro, a veces desde distintas perspectivas. Da una buena idea de nuestra manera actual de comprenderla. El libro se cierra con varias útiles secciones: una amplia bibliografía; una nota sobre los autores; una lista de autores antiguos y pasajes citados; y un índice general, temático. La publicación del códice (del siglo V, seguramente) que contiene la biografía de Mani, una traducción al griego del siriaco, ha sido especialmente importante para conocer no sólo la religión maniquea, sino también el ambiente religioso y literario de la koiné cultural grecooriental de los primeros siglos después de Cristo. Los autores de la primera edición, A. Henrichs y L. Koenen, publicaron también comentarios de las tres primeras partes de la obra. Y ahora C. A. Römer (autora con L. Koenen de una segunda edición, en 1988) nos procura un comentario de la parte final y última. Esta parte es la más deteriorada y la autora se esfuerza en proponer nuevas lecciones y nuevas restituciones de palabras perdidas: en p. 163 ss. recoge la totalidad de estas propuestas, fruto de un trabajo filológico y exegético muy concienzudo. Hace un esfuerzo, EMERITA. Revista de Lingüística y Filología Clásica (EM) -LXV 1, 1997, pp. 123-180 también y sobre todo, para la interpretación del contenido: los primeros viajes de propaganda religiosa de Mani, una vez que rompió, en su Babilonia natal, con los baptistas judeocristianos en cuyo medio creció y se lanzó a la expansión de una religión que había de alcanzar un vasto territorio, de Persia, el Turquestán y la India a Africa y España. Y ello en dura competencia con la religión de Zoroastro, la judía, la cristiana y otras más, que, por lo demás, le influyeron profundamente. Todo ello a partir del s. III, en una época en que los sasánidas dominaban el Oriente a partir del Eufrates. La autora divide el texto que comenta en varios bloques, cada uno de los cuales va provisto de una introducción seguida de un comentario (crítico-textual e interpretativo) parágrafo a parágrafo. Así, su trabajo es fácilmente abarcable. La biografía de Mani (compuesta a partir de relatos de sus discípulos y continuadores) es apasionante desde los puntos de vista literario y de las ideas religiosas. Para limitarme a la sección aquí comentada, consiste en un viaje con un comienzo y fin en lugares «reales» y un centro más bien visionario y fabuloso, a partir de un «viaje por el aire» a que le empuja su σύζυγος o angel compañero. Es comparable a relatos tales como los del pseudo-Calístenes, Alejandro de Tiana, la Historia Verdadera de Luciano (y, añado, la Odisea). Contiene elementos judíos y, probablemente, cristianos de fecha posterior, la de los ascetas de Siria y Egipto. Los paralelismos con los evangelios son, a veces, notables. Aunque todo esto es discutible, así como los aspectos geográficos del viaje «real» y la personalidad de los transmisores. Son temas que la autora estudia muy despacio, aduciendo otras fuentes antiguas (como los Kephalaia coptos, datos de los historiadores griegos, etc.). Tras un viaje desde Ctesifonte, Mani cura en la ciudad de Ganzak, en la Atropatena, a la hija de un rico, y rehusa recompensas de oro y plata: hay una confrontación, entiende Römer, con la religión de Zoroastro. Pero luego, tras un discurso del σύζυγος, que expone la doctrina de la nueva religión, es arrebatado junto con éste y su padre Pattikio por una tormenta. Llega a una región paradisiaca donde encuentra a un hombre viejo que une rasgos del Adán bíblico y los ascetas cristianos. Hay semejanza con escritos egipcios y siriacos procedentes de los monjes cristianos. Dentro de esta misma fantasía está la conversión de un rey y su nación, como se convirtió Armenia en el 300 por obra de su rey Tiridates. Tiene, quizá, un fondo real en hechos narrados por otras fuentes (conversión de un rey en Turán, en el actual Beluchistán). Vuelto Mani al mundo real, hay el episodio de su victoria sobre los magos, como la de Moisés y diversos ascetas; y el episodio de Farat, en el Shatt-al-Arab, donde Mani se enfrenta a los baptistas y prepara, parece, una viaje a la India atestiguado por otras fuentes. Es verdaderamente ilustrativo todo lo referente a la actividad de ese puerto, por donde pasaba el comercio de la India a Occidente. Con todos los problemas que quedan abiertos en torno a la historicidad de los hechos relatados, al influjo de situaciones culturales y religiosas antiguas y recientes y de varios orígenes, a problemas textuales, la obra significa un paso adelante en una investigación apasionantes sobre una tema igualmente apasionante. Se cierra con la mencionada lista de correcciones, un índice de nombre propios y una bibliografía. Especialmente importantes son varios estudios sobre el léxico maniqueo: usos propios de EMERITA. Revista de Lingüística y Filología Clásica (EM) -LXV 1, 1997, pp. 123-180 αλήθεια, εÛσέβεια, σοφία, etc. F. R. ADRADOS BRISSON, LUC -Orphée et l 'Orphisme dans l' Antiquité gréco-romaine, Londres, Variorum, 1995. VIII + 301 pp.(aunque únicamente se consigna la paginación original de los trabajos reunidos en la obra). Se agrupan en esta obra seis estudios anteriormente publicados por Brisson dedicados al orfismo y uno al pitagorismo. El libro se completa con una introducción de 10 pp. (que, aunque no se advierte, es una reproducción casi literal del postface de Brisson a la traducción Orphée, Poèmes magiques et cosmologiques, París 1993, 153 sigs.), 7 pp. de addenda y corrigenda y 11 de índices. Abre la obra un estudio sobre la aportación del Papiro de Derveni a nuestro conocimiento de las teogonías órficas; en realidad una crítica del que ha sido, sin duda, el libro más importante sobre literatura órfica publicado en los últimos cincuenta años: M. L. West, The Orphic Poems, Oxford 1983. Brisson manifiesta algunas ponderadas críticas, que comparto, de propuestas discutibles de la obra (por ejemplo reacciona contra el gran número de teogonías reconstruidas por West y la excesiva confianza que muestra el autor en la atribución de fragmentos a una u otra de ellas). No estoy, sin embargo, de acuerdo con su idea de que la llamada Teogonía de Jerónimo y Helanico sea posterior a la Rapsódica. En mi trabajo «Consideraciones sobre una teogonía órfica», Actas del VIII Congreso Español de Estudios Clásicos, Madrid, 1994, pp. 91-100, he expuesto los motivos de tal desacuerdo y he discutido aspectos concretos de alguno de los trabajos reunidos en este volumen. El interés principal de Brisson se centra en el análisis de fuentes, especialmente tardías. En este sentido es modélico el trabajo «Proclus et l 'orphisme» en el que hace una precisa descripción de los fundamentos de la interpretación neoplatónica de las fuentes órficas, indispensable para comprender la forma en que Proclo transmite los fragmentos atribuidos al mítico bardo tracio. Continuación natural de este estudio es otro, «Damascius et l 'orphisme», en que lleva a cabo un análisis paralelo (más somero y presuponiendo los aportes del anterior) de la forma en que interpreta los fragmentos órficos el también neoplatónico Damascio. Menor interés presenta «Le corps `dionysiaque'. 3-6) attribué à Olympiodore est-elle orphique?», en que pretende demostrar (sin éxito, a mi entender), que el pasaje de Olimpiodoro que constituye nuestra principal fuente para reconstruir la antropogonía órfica, según la cual los hombres proceden de los residuos producidos por los Titanes tras haber sido fulminados por Zeus, procede en realidad de una interpretación alquímica de versos órficos y no es válido como testimonio directo de creencias remontables a los poemas de Orfeo. Revista de Lingüística y Filología Clásica (EM) -LXV 1, 1997, pp. 123-180 del catálogo de las obras del corpus Orphicum de época tardía, aunque, como suele ser habitual en los estudios de literatura órfica, el autor pasa muy rápidamente sobre ciertas obras, como las Δωδεκαετηρίδες o las zΕφημερίδες, sobre las que carecemos prácticamente de aportaciones recientes. De tema más concreto es «La figure de Chronos dans la théogonie orphique et ses antécédents iraniens», en que Brisson compara la figura de Cronos en las teogonías órficas con la de ΑAEών -Saeculum de las representaciones mitraicas y la de Zurvan de la religión irania antigua, para sostener firmemente la teoría (desde luego no nueva, pero sí muy discutida) de que el Tiempo de las cosmogonías órficas es una reinterpretación de la divinidad irania. El autor ha vuelto recientemente sobre el tema en «Chronos in Column XII of the Derveni Papyrus», en A. Laks y G. W. Most (edd.), Studies on the Derveni Papyrus, Oxford 1997. Completa la obra un estudio «Usages et fonctions du secret dans le Pythagorisme ancien» que en realidad no tiene que ver con los demás trabajos aquí reunidos, ni con el título de la obra, más que por la tradicional (y en algunos sentidos, justificada) agrupación que suele hacerse del orfismo y el pitagorismo. En suma, se trata de una aportación muy valiosa en su conjunto a un tema que, tras largos años de desatención, ha vuelto a despertar el interés de los estudiosos de religión y literatura griegas. Y resulta especialmente destacable el enfoque de los trabajos dedicados al análisis de los testimonios neoplatónicos sobre la literatura y el pensamiento órficos, sobre todo habida cuenta de que Proclo y Damascio son, a gran distancia, los autores a los que más debemos en la conservación de los fragmentos atribuidos a Orfeo. Debo, no obstante, plantear algunos reparos: en primer lugar, el haber dejado los trabajos en su forma original provoca que nos encontremos con considerables reiteraciones, y así, las teogonías se catalogan (de forma totalmente similar, por supuesto) en la introducción (pp. [3][4][5][6][7]; en el trabajo no I pp.390-396 (en la reconstrucción anterior a West), y 399-410 de acuerdo con la versión de West); así como en el trabajo no III (pp. 38-42) y en el no IV (pp. 2875-2914). En segundo lugar, el autor sigue atribuyendo a la Teogonía de Jerónimo y Helanico los fragmentos transmitidos por Pseudo-Clemente (fr. Bemerkungen zum Derveni-Papyrus und zur pythagoreischen Zahlenlehre», Antike und Abenland 14, 1968, pp. 107 sigs. demostró muy razonablemente que no son sino un resumen de las Rapsodias. En tercer lugar, considero injusta la crítica señalada en los addenda p. 2 al trabajo de Casadio publicado en Orphisme et Orphée, en l'honneur de Jean Rudhardt, pp. 119-155. Por último, algo, no por habitual menos censurable, es la omisión de cualquier bibliografía española. 4 de los addenda et corrigenda, al citar inventarios de representaciones figuradas de Orfeo, el autor omite el más completo de los existentes hasta la publicación del artículo de M.-X. Garezou en el LIMC VII, 1994, pp. 81-105: me refiero al de E. R. Panyagua, «Catálogo de representaciones de Orfeo en el arte antiguo», Helmantica EMERITA. Tampoco se hace mención, en la actualización bibliográfica de la noticia de Hipólito sobre los Setianos (addenda p. 5), del trabajo de M. Montserrat, «La notice d' Hippolyte sur les Séthiens. Étude de la partie systémathique», Studia Patristica 24, Lovaina, 1993, pp. 390-398, ni del repertorio bibliográfico comentado del autor de esta reseña, «La poesía órfica: un capítulo reencontrado de la literatura griega», Tempus 0, 1992, pp. 5-41. La obra que aquí nos ocupa es una recopilación artículos que sobre aspectos concretos del poblamiento de África del Norte en la Antigüedad publicó el autor entre 1974 y 1992. Sin embargo y a pesar de ese nexo común, África y la Antigüedad, la obra debe ser analizada desde dos perspectivas distintas como así reconoce el autor en la parte introductoria. Efectivamente, en los cuatro primeros apartados nos encontramos con un estudio sobre aquellos pueblos africanos que jugaron un importante papel en el decurso histórico antiguo. Así, ocupándose de Númidas, Moros, Garamantas y Gétulos ha querido indagar en el acontecer de estos pueblos africanos, su aparición en las obras de los autores antiguos, sobre sus primeros contactos con Roma, cómo y cuando las tribus adquirieron conciencia de grupo; sus apoyos principales en este análisis son siempre las fuentes literarias, con apoyos puntuales en datos epigráficos, arqueológicos y numismáticos. 1-9) se ocupa de analizar la evolución sufrida por el término `Nómadas', inicialmente cargado de una particular significación étnica que los hacía distintos de los pueblos sedentarios. La movilidad geográfica de este término, que con el paso del tiempo designará a las poblaciones localizadas al occidente de Cartago, revela tal vez una migración de las tribus que originariamente asumirían ese nombre. Los romanos tomaron de la Sicilia griega el nombre cuando ya había perdido todo significado original y lo trasliteraron en `Numidia' oscureciendo definitivamente tal significado. 11-20), donde tras analizar la procedencia del término Mauri coincide con la mayoría de los investigadores en que se trata de una trasliteración latina de un término fenicio que significaría «los occidentales»; critica aquí Luisi todas las teoría que han querido ver en Mauri un recuerdo al color de la piel de estos pueblos. No nos parece tan completo el estudio que lleva a cabo en «Garamanti. 21-34), ya que tras analizar brevemente la etimología del nombre de este pueblo pasa de un modo un tanto brusco e inconexo a hacer una serie de consideraciones excesivamente generales sobre EMERITA. 35-42) y a pesar de la referencia al libro XVII de la Geografía de Estrabón, analiza principalmente las menciones que Salustio hace a los gétulos en su excursus sobre África de la Guerra de Yugurta; utilizando, a través del argumento comparativo, las alusiones que de este mismo pueblo se encuentran en el Bellum Africanum (favorable éste a los gétulos, claramente contrario Salustio) y coincidiendo con otros investigadores en que existe una absoluta tendenciosidad en Salustio a la hora de referirse a este pueblo, expone y analiza las diversas propuestas que se han hecho para explicar la actitud de este autor romano. Pero como hemos indicado al comienzo, esta obra se debe abordar desde otro punto de vista cuando emprendemos la lectura de los dos últimos artículos: «Il Liberto Marco Celio Filerote, Magistrato Municipale» (p. 61-80) puesto que, cambiando el registro cronológico, se ocupa ya aquí de algunos de los efectos de la intervención y colonización romana de África. En la introducción a este libro el autor nos indica que el objetivo que le ha animado es infundir un espíritu crítico al lector y animarle a profundizar en el estudio del poblamiento de la Libia de las fuentes grecorromanas; en este sentido es un objetivo plenamente conseguido porque sobresale de sus páginas, especialmente de las dedicadas a los pueblos africanos, númidas, moros, etc..., lo abierto que está todavía ese campo de estudio. Obras de conjunto como la de G. Camps, Berbères. Aux marges de l' Histoire, París, 1980, o la tesis doctoral de Y. Moderan (Lille, 1991) aún inédita pero accesible a través de publicaciones parciales abarcan un ámbito cronológico más amplio, siendo precisamente obras de estas características las que deben completar la lectura de los artículos que A. Luisi ha reunido en este libro. Concluiremos con unas consideraciones formales: existe un índice toponímico y etnográfico así como uno en el que se indican los nombres de los autores antiguos citados; sin embargo, siendo útil el primero al que hemos aludido, no lo es el segundo ya que es tal la abundancia de autoridades utilizadas que hubiera sido preferible elaborar un índice de fuentes. Cada una de las dos partes en las que se divide el libro se inicia con un mapa; es adecuado el segundo en tanto en cuanto quiere localizar las distintas colonias, etc. que se citan en los capítulos que ha analizado de la obra de Plinio, sin embargo el mapa que abre los dedicados a los pueblos de África no abarca la totalidad de los territorios africanos analizados, impidiendo así que el lector que desconozca el tema puede formarse una imagen gráfica del territorio y de los posibles pero complejos movimientos de población a los que se alude. Todavía en el año 1995, Pierre Brulé, en el capítulo sobre «formas y organizaciones políticas» del nuevo volumen de la Nouvelle Clio dedicado a Le monde grec aux temps classiques. Le V e siècle, dirigido por P. Briant y P. Lévéque (París, PUF), ponía de relieve la desproporción existente entre la bibliografía dedicada a la historia ateniense y la que se ocupa del resto de las ciudades griegas. Sin duda, el atenocentrismo es al mismo tiempo causa y efecto de este fenómeno. La necesidad de ampliar los horizontes, así como las nuevas posibilidades derivadas de ciertas técnicas arqueológicas de reciente difusión, permiten comenzar a vislumbrar, a pesar de todo, un panorama diferente, tal vez mejor definido para la época arcaica. Buck reconoce que, de todos modos, el estudio de «otras ciudades» se halla en alza y se propone llenar el espacio dejado por su propia History of Boeotia, que se detenía en 432, y la Theban Hegemony de Buckler, que se iniciaba en 371. A pesar del desarrollo de algunos estudios de Arqueología Espacial y Topografía, el libro necesita apoyarse principalmente en las fuentes escritas, obras de importantes historiadores que proporcionan una cantidad de datos relativamente rica. En gran medida, el autor dedica su esfuerzo a transmitir sus contenidos elaborados bajo una nueva lógica, sobre la que fundamenta una exposición de índole fundamentalmente narrativa, a partir de la cual las principales discusiones señaladas son aquellas que se refieren a las diferencias existentes entre las fuentes acerca de una determinada circunstancia. Al margen del conocimiento sistemático de los acontecimientos, el libro proporciona también el acceso a ciertos temas dignos de discusión, como son los problemas relacionados con las tendencias oligárquicas y democráticas dentro de las ciudades de la Liga Beocia, y la capacidad de ésta para mantener la cohesión, o el papel desempeñado por la ciudad