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Lo cierto es que pasan de las treinta páginas impresas sólo cuatro de los doce saggi, a saber: Omitiré reseñar los que no son nada más que artículos largos -es decir, el primero, el segundo y el cuarto -, para ocuparme sumarísimamente del tercero, que con sus 95 páginas es más extenso que muchas monografías que ven la luz como libros, forma que bien podría haber tomado este ensayo. Que, dicho sea de paso, podría haber sido más breve si el estilo expositivo no fuera tan verboso, y en algunos puntos un tanto farragoso. Pero esto carece, en justicia, de importancia: lo que cuenta es que es un estudio inteligente, y por ello interesante, que pone de relieve que el tragediógrafo era, al mismo tiempo, astrónomo y astrólogo, que contemplaba maravillado las estrellas que pueblan la bóveda celeste y veía en ellas, además de un espectáculo inigualablemente admirable y un mapa cósmico, un reflejo del alma humana. Se trata, en fin, de una publicación no desdeñable, con el mérito añadido de agregar un subgénero al género editorial, hoy tan en boga, de las misceláneas. El tiempo nos dirá si cunde el ejemplo y se pone de moda guardarse los artículos para componer libros con ellos en vez de enviarlos a las revistas tan pronto como se pone fin a la redacción definitiva. O a la primera, que de todo hay. L El libro, que es ya el tercero que con el título de Ideas publica Ediciones Clásicas, está dividido en tres partes. En la primera de ellas, titulada "Conflicto y venganza", tienen cabida a su vez tres trabajos: M. Rodríguez-Pantoja, "El conflicto religioso en la tragedia griega", pp. 15-33. Partiendo de la premisa de que el conflicto religioso es consustancial a la tragedia griega, estudia el caso de Electra partiendo de los textos de los tres tragediógrafos clásicos; dicho conflicto se da en unos casos entre los propios dioses, en otros, entre los hombres y los dioses. El trabajo se estructura en dos partes: a) definición de venganza y su significación desde la Antigüedad hasta la constitución del estado de derecho; b) panorama general del tratamiento del tema de la venganza en la literatura europea, fundado en el trabajo de E. Frenzel, Diccionario de motivos de la literatura universal, trad. J. C. Iglesias Zoido, "La figura de Electra y su tradición en la literatura occidental", pp. 55-83. Ofrece el autor un panorama general del mito de Electra desde la Antigüedad hasta el siglo XX: el tratamiento del tema en los tragediógrafos clásicos supone un desplazamiento de la atención desde Orestes a Electra, que aparece representada como un personaje rebelde y acosado por la incertidumbre. Se enuncian algunos ejemplos de pervivencia del mito en la literatura española, francesa, alemana e italiana de los siglos XVI-XVIII, cuando el modelo preferido era la Electra de Sófocles. En la literatura del siglo XX el modelo fundamental es Eurípides, y el mito es reinterpretado desde dos perspectivas, la psicológica y la política. La segunda parte, que recibe el título de "La paz", está compuesta a su vez por cuatro aportaciones: E. Sánchez Salor, "El tratamiento literario clásico del antibelicismo", pp. 87-103. Con este trabajo se plantea una paradoja: ¿es posible un discurso literario antibelicista en una sociedad como la romana, cuya expansión está asentada sobre el poderío militar? En principio, las guerras con el exterior tendrán un tratamiento distinto al que encuentren los conflictos civiles. En contraposición con la tragedia, que lamenta la guerra y llora a sus víctimas, el género épico suele proceder a una glorificación de los conflictos (los que el pueblo romano debe afrontar para realizar su papel en la historia); en ese sentido, se produce una purificación de la guerra a través de dos procedimientos: presentándola como algo predispuesto por el hado o procediendo a la dramatización del género, como sucede en el caso ejemplar de Virgilio. En el género historiográfico el tratamiento de la guerra es distinto, según sus autores pongan sus miras en la actividad política (Salustio, César) o tengan una intención meramente moralizante (Tácito y los autores cristianos). En opinión del autor del trabajo la caricaturización del soldado en la comedia palliata puede entenderse como un discurso antibelicista. Por lo demás, el conflicto civil es objeto de crítica en las Bucólicas de Virgilio y en los Epodos y Sermones de Horacio. C. Chaparro Gómez, "Poesía lírica clásica: el tiempo y la fragilidad humana", pp. 105-125. Tras unas acotaciones iniciales sobre lo que se ha de entender como poesía lírica clásica, presenta este trabajo un sucinto panorama sobre el tratamiento del tópico de la EMERITA (EM) LXXV 1, enero-junio 2007 pp. 153-195 ISSN 0013-6662 fugacidad del tiempo (que originó aforismos tan conocidos como carpe diem, fugit irreparabile tempus, collige virgo rosas, etc.) en la literatura griega y romana clásicas, con especial atención a Horacio y su pervivencia posterior. M. L. Harto Trujillo, "La comedia como antídoto trágico. Partiendo de la premisa de que existe una interrelación entre la tragedia y la comedia clásica, procede la autora del trabajo a analizar los argumentos de las once comedias conservadas de Aristófanes, poniéndolas en relación con sus reversos trágicos; la comedia aristofánica encierra una crítica a Eurípides y sus innovaciones, y ofrece en sus últimas piezas los primeros rasgos de evolución hacia la "comedia nea". Palacios Martín, "La paz como recurso dramático: su uso entre los autores latinos", pp. 155-185 Explica la autora del trabajo cómo se ha de entender la utilización del concepto pax en los comediógrafos y tragediógrafos latinos; en un apéndice se describe la instauración del culto a la diosa Pax en tiempos de Augusto, y el tratamiento del tema en autores como Horacio y Tibulo. La tercera parte, que presenta el título genérico de "Paganos y cristianos", recoge otras cinco aportaciones: J. Gómez Santa Cruz, "La civilización clásica ante el espejo del bárbaro", pp. 189-207. Reflexiona el autor sobre la génesis y la evolución del concepto de "bárbaro" en el mundo grecorromano: en Grecia dicho concepto apareció en relación dialéctica con la propia toma de conciencia de la existencia de una comunidad panhelénica; la visión que se tenía, en principio, del bárbaro, según aparece en obras filosóficas y dramáticas, era negativa. Bajo el imperio alejandrino esa comunidad se fundó no ya sobre criterios étnicos, sino estrictamente culturales. Los romanos heredaron tal concepto, y lo adaptaron a su proceso de expansión, que se entendió como un medio por el que los pueblos bárbaros accedían a la civilización. Entre los filósofos, no obstante, se aplicó este concepto, en principio etnográfico, a la consideración psicológica del individuo. M. E. Steinberg, "El escenario teatral en la Cena de Trimalción de Petronio: ex machina y parodia", pp. 209-231. Describe en primer lugar el recurso ex machina de las tragedias de Eurípides y su parodia por parte de Aristófanes, para pasar después al análisis de la Cena de Trimalción desde el punto de vista dramático: los comensales reciben la consideración de espectadores, los esclavos y sirvientes resultan ser los actores, y el anfitrión el director de escena; el banquete es presentado como una sucesión de intrigas o escenas que se resuelven por una intervención ex machina. Muchos detalles del texto ayudan a establecer un paralelismo entre Trimalción y Nerón. P. J. Galán Sánchez, "La vida sexual de los romanos en época Flavia", pp. 233-253. Partiendo de textos de Marcial, Juvenal, Suetonio, los Carmina priapea y grafitos, ofrece el autor un panorama sobre las costumbres sexuales de los romanos: las sacerdotisas de Vesta respetaban su virginidad mientras que estaban al servicio de la diosa; para algunas profesiones, como los actores y cantantes, era aconsejable la abstinencia; no obstante, el mercado sexual ofrecía a los romanos un gran abanico de posibilidades; pero, al margen de estas "perversiones", la actividad sexual de los romanos se encuazaba dentro del matrimonio, aunque no dejaran de producirse casos de adulterio o divorcio.
La aparición de la forma faced en una cratera falisca tiene importantes implicaciones para el análisis de las formaciones de la raíz *dheH 1 -k-en las lenguas itálicas. Las formas de presente pueden explicarse a partir de un tema con grado radical cero y sufijo *-yo-, mientras que para el perfecto se utilizan formaciones con reduplicación y grado cero (*fe-fak-). Falisco faced, al igual que sus correspondientes en lenguas sabélicas, puede explicarse como un perfecto con pérdida de la reduplicación, mientras que latín feci sería el único testimonio de un perfecto "aorístico". La constatación de que faced es un perfecto del verbo "hacer" en falisco obliga, además, a descartar la derivación a partir de esa misma raíz de las formas fifiked y fifiqod, lo que supone un argumento más en contra de la existencia de un perfecto reduplicado con vocal radical larga para esta raíz (tipo *fe-fÉk-) en las lenguas itálicas. quierdo de esta mesa destaca la representación de un falo, mientras que en su extremo derecho aparecen cuatro trazos sinuosos que asemejan cuatro rabos. Este vaso también cuenta, enmarcada por las patas del dibujo de la mesa, con una inscripción claramente falisca 2 que se puede leer sin problemas como: cauios frenaios faced. La interpretación general de la inscripción tampoco resulta especialmente difícil y puede traducirse como "Cavio Freneo hizo", aunque el sentido concreto que tiene el verbo "hacer" en este contexto resulte mucho más difícil de matizar, como ya hemos expresado en la editio princeps de la inscripción 3. Desde luego, creemos que esto sólo pueda hacerse poniéndolo en relación con la iconografía que presenta el vaso 4. Aunque en la edición de la inscripción ya hemos señalado los elementos lingüísticos más sobresalientes en relación con la nueva forma verbal faced que se atestigua ahora por primera vez en falisco, creemos que merece la pena realizar un análisis exhaustivo de ella en relación con las formaciones del tema de perfecto de la raíz *dheH 1 en las lenguas indoeuropeas de Italia. La aparición de faced en falisco plantea algunos problemas interesantes y va en contra de ciertas ideas asumidas en función de la documentación previamente disponible. Las lenguas indoeuropeas de la Italia antigua muestran varias peculiaridades morfológicas interesantes en las formaciones verbales derivadas de la raíz *dheH 1 -, que en otras lenguas indoeuropeas ha dado lugar a presentes como gr. tíqhmi, a.i. dádhao ti, etc. Tales peculiaridades han sido recogidas en diversas propuestas de interpretación y sistematización, que han ofrecido, junto a ciertos puntos de acuerdo, notables diferencias en cuanto al grado de aceptación de unos u otros testimonios, así como en lo relativo a su análisis y al de los fenómenos evolutivos que cabe suponer que han estado implica-5 Por ejemplo en LIV 2001, p.137. Rechaza por completo tales paralelos García Castillero 2000, p. 260, cree que se trate de formas directamente emparentadas. 137, se cita con interrogantes la forma umbra, junto a las baltoeslavas, como posible testimonio de una formación secundaria de presente con alargamiento -yo-. 7 También planteaba Untermann como alternativa, además del análisis de Meiser que citamos a continuación, la posibilidad de un étimo *dhÉ-tÓd, en el caso de que la variante con -ei-fuera solamente gráfica o pudiera apoyarse en otras formas como aitu aitu aitu aitu, deitu, etc. Sin duda, esta triple alternativa evidenciaba las dudas que le planteaba la admisión de cualquiera de estas opciones, incluidas las que podían servir de apoyo a la reconstrucción de un tema EMERITA (EM) LXXIII 2, julio-diciembre 2005, pp. 197-216 ISSN 0013-6662 dos en su desarrollo. Vamos a detenernos en el examen de aquellas formas verbales itálicas derivadas de la raíz *dheH 1 -, cuyo significado procede de una especialización que ha dado lugar a la noción semántica básica de 'hacer', que es la que posee la forma falisca faced. Si tomamos como punto de partida la bibliografía más reciente de carácter general, podemos recordar que Untermann 2000, p. 258, ha planteado la posibilidad de que las formas del osco-umbro y demás dialectos sabélicos, e implícitamente también las del resto de dialectos itálicos, respondieran a dos paradigmas distintos en uso supletivo: 1) tema de presente *fak-yo-y tema de perfecto *fefak-; 2) tema de presente *fÉ-yo- *fÉ-yo-. En efecto, en ocasiones se ha invocado para este tema de presente el apoyo de paralelos extraitálicos, como let. dêju'poner (huevos)', de ̃ju 'soldar', y aesl. de jo¿ (dÈti)'poner, colocar; hablar', de jo¿ (de jati)'hacer' 5, que apuntarían a la posible existencia de un presente *dhÉ-yo-remontable al indoeuropeo occidental. Sin embargo, lo cierto es que en itálico la existencia de ese presente *dheH 1 -yo > *fÉ-yo únicamente se apoyaría, no sin dudas, en la existencia de la forma de presente de subj. umbro feia feia feia feia (3.a sg.) -derivada de *dhÉ-ye-por Untermann 1993, pp. 463, 466 6 y, aunque con mayores dudas aún, en el testimonio de las formas de imperat. umbro fei- fei-fei-feitu tu tu tu, feitu, fetu fetu fetu fetu, fetu. Para estas formas de imperativo Untermann [URL].) propone partir de un étimo *dheo -ye-too d 7. Sin embargo, la alternativa recogida en Véanse otras posibilidades y referencias bibliográficas en Untermann 2000, p. 200, plantea que feitu/fe(e)tu sería un resto del aoristo radical y que se correspondería con el imperativo esperable para *faèe- *fÉjetod > feitu > feetu. En contra de la interpretación de Untermann, a partir de *dhÉ-ye-tÓd, se manifiesta explícitamente Meiser 2003b, p. Según Meiser, habría cabido esperar la caída de la -y-intervocálica en itálico común, por lo que ese tipo de presente ya no sería productivo en época dialectal, lo que evidentemente es aplicable también a feia feia feia feia. A la explicación de umbro feitu feitu feitu feitu a partir del resultado de una síncopa de *feo c(e)tod recurría Poultney 1959, p. 65, por comparación con osco factud, lat. facito. 10 Sobre la influencia que suelen ejercer las formas de imperativo en el resto del paradigma, cf. por ej. el reciente trabajo de M. Si esta última hipótesis se admite -y un desarrollo como el de umbro deitu < *dÉketÓd < *deyke-tÓd 9 parece respaldar esta interpretación -, cabe pensar que la forma de subjuntivo (atestiguada precisamente con función exhortativa), podría haber sido influida por la forma de imperat. 10, de modo que el subjuntivo *fakiÁ(t), conservado en osco fakiiad fakiiad fakiiad fakiiad, lat. fÀciat, y cuyo resultado regular era umbro façia façia façia façia (IIa 17), podría haber sido rehecho analógicamente en feia feia feia feia sobre el modelo de feitu feitu feitu feitu 11. En tal caso, del esquema propuesto por Untermann 12 desaparecería el tema de presente *dheH 1 -yo-y sólo cabría reconocer un único tema de presente *fak-yo-y dos temas de perfecto, *fefak-y *fÉ-, aunque también esta última forma radical plantea dudas. Precisamente, atendiendo a que la forma bien atestiguada es *fÉk-, un punto de partida habitual para la clasificación de los derivados itálicos de esta raíz ha sido el reconocimiento, junto al tema de presente *fak-yo-de un reparto entre dos temas de perfecto, *fefak-y *fÉk-, ambos provistos del mismo alargamiento -k-que el tema de presente. El tema de presente *fak-yocuenta con testimonios tanto en osco-umbro y dialectos sabélicos, como en el grupo latino-falisco, en una coincidencia habitual, que constituye uno de los argumentos manejados por Meiser 2003 para defender la existencia de De hecho se da en cuarenta y nueve de los sesenta y dos casos en que resulta posible realizar la comparación, de acuerdo con los datos de Meiser 2003, pp. 62-63. 16 A partir de una formación protoitálica semitemática *fak-yo/i-+ -ti, de donde surgiría lat. facit y osco /fakeţ/; cf. Lejeune 1970, p. 18 Se ha escrito mucho y hay un buen número de propuestas sobre la posible relación de ese alargamiento con otros alargamientos, sufijos o características que aparecen en diversos testimonios de la raíz *dheH 1 -en distintas lenguas indoeuropeas, así como sobre su origen. Respecto a este último dato las opciones van, entre otras, desde el reconocimiento de un alargamiento radical aprovechado en algunos presentes indoeuropeos, y extendido al resto de la flexión en itálico, hasta una posible identificación con la -κ-del aoristo gr. oeqhka o de la característica del perfecto griego (cf. Adrados en Adrados -Bernabé -Mendoza 1996, p. 242, así como su propuesta en Adrados 1974, pp. 191 ss., sobre el posible origen laringal en el tema de perfecto y su posterior extensión; en contra de la identificación con la la -κ-del aoristo v. Se trata de una formación derivada en -yo-, con timbre radical cero 14, que testimonian lat. faciÓ, osco fakiiad fakiiad fakiiad fakiiad (3.a sg. subj. pres.), factud (3.a sg. imp.) = lat. facitÓ (< *fak-i-tÓd), que, como hemos visto, también se pone en relación con umbro fe(i)tu 15. En LIV 2001 se citan también explícitamente como formas de un presente con -yo-los compuestos oscos afa0 keit (Ve. 183)'ofrecer, ofrendar' (/am-fakeţ/) y ana: faket'id.' 190, = /an a -fakeţ/) < *an-facit 16, sin embargo tanto afa0 keit como ana: faket han sido interpretadas por otros autores como formas de perfecto (cf. infra 3.1.a). Independientemente de la postura adoptada con relación a este último punto, la conclusión que cabe extraer, tras examinar los testimonios existentes, es que en las lenguas itálicas era uniforme el empleo de un tema de presente de la raíz *dheH 1 -con alargamiento -k-y sufijo -yo-con el sentido general de 'hacer'. Por lo tanto el étimo que cabe reconstruir para la raíz en itálico, en la línea de LIV 2001, p. La antigua raíz *dheH 1 -, fundamentalmente con el primitivo valor semántico'poner, colocar' en lugar de la especialización como 'hacer', se habría conservado sólo en compuestos (concretamente, tal y como generalmente se acepta, en condere, abdere, obdere, subdere, diuidere y credere 17 ). El origen de este alargamiento en -k-es muy discutido 18, aunque parece ve-fendida por Dunkel 2004, p. 54), etc. Además de en griego, se ha propuesto ver este alargamiento en -k-en formas de otras lenguas indoeuropeas, aunque ninguna de ellas puede considerarse completamente segura. Un candidato posible es celtib. tekez en el bronce de Luzaga (MLH IV K.6.1), forma para la que, con diversas variantes, se han propuesto explicaciones etimológicas que la hacen un pretérito de *dheH 1 k-, aunque para otros estudiosos ni siquiera se trataría de un verbo, sino de un nombre (para un elenco de las diferentes propuestas, cf. D. Wodtko en MLH IV p. Es muy dudosa la relación con las formas de hit. taks-, para las que se han propuesto interpretaciones alternativas, entre las que resulta más verosímil la que las relaciona con la raíz reconstruida tradicionalmente como *tekþ-(*tetk'-en LIV 2001, p. También parece que hay que rechazar la supuesta relación con esta raíz de toc. AB t~k~-, que proporciona formas supletivas de las de la raíz nes-'ser' en el subjuntivo y el pretérito de ambos dialectos y también en el imperativo de toc. 139, donde se distingue (aunque con dudas) una raíz *dheH 1 k-de la raíz *dheH 1 -. Esta variación entre las formaciones del tema de perfecto de una misma raíz en las lenguas indoeuropeas de la Italia antigua es interpretada por Meiser 2003a en el sentido de que, frente a la situación existente en proto-itálico, en el que, según su reconstrucción, todavía se mantenía una oposición entre un tema de aoristo diferente del tema del perfecto, el sincretismo entre aoristo y perfecto es de fecha post-proto-itálica, habiéndose producido quizá incluso en cada lengua por separado. Por este motivo, en su opinión, no es de extrañar que las elecciones en cada lengua sean distintas e, incluso, que exista una cierta polimorfía dentro de una misma lengua hasta que se ha generalizado una forma que ha acabado por imponerse a las demás y desplazarlas fuera del sistema. Sin embargo, frente a la uniformidad en la formación de presente de esta raíz en las lenguas indoeuropeas de la Italia antigua, las formaciones utilizadas para el tema de perfecto varían de unas a otras, e incluso se han propuesto variaciones dentro de la misma lengua 20. Comenzaremos por ofrecer de forma exhaustiva los datos existentes en la actualidad acerca de la formación del perfecto de la raíz *dheH 1 k-en las lenguas de la Italia antigua: No vamos a entrar aquí en el interesante problema de la interpretación de la desinencia de face, cf. infra n. Se trata de formas sin reduplicación y con grado cero de la raíz. El mismo tipo de formación se ha reconocido en osco, pero sólo en las formas con preverbio a(n)fakeit (Ve.183 = Sab.Texte Lu 13) y ana: faket (Ve.190 = Sab.Texte Lu 18), que, como ya hemos mencionado (cf. supra), son interpretadas por otros autores como formas del presente. Hay que señalar ahora también la presencia de una probable forma de perfecto de 3.a persona singular ]face en una inscripción vestina sinistrorsa de Navelli 23 escrita en alfabeto latino arcaico pero en lengua local. Sin embargo, la rotura del fragmento justo delante de la secuencia que nos interesa impide saber si nos encontramos ante un perfecto con o sin reduplicación. b) 3.a sg. subj. act. fefacid (graf. fepacid) 24 Parece que sería posible leer, alternativamente, neniked si bien, como señala Poccetti (en Lazzarini -Poccetti 2001, pp. 75-76), resulta menos defendible por razones epigráficas y de interpretación semántica. 29 En este trabajo no vamos a entrar a analizar la oposición entre desinencia en -e y desinencia en -et para la tercera persona singular del tema de perfecto en las lenguas itálicas, puesto que se trata de un problema general que no afecta exclusivamente a las formaciones de la raíz que estamos analizando. La desinencia -et no presenta ningún problema en cuanto continúa la correspondiente desinencia secundaria indoeuropea. En cambio, -e, teóricamente, puede ser tanto continuación de la desinencia del perfecto indoeuropeo como deberse a mera evolución fonética por pérdida de la oclusiva final: -et > -ed > -e. Para un tratamiento detallado del problema, con defensa de la primera posibilidad, puede verse el trabajo de Marinetti -Prosdocimi 1997. A favor de la autenticidad de la fíbula en los últimos tiempos se ha manifestado también Solin 1999, p. 125, se limitan a hacerse eco del gran rechazo que ha sufrido («is now almost universally recognized as a forgery»). Curiosamente, en cualquier trabajo actual sigue recurriéndose al texto de la fíbula, por más que se preceda esa referencia de diversas reservas y comentarios, como éste mismo que prúffed parece ser una forma de perfecto con grado cero de la raíz, que aparece en compuestos, relacionables, por tanto, con el tipo lat. condere, condidi 33, explicación que también es la seguida por Meiser 2003a, p. 183, quien hace proceder prúffed prúffed prúffed prúffed de *pro-dhe-dh-. Para anafed, cuya lectura no es totalmente segura, Untermann sugiere un étimo *an-Á-fef-ed, con lo que tendría una formación idéntica a la anterior. El perfecto fÉced > fÉcit, que es el que acabaría generalizándose en latín, se documenta ya en el vaso de Dueno (580/570 a.C.) 34. Frente a ese tipo de perfecto, en prenestino contaríamos con la documentación de un perfecto reduplicado en el fefaked (graf. vhevhaked) de la famosa fíbula de Preneste. Frente a quienes han puesto en duda su autenticidad -cuestión que sigue completamente abierta -, los que la reconocen han fluctuado entre la consideración de esta forma de perfecto como un rasgo característico del latino meridional, frente al romano, o bien como la intrusión de un rasgo umbro-sabélico 35. De acuerdo con Poccetti 36, a la vista de estas formas, el latín arcaico habría conocido una polimorfía en el perfecto de facio entre la forma fefaked de la fíbula de Preneste (que él considera probablemente auténtica 37 ) y una incluimos aquí. Así, Meiser 2003a, esp. p.178, haciéndose eco de opiniones favorables a la autenticidad, como las de Wachter, Campanile o Peters, da un papel preponderante al análisis de vhevhaked «solange er aber nicht definitiv als Fälschung erwiesen ist (die Evidenz scheint insgesamt eher dagegen zu sprechen»). 39 Este mismo planteamiento, aunque menos concreto en los detalles, aparece ya en Ernout 1953, p. 385 forma de tipo «aorístico» fÉced (documentada ya en el vaso de Dueno). Según Poccetti, la existencia de estos dos alomorfos debía corresponder seguramente a variantes diasistémicas y entre ellas la lengua estándar acabaría seleccionando la segunda (fÉcit), de forma contraria a lo que habría ocurrido en otras lenguas itálicas, en las que se habrían mantenido varias formas de perfecto: face, fefac-y fific-( para [f] es extraña al falisco. Hoy en día parece que la opinión común es que la inscripción es latina y que debe datarse en torno al 620-600 a.C. 40 Así pues, aun en el caso de ser cierta la restitución de Peruzzi, se trataría de una forma arcaica del perfecto latino fÉcit. También se han querido interpretar como formas del perfecto del verbo «hacer» las formas faliscas fifiked (Ve. Este análisis, para el que suele remitirse al famoso trabajo de Lejeune 1955, contaba hasta ahora con el respaldo de la inexistencia de otra forma derivada de *dheH 1 k-'hacer', que pudiera atribuirse de modo seguro al falisco. Tal interpretación ha constituido durante largo tiempo uno de los principales puntos de apoyo para el reconocimiento de un étimo *fe-fÉk-‹ *dhe-dhÉk-en algunas de las formas sabélicas que hemos examinado en el apartado anterior. Por lo tanto, de aceptarse esta interpretación, ese tipo de perfecto habría contado con derivados en ambos grupos itálicos. A la vista de estos datos, es evidente la importancia que tiene el testimonio de faced en la cratera del Museo Arqueológico Nacional de Madrid 41. Por lo pronto, tal testimonio, sin reduplicación y con vocalismo radical cero, nos ofrece fuera de toda duda una forma del perfecto de *dheH 1 (k)-'hacer' en falisco. Frente a ella, si se quisiera seguir manteniendo la interpretación de los perfectos faliscos fifiked y f[if]iqod, como formas derivadas también de *dheH 1 (k)-'hacer', sería preciso recurrir a la idea de una fluctuación y convivencia de temas distintos de perfecto. Sin embargo, tal posibilidad parece mucho menos verosímil que la de admitir, sencillamente, la alternativa de que fifiked y f[if]iqod sean, como se ha propuesto a menudo, formas de *dheigh-'modelar, moldear, dar forma, hacer'. Las implicaciones de esta segunda opción, que nos parece mucho más probable, son evidentemente importantes para el análisis del verbo en el conjunto de las lenguas itálicas. Por otro lado, a la vista de la existencia de un perfecto no reduplicado en falisco, como faced, también cabría replantearse la interpretación de otro perfecto falisco, porded'ofrecer, obsequiar', considerado habitualmente como procedente de una haplología por *pordeded (forma con preverbio por-y reduplicación) 42, pero que quizá podría analizarse directamente como un perfecto no reduplicado de la raíz indoeuropea *deH 3 -'dar' 43. mos también con la forma ded, si bien es verdad que en este caso la presencia en otros textos votivos similares de deded (Ve. 140 = Sab.Texte Sa 22) y ded(e)d (Sab.Texte 59) apuntaría más bien hacia una haplografía. A las formas recogidas en el cuadro habría que añadir -f-, con grado cero de la raíz y sin alargamiento en -k-, que, como ya hemos visto, sólo se documenta en compuestos, del tipo osco-umbro anafed, prúffed prúffed prúffed prúffed. En venético contamos con el testimonio de una forma vhagsto /faksto/'ha establecido', interpretada por LIV 2001, p. 139, como un aoristo sigmático creado secundariamente a partir del primitivo tema de aoristo *dhéH 1 k-/dhH 1 k-, del que, como hemos visto, se parte para la explicación de algunos de los temas de perfecto itálicos. Sistematizando los posibles testimonios de formas de perfecto derivadas de la raíz *dheH 1 k-que hemos ido viendo, comprobamos que pueden adscribirse a cuatro tipos diferentes de construcción: perfectos reduplicados con vocalismo radical cero (tipo fefak-), perfectos sin reduplicación con vocalismo radical cero (tipo fak-), perfectos sin reduplicación con vocalismo radical largo (tipo fÉk-) y perfectos reduplicados con vocalismo radical largo (tipo fefÉk-). Podemos esquematizar estos cuatro tipos de construcción y sus posibles testimonios en el siguiente cuadro 44: Habitualmente se considera que en el perfecto de las lenguas itálicas han confluido las formaciones que han evolucionado como perfectos y aoristos en otras lenguas indoeuropeas 45. De acuerdo con este análisis, no plantea problema la explicación del tipo fefak-como antiguo perfecto reduplicado, que mostraría, en lugar del antiguo timbre *-o-radical propio de la protofo- ma indoeuropea, la regularización del timbre radical del tema de presente 46. Frente a él, el tipo fÉk-sería el llamado perfecto «aorístico», procedente de la confluencia en esa misma categoría de las formas que en otras lenguas aparecen como aoristos. Tal y como nos muestra el cuadro, ambos tipos están claramente atestiguados, aunque si se admite la interpretación de Untermann de la latinización de los testimonios marso y marrucino (o peligno), cabría deducir que el perfecto «aorístico» en este verbo constituiría una característica exclusiva del latín, tanto dentro de su grupo dialectal como en el conjunto de las lenguas itálicas. También cuenta con testimonios claros un tercer tipo, el de los perfectos sin reduplicación y grado cero radical (tipo fac-). Precisamente a este tipo corresponde la forma falisca faced atestiguada ahora en la cratera de Madrid. Falisco faced puede contraponerse, dentro de su mismo grupo dialectal, al prenestino vhevhaked (fefaked), lo que obviamente tiene como consecuencia, aparte de servir de apoyo indirecto al reconocimiento de la autenticidad de la fíbula -al menos por lo que a la forma verbal se refiere -, el que ésta no deba interpretarse como un rasgo ajeno a su grupo lingüístico. De hecho, la proximidad entre la forma reduplicada prenestina y la forma sin reduplicación falisca puede ponernos sobre la pista de cómo interpretar su génesis. La interpunción que aparece tras las formas de algunos perfectos itálicos, como es el caso de vhevhaked nos invita a pensar que en un momento determinado la reduplicación pudo interpretarse como un segmento adicional y que, por tanto, podría considerarse prescindible dentro de las formas de perfecto. En este fenómeno pudo jugar un papel importante la confluencia de valores y la equiparación de funciones de reduplicación y preverbios, tal y como han señalado Prosdocimi-Marinetti 1994, p. 7, de modo que puede constatarse una tendencia a la alternancia «preverbio Ø -sílaba de reduplicación vs. preverbio -sílaba de reduplicación Ø». Es decir, la reduplicación se habría reinterpretado como una especie de preverbio. De ahí el que, ante la alternancia de reduplicación y otros preverbios, terminaran aislándose las formas sin reduplicación, como es el caso de falisco faced frente a vhevhaked. Aunque podría pensarse en una diferencia cronológica entre el empleo de una u otra variante, lo cierto es que, revisando detenidamente los datos, comprobamos que lo más razonable es pensar en un período de fluctuación entre formas con y sin reduplicación. De hecho, las formas sin reduplicación apa-La posible fluctuación, con valores secundarios, entre formas con y sin reduplicación en las lenguas itálicas ha sido planteado en otras ocasiones y para otras formaciones. Baste recordar, en este sentido la explicación que Silvestri 1993, pp. 103-104, propone para la famosa fluctuación falisca pafo / pipafo. recen ya en testimonios muy antiguos, como es el caso del paleoumbro fa fa fa face ce ce ce 47. Por lo tanto, dentro del mismo grupo lingüístico, contaríamos con el testimonio de esa fluctuación entre forma con y sin reduplicación en el caso del vhevhaked de la fíbula frente al faced falisco, pero también en la contraposición del paleoumbro face face face face y el osco fefacid 48. Por consiguiente, estos dos tipos de perfecto con/sin reduplicación y grado cero radical no pueden considerarse propios de un único grupo dialectal. Este análisis de paleoumbro face face face face y falisco faced como formas creadas por pérdida de la reduplicación a partir de los primitivos perfectos reduplicados, cuyo testimonio directo nos lo proporcionaría prenestino vhevhaked y osco fefacid, nos parece más satisfactorio que la alternativa de ver en paleoumbro face face face face (y por paralelismo, en falisco faced) formas rehechas de aoristo. Aunque la interpretación como formas rehechas de aoristo está recogido por LIV 2001, p. 104, lo cierto es que para aceptar tal refección es preciso suponer que en época protoitálica todavía estaba vigente la alternancia *fÉk-/ fak-, esto es, grado pleno / grado cero, para las formas del singular y del plural respectivamente. Habría que asumir, además, una extensión del timbre cero a partir del plural. Y habría que admitir que tal extensión se hubiera dado únicamente en el caso de esta raíz y, quizá, en el de umbro habe 49, ya que en el caso de todos los demás perfectos cuyo origen son formas aorísticas el grado radical siempre es, sin excepción, un grado pleno y no cero 50. Además de la dificultad que plantean todas esas suposiciones, las formas de perfecto del prenestino vhevhaked y el osco fefacid, quedarían completamente desligadas y aisladas frente a umbro fa- fa-fa-face ce ce ce y falisco faced. El panorama del perfecto itálico se simplifica notablemente si aceptamos, en cambio, que todas estas formas, reduplicadas y sin reduplicación, poseen el mismo origen. La propuesta de Sommer, recogida por Meiser, a la que ya hemos aludido, cobra así plena significación en el proceso. Únicamente en latín, donde se aplicaría la oclusivización intervocálica tras la reduplicación de la consonante inicial de la raíz, se habría recurrido a una formación aorística. En los demás casos, se habría utilizado la formación de perfecto reduplicado, que con el tiempo habría quedado desdibujada por la posible pérdida de obligatoriedad de la reduplicación, de la que la interpunción que en ocasiones aparece entre ella y la raíz puede ser un significativo indicador. Realmente, Meiser (l.c.) ya contempla en su monografía la posibilidad de interpretar umbro face face face face y habe como «de-reduplizierte Perfekta». Sin duda, el nuevo testimonio de falisco faced resulta de gran interés también, al constituir un apoyo claro de esta opción. Por último, de los cuatro tipos de perfecto propuestos para las formas de *dheH 1 k-en las lenguas itálicas, el más problemático es el perfecto reduplicado con vocalismo radical largo tipo fefÉked. Hemos visto que los testimonios que suelen alegarse para su reconocimiento resultan todos ellos dudosos o susceptibles de recibir explicaciones alternativas. Con el nuevo testimonio del faced falisco, parece razonable el rechazo de falisco fifiked y fifiqod como pertenecientes al paradigma del verbo «hacer». Es preferible su relación con lat. fingÓ 'modelar', a partir de una raíz *dheigh-. Teniendo en cuenta que, para los datos de las lenguas sabélicas con los que se sustentaba el reconocimiento de un perfecto tipo *fefÉked, se recurría habitualmente al respaldo del falisco fifiked y fifiqod, el testimonio de faced puede provocar una especie de efecto en cadena, por el que todos los testimonios dudosos cuya derivación de la raíz *dh(e)H 1 k-(en lugar de *dheigh-'modelar') se apoyaba en buena medida en el paralelo de las formas faliscas, resultan aún más dudosos. En consecuencia lo más razonable puede ser rechazar, a menos que pueda contarse con apoyos más claros, la existencia de esas pretendidas formas de un perfecto reduplicado con grado largo. Tal y como hemos visto, la lectura de una forma de perfecto falisca faced en la cratera del Museo Arqueológico Nacional de Madrid tiene importantes repercusiones en nuestro análisis y comprensión de las formas de perfecto derivadas de la raíz verbal *dheH 1 -en las lenguas indoeuropeas de Italia. Para poder encuadrar adecuadamente tales repercusiones en el marco del Por lo tanto, no es en absoluto preciso, en contra de lo que han propuesto autores como Untermann, recurrir a la reconstrucción de un presente *dheH 1 -yopara explicar las formas que aparentemente carecen de -k-en umbro. El paradigma verbal se simplifica así notablemente. Todas las formas derivan de una raíz *dheH 1 k-, que, con grado cero radical y sufijo -yo-adoptan la forma de presentes, mientras que con el mismo grado cero del presente y reduplicación (*fe-fak-) adoptan la forma de perfectos. Ahora bien, junto a los perfectos reduplicados con grado cero radical, en latín, así como en testimonios probablemente sometidos al influjo latino, contamos también en distribución complementaria, condicionada por cuál es la inicial de la raíz, con formas de perfecto sin reduplicación y grado largo radical (*fÉk-). Estas formas se corresponden con las construcciones que evolucionan como aoristos en otras lenguas, como es el caso de griego oeqhka. Junto a estos dos tipos de perfectos -reduplicado con grado cero radical y sin reduplicación con grado radical alargado -, hay todavía testimonios de otras formas, para las que se han propuesto dos tipos adicionales. Por un lado, perfectos sin reduplicación con grado cero radical (*fak-). Por otro, perfectos reduplicados con grado radical largo (*fe-fÉk-). Precisamente en el análisis de los testimonios de ambos tipos juega un papel de gran importancia la reciente atestiguación de falisco faced. En primer lugar, como testimonio, fuera de las lenguas sabélicas, del perfecto con grado radical cero sin reduplicación. Frente al prenestino vhevhaked (fefaked), falisco faced puede constituir el resultado de una tendencia a la pérdida de la reduplicación del perfecto, motivada por fenómenos como el de la equiparación o confluencia funcional de preverbios y reduplicación. En segundo lugar, el testimonio de falisco faced también puede afectar a la reconstrucción del cuarto tipo de perfecto que se ha propuesto para el itálico: el tipo con grado radical largo y reduplicación (*fe-fÉk-). De existir, evidentemente cabría interpretarlo teóricamente como un resultado o tipo también secundario, derivado quizá de la confluencia de los dos tipos primarios (*fefak-y *fÉk-). Sin embargo, los testimonios en que se basa su reconstrucción son muy dudosos o admiten reconstrucciones alternativas. El testimonio de falisco faced obliga a la adscripción de falisco fifiked y fifiqod a una raíz diferente y arroja aún más dudas de las que ya había sobre la pretendida existencia de ese perfecto reduplicado con vocalismo radical largo. Durante la corrección de pruebas, hemos tenido oportunidad de leer la inscripción falisca recientemente publicada por Rex Wallace en ZPE 153, 2005, pp. 175-182, bajo el título «A Faliscan Inscription in the Steinhardt Collection». Aunque nos resultaba imposible modificar el texto ya compuesto de este artículo, no hemos querido dejar de señalar la importancia del paralelo (agradecemos a los editores de EMERITA la inclusión de esta nota). Primeramente citemos un dato curioso. Wallace sólo menciona (n. 2) como equivalente al vaso cerámico en forma de gallo, en el que figura esa inscripción, un vaso reproducido en Minerva 10,6, Nov.-Dec. 61: facet facet facet facet), hay que señalar que muestra importantes semejanzas con la de la cratera de Madrid. Pertenece al mismo período (segunda mitad del siglo IV a.C.), sus grafías son bastante semejantes, y además contiene una segunda cita de la misma forma verbal. No obstante, también presenta importantes diferencias, como la presencia de un pronombre personal en acusativo, que puede implicar una interpretación distinta del tipo de inscripción, así como un tratamiento diferente de las consonantes finales (pérdida de -s en los genitivos, -t final en lugar de -d en la EMERITA (EM) LXXIII 2, julio-diciembre 2005, pp. 197-216 ISSN 0013-6662 forma verbal). Por lo que se refiere a facet, Wallace considera que constituye la segunda atestiguación, tras la del faced de la cratera de Madrid, de la misma forma en una inscripción medio-falisca. Asimismo, considera, como nosotros, que ha de interpretarse como un perfecto. Sin embargo, la explicación etimológica que propone se basa en la interpretación de Meiser 2003a, p. 104, de una extensión del grado cero del plural de un aoristo *fÉked: *fakond › *faked: *fakond. En este artículo ya hemos expuesto las razones que nos llevan a preferir interpretar faced(/t) como un "perfecto des-reduplicado". Aunque Wallace también menciona tal alternativa, la descarta porque sólo concibe como causa de la pérdida de reduplicación una caída de vocal por síncopa, lo que en su opinión carecería de apoyos claros en falisco. Evidentemente, este reparo no es aplicable a la explicación que hemos planteado aquí, basada en una reinterpretación de la reduplicación como elemento opcional, equiparable a un preverbio. Creemos que nuestra propuesta explica mejor varios hechos: a) la relación de paleoumbro face face face face y falisco faced(/t) con prenestino fefaked, osco fefacid, b) por qué sólo el latín se diferencia del resto de lenguas itálicas, c) por qué el vocalismo radical de umbro face face face face, habe es diferente al resto de perfectos que sí derivan claramente de formas aorísticas, d) el posible motivo de la interpunción tras la reduplicación en la fíbula de Preneste.
Este artículo es una aproximación filológica al texto del Bellum Gallicum de César en el manuscrito Parisinus Lat. 5767 (P), del siglo XIII, con el objeto de poner en claro su relación con el resto de la tradición textual del B.G. El método seguido se centra en dos elementos: las características peculiares de tituli y colofones, y la colación y análisis interno del texto. Este estudio permite concluir que P pertenece a la familia x (A y Q) de los manuscritos a, y muestra la evidencia interna de relación con Q, aunque P no es una mera copia de Q, sino que procede de un hiparquetipo muy próximo a este manuscrito, pero distinto de él, y de gran valor crítico. La historia del texto del Bellum Gallicum (B.G.) es considerada, desde F.W. Hall 2, como un ejemplo paradigmático de una "relación simple" en las ramas altas del stemma codicum, toda vez que los manuscritos de mayor valor crítico para la constitución del texto pueden agruparse nítidamente en dos grandes clases, de acuerdo con la propuesta de Nipperdey 3 a mediados del s. XIX, propuesta que se ha visto corroborada -si bien con algunos matices significativos -, por los estudios críticos que desde entonces han visto 218 ANTONIO MORENO HERNÁNDEZ 4 En particular desde las ediciones y estudios de A. Holder (Friburgo-Tubinga, 1882), H. Meusel (Berlín, 1913(Berlín, -1920)), L.-A. Constans (César, Guerre des Gaules, vols. I, París, 1926, reimp. 1972), A. Klotz (C. Iuli Caesaris Commentarii, vol. I, Commentarii belli Gallici, Leipzig, 1927) y O. Seel (C. Iulii Caesaris Commentarii rerum gestarum, vol. I, Bellum Gallicum, Leipzig, 1968) y sobre todo la de W. Hering (Die Recensio der Caesarhandschriften, Berlín, 1963, y su edición teubneriana del B.G publicada en Leipzig, 1987), así como de los trabajos de V. Brown, «Latin Manuscripts of Caesar 's Gallic War», Paleographica, Diplomatica et Archivistica. Para una visión de conjunto, puede verse el artículo consagrado a César por M. Winterbottom en L. D. Reynolds, Texts and Transmission. 6 Para la descripción del códice, cf. Catalogus codicum manuscriptorum Bibliothecae Regiae IV, París 1744, p. 155; V. Brown,"Latin Manuscripts...", ob. cit., Los otros tres son: Besançon, Bibliothèque municipale 844; Montepellier, Bibliothèque de la Faculté de Médicine 31; y París, Bibliothèque Nationale, Lat. Según la crítica del texto cesariano, esa escisión tan clara de la tradición textual más antigua, cifrada en unos 1.500 variantes entre las clases a y b, parece difuminarse en los siglos posteriores hasta llegar al XV, momento en que buena parte de los mss. conservados de esa época muestran un grado de hibridismo que vuelve "intangible", en palabras de Constans, la división entre las dos clases 5. Sin embargo, el proceso de transmisión del texto cesariano entre los ss. XI y XIV -es decir, en la etapa que va del estadio más antiguo de la tradición conservada (los mss. del s. IX y X) y los testimonios del s. XV, cuando empiezan a proliferar copias del texto en el ámbito del humanismo italianodista de estar plenamente aclarado, habida cuenta de que algunos de los principales manuscritos de este periodo no han sido objeto de un análisis crítico que permita determinar su valor crítico y su vinculación con los principales testimonios de la tradición cesariana de acuerdo con las propuestas estemmáticas de las ediciones del s. XX. El objeto de este artículo es determinar la posición dentro del stemma del B.G. del códice Parisinus Lat. 5767 conservado en la Bibliothèque Nationale de Francia 6, que es uno de los cuatro manuscritos conservados del s. XIII que transmiten el Bellum Gallicum de Julio César y no el resto del Corpus Caesarianum 7. Para ello partiremos de los estudios y ediciones críticas del CÉSAR, BELLVM GALLICVM, PARISINVS LAT. 2, tendremos en cuenta para lecturas concretas la antigua edición de Fr. 1958), por el gran volumen de variantes y de manuscritos que tomaron en cuenta. Como criterio general adoptaremos las siglas de la edición de Hering. 9 Gracias a la consulta de los mss. de la Bibliothèque Nationale de Francia y de las reproducciones del Institut de Recherche et Histoire des Textes (IRHT) del CNRS (París). 10 Hemos explorado esta doble vía de análisis en el estudio de otro ms. de la tradición cesariana, cf. «En torno a la filiación del texto del Bellum Gallicum en el manuscrito Escurialensis M.III.10», Cuadernos de Filología Clásica (Estudios Latinos), 25.1, 2005, pp. texto 8 y de nuestra colación directa de los códices implicados 9. Metodológicamente, hay dos vías complementarias que entiendo que conviene explorar para aproximarse a la filiación de los mss. cesarianos 10: de una parte la consideración de los elementos paratextuales, como tituli y colofones, cuyas bases fueron asentadas para la tradición del B.G. por Seel 11 y Brown 12 fundamentalmente; de otra parte, la colación y análisis interno de las variantes en relación con la historia del texto, que aporta la información más fiable para establecer los vínculos textuales. El códice parisino Lat. 5767, que denominaremos P, contiene los ocho libros del B.G. y por lo tanto se incluye por su contenido en la clase a, formada por 73 mss. datados entre el s. IX y el XVI 13: La historia de esta clase, fundamental para la reconstrucción del texto de César, se documenta a partir los primeros manuscritos conservados, del s. IX: El Amstelodamensis 73 (A) procedente del scriptorium de Fleury, el Vaticanus Lat. 5763 (B), que proviene con seguridad de otro centro francés, si bien la existencia de diversas manos no permite asegurar su procedencia concreta 14. I. Tituli y colofones La identificación de tituli y colofones puede suministrar información que en ocasiones complementa el estudio crítico para determinar la ascendencia de un códice, como ha mostrado V. Brown con su tentativa de clasificación de la tradición cesariana atendiendo a este criterio 15, que si bien permite una agrupación general de los testimonios, no exime, como esta autora reconoce, del análisis interno del texto de los mss., ya que la afinidad de tituli y colofones no implica necesariamente una afinidad textual, sobre todo en una tradición sometida a un considerable grado de contaminación como la que nos ocupa. Brown, cuando analiza el códice P, se limita a describir los datos de este manuscrito sin concluir ninguna relación precisa dentro de su clase 16. Pero el cotejo con las fórmulas de tituli y colofones del B.G. permite reconocer la pertenencia de P al "grupo 1" identificado por Brown, es decir, el de los tituli y colofones vinculados con los mss. más antiguos de la clase a, los mss. ABM, aunque con las siguientes peculiaridades: a) El titulus del libro I de P presenta la referencia a César como autor de la obra ("Incipit liber primus Gallii (sic) Iulii Caesaris belli Gallici"), de acuerdo con la tradición antigua del texto, pero su formulación es claramente distinta a la de ABM: "Incipit (incipint -sic-B: incipiunt M) liber (libri BM) Gaii Caesaris belli Gallici Iuliani de narratione temporum" a la que el códice A añade: "Incipit liber Suetonii", ausente en P. El otro códice que conforma la familia x, el manuscrito Q se aproxima a A pero con un desarrollo algo distinto ("Incipit liber Suetonii Tranquilli victoriarum Gaii Iulii Caesaris multimodarum belli Gallici. Incipit de trimoda ommnis Galliae diuisione"), que no guarda ninguna afinidad con el titulus de P. b) Los tituli de los restantes libros de P muestran tan sólo la fórmula "Incipit liber secundus [URL].)", generalizada en la tradición cesariana. El dato aparentemente más significativo es que el titulus del libro VIII de P no recoge la referencia a "Hirtius Pansa" presente en la familia x (A y Q) y un pequeño número de recentiores 17. Sin embargo hay un indicio que puede resultar revelador de la vinculación de P con uno de estos manuscritos, el Q: este códice concluye el títulus del libro VIII con la mención "Hirtii Pansae", que ciertamente omite P; sin embargo Q c ha introducido una raya que corta el titulus por ese nombre y desciende hasta la primera linea del texto de VIII Praef. 1, partiendo el texto entre Balbe y cum cotidiana. Precisamente en esta posición el copista de P ha insertado las palabras "Hirtii Pansae": VIII Praef. 1 Balbe cum cotidiana cett.: Balbe Hirtii Panse cum cotidiana P. Es posible que el error de P haya sido inducido por la corrección de Q c. c) En cuanto a los colofones, reciben en P un tratamiento muy irregular: los libros I y II carecen de él -apartándose del desarrollo que ofrece Q en el colofón del libro II: "Iulii Celsi Constantini uiri clarissimi legati Caesaris contra Hevetios liber II explicit" -, mientras los libros III al VI ofrecen la fórmula "Iulius Celsus Constantinus VC legi (Gaii Cesaris belli Gallici) liber tertius (quartus etc...) explicit", habitual el el grupo de manuscritos I de Brown. El colofón del libro VII presenta una ligera modificación "Iulius Celsus Constantinus VC legi commentarios Caesaris liber septimus explicit", coincidente en este caso con A y Q (el códice B reproduce la misma fórmula con la variante "commentarius"). El libro VIII se remata con la fórmula "Iulius Celsus Constantinus VC legi tantum feliciter. Explicit liber octauus", similar a los mss. de la clase a, si bien se aparta de A (cuyo colofón a este libro es obra de una manus recens) y coincide parcialmente con Q (que no presenta "explicit-octaus"), pero no con el desarrollo de B ("Iulius Celsus Constantinus VC legi tantum feliciter C. Caesaris Pont. De estos datos se desprende una vinculación genérica de P con la tradición más antigua de la clase a, revelándose indicios parciales pero concretos de parentesco con una línea de la tradición manuscrita, en concreto con la familia x de la clase a, representada por A y particularmente por uno de los mss. vinculados a él, Q, a tenor de la inserción de la parte final del titulus del libro VIII en el comienzo del prefacio del mismo en P, probablemente inducido, según hemos mostrado más arriba, por una corrección de Q c. Este dato, a pesar de ser revelador por sí mismo, no permite concluir una filiación sin atender al análisis crítico del texto. En cambio, los datos textuales permiten determinar una profunda relación de P con la otra rama de la clase a, es decir, A y el manuscrito vinculado a éste (Q, Parisinus Lat. 5056) -que conforman la familia x -, relación sustentada en la cantidad y calidad de las variantes significativas que comparten: En primer lugar, la dependencia de la familia x se acredita por el hecho de que P secunda las dos grandes omisiones respecto al resto de la tradición de x 24: Sin embargo P no entronca de manera directa con el primer ms. de la familia x (A), sino con Q, como se desprende de estos hechos: A) Q y P coinciden en el tratamiento de las grandes omisiones de A: no omiten (II 31.6 quam... dominari) pero sí las dos restantes (V 17.4 neque consistendi aut ex essedis desiliendi; VII 46.3 omni spatio uacuo relicto superiorem) 25. B) En caso de discrepancia entre las lecturas de A y Q, P adopta preferentemente las lecturas de Q en las siguientes circuntancias: Las ediciones de Constans (que lo identifica con la sigla M), Klotz y Seel se inclinan por la cronología más tardía del Parisinus Lat. La índole y cantidad de este repertorio de variantes es, a nuestro juicio, de gran valor crítico y proporciona, junto con los dos argumentos anteriores, un argumento muy consistente de la estrecha relación de P con Q. A este último manuscrito parisino, también conocido como Moysiacensis o "César de Moissac" 27, por el scriptorium donde, a tenor de los datos paleográficos, se copió entre los ss. XI y XII 28, se le atribuye una notable importancia para la reconstrucción del texto crítico cesariano, tanto por entroncar con la tradición de los manuscritos del B.G. más antiguos de la clase a, como por la calidad del texto que transmite. Así, Constans, Klotz y Seel lo consideran en sus ediciones críticas derivado del mismo subarquetipo (x) que A, del que habría sido copiado de manera independiente, por lo que A y Q constituirían una de las dos familias de a y estos editores conceden a las lecturas de Q un valor muy estimable para la constitución del texto. 25, y su hipótesis de la dependencia de A en p. 31 de esta misma obra, así como en la Praefatio de su edición (p. A pesar del carácter tan restrictivo de su edición, Hering se sirve de Q cuando carece del testimonio de A, como en VIII 52.4 a VIII 55.2. 30 Manuscrito derivado de B a través de un códice intermedio (W. Hering, Die Recensio der Caesarhandschriften..., cit., p. Hering se refiere a esta variante en p. 31 Testimonios de otras formas compuestas del verbo se advierten en un ms. del s. XII, como el W (Florencia, Bibl. 127; Hering,, que presenta la lectura reducit. En cambio Hering, que parte de su independencia de A, defiende, sobre la base de sus trabajos para la edición teubneriana, que Q es copia de A, a través de un apógrafo intermedio 29, de manera que cuando adopta la variante de Q la lectura más plausible para la restitución del texto, la considera no una lectura antigua sino una corrección. El interés de estas variantes de Q que P secunda radica en que entre ellas se han tramitido algunas lecturas diferentes y críticamente plausibles de cara a la restitución del texto del B.G., bien sea por su carácter originario y próximo en ocasiones al arquetipo, como las consideran Constans y Klotz, o por tratarse de "correcciones", como las interpreta Hering: es el caso de II 1.3 qui Germanos cett.: qui ut Germanos Q S P. Constans adopta la lectura mayoritaria, mientras Klotz adopta la lectura de Q y S 30 frente a la tradición mayoritaria. Hering también opta por QS pero considera que es una corrección introducida por estos mss. para enmendar un error del resto de la tradición. Igualmente la variante de VIII 4.3 ducit transmitida mayoritariamente es considerada menos probable por Klotz que educit, presente en Q y P, lectura que adopta este editor frente a Hering, quien se decanta por ducit. Avalan la selección de la variante de Q y P los pasajes paralelos del B.G. en los que aparece asociado el sintagma ex hibernis con educere (I 10.3; VII 10.1; V 47.5), y el hecho de que en los commentarii no se documente esta construcción preposicional con ducere 31. La relación entre ambos manuscritos se ve reforzada por la presencia de errores de P inducidos por la lectura de Q: es el caso de VI 29.2 auxilia tardaret cett.: auxiliatar (sic) daret Q: auxilia tardaret Q c: auxiliatas daret P: auxiliatas tardaret P c. El falso corte de palabras de Q se ha mantenido en P, que ha intentado deshacer el error de "auxiliatar" escribiendo "auxiliatas", y la corrección de P c -parcial, ya que ha conservado "auxiliatas" -se ha basado en la de Q c. El análisis del texto del B.G. del códice Parisinus. 5767 (P), fechado en torno al s. XIII, desde una doble perspectiva, la de los elementos paratextuales (tituli y colofones) y la de la colación interna de la variantes, nos ha permitido concluir que este manuscrito se inserta en la tradición manuscrita de la denominada clase a del texto cesariano, cuyas variantes significativas adopta sistemáticamente frente a la clase b: Dentro de a, P es independiente de la familia vinculada a B, y en cambio está estrechamente vinculado con la otra familia, x, de esta misma clase, es decir, la que agrupa a A (Amstelodamensis 73) y Q (Parisinus Lat. 5056), y concretamente con este último códice, códice considerado de gran valor crítico para la reconstrucción del texto de B.G. Se trata del conocido como Moysiacensis, manuscrito de los ss. XI-XII copiado en el scriptorium francés de Moissac, con una disposición en dos columnas similar a la que sigue P. Este códice presenta evidencia internas de vinculación con Q, reproduciendo sus propias correcciones (Q 1 ) e incluso gran cantidad de los errores separativos de este ms., si bien el texto de P, elaborado con gran esmero, no adopta mecánicamente las lecturas de Q, sino que presenta una número cuantitativa y cualitativamente muy significativo de variantes alternativas que demuestran que P no procede di-En la misma línea de esta tradición textual se encuentra el manuscrito escurialense M.III.10, del s. XIV, cf. "En torno a la filiación del texto del Bellum Gallicum en el manuscrito Escurialensis M.III.10", cit. rectamente de Q, sino que su modelo es un manuscrito antiguo de la clase a muy cercano al Moysiacensis pero diferente de éste, toda vez que P se muestra en ocasiones más próximo a A que Q. Así pues, P entronca con la tradición textual representada por Q 37 a través de un hiparquetipo de la clase a que alberga un fondo de lecturas muy próximo a Q, pero con indicios textuales claros que lo vinculan con la tradición antigua representada por A. Con arreglo a las normas editoriales vigentes para las publicaciones periódicas del CSIC, se hace constar que el original de este artículo se recibió en la redacción de EMERITA en el segundo semestre de 2004, siendo aprobada su publicación en el primer semestre de 2005. La afinidad de P con Q se advierte también externamente en la disposición de la caja de escritura en dos columnas, como es frecuente en los manuscritos de ascendencia francesa anteriores a la llegada de la escritura humanística. Q presenta dos columnas por folio de 47 líneas, P 61 columnas. Así mismo es posible comprobar que P ha adoptado mayoritariamente las correcciones de Q (Q c ). Este comportamiento es habitual cuando la corrección de Q c tiene apoyo en la tradición mayoritaria: En esta misma línea está la corrección de Q c del titulus del libro VIII a la que ya nos hemos referido y que ha provocado la confusión de P, al incluir en el texto un fragmento del titulus 32. Sin embargo, P no registra mecánicamente todas las correcciones de Q c. Es interesante observar el comportamiento de P al tratar estas correcciones, pues nos suministra información más precisa sobre la relación entre ambos ms. Podemos intentar precisar las tendencias más comunes cuando P se atie-ne a Q y no sigue la corrección de Q c: a) La inclinación más habitual es que P sigue a Q frente a Q c cuando éste último se aparta de la tradición mayoritaria del texto del B.G. Buena muestra de ello son las siguientes lecturas: VII 58.2 confici Q c: confieri A Q b P: cum fieri BMT c: fieri SL VI 28.2 P ha secundado la lectura confieri de A Q b frente a la corrección confici de Q c, por la que se inclinan Klotz y Hering frente a las otras variantes. La lectura de Q extendida mayoritariamente en el resto de la tradición, es mantenida por P, si bien la lectura minoritaria de Q c praesidium resulta críticamente más plausible y de hecho es la elegida mayoritariamente por los editores. b) Cuando P sigue a Q frente a Q c apoyándose en una parte de la tradición, lo hace sobre mss. de la clase a y no de la clase b: Esta variante es muy reveladora, toda vez que parece restringir el ámbito de la revisión de P a mss. de la clase a. c) P sigue a Q en errores separativos sin refrendo en el resto de la tradición, frente a la corrección de Q c que encuentra respaldo en la lectura común del conjunto de los manuscritos: 9 ego Q c cett.: ergo Q P Z VIII 1.1 a tantis Q c et cett.: ac tantis Q P (marcado con un punto en Q y en Z) 8. P no se limita a reproducir el texto en el estado en el que lo transmite el manuscrito Q, sino que presenta algunas lecturas alternativas respecto a éste. Sin considerar las variantes que pueden deberse a una revisión gráfica del texto, podemos advertir que hay un número muy significativo de lecturas en las que P se aparta de Q para seguir la tradición mayoritaria: Estas variantes de P afines al resto de la tradición frente a los errores separativos de Q revelan que nuestro manuscrito no deriva de manera directa de Q. Pero, ¿podemos precisar cuál es la naturaleza de ese otro códice del que se ha servido P? El argumento más esclarecedor al respecto lo suministran los casos en que P se aparta de Q para seguir a una de las dos clases. Hemos podido detectar varios casos en los que P sigue a mss. de la clase a, entre los que siempre se encuentra A: Estas variantes inducen a pensar en que P tuvo acceso a un modelo textual que entronca con la tradición de la clase a a través de un hiparquetipo muy próximo a Q pero distinto de éste, que ha incorporado errores separativos que no han afectado a P. 9. P presenta algunas correcciones interlineales y marginales de la misma mano P c, para enmendar errores de P y acomodar el texto a la tradición mayoritaria: P c VIII 9.3 altitudinis P c w: multitudinis P VIII 16.3 calliditatisque P c w: calliditatis P Además una segunda mano P 2 ha introducido correcciones:
This leads him to propose that «la final *-oo d ha perdido su *-d, pero la vocal -ooen final absoluta que secundariamente de ello resulta no ha visto alterar su timbre ni siquiera en los textos más recientes» (p.
Las gramáticas del griego antiguo hablan de un régimen en genitivo para el objeto de los verbos de "comer" y "beber" que aparecería en alternancia con la marca de acusativo. Ello ofrece una dificultad para nuestra observación de que en griego antiguo la marca de acusativo aparece necesariamente cuando el referente del objeto directo es creado por la acción verbal, o resulta modificado por la misma. Nuestro estudio de la construcción de tales verbos muestra que la marca de genitivo es excepcional, y que con anterioridad al s. I d.C. sólo aparece, con un valor claramente partitivo, en contextos muy marcados. Palabras-clave: sintaxis; acusativo; genitivo; partitivo; transitividad; griego antiguo; marca diferencial del objeto; caso gramatical; verbos de "comer"; verbos de "beber" Keywords: syntax; accusative; genitive; partitive; transitivity; ancient Greek; differential object marking; grammatical case; verbs of "eat"; verbs of "drink" I PRESENTACIÓN Y PLANTEAMIENTO DE LA CUESTIÓN 1 No hay ningún estudio comprehensivo acerca del gen. partit. en griego antiguo, a pesar de que se trata de una construcción notable, y tipológica- mente muy poco común fuera de la familia indoeuropea 2. Los ejemplos 1.b, 2.b y 3 ilustran el uso partit. del gen. del que nos ocuparemos en este artículo. Las gramáticas modernas describen el caso gramatical como la marca que codifica la función sintáctica de los elementos nominales respecto a su regente (cf. Blake 1994, p. Sin embargo, la marca genitiva del "partitivo" no está señalando la función del nombre en ejemplos como los anteriores (donde puede ser un complemento directo, un suplemento o incluso un sujeto) sino que indica que la afectación de la acción recae sobre (o es ejercida por) una parte indeterminada del objeto (o del sujeto), lo que además nos informa acerca de la estructura semántica del nombre, pero resulta opaca respecto a su función sintáctica en la oración. En este artículo me ocuparé únicamente del complemento de los verbos de "comer" y de "beber", que definiré con precisión más adelante. Como paso previo al estudio de la construcción partitiva dentro del griego en toda su extensión, creo que es de gran interés un detallado análisis de la sintaxis de los verbos de los que habitualmente se afirma reciben un complemento argumental con marca de gen. partit.: sólo el tratamiento crítico y pormenorizado de las diversas esferas en las que aparece esta construcción permitirá en un futuro abordar la cuestión del gen. partit. en toda su complejidad. El problema principal que plantea la sintaxis de los verbos de "comer" y "beber" es que, a diferencia de otros verbos con los que sólo muy ocasionalmente se registra un gen. partit., se afirma a menudo que éstos reciben de manera regular un gen. Pero ¿por qué éstos, y no otros verbos, se construirían regularmente con un partit.? El tipo de afectación sobre el objeto directo que implican los verbos de "comer" y "beber" (el objeto resulta físicamente afectado) no nos haría esperar, en principio, una marca distinta a la de 3 Al problema de la marca casual de los argumentos verbales está dedicada por entero mi tesis doctoral, Riaño 2004, donde se puede ver ( § III.16-18) cómo la marca de gen. del primer CD aparece siempre con complementos menos afectados que los de los verbos de "comer" y "beber". ac. 3 Por lo tanto surgen dos preguntas pertinentes que intentaremos abordar en este artículo: (a) Qué clase de gen. es éste que reciben los verbos de "comer" y "beber" y (b) Cuán frecuente es en realidad esta construcción con tales verbos. Confío además en que este artículo aporte también datos de interés sobre este grupo de verbos por sí. Los límites temporales de nuestro estudio se extienden desde Homero hasta el s. I d.C. 4 II DOCTRINA TRADICIONAL Y MODERNA SOBRE LOS VERBOS DE "COMER", "BEBER" Entre los gramáticos tardíos y escoliastas es frecuente la observación de que en ático los verbos de "comer" y "beber" rigen gen. Así lo afirma en el s. II d.C. Moeris (p. 197.15, ed. Hansen): «oepion o2nou», oÐxi; «oμnon», 9Attikoí. «oefagon kréwj», oÐ «kréaj», 9Attikoí "«bebí del vino», no «vino» (sc. dicen) los áticos (i.e. los aticistas). «Comí de la carne», no «carne», los áticos". Más tarde, en el Philetaerus secc. 76.2, obra del ps. Herodiano (atribuida a Corneliano), leemos el mismo principio enunciado como una norma del partit. en ático: tò špì mérouj légein 2dion tÔn 9AttikÔn: «oefagon tÔn ƒrtwn», «oepion toû o2nou» "el hablar con partitivos es propio de los áticos: «comí de los panes», «bebí del vino»". De modo semejante en los escolios de Aretas a Luciano leemos: aÐtoì gàr [sc. En el s. XIV aún más tajantemente Tomás Magíster eleva este principio a la categoría de regla Ecloga nominum et uerborum Atticorum e.127: «oepion o2nou» kaì «oefagon sítou» 9Attikoì, oÐk «oμnon» oÐdè «sîton». Cualquiera que lea estos testimonios no dejará de sorprenderse al saber que no hay ningún ejemplo (que yo conozca, al menos) de «o2nou pínein» o «ƒrtou / kréwj šsqíein» (o fageîn), en la literatura ática clásica conservada, aunque la unión de tales verbos con los respectivos sustantivos en ac. (oμnon, ƒrton, kréa) es harto frecuente. Una perplejidad semejante puede asomar al consultar los léxicos. En LSJ, s.v. šsqíw leemos: «c. gen., š. tinój eat Esta doctrina remonta al menos hasta Tzetzes, quien intentando defender en Ari., Nu. 1431 la lectura con gen. «oÐk šsqíeij kaì tÔn kóprwn» "(por qué) no comes estiércol?") del ms. M, frente a la lectura con ac. del resto de los manuscritos (aceptada por todos los editores) «tÈn kópron» escribe:'oÐ pínousin o2nwn','oÐ trÓgousin ƒrtwn' genikà'ttikÔj. k'moì dokoûsi kuriÓtera:'pò tÊj kóprou gàr šsqíousin, oÐ pâsan tÈn kópron, kaì pínousin o2nou Àmoíwj, kaì špì tÔn loipÔn Sch.Ar.Nu.1431a 6 Semejantemente Delbrück 1893, p. A pesar de esta llamativa contradicción entre el principio enunciado por los gramáticos y una abundante cantidad de datos, las modernas gramáticas griegas parecen estar de acuerdo con los gramáticos antiguos y los léxicos en dos puntos al menos: (a) considerar la construcción de los verbos "comer", "beber" con gen. como característica de la prosa clásica, especialmente la ática, en oposición a la prosa de la koiné, y (b) considerar el régimen gen. de estos verbos como un ejemplo prototípico de gen. partit., aunque discrepen sobre el status sintáctico de este gen., la caracterización de la construcción y sobre la misma noción de gen. partit. Veamos primero algunos testimonios: 101) 5. šsqíw 'rtoû' manger du pain' présente l 'action de manger comme un prélèvement limité fait sur la matière indéterminée qu' est le pain consideréré comme aliment, et s 'oppose à šsqíw ƒrton' manger le pain, avoir le pain pour aliment' (Humbert 1960, § § 442-3) Respecto a la caracterización de la construcción de gen. con estos verbos, tanto los tratadistas tardíos como los modernos vacilan entre la construcción con artículo y sin él, y como hemos visto no todos aclaran si esta construcción evoca la situación en la que un sujeto bebe parte del contenido de su copa en cierto momento; o si es aquella en que bebe el vino de su copa y no todo el vino que existe (como afirma Radermacher); i.a., o si es el vino a su disposición en cierto momento, u otra de las varias interpretaciones partitivas que cabe imaginar. En lo que se refiere a la a conceptualización de los verbos "comer", "beber", dentro del grupo de verbos que admiten un segundo argumento obligatorio en gen. hay muchas diferencias de un autor a otro. Humbert no considera que haya un tipo de verbos "comer" distinto de otros partitivos, mientras que Kühner-Gerth separan este grupo y aclaran el valor del caso: Der Genetiv hat partitiven Sinn. En Schwyzer-Debrunner, el empleo de tales verbos con gen. sería un ejemplo del uso más directamente partit., listado tras los "puros" partits. «bei beliebigen Transitiva» y los verbos de "participar" Schwyzer-Debrunner 1950, pp. 102-3. Como vemos, aunque la interpretación que hacen del partit. cambia mucho de unos autores a otros, parece unánime la opinión de que estos verbos se construyen habitualmente con un gen. partit., que es también la explicación más común para el complemento en gen. o gen. prep. con estos verbos frecuente en latín y en alguna lengua romance. Ante tal consenso no cabría esperar que los hechos fueran muy distintos de lo descrito, pero un estudio de los textos levanta serias dudas sobre la interpretación que suele darse a las siguientes cuestiones: (a) las condiciones en que puede darse el régimen en gen. y su alternancia con el ac; (b) la caracterización de tal caso como un gen. partit. en todas las ocasiones; (c) la explicación de este comportamiento, y su lugar en el sistema de casos griego; (d) la frecuencia del uso de ambos casos gramaticales y por tanto la adecuada caracterización de los verbos "comer", "beber" en los léxicos; (e) la oportunidad de incluir estos verbos en un grupo aparte, a la hora de tratar la sintaxis del gen.; (f) la existencia de diversos subgrupos de verbos dentro de "comer" y "beber", o si "comer" y "beber" pertenecen a la misma clase; (g) el aticismo de esta construcción. III EL GENITIVO PARTITIVO EN LAS MODERNAS GRAMÁTICAS GRIEGAS 3.1. El concepto de "partitivo" en las gramáticas del griego "Partitivo" es un término que frecuentemente se emplea con no poca vaguedad en la literatura científica. En los gramáticos griegos y latinos y en la gramática tradicional occidental, el término "partitivo" o "construcción partitiva" designaba al menos tres cosas: (a) relación del nominal que designa el "todo" (el partit. subordinado) con el que designa la "parte" (el sintagma determinado) entre dos sintagmas nominales como tinej aÐtÔn algunos de ellos 7; (b-c) Dos tipos de construcciones adverbales en las que el objeto sólo resulta parcialmente afectado, entendiendo "parcial" en el mismo sentido que en las construcciones nominales, i.e., como un subconjunto del total. La primera de estas construcciones se da con verbos y lexías a los que llamaremos "de semántica partitiva" como metéxein, meta-, sul-lambánein, metalagxánein, sunaíresqai, métestí moi, koinoneîn, etc, (cf. en español compartir, tomar parte, participar) que reciben un objeto en gen. (cf. koinwnÉsantaj... tÔn pragmátwn "tomando parte en los asuntos" Plb. El caso gen. de este objeto responde a mi juicio a su afectación parcial, y no resulta por tanto opaco respecto a su función sintáctica. La segunda construcción adverbal partitiva es la que hemos ilustrado en los ejemplos 1-3, y en ellas el partit. es un objeto del verbo o incluso el sujeto, y la marca de gen. no informa sobre su función sintáctica. Las gramáticas afirman que este tipo de construcción partitiva puede darse con el objeto de cualquier tipo de verbo 9, pero, salvo que alguien pueda aducir ejemplos en contra, debe reconocerse que los complementa effecta (es decir, aquellos que tienen por referente un objeto que se crea como resultado de la acción verbal) no aceptan nunca la marca de gen. partit. Ello es un índice, en mi opinión, de que el grado de afectación del objeto es relevante para la admisión de esta construcción. Fuera de la gramática tradicional, la etiqueta "partitivo" se ha extendido para indicar otro tipo de relaciones no totales o absolutas del elemento verbal con su objeto, como la que, en una teoría escalar de la transitividad, existe en las construcciones de transitividad reducida [URL]. con un objeto no afectado) como la que se da con los verbos de percepción, de actividad mental, etc. Tal uso de la designación "partitivo" puede ser confuso si no se separa claramente del uso tradicional, aun reconociendo que se puede percibir entre los fenómenos que ambos designan una relación diacrónica y conceptual. Finalmente, "partitivo" indica el término subordinado de tales relaciones, que en griego puede venir marcado mediante el caso gen. Expresión de la idea partitiva en griego Resumiendo, para la expresión de la idea partitiva de un complemento verbal, el griego puede usar al menos cuatro recursos: a) un complemento en gen. (en época clásica casi siempre sin preposición); b) expresión léxica de tal idea partitiva en el SN, v.g. con un sustantivo que signifique cantidad limitada, como 'parte','trozo','algo' etc.; c) Uso de SN no determinado; d) Uso de un verbo que contenga en el lexema la idea partitiva. Al igual que ocurre en español, la forma más frecuente de expresar una idea partitiva (en sentido amplio de "porción indefinida") con verbos "comer", "beber" es el uso del sintagma nominal no determinado como complemento: kréa ¢yontej ¥sqion "cociendo carne [la] comían" X., An. Éste, sin embargo, no es un procedimiento sin ambigüedades: En primer lugar, cuando el complemento indica un "contenedor" puede interpretarse como una medida del "contenido", y por tanto la interpretación es holística: potÉrion škpieîn 1⁄2cugálaktoj "beber un vaso de leche amarga" Plu., Art.3.2. Además, cuando la semántica del contexto lo permite, con el mismo sentido indeterminado se puede usar un sustantivo determinado con el artículo, incluso coordinado con otro sin él: traxÉli' šsqíei kaì tàj'kánqaj "come desperdicios y las raspas (sc. del pescado)" Ar., Vesp. El uso de un sintagma nominal que signifique 'parte' etc. (cf. métron ti toû Ødatoj... pieîn "beber una medida de agua" Pl., R. 621a) puede implicar desventajas de economía lingüística 10, y el uso de un verbo que incluya en LA SINTAXIS DE LOS VERBOS "COMER" Y "BEBER" EN GRIEGO ANTIGUO fracción de un conjunto formado por diversos elementos:'ristâ7 n ti tÔn progegramménwn desayunar algo de lo dicho Hp., Mul. 11 Se trata de un corpus de 20.000 palabras de la obra de cada uno de los siguientes autores: Th., X., Plb., San Lucas (Evangelio y Act.Ap.) y Vit.Aesop.G. En total son 100.000 palabras, equivalentes a algo más de la mitad de la Historia de Heródoto. 12 Cf. nota 3 para un estudio muy detallado de la cuestión, donde discuto las posibles vías por las que pueden haberse extendido las marcas de gen. y dat. No hay estudios sobre la frecuencia de la construcción que ilustran los ejemplos 1b, 2b y 3 en griego, por lo que, para dar al lector una idea sobre la extensión de su uso emplearé los datos de un corpus que yo mismo analicé 11. En tal corpus la construcción aparece 14 veces en 100.000 palabras (es decir, una vez cada 7.140 palabras aproximadamente); cuatro de ellas con un CD que implica un cambio en el objeto, y las otras 10 con un CD que no implica tal cambio (no hay por tanto ningún ejemplo en función de sujeto). De los 5 autores del corpus, dos de ellos (Plb. y Vit.Aesop.G) nunca testimonian tal construcción en el muestrario por mí analizado. San Lucas, que emplea profusamente la construcción (6 ejemplos) sólo lo hace con prep., mientras que Th. y X. únicamente lo hacen sin prep. IV MARCA DE CASO Y GRADOS DE TRANSITIVIDAD No es éste el lugar para debatir en profundidad la clara relación que, en mi opinión, existe entre la marca de caso del objeto y el grado de transitividad. Resumiendo al máximo la hipótesis que al respecto he propuesto en otro lugar, la probabilidad de que un segundo argumento (objeto directo o suplemento) reciba la marca casual de gen. o dat. está relacionada estrechamente con el grado en que los hablantes consideren que el referente esté afectado por la acción verbal, de modo que cuanto menor sea la afectación, mayores son las probabilidades de que la marca del objeto no sea la del simple acusativo 12. Propongo además que el grado de transitividad del verbo es relevante también para delimitar el grado de aceptabilidad de las construcciones partitivas puras, aunque quizás no haya una estricta relación proporcional inversa. Hay otras consideraciones en las que no podemos profundizar aquí. En español, por ejemplo, es frecuente con algunos verbos de transitividad elevada una construcción holística cuando el contexto exige una interpretación partitiva, que sería el reverso de la situación que estudiamos. A modo de ilustración, con quemar se admite "el fuego quemó el bosque" cuando la situación exige interpretar que tan sólo una parte del bosque fue quemada. 14 Esta hipótesis parece avalada por el repertorio de tales construcciones que puede consultarse en Küh.-G. Gr.Gr. § 416 Anm. 2, que es el más extenso que conozco. Otro ejemplo es Hom., Od. Podemos resumir la relación entre grado de transitividad y marca de la construcción partitiva colocando mentalmente los ejemplos a lo largo de una línea imaginaria que representa el grado de afectación del objeto, de la siguiente manera: En un extremo están los verba efficiendi puros, cuyos objetos (complementa effecta) siempre vienen marcados con el caso ac. y nunca pueden ser en griego partits. puros. Con este tipo de verbos, el sentido partit. requiere el uso de un indefinido, una construcción nominal partitiva, como méroj tí tinoj 'una parte de algo', etc. En el otro extremo están cierto tipo de verbos de transitividad reducida, los "verbos de semántica partitiva" que exigen una construcción partitiva en gen. El resto de los verbos cuyo sentido no sea incompatible con una interpretación partitiva admitirá ocasionalmente la construcción con gen. con restricciones impuestas, entre otros factores, por su grado de transitividad 13. Según esta hipótesis, la frecuencia de aparición del tipo que ilustra el ejemplo 2.b, con un verbo que implica transformación del objeto, será residual, e inferior a la de otros grupos de verbos de transitividad reducida 14. Si los verbos "comer", "beber" admiten habitualmente (o incluso exigen, como sugieren los gramáticos tardíos y algunos escoliastas) la construcción partitiva, estarían en una situación realmente excepcional, si, aceptando nuestra definición provisional para estos verbos (cf. § 5.1) se trata de verbos conceptualmente clasificados entre los que exigen la transformación del objeto (i.e., el nivel más alto de afectación del objeto tras los verbos que implican "creación" del objeto), y habrá que modificar la definición, o explicar la anomalía dentro de la teoría, so pena de tener que rechazar la hipótesis que extiende la pertinencia del grado de afectación del objeto también a la asignación de la marca del partit. V METODOLOGÍA DE LA INVESTIGACIÓN 5.1. Principios de método Parto de la base de que, a la hora de describir cómo se conceptualiza en forma lingüística una acción que se sitúa en el entorno físico de los hablan- tes, debe considerarse en primer lugar la descripción de los sucesos externos observables, aunque ésta por sí no sea suficiente. Si ponemos aparte la experimentación con hablantes en el laboratorio (lo que naturalmente nos está vedado para el griego antiguo), el estudio detallado de los usos lingüísticos es casi lo único que nos permite conocer cuáles de tales fenómenos externos son conceptuados lingüísticamente, un proceso en el que necesariamente se dejan de lado un gran número de fenómenos concomitantes. Metodológicamente, sin embargo, antes de comenzar el trabajo de investigación es preciso partir de una definición obtenida del estudio del material más inmediatamente disponible, para delimitar la recogida de datos. Para echar a andar, y como definición provisional, he comenzado por dar una definición de cada uno de los tipos de verbos de los que me ocuparé en este artículo. Emplearé "comer" para designar la acción por la que un sujeto animado hace que una sustancia sólida externa pase a través de la boca a su estómago. Verbos "comer" son aquellos en cualquier lengua que designan esta función. Empleo "beber" cuando tal sustancia externa es líquida. Típicamente, la acción será consciente y la sustancia constituirá un alimento, i.e. una sustancia apta para mantener el organismo en funcionamiento y para saciar una sensación natural e inconsciente de los seres vivos. Tal definición, como se ve, está basada en ciertos hechos físicos observables que tienen lugar cuando un ser vivo realiza la acción que conceptualizamos como "comer", "beber", pero no agota desde luego todos estos hechos. A mi juicio, como he dicho, no es ocioso partir de los datos de la realidad extralingüística, con tal de que se entienda que siempre pueden desbordar el concepto lingüístico, pero en un segundo estadio es imprescindible observar la extensión de los items léxicos para determinar cuáles de tales hechos no forman parte del concepto lingüístico. Cierto tipo de movimientos de las articulaciones motoras de un vertebrado son una condición indispensable para que pueda darse la acción de "correr", pero resultaría ocioso incluir la descripción de tales movimientos en una definición léxica de "correr" desde el momento en que observamos que el verbo "correr" se emplea igualmente con un agente no dotado de extremidades, e incluso no animado. La definición léxica de "correr" en español, por tanto, implicará el desplazamiento a una velocidad superior a la que ordinariamente se conceptúa para la clase de agente que la ejecuta, pero no incorporará, entre otras cosas, una referencia al funcionamiento del sistema locomotor de éste. De igual manera, en la definición de "comer", "beber" resultan ociosas precisiones sobre el movi-El número de citas provenientes de CCB son 4.112, que se reparten así según el caso del primer complemento: con ac.:2.230 (53%); Abs.:1.469 (35%); con todo tipo de gen.:170 (4'1%); con Prep. + gen.:58; en V.Pas.:171; Sin contexto:14; Los datos del Corpus Hippocraticum (especialmente con los verbos šsqíw, fageîn, pínw) hacen que desciendan mucho los porcentajes generales de usos absolutos, que sin este corpus serían mayoría. He considerado 948 citas procedentes de los dos principales léxicos, repartidas así: de DGE 313; de LSJ 635. Téngase en cuenta, sin embargo, que algunas decenas pasajes de CCB se repiten en los léxicos. ISSN 0013-6662 miento del órgano que recibe la comida, los procesos enzimáticos subsiguientes, etc. Al final del trabajo veremos de qué forma debe ser precisada la definición (en ciertos contextos) para dar cuenta de los hechos sintácticos observados en griego. Formación de un corpus de estudio He intentado que la búsqueda de material fuera lo más completa posible, pero dado que no podía pretender abarcar todos los textos, he optado por combinar una búsqueda intensiva dentro de un corpus amplio, pero limitado, de autores griegos (Corpus de "comer" y "beber", en adelante CCB), con el cotejo de los datos de los principales diccionarios generales. En una primera fase del trabajo busqué todos los verbos griegos para "comer", "beber", y recogí sistemáticamente la información que sobre ellos dan los principales léxicos griegos, especialmente el régimen, rasgos semánticos secundarios, clase de sujeto, género literario y fecha del autor. En la segunda fase de elaboración establecí un repertorio de autores (CCB) que se extendiera desde Homero hasta el siglo I d.C., lo suficientemente representativo de los distintos estilos literarios y niveles de lengua, con las limitaciones que imponen la escasez de testimonios. (Los novelistas del s. II d.C. y Hld., con el que entramos en el s. III d.C. se incluyen sólo para no eliminar buena parte del corpus de los novelistas, que tiene un completo léxico propio.) El total de los verbos "comer", "beber" estudiados es de 152, y el número de pasajes considerados se acerca a los 5.000 15. La lista de autores del CCB es la siguiente: Hom., Hes., A., Hdt., S., E., Antipho, Th., Hp., Ar., X., Pl., Aesch., D., Arist., Men., Herod., Plb., NT, Ant.Diog., Plu.; (Scriptores erotici del s. II:) Iambl., Lollian., Ach.Tat., X.Eph., Charito, Longus, Hld. Además de ofrecer mayor documentación, abarcar un periodo más amplio, seguir ediciones mejores y, en general, presentar una mejor disposición de los artículos, DGE (seis volúmenes hasta la fecha, de'-hasta škpelekáw) especifica el régimen del verbo, algo que LSJ omite a menudo (cf. leíxw, etc.). El léxico del epos antiguo está excelentemente tratado hasta Àráw en LFrGE. Igualmente hay buenos léxicos completos para Hdt., S., A., Th., NT y los novelistas; para Plb. hasta ómicron, y hay unos excelentes índices de Hp. Las ediciones usadas para tales autores son las que siguen tales obras. Para el resto de los autores hemos debido utilizar los textos del TLG, (usando el programa informático Pandora 3), por distintas razones: los léxicos de E., Ar., D., Aeschin., Men., Vit.Aesop.G sólo contienen las formas (no los lemas) y no son especialmente útiles para la sintaxis; Los de Pl., Arist., Plu., X. son incompletos. El de X. está especialmente anticuado y ha sido reemplazado por una pléyade de léxicos parciales, algunos valiosos, pero en general casi por completo inútiles para un trabajo sobre sintaxis. Peor es la situación de la obra de Galeno, para el que no existe una concordancia ni un léxico propiamente dicho, razón por la cual hemos prescindido de él. Debido a esta falta de léxicos útiles para una investigación sintáctica en muchos autores he renunciado a buscar en CCB aquellos verbos que sólo ocasional o marginalmente presentan el sentido "comer", "beber". No aspiro a haber reunido una lista completa de los verbos "comer" y "beber", y soy consciente de que el elenco de tales verbos puede aumentarse quizás en algunas decenas de formas más o menos raras y dialectalismos, escudriñando los textos, léxicos y glosarios, pero creo que el repertorio que presento es desde un punto de vista estadístico suficientemente representativo, y desde luego incluye los verbos más comunes para cualquier dialecto del período estudiado. VI REPERTORIO DE LOS VERBOS "COMER", "BEBER" Al final de esta lista se incluyen algunos verbos que no son propiamente (o no en todas las épocas) "comer", "beber", pero que están próximos a Erróneamente lematizado en v. med. por LSJ. Son, especialmente los verbos de "probar" o "masticar", ninguno de los cuales incluye la acción de ingerir, pero que contextualmente pueden ser interpretados como tales. Varios datos que inmediatamente saltan a la vista advierten que "comer", "beber" no son verbos de una semántica sencilla. En primer lugar, destaca el supletismo de los principales verbos que se emplean para la noción "comer" en la mayoría de los dialectos (aunque el detalle cambia de uno a otro). Con gran frecuencia estos verbos presentan una oposición de voces con la alternancia de sentido VAct.= alimentar (criar, hacer pastar), siempre con complemento en ac./ VMed.= "comer", con complemento en ac. o en gen. Otros ofrecen una forma med. con el sentido "comer" y una act. con el sentido "preparar la comida" o "invitar a comer", etc., mientras otros sólo tienen una forma activa con su correspondiente pasiva. Abundan los usos abs., no sólo en los casos donde ello es más esperable (bien porque el complemento ha sido aglutinado en la forma verbal, bien porque se ha incorporado a la semántica etimológicamente bóskw, boukoléw) sino también en los verbos principales. Con pínw es muy frecuente una interpretación pregnante 'beber vino'. El comentario a los pasajes que ejemplifican la constr. con objeto en gen. durante el periodo estudiado lo doy en §7. Entre paréntesis aparecen los verbos sólo testimoniados en glosarios, léxicos y escolios, sin que nos conste su constr. antigua, y que por tanto no entran en nuestro estudio; Entre corchetes aparecen los que solo he encontrado testimoniados como usos figurados marginales. No he buscado en CCB aquellos verbos en los que el sentido edere, bibere es secundario o marginal, pero sí doy los datos de los léxicos. Todos los léxicos modernos incluyen entradas separadas para šsqíw / oesqw, fágw y oedw, pero los compuestos siempre se lematizan bajo la forma del correspondiente derivado de šsqíw, al que remiten las otras entradas. Aunque en algunos casos esto puede ser objetable, especialmente atendiendo a criterios cronológicos, hemos respetado esta convención. LSJ lematiza ßoibdéw, pero cf. Chantraine, 1953, s.v. acerca láptw,'po-. Extensiones metonímicas de las operaciones de "tomar" o "repartir" la comida: (A) "tomar" káptw,'na-, šg-, špeg-, pareg-. Extensiones metafóricas de la operación de "llenar": šmforéw; korénnumi / korennúw / koréskw / koréw. Derivados del nombre de un animal: boukoléw; bóskw, (dia-); špib-mai; kata-; (mhlobotéw). VII RESUMEN DE LOS USOS DE LOS VERBOS "COMER", "BEBER" Para cada verbo, doy el nombre del corpus del que proceden los ejemplos (DGE, LSJ, CCB, etc.), seguido entre paréntesis del número total de ejemplos contabilizados, repartidos luego según el caso gramatical de la cons-De los verbos que he buscado en CCB, presentan también más de 30 citas katesqíw (167),'ristáw (77),'ristopoiéw (34), deipnéw (239), sundeipnéw (39), deipnopoiéw (49) y sitéomai (60), testimoniados sólo con ac., y ßoféw (88), también testimoniado en construcción con gen. fageîn: LSJ (12): abs.:7; gen.:3 (part.: «eat of a thing»); ac.:2, aunque el léxico advierte de que el uso con ac. es más frecuente; CCB (378): ac.:220; gen.:27; prep.+ gen.:6; abs.:125. LSJ trae otros dos ejemplos para ejemplificar el sentido "eat up" que corresponden a los usos abs. y ac. respectivamente. Bally trata juntamente este verbo con šsqíw, pero se olvida de ejemplificar los usos de aquél s.v. šsqíw; Los ejemplos de gen. en LSJ son: Hom., Od. IX 102 (Grupo A.1) Errata del DGE que traduce «morder», pero bien en LSJ, Bally que traducen "devorar". Hay un curioso error en los modernos léxicos griegos, llamativo por lo obstinado: LSJ, DGE, Bally, recogen un verbo'naristéw (sic) con el sentido "n 'avoir pas diné" "no almorzar", del que solo quedan testimoniadas las formas'nhristhkótwn en Hp., Acut. Que se lo haya incluido en la conjugación en-éw se debe probablemente a la existencia de un adjetivo'náristoj. A falta de testimonios en contra, el verbo debe lematizarse en la forma'naristáw, igual que las otras formas compuestas de'ristáw con adjetivos en-toj correspondientes, que evitan la confusión con derivados de ƒristoj: šnaristáw -šnáriston; sunaristáw -sunáristoj. (cf. timáw -'potináw -'pótimoj). El suplemento del LSJ ha corregido su entrada conforme al DGE, sin corregir el lema. En un lema «'ristopoiéomai», que organiza en (1) usos medios (2) uso pasivo. Aunque la forma activa que podemos inferir del sentido de la pasiva no es el factitivo de la media Pese a la trad. de DGE, es verbo de "beber". DGE incluye en el mismo apartado los usos transitivos de la VAct. y el único ejemplo de VMed., xolÈn brwmatízetai (de Jesucristo en la cruz) Gr.Naz.M., 36.101b, que DGE toma por pas. y al que adjudica el sentido "verse obligado a comer", que es imposible: se trata del normal uso de la voz media (desconocida para LSJ) con el sentido "comer", y por tanto lo considero en este estudio. En nuestro corpus sólo está atestiguada la forma factitiva activa en A2swpoj aÐtÈn šbrwmátisen Vit.Aesop.G 45.9. 27 LSJ, que abre lema en v. act., advierte de que la forma activa está documentada como varia lectio en Hp., Nat.Hom. Fuera de los léxicos como Hesiquio y los escolios, no he encontrado una forma activa o pasiva que justifique un lema en v. act. Verbos cercanos a las nociones "comer", "beber" que única o principalmente aparecen testimoniados con genitivo El sentido principal de todos estos verbos (11+ 4) es el de (1) "probar", Clasificación semántica y contextual de los ejemplos La siguiente clasificación es una taxonomía de los contextos en que aparecen las construcciones de verbos "comer", "beber" con objeto pasivizable en gen. He registrado si la forma aparece o no con artículo (salvo en los pasajes de Homero), el número gramatical, si el SN es determinado o no, y si es específico. Las estadísticas sobre todos estos rasgos se pueden ver en § 8.2. Cuando no indico el caso del complemento, se entiende que es gen. La clasificación incluye todos los ejemplos de este tipo de construcción en gen. que he encontrado en CCB y en los léxicos mencionados en el apartado anterior, salvo naturalmente aquellos ejemplos del corpus que hayan podido escapárseme, y las siguientes construcciones que no son pertinentes para nuestro estudio, que pueden consultarse en el Apéndice de § 10: a) Cons-31 Contabilizaré como varios ejemplos dentro de una misma cita cuando hay cambio de sujeto (entiendo que hay una elisión verbal) y también, a los sólos efectos de contabilizar rasgos gramaticales, cuando los sintagmas subordinados tienen una distinta determinación o hay un cambio en el número gramatical. La presencia de los rasgos estudiados del complemento gen. es la siguiente: sg.:24 (60.0%); pl. Esta clasificación incluye cuatro tipos, numerados del I al IV, cada uno de los cuales consta de varios grupos (G-A, G-B, etc.). El IV no es propiamente un "tipo", sino un apartado donde he juntado los ejemplos que no cabían en los tipos I/ III. Como ya he dicho, se trata de una taxonomía según el contexto, que no intenta explicar por sí sola los hechos, al menos de forma obvia. Es por tanto muy importante tener en cuenta que si clasifico un tipo de usos según un contexto no es porque el gen. venga exigido por el tipo concreto de situación, sino que espero deducir lo que tales situaciones tengan en común para concluir cuál es el rasgo (o rasgos) que explican la alternancia de caso en el marco predicativo. Intentamos explicar la distribución de los ejemplos en el apartado § 9. Un veneno o similar: 11 ejs. ("comer"): fageîn -mÉ pÓj tij lwtoîo fagÒn nóstoio láqhtai Hom., Od. IX 102; a dè xelÓnh Átan oexewj fágh7, špesqíei tÈn 1⁄2ríganon "la tortuga, cuando come serpiente, toma como antídoto el orégano" Arist., HA 612 a 24 (cf. Plu., Mor. 918c); patéomailwtoîo pásasqai Hom., Od. IX 93. katarroféw -oÐ katerrófhsaj toû o2nou... (de un vino que contiene veneno) X., Cyr. 9.5; tÊj Šlmhj pióntej "bebiendo agua de mar" (con resultados fatales) Ach.Tat. A estas citas podrían añadirse los ejemplos tardíos de los léxicos toû taureíou spasámenoj a1matoj'péqanen Apollod.1.143, A.Fr.142 Radt; Más ejemplos tardíos de este grupo procedentes de CCB (no contabilizados por ser obras apócrifas ó tardías) son: Arist., Mir. A.2: Alimentos que son objeto de alguna prohibición o tabú: 21 ejs. ("comer"): patéomai -±xqúwn dè oÑ sfi oecesti p. "no les está permitido comer peces" Hdt. 202; también pertenecería aquí boÔn špásant''rotÉrwn en referencia al crimen de la booktasía, Plu., Mor. 998a, que es cita de Arato; šsqíw -ãmÔn š. aÐtÔn "comérselos (a los espartiatas) crudos" X., HG III 3.6 Todos los traductores que he podido consultar eluden una traducción partitiva y lo vierten como un CD ordinario;'llÉlwn šdhdokóta Arist., HA 607 a 29; šsqíein'llÉlwn Plb. 1181 (juego de palabras con un tipo de bollo llamado 'remero'); (2 ejs.) dià limón pot''nqrÓpou kaì kúwn oefagen ×p''nágkhj kaì 3⁄4rnij'pegeúsato Plu., Mor. 991a; asimilable a los casos de canibalismo es 3⁄4rniqoj 3⁄4rnij pÔj "n ‰gneúoi fagÓn? "¿Cómo ignorará el pájaro que come pájaro?" 226; quizás no necesita otra explicación šggeúwšggeusámenoj a1matoj'nqrwpeíou "probando carne humana" Plb.7.13.7. bi-brÓskw -tÔn melÔn tÔn Filokléouj bebrwkótej "devorando los miembros de Filocles" Ar., V. 462 (juego de palabras en el original con 'miembros'/'versos' A.3. Objetos no aptos para la alimentación: 2 citas, 3 ejs. ("comer"): šsqíw (2 ejs.) -×pò limoû tÔn ¶stíwn kaì tÔn sxoiníwn šsqíontej "por causa del hambre comiendo de las velas y las maromas" Plu., Brut. 47.3.5. ("beber") Asimilable a estos usos es el caso tardío de uso del agua fría como emético:'porroféwo ¶ 9Asklhpiádai toîj dusemétoij Ødatoj xliaroû didóasin'porrofeîn "los Asclepiadas dan de beber agua fría a los que no pueden vomitar" Synes., Ep. Ofrendas religiosas que pueden ser consumidas: 5 ejs. ("comer"): patéomai -[toùj] Þj qúsantej patéontai tÔn kreÔn Hdt. II 47.2 es probable que el gen. insista en el hecho (narrado luego) de que parte de la carne la echan al fuego, sin consumir; šsqíwnenomisménon šstì krokodeílou fageîn pántwj ¢kaston 32 Los traductores suelen entender el texto como si se tratara de un solo cocodrilo, pero ello no está necesariamente implicado, y queda casi excluido en el pasaje aducido como paralelo Hdt. II 69.2. "está establecido que cada uno sin excepción coma cocodrilo" Plu., Mor. 371d 32; šmfageîn, katatrÓgw -(2 ejs.) súkwn paláqhj šmfagónta termínqou katatra geîn, kaì potÉrion škpieîn 1⁄2cugálaktoj "tras comer pan de higos (gen.) masticar terebinto (gen.) y beber un vaso (ac.) de leche amarga" (de una iniciación) Plu., Art. COMENTARIO: Común a todos estos ejemplos (que reúnen casi todos los del ático de CCB) es el hecho de que el objeto ingerido produce su efecto más relevante por causas no relacionadas con su función alimenticia, es decir, por el mero hecho de ser ingerido (en principio en cualquier cantidad). Las consecuencias son casi siempre negativas (salvo en GA.4), bien por tratarse de sustancias nocivas (aunque evidentemente la medicina griega conocía el efecto acumulativo de la mayoría de los venenos), bien por estar sometidas a severas restricciones de tipo religioso o moral. Los ejemplos de A.4 son en varios aspectos distintos de todos los anteriores, y quizás se trate de auténticos partits. puros. Respecto a los verbos "beber", a pesar de que el uso de este tipo de verbos referido a venenos es muy frecuente, la construcción con gen. no es lo regular: las abundantes referencias a la condena de Sócrates siempre usan en ac. Con verbos "comer" también vemos la construcción de ac. en contextos semejantes (A.Ag.1597, Hdt.9.118.1, etc.). Grupo B: El contexto implica desdén o menosprecio del objeto. (7 citas, 8 ejemplos) B.1.: El objeto se presenta como un producto desestimado (3 citas, 4 ejs.) ("comer"): Todos los ejs. proceden de los diccionarios špideipnéw -À pórnoj oÞ toj oÐdè tÔn práswn ¡kástot' špideipneî meq' amÔn "este proxeneta ni siquiera comerá las lechugas con nosotros" Alex. 242 K.-A.; šsqíw, ßoféw ƒlloj ¥sqien faulíaj, À dè šrrófei tÔn kriqÔn "uno comía fruta pasada, el otro sorbía potaje de cebada" Luc., Lex. 5 El texto deja claro el disgusto por tal tipo de comida, a las que en las notas a su traducción, Harmon llama «rubbish».; šntrageîn -seautÔ7 dè dokeîj trufân, Áti oesti soi tÔn Å sxádwn'fqónwj šntrageîn "te crees que vives en el lujo porque puedes comer higos secos sin freno" Luc., Merc. La elección del objeto se presenta faute de mieux (4 citas, 4 ejs.): fageîn -Hp., Acut. COMENTARIO: Si estos ejemplos (todos del s. II d.C.) deben considerarse juntamente (y no es una mera coincidencia), quizás se trate de un giro particular referido a esta bebida substitutiva del vino. En tal caso quizás debería considerárselo un caso particular del grupo anterior. Es posible, sin embargo, que sea solamente un ejemplo del uso tardío del los verbos "beber" rigiendo gen. TIPO II [G-D, E, F, G]: Construcciones (partitivas o no) asimiladas a las construcciones de apropiación Propio de este tipo es la frecuente neutralización de la oposición líquido / sólido del objeto verbal (y por tanto neutralización de la oposición "comer"/ beber), o que (semejantemente a lo que ocurría en el tipo I) el objeto bien no sea un alimento, bien se ingiera por razones distintas a su función alimenticia. GRUPO D. El objeto es un preparado medicinal destinado a ser consumido en diversas ocasiones. Este uso sólo aparece en Corp.Hipp. 33 El consumo se produce típicamente a lo largo de varios días. En el caso de los líquidos se distinguen dos grupos, según el gen. indique: (I) la materia prima sólida de la que se fabrica el bebedizo; (II) la propia bebida. Se trata por tanto de una sustancia ya determinada. Los ejemplos se reparten así según la presencia de un determinante: con art.: 29 (17 sg.; 12 pl.), pron. pers. 2; sin. art. 5 (4 sg., de los que 3 están coordinados con un ac.). COMENTARIO: Se trata de construcciones de partit. determinado, ceñidas a una situación muy particular: aquella en la que un medicamento preparado con tal fin se toma en sucesivas ocasiones, bien separadas en el tiempo (i.e., en dosis). Con frecuencia el objeto del verbo "beber" es un sólido, lo que parece indicar que la oposición sólido/ líquido puede quedar total o parcialmente neutralizada, con lo que la nota que adquiere relevancia en la definición de la acción verbal es la idea de apropiación de la sustancia de efecto medicinal, y no su forma de adquisición. En comparable situación (el facultativo que receta un medicamento que debe ingerirse) el español moderno usa el verbo de apropiación tomar. Alternativamente puede usarse la construcción con ac. GRUPO E. "comer"/ "beber" neutralizados, con el verbo patéomai, en casos no incluidos en (A). Sólo he encontrado este uso en Homero (7 citas, 7 ejs.) trata de un partit. real, sino de un verbo de apropiación, parecen reafirmarlo los dos ejemplos restantes (Od.1.124, 4.61) puesto que con deípnon no es esperable, en principio, una interpretación partitiva, aun menos en una fórmula como la presente, salvo en contextos que intentan subrayar el hecho de que la comida no se acabó. Grupo F. El genitivo indica no una comida/ bebida, sino un patrimonio del que se saca para "comer"/ "beber" (5 citas, 5 ejs.) fageîn, pínw -tÔn oefagón t' oepión te kaì a±doíoisin oedwka "de esto como y bebo y doy a los necesitados" Hom., Od. Un texto dudoso y de fecha igualmente incierta (cf. supra) es parasitéw -'llotríwn parasitoûnta' gaqÔn Socr., Ep. 1.4, que pertenecería a este lugar. COMENTARIO: Es dudoso si este tipo de construcciones debe considerarse como gen. partit., o si sería mejor clasificarlo entre los de origen, ya que el complemento es compatible con un objeto que indique lo que efectivamente se come o bebe. En cualquier caso parece que de nuevo el rasgo semántico que autoriza la posible interpretación partitiva es la de apropiación de parte de un todo que no es un objeto edible, sino por definición apropiable, omitiendo el las notas que se refieren al proceso de ingestión (y neutralizando la oposición líquido / sólido). Casos semejantes con construcción de ac. son Hom., Od. XXIII 9, 11.116, etc. Grupo G. Otras construcciones de partitivo con objeto de un gran contenedor (2 ejs.) La forma particular en la que los griegos consumían el vino en symposia, tomando la mezcla con agua de la cratera y sirviéndolo en copas de las que beben los comensales, necesariamente se refleja en la construcción sintáctica, en donde normalmente el verbo "beber" indica que la acción tiene lugar sobre el vino de la copa, y como hemos visto se construye en época clásica con ac. En el s. II tenemos un testimonio no de consumo normal, sino de cata (lo que normalmente predispone para la construcción en gen. partit.) en Ãn trópon diageusámenoi o2nou tòn plÉrh diagi-nÓskousin o ¶ o±nogeûstai "de la misma forma que probando el vino los catadores comprueban el total" Gal.8.944.12. En'migoûj ¤kratísw sofíaj Ph.2.166 tenemos un uso particular, evidentemente figurado, en el que la bebida (esto es, el alimento espiritual) procede figuradamente (y sin mezcla) de un repositorio en que reside la auténtica sabiduría. TIPO III [= G-H, I]: Construcciones pertenecientes o asimiladas a otros verbos que no implican transformación del objeto. Hay un ejemplo de oenqen que no contabiliza para las estadísticas de número, y otros 13 de pronombres y relativos que no contabilizan en las estadísticas sobre presencia de artículo. A falta de estadísticas sobre el uso del gen. adverbal con otro tipo de verbos en un corpus amplio, he debido extrapolar los datos ofrecidos por las gramáticas, y los del corpus de nuestra tesis. Los verbos que sí contienen la noción partitiva en su lexema (como meíromai, etc.) normalmente exigen el caso gen., aunque impliquen transformación del objeto. Como puede verse en § 8.2, hay una clara diferencia entre las estadísticas del grupo D (el más claramente partit.), donde predominan los complementos determinados y específicos, y el resto de los grupos, que ofrecen una interpretación frecuentemente menos clara, donde predominan los no determinados ni específicos. Podemos resumir el complejo panorama del régimen verbal en gen. con estos verbos de la siguiente manera: I) Cercanos a los verbos de "comer", "beber", pero sin ser propiamente este tipo de verbos (por carecer de alguna o varias de las notas definitorias) observamos una serie de verbos (9 lemas) que en cualquier época se construyen única o casi exclusivamente con gen. Son por un lado geúw y varios de sus compuestos, y por otro térpomai, šmforéw, korénnumi. Estos verbos están sintácticamente más próximos a los de "probar", "coger", "tomar", "gustar", si es que no pertenecen plenamente a estos grupos. II) Más próximos al núcleo semántico de "comer", "beber", o formando parte plena del mísmo, hay un número no pequeño de verbos que construye su CD con marca de ac., pero que puede admitir la marca de gen. con una frecuencia que parece superior a la ordinaria aparición de un gen. partit. con verbos que implican una afectación alta del objeto. 36 El núcleo de esta clase lo constituyen los principales verbos "comer", "beber", y además una serie de verbos que implican el mismo tipo de nociones semánticas que los de la periferia mencionados anteriormente, generalmente con preverbio. Cuando este tipo de verbos está bien testimoniado, durante el periodo considerado la frecuencia del ac. es muy superior a la del gen. Hipótesis sobre la asignación de marca del objeto de los verbos de "comer" y "beber" De los anteriores datos deducimos la siguiente hipótesis que explique la marca de caso del objeto en gen.: Entre los verbos que en griego clásico, y hasta al menos el s. II d.C. admiten una construcción con gen., podemos distinguir dos situaciones o tipos: a) Verbos que adquieren el valor semántico "comer" a partir de una extensión metafórica o metonímica del sentido de un corto número de verbos de transitividad reducida o de doble objeto, cuya semántica en griego clásico exige o permite un complemento en gen. Estos grupos son: (a) Verbos "coger", "tocar". Ninguno de estos verbos incluye la idea de "tragar" (hacer pasar la comida al estómago) dentro de su definición, y por tanto su semántica no implica la transformación del objeto sobre el que recae la acción. A falta de ese parámetro, deben considerarse como verbos que presentan afectación débil del objeto, y por tanto, de transitividad reducida. Su sintaxis es la de verbos como Šptw ("tomar") en sítou mÈ ‰yásqw "que no tome pan" Hp., Steril. Presentan muchas semejanzas semánticas con el grupo anterior, principalmente (en lo que toca a la presente cuestión) el hecho de que el objeto no debe ser consumido, y por tanto no hay modificación del mismo. La marca de gen. indica igualmente una transitividad reducida. (g) Verbos de doble objeto como "llenar" que construyen el segundo complemento en gen. (una explicación sobre el caso gen. del segundo complemento de estos verbos en mi tesis) cf. pímplemi, ƒw (nunca testimoniado con el sentido "saciarse de comida", según LSJ). En este grupo (a) se incluyen todos los verbos que única o principalmente se encuentran testimoniados en gen. La mayoría de los verbos, en cambio, testimonia simultaneamente, con una semántica más o menos cercana, una Una parte de estos usos tiene una sencilla interpretación partitiva: el caso más claro es el del Grupo D del § 8.1, en donde, de una cantidad delimitada de medicina a la que ya se ha hecho referencia, se van consumiendo las dosis recetadas. En el resto de los casos, generalmente referidos a un complemento no específico ni determinado, parece que la interpretación partitiva no es generalmente condición suficiente para determinar el uso del gen., sino que ésta aparece sólo en contextos en los que se desea insistir sobre la cualidad del objeto ingerido, un objeto no típicamente alimenticio. En algún caso, la interpretación partitiva es muy discutible (v. gr. X., HG III 3.6, Hom., Od. Finalmente, es posible que verbos como bibrÓskw puedan en tales contextos asimilarse a los verbos del tipo (a). Las construcciones recíprocas (y las reflexivas) con gen. exigen otro tipo de explicación. Este tipo de pronombres emplean con frecuencia el gen. o un sintagma prep. para marcar el argumento objetivo de verbos que, con otro tipo de complemento, exigen el ac., y para ello podemos encontrar una explicación genérica. La diferenciación entre el agente y el paciente es uno de los parámetros de la escala de transitividad: las oraciones más transitivas poseen esta diferenciación, por lo que podemos esperar que en situaciones en las que se da una identidad en el referente del sujeto y el objeto la marca del argumento pueda expresar esta transitividad reducida. 37 Además de esta explicación, que a mi juicio justificaría la elección de la marca de gen., por razón obvia de la semántica verbal cualquier construcción recíproca o reflexiva con verbos de "comer" (como los tres ejemplos de CCB) resultan ser perfectas ilustraciones de nuestro Grupo A, por lo que es probable que la semántica haya influido también en la elección del caso:'llÉlwn šdhdokóta Arist., HA 607 a 29; šsqíein'llÉlwn Plb. En conclusión, y para el período considerado del griego antiguo, opino que (con escasísimas excepciones, casi siempre tardías o de interpretación dudosa) los verbos propiamente de "comer, beber", que deben en principio considerarse como de transitividad alta, admiten la construcción con gen. en dos situaciones: I) Con muchas restricciones, cuando designan una parte definida o indefinida de un todo determinado; II) En contextos en los que el rasgo "transformación del objeto" desaparece del concepto léxico debido a que el objeto no es un producto que sirva típicamente para satisfacer la necesidad de comer o beber: el verbo pasa entonces a ser tratado sintácticamente como un verbo de transitividad reducida, quizás asimilados a una parte de los verbos de "apropiación" 38. Debe destacarse que la construcción partitiva de (I) sólo excepcionalmente se da en contextos que no son a la vez del tipo (II), los cuales se presentan generalmente con complementos no determinados. Semánticamente, lo más relevante en ambas situaciones es la naturaleza del objeto tomado y el uso que se le da, y no la cantidad del mismo o la función alimenticia que satisface. Argumentos a favor de esta hipótesis son i) naturalmente el carácter marginal de los contextos donde aparece la construcción; ii) la indiferencia respecto a la oposición sólido/ líquido del tipo de sustancia consumida y iii) el uso frecuente (dentro del griego, y en otras lenguas) de verbos de apropiación con sentido "comer", "beber", con frecuencia presentando total o parcialmente semejantes restricciones. En el caso de los verbos de "masticar", el gen., por oposición al ac., debe ser una marca de acción durativa, atélica, frente al télico "comer", y no una marca de partit. Los verbos "comer", "beber" indican acciones cotidianas en la vida del individuo y su actividad social. Son actividades de primordial importancia para su mantenimiento, que se despliegan en gran cantidad de situaciones y sobre una enorme variedad de objetos, por lo que no es extraño que su conceptualización pueda en ocasiones determinadas omitir, o dejar en la sombra, algunas notas del contenido fáctico de tal actividad (la ingestión de alimento, y su efectiva transformación) para poner en relieve otras, que omiten la referencia a la transformación experimentada por el objeto. La expresión ƒrtou / kréwj šsqíein / fageîn, o2nou pínein para indicar la acción de quien bebe de una copa o toma el pan como simple alimento (o EMERITA (EM) LXXIII 2, julio-diciembre 2005 pp. 263-302 ISSN 0013-6662 cualquier construcción semejante con una bebida o comida ordinaria) no parece idiomática en ático clásico, el cual repetidamente muestra el uso con ac. (cf. X., An. Justo al contrario de lo que parecen opinar unánimemente las gramáticas del Nuevo Testamento, es el griego tardío (helenístico, koiné y aticista) el que muestra cierta tendencia a usar la expresión partitiva, aunque algunos registros de la koiné prefieren para ello el giro con prep. y gen. (cf. šk toû ƒrtou šsqiétw kaì šk toû pothríou pinétw 1Ep. Ulteriores estudios serán necesarios para delimitar el uso de la construcción de los verbos "comer", "beber" en gen., en la prosa aticista y de la koiné, que necesariamente deberán tener en cuenta la influencia del latín en ciertos autores (como Aelianus). El uso en otras lenguas (y por tanto otros sistemas de casos) exigirán presumiblemente otras explicaciones. Quisiera hacer una atrevida observación final acerca de los verbos con sujeto necesariamente animal: el hecho de que tales verbos ("pastar", etc.) exijan siempre caso ac. (cuando el sentido no es meramente "rumiar", etc., que indica un actividad atélica) podría ser una consecuencia de que se conceptúan de forma algo distinta de los verbos con sujeto humano A falta de evidencias a favor o en contra, podría sugerir como hipótesis explicativa la siguiente: el hecho de que por definición el sujeto de estos verbos (y por tanto el beneficiario de la acción), nunca sea el hablante, y siempre un objeto de la experiencia, hace que el objeto gramatical de tales verbos conserve siempre el papel observable de objeto transformado. Verbos de "comer", "beber" con un genitivo de otro tipo A los propósitos de este estudio sobre la marca de caso del primer complemento argumental de los verbos de "comer", "beber", no he contabilizado los siguientes complementos en gen. (o con un sufijo que indica procedencia), por tratarse de construcciones que deben su marca de caso al desempeño de otra función sintáctica semántica, o a tratarse de diferentes concepualizaciones semánticas: (a) Construcciones c. gen. (y gen. prep.) de origen, que indican el recipiente o contenedor del que se toma el líquido: "comer"'pesqíei toû pÓlou à špifúetai špì toû metÓpou tÔn pÓlwn Arist., HA 577 a 8; Un caso dudoso es tÔn khríwn Ásoi oefagon tÔn stratiwtÔn pántej ƒfronéj te šgígnonto...'ll' o ¶ mèn 1⁄2lígon
Presentación gráfica del lenguaje versificado Aun tratándose de versos naturalmente destinados a la ejecución oral, la representación escrita de los mismos (scribere versus 1 ) aparece desde antiguo naturalizada en el mundo griego y romano; una larga tradición de labor filológica sobre los textos que transmitían las obras de los antiguos poetas así lo acredita. Pues bien, es en este campo de la escritura de los versos donde aquí nos vamos a situar, proponiendo unas reflexiones sobre sus peculiares problemas. La cuestión, que evidentemente sólo vamos a plantear en sus líneas generales, tiene una doble vertiente, pues, si, de un lado, engarza con la compleja problemática general de la articulación del lenguaje, y más en concreto del lenguaje versificado, de otro lado, conecta con los no menos intrincados problemas de la escritura, es decir, de la representación gráfica de la comunicación vocal, oral, lingüística sobre todo, pero también musical. En el primer sentido, se hace, por tanto, necesario tomar conciencia de la naturaleza rítmico-métrica, musical en último término, del lenguaje versificado y tener mínimamente clara la entidad de las unidades que habitualmente se reconocen en su articulación: el pie, el metro, el comma, el colon, el período o verso, la estrofa, etc.; una serie de conceptos y términos no siempre claramente definidos ni en la práctica de los versificadores antiguos ni en el lenguaje técnico de los antiguos artígrafos 2. Desde la otra vertiente se hace sentir aquí de lleno el lento y difícil proceso de la representación gráfica de los componentes prosódicos, suprasegmentales, del habla: el tono, la intensidad, la duración; factores todos ellos importantes en la comunicación vocal, pertinentes incluso a veces en determinados sistemas lingüísticos, pero no reflejados sistemáticamente en la escritura alfabética, que, en principio, sólo alcanza a las letras, a los fonemas, es decir, a los componentes tímbricos del sonus vocis, que son sobre todo los que caracterizan dichos fonemas o letras. Al abordar, por tanto, la cuestión de la representación gráfica del verso, nos adentramos en terrenos muy próximos al de la grafía de los prosodemas (los que afectan a las sílabas y las palabras: el acento, la cantidad, la aspiración, etc. y los que afectan a las frases: la entonación, las "pausas" que delimitan las unidades del habla, etc.) y no lejanos del de la representación escrita de la música 3. Todo ello, además, en una escritura como la antigua, que, en cuanto que habitualmente destinada a la lectura en voz alta, se veía necesitada de signos que orientaran al lector en su función de reconcer ('nágnwsij 4 ) y transmitir al auditorio no sólo el para el establecimiento de la analogía, es decir, de los patrones regulares y, por fin, para la crítica de los poemas (krísij poihmátwn), que era lo más bello de toda aquella téxnh (kálliston... pántwn tÔn šn tÊ7 téxnh7 ). 5 La entidad del versus / stíxoj como metrum / métron y como periodus / períodoj, es decir, como unidad, respectivamente, de medida y de articulación del lenguaje versificado; de ambos aspectos me ocupo en Luque, Puntos y comas. contenido lógico-semántico del texto sino también, y en estrecha conexión con ello, la correcta entonación y articulación rítmica del mismo. Interesado, por tanto, en dicha entonación y articulación, me voy a centrar en las unidades rítmico-métricas superiores, el verso, la estrofa, etc. y, más exactamente, en la grafía de dichas unidades. Prescindo por completo de su entidad rítmico-métrica 5; no es ésta ocasión para ocuparse de ella, como tampoco lo es para entrar en los problemas generales de la grafía de los prosodemas. El verso, sin embargo, y, más en concreto, los términos con los que se lo designa sí dan pie para hacer algunas consideraciones, sin salir del territorio que acabo de marcar; es más, se diría que invitan incluso a hacerlas. En efecto, dentro de todo el sistema de unidades que tradicionalmente se reconocen en la articulación del lenguaje versificado, la unidad "verso", stíxoj / versus, parece que hay que entenderla, en principio, como esencialmente métrica; no parece que como tal unidad se remonte a la anterior fase musical de dicho sistema, ni pertenece tampoco a la posterior herencia del mismo sistema en el campo de la retórica; como es, por ejemplo, el caso del concepto y del término "período". El verso se presenta, pues, como algo exclusivo de la métrica 6; es más, los nombres con que lo designaron tanto los griegos como los romanos parecen, de entrada, apuntar a una métrica que opera con el lenguaje versificado no tanto en su genuina oralidad sino en su representación escrita. Así como períodoj como tal tecnicismo arranca de las más antiguas fases de la praxis (y luego de la teoría) musical, de las evoluciones circulares en un acto concreto de la mousikÉ, stíxoj, en cambio, parece más bien un término Esta escritura "colométrica" constituía, en efecto, un apoyo esencial para el que tenía que leer en la iglesia un largo texto bíblico en uncial sin separación de palabras o de frases. Para facilitar la declamación fueron a veces también organizadas en este tipo de kÔla las partes líricas de la tragedia. -No hay, sin embargo, una separación tajante entre stíxoi ("líneas espaciales") y kÔla ("líneas de sentido); ambos tipos de escritura se dan tanto en la prosa como en la poesía. Sí es cierto, en cambio, que en los escritos de poesía, retórica, etc. las líneas fueron dispuestas según unos criterios especiales. -Se trata, con todo, de una costrumbre relativamente tardía: en un manuscrito del siglo III, figura un fragmento de la Antíope de Eurípides, con las partes corales sin escritura colométrica; en cambio, en sentido contrario, en el siglo VI el papiro Rylands I 7 presenta un himno escrito por cola y commata: cf. Gardthausend 1913, p. 79.), por un lado, un antiguo stíxoj normalizado de quince sílabas en las antiguas ediciones de Heródoto, Demóstenes, etc.; un stíxoj normalizado más grande, de como mínimo dieciocho sílabas, que aparece, por ejemplo, en el Hipócrates empleado por Galeno; y en tercer lugar un stíxoj breve que aparece en rollos de Herculano, no empleado como norma o medida. Los romanos (cf. Mommsen 1886, especialmente pp. 146 ss.) habrían simplificado todo esto y tomado como norma, en lugar del verso homérico, las habituales dieciséis (o más exactamente 15,23) sílabas del hexámetro virgiliano (se entienden sílabas escritas, prescindiendo de la elisión o sinalefa que en la pronunciación las reduce con frecuencia a menos). Interesa dejar bien claro que cuando hablamos de "líneas" nos referimos a "líneas espaciales" 12, a stíxoi, que son las que habitualmente se practican en los manuscritos de autores clásicos 13. Cosa distinta es la escritura por kÔla o "líneas de sentido" 14, propia de la escritura "comática" o "colométrica", que se empieza a difundir más tarde, tanto entre paganos como entre cristianos, en escritos destinados a la declamación en público, bien retórica, bien litúrgica, etc. 15 Los stíxoi tenían una longitud media de treinta y seis letras; diecisiete sílabas, es decir, unas treinta y siete o treinta y ocho letras era el tamaño máximo de un verso homérico. Los filólogos alejandrinos podrían haber adoptado esta norma para su biblioteca; y de ahí habría que derivar las características de la escritura "esticométrica" 16. 19 Es ésta también la acepción que colocan expresamente como primaria Lewis-Short (Oxford Latin Dictionnary). 21 Lewis-Short reconocen este significado como el originario; los siguientes serían usos en sentido figurado. Se podría, en principio, pensar que lo dicho para stíxoj resulta aplicable sin más al correspondiente latino versus, cuya relación con verto,'dar la vuelta', es evidente. Tanto Walde-Hofmann 17, como Ernout-Meillet 18 definieron versus como un sustantivo, en principio, abstracto:'el hecho de dar la vuelta' («das Umwenden», «fait de tourner») 19: si istoc me uersu uiceris, alio me prouocato (Pl. Pero los primeros lo entienden como 'el hecho de dar la vuelta a la tierra con el arado y el surco que de ello resulta'. Los segundos 20 lo interpretaron como'el hecho de dar la vuelta al arado, al final del surco'. En uno y otro caso se hacen derivar de ahí su sentidos concretos: ante todo, el de "surco": II 2,25: bubulcum oportet alternis versibus obliquum teneri aratrum et alternis recto... sulcare 21; en este contexto agrícola se habría originado también su uso como medida agraria de longitud e incluso de superficie 22: Varro, Rust. A partir de aquí habría adquirido luego el sentido de "línea", "raya", "fila" (por ejemplo, de remeros): En el Oxford Latin Dictionnary se distribuyen los distintos sentidos del término versus por este orden: 1. Movimiento circular o giro (en una danza) || 2. Surco, es decir, la tierra vuelta por el paso del arado (De donde, medida agraria). || 3. Hilera o fila (normalmente de cosas concretas). De donde su empleo para designar un banco de remeros. || 4. Línea de escritura. || 5. De donde su sentido ocasional de segmento melódico. Para la fonética, cf. dossum, rus(s) De donde el significado de los adverbios prorsus, prorsum = "en línea recta", "todo recto", "adelante", "por completo, "absolutamente". Desde aquí llegó incluso el término versus a designar a veces "secuencia o patrón melódico", por ejemplo, en el canto de un ave: Los diccionarios etimológicos de Walde-Hofmann y de Ernout-Meillet, al igual que el de Pokorny, relacionan sin dejar lugar a dudas versus con verto; Walde-Hofmann negaban expresamente su relación con verrere (versus). A versus, en efecto, se opone pro(r)sa (oratio), de pros(s)us < prorsus < *pro-uorsus 25. El sentido primario de prorsus, según Ernout-Meillet, habría sido "qui marche en droite ligne" 26. De donde el significado de prosa (oratio): "el habla que avanza en línea recta". Prosa, entonces, en cuanto que 'discurso vuelto hacia adelante', se contrapone a versus, que entraña la vuelta, el retorno cíclico de unidades. En principio, por tanto, en el caso de versus nos hallamos ante una etimología transparente, como la de período; etimología de la que parece que había también conciencia ya desde antiguo: apud nos autem versus dictus est a versuris, id est a repetita scriptura ex ea parte in quam desinit. primis enim temporibus, sicut quidam adserunt, sic soliti erant scribere, ut... Prisciano insiste en la misma dirección: No hay que olvidar que también los rétores reconocían unos condicionamientos cognitivos en la configuración del período como unidad en la que lo conceptual se abre y se cierra, empieza y termina: cf. Lausberg 1960 § § 923 ss. San Agustín, en cambio, aun cuando participaba de esta idea etimológica de "vuelta", no la refería expresamente a la escritura, sino más bien a la necesidad de límites y cortes impuesta por nuestra percepción 28. Subyace en ello evidentemente la distinción, tantas veces repetida por él, entre rhythmus, como serie de pies, o sea, secuencia rítmica indefinida, y metrum, como un caso especial de rhythmus en el que dicha secuencia está sometida a modus, es decir, tiene unos límites bien claros. Cuando en esa secuencia rítmica medida se llega al final, se retorna (verto) de nuevo al principio, se produce una vuelta (versus). Esos cortes, esas delimitaciones en la secuencia rítmica indefinida vienen impuestas por nuestros hábitos, o incluso necesidades, perceptivas (iudicium). San Isidoro, hablando precisamente de la escritura y de los factores implicados en su proceso, se adherirá a la idea tradicional de versus = "vuelta en la escritura", "cambio de renglón": En cambio, en el libro primero, en un contexto métrico, cuando define el verso, lo hace en los mismos términos de la primera definición de San Agustín, es decir, recogiendo de la etimología la idea de "vuelta", pero sin ponerla en relación con la escritura: La misma referencia a la escritura se mantiene, ya en el Renacimiento, por ejemplo, en la conciencia de Escalígero, aun cuando el término versus no lo relacione ya con verto, sino con verro: En mi opinión, pues, parece estar claro el significado de versus = "vuelta" y, por tanto, su relación etimológica con verto. Pero precisamente este claro significado etimológico me hace poner en duda la relación de este término con la escritura, tal como habitualmente se reconoce. Versus en este sentido no es un término exactamente equiparable a stíxoj. En el término griego su cuna filológica se muestra más clara; su relación con la escritura resulta más evidente; lo cual no anula por completo, como también dije, la posibilidad de que tenga un cierto sentido rítmico-métrico. En el latino versus, en cambio, este sentido rítmico-métrico puede colocarse en primer plano; lo esencial en él puede ser la idea de "vuelta", de retorno cíclico; ni más 30 En este mismo sentido se manifestó ya Schultz (1885, p. 770: si istoc me uorsu uiceris, alio me prouocato: así entendieron el pasaje en sus respectivos diccionarios Gaffiot ("pas de danse") y Lewis-Short ("A kind of dance or a turn, step, pas in a dance") y así lo entienden los traductores: "Si tu m' as battu dans ce pas de danse, j 'accepte ton défi pour un autre": A. Ernout, Paris, 1972 (4a); "si me has ganado en este paso de baile, rétame a otro": J.R. Bravo, Madrid, 1995. Yo preferiría traducir "en este giro, en esta vuelta". -Como ejemplo de versus con el sentido de "vuelta" citaba también Gaffiot Pl. 707: hic agit magis ex argumento et uorsus meliores facit; los traducores, sin embargo, reconocen aquí el término "verso": "C 'est lui qui traite le mieux le sujet et qui fait les meilleurs vers" (Ernout); "El es quien trata mejor el tema y hace mejores versos" (Bravo). A mí, en cambio, no me parece imposible interpretar "éste actúa más de acuerdo con el argumento y da mejor las vueltas". ni menos la misma idea de strofÉ o de períodoj. Y ello sin necesidad de pasar por la escritura: esa "vuelta" puede ser simplemente la que se produce en el proceso rítmico-métrico, el retorno convencional de los factores que van marcando el ritmo y sus unidades. El término, como tal, puede tener, por tanto, unos orígenes auténticamente rítmicos, previos al proceso de escritura de las formas poéticas o musicales, o al margen de dicho proceso 30. Este sentido básico de "vuelta" (yo prefiero el de Ernout-Meillet, de "vuelta del arado") es el que fundamenta su posible significado primario de "surco" y los empleos con sentido figurado posiblemente salidos de aquí: entre ellos estaría el de línea de la escritura, tal como se documenta incluso referido a escritura en prosa 31. Esta "linea de la escritura" puede entenderse, al igual que ocurriría con stíxoj, como fila de litterae, grammata, elementa, que van avanzando hacia adelante; pero también es susceptible de ser interpretada, tal como hacían los antiguos, como "vuelta", "retorno". Lo cual no haría sino apoyar la posibilidad que estoy sugiriendo. Con el sentido de "giro, vuelta en el baile", aparece, como hemos visto, versus en Plauto 32. Con el sentido de "verso" se documenta ya, como también hemos visto, desde Ennio y Plauto; Cicerón empleó versiculus y Lucrecio, versifico. Las unidades métricas superiores al "verso" Hechas estas observaciones sobre el "verso" y su posible sentido grafemático, entremos ya en el ámbito de las unidades rítmico-métricas superiores, en las cuales los tratadistas antiguos reconocían diferentes tipos que designaban con una serie de términos como períodoj, perikopÉ, strofÉ, EMERITA (EM) LXXIII 2, julio-diciembre 2005 pp. 303-351 ISSN 0013-6662 sústhma, etc., entre los cuales no resulta siempre fácil clarificar los límites. La definición, sistematización y estudio de todas estas articulaciones superiores era objeto de una parte específica del sistema de doctrina métrica, la denominada perì poiÉmatoj. Los escritos perì poiÉmatoj. Mas de este tipo de escritos perì poiÉmatoj es muy poco lo que ha llegado hasta nosotros: aparte de algunos otros restos menores, las fuentes más importantes son: Dionisio de Halicarnaso, comp. verb. 125, 8 A ellos se pueden añadir otras informaciones esporádicas procedentes de otra serie de textos, entre los cuales cabe enumerar los siguientes: Las noticias sobre el particular entre los escolios, por ejemplo, a Aristófanes o a Píndaro; en algunos de ellos, sobre todo en los de fecha más temprana, se puede reconocer la huella de métricos como Heliodoro. La penuria de fuentes no permite definir con precisión toda esta doctrina relativa a la articulación de los poemas en su conjunto: a los mencionados problemas conceptuales y terminológicos se suman las dificultades de interpretación de los textos e incluso las discrepancias que en más de una oca- La composición estíquica es propia de la épica y de las partes dialogadas en la poesía dramática. Hefestión, en este sentido, reconocía dentro de los poemas katà stíxon dos variantes: poemas, como los épicos, que a lo largo de toda su extensión repiten el mismo verso o período; éstos, los auténticos katà stíxon, son los que él denomina katà stíxon ƒmikta. Junto ellos hay otros que se articulan a base de diversas series katà stíxon, es decir, de distintos sectores compuesto cada uno a base de un verso distinto katà stíxon; como ejemplo aducía el de las comedias de Menandro: B. Katà sústhma, susthmatiká, es decir, a base de combinaciones de versos, cola o commata distintos. Esta composición "sistemática" es la propia de la lírica, en el sentido general y moderno del término, tanto monódica como coral: susthmatikà dè Ása ×pò pleiónwn métrwn e±j ¢n sÔma paralhfqéntwn katametreîtai ¥ sumplhroûtai (Heph.,59,3 ); systematica autem, quae ex plurimis metris neque ex uno uersu aut eodem colo uel commate continuentur, ut sunt epodoe et quae apud lyricos inuenimus (Aphth., 57,2 ss.). C. Es posible la combinación de las dos modalidades en una misma composición, en cuyo caso se habla de un poíhma miktón. Es lo que habitualmente ocurre en las composiciones escénicas, las tragedias, las comedias. Aftonio, en cambio, parece confundir estos mixta, es decir, las composiciones que mezclan partes katà stíxon y partes katà sústhma, con los otros mixta que describe Hefestión dentro de los katà stíxon, es decir, los que mezclan par- Los poemas así compuestos, denominados con frecuencia ã7 daí o ƒ7 smata, pueden tener, a su vez, varios tipos de organización, entre ellos dos fundamentales: A base de repetir cíclicamente la misma combinación (sústhma); se dice entonces que funcionan "en responsión", katà sxésin. A base de que las combinaciones (sustÉmata) que se van sucediendo sean distintas. Estas "combinaciones" o sustÉmata son las que reciben el nombre de "estrofa", strofÉ ('ntistrofÉ, špw7 dòj [= a špw7 dòj strofÉ]), pero también, según Así sucede, por ejemplo, entre los métricos latinos, que tantas veces hablan De metris Horatii. ISSN 0013-6662 quedó dicho, pueden ser denominadas "período" (períodoj) e incluso "metro" 36 (métron, metrum), en cuanto que entendidas como unidades métricas superiores. Los miembros de dichas "estrofas", "períodos" o "metros" son denominados "versos" (stíxoi, versus) o simplemente kÔla / cola, tanto si no constituyen un auténtico verso (por ejemplo, por ser "monocólicos") como si lo constituyen; así se puede dar el caso de que una unidad como el hexámetro dactílico, normalmente considerada como verso/período la encontremos descrita como miembro (colon) de una de estas unidades superiores, una estrofa dística, por ejemplo: haec ode scripta est ad dicolian, et est primum colon ('diffugere nives redeunt iam gramina campis') epos heroum hexametrum, secundum autem... penthemimeres, id est hemistichium pentametri, ita,'arboribusque comae' (Aphth., GLK VI 169,19 ss.). También aquí añade Hefestión las dos modalidades de métra miktá y koiná: Los miktá en este caso son los poemas que en parte se hallan organizados "en responsión" y en parte sin ella: Miktà de Ása méroj mén ti oexei katà sxésin, méroj dé ti'poleluménon ¥ šc Àmoíwn (Heph., 60,9; cf. también 66,5 ss.). Los koiná tienen una estructura que permite considerarlos tanto de un tipo como de otro; parecerían, pues, escritos sin responsión, a base de miembros iguales, pero luego esos miembros están organizados a base de correspondencias antistróficas: parecerían composiciones katà stíxon, pero son composiciones katà sústhma, katà sxésin: Koinà dè Ása kaq' ¡téran mèn ±déan gégraptai toû sustÉmatoj, dúnatai dè kaì kaq' ¡téran gegráfqai dokeîn: o1⁄4on, fer' e±peîn, šc Àmoíwn 3⁄4nta katà sxésin dokeîn gegráfqai (Heph., 60,11ss.; cf. también 66,10 ss.). Metrikà ƒtakta son los poemas escritos en metros diversos que además aparecen mezclados sin orden ni secuencia cíclica alguna: Susthmatiká šc Àmoíwn son los metra organizados a base de una medida (pie, syzygia, etc.) que se repite indefinidamente; no obstante, luego estas medidas terminan siendo agrupadas en unidades que contienen un número fijo de ellos, lo cual permite considerar las composiciones en cuestión como katà sxésin. Así aparecen, por ejemplo, los jónicos a minore en Alceo 59 o en Horacio, carm. III 12, donde, aunque escritos, en principio, como una serie indefinida, se agrupan de diez en diez. Dentro de las composiciones "en responsión" se pueden distinguir dos tipos: B.a.1. monostrofiká: las combinaciones ("sistemas", "estrofas", "períodos", "metros") se repiten siempre iguales a sí mismas; se trata, pues, de una composición "monostrófica": a a' a'' a''', etc., del tipo de las que predominan en la antigua lírica monódica griega, tanto eólica (Alceo, Safo) como jónica (Anacreonte), y en las composiciones de los imitadores tardíos tanto griegos como romanos. B.a.2. katà perikopÉn, es decir, organizados en grupos ("perícopas") de dos o más estrofas o sistemas cada uno: por ejemplo,, o bien, etc. Es la estructura típica de la lírica coral, dramática o no; estructura que admite múltiples variantes: Pasa luego a hablar del origen del término a partir de las evoluciones en torno al altar y luego a describir la técnica de la responsión entre los componentes de una tríada y los de las siguientes. 39 Pasa igualmente a describir el origen ritual de estos términos y añade que luego el nombre de epodos se ha trasladado al segundo de los períodos de las denominadas estrofas epódicas: hinc translatum nomen est in has epodos, quae binos versus impares habent. nam ut illic epodos canticum finit, ita hic versus secundus sensum: hoc est enim legitimum in epodis. ergo secundum haec et elegia periodos appellatur; eadem trias, si ex his tribus constat. Se encuadran en este apartado como combinación más relevante las célebres agrupaciones triádicas (triáj/trias) de la lírica coral griega, a base de "estrofa", "antístrofa" y "epodo". Unas tríadas que se van repitiendo a lo largo de la composición; de ahí que Aftonio hable en este caso de un carmen monoperíkopon. Hefestión 37 denomina a todas las combinaciones de este tipo špw7 diká y distingue dentro de ellas los subtipos que enseguida veremos. Tales tríadas, como en general la poesía coral griega, no llegaron nunca a aclimatarse en la versificación latina; de lo cual son conscientes los propios metricólogos romanos, como se puede comprobar por las palabras con las que Ati- lio Fortunaciano concluye el pasaje: sed quoniam haec accuratius graeci poetae servaverunt, melius te graeci magistri de exemplis graecis docebunt. nunc veniamus ad divisionem metrorum. Estas tríadas se constituyen a base de dos componentes iguales y un tercero diferente: špw7 dikà dé šstin, šn o1⁄4j sustÉmasin Àmoíoij'nómoión ti špiféretai (Heph., 66,24 ss.). Y según la posición que ocupa dicho componente distinto en el conjunto, reconocen a veces los tratadistas diversos tipos, el primero de los cuales recibe el mismo nombre que el que se otorga a todo el grupo: Toû dè špw7 dikoû génouj tà mén šstin Àmwnúmwj aÐtÔ7 kaloúmena špw7 diká, tà dè prow7 diká, tà dè mesw7 diká, tà dè periw7 diká, tà dè palinw7 diká (Heph. La organización triádica epódica predomina ampliamente en los epinicios de Píndaro. Es también frecuente en el drama, sobre todo, en la "párodos". Otra disposición frecuente es. El sentido de estos términos puede verse claramente explicado en Aftonio / Mario Victorino, aunque allí van referidos no a estrofas (a špw7 dój strofÉ) sino a unidades menores, en concreto, a los versos (À špw7 dój stíxoj) o períodos (a špw7 dój períodoj) de dos dísticos epódicos, el elegíaco y el constituido a base de trímetro y dímetro yámbicos: haec etiam in carminibus, quae mutuo adnexa ita ex se pendent, ut alterum sine altero audiri non possit, prow7 diká et špw7 diká vocaverunt, id est antecantativa et postcantativa, ut sit... prow7 dikón ipsum epos, špw7 dikón versus pentameter, qui ei subiungitur in elegiis. item antecantatiuum erit trimeter iambicus, ut ibis liburnis inter alta navium; erit dimeter postcantativum, amice propugnacula. et quaecumque alio quolibet metro scripta sequentes clausulas quorumlibet metrorum ad se trahunt, ita appellabuntur, quia proodicis versibus špá7 dontai, id est accinuntur (Aphth. B.a.2.1.4. palinw7 diká: en un conjunto de cuatro se corresponden en una suerte de quiasmo la primera con la cuarta y la segunda con la tercera, es decir, las dos exteriores y las dos interiores,: Palinw7 diká dè šn o1⁄4j tà mèn periéxonta'llÉloij šstìn Ámoia,'nómoia dè toîj periexoménoij. tà dè periexómena'llÉloij mèn Ámoiá šstin,'nómoia dè toîj periéxousi (Heph., 67,16 ss.). B.a.2.1.5. periw7 diká: en un conjunto también de cuatro los dos interiores se corresponden, pero no así los dos exteriores, que son distintos entre sí y de los intermedios: Periw7 diká dè šn o1⁄4j tà mèn periexómena'llÉloij šstin 2.2.4. 9Efúmnia, proúmnia, meqúmnia. špw7 dòj stíxoj. A toda esta descripción de las unidades métricas mayores, se añaden en los tratados perì poiÉmatoj algunas observaciones finales sobre varias cuestiones concretas. Dejando lo que Hefestión 41 presenta acerca de la denominada parábasij de la comedia, me centraré en las otras dos, las relativas a los šfúmnia, proúmnia, meqúmnia y al špw7 dòj stíxoj. En cuanto a los primeros, se trata de pequeños miembros que pueden aparecer incorporados (después, antes o en medio) a una estructura estrófica (estrofa o antístrofa): En cuanto al término špw7 dój (adjetivo de dos terminaciones), se emplea como tecnicismo en el contexto de los escritos perì poiÉmatoj con género femenino, calificando a strofÉ: a špw7 dòj strofÉ. No obstante, como ya ha quedado sugerido más arriba, también puede emplearse, con su mismo sentido de "lo que se canta después", como masculino, aplicado al término stíxoj (À špw7 dòj stíxoj) y referido, por tanto, no a una estrofa, sino a un verso o período dentro de una estrofa, ordinariamente a un verso más corto que sigue a uno más largo anterior; es ésta la estructura de los dísticos típicos de la lírica jonia, constituidos a base de un hexámetro dactílico o un trímetro yámbico seguidos de otro verso más breve, dactílico y/o yambo-trocaico. De ahí también el nombre de "epodos" con el que se terminaron siendo designados este tipo de dísticos: Enseguida describiremos los más importantes. Bien es verdad que no se trata tampoco de un sistema completamente rígido y que, según iremos viendo, en determinados tipos de composiciones algunos de estos signos pueden tener otro sentido; por ejemplo, el "párrafo" en el drama indica cambio de interlocutor. Representación gráfica de este análisis de los poemas. Toda esta compleja gama de posibilidades en la articulación de las composiciones en verso tuvo su reflejo en la realización escrita de dichas composiciones; la escritura sintió la necesidad de dar cuenta, dentro de lo posible, de la arquitectura articulatoria de cada poema. Para llevar debidamente a cabo el análisis de la estructura métrica de los poemas y dejar señalizada dicha estructura en las ediciones de los textos, se emplearon una serie de marcas (shmeîa) que llegaron a constituir un verdadero sistema de signos 43. Una de las fuentes gracias a las que conocemos este sistema son precisamente los escritos perì poiÉmatoj de que hemos venido hablando 44. Pero tales escritos y los manuales tardíos en que se integran, aunque posibles deudores de los anteriores tratados (y puede que sistemas de notación) de rítmicos y músicos, son sin duda también herederos de una larga tradición grafemática que remonta a las primeras etapas de la actividad filológica alejandrina. Los filólogos alejandrinos y los textos en verso. En efecto, la labor de los filolólogos alejandrinos del siglo III a.C., discí-La serie comienza (cf., por ejemplo, Sandys 1920 pp. 118 ss.) con Filetas de Cos (ca. 285), preceptor de Ptolomeo Filadelfo, de Zenódoto y del poeta elegíaco Hermesianacte. -Zenódoto de Efeso (ca. 325-ca.234), discípulo suyo, fue el primer gran bibliotecario de la Biblioteca de Alejandría, donde se ocupó directamente de la clasificación de los poetas épicos, al tiempo que Alejandro Etolo (fl. 285-276 a.C.: compañero probablemente de Teócrito y de Arato en Cos) hacía otro tanto con los trágicos y con los dramas satíricos y Licofrón (de Calcis, en Eubea, nacido ca. C.), con los cómicos. Poco antes de 274 publicó la primera edición científica de la Ilíada y la Odisea, basada en numerosos manuscritos, edición que le mereció el título de primer editor (diorqwtÉj) de Homero (Sud. s.v.). Entonces quizá por primera vez se distinguieron en cada obra los 24 libros y se marcaron debidamente con el óbelo los versos espurios. -Calímaco de Cirene (ca. 310-ca.240), en Alejandría desde su juventud, se ha supuesto que sucedió a Zenódoto al frente de la Biblioteca; sea así o no, desarrolló en ella una intensa actividad; a su escuela o círculo pertenecieron los más afamados poetas y filólogos, como su propio rival Apolonio de Rodas, o como Eratóstenes o Aristófanes de Bizancio. -Eratóstenes (ca. 195) fue reclamado desde Atenas para ocupar el puesto de bibliotecario, en el que permaneció durante los reinados de Ptolomeo Euergetes ( † 222 a. Siguiendo la huella de Calímaco impulsó una actitud de respeto y reverencia ante la figura y el texto de Homero, que luego propiciaría el rigor de filólogos posteriores como Aristófanes o Aristarco. Además de otros muchos trabajos sobre geografía, matemáticas, astronomía y cronología, su principal labor filológica se centró sobre la antigua comedia ática, campo en el que corrigió a sus precedesores, Licofrón o Calímaco. -Su sucesor al frente de la biblioteca fue Aristófanes de Bizancio. pulos de poetas y poetas muchos de ellos 45, se desarrolló ante todo sobre los textos de los antiguos poetas 46. Centro y objetivo primero de dicha labor fue el texto de Homero; a sus hexámetros, por tanto, estuvieron, en principio, referidas muchas de las marcas que luego se harían habituales en la revisión y preparación crítica de otros textos en verso y que terminarían extendiéndose incluso a los textos en prosa. Generalmente se asigna a Aristófanes de Bizancio (ca. 180 a.C.) la fijación de este sistema de signos 47 (sin que por ello se dejen de reconocer posibles aportaciones previas de sus antecesores, como Zenódoto) para marcar los versos (o las palabras) 48. Sin duda alguna en la edición del texto homérico se emplearon ya muchos de los signos o marcas que luego conocemos; lo que no se puede determinar con precisión es cuáles de ellos fueron efectivamente empleados por Aristófanes; además del óbelo ("-"), usado ya por Zenódoto, se habla de que Aristófanes recurrió al asterisco, aunque con un sentido distinto del que luego le dio Aristarco, al "keraunion" (3⁄4) y a la "sigma" (Á) y la "antisigma" (Â), con el sentido con que luego Aristarco emplearía la "antisigma" y la "stigmé" (.). 220-145 a.C.) fue discípulo de Aristófanes y le sucedió al frente de la Biblioteca. Sobre la base de las ediciones previas de Zenódoto, de Aristófanes, de Rhianos 49 y usando además una considerable cantidad de nuevos manuscritos, llevó a cabo su propia diórqwsij de la Ilíada y de la Odisea; en el texto de Homero así establecido parece que estaba ya desarrollado el núcleo central de signos críticos marginales que luego habían de quedar como canónicos. De los trabajos de Aristarco sobre el texto homérico sabemos, sobre todo, a través de los escritos de Aristónico, gramático alejandrino de época de Augusto y Tiberio, y de Dídimo, filólogo alejandrino de la segunda mitad del siglo I a.C. Aristónico 50, además de autor de comentarios y otros escritos gramaticales, lo fue de un tratado acerca de los signos aplicados al texto homérico: perì tÔn shmeíwn toû 8WmÉrou (Etym. 94,16) o perì tÔn shmeíwn tÔn tÊj 9 Iliádoj kaì 9 Odusseíaj (Suid.); su verdadero título quizá fuera perì tÔn 9Aristárxou shmeíwn tÔn tÊj 9 Iliádoj kaì 9 Odusseíaj. En esta obra debió de servirse Aristónico de los comentarios y escritos especializados del propio Aristarco, así como de los escritos homéricos de sus discípulos y sucesores. Los escritos de Aristónico los conocemos a través de los escolios a Homero: los del codex Venetus A, por ejemplo, han transmitido fragmentos suyos, así como otros del perì 9Aristarxeíou diorqÓsewj de Dídimo, de la 9IliakÉ prosw7 día de Herodiano y del escrito perì stigmÊj de Nicanor. Así, pues, las marcas que describían en sus escritos autores como Aristónico o Dídimo y que luego se han perpetuado en los escolios o en otro tipo de escritos posteriores, remontan casi todas a Aristarco; las demás serían puntualizaciones o correcciones introducidas por sus discípulos 51 siguiendo tarco hubiese sufrido alteraciones ante de llegar a manos de Aristónico o de Dídimo. Es más, las obras de éstos últimos quizá tuvieran una de sus razones de ser en el mal estado de los textos de Aristarco o en la deficiente interpretación de los mismos ya por entonces. -Sobre todo ello, así como sobre la gran autoridad de Aristarco aún en época tardía, atestiguada por los escolios a Homero, y sobre las diversas noticias acerca de su vasta producción crítico-filológica, cf. RE II,I, 1895, s.v. Las fuentes principales son éstas: Texto y escolios del codex Venetus A (cf. La Roche 1862; C. Wachsmuth, Rhein. XVIII 178 ss.); es la fuente más importante. -Anecdotum Romanum ed. Fr. Ossan, Giessen 1851: se enumeran y describen los siguientes signos: Tà paratiqémena toîj 8Omhrikoîj stíxoij 9Aristárxeia shmeîa...: DiplÊ'perístiktoj, DiplÊ periestigménh, 9Obelój, 9Asterískoj kaq' ¡autón, 9Asterískoj metà 1⁄2beloû, 9Antisigma, 9Antisigma periestigménon, Keraúnion. -El texto completo se puede encontrar en Reifferscheid 1860, pp. 141 ss. y en Gardthausen 1913, p. 143 s.): Toîj par 8OmÉrw7 stíxoij shmeîa parakeîtai táde: diplÊ kaqará (>), diplÊ periestigménh (AE), 1⁄2belój (-), 1⁄2beloj sùn'sterískw7 (-Ç),'sterískoj kaq' ¡autón (Ç),'ntísigma ƒstikton (Â),'ntísigma periestigménon (Ã) -Anecdoton Harleianum (a Cramero editum; lo incluye Reifferscheid 1860, p. Se enumeran luego los siguientes: 1⁄2belój (-), diplÉ'perístiktoj (>), diplÈ periestigménh (AE),'sterískoj (Ç),'sterískoj metà 1⁄2beloû (Ç-),'ntísigma (Â), dúo stigmaí (..). -Anecdotum Cavense de notis antiquorum, ed. A. Reifferscheid, Rhein. 