de Tebas en cada uno de los momentos estudiados. De este modo, resulta especialmente interesante el tratamiento dado al período de predominio democrático, donde la participación directa parece chocar con el funcionamiento tradicional de las confederaciones y permite pensar que lo que ha ocurrido de hecho es que se ha organizado, desde el punto de vista institucional, una sola pólis, con un territorio amplio, más o menos comparable al fenómeno ateniense y a sus relaciones con la población del Ática. En la historia del mundo griego antiguo, la presencia del mercenariado como elemento determinante en la guerra y como síntoma de importantes transformaciones políticas y sociales, constituye un fenómeno propio de la transición del mundo clásico al mundo helenístico. Las guerras por la hegemonía entre las ciudades del siglo IV, como manifestaciones exteriores de los problemas internos que definen la llamada crisis de la pólis, sirvieron para que las fidelidades de las tropas mercenarias se convirtieran en el apoyo imprescindible sobre el que se apoyarían los gobernantes que tendían a acumular formas de poder despóticas. Después de Alejandro, las luchas por el poder y las conquistas territoriales consolidarán el uso de tales tropas, que se transforman prácticamente en elemento básico de las nuevas estructuras productivas, instrumento de los nuevos desarrollos de la economía monetaria. Marco Bettalli sabe que en el tiempo contenido en este primer volumen dedicado a los mercenarios en el mundo griego, que concluye a fines del siglo V, la realidad es bien diferente, y que son pocos los casos en que se puede hablar de mercenarios propiamente dichos, no sólo porque se usa más el término epíkouros que misthophóros, sino porque, si bien el primero contiene un significado referido a la ayuda sin determinar los medios o motivos, el segundo, vinculado al concepto de `paga', puede reflejar un modo de remuneración que no se identifica siempre con el propio del mercenariado. En efecto, la historia de Grecia entre el arcaísmo y el clasicismo representa el ámbito de desarrollo de varias formaciones sociales, sucesiva y simultáneamente. Las prestaciones militares de los hombres fuera del espacio cívico ofrecen por ello mismo múltiples caras. La epikouría es, sin duda, un fenómeno con características propias, que responde más bien al mundo de las relaciones clientelares, donde aristócratas de diverso rango contribuyen a las guerras de sus congéneres, o prestan sus servicios en ese ambiente arcaico en que se enfrentan tanto a escala cívica como en el mundo de las relaciones entre ciudades cuyas estructuras políticas se hallan en un proceso dinámico de formación. Algunos, desde luego, llegan a emplear también a poblaciones marginales, a los desheredados de las ciudades que, en su nueva estructuración, han excluído a las masas de los desposeídos, y han apoyado en ellas la consolidación de poderes monárquicos que, en una cierta medida, pueden considerarse precedentes de los déspotas helenísticos, como en el caso de los tiranos sicilianos. El estudio de Bettalli se convierte así en un auténtico panorama de las sociedades arcaicas en su complejidad, pues conviene tener en cuenta que los usos de tropas externas se encuentran frecuentemente integradas en las relaciones entre griegos y bárbaros, tanto porque algunos aristócratas con sus clientelas entran al servicio de reyes de Asia o Egipto, como porque en los períodos más avanzados es habitual que los generales griegos hagan uso de alianzas con pueblos marginales para que sus dinastas presten fuerzas militares, generalmente con armamento ligero, como los tracios o escitas. Finalmente, resulta especialmente significativa la diferencia que se produce entre las mismas comunidades griegas según su distinto grado de desarrollo político o social, pues así como los arcadios son ellos mismos mercenarios, los atenienses en cambio tienden a ser quienes utilicen a los pueblos marginales o a las poblaciones de las ciudades aliadas, inscritas como xénoi. Es igualmente significativo que, en Atenas, el misthós indique más bien la paga que se concede a los atenienses mismos, a los ciudadanos pobres, el sustento de la sociedad democrática, sobre todo en la flota, circunstancia ésta que permite comprender las dificultades que tenían las ciudades de la Liga del Peloponeso para atender a la guerra naval. 1255 pp. La inmensa labor de Gentili en el campo de la literatura griega ha llevado a que una recopilación de escritos en su honor abarque los más dispares asuntos de dicha literatura desde época arcaica hasta época imperial, a pesar de que se haya querido limitar un poco la materia mediante el título de Tradizione e innovazione, que por cierto no se justifica en algunos artículos, como tampoco lo de all'età ellenistica. Y digo inmensa porque no sólo es extensísima en cantidad, sino además por la magnitud de temas, géneros y épocas literarias que abarca su obra, como puede verse en la recopilación bibliográfica de este autor que abre el libro. Sí se refleja el campo preferido de Gentili, el de la lírica arcaica, que recibe una extensión muy superior a la de otros géneros, así como su nacionalidad, ya que, aparte de una pequeña participación española, inglesa, francesa y alemana, la obra es claramente italiana. Los artículos son, dentro de cada género, de carácter variado. Predominan los dedicados al aspecto más puramente literario, bien sea de contenido bien de forma, así como los de interpretación puramente filológica de unos versos o un pasaje de prosa concretos, pero hay algunos cuyo interés radica en la importancia de una obra literaria griega desde el punto de vista histórico, social o arqueológico. En general, pero sobre todo en lo que atañe a la época arcaica, esta obra es una buena muestra de los intereses principales y las corrientes actuales de interpretación. Casi todos los estudios sobre Homero reflejan la tendencia actual a conceder al poeta mucha más libertad en el uso de la tradición rapsódica de lo que Parry le atribuyó, y a señalar que el autor, basándose en fórmulas tradicionales, cambia las combinaciones y el uso para crear situaciones nuevas explicables en el contexto de su obra. Esta es la teoría, demostrada mediante pasajes concretos, de V. di Benedetto, J, Russo y de G.A. Privitera, aunque el centro de interés de este último es, estudiando la Ciclopeia, destacar las características principales de Odiseo como héroe, asunto que sigue candente, y que es también el motivo de interés de D. Lanza. Privitera estudia el motivo popular del episodio del Cíclope, dudando de la frecuente afirmación sobre la combinación por Homero de relatos populares diversos, e insistiendo en el tratamiento claramente condicionado por la figura de Odiseo, a la que siguió unida durante mucho tiempo antes de reaparecer en cuentos medievales y modernos. El folclore en la Odisea, en este caso en relación con el episodio de la profecía de Tiresias, y su comparación con una anécdota folclórica moderna, es también el tema de C. Segal. La cuestión del tratamiento del mar en Homero es tratada por Janni, refiriéndose en concreto a la ausencia de batallas navales en este autor. J. P. Vernant y A. Capizzi hacen estudios de tipo filosófico-religioso-social, tratando el primero la psyche y el segundo la arete en Homero, pero haciendo en ambos casos un estudio comparativo con otros autores. Hesiodo no aparece representado más que por un artículo de G. Arrighetti, de tipo filológico, en que trata la técnica de catálogo en un breve pasaje de la Teogonía. Dedicados a nuevas interpretaciones filológicas están también las aportaciones de M. Cantilena a unos versos del himno homérico a Hermes, y de L. Leurini a algunos fragmentos de la Tebaida de Antímaco de Colofón. De interés para la cuestión de los himnos homéricos es la aportación de A. Aloni. Un buen ejemplo de la aportación mutua de la literatura y la arqueología ofrece el artículo de G. Morelli sobre la representación de la muerte de Tersites en la Tabula Iliaca del Museo Capitolino. En el campo de la lírica arcaica abundan los artículos de interpretación filológico-literaria de pasajes discutidos, como son el de G. Tedeschi (Carm. 27), los de C.G. Brown -D.E. Gerber y M. Gigante sobre pasajes determinados de Arquíloco, el de V. Tammaro a un fragmento de Semónides, el de G. Serrao dedicado al uso y significado de φημί en un pasaje de Alceo, o el de G. Nagy, que reinterpreta la figura de Alceo en sus poemas 129 y 130 como héroe cultual, y estudia el uso del verbo οAEκέω en este sentido, en Alceo y otros autores. El artículo de M.G. Bonanno hace justicia al título de «tradición e innovación» de la recopilación, ya que está dedicado a las adaptaciones de un motivo homérico por Arquíloco, Anacreonte e Hiponacte, y lo mismo se puede decir del de L.E. Rossi, que estudia un pasaje de Alceo como ejemplo de la reutilización de poesía antigua en un simposio (Carm. Este artículo tiene interés además para la cuestión de la tradición oral y la transmisión escrita. Sobre cuestiones más generales de género y tópicos literarios versan el artículo de A. Gostoli sobre el nomos citaródico (sostiene que es una composición poética concreta, y no sólo un motivo musical como afirmaban Wilamowitz, Pavese y otros), y el de F. Adrados sobre la poesía erótica de origen cultual, en el que Safo tiene lógicamente un papel primordial, pero que hace un estudio detallado de las influencias orientales y de las innovaciones respecto a la tradición, sobre todo en el tratamiento del amor por Safo y Arquíloco. El tratamiento del amor en Arquíloco es también el tema de estudio de F. Laserre. Desde el punto de vista musical es interesante el artículo de G. Comotti sobre la invención y transmisión a Grecia de la armonía lidia. S. Calderone estudia la tradición e historia de un tópico, el de la posibilidad de conocer la felicidad humana sólo al final de la vida, desde Solón a Eusebio de Cesarea. La importancia de la lírica arcaica como fuente de conocimiento social histórico se refleja en el estudio de J. Pòrtulas sobre la importancia del papel que debía asumir un griego del s. VII en las ceremonias festivas, cuestión que entra en la discrepancia entre los partidarios de la teoría ritualista y los de la del simposio. Un problema actualmente desatendido, el del público de Corina y su clasificación en la lírica coral o monódica es tratado por B.M. Palumbo Stracca. Y de interés histórico también es el artículo de C. Brillante sobre la fundación de Colofón y la migración jonia a través de Mimnermo. La epigrafía es utilizada por M. Colantonio como confirmación de la identidad de un poema de este último lírico. El estudio de P. Giannini es novedoso por su interpretación de la sphragis de Teognis, no como el sello metafórico bien conocido en la literatura arcaica, sino como sello material que revelaría en Teognis al primer editor conocido y a su libro como el primer libro de poesía griega, teoría interesante pero sin duda discutible. Son varios los escritos sobre Píndaro, como el de P. Angeli Bernardini, quien pretende explicar el papel del mito de Orestes en la Pítica 11, tras un proemio con el que aparentemente no tiene relación, problema que se plantea en otras odas del mismo autor, o el de M. G. Fileni, sobre el interés de unos fragmentos de Píndaro para la historia de Agrigento. El artículo de C. O. Pavese, dedicado al coro en el sexto peán es interesante para la cuestión de la relación entre compositor y ejecutor en la lírica coral, y en concreto para la función del coro. Revista de Lingüística y Filología Clásica (EM) -LXV 1, 1997, pp. 123-180 Aunque la métrica no es uno de los aspectos más tratados, la composición métrica del Epinicio XI de Baquílides es estudiada por J. Irigoin, y M.L. Coletti saca conclusiones sobre la menor fuerza creativa de los poetas de los ss. VI-IV a.C. frente a Tirteo, Solón o Mimnermo a partir de un estudio de la diéresis bucólica en la elegía de esos siglos. Dedicado a la elegía del s. V, concretizada en Dionisio Calco, está el artículo de C. Miralles. El problema de la traducción de obras griegas aparece en este homenaje en el estudio por G. F. Gianotti de una traducción de Píndaro del s. XVIII, y en la traducción al italiano en verso de los Persas de Timoteo por el propio G. Paduano. La tragedia está proporcionalmente mucho menos tratada que la lírica y de forma más desigual. A Esquilo sóle se le dedica una nueva interpretación de un pasaje de las Coéforas por F. Ferrari, y a Sófocles el estudio de la figura femenina en el Edipo Rey por P. Pucci. La figura de Odiseo en la Ciclopeia reaparece en un estudio de P. Mureddu sobre este héroe en el Cíclope de Eurípides, y a este mismo trágico dedican A. Martina su artículo sobre el espacio escénico en la Medea, y F. Bornmann el suyo sobre la simetría verbal y conceptual en las responsiones estróficas. A. Garzya destaca el carácter dramático de Candaules, y no de Giges, en la tragedia a la que debía pertenecer el fragmento POxy. Aparte hay algunos estudios interesantes sobre temas generales dentro de la tragedia, como el de G. Monaco sobre la imagen de la tierra como vestimenta del muerto, el de E. Cerbo dedicado a los himnos a Eros, o el de del D. del Corno sobre el tiempo como elemento trágico (frente al aislamiento y estaticidad del mito arcaico) y su influencia en la naciente mentalidad historiográfica. Los artículos dedicados a la comedia son casi todos muy concretos, de interpretación de determinados versos o términos. Mencionaré por la novedad el artículo de F. Perusino sobre una huella arqueológica de la comedia nueva en Cirene. La autora interpreta como típicos de este género los versos y la iconografía de la llamada "tumba de los juegos" excavada en dicha ciudad. Por su interés de manera general para toda la literatura griega destaca el artículo de M. Vetta sobre la importancia de la voz en los actores del teatro antiguo, que superaba a la del gesto o la escenografía. I. Gallo hace un estudio de la figura de Pantaleón en la comedia y filosofía antiguas. Tampoco son especialmente abundantes los estudios dedicados a la prosa arcaica y clásica. Destacan por su importancia para la cuestión de la oralidad y la escritura los artículos de T. Cole sobre la sophia en la literatura griega, y de C. Calame sobre el ritmo, la voz y la memoria en la Grecia clásica. P. Lévêque hace un estudio de tipo astronómico-cósmico-mitológico en relación con la interpretación de un fragmento de Heráclito transmitido por Estrabón. De interés para la historiografía es el estudio de los Horoi antiguos, generalmente no tenidos en cuenta, que lleva a cabo E. Flores. Entre los estudios de prosa clásica destaca el de L. Edmunds sobre la historia de Tucídides en relación con el acto de escribir y la creación de un libro, con análisis del término συγγράφω y otros importantes para este aspecto. Por otra parte abundan en este apartado los estudios léxicos: de σäμα en Tucídides y Gorgias por D. Musti con interés filosófico, científico e ideológico para la democracia ateniense; de un término retórico importante, ποικιλία, por M. Valloza en Isócrates; de φιλάνθρωπος por G. Ricciardelli-Apicella, a partir de su uso en la Poética de Aristóteles. Entre los estudios de literatura helenística destacan por su importancia para la relación de la poesía alejandrina con la poesía arcaica los escritos de A. C. Cassio de tipo crítico filológico sobre hiperdorismos en ciertos versos de Calímaco, de M. Fantuzzi sobre los himnos V y VI del mismo poeta, y los antecedentes del género hímnico, de R. Pretagostini sobre la supervivencia de la alegoría ecuestre de Anacreonte a Asclepiades. Las aportaciones de G. Brugnoli y R. Scarcia son interesantes por su recurrencia a la literatura latina en busca de paralelos. La cuestión métrica reaparece en el artículo de G. Giangrande, donde mediante el estudio de la isocronía vocálica en la prosodia alejandrina hace una importante contribución a un problema de métrica histórica, fundamental para comprender los textos helenísticos e imperiales poéticos. Un aspecto fundamental de la época helenístico-imperial, el de la crítica literaria, se trata de diversas maneras en algunos de los artículos. M. di Marco estudia la figura de Jenófanes vista por autores posteriores, en concreto el tratamiento de escéptico que recibe de Timón de Fliunte; R. Tossi se dedica a la tradición proverbial griega estudiada por Aristófanes de Bizancio; M. Moggi al estudio de un término importante en historiografía en relación con la polis, usado por Estrabón como intérprete de Homero; D. Ambaglio a citas de historiadores griegos en el Περ ~Υψους, donde más que por su interés histórico o geográfico aparecen como campo sobre el que ejercitar la técnica retórica y el gusto literario. El artículo de G. Guidorizzi es interesante para cuestiones de la teoría de la inspiración y de la relación entre poeta y auditorio. El epigrama de caza de Adriano dedicado al Eros de Tespie nos recuerda al epigrama de Arriano hallado en Córdoba, al que no hace mención L. Gamberale en sus alusiones a paralelos de epigramas de caza a divinidades. E.V. Maltese señala la relación entre el manual de Marco Aurelio y no sólo la Diatriba de Epicteto sino también el Encheiridion, su segundo escrito transmitido por Arriano. Como única contribución a la segunda sofística, el artículo de S. Nicosia reinterpreta un pasaje de los Discursos Sagrados de Elio Arístides con ayuda de la poesía y prosa jonias, señalando que este autor no es tan aticista como suele mantenerse. Aparte de cuatro artículos dedicados a autores tardíos (Celso, Orígenes, Plotino, Porfirio, Procopio), la recopilación termina con dos escritos encabezados por el título Fra Antico e Moderno, dedicados, el de F. della Corte a los rapsodos, y el de M. Coccia a cartas de Belli de interés para la situación del griego en su época. La recopilación de artículos va acompañada de utilísimos índices de citas antiguas y de autores modernos. Puesto que se trata de un libro de homenaje, resulta muy agradable encontrar en algunos de los artículos una palabras introductorias dedicadas a Bruno Gentili. Homenaje a Luis Gil, ed. por R.M. AGUILAR, M. LÓPEZ SALVÁ e I. RODRÍGUEZ ALFAGEME. El gran filólogo y notable profesor D. Luis Gil recibe con este libro un merecidísimo homenaje que reconoce su devoción a la Filología griega y su dedicación a la docencia du-rante muchos años. Ante todo, de la importantísima labor desarrollada por este destacado helenista se da cuenta en las primeras páginas del libro, dedicadas a su más que amplia bibliografía, que nos revela al filólogo de talla que no ha descuidado ninguna de las áreas de nuestra disciplina (literatura, edición, traducción y comentario de textos, morfología, sintaxis, métrica, lexicografía, etc.). En segundo lugar hay que destacar su labor como humanista (Panorama social del humanismo español, Estudios de humanismo y tradición clásica, etc.). También da cuenta este libro de su importantísima labor como profesor, ya que, entre los muchos autores que en él han colaborado, puede verse una nutrida representación de alumnos que han ido pasando por sus clases. El libro tiene un primer grupo de artículos dedicados a lingüística, en especial griega, pero también latina e indoeuropea. Entre ellos está representada la fonética (J. J. Moralejo sobre las labiovelares), la morfología (E. G. Domínguez sobre formaciones verbales secundarias en ide.; J. M. Floristán sobre la declinación temática en la evolución del sistema nominal entre el griego clásico y el moderno), la sintaxis (P. Ortiz sobre el uso del infinitivo con preposición en el Pratum spirituale de Juan Mosco) la teoría del lenguaje (A. D. Tejera -G.Moreno sobre la lingüística del texto), análisis del texto (E. Crespo Güemes sobre la utilización por Plutarco de fuentes epigráficas en la redacción de las Vidas paralelas; J.L. Moralejo que hace un comentario sobre un pasaje de la Tabula Contrebiensis, CIL I 2 2951a), y la lexicografía (F. García Romero sobre algunas voces del léxico deportivo, J.A. López Férez sobre un término galénico, J. de Hoz sobre la traducción al galo de un epíteto griego de divinidad -¦πήκοος -; J. L. García Ramón sobre el radical ide. b h an-, gr. φαίνω NmostrarN). El bloque de artículos más numeroso es el de los que versan sobre distintos aspectos literarios: R. M. Aguilar habla de las mujeres y diosas del entorno de Ulises cuyo papel es el de venir en ayuda del héroe; también dentro de la Odisea M. Gigante analiza la literalidad y contextualización de su proemio. Recordando uno de los títulos más importantes del homenajeado, Therapeia. La medicina popular en el mundo clásico, M. Ruipérez y E. Suárez de la Torre se ocupan, el primero, de los curanderos míticos (Podalirio, Melampo, ambos nombres parlantes), el segundo, del iatromantis Poliído. J. García López y C. Morales Otal hacen una reflexión en torno a la escenificación del acto cultual del sacrificio en el Agamenón de Esquilo, y, siguiendo dentro de la tragedia, M. Vílchez expone algunas de sus ideas sobre el Prólogo de las Bacantes de Eurípides. De temas de la comedia escriben E. Degani (Ar. 996), V. Tammaro con algunas observaciones sobre los Caballeros de Aristófanes, I. R. Alfageme sobre las escenas centrales de Ranas y su estructura y A. Melero Bellido que analiza las relaciones entre comedia y drama satírico. A. Esteban habla sobre la Introducción del Fedro platónico, M. García Teijeiro sobre el Idilio XIV de Teócrito, M. C. Giner Soria sobre la diálexis de los sofistas de una colección biográfica y A. López Eire sobre retórica y ética en las Epístolas de Libanio. De otros temas literarios escriben J.M. Marcos (el περ τέχνης hipocrático), M. Martínez Hernández (el tema de las islas poéticas), A. Piñero (los Hechos de los Apóstoles), C. García Gual (la novela de Longo), J. Lens Tuero (las relaciones de Escipión y el rey númida Sífax en la tradición historiográfica), J. Simón Palmer (el Pratum spirituale de Mosco) y J. Vara Donado (Historia secreta de Procopio). En el apartado de crítica textual hay dos contribuciones: J. Lasso de la Vega "Notas críticas al texto de Esquilo, Coéforos 340-462" y F. Hernández Muñoz "Cinco notas al EMERITA. Bajo el epígrafe Historia, hay cinco colaboraciones: J. M. Blázquez (rituales funerarios de la tumba tracia de Kazanlak), A. Lozano (divinidades greco-orientales en la Hispania romana), J. Fdez. Nieto (Temístocles en Artemisio, de acuerdo con Fanias de Ereso en Plu. 7), J. Gil (Levantes en las islas de poniente) y J.K. Hassiotis (intervención española en los movimientos antiturcos en Macedonia en los ss. Finalmente, el aspecto del Humanismo y tradición clásica, que tan fructíferamente cultivó D. Luis Gil, viene representado por A. Sáenz Badillos-J. Targarona que hablan sobre la aceptación del saber científico de los griegos por la «sabiduría tradicional» hebrea; A. Moure Casas sobre las relaciones entre la Historia Silense y la Crónica Najerense; J. Costas -L. Carrasco sobre el De bello Africo de Juan Ginés de Sepúlveda; F. Díaz Esteban se refiere a un aspecto de la convivencia del mundo semítico y del helénico en nuestra lengua castellana en "Relato bíblico y mitología helénica en el poema heroico Sansón Nazareno de Antonio Enríquez Gómez"; N. Fernández Marcos escribe sobre "Censura y exégesis: las Hypotyposeis de Martínez de cantalapiedra"; de A. Vian es "La Turcarum origo: una crónica ejemplar y burlesca en el Viaje de Turquía"; L. Clare y F. Jouan hacen un breve estudio de dos poemas de Lorenzo Velasco, poeta y catedrático de griego en Salamanca en el s. XVII; J. López de Rueda se ocupa de la traducción del De situ orbis de Pomponio Mela hecha por un gran humanista español del s. XVII, J. A. González de Salas; y, finalmente, P. Martínez Lasso habla de las peripecias de un proyecto de diccionario greco-hispano en el s. XIX. El volumen, como es normal en un libro de estas características, tiene altibajos en cuanto al tratamiento de los temas y la novedad de las colaboraciones. Pero, como tónica general, hay que destacar el gran nivel que la mayoría de ellas tienen y el interés que creo pueden suscitar para los estudiosos de los distintos campos tratados. Índice de publicaciones periódicas del Mundo Antiguo, Madrid, Ediciones Clásicas, 1995. Dentro de la colección de Instrumenta Studiorum, donde han visto la luz útiles trabajos de los que nos hemos podido servir en más de una ocasión, Ediciones Clásicas nos proporciona ahora una importante herramienta que pretende, según palabras de sus autores, dar cuenta del mayor número posible de publicaciones de tipo periódico que incluyen en sus páginas trabajos relacionados, en su más amplio sentido, con el Mundo Antiguo, a través de una sistematización ordenada de sus títulos y siglas. Se ofrecen dos índices, uno de revistas ordenadas por orden alfabético, acompañado de un número correlativo y la sigla correspondiente. El segundo es el listado alfabético de siglas con indicación del número a que corresponde en el primer índice. Revista de Lingüística y Filología Clásica (EM) -LXV 1, 1997, pp. 123-180 El resultado consigue ampliamente el objetivo que se persigue. Se han consultado todos los repertorios bibliográficos existentes sobre la materia, con lo que aumenta considerablemente el número de entradas de LNAnnée Philologique añadiendo, además, publicaciones de reciente aparición en el momento de la publicación del índice, y, sobre todo, se ha realizado un importante esfuerzo a la hora de completar información, ordenar el material y evitar repeticiones e incongruencias, siempre procurando no apartarse de criterios adoptados ya por una mayoría importante de la comunidad científica. Se respetan los dobletes de revistas extranjeras, aunque se advierte de su existencia y, para los que se producen en revistas españolas, se opta por una sigla nueva que no choque con las existentes, manteniendo, únicamente, las coincidenc¡as entre siglas de revistas españolas y extranjeras. De todos ello se da explicación detallada en la introducción. En suma, un trabajo impecable y de imprescindible consulta para los investigadores en sus búsquedas bibliográficas, por lo que damos la enhorabuena y las gracias a sus autores. Con todo, y como sus propios autores hacen notar, este tipo de trabajos, desde el momento en que ven la luz, son susceptibles de actualización y es fácil hacer sugerencias sobre el mismo. Por este motivo me permito hacer algunas observaciones con la intención de que puedan ser útiles para la siguientes ediciones. - Se recogen en este volumen-homenaje algunos de los trabajos más significativos de Giuseppina Simonetti, aparecidos entre 1977 y los últimos años de su vida, y en ellos se tratan cuestiones referidas a autores de época clásica, especialmente a Virgilio, época imperial (Juvenco) y Alta Edad Media (Jordanes o Gregorio Magno). Dentro de la temática que afrontan los diferentes artículos se realizan incursiones en la crítica textual: «Romulus iunior, Iordanes, Romana 52» (pp. [3][4][5][6][7][8], único testimonio en que Rómulo y Remo son considerados no gemelos; en la lexicografía: «Sensi diversi del termine fama in Virgilio» (pp. 87-95) o «I termini `tecnici' nella parafrasi di Giovenco» (pp.121-154); se analizan técnicas compositivas con el fin de dilucidar la atribución dudosa de algunas obras, como en «Su alcuni passi dell, cuyas características hacen pensar en la propia mano de Séneca para la composición de la tragedia, o en «Cesare o un continuatore per Bellum, donde el estudio permite concluir a su autora que la obra está realizada teniendo delante los materiales cesarianos; se analizan, también, técnicas compositivas propias de un autor, en este caso Juvenco, en «Osservazioni su alcuni procedimenti compositivi della tecnica parafrastica di Giovenco» (pp. 97-119); los procedimientos de carácter fónico distintos de la aliteración, como la repetición o el quiasmo, que amplían y enriquecen el efecto de la aliteración en Virgilio, son examinados en «Effetti fonici in Virgilio» (pp. 155-185); se estudian posibles influencias como la de Virgilio en Avito, quien reelabora de forma profunda y personal datos recogidos de Virgilio: «Avito e Virgilio» (pp. 61-86); se reconstruye, mediante el análisis de la repetición formular, el contenido de una carta perdida. Los tres últimos trabajos seleccionados están dedicados a la reconstrucción del entorno histórico cultural de la producción de Beda. En Historia ecclesiastica gentis Anglorum, obra donde existe una profunda compenetración entre política y religión, se ponen de manifiesto las dificultades que conlleva la conversión de los anglosajones (pp.187-205). Los Duo libri homiliarum de Euangelio muestran una colección de sermones, con una estructura muy simple y con finalidad parenética y didáctica, que el propio Beda parece que reúne de forma orgánica. Las dos obras que dedica a los Actos de los Apóstoles: Expositio Actuum Apostolorum y Retractatio de esta Expositio, muestran una continuidad en sus trabajos. El libro se cierra con tres útiles índices, obra de Antonio Sanfilippo, que dan unidad al trabajo y recogen referencias bibliográficas modernas, las citas de la Sagrada Escritura que aparecen en los distintos artículos y, por último, reseñan los lugares en que se han utilizado citas de autores antiguos, ya sea en lengua original o traducidas. Con todo ello se logra lo que creemos es el objetivo principal de la obra, dar una muestra más que suficiente del pensamiento y producción de la homenajeada. El presente volumen constituye el homenaje que una serie de discípulos, amigos y colegas han tributado al profesor Untermann con motivo de su sexagésimo quinto aniversario. Su título Lenguas y escrituras del área mediterránea antigua ya da una gran idea de su contenido. La intensa labor del homenajeado en variados campos que abarcan la onomástica, la paleohispanística, la epigrafía, etc., hace que el libro recoja aportaciones de diversa índole, todas ellas a cargo de prestigiosos filólogos, lingüistas, historiadores y epigrafistas, entre los que se encuentran también los españoles Arias, Fletcher, García-Bellido, García Ramón, J. villa de Horacio, sin aportar datos nuevos y omitiendo toda referencia bibliográfica (vol. II,; o la nula conexión del de F. Coarelli (vol. III, pp. 109-119) con el tema horaciano del congreso; no hay índices de ningún tipo ni se ha unificado el sistema de citas en las notas a pie de página. En cambio, es de elogiar la calidad de las láminas (algunas a color) que ilustran muchos de los temas tratados, aunque a veces se repiten en diferentes artículos delatando la falta de una concepción global de las Actas; la planta de la villa Sabina de Horacio (tomada de la obra de Lugli), por ejemplo, se repite hasta tres veces en los Atti del Convegno di Licenza (pp. 67, 94 y 108). Toda la obra está dedicada al recuerdo vivo de Francesco Della Corte («alla Sua humanitas profonda», Presentazione vol. III), el verdadero promotor y organizador de la celebración del bimilenario de la muerte de Horacio. Copioso es este homenaje dirigido al profesor Gigante con motivo de su jubilación por un grupo de discípulos. Los temas más varios, de la Filología a la Arquelogía a la Historia, de las Literaturas griega y latina a la Bizantinística, el Humanismo y la Tradición Clásica, se reunen aquí. Son frecuentes los temas caros a Gigante, como los de Arqueología suditálica y el Epicureísmo, pero no son ni mucho menos los únicos. No podía ser menos en un homenaje a un filólogo de tan vastos intereses, que ha sabido además sembrarlos en un grupo brillante de discípulos. Su bibliografía es tan amplia, que ha sido objeto de un volumen especial, al cual aquí se añade un complemento de 1994-95, que empieza por la entrada 574. Pero, por lo que respecta a sus más cercanos intereses en torno a Nápoles y Sicilia, quizá debería comenzarse la lectura del volumen con el trabajo final de Salvatore Cerasuolo sobre «Un viandante nell' antica civiltà dei campi Flegrei»: un viandante que es precisamente Gigante. No faltan trabajos sobre temas filológicos y filosóficos de la antigua Grecia: de Maria Luisa Chirico sobre Aristófanes, Pia di Fidio sobre Tucídides, Alberto Jori sobre Sócrates (la teoría de la virtud), Carlos Lévy sobre el mito del origen de la cultura en Cicerón. Otros se refieren a fechas más recientes: hay dos trabajos, de Luciano Landolfi y Fausto Giordano, sobre la tradición ovidiana; y uno de Gian Franco Gianotti sobre la Alcestis de Barcelona (quizá destinada a un espectáculo de pantomima). Ni faltan, como es lógico, los temas epicúreos: trabajos de Maria Luisa Silvestre (las opiniones de Epicuro sobre la política en función de sus experiencias) y de Salvatore Cerasuolo (cómo se comprende su desdén por los aphrodisia). Ni los bizantinos, con frecuencia referidos a los copistas o editando nuevos textos: Gennaro Luongo (prólogo del encomio de San Acacio en un códice de Patmos), Giuseppe Esposito (la praefatio ad EMERITA. Revista de Lingüística y Filología Clásica (EM) -LXV 1, 1997, pp. 123-180 Homerum de Isaac Porfirogénito), María Rosa Formentin (Augusto Valdo, copista griego), Constantino Nicas (petición de ayuda para Grecia dirigida por Janos Láscaris a Carlos V), Filippo d' Oria (el copista Giovanni Santamaura). Menciono los trabajos arqueológicos de Paolo Enrico Arias sobre Spina, Giovanna Greco sobre el santuario de las bocas del Sele, Baldassare Conticello sobre las posibilidades de una nueva excavación de la Villa dei Papiri, Raffaella Pierobon Benoit sobre Gadara, Lucia Amalia Scatozza sobre la estatuilla de un genio funerario de Herculano. Hay que añadir la epigrafía: María Luisa Tortorelli sobre una lámina órfica de Pelinna (Dioniso por primera vez en este contexto de manera explícita), Basil Mandilaras (el único no italiano en el volumen, publica una nueva inscripción de Argos). Y la Historia, con frecuencia en el ambiente itálico: Alfonso Mele (epigramas de Leónidas sobre las armas tomadas por los tarentinos a los lucanos), Alfredina Storchi Marino (sobre el controvertido liberto Palante, honrado por Claudio), Filipo Càssola (localización de la última residencia de Plotino, cerca de Puteoli), Maria Bianca Troisi (sobre el núcleo de cultura griega que pervivió en Troina antes de la llegada de los normandos). Otros trabajos se refieren al Humanismo y a la tradición clásica: Frederica Troisi sobre La Tempestad de Shakespeare, Piero de Vonna sobre términos del latín escolástico y renacentista (polémica sobre ens, etc.), Antonio V. Nazzaro (una parodia de la oda al ánfora de Horacio), Adriana Pignani (evolución y derivados de nostos), Vincenzo Trombetta (venta de una biblioteca clásica a la Biblioteca Real de Nápoles), Maurizio Vitale (cartas de Pietro Fanfani a Giovanni Gherardini), Stella Georgala Priovolou (la traducción de la Odisea de Romagnoli), Mariella Cagnetta (polémicas sobre el papel de Horacio en la corte de Augusto y las relaciones del intelectual y el poder), Aldo Trione (el tema del naufragio con sus variantes a partir de Nietzsche). Como se ve, un elenco de temas muy variado. El libro está bien editado y contiene láminas con los monumentos arqueológicos tratados y los textos editados. Aunque no agota la problemática que podría desarrollarse en torno a los intereses de Gigante, es un muestrario suficiente de los mismos y de la fecundidad de su enseñanza. Una vez más el equipo investigador del Departamento de Ciencias de la Antigüedad de la Universidad de Zaragoza ofrece un útil instrumento de trabajo para los estudiosos del latín. En esta ocasión, concretamente del Latín vulgar y tardío, por la fecha y características lingüísticas de los textos objeto de estudio. Por un lado, este trabajo supone un complemento a otro anterior ya que ofrece, ahora lematizada y con índice de frecuencias, la concordancia alfabética del Itinerario de Egeria que
3 ss.; U. Espinosa Ruiz, «El reinado de Commodo: subjetividad y objetividad en la antigua historiografia», Geriol1 2, 1984, pp. 113A9, con bibliografia.