414) el espíritu del maestro, ya que su escuela se mantuvo viva en Alejandría hasta época imperial romana. La figura y el significado de los signos críticos con que marcó Aristarco el texto homerico en los márgenes nos son sólo parcialmente conocidos 52. El sistema, en sus elementos fundamentales, es el siguiente: El óbelo (1⁄2belój / obelus (-) 53 era el signo más importante: se usó, como he dicho, desde Zenódoto para marcar los versos que se consideraban interpolados, espurios 54. El asterisco ('sterískoj, es decir, la "estrellita": Ç) 55 lo usó Aristófanes de Bizancio para indicar sentido incompleto 56; Aristarco, para marcar un verso incorrectamente repetido, tomado de otro lugar en el que parecía más apropiado; en caso de repetición de un verso, Aristarco lo marcaba con el asterisco (Ç) en el lugar en que lo consideraba acertado y con asterisco y óbelo (Ç-) en el lugar en que era inapropiado. Se empleará luego en los textos de los líricos para indicar cambio de ritmo y también para señalar el final del poema. El keraúnion (3⁄4) 57, con el que se indicaba una serie de versos espurios 58, no parece seguro que lo empleara Aristófanes 59. La diplÊ kaqará ("diplé pura y simple": >) 60 la usó Aristarco para señalar los versos que, a su juicio, presentaban alguna peculiaridad digna de atención: significado de alguna palabra en el que él discrepaba de los glwssográfoi; un pasaje malinterpretado por imitadores o estudiosos posteriores (los neÓteroi); etc. Hay una tradición que, como enseguida veremos, se prolonga hasta la Edad Media latina 61, según la cual, la diplé la empleó primero un tal Leogoras de Siracusa para distinguir el Olimpo del cielo, pues Homero llama a este último siempre oÐranón, mientras que con 4Olumpoj se refiere siempre al monte. Y si Aristarco señalaba con la diplÊ sus propias observaciones frente a otras ediciones o explicaciones, marcaba con la diplÊ periestigménh (AE) los versos en los que sus lecturas diferían de las propuestas por Zenódoto. Aristarco parece que usaba la diplÊ sola o combinada con puntos (periestigménh) 62 como señal de que la calificación de espurio era sospechosa y también la usó en combinación con la antisigma, de forma distinta a Aristófanes, para indicar un verso que debe seguir inmediatamente al marcado con la antisigma. La "diplé abierta hacia fuera" (a diplÊ a oecw blépousa, neneukuîa: " ") era empleada a veces con la misma función que el "párrafo", es decir, indicando final de estrofa; la "doble diplé" ("≥") marcaba el comienzo de la antistrofa, cuando entre ella y la estrofa había algunos versos intercalados. La sigma (Á) y la antisigma (Â), de las que podrían derivar nuestros signos de paréntesis, se dice que fueron introducidas por Aristófanes para marcar dos versos consecutivos de igual contenido (tautología) y, por tanto, intercambiables 64. Se dice asimismo que, mientras que Aristófanes usaba la antisigma para indicar repeticiones erróneas, Aristarco parece que la empleó para marcar alteraciones en el orden de palabras. Aristarco, cuando unos versos interrelacionados estaban separados por una interposición sin relación con ellos y parecía necesaria una inversión del orden, colocaba la antisigma (Â) junto al verso al que seguía la interposición y los versos pertenecientes a ella los marcaba con una stig-mÉ (.); con este simple punto marcaba los versos de cuya autenticidad dudaba, pero que no se atrevía a condenar con el obelo. Con la "coronis" (a korwníj: Î) marcaba el final; se colocaba, por ejemplo, tras el "epodo" para indicar el final de la tríada estrófica. El "párrafo" (la parágrafoj: p. grammÉ) consistía en un trazo breve debajo de las primeras letras de la línea en la cual aparecerá el final de la frase 65. Isócrates 66 había usado la forma paragrafÉ como uno de estos signos de anotación. Se usó como signo del final de cada estrofa, en cuyo caso era la única marca en el interior de las composiciones monostróficas. Como se ve, no todos estos signos 68 tienen una función o significado específicamente métrico; unos son ante todo filológicos, otros se diría que tienen un sentido básicamente sintáctico, fraseológico; todos ellos, sin embargo, así como los conceptos o fenómenos que representan, tienen, hasta cierto punto, en común el que, de manera más o menos directa, reflejan en último término aspectos diversos de la articulación rítmico-prosódica del habla. Así lo reconocen de forma más o menos explícita los artígrafos y gramáticos. Así terminará reflejándolo expresamente la tradición gramatical en época tardía y medieval, según veremos más adelante. La colometría de los versos líricos. Si la actividad de Aristófanes y demás filólogos fue trascendental para la historia posterior del texto homérico, no lo fue menos para la del hesiódico 69 y para el de la poesía lírica, incluida la integrada dentro del drama; en este campo se considera la obra de Aristófanes como "un acontecimiento que hizo época" 70; en efecto, al igual que Zenódoto o Alejandro de Etolia 71 o Licofrón habían intentado poner orden en los escritos de los épicos, trágicos y cómicos, así Aristófanes se ocupó de la producción de los líricos en conjunto: hasta entonces sólo se les había prestado atención de forma aislada; ahora se los reunió, clasificó y presentó en conjunto con arreglo a unos principios y criterios uniformes 72. De particular importancia fue la labor destinada a distinguir y marcar en los textos la estructura rítmico-métrica de dichas composiciones: su organización en estrofas y su articulación en cola 73. Aristófanes recurrió a un sistema de signos para marcar esta estructura, por ejemplo, los finales de las estrofas o de las antístrofas, o los de cada composición; o los cambios de ritmo 74. Por supuesto, este análisis métrico, a su vez, daba ocasión para descubrir falsas lecturas o cualquier otro tipo de alteración de los textos. Así, gracias a la obra de Aristófanes y de sus predecesores ha llegado a nosotros toda esta producción de los antiguos poetas líricos. Bien es verdad que sólo su componente lingüístico y sus formas métricas; no así, en cambio, su componente musical; de dicha música, podemos vislumbrar el factor rítmico a través de los textos conservados; lo melódico, en cambio, quedó irremisiblemente perdido; y ello a pesar de que hasta el siglo IV el méloj había formado con la lécij un todo indisoluble. Es precisamente a partir de entonces cuando se desencadena la disociación de los elementos de la antigua mousikÉ, que irán cobrando autonomía poco a poco, dando lugar a for- Cf. Bien es verdad que, como se sabe, los estudiosos no se ponen de acuerdo sobre la fecha en que se crearon y se difundieron dichos sistemas de notación de la melodía vocal y/o instrumental que acompañaba al texto. Nosotros los conocemos sólo por fuentes tardías (cf., por ejemplo, Neubecker 1977, pp. 118 ss.) y, aunque, como digo, las opiniones al respecto varían nada menos que entre los siglos VIII y III a.C., es más bien esta datación tardía la que suele prevalecer: cf., por ejemplo, West 1992, pp. 254 ss. -Es difícilmente imaginable que composiciones líricas tan complejas como las de Píndaro o como las del teatro circularan sin notación ninguna melódica ni rítmica, pero no tenemos noticias solventes que permitan afirmar con seguridad la existencia de dicha notación y menos de un modo sistemático. Este sistema no se documenta consolidado hasta mediados del siglo III a.C. Lo que existió antes queda para nosotros en la oscuridad. Parece que de los dos sistemas de notación alfabética de la melodía el más antiguo, al menos en su núcleo central, es el de la melodía instrumental; el de la notación de la melodía vocálica parece que se puede fechar a finales del siglo V o comienzos del IV a.C. -La primera notación musical de que tenemos noticia parece apuntar a unos años antes del 450 a.C. y al Noreste del Peloponeso, una región que por esas fechas se reconoce especialmente avanzada en técnicas y teorías musicales. La primera referencia explícita a estos sistemas de notación es la que hace Aristóxeno (nacido ca. C.) en los Elementa harmonica (II 39-41), donde aún muestra sus reservas ante el procedimiento. -Por todo ello, cuando vemos a autores como Aristóxeno o como Glauco de Regio (segunda mitad del s. V a.C.) referirse a la música de Olimpo, de Terpandro, de Safo o de Estesícoro, no debemos imaginar que había una tradición de música escrita. Una tradición musical existía, en efecto, pero era esencialmente oral. ISSN 0013-6662 mas de expresión hasta entonces desconocidas, como, por un lado, los versos recitados, sin melodía, o, por otro, la música instrumental "sin letra". Es en ese proceso de desintegración de la antigua mousikÉ donde se comprende la presencia de grupos de sofistas o de filósofos en general que, cuando se ocupan de la poesía antigua, atienden sólo a la lengua 75; una actitud próxima a la adoptada por los filólogos al editar a Píndaro o a Anacreonte. Dichas ediciones helenísticas dejaron a un lado la posible notación "musical", vocal y/o instrumental, que tal vez acompañaba al texto de las composiciones 76. Aunque con notables precedentes en este sentido, como los de Zenódoto o Calímaco o Eratóstenes, el paso decisivo en la edición de esta poesía lírica lo dio Aristófanes. Al lado no sólo de la poesía épica, sino también de la elegíaca y de la yámbica, en las que el componente musical era de menor entidad, lo que se entendía por poesía lírica era la auténticamente cantada, con acompañamiento ante todo de la lira o de otros instrumentos de cuerda similares e incluso también de danza. Es esta poesía la que se considera verdaderamente cantada, el canto por antonomasia, la melikÉ o lurikÉ poíh-77 La primera denominación parece la más antigua y, como se ve, hace referencia a su entidad de poesía cantada: méloj, aunque en principio puede que aludiera a la estructura rítmica de dichas composiciones (pues su significado originario parece que era el de "miembro", al igual que kÔlon: cf. Luque 1999b), pasó pronto a designar la estructura melódica, el canto. Méloj, por tanto, es una composición poética cantada y el autor es un melopoiój ("hacedor de canciones"), un "poeta mélico" (melikój poihtÉj) y el género es la melikÉ poíhsij, la "poesía cantada". Era ésta la terminología corriente, que luego se mantendrá en las disquisiciones o exposiciones teóricas. En cambio, en las listas de autores o en las referencias a las ediciones de sus textos, estos poetas son denominados lurikoí ("líricos": se habla de "los nueve líricos" šnnéa lurikoí -; Dídimo en época de Augusto tituló su libro Perì lurikÔn poihtÔn) y a partir del siglo I su poesía comenzó a ser denominada lurikÉ poíhsij, "poesía lírica", es decir, "poesía cantada al son de la lira". En latín melicus aparece a veces, por ejemplo, en Cicerón, pero el término corriente será lyricus, que se impone, sobre todo, a partir de época augústea: Horacio, por ejemplo, desea ser contado entre los lyricis (no entre los melicis) vatibus; Ovidio siempre empleará el término lyricus. Y otro tanto harán luego Quintiliano, Plinio o Séneca. Hasta entre los teóricos latinos terminará lyricus imponiéndose sobre melicus, término éste que, al igual que sus derivados, quedará relegado cada vez más al ámbito de la nueva jerga musical. -En todo este proceso de cambio terminológico sugería Pfeiffer (1968, p. 329), de quien he tomado estas notas, la posibilidad de reconocer la influencia de Aristófanes de Bizancio. Es, pues, en esta poesía donde más de lamentar resulta que en la codificación escrita que de ella se hace en esta época no quedara plasmado dicho componente melódico. El componente rítmico queda recogido en buena medida por la forma métrica, que en lo sucesivo iba a ser el único rasgo formal específico de estos géneros poéticos. En las clasificaciones de dichos géneros o subgéneros iba a intervenir esta forma métrica al igual que otros factores de contenido, una clasificación en la que debió de ser decisiva también la labor de Aristófanes. Las referencias que tenemos a la edición de los poetas líricos elaborada por Aristófanes son escasas; como ocurrió con el de Homero, su texto fue suplantado por el comentario de Aristarco. Sabemos de algunas observaciones suyas sobre la prosodia, pero no así de las que debió de hacer en el plano de la dialectología o de la ortografía. Ni siquiera se puede determinar cuántos poetas líricos editó. Sí parece, en cambio, seguro que los textos de los líricos que preparó Aristófanes se diferenciaban de todos los de los filólogos anteriores en algo fundamental: se hallaban dispuestos por miembros rítmico-métricos, por kÔla, no escritos seguidos como si fueran prosa. Antes de Aristófanes no tenemos noticias fehacientes acerca de la división en cola de los textos de poesía lírica. Sí es un hecho que los poetas de época de Filetas (ca. C.) y en especial los del círculo de Calímaco (ca. El papiro de los Peanes de Píndaro (P. Oxy. 841) y, en menor medida, los de Baquílides reflejan espléndidamente la técnica editorial implantada por Aristófanes. Bien es verdad que los papiros no presentan una consecuencia absoluta y total en el empleo de estas marcas y que el asterisco se fue haciendo cada vez menos frecuente: el epodo final del Pean V aparece marcado con una corónide y un óbelo; el principio del Pean VI, con un signo de separación interpretable como un asterisco. ISSN 0013-6662 300-240 a.C.) empleaban en tiradas estíquicas recitadas miembros (kÔla) de antiguas composiciones líricas, lo cual supone una atención especial a dichas articulaciones y sugería a Pfeiffer 78 la posibilidad de ver en esta práctica versificatoria de los poetas un antecedente de la práctica colométrica que implantará Aristófanes en sus ediciones. Aristófanes, por ejemplo, tenía conciencia de la repetición en serie de este tipo de unidades articulatorias y marcó sus comienzos con la parágrafoj. Las unidades estróficas tampoco quedaron sin marcar 79. En las composiciones monostróficas, como las de Safo o Alceo o Anacreonte, en las que una misma strofÉ, constituida por un determinado número de versos o kÔla, se repetía varias veces a gusto del poeta, se marcaban los límites de estrofa con la parágrafoj y el final de la última estrofa, es decir, de todo el poema con la korwníj. En caso de que el poema siguiente estuviera escrito en un metro distinto, Aristófanes empleaba el'sterískoj 80. En las composiciones de estructura triádica, a base de strofÉ,'ntístrofoj y špw7 dòj (a špw7 dòj strofÉ), las dos primeras partes van marcadas por la parágrafoj y el final del epodo, es decir, de la tríada por la korwníj o por el'sterískoj si se cierra allí la composición. Es éste el sistema descrito por Hefestión 81, que coincide con la práctica de los papiros: el de Alcmán (P. Oxy. 2.387, s. I a.C.) presenta el texto organizado en kÔla y las estructuras triádicas marcadas como acabo de decir, o sea, a base de parágrafos y corónide al final 82. En esta labor editora el análisis detenido de la estructura métrica y de las debidas correspondencias entre unas partes y otras detectaba, por ejemplo, interpolaciones, que eran condenadas con un óbelo al margen. No faltaron tampoco descuidos o malentendidos en esta labor de Aristófanes o de los primeros filólogos; equivocaciones, no frecuentes, por cierto, pero que fue- ron luego transmitidas fielmente de generación en generación 83. Aristófanes quedó ya para siempre como el responsable principal de la presentación de los textos líricos por cola (kwlízein), como se deduce, por ejemplo, de estas palabras de Dionisio de Halicarnaso, en las que se contraponen los miembros de la poesía a los de la prosa artística: Permíteme que llame 'miembros' no a aquéllos mediante los cuales Aristófanes o alguno de los otros métricos dispuso los poemas líricos, sino a aquéllos mediante los cuales la naturaleza exige que se divida el discurso y los muchachos de los rétores dividen los períodos 84. De la mélica sean los siguientes versos de Simónides. Están escritos conforme a las pausas de la lecturas, no como los miembros que establecían Aristófanes o algún otro, sino de los que reclamaría la prosa" 85. La colometría de Aristófanes quedó como algo canónico entre los métricos y fue repetidada una y otra vez durante toda la Antigüedad tardía y durante época bizantina; entonces recibirá algunas modificaciones por obra sobre todo de Triclinio. Hay que esperar, sin embargo, a la métrica moderna 86 para asistir a una reorganización interna de las estrofas, al ser reconocidos en el interior de ellas como unidades métricas y articulatorias básicas unos períodos (períodoi) cuyo final viene marcado por una serie de rasgos como el límite de palabra, el hiato o la indiferencia silábica; rasgos que, en cambio, no se dan en los límites de los miembros (kÔla) que componen dichos períodos 87. La edición de la poesía dramática. La labor filológica de Aristófanes de Bizancio, siguiendo probablemente la huella de algunos antecesores, alcanzó también a la poesía dramática, cuyas partes corales trató de organizar con la misma técnica colométrica, cosa que hasta entonces no se había hecho. Las partes recitadas, por lo general trímetros yámbicos, pero también algunos otros versos más largos, se pre-Siguiendo en esto la línea de Licofrón (s. III a. C.). sentaban escritas por "versos" (katà stíxon), es decir, en líneas (stíxoi) de igual longitud, al modo de los hexámetros de la épica. Trabajó Aristófanes sobre Menandro, autor por el que sentía una extraordinaria admiración, y es razonable pensar, con Pfeiffer, que se ocupó también del texto de otros autores de la "comedia antigua", como Cratino o Éupolis 88. La tragedia, en cambio, no parece haber suscitado tanto la atención de los filólogos y eruditos del siglo III. Tzetzes hace referencia a la diórqwsij llevada a cabo por Alejandro de Etolia. Galeno 89 cuenta que Ptolomeo III pidió prestada la edición de los tres grandes trágicos que había sido encargada por Licurgo 90 y depositada en los archivos públicos de Atenas con idea de obligar a los actores a seguir un texto oficial, libre de corruptelas; y cuenta también que dicha edición no fue luego devuelta, sino que permaneció en la biblioteca de Alejandría. No podemos determinar la entidad crítica de dicho texto, pero sí es probable que estuviera a disposición de Aristófanes de Bizancio desde el comienzo de su actividad. Los manuscritos medievales se hacen eco de posibles ediciones de trágicos llevadas a cabo por Aristófanes: alusiones a algunas variantes y shmeîa diacríticos suyos encontramos en los escolios a Eurípides. Los papiros dan pruebas también de un texto suyo de Sófocles. De Esquilo, en cambio, no hay ningún dato en este sentido 91. Por desgracia, de forma distinta a lo que ocurre con la poesía lírica, en este terreno de la poesía dramática no nos es dado conocer muchos detalles de la tarea llevada a cabo por Aristófanes de Bizancio. Las mencionadas referencias a él en los escolios a las comedias de Aristófanes 92 no permiten precisar mucho sobre su tarea crítico-filológica: corrigió, al parecer, nombres corruptos, marcó versos consecutivos intercambiables con las mismas marcas (sígma y'ntisígma) que había empleado en su edición de la Odisea, advirtió faltas, etc.; no se alude, en cambio, a intervenciones suyas en la indicación de los cambios de interlocutor, cosa que se esperaría en un gran filólogo como él. En los papiros antiguos y en los manuscritos medievales el cambio de interlocutor va indicado generalmente con el signo de parágrafoj y dos puntos; más tarde, tal vez recordando una antigua costumbre alejandrina 93 se Los grandes gramáticos, sin embargo, no parecen haberse preocupado mucho por estas marcas, lo cual puede ser, según Pfeiffer, la causa de la embarazosa inseguridad que muestran los manuscritos en este punto. indica dicho cambio mediante el nombre abreviado del personaje. Tampoco podemos determinar hasta qué punto la colometría establecida por él en estos textos dramáticos es la que conservan luego los manuscritos que han llegado hasta nosotros. En este terreno hubo, al parecer, después de Aristófanes una actividad filológica intensa y continua que llegó a oscurecer su labor. Así, por ejemplo, en el códice Véneto, el más famoso de las comedias aristofánicas, el texto de las Nubes se cierra con un colofón que hace referencia a la labor colométrica de Heliodoro (kekÓlistai šk 8HliodÓrou), metricólogo alejandrino del siglo I, antecesor de Hefestión y uno de los más antiguos representantes del denominado "sistema alejandrino" de doctrina métrica 94, que llevó a cabo una nueva edición de las comedias, en la cual, continuando la tradición de los grandes filológos alejandrinos de siglos atrás, distribuyó el texto de las partes habladas en stíxoi y el de las partes cantadas en kÔla (visualizando la estructura métrica a base de entradas -e2sqesij -y salidasoekqesij -), marcándolo además con todo el sistema de signos colométricos ya desarrollado por entonces (‰plÉ, diplÉ, dúo diplaí, korwníj, diplÉ kaì korwníj, etc.) y añadiendo un comentario métrico 95. Autor también de un manual escolar de métrica del tipo del que nos ha llegado de Hefestión, la autoridad de Heliodoro es grande entre los tratadistas posteriores. Y otro tanto demuestran los restos que de su análisis de las comedias de Aristófanes han transmitido los escolios a este autor 96. Se ha llegado a suponer 97 que la mayor parte de uno de los dos tratados Perì poiÉmatoj que figuran al final del 9Egxeirídion de Hefestión (pp. 60,9-62,14 Consbruch) proviene de Heliodoro. La presentación escrita de los textos latinos en verso. También en latín la peculiar estructura del lenguaje versificado frente al prosaico no pudo menos que hacerse sentir a la hora de representar uno y otro por escrito. Lo normal entre los latinos, tanto en inscripciones como en otro tipo de textos, era escribir cada verso en una línea; era ésta una práctica invariable cuando se trata de escritos en papiro o pergamino y habitual en las inscripciones. En la epigrafía, sin embargo, las limitaciones espaciales del soporte imponían a veces otra disposición e incluso hacían necesario recurrir a algún tipo de marca gráfica para reflejar la estructura métrica del texto 98. Si el verso no cabía entero en una línea lo más efectivo y frecuente era que al pasar a la línea siguiente se sangrara el texto restante 99. Pero si la disposición del texto era más confusa, se hacía necesario marcar de algún modo la especificidad del lenguaje versificado; Wingo 100 en este sentido distinguía tres grupos de marcas: unas que indican separación entre verso y prosa, otras que indican cambio de metro y otras que marcan límite de verso. Entre las primeras reconocía en el CIL un signo similar al sicilicus (') 101, el espacio en blanco (indicando el comienzo del pasaje versificado), la diplé (>: indicando el final de dicho pasaje) o un signo parecido al parágraphos (_ 102: que marca el principio y el final del pasaje). Para indicar cambio de metro se encuentran empleados el signo de la parágraphos y un signo más o menos así , colocado en el margen izquierdo. Los límites de verso se marcan de nueve formas distintas: con un espacio en blanco, con una hedera (À), con una virgula (/: es el recurso más común), con un signo que parece una variante de una virgula ( ] ), con el signo J, con el signo 1⁄4, con una marca parecida a ↑, con una especie de I tumbada y, en las inscripciones tardías (que ya no emplean el punto para separar palabras), con un punto. En los más antiguos códices que han llegado a nosotros con textos tanto en prosa como en verso los escribas parecen preocupados ante todo por señalar a base de una especial disposición del texto las unidades o divisiones mayores del mismo; luego se van introduciendo marcas para indicar pausas o subdivisiones dentro de dichas unidades. A partir de los siglos de la Antigüedad tardía dicha disposición del texto y dichas marcas se combinan como signos de "puntuación" en el sentido general del término. Es en la Edad Media cuando vemos reestablecerse una distinción entre la "puntuación" de la prosa y la del verso. En la prosa la disposición del texto se emplea para indicar los comienzos y finales de unidades mayores de dicho texto: capítulos, párrafos; las marcas gráficas se reservan para las divisiones internas dentro de dichas unidades mayores: delimitar las sententiae y dejar bien claras las unidades de sentido (sensus). En el verso, en cambio, tanto la disposición del texto como las marcas gráficas se orientan a reflejar la forma métrica de dicho texto. Téngase, sin embargo, en cuenta la tradicional relación entre período y verso: totus autem versus periodus est, escribirá San Isidoro103; una relación tradicional en la teoría de métricos, rétores y gramáticos, que comparten términos y conceptos como periodus, colon, comma; una relación que, de suyo, responde a algo más profundo, pues al fin y al cabo período métrico (verso) y período retórico no son sino un trasunto del período rítmico-musical. Además la propia denominación del período en el lenguaje versificado es ya reflejo, en cierto modo, de su entidad gráfica: stíxoj o versus son denominaciones que suponen una identificación entre unidad rítmico-métrica y línea de escritura. Muchos manuscritos medievales presentan ya el texto versificado dispuesto por versos, es decir, a base de un verso por renglón. A veces se añade una marca para indicar de manera redundante el fin de la unidad métrica, pero de ordinario basta con la disposición lineal, en cuyo caso la marca (por ejemplo, un punto alto -punctus elevatus -) se emplea para representar el final de una unidad semántico-sintáctica. Con frecuencia se emplean marcas al final de renglón para indicar, por ejemplo, fin de estrofa, pero a partir del siglo XIII se extiende la costumbre de colocar el signo de la parágraphos en el margen señalando el comienzo de una nueva unidad estrófica. Hay manuscritos en los que los versos aparecen escritos uno tras otro sin distinción alguna, como si fueran prosa. Otras veces la distinctio versuum se hace a base de las denominadas "mayúsculas internas", que indican el inicio de verso en la escritua continua. Estas mayúsculas iniciales de verso se em- plean incluso a veces, de manera redundante, en manuscritos que presentan el texto versificado dispuesto a base de un verso por línea. A partir, sobre todo, del siglo IX abundan los códices en los que para la presentación de los versos se toma como referencia una doble línea vertical en el margen de la izquierda. Dicha doble línea vertical es un recurso atestiguado desde antiguo y normalmente empleado hasta el siglo VI con una función precisa, la de marcar a base de e2sqesij o oekqesij determinadas características del texto o la presentación de dichas características, por ejemplo, las citas o la organización colométrica. Luego en los siglos VII y VIII, y quizá por obra de los monjes irlandeses, esta funcionalidad se va desdibujando 104. En lo que respecta al lenguaje versificado, ya en el códice Bembino de Terencio (Vat. lat. 3226 s. IV-V; Lowe CLA I 12; "A" en las ediciones) se constata que la doble línea del margen se emplea para distinguir tipos de verso: por ejemplo, Phorm. Esta funcionalidad de visualizar la polimetría se confirma 105, en un sentido, con el hecho de que en los códices más antiguos (hasta el siglo VI inclusive) de Virgilio, de Lucano y de otros poetas hexamétricos se organizan los versos por referencia a una sola línea vertical; en otro sentido, positivo, confirman dicha funcionalidad otros manuscritos de Plauto (Palimpsesto Ambrosiano: CLA III 345, saec. V), Séneca (Palimpsesto Ambrosiano: CLA III 346, saec. VI in.) y Próspero de Aquitania (CLA V 609) 106, todos ellos anteriores al siglo VII. En último término 107, este recurso no haría más que reflejar la práctica de las antiguas ediciones críticas, filológicas, que en su presentación de los textos se sometían a un sistema de signos (explícitos, es decir, a base de marcas gráficas, o implícitos, o sea, recurriendo simplemente a la presentación o visualización del texto) que dejaran patente a ojos del lector la peculiar articulación del texto editado: entre otras muchas cosas, si era en verso o en 108 Questa, lug. cit. 109 Al igual que desde tiempos remotos se colocaban en las ediciones griegas de obras de teatro los tetrámetros trocaicos catalécticos y otros similares, aunque de uso excepcional. En cuanto a los versos largos, en los textos teatrales griegos eran casi todos trocaicos 111; la decodificación del mensaje era, pues, fácil para el lector. En latín la situación era más compleja: los versos largos eran mucho más frecuentes, más variados e incluso se empleaban con frecuecia mezclados; la oekqesij representaba, por tanto, una realidad métrica menos unívoca. Los senarios centraban, como he dicho, la columna o la página. Sin embargo, Plauto presenta además amplios pasajes, incluso dialogados, en metros distintos del senario (por ejemplo, cuaternarios créticos o baquíacos) pero de la misma envergadura o longitud. Tales versos se alinean también con los senarios, de modo que, al igual que ocurre con los versos largos, tampoco es unívoca la indicación de esta línea central: por sí sola no decía al lector si tenía ante sí senarios o si tenía otro tipo de versos. Y otro tanto ocurría con los versos cortos o cláusulas; la tercera línea que los organizaba a todos en e2sqesij no indicaba nada sobre la naturaleza del verso en cuestión. Un panorama comparable, mutatis mutandis, a este de los textos de Terencio y Plauto ofrecen los de Prudencio o de Horacio 112. En los manuscritos de Séneca trágico se ha estudiado también la configuración general de la página y, más en concreto, la disposición de los trímetros en las líneas y los procedimientos por los que en dicha disposición se marcan las'ntilabaí, es decir, los cambios de interlocutor en interior de verso 113. La aclimatación en Roma de las prácticas y doctrinas filológicas. Ante la cuestión de cuándo se aclimató en Roma toda esta práctica de representar por escrito la articulación de los textos no hay datos para afirmar nada con seguridad. En lo que se refiere a la introducción en el ars grammatica de la doctrina de la puntuación a base de tres puntos a distintas alturas, se ha pensado en L. Elio Estilón (150-90 a.C.), que pudo haber coincidido en Rodas con Dionisio Tracio 114. C.), cuyo interés por las cuestiones del lenguaje y la claridad de la escritura es de sobra conocido, es probable que se interesara por estas cuestiones. Y otro tanto hay que suponer de Varrón (116-27 a.C.), que, por ejemplo, en el De sermone Latino recomienda el uso de una marca especial para indicar la presencia en final de verso de una brevis in longo 115. Pero de ninguno de los dos nos ha llegado ningún testimonio seguro al respecto. Algo parecido ocurre con los gramáticos y ortógrafos de la última República y del primer Imperio; ni una sola referencia se encuentra en las colecciones de fragmentos de Funaioli 116 y Mazzarino 117. Aunque resulta inconcebible que ninguno de estos filólogos o lingüistas hiciera alusión al asunto; es más, debemos suponer que no era así, en la medida en que es posible reconocer que muchas ideas e incluso fragmentos de sus obras pasaron como herencia a la tradición y figuran en los escritos de los gramáticos tardíos que han llegado hasta nosotros. Bien es verdad que lo razonable es suponer que estos gramáticos tardíos tomaron de dicha tradición sólo pasajes que les resultaban de interés para las necesidades de la época y que dejaron, en cambio, a un lado toda referencia a sistemas de puntuación que ya por entonces se habían hecho obsoletos. El hecho es que estos gramáticos tardíos se hacen eco una y otra vez con llamativa unanimidad del sistema de puntuación que, procedente de territorio griego, terminó aclimatándose en los manuales escolares romanos. Pero este sistema, según Wingo 118, poco tiene que ver con el sistema latino de puntuación de época clásica. Más bien es deudor del sistema de puntuación desarrollado para los textos griegos en los círculos filológicos de Alejandría. Remio Palemón (5-65 p.C.) pudo ser el introductor en la gramática romana de esta doctrina griega sobre la puntuación 119; su figura habría sido también en este punto, como en tantos otros, esencial para implantar en la gramática escolar romana (ars grammatica) lo que ya estaba consolidado en la téxnh grammatikÉ. Abonaría 120 esta idea el hecho de que dos o tres décadas después de su muerte se documenta el primer empleo de distinguere con el sentido de "puntuar". En efecto, en la práctica filológica de Marco Valerio Probo (20-80 p. C.) ya se entendía 121 el distinguere (puntuar) como tarea específica distinta del emendare (corregir) y del adnotare (adjuntar las marcas críticas de la tradición filológica alejandrina). Suetonio describe la labor filológica de Probo sobre los textos de autores antiguos, la mayor parte de los cuales se hallaban en mal estado, no sólo como depuración (emendare) de errores e interpolaciones y como oportuna anotación (adnotare), sino también como 'distinción' o señalización (distinguere): M. Valerio Probo, el de Berito (hoy Beirouth) anduvo mucho tiempo tras el grado de centurión, hasta que hastiado se dedicó a los estudios. Había leído en la provincia ciertos viejos librillos en casa del maestro de primeras letras, al mantenerse hasta la fecha allí el recuerdo de los antiguos y no haberse borrado por completo como en Roma. Al entrarle el deseo de repasarlos con más atención y luego de conocer otros, a pesar de advertir que todos eran desechables y motivo más de ofensa que de gloria o provecho para los lectores, no dejó de permanecer en su propósito y muchos ejemplares que fue reuniendo se ocupó de corregirlos, distinguirlos (es decir, marcarlos, puntuarlos) y anotarlos (es decir, con los signos diacríticos correspondientes) 122. obprobrio legentibus quam gloriae et fructui esse animadverteret, nihilo minus in proposito mansit multaque exemplaria contracta emendare ac distinguere et adnotare curavit. Si, como parece, remonta a Suetonio el fragmento sobre los signos diacríticos conservado en el códice Parisinus Latinus 7530, al que me referiré más adelante, habría que retrotraer como mínimo a esa época el empleo del simplex ductus (>) como signo de puntuación 123, un signo que, si se atiende al testimonio de San Isidoro, parece identificarse con el paragraphus 124. La tradición gramatical en época tardía y medieval. Como se recordará, dije más arriba que hay indicios suficientes de que, en general, las marcas empleadas por los filólogos para reflejar en los textos la articulación rítmico-métrica de las obras en verso fueron siempre vistas como algo próximo a los demás signos gráficos dedicados a recoger en la escritura el componente prosódico del habla, tanto en el nivel de las palabras (los signos "de acentuación") como en el de la frase (los signos "de puntuación"). De este modo acentuación, puntuación y anotación se vieron integradas como partes o aspectos de un único sistema general de grafemas que cubrían los aspectos del habla, del sonus vocis, no cubiertos por las letras del alfabeto. De este modo en la estructura habitual de la parte primera de los manuales de gramática, donde en estrecha vecindad con los capítulos dedicados a la lectura (perì'nagnÓsewj/de lectione) y a las letras (perì stoixeíou / de littera) aparecen de ordinario los dedicados a los acentos o prosodemas de palabra (perì tónou/de tonis, de accentibus) y a la puntuación o prosodemas de frase (perì stigmÊj/de distinctione, de posituris), ambos además en íntima relación, terminaron incorporándose otros sobre la anotación de los textos (de notis). El libro primero de las Etimologías de San Isidoro da un buen ejemplo de esto: de los capítulos 18 (De accentibus) y 19 (De figuris accentuum, donde ya se incluyen no sólo los acentos, sino las diez prosodias de la tradición gramatical antigua), pasa en el 20 (De posituris) a lo que nosotros entendemos por "puntuación" y de aquí, en el 21 (De notis sententiarum), como él 125 Orig. 126 Entre ellas la que antes he mencionado de Reifferscheid, que incluyó este texto entre las reliquiae de Suetonio, en la idea de que el fragmento podía remontar al historiador; algo que Keil siguió considerando probable; cf. también Müller 1964, p. 54, bajo Lucius Aelius Stilo. EMERITA (EM) LXXIII 2, julio-diciembre 2005 pp. 303-351 ISSN 0013-6662 mismo escribe, a "determinados signos gráficos que existieron en los más célebres de los autores y que los antiguos adjuntaron a poemas e historias (es decir, a verso y a prosa) para marcar los escritos". Entiende Isidoro estos "signos" como "figuras características, puestas a modo de letras para hacer patente una determinada razón de una palabra, de unas frases o de unos versos" 125. Son, según él, un total de veintiséis. A ellas añadirá en capítulos sucesivos (22-26) otras marcas de taquigrafía, de siglas jurídicas, militares, de lenguajes cifrados, e incluso otras señales que se hacen con los dedos o con los ojos, con las que también se habla en cierto modo. De aquí terminará pasando a hablar de ortografía (cap. 27 De orthographia) y luego de cuestiones pertenecientes a las otras partes de la gramática preconizadas, como vimos antes, en la Téxnh de Dionisio Tracio: De analogia (28), De etymologia (29), De glossis (30), etc., etc. Este pasaje de Isidoro figura en los folios 154 y siguiente del codex Parisinus 7530 (del año 780), en cuyos folios 28 y 29 se recoge también otro anónimo que, tras varios estudios y ediciones anteriores 126, incluyó Keil en el tomo VII de los Grammatici, pp. 533 ss. Ambos textos, además de testimoniar la pervivencia secular del sistema que iniciaron los primeros filólogos de Alejandría, dan cuenta del resultado de su evolución a lo largo y ancho de la Antigüedad Tardía y de la Edad Media occidental. Estos signos, como acabamos de ver, los considera San Isidoro garantizados por los mejores autores (apud celeberrimos auctores) y los entiende dirigidos a marcar (distinctio, nótese el término) el sentido (notae sententiarum) o la entidad de las palabras, de las frases y de los versos (ad demonstrandam unamquamque verbi sententiarumque ac versuum rationem). Y ello tanto en los textos en verso como en los en prosa (ad distinctionem scripturarum carminibus et historiis adposuerunt), si bien acto seguido los enumera como referidos exclusivamente al verso (notae autem versibus adponuntur numero viginti et sex). I 21,3: Obolus, id est, virgula iacens, adponitur El fragmento anónimo es más explícito en lo que respecta a la tradición antigua, tanto griega como romana, equiparando en este sentido la labor de Probo en Roma con la de los grandes alejandrinos, como Aristófanes o Aristarco. Un primer pasaje (534,4 ss.) en donde hace referencia a los gramáticos o filólogos que emplearon estos signos aparece corrupto y ha sido objeto de todo tipo de conjeturas 128; luego en la descripción de algunos de los signos hace referencia al empleo que de ellos hicieron estos antiguos filólogos. Los signos que se enumeran tanto en Isidoro como en el otro fragmento anónimo son los siguientes:
Al fin ha salido a la luz la esperadísima edición oxoniense de Metamorfosis de Ovidio a cargo de este prestigioso Profesor de Harvard, bien conocido por su comentarios al Agamenón (Cambridge, 1976) y al Tiestes (Atlanta, 1985(Atlanta,, 1998 2 ) de Séneca y por sus numerosos artículos sobre la obra de Ovidio. El prefacio se centra en la tradición del texto (pp. V-XXVII), en la valoración de las ediciones precedentes (pp. XXVII-XXXII) y en el método que el editor sigue en ésta (pp. XXXII-XXXVIII). El Index editionum et commentationum (pp. XXXIX-XLIII) es muy selectivo. No se citan algunas buenas ediciones que deberían estar incluidas, como las de G. T. considera otros pasajes como "loci suspecti", lugares cuya interpretación se hace difícil. Veamos algunos ejemplos: VI 582 carmen retinendum, cf. V 118, Verg., Georg. Respecto a sus predecesores en el establecimiento del texto, en aras de la brevedad de su aparato crítico, T. omite más de lo necesario. Igual ocurre con el reconocimiento de los filólogos que se han esforzado de un modo plausible en mejorar el texto ovidiano. Como antes, sólo me detengo en unos pocos ejemplos: I 333 sonanti sonaci Beroaldus (teste Naugerio), Naugerius et Vivianus ex suis, prob. Por lo demás, La presentación del volumen es buena, con un cuerpo generoso en el tipo de letra y ausencia casi total de erratas (se percibe la curiositas de L. Holford-Strevens). Hubiera sido deseable evitar que los hexámetros se dividan en dos líneas. Se echan de menos los encabezamientos de las sucesivas metamorfosis (es decir, los nombres mitológicos por los que son conocidas), que como todos sabemos son de gran ayuda para los lectores. En resumen, no cabía esperar menos, sino más, de unas Metamorfosis de Oxford (Oxford Classical Texts), y de Tarrant, tan largo tiempo esperadas. Nota: Estoy en deuda con Antonio Ramírez de Verger por su minuciosa lectura de estas páginas y su inestimable aportación a ellas. ANA PÉREZ VEGA Universidad de Sevilla ERATÒSTENES DE CIRENE. Edición crítica, introducción, traducción y notas de JORDI PÀMIAS I MASSANA. Catasterismes, de Sergi Pàmias, es triple: por su edición crítica, comentarios astronómicos y mitográficos y traducción, por este orden. C., recibió una formación ecléctica en su ciudad natal y en Atenas en la que alternaban elementos estoicos y académicos; fue el segundo Director de la Biblioteca del Museo de Alejandría en tiempo de Ptolomeo Evérgetes y un gran conocedor de muchas ramas del saber (geografía, matemática, física, cronografía, etc) al tiempo que poeta y "filólogo", término que aplicó para sí. Su muerte acaeció alrededor de 195 a. C. Eratóstenes, fiel a sus supuestos sobre la relación entre ciencia y poesía (el fin de ésta es deleitar, y no adoctrinar, como aquella), escribió también poemas astronómicos como Erígone o Hermes y es autor de una obra astronómica-mitográfica llamada Catasterismos. Se entiende por "catasterismo" tanto el hecho de convertir en constelación a un ser mitológico y trasladarlo al cielo, como también la constelación resultante. 22), tomado de la tradición literaria catalana. Ofrece también un breve panorama de la evolución de la mitología astral en Grecia (pp. 17-28): A pesar de que conservamos algunos vestigios de una religión astral en Grecia en épocas remotas, puede decirse, en general, que los griegos fueron poco devotos del culto a los cuerpos celestes y no desarrollaron una rica fabulación, aunque este desinterés, con el tiempo, se detuvo e incluso invirtió, probablemente por influencia oriental. En lo que se refiere a los catasterismos, Pàmias llega a poner en duda que este concepto, aplicado a este conjunto de leyendas, entrañe en todos los casos una metamorfosis, pues cree que algunas constelaciones pueden considerarse como una imagen, trasunto o copia de la figura de un personaje mitológico entrevisto en el cielo. Este tipo de leyendas tienen poca relevancia en Homero, que distingue entre la leyenda de un personaje y la constelación sin hacer de aquél la causa de ésta. Evolucionan con Hesíodo y toman carta de naturaleza definitivamente al principio del siglo V. a.C, según consta en autores como Ferécides de Atenas, para acabar desarrollándose en plena época clásica. En efecto, Sófocles y Eurípides trataron algunos de estos personajes mitológicos en distintas tragedias perdidas, si bien los testimonios de los catasterismos propiamente dichos (la conversión en constelación), al encontrarse sólo en las leyendas de Eratóstenes, debilita una atribución segura a estos autores en lo que se refiere a su origen literario. En cualquier caso, es en la época alejandrina cuando los catasterismos quedan consagrados. Este hecho puede deberse a la importancia que se da entonces a la etiología, al estudio de las causas, y al aumento de medios para el estudio, como la confección de manuales y catálogos, todo ello en el contexto de un mayor conocimiento científico. La no constancia temprana de mitos catasterísticos en la literatura griega parece innegable. Más dudoso es el hecho de aceptar, como hace Pàmias (p. 22), un carácter no popular de este tipo de leyendas. En efecto, no podemos saber a ciencia cierta qué idea tenían acerca de estos mitos los griegos en época pre-helenística, al margen de testimonios casi exclusivamente literarios (de la misma manera que el hecho de que Homero no haga referencias a constelaciones o a personajes convertidos en estrellas sólo demuestra que Homero no habla de tales constelaciones o personajes convertidos en estrellas, sin que se pueda desprender de ello que no los conociera o que no fueran populares). No conservamos la obra original de carácter astronómico-mitológico de Eratóstenes. La historia de la tradición de los Catasterismos es larga y está casi indisociablemente unida a la de los Fenómenos de Arato, el famoso autor del siglo IV-III a. C. Los intentos de reconstrucción de la obra originaria se remontan al último cuarto del siglo XIX. Con la publicación de Kart Robert, en 1878, de las Eratosthenis Catasterismorum Reliquiae, los estudios avanzaron significativamente. Robert supuso una obra original de Eratóstenes, a la que llamó Catálogos, de la que derivaría una versión reducida, los Catasterismos, que intenta reconstruir. Se trata de una edición sinóptica a cinco columnas: el primer testimonio es el Epítome (cuya primera edición, obra de John Fell, data de 1672; después se sucedieron otras cinco hasta la de Robert); le siguen los escolios griegos intermitentes de Arato, y, en latín, los escolios a la traducción de Arato de Germánico (que ya había editado Breysig en 1867), la recensión interpolada del Aratus Latinus y los extractos de la obra astronómica de Higinio (el libro II, de tema mitográfico, y el III con los catálogos de estrellas). En los últimos años del siglo XIX, en medio de un gran interés por los estudios astronómicos, se sucedieron otros descubrimientos y ediciones. Así, la del Epítome de Olivieri, de 1897, en la que incluyó el manuscrito Venetus Marcianus 444. Al año siguiente, por obra de Maass, la edición del Aratus Latinus (traducción latina de una antigua edición de los Fenómenos en la que se intercalaban los capítulos de los Catasterismos y listas de catálogos) y, en 1899, la publicación de Rhem, en sus Eratosthenis Catasterismorum Fragmenta Vaticana, del códice Vaticanus graecus 1087 (del que el Marcianus 444 es copia). En su memorable estudio Histoire du texte des Phénomènes d ́Aratos, J. Martin expuso en 1956 magistralmente el origen y proceso de esta tradición: Higino, autor de una Astronomía en época de Augusto, sería el reflejo más fiel y completo de la obra de Eratóstenes, y sirve, por sí mismo, de contrapeso de todos los otros testimonios, aquellos que proceden de la denominada edición F de Eratóstenes, la que se remonta a una edición asociada a los Fenómenos de Arato. Estos son: los textos que acompañan a la traducción de Germánico, el Aratus Latinus y la recensión interpolada de éste, a más de los escolios a Arato. Los restantes testimonios de esta rama, la de la tradición del Oriente Bizantino, son el Epítome (colección de 44 leyendas breves de personajes mitológicos convertidos en constelaciones y la descripción de éstas) y los Fragmenta Vaticana. Pàmias edita, por una parte, el Epítome, esta vez colacionando, por vez primera, el manuscrito Edimburgensis Adu. 15, el arquetipo de prácticamente toda la tradición del Epítome, redactado casi seguramente por Máximo Planudes, aunque con enmiendas de una segunda mano, probablemente Triclinio, y, por otra parte, en una columna frente al Epítome, otra recensión, la de los Fragmenta Vaticana (con inclusión, entre otros, del Scorialensis S III, 3, descubierto por Martin y un Salmanticensis, el 233). La edición, con sendos aparatos críticos "generosos" -como indica el autor-en cuanto a variantes y conjeturas de antiguos editores (Robert, Olivieri, Maass, Rhem, etc.) ilumina la historia del texto y resulta utilísima para su reconstrucción. En este terreno nos hallamos ante una edición modélica. Esta cuidada edición se complementa con una traducción al catalán y numerosas notas. La traducción es del Epítome, aunque incorpora de manera fluída en el texto entre llaves los testimonios complementarios de los Fragmenta Vaticana. De entre las 386 notas, algunas son explicativas, otras sirven para ilustrar los más diversos aspectos. Algunas centran el contexto astronómico-mitológico. Sigue en éstas a eruditos de la tradición astronómica griega de finales del XIX, como F. Boll y W. Gundel, a autores clásicos, como Cumont, o a otros más modernos, como Dicks. Sigue también a autores como Van Der Waerden, que resulta muy útil a la hora de establecer comparaciones con otros contextos culturales, como el mesopotámico, o a Scherer, fundamental para el ámbito indoeuropeo. Algunas notas son puramente mitográficas, como las extraídas de la monumental e imprescindible obra de Roscher. Otras reconstruyen mitos a partir de diferentes testimonios mitográficos (Hesíodo, Pausanias, Apolodoro, Higino, etc.) o hacen referencia a obras no conservadas de autores como Ferécides, Paniasis o los trágicos, para cuyos fragmentos utiliza recientísimas ediciones. La mayoría de ellas, por su extensión, pueden considerarse más bien comentarios y suelen dar cuenta de interpretaciones míticas de estudiosos modernos (Burkert, Vernant, Bonnefoy, etc.). En un gran número de éstas predomina un enfoque "ritualista". El libro se cierra con dos Apéndices: La lista del Anonymus II, 2, 1 de la edición de Maass ( 1893), muy importante para la atribución segura de los Catasterismos a Eratóstenes, que reproduce el orden originario de las constelaciones en los Catasterismos, y el Anonymus II, 2, 2, que añade a cada constelación la suma de estrellas. Siguen, por último, índices de autores antiguos citados en la obra, de lugares y de personajes mitológicos. La bibliografía, cuyas obras aparecen brevemente comentadas (pp. 55-66), es muy completa. En conclusión, estamos ante una obra magnífica, cuya edición, traducción y comentarios servirán, sin duda, para el conocimiento de Eratóstenes y como fundamento indispensable de estudios astronómicos y mitológicos. JOSÉ RAMÓN DEL CANTO NIETO. Jean Irigoin ya había publicado en 1997 una recopilación de trabajos bajo el título Tradition et critique des textes grecs (Les Belles Lettres, París), en la que se recogían, tras una breve introducción general con el mismo título, los resúmenes de sus conferencias en la École pratique des hautes études, pronunciadas entre 1965 y 1979, y de sus lecciones en el Collège de France, entre 1986 y 1992. A los trabajos entonces publicados -referentes a la transmisión textual de un buen número de autores griegos clásicos -se les suman ahora los contenidos en este segundo volumen recopilatorio, en el que se recogen cuarenta y siete contribuciones más, ya publica-EMERITA (EM) LXXIII 2 julio-diciembre 2005 pp. 353-370 ISSN 0013-6662 das en su mayoría (aunque a menudo de difícil acceso incluso en buenas bibliotecas, por haber aparecido en actas, homenajes, etc.) pero a las que se han añadido algunas inéditas o escritas ex professo (números 1, 9, 25 y 38 de la recopilación, según se consigna en la lista de pp. 779-782; la que en ésta aparece con el número 40 es la única escrita en colaboración, junto con Brigitte Mondrain: se trata de la aparecida en la publicación de homenaje al profesor Sicherl editada en 1990 por -convendrá subsanar la omisión en la referencia de p. Se termina de reeditar con ello una amplia parte de lo escrito por Jean Irigoin sobre temas de tradición textual, tan esencial en su producción como filólogo; confiamos en que a estos dos volúmenes pueda añadirse en breve el que debería contener específicamente sus muchos y no menos importantes trabajos sobre paleografía y codicología griegas. Según advierte el autor (p. IX), se han introducido tan sólo esporádicamente mejoras de detalle, señaladas cuando se ha considerado necesario; pequeños complementos se han insertado asimismo, marcados entre corchetes. Ordenados «selon un plan loqigue» (como se apunta en la contraportada y el lector observará en las cabeceras pares del texto, si bien no se ha consignado así, curiosamente, en el índice general), se han distinguido, aparte de la «Introduction», seis grandes grupos temáticos: «Quelques principes», sobre principios y problemas básicos de la edición crítica (contribuciones 2 a 6), «Problèmes généraux», sobre cuestiones de transmisión en general (7 a 12), «Études de cas», sobre autores particulares (13 a 24), «L 'Italie méridionale», sobre transmisión textual griega en el ámbito italogriego y occidental (25 a 38), «Vers le livre imprimé», sobre primeros impresos (39 a 44) y «Trois maîtres», con trabajos de carácter biográfico sobre historia de la filología clásica del pasado siglo (45 a 47). Es casi imposible -y sería de todo punto absurdo, salvo en clave borgesianareferir sistemáticamente los contenidos de una recopilación tan extensa, lo cual exigiría la práctica transcripción de tantas y tantas páginas sustanciales, repletas de datos concretos. Todas las secciones contienen contribuciones del máximo interés, por diferentes motivos: entre las más metodológicas o programáticas destaca el tratamiento de asuntos verdaderamente esenciales, como el del concepto de arquetipo, el de la selección y uso de variantes, el de los estemas bífidos o el de los accidentes materiales de los manuscritos como elemento crítico (un extenso trabajo de 1986pp. 79-131 -que, basado en lo que algunos llaman "codicología estemática", puede considerarse muy representativo de la teoría y la práctica más características del autor). También destaca en este sentido el segundo trabajo de la recopilación, publicado en 1981 bajo el título «La critique des textes doit être historique», verdadero manifiesto que dará lugar al subtítulo del conjunto de la recopilación y que recoge la idea básica de la misma: «la nécessité d 'une critique enracinée dans l' histoire» (p. Los temas fundamentales se plantean siempre, en suma, desde la solidez teórica: no se cuestiona por ejemplo la abstracta estemática, una práctica «théoriquement sûre», si bien «elle se heurte à des difficultés variées» (p. Así, el autor aboga por un prudente "reajuste" de la teoría de Maas, de modo que el método atienda muy especialmente a la tradición y se deje enriquecer por las observaciones realizadas en el ámbito codicológico, y no se abstiene de criticar la posición "insoutenable" mantenida por Dawe (p. 31), emblemáticamente, en algunos de sus trabajos. El autor defiende asimismo, desde la prudencia, el consabido recentiores non semper deteriores (pp. 32, 49-50, etc.) Tras los capítulos dedicados a problemas de transmisión en general (7 a 12), desde las épocas clásica y helenística hasta época bizantina, se atiende a un buen número de casos particulares (13 a 24), en obras y autores bien diversos: colección hipocrática, Aristóteles, historiadores, Plutarco, Diógenes de Enoanda, Babrio, Pausanias o los autores dramáticos recreados por el erudito bizantino Juan Catrares. Una atención muy particular se presta a la transmisión textual griega en Italia (fundamentalmente en la meridional, de Tierra de Otranto a Sicilia), desde la antigüedad tardía hasta el siglo XIV (25-38). Se trata de un campo de estudio que ha conocido avances espectaculares en los últimos años en el campo de la codicología y la paleografía griegas, y en el que la obra de Irigoin destaca muy particularmente junto a la de unos cuantos -pocos -estudiosos más. En el apartado se incluye una de las aportaciones originales del volumen, del mayor interés para el estudioso, sobre manuscritos italiotas y traducciones latinas de tratados científicos y técnicos (38, pp. 599-612). No es de extrañar la sección dedicada a ediciones impresas (principes por lo general), dado el interés mostrado tradicionalmente por Irigoin hacia este tema (en el que siempre habrán de destacarse los excelentes trabajos de Martin Sicherl), y tampoco la dedicada a historia de la filología, sintetizada en tres figuras de especial interés para el autor, por razones diversas, y también entrañables para cualquier interesado en la materia: Dain, Pasquali y Chantraine, de modo que la obra no se halla exenta del latido biográfico que humaniza la filología y que tan magistralmente ha sabido imprimir siempre Irigoin a su quehacer académico y científico. Con carácter general, cabe destacar asimismo el magnífico didactismo quedentro de la mejor tradición francesa -exhibe constantemente el autor, diestro también en el difícil arte de comunicar su saber con rigor y sencillez (cabe destacar la introducción "conceptual" que inicia la obra, la contribución número 4 o la significativa nota sobre las faltas de mayúscula en pp. 15-18). El autor tampoco se priva de proporcionar, esporádicamente, algún consejo experto, como cuando -desde un buen criterio metodológico, casi deontológico -recomienda abstenerse de emitir hipótesis sin fundamento sólido, por ser con frecuencia contraproducentes en el terreno científico (pp. 496-497). La obra, imprescindible en la biblioteca de cualquier interesado por la transmisión de la literatura antigua y por la historia de la cultura en general, se cierra con cinco índices diversos (pp. 739-777). La presentación es impecable, y el buen trabajo realizado se revela también, como siempre, en los detalles (como el de señalar al margen la correspondencia de páginas con las de las correspondientes publicaciones originales). Las erratas son imperceptibles (como en p. Por sólo cua-EMERITA (EM) LXXIII 2 julio-diciembre 2005 pp. 353-370 ISSN 0013-6662 renta euros (según contraportada) puede adquirirse esta recopilación, obra del autor de una vasta literatura científica, óptimo conocedor de la tradición y del libro medieval (portador a menudo de claros vestigios de sus predecesores tardoantiguos e incluso antiguos, pp. 23-24), que recorre la historia del saber en su conjunto, casi como un bello itinerario personal, pero común a cuantos sabios han sido: aprender todo lo posible (y en última instancia lo que otros ya llegaron a conocer, enriqueciendo así sus vidas) y aportar cuanto se puede a ese solidario acervo común. Destaca la erudición del autor, pero también la credibilidad que siempre la impregna. Es Irigoin, en suma, heredero de una tradición filológica esplendorosa. No deja de conmover a un lector actual cómo se alude en p. 693 a la formación de Alphonse Dain, quien «au petit séminaire de Chauny, dans l 'Aisne» realizó sus estudios de secundaria; «il y reçut une solide formation classique», algo que hoy resulta casi inimaginable en un centro de enseñanza secundaria de cualquier país de la culta Europa. En esa otra tradición -no tan lejana aún, pero hoy casi exterminada -es en la que se enmarca este libro y a la que responde la trayectoria de su autor. ÁNGEL No es hoy frecuente que la erudición deleite, como es el caso. Huygens, desde su larga experiencia como editor de textos medievales latinos (fundamentalmente en la Continuatio mediaeualis del Corpus Christianorum), ofrece aquí una reflexión clara, profunda y -además -amena sobre el "arte" (p. 9) de editar tales textos, de modo que, en sólo algo más de ochenta páginas, encontramos planteados los problemas fundamentales de la edición y la crítica de textos latinos medievales, así como algunas de sus posibles -o aparentemente más sensatas -soluciones técnicas. Este carácter práctico de la obra resalta en cada página: lejos de perseguir una prolija exposición teórica, el autor se limita a dar -sin los pruritos de falsa modestia hoy tan en boga y con cierta ironía en ocasiones -todos aquellos consejos que pueden ayudar en su opinión a evitar la edición fallida y a elaborar la mejor edición "dentro de lo posible" (pp. 9, 11), desde criterios básicamente ortodoxos (pese a la reserva expresada al respecto en p. 7), aunque no siempre, por cierto, fáciles de aplicar (p. Destaca, pues, la sobreabundancia de consejos, a menudo excelentes, como el que invita al editor a conocer a la perfección la Vulgata (pp. 12-13), base de buena parte de la fraseología en todo tipo de textos medievales. 20), ni hay que tener miedo ante la corrección de los manuscritos si se considera necesario, siempre que no se corrija al propio autor (pp. 50-51: «n 'imprimez jamais sans explication un texte que vous jugez douteux», pues «agir ainsi est malhonnête»), conviene verificar las lecturas sobre fotocopias (y no sólo sobre microfilme o microficha; p. 30), así como trabajar sobre una edición de base mediocre («la moins satisfaisante», según p. 31), traducir lo que se edita, aunque sólo sea para uso privado (p. 62), y hacerlo con sentido común (p. 63: «Ars edendi veut dire "l 'art d' éditer" et non pas "l 'art de dîner"...»), confeccionar un aparato crítico que sólo consigne las variantes estrictamente necesarias (p. También da sus consejos en campos tan esenciales como el estudio de variantes o el de la estemática, disciplina que no se pone en cuestión y que dará lugar a un estema preferiblemente sencillo (p. El autor no se abstiene de enseñar, asimismo, aquí y allá, sobre cuestiones concretas (p. 39 [sobre la distinción terminológica entre "origen" y "proveniencia" de un manuscrito], p. 96, pp. 60-61, etc.), ni de hacerlo sobre problemas tan difíciles como el de la ortografía o el de la puntuación (pp. 34-35, 57; en el primer caso recomendando, por ejemplo, una prudente normalización, o bien el ajustarse al tenor de un solo manuscrito). Se observa en todo momento el amor de Huygens hacia los códices, sin llegar a su sacralización, casi siempre desde la parte del texto... (p. Y todo ello se ilustra mediante abundantes ejemplos, de gran pertinencia y originalidad, de propia cosecha, sin rehuir a veces observaciones o valoraciones de carácter estrictamente personal (como en p. 80, en sentido homenaje a Norberg). No faltan, pese a la brevedad del opúsculo, un índice de nombres modernos y otro, igualmente útil, de materias, cumpliéndose así lo prescrito taxativamente en p. El autor tampoco se detiene ante la crítica, tan clara como justa, de ciertas traducciones ajenas, tan ostentosamente infelices a veces (p. El libro que reseñamos entusiasma mientras se lee, por su extremada exigencia filológica (susceptible de producir un cierto escándalo: cf. S. Gwara, Speculum 78, 2003, pp. 531-533) y -debemos insistir -por su excelente humor, reflejado en abundantes anécdotas de gran finura (nos quedaríamos quizá con la recogida en p. 26, a propósito del especialista en patrística Germain Morin, quien no dudó en recomendar encarecidamente a Dold -previa consulta prudentísima al respecto por parte de éste -la edición de una serie de textos de gran interés y sin duda alguna todavía inéditos..., pero que luego resultó habían sido editados en realidad diecisiete años antes, por obra del propio -y olvidadizo -Morin, a partir del mismo manuscrito descubierto ilusionadamente por el sabio Dold y en la misma Révue Bénédictine...). Al llegar al final de este pequeño libro, cuando el autor advierte de que en el mundo de la edición medieval la mies es mucha y los obreros son muy pocos (p. 75; ya antes había advertido, por ejemplo, sobre la paulatina desaparición del conoci-1 V. E. A. Fischer, «Innovation Through Translation: The Greek Version of Ovid 's Amatory Poems», en A. R. Littlewood (ed.), Originality in Byzantine Literature, Art and Music, Oxford, 1995, pp. 93-98. 109), queda quizá en el lector la sensación de que se predica en él un rigorismo -manifiesto por ejemplo en la viva recomendación de que se eviten concienzudamente las erratas (pp. 70-75) -que hoy puede parecer casi "anacrónico", propio de otros tiempos y de otros hábitos filológicos. Quizá por eso precisamente convenga hoy detenerse a leer sus páginas, con fruición y sin miedo a ir -también en esta materia -a contracorriente: el conocimiento profundo de una filología metódica, inteligente y responsable, como la que muy a menudo se practicaba todavía ayer, puede ser el mejor acicate contra el desánimo al que hoy tiende a abocarnos -precisamente desde su honda aversión hacia la filología como instrumento de humanización -la tediosa y embustera cultura dominante, a la que -en el abismo de su agrafia -no interesa demasiado, por cierto, cómo se editen los textos latinos medievales. ÁNGEL Máximo Planudes, autor de la traducción griega de las Metamorfosis de Ovidio que aquí se edita, fue el filólogo bizantino más ilustre de su época ( † 1305). Desarrolló una actividad incansable como editor de Plutarco, la totalidad de cuyas obras completas conocidas entonces y ahora consiguió reunir en un famoso códice (Ambros. 1294-95) que constituyó un punto y aparte en la tradición manuscrita plutarquea. Se ocupó de copiar, corregir y anotar textos poéticos, históricos, filosóficos y científicos, no sólo los muy leídos y estudiados en Bizancio Heródoto, Tucídides, Aristóteles y Platón, sino los ya menos difundidos Arato, Diofanto, Nicómaco de Gerasa o Euclides. Revolucionó la aritmética introduciendo el uso del número 0 y la gramática del griego antiguo con su teoría de casos. Como se puede ver, la lista de sus méritos es inmensa. A pesar de que conservamos distintos ejemplos de la pudibundez de este monje constantinopolitano (en su copia de Heródoto, Planudes suprimió el pasaje [I 199] sobre la prostitución sacra en Chipre), se ha atribuido a Planudes la traducción de obras sorprendentes en su pluma como el Ars amatoria, los Amores y los Remedia Amoris. Si bien, en estos casos, la autoría de Planudes es dudosa 1, son en cambio con seguridad obra planudea las traducciones de las Metamorfosis y las Heroidas de Ovidio, el ciceroniano Somnium Scipionis con comentario de Macrobio, los Disticha Catonis, el De consolatione philosophiae de Boecio, el De duodecim abusivis saeculi de Pseudo-Cipriano y el De trinitate de San Agustín. Ignoramos cómo adquirió Planudes sus conocimientos de latín, aunque es probable que fuera en las comunidades dominica o franciscana de Constantinopla. En generaciones sucesivas, otros eruditos bizantinos como Demetrio Cidones tradujeron del latín las obras de santo Tomás y el camino así iniciado por Planudes y su traducción de san Agustín llevó a la introducción de la teología católica en Bizancio y facilitó la conversión al catolicismo de parte de su élite intelectual.La presente edición es un jalón más de una labor de largos años sobre las traducciones planudeas, durante los que tanto Papazomópulos como Tsavari han editado otras obras, en concreto, las traducciones del De trinitate 2 y de las Cartas de Ovidio 3. Está basada únicamente en el cód. Suec. gr. 132) que no es copia autógrafa de Planudes, como Tsavari quisiera creer, pero sí ha sido corregido por el autor. El resto de la tradición manuscrita depende del cód. R. En la introducción, se valora brevemente la traducción y se analiza con más detalle tanto la tradición del texto como las ediciones anteriores. La obra se completa con un índice de nombres propios y de términos griegos acompañados de su equivalente latino. INMACULADA PÉREZ MARTÍN IFL-CSIC QUINTUS OF SMYRNA, The Trojan Epic. Debemos esta nueva versión inglesa de las Posthoméricas de Quinto de Esmirna a Alan James, profesor emérito de filología clásica en la Universidad de Sydney. Se trata de una nueva traducción que, sin perder de vista todos los estudios y traducciones anteriores, nos ofrece una aproximación al poeta griego más cercana al lector contemporáneo. El libro comienza con una introducción en la que el profesor Alan James presenta un interesante estudio introductorio sobre el poema de Quinto de Esmirna, que divide en seis apartados: "Homero y el ciclo épico", "El ciclo épico y Quinto", "Las características de la Épica Troyana", "La estructura de la Épica Troyana", "La traducción" y "Nombres propios". En primer lugar, sitúa al autor dentro del género de la épica y relaciona su obra con la tradición literaria de la guerra de Troya, en espe-EMERITA (EM) LXXIII 2 julio-diciembre 2005 pp. 353-370 ISSN 0013-6662 cial Homero y el ciclo épico, a lo que añade, ya en otro nivel, las Argonáuticas de Apolonio de Rodas, y la Eneida de Virgilio. A continuación, expone las dificultades que se han encontrado para la datación de las Posthoméricas, y analiza detalladamente todos los datos que han favorecido esta labor: terminus ante quem y terminus post quem, el lenguaje utilizado, la influencia de otras obras, y la reveladora publicación en 1984 del poema hexamétrico cristiano La visión de Doroteo. Para completar esta información, James hace referencia también a la crítica textual que se ha generado en torno al poema de Quinto: desde los primeros manuscritos del monasterio griego de San Niccoló di Casoli (Italia), hasta las ediciones y las traducciones que comenzaron a hacerse ya en el siglo XVI, así como el primer intento serio de crítica textual llevado a cabo por L. Rhodomann en 1604. Otro de los temas que se trata en la introducción es la conocida acusación a Quinto de Esmirna de imitar en exceso a la épica de Homero, que en ocasiones exagera. James estudia cuidadosamente este hecho, compara el estilo de los dos autores, muestra sus parecidos y sus diferencias, y señala la originalidad y las innovaciones de Quinto de Esmirna dentro del género épico. Esta comparación lleva al editor a reflexionar sobre el grado de oralidad presente en la composición de la épica griega, cuestionando algunas de las conclusiones a las que llegó Milman Parry al respecto. Centrándose concretamente en las Posthoméricas, Alan James hace un análisis tanto de los elementos formales (el estilo, el lenguaje, la métrica...) como del contenido, que refleja una moral estoica cercana a la del cristianismo. Asimismo, presenta un esquema de la estructura del poema, y observa cómo se adaptan a esta estructura las estrategias narrativas empleadas por Quinto de Esmirna. Para terminar su introducción, James hace una selección de la bibliografía más importante. En cuanto a la traducción, James considera las ventajas y desventajas de las versiones anteriores: prosa, pentámetros yámbicos, rima, verso libre... Finalmente opta por una traducción versificada de acuerdo con el siguiente esquema: 5 ó 6 sílabas acentuadas separadas por 1 ó 2 sílabas no acentuadas. Esta alternancia proporciona una gran flexibilidad a la lectura del poema, a la vez que permite mantener la correspondencia de versos con el original. Evita la rima, que, además de no reflejar la realidad del verso griego, considera impropia de la poesía narrativa de lengua inglesa. Por último, trata de mantener un inglés "estrictamente contemporáneo", sin arcaísmos ni expresiones demasiado elevadas. Tras el poema, esta edición incluye un resumen crítico de cada libro, que comienza con una síntesis general del contenido, y se completa con la descripción pormenorizada de determinados grupos de versos. A continuación, Alan James añade un apartado titulado "Commentary", donde analiza también todos los libros del poema y comenta detalladamente cada uno de los versos, señalando las correspondencias intertextuales con otros poemas épicos. Finalmente, la obra cuenta con un índice de nombres propios, que facilita la rápida consulta de la obra. Estamos, por tanto, ante una edición muy completa de las Posthoméricas: Alan James elabora una introducción a la obra con un gran interés científico, tiene pre- Esta nueva traducción de la Tebaida incorpora novedades muy interesantes a las anteriores versiones inglesas de la obra de Estacio. La traducción y la introducción del profesor Charles Stanley Ross, de la Universidad de Purdue, están redactadas en un tono accesible y, si bien van dirigidas a un público culto y conocedor del mundo clásico, no se requiere que esté especializado en el tema. El carácter divulgativo de la obra se percibe igualmente en la moderna encuadernación, así como en la organización del libro, las notas del texto y la selecta bibliografía. En primer lugar, la introducción de Charles Stanley Ross nos presenta de un modo conciso la vida de Estacio, su contexto histórico, el reflejo de éste en el poema, y la trascendencia de su obra. Añade, asimismo, un acercamiento crítico a la Tebaida, donde trata temas de gran actualidad en los estudios literarios, como las referencias a la sexualidad o la actitud de Estacio ante el género femenino; estos temas, que han sido poco atendidos en otros trabajos, amplían nuestro conocimiento de Estacio, que se enriquece desde la perspectiva de la literatura comparada. Tras una breve presentación de su obra, Ross divide la introducción en seis epígrafes: "La vida de Estacio", "Estacio y Virgilio", "La influencia de la Tebaida", "Estacio y su poema", "Género y Sexualidad en la Tebaida", y "La traducción de Estacio". En general la exposición resulta muy didáctica en todas sus consideraciones sobre la Tebaida. En lo que concierne a la presencia de la situación histórica en el poema de Estacio, Ross no descarta la posibilidad de que Polinices y Eteocles estén representando la lucha real que tuvo lugar entre los dos hijos de Vespasiano, Tito y Domiciano, pues toda la historia de Tebas conecta en cierto modo con Roma; no obstante, también nos hace notar cómo la obra trasciende este acontecimiento, y logra una universalidad que se ha mantenido a lo largo de los siglos. De hecho, uno de los puntos en los que más incide Charles Stanley Ross es precisamente la pervivencia que ha tenido la Tebaida en otras literaturas posteriores. El estudio de Ross se centra fundamentalmente en la tradición de la literatura inglesa (Shakespeare, Spencer, Sydney, Milton, Pope...), aunque hace también mención a la literatura francesa (Le chanson de Roland) y, sobre todo, a la italiana (Dante, Boccaccio, Pier Andrea dei Bassi, Boiardo, Ludovico Ariosto...); e incluso, alude a películas como EMERITA (EM) LXXIII 2 julio-diciembre 2005 pp. 353-370 ISSN 0013-6662 "Los siete magníficos" o "Los siete samuráis", acercándonos todavía más a nuestra época el poema de Estacio. En esta misma introducción, Charles Stanley Ross analiza las influencias que recibió el propio Estacio (que seguía a Virgilio como modelo indiscutible), el estilo del poeta latino y el destino que tuvo su obra en la Antigüedad. Desde la filología, sin embargo, se puede echar de menos un apartado más extenso referido a la crítica textual y a los manuscritos conservados del texto de Estacio (indicando, asimismo, la edición que sigue para la traducción); pero tanto el carácter divulgativo de la obra como el amplio público al que está dirigida justifican en gran medida esta ausencia. En lo que a la traducción concierne, Charles Stanley Ross opta por el verso, lo que ya intentaron previamente autores como J. B. Poynton (Oxford: The Shakespeare Head Press), que empleó estrofas spencerianas, y A. D. Melville (Oxford: Clarendon Press), que se decidió por el verso libre. Ross, por su parte, ha preferido el pentámero yámbico, verso que se adapta con mucha fluidez a la lengua inglesa; y para conseguir que la traducción resultara natural en esta adaptación poética, ha utilizado la rima, sonante y asonante, allí donde era posible. Finalmente, su interés por mantener una sintaxis moderna ha contribuido también a la claridad y soltura que se perciben en el texto. Para facilitar la lectura, Ross ha encabezado cada libro del poema con un título y un resumen del contenido. Al final de la traducción incluye unas notas explicativas del texto, muy útiles para los menos familiarizados con la mitología clásica, y una selección de nombres propios con un breve comentario sobre cada uno de los personajes. Por último, añade una cuidada selección de la bibliografía utilizada, donde comenta detalladamente cada una de las obras a las que hace referencia. En definitiva, esta nueva traducción de la Tebaida nos ofrece una aproximación a la obra de Estacio diferente a los intentos anteriores. Se trata de una apuesta por una perspectiva más moderna, que intenta acercar a Estacio al lector actual. Si bien no tiene la exhaustividad documental que esperaríamos en un texto más científico, Charles Stanley Ross logra unir en su libro precisión histórica y literaria con un tono cercano y accesible. ANA Junto a la edición de inéditos, la crítica textual moderna tiene ante sí la importante tarea de revisar y actualizar ediciones ya existentes a la luz de los avances de la investigación. Esta actualización de ediciones está afectando especialmente al ámbito de estudio de los textos patrísticos latinos, no sólo porque la investigación está ha-EMERITA (EM) LXXIII 2 julio-diciembre 2005 pp. 353-370 ISSN 0013-6662 ciendo grandes avances en cuestiones lingüísticas, literarias y de historia de los textos, sino también porque en muchos casos se trata de ediciones muy antiguas que necesitan una urgente revisión a la luz de los métodos de la crítica textual más actual. Esto es precisamente lo que el autor de este libro nos propone: una revisión de los puntos de vista sobre historia y transmisión del texto de una obra ya editada. Se trata de las Confesiones de San Agustín. La elección de esta obra para un trabajo como éste es muy acertada. Los escritos de San Agustín han tenido una peculiar historia de la transmisión, porque tuvieron una gran difusión en la antigüedad tardía y en la Edad Media, siendo después objeto de numerosas ediciones en el Renacimiento y en la época moderna. Así pues, su tradición manuscrita es muy rica, variada y compleja; a ella se suma una más rica y compleja tradición indirecta. Por esta razón, la edición de obras de San Agustín es un reto para el editor de textos. Hay razones de peso que justifican revisar la investigación sobre la tradición textual de las Confesiones. A la amplitud de la tradición manuscrita, se suma la posibilidad de recurrir a una interesante tradición indirecta que proporciona claves fundamentales para reconstruir la historia del texto. Sin embargo, esta exuberante riqueza testimonial plantea problemas que parecen insalvables: supone una dificultad a la hora de hacer un stemma y oscurece la reconstrucción del texto, especialmente teniendo en cuenta que en la transmisión de un escrito tan utilizado como éste, las contaminaciones son muy abundantes y no siempre son fáciles de detectar. El análisis de posibles modelos de stemmata para las Confesiones ocupa aquí un lugar especial. El autor propone varios modelos de relación entre manuscritos y de contaminación entre líneas de transmisión textual, estableciendo una discusión sobre las ventajas y los inconvenientes de cada uno de ellos. Queda claro que, en muchos casos, llegar a un stemma razonablemente coherente parece ser una cuestión matemática, de cálculo de posibilidades. Otra cuestión es la repercusión que esto suele tener en la reconstrucción de los textos, algo que no siempre queda claro en las ediciones al uso. La linealidad de la transmisión suele verse distorsionada por conjeturas introducidas en el texto en la antigüedad y en la Edad Media. Su detección aún sigue siendo uno de los problemas más importantes de la crítica textual, por lo que valorar cuánta influencia han tenido en la transmisión del texto es una dificultad muchas veces insalvable. A partir de estas reflexiones, Alexanderson revisa la investigación sobre la tradición manuscrita de la obra en cuestión. Como base textual usa una selección de pasajes que incluyen los Extractos de Eugipio. Las lecturas más problemáticas son objeto de examen en pp. 44-77: el autor compara lecturas y discute las opiniones de la investigación anterior, una veces aceptándolas y afirmándolas, y otras rebatiéndolas, ofreciendo, en estos casos, nuevas alternativas que parecen aceptables. Este análisis proporciona al autor el material para el capítulo clave de este libro: el estudio de las relaciones entre los manuscritos. La demostración de que existen faltas de arquetipo, el estudio de las conexiones entre manuscritos que ilustran la historia de la transmisión de las Confesiones (pp. 78-90), y el análisis de la tradición directa y EMERITA (EM) LXXIII 2 julio-diciembre 2005 pp. 353-370 ISSN 0013-6662 el de la indirecta configuran un panorama que lleva a Alexanderson a desistir de hacer un stemma, porque, como él mismo nos dice, el análisis de variantes muestra que la tradición de las Confesiones está tan contaminada que sólo permite hacer afirmaciones vagas. La clave, en su opinión, podría estar en dar un mayor protagonismo a los extractos de Eugipio, algo que se deberá tener en cuenta cuando se vuelva a realizar una nueva edición mejorada del texto de las Confesiones de S. Agustín. Finalmente, el autor aboga por una postura libre de prejuicios ante la tradición manuscrita: el criterio para discernir buenas y malas lecturas no debería estar vinculado al prejuicio de calidad intrínseca de cada manuscrito, porque hay muchos otros criterios a tener en cuenta en esta decisión, como el contexto, el conocimiento de la forma de pensar de S. Agustín, el conocimiento de su lengua y la transparencia de las faltas (p. En conclusión, podemos decir que libros como éste suponen un soplo de aire fresco a la crítica textual moderna. Es conveniente que en toda disciplina se cuestionen verdades establecidas intentando mejorar criterios y métodos de trabajo. El estudioso de la crítica textual se mueve muchas veces en un mar de dudas, con más interrogantes que respuestas, porque ni los manuscritos, ni su historia nos permiten conocer todos y cada uno de los detalles de la transmisión de un texto. Por ello debe aprovechar al máximo los datos que ofrecen las fuentes para obtener de ellos la mayor información posible con métodos rigurosos. Y es lo que hace Alexanderson en este libro. Esperamos que en el futuro vayan apareciendo más libros como éste, para que sean un continuo acicate para el progreso de la crítica textual y sirvan para que los estudiosos dedicados a ella depuren y mejoren sus métodos de trabajo en consonancia con los avances de la investigación sobre textos. J OSÉ MANUEL CAÑAS REÍLLO Instituto de Filología (CSIC)
El libro que bajo la denominación de Principios de Métrica Latina ha llegado a nuestras manos, recoge las exposiciones que Pietro Magno, estudioso de crítica literaria y filosofía, ha desarrollado en un Seminario que ha venido impartiendo en la ciudad de Lecce desde el año 2001. El conjunto del trabajo presenta tres partes, una primera, más general, que se refiere a las cuestiones básicas de prosodia y métrica latinas; la segunda, más específica, que -bajo el título de Apéndice-trata algunos puntos problemáticos dentro del estudio de la métrica de los romanos; y una tercera, en la que se aborda la traducción de una selección de textos poéticos: en ella se pueden distinguir dos partes, la inicial, en la que se ofrece la traducción y un breve comentario de algunos carmina de Catulo, y la final, que vierte en diversos metros italianos textos elegidos de Horacio Tibulo y Marcial. En la primera parte del trabajo cabe destacar la claridad y la brevedad -a veces quizá excesiva-con la que se definen los fenómenos prosódicos, métricos y estilísticos que se abordan; en ocasiones nos parece incluso que se simplifican demasiado las cosas, como por ejemplo cuando se dice que el tiempo de la mora es exactamente la mitad del de la larga (p. 9), pues, en nuestra opinión, habría que especificar que se trata de un tiempo fonológico, no de un tiempo físico; algo semejante ocurre cuando se afirma que la -i final de los dativos pronominales (mihi, tibi, sibi) es anceps (p. 14), pues sería preciso hacer alusión al fenómeno de la abreviación yámbica; tampoco parece exacto hablar de sílaba anceps para la desinencia de la segunda persona del singular del perfecto de subjuntivo y del futuro perfecto (p. 16), ya que habría que matizar que en realidad se barajan dos formas verbales independientes diferentes sólo en la cantidad de la sílaba final, por lo que se prestan a una confusión de uso. Con respecto a la cesura, en el punto de su definición (p. 26) convendría haber hecho referencia a su posible forma en elisión y en composición, figura ésta a la que, por cierto, aludirá después el autor bajo la denominación de cesura in tmesi (p. 34), sin haber mencionado previamente su existencia ni su configuración. En relación a la cláusula del hexámetro, y para completar la descripción, podría haberse anotado entre los tipos regulares -aunque ciertamente de menor frecuencia-el EMERITA (EM) LXXIII 2 julio-diciembre 2005 pp. 371-374 ISSN 0013-6662 que se presenta como fumus in auras. Es de agradecer, sin embargo, la referencia al origen griego de algunos tipos irregulares -como los terminados en tetrasílabo o pentasílabo-o el carácter vulgarizante -propio de la sátira-de los finales hexamétricos en monosílabo, datos que se pasan por alto en buena parte de los prontuarios de métrica latina. Junto a las consideraciones métricas de carácter más general se ofrecen además sendas miradas sobre la estructura métrica de los carmina de Catulo, sobre los versos de la comedia y la tragedia latina, y sobre los sistemas estróficos de las Odas de Horacio, en una breve exposición que habría podido completarse con la inserción sistemática de ejemplos. La segunda parte contiene algunos estudios, a veces también muy breves, sobre los temas siguientes: el verso saturnio, Livio Andrónico y las probables tentativas de una nueva versificación, el hexámetro de Ennio, Pacuvio y sus innovaciones métricas, las particularidades métricas de Levio, los diferentes modos de escansión y la cuestión de los versos logaédicos o metros eólicos en Horacio; y, por último, los epigramas en dísticos elegiacos de Marcial. Como hemos ya indicado, no todos los temas están tratados con igual extensión ni con el mismo nivel, pero lo cierto es que su sola elección indica una conocimiento de la problemática de nuestros estudios. En algunos casos P. M. se contenta con reseñar las interpretaciones de los autores más relevantes, mientras que en otros añade alguna consideración personal. En este apartado hay que subrayar, quizá como la aportación más valiosa, la existencia de un nutrido elenco de información bibliográfica, muy actual en su mayor parte, pero sin desdeñar las obras antiguas. Lo único que deploramos es que P. Magno no haya acudido a estudios de metricólogos españoles -que los hay, y muy competentes -para completar su trabajo. En cuanto a su labor de traducción nos parece muy acertada, y loable también su intento de reformular los versos antiguos en moldes modernos. El comentario de los textos, que no olvida las consideraciones métrico-estilísticas, es escueto pero bien enfocado. La inserción de dos índices, uno de términos métricos y otro de nombres propios, completan el volumen, que sin duda constituye una buena aportación para los interesados en la métrica latina. En el marco de la política investigadora del "Centro Internazionale sul Plurilinguismo" surge, como explica Vincenzo Orioles en la Presentación, un interés por la utilización literaria del plurilingüismo lingüístico centrado en documentos que se Afortunadamente, en un momento dado, se implica en el proyecto y asume la coordinación Renato Oniga, quien muestra especial interés por examinar un fenómeno tan complejo y tan intrínseco a la lengua y cultura latinas como éste del plurilingüismo literario de la tradición latina. Efectivamente, copiosa es ya la bibliografía que ha tratado el tema de la presencia constante y la profunda influencia de la cultura y lengua griegas en la civilización y lengua latinas. En el volumen que aquí presentamos, cuya edición corre a cargo del propio Oniga, quien además hace un excelente resumen del mismo en la Introducción, se examinan, a través de trece trabajos de otros tantos especialistas, diferentes casos de plurilingüismo dentro de la obra de escritores latinos especialmente significativos pertenecientes a distintos géneros literarios. Se recorre un amplio ámbito cronológico que abarca desde los primeros testimonios de la literatura latina, recorriendo el mundo medieval y la edad moderna, hasta escritores neolatinos del pasado siglo. Aunque la mayoría de los estudios centran su atención en la importante presencia del griego, hay que resaltar la alusión a otras tres lenguas que convivieron y dejaron huella en el latín. En primer lugar el púnico, de cuyo conocimiento se jacta Milfión en Poenulus de Plauto, prestándose a hacer de intérprete del cartaginés Hanón y que pone de relieve el trabajo de Matja Babi "Fremdsprachliches in Plautus 'Poenulus" (págs. 17-30). Por otro lado, en el estudio que Paolo Poccetti dedica a los elementos itálicos en las Sátiras de Lucilio (págs. 63-89), fija su atención en dos fragmentos en los que se pone de manifiesto la interferencia de elementos oscos, griegos y latinos en la lengua coloquial de los colonos de la Magna Grecia. Así mismo, la influencia del hebreo a través de la Biblia, portadora de texto sagrado, supera a los propios textos ante la necesidad que siente el traductor de no alterar el original como muestra el trabajo de Guido Cifoletti "Influssi ebrico sulle traduzioni greche e latine della Bibbia" (págs. 199-211). Pero, como decimos, lo que predomina es el examen, desde diferentes enfoques, de la presencia del griego en la lengua latina. Así, desde el punto de vista léxico, Mauricio Bettini se detiene en el examen del adjetivo graphicus y del adverbio graphice presentes en Plauto "Graphicus -ice e alcuni riferimenti plautini alla pittura" (págs. 31-61), pero con un significado distinto del que tienen este adjetivo y adverbio en el griego literario que nosotros conocemos. Alessandro Garcea en "Gellio, il bilingüismo greco-latino e i nomi dei colori" (págs., demuestra la profunda compenetración entre griego y latín dentro del sistema lingüístico latino en su estudio sobre la terminología latina de los colores. El trabajo sobre el nombre herbae selenas de Analisa Bracciotti, (págs. 213-253), se centra en un léxico especialmente influenciado por el griego como es el de las lenguas técnicas, donde las innovaciones científicas se transmiten de una lengua a otra junto con su terminología EMERITA (EM) LXXIII 2 julio-diciembre 2005 pp. 371-374 ISSN 0013-6662 que muchas veces, como sucede en este caso, ni siquiera llega al latín de forma correcta. Daniel Vallat, en "Un cas d' onomastique bilingüe: les anhroponymes grecs chez Martial" (págs. 151-171), muestra cómo la presencia del griego en la onomástica, elemento léxico fácilmente intercambiable entre lenguas, revela un mundo de bilingüismo lingüístico y cultural. También se atiende al bilingüismo como caracterizador formal de un género literario. Es el caso de Marco Fucecchi, "Il plurilinguismo della Menippea latina: appunte su Varrone satirico e l 'Apolocyntosis di Séneca" (págs. 91-130), quien llama la atención sobre la presencia de un mayor número de palabras griegas en la sátira que en la comedia. El ejemplo más significativo de bilingüismo perfecto lo encuentra Francesca Boldrer en Cicerón (págs. 131-150) quien, además de hacer aflorar en toda su producción un profundo conocimiento del griego, llega a componer obras directamente en griego. Esto se debe, como se repite hasta la saciedad a lo largo de todo el volumen, al ambiente multicultural de este mundo latino en el que los modelos siguen siendo los del mundo antiguo, como afirma Piera Molinelli en su trabajo sobre la historiografía de época más tardía a partir del Cronicon que Andrea Bergamo compuso en el siglo noveno (págs. 255-272). El papel del latín será en adelante servir de vehículo de transmisión del mundo antiguo a una sociedad multiétnica. Avanzando en el tiempo el latín deja de ser la lengua madre y surgen otros casos de plurilingüismo. En el trabajo que Manfred Kienpointner dedica a Dante Aliguieri (págs. 273-287) se examina la vertiente literaria del plurilingüismo o capacidad de emplear en un texto literario varios códigos lingüísticos, como sucede en el caso de Dante que, además de la lengua madre y del latín, muestra tener conocimientos del antiguo francés y del provenzal. Un caso parecido es el del poeta moderno Pascoli, al que dedica su atención Patricia Paradisi (págs.303-348). Este poeta ha sabido reunir en su obra la tradición antuigua y moderna. Traducir la lengua muerta de un clásico, que tiene la capacidad de continuarse a través de los siglos pasando de un sistema lingüístico y cultural a otro, supone contar con las traducciones precedentes que se unen al original formando un todo. Esa es la conclusión del trabajo de Fedora Ferluga Petronio (págs. 289-301) que parte de la traducción que Vincenzo Monti hizo de La Ilíada a comienzos del siglo XIX sin tener demasiado conocimiento del griego y demuestra que para su traducción utiliza la del jesuita dálmata Kuni. La conclusión es clara, el griego se encuentra tan integrado en la cultura y lengua latinas, que pasa a formar parte de este sistema lingüístico donde evoluciona y esté presente en todos los géneros literarios. La apertura del latín se muestra también con otras lenguas con las que entra en contacto y de las que se enriquece sucesivamente desde la Antigüedad hasta nuestros días.
2), commentando: «eloquentia alterum caput, a consilio diversum». 2-3): εἰ μὴ καὶ οἰκοδομῆσαι ἠπίστατο. LXXI) NOTAS EXEGÉTICO-TEXTUALES A DIÓN DE PRUSA IV: SOBRE EL FILÓSOFO (OR.
En este artículo se examina una serie de problemas relativos a la crítica textual de las Argonáuticas de Valerio Flaco a partir de ediciones y comentarios modernos.
En este trabajo se analizan los sueños proféticos de las Etiópicas de Heliodoro, se explican las claves para su interpretación y se ponen de relieve sus funciones dentro del relato. Las visiones oníricas se abordan también como mecanismo para crear suspense y como medio de manifestación de la voluntad divina que preside todo el relato. Se resaltan asimismo los paralelismos y relaciones con los sueños que aparecen en las restantes novelas griegas de amor y aventuras. II 16.7) Verdaderamente parece que somos nosotros los que estamos soñando, al investigar sueños y apariciones y no proponer algún tipo de solución a nuestra situación1. Pueden parecer paradójicas estas palabras que Heliodoro pone en boca del ateniense Cnemón a propósito de la interpretación de un sueño de Cariclea, ya que los sueños, entendidos como una forma de manifestación de la voluntad de los dioses, constituyen, junto a otras señales de procedencia divina, un recurso narrativo muy importante en esta novela. En las páginas que siguen intentaré demostrar la función y la importancia que los sueños tienen en la última de las novelas conservadas. En cuanto a la función, Heliodoro utiliza los sueños como un elemento fundamental para dosificar el suspense y marcar el ritmo de la narración. Por otra parte, las visiones oníricas constituyen una parte importante del sincero ambiente religioso que se respira en toda la novela, junto con otras señales divinas, como los oráculos2. Por último, los sueños contienen, asimismo, alusiones y referencias intertextuales a novelas anteriores o a otros géneros, en especial la épica homérica y la tragedia 3, a los que Heliodoro hace guiños evidentes para el lector culto y con los que demuestra tanto su formación como sus gustos literarios. Analizaré los sueños de esta novela desde todas estas perspectivas, sin perder tampoco de vista las funciones de los sueños en la novela que he establecido en trabajos anteriores 4: función de anticipación de hechos futuros y función de motor, en tanto que las visiones oníricas precipitan y desencadenan -fundamentalmente por las reacciones de los soñadoressucesos que están por venir. Para que el estudio sea completo, me serviré de las claves interpretativas de la obra de Artemidoro de Daldis, que distingue, en la categoría de sueños proféticos 5, entre alegóricos, directos y oraculares. Los sueños simbólicos o alegóricos significan unas cosas por medio de otras (Artem. 5.9-11 Pack) y deben ser interpretados de acuerdo con las claves conocidas por los tratados de onirocrítica. Los teoremáticos o directos son aquéllos en los que el soñador ve directamente lo que va a ocurrir (Artem. Por último, los oraculares son aquéllos en los que un dios o una persona importante se presenta al soñador y le dirige un mensaje 6. Al igual que en el resto de los novelistas, Heliodoro no aplica la distinción técnica ente el sueño profético (ὄνειρος) y el no profético (ἐνύπνιον), y emplea los términos que la lengua griega utiliza para 'sueño' (ὄνειρος, ἐνύπνιον y ὄναρ) como sinónimos, con una predilección clara por ὄναρ, que en ocasiones aparece como entidad activa 7, lo que puede señalarse como una influencia evidente de Homero 8. Se alude también al sueño fisiológico (ὕπνος), estado en que se producen estas visiones oníricas 9. El contenido de los sueños se introduce con expresiones como «me pareció ver» o «vi», seguidas de construcción de infinitivo, que es el mecanismo habitual en griego, y es frecuente que se contraponga la visión con la realidad, con la pareja ὄναρ/ὕπαρ 10. En Heliodoro aparecen doce sueños proféticos o premonitorios, no todos por supuesto de igual calado para la trama: el sueño del bandido Tíamis (I 18.2-5), el sueño de Cariclea en que le es arrancado el ojo derecho (II 16.1-3), el sueño de Calasiris en que ártemis y Apolo le confían a los dos jóvenes (III 11.5-12.1), el sueño de Caricles con el águila (IV 14.2), el sueño del rey etíope Hidaspes (IV 8.4), el sueño del campeón tirio (IV 16.7), el sueño de Calasiris con Odiseo (V 22.1-3), los sueños de ársace (VII 11.1-2), los sueños de Teágenes y Cariclea con Calasiris (VIII 11.1-2 y VIII 11.3-5) y los sueños de los reyes etíopes Hidaspes y Persina (IX 25.1 y X 3.1). Estos doce sueños pueden clasificarse en tres grupos, de cuatro visiones cada uno. El primero, que contiene los cuatro primeros sueños, es el más importante, pues contribuye de manera muy significativa a la intriga y al suspense de la acción. Son, sin duda alguna, las visiones más complejas del relato, aquéllas que, consecuentemente, son descritas con más detalle, y las que necesitan de más fina interpretación. De ellas, tres son simbólicas y una es oracular. El segundo grupo comprende también otros cuatro sueños, con una función 6 Artemidoro no define los sueños oraculares, pero sí lo hace Macrobio, Somn. 8 En todos los casos funcionando como sustantivo, excepto en V 22.1, en que aparece como adverbio, el uso extendido en época posthomérica. Sobre la terminología homérica para referirse a los sueños, véase Fernández Garrido y Vinagre 2004, pp. 78-79. Para el significado y reparto de estos términos, véase Fernández Garrido y Vinagre 2004, pp. 74-76. más o menos literaria o estética11, y hacen como de bisagra entre el primer grupo y el tercero. Los últimos cuatro sueños anticipan el final feliz de la historia y el reencuentro de la protagonista con sus padres biológicos y en su tierra natal12. Los sueños se complementan con los dos oráculos que la Pitia de Delfos pronuncia y que se refieren a los tres protagonistas de la novela: Teágenes, Cariclea y Calasiris13. Según la incidencia de la visión en la narración, el autor la describe o se limita a mencionarla sin más. Algunos de estos sueños contienen en su interior oráculos, con lo que entrañan doble complicación: la interpretación del sueño y del críptico mensaje del oráculo. Algunos de estos sueños, como ocurre también con Aquiles Tacio, no se comprenden ni se interpretan correctamente más que cuando se produce su cumplimiento14, y ello se debe a la complejidad de los mismos, a las varias interpretaciones de que pueden ser objeto y a que a veces la interpretación que prevalece es la que mejor se adapta a los deseos del soñador y luego resulta ser errónea, como veremos en las páginas que siguen. Como es bien sabido, esta novela, siguiendo el modelo de la Odisea, empieza in medias res, con la descripción de una escena que no se comprende en todos sus detalles hasta casi la mitad de la obra. Sin duda alguna, la pretensión del autor con este principio impactante e intrigante es mantener el suspense. Desde el comienzo mismo del relato el autor utiliza una técnica de composición basada en dosificar la acción, en informar paulatinamente al lector 15, ocultando información y engañando tanto a los destinatarios como a los actores de la obra. La intriga es el rasgo fundamental de la primera parte del relato, con personajes cuya filiación y papel dentro de la narración no comprendemos muy bien, y con aventuras y sucesos que, por no estar cronológicamente ordenados, pueden provocar el desconcierto. Los cuatro primeros sueños contribuyen de manera relevante a crear este ambiente de suspense y sus interpretaciones -verdaderas o erróneas, a propósito o no-, o bien determinan el desarrollo de los hechos futuros cuando provocan una determinada conducta o decisión en el soñador, o bien anticipan hechos que están por venir. En uno y otro caso, el cumplimiento de lo que vaticinan no llega inmediatamente; es más, en consonancia con la expectación que a Heliodoro le gusta crear, no se cumplen hasta bien después de haber sido soñados, y a veces tanto el lector como el soñador corren el peligro de no relacionar la realización con la visión por el tiempo transcurrido. Además, para interpretarlos correctamente hemos de buscar las claves de un sueño en el siguiente. Sin duda alguna el sueño más complejo es el primero, el sueño del bandido Tíamis (I 18.2-5). Cuando este sueño se produce, suponemos que los protagonistas del relato son Teágenes y Cariclea: no conocemos aún su genealogía, pero por la belleza y otras cualidades que los adornan responden al arquetipo de pareja protagonista. El jefe de los bandidos que los han apresado ha quedado impresionado por la belleza de Cariclea, y sueña con que se halla en Menfis, su ciudad natal, en el templo de la diosa Isis 16. El templo estaba lleno de víctimas propiciatorias y había un gran tumulto, y en esas circunstancias la diosa se le presenta y le dirige un mensaje directo: Estas palabras de la diosa dejan perplejo a Tíamis, que interpreta el sueño de manera simbólica, entendiendo el mensaje divino de acuerdo con sus deseos y considerándolo un buen presagio: la diosa ve con buenos ojos que despose a Cariclea, pues se refiere a ella como mujer que ha superado las «heridas» de la pérdida de la virginidad 17. En consecuencia, Tíamis pide a sus compinches a la doncella como único botín y renuncia a todo lo demás (I 19.6-7); pretende casarse con ella porque deduce, por sus vestiduras de sacerdotisa de ártemis, por las riquezas halladas junto a ella, por su propio aspecto y por la entereza con que soporta la desgracia del momento, que desciende de buen linaje y que parece evidente que es la sacerdotisa de algún dios, la pareja ideal para él, sacerdote (I 20). Evidentemente, no puede forzar a la joven a casarse con él, sino que precisa de su consentimiento. Ésta, como parte del engaño y de la dilación, accede a casarse con él, pero le pide que aplace la boda hasta llegar a Menfis (I 22) 18. Este sueño presenta paralelos claros con tres sueños de la novela Leucipa y Clitofonte: el primero, el sueño de Clitofonte (IV 1.5-8) en que cree estar en el templo de la diosa Afrodita y ésta le dice que tiene que esperar para unirse sexualmente a Leucipa; el segundo, el primer sueño de Clitofonte (I 3.4-5), también el primero de la novela, en el que se aparece al héroe una mujer terrible que de un tajo y con una guadaña separa a Clitofonte de la doncella a la altura de la cintura; el tercero, el sueño de Pantea, madre de Leucipa, en el que ve que un bandido abre el vientre de Leucipa con una espada y lo interpreta primero en sentido literal (II 23.4-5) e inmediatamente después, a la vista de los acontecimientos, en sentido simbólico (II 24.4) 19. Tanto en Leucipa y Clitofonte como en Etiópicas, la ambigüedad es buscada intencionadamente por los autores para crear suspense y confusión en los lectores. Todos estos sueños son igualmente turbadores para quienes los tienen y susceptibles de varias interpretaciones. En el caso de Heliodoro, más tarde esta visión de Tíamis recibe una segunda interpretación por parte del bandido, esta vez en sentido literal; en esta ocasión, analiza el sueño no según sus deseos particulares, sino de acuerdo con la situación que está viviendo: entiende que 17 Saïd 1997, p. 96) este aplazamiento es bien aceptado por Tíamis porque ve una referencia al sueño que ha tenido y cree que la boda va a tener lugar en Menfis (Hld. Es decir, su error al interpretar el sueño se usa para hacer creíble su paciencia. 19 Véase Fernández Garrido 2009, pp. 209-213, y Liatsi 2003. las antorchas y víctimas del templo de Isis representan la sangre y el fuego de la batalla, que el sueño no es simbólico, sino directo, y que le indica que debe matar literalmente a Cariclea, y es lo que hace (o más bien cree hacer) (I 30.4-7). Esta segunda interpretación, en la que el bandido cambia ligeramente el contenido del sueño 20, no debe resultar convincente para los lectores, quienes, de acuerdo con las convenciones del género, deben saber que la heroína no puede morir, y menos aún al principio del relato. Cualquier lector avispado, por la misma razón, debe también suponer que la mujer a quien mata Tíamis en la cueva no puede ser Cariclea. Los paralelos entre la visión de Tíamis y las de Aquiles Tacio mencionadas son patentes: el sueño de Tíamis, como el de Clitofonte con Afrodita, es un sueño oracular (χρηματισμός), que consiste en que una divinidad se presenta a un soñador y le transmite un mensaje en estilo directo: en los dos casos el mensaje está relacionado con el objeto de los amores de los jóvenes. En el sueño de Tíamis, como en el primero de Clitofonte con la mujer de la guadaña, tenemos una palabra que resulta ambigua: en el caso de Aquiles Tacio, el término 'la doncella' (τὴν παρθένον) puede referirse tanto a Leucipa como a Calígona; en el caso de Heliodoro, el término τὴν ξένην -que en mi opinión debe traducirse como 'la extranjera' y no como 'la huésped' 21 -se refiere tanto a Cariclea como a Tisbe. Cariclea es huésped de Tíamis, no así Tisbe, cuya existencia ni siquiera conoce el bandido. Además, un poco más adelante el propio autor nos da en dos pasajes la clave de esta interpretación: el primero es I 30.7, cuando Tíamis, tras la segunda interpretación del sueño, se dirige a la cueva donde Cariclea -y Tisbe-estaba escondida, para matarla, y mata a la mujer que le contestaba en griego (es evidente que era extranjera). Más tarde, cuando Teágenes descubre que Cariclea está viva y se abraza a ella, Cnemón le reprocha esta conducta licenciosa por «caer abrazado a la extranjera» (II 7.2). Con la expresión 'la doncella', el sueño se refiere a Cariclea 22, 20 En la primera versión del sueño, la diosa Isis le dice: ἀλλ ̓ ἄδικος ἔσῃ καὶ φονεύσεις τὴν ξένην• ἡ δὲ οὐ φονευθήσεται (I 18.4); después Tíamis recuerda: καὶ ὡς φονεύσει καὶ οὐ τρώσει (I 30.4), Bartsch 1989, p. 21 Que es como lo interpretan las traducciones al francés y al español de J. Maillon y de E. Crespo, respectivamente. 377, que lo entiende como 'l' étrangère'. 22 No puede referirse a Tisbe pues, por la historia de este personaje, sabemos que no es doncella. Y 'la extranjera' se refiere a Tisbe y a Cariclea: a la primera la asesinará, y a la segunda intentará asesinarla24. Las dos interpretaciones que hace Tíamis de su sueño -la primera simbólica, la segunda literal-son paralelas a las dos interpretaciones de Pantea de su visión -la primera simbólica, y la segunda literal-y las conductas que provocan las visiones en los soñadores conducen al cumplimiento de los sueños 25. Por último, en cuanto a la primera parte del sueño -la llegada de Tíamis al templo de la diosa Isis de Menfis, resplandeciente de antorchas y repleto de público y víctimas propiciatorias-considero que se trata de un sueño teoremático o directo que llega a su cumplimiento seis libros más tarde, cuando Calasiris, devueltos sus honores sacerdotales, los lega a su hijo Tíamis, junto con las obligaciones que tan alta distinción conlleva: proteger a los jóvenes y garantizar su llegada a la patria de Cariclea (VIII 3.7) 26. El segundo sueño de este primer bloque es también simbólico, pero de fácil interpretación de acuerdo con los tratados onirocríticos. Cariclea sueña que se le presenta un hombre con un aspecto desaliñado y sucio, con la mano ensangrentada, que le arranca el ojo derecho. Se despierta inmediatamente, sobresaltada, temiendo que el sueño se cumpla en sentido literal (sueño teoremático) pero, al comprobar que aún tenía el ojo, lo interpreta simbólicamente, identificando su ojo derecho con Teágenes27, lo más apreciado del mundo. El ateniense Cnemón analiza la visión de acuerdo con los principios onirocríticos: el ojo derecho simboliza al padre28, y el sueño significa que su padre ha muerto (Hld. Pero, ¿a qué padre se refiere? A estas alturas de la novela, no sabemos quién es el padre de Cariclea, y a lo largo del relato tendremos noticia de que la joven conoce a tres padres: el biológico -Hidaspes-, el putativo -Caricles-y el guía espiritual y protector en sus viajes -Calasiris-. El sueño alude a Calasiris, a quien después, en otro sueño, los dioses Apolo y ártemis confían a los jóvenes y cuya relación paternal con éstos es evocada a lo largo del relato 30. Calasiris morirá más adelante, en VII 11.4, cumpliéndose así el sueño. Entre el sueño y su cumplimiento transcurren cinco libros, la mitad de la novela, lo cual implica la intriga del momento de la visión, cuando no sabemos de quién se está anticipando la muerte, y la necesidad de que el lector, cuando Calasiris muere, recuerde que este suceso ya había sido adelantado. En las expresiones utilizadas para describir el sueño resuenan ecos homéricos: por una parte, el sueño aparece personificado y «visita» al soñador (ὄναρ ἐφοίτησεν) y por otra parte, se contrapone el sueño con la realidad (καὶ εἴθε γε ὕπαρ ἦν καὶ μὴ ὄναρ) 31. El tercer sueño, el de Calasiris con los dioses Apolo y ártemis, debe interpretarse en conjunción con el sueño de Cariclea y con los dos oráculos emitidos por la Pitia en el templo de Apolo en Delfos. A Calasiris se le presentan, como si fuera una visión real y no un sueño 32, los dioses Apolo y ártemis llevando de la mano -como en el sueño de Tíamis Isis lleva de la mano a Cariclea-a Teágenes y a Cariclea, respectivamente. Es normal que Ártemis lleve a Cariclea de la mano porque ésta es sacerdotisa de la diosa, con la que se confunde por su belleza y atributos, y porque practica los hábitos de vida defendidos por la diosa, sobre todo la virginidad. En cuanto a Teágenes, va naturalmente de la mano de Apolo que es el dios a cuyo templo ha ido en embajada para rendir un sacrificio a Neoptólemo y al final es convertido en sacerdote del dios Sol (Helio = Apolo). Los dos dioses anuncian al anciano dice que soñar que se está ciego de los dos ojos significa la muerte de los progenitores (junto con la de los hijos o la de los hermanos), ya que «los ojos son la razón de ver la luz, como también los padres» (Artem. En varias ocasiones Calasiris se refiere a los protagonistas como sus hijos, por ejemplo cuando se encuentra con Cnemón en II 23.2, y Cariclea lo invoca como tal cuando muere (VII 14.5). 32 De nuevo hallamos la expresión homérica μὴ ὄναρ... ἀλλ ̓ ὕπαρ, como en el sueño de Cariclea, que también encontraremos cuando Calasiris se presenta a Cariclea en sueños en VIII 11.1. sacerdote que es hora de volver a su patria -el sueño de Tíamis también evocaba Menfis 33 -y que debe llevar consigo a los dos jóvenes protagonistas, a los que debe tratar como hijos 34. Y anticipan que el final de los protagonistas no es Egipto, sino que Calasiris debe conducirlos más allá -como se verá, será sólo su guía espiritual por medio de los sueños, pues el anciano muere en Menfis-«donde y como los dioses quieran», sin especificar cuál será su destino final. En este sueño también hallamos elementos que aparecen en los dos oráculos de la novela: al llegar a Delfos, la Pitia recibe a Calasiris como su amigo, y le anuncia su vuelta a Egipto (II 26.5), y cuando los dos jóvenes participan en la procesión de Delfos, se oye de fondo a la Pitia, refiriéndose a ellos por la simbología de sus nombres y anunciándoles que abandonarán Delfos, viajarán por mar y llegarán «a la tierra oscurecida del sol, donde alcanzarán un gran premio por sus rectas vidas, blanca corona sobre sus negras sienes» (II 35.5) 35. Calasiris comprende la simbología de los nombres cuando Cariclea, vestida de ártemis en la procesión, entrega a Teágenes la tea encendida (III 5.7), si bien no acierta a comprender el sentido de la profecía hasta que lee la banda con que Cariclea fue expuesta (IV 9.1). El cuarto sueño -último de este primer bloque-es el de Caricles con el águila (III 18.1-2) 36, que Calasiris interpreta según le conviene en las circunstancias presentes, engañando a propósito al sacerdote de Apolo, y que contiene alusiones a otros sueños y portentos literarios 37. Para una correcta interpretación de este sueño no deben perderse de vista el sueño anterior de Calasiris y el mensaje del oráculo. Caricles sueña que un águila escapa de la 33 Aquí se reencontrará Calasiris con sus dos hijos, por lo que los dos sueños anticipan la llegada a esta ciudad. Menfis es una ciudad también vinculada al sueño y en ella existió un importante templo incubatorio de Asclepio-Imouthes (Bouché-Leclerq 1879, vol. III, pp. 377-378). 35 Los dos oráculos están compuestos en un tono ceremonioso y en dísticos elegíacos, y el segundo está rematado por un quiasmo. En este oráculo ya se anticipa el final del relato, así como en el episodio del soldado muerto al que su madre revive (VI 15.4). Sobre las varias interpretaciones del oráculo y su anticipación de los hechos futuros, véase Hidalgo 1988, p. 36 Con anterioridad a este pasaje Heliodoro menciona que Caricles ha tenido unos sueños inquietantes (III 18.1 y 2). 37 Hilton 2001 señala los paralelos con el sueño de Penélope con las ocas de Od. anticipaciones, verdades a medias y dosificación de la información, juega constantemente con el lector, utilizando además para ello a Calasiris 41. Los cuatro sueños siguientes pueden incluirse en un segundo bloque cuya función es muy secundaria: actúan como bisagra entre la primera parte del relato y el desenlace del mismo, que comienza a vislumbrarse en el libro octavo. Así, se alude de manera tangencial y sin entrar en detalles a un sueño que tuvo el rey etíope Hidaspes y que le ordenaba unirse a su mujer (IV 8.4) -un sueño oracular, suponemos-. El rey obedece la orden y se produce la concepción de Cariclea, hecho que puede considerarse el primer eslabón del plan divino que gobierna toda la novela. Como intervención divina -aunque no se califica así explícitamente-puede considerarse la rápida alusión al sueño de un joven tirio en el que se le vaticina la victoria en los juegos píticos (IV 16.7). El joven, que viajaba en un barco de mercancías fenicio, decide desviarse de su ruta comercial y hacer una parada en Delfos y efectivamente resulta vencedor en los juegos. Calasiris, cuando planea el secuestro de Cariclea, se encuentra con estos mercaderes mientras están haciendo sacrificios por la victoria, y son éstos quienes proporcionan a Calasiris y a los dos jóvenes el medio para escapar de Delfos. Se cuenta también que la malvada ársace está siendo perturbada por unos sueños que pretende apaciguar con sacrificios apotropaicos, en claro paralelismo con los sueños que no dejan vivir a Clitemestra (A., Ch. El último sueño de este bloque merece algún comentario más, no porque sea un sueño que influya en el desarrollo de la acción, sino porque es un homenaje explícito de Heliodoro al protagonista de la obra que tiene como referente. Me refiero al sueño de Calasiris con Odiseo (V 22.1-3), cuando al sacerdote de Isis se le presenta un anciano que aún conservaba huellas de la fuerza de su juventud, con una mirada inteligente y astuta 42, que reprocha a Calasiris no haberle demostrado el respeto y la consideración debidos, y que como castigo le augura sufrimientos y dificultades por tierra y mar 43. También le transmite para Cariclea saludos de parte de su esposa, quien la tiene en muy buena consideración por su templanza. 42 Πολύτροπον, epíteto aplicado por antonomasia a Odiseo. Crespo, en nota a la traducción, señala que estas palabras se corresponden con descripción tradicional de Ulises, derivada de Il. 101, opina que Odiseo se refiere a la tormenta que va a sufrir Calasiris (V 22.7), aunque reconoce que se trata de un sueño muy vago. 50, cita el paralelo con un pasaje de Zósimo (Nueva Historia IV 18.2). En la misma línea, Saïd El tercer y último bloque está constituido por cuatro sueños, paralelos dos a dos 44. Los sueños de Cariclea y Teágenes con Calasiris pueden considerarse como oraculares, porque Calasiris, una vez fallecido, ha adquirido el estatuto de un ser divino (ὁ θειότατος Καλάσιρις VIII 11.2) que sigue protegiendo y guiando a los dos jóvenes hasta la meta de su viaje. Tras sobrevivir milagrosamente a la condena de ser quemada viva (VIII 9.13-15) 45, Cariclea recuerda 46 un sueño que ha tenido con Calasiris en el que el anciano, en dísticos elegíacos, profetiza a la joven que el poder de la «pantarba» 47 la protegerá del fuego. A posteriori, pues, la muchacha se da cuenta de que su salvación ha estribado en el poder de esta piedra que, junto con las demás joyas con que fue expuesta, la ha acompañado siempre (VIII 11.8). Al oír estas palabras, Teágenes recuerda también otro sueño que ha tenido con Calasiris, en el que éste (VIII 11.3-5) le pronosticaba en dísticos lo siguiente: «Llegarás a la tierra de los etíopes junto a la muchacha, tras huir mañana de las cadenas de ársace». Teágenes interpreta este vaticinio como un símbolo: el país de los etíopes se refiere al mundo subterráneo, la muchacha a Perséfone, llamada también Core, y la liberación de las cadenas a la separación del alma y el cuerpo. Teágenes entiende que están ante una paradoja: si los destinos de ambos están unidos, ¿cómo puede ser que a Cariclea Calasiris le anuncie un favorable presagio -aunque subsiste la aparente contradicción de que la pantarba ('miedo de todo') pueda precisamente tener el efecto contrario-, mientras que a Teágenes parezca anunciarle la muerte? Cariclea explica a su amado que sus pesimistas interpretaciones responden al estado de ánimo que lo embarga (VIII 11.5) 48, y que los 1997, p. 139, señala como muestras de los paralelismos que usa Heliodoro. 45 Comparable a la milagrosa salvación de Habrócomes de la muerte por la intervención del río Nilo, X. Eph. 46 Es la primera vez en la novela que no se menciona el sueño inmediatamente después de que ocurra. Se ha olvidado por un momento y se recuerda al día siguiente. 47 Las propiedades mágicas de la pantarba han sido enumeradas en IV 8.7 y Cariclea las recuerda en VIII 11.8. Crespo (nota ad locum) subraya que el contenido del pentámetro de este oráculo es semejante al de los versos que cierran varias tragedias de Eurípides (Alcestis, Bacantes, Medea, Andrómaca y Helena). 48 Un estado de ánimo desesperanzado influye tanto en los sueños que se pueden tener como en su interpretación (cf. Liatsi 2004, p. 163, con citas de Artemidoro). dos sueños-oráculos deben ser interpretados en sentido literal, no simbólico: los dos se librarán del castigo de ársace y llegarán juntos (pues «la muchacha» se refiere a ella) a la tierra de los etíopes, que es precisamente la patria de Cariclea y la meta de su viaje (VIII 11.5) 49. Estos dos sueños presentan claros paralelos con los sueños de Leucipa y Clitofonte de Ach. IV 1.4-8, cuando ártemis y Afrodita, respectivamente, se presentan ante los jóvenes y les transmiten un mensaje de esperanza que les garantiza un final feliz y que los reconforta. También puede resaltarse el paralelismo que tienen con el sueño de Habrócomes con su padre Licomedes en la novela de Jenofonte de Éfeso (II 8.2) que anticipa la reunión final de los jóvenes 50. Los dos últimos sueños del relato son los de los reyes etíopes Hidaspes y Persina, personajes que se mencionan por primera vez en la novela en II 24.3, cuando Calasiris dice a Cnemón que Nausicles había planeado enviar a Tisbe como regalo a los reyes etíopes. Estos dos sueños anticipan el inminente reencuentro entre padres e hija y, aunque este reencuentro es buscado por Cariclea, los reyes etíopes no saben que su hija está viva y menos aún tan cerca de ellos. Así, cuando Hidaspes ve por primera vez a los dos jóvenes, ya cautivos de los etíopes, Heliodoro dice que, aunque no sabía aún quiénes eran, «su corazón presentía algo» (IX 1.3), aunque parece que no quería protegerlos, pues tomó la decisión de sacrificarlos a los dioses como primicias de la guerra. Cuando más tarde tiene la oportunidad de verlos más de cerca, el rey recuerda, conmovido, un sueño que ha tenido: le había nacido en ese día una hija con el aspecto y la edad de la muchacha que tenía delante; no le había prestado atención a la visión pero ahora, al ver a la joven, se le había venido a la cabeza (IX 25.1). Los presentes quitan importancia al sueño, considerándolo un efecto de la imaginación que a veces anticipa hechos futuros, pero sin que intervenga para nada la voluntad divina. Hidaspes hace caso y no vuelve a pensar en esta visión. Es más, le presta tan poca atención que incluso llega a bromear cuando contempla al bello Teágenes y cuando Cariclea le dice que sus padres estarán presentes en el sacrificio a que está destinada 49 De hecho, cuando ven llegar a los etíopes, los dos jóvenes no intentan huir para que por fin sean conducidos a Etiopía, como fija su destino (VIII 16.7). El sueño de Jenofonte de Éfeso, al igual que este sueño de Heliodoro, tiene como función dar ánimos a los soñadores y anticipar hechos futuros, marcando, de manera figurada y simbólica, el rumbo que va a tomar la acción y que va a conducir al final feliz de todos esperado (Plastira-Valkanou 2001, pp. 141-143, y Liatsi 2004, pp. 163, 169). No tiene que resultarnos sorprendente la poca importancia que atribuye el rey a estos sueños, ya que él no tiene ni la más remota idea de que tiene una hija. Creo que puede hallarse una alusión al sueño de Megacles al final de Dafnis y Cloe, cuando el padre biológico de Cloe considera como una burla de los dioses los sueños que tiene en los que una oveja lo hará padre 51. En uno y otro caso estas visiones están anticipando el reencuentro entre el padre y la hija, aunque los padres no sepan que sus hijas están vivas, y por eso reaccionan así ante estas visiones, sin otorgarles ninguna credibilidad. El último sueño es el de Persina, la reina de Etiopía, quien cuando recibe una carta de su marido comunicándole la victoria sobre los persas y los sacrificios y ceremonias que se van a realizar en agradecimiento a los dioses patrios, recuerda un sueño que acaba de tener y en que le pareció que estaba embarazada y enseguida daba a luz a una niña que al momento se convertía en una joven en edad de casarse (X 3.1). La reina interpreta el sueño en sentido alegórico (αἰνιττομένου τοῦ ὀνείρατος X 3.1), entendiendo que los dolores de parto simbolizaban las dificultades de la guerra, y la hija la victoria 52. Pero se equivoca, y el sueño debe ser entendido, como el anterior de Hidaspes, como directo, ya que está anticipando el inminente reencuentro con su hija 53, además de predisponer favorablemente a los reyes para aceptar más tarde las pruebas que aporta Cariclea sobre su nacimiento y filiación 54. Este reencuentro y final feliz, no sin algún alboroto y contratiempo en el momento del reconocimiento de Cariclea, es pronosticado también por Sisimitres, el jefe de los gimnosofistas (X 4.2). Estos últimos cuatro sueños, a diferencia de los cuatro primeros, no encierran ningún misterio para los lectores, no contribuyen a crear suspense ni sorpresa. A medida que la trama de la novela se va desenmarañando y que la información que proporciona Heliodoro a los lectores va cubriendo todas las expectativas de éstos y dejando pocos cabos sueltos, y el final feliz se va 51 Longus IV 35.5, cf. Fernández Garrido 2004, pp. 351-352. 52 Esta interpretación sólo se corresponde parcialmente con lo que puede hallarse en Artemidoro: el embarazo, cuando se es rica, es sinónimo de dificultades y preocupaciones (Artem. 22.21 Pack), y el nacimiento de una joven es signo de mal augurio (Artem. De hecho, cuando Persina ve a Cariclea y se entera del destino que su marido ha decidido para ella, recuerda en voz alta a la hija que perdieron y que, de haber vivido, tendría la edad de la joven (X 7.4). vislumbrando, los sueños encierran menos secretos, son menos turbadores y más fáciles de interpretar55. En efecto, al final de la novela, cuando las reglas del género obligan a que los obstáculos sean vencidos y que los enamorados puedan disfrutar de su amor, Heliodoro sigue sorprendiendo al lector, planteando impedimentos y retrasando el final feliz: la reticencia de Hidaspes a reconocer a Cariclea como hija (X 12.2-3, 13.4-5, 14.3), su determinación a sacrificarla aun sabiendo que es su hija (X 16.4-10), su deseo de que se case con Meroebo (X 24.1), el episodio de Teágenes y el toro (X 28.4-30.7), el enfrentamiento de Teágenes con el gigante de Meroebo (X 31.3-32.2), la aparición de Caricles acusando a Teágenes del rapto de Cariclea (X 32.2)56. Tras estos últimos aplazamientos, Hidaspes acepta la propuesta de Sisimitres de sustituir los sacrificios humanos por otros no cruentos, a la vista de que los últimos acontecimientos han sido muestra de la voluntad divina (X 39), y une a los dos jóvenes en matrimonio, a la vez que los consagra como sacerdotes del Sol y la Luna, coronándolos con mitras en una ceremonia que Caricles recuerda que había anticipado la Pitia en Delfos cuando los dos jóvenes se vieron por primera vez (X 40-41). Como recapitulación, y a partir de las consideraciones de este análisis, puede afirmarse que Heliodoro utiliza los sueños en su relato con las mismas funciones que los novelistas anteriores: función de anticipación -para adelantar sucesos que están por venir-y función de motor -cuando desencadenan en el soñador una conducta o reacción que hace avanzar la acción y que al final lleva al cumplimiento real de la visión-. Además de estas dos funciones, Heliodoro utiliza los sueños de forma más compleja y elaborada que sus predecesores, y los pone al servicio tanto de su técnica narrativa como de la voluntad divina que preside la acción. De este modo, los sueños
Las construcciones impersonales con un complemento en dativo y otro en genitivo se documentan en griego en un número muy reducido de verbos que designan interés o necesidad. Aunque se trata de una construcción presente también en otras lenguas indoeuropeas antiguas, en griego se documenta a partir de fecha posthomérica. Las construcciones personales, más recientes en otras lenguas, se documentan en griego, sin embargo, ya desde Homero. El dativo de la construcción impersonal designa entidades humanas y, además, expresa el Experimentador y el tópico. Estas propiedades designativas, semánticas y pragmáticas, próximas a las del sujeto prototípico, permiten al dativo ciertos comportamientos sintácticos característicos del sujeto. Nos hallamos, pues, ante un semisujeto, es decir, ante un complemento verbal que, a pesar de su codificación gramatical, diferente de la del sujeto, presenta unas propiedades y unos comportamientos sintácticos próximos a los de este. As well as the complement in dative, the complement in genitive in the impersonal construction exhibits a syntactic behaviour similar to * Este artículo ha resultado del trabajo llevado a cabo en varias estancias de investigación En griego antiguo, al igual que en las restantes lenguas indoeuropeas con marcadores de caso, el sujeto de predicados verbales personales se codifica en nominativo. Junto a esta propiedad formal, el sujeto prototípico presenta también propiedades semánticas, pragmáticas y sintácticas que reflejan el vínculo estrecho y particular que establece con el predicado. En lo que atañe a su contenido semántico, la asignación del sujeto en la oración sigue unas pautas bien determinadas; con un principio antropocéntrico como razón última, el sujeto de la oración se asigna preferentemente a seres humanos, o al menos animados, cuya implicación en la acción verbal es importante y, sobre todo, activa 1: esto explica la frecuencia con la que el sujeto designa el Agente o el Experimentador en la oración 2. Las características pragmáticas del sujeto se definen por su interés informativo; la función pragmática de tópico, propia del sujeto prototípico, responde, por lo general, a una cuestión fácil de formular: de los participantes implicados en la situación que se pretende describir, ¿sobre cuál puede versar la información? La fácil identificación de su referente es uno de los rasgos más importantes del tópico; el hablante transmite información sobre un elemento que considera conocido, bien porque ya ha sido mencionado en el discurso, bien porque el oyente puede suponer su identidad a partir de su propio conocimiento de la realidad 3. En general, el tópico encabeza la oración 4. 1 Esta tendencia, de carácter general entre las lenguas que poseen la relación gramatical de sujeto, ha sido descrita, entre otros, por Fillmore 1968, Keenan 1976, Keenan y Comrie 1977 y por Itagaki y Prideaux 1985. 2 Entiendo por Agente la entidad humana que controla de forma consciente el estado de cosas descrito en la oración y por Experimentador la entidad humana que percibe, siente, juzga o comprende una situación (Crespo, Conti y Maquieira 2003, pp. 106-108); el grado de control del Experimentador sobre el estado de cosas descrito en la oración es menor que el del Agente. 4 Como ya apuntara Demetrio en su tratado Sobre la Elocuencia, «Lo primero que se menciona es aquello sobre lo que se trata» (Eloc. Sobre la tendencia del sujeto, designación tamientos sintácticos característicos del sujeto, si bien estos comportamientos solo coinciden parcialmente con los del dativo. Más difícil resulta la precisión de las propiedades sintácticas del sujeto. En principio, la concordancia en número y persona con el predicado verbal parece ser un rasgo característico del sujeto en el ámbito indoeuropeo, si bien la importancia de este fenómeno morfosintáctico ha sido puesta en entredicho recientemente en el caso de algunas lenguas germánicas modernas 5. Otros rasgos, como la determinación del número y de la persona de los pronombres reflexivos, son propios del sujeto, pero no siempre exclusivos de él (cf. § II 1). En el análisis sintáctico del sujeto en las lenguas indoeuropeas, el trabajo de Cole, Harbert, Hermon y Sridhar 1980 sigue siendo aún hoy punto de referencia. En este artículo, sus autores intentan, mediante un estudio comparativo sincrónico y diacrónico entre lenguas de diferente filiación genética 6, determinar las propiedades sintácticas del sujeto en las lenguas naturales y describir los procesos de adquisición de estas propiedades por parte de los complementos del predicado. Al margen de sus propiedades semánticas, pragmáticas y sintácticas, la tradición gramatical del griego considera sujeto a aquel complemento del predicado verbal expresado mediante el nominativo. Puesto que en las lenguas con un sistema de relaciones gramaticales las propiedades semánticas, pragmáticas y sintácticas de un elemento condicionan su codificación morfológica, y no a la inversa, esta definición del sujeto es, posiblemente, la más precisa 7. En consecuencia, todo complemento de un predicado verbal personal que presente algunas características del sujeto, pero no su codificación gramatical en nominativo, no es, en rigor, un sujeto, sino un semisujeto 8. habitual del tópico, a encabezar la oración en griego, véanse Frisk 1932, Dover 1960, Crespo 1983y, más recientemente, H. Dik 1995y 2007. En griego antiguo, sin embargo, los ejemplos en los que el nominativo no concierta con el predicado en número y persona son escasísimos y parecen limitarse a determinados lexemas verbales: ἔστι δὲ ἑπτὰ στάδιοι ἐξ Ἀβύδου ἐς τὴν ἀπαντίον (Hdt. El tema merece un estudio minucioso que no puede abordarse aquí. 6 Se trata del germánico, el polinesio y el georgiano. 7 Por lo general, los cambios de las propiedades semánticas, pragmáticas y sintácticas de un elemento desembocan en un cambio de su codificación gramatical; el cambio en la codificación gramatical es el paso último de una evolución en cuyas fases intermedias un elemento puede presentar propiedades típicas de una categoría gramatical determinada, pero no su forma. Una exposición sugerente de este proceso en las lenguas indoeuropeas es la que ofrece Sasse 1982, p. 279 ss., en su trabajo sobre la consolidación de la categoría del sujeto en el ámbito indoeuropeo. Sobre el fenómeno de los semisujetos en lenguas de diferente filiación véase el volumen editado por Bhaskararao y Karumuri Venkata 2004. En griego antiguo son varias las formas que admiten un análisis como semisujeto. Así, tanto los sintagmas preposicionales que expresan una cantidad aproximada como el genitivo partitivo de construcciones personales presentan en ocasiones concordancia en número y persona con el predicado verbal9. Como indican los siguientes ejemplos, los adjetivos y los participios empleados en función predicativa se codifican en nominativo, y no en la forma correspondiente del semisujeto: Pues incluso en el palacio del rey de los persas hay algunas (sc. hormigas del desierto) que han sido atrapadas allí. Unos doscientos veinte hombres se mantuvieron dispuestos a salir. El genitivo empleado en las construcciones impersonales de algunos verbos de sentimiento y de necesidad presenta también un comportamiento como semisujeto, ya que, además de caracterizarse por algunas propiedades semánticas, pragmáticas y sintácticas presentes en el sujeto10, admite la aposición y la coordinación con estructuras completivas a las que la theoria recepta atribuye esta función11: Una sola cosa es necesaria: que estas oculten eso. No solo hay necesidad de una flota y de un simple ejército, sino también de que naveguen con ellos muchas tropas de a pie. Con frecuencia, las construcciones impersonales de verbos de sentimiento y de necesidad presentan junto al genitivo un complemento en dativo con referente humano que expresa el Experimentador 12. El genitivo, por su parte, admite un análisis como expresión del Paciente, como expresión de la Causa y también como expresión de la Referencia 13: Pero, ¿por qué nos interesamos tanto por la opinión de la mayoría? Puesto que, como acabamos de ver, la designación de referentes humanos y la expresión del Experimentador son características propias del sujeto prototípico, cabe preguntarse si, junto a estos rasgos de orden designativo y semántico, el complemento en dativo presenta también rasgos de orden pragmático o sintáctico cercanos a los del sujeto. De ser así, se habrá de precisar si estos rasgos coinciden o no con los del complemento en genitivo de estas mismas construcciones impersonales, que han sido analizados en un trabajo previo 14. En el caso de falta de coincidencia entre los rasgos del dativo y del genitivo, se habrá de determinar cuál de los dos complementos presenta una mayor proximidad al sujeto prototípico de construcciones personales y qué factores condicionan este hecho. PrEsEntación y anáLisis dE Los datos El presente trabajo analiza las construcciones impersonales con un complemento en genitivo y otro en dativo. La búsqueda de datos, llevada a cabo con la ayuda del CD-Rom TLG E (Thesaurus Linguae Graecae versión E), se 12 Frente al dativo, que designa, salvo contadas excepciones, referentes humanos individuales o colectivos, el genitivo designa tanto referentes inanimados como referentes animados. 13 En mi opinión, la interpretación del genitivo está estrechamente vinculada con el mayor o menor grado de control que se presuponga en el Experimentador. En principio, la atribución de un grado de control alto al Experimentador favorece un análisis del genitivo como expresión del Paciente; por el contrario, la atribución de un grado de control más bajo favorece un análisis del genitivo como expresión de la Causa. La posibilidad de interpretar el genitivo de estas construcciones como expresión de la Referencia se ve apoyada por la alternancia que se observa entre el caso y περί + Gen.: ἐμοὶ μελήσει περὶ τροφῆς αὐτοῖς (X., Cyr. Sobre el uso del genitivo griego en la expresión de estas funciones, cf., entre otros, Crespo, Conti y Maquieira 2003, p. I S S N 0 0 1 3 -6 6 6 2 ha centrado en las obras de Homero, Esquilo, Heródoto, Sófocles, Eurípides, Tucídides, Aristófanes, Platón, Jenofonte, Demóstenes y Plutarco. Con esta selección de autores se pretendía operar con un material de amplia perspectiva cronológica que combinara obras en prosa y en verso. Puesto que en las lenguas naturales el empleo de construcciones impersonales con una codificación del Experimentador en una forma distinta de la del sujeto es un fenómeno frecuente, tanto en los verbos de sentimiento y de necesidad como en los de sensación y en los de percepción -ya sea sensorial o intelectual-15, se consideró oportuno analizar y clasificar las construcciones sintácticas de un número representativo de verbos pertenecientes a estos grupos 16. Para las lenguas indoeuropeas antiguas véase Miklosich 1883. El alemán, al igual que otras lenguas germánicas, presenta aún hoy algunas construcciones de este tipo; en la mayor parte de los casos estamos ante construcciones que van cediendo irremisiblemente frente a construcciones personales: Mir liegt an etwas «tengo interés en algo», Mir mangelt an etwas «me falta algo», Mich friert «tengo frío», Mir dünkt «me parece». Sobre las construcciones antiguas del tipo Es jammert mich des Volks «me da pena el pueblo», con acusativo y genitivo, y del tipo Dem Räuber jammerte des armen Teufels «Al ladrón le dio pena el pobre diablo», con dativo y genitivo, véase, entre otros, Hermann 1926, pp. 46-47. En español, expresiones del tipo Así me pese de mis culpas (Bello 1847, p. 17 Naturalmente, las construcciones impersonales con un Experimentador codificado en dativo son relativamente frecuentes en griego en la expresión de sentimientos y de percepciones o de procesos intelectuales: ἄλγιον αὐτῷ | ἔσσεται... Menos común es el uso de este tipo de construcciones en la expresión de una sensación:... ἀτὰρ τάχα τοι ποτὶ ἕσπερα ῥίγιον ἔσται (Hom., Od. Sin embargo, todas las construcciones sin un complemento en genitivo se han dejado fuera de consideración; serán analizadas en trabajos posteriores. De que vuestros asuntos vayan bien me ocuparé yo, si es que llegáis a ser amigos nuestros. En adelante tú sigue ocupándote de mí debidamente. Pues a los feacios no les interesan ni el arco ni la aljaba. De hecho, son estas las construcciones empleadas ya desde Homero. Las estructuras impersonales con genitivo y con dativo, por el contrario, no se documentan en la epopeya, y apenas ofrecen ejemplos en Heródoto20; en los autores posteriores, sobre todo los trágicos, su uso es más frecuente, aunque sigue siendo un hecho muy marginal. Dado que los verbos que expresan sentimientos y sensaciones presentan en varias lenguas indoeuropeas la construcción impersonal que aquí se analiza, hemos de suponer que nos hallamos ante un fenómeno heredado 21; el alcance de este fenómeno en indoeuropeo está aún, sin embargo, por determinar, ya que la falta de coincidencia entre los datos de las lenguas derivadas exige un estudio comparativo minucioso22. En el presente trabajo, limitado al análisis del griego, no se abordarán estas cuestiones. Propiedades pragmáticas y sintácticas del dativo En el análisis de las propiedades pragmáticas del dativo se han tenido en cuenta tres factores: sus características designativas, su valor informativo y su posición en la oración 23. Las características designativas del dativo se corresponden, sin duda alguna, con las del tópico: el dativo designa, como ya se ha señalado, seres humanos; con frecuencia, el referente de estos seres humanos es único y remite a la primera o a la segunda persona24. Se trata, en consecuencia, de entidades de fácil identificación que se sitúan en los puestos más altos de la escala de animación. El estudio del valor informativo del caso y de su posición en la oración plantea más dificultades y da lugar, por tanto, a un cierto margen de error. Aun así, el análisis de los ejemplos y de su contexto permite concluir que la expresión regular del tópico con estos verbos es el sintagma en dativo, y no el sintagma en genitivo. Con los verbos de interés este hecho está en consonancia con el orden de palabras, ya que, tal y como cabe esperar de un elemento topical, el sintagma en dativo encabeza la oración en más de la mitad de los ejemplos 25. El empleo del sintagma en genitivo en esta posición responde en la mayor parte de los casos, por el contrario, a un uso como expresión del foco (13); solo Con los verbos de necesidad el orden de palabras se ajusta menos a lo esperado: aunque el sintagma en dativo parece ser también la expresión habitual del tópico, su aparición al comienzo de la oración se limita a 17 ejemplos de un total de 67; en el resto, la posición inicial es ocupada por el sintagma en genitivo o por el verbo28. El uso como foco permite explicar en la mayor parte de las ocasiones la posición inicial tanto del uno como del otro: Sin duda que más labradores y artesanos es lo que necesita nuestra ciudad (16) δεῖται οὖν σοι πάλιν ἐξ ἀρχῆς... τῆς αὐτῆς ἐρωτήσεως, ὦ φίλε Μένων, τί ἐστιν ἀρετή (Pl., Men. Es preciso, pues, que te vuelvas a plantear la misma pregunta desde el comienzo, mi querido Menón: ¿Qué es la virtud? El análisis sintáctico del dativo ha partido del artículo de enfoque tipológico de Cole, Harbert, Hermon y Sridhar (1980), que definen los comportamientos propios del sujeto frente a los demás complementos del predicado. Estos comportamientos, exclusivos en principio del sujeto, pueden ser adquiridos también por otros complementos 30. Los comportamientos que caracterizan al sujeto en diferentes lenguas y que, de darse en otro elemento, demuestran su aproximación sintáctica a esta categoría y, por consiguiente, su carácter de semisujeto, son, según Cole y sus colegas, los siguientes: -Posibilidad de ser elidido y de facilitar la elisión de otros elementos en determinadas estructuras. -Determinación del número y de la persona de los pronombres reflexivos. -Concordancia en número y persona con el predicado. Considerada por los autores como propiedad morfosintáctica del sujeto, y no estrictamente sintáctica, la concordancia con el predicado es, en su opinión, la última propiedad conquistada por los semisujetos en un proceso que culmina con frecuencia en la sustitución de su forma originaria por la forma propia del sujeto. Los datos del griego, sin embargo, contradicen esta hipótesis: los semisujetos que muestran concordancia con el predicado no presentan necesariamente los demás comportamientos sintácticos propios del sujeto y, en ocasiones, tampoco sus propiedades semánticas y pragmáticas prototípicas 31. En las construcciones objeto de análisis estos tres fenómenos de orden general se manifiestan en diversos comportamientos sintácticos, descritos a continuación en detalle 32. 30 Se trata, lógicamente, de complementos cuyas propiedades semánticas o pragmáticas son semejantes a las del sujeto prototípico. 31 Este es el caso del genitivo que funciona como semisujeto en construcciones personales (cf. Conti 2008 [2010]) y, posiblemente, también el del genitivo semisujeto de las construcciones impersonales que aquí se analizan (cf. infra). 32 El orden de presentación solo persigue una mayor claridad en la exposición y en la explicación de los fenómenos del griego. I S S N 0 0 1 3 -6 6 6 2 nes de sujeto prototípico y con oraciones del verbo gustar, cuyo complemento con referente humano y función de Experimentador parece, en principio, un buen candidato a semisujeto en español: Posibilidad de elisión en oraciones coordinadas: «Me gustan las manzanas y las compro con frecuencia»/*«Gustan las manzanas y las compro con frecuencia». Posibilidad de que el predicado rija construcciones adverbiales de infinitivo cuyo sujeto, elidido, ha de ser correferencial con el sujeto del predicado regente 33: «No disfruto tanto con las manzanas como para comprarlas cada semana»/«No me gustan tanto las manzanas como para comprarlas cada semana». Posibilidad de determinar el número y la persona de los pronombres reflexivos: «Luis es tan egocéntrico que solo se quiere a sí mismo»/«Luis es tan egocéntrico que solo se gusta a sí mismo». Posibilidad de elisión en construcciones completivas de infinitivo cuando hay correferencialidad con el objeto del predicado regente 34: «Veo a Luis disfrutar con la ópera»/*«Veo a Luis gustar la ópera». Posibilidad de elisión en construcciones completivas de infinitivo cuando hay correferencialidad con el sujeto del predicado regente: «Luis asegura disfrutar con la ópera»/*«Luis asegura gustar la ópera». Puesto que en griego antiguo el sujeto del infinitivo correferencial con el sujeto del predicado regente no siempre se elide, sino que en ocasiones se expresa mediante el acusativo, la sustitución del dativo analizado mediante el acusativo se habrá de considerar también un argumento a favor de su condición de semisujeto 35. Posibilidad de concordancia en número y persona con el predicado: «Luis adora las manzanas»/*«A Luis le gusta las manzanas» 36. En algunas len-guas, la concordancia con el semisujeto se observa en oraciones impresivas; el referente del semisujeto, al que el hablante presupone control sobre el estado de cosas descrito, es el destinatario de la orden o de la prohibición 37: «¡Luis, disfruta de las manzanas!»/*«¡Luis, gusta las manzanas!». Si bien estos criterios han sido aceptados, en lo esencial, por otros autores que han abordado el problema de los semisujetos en lenguas indoeuropeas y no indoeuropeas 38, en griego antiguo no todos los comportamientos atribuidos al sujeto en el mencionado trabajo son exclusivos de él y, por tanto, relevantes en la identificación de posibles semisujetos. Así, la elisión en oraciones coordinadas (17), el control de pronombres reflexivos (18) y el empleo de construcciones adverbiales de infinitivo con elisión del sujeto correferencial con el dativo (19) son comportamientos presentes en el dativo objeto de estudio, que, sin embargo, no demuestran su carácter de semisujeto. Se trata, en realidad, de comportamientos que, si bien caracterizan sobre todo al sujeto en griego antiguo, se observan también con cierta frecuencia en los restantes complementos inherentes del predicado 39. calle. En los demás puntos, el comportamiento del semisujeto de haber coincide con el comportamiento del de gustar. 38 Véanse, entre otros, el trabajo de Sasse 1982, que se ocupa de las lenguas indoeuropeas antiguas, los trabajos de Seefranz-Montag 1983 y 1984, centrados en un análisis diacrónico del inglés, el trabajo de Lazard 1998, que precisa las características morfosintácticas y designativas del sujeto en las lenguas de Europa, y el trabajo de Haspelmath 2001, que analiza, también en las lenguas de Europa, el concepto de sujeto y de semisujeto. Barðdal y Eythórsson, más críticos con las premisas de Cole y sus colegas, han analizado en diferentes trabajos las lenguas germánicas con criterios sincrónicos y diacrónicos (cf. Barðdal y Eythórsson 2003, Eythórsson y Barðdal 2005 y Barðdal 2006). Partiendo de los criterios establecidos por Lazard 1998, Baños 2003 analiza, desde una perspectiva sincrónica y diacrónica, las propiedades pragmáticas, semánticas y sintácticas del acusativo con referente humano de la construcción impersonal de paenitet; según demuestra el autor, el comportamiento del acusativo como semisujeto se consolida con el paso del tiempo y desemboca en la sustitución de la construcción impersonal por una personal. 39 Piénsese en oraciones como las siguientes: ἐσέβαλον ἐς τὴν Ἐπιδαυρίαν καὶ ἐδῄουν (Th. V 54.3) (elisión en oraciones coordinadas de uno de los elementos correferenciales con funciones sintácticas distintas); ἐπιδίδωμι τοῦτό γ̕ ὑμῖν, ὥστε μὴ λυπεῖν ‹μ̕ › ἔτι (Ar., Pax 333) (empleo de construcciones adverbiales de infinitivo con elisión del sujeto correferencial con el complemento indirecto del predicado regente); τοὺς δὲ λαμβάνοντας τῆς ὁμιλίας μισθὸν ἀνδραποδιστὰς ἑαυτῶν ἀπεκάλει (X., Mem. I 2.6) (determinación por parte del complemento Has llegado a una situación desesperada y necesitas alguna artimaña (18) ἐκεῖνοι οἷς τι μέλει τῆς ἑαυτῶν 42 ψυχῆς ἀλλὰ μὴ σώματι πλάττοντες ζῶσι (Pl., Phd. 82d) Aquellos que se ocupan en algo de su propia alma y no viven para el cuerpo, modelándolo (19) μικρὸν δὲ δεῖ ποδὸς | χαλάσαι μεγάλῃ κύματος ἀλκῇ (Plu., Mor. Apenas necesita de un pie la poderosa fuerza de una ola para calmarse. Frente a los anteriores, los criterios de elisión en estructuras completivas de infinitivo y la concordancia en número y persona con el predicado sí son relevantes en griego antiguo en la definición del sujeto y de posibles semisujetos 43. En este sentido, el análisis del material seleccionado solo permite asegurar un comportamiento del dativo como semisujeto cuando se integra en estructuras completivas de infinitivo en las que es correferencial con el objeto del predicado regente. En efecto, en estos contextos el dativo admite la elisión, tal y como muestra el siguiente pasaje, en el que el dativo de μεταμέλειν, correferencial con el acusativo de la construcción causativa de ἐποίει, no se expresa. Obsérvese que el propio uso de μεταμέλειν μοί τινος en dependencia de un verbo causativo presupone la atribución al Experimentador de un cierto grado de control sobre la acción verbal 44: directo del número y de la persona de los pronombres reflexivos). 40 Puesto que con δεῖ el Experimentador se expresa mediante el dativo y mediante el acusativo, en ejemplos como este no podemos descartar que nos hallemos ante la elisión de este último. 41 Frente a ejemplos como este, en la mayoría se elide el sujeto de una de las oraciones coordinadas, y no el semisujeto: μεμέληκέν τέ μοι περὶ αὐτῶν καὶ ἴσως ἄν σε ποιησαίμην μαθητήν (Pl., Cra. 42 Los pronombres reflexivos alternan en estos contextos con pronombres anafóricos no reflexivos, como en (21). Sobre el uso de los pronombres reflexivos en griego véanse los trabajos de Powell 1933 y 1934; para una visión global de los pronombres en griego cf. Méndez Dosuna 2007. 44 La construcción personal con codificación del Experimentador en dativo también se emplea en dependencia de verbos que expresan orden: σοὶ δη τοῦτό γε, ὦ Κλεινία, μέλειν παρακελεύομαι (Pl., Lg. Esta (sc. la fuerza de las apariencias) nos desviaba y nos hacía cambiar muchas veces las mismas cosas hacia arriba y hacia abajo y arrepentirnos sobre lo grande y sobre lo pequeño en nuestros actos y en nuestras elecciones. Por el contrario, cuando se emplea en estructuras completivas de infinitivo en las que es correferencial con el sujeto del predicado regente, el comportamiento del dativo se aleja del comportamiento del sujeto prototípico. Tal y como muestra el ejemplo siguiente, el dativo, correferencial con el sujeto del predicado regente, ni se elide ni se sustituye mediante el acusativo 46. La construcción impersonal se mantiene sin cambios: Fingiendo arrepentirse de sus acciones pasadas y mostrándose más blando, complacía a quienes robaban el erario público. El comportamiento del dativo podría indicar que en las estructuras completivas de infinitivo la conquista de la elisión en caso de correferencialidad con el sujeto del predicado regente es fruto de un proceso más largo que el de la conquista de la elisión en caso de correferencialidad con el objeto. Se trata, sin embargo, de una mera hipótesis cuya demostración exigiría el análisis del comportamiento de otros semisujetos, tanto en griego como en otras lenguas indoeuropeas 47. De momento, la cuestión queda, pues, abierta. 45 Ha de excluirse una posible construcción personal de μεταμέλω, pues cuando el sujeto designa un ser humano con función de Experimentador el verbo presenta formas medias: οἱ δὲ ὁπλῖται ὁμόσε τε ἐχώρουν οἱ πλεῖστοι τῷ ἔργῳ καὶ οὐ μετεμέλοντο (Th. Las construcciones personales en las que el verbo se emplea en voz activa se corresponden, por lo general, con una codificación del Experimentador como segundo complemento en dativo; la causa del sentimiento se codifica en estos casos como sujeto en nominativo:... ὡς αὐτοῖσι μεταμέλῃ πόνος (A., Eu. 46 Obviamente, el hecho de que un fenómeno no se observe en los autores seleccionados no significa que sea agramatical en griego antiguo. 47 Si la elisión en caso de correferencialidad con el objeto del predicado regente exige del semisujeto menos proximidad semántica y funcional al sujeto que la elisión en caso de correferencialidad con el sujeto, cabría esperar que los semisujetos que no admitan la elisión cuando 264 La concordancia del dativo con el predicado en número y persona tampoco se documenta en los autores seleccionados. De hecho, aunque se observa el uso impresivo de las construcciones impersonales de los verbos que expresan interés, dicho uso no está vinculado, como en otras lenguas, con el reanálisis del Experimentador como semisujeto sintáctico (cf. supra). Tal y como muestra el siguiente pasaje, el verbo se emplea en tercera persona del singular, y no en concordancia con el dativo: Que nada te preocupe, Sócrates, sino ve y habla con él. El empleo mismo de las construcciones objeto de análisis en la expresión de órdenes y de prohibiciones es ya relevante, pues los verbos impersonales excluyen cualquier sujeto sintáctico referencial y, por consiguiente, todo posible destinatario de un mensaje impresivo 48. No es un hecho sorprendente, por tanto, que el uso impresivo de las construcciones impersonales con uno o más participantes desencadene en algunas lenguas un reanálisis semántico y sintáctico que convierta a alguno de estos participantes en destinatario del mensaje y, en consecuencia, en semisujeto sintáctico portador de la concordancia con el predicado. En el caso del material seleccionado para este trabajo, solo el genitivo admite una interpretación como semisujeto sintáctico 49. En efecto, en oraciones como la de (22) solo puede plantearse una posible concordancia son correferenciales con el objeto del predicado regente tampoco la admitan cuando lo son con el sujeto. Este es el caso, por ejemplo, del genitivo de las construcciones impersonales objeto de estudio (cf. § II 2). Sobre el acusativo de la construcción me paenitet alicuius, que admite la elisión cuando es correferencial con el sujeto del predicado regente y también cuando lo es con el objeto, cf. Baños 2003, p. 48 En las lenguas indoeuropeas el empleo de oraciones impersonales en mensajes impresivos es un fenómeno muy restringido condicionado con frecuencia por factores contextuales. Piénsese, por ejemplo, en oraciones del español como ¡Que refresque! o ¡Que te baste con eso! En los autores analizados, los verbos que designan fenómenos meteorológicos solo documentan el uso de mensajes impresivos en la construcción personal: Βροντάτω νῦν ὁ μέγας Ζάν (Ar., Au. Téngase en cuenta que en los mensajes impresivos prototípicos el hablante presupone tanto su control sobre el Agente como el control de este Agente sobre la acción verbal (cf. Crespo 1997, p. 49 Compárese la oración de (22) con oraciones en las que el Experimentador se codifica también en dativo, pero el sujeto sintáctico presenta su codificación habitual en nominativo: σοὶ δ̕ αὐτῷ μελέτω... φαίδιμος Ἕκτωρ (Hom., Il. I S S N 0 0 1 3 -6 6 6 2 en número y persona entre el predicado y el genitivo, concordancia documentada, por lo demás, con otros verbos y en otros contextos (cf. § I). Con todo, también cabe suponer que el empleo en mensajes impresivos no haya desencadenado en griego un reanálisis de las construcciones impersonales en construcciones personales, pues no parece haber ejemplos en los que tanto el genitivo como el predicado se empleen en plural. Vemos, pues, cómo el dativo objeto de estudio presenta todos los comportamientos sintácticos característicos del sujeto en griego antiguo, aunque no exclusivos de él, pero tan solo una parte de los que sí parecen definir al sujeto frente a los demás complementos del predicado. Junto a los criterios propuestos por Cole y sus colegas, el material seleccionado ofrece ejemplos de un fenómeno que apoya la interpretación del dativo como semisujeto. Se trata del empleo en anacoluto del nominativo en lugar del dativo. Este uso del llamado nominativo pendens refleja la proximidad entre el complemento codificado en dativo y el sujeto de la oración50. Las propiedades denotativas y semánticas del dativo facilitan su identificación con el sujeto y con su codificación gramatical, aunque no desencadenan la concordancia en número y persona con el predicado, característica del sujeto: Pues nosotros, si queremos impedir que puedan atacarnos en nuestro avance, nos hacen falta cuanto antes honderos y jinetes. Contraste entre las propiedades sintácticas del dativo y las del genitivo Además de la concordancia en número y persona con el predicado, excluida en el caso del dativo, pero no en el del genitivo, hay otras diferencias entre las propiedades sintácticas del dativo y las del genitivo en las construcciones analizadas51. Así, el uso en aposición o en coordinación con una estructura I S S N 0 0 1 3 -6 6 6 2 completiva de sujeto, fenómeno frecuente en el genitivo (cf. § I), no se observa en el dativo. La divergencia entre las propiedades designativas y semánticas de las estructuras completivas y las del dativo objeto de estudio explican este hecho. Así, mientras que las estructuras completivas no designan entidades, sino tan solo situaciones y, con menor frecuencia, propiedades52, el dativo designa por regla general entidades concretas de carácter humano. Por otra parte, las funciones semánticas expresadas por las estructuras completivas están muy alejadas de la función de Experimentador propia del dativo en estos contextos, pero no de las funciones del genitivo 53. Las propiedades sintácticas del dativo que hacen de él un semisujeto son, pues, insuficientes para permitir la aposición o la coordinación con estructuras completivas en función de sujeto: la identidad -o proximidad-entre estructuras coordinadas ha de ser no solo sintáctica y pragmática, sino también designativa y semántica 54. Otras propiedades sintácticas características del sujeto solo se observan, por el contrario, en el dativo, pero no en el genitivo. Este es el caso de la determinación del número y de la persona de los pronombres reflexivos -fenómeno que, como hemos visto, en griego no es exclusivo del sujeto-y de la elisión en construcciones completivas de infinitivo en caso de correferencialidad con el objeto del predicado regente. El hecho de que la determinación de la persona y del número de los pronombres reflexivos sea una propiedad del dativo responde, en mi opinión, al estrecho vínculo de la anáfora reflexiva con entidades humanas que tienen control, aunque solo sea en cierto grado, sobre la acción verbal 55. Más difícil resulta explicar el contraste entre la falta de ejemplos de la elisión del genitivo en construcciones completivas de infinitivo cuando es correferencial con el objeto del predicado regente y la presencia de ejemplos en el caso del dativo. Posiblemente, la asociación frecuente del genitivo en estos contextos con la designación de entidades no humanas a las que es difícil atribuir control sobre el estado de cosas descrito sea un factor decisivo en este punto. La aplicación de los criterios de Cole y sus colegas a las construcciones impersonales objeto de estudio permite, pues, concluir que el comportamiento sintáctico del dativo se aproxima más al del sujeto prototípico que el del genitivo. Ahora bien, si nos ceñimos a los comportamientos que parecen definir en griego antiguo al sujeto frente al resto de los complementos inherentes del predicado, el equilibrio entre el dativo y el genitivo resulta innegable: ni el genitivo ni el dativo ofrecen ejemplos de elisión en construcciones completivas de infinitivo en las que son correferenciales con el sujeto del predicado regente; la elisión en construcciones completivas de infinitivo cuando hay correferencialidad con el objeto del predicado regente, por su parte, solo se observa en el dativo, pero no en el genitivo; por último, la concordancia con el predicado verbal, con el correspondiente reanálisis de la construcción impersonal en una construcción personal, solo cabe suponerla en el caso del genitivo, pero no en el del dativo. Nos hallamos, por tanto, ante dos semisujetos cuyo comportamiento sintáctico, sin identidad con el del sujeto prototípico, está condicionado por sus respectivas propiedades designativas y semánticas. Así, el genitivo, que admite sin dificultad una interpretación como delimitador del espectro semántico del predicado verbal, admite también un reanálisis como el constituyente sintáctico más relevante del predicado. Este reanálisis sintáctico propicia, en estos y en otros contextos, la concordancia en número y persona del genitivo con el predicado y es, probablemente, un factor importante en la posibilidad de aposición y de coordinación con estructuras completivas. Frente a ello, el dativo presenta los comportamientos sintácticos más estrechamente vinculados con la designación de seres humanos y con el control; este es el caso de la determinación del número y de la persona de los pronombres reflexivos y tal vez también de la posibilidad de elisión en construcciones completivas de infinitivo cuando el dativo es correferencial con el objeto del predicado regente. A su vez, el hecho de que en la designación de seres humanos el nominativo sustituya ocasionalmente al dativo, pero sin concordancia con el predicado verbal, refleja una proximidad entre el dativo y el nominativo no tanto sintáctica como designativa, semántica y pragmática. La relación siguiente refleja las diferencias y las similitudes sintácticas observadas entre el dativo y el genitivo en las construcciones objeto de análisis. Las diferencias están marcadas en cursiva: Elisión en oraciones coordinadas: Dativo: + // Genitivo 56: + 2. Rección de construcciones adverbiales de infinitivo con elisión del sujeto correferencial con el semisujeto del predicado regente: Dativo: + // Genitivo 57: + 3. Determinación del número y de la persona de pronombres reflexivos: Dativo: + // Genitivo: − 4. Elisión en construcciones completivas de infinitivo cuando hay correferencialidad con el objeto del predicado regente: Dativo: + // Genitivo: − 5. Elisión en construcciones completivas de infinitivo cuando hay correferencialidad con el sujeto del predicado regente: Dativo: − // Genitivo: − 6. Concordancia en número y persona con el predicado en oraciones impresivas: Dativo: − // Genitivo: +? 7. Uso en aposición o en coordinación con estructuras completivas de sujeto: Dativo: − // Genitivo: + A pesar de su carácter heredado, las construcciones impersonales con un complemento en genitivo y otro en dativo son en griego antiguo un fenómeno posthomérico limitado a un número muy reducido de lexemas verbales que expresan un sentimiento o una necesidad: μέλει μοί τινος, μεταμέλει μοί τινος, δεῖ μοί τινος y ἐλλείπει μοί τινος. Las construcciones personales, por el contrario, se documentan ya desde Homero en la descripción de un sentimiento, una necesidad o una sensación; se trata de dos tipos de oraciones: en uno, el sujeto codificado en nominativo se corresponde con el complemento en dativo de la construcción impersonal; en otro, con el complemento en genitivo. En las construcciones impersonales objeto de estudio, el dativo presenta unas características designativas, semánticas y pragmáticas muy próximas a las del sujeto prototípico: su referente es humano, su función semántica es la de Experimentador y su función pragmática más frecuente parece ser la de tópico. 56 La posibilidad de elidir en dos oraciones coordinadas el semisujeto en genitivo o el sujeto en nominativo se observa en ejemplos como el siguiente: αἰδοῦς δὲ καὐτὸς δυσκρίτως ἔχω πέρι· | καὶ δεῖ γὰρ αὐτῆς κἄστιν αὖ κακὸν μέγα (E., Fr. 57 Pasajes como el siguiente muestran la elisión del sujeto de un infinitivo final cuando es correferencial con el genitivo semisujeto del predicado regente: δὴ δεῖ φράδμονος ἀνδρὸς φράσσασθαι ξύλινόν τε λόχον κήρυκά τ̕ ἐρυθρόν (Hdt. En griego antiguo, las peculiaridades sintácticas del sujeto frente al resto de los complementos inherentes del predicado son menos que en las lenguas analizadas por Cole y sus colegas en su intento de definir el sujeto: solo los fenómenos relacionados con la elisión en construcciones completivas de infinitivo y la concordancia en número y persona con el predicado parecen ser en griego antiguo exclusivos del sujeto. Esta posición sintáctica poco marcada es un rasgo característico del sujeto no solo en griego, sino también en otras lenguas indoeuropeas antiguas; paulatinamente, el sujeto se aleja del resto de los complementos y se consolida como el constituyente más importante en la jerarquía sintáctica. En las construcciones impersonales objeto de estudio, tanto el dativo como el genitivo admiten un análisis como semisujeto. El dativo presenta dos rasgos característicos del sujeto prototípico: la designación de seres humanos y el control sobre la acción verbal, al menos en un cierto grado. Son las propiedades sintácticas del sujeto vinculadas con estos dos rasgos las que están también presentes en el dativo. El genitivo, por el contrario, se caracteriza por unas propiedades presentes también en el sujeto, pero no en el sujeto prototípico: la designación de entidades tanto animadas como inanimadas y la expresión del Paciente y de la Causa. Estas propiedades del genitivo permiten la aposición y la coordinación con estructuras completivas de sujeto. Por otra parte, el valor partitivo del genitivo favorece una interpretación del caso como delimitador del espectro semántico del predicado verbal, lo que a su vez propicia su reanálisis como el constituyente sintáctico más relevante del predicado. La concordancia en número y persona con el predicado, propia del genitivo semisujeto en otros contextos y tal vez también en los contextos objeto de estudio, es el reflejo morfosintáctico de estos procesos. Tal y como demuestra el material analizado, en griego antiguo la concordancia con el predicado no es necesariamente el resultado final de un proceso de aproximación sintáctica al sujeto que desemboca en la sustitución de la forma originaria del semisujeto por el nominativo. En griego antiguo, un semisujeto que presente concordancia con el predicado no ha de presentar necesariamente todas las demás propiedades sintácticas del sujeto. Por lo demás, las construcciones personales con un sujeto en nominativo conviven en la lengua con construcciones personales e impersonales con un semisujeto, y no siempre son más recientes que estas.