La Vi/a Desiderii de Sisebuto (BHL 2148) 1 es una composición hagiográfica escrita en tomo al año 613. En ella se nos narra la vida de Desiderio, obispo de la ciudad gala de Vienne durante el reinado de Teodorico y Brunequilda. En la obra asistimos a la elección del santo protagonista como obispo de la citada ciudad, a su destierro en un concilio por una acusación basada en un presunto delito sexual por su parte, y en su posterior regreso a Vienne tras ser perdonado por los reyes por el temor de éstos de incurrir en la ira de Dios. A continuación, en la segunda parte de la obra, Sisebuto nos relata el enfrentamiento entre Desiderio y los reyes ante la mala política de éstos. Entonces el santo es detenido y posteriormente lapidado. Finalmente, la obra concluye con la descripción del castigo divino que recae sobre cada uno de los dos reyes y los numerosos milagros que acontecen junto a la tumba del santo'. Fue de Ambrosio de Morales, de cuya mano contiene abundantes notas que van al margen o intercaladas en el texto. Contiene asimismo en su comienzo la anotación marginal: Ex ueteri eodiee Ouetensi ad hune sáibit S. Grego- Además de estas ediciones, unos excerpta de los capp. Flórez siguió para su edición, según parece, los manuscritos M y T'; Krusch los manuscritos M, O, T YB 10; YGil fue quien se sirvió de un mayor número de manuscritos, pues los utilizó todos salvo el de Toledo ( 7) ". Por lo demás, en ninguna de las ediciones salvo en la de Gil encontramos un stemma que indique las relaciones entre los manuscritos 12. En opinión de Gil, del ovetense se hicieron tres copias, dos en el s. XVI (manuscritos M y O), y otra, que hoy estaría perdida, en una época indeterminada entre los siglos XII y XVI Yque fue la que utilizó Juan Bautista Pérez para copiar el ms. T, por lo que Gil llama a este manuscrito perdido {(Perezianm>. A su vez, de este manuscrito «Pereziano» se copiaron en el s. XVI el ms. r, y en el s. XVII el 1. En cuanto a los otros dos manuscritos que conservamos, X seria una copia del s. xviII de M y B una copia, también del s. XVIII, de T. En la argumentación de Gil, sin embargo, no queda muy claro en qué se basa para postular la existencia del manuscrito que él llama {(Perezianm>. Por mi parte, he tenido ocasión de acceder a todos los manuscritos que nos conservan la Vi/a Desíderii, incluido el Toletanus 27-24 (7), Y ha sido precisamente el estudio de este manuscrito T lo que me lleva a pensar en un stemma parcialmente distinto del propuesto por Gil para la obra de Sisebuto 13 Parece clara, en primer lugar, la pertenencia de los manuscritos T y J (junto con B) a una misma familia a partir de una serie de lecturas comunes como las siguientes 14: R No obstante, Díaz y Díaz se limita a seguir el texto de Kmsch, introduciendo tan sólo unas leves variaciones de acuerdo con el aparato crítico del editor alemán, y sin manejo de los manuscritos. 317: «Hállanse en un ms. de esta Real Bibliotheca de Madrid, intitulado Ouetensis codex el aUa, que fue copia usada por Ambrosio Morales, pues tiene varias notas marginales de su letra. Lo material del texto se halla con bastantes defectos, pues no sólo carece de ortographia, sino que a veces no se puede fonuar buen sentido. Para ocurrir a esto me valí del Señor Infantas, Doctoral de Toledo, a fin de que me hiciese el favor de cotejar esta copia con otra que se conserva en aquella santa Iglesia, como lo egecutó con la diligencia y esmero que acostumbra. En este mismo siglo XVIlI, X se copió de M. Como se ve, coincido con Gil a propósito de O y de la familia MX, pero disiento en relación con la familia TJB, aunque también aqui coincido con Gil en que B es copia de T. Para resumir, mientras que Gil defiende que T y J dependen de un mismo manuscrito hoy perdido, el que él llama "Perezianü», y que éste dependería del ovetense; por mi parte, propongo que J depende de T y que éste depende, a su vez, directamente del ovetense, con lo que pongo en duda la existencia de ese manuscrito perdido llamado por Gil «Perezianü». Debo partir para mi argumentación de los datos que el ms. J nos proporciona acerca de su modelo. Sabemos con seguridad, en primer lugar, que el ms. J perteneció a Martin de Ximena Jurado, según leemos en su fol. 1': Opera et studio Martini de Ximena Jurado,!icet indigni, Presbyteri Gienensis Diocesis, Sanctae uero praedictae Ecclesiae Toletanae Subdiaconi... 16; y también sabemos con seguridad, en segundo lugar, que J fue copiado de un manuscrito de Toledo cuya signatura antigua era 31-15, pues fue éste el ms. que Martin de Ximena Jurado conoció en la Iglesia de Toledo según él mismo escribe en uno de sus libros: «Estas cartas (se. del rey Sisebuto) están en la librería de la Santa Iglesia de Toledo, en el cajón 31, nu. 15, en un libro manuscrito desde el fol. 62 con otras cartas deste rey, y del mismo Cesario, y con la Vida y Martirío de San Desiderio, Obispo de Viena, escrita por el mismo rey Sisebuto, que luego que a sus oidos llegó el Martirio de aquel Santo Prelado, que sucedió en su tiempo, quiso ser su coronista, de adonde las copié» 17. En confirmación de esto, en el primer folio de J está contenida la siguiente advertencia: Collectio opusculorum aliquorum scriptorum... e Bibliothecae Sanctae Ecclesiae Toletanae uetustis exemplaribus manuscriptis in lucem nunc primum edita, y precediendo a cada una de sus obras encontramos la signatura del códice de la Biblioteca de la Catedral de Toledo que ha seguido el copista, con indicación además del folio, y en el caso de la Vita Desiderii encontramos en la pág. II deJ: 31-15 MS., fol. 77. El problema que se nos plantea, llegados a este punto, es que no tenemos noticia de ningún manuscrito de la catedral de Toledo cuya signatura antigua fuese 31-15 y que nos conserve la Vita Desiderii. Podemos pensar entonces que se trata de un manuscrito perdido. Sin embargo, sabemos que hay en la' catedral de Toledo un manuscrito de signatura antigua 31-18 (actualmente 27-24) que contiene la Vita Desiderii, Como he dicho antes, para Gil, este manuscrito depende también del manuscrito del que, en su opinión, depende J Es decir, del manuscrito que Gil llama «Pereziano» dependerian T y J Frente a esto, ya he señalado que, a mi juicio, T depende directamente del ovetense. Al comienzo del ms. T, en el recto del primer folio, antes del indice incluso, encontramos anotada su signatura antigua: <<1 -31-18», pero este <<18» parece más bien un «15» antiguo a cuyo <<5» se ha atravesado con una línea recta transversal que va desde la parte superior derecha hasta la parte inferior izquierda, de modo que el <<5» queda transformado en «8» (vid. fig. 1). Y, en efecto, en el fo1. 77 r, en que comienza la Vita Desiderli, leemos, como ya he indicado antes: Ex u. c. Y esto lo vemos confirmado cuando al comienzo de unas cartas enviadas y recibidas por el rey Sisebuto aparece en J la indicación 31-15 MS., fol. 62, y encontramos 8 cartas que aparecen en el fol. 62 del manuscrito T y en el mismo orden 18 Asimismo, el resto de las indicaciones que Martin de Ximena Jurado da sobre el ms. 31-15 las encontramos en T en el folio indicado por éste: «La carta del Patricio Cesario está inmediata después de la referida, y asi parece haberse escrito casi por el mismo tiempo, algo después de la otra: la cual tiene los siguientes títulos y nota al margen, A esto se puede añadir asimismo que tanto en la Vita Desiderii, como en las cartas contenidas en ambos manuscritos, hay varias omisiones comunes de r y J, algunas propias de J que no se dan en r, pero, sin embargo, no hay ninguna omisión propia de T que no se dé en J, cosa que sería nonnal si hubiesen sido copiados independientemente ambos manuscritos de otro códice 20 Este hecho nos lleva a pensar también en una dependencia de J respecto de T. Puede pensarse, naturalmente, que el ms. T es una copia exacta de un manuscrito perdido 31-15. Pero quizás lo que haya ocurrido haya sido que el ms. 31-15, por determinadas razones, pasara al cajón 31, n.o 18, con lo que su signatura se corrigió en este sentido, y de ahí la confusión. Este traslado habría debido producirse entre la copia de J, s. XvII (donde aún se indica que es copia del ms. 31-15), y la copia de B, s. XvIII (donde ya se indica que se copia del ms.31-18). Buscando una posible confirmación de mi teoria sobre este cambio de signatura de r de 31-15 a 31-18 entre la copia de J (s. XVII) y la de B (s. XVIll), escribí a la Biblioteca Capitular de Toledo preguntando por el manuscrito de signatura antigua 31-15, con el deseo de averiguar si aún se conservaba, si habia existido pero hoy estaba perdido, o si podría ser el que actualmente conocemos como 27-24 (ohm 31-18). Después de búsquedas intensivas, según él mismo me escribe, el Director del Archivo y Biblioteca Capitular de Toledo, R. Gonzálvez, ha llegado a la conclusión de que el 31-15 es probablemente el actual 27-24, Y añade la explicación del cambio de la signatura 31-15 por 31-18. Parece ser que muchos manuscritos de la Biblioteca Capitular de Toledo han llevado tres signaturas, una del s. XVI (que selÍa en este caso 31-15, la que encontrarnos en J), otra del s. Xvlll (31-18, la que aparece en B), y la definitiva del s. XIX (la actual 27-24) 2I Según todo esto, el stemma que resultaría sería el siguiente: 20 Para las omisiones comunes de T y J, vid. supra. Omisiones de J que no se dan en T son, por ejemplo, en la VÜa Desiderii, las siguientes: p. 21 Querría manifestar asimismo aquí mi agradecimiento a Ramón Gonzálvez por las molestias que se ha tomado en la investigación que le solicité en torno al manuscrito 31-15. Parece, por tanto, de acuerdo con todos los indicios anterionnente expuestos, que el actual ms. T 27-24, olim 31-18, es el mismo 31-15 del que Martín de Ximena sacó su copia (J). Así pues, y de acuerdo con nuestros conocimientos actuales, no hay ninguna razón para no pensar hoy por hoy en una dependencia directa de T con respecto del ovetense perdido. anotaciones de su propia mano en los márgenes. márgenes, la siguiente anotación: Ex uetusto codice Ouetensi ad hunc scribit Gregorius. Inventario General de manuscritos de la Biblioteca Nacional, vol. 11 (SOla 896), Sobre el códice ovetense, vid.: «Noticias que escribió Ambrosio de Morales de lo contenido en el famoso Códice Ovetense de Don Pelayo, Obispo de esta Sede>" en E. Flórez, España Sagrada, vol. 38, Madrid, 1793, pp. 366-9; A. de Morales, Viage de Am- brosio de Morales por orden del rey D. Phelipe II a los reynos de "León, y Galicia, y Principado de Asturias, E. Flórez (ed.), Madrid, 1765, p. Ir; Id., La Corónica General de España, vol. 2, Alcalá de Henares, 1577, libro XII, cap. 13, p. 275; K.rusch, B., su intro- ducción a la edición de la Vita Desiderii en MGH, SSRM I1I, Hannover, 1888, p. Pérez de Urbel, Sampiro, su Crónica y la monarquía leonesa del siglo De estas dos resulta el texto que doy todos los manuscritos que conservan la Vila Desiderii, excepto del ms. O de El Escorial, tengo fotocopias sobre microfilm. De T, cuento además con el microfilm. En cuanto a O, lo he podido consultar directamente en la biblioteca de El Escorial. Asimismo he podido consultar directamente los manuscritos de la Biblioteca Nacional. Únicamente no he podido consultar directamente T. 14 Cito por la edición de Gil, señalando página, capítulo y línea. Ximena, con las que consigue mejorar frecuentemente el oscuro sentido con sus correcciones Xirnena logra dar con la lectura correcta, así 15; mi juicio, del ovetense se hicieron en el s. XVI tres copias: M, D y T. Posteriormente, de T se copiaron, en el s. XVii, J, y, en el s. XVlII, B. Hic partem Hispaniae gubernabat CESARlI PATRIC/f AD SISEB VTVM Regem pro supradicto CECILIO directa, dllll1 pro HeracIío Imperatore a militibus captas.fitisset.
U-:çro ('causo un VO/loç'), uPp{çro ('causo una UPPlç').
No hemos tenido un buen año: tras la desaparición de Jean Irigoin y Agapitos Tsopanakis, llega la noticia de que nos faltará también Dietfried Krömer, miembro del Consejo de Redacción de EMERITA el cuatrienio pasado, y en éste del Asesor. Nacido en la entonces Silesia austríaca, parte desde 1948 de Checoslovaquia y ahora de Chequia, este filólogo clásico, formado en las Universidades de Würzburg, Viena y Berlín (FU) y autor de un estimable estudio del Agesilao de Jenofonte, dedicó la mayor y mejor parte de su carrera a la lexicografía latina, y concretamente al Thesaurus Linguae Latinae que se hace en Múnich, al que se incorporó en 1978 y en el que, desde 1990 hasta su jubilación, ocupó el cargo de Geschäftsführender Direktor, logrando afianzar la independencia del proyecto hasta tal punto que, como él mismo decía haciendo gala de germánico humorismo, al término de su mandato el amo absoluto del Thesaurus era el orden alfabético. Su talante era precisamente el que requiere la empresa en la que trabajaba: tomó por divisa aquello de "si supiera de cierto que moriré mañana, hoy plantaría un árbol", y se remitía a esta cita de Lutero cuando, al dar cuenta de la marcha de los trabajos, tenía que señalar como fecha probable -o, mejor dicho, posible -de su terminación la de 2035, o más bien 2050. En esos años de plena dedicación al Thesaurus, Dietfried Krömer se convirtió en una autoridad indispensable en lo tocante a la Lexicografía latina en general, y en particular a la historia de los diccionarios: ahí está, por ejemplo, su artículo Lexikographie en Der neue Pauly. Absorbido por las labores de gestión y las científicas sin firma, con la suya no pudo publicar mucho, solamente un discreto pero respetable número de artículos y comunicaciones verdaderamente notables: soñaba con jubilarse para poder trabajar sin agobios, y cuando efectivamente le llegó el retiro administrativo, se percató, no sin sorpresa, de cuántos compromisos tenía pendientes. Así nos lo decía cuando se disculpaba por no poder personarse Luego, un mal día, llegó un mensaje suyo que contestaba con mucho retraso una convocatoria: había empezado ya la batalla contra el cáncer, acababa de salir del hospital y hablaba de sus proyectos con ilusión y admirable sentido del humor. Era, en fin, hombre de trato agradabilísimo y erudición vasta y sólida, que se movía con mucha autoridad y soltura fuera del claustro del Thesaurus, participando en la vida cultural como apreciado musicólogo que era, y en la institucional de su localidad de residencia (Fürstenfeldbruck), sobre todo como estudioso, pero también representando a la Heimatbund Weidenau-Großkrosse, asociación de los oriundos de su comarca de nacimiento, como presidente de la cual -Vorsitzender, no Präsident -contribuyó activamente, ya con sus penúltimas energías, a la plena y definitiva reconciliación de los checos y los alemanes desplazados de los Sudetes.
La complejidad que, en términos generales, conlleva el estudio de teónimos y epic1esis griegos se acrecienta en casos como el de la extraordinaria variedad de formas que parece presentar el nombre de la diosa conocida en época romana como Ártemis Ortia ('Opilía), a la que estaba dedicado el más importante santuario espartano de su tiempo y cuyos ritos pervivieron hasta la segunda mitad del s. IV d.C. 1 Formas como Fopilacría, Fopilaía, Fopileía el s1m. ( § 2), que muestran las inscripciones laconias más antiguas serian, según se suele admitir 2, variantes * Versión ampliada de mi exposición en la Fundación Pastor, 6.2.1993, que se benefició de las observaciones de M. García Teijeiro, 1. El original en su versión final se ha servido de indicaciones y críticas de B. Forssman (Erlangen) y M. S. Ruipérez (Madrid). Conste aquí mi agradecimiento más cordial a todos ellos. ** Salvo indicación explícita, los textos laconios se citan según la numeración de IG V: 1. EM LXIV 2, 1996 de'Op~ía, fOnTIa de adjetivo en *-ijola-habitualmente entendida como epíteto de Ártemis en Laconia y emparentada en los diccionarios etimológicos al uso con la familia del adj. 6p~ó<;'recto, erguido', a la que también pertenecerían'Op~OJcría (Pind., Hdt.) y'Op~áicrlO<; (Delos), epítetos de Ártemis y de Posidón respectivamente. Es, en todo caso, difícilmente imaginable que fannas tan dispares como Fopt}aoia y'Opt}{a, atestiguadas en un auténtico mosaico de variantes, sean fonéticamente reductibles a una protoforma común y que en ésta subyazga, concretamente, 6p~ó<;, ya que las dificultades de orden fonético y morfológico son prácticamente insalvables. El objetivo de este trabajo es hacer ver, mediante la combinación de criterios lingÜísticos y filológicos y sobre la base de la totalidad del material disponible, la existencia de, al menos, dos protofonTIas de diferente etimología y correspondientes a dos divinidades originariamente distintas. La amplia gama de variantes atestiguadas sería el resultado de un entrecruzamiento formal secundario, favorecido por tratamientos fonéticos recientes (desde c. s. 11 a.c.), y coincidente con un hecho de sincretismo, cuyas líneas fundamentales intentaremos trazar. Veamos, ante todo, los datos epigráficos, que distribuimos, en una aproximación puramente taxonómica, en dos grandes grupos, según presenten o no digamma inicial (salvo indicación explícita, las fOnTIas aparecen en solitario y no como epíteto de Ártemis). (1) Con digamma inicial cabe distinguir tres variantes (todas ellas atestiguadas ya desde época arcaica): Cf. asimismo la variante Fpo~acría SEG 11 67 (VI), con grafia por como notación del resultado de metátesis 3 (lb) Fop~aía (s. VII-V): SEG 11 83 (VI), IG 1571 (v ex.). Cf. asimismo la variante con metátesis Fpo~aía SEG XXVIII 409c (VII-VI), IG 252a (VI) y la variante gráfica FOP 'l' aía IG 252b (vI), con 4 ca, Miraf10res 1993, pp. 267 S., las variantes que presenta este teónimo manifiestan el modus scribendi laconio despreocupado de sistematizar su grafía. 263 ss., quien relaciona estos teónimos con la raíz *yerdh-'crecer', cf. irifra § 3. Un caso similar al de F po'6aoia junto a Foptl-aoia podría ser o el de los antropónimos micénicos wo-ti-jo /Worthios/ (PY An 340.8, Jn 832.5) junto a wo-ro-ti-ja /Wrothias/ (Es 728.1, Es 650.7); pero /WrothÜi"s/ (cf. rrótl-Ot; en el 1 milenio) apunta más bien a pó1'}Ot;'ruido', cf. Ruijgh 1967, p. (2) Sín digamma inicial cabe distínguir dos variantes: (2a)'Op~ia, atestiguada ya en un dado del s. VlI (ef inFa § 4), sin mención de Ártemis. Otros testímonios (síempre como epíteto de Ártemis) datan 1966-1967, pp. 14~19, Y puede ser debida más a la falta de atención en el empleo de ambos signos, ciertamente muy semejantes (<<faults in the lettering) cf. L. H. Jeffery, The Local Scripts 01Archaic Greece, Oxford 1961, p. 1 (= 1990); L. Threatte, The Grammar 01Attic lnscriptions, Berlín-Nueva York 1980, pp. 470 ss.), que a una confusión de ambos fonemas aspirados con carácter fricativo. Algunos de los ejemplos laconios habitualmente aducidos son descartables: así, la «ghost-fomm KOp<pl&W';, pretendido epíteto del dios Pan en Esparta (cf. P. Poralla, Prosopographie der Lakedaimonier, Roma 1985, p. 512), quien lo relaciona con KOpfrú,'trigo'). 5 El empleo de por, hecho gráfico muy frecuente en laconio refleja el paso de Iwl > Ibl, al menos a partir del s. v, cf. Striano 1989: p. La idea de que era una invención de los gramáticos para representar el sonido más próximo a IFI ha tenido bastante aceptación, cf. L. Weber, Quaestiones laconicae, Gotinga 1887, p. 598, Sin embargo, hay testimonios contemporáneos de y e, incluso, de la presencia de en inscripciones anteriores a las que presentan, así, BOlVC[Ol,] IG 1229.4 (s. v ex.) mientras FwpllEÍa IG 255 (s. Se observará que los tipos Fop~Eía (1 c) y'Op~EÍa (2b) convergen por razones formales y de contenido a paliir de época helenística (cf. infra), dando lugar a formas híbridas e inidentificables con precisión como pertenecientes a uno ti otro. Sin necesidad incluso de entrar en la interpretación morfológica de las variantes con digamma inicial (la-c) atestiguadas desde las inscripciones arcaicas, parecería a primera vista necesario contar con, por lo menos, dos formas: por una parte, Fop~aoia (la); por otra, Fop~aía (lb) y su variante Fop~Eía (1 c), con grafia por (cf. el eortónimo MaAEá'Ela por t MaAEámla en la estela de Damonón, IG 213.57: s. v, que designa las fiestas en honor de Apolo MaAEám, ya que los textos arcaicos (s. vi) reflejan el paso de la silbante intervocálica a aspiración, pero todavía no la desaparición de ésta (cf. BamAíca l-dhaíjaJ), lo que permitiria proponer para las tres variantes con digamma inicial una única forma base *~ordhasi7i (Fop~aCiía), de la que procederían secundariamente Fop~aía y, de ésta, Fop~Eía. Con toda probabilidad, Fop~aCiía y Fop~aía remontan a la raíz dhos (*FóptfoS) en la misma relación que'o~rí:'ó~o<;'corte', con lo que tendriamos un par *FoptfcimoS: *FoptHi, del tipo de 1tpu~vámos: 1tp1Í~va (forma secundaria procedente de 1tp1Í~va), i¡~Epámos: i¡~¿pa 15 Por su parte, Foptfaía, si realmente no procede de'Optfacría, podría entenderse como adjetivo en -iola-(*-ijola-) sobre el ya aludido *~ordhfí-, del mismo modo que "¡"EVVUtOr;: yÉvva, ava)'KutOr;: áváy¡cr¡, etc., y con un significado muy próximo al del tipo -ámos. De hecho, el antropónimo'OptfatOS está bien atestiguado en griego del 1 milenio 16. Un hecho especialmente llamativo es que las formas con digamma inicial, atestiguadas desde la época más antigua, aparecen siempre como teánimo en solitario y no como epiteto de Ártemis, lo que habla claramente a favor de que Wortasia sea una divinidad independiente. En el mismo sentido aboga la dedicatio arcadia IG V 2, 429.11/2 (Figalia, s. IV ad fin.): [K]at " Ap'E~t, at KOnAEOt Kat'a Foptfama 17 El hecho de que Wortasia aparezca coordinada con Ártemis, quien, a su vez, lleva el epíteto de <da Cotilea», parece indicar que se trata de divinidades distintas. EMLXIV 2, 1996 En conclusión: las formas FopOacría y FopOaíal-eía, correspondientes a una diosa distinta de Ártemis, procederían de la raíz lE *uerdh-y deben ser interpretadas como 'la relativa al crecimiento'. Las variantes del tipo'OpOía, sin digamma inicial (2a-b), se atestiguan en épocas muy distintas y en fuentes tanto epigráficas como literarias. En cuanto a los testimonios epigráficos, el más antiguo remonta a época arcaica. En efecto, la observación de la foto de una de la cara (b) de un dado votivo datable entre los siglos VII Y VI encontrado en el santuario de Ártemis Ortia (SEG XXVIII 409) hace posible operar con la forma que I. Kilian 18 lee como OP8IA, que dificilmente puede entenderse como epíteto de EAEY8IAL (Gen.) en otra cara del dado. En otro dado se puede leer en distintas caras (a) EAEY8IA y (e) TAl FP08AIAI. Más cuestionable es el valor de una inscripción del siglo IV 19 (IG 253), cuyo texto está muy mutilado: -KETAI M/[-OP]~IAL ENIK/[H-] 1-NTA Y difícilmente puede garantizar la presencia de una forma'OpOía. Están, en cambio, fuera de duda los testimonios de'OpDía (y variantes'QpDéa,'OpDEía el sim. (cf. § 2.2a-b) en época romana, siempre como epíteto de Ártemis. En cuanto a los testimonios literarios (Alemán, Jenofonte), su valor es muy relativo. Carece de valor en nuestro caso el epíteto'OpDpía atestiguado en el primer partenio de Alemán (v. 61: da!. sg.'OpDpíat), que ha sido identificado con'OpDía en un escolio (probablemente de Sosibio, comentarista laconio del poeta), lo que ha dado pie, junto con las claras similitudes existentes entre la incierta divinidad a quien se dirige (mencionada en v. 87'Aéiín<;'la del amanecer') y Ártemis, a la creencia bastante extendida de que el partenio estaba dedicado a Ártemis Ortia 20 Estudios globales del texto, como los de D. L. Page y M. Puelma 21, ponen de manifiesto la improbabilidad de otra acepción que no sea la propia del epíteto 'OpDpía' la de la madrugada', como ya hizo ver E. Risch 22. Tampoco es muy fiable el testimonio atribuido a Jenofonte, ya que el pasaje (Resp. 11 9), que contendria además la conocida alusión al ritual de la ola~a<níyúlO1~, está muy corrompido y su autenticidad ha sido cuestionada desde antiguo 23. Los primeros testimonios literarios seguros del teánimo'Optlía, frecuentemente en relación con la descripción del ritual de la Ota~a<níyro01~y generalmente como epiclesis de Ártemis, son ya de época romana: asi, en Plutarco (Lyc. Es importante subrayar que'Op~ía, "Op~lO~aparecen como epic! esis en otros lugares del Peloponeso. Así, llama especialmente nuestra atención su presencia en Epidauro aplicada a Ártemis 'Ap"~l[Ol] I'Op~tal IG IV 1195 (s.d.) 24 y también a Asc! epio (IG 1261'AaKA, llffiúll I'Op~l(lll25), en ambos casos con mención del mismo oferente (i\.lOvumo~Ka" ovap). Fuentes literarias hablan de la presencia de la epic! esis en Élide (Pind., 01. m 54:'Op~úlcría) Lo importante en nuestro caso es retener la existencia de una Ártemis'Op~ía en el Peloponeso dorio, en zona limítrofe con Laconia. En cuanto a la etimología de'Op~ía, es evidente que, como epiteto de Ártemis, el término se asociaba en el interior mísmo del griego con op~ó~, factit. Op~Óúl 'enderezar' (:'hacer op~óv') 26, como muestra el epíteto'Op~úl cría que, por lo menos desde el s. v, se aplica a la misma diosa así, Pínd., 01. IV 87; también en Epidauro IG IV 1050 (s.d.) y en Mégara IG VII 113 (aet. rom.).'Op~úlaía se entiende como 'la que endereza' a los enfermos, a las mujeres y a los recién nacidos después del parto, como indica la cita de Apolodoro recogida en el escolio a Pind., O/. m 54:'Op~úlaíq;...'ñ op~o 'IÍ" Tl'a~yuvalKa~Kai Ei~aCJlTTlpíav EK 'wv' OKE 'WV áyo' IÍ"Tl... 1tEpi TIí' Ap'É~lOO~'A1toA,A.óowpo~ypá<pE1''Op~úlaía oE, iín op~ol Ei~aCJlTTlpíav, op-~Ol'ou~YEVVúl~ÉVOU~27 Es muy verosimil que la forma'Op~úlcría jugara un importante papel en el proceso de sustitución de Fop~acría por'Op~ía cuando ya el primero de los dos teónimos fuera ininteligible. En el mismo sentido 23 Así, en las ediciones de G. Sauppe (Leipzig 1866: [1tap''OpiHw;J) y F. Ruehl (Leipzig 1912: «totum enuntiatum inde ab 1tap "Op1' Jío:.~falso loco legitur; emendari igitur non pot est»). E. C. Marchant (Oxford 1920) presenta el pasaje entre corchetes. 25 En el caso de Asc1epio, la epic1esis podría ser interpretable para el hablante griego (etimología popular, cf. infra § 5) como 'el que hace enderezarse', significado que se ajustaría perfectamente al carácter terapéutico del dios, 26 Por su parte, R. Hodot, Verbum 11,3-4,1988, pp, 273-275, relaciona 'Opl' Jwaiu con foptl-a.cría, y no con'Opt1ía, para lo que se apoya en a~lO-: a~luen lesbio. 27 Más dificil de entender es que el epíteto'Opt}oJmo~se aplique a Posidón en la inscripción de Delos 440 A 6 L EM LXIV 2, 1996 habría que interpretar el antropónimo'Op~Em: AEroS (Arcesine, Amorgas 28). También Pausanias (11116,11) se hace eco de la etimología popular de'Op~ia a partir de 6pMS: KaAoiim SE OUK'Op~iav /lÓVOV aMa Kal AUYÓSE''I.la TI¡v auTI¡v on EV ~á/lvqJ AÚyrov EUpÉ~r¡, 1tEPtEtAll~Etcra SE i¡ AÚYOS E1toir¡crE,0 iíyaA/la óp~óv. Cabe, pues, retener que'Op~ia está atestiguado en Laconia ya en época arcaica en el templo de Ártemis Ortia y junto a otros vocablos (entre ellos Fpo~aia) en dialecto, lo que hace suponer que es propiamente laconia. Lo hasta ahora expuesto acerca de Ártemís'Op~ia nos lleva al dificil problema de su etimología y fonua originaria. Al igual que entre los antiguos, la fonua'Op~ia (así como Fop~am:a, Fop~aia) es emparentada en los diccionarios etimológicos al uso con el adj. óp~ÓS'recto, erguido', del que sería un derivado en -ijofa-. Ambos adjetivos estarían en la misma proporción que EA.eÚ~EpOS 'libre': EAEU~ÉPIOS, Ka~após'limpio, puro': Ka~áplOS 29. En principio, óp~óS significaría'recto, erguido' y iíp~IOS'relativo a alguien I algo recto, erguido o a la posición erguida', si bien a menudo no hay diferencia de sentido apreciable. 