El propósito de este artículo es ofrecer una nueva reconstrucción del sistema del mundo físico de Parménides, distinguiendo debidamente los momentos cosmológicos, cosmogónicos y teogónicos de la teoría, cuya confusión ha sido fuente principal de malentendidos en las interpretaciones anteriores. En particular, el sistema de coronas o anillos de B 12 y A 37 no representa el orden actual del universo, sino la estructura general de la materia, así como el estado inicial de la cosmogonía (sección 1), según puede inferirse también de la lectura de los fragmentos por Simplicio (sección 2). Esa distinción permitirá una reconstrucción tentativa de la cosmogonía (sección 3) y la cosmología de Parménides, cuyo rasgo más llamativo es la ubicación de las estrellas fijas por debajo del Sol y de la Luna, sostenida asimismo por Anaximandro y -como trataré de mostrar-en la cosmología del papiro órfico de Derveni (sección 4). El sistema cosmológico y cosmogónico que exponía Parménides en la segunda parte de su poema es, después de la de Anaximandro, una de las más antiguas teorías griegas acerca del origen y de la estructura del universo que los testimonios nos dejan entrever (dada la casi impenetrable oscuridad que cubre los orígenes de la cosmología pitagórica, en la medida en que éstos pudieran ser contemporáneos y aun anteriores al filósofo de Elea, y dejando de lado asimismo las pocas y vagas generalidades y pormenores aislados que los doxógrafos trasmiten a nombre de Tales, Anaxímenes, Alcmeón, Jenófanes o Heraclito). Del vasto alcance sistemático de esa teoría puede darnos una impresión aproximada Plutarco (Adu. 1114b) recordando que Parménides compuso una ordenación del mundo (διάκοσμον), y habiendo mezclado como elementos lo luminoso y lo oscuro, a partir de éstos y por medio de ellos produce todos los fenómenos; pues dejó dichas muchas cosas acerca de la Tierra, del cielo, del Sol y de la Luna, y expuso el origen de los hombres, y... nada de los asuntos principales dejó sin decir 1. La fama de penetración y originalidad de que su cosmología gozaba es patente en la tradición que le atribuía -justificadamente o no-descubrimientos como los de la forma esférica de la Tierra 2 y la distinción de sus 1 El conocimiento directo que tenía Plutarco del texto de Parménides -puesto en duda por Tarán 1965, p. Aunque el término στρογγύλος es de por sí ciertamente ambiguo, parece evidente que aquí se refiere en efecto a la forma esférica y no meramente a la de un disco o tambor circular (como entendieron, entre otros, Frank 1923, pp. 198-200, Heidel 1937, pp. 70-72, y Morrison 1955, p. 64), forma ésta que, como Teofrasto bien sabía, habían atribuido ya a la Tierra Anaximandro y otros (Friedländer 1928(Friedländer, p. 1; para un resumen de la controversia, con amplia bibliografía, v. 268 s.); ni tampoco la imposibilidad aparente de que Parménides dispusiera de una prueba científicamente rigurosa del hecho -como, por ejemplo, la observación de la variación de los ortos estelares entre unas latitudes y otras (Frank 1923, p. 187)-debió de impedirle formular semejante hipótesis, acaso apoyándose en otros argumentos menos científicos según los criterios actuales (Friedländer, l. c.;Kahn 1960, p. 118), tales como la consideración metafísica de que el ser o lo-que-es ha de estar homogéneamente distribuido respecto a su centro (μεσσόθεν ἰσοπαλὲς πάντῃ, B 8.44; la conjetura es de Furley 1987, pp. 53-56). Por otra parte, la atribución del descubrimiento a Pitágoras o a los primeros pitagóricos -aceptada por Heath 1913, p. 64, entre otros, y aún recientemente defendida por Zhmud cinco zonas climáticas 3, el origen solar de la luz de la Luna 4 o la identidad del lucero vespertino y el del alba 5. Entre los descubrimientos científicos atribuidos a Parménides, es éste el que con mayor desconfianza ha sido acogido por los estudiosos, por cuanto parece presuponer un conocimiento sumamente avanzado de los círculos celestes y de su proyección sobre la superficie terrestre (según advirtieron Reinhardt 1916, p. Entre los estudiosos más recientes, sólo Coxon (1986, p. 238 s.) da crédito a esa tradición doxográfica, que juzga confirmada por su propia reconstrucción del sistema de anillos de B 12; argumento que, sin embargo, no se salva de incurrir en la más flagrante circularidad, ya que dicha reconstrucción presupone, de hecho, la familiaridad de Parménides con el sistema de las zonas celestes. Con todo, queda la posibilidad de que Parménides haya concebido semejante división por razones más bien ajenas a la astronomía matemática, tal vez sencillamente imaginando el hemisferio meridional como reverso simétrico del septentrional (así Burkert 1972, p. 66; una solución de compromiso -la luz propia de la Luna es sólo prendida o atizada por la del Sol-propone O'Brien 1968; pero cf. sobre todo la pormenorizada discusión del problema en los más recientes estudios de Wöhrle 1995 y Graham 2006, pp. 179-182. 56) observa razonablemente que «No good reason for rejecting it has ever been given» (sobre el supuesto origen pitagórico del descubrimiento, sostenido por Zeller 1892, p. Ciertamente, el hecho parece haber sido familiar a los astrónomos babilonios desde el segundo milenio a. C., y no podemos excluir del todo que de ahí haya podido llegar a conocimiento de Parménides o de otros griegos, tal vez por Por otra parte, lo que de ese sistema del mundo ha llegado hasta nosotros a través de los escasos fragmentos literales y los -apenas algo menos fragmentarios-informes de los doxógrafos se nos muestra a todas luces demasiado exiguo y abierto a múltiples modos de interpretación (aun dejando metódicamente de lado la cuestión fundamental de la relación de esa cosmología con la Verdad que se enunciaba en la primera parte del poema) como para que parezca hacedera una reconstrucción de conjunto que vaya más allá de la mera conjetura. Parecería, pues, ambición desmesurada y vana querer ofrecer otro intento más de solución de problema tan notoriamente irresoluble, si no fuera que el trato con esos textos (dentro de un estudio del conjunto de los restos del poema, al que vengo dedicándome, con algunas interrupciones, desde hace algo más de diez años) nos sugiere que una lectura atenta, libre hasta donde pueda de los prejuicios que han venido lastrando la mayoría de las interpretaciones modernas, puede acaso permitir una reconstrucción sorprendentemente coherente a lo menos de los lineamientos generales del sistema. Para ello conviene tener en cuenta, ante todo, que en el único texto que recapitula el conjunto del sistema del mundo parmenídeo, el fragmento de, se distingue claramente no sólo la cosmogonía de la cosmología u ordenación actual del mundo, sino que ambas aparecen nítidamente destacadas a su vez de la enigmática descripción del sistema de coronas o anillos, al que alude también el fragmento literal B 12. Ahora bien, aunque nada nos garantiza de antemano que tal distinción reproduzca fielmente el orden de lo que se leía en el poema, nada nos autoriza tampoco a desecharla sin más (en efecto, veremos que en la confusión indebida de los momentos cosmológicos, cosmogónicos y teogónicos del sistema estaba la raíz de gran parte de los descarríos de las interpretaciones precedentes), de modo que será conveniente adoptarla, a falta de evidencia vía de intermediarios fenicios; aunque tales contactos, si bien posibles en principio, no cuentan con apoyo documental alguno, por cuanto un conocimiento más o menos directo de la astronomía babilónica por parte de los griegos no parece estar atestiguado con certeza antes del siglo IV a. C. (Dicks 1970, pp. 163-175; cf. Zhmud 1997, pp. 202-209), ni tampoco las vagas semejanzas de algunos motivos del proemio parmenídeo con ciertas fórmulas rituales acadias y babilónicas -recientemente documentadas por Steele 2002-parecen suficientes para postular una influencia directa. más clara, como guía provisional de nuestro estudio. Empezaremos, por tanto, por examinar el sistema de coronas que se nos presenta, juntamente con la diosa que lo preside, en el fragmento B 12 y la primera parte del informe de Aecio (sección 1); de ahí pasaremos a una reconstrucción tentativa del orden de exposición que se seguía en esta parte del poema (sección 2) y, finalmente, a la cosmogonía y la cosmología (secciones 3 y 4, respectivamente). Las coronas y la diosa B 12 aparece citado por Simplicio (In Ph. I S S N 0 0 1 3 -6 6 6 2 cf. Sider 1979), la variante mayoritaria de los manuscritos πάντα parece aceptable con tal de entenderla como error de acentuación por παντᾷ o παντᾶ, doricismo por πάντῃ, como sospechaba Heitsch (1974, p. Habríamos de entender, pues, aproximadamente: Que las más estrechas están trabadas (¿trenzadas?) de fuego sin mezcla, las que siguen, de noche; y en medio salta una parte de llama. Y en medio de ésas está la diosa que todo gobierna: pues por doquier (o de todas las cosas) el parto horrendo y la mezcla inicia, mandando en lo varón lo hembruno mezclado y viceversa lo varón en lo femenino. A esos mismos versos (y algunos más, hoy perdidos, que debían de figurar en el contexto inmediato) parece referirse el resumen de Aecio (II 7.1,; añado la numeración de las frases para mayor claridad): tar la secuencia περιον como un participio neutro περιὸν y leer, en cambio, πυρῶδες en lugar de πυρώδης manuscritos (cf. τὸ πυρῶδες pocas líneas más adelante, Dox. En (3), los arreglos propuestos por los sucesivos editores parecen atestiguar más atención a lo que en este pasaje se desearía leer que a lo que el texto, indudablemente corrupto, de por sí sugiere. La solución menos costosa me parece ser, de entrada, suponer inmediatamente antes de τε καὶ la desaparición de un verbo correspondiente a τὴν μεσαιτάτην ἁπάσαις, que muy bien podía ser ὑπάρχειν, que figura al final de la oración principal; así τῶν δὲ συμμιγῶν τὴν μεσαιτάτην ἁπάσαις ‹ὑπάρχειν› vendría a corresponder aproximadamente a B 12.3: ἐν δὲ μέσῳ τούτων δαίμων ἣ πάντα κυβερνᾷ (con cierta duda de si en lugar de ἁπάσαις habría de leerse acaso mejor ἁπᾶσιν), mientras que el segundo miembro de la oración evoca el verso siguiente, B 12.4:... τόκου καὶ μίξιος ἄρχει, donde el paralelismo de contenido y sintaxis, unido a la construcción de ἄρχει + gen., sugiere una lección primitiva ἄρχειν (por ὑπάρχειν manuscritos, leyendo, por tanto, τῶν δὲ συμμιγῶν τὴν μεσαιτάτην ἁπάσαις ‹ὑπάρχειν› τε καὶ πάσης κινήσεως καὶ γενέσεως ἄρχειν), lo que explicaría que algún copista haya podido tomar ὑπάρχειν por corrección del ἄρχειν de la línea siguiente e insertarlo en su lugar, originando así el anacoluto que presentan los manuscritos Con lo cual el sentido del pasaje sería, en suma, el siguiente: (1) Parménides dice que hay unas coronas (o anillos) enredadas unas en torno a otras, una hecha de lo raro, otra de lo denso, y otras mixtas de luz y tiniebla en medio de aquéllas. (2) Y que aquello que las contiene a todas, a guisa de muralla, es sólido, y debajo de ello hay una corona ígnea; y girando en torno a lo que está en medio de todas, de nuevo sustancia ígnea. (3) Y de las mixtas, la que está en medio manda en todas ellas (¿o en todas las cosas?) y da comienzo a todo cambio y devenir; a ésa la llama también diosa gobernadora y dueña de los destinos7, Justicia y Necesidad. que nada nos autoriza a confundir11; de modo que lo más razonable parece ser entender el sistema de las coronas, con Reinhardt, como una construcción puramente cosmogónica o acaso como «una especie de arquetipo (Urtypus) que se repite en infinitas variaciones en el cosmos entero así como en cada cosa particular»12. Sobre la ordenación de los fragmentos En el mismo sentido apuntan, por lo demás, las escuetas indicaciones de Simplicio acerca del orden en que figuraban en el poema los fragmentos por él citados. Tras haber citado los versos B 8.50-61, el comentarista introduce la cita de los primeros versos de B 12 con las palabras: μετ' ὀλίγα δὲ πάλιν περὶ τῶν δυεῖν στοιχείων εἰπὼν ἐπάγει καὶ τὸ ποιητικὸν λέγων οὕτως «Y poco después de nuevo, hablando de los dos elementos, prosigue, nombrando también a lo hacedor, así» (In Ph. El fragmento B 12 seguía, por tanto, «poco después» del final de B 8, y por lo demás en un contexto en que se hablaba de los «dos elementos», que podía ser B 9 y poco más. Hemos de preguntarnos, por ende, si los fragmentos B 10-11 no deberían colocarse acaso más bien después de B 12 (ordenación que siguieron, en efecto, las antiguas ediciones de Karsten y Mullach). 559.20) presenta la cita de B 11 como sigue: Παρμενίδης δὲ περὶ τῶν αἰσθητῶν ἄρξασθαί φησι λέγειν... «Y Parménides acerca de las cosas sensibles dice que empieza a explicar...». Lo cual concuerda perfectamente con la reordenación sugerida si en lo que precedía a B 11 -entre lo cual debía de figurar B 12-se hablaba de otras cosas que no fueran αἰσθητά; y, en efecto, así lo da a entender el mismo Simplicio (In Ph. «Pero también una causa creadora, no de los cuerpos solamente... sino también de los incorpóreos que llevan a término la génesis». Resulta patente, pues, que los versos de B 12 trataban, a juicio de Simplicio, de la causa creadora, ante todo, de «los incorpóreos» (término obviamente de Simplicio, no de Parménides), es decir, de los dioses 13. En resumidas cuentas, Simplicio contrapone expresamente los ἀσώματα o dioses a los σώματα = αἰσθητά, cuya exposición se iniciaba con B 11. Parece, por tanto, que B 12 no pertenecía ni a la cosmología, ni a la cosmogonía siquiera (como suponía Reinhardt), sino a la teogonía de Parménides, o que al menos así lo entendía Simplicio 14. Del conjunto de estos pasajes, resulta bastante clara la estructura del inicio de la segunda parte del poema tal como la concibe Simplicio: La causa hacedora o eficiente (B 12). Los incorpóreos que llevan a término la generación, i. e., los dioses (B 13). 13 Cf. ibíd. 39.18: ταύτην καὶ θεῶν αἰτίαν εἶναί φησι «Dice que ésta (sc. la δαίμων de B 12.3) es causa también de los dioses». 14 Es de notar que también Cicerón (De nat. d. I 11.28 = 28 A 37) debió de haber encontrado la escueta alusión a la στεφάνη parmenídea en algún compendio doxográfico bajo el epígrafe «De los dioses» (sobre las posibles fuentes del pasaje ciceroniano, véase Untersteiner 1958, p. 84 s.): que ésta tiene poca traza de teología o teogonía, Cicerón mismo lo recalca expresamente (in quo neque figuram diuinam neque sensum quisquam suspicari potest). 188, cuando observa que B 12 ocupa una «posición mediadora» (vermittelnde Stellung) entre B 9, por un lado, y B 10, 11, 14 y 15, por otro: «Los versos [de B 12] hablan, por lo visto, del origen del mundo, colocando primero las dos formas elementales, mediante la representación de los anillos concéntricos, en un orden sistemático que luego habrá de explicar a su vez los fenómenos visibles». No es obstáculo a esta interpretación que en otro momento (In Ph. 30.14-31.12) Simplicio parezca dar por supuesto que la exposición de las «cosas sensibles» empezaba ya con la introducción de los dos elementos en B 8.53: pues también los principios, la causa hacedora y los dioses forman parte, en cierto modo, de lo «sensible» en sentido lato, en cuanto que los principios elementales lo son únicamente «de las cosas engendradas» (τῶν γενητῶν ἀρχάς, In Ph. 30.20) o, en términos aristotélicos, de las «cosas naturales» (τῶν φυσικῶν... τὰς ἀρχάς, ibíd. 179.30-31), sometidas a cambio y movimiento; y en cuanto tales principios elementales (ἀρχὰς... στοιχειώδεις, ibíd. 30.20) se distinguen del «Ente verdadero y unido, que también es principio y causa de los muchos y distintos, no a modo de principio elemental (ὡς στοιχειώδης), sino a modo de criador (ὡς προαγωγός) de éstos » (ibíd. 38.11-13). Lo cual no impide, desde luego, que los principios, la causa hacedora y los dioses también se distingan nítidamente, por otra parte, de las cosas sensibles, de las cuales justamente son ellos principios, causa y creadores, es decir, del cosmos visible cuya formación empieza a describirse en B 11. Tras mencionar brevemente a la diosa gobernadora, a la que identifica con la corona mixta central (Aecio II 7.1, Dox. 224.7-9), el parafraseador pasa, de modo bastante abrupto, a la génesis del mundo actual: Y que secreción de la Tierra es el aire, evaporado por la compresión más violenta de ésta, mientras que exhalación del fuego son el Sol y la Vía Láctea. Mezcla de ambos es la Luna, del aire y del fuego. Lo cual se completa con otro pasaje de Aecio, contenido en el capítulo Acerca de la sustancia del Sol (II 20.8a, Dox. 349.12-16 = 28 A 43): Παρμενίδης τὸν ἥλιον καὶ τὴν σελήνην ἐκ τοῦ γαλαξίου κύκλου ἀποκριθῆναι, τὸν μὲν ἀπὸ τοῦ ἀραιοτέρου μίγματος, ὃ δὴ θερμόν, τὴν δὲ ἀπὸ τοῦ πυκνοτέρου, ὅπερ ψυχρόν «Parménides dice que el Sol y la Luna se separaron de la Vía Láctea, aquél de la mezcla más rara, o sea de lo caliente, y ésta de la más densa, es decir, de lo frío», y con aquel otro, en fin, del capítulo Acerca de la Vía Láctea, de la que se anota que, según Parménides, «la mezcla de lo denso y lo raro produce el color lechoso» (τὸ τοῦ πυκνοῦ καὶ τοῦ ἀραιοῦ μῖγμα γαλακτοειδὲς ἀποτελέσαι χρῶμα, III 1.4, Dox. Por lo que esos escuetos retazos dejan entrever, parece que el proceso se originaba entre el núcleo sólido -aquí ya nombrado como Tierra-y la sustancia ígnea que en torno a él giraba. El aire evaporado de la Tierra acaba formando una capa esférica, en cuya zona superior se va mezclando luego una parte del fuego circundante: esa mezcla de aire y fuego es la Vía Láctea, de la que se separan a su vez el Sol, con una mayor proporción de fuego, y la Luna, con una porción relativamente mayor de aire o elemento oscuro. El resto de la capa ígnea circundante hemos de suponer ha sido despedazado entre tanto por la presión del aire, de modo que los fragmentos dispersos de fuego, comprimidos por el aire que los rodea, acaban formando los astros, que son 'condensaciones' o 'compresiones' (πιλήματα) del fuego16. Parece contradecir este informe la noticia del Seudo-Plutarco (Strom. 221.31) -aunque procedente también ésta, por lo que parece, de Teofrasto-de que Parménides λέγει δὲ τὴν γῆν τοῦ πυκνοῦ καταρρυέντος ἀέρος γεγονέναι, lo que se suele traducir: «... afirma que la tierra se formó del aire denso que se había precipitado». Aecio, por el contrario, asegura que el aire es «secreción de la tierra»: contradicción que sin mucho éxito se han esforzado en zanjar los estudiosos, sea postulando distintas especies de aire 17 o un proceso cíclico de precipitaciones y evaporaciones recíprocas 18, sea eliminando ἀέρος (Patin, Diels-Kranz y otros 19 ). Pero más bien sospecho que habremos de entender «lo denso que se había precipitado desde el aire», interpretando καταρρυέντος ἀέρος = κατ' ἀέρος ῥυέντος, a la manera de la usual construcción con genitivo de verbos como καταγελᾶν, κατηγορεῖν, καταφρονεῖν, etc., o bien, si tal construcción se juzgara inadmisible para καταρρεῖν, corrigiendo καταρρυέντος ‹ἐξ› ἀέρος. Así quedarían conciliados los testimonios de Aecio y del Seudo-Plutarco: si el aire es secreción de la Tierra y ésta se forma a su vez del elemento denso que se precipitaba desde el aire, podemos suponer un proceso simultáneo de segregación recíproca de los dos elementos, por diferenciación interna de la Noche espesa y oscura, que se divide, por efecto de compresión violenta (πίλησις), en un elemento fluido o vaporoso pero todavía oscuro llamado aire (ἀήρ), por un lado, y un poso de materia densa, espesa y sólida, por otro. De este modo, las tres clases de materia hasta aquí presentes (Fuego, Noche y la mezcla de ambos) se hacen cuatro por desdoblamiento del segundo en Tierra y Aire; las variadas proporciones de su mezcla resultarán suficientes para dar cuenta de la formación del mundo. que circunda la Tierra (Anaximandro, 12 A 10, 11). Más dudosa es aquella otra noticia de Aecio (II 17.4,, sobre la opinión que algunas variantes manuscritas atribuyen, además de a Heraclito (con escaso o nulo fundamento), a Parménides, de que «los astros se nutren de la exhalación de la tierra» (τρέφεσθαι δὲ τοὺς ἀστέρας ἐκ τῆς ἀπὸ γῆς ἀναθυμιάσεως). Si la noticia, patentemente incompatible con lo que el mismo Aecio refiere en los otros pasajes citados, tiene algún fundamento, debe de tratarse de un malentendido de algún pasaje del poema (o de algún resumen anterior) en el cual se decía tal vez que los astros se condensaron o coagularon (= τρέφεσθαι, que Aecio o su fuente toma erróneamente en el otro sentido de 'nutrirse' o 'alimentarse') a causa de (es decir, bajo la presión de) las exhalaciones terrestres. 4, rechaza la noticia de Aecio como «a corruption of Theophrastus' account». En conclusión de su resumen, Aecio esboza someramente la ordenación actual del mundo según Parménides (II 7.1,: περιστάντος δ' ἀνωτάτω πάντων τοῦ αἰθέρος ὑπ' αὐτῷ τὸ πυρῶδες ὑποταγῆναι τοῦθ' ὅπερ κεκλήκαμεν οὐρανόν, ὑφ' ᾧ ἤδη τὰ περίγεια Circundante en lo más alto de todas las cosas el éter, por debajo de éste está colocado lo ígneo que llamamos cielo, e inmediatamente debajo las cosas que rodean la Tierra. El mismo Aecio escribe, en el capítulo Sobre la disposición de los astros (II 15.4, Dox. Παρμενίδης πρῶτον μὲν τάττει τὸν ἑῷον, τὸν αὐτὸν δὲ νομιζόμενον ὑπ' αὐτοῦ καὶ ἕσπερον, ἐν τῷ αἰθέρι. μεθ' ὃν τὸν ἥλιον, ὑφ' ᾧ τοὺς ἐν τῷ πυρώδει ἀστέρας, ὅπερ οὐρανὸν καλεῖ Parménides primero coloca el lucero matutino, el mismo en su opinión que el vespertino, en el éter; después de éste, el Sol, debajo del mismo los astros que están en lo ígneo que llama cielo. Las dos enumeraciones -de las zonas celestiales, la primera, de los astros que en éstas se encuentran, la segunda-integran un cuadro coherente del orden celeste: primero, en el extremo exterior, el éter (αἰθήρ), donde se sitúa Venus y, probablemente, el Sol; luego, una zona ígnea llamada 'cielo' (οὐρανός), región de los demás astros o por lo menos de las estrellas fijas; y finalmente, τὰ περίγεια 'lo que rodea la Tierra'. La mayoría de los estudiosos modernos, sin embargo, han juzgado inverosímil esa disposición, alegando las supuestas discrepancias entre ésta y los fragmentos literales20. Más bien lo contrario sugiere, sin embargo, una lectura atenta del único fragmento literal que acaso pueda arrojar alguna luz sobre el orden cósmico que en el poema se describía (b 10) 21: Sabrás la etérea natura y dentro del éter todos los signos que están, y también de la pura y biengobernada luz del Sol la labor invisible, y de dónde nacieron; la labor vagarosa sabrás de Luna la ojirredonda y su naturaleza, y del Cielo que ambos lados separa, dónde nació y cómo la Necesidad que lo lleva lo obligó a guardar el confín de los astros. Aunque el orden de enumeración no tiene por qué ajustarse a la disposición material de lo enumerado, llama la atención que el orden en que se nombran aquí los cuerpos celestes concuerda minuciosamente con la ordenación descrita por Aecio: en primer lugar, en la zona periférica, el éter y los «signos que están en el éter», es decir, Venus y, probablemente, los demás planetas 22; luego siguen, en este orden, el Sol, la Luna (no mencionada por Aecio) y el 'cielo' (οὐρανός) obligado a guardar el confín de los astros, verosímilmente las estrellas fijas y la 'leche celeste' (γάλα οὐράνιον, B 11.2) de la Vía Láctea. Ahora bien, dado lo insólito de semejante disposición, que coloca las estrellas fijas por debajo de las órbitas de los planetas, del Sol y de la Luna, los estudiosos han preferido generalmente restablecer la normalidad astronómica aun en contra de los testimonios, identificando el 'cielo' de B 10.5 el orden en que éstos se suponen efectivamente colocados en el espacio (lo que nos obligaría al absurdo de colocar los astros aún más allá del Olimpo último o confín extremo del mundo; y también la posición de la Luna, más alejada de la Tierra que el Sol, sería extraña y, que yo sepa, sin paralelo en la historia de la astronomía). 227; para σῆμα en el sentido de 'astro', cf. Il. 1273; sobre el posible conocimiento de los planetas por Parménides, cf. n. 31 y texto correspondiente. con el 'Olimpo último' de B 11.2, i. e., el confín extremo del cosmos23, y traduciendo, por consiguiente, οὐρανὸν ἀμφὶς ἔχοντα por «el cielo que todo lo abarca». En cuanto a lo primero, sin embargo, es notorio que los griegos, desde Homero y Hesíodo 24 hasta los pitagóricos 25, solían distinguir ὄλυμπος y οὐρανός, y así distingue Parménides mismo, en B 11.2, la 'leche celeste' (γάλα οὐράνιον) del 'Olimpo último' (ὄλυμπος ἔσχατος), con lo cual, en fin, concuerdan unánimemente los testimonios doxográficos 26. Y en cuanto a la traducción, había advertido ya Untersteiner que οὐρανὸς ἀμφὶς ἔχων muy probablemente no es «el cielo que todo lo rodea», sino «que por ambos lados separa o divide», en el mismo sentido en que en Homero las columnas de Atlante son αἳ γαῖάν τε καὶ οὐρανὸν ἀμφὶς ἔχουσι «las que por ambos lados separan la Tierra y el Cielo» 27: en todo caso, el epíteto sería de lo más pertinente si suponemos que el Cielo separa τὰ περίγεια, el entorno inmediato de la Tierra, por un lado, de la región de la Luna, del Sol y de los planetas, por otro. Si la verosimilitud de esa ordenación no hubiera de imponérsenos ya por su mera condición de difficilior (pues a duras penas se concibe que los resumidores antiguos hayan trocado por puro descuido el orden acostumbrado de los astros por otro enteramente contrario a todas las nociones ya por entonces establecidas 28 ), habría de convencernos por lo menos la semejanza con la I S S N 0 0 1 3 -6 6 6 2 290 L U I S A N D R É S B R E D L O W cosmología de Anaximandro, en la cual, según el mismo Aecio (II 15.6,, «en lo más alto de todas las cosas está colocado el Sol, después de éste, la Luna, y debajo de éstos las estrellas fijas y los planetas», o, en las palabras de Hipólito (Ref. I 6.5 = 12 A 11), «en lo más alto está el Sol, y en lo más bajo los círculos de las estrellas fijas». El sistema de Anaximandro (Sol-Luna-astros, de la periferia al centro) coincide, pues, puntualmente con el que hemos reconstruido para Parménides (Venus-Sol-Luna-estrellas fijas), salvo en que éste coloca a Venus -y posiblemente los demás planetas-en el extremo de la periferia, más allá del Sol. Sobre las razones de esa innovación no caben más que conjeturas 29; pero no podemos menos de relacionarla, como hizo ya el propio Aecio, con el descubrimiento de la identidad del lucero vespertino y el del alba, que la tradición atribuye a Parménides 30: descubrimiento que equivale a reconocer el desplazamiento anual de Venus respecto al cielo de las estrellas fijas y obliga, por tanto, a asignarle una órbita independiente, análoga a las del Sol y de la Luna. Parménides parece haber sido, por consiguiente, el primer griego que alcanzó a distinguir al menos uno de los planetas de las estrellas fijas, lo cual hace probable que tuviera también alguna noción, cuando menos rudimentaria, del movimiento de los demás planetas 31, acaso reconocibles en los ἐν αἰθέρι σήματα de B 10.1-2. olvidado ya por los astrónomos, debió de sobrevivir ya por entonces tan sólo entre los historiadores de la ciencia como Aecio. 29 Es notorio que la posición relativa de las órbitas de Venus y Mercurio respecto a la del Sol fue dudosa para los astrónomos griegos aún en tiempos muy posteriores: Ptolomeo, Alm. IX 1, refiere que los «más antiguos» colocaron las esferas de estos dos planetas por debajo de la del Sol, algunos de los posteriores, en cambio, más allá de ésta, y declara finalmente que, dada la ausencia de un paralaje observable que pueda ofrecer un criterio seguro, la cuestión es imposible de decidir con certeza. El criterio aparentemente más sencillo, la duración respectiva de los periodos orbitales aparentes -que había permitido ya en fecha relativamente temprana establecer acertadamente el orden de los planetas exteriores Marte, Júpiter y Saturno-era inoperante en este caso, ya que los griegos, en general, identificaban los periodos sidéreos de Venus y Mercurio con el del Sol (cf. Dicks 1970, p. 345, observando que la distinción era prácticamente imposible de establecer dentro de un sistema geocéntrico). Una útil sinopsis de las diversas ordenaciones de los planetas entre los antiguos ofrece Neugebauer 1975, pp. 690-693; sobre el pasaje de Ptolomeo y la identificación de las escuelas astronómicas aludidas, cf. Burkert 1972, pp. 318-320. En todo caso, los sistemas de Anaximandro y de Parménides concuerdan en situar las estrellas fijas por debajo del Sol y de la Luna, a lo menos si damos crédito a las noticias de Aecio, quien por lo demás asegura que la misma ordenación fue defendida aún en fechas mucho más tardías por Metrodoro de Quío, el discípulo de Demócrito, y por Crates 32. Y lo que es más, esa misma Anaximandro, Anaxímenes y Alcmeón). Anaximandro, según Aecio (II 15.6, Dox. 345,(10)(11)(12), colocaba a una misma distancia de la Tierra τὰ ἀπλανῆ τῶν ἄστρων καὶ τοὺς πλανήτας, términos que seguramente no pertenecen a Anaximandro sino a Aecio o a su fuente (cf. Kahn 1960, p. 61); cf. Dicks 1970, pp. 33 (en Homero «the planets had not yet been differentiated»), 47 (contra la adscripción de tal distinción a Anaxímenes, intentada por Heath 1913, p. Dicks pasa por alto, sin embargo, los testimonios acerca de la observación de Venus por Parménides, y cuando concluye (p. 290), parece haber olvidado su propio reconocimiento (p. 58) de que los planetas fueron conocidos, antes de Filolao y Demócrito, por Anaxágoras. En todo lo demás, su valoración de los testimonios me parece del todo coherente con la suposición de que la distinción entre planetas y estrellas fijas haya sido introducida en Grecia por primera vez por Parménides, esto es, una generación antes de Anaxágoras (quien parece ya suponer la existencia de los planetas como un dato establecido) y algo más de medio siglo antes de Demócrito -a quien Diógenes Laercio (IX 46 = 68 A 33, Vors. II 91.3) atribuye un escrito Περὶ τῶν πλανήτων-y del elaborado sistema celestial de Filolao, que presupone una familiaridad ya prolongada con los movimientos planetarios (cf. Burkert 1972, p. 213; acerca de la influencia que la cosmología de Parménides parece haber ejercido sobre la de Filolao, cf. Huffman 1993, p. 346.10-12 (70 A 9 DK): Μητρόδωρος ἅπαντας τοὺς ἀπλανεῖς ἀστέρας ὑπὸ τοῦ ἡλίου προσλάμπεσθαι; Diógenes Laercio (IX 33 = 67 A 1) atribuye una ordenación lejanamente parecida (Sol-estrellas-Luna-Tierra) a Leucipo. El Crates mencionado por Aecio no es -como supone erróneamente Kahn 1960, p. 2-el cínico de Tebas, que no parece haber mostrado curiosidad alguna por las cuestiones físicas y cosmológicas, sino -como reconoce acertadamente Dicks 1970, p. 49-el gramático y erudito Crates de Malo o de Pérgamo (fr. 5a Mette), autor de extensos comentarios sobre las supuestas teorías astronómicas de Homero, aunque la atribución de tan arcaica doctrina cosmológica a ese docto filólogo helenístico se deba lo más probablemente a una confusión de Aecio (sobre lo cual cf. Mette 1936, p. Por lo demás, el orden estrellas-Luna-Sol, del centro a la periferia, era familiar a los mitos escatológicos de la tradición irania (v. las referencias en Burkert 1963), aunque una relación directa I S S N 0 0 1 3 -6 6 6 2 ordenación parece estar supuesta también en el papiro órfico de Derveni, cuyo anónimo autor concibe las estrellas a modo de partículas «que flotan en el aire, lejos unas de otras; pero de día son invisibles, siendo dominadas por el Sol, mientras que de noche son visibles estando ahí, y son dominadas debido a su pequeñez» 33. Puesto que ἀήρ es, en el griego de la edad arcaica, el aire o neblina contenido en la parte inferior del espacio que separa al cielo de la Tierra, hasta las nubes inclusive, mientras que la parte superior, en la que se encuentra el Sol, se llama αἰθήρ 34, no me cabe mucha duda de que el Anónimo órfico, al igual que Anaximandro, Parménides y Metrodoro, situaba las estrellas fijas por debajo del Sol y de la Luna 35. La semejanza de esta cosmología órfica con la de Parménides se hace más patente aún cuando el Anónimo, tras el paso citado, continúa (Pap. Y están suspendidas cada una de ellas en Necesidad, de manera que no se junten unas con otras; pues si no, confluirían en masa compacta cuantas tienen la misma potencia que aquellas de las que quedó compuesto el Sol. No podemos menos de recordar aquella ἀνάγκη que, en el fragmento de Parménides (B 10.5-7), obliga al cielo a «guardar los límites de los astros» con el sistema de Anaximandro, como la postula Burkert, no pasa de mera conjetura; otra explicación ofrece Kahn 1960, p. XIV 288, sobre el abeto que «a través del aire llegaba al éter» (δι' ἠέρος αἰθέρ' ἵκανεν); cf. Kirk, en Kirk, Raven y Schofield 1987, p. 244, cuando afirma: «The author does not tell us anything about the exact location of the stars», y de la indicación de que las estrellas se encuentran «lejos unas de otras» infiere que «it is better if they are closer to the periphery». El Anónimo, por el contrario, dice claramente que las estrellas no se encuentran cerca de la periferia, sino ἐν τῷ ἀέρι, esto es, por debajo del Sol y de la Luna; lo que no les impide, desde luego, estar lo bastante lejos unas de otras, dada su pequeñez (σμικρότης), en la que el Anónimo insiste expresamente. Parménides [quiso que fuera dios] cierto invento suyo: construye un círculo parecido a una corona -lo llama στεφάνη-que, reteniendo el ardor de la luz, rodea el cielo, y al que llama dios; en lo cual nadie puede sospechar ni condición divina ni sensibilidad alguna. Así entendido, el testimonio de Cicerón concuerda sin mayor dificultad con el de Aecio, quien identificaba a la diosa gobernadora con la más céntrica de las coronas mixtas. Si suponemos que el orden presente del mundo refleja la estructura pre-cosmogónica de las coronas por lo menos en lo que a la posición de la diosa se refiere (o que así a lo menos lo entendieron los doxógrafos), ésta habrá de encontrarse aproximadamente a medio camino entre la periferia y el centro del universo, esto es, por encima de «lo ígneo que llamamos cielo» (de las estrellas fijas), situado, como Aecio atestigua, por debajo de los planetas, del Sol y de la Luna. De lo cual resulta, en suma, el siguiente cuadro de conjunto del orden cósmico:
A principio de los años sesenta del siglo pasado, unos jóvenes recién licenciados de la especialidad de Clásicas de la Universidad Complutense decidimos elegir como curso de Doctorado el impartido por D. Francisco Rodríguez Adrados con el nombre de "Las fábulas esópicas". Pensábamos que sería un curso como tantos otros interesantes de literatura griega que habíamos recibido de dicho profesor; también, tal vez, en este caso, parecía un tema relativamente sencillo. A los pocos días de comenzar las lecciones, caíamos en la cuenta de que en lugar de esa supuesta sencillez nos encontrábamos ante uno de los géneros mas complejos e intrincados de la literatura universal. Se trataba de un género que era conocido como prosa, pero que podía manifestarse total o parcialmente en verso; entre lo oral y lo escrito, se multiplicaba a lo largo de siglos en variadas colecciones, versiones, subgéneros y lenguas. Ante nuestra vista se estaba gestando la Historia de la fábula greco-latina (Madrid, Universidad Complutense, 1979-87, 3 vols.; en trad. inglesa History of Graeco-Latin fable, Leiden, Brill, 1999-2003, 3 vols.). El tema había preocupado al profesor Rodríguez Adrados desde su tesis doctoral Estudios sobre el léxico de las fábulas esópicas (Salamanca, 1948), obra en la que intentaba situar en su lugar un léxico muy olvidado por trabajos demasiado volcados al clasicismo. El libro que ahora nos ocupa se refiere no solo a la obra en formato menor escrita por Rodríguez Adrados paralelamente a la creación de la Historia de la fábula greco-latina, sino que muchos de los trabajos reunidos (algunos de ellos inéditos hasta el momento o publicados antes en revistas extranjeras) sobrepasan la fecha de publicación de la obra mencionada y permiten observar el progreso aportado por Rodríguez Adrados en el complejísimo campo de las fábulas y en el de otros conexos, sentado las bases de obras del mismo autor como la Antología del cuento erótico griego, latino e indio (Madrid, 1993) y Modelos griegos de la sabiduría castellana (Madrid, 2001). Nuestro libro comprende un breve prólogo del autor y tres partes divididas cada una de ellas en pormenorizados capítulos que recogen trabajos reunidos temáticamente. La tercera parte del libro se dedica a reseñas sobre bibliografía del género fabulístico de las que varias equivalen a trabajos de gran densidad y tamaño, poniendo de relieve con frecuencia una estrecha relación entre artículos y reseñas (ver p. ej. la dedicada a M.J. Luzzato y A. La Penna Babrii mythiambi aesopei (Leipzig, 1986) y el trabajo «La fecha de la Augustana y la tradición fabulística antigua y bizantina», 1992). Es imposible describir en esta reseña los innumerables puntos elucidados en los que Rodríguez Adrados aporta hallazgos incontestables. La obra desvela cómo se fueron fraguando muchos de sus descubrimientos a medida que el propio estudioso fué dando forma en extensión y profundidad a una grande y fragmentaria masa literaria que traspasa universalmente culturas y lenguas, trascendiendo también su propio "género". Por ello, procuraremos seguir unas grandes líneas (definición y expresión formal del "género", sus orígenes y evolución, su contenido y pensamiento) que ilustraremos con referencias a los artículos publicados en este libro. Efectivamente, los doctorandos nos encontrábamos ante uno de los géneros más complejos, adaptables y persistentes de la literatura universal. Rodríguez Adrados aborda la crucial cuestión de la definición de ese "género" preguntándose inicialmente por sus subgéneros y sus límites respecto a otros géneros vecinos. La fábula es llamada en griego lógoj, pero también múqoj y, efectivamente, el autor descubre rasgos comunes con la forma y función de los mitos. Ambos se refieren a tiempos primordiales, cuando el gran protagonista no era todavía el hombre, sino los dioses, los seres personificados y los animales. Ello no es contradictorio, pues según señala Rodríguez Adrados en la cultura griega persisten huellas de un orden de cosas que no rechaza la proximidad humana ( y divina) al animal: los jefes de "comos", héroes (o antihéroes) de fiestas populares, adoptan a veces nombres animalísticos, incluso de los vegetales. El "centro" o "núcleo duro" del género puede quedar definido por el protagonismo de animales parlantes, dotados desde época muy antigua de rasgos fijos. Pero también en forma paralela al mito, pueden ser protagonistas de la fábula los dioses, ciertas fuerzas de la naturaleza, como el torrente y también plantas con características fijas y contrapuestas (dureza/ flexibilidad), como la caña y la encina. A pesar de su capacidad camaleónica a lo largo de los siglos, la fábula se manifiesta como un género extraordinariamente constante. Frente a los grandes géneros literarios, más fijos y conservadores, la fábula pertenecería a un nivel "inferior". Sin embargo, su esencia anónima (a lo largo de su historia la aparición de grandes creadores es casi irrelevante), tradicional y formalmente flexible, la hace particularmente adaptable y resistente. Formalmente, la fábula es, inicialmente, un "ejemplo" en un relato, como en Mesopotamia, en la India o en la Edad Media (los "enxiemplos" en España). Así se manifiesta también la fábula griega arcaica, inicialmente en verso y en la que Rodríguez Adrados identifica fórmulas métricas, intercambiables a la manera de las orales. C., las fábulas se verán sometidas al proceso de prosificación que afecta a otros géneros griegos. Ello puede ya observarse en el diálogo socrático, en Jenofonte, en Antístenes el cínico, hasta llegar a Demetrio de Falero que crea la primera colección de fábulas. («Hechos generales y hechos griegos en el origen de la sátira y la crítica», 1978; «La fábula griega como género literario», 1982; «Nuevos fragmentos de poetas yámbicos arcaicos y clásicos. Estesícoro, Semónides (?), Auctor incertus», 1982; «Fábula y cuento popular de tradición antigua en los Balcanes», 1991; «Mito y fábula», 1993). La flexibilidad y adaptibilidad del género ha complicado la actividad del filólogo a la hora de hacer ediciones de las fábulas. La edición crítica busca establecer el estado original de un texto y aquí esto apenas puede hacerse porque ese estado original no ha existido nunca: se trata de textos de "tradición abierta", algo parecido a nuestros romances, que de ser prácticamente orales, la primera imprenta los catapultó a la fijación, a veces ilusoria, de la "literatura". Y quiero recordar aquí a nuestro antiguo y desaparecido amigo M. Ferrer Chivite que tras los descubrimientos de Barcarrota, nos manifestaba que el Lazarillo pudiera ser considerado una "obra abierta". El profesor Rodríguez Adrados considera que hay un progreso y que es posible hacer ediciones mejores de las fábulas, pero cree que deben explorarse otras técnicas filológicas, como las probadas para los escolios o en Vetus Latina, aunque, dada la complejidad aún mayor del género, habría que ir a la edición puramente informática con programas especiales. Los elementos métricos resultan importantísimos: permitirían, no solo señalar rasgos de la llamada "tradición abierta", sino establecer un "corpus" antiguo del que provienen las colecciones antiguas y las posteriores («Sobre una redacción bizantina de las fábulas esópicas», 1958; «Desiderata en la investigación de la fábula antigua», 1978; «Problemas de crítica textual en la transmisión de la fábula greco-latina», 1986). ¿Que puede decirse de los orígenes y evolución de este género? La respuesta es, según Rodríguez Adrados, resultado de un largo proceso de estudio. C. y en Egipto desde el XIV a. C. hay ya representaciones figuradas (es curiosa y según el autor, está mal estudiada la representación artística de las fábulas) de animales que pueden corresponder a temas fabulísticos; en el período neo-sumerio encontramos textos que serán copiados al babilonio antiguo, acadio, asirio y neobabilonio durante más de dos milenios. En la India, los textos escritos son más tardíos, lo que lleva a la debatida cuestión de si es anterior la fábula india a la griega. Aunque, tras la conquista de Alejandro podría darse el fenómeno de gran difusión de la fábula en la India, hay temas que solo se encuentran en la India y en los que se adivina la antigua influencia mesopotámica. En Grecia, la primera fábula conformada como tal (El ruiseñor y el halcón) se encuentra en la poesía épica, en Los Trabajos y los Días de Hesíodo; más tarde se hallan restos fabulísticos hexamétricos también en Paniasis. El profesor Rodríguez Adrados considera que la arcaica unión de la fábula con la poesía épica permite la aparición de epopeyas animalísticas burlescas, como la Batracomiomaquia. Pero es en la lírica griega donde se da una importante manifestación fabulística, con huellas evidentes del mundo oriental: de Arquíloco tenemos El águila y la zorra que se re-EMERITA (EM) LXXIII 2 julio-diciembre 2005 pp. 375-388 ISSN 0013-6662 monta a El águila y la serpiente de la epopeya acadia Etana; hay influencia del Gilgamés en el fragmento de Ibico en el que se habla de la droga contra la vejez («El tema del águila, de la épica acadia a Esquilo», 1964; «Ibico 61 y el influjo del Gilgamés en Grecia», 1987; «Más temas fabulísticos mesopotámicos en Grecia y la India», 2003; «El ratón y la comadreja, una nueva epopeya paródica. En las fábulas sobre monos de Arquíloco y en Semónides detecta Rodríguez Adrados la huella de Egipto («Sobre el origen y evolución de la fábula del águila y el escarabajo», 1988/1989). La fábula es utilizada también por otros líricos como Semónides o Teognis (cuyas vidas heroico/antiheroicas, el profesor Rodríguez Adrados aconseja repasar a la luz esópica); a esta corriente no escaparán Píndaro ni los autores trágicos y cómicos («El poema del pulpo y los orígenes de la colección Teognídea», 1958; «El tema del león en el Agamenón de Esquilo», 1963). Hasta aquí podemos hablar de fábulas dentro de grandes textos. A partir del año 300 a C., como hemos adelantado, aparecen las compilaciones en forma de colección, siendo la más antigua la de Demetrio de Falero. Posteriormente encontramos las colecciones anónimas, que se desarrollarán a lo largo de la época bizantina. La más antigua, según el profesor Rodríguez Adrados sería la Augustana (IV/V d. C.) y luego la Vindobonense (VI/VII d. («El papiro Rylands 493 y la tradición fabulística antigua», 1952; «Sobre una redacción bizantina de las fábulas esópicas», 1958; «Problemas de crítica textual en la transmisión de la fábula greco-latina», 1986; «La fecha de la Augustana y la tradición fabulística antigua y bizantina», 1992; «Nuevos testimonios papiráceos de fábulas esópicas», 1999). En forma semejante a lo dicho para las más antiguas fábulas griegas, en otros lugares, como p. ej. la India, la fábula puede estar integrada dentro de un poema épico (u otro género, incluso hay fábulas dentro de otras fábulas) y, desde el II a. C., en forma de colección. Pero hay otra forma de presentación, según la cual, las fábulas pueden estar incluídas en la Vida del autor de las fábulas real o supuesto, con un precedente en la asiria Vida de Ahikar. Bajo influencia cínica, movimiento filosófico al que el profesor Rodríguez Adrados concede un papel determinante en la evolución de la fábula griega y sus sucesoras, la Vida de Esopo se convertirá en todo un modelo de literatura biográfica. Según el profesor Rodríguez Adrados, en un momento dado, a partir de las conquistas de Alejandro, la fábula griega "revierte" sobre la India, fenómeno que se produce también en Egipto. Ello se acentúa en época bizantina, cuando fábulas griegas pasan al siríaco y de ahí a las fábulas árabes, que a su vez mantienen huellas de tradiciones independientes, como puede verse por la colección de Lokman. Todo ello puede "revertir" de nuevo al griego, con añadidos de la tradición india, como puede verse en el Syntipas («El Pañchatantra, la fábula Mesopotámica y la fábula Griega», inéd.; «Elementos cínicos en las "Vidas" de Esopo y Secundo en el Diálogo de Alejandro y los Gimnosofistas», 1978; «La Vida de Esopo y los orígenes de la novela antigua», 1979; «Siria, cruce de caminos de la na-EMERITA (EM) LXXIII 2 julio-diciembre 2005 pp. 375-388 ISSN 0013-6662 rrativa bizantina y la oriental», 1983; «La fábula en Bizancio, entre Grecia, el Oriente y el Occidente», 1993; «Fábula y cuento popular de tradición antigua en los Balcanes», 1991; «La fábula en Grecia y Oriente», 2002; «Las fábulas de Lokman dentro de la tradición fabulística Griega», 2003). La fábula griega se instala desde época relativamente temprana en el mundo romano. Puede encontrarse ya en Lucilio, difundiéndose a través del género elegíaco y epigramático latino. Posteriormente aparecerán colecciones, que ya conocidas por sus nombres de "autor", como las de Fedro o Aviano, tendrán fuerte predicamento en la Edad Media («El papiro Rylands 493 y la tradición fabulística antigua», 1952; «Fedro y sus fuentes», 1983; «Los más antiguos influjos de la fábula india en la Edad Media latina», 1984; «De la fábula griega a la fábula latina en dísticos elegíacos», 1991; «La fábula en Horacio y su poesía», 1994). Como se ha adelantado, Bizancio tiene un papel fundamental en la codificación de las fábulas. Es en esta etapa cuando se forman grandes corpora móviles, o colecciones anónimas como las ya citadas Augustana, Vindobonense y Accursiana, formadas por unidades fabulísticas de tamaño reducido, muy apto para la difusión, la traducción y la enseñanza («Sobre una redacción bizantina de las fábulas esópicas», 1958; «Fábula y cuento popular de tradición antigua en los Balcanes», 1991). Queremos recordar aquí un reportaje televisivo sobre Bhutan en el que se podía ver a un maestro de escuela enseñando a niños el inglés, lengua obligatoria además de la nativa. Cuando la cámara enfocó las rudimentarias tablillas, pudo verse que el texto utilizado para enseñar inglés a estos niños de un país del Himalaya situado entre dos gigantes como India y China, era la fábula de El león y el ratón. El proceso de paso y traspaso, de "reversión", contaminación, etc. se prolonga, según el profesor Rodríguez Adrados, en algunos casos casi hasta nuestros días. Una de las más importantes confluencias fabulisticas a partir de las tradiciones estudiadas, se producirá en la Península Ibérica durante la Edad Media. En la Disciplina clericalis de Pedro Alfonso hay huellas de la tradición india y griega y las traducciones de Alfonso X revierten a modelos árabes del Bagdad del IX d. C. («La fábula de la golondrina de Grecia a la India y la Edad Media», 1980; «Más sobre la fábula de la golondrina», 1982; «Versiones medievales del tema de la serpiente desagradecida», 1991; «La zorra y el cuervo en la Edad Media latina», 1992). El Libro de Buen Amor del Arcipreste de Hita retomará el tipo de fábulas integradas en un texto de tipo biográfico, así como en el Conde Lucanor se mantienen esquemas composicionales indios («Problemas de crítica textual en la transmisión de la fábula greco-latina», ver en pp. 658-661 varios stemmata sobre la evolución de la fábula, 1986). El resultado de la fusión de estas tradiciones lleva a una enorme potenciación en el Renacimiento gracias a la imprenta, a partir de magníficos incunables que presentan las fábulas precedidas de la Vida de Esopo, acompañadas de extraordinarias estampas que renuevan y propagan de manera antes impensable la tradición artística figurada que está en los orígenes de la fábula desde época mesopotámica y egipcia. Pero antes la fábula se había diversificado en contactos con géneros como la lite- ). ¿Contiene nuestro persistente género algún mensaje igualmente constante?. Tal como aparece en la poesía griega yámbica (p. ej. Arquíloco), contiene un fondo popular y crítico; también el lírico Estesícoro se sirve de una fábula para disuadir a los ciudadanos de aceptar la tiranía, e incluso cuando aparece en la poesía hexamétrica, como en Hesíodo, es utilizada para criticar a los reyes injustos. Pero su adaptabilidad hace que pueda servir de arma a diversas ideologías: alguna vez (Teognis, Heródoto, Sófocles), como en la fábula del torrente que todo lo anega en súbitas avenidas, hay una equiparación con el pueblo que en ciertos momentos puede arrasarlo todo («El tema del torrente en la literatura griega arcaica clásica», 1965; «Nuevos fragmentos de poetas yámbicos arcaicos y clásicos. Estesícoro, Semónides (?), Auctor incertus», 1982; «Más fragmentos nuevos de poesía griega arcaica», 1984). Sin embargo, el elemento de crítica a los fuertes y poderosos prevalecerá en general. Se busca construir una igualdad y demostrar la posibilidad del triunfo del débil inteligente frente al fuerte, cuyo poder se tiene muy en cuenta, de manera tan realista, que a veces en lugar de la crítica la fábula aconseja la resignación. Los socráticos y sobre todo los cínicos, cuya particular visión dotará a la fábula de rasgos que se extendarán universalmente, serán los que acrecentarán el elemento de crítica social latente en el género: la naturaleza triunfa de la riqueza, la prepotencia y la vanidad («Filosofía cínica en las fábulas esópicas», 1986; «Política cínica en las fábulas esópicas», 1987; «Géneros helenísticos en el Banquete de los siete sabios de Plutarco», 1996). Este rasgo tan evidente en la fábula griega, se revela en fábulas de otras culturas: en la India sirve para criticar a los ascetas hipócritas, en forma paralela a la crítica del clero en la Edad Media. («Desiderata en la investigación de la fábula antigua», 1978; «Hechos generales y hechos griegos en el origen de la sátira y la crítica», 1978; «La fábula griega como género literario», 1982; «Las ranas pidiendo rey: origen y evolución de una fábula política», 1984). Ello pondrá de relieve que la fábula comporta componentes ideológicos de cierta potencia, que la Ilustración europea redescubrirá en el siglo XVIII y XIX con Lafontaine y en España con Iriarte o Samaniego, encontrando su terreno abonado en la expansión de la prensa satírica, de la que damos como ejemplo el periódico El tío Camorra. Periódico político y de trueno, 1847, pp. 54-57 donde un anónimo redactor, buen conocedor de letras grecolatinas, tras citar a Rousseau, recuerda al «famoso esclavo de Xantus, el ingenioso Esopo» reproduciendo el famoso pasaje de la Vida de Esopo donde se habla de la compra de lenguas para un banquete, considerada la lengua como lo mejor y lo peor que existe. El autor «sin más armas que las que nos ha suministrado Esopo» rebate a los que niegan lo que los griegos llamaron parresía. Para acabar ofreciendo una penúltima peripecia esópica, queremos recordar que William Maclure y Robert Owen a principios del XIX transportan trabajosamente a través del Atlántico y luego por vías fluviales hasta internarse en los backwoods norteamericanos, el bagaje que creían indispensable para desarrollar un proyecto de socialismo utópico: biblioteca, pinturas, clavecino, instrumentos científicos y las piezas para montar una imprenta. De ella saldrá como primera obra un pequeño tomo, Las fábulas de Esopo precedidas de la Vida del fabulista, hoy orgullosamente expuesto en el museo de New Harmony, Indiana. Franco Bellandi, concienzudo estudioso de Juvenal, ha recogido, en un volumen dedicado al análisis de la sátira VI, cuatro artículos previamente publicados y tres apéndices, dos de ellos inéditos, que ofrecen al lector un acertado examen del contenido y la estructura del poema elegido, además de la visión, un tanto sesgada, de la condición del matrimonio en la época del autor. Tras una breve presentación, Bellandi va ofreciendo los cuatro trabajos, que, aunque conservan sus títulos originales, han sufrido (sobre todo el primero y el cuarto) diversos retoques y ampliaciones con vistas a completar y mejorar sus contenidos. El primer trabajo, y el que da nombre al volumen, Eros e matrimonio romano nella sesta satira de Giovenale, nos presenta la sátira VI como una verdadera suasoria "anti-nupcial" en verso. La sátira tiene como primer destinatario a un varón llamado Póstumo en el que Juvenal detecta una insania y un furor muy peligrosos: no se trata en este caso del amor libre y apasionado que cantan los elegiacos, sino simplemente del deseo de contraer matrimonio. Se toca un tema que apenas tiene antecedentes en la sátira anterior, salvo en una leve incursión de Lucilio. Para entender la posición central del tema, hay que tener en cuenta que en Roma el matrimonio era una institución con la finalidad social de crear nuevos ciudadanos legítimos y facilitar la regular transmisión del patrimonio mediante la sucesión hereditaria. Desde esta perspectiva, y según el poeta, no parece aconsejable que el EMERITA (EM) LXXIII 2 julio-diciembre 2005 pp. 375-388 ISSN 0013-6662 varón romano se case, ya que lo normal es que la esposa traicione la fides conyugal y los hijos se parezcan a un gladiador, a un vecino o incluso a un esclavo. La postura de Juvenal en este caso es de una misoginia clara, pero no en general contra la mujer romana, sino contra la matrona que no sabe cumplir con sus obligaciones: estamos, pues, ante una fuerte crítica social de un escritor que no acepta el matrimonio tal como estaba establecido en su época, y que se acoge a la intención didácticomoral del género literario que utiliza, para expresar de una manera clara y directa sus opiniones personales. El segundo capítulo tiene como título: Mito e ideología: età dell' oro e mos maiorum. En esta segunda parte, Bellandi va pasando revista a las interpretaciones muy dispares que ha suscitado el proemio del poema, en el que se dibuja la Edad de Oro de la humanidad y se narra su paulatina degradación en las Edades de Plata y de Hierro, hasta llegar al momento que vive Juvenal, época tan desastrosa que ni siquiera existe un metal a propósito para definirla (como señala el autor en XIII 28-30). Con este proemio Juvenal no busca que el lector dé crédito a los mitos, sino ironizar sobre el significante para llegar a lo que quiere significar: la degradación que ha ido sufriendo la moralidad en Roma en el transcurso del tiempo desde el pasado hasta el presente. La Edad de Oro puede identificarse con la época en la que estaban vigentes las mores maiorum, pero esta hipérbole en la que se funda la exaltación de los valores antiguos le sirve a Juvenal solo para enfatizar la antítesis con el presente, sin que se propugne en sentido literal el regreso a las costumbres antiguas. La realidad es que la progresiva decadencia moral procede no sólo de la evolución de las costumbres -entre cuyos culpables cabe señalar la elegía erótica romana-, sino que se ha de achacar también al régimen político, responsable de haber abandonado el modelo augústeo y de haberse dejado ahormar por los moldes orientalizantes. El tercer capítulo, Postumo e Ursidio. A proposito de destinatario e struttura, aborda el problema de si es posible identificar al primer destinatario, Postumio, con otro personaje, Ursidio, que aparece a partir del v.38 y que podría ser el interlocutor de Juvenal en los versos siguientes, en tanto que el nombre de Postumio desaparece, sospechosamente, hasta el v. En opinión de Bellandi, los comentaristas no se han detenido suficientemente en esta aporía, que, sin embargo, parece importante con respecto al desarrollo y a la estructuración del poema. Lo más probable es que se trate de personajes distintos porque su carácter es muy diferente: Postumio es sólo un hombre inocente a punto de casarse, y que busca un matrimonio tranquilo, mientras que Ursidio es un adúltero, cuya única intención es tener un hijo que le pueda heredar. Por otra parte, la diversidad de interlocutores podría deberse al hecho de que la sátira VI -si bien se examina-no presenta un desarrollo ordenado, sino una acumulación de cuadros y de temas, seguramente debida a las reiteradas reelaboraciones del autor, llevadas a cabo tras numerosas lecturas públicas y según el éxito conseguido en cada caso, antes de llegar a una redacción definitiva. El capítulo cuarto, Paradigmi mitici (ed elegiaci) e degradazione satirica: Eppia fra Elena e Arianna, analiza el episodio de, la mujer que abandona a su marido y a sus hijos, fascinada por la figura de un gladiador ya maduro. En su acertado estudio, Bellandi compara la figura de Epia, que ha abandonado su anterior acomodada vida, con la heroína catuliana del carmen 64, Ariadna, la joven que, inflamada por el amor de Teseo, deja su condición de princesa y los brazos maternales. Además establece un paralelismo entre la situación de la matrona romana, que renuncia voluntariamente a su condición de nupta senatori para transformarse en ludia, y la del amante elegiaco, que en virtud del servitium amoris no teme su dependencia de la amada ni la degradación social a la que se ve sometido, sino que precisamente vive por ellas. Es una clara contaminación de dos géneros, que se manifiesta en los abundantes puntos de contacto temáticos y formales entre la poesía amatoria y el texto de Juvenal. A continuación se recogen tres interesantes apéndices que versan sobre: Postumo e Propercio III 12, Lucilio, Giovenale e l' adulterio delle matrone y Siccis... mamillis, este último, un intento de explicación de VI 401. Completan el trabajo un amplia bibliografía y tres índices, nominum, locorum y rerum, de gran utilidad para el interesado en estos temas. La exposición de Bellandi es muy clara y se apoya en numerosas y muy amplias notas a pie de página, que avaloran el conjunto. Una muy buena aportación, en definitiva, para nuestros estudios clásicos. Se trata de una nueva antología de artículos de Alfonso Traina (otras, recuerda el propio autor en el prefacio, se encuentran en la serie de Poeti latini (e neolatini) (I-V, 1975-1998). En esta ocasión Traina ha recogido 23 artículos, ya publicados o en prensa, realizados entre 1998 y 2001 (a excepción de "Autoritratto di un poeta", págs.78-102, de Autoritratto di un poeta, Venosa 1993, págs.13-53) y puestos al día para el presente volumen dedicado a la memoria de Scevola Mariotti y Nino Marinone, ambos presentes en dos de los artículos aquí recogidos ("Princeps philologiae Gli scritti di Filologia Classica di Scevola Mariotti", págs.325-332 [en prensa en RFIC] y en "Marinone fra Callimaco e Catullo", págs.29-38, [en prensa en Atti dell'Accademia delle Scienze di Torino, 2002]). El título, explicado en la contracubierta, hace referencia a la idea de unir en este volumen la palabra del poeta, representado por su instrumento o lyra con la del crítico o filólogo, representado por la libra o balanza. Esta premisa impregna toda la obra donde el autor ha pretendido que estén muy presentes la voz del poeta y la del crítico, ya que los trabajos están dedicados a tra-EMERITA (EM) LXXIII 2 julio-diciembre 2005 pp. 375-388 ISSN 0013-6662 ducciones, comentarios y exégesis crítica y literaria de textos poéticos latinos desde la antigüedad hasta nuestros días (lyra), pero planteados como reflexiones sugeridas por publicaciones recientes sobre estos autores (libra) y, en medio de unos y otros, la mano de Traina poniendo de manifiesto, una vez más, en sus aportaciones personales, la agudeza, erudición y acribia filológica de un filólogo de su experiencia, cuyas relaciones con el latín, que van mucho más allá de lo puramente profesional, las pone de manifiesto en "Io e il latino" (de I, Dionigi [ed.], Di fronte ai classici, Milano 2002), reflexiones recogidas en las páginas 339-341). Los comentarios aquí reunidos, que se ofrecen como ágiles y rigurosos instrumentos para la enseñanza universitaria, versan sobre poetas de la Antigüedad como Catulo ("L' ambiguo sesso. Introd.. di A. Traina, Amsterdam 2000, VII-XIX), Propercio ("Cinzia come Corinna [una crux properziana: 2,3 A,22", págs. 133-136, de RFIC 128, 2000, págs. 38-41) y, sobre todo, Séneca, a quien Traina denomina "un poeta della prosa", al que están dedicados nada menos que cinco de los trabajos aquí reunidos ("Seneca lirico", págs.137-158, de Memorie dell'Accademia di Scienze, Lettere e Arti di Modena, s. VIII, v. Como el autor aclara en la introducción, no pretende presentar toda la historia de la hermenéutica medieval, sino momentos cruciales. Estos paradigmas corresponden a periodos de la historia de la hermenéutica centrados en un autor o en una corriente. Se exponen con cierta soltura y claridad, pero a veces son demasiado sintéticos y en ocasiones, como ocurre con el capítulo dedicado a Orígenes (pp. 11-12), la exposición de su hermenéutica queda demasiado diluida entre datos biográficos ya de sobra conocidos. Podríamos hacer similar observación respecto al apartado dedicado a Boecio (pp. 17-22): se dedica demasiado espacio a desplegar datos sobre su vida y obra, y demasiado poco a cuestiones estrictamente hermenéuticas. En una obra como ésta no podía faltar la aportación a la hermenéutica de San Agustín. En este tema la bibliografía es muy vasta e inabarcable, y por ello se agradece al autor de esta obra su esfuerzo de síntesis al recoger en 17 páginas los aspectos más importantes de la hermenéutica agustiniana. Llegados a este punto del libro, el lector tiene la sensación de que los capítulos sobre el periodo patrístico no son realmente paradigmas en el sentido que da el autor a esta palabra, sino que son una introducción que ayuda a comprender la hermenéutica medieval. De acuerdo con el título, el peso del libro debería recaer en el periodo medieval, pero es comprensible que para conocerlo es requisito previo tener en cuenta sus antecedentes patrísticos. El ejemplo más claro es la figura de San Agustín, que no es un autor precisamente medieval, aunque su influencia en la hermenéutica de este periodo no se puede poner en duda y por ello las referencias a él son obligadas. Siguiendo con la lectura del libro, resulta brusco el salto que se da desde San Agustín hasta la figura de Juan Escoto Eriúgena, es decir, del siglo V al IX. Un breve capítulo de transición que hubiera recogido a grandes rasgos aspectos de la hermenéutica en ese periodo hubiera sido muy útil para situar a Escoto Eriúgena en su contexto y comprender mejor la influencia de la hermenéutica patrística en época medieval. A partir del Eriúgena las exposiciones sobre autores particulares como San An- selmo, Hugo de San Víctor, Guillermo de Saint-Thierry, Joaquín de Fiore, etc. se hacen más profundas, consiguiendo con ello proporcionarnos una imagen muy rica de la pluralidad de la hermenéutica medieval y de la riqueza de interpretaciones y de métodos exegéticos vigentes en esa época. En general, a pesar de algunas de las observaciones citadas, podemos hacer una valoración muy positiva de este libro en tanto que nos proporciona una síntesis muy acertada de las claves de la hermenéutica medieval y de sus tendencias más representativas. En un tema tan complejo como es la hermenéutica, se agradece la aparición de libros como éste que allanan el camino a quienes quieren introducirse en ella. JOSÉ MANUEL CAÑAS REÍLLO A. Iglesias Diéguez ha traducido para Ediciones Akal el Homère que Pierre Carlier publicó en el año 1999 en la editorial Arthème Fayard de París. Quien no reconozca el nombre del autor acudirá a la contraportada del volumen y descubrirá que Carlier (C., a partir de ahora) es un renombrado profesor francés de Historia Antigua. Esta nota profesional puede inducirnos a pensar que nos hallamos ante una obra similar a El mundo de Odiseo de M. I. Finley. Entiendo que no es el caso, porque (dicho sea con la debida consideración hacia Finley y su libro) el Homero de C. es, a diferencia del otro texto, una auténtica introducción al universo de los problemas homéricos, una introducción en la que se tratan las mismas cuestiones que habría seleccionado cualquier helenista, según podemos percatarnos ya revisando el índice que acompaña al texto. Tras unas páginas de introducción (en las que se sintetizan algunas de las incógnitas ante las que nos sitúan Homero y su obra), C. resume, en el primer capítulo ("Del mundo micénico a las ciudades arcaicas"), aquello que podemos saber acerca de la Grecia anterior al S. VIII a. C. Interesa señalar que, lo que se dice en estas páginas, se basa en la evidencia que nos ofrece la arqueología, sin tomar aún en consideración lo que "Homero" pueda aportar al conocimiento de la historia preliteraria de los griegos. El capítulo segundo ("Génesis y transmisión de los poemas") aborda algunas de las cuestiones homéricas clásicas, como las que se refieren a la tradición de poesía oral que presuponen las dos epopeyas, su proceso de composición (individual o colectiva, escrita u oral), o bien el problema, discutido ya en la Antigüedad, de si el autor de Ilíada y Odisea fue o no una misma persona. La tercera sección del libro ("La Ilíada") tiene por objeto el más extenso de los dos poemas, del que se presenta un resumen detallado en el que se insiste sobre los conflictos políticos que afloran en el poema; es un acierto que C. abra este capítulo EMERITA (EM) LXXIII 2 julio-diciembre 2005 pp. 375-388 ISSN 0013-6662 recordando lo dicho por Aristóteles en la Poética a propósito de la unidad de acción de la Ilíada, una unidad de acción tan marcada que del poema sólo se puede extraer materia para una tragedia. A la presentación de la Ilíada sigue el capítulo dedicado a "La Odisea". Este capítulo también se inicia con una referencia a la Poética aristotélica y a lo que en ella se dice de la trama compleja del segundo poema por comparación con el primero. Quizá en función de esa complejidad prefirió C. componer este capítulo de manera diferente y tratar, primero, de la estructura del poema, después de las andanzas de Ulises, de la geografía de la Odisea y, por último, de lo que C. califica como "Los conflictos de Ítaca". El quinto capítulo de la obra ("Las sociedades homéricas") entra a dilucidar los aspectos arqueológicos e históricos que se dejan rastrear en las dos epopeyas homéricas. Con buen criterio metodológico, C. no se aventura aún a contestar cuestiones como si la Ilíada refleja o no la sociedad de la Época Oscura. El paso previo consiste en discutir en sí misma la imagen de la sociedad presente en los poemas y medir hasta qué punto se trata de una imagen coherente y verosímil, con independencia de que responda o no a tal o cual época de la historia griega. El punto siguiente del estudio, que se aborda en la sexta sección del volumen ("Homero y la historia"), tenía que ser, por supuesto, aclarar si los poemas homéricos reflejan la situación sociopolítica de algún momento histórico determinado. Las principales hipótesis que C. formula, tras haber analizado por separado la evidencia arqueológica y la propia evidencia de los poemas, se sintetizan en la página 206; allí veremos cómo el autor concluye del análisis anterior que en los poemas están presentes elementos que proceden del mundo micénico y postmicénico, elementos que componen "una amalgama coherente y verosímil que debía mucho a la experiencia del aedo y de su auditorio" (ibid.). C., historiador ante todo, observa además que es mucho lo que la Historia puede aprender a partir de Homero sobre el alto arcaísmo y, en último extremo, sobre los vínculos que conectan las sociedades micénicas con las incipientes póleis. Llegados a este punto, C. ha cumplido el objetivo que, en la Introducción, se marcaba para su obra: "examinar en qué medida los poemas homéricos pueden ser utilizados como fuentes históricas" (p. A las cinco secciones principales del libro sigue un Anexo sobre los documentos del micénico, una Bibliografía (que incluye datos sobre ediciones, traducciones francesas, ediciones comentadas, más un listado amplio de "Estudios"), un índice de nombres de persona (antiguos y modernos), así como un índice de lugares y pueblos. Como he avanzado al comienzo de esta reseña, el libro de C. nace con vocación de introducción a "Homero": en mi opinión, cumple perfectamente con este cometido. Ciertamente, estamos ante la obra de un historiador preocupado por la antigua cuestión de qué realidades históricas se esconden en la sociedad homérica. Ahora bien, el autor sabe combinar los resultados de historia y arqueología con los que le ofrecen la filología y la lingüística, micenología incluida. Sobraban, por tanto, las razones para editar esta obra en España. Con todo, no se puede silenciar que en la
El episodio del juicio por las armas de Aquiles enfrenta a áyax y a Ulises en el libro XIII de las Metamorfosis de Ovidio. Los discursos que ambos personajes pronuncian ante la asamblea de griegos despliegan un proceso judicial romano según las normas pautadas por la retórica. A partir de su tradicional facundia Ulises logra persuadir a su público y obtener así la victoria tras una confrontación que remite a una suerte de combate verbal. A partir del análisis del parlamento de Ulises mostraremos cómo se construye en el texto su superioridad discursiva. Nos centraremos fundamentalmente en el exordium (128-139) y en la peroratio (339-381), lugares que condensan las modalidades persuasivas de una causa. Identificaremos allí diversas estrategias sintácticas, métricas y estilísticas que instauran a Ulises como un orador que cautiva a sus interlocutores en todos los planos de su discurso. Desde una perspectiva metapoética el relato ovidiano establece resonancias entre la Fama del héroe mítico y sus propios mecanismos textuales. Palabras clave: Ovidio; Ulises; retórica; persuasión; estilística. Para mi gran maestra y amiga Jacqueline Dangel ( †), que me enseñó este camino con una generosidad intelectual y una calidad humana inigualables. Sin lugar a dudas Ulises es el héroe más complejo de la mitología grecorromana por su personalidad y sus acciones. Las aventuras narradas en la Odisea de Homero lo ubicaron en regiones inexploradas de magia y misterio, más allá de los límites del mundo conocido. A partir de la amplia caracterización homérica de Ulises en sus facetas de héroe, esposo, padre, conspirador y rey, los poetas posteriores desarrollaron diversas adaptaciones de este personaje cuya multiplicidad había sido simplemente esbozada en el texto de Homero 1. De un modo general, la literatura romana lo presenta simultáneamente como un ejemplo de vida virtuosa 2 o como paradigma de crueldad, traición y criminalidad 3. Por su parte, los oradores no sólo alabaron a menudo la elocuencia de Ulises, sino que elaboraron ejemplificaciones de su estilo 4. Esta figura mítica fascinó a Ovidio, uno de los poetas y oradores más emblemáticos del período augusteo. El principal retrato ovidiano de este héroe aparece en el libro XIII de las Metamorfosis, que pone en escena, a lo largo de 381 versos, la célebre disputa entre Ulises y áyax por las armas de Aquiles 5. El relato de Ovidio se inscribe en la tradición romana de Pacuvio 6 y Accio 7 que se remonta, a su vez, a antecedentes de la literatura griega. Recordemos que la primera mención de la disputa se encuentra en Odisea XI 1 Cf. II 5 Horacio recrea la conversación entre Ulises y el adivino Tiresias durante la nékya de Od. II 76-198 (leyenda de Palamedes, a quien Sinón muestra como víctima de las calumnias de Ulises). El estilo de Ulises era llamado magnificum y ubertum en referencia a Il. 5 El personaje atraviesa la producción literaria de Ovidio. Cabe recordar la mención de Ulises en Fasti y su recurrencia en Tristia y Epistulae ex Ponto. VI 433 Ovidio se refiere a él como furtis aptus Vlixes en el marco de las Vestalia; a lo largo de su destierro, particularmente en Tr. I 5, el poeta presenta a Ulises como símbolo de su propio destino según el modelo homérico del héroe aventurero. En el ámbito de su poesía erótica Ovidio incluye al héroe mítico en Her. I (Penelope Vlixi) y en una serie de alusiones a lo largo de Am. También se refieren al episodio L. Andronico (Ajax Mastigophorus) y Ennio (Ajax). El aspecto retórico de este debate es tratado por el autor de la Rhetorica ad Herennium (II 26). A partir de allí deviene un tema característico de la épica que luego se extiende a otros géneros 9. El género trágico retoma el motivo en el Juicio de las armas de Esquilo -tragedia que no conservamos-y fundamentalmente en el Áyax de Sófocles 11. En cuanto al episodio de Metamorfosis XIII, la crítica coincide en que los discursos de ambos personajes presentan un proceso judicial romano conforme a las normas de la retórica. Se han identificado incluso, en los dos parlamentos, las estructuras propias de una causa jurídica. Los dos personajes desarrollan su defensa a la manera de una controversia oratoria pero la construcción de sus respectivos argumentos determina la derrota de uno y la victoria del otro 14. Ulises resulta vencedor gracias a una facundia que persuade a su público tras una confrontación que no remite a las armas sino a un combate discursivo. Desde esta perspectiva nos proponemos identificar las estrategias oratorias de Ulises en el relato de las Metamorfosis. A través del análisis de su discurso, cuya extensión y tenor llaman particularmente la atención del lector 16, mostra-8 Antes de relatar el incidente a los feacios Odiseo manifiesta su pesar por el suicidio de áyax. 9 Sobre la popularidad del tema, su origen y sus distintas ocurrencias, cf. De Sarno 1986. 10 En ambas odas Píndaro denuncia la victoria de Odiseo sobre áyax para mostrar cómo la astucia de un hombre falaz puede derrotar la sencillez de un magnífico héroe. 11 En esta tragedia Odiseo aparece como un personaje magnánimo y modesto, según el arquetipo homérico. 106, parecería que Sófocles subraya la autenticidad de su aflicción ante la muerte de áyax, en la misma línea de Homero en Od. 14 Recordemos que en Roma el armorum iudicium era uno de los temas preferidos en los ejercicios de escuela. 15 La versión más conocida de este suicidio es la procedente de Sófocles (Ai. Ovidio la menciona en Am. I S S N 0 0 1 3 -6 6 6 2 remos de qué manera la interacción de los recursos utilizados por el héroe constituye el eje de una retórica ef icaz en el logro de sus objetivos 17. Una serie de elementos métricos, sintácticos y estilísticos van delineando, pues, a Ulises como un orador que cautiva o «captura» a sus interlocutores en todos los planos de su discurso. Nos centraremos en dos lugares clave de su parlamento, el exordium (128-139) y la peroratio (339-381) 18 puesto que, por sus características, condensan las modalidades persuasivas de la exposición de una causa. Estas dos partes del discurso no sólo enmarcan la argumentación y la presentación de pruebas, sino que tienen un doble propósito: en primer lugar, despertar el interés del auditorio; en segundo lugar, dejar en él una impresión o huella intensa 19. Como recuerda R. Barthes, son dos instancias estrechamente asociadas con la emoción ya que en ellas la función referencial se subordina a las funciones fática, emotiva y conativa destinadas a excitar pasiones y sentimientos 20. Las palabras de Ulises, narrador y locutor del texto ovidiano, proporcionan un ejemplo interesante de la dinámica que despliega la astucia del héroe en su faceta de habilidad discursiva. Marcas gestuales y textuales de la seducción El éxito de Ulises y la derrota de áyax están contenidos, de algún modo, en sus respectivos exordios. Éstos plantean, como veremos, un primer desajuste en la gestualidad de ambos personajes cuando se dirigen a su público. El desajuste surge del contraste entre las dos performances y deja al descubierto que el dominio de los aspectos no-verbales de un discurso no sólo precede el sentido, sino que también lo determina: el lenguaje gestual es 17 La Ilíada no presenta el enfrentamiento entre ambos héroes. En la Odisea, durante la catábasis de Ulises se menciona simplemente el silencio de áyax ante las palabras del rey de ítaca que intenta aplacar su resentimiento. Ese silencio es retomado en el episodio de Metamorfosis XIII a través de una alusión maliciosa que hace Ulises a la incapacidad de su adversario para replicar. Su objetivo es oponer el silencio de áyax a la eficacia de su propia palabra (Met. 19 La retórica insiste en la importancia del momento inicial y final de un discurso. En ellos prevalece el objetivo de mouere. Respecto de la peroratio, señala Quintiliano en Inst. Desde esta óptica, el primer error de áyax al tomar la palabra consiste en una falta de control emocional que se plasma en su cuerpo y condena su parlamento al fracaso. Dicha falta de control se vincula, a su vez, con la brevedad misma de su exordium (5-6): Y así como estaba, sin contener su cólera, miró con torvo rostro las playas sigeas y, extendiendo sus manos, dice: «¡Por Júpiter, debatimos este pleito ante las naves y conmigo rivaliza Ulises!». El personaje es dominado por la cólera (impatiens irae 3) y la expresión de su rostro (toruo /... uultu 3-4) revela un exceso contrario a la mesura y a la prudencia que supone un manejo adecuado de todos los estratos de significación de un discurso. La impatientia del héroe se corresponde, además, con la ausencia de una gestualidad que apunte a la persuasión del auditorio: al comenzar su parlamento áyax extiende las manos hacia el público (intendensque manus 5) pero su defensa no vuelve a poner en práctica una actio que favorezca sus intenciones. Por el contrario, Ulises parece encarnar, en sus gestos, el principio romano de la actio entendida como cierta elocuencia del cuerpo 23. Así podemos leer el comienzo de su exordio: DDSS Había terminado el hijo de Telamón y el murmullo de la muchedumbre había seguido sus últimas palabras, hasta que el héroe hijo de Laertes se puso de pie, levantó hacia los próceres los ojos que había detenido un poco en el suelo y abrió la boca con el sonido esperado; no faltó la gracia a sus elocuentes palabras. Antes de hablar Ulises manifiesta una perfecta adecuación de su cuerpo a su propósito (oculos 125, ora 127) mediante la correcta aplicación de las normas que rigen la elaboración de un buen discurso (expectatoque resoluit / Ora sono24 126-127; neque abest facundis gratia25 dictis 127). En contraste con la virulencia del hijo de Telamón la gratia de sus palabras apela, desde el principio, a la emoción de su auditorio. Al desenvolverse con los rasgos teatrales de un orador Ulises explicita la importancia de la actio en la construcción de su defensa26. El trabajo sobre el cuerpo es equivalente al que se efectúa con la voz, dado que deja al descubierto una gestualidad codificada cuyo objetivo es mejorar la recepción del mensaje verbal27. La ejecución métrica de esos versos que presentan la actuación de Ulises provoca un mismo efecto: la triple repetición sucesiva del esquema DDSS (125, 126, 127) insiste, a partir de la disposición de dáctilos (D) y espondeos (S), en la imagen de equilibrio que se desprende de la actitud discursiva del héroe 28. Su adaptación a las circunstancias enmarca, a su vez, una captatio beneuolentiae ausente del parlamento de su adversario quien, presa de la ira, se lanza a una I S S N 0 0 1 3 -6 6 6 2 probatio de sus méritos (7-42) 29. Consciente de su desventaja en el uso de la palabra 30, áyax no se esfuerza por conciliar a su audiencia y pasa directamente a la evocación de las acciones negativas de Ulises. Se propone mostrarlo como un cobarde por oposición a su propio valor guerrero, que no radica en el discurso sino en las res gestae (Denique, quid uerbis opus est? Desde sus distintas visiones los dos personajes retoman así los acontecimientos de la Ilíada. Sin embargo, siguen los principios de una reescritura que no remite a la épica sino al arte oratoria. En esta nueva clave Ulises supera a áyax, hombre de acción, por su habilidad respecto de las potencialidades del ars dicendi en pos del logro de sus deseos: Si hubiesen tenido fuerza mis deseos junto con los vuestros, pelasgos, no sería dudoso el heredero de tan gran disputa y tú, Aquiles, disfrutarías de tus armas, nosotros de ti. Puesto que los injustos hados nos lo han negado a mí y a vosotros, y al mismo tiempo con la mano restregó sus ojos como si estuviesen derramando lágrimas, ¿quién mejor sucederá por suerte al gran Aquiles que aquél gracias al cual el gran Aquiles tocó en suerte a los Dánaos? El personaje despierta el interés de su auditorio con el recuerdo de la muerte de Aquiles. Esta táctica le permite desviar momentáneamente de su persona la atención de la asamblea para luego poder captarla con mayor intensidad cuando reivindica la paternidad de las hazañas del héroe. La repe-29 Sabemos que la captatio beneuolentiae intenta provocar efectos de seducción. Se trata de una serie de argumentos codificados que pretenden movilizar los afectos del receptor, ganar su simpatía y despertar su curiosidad. I S S N 0 0 1 3 -6 6 6 2 tición del nombre de Aquiles en tres cláusulas de verso (130, 133 y 134) y la acumulación de analogías y redistribuciones sonoras desencadenan una arquitectura fónica de seducción propia de un carmen ritual destinado a ejercer un efecto de encantamiento31. La calculada fragmentación de los sonidos a través de aliteraciones y paronomasias apofónicas (ue-ua-uo-128; -et ta--ti -ta-129; tu-tu-te -te-130; que-quo--qua -que 131; -que qui-132-133; quam quem 134; -ta -ti -ti-te--it 132; ma-me-ma-133-134) traslada al cuerpo del texto la misma idea que muestran los gestos de Ulises: el control de todos los aspectos del discurso para obtener la adhesión del público a su causa32. La recurrencia de juegos fónicos centrados en la repetición y en la inversión materializa la manipulación por la cual Ulises captura progresivamente a sus interlocutores: la palabra del héroe queda, pues, asociada a los rasgos mnemónicos y seductores de la rítmica 33. Desde el punto de vista métrico la triple repetición del esquema DSDS (128, 131 y 133) escande, con su regularidad, el proceso por el cual el personaje intenta cautivar al receptor. El equilibrio propio de esta disposición que constituye la repetición de la cláusula hexamétrica (DS) confiere un carácter solemne a la dicción de Ulises34. La cadencia que surge de tal equilibrio provoca también una sensación de torpor en quien lo escucha. Como puede observarse, el poder de la palabra de Ulises radica en la conjunción de distintas estrategias que abarcan desde la gestualidad hasta la construcción fónico-métrica de su discurso. Según veremos a continuación, el personaje trata de movilizar los affectus del público mediante la aparente objetividad de sus argumentos 35. La captatio del héroe-orador presenta una serie de elementos que, por debajo de esa movilización afectiva, pretenden imponer sutilmente su punto de vista. Aspectos retóricos de los enunciados hipotéticos e interrogativos en el exordium de Ulises Ulises explota los principios de un mecanismo que entrelaza dos alcances opuestos y ambiguos. Por un lado, los vocativos que cierran los versos 128 y 130 (Pelasgi, Achille) incluyen al receptor en su exposición; por otro, la proposición condicional que abre el exordium (Si mea cum uestris ualuissent uota 128) y la interrogativa de los versos 133-134 (... quis magno melius succedit Achilli / Quam per quem magnus Danais successit Achilles?) revelan el carácter ficticio de esa inclusión. Desde el punto de vista lingüístico dichos enunciados constituyen dos modos de expresión que, bajo una apariencia falsamente dialéctica, encubren la imposición de una opinión subjetiva36. En su propósito de adoctrinar y convencer el orador recurre simultáneamente a la lógica de ciertas construcciones y a la expresividad de los recursos más adecuados para ejercer una acción psicológica. Son llamadas «dogmáticas» las oraciones que, por su fuerza instructivo-doctrinal, transmiten afirmaciones bajo la forma de explicaciones37. Este tipo de oraciones tiene distintas modalidades de funcionamiento. La entonación permite, por ejemplo, producir determinados efectos expresivos. Al inscribir en el discurso ciertas marcas emocionales del que habla (sean éstas reales o no) las oraciones dogmáticas interrogativas ponen de manifiesto las incertidumbres y dudas de su enunciación. Las subordinadas condicionales son una variante de las dogmáticas interrogativas ya que integran en su sistema sintáctico formas gramaticales específicas del dogmatismo interrogativo38. Toda oración condicional conjuga, pues, en su estructura una interrogación y una afirmación cuya confrontación da lugar a un razonamiento de tipo deductivo que puede ser analizado como un enunciado-debate. En otros términos, la subordinada introducida por «si» establece con la principal que la rige, desde un punto de vista psicolingüístico, lazos similares a aquellos que instaura una pregunta En este sentido, la principal debe proporcionar una solución real o imaginaria a esa subordinada que equivale a una pregunta sobre algo más o menos hipotético. Surge una suerte de debate que apunta a hacer triunfar las ideas del enunciador. Por su afinidad estructural con el acto mismo de habla (pregunta-respuesta), la proposición condicional interroga, suscita el debate y obtiene decisiones a partir de la reacción que provoca la hipótesis. Sin embargo, la apertura al diálogo es, por lo general, un mero artificio retórico dado que en esta clase de oraciones subyacen, como señalamos, enunciados de tipo dogmático. Por sus capacidades expresivas estas proposiciones son propicias para los razonamientos que simulan proponer ideas pero en realidad tratan de imponer la «verdad» del locutor. La subordinada sensibiliza al público en cuanto a la idea que preocupa al orador, pero la principal expresa siempre una respuesta efectiva que refleja directamente su pensamiento. Cualquiera sea el tema debatido, la principal es, ante todo, una toma de posición. XIII (Non foret ambiguus tanti certaminis heres / Tuque tuis armis, nos te poteremur, Achille), el uso del modo subjuntivo en tiempo imperfecto permite matizar e incluso enmascarar aún mejor la afirmación categórica que éstas implican: «no sería dudoso el heredero de tan gran disputa... / y tú, Aquiles, disfrutarías de tus armas...»40. A la luz de los rasgos funcionales de estos enunciados, la proposición condicional que abre el exordium de Ulises y un discurso que requiere conjuntamente prudencia y autoridad materializa, en el plano sintáctico del mismo, la dualidad asociada tradicionalmente a este personaje. La ambigüedad ética de su inteligencia es uno de los rasgos distintivos del héroe mítico desde su aparición en Homero. A lo largo de la tradición posterior la personalidad de I S S N 0 0 1 3 -6 6 6 2 Ulises vaciló entre dos polos opuestos que ya asentó ese mito arquetípico 41. En el texto ovidiano de Metamorfosis XIII el uso del adjetivo ambiguus (129) en la principal no sólo focaliza dicha dualidad, sino que refiere también a un aspecto clave y concreto de la estrategia de persuasión que el personaje pone en práctica a partir de un hábil entrecruzamiento de diversos alcances discursivos. La interrogativa que cierra el comienzo del exordio de Ulises (... quis magno melius succedit Achilli / Quam per quem magnus Danais successit Achilles? 133-134) se funda en principios similares a los de la proposición condicional examinada. Este tipo de oraciones apunta también a provocar una reacción mediante el manejo de las facultades emocionales del auditorio en función de las del orador. Más allá de la veracidad o falsedad de las preguntas que plantean, permiten dramatizar el contenido de lo que se dice. En estos enunciados la entonación muestra las dudas e incertidumbres de quien habla (efectivas o fingidas) o, según el precepto ciceroniano 42, intenta conmover a los oyentes. Al presentar enfáticamente la única respuesta que el orador desea imponer, la pregunta funciona como una herramienta que exhibe su propia opinión. En el discurso de Ulises la interrogativa de los versos 133-134 instaura al personaje como el mejor sucesor de Aquiles: «¿quién mejor sucederá por suerte al gran Aquiles que aquél gracias al cual el gran Aquiles tocó en suerte a los Dánaos?». Para «fijar» o grabar en el público el contenido de su enunciado, Ulises utiliza, además, una construcción fónico-sintáctica casi formularia. Dicha construcción sella, en el plano material de su discurso, la analogía que el héroe quiere crear entre él mismo y Aquiles: Lumina quis magno melius succedit Achilli / Quam per quem magnus Danais successit Achilles? 133-134. Los gestos con los que Ulises cierra la captatio inicial remiten a otra de sus características más importantes, es decir, su proverbial capacidad de simulación. El héroe finge llorar (ueluti lacrimantia... / Lumina 132-133) y adapta los mecanismos de su actio a esta nueva forma de «heroicidad» que pretende establecer a partir de la victoria verbal. Como observa H. Casanova-Robin, el texto de Ovidio manifiesta una suerte de «isología» entre el discurso de este personaje y su legendaria propensión al engaño 43. Frente a la uirtus que 41 Cf. Cuando son asertivas, las frases dogmáticas apuntan a afirmar o negar algo a través de un tono más abiertamente racional y autoritario. Los engaños de Ulises ya aparecen de manera recurrente en los textos homéricos: Il. Respecto de su relación con la elocuencia, cf. Pernot 2000, p. I S S N 0 0 1 3 -6 6 6 2 áyax reivindica a lo largo de su parlamento como parte de su moral heroica, Ulises propone un desplazamiento de valores en el que la palabra reemplaza a las hazañas guerreras. La combinación de enunciados hipotéticos e interrogativos en su exordio despliega una estrategia cuya mayor eficacia reside en la dualidad propia de estas dos modalidades expresivas. Ambas conjugan, pues, sutilmente la prudencia y la autoridad del orador con el propósito de lograr la adhesión afectiva e intelectual del auditorio. Tal estrategia oratoria es retomada, bajo un nuevo aspecto, hacia el final del exordium de Ulises. Allí el héroe presenta el eje de su posterior argumentatio: dar vuelta a su favor aquello que áyax le reprocha, principalmente su facundia 44: El dogmatismo encubierto por la condicional y la interrogativa que abrían el discurso de Ulises culmina aquí con la mención explícita de su elocuencia (meaque haec facundia 137). El contenido de ese sujeto referido a Ulises (haec facundia) es amplificado por dos proposiciones (siqua est, quae nunc pro domino, pro uobis saepe locuta est) que, por sus características, añaden un valor autoritario a la capacidad funcional del sujeto 45. Las proposiciones relativas adjetivas intensifican el contenido de esa estructura sintáctica puesto que se vinculan con el plano de la información presentada como objetiva. Al 44 Esta táctica remite, sin lugar a dudas, a una de las facetas más célebres del héroe mítico. 18, el epíteto homérico de Ulises (πολύτροπος) alude a la habilidad y versatilidad de sus palabras. En la antigüedad dicho epíteto refería tanto a los múltiples viajes del héroe como a su personalidad tramposa y rica en recursos. 45 Como señala Dangel 1988, pp. 42-46, una de las formas de presentación enfática del sujeto es la amplificación de su contenido a través de distintos recursos (aposición, adjetivos, complementos en genitivo, subordinación, etc.). I S S N 0 0 1 3 -6 6 6 2 referirse a sí mismo de manera menos personalizada a través de su facundia el personaje crea, además, cierta distancia respecto de lo que enuncia y aborda así astutamente un tema tan controvertido como el de su elocuencia. La habilidad con la que oculta el alcance categórico de sus palabras se manifiesta, a su vez, en la construcción verbal y métrica de su parlamento. Los tres subjuntivos exhortativos (noceat 136; careat/recuset 139) subrayan el carácter impositivo de la facundia de Ulises; los esquemas métricos de los versos que abren y cierran el pasaje focalizan dicho carácter a partir del tono gnómico que se desprende nuevamente de la disposición de dáctilos y espondeos (DDSS/DDDD) 46. Los hexámetros que enmarcan el final de su exordium plasman así la misma voluntad instructivo-didáctica que el orador había mostrado a lo largo de su exposición. ¿Dónde está el valiente áyax? ¿Dónde están las enormes palabras de un gran héroe? ¿Por qué tienes miedo aquí? ¿Por qué se atreve Ulises a avanzar entre los centinelas y a confiarse a la noche y a entrar a través de las feroces espadas no sólo en los muros de Troya, sino también en lo alto de la fortaleza y a arrancar a la diosa de su santuario y a llevarla, una vez arrebatada, a través de los enemigos? Si yo no hubiera hecho estas cosas, en vano el hijo de Telamón hubiese llevado en su izquierda los lomos de siete toros. Ulises utiliza nuevamente una serie de recursos que intentan lograr el acuerdo intelectual y afectivo del público respecto de su superioridad. En este sentido puede leerse la acumulación de enunciados interrogativos que evocan la valentía del héroe y culminan con la proposición condicional del verso 346 (quae nisi fecissem...). El corolario de este efecto de dramatización es la afirmación, mediante la condicional negativa, de que incluso la identidad mítico-heroica de Áyax -quien se distinguía por su célebre escudo a partir de Ilíada VII 219-, depende de las acciones de Ulises. El contrapunto dialéctico que el personaje plantea con su oponente a continuación constituye otro procedimiento de dramatización discursiva 50: I S S N 0 0 1 3 -6 6 6 2 Met. DDDD Dado que son fuertes por su brazo y no van detrás de ti en la guerra, se han doblegado a mi parecer. Tú tienes una diestra útil en la guerra; es un talento que precisa de mi moderación; tú llevas la fuerza sin reflexión, yo me preocupo del futuro; tú puedes luchar, el momento de luchar lo elige junto conmigo el Atrida; tú sólo prestas servicio con tu cuerpo, yo con mi espíritu; y cuanto quien gobierna la nave va por delante del trabajo de los remeros, cuanto el caudillo es mayor que la tropa, tanto te supero yo; e incluso en mi cuerpo el pecho es más poderoso que la mano; todo mi vigor está en él. A través de una redundancia de pronombres personales y de repeticiones binarias (pugnare/pugnandi 364; quanto/quanto 366, 367; tantum/tantum 365, 368; corpore/corpore 365, 368) la antítesis entre ambos héroes focaliza la fragilidad de áyax en contraste con las capacidades, fundamentalmente intelectuales, de Ulises (mente 363, animo 366, pectora 369). Desde una perspectiva metapoética, la moderación a la que se refiere Ulises (moderamine nostro 362) es aquella que ha mostrado en este discurso que lo instaura como emblema de una convergencia perfecta entre competencia y performance 51. La construcción métrica del pasaje insiste en dicha convergencia ya que cinco de los siete versos en los que aparece el ego de Ulises presentan esquemas de alcance gnómico (DDDD) y de equilibrio (DSDS / DDSS). El personaje destaca la oposición entre res y uerba y subvierte el tópico de la moral heroica que había explotado su adversario: la superioridad que áyax confería a la uirtus guerrera es transformada por el rey de ítaca en la supe-rioridad de sus cualidades oratorias. Éstas devienen el eje de su honor y de su discurso a partir del relato de las victorias obtenidas gracias a su talento verbal (Amissamque mea uirtutem uoce reposco Met. La repetición de estructuras subraya la diferencia entre ambos héroes mediante la semejanza formal (tantum corpore prodes «sólo prestas servicio con tu cuerpo» 365; Tantum ego te supero «Tanto te supero yo» 368). El sintagma pectora sunt potiora (369) condensa la preeminencia de Ulises en ese sistema antitético: el núcleo corporal de sus habilidades (pectora) se entrelaza fónicamente con la señal de su poder (potiora) a través de una fuerte paronomasia parcial (pec t ora... po t iora). Los versos que cierran su parlamento despliegan la última instancia de sus habilidades retóricas cuando se dirige directamente a la asamblea de griegos: Pero vosotros, oh próceres, otorgad el premio a vuestro guardián y, por el cuidado de tantos años en los que viví preocupado, conceded este honor a mis méritos como compensación. Ya el esfuerzo está en su fin; he apartado unos hados que lo obstaculizaban y he capturado la alta Pérgamo haciendo que pudiera ser capturada. Ahora, por nuestras comunes esperanzas y por las murallas de los troyanos que están a punto de caer y por los dioses, que hace poco he robado al enemigo, y por lo que queda, que debe ser realizado con sabiduría, si todavía hay que buscar algo audaz y rápidamente, si pensáis que le resta algo al destino de Troya, os ruego que os acordéis de mí; o, si no me concedéis a mí las armas, concedédselas a ésta: y señala la estatua de Minerva que es instrumento del destino. I S S N 0 0 1 3 -6 6 6 2 Para llevar a término sus estrategias de persuasión Ulises vuelve a conjugar efectos que apuntan a la movilización de emociones y a la manipulación intelectual. Mediante la combinación de técnicas propias de un carmen ritual y de técnicas que dan a su discurso una aparente objetividad el héroe perturba y bloquea el espíritu crítico del receptor. Desde un punto de vista metapoético la recurrencia del verbo capio para aludir a la captura de Troya (capio... cepi 374) remite a la captura que ejerce el mismo Ulises sobre sus interlocutores. Distintos recursos explicitan las etapas de esa captura. Por otro, tres proposiciones condicionales casi yuxtapuestas cierran su discurso (378, 379, 380) y exhiben también en el epilogus esa táctica lingüística que genera una impresión de mesura por la ambigüedad de sus alcances. Los dos imperativos de las oraciones principales correspondientes (este/date 380, 381) corroboran el aspecto categórico del mensaje de Ulises. Al igual que en el comienzo de su discurso, un gesto lo convierte, además, en ejemplo de la actio retórica: Este mei memores; aut, si mihi non datis arma, / huic date: Et ostendit signum fatale Mineruae (380-381). El uso del deíctico para referirse a la estatua de Minerva (huic 381) deja nuevamente al descubierto la insistencia del héroe en la situación de habla a partir del énfasis puesto en el proceso de interpelación. Los efectos de su habilidad verbal se plasman en el veredicto final del auditorio que, conmovido por su facundia, decide entregarle las armas de Aquiles: Se conmovió el grupo de próceres y con la realidad quedó al descubierto qué poder tenía la elocuencia; el orador hábil obtuvo las armas del valeroso héroe. Estos últimos versos confirman que sus estrategias han sido eficaces (Mota manus procerum est... 382), que su astucia discursiva lo ha ubicado como maestro indiscutible de la palabra, como personaje que encarna el arte de la retórica y de sus ambigüedades. La oposición fortis uir/disertus que recorre I S S N 0 0 1 3 -6 6 6 2 el armorum iudicium ovidiano se resuelve así con el triunfo de la facundia en esta aristeia de la palabra. A lo largo de nuestra reflexión hemos identificado los fundamentos lingüístico-retóricos que determinan la victoria de la elocuencia de Ulises. Por su importancia en la totalidad de un discurso, el exordium y el epilogus han sido los lugares clave para nuestro análisis del parlamento del héroe mítico. Dicho análisis ha puesto en evidencia que su triunfo radica principalmente en el uso acertado de una serie de estrategias. El personaje ovidiano explota, pues, la potencia expresiva de algunas estructuras no sólo a partir de su hábil disposición, sino también de su articulación en un mismo contexto. La eficacia persuasiva de Ulises se vincula, además, con su astuto manejo de la dualidad que subyace en ciertos mecanismos del discurso oratorio. En este sentido, hemos constatado, desde el punto de vista sintáctico, la capacidad expresiva de dos enunciados fundamentales de ese tipo de discurso. En primer lugar, las oraciones dogmáticas interrogativas que atraviesan el parlamento de Ulises inscriben en él las propiedades de la interpelación y adquieren así la fuerza necesaria para conmover al auditorio. Mediante la manipulación de sus afectos o facultades emocionales el locutor apunta a adoctrinarlo a través de la provocación de reacciones. En segundo lugar, las proposiciones condicionales en tanto variante sinonímica de la dupla pregunta-respuesta trasladan al plano del intelecto las técnicas propias de las dogmáticas interrogativas que se dirigen más específicamente al plano de la sensibilidad. Hemos examinado que, a pesar de su forma aparentemente dialéctica, este tipo de oraciones intenta condicionar insidiosamente el pensamiento de quien escucha más que abrir la situación a un debate enriquecedor. A su vez, ambas modalidades sintácticas se conjugan, en el discurso de Ulises -y en el texto de Ovidio-, con recursos de orden métrico, estilístico y fónico. Por un lado, hemos observado que en los momentos más densos del exordium y de la peroratio predominan esquemas métricos de equilibrio y de alcance sentencioso (DDSS, DSDS, DDDD). La intención instructivo-doctrinal de las palabras de Ulises queda así sellada por la rítmica de su dicción. Por otro, hemos visto que en esos momentos el héroe despliega también una arquitectura sonora de seducción: la disposición de las células fónicas a través de paronomasias parciales, fragmentaciones y redistribuciones configura una suerte de carmen I S S N 0 0 1 3 -6 6 6 2 de encantamiento que actúa sobre las emociones del receptor para grabar en él el contenido del mensaje. El funcionamiento conjunto de estos planos produce una convergencia de efectos que consolida nuestra lectura estilístico-retórica de las características del personaje en el relato de Ovidio. Según hemos constatado, la reelaboración ovidiana del célebre episodio mítico se centra en la explicitación de los rasgos proverbiales de Ulises mediante la puesta en escena de su discurso. Al ceder la voz a su personaje el poeta deja al descubierto que toda palabra es performativa en tanto acción que se ejerce sobre un destinatario 52. El virtuosismo de Ovidio radica en la resonancia que instaura el texto entre la Fama del héroe y sus propias estrategias diegético-discursivas. Podemos así afirmar, a partir de un estudio de los aspectos concretos del desempeño verbal de Ulises, que el episodio constituye, como sostuviera Stanford 53, el tributo de un talentoso orador hacia otro acorde con la estética global del poeta augusteo.
243 K.-A.), ITS ETYMOLOGY AND ITS PLACING IN THE LEXICA La adscripción lexicográfica del participio ἐττημένα (Pherecr., fr. 243 K.-A.) resulta problemática, hasta el punto de que ningún diccionario ha conseguido por el momento dar con una solución satisfactoria a la hora de incluir su mención. En este artículo se aborda la cuestión pasando revista a 1) las diversas palabras de la familia, teniendo en cuenta las fuentes que las documentan y los problemas textuales que puedan presentar, 2) la etimología indoeuropea del verbo, y 3) su evolución fonética en griego. Nuestra conclusión es que si, como parece muy probable, el verbo procede de IE *ky(e)H 2 -, de acuerdo con la etimología propuesta por Puhvel, el presente correspondiente a ἐττημένα en ático debe ser τάω (equivalente a jónico σάω), forma que se conoce por el testimonio de Filóxeno y los Etymologica, que toman de él la información. Palabras clave: Ferécrates; Filóxeno; ἐττημένα; etimología; lexicografía griega; fonética griega. Key words: Pherecrates; Philoxenus; etymology; ἐττημένα; Greek Lexicography; Greek Phonetics. * Este artículo ha sido realizado en el marco del proyecto de I+D+i Estudios sobre los cómicos griegos fragmentarios del s. V a. C. (II) (referencia FFI2008-01720/FILO), financiado por el Ministerio de Ciencia e Innovación del Gobierno de España. 243 K.-A. del poeta cómico Ferécrates (V a. C.) está constituido por una escueta cita de Focio (ε 2105), que reza: ἐττημένα· σεσησμένα. En ella se nos dice que el poeta empleaba en alguna de sus obras el participio de perfecto medio ἐττημένα (nom.-voc.-ac. neutro pl.), que significa 'cribado'. Aunque, como se verá, se conocen participios equivalentes a éste correspondientes a verbos compuestos de la misma familia, la forma simple no se encuentra testimoniada en ningún otro texto griego, literario o no, con la probable excepción de la glosa de Hsch. ε 6654 L., ἐττημένα (ἐττησμένα cód.)· σεσησμένα, donde la analogía con el sinónimo σεσησμένα parece haber provocado la introducción de una -σ-espuria en el ἐττημένα original 1. Por otro lado, la adscripción lexicográfica de la forma ἐττημένα resulta problemática, debido a que los testimonios de otras formas del verbo simple al que puede corresponder son exiguos y discutibles, en especial por lo que se refiere al tema de presente. Por ello, el LSJ recoge directamente el participio s. u. ἐττημένα, añadiendo la indicación de que se trata del participio de perfecto medio de un supuesto verbo *ττάω (sic), que se relaciona con el mejor testimoniado compuesto διαττάω. En el diccionario de Bailly 2, por su parte, se incluye su mención bajo διαττάω, pero no se le da una entrada propia, lo mismo justamente que hace Chantraine en su Dictionnaire Étymologique 3. Sin embargo, ninguna de esas soluciones resulta, en principio, satisfactoria. En el presente artículo vamos a ocuparnos de si existe o no un verbo simple al que se pueda adscribir la forma ἐττημένα en los diccionarios, para lo cual pasaremos revista a las diversas palabras de la familia (II), estudiaremos qué fuentes las documentan y los problemas textuales que puedan presentar (III), y nos ocuparemos de su etimología indoeuropea y su evolución fonética en griego (IV) 4. 1 Así lo han considerado tanto Schmidt como Latte, que en sus respectivas ediciones de Hesiquio dan en el lema ἐττημένα, corrigiendo la lectura transmitida; también Kassel y Austin en su edición de Ferécrates escriben ἐττη{σ}μένα en el testimonio del lexicógrafo. 4 Para el presente estudio hemos empleado como punto de partida el TLG (versión E del CD, y versión on-line accesible entre finales de 2008 y comienzos de 2009), por medio de los La FamiLia dE ἐττημένα La familia de palabras a la que pertenece el participio ἐττημένα está representada por los siguientes términos: Διαττάω/διασσάω y sus derivados El compuesto ático διαττάω,'cribar; filtrar', está bien testimoniado tanto en autores literarios como en inscripciones, gramáticos y lexicógrafos 5. Cabe indicar que el participio perfecto medio del verbo aparece siempre en las fuentes literarias y gramaticales bajo la forma διηττημένος, en lugar del esperado διεττημένος 6, testimonios a los que tal vez haya que añadir la forma δι[η]ττημένης de IG 2 2 463.83 (IV a. C.), que presenta, no obstante, el problema de que no es posible determinar con seguridad si lo que había originariamente en el texto de la inscripción era ‹Η› o ‹Ε›. Como quiera que sea, todo apunta a que, a partir del siglo IV a. C., διαττάω fue entendido, al menos por algunos hablantes áticos, como compuesto de δι-αττάω, por analogía con otros compuestos con διά sobre verbos con vocal inicial, lo que explica el anómalo alargamiento en η-7. El falso corte probablemente sería programas Musaios y Diogenes, contrastando después los resultados de nuestras búsquedas con los textos originales. Las mismas herramientas nos han ayudado también a la hora de localizar las diversas palabras de la familia en las fuentes literarias y epigráficas. 5 En la literatura lo encontramos, entre otros autores, en Pl., Sph. Finalmente, se testimonia en numerosos gramáticos y lexicógrafos, tanto s. u. como en el texto de otras glosas, como son Filóxeno, Elio Dionisio, Herodiano, Pólux, Hesiquio, Orión de Tebas, Focio, Suda, los diversos Etymologica (v. n. 16), etc. Digamos, por otra parte, que en el DGE διαττάω aparece como variante bajo διασσάω. XLIV 13.19, entre las fuentes literarias; y en Ael. Dion. δ 19, quizás Hsch. ο 785 L. (donde el διηρημενου [sic] transmitido es corregido por los editores en διηττημένου) y Eust. 706.5, entre las lexicográficas y gramaticales. Wackernagel dudaba entre atribuir las formas con aumento en η-al ático común, y considerarlas genuinas (aunque de formación reciente), o bien sólo a la lengua vulgar o a algún copista poco instruido, en cuyo caso opinaba que había que reponer en los textos en cuestión el aumento en ε-originario. Otro autor que también es I S S N 0 0 1 3 -6 6 6 2 también favorecido por lo inusual del verbo simple correspondiente (al menos en su tema de presente). La forma no ática διασσάω está, por su parte, muy poco documentada, ya que prácticamente sólo se conoce por Philox. La supuesta aparición de la forma de participio de aoristo pasivo διασσηθέντος en un fragmento de Empédocles (B fr. 4.3 D.-K.), que indican los diccionarios modernos, es en realidad fruto de una enmienda de Diels, ya que en el texto de Clemente de Alejandría que transmite el fragmento lo que se lee es διατμηθέντος (lectura mantenida por Inwood 8 ). También en Galeno se encuentra una forma correspondiente a διασσάω (διασσᾶσθαι, en XI 405.7), pero dado que en otras diecisiete ocasiones lo que aparece en el texto de este autor son formas de διαττάω, cabe sospechar que en ese caso aislado estamos ante un mero error de transmisión. Llama la atención, por contra, que la forma ática διαττήσας (y no διασσήσας) figure dos veces en el tratado hipocrático Sobre las úlceras, pese a que la lengua de estos textos es básicamente jónica; otras veces, para expresar 'cribar' o 'filtrar' los tratados hipocráticos emplean formas correspondientes al jónico σήθω (cf. infra). Finalmente, hay que mencionar dos derivados poco testimoniados de διαττάω, διάττησις 'criba' (Plu. Se trata nuevamente de una forma de participio de perfecto medio, también con el significado de 'cribada', únicamente conocida por una cita de Antiph., fr. No se encuentran otros testimonios del verbo, que en el texto de Ateneo presenta alargamiento en η-, como si fuese de ἐξ-αττάω, de modo análogo a lo que sucede con διηττημένος de la opinión de restaurar el aumento en ε-, tanto en este participio como en su equivalente en otros compuestos de la misma familia, es E. Degani, «Noti ai parodi Greci», Sileno 1, 1975, pp. 157-174, esp. pp. 159-160. La unanimidad de los testimonios, sin embargo, hace que resulte más prudente conservar la lectura transmitida. El fragmento que nos ocupa es el n.o 3 de su edición. 9 En algunos textos tardíos se documenta una forma homófona ἐξηττημένος, participio perfecto de ἡττάομαι, que no debe confundirse con ésta. En su edición de Antífanes, Kassel y Austin, siguiendo a Blass 11, enmiendan la lectura de los manuscritos en ἐξεττημένη. Sin embargo, a la vista del paralelo διηττημένος, que empieza a testimoniarse justamente en época contemporánea a Antífanes (IV a. C.), es plausible que también ἐξηττημένη se emplease en el ático de la época, y que la forma transmitida por los manuscritos de Ateneo fuera la empleada por Antífanes originariamente. Σήθω y sus compuestos y derivados Σήθω es el verbo más habitualmente usado en jónico para expresar la idea de 'tamizar' o 'filtrar', y cuenta con testimonios tanto literarios 12 como papiráceos 13, además de ser citado por numerosos gramáticos y lexicógrafos 14. Está formado sobre la misma raíz que διαττάω, con el mismo sufijo derivativo que aparece en verbos como ἀλήθω, κνήθω, νήθω o πλήθω 15. Se conocen también diversos compuestos de σήθω, en general en textos tardíos, con ἀπο-(Dsc. Finalmente, σήθω tiene diversos derivados, como σηστός (Herodicus en Ath. Junto a la mencionada forma σῆσις se conoce una variante ajena al jónico-ático, σᾶσις, testimoniada al 14 Así, aparece con relativa frecuencia en Filóxeno, Pólux, Hesiquio, Orión de Tebas, Focio, Suda y los diversos Etymologica, etc., tanto s. u. como en el lema de otras glosas. Del compuesto ático ἀλευρόττησις ('cedazo' y, según la Suda, también 'flor de harina') sólo se tiene noticia por diversas citas en gramáticos y lexicógrafos 18. En algunos casos 19, la palabra aparece en los manuscritos como ἀλευρότησις, con dental sorda simple en lugar de geminada, en lo que parece no ser más que un error banal 20, que suele ser corregido por los respectivos editores. Del presente simple σῶ, contracto en -άω,'cribar','tamizar', se conserva un único testimonio literario seguro, correspondiente a la 3.a pers. pl. del pres. ind. act., σῶσι (Hdt. Otro testimonio literario, correspondiente a su tema de perfecto, podría estar en un fragmento de Arquéstrato 16 Con este nombre genérico suele denominarse un conjunto de léxicos emparentados, entre los que destacan el Etymologicum Genuinum (del s. IX d. C. y sólo parcialmente editado), el Etymologicum Gudianum (XI d. C.), el Etymologicum Symeonis, y el denominado Etymologicum Magnum (XII d. C.); estrechamente vinculado con ellos está así mismo el Lexicon de Zonaras (XII d. Para las relaciones entre éstos y otros léxicos antiguos y sus fuentes, la obra fundamental es F. Reitzenstein, Geschichte der griechischen Etymologika, Leipzig, 1897Leipzig, (ámsterdam, 1964)). Es así mismo útil e ilustrativo el resumen que ofrece C. Serrano Aybar, «Historia de la lexicografía griega antigua y medieval», en F. Rodríguez Adrados, E. Gangutia, J. López Facal y C. Serrano Aybar, Introducción a la lexicografía griega, Madrid, 1977, pp. 61-106, esp. pp. 103-105. 37 Th., de donde la noticia pasa al Et. 18 Filóxeno, Pólux, Hesiquio, Focio, Suda, Etymologicum Genuinum, Etymologicum Magnum, Etymologicum Gudianum, Pseudo Zonaras, etc., tanto s. u. como formando parte del texto de otras glosas. 21 Las formas de aoristo σῆσαι, σήσας, etc., frecuentes en los tratados médicos, suelen considerarse actualmente como pertenecientes a σήθω, dado que es ése, y nunca σῶ, el presente empleado en dichas fuentes. 5.4 Olson-Sens, transmitido en Ath. 111e), en el que los editores, siguiendo a Meineke, vienen enmendando la lectura original de los manuscritos, ἠσκημένα 'trabajado' en ἠσσημένα 'cribado', que da mejor sentido al texto 22. De ser correcta esta propuesta, estaremos de nuevo ante una forma rehecha con alargamiento en η-que habrá que explicar como analógica con διηττημένος (cf. II 1), como tal vez lo sea ἐξηττημένη (cf. II 2). Degani 23, no obstante, se inclina por enmendar el texto mediante la forma etimológicamente esperada, ἐσσημένα (de modo análogo a Kassel y Austin en el fragmento de Antífanes comentado en II 2), que, sin embargo, resulta menos plausible desde el punto de vista paleográfico. El mismo participio cuenta así mismo con un testimonio epigráfico, bajo la forma ἐσσημένῳ (ID 500 A 9, III d. C.) 24, que sí testimonia la inicial ἐ-. El verbo aparece mencionado además varias veces en diversos gramáticos y lexicógrafos (Filóxeno, Orión de Tebas, Suda, Etymologica, Eustacio, etc.), como parte de la explicación de algunas glosas, entre ellas la correspondiente a διαττᾶν 25. En algunas de esas fuentes 26 se apunta una vinculación etimológica de σῶ con σείω,'agitar', noticia que falta, en cambio, en el único pasaje de Suda 27 donde figura el verbo σῶ. 24 Cabe hacer notar que tanto esta última forma como su equivalente ático ἐττημένα presentan la formación esperada, con aumento en lugar de reduplicación, por derivar la raíz de un grupo de dos consonantes que no son oclusiva más líquida, frente a su sinónimo σεσησμένα, formado analógicamente sobre el presente σήθω. 25 Así sucede en el caso de los Etymologica y otros léxicos emparentados con ellos, como Zonar. δ 537.17. 1792.1, donde además se dice erróneamente que la forma no contracta de σῶ es σέω (forma desconocida, por otra parte). En otros pasajes29 se establece también un vínculo etimológico entre σῶ y otro verbo que guarda con él cierta semejanza formal, σεύω,'empujar', pero con el que tampoco está realmente emparentado30, ya que se propone para él una raíz *kyew-31 o *k w yew-32. Aunque este verbo (que, al menos en principio, parece el candidato idóneo para ser el presente correspondiente a ἐττημένα) no suele recogerse en los diccionarios, lo encontramos citado unas pocas veces en los léxicos pertenecientes al grupo de los denominados Etymologica 33, donde la fuente última de la noticia resulta ser muy posiblemente (por intermedio de Orión de Tebas, del s. V d. C.) el gramático Filóxeno, faltando por completo su mención, en cambio, en otros léxicos y gramáticos independientes de ellos, como Hesiquio, Suda, Eustacio, etc. C.) está considerado como el máximo representante de los estudios sobre etimología en la Antigüedad, habiendo desarrollado un método particular de investigación de acuerdo con el cual el punto de partida para establecer la etimología de una familia de palabras dada estaba en hallar un verbo monosilábico (tipo δρῶ, πλῶ, σῶ, etc.), que constituiría el πρωτότυπον o ἀρχή de dicha familia. De ese verbo derivarían, por medio de diversos sufijos, los otros emparentados con él. A su vez, los nombres procederían de los verbos, también mediante distintos procedimientos de derivación. En cuanto al significado primario de los πρωτότυπα o ἀρχαί, Filóxeno lo establecía mediante la comparación de los significados de las diversas palabras de la familia, buscando extraer el sentido primordial subyacente que pudiera explicar los diferentes significados y acepciones. En el caso que nos ocupa, Filóxeno recurría al verbo simple τῶ a fin de explicar el derivado ático διάττω 35 a partir del jonio σῶ, πρωτότυπον de la familia, aduciendo para justificar la relación entre τῶ y σῶ el doblete τήμερον/σήμερον, como puede verse en el siguiente pasaje (Philox. Σήθω, de σῶ, que significa 'agitar', del que también procede σείω. Otro verbo derivado suyo es σήθω,'cribar', que se refiere al movimiento continuo del cedazo. Heródoto (I 200) emplea la tercera persona del plural del verbo σῶ, σῶσιν, en lugar de σήθουσιν. Y al igual que existe junto a κνῶ, κνήθω ('rascar'), junto a ἀλῶ, ἀλήθω ('moler'), o junto a πλῶ, πλήθω ('estar lleno'), así junto a σῶ existe σήθω ('cribar'). Los áticos, por su parte, en lugar de σῶ dicen τῶ, lo mismo que en vez de σήμερον dicen τήμερον. Y junto a τῶ, el compuesto διατῶ; y con geminación de la τ, los áticos dicen διαττῶ. interesante el artículo «Philoxenus», en RE XX i,; puede consultarse también R. Reitzenstein, M. Terentius Varro und Johannes Mauropus von Euchaita, Leipzig, 1901 (1974), pp. 81-88. 35 A pesar de lo cual, el verbo τῶ no se encuentra nunca mencionado en la glosa διαττᾶν, sino que aparece ss. uu. σήθω y τηλία, como se ha visto. 36 Más o menos la misma información se recoge en Orio σ 149.7 Sturz, también editado por Thillet como parte del fragmento de Filóxeno. Τηλία/σηλία La forma ática τηλία es bien conocida tanto a través de testimonios literarios áticos 37 como por muy diversos gramáticos y lexicógrafos 38. La variante jonia σηλία, por su parte, no se encuentra ni en textos literarios ni en inscripciones, pero sí en muchos gramáticos y lexicógrafos, no sólo del grupo de los Etymologica, sino también en otros independientes de éstos 39, y tal vez cuenta con un equivalente cretense en una inscripción mutilada (SEG 1.414, V/IV a. C.), donde los editores proponen leer σαλ[ία. El término tenía varios significados, como ilustra la glosa correspondiente en los Etymologica (cf. Philox., fr. *185.5-8 Th.): Orión 40, el aro del cedazo. En efecto, los áticos cambian la σ en τ, y dicen τῶ por σῶ. También en un compuesto con διά, διαττῶ, con geminación de la τ. La etimología real de la palabra τηλία y, por tanto, su vinculación con la familia de palabras que nos ocupa, es discutida. Así Chantraine, Dictionnaire, 37 Cf., por ejemplo, Ar., V. 147, Pl. 1727.8, etc. El término también aparece en el texto de otras glosas distintas. 39 En concreto, la palabra aparece en el texto de la glosa τηλία en Hdn. Figura así mismo con glosa propia en Hsch. σ 491 H. σήλια· τὰ μικρὰ πιθάρια. καὶ σκεῦος ἀρτοποιητικόν, donde, vista la diferencia de acento y significado, podrían haberse cruzado dos palabras, σήλια (= τὰ μικρὰ πιθάρια) y σηλία (= σκεῦος ἀρτοποιητικόν), siendo esta última la que nos concierne aquí. 40 Como se ha dicho, Orión de Tebas parece ser la fuente intermedia por la que entró en los Etymologica la información procedente de Filóxeno. s. u., partiendo de que el sentido original del término sea el de 'aro de la criba', como proponía Scheller 41, aceptaba su relación etimológica con σήθω y διαττάω, como quería Filóxeno; a esta opinión se ha sumado recientemente también S. Nicosia 42. Teniendo en cuenta los otros sentidos del término, Frisk, con Pokorny, pensaba más bien en una relación con a.i. tala-(n.)'superficie', lat. tellūs,'tierra', etc., que descartaría la vinculación del término con σῶ y σήθω. Ahora bien, esta segunda etimología no puede dar cuenta de las formas σηλία/ σαλ[ία, lo que invita a rechazarla 43. Recapitulando la información reunida hasta el momento, vemos que los testimonios literarios (y ocasionalmente los epigráficos), a los que normalmente vienen a sumarse los de gramáticos y lexicógrafos, certifican la existencia de formas áticas de esta familia con /tt/ interior, en concreto διαττάω y διάττησις, a las que pueden añadirse ἐξηττημένη (o tal vez ἐξεττημένη; Antiph. apud Ath.) ἀλευρόττησις (Filóxeno, Pólux, Hesiquio [ἀλευρότησις], Focio, Suda [ἀλευρότησις], Etymologica) y δίαττος (Hesiquio). Así mismo, el testimonio conjunto de fuentes literarias, ocasionalmente epigráficas, y de gramáticos y lexicógrafos, certifica la existencia de diversas palabras de la familia con /s/ inicial, en concreto σήθω (y sus compuestos), σῶ, σηστός (y sus compuestos), y los términos σᾶσις (CID II 139.15, III a. C); a ellos cabe añadir, sólo por el testimonio de gramáticos y lexicógrafos, la variante σῆσις (que no sólo está en Filóxeno y, a partir de él, en los Etymologica, sino también en Suda), y σῆστρον (Hesiquio), así como σηλία, también citada en numerosas fuentes gramaticales y lexicográficas. La existencia de formas jonias con /ss/ interior queda confirmada por el participio perfecto de σάω, ἐσσημένῳ, en una inscripción de Delos, como hemos visto; poco testimoniada está la variante jonia διασσάω, que sólo cuenta con testimonios seguros a través de los Etymologica que siguen a Filóxeno. En cuanto a formas áticas con /t/ inicial pueden mencionarse dos, 41 M. Scheller, Die Oxytonierung der griechischen Substantiva auf -ia, Zúrich, 1951. 43 Una palabra griega que sí pertenece a la misma familia de lat. tellūs, a.ingl. đille, etc., es τελαμών, cf. M. De Vaan, Etymological Dictionary of Latin and the Other Italic Languages, Leiden-Boston, 2008. I S S N 0 0 1 3 -6 6 6 2 en nuestra documentación (piénsese en lo poco testimoniado que está σῶ, si dejamos a un lado gramáticos y lexicógrafos), pero en general parece claro que, llegado el caso, Filóxeno no tenía problema en recurrir a palabras que en teoría podrían existir, aunque en realidad no lo hiciesen. La duda que se plantea es, por tanto, si las palabras διασσάω, τῆσις y τάω no serán, todas o algunas, meras suposiciones teóricas de Filóxeno, obtenidas por deducción analógica, pero sin existencia real en la lengua. Así, el verbo τῶ (posible presente correspondiente a ἐττημένα, como se ha apuntado) podría ser una mera creación gramatical a partir de σῶ, según el modelo de σήμερον/τήμερον, a fin de explicar el origen de διαττάω. Del mismo modo, Filóxeno pudo haber supuesto τῆσις a partir de σῆσις para explicar ἀλευρόττησις. Finalmente, el gramático pudo plantear la existencia de διασσάω simplemente basándose en el ático διαττάω, según una analogía bien conocida. Esto último parece especialmente probable, teniendo en cuenta que el verbo habitualmente empleado por los jonios para 'cribar' era σήθω, y que es la ática διαττάω, y no una forma jonia con -σσ-la que aparece algunas veces en su lugar en Hipócrates45. De cualquier modo, no deja de llamar la atención que Filóxeno llegara a proponer sólo por medios teóricos, y sin que tuviera existencia real, un verbo ático τάω que parece corresponderse a la perfección con el participio ἐττημένα de Ferécrates, participio que, sin embargo, no consta que haya conocido Filóxeno, ya que sólo lo testimonian Focio y Hesiquio, y no se menciona, en cambio, en ninguna de las fuentes que siguen a Filóxeno para esta familia de palabras. Llegados a este punto se hace preciso, para intentar arrojar algo de luz sobre la cuestión, acudir a la etimología indoeuropea de la familia de ἐττημένα, tampoco ella exenta de problemas. En efecto, de acuerdo con Pokorny (p. 1085), que pone en relación estas palabras con la forma aislada sánscrita títau-(RV 10.71.2), nos encontraríamos aquí ante una raíz con *tw-inicial; la misma etimología se repite en Frisk (s. u. διαττάω), Chantraine (ss. uu. διαττάω y σήθω) y, con interrogante, por considerarse fonéticamente inaceptable la relación con títau-, de modo que la raíz sólo estaría testimoniada en griego, en el LIV (s. u. *tueH 2, entrada redactada por M. Kummel); esta etimología también es aceptada como probable por el DGE (s. u. διασσάω). Ahora bien, aparte de no estar bien apoyada por otros paralelos indoeuropeos, especialmente si se descarta el parentesco con el mencionado verbo sánscrito, esta propuesta resulta problemática si se aceptan como genuinas las formas τῆσις y τάω, o también si τηλία pertenece a esta misma familia de palabras. La razón es que, como se sabe, en ático el resultado de los grupos iniciales de *tw-no es /t/, sino /s/, como en σείω (<*tweys-), aunque en interior sea /tt/ como en τέτταρες (< *k w etwores) 46; de acuerdo con esta etimología se esperaría en ático, en correlación con el compuesto διαττάω, un presente simple σάω, idéntico, por tanto, al testimoniado por Heródoto en jonio. En su fonética, Lejeune 47 indica que, de ser correcta esta etimología tradicional, ático τάω (τῆσις o τηλία no se mencionan) constituiría una excepción, y Brixhe, en su Phonétique 48, se limita a preguntarse si esa propuesta etimológica será correcta, sin profundizar en la cuestión. Por supuesto, el problema desaparecería si τηλία no perteneciese a la misma familia de palabras, y si Filóxeno hubiera cometido un error al proponer la existencia teórica de τῆσις y τάω sobre σῆσις y σάω, ya que en ese caso no habría que explicar ninguna palabra de la familia con /t/ inicial en ático; téngase en cuenta, además, que en todo caso el modelo analógico se lo había proporcionado a Filóxeno el par σήμερον/ τήμερον, en cuya inicial no hay *tw-, sino *ky-. Sin embargo, existe una nueva propuesta etimológica para esta familia de palabras que solventa el problema de la evolución fonética en ático, y que viene a dar la razón a Filóxeno en la proporción analógica manejada por él. Dicha propuesta ha sido realizada por J. Puhvel 49, quien (sin plantearse en absoluto que la etimología tradicional resulte problemática en griego desde el punto de vista fonético) propone una relación etimológica entre el verbo hitita kinai-, cuyo significado, no bien comprendido tradicionalmente, debe ser'cribar, separar', y la familia griega de διαττάω, ἀλευρόττησις y σήθω. De acuerdo con esta propuesta, que, a diferencia de la de Pokorny, sí parece apoyarse en un paralelo indoeuropeo sólido, la raíz de la que proceden las formas griegas en cuestión contenía un grupo *ky-(sería, en concreto, *ky(e)H 2 -), que en ático evoluciona a /t/ en inicial y /tt/ en interior, y en jonio, a /s/ en inicial y /ss/ en interior (cf. át. τήμερον, jon. σήμερον; át. κηρύττω, jon. κηρύσσω, etc.), tal y como planteaba Filóxeno50. A esta propuesta, a todas luces muy plausible, se han mostrado favorables autores como A. Blanc 51 y A. Kloekhorst 52. A la vista de los datos expuestos, llega el momento de responder a la cuestión de cómo debe incluirse la mención del participio ἐττημένα en los diccionarios griegos. En nuestra opinión, lo mejor sería incluir un lema τάω (desde el que en todo caso se puede remitir a jónico σάω), añadiendo la indicación de que dicho presente ático sólo se testimonia en Filóxeno y los Etymologica, que toman de él la información, y que cabría la posibilidad de que fuese una mera creación analógica del gramático, incorrecta si se aceptase para la raíz IE del verbo un grupo inicial *tw-, de acuerdo con la etimología tradicional que, como hemos visto, carece de apoyo comparativo sólido; en ese caso, el presente correspondiente en ático a ἐττημένα no sería otro que σάω, igual que en jonio. Sin embargo, τάω podría muy bien ser una forma genuina si, como resulta probable, la correcta es la nueva etimología con *ky-propuesta por Puhvel, que sí ofrece un paralelo sólido, y no presenta problemas fonéticos. La falta de testimonios literarios y epigráficos del presente simple τάω puede achacarse a que el ático prefería en su lugar, posiblemente debido a
En un trabajo muy reciente dedicado a la nueva inscripción lusitana de Portalegre me refería a la hasta la fecha desconocida divinidad en dativo BROENEIAE en estos términos: BROENEIAE es difícil de interpretar etimológicamente. Quizá la vinculación más atractiva sea con la forma alargada *bhr(e)H 1 -u-, con metátesis *bhr(e)uH 1 -'hervir, borbotar', etc., 1 de donde *bhre/ouH 1 -én-yo-> *browén-yo-> *broén-yo-. Cf. ai. bhurváni-'agitado','salvaje', de *bhr̥ H 1 u-én-i-, y, tal vez, incluso, la diosa latina Fur(r)ina de las aguas subterráneas. El resultado de la labial puede estar condicionado al contexto o bien proceder de un dialecto, celta o no, con el resultado generalizado /bh/ > /b/. El conjunto BROENEIAE H[---] se entendería como una típica fórmula bimembre lusitana de derivado teonímico en -yo-... seguido del epíteto que contiene su nombre o expresa su relación con una localidad (Prósper y Villar 2009, p. Este trabajo está dedicado a exponer una posibilidad alternativa desde el punto de vista etimológico, pero desde luego asombrosamente similar tanto en lo que se refiere a su posible clasificación dialectal (que, al tratarse de un nombre propio no afecta en nada a la determinación del dialecto en que se ha escrito el texto) como a su significado. En las inscripciones ogámicas se documenta un nombre de persona masculino en genitivo, de tema en nasal, bajo dos formas ligeramente diferentes: BROINIONAS (CIIC 151, Kerry, Irlanda) y BROINIENAS (CIIC 120, Cork, Irlanda). 142, las relaciona, con toda probabilidad correctamente, con airl. bráen (masculino temático)'lluvia','gota', en documentación más antigua bróen (cf. LEIA-B-76), en la idea de que ambos nombres proceden de una forma celta común con diptongo *broino-2. Se documentan apelativos relacionados en abret. bruinoc gl.'nimbosa''lluvioso','tormentoso', según Fleuriot 1964, p. 913, en galés med. brwynawc, y en galés brwynen yr afon 'curso medio de un río', que exigen un étimo proto-britónico *broino-'lluvia','tormenta'. De aquí que resulte muy plausible retrotraer estas formas celtas, a su vez, a una protoforma *bhroi-no-'lluvia', de *bh(e)rei-(alargamiento en -i-de *bher-'aufwallen', en IEW, pp. 132-133; LIV, p. 310 (con bibliografía anterior, que incluye varias etimologías previas que la autora ya estima, con toda la razón, insostenibles). Pero, como ella misma indica «allerdings gibt es weder formale noch semantische Parallelen hierzu in anderen idg. De manera que es probable que la divinidad de Portalegre sea de origen celta y que sea una divinidad de las tormentas, a menos que estemos ante un caso de relación cronológicamente más profunda entre el lusitano, lengua de tipo claramente italoide, y el celta. Lo cual conllevaría la necesidad de postular ciertas diferencias entre el resultado de /bh/ en posición intervocálica y en grupos consonánticos en inicial de palabra. Si estamos en lo cierto, y el esquema X-yo-+ epíteto con sufijo velar es una fórmula votiva que quiere decir en lusitano y, concretamente, en este ejemplo,'(divinidad) del X, (protectora) de tal lugar', es decir «divinidad de la tormenta, protectora del pueblo de Hara (vel sim.)», entonces hay que suponer que en lusitano *broinotenía valor apelativo, sea o no un préstamo de una lengua celta. Pero bien puede ser que BROENEIAE fuera ya, en la época en que se escribió el epígrafe, un teónimo, eventualmente incomprensible, cuya forma primitiva sería un adjetivo *bhroin-yo-'lluvioso','tormentoso' 4. Pero esto tiene ciertas implicaciones más profundas para la morfología del lusitano meridional al que pertenece esta inscripción. Los autores del trabajo estimábamos, a propósito de la terminación de dativo temático, que quizás HARASE es un derivado en -yo-a partir de otro adjetivo previo en -ako-(o -āko-), de modo que la secuencia *-ak-y-ōi ha sufrido los cambios *-akyŏi > *-akyĕi > *-akyē > *-ašē (Prósper y Villar 2009, p. Como hemos apuntado, es posible que la misma solución sea aplicable al caso de BROENEIAE, extremo que es imposible de confirmar puesto que desconocemos la terminación del epíteto, del que apenas se conserva el grafo inicial H[---. Entonces habría que reconstruir un dativo masculino lusitano en *-y-ōi con una evolución a *-yē. Y la grafía ‹AE›, única a lo largo del epígrafe, y en un dialecto y una fecha en que no tenemos datos que avalen una tendencia a la monoptongación -yai-> -yē-(como los hay, por el contrario, en zonas más septentrionales como Callaecia), sería tal vez producto de una interferencia con las incipientes incoherencias del uso grá fico latino, es decir, bajo la suposición de que en latín los resultados de indoeuropeo /e:/ y /ai/ empezaban a confundirse, dando lugar a casos de etacismo y grafías inver sas. Digamos, en otro orden de cosas, que la discrepancia en la representación del diptongo que se observa entre los tres casos de OILA, OILAM 'oveja' (*owi-lā) y BROENEIAE, si renunciamos a la etimología avanzada al principio a favor de la nueva, pasaría probablemente a carecer de significado. Por lo demás, en el trabajo mencionado se apuntaba que CARIA es el único obstáculo que impide interpretar BROENEIAE, HARASE y MVNITIE como dats. fem. en *-y-āi. La alternativa a todo lo anterior, pues, consiste en asumir... que CARIA es una forma abreviada (Prósper y Villar 2009, p. Pues bien, si MVNITIE, HARASE y BROENEIAE pueden considerarse como resultados fonéticos de una secuencia *-yōi, en consonancia con la interpretación de CARIA y formas en -‹A› de otras inscripciones como dativos femeninos de tema en *-(y)ā, podemos añadir ahora, en apoyo de esa hipótesis, un argumento de realibus: esa solución sería congruente con la constatación de que en el mundo indoeuropeo las divinidades de la tormenta son masculinas (Zeus, el dios germánico Thor, el indio Indra, el galo Taranis, el lituano Perkunas, etc.). Por consiguiente, la aceptación de esta etimología apoyaría indirectamente la evolución *-yōi > -yē. Y arrojaría cierta luz sobre los antropónimos masculinos del irlandés primitivo, más comprensibles si se los relacionaba sincrónicamente con la tempestad, con su connotación guerrera, que con la lluvia.
En el libro I de Valerio Flaco, sigue inmediatamente a la partida de la nave Argo un concilio divino que se abre con las protestas del dios Sol, preocupado por la amenaza que supone para su hijo Eetes el viaje de los Minias. Se queja ante Júpiter de que, aunque estableció a Eetes en una región apartada y pobre como la Cólquide para evitarle ataques de pueblos enemigos que pudieran apetecer su reino, tales previsiones han resultado inútiles, a juzgar por el rumbo que ha tomado la nave de Jasón, Eetes, dice su padre, estaría dispuesto incluso a retirarse más allá de la Cólquide, si no fuera porque las condiciones de la región contigua se lo impiden (514)(515)(516). Mas ¿cuáles son exactamente estas condiciones? 515, la lectura de los manuscritos regum ha sido desechada por todos los editores recientes de las Argonáuticas. Sólo E. Courtney, de cuya edición teubneriana (Leipzig, 1970) tomamos el texto citado, la imprimió entre cruces, al tiempo que proponía cautamente en el aparato crítico su propia corrección rorum (> rerum > regum). Subyace a ésta la idea de que el verso debía de contener una doble calificación de la zona situada más allá del reino de Eetes por sus rigurosas condiciones meteorológicas («endurecida por las nubes y...»). Tal suposición había dado lugar ya antes a algunas enmiendas semánticamente menos rebuscadas que la de Courtney, si bien bastante alejadas gráficamente del regum recibido: ueris (jortin et al. 5 ) uerni (baehrens6 ) uerum (bury7 ). Excepto la primera, introducida en el texto de la Loeb Classical Library por j. H. Mozley (Cambridge, Mass., 1936), no han tenido mucho predicamento. Para el texto de la última edición teubneriana (Stuttgart, 1980), W.-W. Ehlers retomó la corrección rerum, que se venía imprimiendo con regularidad desde la aldina (Venecia, 1523) y que cuenta con un paralelo en el v. 725 del mismo libro I, donde el regum de los códices ha sido reemplazado con general aceptación por el rerum de la juntina (Florencia, 1503): (sc. No obstante, mientras que en este segundo caso el genitivo partitivo conviene perfectamente al adjetivo en grado superlativo asperrima, la corrección rerum no sólo no halla un encaje análogo en el contexto sintáctico del primer pasaje, sino que, en el plano semántico, crea más dudas de las que despeja8. Si aceptamos la enmienda de la aldina, la interpretación del v. 515 dista, en efecto, de resultar clara, toda vez que los dos loci paralleli que suelen traerse a colación no arrojan luz alguna acerca del significado que pueda tener nescia rerum en el texto valeriano. Tanto en Virgilio como en Ovidio, el sintagma va referido a un sujeto animado, y quiere decir algo así como 'ignorante de lo que se trae entre manos': juturna sabe perfectamente lo que debe hacer para ayudar a su hermano en el campo de batalla (in medias dat sese acies haud nescia rerum, Aen. XII 227), mientras que Helena, solicitada por los avances de Paris, afirma ser inexperta en amoríos (ego nescia rerum / difficilem culpae suspicor esse viam, Her. Pero ¿qué puede significar nescia rerum zona? En su recensión de la edición de Courtney, Ehlers 9 se había remitido a P. Langen 10, según el cual «ideo zona rerum nescia nominatur, quia ibi neque herba aut arbor neque animalia neque homines reperiuntur». Y esta interpretación, ya in nuce en notas anteriores como las de A. j. En contra, pues, de lo que presuponen propuestas de corrección como el rorum de Courtney, Valerio no habría querido enfatizar tanto los rigores de un clima glacial como el carácter estéril o desértico de la inhóspita comarca. Consideramos, con todo, que, de ser éste el sentido del v. 515, la enmienda frugum de C. E. Sandström 14 resulta preferible tanto por su concreción como por el apoyo que encuentra en los pasajes 15 aducidos por G. Liberman 16. de hecho, el nescia frugum imprimido por éste en su edición para la colección budé, y adoptado a su vez por F. Caviglia 17 y por j. Soubiran 18, cuenta con la conformidad de los últimos comentaristas del libro I 19. Como mera posibilidad, menciona A. j. Kleywegt una explicación alternativa de la corrección de la aldina, sobrentendiendo nescia rerum (gestarum) y parafraseando «nothing ever happens there». ¿Habrá querido decir Valerio que el territorio situado al norte de la Cólquide se halla al margen de la historia, como parece haber pensado A. j. Wagner: «nescia rerum, quae in reliquis orbis terrarum partibus ge- Sustrayéndose a la communis opinio que daba por buena la corrección rerum, P. H. damsté 25 ofrecía en 1921 la siguiente paráfrasis del pasaje que nos ocupa: «cum loca illa ulteriora et naturali situ horrida essent et reges non nouissent, h. e. regibus non opus esset eis». 515 acogería, pues, una doble calificación de la zona vecina a la Cólquide que, lejos de ceñirse al clima helado y a sus consecuencias para la habitabilidad del país y/o la fertilidad de la tierra, yuxtapondría a un aspecto de geografía física (nube rigens) una particularidad política (nescia regum) 26. W. Schubert 27 vuelve sobre esta idea en un intento de esclarecer el textus receptus tan meritorio como desatendido, y apoya su lectura en la mención que hace Tácito (Germ. 46) de tribus germanas sin rey. Mas, aun cuando dejemos de lado este dudoso paralelismo, nos proporciona el propio Valerio un locus similis con el que vale la pena confrontar las palabras del Sol. Se trata de la plegaria que, en el libro II, dirige Hipsípila a la Luna para que la ayude a hacer salir de Lemnos 20 2002, ad I 342. 26 En esta misma suposición se basa la enmienda de Vossius legum, conservada en una anotación marginal a un ejemplar de la segunda edición de L. Carrio (Amberes, 1566). Tácito nos ofrece en sus descripciones etnográficas algunos ejemplos de abrupta yuxtaposición de aspectos naturales y culturales (solum caelumque et ingenia cultusque hominum, Agr. a su padre Toante, a quien ha librado de la matanza de los hombres de la isla a manos de sus mujeres (296-297): Hipsípila no tiene otro empeño que lograr la fuga de su padre; para éste pide solamente seguridad, y no súbditos ni una región fértil (dite solum, 296) ni reinos (regna, 297). de modo análogo, el Sol parecía dispuesto, en el libro I, a sacrificarlo todo, riquezas (opes, 510), campos feraces (diuitis arua plagae, 511) y tierras prósperas (uberrima, 511), en aras de la seguridad de su hijo, todo salvo una cosa (y aquí es fundamental la diferencia entre su actitud y la de Hipsípila): la dignidad regia. A una hipotética retirada de Eetes más allá de la Cólquide se oponen tanto las condiciones climáticas de una zona 'endurecida por las nubes' (nube rigens) como la peculiaridad etnográfica de una zona 'desconocedora de reyes' (nescia regum). El obstáculo no reside sólo en el frío que la hace inhabitable, sino también en el convencimiento de que en aquella recóndita comarca Eetes no podría reinar. Como bien ha visto Schubert28, la queja del Sol entraña así una cierta ironía, puesto que, como si el dios se hubiera dejado traicionar por su propia facundia, la posibilidad de una renuncia de su hijo a las dignidades, sugerida en el v. 514 (sese sine honore referret), resulta inmediatamente desmentida en el 515: Eetes, después de todo, necesita un país que pueda gobernar como rex29. El problema es que, al ambicionar para su hijo un reino que no corra riesgo alguno de ataque exterior, el Sol pretende que disfrute de honores sine oneribus,'Würde ohne bürde' 30, como si hubiera olvidado que, al menos en el código épico, reges et proelia (cf. Verg., Ecl. VI 3) suelen ir inseparablemente asociados. Será júpiter el encargado de recordárselo cuando, respondiendo a sus lamentos, exponga el plan del destino para la translatio imperii mediante la guerra, en una réplica que comienza como sigue (I 531-535): Frente a la interesada solicitud paternal del Sol, esgrime el Saturnio su propia imparcialidad (iusti facultas 534), que se remonta a un tiempo anterior a la aparición de cualquier estirpe divina sobre la tierra. En consecuencia, Júpiter no se preocupa de procurar al Sol detalle alguno acerca del destino que aguarda a Eetes, sino de afirmar soberanamente su propia superioridad primordial como conditor fatorum. Y el contenido material de este fatum dispensado por Júpiter de una vez para siempre no es otro que el regnum, la distribución del poder en el espacio a través del tiempo, idea que Valerio realza con un notable paralelismo: cum fata darem (534), cum uarios struerem per saecula reges (535). Este reges responde, creemos, al discutido regum del v. 515, en la medida en que, a la cortedad de miras del Sol, preocupado por el particular regnum (y no sólo por la seguridad) de su hijo Eetes, opone Júpiter su punto de vista superior, bajo el que los uarios reges no son sino etapas de una sucesión prefijada por el fatum. Precisamente porque no habita en una nescia regum zona, sino que es rex en la Cólquide, debe Eetes someterse a la ley fatal que predetermina el ocaso de los reges. El hijo del Sol está condenado por Júpiter y por el fatum a sufrir el menoscabo de su poder que la llegada de los argonautas a la Cólquide acarreará, ya que el robo del vellocino de oro y el rapto de Medea deben constituir una primera etapa en el hostil tráfico intercontinental que, inaugurado por el viaje de la Argo, culminará con el traslado de la hegemonía de Asia a Grecia 31. Así pues, a la luz de la respuesta de Júpiter al Sol, adquiere el v. 515 pleno significado: no se limita a describir, con la δείνωσις de rigor, una región del globo helada (nube rigens) e inhabitable por apartada y/o yerma (nescia rerum, nescia frugum), sino que, mediante una furtiva alusión a la dignidad regia de Eetes, cuyo establecimiento en una nescia regum zona descarta a priori su divino padre, preludia el gran tema valeriano de la translatio imperii.