6p~óS es generalmente entendido como procedente de *1; iordh1; ió-30, aunque no faltan autores que proponen una protoforma sin *1;f-31, En lo que sigue intentaré argumentar a favor de esta última posibilidad. Debe, en cualquier caso, quedar en claro que todo intento de interpretación ha de partir de que gr. óp~óS constituye una ecuación con véd. urdhvá-: aav. ereduua-(av. rec. ereS~a-): lal. arduus y muy probablemente toc.A orto 'hacia arriba' 32, que viene avalada por la coincidencia fraseológica 33 entre indoiranio, griego y latín en las expresiones véd. sthÍi u ~ú urdhvá ud (R V VI 24, 9)'steh fein aufrecht mit deiner Hilfe' (Geldner): aV.rec. ereS~¡¡ histenta (Y!. Sobre la frecuente aparición de urdhvájunto a stha, cf. Delbriick, Grdr. EM LXIV 2, 1996 se hubiera producido una metátesis de dicha laringal 43 Así, mientras ai. urdhvá-procederia de *[Hdh-, av. "r" duua-procedería de *H¡;dh-44 En el caso de óp~ó como restos de resistencia a la ley de Osthoff. Así pues, el epíteto'Op~ía (gr. predia!. *órth'fija¡, aplicado a Ártemis en el santuario espartano que nos ocupa, ha de aludir a la relación de la diosa con la posición erguida, probablemente porque enderezara lo doblado -o curara lo enfermo. Una vez establecida la existencia de dos teónimos distintos, Fop~a(Jía (*'fordhasifji: *'ferdh-) y'Op~ía (*orth'fifji: *h3rdh-), sobre la base de los hechos lingüísticos ( § § 3-5), cabe preguntarse por la naturaleza de las divinidades a quienes se aplican. Para ello puede ser útil recordar brevemente 10 esencial del material arqueológico. Las representaciones plásticas de la diosa a quien está dedicado el santuario que nos ocupa, consisten en figuras femeninas de marfil, plomo, madera o terracota: se encuentra de pie, de frente o perfil, áptera o alada, vistiendo un peplo ceñido por cinturón y con cabeza frecuentemente tocada con KáAa~o<;, y situada entre dos árboles o entre una pareja de animales salvajes, unas veces, flanqueada por ellos, otras, asiéndolos con sus manos en clara actitud dominante 46. Todo parece apuntar hacia una divinidad soberana de la flora y la fauna salvajes, heredera desde el punto de vista iconográfico, de la nónllu ~llPéOv tardominoica y micénica. Sin embargo, el hecho de que aparezca en algunas ocasiones alada (el tipo inexactamente llamado de «Ártemis persa») apunta a que se trate de un elemento foráneo que parece proceder del mundo oriental: cabe, pues, suponer que en tal divinidad confluirían dos tradiciones iconográficas, la minoica por un lado y la mesopotámico-anatólica por otro 47. Especialmente interesante en nuestro caso es el tipo iconográfico llamado de «Ártemis Ortia», representado por estatuillas femeninas, en principio de madera (é,óava), de pie, en postura hierática, con los brazos a lo largo del cuerpo, también vestida de peplo ceñido con cinturón y coronada de KáAa~o<;, pero no acompañada de animales, sino de plantas, Es ciertamente imposible precisar con seguridad a qué divinidad de las dos que hemos discernido, con criterios lingüísticos pertenecen talo cual variante iconográfica. Por una parte, a Fop~a(G)ía, -cía 'la relativa al crecimiento' (de lE'~erdh 'crecer') le pueden cuadrar bien las representaciones correspondientes a una divinidad dominadora de la vida salvaje. Es razonable suponer qne a ella estaría dedicado en un principio el santuario que nos ocupa: Fop~a(G)ía habría llegado con los primeros indoeuropeos a Grecia, se habria sincretizado con la rcówla ~l1pffiv y habria adoptado su iconografia y la del culto al árbol minoicos 48. El culto de Fop~a(G)ía sería anterior a la llegada de los dorios y, si bien los restos arqueológicos del lugar no van más atrás de la Edad del Hierro, las ofrendas y atributos encontrados apuntan a una relación con cultos de la Edad del Bronce 49 En su honor se habrían celebrado sacrificios de animales atestiguados por las figurillas teriomórficas de época geométrica y arcaica encontradas en el santuarío so, y quizá el sangriento ritual de la Ota¡.taGúymGl<;. El flagelamiento ritual que sufrian los jóvenes espartanos con la llamada «vara de la vida» 51 en griego, aunque mencionado por primera vez en época postclásica, puede ser muy antigua y contener restos de un antiguo culto al árbol. Por otra parte,'Op~ía 'la erguida' (: 6p~ó<;j, e inseparable del factitivo'Op~mGía 'la que pone erguido', puede entenderse como diosa que endereza lo torcido y restituye la salud 52 y que pronto se especializa como protectora 47 De cualquier modo, es bien claro que la iconografía de la nóTVUX l'hlP&V minoica procede a su vez del mundo oriental siguiendo un recorrido fácilmente localizable a través de distintos lugares con culto a diosas de nombres diversos pero de carácter muy semejante: Sumer y Babilonia (Innana-Istar), Ugarit (Anat), país de los hurritas (Hepat), Anatolia (Efesia) y finalmente Creta (Britomartis-Diktynna). Para las características de la Gran Diosa de la Naturaleza, cf. del restablecimiento de las mujeres recién paridas y de los recién nacidos 53, en lo que se asemeja a Ilitia 54. A ese carácter restaurador conviene perfectamente la iconografía de la diosa erguida, del llamado tipo «Ártemis Ortia» ya mencionado. Por otro lado, la acepción fálica de su nombre parece también evidente 55 y a partir de ella pueden ser entendidas las numerosas representaciones itifálicas halladas en el santuario. No es de extrañar que una divinidad de esas características tomara el aspecto de diosa de la fertilidad de la naturaleza propio de Wortasia, como refleja el relato de Pausanias (lII 16,11), en el que, además de aplicar a Ártemis el epíteto de Auyó¡;E<J~a, explica que recibe la epiclesis 'Op' Óía a partir de que su imagen se mantenía erguida entre unos juncos 56 Es verosímil que el culto a'Optlía llegara también con los indoeuropeos 57 y, aunque no es posible determinar en qué época, lo cierto es que ya en el s. VII aparece junto a Foptlacría en uno de los dados encontrados en el templo de Ártemis Ortia (cf. § 4), a la que con el tiempo acabaría desplazando 58. En ese proceso de sustitución pudo operar, por un lado, la progresiva aproximación de la forma de ambos teónimos (muy probablemente a través de'Optlúlma, cf. § 4) y, por otro, de las características rituales de ambas divinidades. Finalmente, Ártemis, la soberana de la naturaleza salvaje por excelencia, cuya probada complejidad proviene de su superposición a divinidades anteriores y a otras foráneas de características semejantes, será, una vez asimilada a Wortasia-Ortia, la diosa que se entroniza en el santuario a partir, cuanto menos, de época romana y que adopta como epic1esis el nombre de'Optlía. Ello no tiene nada de extraño, ya que presenta muchos aspectos en común con las Sanatis-, y el adj. rectum. Ambas divinidades tienen en común, además, que en su honor se celebraban carreras de caballos, cf. Ruipérez 1947, p. 54 La aproximación de Ortia e Ilitia en el santuario espartano, se manifiesta por una dedicación (SEG XXVIII 409) en la que aparecen ambas diosas (cf. § 4) y el relato de Pausanias (III 17, 1) que asegura la existencia de un templo de Ilitia en el recinto sacro. En efecto, Ártemis es la diosa de la naturaleza relacionada con animales salvajes y con bosques 59 y, por otro lado, es divinidad sanadora (11. V 447/8) y patrona de los partos, como indican sus epiclesis'1<pt"yÉvEla (Braurón) y EilcEÍthJla (Beocia) 60, asi como, muy probablemente, la aludida A1l"yácEcr¡la, que podría entenderse a partir de las propiedades curativas del junco (AÚYOC) para las enfermedades de la mujer 61. Está, por lo demás, fuera de duda su relación con representaciones de carácter sexual 62. Podemos, pues, concluir que el santuario laconio dedicado en época romana a Ártemis Ortia, representa la última fase de un largo proceso de superposición de divinidades y cultos que se concreta en tres fases: A una primera fase correspondería a Fop~a<JÍa (y Fop~aíaJ-EÍa)'la relativa al crecimiento': lE *~erdh-), diosa de la fertilidad vegetal y animal de origen lE, que habría confluido, ya en Grecia, con la TCÓ 'tV1Cl 1'}rlPwv minoica y estaría en relación con el culto al árbol y con el sangriento ritual de la cta¡la(níYúlO"l<;. A una segunda fase correspondería'Op~ía 'la erguida' y también 'la que puede poner erguido' (óp~ó<;: lE *H¡;dh-o *¡;Hdh-), divinidad de carácter sanador, especialmente de mujeres, y fálico, inseparable de pruebas de iniciación para muchachos y de danzas obscenas. Después de su llegada a Laconia, convivió con Fop~a<JÍa, como demuestra el material epigráfico ( § 2), pero fue identificándose con ella a partir de las semejanzas de carácter entre ambas (Fop~a<JÍa como diosa de la fertilidad,'Op~ía como diosa fálica). El proceso de sincretismo tuvo correlato en la evolución fonética del teónimo Fop~a<JÍa y sus variantes, que llegó con el tiempo a presentar formas muy próximas al 59 Mientras en el resto de la Hélade Ártemis se va convirtiendo en una diosa cazadora, según un proceso de racionalización de la antigua divinidad de la naturaleza, en el Peloponeso mantiene su carácter de Naturgottin asociada al culto al árbol, como indican los numerosos epítetos que recibe procedentes de nombres de árboles: KeopEéinc; en Orcómeno (Arcadia), Kapuo;'tu; en la frontera entre Arcadia y Laconia; es muy probable que ello fuera debido al fuerte influjo de la divinidad anterior, foprl-acrÚx, que sí estaba claramente ligada a la naturaleza salvaje. 60 En el santuario han sido halladas la figura de una joven madre asistida en el parto por dos genios protectores y numerosas representaciones femeninas en la llamada «postura de Afrodita Cnidia)}, cf Dawkins 1929, p. En la propia Esparta Ártemis Coritalia (Kopurl-aAía) es protectora de niños, y, en la vecina Mesenia, Artemis Ortia es la destinataria de numerosas inscripciones de agradecimiento de madres por sus hijos, cf. J. y L. Robert, REG 83, 1970, p. diptongo lail desarrolla en contexto antevocálico un glide que mantiene intacta la segunda parte del diptongo y provoca un acercamiento de ambos timbres en sentido inverso [ai] > [ei], cf Striano 1989, pp. 68 ss. En dicho proceso pudo influir la existencia de numerosos epítetos en -eta, como EÜKAeta,'IcpryÉveta, aplicados a Ártemis. JI Para Striano 1989, pp. 159 ss. la ausencia de en este teónimo podría reflejar la pérdida de aspiración en una época temprana y no a partir del s. IV, como indican los demás ejemplos. En opl'tÉcnov• opthov, IlUKpÓV, 6~ú, IlÉ"¡'C(, habría que suponer más bien una haplología a partir de *ópl'tol}Émov, er. la idea de que la caída de ~ante 0, O, ou se produce antes que ante otras vocales, cf. también Schwyzer, Gr. 123; contra tal interpretación cabe invocar lac. rcna-F'óxot; y FropiJ€Ía (Bechtel, Gr. el parentesco con lat. arduus < +arduos < *aradhuuos (?)'recto, alto, escarpado' e airl. ard 'alto', cf. Bader 1980, p.
295v con Absida-lucida y termina en el f. 299r con Trias: Irinilas; el tercer glosario, sin ningún tipo de orden, mezcla glosas cortas con otras muy largas, que beben de las Elymologiae de Isidoro'. 123 de la Biblioteca Apostolica Vaticana, de probable procedencia ripollesa, es un códice en pergamino, con unas medidas de 360 x 280 mm., escrito en el año 1056, con una escritura minúscula carolína. Se trata de un manuscrito misceláneo, principalmente de carácter astronómico y cosmográfico, que reúne excerpla de distintos autores (Plinio, Higioio, Macrobio, Isidoro, Heda, etc.), ordenados en cuatros libros: De sole, De luna, De natura rerum y De astronomía. En el presente trabajo 5 estudiaremos tres fragmento de Riu. (los ff. 5r-6r) que hemos identificado con diversos textos de Beda. Los dos primeros fragmentos de Riu. (ff. 303v-304r) corresponden a los capitulas XIX y XXIII del De lemporum ralione 6 de Beda; el tercero (ff. 302v-303r) corresponde al capitulo VlII del De diuisionibus lemporum 7 atribuido a Beda. Podremos sugerir, de esta forma, la probable relación de los mss. ripolleses con los principales mss. bedanos, para intentar saber de dónde procede esa fuente de conocimientos en Ripoll (sobre todo, a través de las variantes de Riu. respecto de Jones 8 documentadas en otros mss. y contempladas en el aparato crítico). Podremos conocer mejor el texto en sí mismo y encuadrar los fiSS. que 10 contienen en alguna de las corrientes manuscritas de Heda en Europa, lo cual nos puede permitir, a su vez, entrever las posibles relaciones del scriplorium de Ripoll con otros centros europeos de la época'. 289r-295v; cabe señalar que la numeración dada por Llauró no coincide con la numeración que presenta actualmente dicho manuscrito. Una parte de la tesis doctora de Gernma Puigvert se centra en la edición y estudio de las glosas científicas de este manuscrito. s Basamos nuestros datos sobre la lectura directa del ms. ANÁLISIS DEL APARATO DE VARIANTES El corpus de variantes que hemos establecido permite relacionar Riv. con alguna de las corrientes manuscritas de Beda en Europa, para tener algunos indicios del lugar de procedencia del texto bedano que se leia en Ripoll y, por tanto, ir avanzando en el conocimiento de las relaciones de Ripoll con otros centros o zonas geográficas. En este caso, nos parecen significativas las aproximaciones de las variantes de Riu. respecto del texto de Jones, en el que encontramos lecturas paralelas en algunas de las familias de los mss. citados por este último. Una gran mayoria de las variantes de Riu. coinciden con el ms. A partir de la agrupación de mss. afines (nunca se pretende hacer un stemma), de la que Jones habla (e! pp. 241-242), se pueden establecer los siguientes grupos o familias: 1. En un primer grupo 1, formado por dos subgrupos: 1) mss. 1, 10; 2) 3, 12, podrían englobarse las variantes que hemos listado con las letras A (= 12 variantes); no existe ninguna variante de Riu. coincidente con los mss. 3, 10 y 12. Son, en total, 12 variantes de Riu. que coinciden con lecturas de mss. de este grupo. De entre éstos, las más numerosas son las del grupo A (= 12) 10. Podrían englobarse las variantes que hemos listado con las letras H (= 1 variante); B (= 4 variantes); E (~I variante); F (= 2 variantes) Son, en total, 8 variantes (frente a las 12 del grupo anterior). Un tercer grupo 3, formado por olros mss. que no han sido cotejados en la edición y que, per este motivo, no han sido tenidos en cuenta. Vemos, pues, cómo desde el punto de vista cuantitativo, Riu. apunta hacia el primer gran grupo, y, dentro de éste, al primer subgrupo. Del corpus de variantes establecido (las de Riu. respecto del texto de Jones documentadas por otros mss.) se desprende una clara relación de Riu. con los mss. del grupo 1 y de entre éstos, con el ms. l., un ms. veronés, pero con un arquetipo (no muy lejano) claramente insular (¿quizá de Bobbio?), tal y como lO La mayor coincidencia de variantes de Riu. con el ms. demuestran las frecuentes abreviaturas insulares que posee. Así pues, podemos precisar que el texto de Beda conocido en Ripoll procede, en última instancia, de la zona geográfica de Verona, en la que, en su momento (príncipios del siglo [X, siglo x-inicios del xi), pudieron darse influencias y contactos entre el monasterior catalán y la zona mencionada. Ésta sería una primera vía de recepción del texto; de una segunda via (franja geográfica que uniria Colonia con Auxerre) parten los excerpta de Beda (DTR, 25-35) 13 54 Si bien el texto de base del que se parte es el De die, capítulo VIII de la obra De diuisionibus temporum atribuida a Beda, las numerosas variaciones observadas entre este texto y nuestros fiSS. (pensamos, por ejemplo, en las variaciones en el orden de presentación de los argumentos, en la fidelidad con que se sigue a Isidoro) nos conducen a pensar que el copista o los copistas de Ripoll disponían, además del texto atribuido a Beda, de algunas obras de Isidoro, hecho nada extraño habida cuenta que en el inventario de 1047, realizado a la muerte del abad Oliba, figuran las Etymologiae. 1 se observa también en el estudio realizado por 1. Lat.; para el resto de mss. seguimos (a edición de Jones. referimos a la edición del De Temporum Ratione de Heda realizada por Ch. W. Jones, publicada en el Corpus Christianorum. 9 Ofrecemos como apéndice el capítulo VIII: De die del De diuisionibus temporum incluido, junto a los demás capítulos que integran esta obra, en el ros. Lat., lo cual nos pennite relacionar los dos mss. ripolleses.. Como se puede comprobar, nuestros mss. presentan como dos respuestas distintas el contenido que se ofrece en la respuesta a la primera cuestión fonnulada en el De diuisio- nibus temporum.: Dies est praesentia solis, sille so! supra terras, siclIt 110X sol sub terris. En el cap. VIII: De die del Die diuisionibus temporul11, atribuido a Seda se recoge la información de Isidoro, EZnl1., V, XXX, 1, mientras que nuestros mss. parten de Isidoro, 123 una segunda mano, la misma que ha repuntuado y añadido más interrogaciones, corrige la fonna articularis por art(ficalis. 11 Nótese que nuestros mss. reducen a una sola las dos respuestas que da el magister en la obra atribuida a Beda. AIii mane aestimant uocari a Manibus, quorum conuersatio a luna ad terram esto Como se puede ver, nuestros mss. siguen con más fidelidad a Isidoro.