En julio de 2005, alrededor de treinta lingüistas dedicados al estudio del griego antiguo, el latín y el indoeuropeo, acudieron a una reunión internacional en la Universidad de Cambridge. El tema básico de las jornadas fue el examen de cómo las lenguas clásicas podían arrojar luz sobre la lingüística indoeuropea y, a la inversa, de qué modo la lingüística histórica podía mejorar nuestra comprensión del griego y el latín. Este encuentro científico tenía, además, el objetivo básico de reunir a jóvenes investigadores que expusieran los enfoques más recientes que estaban empleando. El éxito que obtuvo tal iniciativa propiciaría poste rior mente un segundo encuentro en Oslo, en 2007, bajo el mismo título, así como un tercero que ha tenido lugar recientemente (8 a 10 de julio de 2010) en la Universidad Comenius de Bratislava. En la publicación que aquí reseñamos se nos ofrecen, en una pulcra y clara edición, diecisiete de las intervenciones presentadas en Cambridge. Por razones de espacio, no me es posible realizar un análisis pormenorizado de todas ellas, pero, dado el inte rés de los temas tratados y el alto nivel que en su mayoría ofrecen, me parece inte resante citar de modo muy resumido todo el contenido de este volumen colectivo. Los trabajos aparecen distribuidos en el índice en seis apartados. Bajo el primero de ellos, Phonology, encontramos la contribución de Th. Olander «The accentuation of Greek monosyllabic words» (pp. 1-8), en la que aporta una nueva explicación del acento agudo de algunos monosílabos griegos, frente al circunflejo que ofrecen otros. A. Hyllested y P. S. Cohen, «Monophthong for expected υ-diphthong in Greek» (pp. 9-18), proponen un cambio fonético que explicaría, entre otras, la forma inicial de gr. ὑ-φαίνω. Phonetics,, recoge datos tipológicos recientes sobre la plausibilidad de la teoría glotálica. Bajo un segundo apartado, Verbal Morphology, se reúnen en el índice dos trabajos, el de A. Willi, «Of aspects, augments, aorists -or how to say to have killed a dragon» (pp. 34-48), donde se esgrime la función del aumento verbal como marca de perfectividad y se explica el aumento como reanálisis de una reduplicación en *h 1 e-, y el de D. Kölligan, «Iteratives and causatives in Latin: a unified approach» (pp. 49-64), donde el autor intenta explicar la génesis de la dicotomía apreciable en la segunda conjugación latina, entre iterativos y causativos. Un tercer apartado, Particles, preverbs and pronouns, recoge la contribución de J. T. Katz, «The epic adventures of an unknown particle» (pp. 65-79), en la que este lingüista aporta nuevos argumentos a favor de su propuesta de identificar una partí cula griega ταρ. D. Haug, «The prefix co(m)-with motion verbs in Plautus: philo logical study and etymological implications» (pp. 80-88), lleva a cabo una curiosa propuesta sobre el valor original de ese prefijo latino, al argumentar, a partir del estudio de su docu mentación, que habría tenido un valor alativo, en lugar del sentido comitativo que ge ne ralmente se le adscribe. Con el trabajo de N. Puddu, «Reconstructing reflexive markers in Indo-European: evidence from Greek and Latin» (pp. 89-100) se cierra este apartado. El cuarto apartado del índice recibe el título de Nominal morphology. Bajo él se cita la contribución de J. H. Larsson, «The master of the house -Greek οἴκαδε and related issues» (pp. 101-106), en la que se critica la reconstrucción de un nombre raíz *woik -/*weik -a partir del testimonio del griego y el báltico. R. Litscher, «κρέας, kravíḥ and the original nom.-acc. sg. of the IE s-stem neuters» (pp. 107-120), pone en cuestión alguna de las ideas asumidas en torno a la reconstrucción de los temas indoeuropeos en -s. U. Remmer, «Gamonyms, internal derivation and the Greek suffix -ώ» (pp. 121-130), aborda el estudio de los nombres propios femeninos griegos en -ώ y plantea la reconstrucción de un nombre femenino «gamonímico» indoeuropeo, o quizá común a una isoglosa greco-indoirania, con flexión anficinética en -ō ̆yy -ō ̆w-. Bajo un quinto apartado, Etymologies, aparecen los trabajos de M. de Vaan, «The etymology of Latin adūlare» (pp. 140-144), G. Hinge, «The authority of truth and the origin of ὅσιος and ἔτυμος (= Skt. satyá-and tūtumá-) with an excursus on pre-consonantal laryngeal loss» (pp. 145-161), A. Nikolaev «The name of Achilles» (pp. 162-173), y W. Sowa, «A note on Macedonian ἄλιζα» (pp. 174-178). Al último apartado del índice, Poetics, se adscribe una única contribución, la de A. Mahoney sobre «The feet of. Toda la bibliografía citada aparece recogida conjuntamente al final del volumen. A la vista del contenido de estos Proceedings, parece evidente que el análisis de las lenguas clásicas no sólo sigue enriqueciéndose por los avances alcanzados en el campo de la lingüística indoeuropea, sino que también a la inversa, y en contra de lo que pudiera pensarse dado el detalle y profundidad con los que a lo largo de décadas se ha trabajado en el estudio de griego y latín, sus aportaciones pueden seguir siendo importantes y novedosas en el enfoque y replanteamiento de los problemas que ofrece la reconstrucción del indoeuropeo. La ambigüedad constituye una propiedad esencial del lenguaje. El profesor Bernard Gallet en su obra de 1990 Recherches sur Kairos et l'ambiguïté dans la poésie de Pindare la define como el fenómeno «por el cual un significante único hace nacer un doble significado en el espíritu del lector o del oyente». El presente volumen está formado por un conjunto de estudios lingüísticos que ilustran distintos aspectos y tipos de ambigüedad en los ámbitos griego y latino. Anteriormente a este libro dirigido por los profesores Claude Moussy y Anna Orlandini, otras obras se habían ocupado ya del tema: el profesor William B. Stanford había estudiado a fondo la ambigüedad en su trabajo de 1939 Ambiguity in Greek Literature. Studies in Theory and Practice; más recientes son las colecciones de estudios editados por Irène Rosier en 1988, L'Ambiguïté. A estos y otros trabajos se une ahora el presente volumen en el que colaboran desta cados helenistas y latinistas para proponer distintas y originales perspectivas. Las tres primeras intervenciones tratan sobre el concepto mismo de ambigüedad: en su estudio «Du latin ambiguus a l 'ambiguïté des linguistes» (pp. 9-22), Alain Christol describe un panorama completo de la evolución del concepto «ambigüedad» desde el griego ἀμφιβολία. Christol centra la atención en la etimología del término ambiguus y en las definiciones aportadas por la tratadística; de la Antigüedad clásica pasa a la lingüística moderna y a la distinción fundamental que ésta elabora entre ambigüedad léxica y la ambigüedad sintáctica. El punto central del artículo es, no obstante, la defensa de lo ambiguo como propiedad necesaria de las lenguas natu rales: la búsqueda consciente de lo ambiguo es inherente, por ejemplo, al lenguaje oracular, pero también al humor o la poesía. La segunda intervención, «Aristote Rhétorique 1407b 11-18: la critique d'une phrase ambiguë d, Angelo Giavatto analiza el citado pasaje en el que Aristóteles critica la oscuridad del íncipit de la obra de Heráclito. De Aristóteles se pasa, en el tercer estudio de este compendio, al análisis del De Dialectica de san Agustín: Alessandro Garcea titula su intervención «Saint Agustin, les univoca et l 'ambiguïté universelle des mots» (pp. 39-48) y en ella explica cómo el autor cristiano defendía la tesis estoica de omne uerbum ambiguum, haciendo de los uniuoca (συνώνυμα) la base para la demos tración de esta tesis. Las tres intervenciones siguientes desarrollan aspectos relacionados con la ambigüedad léxica. La profesora Michèle Fruyt, en «L' ambiguïté lexicale: quelques réflexions sur le latin» (pp. 49-56), estudia cómo, según la realidad extra-lingüística denotada, ciertas similitudes fonéticas entre palabras se mantienen en el léxico ya que no interfieren en la comunicación, mientras que otras acaban siendo tan molestas que conllevan que se las evite o, incluso, que se las modifique. En el siguiente artículo, «Ambiguus, ambiguitas, anceps, utroqueuersus dans le vocabulaire de l 'ambiguïté» (pp. 57-64), Claude Moussy revisa los diferentes términos empleados por la tratadística latina: para la ambigüedad de las palabras consideradas en sí mismas, a los habituales ambiguitas y ambiguus, se añade el adjetivo anceps, así como el adverbio utroqueuersus para designar el «doble sentido» de algunas palabras. En el siguiente estudio, «L' ambiguïté dans les Verrines: du verrat au sanglier» (pp. 65-80), Benjamín García Hernández reflexiona acerca del valor polisémico del sintagma ius uerrinum en el discurso In Verres de Cicerón: se trata de un juego de palabras que se apoya en la ambigüedad del sustantivo ius -'derecho', pero también 'salsa','caldo'-y del adjetivo uerrinum, derivado del nombre propio Verres -que también significa 'verraco'-. El autor defiende que ius como fórmula jurídica y ius como receta culi naria proceden de una misma palabra polisémica y no de dos palabras homó nimas. A continuación se suceden dos intervenciones que profundizan en aspectos relacionados con la ambigüedad de tipo sintáctico. Bernard Bortolussi, en «Phéno mènes d 'ambiguïté syntaxique dans la proposition infinitive» (pp. 81-92), va desglo sando los diferentes aspectos relativos a la «ambigüedad per accusativum», deno minada así por los gramáticos latinos: las propiedades léxico-semánticas y la pragmática (el contexto del enunciado) permiten que esta ambigüedad no sea efectiva mas que muy raramente. La segunda de estas intervenciones está a cargo del profesor Mauro Lasagna: «Les relatives latines avec l' infinitif, un cas d'ambiguïté sinta xique?» (pp. 93-102) y trata sobre la ambigüedad funcional y estructural de la oración relativa «Verschränkung» (una oración de relativo entrelazada a una de infinitivo). En latín, esta construcción sintáctica tiene pocas restricciones de uso, a diferencia de lo que sucede en las lenguas modernas, en las que se da una cacofonía intolerable al superponerse dos proposiciones provistas de demarcador. Maria Antonietta Codecà y Anna Maria Orlandini intervienen de forma conjunta en «L 'ambiguitas des réponses oraculaires» (pp. 103-112), que versa sobre el papel de la pragmática en los casos de ambigüedad. El objetivo de estas profesoras es el de estudiar las características de la ambigüedad en un corpus de respuestas oraculares transmitidas por la tradición literaria: la omisión de una referencia esencial, el empleo de antropónimos con varios referentes posibles, la confusión entre nombres propios y comunes, etc., son algunos de los elementos que provocan ambigüedad en este tipo de textos. La ambigüedad es también un aspecto que define el lenguaje teatral, lenguaje que nace en función de la escena. De esto se ocupan las dos últimas intervenciones de este libro: Angela Maria Andrisano, en «Les Érinyes ἄπτεροι, une épithète ambiguë chez Eschyle Eum. 51» (pp. 113-120) se centra en la ambigüedad de un epíteto empleado por Esquilo como atributo de las Erinias: ἄπτεροι. Vinicio Tammaro, por su parte, en «Quelques ambiguïtés chez Aristophane» (pp. 121-126), analiza la ambigüedad léxica en la obra de Aristófanes y el marcado efecto cómico al que ésta da lugar gracias, por lo general, al efecto sorpresa. En suma, el presente volumen aporta una serie de acercamientos originales al complejo fenómeno de la ambigüedad y nos ofrece una visión amplia y variada de sus múltiples manifestaciones. Se insiste fundamentalmente en la caracterización positiva de este fenómeno lingüístico como elemento enriquecedor de la lengua, oponiéndose así a la tendencia predominante en la tratadística occidental que tan sólo ha querido ver en la ambigüedad un error o defecto lingüístico a evitar. Universidad Complutense de Madrid La FaUci, nUnzio y PiEroni, siLvia, Morfosintassi latina. Collana Progetti Linguistici, Pisa, ETS, 2007, 111 pp. Sus autores han reunido en este volumen cinco trabajos anteriormente publicados, y ahora adaptados o actualizados para la ocasión, con una bibliografía conjunta final (pp. 97-108). El título de la monografía es lo suficientemente amplio y genérico como para dar cuenta de la diversidad temática de los trabajos reunidos, por más que sus autores, en un breve prólogo (pp. 7-8), intentan justificar un hilo conductor común (el latín y su proyección romance) en unas contribuciones que no son resultado de la aplicación dogmática de una escuela teórica concreta (aunque sean recurrentes planteamientos de la Gramática Relacional como, por ejemplo, la dicotomía sujeto inicial frente a final, o se formulen con frecuencia oposiciones binarias y rasgos distintivos), sino más bien «appunti di una riflessione cui il latino funge da occasione» sobre temas que pueden suscitar interés por igual para la lingüística general, románica o clásica. Reunir en un solo volumen trabajos ya publicados, a veces de difícil acceso, permite además valorar, en una visión de conjunto y por acumulación, el modus operandi, la forma de investigar determinadas cuestiones por parte de cada autor. Porque, desde esta perspectiva, sí se puede hablar de coherencia y unidad (conceptual y metodológica) en los trabajos respectivos de Pieroni o La Fauci: la primera aborda tres temas centrales de los pronombres latinos en los que se hace evidente la interdependencia entre sintaxis, semántica y pragmática; el segundo comenta, con originalidad no exenta de polémica, dos aspectos centrales de la morfosintaxis latina (la declinación y las perífrasis verbales) en su evolución a las lenguas romances. Pero es, en último término, el interés de cada trabajo, que paso a comentar brevemente, el que justifica sobradamente la oportunidad misma de esta monografía. Así, en «Dimostrativi e "ego" fissile» (pp. 9-25) 1, Pieroni recuerda, de entrada, los diversos tratamientos que han merecido los demostrativos desde la gramática tradicional hasta la lingüística actual: la oportunidad de considerarlos o no «pronombres», la búsqueda de una simetría entre el sistema demostrativo y el de los pronombres personales, la atribución a los demostrativos de una semántica fundamentalmente espacial (en relación con el parámetro de la distancia) o, en fin, la consideración del contexto comunicativo y de la interacción de los participantes en un acto de habla concreto. Es desde esta última perspectiva como la autora aborda el análisis de hic, iste, ille y pone de manifiesto cómo los conceptos de espacio, distancia y persona no son suficientes para dar cuenta de los valores funcionales de los demostrativos latinos. Sin poder entrar en el detalle de su argumentación y en el comentario mismo de los 15 ejemplos analizados, la autora acaba postulando un sistema basado en oposiciones binarias y privativas: iste (correlativo) se opondría globalmente a hic-ille (no correlativos), y éstos, a su vez, se diferenciarían entre sí por su carácter «egocentrico» (hic) o no (ille). En «Soggetto e riflessivo» (pp. 27-39) 2, Pieroni muestra hasta qué punto la noción tradicional de sujeto gramatical y los límites estrictos de la oración resultan insuficientes para explicar en determinados casos el antecedente del reflexivo latino se. La autora recuerda los intentos de explicación de estos desajustes (a partir de la noción vaga de «sujeto lógico» de la gramática tradicional, o de las consideraciones semánticas y pragmáticas más recientes, en las que el papel de Agente, por un lado, y los conceptos de Tema y Tópico, por otro, se muestran relevantes), antes de abordar el análisis de los casos más representativos en los que el antecedente del reflexivo (directo o indirecto) no coincide estrictamente con el sujeto gramatical en latín. Para su análisis, que pretende ser morfosintáctico, Pieroni establece una dicotomía previa entre sujeto inicial («primo soggetto») y final, pero entendiendo el concepto de «sujeto» de forma prototípica, como un conjunto de rasgos o propiedades que en mayor o menor medida cumplen después los ejemplos concretos en cada caso. Formulado en otros términos, podría decirse que, si el ser antecedente de un reflexivo se considera interlingüísticamente un rasgo característico del sujeto, en aquellos casos en los que aparentemente eso no ocurre el antecedente del reflexivo latino presenta en realidad 1 Publicado antes, en una versión algo más extensa, con el título «Per un ordinamento paradigmatico dei dimostrativi», en R. Oniga y L. Zennaro (eds.), Atti della «Giornata di Linguistica Latina», Venecia, 2006, pp. 179-201. 2 Recoge, con algunos cambios, las ideas de su comunicación en el XI Coloquio Internacional de Lingüística Latina: «First subject and clause structure: a morphosyntactic hypothesis on the control of reflexives», en A. M. Bolkestein et alii (eds.), Theory and description in Latin Linguistics, ámsterdam, 2002, pp. 273-287. muchas características asociadas a un sujeto prototípico: es el Agente o participante más privilegiado, el Tópico de la predicación, etc. En «Ipse: interdipendenze sintattiche» (pp. 41-64)3, Pieroni sostiene que ipse, como sus correspondientes en otras muchas lenguas, configura una categoría espe cífica (aunque con límites difusos con la anáfora, los adjetivos o las partículas focalizantes) como operador de identidad o intensificador, en la que resulta pertinente, además de su empleo nominal o pronominal, la distinción entre un ipse inclusivo ('incluso, también') o exclusivo ('él y no otro'). La aportación funda mental del trabajo es la relación que ipse establece con las funciones gramaticales (la de Sujeto sobre todo) y con la categoría de Persona. En efecto, al menos en el corpus analizado (Plauto, César y Cicerón), se observa que (a diferencia de los pronombres personales y demostrativos), cuando ipse se asocia a una forma (pro)nominal explícita puede desempeñar cualquier función sintáctica indepen dien temente de la persona gramatical a la que remita; pero, en ausencia de una forma (pro)nominal a la que asociarse, ipse presenta una relación privilegiada con la función sintáctica de (primo) sujeto y restringe su interpretación semántica al valor exclusivo o de antítesis. La primera de las contribuciones de La Fauci («Dinamiche sistematiche: scomparsa della declinazione», pp. 55-64) 4 reabre el viejo debate sobre las causas de la desaparición de la declinación latina en su paso a las lenguas romances, una simplificación parcial de la estructura gramatical a la que habrían contribuido confusiones fonéticas, un nuevo orden de palabras y la concurrencia de los giros preposi cionales. El autor adopta el presupuesto previo de que la categoría de Caso no deter mina la estructura sintáctica (como los casos profundos de Fillmore), sino más bien al contrario: es la estructura sintáctica, organizada autónomamente, la que determina el Caso, entendido éste como categoría funcional de la que los casos morfológicos (nom., acus., etc.) son meros accidentes o expresiones formales. Más allá de la discusión puntual de algunas de sus afirmaciones (por ejemplo, que los giros preposicionales tienen un papel marginal en las relaciones sintácticas del latín) o de la caracterización de los casos latinos sobre la base de rasgos distintivos (+/-extranuclear, +/-adnominal, +/-adverbal), La Fauci matiza la importancia de los factores esgrimidos tradicionalmente para dar cuenta de la pérdida de la declinación latina y, sobre todo, la relación de causalidad establecida entre ellos: en último término, según él, lo que se habría producido es un cambio de la antigua oposición tipológica Nominativo/Acusativo por una nueva Activo/Estativo. Cierra la monografía un extenso trabajo («Dinamiche sistematiche: perifrasi perfettive e futuro sintetico», pp. 65-93) 5, no siempre de fácil lectura, sobre otro tema central como es el nacimiento en las lenguas romances de las perífrasis perfectivas y del futuro sintético, a partir de una reformulación de los conceptos mismos de gramaticalización y reanálisis (Benveniste). Por un lado, sum y habeo se consideran expresión léxica de la auxiliaridad en construcciones sintácticas en las que el predicado es una forma nominal y se oponen entre sí desde un punto de vista diatético: sum sería el término marcado en la oposición construcciones medias/no-medias, frente al carácter marcado de habeo (tanto en tres filias habeo como en occasionem habeo), hasta llegar a configuraciones del tipo episcopum inuitatum habeo. Por otro, en el caso del futuro sintético, se analizan las distintas fases de un proceso en el que habeo comienza funcionando como auxiliar de una predicación nominal (el infinitivo) hasta situaciones puente en las que el valor diatético de habeo se neutraliza y el infinitivo se convierte en la realización verbal de la relación predicativa, lo que explicaría en última instancia la génesis de la forma sintética románica invitaré a partir de inuitare habeo. Universidad Complutense de Madrid iii. LitEratUra y FiLosoFía Pociña, andrés y LóPEz, aUrora (eds.), Fedras de ayer y de hoy. Teatro, poesía, narrativa, cine ante un mito clásico, Granada, Unive r sidad, 2008, 650 pp. (dos Hipólitos, como se sabe), Séneca y sus continuadores (en la Odisea hay una aparición mínima de Fedra [Od. Trabajo difícil el que ha correspondido a José Vicente Bañuls y Patricia Crespo sobre la Fedra de Sófocles, a la que intentan un acercamiento a partir de los fragmentos conservados del propio poeta (adicionados con un pasaje de la Electra que se dice procedente de la Fedra), de los dos Hipólitos de Eurípides y el de Séneca, de pasajes que con mayor o menor similitud se aducen del Áyax, las Traquinias y el Edipo Rey de Sófocles (entre otras tragedias), de relieves sepulcrales en que una mujer lleva a Hipólito una tablilla que éste rechaza y de propuestas de varios filó logos. Es una elucubración laboriosa, no fácil de seguir. Los autores, tentativamente proponen escenas en que, muerto supuestamente Teseo, Fedra propone a Hipólito (directamente o a través de una tablilla) unirse a ella en matrimonio: bien para que el poder no se les escape, bien con motivación erótica. Teseo retorna y siguen escenas de reproche a Hipólito o Fedra, con funestos resultados por su desacierto y ambición o incluso con el tema del incesto. Pero también Teseo se ha equivocado con su arrebato y se hace reproches a sí mismo. El tema del fatal triángulo, con los errores y sus resultados trágicos, queda en todo caso abierto. Más amplio es el tratamiento del tema en Eurípides, con sus dos Hipólitos, el «velado» o I (en que Fedra se declaraba directamente a Hipólito) y el «coronado» o II, el conservado, en que Eurípides produjo una versión más púdica: fue la imprudencia de la sirvienta la culpable. Para empezar, esto se acepta generalmente, pero queda el problema de la cronología relativa con la Fedra de Sófocles. Aquí el estudio se centra en la obra conservada, y concretamente sobre los tres puntos siguientes, tratados por autores diferentes: el de la presencia de la retórica contemporánea (Milagros Quesada), el de «Ecos de un escándalo» (Maria de Fátima Silva), el de «Dioses y hombres» (Maria do Céu Fialho). Son tres buenos estudios en que se destacan sobre todo, respectivamente, los elementos retóricos en el agón Teseo/Hipólito; los ecos del escándalo (en Aristófanes y en los tópicos sobre las mu jeres) sobre la huella de los mitos eróticos en torno a las reinas cretenses; y la insinuación de que en los temas de Afrodita y ártemis, de las mujeres de los coros, de Hipólito y Teseo, no todo es tan tajante, hay un pensamiento más flexible, una crítica de las posiciones extremas. A partir de aquí siguen una serie de capítulos de autores diferentes que estudian diversos personajes del mito, sobre todo Fedra y la Nodriza, en relación con temas como el carácter primario y explícito o no del amor de la primera, la posición de la Nodriza y de Hipólito, etc.: temas en que a veces es difícil decidir si se trata de innovaciones introducidas por nuevos poetas, sobre todo Séneca y Ovidio, o viene de uno u otro de los precedentes griegos, incluidas tragedias perdidas, lo que hace el resultado incierto. En el caso de Séneca se añade el problema de en qué medida interviene su filosofía. En todo caso, son evoluciones que anuncian las que vendrán luego en la modernidad. Por ejemplo, Aurora López habla de «Amor y Culpa en Fedra. En el primero, insiste, el amor es tratado como una enfermedad que la hace atentar contra la conducta tradicionalmente exigida a las mujeres: bien cierto, habría que añadir que esta es la visión presente habitualmente en los médicos griegos. Y yo añadiría que es la prácticamente traducida de Eurípides en La Celestina, cosa no sabida por los intérpretes de esta obra, cf. mis «Orígenes del teatro español en Salamanca», en Salamanca y la Literatura, Madrid, Fundación Ramón Areces, 1996, p. Y me sumaría a la interpretación de la autora sobre la interiorización del drama en Séneca (cf. p. Sigue el estudio de «La Fedra de Ovidio» (M. C. álvarez Morán y R. M. Igle sias). Aquí, como bien ven las autoras, la heroína es asimilada a otras heroínas eró ticas de las Heroidas. Únicamente, la aproximación de la nodriza al papel de la alcahueta no hace más que desarrollar el que desempeña en el Hipólito II de Eurípides (como se hizo también en La Celestina). Pero la Fedra de Séneca crea muchos más problemas, así los que estudia G. Gilberto Biondi, «La Fedra di Seneca fra colpa e innocenza» (p. O Aurora López, «La Fedra de Séneca, una ruptura del prototipo» (p. 251 ss.): Séneca ofrece modelos negativos, la saeua nouerca (reprendida por la nodriza con máximas senecanas), la mujer vencida por el dolor. Este tema, el influjo del tema en Séneca es objeto de un enjundioso estudio de Jesús Luque Moreno, «La Fedra de Séneca. En fin, en la Antigüedad hay todavía un derivado de la tradición del tema de la mujer de Putifar, de que hemos hablado. Me refiero al estudio de Andrés Pociña, «De la tragedia al cuento: la madrastra enamorada en El asno de oro» (p. Es la historieta de Apuleyo (Met. II 10-12), la de la madrastra enamorada, que primero se califica de trágica, pero luego termina bien y produce cuentos folclóricos. Como se ve, son ricas las variantes del tema de Fedra en la Antigüedad clásica, anuncian otras muchas en los siglos venideros. Dados el espacio de que disponemos y el volumen de esta monografía, esta reseña ha de ser mucho más limitada de lo deseable, por lo que nos centraremos sobre todo en la metodología, sin que puedan discutirse otros aspectos concretos que suscitan Y es que, como es habitual en el consu midor com pul sivo, la autora del volumen no escatima el uso, ¿por qué no decir el abuso?, del papel: si su libro física mente llena unas ochocientas páginas, ya sus «Préliminaires» ocupan diecinueve y su «Introduction» treinta y seis. Laplace (L.) pretende demostrar la tesis de que la escritura de Aquiles Tacio no sólo es intensamente retórica (y esto lo suscribe quien fue su tra ductor hace años), sino que responde a los usos y fines específicos del «discurso pane gírico», cuya definición no está clara, puesto que en ella se enfrentan distintas concepciones (la gorgiana, la platónica, la isocrática, la de Hermógenes...). L. lleva aproximándose a este tema al menos desde 1992, como el lector, si no lo sabía, puede comprobar en la bibliografía aportada. Y esta dedicación alcanza aquí un grado de exhaustividad que nos parece excesivo. Y, como se trata justamente de ser exhaus tivo, ya en las páginas preliminares se nos habla de la personalidad del autor, los problemas de su cronología, etc., se traen a colación los conocidos hechos históricos acerca de los Vaqueros y Avidio Casio (evidente «substrat» del relato, según L.) y se concluye que, como ya afirmara Bowie (cf. p. 69), debemos movernos cronológicamente en el último cuarto del II d. C. Pero es en la «Introduction» donde por fin entramos en materia, con la discusión sobre la entidad debatida del «discurso panegírico», el cual, postulado como la base de la novela, nos fuerza a una visión del texto de Aquiles Tacio, y nos tememos que de buena parte del género, que no pode mos sino juzgar como demasiado limitada y, francamente, muy empobrecedora. Todo lo cual no quita para que se le reconozca el meritorio esfuerzo, la erudición derrochada y la coherencia de su exposición. Las preguntas son, pues: ¿hasta qué punto este trabajoso empeño merece la pena? Y ¿en qué contribuyen estas casi ochocientas páginas a nuestro mejor conocimiento de Aquiles Tacio en particular y, más allá, al del género novelesco griego? Porque L. no sólo había visto ya con una perspectiva semejante a Heliodoro (1992), a Caritón (1997), incluso sorprendentemente a Jeno fonte de Éfeso (1994), sino que aquí dedica varias páginas a Longo, lo que se explica porque éste es «l 'exemple le plus pur de l' esthétique du "discours panégyrique platonicien" telle que l 'entend Hermogène» (p. Y, así, una faceta variable del género aparece como su esencia y no simplemente una cuestión ligada a la forma en que el género, como era inevitable en su época, se manifiesta. Lo que explica, por ejemplo, que no se cite a Antonio Diógenes y que Jámblico tenga sólo dos breves menciones, y en concreto para asociarlo (p. 72) con Heliodoro por su dependencia, nada fácil de demostrar, de la combinación del discurso panegírico al modo platónico y el isocrático. Y todavía tenemos una tercera pregunta: la de por qué L. se afana en reducir la retórica novelesca al «discurso panegírico», con las dificultades que esto implica, y no apela simplemente al genus demonstratiuum, por no decir a la retórica artística en general, cuya relación con la novela fue subrayada ya por Rohde y se ha repetido en muy diversas ocasiones y por muy diferentes estudiosos. Y esto lo decimos porque ya en su artículo previo sobre Jenofonte de Éfeso, tomado como ejemplo más claro, pudieron apreciarse algunos problemas de este tipo de análisis y de la metodología aplicada: ahí el discurso panegírico aparecía sólo en el título y en las últimas líneas, en tanto que el cuerpo del artículo estaba dedicado al examen de la didáctica erótica, tal como se concibe en el género. Y, añadamos, había ya afirmaciones extremadamente polémicas, como la de que el contenido de este relato respondía al del exvoto depositado por los protagonistas en Éfeso, lo que debía tener relación con el estilo «lapidaire» del texto, y, así, hasta ligar las demás novelas bajo el principio de que de algún modo todas remiten a alguna clase de testimonio físico (p. 3) y ésta en particular como subordinada a «la notion de fête», representativa a su vez «de l 'expérience intérieure d' une vie de couple» (p. 445), conclusiones ambas difícil mente digeribles. En este libro el papel del omnipresente discurso panegírico se refleja especialmente, como era de esperar, en las descripciones, es decir, en la expresión epidíctica, lo que supone forzar las respectivas definiciones (pp. 61-164) y nos lleva, creemos que muy dudosamente, a las concepciones platónico-isocráticas, aquí unidas, pero que le permiten a la autora, siempre propensa a engrosar su texto, hacer excursos sobre los viajeros narradores desde Odiseo hasta Pausanias con el pretexto de examinar el inicio del relato de Aquiles Tacio (p. 67 ss.), o, con un ejemplo más restringido, pero metodoló gi camente significativo de los procedimientos de L., acerca de cómo Clitofonte narra sentado «sur un siège bas (θώκου χαμαιζήλου)» en 1.2.3, como un posible eco platónico o bucólico (nosotros diríamos más bien lo segundo), y la comparación con las posturas físicas de otros narradores a lo largo de la literatura griega (p. 80 ss.), todo lo cual se nos antoja de una señalada irrele vancia, pero coherente con el amor de L. por los símbolos y las alegorías. Estamos, efectivamente, ante una metodología que ya se intuía en esos artículos previos y que nos atrevemos a calificar de impresionista, lo que viene a significar, por ejemplo, que en cualquier página podemos encontrar una variedad de citas, por lo demás hábilmente seleccionadas, que pueden dar lugar a la impresión de que se está demostrando alguna afirmación, cuando no es así, sino que esas citas forman, como la cola del pavo real, un decorado, pero no suelen probar nada, y esto en buena parte porque no sería fácil demostrar tantas afirmaciones arriesgadas, si no gratuitas. De ahí la presencia habitual de excursos, de asociaciones con gran frecuencia artificiosas y de comparaciones e interpretaciones alegóricas, que no constituyen un instrumento aceptable si queremos practicar una ciencia rigurosa: por ejemplo, cuando se escribe (p. O la comparación elegante, pero bastante inane, entre el ave fénix y el elefante, con ocurrencias como que la larga gestación del segundo sería I S S N 0 0 1 3 -6 6 6 2 una alusión caricaturesca a «des auteurs de discours politiques modelés sur le Panégyrique d 'Isocrate» y, de otra parte, a los filósofos herederos de Sócrates, por ser éste «le silène cachant un interieur divin», según la conocida ocurrencia del Alcibíades platónico (p. O, por aducir todavía unas pocas más, cómo en el episodio de la muerte de Caricles hay unas claras similitudes con el símbolo equino del deseo en el Fedro platónico (p. O cómo el «enjambre de palabras» que constituirá el relato de Clitofonte suscita, más allá de su calidad de alusión literaria (a Pl., R. 450b), una etérea relación con expresiones de Esquilo y Sófocles (p. 415), y de ahí que ese dicho en boca del narrador-protagonista «suggère un contenu divers, irréel et mythique, issu de la Mémoire de la tradition autant que de la mémoire personnelle de Clitophon» (!). O que Mélite es un trasunto de Circe, Medea y Fedra (p. Un tema tan complejo en el género y que hemos estudiado en diversos lugares, el del amor homosexual (mejor, pederástico), lleva a otra conclusión digna de citarse, la de que éste, al contravenir «l 'harmonie des dissemblances», participa «des maux de la discorde, telles la guerre et la tempête» (p. 278), las cuales, el lector lo sabe bien, corresponden a tópicos del propio género, pero que aquí constituyen en su conjunto un tema que, al parecer no agotado aún, se prolonga en el capítulo siguiente en las dimensiones trágicas de los «amours masculins», que, según L., serían incompatibles con el concepto de la amistad, lo que no casa bien con el hecho de que el «amigo» del héroe provenga usualmente de ese denostado ámbito sexual. En fin, sólo unas muestras de cómo la investigación filológica puede llegar a ser pura pirotecnia. La parte V parece ser el núcleo duro del libro, aunque esto el lector no lo descubra fácilmente. Ahí el mito «aristofánico»-platónico del andrógino explicaría lo que en las novelas y no sólo en Aquiles Tacio es la esencia del esquema argumental: el enamoramiento, las separaciones... Y, así, hasta afirmar con una desenvoltura ya habitual que el mito platónico «fournit la trame du récit de Clitophon» (p. La bibliografía es selectiva, excepto para la producción de la propia autora. Hubiera sido útil un índice de autores modernos citados, y así sabríamos por ejemplo y ahorrán donos esfuerzos el escaso uso del libro bien conocido de S. Bartsch (1989), el cómo no le resultan satisfactorias las posiciones de H. L. Morales (2004) o, ya sin necesidad de tal índice, en el caso de mis publicaciones sobre muchos temas tocados en este libro, que para L. simplemente éstas no existen: tal vez la razón sea no la mera ignorancia sino la incompatibilidad radical de nuestros métodos. máximo Brioso sánchEz Universidad de Sevilla gravErini, LUca, Le Metamorfosi di Apuleio. Las Metamorfosis de Apuleyo (mejor conocidas en nuestra tradición como El asno de oro, el título que documenta san Agustín) es la única novela latina que ha llegado entera hasta nosotros y una de las obras literarias de la Antigüedad más atrac tivas para el lector moderno. Sobre ella el profesor Graverini ha escrito un libro «útil y dulce». El libro resulta en parte de la reelaboración de varios trabajos previos (pp. VIII-IX). El capítulo más novedoso es el segundo, también el más extenso y el más relevante, dado que se refiere a aspectos interpretativos centrales para la lectura de la novela. En la «Premessa» (pp. I-X), el autor resume el estado de la cuestión en torno a la interpretación del mensaje de las Metamorfosis, cuya elaborada ambigüedad ha mantenido siempre dividida a la crítica. El primer capítulo («Una poetica "dolce"», pp. 1-55) se centra en las primeras palabras del prólogo como pasaje clave para la interpretación de la obra: At ego tibi sermone isto Milesio uarias fabulas conseram auresque tuas beniuolas lepido susurro permulceam... ut mireris (Met. El profesor de Arezzo expone toda una red de alusiones, intertextos y lugares paralelos (Homero, Platón, Calímaco, Virgilio) para extraer las implicaciones de esta declaración programática: el prólogo anuncia, sí, una narración ficticia compuesta en un estilo apropiado para el embelesamiento, pero al mismo tiempo esta promesa de deleite comporta implícitamente una llamada a la precaución, la misma de Odiseo ante el canto de las sirenas o la de Sócrates y Fedro ante el canto de las cigarras. El final del capítulo aborda las posibles relaciones de este prólogo con los supuestos prólogos de las obras perdidas que ejercieron una influencia más directa sobre la novela de Apuleyo, las Metamorfosis de Lucio de Patras y las Historias milesias de Aristides de Mileto. Es ingeniosa y sugerente la hipótesis de una relación entre el posible prólogo de Aristides y el exordio del De laudibus Constantini de Eusebio de Cesarea (pp. 51-52). El siguiente capítulo, el de mayor alcance («Storie da vecchie e piaceri servili», pp. 57-149), propone una refutación parcial de la tesis del influyente libro de J. J. Winkler (Auctor and Actor: A Narratological Reading of Apuleius's The Golden Ass, Berkeley-Los Angeles, University of California Press, 1985), según la cual la narración de Apuleyo constituiría un relato aporético, es decir, compuesto deliberadamente sin ninguna solución interpretativa posible. De esta tesis derivan interpretaciones más recientes que tienden a una lectura de la novela como sátira de la credulidad religiosa. Graverini debilita de forma convincente los argumentos habituales en los que se sustentan esas tesis, en especial el de la imagen presuntamente satírica que cierra la novela, la de la cabeza rapada de Lucio, que el autor italiano parangona con la calvicie proverbial de Sócrates (p. A continuación, dentro del mismo capítulo, desarrolla los indicios internos que pueden animar a una lectura «seria» de las Metamorfosis (pp. 99-149), con lo que hace honor al profesado platonismo del filósofo de Madauros. Su argumentación está construida en torno a la expresión anilis fabula (que introduce la historia de Cupido y Psique y por tanto puede aplicarse también a todo el conjunto de la novela). Graverini traza la historia de esta juntura en la tradición filosófica (Platón) y satírica (Horacio), y llega a la conclusión de que se utiliza como marca irónica para introducir una historia sin pretensiones formales (en el sentido de que no es un discurso filosófico o poético «formal» sino una ficción narrativa, pp. 114-115), pero de contenido sabio. Ahora bien, más allá de mencionar la importancia del motivo de los «placeres serviles» (en varias ocasiones y desde el título del capítulo), Graverini no profundiza en los detalles de su lectura de ese contenido. La última parte todavía del segundo capítulo (pp. 132-147) explora las paradojas que pueblan la novela. Para explicarlas recurre a la figura tradicionalmente paradójica de Sócrates, una presencia central en las Metamorfosis, de forma explícita e implícita: el aspecto ridículo de Sócrates contrasta con su sabiduría profunda. El tercer capítulo («Metamorfosi dei generi», pp. 151-185) identifica la operación literaria que caracteriza a la novela de Apuleyo en su relación con los otros géneros: la «extremización paródica». Graverini detecta la sistemática parodia de motivos filosóficos, épicos, historiográficos y dramáticos como base del lenguaje artístico de las Metamorfosis. «Grecia, Roma, Africa» (pp. 187-232), el último capítulo, queda algo desvinculado de los anteriores (corresponde a la «identità» mencionada en el título). Está dedicado a analizar la imagen que transmite la novela de Apuleyo de las relaciones entre Grecia y Roma, cuyas lenguas constituyen el declarado bilingüismo del madaurense, así como en qué medida está presente áfrica en la obra, su tierra natal. Corinto y Cartago se presentan como símbolo de lo que podríamos llamar una «romanización universalista». Las consideraciones de índole textual juegan un papel de poco relieve para las intenciones de este libro; pese a ello, resulta algo llamativo que el autor utilice para las citas el texto establecido por Robertson (Apulée, Les Métamorphoses, I-III, París, Les Belles Lettres, 1940-1945 [1971-1972 4 ]) y prescinda totalmente, sin mencionarla siquiera, de la última edición crítica completa de la novela de Apuleyo, aparecida hace algunos años en la reconocida colección española de textos clásicos editada en el centro de investigación donde escribo esta reseña (J. Martos, Apuleyo. Las metamorfosis o El asno de oro, I-II, Madrid, CSIC, 2003), edición crítica que, como es sabido, además de la más reciente es la más cercana a los manuscritos de todas las que existen (cf. E. J. Kenney, «A Conservative Golden Ass», en The Classical Review (New Series), [2005], 55, pp. 149-152). En una ocasión, además, la decisión de Graverini comporta alguna consecuencia interpretativa: en p. 182 tiene cierta impor tancia para la argumentación una adición conjeturada por van der Vliet que acepta Robertson. Por lo demás, la elegante escritura del profesor Graverini, patente ya en un momento tan literario como el de los agradecimientos (pp. IX-X), hacen de su libro uno muy agradable de leer. Al margen de que se compartan o no sus propuestas hermenéuticas, que en un balance general al menos a mí, como lector de Apuleyo, me parecen equilibradas y justas, su trabajo resulta muy instructivo y una buena lección de filología clásica. Al repertorio de literatura secundaria (pp. 233-252) sigue un ilustrativo índice de pasajes citados (pp. 253-260) que da cabida a un amplio centenar de autores griegos y latinos, desde Homero a Focio y desde Ennio a Fulgencio (Homero, Platón, Virgilio y Horacio son los más citados, después del propio Apuleyo). De una forma muy auxiliar recurre también en su discurso a novelas contemporáneas (pp. 26, 34, 135, 223), e incluso una particular sensibilidad literaria lo lleva a intuir el parentesco entre Lucio y don Quijote (pp. 158 y 173). De la cuidada producción, que alcanza hasta los mínimos detalles, sirva de muestra la ilustración de cubierta: un sileno músico con su calva coronada de laurel, montando un asno, en un fragmento de cerámica de la Magna Grecia de finales del siglo V a. C., contemporánea así de Sócrates y evocadora del bello pasaje en que Alcibíades, ebrio, lo compara con un sileno y con un músico (Symp. Con escrupuloso respeto de la periodicidad anual que sus organizadores han marcado para esta serie y los encuentros científicos que la preceden, ve la luz la undécima edición de las Lecturae Plautinae Sarsinates, recopilaciones de trabajos en torno a una obra de la producción de Plauto. (Cuando esta reseña se escribe ha sido publicado ya el duodécimo volumen, dedicado a Miles gloriosus.) El trabajo que reseñamos es el resultado de la sesión dedicada a la comedia Mercator, tradicionalmente considerada como una de las menos logradas de su autor. Tras la presentación, a cargo de C. Questa, fecundo impulsor de los estudios plautinos en Italia, y R. Raffaelli, uno de los editores, más boletín informativo de la dos asociaciones que impulsan esta iniciativa -el CISP (Centro Internazionale di Studi Plautini) y el PLAVTVS (Centro di Ricerche Plautine, Sarsina-Urbino)-que auténtico preámbulo de la obra, se editan cinco de las seis intervenciones presentadas al mencionado encuentro, en el orden en que pasamos a comentarlas. En primer lugar, Boris Dunsch plantea en «Il commerciante in scena: temi e motivi mercantili nel Mercator plautino e nell 'Emporos filemoniano» (pp. 11-41) un exhaustivo análisis de la figura del comerciante, cuya importancia en esta comedia resulta indiscutible y que, a juzgar por otros títulos de la palliata y la nea, debía de ser un motivo plenamente integrado en el repertorio de la comedia. El autor, convencido de que el mercator constituye un tipo cómico más, que ha de ser integrado en la nómina de personajes con la misma entidad que un leno o un danista, aborda un concienzudo análisis de sus rasgos definitorios, a través de elementos propios de la trama, la definición de su atuendo o la impronta del pensamiento comercial en el empleo de lexemas definitorios. Hemos de decir que la hipótesis de partida, autónoma en sí misma, resulta, a nuestro juicio, exitosamente probada en su argumentación; sin embargo, las repetitivas alusiones a Filemón y a la comedia nueva en general, y el empeño de ver en Mercator un sustituto (casi diríamos que, para Dunsch, un sucedáneo) del Emporos del autor griego -obra de la que, salvo su alusión en el prólogo plautino, carecemos de datos fidedignos-, empañan en cierto modo los logros de este trabajo, que quedan supeditados a la tesis, erigida en prioridad, de que con Mercator, «la sua palliata forse più greca, Plauto ha conservato fedelmente tratti essenziali del suo originale greco e ha lasciato immutato il titolo, pur traducendolo in latino» (p. La subjetividad de la que adolece esta «preocupación por los modelos», como se encarga de señalar R. Raffaelli en su contribución (p. 81), conduce muchas veces a resultados contradictorios. Y aunque se trate de una constatación manida a estas alturas, el hecho de que la palliata, tanto como la comedia nueva, se nutra de variaciones sobre un inventario fijo de tipos y situaciones dramáticas invita a realizar otro tipo de análisis en torno a los textos escénicos. Esta perspectiva, menos apegada a los estudios tradicionales sobre el comediógrafo, es la que afortunadamente adoptan otros trabajos de este volumen. «I vitia dell 'amore e i suoi sodales nel Mercator plautino» (pp. 43-58), a cargo de Giancarlo Mazzoli, se centra prioritariamente en el prólogo de la obra, uno de los más largos de la producción plautina, pronunciado por Carino, el joven enamorado. El pasaje analizado con todo pormenor es, concretamente, el catálogo de los males del amor (vv. 19-38), que actúa, a decir del autor, como prolepsis de la trama. Por su parte, Renato Raffaelli propone con «Sogni letterari e sogni teatrali» (pp. 59-81) un acercamiento al famoso sueño de Mercator, que ha interesado sobre todo por su dependencia (o autonomía) con respecto a un hipotético original. Tras demorarse en un prólogo en el que se toma como excusa el relato que Ovidio hace en sus Metamorfosis del mito de Alción y la visita de Iris al reino de los sueños, tan bello como quizá innecesario, se aborda el significado alegórico y la función dramática del mencionado sueño. La elucidación que de él hace Raffaelli, absolutamente convin cente y elegantemente argumentada, lo concibe como una prefiguración, en sus líneas esenciales, de la trama de la comedia, pero sin influencia estructural en el desarrollo de la misma. El hecho de que la interpretación de esa visión sea completamente opaca para quien la sueña, pero evidente para un espectador mínimamente versado en los argumentos típicos de la comedia, dota a este pasaje de una función anticipatoria propia de muchos prólogos. El público familiarizado con el motivo de la rivalidad entre padre e hijo (presente también en Asinaria y, fundamentalmente, en Casina) lo habría captado al instante. Tal función dramática explica, además, su posición, mínimamente diferida con respecto a la canónica, pero equivalente a la de algunos prólogos «retrasados». Solo tres páginas se dedican, por último, a la comparación con el sueño de Rudens, lo que hubiera sido más deseable que el contraste con el mencionado episodio ovidiano. Comedia de escasa fortuna y tradición posterior, Mercator tuvo en Italia dos imitadores de excepción. A ellos están dedicados los dos últimos trabajos del volumen. En el primero, A. Tontini se ocupa de «L 'Emporia di Tito Livio Frulovisi» (pp. 83-99). Pese al título, según se desprende de los datos presentados, pocos elementos más del original plautino debieron servirle a Frulovisi para la elaboración de su comedia, por lo que el análisis de Tontini, además de ahondar en la recepción de la obra plautina por parte de los ambientes humanísticos del Quattrocento, se limita en su mayor parte a ofrecer una serie de identificaciones textuales del Emporia con versos de distintas comedias plautinas y terencianas. Por ello, a falta de más detalles, su planteamiento permite una aplicación general a toda la producción teatral del autor estudiado. Diferente es la aportación de R. M. Danese, «La stiava di Giovanni Maria Cecchi come rielaborazione drammaturgica del Mercator» (pp. 101-116), pues la obra elegida le permite un auténtico análisis contrastivo con el original, sintetizado en una útil tabla que funciona como apéndice. De acuerdo con un principio aplicado por Cecchi a sus obras, el estatus social de Adelfia, la Pasicompsa del original, proporciona el título (en quiasmo con su adaptación de Casina, que se convierte en I rivali) a una comedia que, pese a las innovaciones, amplificaciones o eliminaciones (descritas aquí con todo detalle), constituye una auténtica reescritura del Mercator. Si bien habría sido deseable cierta uniformidad en los criterios de citación y la unificación de la bibliografía al final (lo restringido del tema invita a ello), lo cierto es que, leído en su conjunto, este breve volumen proporciona una completa puesta al día de la obra estudiada y una buena muestra de la vitalidad de los estudios plautinos. Estas dos ediciones forman parte del empeño del grupo investigador de Sársina, que, bajo la dirección de Cesare Questa, ha emprendido la magna tarea de editar, comentar y estudiar de nuevo y casi definitivamente, diríamos, las comedias de Plauto. Estas ediciones constituyen la cuarta y quinta entrega respectivamente de la serie «Editio Plautina Sarsinatis», que comenzó con la edición de Casina por parte de C. Questa, Vidularia (también reseñada en estas páginas) a cargo de S. Monda y Asinaria de R. Danese. Esta edición de Bacchides, que no es la primera de C. Questa, pues ya se las vio con ella en 1975, contiene algunos cambios o, si se quiere, mejoras con respecto a la edición canónica de W. M. Lindsay (OCT, 1910 2 ), punto de compa ración obligado. La más importante es el uso del fragmento largo de la comedia Dis Exapaton de Menandro, modelo de la comedia plautina y que corresponde a los vv. Este fragmento, que apareció en la década de los sesenta en un papiro de Oxirrinco y que fue editado y estudiado por E. Handley (1968), ha permitido compa rar por vez primera el alcance de la traducción y la innovación de Plauto con respecto a su modelo griego. Hay otros cambios menos sustanciales, como la lista de personae según el orden de aparición de los personajes, lo que le lleva a anteponer Bacchis I y Bacchis II a Pistoclerus con respecto a la edición de Lindsay; prefiere la grafía Lidus a Lydus, Crisalus a Chrisalus; la opción más arcaica en la trascripción ortográfica (u y no v), de donde mi frente a mihi, qum frente a cum, ted en lugar de te, etc. En lo que a la tradición textual respecta, C. Questa se afana por dar todas las lecturas, y en este sentido es digno de señalar que en el listado de manuscritos vemos por primera vez incluido el denominado S, procedente de la Real Biblioteca de El Escorial, con dos partes, la primera datada en 1420, y la segunda, en 1435, Florencia, y opta por lecciones que siguen los manuscritos Ambrosiano y Palatino en detri mento de otras ya propuestas por Lindsay o filólogos anteriores. La edición se cierra con un importante capítulo de testimonios antiguos que recogen o comentan algún verso de la comedia en cuestión, especialmente de gramáticos latinos, y con el Metro rum conspectus habitual. Esta edición se convierte, a día de hoy, en la más fiable y definitiva de cuantas existen; tal vez, para que su aprovechamiento fuera completo, hubiera sido aconsejable añadir en un apéndice los textos de la comedia menandrea Dis Exapaton, como precedente de la obra plautina. La comedia Curculio, que edita S. Lanciotti, es una pequeña joya del quehacer literario plautino; sus 729 versos son un completo escaparate del teatro de Plauto y contienen, además, algunos elementos novedosos y aún no bien explicados: la invo-cación a las almas de la lena mediante un canto al vino, una fórmula mágica para abrir las puertas de la amada, el rarísimo monólogo del corago, la distribución de réplicas de la escena final, etc. A todos estos elementos notabilísimos arroja luz la edición que reseñamos y, aunque sólo fuera por eso, que no lo es, merece recibir una calurosa bienvenida. Se añade esta edición a otras recogidas en el listado de las que le han precedido, donde cabe destacar las de F. Bertini (1969), J. Collart (1962) y G. Monaco (1969); inexplicablemente no se recoge ninguna del ámbito anglosajón, ni la ya clásica de J. Wright (1989), ni la extravagante y reciente de Amy Richlin (2005). Después de una advertencia (Monitum) para explicar el método seguido en la edición y aclarar por qué el estudioso se va a encontrar fluctuación en la ortografía (mancupio y mancipio, vg.) en razón de una fidelidad quasi religiosa por las lecciones más antiguas, viene la ya citada lista de ediciones, otra de comentarios, las siglas de los códices (también aquí está incluido el manuscrito S de El Escorial), la edición del texto propiamente dicha y, por último, los testimonios antiguos sobre la obra y la métrica. Para el famoso monólogo del corago y la descripción del centro de Roma, ofrece información sobre los lugares citados a través del artículo de P. Sommella, «La Roma plautina», amplía la escasísima información de Linsday y completa la más extensa de Collart; reconoce que algún verso de este monólogo, se incluya o se omita, sigue siendo oscuro, como el 484 (uel qui ipsi uortant uel qui aliis ubi uorsentur praebeant), cuya referencia puede obscena uel furtiua uel potius mercatoria. Para el reparto de réplicas de la escena final, considera presente al personaje principal de la comedia, Curculio, y en consecuencia le atribuye réplicas, a diferencia del resto de editores. Es importante señalar la relevancia que puede tener esta opción para futuras ediciones y traducciones, pues es la primera vez que un editor opta sin dudarlo por una nueva y drástica distribución del parlamento sin sentirse oprimido por el peso de la tradición filológica. Tal vez con mis palabras induzca al lector a pensar que se trata de una edición poco ortodoxa, cuando precisamente se trata de todo lo contrario, de una edición rigurosa, exhaustiva, que enriquece continua mente el texto plautino, y que nunca inventa, pues sopesa cada lección. Desde aquí hay que animar a que este grupo de investigación en torno a Plauto (CISP), asentado en Urbino, en la antigua Sársina, cuna del comediógrafo, continúe con su estimable labor de edición y estudio de la obra plautina, para propiciar un acercamiento más justo y menos sesgado a uno de los autores clásicos por exce lencia. Lo primero que leemos en este interesante Comentario de los fragmentos teatrales de Livio Andronico es una confesión del autor sobre su finalidad y sus bases: partiendo de sus comentarios previos sobre Silio Itálico y Valerio Flaco, F. Spaltenstein quiso acercarse a las textos fragmentarios y comentarlos «tout d 'abord pour ma propre information» (p. El punto de partida, explica a continuación, fue la clásica colección de los Remains of Old Latin de E. H. Warmington, en sus palabras «une édition de qualité et qui est aisément accessible». No se me oculta que puede parecer inadecuado comenzar la reseña de un libro por dos planteamientos concretos del autor, pero voy a hacerlo así, porque me parecen determinantes del conjunto de la labor llevada a cabo. Desde su aparición en los años 1935 y 1936, los dos primeros volúmenes de Warmington obtuvieron gran difusión y favorable acogida por ofrecer una cómoda edición bilingüe de los restos de Enio y Cecilio el primero, los de Livio Andronico, Nevio, Pacuvio y Acio el segundo. Sin embargo, admitiendo sin duda su utilidad como documento del latín arcaico en sus escritores fragmentarios y en otras fuentes, resulta igualmente claro que esta obra no tuvo nunca la pretensión de ofrecerse como una edición crítica del extenso material editado, como se percibe por la simple observación del aparato de notas que acompaña a los fragmentos, amén de sus comentarios. O dicho de otro modo: a cuatro decenios de la tercera edición de los Trágicos (1897) y de los Cómicos (1898) de Otto Ribbeck, no hay duda de que, si bien añadiéndole el mérito de la cómoda versión inglesa y la relativa utilidad de un irregular aparato de notas, la edición de Warmington no suponía ningún progreso desde el punto de vista del rigor filológico en el establecimiento de los textos, sino más bien lo contrario. Por ello, no comparto, ni menos aplaudo, la elección de la edición básica hecha por Spaltenstein; sobre todo teniendo en cuenta que los fragmentos que comenta de Livio Andronico son exclusivamente los corres pon dientes a sus tragedias y comedias, es decir, los editados en los dos volúmenes de Ribbeck (Trag.,Com.,. La finalidad del proyecto de Warmington, como demuestra el hecho de abarcar una selección, sólo una selección, de los escritores de épica, tragedia y comedia arcaicos, con la adición en otros dos tomos de los fragmentos de Lucilio, las Leyes de las XII Tablas y una selección de inscripciones arcaicas, resulta clara: se trataba de presentar un rico panorama del latín tradicionalmente llamado «arcaico», una muestra sin duda muy útil para el estudio de la lengua. Considerado en cambio desde la perspectiva de los estudios literarios, inducía bastante a confusión: el reparto totalmente incongruente desde el punto de vista cronológico y de los géneros literarios con que distribuyó los autores en los volúmenes I y II habla por sí solo: no hay más que ver de qué manera intentó ponerle remedio el propio Warmington en la p. VII del volumen segundo, en la que, curiosamente, al tratar de poner orden en lo que estaba desorganizado, añade un nuevo desorden absolutamente inadmisible de los escritores fragmentarios que no editó, al escribir: «the old comic poets such as Titinius, Turpilius, Quinctius Atta, Afranius, Novius and L. Pomponius». Ahora bien, no resulta evidente de qué manera se pueden abordar en conjunto y de forma paralela dos autores de la primera generación de la poesía latina, Livio Andronico y Gneo Nevio, en los que, prescindiendo de sus poemas épicos, el primero ofrece una absolutamente exigua muestra de su obra cómica, siendo el segundo un poco más rico en sus fragmentos de tragedia y de comedia, frente a Cecilio, claramente perteneciente a otra generación y cultivador exclusivamente de palliata, un tipo de comedia que ya había experimentado el gran desarrollo que significó su cultivo por obra de Plauto y otros contemporáneos. Creemos que hubiera resultado mucho más adecuado, y por supuesto más útil, un estudio completo de todo Livio Andronico, sin dejar al margen los fragmentos de su Odisia; sobre todo si se piensa que el conjunto del material no alcanza los cien versos, y se evitaría de este modo desmembrar el conjunto de la obra de un autor tan escasamente conservado, pero que posee un indudable interés como iniciador de tres grandes géneros de la poesía latina. 10); por ello, prescinde de mostrar de forma aislada el texto de lo que sería su edición personal. Sin embargo, de resultas de trabajar sobre el texto de Warmington, pero teniendo siempre presente el de Ribbeck, y otros anteriores, llega a resultados que pueden resultar muy engañosos para una persona inadvertida, que se acerque a su obra sin un conocimiento profundo del tema: por ejemplo, al poco de empezar, se encontrará con una tragedia titulada *Adonis, que no aparece ni en Ribbeck, ni en Warmington, ni en los estudios recientes sobre tragedia romana. Al margen de estas consideraciones, los comentarios de cada fragmento son absolutamente amplios, sin olvidar el más nimio detalle, precedidos de una presentación general de los múltiples problemas que plantea cada una de las obras teatrales de Andronico. Con relación a la amplitud de los comentarios basta con advertir que la exigua cantidad de algo menos de cincuenta versos, muchos de ellos incompletos, que encontramos en la edición de Warmington, da ocasión en la obra que nos ocupa a un desarrollo de alrededor de doscientas páginas, amplias y densas de contenido. Su utilidad, pues, como libro de consulta para la lectura de los fragmentos de Livio Andronico queda fuera de toda duda y, pese a nuestras discrepancias, me parece que debe integrarse como obra esencial en la no muy abundante bibliografía sobre el poeta. Precisamente por ello considero lamentable que el libro no contenga la Bi-bliografía de rigor, que no se puede considerar que deba suplirse por los listados de «Sigles et abréviations» (pp. 15-16), o de «Auteurs modernes» (pp. 225-227), como pretende de forma cómoda, pero no válida, solucionar el autor (p. 16); solamente para poner dos ejemplos, no es admisible científicamente encontrar en el primero de los referidos listados: «LLN Lexicon Livianum et Naevianum», sin otra indicación, ni siquiera la mención de responsables y su fecha, para referirse a una obra tan fundamental para un comentario de Andronico como es la de A. Cavazza y A. Resta Barrile, Lexicon Livianum et Naevianum, Hildesheim, 1981; y en la lista de autores modernos, remitir a la página en que aparecen, para ofrecer allí la correspondiente nota bibliográfica, resulta un raro uso bibliográfico, difícilmente admisible; más aún cuando, por ejemplo, con «Dangel, Accius» se remite a la p. 17, donde, con olvido de la precisión bibliográfica esencial, se indica tan sólo «Dangel (Accius, 1995)» para referirse a la edición Budé del tragediógrafo realizada por Jacqueline Dangel. Este volumen, dirigido especialmente por su autor a los historiadores, pretende, en primera instancia, servir de guía teórica y práctica en la lectura de Cicerón como fuente para la historiografía. Lintott hace ver, en efecto, que las referencias a sucesos contemporáneos que se hallan en las obras del Arpinate (fundamentalmente en los discursos y en las cartas), por más que puedan parecer objetivas a primera vista, no pueden aceptarse sin un detenido examen del contexto en el que aparecen y de la finalidad con la que Cicerón trae tales hechos a colación y los presenta al oyente o al lector. Más aún, dada la disposición fundamentalmente cronológica de las partes que componen la obra, ésta constituye una suerte de biografía, que viene a sumarse a las ya clásicas de W. Drumann (en los vols. V y VI de su Geschichte Roms, Leipzig, 1919Leipzig, -1929)), E. Ciacceri (Cicerone e i suoi tempi, Milán, 1926Milán, -1930)), L. Gelzer (Cicero: ein biographischer Versuch, Wiesbaden, 1969) o D. Stockton (Cicero: A Political Biography, Londres, 1971), por citar las más conocidas. Por lo demás, hay que advertir que este volumen, aunque así lo califique su título, no es un compa nion en el sentido usual del término. Lintott, ciertamente, no busca ofrecer un estado de la cuestión acompañado de una amplia bibliografía secundaria, sino que se preocupa, más bien, por transmitir una metodología historiográfica y por dar su parecer acerca de numerosos puntos cruciales de la biografía ciceroniana y de la historia del fin de la República, apoyándose siempre en un sólido aparato de referencias al corpus cice-roniano y ofreciendo, cuando ello resulta oportuno, la bibliografía pertinente. En esto, precisamente, reside en gran medida el valor del presente volumen, toda vez que quien expone en él sus puntos de vista es uno de los mayores expertos en la materia. La primera parte de la obra («Part A. Reading Cicero») consta de tres capítulos («I. Reading Events», «II. Éstos, por su claridad expositiva, constituyen una ágil exposición de la crítica histórica de los discursos ciceronianos, de la relación entre el discurso escrito y el discurso realmente declamado, y de los procesos de manipulación argumentativa y narrativa que se dan en éstos. La única objeción que podríamos quizás hacer aquí es que Lintott no haya tratado con más amplitud la teoría retórica de la Antigüedad en el capítulo III: conceptos como las virtudes de la narración, la dissimulatio artis o la doctrina de los status podrían haber ofrecido un buen apoyo teórico a su expo sición. En la segunda parte del libro («Part B. Reading Oratory»), Lintott estudia la actividad forense de Cicerón en su doble vertiente, el derecho privado y el derecho público. A las causas privadas están dedicados los tres primeros capítulos de esta sección («IV. En éstos, Lintott muestra un gran conocimiento del derecho privado y de los procesos jurídicos tardorrepublicanos, delineando en cada caso la estrategia jurídica del Arpinate con gran acierto y seguridad; también subraya la importancia que este tipo de causas, en apariencia insignificantes, tuvieron en la formación del prestigio de Cicerón como abogado. Los restantes capítulos de esta segunda parte versan sobre causas de derecho público («VII. De este grupo hemos encontrado de especial interés los capítulos VII y VIII, que muestran la quaestio de repetundis desde la perspectiva de la acusación (In Verrem) y de la defensa (Pro Fonteio y Pro Scauro), con un brillante análisis de la estrategia legal y procesal desplegada por Cicerón en las Verrinas (pp. 84-100), sobre todo en lo que toca al uso de las deposiciones de los testigos. Las partes tercera y cuarta de la obra adoptan una estructura más narrativa, y tratan el período que se extiende desde la candidatura al consulado hasta la muerte de Cicerón. After the Return») llega hasta la vuelta del exilio, y en ella Lintott examina cómo la política de este período halla reflejo en la corres pondencia y en la oratoria ciceroniana, documentando con gran acierto las relaciones de Cicerón con Pompeyo, César y Craso, y las fluctuaciones de la posición política del Arpinate en este período. La parte siguiente («Part D. History and Ideas»: «XIV. Epilogue»), estudia, a su vez, los últimos años de la vida de Cicerón. En ella Lintott muestra cómo el Arpinate intenta mantener su dignidad consular mediante la práctica de la oratoria forense, la exposición de su pensamiento político y filosófico en los diálogos y los tratados, y la búsqueda de un lugar en la historiografía del período. De gran interés son las pp. 338-350, en las que el autor examina la actitud de Cicerón en los idus de marzo, y todo el capítulo XIX, en el que se presta una particular atención a las Filípicas. Cierra el volumen una serie de apéndices, que profundizan diversos puntos tratados en el cuerpo de la obra («1. The Pro Sexto Roscio», «2. The De Imperio Gnaei Pompei (Pro Lege Manilia)», «3. Es de destacar, en fin, el equilibrio y la objetividad con que Lintott trata la figura del Arpinate, del que hace una hermosa semblanza conclusiva en las pp. 421-424. Por todo ello, la presente obra de Lintott constituirá sin duda un inexcusable punto de referencia en los estudios sobre Cicerón y los últimos años de la República. El nombre de Piteas de Marsella figura en un lugar destacado dentro de la nómina de grandes viajeros y exploradores del mundo antiguo y ocupa incluso un puesto de honor similar al del gran Alejandro dentro de las historias generales de la exploración dirigidas al gran público 1. Esta relevancia no se corresponde ciertamente con la disponibilidad de informaciones acerca de su persona o de sus hazañas, ya que apenas podemos concretar a grandes rasgos las líneas generales de su viaje hacia los mares del norte de la tierra habitada y establecer algunos de los puntos tocados a lo largo de su ruta. De hecho no sabemos siquiera la manera en la que Piteas viajó, si lo hizo a cargo de una expedición propia más o menos perfectamente programada o de manera mucho más individual y azarosa, recorriendo un itinerario complejo compuesto de di-1 Ese es el caso de dos obras de gran difusión como el libro colectivo editado por National Geographic Into the Unknown. The Story of Exploration, Nueva York, 1987, y P. Novaresio, Los Exploradores. De la Antigüedad a nuestros días, Barcelona, 2004. ferentes circuitos comerciales, relacionados principalmente con el estaño y el ámbar, cuyos recursos logísticos, utilizados hábilmente, le habrían permitido despla zarse de unos puntos a otros en un itinerario mucho más irregular y dilatado a expen sas de que surgieran esporádicamente las oportunidades adecuadas. La obra de Pi teas, redactada seguramente más en la forma de un tratado científico que de un relato de viaje, se ha perdido de forma irremediable y apenas ha dejado huellas visibles dentro de la tradición literaria conservada hasta nosotros. Aparte de las escasas menciones poco favorables que hallamos en Polibio y Estrabón, el corpus de textos que configuran su colección de fragmentos se construye sobre todo a partir del testimonio de autores tardíos de carácter científico-técnico, que parecen efecti vamente los únicos preparados para digerir e interpretar adecuadamente las infor maciones suministradas en su día por el astrónomo y navegante masaliota. Con semejante bagaje es muy poco lo que podemos establecer de manera firme acerca de la aventura de Piteas, que aparece así ante nuestros ojos como un viaje excepcional hacia los confines del mundo habitado por su vertiente septentrional, con toda la carga de incomprensión y falsas interpretaciones que implicaba adentrarse en esta clase de espacios desconocidos y el inevitable lastre de fabulación que comportaba recorrer un territorio inexplorado cuya extrañeza y dimensiones lo hacía sólo asequible a los antiguos héroes. Uno de los nombres que dentro de la tradición aparecen más estrechamente asociados al viaje de Piteas es el de la isla de Tule, que habría constituido el punto más alejado de su ruta hacia el norte y donde tenían lugar excepcionales fenómenos como la ausencia de noche durante el solsticio de verano o la existencia de un mar circundante caracterizado por una mezcla indistinguible de los diversos elementos constitutivos. A pesar del carácter emblemático del lugar y de la excepcionalidad de sus condiciones, existe la duda razonable de si el masaliota pisó efectivamente dicha tierra o llegó tan solo a avistarla a lo lejos en el curso de su navegación y a obtener información acerca de ella entre los nativos de las tierras más próximas, que no serían otros que los habitantes de Gran Bretaña, que se hallaba situada a seis días de navegación de la isla. A pesar de nuestra reconocida ignorancia acerca de la realidad geográfica efectiva que se esconde bajo dicho topónimo y de la práctica imposibilidad de garantizar una identificación definitiva, Tule pasó a ocupar enseguida un lugar relevante como punto definitorio de los límites septentrionales de la ecúmene dentro de la tradición de la geográfia científica griega ilustremente representada por Eratóstenes, que otorgó a dicho punto un lugar definitivo dentro del mapa en su condición de paralelo situado a los 66o. A pesar de este reconocimiento como punto geográfico imprescindible a la hora de medir y diseñar la ecúmene, el nombre de Tule quedó definitivamente varado dentro de la indefinición y la leyenda a lo largo de la historia posterior. Las expediciones posteriores a Piteas que emprendieron el camino del norte, como la de Agrícola ya en época romana, nunca alcanzaron tan renombrado lugar y debieron limitarse a un avistamiento lejano que aproximaba ade-más la isla a territorios más cercanos y conocidos, como las islas Shetland al norte de Gran Bretaña. Sin embargo el nombre de Tule pervivió casi indemne a lo largo de toda la tradición antigua y se perpetuó más tarde en el curso de los siglos posteriores, adecuadamente transformado y adaptado a las necesidades ideológicas, geográficas o literarias de todos aquellos que hicieron uso del mismo. El intrincado recorrido de este largo y tortuoso itinerario constituye el tema del libro de la profesora belga Monique Mund-Dopchie, reputada especialista en esta clase de temas, que ya ha explorado con anterioridad otros casos de pervivencia a lo largo de la tradición como el famoso Periplo de Hanón con sus dife rentes secuelas2. La primera parte del libro, de las cuatro de que se compone el sumario, está dedicada al análisis del estado de la cuestión a través de un recorrido de las principales fuentes con sus correspondientes inconsistencias y contradicciones. Esta parte aparece así dividida en dos grandes capítulos. El primero está dedicado íntegramente a analizar la polémica suscitada por el descubrimiento de la isla entre los viajeros y geógrafos posteriores y se centra especialmente en su condición de límite septentrional de la ecúmene, con todas sus implicaciones para la percepción de la confusa geografía de las regiones septentrionales del orbe, y en el continuo deam bular de sus ubicaciones a caballo entre el mundo británico y el escandinavo. Un apartado importante de este capítulo es el extraño entorno de la isla en medio de un mar cuya precisa caracterización constituye todavía uno de los numerosos problemas con que se enfrenta el estudioso a la hora de decidir acerca de la posible ubicación de la isla. Destacan en este terreno el análisis preciso acerca de los términos empleados para designar tanto el propio mar como algunas de las islas circundantes y las interesantes alusiones a los problemas de información con que debieron enfrentarse los viajeros hacia esos lugares del orbe y que debieron provocar frecuentes malen tendidos entre los indígenas del lugar provistos de su propio código de repre sentaciones y los recién llegados que portaban consigo sus propios esquemas, difí cilmente compatibles con los de sus interlocutores. El famoso «pulmón marino», que tantas interpretaciones ha suscitado a la hora de averiguar la precisa realidad que esconde dicha expresión, formaría así parte de ese mundo inesperado con el que Piteas tuvo que enfrentarse y al que debió ajustar los esquemas que portaba consigo, como el concepto de ápeiron de Anaximandro que reflejaba la práctica imposibilidad de aumentar los conocimientos más allá de la ecúmene. El segundo capítulo se ocupa del enorme potencial de carácter onírico de un lugar como Tule, convertido enseguida en una tierra maravillosa dotada de una «fuerte pregnancia simbólica», tal y como subraya oportunamente la autora. El carácter último de la Tule la introducía de inmediato en el mundo de los confines, de las eschatiai, que configuraban la periferia del mundo habitado y constituían el espacio apropiado para situar toda clase de fabulaciones, como ya señaló en su día el magistral estudio de James Romm, The edges of the earth in ancient thought, publicado en Princeton en 1992. Las controversias y polémicas de los geógrafos no han incidido apenas dentro de este campo, donde es la sola condición de isla límite de Tule la que ha condicionado buena parte de su papel dentro del universo de ficción de la literatura antigua. El papel que la Tule de Piteas ha desempeñado en obras como el Tratado sobre los hiperbóreos de Hecateo de Abdera, las Maravillas más allá de Tule de Antonio Diógenes o las Argonáuticas órficas fue ya objeto de un magní fico estudio a cargo de Stefano Magnani sobre cuyos pasos ha construido la autora esta parte del dossier. Se abre a continuación la parte más sustancial del libro, a juzgar por el número de páginas que supera con creces el espacio dedicado al dossier antiguo, y en la que la labor de la autora se dejar sentir con mayor fuerza y originalidad, que consiste en rastrear la utilización de Tule a lo largo de la tradición posterior, desde la Edad Media, que ocupa toda la segunda parte, hasta nuestros días, dividiéndose las dos partes restantes del libro entre lo que la autora denomina «un largo siglo XVI» y su evolución desde el siglo XVIII hasta la actualidad, respectivamente. Resulta difícil referir en el espacio de una reseña la riqueza y diversidad de enfoques que se van sucediendo a lo largo de los tiempos en torno al nombre y significado de la mítica isla y más teniendo en cuenta que dichos temas escapan ya de manera irremediable a la competencia de un especialista en la cuestión limitada a la época antigua. La cantidad de información acumulada en estas partes resulta abrumadora y en alguna medida un tanto disuasoria a la hora de una lectura seguida del libro, que parece mucho más apropiado para una consulta erudita o curiosa en busca de una información precisa o de un dato determinado. Los nombres se acumulan sin parar y en algunos casos con alguna peligrosa y confusa reiteración que plantea ciertos problemas de comprensión al no iniciado en una amplia literatura de carácter erudito e historiográfico, cuyo dominio pertenece indudablemente a un reducido círculo dentro del que la autora ocupa una posición destacada dada la temática de sus últimas investigaciones. La utilidad del estudio queda fuera de discusión ya que nos ofrece en una secuencia casi completa, aunque la autora habla en determinados momentos de inevitable selección, de la evolución de Tule en la tradición literaria e historiográfica europea en la que la isla evoluciona a veces sin despegarse de su anclaje antiguo, echando mano de las fuentes de información disponibles, aunque utilizadas, eso sí, con cierta flexibilidad para acomodarlas a las pretensiones de cada una de las obras, y en otras con absoluta independencia de este dossier antiguo, adquiriendo un estatus completamente nuevo que la conduce a figurar dentro de extraños contextos cuya finalidad nada tiene que ver con toda la problemática que todavía suscita la isla dentro del mundo estrictamente académico. Resultan así particularmente curiosos los apartados consagrados a situar la isla sobre un mapa y en especial su estrecha y prolongada relación con Islandia, que intercambia productivamente con Tule carac terísticas y estatus a partir de la aplicación a la mítica isla de las informaciones y conocimientos geográficos E M E R I TA ( E M ) L X X V I I I 2, J U L I O -D I C I E M B R E 2 0 1 0, pp. 345-386 I S S N 0 0 1 3 -6 6 6 2 obtenidos en el curso de la Edad Media acerca de las regiones septentrionales de Europa. Destaca igualmente la estrecha relación de la cuestión de Tule con polémicas como la determinación de la primera lengua de la humanidad, un tema excelentemente tratado por Maurice Olender en La lengua del Paraíso, obra que por cierto no figura en la bibliografía, los ecos de la Atlántida platónica y sus implicaciones políticas, de las que se ha ocupado también recien temente Pierre Vidal-Naquet, o el origen de los amerindios. Hay que destacar igualmente el papel de las recreaciones modernas de la figura de Piteas, rayanas de forma clara en el ámbito de la ficción, donde la isla de Tule ha ocupado un lugar destacado como último punto de la ruta del navegante masaliota y como isla abstracta que no parece encontrar cabida dentro de los modernos mapas con una concreción carto gráfica definitiva. Sorprenden también ciertas desviaciones como la Tule cons truida por Goethe con sus diferentes derivaciones o la que fue absorbida en su momento por fenómenos como el movimiento nazi o el ocultismo, que completan un dossier casi exhaustivo de la extraordinaria y diversa pervivencia de la isla, o más bien de su nombre y su significado, a lo largo de toda la cultura europea. El libro se completa con una utilísima lista cronológica de fuentes utilizadas y citadas, impres cindible a la hora de abordar la inmensa tarea de digerir el cúmulo de infor mación facilitada, y una bibliografía de la que apenas faltan títulos sobre salientes o puntuales. En suma, nos hallamos ante una obra enormemente valiosa dentro de los estudios sobre la tradición clásica precisamente en un campo que suele encontrarse fuera de los intereses de dicha materia, como es el del destino sufrido por las obras de los antiguos geógrafos y viajeros, algunas de cuyas principales contribuciones se deben precisamente a la mano de la autora, y también de una contribución importante sobre los efectos extraños y a veces hasta perniciosos que suelen adoptar algunos temas emergidos en su origen de la Antigüedad y que circulan después con vida propia, y en algunos casos completamente despreocupada de sus orígenes, para entrar a formar parte de nuevas constelaciones literarias y/o ideológicas absolutamente distantes de las legítimas preocupaciones académicas acerca del mundo antiguo. Sin duda alguna se trata de una obra de consulta imprescindible y documentada al máximo, quizá en exceso para el lector aventurado y carente de erudición, que en algunos casos puede resultar ciertamente indigesta, tal y como la autora nos advierte (página 300) al indicar que «no sería necesario acumular los ejemplos en una lista cuya exhaustividad no resultaría posible y de serlo sería completamente indigesta». Una sabia prevención que no evita en algunos momentos de la lectura nos asalte dicha sensación, si bien el conjunto de la obra compensa sobradamente cualquier tipo de sinsabores en esta dirección que pueden acechar al lector en el curso de toda la segunda y tercera parte del libro. El volumen objeto de reseña no sólo es el agradecido tributo por parte de competentes investigadores de la obra de Tácito, sino también un decidido compromiso de seguir desbrozando rutas sugeridas hace tiempo por sus respectivos maestros. Recoge doce contribuciones en torno a la obra taciteana, que siguen la estela de Ronald Syme y han sido escritas sobre todo por estudiosos italianos, a los que se unen cuatro franceses y un alemán. Ocho ellas fueron presentadas en el marco del Convegno Internazionale «Tacito e l 'eredità di Ronald Syme» (Florencia, 30 de noviembre y 1 de diciembre de 2006). Otras cuatro, que no pudieron ser pronun ciadas allí, han sido añadidas con posterioridad por la coordinadora del volumen, Maria Antonietta Giua. Tras un prefacio de ésta, que cumple de modo excelente su función de cartografía conceptual y da cabida asimismo a observaciones propias, el volumen se estructura en torno a cuatro temáticas generales. Esta división no pretende trazar límites rígidos, sino organizar un material ciertamente vasto en su transversalidad y diverso en su alcance. Francisco JaviEr gómEz EsPELosín Un gran punto positivo de la primera sección, titulada «Tacito e Ronald Syme», es dar voz al tercer homenajeado en el volumen, Emilio Gabba. En su intervención «Syme e Tacito: qualche ricordo» man tiene el tono cercano que quiso darle en el Convegno; no obstante, las palabras del maestro trascienden lo personal y se convierten en consideraciones de amplio calado sobre la ambigua tensión entre centro y periferia, Roma y las provincias. A continuación, Giua en «Osservazioni sul Tacitus di Ronald Syme» responde con éxito al reto de presentar una clave para todo el conjunto. La intrincada congenialidad entre Syme y Tácito, la personal afinidad en las convicciones y perspectivas de ambos, tal como la describe la investigadora italiana, no se detiene en los detalles biográficos, sino que remite a los grandes temas que marcan el pulso y la estructura del Tacitus de 1958. Jérémy Direz pone el broche a la sección con «Capax imperii, un fil rouge de Tacite à Syme». Tomando como base el análisis de las carreras de cuatro de los capaces imperii mencionados por Tácito, M. Aemilus Lepidus, C. Asinius Gallus, L. Arruntius y Cn. Calpurnius Piso, el autor muestra que el punto de vista de los posibles candidatos al poder es imprescindible para entender el sistema del principado desde una perspectiva «intra taciteana». La segunda tríada de contribuciones, encabezada con el título «Questioni di Metodo», concentra su atención en la técnica del propio Tácito, desligándose sólo teóricamente de los procedimientos de análisis de Syme. En este marco, Mario Pani plantea en su contribución «L' innovazione tacitiana: una rivoluzione a metà» un agudo análisis de las innovaciones historiográficas que presenta la obra taciteana sin dejar de estar entroncada en la tradición grecolatina. IV 32-33) de los protagonistas de la historia, un tema ciertamente medular que conecta con otro siempre fructífero y siempre esquivo, el análisis de las fuentes del historiador. Por su parte, Michèle Ducos explora en «Portée et signification des questions juridiques dans les Annales de Tacite» una importante clave interpretativa de la obra de Tácito. En efecto, la adecuada apreciación de lo justo, la autoridad de los juristas y de la ley, la razón de ser de las instituciones antiguas y nuevas y, en fin, la libertad del ciudadano en el Principado están en el fundamento de los grandes temas de los Annales. Cierra esta segunda sección el estudio «Dal documento al racconto: i libri claudiani» de Carlo Franco, quien acomete con cautela el alcance que puede llegar a tener la Quellen forschung en Ann. XI y XII, sobre todo en lo que a los escritos del propio Claudio se refiere. El epígrafe «Fra storia e storiografia» da amplio amparo a tres contribuciones centradas en cuestiones más particulares de Historiae y Annales y anudadas por el hilo aparentemente tenue del tratamiento que hace Tácito de material historiográfico anterior. V 2-13)», Giulio Firpo sigue el rastro en la historiografía anterior, romana pero sobre todo griega, de dos motivos antijudíos presentes en el excurso etnográfico de Hist. V 2-13: la figura de Antíoco IV y el supuesto culto al asno. El estudio focaliza su análisis en dos episodios de sendos impostores imperiales con pretensiones de acceder al poder: el pseudo Agripa Póstumo y el pseudo Druso (Ann. Sus autores revelan cómo la crítica de Tácito acerca de la legitimidad de la dinastía imperial late detrás de ambas narraciones. Por último, el breve examen de Barbara Scardigli «Corbulone e dintorni (Tac., Ann. XV 15)» asume que las incongruencias de ese pasaje de las Historias se remiten a las de su posible fuente, en concreto el relato personal de Domicio Corbulón. Los estudios de la cuarta y última sección, «Conquista e gestione dell 'Impero», abordan tres ejemplos paradigmáticos en los que se muestra la ambigüedad del propio Tácito sobre la inagotable cuestión del dominio imperial de Roma. Chantal Gabrielli en su detallado «Insularità e Impero nell 'Agricola» acomete la cuestión desde el punto de vista de las oposiciones centro/insularidad presentes en la Britania del Agricola. III, 52-55)» destaca cómo las opiniones de Tiberio se imbrican en ese punto con las del propio Tácito. Para finalizar la sección, el estudio de Dieter Timpe «L 'insurrezione dei Batavi nell' interpretazione di Tacito» enfoca el amplio tratamiento de la revuelta bátava en Hist. IV-V como una advertencia atemporal del historiador a propósito de la fuerza disgregadora que podía alcanzar una alianza entre provinciales y bárbaros. El conjunto del volumen queda redondeado con un índice de fuentes literarias y epigráficas. El lector recibe la impresión de tener en sus manos un instrumento de estudio útil y manejable, de edición cuidada y bien pensada. No obstante, por su propia razón de ser, el conjunto sufre la inevitable tensión entre pluralidad y unidad. Hay que reconocer, en cualquier caso, que no se aprecian insalvables desequilibrios en la profundidad y en la extensión de las colaboraciones. En otro orden de cosas, es inevitable que, ante el sobreabundante despliegue de cuestiones, el lector eche en falta algunos problemas o que algunos temas se le presenten más sugeridos que realmente tratados, como es el caso de los bronces béticos de Germánico y Pisón. Ahora bien, el conjunto merece una valoración altamente positiva: la diversidad de los temas abordados testimonia de hecho la capacidad que desde 1958 ha seguido teniendo el Tacitus de Syme para plantear argumentos suge rentes, nuevas vías y grandes retos para historiadores y filólogos. Formando parte de la acrisolada colección «Histoire» de Les Belles Lettres, ve la luz esta interesante monografía, presuntamente escrita en francés (pues no aparece nombre de traductor por ninguna parte), de la profesora italiana Maria Grazia Bajoni. Versa sobre la supuesta mala fama de que gozaban los gramáticos en el Bajo Imperio a partir, sobre todo, de dos testimonios fundamentales: uno, muy anterior en el tiempo, de Suetonio (Gramm. 23), en el que se dice de Remio Palemón, el maestro de Quintiliano, que era un lascivo (heterosexual) sin remedio, y otro del siglo IV, de Ausonio (Epigr. 82-87), en el que se arremete violentamente contra el gramático Euno, denunciando sus múltiples depravaciones. Pero no escasean los testimonios ad hoc entre los epigramas de la Anthologia Graeca y los Epigrammata Bobiensia, aludiendo more satyrico a la inmoralidad de los gramáticos, a su insoportable carácter o a su falta de competencia. Téngase en cuenta que mientras los rétores tenían acceso a los más altos cargos de la administración imperial y eran bien vistos socialmente, los grammatici, pese a la consideración general de que disfrutaban por su carácter de «guardianes de la lengua latina», solían proceder de extracción social baja y, por tanto, tenían todas las papeletas para incurrir en la degradación moral, según la rígida y clasista visión del mundo de los romanos. Conviene recordar cómo Macrobio (Sat. I 2, 15), por ejemplo, exceptúa a Servio, el famoso comentarista de Virgilio, de esta nube de gramáticos degradados, saludando en él tanto al excepcional escoliasta como al ser E M E R I TA ( E M ) L X X V I I I 2, J U L I O -D I C I E M B R E 2 0 1 0, pp. 345-386 I S S N 0 0 1 3 -6 6 6 2 humano investido de un modélico pudor. De ello se deduce que el pudoroso Servio sería la excepción que confirma la regla. Al fin y al cabo, la paideia no dejó nunca de estar emparentada, y no sólo en el plano etimológico, con la pederastia (como dice, acertadamente, Bajoni en p. La autora va desentrañando el tema con sensibilidad exquisita a lo largo de una introducción, cuatro capítulos («Grammairiens et rhéteurs», «Hommes d 'école sans fard», «Moeurs, grammaire, politique» y «Entre grammaire et sexe»), un epílogo y un último epígrafe rotulado «En guise de conclusión». Las notas figuran al final, en texto corrido, lo cual es un auténtico despropósito: en los libros científicos las notas deben figurar a pie de página, pues forman parte del corpus del artículo y de la argumentación contenida en él. ¡Hasta una firma tan aquilatada como Les Belles Lettres ha terminado confinando el aparato exegético de un volumen al final del mismo! Algo está fallando en la maquinaria editorial de la ciencia filológica en el mundo entero. Clausura el tomo una bibliografía muy bien formada, subdividida en «Sources» y «Études», y los estudios, a su vez, en «Histoire générale», «Prosopographie», «Histoire des écoles et de l 'éducation», «Langue, grammaire, rhétorique» y «Éros et civilisation» (marbete este último de evidente raíz marcusiana). Un trabajo de investigación tan multidisciplinar como el acometido por M. G. Bajoni exigía, lógicamente, la consulta de una bibliografía muy diversa. Además de discurrir con una sabia facilidad por la Antigüedad tardía romana y saberse par coeur a autores como Ausonio (cuya Commemoratio professorum Burdigalensium resulta el documento que mejor nos informa sobre la situación de las escuelas en el Occidente romano del siglo IV d. C.), la Prof. Bajoni demuestra hallarse en posesión de una cultura literaria que excede en mucho el ámbito cronológico de su especialidad. Dante, Ronsard, Cyrano de Bergerac, Cavafis, Barthes, Perec, Michel Leiris, son algunos de los autores ajenos al recinto de lo clásico que comparecen en las muy sugerentes páginas de Les grammairiens lascifs. Al final, estos pintorescos gramáticos bajoimperiales -o, más bien, el fugaz reflejo que han dejado en contemporáneos suyos como Ausonio-han incurrido en la degradación moral por no haber practicado la orthographia, es decir, por haber olvidado la escritura correcta de las letras y haber empobrecido la cultura, traicionando su profesión. Encuentro muy interesante la conclusión de Bajoni según la cual la máscara de estos gramáticos presuntamente lascivos no encierra más que un rostro: el de la ignorancia. LUis aLBErto dE cUEnca
En el segundo semestre de 2009 salía a la calle el tercer y penúltimo volumen de la Ilíada publicada dentro de la colección Alma Mater. En esta ocasión el profesor L. M. Macía Aparicio se responsabiliza del proyecto de edición en solitario, sin la cola boración del profesor J. García Blanco, coeditor de los dos primeros tomos. La muerte de García Blanco en marzo de 2009, cuando el libro se hallaba en prensa, le impidió ver publicado el tercer volumen de esta obra en la que en su momento puso tantas ilusiones. Macía se atiene a las líneas maestras establecidas desde un principio para el conjunto del trabajo, una edición bilingüe de la Ilíada con texto crítico nuevo fijado a partir de la consulta de los mejores materiales. Entre éstos se concede una atención especial a los papiros homéricos, de los cuales publicó Macía una lista actualizada y completa en 1998 (Tempus 19,. Fuera de ese listado quedaron dos papiros a los que aquí se hace referencia en el aparato crítico y en sendas notas: en la que acompaña a Il. IV 175) publicado en 1986; distinto es el caso del papiro al que se refiere Macía en nota a Il. XIV 4, un papiro de Montserrat inédito con texto de Il. Una seña de identidad de la Ilíada de Alma Mater es también la atención prestada a una serie de catorce códices procedentes del monte Athos, no cotejados por Allen en su editio maior de 1931 (Oxford) y desatendidos por West en su propia edición (Stuttgart-Leipzig, 1998). El volumen se ha beneficiado asimismo de la colación que el editor ha realizado del códice Ma 2, importante manuscrito matritense al que Allen había prestado una atención escasa. Hago notar, por otro lado, que a quienes hayan manejado el segundo volumen de esta Ilíada les llamará la atención un cambio de criterio editorial relativo al aparato de referencias, el cual vuelve a tener en este tomo de 2009 aproximadamente la extensión del primer volumen, con un promedio de unas cuatro líneas de referencias por página frente a las doce del volumen anterior. Por lo que se refiere a la traducción que acompaña al texto griego se ha de decir que Macía ha mantenido los rasgos que la caracterizaban en los tomos anteriores, a los que ya me referí en las reseñas que escribí sobre los mismos (Tempus 7 [1994], pp. 51-67; Emerita 68 [2000], pp. 339-340): Macía, excelente traductor que cuenta en su haber con versiones de autores señeros como Tucídides, Eurípides o Aristófanes, vuelve a ofrecer en este volumen una traducción elegante y precisa del texto homérico, respetuosa con el original y su recurso a las fórmulas. Las notas aclaratorias que aparecen al pie del texto traducido tratan todas las cuestiones propias de un comentario, aun no habiendo sido intención de Macía (ni de García Blanco en su momento) elaborar una edición comentada de la Ilíada: sin haber sido ésta su pretensión, lo cierto es que el resultado final sigue presentando una atractiva similitud con obras como el clásico de W. Leaf (The Iliad, Londres, 1900-1902). En la reseña publicada en 1994 (Tempus 7, pp. 63-64) formulé una observación crítica en relación con uno de los índices que acompañaban al primer volumen de esta Ilíada, el de papiros; al cabo de los años vuelvo sobre el asunto de los índices para formular un comentario que en este caso es decididamente laudatorio: el índice de autores y obras citados en el aparato de referencias (pp. IX-XXII) completa, actualiza y mejora sustancialmente el que aparecía en 1991 en el primero de los volúmenes publicados (pp. CCLXXXII-CCXC). Me refería poco antes a la edición comentada de W. Leaf. Ciertamente la obra reseñada no quiere ser un nuevo Leaf, ni un comentario como el que coordinó G. S. Kirk y apareció publicado entre 1985 y 1993 en la Cambridge University Press (The Iliad: A Commentary), ni la obra en curso que coordina J. Latacz para Walter de Gruyter (Homers Ilias: Gesamtkommentar). Esta Ilíada es, de forma más modesta y no menos meritoria, la edición bilingüe griego-español de la mayor de las epopeyas homéricas, un texto llamado a ser una obra de referencia en el mundo hispánico, un instrumento de utilidad indiscutible para los estudiosos de la Antigüedad, dentro y fuera de nuestro país. Después de que Nisbet y Hubbard publicaran sus comentarios de Odas I y II en 1970 y 1978, respectivamente, y de que en 2004 Nisbet y Rudd finalizaran la serie sobre la primera colección de Odas de Horacio, se aguardaba con expectación por todos los filólogos clásicos la aparición del correspondiente al libro IV. Esta espera se ha visto satisfecha con la publicación del magno comentario de Paolo Fedeli e Irma Ciccarelli, que abarca más de 500 páginas de comentario, aparte de intro ducción e índices, para 582 versos. Las expectativas eran altas, primordialmente cuando conocemos la experiencia, en especial, de Fedeli en el comentario sobre Propercio (sus tres grandes y fundamentales volúmenes sobre los tres primeros libros: Florencia, 1980, Bari, 1985y Cambridge, 2005, y un trabajo más corto sobre el libro IV, de 1965, que actualmente está reelaborando, a modo de editio maior, junto con Rosalba Dimundo y la propia Irma Ciccarelli), y además sus comentarios a las Sátiras (Roma, 1994) y a las Epístolas (Roma, 1997) de Horacio. Ciccarelli, por su parte, fiel discípula de su maestro, tampoco es nueva en estas lides y prueba de ello es su comentario al libro II de Tristia de Ovidio (Bari, 2003). El libro se estructura de la siguiente forma: Introducción (pp. 9-57) a cargo de Fedeli, que se subdivide en seis apartados: 1) «Horacio, de Carm. IV»; 2) «Cronología y génesis del libro IV»; 3) «¿Un diseño estructural?» (descripción de las diversas opiniones sobre la arquitectura compositiva del libro IV); 4) «Horacio entre Píndaro y Calímaco»; 5) «Horacio, Augusto y los poderosos» (acerca de Augusto y su entorno en el libro IV y Augusto como centro de dicho libro); 6) «Un juicio difícil». Sigue a la Introducción una nota sobre el texto latino de referencia, que es la editio Teubneriana de Shackleton Bailey (Stuttgart, 1985), del que los autores se desvían en quince ocasiones, listadas en la p. A continuación, nos encontramos con el reparto de los distintos comentarios a cada oda, que es el siguiente: Fedeli comenta 1-3, 7-13 y 15, y Ciccarelli 4-6 y 14. Sigue una bibliografía, si bien no completa, sí totalmente centrada en las Odas (pp. 61-80). Desde la página 81 a la 629 nos hallamos con el comentario propiamente dicho. De la Introducción me gustaría destacar la idea de Fedeli sobre la organización de Odas IV (pp. 26-27). El estudioso italiano la compara con Propercio IV, que se estructura a través de un eje central, compuesto por las elegías 1, 6 y 11, al igual que el IV de Horacio: 1, 8 y 15. Dedica también una parte considerable de la Introducción (pp. 45-57) a dar una visión y un juicio equilibrados sobre la anterior colección de odas; asimismo desea liberar a los lectores de los prejuicios que pesan sobre Horacio como poeta cortesano y propagandista de Augusto. La organización general del comentario de cada oda sigue el método que Fedeli ha adoptado en sus trabajos previos y que Ciccarelli también acogió en su comentario Después del texto, sin apparatus criticus, sigue una bibliografía particular de cada poema, una paráfrasis en prosa, no una traducción, de la composición, y un comentario-ensayo (cf. Butrica a Prop. Si debo hacer una crítica, aparte de cuestiones tipográficas menores, sería, en mi opinión muy personal, la falta de ese apparatus criticus y de una verdadera traducción, en este caso al italiano. El comentario propiamente dicho avanza no línea por línea y lema por lema, sino párrafo corto por párrafo corto, presentando las distintas cuestiones filológicas y de realia contextualizadas, ofreciendo, así, un acercamiento integral al texto. Esta organización global es criticada por algunos estudiosos (vg., G. Bitto, BMCR 2009.08.60), que hubieran preferido un comentario más tradicional lema por lema, basándose, por una parte, en algunas duplicidades y, por otra, en las observaciones dispersas a los mismos versos, que, según dichos críticos, pueden provocar una falta de claridad al lector que busque una explicación ocasional. Pero éste es un «problema» que solucionan a la perfección los índices que remiten con toda claridad al lugar que se quiere consultar. Además, esta crítica es, a su vez, criticable, porque, en numerosas ocasiones, como sucede en otros comentarios, los árboles (los lemas individuales) impiden ver el bosque (el pasaje o el poema en su conjunto). Considero que no hay ningún problema en comentar de lo general a lo particular, del parágrafo al lema, en avanzar y retroceder, en reiterar, si ello es necesario para una mejor explicación y, en consecuencia, mayor entendimiento del texto al que nos enfren tamos. Entre las virtudes del volumen, que son muchas, destacaría, entre otras, para no extenderme, el estudio profundo de los tópicos (p. ej., los motivos amatorios en IV 1; los triunfos romanos y los atletas victoriosos [p. 535]; los signos de la vejez [pp. [545][546]; el vino por sus cualidades terapéuticas y su predisposición a la munificencia [pp. 522-523]; el carpe diem [pp. 526-528]); características estilísticas como el orden de palabras que conforman constantemente la base de la interpretación, demostrando la importancia de los aspectos retóricos en el presente libro (passim); el uso equilibrado de los comentaristas antiguos, por ejemplo, en las discusiones sobre términos como purpureus (p. El estilo del comentario, a pesar de la autoría compartida, es homogéneo en todas sus partes, ofreciendo un trabajo cohesionado; su lenguaje llano invita a una lectura clara y accesible. En suma, independientemente de la crítica por la falta del aparato crítico y la traducción al modo del de Navarro a Lígdamo (Leiden-Nueva York-Colonia, 1996), estamos ante un nuevo y completo comentario, que, sin lugar a dudas, se convertirá en referencia y en una herramienta imprescindible no sólo para Horacio, sino para toda la literatura clásica, como ya lo son los anteriores comentarios de Fedeli (cf. supra). ], Marco Ulpio Trajano, empe rador de Roma: documentos y fuentes para el estudio de su reinado, Sevilla, pp. 87-230), pero este volumen es la primera traducción moderna de toda la obra conservada de Plinio el Joven y pone en manos de los lectores una herramienta de estudio accesible y de innegable valor y utilidad. La introducción (pp. 1-54) aborda la vida de Plinio el Joven y su obra -también la no conservada-. En el apartado dedicado al Epistolario se estudian los ante cedentes del género epistolar, así como los orígenes, intención, datación y publica ción de los distintos libros de cartas de Plinio, su estructura y estilo, su valor histó rico, y las diferencias entre los nueve primeros libros y el último, que contiene la correspondencia con Trajano desde Ponto-Bitinia. Sobre el Panegírico se repasan sucintamente la cuestión del título, la tradición de la gratiarum actio de los cónsules, la génesis del discurso pliniano y su posterior reelaboración, su estructura, la controvertida cuestión de la fecha de publicación, su estilo, su valor literario e histórico, así como el «trasfondo ideológico» y la interpretación de la obra. La introducción se completa con sendos apartados dedicados a la traducción manuscrita y las primeras ediciones, por un lado, y a la recepción de la obra, por otro. Se trata de un trabajo muy bien documentado y actualizado. De ello da testimonio la amplia y cuidada bibliografía que se ofrece (pp. 57-66). El autor reconoce que se ha servido fundamentalmente de las ediciones de A.-M. Guillemin (París, 1927(París, -1928) ) (Turín, 1992) para el Panegírico de Trajano, aunque ha consultado otras ediciones al uso -recogidas en la bibliografía-y las ha seguido cuando lo ha considerado necesario, advirtiendo de las variantes en las notas. La traducción del Epistolario y del Panegírico es clara y fluida. A veces, no obstante, se observa una cierta tendencia a la prolijidad que, conservando el sentido, la separa de la forma del original latino: por ejemplo en Pan. LX 2, donde adire se traduce como «¡Concede audiencia como cónsul a quien te la solicite!» (p. Es más difícil encontrar errores de traducción, como Pan. XI 3 in principe enim, qui electo successore fato concessit, «en el caso de un Príncipe que ha pagado el tributo debido al inevitable destino de los mortales» (p. 708), cuya traducción más correcta habría sido «en el caso de un Príncipe que ha muerto tras elegir a un sucesor». Estos son, con todo, detalles menores que no quitan valor a una obra tan extensa. La traducción viene acompañada de un cuerpo de notas en las que se explican las más diversas cuestiones, de prosopografía, geografía, historia social y política, vida cotidiana, derecho romano, pensamiento del autor, interpretación literaria, fuentes, etc. No faltan, como no podía ser de otra manera, las referencias internas a otros lugares de la obra de Plinio. El lector culto no especializado -para quien está pensada la colección «Letras Universales»-agradecerá que Martín no se haya limitado a dar las referencias de los pasajes de textos antiguos que cita oportu namente, sino que ofrezca una traducción de los mismos (en el apartado de bi blio grafía se recogen las ediciones que ha seguido para cada uno de los autores citados). El libro se completa con una serie de herramientas de gran utilidad. Tras la bibliografía Martín nos ofrece una «sinopsis cronológica». Precede a la traducción del Epistolario un resumen de las «fechas aproximadas de redacción de las cartas» y a la del Panegírico un esquema de la estructura del discurso. Al final del volumen aparecen unos apéndices: un «índice de los nombres propios latinos de los personajes históricos y mitológicos», que contiene amplia información prosopográfica (pp. 859-981), otro más breve de similares características pero de «nombres griegos» (pp. 983-984), un tercer «índice de los nombres latinos de las construcciones (edificios y vías), los topónimos y los pueblos de la Antigüedad» (pp. 985-1015), otro de los «nombres griegos de los topónimos y los pueblos de la Antigüedad» (1017-1018), y un último índice sobre los «términos técnicos de la vida y cultura de la Roma antigua» (pp. 1019-1055). Los índices son muy completos, pero su división puede dificultar la búsqueda: por ejemplo, si alguien buscara en el índice de nombres de lugar Templo de la Concordia, se le envía a Concordia, pero el término no lo encontrará en el mismo apéndice, sino en el de nombres. Tal vez habría sido preferible, para facilitar la consulta al lector, unificar toda esa valiosísima información en un solo índice. Completan el volumen una serie de ilustraciones -mapas y planos-y un índice temático del Epistolario. En definitiva, se trata de una buena traducción y de un trabajo serio, exhaustivo y riguroso, recomendable para el lector culto interesado en la cultura y literatura romanas, pero también para el especialista en Filología o Historia Antigua. Como resultado de una tesis doctoral defendida en 2009, la monografía de Nyström es una contribución muy singular. Se dedica íntegramente al análisis codi cológico, paleográfico y textual del manuscrito misceláneo Upsaliensis Graecus 8, un «multitext book» de finales del siglo XV, con aproximadamente noventa textos de autores y contenidos diversos (narrativos, retóricos, filosóficoteológicos y técnicos en general), de originales escritos entre la Antigüedad y casi la época misma de confección del códice (pues alguno de ellos, epistolar, data de 1462, según pp. 21-22) y copiados en su mayoría por el escriba Teodoro (cuya identificación sugirió ya Torallas Tovar en su somera descripción del códice de 1994; como «Theodoros Ky...kos» aludían a este copista Vogel y Gardthausen, basándose en el testimonio del Paris. 1677; tan sólo a un legible...ikos final se refiere el Repertorium der griechischen Kopisten II 176). Muchos de los textos contenidos en el manuscrito se encuentran sin publicar; veintidós de estos inéditos han sido recogidos por la autora en un extenso apéndice 1, en pp. 265-296 (a veces tan breves como el 14, de un par de líneas, sobre el valor contraceptivo e incluso abortivo πολλάκις δὲ καὶ ἔμβρυα φθείρει del ciclamino); tres de estos textos -de contenido médico, matemático y diplomático, respectivamente-son además objeto de análisis pormenorizado en pp. 181-262 («Taking a closer look»), donde se muestra la gran competencia filológica de Nyström en ámbitos de saber totalmente variados. La compleja estructura del códice se hace patente en la extensa «Codicological table» que constituye el segundo y último apéndice, en pp. 297-309. Fruto de buena escuela y de un óptimo asesoramiento científico, bien reflejado en los agradecimientos del comienzo, el libro de Nyström ofrece magnífica pulcritud en su presentación formal (aspecto ya apreciado, con toda justicia, en la reciente reseña de Russell publicada en BMCR ‹http://bmcr.brynmawr. edu/2009/2009-09-46.html› [8.4.10]), así como gran frescura y originalidad en su concepción general, a partir del mismo título, cuyo arranque procede, según se hace constar en p. 21, de las célebres Leaves of Grass de Whitman («Song of myself», concretamente): «Do I contradict myself?... Es de gran interés el apartado dedicado a la definición del tipo de libro analizado, desde sus más remotos orígenes (pp. 38-48), tras haberse aludido a los estudios precedentes de mayor relevancia al respecto (pp. 31-37). Se trata de un útil y actualizado estado de la cuestión, que, en nuestra opinión, contrasta por su calidad con la mucho menos consistente exposición de principios que ocupa las pp. 25-31, con alegato a favor de la «New Philology», tendencia con la que la autora se considera solidaria. No nos parece que la perspectiva de «whole-book approach» sea tan novedosa como Nyström postula (p. 25), pues ya se halla implícita en realidad en múltiples trabajos de catalogación de décadas precedentes (consagrados, en tantas ocasiones, al estudio de materiales misceláneos, y no de «monolithic single-text books», p. 26); ni creemos que hoy deba argumentarse -como aún consideraba necesario hacerlo Delaissé en 1967, entre otros muchos-a favor de un análisis del manuscrito en sí (p. 27), pues se trata ya de una asunción científica plenamente consolidada; ni cabe quizá reivindicar en el presente una mayor atención hacia textos tradicionalmente considerados como menores, denostando un enfoque «aristocrático» que la codicología y la filología en general han dejado de practicar desde hace muchos lustros (p. Son cautelas felizmente superadas y que ya no parecen requerir advertencia: todo científico sabe hoy que, como Quintiliano señalaba, nihil in studiis paruum! La historia del manuscrito, hoy conservado entre los aproximadamente setenta y cinco griegos de la Universidad de Uppsala, se anticipa en pp. 22-25. Perteneció en su día a la Real Biblioteca de El Escorial, a la que pudo llegar procedente de Venecia (Matteo Dandolo) a través de Diego Guzmán (1573) -extremos que la autora no ha logrado verificar documentalmente (p. 6)-y de la que desapareció a raíz del incendio de 1671, llegando ca. 1690 a manos del donante, Johan Gabriel Sparwenfeld. El códice es descrito con gran detalle en pp. 49-113 («Bringing out the structure»), en sus 17 «codicological units», ofreciéndose así un utilísimo catálogo de intereses muy variados y que, en cierto modo, desdice felizmente el riesgo de un enfoque excesivo sobre la «contextuality» frente a la «textuality» más convencional (p. Se defiende su posible origen en la Creta de ca. 1480, dadas las conexiones del escriba con el entorno de Miguel Apostolio, más que en Constantinopla (como Rudberg postulaba en virtud de su afinidad con el Paris. Al copista Teodoro se debe el 99 % de la copia (p. 55); el resto se debe a las manos de Nicolás de la Torre (índice), de un copista A y de un copista B (sólo en latín, en ff. Como ya hemos indicado, la autora se proponía dar cuenta del códice en su conjunto, desde una hipótesis que resume en p. 8 is not a mere recueil factice, it has a creator, who is sensible to his task»; se trataría, por tanto, de una recopilación muy amplia de textos con un «master plan» (p. 117) por parte de Teodoro, su artífice o «timonel» (p. 263, pese a tratarse de un «professional scribe», según p. La función del códice parece desbordar con claridad la puramente lúdica (a la que se hace referencia, no obstante, en pp. 120,147,151,177), pero no resulta fácil emitir hipótesis que vayan más allá de esta constatación, aunque se presuma que la selección de textos que éste ofrece responde a una cierta premeditación e intencionalidad (pp. 151, 176-177). No hay indicios de que fuera un compendio de origen escolar, ni un libro de erudito, ni un ejemplar concebido para la venta (p. Se subraya, efectivamente, el carácter complejo del manuscrito («it contains multitudes», p. 179) y es mérito de la autora el de haber desbrozado en gran medida las posibles motivaciones de su contenido, que se nos presenta como «less chaotic» gracias a su labor (p. 263), aunque no llegue a dilucidarse plenamente cuál fue, en última instancia, su razón de ser (su íntima coherencia o -quizá más bien y sencillamente-su íntima contradicción, en consonancia con el lema whitmaniano que da título a la monografía). Por supuesto, esta circunstancia no invalida en modo alguno el excelente trabajo que aquí reseñamos, sino que lo justifica, reforzando sus muchos méritos. El libro, en su conjunto, puede servir de modelo para proyectos similares, en torno a otros códices, que serían muy bienvenidos. Como ya hemos indicado, la presentación es correctísima, máxime en una obra de tan compleja maquetación, y ofrece muy escasas erratas (así por ejemplo en p. 122, «Pierport» por «Pierpont», en p. 95: «círcolo» por «círculo», o en p. 328, en la entrada bibliográfica de nuestro Revilla, con tres insignificantes deslices ortográficos); buena muestra de la atención de la autora hacia el aspecto formal es la hoja volante con correcciones inserta entre pp. 73-74. Una extensa bibliografía y un útil índice (el cual incluye parte de los códices citados, bajo el lema «manuscripts») concluyen el libro.
En todo Hesíodo, que continúa en parte a Homero, pero también lo amplía, el concepto de "poder" está enraizado en el mundo divino; y dentro de él, está especialmente vinculado a Zeus. A veces Zeus está acompañado de los Titanes, y de otros dioses que poseen un poder triunfante. Otras veces, ciertos poderes son propios de algunas divinidades, divinidades especializadas, así del amor y de la palabra. Son divinidades ligadas a Zeus de una u otra forma: las divinidades eróticas y las del canto. Casi todo poder a nivel humano es interpretado como de origen divino; y toda inferioridad o derrota humana tiene su raíz en la superioridad de esas fuerzas divinas, por lo demás implantadas, a veces, entre las humanas. I. PLANTEAMIENTOS GENERALES 1. Origen del presente estudio. Es bien sabido que el tema del poder es central en toda la tragedia griega y, desde luego, en Esquilo, del que me he ocupado más especialmente en los últimos años. Al trabajar en los dos primeros volúmenes de este autor, ya publicados en la Colección Alma Mater, así como en la preparación del tercero -Agamenón y Coéforos -comprendí en toda su enorme dimensión la importancia que tiene el tema del poder: está unido a toda la acción de hombres y mujeres, al argumento y a toda la peripecia trágica. El estudio de Esquilo fue el que me llevó a recordar mis anteriores estudios semánticos del léxico griego que, en gran medida, están dedicados a temas de política y conducta humana. La tragedia no está aislada. Para conocer bien su pensamiento hay que conocer sus antecedentes en Homero y los líricos, sus paralelos en Heródoto, la discusión de sus temas, aunque sea para proponer soluciones contrarias, en la comedia, en los sofistas y socráticos, notablemente en Platón. De ahí me vino la idea de estudiar el tema del poder, sobre la base de un estudio semántico, en toda la Literatura griega de Homero a Platón. Éste es, naturalmente, un proyecto muy ambicioso que de ninguna manera podía yo realizar aquí. Pero sí se me ocurrían dos niveles, estudios parciales o preparatorios. Uno, el más amplio, que es el relativo a Homero, Hesíodo y los Líricos, que constituyen hasta cierto punto una unidad, aunque es claro el debate interno y la superación de las primeras posiciones. Otro, preparatorio de éste, sobre un tema más reducido aún: Hesíodo. Es un autor que tiene un corpus más limitado. Y, además, ofrece un interés grande: el de ver en qué medida continúa a Homero, en qué otra Hesíodo -o alguna obra o pasajes suyos -introducen modificaciones o avances. Y el de ver en qué medida anticipa el desarrollo posterior. Es absolutamente necesario estudiar la bibliografía pertinente, que a veces es general o afecta a varios géneros literarios, a veces es concreta de Hesíodo. Hay que estudiar, por ejemplo, en qué medida continúan siendo válidos el ideal del kléoj, la concepción de la acción humana como inspirada por la divinidad, la capacidad de abstracción, el desconocimiento de la unidad psicofísica, según ha sido estudiado entre otros, por Snell, Fränkel y Vernant. Y la humanización progresiva de conceptos como díkh y otros muchos 1. El estudio que emprendo presupone varios presupuestos. Entre otros, que el estudio del pensamiento griego implica el de su vocabulario. Es imposible penetrar en el pensamiento de los griegos con palabras que no sean las suyas, como no sea de un modo vago y generalizante. Y que no se pueden in-EMERITA. Estas son las raíces del estudio que presento aquí y que, reitero, es una primera muestra del que debería ser un estudio más amplio. Pero, pienso, que incluso este estudio reducido puede completar, matizar y, a veces, perfeccionar, las conclusiones de múltiples estudios anteriores, algunos citados más adelante, que me han sido de gran utilidad. Léxico a estudiar en un posible macroestudio. De una manera tentativa, acoto el léxico que tendría que considerarse en un posible macroestudio del cual este sería un inicio o preparación. Se trata solo de una aproximación general; comprende léxico que, por supuesto, no está aún en Hesíodo. Habría que completar esta primera aproximación: el estudio total debería ser por fases: la primera Hesíodo, la segunda Homero-Hesíodo-los líricos, la tercera toda la Literatura de Homero a Platón. Pero dejo aquí, esto me contento con una leve orientación. A continuación doy una enumeración tentativa del léxico relacionado, aunque sea parcialmente, con el campo del poder en la Literatura griega y que habría que considerar. Agrupo este léxico en subcampos. Claro está que para el tema del presente trabajo, daré más adelante una enumeración más restringida que solo afecta a Hesíodo. Los nombres de los subcampos son meramente tentativos. Se enumeran por un orden que va de lo divino a lo humano y de lo general a lo especializado. La intención es, simplemente, que se vea el lugar que ocupa Hesíodo dentro de este concepto más amplio. a) El poder que emana del poder triunfante: krátoj, dúnamij, monarxía, turanníj, despoteía. b) El poder de la astucia: dóloj,'páth, sófisma, mhxánhma, téxnh, panourgía. c) El poder del amor: oerwj, oeroj, póqoj, 1meroj, filía, eÑnoia, filandría. d) El poder de la belleza: kálloj, eÐmorfía, eÐprépeia, ñra, eÐfuÉj, eμdoj, kosméw,'skéw. e) El poder de la palabra: lógoj, mûqoj, 3⁄4noma, prófasij,'koÉ, peiqÓ, fÉmh, kléoj. f) El poder de la poesía: poíhsij,'oidój, poihtikÉ, oeph, mélh. g) El poder de la verdad:'lÉqeia, 1⁄2rqóthj, namérteia,'lhqÉj,'kribÉj,'yeu-dÉj,'lhqeúw,'yeudéw. h) El poder de la venganza: timwría, tísij, poinÉ, fqónoj. i) El poder del odio: fqónoj, dusxéreia,'hdía, mîsoj, oexqra, stúgoj. Revista de Lingüística y Filología Clásica (EM) -LXXIII 1, 2005 ISSN 0013-6662 j) El poder de la ocasión oportuna: kairój, eÐkairía,'formÉ, eÐmáreia, kairofulakéw. k) El poder de la conveniencia: kérdoj, lÊmma, ãféleia, 3⁄4nhsij, pleonecía, pleonékthma. l) El poder de la inteligencia: es un campo muy amplio y con muy diversos referentes. De ellos cito algunos: 1. La inteligencia como capacidad inmanente: noûj, gnÓmh, diánoia, frÉn, mnÉmh, yuxÉ, qumój, oennoia. La inteligencia en acción: sofía, frónhsij, súnesij, máqhsij, eÐmáqeia. La inteligencia como conocimiento: 3.1 Intelectual: špistÉmh, máqhma, gnÔsij, šmpeiría. 3.2 Sensorial: a2sqhsij, a2sqhma, gnÓmh, eÐboulía, súnesij. m) El poder de la autoridad legal:'rxÉ, nómoj, ±sonomía. n) El poder del autocontrol: aÐtonomía, aÐtarxía, šgkráteia. o) El poder procedente del estatus social: o ¶ ploúsioi, o ¶ oexontej, ploûtoj, o ¶ dunámenoi. Método de estudio del presente trabajo. El trabajo se refiere, como ha quedado dicho, a una parte del sistema general de subcampos semánticos, con solapamientos y oposiciones secundarias: el que se refiere a Hesíodo. Más adelante daré una reseña del mismo. El estudio se realiza a partir del griego, por lo que son imprescindibles los contextos, que a veces incluyen oposiciones. Precisamente por el interés del contexto he añadido traducciones al español, pero el estudio se centra exclusivamente en la lengua de entrada, el griego, no en nociones que pertenecen a la lengua de salida. El nombre y el verbo suelen integrar el núcleo del subcampo semántico; el adjetivo amplía mucho ese núcleo, introduciendo usos derivados o desviados. Como se verá, el poder es a veces patrimonio de dioses: hay que ver de cuál o de cuáles concretamente. Entre ellos aparecen a veces las hipóstasis a que he hecho referencia, que ya no son cosa de los dioses, pueden referirse a los héroes o bien aparecen autónomas o acaban por humanizarse. Por ejemplo krátoj es patrimonio fundamentalmente de Zeus, pertenece a su fúsij divina, que aúna fuerza física, autoridad, soberanía; a su vez Zeus la otorga a Hécate y a algunos héroes, pero héroes muy especialmente relacionados con él. Hay diferencias entre obras y pasajes: una cosa es la Teogonía y otra Trabajos y días; pero los proemios están próximos y los mitos iniciales de Trabajos y Días comportan cosas semejantes a las de la Teogonía. A veces es difícil obtener conclusiones, debido a la escasez de datos: un solo pasaje, por ejemplo. O bien se trata del Escudo, de autenticidad dudosa. También crean problemas los fragmentos. He realizado mi estudio organizándolo por distribuciones, pero no me he dejado encorsetar en modo alguno por este criterio, a veces hay que acudir al contexto lejano. O sea, estudio, dentro de cada subcampo, las palabras una a una, establezco los datos contextuales del pasaje en cuestión, obtengo una conclusión esquemática y trato de obtener, al final, una conclusión parcial para cada subcampo. Al final, a partir de ellas, propongo una conclusión general. Conclusión que habrá que contrastar, en día, con otros niveles dentro de la Literatura griega. Rejilla de los términos con connotación de poder que se encuentran en Hesíodo a) El poder que emana de la superioridad triunfante: krátoj, kraterój, kratéw. b) El poder de la capacidad: dúnamij. c) El poder que emana del amor: 1Imeroj, 1meroj, ¶meróen, ¶mertój, ¶meírw / 4Eroj, oeroj, šróeij, šratój, šrateinój, šráw, oeramai / póqoj / Filóthj, filóthj. d) El poder de la belleza: kálloj, kalój. e) El poder de la astucia: dóloj, dólioj, dolów / MÊtij, mÊtij, mhxanÉ, mhtióeij, mhxanáw / téxnh. f) El poder de la palabra: fÉmh, fhmízw / kléoj, kleíw /'oidój,'oidÉ,'eídw. g) El poder de las fuerzas del espíritu. La inteligencia como capacidad inmanente: nóoj, nóhma, noéw, frÉn, fronéw, yuxÉ, qumój. h) El poder de la justicia: Díkh, díkh, díkaioj, dikázw. i) El poder que emana del estatus social: ploûtoj, ploutéw. 437 -Contexto: Pertenece al himno a Hécate: ella asiste a las nobles que compiten en los juegos y vence el que es superior en fuerza y poderío. Texto: «Allí la diosa asiste y ayuda (a los varones) y el vencedor en fuerza y poderlo (bíh7 kaì kártei), fácilmente y contento se lleva un magnífico premio». Coordina bíh7 kaì kártei y es dicción formular. Zeus otorga krátoj no solo a los héroes, sino a Hécate, que a su vez la otorga a los nobles atletas. Es un pasaje curioso porque Zeus también otorga a Hécate dúnamij y esta diosa ctónica no figura en Homero. 647 -Contexto: El pasaje pertenece a la Titanomaquia; en él Zeus se dirige a los demás dioses. Texto: «Escuchadme, ilustres hijos de Gea y Urano... unos con otros luchamos largamente cada día por la victoria y el poder (níkhj kaì kráteoj) los dioses Titanes y los que nacimos de Crono». 662 -Contexto: El pasaje pertenece también a la Titanomaquia. Habla Coto en respuesta a Zeus. Texto: «Por ello también, con corazón firme y resuelta decisión, defenderemos tu poder (krátoj) en terrible batalla luchando con los Titanes en encarnizadas refriegas». Quien ostenta el poder (krátoj) es Zeus exclusivamente. 312 -Contexto: Descendientes de Ceto y Forcis. Texto: «En segundo lugar tuvo un prodigioso hijo Cerbero... de cincuenta cabezas, despiadado y poderoso ('naidéa te kraterón te)». A él se refiere, pues, el adjetivo. 320 -Contexto: Descendientes de Ceto y Forcis. Texto: «(La Hidra) parió a la Quimera... terrible, enorme, ágil y poderosa (po-dÓkeá te kraterÉn te)». A la Quimera se refeiere, pues, el adjetivo. Texto: «Pues sabía (Crono) por Gea y el estrellado Urano que era su destino sucumbir a manos de su propio hijo, por poderoso que fuera (kraterÔ7 per šónti) por designio del gran Zeus». El adjetivo se refiere, pues, a Crono. Texto: «Atlas sostiene el vasto cielo a causa de una poderosa fatalidad (kra-terÊj 8up''nágkhj)». El adjetivo se refiere a'nágkh, de la SCP de los abstractos, pero en conexión con el mundo divino. Coto y Giges) los aprisionó una poderosa cadena (kraterÔ7... desmÔ7 )». 670: Referido a los Titanes "poderosos" (deinoí te krateroí). 824: Referido a Tifeo "poderoso" (pódej'kámatoi krateroû qeoû). 52: Referido a Heracles "poderoso" (deinón te kraterón te, bíhn 8Hraklheíhn). 101: Referido a Ares "poderoso" (Ãj... kráterój per šÓn). Pero krátoj une al concepto de fuerza y triunfo el de una legitimidad, la de Zeus en definitiva. En eso se diferencia de bíh, sqénoj, etc. El nombre y el verbo cubren una esfera semántica nuclear de superioridad triunfante, fuerza física, legitimidad divina. Todo ello está en Zeus -y siempre en la Teogonía, salvo en el Escudo, donde se le adjudica a Heracles. Es importante tener en cuenta que Zeus confiere el krátoj, o bien se dice que lo tienen, solo a seres primordiales -los Titanes, por ejemplo -, Hécate y su hijo Heracles. Tenernos, pues, el krátoj de las divinidades primordiales y el de Zeus, que viene de ellas; pero el krátoj de Zeus es mayor, triunfa, y puede otorgarlo, aunque lo hace muy restrictivamente. Lo significativo es que el adjetivo kraterój mantiene esa esfera nuclear: son krateroí los dioses primordiales y algún héroe. Pero el adjetivo ha extendido ese núcleo del siguiente modo: La casilla del adjetivo está vacío, la del verbo posee una semántica diferente. Se refiere a SCP de nombres abstractos: ánágkh, ±sxúj, ménoj de héroes y dioses. O sea, a elementos su noción es la de que hace krateroí, poderosos, a quienes la poseen. Más al margen del núcleo quedan los casos en que kraterój se refiere a SCP concretas: 3⁄4nuxej, desmój, ×smính tienen "fuerza", esa noción los aparta de la noción de "capacidad" de dúnamij y también los desvía de la noción nuclear de kraterój. Pero solo en cierto modo, ya que las fuertes refriegas, la fuerte atadura, o las fuertes garras del león tienen por objeto imponer su poder. Hay solapamiento de esferas entre krátoj y dúnamij. Posee dúnamij Zeus, que se la otorga a Hécate y a Ceix. El término, como es sabido tiene un amplio e importante desarrollo secundario. El verbo en todos los casos en los que aparece, ocho en total, significa'ser capaz de, poder hacer algo', constituyendo perífrasis con infinitivo. El poder que emana del vigor, de la fuerza física, de las fuerzas de la naturaleza. Están vacías en los tres lemas las casillas del adjetivo, en las dos primeras las del verbo. Nombres: sqénoj, ±sxúj, ménoj 5. sqénoj Dejo al margen los usos perifrásticos con un nombre propio de persona en genitivo, que serían conmutables por "el vigoroso Heracles", por ejemplo del tipo sqénoj 9Wríwnoj Op. Ménoj se refiere a Zeus y en los dos casos es un concepto espiritual. Hay casi una hendiadis, en la que el segundo miembro explicita que ménoj donde mora es en frénej. Bíh, con una noción física y otra moral, más bien debida a los contextos, aquí, pienso, está atraída al campo semántico de ménoj y su noción es de índole espiritual, no de fuerza física. Los dos aparecen una sola vez: 361: Referido a Neleo, que se enfrentó a Heracles con ansia incontenible (máxhj... meneaínwn). 368: Referido a Cicno, que frente a Heracles, no sintió el impulso de detener sus caballos (oÐd'... De todos estos nombres el más frecuente es ménoj, el único que tiene lle-EMERITA. na la casilla del verbo -ninguno tiene llena la del adjetivo. Se refieren al poder físico, pero conectado con la fuerza del alma, el ímpetu agresivo y guerrero; hay una cierta aproximación a krátoj, pera falta el matiz de la legalidad. Representa lo más esencial e íntimo de los dioses y seres a que se atribuyen. En el caso de sqénoj, se trata de Orión, Pandora, Idomeneo -en Trabajos y días y en un fragmento -y de los caballos -en Escudo -, con baja frecuencia. En el caso de ±sxúj, se refiere a las Cíclopes y Ciembrazos, monstruos arcaicas -en Teogonía -, en solo dos pasajes. Como he dicho, ménoj es el término más frecuente y a su lado está el verbo menoináw. Se refiere sobre toda a Zeus, también a Atenea, su hija, también a un héroe, Heracles, hijo de Zeus igualmente. También a su enemigo Tifón y a los héroes Neleo y Cicno. Pero se extiende a animales y seres mitificados o usados en comparaciones -un toro se compara con Tifón, las serpientes están vinculadas a la Gorgona, a los caballos de Iolao, al Sol, al fuego relacionado con la Quimera, a un león comparado con Ares, a los vientos. Casi siempre los pasajes son de Teogonía y el Escudo, salvo en un uso ya derivado en Trabajos y Días. Sqénoj está vinculado al mundo de las dioses y monstruos arcaicos y al de los animales míticos relacionadas con ellos, siempre a partir de Zeus. Pero no llega a la esfera humana, como tampoco llegaba krátoj. Texto: «La monstruosa Gea se alegró mucha en su corazón y le apostó secretamente una emboscada. Puso en sus manos una hoz de agudos dientes y disimuló perfectamente todo el engaño (dólon)». Texto: «(Prometeo) habló ciertamente can falsos pensamientos (dolofronéwn). Y Zeus, sabedor de inmortales designios, conoció y no ignoró el engaño (dólon)». Se refiere a SCP concreta: el engaño o trampa son los huesos recubiertos de grasa. 889 -Contexto: Hijas de Zeus con diosas. Texto: «Pero cuando ya faltaba poco para parir a la diosa de ojos glaucos Atena, engañando su espíritu con ladinas palabras, con engaño (dólw7 ) se la tragó». 30 -Contexto: Eea de Alcmena. Texto: «Se lanzó (Zeus) desde el Olimpo mientras en secreto meditaba un engaño en su corazón (dólon), ansioso por el amor de una mujer de bella cintura». Como adjetivo siempre califica a téxnh. Se trata de la intención de Prometeo al ofrecer a Zeus los huesos de buey recubiertos de grasa (dolíh7 špì téxnh7 ). Se refiere a su conducta al ofrecer a Zeus los huesos recubiertos de grasa (dolíhj d' oÐ lÉqeto téxnhj). Se encuentra otras cinco veces: Th. En un caso el sujeto es Gea, en las otros cuatro es Prometeo. 497: El agentivo es Gea, el receptor del engaño (dolwqeíj) es Crono. Se trata de la piedra por la que Gea sustituye a su hijo Zeus. 33a18: Se refiere a los muchos dones que Posidón otorgó a Periclímena, dones que después lo engañaron por voluntad de Atenea (eμxe dè dÔra /... tá min kaì oepeita dólwse / boulÊ7 9Aqhnaíhj). Texto: «Pero cuando (Rea) ya estaba a punto de dar a luz a Zeus... entonces suplicó enseguida a sus padres, que la ayudaran a urdir un plan para tener ocultamente el parto de su hijo (litáneue... / mÊtin sumfrássasqai, Ápwj leláqoito tekoûsa)». 28 -Contexto: Eea de Alcmena. Texto: «Por su parte, el padre de hombres y dioses urdía otro plan en su corazón, con la idea de engendrar un defensor contra el mal para dioses y hombres (patÈr d''ndrÔn te qeÔn te / ƒllhn mÊtin Øfaine metà fresín)». En este caso y el anterior quienes llevan a efecto una mÊtin son los dioses. Nombre: mÉdea Siempre en acusativo plural como en Homero y nueve de doce apariciones en la formula mÉdea e±dÓj. En la fórmula citada referido a Zeus, a Prometeo y a Odiseo solamente en Th. De las otras tres apariciones, en dos se refiere a Zeus (Th. La noción es siempre la de "pensamiento astuto". Es epíteto de Zeus en todos los pasajes: Th. La noción es la de "pensamiento astuto". Texto: «¡Hijos míos y de soberbio padre! Si quereis seguir mis instrucciones, podremos vengar el cruel ultraje de muestro padre; pues fue él el primero en maquinar odiosas acciones (próteroj gàr'eikéa mÉsato oerga)». Texto: «(Zeus) urdió lamentables inquietudes para las hombres ('nqrÓpoisin šmÉsato kÉdea lugrá)». Texto: «(Zeus) allí sentado meditaba en su corazón obras extraordinarias (fresì mÉdeto qéskela oerga)». Texto: «Eran Cíclopes de nombre... el vigor, la fuerza y los recursos habilidosos presidían sus actos (±sxùj d' ¤dè bíh kaì mhxanaì ©san šp' oergoij)». Todos estos términos están exclusivamente en los pasajes referidos a la castración de Urano, a Prometeo y a Pandora, además en los pasajes de los engaños de Zeus a Hera para unirse a una mujer. Quienes hacen usa de la astucia para obtener sus objetivos son los dioses. Pandora es un dóloj, un instrumento de los dioses. Dóloj y, sobre todo, dólioj, y también dolów están limitados a un círculo restringido de dioses y de personajes primordiales, tanto en la Teogonía como en el proemio de Trabajos y Días; la excepción es Periclímeno, pero lo que se dice, en un fragmento, es que es engañado. MÊtij es una Oceánida, hija de Océano y Tetis, es una divinidad de la primera generación; primera esposa o amante de Zeus 6. Es la personificación de la Inteligencia astuta, sagaz e incluso pérfida. Metis le dio a Crono la droga que lo obligó a devolver todos los hijos que había tragado. Luego, estando Metis encinta, Gea y Urano anunciaron a Zeus que después de haberle dado una hija le daría un hijo que, más tarde, lo destronaría como él había hecho con Crono. Entonces, por consejo de Gea, Zeus se tragó a Metis, y así fue él quien dio a luz a Atenea. Zeus asume pues las poderes de Metis, de ahí muchos de sus epítetos. Además, en composición mÊtij se aplica sobre todo a Prometeo, Odiseo, Quirón, alguna vez a Posidón y a Hermes. El nombre mÉdea se da siempre en acusativo plural, como en Homero, y nueve de doce apariciones en la fórmula mÉdea e±dÓj. Siempre es epíteto de Zeus. La noción en las tres Clases de palabras (CP) es la misma: la de la inteligencia vinculada a la astucia. Se encuentra una sola vez el nombre, en coordinación con ±sxúj y con bíh. Frente a la materialidad de la fuerza física significada por ±sxúj y bíh, expresa una noción más abstracta, es "recurso astuto". Quienes la ponen en acción son los Cíclopes. No se puede ver si hay casos de solapamiento can dóloj porque no tenemos datos en Hesíodo. Sus sujetos son nombres de dioses: Zeúj, Poseidáwn y los dioses en general: qeoì aÐtoí (cf. Th. En todos los casos es 'quedar apresado en el amor'. Pertenece a un campo más amplio y comunitario que oeroj y 1meroj. La noción es la de las relaciones amistosas. El mismo sentido tiene en Op. En el resto de los pasajes, treinta y tres en total entre Th., Op. y Fr., el término se da en dicciones formulares con migeîsa, mixqeîsa, ×podmhqeîsa, eÐnhqeîsa, mígh, míxqh, migÉmenai. Y la noción es la de amor carnal, relaciones sexuales. O bien en unión a eÐnÉ, šratÉ, šfímeroj y glukerÉ, con la misma noción de "amor carnal", "relaciones sexuales". Hay que distinguir entre oeroj y oerwj. Como krátoj, son ambiguos: a veces son un dios, pero más bien una abstracción o hipóstasis que un dios de culto, igual que las demás Wesenheiten. Es un dios nacido de Caos, presencia el nacimiento de Afrodita y todo el proceso de la generación cósmica y divina, también es una propiedad o esencia de las deidades y algo que reside en éstas y obra sobre los varones, que se enamoran de las mujeres. Su poder consiste en que "debilita los miembros", es kállistoj. Hay una dicotomía entre oeroj y oerwj que radica en la oposición dios / esencia. O sea: se trata de un poder especializado en un dios personal o en una cualidad de ciertas diosas y mujeres bellas, actúa sobre los hombres. Está aparte de Zeus, su poder es autónomo y se manifiesta en el dominio sobre EMERITA. Revista de Lingüística y Filología Clásica (EM) -LXXIII 1, 2005 ISSN 0013-6662 dioses y hombres, pero solo en el sentido de llevarlos al lecho de diosas o mujeres y a la generación. Los adjetivos, nada menos que tres, son casi siempre de diosas -Afrodita, Demeter -unidas a la generación, y de Musas, Nereidas, etc. Se extiende a las labores del campo: actividades también, en cierto sentido, femeninas. Acompaña a filóthj, el acto sexual. Los sentidos derivados se acercan a ese mismo sentido "amable, deseable". Lo más llamativo es que el verbo, en voz activa y media, siempre tiene como sujetos a los dioses -Zeus, Posidón -que se enamoran. Siempre se encuentra en la Teogonía. Hímeros va, a veces, unido a oeroj, así en Teogonía 271 -referido al nacimiento de Afrodita. Es también un dios que acompaña a las Gracias en sus danzas (Th. 64) y está cercano a las Musas. También es kalój, pero no kállistoj como oeroj. Tiene un sentido más amplio que oeroj, el de "anhelo apasionado", de algo que no es necesariamente la unión amorosa, es este el sentido que el término tiene en Op. Los adjetivos cubren el misma campo semántico que el nombre. Solo la Teogonía se da ¶mertój -dicho de unas coronas -y ¶meróeij -referido a coros de las Musas. No obstante no solo se refieren a diosas y a las Musas, sino también a gámoj y a pólij. En lo que se refiere al verbo, lleva sujeto masculino y significa 'desear', siempre la boda. Se trata de dos familias de palabras prácticamente sinónimas, relacionadas con el atractivo del dios o las diosas y mujeres, propiciando la generación y con el deseo masculino de ello. En los dos casos, se ha desarrollada una extensión del sentido, hacia 'deseable','amable', pero siempre desde los mismos puntos de partida nucleares. En póqoj están vacías las casillas del adjetivo y el verbo, y hay un solo ejemplo. En él póqoj se solapa como zona restringida de la esfera de 1meroj 'anhelo apasionado de amor'. El ámbito del sustantivo filóthj en todas sus apariciones, salvo una, se refiere a la unión sexual, a la consumación de 1meroj y de oeroj. 651, este campo se solapa con el de fíloj, filéw, que es mucho más amplio que el de la pasión amorosa: abarca la esfera de la familia, de la amistad, de la predilección de los dioses por determinadas héroes, etc. Sobre Dione hay varias versiones, es desde luego una diosa, probablemente de la primera generación divina. Se la considera hija de Urano y Gea y hermana de Temis y Rea. O bien es una Oceánida, hija de Oceano y Tetis, según otra versión. A veces se sitúa entre las hijas de Atlante. En otra tradición se le atribuye la maternidad de Afrodita. El poder de la belleza. Adjetivo kalój Está vacía la casilla del verbo Texto: «de Amicla... que tenía una belleza recibida de los dioses (qeÔn ƒpo kálloj oexousan)». Texto: «O como la que en Ptía, con una hermosura recibida de las Gracias (Xarítwn ƒpo kálloj oexousa) al lado del agua del Peneo vivía, la hermosa Cirene». Referido a personas individuales o constituyendo un como y a personificaciones. 8 -Contexto: Primer proemio de la Teogonía. Texto: «(Las Musas del Helicón) forman bellos y seductores coros (xoroùj šne-poiÉsanto, / kaloùj ¶meróentaj)». Se trata de un como de diosas, hijas de Mnemósine y de Zeus. 17 -Contexto: Primer proemio de la Teogonía. Texto: «(las Musas del Helicón) entonando cantos a... la bella Dione (kalÉn te DiÓnhn)» 7. 22 -Contexto: Primer proemio de la Teogonía, Musas del Helicón. Texto: «Ellas (las Musas) precisamente enseñaron una vez a Hesíodo un bello canto (kalÈn šdídacan'oidÉn)». El poeta recibe la belleza de su canto como don de las diosas. 194 -Contexto: Mito de la castración de Urano. Texto: «Salió la augusta y bella diosa (Afrodita) (šk d' oebh a±doíh kalÈ qeój)». La belleza es atributo de la diosa del amor. 201 -Contexto: Mito de la castración de Urano. Texto: «La acompañó (a Afrodita) Eros y la siguió el bello Himero (kaì 1Imeroj oespeto kalój)». Eros y Hímero, unidos entre sí, lo están a su vez a Afrodita. Texto: «Luego que (Hefesto) preparó el bello mal, a cambio de un bien (teûce kalòn kakòn 'nt''gaqoîo) la llevó donde estaban los demás dioses y los hombres». 63 -Contexto: Mito de Prometeo y Pandora. Texto: «(Zeus)... ordenó (a Hefesto)... infundirle voz y vida humana y que se pareciera en su rostro encantador a las diosas inmortales (parqenikÊj kalòn eμdoj špÉraton)». El sustantivo es muy infrecuente; el adjetivo es más frecuente. En el plano del sustantivo poseen el poder que ejerce la belleza una heroína y una ninfa, que reciben ese don de los dioses y de las Gracias, cuyo patrimonio es la belleza y que son, tal vez, en su origen potencias de la vegetación. La esfera del adjetivo es más amplia. Se refiere: En realidad oeroj, 1meroj, kálloj con sus adjetivos son términos que forman sistema, esto se desarrolla con más claridad en Safo. 176,2: «Afrodita de amable sonrisa, tras verlas (a las hijas de Tíndaro), se puso celosa de ellas y las zambulló en una mala fama (tÊ7 sin dè filommeídhj 9Afrodíth / ¤gásqh prosidoûsa, kakÊ7 dé sf' oembale fÉmh7 )». Verbo: fhmízw Ya recogida bajo el lema fÉmh en Op. Sustantivo: KleiÓ, kléoj KleiÓ: Es una de las nueve Musas, hija de Zeus y Mnemósine. Los comentaristas y escoliastas antiguos de Hesíodo le atribuyeron la invención de la retórica, o el de la filosofía. 100 -Contexto: acciones de las Musas entre los hombres. Texto: «Pues si alguien, víctima de una desgracia, con el alma recién desgarrada se consume afligido en su corazón, luego que un aedo servidor de las Musas cante las gestas de los antiguos ('oidòj / Mousáwn qerápwn kleîa protérwn'nqrÓpwn / ×mnÉsei)». Son los aedos, inspirados por las Musas, los que celebran las glorias de los héroes antiguos. 530 -Contexto: hijos de Japeto y Clímene. Texto: «La mató (al águila) Heracles, ilustre hijo de Alcmena... y libró de sus enormes tormentos al Japetónida, dando fin a sus sufrimientos no sin el consentimiento de Zeus olímpico..., sino para que la fama (kléoj) de Heracles nacido en Tebas fuera mayor todavía que antes sobre la tierra fecunda». Quien goza de kléoj es un semidiós, Heracles. 107 -Contexto: Diálogo Heracles -Iolao. Texto: «Respondióle (a Heracles) el intachable Iolao: ¡Venerable amigo! Sin duda que el padre de hombres y dioses honra tu persona; y el dios de cabeza de toro, Ennosigeo... por cuanto ahora traen a tus manos este mortal, principal y poderoso, para que logres noble fama (1na kléoj šsqlòn ƒrhai)». Quien propicia la gloria a un héroe es Zeus. 70, 5 -Contexto: mito de Atamante y los Atamántidas. Texto: «(a Atamante) en el palacio dejó... y agradó a los inmortales, pues honor le había dado el padre de hombres y dioses... para que tuviera gloria inmortal (kléoj ƒfqiton)». Zeus propicia gloria a un héroe. 105 -Contexto: Invocación y programa. Texto: «¡Salud, hijas de Zeus! Otorgadme el hechizo de vuestra canto. Celebrad la estirpe sagrada de los sempiternos Inmotales (kleíete d''qanátwn ¶eròn génoj)». Las Musas, a través de la súplica del poeta, proclaman el renombre de la raza divina. Texto: «Musas de la Pieria que con vuestros cantos prodigais la gloria, venid aquí, invocad a Zeus (Moûsai Pieríhqen'oidÊ7 si kleíousai, / deûte Dí' šnnépete)». Son las Musas, que tienen el poder de la memoria (mimnÉ7 skw) por haber sido testigos presenciales de las hechos (oμda), y el aedo inspirado por ellas quienes proclaman la gloria de todos los dioses y en su cumbre la de Zeus. 95 -Contexto: Acción de las Musas entre los hombres. Texto: «De las Musas y del flechador Apolo descienden los aedos y los citaristas que hay sobre la tierra; y de Zeus los reyes (šk gár toi Mouséwn kaì... 99 -Contexto: Acción de las Musas entre las hombres. Texto: «Pues si alguien, víctima de una desgracia, con el alma recién desgarrada Los poetas celebran al héroe muerto Lino con cantos fúnebres, pidiendo su vuelta. Es sabido que se trata de un dios-héroe de la fecundidad, que personifica al lino. Aparece en la lírica popular y Esquilo conserva el refrán del coro en Agamenón 121 etc.: a2linon, a2linon e±pé. 9 Se trata de un escolio a Píndaro, Nemea II, 1. Evoca el ambiente de la fiesta religiosa en la que se mezclan competiciones poéticas con las deportivas. Recuérdese también el Himno a Apolo, que describe la fiesta espléndidamente y muy en concreto el pasaje en que las Delíades dicen que el cantor que más las deleita es «un ciego que habita en la abrupta Quíos. Todos sus cantos son por siempre los mejores... yo por mi parte no cesaré de celebrar con mis himnos al certero flechador, Apolo, el de arco de plata, al que parió Leto, la de hermosa cabellera» (vv. Revista de Lingüística y Filología Clásica (EM) -LXXIII 1, 2005 ISSN 0013-6662 se consume afligido en su corazón, luego que un aedo servidor de las Musas (aÐtàr'oidòj / Mousáwn qerápwn) canta las gestas de los antiguos y ensalza a los felices dioses que habitan el Olimpo, al punto olvida aquél sus penas y ya no se acuerda de ninguna desgracia». El poder de la poesía es un encantamiento para los sentimientos. 208 -Contexto: Fábula del halcón y el ruiseñor. Ahora te tiene en su poder uno mucha más poderoso. Irás a donde yo te lleve por muy cantor que seas (tÊ7 d' eμj ®7 s' "n šgÓ per ƒgw kaì' oidòn šoûsan) y me servirás de comida». Se trata de un fragmento extraordinariamente interesante y único, donde se llama poeta al ruiseñor. Texto: «Y Urania entonces dio a luz a Lino, hijo muy amado, al que en verdad todos las aedos y citaristas mortales que existen (Ásoi brotoí e±sin'oidoì kaì kiqaristaí) celebran con trenos en los banquetes y coros» 8. Fr.357, 1: «Entonces, por primera vez, Homero y yo, aedos, en Delos celebramos a Febo Apolo de la espada de oro, al que Leda diera a luz» 9.'oidÉ Recojo aquí solamente los pasajes que no figuran ya recogidos en kléoj, kleíw, ni en kalój, ni en ¶meróeij. 917 -Contexto: Hijos de Zeus con diosas. Texto: «También hizo el amor a Mnemósine de hermosos cabellos y de ella nacieron las nueve Musas de dorada frente a las que encantan las fiestas y el placer del canto (tÊ7 sin Šdon qalíai kaì téryij'oidÊj)». Texto: «Cuando el cardo florece y la cantora cigarra, posada en el árbol, derrama sin cesar por debajo de las alas su aguda canto (téttic / ligurÈn kataxeúet''oi-dÈn), en la estación del agotador verano». De nuevo, como en el caso del ruiseñor, es muy interesante la aplicación de'oidÉ a la cigarra. Es este hecho el que se refleja en los pasajes en los que aparece, dos en Trabajos y días: es imposible de detener, la envía Afrodita por celos. Solo aparece en Trabajos y Días en el mundo humano, no en los pasajes genealógicos de la Teogonía. También kléoj tiene origen divino. Lo patrocina una diosa KleiÓ. Aquí se ha creado una forma femenina -Feme ya lo era. Tenemos los pasajes en los que es Zeus el que la procura a su hijo Heracles, a Atamante y en que el que la celebran las Musas, hijas de Zeus: todo ello se mueve en la misma esfera. Es congruente el adjetivo kleitój: son los Titanes, servidores de Zeus, también héroes, y la antigua, gloriosa ciudad de Yolcos. En cuanto al verbo kleíw, se refiere a las Musas, que celebran la gloria de los dioses y los héroes, y a los poetas inspirados por las Musas. Es interesante hacer ver que siempre se trata de pasajes épicos en Teogonía y el Escudo; pero también de los proemios de las dos obras. Es el mundo de la gloria antigua, enviada por Zeus, celebrada por las Musas sus hijas y par los poetas inspirados por ellas. 9Aoidój,'oidÉ y' eídw ya no se refieren directamente a Zeus, pero sí a las Musas y a Apolo, y también a los aedos, sus servidores. 9AoidÉ es el canto de las Musas, el de Hesíodo en su iniciación y el de los aedos; hay una extensión al ruiseñor y a la cigarra. Las aedos están en el mundo de la divino: reciben inspiración, funcionan casi como las Musas y conocen el pasado y el futuro 10. Todo ello se refiere a un dominio especifico, regido por Zeus: es una de las ramas del poder total que desciende él. Hay un complejo que incluye a Zeus, las Musas, los poetas, los héroes y reyes. Pero se dan especializaciones: kléoj es el término central, está en relación con las antiguas glorias de dioses y héroes, glorias inspiradas por Zeus; fÉmh se refiere al presente y no tiene implicación positiva, puede ser negativa, no se la relaciona con Zeus, es bien autónoma, bien enviada por un dios -aquí se menciona a Afrodita, pero es un caso particular. En cuanto a'oidój, etc., son términos subordinados al kléoj, pero reducidos a las Musas y poetas. 323 -Contexto: Máximas sobre el trabajo. Texto: «No las riquezas robadas..., pues si alguien con sus propias manos quita a la fuerza una gran fortuna... cuando el deseo de lucro hace perder la cabeza a los hombres (eÖt' "n dÈ kérdoj nóon šcapatÉsh7 )». Referido a los hombres en general. Es igualmente generalizante y gnómico. 373 -Contexto: Sobre la mujer y el trabajo. Texto: «que no te haga perder la cabeza una mujer de trasero emperifollado (mhdè gunÉ se nóon pugostóloj šcapatátw)». Texto: «Distinta es en cada ocasión la voluntad de Zeus..., y difícil para los hombres mortales conocerla (ƒllote d''lloîoj Zhnòj nóoj... /'rgaléoj d' ƒndressi... noÊsai)». El nóoj es referido a Zeus y a su conocimiento casi incognoscible para el hombre. 661 -Contexto: Calendario de la navegación. Texto: «Te diré la voluntad (nóoj) de Zeus..., pues las Musas me enseñaron a cantar un himno extraordinario». 685 -Contexto: Calendario de la navegación. Texto: «Esta es la navegación de primavera. Yo no la apruebo, pues no es grata a mi corazón; hay que cogerla en su momento y difícilmente se puede esquivar la desgracia. Pero ahora también los hombres la practican por su falta de nóoj». Se refiere, como lo hace sistemáticamente, al hombre en general. 714 -Contexto: Consejos de conducta. Texto: «El hombre ruin se busca un amigo diferente en cada ocasión. Nunca tu pensamiento desmienta tu rostro (sè dè mÉ ti nóoj katelegxétw eμdoj)». Texto: «En el gran Veinte, día lleno de sentido, que nazca el juez; pues resultará de mente muy equilibrada (mála gár te nóon pepukasménoj oestai)». Es estilo gnómico, como es sistemático. 5 -Contexto: Eea de Alcmena. Texto: «Ella superaba sin duda a toda la especie de femeninas mujeres en aspecto y estatura; y, aún más, en espçiritu ninguna era su rival de cuantas mortales parieron hijos para los mortales acostándose con ellos (nóon ge mèn oÑ tij oerize / táwn...)». 149 -Contexto: La descripción del escudo: Monstruos. Texto: «Sobre su horrenda frente (la de la serpiente), la prodigiosa Eris revoloteaba incitando al tumulto de guerreros. ¡Cruel ella que arrebata la razón y voluntad de los hombres! (deinÈ 4Erij... / sxetlíh, ¬ a nóon te kaì šk frénaj e1leto fwtÔn)». No nos descubres cosas ignoradas, sino que también nosotros sabemos cuán excelentes son tus pensamientos y tu inteligencia (2dmen Á toi perì mèn prapídej, perì d' šstì nóhma)». Texto: «En su lugar una segunda estirpe mucho peor, de plata, crearon después los que habitan las mansiones olímpicas, no comparable a la de oro ni en aspecto ni en inteligencia (xruséw7 oÑte fuÈn šnalígkion oÑte nóhma)». Referido a la raza de plata, inferior a la de oro en nóhma. 222 -Contexto: Perseo y las Gorgonas. Texto: «Aquel (Perseo) volaba igual que el pensamiento (Ã d' ñj te nóhm' špotâto)». Referido, metafóricamente, a Perseo. Texto: «Aquél (Cronos) la agarró (la piedra) entonces con sus manos y la introdujo en su estómago, ¡desgraciado! No advirtió en su corazón que, a cambio de la piedra se le quedaba para el futuro su... hijo (oÐd' šnóhse metà fresín, ñj o ¶ 1⁄2píssw /'ntì líqou ¡òj u ¶òj... / leípeq'...)». Texto: «Y tal vez (Tifón) hubiera realizado una hazaña casi imposible aquel día y hubiera reinado entre mortales e inmortales, de no haber sida tan penetrante la inteligencia del padre de hombres y dioses (kaí ken Á ge... ƒnacen / e± mÈ ƒr' 1⁄2cù nóhse patÈr'ndrÔn te qeÔn te)». 12 -Contexto: Las dos Erides. Texto: «No era en realidad una sola la raza de las Erides, sino que existen dos sobre la tierra. A una, todo aquél que logre comprenderla la bendecirá (tÈn mén (la Eris benéfica, la que no es deinÉ) ken špainÉseie noÉsaj)». Referido al género humano en general. 89 -Contexto: Mito de Prometeo y Pandora. Texto: «Y no se cuidó Epimeteo de que le había advertido Prometeo no aceptar jamás un regalo de manos de Zeus Olímpico, sino devolverlo acto seguido para que nunca sobreviniera una desgracia a las mortales. Luego cayó en la cuenta el que lo aceptó, cuando ya era desgraciado (Áte dÈ kakòn eμx', šnóhse)». 261 -Contexto: Fábula del halcón y el ruiseñor. Texto: «(Díkh) proclama a voces el propósito de los hombres injustos para que el pueblo castigue la loca presunción de los reyes que, tramando mezquindades, desvían en mal sentido sus veredictos (3⁄4fr''poteísh7 / dÊmoj'tasqalíaj basiléwn oo lugrà noeûntej / ƒllh7 parklínwsi díkaj)». Referido a las basileîj. 267 -Contexto: Fábula del halcón y el ruiseñor. Texto: «El ojo de Zeus que todo lo ve y todo lo entiende (pánta ±dÒn Diòj 1⁄2fqalmòj kaì pánta noÉsaj)». 286 -Contexto: Proemio sobre el trabajo. Texto: «Yo que sé lo que te conviene... te lo diré (soì d' šgÒ šsqlà noéwn šréw)». El poeta se refiere a si mismo. 293 -Contexto: Proemio sobre el trabajo. Texto: «Es el mejor hombre en todos los sentidas el que por sí mismo se da cuenta, tras meditar, de lo que luego y al final será mejor para él (oÞtoj mèn panáristoj, Ãj aÐtÔ7 pánta noÉsei / frassámenoj tá k' oepeita kaì šj téloj ©7 sin'meínw)». 296 -Contexto: Sobre la excelencia y el trabajo. Texto: «El que ni por sí mismo se da cuenta ni oyendo a otro lo graba en su corazón, éste en cambio es un hombre inútil (Ãj dé ke mÉt' aÐtÔ7 noéh7 mÉt' ƒllou'koúwn / šn qumÔ7 bállhtai, Ã d' aÖt''xrÉioj' nÉr)». 173 -Contexto: Mito de la castración de Urano. Texto: «La monstruosa Gea se alegró mucho en su corazón y lo apostó secretamente en emboscada (gÉqhsen dè méga fresì Gaîa pelÓrh)». Es 'corazón', sede del conocimiento y de los sentimientos. Texto: «Engendró... y a Euribia que alberga en su corazón de acero ('dámantoj šnì fresì qumòn oexousan)». Referido a Euribia, hija del Ponto. 488 -Contexto: Hijas de Rea y Cronos. Texto: «Aquél (Crono) la agarró (la piedra) entonces con sus manos y la introdujo en su estómago, ¡desgraciado! No advirtió en su corazón (oÐd' šnóhse metà fresín) que, a cambio de la piedra, se le quedaba para el futuro su invencible e imperturbable hijo». Texto: «¡Zeus, el más ilustre y poderoso de los dioses sempiternos! FrÉn es la sede en la que habita el qumój. La noción de qumój es la misma en el resto de los pasajes: Th. Pero sí hago hincapié en Th. 833, donde se habla del qumój de un animal salvaje. Nóoj se refiere a Zeus: es mégaj, va acompañado de la špífrona boulÉn. Pero también lo poseen Coto, un aliado de Zeus (con prófroni boulÊ7 ), Nereo y Nemertes. Pero en Trabajos y Días hay al lado una posición que ya es homérica, una ampliación del concepto del nóoj: se refiere a dioses y a los hombres en general (špífrona boulÉn), engañados por Eros; a Pandora, con nueva y desfavorable calificación (kúneon); al injusto nóoj de las hombres, a su nóoj susceptible de engaño por el deseo de lucro o por la mujer, al contrario que el de Zeus, pero también a veces equilibrado (el del juez). Todo esto es muy interesante: a la capacidad de conocimiento y decisión de Zeus, que no admite el engaño, se le procura extensión (Cota, Nemertes); pero, sobre todo, en Trabajos y días y un ejemplo en Escudo, aparece el nóoj de los hombres, pero susceptible de engaño y dirigido ya al bien ya al mal. Un poder de Zeus halla reflejo, como en Homero, en un poder autónomo de los hombres: equiparable, pero en un plano de vacilación e inferioridad. Nada varía en nóhma, también es posesión de Zeus y de los hombres, hay grados de nóhma según las razas: esto en Trabajos y Días. En cuanto a noéw, en la Teogonía es propia de Crono y de Zeus, mientras que en Trabajos y Días se refiere a Epimeteo, a los hombres, al pueblo, al propio Hesíodo: se refiere a 'darse cuenta','tener una determinada intención': pero también aquí sigue haciendo referencia a Zeus, pánta noÉsaj. En este grupo de palabras se encuentra la misma posición ya homérica: frente a la posición de la Teogonía y a veces de Trabajos y días, aquí se introduce en el mundo humano, igualado así al de Zeus y su grupo: tienen capacidad de inteligencia y decisión, como los dioses; pero es vacilante, expuesta al bien y al mal, al error. El grupo de frénej y fronéw es casi sinónimo con el anterior. Frénej se refiere a Crono, Metis, Zeus -es lo más frecuente -, Euribia. Se encuentra en un pasaje de Teogonía -el pasaje genealógico-mítico inicial -, tres veces en el Escudo. Pero en Trabajos y Días puede referirse a los hombres: Perses, un rico, los hombres en general: de nuevo, se trata de frénej que pueden tener vacilación y error. Lo mismo fronéw: en Trabajos y Días y Escudo; se dice de Crono y Faetón, del mítico jabalí de Calidón; y en Trabajos y días tres veces de los reyes. El qumój lo poseen Zeus, los hombres y los animales, como en Homero. Pero aquí lo interesante consiste en decir qué es el qumój. Hesiquio nos dice que es el pneûma. Sin duda Hesiquio está muy lejano de la mente arcaica, ya que el término pneûma es muy posterior. Creo que qumój es 'la capacidad de decisión', pero frente a un estímulo exterior. Habita en frénej, en kradíh, en stÉqessin y en ©tor. Hay un solo caso, muy relevante, de desviación y se debe al contexto: es el pasaje de la Teogonía 61, donde el qumój no consiste en la respuesta a un estímulo; pero se refiere a las Musas, en ellas solo es una potencialidad, tienen'kÉdea qumón. 86 -Contexto: función de las Musas entre los hombres. Texto: «Todas fijan en él (basileîj) su mirada cuando interpreta las leyes divinas con rectas sentencias (o ¶ dé nu laoì / pántej šj aÐtòn ÀrÔsi diakrínonta qémistaj / ±qeíh7 si díkh7 sin)». Las primeras son las que se adecuan a las leyes divinas (qémistaj). Texto: «Restablece (Zeus) las leyes divinas mediante su justicia (díkh7 d' 2qune qémistaj)». Texto: «Pues esta ley impuso a los hombres el Cronión: a los peces, fieras y aves voladoras, comerse los unas a los otros, ya que no existe justicia entre ellos (±xqúsi mèn kaì qhrsì kaì o±wnoîj petehnoîj / oesqein'llÉlouj, špeì oÐ díkh šstì met' aÐtoîj) a los hombres, en cambio, les dio la justicia, que con mucho es el mayor bien ('nqrÓpoisi d' oedwke díkhn, pollòn'rísth)». 283 -Contexto: Castigo del que viola a la Justicia. Texto: «El que con sus testimonios perjura voluntariamente y con ultraje de la justicia causa algún daño irreparable (Ãj dé ke marturíh7 sin ¡kÒn špíorkon 1⁄2móssaj / yeúsetai, šn dè díkhn bláyaj nÉkeston'asqÊ7 ), de éste queda luego una estirpe cada vez más oscura». Adjetivo: díkaioj Texto: «Y si alguien quiere proclamar lo justa a conciencia (e± gár tíj k' šqélh7 tà díkai''goreûsai / ginÓskwn) a él le concede la prosperidad Zeus». Texto: «Pues ya repartimos nuestra herencia y tú te llevaste robando mucho más de la cuenta, lisonjeando descaradamente a los reyes devoradores de regalos que se las componen a su gustο para decidir esta sentencia (méga kudaínwn basilÊaj / dwrofágouj, oo tÉnde díkhn šqélousi dikássai)». Díkh hija de Zeus. díkh noción abstracta. díkai 'veredictos', noción concreta. El mismo es el sentido de los dos restantes pasajes de la Fábula del Halcón y el Ruiseñor, cf. Op. Díke solo está presente en Trabajos y días: es hija e instrumento de Zeus para el gobierno del mundo, se la otorgó a los hombres, no a los animales; habita en ellos, con ella han de gobernar los reyes, pero los hombres pueden violarla. Es también «el juicio», El adjetivo díkaioj también se refiere a los hombres y a los juicios y dikázw es «juzgar con justicia». Todo este complejo se refiere a un universo diferente. Se trata de un con- Texto: «Si el tu corazón el deseo te hace aspirar a la riqueza, actúa así y obra trabajo tras trabajo» (soì d' e± ploútou qumòj šéldetai šn fresì sÊ7 sin, öd' oerdein, kaì oergon šp' oergw7 šrgázesqai. El dinero que otorga el poder está vinculado al trabajo. Su contenido es, igual que en el caso anterior, antiheroico, pero nunca estaría en los conceptos de Teognis. 637 -Contexto: El padre de Hesíodo viajó a Ascra. Texto: «No huía del bienestar ni de la riqueza, sino de la funesta pobreza) oÐk ƒfenoj feúgwn oÐdè ploûtón te kaì 3⁄4lbon,'llà kakÈn peníhn». Se trata del pasaje en el que se habla de la marcha del padre de Hesíodo de Cime, en Eolia. Aparece ploûtoj vinculado a 3⁄4lboj con el significado menos puramente material, ya homérico, de bienestar. La vinculación del término al concepto significado por 3⁄4lboj del que en Homero solo disfruta la aristocracia incide en el misma carácter más moderno del pasaje. Texto: «Si trabajas, siempre te tendrá envidia el que no trabaja, al hacerte rico» (e± dé ken šrgázh7, táxa se zhlÓsei'ergòj plouteûnta). Se encuentra en un solo pasaje. Se reitera que es el trabajo el que genera riqueza, que es envidiada por el indolente. Ploûtoj y ploutéw están relacionadas con'retÉ y con 3⁄4lboj. Es algo que el hombre desea, se opone explícitamente a peníh. Revista de Lingüística y Filología Clásica (EM) -LXXIII 1, 2005 ISSN 0013-6662 ridad social, no procede de los dioses, sino del trabajo, provoca envidia en los otros hombres. Todo ello está en Trabajos y Días, no en Teogonía. El castigo divino de la riqueza adquirida con injusticia está implícito en lo referente a los reyes. Representa un plano del poder que procede del esfuerzo humano, concepción antiheroica: una nueva clase social basada en el propia trabajo -no en la herencia o el botín, como es el caso de los nobles. En lo fundamental, se trata del trabajo de la tierra, también del de la navegación, de la que Hesíodo desconfía. Todo ello augura el comienzo de una nueva edad, de una clase social a la que se incorporarán también los artesanos. Pero esa nueva clase aún no está asentada: no existe todavía el adjetivo ploúsioj. En todo Hesíodo, que continúa en parte a Homero, pero también lo amplia, el concepto de "poder" está enraizado en el mundo divino; y dentro de él, está especialmente vinculado a Zeus. A veces Zeus está acompañado de divinidades arcaicas -los Titanes -y de otros dioses, que poseen un poder triunfante, concebido ya como legalidad (krátoj) ya como fuerza (sqénoj, etc.); también concebido como astucia o engaño. Ninguno de esos poderes los alcanza el hombre, y en la medida en que tiene alguno de ellos es como cesión divina. Otras veces, ciertos poderes son propios de algunas divinidades, divinidades especializadas, así el del amor y el de la palabra; son divinidades ligadas a Zeus de una u otra forma, a saber, las divinidades eróticas y las del canto. Las primeras doblegan a las dioses y a los hombres al amor por las mujeres, siempre con connotaciones genesiacas; esas mujeres reciben de las divinidades eróticas su mismo poder. Las segundas operan sobre una clase especial de hombres, ligados así a la divinidad y a los héroes, son los aedos. Hay que añadir las divinidades que practican el engaño: el propio Zeus y un círculo reducido en torno a él: Gaia, Pandora, Prometeo. Revista de Lingüística y Filología Clásica (EM) -LXXIII 1, 2005 ISSN 0013-6662 Así, casi todo poder a nivel humano es interpretado como de origen divino; y toda inferioridad o derrota humana tiene su raíz en la superioridad de esas fuerzas divinas, por lo demás implantadas, a veces, entre las humanas. Esos poderes experimentan una doble interpretación: en una fase son propiedad, esencia de Zeus y otros dioses; en otra fase son dioses por sí mismos. Se han vista ejemplos como Kleió, Eros, Hímeros, Phéme, Krátos. Este último fue divinizado en el Prometeo de Esquilo. Todos esos "poderes" se proyectan sobre los hombres; en principio, sobre héroes especialmente relacionados con Zeus; en otras ocasiones, sobre los poetas o sobre el hombre en general. Hay toda una gradación. No es ya que los dioses envíen poder, es que lo tienen hombres y dioses. Se trata de potencialidades divinas traspuestas: las de noûj, frénej, qumój. Estos términos se incluyen a veces unos en otros o en los de kradíh, ©tor. Aquí hay una esencia divina poderosa, una animación y es conocimiento y acción. Si seguimos adelante con la gradación de los poderes, nos hallamos ante la justicia, díkh, de raíz en Zeus y gobernada por él, pero que opera solo en el mundo humano. Está en una posición especial, casi exclusiva de Trabajos y días. Como es natural, al vivir díkh entre los hombres es vulnerable, es seguida o no seguida. Zeus la vigila, castiga a los reyes injustos, a los que abusan. El máximo de profanización está en ploûtoj, un poder solamente humano, no enviado por los dioses, aunque es un dios, al fin y al cabo. Ayuda, como el conocimiento, la decisión y la justicia, a conformar una nueva sociedad, esta puramente humana. Hesíodo constituye un todo, pero en él encontramos una épica cósmica y luego heroica; encontramos también una crónica del trabajo cotidiano.
El etrusco, lengua paria. Mala suerte ha tenido el etrusco cuando algunos lingüistas hemos querido incorporarlo al cuadro de las lenguas indoeuropeas. Massimo Pittau ha explicado muy claramente 1 el veto que la escuela arqueológica italiana, siguiendo a M. Pallottino, ha impuesto a cualquier intento de comparar el Para Pallottino véase «Il problema delle origini etrusche e la preminente incidenza del fatto linguistico nella sua discussione», en Palentologia linguistica. Los datos culturales y epigráficos harían colocar la constitución del pueblo etrusco antes de ese momento. Dice que se puede pensar en una proto-colonización pelásgica o tirrénica al final del bronce (Bérard, Hencken) o en movimientos por vía terrestre. Pero subraya la fundamental anindoeuropeidad del etrusco, representada fundamentalmente por la serie numeral; las relaciones más o menos claras con el IE en la flexión nominal, pronombres y léxico; la coexistencia de flexión y aglutinación; la toponomástica mediterranea; la relación fragmentaria con lenguas de Asia anterior, la estela de Lemnos. No hay una lengua traida en bloque, hay convergencia de elementos de vario origen. Y estratos: mediterraneo, egeo-anatolio, itálico. Todo confuso por no entrar derechamente en la comparación. 28 ss. y en diversos lugares de la misma. Para él («Perspettive per l' etrusco» en L' etrusco e le lingue dell' Italia antica, Pisa, Giardini, 1985) la única comparación clara del etrusco es con la estela de Lemnos. «Considerazioni intorno al problema de la classificazione dell' etrusco», SMEA 7, 1968, pp. 7-60 y otros trabajos. Halla en el etrusco elementos anatólicos (etr. y luv., lic., het.): Siguiendo a Dionisio de Halicarnaso, esta escuela decretó el aislamiento del etrusco. Hablar de "orígenes" del pueblo etrusco (y su lengua) sería algo contra natura, habría un "farsi" del etrusco dentro de Italia, como el del francés en Francia (aunque nadie niega que venga del latín) 2. Hasta se ha intentado de varias maneras negar una relación con la lengua de la conocida estela de Lemnos, algo que salta a la vista de cualquiera que ponga en ella sus ojos. Algunos lo reconocen, pese al escepticismo comparativista. Desde luego, que el etrusco haya incorporado en Italia léxico y hasta elementos gramaticales itálicos y otros, es de sobra aceptable. Pero se ha prohibido prácticamente compararlo con otras lenguas: se ha convertido en una especie de paria. Y eso que la lista de los lingüistas que de un modo u otro han incluido al etrusco dentro del grupo indoeuropeo es impresionante: Corssen, Bugge, Thomopoulos, Vetter, Trombetti, Sapir, Buonamici, Goldmann, Kretschmer, Ribezzo, Schachermeyr, Carnoy, Georgiev, Austin, Westcott, Morandi, Woodhuizen, Bader, el propio Pittau 3. Todo lo más, se habla de "afinidades" (M. Cristofani 4 ). Lingüistas italianos suelen hallar en el etrusco toda clase de elementos diversos, a la manera de Pallottino. -assi-, -alli-(luv.), G. etr. en -s(i), -al(e), étnicos en -mn-(het.), también onomástica (luv. Concluye: faltan pruebas de relaciones morfológicas, salvo las formas genitivales (!!), lo que hay son isonimias y isomitias. El núcleo fundamental hay que buscarlo en Occidente, pero algunos datos vienen de Oriente, como puia, Tar-x-nt. Total, habría un fondo indígena, con aportes culturales orientales del siglo XI o antes. Quiza era cierto en aquel momento. Pero, para él, se puede hacer un esquema de la flexión nominal. Hace uno con N. y colectivo, dos G., un L., derivados de los dos G. (originalmente adjetivos): un pertinentivo y un Ablativo: a) clen-s-i (cree la -s-de G.), b) larthals, tuteis (e. d., G.+ -s). El Verbo tendría variantes -ce, -ke, -xe de pretérito, un factitivo -ane-(muluvene). Admite la polifuncionalidad de varias formas. También Giuseppe Franco, Orizzonti Etruschi. Milán, SugarCo Edizioni, 1987: «... para crear el etrusco ha habido factores de varios orígenes... sería un error considerarlo una manifestación intrusiva como el púnico...» Alude a semejanzas con el IE, lenguas anatólicas y lemnio, pero argumenta con el léxico. Estos autores desconocen, simplemente, los datos indoeuropeos, que son la espina central del etrusco; que haya préstamos itálicos puede ser cierto. Y A. Prosdocimi, en L' etrusco citado, pp. 53-68: no hay parentesco que dé una clave heurística. Más positivo es R. Gusmani, que ha comparado al etrusco con el lidio 6. Pero en general prima un furioso anticomparantivismo, procedente de Pallottino: se prefiere el método combinatorio 8. Todo esto es equivocado: se aglomeran datos inconexos, se evita mirar a aquellos con los cuales puede construirse un sistema que no es, ciertamente, el del IE brugmanniano, pero sí el del IE arcaico, como haré ver. Con ciertas diferencias, por supuesto. Por otra parte, la identificación del etrusco con el EMERITA. Revista de Lingüística y Filología Clásica (EM) -LXXIII 1, 2005 ISSN 0013-6662 hetita por Georgiev 9 era precipitada y contribuyó a desacreditar el método comparativo. Está abandonada, pues, hoy, la línea comparativa: lo que se escribe desde este punto de vista ni se lee ni se cita siquiera. Algo anticientífico, la verdad. Todo lo más, se ha comparado el etrusco con el rético, probable derivado suyo 10. También se ha comparado con lenguas de Córcega y Cerdeña (nurágico y sardo). Pero esto se refiere a lenguas occidentales emparentadas de un modo u otro con el etrusco, no a sus orígenes. Los orígenes deben estudiarse mediante la comparación con lenguas indoeuropeas asiáticas que conocemos, no mediante apriorismos. En este ambiente publiqué dos artículos 11 en que proponía que el etrusco derivaba del Indoeuropeo anatolio, lo que se insertaba perfectamente en el relato de Heródoto y tantos otros autores que hacían venir a los etruscos de Lidia o de Asia Menor en general. En conexión, se piensa, con las incursiones y asentamientos de los "pueblos del mar", entre los cuales son citados los etruscos en las fuentes egipcias, en 1186 a. C. 12 No en vano, por lo demás, para los griegos, los tirrenos eran un pueblo que navegaba por el Egeo (hHom. I 57), Tucídides IV 107 los identificaba con los pelasgos y los colocaba en Lemnos y Atenas. Mis artículos fueron cuidadosamente olvidados por los etruscólogos que, sin competencia en Lingüística indoeuropea, imponían, sin embargo, su criterio. Y también chocaron con las teorías standard sobre el Indoeuropeo: las de los indoeuropeistas que siguen trabajando con un Indoeuropeo unitario y plano, el de la reconstrucción de Brugmann. ¡Una reconstrucción anterior al desciframiento del hetita y el estudio del Indoeuropeo minorasiático! Esta no es sino otra prueba del terrible conservadurismo que se ha apoderado de la disciplina científica que es o debe ser la Lingüística Indoeuropea: avanza en estudios de lenguas particulares, pero en la teoría general está paralizada. Lo triste es cuando nuestros alumnos van a Alemania y regresan con el cerebro lavado. Llevo muchos años, sin embargo, proponiendo que el Indoeuropeo tuvo varias fases y que la conservada en Asia Menor, fase monotemática que llamo IE II (sin género masc. / fem., ni grados de comparación del adjetivo ni sistema de temas temporales y modales en el verbo, entre otras cosas) es más antigua que la del Indoeuropeo brugmanniano o IE III, el de la reconstruccion tradicional. Algunos lingüistas han trabajado sobre las mismas ideas 13, pero los más siguen aferrados al esquema de Brugmann: si el hetita carece de femenino, de aoristo, de subjuntivo, etc., es que los ha perdido. Puro apriorismo sin sentido, estoy cansado de luchar contra él. La crítica de Erich Neu, un hetitólogo muy distinguido, contra mi primer artículo sobre el etrusco 14. a la cual respondí en el segundo, parte simplemente de que no es capaz de comprender un Indoeuropeo carente del sistema de temas brugmanniano. No lo hay, evidentemente, en etrusco, pero no menos evidentemente, luego volveré sobre ello, pero tamoco en el sistema del más antiguo Indoeuropeo, el conservado en Anatolia (más antiguo aún es el preflexional, IE I, esto no lo he inventado yo). Reconoce Neu que «hay fenómenos... que dan la impresión de que existen relaciones entre el etrusco y las lenguas indoeuropeas de Anatolia», pero, apoyado en ciertos hechos de detalle (en algunos de los cuales puede tener razón) y, sobre todo, en sus prejuicios contra el vario uso del tema puro en Indoeuropeo, entre otras cosas, se muestra al final escéptico. En realidad, como digo en mi crítica (que no repito aquí), no hace otra cosa que mantener que el modelo brugmanniano es el más antiguo y adaptar el hetita a ese modelo. Encaja mal, la verdad. Con lo que se olvidan los paralelos etruscos. Y la idea misma de una evolución dentro del IE. No aporta, desde este punto de vista, muchas cosas nuevas el Neues Handbuch des Etruskischen de D. H. Steinbauer (St. Katherinen, 1999). Reconoce el parentesco con la estela de Lemnos (p. 363 ss.) y, en alguna medida, con el lidio (p. Pero estudia sobre todo el vocabulario, apenas la Por ejemplo, los de Szemerényi, Ramat y Villar, bien conocidos. Hay alusiones en mi Manual. Por ejemplo, R. Ambrosini, Le lingue indoeuropee, Pisa, ETS Editrice, 1991. No tiene idea sobre la relación del anatolio e IE. Esta es la situación. Y el resultado de ella es que en los Manuales de Indoeuropeo 15 y en varias otras obras 16 para nada se habla del etrusco. Los manuales de etrusco, por su parte, siguen afirmando que se trata de una lengua aislada 17. Peor todavía, autores que apuestan decididamente por el origen minorasiático de los etruscos, por ejemplo Beekes y de Palma, callan sobre el detalle de la conexión entre Indoeuropeo y etrusco 18. ¡Y mientras tanto, aumentan nuestros materiales sobre el etrusco, con la publicación, entre otras cosas, de la tabula Cortonensis y de las laminillas de oro de Pirgi, con traducción púnica, que añaden argumentos a la tesis indoeuopea! 19 Y se interpretan como indoeuropeos los numerales etruscos del 1 al 10, que eran el gran argumento de los antiindoeuropeistas 20. Este último hecho de que los etruscólogos no lingüistas no se atrevan a enfrentar el problema, mientras que los indoeuropeistas de tradición brugmanniana lo rehuyen, deja al etrusco en el mayor desamparo: como una lengua olvidada, sustraida a la investigación. Es lo que me hace volver sobre el tema. Es un desafío que no debe dejarse incontestado. Por otra parte, conservo algún material bibliográfico, así como cartas de lingüistas referentes a mis artículos. Es esta, me parece, la ocasión de examinar todo esto. Desde «Hethitisch und Indogermanisch», en II. 22 Por ejemplo, «The new Image...» ya citada. Considero la flexion indoeuropea como algo relativamente reciente, algunos arcaismos se han conservado en IE II, especialmente en Anatolio. Véanse bibliografía y opiniones personales, entre otras obras, en Adrados, Nuevos Estudios de Lingüística Indoeuropea, Madrid, 1988, así como en obras anteriores 21; en libros como Evolución y Estructura del Verbo Indoeuropeo, Madrid, C.S. I.C., 1973; Lingüística Indoeuropea, Madrid, Gredos, 1975; Manual de Lingüística Indoeuropea (en colaboración), Madrid, Ediciones Clásicas, 1995-98; y en algunas publicaciones más 22. Es claro que hoy en día tenemos un mejor conocimiento de varias lenguas indoeuropeas: hetita, por supuesto, pero también luvita, licio, lidio, etc. Tenemos, pues, una base mejor para la comparación. La tesis que hemos venido sosteniendo es que el etrusco no es exactamente ninguna de las lenguas mencionadas, pero sí una lengua anatolia arcaica. Presenta arcaismos que son incluso más antiguos que los paralelos conocidos en estas lenguas. Es, así, una lengua intermedia entre el Indoeuropeo no flexional (IE I) y el flexional de tipo más antiguo, a saber, el tipo monotemático que llamamos IE II. Coincide alternativamente con una u otra de las lenguas anatolias. Presenta también innovaciones, algunas recientes, lo cual no es extraño porque es conocido desde una fecha más tardía que el Anatolio. He aquí algunos ejemplos de arcaismo, aparte del realmente decisivo: la falta de flexión politemática, ni nominal ni verbal. Frecuentemente el singular tiene en los nombres un valor plural. Una forma especial para plural es generalmente una innovación. Así, por ej., el D. pl. clenara i, mientras que el D. sg. clen i es una forma antigua de sg.-pl. Por otra parte, el etrusco carece de las marcas pluralizantes -s, -es, -os, pero tiene el IE pl. -i (en el pronombre) y -a (en nombres y adjetivos sustantivados), también -r, -er, -ar. Esta última es una innovación etrusca, creada sobre la base de los abstractos y colectivos del IE en -r (cf. gr. ƒlkar, eμlar, hitt. keššar, mebur, etc.): el sufijo -r-es usado como marca de pl. igual que el n. pl. -a, derivado igualmente de temas abstractos y colectivos. -wot, -wos Part. pres. Era esperable, ya lo adelanté, que mis dos artículos sobre los orígenes del etrusco en el Indoeuropeo II (indoeuropeo arcaico, monotemático, conservado en Asia Menor, pero del que el IE III conserva algunos arcaismos) fueran desatendidos o mejor dicho, ocultados, pese haberse publicado en inglés en dos revistas del máximo prestigio. Hubo, sin embargo, la reacción de Neu, que procedía no del nacionalismo y prejuicio anti-indoeuropeista de los arqueólogos italianos sino del prejuicio de los lingüistas alemanes que se negaban a retirar como más antiguo el modelo IE tradicional (IE III). Ya he recordado mi crítica detallada del artículo de Neu, que hice en mi artículo de la Historische Sprachforschung y que se resume, salvo detalles, en que no comprendió que él estaba hablando de un tipo de IE y yo de otro. Creo que era necesario exponer todos estos antecedentes para que se comprenda la desgraciada circunstancia en que yo me encontré cuando quise hacer entrar el etrusco en el cuadro del Indoeuropeo II, que era ajeno desde luego a los arqueólogos italianos, pero también a la mayor parte de los indoeuropeistas. Esto explica la reacción de algunos de ellos ante mis trabajos, expuesta en cartas de las que extraido algunos extractos. Creo que con lo dicho está expuesto lo esencial de mi respuesta a sus críticas, así como mi comprensión de las mismas dentro del ambiente general. Conservo, efectivamente, algunos de estos extractos. En primer lugar, de una carta de Enrico Campanile. Hace objeciones de detalle sobre algunos morfemas que contienen solo un fonema, lo que puede hacer intervenir el error o que sean préstamos ajenos o constantes tipológicas. No cree que un tema en -n tenga funciones, al tiempo, de G. y D. Pero así es en una fase de creación de la flexión. Y la falta de categorías típicas del IE se explica porque Campanile busca las del IE III, el tradicional, y desatiende las del II, el minorasiático. R. Ambrosini, que en algunos puntos de la teoría lingüística del Indouropeo ha estado próximo a mí, acepta que el tipo lingüístico del hetita es más Véanse más detalles en el Manual citado, II, p. También en «El formante -N y el origen de la flexión heteroclitica del indoeuropeo», Emerita 59, 1991, pp. 5-21 (con alusión al etrusco, p. Una innovación compartida con el anatolio tardío es la pérdida de las laringales. Pero quizá quede todo esto más claro recogiendo el esquema del etrusco y del Indoeuropeo arcaico que he presentado en conferencias y que creo aquí de utilidad. Indefinición en la flexión nominal. -(e/o)s: suthi, ramtha; tin in, puiian (heterocl.); -a, -i a, -a a, -u a; -al D. Temas, adjetivos, pronombres de tipo IE. Temas -a, -ai. -u, -e (<*-os) Adjetivos -u, -iu, -c, -na, -cva, -ia Pronombres ica, eca, ca; ita, eta, ta; etc. mi Adv., conj. Verbo: formas de tipo IE. -u, -ve (lupu, tenve) Otros part.
Este artículo considera los términos que denotan los diversos órganos a los que atribuye Homero estados anímicos y actividades intelectuales, e intenta determinar la función y el significado exacto de cada uno de ellos, señalando especialmente, por último, que en el plano de lo moral carecen de connotaciones, que se expresan mediante adjetivos o verbos. VIII 177),'idreíai nóoio ("Unwissenheit": Od.
El llamado sermo castrensis es, en realidad, una mezcla de tecnicismos, a menudo de muy mala factura, y vulgarismos. No se encuentran indicios de las locuciones "alternativas" que son características de las jergas soldadescas de hoy en día. La definición del sermo castrensis latino Al plantear el estudio del llamado sermo castrensis como porción discreta del léxico latino es oportuno, creo yo, recordar que este sermo es hallazgo, o invención, relativamente muy reciente, y que la idea, o la ocurrencia, de estudiarlo en pieza aparte fue inspirada por un trabajo de P. Horn acerca de la Soldatensprache alemana de finales del siglo XIX. Datan de 1901, en efecto, las Romanorum sermonis castrensis reliquiae collectae et illustratae de J. G. Kempf 1, que estableció los siguientes criterios, ajustados pefectísimamente a la naturaleza de las Soldatenspräche modernas en particular, y en general a la de todas las "jergas" sectoriales: Con esa definición, el sermo castrensis puede presentarse como fracción del léxico de la lengua latina -no hay rasgos morfológicos o sintácticos que 2 Maria Grazia Mosci Sassi, Il sermo castrensis, Bolonia, 1983, p. Revista de Lingüística y Filología Clásica (EM) -LXXIII 1, 2005 ISSN 0013-6662 autoricen su consideración como sermo o lenguaje stricto sensu -aislable y distinta del sermo militaris y del uulgaris. A pesar de lo cual, esos tecnicismos más que probablemente soldadescos no figuran en su elenco: si hubieran tenido entrada en él, la idea, o más bien ocurrencia, de poner el sermo castrensis aparte y fuera del sermo militaris, o technicus, estaría patente y absolutamente fuera de lugar. De ahí que los términos técnicos incluídos en las dos recopilaciones del sermo castrensis publicadas, la de Kempf y la de Mosci Sassi, hayan sido tildados de "alternativos" o "no técnicos": así, por ejemplo, se ha dicho que clauarium 'plus para clavos' se usó como sinónimo de donatiuum 'gratificación', y que bracchium'fortificación lineal, ramal de una fortificación' usurpó el lugar de munitio 'fortificación', a pesar de que salta a la vista que clauarium y bracchium denotan, respectivamente, una variedad de donatiuum y un tipo particular de munitio. Ciertamente, si esos términos, o cualquiera de los que se han catalogado como "no técnicos", resultaran ser meramente "alternativos" quedaría probado que el sermo castrensis latino, como prejuzgó Kempf, estaba cortado por el mismo patrón que las jergas soldadescas modernas, caracterizadas por su factura exageradamente grosera, y sobre todo porque en ellas los tecnicismos son sistemáticamente reemplazados por apodos: por ejemplo, chopo en lugar de fusil, y, en vez del oficial y técnico Raketenpanzerbüchse alemán, el casi irreverente Ofenrohr 'tubo de estufa' y el algo menos informal Panzerschreck 'espantatanques'. A este respecto, ha de tenerse en cuenta que las innovaciones técnicas en el ámbito de la milicia a menudo tienen un nombre informal, pero no por ello menos técnico, antes de recibir una denominación oficial. Es el caso, por ejemplo, del español paco -admitido por la Real Academia junto con sus derivados paquear y paqueo -, término hoy desusado en favor del calco, de empaque más "técnico", del francés franc-tireur, y que en su día suplió la falta de una voz española que denotara con propiedad su referente. Por lo que, no siendo ni oficial ni rigurosamente técnico, no tuvo nunca la condición de "alternativo", o puramente soldadesco, o "anti-técnico". No son de mejor traza los tecnicismos militares latinos como agmen'rebaño, tropel › grupo, columna de tropas en movimiento' o impedimenta'trabas, estorbos › bagajes, impedimenta', que a pesar de su origen indudablemente soldadesco no han sido catalogadas como castrensismos, puesto que la definición de Kempf establece que tiene esa calidad solamente el sermo castrensis que era estricta y privativamente campamental, ita ut ab iis, qui communi sermoni studebant, alienus ac militum proprius esse sentiretur ideoque euitandus putaretur. Es una definición caprichosa y gratuita, calcada de la que conviene a las Soldatenspräche de la Edad Contemporánea, y que estriba en una no del todo desencaminada partición del vocabulario militar de la lengua latina, que para Kempf estaría compuesto por a) la suma de las voces « quam omnino scriptores, si res militares attingebant, adhibere soliti sunt » 4; b) aquella « qua militares in militia utebantur (dico terminos technicos quos uocant) »; c) lo que él consideraba sermo castrensis, o sea todo lo que no sea ni literario ni "técnico". Digo que esa tripartición no está del todo desencaminada porque entiendo que, efectivamente, el léxico militar de la literatura latina, y en particular de la historiográfica, no es en principio rigurosamente técnico, y cabe suponer que constituye un elenco incompleto 5. Ahora bien, a falta de una literatura militar digna de ese nombre y de confianza -no merecen ni el uno ni la otra la epitoma de Vegecio y los Strategemata imputados a Frontino -, sólo en las fuentes literarias encontramos testimonios del léxico militar latino, de cuyo rigor terminológico hay todavía mucho que decir y averiguar. Por otra parte, es muy cierto que se adscriben especial o exclusivamente al léxico de la milicia locuciones que, no siendo literarias, no son tampoco en absoluto técnicas, puesto que no se refieren a ninguno de los múltiples aspectos de la técnica militar, sino al peculiar género de vida de la sociedad campamental, compuesta por los soldados y por todo el variopinto séquito que desde tiempo inmemorial hasta no hace mucho llevaban consigo los ejércitos: focaria'compañera, mujer de un soldado', por ejemplo, se refiere a una particular institución de la milicia, y alleuare era, según S. Agustín, un verbo que para los militares tenía la especial acepción de'despenar, matar a uno', puramente jergal. Éstas y otras son locuciones propias del habla militar, pero no tienen nada que ver con la terminología militar. Así pues, si en el censo del sermo castrensis no se encuentran locuciones con referente técnico "alternativas", parece lícito, y hasta necesario, repartir ese censo entre la terminología militar y el sermo uulgaris, a condición de no pasar por alto el hecho de que los tecnicismos soldadescos son vulgarismos, y de que las voces castrenses no técnicas componen una extensión del sermo uulgaris que bien puede merecer estudio por separado. Pero antes de proceder a ese reparto, o desdoblamiento, del sermo castrensis tal como lo definió Kempf y lo han entendido todos hasta ahora, es preciso comprobar que las locuciones castrenses supuestamente "alternativas" no lo son. Se trata de los nombres de dos legiones irregulares -la Alauda y la Vernacula -y de unas cohortes auxiliares -las Colonicae -, de los tecnicismos bracchium, burgus, campum colligere, caput porci(num), clauarium, cautia y onager, más un pretendido uso ocasional de aquila por legio. Los nombres de las unidades irregulares y auxiliares Sabido es, gracias a Suetonio, que César, para aumentar el contingente que el Senado le había otorgado, organizó, por su cuenta y a sus expensas, legiones irregulares, que se llamó Alauda una de ellas y que los buenos servicios de ésta fueron premiados con la ciudadanía romana 6. Sabido es también que, entonces o poco después 7, se le asignó un ordinal distintivo, pasando a titularse legio V. En esto parece ser un caso singular el de la legio Alauda, porque sólo a ésta se le concedió la ciudadanía, y sólo ésta, por con-«Die römische Soldatensprache», en Archiv für lateinische Lexikographie und Grammatik (ALL) 12, 1902, pp. 255-280. Revista de Lingüística y Filología Clásica (EM) -LXXIII 1, 2005 ISSN 0013-6662 siguiente, podía convertirse en iusta legio, o unidad regular, pero hay noticia de otras legiones de la misma época -la Martia, la Pontica, la Vernaculaque eran conocidas por su nombre y no, como todas las regulares, por un numeral 8. Esto era acorde con el sistema romano, que hasta el final del Imperio asignaba a las legiones un numeral ordinal, seguido eventualmente de uno o más nombres, y a las unidades auxiliares un nombre, gentilicio generalmente, seguido eventualmente de un numeral ordinal. Por lo que parece, puesto que se abstuvo de dar entrada en su recopilación a Alauda -aunque se ocupó de ese apodo en la nota correspondiente a bucellarii (p. 377) -, Kempf acertó a reparar en esto. No así W. Heraeus en su larga nota a propósito del trabajo de Kempf 9, y menos aún Mosci Sassi, para la que « sembra essere nato da una osservazione scherzosa dei soldati romani il termine Alauda, per indicare la legio V Gallica » 10, como si la legión hubiera recibido su numeral antes que su apodo, con lo que éste, amén de ser "no oficial", se antoja además "no técnico", condición que Mosci Sassi atribuye también al apelativo Colonicae dado a ciertas cohortes auxiliares del tiempo de la guerra civil 11, y al de la legión quae uernacula appellabatur (Caes.,Ciu. II 20.4) 12, acerca de la cual, dicho sea de paso, señaló muy acertadamente J. Harmand 13 que no debe tomarse como denominación individual, sino más bien como referida al tipo de legiones irregulares -como la Alauda, la Martia y la Pontica -formadas por no ciudadanos. El tecnicismo bracchium 'ramal de una fortificación' En una breve nota -una sola página -dedicada a este término y al antropónimo Gracchus, Ed. Wölfflin, remitiéndose a un trabajo de A. Köhler A. Ernout (D.E.L.L., s.v. burgus) dice que es «mot évidemment germanique», calificando de «rapprochement de lettré» la etimología alternativa, que puede apoyarse en los glosarios y retomó el belga E. Penninck («L 'origine hellénique de burgus», Latomus 4, 1946, p. 5 ss.) en un momento histórico de reacción contra el germanismo hitleriano. En su descargo hay que alegar que la nota se centraba en la grafía -cch-, lo que explica que el gran Wölfflin, rector a la sazón del Thesaurus de las academias germánicas, no procurara precisar más cuál era el referente de bracchium, descrito por Kempf como sigue: Así pues, según el propio Kempf, el bracchium no era una munitio o un murus cualquiera, sino una obra de características particulares, y perfectamente definidas, que no tenía otro nombre específico en la lengua latina. A pesar de lo cual, dice Kempf acto seguido: A la vista está que la consideración de bracchium como locución "alternativa", y no como término técnico, responde única y exclusivamente a una discutible aplicación del principio de autoridad. El tecnicismo burgus'castillo, fortín, torre, puesto' Mejor fundamento parece tener, por lo menos a primera vista, la catalogación como "alternativo" del término burgus, por cuanto parece ser sinónimo de castellum y de turris y es a todas luces préstamo, de origen germánico (burgs) o, según otros, griego (púrgoj) 15. Por lo que puede saberse, parece seguro, efectivamente, que los burgi eran fortines, torres aisladas o castillos pequeños que se alzaban de trecho en trecho a lo largo de un camino o de una línea de frontera, formando un En Livio se encuentra dos veces, y las dos significa'tomar posesión de los despojos, apropiárselos', y no'despojar a un enemigo muerto, arrebatarle preseas': «... haec spolia capta ex hoste caeso porto » (Liu. Los castella, en cambio, eran, como los castillos medievales, fortalezas, o pequeñas plazas fuertes, que se establecían para controlar un punto de paso obligado, o una comarca de especial importancia estratégica o económica, en principio sin formar línea con otros castella. En esto precisamente se diferenciarían de los burgi, de los que no hay noticia antes del siglo II, cuando el Imperio Romano había pasado ya a la defensiva. Parece, por consiguiente, que lo razonable será pensar que burgus no era un sinónimo -esto es, un término "alternativo" -de castellum, sino un préstamo necesario para denotar una innovación técnica. La expresión campum colligere'recolectar el campo (de batalla)' Que esta expresión es puramente campamental no es en absoluto discutible, dada su repugnante y vil truculencia: se refiere a la "recolección" que al término de un encuentro llevaban a cabo los vencedores, despojando los cadáveres de los vencidos. Acción que hoy proscriben las leyes de la guerra, pero que en la Antigüedad era enteramente lícita, y para la cual no hay otra expresión latina. Por lo que habremos de entender que campum colligere es ni más ni menos que un tecnicismo. Pues entiendo yo que no lo es spolia capere, expresión que Vegecio presenta como sinónimo de campum colligere en el único testimonio de esta locución que nos ha llegado:... prior ergo de caesis hostibus spolia capiat, quod ipsi dicunt, colligat campum, prior clamore ac bucinis exultare uideatur... Para empezar, éste es también el único testimonio en el que spolia capere aparece con el significado de 'despojar' 17, expresándose esa acción mediante spolia legere en Livio -y, nótese bien, solamente en Livio -en once ocasiones 18. Ninguna de esas dos expresiones, o alguna otra con el mismo o EMERITA. Revista de Lingüística y Filología Clásica (EM) -LXXIII 1, 2005 ISSN 0013-6662 semejante sentido, se encuentra en Cicerón, el Corpus Caesarianum, Salustio, Veleyo Patérculo, Tácito y Amiano Marcelino, que son las fuentes que en su busca he repasado. Lo cual, para mí, es indicio más que creíble de que para la acción de quitar a los cadáveres de los vencidos sus armas y objetos de valor no había en la lengua latina más expresión que el verbo spoliare, y ningún término técnico que denotara propia y específicamente esa práctica. Entiendo, por consiguiente, que campum colligere tiene que ser un tecnicismo, y no una locución "alternativa" usada en lugar del, por lo que parece inexistente, tecnicismo correspondiente. La locución caput porci(num) Sólo dos testimonios, y no concordantes, nos han llegado acerca de lo que los soldados llamaban caput porci, o porcinum, que según Amiano Marcelino sería un movimiento casi espontáneo, una feroz embestida en la que los atacantes formaban, segura o muy probablemente sin proponérselo, una figura trapezoidal, semejante al hocico de un cerdo: cuius furoris amentiam exercitus ira ferre non potuit eosque imperatori, ut dictum est, acriter imminentes desinente in angustum fronte, quem habitum caput porci simplicitas militaris appellat, impetu disiecit ardenti, et dextra pedites cateruas peditum obtruncabant, equites laeua equitum se turmis agilibus infuderunt (Amm. Nótese que no dice ni da a entender que esa acción tenga un nombre más "técnico" que el que le daban los soldados. Vegecio, en cambio, afirma que los soldados usaban caput porcinum en lugar de cuneus, término que según él designaba una formación en cuña: cuneus dicitur multitudo peditum, quae iuncta cum acie primo angustior deinde latior procedit et aduersariorum ordines rumpit, quia a pluribus in unum locum tela mittuntur. quam rem milites nominant caput porcinum (Veg.,Mil. Como en tantos otros casos, en éste el testimonio de Vegecio no es en absoluto digno de confianza, puesto que hay constancia de que en el latín clásico cuneus hacía referencia, en tanto que término militar, a una pequeña agrupación, a un grupo de combate que recibía ese nombre porque "hacía cuña", no por estar dispuesto en forma de cuña. Véase, en primer lugar, un testimonio, tomado del Supplementum Hirtianum, en el que cuneus se refiere indiscutiblemente a las compañías o los pelotones en los que habría de fraccionarse la fuerza para atacar una posición en terreno elevado, circunstancia en la que es de todo punto impensable un ataque en línea: Véase ahora un testimonio concluyente acerca de cuneatim, que no significa 'en cuña', sino'repartiéndose en grupos, en compañías':... muro turribusque deiecti in foro ac locis patentioribus cuneatim constiterunt hoc animo, ut, si qua ex parte obuiam contra ueniretur, acie instructa depugnarent (Caes.,Gall. Considérese luego otro testimonio más en el que Tácito pone en contraste caterua'caterva, grupo grande' con cuneus, que aquí no puede significar nada más que 'pequeño grupo':... per locos arboribus ac uineis impeditos non una pugnae facies: comminus eminus, cateruis et cuneis concurrebant (Tac., Hist. Téngase en cuenta, en fin, que Amiano Marcelino usó con notable frecuencia cuneus con el significado de 'grupo pequeño', dando fe de que en su tiempo, que es poco más o menos el de Vegecio, el contenido referencial del término era el de la época clásica, y no el que le atribuye la Epitoma rei militaris, errando en este punto como en tantos otros. Así pues, caput porci(num) no sería la denominación "alternativa" de una cierta formación, sino la única, por lo que debe tener la consideración de tecnicismo aunque carezca del empaque que suele tomarse como señal infalible y única de tecnicidad y rigor. El tecnicismo clauarium 'plus para clavos' Sabido es que el sistema retributivo de los ejércitos romanos contemplaba, además del "salario base", o stipendium, una diversidad de complementos o pluses, como el salarium'plus para sal › soldada, paga, salario'. Por lo que parece, se daría en concepto de "plus para clavos" uno de esos complementos, del que tenemos noticia solamente por el siguiente testimonio:... et ipsos in regione bello attrita inopia et seditiosae militum uoces terrebant, clauarium (donatiui nomen est) flagitantium (Tac., Hist. Teniendo presente el caso de salarium, cabe, desde luego, una interpretación de ese testimonio como la de Kempf: Sed cum eam pecuniam haud ita Téngase en cuenta que, en virtud de ese cambio, clauarium pasaría a ser sinónimo de salarium, que se encuentra en la misma época (cf. Tac., Agr. 42.3) con el significado de'gratificación, indemnización'. Dado que esta acepción de salarium no parece menos "castrense" que la que atribuye Kempf a clauarium, ¿cómo explicar que hubiera dos locuciones soldadescas contemporáneas para un solo referente? Ciertamente, tal interpretación, muy bien elaborada, es creíble. Pero no es la única posible, y tampoco la mejor, por cuanto a la vista de esos mismos antecedentes parece más puesto en razón entender que los soldados, hartos ya de padecer penurias, exigían "hasta el clauarium", o sea hasta el último céntimo de lo que, por la absoluta inopia reinante, no se les podía pagar. Con lo que, obviamente, no hay necesidad de suponer un cambio de contenido referencial, posible pero muy poco probable 19, de clauarium, que en su acepción propia es, sin discusión, un término técnico. Dudosa es la forma de este término, que, como burgus, podría ser o germánico o griego, significando propiamente, si fuera germánico (cautiae),'casetas, barracas', y'chambergos, sombreros de ala ancha y gacha' en caso de ser griego (causiae). Poco importa aquí su origen, porque de lo que se trata es de averiguar si era término técnico o locución "alternativa". Pero las uineae clásicas estaban constituídas, si no me engaño, por una sucesión de plutei o manteletes, y no eran de la traza que les atribuye Vegecio, que nos dejó una detallada descripción de un musculus creyendo hacer 20 De esto me he ocupado en «El texto de Sall., Iug. En cuanto a las cautiae o causiae, parece que vendrían a ser uineae techadas, o sea una sucesión de musculi que formaba una galería hasta la base de las murallas de una plaza asediada, mientras los musculi protegían a los zapadores solamente durante el trabajo. Ciertamente, para un profano en estas materias -Vegecio, por ejemplo -tiene que ser fácil confundir los plutei con las uineae, y éstas con los musculi y con las cautiae o causiae. En casos como éste se fundamenta la opinión según la cual son jergales las terminologías técnicas. Por lo que se refiere a la forma de esta locución, que ha de ser considerada técnica por denotar específicamente un referente sin otro nombre conocido, ya Kempf acertó a observar que la precisión vegeciana barbarico usu no puede entenderse referida a causia (del griego kausía) 21, y la relación con cautes que de pasada apuntó Heraeus 22 es inverosímil, a menos que se admita la posibilidad de atribuir a cautes una acepción en tanto que 'barrera' puramente hipotética 23. Así pues, aun en contra de la tradición manuscrita, habrá que pensar que el tecnicismo campamental sería cautiae 'casetas', y no el más jocoso, y con más facha de "alternativo", causiae 'chambergos'. El onager y el scorpio Si puede disculparse en alguna manera y medida que Vegecio confundiera las uineae clásicas con las cautiae tardías, no se me alcanza cómo podría justificarse el hecho de que Amiano Marcelino llegara a creer que onager era invención reciente que usurpaba el lugar del scorpio de la mejor época: scorpionis autem, quem appellant nunc onagrum, huiusmodi forma est:... |... appellatur... scorpio... quoniam aculeum desuper habet erectum, cui etiam onagri uocabulum indidit aetas nouella ea re, quod asini feri cum uenatibus agitantur, ita eminus lapides post terga calcitrando emittunt, ut perforent pectora sequentium aut perfractis ossibus capita ipsa displodant (Amm. Pero hay que señalar que, por lo que parece, los proyectiles que disparaba el scorpio, llamados scorpiones, no eran del género de los contundentes, sino del de los punzantes, y de muy respetable precisión: El segundo de esos dos testimonios me parece concluyente: es más que obvio que un proyectil capaz de clavar a un jinete a su caballo no podría ser de catapulta, género de máquinas al que pertenecía el onager, o sea contundente, sino que tendría que ser punzante, de ballesta, o de scorpio, arma ésta que habría cambiado ya de denominación en tiempos de Vegecio, tomando en lugar de la propia y primera, sin duda técnica pero sin el debido empaque, otra "alternativa" de factura más "técnica": scorpiones dicebant, quas nunc manuballistas uocant, ideo sic nuncupati, quod paruis subtilibusque spiculis inferant mortem (Veg., Mil. Pasando por alto el hecho de que un proyectil que ensarta a un hombre y su caballo no puede ser muy chico, y tomando nota del desuso de scorpio como posible atenuante del error de Amiano, hay que concluir, pues, que onager no es locución técnica "alternativa", usada en vez de scorpio. El uso de aquila en lugar de legio El último de los pretendidos castrensismos "alternativos" o "anti-técnicos" es el supuesto uso de aquila'águila, enseña legionaria' para significar 'legión', denunciado por A. Köhler, del que ya se ha hecho mención, en el pasaje del Bellum Hispaniense siguiente: erat acies XIII aquilis constituta (Bell. Kempf recogió, en el comentario correspondiente, los razonamientos que llevaron a Köhler a pensar que ahí bien podía encontrarse una metonimia soldadesca: Pero, contra lo que prejuzgaba Köhler, y para empezar, lo cierto es que el desconocido autor del Bellum Hispaniense tenía efectivamente ciertas pretensiones literarias, como bien debe saber todo el que, habiendo leído su EMERITA. Pero esto, en realidad, no viene al caso, pues lo que aquí cumple es confrontar el texto que llamó la atención de Köhler con otro que ignoró, y que es sencillamente esclarecedor: Salta a la vista, por tanto, que cuando más adelante dice que la línea de batalla estaba compuesta por "trece águilas", no quiere decir el autor "trece legiones", sino "trece enseñas legionarias", exhibidas por el enemigo para aparentar que tenía ese número de legiones. No hay, por tanto, ni uso figurado ni reemplazo de una locución técnica y oficial por otra "alternativa". La naturaleza del sermo castrensis latino Con esos antecedentes, es evidentemente indefendible la definición del sermo castrensis latino como Soldatensprache, o sea como lenguaje profesional "alternativo". Puesto que todas las locuciones relativas a cosas de la milicia que han sido catalogadas como soldadescas resultan ser denominaciones únicas y específicas de sus referentes, o sea términos técnicos, podría juzgarse, en primera instancia, que, como apunté al principio, una parte del tal sermo castrensis pertenece a la terminología técnica militar, y otra al sermo uulgaris. Pero, vuelvo a decirlo, sólo a condición de no pasar por alto el hecho de que los tecnicismos soldadescos son vulgarismos, y de que las voces castrenses no técnicas componen una extensión del sermo uulgaris que bien puede merecer estudio por separado. Ahora bien, el número de los vulgarismos técnicos es tan crecido que, en ausencia de una literatura técnica y de pruebas fehacientes de la existencia de una terminología técnica elaborada, depurada y formalizada, hay que tener en cuenta la posibilidad de que el sermo castrensis, o, más precisamente, la parte de él referida a la técnica militar, sea de hecho el léxico latino de lo militar, y no solamente una porción de ese léxico. Tomando en consideración esta posibilidad, hay que desechar el reparto del vocabulario latino relacionado con la res militaris en tres bloques -terminología técnica, léxico literario y sermo castrensis -que proponía Kempf y sopesar otras dos opciones, a saber: Es sabido y notorio, en efecto, que los miembros de la clase senatorial romana solían asumir funciones militares, incluso las de mayor responsabilidad, sin poseer la pericia necesaria. Tanto es así, que para las campañas que hoy se titularían "de baja intensidad" debía de ser lo corriente poner al frente de las tropas generales sin experiencia, a juzgar por la respuesta de César a Afranio cuando éste se rindió: « neque nunc se illorum humilitate neque aliqua temporis opportunitate postulare, quibus rebus opes augeantur suae; sed eos exercitus, quos contra se multos iam annos aluerint, uelle dimitti. | neque enim sex legiones alia de causa missas in Hispaniam septimamque ibi conscriptam, neque tot tantasque classis paratas neque submissos duces rei militaris peritos » (Caes., Ciu. También inexpertos eran muchas veces los oficiales y jefes. A este respecto, cf., por ejemplo, Caes., Gall. Un siglo más tarde, cuando el ejército estaba ya del todo profesionalizado, la preparación de los oficiales jóvenes sería, según parece, todavía más deficiente, cf. Tac., Agr. Revista de Lingüística y Filología Clásica (EM) -LXXIII 1, 2005 ISSN 0013-6662 a) contraponer el sermo castrensis, o militaris, al léxico literario referido a las res militares; b) articular en dos miembros el léxico militar latino, distinguiendo, pero no separando, la parte de él estructurada o estructurable -que, a grandes rasgos, corresponde al vocabulario del arte de la guerra -del vocabulario "nomenclador" -aquel cuyos componentes revisten un contenido puramente, o casi puramente, referencial -, al que pertenecen los términos técnicos de las instituciones militares romanas, los relativos a la tecnología militar y, lo que más importa aquí, los que son, declarada o presuntamente, más puramente "soldadescos". Es obviamente preferible la segunda de esas dos opciones, dado que, como a continuación expondré, todos los "castrensismos" -es decir, las locuciones que, con arreglo a la definición de Kempf, procuraron no usar los escritores de mayor autoridad y calidad lingüística y literaria -se integran en el vocabulario "nomenclador". Planteando de esta manera el estudio y la descripción de conjunto del léxico militar latino, el sermo castrensis no se presenta ya como el vocabulario de un determinado sector de la clase social más baja, sino como el de una verdadera "clase profesional" caracterizada y cerrada, a la que de hecho no pertenecían los mandos de los ejércitos 24. 25 En el que hay que dar de baja trece entradas: carrago (no 6, vocablo godo que no constituye préstamo); aquila (no 13, usado por legio, v. en el cuerpo del artículo § 2.9, pp. 84-85); nouercae (no 21, término del vocabulario de los topógrafos); straua (no 24, barbarismo que, como carrago, no constituye préstamo); haurire 'herir' (no 28, incluído en el catálogo del sermo castrensis sin más base que una conjetura de Schöll, que gratuitamente dictaminó que había que leer militarem donde dicen italicam los manuscritos); tenebrio (no 33, parece ser denominación de los ladrones que actuaban de noche); sparteoli 'bomberos' (no 34, sería el mote de los miembros del cuerpo de protección civil, en rigor no militar); scurra'payaso, bufón' (no 36, de uso común ya en tiempos de Cicerón); hornatores (no 37, seguramente hay que leer aeneatores, pero Kempf no desaprovechó la oportunidad de poner en relación con el germánico Horn este fantasma); baro'necio, estúpido' (no 41, en el mismo caso que scurra); murcus (no 43, voz propia del latín de las Galias, adscrita al sermo castrensis por tener relación con la milicia y apoyándose en una indefendible corrección del texto -Amm. XV 12.3para leer iocaliter donde da localiter la tradición manuscrita); caliga Maximini (no 46, el testimonio aducido reza unde etiam uulgo tractum est...) y tottonarius (no 136, incluído por indicación de Wölfflin, v. al respecto, p. 155 de los Kleine Schriften de W. Heraeus, Heidelberg, 1937). -En la recopilación de Mosci Sassi, las entradas correspondientes a esos epígrafes son 97, de un total de 190, o sea el 51.05 %, que sube al 64.23 % al depurar el censo (v. nota siguiente). Características y composición del sermo castrensis latino En principio, habría que suponer que un vocabulario de esa naturaleza, en razón del aislamiento social y de la especialización del colectivo al que pertenece, debería ser jergal, esto es, una mezcla de locuciones y acepciones especiales, que los extraños entenderían mal o no entenderían en absoluto. Éste podría ser, desde luego, el caso del sermo castrensis latino, pero ha de notarse que los hechos léxicos pura y específicamente castrenses de los que tenemos noticia son realmente muy pocos. De hecho, constituyen la mayor parte de la recopilación de Kempf los testimonios ilustrativos del talante del colectivo, que se pone especialmente de manifiesto en las cantilenae (vg., Gallias Caesar subegit, Nicomedes Caesarem... etc.), los apodos (p.e., el de Biberius Caldius Mero que por ser supuestamente muy bebedor pusieron a Tiberius Claudius Nero), los dicta más o menos jocosos (como el que circuló cuando Bonoso, formidable bebedor, se ahorcó: dijeron que amphoram pendere, non hominem), las inscripciones, necesariamente escuetísimas, que ornaban las glandes (tales como culum pandite, pertinacia uos radicitus tollet, etc.) y, en fin, un dicterio tabernario-cuartelero (muger'mocoso, pardillo'). De la recopilación de ésta, además de ocho de las entradas que he reseñado en la nota anterior (aquila, baro, carrago, haurire, hornatores, murcus, nouercae y sparteoli), hay que dar de baja otras 32, a saber: accensus (no 67, término arcaico, desusado en el lenguaje militar -perduró en el de las instituciones políticas); ancentus (no 72, significado y referente desconocidos, atribuído conjeturalmente al lenguaje campamental); armatura (no 75, incluído en la recopilación de Mosci Sassi por figurarse ésta que se refiere a la esgrima); battuere (no 79, término gladiatorio, y no militar); camisia (no 86, S. Isidoro lo presenta como término vulgar, referido a una vestidura litúrgica -Orig. 64.11 -dice que solían usarlas los militantes, basándose en este último testimonio la catalogación como vocablo castrense, cuando es bien sabido que militantes no significa 'militares' en el latín de los cristianos); campigeni (no 89, la única noticia de este vocablo que tenemos -Veg., Mil. II 7 -reza "campigeni, hoc est antesignani", por lo que podríamos entender que es mera invención literaria, y adjetivo); canaba (no 90, referente desconocido); cantuna (no 91, referente desconocido); circumitor (no 101, su adscripción al léxico castrense es puramente conjetural); citare ad nomen (no 102, conjetura sin ninguna base); concedere (no 107, conjetura sin base); conditorium (no 108, conjetura gratuita); couinnus (no 110, nombre de un carro de guerra que usaban los britanos y no adoptaron nunca los romanos); cruppellarius (no 111, término gladiatorio, designaba un género de gladiadores inferendis ictibus inhabiles, accipiendis impenetrabiles -Tac., Ann. III 43.2 -, y por tanto sin ninguna posible función militar); exacerbare o exaceruare (no 114, conjetura sin base); glabalum (no 120, referente desconocido, podría tratarse de grabatulum); inferius, infra (no 124, y super, superior, supra, no 160: cabe la posibilidad de que los soldados hubieran tenido la ocurrencia de considerar un extremo del campamento como "la parte de arriba", y el opuesto como "la parte de abajo", según Mosci Sassi, que no reparó en la circunstancia de que el campamento, según el De munitionibus castrorum -del que proceden los testimonios correspondientes -, debía construirse en pendiente); iubilum (no 126, la propia Mosci Sassi reconoce que no es voz privativa y específicamente castrense); lectica (no 128, Varrón -Ling. V 166dice solamente que en su tiempo las lecticae se hacían todavía de hierba y paja en los campamentos, no que lectica fuera un término usado en el ámbito de la milicia); litterio (no 130, es un dicterio -'empollón, pedante' -a todas luces no específicamente soldadesco); parentes (no 144, ya Heraeus, en el trabajo citado en n. 25, señaló que no puede atribuirse propiamente al ámbito de la milicia); plicare (no 145, Mosci Sassi lo incluyó en su colección advirtiendo que se apoyaba en una conjetura absolutamente inverosímil); proba (no 148, v. lo dicho de parentes); prodere diem, prodire in altum y proeliari sub uitem (núms. 149, 150 y 151, expresiones de Lucilio imputadas por Marx -a título de conjetura más que de hipótesis, puesto que carece absolutamente de fundamento -al lenguaje militar); rorarius (no 152, arcaísmo, como accensus); sopio (no 155, como litterio, este dicterio -'capullo, glande del pene' -no puede considerarse específicamente cuartelero); stellatura (no 157, sería tecnicismo jurídico ¿'apropiación indebida'?); strigosus (no 159, también probable tecnicismo, éste del lenguaje veterinario); turturilla (no 162, otro dicterio,'tortolilla, mariquita', como litterio y sopio); y uallesit (no 163, probablemente pura invención literaria, forjada sobre uallum, a juzgar por la noticia, única que nos ha llegado, que se encuentra en el Breuiarium de Paulo, p. Ahora bien, en el remanente -con las adiciones de Mosci Sassi 26, suma un total de 59 entradas -no se encuentran apenas reflejos de los rasgos que, 27 Diez recogidas por Kempf (bucellarii, cacula, Castra Scelerata, cilibantum, conterraneus, focaria, Insula Glaesaria, primiuirgius, scurra y segestre), y ocho añadidas por Mosci Sassi (agaso, alleuare, calo, galearius, gauius, lixa, postprincipia y Tres Tabernae). De cippus vienen el español cepo y el italiano ceppo. Y véase la descripción de los cippi, artilugios ideados para las obras de contravalación durante el cerco de Alesia, y por lo que parece empleados solamente en esa ocasión, en el relato de César: «... ad haec rursus opera addendum Caesar putauit, quo minore numero militum munitiones defendi possent. itaque truncis arborum aut admodum firmis ramis abscisis atque horum delibratis ac praeacutis cacuminibus perpetuae fossae quinos pedes altae ducebantur. || huc illi stipites demissi et ab infimo reuincti, ne reuelli possent, ab ramis eminebant. || quini erant ordines coniuncti inter se atque implicati; quo qui intrauerant se ipsi acutissimis uallis induebant. hos cippos appellabant » (Caes.,. Es bien fácil, y yo diría que inevitable, advertir las semejanzas entre los cippi y las alambradas militares modernas, que como los cippi de Alesia forman ordines coniuncti inter se atque implicati de alambres erizados de púas, con el fin de atrapar como en un cepo a los que intenten salvar el obstáculo. En cualquier caso, por la descripción de César puede apreciarse que los cippi no guardaban ningún parecido con un cementerio sembrado de estelas, puesto que de las fosas sobresalían solamente las copas de los árboles. Suelen los editores señalar omisión tras dimitteret, y procuran subsanarla, sin percatarse de que se trata de una acepción especial y particular de dimitto, en tanto que'licenciar = dejar marchar libremente'. Si se aprecia esta circunstancia, amén de respetar la tradición manuscrita, se entiende mejor la referencia admirativa a la clemencia de César del párrafo quinto. A los testimonios presentados en n. Por lo demás, no se encuentra en los dos catálogos del sermo castrensis publicados ningún vocablo que ab iis, qui communi sermoni studebant, alienus ac militum proprius esse sentiretur ideoque euitandus putaretur, con arreglo a la definición de Kempf, por su grosera factura o en razón de su contenido semántico. Habrá que pensar, por consiguiente, que no son ésas las causas principales de que los usuarios del sermo communis literario no se sirvieran de las voces castrenses o las emplearan sólo raramente, y a veces pidiendo perdón por hacerlo 30, puesto que esas locuciones denotaban realidades ajenas a los miembros de la clase social de la que, casi sin excepción, procedían los escritores, sus lectores y los mandos superiores y medios de los ejércitos romanos. A éstos les bastaba con hacerse una idea de los principios esenciales del arte de la estrategia, o sea del generalato 31: los usus castrorum y los mores militiae, rutinas por las que se regían la vida campamental y la actividad militar ordinaria -incluyendo la táctica elemental -, eran cosa de la tropa. Parece muy puesto en razón, en efecto, suponer, primero, que los mandos militares improvisados o provisionales no estarían especialmente interesados ni en diferenciar un bracchium de una munitio o un murus de otro tipo ni en averiguar la naturaleza y la cuantía del clauarium; y segundo, que los elementos de la sociedad civil, sobre todo los urbani, contemplarían con distanciamiento más que considerable las peculiares usanzas de la campamental, tales como la ficción jurídica en virtud de la cual las mujeres de los soldados convivían con éstos a título de focariae, o sea de cocineras, así co-32 Acerca del concepto de oeqnoj en tanto que 'sociedad de guerreros', cf. E. Gangutia Elícegui, « 4Eqnoj antes de las etnias », en TÊj filíhj táde dÔra, miscelánea léxica en memoria de Conchita Serrano, Madrid, CSIC, 1999, pp. 91-95. Revista de Lingüística y Filología Clásica (EM) -LXXIII 1, 2005 ISSN 0013-6662 mo las manifestaciones del espíritu de camaradería, de oeqnoj -o sea de clan o "familia militar" 32 -que informa locuciones como conterraneus, conmilito, conturmalis, etc. Así pues, lo más acertado será, sin duda, separar, en la medida de lo posible, el léxico de re militari de la clase alta, o sea el literario, del vocabulario de la "clase militar", subdividiendo éste en dos apartados para poner en uno los elementos que con más justicia pueden titularse "castrenses", y en el otro, que será el que con más propiedad podrá ostentar el rótulo de "militar", los tecnicismos relativos a la actividad ordinaria de los ejércitos, a sus medios materiales y a las obras militares. El vocabulario de la sociedad campamental En el primero de esos dos apartados tendrán cabida, además de los vocablos que expresan una relación de familiaridad y compañerismo -conterraneus... etc. -, las denominaciones de la variedad de auxiliares y sirvientes que formaban el séquito de los ejércitos -calo, cacula, etc. -, el tecnicismo jurídico focaria, los topónimos Castra Scelerata e Insula Glaesaria, alleuare y dos términos caídos en desuso fuera del ámbito de la milicia por haber pasado de moda entre los civiles, como se desprende de los testimonios de Varrón, la mesa redonda para bebidas llamada cilibantum (Varro, Ling. V 121) y los cobertores de las lecticae, éstos llamados segestria (Varro, Ling. Es una nómina realmente muy corta, y que no se presta a un estudio en profundidad por cuanto es imposible determinar las características de los referentes de la mayor parte de sus componentes: no sabemos si los lixae, los calones, etc. eran auxiliares del ejército o serui militum, y no podemos ni afirmar ni negar que manipularis, conmanipularis, etc. reflejen una relación institucional y no sólo los vínculos de afecto que se establecen -el célebre "esprit de corps" -entre los componentes de una unidad militar. Con todo, me parecen dignas de consideración, aunque ésta haya de ser brevísima, cuatro de las entradas de este apartado: alleuare, conmilito, conterraneus e Insula Glaesaria. A propósito de alleuare hay que señalar que, según S. Agustín (Hept. IV 97), la tal insula, una de un grupo de 23 Romanis armis cognitae, se llamaba también Burcana -modernamente Borkhum, en la desembocadura del Ems -, Austerauia y Actania. Revista de Lingüística y Filología Clásica (EM) -LXXIII 1, 2005 ISSN 0013-6662 res la particular acepción de'despenar, matar', que es a todas luces propia de una germanía de hampones. Más que lo que añade al retrato moral de la soldadesca, importa, creo yo, el hecho de que se trate de un caso de especialización de una voz común, asunto sobre el que habré de volver en el punto siguiente. Acerca de conmilito'conmilitón, camarada', lo notable es que se encuentra en documentos que pueden considerarse semioficiales -las respuestas de Trajano a las consultas y cartas de Plinio el Joven cuando éste era gobernador de Bitinia -con el significado aparente de 'soldados' 33. Digo que se trata del significado aparente porque, a mi entender, el uso de conmilitones en lugar de milites es una muestra de la campechanía, casi siempre más afectada que real, propia del "estilo militar" del emperador. En cuanto a conterraneus, voz de la que tenemos noticia por el prólogo de la Naturalis Historia, es patente que Plinio, militar de profesión, se sirvió de ella para hacer alarde de modestia y sencillez, como conviene a un soldado y más aún a quien presenta a su emperador una obra de la que se siente legítimamente satisfecho y orgulloso 34. Por lo que respecta al topónimo Insula Glaesaria, hay que observar que éste era el nombre "militar" de un islote del Mar del Norte en el que abundaban el ámbar -de ahí lo de Glaesaria -y las matas de habas, lo que le valió el nombre "civil" de Insula Fabaria, bastante más pedestre que el "militar" 35. Bien puede decirse, en fin, que las locuciones de este apartado no tienen más interés filológico y lingüístico que el que revisten los testimonios acerca del talante del colectivo militar, y que no pueden aducirse como prueba de que hubo un sermo castrensis diferente o distinto del común y del vulgar. En el apartado de los verbos, hay que destacar la serie, bastante larga, de los que expresan las acciones de allegar y acopiar subsistencias, provisiones y recursos de toda clase: aquari, copiari, equari, frumentari, lignari, materiari, pabulari y uestiri. Los que se refieren a los aprovisionamientos ordinarios sobre el terreno -aquari, frumentari, lignari y pabulari -, junto con los substantivos correspondientes -aquatio, aquator, frumentatio, frumentator, lignatio, lignator, pabulatio y pabulator -no son ni muy frecuentes ni raros en los textos literarios, lo cual es lógico, puesto que las acciones a que se refieren solían verificarse en presencia del enemigo, y casi siempre con dificultad y riesgo: eran, por tanto, materia de narración idónea. La tala de árboles y el acarreo de los troncos, en cambio, sólo en un caso parece haber sido digna de mención, a saber, cuando en las primeras fases del cerco de Alesia la necesidad de emplear un gran número de soldados en esa tarea, en los trabajos de contravalación y en la frumentatio forzó la sensible disminución de los efectivos de la fuerza sitiadora 37. En cuanto a la ad- En el siguiente apartado, hay que advertir que el hecho de que la administración interna de las unidades no haya tenido absolutamente ningún reflejo en la historiografía hace del todo imposible pronunciarse con algo de fundamento en lo tocante al lenguaje de la burocracia militar -insigne invento de los romanos -, para cuyo conocimiento dependemos de la documentación en papiro, que es notoriamente muy escasa. Gracias a ella conocemos un par de casos de especialización de vocablos comunes: depositus se tomó en la acepción particular de'cantidad depositada a cuenta, depósito', y distribuere en la de'destinar, asignar a un soldado a una determinada unidad', de modo tal que estos términos aparecen transliterados, y no traducidos, en los documentos redactados en griego 38. Por esas mismas fuentes tenemos noticia de pridianum, nombre de un tipo de documento -un estado de fuerza, o parte de revista -confeccionado el último día del mes (pridie Kal.), y de que hibernari, en principio 'invernar', tuvo una segunda acepción que, a primera vista, nada tiene que ver con la invernada,'estar una unidad acantonada, de guarnición' 39. Éste es un hecho que, siempre a primera vista, se antoja impropio de una terminología técnica, o, mejor dicho, científico-técnica, cuyos componentes, por principio, deben ser rigurosamente monosémicos. Pero no está fuera de lugar en un habla profesional, sectorial o "de ámbito", en la que puede atenuarse, o incluso relajarse, el rigor terminológico sin detrimento sensible de la comunicación entre los entendidos en la materia: el de hibernari no es, ni mucho menos, un caso singular, puesto que en la "cara visible" del lenguaje militar, o castrense, latino -el léxico literario de re militari -se encuentran otros términos que revisten contenidos referenciales múltiples, y que para un profano pueden resultar ambiguos. Ahí están, en efecto, commeatus, que puede significar 'circulación' -es su significado propio -y también 'convoy','licencia, permiso' y 'abastecimientos'; praesidium, que además de significar'defensa, protección' puede referirse a una guarnición, a una escolta, a una salvaguarda o a un puesto de guardia y custodia fortificado; auxilia, propiamente'refuerzos, refrescos', y también'fuerzas auxiliares, de segunda línea'; aestiua, que como hiberna es seguramente abreviación -de *castra aestiua, otro rasgo típico de las hablas profesionales -y que es a menudo de imposible interpretación, porque los profanos no acertamos a distinguir claramente sus dos acepciones,'bases de operaciones durante la campaña, campamentos de verano' y'campaña, operaciones (que se llevan a cabo durante la temporada estival)'; statiua, también abreviación -de castra statiua -, que aparece denotando las bases de operaciones permanentes o semipermanentes, y también los campamentos no efímeros ('alto, parada'),... etc., etc. A la vista de esos antecedentes, y en primera instancia, parece que de la distinción entre la terminología militar latina y el llamado sermo castrensis habrá que decir lo que ya dijo Mosci Sassi acerca de la diferenciación de ese tal sermo y el uulgaris o plebeius, esto es, que trazar divisorias entre uno y otro sería casi siempre imposible, probablemente inútil y justificable solamente a los efectos de una clasificación puramente empírica. Salta a la vista, en efecto, que lo que se ha querido poner bajo esa rúbrica es, pura y simplemente, un léxico técnico informal, o, mejor dicho, sin formalizar: los rasgos que permiten distinguir las locuciones que han sido tildadas de "castrenses" o "soldadescas" de las que se estiman propiamente "técnicas" son sólo dos, el ámbito y la frecuencia de uso. Que, si bien se mira la cosa, dependen solamente del contenido referencial, y no de la calidad y factura, de los términos técnicos. Ahora bien, desde el punto de vista de la Lexicología puede ser oportuno y conveniente, y yo creo que lo será, estudiar por separado las locuciones que no contienen nada más que una referencia al plano de la realidad extralingüística y las que, revistiendo un contenido semántico, en virtud de éste denotan un referente distinto del "propio" o primero, o una pluralidad de referentes. Siempre y cuando, por supuesto, se prescinda absoluta y riguro-40 Vg. 41 Las noticias que de este apodo dan los Strategemata atribuídos a Frontino, Festo y el Breuiarium de Paulo son un tanto ambiguas, puesto que podrían entenderse referidas a los soldados -en cuyo caso habría que poner muli Mariani entre los dicta soldadescos -o a las las horcas de las que se servían para llevar con más facilidad la carga, con lo que esta denominación vendría a ser un tecnicismo como los que denotaban otras piezas del equipo. 42 Increíblemente, Kempf trató de apuntar alguna relación entre barritus'barrito, bramido del elefante' y barditus, que denotaba los cantos épicos con que los bardos enardecían el ánimo de los germanos la víspera de la batalla, según cuenta Tácito en su Germania. Revista de Lingüística y Filología Clásica (EM) -LXXIII 1, 2005 ISSN 0013-6662 samente de tomar en consideración lo que podría llamarse la "extracción social" de los tecnicismos: poco, o más bien nada, puede importar, en efecto, que se deba a la soldadesca o a los mandos, por ejemplo, la idea y la práctica de medir en número de campamentos la duración de una marcha 40, porque lo único que aquí viene de verdad al caso es que el cómputo por tramos, no por días -en los desplazamientos más largos habría que intercalar alguno de descanso -, permite a un entendido apreciar con más exactitud la movilidad efectiva de una fuerza. Así pues, y ya para terminar, entiendo yo que una rúbrica como "léxico militar latino no literario", o "parte nomencladora del léxico militar latino", describirá con más acierto y precisión la naturaleza y el contenido de lo que hoy se pone, por ocurrencia relativamente reciente de J. G. Kempf, bajo el rótulo sermo castrensis. En cuanto a los hechos léxicos registrados en ese epígrafe sin tener relación directa con la técnica militar romana -incluyendo el apodo de muli Mariani que se dieron a sí mismos los legionarios cuando se les vedó el uso de acémilas y carruajes 41, y el nombre de barritus con el que bautizaron el clamor que alzaban ciertos bárbaros inmediatamente antes de entrar en batalla 42 -, creo que han de tomarse como meros testimonios ilustrativos del genio y del ingenio de la soldadesca de Roma.
Rodio šş[p]ráȩn es un fantasma. La lectura correcta debe ser šş[p]ráZȩn con una -Z-etimológicamente esperable (cf. pépraḡa, prâgoj,'pragía). La erosión de la piedra ha borrado la barra inferior de (signo Z arcaico), lo que crea una falsa apariencia de. En las inscripciones rodias más recientes, el tipo autóctono prázw, comparable a cretense práddw (práttw), ha sido sustituido por el supradialectal y secundario prássw. Recientemente Wolfgang Blümel ha republicado como no 251 del corpus epigráfico de la Perea Rodia un conocido decreto de la ciudad rodia de Lindo que establece la normativa de los sacrificios a Enialio 1. El decreto, que se fecha entre el 440 y el 420 a.C., está grabado sobre una estela de piedra que antaño se encontraba empotrada en el muro de una casa particular de la ciudad turca de Selimiye y ahora se conserva en el museo de Rodas. Selimiye se identificaba con la antigua Timno, pero, como argumenta Blümel, ob. cit.,p. 75, es más probable que su emplazamiento se corresponda con el de la antigua Hide. 2 Maiuri no pudo leer el pasaje, que quedaba oculto bajo una capa de argamasa. Por razones que luego se harán evidentes, reproduzco escrupulosamente el texto de Blümel, que coincide con el de Accame, y mantengo los puntos bajo todas las letras conservadas fragmentariamente. 9-12) se lee una disposición, cuyo sentido no ofrece dudas 2: šş [p]ráten dè [tò]n stratagòn tò ̧'ŗ [gúr]ion kaì paŗḑid[ómen t]Ôi ±arÊi Que el estratego cobre el dinero y lo entregue al sacerdote. Sin embargo, como ya señaló Accame, la --del infinitivo šş [p]ráȩn (= át. e±spráttein) es sorprendente en un dialecto donde el resultado usual de *t(h)j y *k(h)j es /ss/ (SS) y todavía lo es más si se considera que en la misma inscripción se documentan dos ejemplos de -SS-como resultado de *tj: Àpósso[j] (l. Se han propuesto diversas soluciones al problema, aunque, como vamos a ver, ninguna de ellas resulta satisfactoria. Vázquez 1988, no 75, proponía leer šş[p]rásşȩn, pero esta conjetura no encuentra apoyo en los restos de letras visibles en la piedra. 104, quien no tuvo tiempo de consultar la tesis de Martín Vázquez para su artículo, se muestra rotunda al respecto: «[El signo] ‹› parece seguro, a juzgar por la estampación que me ha facilitado la profesora Kontorini». Tras un minucioso análisis de los datos, Striano Corrochano 1989, pp. 106-107, se plantea a título de mera hipótesis la posibilidad de que la sea una sampi (). Como se sabe, esta letra que se atestigua en inscripciones jónicas de Asia Menor, debe de representar una africada geminada /ttß/ o /tts/ (Allen 1987, pp. 60-61). Striano recuerda acertadamente que en algunos textos la sampi convive con la grafía SS: así, 8Alikarnaé[w]n en DGE 744, 2 (Halicarnaso, ¿ca. Sin embargo, la propia Striano descarta esta hipótesis de trabajo con dos argumentos de peso: (a) no hay otros testimonios del uso de la letra sampi al sur de Halicarnaso y (b), en sus propias palabras, «la estampación de la inscripción no permite ver con claridad el supuesto signo ‹›, sino más bien ‹› sin rastros de las barras distintivas de una sampi». Conviene notar que la africada simple /ts/ con que aparentemente operan Allen y Striano, debería haber dado una /s/ simple. En realidad, el resultado /ss/ tiene que proceder de una africada geminada /tts/; cf. Viredaz 1993, p. 334, quien, por lo demás, acepta como válida la explicación de Striano. Para otro posible caso en corintio y, en general, para la evolución *j-, *dj, *gj > /dd/ en distintos dialectos incluido el ático puede verse ahora Colvin 2004, esp. 101-104. 5 Por razones obvias, Gallavotti no traduce su texto. V' oÐ estaría por kaì oÐ y, lo que es más problemático, 2xetai equivaldría a 1ketai. Striano prefiere explicar la de šş [p]ráȩn como notación aproximada de un fonema africado /ts/, que habría sobrevivido en rodio hasta una fecha relativamente reciente antes de confundirse con /ss/ (SS) 3. Un posible paralelo sería la ‹D› que notaría de forma aproximada una africada sonora /dz/ resultante de *dj en el caso de Deúj (át. Zeúj) en un vaso rodio de procedencia incierta, CEG I 461 (c. Pero, a mi modo de ver, esta explicación no es convincente: ¿por qué se iba a utilizar el signo para representar una hipotética africada /ts/ en la que la silbante sería más prominente que el elemento oclusivo, tanto desde el punto de vista articulatorio como desde el punto de vista acústico? 2.3. Este sería el auténtico resultado del griego occidental frente al más extendido -SS-, que se relacionaría con un hipotético sustrato éolico. Otro posible ejemplo de anómala se encontraría en un texto inscrito sobre un vaso rodio que representa una figura de hombre agachada, LSAG p. Si nos atenemos a la propuesta de Gallavotti 1975de Gallavotti -1976, pp. 77-78, pp. 77-78, el texto del vaso, muy acorde con la postura del hombre, diría a modo de bocadillo de tebeo lo siguiente: xeteío V' oÐ nâma 2xetai Tengo ganas de cagar y el flujo no viene 5 Gallavotti explicaba xeteío ̄ como desiderativo de xézw, equivalente a át. xeseíw. La sustitución de /s/ por /t/ sería un artificio para desfigurar una palabra tabú. Peters 1988Peters -1990, en cambio, interpreta xet(t)eío ̄ como resultado de una evolución fonética *k h edso > *k h etso > *k h etto con un cambio /ts/ > /tt/ como en beocio y cretense (cf. también, con ciertas reservas, Méndez Dosuna 1991Dosuna -1993, pp. 90-91, n. Con todo, también esta solución tropieza con dificultades. Por un lado, una asimilación de ese tipo es, cuando menos, inusual (Méndez Dosuna 6 Del aoristo oexeson me ocuparé en otro trabajo. 7 Evidentemente, la dificultad no existe para quienes parten de un futuro *petéomai (< *péth 1 -s-e/osin restauración de *-s-) como antecesor directo de hom. peséomai y át. pesoûmai. El argumento principal a favor de esta reconstrucción -que Ruijgh no defiende en ningún momento -lo proporciona el hecho de que en Homero no se atestigüen nunca formas con doble sigma (*pess-) en el futuro y el aoristo tal como se esperaría regularmente para *pet-s-EMERITA. Pero es que además, en el caso concreto de šş [p]ráȩn, el decreto de Lindo no sólo atestigua los dos ejemplos de SS citados más arriba, sino también šgrammáteue (l. 3) y seguramente [']po[s]tȩļ[lé]tw (ll. Puesto que se usan grafías dobles para /ss/, /mm/ y /ll/, en buena lógica deberíamos esperar una grafía con doble tau *šsprátten para representar el presunto resultado /tt/. 678 coinciden en desconfiar de la lectura šş [p]ráTȩn, pero aceptan como válida la lectura de Gallavotti xeteío ̄ -con una simple. Ruijgh atribuye esta forma a la acción de la analogía. Junto al aoristo sigmático habitual oexesa, en ático hay unos pocos ejemplos de un aoristo temático oexeson, formación que, según Ruijgh, se habría creado analógicamente sobre oepeson. De forma paralela, en rodio, el aoristo de píptw, que debía de ser oepeton como en otras variedades dóricas, habría propiciado la creación de un aoristo *oexeton. De *oexeton habría surgido un futuro *xetéomai y este, a su vez, habría dado origen a un desiderativo xeteíw. En apoyo de este último eslabón en la cadena de analogías, Ruijgh cita el desiderativo 1⁄2yeíw basado en el futuro 3⁄4yomai. Sin embargo, la complicada hipótesis de Ruijgh se enfrenta a varias dificultades. Para empezar, no se ve una afinidad semántica clara entre píptw y xézw que hubiera podido dar ocasión a la analogía. El hecho de que los gramáticos (Herodiano, Querobosco) y los léxicos (EM, EG) asocien los aoristos oepeson y oexeson -Ruijgh no menciona explícitamente este dato -se explica por su parecido formal, no porque fueran conscientes de una supuesta relación analógica entre ellos 6. Por otro lado, si en rodio hubiera existido la presunta relación analógica entre oepeton y el hipotético *oexeton, habría sido de esperar que la analogía hubiera alcanzado también al futuro de tal manera que la existencia en el dialecto de un futuro peséomai o *pesséomai (< *petseomai) debería haber bastado para impedir que el futuro regular xe(s)séomai hubiera sido suplantado por el anómalo *xetéomai 7. Como contrapartida, la hipótesis obliga a postular una asibilación de /t/ completamente ad hoc para poder explicar el paso de *petéomai a peséomai, lo que sin duda representa un coste demasiado elevado (Sihler 1995, p. Nótese que, aparte de las frecuentes discordancias en la voz (cf. fut. med. xesoûmai, pres. act. xeseíw), en ocasiones también pueden existir diferencias formales en la raíz: cf. cumbaseíonta (Th. VIII 56.3) frente a fut. cumbÉsomai. 9 Para Hollifield 1982, quien también interpreta el tipo homérico keíw como desiderativo de keîmai, (di)iscurieíw representa la regla general con la -ssin restaurar como en el futuro. 10 Dubois propone el siguiente texto, que, dicho sea de paso, tampoco está exento de dificultades: xê teîo V' oÖn ‰maÛ 2xetai "Verse quel que soit le parfum dont ma chérie pourrait avoir envie". Por si esto no bastara, es poco plausible que se creara un desiderativo *xeteíw, para el que, por lo que sabemos, escaseaban los modelos. Con la posible excepción de ±sxurieíw, diïsxurieíw, desiderativo de (di)isxurízomai (fut. (di)isxurioûmai) atestiguado en los escritos de Hipócrates y Galeno, los desiderativos de que tenemos constancia (xeseíw, draseíw, feuceíw, polemhseíw, etc.) se asocian a futuros sigmáticos (xesoûmai, drásw, feucoûmai, polemÉsw, etc.) 8. No se atestiguan desiderativos como *'poqaneíw, *drameíw o *šdeíw basados en los futuros no sigmáticos'poqanoûmai, dramoûmai, oedomai 9. Estamos ya en condiciones de volver al problema del infinitivo šş [p]ráȩn. Hasta ahora, todos los que se han ocupado de esta forma, la han equiparado a las variantes dialectales praAE tt-del ático y el beocio, prÉtt-del euboico, prÉss-del jónico y praAE ss-del lesbio y tesalio, de diversos dialectos dóricos (délfico, etolio, megarense, coico, etc.) y, por supuesto, de la koiné. Sin embargo, esta equiparación puede ser inexacta. Es cosa sabida que, diacrónicamente, una buena parte de los presentes en -ttw / -ssw son formaciones derivadas de raíces terminadas en una velar Por supuesto, otros verbos en -ttw / -ssw y en -zw se relacionan con raíces terminadas en una oclusiva dental: por ejemplo, *mlit-je/o-(cf. méli mélitoj) > blíttw y *elpid-je/o-(cf. šlpíj šlpídoj) > šlpízw. 12 Dejo de lado el hecho de que la confluencia de *t(h)+j-y *k(h)j y de *dj y *gj en el tema de presente también favoreció la confusión entre raíces en dental y en velar: cf. fut. ‰rpácw, aor. ¬rpaca con velar etimológica del jónico frente a ‰rpásw, ¬rpasa, analógicos de los temas en dental del ático. El verbo tázw que atestiguan algunos gramáticos y léxicos tardíos (Filóxeno, Herodiano, Orión, etc.) Por otro lado, en los otros temas verbales y en la morfología derivativa, en posición anteconsonántica el modo de articulación de la velar final de la raíz quedaba enmascarado por efecto de las consabidas reglas de asimilación. Debido a ello, en el plano puramente sincrónico, el presente fulátt-/ fuláss-se relacionaba con formas en que había /k/ (šfúlaca, fulácw, fúlacij, pefúlaktai, fulaktÉrion), con formas en que había /g/ o más probablemente [{] (pefulagménoj, fulágma) y, por fin, con formas en que había /k h / (šfuláxqh). Del mismo modo, ‰rpáz-alternaba con formas con /g/ (‰rpágdhn), con /g/ o [{] (Šrpagma, arpagménoj), con /k/ (‰rpácw, ¬rpaca, ‰rpaktój) y con /k h / (arpáxqhn). Como todo el mundo admite, fue esta opacidad morfofonológica la que propició los trasvases entre -zw (-ddw) y -ttw / -ssw 12. Así, el presente sfázw atestiguado en Homero, Heródoto, Tucídides, trágicos, etc. y en la colonia megarense de Selinunte 13, así como beoc. sfáddw (An.Ox. 325), que presentan la terminación -zw / -ddw etimológicamente esperable (cf. sfagÉ), contrastan con el tipo secundario sfáttw (Lisias, Jenofonte, Platón, oradores, etc.). Del mismo modo, cor. sunal(l)ázesqai, SEG XI 244.3 (Sición, ¿ca. 500?), también con el sufijo regular desde el punto de vista de la etimología (cf.'llagÉ), contrasta con át.'lláttw y jón. koiné'llássw. Por último, beoc. táddw, etimológicamente justificable (cf. tagój) difiere de át. táttw y jón. tássw 14. del griego moderno gr. mod. tázw'prometer, ofrendar', es probablemente resultado de una refección secundaria de táttw / tássw, que por casualidad viene a coincidir con lo que es esperable etimológicamente; cf. también gr. mod. allázw, sfázw. 15 El perfecto aspirado pépraxa es reciente y claramente secundario. Hay que admitir que, a falta de una etimología clara de práttw, el argumento no es del todo incontrovertible ya que la sonora de prág podría ser secundaria: así, junto a los opacos bláptw, bláyomai, béblammai, šbláfqhn y, por otros motivos, béblafa, los engañosamente "transparentes" bláboj, blábh, blaberój,'blabÉj, oeblabhn, etc. del ático y otros dialectos presentan una /b/ secundaria que contrasta con la sorda etimológica (*ml1⁄2 k w -), que tan sólo se mantiene en cret.'blopéj,'blopía ('plopía), katablápeq(q)ai. La misma ambigüedad se daba también en la morfofonología de la familia de praAE ttw / praAE ssw, cuyo radical tenía diferentes realizaciones: [pra...{] (pepraḡménoj, prâgma), [pra...k] (prácw, oepraca, prâcij, pépraktai, ƒpraktoj) y [pra...k h ] (peprâxqai, špráxqhn). Pese a lo que diga Chantraine, DÉLG s.v. praAE ssw, el presente pra ttw / pra ssw es una formación claramente secundaria. Que la consonante final de la raíz no era originalmente una velar sorda, sino una velar sonora, se pone de manifiesto en el perfecto pépraḡa (Hdt. péprhga) y en los sustantivos prâgoj,'pragía (cf. Ruijgh 1978, p. El presente fonéticamente regular no es, por tanto, praAE ttw / praAE ssw, sino praAE zw. Este es el resultado que debe atestiguar nuestro decreto rodio. Como se deduce del comentario de Striano citado en §2.2, la estampación permite leer con claridad la parte superior de la presunta, bien distinta de lo que esperaríamos para una sampi. Lo que ha sucedido es que el deterioro de la piedra ha borrado la barra inferior de la dzeta, cuya forma en época arcaica y clásica es. La amputación le confiere una falsa apariencia de. Por tanto, a mi modo de ver, la lectura correcta es šş [p]ráZȩn. Aunque no parece que hasta la fecha tengamos constancia documental de otros testimonios de praAE zw en las inscripciones dialectales, el tipo rodio es perfectamente homologable con prád(d)w, formación bien documentada en cretense, donde -D(D)-representa el resultado de *j-, *dj, *gj durante los siglos V-IV (Bile 1988, pp. 142ss.): prád(d)en, IC I x 2.3 (Eltinia, ca. 480-450), etc. En inscripciones más recientes práddw da paso a formas del tipo práttw: cf. prattóntwn, IC IV 172.9 (Gortina, ss. Obviamente, en este caso /tt/ ( ) no es resultado de una analogía, sino del ensordecimiento fonético de Tengo que agradecer a Alcorac Alonso Deniz que me haya recordado este pasaje del libro de Brixhe. 20 Como me indica Alcorac Alonso Deniz per litteras electronicas, podría suponerse que šş [p]ráȩn representa en Rodas el vestigio de un uso ortográfico más antiguo -similar al de las inscripciones cretenses más antiguas -con como notación de una africada sorda /tts/ que habría evolucionado más tarde a /ss/. Sin embargo, a falta de nuevos datos que la pudieran confirmar, esta hipótesis me parece mucho menos plausible ya que ni el alfabeto, ni los hábitos ortográficos de Rodas en época arcaica manifiestan especial afinidad con Creta. Un estado de cosas similar se aprecia en Creta (Bile 1988, p. 145), donde prássw ha desplazado a las variantes locales en algunos textos de fecha tardía en los que proliferan otros rasgos de carácter supradialectal: 13) por dial. portí y e± (ll. C.) junto a dhmosíai (l. 16) por dial. damosíai prássen, IC III iii 1.A 14 (Hierapitna, junto a basiléwj (l. 1) por dial. basiléoj, ¬missa (l. 22) por dial. a± dé ka, etc. sumprassóntwn, IC III iii 3.A 51 y 84 (Hierapitna, com. s. II a. 10) por dial. portí, e±j (l. 12) por dial. š(n)j, diakosíouj (l. 26), por dial. *tétorsi (?) y pólei (l. En resumen, todo indica que, como en la mayor parte de los dialectos griegos, también en rodio los grupos *ts, *t(h)j, *k(h)j y *tw confluyeron regularmente en un resultado /ss/ (SS). La posibilidad de una evolución alternativa con resultado /tt/ es improbable. El presunto šş [p]ráȩn es fruto de un espejismo. La lectura correcta es šş [p]ráZȩn donde Z representa el resultado esperable para un grupo *gj 20.
Los escolios añaden al texto principal un segundo, o secundario, texto, gramatical o filológico. A veces añaden también un contenido que puede ser considerado superfluo, irrelevante o incluso innecesario por los filólogos modernos. Los comentaristas antiguos, de hecho, elegían qué querían comentar y cómo querían hacerlo. En la mayor parte de los casos, consideraron los textos más antiguos desde el punto de vista de su propio tiempo. Los escolios, ciertamente, no reflejan una objetividad expositiva que se limitaría a explicar el significado verdadero y, en la medida de lo posible, único. Los gramáticos comentan aquello que sus mentalidades o sus lenguajes les llevan a comentar. El resultado filológico, por consiguiente, parece una mixtura de objetividad y subjetividad. Cuando un gramático griego de la edad alejandrina comenta un texto griego de una edad anterior, ¿de qué manera se pone la lengua griega bajo un enfoque diferente? El lenguaje técnico de los escoliastas ¿aporta a los textos comentados más "connotación" o más "exposición"? ¿Cómo se funden el plano sincrónico (el del comentario) y el diacrónico (el del texto comentado), y qué clase de significado es entonces expresado o presentado? Palabras clave: escolios; connotación / denotación; comentarios griegos; objetividad / subjetividad; diacronía / sincronía; exégesis; metalenguajes; papeleteo; filología Keywords: scholia; connotation / denotation; Greek commentaries; objectivity / subjectivity; diachrony / synchrony; exegesis; metalanguage; schedography; dittology; philology Les scholies sont issues des commentaires antiques (notamment des zetemata péripatéticiens et des hypomnemata alexandrins) dont elles constituent EMERITA.
XXXV 9-10 subyace un testimonio de una posible rhesis procedente de Eurísaces de Sófocles. Intento de reconstrucción de parte de esta tragedia mediante el testimonio de Acio, Pacuvio y Justino según el patrón narrativo de Edipo en Colono. Áyax de Salamina en Heroico de Filóstrato El diálogo Heroico de Filóstrato ha despertado en los últimos años mucha atención entre los estudiosos de la mitología y el ritual del culto heroico griegos, puesto que, por un lado, conserva numerosos datos no atestiguados en otras fuentes, procedentes probablemente de creencias populares y versiones míticas locales, y por el otro es un documento muy valioso para estudiar la recepción y crítica de los poemas homéricos en la Segunda Sofística. 222-249 d.C.) abunda en detalles míticos singulares (unica) que a primera vista parecen específicos de Filóstrato, puesto que no aparecen testimoniados en fuentes independientes. De hecho, este dato ha permitido asociar este diálogo con otras "supercherías", como las novelas de Dictis (ca. II-III d.C.) y Dares (V-VI d.C.), la Historia inédita de Ptolomeo Queno (fl. 100 a.C.) y el discurso Troyano de Dión de Prusa (I-II d.C.) 1, que emplean libremente la invención y la manipulación de la tradición más divulga- G. Anderson, ob. cit.,pp. 246, 249 y 251, pace F. Jouan, Euripide et les légendes des chants Cypriens, París, 1966, p. Compárese con la actitud, muy diferente, de D.Chr. Para Dión de Prusa, las divergencias entre su discurso y las versiones más divulgadas no proceden de la aducción de otras tradiciones recónditas, sino de la aplicación al material tradicional de los criterios de verosimilitud y contradicción interna. 114. da sobre la guerra de Troya para corregir a Homero, sea por propósitos meramente de exhibición literaria, sea con finalidad propagandística 2. Sin embargo, al examinar con mayor detenimiento los datos míticos relativos a estos héroes supuestamente inventados por Filóstrato (plásmata), repararemos en que no son tales fabulaciones: Filóstrato difícilmente ingenia nada ex nihilo 3. El sofista no tiene por propósito hacer una demostración de pirotecnia creativa y de amor a la novedad por la novedad misma, sino que sus correcciones de Homero y sus ampliaciones de la leyenda troyana tienen como objetivo exaltar figuras y leyendas de la tradición popular para reforzar el culto heroico, en el cual Caracalla, patrón del sofista, estaba muy interesado 4. Por tanto, si el aspecto de la leyenda heroica más divulgado por la tradición homérica obstaculiza o impide dicha exaltación, Filóstrato lo modifica con la intención de difundir un ideario ético, filosófico y religioso determinado 5. Así pues, al examinar los unica filostrateos con mayor detenimiento, descubriremos que la creación de nuevos episodios míticos resulta 6 Ejemplos variados en T. Mantero, ob. cit.,G. Anderson, ob. cit., y 251; G. Nagy, «The Sign of the Hero», en J. K. Berenson-E.B. Aitken (eds.), Flavius Philostratus' Heroikos, Atlanta, 2001, pp. xxix-xxx. Véase el resumen de fuentes en L. De Lannoy, Flavii Philostrati Heroicus, Leipzig, 1977, pp. 79-80. 8 Sobre esta costumbre heroica cf. A. Beschorner, ob. cit.,p. Revista de Lingüística y Filología Clásica (EM) -LXXIII 1, 2005 ISSN 0013-6662 de la aplicación de dos principios compositivos bien documentados: a) exposición de leyendas locales inéditas o menos conocidas, en sustitución de las versiones más divulgadas 6; b) ampliación y deducción según tò e±kój, trasposición, paráfrasis y contaminación de otras áreas del mito 7. En particular, Filóstrato pone en boca de Protesilao, no de los protagonistas del diálogo, todos aquellos detalles que difieren mediante alguno de estos procedimientos de la vulgata homérica. Uno de los lugares en los que se aprecia con mayor claridad la acumulación de unica, datos relativos a la leyenda heroica no atestiguados en su variante más divulgada, es el capítulo XXXV de Heroico, dedicado a la figura de Áyax hijo de Telamón. En particular, unas líneas relativas a la asociación del gran Áyax con las costumbres atenienses llaman poderosamente la atención por no estar documentadas, aparentemente, en fuente anterior alguna (Her. Según nos explica el propio Protesilao (¥kousa toû Prwtesílew, céne, k'keîna perì toû ¬rw toútou), Áyax hablaba en dialecto ático (¤ttíkizé te, Šte, oμmai, Salamîna o±kÔn, n 9Aqhnaîoi dÊmon pepoíhntai) y había dedicado su larga cabellera a uno de los ríos atenienses, el Iliso (škóma potamÔ7 9IlissÔ7 tÔ7 9AqÉnhsi) 8. El hijo de Telamón era considerado jefe del contingente ático en Troya (¤gápwn aÐtòn o ¶ šn Troía7 9Aqhnaîoi kaì agemóna agoûnto kaì Á ti e2poi, oepratton), observaba las fiestas Dionisias según las había instituido Teseo (memnÊsqai dè kaì aÐtòn oefaske toutwnì tÔn Dionusíwn katà Qhséa) y había criado a su hijo Eurísaces ateniéndose estrictamente a las costumbres atenienses (paîdá te aÐtÔ7 genómenon, Ãn EÐrusákhn o ¶ 9Axaioì škáloun, tÉn te ƒllhn oetrefe trofÈn, n 9Aqhnaîoi špainoûsi), hasta el punto de celebrar en honor del pequeño las fiestas Antesterias cuando éste alcanzó los tres años de edad (kaì Áte 9AqÉnhsin o ¶ paîdej šn mhnì 'nqesthriÔni stefanoûntai tÔn' nqéwn trítw7'pò geneâj oetei, kratÊráj te toùj škeîqen šstÉsato kaì oequsen, Ása 9Aqhnaíoij šn nómw7 ). No sólo eso: fueron los propios atenienses, y no Teucro, quienes levantaron el cadáver de 9 Cf. 10 Sobre el retrato iliádico de Áyax véase, en general, R.C. Jebb, Sophocles. Diario de la guerra de troya de Dictis cretense. Historia de la destrucción de Troya de Dares frigio, Madrid, 2001, pp. 140-1;P. Venini, ob. cit., p. Este procedimiento está tan arraigado que incluso un autor como Dión de Prusa, que advierte específicamente que va a modificar a Homero basándose en su propia lógica, no en otras fuentes (XI 11;54), lo sigue también. Menesteo, caudillo oficial del exiguo batallón ateniense, pronunció en su honor el discurso fúnebre, según la costumbre de Atenas (Menesqeùj šp' aÐtÔ7 lógon ¤góreusen, ö7 nomízousi timân 9AqÉnhsi toùj šk tÔn polemíwn teleutÔntaj). Para ninguno de estos datos, como anticipábamos, parece haber precedente en las fuentes transmitidas. Antes de dar por buena la explicación de que son meras fabulaciones (plásmata) de Filóstrato, cosa que, como hemos visto, no es típica de su modo de proceder en este diálogo, examinemos si el sofista ha aplicado a la figura de Áyax los métodos de adaptación de leyendas locales menos conocidas (a) y trasposición y contaminación de otras áreas del mito (b). Con respecto al procedimiento a), debemos notar que en Heroico aparecen tradiciones locales acerca de Áyax procedentes, fundamentalmente, de la Tróade y Salamina: Odiseo devolvió las armas de Aquiles a Áyax, legítimo propietario (Her. El cadáver del Telamonio alcanzaba los cinco metros de estatura (Her. Su fantasma era nocivo para los rebaños troyanos, pero al mismo tiempo lo suficientemente generoso como para perdonar agravios cometidos contra su persona (Her. Áyax disfrutaba enormemente del juego de damas que había inventado su amigo Palamedes (Her. Con respecto al procedimiento b), la mayor parte de los datos novedosos relativos a Áyax parece una extrapolación procedente de la Ilíada y, en menor medida, de Áyax de Sófocles 10, «proyecciones sobre la falsilla de episodios homéricos» 11 tamizadas por el ideal pitagórico de cortesía extrema, fal-12 T. Mantero, ob. cit.,p. 13 Un rasgo de caracterización específico del Áyax iliádico: cf. R. C. Jebb, ob. cit., pp. x, xii, G. Zanker, The Heart of Achilles. El combate entre Áyax y Héctor es un modelo de duelo entre caballeros, en el que la amabilidad y la cortesía no están reñidas con la habilidad y la intención letal. Un vaso de figuras rojas atribuido al pintor de Codro (Bolonia PU 273) presenta a Menesteo y Áyax preparándose para ir juntos a la guerra. 16 Deducido de los famosos pasajes iliádicos (Il. III 8-9, IV 428-36) que contrastan el orden y el silencio de las tropas griegas frente al tumulto multilingüe de los troyanos. Compárese con el enojo del ejército ante la palabrería exaltada de Tersites en Il. La antipatía de Áyax por los insultos o las palabras excesivamente violentas parece ser un rasgo de su caracterización en la Ilíada (sobre la caracterización en la Ilíada, cf. e.g. A diferencia de otros comandantes como Odiseo o Agamenón, Áyax jamás ofende a los soldados que manda, incluso cuando la situación es completamente desesperada (W. B. Stanford, Sophocles' Ajax, Londres-Nueva York, 1963, pp. xiii-xiv). Sus palabras son siempre comedidas y sorprendentemente respetuosas: contrástese e.g. 212; 808) hacen más chocante la jactancia que tanto ofendió a Atenea (S., Ai. Nótese que Tecmesa está convencida de que algún dios debió de enseñar a Áyax las palabras desmesuradas de odio que pronuncia en su locura (S., Ai. 243-4): esto es, no son, en absoluto, característica suya. Según nos cuenta Protesilao, Áyax tenía un carácter amistoso y equilibrado (Her. Como integrante del estado mayor heleno, estaba a cargo de la estrategia junto con Menesteo (Her. Áyax es la gala y el ornato de la guerra por su sorbresaliente prestancia y vigor (Her. Odiaba el alboroto y la algarabía como algo indigno de la disciplina que otorga al ejército la victoria (Her. Todos los combatientes se situaban a su lado para protegerse (Her. XXXV 2) 17, pero él sólo se batía con los mejores, no con los soldados anónimos (Her. Áyax no pronunciaba palabras desmedidas o insolentes; aún más, se molestaba con quien lo hacía 19 (Her. IX 169;223; Dictis II 48; III 3; Aquiles y Áyax se reparten las posiciones de peligro en el campamento griego (Il. La imagen de ambos primos juntos y alejados de los demás parece derivada de Il. La estrecha amistad entre Aquiles y Áyax puede ser reflejo de la misma fuente que los presenta jugando juntos a las damas (T. Ganz, Early Greek Myth. A Guide to Literary and Artistic Sources, Baltimore-Londres, 1993, pp. 634-5) o en eterna compañía después de muertos Paus. En el caso de que esta parte no sea un recuerdo de Palamedes de Sófocles (T. Mantero, ob. cit.,p. Edizione e commento dei frammenti, Alejandría, 2002, pp. 73, 193), la actuación de Áyax en defensa del cuerpo de Palamedes parece una extensión natural de su papel como especialista en rescatar cadáveres de una situación comprometida: Il. La retirada del combate y del consejo por parte de un guerrero ofendido es un rasgo narrativo épico que no es privativo de Aquiles (R. Janko, The Iliad: a Commentary IV: Books 13-16, Cambridge, 1992, pp. 105-6) Autor de un relato puesto en boca de uno de los acompañantes de Teucro que influyó en la versión griega de Efemérides de Dictis de Creta. 31 Amigo y compañero de Palamedes (como el Viñador de Her. X-XIII lo es de Protesilao), puso por escrito la Guerra de Troya. Sobre estos falsarios véase F. Huhn-E. Los griegos, por el contrario, le rogaban, en mitad de su delirio, que entrara en razón (Her. Odiseo devolvió las armas a Áyax después de la muerte de éste (Her. XXXV 14) 27, pero Teucro se negó a enterrarlas con su hermano (Her. En segundo lugar, aun en el caso de que encontráramos datos que no se ajustasen al procedimiento a) o b), deberíamos ser muy prudentes antes de achacar cualquier dato mítico no atestiguado con anterioridad a las musas de Filóstrato. Recuérdese que se ha perdido para siempre la gran mayoría de la literatura mitológica y genealógica griega, tanto clásica como helenística. Imagínese, por poner algunos ejemplos, qué detalles y versiones podrían haberse incluido en Trwiká de Helánico (4 F 23-31 FGrH), Metrodoro de Quíos, Paléfato (44 F FGrH), "Cefalonte de Gérgida" 29 (45 F FGrH), Teodoro de Ilión (48 F FGrH), Abante (46 F FGrH) y Dionisio Escitobraquión (32 F FGrH), de los que sólo conocemos el título. Por no mencionar supercherías y falsificaciones que parecen haber inspirado las novelas de Dictis y Dares, tales como la Ilíada escrita en frigio (Aelian., V.H. XI 2) por "Dares" (51 F FGrH), el intrigante diario de la guerra de Troya escrito nada más y nada menos que por el mismísimo Sarpedón y custodiado en un templo de Licia (Plin., N.H. XIII 88), o la obra pseudohistórica de los misteriosos falsarios Sísifo de Cos (50 F FGrH) 30 y Corino de Ilión 31. Pese al estado descorazonadoramente fragmentario de este género de lite- Pese a que sólo está atestiguada en D.Chr. XI 116, 6, esta variante de la muerte de Áyax parece esconderse tras la conversación entre Aquiles y Áyax (¿en la isla Blanca?¿en el Hades?) en Her. Por el contexto se puede deducir que, puesto que Héctor hirió a Aquiles en la cabeza (Áyax) del mismo modo que le hirió en las manos (Patroclo), Héctor mató a Áyax como hizo con Patroclo. Revista de Lingüística y Filología Clásica (EM) -LXXIII 1, 2005 ISSN 0013-6662 ratura, todavía podemos encontrar algunas sorpresas 32, entre las cuales aducimos dos directamente relacionadas con Filóstrato y Áyax a título de ejemplo. El pasaje en el que se insinúa la relación pederástica entre Heracles y Néstor (Her. XXVI 4-6), aparentemente un unicum de Filóstrato, aparece tal cual en Ptol. De aquí se podría deducir que, para alguna variante de la tradición, recogida por Ptolomeo Queno y Filóstrato, Néstor estaría al mismo nivel que otros protegidos de Heracles como Hilas y Abdero. Con respecto a Áyax, se podría pensar que el dato más seguro e indiscutible acerca de su vida es, precisamente, su locura y suicidio tras el juicio de las armas, máxime al ser ésta la versión presupuesta en Od. 6 Bernabé y convertida por la tragedia ática en la versión definitiva. Sin embargo, el argumento de Áyax de Sófocles nos informa de que los eruditos griegos diferían acerca de la causa real de la muerte de Áyax (Hyp. 54 diafórwj dè ¶storÉkasi perì toû qanátou toû A2antoj): si bien la mayoría concuerda en que Áyax murió por su propia mano (Hyp. 57-8), para otros el Telamonio pereció lapidado por terrones de barro endurecido, lanzados desde las murallas de Troya 34, o desangrado tras ser mortalmente herido por Paris 35. Además de estas versiones, otros autores sostienen que fue muerto por Héctor en un duelo 36 o asesinado por desconocidos, con 37 Dictis V 15; Malalas, Chron. La acusación lanzada por Telamón contra Teucro en Sch. 104, en el sentido de que no defendió a su hermano con suficiente energía, parece presuponer que Telamón sospechaba que Áyax había sido asesinado con malas artes por alguno de los griegos. Los hijos de Áyax: posible procedencia de Her. XXXV 9-10 Así pues, dado que aparentemente todos los datos que Filóstrato pone en boca de Protesilao acerca de Áyax se retrotraen a alguna fuente conocida, sea por trasposición, sea por préstamo directo, ¿qué impide pensar que una fuente actualmente perdida, y no una simple fabulación de Filóstrato, se esconde tras la íntima conexión que establece Her. XXXV 9-10 entre Áyax y las costumbres áticas?. ¿Es posible formular una conjetura razonable acerca de cuál podría ser esa dicha fuente?. Creemos, con las debidas cautelas, que sí. Obsérvese el papel tan señalado que Filóstrato otorga en este pasaje al pequeño Eurísaces sin motivo aparente (paîdá te aÐtÔ7 genómenon, Ãn EÐrusákhn o ¶ 9Axaioì škáloun, tÉn te ƒllhn oetrefe trofÈn, n 9Aqhnaîoi špainoûsi kaì Áte 9AqÉnhsin o ¶ paîdej šn mhnì 'nqesthriÔni stefanoûntai tÔn' nqéwn trítw7'pò geneâj oetei, kratÊráj te toùj škeîqen šstÉsato kaì oequsen, Ása 9Aqhnaíoij šn nómw7 ). Para destacar las conexiones atenienses de Áyax, hubiera bastado con afirmar que el héroe era considerado uno de los jefes del contingente ático (cf. ¤gápwn aÐtòn o ¶ šn Troía7 9Aqhnaîoi kaì agemóna agoûnto kaì Á ti e2poi, oepratton). Eurísaces es mencionado por nombre, como no lo es ninguno de los otros hijos de los combatientes en Troya salvo figuras dotadas de su propia e independiente dimensión literaria, como Orestes (Her. XXII 3) y Neoptólemo (Her. Su crianza según el modelo ateniense y el especial cuidado que puso su padre en que se educara en las costumbres del Ática reciben una atención significativa. Puesto que el asunto de la formación de Eurísaces niño obviamente no tiene mucha relación con el contexto de lo narrado en Her. XXXV, ni mayor relevancia en el desarrollo de la versión de la historia de Áyax que utiliza Filóstrato, cabría suponer que el sofista lo encontraría tal cual en su fuente y que lo adoptaría sin modificaciones. Fileo es hijo de Lisídice la Lapita (Steph. FilaÍdai) o de Quirobafia (Sch. Eurísaces es, obviamente, hijo de Tecmesa. Dictis V 15 y Malalas, Chron. CXXXII 13 llaman a Fileo, antecesor de la familia Filaida, Ayántides (lógicamente, por la tribu Ayántide del Ática). En Dictis y Malalas su madre es Glauce hija de Cicno (Glauce es la abuela de Áyax, según Pherecyd. 199; F. Jacoby, Die Fragmente der griechischen Historiker (FGrH), Leiden, 1923Leiden, -1958, ad, ad Proponemos que la fuente en la que se inspiró Filóstrato tuvo que ser, necesariamente, o bien una tragedia perdida, o bien un tratado de historia local ateniense, por los siguientes motivos. Áyax tuvo dos hijos de dos matrimonios distintos, Fileo y Eurísaces 38. Ahora bien, los descendientes de Áyax son conocidos exclusivamente por documentos atenienses, puesto que no tienen relevancia alguna en tradiciones míticas desligadas del Ática 39. II 29, 4 así lo demuestra al afirmar que, a diferencia de su hermano Teucro, antecesor de la poderosa dinastía real de Chipre, de la que descendía el propio Evágoras (o ¶ dè Teukrídai basileîj diémeinan Kupríwn ƒrxontej šj EÐagóran), los vástagos de Áyax son menos conocidos, ya que su padre permaneció en la vida privada (TelamÔnoj dè tÔn paídwn A2antoj mén šstin'fanésteron génoj o1⁄4a ±diwteúsantoj'nqrÓpou). Un argumento aún más decisivo que demuestra el grado de desconocimiento del resto de helenos acerca de los hijos de Áyax aparece con claridad en las disputas entre Mégara y Atenas por la posesión de la isla de Salamina. Según la versión de Plutarco, el arbitraje entre megarenses y atenienses fue encomendado a mediadores espartanos (Sol. Ambas partes se aprestaron a presentar pruebas que dieran peso a su reclamación 40 del catálogo de naves de la Ilíada para demostrar que, desde antiguo, Áyax, jefe del contingente de Salamina, estaba asociado con el batallón ateniense (o ¶ mèn oÖn polloì tÔ7 Sólwni sunagwnísasqai légousi tÈn 8OmÉrou dócan: šmbalónta gàr aÐtòn oepoj e±j neÔn katálogon špì tÊj díkhj'nagnÔnai [Il. Además, los atenienses añadieron razones derivadas de la antropología cultural, como el hecho de que los cadáveres hallados en tumbas de la isla estuvieran enterrados según la costumbre ateniense (oeti dè mâllon šcelégcai toùj Megaréaj boulómenon, ±sxurísasqai perì tÔn nekrÔn ðj oÐx Ãn trópon škeînoi qáptousi kekhdeuménwn, Sol. Por último, Atenas demostró que Fileo y Eurísaces, hijos y herederos de Áyax, habían traspasado la soberanía de Salamina a Atenas, adoptando ellos mismos la nacionalidad ateniense y pasando a vivir, respectivamente, en los demos de Mélite y Braurón (Filaîoj kaì EÐrusákhj o ¶ A2antoj u ¶oí, 9AqÉnhsi politeíaj metalabóntej, parédosan tÈn nÊson aÐtoîj kaì katÓ7 khsan À mèn šn BraurÔni tÊj 9AttikÊj, À d' šn Me-líth7, kaì dÊmon špÓnumon Filaíou tòn FilaïdÔn oexousin, Sol. Según el testimonio de Hereas y Diéuquidas, historiadores de la Megáride (D.L. I 57), los megarenses consiguieron impugnar dos de las tres pruebas atenienses con argumentos propios: propusieron que los versos sobre Áyax estaban interpolados, aduciendo una redacción alternativa que disociaba el contingente salaminio de Áyax del de Atenas (Str. Š šsti xwría Megariká) 41, y que la sepultura de los cuerpos enterrados en Salamina seguía el rito megárico, no el ateniense (Sol. Sin embargo, como observa Plutarco, la prueba que realmente persuadió a los árbitros espartanos a otorgar el control de Salamina a Atenas fue la única que los megarenses no consiguieron contradecir (Sol. X 3 aÐtoì d' 9Aqhnaîoi taûta mèn o2ontai fluarían eμnai, tòn dè Sólwná fa-Nótese que los megarenses estaban en condiciones de disputar el retrato ateniense del bandido Escirón (C. Higbie, ob. cit., p. Incluso alguien tan bien informado sobre genealogías míticas como Paus. I 35, 2 no tiene claro si Fileo es hijo o nieto de Áyax. Además, las vacilaciones en el nominativo del nombre de Fileo y la oscuridad de su madre parecen apuntar también en esta dirección. Pese a la relativa oscuridad literaria en la que se hallaban los vástagos de Áyax, tanto Eurísaces como Fileo tenían, como se ha dicho, una importancia fundamental en la política y la religión atenienses. Eurísaces poseía un témenoj y un bwmój en Atenas, además de ser antepasado de Alcibíades 43. Fileo, progenitor de la influyente familia Filaida, era considerado el antecesor de Pisístrato, Milcíades, Cimón y Tucídides el historiador 44. No hace falta insistir en que Eurísaces y Fileo fueron los responsables de que Salamina pasara al dominio de Atenas. Por tanto, creemos que la fuente que se esconde tras el testimonio filostrateo acerca de las conexiones áticas de Áyax y Eurísaces provendría de una obra esencialmente atenocéntrica, ya que sólo ésta cumpliría con las dos condiciones de a) prestar atención a los hijos de Áyax y b) subrayar la crianza de éstos según el modelo ateniense. Proponemos que dicha fuente podría ser o bien una tragedia o bien una historia local del Ática 45. En nuestra opinión, sería más verosímil que se tratara de una tragedia por los siguientes motivos: a) Filóstrato cita a los tragediógrafos mayores en sus obras para aducir argumentos en corroboración de sus tesis 46. En el caso particular de Heroico, Fi-hermana de Leonteo, hijo de Corono y caudillo del contigente Lapita en Troya junto con Polipetes (Il. 440-30 a.C.), llamada Mélite por el Pintor de Codro (¿epónima del demo de Mélite?), sea la esposa de Áyax en la tradición local ateniense, puesto que presentar la despedida del guerrero y su esposa es un tema habitual en la pintura vascular ática (e.g. X 3 presenta a Eurísaces asentado en el demo de Mélite. Ocioso es decir que este matrimonio sólo podría haberse contraído en Grecia y en un tiempo anterior a la guerra de Troya, de la que Áyax no regresará. Este tipo de comportamiento parece seguir un patrón épico (véase en general C. Dué, Homeric Variations on a Lament by Briseis, Lanham-Boulder-Nueva York-Oxford 2002): como sucede con Agamenón (Il. XIX 326-7), Áyax ya tiene esposa legítima e hijo antes de partir a Troya. Una vez en Ilión, los tres comandantes se prendan de una princesa asiática, a la que toman como cautiva (Il. Compárese con la reacción incontenible de ira del viejo Peleo cuando se entera de que Menelao amenaza la vida del pequeño Moloso, quien, pese a ser hijo bastardo de Neoptólemo y una esclava extranjera, es la única garantía de continuidad del linaje de los Eácidas (E., Andr. 1246-7). fija su atención en los descendientes de Áyax, se desentiende de Fileo por completo. La razón parece sencilla: si Áyax hubiera dejado en Grecia un hijo de edad aproximadamente preadolescente a la muerte de su padre, no tendrían sentido o valor dramático alguno ni el pánico de Teucro ante la previsible reacción de Telamón (S., Ai. 1008-18), ni la inflexible ira y desesperación con que el anciano recibe la noticia de la muerte de Áyax y la pérdida del pequeño Eurísaces, convertido ahora en único descendiente de esta rama de la vacilante casa de los Eácidas 52. Por tanto, la tragedia ateniense tendría mucho interés dramático en presentar a Eurísaces como huérfano abandonado, indefenso, sin hermanos o protectores salvo Teucro, y a Telamón como un anciano enloquecido por el dolor ante la ruina total de su casa y su estirpe 53. Lógicamente, todo el andamiaje cuidadosamente construido en torno a la importancia de Eurísaces para la continuidad del linaje de Telamón como detonante de la expulsión de Teucro se vendría abajo si Telamón pudiera hacer venir en cualquier momento al hijo primogénito de Áyax (cf. Pac. fr. inc. fab. Así pues, creemos que el hecho de que Filóstrato centre su atención en Eurísaces, y no en Fileo, parecería apuntar a que el pasaje objeto de nuestro interés procede de una tragedia. Parecería, por tanto, más plausible que un autor de la Segunda Sofística como Filóstrato tomara una tragedia antes que uno de los historiadores loca-, 1936, pp. 438-9. 58 Por supuesto, siempre cabe la posibilidad de postular una tragedia perdida de algún dramaturgo desconocido. Sin embargo, nos parece que la explicación más económica es pensar en un drama de este argumento (Eurísaces de Sófocles) cuya existencia conocemos previamente por otras fuentes, antes que en una hipotética tragedia escrita por un autor desconocido de la que no nos ha llegado testimonio alguno. La fuente común de Dictis II 13-27, Malalas, Cedreno EMERITA. Ahora bien: ¿cabría hacer alguna conjetura sobre qué drama podría ser?. Como se sabe, el asunto del regreso de Teucro a Salamina y su destierro decretado por Telamón despertó un gran interés entre los tragediógrafos griegos y latinos 55. Sabemos que dramatizaban este argumento Salaminios de Esquilo, Teucro de Sófocles, Ion (19 F 34), Evareto (85 T 1), Nicómaco de Alejandría (127 F 10), Livio Andronico y Pacuvio, así como Telamón de Ennio 56. En cambio, con respecto a la suerte de Eurísaces adulto sólo nos han llegado noticias de dos tragedias, Eurísaces de Sófocles y su probable refundición a cargo de Acio 57. Por ello, proponemos que la posible fuente del pasaje filostráteo sobre la vinculación de Eurísaces, nacido en suelo troyano, con Atenas podría ser esta tragedia de Sófocles, puesto que no hay huellas de que otro tragediógrafo, griego o latino, dramatizara esta parte de la leyenda de los Eácidas 58. Teucro y Eurísaces de Sófocles Repasemos las dificultades sufridas por Teucro y Eurísaces tras la muerte de Áyax. Después del entierro de su hermano, Teucro pide permiso a Neoptólemo para tomar consigo al heredero y la esposa de Áyax y llevárselos consigo a Salamina 59. Sin embargo, una tormenta desbarata la flota de (Compendium historiarum CXXII-CXXIII) y tal vez Servio (cf. Serv., Aen. III 6 ~ Dictis II 27) acerca de las campañas de Áyax por la Tróade y la captura de Tecmesa puede ser el misterioso falsario Sísifo de Cos, autor de una novela perdida que aparentemente narraba, desde la perspectiva de uno de los acompañantes de Teucro, los asuntos concernientes al Ciclo y los Regresos. No sabemos hasta qué punto tal superchería puede seguir de cerca los poemas épicos perdidos, pero debe notarse que Procl., Chrest. 40 Bernabé) resume el asalto griego a Teutrania, patria de Tecmesa. Teucro y el barco en el que viajaban Tecmesa y Eurísaces desaparece en el mar 60. Teucro regresa a Salamina con las manos vacías. Su padre Telamón, esperando ansioso el retorno de sus hijos (Pac., Teucro frs. I 35, 3), sufre un devastador ataque de cólera al enterarse de la noticia. La acusación que formula el iracundo anciano está asentada en tres razones: Teucro no hizo nada para defender a su hermano del intento de asesinato o no vengó su muerte 61; no trajo consigo los huesos de Áyax para enterrarlos en la tierra de su patria 62; perdió a Eurísaces en una tormenta en el mar, pese a que el pequeño era la única esperanza de supervivencia del linaje de Telamón 63. Teucro trata de defenderse de las imputaciones lanzadas por Telamón, pero el padre no cree sus alegaciones (Sch. Telamón probablemente sospecha que Teucro, como hijo bastardo, tenía interés en hacer desaparecer a Áyax, heredero legítimo de Telamón, y a cualquier descendiente de aquél para apoderarse de la herencia 64 Welcker, ob. cit., pp. 198-9;R.C. Jebb, ob. cit., pp. xlvii;C. Robert, Die griechische Heldensage, Berlín, 1921, p. 71 Nadie ha aceptado esta sospecha. Hasta aquí lo que podemos saber sobre la niñez de Eurísaces, tal y como quizá fuera tratado en el archifamoso e influyente Teucro de Sófocles. Lamentablemente, como reconoce S.L. Radt 66, acerca de Eurísaces "argumentum nescimus. Sólo se ha preservado de Eurísaces de Sófocles un mísero fragmento lexicográfico, un mero adjetivo desprovisto de contexto 67. Pese a la prudencia de Radt, la mayoría de estudiosos se inclina por aceptar que la única noticia sobre la vida adulta de Eurísaces, transmitida en Justino XLIV 3, puede conservar rastros del argumento de Eurísaces de Sófocles 68. Justino nos cuenta que Teucro, engañado por rumores de la muerte de su padre, decide regresar a Salamina desde Chipre, pero Eurísaces le impide desembarcar. Teucro parte de nuevo al exilio, esta vez a España: Sin embargo, el último editor de los fragmentos de Sófocles, H. Lloyd-Jones 69, siguiendo a A.C. Pearson 70, rechaza la validez del testimonio de Justino para reconstruir el argumento de Eurísaces de Sófocles por los siguientes motivos: a) la visita de Teucro a España no está atestiguada antes de Str. III 4, 3, y sería bastante difícil, en todo caso, que Sófocles estuviera bien informado sobre esta parte del Mediterráneo; b) parece bastante improbable que Sófocles narrara este tipo de argumento, y si lo hiciera, todavía queda por responder por qué Eurísaces debía ser tan hostil a su tío Teucro, a quien debía, en todo caso, estar agradecido; c) ni siquiera podemos asegurar que Eurísaces no sea la misma tragedia que Teucro, drama éste mucho más famoso y mejor atestiguado 71. Harder (eds.), Fragmenta dramatica. Nótese que Sófocles no tenía empacho en dramatizar dos y aun tres veces momentos consecutivos de una misma leyenda sin que necesariamente formaran parte de una tetralogía encadenada (Ch. Edipo Rey-Edipo en Colono-Antígona, Atreo-Tiestes-Tiestes en Sición, Acrisio-Dánae-Lariseos, Aléadas-Misios-Télefo-Eurípilo, Alcmeón-Erifila-Epígonos, Odiseo loco-Nausícaa-Lavatorio-Euríalo-Odiseo herido por la espina. En este contexto, la secuencia Áyax-Teucro-Eurísaces sería perfectamente aceptable, sin necesidad de postular que Teucro y Eurísaces son una misma obra. La formulación del pasaje hace pensar que fue Asclepíades de Mirlea el primero o bien en identificar un héroe o divinidad fundadora local con Teucro, o bien en difundir la noticia de que los iberos consultados identificaban un héroe local con Teucro. Sobre la costumbre griega de utilizar los regresos heroicos para "domesticar" espacios recién descubiertos, y la tendencia de los pueblos no helénicos a tender puentes con la cultura griega mediante la asimilación de figuras locales con héroes griegos como Heracles u Odiseo, cf. e.g. The Limits of Hellenization, Cambridge, 1975, pp. 4, 8 y 18-9; P. Georges, Barbarian Asia and the Greek Experience, Baltimore-Londres, 1994, pp. 2-9 y 21 (sobre el papel de Teucro en la colonización griega). No es Justino, sino Silio Itálico (III 368, XV 192), quien afirma que Teucro fundó Cartagena. Sófocles pudo haber escrito una tragedia titulada Iberos, quizá sobre el asunto de Heracles y Gerión. Sin embargo, actualmente se duda si este Sófocles es el hijo de Sófilo o Sófocles el joven, su nieto. Véase más datos sobre la presencia de la Península Ibérica en Sófocles en E. Gangutia, «Sophocles tragicus», en J. Mangas-D. Plácido (eds.), La Península Ibérica en los autores griegos: de Homero a Platón, Madrid, 1997, pp. 207-9. Revista de Lingüística y Filología Clásica (EM) -LXXIII 1, 2005 ISSN 0013-6662 Quisiéramos contestar a las dos objeciones más significativas planteadas por A.C. Pearson y repetidas por H. Lloyd-Jones. a) En primer lugar, no es cierto que la noticia sobre la visita de Teucro a España no sea anterior a Estrabón (n. La noticia sobre la colonia griega establecida por Teucro en Galicia proviene de Asclepíades de Mirlea (II-I a.C.), autor bien documentado, nos asegura Str. III 4, 3, en las historias locales de Turdetania 72. En segundo lugar, no se puede deducir de las palabras de Justino, como hace Pearson, que la versión sobre la visita de Teucro no pudiera ser anterior a la fundación de Carthago Nova (228 a.C.): Justino se limita a dejar constancia de que Teucro se hizo con los territorios en los que ahora se asienta Carthago Nova 73. En tercer lugar, Sófocles no es enteramente ignorante de los mitos y leyendas escenificados en la Península Ibérica 74. En cuarto y último lugar, concedamos que Sófocles nunca pudo haber incluido el dato del asentamiento de Teucro en Galicia, ya que al parecer el sepulcro de Teucro estaba tradicionalmente en Salamina de Chipre (Ar. fr. Sin embargo, este hecho no nos proporciona motivos suficientes para negar que alguno de los elementos restantes de la noticia transmitida por Justino no se retrotraiga a Sófocles 75. b) Sobre la improbabilidad de que Sófocles dramatizara un argumento semejante, creemos que, muy al contrario, lo testimoniado por Justino, junto con lo poco que podemos reconstruir con certeza gracias a los fragmentos de Eurísaces de Acio 76, se adapta perfectamente a uno de los patrones narrativos favoritos de la tragedia 77, a saber, el anciano soberano antiguamente poderoso y respetado, ahora derrotado y exiliado en su senectud indefensa, que sufre algún tipo opresión por parte de algún familiar cercano y que es rescatado de su miseria por el advenimiento de un pariente joven. Ejemplos de dicho patrón narrativo serían Peleo, Eneo (si no trataba sobre el matrimonio de Deyanira 78 ) y Edipo en Colono de Sófocles, Eneo de Eurípides y Queremón, Peribea de Pacuvio y Diomedes de Acio 79. Si interpretamos los fragmentos hijos. Su nieto Diomedes lo restituye a su dignidad y venga su ofensa (J. Ma Lucas, ob. cit.,p. Sobre el argumento de Peribea y Diomedes cf. e.g. Creemos que introducir en la reconstrucción de Eurísaces el "control externo" del patrón narrativo de Edipo en Colono resolvería los problemas de arbitrariedad y subjetividad por los que A.C. Pearson, ob. cit.,, censura con acritud a O. Ribbeck. Como se sabe, Sófocles repetía esquemas narrativos, aun cuando el material tratado perteneciera a distintos ciclos mitológicos (Ch. Además, la comparación con Edipo en Colono resolvería la objeción de A.C. Pearson, ob. cit.,p. 165, a la tesis de F.G. Welcker, a saber, por qué Eurísaces rechaza a Teucro si en realidad debería estarle agradecido: Eurísaces, como Teseo, se limitaría a apoyar las decisiones de Telamón/Edipo. No sabemos si ambas noticias pueden o no conectarse con Sófocles. En todo caso, debe hacerse notar que, e.g., en una de las versiones, de la que sólo quedan huellas en Str. VI 3, 9, otro de los héroes desterrados tras su retorno de Troya, Diomedes, regresó a Argos desde su exilio en Italia. La obra que cita Cicerón en Tusc. 166 cree que este exilio se refiere al que sufrió Telamón por la muerte de su hermano Foco. Nótese, sin embargo, que las hazañas de Telamón son posteriores a dicho castigo EMERITA. Revista de Lingüística y Filología Clásica (EM) -LXXIII 1, 2005 ISSN 0013-6662 preservados de Eurísaces de Acio según los esquemas narrativos que podemos deducir de dicho patrón, cuyo ejemplo más claro es Edipo en Colono, obtendríamos unos resultados que se acercan bastante a lo que podríamos postular para una tragedia de Sófocles 80. En ella, Telamón adoptaría el papel de Edipo, desterrado e indefenso, Teucro el de Polinices y Creonte, los familiares que acuden en auxilio del anciano por motivos egoístas, y Eurísaces el de Teseo, el protector del exiliado incapacitado. Se podría objetar a esta reconstrucción que no está documentado un nuevo exilio de Telamón en su vejez, después del padecido en su juventud a causa del asesinato de su hermano Foco 81. Sin embargo, hay indicios en la tradición mitológica de una versión según la cual Teucro intentó regresar a Salamina desde su destierro en Chipre, tal vez para defenderse de nuevo de la acusación de complicidad en la muerte de Áyax 82, y de que Telamón sufrió un nuevo exilio en su vejez 83. III 12, 7), por lo que este pasaje de Cicerón parece referirse a un nuevo destierro padecido después de que Telamón adquiriera renombre por su valentía. En todo caso, no debe olvidarse nunca que existen versiones poco divulgadas del exilio en la vejez de figuras famosas, como Odiseo (Apollod., Ep. El texto está muy corrupto. Seguimos la lectura de E.H. Warmington, ob. cit.,p. 450 Telamón, expulsado de Salamina, se ha refugiado en un territorio extranjero (Acc., Eurísaces frs. Teucro se conmisera de la mala situación de su padre y la compara con la suya propia (Acc., Eurísaces frs. Teucro sostiene que él no tuvo la culpa de la muerte de Áyax (Acc., Eurísaces frs. Pero Telamón no ha olvidado y denuncia el verdadero motivo de la amabilidad de Teucro: su hijo trata de auxiliarlo por motivos egoístas, ya que lo que pretende es tener derecho a regresar a Salamina desde su exilio y hacerse con el poder sobre la isla (S., O. C. 396-400, 782-6, 1383-4). En estas condiciones, Telamón prefiere no recibir la ayuda de su hijo hipócrita (Acc., Eurísaces fr. Teucro se quita la máscara de humildad y afecto por el anciano y amenaza con llevarse al indefenso Telamón por las buenas o por las malas (Acc. Hasta aquí, la posible reconstrucción de Eurísaces de Sófocles, según los fragmentos de Acio y el testimonio de Justino interpretados a la luz del patrón narrativo de Edipo en Colono. Ahora bien ¿qué tiene esto que ver con el pasaje de Her. XXXV 9-10 sobre las conexiones atenienses de Áyax y Eurísaces citado y examinado supra, en el apartado 1?. Nótese que, como hemos visto en el apartado 2, la donación de la isla de Salamina a Atenas por parte de los hijos de Áyax tuvo una importancia capital para la política ateniense a la hora de fundamentar sus derechos sobre la posesión de la isla frente a competidores como Mégara 89. A la luz de estos testimonios, proponemos que el pasaje al que Filóstrato alude en Her. XXXV 9-10 pudo formar parte de un discurso pronunciado por Eurísaces como justificación legal del rechazo a la reclamación de Teucro sobre el trono de Salamina 90. El joven podría alegar que, dado que fue el contingente ateniense, y no Teucro, el encargado de levantar y honrar el cadáver de su padre (cf. Her. XXXV 9 91 Quizá sea coincidencia, pero Áyax en S., Ai. 860-1 da mucha relevancia a que Atenas es tò súntrofon génoj de Salamina. proÑqento dè 9Aqhnaîoi tò sÔma... Menesqeùj šp' aÐtÔ7 lógon ¤góreusen) y habida cuenta de que él mismo, Eurísaces, recibió una educación exclusivamente ateniense (Her. XXXV 9 paîdá te aÐtÔ7 genómenon, Ãn EÐrusákhn o ¶ 9Axaioì škáloun, tÉn te ƒllhn oetrefe trofÈn, n 9Aqhnaîoi špainoûsi) 91, lo procedente para evitar una guerra civil sería desechar la reclamación de Teucro sobre la soberanía de Salamina y entregar la isla a la custodia ateniense en pago y agradecimiento por los beneficios prestados, como hace Edipo con su pobre y lacerado cuerpo (S., 92. Nótese que, en el pasaje que nos interesa, Filóstrato devalúa el papel de Teucro en el entierro de su hermano al otorgar el protagonismo a Menesteo; despachando además al propio Teucro con lo que podríamos calificar de un elogio muy aguado (Her. En esta desvalorización de la intervención de Teucro en el funeral de Áyax coinciden asimismo Dictis V 15 (Neoptolemus... En ambos casos, el encargado de asegurar los ritos fúnebres a Áyax y proteger a sus herederos no es Teucro, que se encontraba a la sazón ausente 93, sino Neoptólemo, a quien Teucro tiene que suplicar permiso para hacerse cargo de los hijos Malalas,. Del mismo modo, en Filóstrato el benefactor último de Áyax y Eurísaces no es Teucro, sino los comandantes atenienses. Cabría hacer tres objeciones a nuestra hipótesis de que Her. XXXV 9-10 procede de un parlamento trágico en el que Eurísaces otorga Salamina a Atenas: a) ¿qué forma adoptaría este discurso en el cual Eurísaces invocaría los vínculos entre Atenas, su padre y él mismo para acreditar la entrega de Salamina a Atenas?; b) ¿no resultaría extraño que Filóstrato integrara en su obra parte de una alocución trágica preexistente sin indicarlo, y la pusiera además en boca de un personaje mitológico que asegura contar la verdad tal y como sucedió?; c) ¿no sería chocante encontrar a un Teucro casi villano, ciertamente antipático, frente al Teucro abnegado defensor de su hermano muerto y su indefenso sobrino en el propio Áyax de Sófocles?. a) El hipotético discurso de Eurísaces tiene paralelos en otras rheseis sofocleas en las que un personaje dado hace una una relación de los beneficios prestados como argumento para defender una decisión controvertida. Conocemos, como mínimo, dos ejemplos claros en Sófocles: (1) S., Egeo fr. 24 R., pasaje en el que Egeo expone la versión ateniense sobre la geografía política de Grecia central con el fin político de subordinar Mégara al Ática 94. 432 R., fragmento en el que Nauplio detalla todos los favores que prestó Palamedes a los griegos (invención de pesas y medidas, números, astronomía, el calendario) para justificar su severa venganza contra quienes cree responsables del asesinato de su hijo 95. b) Acerca de la forma en que este discurso trágico es resumido y aludido en Filóstrato sin mencionar ni título de la tragedia ni el nombre de su autor, sino que simplemente se pone en boca de un personaje mitológico como si procediera de la propia experiencia de éste, tenemos un paralelo exacto en una obra muy cercana a Heroico en el tiempo y el género 96, Efemérides de Dictis de Creta (VI 7-9). En este capítulo, Dictis, conmilitón de Idomeneo de Creta, repite el relato oído a Neoptólemo acerca de su accidentado regreso a su patria, su intervención en favor de su abuelo Peleo, su enfrentamiento con Acasto y sus hijos y la restitución de Peleo a su poder legítimo (cf. VI 10 haec ego cuncta ab Neoptolemo cognita mihi memoriae mandavi). La mayoría de los estudiosos está de acuerdo en que la narración de Dictis atribuye a Neoptólemo no es sino el resumen del argumento de Peleo de Sófocles 97. Dictis, al igual que Protesilao en Heroico, nunca llega a aclarar que está tomando como modelo de su relato una tragedia sofoclea 98. c) En relación con la "disonancia cognitiva" que afectaría a quien tratara de reconciliar el Teucro "corazón de león" (Arist., Ra. 1041) de Áyax y presumiblemente Teucro con el antihéroe ruin y alevoso de Eurísaces, mezcla de los Polinices y Creonte de Edipo en Colono 99, debemos aclarar que no de otra manera sucede con Odiseo en Sófocles. Fijémosnos en el hijo de Laertes. El personaje compasivo, sensato y humano de Áyax 100, la definición por excelencia de la filantropía y la humanitas entendida a la griega, reaparece como el bellaco retorcido, trapacero y engañoso que encontramos en Filoctetes 101 y el propio Teucro de Sófocles (cf. Ar., Rh. Es ocioso señalar que ningún tragediógrafo se sentiría obligado a mantener a toda costa la caracterización de sus personajes en dos obras distintas en contra de sus propias necesidades dramáticas; máxime cuando podría darse el caso de que hubieran transcurrido varios años entre ambas tragedias 103. Esperamos haber conseguido demostrar que todos los datos que Filóstrato aporta en Her. XXXV acerca de la figura de Áyax el de Telamón se retrotraen a escritos o leyendas locales anteriores. Por ello, planteamos que la novedosa narración, puesta en boca de Protesilao, del entierro de Áyax no responde a una invención de Filóstrato, sino a una fuente anterior, actualmente perdida. Proponemos que dicha fuente que subyace en Her. XXXV 9-10 es un parlamento procedente de Eurísaces de Sófocles, en el que el joven Sobre la ira colectiva tras la muerte en extrañas circunstancias de un guerrero popular, Procl., Chrest. Áyax y se lamenta de que las armas causaran su muerte. Como hemos apuntado ya, hay, sin embargo, versiones locales en las que Odiseo se ve obligado a devolver las armas a Áyax tras un nafragio: Paus. Revista de Lingüística y Filología Clásica (EM) -LXXIII 1, 2005 ISSN 0013-6662 hijo de Áyax rechaza la reclamación de su tío Teucro, quien ha regresado de Chipre para hacerse con el poder en Salamina, y entrega la soberanía de la isla al pueblo de Atenas.
Excelente edición comentada de los fragmentos y testimonios griegos de la novela Metíoco y Parténope y sus derivados orientales, persas sobre todo: fundamentalmente, el poema épico de Unsuri Vamiq u Adhra, escrito hacia el año 1.000 d. C. y derivado de la novela griega. Un primer capítulo presenta la historia del descubrimiento de los escasos fragmentos papiráceos conservados de la novela griega, de su atribución a esta, de los mosaicos igualmente pertinentes, de una serie relativamente amplia de Testimonios, etc. Es, realmente, casi milagroso este descubrimiento, logrado paso a paso por Krebs, Rohde, Schubart, Zimmermann, Mähler, etc. Notable también cómo Hägg, uno de los autores de este libro, encontró huellas del tema de la virgen que, separada de su enamorado, defiende su pudor, en un «martirio» de Santa Parténope. Pero es sobre todo importante la identificación del tema como fuente del poema épico persa arriba referido, del cual encontró unas hojas el estudioso pakistaní Mohammad Shafi. La estudiosa georgiana Inga Kaladze precisó y difundió el conocimiento de todo esto. Y los autores de este libro, trabajando en Uppsala desde 1984, fueron más allá, reconstruyendo toda la transmisión, así como el detalle de la novela y la épica -en la medida en que ello es posible, dado el estado fragmentario de conservación de ambas. ¿Cómo llegó una novela griega de, quizá, el siglo I a. C, a la Persia del siglo XI? Hay varías propuestas: vía siriaca, pehlví, etc. A mí, la verdad, esta difusión de la literatura novelesca griega en el Oriente (Unsuri tuvo derivados varios) me extraña menos que a los autores de este libro. Prescindiendo de la Ciencia griega, traducida en Bagdad desde el siglo IX como se sabe y antes en Damasco, algo bien conocido, he presentado ejemplos de algo menos conocido: la difusión tardía y medieval de la Literatura sapiencial y novelesca griega. Así, el pseudo-Calístenes en múltiples versiones, infinitos gnomologios, pseudoepigrapha varia, novelas como la de la Donzella Teodor, Vidas, Fábulas, Espejos de Príncipes, literatura hermética, etc. No puedo dar aquí bibliografía, pero, entre mis propias publicaciones, véanse mis Modelos griegos de la literatura castellana y europea, Madrid 2001, poco co- Allí hablo de la transmisión de varias obras griegas en diversas direcciones: al siriaco, al árabe de las Mil y Una Noches y a varias obras persas. La vía, en todo caos, es desde el siglo VII y a partir de Damasco y Alejandría, con intermedios a veces siriacos, a veces pehlvís, a veces árabes. Volviendo al libro que aquí comento, es muy interesante el estudio de los fragmentos griegos de la novela y de sus fuentes, que remontan a Heródoto y otros autores, puesto que se trata de una novela histórica (pseudo-histórica más bien), como otras varias. Y el de los Testimonios igualmente griegos. Evidentemente, Metíoco y Parténope era una novela muy difundida. También se estudia en este capítulo el «martirio» mencionado. Y se intenta una reconstrucción, solo parcial, sobre todo de la primera parte de la novela. La completa el capítulo tercero sobre las fuentes persas, que no son solo la épica citada, también otros escritos y testimonios: la difusión, ya se ve, fue grande. Hay un estudio filológico muy detallado de cómo puede reconstruirse el argumento de la novela, complementando los datos griegos con los persas. ¡Curiosamente, hasta Anaxímenes e Ibico intervenían en la historia! Pero no todo puede reconstruirse, es oscuro el final sobre todo -cuando Parténope que, separada de Metíoco, había errado entre peligros por Persia y Occidente, regresa a Samos. Y parece que recobra al final, en cruda batalla, el antiguo reino de Polícrates, su padre. A esto se referiría un mosaico sirio en que Metíoco y ella misma aparecen en figura, parece, de triunfadores. Sigue un capítulo sobre el texto griego en la Antigüedad, así como sobre las «rutas alternativas» al Irán del siglo XI y las ramificaciones posteriores de la historia. Y otro sobre que intenta la reconstrucción del argumento: sobre la separación de los amantes, las peregrinaciones de ambos y, quizá, su posible reunión al final. Siguen una bibliografía y dos índices que hacen ver los ecos de la novela a través de las literaturas antiguas. Se trata de un magistral estudio filológico que hace ver hasta qué punto la filología clásica, combinada con otros saberes, puede llegar a conclusiones insospechadas. Haciendo ver, por ejemplo, los orígenes pseudohistóricos de una novela, su amplia difusión en época helenística y romana, su paso a Oriente. El influjo de la literatura popular griega, no ya la culta, en el Oriente que va de los sasánidas a los persas y los musulmanes, es mucho mayor de lo que se piensa. Aquí tenemos un excelente ejemplo, aunque tengamos que contentarnos con datos parciales e incompletos. Yo añadiría, a los datos antes mencionados, otros todavía: influencia griega (cínica y epicúrea) en Omar Khayyam y la tradición gnomológica; en la erótica musulmana, en cierta medida creo que derivada de la helenística; etc. No solo Platón fue influyente (pero lo fue, es notable en nuestra novela el pasaje en que se debate la esencia del amor). No puedo entrar en más detalles. El libro merece ser estudiado, es un modelo de trabajo filológico en un terreno difícil por nuestro conocimiento fragmentario del mismo y por la necesidad de echar mano de varias filologías. En nuestro caso, la EMERITA. Demasiadas veces no se ha llegado a conclusiones exactas sobre la transmisión de la antigua literatura griega en Oriente y Occidente: la falta de dominio, por eminentes filólogos, de ambos territorios literarios, es sin duda la causa. Por una vez, en nuestro libro se ha llegado, por parte de sus dos autores, a resultados más que satisfactorios, dando un paso adelante sobre predecesores ciertamente beneméritos. La publicación de este primer volumen de los testimonios y fragmentos órficos a cargo de Alberto Bernabé viene a culminar la vitalidad con que se han abordado los estudios sobre el orfismo en los últimos años. Superados, afortunadamente, los juicios hipercríticos del princeps philologorum, U. von Wilamowitz, que determinaron la opinión de muchos prestigiosos estudiosos que dominaron la filología europea durante las décadas de los años cincuenta y sesenta, el orfismo es estudiado hoy en día por numerosos especialistas desde una óptica mucho más desapasionada y científica. Han contribuido decisivamente a este cambio los nuevos y, en algún caso, espectaculares descubrimientos arqueológicos que han puesto de manifiesto, contra la radical opinión expresada por Wilamowitz y sus seguidores, que el orfismo tuvo una presencia significativa en la religión, filosofía y literatura helenas. El descubrimiento, entre otros, del papiro de Derveni, de las laminillas de oro de Hiponio, Feras, Pelina, Entella, Farsalo o, las de hueso, de Olbia, han obligado a la comunidad científica a analizar con gran atención estos nuevos documentos lo que ha generado un renovado interés por revisar en su conjunto las fuentes órficas ya conocidas. Y es en este proceso de revisión que se ha hecho evidente que el estudio del orfismo ha carecido hasta los años setenta, con algunas notables excepciones, del exigible rigor filológico a la hora de adentrarse en la investigación de un corpus de fragmentos enmarañado cuyo estudio exige una fuerte dosis de objetividad metodológica. Dicho de otro modo: durante muchos años el estudio del orfismo se ha visto sometido a los prejuicios de los investigadores, lo que ha condicionado la calidad y orientación de sus investigaciones. Esta situación explica la imperiosa necesidad de realizar una nueva edición de los fragmentos órficos acorde con los nuevos tiempos, que, de un lado, mediante el uso de modernas técnicas filológicas recoja los nuevos testimonios y, de otro, simplifique los ya conocidos, contextualizándolos y relacionándolos con la voluntad de darles una mayor coherencia y significado. Esto es lo que se ha propuesto, y conseguido con creces, Alberto Bernabé con su edición de este primer volumen de los testimonios y fragmentos órficos. Con una más que probada solvencia en la edición EMERITA. Revista de Lingüística y Filología Clásica (EM) -LXXIII 1, 2005 ISSN 0013-6662 crítica de textos, conocedor como pocos de los textos literarios, religiosos y filosóficos y, muy especialmente, de los entresijos y vericuetos que se entrecruzan en la nebulosa que rodea la doctrina órfica, ha acometido la opera magna de sistematizar, actualizándolos, los fragmentos y testimonios órficos. Ciertamente el antecedente más próximo de esta obra son los Orphicorum Fragmenta de O. Kern, editada en 1922 y que, en su momento, superó en mucho las decimonónicas ediciones de Hermann, 1805, y Abel, 1885. Los Orphicorum fragmenta de O. Kern contienen, en efecto, el corpus de los testimonios y fragmentos órficos que han condicionado los estudios sobre el orfismo durante más de ochenta años. Sin embargo, quienes lo han tenido que consultar saben bien que su principal virtud, ofrecer de modo exhaustivo el material trasmitido por las fuentes antiguas, se transforma en un complejo entramado de textos presentados en bruto que dificulta enormemente su lectura. O. Kern volcó en su edición los textos sin discriminar qué pertenecía en ellos al orfismo y qué a la fuente trasmisora lo que hace que su consulta sea muy farragosa. Indefinición que, por ejemplo, en el extenso apartado de las Rapsodias órficas, impide su lectura y comprensión fluida, puesto que, en los fragmentos seleccionados, aparecen los largos comentarios de los autores neoplatónicos, la principal fuente trasmisora, sin depurar de los versos trasmitidos como órficos por esas mismas fuentes. Además, y como ya se ha mencionado, la obra de O. Kern ha quedado desfasada pues no recoge los nuevos documentos descubiertos tras su publicación. La obra de Alberto Bernabé ha mejorado notablemente las cosas. Así, ha distribuido en cuatro bloques los poemas teogónicos y los relatos sagrados, los poemas sobre Deméter y Perséfone, los poemas sobre las imágenes del mundo atribuidos a Orfeo y los fragmentos que tratan sobre el origen, naturaleza y destino del alma. Como era de esperar el más extenso es el primero, el dedicado a los poemas teogónicos y los relatos sagrados, entre los que se incluye los versos de la teogonía incluida en el papiro de Derveni. Y es en este extenso primer apartado en el que el estudioso puede percibir con claridad el buen hacer filológico del autor de esta edición y la nueva orientación que ha imprimido en su presentación de los textos y testimonios. En efecto, frente a la maraña de textos de la edición de O. Kern, Bernabé ha optado por resaltar en los fragmentos y testimonios lo que se adjudica a Orfeo y al orfismo. Para ello, en los fragmentos de las teogonías, distingue y delimita los versos, destacándolos claramente del contorno de los comentarios que los acompañan, eliminando de éstos la información superflua que entorpece la comprensión del fragmento. Se simplifica así el fragmento, destacando el verso órfico. El autor ha intentado, además, ordenar los fragmentos siguiendo el desarrollo argumental característico de una teogonía. Aunque siempre se podrá discutir el lugar que le podría corresponder a alguno de los versos conservados, máxime en un poema tan extenso como las Rapsodias, hay que aplaudir la acertada decisión del autor de ofrecer una coherente reconstrucción de los testimonios y fragmentos que, vista en su conjunto, resulta muy verosímil. Cabe resaltar, además, que la información que se aporta en cada fragmento y testimonio convierte esta edición en la obra de referencia de los futuros estudios órficos. A. Bernabé ha reunido de modo exhaustivo, y distribuido perfectamente, toda la EMERITA. Revista de Lingüística y Filología Clásica (EM) -LXXIII 1, 2005 ISSN 0013-6662 información complementaria, facilitando con ello la contextualización de cada uno de los fragmentos, tan necesaria para su correcta ubicación en el corpus órfico. En este aspecto, la obra se erige en un modelo a seguir pues, lejos de limitarse a ofrecer un convencional aparato crítico, se convierte en un manantial inagotable información complementaria. Así, de cada fragmento y testimonio se ofrecen todos otros aquellos pasajes afines trasmitidos por diversas fuentes y se incluyen todos los testimonios en los que se ofrecen expresiones semejantes o variantes significativas. Además, resulta particularmente loable, y muy útil para los investigadores, que el autor haya incluido una extensa selección de los comentarios más significativos de otros estudiosos sobre el fragmento o testimonio en cuestión. A. Bernabé no ha ahorrado ningún esfuerzo al actualizar la información con el aporte de las opiniones de los estudiosos en su objetivo de aclarar al máximo el significado de los fragmentos. En el caso de los fragmentos de la teogonía del papiro de Derveni, este método resulta de especial utilidad, dadas las particulares dificultades y discusiones que este documento excepcional ha generado entre los especialistas. Consciente de ello, Bernabé ha recogido las lecturas alternativas y las opiniones más relevantes de otros estudiosos, incluidas aquellas que puedan ir en contra de sus propias interpretaciones, ofreciendo así una panorámica actualizada de lo mucho que se ha escrito sobre la teogonía del papiro de Derveni en los últimos treinta años. Hay que señalar, asimismo, que, dada la importancia de la noción del alma en la doctrina órfica, el autor ha tenido el acierto de agrupar los fragmentos y testimonios sobre esta cuestión en el último apartado del volumen. Encontramos así agrupados los fragmentos más conocidos y discutidos de la doctrina órfica, entre ellos los de Platón, Menón 81a (424 F), Crátilo 400c (430 F), República 363c (431 F), República 363d (434 F), Píndaro, Empédocles o Heráclito junto con las laminillas óseas descubiertas en Olbia. De este modo, se consigue ofrecer una visión panorámica, muy completa y aproximada, de la concepción que en ambientes órficos se tuvo del alma. Como en los otros apartados, el aparato crítico y la exhaustiva revisión de las opiniones de los estudiosos en cada fragmento convierte este apartado, como toda la obra, en una completa fuente de información de obligada consulta para los estudiosos. Por último, la completísima bibliografía que se aporta, agrupada por temas, ofrece una visión panorámica de las líneas de investigación que han predominado en el estudio del orfismo, por lo que resulta un instrumento de consulta de gran valor para los estudiosos interesados. De todo el conjunto de la obra se extrae, pues, la conclusión de que Bernabé, tiene una enriquecedora concepción del orfismo en la que caben, en los testimonios antiguos, todos aquellos que tienen una relación con los movimientos doctrinales afines como el pitagorismo, el dionisismo o los ritos de Eleusis o los determinantes testimonios de Platón. Actitud abierta que se hace extensible a las diversas, y a veces opuestas, opiniones de los estudiosos modernos en claro contraste con la más rígida que imperó en otras épocas. Actitud que, sin duda, los investigadores agradecerán pues esta obra contribuirá a mejorar la calidad de sus propios estudios. En definitiva, con este primer volumen Alberto Bernabé ofrece la primera entre-EMERITA. Revista de Lingüística y Filología Clásica (EM) -LXXIII 1, 2005 ISSN 0013-6662 ga, de un opus magnum que corona todos sus esfuerzos, estudios e investigaciones sobre el orfismo durante estos últimos quince años al tiempo que se erige en la obra de referencia, de valor impagable para el estudioso, que costará muchos años superar y que está llamada a constituirse en el centro alrededor del que girarán los estudios órficos en el siglo XXI. Dentro de la abundante bibliografía del profesor Bernabé sobre el Orfismo (que culmina, sin duda, en sus Poetae Epici Graeci II 1, 2004, y II 2, pendiente aún, de la Colección Teubneriana), la obra que aquí comento tiene un significado especial. Porque no contiene tan solo, como anuncia el título, una traducción española de los fragmentos órficos o cuasi-órficos, sino también un amplio comentario de los mismos, en realidad un estudio sobre toda la tradición órfica, incluida la tardía. Los estudios sobre el Orfismo en nuestros días han significado un enorme avance, no solo por la edición de nuevas laminillas y textos en general, sino por el intento de sistematización de una tradición un tanto anómala y marginal dentro del pensamiento cosmogónico y religioso griego, pero importante sin duda. El ligarla a sus antecedentes orientales y organizar sus fases y variantes, es todo un desafío, dado el carácter disperso y problemático de la tradición órfica. El libro está organizado en una amplia Introducción sobre el Orfismo y su tradición, más nada menos que trece capítulos sobre las diversas tradiciones órficas que podemos postular: cada uno con una Introducción propia, más una edición comentada de los propios fragmentos, con discusión de todas las interpretaciones propuestas hasta el momento. En conjunto, resulta una visión general, muy al día, de todo el tema. El capítulo I se ocupa de los «Versos introductorios» que coinciden en poemas de diferentes épocas. El II está dedicado al conocido «papiro de Derveni», aún mal editado y sujeto a dudas e interpretaciones: tanto de los versos que conserva de un poema órfico como de los comentarios del mismo (que ahora Casadesús considera de origen estoico, más tardío de lo propuesto anteriormente, hipótesis sugestiva). Importante la reconstrucción de Bernabé sobre el pene de Cielo que devora Crono; de Cielo que es hijo de Noche, divinidad primordial. Importantes las variantes de la versión hesiódica y la comparación con los mitos hurritas. Es impresionante el número de variantes de los temas cosmológicos entre los órficos. Muchas se ven en el capítulo III, sobre la Teogonía de Eudemo (comentada por Eudemo, más bien). Es importante el estudio comparativo de la Teogonía centrada en la Noche y de los datos de Platón sobre la Teogonía platónica (derivada de Homero) sobre Océano y Tetis y su progenie. Difícil llegar a conclusiones definitivas. Pero es importante el capítulo IV, que recoge fragmentos diversos emparenta-EMERITA. También se editan y comentan (capítulo V) diversos fragmentos antiguos emparentados. Las Teogonías de Jerónimos y Helanico (capítulo VI) suministran muchos datos más sobre las diversas variantes del Orfismo, en que aparecen ya el Agua primordial, ya el Tiempo y la Necesidad. Es interesante el estudio de los precedentes orientales, así el Zurvan iranio: siempre hay variantes y adaptaciones en Grecia. Se trata de datos poco conocidos, importantes para la Historia de las Religiones. Aquí enlaza ya lo relativo a Fanes y al Huevo Cósmico, el de la recreación del mundo por Zeus (unido a su madre Rea y a su hija Perséfone), etc. Quizá más importante aún es el estudios de las Rapsodias órficas, citadas por los neoplatónicos y fechadas en los siglos I-II d. Interesante el estudio sobre el Tiempo, factor en la creación del mundo y elemento posterior a un «mundo antes del Tiempo», y de su continuación con el Huevo, el nacimiento de Fanes, etc. Importante el estudio de este y de Noche, del destronamiento de Crono, del nacimiento de una segunda Afrodita, la progenie de Eros, etc. Evidentemente, es imposible reducir a la unidad y trazar una genealogía de las Teogonías, como intentó West. Pero agradecemos la presentación ordenada y comentada de los materiales. Siguen luego «Otros fragmentos teogónicos de origen incierto» (VIII), el llamado «Testamento de Orfeo» (IX) con el hieros logos judaizante, fragmentos diversos sobre el alma (X), «Textos sobre el alma que pueden tener un influjo órfico» (XI). Se me hace más problemático este capítulo, por ejemplo, en lo relativo a Heráclito (si el comentario es estoico, el que lo cite quita valor a la interpretación). Importante, aunque menos novedoso, es el capítulo sobre las laminillas de oro (XII) y el que refiere a fragmentos de varios descensos a los infiernos en un papiro de Bolonia (XIII). Cómo se organizaba todo esto en las varias líneas de la tradición órfica sigue siendo el gran problema. En todo caso, Bernabé lo trata con rigor filológico y con un profundo conocimiento de la bibliografía. El libro debe considerarse como una ayuda al comentario e interpretación de los fragmentos en la edición griega del propio Bernabé en los Poetae Epici Graeci de Teubner, arriba citados. Se trata de una edición completa, que abarca "testo, introduzione, traduzione e commento", del tercer libro de las Epístolas a Lucilio, el cual cierra el primer bloque de cartas, caracterizadas por la inclusión regular de una cita de Epicuro en la parte final, con el correspondiente comentario, como destaca el propio Laudizi con apoyo en diversos precedentes. En el año 2000 el autor publicó las dos primeras cartas de este libro siguiendo los mismos criterios. Como ya tuve ocasión de reseñarlas, EMERITA. Lo hace con algunas modificaciones en la puntuación (muy escasas, salvo el no siempre coherente uso de mayúscula tras interrogativa donde en el original había minúscula) y unas cuantas variaciones textuales, "teniendo constantemente presentes también" las de Haase (1853), Hense (1914 2 ), Beltrami (1931 2 ) y Préchac (1985). Las diferencias respecto a la edición oxoniense son: en 22,13, donde Reynolds escribe †sarcinas adoro †, Laudizi, después de discutir un buen número de conjeturas, opta por sarcinas adfero, con apoyo en la lectura de la segunda mano del Parisinus lat. 8540, el aval de Préchac y el hecho de que en un pasaje de las Epistulae (16,7), "donde la situación es prácticamente análoga", se combina también munusculum, que aparece más arriba, con este verbo, del cual es aquí referente "lógico". En 22,17 no se acepta ninguna conjetura, dando por buena, a mi modo de ver con razón, la lectura de los códices uitae laboramus, para lo cual el autor se basa en el uso, documentado por el propio Séneca, entre otros autores, de laborare con dativo. También se da por buena la lectura de los códices en 24,26 expergiscar dormiam esuriam algebo aestuabo, discutiendo igualmente las diversas conjeturas que pretenden completarlo y justificando suficientemente la pertinencia de no añadir nada, con base en la propia distribución y significado de los términos transmitidos. Por otra parte, el autor acepta con acierto la puntuación de Lipsius y Gronovius, retomada por Ricottilli, Quid tu? en 24,15. Además, podemos encontrar diversas observaciones, en general atinadas, justificativas de la lectura que sigue su texto base. No falta algún pequeño despiste, como el editar, con Reynolds, delicis por deliciis de los códices, y utilizar esta última forma en el comentario (24,11), e incluso alguna errata (27,6 habebabt). La introducción general y las que abren cada una de las cartas son suficientemente amplias y documentadas para entender, de forma sucinta pero con claridad, los puntos principales del contenido. Por lo que atañe a la traducción, un terreno siempre resbaladizo, es en general bastante ajustada, aunque con cierta frecuencia el autor no refleja en ella los artificios estilísticos que él mismo comenta y destaca con profusión. Bastarán un par de ejemplos simples, que podríamos multiplicar: así, en el comentario a 24,9 se lee que efflare animam "contribuisce alla solennità e all 'enfasi del passo", pero en la versión italiana leemos simplemente "la morte". Y si se hace hincapié en el recurso estilístico de la repetición, vgr. de euenire en 24,2, ¿por qué no reproducirlo en la traducción repitiendo el verbo, lo cual daría más intensidad a la frase? En otro orden de cosas, vgr., dudo que sermo (26,6: s. eruditus) en una obra de Séneca se deba traducir como "discorsi" y no simplemente como "conversación, charla". Pero, sin duda, lo más interesante de este trabajo son las amplísimas y muy documentadas notas, que abarcan aspectos formales y de contenido. Su propia exhaustividad, con inclusión de textos no pocas veces considerablemente extensos, en latín y en griego, junto con numerosas referencias bibliográficas, puede provocar cierta dificultad para seguir el hilo del comentario. En éste destaca especialmente la parte doctrinal, con minuciosas EMERITA. Revista de Lingüística y Filología Clásica (EM) -LXXIII 1, 2005 ISSN 0013-6662 observaciones basadas en la interpretación del texto y sus estructuras, teniendo regularmente presentes las aportaciones de otros muchos autores, muy en especial italianos, como no podía ser menos tratándose de un editor italiano y de una obra sobre Séneca. También es fácilmente explicable que se repitan a lo largo del libro casi al pie de la letra comentarios de diverso tipo. Ante tal despliegue, no tiene nada de sorprendente que se escapen algunos fallos. Vayan, pues, unas cuantas observaciones que quizá puedan mejorar en algo un trabajo ya de por sí sumamente interesante. No me detengo en las que ya anoté en su día a propósito de las epístolas 22 y 23 y siguen siendo válidas (otras se han omitido al resumir el comentario para esta edición), por ejemplo con relación al illud alterum de 22,2; a la supuesta sinonimia entre occupationes y negotia de 22,1; a esa más que discutible "cuasi sinonimia" entre sordidus y contumeliosus de 22,8; o aún a la difícilmente aceptable "sustancial equivalencia semántica" entre los adjetivos en ex honestis consiliis, ex rectis actionibus de 23,7. Se sigue interpretando mal, en mi opinión, el luctare de 22,7 como infinitivo activo de un deponente, cuando se trata de un imperativo, o el uso "singolare e in certo senso anomalo" de liberare epistulam en 23,9, con el significado de "concluir" cuando parece claro su valor propio de "liberar, exonerar" de una deuda. Y es posible añadir bastantes más. Me limitaré a algunos ejemplos de diversa consideración: en el comentario a 22,6 se cita dormitare como verbo frecuentativo, incurriendo en un error que, dicho sea de paso, ya en la antigüedad tardía corregía Consencio (gramm. V 376); hoy basta consultar el término en el ThlL para percatarse de tal error: de hecho, el autor lo traduce simplemente por "dormire". A propósito de 26,3 leemos: "l 'anafora dell' indefinito quid seguita da quella dal relativo quae con l'agiunta della variatio..." y en la traducción: "quanto... debba,... che cosa non possa"; no veo que quae sea aquí un relativo, sino el plural del i n t e r r o g a t i v o quid, construido igualmente con subjuntivo tras un verbo transitivo; existe, en efecto, uariatio, pero en el uso del número, que aquí indicaría, ciertamente, "cose concrete e reali". Hay detalles más nimios (y que responden sólo al deseo de ser lo más exhaustivo posible, evidente en las notas): por ejemplo, hoy no basta la autoridad de Bourgery (cuyo estudio sobre la prosa de Séneca fue publicado en 1922) para afirmar categóricamente que praesumo "ricorre en prosa solo dopo Seneca", a no ser que se refiera al padre, que lo usa una vez... y aún está en medio la obra de Valerio Máximo, que lo usa tres. En todo caso, como se ve, pormenores muy difíciles de evitar en un trabajo tan cargado de erudición y tan lleno de aportaciones interesantes en todos los aspectos del comentario filológico. Un trabajo que resulta muy recomendable para profundizar en el análisis y comprensión del pensamiento de Séneca. Mark L. Sosower dedica a la memoria de Robert W. Linehan este novedoso repertorio de marcas de agua presentes en manuscritos griegos del siglo XVI conservados en bibliotecas españolas. Es, sin duda, un instrumento de gran valor para quienes trabajan en codicología y paleografía griegas en general, muy especialmente si se ocupan de manuscritos españoles de la época mencionada. Esta elección tan específica carece de paralelos en el ámbito de la filigranología (si pensamos en los grandes repertorios -como los de Briquet o Piccard, por ejemplo -, siempre de carácter general), pero muestra cierta similitud de criterio con el aplicado para el Repertorium der griechischen Kopisten por Gamillscheg-Harlfinger-Hunger -como observa el propio autor en p. 40 -, y no deja de guardar también cierta afinidad con el seguido en algunos estudios dedicados a la actividad de copistas concretos, como el pionero ensayo de Canart a propósito de Provatares (1964). En su conjunto, el trabajo de Sosower es una contribución de gran originalidad e interés, fruto del enorme tesón propio de este investigador norteamericano, tan entusiásticamente aficionado desde hace muchos años a nuestro fondo griego antiguo, al que ya había dedicado con anterioridad un buen número de contribuciones parciales, siempre relacionadas con los grandes coleccionistas de manuscritos de nuestro siglo XVI y con algunos de sus copistas griegos más activos. Tras un índice de ilustraciones y una lista sumaria de especímenes, la obra comienza con una breve pero muy informativa introducción (pp. l-51), en la que se da cuenta de las principales cuestiones referentes al estudio de marcas de agua: técnicas de elaboración del papel filigranado en el siglo XVI, empleo de las formas, criterios de clasificación, las contramarcas -p. 23: «usually monograms of the name of the paper maker or paper mill», sin que sea posible a menudo concretar más, dadas nuestras lagunas en materia de prosopografía -y, finalmente, método y finalidad de la obra. Se informa con detalle sobre todos los aspectos fundamentales (por ejemplo sobre la relevante distinción entre "identical" y "similar variety" de la filigrana, en p. 20, donde se asume el periodo de cinco o seis años como límite de uso para el papel de "identical variety") y se proporciona un gran número de apuntes útiles de carácter tipológico en general. En la introducción se ha dispensado asimismo una atención detallada a la descripción del método seguido para la reproducción de las filigranas (pp. 40-41), realizada mediante el sistema tradicional de trazado (luego digitalizado mediante escáner), pero con el auxilio de un "watermark reader" -descrito en pp. 42-43 -de gran comodidad para el usuario y cuyas características técnicas ofrecen cierta seguridad durante la manipulación del manuscrito (si bien su empleo tampoco puede considerarse completamente exento de la posibilidad de accidentes, en nuestra opinión, en el caso de papeles de muy escaso grosor). Hay que felicitarse del empleo de este instrumento, que contrasta positivamente con procedimientos mucho más rudimentarios y que todavía deben utilizarse con regularidad en las bibliotecas mal provistas. A pesar de su decidida defensa por parte de Sosower, desde un punto de vista pragmático y bien comprensible (pp. 41-50), el sistema parece carecer, en cualquier caso, de las ventajas que aportan los procedimientos fotográficos (como el recientemente diseñado por Fotoscientifica de Parma, o como otros sistemas hoy en uso, a menudo menos sofisticados que la betarradiografía y similares). La obra también propone algunas correcciones de detalle -observadas gracias al uso del lector EMERITA. Revista de Lingüística y Filología Clásica (EM) -LXXIII 1, 2005 ISSN 0013-6662 de filigranas, o a una superior pericia-en repertorios ya publicados (como por ejemplo en nuestro caso, según se destaca muy señaladamente en p. Tras la introducción mencionada, el núcleo de la publicación está constituido por el "álbum" contenido en pp. 53-444. Los lemas de los motivos reproducidos -hasta un total de 43 -se expresan en francés (término por el que se ordenan alfabéticamente) y en inglés. Es sin duda acertada la decisión de reproducir sistemáticamente las filigranas gemelas (cf. pp. 6-7) -con las escasas excepciones forzosas (Ancre 22, 69, 80, etc.) -tras el pionero camino abierto por Harlfinger en su excelente y práctico repertorio de 1974-1980 (Wasserzeichen aus griechischen Handschriften, colab. J. Harlfinger, I-II, Berlín). El rico material reunido será de gran utilidad para los catalogadores (sobre todo, como es habitual, en materia de datación de códices no subscritos), codicólogos -incluídos los estudiosos de la historia del papel, papel procedente sobre todo del norte de Italia en nuestro caso -y paleógrafos en general. Una segunda aportación metodológica muy destacable es el hecho de que el autor haya vinculado sistemáticamente el material analizado con la actividad de copistas concretos (con frecuencia pertenecientes al taller darmariano), lugares de copia, etc., con lo que ello representa para el mejor conocimiento de la producción de estos escribas, tan sumamente prolíficos por lo demás. Sigue al álbum, núcleo de la publicación, una serie de útiles apéndices: lista detallada de especímenes y lista de los manuscritos en papel analizados, conservados en la Real Biblioteca de El Escorial, en la Biblioteca Nacional y en la Biblioteca Universitaria de Salamanca. El volumen se concluye con la bibliografía, los agradecimientos y un par de índices más (de manuscritos griegos y de nombres propios). El laboriosísimo repertorio de Sosower (baste constatar el arduo método seguido por el autor, según se relata en p. 41) constituye, en suma, una especie de lujo para los manuscritos griegos españoles del siglo XVI. Su iniciativa, pionera y susceptible de continuidad en otros países (cf. pp. 39-40), aún es más de agradecer por tratarse de un corpus muy extenso, de unos 75.000 folios en unos 700 códices (p. 40), y ya que el repertorio incluye además algunos especímenes procedentes de manuscritos que, pese a haber estado en bibliotecas españolas en algún momento de su historia, se encuentran hoy, excepcionalmente, fuera de ellas (como, por ejemplo, en la Yale University de New Haven). No se incluyen los escasos materiales de algunas colecciones menores, como la de Toledo, todavía pendiente de catalogación moderna, o como, por ejemplo, la conservada en el Archivo de Torre do Tombo en Lisboa, íntimamente ligada por su origen al fondo español y sobre la cual ya llamó la atención Dieter Harlfinger en su día. La impresión del volumen es de una gran austeridad, habitual en las publicaciones de Hakkert. Es muy de lamentar el elevado número de errores ortográficos, en todas las lenguas citadas (quizá particularmente en español), así como el de erratas, que por su extensión nos abstenemos de señalar aquí y que con frecuencia parecen fruto del simple apresuramiento, al igual que ciertas omisiones de información de interés, deficiencias de detalle que podrían hacer dudar infundadamente, a quien no conozca la dedicación del Profesor Sosower, del rigor anhelado, en términos aristotélicos, al frente de la obra (p. Esta recopilación de trabajos, publicados por el autor entre 1975 y 1999, recoge información muy abundante y rica sobre el mundo librario antiguo, tardoantiguo y medieval, en toda su complejidad, así como sobre la transmisión de los textos clásicos -griegos sobre todo, pero ocasionalmente también latinos -en sus aspectos más importantes. Publicados tal y como aparecieron en su día («solo con qualche necessario intervento o ritocco correttivo», según p. 8), sólo uno de ellos presenta una configuración distinta de la original («La storia dei testi greci antichi. La obra tiene para su prestigioso autor -que se declara deudor de grandes maestros (muy especialmente de Alessandro Pratesi) y también del contacto con sus muchos estudiantes y discípulos (pp. 7-8) -un valor de conjunto claramente expresado en la brevísima presentación que la inicia: viene determinada por su larga experiencia con el manuscrito "como libro", de tal modo que, ante el trance -difícil e indeseable, añadiríamos -de tener que elegir entre "texto" y "libro", Cavallo reconoce poder estar tan sólo "de la parte del libro" (p. Esta opción -basada en una serie de convicciones científicas y metodológicas notablemente opuestas a las que el autor considera más tradicionales (p. 13) -se convierte en hilo conductor de la recopilación, y no en vano da título a la primera contribución recogida, publicada originalmente en 1995 («Dalla parte del libro. Considerazioni minime»), donde se comienza por sostener que los momentos decisivos («forti») en la historia de la tradición textual son aquellos en que unas formas de transmisión -con sus correspondientes factores codicológicos, paleográficos y textuales -entran en crisis y se sustituyen por otras (p. 9), tendentes asimismo -a través de la correspondiente renouatio librorum (cf. pp. 10, 252, 270) -a la preservación de un patrimonio cultural determinado, siempre a pesar de los obstáculos diversos que interpone el devenir histórico. Los trabajos recogidos no se han ordenado cronológicamente, sino según la ordenación lógica que subyace en ellos a juicio del autor (p. 8) y que no se desvela en la presentación. En cualquier caso, la ordenación parece ofrecer una gran coherencia, si se considera que se recogen aspectos generales y ampliamente emparentados entre sí en las seis primeras contribuciones reunidas y aspectos más abiertamente localizados desde el punto de vista geográfico-cultural en el caso de las dos siguientes y últimas: Bizancio, desde sus albores al siglo XIV (en el ensayo «I fondamenti culturali della trasmissione dei testi a Bisanzio», pp. 195-233), con repaso sumario de sus grandes figuras intelectuales, desde los eruditos más vinculados al poder de las primeras épocas hasta los últimos «copisti per passione», y la zona beneventano-casinense del alto medievo, respectivamente («La trasmissione dei testi nell' area beneventano-cassinese», pp. 235-283, con estudio sistemático de las importantes tradiciones griegas y latinas de este origen, área «conservatrice e separata», p. 283, frente a la tradición insular-carolina). Revista de Lingüística y Filología Clásica (EM) -LXXIII 1, 2005 ISSN 0013-6662 La recopilación comprende, por lo demás, algunos de los trabajos más importantes y significativos de Guglielmo Cavallo, como por ejemplo la célebre "aggiunta" al "decálogo" de Pasquali, en pp. 25-29, esp. 28: «i caratteri materiali connotanti i vettori del testo possono in determinati casi indicare fatti, modi, fasi della sua storia (e talora della sua stessa "scrittura")». A los tres artículos antes mencionados cabría añadir desde luego, por su gran importancia, el titulado «Conservazione e perdita dei testi greci: fattori materiali, sociali, culturali», en pp. 49-175, una auténtica monografía -evocadora de un famoso título de Canfora -en sí mismo. Presta en él atención a cuatro «aree testuali» (p. 50), sin duda capitales: dramaturgos, oradores, historiadores y autores "modernos" (es decir, tardoantiguos). Con el propósito de rebatir una tesis muy asentada hasta entonces en la tradición erudita (pp. 49, 102, etc.), Cavallo defiende que no existió un proceso deliberado de selección en el s. II d. C., una época de incremento de la producción literaria y de la población lectora (pp. 52, 55), frontera en cualquier caso de supervivencia libraria (p. 54) y caracterizada en parte por la profusión de epítomes y todo tipo de síntesis (pp. 55-56), elementos difíciles de valorar y que exigen sin duda gran cautela por parte del estudioso. El desarrollo de Cavallo es muy informativo y a veces muy convincente, a pesar de los problemas de método existentes, como el que representa por ejemplo el peligro del origen de las fuentes -a menudo papiráceas -y su «realtà locale» (honestamente advertida por el autor: p. No cabe duda de que las tesis expuestas son siempre sólidas, a pesar de las pequeñas revisiones que hoy puedan imponerse, como para el caso del comediógrafo Menandro, que sí estuvo quizá, de forma esporádica, en disposición de alcanzar el primer medievo bizantino -cf. pp. 80, 99-102 -, según ha mostrado D'Aiuto recientemente, desde una nueva evidencia material de extraordinario interés -«Graeca in codici orientali della Biblioteca Vaticana (con i resti di un manoscritto tardoantico delle commedie di Menandro)», en: L. Perria (ed.), Tra Oriente e Occidente. La concentración en la tradición directa por parte de Cavallo, bien coherente con su perspectiva metodológica, pero reprochada por Jocelyn en su día (cf. CR n. s. 38, 1988, pp. 365-368), tampoco puede considerarse probablemente, de por sí, garantía inequívoca de rigor metodológico o de salvaguarda ante la especulación que una mayor atención a las fuentes indirectas puede propiciar (una especulación difícil de fundar, sin duda, pero que también es legítimo ensayar). Cabe destacar -desde otra perspectiva -cómo el autor incluye en este trabajo una valoración sintética y nítida del papel desempeñado por el cristianismo en la conservación de los textos paganos, caracterizado (pp. 82-84) por la ausencia de censura y por una apertura sin especiales reluctancias, saldándose con gran pragmatismo aun sin haberse seguido por parte de sus artífices un programa explícito para ello. Cavallo matiza, sin duda, lo que Canfora había planteado en su precursor trabajo de manera insuficiente, en muy pocas líneas y quizá incluso con cierta displicencia (Conservazione e perdita dei classici, Padua, 1974, p. Puede discutirse si la emergente cultura cristiana sólo tuvo interés por la continuidad de una cultura clásica "fosilizada", pero ya no parece tan serio cuestionar esta función preservadora del cristianismo, todavía negada hoy desde determinadas escuelas ahistóricas o, más bien, antihistóricas (partidarias aún, por ejemplo, como se hizo en ámbitos acádemicos felizmente superados, de escribir a. La "opción por el libro" que hilvana toda la recopilación de Cavallo justifica la frecuente determinación de aspectos textuales que se derivan del estudio puramente codicológico-paleográfico, como la identificación del Laur. 69, 2 (Tucídides) como copia del siglo X de un modelo del siglo VI «direttamente traslitterato» (p. 180), como la observación en el famoso Marc. 454 (Iliada), del siglo X, de residuos del formato volumen de sus modelos más o menos lejanos (pp. 183-184), o como la interesante y original hipótesis según la cual los códices casinenses del siglo XI son casi siempre derivados de modelos deteriorados o mutili (p. Esa misma perspectiva de principio también parece haber determinado el prefacio, en el que se cuestiona, por ejemplo, el valor de la representación estemática de Lachmann (p. 11), a la que se atribuye el «vizio di nascita» de ignorar el libro y de recoger sólo relaciones genealógicas entre los manuscritos (con un «soltanto» más bien desconcertante, dada la dificultad objetiva que suele entrañar tal tarea). Dentro de la misma línea, las referencias a la estemática como tal son a menudo negativas o de tinte algo peyorativo: «rapporti genealogici [...] talora forzosamente ricostruiti» (p. 13, que el modelo teórico hoy válido sólo puede ser, en suma, el de la física: relatividad e indeterminación. Es una propuesta metodológica que, naturalmente, no todo lector compartirá. No cabe señalar defectos en la obra de un excepcional conocedor del mundo librario -de la Antigüedad hasta el Medievo -como el profesor Guglielmo Cavallo. Se puede estar en acuerdo o en desacuerdo con las tesis del autor, siempre meditadas y fundadasdesde su enorme experiencia -en la evidencia material más adecuada para sustentarlas. Que un gran especialista como Cavallo se ponga "de la parte del libro" no debería ser óbice para quienes -ante una aporía similar -crean estar más bien "de la parte del texto". Como cuerpo y alma, ambas partes, caras de una misma moneda, se presuponen y necesitan mutuamente, son en la práctica indisociables, de modo que quizá sea insostenible -y banal en términos científicos, de realidad histórica -tanto abogar por un materialismo metodológico puro como por lo estrictamente contrario. La presencia de seis índices finales (de nombres de la Antigüedad, lugares, manuscritos, Codices Latini Antiquiores, papiros y de las cuarenta láminas en blanco y negro que ilustran la obra) es buena muestra de la amplia información suministrada y del extraordinario cuidado puesto en la edición, una joya sobre el tema de la transmisión textual grecolatina al módico precio (según contraportada) de treinta euros. ÁNGEL ESCOBAR CHICO Universidad de Zaragoza
Libro interesante y práctico este, introducido por J. T. Hooker y con capítulos sobre la cuneiforme (C. B. F. Waker), los jeroglíficos egipcios (W. V. Davies), el alfabeto primitivo (J. F. Healey), las inscripciones griegas (B. F. Cook) y el Etrusco (L. Bonfante). Bien ilustrado, bien organizado, atento no solo a la descripción de las diferentes escrituras, también a su evolución, también a las lenguas que escriben y a la historia de cada proceso creativo. Si se quisiera hacer alguna crítica, habría que hacerla a que la obra original inglesa, aquí traducida, es de 1990, con lo que la bibliografía queda, a veces, inevitablemente atrasada. Por otra parte, hay que hacer constar ante el lector que no se trata de una historia general de la escritura, no se habla, si no es ocasionalmente, de las de la India y China, aunque no faltan alusiones, ni tampoco al maya y a diversas protoescrituras en varios lugares del mundo. La Introducción de Hooker es muy interesante y apunta a que las escrituras de Sumeria, Egipto y China, pese a su diferencia externa, tienen características internas (combinación de logogramas, signos silábicos y determinantes) quizá procedentes del sumerio. ¡Hay hasta un texto bilingüe chino y siriaco en Sian, en China! El aislamiento nunca ha sido absoluto, la arqueología lo confirma. También es importante en esta Introducción una visión general de toda la creación de la escritura y, dentro de ella, de la alfabetización. Lo característico del libro es la presentación de los hechos factuales, clara y precisa, acompañada de ilustraciones, sin embarcarse en hipótesis (que algunos echamos de menos, sin embargo). El ambiente comercial y económico de la primitiva escritura, en torno en general a los palacios y centros económicos, queda clara. Muy interesante es el capítulo de Walker sobre la cuneiforme: origen y desarrollo, descripción de tablillas y monumentos, información sobre escribas y bibliotecas, expansión geográfica (el eblaita, elamita, hetita, hurrita, urarteo, ugarítico, persa antiguo), historia del desciframiento (a partir de este último, como se sabe). También hay un capítulo curioso sobre las falsificaciones. Importante también el capítulo de Davies sobre los jeroglíficos egipcios: suministra una visión clara sobre la lengua y las sucesivas escrituras, del jeroglífico al También sobre los principios de la lengua y de estas escrituras, con detención en el tema de la alfabetización y sus orígenes. No contento con esto, añade una «pequeña gramática básica» y la historia, muy detallada, del desciframiento a partir de la piedra de Rosetta. Sobre la Linear B y escrituras afines escribe John Chadwick, un renombrado especialista, hoy muerto, que colaboró como se sabe en el desciframiento (conservo como oro en paño la primera publicación del mismo, de él y Ventris). Todo es claro y bien expuesto. Quizá con lagunas en los últimos descubrimientos sobre el chipriota. Y con esa asepsia muy inglesa que se niega ni siquiera a mencionar las hipótesis. De las existentes sobre Pakijana y sus reyes-wanax, así como sobre la religión micénica, las que he propuesto y otras, apenas se dice nada. Y la buena descripción de la Linear A no apunta hipótesis sobre sus orígenes. Tampoco sobre el disco de Festo. Mucho interés tiene el capítulo de Healey sobre «El alfabeto primitivo». «Los alfabetos primitivos», diría yo más bien. Presentan novedades sobre los primeros intentos de escritura alfabética en las inscripciones proto-sinaíticas, es interesante el detalle de la exportación a Occidente de los alfabetos y la creación del alfabeto árabe a partir del arcaico de Edessa y los Nabateos. En cuanto a las «Inscripciones griegas», de Cook, ofrece una buena descripción de las mismas. Añade lo relativo al origen del alfabeto griego (hacia el 750, en el N. de Siria, quizá en Al Mina como proponen Hooker y otros). Pero más que la parte lingüística es atendida la propiamente histórica y arqueológica. Buena descripción, finalmente, la que L. Bonfante hace de la lengua, la escritura y los monumentos etruscos, con buenas ilustraciones también. Pero la asepsia alcanza límites excesivos. Ni una palabra sobre el tema del origen de los etruscos (que creemos que vinieron de Asia, aunque la escuela de Pallottino imponía un veto terminante). Nada sobre el origen de la lengua: mis propuestas sobre un origen indoeuropeo anatolio no son ni citadas. De la idea de que esta es la verdadera manera de hacer ciencia, discrepo profundamente. La bibliografía es mínima y toda inglesa y alemana. Deberían retirarlo ya de una vez. Y más una autora italiana. Libro, pues, útil y práctico, con las limitaciones que señalo. Y otra más: por prescindir de las lenguas y escrituras que no entraban en el horizonte de los autores, es extraño que hayan olvidado las escrituras de base griega en Asia Menor (Frigio, lidio, etc.) y en Occidente, como base para la transcripción del celta en la Galia e Iberia, como fuente de alfabetos indígenas en Iberia y Tartessos. Esto esperaríamos encontrarlo aquí. Y las derivaciones medievales del alfabeto griego en el mundo eslavo y el mundo africano (del copto sí se nos habla). Y falta, un tanto escandalosamente, un capítulo sobre la escritura latina y sus derivados. Este es el libro: excelente y práctico, aunque con limitaciones. Interesante este libro del prof. di Palma, que combate la hipótesis del origen itálico de los etruscos, la hipótesis de Pallottino que se convirtió en Italia en un dogma nacionalista. Felizmente, cada vez se le da más la razón a Heródoto, que hizo venir a los etruscos de Lidia; y al hecho de la identidad o casi identidad de la lengua de la estela de Lemnos y el etrusco. Así también, con toda clase de argumentos, opinó R. S. P. Beekes, cuyo libro reseñé n esta revista, 71, 2003, p. Lo nuevo que aporta el presente libro es, sobre todo, una revisión total de los datos y un rechazo de teorías que pretendían descartarlos como simples coincidencias. Comienza con un detalladísimo capítulo (I, «I dati antropologici», acompañado de mapas, dibujos de artefactos y cuadros estadísticos: junto a elementos indígenas, africanos o europeos, se encuentra, también, un tipo craneano egeo-asiático. Pero quizá es más conclusiva la «Indagine filologica» del cap. II, que nos hace ver los datos, en las fuentes hetitas y otras, sobre los tirrenos en Licia y en el país de Arzawa, en la Propóntide y en Lemnos; no solo los tirrenos, también los pelasgos. Unos y otros son citados entre los Pueblos del Mar en las fuentes egipcias, en 1186. Esta es más o menos la fecha de su llegada a Italia. «La justa crítica de Pallottino a la cronología baja (de las llegada a Italia de los etruscos) en los siglos VIII y VII, no deja otra salida» (p. La introducción de la cremación en los siglos XIII-X es otro apoyo. Influjos orientales posteriores son una cosa diferente, puramente cultural. Los capítulos siguientes, del III al V, muy detallados y con buena bibliografía, sobre los datos arqueológicos, la religión y la cultura, no dejan duda sobre los orígenes minorasiáticos de los etruscos. Impresionan sobre todo datos del siglo VIII (como una olpe de Caere) que hacen ver la presencia tempranísima de los mitos griegos en Etruria. Todo esto en la parte I del libro. La II está dedicada a la lengua etrusca y se abre con un buen estudio de la estela de Kaminia, la famosa estela de Lemnos, y de otras inscripciones de la misma isla. Por supuesto, las conclusiones son favorables al carácter etrusco de su lengua. Más hipotéticas son algunas cosas del capítulo II, «Confronti linguistici». Se trata de coincidencias casi siempre léxicas con términos testimoniados en el Egeo y Asia, también con el rético (sobre este véase mi reseña de Rix en esta misma revista, 69, 2001, pp. 359-360). También habla de las inscripciones eteocretenses y tartesias y sus coincidencias léxicas con el etrusco. Hay aquí muchas cosas útiles y dignas de estudio, imposible explicar aquí el detalle. De lo que sí se podría haber aquí prescindido es de la hipótesis fino-ugria. Y lo que habría debido hacerse, y me deja en realidad sorprendido que no se haga, es profundizar en los rasgos indoeuropeos, y concretamente del Indoeuropeo de Asia Menor, del etrusco, que he estudiado detalladamente en mis dos artículos de JIES (arriba citado) e Historical Linguistics 107, 1994, pp. 54-76. Revista de Lingüística y Filología Clásica (EM) -LXXIII 1, 2005 ISSN 0013-6662 del etrusco (y lemnio) al Indoeuropeo asiático debe basarse, más que en coincidencias léxicas, en hechos morfológicos. Di Palma (e igual Beekes) calla sobre esto. Evidentemente, su perspectiva es más bien arqueológica e histórica. Pero influye, de otra parte, la tradición terriblemente conservadora de la Lingüística Indoeuropea de tradición alemana, que sigue obstinándose en ver como único Indoeuropeo el reconstruido por Brugmann. Pero no es el único, antes de él hay un Indoeuropeo conservado en Asia Menor en el cual la flexión del nombre y verbo es mucho más elemental: monotemática, con sincretismos, uso de los temas puros con varias funciones, etc. Algunos lingüistas lo admiten, otros siguen aceptando como único un Indoeuropeo de la época en que aún eran desconocidos el hetita y otras lenguas indoeuropeas de Asia. Por no dar otra bibliografía, remito a mi Manual de Lingüística Indoeuropea (en colaboración), Madrid, 1995-98 (en prensa en inglés en Peters). Es muy decepcionante que se demuestre, con excelentes razones, el origen minorasiático del Etrusco, y luego no se diga nada, prácticamente, sobre sus orígenes en las lenguas indoeuropeas de esa región. Unas «Conclusioni» (pp. 153-159) se apoyan en un artículos mío («Torreadrada y Turégano: sobre tur-/turr-, adrado-y danom», en Religión, lengua y cultura prerromanas de Hispania, Salamanca, pp. 571-57) en que hago un estudio de la raíz toponímica tur'fuente, río' en Hispania. Di Palma sigue los rastros de esta raíz en Asia Menor y en el etrusco turan, que es la diosa-madre de la tierra. De aquí vendría el nombre de los etruscos. He aquí una publicación colectiva que recoge la mayor parte de las aportaciones al "Primer coloquio internacional Lenguas en contacto. De la Antigüedad a la Edad Moderna", que tuvo lugar en Madrid y Toledo en el mes de octubre de 2003. Omitiré su reseña descriptiva completa, en primer lugar porque la mayor parte de sus contenidos no encajan en el marco temático de una revista de Lingüística y Filología Clásica, y también porque están ya publicados en la página web del Instituto de Filología del CSIC [URL], enlace "Lenguas en contacto") los resúmenes, en español y en inglés, de todos los trabajos que ahora se publican, así como los de algunos que no se han incorporado al volumen. Por otra parte, la primera de las dos introducciones (pp. IX-XX), a cargo de P. Bádenas, consiste en un detallado resumen de la segunda introducción (S. Thomason, pp. 1-14) y de los diecinueve trabajos que componen el volumen, repartidos en cinco bloques: 1. «Niveles de bilingüismo e interferencias lingüísticas» (6 artículos, pp. 15-126); 2. «Transferencia cultu- Bajo el título «Determining Language Contact Effects in Ancient Contact Situations», la segunda introducción traza a grandes rasgos un panorama de esta línea de trabajo relativamente muy nueva -y todavía en el estadio de "muy prometedora" -, mencionando sólo de pasada la esencial interdisciplinariedad de los estudios que tienen cabida bajo la rúbrica "lenguas en contacto" para centrarse breve y someramente en los dos aspectos de ese asunto que propiamente pertenecen al dominio de la Lingüística, a saber, los préstamos léxicos y las interferencias estructurales entre "lenguas en contacto". Tratándose de una "introducción", hay que observar, y hasta señalar con insistencia, que en la práctica totalidad de los casos tal planteamiento es muy poco realista, por cuanto es evidente que, se mire como se quiera mirar, el contacto entre lenguas no es nada más que reflejo y manifestación de un contacto -y, casi siempre, de un conflicto -entre culturas. Hay, ciertamente, excepciones, como el caso particular al que se refieren las sugerentes reflexiones de J. de Hoz («De cómo los protogriegos crearon el griego y los pregriegos lo aprendieron», pp. 35-56) acerca de la huella que en la estructura fonética y gramatical del griego -creado a partir de la lengua indoeuropea de los "protogriegos" -debieron de dejar los "pregriegos" autóctonos de lengua no indoeuropea. Pero casos como ése son, insisto, puras y rarísimas excepciones: lo regular es que incluso el estudio de hechos estrictamente gramaticales deba estribar en la consideración de circunstancias históricas y culturales. Ahí está, por ejemplo, el interesante trabajo de J. A. Álvarez-Pedrosa Núñez, «La estandarización del antiguo eslavo y sus modelos griegos y latinos: el conector oracional » (pp. 271-280). Más aún: muy a menudo la consideración de esas circunstancias dejará forzosamente en segundo plano los aspectos lingüísticos de un caso de "lenguas en contacto". Véase, por ejemplo, lo que acerca del sánscrito en tanto que lengua sagrada de una diversidad de creencias escribe y señala E. R. Luján («El uso religioso de la lengua sánscrita», pp. 207-224). Ahora bien, si es muy cierto que el estudio de las "lenguas en contacto" no se puede reducir a sus aspectos puramente lingüísticos, no es menos verdad que la consideración de éstos no puede supeditarse a la de las circunstancias históricas, sociológicas, etc., que es lo que suelen hacer esos románticos -y, por ello, poco rigurosos -paladines de las lenguas minoritarias "amenazadas" o "sojuzgadas" por otras: toda la panoplia de éstos parece estar constituída por aquello de la lengua "compañera del imperio" de la dedicatoria de Nebrija, que casi todos parecen citar de oídas, y por el hecho de que los préstamos léxicos y las interferencias estructurales -salvo en comarcas fronterizas, de lengua mixta más que bilingües -se dan sólo cuando hay invasión o colonización, y no son nunca el resultado de una relación entre iguales, a pesar de que la lengua "colonizada" -o "invadida", o "sojuzgada", esto es lo de menos -suele aportar algo a la lengua "colonizadora" -o "invasora", o "dominante" -, pero infinitamente menos de lo que recibe de ella. Aunque lo cierto es que prácticamente todos los autores de este volumen colectivo -hay alguna excepción, pero me abstengo de señalarla -dan muestras de haber tenido muy presentes esas observaciones, me parece que no está de más seguir recalcando que en el estudio de los casos de "lenguas en contacto" no son de recibo ni los planteamientos puramente ideológicos ni, en principio, tratar la cuestión como si ésta fuera estrictamente lingüística. En conclusión, creo que hay que felicitar a los editores y autores de este volumen, agradeciendo que con sus aportaciones hayan hecho adelantar un poco más una línea de trabajo que, por el momento, es desde luego muy prometedora. Especialmente porque hay que esperar que en un futuro próximo conduzca al estudio en extensión y en profundidad de un caso de contacto entre dos lenguas -la griega y la latina -en la Antigüedad Clásica del que no se ha ocupado ninguno de los trabajos recogidos en esta publicación. URREA MÉNDEZ, J., El léxico métrico de Hefestión. La publicación de un Léxico de autor es siempre bien acogida, pero es especialmente bienvenida cuando se trata del vocabulario de una materia técnica. En este caso el Léxico es doblemente valorado ya que se trata del primero que aborda a un autor que, a su vez, es el primero en utilizar un vocabulario específico métrico en un manual de métrica griega. Estamos en el s. II d.C. y anteriores a Hefestión hay unos cuantos autores que nos han legado obras de música o gramática, autores griegos o latinos que se habían ocupado de cuestiones relacionadas con la poesía, la música y la métrica. La particularidad del autor cuyo léxico aquí se presenta es la de que el vocabulario empleado para su manual es ya inequívocamente técnico. Su análisis y estudio es, por tanto, una aportación importante a la Lexicografía griega y no una "aportación más" como modestamente nos lo presenta su autora. Hay que tener en cuenta que lo único que teníamos para este autor era un índice final selectivo (ed. Consbruch 1906), del estilo de los que eran frecuentes en las antiguas ediciones de la Teubner, índices que si bien han hecho su papel a la Lexicografía griega general, actualmente están siendo superados por índices y léxicos más modernos y completos. Junto al vocabulario del propio Hefestión y para mejor interpretarlo se incluye, en este libro, como complemento el de algunos comentarios y escolios que fueron añadidos a la obra por Consbruch. El Léxico, resultado final de un trabajo de tesis doctoral, además del vocabulario propiamente dicho, contiene un índice de los nombres propios y obras citadas que aparecen en la mencionada edición. El objetivo en palabras de su autora es "profundizar en la terminología que permita comprender la obra de Hefestión" tratando de dejar muy clara la separación entre métrica y proso-EMERITA. Las características formales de presentación del Léxico son las normales al uso, e.d., los lemas se dan rigurosamente alfabetizados y en el enunciado usual de todo diccionario. En cuanto a la metodología propuesta para analizar y describir este vocabulario técnico es la seguida por otros autores de Léxicos entre los que se encuentra el Lexikon des Frühgriechischen Epos dirigido por B. Snell. Cada artículo lleva una serie de apartados con los que se hace un exahustivo recorrido por la palabra tendente a llevarnos a un amplísimo comentario final sobre cada término. Los apartados en los artículos más completos pueden ser hasta nueve: etimología, frecuencia, dialecto/ortografía/acento, textual, escolios, compuestos y derivados, significado variantes, comentario. Hay también referencias a bibliografía dentro de los artículos. Todo ello hace de este Léxico un buen estudio de terminología métrica cuyo empleo será utilísimo para muchos trabajos sobre autores griegos antiguos de métrica -también de autores modernos que se ocupen de esa materia -, y hará un grandísimo favor a los que tienen como tarea la realización de diccionarios parciales o completos de la lengua griega. Lo que no es seguro es que resulte de fácil manejo. No lo ha sido, al menos, para quien escribe esta reseña, ya que en ocasiones le ha llevado su tiempo el encontrar entre tanta información la traducción dada a los términos, objetivo que por otra parte suele ser uno de los primeros de una obra llamada Léxico. He de confesar que esta metodología, aunque haya sido la empleada por buenos especialistas, hace que, en algunos casos -en éste en concreto lo es-, un Léxico acabe siendo algo oscuro y farragoso. Al leer éste, me ha quedado la idea de que hay apartados que pueden ser muy interesantes y oportunos para otro tipo de obras, pero en mi opinión no los requiere en absoluto un Léxico como éste. Señalaré brevemente algunos de los aspectos negativos que he encontrado y empezaré por comentar algo sobre los datos que todo Léxico debe llevar antes de su inicio para que éste resulte fácil de usar. No dice en ninguna parte destacada las abreviaturas de las obras objeto de estudio y que se van a estar citando continuamente. Aunque se haga referencia a las abreviaturas de los grandes diccionarios griegos, pienso que todo Léxico debe empezar por decir cómo se van a abreviar y citar los autores y obras objeto del estudio. 3 primera línea y sin destacar se dice "El texto griego de esta Tesis coincide en páginas, capítulos y párrafos con la edición mencionada..." Eso es una forma muy oscura de decir cómo uno cita en el léxico. Algunos otros fallos se refieren al estudio léxico propiamente dicho. ¿Por qué se llama "etimología" al apartado en el que se refleja el uso diacrónico de la palabra y los diferentes significados que dan los diccionarios? ¿Por qué, por otra parte, no se limita este apartado a los usos de autores que pudieran suponer un verdadero precedente y antecedente del uso en nuestro autor?. Pienso que ha sido un camino equivocado y para palabras polisémicas no creo que tiene sentido el reproducir lo que dicen los diccionarios generales. Por ejemplo, entiendo que aképhalos "verso sin cabeza" vaya precedido del testimonio de Hdt.4.191 con el significado descabezado, sin cabeza, acéfalo referido a unos seres que carecen de ella, porque será el sentido que dé pie a Platón para el uso figu-EMERITA. Pero ¿para qué esa larga lista de usos contemporáneos de Hefestión (Plutarco, Luciano, etc.) o posteriores sin contexto ni explicación que ya no aportan nada al uso métrico? Sobran muchas cosas en cada artículo y con ello lo único que se hace es estorbar el objetivo. Innecesario del todo era escribir cada vez en griego el contexto de un término usado 19 veces que no tiene 19 contextos distintos (ej. ±wnikój), aunque cambie el número o el caso. No tiene sentido dar todas las veces que los autores de métrica dicen ±wnikój. Para apreciar bien un Léxico lo más útil y eficaz es dar un contexto lo más breve posible, e.d., el suficiente para entender bien el término y sus uso: en éste se dan pasajes larguísimos en los que se pierde uno y que, en mi opinión, suelen resultar innecesarios. En el apartado "sign." habría bastado el o los significados, porque el traducir todos los contextos, ¿a qué lleva si no hay nuevas acepciones?. Cosa diferente es el apartado del comentario final, donde me parece que se hace un buen trabajo y que es de lo que más merece la pena, aunque también le sobra contexto griego. No deseo extenderme más en los aspectos negativos de este Léxico, porque creo que sus valores en el contenido son superiores, aunque no quiero dejar de señalar que otra de las cosas que hacen este Léxico de difícil manejo es el no haber destacado los lemas con alguna de las muy variadas maneras que existen para ese efecto, siendo una de las más frecuentes el uso de la negrita. En suma, el Léxico de Hefestión es un buen trabajo de lexicografía y da en el clavo sobre su oportunidad dentro de los vocabularios de tipo técnico. Sólo olvida cuidar algunos aspectos formales y de claridad que deberíamos exigirnos para este tipo de obras.