EMLXIV 2, 1996 ve característico de Aristóteles y la coherencia con su restantes tratados 4. Las dificultades de comprensión e interpretación de esta obrita lógica explican perfectamente que haya sido objeto de comentarios, glosas y escolios durante siglos, y en ellos vamos a detenemos en las páginas que siguen. El primero de estos comentaristas fue Aspasio, peripatético de la primera mitad del s. II p. e 5. Aunque su comentario no se conserva, tenemos información de él a través de las dos ediciones del comentario de Boecio, que a su vez la tomó de Porfirio'. Aspasio afirmó que la finalidad del ¡nI. era tratar sobre el enunciado (A.óyo<;) y sus componentes (iívo¡tu y Pií¡tu) y entre las tesis más importantes que defendió se halla la de la convencionalidad de la palabra hablada, del signo lingüístico y, por consiguiente, de la representación material de éste, la escritura'. También se ocupó Aspasio -como más tarde harían Alejandro de Afrodisias y Porfirio--de la relación de la declaración con la afirmación y la negación. Su formulación sería retomada más tarde por Alejandro: la declaración es una voz homónima, esto es, multisignificativa, que puede entenderse como afinnacián o negación 8. Discípulo de Aspasio fue Hermino, peripatético del s. II p. De su comentario del Int. tenemos noticia por Arnmonio lO y Boecio 11, aunque éstos, con toda probabilidad, no tuvieron acceso al comentario de Hermino, sino que obtuvieron su información de Porfirio. Alejandro de Afrodisias, profesor de filosofia peripatética en Atenas desde el 198 al 211, es quizá el comentarista aristotélico más importante. De su comentario perdido del ¡nI. 12 tenemos alguna idea por las frecuentes citas 4 Arnrnan. 6 Boecio lo cita, junto a Alejandro de Afrodisias, como comentarista de éste y de otros tratados aristotélicos (Boeth., Herm. seco 10,4-7), y en otro lugar, junto con Porfirio y O. En las páginas que siguen pretendemos, a partir de los textos y noticias conservadas, reconstruir una historia de los comentarios al de Interpreta/tone aristotélico, en lengua griega y latina, hasta el de Tomás de Aquino. De entre los griegos, el primero y más importante conservado completo es el de Ammonio 1; de entre los latinos, el de Haecio. Estos nos servirán como fuente para intentar reconstruir los anteriores y dibujar las lineas de dependencia entre unos y otros. Tras la muerte de Aristóteles, el Inl. no comienza su andadura con buen pie. Andronico de Rodas editó en el s. 1 a. C. 2 la vasta obra del Estagirita, pero en su edición rechazó como espurio el Int., basándose en que esta obra contiene una referencia al de Anima falsa. No obstante, fue el único autor que dudó de la autenticidad de este tratado, y ya Alejandro de Afrodisias -y todavía antes Teofrasto 3_ criticó duramente su postura esgrimiendo una larga serie de argumentos para defender la autenticidad de esta obra lógica, argumentos que serán reproducídos por todos los comentaristas posteriores: el estilo condensado y bre-I En lengua griega, además, conservamos los comentarios de Estéfano y uno anónimo, que dependen en gran medida del de Ammonio. ) Sus argumentos son mencionados por Boecio Herm. seco 11,4-25. de Ammonio y Boecio, fundamentalm ente. Las menciones que de él hace Ammonio nos penniten conocer sus tesis sobre la autenticidad del/nt., sobre la condición natural del signo lingüístico, sobre el estatuto de los adverbios y sobre la relación de la afinnación y la negación con el enunciado lógico. A propósito de los adverbios, empPlÍJ.la1a 18, el Afrodisiense sostiene que éstos pueden considerarse nombres, a lo que se opone inmediatamen te Ammonia con argumentos sintácticos: los adverbios no pueden incluirse dentro de la categoria del nombre porque no pueden desempeñar las funciones de 13 Amman., In In!. En otro momento de su comentario, Ammonio hace referencia a que Porfirio y Alejandro de Afrodisias mantuvieron posturas encontradas a la hora de determinar la relación existente entre la afirmación (Ka"á~am<;) y la negación (¿mó~am9 con la declaración (lcóyo<; ("'to~aV'rlKó<;). Mientras que Alejandro -siguiendo a Aspasio-postulaba que la declaración era una voz homónima con dos significados distintos, a saber afinnación y negación, Porfirio defendía que la declaración era el género del que la afirmación y la negación eran especies 20. La tesis de Alejandro se basa en las palabras de Aristóteles: El Estagirita establece aquí claramente que la afirmación es anterior a la negación y en esto se basa Alejandro de Afrodisias para mantener que no pueden ser especíes de un mismo género dos realidades de las que una es anterior a la otra. Ammonio refutará esta tesis diciendo que la anterioridad de la afirmación con respecto a la negación es sólo formal: la negación es una afirmación a la que se ha añadido una partícula negativa. Ammonío y Boecio se adhieren a la postura de Porfirio al defender que afirmación y negación son especies de la declaración 22; Estéfano de Alejandría, por el contrario, prefiere la tesis de Alejandro 23. En otras ocasiones Ammonio expone tesis de Alejandro y se adhiere a ellas, pero no lo menciona por su nombre. Es Boecio el que, al reproducir la misma tesis, identifica su fuente. Esto ocurre, por ejemplo, a propósito de Inl. 16b26-27: las partes del enunciado -nombres y verbos-tienen significado en tanto que «expresiones» (~ám<; en griego, diclio en Boecio). Tanto Ammonio como Boecio realizan a propósito de este pasaje la misma argumentación: estas palabras de Aristóteles están justificadas si se tiene en cuenta que algunas oraciones se componen de nombres y verbos ("Sócrates pasea»), y en cambio otras de afirmaciones y negaciones (<<Sócrates pasea y Platón habla») 24 de Porfirio 26 Pero su actitud ante el exegeta de Afrodisias es bien distinta de la que mantiene ante Porfirio: parece que, cada vez que le atribuye explícitamente un argumento, se muestra contrario a él y en las ocasiones en que se adhiere a las tesis del Afrodisiense, no lo menciona. El siguiente exegeta de Aristóteles cronológicamente hablando es Porfirio (232-309). Su comentario del Inl. se ha perdido, y de su extensa labor como comentarista sólo se han conservado su Introducción de Cal. -Isagoge-y un breve comentario de las Cal. en fonna de preguntas y respuestas 27 Es la fuente fundamental del comentario de Ammonio 28, que lo considera como una gran autoridad y se adhiere casi siempre a sus tesis, frente a la actitud que mantiene ante Alejandro de Afrodisias, casi siempre crítica. También es la fuente principal de Boecio 29 Ammonio invoca la autoridad de Porfirio en cuestiones importantes. La primera mención es a propósito de la tesis porfiriana de que la declaración es el género del que son especies la afinnación y la negación, tesis que respalda Ammonio y que se opone a la del Afrodisiense 30. Una interpretación muy acertada que se atribuye igualmente a Porfirio es la del sintagma aristotélico aVEu Xpóvou 'sin tiempo', que se incluye en la definición de nombre del ¡nI.: el no tener tiempo es la caracteristica semántica fundamental que, según el Estagirita, distingue el nombre del verbo, pero hay que hacer una matización importante: EMLXIV 2,1996 sí se da en los verbos: éstos, además de su valor semántico -noción de actividad o pasividad-, significan tiempo. Y éste es precisamente el sentido del verbo ltpo"ar¡~lXíVEtV]'. La descripción de los distintos predicados estoicos de la que Ammonio es la fuente principal de la Antigüedad también tiene como fuente el testimonio de Porfirio ]]. Ammonio hace alusión a que Porfirio defendió que en el enunciado predicativo (Aóyo<; KIXTIlYDptKÓ<;) -una de las especies del enunciado declarativo junto con el hipotético (lm08EtlKó<;l 34_ la hegemonía (10 Kiípo<;) la tiene el predicado (10 KlXTIlYDPOÚ~EVOV), y de ahi el nombre de KIXTIlYDPtKÓ<;. La particula negativa se añade al predicado porque éste es el elemento principal del enunciado 35. Casi a renglón seguido es nuevamente invocada la autoridad de Porfirío, esta vez para explicar la expresión KIXi ~T¡ EV que usa Aristóteles a modo de apostilla en el pasaje en que diferencia los enunciados lógicos que constituyen unidad de aquellos que son más de uno: ecm OE de;; Áóyor; a.n:ü$O'.V'tlKOr; ó ev I5..,Affiv f¡ Ó O "uv8ÉO'¡..tQ:l ETr;, l'toUOt se oi nO)"A&: KeÚ ~lñ EV oí acrúvOet01 36, Según Porfirio., el Estagirita introdujo estas tres palabras con la intención de afirmar que también constituyen una unidad las proposiciones cuyo sujeto o predicado está compuesto por una definición en vez de un nombre y un verbo, del tipo 1; Qíov A.OytKÓV 8VT]1ÓV ltEpmIX1El]7 Todas estas citas -y otras en las que no vamos a entrar 38_ y el hecho de que se traiga a colación a este exegeta en cuestiones muy importantes de la interpretación del texto aristotélico apoyan, a nuestro entender, la tesis de que Porfirio es la fuente principal de Ammonio 39. También Jámblico (240-325) se cuenta entre los intérpretes de Aristóteles, aunque no se conservan sus comentarios. Las obras aristotélicas fisicas 31 ef. M. a R. Femández, «La categoría de ovü¡..tcx según Ammonio de Alejandría~), Habis Parece ser que a él se debe la incorporación del ténnino técnico O'KOltÓC; como título de uno de los puntos que debían ser tratados en la introducción de todos los comentarios exegéticas 41. Aunque Ammonio y Estéfano de Alejandria mencionan la «interpretacióm) de Jámblico 42 en sus comentarios sobre el ¡ni., Dalsgaard Larsen piensa que Jámblico no escribió un comentario sobre este tratado aristotélico, sino que las alusiones a él proceden de su comentario de los An., comentario que estos autores traen a colación para explicar pasajes del ¡ni. El comentario de Siriano de Atenas (muerto en el 437), maestro de Proclo, tampoco se nos ha conservado 44. Ammonio se refiere a él con el epiteto ó 1lÉ'yac; 45 y de él depende toda la interpretación anunoniana correspondiente a la última sección del ¡ni. Se ha defendido la existencia de un comentario in ¡ni. escrito por Proclo, del que Ammonio fue discípulo. Éste sólo cita a su maestro dos veces, y se refiere a él siempre con palabras de admiración y profundo respeto. La primera mención (in ¡ni. 1,7-11) aparece al inicio de su comentario, y representa un homenaje hacia su maestro. 181,30-32) se toma como base EM LXIV 2, 1996 para defender la existencia de un in ¡nI. procliano en fonna de escolios que luego Amrnonio convertiría en comentario. De esta opinión son algunos autores 48, para quienes Ammonio asistió a las clases de Proclo sobre el In!., tomó notas y las usó junto, quizá, con otro material cuando él mismo dio clases sobre este tratado. Sin embargo otros 49, entre los que también nos contamos, no comparten esta opinión: los puntos de divergencia que mantienen estos autores en determinados puntos, como la teoría del nombre, parece demostrar que, en cuestiones lingüistico-lógicas, Proclo se adhirió a las tesis platónicas mientras que Ammonio prefirió las aristotélicas. El siguiente exegeta del tratado aristotélico es Arnmonio, cuyo comentario es el más importante de los conservados en lengua griega. Además de su actividad como comentarista filosófico, Arnmonio cultivó las matemáticas, la astronomía, la gramática y la retórica 51. Fue una figura polémica en su tiempo 52 y su importancia como comentarista se debe a que con él adquirió gran desarrollo la tradición exegética del filósofo de Estagira. Logró explicar con gran acierto la oscuridad de Aristóteles, aunque no hizo gala de mucha originalidad ni ingenio. El único comentario escrito por él mismo conservado es In In!., cuya redacción se cuidó bastante con la finalidad de ser leido y publicado y no para destinarlo simplemente a las clases, como se deduce del lenguaje -aunque se deslizan algunas fónnulas propias de la lengua escolar, como alusiones a los oyentes-y del hecho de que se incluye una edición propia del texto aristotélico, que difiere en algunos aspectos de la de la tradición manuscrita del Estagirita 53. El in ¡nI. de Arnmonio fue traducido a11atÍn por Guillenno de Moerbeke en 1268, versÍón que utilizó Tomás de Aquino para escribir sus ExplicaCiones sobre este tratado 54. Los otros tres comentarios que nos han llegado bajo su nombre 55 son notas procedentes de las clases de Arnmonio publicadas por sus discípulos, porque contienen la fórmula «de boca de Arnmonio» 56. Además, los ocho comentarios conservados de Filópano y el in Metaph. de Asclepio 57 son, según todos los indicios, notas procedentes de las clases de Arnmonio 58 De las aportaciones de Arnmoruo a la exégesis del Estagirita destaca su teoría sobre la naturaleza convencional y a la vez natural del signo lingüístico, en clara oposición al silogismo de Alejandro de Afrodisias mencionado más arriba: por naturaleza, en tanto que su matería --el sonid(}----es natural, y por convención en tanto que son impuestos por nosotros en virtud de nuestra reflexión 59. Con esta tesis, Arnmonio se inserta en la corríente que trata de conciliar las posturas de Platón y Aristóteles en tomo al lenguaje, en la estela que inició Albino en el platonismo medio y que continuaron PorfIrio y Proclo 60. De un discípulo de Ammonio, Olimpiodoro 61, conservarnos comentarios de tratados tanto aristotélicos como platónicos: de los Mete. y de las Cato aristotélicos y de los diálogos platónicos Grg., Phd. y Ale. Se nos han perdido los comentarías del de An. y del GC 62 A él atribuyen algunos estudiosos 63 un comentario anónimo al Int. 64 y fundamentan su tesis en razones internas: las menciones a los comentaristas anteriores dependen directamente de Am- EM LXIV 2, 1996 monio, se refiere a ellos con palabras laudatorias y no se halla mención alguna a la fe cristiana. Por todo ello, el autor debe ser, o bien Olimpiodoro -que tenía en mente escribir un comentario del In!. 65_ o bien alguno de sus discipulos, ya que son mucbos los puntos de contacto entre este comentario y el in Cat. de O1impiodoro 66, de los que Busse cita alguuos ejemplos 67 Sin embargo, el editor de este comentario anónimo, L. Taran, piensa distintamente y considera que el argumento básico para rechazar la autoría de Olimpiodoro es que dicho texto no presenta la división en "páé, Et<; que tienen los restantes comentarios de Olimpiodoro y su escuela. Además, los escolios de Olimpiodoro al Int., recogidos en el Codex Vaticanus Urbinas Graecus que Tarán mismo reproduce, no tienen ningún parecido con este comentario 68. Este editor piensa que este autor anónimo -al que hay que considerar como perteneciente a la escuela neoplatónica de Alejandría de finales del S. VI o principios del VII-pretendió con su comentario suplir la información que no halló en el in Int. de Ammonio. Con esta finalidad, utilizó al menos una fuente distinta a la de Arnmonio 69 y en dos ocasiones en que Arnmonio reproduce las tesis de exegetas anteriores pero no los menciona por su nombre, el autor anónimo si que los identifica 70. Discipulo de Ammonio fue también el cristiano Juan Filópono, que nació sobre el 480 71. Además de sus comentarios de Aristóteles, escribió obras originales como tratados gramaticales, tratados filosóficos de tendencia cristiana (De aeternitate mundi contra Proclum) y obras teológicas (De opificio mundi). Sus creencias religiosas han sido muy discutidas. A. Gudeman y W. Kroll, por ejemplo, defienden en su articulo de la RE que fue pagano en un principio y que hacia el 520 se convirtió al cristianismo 72. Por su parte, E. Evrard piensa que Filópono fue siempre cristiano 73 La tesis más reciente sobre esta cuestión es la de K. Verrycken, que habla de dos Filóponos: el primero, hasta el 529 (fecha de De aelernitale mundi), puede definirse como un <<neoplatónico alejandrino» que acepta sin reservas que el dios de Aristóteles es a la vez causa final y eficiente del universo; el segundo, a partir del 529, no es ya neoplatónico y, entre otras cosas, tiene el concepto del dios personal 74 Se ha señalado la total dependencia de Filópono con respecto a Ammonio, hasta tal punto de que se consideraba a si mismo como el editor oficial de la obra ammoniana 75, según se desprende de los titulas de sus comentarios. De los ocho que conservamos 76, cuatro de ellos 77 llevan el subtitulo «notas exegéticas tomadas de las clases de Ammonio, hijo de Hermias» (El( tillv cruvoumillv'A¡l¡lOJvíou tOU'EpJ.lEíou crxoAll(ui ¿mo<JT¡¡lEl&crEl<;) y todos, excepto in APr., contienen también la apostilla «con algunas aportaciones personales» (¡lEta tlvillv i8íúlV EfficrtúcrEúlV) 78 Dicha apostilla implica, para E. Evrard, que la dependencia del maestro no es tan grande y que Filópono goza de una cierta libertad con respecto a Arnmonio, libertad de la que también se hallan huellas en in Physica 79. Filópano es también el autor de unos escolios al ¡ni. que nos han llegado bajo el epígrafe de iroávvou (Codex Vindobonensis la f. 173r -206v) 80 Sin embargo, Busse duda de esta posibilidad, y arguye que también está el nombre de Filópono en el Anonymus Coislianus (Codex Coislianus 160 f.I-96 Y Laurentianus 72,1 f 123r-149r), y el carácter de este comentario parece, sin embargo, contradecirlo: la fe cristiana, que en tan pocas ocasiones se deja ver en los comentarios de Filópono, se prodiga por doquier en este comentario anónimo, hasta tal punto que en vez de aparecer en los ejemplos los nombr~s de filósofos como Sócrates y Platón, aparecen los de Juan, Pedro, Pablo, Josefa, o los de los Padres de la Iglesia coma Gregario Magno o Juan Crisóstomo, por lo que parece que el autor es un cristiano más joven que Filóp6no 81, EM LXIV 2, 1996 12. Cristiano también fue Elias, aunque sus ideas