Libro muy amplio sobre una serie de temas que van de las teorías sobre el origen de la cultura (a veces en el contexto de las cosmogonías) a ideas sobre la historia y teorías políticas diversas en la antigua Grecia. Todo ello en un marco muy amplio, indicado en el subtítulo. La exposición es por orden cronológico, lo que tiene ventajas, pero también obliga a repeticiones y a pérdida, a ratos, de la línea general. Una «Introducción» señala algunas de las líneas generales, sobre todo, la teoría del progreso y la del miedo a sus consecuencias, especialmente en Platón. Se olvida un poco la creación de la idea de lo humano, que desde pronto se diferenció de la de lo griego. Aunque se habla de ello, aquí y allá, más adelante. Luego, tras unas palabras sobre Homero -la pintura de la vida humana en el escudo de Aquiles, Il. XVIII, y el tema del Cíclope, en Od. IX, al que se le podría extraer bastante más, pienso, sobre la visión del "extraño" por el navegante griego, he escrito sobre esto -, se pasa a Hesíodo, p. Este es un capítulo importante, para el cual se toman en consideración, simultáneamente, los dos grandes poemas. Se refieren, en conjunto, al lugar del hombre en el kosmos, a su contexto humano entre la virtud y el vicio, castigado por Zeus: una visión, en suma, pesimista. Αunque no sin referencia al triunfo de la justicia. Y siguen capítulos en que (p. 42 ss.) se habla de Jenófanes y Hecateo. Se estudia la visión, en el primero, de un desarrollo autónomo del hombre, fuera del contexto divino tradicional; y en el segundo, Hecateo, se destaca su respeto a los pueblos no griegos y sus creaciones, es un antecedente del concepto general del hombre, desde un punto de vista diferente del de Hesíodo. No se habla de otros presocráticos (hasta llegarse, más adelante, a Empédocles y Demócrito). Un tratamiento de Heráclito creo que habría sido interesante: solo con él comienza la integración del hombre en el sistema del logos y del kosmos. Hay un cambio a partir de la página 50, con el estudio del gran período de la polis, de Atenas sobre todo. No creo que Empédocles, los órficos y Anaxágoras encajen bien en este contexto; sí vendrían bien, en cambio, los fragmentos políticos y EMERITA. Así he procedido yo, al menos, en mi Ilustración y Política en la Grecia Clásica, Madrid, 1966 y luego en la versión posterior aparecida con el título La democracia ateniense. En todo caso, es excelente la exposición de las teorías de Protágoras: la razón, como elemento específico del hombre, la concepción histórico-genética de la historia humana, los motores de la evolución que son la Carencia y esa misma Razón. Y la del Anonymus Iamblichi: el superhombre, si es que existe, solo puede funcionar al lado de las leyes. No sé si queda completamente claro que todo esto es una verdadera teoría de la democracia ateniense. También son buenas las exposiciones de las doctrinas de Pródico y de Calicles, cuya teoría contra la Igualdad, dominio de los débiles, es claramente antidemocrática. Excelente igualmente la exposición del Prometeo (p. 116 ss.), en donde la tradición religiosa da paso a un nuevo Humanismo que rebasa el ámbito de lo ateniense. Y, también, la exposición de la Antígona de Sófocles (p. 125 ss.), concretamente del famoso coro sobre el amor: subraya con razón el moralismo del final, que refleja, añado, los temores de una parte de los hombres que colaboraban con la democracia, el propio Sófocles entre ellos. 132 s.) referencias a las Suplicantes de Eurípides, que en realidad nos trasladan a otro plano (visión religiosa, Dios llevó a los hombres del salvajismo a la Razón). Las teorías de la época democrática no quedan con esto completadas, hay que pasar al capítulo «Teoría de la cultura y pensamiento histórico» (p. Sobre Heródoto, me quedo con la idea del relativismo respecto a los hábitos de los distintos pueblos, pero con obligatoriedad de los mismos en cada uno, lo cual justamente nuestro autor compara con Protágoras. De Tucídides se recogen cosas interesantes sobre la evolución histórica en punto concretos, pero apenas conceptos generales, que existen. 166 ss. se pasa a Demócrito, que queda un tanto descolocado, al estudiarse tan solo su teoría sobre el origen de la cultura, no a los fragmentos morales. Igual podría decirse del estudio de los escritos hipocrático en p. 186 ss., insiste sobre todo en el influjo en dos de ellos de las teorías de la cultura. Hay luego otros estudios. No, sorprendentemente, sobre Sócrates, sí sobre Jenofonte (teoría religiosa de la cultura), Isócrates (mezcla del punto de vista humano general con el propiamente ateniense), los cínicos (en Dión de Prusa: inversión de la doctrina tradicional, superioridad del animal, sujeto a la physis, sobre el hombre). Todo un tanto mezclado y saltuario. El estudio más importante es, quizá, el de Platón (p. Yo destacaría, sobre todo, el subrayado de su miedo a una evolución que lleva a una τρυφ σα πόλις que se divierte pero teme a la pobreza y la guerra, que llegan en efecto. Solo la mano de Dios detiene, en el Político, esa evolución doble, al final perniciosa. Idea bien contraria a la de Protágoras (y a la de Pericles en Tucídides, que no es citado). No puedo entrar en el detalle de los estudios sobre Aristóteles (p. 242 ss.), un pionero en muchas cosas (pero no se atiende apenas a sus ideas políticas) y Dicearco (p. Revista de Lingüística y Filología Clásica (EM) -LXXIII 1, 2005 ISSN 0013-6662 traste interesante lleno de novedad: es la naturaleza la que enseña y obliga, son la práctica de las relaciones sociales y la Religión las que todo lo estropean. El autor es infatigable: sigue hablando de los estoicos antiguos, de Polibio (que insiste en la corrupción de los distintos regímenes como motor de los cambios), de Virgilio (otra vez el tema del progreso técnico y de los problemas que trae: trabajos, desmesura), de Séneca (otra vez el tema de la Naturaleza y, luego de la pleonexía o abusa humano seguida de la rotura de la Comunidad). Como se ve, se trata de un libro lleno de erudición, de buen juicio y de exposiciones de las que puede aprenderse mucho. También, un poco excesivo y misceláneo, repetitivo, saltando de tema en tema, con algunas lagunas. El libro termina con un Los presentes estudios se articulan en tres capítulos consagrados a temáticas más bien independientes, de manera que a veces se puede tener la impresión de leer tres artículos interesantes, pero no un libro. Esta impresión no es del todo justa: los tres capítulos están interrelacionados, aunque cueste darse cuenta de ello en seguida. La unidad temática subyacente deriva de una pregunta crucial: ¿Cuáles son los mecanismos de que se sirve el epinicio en su lucha contra el tiempo? O dicho de otra manera: ¿De qué procedimientos puede valerse Píndaro para garantizar a los destinatarios de sus odas que será capaz de substraer la proeza -la proeza atlética, pero también la proeza poética -al mordisco implacable de la fugacidad? En el primer capítulo, el más extenso (titulado «Epinicio ed epos», pp. 21-119) L[oscalzo] se pregunta quienes son, realmente, los destinatarios de las famosas polé- micas e invectivas pindáricas. Tras excluir a Simónides, Baquílides y los demás (con argumentos excelentes, pero poco originales, a estas alturas), L postula que el epos (entendiendo con este término tanto los rapsodas que se consagraban a recrear a Homero con variaciones mínimas como la epopeya posthomérica propiamente dicha, que conocemos poquísimo) constituían una amenaza auténtica para la difusión del epinicio de tipo simonídeo-pindárico, más innovador. Éste gozaba, en todo caso, del favor de los entendidos (sunetoí); pero las masas incultas todavía eran sensibles a la antigua voz de la épica y a su hechizo. La verosimilitud de esta reconstrucción se me antoja bastante discutible; pero no deja de dar pie a observaciones interesantes. Con todo, la complejidad y ambivalencia profundas de la posición de Píndaro frente a la poesía homérica -un tema fascinante, y objeto de múltiples discusiones, en los últimos años -no me parecen analizadas de un modo adecuado. L discute muy bien una serie de pasajes concretos, aunque no es raro que caiga en sutilezas excesivas; y, EMERITA. Revista de Lingüística y Filología Clásica (EM) -LXXIII 1, 2005 ISSN 0013-6662 sobre todo, consagra demasiado espacio a tópicos muy fatigados por la crítica pindárica de siempre. El problema analizado en el segundo capítulo («Repliche dell 'epinizio», pp. 85-119), el más interesante de los tres, constituye uno de los más intrigantes y difíciles de resolver de la exégesis pindárica; quizás sea irresoluble, en realidad. Después de la première de un epinicio (en circunstancias que conocemos habitualmente mal, pero que no son del todo irrecuperables) -¿era el mismo poema objeto de sucesivos "reestrenos", por llamarlos de algún modo? La respuesta tendría que ser afirmativa; en caso contrario, no habría llevado a cabo adecuadamente su tarea de difundir por todas partes la gloria del vencedor; y además, la gran mayoría de composiciones se habrían perdido sin remedio antes de llegar a Alejandría. Pero la verdad es que no sabemos (casi) nada al respecto. L, pues, plantea un tema fundamental, que suele discutirse demasiado poco. IV 13-6 (pasaje que fue aducido por primera vez, en conexión con esta problemática, por Christopher Carey) me parece del todo pertinente, y muy interesante además: es un óptimo testimonio -aunque aislado -de la reutilización de un epinicio pindárico, en un contexto probablemente simposial (aunque esto no es completamente seguro, ni tampoco relevante, para lo que nos importa), en el marco familiar más próximo al vencedor. I 97-8 no me parece que tenga el alcance y el sentido que L pretende darle: del texto griego no se deduce que la ocasión evocada sea el "reestreno" de un canto cualquiera; ni mucho menos que este canto sea un epinicio. Por otra parte, L hace un ajustado elenco de las odas pindáricas de las que nos consta, con mayor o menor certeza, que fueron ejecutadas en el marco de un festival religioso determinado (por ejemplo, la Ol. III en una fiesta agrigentina de Teoxenias; la Pyth. V en las Carneas de Cirene, la Pyth. XI en el Ismenion tebano, etc.); y avanza la hipótesis de su "reestreno" en cada edición anual de tales festividades. Se trata de una hipótesis verosímil, quizás; pero, a pesar del aplomo de L, no contamos con la menor prueba: sola- mente con indicios, y en general, muy débiles. No es ésta la única ocasión en la que L formula hipótesis para las que no resulta fácil aducir pruebas: su suposición de que el mismo Píndaro controlase una edición de sus propias "Obras completas" (cf. pp. 98-9) no creo que vaya a suscitar demasiados entusiasmos. Pero es verdad que, en la mayoría de casos, el hecho de que no se llegue a resultados concluyentes no se debe adjudicar al autor, sino a la pobreza y escasez de los testimonios. En cuanto al último capítulo («La Musa artigiana», pp. 121-60), está constituído por un elenco, bien organizado y bien comentado, de las metáforas artísticas que utiliza Píndaro para referirse a su tarea de poeta: construcción de edificios, estelas, coronas, tejidos, bordados, estatuaria y pintura...; y presenta las mismas virtudes y las mismas limitaciones que el primero. En efecto, desde el punto de vista de la factura técnica, el libro de L es impecable: rica bibliografía, índices bien elaborados, copio- sas y precisas discusiones de una serie de pasajes concretos. En contrapartida las erratas de imprenta son numerosas, aunque de escasa importancia. La frase inicial de la Introducción es bastante contundente (p. Revista de Lingüística y Filología Clásica (EM) -LXXIII 1, 2005 ISSN 0013-6662 exonerar al presente libro de la alargada sombra de esta frase, amarga pero exacta, constituye una cuestión a la que yo no sabría dar una respuesta objetiva. Con el sugerente y adecuado título de Officina Ellenistica se nos presenta este volumen colectivo que nos ilustra sobre los procedimientos creativos empleados en ese 'laboratorio' de formas y motivos del que sale la poesía helenística y latina. Como se indica ya en el prefacio del volumen, que ofrece además un breve resumen de todas las aportaciones, se recogen aquí veintitrés de las veintiséis comunicaciones presentadas en el Congreso Internacional sobre el mismo tema (Trento, 4-6 de abril de 2002), a las que se añade la de E. Lelli. Cerca de la mitad de estos trabajos se centra sobre todo en los poetas helenísticos, aunque den también cabida, en algún caso, a la comparación con otros autores griegos: A. Rengakos, "Tempo e narrazione nelle Argonautiche di Apollonio Rodio"; M. Cannatà Fera, "Metateatro e intertestualità. De entre ellos, acaparan un mayor número Teócrito y el Corpus Theocriteum, sobre los que se plantean, según los casos, cuestiones relativas a estructura y composición, presencia de elementos tradicionales o de innovaciones, problemas de autoría y cronología o relativos a la fijación de los textos: R. Pretagostini, "La forma catalogica fra tradizione e innovazione: il Catalogo dei maestri di Eracle nell' Idillio 24 di Teocrito"; G. Basta Donzelli, "Mimo teocriteo e mimo popolare"; L. Belloni, «'Povertà' e 'ricchezza' nel Corpus Theocriteum. Los restantes son estudios de contraste entre poesía griega y romana, que permiten obtener una visión de continuidad entre ambas. En unos la exposición se organiza en torno a la tradición de motivos literarios (M. Fantuzzi, "Amore pastorale e amore elegiaco, tra Grecia e Roma"; G. Ieranò, "Il mare d' amore: elementi per la storia di un topos letterario"; A. Cavarzere, «Il polútropoj Enea»), mientras que otros, sin omitir esa tradición, anuncian como punto de partida la atención prestada a autores u obras concretos: H. J. Tschiedel, "Apollonio Rodio e Valerio Flacco. L' umanità nel mito"; A. Perutelli, "Teocrito e Catullo"; M. S. Celentano, "Temi e motivi ellenistici tra Grecia e Roma: l' Epodo 15 di Orazio"; F. Boldrer, "Il callima-1 En el título con que aparece recogido este trabajo en el índice del libro se ha sustituido, por un pequeño desliz, la palabra 'metaforica' por 'metafisica'. En este segundo grupo, aunque algunos no lo indican explícitamente en el título (L. Nosarti, "Sul sogno di Ilia (Enn. Sólo una de las aportaciones (A. Aloni, "La Nea ai tempi della Regina Vittoria") trata de las influencias de la poesía griega en la literatura europea posterior, con el análisis de las afinidades presentes en la Comedia Nueva y la obra de Oscar Wilde. En la mayor parte de los trabajos sobre los distintos autores y obras encontramos desde el tratamiento de diversos procedimientos de elaboración literaria y su tradición, hasta la valoración de modelos e influencias. En relación con ello, son frecuentes las alusiones a la intertextualidad. Otros trabajos versan sobre aspectos puntuales de crítica textual y algunos de ellos son buenos ejemplos de comentario de textos. En general, se ofrecen siempre referencias de una riquísima bibliografía especializada y frecuentemente actualizada que resultará muy útil al lector que quiera acercarse a temas precisos. Destaca la cantidad de estudios procedentes del ámbito italiano que, más o menos en los últimos quince años, se han dedicado a diversos aspectos de las literaturas griega y latina. En un volumen que resulta verdaderamente interesante, entre otras razones por el detalle con que se ilustran cuestiones concretas sobre la creación literaria del mundo grecolatino más allá de generalidades sobre el tema, no es posible exponer con brevedad todo lo que llama la atención. Encontramos, por ejemplo, sugerentes ideas sobre las técnicas de narración de la épica griega (A. Rengakos), las modalidades del sueño literario en la Antigüedad (L. Nosarti), el diálogo entre textos teatrales y las reminiscencias de la tragedia en la Comedia Nueva (M. Cannatà Fera), la propuesta de una doble lectura, en clave mítica y de actualidad, de un fragmento de Teócrito (R. Pretagostini), la relación de la poesía helenística con la escultura del mismo período (L. Torraca), la 'raffinata intertestualità' del epodo 15 de Horacio (M. S. Celentano), o la nueva visión del 'calimaquismo' de Propercio (F. Boldrer). En definitiva, la atenta lectura del libro, buen ejemplo de la contribución italiana a la Filología Clásica, permite afirmar que nos encontramos ante un conjunto de gran calidad que aportará datos muy interesantes -a veces también sorprendentes-a quien desee profundizar en el proceso de composición literaria de los poetas helenísticos y su influencia en la literatura latina. Ma TERESA SANTAMARÍA HERNÁNDEZ El pequeño libro, pero riquísimo en contenidos y sugerencias, que voy a reseñar es el resultado esperable de la conjugación de los principales campos de investigación de que se ocupa Hubert Cancik, la religión y la historiografía en Grecia y en Roma, así como la historia en el Viejo Testamento y en el Oriente Próximo. Su título (sobre todo el reducido que aparece en la portada exterior del volumen, Verità mitica e verità storica) no consigue poner claramente de manifiesto la idea que anima todo su desarrollo y el punto central al que conduce, esto es, la lógica concatenación existente en el desarrollo de la historiografía en el Mundo antiguo, desde la más antigua historia hitita a la veterotestamentaria y grecorromana, y el empeño, no siempre abiertamente confesado, en buscar la verdad, tanto en la historia mítica como en lo que podríamos llamar hechos históricos sin otra adjetivación. Sirve de pórtico un hermoso «Elogio della verità», que consiste en el hermoso texto bíblico 3 Esd. A continuación sigue una breve «Premisa», en la que Cancik plantea los aspectos fundamentales que servirán de eje a sus planteamientos: 1) a partir de la praxis y de la teoría de historiógrafos y mitógrafos antiguos, estudiará cómo se han formado algunas ideas importantes en la tradición y en la historia de la cultura europea en tres culturas del pasado (hitita, griega, bíblica); 2) se indagará a partir de qué época en las culturas europeas se afirma o se rechaza de forma explícita la veracidad de un enunciado relativo a un hecho perteneciente al tiempo mítico o histórico; 3) el estudio comienza lógicamente en el ámbito de la historiografía griega, lo cual no impide que luego se vaya más arriba, hasta los hititas, los primeros que escribieron historia, en los que se aprecian «le prime deboli tracce di una critica storica» (p. 15); 4) del Antiguo Testamento se analiza el libro 2 de Macabeos, por su estrecha relación con la historiografía griega de época helenística; 5) a propósito del objetivo de su estudio, Cancik recuerda la dedicatoria del libro, «in memoriam Hans Heinrich Schaeder (1896-1957)», y comenta: «La memoria stessa non ha bisogno di una spiegazione, semmai di una giustificazione» (p. El cuerpo de la obra se articula en cuatro capítulos. En el cap. I, el más doctrinal del conjunto, se plantea el tema la tradición, el mito y la historia como elementos esenciales en la historiografía antigua, sus fundamentos, su alcance histórico, su relación con la veracidad histórica. El cap. II analiza el sentido y el alcance de la fe y la crítica en la mitografía y en la historiografía griega y romana, centrándose en los problemas de la fe en el mito, su interpretación con valor histórico, su crítica desde planteamientos filosóficos, teológicos o históricos. Como autores fundamentales para el análisis de estos aspectos, comenta Cancik textos de Dioniso de Halicarnaso, Sexto Emprírico, Asclepiades de Mirlea, Duris de Samos, Hecateo y Anaximandro de Mileto; con ellos se traza un panorama de la interpretación historiográfica griega de época helenística, pero remontando más arriba en el tiempo para los comienzos de la crítica filosófica. El cap. III recoge, bajo el título de «Verdad y crítica en la EMERITA. Revista de Lingüística y Filología Clásica (EM) -LXXIII 1, 2005 ISSN 0013-6662 historiografía hitita», una serie de interesantísimas aproximaciones a textos hititas que nos llevan al Segundo milenio a. C. y que, incluso para una persona tan profana en el tema como quien escribe estas líneas, revisten un atractivo indudable, sobre todo por los atisbos que ofrecen los textos, muy fragmentarios, de un comienzo de búsqueda y preocupación por la veracidad histórica. El cap. IV analiza 2 Macabeos, una obra que no sabríamos a ciencia cierta si colocarla con más propiedad dentro de la historiografía veterotestamentaria o dentro de la historiografía helenística, si tenemos en cuenta que nuestro texto está escrito en griego, su desconocido autor indica que va a escribir un compendio de la historia de Judas el Macabeo compuesta en cinco libros por un cierto Jasón de Cirene, y, sobre todo, se plantea el problema de la definición de las funciones del historiador en unos términos que más bien casarían en un historiador helenístico que en una obra del Antiguo Testamento: «... Investigar la materia histórica, examinarla en todos sus aspectos y detalles, eso compete al narrador de historia; pero procurar el compendio de la narración, sin llegar a agotar el asunto, toca al compilador...» (2 Mac 32, trad. El cap. 5 de la obra nos resume y pone en relaciona hechos fundamentales que han sido presentados en el corpus del libro. El más notable es que el desarrollo de una crítica científica de las tradiciones míticas e históricas se encuentra fundamentalmente en los historiadores griegos, pero con ellos ofrecen una correspondencia muy interesante la historiografía veterotestamentaria, judía y cristiana, incluso con ejemplos tan sorprendentes como los que encontramos en el Viejo Testamento en el ya recordado libro 2 de Macabeos. 142), según nos muestran los textos históricos hititas. Verità mitica e verità storica de Hubert Cancik, a pesar de la profundidad de sus contenidos y planteamientos, es un libro que se lee con enorme curiosidad e interés y, sin lugar a dudas, con innegable provecho. AURORA LÓPEZ la Universidad portuguesa de Aveiro, según puede verse en las palabras de salutación del catedrático de latín de aquella institución, J. M. Nunes Torrão, que curiosamente, en la disposición de la publicación cierran el volumen (pp. 301-304); se abre, en cambio, con un título que podría parecer un artículo normal, «A outra resposta de Tirésias», en el que el coordinador del Congreso y de las Actas, Carlos de Miguel Mora, también latinista en Aveiro, ofrece unas interesantes indicaciones sobre el tema elegido: centrándose en torno al tratamiento literario de la sátira, la parodia y la caricatura, se intentó, nos dice, lanzar una mirada y realizar una reflexión sobre la risa, primero y fundamentalmente en la Antigüedad grecorromana, y, partiendo de aquélla, hasta nuestros días, siempre a través de la Literatura, con especial atención a la portuguesa. Con las menos palabras posibles recordaré el tópico, siempre necesario, de la imposibilidad de reseñar a fondo libros colectivos de tan diversos contenidos y de tantos responsables como son unas Actas. En las que comento, hay dos trabajos que, al comienzo y al final del libro, de clarísima estructura anular, tocan temas generales: Jacyntho Lins Brandão, «O rir dos Gregos» (pp. 15-27) se plantea por qué motivos, en que circunstancias y de qué maneras los griegos se ríen de sí mismos, según se refleja en sus obras literarias, y no sólo en las pertenecientes a los géneros que llamaríamos ligeros, sino incluso en un género tan serio como la épica. Por su parte Paulo Sérgio Ferreira, «Paródia ou paródias?» (pp. 279-300), analiza de qué manera el término griego parodia, en su origen perteneciente al ámbito de la música, se extiende «a otros sistemas codificados», donde se enriquece con una dimensión lúdica y satírica, que en los diversos géneros de la literatura grecorromana se manifiesta de una manera transversal, lo que implica tratamientos de vario tipo. Todos los trabajos restantes analizan la sátira, la parodia o la caricatura en un autor, en una obra o en un pasaje literario concreto, apareciendo en el volumen ordenados por orden cronológico. Por ello, me limitaré a indicar autores y títulos, pero, dado que cada aportación lleva al final un breve resumen en inglés, español, francés y portugués, utilizaré algunos términos de éste, para transmitir su idea fundamental. Frederico Lourenço, «Um interlúdio paródico na Odisseia: o episódio de Iro (Canto XVIII)», pp. 29-37: en el episodio del enfrentamiento de Ulises e Iro al comienzo del c. XVIII de La odisea, se analiza la escena para una «caracterización de la técnica cómica utilizada», estudiando aspectos del vocabulario «que podrán ofrecer pistas para una datación de esta parte del poema». 7 de Semónides de Amorgos», pp. 39-56: análisis del conocido Yambo de las mujeres de Semónides; después de estudiar el catálogo de tipos femeninos que presenta, opina Brasete que «esa cartacterización tipológica era innovadora y respondía a una doble finalidad de este género de poesía: satírica y humorística. Puesto que el poema se destinaría a un contexto simposíaco, un espacio típicamente masculino, la mujer y su naturaleza constituirían una temática que conducirían al hombre a reflexionar, de una manera seria y divertida al mismo tiempo, sobre su propia condición». Revista de Lingüística y Filología Clásica (EM) -LXXIII 1, 2005 ISSN 0013-6662 de Platon», pp. 57-89: lo »cómico», en su sentido más amplio, está muy presente en las obras platónicas; pero dado «que no es bueno ni hacer reír ni sacar placer del reír, porque esto supone, en el mejor de los casos, transformarse en bufón (bômolochos) o en autor de comedia (komóidopoios) y, en el peor, gustar y gozar de lo que se debería detestar por causa de su perversidad: el vicio (to kakon) y la sinrazón (to aphron)», Desclos se planta esta contradicción y trata de explicarla. Maria de Fátima Silva, «Dinheiro e sociedade (Teofrasto, Caracteres)», pp. 91-104: la obra estudiada tiene una obvia relación con los tipos presentes en la sociedad ateniense del s. IV a. C.; por ello, «desde la perspectiva de la importancia del dinero en la vida de la comunidad social de esta época intentaremos evaluar destellos expresivos en la mayoría de los treinta retratos que componen el catálogo de Teofrasto: relevancia de la posición financiera, formas de adquisición de dividendos, el significado del dinero para el establecimiento de una graduación social, los comportamientos que dicta, las señales externas que lo denuncian, la retórica que el es propia». Llegamos así a la literatura latina, y encontramos los siguientes trabajos, referentes al período romano, Edad Media y Humanismo: Helena Costa Toipa, «Mordacidade nos discursos de Cícero: ioci, facetiae et dicacitates ao serviço da oratória», pp. 105-122: se analiza la teoría ciceroniana, planteada en sus Opera rhetorica, y puesta en juego en sus propias Orationes, «sobre la cuestión del empleo del humor en los discursos, haciendo referencia a algunos de los oradores que más se habían distinguido por su espíritu jocoso, enumerando algunos de los procesos para provocar la risa entre el auditorio, y poniendo énfasis en su finalidad y utilidad para el orador». Dina Maria Silva Baptista, «Imagens animais nos Sermones horacianos», pp. 123-158: curiosamente el único trabajo dedicado de forma específica a la sátira romana; según Baptista, «las imágenes animales dispensaron a Horacio una función lúdicomoral, en algunos casos, y paródica en muchos otros. Pero, por encima de todo, se convirtieron en una divertida y sabia lección de vida para los hombres, que muchas veces se ríen de sí mismos cuando creen reírse de los animales». Carlos de Miguel Mora, «A paródia literária no Corpus Priapeorum»), pp. 159-177: «en este trabajo el autor pretende, por medio de traducciones fieles en verso rimado y de comentarios léxicos, estudiar la manera como se efectúa, en algunos poemas, el juego literario de la alusión y de la intertextualidad con otros autores y géneros, estrategia utilizada por el poeta para aumentar el humor». Maria Cristina de Castro-Maia de Sousa Pimentel, «Barbam uellere mortuo leoni», pp. 179-198: «en el presente texto se observa, en los Epigramas de Marcial, la caricatura y la parodia mediante la utilización de dioses y héroes mitológicos y personajes de la historia de Roma»; la autora comenta sobre todo Mart. II 89, XI 15, 43 y 104, epigramas que ofrece al final del artículo en su forma latina y en espléndidas versiones portuguesas de José Luís Brandão y de Delfim Leão. Arnaldo do Espírito Santo, «Sátira e paródia em textos medio-latinos», pp. 199-214: el autor se centra, dentro del amplio campo de la poesía latina medieval, sobre todo en la de los ámbitos universitarios de los siglos XII y XIII; «uno de los rasgos más característicos de este tipo de poemas es que mantienen una relación estrecha con los textos religiosos que tantas veces parodian, en el EMERITA. Se analizan los procedimientos literarios de la sátira y la parodia». José A. Sánchez Marín, «La sátira latina en la Poética de J. C. Escalígero», pp. 215-236: se recoge y analiza la presencia de la sátira latina y sus cultivadores en los Poetices Libri Septem de Escalígero, obra que, según Sánchez Marín, «presenta las principales referencias a la sátira latina en tres de los siete libros: el I, Historicus, el III, Idea, y el VI, Hypercriticus. En el primero analiza el origen del género y sus tipos; en el tercero trata la sátira desde el punto de vista de la inventio, y en el sexto hace una clasificación de los autores de sátiras en cinco edades, desde la Antigüedad hasta el Renacimiento». Por último, tres trabajos se ocupan de la pervivencia del tema satírico y de sus tratamientos antiguos en escritores portugueses: Raquel Teixeira Filipe, «A herança dois satíricos: Horácio e Pedro José da Fonseca. Tópicos horacianos na Invectiva contra os máos poetas», pp. 237-251: «En el ámbito de la cultura portuguesa, en la segunda mitad del siglo XVIII, Pedro José da Fonseca recupera tópicos desarrollados en los Sermones horacianos, al redactar la Invectiva contra os máos poetas, texto que había sido atribuido erróneamente a Correia Garção por Teófilo Braga». António Manuel Ferreira, «'Louvado seja Deus que não sou bom': Alberto Caeiro, São Francisco de Assis e o menino Jesus», pp. 253-264: funcionamiento de la parodia en uno de los heterónimos de Fernando Pessoa; opina el autor que «hay quienes dicen que la poesía de Alberto Caeiro es muy simple: basta con ver y no pensar. Sin embargo, Caeiro es un pensador compulsivo. A través de un discurso poético en apariencia sincero, el Maestro cuestiona algunas certezas de la cultura occidental, como, por ejemplo, la visión de la naturaleza divulgada por San Francisco de Asís». Isabel Graça, «Presença de Marcial en Os Dias Inventados de Luís Filipe Castro Mendes», pp. 265-278: estudio de la influencia de Marcial en el poeta contemporáneo Luís Filipe Castro Mendes (Idanha-a-Nova, 1950), y en concreto en su obra más reciente, el poemario Os Dias Inventados (2001). «El poeta bilbilitano resulta ser, efectivamente, una influencia importante, a juzgar tanto por los temas tratados como por la nítida opción hacia el modelo formal del epigrama». Una obra muy interesante, excelentemente coordinada, con aportaciones de muy buen nivel, magnífica composición y bello diseño del volumen. Conste, pues, nuestra felicitación tanto al coordinador, Dr. de Miguel Mora, como a los responsables del área de Filología Clásica en el Departamento de Línguas e Culturas de la Universidad de Aveiro. ANDRÉS POCIÑA Universidad de Granada BRUIT ZEIMAN, L. -SCHMITT PANTEL, P., La religión griega en la polis de la época clásica. 228 pp. Muy útil estudio de la religión griega, sobre todo en relación con la polis de época clásica. Revista de Lingüística y Filología Clásica (EM) -LXXIII 1, 2005 ISSN 0013-6662 La Introducción insiste en la necesidad de apartar ciertas nociones tradicionales e introduce algunos conceptos básicos: lo sagrado, puro e impuro, piedad e impiedad. Da una idea general de las fuentes (literarias y epigráficas). La primera parte se refiere a «Las prácticas del culto»: dentro de ella, un primer capítulo es sobre «Ritos, actores y lugares de culto»: los rituales (el sacrificio, el gran sacrificio cívico, otros tipos, la plegaria, el personal relgioso...), todo ello acompañado de traducciones de textos importantes sobre los temas. Siguen «los lugares de culto», con buenas descripciones, también arqueológicas. El capítulo 2 es sobre «Religión y vida cívica»: los «ritos de paso», entre ellos matrimonio y funeral; «los ámbitos de la vida religiosa», entre ellos el oikos, el demos, las asociaciones de culto; «Religión y vida política»; las principales fiestas; y los cultos panhelénicos (Delfos, Epidauro, etc.), con excelentes descripciones. Es espléndida esta organización, que hace ver la relación de lo divino con la sociedad y la polis. Solo la segunda parte se ocupa del mito y la representación de lo divino (con un excelente cuadro sobre Hesíodo, p. Los diferentes mitos, las cosmogonías y mitos diversos son estudiados a continuación. Sigue la descripción de los diferentes elementos de la religión politeísta (dioses, démones, héroes), así como diversos dioses, tales Apolo y Dioniso. Las «formas de la figuración» siguen a continuación (habría que insistir sobre los elementos no antropomórficos que subsisten). El libro, muy útil como digo, se cierra con un Glosario, un Léxico sobre dioses, héroes y personajes mitológicos y una bibliografía.
Para rendir homenaje a Shefton la editora parte de una serie de conferencias sobre un tema monográfico celebradas con el fin de conmemorar su 80o aniversario. La personalidad del homenajeado resulta en efecto dominante en los últimos años en el campo de la investigación sobre los griegos en Occidente. Sus estudios sobre la cerámica se han visto apoyados en consideraciones históricas relacionadas con las cuestiones culturales, lo que justifica la especificidad del tema propuesto. En España sus estudios han tenido gran repercusión para la comprensión de la influencia de los viajeros y la configuración de la personalidad de las poblaciones locales. La identidad constituye un tema de gran actualidad en todas las ramas de las ciencias humanas, como concepto que ofrece variedad de formas a lo largo del tiempo y del espacio. Con respecto a la Antigüedad destaca la importancia a partir del siglo V de la oposición entre griego y bárbaro, que tuvo un escenario específico en las colonias. Dada la personalidad científica del homenajeado, destacan los problemas derivados del estudio de la cultura material como reflejo de la etnicidad, así como los problemas de la iconografía griega usada por los pueblos no griegos. El mundo helenístico y romano está igualmente entre los temas tratados, según se señala en la Introducción de K. Lomas, que constituye un panorama general para la presentación del libro. El objetivo central es con todo la peculiaridad de las colonias griegas de occidente desde el punto de vista de la etnicidad. En este marco, Ridgway destaca el importante papel de las comunidades indígenas en Pitecusas, en contacto con griegos y orientales, donde admite la participación múltiple, no sólo de eubeos, pero para el autor existen suficientes testimonios de su presencia, frente a una cierta campaña contraria. Hall se plantea la cuestión de cuándo hay un nombre común para los griegos. Probablemente no antes del inicio de las colonizaciones, responde. Aquí son frecuentes los matrimonios mixtos y los rasgos de bilingüismo, pero no se construye la identidad griega hasta el siglo V. El oikos y la polis eran, desde su punto de vista, más importantes que el concepto de heleno. Advierte así de los peligros de anacronismo en el tema de la identidad. Otros trabajos mantienen la preocupación directa por el fenómeno de los contactos étnicos y sus repercusiones culturales. Barron trata las huellas de presencia griega en occidente que repercuten en Samos, como el nombre de Cayo, tomado probablemente en Tarquinia. En Posidonia Rausch señala los contactos entre diversos pueblos, con el ejemplo del yacimiento de Sele y otros asentamientos cercanos. Sería la muestra arqueológica de la presencia griega que se revela en Hesíodo en la historia de Agrio y Latino. En las colonias foceas, según Domínguez, se detecta la conservación de la etnicidad, al margen de particularidades políticas. Como es natural, dadas las características de la obra de Shefton, varios estudios se centran los temas cerámicos. Para Antonaccio, el uso de la cultura material y el lenguaje construye la identidad étnica. Las nuevas culturas híbridas aparecen como resultado de la colonización para formar una nueva identidad. Es difícil definir los límites étnicos del sur de Italia por la cerámica. Un objeto de procedencia ática puede tener un valor significativo de las reacciones de la población local, que crea nuevas realidades, pero no son prueba de formas de difusión de lo griego para crear etnias griegas. Del mismo modos, la cerámica griega en Italia y España (Jones, Buxeda), estudiada a través de la Arqueometría, se coloca en un marco de producción indígena. Kerschner calibra el peso real de la cerámica focense en Huelva, que queda notablemente reducida frente a la de otras procedencias, sobre todo de los griegos de occidente. Boardman estudias las copias, con la intención de identificar a los consumidores, que importan la cuestión de la etnicidad más que los productores. Pueden seducir a los indígenas las formas griegas, pero hay formas hechas para consumir los griegos en España, seguramente antes de las fechas que suelen admitirse para los asentamientos griegos. Deduce de ellos que la figura de Coleo puede ser real. Hay copas locales o fenicias que imitan formas griegas, seguramente hechas para griegos, por ejemplo en Toscanos. Small se refiere a las inscripciones griegas sobre vasos nativos del sureste de Italia, en Apulia, con imágenes de simposio y hetería, valores compartidos entre griegos y minorías nativas. Coincide con los cambios políticos que tuvieron lugares en comunidades como la de Roma. Los yacimientos relacionados con Metaponto (Carter), con la Incoronata greca e indigena y los santuarios rurales, muestran que los indígenas hallados por los griegos estaban dedicados a la agricultura y tenían experiencia pecuaria. Harari estudia a los Pigmeos como instrumento de la percepción de la identidad cultural, como figuras liminares. Serían el reflejo de la xenofobia de los griegos en el mundo colonial. En algunos casos se trata de estudios monográficos de determinados objetos. La cratera etrusca con tema de Odiseo y Polifemo, estudiada por Izzet, es una prueba de la interacción de griegos y etruscos. Aparece firmada por Aristónoto, "bastardo noble", en lo que se revelarían los problemas de la transgresión vinculada al bárbaro en el ejemplo de la bebida, como uso de la cratera. Torelli estudia un cántaro de Gravisca procedente de Atenas, donde de representa la Gigantomaquia, tema propio de los grandes santuarios y del protagonismo de Heracles. A veces, se mantienen en una actitud más tradicional, en relación con la historia EMERITA. El artículo sobre Hecateo y el occidente (Braun) presenta algunos intentos de identificación. La laguna veneciana es el objeto del artículo de Braccesi, con la figura de Cleónimo y las relaciones con el ámbar. El estudio de Evespérides (Gill) y sus contactos con mundo griego favorece la mejora del conocimiento de la colonización cirenaica. Hoz, con el título del hombre griego entre iberos, estudia inscripciones griegas en territorios no griegos. Zambon, a través del uso de la Numismática, discute el carácter tiránico de algunos estrategos sicilianos. Lomas misma, finalmente, se centra ahora en Massalia para definir la identidad cultural entre helenismo y romanización. Se trata de una nueva cultura procedente del diálogo grecorromano, con un fuerte dinamismo renovador. De este modo, el homenaje a un arqueólogo, sin duda preocupado por la proyección cultural de los objetos, ha deriva a una obra en la que en varios casos se ofrece una visión de los problemas que preocupan en la actualidad a los estudiosos de la Antropología de Grecia. Nuevamente a cargo del profesor Nicola Criniti se publica la cuarta monografía dedicada a la ciudad de Veleia y a su territorio, resultado del trabajo del Gruppo di Ricerca Veleiate coordinado desde Parma. Como en las anteriores ocasiones, la Tabula Alimentaria trajanea (TAV) resulta ser el eje motriz de las diversas investigaciones recogidas en el libro, que abarcan cuestiones muy diferentes con enfoques distintos (historiográfico, arqueología urbana, análisis territorial y jurídico, etc.). Una de las aportaciones fundamentales de la monografía es su elaboradísimo aparato crítico. Destaca, obviamente, la nueva edición de la Tabula Alimentaria con traducción italiana actualizada a cargo de Criniti. Pero a ésta hay que añadir la elaboración de importantes herramientas de trabajo para el historiador como son el elenco onomástico de C. Scopelliti y los tres "Strumenti Veleiate" elaborados por C. Barbieri y N. Criniti que incluyen todas las fuentes escritas relativas a Veleia, la referencia a todas las ediciones de la Tabula Alimentaria desde su descubrimiento, y bibliografía actualizada desde 1990 hasta 2000. Además, cada trabajo individual incluye al final una completa nota bibliográfica comentada relativa al tema estudiado. Esta documentación se completa con los índices de fuentes, onomásticos, teonímicos y topográficos recogidos al final y elaborados por E. Lorenzon. Los variados trabajos individuales recogidos en la monografía se inician con el estudio historiográfico de T. Albasi y L. Magnani. Se trata de un recorrido sobre las diversas intervenciones políticas y científicas, más o menos interesadas o diletantes, relativas al patrimonio de Veleia desde el descubrimiento de la Tabula Alimentaria EMERITA. El peso del trabajo bascula hacia los siglos XVIII y XIX. De especial interés es la nota bibliográfica en las que se hace referencia a los principales manuscritos, funamentalmente cartas y documentos de excavación, actualmente accesibles en diversas instituciones italianas. El propio editor hace referencia en el prólogo a la importancia de esta documentación y a la necesidad de realizar un censo y catálogo de la misma en un futuro. A continuación L. Lanza realiza un estudio exhaustivo de la arqueología urbana de Veleia a partir de la relectura crítica de la documentación cartográfica e iconográfica generada por las excavaciones antiguas (parte de la cual se incluye como apéndice al final del libro). El autor presenta a Velia como perfecto ejemplo de municipio romano en el contexto general del proceso de romanización, y se centra en la reforma urbanística julio-claudia. Defiende que dicha intervención responde a un modelo ideológico muy claro y completo, y no, como han mantenido otros autores, a un "ensayo" norditálico de evolución posterior. El eje del nuevo sistema es el módulo forense tripartito (basilicaforum-capitolium), centro de un sistema cardodecumánico que, aunque adaptándose a la realidad urbanística preexistente, condicionó la ordenación espacial posterior. A partir de este ideal urbano el autor procede a analizar el espacio de la ciudad, partiendo de la definición de sus límites y de la estructura viaria y dejándose guiar por este presupuesto ideológico en cuestiones clave como la propia identificación del capitolium, etc. El trabajo de I. Di Cocco es, desde mi punto de vista, el más innovador y prometedor aunque también el más arriesgado en cuento a sus objetivos finales a largo plazo. La autora presenta los resultados de la primera fase de un ambicioso proyecto (tal vez demasiado) de investigación espacial sobre el territorio rural de Veleia cuya base es la elaboración de un SIG que relaciona la lista de propiedades de la Tabula Alimentaria con los usos del suelo. Con ello se pretende responder a una cuestión general, a saber, si esa relación entre parcelas receptoras de los créditos imperiales y usos del suelo refleja una actividad agraria propia de un momento de crisis económica o, por el contrario, da pruebas de una actividad agraria floreciente con inversiones de capital de cara a una producción para el mercado. Pero, como ya se ha indicado, ahora se presentan los resultados de una primera fase centrada en la localización sobre el terreno de las parcelas indicadas en la Tabula Alimentaria teniendo en cuenta la toponimia local, la información sobre confines entre parcelas y la premisa de que los nombres compuestos responden a agrupaciones de parcelas menores. M. Cavalieri se ocupa de las diversas producciones en bronce del área de Veleia. El trabajo se centra en la cuestión de si éstas responden a manufacturas locales o a importaciones, en un contexto arqueológico en el que son prácticamente inexistentes los restos de actividad metalúrgica. El autor defiende dos hipótesis complementarias para explicar los sistemas de producción. Por una parte, la existencia de una escuela de broncistas en el triángulo Parma-Piacenza/Cremona-Veleia, que pudieron ser semi-itinerantes a partir de una sede central no identificada. Por otra parte, una producción centrada en las villae, es decir, en ámbitos rurales, principalmente para los pequeños bronces. El trabajo de G. Mainino aborda cuestiones eminentemente jurídicas y defiende la semejanza entre la institución alimentaria de Plinio el Jóven en Novum Comun (Plin. Dicha similitud se debe a que ambas pudieron ser diseñadas por el mismo círculo de juristas, posiblemente pertenecientes al propio concilium principis, y se centra sobre todo en las medidas tomadas para garantizar que el capital invertido tenga un rendimiento continuo en forma de vectigal en el primer caso y usura en el segundo. Para ello se recurre tanto a garantías prediales como a fijar tasas muy bajas en relación con el rendimiento medio de las parcelas, facilitándose así que el hacerse cargo de las mismas fuera algo rentable y poco oneroso y, con ello, la continuidad del sistema. Por último, C. Scopelleti presenta el corpus onomástico de Veleia elaborado a partir de todas las fuentes escritas disponibles, literarias y epigráficas, destacando entre ellas, por su volumen de información, la Tabula Alimentaria. En el elenco se incluyen también los topónimos referidos a nombres personales. Junto al nombre se adjunta la información personal esencial: condición jurídico-social, actividad económica, funciones municipales o militares, relaciones familiares, datación, etc. Así mismo se mencionan las vinculaciones de los gentilicios y cognomina con la onomástica de la Regio VIII y del área cisalpina en general. El acercamiento al mundo de la mujer en la Antigüedad ha experimentado un auge importante en estas últimas décadas hasta el punto de constituir una disciplina que ha profundizado, desde distintos enfoques, en cuestiones teóricas y metodológicas de gran actualidad. La presente obra lleva a cabo una "mirada" al mundo femenino, principalmente de los griegos, desde el aporte de otro de los campos que se ha venido desarrollando con gran vigor en estos últimos tiempos para enriquecer el conocimiento de la sociedad antigua: la iconografía. Los autores, a través principalmente del análisis de las imágenes pero con la ayuda también de los textos antiguos, se asoman al gineceo para presentar unas pinceladas del mundo real e imaginario de las mujeres griegas en época clásica y helenística, que es inseparable del análisis del contexto social y de la "mirada" de los hombres. Es precisamente a través de ésta y de la ideología dominante masculina desde la que se puede acceder a este mundo que dice mucho, por tanto, del imaginario y de "los mundos deseados" o misteriosos, relativos a la mujer, del varón griego. El acercamiento de los autores de la obra, próximos en sus postulados a la "Escuela de París", proporciona datos, interpretaciones y sugerencias valiosas no sólo EMERITA. Revista de Lingüística y Filología Clásica (EM) -LXXIII 1, 2005 ISSN 0013-6662 en relación con el mundo femenino sino también especialmente con el de la religión y el de la sexualidad, conscientes, además, de la línea que separa, a veces de forma borrosa, el mundo real del imaginario. Paul Veyne hace un admirable análisis de los frescos de la Villa de los Misterios de Pompeya, copia romana de una obra helenística, en el que analiza con detalle y con perspectiva, las escenas de estas pinturas que se han interpretado siempre como una alusión a los Misterios y a la iniciación dionisíaca por la criba fálica presente en una de ellas. Con rigor y perspicacia va poniendo de relieve ante nuestros ojos la coherencia de interpretar los frescos como una escena de "mañana de bodas" al que da el título de "mañana de bodas en el gineceo" o "visita de Dioniso al gineceo en la mañana de bodas". La copia pompeyana habría sido tomada de uno de los pástoi que se hacían para decorar el dormitorio de los novios en época helenística. La observación de las escenas que combina perfectamente con el análisis de los documentos escritos y con un estudio comparado con otras obras realizadas sobre temas similares que aportan luz a los frescos, le llevan a profundizar en el tema del matrimonio, de la vida en el gineceo, de la relación de los sexos, así como en el de los Misterios dionisíacos o el de la religión más en general, el de la religiosidad y el de la relación con los dioses, penetrando, con una mirada aguda en la psicología, en el imaginario y en "los mundos soñados" de aquellos a los que podría representar el fresco y a los que estaba destinada la obra tanto en el mundo helenístico como en el romano de Pompeya. El autor pone de relieve la "disimetría" que existe entre los sexos y la ideología predominantemente masculina desde la que se representa la imagen de lo femenino, de la sexualidad, en una cultura y sociedad helenística (y romana), y específicamente en el seno de la clase acomodada de los kaloì k'gaqoí, en la que tanto la piedad como lo femenino eran parte de los "mundos deseables", soñados y poéticos. En la segunda parte, «Intrusiones en el gineceo», de François de Lisarrague, el autor trata de penetrar en el mundo de la condición/imagen de la mujer en Grecia de época clásica, presentando, a través de escenas de vasos griegos de época clásica, las actividades de las mujeres al interior del gineceo y poniendo de relieve la separación entre los sexos, pero no la incomunicación ni la reclusión de la mujer. En cualquier caso su acercamiento, más bien realizado a través de pinceladas o "intrusiones" como el mismo autor lo denomina, que trata de presentar un "modelo visual" de las mujeres en el gineceo en el que es la ideología masculina la que conforma esa mirada que ellas tienen de sí mismas, deja de lado, quizás, las diferencias existentes entre las mujeres en las sociedades griegas de época clásica. Por último en el capítulo de Françoise Frontisi-Ducroux sobre "el sexo de la mirada", la autora hace un análisis de las relaciones eróticas y sexuales hombre-mujer y hombre-joven en el mundo griego principalmente de época clásica, a través del estudio iconográfico, en los vasos, de "la mirada", sin dejar de lado tampoco los textos de autores como Platón, Eurípides, la Antología palatina.... Esta mirada en la que se descubre todo un juego de seducción, atracción, rechazo, reciprocidad, compenetración, dominio..., tiene principalmente un "dueño" y "señor": el varón adulto EMERITA. Revista de Lingüística y Filología Clásica (EM) -LXXIII 1, 2005 ISSN 0013-6662 ciudadano, que desde una ideología principalmente masculina y ciudadana, impone las reglas y el "sexo" de la mirada, que son, sin lugar a dudas, principalmente "masculinas", para placer y deleite visual de los hombres en el banquete. La obra constituye, en definitiva, una nueva mirada cargada de imágenes y de interpretaciones sugerentes y bien documentadas especialmente en la iconografía, a realidades poco conocidas o "misteriosas" pero "deseables, manipuladas en el pasado y en el presente, del mundo griego antiguo, como son las mujeres y el gineceo en el que transcurre la mayor parte de su vida. MIRIAM VALDÉS GUÍA El presente libro está dentro del proyecto de revisión de los Fontes Hispaniae Antiquae de A. Schulten, que lleva a cabo un amplio equipo de filólogos e historiadores de varias universidades españolas, dirigido por el Prof. Julio Mangas, y cuyos volúmenes se publican en la serie Testimonia Hispaniae Antiqua. Con anterioridad al THA III se han editado tres libros dentro de esta serie: el vol. I dedicado a la obra de Avieno (1994) y el vol. II que, debido a la gran cantidad de textos que incluía, se dividió en dos volúmenes, el THA II.A. La Península Ibérica en los autores griegos: de Homero a Platón (1998) y el THA II.B. La Península Ibérica prerromana de Éforo a Eustacio (1999). Este último volumen de los Testimonia incluye textos de diferentes épocas y de temática muy diversa, gran parte de los cuales Schulten recogía en el volumen VIII de las Fontes, que aquí son revisados y corregidos, y se incorporan otros nuevos que Schulten no incluía. Los fragmentos están traducidos por filólogos, algunos de los cuales elaboran ediciones propias de los mismos, y comentados por historiadores y por el Consejo Técnico. Resulta una obra más completa por añadir correcciones, al tratarse de una revisión, además de incluir las novedades. El libro está estructurado en forma de breve prólogo, una introducción de los editores del volumen y los textos, que han sido agrupados en tres bloques, según su temática y sin seguir un criterio cronológico: «Medio físico», «Explotación de los recursos naturales» y «Textos complementarios». El primero de ellos dedica un capítulo a referencias geográficas en general; otro a límites, distancias y medidas; textos alusivos a fenómenos naturales; y, por último los textos que se refieren a los vientos. El apartado «Explotación de los recursos naturales» se articula en cinco capítulos que agrupan los testimonios literarios según el tema al que hacen referencia: Recursos generales; Geología, minería y metalurgia; Botánica, agrimensura, agricultura y ganadería; Fauna silvestre y Pesca. Y, por último, en «Textos complementarios» se incluyen alusiones a temas diversos como armas, tejidos, cerámica,... que no tenían cabida en los bloques anteriores. Cada uno de los capítulos comienza con un listado de todas aquellas referencias que ya se han recogido en los libros anteriores de la serie, indicando exactamente el número de volumen y de página para facilitar su localización, así como un detallado glosario que aclara la temática del texto. Los autores griegos y latinos aparecen ordenados alfabéticamente y cada uno de ellos se acompaña de una pequeña biografía que ayuda a contextualizarlo, salvo en los casos de autores que ya han aparecido en los volúmenes anteriores en los que se remite al lugar dónde se encuentra. El libro finaliza con un «Apéndice documental» que recoge las ediciones y un repertorio bibliográfico sobre los diversos temas tratados en los distintos capítulos. En esta última parte cabe destacar los extensos y minuciosamente elaborados Índices Temáticos (Índice Latino, Índice Griego, Índice de Citas, Índice de nombres antiguos, Índice Toponímico e Índice de Materias) que hacen que la obra se convierta en una herramienta de trabajo útil para todos aquellos interesados en la investigación de algún tema concreto, incluso para la búsqueda de temas que no aparecen en la obra se pueden consultar notas que recogen las fuentes que hacen referencia al asunto. Obras de revisión de Fuentes, como esta, son siempre necesarias pues se mejoran las ediciones y el avance de las líneas de investigación se plasma en los comentarios que acompañan a los textos, resultan por lo tanto de enorme utilidad para cualquier lector, experto o no especialista. Ma DEL CARMEN ESCOBAR CANTERO. Universidad Complutense de Madrid
GARCÍA PINILLA, IGNACIO J. -TALAVERA CUESTA, SANTIAGO (coords.), Charisterion Francisco Martín García oblatum. Cuenca, Universidad de Castilla-La Mancha, 2004. En principio, los volúmenes propiamente misceláneos -o sea, los compuestos por artículos que por principio no se atienen a ninguna línea temática -no son en absoluto reseñables, como no lo son las revistas. Pero hay que saltarse esta regla cuando se trata de un homenaje póstumo, ya que en este caso los trabajos publicados son, ante todo y sobre todo, ofrendas personales, y la reseña la manera en que se suma al homenaje la revista en que aparece. Muy prudentemente, los coordinadores de esta miscelánea han repartido su contenido en dos bloques, rotulando el primero Palaia (22 trabajos, pp. 21-409), Neotera el segundo (26 trabajos, pp. 413-853) y disponiendo dentro de ellos los artículos siguiendo el orden alfabético de los apellidos de sus autores. Abre el volumen un índice (pp. 7-11), en el que hay que señalar la simpática errata Index numinum en vez de nominum, seguido de unos entrañables versos latinos de Juan Sánchez Trujillo (p. Lo cierran un Index Antiquitatis (pp. 855-869), confeccionado por S. Talavera, y el ya mencionado Index nominum (pp. 871-885), éste a cargo de I. J. García Pinilla y M. J. Herráiz Pareja. Prescindiendo de la sección Neotera por seguir una norma de Emerita, incumpliré otra para contribuir de algún modo a una mayor difusión de los contenidos de la sección Palaia, que componen los siguientes artículos: «De la Vida de Esopo al Lazarillo y Cervantes», de Francisco R. -«El orfismo en un espejo deformante: alusiones en la comedia griega», de Alberto Bernabé (pp. 35-59) -«Un curioso episodio de la tradición clásica: Píndaro en Dostoievski», de Antonio Bravo (pp. 61-80) -«La presencia de los mitos clásicos en la poesía de Meléndez Valdés», de Esteban Calderón Dorda (pp. 81-99) -«En relación a las ciudades de época romana en Castilla-La Mancha», de Gregorio Carrasco (pp. 101-114) -«La cerámica griega del oppidum ibérico de Alarcos (CR)», de R. García Huerta, J. Morales y D. Rodríguez González (pp. 115-130) -«La fuente latina del Diálogo del viejo y del mancebo 1 La transliteración del alfabeto cirílico se ha realizado de acuerdo con S. Alvarado, Sobre la transliteración del ruso y de otras lenguas que se escriben con alfabeto cirílico, Madrid, 2003. Revista de Lingüística y Filología Clásica (EM) -LXXIII 1, 2005 ISSN 0013-6662 que disputan de amor de Juan de Jarava», de Ignacio J. García Pinilla (pp. 131-143) -«Alcibíades en Olimpia», de Fernando García Romero (pp. 145-154) -«Relectura de algunos pasajes de Timón de Luciano», de Manuela García Valdés (pp. 155-166) -«Las citas de Demóstenes y Esquines en el rétor Teón: valoración literaria y textual», de Felipe G. Hernández Muñoz (pp. 167-174) -«Amiano y Juvenal, ciertas semejanzas de contenido y de estilo», de Marcos J. Herráiz Pareja (pp. 175-196) -«El mito como lenguaje», de Antonio López Eire (pp. 197-213) -«Algunas influencias de la mitología clásica en Cervantes», de Juan A. López Férez (pp. 215-249) -«Evolución de la cosmogonía mítica griega: el calendario», de José A. Martín García (pp. 251-287) -«¿Filoctetes precursor de Robinsón? El motivo de la isla desierta en Sófocles?», de Marcos Martínez Hernández (pp. 289-307) -«El universalismo judeo-helenístico en la apologética cristiana. Algunos ejemplos y reflexiones», de Jesús M. Nieto Ibáñez (pp. 309-321) -«Quaesita uerba. Una nota acerca del vocabulario de Lucrecio», de Enrique Otón Sobrino (pp. 323-328) -«Sidus, signum, astrum y stella en Germánico», de Pedro J. del Real (pp. 329-338) -«Historia editorial del Rapto de Helena de Coluto», de Ángel Ruiz Pérez (pp. 339-361) -«La recuperación de los escolios a Nicandro en la exégesis renacentista del poeta», de Ma Teresa Santamaría (pp. 363-392) -«A propósito de Kúwn kréaj férousa. Su aparición en las colecciones y en los autores castellanos hasta el siglo XVIII. Relaciones con la fábula greco-latina»,. Creo que a la vista de los títulos y de la nómina de autores se aprecia bien el interés y la importancia de este volumen en memoria de Francisco Martín García (1943-2003) El presente volumen reúne los trabajos presentados en el Instituto de Lingüística Comparada (Institut Lingvisti eskix Issledovanij) 1 de San Petersburgo durante los días 16, 17 y 18 de junio de 2003 con motivo del homenaje rendido al eminente filólogo ruso, de origen judío, Josif Moiseevi Tronskij. De acuerdo con los intereses de este gran académico, y aprovechando la sección de indoeuropeística de la que goza dicha institución, todas las contribuciones presentes en este obra versan, como cabría esperar, sobre filología griega y latina, así como sobre orientalísti-EMERITA. Revista de Lingüística y Filología Clásica (EM) -LXXIII 1, 2005 ISSN 0013-6662 ca, germanística e indoeuropeística, destacando la labor eminentemente filológica (con una cantidad ingente de análisis textuales donde se abarcan una diversidad de materias considerable), por encima de la histórica o comparativa. La gran mayoría de estos trabajos no superan el par de páginas, lo que ha posibilitado sin duda alguna el elevado número de participaciones. Aunque el ruso es la lengua predominante (puesto que todos los autores son rusos), hay un artículo escrito en alemán («Spuren der "offenen Flexion" beiden urgermanischen u-Stämmen?», pp. 180-195), que es además el más largo de cuantos componente la obra, y otro en latín («De Alexii Jermolovii Petri F. biblioteca latina», pp. 59-62), firmado por Alexius Philtrius (qui et Liubzhin) Inguari f. Curiosamente, ningún contribuyente ha aportado un trabajo en griego clásico. En total se recogen 48 artículos, distribuidos en dos secciones que supuestamente responden por un lado a ocupaciones propias de la filología clásica, con el latín y el griego (clásico) como lenguas vehiculares, y por otro a los de la lingüística indoeuropea, con una distinción especial para artículos vinculados a la disciplina ("vzaimodejstvie») y otros de difusión general ("rasprostranënie"), sin que quede muy claro cuál es el factor que distingue a estos últimos del resto de trabajos presentados. A esto hay que sumar la inconveniente o ilógica ubicación de algunos de ellos, partiendo de la base teórica antes expuesta. De este modo, en la primera parte figuran trabajos que aparentemente deberían recogerse en la segunda sección, e.g. [Hetita happinant-'rico' (un adjetivo hitita de tema en -ant-.)]» (pp. 143-7), y viceversa, e.g. «Vzgljad lingvista na latinskuju botani eskuju terminologiju [Una ojeada de lingüista a la terminología botánica latina]» (pp. 159-64) o «K rannej evoljucii otnositel 'noj konstrukcii v kel' tskix jazykax [Hacia la primera evolución de la construcción de relativo en las lenguas celtas]» (pp. 26-30), éste propio de la primera pero recogido en la segunda. Sin embargo, esto no es más que una pequeña cuestión de detalle que no ha de empañar la intención inicial del libro. Sea como fuere, la variedad de temas abordados en este homenaje es inmensa. El análisis temático y estructural de clásicos de la literatura greco-latina constituye el principal reclamo. Desde Cicerón («Istorija teksta Sallustii in Ciceronem et invicem Invectivae [historia del texto Salustii en Ciceronem et invicem Invectivae]», pp. 76-80), pasando por Aristóteles («K perebodu «Poëtiki» Aristotelja 1456 a 25 [Hacia la traducción de la «Poetika» de Aristóteles 1456 y 25]», pp. 22-5) o Tácito («Tacit i Cezar' (1) [Tácito y el Cesar (1)]», pp. 129-36), hasta Hesíodo («O kompozitsii Trudov i dnej [Sobre la composición de Trabajos y días]», pp. 43-5), o incluso desde una perspectiva moderna: los documentos de Gustav Schmidt («Fragmenty rukopisej rimskix avtorov v "Kollekcii dokumentov Gustava Šmidta" (Nau naja biblioteka MGY im. M. V. Lomonosova) [Fragmentos de manuscritos de autores romanos en la "Colección de documentos de Gustav Schmidt" (Biblioteca de la Universidad de Moscú M. V. Lomonosov)]», pp. 3-7). Los elementos poéticos y épicos se centran principalmente en autores griegos («Epi eskie ëlementy v opisanijax sraþenij u Gerodota, Fu-EMERITA. Revista de Lingüística y Filología Clásica (EM) -LXXIII 1, 2005 ISSN 0013-6662 kidida i Ksenofonta [Elementos épicos en las descripciones bélicas de Herodoto, Tucídides y Jenofonte]», pp. 81-3), recurriendo incluso al estudio de literatos contemporáneos rusos («Goracianskie obrazy v rannej lirike G. R. Der avina [Imágenes de Horacio en la lírica temprana de G. R. Der avin]», pp. 85-9), para reflejar la omnipresente influencia de los clásicos en la literatura posterior, en este caso haciéndose valer de la figura del poeta clasicista nacido en Kazán, Gavrila Romanovi Der_avin (1743-1816). La fíbula de Preneste, primera inscripción latina del siglo VI a.C., ahora en el Museo Preistorico Etnografico Luigi Pigorini de Roma, tampoco podía faltar («Delo o Prenestinskoj Fibule: K ocenke argumentov [Estudio de la fíbula de Preneste: hacia una valoración de los argumentos]», pp. 122-8), teniendo en cuenta el interés de Tronskij por la formación de la lengua literaria latina. Los aspectos lingüísticos tanto de la lengua griega («K voprosu ob is eznovenii labializovannogo glasnogo perednego rjada v srednegre eskom jazyke: dannye slavjanskix perevodov [Sobre la cuestión de la pérdida de los fonemas velares labializados en griego clásico: datos de las traducciones eslavas]», pp. 7-9; «Pri astie i otnositel' noe vremja v drevnegre eskom jazyke [Participio y tiempo relativo en griego clásico]», pp. 25-6; «Osobennosti upotreblenija pri modal' nyx glagolax v drevnegreeskom jazyke [Particularidades de uso de los verbos modales en griego clásico]», pp. 69-71; «O fonologi eskom statuse drevnegre eskogo gustogo pridyxanija [Sore el estatus fonológico del espíritu áspero en griego clásico]», pp. 140-3) como de la latina («Anti nye gramatiki o gruppe glagolov nôvî, meminî, ôdî. [Gramáticas antiguas sobre el grupo de verbos nôvî, meminî, ôdî.]», pp. 121-2; «Absoljutnye upotrevlenija latinskogo pljuskvamperfekta v tipologi eskom osveš enii [La construcción absoluta del pluscuamperfecto latino desde una interpretación tipológica]», pp. 97-102; «Izomorfizm slovoobrazovatel 'nyx ëlementov â i s v sisteme latinskix glagol' nyx klassov kak otra_enie i.-e. slovoobrazovatel'nyx tendencij [Isomorfismo de los elementos formativos â y s en el sistema de las clases verbales latinas como reflejo de las tendencias formativas indoeuropeas]», pp. 10-11) también tienen un lugar reservado, puesto que éste fue un campo prolíficamente cultivado por Tronskij, especialmente en lo que se refiere al latín. La onomástica y toponimia son otros de los temas sobre los que se centran algunos trabajos, destacando de entre ellos «Persefóne i glagol fqeírw [Persefone y el verbo fqeírw]» (pp. 148-50), «Miscellanea onomastica» (pp. 213-8) e «Indoevropejskijax koren' *bherg'h-'vozvyšennost' v italijskoj ëtnonimii i toponimii (Frent(r)ani, Fertor, Ferentini, Furfo, Fregellae) [La raíz indoeuropea *bherg'h-'altura' en etnónimos y topónimos itálicos (Frent(r)ani, Fertor, Ferentini, Furfo, Frefgllae)]» (pp. 196-201). Por otro lado, hay varios estudios que no pueden encuadrarse como tal dentro de los grupos señalados, y que resultan cuanto menos interesantes, en algunos casos hasta curiosos («Sardanapal i rimskaja kuxnja (k Athen. 294 ef) [Sardanápalo y la cocina romana (según Athen. [¿Qué es el "iudejskie misterii"?]», pp. 63-9; «Kto takaja Iopa? [¿Quién es Iopa?]», pp. 45-7; «Slova pilumnoe poploe v drevnejšem rimskom gimne saliev [La expresión pilumnoe poploe en el himno a la Roma clásica de Salieri]», EMERITA. Problemy interpretacii [La lengua de Juan Mosco. Estos últimos son los que dotan de tamaña riqueza temática a este volumen conmemorativo. A modo de conclusión, en líneas generales se trata de trabajos muy personales, de brevedad casi anecdótica, pero que sin embargo resultan de una claridad de exposición digna de alabar, y con algunas conclusiones ciertamente de valor. Esa misma brevedad en algunos casos se convierte en un arma de doble filo, puesto que en ocasiones una mayor profundidad y detallismo en el proceso descriptivo habrían dado como resultado trabajos muy relevantes. No debe interpretarse, una vez expuesta esta pequeña inconveniente, que los escritos presentados no sean de hecho valorables, simplemente son demasiado breves, algo lógico si se tiene en cuenta que en poco más de 220 páginas se han dado cabida tal cantidad de artículos. También resulta un tanto incomprensible la no participación de académicos extranjeros, dada la prominencia del profesor Tronskij. En cualquier caso, y dado el contenido del mismo, este homenaje cumple a la perfección la tarea de recordar a dicha personalidad de la filología clásica. Quede ahí en recuerdo de Josif Moiseevi Tronskij. JOSÉ ANDRÉS ALONSO DE LA FUENTE Universidad Complutense de Madrid VI. 304 pp. No me ocupo aquí de la primera parte del libro («Gli studi umani della Facoltà di Lettere», etc.), porque responden a ideas muy personales del autor y no encuentran cabida en esta revista. Pero sí diré algo sobre la parte segunda («Sulla trasmisione del sapere nella Grecia antica»). Comienza con un capítulo «Cosa significa trasmettere il sapere?». En principio, hay unan identificación con el «allevare», la crianza. Pero el conocmiento es una deseo general, dice Aritóteles, Sócrates lo presenta como un intermedio entre el pasado y el presente. Y el que enseña debe tener una especie de poder de mando (p. Se impone el paralelo con la tierra que produce o no la espiga. El mismo Plutarco se sirve de términos agrícolas, pero siempre se rata de un acto que viene «de lo alto», Hay siempre un acto «autoritario» (p. Sigue, a partir de aquí, un estudio sobre Sócrates.
La máquina de asedio que Vegecio, al que en esto siguen los estudiosos modernos, llamó uinea era, en realidad, un musculus. Las uineae clásicas eran seguramente mamparas que servían para ocultar y proteger a los sitiadores, y también para tender barreras y obstáculos. Siendo las uineae idóneas para hacer de encofrado y contener las tierras y materiales sueltos que formaban los aggeres, no es necesario enmendar el texto de Sall., Iug. Palabras clave: obras de asedio; máquinas de asedio; Salustio; uinea; pluteus. Desde el siglo XVIII, todos los editores del Bellum Iugurthinum, contra toda la tradición manuscrita, han estimado oportuno enmendar el siguiente pasaje, relativo a los trabajos que para tomar Tala, oppidum et operibus et loco munitum, hubo de emprender Metelo: dein duobus locis ex copia maxume idoneis uineas agere, superque eas aggerem iacere et super aggerem inpositis turribus opus et administros tutari (Sall.,Iug. La seclusión de superque eas 1 parece justificada -o, mejor dicho, forzosa -por cuanto, con arreglo a la única descripción de la uinea que nos ha llegado, la de Vegecio, esta máquina sería «una barraca o caseta móvil de madera, con las paredes de tejido de mimbre y el techo de tablas, cubierto de pieles frescas o almohadas (centones), para preservarlo del fuego» 2. Sería, desde luego, disparatado fabricar barracas o casetas móviles para, acto seguido, sepultarlas bajo un terraplén. Pero, a mi entender, puede y debe po- EM LXII 2, 2004 nerse en tela de juicio que el referente propio de uinea, o, mejor dicho, de uineae (el singular no se documenta en las fuentes de mayor autoridad) en la terminología militar latina fuera efectivamente ése. Pues opino que debe ponerse en tela de juicio la noticia que de las uineae da la epitoma rei militaris por dos razones que me parecen de peso: La definición como «barraca o caseta móvil... etc.» es aplicable también a musculus, nombre de una máquina descrita con mucho detalle por César (Ciu. 1-6), y a testudo (< gr. xelÓnh), denominación de un género de máquinas al que dedicó Vitruvio la última parte de su décimo libro de architectura. En el libro IV de Vegecio se aprecia desconocimiento de la materia en lo tocante a los elementos "de aproche", rúbrica que abarca los musculi, las testudines, los plutei y las uineae, ya que: a) Atribuye a los musculi, como función específica, la que tenían las testudines según César y Vitruvio: c) Dice que el pluteus tiene forma "de ábside", cuando en el léxico del mobiliario y de la arquitectura pluteus hace referencia, como es bien sabido, a elementos con forma de tablón o tablero, y presenta una descripción del pluteus militar que parece copiada de la que hace de Doy esta consideración, por lo que se refiere a la terminología militar, a Cicerón, el Corpus Caesarianum, Salustio, Livio y Tácito: musculus se encuentra sólo en el Corpus Caesarianum, y testudo, en tanto que nombre de una máquina -como es notorio, lo era también de una formación en la que los soldados, juntando sus escudos, improvisaban una cubierta defensiva -, aparece sólo seis veces, una en el pasaje del De bello ciuili citado, cuatro en Livio (V 5.6, XXXI 46.10, XXXIV 29.6 y XXXVII 26.8) y la sexta en Tácito (Hist. III 84.1) A la definición de zarzo que da en sus últimas ediciones el DRAE (« Tejido de varas, cañas, mimbres o juncos, que forma una superficie plana ») me permito preferir la que daba el Diccionario de autoridades, «El tejido de varas, cañas, o mimbres atadas, y que forman una figura plana», ilustrándola con la cita de la definición formulada en su tratado de arquitectura militar por S. Fernández de Medrano: «El zarzo es la imagen de un tablón hecho, y tejido de mimbres, o ramas». Tablero grueso forrado de plancha de metal y a veces aspillerado, que servía de resguardo contra los tiros del enemigo ». El Diccionario de autoridades da pluteus como correlato latino de mantelete, y otra descripción del referente de esta voz: «Se llama en la milicia un parapeto portátil de madera, a prueba de mosquete, cubierto de pieles de vaca frescas, para librarle del fuego. Sirve para cubrir los minadores, cuando se arriman a la muralla. Es indiscutible, por tanto, que el llamado pluteus, que no sería otra cosa que un zarzo 7 reforzado, era un mantelete 8, portátil o móvil, muy semejante a los representados en la figura siguiente9: No es ciertamente de esas trazas la máquina que se describe en un pasaje del epítome de Vegecio bajo el nombre de pluteus, y con el de (xelÓnh)'retÉ en otro de Ateneo: plutei dicuntur qui ad similitudinem absidis contexuntur e uimine et ciliciis uel coriis proteguntur ternisque rotulis, quarum una in medio, duae in capitibus apponuntur, in quacumque parte uolueris admouentur more carpenti; quos obsidentes applicant muris, eorumque munitione protecti sagittis siue fundis uel missibilibus defensores omnes de propugnaculis ciuitatis exturbant, ut scalis ascendendi facilior praestetur occasio (Veg., Mil. Comparando esos textos, O. Lendle juzgó que se refieren a la misma máquina 10, proponiendo una reconstrucción ajustada a la descripción del mecánico griego: Esta xelÓnh o testudo -que no pluteus -sería, efectivamente, idónea para ‡sson gínesqai toû teíxouj, pero no para situarse al pie mismo de las murallas -applicant muris, eso dice Vegecio -, porque su cubierta no permitiría a los que en ella se resguardaran disparar contra los defensores: es evidente que la (xelÓnh)'retÉ tenía que ser una especie de blocao en el que una escuadra podía apostarse muy cerca de la muralla para interceptar inmediatamente eventuales salidas de los asediados. Pero esto es, desde luego, irrelevante, porque lo que aquí de verdad importa es poner de relieve que, aunque Vegecio no se remita nunca a la literatura griega de re militari, una buena parte de su erudición en esta materia provenía de la lectura de los poliorkhtikoí y los taktikoí. A pesar de lo cual, Lendle pone la uinea y la ƒmpeloj bajo el mismo epígrafe, y en otro el musculus. Ernout, en cambio, supo ver, por lo que parece, que no hay semejanza entre una viña y el artefacto militar que, por culpa de Vegecio, usurpa su nombre, puesto que dictaminó que «le nom ne vient sans doute pas, malgré Festus 516, 20, a similitudine uinearum, mais de ce que le centurion qui commandait les soldats était armé d'un cep de vigne...» 11, sentencia que no parecería fuera de lugar si se encontrara en las Origines En esto no hay consenso entre los códices, y cautia (¿'caseta') o causia (¿'chambergo'?) se documenta sólo en ese pasaje vegeciano. Mucho más verosímil y defendible se me antoja otra hipótesis, a saber, que Vegecio, ignorando qué eran las uineae mencionadas por los clásicos, y teniendo noticia de una máquina de asedio con la misma utilidad que las cautiae o causiae 12 llevaba por nombre el correlato griego del latín uinea, se figuró que las famosas uineae de los ueteres tenían que ser las cautiae, o causiae, de sus contemporáneos. Las uineae de los clásicos Es un error, por supuesto, pero hasta cierto punto disculpable, ya que los autores que usaron uineae con rigor y conocimiento de causa ni dicen ni dan a entender con toda claridad qué y cómo eran esas tales "viñas" que protegían las obras de asedio. Donde debe tomarse buena nota de tres cosas: 1a. Que las uineae se constituían uniendo entre sí crates, o sea zarzos, que, reforzados con pieles sin curtir o chapas de metal o madera, pasaban a ser, como antes señalé, plutei, esto es, manteletes, lo que justifica en cierta manera el uso de manteletes para traducir uineae. Que las uineae permitían el tránsito de animales de carga y tiro, y posiblemente de carruajes, para transportar los materiales que formaban el agger o terraplén: de ahí que Trebonio quisiera reunir una magna iumentorum multitudo antes de percatarse de que la potencia de la artillería masiliota hacía imposible el empleo de uineae ordinarias. Que, en cambio, las obras defensivas en forma de pórtico, por estar techadas, hacían necesario el transporte inter manus de los materiales, obviamente mucho más lento y penoso. Tablón chapeado que servía de resguardo contra los tiros del enemigo». En el Diccionario de autoridades, «cierta defensa hecha de tablones o vigas, con que en lo antiguo se cubrían y defendían los soldados que iban a escalar o picar alguna muralla. Hoy se llama mantelete. Con esos antecedentes, parece que lo acertado será pensar que las uineae eran muy semejantes a manteletes de gran tamaño, por lo que para traducir este tecnicismo militar latino más apropiado que mantelete sería manta 13, que es el nombre español de la máquina que representa la figura siguiente: Salta a la vista que esos sencillísimos artefactos podían tener una diversidad de aplicaciones para las que no serían ni mucho menos idóneas las testudines / xelÓnai, y tampoco los musculi que, gracias a Vegecio, reciben entre los modernos el nombre de uineae. De hecho, sabemos que las uineae, o mantas, fueron empleadas como elementos de ocultación, para reforzar las defensas de una posición y para tender líneas de obstáculos fijos comparables con las alambradas del siglo pasado: legionibusque intra uineas in occulto expeditis,... iis qui primi murum ascendissent, praemia proposuit militibusque signum dedit (Caes., Gall. A este respecto, y a título de mera ilustración, me parece que no estará fuera de lugar la cita de dos pasajes de las Historias de Tácito: 1) ea cunctatione spatium Vitellianis datum in u i n ea s n e xu t r a d u c u m i mp e d i t a s refugiendi; et modica silua adhaerebat, unde rursus ausi promptissimos praetorianorum equitum interfecere (II 25.2). Especial atención merece, a mi juicio, este último testimonio, en el que la locución uineas agere significa, indiscutiblemente,'tender una línea de uineae': puesto que circumuallare loci natura prohibebat, sólo con uineae podía ser cortada la estrecha lengua de tierra que constituía el único acceso a Avaricum en la primera fase de la expugnación -el asedio -, iniciando al mismo tiempo los preparativos de la segunda -la opugnación -, consistentes en allegar (apparare) los materiales para formar el agger y comenzar la construcción de las torres de asalto (turres constituere coepit). Así pues, las uineae no "avanzaban" hacia la ciudad, sino que "se extendían" a lo ancho. Entendiendo de esta manera uineas agere, queda al descubierto la característica esencial de las uineae compuestas por crates, la que las diferencia de los plutei, o manteletes -que eran, recuérdese, crates forrados de cueros o de madera -, y también de las mantas, y, por otra parte, las hace semejantes a las viñas naturales, que como es notorio constituyen obstáculos tácticos de primer orden, especialmente si se entrelazan los sarmientos por falta de poda 14: las mantas y los manteletes, aunque eventualmente podían fijarse al suelo para formar loricae 15, eran escudos -no obstáculos -en principio móviles o portátiles, mientras que las uineae, en buena y elemental lógica, tenían que ser obstáculos defensivos fijos, alzados clavando al suelo y acoplando, o ensamblando, zarzos o crates, o sea módulos prefabricados entretejiendo mimbres y ramas. Las uineae de Metelo ante Tala Volviendo, ya para terminar, al texto de Iug. 76.3, se me ocurre que las uineae, además de los usos específicamente militares reseñados, podían tener otro más en el campo de la ingeniería, haciendo las veces de encofrado, o de muro de contención, para impedir corrimientos en un terraplén. Dicho sea de paso, no reparó en esto Nipperdey, que señaló en el texto de Bell. No sería éste, desde luego, un empleo regular o eventual de las uineae, ya que, como bien se sabe, los aggeres se construían normalmente apilando troncos de árbol, de modo tal que agger, en tanto que'material para construir el agger, o terraplén', puede encontrarse referido particularmente a los árboles maderables 16. Si faltaban éstos, había que renunciar a formar aggeres, o recurrir a expedientes excepcionales, como, por ejemplo, en la expugnación de Tala: sabemos, en efecto, por Salustio (Iug. 75.2) que entre esa plaza y el río más próximo había nada menos que cincuenta millas de terreno seco y estéril (loca arida atque uasta), por lo que es obvio que para abrir sus dos avenidas los romanos habían de conformarse con materiales sueltos (tepes, terrones, piedras pequeñas, arenas, etc.), sin ninguna garantía de estabilidad del agger -sobre todo por lo quebrado del terreno, los de Tala se creían locorum asperitate munitos (Iug. 75.10) -, a menos que sus costados fueran contenidos por un muro, o por un encofrado. O por una línea de uineae, sobre las cuales se apilaría el agger, defendiendo el terraplén -uineae y agger conjuntamente -y a los que en él trabajaban un número de torres colocadas de trecho en trecho sobre el agger. Esto no es una hipótesis, sino sólo y justamente lo que bien a las claras dice el texto de todos los códices: dein duobus locis ex copia maxume idoneis uineas agere, superque eas aggerem iacere et super aggerem inpositis turribus opus et administros tutari (Sall.,Iug.
485, 5 Marcovich): kalój g' À ParqenÓn (ge codd.). Per lo scambio gúa / guía, vedi infra: n.
Este trabajo se ha realizado en el marco del proyecto de investigación titulado La comedia romana. Estudio y tradición, sufragado por la Dirección General de Investigación (ref. 281 ss., hasta 1873 nadie dudaba de que Euclión, el personaje central de Aulularia, se caracterizaba por ser un avaro (homo auarus). Un trabajo de Klingelhöffer, publicado ese año con el título Plaute imité par Molière et Shakespeare, planteaba la cuestión de que, si la avaricia consistía en el afán de acumular riquezas, el personaje plautino no era un avaro, puesto que no practicaba la usura ni se dedicaba a hacer negocios lucrativos con el dinero. Otros críticos posteriores, entre los que cabe destacar a M. Bonnet (1909) y a F. Leo 1, trataron de confirmar que Euclión no es auarus, sino sólo pauper; e incluso atribuyeron la escena II 4, en que es tildado de tacaño (parcus) y gran tacaño (parcissimus), a contaminación plautina de un modelo distinto. 131 ss.) rechazó esta hipótesis y señaló claros signos de la avaricia de Euclión 2. Poco después, Enk trató de mediar en la disputa y creyó superarla proponiendo que Euclión es, en efecto, parcus, pero no auarus. Según dice, «in Aulularia ubique non auarus, sed parcus uocatur»; además, este segundo adjetivo tiene un sentido más favorable que el otro; lo que supone que el Euclión plautino no es tan mal visto por sus conocidos como lo es el auarus de que habla Horacio (Serm. I 1,66 s.): populus me sibilat; at mihi plaudo ipse domi, simul ac nummos contemplor in arca 3 La crítica posterior, apoyándose también en la diferencia entre Harpagón, el avaro de Molière, y el personaje plautino, se ha atenido más o menos a este criterio 4. 140 ss.), la escueta presentación de Euclión como senex en la lista de personajes obliga a recurrir al texto literario para extraer las características atribuidas por Plauto a este personaje; éstas no pasan de ser, además de la vejez, la pobreza (pauper, inops) y la tacañería (parcus) 5; la atribución de la avaricia al Euclión plautino no es sino un reflejo de la imagen del avaro de Molière: 6 Es posible que el desconocido modelo griego tuviera como núcleo argumental la sólita relación amorosa entre dos jóvenes y que la función del viejo fuera la de un durus pater (cf. arg. I 8: durus senex) que no facilita esa relación; en este caso como padre de ella y no de él. Sobre esta concepción del avaro plautino como variante del durus pater, unida a la cuestión de si Euclión es un "povero uomo" o un "vero avaro", v. Si ese fue el origen del personaje, Plauto habría agrandado con trazos caricaturescos la figura del avaro. De hecho, como ha precisado C. González Vázquez 1995, p. 142 ss., el argumento de la comedia se compone de dos tramas, la de la boda de la hija y la de la avaricia del padre; y es esta última la que adquiere mayor trascendencia. Sobre el carácter avaro del protagonista, v. también el diccionario de esta autora: 2004, p. Así interpretó Plauto a Euclión; en consecuencia, es absolutamente inadmisible concluir cosas tales como que Plauto no supo retratar con destreza la avaricia en su personaje, o que Euclión resulta mal caracterizado psicológicamente, ya que en parte alguna se nos dice que lo haya ni siquiera pretendido. Cuando se piensa en Euclión como "el avaro de la comedia plautina", se está haciendo recaer sobre este personaje la imagen del Harpagón de Molière... Ahora bien, que para el comediógrafo francés se trataba fundamentalmente de un ejemplo de avaro lo refleja de forma incuestionable en el título de la comedia, L'avare. Había en él, pues, una intención de caracterización psicológica que nunca existió en Plauto, y que nosotros podríamos sentirnos tentados a atribuirle (p. La persistencia de este estado de opinión, iniciado por lo menos, según hemos indicado, hace más de ciento treinta años, no ha hecho desaparecer el convencimiento de que Euclión es un personaje avaro. El ejemplo quizás más representativo lo proporciona A. Ernout (2001, p. 144 s.); en su introducción a la comedia, cuya primera edición data de 1932, comienza señalando las diferencias entre el personaje de Plauto y el de Molière y presenta a Euclión tan sólo como un pobre diablo que ha perdido la cabeza y como un viejo tacaño, pero a continuación dice que en varias comedias griegas aparecen personajes avaros, cita hasta cinco comedias de Menandro y concluye que es imposible determinar cuál ha servido de modelo a Plauto 6; luego para Ernout está claro que Euclión no deja de ser un descendiente de los avaros de la comedia griega; eso sí, muy distinto de su propio descendiente Harpagón. De forma más explícita se manifiestan otros muchos críticos, sobre todo italianos, cuyo recuento sería interminable. Lo primero que dice E. Paratore de Aulularia en su monografía sobre Plauto es que «la commedia si accentra intorno al tipo del vecchio avaro Euclione» (1961, p. 263 ss.) la avaricia es el tema central de la comedia, pues por avaricia Euclión no hace uso del tesoro hallado y esa avaricia desencadena su obsesión por conservarlo; también R. Raffaelli (2000, p. 119) La edición de A. Ernout, revisada por J.Ch. Dumont, que seguimos, mantiene aquí el nombre de Strobilus; la tradición manuscrita lo da como siervo de Megadoro, encargado de vigilar a los cocineros, excepto en la escena II 7, en la que aparece como tal Pythodicus. Sin embargo, hoy la crítica se inclina por este último como el nombre propio del siervo de Megadoro y reserva el primero para el esclavo de su sobrino Licónides. Por Hércules, si le pidieras el hambre en préstamo, jamás te la dará. Antes como protagonista absoluto de la comedia. En fin, una opinión que no es nada nueva: «it is the picture of the avaricious Euclio that gives unity to the whole» (Thomas 1913, p. V); pero que se ha puesto en tela de juicio. Aquí nos planteamos quién tiene razón o más razón. Si logramos dilucidar la cuestión, se aclarará también en qué sentido ha influido el avaro de Molière en la visión del personaje plautino; esto es, ¿ha inducido la figura de Harpagón, como gran modelo de avaricia, a creer que su antecesor latino es también un avaro, sin serlo, o, al contrario, las diferencias entre los dos personajes han dado pie para negar la condición de avaro a Euclión? Euclión, un tacaño empedernido (parcus) Por lo que se ve en el texto de la comedia, Euclión es ante todo un homo parcus. Su ideal es la parsimonia extrema en los gastos. Su rico vecino Megadoro dice de él que nadie lo supera en este aspecto: Neque illo quisquam est alter hodie ex paupertate parcior (206) 7 Como tal (parcus, parcissimus), lo caracterizan el siervo Pitódico 8 y los cocineros que han de llevar parte de las viandas a su casa; pero exagerando los rasgos grotescos y sórdidos, más que un retrato, hacen una caricatura del personaje (Cèbe 1966, 120). Por no dar, Euclión no presta ni el hambre; si se trata de recoger, se lleva hasta los recortes de sus uñas; y si le quitan algo, es capaz de llevar a juicio a un ave de rapiña: La razón fundamental, en opinión de Enk, para considerar a Euclión sólo parcus es que sus vecinos lo ven como un tacaño cuyo único objetivo es no gastar; por lo que no tienen tan mala opinión de él, como la que tienen del odioso auarus descrito por Horacio cuantos lo conocen: «de tali homine non est bona existimatio, ut de Euclione, sed "uicini oderunt noti pueri atque puellae" (Horat. Ahora bien, Enk no se pregunta por qué Euclión es sólo parcus para sus conocidos. ¿Acaso éstos tenían noticia del tesoro que guardaba enterrado? Si, excepto el dios Lar, nadie conoce su existencia, hasta que el siervo de Licónides descubre el secreto, ¿cómo podrían considerarlo avaro? Es más, la actitud de veneración fetichista que manifiesta hacia su intocable tesoro no es distinta de la fruición con que el avaro horaciano contempla las monedas guardadas en su arca. En efecto, Euclión no informa a nadie de lo que posee y constantemente teme que los demás puedan enterarse; vive pendiente de su oro y, cuando no puede custodiarlo de cerca, vuelve presuroso para comprobar si está en su sitio. Lo que hace de Euclión un personaje sobremanera cómico es que, después de hallar el tesoro que debería convertirlo en un hombre rico, mantiene a toda costa el carácter de riguroso tacaño. Si para sus vecinos era tan sólo un tacaño pobre, a ojos de los espectadores su tacañería se agranda y pasa a ser un tacaño rico, esto es, ni más ni menos que un avaro. Por ello, sus propias reacciones, como si siguiera siendo un pobre sin recursos, lo caracterizan mucho mejor que las opiniones que emiten de él quienes creen conocerlo. No es un avaro en el sentido de que ambicione más de lo que ya tiene; pero sí lo es en el sentido de que tiene mucho y hace ver que no tiene nada. Al final de la segunda escena lo vemos ir a recoger unas monedas de mano "Pues el jefe de nuestra curia ha dicho que iba a distribuir unas monedas de plata por cabeza. Si lo dejo y no acudo, creo que todos sospecharán al momento que tengo oro en casa, pues no es creíble que un pobre menosprecie reclamar un poquillo de dinero". 12 A diferencia de paupertas, que es la pobreza como cualidad o clase del pauper entendido en términos socioeconómicos, pauperies es el estado de desgracia personal y familiar resultante; mientras Euclión se queja de su pauperies, Megadoro se limita a ver en su vecino un tacaño acosado por la pobreza (cf. supra 206: ex paupertate). Para mayor detalle de las diferencias de uso y sentido de las dos palabras, v. 13 "Me quejo de mi pobreza. Tengo una hija crecida, pero imposible de colocar sin dote. No puedo darla en matrimonio a nadie". 14 Sobre la acción causativa del padre (filiam locat, collocat) respecto de la novia (filia nubit) y su sentido comercial gracias a la dote, v. 259 Su vecino Megadoro lo saluda efusivamente y él se pone a la defensiva y, temiendo que pueda saber algo de su tesoro, le contesta que no anda bien de dinero (v. 186); se lamenta de su pobreza y de no poder casar a su hija adecuadamente: 190-192) 13 Cuando aquél le pide la mano de la hija, lo advierte hasta por tres veces de que será sin dote (vv. El ruin Euclión antepone la integridad de su oro a hacer de su hija una novia digna; claro que en realidad cree que su vecino da tal paso movido por su oro y él ahí no cede. Éste es su comentario al final de la escena: 265-267) 15Creo que él ha oído hablar ya del tesoro que tengo en casa; eso es lo que le apetece; por tal motivo tiene tanto interés en este emparentamiento". Sin embargo, al menos en mi opinión, harías bastante mejor, si te pones un poco más elegante para la boda de tu hija. Quienes muestran la elegancia según sus bienes y el esplendor según su fortuna se recuerdan de dónde provienen. Por Pólux, Megadoro, que ni en mi casa ni en la de ningún pobre amontonamos más bienes de lo que se cree". 17 "Quise hoy por fin hacer un alarde y tratarme bien por la boda de mi hija. Voy al mercado y pregunto por el pescado; me lo ponen caro, caro el cordero, caro el vacuno, la ternera, el atún, el cerdo, todo caro. Y por esto fue más caro, no llevaba dinero. Me voy de allí enfadado, puesto que no tenía nada con que comprar. A todos aquellos estafadores les tomé el pelo. Después por el camino comencé a reflexionar conmigo mismo: si derrochas algo en día de Más adelante Megadoro le aconseja que se adecente un poco para la boda de su hija y se niega a ello, porque no quiere aparentar más de lo que conviene a su estado de pobre: MEG. 539-544) 16 Esa adecuación entre vestido y situación económica, por la que aboga Euclión, parecería muy razonable, si no fuera porque en su caso no es real; en realidad, ya no es un pobre, como dice; es un nuevo rico que no quiere dar la mínima pista de que lo es. Su avara tacañería le ha impedido ver la sinceridad de la proposición matrimonial de Megadoro y le impide tener cualquier gesto de generosidad. De pronto, pensando en la boda de su hija va al mercado dispuesto a comprar provisiones. Veamos qué sucede: Varios rasgos que caracterizan a Euclión se encuentran perfectamente descritos en los Caracteres de Teofrasto, particularmente en el capítulo De la sordidez (10). En él se dice, entre otras cosas (Ruiz García 1988, p. 75 s.): «La sordidez es un ahorro excesivo de gastos (1). -[El sórdido] a diario comprueba si las señales de su propiedad están en su sitio (9). -Si sale de compras, vuelve sin haber adquirido nada (12). -También le prohíbe a su mujer que preste sal, mechas, comino, orégano, granos de cebada, cintas o tortas para los sacrificios, pues afirma que estas cosas sin importancia representan una bonita suma al cabo de un año (13)». 19 Esta comedia contiene una buena muestra de expresiones proverbiales, no todas recogidas en el índice de A. Otto 1962, p. 425, que contribuyen a destacar los rasgos de avaricia del protagonista. Cf. nuestro artículo « La expresión fraseológica en torno a la avaricia desde la perspectiva de la Aulularia de Plauto», Studia Philologica Valentina (en prensa). 20 "Cuando te prohíbo que seas un avaro, no te estoy mandando que te hagas un disipador y derrochador". "Así me valgan los dioses como escucho a éste con agrado; tan lindas palabras ha pronunciado a favor del ahorro". Quiere comprar, pero no quiere gastar; va a comprar sin dinero y se enfada por no poder comprar; hace ver que va a comprar algo y se burla de los vendedores por poner todo caro 18. Este vaivén de su conducta parece encontrar justificación en la reflexión final: para no caer en la necesidad, hay que huir de la prodigalidad; y el camino de esa huida es el ahorro (nisi peperceris); son sabias palabras de carácter proverbial que ya no se pueden aplicar a él, porque es un nuevo rico que no se detiene en un ahorro comedido, sino que huye al otro extremo, al de la mezquindad 19. Alejándose, pues, de la prodigalidad cae en la avaricia. Horacio en la sátira mencionada da el mismo aviso invirtiendo ambos extremos: Hemos visto, pues, cómo los conocidos de Euclión lo califican de tacaño (parcus) y tacañón (parcissimus) y, cómo él, tiene por lema ahorrar y no gastar (egere liceat, nisi peperceris). Todavía podemos ver cómo se complace en el ideal del ahorro (parsimonia), al alabar las palabras de Megadoro contra los gastos suntuarios de las mujeres: 496 s.) 21 Todo ello no tendría nada de particular, si fuera aún pauper, como lo es a ojos de sus vecinos; pero un pobre que ya no es pobre y que rehúsa hacer el menor gasto para la boda de su hija se convierte en un padre roñoso y avaro. Por tanto, él mismo con su conducta y con sus palabras contradictorias se 22 F. de Quevedo, Los sueños, «El sueño de las calaveras» (Arellano 1999, p. F. de Quevedo, El Buscón, I 3: «De cómo fui a un pupilaje, por criado de don Diego Coronel» (Ynduráin 1987, p. Aridus parece indicar el camino que lleva al pauper a ser auarus. Aun así, la autora se deja influir por la opinión de M. Bonnet 1909, p. 14, que, en la línea comentada al principio, veía en el viejo plautino un pobre más que un avaro. Es verdad que pauper tiene en Aulularia una frecuencia de uso muy superior al resto de comedias; pero, como dice L. Nadjo 1989, p. "¿Es que este viejo no podía hacer de su peculio la compra para la boda de la hija?". "La piedra pómez no es tan árida como este viejo". 27 "Pues, finalmente, es divertido dar un buen mordisco a estos tipos tres veces tacaños, viejales avaros y cicateros, que privan de sal al esclavo sellando el salero". tribuir las provisiones entre la casa propia y la de Euclión, uno de ellos le pregunta si éste no podía hacer su compra: ANTH. 297) 26 La exageración proverbial abre ahí el camino a la caricatura del viejo tacaño que trazan en esa escena el esclavo y los cocineros y cuyos rasgos más sobresalientes hemos expuesto antes. Pero la exageración no deja de ser realista, puesto que es el propio Euclión quien poco después dará la mejor respuesta a la pregunta anterior; en efecto, fue al mercado con el propósito de comprar para la boda de la hija, pero volvió de vacío, porque no llevaba dinero. El adjetivo ar(i)dus con que se lo describe en la comparación precedente es tan propio de la sequedad de la piedra pómez como de la tacañería del avaro (Burck 1956, 270), según se vuelve a ver en El Persa: Pero Euclión no sólo es parcus y aridus, sino, lo que es más importante y nos hemos propuesto demostrar aquí, auidus y auarus. 414), que apunta en la buena dirección de la distinción lingüística, pero que, a nuestro entender, no da en la diana, sostiene que el personaje plautino no es auidus, como el avaro de Molière, sino tan sólo parcus. Sin embargo, la clave de la solución no está en la contraposición de estos adjetivos, sino en la polisemia de auidus y auarus, que se aplican tanto al avaro que no gasta como al que acapara. Comenzamos por la segunda de estas dos calificaciones que Euclión recibe en la tradición literaria inmediata. En efecto, el adjetivo auarus, que usa Plauto nueve veces, no aparece en el texto de Aulularia; en cambio, se aplica por dos veces a Euclión en el primero de los dos argumentos, compuesto probablemente a principios del siglo I a.C. por el gramático Aurelio Opilio, que se ocupó de la clasificación de las comedias del corpus plautinum: 28 "Euclión, un viejo avaro que apenas se fía de sí mismo, encuentra en su casa una olla enterrada con un gran tesoro... Megadoro, a quien su hermana ha persuadido de que tome esposa, pide la mano de la hija del avaro". "El padre de nuestro Quérolo fue el avaro Euclión". "El padre de este Quérolo fue el avaro y cauto viejo Euclión". 1,1-7) 28 Es de notar que aquí se presenta al senex como si fuera auarus desde el principio, antes de encontrar el tesoro; aunque los personajes que lo conocen se limitan a calificarlo, según hemos señalado, de parcus, parcissimus y aridus, el redactor de la pieza argumental parece tener conciencia de que se trata de un auténtico avaro, cuyo carácter se manifiesta tan pronto como se hace rico. Pero aún es más notable el segundo uso de auarus, pues el adjetivo aparece sustantivado ("la hija del avaro") con el mismo valor identificativo que puede tener el nombre propio e indicando una característica tan sustantiva como la de senex ("el viejo"). Cabe preguntarse si tiene menos valor la calificación de auarus, por aparecer en un argumento de autoría no plautina, que la de parcus, que se lee en la comedia. Nuestra opinión es que el punto de vista externo, esto es, el de la crítica literaria inmediata, es más objetivo y comprensivo que el punto de vista interno, esto es, el de lo personajes que desde dentro sólo tienen una visión particular y limitada de la acción y de su protagonista, pues ignoran la existencia del tesoro. Asimismo en la comedia anónima del siglo V titulada Querolus siue Aulularia e inspirada en la de Plauto, se presenta al protagonista en el proemio como hijo del avaro Euclión y el Lar familiar lo repite en la primera escena (Jacquemard 1994, pp. 4 Y en la imitación medieval de ésta que hizo Vital de Blois la avaricia sigue siendo, de principio a fin, el hilo conductor de la acción. Sobre la avaricia versan los consejos que el padre de Quérolo ('Quejumbroso'), al borde de la muerte y lejos de su casa, da a su siervo Sárdana: Largus amicitias auget, auarus opes. «El liberal aumenta sus amistades, el avaro sus riquezas. Al necio, en cambio, el dinero que se le confía lo impulsa al extravío». El texto y la traducción corresponden a la edición de M. Molina 1999. "El dinero del viejo ha venido a mí: lo usaré. Sin duda los dioses justos no pueden disponer nada más justo que el que un avaro quede en la indigencia. 32 "En una casa colmada de riquezas vive Cuérulo [Quérolo] como un mendigo y custodia un dinero que no es para sí; rico, pero no para sí, vive en la pobreza". "El viejo Euclión vive como un pobre desgraciado con su única hija y el hallazgo de Vrget in errores commissa pecunia stultum. El viejo avaro, que guarda un tesoro de mil talentos en su hogar, se refiere con esas palabras a su hijo; preferiría que fuera pródigo o avaro, antes que un inútil que pasa el día quejándose. Aun así, da instrucciones al siervo para poner el tesoro en manos del hijo. El siervo traiciona el mandato y se propone arrebatar al hijo tonto la rica herencia que le deja el padre avaro: A partir de ahí, es el taimado siervo el que se convierte en avaro; toda la acción consiste en el plan que urde para adueñarse del botín; pero su precipitación le hace fracasar. He ahí, pues, dos tipos de avaricia distinta en personajes diferentes: la del viejo consiste en guardar un tesoro enorme y vivir como un pobre; la del siervo en codiciar lo que no le pertenece; la primera es la que caracteriza al Euclión plautino y las dos se reúnen en el avaro de Molière. La avaricia de Euclión parecía un rasgo bien sentado, al menos hasta que la comparación con el avaro de Molière ha hecho dudar a muchos desde finales del siglo XIX; pero no a todos. Por esos mismos años, el gran comentarista plautino J. L. Ussing, en el resumen argumental de la comedia, daba por seguro el natural avaro del protagonista en estos términos: Euclio senex cum unica filia inopem et miseram uitam agit, nec repertus in aedibus thesaurus auarum hominem perducit, ut quidquam de uitae ratione demutet (1972, I 215) 33. un tesoro en su casa no induce a tal avaro a cambiar en nada su régimen de vida". No toda la crítica es unánime. 156 ss., que prefiere ver en Euclión «un pauvre homme dont la possession subite d 'un trésor trouble toute la vie», Aulularia no es una comedia de caracteres, como lo son Pseudolus y Miles gloriosus. Sobre esa clasificación de Aulularia como comedia de caracteres, v. García Hernández 2001, pp. 47-49; lo cual no quiere decir que Plauto esté interesado en hacer un estudio de la avaricia, sino más bien en explotar las situaciones cómicas a que da lugar el avaro Euclión (Duckworth 1971, p. "Éste fue de carácter tan avaro que, cuando ya iba a morir, no quiso hacer la mínima indicación a su hijo". En la clasificación de las comedias de Plauto suele considerarse Aulularia como la más representativa del grupo de las de caracteres; y si eso es así, es por los rasgos de tacañería y avaricia de su protagonista 34. Por otra parte, el adjetivo auidus es un sinónimo estricto de auarus que, si no se aplica a Euclión, no deja de calificar su carácter indirectamente. Desde el prólogo, que recita el Lar familiar, se puede ver que la avaricia es una tara de familia (Hofmann 1977, p. El abuelo de Euclión fue ya tan avaro que confió la olla de oro al dios Lar, la enterró en medio del hogar y murió sin dar la menor información a su hijo: Puesto que Euclión, tras descubrir la olla, vuelve a enterrarla y adopta la misma actitud que su abuelo, está claro que es también auidus, un avaro que no quiere gastar ni perder nada de lo que ha encontrado; de ello da varias pruebas en las primeras escenas de la comedia; pero, por si hubiera alguna duda, he aquí lo que dice el dios Lar de ese carácter familiar36: Conviene subrayar que el Lar familiar no es un personaje cualquiera; es un personaje especial que está al cabo de lo que va a ocurrir a lo largo de la comedia y cuyo juicio sobre el carácter del protagonista hay que tener muy en cuenta. No en vano él es el impulsor de la acción, el Destinador en términos semióticos, quien permite el descubrimiento del tesoro, por atención a la hija de Euclión. "Prefirió dejar al hijo sin recursos a mostrarle el tesoro. Le dejó una pequeña parcela de terreno, de la que podría vivir malamente y con mucho trabajo. Cuando encontró la muerte el que me confió el oro, comencé a observar si acaso el hijo me honraba más de lo que me había honrado su padre; sin embargo, cada vez gastaba menos en mi culto y me rendía menos honores. Yo le correspondí de la misma manera hasta su último día". 39 "Es motivo de disputa para unos pocos avaros, cuya insaciable avaricia no conoce ley ni zapatero que pueda tomarle medida". ¿Y en qué sentido son auidi el abuelo y Euclión mismo? El Lar familiar se encarga de explicarlo: 11-20) 38 El abuelo fue tan avaro que permitió que el hijo viviera en la miseria, antes que darle la menor información del tesoro que había enterrado, y el padre, el único que puede librarse del calificativo de avaro, por no tener noticia del tesoro, fue tan tacaño en el culto del dios Lar que mereció morir como vivió. A continuación sigue el texto precedente en que consta que Euclión tenía el mismo carácter (pariter moratum) de sus antecesores; es decir, es un tacaño como su padre, y un avaro como su abuelo. Lo que quedará además muy claro en el desarrollo de la comedia. El avaro que no gasta y el que acapara. Polisemia de auidus y auarus Euclión es auidus como lo fue su abuelo, un auidus que posee y no gasta, pues no ambiciona más de lo que le ha deparado la fortuna. En cambio, en el monólogo de Megadoro sobre los beneficios que reportaría para la mayoría del pueblo el que los ricos se casaran con las hijas de los pobres, se cita una minoría de avaros, cuya codicia no conoce límites: 486-488) 39 40 "Así me valgan los dioses como escucho a éste con agrado; tan lindas palabras ha pronunciado a favor del ahorro". 41 s. Por dos veces, auidus representa ahí no al avaro empeñado en ahorrar, sino al que no cesa de acaparar. Por tanto, el adjetivo auidus reúne la doble acepción de quien retiene la riqueza y de quien la codicia de manera insaciable. Euclión se halla en el primer grupo, pero no en el segundo. Él mismo está oyendo el discurso de su vecino y, lejos de sentirse aludido, interviene para alabar, según hemos visto antes, esas sensatas palabras acerca del ahorro (parsimonia): La parsimonia puede llegar hasta los aledaños de la avaricia, pero dista de alcanzar su nivel de degradación moral; antes bien, es una virtud característica del ideario conservador romano. De hecho, ese discurso de Megadoro (478-536) contra el lujo femenino, que con tanto agrado aplaude el tacaño Euclión, parece un alegato a favor de la Lex Oppia, que se mantuvo vigente entre el 215 y el 195 y que coincidía con el programa de vida austera de Catón el Censor 41. Si se ha visto la impronta catoniana en el nexo parsimonia et duritia (Lentano 1993, p. 14), que Plauto emplea en otras dos comedias (Most. 310 s.), cabe señalarla también en el uso escueto del primer sustantivo dentro de un contexto adecuado, como este de Aulularia. Euclión alaba la parsimonia, que preconiza su rico vecino, pero él no es un dechado de parsimonia; ésta implica mayor o menor moderación en el uso del dinero; pero si se cae en la obsesión enfermiza de no tolerar siquiera los gastos indispensables, uno se instala en la avaricia. Tal es el caso de Euclión. Cuando se trata de definir el carácter de un personaje, como el de Euclión, no procede decir sin más que no es avaro. Además del análisis literario, hay que hacer el análisis semántico de las palabras pertinentes; de otra forma, aquél puede nacer o concluir viciado. Así, es un error dar por sentado que avaro (auarus) es sólo el que busca incrementar su caudal por todos los medios y que el que guarda un tesoro, sin hacer el mínimo gasto, es tan sólo tacaño (parcus). Entre uno y otro adjetivo hay una zona de continuidad, en la que, al menos en el plano referencial, es difícil trazar el límite, de manera que el auarus es por definición parcus y éste a menudo cae en la avaricia. Con razón pedía Horacio que se le distinguiera entre uno y otro: "Quisiera saber... en qué medida se distingue el tacaño del avaro". «Entre auarus (avaro) y cupidus (codicioso). Auarus es el que no gasta lo suyo, cupidus el que apetece lo ajeno» (Codoñer 1992, p. Por tanto, auarus es el parcus que atesorando vive como un pobre y el cupidus ('deseoso') sin medida. Cicerón dice que la auaritia es, como el amor, una especie de la cupiditas (Inu. I 42); éste es un valor que apoya la relación etimológica entre auarus y aueo ('anhelar'), análoga a la de cupidus y cupio ('desear'); pero auarus es a la vez el que desea guardar a toda costa y con él coincide auidus, aplicado, según hemos visto, directamente al abuelo e indirectamente a Euclión. Es más, éste es el valor que mantiene auarus frente a cupidus en la tradición de las diferencias sinonímicas: I 71) 43 Así que de los análisis textuales anteriores cabe concluir que no es menos genuino el avaro que esconde la riqueza que tiene que el que codicia la riqueza que no tiene. Y esta conclusión la apoyan otras consideraciones léxicas y literarias. Veamos qué es lo que registran los diccionarios acerca del contenido de avaro; para empezar por nuestra lengua, el DRAE define la avaricia como el «afán desordenado de poseer y adquirir riquezas para atesorarlas»; esos dos verbos coordinados, uno estático (poseer) y el otro dinámico (adquirir) pueden reflejar las dos acepciones de la avaricia, la de mantener intacto el caudal y la de aumentarlo; pero, por si hubiera alguna duda, repárese en que la segunda acepción de avaro («que reserva, oculta o escatima algo») es la que conviene al carácter de Euclión. El ThLL considera asimismo, en la codicia de dinero o de fortuna que siente el auarus (de hominum nimia cupiditate pecuniae fortunaeue), la doble posibilidad de la adquisición (comparandae) y de la retención (retinendae pecuniae). En italiano, por lo que vemos en el diccionario de Devoto y Oli, donde se define la avarizia como «egoistico ritegno nello spendere e nel donare» y al avaro por «che si rende colpevole di avarizia: è così a. che non mangerebbe per non spendere», prevalece el significado de no gastar, el que conviene al Euclión plautino. 508. vista de lo cual, ¿quién puede negar que el protagonista de Aulularia es avaro, auarus o avare? Negar el carácter de avaro de Euclión supondrá, pues, tanto como privar al adjetivo avaro de una parte sustancial de su contenido. Claro que a todo hay quien gana y el avaro de Molière es avaro desde el título. Ahora bien, el que Plauto concediera la primacía referencial a la olla (aulla), no ha impedido que algunas versiones y adaptaciones de su comedia se hayan inclinado por la calificación del personaje. Así L'avaricieux es el título de una traducción en prosa que realizó en 1580 el humanista Jacques Cahaignes, médico de Caen, y que puso a disposición de una compañía de cómicos de paso por la ciudad; es más, en el elenco de los personajes presenta al protagonista, que lleva el nombre parlante de Serrant ("estrecho, tacañón"), como "vieillard avare" (Delcourt 1934, p. No en vano Molière calificará a su avaro, por boca del criado del hijo, con un adjetivo de la misma familia (serré) y con otros análogos a los usados por Plauto: Serrant es, pues, un sinónimo de los adjetivos que han servido de título (Avaricieux, Avare); pero no queda ahí la idoneidad de su sentido; el valor que proporciona el verbo serrer ('cerrar, apretar, estrechar') coincide con el que cabe interpretar en el nombre grecolatino Euclio, traducido por E. Paratore (1992, p. 92) como Bienesconde; éste último se atiene mejor a los significados de sus componentes griegos (eÖ 'bien' y kleíw 'esconder') y al conjunto de la acción, pues Euclión no sólo guarda el tesoro tratando de mantener la casa cerrada a posibles intrusos, sino que lo esconde sucesivamente en el templo de la diosa Fides y en el bosque de Silvano, hasta que se lo roba el siervo de Licónides. Por tanto, si el título L'avare es un argumento a favor de la mejor caracterización del personaje de Molière, entonces convendrá tener en cuenta que la primera versión francesa de la Aulularia plautina llevaba un título similar; pero no sólo ella, la traducción, acompañada del texto latino, publicada por Michel de Marolles tan sólo diez años antes (1658) de la imitación de Molière (1668), llevaba el mismo título de L'avaricieux 44. Harpagón es más avaro que Euclión, porque cubre los dos flancos de la avaricia, el de gastar lo menos y el de acaparar lo más posible; es mayor monstruo de avaricia; es un personaje más complejo dentro de una acción Aunque se han indicado diversos personajes avaros de otras comedias griegas, hasta ahora las mayores analogías, concernientes al tipo avaro, al argumento y a la escenografía, las presenta Aulularia con El misántropo de Menandro; son comparables en particular la función del dios Lar con la del dios Pan y las figuras del avaro y su hija con las del misántropo y su hija. Por ello, aun sin poder determinar cuál es el modelo exacto, lo más probable es que fuera menandreo ( Perusino 1960, p. Y esas analogías no contradicen las diferencias entre un avaro y el otro. 148 ss., 254 s.), que no dudó en ver en Euclión un avaro, señaló cómo la comedia más complicada; además de una hija enamorada, tiene un hijo enamorado de la joven con la que él, su padre, pretende casarse; así que no es de extrañar que presente unos rasgos de avaricia más acusados que su modelo latino. Las diferencias entre uno y otro personaje son acordes con el tono de cada comedia; Molière, que tuvo en cuenta también otros precedentes literarios y tipos reales de su época, construyó una comedia burguesa que se acerca más, en ese sentido, a lo que debió de ser el modelo griego de Plauto 45. Éste, en cambio, recurriendo a la farsa itálica se alejó del patrón burgués y compuso una comedia más bufa; por ello, el personaje de Molière encaja mejor en su sociedad y no resulta tan cómico como el plautino (Lefèvre 1997, p. Pero esas diferencias no deben ser y no son argumento válido para tratar de menoscabar el genuino carácter de Euclión. Los críticos que han creído que la presunta avaricia de Euclión era sólo un pálido reflejo de la que irradiaba Harpagón, en realidad, se han visto deslumbrados por ésta y no han sido capaces de considerar la objetividad de aquélla. No se han percatado de la paradoja que supone lamentar que otros, influidos por El avaro de Molière, atribuyeran a Euclión lo que no le correspondía, a la vez que ellos le negaban lo que sí le pertenecía. Son ellos los que no se han librado del modelo "retroverso" y dominante de Molière. Si hay un modelo directo, ése es el latino, por más que la recreación francesa lo supere. Así que señalemos las diferencias, pero no olvidemos a la vez las coincidencias. En efecto, aunque Harpagón es un avaro usurero que busca enriquecerse por cualquier medio, conserva los rasgos esenciales del avaro plautino; como él, entierra una arqueta cargada de oro; aunque procura mantener el secreto, su indiscreción lo traiciona y se la roban; hasta el final sólo estará pendiente de recobrarla; después de tratar de casar a su hija con un viejo rico, consiente el matrimonio anhelado por sus dos hijos, pero sin hacer el mínimo gasto en sus bodas. Los trazos gruesos y eficaces con que Plauto muestra la avaricia de Euclión constituyen el fondo sobre el que destaca la figura del avaro de Molière 46. de Plauto no llega a ser una comedia de caracteres plena, porque su acción gira más en torno de la olla de oro que de su propio descubridor; en cambio, en Molière es el carácter del protagonista el que determina la acción de los otros personajes. En suma, no caigamos en el juicio fácil de medir la avaricia de Euclión por la del modelo que le sucede y lo supera. El personaje plautino merece respeto por sí mismo; para sus vecinos y conocidos era, desde el punto de vista económico, un pobre (pauper) y, desde el punto de vista moral, un tacaño (parcus); pero ahí no se agota su caracterización; si careciera de cualquier rasgo de avaricia, entonces ¿qué pinta en la acción la aula auri plena que guarda enterrada? Por la olla llena de oro ha pasado a ser un nuevo rico y se muestra como un avaro. La cantidad de oro que contenía era tan importante que el siervo de Licónides, con ella en su poder, se cree más rico que los grifos que habitan montañas de oro y se equipara al rey Filipo (701-704). La olla es el motor de la acción y no en vano da título a la comedia. La acción de ésta, como es habitual, consiste en los errores a que da lugar la ignorancia de los personajes; la ƒgnoia es toda una categoría del drama griego y de ahí la importancia final de la anagnórisis; no limitemos, pues, los rasgos de un personaje al juicio que sobre él emiten otros personajes que ignoran los resortes de la acción. No hay por qué dudar de que los espectadores romanos, ellos sí, conocedores de toda la acción, saldrían del teatro convencidos de que el Euclión que habían visto era un auténtico avaro. Así lo enjuicia la crítica latina inmediata representada por el primer argumento de la comedia y ésa es la conclusión cierta que puede extraer la crítica actual del propio texto plautino. Sería injusto hurtar a Plauto la paternidad que le corresponde en la configuración de un tipo humano de tan gran fortuna literaria.
ANTONIO LUIS CHÁVEZ REINO Análisis de las razones por las que Filodemo cita al epicúreo Hermarco y al megárico Alexino de Élide en su discusión sobre el carácter de téxnh de la retórica. Se corrigen algunas interpretaciones anteriores. La cita del Perì'gwgÊj de Alexino ilustra asimismo el sentido del testimonio 31 del historiador Éforo de Cime (FGrHist 70 T 31). En el testimonio 31 del historiador Éforo de Cime (FGrHist 70 T 31 = Diógenes Laercio II 110) se dice escuetamente que el filósofo megárico Alexino de Élide «escribió también contra el historiador Éforo». Sobre el contenido de esta diatriba sólo existen dos hipótesis. La primera, debida a E. Schwartz y retomada por F. Jacoby, postula una crítica de carácter ético: Alexino, autor presuntamente de un tratado Perì aÐtarkeíaj, habría reprochado a Éforo, autor a su vez de un tratado Perì e×rhmátwn, el menoscabo sufrido por la aÐtárkeia a consecuencia del refinamiento de la cultura y de los progresos de la técnica 1. La segunda hipótesis, debida a P. Pédech, sitúa la polémica en un ámbito político-erudito: Alexino habría criticado las tesis Las objeciones a las hipótesis de Schwartz y Pédech, así como la argumentación para probar que la crítica de Alexino a Éforo atestiguada por Diógenes Laercio se relaciona con el fragmento de Alexino transmitido por Filodemo, se publicarán en breve en otro lugar. de Éforo sobre los orígenes de Élide, su patria 2. Ninguna de estas dos hipótesis tiene un fundamento sólido. Sí existe, en cambio, una clara relación entre la polémica de la que nos informa Diógenes Laercio y la crítica a la que Alexino somete, en un pasaje del Perì ßhtorikÊj de Filodemo, a los profesionales de la retórica que se ocupan de estudios de estilo (tò perì tÈn lécin aÐtÔn pragmáteuma) 3. Como se sabe, Éforo es autor de una obra Perì lécewj, y la simple yuxtaposición de este hecho y de la noticia de Filodemo permite constatar la existencia de un "punto de fricción" entre Alexino y Éforo capaz de dar contenido a la diatriba de la que nos informa Diógenes Laercio. Es un punto de partida sólido del que las otras hipótesis carecen. El interés por los fragmentos de Éforo, en los que trabaja desde hace algunos años, ha traído al autor de estas páginas a ocuparse de la crítica de Alexino y a estudiar la posible conexión de esta crítica con el contenido del fragmento de Alexino transmitido por Filodemo 4. Durante el estudio de este fragmento el autor ha podido percatarse de que en el texto de Filodemo existen ciertos puntos oscuros de estructura y de interpretación, y considera que es posible aportar en esta materia un poco de claridad. Estas páginas han sido escritas con ese sencillo propósito. El pasaje de Filodemo en su contexto En el libro II de su obra Perì ßhtorikÊj Filodemo se enzarza en una abierta polémica con ciertos epicúreos de Rodas y Cos acerca de la condición de téxnh de la sofistikÈ ßhtorikÉ, un término que encierra, además del significado concreto de 'oratoria epidíctica' que se le suele dar (por oposición a la deliberativa y la forense), el más amplio de 'teoría y práctica metódicas del discurso' 5. Filodemo defiende en esta materia la postura sostenida por su maestro Zenón de Sidón, postura que considera la ortodoxa frente a la heterodoxia de los epicúreos de Rodas y Cos. La ortodoxia consiste aquí en sostener que la sofistikÈ ßhtorikÉ sí tiene derecho a llamarse 6 Se hallará una útil introducción a la polémica de los epicúreos del s. I a.C. en torno a la condición de la retórica en D. Sedley, «Philosophical Allegiance in the Greco-Roman World», en M. Griffin -J. Para los conceptos de ortodoxia y heterodoxia ligados a esta cuestión véase F. Longo Auricchio -A. Para el lugar que la polémica ocupa en la estructura del tratado Perì ßhtorikÊj de Filodemo véase T. Dorandi, «Per una ricomposizione dello scritto di Filodemo sulla Retorica», ZPE 82, 1990, pp. 68-74, y la aún útil introducción de S. Sudhaus al primer volumen de su edición del tratado (Leipzig, 1892). La discusión del punto prosigue hasta la columna XXII del PHerc. Filodemo se adentra en una profusa diatriba dirigida contra el anónimo epicúreo de Rodas (v. nota final) acerca de la interpretación de los textos de los kaqhgemónej aducidos por unos y otros en prueba de sus postulados. téxnh y que así se deduce de los escritos de los próceres de la escuela (o ¶ kaqhgemónej). Los epicúreos de Rodas y Cos lo negaban 6. La postura defendida por Filodemo se introduce en la columna XXXVII 1 como una nueva sección del libro. El propio autor indica allí, antes de entrar en materia, cuáles van a ser los pasos de su exposición: 1) qué se entiende por téxnh; 2) la sofistikÈ ßhtorikÉ es denominada téxnh por los próceres de la escuela; 3) la sofistikÈ ßhtorikÉ es téxnh en la medida en que incumbe a la elaboración del discurso y a la práctica epidíctica, pero no lo es en lo que se refiere a la práctica forense y deliberativa; y 4) la política no conlleva ningún "aspecto técnico" (texnikòn mhdèn prosféresqai); es cuestión simplemente de avezamiento y de conocimiento de los antecedentes históricos. El segundo de estos puntos programáticos se desarrolla sobre todo en las columnas XLIII 26 a LII 3 y contiene citas de Epicuro (XLIV 2 -XLIV 9), Hermarco (XLIV 19 -XLIX 19) y Metrodoro (XLIX 27 -LI 29) ya aducidas por Zenón para probar que de los escritos de los kaqhgemónej sí se deduce que la sofistikÈ ßhtorikÉ es una téxnh 7. En el caso de Hermarco, la cita se toma de una carta dirigida a un tal Teofides en tiempos del arconte Menecles (267/6 a.C.) 8. En ella Hermarco combate una serie de argumentos u opiniones sostenidos por el megárico Alexino de Élide en una obra titulada Perì'gwgÊj, es decir, en un tratado Sobre la Instrucción 9. De la argumentación de Hermarco extrae Filodemo EM LXXII 2, 2004 y napolitano del PHerc. 1674, reconstruyó el nombre del autor contra el que polemizaba Hermarco como 4Alecij y el de la obra, conjeturalmente, como Periagwgoí o Muriagwgá (sc. ploîa o skáfh); con ello creyó haber encontrado los restos de una pieza desconocida del comediógrafo de Turios: véase Th. Kock dio cabida al pasaje entre los textos de Alexis, no sin ciertas dudas que le inspiraban unos comentarios de A. Nauck: v. 744 (allí mismo las referencias a Nauck). También S. Sudhaus aceptó en un primer momento las conjeturas de Gomperz en el primer volumen de su edición del Perì ßhtorikÊj (Leipzig, 1892), pero ya en los índices de ese primer volumen y en una nota publicada en 1893 tuvo ocasión de rectificar dando las lecturas correctas del papiro: v. El mismo año 1893, y de manera independiente, H. von Arnim propuso una lúcida reconstrucción de todo el pasaje restituyendo el nombre de Alexino y de su obra Perì'gwgÊj y contextualizando certeramente el contenido en el marco de la figura del filósofo megárico y de la naturaleza de los argumentos que Hermarco le criticaba: v. Sudhaus aceptó las principales propuestas de von Arnim en la versión mejorada del texto que publicó en el Suplemento al primer volumen de su edición del Perì ßhtorikÊj (Leipzig, 1895). Kommentierte Sammlung der Testimonien (Studien zur antiken Philosophie, 2), Amsterdam, 1972, pp. 25-26 (texto) y 117-120 (traducción y comentario), editó la parte de la cita de Hermarco referida a Alexino como fr. 88 de su recopilación de testimonios sobre los megáricos. Sobre Alexino en general véanse las buenas introducciones de K. Döring, «Alexinos aus Elis», en H. Flashar (ed.), Grundriss der Geschichte der Philosophie. 10 La cita de Hermarco ha encontrado cabida entre los fragmentos del epicúreo primero en K. Krohn, Der Epikureer Hermarchos, Berlín, 1921, fr. 41, y más tarde en Ermarco. El fragmento de Hermarco, que contiene el de Alexino, entraña ya de por sí la dificultad lógica de un pasaje en que un autor cita a otro autor que a su vez combate las opiniones de un tercero. En este caso la dificultad se agrava 11 El texto se puede leer en Philodemi volumina rhetorica, ed. S. Sudhaus, I, Leipzig, 1892, pp. 78-85; S. Sudhaus, «Alexinos» (cit. en n. 9), pp. 153-154 (sólo en parte); H. von Arnim, «Ein Bruchstück des Alexinos» (cit. en n. 9), pp. 67-69 (sólo en parte); Philodemi volumina rhetorica, ed. S. Sudhaus, Supplementum, Leipzig, 1895, pp. 39-42; K. Krohn, Der Epikureer Hermarchos (cit. en n. Compárese la traducción en F. Longo Auricchio, «I filosofi megarici» (cit. en n. 79, y véase allí mismo la nota 12, y los comentarios en F. Longo Auricchio, «Testimonianze» (cit. en n. La erudita italiana invoca la presencia de la parágrafoj como Aquí se vuelve a retomar la orientación apuntada por von Arnim. El propósito es aclarar la estructura general, no proponer un nuevo texto (salvo en las contadas ocasiones donde esto se considera indispensable). Se propone, así pues, una base sobre la que posteriormente pueda profundizar quien tenga acceso directo al papiro. En la cita de Hermarco se distinguen cuatro miembros bien articulados: El punto de partida de la discusión de Hermarco es la postura de Alexino, que Filodemo presenta haciendo una referencia global al título, al contenido de la obra y a unos argumentos concretos del megárico en forma de participio absoluto: 9Alec sintáctico: Longo Auricchio entiende que tanto la palabra amputada ]hmata (XLV 3-4) como kaì šn tÊi su[gk]efalaiÓsei tÔn e±r[h]mȩnwn kaì [š]piforâi (XLV 4-6) pertenecen a una misma unidad sintáctica. Pero, en realidad, la palabra amputada ]hmata se liga sintácticamente a la oración anterior, mientras que kaì šn tÊi su[gk]efalaiÓsei tÔn e±r[h]mȩnwn kaì [š]piforâi está sintácticamente unido a lo que sigue. Ya von Arnim lo vio perfectamente así 15. Es decir: Alexino critica a los especialistas en retórica ([k]athgoroû[n]toj tÔn ßhtorikÔn [so]fistÔn, XLIV 25-26) que se ocupen de especulaciones inútiles (Áti pollà zhtoûsin'xrÉstwj, XLIV 26-28), entre las que se cuentan (ön šsti, XLIV 28): 1) sus estudios de estilo, esto es, la forma del discurso o la obra literaria (kaì tò perì tÈn lécin aÐtÔn pragmáteuma, XLIV 28-30); 2) sus estudios de mnemotécnica (kaì tò perì tÈn [m]nÉmhn, sc. aÐtÔn pragmáteuma, XLIV 30-31); y 3) las pesquisas poéticas en las que especulan con la posibilidad de que Homero quisiera decir "sumbébhken" en los versos que empiezan por "ƒstra dè dÈ probébhke" y (las pesquisas poéticas) sobre algunos otros (versos) tanto de Homero como de Eurípides (kaì šn o1⁄4j špizhţoûsi légein 1Omhron "sumbébhken" šn toîj oepesin ön'rxÈ "[ƒ]stra jdèk dÈ probébhke" kaì perí tinw [n] Berlín, 1974, p. 48), y las Quaestiones Homericae de Porfirio empiezan el comentario a este verso (I 147.10 Schrader) diciendo aÐtíka tÔn palaiÔn zhthmátwn ðmológhtai eμnai tò toioûto, šn o1⁄4j fhsin: "ƒstra dè dÈ probébhke ktl."; aunque en realidad el zÉthma al que se alude en el texto es el de los llamados Scholia Didymi, que se pueden leer en Scholia Graeca in Homeri Iliadem, ed. G. Dindorfius, III, Oxford, 1877, pp. 438-439. También en los Escolios a Eurípides hay alusiones a célebres zhtÉmata; cf. por ejemplo los escolios al verso 169 de Medea: Qémin eÐktaían: tÔn diabebohménwn šstì zhthmátwn kaì toûto, pÔj ktl. Probl-]Émata podría ser una alternativa a zht]Émata; mucho menos probable es que sofistikà lo pudiera ser a pohtikà. 9Epiforá es el sustantivo de špiférein en el sentido de "añadir", "añadir por último", de uso frecuente. en el papiro mejor que el'poriÔn zhtÉmata de von Arnim 16. Hasta aquí el contenido general de los libros Perì'gwgÊj de Alexino, o bien el contenido general de la parte que provocaba la crítica de Hermarco. Pero además, en una recapitulación de lo dicho y comentario final 17, Alexino añadía algo que es lo que a Filodemo le interesa destacar, pues es lo que concretamente trae a colación la crítica de Hermarco: kaì šn tÊi su[gk]efa-laiÓsei tÔn e±r[h]mȩnwn kaì [š]piforâi kaì ƒlla d[É t]ina prosá [[pt]]pton[toj 18 ], XLV 4-8. A partir de aquí se hace más difícil seguir el curso de la cita. Sigue a prosáptontoj otro participio que todo hace prever en genitivo, pero que en el papiro, según la lectura de Longo Auricchio, aparece en nominativo plural masculino: špainésantej, XLV 8-9. Es difícil hacer casar 19 El texto de von Arnim se lee más arriba, en n. 40, Sudhaus daba el siguiente texto: kaì ƒlla dÉ tina prosáptontoj, špainésantoj dè tó te ƒllo kaì tà šn ¥qesin kaì gegrafótoj: "'podécaito d' "n tij aÐtÔn ktl." Nótese que el'xrÉstwj de XLIV 27-28 contrasta con el perì xrhsímwn de XLV 12-13. el nominativo con la estructura que se ha reconstruido hasta ahora; la única manera de explicarlo sería asumir que después de ƒlla dÉ tina prosáptontoj se introduce una cita textual de Alexino, y que špainésantej pertenece ya a la cita. Por su parte, von Arnim y Sudhaus (en el Supplementum) reconstruían špainésantoj dè, que seguiría concertando con 9Alecínou integrado naturalmente en la estructura lógica del pasaje, y que sería la perfecta contrapartida de kathgoroûntoj tÔn ßhtorikÔn sofistÔn Áti ktl. Es decir: Alexino criticaba ciertas cosas a los profesionales de la retórica, pero les elogiaba otras 19. Es éste el punto más complicado de toda la estructura, pero una cosa está clara: contiene las frases o ideas de Alexino que Hermarco critica a continuación. Estas frases o ideas son perì xrhsímwn [ge] pleístwn oeçwqe Puesto que hay verbos en forma personal, o bien estamos ante una cita textual, o bien ante la completiva de un verbo de lengua. Si no se localiza este verbo de lengua con su indispensable conjunción completiva, es preferible suponer que son palabras del propio Alexino y el problema consiste entonces en delimitar la extensión de la cita textual. La sensación inmediata es que esta cita empieza con'podécaito en XLV 11, como ya vieron von Arnim y Sudhaus (en el Supplementum). Se necesita entonces reconstruir un verbo introductorio en participio (genitivo) en la línea anterior, cuyo estado es muy precario 21 ToÐpì pâsi (con lo que se debe comparar el tàj špì pâsi léceij de XLIX 20-21) ha dado incomprensiblemente muchos problemas a los traductores: «indem er die Äusserungen insgesamt angreift», «discutendo contro ciò che è comune a ogni cosa», «attacando tutte quelle affermazioni», «Hermarque s 'oppose de façon globale», «mettendo in discussione ogni punto». Si un examen del papiro hace descartar esta posibilidad, que es la más sugerente, entonces habría que asumir que la cita textual se introduce directamente tras ƒlla dÉ tina prosáptontoj. En cualquier caso, ƒlla dÉ tina (dÉ:'a lo que vamos') tiene su perfecta correspondencia en el toiaûta dÉ tina de XLV 24-25. A semejantes "paparruchas" de Alexino ([toia] Parece que por último se aborda la posibilidad de tomar xrÉsimoj en el sentido de "útil para los demás, útil para la vida pública". Se pasa, así pues, a la esfera de la actividad política y a la aplicación de la formación retórica en este dominio. Hay que reparar en que es precisamente en el comentario del sentido que xrÉsimoj pueda tener en Alexino donde Hermarco entra de lleno en el debate sobre la utilidad de la retórica en sus aplicaciones prácticas de la actividad forense y política, y en que es aquí donde hace referencia a una ßhtorikÈ téxnh (XLVII 17-18) y a una ßhto-rikÈ šmpeiría. Como se verá más abajo, esto es lo que verdaderamente interesa a Filodemo y lo que la cita de Hermarco aporta a su demostración 26 Finalmente, Filodemo añade una coletilla para justificar la inclusión en la cita de las últimas palabras o consideraciones: pareqémeqa dè kaì tàj š[p]ì pâsi léceij, e2 twi genÉset 'a'[i] fílon kaì taútaj oexein, oÐk'gnooûntej Áti perí tinoj ƒllou dócousi kaì oÐxì perì toû prokeiménou katagegráfqai, XLIX 19-27. 80, también en «Testimonianze» (cit. en n. La causa de esta interpretación está en que se da a tàj špì pâsi léceij un significado que la expresión no puede tener: «queste citazioni integralmente testuali», «I have cited the full context». También aquí špì pâsi ha dado problemas a los traductores; véase la nota anterior. Lécij es el término consagrado para "palabra textual", "cita", y se lee con ese sentido en XLIX 5-6, katà tÈn lécin taúthn. Se suele admitir un tanto precipitadamente que con esta última frase Filodemo pretende disfrazar la irrelevancia de la cita de Hermarco para la demostración que está llevando a cabo, con lo que el filósofo de Gádara queda en una posición francamente ridícula 28. Pero la cita de Hermarco no es en absoluto irrelevante para la demostración de Filodemo, ni, por supuesto, Filodemo pretende que así sea: tàj špì pâsi léceij son evidentemente "las últimas palabras", "el final de la cita" 29, y se refiere o bien a la alusión a Eubúlides, o bien, y con toda probabilidad, a todo el comentario de Hermarco a propósito de la frase de Alexino e± mÈ kat' špistÉmhn ktl. Es esta última parte la que "puede parecer" no estar relacionada con el propósito de la cita, y es esto lo que provoca la justificación de Filodemo. Que la esencia de la cita de Hermarco se halla en el comentario a la primera frase de Alexino, a los posibles sentidos del término xrÉsimoj, y que de ahí debe deducirse según Filodemo la postura de Hermarco respecto a la condición de téxnh de la sofistikÈ ßhtorikÉ, viene corroborado por el hecho de que Filodemo cita esta misma carta de Hermarco en otro pasaje de su Perì ßhtorikÊj, como testimonio de su aserto de que no se debe identificar la condición retórica con la condición política, ni la condición de ßÉtwr o ßhtorikój con la de político 30. Es ésta, en realidad, la esencia de la polémica que enfrenta a los epicúreos del s. I a.C. a propósito de la cuestión de si la sofis-tikÈ ßhtorikÉ es o no es téxnh, y conviene analizarla aquí con más detalle. Es éste un punto muy importante que se suele perder de vista: v. nota final. En el caso de Epicuro (XLIV 2-19), Filodemo no hace sino constatar que en su obra Perì tÊj ßhtorikÊj el sabio utilizaba constantemente conceptos referidos a la formación, la Las diatribas de los kaqhgemónej de la escuela epicúrea acerca del valor de la retórica versaban sobre la cuestión de si la teoría y práctica de la elaboración del discurso en sentido lato, que es una realidad incuestionada e incuestionable, con su práctica y su instrucción propias, trasciende a la esfera de la actividad política y, subsidiariamente, forense, es decir, si la formación retórica habilita para la vida pública y por tanto hay una formación específica para la vida pública y un arte de ejercerla. Los kaqhgemónej lo negaban. Para parte de los epicúreos del s. I a.C. la discusión se ha desplazado y focalizado en la condición de téxnh -en sentido estricto: disciplina metódica -de la propia teoría y práctica del discurso, y se pretende encontrar en los textos canónicos de la secta posicionamientos respecto a esta cuestión. Para los epicúreos de Rodas y Cos, al parecer, la negación de que haya una formación específica, y por tanto una "ciencia" específica, para la vida pública arrastra consigo la negación de que la formación y la práctica retóricas, que están en la base de la formación para la vida pública, sean una "ciencia" específica. Para Filodemo, en cambio, se debe deslindar la condición de lo político de la de lo retórico: lo que los kaqhgemónej niegan es el carácter de "ciencia" de lo primero, pero ello no arrastra consigo la condena de la retórica a no ser téxnh. Al contrario, el mero hecho de que los maestros epicúreos hagan referencia a la ßhtorikÈ téxnh o a conceptos similares en sus disputas sobre la inexistencia de una "ciencia" política demuestra la existencia de una "ciencia" retórica. Además, Filodemo sostiene, en abierta polémica con sus adversarios, que con el término sofistikÈ ßhtorikÉ que los epicúreos suelen emplear no se está haciendo alusión a lo que tradicionalmente se llama la oratoria epidíctica o panegírica -ya que ése es, al parecer, el uso corriente de la expresión -, sino a lo que la retórica tiene de teoría y práctica concretas al margen de sus aplicaciones en el foro, en la tribuna o en el estrado del panegirista; es decir, a lo que tiene de téxnh 31. Por tanto, como demuestran los comentarios sobre Epicuro que preceden a la cita de Hermarco y la cita de Metrodoro que la sigue, el mero hecho de que Hermarco mencionase la ßhtorikÈ téxnh en su comentario sobre las acepciones en que Alexino pudo utilizar el término xrÉsimoj hace del pasaje una prueba de lo que Filodemo se propone demostrar 32. Y, por ende, la cita EM LXXII 2, 2004 teoría y la práctica retóricas (tà didaskaleîa tÔn ßhtorikÔn, pragmateían aÐtÔn kaì tàj paradóseij kaì paraggelíaj perí te lógou kaì šnqumhmátwn, etc.): eso es lo que se entiende por sofistikÈ ßhtorikÉ = retórica de los profesionales = téxnh ßhtorikÉ. En el caso de Metrodoro (XLIX 27 -LI 29), en la cita que Filodemo hace de su obra Perì poihmátwn, y que, según nos dice, "parece implicar que también para Metrodoro la sofistikÈ ßhtorikÉ es téxnh", se hace mención explícita de a tÔn ßhtorikÔn téxnh. Sobre el tratado Perì'gwgÊj de Alexino véase H. von Arnim, «Ein Bruchstück des Alexinos» (cit. en n. 118, el decir Filodemo šn toîj Perì'gwgÊj implica que la obra de Alexino tenía como mínimo dos libros. En cualquier caso, H. Blum, Antike Mnemotechnik (Spudasmata, 15), Hildesheim -Nueva York, 1969, pp. 123-124, creyó necesario defender que se designan tratados escritos, y su postura ha encontrado respaldo en K. Döring, Die Megariker (cit. en n. 2, y en F. Longo Auricchio, de Hermarco no es en absoluto irrelevante -no más ni menos de lo que podrían serlo las de Epicuro y Metrodoro. Tàj špì pâsi léceij se refiere, así pues, al final de la cita. Por último, cabe resumir brevemente la información que la cita de Filodemo aporta sobre Alexino y su tratado Perì'gwgÊj 33, la razón de la crítica de Hermarco y el motivo de que Filodemo cite esta crítica. En la parte mejor conservada del texto, la introductoria, se lee con facilidad que Alexino recrimina a los profesionales de la retórica (o ¶ ßhtorikoì sofistaí) que se ocupen de especulaciones infructuosas. Exponentes de estas especulaciones son para Alexino los estudios de estilística (tòn perì tÈn lécin aÐtÔn pragmáteuma), en la esfera de lo que los latinos llaman la elocutio. Esta actividad se corresponde con el tipo de tratado bien conocido titulado Perì lécewj. Asimismo son para Alexino especulaciones inútiles los estudios de mnemotécnica (tò perì tÈn mnÉmhn aÐtÔn pragmáteuma), vinculados a los también conocidos tratados Perì mnÉmhj 34. Y lo son también los «Testimonianze» (cit. en n. Sobre los vínculos aparentemente establecidos por Alexino entre dialéctica y retórica véanse las interesantes consideraciones de R. Muller, Les mégariques (cit. en n. 36 Para valorar la importancia que el sentido de xrÉsimoj tiene para Hermarco hay que tener en cuenta la definición de téxnh que según una noticia aislada hacían los epicúreos: o ¶ mèn 9Epikoúreioi oØtwj Àrízontai tÈn téxnhn: téxnh šstì méqodoj šnergoûsa tÔ7 bíw7 tò sumféron (Escolios a Dionisio Tracio 649 b 25, 108.27 Hilgard = Epicuro, fr. Es el concepto de "utilidad", "provecho", el que guía la argumentación de Hermarco: no puede admitir que la retórica tenga ninguna utilidad en el ámbito de la política y la vida pública porque esto la equipara a una téxnh de la política y de la vida pública. estudios de exegesis poética, particularmente los que se cifran en términos de problÉmata y lúseij, a su vez vinculados al tipo de obra titulada poihtikà zhtÉmata o problÉmata o similar. Mayor dificultad entraña la reconstrucción de lo que se decía en lo que Filodemo denomina la sugkefalaíwsij tÔn e±rhménwn kaì špiforá del tratado de Alexino, o de la parte de él que provocaba la crítica de Hermarco. La atención parece volverse aquí hacia la práctica de la retórica, a la que se reconocen ciertos aspectos de utilidad. Estos aspectos de utilidad -y se entra aquí en la esfera de intereses que según los testimonios son los propios de Alexino -parecen relacionarse con el ámbito de la argumentación y de los mecanismos de la lógica. Según Alexino, al parecer, la retórica pone en práctica estos mecanismos lógicos, pero no de una manera sistemática y científica, sino rutinaria e intuitivamente. En la medida en que esto es así, la retórica merece la aprobación de Alexino 35. Pero desde el momento en que se reconoce un aspecto de utilidad a la retórica, entra en juego la crítica de Hermarco, que no puede reconocer que en la utilidad celebrada por Alexino haya nada que trascienda a la aplicación de la retórica en la vida pública, puesto que esto entraría en contradicción con la doctrina epicúrea en la materia: si la aplicación de la formación retórica a la vida pública entraña aspectos de utilidad (xrÉsima) 36, la retórica se convierte en la téxnh del ejercicio de la vida pública; pero la doctrina epicúrea defiende que para tal cosa no existe una téxnh. En cuanto a Filodemo, lo que pretende demostrar con el texto de Hermarco es que a lo que aquí se niega la condición de téxnh es a esa trascendencia de la formación retórica a la actividad pública; es decir: la formación retórica no es una formación política, no es téxnh en la esfera de su aplicación política; pero ello no implica que la formación retórica no sea en sí, en lo que tiene de sistemático y me-En D. Blank, «Philodemus on the Technicity of Rhetoric», en D. Obbink (ed.), Philodemus and Poetry. Poetic Theory and Practice in Lucretius, Philodemus and Horace, Oxford, 1995, pp. 178-188 (también, en versión abreviada, en G. Giannantoni -M. Napoli, 19-26 Maggio 1993, Nápoles, 1996, II, pp. 585-596), se hallarán interesantes matizaciones sobre la condición de téxnh que la retórica tiene para Filodemo y cómo se avecina en este sentido a la condición de la poética. Es interesante subrayar que Filodemo considera que hay un componente metódico en la retórica de los profesionales (y por lo tanto hay téxnh), pero limitado, como en el caso de la poética: Rhet. tódico, una téxnh, y así entiende Filodemo que se deduce del uso que Hermarco hace de la expresión ßhtorikÈ téxnh. Para Filodemo, los epicúreos de Rodas y Cos no alcanzan a comprender esta disociación entre la esfera de lo retórico y de lo político, y malinterpretan por ende la doctrina de los kaqhgemónej. Además confunden los términos considerando la sofistikÈ ßhto-rikÉ una parte de la retórica (equiparable, al parecer, a la oratoria panegírica por oposición a la forense y a la deliberativa): Filodemo precisa que por sofistikÈ ßhtorikÉ no se entiende una parte de la retórica, sino lo que la retórica tiene en sí de sistemático y metódico en su teoría y en su práctica, es decir, lo que tiene de téxnh 37. Ésa es la razón de que se citen los pasajes de los kaqhgemónej donde se menciona una ßhtorikÈ téxnh o conceptos asimilables a éste. Hay que tener en cuenta que la polémica que Filodemo sostiene en el libro II del Perì ßhtorikÊj contra los epicúreos de Rodas y Cos es con toda probabilidad una réplica. Ein litterarischer Streit in der epikureischen Schule», Philologus 54, 1895, pp. 80-85, según la cual Filodemo habría publicado un primer opúsculo identificable con el denominado ×pomnhmatikón, el epicúreo de Rodas habría escrito una obra contra ese ×pomnhmatikón tomándolo por un opúsculo de Zenón, y Filodemo replicaría en el libro II del Perì ßhtorikÊj a esta crítica, tiene hoy en su contra que el ×pomnhmatikón que Sudhaus consideraba un opúsculo de uso privado anterior al Perì ßhtorikÊj no es sino una copia de uno de los libros de esta obra: véase T. Dorandi, «Per una ricomposizione» (cit. en n. Pero al margen de que el ×pomnhmatikón sea una u otra cosa, sí parece ser cierto que en el círculo epicúreo de Atenas, al que pertenece Filodemo, se sostenía que la ßhtorikÈ sofistikÉ es téxnh. Un epicúreo de Rodas anónimo publicó una obra dirigida contra Zenón rebatiendo esta tesis sostenida por el círculo de Atenas. En ella afirmaba, según se deduce del índice del contenido reproducido por Filodemo, que en las obras de los kaqhgemónej no se hallaba el menor rastro de que se considerase téxnh ninguna de las partes de la retórica, ni la panegírica, ni la forense, ni la deliberativa. En el libro II del tratado Perì ßhtorikÊj Filodemo se embarca en una réplica a las críticas del epicúreo de Rodas y le reprocha que haya confundido los términos: cuando se habla de sofistikÈ ßhtorikÉ y se dice que es téxnh no se está hablando de una parte de la retórica (tò panhgurikòn kaì tò politikòn kaì tò dikanikón no son partes de la retórica, sino aplicaciones concretas de ésta), sino de la retórica en sí, de lo que tiene de metódico y sistemático, en la elaboración del discurso y en su ejecución, aparte de sus aplicaciones concretas. La cuestión no es, por tanto, encontrar en los escritos de los kaqhgemónej pasajes a favor de la consideración de téxnh de una parte de la retórica (el rodio parece entender que la panegírica o epidíctica), sino probar que en los escritos de los kaqhgemónej hay referencias a una téxnh ßhtorikÉ. Ya en XXI-XXII, donde Filodemo empieza a pasar revista a las posturas de los propios epicúreos (o ¶ améteroi) en torno a la cuestión de si la ßhtorikÉ es o no es téxnh, el de Gádara parece objetar a una postura que, si no es la suya, es muy parecida a la suya, precisamente el que "dé la impresión" de que se habla sólo de una parte de la retórica, y no de la sofistikÈ ßhtorikÉ "toda ella". Es difícil seguir el sentido del texto, pero todo parece indicar que Filodemo reprocha a una postura cercana a la suya (¿la del círculo de Atenas?) precisamente las imprecisiones terminológicas que han dado pie a la incomprensión y a la crítica del anónimo epicúreo de Rodas: (XXI 17) tÔ[n] d' ametérwn toùj lé[go]ntaj tÈn ßhtorikÈn toû [m]èn gráfein lógouj kaì špideíceij poieîsqai téxnhn eμ[nai, to]û dè díkaj légein kaì dhm[hgo]reîn oÐ téxnhn, taúthi tij "n m[é]myaito deóņtwj, Áti [tÈn] sofistikÈn mónhn ̧ šoíkasin o±oménoij kalȩîsqai ßhtorikÉn: tÈn gà[r] ßhtorikÉn fasin toútwn mèn eμnai téxnhn ktl.
Este artículo forma parte del Proyecto de Investigación DGYCIT (PS98-0664), en el que tratamos de desarrollar la hipótesis de que en la Antigüedad Tardía, debido a una serie de cambios socio-políticos, hay un cambio en la norma lingüística latina. El presente artículo se centra en el análisis del vocabulario con que se designa al gobernante en las obras De summa temporum uel de origine actibusque gentis Romanorum y De rebus Geticis de Jordanes y la Historia Francorum de Gregorio de Tours. En primer lugar se analizan los términos augustus, augusta, caesar e imperator, denominaciones del gobernante del Imperio Romano, después princeps, que hace refencia tanto al Romano como al de otros pueblos, a continuación rex, regina, que siguen siendo los vocablos con que se nombra a los reyes romanos y, además, designan al máximo mandatario de otros pueblos. Este mismo valor, pero restringido a monarcas de pequeños estados, tienen términos menos frecuentes en época clásica, como regnator y regulus y otros de aparición más tardía como subregulus y regalis. Algunos de estos términos acabaron desapareciendo, pero muchos perviven en las lenguas modernas. El profundo cambio de régimen político y social que la llegada al poder de Julio César provoca en Roma convierte la antigua República en una monarquía cada vez más absoluta. Respecto a la religión, un culto oficial pagano convive con distintas sectas que llegan a Roma entre las cuales el cristianismo va tomando cada vez más fuerza hasta el punto de que los emperadores lo ven como una amenaza y comienzan a perseguir a sus seguidores. Con el tiempo el cristianismo acabará siendo religión oficial del Imperio 1. Por otro lado, también se transforma la relación con los pueblos bárbaros que desde hacía tiempo se estaban asentando en territorio del Imperio Romano (Paschoud, 1998). Todo ello se plasma necesariamente en el léxico de los historiadores latinos tardíos, que al ser cristianos tienen en buena medida la Biblia y a los Padres de la Iglesia como modelo 2. Ni el Thesaurus Linguae Latinae (ThLL), ni los diccionarios y léxicos clásicos o medievales suelen recoger con rigor las novedades léxicas de la 'tierra de nadie' que es, en ese aspecto, la Antigüedad Tardía. Tampoco existen obras lexicográficas de conjunto específicas para este vocabulario, de ahí la pertinencia de los estudios sobre este léxico. Recientemente 3 hemos examinado los verbos que expresan el acceso a un cargo, por elección o nombramiento, en Gregorio de Tours y Jordanes, precursores en gran medida de la Alta Edad Media. Así hemos comprobado que los dos historiadores cristianos -ambos del s. VI y con una lengua muy parecida, como señala Bonnet (1890:84) -siguen utilizando las formas clásicas típicas como facere, eligere, constituere, creare, efficere o conlocare. Pero, cuando hablan de su propio tiempo, sobre el cual apenas tienen fuentes escritas, prefieren formas como accedere, adsciscere, obtinere, ordinare y sortiri -para referirse a cargos tanto civiles como eclesiásticos -, destinare, eleuare, sumere y adsumere -exclusivamente para cargos políticos -y consecrare -exclusivamente para los cargos eclesiásticos -, verbos que muchas veces tienen esa misma acepción en la Biblia latina, los Padres de la Iglesia y los autores cristianos en general, mejor conocidos por ellos que los autores clásicos. Algunos de estos verbos conservan en las lenguas modernas la acepción que adquieren en época tardía. Por ejemplo, en español acceder, consagrar, destinar, elevar y ordenar. También hemos estudiado, en estos mismos autores, las distintas denominaciones de algunos funcionarios 4 Cf. Conde Salazar-Martín Puente (en prensa b). Seguimos la edición del CD-ROM eMGH-3. 6 En Jordanes y Gregorio, al igual que en otros historiadores como Orosio, encontramos también el vocablo tyrannus, término clásico, documentado en Cicerón y Livio, que designa, como en griego, al monarca o soberano (cf. Isid. 9.3), empleado para referirse incluso a algunos de los que son considerados emperadores como Eugenio o Juan. No entraremos en el análisis de este término porque en su significado prima sobre todo la idea de usurpación ilegítima (cf. Isid. o cargos del imperio y de las cortes de las diferentes naciones que se han asentado y se han ido afianzando dentro de las fronteras del imperio (consiliarius, patricius, comes, comes stabuli, dux, minister, cubicularius, maior domus y camerarius), términos que han sobrevivido en la lengua española en las formas consejero, patricio, conde, condestable, duque, ministro, cubiculario, mayordomo y camarero 4. En esta ocasión, continuando con el análisis del campo léxico del poder en estos mismos autores, nos centraremos en el vocabulario con que se designa al gobernante en las obras De summa temporum uel origine actibusque gentis Romanorum (Iord. Rom.) y De rebus Geticis (Iord. Get.) de Jordanes y la Historia Francorum Gregorio de Tours (Greg.) 5. En primer lugar analizaremos augustus, augusta, caesar e imperator, denominaciones de quien está a la cabeza del Imperio Romano, después princeps, que hace referencia tanto al dirigente romano como al de otros pueblos, a continuación rex, regina, que siguen siendo los vocablos con que se nombra a los reyes romanos y, además, designan al máximo mandatario de otros pueblos. El mismo valor tienen términos menos frecuentes en época clásica, como regnator y regulus y los de aparición más tardía subregulus y regalis 6. Como recogen el ThLL (Nomina propria latina, Supplementum I,s.v.,, el Lexicon des Mittelalters (s.v., vol. II, cols.1351-1353) Cf. también Iord.,Rom. 10 También sería interesante realizar el estudio de los verbos que expresan la idea de "reinar", "regir" y de los sustantivos abstractos relacionados con este concepto como regnum, imperium, etc., que dejaremos para otra ocasión. 12 Hemos optado por escribir caesar y augustus con minúscula cuando no son nombre propio, pero en los pasajes aducidos respetamos la grafía de los editores. 13 Con anterioridad sucede esto mismo, por ejemplo, en Lact., Mort. Octavio, hijo adoptivo de Julio César, lo añadió a su nombre propio cuya terminación modificó (4) y como tal permaneció hasta la extinción de la familia Julia (5-6): En los pasajes (2) y ( 3) se pone de manifiesto que Gregorio y Jordanes, en la línea de historiadores anteriores como Suetonio, consideran que el régimen imperial arranca en Roma con Julio César. Como también señalan el ThLL (Nomina propria latina, Supplementum I, col. 37-38), el Dictionnaire des antiquités (s.v., p.811) o el Lexicon des Mittelalters (s.v.'Caesar' vol. II, col. 1352) 11, a partir de Adriano, caesar 12 puede denominar además al sucesor designado 13: praefecturam praetorio gerebat, imperator eiusdemque filius Diadumenus nomine Caesar a legionibus appellantur». Cuatro años más tarde, en el año 578, fue nombrado emperador y como tal reinó hasta el 582 con el nombre de Tiberio II Constantino, cf. Greg. En casos como éste, para determinar si en un momento determinado el término caesar presenta la acepción de 'emperador' o la de 'sucesor designado' se hace imprescindible recurrir a otros testimonios o a los manuales de historia. Por otro lado, en este pasaje se ve el origen del prefijo ex, que tiene aspecto resultativo en oposición a in-, para indicar que se ha dejado de ocupar un cargo o desempeñar un oficio. 16 Marco, hijo de Basilisco y Zenona fue proclamado caesar en 475 y más tarde nombrado augustus. 17 Cf. también Iord.,Rom. 4.40) Quizá esta acumulación de acepciones en caesar, con la ambigüedad a la que puede dar lugar en algunos pasajes, hace que este nombre sea relativamente poco utilizado para referirse al emperador, frente a otros términos que vamos a ver a continuación; aunque en español césar (cf. DRAE, s.v.) y en italiano cesare siguen conservando esta acepción. 32 Cf. también Iord.,Rom. En augustus no hay tanta acumulación de acepciones como en caesar, pero tampoco se utiliza con mucha frecuencia para designar al emperador romano. De hecho, en español y otras lenguas románicas modernas ya no conserva este significado. Augusta es título que suele acompañar al nombre de la emperatriz regente y así lo recogen el ThLL II, (s.v. Imperator en latín clásico designaba al general o jefe de un ejército (ThLL VII, s.v. En Jordanes encontramos algunos ejemplos de este uso: 39) tum Scipione duce fusus exercitus: saucius etiam ipse uenisset in hostium manus imperator, nisi protectum patrem praetextatus ammodum filius ab ipsa morte rapuisset (Iord., Rom. Como podemos leer en Suetonio (Iul. C. el praenomen de imperator a Julio César y Octaviano se encargó de convertirlo en un título, relacionado con la posesión del imperium (Syme A quien se llama princeps en Iord. Poco a poco se convierte en uno de los vocablos más frecuentes, junto con princeps como veremos después, para designar a la figura misma del gobernante máximo (Cf. III, col. 556 ss.), quizá por ser menos ambiguo que caesar y augustus y por estar relacionado etimológicamente con imperium e imperare. Este nuevo sentido ya se documenta desde Tácito (Ann.XI 11; Hist. Para los pasajes que hacen referencia a Julio César y Augusto como imperatores cf. supra en 2.2. y 2.3. También se llama imperator a Aureliano (Iord., Rom. Para otros pasajes en que se habla de manera genérica del emperador o los emperadores, cf. por ejemplo: 41) Traianus pene omnium imperatorum potior regnauit an. Como ocurre en otros autores (cf. ThLL VII 560, 5-19), Gregorio de forma excepcional emplea imperator para referirse al soberano persa, normal-41 Cf. además Iord.,Rom. Imperator se revela como el término que estos autores encuentran más apropiado para referirse al jefe del Imperio Romano y es, por tanto, uno de los que más se utiliza. En español no solo designa al jefe supremo del antiguo Imperio Romano, sino que también es el título de mayor dignidad dado a ciertos soberanos (cf. DRAE, s.v.), como ocurre también en francés con empereur, en italiano con imperatore, en inglés con emperor, etc. Princeps en Jordanes y Gregorio puede tener los mismos sentidos que tenía en latín clásico donde designaba a los primeros y, a partir de aquí, a los que ocupaban los puestos más destacados, que pasan a ser la clase dominante (Cf. III, col. 1279 Al principio de la época imperial, para indicar claramente que no es más que el primus inter pares, el emperador toma oficialmente el título de princeps (cf. supra 24). En nuestros autores es uno de los términos más frecuentes para designar al Jefe del Imperio Romano, acepción que, documentada ya en Ovidio, es frecuente en los historiadores a partir de Tácito (cf. ThLL s.v. Así se donomina a los siguientes emperadores, que en otros pasajes son designados a veces como caesar, augustus o imperator (cf. supra, ejemplos 16-21; 28-35 y apartado 2.4): Augusto (Iord., Rom. 45.236;45.238) Estos ejemplos nos permiten deducir que princeps es de todos los términos examinados el único que puede expresar el concepto general de soberano de un estado independientemente del pueblo al que gobierne, lo que también sucede actualmente en español con príncipe (cf. DRAE, s.v., acepción 4), en francés con prince, en italiano con principe o en inglés con prince. El vocabulario que designa al gobernante en estos autores presenta algunas novedadades léxicas respecto al empleado desde el inicio del régimen imperial en Roma y, sobre todo, innovaciones semánticas. Para nombrar al emperador romano emplean caesar, augustus, imperator y princeps. En algunas ocasiones es difícil determinar si caesar se refiere al nombre propio o al título, al sucesor designado, al uso concreto que tiene en la tetrarquía o al término genérico para emperador. Cuando aparece augustus también hay dificultad para distinguir si se trata del título honorífico o de la designación genérica del emperador, a lo cual se añade el uso específico como co-emperador que tiene en la tetrarquía. Quizá por esa mayor ambigüedad caesar y augustus son menos frecuentes con esa acepción. Sin embargo, imperator, que pasa de ser un cargo a ser praenomen con César y título con Augusto (de forma parecida a los dos vocablos anteriores), se convierte pronto en uno de los términos que prevalecen para designar al emperador, quizá por su relación etimológica con imperium e imperare. Princeps también es extraordinariamente frecuente con esta acepción, probablemente por no formar parte de ningún nombre propio, por su etimología transparente y por no presentar ambigüedad en su uso. La existencia de cuatro términos para designar al emperador puede deberse a una primitiva vacilación sobre el nombre que había que dar a la figu-ra que está al frente de la nueva forma de gobierno. Los cuatro son títulos que el emperador asume desde el primer momento. A medida que pasa el tiempo, caesar y augustus adquieren sentidos más específicos en detrimento de esta acepción. Sin embargo, imperator y princeps consolidan este sentido como el más importante. A la hora de nombrar al soberano de otros pueblos el vocablo clásico rex sigue siendo el más usado (excepcionalmente aparece una vez en Gregorio una referencia al imperator Persarum, que normalmente es denominado rex). También es frecuente el empleo de princeps, con un sentido más general, para designar a cualquier soberano, lo que constituye una novedad del latín tardío. Para llamar a reyezuelos o reyes de pequeños estados, recurren a términos menos frecuentes en latín clásico como regnator o regulus, cuyo empleo aumenta en historiadores tardíos y en autores cristianos, e incluso a términos tardíos, documentados ampliamente en autores cristianos y la Biblia, como subregulus o en historiadores como regalis. Para la consorte del emperador romano sólo se documenta el empleo de augusta, y regina para la consorte del soberano de otros pueblos. De modo que no hay ninguna variación respecto al latín clásico. El uso de estos términos es muy semejante en ambos historiadores. La única diferencia que merece ser constatada es que para nombrar a los soberanos de otros pueblos con términos distintos a rex o princeps, Jordanes utiliza vocablos que ya estaban presentes desde antiguo en la lengua latina, como regnator o regulus, mientras Gregorio recurre a innovaciones tardías como subregulus y regalis. Algunos de los términos estudiados terminaron desapareciendo con la propia lengua latina. Así sucede con los que designan al soberano de pequeños estados (regnator, regulus, subregulus y regalis). Otros se han conservado sólo para referirse a la época del Imperio Romano, como sucede con caesar (español césar e italiano cesare) y augustus (español augusto e italiano Augusto). Finalmente, una serie de vocablos continúan vigentes y productivos en las lenguas modernas en las que se siguen utilizando para designar al soberano de un estado de época antigua, pero también a monarcas de épocas más modernas e incluso actuales. Es el caso de imperator (español emperador, francés empereur, italiano imperatore, inglés emperor, etc), rex (español rey, francés roi, italiano re, etc.), regina (español reina, francés reine, italiano regina, etc.) y princeps (español príncipe, francés prince, italiano principe o inglés prince).
Estas comedias se clasifican dentro del grupo de las llamadas pseudouarronianae (cf. Paratore 1962, pp. 16-17). Forcellini las atribuye a Accio. 205) intenta explicarla poniéndola en relación con grupos de mujeres como los que suscitaron la promulgación del Senatus Consultum de Bacchanalibus. Axitiosa es un adjetivo aplicado a matronas que aparece en dos fragmentos de Plauto conservados por Varrón, quien interpreta el término como ab una agendo. Frente a esta interpretación tradicional y muy arraigada, hay otra mucho más adecuada y moderna que pone axitiosa en relación con axitia (Leumann 1921). Nuestro estudio indaga en la motivación de axitiosa no tanto desde los insuficientes datos positivos (no está claro qué es axitia, si bien parece un adminículo relativo a la toilette femenina) como desde el análisis en el contexto de los adjetivos en -osus y de las claves del discurso contra el adorno femenino desarrollado en la comedia. En todo caso, frente a la antigua etimología varroniana, donde la interpretación de axitiosa como "activista" o "partidista" es susceptible de modernas lecturas sociológicas, este trabajo va en la línea de lo propuesto por Leumann en el sentido de que se trate, más bien, de un término misógino, y trata de precisar más el sentido de "gastosas" y "estrafalarias", haciendo hincapié en la impropiedad que supone la aplicación de este adjetivo a las matronas romanas y en la insignificancia del objeto en cuestión. Dentro de los recursos léxicos dedicados en la comedia latina a la crítica misógina relativa al adorno femenino, ocupa un lugar destacado el adjetivo axitiosa, que se documenta tan sólo en dos fragmentos atribuidos a Plauto y 1 O la axitia, si interpretamos un femenino singular en lugar de un neutro plural. Como después veremos en el texto (7), no es posible descartar ninguna posibilidad. De esta forma, axitiosa sería una forma a partir de neutros en -io-, como vitiosus (Leumann 1977, p. 113-114 Lindsay) ------------ Estos fragmentos pueden aludir, al igual que ocurre con otros pasajes cómicos de Plauto y de Titinio, a la ley suntuaria conocida como Lex Oppia, cuya promulgación tuvo lugar en el año 215 y su abrogación en el 195 a.C. El término ha recibido dos interpretaciones bien diferentes: a) Un significado cercano al de 'activistas', como propone el mismo Varrón (axitiosas, ab una agendo), interpretación muy productiva en la tradición lexicográfica latina desde la Antigüedad hasta comienzos del siglo XX y susceptible de modernas lecturas de carácter sociológico relativas a la historia de la mujer en la Antigüedad, que verían aquí un indicio para poder hablar de grupos organizados de mujeres. b) Según la lexicografía del siglo XX a partir de Leumann, se trata de "mujeres que hacen un uso abusivo de los axitia 1 ", término este último cuyo significado concreto tampoco se conoce bien, al margen de lo que pueda deducirse por el contexto en que aparece (Plaut., Curc. En primer lugar (2.), vamos a revisar las razones por las que se defiende una y otra interpretación para luego, en (3.), analizar el término tanto en calidad de formación en -osus como a partir de los parámetros que hemos establecido en otros trabajos al estudiar el discurso misógino contra el ornato femenino en la comedia latina. En (4.), finalmente, daremos unas conclusiones del análisis. Interpretaciones antiguas y modernas de axitiosae Como hemos señalado, es Varrón quien, en el libro VII de su De lingua Latina, dedicado a las palabras de los poetas, recoge los dos únicos testimo-nios relativos a axitiosa, pertenecientes a las comedias Astraba (1) y Sitellitergo (2) 2, a lo que sigue, asimismo, una interpretación etimológica que parte de Claudio Cuadrigario: VII 66, ed. Goetz y Schoell) En esta explicación, hay tres aspectos distintos, aunque relacionados entre sí: en primer lugar, la interpretación de Cuadrigario (Clod., Gram. 6), que entiende axitiosae como consupplicatrices. En segundo lugar, y coherente con su método de indagación, la ratio, Varrón propone una etimología que pone axitiosa en relación con la palabra que entiende está más cercana formalmente, el verbo ago, para luego completar la semejanza formal con la de contenido. Finalmente, una vez establecido el parecido formal con ago, se atribuye un contenido relacionado con este verbo. Este contenido se completa mediante la analogía con el adjetivo factiosae, derivado de factio, y éste, a su vez, del verbo facio (factiosae es a facio lo que axitiosae sería a ago). La interpretación etimológica no deja de ser una buena intuición, pues parte, en principio, de la conciencia del grupo lexemático facio/ago (López Moreda 1987). No obstante, en lo que respecta a la relación entre axitiosae y factiosae, hay que hacer notar que factiosae no aparece atestiguado en Plauto para designar grupo de mujer alguno. De las tres acepciones que establece el OLD. (s.v.) 3, sólo las dos primeras están atestiguadas en Plauto: 1)'ocupado, activo' (lingua factiosi, inertes opera, Plaut., Bacch. 2)'que tiene muchos contactos' (ted esse hominem... factiosum, Plaut., Aul. 3)'que pertenece a una facción' (sentido atestiguado desde Cicerón). Entendemos que la definición varroniana presenta varios problemas. Para empezar, está la cuestión de la correspondencia de la definición de Claudio (consupplicatrices) 4 con la varroniana de factiosae ab una faciendo. Además de en este lugar, el término consupplicatrices no aparece más que en José Justo Escalígero se ha ganado un lugar propio dentro de la tradición lexicográfica como autor de los Coniectanea -impreso en 1565 -sobre el De lingua Latina de Varrón y de la edición de Festo (1575). En principio, no vemos más correspondencia entre consupplicatrices y ab una faciendo que la que pueda derivarse del valor de convergencia del preverbio com-, de lo que se puede deducir un grupo de mujeres que suplican en conjunto, lo que estaría más o menos en consonancia con la pretensión varroniana de que axitiosae sean las mujeres que llevan a cabo algo como grupo. A ello habría que unir el problema de la formación del término, dado que sobre la analogía de factiosae lo esperable sería actiosae. Por lo demás, tales incoherencias sugieren que podemos estar ante una de tantas interpretaciones forzadas de Varrón, que quizá no conozca a ciencia cierta el significado del término axitiosae. A pesar de los problemas expuestos, la derivación de axitiosae a partir de ago y con el significado de "activistas" fue objeto de continuidad indiscutida por la tradición lexicográfica latina: Como vemos, la línea interpretativa no sólo se continúa, sino que incluso se ahonda más en ella tratando de explicar los problemas morfológicos. En el testimonio de Festo, recogido por Paulo, la definición queda ampliada fantasiosamente también a los varones (si aceptamos la lectura de Escalígero 5 ), sin que haya ningún testimonio positivo para ello (W.H. s.v.). Cabe citar aquí un nuevo testimonio correspondiente a una glosa que da también cuenta del derrotero y fortuna de la definición varroniana: 6) Axitionum conspirationum, factionum Axitiosae consolatrices (TGE s.v., Goetz) La glosa es interesante, entre otras cosas, porque parte de la analogía entre axitiosa y factiosa señalada por Varrón para establecer una nueva entre factio y un supuesto término axitio, que bien podría corresponderse con axitia, que comentaremos más adelante. De esta forma, y dada la corresponden- Fay (1913, p. Asimismo, la definición de Claudio Cuadrigario parece derivar ahora desde consupplicatrices a consolatrices 6, creando, si cabe, una brecha aún mayor entre la ya difícil correspondencia del valor de factiosae con el de consupplicatrices. El desarrollo de la definición podría resumirse con el siguiente cuadro: En lo que a los lexicógrafos modernos respecta, Forcellini, Lewis-Short y Fay siguen todavía la interpretación tradicional: Forcellini (s.v.): «Adject. Finalmente, se ha recuperado la interpretación de axitiosae como "activistas", encaminada a dar cuenta de la posible existencia de grupos femeninos organizados en la Antigüedad, en trabajos relativos a la mujer en Roma 8. Sin embargo, lo que se toma como un testimonio léxico feminista "avant la lettre" puede ser, bien al contrario, una muestra de léxico misógino que no tiene nada que ver con la conciencia de formar un grupo. AXICIA) define así el término: «forbice da tosare: forfex, qua tondentur capilli. sentido, y frente a una arraigada tradición, los lexicógrafos del siglo XX, desde un penetrante trabajo de Leumann (1921), van a decantarse por poner en relación el adjetivo axitiosae con el sustantivo axitiaanxicia, como aparece en una glosa (10), o axicia, variante que recogen en sus diccionarios Forcellini y Lewis-Short, s.v., sin ponerla en ningún momento en relación con axitiosae -, objeto relacionado con el arreglo que sin demasiado fundamento se traduce por tijeras 9, si bien se han propuesto otras posibilidades, como espátula 10. El término en cuestión aparece en los siguientes versos del Gorgojo de Plauto puestos en boca de un lenón, que hace una cómica parodia de juramento: 7) at ita me uolsellae, pecten, speculum, calamistrum meum bene me amassint meaque axitia linteumque extersui, ut ego tua magnufica uerba neque istas tuas magnas minas non pluris facio quam ancillam meam quae latrinam lauat (Plaut., Curc. Las interpretaciones que van en esta línea son las dos siguientes: a) Mujeres "dispendiosas" Leumann (1921, p. Ernout tiene en cuenta esta interpretación, si bien con bastantes reservas: «M. Leumann, Glotta 11, 85, le traduit par kostspielig "dispendieux", sens possible, mais qui ne s 'impose pas» (Ernout 1949, p. Sens incertain», si bien ya relacionan abiertamente axitiosa con axitia y proponen una definición hipotética, «Dérivé de axitia "aimant les bijoux"?». La definición más reciente que conocemos es la del OLD (s.v.) 205) había visto que axitiosae connotaba extravagancia. in the use of axitia» 11, que, como puede verse, incluye en la definición de axitiosa el término axitia, mientras que éste se define como «an unidentified toilet article» (s.v. axitia). La interpretación de axitiosa a partir de axitia deriva por un doble camino, bien se entienda que lo excesivo es el gasto (a), bien el uso excesivo del adminículo en cuestión, calificado de extravagante (b). Sin embargo, la relación de axitia con axitiosa, si bien supone una interpretación bastante plausible, no termina de resolver la precisión semántica de ninguno de los dos términos, y es posible que, en el caso de que los axitia sean algo parecido a unas tijeras o instrumento de toilette, haya que revisar las definiciones de axitiosae desde el punto de vista del gasto o del uso excesivo. Como luego veremos, lo pertinente a la hora de analizar el adjetivo aplicado a matronas no va a ser tanto lo que significa exactamente axitia como lo que representa en calidad de objeto impropio de matronas. En definitiva, el estado de la cuestión puede resumirse en el cambio de interpretación de axitiosa a partir de agere para pasar a explicar el término desde axitia, con un llamativo cambio de significado, de "activistas" a "gastosas o extravagantes". Por lo que parece, la cuestión ha quedado en una suerte de callejón sin salida, dada la falta de datos positivos. No obstante, el recurso a informaciones indirectas, tales como el análisis del término axitiosa en el contexto de los demás derivados en -osus, especialmente los que aparecen en Plauto, y la contextualización del término dentro de la estructura del discurso misógino utilizado en la comedia latina contra el ornato femenino pueden darnos algunas nuevas claves interpretativas. Axitiosae como derivado en -osus dentro del contexto del discurso misógino contra el ornato femenino en la comedia latina Para empezar, lo poco que sí está claro es que axitiosa es un adjetivo aplicado en los dos fragmentos plautinos a mujeres, concretamente a esposas, y que el tono misógino bien puede permitirnos poner estos fragmentos en relación con los textos que conservamos relativos a las críticas contra el arreglo femenino. De hecho, hay claros parecidos de contenido entre (1) y las alusiones a los gastos que hacen los maridos en otros pasajes plautinos, así como entre (2) y pasajes como ut matronarum hic facta pernouit probe! Dentro del ámbito de la formación de palabras, nos parece muy acertada la triple división que Coseriu (1986, p. 170) establece entre la "modificación", que no supone cambio de clase de palabras (p.e., tego e in-tego, o ago y ag-ito), el "desarrollo", que sí implica cambio de clase (tunica y tunic-are, o uitium y uiti-osus), y la "composición", en la que intervienen normalmente dos lexemas (nau-fragrium). El adjetivo axitiosa, que bien pudiera ser un neologismo, como tantos de los creados ad hoc para criticar a las mujeres (en este sentido, son especialmente significativos Plaut.,, es un desarrollo sufijal 12 a partir del sustantivo axitia, del mismo tipo que uitiosus es un desarrollo del sustantivo uitium. Los términos en -osus son abundantes en el latín de Plauto 13. Estas formaciones derivan tanto de nombres abstractos -formosus o gloriosus -como concretos -(h)elleborosus o uinosus. Este segundo grupo se relaciona preferentemente con términos propios de las lenguas técnicas, como la de la agricultura o la medicina (Ernout 1949, pp. 79-80 y más recientemente Knox 1986), circunstancia que condiciona el hecho de que mientras en Catón hay una gran abundancia de formaciones de carácter técnico (fistulosus, fumosus, harenosus, herbosus...), en Plauto, la mayor parte de los términos pertenecen a nociones abstractas. El término axitiosa, como formación en -osus a partir de un término concreto (axitia) no pertenece, sin embargo, a ningún lenguaje técnico, a menos que así entendamos el grupo de los nombres de adminículos que designan los utensilios del arreglo personal. Al igual que ocurre con otros términos parecidos, como uinosa (Plaut., Curc. 79), también formado a partir de un término de carácter concreto, no debe perderse de vista una motivación irónica o paródica a la hora de crear un término que pretende tipificar una suerte de manía en las mujeres. Esta ironía, como veremos, nos va a proporcionar valiosas claves interpretativas. Para intentar acercarnos más a ese sentido irónico vamos a analizar ahora el término axitiosa en el contexto de los parámetros del discurso misógino contra el exceso ornamental femenino establecidos en otro lugar (García Jurado 14 En este sentido, pueden tomarse las denominaciones dadas por Tertuliano: Habitus feminae duplicem speciem cincumfert, cultum et ornatum. Tertuliano confiere a estas definiciones un claro sentido de moral cristiana, dado que relaciona el cultus con la ambitio y el ornatus con la prostitutio. En los tiempos de Plauto, sin embargo, el hecho de que la Lex Oppia estuviera referida exclusivamente al primer tipo, el que concierne al oro y la púrpura, debía de tener una lectura estrictamente patrimonial, dado que estos son bienes heredables y caros, frente a 1993). Estos parámetros son tres: El tipo de mujer al que va dirigida la crítica misógina, es decir, si se refiere a matronae o a meretrices. Esta es una diferencia importante. El discurso contra el exceso ornamental femenino en la comedia plautina viene motivado sobre todo por la Lex Oppia, cuya restricción estaba destinada al grupo de las matronas. No obstante, la comedia alude a ambas, si bien en el caso de las matronas se trata, preferentemente, de aspectos relativos al oro y la púrpura, mientras en el caso de la meretrices el contenido de la crítica va destinado a los afeites. La crítica al exceso ornamental, para la que se utilizan variados recursos léxicos (García Jurado 1992 y 1994), tales como la enumeración desmedida de prendas (Plaut., Aul. 229-233), la creación de hapax alusivos a la suficiencia o no del vestido (p.e. sub-parum / sub-nimium en Plaut., Epid. 232), la utilización de adverbios referentes a la suficiencia y el exceso (satis, nimis en Plaut., Poen. 214-215) y de preverbios con valor intensivo, como exen exorno (Plaut., Epid. También, en este mismo sentido, deben destacarse algunas expresiones hiperbólicas, tales como "ir vestida con una finca" (Plaut., Epid. Al margen de axitiosa, el único término en -osus alusivo al exceso ornamental femenino que hemos encontrado es luxuriosa, concretamente en Catón, referido a las esposas: 8) ne nimis luxuriosa siet (sc. uxor) (Cato, Agr. La diferencia entre axitiosa y luxuriosa es interesante, dado el carácter concreto del término de partida en el primer caso, y el carácter abstracto del segundo (luxus). A su vez, parece que el carácter de la crítica, aun teniendo en común un trasfondo misógino, no es el mismo, dado que Catón piensa en objetos verdaderamente lujosos (mulieres opertae auro purpuraque Cato, hist. 113) mientras que, como después veremos, los axitia no parecen ser más que algo insignificante. Los distintos contenidos del arreglo femenino tratados por la crítica, que podemos clasificar según dos tipos básicos 14: por una parte el cultus, es decir, EM LXII 2, 2004 los afeites y los cuidados personales, que son puramente fungibles y pasajeros. Cabe preguntarse si quien interpreta el papel de esposa es una meretriz. todo aquello que concierne a las joyas y los vestidos, especialmente la púrpura, que, por lo demás, constituyen el objeto propio de las restricciones de la Lex Oppia, y, por otra parte, el ornatus, que concierne al aseo y los cosméticos. Esta división nos permite encontrar textos relativos a uno u otro aspecto del arreglo femenino con unas características propias, especialmente en la preferencia por el tipo de mujer al que se aplican (el cultus a las matronas, como en Plaut., Aul. 498 y el ornatus a las meretrices, como en Plaut., Poen. Sobre esta asociación, es interesante estudiar los textos plautinos que aluden sin lugar a dudas a la Lex Oppia, bien a través de críticas a las meretrices (Plaut.,, bien puestos en boca de las mismas meretrices (Plaut,. Algo parecido puede estar presente, precisamente, en la denominación axitiosa. Revisemos ahora los fragmentos donde aparece recogido el término axitiosa desde los parámetros establecidos: Axitia tiene que ver con un adminículo destinado al aseo y arreglo personal (extersui), que probablemente no se lleva puesto después, como es el caso del oro y los vestidos, pero cuyos efectos en el arreglo femenino se dejan notar. 185, que considera esta glosa sin valor («Die Glosse ist nämlich wertlos») vio claro que axitia, axicia y anxicia eran variantes de un mismo término. este sentido, no deja de sorprendernos que, frente a lo más esperable, axitiosa, referido al ornatus, esté aplicado precisamente a matronas. Si bien no tiene más valor que el de ser una glosa, encontramos un testimonio donde una forma anxicia 16 se define como meretrix: 10) anxicia meretrix (GLG p.566,34, Por lo demás, la enumeración de objetos de toilette que se encuentran en (9) es comparable a otras que aparecen en diversos pasajes plautinos, como éste de la comedia Mostelaria, puesto en boca de una meretrix: En este sentido, el pasaje plautino antes citado (9) puede ofrecernos una información suplementaria que, a nuestro entender, no ha sido aprovechada. En efecto, no sólo es importante la constatación positiva de la aparición del término dentro de una serie de objetos destinados al arreglo personal, sino también la observación del contexto en el que se sitúa todo el pasaje. Se trata de un juramento paródico que hace un lenón, donde todo es despropor-cionado, dado que ni los objetos por los que jura son propios de un hombre (a menos que se trate de un afeminado) ni tampoco los objetos en sí son propios de un juramento. Aquello por lo que jura es, ciertamente, un conjunto de cosas insignificantes, absolutamente impropias, dado que la fórmula normal vendría dada por di me amassint: 597) Desde esta perspectiva de lo impropio, quizá no sea tan importante saber lo que eran exactamente los axitia como lo que simbolizaban a la hora de dar lugar al término axitiosae, destinado a referirse, probablemente de manera peyorativa y misógina, a un exceso impropio, precisamente, de matronas romanas. No se trata, por lo que podemos deducir, más que de un objeto de poca importancia (al menos, desde el punto de vista de los hombres), y posiblemente sea esa misma insignificancia la que va a motivar la creación del término, axitiosa, aplicado a una mujer que pone demasiado celo en una nadería (en cierto sentido, la motivación estaría cercana al gloriosus que se aplica a un miles vanidoso). De esta forma, la evolución semántica, especialmente cuando se parte de un término concreto, vendría determinada no tanto por lo que son los axitia en sí como por lo que representan a la hora de denominar despectivamente a una matrona romana como axitiosa. Hemos observado cómo en desarrollos sufijales en -osus a partir de términos concretos lo pertinente desde el punto de vista semántico es la atribución de una cualidad dada a partir la relación con ese término concreto, como podemos ver en otros usos tan plautinos como (h)elleborosus o vinosus. El primero es, en principio, "el que tiene gran deseo de heléboro", si bien lo pertinente es que cuando llamamos de esta manera a alguien le estamos atribuyendo la cualidad de la locura (Plaut., Most. 1006) o bien, en vinosus, aplicado a alguien "que tiene un gran deseo de vino", la cualidad general que se le aplica es la ebriedad (Plaut., Curc. De igual manera, cuando llamamos a una matrona axitiosa, decimos, en principio, "que tiene un gran deseo o hace un gasto excesivo de axitia", es decir, algo banal e impropio de ellas, probablemente parecido a lo que entendemos genéricamente por un capricho, entendido éste en su sentido más despectivo. De esta manera, lo que se quiere decir en definitiva es que se trata de mujeres "caprichosas", poseídas por el gusto de algo antojadizo e impropio de ellas, al menos desde el punto de vista masculino. Por ello, lo característico de la definición no estaría tanto en el gasto excesivo o en lo estrafalario de la ostentación, sino en lo impropio y aparentemente banal de un objeto de toilette. En definitiva, los anti-guos lexicógrafos no supieron o, más bien, no pudieron captar la ironía y la impropiedad que motivaba no sólo la creación del término, sino también su atribución a las matronas. En este sentido, si no se entiende la ironía del gasto excesivo (annonam caram) y la caracterización de toda una matrona merced a algo impropio de ella e intranscendente (quam axitiosa), se cae en una lectura plana y confusa, que es lo que probablemente ha dado lugar a la definición de Claudio Cuadrigario (consupplicatrices, si bien esta definición sería susceptible de una lectura también irónica -"las mujeres consideradas como un conjunto de caprichosas que piden sin cesar" -, frente a la solemnidad de la inscripción que citábamos en [4]). Por su parte, la interpretación de Varrón (ut factiosae) no deja de ofrecer una solución etimológica equivocada, pero muy ingeniosa. Analizadas, pues, las dos interpretaciones básicas que ha recibido axitiosae desde el siglo I a.C. hasta el XX, parece que la interpretación moderna, que relaciona el término con axitia, es mucho más acertada que la antigua interpretación varroniana a partir del verbo ago. No obstante, el desconocimiento de lo que es exactamente axitia supone un inconveniente para precisar el sentido del adjetivo axitiosa, al que se han atribuido los rasgos de "gasto excesivo" y de "uso estrafalario". Nuestra propuesta, basada en el análisis del término en el conjunto de los adjetivos en -osus y en el contexto del discurso misógino contra el ornato femenino en la comedia, revela indirectamente un rasgo que podemos definir como "lo impropio". En este sentido, el hecho de que la calificación de las matronas romanas como axitiosae sea algo inapropiado para ellas, y que el objeto designado por el término axitia tenga toda la apariencia de ser algo insignificante, nos sugiere que la importancia de esta denominación no está tanto en el objeto (no se trata de una joya o un rico vestido, que más bien nos haría pensar en mujeres luxuriosae) y que, por ello, tampoco se trata de una ostentación excesiva (téngase en cuenta que probablemente los axitia constituyen un tipo de objeto que sirve para el arreglo, pero que no se lleva puesto), sino, más bien, un deseo vehemente por algo más insustancial que nos pondría en la esfera de un capricho o antojo. La denominación, por lo demás, tendría, merced a ese carácter impropio, una intención irónica que luego no se entendió. Por su parte, la actualizada lectura sociológica de la interpretación varroniana, merced a la cual se deduce que un término como axitiosa da a entender la existencia
Sabemos que en diversas ocasiones de su producción, Aristófanes hizo referencia a sus ideas poéticas acerca de la comediografía 1. A partir de las ideas poéticas expresadas por el mismo Aristófanes a lo largo de su producción, según las cuales utiliza nuevas formas, además de los tópoi propios de la comedia, y busca no sólo delectare sino también prodesse, apuntando a un público "sabio, ingenioso" y "hábil, diestro", se replantea aquí la concepción poética de Nubes postulando que no es una tragicomedia o un híbrido sino que, tanto por sus componentes, su héroe, sus recursos y actitudes, Aristófanes la expone como ejemplo de trugw7 día, es decir, de una tragedia en disfraz de comedia, uniendo las dos máscaras del teatro, para destacar que su obra no es una mera distracción sino que trata con bromas un tema serio y relevante, digno de reflexión; con ella hizo algo intencionalmente distinto, para demostrar el peso cívico-social del género cómico así concebido y destacar a la vez la independencia y el propio valor de la comedia como contracara de la tragedia. 1) la comedia no debe restringirse únicamente a los tópoi habituales del género que, si bien han de incluirse, no deben ser excluyentes; el poeta debe, pues, innovar, añadir kainàj ±déaj (Nubes 547-8), o, al menos, eso es lo que hace él 2; 2) la comedia no tiene que apuntar simplemente al delectare sino aportar también elementos para un prodesse (cf. especialmente Acarnienses 655-8 y Ranas 1009-1010) 3; es decir, las kainàj ±déaj no han de referirse solamente a lo formal, a los recursos exteriores, sino también al contenido, e×rÉmata (cf. sofízomai en Nubes 547); 3) como consecuencia de las innovaciones e intenciones didácticas del poeta, este necesita que su público no sea fortikój 'vulgar' sino sofój y deciój, es decir,'sabio, ingenioso' y'diestro, hábil', para estar a la altura del sofój y deciój poeta (cf. Nubes 520, 521, 524, 526 y Ranas 17, 872 y 1104) 4. tecen lo antiguo y lo nuevo (kainà)" y se arriesguen "a decir algo sutil (leptón) e ingenioso (sofón)", sin temor, pues los espectadores "aprenden las habilidades (tà deciá)" y "son ingeniosos" (3⁄4ntwn sofÔn). Es importante que el dios del teatro espera esto de ambos poetas, el 'tradicionalista' y el 'innovador' y que, con tales premisas, declara vencedor al 'tradicionalista': no está sopesando entonces las habilidades artísticas en cuanto a la forma sino más bien los 'valores' axiológicos transmitidos en sus obras, y opta entonces por Esquilo porque este exalta virtudes que favorecen a la pólij. Creemos que ciertamente diferencia su arte de la tragedia, pero no porque esta sea corrupta y sofística; es más, pensamos que tras sus habituales bromas, Aristófanes admira a Eurípides en cuanto a técnica, técnica que él mismo adopta, a pesar de censurar los "ejemplos" míticos del tragediógrafo, que pueden socavar valores en un público no deciój ni sofój. Aristófanes sostiene que estos criterios lo diferencian del grueso de los poetas y diferencian también su producción de la comediografía tradicional. A tal punto cree esto que inventa, para designar su obra, el término trugw7 día, "canto del vino" o "de la vendimia" 5. Más allá de su significado etimológico, es claro que Aristófanes remeda con este sustantivo el nombre de la tragw7 día, sugiriendo que su comedia no es como las demás, sino que tiene un rango diverso, que la pone a la altura de la otra vertiente dramática griega, la tragedia 6, sin duda de más peso y más valorada dado que, en los certámenes del siglo V a. C., se presentaban tres tragedias por autor, es decir, nueve en total, frente a una sola comedia por poeta (tres en total). Por eso es que en Acarnienses 498-500 el corifeo dice en nombre del comediógrafo: bién su ubicación en el esquema de la pieza 9 y llega a poner dos parabáseij (Nubes 518 ss. y 1115 ss.); lo mismo ocurre con el'gÓn, ausente en Acarnienses, Paz y Tesmoforiantes y doble en Nubes (950 ss. y 1345 ss.), con estructura totalmente libre en Aves, donde no hay verdadero'ntepírrhma; no hay unidad de lugar en Lisístrata ni en Ranas; en esta última presenta un coro de ranas y otro de iniciados y, en Lisístrata, un semicoro de mujeres y uno de ancianos; los prólogos tienen estructura diversa, algunos con metros líricos incluidos (Paz, Aves, Tesmoforiantes, Ranas) 10; es muy variable la entrada y salida de personajes, con omisión de anuncios y con regreso inesperado del que acaba de salir 11. En cuanto al contenido, nos parece claro que la comedia aristofánica no pretende simplemente hacer reír sino también hacer que el público reflexione sobre temas relevantes como la guerra y sus consecuencias económicas y sociales (Acarnienses, Paz, Lisístrata), sobre los demagogos y su relación con el pueblo supuestamente soberano (Caballeros), sobre la retórica-sofística y el peligro que implica para los valores de la sociedad y para la organización política (Nubes) 12, sobre el ejercicio de la justicia en los tribunales democráticos (Avispas), sobre las tendencias imperialistas que puede esconder una democracia (Aves), sobre el peso de la tragediografía en la sociedad (Tesmoforias), sobre la importancia de la literatura en la vida de la pólij (Ranas), sobre la necesidad de modificar criterios y prácticas políticas y económicas (Asambleístas, Riqueza). De tal manera, la comedia no tiene un peso menor en la formación de opinión... siempre y cuando el público sea sofój y deciój 13. público debía de ser participativo, dadas las reiteradas referencias a él por parte de los personajes de Aristófanes (no cree que haya habido distintos chistes para distintos niveles de público). Nos parece poco probable que Aristófanes haya pretendido, en plena democracia, inducir a que su público se considere una élite, ni siquiera intelectual (cf. oÐ kwmÔ de Nubes 545); creemos que el poeta no se dirige a un solo sector del público ni está adulando al total, sino que exhorta a todos a que afinen su intelección como él afina su arte; cree capaz de ello a su audiencia. Sentada esta posición intencional del poeta, pensamos que Nubes es el ensayo más acabado de trugw7 día, a tal punto que su concepción es trágica más allá de una apariencia externa de comedia. D. Ambrosino 14, en su estudio sobre las implicancias políticas del asunto de Nubes, particularmente en lo relativo al compromiso pueblo-aristocracia representado por la boda entre Estrepsíades y la sobrina de Megacles, señaló al pasar algunos rasgos que apuntan a esta concepción trágica: Cf. pp. 93,100,102,117. 20 Recordemos que la comedia comparte elementos con la tragedia: prólogo, párodoj, oecodoj; los diálogos y cantos corales corresponden a los episodios y stásima de la tragedia. 22 Hay también en Nubes motivos literarios habituales de la comedia: corridas y persecuciones, pereza del esclavo, alusiones al robo, la usura, la avaricia, la guerra dañina, severidad EMERITA (EM) LXXIV 1, enero-junio 2006 pp. 89-112 ISSN 0013-6662 pieza es «a tragi-comedy» (p. 88 opinó que el final de Nubes está «far more at home in Tragedy than in Comedy», en lo que concuerda J. Peter Euben 1996, p. 148 enumeró diversos pasajes del corpus aristofánico que comparan la comedia con rasgos de tragedias 17; L. Edmunds, por la suya, señaló que las nubes asumen una «high tragic solemnity» en su censura de Estrepsíades (1452 ss.), que él considera irónica, y mencionó que el personaje cae en la ruina por haber creído en ellas 18. K. Reckford 1976 advirtió que «reversal and recognition come close to tragedy» y que la pelea padre-hijo podría ser trágica, aunque para él solo se llega a un final absurdo y humillante, con el triunfo del "payaso" Estrepsíades 19. A partir de estas ideas, pensamos que no es meramente casual que haya un exceso ultrajante, un error, patetismo o una marcha ineludible hacia un fin. Creemos que Aristófanes quiso presentar la situación de Nubes como una tragedia disfrazada de comedia, es decir, como una trugw7 día. Desarrollaremos, para demostrar esta afirmación, algunos rasgos que consideramos destacables y discutiremos opiniones avanzadas por la crítica. Es claro que la obra tiene la estructura de una comedia 20, no solo porque admita en escena una violencia no permitida por la tragedia 21 cuando Estrepsíades es verdaderamente golpeado por su hijo, sino porque contiene elementos exclusivos del género, como el coro disfrazado (en este caso no de animales sino de diosas de la naturaleza) y la parábasij que interrumpe la secuencia del asunto. Las bromas, las groserías, el 1⁄2nomastì kwmw7 deîn, la paratragedia, son recursos típicos de la comedia y no de la tragedia 22. paterna, hijos como causa de amarguras, hijo descarriado, temor a la ruina económica, etc., etc. Cf. 167 ss. señaló, empero, anormalidades estructurales frente a una comedia "habitual": Estrepsíades debería haber aprendido de modo que, después de la parábasis, aparecieran los acreedores derrotados como preparativo de un festejo final; el agón padre-hijo debería preceder la entrada de Pheidippídes a la escuela y postergar así la parábasis. Pero la obra tiene dos agones, dos parabáseij, prólogo con dos secciones, párodoj con preanuncio en off y diálogo lírico con Estrepsíades. La expulsión del campesino de la escuela lleva a un nuevo comienzo: un nuevo prólogo con dos secciones, un agón y, tras la segunda parábasis, es el padre, no el joven, quien echa a los acreedores usando violencia. No obstante esta indudable caracterización cómica, Nubes es una comedia "rara", "distinta". Por lo pronto, su "héroe" o "antihéroe" no triunfa en sus pretensiones, al igual que en Tesmoforiantes, donde el pariente de Eurípides tampoco logra su cometido; en las otras comedias, en cambio, el personaje central sale más o menos triunfante. 309 dice que en una comedia, la gente "like us" gana y el malo arrogante pierde. Cabe preguntarse quién es "como nosotros" en Nubes: ¿Estrepsíades, que pretende tergiversar las leyes a cualquier costo en beneficio propio? 23 ¿El Discurso Más Débil, que enseña a Fidípides a trastocar toda argumentación? Por otra parte, ¿quién gana en Nubes? Si Estrepsíades es "el pueblo", Aristófanes parece criticarlo y el "héroe" termina escarmentado. Si realmente el público no aprobó la pieza, quizás Nubes no triunfó por esta crítica social y no solamente porque la audiencia no entendió la distinción "broma a Sócrates" / "censura a la sofística". Esto puede aplicarse a varias No concordamos con K. Reckford 1991, p. 136, para quien Estrepsíades muestra a los atenienses que ellos deben ser como él, es decir, "resilientes", resistentes a toda humillación y frustración, con capacidad para superarlas. Pensamos que eso puede mostrarlo un Diceópolis, pero no Estrepsíades. 122), que la ambigüedad de Aristófanes deja que el público juzgue como impío a Sócrates y que los personajes positivos estén contaminados de sofística (p. Pensamos que Estrepsíades se contamina de sofística para mostrar qué no debe ser hecho y que la pieza muestra una diferencia entre la reflexión socrática, que intenta apartar a Estrepsíades de sus intereses ilegales, y el lógoj ¬ttwn que permite violar la ley. Parece claro que si Estrepsíades no es "héroe positivo" es porque no se trata de un típico personaje cómico. Estrepsíades tiene mala conducta y es escarmentado, aunque el chivo expiatorio es Sócrates, personaje de base 'no ficticia' si bien caricaturizado; sin embargo de este castigo final contra Sócrates, no parece que Estrepsíades sea propuesto como ideal sino como advertencia de lo que NO hay que hacer 25. Así, pues, según la línea afirmada por J. Henderson, Nubes también se escapa de las "normas" y resulta una comedia extraña. P. Pucci 1960, pp. 117 ss. sostuvo que Aristófanes siempre presenta como "héroes" a desertores, corruptos, locos, anárquicos, personas que en principio violan el nómoj momentáneamente para en realidad defenderlo y eliminar sus defectos; "héroes" que usan mucho de la Øbrij dialéctica del lógoj ¬ttwn. Pensamos que Aristófanes presenta personajes que deben recurrir a una acción absurda o hiperbólica para lograr un cambio sustancial en la pólij. Si ese personaje "heroico" es alguien que se presenta como inicialmente contrario a la pólij y a las costumbres patrias, se podría pensar que en Nubes es Sócrates el héroe, pues él parece ser el innovador; sin embargo, es Estrepsíades quien quiere violar los nómoi y recurre infructuosamente a Sócrates. Si el personaje "heroico" usa la Øbrij dialéctica del lógoj ¬ttwn, entonces lo sería Fidípides, pues este pretende demostrar que es justo golpear a los padres 26. Nos parece que, de acuerdo con este análisis, también es evidente que el "héroe cómico" presenta en Nubes una gran dificultad. ¿Puede Estrepsíades ser considerado un personaje "trágico"? Para el erudito, Aristófanes presenta temas prominentes de la Hécabe de Eurípides (desmoralización, pérdida de valores) pero «transmutes tragic pity and terror into comic laughter and comic reassurance». Reconoce, sin embargo, que "corre el peligro de ser" héroe trágico o paratrágico o "trygic" (p. Nos llama la atención que el estudioso, quien buscó muchas asociaciones entre este mito y la comedia (que Ixión fue purificado pero vuelve a cometer Øbrij, que se acuesta con un nube en forma de Hera, que la familia de stréfw puede aludir a la rueda a la que es atado Ixión, que hay vínculos léxicos), no mencione que el "argumento sofístico" que supone dado por Ixión (que si Zeus actuó como lo hizo con su esposa, cómo no haría lo mismo él, un mortal, cf. p. 11, interpreta que este sería un 'tercer discurso' y que no es claro por qué sería una alternativa. Pensamos que Estrepsíades se refiere al lógoj ¬ttwn, el segundo discurso o argumentación, porque en realidad es este el que le interesa, pues se ocupa de asuntos injustos tergiversando las leyes mediante sofismas. De ahí que la propuesta de P. Pucci de considerar interpolados los vv. Sobre el problema textual que hay aquí cf. P. Cavallero 2005. Además, el personaje, para ser 'trágico' según A. Lesky, debe ser consciente de que marcha hacia su destrucción o hacia algo que puede perjudicarlo, y, empero, no puede evitar hacerlo porque ese camino está impuesto por su propio carácter o por sus criterios o valores, como en los casos típicos de Edipo o de Antígona, o mantiene su proceder con cierto empecinamiento. Estrepsíades está cegado por las deudas; intenta que su hijo vaya al frontis-tÉrion y este se niega; va él mismo y resulta un fracaso; sin embargo, insiste y obliga a su hijo a asistir a las clases (860 ss.) y, conscientemente, declara que le interesa que al menos aprenda el Discurso Más Débil,'peor' o 'injusto' (v. 885) 30 y rechaza la posibilidad que le da el mismo lógoj ¬ttwn tras el'gÓn, cuando le pregunta si deja a su hijo para que él lo instruya o si se lo lleva a casa (1105-6) 31. Aquí aparece la ironía trágica, cuando el mismo Fidípides le advierte que se arrepentirá (865): Por cierto con el tiempo, alguna vez vas a sufrir por esto 32. Anticipo no solo del castigo corporal con que el joven va a vengarse de su padre amparado en sofismas retóricos, sino también del castigo que implica el no haber evadido las deudas y haber agravado su relación con los acreedores maltratados, anticipo que coincide con el del corifeo en 1113, dicho en aparte al concluir el primer'gÓn ("Creo que vas a arrepentirte de esto" 33 ) y con el anuncio de un inminente castigo para el campesino, dicho por el coro en 1307-1320. Pero el anticipo de Fidípides resulta una ironía trágica porque, si bien no sabemos qué será de él ni parece estar en el fron-Además, si como opina L. Edmunds 1985, p. 222, la nariz es símbolo de engaño y a ello alude la referencia a las narices de las Nubes (v. 344), entonces Estrepsiádes está afectado por ƒth al no comprender que pueden engañarlo en la supuesta ayuda que le ofrecen. tistÉrion en el momento del incendio (Sócrates lo despide en v. 1169 poniendo distancia de él y Fidípides no queda incorporado a la 'escuela'), queda claro que su padre conoce y denuncia sus tácticas, aunque se muestre violentamente impotente para combatirlas. Además, tal como Estrepsíades se lo anuncia ya en el v. 4034, las deudas van a volverse contra el mismo Fidípides alguna vez, sea porque deba heredarlas él, sea porque quede en la ruina toda la familia. Así, entonces, Estrepsíades se parece a un Creonte que, empecinado en una conducta errónea, ante los perjuicios de su proceder, no atina a modificarlo hasta que ya es demasiado tarde. Estrepsíades procede con ƒth, con un enceguecimiento que no le deja ver la burla que le hacen las Nubes cuando se le explica que ellas se mimetizan con lo que ven (346 ss.): si ven a un pederasta se hacen centauros; si ven a un ladrón, lobos; si ven a un cobarde, se tornan ciervos; si ven a un homosexual, toman el aspecto de mujeres; asimismo, si ven que Estrepsíades es deshonesto e intenta infringir las leyes, se harán como él 35. Pero Estrepsíades no ve esto, solo ve sus deudas y pretende anularlas a cualquier precio. 132 el desastre de Estrepsíades «was more a comic 'páth than a tragic ƒth». Sin embargo, el motivo del engaño, si bien es tradicional en la comedia, habitualmente perjudica a los enemigos del "héroe", salvo que sea meramente episódico 36: en este aspecto del engaño, Nubes también se aleja del género. Estrepsíades, entonces, aun sabiendo que elige un recurso "injusto", que se fuerza a sí mismo inútilmente y que coacciona a su hijo, sigue adelante con su plan. Por otra parte, A. Lesky plantea que una tragedia puede responder a tres esquemas diversos: una visión absolutamente trágica del mundo, un conflicto trágico absoluto o una situación trágica. En el caso de Estrepsíades, nos hallaríamos en la "situación trágica", la de tener que resolver su problema de deudas, sea afrontándolas legalmente o eludiéndolas ilegalmente; situación trágica porque la primera posibilidad implica un esfuerzo enorme y el riesgo de ruina total, y la segunda implica quebrar su habitual estado de campesino tranquilo (vv. 43 ss. y la imagen 'teñir su naturaleza' empleada newtéroij tÈn fúsin a×toû prágmasin xrwtízetai. por el Coro respecto de él en v. 516 37 ) y ponerse a practicar lo que no sabe y a desafiar las leyes. Pero esta situación se remonta a otra peor, que es la del casamiento con una aristócrata acostumbrada a una vida de lujos y placeres: este hecho aparece relatado en el prólogo y queda fuera de la economía de la obra, imposible de ser modificado pero gravitante sobre ella, como el oráculo que pesaba sobre Edipo. La solución buscada por Estrepsíades podría ser equiparable a la de Diceópolis en Acarnienses, en la medida en que este también se aparta de las decisiones de su pólij y pacta una tregua personal; pero allí el bienestar de Diceópolis no daña al resto sino que se presenta como un incentivo digno de ser imitado, mientras que Estrepsíades viola las leyes, perjudica a sus acreedores y, además de no lograr su intención, es censurado abiertamente por las diosas, quienes emiten la explicación como una sentencia divina inusitada en la comediografía (1454-5): Vos mismo por cierto sos culpable de esto, por haberte volcado hacia asuntos sucios 38. Además, el absurdo cómico que representa la tregua personal de Diceópolis o la asunción del poder por parte de mujeres disfrazadas no se da aquí: el tergiversar las leyes mediante argumentos sofistas es una posibilidad real en los tribunales, no un absurdo hiperbólico. Aunque el término aparece poco 39, la Øbrij de Estrepsíades es presentada desde el comienzo: M. Marianetti 1992, p. 85 califica como "infatuation" su casamiento con una aristócrata y su deseo de vivir por encima de sus posibilidades; además, él pretende vincular a su hijo con gente de otro tipo, si bien los del frontistÉrion son kaloì kaì'gaqoí, como lo es Fidípides por sus costumbres, pero este los rechaza en principio porque no valora lo intelectual del frontistÉrion sino que desprecia su suciedad, su pobreza, su charlatanería (cf. v. 102 ponhroí,'lázonej) 40; también comete Øbrij el campesino cuando pretende él mismo, que se sabe poco memorioso (129-130, 484-eÖ g', ae kakodaímonej, tí káqhsq''bélteroi, amétera kérdh tÔn sofÔn. 3⁄4ntej líqoi,'riqmój, próbat' ƒllwj,'mforÊj nenhsménoi? 5), acceder a las artes de las Nubes, es decir, del lenguaje capaz de defender la verdad o de tergiversarla, y toma así una decisión riesgosa, pretendiendo además manejar a gusto el arte divino; comete Øbrij cuando, instruido ya su hijo, desprecia al público diciéndole: ¡Desdichados! ¿Por qué están sentados como estúpidos, ustedes, ventajas para nosotros los ingeniosos, piedras, número, mero rebaño, ánforas amontonadas? (1201-3) 41. Lo cual contiene, no obstante la agresividad y el posible tono jocoso, una verdad profunda aplicable en los insultos a él, que también es víctima, pero, en la idea del 'aprovechamiento' (kérdh), contiene una verdad aplicable a los sofoí, los ingeniosos retóricos-sofistas faltos de ética que, mediante los artificios del lenguaje, conducen a la masa por las narices; también -y sobre todo -comete Øbrij Estrepsíades cuando acusa a las diosas Nubes de ser responsables de su situación (1452-3); y comete Øbrij asimismo cuando recurre a la violencia vengativa, amparado en el supuesto consejo de Hermes (1478 ss.). Esto aparece como una especie de deus ex machina de habitual uso trágico. Como suele ocurrir, esta Øbrij provoca una ‰martía 42, a la que D. Ambrosino hizo referencia, opinando que el error fue darle a su hijo herramientas para dominarlo; quizás, dado que él mismo obligó a su hijo a instruirse, más exactamente el error fue pensar que el hijo usaría esas herramientas a favor del padre y no a su antojo o provecho personal. Esta ‰martía es irónica porque su resultado se vuelve contra él exactamente del mismo modo en que él planeaba ultrajar a los demás. Al incurrir en ‰martía, Estrepsíades experimenta una peripéteia, es decir, un incidente imprevisto que torna la supuesta felicidad en desgracia. Esta caída estaba anunciada por las irónicas sugerencias del coro relativas a la disponibilidad del campesino, que encierran el castigo (804-812), y que culminan con la advertencia "Puede ocurrir que las cosas se den vuelta en otro sentido" 43. La peripecia se da cuando Estrepsíades acababa de hacer alarde de su pretensa superioridad sobre los Acreedores, en una actitud que nos re-M. 218 junto con el de Knemon en Dýskolos 713; el caso de la pieza de Menandro da otra prueba del influjo de la tragedia en la néa. LXXIV 1, enero-junio 2006 pp. 89-112 ISSN 0013-6662 cuerda la de Yocasta cuando descree de los oráculos 44, y casi inmediatamente, después del stásimon sobre la Øbrij, llega el mensajero de Corinto que inicia la revelación contraria 45; tras ese alarde del campesino, también después de un canto coral, el que anuncia la necesidad de un castigo para el so-fistÉj (1309), entra el mismo Estrepsíades huyendo de los golpes de su hijo (1321 ss.) y debe entonces afrontar el segundo'gÓn de la pieza, en el que argumenta inútilmente, pues su hijo lo derrotará con hábiles pero sofísticas refutaciones. El coro, en la ã7 dÉ que inicia el'gÓn propiamente dicho (1345 ss.), le da a entender que es responsabilidad suya lo ocurrido y que, habiéndose equivocado, vea ahora cómo arreglar el asunto. Tuya es la tarea, anciano, de pensar cómo vas a dominar a este hombre: porque este, si no hubiera sido persuadido por alguien, no sería tan maleducado. Pero hay algo que lo envalentona: es evidente la arrogancia de este hombre 46. De tal modo, producida la peripecia, el coro divino anticipa la responsabilidad del personaje trágico, que queda confirmada por su derrota en el'gÓn. Faltaba a nuestro trágico Estrepsíades realizar su'nagnÓrisij, es decir, el reconocimiento de su situación, si no de su identidad: Estrepsíades debía reconocer la gravedad de la situación a la que arribó, como hace Creonte en Antígona 1272 47 o como hace Admeto en Alceste 940. El campesino llega a esto en el 'ntipnîgoj del segundo' gÓn cuando, ante el argumento de que es necesario golpear también a las madres, manda al Báratro a su hijo y a Sócrates y al lógoj ¬ttwn (1447-1451). Sin embargo, no se reconoce a sí mismo como responsable del hecho, sino que acusa a las diosas Nubes ("Por ustedes, Nubes, sufro yo esto, después de confiarles todos mis asuntos" 1452-3); y cuando ellas lo declaran culpable (a2tioj 1454) por tornarse a asuntos sucios, él se reconoce inepto (rústico y viejo: ƒgroikon kaì géronta Marianetti 1992, p. 85, que el campesino también le echó la culpa de su casamiento a la casamentera y de los gustos de Fidípides a su esposa: Estrepsíades no reconoce sus errores. 362 cree que Estrepsíades se vuelve religioso de pronto y que eso no resulta convincente. Estrepsíades no evoluciona en esto: sus creencias en los dioses siguen siendo las mismas (siguió jurando por Zeus a pesar de las divinidades del frontistÉrion); no hay una "conversión" sino un "darse cuenta" de que las acciones no se adecuaban a las creencias. Cuando ellas explican que proceden así siempre que alguien procede como él, para enseñarle a temer a los dioses (y por lo tanto, a respetar las leyes establecidas), sólo entonces dice Estrepsíades: ¡Ay, Nubes!, es malo pero justo, porque no debía yo birlar la plata que había pedido prestada (1462-4) 48. Empero, aunque reconoce su mal proceder, no reconoce que él tuvo la idea de usar en su beneficio el lógoj ¬ttwn; traslada la culpa "al roñoso de Querefonte y a Sócrates" (1465) 49, quien intentó disuadirlo repetidamente de dedicarse a esos intereses; y aunque reconoce su "chifladura" (paranoíaj) y su locura (šmainómhn 1476) por haber ultrajado a los dioses (y, con ello, a la Díkh) 50, usa el incendio del frontistÉrion como un deus ex machina sugerido supuestamente por Hermes, el dios del comercio y de los engaños, el dios que robó las reses a Apolo, para transferir a otros su propio castigo. Cuando dice "y hoy voy a hacer que alguno de ellos pague su castigo, aunque sean muy fanfarrones" (1491-2) 51, parece sugerir que simplemente descarga su impotencia contra alguien, si bien sabe en el fondo que no son ellos los culpables. La'nagnÓrisij, pues, es trágica porque lo hace totalmente consciente de su caída y de su impotencia para revertirla. E. Kopff 1977 afirmó que en el incendio final Sócrates es muerto y que esto representa la aversión de Aristófanes por el filósofo, muerte que fue rechazada luego por F. Harvey 1981 y por M. Davies 1990. En una comedia pura sería imposible una muerte; en una tragedia es posible que se la dé a entender, aunque no aparezca en escena y se oigan voces en off, como en el caso de los hijos de Medea o en el de Agamenón y Casandra. 1385 y 1389, en el pnîgoj del segundo'gÓn, cuando Estrepsíades dice "y ahora vos, ahogándome ('págxwn, en infectivo) a pesar de que yo gritaba y vociferaba que tenía ganas de cagar, no te atrevías a llevarme afuera, ¡roñoso!, a la puerta, sino que, acogotándome (pnigómenoj, en infectivo), ahí mismo me hice caca". Los participios en infectivo señalan que la acción "se hacía", "estaba cumpliéndose" porque Pheidippídes realmente golpeaba a su padre. 340 s. argumentó que solo un paralelo trágico tiene los verbos en futuro (Eurípides, Antíope fr. 56 Page) y precisamente en él la posible víctima no muere; que los términos o2moi, deílaoij, tálaj, kakodaímwn, son típicamente cómicos y utilizados en contextos que no implican muerte, como'poleîj, y que díwke se usa en Caballeros cuando el coro persigue a Cleón. También destaca que nada en el texto sugiere que la puerta de casa esté bloqueada, como para impedir la huida. En cuanto a M. Davies 1990, quien retoma trabajos de Meuli inaccesibles a nosotros, se inclina por interpretar que el objetivo es derruir el techo para hacer inhabitable la casa, porque lo que se busca es una evacuación más que la muerte de sus habitantes; que no hay linchamiento sino 'justicia popular' presentada como alternativa a una legislación represiva. Destacamos que Fidípides no parece estar en el fron-tistÉrion: Sócrates lo despide gustosamente en 1169, Estrepsíades entra con su hijo a su casa para festejar en 1212, sale golpeado por él de su propia casa en 1321 y, en 1475, después del segundo'gÓn, nada sugiere que Fidípides, en vez de volver a su casa, entre al frontistÉrion, donde no tiene ya nada que hacer; tampoco hay indicación de que el joven se queje por el asalto al frontistÉrion o que sea él alguno de los discípulos que lo hacen. Por lo tanto, Estrepsíades no piensa que puede dañar a su hijo si ataca el frontistÉrion porque Fidípides no está allí. -Véase ahora C. una trugw7 día como esta, que tiene en escena, a lo largo de la pieza, la puerta de casa de Sócrates, a cuyo techo se suben un esclavo (1485) y el mismo Estrepsíades (cf. 1501), parece lógico pensar que, aunque el incendio sea efectuado, los ocupantes escapen al comenzar el derrumbe así como los mismos atacantes debieron bajarse del techo para no sufrir los efectos del incendio: de ahí que los verbos "voy a afixiarme"'popnigÉsomai (1504) y "voy a achicharrarme" katakauqÉsomai (1505) aparezcan en futuro como acción no consumada sino como un temor 52, y que Estrepsíades dé la orden "perseguí, echá, pegá" (1508) con imperativos de infectivo, verbos que sugieren claramente una corrida, una persecución duradera no para detener a los que huyen sino para expulsarlos a golpes y posiblemente continuarla a modo de oecodoj 53. Llama la atención que M. Silk 2000 insista en la muerte de Sócrates, censure en F. Harvey y en M. Davies el recurrir a pruebas ajenas a Nubes y, sobre todo, que él mismo afirme que el futuro'popnigÉsomai indica «una señal directa de la inminencia de la muerte» y pretenda apoyar esta interpretación con un pasaje de Heródoto cuyo verbo está nada menos que en aoristo 54. Pensamos nosotros, en cambio, que aquí habría una combinación de efectos trágicos limitados a las convenciones dramáticas que evitan la muerte en escena pero sí admiten golpes en una comedia. De tal modo, el final es más cómico que trágico. En realidad resulta casi grotesco, porque pretende hacer reír o, al menos, sonreír 55, cuando el crimen del incendio es una venganza inútil 56 y cuando la situación de Estrepsíades es triste: triste por lo que hizo y por lo que le espera. Más trágico es para el público si, sofój y deciój, se reconoce al menos por aproximación en el héroe burlado. C. Franco señaló que todo elemento que resultase "raro" para una comedia era asociado a la tragedia 57: así, por ejemplo, la invocación que hace Sócrates al coro de Nubes (263 ss.) contiene un cambio de tono y de métrica, una solemnidad religiosa que vincula con lo trágico; el mismo lenguaje de Sócrates resulta de un nivel diverso del de Estrepsíades, más elevado y "culto", más "técnico" y carente de groserías. Ciertos vocablos que Franco menciona como típicos de la parodia trágica, aparecen en Nubes pero no precisamente en pasajes que puedan ser considerados de paratragedia: sófisma, por ejemplo, mhxánhma, póroj; sófisma es usado por Estrepsíades al considerar una 'invención' democrática el hecho de poder medir la tierra de todos (v. 205), lo cual es una alusión política; mhxanÉ aparece en boca de Sócrates (479) cuando ofrece al pretenso aprendiz "herramientas", "mecanismos", "tácticas" para su crecimiento personal, y Estrepsíades lo interpreta literalmente como vocabulario bélico y piensa en intenciones agresivas por parte del maestro; Sócrates califica como ƒporoj "falto de recursos" a su alumno, además de rústico, torpe y olvidadizo (629); el coro llama ƒporon una situación sin salida que requiera otra reflexión (702), actitud que también Sócrates le aconseja con el verbo'poréw en v. 59 P. Thiercy 1987, pp. 179 ss. ubica la relación del público hacia el coro de Nubes en el tipo público-testigo, es decir, en aquella en la que el coro no representa al público, como se da también en Aves y Ranas, y observa que las Nubes actúan como un coro trágico que castiga la Øbrij de Estrepsíades y de Sócrates, pero el público no es árbitro porque no puede ni asociarse ni sustituir al coro. P. Pucci 1960, pp. 41-42 clasifica los coros aristofanescos como a) cómplices del héroe y voceros del poeta desde el principio, b) adversarios primero pero cómplices a partir de un'gÓn. En Nubes habría una posición ambigua al comienzo y, tras el'gÓn, apoyaría a Estrepsíades como salvable, «ma in pratica manca nelle Nuvole l' eroe positivo, e ciò le rende uno dei più moderni drammi di Aristofane, perchè le idee del poeta sono diventate tutte personaggi, e come nel caso delle nuvole, personaggi contradditori». las connotaciones trágicas que pueden tener estos vocablos no se aplican a pasajes en los que haya parodia de otras piezas dramáticas 58 sino a la situación misma del personaje: resulta "trágicamente" grotesco que Estrepsíades piense que la agrimensura es dhmotikón por el hecho de aplicarse a toda la tierra, así como es grotesco que interprete literalmente toda metáfora y no tenga capacidad intelectual para resolver situaciones complejas. Se apuntaría así a que es trágico en tanto "conflicto sin salida" que el pueblo representado por Estrepsíades no halle recursos para salir de su situación y se ilusione con soluciones mágicas. Por otra parte, podemos añadir, en este aspecto del lenguaje, que el hecho mismo de que el coro esté compuesto por diosas de la naturaleza lo acerca más al ámbito de lo trágico que al de lo cómico 59, como así también su lenguaje con compuestos de estilo esquileo: 1⁄2mbrofóroi (299), poluératon (301), mustodókoj (303). Estos aspectos grotescos, que disfrazan de comedia algo profundamente trágico, hacen al páqoj tan propio de la tragedia. Es patético que Estrepsíades se vea inerme ante la situación y solo alcance a recurrir a la violencia autojustificada, es decir, a usar los mismos métodos empleados por Fidípides para imponerse a su padre; así como es patético que Estrepsíades perciba como "justa" su intención de hacer desaparecer las deudas de las que no se siente responsable, si bien es responsable de que su hijo se haya inclinado, primero, a conductas de despilfarro aristocrático en vez de trabajo productivo y, luego, a procedimientos dolosos que también le resultan un boomerang dañino. Si bien la pieza puede crear "simpatía" hacia el "héroe" en tanto expresa los problemas de un sector débil de la sociedad 60, el público deciój sabrá reconocer que la actitud del personaje fue trágicamente sui-cida. Esto le producirá temor fóboj y compasión oeleoj, en una especie de káqarsij trágica que tendría la intención admonitoria de que no se debe imitar a Estrepsíades 61. Porque la comedia no pretende, como afirma Reckford 1976, p. 90, que el espectador deje afuera sus problemas y ansiedades 62, sino que hace que se los enfoque con otra lente, sin olvidarlos; si no es, como propone Horacio para la sátira, "decir la verdad riendo" 63, sí es una invitación a "meditar a través de la risa y a pesar de ella". El ejemplo de Estrepsíades, aunque no sea "mítico" 64, cumple la misma función del mûqoj: advierte al pueblo contra peligros internos, en este caso la retórica-sofística, pero también sobre su propia conducta, como puede ser leída Troyanas de Eurípides, por ejemplo, o como el mismo Aristófanes hace en Caballeros. Con este análisis pretendimos demostrar: 1) que Aristófanes presentó Nubes como una práctica clara de su teoría literaria mostrándose un gran innovador, sofój y deciój, no solo en la estructuración formal de su pieza y en los recursos empleados sino también en la concepción global de la misma, de modo tal que ella aparece como una trugw7 día, es decir, una tragedia en disfraz de comedia, uniendo las dos máscaras del teatro 65, para destacar que su obra no es una mera distracción sino que trata con bromas un tema serio y relevante, digno de reflexión. 358, quien ve en la pieza, para él esencialmente satírica más que "trygódica" 66, "una peculiar extrañeza respecto de las propias normas habi- 2) que el poeta mostró de este modo su habilidad y originalidad artística; y así, tampoco en esto concordamos con M. Silk 2000, p. 361, para quien Aristófanes usa aquí no sus fortalezas sino sus debilidades y no alinea correctamente las oposiciones de implicaciones morales. Pensamos que Aristófanes no está haciendo un tratado en el que todas las partes deben seguir una secuencia expositiva lineal y racional; pero tampoco está haciendo siquiera una tragedia, de modo que tenga que atenerse a las normas de esta, ni un ensayo moral, para atenerse a las de este. Está haciendo una trugw7 día, única, singular. Por lo tanto, no creemos que Aristófanes haya fracasado en su ensayo 68 ni que haya suprimido sus instintos «bajo la presión de la lógica "trágica"» 69, sino que intencionalmente produjo "algo distinto", que él consideró su pieza más sutil hasta entonces (Nubes 522); 3) que en esta pieza demostró también el peso cívico-social del género cómico así concebido, que no apunta a la mera diversión sino además a una literatura de tesis y didáctica, tan válida, si no en mayor grado, que la tragedia 70; de tal modo, no creemos, como opina M. Harto Trujillo 2004, que la comedia aristofánica haya ofrecido «al ateniense, ya derrotado, la única medicina que le resta, la risa» porque «el antídoto del pánico y la reflexión es lo procaz, lo fantástico, la burla y la risa», ni que su obra se deba al «proceso normal» que lleva a «la aparición de géneros literarios más fantásticos y menos comprometidos con los valores colectivos» 71; por el contrario, creemos que Aristófanes, en cada comedia, está reclamando de su público un cuestionamiento de la situación socio-política de cada momento y que la risa, o la sonrisa, es el dulce que permite pasar el remedio amargo, como dirá Lucrecio (IV 11 ss.); 4) que, aunque pueda implícitamente reconocer una superioridad de la tragedia respecto de la comedia, dado este "acercamiento" mediante la trugw7 día, LXXIV 1, enero-junio 2006 pp. 89-112 ISSN 0013-6662 Aristófanes se niega a hacer tragedia aunque use recursos propios de ella: de este modo destaca la independencia y el propio valor de la comedia como contracara de la tragedia, pues aunque la comedia asuma valores e intenciones y rango similares a los de la tragedia, sigue siendo "algo diferente"; 5) que, aunque la comedia daba lugar a cierta libertad, esta pieza particularmente demuestra que Aristófanes es un precursor de las innovaciones helenísticas, época en la que, siendo fieles a la tradición, los autores producen cambios a veces muy fuertes, como señaló L. Rossi 1971, p. En este aspecto, es relevante que Aristófanes haya utilizado el término ±déa, que es uno de los empleados para designar el concepto "género literario" junto con eμdoj y génoj; en Ranas 383 Aristófanes dice ¡téran Ømnwn ±déan "otra forma de himnos", expresión que señala la alteración de normas no escritas pero habituales; del mismo modo, las kainàj ±déaj que sustenta como característica de su arte, son su aportación a un nuevo "género", una nueva forma de comedia que, fiel a la tradición, sin embargo se acerca a la tragedia en muchos aspectos de recursos y de intenciones. En este sentido, pues, Nubes es clara muestra de esta trugw7 día.
Intentos de analizar el dativo en otras lenguas ya se habían realizado con anterioridad; así Guest 1842-1844 para el inglés, Dietrich 1851 para el escandinavo o Semple 1895 para el dativo "in general", pues en este último estudio se somenten a consideración ejemplos de diversas lenguas. Una fama inmerecida, debida sobre todo al sugerente título «Pour une histoire du datif latin», alcanzó Laborderie con un trabajo publicado en 1934 que ciertamente prometía más que daba 1. No obstante, tiene el citado estudioso el mérito de haber puesto el dedo en una llaga que estaría supurando hasta nuestros días cuando -a buen seguro que no por casualidad -escribió (1934, p. 3 Sin duda que se trataba de una monografía que pronto llamó la atención de los estudiosos; en tal sentido pueden leerse también los comentarios del propio E. Löfstedt 1928Löfstedt -1933, t. 4 Los propios latinistas también le han dedicado una cierta atención. Por ello, no es casual que se dedicara el I Encuentro de sintaxis latina (Miraflores de la Sierrra, Madrid, 10-11 de junio de 1994) a la sintaxis del dativo latino. Sus actas fueron editadas por Torrego, Quetglas y Espinilla (1995). Por lo demás, cumple recordar aquí las dos versiones del estudio de Hoecke (1994Hoecke (, vers. francesa, 1996, vers. inglesa), vers. inglesa) sobre el dativo latino, donde se ofrece una síntesis de las teorías que al respecto ofrecen las gramáticas tradicionales y las recientes corrientes lingüísticas, en particular las que podríamos calificar de funcionalistas. No debemos olvidar, en fin, que como telón de fondo de todas estas buenas intenciones estaba el interés que suscitó la monografía titulada De dativo Latino, publicada por Gustafsson en 1904 y en la que se defendía todavía la teoría localista 3. Lo más atractivo de la nota-artículo (que apenas ocupa tres páginas) de Laborderie es la promesa por parte de su autor de un trabajo en profundidad sobre el uso del dativo latino. No obstante, dicho libro -hasta donde nosotros hemos podido indagar -nunca se llegó a publicar. Más aún, la monografía sobre el dativo latino que Marouzeau, Laborderie y otros intuyeron como tarea compleja, pero igualmente necesaria, está todavía por realizarse, y no dudamos que sería bienvenida tanto entre los latinistas como entre los restantes lingüistas. Este vacío entendemos que no es un hecho sin importancia en unos momentos como los presentes, en que el estudio de dicho tema ha recibido un trato preferente, fruto sin duda de la relevancia que el análisis del dativo/la datividad ha adquirido en los planteamientos teóricos de las corrientes lingüísticas más recientes 4. Así y todo, cumple recordar que en la excelente síntesis que Calboli 1983 elabora sobre los "Problemi di grammatica latina" en las modernas corrientes lingüísticas sólo dedica unas breves líneas al dativo (pp. 34-35), y en ellas sólo alude a estudios gramaticales latinos de carácter general, como los de Scherer 1975, E. Löfstedt 1942 2 o Hofmann-Para un análisis general sobre el trato que recibió el dativo en los estudios gramaticales de los siglos XIX y XX nos remitimos a Gutiérrez Galindo (en prensa). 117, en la sección de su bibliografía dedicada al dativo latino, menciona el libro de Gustafsson (que aparece grafiado como Gustaffson) y entre corchetes aclara al final de su cita: «[reprend une étude de 1898]», pero no aclara de qué estudio se trata. Lo cierto es que el propio Gustafsson al inicio de su obra (nota 1) ofrece la cita completa de este trabajo germinal, que vio la luz en 1899. Pero no es éste de 1899 el único trabajo suyo que Gustafsson cita en su monografía sobre el dativo, también se alude en otro momento (1904, p. 1) a un estudio sobre el gerundio y gerundivo publicado en 1903, si bien es cierto que en este último las alusiones al dativo como tal sólo son esporádicas. Téngase en cuenta, por lo demás, que la intención del autor es (de)mostrar la validez de la propuesta localista, más que argumentar contra las teorías antilocalistas, a las que sólo alude de forma esporádica (1904, pp. 48, n.1, 53, n.1, 70). Por lo demás, los datos bibliográficos que ofrece la citada obra de Cousin sobre el dativo latino contienen alguna imprecisión más: p. ej., se cita la nota de Meillet 1924b, p. En las líneas que siguen trataremos de mostrar los diferentes enfoques que el estudio sintáctico del caso en cuestión ha recibido a lo largo de los siglos XIX y XX. Nos centraremos de manera particular y exhaustiva en los estudios concernientes al dativo latino. Con todo, habrá también alguna referencia a trabajos sobre el dativo en otras lenguas, siempre y cuando ello nos ayude a comprender mejor los motivos que los justificaron y el alcance real de los mismos en relación a las premisas teóricas y metodológicas en que se inspiraron. 2 El dativo en las teorías sintácticas del s. XX 5 2.1 La pionera monografía de F. Gustafsson A principios del s. XX aparece la primera monografía propiamente dicha sobre el dativo latino. Fue escrita por el latinista finlandés Gustafsson y publicado en Helsinki en 1904. Se trata de una obrita de 75 páginas muy citada después en todo tipo de gramáticas y estudios acerca del dativo latino, pero realmente poco conocida de primera mano y menos aún leída en su totalidad 6. Tres son los motivos por los que tiene un especial interés para nuestros propósito la obra que nos ocupa. Para empezar, porque era la primera vez (hasta donde nosotros hemos podido llegar) que un autor escribía un estudio sobre el dativo latino desde el punto de vista de la teoría sintáctica, y no una mera descripción y enumeración de usos y valores gramaticales, como sucede p. ej. con el tratado de Peine 1878, varias veces citado por Gustafsson. También es de reseñar que el objetivo último de su autor no era sólo confirmar o demostrar que el dativo latino era un caso local, sino que los presupuestos de la teoría localista son aplicables al sistema casual latino (y no latino); ello justifica que las últimas páginas de su estudio (pp. 70-75) estén dedicadas a (de-)mostrar el carácter localista del resto de los casos (con la salvedad del nominativo), proyectando sobre ellos directa o indirectamente los logros obtenidos al respecto en el estudio del dativo. Por otro lado, convendría tener presentes las siguientes palabras que Gustafsson (1904, p. En efecto, la cita precedente parece sugerir dos hechos importantes: de un lado, que en alguna lengua no indoeuropea (como pueda ser el finés) el dativo tiene una particular relevancia; de otro, que los presupuestos de las teorías localistas parecen adaptarse mejor al estado de cosas que se advierte en dicha(s) lengua(s). De esta forma Gustafsson se convierte en un precedente de Hjemslev 1935de Hjemslev -1937de Hjemslev, 1978, circunstancia que convendría no pasar por alto, como a veces sucede. Así las cosas, no resulta difícil imaginarse el interés del latinista finlandés por analizar con detalle el dativo latino desde la perspectiva localista, que todavía se mantenía vigorosa en los albores del siglo XX. A su vez, el propio punto de partida metodológico desde el que se desarrolla el contenido del libro justifica que en cada momento se aprovechen todos los resquicios favorables a la causa, provengan de donde provengan. A veces se prolonga la sombra del valor semántico (local) hasta hacer que se solape con el sintáctico (de dativo), como ocurre con el adjetivo proximus (Gustafsson, 1904, p. En ocasiones semántica y morfología se dan la mano (p. 71, n.1) el psicologismo de Wundt, por más que éste pensara que los aparentes usos locales del dativo eran debidos a una secundaria asociación con un caso directivo (Wundt, 1912 3, t. Por lo demás, Gustafsson se sirve de los tópicos que le son propios a las teorías localistas, aunque a veces el deseo de llevar hasta sus últimas conse-cuencias los presupuestos localistas le oblige a construir gradaciones tan artificiosas como la siguiente (1904, p. Teorías sobre el dativo latino en las primeras décadas En 1925 Kroll publicaba un breve tratado de gramática latina titulado Die wissenschaftliche Syntax im lateinischen Unterricht (traducido como La sintaxis científica en la enseñanza del latín). A pesar de la época en que fue publicado y a pesar de tratarse de una obra breve, eso no le impidió a su autor decir, al principio del capítulo dedicado a la teoría sobre el sistema casual (1925 = 1935, pp. 37-38): «si los fenómenos lingüísticos, que por su naturaleza son complejos, se dejan reducir a fórmulas sencillas, debemos felicitarnos de ello como de una suerte. Pero no se debe hacer violencia a los hechos para lograr ese fin». Entendemos que la opinión precedente tiene un valor particular por tratarse de una obra "pedagógica", proclive -al menos en principio -a simplificar la diversidad de datos en aras de una comprensión más rápida y eficaz de los mismos. Más aún, pese a que el propio Kroll (p. 5) dice en el Prólogo de su obra que no intenta "decir nada nuevo a los conocedores de la materia", y pese a que su oposición a la teoría casual localista es una más, lo cierto es que hasta entonces no se había formulado ninguna teoría no localista propiamente sintáctica del sistema casual latino. 154, n.1, acometa esta labor en sus aspectos fundamentales, se adhiera a la opinión de Kroll y cite expresamente unas palabras suyas que preceden a las mencionadas por nosotros un poco más arriba (esto es, pp. 37-38): «en este esfuerzo por reducir todos los casos a una significación fundamental localística, no puedo ver más que una recaída en la misma manía de uniformidad, que dominó en la época del método lógico» (citamos según la edición de Kroll, 1925de Kroll, = 1935, p. Sobre este aspecto volveremos más adelante, en § 3.6. Aunque la citada obra de E. Löfstedt es de índole general, es significativo que al principio del apartado que se dedica al dativo («Zur Entwiclung des Dativs») se diga (1928-1933, t. 145): «Dass das Wessen des leteinischen Dativs in den letzten Jahrzehnten besonders lebhaft diskutiert worden ist, hängt zum Teil mit dem Kampf um die lokalistische Kasustheorie zusammen, indem dir Vertreter dieser Theorie den Dativ als ein Wichtiges No sólo son interesantes las puntualizaciones que hace en este capítulo sobre uso y valor del dativo en el latín tardío, también reflexiona al respecto en el segundo tomo de sus Syntactica (1928( -1933, t. Un particular interés muestra E. Löftstedt por el llamado datiuus sympatheticus, sobre el que habla en este mismo capítulo (1928-1933, t. Hay una circunstancia en el trabajo de E. Löfstedt que nos parece sorprendente, a saber, en la severa crítica que hace de la teoría localista toma una y otra vez como referencia la obra de Gustafsson 1904, mientras que la valiosa obra de Bennett 1910de Bennett -1914, t, t. II, se cita de pasada y sólo esporádicamente. Este hecho es llamativo tanto porque la obra de Bennett es posterior a la de Gustafsson -y además muy detallada -, como porque la monografía de este último, a pesar de su título (De dativo Latino), hace referencia a otros muchos sistemas casuales diferentes del latino. Las coordenadas que definen el enfoque metodológico de E. Löfstedt, diferenciándolo de los anteriores y haciéndolo realmente valioso para la posteridad, podemos sintetizarlas en los siguientes puntos: Rechaza de manera genérica el localismo por considerar que conduce a una rigidez (propia del logicismo) que atenta contra los hechos de la lengua; para ello se vale de principios tomados del ámbito psicológico y de ejemplos concretos de la lengua que refutan tales planteamientos. Critica la falta de rigor filológico en la interpretación histórica o/y contextual que Gustafsson hace de muchos de los ejemplos aducidos, sean tanto de época arcaica, como clásica o tardía 7; 3. Esta sintaxis filológica practicada por E. Löfstedt -que no en vano se considera ante todo un filólogo (p. 149) -le hace dar un paso más en su análisis gramatical, de suerte que no sólo importan las relaciones paradigmáticas entre los casos, sino las relaciones paradigmáticas de oposición o/y complementariedad entre cada caso y las construcciones que pueden entrar en concurrencia con él 8; muchas son las páginas que dedica a tal menester, y no pocas las sutilidades que su fino análisis de los datos logra destilar 9 (23). Numerosas fueron las gramáticas latinas que se escribieron (o re-escribieron) en la primera mitad del s. XX 10. La propia finalidad de tales tratados justifica que las opiniones vertidas allí sean en su mayor parte reflejo de la communis opinio de la época. En lo que concierne al dativo, podemos hablar de tres circunstancias que condicionan generalmente, de forma explícita o implícita, las exposiciones: Los resultados de la disputa localistas/antilocalistas del siglo anterior. Los resultados obtenidos por E. Löfstedt con su método sintácticofilológico frente al localismo. Las consideraciones que desde hacía algún tiempo se venían haciendo sobre el dativo que acompaña a los verbos compuestos; sobre este punto insistiremos en § 2.3. Como es natural, cada gramática ofrece una solución de compromiso diferente en lo que se refiere a los detalles que explican la relación entre sí de los diferentes usos del dativo. Así y todo, con el paso del tiempo se irá imponiendo una bipartición básica que opone "dativos regidos" (básicamente el de C. Indirecto) a "dativos libres" (que tiene en el datiuus iudicantis su máximo exponente), y deja como residuales los dativos de dirección. No es preciso decir que este estado de cosas es justamente el opuesto al que nos ofrece Bennett 1910Bennett -1914, t, t. II, último gran paladín de la teoría localista en el ámbito de la filología latina, como se ha hecho notar más arriba. No obstante, un análisis incluso superficial de los postulados de Bennett deja ver enseguida que la endeblez de sus argumentos preludia ya el estado de cosas que acabamos de describir como representativo de mediados del siglo XX. Para dar cuenta de ello bastarán unas breves referencias. 132, distingue teóricamente entre unos dativos (los de C. Indirecto) «closely associated with the verb» y otros (los de "referencia") que «modify the sentence as a whole». Pero en la práctica entiende que «a sharp line of demarcation... cannot be drawn». Por lo que respecta al origen concreto de dicha regla, transcribimos la siguiente cita que encontramos en Lease 1912 a, p. Por otro lado, para que pueda comprenderse adecuadamente toda esta polémica es preciso tener en cuenta la rígida metodología utilizada en esta época para la enseñanza del latín; de ello podría darnos una idea un breve artículo publicado por Kirtland 1912 el mismo año y en la misma revista que el de Lease 1912 a. case constructions», toda vez que «The notion of direction lies at the basis». De hecho, como llega a decir unas páginas más adelante (t. 1) hace notar en otro momento que «the Dative of Separation is closely related with the Sympathetic Dative. El dativo latino y los verbos compuestos Uno de los puntos más olvidados actualmente en el ámbito de la sintaxis del dativo latino, pero que llegó a ser uno de los más relevantes -al menos desde el punto de vista cuantitativo -hasta las primeras décadas del s. XX, es el que concierne a los verbos compuestos que "rigen" dicho caso 11. Por tal motivo merece que le dediquemos un poco de atención, pues la producción bibliográfica al respecto ni es escasa ni carace de interés, ya que nos pone al descubierto más de una disputa entre los latinistas. Las cosas debían haber llegado a un punto crítico cuando Lease 1912a, p. 7, (se) formula con un tono casi inquisitorial las siguientes preguntas al inicio de un artículo: «should the rule for prepositional compounds with the dative be banished from the Latin Grammar? De las anteriores palabras se desprenden los siguientes hechos básicos. En primer lugar, que en las gramáticas o tratados gramaticales, de forma explícita o implícita, se aceptaba como regla que los "verbos compuestos (con determinados prefijos) regían dativo". Su aplicación llegó sin duda a convertirse en una práctica abusiva, tanto en la teoría de los manuales como en la práctica de la enseñanza del latín. III, pp. 597-599, nota 541e, ofrece una detallada nómina de trabajos de ésta época (segunda mitad del siglo XIX) sobre características gramaticales de autores particulares donde se van completando estas listas. 13 Se da la circunstancia de que las anteriores palabras de Fay aparecen significativamente repetidas por Lease en sendos artículos publicados el mismo año Lease, 1912a, p. Como suele ocurrir en estos casos, también podemos encontrar trabajos donde se alude a las excepciones a la regla. De hecho, en algunos contextos el número y alcance de éstas supera al de la propia regla, lo que justifica el tono irónico del brevísimo (menos de una página real) artículo de Nutting 1920de Nutting -1921, p. En épocas más recientes las cosas se han atemperado, al menos en la forma de enfocar el asunto; véanse, p. ej., Serbat 1996a, t. 326 ss., por su parte, no le van a la zaga, y dedican un generoso espacio de casi diez páginas a los dativos "regidos" por verbos compues-t. 377, en su Historische Syntax der lateinischen Sprache levantara la voz contra la eficacia de dicha dicha regla 12. No debió tener mucho éxito su queja, pues Fay 1911, p. La hetereogeneidad de este apartado en relación con los demás, incluso en un autor como Bennett que da una visión unitaria del dativo, queda puesta de manifiesto en su forma de proceder. En efecto, dicho autor (t. 123) dice en un momento determinado «I have always treated these datives as a variety of indirect object», y un poco más adelante (t. No es asunto baladí recordar que la lista de Bennett (t. Antes que él son muchos los tra-EM LXXII 2, 2004 tos transitivos e intransitivos, a pesar de tratarse de una Gramática, y no de una monografía. No debe olvidarse, a su vez, que en algunos trabajos sobre el dativo en general también encontramos un apartado dedicado al tema en cuestión; así, p. ej., en el de Schlüter 1874, pp. 25-30, De accusatiui et datiui usu Terentiano, o en el de Peine 1878, De datiui usu apud priscos scriptores latinos. Leobschütz»; Cousin, además, indica que tiene «17p». Desconocemos esta edición, pero bien pudiera ser una versión abreviada de la original de 1863, que tiene 70 páginas. 17 Hay que advertir que el trabajo de Lastavec, hasta donde nosotros hemos podido llegar (pues sólo hemos tenido acceso a la copia manuscrita), está inédito, aunque Cousin 1951, p. 118, que lo grafía erróneamente como Lasravec, no advierte nada al respecto. Tal vez ello justifique su casi completo desconocimiento por parte de los latinistas, a pesar de tener cierto interés, sobre todo la bibliografía que de forma crítica menciona en el estudio introductorio (pp. 1-10). Por lo demás, cabría reseñar aquí algunos autores que aluden a trabajos sobre verbos compuestos latinos en general anteriores incluso a los que acabamos de citar sobre el dativo; los más antiguos de los que tenemos noticia son dos de Hildebrand (1854 y 1865), aludidos vagamente por Reisig 1888, p. El dativo latino en el estructuralismo 314, el último gran defensor del enfoque estructuralista, haría notar varias décadas más tarde que «el dativo es un caso que ha planteado más de una vez problemas de clasificación». Siguiendo la estela estructuralista, de Groot 1939y 1956y Kurylowicz 1949= 1960y 1964 elaborarían varios trabajos en los que buscan afanosamente ofrecer una visión sistematizada del sistema casual indoeuropeo, que a menudo se ilustra con ejemplos latinos. El lingüista holandés no debió sentirse muy satisfecho con su primera propuesta y elaboró una segunda (Groot 1956, p. En ella el bloque acusativo-genitivo-ablativo-dativo opone al nominativo en tanto que éste no es portador de "significación casual" y aquéllos sí. La pareja ablativo-dativo se opone al acusativo porque aquéllos expresan una "relación específica" y éste una "no específica". 101, sigue de cerca el esquema y los postulados propuestos por Moralejo 1986 para el estudio del sistema casual latino, pero cree que la caracterización de los casos no debe plantearse «en torno al verbo, sino al predicado». Con esta propuesta intenta justificar con mayor rigor de método los dativos llamados "adnominales" que «se han venido considerando "sueltos", como algo fuera del sistema», y equipararlos sintácticamente a los "adverbales". Téngase presente que esta misma pregunta se la había planteado con anterioridad Kurylowicz 1949Kurylowicz = 1960, p. 144, aunque su respuesta fue muy diferente. Queremos dejar aquí constancia del siguiente hecho: los estudiosos que han puesto en tela de jucio la sistematicidad de la lengua en general (y del sistema casual en particular) a menudo han acompañado sus críticas de sutiles observaciones que bien podríamos calificar de (pre-)pragmáticas. Uno de los primeros trabajos (donde se hagan consideraciones sobre el dativo latino) en los que hemos detectado tal circunstancia es el de Barss 1927 titulado signficativamente «The drammatic element in Latin Grammar»; su autor (p. 127) en un momento determinado no vacila en escribir: «... the hope that complete and perfect classification might be achieved. Vain hope!». porque el primero expresa la "persona interesada en el proceso", en tanto que el otro "la causa inanimada del proceso". El principal problema que encontramos en el proceso de descripción del dativo es la existencia de una fuerte asimetría: las dos primeras oposiciones son de tipo privativo, mientras que la última -la que le diferencia del ablativo -es equipolente. El hecho de que ésta sea la más específica la convierte en la más importante, pues impide establecer las coordenadas necesarias para determinar el valor relativo de dicho caso en relación al conjunto del sistema casual, con las consecuencias anteriormente descritas que ello acarrea. En los sistemas latinos propuestos más recientemente por Rubio 1989 3 y Moralejo 1986 desde una perspectiva estructuralista encontramos un problema similar en lo que concierne al dativo 18. Kurylowicz también elaboró dos versiones de su teoría. 190 ss.) el dativo tiene un papel muy secundario, toda vez que sólo es considerado como un subtipo del locativo. La asistematicidad del sistema casual latino Hace ya algún tiempo Serbat 1982 publicó un artículo con el inquisitivo título de «Le système casuel est-il systématique?» No era preciso ir más allá de las primeras líneas para percatarse de que la pregunta no tenía intención retórica en absoluto 19. De hecho, lo que se perseguía era una severa crítica a los estructuralistas (de Meillet a Hjelmslev, y de Guillaume a Benveniste), para quienes "la langue est un système où tout se tient" (p. 308) critica a los estructuralistas como error inicial que postulen «l 'organisation absolument unitaire de l' ensemble des signifiés casuels», ya sea porque la realidad de la lengua no se compadece con tal principio, ya sea porque los propios estructuralistas en la puesta en práctica de tal principio se ven obligados a contradecirlo una y otra vez. En cierta medida, como el propio lingüista galo reconoce, la discusión nos llevaría a la vieja polémica analogía/anomalía. 307 ss.) retrotrae sus observaciones hasta las viejas teorías semántico-localistas de Wüllner 1827. Las críticas que acabamos de apuntar no debían ir muy desencaminadas cuando encontramos estudios recientes de corte estructuralista que dejan ya constancia de tales eventualidades. 302, en su ponderada visión del sistema casual latino advierte también que «nos encontraremos con usos irreductibles a los valores casuales sugeridos por el criterio de empleo mayoritario lo que significa, simplemente, que en la categoría casual hay zonas no sistemáticas, disfunciones». Por lo que hace algunos usos del dativo latino, como los que acompañan a los verbos inuidere o indulgere, piensa Serbat 1982, p. 311, que se explican mejor «comme des emplois vetustes de cas circonstanciels». En un trabajo específico sobre el dativo y unos años posterior al anteriormente citado, Serbat 1989a, p. 229, señala que «le D(atif) est un Protée syntaxique», de suerte que no nos parece casualidad que unas líneas más adelante vuelva a preguntarse de nuevo: «peut-on sérieusement parler d 'un' système' casuel?». Más recientemente y también mediante un título en interrogación («Les cas latins fonctionnent-ils en contre-emploi?») ha publicado Fugier 1998, p. Con todo, entendemos que es de particular interés su novedosa propuesta de integrar en un mismo subsistema los casos Dativo y (en parte) Vocativo latinos, tal que ellos representan dentro de la lengua dos extremos con la posibilidad de contra-empleos que cumplan «une même fonction intégrative» (p. 359), que en la pareja de casos en cuestión sería la de "adressage". El dativo en la gramática de valencias 127, propuso la distinción entre "actants" y "circonstants", aunque hizo algunas matizaciones: «à première vue la limite entre actants et circonstants est nette. Se da la circunstancia de que el dativo es justamente el caso que se ve más afectado por las palabras anteriores. Sin embargo, las gramáticas de corte funcionalista, herederas directas de los postulados de Tesnière, no han prestado demasiada atención al problema de fondo que en ellas se plantea, que afecta de lleno al propio análisis del sistema casual. Por tal motivo no debemos extrañarnos que la valoración negativa que a Serbat 1981Serbat = 1988, p. 195, le merece la obra de Happ 1976, el autor que con mayor ahínco intentó aplicar al latín las tesis del gran lingüista galo: «la aplicación detallada que de ella (sc. de la Gramática de dependencias)... ha hecho H. Happ al latín no es convincente». Happ se sirve del llamado "test facere", que toma facere como un protoverbo con carga semántica casi nula: si tras un verbo puede añadirse la secuencia et id facit más el complemento en cuestión y la oración es gramatical, eso probaría que se trata de un C(ircunstante); en el caso contrario estaríamos ante un A(ctante). Dicho test permite aislar y, en consecuencia, tomar como C los llamados dativos "libres" y los dativos "commodi et incommodi". Así, el ejemplo tibi aras es susceptible de traformarse en aras et id facis tibi. Sin embargo, esta operación no puede realizarse con huic rei student, a pesar de que todos los diccionarios proporcionan ejemplos absolutos de studere. Este mismo tipo de problemas se plantea con otros verbos como praeesse, prouidere y otros. 407 ss., reconoce de forma explícita que el test en cuestión no funciona con el dativo "simpatético" del tipo que encontramos en el ejemplo Caesari ad pedes se proiecerunt. Al lado de los "A obligatorios" coloca Happ un grupo que denomina "A facultativos", en tanto que elementos que pueden faltar libremente, si bien no pueden ser aislados mediante el aludido "test facere". Esta circunstancia, Este desinterés por el dativo no es casual y se explica porque, al no haber solucionado de forma adecuada ni satisfactoria los problemas de principio que genera la teoría de las va-tras la que se esconde una cierta contradicción en los términos, afecta también a algunos dativos latinos, como por ejemplo los que acompañan a verbos como assideo o deesse. Un último dato queremos añadir antes de terminar. Se da la circunstancia de que el único trabajo (que nosotros sepamos) sobre el dativo latino realizado desde los presupuestos teóricos de la Gramática de valencias es uno escrito en checo por E. Mareèková-Štolková 1985, con un resumen en alemán al final del mismo. Su autora propone en él que una gran mayoría de usos del dativo latino responde, explícita o implícitamente, a un esquema triactancial. La escuela funcionalista formada en torno a la figura del eximio lingüista holandés Dik ha sido uno de los herederos y continuadores más prolíficos de la llamada "Gramática de valencias". Por tal motivo no resulta sorprendente que el latinista Pinkster 1972Pinkster, 1980Pinkster, 1985, discípulo del propio Dik, haya dedicado varios trabajos al problema de los casos analizados desde la perspectiva en cuestión. Así y todo, los avances en este terreno han sido limitados. 4, sigue hablando de constituyentes obligatorios y facultativos (aunque a los primeros los llame "argumentos" y a los otros "satélites"), omisibles los segundos, pero no los primeros. Dicho autor no habla de una categoría intermedia equiparable a la de los "Actantes facultativos" de Happ, pero hace notar (p. 14) que «la noción de "omisibilidad" implica ciertas consecuencias insatisfactorias». A su vez, sigue considerando válido el test de facere, si bien sugiere que en ocasiones pueden resultar más útiles para establecer la valencia "observaciones estadísticas" (p. El aludido latinista de Amsterdam, como su predecesores, no profundiza en la naturaleza del problema planteado por Tesnière acerca de las dificultaltades que presenta el estableciomiento de límites entre el segundo y tercer actantes. Ello justifica que las referencias al dativo sean muy escasas y esporádicas, hasta el punto de que el estatus sintáctico del dativo sólo puede deducirse a partir de tres Cuadros generales; en ellos se citan los siguientes ejemplos de dativos en tanto que argumentos (pp. 27, 28, 30): dedit pater librum filio; sunt proditores illi; est cara mater mihi; erat odio Hannibal Romanis; licet abire mihi. Los demás se supone que han de entenderse como satélites 20. lencias, los instrumentos que proporciona el método para tales menesteres son limitados. Por otro lado, a veces se producen situaciones sorprendentes (aunque no del todo inesperadas), como la que encontramos en van Hoecke 1996, t. I, pp. 31-32, que primero dice: «in Latin the dative forms a rather homogeneous case», y en la página siguiente parece dar por bueno que «according to Pinkster 1985, it is not always easy to establish whether the dative forms a consitutive element of the sentential kernel or not». Más recientemente, en el ámbito del español, Gutiérrez Ordóñez 1999 ha optado por considerarlo como "complemento no argumental". Para una discusión similar en relación al llamado datiuus auctoris puede verse el trabajo de Christol 1989. 328, que parten de posiciones teóricas bastante parejas, hablen de la conveniencia de establecer una "gradualidad" o "gradación" en el estudio de los complementos, sugiere la oportunidad de encarar estos problemas desde una perspectiva que podríamos denominar genéricamente A pesar de los numerosos conflictos de interpretación suscitados entre los latinistas al analizar diversos usos del dativo, Pinkster sólo se detiene en una breve nota de un apartado de Observaciones (p. 28) para señalar a propósito del dativo "posesivo" que unos autores lo han considerado satélite (Scherer 1975, p. La división funcionalista entre argumentos y satélites ha sido puesta en tela de juicio en más de una ocasión. Sirva como botón de muestra la enmienda a la totalidad que recientemente ha formulado Crespo 1997, t. 6.: «los predicados no se pueden clasificar según su valencia o número de complementos obligatorios. No hay complementos obligatorios cualitativamente distintos de los opcionales». 328, han renunciado en la práctica a tal distinción: «teniendo en cuenta que en ocasiones no es fácil determinar la obligatoriedad de una serie de constituyentes en la predicación..., he optado en este estudio por tratar metodológicamente la función de complemento de forma unitaria». Como es natural tales dificultades de método han acabado afectando al estudio del dativo, hasta el punto de que Baños (1998, p. 24), que ha estudiado con tanto detalle el dativo latino, sostiene que «los datos comentados muestran hasta qué punto, en la caracterización del dativo "objeto indirecto", es irrelevante una distinción estricta entre argumentos y satélites» 22. Quisiéramos recordar aquí el trabajo algo olvidado de Lamaire 1983, que desde una perspectiva personal aborda este problema y sugiere prometedoras vías de investigación muy alejadas de los presupuestos funcionalistas que merecerían ser tomadas en cuenta de alguna manera, sobre todo porque ofrecen un horizonte de referencia mucho más acorde con la compleja realidad de la lengua. Cabe señalar, además, que B. Lösfstedt cita muchos trabajos de índole gramatical sobre diversos autores concretos, Propercio, Lucilio, Lucrecio, Petronio, Celso, etc.; alguno de ellos aparece recogido en el Anexo II de nuestra Bibliografía, pero para referencias más detalladas de este tipo de estudios en el s. XIX nos remitimos a Landgraf 1903, pp. 88-96. Existen igualmente varias gramáticas latinas en las que se recogen trabajos que aluden esporádicamente a ejemplos de dativos; son de particular interés a este respecto las de Reisig 1888, Kühner-Stegmann 1912-1914 2: t. II. solidación del término "dativo posesivo", como a poner de manifiesto la relevancia de este tipo de dativos 24, no sólo desde el punto de vista sincrónico sino también desde el diacrónico. Uno de los primeros problemas que suscita el "dativo posesivo" es precisamente el de la pertinencia de tal denominación, que algunos autores, y en particular García Hernández 1992a, 1993, y sobre todo 1995b, han considerado con no poca razón inapropiada. Sea como fuere, el término sigue siendo moneda común en los tratados de sintaxis latina, pero también en estudios al respecto en las diferentes lenguas románicas (Sirbu-Dumitrescu 1989; Dumitrescu 1990, versión revisada y ampliada del anterior artículo; Delbecque y Lamiroy 1996-1998; Gutiérrez Ordóñez 1999). Una de las cuestiones que más ha interesado a los latinistas en este punto ha sido el del estatus sintáctico de dicho dativo. Con todo, el asunto capital ha sido la especificidad (o no) del dativo posesivo como valor autónomo. La Gramática Funcional considera que las dos funciones semánticas que pueden dar cobijo al dativo son, por orden de importancia jerárquica, la de Receptor y la de Beneficiario (Dik 1978(Dik = 1981, p. Bolkestein 1983, por su parte, entiende que conviene crear una tercera, la de Experimentador ("Experiencer") para explicar el valor semántico del dativo posesivo latino. 329), para quien la diferencia entre "dativo posesivo" y "genitivo posesivo" reside en la estructura informativa, no en la semántica, de suerte que en la contrucción que nos ocupa el dativo representa "el ele-Aunque curiosamente esta postura fue defendida en un trabajo anterior por Bolkestein 1980, p. 26 En relación a estas palabras de García-Hernández conviene señalar que Landgraf 1893, p. 46, alaba la opinión de Rumpel y Hübschmann cuando señalan que desde un punto de vista gramatical las categorías de datiuus commodi y datiuus incommodi son innecesarias. No conviene olvidar, a su vez, que este mismo autor un poco más adelante (p. 48) se hace eco de la definición que Buttmann (no indica dónde, pero tal vez sea en su Griechische Grammatik de 1829) da del datiuus ethicus («leiseren Datiuus commodi»). Por último, dejaremos constancia expresa de la forma en que Landgraf (p. No es preciso decir el gran interés que tiene comparar la forma en que dicho autor justifica estas transiciones con los argumentos que al respecto esgrimen, p. ej., Bennett 1910Bennett -1914, t, t. II, desde una postura localista, o Fay 1911 con su "doctrine of opposites". Cumple aquí recordar el artículo de Maurel 1982, donde plantea la necesidad de hacer en algunos casos un recorrido inverso, esto es, no su interpretación semántica, sino más bien las condiciones sintácticas que justifican su aparición. Esta cita nos recuerda la valoración que hace Gildersleeve (de la que se hace eco E. Löfstedt 1928Löfstedt -1933, t. 168) a propósito de dativos tipo ministros bello, custos saluti, etc., «more sympathetic than the Gen.». Sería un ejercicio interesante comparar los ejemplos dobles dativo/genitivo que sobre autores clásicos ha recogido Heumann (algunos citados por Landgraf 1893, p. 41) y los genitivos que Vegecio al refundir la Mulomedicina de Quirón mento conocido" 25. 330, ha terciado en esta disputa para señalar, en primer lugar, que «las diferencias pragmáticas y semánticas no son excluyentes», y en segundo lugar, que «la función de Experimentador ("Experiencer") que se asigna al dativo con sum no es distinta de la noción de "interés" o "destino" que conviene en general al dativo» (p. 68) en otro artículo titulado significativamente «El dativo con sum, ¿un dativo específico?», ha hecho notar que «la equiparación del dativo llamado 'posesivo' con otros especímenes como el simpatético, el agente, el datiuus iudicantis, etc..... viene a revelar tanto la identidad básica de dativos aparentemente diferentes como que el dativo con sum es uso normal y corriente del ese caso, sin otra particularidad que la de ser regido por un verbo determinado» 26. 40, habla del «Der sogen. A propósito de dicho dativo (llamado también 'Dinamicus' y 'Sympatheticus'), escribe Landgraft (p. 2, por su parte, convirtió en dativos (varios de los cuales aparecen en E. Löftstedt 1928Löftstedt -1933, t. Tal vez sea ello lo que justifique, como hizo notar Landgraf 1893, p. 42, que el uso del dativo se extendiera enormemente entre los poetas, sobre todo a partir de Lucrecio. Pasamos ahora a los giros preposicionales que entran en concurrencia con el dativo. Hace ya algunos años Théoret 1982 escribió una extensa monografía de más de quinientas páginas titulada Les discours de Cicéron. Este trabajo, como el propio autor indica al principio de su obra, tiene como objetivo salir al paso de la tendencia que tienen las gramáticas latinas a considerar que el empleo de un caso solo o precedido de preposición resulta indiferente. Tras un minucioso estudio de las condiciones de aparición de los casos en solitario (acusativo, dativo y ablativo) y los precedidos de preposición llega Théoret a la conclusión de que en la mayor parte de los usos sí existe alguna diferencia entre ambas construcciones. Generalmente ésta se basa en que los usos con preposición expresan un "sens concret" y los casos solos un "sens abstrait". A veces los primeros expresan cosas inanimadas y los otros seres animados, pero esto sólo es un hecho secundario, como repite a menudo Théoret, quien de esta manera se muestra contrario a la communis opinio de las gramáticas tradicionales que tienden a establecer una relación directa entre una y otra circunstancia. Conviene reseñar, por otra parte, que no faltan observaciones de mayor o menor calado acerca del papel que desempeñan las preposiciones en relación a los casos (p. ej., Pinkster 1972, p. Tal vez quien ha llevado más lejos en el terreno de la lingüística latina las consecuencias que se derivan de la interrelación entre casos y preposiciones haya sido Binkert 1970Binkert = 1977, p., p. 2 del Abstract, quien desde una perspectiva generativista sostiene que «all case constructions in Latin are transformations of underlying prepositonal phrases»; como es natural dicha Nos resulta sorprendente que en la bibliografía final de esta Tesis Doctoral no aparezca citado ningún trabajo anterior específico relativo al tema en cuestión. Para una visión crítica del estudio de Binkert en relación con el modelo de Gramática de casos propuesto por Fillmore son de interés las observaciones formuladas por Calboli 1972, p. 214, cuando hace notar que «la sintaxis de los casos no puede estudiarse separadamente de la de los otros elementos, como SP, adverbios y oraciones subordinadas»; ahora bien, este programa maximalista no puede llevarse a efecto sin que antes se haya cubierto de manera satisfactoria el estadio intermedio por el que nosotros estamos abogando aquí. Recientemente Echarte 1998 ha publicado un trabajo con el atractivo título de «Preposiciones y casos en latín: propuesta de un sistema conjunto»; sin embargo, la propia extensión del artículo sólo le ha permitido plantear un acercamiento somero al problema. conclusión afecta también al dativo latino, aunque sus palabras vayan en una dirección completamente opuesta a la communis doctrina al respecto: «the dative of indirect object, the dative used to express the goal of motion, the dative of possession, the dative of agent, the dative with special verbs like studeo, the dative with compound verbs, the dative with impersonal constructions like necesse est, and the dative with adjectives and nouns. Una lectura del análisis que Binkert hace del tibi inicial de frase que él asimila a lo que llama "English to-phrases" (pp. 288-289) nos hace sospechar que su método y sus conclusiones están muy mediadas por el inglés en tanto que lengua de origen desde la que están formuladas las hipótesis de su basamento teórico, y en tanto que lengua de destino por ser el conducto necesario por el que se accede a una supuesta "estructura profunda" 28. A pesar de las precedentes citas y observaciones, falta un trabajo genérico donde se haga una descripción de todos los elementos en cuestión y un análisis integrado de los mismos como conjunto de unidades interdependientes 29. Sea como fuere, debemos tener presente que no a todos los latinistas les pasaron desapercibidas las sutiles diferencias que a veces separan unas construcciones de otras. Recientemente Baños 1996 ha estudiado esta misma opo-30 Recuérdese que ya Schroeter 1873, al que luego seguirían otros autores, interpretó algunos dativos de dirección latinos como antiguos locativos. 239, indica que este dativo sólo recoge el "aspecto teleológico" del movimiento. Gutiérrez Galindo 1995, por su parte, ha hecho notar que el dativo conduce a una "subjetivización" tal del movimiento que éste ya no se presenta como siguiendo una línea continua en dirección a un lugar concreto, lo que permite obtener de él un alto rendimiento poético. sición (litteras Neroni/ad Neronem mittere) y otras por el estilo (Baños 1998), de suerte que sus conclusiones constatan una diferente función semántica para cada una de las construcciones aludidas: el dativo indica el "receptor", y el giro preposicional el "destinatario". Por otro lado, no conviene olvidar que también es posible un tercer tipo de relación entre ambas construcciones, a saber, la de que funcionen en distribución complementaria. Esto es precisamente lo que propone Torrego 1989, p. 615, para aduersus, contra, in + Ac. frente al Dativo cuando expresan la función semántica de Beneficiario: el Dativo se emplea cuando «el lexema del término regente es lo suficientemente concreto como para no permitir ambigüedad» (p. De todos los usos del dativo latino tal vez sea el llamado "dativo de dirección" el que más se preste a un análisis en estrecha relación con giros preposicionales. De hecho, esto viene sucediendo ya desde la Antigüedad, cuando los propios gramáticos romanos optaron por dar autonomía a este uso y llamarlo octauus casus (Murru 1978). Conviene reseñar que aunque los ejemplos del dativo de direción no son muy numerosos, no se trata ni mucho menos -como parecen sugerir las gramáticas -de un grupo homogéneo. De hecho, Colucci 1981, el autor que mayor atención le ha prestado, ha puesto de manifiesto que varios de ellos son "dativi originari direzionalizzati", e incluso llega a postular que algunos son "ablativi e strumentali trasformati in dativi direzionali" 30. Tanto en la citada monografía de Colucci como en otros trabajos modernos a propósito del llamado 'dativo de dirección' (Bonelli 1983; Echarte 1994; Gutiérrez Galindo 1995) se insiste en que tal caso no recoge propiamente el valor de dirección como algo concreto, de suerte que el término con el que se le designa parece inapropiado 31. 193 ss.) que el dativo del tipo it clamor caelo -tal vez el más emblemático de todos los dativos de dirección -ha de ser considerado como un helenismo y su uso es básicamente literario. Con todo, esta apre-Sin duda que el terreno de los "helenismos sintácticos" es muy resbaladizo, por tal motivo conviene pisarlo con muchas cautelas, como hace, p. ej., Allen 1897 en su reseña al libro de Brenous, en la que no por casualidad menciona varios pasajes referidos al dativo. 183, hace notar que, aunque en griego tardío y bizantino muchos verbos «si costruiscono con il dativo,... ma non dovrebbe averlo influenzato se non in casi eccezionali. Cabe recordar, por otro lado, que algunas gramáticas en el apartado del dativo incluyen una sección dedicada a los usos debidos al influjo griego, como es el caso de Kühner-Stegmann 1912-1914 2, t. II/1, pp. 336-341) incluso dedican otra sección a los verbos que unas veces van con dativo y otras con otros casos; también son de cierto interés los asuntos, acompañados de numerosas referencias bibliográficas, que Reisig 1888, pp. 591-598, plantea al respecto. III 193) laboranti similis y otras construcciones similares son debidos a la influencia griega, según ha puesto de manifiesto Traina 1969, pp. 71-78, en un breve trabajo que, a su vez, fue prontamente corregido y aumentado por un aún más breve artículo de Lunelli 1969, pp. 341-342. 33 Este asunto había sido ya tratado con un cierto detalle por Tillmann 1881. Sobre el dativo agente indoeuropeo publicó hace algún tiempo Green 1913 una monografía donde minimiza el influjo del griego en el empleo latino de dicha construcción, toda vez que, según él, se trata más bien de una herencia indoeuropea y sólo en algunos casos puntuales podría justificarse dicha dependencia. En su breve pero denso artículo titulado «The Dative of the agent in Horace 's Odes», ninguna consideración hace Richardson 1936 al respecto. 34 Hace tiempo que este tipo de dativo fue objeto de un breve pero denso estudio realizado por Hauser 1878, aunque en él nada se diga acerca de un posible influjo del griego, salvo breves alusiones en alguna nota a pie de página. Este trabajo aparece citado y ampliamente comentado en un artículo de Landgraf 1893, p. Wölfflin 1881, por su parte, escribió unas breves notas sobre la cronología del dativo, «qui dicitur iudicantis». ciación histórica no exonera a los los lingüístas posteriores de ofrecer una explciación sincrónica del fenómeno en latín. Conviene tener presente que algunos usos latinos del dativo pueden deberse a la influencia del griego 32. Los ejemplos más llamativos fueron sistematizados y estudiados por Brenous 1895Brenous = 1965, pp. 142-208, pp. 142-208, a saber: el dativo con verbos que expresan la idea de unión y hostilidad, idem con dativo, dativo con verbos pasivos 33, el dativo de relación 34, algunos dativos 'por atracción' y, por último, el ya citado dativo del tipo it clamor caelo. II/2, pp. 468-469, que dentro de la sección dedicada a las «Vergleichende Adverbialsätze der Qualität etc.» hace unas observaciones bajo el rótulo «Statt des Ablat. comparationis begegnen zuweilen auch andere Ausdruckweisen», y entre ellas está «der Komparativ mit Dativ oder Genetiv sowie mit ab oder de». Sea como fuere, debemos citar en este punto el vetusto trabajo de Müller 1836 sobre los adjetivos que se construyen bien con genitivo bien con dativo. Classica a propósito del uso del verbo pendeo re con un presunto "dativo de contacto", siendo así que dicho verbo suele ir acompañado de un sintagma preposicional. El datiuus comparationis es uno de los usos del dativo que aparece recogido con menos frecuencia en los tratados gramaticales latinos, hasta el punto de que a veces ni siquiera lo encontramos en trabajos donde se estudia con gran detalle el sistema casual de la lengua del Lacio, así p. ej. en el de Bennett 1910de Bennett -1914, t, t. Más aún, en una Gramática de tanto calado como la de Hofmann-Szantyr 1972, t. Dativus comp. ist sehr beschränkten Unfangs und hat seinen Ausgangpunk in nulli... inferior», sino que las breves consideraciones que se hacen al respecto aparecen insertadas en la sección dedicada genéricamente al Ablativo 35. Con todo, ya a principios del s. XX encontramos algún breve estudio sobre este asunto. 117, a propósito del genitiuus comparationis y del ablatiuus comparationis, respectivamente. El restringido empleo que tiene este uso del dativo justifica algunos problemas de transmisión textual a que ha dado origen, como ponen de manifiesto las breves consideraciones que al respecto publicó Elg 1947. 616 ss., creen que en algunos usos del dativo que nos ocupa puede detectarse el influjo del griego, que primero se haría patente en los ejemplos que nos ofrecen los poetas (como p. ej. Horacio), y más tarde en los prosistas (Salustio, etc.). El doble dativo y construcciones próximas La existencia de dos complementos en el mismo caso, pero no como aposición uno del otro, es susceptible a priori de diferentes interpretaciones. En latín existe el llamado doble dativo, de compleja interpretación y que no ha logrado sustraerse a la polémica de los estudiosos. Por ello no es de extrañar que se haya generado una cierta literatura al respecto, particularmente en los últimos tiempos y al socaire de los presupuestos teóricos de las nuevas corrientes lingüísticas. No obstante, es justo que citemos en primer lugar el artículo de Haudry 1968, titulado «Les emplois doubles du datif et la fonction du datif indoeuropéen», en el que propone que se invierta el proceso habitual de anális del dativo las lenguas indoeuropeas y se examinen «les emplois simples à la lumièree du tour double» (p. La anterior explicación historicista, a pesar de su interés intrínseco, apenas sí ha sido tenida en cuenta en los análisis sincrónicos posteriores del doble dativo en latín. Sobre la dificultad que plantea el análisis sintáctico de los elementos que conforman la construcción que nos ocupa da idea el hecho de que un autor como Pinkster 1990Pinkster = 1995, p. 28, se muestre vacilante al respecto, hasta el punto de que en una frase como erat odio Hannibal Romanis considera al dativo de finalidad como un "complemento del sujeto" y al dativo de persona como un complemento-argumento, pero unas páginas más adelante (p. 50) incluye el datiuus finalis en la periferia, aunque a renglón seguido apostille (p. 51): «es discutible si el dativo predicativo puede considerarse omisible. En mi opinión es obligatorio». Las posibilidades de análisis del doble dativo latino son básicamente las siguientes: a ) Que ambos dependan por igual de un mismo predicado. Esta postura es la que subyace a muchos manuales de gramática (p. ej., Bassols 1956, t. 113). b) Que cada uno de los dativos se encuentre en un nivel sintáctico distinto de la predicación. De esta opinión es Baños 1995, para quien el dativo de persona (Beneficiario) depende del dativo de cosa (Finali-36 En otro trabajo Baños (996, p. 230, a propósito del dativo de persona de un ejemplo como symphoniacos homines sex cuidam amico suo Romam muneri missit Cic., Verr. V 64), se pregunta «si no depende de muneri más que de misit». dad); esta solución sería la contraria a la que sugiere Haudry 1968 para el védico 36. c) Que el dativo de finalidad complemente al predicado sum + dat. posesivo (Suárez 1992). d) Que el dativo de persona funcione como un complemento de frase, en un nivel sintáctico superior al del dativo de finalidad (Mellado, en Baños 1995, p. En un trabajo reciente a propósito de la construcción latina dono dare Suárez 1992, p. 40, ha sugerido que debe interpretarse como "el resultado del desarrollo de un tipo de doble dativo". Este mismo autor (pp. 39-40) entiende que el dativo dono del giro que nos ocupa no es más que un dativo "predicativo" (en el sentido de "finalidad", e incluso "interés"). El término "predicativo", que ha quedado muy relegado por los lingüistas actuales, fue bastante empleado para hacer referencia a un tipo de dativo por los latinistas a partir de las primeras décadas del s. XX; por tal motivo encontramos trabajos específicos en los que dicho término aparece ya aludido en el propio título, como ocurren en Baxter 1925, 1934, Souter 1925o, para el latín medieval, Werner 1937. No obstante, es preciso tener en cuenta que tales trabajos se limitan a completar la famosa lista de "predicative datives" que había elaborado unos años antes Roby 1889-1896, t. Citaremos a continuación las conclusiones más relevantes de un breve trabajo de Riemann 1890, p. Sobre la evolución en latín del dativo predicativo, en particular, y del doble dativo, en general, exisisten dos trabajos publicados también en esta época y en los que se muestran opiniones divergentes: la de Compernass 1914, para quien el latín vulgar desconoce el doble dativo, y la de Schmalz 1916, que presenta datos y argumentos en contra de Compernass. El dativo de dirección El progresivo rechazo que el el siglo XX fueron teniendo las teorías casuales localistas que tanto auge tuvieron en la centuria anterior no impidió a los estudiosos aceptar la existencia de dativos latinos con valor directivo claro. 149 ss., quien con mejor tino critica los excesos de los localistas sin caer él mismo en la negación completa y absoluta de la existencia de un dativo de dirección en latín. No faltarán, sin embargo, autores que rechacen la idea de que el dativo latino pueda significar dirección. Esta idea se encuentra ya expresada genéricamente en autores como Meillet o Pisani, pero será Colucci 1981 quien la lleve a sus últimos extremos. A propósito de la monografía de dicho autor puede leerse el análisis crítico realizado por Bonelli 1983. Los gramáticos latinos, de ello ofrece una eficaz síntesis Calboli 1972, t. I, pp. 110-113, hablan con frecuencia de un octauus casus, que ejemplifican con la conocida frase virgiliana it clamor caelum, y hablan de un datiuum sine praepositione que se utiliza en lugar de un accusatiuum cum praepositione. Murru 1978Murru, 1979a ha hecho un detenido estudio histórico sobre los avatares sufridos por el octauus casus. El sentido directivo está, por tanto, claro; ahora bien, no es tan evidente (como ha hecho notar Calboli 1972, t. 110) si para ellos «l 'octauus casus sia un casus o una elocutio». Para comprender mejor dicho problema es preciso tener en cuenta que tal disyuntiva se presentaba también a porpósito del llamado septimus casus. De ello dan cuenta diversos trabajos modernos al respecto, entre los que está, p. ej. el de Iso 1975. Dicho estudioso hace la siguiente observación, no carente del todo de interés (p 46): «no está claro... si en el caso de una coincidencia formal de dos casos (el dativo y nuestro ablativo) se piensa... en que el dativo es el caso más antiguo y de él se deriva el otro». Tal estado de cosas explica que en las últimas décadas diversos latinistas se interesaran por el llamado dativo de dirección latino (octauus casus) y llegaran incluso a ponerlo en relación con la teoría fillmoreana de la Gramática de casos (Calboli 1972, t. 71, su estudio pueda contribuir «à un débat toujours actuel». La primera versión fue severamente criticada, entre otros, por Harris 1975, p. No debemos olvidar, por lo demás, que la Gramática Generativa de (pen-)última hornada se sirve de una parecida división; así, Fernández Lagunilla et al. 1995, pp. 288-290, describen el Objeto Indirecto en español sirviéndose de los tipos: OImeta, OIexp. y OIbenefactivo. 142, desde una perspectiva muy personal, habla de «once casos conceptuales», aunque «su número nada tiene que ver con el número de casos en las lenguas naturales»; por ello, engloba DAT., BEN. y FIN. (p. Un poco más adelante (pp. 150-151), al hablar del dativo dativo, deja la frase inacabada: «El dativo evoca finalidad, destino... ». 3.5 El dativo latino en otras teorías Una de las teorías en las que el dativo ha recibido una importante investigación ha sido en la Gramática de casos. 181, el más eximio representate de esta tendencia, en una versión renovada de su propuesta inicial, pensó que en el dativo se neutralizaban tres casos subyacentes: Experimentador, Objeto y Meta 37. 183, fue más lejos y separó del caso Meta el caso Recipiente; en el latín arcaico el primero representaría al acusativo y el otro al dativo, y en latín vulgar y en romance ambos se sincretizan. 295, por su parte, extendió todavía más el abanico de posibilidades hasta el punto de proponer que en el dativo latino se neutralizarían el Experimentador, el Paciente, el Objetivo, el Origen, la Meta y el Locativo. De hecho, quienes han intentado adaptar la teoría en cuestión al latín han ampliado considerablemente el número de "casos profundos"; así, Baldi 1973, p. Tal proliferación incontrolada de casos ha suscitado numerosos recelos 38. 184, en el sistema fillmoriano «eran demasiado someras para satisfacer a la sintaxis abstracta, y mucho menos a la Sobre este asunto hemos hablado en Gutiérrez Galindo (en prensa). 40 El libro de Lakoff fue objeto de una larga reseña (entendemos que bastante benévola) por parte del latinista galo Touratier 1969. Por lo demás, en ella se pasan por alto los no muy numerosos pasajes en que Lakoff alude al dativo (latino). 20, alguno de los rasgos semánticos utiliza-semántica generativa». Tal vez por ello las críticas le llovieron desde todas las partes, desde dentro y desde fuera de las las filas generativistas 39. Haremos referencia en lo que sigue a los escasos estudios sobre el sistema casual latino inspirados en teorías generativo-transformatorias. 99, en el capítulo tercero su su monografía Abstract Syntax and Latin Complementation comenta: «the same rules may apply to deep structures in Latin as apply to those in English»; y unas líneas más adelante (p. 90-95) se refiere en varias ocasiones al dativo latino. Acerca de los sintagmas licet me ire y licet eam opina (pp. 91-92) que «there is probably a dative present in the deep structures... Las consideraciones anteriores nos llevan a preguntarnos en qué medida la lengua que sirve de referencia (inglés) y el propio método de trabajo empleado condicionan los resultados obtenidos a propósito de los hechos latinos 40. Piensa este autor norteamericano que el dativo latino que es un caso "semántico". Considera, además, que su valor semántico se encuentra ya en la estrcutrua profunda, tesis que ha sido criticada por Calboli 1972, t. 169, conviene recordar que sus dos tesis principales al respecto son, por un lado, que «the nominative with habere, the dative with esse, and the dative dare, all have the same source», y, por otro, que «that source is a prepositional phrase introducted by ad, i.e., an afferential prepositional phrase» 41. dos por Binkert en las clasificación de los casos latinos recuerdan a los criterios empleados por Hjelmsev, que, a su vez, pueden ponerse en relación con los que los gramáticos bizantinos Máximo Planudes y Teodoro de Gaza justifican su teoría casual localista. 42 Sobre todo en su monografía de más de mil páginas titulada Nom et déclinaison. Sobre el dativo en posición inical opina (t. 475, por su parte, escribió un breve artículo sobre las construcciones de acusativo/dativo con infinitivo. 114, en un trabajo sobre las construcciones pasivas con tres actantes, donde el dativo tiene un papel importante, comenta que en tales contextos los casos sólo se pueden explicar «desde un análisis en que se tenga en cuenta el nivel semántico». Sobre el verdadero alcance de las aportaciones de la Gramática Generativa al problema de los casos citaremos la opinión poco sospechosa del eminente latinista italiano Calboli 1983, p. Daremos en lo que sigue unas breves pinceladas sobre las tesis psicologizantes de Guillaume desarrolladas en lo que hace al latín por de Carvalho 42. Dicha teoría tiene un importante componente semanticista que justifica el interés de Carvalho 1985a, t. 716 ss., por las tesis de Fillmore, bien sea para criticarlas, bien sea para retomarlas en alguna medida. El latinista galo (t. Un poco más adelante comenta Carvalho (t. II, pp. 844-845) que el valor de "inactuel ultérieur" explica los diferentes usos del dativo, desde el posesivo, pasando por el agente o el de atribución hasta llegar al de dirección 43; más aún, en su opinión (t. Serbat ha sido seguramente el latinista moderno que más páginas ha escrito sobre el dativo latino. Aparte de aquellas que de manera más o menos genérica le haya podido dedicar en estudios generales como p. ej. sus Casos y funciones (Serbat 1981(Serbat = 1988)), dicho autor ha sacado a la luz varios trabajos específicos al respecto (Serbat 1989b(Serbat, 1990(Serbat, 1996a(Serbat, 1996b)), todos ellos de gran interés, aunque tal vez sea el último de ellos, titulado «Essai de définition du datif latin», el que mayor interés tenga desde el punto de vista teórico. En efecto, el autor ofrece en las once páginas que ocupa el trabajo aludido una visión destilada de las teorías y opiniones que ha sostenido en sus estudios anteriores, particularmente en las ciento cincuenta páginas de su Grammaire fondamentale du latin (Serbat 1996a) que ha necesitado para tratar de manera minuciosa los numerosos problemas que conlleva el análisis del dativo en latín. Tres son las preguntas que el latinista galo entiende que deben plantearse para definir adecuadamente un caso (Serbat 1996b, p. A la primera de ellas responde en los siguientes términos (p. En lo que concierne a la respuesta a la segunda cuestión se da la circunstancia de que acepta la dualidad propuesta, entre otros por Fugier, de distinguir entre "bénéficiaire" y "destinataire", y a la vez encontrar para el dativo latino «une valeur propre présente dans toutes les situations contextuelles»; tal desiderátum se cumple en lo que él llama "repère de visée" (que en ocasiones glosa como "pôle d 'attraction"), de suerte que tal complementariedad entre lo que atrae y lo que es atraído se da prototípicamente en la secuencia dare nobis (p. 158), que él esquematiza como sigue (p. En lo referente a la tercera cuestión, por último, Serbat (p. Los límites entre una y otra construcción, que el propio Serbat reconoce a veces como tenues (p. Hay otros dos aspectos, a nuestro juicio de gran interés para una recta comprensión del dativo latino, sobre los que Serbat en todos los trabajos al respecto citados más arriba hace varias veces hincapié. Por un lado, insiste en que el uso del dativo en lugar de otra expresión funcionalmente equivalente resulta mucho más expresivo. Así, p. ej., a propósito del giro virgiliano se euadere pugnae escribe (1996b, p. El otro aspecto en el que incide a menudo el latinista galo, sobre todo al tratar del dativo llamado simpatético y del doble dativo, es lo que él llama "la dépendence du Datif" (particular interés tienen, p. ej., la líneas que dedica al respecto en 1996, pp. 564-566). Las dificultades de este problema también han sido puestas sutilmente de manifiesto por otros autores; así, las acotaciones que encontramos en Baños (1996) sobre este asunto son un buen exponente de ello. El dativo latino en la perspectiva tipológica Aunque la Gramática latina ha sido durante muchos siglos sinónimo de Gramática, son muchos los aspectos de la sintaxis del latín que están aún pendientes de un análisis tipológico que los relacione y compare con los datos que ofrecen otras lenguas o familias de lenguas para de esta manera poder definir su posición relativa en el espectro de realizaciones posibles. Sea como fuere, sería injusto olvidar que sí existe algún trabajo de este tipo acerca de las cuestiones que aquí nos vienen ocupando 45. La única aproximación tipológica acerca del sistema casual latino en su conjunto que conocemos es la que presentó hace algunos años Lehmann (1985) en su trabajo titulado «Latin case relations in typological perspective». Con un criterio esperable y acorde con sus intenciones hace notar Lehmann (p. 84) al principio de su estudio que no todas la formas posibles (siete en total) de dependencia para una N P se documentan en latín. El principio general al que responden las predicciones tipológicas aparece enunciado en los siguientes términos (p. En lo que hace al dativo latino dicho principio tiene dos posibles repercusiones que Lehmann (p. 92) sintetiza como sigue: i Adessive > allative:... A pesar del interés intrínseco que tienen las consideraciones tipológicas realizadas por Lehmann, lo cierto es que no debe olvidarse que, como subraya Herslund 1988, p. 313, el Objeto Indirecto ha sido «longtemps traitée en parent pauvre». Tal estado de cosas es preciso tenerlo en cuenta a la hora de hacer valoraciones relativas a los estudios tipológicos porque éstos sólo pueden alcanzar su pleno desarrollo cuando los estudios específicos sobre un asunto concreto han alcanzado un grado importante de madurez en diferentes lenguas. Si tenemos en cuenta que esta última circunstancia sólo en los últimos tiempos se viene haciendo realidad en lo que concierne al dativo, se comprenderá que los estudios tipológicos al respecto todavía estén en una fase incipiente. Por otro lado, las características gramaticales inherentes a la propia dativdad parece que dificultan aún más dicha tarea. En las conclusiones de un reciente trabajo a propósito del dativo en latín y en neerlandés van Langendonck 1996-1998, t. 255, señala que «it does not look plausible to set up one abstract meaning of "dativity"»; un poco más adelante hace este mismo estudioso (t. El problema de fondo que subyace al planteamiento universalista de la datividad es 46 Tal vez donde encontremos más consideraciones de índole tipológica sobre la datividad sea en Givón 1984Givón -1990, en particular t. Para un análisis de la datividad en una lengua no indoeuropea en la que no existe propiamente un caso dativo nos parece de particular interés el trabajo de Tuggy 1996de Tuggy -1998: t. I, pp. 407-452, titulado «Dative-like constructions in Orizaba Nahuatl». que, como han hecho notar algunos lingüistas (p. ej., Blake 1994), suele llamarse "dativo" a todo complemento importante no argumento (main noncore case). El resultado empírico de tal práctica es que la datividad es más bien un "universal de las lenguas indoeuropeas", si es que podemos dar por bueno este concepto (Langendonck 1996-1998, t. 256), que parece encerrar un cierta contradicción en los términos 46. Convendría tener presente también que para la Gramática de casos (Fillmore 1968, p. Sea como fuere, sobre las críticas que dicha teoría ha recibido ya hemos dado cuenta en § 3.5. Por otro lado, un aspecto en común que suelen tener las teorías con una cierta orientación universalista es su rechazo a la interpretación local del valor básico que debía tener el dativo indoeuropeo; este es el caso, p. ej., de van Langendonck 1996-1998, t. 293), entre otras cosas, que sólo una doceava parte de los nombres y pronombres latinos que aparcen en dativo se refieren a cosas. Un aspecto concreto del dativo latino que ha suscitado un cierto interés desde la perspectiva tipológica ha sido el concerniente al orden de palabras (Rivero García 1998, p. En un trabajo de 1973 Blansitt postulaba que en cualquier lengua el orden dominante para cláusulas unitrasivitvas debiera ser aplicable a las cláusulas bitransitivas. Dos años más tarde Sedlak confirmaba dicha propuesta, y también la teoría de que las lenguas con un orden dominante SOV pueden tener como órdenes bitransitivos SDOV, SODV, SDOV/SODV y SOVD. Elerick 1990, que en un trabajo anterior ya había postulado para el latín un orden SOV (Elerick 1989), se propuso dar la vuelta a las tesis mantenidas por Blansit y Sedlak para comprobar que las lenguas «which have the bitransitive order SDVO, SODV, or SOVD have SOV as the dominant order in the unitransitive clause» (p. El estudio de Elerick está aplicado al latín y Tampoco se ha hecho un estudio sistemático sobre el dativo en los autores latinos tardíos y medievales. Con todo, mencionaremos -sin afán de ser exhaustivos -algunos trabajos al respecto donde se ofrecen de manera más o menos esporádica acotaciones que pueden ayudar a comprender mejor a Laborderie 1934, p. III, pp. 65, 119-120, 205, sobre algunos autores cristianos de primera época; Bonnet 1890 = los datos que maneja están sacados de un corpus limitado de obras ciceronianas, en concreto de los discursos Pro Flacco y Pro Caecina, según indica el propio autor, que sintetiza en los siguientes términos su principal conclusión: «the Latin of Cicero has a default order, not a preferred but a dominant order, for unitransitive and bitransitive clauses. Cabrillana 1994 ha realizado interesantes observaciones tanto sobre el alcance de las tesis de Elerick como sobre la validez del método por él empleado, en particular por trabajar con un corpus muy limitado. 446) llega a decir que «no parece que el alcance de la inversión de implicaciones de la hipótesis de Blansitt tenga un fundamente suficientemente sólido». Digamos, por último, que en ninguno de los trabajos de orientación tipológica citados a propósito del dativo latino ni en otros que sobre el orden de palabras han escrito los autores en cuestión (Elerick 1994; Cabrillana 1993Cabrillana, 1994) ) se hace referencia a la carga de énfasis que a menudo lleva el dativo latino, asunto en el que con frecuencia incide Serbat, como hemos recordado un poco más arriba. Una última observación queremos hacer. Tal vez sea en el campo de la epigrafía latina donde el uso del dativo esté más extendido y donde su rendimiento sea más notable, toda vez que es en las inscripciones donde este caso cobra particular relevancia, a veces incluso por partida doble. Sin embargo, a pesar de tratarse de un terreno especialmente privilegiado para su estudio, ni gramáticos ni epigrafistas han emprendido la tarea de llevar a cabo un estudio sistemático del dativo latino en las inscripciones, lo que no impide que unos y otros hagan a menudo interesantes observaciones sueltas al respecto 47. 436, por su parte, ya se percató de la importancia que para el estudio general del caso en cuestión tienen las formas de dativo aisladas que encontramos a menudo en las inscripciones a manera de dedicatorias, etc. También en Hofmann-Szantyr 1972, t. 86, aparece citado el siguiente ejemplo sacado del CIL (XIII 2483) que merecería un análisis más en profundidad: hic requiescunt membra ad duus fratres Gallo et Fidencio. 270), por su parte, ya hizo notar que algunos usos de "datif pour accusatif" (tipo ingredi paradidi januae), o de "datif pour in + ablatif" (tipo huic tumulo jacens) están próximos a otros similares empleados por Gregorio de Tours. 315), por su parte, ofrece datos interesantes al respecto sacados del vol. VI del CIL. Significativos son igualmente los ejemplos de usos de genitivos por dativos en inscripciones que O. Prinz ofrece en el ThLL, circunstancia que también se documenta en inscripticones griegas (Petzl 1981, p. Aunque parezca sorprendente, a menudo se producen interpretaciones erróneas de formas de dativo en inscripciones epigráficas a causa de un deficiente análisis del contexto sintáctico. 13, en un reciente trabajo a propósito del Carmen epigraphicum de Pomponio muestra de forma convincente la necesidad de corregir una de dichas lecturas equivocadas.