religiosas no salen a la luz en sus comentarios, lo que, por otra parte, es la tónica de los comentaristas, que se~ciñen a un modelo beredado y lo reproducen sistemáticamente. Se deduce que fue discípulo de Olimpiodoro por los paralelismos entre las obras de ambos. Lo que de él se nos ha conservado se refiere al Organon aristotélico: prolegomena de la filosofia y comentario de la Isagoge de Porfirio, prolegomena de Aristóteles y comentario in Cal. ", algunos escolios al Inl. 83 y el principio de un comentario in APr. El siguiente comentarista aristotélico es Estéfano de Alejandría 85 Con su nombre nos ha sido transmitido un comentario completo in Inl., aunque bastante conciso. Acerca de la datación y personalidad de este autor hay muchos problemas, pero se admite que pertenece a la escuela de Olimpiodoro y que es discípulo de Filópono, como se desprende de la estructura de su comentario in Inl. Con éste ocurre lo mismo que con los comentarios de Ammonio distintos al in Inl.: en el titulo aparece la expresión «de boca del filósofo Estéfano», de lo que se deduce que el texto conservado fue escrito por un discípulo de Estéfano a partir de las notas que recogió de las enseñanzas de éste. Dicho comentario depende de Ammonio, no sólo en los pasajes en los que alaba a éste, sino también en todas las interpretaciones, e incluso las menciones que hace de Alejandro, Porfirio y Jámblico las debe a Ammonio, ya que no consultó las fuentes originales. Tan sólo se halla en él una definición de nombre de un tal Galeno (que también aparece en los comentaristas árabes) y que no mencíona a Ammonio. Por todo ello, la originalidad y la utilidad de este comentario ha sido puesta en entredicho por los estudiosos 86 Del testimonio de autores árabes se deduce que Estéfano escribió otros comentarios a tratados aristotélicos: Cal., Cae/., de An. 88 EM LXIV 2, 1996 I Sobre la originalidad de los comentarios de Boecio hay diversidad de opiniones. P. Courcelle mantiene que Porfirio fue la autoridad principal en la que se basó Boecio, pero no la única, como él mismo reconoce 98. En efecto, conoció también los comentarios de los neoplatónicos, aunque no los cita, cOSa que no es de extrañar porque la mayor parte de los autores antiguos tienen la costumbre de no mencionar a sus fuentes más directas, especialmente si no son muy antiguas 99 De entre éstos, la fuente más importante parece que es Arnmonio, según opinan S. Brandt 100, J. Bidez 101, J. Isaac 102 y P. Courcelle, siendo éste el que mejor analiza el alcance de tal influencia. Para Courcelle, el comentario al Inl. de Boecio refleja claramente todo lo que éste debe al in Inl de Ammonio: ambos comentarios comienzan de la misma fcona, los dos remiten a las mismas citas de textos aristotélicos para despejar las dudas que pueda presentar un pasaje del Inl., los dos proponen las mismas soluciones a propósito de los mismos problemas 103 Afirma igualmente que los comentarios de Boecio llevan el sello de la escuela alejandrina porque usa los mismos procedimientos de clasificación, las mismas tendencias pedagógicas, las mismas figuras para facilitar la comprensión de Aristóteles, y a veces incluso préstamos literales 104 Sin embargo, admite tamhién la posibilidad de que los paralelos que se hallan en Ammonio y Boecio se deban a que ambos utilizaran la misma fuente: Porfirio 105. Ésta precisamente es la tesis de J. Shiel 106, para quien los paralelismos entre Boecio y Ammonio se deben a que ambos tienen a Porfirio como fuente común. Para Shiel, las diferencias entre Ammonio y Boecio son muchas. En primer lugar, Ammonio comienza su comentario con el tratamiento de los cinco puntos de la introducción o didascalica, el último de los cuales 98 Herm. seco 7,5-7. es la división del tratado aristotélico objeto de comentario. Ammonío dívíde el Int. en cuatro secciones y exceptúa una quinta sección, que corresponde a Int. Baecio, por el contrarío, divíde la primera edicíón de su comentario del Int. en dos libros, y la segunda, en seis. Igualmente, hay citas en Roecio que no aparecen en Ammonio. La tesis de este autor es que el comentario de Boecio procede de un texto griego del Int. con anotaciones marginales 108, que en su mayoría proceden de Porfirio, del que Boecio toma su información sobre los comentaristas más tempranos; sín embargo, también hay en Boecio material post-portiriano, ya que hay cuatro citas de Siriano y además porque el libro 6 de la segunda edición del comentario de Boecio no puede proceder de Porfirio ya que, según Ammonío (in InI. 259,9), esta sección del Int. no la comentó Porfirio. De todas las tesis que hemos expuesto, la de Shiel es la más acertada a nuestro entender, porque no parece que la influencia de Ammonio sobre Boecio sea tan grande como pretende Courcelle: las menciones de los intérpretes anteriores que hacen ambos autores no son exactamente paralelas, y en ocasiones hallamos alusiones en el uno que no aparecen en el otro; igualmente, no puede decirse que la exégesis de Boecio del texto aristotélico dependa totalmente de Ammonio: en el comentario del autor latino se aprecia su sello personal en el tratamiento de los temas, que resulta bastante original. Quizá sea mejor atribuir los paralelismos entre ambos comentarios a una fuente común, probablemente Porfirio y quizá también Alejandro de Afrodisías, a los que Boecio dedica síempre palabras de admiración. Algunos mantienen que las dos ediciones de Boecio de este comentario son dos obras completamente diferentes, la primera más simple, la segunda más desarrollada y erudita 109 Otros piensan que las dos edicíones usan la misma fuente griega, pero hacen tal uso de ella que no caen en ninguna repetición, sino que ambas se completan y forman una unidad que reproduce todo el material griego. La primera edición nos da sólo uno de los puntos de la introducción, la intentio y la segunda nos ofrece el resto: ti/u/us, iudicium libri, utilitas 110 En la primera edición sólo da una breve por naturaleza; por consiguiente, los nombres y los verbos son por naturale- za tensivo también al enunciado, es claro que el autor de este silogismo es tam- bién extrañar entre los comentaristas alejandrinos, no muy dados a identificar sus fuentes 17, Según Boecio, dicha argumentación tiene como fuente a Alejandro de Afrodisias, mientras que Ammonio no la atribuye a nadie. Las menciones que Ammonio hace de Alejandro de Afrodisias 25 lo convierten en su segunda fuente después 19 Arnmon., In In!. 25 Además de las comentadas, lo cita en In In!. Boece et Porphyre», Revue beige de philologie el d'histoire, 1923,11, pp. 189-201, trabajo en el que ha demostrado que el comentario de las Categoriae de Boecio, aunque plagia el correspondiente de Porfirio, tiene también una fuerte influencia de Ammonio. Dicha influencia se hace sentir especialmente en el hecho de que, mientras que Porfirio utiliza el procedimiento escolar de preguntas y respuestas y presenta un prólogo con tres puntos o OtOClO"KetALKÚ, el comentario de Boecio es continuado, tiene una prólogo de seis puntos al modo del neoplatonismo tardío, y presenta unas figuras explicativas que no apa- recen en Porfirio. 103 Por ejemplo respecto a la diferencia entre sonido (\jIóljlO¡;, sonus) de la voz o sonido articulado (ljlrov'TÍ, vox), P. Courcelle, op. cit., p.
El estudio etimológico de palabras referidas a la fauna ayuda a descubrir algunas características que oculta la denominación de ciertos animales. Tal es el caso de la comadreja (yuAér¡ Batr., yaAfi Ar. +) l. La etimologia de yuAér¡, YUAfi 2 con los compuestos ya:\.r¡ó",,_ 'con ojo de comadreja' (Ose.), yaAláy¡ (Pokorny) y se incluye, por regla general, bajo la rúbrica de la raíz lE * Este trabajo, realizado en el marco del Proyecto DGICYT PB 93-0254 (Universidad Autónoma de Madrid, 1994Madrid, -1996)), se ha servido de las observaciones de E. Crespo y J. L. García Ramón, que ha discutido en detalle la versión final del mismo. I Aparece descrita desde Batr. 9: Mü¡; notÉ 01\VaAÉo¡; YUAÉTj¡; ICÍvouvov aAÚ~a¡;...'Un día un ratón sediento, tras haberse librado del peligro de una comadreja...'. 2 Junto a yuAéll, que también designa un pequefio pez (Aelian.,N. A. 15,11), se encuentran una serie de compuestos (~uyaAÉll 'musaraña' Hdt. 2, 67 +, yaM:áypa 'gavia' Dsc.) y derivados (yaA10EÚ¡;'joven comadreja' Crat., yaAEónrl¡;'lagarto' Ar., Arist. y 'comadreja' Luc.). Frisk s.u. yaAÉTl, para quien la protoforma a reconstruir es poco segura. Cf. también Chantraine s.u. convencionalmente reconstruida como *g,l-, gli-'mustélido' ('Maus u. dgl.' 4). Junto a YUAÉlj, se incluyen formas atestiguadas en otras lenguas: es el caso de la oscura forma ai. giri-, giri(ka)-5 'ratón' y de lat. glis (gen. -iris)'lirón, anniño' (Naev. apudNon. 633 +), que ya desde los antiguos glosistas (Fest. 278) 6 ha sido puesta en relación con glisco 'hincharse' 7 (Plaut.+). La etimología de glis es problemática y sigue siendo aún una cuestión abierta: Solmsen (1909, p. 226ss) la ha relacionado con lE *gel-'aglomerar(se)' (cf. yÉA: Yli;'hinchazón' Theophr.) 8; por su parte, Sommer (1914, p. 56ss), quien relaciona también glis con glisco, hace derivar ambas formas de *ghlei-(forma ampliada de *ghel-'brillar'), lo cual explicaría la -i-, aunque plantea graves dificultades desde el punto de vista semántico'. En los etimológicos al uso (Walde-Hofmann, Emout-Meillet s.u. glis) se relaciona etimológicamente glis con gula'garganta, esófago' (Plaut.+), y, consiguientemente, con lE *gilel-'devorar' (véd. girátilgilati 'devora'; gr. OÉAEUP 'cebo'), con lo que quedaría excluida toda relación etimológica con yuAÉr¡, que no puede proceder fonéticamente de *gilíl-. Es lícito, pues, un replanteamiento de la etimología de yuAÉr¡ y glis, que, en mi opinión, es inseparable de gr. yáAffi<;'cuñada, hermana del esposo' (Hom.+). A favor de la relación semántica entre estos términos, que encuentra apoyo en una serie de textos y leyendas populares en los que se relaciona la comadreja con la mujer (&2), habla sobre todo la glosa yÚAt<;• yaAUÓ<;, que permite operar con un tema en *i-(gr. YUAt-, lE *gíh2-i-) que aglutine los significados de 'cuñada' y 'comadreja' (&3). En autores clásicos la comadreja aparece documentada en diversos textos. En comedias de Aristófanes queda patente su mala reputación como ladrona y como signo de mal agüero. Como ladrona, cf. Vesp. 355ss en el diálogo entre Filocleón y Corifeo en el que aquel se defiende de las acusaciones del Corifeo... viiv oc ~uv OTtAOl<; UVOPE<; 01tAl 'tUl Ota' t~ciIJ.EVot,4 Cf. 5 La forma sólo aparece en lexicógrafos y su etimología es incierta, cf. Mayrhofer, EWAia s.u. giri-. Ahora, con su armamento, soldados armados en formación están al acecho en las salidas, y dos de ellos están en la puerta vigilándome, con picas en sus manos, como a comadreja que carne ha robado...!o. Como mal presagio, en Ecc!. 790ss, en la que un hombre ironiza acerca de la entrega de bienes al estado impuesta por las mujeres: Por su parte, Eliano (N A, XV, 11) la describe como un ser despreciable: on 8É ecrn flr]píov empOUAÓm! J.l1] $uAaTIoJ.!ÉvOlS emm¡8iií01, Ka! crDAiií01 WUS Ó$SaAllOUS Ka! eKpo$oií01, /ií'iAóv ecrnv «es evidente que es una estia muy indigna, ya que se ponen encima de los cadáveres humanos, corretean por ellos si no están protegidos, les arrancan los ojos y se los engullem>, No sólo la mala fama de este astuto mustélido se refleja en las creencias populares más arraigadas, sino que también aparece en curiosos relatos mitológicos, Así, en Antonino Liberal (Met, 29), quien nos relata cómo Ilitia y las Moiras convirtieron a Galantis II en una comadreja, al no cumplir ésta los mandatos de Hera:...Aí 81] Moipm llÉVSOS ellol1'ícrav!o Ka! tils raAlVSui80s a$EíAOV!O "tilv KopEíav, on SVTj"til wus SEOUS e~Tjllá! TjcrEV, Ka! au "tilv elloíTjcrav 80AEpav yaAí' iV.., ({", Las Moiras sintieron despecho y privaron a Galantis de su natulaleza de mujer, porque mortal como era habia engañado a los dioses y a ella la transformaron en una astuta comadreja...». Muy significativo es el texto de Eliano (N. A, XV, 11) acerca del origen de la comadreja como metamorfosis a partir de una mujer, bruja incontinente:'H XEpcrata yaAí' i on ~v &vSpaJ1l0S í'iKOucra, Ka! on! oií!o eKaAEi!o, Ka! on ~v YÓTjS Ka!'PapJ.laKÍs, Ka! on 8ElviiíS aKóAacr! TjV evócrEl", «He oido decír que la comadreja fue en otro tiempo mujer y que se llamaba así y que era hechicera y bruja, y que era muy incontinente y que padecía un apetito EM LXIV 2, 1996 sexual desbordado...» En cambio, en la fábula 32 de Babrio la metamorfosis tiene lugar en sentido inverso: la comadreja es transformada por Afrodita en una bella mujer: raAñ 1to 't"' uvl5poc; dmpE1l:0ü<; EPUcrSEÍO'fl BiBcom I1E¡lVT¡ Kúnpt<;, ~1tóSrov l-l: tÍ'tllP, 1l0pqrr,v D:.¡.tEl'llat Kat Aul3eiv YUVatKEÍllv, KaAf¡c;'j' UValKÓC;... Una vez a una comadreja enamorada de un apuesto joven la venerable Cipris, madre de los deseos, le concedió cambiar de fanna y tomar la de mujer, de una bella mujer... De estos tres textos se desprenden dos datos: por un lado, que primitivamente se atribuia figura de mujer a la comadreja 12, y, por otro, que su carácter era maligno, propicio a deformaciones tabuísticas del apelativo que la designa. El carácter tabuístico de la comadreja explica el hecho de que las lenguas empleen términos muy diversos y de dificil etimologia, denominaciones que pueden considerarse eufemismos para evitar la referencia directa al animal. De entre todos esos eufemismos el más usual es el que designa a la comadreja como mujer, tal y como lo demuestran las lenguas actuales que conservan esta tradición: de esta manera pueden entenderse, por un lado, las expresiones'señora, bella' de donnola, bela donnola'pequeña, hermosa dama' (derivado de donna 'señora') en italiano, belette'pequeño animal bonito; diminutivo de belle'gracioso, bello' en francés, doniña (derivada de dona'mujer, dama') en gallego, doninha en portugés, satandera 'señora de ratones' y pirocha, mimitcha, andereiguer 'dama hermosa' en vasco, y, por otro, las de 'mujer que cría': erbiñude (derivado de iñude 'mujer que cría') en vasco, y 'comadre': comadreja 13 en castellano (diminutivo de comadre, del latin commater'partera, madrina de un bautizo' y 'vecina o amiga' con la que se tiene mayor trato y confianza'). 12 El carácter tabuístico de la comadreja explica el hecho de que las lenguas lE empleen ténninos muy diversos y de dificil etimología para referirse al animal: así, por ejemplo, junto a ya)..É11 el griego también presenta las fonnas aiÉAoupO~, atAoupa~(Hdt., etc.) y t1C11( Ar., Arist., etc.); el védico, a su vez, utiliza la fonna kaslkZi (RVI 126,6) y tambiénjáhaka (TS.+). La etimología de o: tAoupO~es incierta: Frisk y Chantraine, s.u. alAoupo¡; la analizan como compuesto de o: iÓAO~« *aiEAO¡;) + aupa y vendría a significar'animal de cola viva, movible'. 13 En algunos lugares de España se la relaciona con el pan y el queso, de ahí la denominación paniquesa, que alude al color blanco amarillento de la pechuga del animal y al pardo rojizo del lomo. Por otra parte, el uso del diminutivo está muy extendido en las denominaciones existentes en Galicia y Portugal: así en el siglo XIII se usaba en Galicia doneziña (Alfonso el Sabio, cantiga 354 B ), en pueblos de la provincia de Salamanca dolonsilla, duruncilla, derunciella. En resumen, la tradición literaria y popular y las denominaciones de la comadreja en varias lenguas apoyan la existencia de una relación conceptual entre ésta y los apelativos referidos a la mujer. Por consiguiente, en este contexto, que deja abierta la puerta a una relación etimológica entre yuMr¡'comadreja' y yáAro<;, yáAt<;'hermana del marido' se hace necesario encontrar también apoyos morfológicos claros que la corroboren. Nuestra aproximación al problema que plantea la etimología de yaMr¡ tiene como punto de partida la sugestiva interpretación del dossier de yáAro<;, YÚAt<; a partir de *glh,-,*ó-, *glh,-ípropuesta recientemente por Eichner-Kühn (1975) II 22,5, Mantra) y en armo tal[-i]'cuñada' ambas de *glhrl-. La existencía de dicho tema (*glh,-í-) explicaria sin dificultad la forma gas 'lirón' del latín 18, con -1-por metátesis de laringal (tipo lal. [osc.] bñitus, lel. gñits < *gWrh,-u-tó-). Tenemos con ello, un interesante ejemplo de designación común a una mujer y a un mustélido, que justifica postular un proceso similar en el caso de gr. yÚAt<;. Cabe, pues, suponer que en yaMr¡ pueda también subyacer un antiguo tema en *i-(YÚA-t-<; < *glh,-í-), lo que parece estar apoyado por una serie de formas, como son el compuesto ya;\,tá: ylcrov 'con brazo de comadreja' 19 (Hp. 12 +) Y los derivados YUAtOEÚ<;'joven comadreja' (Cratin.), YUAtÚro' aKoAa<núro 14 Hermano, GGN 1918, p. 22285. apuntó que glOs probablemente designara la mujer no casada del marido. Este significado especial está atestiguado para el latín en el Corp. gloss. 251) supuso que glOs designaba tanto la mujer no casada del marido como la mujer o esposa del hermano. 15 La forma presenta como problema específico la inicial /z-I, que exigiría una protoforroa con palatal: *glh 2 -I!:Ó-. 31) la inicial se debería a la influencia analógíca del apelativo para designar al «yernO)} (es!. z~ti, rus. zjat). 16 Contra la communis opinio de que yáAOJ<; procede de contracción a partir de *yáAroFor;, ef. 291) propone para glis dos protoformas: *g}'IHio *g""leh/i-s, negando cualquier relación etimológica entre la forma latina y gr. yaAÉ"fl•O 19 La forma hace referencia a la enfermedad llamada 'galianconismo', defonnidad atribuida a los que tienen brazos tan cortos como las patas delanteras de (os mustélidos.