En este tercer "volumen" -si bien se mira, un disco será un uolumen más propiamente que un mazo de folios encuadernados -de la Biblioteca Virtual "Menéndez Pelayo" de polígrafos españoles se ofrece, según la carátula, el contenido de 2.500 páginas de texto latino, otras tantas de traducciones al español y 500 más de estudios y notas. Es lo que ocuparían, si se pusieran en papel, una introducción general de Miguel Ángel Garrido y quince tratados de arte retórica, publicados entre 1515 y 1595, catorce de los cuales no son, por principio, reseñables en EMERITA. Lo que, desde luego, no significa que estén fuera de lugar, o estorben, en una buena biblioteca de Filología Clásica, puesto que, como es bien notorio, son muchos, o mayoría, los latinistas españoles que tienen como segunda especialidad, o como superespecialidad, el estudio del latín humanístico y de la "recepción" de la literatura, el pensamiento y la cultura de la Antigüedad Clásica entre el Renacimiento y la Edad Contemporánea. El décimo quinto, que por su fecha es el primero de la colección, es la Artis rhetoricae compendiosa coaptatio ex Aristotele, Cicerone, Quintiliano, de Nebrija (1515), que, por ser obra de quien es, en la que fue revista del Instituto "Antonio de Nebrija" gozaría de privilegio, aunque no necesita invocarlo, ya que, como el mismo Nebrija declara, todo lo que contiene está extraído de los autores clásicos, sin ninguna alteración o adición. Miguel Ángel Garrido, en su estudio introductorio, juzga que ésa es manifestación de modestia un tanto excesiva, porque algo -"y aún algos", por decirlo cervantinamente -aportó efectivamente Nebrija; y respecto del título, aclara que la presencia de Aristóteles en el cuerpo del tratado es casi inapreciable, y que en la coaptatio de Nebrija lo que hay de Cicerón y de la llamada Rhetorica ad Herennium bien podría haber salido de la Institutio de Quintiliano. Así pues, en tanto que revisión de la obra del rhetor hispano, ésta de Nebrija, junto con la traducción, el estudio preliminar y las notas a pie de página virtual de Miguel Ángel Garrido, reúne los requisitos necesarios para ser reseñada aquí y, en adelante, figurar en los apartados que las bibliografías de la Filología Clásica reservan a Quintiliano y a las doctrinas retóricas de la Antigüedad. No quiero terminar sin detenerme un momento a describir y considerar esta publicación, que no es ni un banco de datos textuales ni una colección de "e-texts" o "e-books", sino las dos cosas al mismo tiempo, con la particularidad de que el sistema permite "exportar" tanto los textos latinos como las traducciones, introducciones y notas. Lo cual es de agradecer, y más todavía de alabar, porque es raro, y sobre todo porque pone de manifiesto el generoso desprendimiento de traductores, comentaristas y editores. Para que no todo sean elogios y parabienes, hay que anotar que por su configuración técnica el volumen requiere "instalación", cosa que es de menor importancia por el momento, ya que no son todavía muy abundantes las ediciones electrónicas de estudios filológicos y de obras de referencia. Cuando dejen de ser una novedad, y ya va siendo hora de que dejen de serlo, es de temer que tantas "instalaciones" tendrán inconvenientes no desdeñables. Para entonces, sería muy bueno que las publicaciones sin ánimo de lucro, o no estrictamente comerciales, tomaran la forma de estampaciones "virtuales" en soporte informático que tienen ya las colecciones de textos como el "Proyecto Gutenberg" y la Biblioteca Virtual "Cervantes", que además de materias primeras para los estudios filológicos publica -es decir, hace real y verdaderamente del público dominio -ensayos y monografías. Queda, por último, felicitar sinceramente por este trabajo, que ha sido realmente grande e importante, a sus autores, y particularmente al editor general, Miguel Ángel Garrido, y a Ángel Luis Luján Atienza, editor y traductor de dos de los tratados (uno de Mateo Bósulo y el otro de Juan Lorenzo Palmireno) y encargado de la revisión filológica del volumen entero. Fruto de un trabajo de muchos años, según dice J.-M. Jacques en la nota inicial, es la edición que comentamos, que incluye los Theriaca de Nicandro y los fragmentos toxicológicos anteriores a este poema griego, que trata de los ataques de animales venenosos, sus efectos y los remedios válidos contra ellos. Como también se nos explica en la misma nota, es difícil acceder a este autor griego, y esto por razones varias que incluyen desde aspectos formales hasta la naturaleza misma de los contenidos, que, en principio y sin puntos de referencia, podrían ser entendidos como poco literarios por un lector moderno. A ello hay que añadir la cuestión de la identificación del autor y la distinción entre los dos posibles Nicandros existentes, de los que el segundo, contemporáneo de Átalo III de Pérgamo, es, como indica J.-M. Jacques (pp. IX-X, XIII), el autor de los poemas toxicológicos Theriaca y Alexipharmaca.En efecto, sólo un trabajo paciente y minucioso, cuyos orígenes se sitúan en los años cincuenta del siglo XX (cf. p. VII), podía servir para estudiar los escritos de Nicandro de Colofón y sacar a la luz esta valiosa edición, que ha estado precedida de varios trabajos de su autor sobre el mismo poeta, entre ellos el excelente artículo "Nicandre de Colophon poète et médecin" (Ktèma 4, 1979, pp. 133-149), donde ya se apuntaban algunas de las ideas desarrolladas en el estudio que nos ocupa. Como es habitual en esta colección, la edición ofrece el texto griego de los Theriaca con traducción francesa enfrentada y abundante aparato crítico. Éste, como explica el autor (pp. CLXIX-CLXXI) está dividido en tres secciones, relativas a loca similia, testimonia y variantes textuales. Con los abundantes datos ofrecidos en ellas el autor realiza un exhaustivo recorrido por la tradición textual de Nicandro y el léxico utilizado por el poeta, y consigue ofrecer una edición más completa que las anteriores, y especialmente que las más 'recientes', que tienen en cuenta las dos ramas de la textual (las de O. Schneider, 1856, y A.S.F. Gow y A.F. Scholfield, 1953).El texto griego y su traducción están, además, precedidos de una introducción y seguidos de abundantes notas. La primera, que comienza con una presentación de los poemas toxicológicos de Nicandro y su contexto histórico, está articulada en tres partes, de las que las dos primeras desarrollan las dos perspectivas desde las que, efectivamente, hay que estudiar los Theriaca de Nicandro: la perspectiva que se podría denominar científica, y la literaria; la tercera parte de la introducción traza la historia del texto. A propósito de la primera de ellas, ofrece J.-M. Jacques un detenido repaso de las fuentes toxicológicas de la Antigüedad, incluidos los autores anteriores a Nicandro de los que hay noticias, con lo que realiza importantes aportaciones para configurar un corpus toxicológico grecolatino completo. Este apartado, además de incluir interesantísimas notas y observaciones sobre las influencias de unos autores en otros y cuestionar afirmaciones al respecto hechas hasta hoy (cf., por ejemplo, sobre Apolodoro, p. XXXIV, nota 54), le permite definir el papel del poeta griego y de sus Theriaca en este conjunto y su influencia posterior, algo imposible sin un cuadro claro de fuentes. La segunda parte de la introducción analiza los Theriaca como obra poética, perteneciente al género de la poesía didáctica. Destaca aquí la recopilación que al principio realiza J.-M. Jacques de los juicios sobre Nicandro emitidos por antiguos y, sobre todo, modernos, recopilación interesante, en nuestra opinión, principalmente porque ofrece una visión de conjunto de las críticas surgidas sobre todo a finales del siglo XIX y principios del XX. Estas críticas, realizadas a veces desde criterios discutibles y olvidando el concepto de poesía didáctica antigua, no coinciden en absoluto con la valoración de la Antigüedad, mucho más positiva, sobre el poeta, y son puestas en su justo lugar con el presente estudio de los Theriaca, que lleva, sin duda, a revalorizar en forma y contenido la poesía de Nicandro, algo que también nosotros, con el autor, consideramos necesario. A continuación encontramos el análisis de las características del poema (estructura, procedimientos literarios, contenidos poéticos, rasgos de lengua y estilo, modelos) y la explicación de su influencia en autores posteriores de poesía épica, didáctica y específicamente médica, escrita en griego o en latín, de la Antigüedad. La sección final del estudio literario está dedicada a la versificación de Nicandro. La tercera y última parte de la introducción describe, como hemos dicho, la historia del texto de los Theriaca, teniendo en cuenta la tradición directa y la indirecta. Junto a las exhaustivas descripción y valoración de las dos clases existentes de manuscritos, que demuestran un profundo conocimiento de los mismos, procedente sin duda de un trabajo minucioso, encontramos también una acertada exposición crítica sobre los papiros, las paráfrasis y los testimonios de tradición indirecta, y su papel en la transmisión textual del poema. En este apartado nos han resultado especialmente interesantes la inicial descripción de los comentarios antiguos sobre los Theriaca y sobre todo la atención prestada al origen y la evolución del EM LXXII 1, 2004 corpus de los escolios, con un conjunto de datos organizados enriquecen la visión de este corpus, sobre el que muchas veces sólo se encontraban datos dispersos o poco precisos. Como era de esperar en un trabajo filológico de esta calidad, el editor aclara (p. CLXVIII) su postura ante los testimonios de la tradición textual y los principios adoptados en la organización de la edición (pp. CLXIX-CLXXIV).Esta copiosa introducción se cierra, junto con una nota sobre morfología y ortografía, con una breve recopilación de ediciones y traducciones de los Theriaca de Nicandro realizadas desde el Renacimiento, en la que agradecemos especialmente la mención del traductor renacentista español Pedro Jaime Esteve, en una de las escasas referencias que sobre él encontramos en los estudios modernos sobre Nicandro. Si pasamos a las notas de la edición, vemos que están organizadas en dos grupos. Por una parte, encontramos las añadidas a la traducción francesa que, colocadas a pie de página, aclaran sobre todo cuestiones lingüísticas, especialmente relativas a léxico e interpretación. Por otra parte, al final de la edición se añade otro grupo de notas más extensas (pp. 77-268), con comentarios sobre diversas cuestiones que superan lo estrictamente lingüístico y que, además de asuntos referidos a toxicología antigua, tocan también otros temas tratados en el poema. En cualquier caso, esta clasificación de las notas y su finalidad es explicada también por el autor de la edición (pp. CLXXI-CLXXIV). Finalmente, y como se indica en el título de la misma, ésta se cierra con los fragmentos de toxicología, esta vez sin traducción, de autores anteriores, en su mayoría, a Nicandro, como Diocles de Caristo, Praxágoras de Cos, Apolodoro, Numenio de Heraclea, etc. Estos fragmentos, que proceden de distintas fuentes también antiguas, como se va especificando convenientemente, permiten al lector conocer directamente y de manera organizada los escritos sobre toxicología griega de los que trataba al principio J.-M. Jacques, a la vez que constituyen un importante y útil instrumento de trabajo, entre otras causas porque en algunos casos proceden de fuentes de difícil acceso.Varias son las razones por las que esta edición se sitúa, a nuestro juicio, a la cabeza de los estudios sobre Nicandro existentes hasta ahora. A la cantidad de datos ofrecidos, entre ellos la completa bibliografía sobre el tema (pp. CLXXXIII-CCI), y al riguroso trabajo filológico realizado en varias direcciones, se añade la valoración de Nicandro y sus Theriaca en un conjunto más amplio de escritos toxicológicos, que conduce a una merecida reivindicación, tanto en aspectos literarios como científicos, de un poeta poco estudiado y, en ocasiones, erróneamente juzgado. Como se puede deducir de todo lo anteriormente expuesto, consideramos especialmente valiosas las novedades que suponen la completa descripción de la tradición textual de los Theriaca de Nicandro, la recopilación y valoración de los fragmentos toxicológicos antiguos, las observaciones sobre el corpus de los escolios y su papel en la transmisión y, por supuesto, la tarea de traducción, que comporta el profundo estudio y conocimiento de un léxico muchas veces difícil, conocimiento reflejado también en las explicaciones sobre identificación de animales y productos presentes en la tradición toxicológica que encontramos en los comentarios finales.Todo ello hace de ésta la nueva y más completa edición de referencia para quienes quieran acercarse a los Theriaca de Nicandro, a la toxicología antigua y a su pervivencia, tema sobre el que todavía queda mucho por hacer. Recibiremos, por tanto, con los brazos abiertos los volúmenes I y III sobre Nicandro, donde junto a otros contenidos encontraremos, como J.-M. Jacques promete, la edición de los Alexipharmaca y datos sobre la recepción de Nicandro en el siglo XVI. Ma TERESA SANTAMARÍA HERNÁNDEZ Universidad de Castilla-La Mancha
BERGUA CAVERO, JORGE, Introducción al estudio de los helenismos del español. Zaragoza, Universidad, 2002, 368 pp. El presente libro ofrece una contribución muy útil a este capítulo, un tanto olvidado, en la historia de la lengua española: el del léxico culto, que es en su mayor parte de origen griego directo o indirecto o creado en torno a él, a partir de su estímulo. Y eso que es notoria, para expresarme con palabras del autor (p. 311) la helenización y latinización "no solo del léxico de las lenguas modernas, sino también en gran medida de su sistema ortográfico, fonotáctico y prosódico, así como de su sistema y recursos para la formación de palabras". Es un fenómenos general que para el español hemos estudiado Fernández-Galiano, Lapesa y yo mismo (en mi Historia de la lengua griega y otros lugares), pero al que Bergua aporta muchos datos más en lo relativo a los préstamos y calcos diversos, a la ortografía y fonética, el estímulo para crear nuevas palabras españolas, etc. El autor introduce en cada apartado datos históricos, cronológicos, sobre vías de acceso de los helenismos, etc., pero su planteamiento total es más sistemático que histórico. Se queja de las lagunas en la bibliografía para redactar una historia de los helenismos y tiene razón: muchas veces me he quejado de la desgraciada serie de circunstancias que ha impedido que tengamos hoy en día un gran Diccionario Histórico del español. Pero creo que con ayuda del CORDE y el CREA disponemos hoy de medios para certificar, al menos aproximadamente, la fecha de entrada de los helenismos y su frecuencia en cada momento. En realidad, los datos esenciales están ya en nuestro poder y pueden verse en el libro de Bergua. Se puede ir más lejos, sin embargo, pienso. De todas maneras, sin duda era lo más urgente trazar un cuadro general. Voy a tratar de dar una idea de cómo lo organiza nuestro autor, con algún comentario esporádico mío. Una Primera Parte, dedicada a la Grafemática, y una Segunda, a la Fonología, se refieren a las cosas que más necesitadas estaban de estudio, aunque se encuentre ayuda en los manuales de Historia de la Lengua. El autor estudia en estos capítulos, entre otras cosas, los orígenes de nuestro alfabeto español en los diferentes alfabetos griegos, así como los distintos sistemas fonológicos que ha habido a partir del latino, cuestiones de ortografía, etc. Es un estudio útil, también para las ortografías a veces en conflicto. Convendría dejar más claro que la anomalía representada por x = ks (un grafema bifonemático) nada tiene que ver con la c griega, que no debería ni citarse en este contexto, solo con la x griega occidental. No se dice nada del origen de la C y G en la gamma griega; y, en cuanto a la k, pienso que su "resurrección" en español se debe ante todo a su uso germánico, derivado del alfabeto de Ulfilas y aplicado a palabras extranjeras en general que luego han entrado en español (eslavas, japonesas, indias, etc.), al vasco y a toda ortografía que se quiere hacer notar como anómala, desde los okupas en adelante. Es importante también lo relativo a la prosodia, a la puntuación, a los fonemas finales, etc. Interfiere a veces con otras secciones del libro, en ellas se encuentran datos, por ejemplo, sobre usos que derivan del influjo del francés. La Parte Tercera es, quizá, la más central del libro: trata de la clasificación de los helenis-EM LXXII 1, 2004 mos españoles según sus vías de entrada y su forma fónica. Clasificación bien llevada en el detalle. Solamente, la afirmación de que la mayoría de los helenismos entró en español «fundamentalmente por vía escrita» (p. 82), habría que matizarla. Yo he insistido en el concepto de griego-latín, un latín tardío, que va del popular al culto, muy helenizado. Las palabras españolas que el autor llama "patrimoniales" vienen del latín hablado, por supuesto, pero muchas de ellas son perfectamente griegas por su origen, aunque con frecuencia están alteradas, como nuestro autor muy bien señala en su Parte Cuarta. También vienen por vía oral, aunque a través de otras lenguas, muchos bizantinismos. En realidad yo distinguiría tres vías de entrada de los helenismos: del griego-latín popular, hablado, al castellano popular; del griego bizantino al castellano popular, a través de intermediarios; del latín escrito helenizado a la prosa castellana, en diversas etapas en cuanto a las fuentes, las fechas y los temas de interés preferente en cada una. Sobre esto se podría, quizá, haber avanzado más en el detalle, aunque es cierto que no estaba en la intención del autor. Y también es interesante el tema de la lucha, en latín, entre la adopción de términos griegos y creación de calcos y, en español, entre los términos (incluidos prefijos y sufijos) griegos y los latinos. Este último extremo es tratado en diversos lugares de la Parte Quinta, relativa a la formación de palabras: prefijos, sufijos y composición. Todo esto es muy nuevo, no se había expuesto nunca, que yo sepa, en forma sistemática. El autor aporta estadísticas, aunque hay que notar que los datos de Buck-Petersen, para el griego, están muy sobrepasados hoy. Para el español yo he aportado algunos (frecuencias de las diversas preposiciones y sufijos, porcentaje total de los formantes griegos, etc.), que podrían, sin duda, ampliarse. Como podría ampliarse la parte histórica: cómo ha evolucionado todo este material, en castellano, desde la Edad Media. Ha crecido en términos exponenciales, yo diría. También es interesante lo relativo a las palabras compuestas, a su crecimiento, también, en español sobre modelos griegos. Y hay, al final de la obra, útiles índices. Libro importante, en resumen, sobre los dos temas complementarios de la expansión del griego como lengua de cultura y del crecimiento en español del elemento griego. Ayuda a llenar esta laguna. Por lo demás, el campo no está, ni mucho menos, agotado, como se ve por el título mismo "Introducción al estudio...". Y habría que continuarlo con la sintaxis, el estilo y la literatura, si bien aquí el influjo es ya propiamente latino, aunque dentro del latín se perciban claros influjos griegos. F. R. ADRADOS LÓPEZ GREGORIS, ROSARIO, El amor en la comedia latina. Creo que fue Umberto Eco quien en un conocido libro dedicado a la confección de tesis doctorales (en realidad, las tesis de licenciatura italianas) recomendaba no tomar temas de investigación demasiado amplios, y daba el ejemplo de un asunto tan general como "el amor en la literatura". El título del libro que reseñamos podría dar esa impresión de amplitud y generalidad (el amor en la comedia, nada menos), si bien un oportuno subtítulo, algo más cienti-fista, por cierto, nos aclara que se ha seguido un método de análisis lexicológico. En la Introducción, además, se expone claramente el objeto preciso de estudio: el sermo amatorius. La autora, buena y sensible latinista, además de compañera en estas cosas del comparatismo literario, más precisamente en lo que ella misma denomina "itinerarios por las literaturas occidentales", lleva a cabo un completo estudio por todo el espectro de lo que podemos considerar como el lenguaje amoroso en la comedia. Algo que, en principio, parece tan difícil de delimitar (recordemos trabajos precedentes sobre léxico erótico tan conocidos como los de Montero Cartelle o Adams) se resuelve casi imperceptiblemente con el reparto del material léxico dependiendo de aquel que lo habla: el sermo meretricius, dedicado básicamente a la seducción, el sermo amatorum, o lenguaje más propio de los amores ajenos a la institución matrimonial, el sermo lenonius, o lenguaje de la prostitución y, finalmente, el sermo nuptialis, o lenguaje del matrimonio. Todos estos sermones son complejos en su estructura, y muestran aspectos de la sociedad romana reflejados en la comedia. En este sentido, una de las conclusiones básicas de este estudio es confirmar el carácter cosificado que la mujer presenta en los diferentes discursos estudiados, no sólo en el más aceptado desde el punto de vista social (obviamente, el del matrimonio), sino también en los marginales (en especial, la prostitución). En lo que a la metodología de análisis respecta, junto a los estudios de carácter estructural, que siguen la línea marcada por maestros como Eugenio Coseriu o Benjamín García Hernández, prologuista de este libro y director de la tesis que lo motivó, tenemos que hacer notar la presencia de nuevas aproximaciones, como las de la llamada "semántica cognitiva", en particular el uso de la teoría de las "metáforas de la vida cotidiana" propuesta por Lakoff y Johnson, cuyo rasgo más definitorio es que se trata de recursos conceptuales y no tanto de figuras literarias. De esta forma, la autora parte de ciertas metáforas a las que podemos añadir el apelativo de eufemísticas, como aquellas que, con el fin de evitar el crudo término de futuere, nos dicen que "fornicar" es "llevar" (ducere) o "tocar" (tangere), redundando, asimismo, en la antes aludida cosificación de la mujer. Además de la autora, por estos derroteros de la aproximación cognitiva han entrado otros discípulos de García Hernández, como Luis Unceta o quien escribe esta líneas. Hace unos años, la autora y yo tuvimos ocasión de publicar conjuntamente un artículo titulado «Aproximación a las "metáforas de la vida cotidiana" en el lenguaje plautino» en los Studi Italiani di Filologia Classica SIFC (Terza Serie) 13, 1995, pp. 233-245. Además de unas Conclusiones, divididas en aquellas que se refieren al orden semántico y las que responden al orden sintáctico, cierran el libro una completa Bibliografía y un Index locorum Latinorum, elaborado con pulcritud filológica. Se trata, en definitiva, de un libro esencial no sólo para los interesados específicamente en la semántica latina, sino para los estudiosos de la sociedad romana desde los propios reflejos lingüísticos. FRANCISCO GARCÍA JURADO Universidad Complutense
LITERATURA, FILOSOFÍA Y RELIGIÓN. Milán, Arché, 2002, 199 pp. Nuestro conocimiento de la diosa romana Juno Moneta es bastante pobre: abarca alguna información acerca de sus templos, sobre un ritual relacionado con un aspecto histórico-mítico de época arcaica y su relación con la emisión de moneda. Abordar un estudio sobre esta divinidad a partir de unos datos tan escasos, requiere algo que realmente ofrece el libro de Haudry (H.): una idea original sobre la etimología del nombre y la aplicación de una metodología distinta de la tradicional en el campo de la mitología comparada indoeuropea. El resultado es muy sugerente, pero muchas veces al lector le queda la impresión de que se transita por caminos etéreos. La etimología más común aplicada a Moneta explica esta epiclesis de Juno como un nombre de agente sobre moneo re que significaría algo así como 'consejera'. H. rechaza la posibilidad de que la formación Moneta sea un nombre de agente y propone que el étimo del que hay que partir es *moni-'cuello', de donde provendría la formación moneo ta (con un paso intermedio *monÀta), con un significado originario 'la del collar', que estaría corroborado por la presencia de monedas antiguas con la imagen de Juno Moneta adornada con un collar. Hecha la aclaración etimológica, H. pasa revista a mitos indoeuropeos del área occidental en donde se puede encontrar una figura femenina y un collar que juega un papel relevante en el mito; y así encuentra paralelos relevantes en el ámbito germánico, con la leyenda de Menglod < *Manjagladoo 'la que disfruta de su collar', que H. identifica con Freyia, que tiene como atributo el collar de los brisingos 'de los fuegos divinos'. En la literatura céltica la leyenda tiene un paralelo en la historia de Kulhweh y Olwen, la hija de un gigante. El análisis de H. continúa analizando los elementos de designación paleo o premonetaria en las lenguas indoeuropeas, entre los que añade los collares y los torques. A continuación hace un análisis de un mito romano que encuentra relacionado con Moneta, las historias referentes a Tarpeia y su relación con el Arx. Establece una ecuación funcional Freyia = Tarpeia = Moneta y considera que Moneta pudo ser una divinidad de carácter originariamente benefactor asociada a los sabinos, que jugaría un papel relevante en la guerra mítica entre sabinos y romanos, que H. interpreta como una "guerra de fundación" paralela a la famosa entre Ases y Vanes de la cosmogonía germánica. Esta guerra mítica se hace histórica en las versiones en las que Tarpeia se convierte en la traidora que entrega el Capitolio a los galos a cambio de collares de oro. Pasa revista a los templos dedicados a la diosa, y en especial el del Arx lo identifica con la antigua Regia, pues propone que la diosa tendría la función de inaugurare, esto es, de conceder augur (substantivo neutro), fuerza mágica trifuncional al nuevo rey. Esta vinculación de la diosa a la Regia quedaría además explicada por la relación de Moneta con la gens Manlia, lo que aclararía la etimología de dicho gentilicio, *manilia, y los aspectos legendarios que contienen los relatos referidos a Manlio Capitolino y a Manlio Torcuato. Finalmente, analiza los datos referidos al único ritual del que nos informan las fuentes antiguas relacionado con Moneta, la procesión en la que se paseaba un ganso en una litera, a la vez que uno (o varios) perros crucificados. Las interpretaciones historicistas son bien conocidas: sería la conmemoración ritual de la hazaña llevada a cabo por los gansos del templo de la diosa que alertaron a los defensores del Arx en el ataque de los galos, mientras los perros estaban dormidos o entretenidos con la comida que les habían dado los atacantes. Obviamente, H. opta por una explicación interna del ritual, en la que el perro es símbolo de la muerte, mientras que el ganso doméstico es símbolo de fecundidad y el ganso salvaje, por su carácter migratorio, simbolizaría el retorno anual del sol. En suma, para H., el ritual de Moneta sería propio de una fiesta de fin de cosecha. En las conclusiones, H. propone un análisis de Moneta que parte de dos cortes temporales. En el más reciente, Moneta es una diosa transfuncional, que abarca las tres funciones dumézilianas: en tanto que diosa benefactora, es la diosa protectora del oro premonetario, en forma de collar o torques. Estos mismo elementos estarían también asociados a la segunda función, como retribución del héroe (v. la leyenda de Manlio Torcuato). En tercer lugar, Moneta se asimila a Juno Regina, diosa que H. propone que presidía la inauguratio, la consagración transfuncional del rey. Este carácter trifuncional estaría además de manifiesto en su triple localización dentro del Arx: la diosa presidiría el auguraculum, la ciudadela y la ceca, manifestaciones prototípicas de la primera, segunda y tercera función, respectivamente. Pero H. lleva más allá su hipótesis y propone que hay rastros para deducir un estadio más antiguo de la religión indoeuropea: la religión cósmica, en la que estas divinidades femeninas serían símbolo de una Aurora "joven" o "señora de la vitalidad", que abarcarían un gran número de funciones de las que darían testimonio su relación con la riqueza, la seducción, el brillo del oro, la guerra... y en particular con las leyendas del destino sufrido, no el destino elegido, propio de las leyendas heróicas posteriores. Hace más de veinte años Heinrich Dörrie comenzó un proyecto financiado por la Deutsche Forschungsgemeinschaft destinado a ofrecer una visión sistemática de las doctrinas del platonismo en la Antigüedad. La empresa fue continuada por su alumno y sucesor Matthias Baltes a partir de 1983. El presente volumen es el sexto de los ocho que en el plan original debía abarcar la enciclopedia. Con el nombre de "platonismo", los autores designan las doctrinas que entre el siglo I a. C. se desarrollaron a partir de la lectura de los diálogos platónicos. Los primeros tres tomos están dedicados a distintos aspectos de la historia del platonismo, que ellos denominan "exterior" y en la que los tomos realizados por Dörrie postulan una clara discontinuidad que hace que el florecimiento del platonismo a finales de la Antigüedad no se origine en la Academia. El resto de los volúmenes está dedicado a iluminar diferentes aspectos sistemáticos del platonismo. Hasta qué punto es posible construir un sistema de las diferentes doctrinas, en muchos casos claramente contradictoria, que diferentes autores han sostenido, es difícil de determinar, sobre todo si se renuncia a la búsqueda de una continuidad en la tradición. Después de la presentación de los textos relacionados con la dialéctica, la ontología (IV) y la física (IV-V), estos dos volúmenes, a cargo del recientemente EM LXXII 1, 2004 desaparecido Matthias Baltes, abordan la edición, traducción y comentario de los fragmentos relacionados con la psicología. La doctrina sobre el alma ha ocupado, sin ninguna duda, el centro de las preocupaciones de los filósofos platónicos a partir del helenismo y, como es de esperar, la exégesis de los diálogos determinó, por un lado, la existencia de una unidad estructural básica, pero dio lugar a una multiplicidad de interpretaciones diferentes. B. ha organizado los testimonios según diferentes temas: la doxografía sobre la definición del alma (Baustein 151), la defensa de la teoría platónica del alma frente a las críticas de Aristóteles y de los materialistas (152), la determinación de la naturaleza del alma (153-158), la creación del alma (159), el origen del alma individual (160), las clases de alma (161-163), las partes y capacidades del alma (164), el vehículo del alma (165), la armonía y la lucha de las partes del alma (166), la cuestión de la inmortalidad del alma o de las partes del alma. ( 167), las demostraciones de su inmortalidad. Una visión panorámica de la doctrina del alma en el platonismo. Su presentación como "Baustein" la coloca de manera inadecuada, a mi entender, en el mismo nivel que los fragmentos, aunque B. la ha colocado, correctamente, en el comentario. Quizás hubiera sido aconsejable presentar este panorama en forma de introducción a los textos. A lo largo de los años, esta enciclopedia del platonismo se ha convertido en un instrumento indispensable para cualquiera que se ocupe de la historia del movimiento filosófico más importante de la Antigüedad. La obra está cubriendo un vacío de enorme importancia en la investigación y su vigencia perdurará, sin lugar a dudas durante muchos años. Tanto la edición como el comentario se han realizado con exactitud y rigor filológico, virtudes no fáciles de encontrar en los trabajos de filosofía antigua, en la línea de la rica y fructífera tradición filológica europea continental. A pesar de la importancia que tiene la serie y, en especial, los volúmenes aquí reseñados, B. ofrece sólo una selección de fragmentos y de temas, que, aunque representativa, está muy limitada en ambos aspectos. Teniendo en cuenta el precio de los volúmenes, se trata de un asunto no menor. Como es habitual en esta colección, los textos están ordenados en "elementos" (Bausteine) que contienen en ocasiones varios fragmentos pertenecientes a autores separados por una diferencia de varios siglos. El resultado es una visión en la que prima en enfoque sistemático sobre el cronológico o de autor. Es indudable que una presentación sistemática tiene, sobre todo si se realiza por primera vez, el gran beneficio de poder apreciar las diferencias y las semejanzas con mayor claridad. No obstante, también son evidentes los inconvenientes que presenta, dado que el aislamiento de los pasajes del contexto en el que se encuentran distorsiona la percepción del verdadero valor que las afirmaciones tienen, llevando a una representación equívoca de la doctrina del autor en cuestión. B. ha intentado solventar en parte este inconveniente a través de sus amplios comentarios y de los panoramas que ofrece a lo largo del trabajo (cf., p. ej., el resumen de las teorías del vehículo del alma, 388-401, o el capítulo final con el resumen de las doctrinas sobre el alma). El profesor Moutsopoulos nos obsequia con esta obra fruto más de cuarenta años consagrados a investigaciones relativas a la noción de kairós, exclusiva de la lengua y del pensamiento griegos, y que continúa la línea de trabajos suyos sobre el mismo tema (Philosophie de la kairicité [1984], Kairos. Por cuestiones de método, los diferentes aspectos bajo los que puede presentarse el kairós se materializan en las tres unidades en las que se articula el libro: ontológica, cosmológica y consciente. En la primera de ellas analiza la estructura del kairós: ésta reposa en la intersección de las categorías de todavía no (oÑpw) y de ya no (oÐkéti) y define una zona mínima, pero a la vez, óptima, de discontinuidad, en el interior de una continuidad, que es precisamente la esencia del kairós. En la segunda unidad aborda la presencia cosmológica del kairós, siendo el terreno cósmico uno de los predilectos para Proclo porque en él convergen sus intereses matemáticos y filosóficos. El kairós interviene en el orden cosmológico directa o indirectamente en virtud de la harmonía, de la que depende todo. Moutsopoulos analiza esta presencia cosmológica del kairós en tres niveles: kairós y universo creado, kairós y movimientos celestes y kairós y tiempo universal. Tanto en estos niveles como en otros que irá distinguiendo a lo largo de la obra, Moutsopoulos concluye que el kairós interviene con tres funciones: motivando, realizando y la que denomina performante, si bien no todas han de aparecer en todos los niveles. En el nivel de los movimientos celestes, el kairós se refiere al funcionamiento del universo y, sobre todo, a las condiciones en que la conciencia puede conocer este universo para así integrarse mejor en él. En el tercero de los niveles analizados, el del tiempo universal, el kairós tiene también una función performante: restituye el estado normal, cósmico y moral, y lo estabiliza, antes de regular definitivamente y hasta en los más mínimos detalles, el funcionamiento de la realidad, para que ninguna imperfección del sistema pueda alterar en adelante la perfección y así mantiene el equilibrio universal y la providencia divina. El tiempo, el espacio y el movimiento, que constituyen los parámetros fundamentales de la realidad cósmica, están dominados por un cuarto parámetro, el kairós, que es inherente virtualmente a todos ellos, ya que puede insertarse en todo momento en su conducta y modificar su estructura y su trayectoria. La tercera parte del libro la constituye la presencia consciente del kairós y en ella Moutsopoulos se adentra en el conjunto de las actividades epistemológicas de la conciencia. El autor abunda así en un tema, el problema del conocimiento en Proclo, que ya ha tratado en otras obras. Comienza con la relación del kairós y los "caminos del saber", por los que entiende no sólo los modos de la actividad cognitiva, sino también las facultades de las que se sirve: la sensación, la imaginación, la opinión, el entendimiento, la intelección y la intuición. Luego continúa con la relación entre kairós y poïésis, es decir, con todo lo referente al arte. En este capítulo, tras analizar las aportaciones de Proclo a la teoría platónica, Moutsopoulos establece que la estética procliana supera el platonismo en tanto que rechaza la idea de que la obra de arte sea un mero sustituto sensible de la idea, desprovista de toda aplicación práctica. Por el contrario, Proclo atribuye a la obra de arte una funcionalidad, expresión de su utilidad, y es aquí donde interviene el kairós. El último capítulo de esta tercera sección («El kairós de la praxis») analiza los restantes niveles de la actividad humana en que interviene el kairós: trabajo, política y educación. En él Moutsopoulos desciende a un nivel menos abstracto que los anteriores, y resalta la importancia que EM LXXII 1, 2004 Proclo concede a la noción de kairós en ámbitos más cotidianos, como son la agricultura, la navegación, el gobierno de la ciudad o la educación, ámbitos en los que funciona de manera diferente, pero en todos ellos se presenta el kairós a todos los que están en condiciones de utilizarlo para su provecho. Es éste un libro muy denso y complejo, sobre un tema muy especializado y que contribuye a la reflexión y a la sistematización de una noción, la del kairós, en el sistema filosófico de Proclo, en el que el autor afirma que halla su más alta expresión. Para ello, el estudioso parte de ideas desarrolladas en otras obras de su amplísima producción, y esbozadas sólo brevemente en este libro, cuando no simplemente enunciadas. Por esta razón, en ocasiones se vuelve demasiado oscuro y difícil de comprender, ya que en las notas remite para la explicación de conceptos a otras obras. Todas las consideraciones de Moutsopoulos sobre los diferentes aspectos y niveles en que interviene el kairós en el sistema filosófico procliano se basan en las afirmaciones que el Diádoco va desgranando a lo largo de todas sus obras, en especial de sus comentarios a Platón, afirmaciones que reproduce en citas literales en las notas a pie de página, citas que, por su dificultad, habría sido deseable que hubiesen aparecido traducidas. El libro se cierra con unas breves conclusiones, un índice de pasajes citados y una bibliografía. En el primero de ellos, tal como indica la autora en la Introducción, se prestaba atención a la amistad durante el periodo republicano, el segundo se ocupaba de las relaciones entre las elegías ovidianas del exilio y la tragedia griega. Lo que se pretende fundamentalmente en la obra que comentamos, es ver la relación amistad-poder en la vida política romana y si bajo fórmulas y lugares comunes sobre la amistad, que aparentemente podrían suponer una continuidad desde Cicerón a Ovidio, se oculta una significación diferente o bien la amistad se mantiene siempre la misma. El resultado de la investigación realizada, es que las relaciones de amistad experimentan una transformación condicionada sobre todo por los cambios políticos. El volumen está estructurado en una breve introducción y cuatro partes, seguidas de una amplia bibliografía, de un índice de pasajes citados y de un índice temático seguido de un índice general. El índice de autores, griegos y latinos, cerca de cincuenta, de muchos de los cuales se citan abundantes pasajes, es una prueba del rigor documental con que la autora ha realizado su investigación La primera de las partes estudia la "Voluntad de los amigos y el ejercicio del poder en el epistolario de Cicerón". Para el concepto de amistad no parte la autora del epistolario ciceroniano, sino de la afirmación que se hace en el Laelius de que la esencia de la amistad consiste en el consensus de voluntades, inclinaciones y opiniones; el final de la amistad se produce con la ruptura de dicho consensus. Se pone de manifiesto aquí cómo en las relaciones entre personajes de la elite romana, como eran Cicerón y Ático, había una voluntad común de actuación sobre otros amigos y amigos de esos amigos con la intención de ejercer un control y dominio sobre el mundo en que estaban inmersos, ya fuera el político, ya el familiar, con ejemplos correspondientes a uno y otro de estos mundos; y cómo ese sistema se ve alterado con el triunfo de César. Ya no se trata entonces de una amistad entre iguales, sino que existe un amigo superior al que las demás voluntades han de subordinarse y en consecuencia la uoluntas recíproca republicana se ve sustituida por la benevolencia del más alto con el que está abajo; en este sentido resulta importante para poner fin a la crisis del destierro de Cicerón la bona uoluntas de Pompeyo. La sensación de culpabilidad por haber causado la desgracia de los suyos expresada por Cicerón durante el destierro, le sirve a Marchetti para relacionar el caso del arpinate con la tragedia griega. Llama la atención que, despues de afirmar que la tragedia no constituye un modelo literario, sino de comportamiento, o de una condición anímica, sin que haya un motivo concreto o una materia concreta, la autora equipare a Cicerón con Hércules, ejecutor material de la muerte de los suyos, y vea en el Hércules euripideo un precedente de nuestro epistológrafo. No nos parece totalmente equiparable la situación de Hércules tras haber dado muerte a su mujer y a sus hijos a la ciceroniana, ya que, mientras la actuación de Hércules constituye una conducta criminal típicamente trágica y literaria, el error de Cicerón es simplemente político. La investigadora italiana equipara la presencia de Teseo con la de Ático, a quien Cicerón manifiesta que le ha obligado a vivir, y aporta otros motivos como la afirmación de que no hay nadie más infeliz, o la abundancia de lágrimas. La comparación, a nuestro juicio, resulta forzada, aunque efectivamente ambos, Cicerón y Hércules, no desean exponer su miseria a su hermano o amigos (caso de Cicerón) y Hércules evita a Teseo. La parte segunda, lleva por título "El príncipe y los amigos. El exilio de Ovidio y sus precedentes" y en ella hay referencias constantes a Cicerón. El cambio que se ha producido en el equilibrio de poder entre la vieja repoeblica y el nuevo principado se contempla en las cartas de Plinio el Joven que son comparadas con las ciceronianas. Hay que destacar que en esta parte la investigadora italiana hace remontar al corpus de Teognis el modelo de relaciones entre aristócratas en una polis arcaica. Como había afirmado ya en relación con Cicerón y la tragedia, nos dice que la relación de Ovidio con Teognis consiste en una afinidad genérica de experiencia humana, equiparando esta relación a la de Cicerón con Hércules. También hace Marchetti derivar de Teognis la presencia en Ovidio del motivo de los sufrimientos de Ulises, introducido en Tristia I, 5, en conexión con la prueba a que se somete la fides de los amigos, motivo también teognideo, aunque advierte que hay que ser prudentes con respecto a la existencia de reminiscencias directas, ya que puede haber una tradición ya consolidada de aquélla en autores latinos. Tanto en la primera parte como en esta segunda, la relación con los precedentes literarios es la que me parece más discutible, ya que, a nuestro juicio, no se atiende suficientemente a la tradición literaria latina, sobre todo en el caso de Ovidio; por ejemplo no están en la lista de autores citados Tibulo y el corpus tibullianum, dentro del cual, en el panegírico de Mesala, nos encontramos, aunque con otro sentido, que bien podría haber alterado Ovidio, el motivo de Ulises. Dos motivos teognideos, como el del "sepulcro del Tirano" y la "esperanza del desterrado" que según se trate de Cicerón o de Ovidio sufren modificaciones diferentes, dan pie a la autora para introducir aquí de nuevo el estudio de la amistad en Cicerón, concretamente durante su exilio, con constantes referencias a él. Comienza estableciendo un parangón entre Ovidio y el Prometeo de la tragedia, para, continuando con los precedentes, introducir, como antecedente próximo, a Cicerón y los desterrados anticesarianos. Este entrecruzar el estudio de Cicerón y el de Ovidio en las partes relativas al elegíaco dificulta, a nuestro juicio, la lectura del libro que resultaría más ligera, y creemos que más efectiva, si se nos presentase una parte relativa a Cicerón, subdividida en los apartados que se quiera, y otra sobre las elegías ovidianas en la que se tomase como punto de referencia y comparación lo dicho sobre el arpinate; esta división, por otra parte, se ajustaría mejor al cambio de método que la autora nos indica que debe realizar para el estudio de Ovidio; hay que tener en cuenta que, como ella misma dice, no sólo estamos ante dos personalidades distintas, con experiencias diversas, y ante dos géneros literarios diferentes, sino que el paso desde una república oligárquica al régimen de un principado consagrado y divinizado ha hecho que la amistad cambie. Se evitaría, además, la repetición, redundante, en algunos casos, de argumentos bien para reafirmarlos, bien para darles un nuevo sentido. Creemos que más que obstaculizar, una estructura bipartita del libro contribuiría a su claridad. La cuarta y última parte titulada "Ovidio y el nombre del amigo" plantea el tema de la "censura", motivada por el metus, que el poeta realiza del nombre de los amigos en Tristia, privándolos así de la gloria que proporciona la poesía; también aquí quizá habría que contemplar más detalladamente la tradición latina, si es que conviene insistir en los precedentes (echamos en falta, por ejemplo, alguna alusión a Horacio; no hay que olvidar que el poeta venusino es, en cierto modo, aunque con diferencias en su concepción con respecto a Cicerón y a Ovidio, un teórico de la amistad y también un defensor de la gloria que proporciona la literatura). En las Epistulae ex Ponto, en cambio, decide introducir el nombre de los destinatarios, con el riesgo que ello supone. Finaliza esta parte con la consideración de la presencia de Augusto ("el tercer personaje").en la poesía ovidiana del destierro. Pese a las reservas relativas a la poca consideración de la tradición latina que hemos expresado y que en algún momento comparte la autora, y a alguna otra, el libro es de gran utilidad para profundizar en las relaciones de los romanos de elite política o literaria con el poder durante la república romana y los comienzos del imperio y para conocer a Cicerón en las diversas etapas de su vida y a Ovidio en la del exilio. DULCE ESTEFANÍA y CECILIA CRIADO KOVACS, D., Euripidea Tertia. Tras sus Euripidea (1994) y Euripidea altera (1996), D. Kovacs nos hace entrega de la tercera parte de una serie concebida -como declara el propio autor en el Prefacio -como instrumento auxiliar de las ediciones bilingües de Eurípides publicadas por él mismo en la editorial Loeb, en el que se justifiquen tanto el texto escogido como las traducciones propuestas. Las tragedias que abarca el presente volumen son Iphigenia in Tauris (IT), Ion (Io.), Helena (Hel.), Phoenissae (Ph.), Orestes (Or.), Bacchae (Ba.), Iphigenia Aulidensis (IA) y Rhesus (Rh.), más unos addenda a pasajes de otras tragedias tratadas en volúmenes anteriores: Cyclops (Cyc.), Alcestis (Alc.), Medea (Med.), Heraclidae (Heracl.), Hecuba (Hec.), Supplices (Supp.), Hercules furens (HF) y Troades (Tr.). Sobre el texto de Diggle (cf. sus Studies on the text of Euripides, Oxford, 1981, y sus Euripidea: collected essays, Oxford, 1994), «el EM LXXII 1, 2004 tual griega», en el volumen colectivo Actualización científica en filología griega, Madrid 1984, pp. 145-162, especialmente p. No podemos detenernos ahora en la discusión pormenorizada del más de centenar y medio de pasajes euripideos que se tratan, pero sí afirmar que Kovacs se enfrenta en ellos, generalmente con buen tino, a los principales problemas con los que se suele encontrar un crítico textual. En "cruces filológicas" como las Rh. 825-9 se inclina por la de Jacobs, pace Musgrave; en Id. 1410-1, por la de Herwerden, que también aceptaba Diggle, mientras que en Hel. 420-2 adopta la crasis propuesta por Herwerden), pero en ocasiones nos ofrece las suyas propias (desde los leves cambios para resolver la crux de Rh. 451-3 o el problema sintáctico vislumbrado en Hel. A este expediente del "salto de lo igual a lo igual" recurre en más ocasiones para intentar salvar, con sus propuestas, los problemas que presentan textos como Ba. 433-9; en otros pasajes se ve en la necesidad de suponer transposiciones (Io. En algún caso, como Cyc. 370-1, la primera corrección propuesta por Kovacs ha sido rectificada por él mismo en los addenda a la vista de las objeciones mostradas por algún colega (Slings, en este caso); en Ph. 396-9 se trata de un pequeño cambio sugerido por Diggle. Es posible que en algunos casos Kovacs pueda parecer excesivamente hipercrítico, como considera el ya citado Slings en Med. 6-15, viendo problemas textuales en donde quizá no los haya, pero también es cierto que en no pocas ocasiones el autor defiende el texto transmitido, total o parcialmente, frente a los intentos de enmienda de otros filólogos: así en Supp. 573-575, manteniendo el acusativo en vez del dativo propuesto por Diggle, o en Tr. 1055-59, conservando la lección transmitida por VP en lugar de la corrección propuesta por Hermann. 394-97 Kovacs se decanta por la lectura de V (y el escolio) mejor que por las enmiendas sugeridas por Burges y Schaefer, y en Ba. Puede echarse en falta a veces que el autor acuda más en su discusión al criterio paleográfico, como, por ejemplo, hace en p. 76 a propósito de una posible confusión en unciales. 152-4 la corrección de Blomfield, más cercana paleográficamente al texto transmitido, no ofrece mal sentido y parece preferible a la de Hermann, aceptada por Lenting y el propio Kovacs. 131-2 es de los pocos casos en que el autor adopta una lectura de la aldina, sin aclararnos si dicha lectura es una corrección en la edición del itacismo presente en la transmisión directa o la huella de una tradición diferente. Nos parece también un acierto acudir en algunos pasajes al testimonio de Estobeo: así en Ph. 312-321, pasaje este último en que la coincidencia de la lectura de Estobeo con la 2a mano de P ha sido el fundamento de la corrección de Musgrave. En nuestra opinión, otros pasajes euripideos en que la lectura de Estobeo puede arrojar alguna luz a los problemas presentados por el texto transmitido pueden ser: HF. 1350 (la posición de la partícula ƒn), así como la posible existencia de un verbo raro,'nqupostÉnai, luego documentado en Demóstenes), Ph. 438 (con posible haplografía de oÑn ante ×m-en los códices euripideos VP), IA 395 (donde parece preferible el compuesto con kat-a sun-, por posible perseveración de los dos sun-anteriores:'súneton... suniénai). 731 quizá se pueda postular una scriptio plena ¢na 3⁄4nta tomando como base la lectura de Estobeo šndónta, suponiendo una confusión en unciales A-D. 728 la conjetura de Musgrave (ke±) parece una conflatio entre la de Estobeo (e±) y los códices LP euripideos (kaí). 533 el'pelqeîn de Estobeo, aceptado por Diggle pro'pÊlqe de L, tal vez esté recubriendo, por itacismo y relajación de la -n final, un optativo iterativo'pélqoi. 914 suponer una lectura original bréfh explicaría mejor las lecturas bréfei y bréfoj transmitidas, respectivamente, por Estobeo y los manuscritos de Eurípides, así como en el fragmento 389 drâsaí te en lugar de drásetai y drâsai dé. Finalmente, nos preguntamos si en Io. 621 la lectura de Estobeo, pálai qrulouménhj, no parece difficilior frente a máthn a±nouménhj, transmitido por los códices euripideos. Desde el punto de vista formal, las notas a cada pasaje suelen ser de extensión corta (la más larga -9 páginas, con sus notas -corresponde a la discusión de Or. A pesar del abundante texto griego reproducido, no observamos casi erratas (cf. en p. Tal vez se eche en falta, como ya dijimos, un índice de los numerosos pasajes discutidos y una lista de las siglas utilizadas (por ejemplo en la discusión de Ph. En cuanto a las abreviaturas de las revistas citadas, aunque en p. IX se nos dice que se utilizarán las del Année Philologique, al citar algunos artículos emplea otras (TAPA en vez de TAP-hA, y AJP en lugar de AJPh). También se desliza algún error en la ordenación de algunos pasajes (p. En el Índice inicial se ha deslizado también un error numérico a partir de Phoenissae (no comienza en la p. 48, sino en la 49, etc.), debiéndose sumar una página en la referencia a cada epígrafe. En el capítulo de la bibliografía, tal vez hubiera sido conveniente consignar al final toda la citada de manera dispersa en el volumen, incluyendo alguna española, especialmente el trabajo de J. Lasso de la Vega «Cincuenta notas críticas a Eurípides, Heracles furioso», publicado en CFC 24, 1990, pp. 19-75, muy a propósito de la discusión suscitada sobre los versos 143-50 de HF (p. 169): la propuesta de Lasso de la Vega (p. 23), té‹koi› koi‹nòn ték›[e]on, con doble "haplografía" por "saut du même au même", debería, en nuestra opinión, haber sido tenida en cuenta por Kovacs. También hubiera podido ser de utilidad la consulta de «Algunos fenómenos de contacto vocálico en la crítica de textos poéticos griegos», del mismo autor en CFC (EGI) N. S. 1, 1991, pp. 9-28: así su propuesta de eÐsebeíaj... oÐk kÉdh7 ‹j› en Ba. 263 (dussebeíaj... oÐk a±dÊ7 en Kovacs), como también otras suyas en las que intervienen posibles elisiones, prodelisiones, crasis y sinicesis en pasajes de Bacantes y Hércules loco. Estas observaciones no impiden, sin embargo, que nuestra opinión general sobre el libro sea muy favorable, pues constituye un volumen meritorio que, unido a los dos precedentes, supone, probablemente, el mayor esfuerzo dedicado en los últimos años a la depuración del texto de Eurípides. Sin duda, será una de las bases fundamentales sobre la que se asiente la discusión futura sobre el texto del gran trágico ateniense. FELIPE G. HERNÁNDEZ MUÑOZ Universidad Complutense de Madrid
284 pp. Entre los períodos y figuras históricas de época arcaica quizás sean la Atenas de comienzos del s.VI y la persona de Solón quienes han suscitado más interés y al mismo tiempo más debate y controversia. Ello es debido no sólo a que las fuentes antiguas presentan al legislador ateniense como el padre de la democracia y los historiadores modernos en general aceptan su papel esencial y los desarrollos de estos momentos como cruciales para el proceso de formación y cristalización de la democracia ateniense del s.V, sino también porque, además, se ha conservado una fuente de primera mano sobre la situación de esta época y la actuación de Solón: su propia poesía. Estas circunstancias han suscitado, a grandes rasgos, un acercamiento a la figura y obra de Solón principalmente desde dos perspectivas distintas, una histórica que estudia la situación, los problemas y la intervención del legislador en esos momentos, partiendo de las fuentes posteriores (fundamentalmente la Constitución de Atenas y Plutarco), y otra filológica, centrada casi de forma exclusiva en el análisis de los poemas y de su coherencia interna, especialmente en sus poemas de cariz político, cuyo exponente más destacado fue, en su día, W. Jaeger. La obra de Almeida trata de dar una nueva interpretación de la idea de Justicia (Dike) en los poemas de Solon, dentro, por tanto, de la tradición filológica y específicamente desde la crítica literaria tradicional (alejándose con ello en cierto modo y de forma consciente de la perspectiva postmoderna más escéptica), pero a partir del reconocimiento de un estándar externo, un marco o contexto histórico-social en el que encuadrar este análisis y la comprensión de la idea de Justicia de Solón. Este marco lo va a hallar en los avances que se han realizado en el campo de la historia social a partir de la Nueva arqueología de la que el principal exponente para el mundo griego y específicamente para la Grecia de época oscura y arcaica, es A.M. Snodgrass. En concreto será la "idea de la polis" ("the Polis idea") tal y como ha sido esclarecida por esta corriente desde la arqueología, principalmente por Snodgrass pero sobre todo por I. Morris en cuya interpretación se basa fundamentalmente la concepción histórica del arcaísmo del autor, la que guiará no sólo la comprensión de Almeida del sentido de Justicia en Solón, sino la comprensión del propio Solón, cuya idea de Justicia se halla conformada por la experiencia de la "idea de la Polis" (y es idéntica a la "idea de la Polis") tal y como la discierne el arqueólogo inglés I. Morris. Este autor en su obra Burial and Ancient Society, Cambridge, 1987, propone la formación en el s.VIII de la Polis como una koinonia, una comunidad política, de agathoi y kakoi en la que los primeros han tenido que ceder y acceder, tras las luchas de época oscura, a la integración en la ciudadanía, esto es, a la participación en la propiedad de la tierra (base de la ciudadanía), de los sin tierra (los kakoi). Sus conclusiones derivan fundamentalmente del análisis de los enterramientos (con su teoría del "formal burial") que muestran, según este autor, un "igualitarismo" en el s.VIII (es decir enterramientos visibles en los mismos cementerios tanto de unos, los agathoi, como de otros, los kakoi) coincidiendo con la emergencia de la polis, y un rechazo, para el caso de Atenas (y por tanto un rechazo de la idea de la Polis), de este igualitarismo en el 700 (visibilidad sólo de los enterramientos de los agathoi) hasta finales del s.VI. Básicamente el concepto político de Justicia de Solón, es decir de "los venerables cimientos de la Justicia" ("august foundations of Dike": semnà Díkhj qémeqla), realizado a partir, sobre todo, del examen de dos de sus fragmentos, uno más teórico, el de Eunomia (el fr. 3 de F. Rodríguez Adrados, Líricos griegos. Elegíacos y yambógrafos arcaicos, vol., I, Barcelona, 1956) y otro más práctico (el fr.36 = 24 de Rodríguez Adrados), es, según Almeida, el de una "norma objetiva e inmutable informada por la idea de la polis", tal y como la entiende a partir de Morris: una comunidad política de agathoi y kakoi en la que éstos últimos tiene derecho de ciudadanía y por tanto derecho de participar en la propiedad de la Tierra del Ática, idea que la ciudad de Atenas (específicamente la élite) había abandonado en el s.VII y que Solón trata de recuperar y recrear, sin alterar el orden justo de las cosas que no es otro que los kakoi obedezcan y los agathoi gobiernen "sin dejar (al demos) demasiado suelto ni oprimirlo" (fr. 5 de Rodríguez Adrados). La Justicia política es en Solón un instrumento para restaurar el tipo de orden que los investigadores posteriores (i.e. Morris) reconocerán como la "Polis idea". Almeida llega a sus conclusiones sobre la Justicia en Solón después de varios capítulos en los que ha intentado demostrar, por un lado, las limitaciones de los planteamientos (aunque sin descalificarlos) que se han acercado a Solón y a la época que vivió desde la historia y desde la crítica textual de sus poemas, y por otro, señalando los avances que se han dado en la historia de este período a partir de los nuevos métodos y perspectivas teóricas de la Nueva arqueología que se distancia de la arqueología clásica. En estos tres primeros capítulos describe y resume los planteamientos de los distintos autores (sin ser exhaustivo), centrándose, en la parte de los historiadores (cap. I), en las fuentes (Aristóteles y Plutarco) y en el debate de los autores modernos en torno a la cronología, la naturaleza de la Sisactía y el régimen de propiedad de la tierra y las ciudadanía del demos. En su capítulo (II) sobre la crítica literaria describe las reflexiones que desde Jaeger han hecho algunos autores sobre el concepto de Dike, idea reconocida como central en el conjunto de los poemas políticos de Solón. La falta de contextualización histórica de estas reflexiones lleva, según el autor, a un análisis limitado para la comprensión tanto del concepto de justicia de Solón como de su obra. En el capítulo III describe los avances de la Nueva arqueología aplicada a la historia de este período en los estudios pioneros de A. Snodgrass, aunque menciona también a otros autores como F. de Polignac (en relación con la definición territorial y agraria a partir de los santuarios extraurbanos) y, sobre todo, como ya hemos comentado, I. Morris. Finalmente y antes de pasar a desarrollar su interpretación de la idea de Justicia de Solón en el marco de la "idea de la Polis", se detiene en el examen lexicográfico de Dike y de los términos derivados, asociados y opuestos a éste, concluyendo que la idea principal asociada a Dike en Solón es la de las relaciones propias (o correctas) entre el demos y la élite. La obra de Almeida, en definitiva, constituye un ensayo de comprensión de la mente del poeta, acercándose a la crítica literaria desde una perspectiva multidisciplinar que siempre enriquece el análisis tanto en el campo de la filología, como de la historia y de la arqueología. Es loable igualmente su preocupación por buscar un marco o contexto desde el que adentrarse y comprender, en última instancia, los poemas del legislador, sin negar con ello la especificidad de la crítica literaria que aplica a sus poemas. Igualmente certero es recurrir a los avances EM LXXII 1, 2004 realizados en las últimas décadas desde la arqueología, especialmente la "escuela de Snodgrass", para comprender, a partir de documentos contemporáneos (el registro material de la época arcaica), los fundamentos políticos y sociales del período. Sin embargo, desde nuestro punto de vista, el prescindir de las fuentes literarias posteriores, así como de las conclusiones de los historiadores formuladas a partir de las mismas, supone perder una reflexión histórica fundamental para establecer un marco histórico de la época, sobre todo cuando este análisis (de las fuentes) y esta reflexión se realiza teniendo en cuenta igualmente los descubrimientos y los avances arqueológicos mencionados. Esta reflexión histórica sobre la sociedad (historia social) es la que se encuentra precisamente detrás de los avances teóricos de la Nueva arqueología a la que se han (re)añadido reflexiones y parámetros proporcionados por la sociología, la antropología y la crítica literaria en la nueva historia postmoderna y en arqueología postprocesual, como señala el mismo I. Morris en su obra Archaeology as Cultural History. Words and Things in Iron Age Greece, Oxford, 2000, quien recurre, en este caso, precisamente a las fuentes literarias de época arcaica y posteriores para argumentar su idea del desarrollo de una "ideología igualitaria". Aunque este autor (I. Morris) ha tenido el mérito, junto con otros, de destacar recientemente el papel del demos en la configuración de la polis en el s.VIII, muchos puntos permanecen controvertidos y la stasis entre los agathoi y los kakoi no es algo previo a la cristalización de la polis del s.VIII sino algo propio de la polis arcaica (no sólo de Atenas) de los s.VIII, VII y VI a.C. Cabe preguntarse si la novedad de la idea de la Justicia en Solón, según Almeida, consistente en la recuperación y el "reconocimiento" de la idea de la polis como comunidad de kakoi y agathoi que aceptan, estos últimos, los derechos de ciudadanía y de propiedad de aquellos (que obedecen el mandato justo de los aristoi), no se enriquece cuando se consideran sus medidas concretas, a partir de las fuentes posteriores. Éstas apuntan además, sin necesidad de perder de vista el marco arqueológico e histórico apropiado para esta época, así como la crítica de sus poemas, a una ciudadanía que va más allá de los propietarios de tierra y a un reconocimiento en efecto de la time del demos (fr. 5 Rodríguez Adrados), que, sin embargo, formalizada e institucionalizada (con la Heliea por ejemplo), resulta impensable (a pesar de su carácter restringido) para el s.VIII: "si me es dado acusar claramente al pueblo, jamás habrían podido ver ni en sueños con sus ojos lo que ahora tienen" (fr. MIRIAM VALDÉS GUÍA BLÁZQUEZ, J. M., Trajano. Barcelona, Editorial Ariel, 2003, 309 pp. Durante los últimos años la figura de Trajano está siendo revalorizada enormemente con la aparición de nuevos e interesantes estudios que ponen al día los realizados en épocas anteriores, añadiendo también una nueva visión al personaje. Desde las monografía ya clásicas de Weber (1923( ), Paribeni (1927-28)-28), Bullon (1935), Desideri (1958), pasando por la de Cizek (1983) a las más reciente de J. Bennet en 1997, J. Gonzalez (1993 y 2000), S. Montero (2000), entre otros muchos, y las más reciente obra colectiva sobre Trajano de cuya edición se han encargado los doctores J. Alvar y J.M. Blázquez (2003).Una primera dificultad que presenta el personaje, perfectamente vista y tratada por el Profesor Blázquez, es que a pesar de la extraordinaria importancia del personaje, fue el primer provincial que llegó a regir los desti-nos del Imperio Romano, nos encontramos con una gran carencia de fuentes, y las que poseemos, en su mayoría, son de carácter arqueológico, por lo que su interpretación siempre es más difícil. Debido a esto, el autor ya anuncia en la introducción de la obra que el trabajo que presente no puede ser considerado como una biografía en el sentido tradicional de la palabra, sino que se trata más bien de un estudio sobre Trajano y su época. El libro, en el que a parte del profesor J.M. Blázquez, han colaborado activamente un reducido y selecto grupo de antiguos alumnos (S. Montero, G. López Monteagudo, A. Cantó, J.M. Abascal, M.P. González Conde y J. Cabrero) se articula en torno a 13 capítulos en los que poco a poco se desgrana la vida y la obra del emperador Trajano.Tras un exhaustivo estudio de las fuentes para le época de Trajano, una visión panorámica de la herencia de Nerva a Trajano, las relaciones familiares de Trajano y su formación militar y de gobierno, que ocupan los cuatro primeros capítulos, el autor entra de lleno en las primeras medidas de gobierno del emperador hispano, comenzando por estudiar las bases sobre las que asienta su poder. Un capítulo importante va a ser el estudio de las primeras campañas militares de Trajano, sobre todo las referidas a las Guerras Dácicas, para las que la Columna Trajana, que el emperador mando levantar en el Foro que lleva su nombre, es una fuente de primer orden, dado que se trata de un magnífico álbum en imágenes de toda la campaña. Junto a la columna, los relieves conservados en el arco de Constantino y la información que nos proporciona la numismática completan las fuentes primarias de información para estas campañas. En este capítulo no podía faltar un concienzudo estudio del ejército y del armamento empleado en la época.Tras estas primeras campañas, la anexión del Reino Nabateo, intercalada entre la primera y la segunda guerra dácica, la intervención en el conflicto dinástico de Armenia, la guerra contra los partos y su actuación en la revuelta judía, completan este sexto capítulo. Un capitulo aparte merece el estudio de la política de Trajano en Oriente; y lo mismo sucede con la obra de Trajano en Europa Central con la activa política de fundación de colonias. El programa político de Trajano, reflejado en el Arco de Benevento, es estudiado en el capítulo noveno. Los últimos capítulos el autor los dedica a la relación entre Trajano y las provincias, y la política económica del emperador, en la que la amonedación y la minería jugaron un papel de primer orden. Finalmente, aspectos culturales como la religión y los movimientos literarios de la época de Trajano, con las obras de Tácito, Plutarco, Dión Crisóstomo, Plinio el Joven, Marcial, Juvenal y Silio Itálico, cierran el libro. Unas adecuadas conclusiones y una extensa bibliografía ponen el colofón a esta magnífica obra, que no obstante carece del imprescindible índice analítico en este tipo de obras, y de un adecuado aparato iconográfico que ilustraría mejor algunos de los aspectos que se tratan en la obra. Aix-en-Provence, Publications de l'Université de Provence, 2003, 274 pp. Dentro de la colección 'Textes et documents de la Méditerranée Antique et Médiévale' aparece este volumen donde se recogen las comunicaciones presentadas en el coloquio celebrado en la Universidad Lumière-Lyon II entre los días 18 y 19 de septiembre de 2001. Bajo EM LXXII 1, 2004 el tema indicado en el título tomaron parte lingüístas, filólogos e historiadores de la medicina romana que trataron diversas cuestiones relacionadas con la medicina latina. Nos hallamos, pues, en el ámbito de la literatura técnica.Más concretamente, el hilo conductor (manus medica) de los distintos artículos gira en torno a las acciones y procedimientos encaminados a la curación del enfermo así como en torno a la persona que los lleva a cabo, que en el subtítulo del libro recibe el nombre de 'oficiante' (francés:'officiant'). Según expone Frédérique Biville en el artículo que abre el libro, esta expresión es empleada para destacar varios aspectos del arte de curar como son los orígenes divinos de la medicina y sus relaciones con lo divino y con la magia; el formalismo de los procedimientos curativos, muy cercano también a los ritos religiosos y mágicos, y la diversidad de personas que pueden participar en el proceso curativo, desde el médico hasta el propio paciente, cuando éste lleva a cabo las prescripciones ordenadas por el médico, sin olvidar las distintas categorías y tipos de curadores como los cirujanos, comadronas, herboristas, masajistas, asistentes varios, etc. También uno de los trabajos tiene como tema la veterinaria a propósito de la cirugía en los caballos. Desde esta perspectiva, el volumen tiene, en general, una orientación muy marcada hacia el léxico terapéutico.Las recopiladoras clasifican los diecisiete trabajos en dos grupos en virtud de su carácter y contenido. El primero de ellos aparece bajo el epígrafe de'I. Études «transversales»' y abarca cinco artículos de carácter general; el otro, denominado'II. Études privilégiant un auteur ou un corpus homogène', contiene el resto de aportaciones. Las ocho primeras, más concretas y específicas, se centran, atendiendo a este título, en un determinado autor o en un pequeño corpus de autores, entre los que se encuentran, por citar algunos de ellos, Celso, Escribonio Largo, Plinio el Viejo, Gargilio Marcial, Teodoro Prisciano, Casio Félix, Agnello de Rávena y otros. Los cuatro últimos artículos, aunque también incluidos en este segundo bloque, se escapan a esta clasificación. Uno de ellos es el ya citado sobre veterinaria, otros dos toman como base textos médicos griegos de época imperial, si bien relacionándolos con la medicina latina, y el último se aparta de los textos técnicos propiamente dichos y estudia los gestos médicos en los poetas satíricos latinos.Por no extendernos excesivamente, no reseñaremos uno a uno cada artículo, pero sí queremos recoger, al menos, sus autores y títulos para ofrecer una breve idea de los temas tratados. Atendiendo a la clasificación y orden seguido en el libro, éstas son las distintas comunicaciones:I. Estudios «transversales» Frédérique Biville, "La main salutaire"; David Langslow, "The doctor, his actions, and the terminology"; Françoise Gaude, "À propos de ligare, vincire, et de leurs préfixés. Los cuatro siguientes son los que se apartan de esta clasificación: Valérie Gitton-Ripoll, "La chirurgie des chevaux dans l' Antiquité: étude lexicale des termes latins désignant le personnel soignant, les gestes chirurgicaux, les instruments spécialisés"; Isabelle Boehm, "Toucher du doigt: le vocabulaire du toucheur dans les textes médicaux grecs et latins"; Pascal Luccioni, "Gr. trákton, lat. tractum, ou comment rouler une pâte"; Daniel Vallat, "Les gestes médicaux chez les poètes satiriques latins: lecture sémiotique".Dado el carácter léxico de la obra, hubiera sido muy oportuno añadir un índice al final del volumen donde se recogiesen los términos tratados y la referencia de la página donde aparecen, así como un índice de autores empleados como fuentes. También sería mucho más cómodo que las notas estuvieran colocadas a pie de página y no al final de cada artículo. Aunque, como decimos, ello facilitaría mucho el manejo y consulta de la útil información contenida en los distintos trabajos, no quita, en absoluto, valor ni mérito a cada una de las interesantes aportaciones de este libro. Actas y colaboraciones del coloquio internacional "Roma entre la literatura y la historia". Homenaje a la profesora Carmen Castillo. Editado por C. ALONSO DEL REAL, P. GARCÍA RUIZ, Á. SÁNCHEZ-OSTIZ y J. B. TORRES GUERRA. Es posible que tengan razón los que opinan que las reseñas de los volúmenes de actas y de homenajes -los dos subgéneros en los que se encuadra este libro -deben ocupar no más de media página, y sólo para dar noticia de la publicación, dada la diversidad de sus contenidos y el número de trabajos que en ellos, por regla general, se recogen: en éste, seis ponencias, cuarenta comunicaciones y catorce colaboraciones, ordenadas dentro de sus respectivos apartados por un riguroso orden alfabético que se flexibiliza en la sección de "ponencias" para poner en cabeza, como es muy lógico, la de Carmen Castillo, que en la actualidad ostenta oficialmente en su Universidad de Navarra el título de "profesora extraordinaria" que ya hace mucho le habian dado, en ese centro y en otros, alumnos de varias generaciones académicas. Por lo que se refiere al resto de los trabajos que componen el volumen -magníficamente editado, por cierto -, hay que reconocer que la ordenación alfabética es la única posible, porque constituyen un muestrario casi completo de las líneas temáticas que tienen cabida bajo la rúbrica de "Roma entre la literatura y la historia": véanse en el programa del coloquio, "colgado" todavía en la página web del Departamento de Filología Clásica de la Universidad de Navarra [URL] ) los títulos de las ponencias y comunicaciones, y aquí los de las catorce "colaboraciones", que no figuran en el programa (Á. d'Ors, «La dote de Pudentila, mujer de Apuleyo de Madaura»; A. Fontán, «Retórica y Filosofía en el De inuentione de Cicerón»; L. Gil, «El ciceronianismo valenciano del siglo XVI»; F. González Ollé, «Determinismo geográfico en el establecimiento de un modelo idiomático (latín y español)»; J. Hervada, «El significado original del término praelatus»; A. López Kindler, «Sidonius Apollinaris: Mitläufer in spätrömischen Gärungsprozess oder Zeuge des Glaubens?»; J. de Navascués, «Dos notas sobre Petronio en América "Latina"»; C. Ortiz de Landázuri, «Carácter, mecenazgo y clasicismo en el arte imperial romano (un debate entre Huizinga y Gombrich)»; D. Ramos-Lissón, «San Martín Dumiense y las causas de la pervivencia del EM LXXII 1, 2004 paganismo en la Gallaecia del siglo VI»; F. R. Adrados, «Originalidad de la literatura griega y su repercusión en la latina»; A Ruiz de Elvira, «La Octauia y el Hercules Oetaeus: tragedias auténticas de Séneca»; C. Saralegui, «Morfología verbal y cronología y tipos de castellanización en Navarra»; K. Spang, «Natura y cultura: Una reconsideración de dos conceptos clásicos en su relación con la literatura»; y J. Velaza, «El alfabeto de Castejón: cuestiones epigráficas, paleográficas y de interpretación»). Creo que no es necesario hacer notar que este volumen, que no es reseñable si se respetan mínimamente los límites impuestos a la extensión de las recensiones, es de primordial interés para los estudiosos de la latinidad, y más aún para los españoles, que seguramente le dispensarán la acogida cordialísima que merece no sólo por sus contenidos científicos, sino también, y especialmente, por ser un homenaje a doña Carmen Castillo -siempre diligente colaboradora, y buena amiga, de EMERITA -, que ciertamente merece los elogios que C. Alonso del Real («Presentación», pp. XXIX-XXX) y A. Fontán («Carmen Castillo 2003. Semblanza», pp. XXXI-XXXVIII) hacen de su persona y de su trayectoria profesional.
En el discurso Contra Midias, Demóstenes elabora el carácter de su acusado, construyéndolo sobre los vicios que, desde época arcaica, habían sido concebidos como propios del mayor enemigo interno de la comunidad: el tirano. La voluntad del demandante es convertir a Midias, no en su enemigo personal, sino en el de toda la ciudad, de los dioses y de las leyes. Por ello elige un procedimiento público a pesar de los riesgos que ello conlleva, y para ello lo acusa de delitos que resultan rechazables para la ética cívica y que pueden ser vistos como peligrosos para la polis: la ὕβρις, la ἀσέβεια y una actitud impropia hacia las riquezas. El discurso además incluye lo que parece ser un ataque indiscriminado a los ricos por contrarios al poder del demos. Sin embargo, en una línea muy convencional, la de la defensa de los valores tradicionales comunitarios, Demóstenes ensalza la dedicación a lo común y denuesta el ocuparse de las cosas privadas, sirviéndose de principios de actuación más tradicionales que específicamente democráticos. Palabras clave: ἀσέβεια; democracia; ὕβρις; ideología; oligarquía; προβολή; retórica; tiranía. A pesar de que durante mucho tiempo se dio por seguro que este discurso no había sido pronunciado ante un tribunal, ya no es posible sostener que la redacción que conservan los manuscritos corresponda a un mero esbozo inacabado1. La repetición de la calificación de ὕβρις para el delito cometido contra él, la asociación de ese delito con ofensas calificables de impiedad, y la relación explícita de la riqueza de Midias con la idea de peligrosidad para la democracia merecen un comentario en profundidad 2. Mi objetivo es indagar las raíces de un determinado tipo de discurso sobre el comportamiento de los poderosos, y plantear a qué fines sirve en la incriminación a Midias. Durante las últimas décadas una interpretación muy influyente, expuesta por Josiah Ober en Mass and Elite in Democratic Athens 3, y reelaborada en subsiguientes publicaciones, ha insistido en que el éxito de la ideología democrática -en el sentido de ideología de clase-sobre la aristocrática y tradicional habría hecho real el poder político del demos (los pobres) sobre la elite de los ricos, algo que se reflejaría especialmente en la retórica del Contra Midias. Una explicación alternativa a la de Ober es que las imágenes y conceptos que componen la transparente argumentación de este discurso se integran bien en una ideología cívica -no de clase-elaborada ya por los poetas y sabios arcaicos que, aunque de origen aristocrático, sentaron las bases de los valores comunitarios. El discurso Contra Midias fue pronunciado en 347/6 después de que, en las Dionisias de 348, Demóstenes, que ejercía de corego, fuera agredido por Midias en el teatro. Midias dio un puñetazo a Demóstenes delante del público; a consecuencia de ello Demóstenes lo demandó ante la asamblea que cerraba el festival y consiguió la reprobación de su rival (216). Sin embargo, según palabras del mismo orador (3,40,151), no estaba dispuesto a abandonar el asunto hasta no conseguir que un tribunal le impusiera una pena, para lo que se proponía argumentar que Midias era un enemigo público. A lo largo del discurso, y ya desde el primer párrafo, Demóstenes insiste en que el comportamiento regular de Midias es calificable de ὕβρις, y este concepto es asociado continuamente a nociones de vileza moral que perfilan el carácter del acusado como el de un ser que se tiene por superior a los ciudadanos comunes y a las leyes. Como sinónimo de ὕβρις, en algunos pasajes, emplea Demóstenes el término ἀσέλγεια,'insolencia' (1,19,88,(97)(98), noción que pone en relación con la crueldad (ὠμότης) e insensibilidad (ἀγνωμοσύνη) de un individuo que no considera humanos al resto de ciudadanos. La βδελυρία 'desvergüenza' (2, 98, 123), como la μιαιρία 'infamia' (114, 117), están en relación con la impiedad (ἀσέβεια) y la impudicia (ἀναιδία, 117) y remiten a la afrenta de Midias hacia lo sagrado, los dioses y lo venerable (126), algo que, especialmente en la democracia del siglo IV, se hallaba muy vinculado a las leyes y al poder del pueblo. Ser ὑβριστής y ser impío son hábitos de conducta que proceden de un carácter antisocial: Midias deshonra a sus semejantes, a los que no considera iguales, e injuria a los dioses, a los que no trata como superiores. Mientras los ciudadanos comunes muestran φιλανθρωπία hacia los humanos y εὐσέβεια hacia la divinidad (12), sólo Midias es ὑβριστής y ἀσεβής. No sólo el puñetazo propinado a Demóstenes como corego en las Dionisias o los intentos por destruir sus ropas sagradas (τὴν ἐσθῆτα ἱεράν, 16) constituyen un delito de impiedad (ἀσεβεῖν, 34), sino también la calumnia que vertió sobre él, afirmando que había dado muerte a Nicodemo de Afidna, (κοινόν... ἀσέβημα, 104; cf. 114) y no sólo por la falsedad de dicha inculpación, sino también porque, a pesar de ello, no puso obstáculos para que Demóstenes ejerciera cargos religiosos o realizara ritos sagrados (114-115); y también fue impío acusar a Aristarco de dicho asesinato en el Consejo, mientras lo visitaba en su casa (116,120), lo que constituía una ὑπερβολή ἀκαθαρσία (119) al ser Aristarco su φίλος. ¿Por qué insistir tanto en una cuestión de carácter y no hacerlo más en el delito concreto que se persigue? Primero porque, debido a las propias condiciones de la justicia popular, no profesional y retórica, de la democracia ateniense, una baza que solía ser muy bien jugada por los litigantes era pergeñar una imagen globalmente negativa del rival. Pero también porque Demóstenes tenía por objetivo convertir a Midias en un enemigo de todos los atenienses y de la democracia. Lo cierto es que Demóstenes incluso niega que su denuncia esté movida por enemistad personal contra Midias 5 (29-30), invocando un principio de derecho: que los jueces no entregan el ofensor a la víctima; y eso a pesar de la evidencia de que regularmente los tribunales escuchaban argumentos acusatorios que tenían por hilo conductor historias de largas rivalidades personales o políticas. El proceso para el que fue escrito el presente discurso no es de impiedad 6 ni de ὕβρις, sino una προβολή, iniciada en la asamblea y que concluyó ante tribunal. Según el orador, él habría decidido, animado por muchos ciudadanos, no dejar escapar indemne a su agresor, sino llevar el proceso ante un δικαστήριον 7, para salvar a la ciudad del peligro de individuos como Midias, para proteger las leyes, a los dioses y la democracia, además obviamente de defenderse a sí mismo. 5 Esta afirmación, según Herman 2006, es la que esperaría un tribunal compuesto por ciudadanos porque el principio de venganza o el de hacer daño a los enemigos no eran aceptables. Cohen 1991, pp. 201-217, por el contrario, piensa que los tribunales tenían mucha capacidad de maniobra para aceptar como impiedad delitos variados. MacDowell 1990, pp. 8-10, 13-14, por el contrario, supone que, tras la votación de la προβολή, existía la posibilidad o no de ir a un tribunal. Un aliado de Midias, Euctemón, tras la votación, habría incoado a Demóstenes un proceso por deserción (103) relativo a la intervención en Eubea de 349/8 a. C. Midias también habría intentado implicar a Demóstenes en la muerte de Nicodemo. Según Pecorella Longo 1971, pp. 95-96, Nicodemo era hetero de Eubulo, mientras Aristarco, su asesino, lo sería de Demóstenes. Demóstenes habría decidido defenderse llevando el caso del puñetazo a un tribunal. Sin embargo, el cargo, ἀδικεῖν περὶ τὴν ἑορτήν (19,26), era el mismo y el proceso seguiría siendo una προβολή. Según Rowe 1994, por el contrario, la acusación fue una προβολή, pero el delito principal era de ὕβρις. Si Demóstenes dedica la primera parte de su argumentación a explicar por qué el procedimiento elegido ha sido la προβολή, según la ley que establece la posibilidad de servirse de esta denuncia en casos de delitos cometidos en los festivales (περὶ τὴν ἑορτὴν ἀδικήματα, 26, cf. 12), es porque Midias ha cometido un delito contra todos (8). Las otras vías que se le ofrecían, la de incoar una δίκη βλάβης, un proceso por agresión física, o una γραφὴ ὕβρεως, una denuncia por deshonor8, son descartadas expresamente por Demóstenes (28) porque no se ajustarían a la gravedad ni al alcance del delito. Demóstenes concede al caso una relevancia mayor y justifica su elección de la προβολή, un procedimiento público (δημοσίᾳ κρίνειν αὐτόν, 25)9, por el carácter oficial (pues el corego en las Dionisias sería equiparable a, por ejemplo, un tesmóteta, cf. 32) y sacro de la función desempeñada. El delito, por tanto, aúna la ὕβρις (34) y la ἀσέβεια (55). La ley relativa a los delitos de ὕβρις establecía que «cualquiera» (ὁ βουλόμενος, 45, 47) pudiera demandar al agresor. El texto cita como víctimas a mujeres, esclavos y menores, lo que explica que un tercero estuviera autorizado a hacer la denuncia, debido a que las tres categorías citadas incluyen a individuos que necesitan de un κύριος que los represente ante la justicia. La formulación de esta ley suele atribuirse a Solón10, lo que no sería extraño; especialmente porque en el espíritu que presidió las reformas solonianas estaba muy presente la idea de poner freno a los actos de ὕβρις, a los abusos de los poderosos que hacían peligrar la estabilidad y cohesión de la comunidad (Fisher 1992, pp. 68-78). Como ha mostrado recientemente Balot (2001, pp. 65, 73 ss.), Solón con su legislación puso palabras a una moral política que iba contra la ética homérica de la codicia sin límite y la competición entre la elite. Las leyes y la poesía de Solón habrían dado origen el espíritu cívico en Atenas, al oponerse a la codicia tanto de los ἄριστοι como de los κακοί. Esta legislación se dirigía especialmente contra la ὕβρις nacida del'hartazgo, codicia o abundancia' (κόρος, fr. 6.3-4 W.), vicio que afecta sólo a los ricos, aunque destruye la polis entera reduciéndola a esclavitud (fr. En coherencia con lo expuesto -apunta Demóstenes-, esta ley no valora tanto la identidad de la víctima como la gravedad del acto (XXI 46), porque tales manifestaciones eran incompatibles con cierta justicia y con la existencia de la κοινωνία cívica. Al tirano se atribuye tradicionalmente el defecto de la ὕβρις y en esta figura se concentraban los vicios del poder como amenaza a los iguales. Demóstenes insiste en que la agresión de Midias fue un acto infamante porque fue realizado con una determinada disposición de ánimo (71-72). Es la voluntariedad y premeditación del acto (38,42,76) 11, cometido «para mostrar que su poder personal es superior al de las leyes...» (66) lo que, según Demóstenes, hace del puñetazo de Midias un acto de ὕβρις. Tal como aconseja Aristóteles (Rhet. Y con el fin de mostrar la forma de ser de su enemigo, parte Demóstenes de los antiguos ὑβρίσματα (XXI 80), cometidos contra su madre y hermana, cuando él acababa de alcanzar la edad adulta y se disponía a querellarse por la herencia paterna. Prosigue con la historia de Estratón, el árbitro «pobre... inexperto en cuestiones políticas (ἀπράγμων)... completamente honesto» (83), que debía decidir sobre la compensación económica que Midias tendría que haber entregado a Demóstenes en concepto de su condena judicial en la δίκη ἐξούλης (81). Estratón se vio privado de la ciudadanía (86-88) a causa de «la riqueza y soberbia (ὑπερηφανία) de Midias» (96), ya que éste era «rico... lo que es causa de su ὕβρις» (98, cf. 83; cf. MacDowell 1990, p. Para el orador, y probablemente para su auditorio, creerse superior equivale a caer en la «insolencia». También Aristóteles señala como motor de los actos de ὕβρις el deseo de sobresalir (ὑπερέχειν) humillando a otros, por lo que dichas ofensas suelen ser cometidas por los jóvenes y por los ricos (Rhet. En ese contexto, la alusión también repetida a la impiedad del personaje no es baladí. La impiedad suele ir unida a la prepotencia del poderoso, ya que el desprecio de los hombres comunes y de los dioses, que protegen la ciudad, las leyes y la democracia, no son cosas muy distintas. La tragedia había acostumbrado al público ateniense a una imagen «democrática» del tirano12 como el anticiudadano (Lanza 1977), en quien se unían la impiedad, la soledad y la codicia (Seaford 2003, p. Si el tirano es ὑβριστής, el ciudadano común es σώφρων 'sensato'. La comedia pone a veces de relieve la asociación entre el espantajo de la tiranía y la neurosis popular acerca de la conspiración política (Lenfant 1997, p. 173), lo que, de manera satírica, subraya un estado de conciencia del demos que asocia ilegalidad y tiranía/oligarquía 13. Aristóteles, quien, en la Política, se decanta por el gobierno de las leyes frente al hipotético mejor hombre (1287 a ), opina que el gobierno de uno es lo más opuesto a la κοινωνία o polis. La tiranía, pues, en la época clásica es más una foto fija del negativo de la democracia que una forma política real. Es el carácter soberbio de Edipo, no su jefatura en la polis, lo que lo convierte en tirano (S., OT 872 ss.)14, así como en el caso de Creonte es su impiedad por impedir el entierro de su sobrino (S., Ant. 1113-114, 1270), lo que desencadena su ruina moral; y Eteocles es un tirano debido a su ambición de poder (φιλοτιμία) y a su rechazo de la igualdad que mantiene unidas las ciudades (Eur.,Ph. Los tres, aparentemente, defienden la polis pero los tres la aniquilan, al anular las bases de la convivencia. Midias es enemigo de la ciudad porque sus maneras no son las propias de un igual sino las de un tirano 15. Demóstenes se toma cierto esfuerzo para aclarar que el de Midias no fue un acto común de ὕβρις cometido de manera irreflexiva (38) o como fruto del alcohol (74), sino que la agresión a Demóstenes procede de la convicción arraigada en él de que su influencia le permite tales (223). Esta doctrina es frecuente en la oratoria del siglo IV y en esta ocasión constituye una exhortación para que los δικασταί apliquen sin paliativos la antigua ley sobre la ὕβρις. La comparación entre Midias y los hombres comunes (μέτριοι) cobra relieve en los párrafos que el orador dedica a confrontar a su acusado con Alcibíades. También el Alcmeónida cometió ὕβρις y ἀσέβεια (143, 147) y, aun perteneciendo a una familia honrada en la ciudad y siendo un excelente orador y gran general, a diferencia de Midias (148), los atenienses no le perdonaron los actos sacrílegos. Y, dado que la figura de Alcibíades estaba asociada en la memoria colectiva a los movimientos antidemocráticos de 415 y 411, evocar su persona significaba mentar uno de los momentos de mayor riesgo para el poder popular, dando a entender que Midias representaba una amenaza comparable. Para que un rico, a diferencia de Midias, fuera un buen demócrata, e incluso un ciudadano necesario, sus riquezas debían ponerse al servicio del bien común 19, como sostenía haber hecho Demóstenes (151), y no para ufanarse de ello sino por desear los honores más que las riquezas (159, 160: φιλοτιμίας ἕνεκα)20. Demóstenes no oculta que él personalmente no es «ni de los más carentes de amigos ni de los que no tienen medios» (οὔτε τῶν ἐρημοτάτων οὔτε τῶν ἀπόρων21, 111). Pero se presenta como un rico antiguo: su riqueza es heredada, no adquirida; peleó para restablecerla íntegramente como corresponde a un buen hijo (78) y ha prestado liturgias caras, como es propio de un ciudadano bien dispuesto hacia sus conciudadanos. Al adquirir la mayoría de edad y haber sido retado en una ἀντίδοσις por el hermano de Midias, Trasíloco22 (78), se hizo cargo de una trierarquía en la que gastó más de lo que en el momento del presente discurso sería usual, ya que entonces una nave era financiada entre dos (155), mientras que Midias sólo asumió la trierarquía en la época posterior a la ley de Periando (358/7 a. C., cuando era menor de edad y estas unidades sólo existían para el pago de la εἰσφορά (157), por tanto su herencia lo colocaba entre los trescientos más ricos de Atenas. Todo esto no impedía a Demóstenes presentarse como uno más de los «pobres» frente a los ricos. El argumento de que los ricos y poderosos no son «iguales» en la práctica (112, cf. contra: 188), ya que el dinero les permite comprar las voluntades de los pobres (123), mientras que la carencia de medios hace temerosos y retraídos a éstos (124, 140), no es contradictorio con presentarse uno mismo como rico y plenamente demócrata, ya que si se ha manifestado regularmente auténtica generosidad hacia el común, perdería fuerza la sospecha de venalidad, soberbia y oposición al poder del demos. Sólo alguien que pone por delante su beneficio privado sobre el bien común y la legalidad podría ser visto como uno de esos ricos nuevos y asociales. Demóstenes espera que su auditorio espontáneamente realice esa operación mental y ponga a Midias en el grupo de los «oligarcas» contrarios a la igualdad de todos, mientras él era considerado como orador imprescindible (189). Ya he comentado arriba que el carácter o comportamiento atribuido a Midias guarda una relación estrecha con su nivel económico, con su situación de prosperidad material y social. No es nuevo que los ricos y poderosos estén asociados en la literatura griega con el pecado de la ὕβρις; si bien no existe un vínculo necesario entre riqueza y ὕβρις sino que lo decisivo es la manera de conducirse en la situación de prosperidad. Por ejemplo, Hesíodo aconseja a Perses, quien representa a un campesino de rentas moderadas, que ponga freno a su ὕβρις, porque ni siquiera a los poderosos les conviene pero menos a quien no lo es (Op. 315-316) que envenena a Perses se corresponde con el κόρος de Solón: incluyendo la codicia material y las malas artes para hacerse rico. Teognis ataca también la ὕβρις de los gobernantes de Mégara, a los que llama κακοί (vv. 19 ss.;Gabrielsen 1994, pp. 173-212, contrarios. aristocracia, pero también porque sus carencias éticas chocan con los valores arraigados y con la posibilidad de pervivencia de la ciudad 24. Lo que Ian Morris (1996, pp. 28-31) denomina middling tradition, que no es tanto el efecto de la emergencia de una clase social media como la plasmación de una determinada construcción ideológica, no está muy lejos de estos valores que significan la defensa de la cohesión y la concordia sociales. Por eso, tampoco es ilógica en Atenas la asociación de ὕβρις con toda posición política sospechosa de ser antidemocrática en la medida que la democracia sea integradora (Fisher 1992, p. La introducción del tema ricos-pobres en el Contra Midias se hace de manera progresiva (desde 112) y toma cuerpo hacia el final cuando el orador advierte a los jueces de la potencialidad golpista de los ricos (209). En este discurso la riqueza es presentada como una amenaza al poder de los iguales. Se trata ahora de cuestionar si el lenguaje de «ricos-pobres» nació a fines del siglo VI a la vez que los movimientos populares que conducen a los sistemas democráticos y, como opina Ober, es el lenguaje ideológico del demos frente a los poderosos, o si, por el contrario, ciertas manifestaciones de la riqueza y de los ricos fueron ya calificadas negativamente por el lenguaje moral que compartían grupos heterogéneos en la fase formativa de la polis. Hay que señalar, ante todo, y como el mismo Josiah Ober reconoce (1989, p. 10; Winterling 1993, pp. 186-189), que la dicotomía pobresricos es siempre una simplificación y una forma relacional de hacer referencia a grupos que eventualmente pueden ser percibidos como portadores de intereses contrapuestos. Ni siquiera se trata de una polaridad que resuma todo el arco social. Reducir la compleja realidad social a dicho antagonismo impide explicar la coincidencia básica de intereses entre la elite dirigente y el pueblo llano que caracteriza la mayor parte del tiempo a la sociedad ateniense de los siglos V y IV a. C. Una de las razones por las que se ha criticado la tesis de Ober es el inadecuado uso de la concepción (marxista o no) de la noción de ideología25. También es impropio el uso que hace del concepto de clase que, implícitamente, aplica a los ricos y a los pobres respectivamente. Dado que ricos y pobres no son términos que se refieran siempre a los mismos individuos o grupos de individuos, resulta imposible adjudicar al demos, entendido como los pobres, la «ideología de clase» con la que se impondría, según Ober, el sistema democrático. En Grecia y, concretamente, en Atenas, los grupos a los que se denomina ricos y pobres son fluctuantes y no están bien definidos pero, por lo que respecta a la diferencia entre los muy ricos mil doscientos y el resto, la relación no es unívocamente una relación de explotación y apropiación de los excedentes del trabajo 26. Muchos «pobres» (πένητες pero no πτωχοί) son campesinos medios, acomodados o arrendatarios, artesanos y tenderos, totalmente independientes desde el punto de vista económico y poco afectados por la economía de mercado. La explotación del trabajo no libre por los libres no afecta la discusión política ni está contemplada en la oposición ricos-pobres. Lo único cierto es que una minoría de libres muy ricos, ciudadanos o no, poseía muchos esclavos 27, pero la oratoria y la his toria política, cuando emplean la terminología ricos-pobres, se refieren exclusivamente a los ciudadanos. Además es preciso tener en cuenta que el rechazo tradicional hacia los pocos muy ricos, cuyas fortunas proceden del comercio y las finanzas, no es muy distinto al desprecio hacia los más humildes κάπηλοι 28. Si es cierto que la riqueza, cuando se presenta aislada de otras virtudes a las que suele acompañar (nobleza de nacimiento, capacitación personal, generosidad), es mirada con recelo, también la pobreza, tradicionalmente, aparece como causa de vicio moral o como el motor de desviaciones tales como la corrupción, el robo, o la manipulabilidad (Dover 1974, pp. 109de clase. 213, rebate el presupuesto de una ideología generada e impuesta unilateralmente por el demos. 26 Herman 2006, pp. 245-255, sobre la movilidad la sociedad ateniense desde fines del siglo V y la identificación ideológica del ciudadano-agricultor con el hoplita. La polémica entre «primitivistas» y «modernistas», y la aplicabilidad del concepto de clase a la relación esclavista son tratadas por Burke 1992, y Nafissi 2004. Pero, según Moreno 2007, pp. 226-242, el término se aplica más a un ethos que a una realidad social: a la racionalidad económica orientada al κέρδος. Los ricos que se ocupan sólo de incrementar su patrimonio, o de ocultarlo29, serían pésimos ciudadanos, porque dedicarse a la riqueza es ocuparse de lo suyo, de las cosas privadas, y la tarea que ennoblece al ciudadano es la política, lo común. Por eso los grandes filósofos del siglo IV buscaban determinar cuál habría de ser para el ciudadano activo la situación económica y laboral más idónea. Platón, en la ciudad ideal de República, negaba a los gobernantes-filósofos el derecho a la propiedad privada que, sin embargo, se mantendría para los productores. En la Magnesia de las Leyes estipulaba propiedades moderadas y ponía límites al enriquecimiento para conseguir estabilizar la sociedad y combatir las diferencias excesivas, nefastas para el espíritu comunitario. Aristóteles es menos contundente y más ambiguo en sus apreciaciones pero, aunque valoraba mucho la σχολή de los ciudadanos y estaba en contra de la igualdad económica impuesta por ley (Pol. Desde época arcaica las posturas ante la adquisición de riqueza son contradictorias. Dejando de lado las visiones heroicas y homéricas de la riqueza aristocrática obtenida por la lanza y la razia, Hesíodo encomia la riqueza que procede del esfuerzo y del trabajo agrícola y afirma que con la riqueza viene también la honra (320)(321)(322)(323)(324)(325)(326). Solón critica en los ricos la tendencia a la codicia (fr. 4.5-10 y 6.3-4 W.), pero se opone a la igualación de los bienes mediante reparto de tierras (fr. 5 y 36.18-25), y afirma que potencialmente existe una riqueza ilimitada (cf. Arist., Pol. 427), lo que sugiere una coincidencia con los consejos sobre comercio marítimo de Hesíodo (Op. Teognis, nuestro mejor ejemplo de poesía aristocrática y simposiaca, afirmaba que la riqueza podía llegarle a cualquiera, pero no la nobleza de espíritu (vv. 149-150), con lo que estaba denunciando la existencia de ricos de índole inédita, cuya fuente de riqueza ya no era la tierra 30. Y el Viejo Oligarca acusa a los pobres de codicia ([X.], Ath. I 3.13-20), una posición que puede parecer contraria a todo lo demás en la literatu-ra griega, en la que el deseo de obtener más se achaca a los poderosos. Pero, en realidad, el Pseudo Jenofonte se hace eco de la visión aristocrática tradicional que rechazaba que quienes debían ganarse a diario el sustento pudieran arbitrar sobre el gobierno de la polis por no estar habituados a pensar en el bien común. Ciertamente, la teoría democrática había dado un vuelco de ciento ochenta grados a la posición tradicional. Protágoras, al universalizar la virtud política (Pl., Prt. 322cd), y Pericles, discutiendo la utilidad política de los supuestos χρηστοί (Th. II 40.2), contribuyeron a abonar nuevas percepciones sobre el estatus de origen (II 37.1), y sobre el trabajo y la pobreza (II 40.1). Un paso más allá, Cleón (III 37.3) sostuvo que los hombres comunes gobernaban mejor las ciudades que los hábiles oradores; y el siracusano Atenágoras (VI 39.1) diferenció entre ocuparse del dinero, en lo que sobresalían los ricos, y dedicarse a la cosa pública, terreno en el que la mayoría decidía mejor si era guiada por los más inteligentes. ¿En qué medida estos comentarios forman parte de un auténtico debate sobre «dedicarse a lo suyo», tanto si se es rico como si se es pobre, o «dedicarse a lo común», una polémica evidente ya a fines del siglo V? Es ocuparse de la cosa pública -no el ser rico-u ocuparse de los asuntos privados-no el ser pobre-la diferencia decisiva. Cuando Nicias afirmó en 415, en la asamblea que discutía la campaña de Sicilia, que «también es un buen ciudadano el que se preocupa un poco de su persona y de su hacienda» (Th. VI 9.2), su afirmación seguramente chocó con el lenguaje y el ethos, entonces compartido por ricos y por pobres, relativo a la gloria y la libertad de la ciudad más poderosa, y con la consideración íntima y primitiva de que la guerra también constituía una fuente de ingresos (24). Las actitudes belicistas o pacifistas que mecánicamente se atribuyen a los grupos de pobres y ricos requieren matización 31. Es cierto que los muy ricos aportaban la εἰσφορά y también contribuían mediante la trierarquía a mantener la flota de guerra, y por eso eran reacios a iniciar campañas guerreras sin sopesar su oportunidad, pero, señala Hunt, los atenienses no votaron las guerras del siglo IV principalmente movidos por el espíritu codicioso de los pobres, sino por un cálculo de equilibrio internacional, y por sus propias necesidades de abastecimiento, en las que sí contó mucho el peso del voto de los «pobres» 32, aunque en este tema estaban interesados igualmente elite y demos33. En la época de Demóstenes la idea de que la paz hacía aumentar la riqueza y el bienestar no era del todo nueva; lo inédito es que triunfara sobre los valores belicistas arcaicos, a pesar del prestigio de que gozaba la convicción de que la vida más honorable era la de quien se entregaba al servicio de la polis. En suma, hacer lo que sea por dinero seguía sin ser honorable o confesable, se hiciera lo que se hiciera debía parecer que se hacía por razones éticas o políticas. De ahí que la riqueza antigua fuera aceptable y vista como natural, pero no el haberse hecho rico recientemente (cf. Arist., Rh. La riqueza nueva, originada en las nuevas prácticas económicas (explotación minera, comercio naval34, banca35 ), era, pues, una realidad soslayada por los oradores36. Prácticas y discusiones teóricas nada «primitivas» se reflejan en especulaciones sobre la posibilidad de que el enriquecimiento fuera ilimitado37, sobre el concepto de valor-de-cambio (cf. Arist., Pol. 1257 a 9 ss.) 38, o acerca de la mayor rentabilidad política de la actividad económica frente al imperialismo belicista 39. Pero, si los cambios resultan innegables, ello no significa que el lenguaje y la moral se adecuen automáticamente a ellos. la mejora económica 45. Y una puesta en común de las riquezas que, como en Asambleístas, se produce al final de la comedia, significaría una confusión de lo público y lo privado, simbolizada por la comunidad de mujeres (cf. David 1984, pp. 33-36). Estas comedias de Aristófanes ponen en escena a gentes humildes 46 que penan a diario por lo básico: el poeta se siente próximo a ellos y no a los corruptos ricos. Una postura semejante adopta Demóstenes cuando se asimila a los hoplitas (133) en el rechazo hacia la ostentación de la riqueza de Midias (158,159). Pero Demóstenes afina más: lo que agrede no es tanto el ser rico como la exhibición de la riqueza, el hacerse sospechoso de que se puede sobornar a cualquiera (139), el no gastar el dinero propio en el servicio público (157)(158). Un lector moderno considerará que el orador no se ciñe a una acusación concreta y desbarra cuando solicita para Midias la pena capital o la confiscación de todos los bienes 47 (151). Con esta última sugerencia quizás esperaba atraerse a los jueces, si éstos pensaban en cómo eso revertiría en su propio bolsillo. Por ello intenta llamar la atención del jurado sobre las poco honrosas fuentes de las riquezas de Midias. Afirma que cuando se tenía que embarcar hacia Eubea como trierarco, después de que se hubiera visto obligado a hacer donación de una nave (160, 162), utilizó de hecho ese barco para transportar al Pireo instrumentos y ganado necesarios para su explotación en las minas de plata (166-167). De este modo Demóstenes subraya la priorización que hace Midias de sus intereses sobre los comunes, o sobre la competencia por los honores públicos (φιλοτιμία), negando a su liturgia la calificación de εὐεργεσία. Un poco más adelante, añade otra acusación de enriquecimiento ilegítimo: que como administrador 48 de la Páralo arrebató a los de Cícico más de cinco talentos (173). La explicación de este pasaje, dada por un escolio (586 Dilts), indica que los hechos remontan a la época de la guerra con los aliados (357-355 a. 126, en la demanda de la προβολή no se incluía la petición de pena, de ahí la oscilación. Midias recibió doce talentos de la ciudad, y es acusado por Demóstenes (174) de haber hecho las gestiones de traslado de las tropas lentamente. Midias había capturado unas naves y se había incautado de los bienes de unos mercaderes de Cícico. Más tarde éstos lo denunciaron ante la justicia ateniense alegando que Cícico no estaba en guerra con Atenas. Pero Midias consiguió una sentencia favorable, se quedó con el dinero y Cícico rompió sus buenas relaciones con Atenas. Hay elementos en este relato que no resultan demasiado verosímiles: Midias había dado explicaciones ante un tribunal, y los atenienses difícilmente se habrían dejado arrebatar cinco talentos en esos momentos. Por otro lado, Cícico había atacado Proconeso en 362, una ciudad aliada de Atenas (D. L 5), y seguramente Atenas ya no se sentía ligada a los acuerdos (τὰ σύμβολα; MacDowell 1990, p. 390) con ella firmados por lo que, como comandante de la Páralo, Midias habría actuado creyendo que cumplía las directrices e intereses de la ciudad. No sabemos de nadie en Atenas, tampoco Demóstenes, que se hubiera unido a la demanda que los mercaderes de Cícico pusieron a Midias. No es seguro que ese dinero estuviera en su poder y, aunque no se excluye, lo más creíble es que hubiera sido gastado en la guerra. Lo significativo es que las acusaciones que Demóstenes hace a Midias en relación con sus cargos públicos buscan producir el efecto de restarles la brillantez que se les supone debido a supuestos actos de codicia privada. Ya casi al final del discurso, Demóstenes atribuye a Midias una alocución inaceptable ante la asamblea, pues abiertamente habría criticado a los ciudadanos por su escasa disposición a la lucha y su avidez hacia los repartos de dinero del Teórico, razones por las que, como uno de los προεισφέροντες, habría anunciado que no se sentía obligado a contribuir (Dover 1974, p. Una vez más la manera en que Demóstenes señala el Teórico refleja su perspicacia para tocar la sensibilidad popular. Conviene, finalmente, considerar un par de circunstancias comentadas en el párrafo anterior: lo primero, esa no tan velada incitación de Demóstenes animando un supuesto espíritu confiscatorio de las clases populares; y, en segundo lugar, la queja de Midias por no estar dispuesto a seguir contribuyendo con su dinero a la política de los repartos públicos. En los párrafos 139-140 denuncia Demóstenes que Midias había pagado a ciertos individuos (μισθοφόροι) y que iba a contar con una hetería 49 de testigos para apoyarle (μαρτύρων συνεστῶσ ̓ ἑταιρεία), gentes que suelen obrar en la oscuridad y en grupo, sujetos que se venden al dinero de los ricos, mientras que -afirma-«todas estas cosas deberían causaros miedo a cada uno de vosotros, ya que cada uno sobrevive como puede». Si unos «criptooligarcas» 50 podían arrebatar al pueblo su forma de vida, gracias a sus recursos para pagar a cómplices, y tenían amigos que compartían sus intereses, los ciudadanos comunes, inferiores cada uno en riqueza, en amigos y en lo demás, deberían valorar la conveniencia de unirse para ser superiores a cada uno de los ricos y acabar con su ὕβρις (140, συλλέγεσθ ̓ ὑμεῖς... συλλεγέντες ἑκάστου κρείτους), y también la de incautarse de su dinero (211). Ya al final del discurso (209-210) sostiene que si tales hombres se adueñaran de la dirección política, en una vista semejante a la actual no perdonarían a uno de los del común (τῶν πολλῶν καὶ δημοτικῶν), por tanto -argumenta-ya que no les impedimos que guarden sus riquezas (οὐδεὶς κωλύει κεκτῆσθαι) nosotros tampoco debemos renunciar a nuestra «propiedad común» (κοινὴν οὐσίαν) que son las leyes. Para la audiencia democrática resultaban familiares las imágenes relativas a la debilidad, consecuencia de la desunión de los pobres, doblegados cotidianamente por la necesidad, frente a la unidad e influencia de los oligarcas 51. En el párrafo 205, el de Peania, había señalado un nombre concreto entre los que iban a hablar a favor de Midias. Se trataba de Eubulo (206): ni él ni Midias, según Demóstenes, eran adecuados al poder popular por concentrar excesiva influencia de forma individual. Si no el creador de Teórico52, al menos Eubulo seguramente había sido el responsable de que después de la guerra de los aliados este Tesoro se convirtiera en el más abultado de Atenas, por encima del Tesoro Militar, ya que a él iban a parar los excedentes del μερισμός53. Así aplacaba las necesidades más perentorias de las clases populares, mientras animaba el aprovechamiento intensivo de las minas y otros recursos económicos, dando trabajo a los pobres y posibilidad de invertir a los ricos 54. De esa época data un texto tan importante para el conocimiento de la transformación de la política económica de Atenas como los Ingresos de Jenofonte, buena parte del cual trata de la puesta en valor de las minas del ática, ensayo en el que se aconseja abandonar el imperialismo militar a cambio de una hegemonía económica sobre el Egeo. Por tanto, no se puede decir simplemente que Eubulo y sus hombres, entre los que estaba Midias, fueran contrarios a mirar por la subsistencia del demos. Justamente fue Demóstenes quien más combatió la desviación de recursos militares para la financiación de la asistencia a los espectáculos y fiestas, y quien más bregó para trasladar los excedentes a los στρατιωτικά 55. Y eso no significa que la opinión de muchos ricos no fuera de desprecio hacia la política de subvenciones de Eubulo, pero en este punto parece evidente la explotación de los prejuicios de clase por Demóstenes, cuando acusa a Midias, amigo de Eubulo, de querer romper el pacto sobre el uso del Teórico. Si el azar nos hubiera hecho conocer el discurso de defensa de Midias, las palabras de Eubulo y sus otros amigos, o el resultado de la votación de los jueces, resultaría más fácil extraer una conclusión equilibrada sobre el efecto real de la elaboración retórica de este discurso. No obstante, Demóstenes empleó en su alegato todo el argumentario que los usos de la época aconsejaban y lo hizo de forma hábil, al fundamentar la razón del proceso elegido en relación con la gravedad del asunto de fondo. La concentración en Midias de los rasgos de impiedad, ὕβρις, ostentación de la riqueza y abandono de las responépoca de Demóstenes. Para las competencias del presidente del Teórico: [Aristóteles], Ath. 224, relaciona la política de Eubulo sobre los repartos emanados del Teórico con la derrota ateniense en la guerra social. Para Burke 1992, las políticas de subsidios se iniciarían con Pericles y con la decadencia del ethos hoplítico. 69 ss., no cree que Demóstenes y Eubulo estuvieran tan distantes en política militar o de subvenciones. 55 Harris 1996 no cree que la posición de Demóstenes fuera contraria al Teórico, sino que proponía que «el sobrante» de las rentas anuales de la ciudad se ingresara en el Fondo Militar. sabilidades públicas, pretende presentarlo como un golpista, un oligarca antidemócrata, cuyos carácter y actuación se corresponden con la imagen del tirano. Demóstenes toma del lenguaje moral arcaico la idea de justicia como equilibrio entre pobres y ricos, algo que pertenece a la ideología cívica, la que contribuye a la aceptación por todas las partes de la necesidad de hacer contribuciones a la cohesión social. Explota, además, el vago temor popular a la asociación de los poderosos insolidarios. Sin embargo, la situación real que a fines del siglo V había conducido a un estado generalizado de neurosis no se daba a mediados del IV, y los lugares comunes relativos al complot oligarca eran relativizados por una audiencia bastante tranquila al respecto. A Midias no se le impuso la pena de muerte ni la confiscación total de sus bienes. Seguramente resultaría multado por el puñetazo propinado al corego durante las Dionisias: de ser así, la conclusión oportuna es que los jueces no eran tan fácilmente impresionables, ni estaban guiados por un resentimiento de clase tan evidente como a simple vista harían suponer las palabras de Demóstenes. bibLiograFía
Las oraciones de relativo en latín clásico se han analizado muy poco desde un punto de vista tipológico. Este artículo aplica los parámetros tipológicos más relevantes al análisis de las oraciones de relativo que se encuentran en el de bello Gallico: (a) jerarquía de accesibilidad, (b) estrategias de relativización, (c) posición de la oración de relativo con respecto al núcleo nominal y a la oración matriz, (d) nivel de nominalización de la oración de relativo. Los datos muestran que el sujeto es la posición sintáctica más relativizada, aunque el pronombre relativo pueda relativizar cualquier posición. Los pronombres relativos son la única estrategia de relativización en latín clásico, junto con la denominada estrategia de no reducción. Por contra, todas las posibles posiciones de la oración de relativo con respecto al núcleo nominal y a la oración matriz se encuentran en el corpus, con el nivel de nominalización que está previsto por los estudios tipológicos. De otro lado, en latín clásico la estrategia de no reducción no se limita a las oraciones antepuestas y circumnominales -como establecería la tipología-sino que atañe también a las oraciones pospuestas y postnominales. En este caso, esta estrategia desempeña una función diferente según la oración de relativo sea restrictiva o apositiva. Palabras clave: oraciones de relativo; tipología; jerarquía de accesibilidad; estrategias de relativización; posición de la oración de relativo.
La autora propone ponerlos en relación con los Juegos de Pelias. En nuestro «La potnia equina» llamábamos la atención sobre la rareza del patronímico 8Ippotádhj en Od. De dicha forma y de su titular Hipotes, «apenas se vuelve a saber nada (tal vez en un fragmento reciente atribuído a Estesícoro), hasta la épica helenística y tardía» 1. El mito de Tiró reaparece en el «Catálogo de las mujeres» hesiódico (Fr.30.24-33a), cf. los Nosti del Ciclo, Fr.9; ver recientemente Hirschberger, M., «Die Erzählungen der Frauen in der Nekyia der Odyssee», ERANOS. En el canto X de la Odisea se relata a partir del verso 2 la llegada de Odiseo y su flotilla tras la aventura del Cíclope a la isla Eolia. Esta ínsula que flota a la deriva, con escarpada costa coronada por una muralla de bronce, encierra una ciudad próspera regida por el rey y epónimo de la isla, Eolo (A2oloj), personaje fíloj a los dioses inmortales, cuyo patronímico es 8Ippotádhj (Od. Su ilustre, pero anónima esposa le ha dado seis hijas y seis hijos, casados entre sí. Homero silencia también los nombres de estos hijos. Cita solamente un personaje con el patronímico de Eólida (A±olídao Od. Se trata de Creteo, marido de Tiró, la primera del «Catálogo de las heroínas» en Od. El matrimonio debió verificarse después que Tiró, enamorada del río Enipeo 3, frecuentara sus corrientes, circunstancia aprovechada por Posidón para sustituir al río, desanudar el ceñidor virginal y yacer con la doncella. Las uniones de Tiró con Creteo Eólida y con Posidón estan en el origen de nobles genealogías de varias regiones y ciudades griegas. XI 259, de su marido Creteo, Tiró da a luz a Esón, Feres y Amitaón ¶ppioxármhj; de su unión secreta con Posidón (Od. XI 254 ss.) a Pelias y Neleo, de quienes proceden las casas reales de Yolcos y Pilos. Algunos rasgos comunes de esta familia El mundo subyacente al mito de Eolo y de Tiró con él conexo ofrece al-4 DMic. s.v.; Gangutia «La potnia equina», cit., pp. 26-27. 1; tal vez una forma del nombre del hijo de Esón, Jasón en Ja-sa-no, p.164; Ruijgh, C., Études du grec mycenien, Amsterdam, 1967, p. 8 Relatando las vicisitudes de su familia en más de cuarenta versos aparentemente inútiles para el relato, cf. Om.Od. 158 ss. e infra p.7, sobre las facultades proféticas de Teoclímeno en relación con algunos de los temas aquí tratados. gunos rasgos muy particulares. Uno importante y que delata notable arcaísmo es la densidad de nombres de esta familia testimoniados en las tablillas micénicas, especialmente en Pilos: empezando por el propio A2oloj A 3 -woro, aunque considerado un zoónimo en las tablillas 4, además están el marido de Tiró, el eólida Creteo (Ke-re-te-u) y dos de los hijos, Esón (A±swnioj A 3so-ni-jo) y Amitaón (9Amuqáwn A-mu-ta-wo) 5. Y aunque menos evidentes, se han propuesto para la familia eólida putativa, e. d. la descendiente de Posidón y Tiró Ne-e-ra-wo Ne¢lavoj, que podría ser el precedente de Nhleúj y Ne-ti-ja-no Nestiánwr, formación relacionada con Néstwr 6; Pelias tendría cierto pendant micénico en Pólivoj po-ri-wo 7. También es llamativo el número de vates entre los descendientes de Amitaón, hijo de Creteo eólida y Tiró. Es padre del famoso vate Melampo entre cuyos descendientes, varios de ellos con dotes proféticas, está Anfiarao, afamado adivino. De la misme estirpe de Melampo es Mantio, de nombre significativo, que engendra al adivino Polífides, a su vez padre de Teoclímeno, quien se presenta ante Telémaco a su retorno a Itaca en Od. Melampo debía sus dotes adivinatorias a entender la lengua de los animales 9. Este trasfondo animalístico puede no ser ajeno al carácter posiblemente equino de su misterioso antecesor Hipotes. Puede ser simple casualidad, pero el nombre del padre de Amitaón, Creteo, en la forma Ke-re-te-u se halla EM LXXII 1, 2004 10 Ver DMic. s. v. i-qo. 12 En Figalia y Telpusa, pero también en lugares de Esparta, Acaya, Elide, Mesenia, ver Schachermeyr, F., Poseidon und die Entstehung des griechischen Götterglaubens, Berna, 1950, p.34 ss.; cf. también Om.Od. 5.381 (J.B. Hainsworth), DMic. s.v. i-qo y nuestro «La potnia equina», cit., pp. 18 ss. Proceedings of the 9th International Symposium on the Odyssey (2-7 Sept. 2000), Ithaca, 2001, pp. 71-91 propone que el nombre del caballo de Aquiles Balíoj está relacionado con una forma iliria con paralelo en griego moderno mpálioj que designa precisamente un animal negro que tiene una mancha o "estrella" blanca en la frente, exactamente como lo dicho de Pelíhj o Pelias. 353-4; dedica varias páginas a Hipotes, 358 en una ocasión en las tablillas junto a la secuencia e-ne-ka i-qo-jo 10. Teoclímeno, el descendiente de Melampo "Pie (¿o "Pata"?) Negro/a" y de Creteo, predice a los "Pretendientes" (Od. XX 350 ss. y 363 ss.) una muerte próxima, de manera semejante a como el caballo Janto hijo de Podarga «Pata Blanca» vaticina con voz humana el fin de su amo Aquiles en Il. Hasta aquí estos rasgos afectan solamente a los miembros de la familia netamente eólida. Pero la denominada por Haslam «nasty horsy stuff» 11, afecta también a la familia eólida putativa, a Pelias y a Neleo habidos por Tiró de Posidón, dios que en tantos lugares del Peloponeso tiene facetas equinas, que se manifiestan a veces en el epíteto de Hipio 12. Estos aspectos animalísticos se manifiestan a veces de forma casi brutal. Según Apolodoro I 9.8, la yegua de unos criadores de caballos que pasaban por el lugar donde fueron expuestos tras el parto secreto de Tiró los gemelos Pelias y Neleo, coceó al primero en la frente, dejándole para siempre una marca blanquecina, o "pálida" de donde recibió su nombre, "etimología" que señala Helánico en el Fr.123 13. Por otro lado, hay datos que permiten pensar que en algún momento se consideró que no había diferencia entre familia Eólida "legítima" y "putativa". Pausanias (IX 36.8) manifiesta que Creteo era padre de Esón, Feres y Amitaón y también de Pelias y Neleo. Por otro lado, Higino, en varios lugares (X 1, XIV 21, XXXI 8) en lugar de Creteo o Posidón propone como padre de Neleo a un sorprendente Hipocoonte. Creteo sería un "aspecto" o "manifestación" de Posidón, con lo que Hipotes 14, resultaría ser un coheren ss.; cf. Schachermeyr Poseidon... ob. cit., pp. 34,,39, nn. 299 ss.; incluso con alguna variante, Haslam «Aiolos' cousin», cit., p. (Aeolidae); en esta obra adscrita a Hesíodo, frente al hermetismo de Homero que silencia los nombres de los hijos de Eolo (Hipótada), se intenta dotar de identidad mitológica a las mujeres Eólidas y a su frondosa descendencia, cf. West, The Hesiodic Catalogue of Women, ob. cit., pp. 8-11 y 36 ss, cf. id., «The rise of the Greek epic», JHS 108, 1988, pp.151-172, p. 17 Advertido por Tümpel en RE s.v. te abuelo de Creteo/Hipocoonte 'El que cuida del caballo', progenitor y antecesor de Amitaón ±ppioxármhj y de Néstor ¶ppóta. La épica presentará a estos héroes con un perfil ya más ecuestre que hípido. La eliminación (y multiplicación) de Hipotes La estricta endogamia de los hijos e hijas de Eolo según Od. X 7, aparece rota sin más explicaciones en el canto siguiente, Od. XI 237, donde se habla de Creteo Eólida y su matrimonio con Tiró. Esto pudo ser interpretado como que el padre de Creteo era un Eolo diferente (Eolo II). El hecho de que este nombre coincidiera con el etnónimo de los eolios fué aprovechado por los interesados en fabricar una "historia" que uniera genealógicamente desde orígenes míticos a los diferentes pobladores griegos. Ello unido a la presunción de innumerables príncipes locales por crearse un linaje divino a medida que salían de las Edades Oscuras hace que en las Eeas hesiódicas 15 se introduzca el personaje Helén, de nombre posiblemente creado ad hoc, como padre de Doro y Eolo, supuestos epónimos de los dorios y los eolios, en medio de los cuales es situado Xuto, como antecesor de los jonios, ya con indudable peso ático. Para su "construcción histórica" 16 el autor de esta Eea substituye el patronímico de Eolo, 8Ippotádhj, oscuro y sin duda desagradablemente animalístico de Od. X 2, por el elegante epíteto ¶ppioxármhj 17, que en la serie de hijos de Creteo Eólida en Od. A pesar de esta eliminación, indudablemente consciente, resultó imposible hacer desaparecer muchos otros elementos adheridos al mito. La línea «probatoria» de genealogías mítico-fundacionales, reaparece en las Melanipe sabia y Melanipe cautiva de Eurípides. Aquí Eolo es desdoblado en dos per- 26 Ver supra p. El escolio refleja de manera casi más ordenada las noticias procedentes de Diodoro Sículo (ver supra p. 7), que probablemente se basó en Timeo. en los escolios a la Odisea X 2 ss., verso que abría nuestro trabajo. En el V se dice que hubo dos Eolos: el I es hijo de Hipotes (8Ippótou), a su vez hijo de Mimante, centauro cuya más antigua mención proviene del Escudo de Hesíodo 186, donde es portador del epíteto melagxaíthj, recreación de kuanoxaíthj aplicado a Posidón 23. Mimante no es el único personaje centaúrico que asoma en la fronda mitológica de este escolio: informa también de que la esposa de Hipotes era Melanipe, hija de Hipó según la Melanipe sabia de Eurípides 24, la cual a su vez lo era del centauro Quirón y por lo tanto nieta, según el antiguo poema épico Titanomaquia 10, de la oceánide Filira y de Crono metamorfoseado en caballo. Según este mismo escolio, hubo otro Eolo (II), hijo del Helén «que rememora Hesíodo» (recordemos el ya mencionado Fr.9 de las Eeas). En el escolio Q a Od. X 2 se citan tres Eolos de la siguiente manera: Eolo I, el hijo de Helén; Eolo II el hijo de Hipotes (y Melanipe); y Eolo III, hijo de Posidón (y Arne) 25. Pero también se recoge una noticia lacunosa de Asclepiades de Trágilo (IV a. 26) en la que parece se proponía algo en relación con Eolo como hijo de Posidón y en la que Buttmann, tal vez con acierto, intercaló para relacionarlo con la arribada de Odiseo a la isla Eolia, con lo que se apuntaría a una asimilación de Hipotes con Posidón 26. Pensamos que partiendo del contexto mitológico y literario definido en la primera parte de este trabajo y añadiendo otros datos filológico literarios, es posible descubrir un "primo de Eolo hipótada" aceptable para dirigir muy de cerca las solemnes honras fúnebres que se entrevén en el Fr. 3876, en el que puede haber abundante material de una de las mas renombradas obras de Estesícoro, 6Aqla špì Pelía7 Los juegos fúnebres en honor a Pelias. Aunque varias veces los estudiosos han detectado en los papiros adscritos desde los años 50 a Estesícoro, entramado mítico que podría corresponder a los Juegos de Pelias, esta posibilidad ha sido negada tajantemente por un sector de filólogos basándose especialmente en argumentos métricos, a pesar de la escasa materia comparativa que ofrecen los tres fragmentos (1-3 PMG) testimoniados para los "Juegos de Pelias" estesicóreos desde la antigüedad. Sin embargo, entre POxy. 2359, 2735 y el papiro que aquí queremos estudiar, el 3876, hay paralelos temáticos, léxicos e incluso métricos 27 también la posibilidad, mantenida por Rodríguez Adrados, de que Estesícoro compusiera su poesía sin utilizar el mismo esquema métrico dentro de cada poema 28. Personajes de los Juegos de Pelias en contextos literarios y artísticos. En los fragmentos numerados por Haslam 61-70 de POxy. En este trabajo vamos a ceñirnos a los números 61-67 que, comparados con otros textos del propio Estesícoro, papiráceos, no papiráceos y de otros autores, creemos posibilitan aproximarnos a algunas conclusiones sobre la obra de la que forman parte y sobre la personalidad del enigmático "primo" de Eolo hipótada. Hay que decir que el número de textos conservados que hacen referencia concretamente a Los juegos fúnebres en honor de Pelias no es muy grande, aunque tengamos testimonios muy antiguos del gran prestigio que rodeaba al tema. 59 PMG de Simónides se testimonia que, además de Estesícoro, Homero pudo haber dedicado su númen poético al tema de los Juegos de Pelias. Y en lo que se refiere a Estesícoro efectivamente, en el fragmento 2b PMG se rememora el triunfo de Meleagro con la jabalina, (como también se hace en el Fr. de Simonides), y el de Anfiarao en el salto. 1 PMG de Estesícoro se constata que en los Juegos de Pelias se mencionan maravillosos caballos, de los cuales Cílaro es adscrito a Cástor; los otros, Flogeón y Harpago, como Janto hijos de (la harpía) Podarga, parece que también fueron donados a los Dióscuros. En 3 PMG, Estesícoro testimonia la frase xeirobr-Ôti desmÔ7 con la ligadura que corroe la mano, referida al duro correaje con que el púgil hacía más efectivos sus golpes. Tal vez estemos ante una hazaña de Pólux, vencedor en el pugilato, según Higino 273.10. Además, debemos contar con los textos papirológicos estesicóreos que se Aunque a partir de propuestas de Page se ha tendido a adscribir el POxy. 2735 a Íbico 31, creemos acertada la idea de Lobel en su ed. pr. de que este papiro contiene material estesicóreo sobre el tema de los Juegos de Pelias y, como postula Rodríguez Adrados, en él se diseñan líneas compositivas significativas para la atribución a Estesícoro y sus Juegos de Pelias. Según Rodríguez Adrados 32, en el poema conservado en este texto se daría ocasión a la intervención de distintos héroes de Grecia, cada uno con su elogio, relato de sus hazañas y especialidades atléticas, estructurándose el conjunto de la siguiente manera 33: habría un proemio, relativo a la fiesta espartana en que el poema fué cantado; la participación señera de Cástor y Pólux (166 SLG) en los Juegos con hazañas ecuestres haría de lazo de unión con la fiesta espartana. Propone un importante protagonismo de Jasón en los Juegos, considerando que el Fr.61 PMG de Estesícoro formaba parte de los Juegos 34. A la misma obra pertenecería el Fr. 176 SLG donde se alude a Yolao y Peleo como vencedores en la carrera de cuádriga y en la lucha; hacia el final de este fragmento, encontramos una mención aparentemente extemporánea de la muerte de Gerión a manos de Heracles. En otros fragmentos del mismo papiro podrían detectarse alusiones a los padres de Pelias: se ha dicho que'rguropézou de 167 SLG podría ser un epíteto de Posidón 35; por nuestra parte pensamos que en 174.2 SLG eÐp]atéreia podría ir referido a Tiró calificada con el exclusivo epíteto que lleva en Od. XI 235, reservado en otro caso solamente a Helena en la Ilíada 36; los tékna del v. 7 podrían ser entonces Pelias y Neleo. 37 Aunque se trataron temas como la muerte de Pelias y su descendencia, o las vicisitudes de su madre Tiró (p. ej. Sófocles), solamente se recuerda al «padre» del teatro griego, Tespis, como autor, más de un siglo después de Estesícoro, de una tragedia sobre los Juegos de Pelias, ver Snell, B. Fuera de los textos, escasos hasta la aparición de los papiros estesicóreos 37, el tema se sume en un gran vacío. Tenemos que llegar a Higino 273.10 para encontrar una resumida pero utilísima nómina de los campeones participantes, cuya primera parte creemos se remonta de alguna manera a los Juegos estesicóreos. El vacío de los textos se cubre en parte con noticias de monumentos y restos arqueológicos. Como revelan las descripciones de Pausanias, los Juegos de Pelias fueron desarrollados en dos extraordinarios monumentos, ambos en suelo peloponesio y de época casi contemporánea con Estesícoro (632/629-556/553 a.C.). Se trata del llamado "Trono" de Apolo en Amiclas realizado por Baticles (Paus. III 18.9 ss.) y el arca de Cípselo en Olimpia (Paus. En este último monumento encontramos a varios de los héroes participantes en los Juegos según Estesícoro, como, p. ej., Pólux (1 PMG, 166 SLG) en la carrera de bigas (Paus. Queremos añadir por nuestra parte que el aÐlhtÉr que en POxy. 1.5 (= 166.5 SLG) acompaña musicalmente hazañas atléticas puede estar representado en los Juegos del "arca" de Cípselo (Pausanias V 17.10), animando el combate de Admeto y Mopso como púgiles 38. Además de estas obras artísticas de gran formato, aptas para la representación de muchos personajes, el certamen de Los juegos de Pelias, con sus campeones, los árbitros y los espectadores, se encuentra figurado en vasos y objetos de menor tamaño, a veces con los nombres de cada uno de ellos inscritos junto a las respectivas figuras 39, como, una vez más, Pólux compitiendo con cuádriga en el «Vaso corintio» del museo de Berlín 40. A varias de estas realizaciones figuradas recurriremos a lo largo de este trabajo. Presencia de algunos de estos personajes en POxy 3876. a) Meleagro, Anfiaráo, los Dióscuros Las diversas manifestaciones literarias y figurativas de los Juegos de Pelias no mantuvieron el mismo número ni identidad de los personajes desde el principio, pero parece indudable que Meleagro, Anfiaráo y los Dióscuros formaron un núcleo obligado desde las más antiguas manifestaciones de Los juegos de Pelias 41. Según Zenobio, fuente del Fr. 3 PMG de Estesícoro, la secuencia xei-robrÔti desmÔ7 estaría šn'rxÊ7 al principio de sus Juegos de Pelias. Ello colocaría en un punto alto del poema el elogio de Pólux, vencedor del pugilato, según Higino 273.10, y también participante en especialidades ecuestres, como en POxy. Con ello se evidencia la importancia estructural desde el comienzo mismo de la obra de amplias loas de los campeones en los que su genealogía y hazañas tendrían peso considerable 42. Este procedimiento compositivo podría traslucirse también en el POxy. 3876, donde se reconocería una vez más la habilidad ecuestre de Cástor en el Fr.1.5 ¶]pposóa ptol[ 43, con una probable mención expresa de Pólux y Cástor en el Fr.3. En este último pasaje se duda entre Cástor y Alástor, nombre que puede leerse, próximo al del propio Cástor, en el «Vaso corintio» conservado en Berlín que representa los Juegos de Pelias 44. El propio Schade se pregunta si no estaríamos en una digresión en la que se hablara de los Juegos 45. Los nada menos que veinticuatro fragmentos del comienzo de POxy. 3876 dedicados al mito y hazañas de Meleagro 46, pueden deberse probablemente a la aplicación del procedimiento compositivo consistente en dispo-ner largos y obligados elogios que justificaran la presencia de ciertos héroes en una obra como Los juegos de Pelias. Como hemos dicho, Meleagro es el primer personaje obligado en los testimonios más antiguos de los Juegos de Pelias como triunfador con la jabalina, incluída la presunta versión homérica en el Fr. Sin embargo este campeón tenderá a desaparecer de la nómina de los Juegos 47 hasta que volvamos a encontrarlo en Higino 273.10, autor que, como hemos dicho, creemos resume alguna versión de los Juegos de Pelias estesicóreos. Algo parecido ocurre con Anfiaráo, que pertenecería al núcleo más antiguo de los Juegos pero solo reaparecerá en Higino 373.10 y dibujado en el mencionado «Vaso corintio» de Berlín 48. Los editores y comentaristas anteriores han rechazado tajantemente la presencia de Heracles en POxy. Sin embargo, los antiguos asignaron a Heracles un papel importante en los Juegos. Pausanias (V 17.9) inicia la descripción de los Juegos de Pelias en el arca de Cípselo poniendo de relieve la figura de Heracles sentado en un trono, evidentemente ejerciendo la función arbitral 49. Por su parte Higino 273.10 informa que Heracles participó y triunfó en esos mismos Juegos como luchador de panmaquion, cierta modalidad de lucha. La primera lectura del Fr. 61 de POxy 3876 nos trajo a la memoria paralelos léxicos con textos de los que nos habíamos ocupado en un trabajo relativamente reciente sobre la Gerioneida de Estesícoro 50. Una forma aparentemente banal como'fi]koménouj en el mencionado Fr. 61.6, comparable a otras del mismo verbo en la Gerioneida de Estesícoro en 8.1 SLG y 17.4 SLG, así como en autores anteriores, nos llevó a detectar cierta concentra-ción de paralelos, deduciendo que podríamos estar ante una versión del viaje del Sol en su aúreo cuenco en compañia de Heracles. Se trataría del momento del desembarco del héroe en Eritea, tal como se vislumbra en el fragmento 17 SLG 51: donde se opone tajantemente el heroico internamiento de Heracles en un ominoso soto de laureles (17.8-9 SLG) a la continuación del viaje cotidiano del Sol sobre las olas hacia su hogar y la noche. 3876 contendría los preámbulos de una "extemporánea" Gerioneida como se ha advertido para el Fr. Proponemos, pues, que en el Fr. 61 de POxy.3876 se describiría a los viajeros, el Sol (incluso sus caballos) y Heracles de la siguiente forma (POxy. Heracles ) "cuando arribó" a la tierra boscosa 53 portando la clava,... a los que habían llegado. "Por su parte, el Sol con su copa de oro se adentró" en las olas... (del mar) gris... desde donde batido por el oleaje "dió la vuelta a" la tierra "hasta volver a alumbrar" a los mortales. A estos destrozados versos pueden aducirse como paralelos: al v. Aquí šj ƒlsoj es substituído por'nà drí[a], con un buen paralelo en la abreviada y desconsoladora versión de sus hazañas que hace Heracles moribundo en las Traquinias 1012 de Sófocles ante la ingratitud de los griegos: pollà mèn šn póntw7, katá te dría pánta kaqaírwn 55. El presentar a Heracles armado de su clava o ßópalon sería, en este caso, casi banal para el v. 5, con su correspondiente paralelo en 16.3 SLG también de 56 «The characteristic weapon of Heracles», Lobel en su ed. pr. a POxy. Sobre la compañía y atuendo de Heracles en su viaje solar, en dibujos de la cerámica antigua en Robertson, M., «Geryoneis: Stesichorus and the vase painters», CQ 19, 1969, pp.207-221, Brize, Ph., Die Geryoneis des Stesichoros und die frühe griechische Kunst, Wurzburgo, 1980. 57 En algunos de los estudios dedicados a este pasaje se ha propuesto, que el modelo de homenaje fúnebre que se entrevé en el Fr. 6-9 que indicarían el fin del viaje de Heracles y la continuación del Sol por mar, podrían aducirse dià] k[ú]maq' ‰lòj baqéaj'fíkon/to (8.1 SLG), 3⁄4/fra di' ãkeanoîo perásaij /'fíkoiq' ¶arâj potì bénqea nu/ktòj (17.4 SLG), ambos de la Gerioneida de Estesícoro, además de la descripción de Mimnermo 10.5-9 del viaje del Sol tòn (al Sol) mèn gàr dià kûma férei poluÉratoj eÐnÉ /... ƒkron šf' Ødwr / eØdonq' ‰rpaléwj xÓrou 'f' 8Esperídwn / gaîan šj A±qiópwn. ¿Cuál es el objeto de esta digresión, antes del Fr.62?. Hemos dicho que creemos que es el Sol quien, tras dar la vuelta a la Tierra, vuelve a alumbrar ]brotoîsi.[ en el v.11 del Fr. Y efectivamente, la aparición del Sol a los "mortales" antes de las ceremonias fúnebres del Fr. 62, equivaldría a la de la Aurora iliádica cuando se muestra en Il. XXIII 109 57 a los muroménoisi que se aprestan a preparar los ritos funerarios de Patroclo. Pero en lugar de la concisión de las frases formularias homéricas, los destrozados fragmentos de POxy. 3876 revelan la prolijidad y redundancia tantas veces señalada para Estesícoro. La presencia de Heracles en la descripción del curso del Sol sería un ornamento dentro del mito, a la vez que elogio del héroe, importante procedimiento, como ya hemos dicho, en la estructuración de una materia mítica tan densa como serían Los juegos de Pelias 58. Con esto nos aproximamos al Fr. 62 de POxy.3876 y a la cuestión de la identidad del enigmático "primo" de Eolo. Sin embargo, dejaremos este te-sâ[ma, indudablemente un conspicuo monumento funerario. Para este Fr. como para el 64, Haslam, aunque con interrogante, propuso que estaríamos ante un «funeral speech (by the cousin of Aiolos?)» 64. Pensamos que efectivamente se trata de un discurso fúnebre, en el que posiblemente se proclamaban los famosos Juegos en honor del noble difunto 65. Volviendo a los comentarios que consideramos en cierta manera parafrásticos de los destrozados pasajes de los Juegos de Pelias. La insistencia en la carrera pedestre que se advierte en el comentario de 220 SLG puede hacer referencia al comienzo de una digresión elogiosa sobre algún héroe o héroes especialistas en esa modalidad atlética. Proponemos que se trata de una introducción a las hazañas de los boréadas Calais y Zeto que, según Higino 273.10 (y citados por él en primer lugar) fueron los vencedores de la carrera de fondo y de la del doble estadio en los Juegos de Pelias. Ello explicaría, además, la coloración occidental mediterránea del entorno siceloitálico que se ha querido descubrir 66 en otros destrozados fragmentos de POxy.3876: ]strofa[ del Fr.74.4 tendría que ver con la persecución de las Harpías por parte de los Boréadas Calais y Zeto, que en un momento determinado por orden de Zeus dan un "giro" o "media vuelta" y abandonan la persecución, lo que provoca cambios significativos, como el que, según Hesíodo Fr.156, las islas Plwtaí pasen a llamarse Strofádej, produciéndose el hecho en el mar Sicélico 67. 69 Zenob.4.9.2, que ilustra este uso en voz media con el relato de otros criminales cocimientos míticos, p.112, cf. RE s.u. 70 Aunque encabezados por el epígrafe general Ibycus, Page considera realmente que 227-257 SLG, lemmata ex anonymis continent, p.62. 71 Higino 273.10 asigna a Telamón el triunfo en el lanzamiento de disco en los Juegos de Pelias. El "primo" de Eolo Hipótada. Las genealogías y hazañas de los héroes/campeones formarían el grueso de Los juegos de Pelias, obra de acción posiblemente escasa frente al volumen de los elogios de los participantes. 3876, concentran, como ya hemos visto, a pesar de su mal estado, momentos significativos de la obra a la que pertenecen. Nuestra opinión, como ya hemos avanzado, es que a quien se rinden honras fúnebres en el Fr. 62 no es un personaje secundario sino el mismísimo Pelias. Creemos ajustadas las reconstrucciones del Fr. Sin embargo, aunque probablemente Ødat]í t' šl[o]éss[an de 61.12 pueda estar relacionado con las abluciones previas a la cremación, no podemos evitar pensar en una irónica versión del proverbio casi de "humor negro" loúsaio tòn Pelían, "ojalá bañes a Pelias", e.d., "ojalá lo cuezas en el caldero", con siniestra referencia a las circunstancias de la muerte de Pelias a manos de sus hijas 69. Por otro lado, creemos que tampoco aquí se ha puesto suficientemente de relieve el paralelo nekt[a]re-procedente de los comentarios a autores mélicos anónimos de POxy. Además, lo que puede ser también importante, en algún otro fragmento de POxy.2637 pueden espigarse paralelos al "paño", al "primo" y al ilustre cadáver que va a ser cremado en el Fr.62: encontramos a partir de la línea 5, unos k]alúmmasin 'velos' o 'cobertores'; (con) algo o alguien "familiar" sùn genikÔ[i (línea 7) -y un cadáver n]ékuj (línea 8); a continuación, posible mención del lanzamiento de un disco en el eventual concurso subsiguiente, sid]Érou dísk[ (línea 11) 71. Creemos que, tras la unción con']leíf[ati] nektare[ó]dmwi costoso pero condigno del personaje (¿šnaí]sion en el comentario de 230.6, 7 SLG?), quien en este Fr. recubre el maltrecho cadáver de Pelias con un magnífico paño o sudario debe ser un pariente próximo, forzosamente de cierto relieve mitológico. 74 Hijo de Neleo según Hes., Fr. 33a.9, aparece también en el "Vaso corintio" de Berlín; del mismo origen sería un tal Eufemo, hijo de Posidón, vencedor en la biga, LIMC s.u. 44 El nacimiento de Pelias y el de su hermano Neleo, de quien desciende Néstor, se debe a la unión de Posidón y Tiró. Cabe la posibilidad de una alusión a Tiró en POxy. 4.5 donde aparece el epíteto eÐpatéreia de noble padre que se aplica a Tiró en Od. Se ha pensado que la aludida con ese epíteto en POxy. 3876 es Altea, que recibe la noticia de la muerte de sus hermanos a manos de Meleagro. Sin embargo Haslam 73, con gran puntillosidad piensa que caben otras posibilidades, sin desdeñar incluso que el episodio se refiera a Eolo. Curiosamente, la tradición no recoge entre los contendientes de los Juegos de Pelias, salvo en el caso del hijo del finado y fundador del concurso, Acasto, practicamente ningún pariente de la línea genealógica resultante de la unión de Tiró con Posidón: no está el hermano Neleo y, de sus descendientes, podría destacarse solamente Alástor 74. Es la familia descendiente de Tiró du coté del marido Creteo hijo de Eolo y nieto de Hipotes 75, con sus fuertes rasgos de cohesión (tales como antroponimia/zoonimia micénica, dotes proféticas, rasgos animalísticos/equinos) 76, la que está más representada en estos Juegos. Entre los parientes de Pelias de esa línea tienen un papel de peso en los Juegos, Jasón y Admeto, así como Anfiaráo. Los dos primeros son hijos respectivamente de los hermanastros de Pelias, los creteidas Esón y Feres; Anfiarao es un descendiente mas lejano de Amitaón. Aunque Esón no aparece en las listas de participantes en los Juegos, su hijo Jasón, quien a pesar del comportamiento criminal e insidioso de su tío Pelias, compite y triunfa en sus Juegos fúnebres, según estaba registrado en el "Arca" de Cípselo (Paus. IX 17.9) 77 Como ya hemos señalado 81, el desacuerdo entre un Eolo de cerrada familia endogámica en Od. X 7 y el matrimonio de un Eólida como Creteo según Od. XI 237 con Tiró pudo ser aprovechado para deducir la existencia de dos Eolos diferentes y crear una versión «histórica», tal como puede verse en el Fr. 9 atribuído a las Eeas hesiódicas, donde se hacía a Helén antecesor de los griegos y padre de Eolo, eliminando al Hipotes homérico, mantenido por Estesícoro. Pensamos que sería viable una versión intermedia, entre la de Homero y la que puede entreverse en las Melanipes sabia y cautiva de Eurípides. Con ello contaríamos con varios personajes, entre los cuales podríamos descubrir el "primo" que recubre con un gran lienzo el cadáver de Pelias. De ellos, Esón, padre de Jasón, con funestas relaciones con el difunto, es descartable. Un candidato mas apto sería Amitaón, perteneciente, según una tradición al grupo de fundadores de grandes concursos atléticos: junto con sus hermanastros Pelias y Neleo funda los juegos Olímpicos (Paus. Sin embargo, ni Amitaón ni Neleo aparecen en los inventarios de participantes de los Juegos de Pelias tanto escritas como figuradas. Mas posibilidades tiene Feres, presente en el "Vaso corintio" de Berlín 85 como árbitro en los Juegos junto con el hijo de Pelias, Acasto. Feres, por su actividad arbitral preeminente (en la que participa también nada menos que Heracles según la versión del "Arca" de Cípselo), compartida con Acasto, podría ser el "primo de Eolo (II) Hipótada", que inaugura las honras fúnebres de su hermanastro Pelias cubriendo piadosamente el cadáver en POxy 3876 Fr. Pero quien pronuncia el discurso que se entrevé en los Frs. siguientes 63 y 64, instituyendo los Juegos en honor del finado y quien dirige hacia un sâma la atención de los héroes congregados, ya no sería un miembro significado de la familia originalmente Eólida, sino el hijo de Pelias, Acasto, a quien tradicionalmente se atribuye la fundación de los Athla Peliou. EM LXXII 1, 2004 86 También un poema exento con título independiente desprendido de una de las difusas obras de Estesícoro, Rodríguez Adrados Lírica griega arcaica, ob. cit., pp. 175, 182. 87 También llamada por nosotros «telescópica», Gangutia «Gerioneidas» cit., p. III POSIBILIDADES DE COMPOSICIÓN DE LOS JUEGOS FÚNEBRES EN HONOR A PELIAS EN POXY. 3876 La materia mítica sobre Los juegos de Pelias en POxy. 2735, ser complementaria de ésta, o una versión diferente dentro de otro poema 86 si tenemos en cuenta la estructura casi de «cajas chinas» 87 que encaja versiones diferentes de obras reconocidas de Estesícoro, como los «extemporáneos» segmentos de la hazaña de la matanza de Gerión en POxy. 61 en relación a la gran Gerioneida. Pero ya no es este el lugar de dilucidar tamaña cuestión sobre un autor del que en los últimos años se han descubierto novedades que inciden en las perspectivas del estudio de Estesícoro y de la literatura arcaica y clásica 88. De todas formas, hay mucho en el esquema propuesto por Rodríguez Adrados para POxy. En este texto encontramos amplio número de héroes, especialistas en diferentes modalidades atléticas; habría un proemio con elogios, genealogía y aventuras de héroes (Meleagro, los Dióscuros), anticipatorias de los Juegos; no falta un núcleo de acción mínima (entierro de Pelias, consiguiente proclamación de los Juegos); vuelta de nuevo en anillo a los Juegos con relato de las aventuras de los héroes, de los que nos quedarían en este caso Calais y Zeto, cuya veloz persecución de las Harpías se rememora. Queremos añadir que esta técnica compositiva puede tener un término de comparación en algunas de las representaciones artísticas ya mencionadas 90, en las que el denso y prestigioso grupo, en parte familiar, de los Juegos de Pelias actúa como «núcleo» que en un determinado momento captura en su órbita, por secuencia o simple proximidad, las hazañas de los héroes tal como se representan en el «Arca» de Cípselo las vicisitudes de Anfiaráo e inmediatamente (Paus. V 17.7-8 ss.), sin solución de continuidad, se desarrollan los Juegos de Pelias, con los contendientes, los espectadores, Heracles sentado en un trono como árbitro y quien convocaba el certamen, Acasto el hijo de Pelias. O como, en forma aparentemente más inconexa, pero creemos que muy significativa, podían contemplarse en el «Trono» de Baticles las aventuras de Meleagro en la Caza del Jabalí de Calidón, las de Calais y Zeto persiguiendo a las Harpías, y también, los Juegos de Pelias: escenas aparentemente independientes, próximas en el conjunto de la obra. Pero en este extraordinario monumento hay un detalle importante: entre estas grandes acciones heroicas se intercalan numerosas hazañas de Heracles (Paus. Tal vez esta presencia actuaba como obligado lazo de unión entre las grandes aventuras representadas, en manera semejante a las «extemporáneas» y miniaturizadas apariciones de Heracles en el POxy. 3876, como preámbulo al entierro y convocatoria de los Juegos de Pelias del Fr.
Revisión paleográfica y posible nueva lectura de tres inscripciones que presentan expresiones de filiación: una tésera celtibérica de La Custodia (Viana), la estela de Langa de Duero (Soria, Castilla y León) y otra tésera que también podría haber sido hallada en Viana. Con esta revisión se completa el estudio de las inscripciones paleohispánicas con filiación expresa en su fórmula de onomástica celtibérica que, ahora, se extendería a una novena, al menos. Palabras clave: Semisilabario celtibérico; expresión de filiación; paleografía. Tal y como recordó Untermann, citando a Tovar, la fórmula de denominación de los nombres personales u onomástica típica en el territorio celtibérico se puede describir como la denominación que se compone del nombre individual de la persona nombrada, del nombre individual del padre en genitivo y de la palabra para «hijo» (por tanto, en ropaje latino f. = filius) y de una designación de grupo señalada sufijalmente en genitivo plural1. La generalizada suposición de que la presencia de un signo ke puede corresponder a la abreviatura de kentis y que esta palabra se podría interpretar como 'hijo de' llevó a varios lingüistas a recopilar el conjunto de breves inscripciones en las que se apreciaba la filiación expresa en su fórmula de onomástica celtibérica 2, sin contar con la posibilidad de que esta relación también pueda figurar en el primer bronce de Contrebia Belaisca (Botorrita, Zaragoza) (K.1.1) 3, por ejemplo 4. Por otra parte, al avanzar en la revisión paleográfica de las inscripciones celtibéricas que estamos realizando, nos hemos encontrado con que la lectura de tres de ellas, a pesar de ser conocidas hace muchos años, aún era incompleta y que, además, también hacía mucho tiempo que no se había avanzado en su discernimiento. Encontrándose la primera de éstas en una de las cuatro téseras de hospitalidad procedentes del yacimiento arqueológico de La 2 Untermann, en el citado trabajo, en su versión previa y su clasificación de inscripciones celtibéricas (1967, pp. 283-285, 1997, p. 58), que consideraron la correspondencia de ke o kentis con «'hijo' o algo similar, sin olvidar su homofonía con el término gens que en las inscripciones latinas designa con frecuencia al grupo familiar hispano-céltico». Sin embargo, aunque creemos que esta revisión paleográfica es correcta, también hemos planteado la posibilidad de que no presentaría esta anomalía si su interpretación fuera arebalkeiko+[ / s+[, siguiendo la propuesta que hiciera Velaza 1999, pp. 675-676, para interpretar el signo cuya morfología se parece gráficamente al del griego Π como si fuera una variante de ke, en lugar de hacerlo serlo de bi. Con lo que obtenía la lectura kentis, en vez de bintis, en la inscripción de la cara B de K.1.1, confirmando una relación que ya había intuido De Hoz 1986, p. Por lo que, de confirmarse la recuperación de esta lectura, también habría que incluir las 14 citas de K.1.1 entre las inscripciones en las que se apreciaba la filiación expresa en su fórmula onomástica celtibérica. La segunda inscripción paleohispánica en cuestión se encuentra en una estela que fue hallada en 1928 por Taracena en las excavaciones arqueológicas que llevó a cabo en Langa de Duero (Soria) 6. Finalmente, la tercera es una de las dos téseras de hospitalidad que pertenecen o, mejor dicho, pertenecieron a la colección del anticuario Rainer Daehnhardt, afincado en Portugal, y que fueron dadas a conocer por Faria en 1998 (CD-1) 7. Quien señaló que, aunque se desconocía su origen, quizá ambas procedían también de La Custodia, dado el parecido de la primera de ellas en forma, diseño y dimensiones con la que contiene la inscripción berkuakum (:) sakas (K.18.1) 8, que también fue realizada en la variante oriental del celtibérico. Aunque, en este último caso, la técnica empleada fue batir un punzón en cuyo extremo había dos puntas que simulaban el punteado (fig. 6), en vez de un punzón de afilada punta con la que marcar cada punto o esgrafiar el trazo correspondiente. 5 El poblado del yacimiento de La Custodia se encuentra cerca de los actuales límites entre Navarra, La Rioja y el País Vasco, en la margen izquierda del Ebro, y presenta restos correspondientes al largo período de tiempo que va desde el neolítico al comienzo de la romanización. Fue destruido poco antes del cambio de era, aunque también se han hallado algunos restos de las primeras décadas del siglo I d. C., previos a su definitiva destrucción y abandono. Acontecimiento que se ha puesto en relación con la fundación, al otro lado del Ebro, de la Vareia romana (Varea-Logroño), junto a la desembocadura de su afluente, el Iregua (Castiella 1976, p. Se ha propuesto la identificación de este yacimiento con la ciudad y ceca berona de uarakos, a pesar de que no hay duda de que ésta estuvo situada, al menos, en la cima del cercano Monte Cantabria (Logroño) y que es posible que, por tanto, el yacimiento de La Custodia corresponda a la parte no fortificada de esta ciudad berona (Armendáriz 1997(Armendáriz -1998) ) o a la ciudad y ceca vascona de barskunez, cuyas monedas son las que con mayor abundancia se han encontrado en este yacimiento (Burillo 1995, p. 6 Taracena 1929, pp. 31-32 y 50-52, propuso la ubicación de la ceca de sekotiaz lakaz y ciudad arévaca y romana de Segontia Langa en el yacimiento arqueológico ubicado desde el altozano de Las Quintanas (Langa de Duero) hasta el de La Cuesta del Moro (Langa de Duero), lugar este último en el que fue hallada la citada estela con la inscripción celtibérica, formando parte de las piedras con las que se había construido una de las majadas que allí había. Propuesta de ubicación por la que también se decantan García-Bellido y Blázquez 2001, p. La cronología del yacimiento arqueológico va desde mediados del siglo II a. C. hasta la primera mitad del I a. A continuación presentamos el resultado de la revisión paleográfica de estas tres inscripciones que han pasado a engrosar el pequeño conjunto de los textos paleohispánicos con filiación expresa en su fórmula onomástica celtibérica que, de paso, también revisamos 9. Revisión y lectura completa de la inscripción K.18.2 La incompleta lectura de la tésera de hospitalidad que tiene forma de cuartos traseros de un bóvido, cuya inscripción fue realizada mediante la técnica de incisión continua y que está fechada entre las primeras décadas del siglo II y la mitad del I a. C. 10, se ha venido estableciendo como ]+iko: loukio: kete[ / ]ko[. Seguramente ha sido así porque se pensaba que faltaba parte de la inscripción. Bien porque se consideraba que se habría perdido debido al desgaste de la pieza o porque quizá se encontrara en la parte superior del bóvido y correspondería a la otra mitad de la tésera que no se ha localizado (ni tampoco hay constancia de que hubiera existido), K.18.02 11. 9 Debemos enmendar la lectura que presentamos acerca de la tésera de hospitalidad procedente de la colección de Max Turiel pero de origen desconocido, CT-23A (cf. Untermann 1997, pp. 652-657, y Jordán 2004, pp. 250-255 y 312-319), cuya lectura realizamos a partir de la copia de la fotografía adquirida en la Real Academia de la Historia, como kariko (:) kaiaikunos / arkailika / kar, para asumir parte de la lectura que realizó Jordán, aunque sin encontrar ningún problema en arkailika, y decantándonos (Olcoz y Medrano 2005-2007, pp. 208-210) por kariko en vez de kateiko (fig. 7), como ya propusiera Ballester 2004, pp. 272-273, y también recogiera Jordán como alternativa por la que no acabó decantándose. Almagro 2003, pp. 377-379, había establecido la relación de kariko con karikokue, en la tésera de hospitalidad de Luzaga (K.6.1), que, sin razón, fue cuestionada por Ballester, aunque a éste le corrigió después sobre este punto Jordán. No obstante, Ballester aportó paralelos con CARICOQ de Coca (Segovia) y otras formas afines que habían sido recogidas por Villar y Jordán (Villar, Díaz, Medrano y Jordán 2001, pp. 159, 162 y 181), a los que este último añadió el de CARICVS, citado en CIL II 899 (Talavera de la Reina) y CIL II 2954 (Contrasta), como «paralelo perfecto». Además, Jordán 2007, pp. 105-106, propuso que, de acuerdo con el sistema de escritura dual con el que sería coherente, debería leerse como gariko (:) kamaikuno (:) ke / argailika / kar. Aunque también precisó que la lectura de ke estaría en contradicción con la etimología GENTIS. Por lo que su interpretación sería «De Garicos, hijo de Camaicunos / amistad de (UXAMA) ARGAELA». Nuevamente, agradecemos a Martín Almagro-Gorbea que nos facilitara la adquisición de la fotografía de esta tésera de hospitalidad que se conserva en la Real Academia de la Historia y que es la única información conocida acerca de esta pieza. 11 Además, Jordán consideró el texto de esta tésera de hospitalidad (cf. Untermann 1997, pp. 698-699), debido a que «la dificultad de lectura, la falta de contraste gráfico y la de apoyos La información que podía ofrecer este texto para los lingüistas e incluso para los arqueólogos e historiadores era mínima o casi nula, de ahí que nos decidiéramos a realizar la revisión paleográfica que presentamos a continuación. El caso es que, dejando al margen esa posibilidad y centrándonos en la simple observación detallada de esta inscripción, hemos podido constatar que está completa y que las dificultades halladas para su lectura se debían a que quienes lo habían intentado no habían considerado que había sido realizada de forma periférica y girando su escritura en espiral, alrededor del borde del objeto 12. Hecho esto, hemos podido identificar las tres palabras que la componen y que están separadas cada una de ellas por una interpunción doble y alineada verticalmente, así como por una simple que está ubicada al final de la inscripción 13. Lo que nos ha llevado a proponer la lectura espiral tekoniko (:) loukio (:) ke 14 (.), considerando que la inscripción fue realizada empleando la variante oriental del signario celtibérico 15 (fig. 8). morfo-etimológicos incontestables impiden pronunciarse sobre su carácter dual o su grado de coherencia», como indefinible con respecto al hecho de que su escritura hubiera aplicado o no el sistema dual para representar las consonantes oclusivas (Jordán 2004, pp. 285-286, y Jordán 2007, p. 12 Este estilo en la dirección de la escritura también se da en otras inscripciones celtibéricas como en el sello de Contrebia Belaisca (Botorrita, K.1.7), la fusayola de Arcobriga (Monreal de Ariza, K.7.1), la tésera de hospitalidad de Sasamón (Burgos, K.14.1) y otra de La Custodia (K.18.3). 13 Cada uno de los puntos de estas interpunciones está formado por uno o dos triángulos superpuestos en forma de estrella, al estilo de los que encontramos en la tésera de la colección Fröhner (K.0.2) y en las inscripciones de las dos caras del broche de cinturón (K.1.2), que se supone que, como esta tésera, también procede de Contrebia Belaisca (Botorrita). 295, ya había propuesto la posible identificación de ke, como expresión de filiación «conocida en textos más diáfanos que éste». 15 Ya que si hubiera sido escrita empleando la representación gráfica de las consonates nasales característica de la región occidental de Celtiberia nos conduciría a una lectura que no permitiría relacionar al supuesto tekomiko con nada más y que, por tanto, llevaría a un posible callejón sin salida. Por otra parte, podemos clasificar la escritura de esta tésera de hospitalidad como incoherente con respecto al uso del sistema dual de representación gráfica para las consonantes oclusivas. Lo cual es consistente con que así sea en la mayoría de las inscripciones celtibéricas realizadas en la variante oriental del celtibérico, tal y como ya avanzó Jordán 2007, pp. 133 y 136-139, aunque no en lo que respecta a este texto en concreto. Aun sin pretender realizar un análisis lingüístico de la inscripción, y siguiendo la propuesta de Untermann, loukio se podría considerar el genitivo singular del antropónimo loukios 16. Además, creemos que por simple semejanza con el contenido de los otros textos celtibéricos breves en los que aparece expresa la filiación en su fórmula onomástica celtibérica, el texto de esta tésera de hospitalidad se debe incluir entre ellos y se podría interpretar como 'De Tekonikos hijo de Loukios'. En el supuesto de que, además, se considere que tekonikos también es un antropónimo que figura en genitivo singular. También cabe señalar que en el tercer bronce de Botorrita (K.1.3 17 ) figura un antropónimo tekos asociado en la misma línea al genitivo plural del pueblo de los Konikos 18. Aunque konikum, por cierto, también figura poco más adelante aunque asociado a otro antropónimo distinto: uiroku 19. Por lo que puede que los especialistas en lingüística indoeuropea, desde una perspectiva que excede el ámbito de la pura revisión paleográfica como la que aquí hemos presentado, estudien paralelos lingüísticos que arrojen más luz sobre el contenido del texto de esta tésera de hospitalidad y amplíen la información actual para el mejor conocimiento del carácter histórico y arqueológico del yacimiento de La Custodia, en particular, y de la cultura celtibérica y del complejo proceso de la romanización de la Península Ibérica, en general. Revisión y lectura completa de la inscripción K.12.1 La incompleta lectura de esta estela, cuya inscripción también fue realizada mediante la técnica de incisión continua y que está fechada en la primera mitad del siglo I a. 112, propuso que retukeno correspondía al antropónimo latino RECTVGENVS, de modo que esta inscripción apuntaría a ser coherente con el embargo, creemos que la suposición acerca de la falta de parte del objeto y, por tanto, de la inscripción, que también se había achacado a la tésera de hospitalidad de La Custodia que acabamos de comentar, era una hipótesis completamente errónea. De hecho, creemos que lo que ocurre es que en ambos casos no se tuvo en cuenta la correcta dirección en que fue realizada la escritura: en espiral, girando alrededor del borde del objeto. Aunque, en esta ocasión, se trata de dos líneas escritas en espiral pero cada una girando en un sentido opuesto al otro. De modo que el texto resultante, aunque aparece desordenado, también se corresponde con la misma fórmula onomástica celtibérica, siendo su lectura completa retukeno (:) ke (.) / beltistos (fig. 9). BELTISTOS significa en griego clásico 'el más fuerte' 22 por lo que, de confirmarse esta etimología, estaríamos ante un antropónimo griego o, al menos, indoeuropeo, adoptado por un celtíbero y, aunque la inscripción fue escrita en la variante occidental del celtibérico, que es en la que se han encontrado más textos realizados con un sistema de escritura coherente con la posible representación dual de las consonantes oclusivas 23, debemos constatar que éste no es uno de estos casos debido al anómalo uso del alógrafo empleado para ti. A no ser que estemos ante una variante celtibérica del citado antropónimo cuya lectura fuera Beldistos, valoración ésta que queda a la espera de ser realizada por expertos en lingüística. No obstante y, de nuevo, sin pretender llevar a cabo un análisis lingüístico de la inscripción, podemos aventurar que su significado podría ser 'Beltistos hijo de Retugenos', lo que sería coherente con que la función de la estela fuera puramente conmemorativa y, concretamente, de carácter funerario. Revisión y lectura completa de la inscripción cd-1 La lectura que propuso el editor de esta inscripción fue kamasiosue / ikenion ke / setantunos. Para la primera palabra propuso identificar un antropónimo sistema de escritura dual. Aunque también señaló que si éste se supone que también afectaba al resto del texto, estaríamos ante el único caso de silabograma simple para la secuencia de consonante dental más i, ti, de sólo dos segmentos superiores en vez de tres y que, además, debería leerse di, quedando: retugeno (:) esto / ++beldis o keldis. 138. en dativo singular, kamasios, que consideró como inédito hasta entonces 24 así como mejor alternativa al genitivo singular de otro kamas e isouei en dativo singular, que también serían sendos hápax. Para ikenion como la abreviatura de ikenion(ikum), en la que veía cierto parecido con el grupo familiar IGANCO, que está atestiguado en Clunia (Peñalba de Castro-Coruña del Conde, Burgos), a la que seguía ke, como abreviatura de kentis y con el significado de 'hijo de' que, a pesar de estar en orden inverso al característico de la onomástica celtibérica, afectaría al antropónimo setantunos, como genitivo singular del hápax setantu que, a su vez, podría estar relacionado con SEDATVS, a no ser que ke fuera una inédita abreviatura de kar 25. Dudosa e incompleta lectura que fue muy discutida, por ejemplo, por Jordán y por Rubio, aunque tampoco acabaron de resolverla correctamente 26. Sin embargo, en esta ocasión creemos que la dirección de escritura no fue espiral, sino principalmente dextrógira y que el texto está distribuido en tres líneas que, a su vez, contienen cuatro palabras. Con la particularidad de que la segunda palabra empieza en la primera línea pero acaba en la segunda y la cuarta palabra vuelve a encontrarse en la segunda línea, continuando en espiral y, por tanto, de forma ortogonal al texto que ya había en ella, proponiendo como su lectura kamasios uen / ikenion / setantunos / ke 27 (fig. 10). 174, que también hicieron su propia lectura y segmentación del texto de esta tésera de hospitalidad, citaron kamasio como «(antropónimo en gen. sg., cf. el capítulo III), que con toda probabilidad es idéntico al galo CAMASIVS (CIL XII, 1953, Drôme)». 27 Agradecemos a Javier de Hoz que tuviera la amabilidad de revisar el borrador de este trabajo y que nos aportara la corrección de la interpretación inicial que habíamos hecho de este texto como kamasios ue / ikenion / setantunos / ka / z, reconociéndole la autoría de la lectura definitiva que hemos presentado tras recibir su comentario que transcribimos a continuación: «En CD-1 hay cosas interesantes pero el supuesto topónimo final me parece lingüísticamente imposible y paleográficamente mejorable. Por falta de espacio al final de la primera línea el grabador escribió ya sobre la rotura antigua "n". La idea de ver en ue el comienzo de una segunda palabra me parece excelente, pero esa palabra sería uenikenion. La base "veni-" está bien documentada (vid. el Atlas de Untermann y el libro de Vallejo); el problema es que si se tratase de una abreviatura tendríamos demasiados sufijos. La interpretación que me parece Tipología y distribución geográfica de las inscripciones con filiación expresa en su fórmula onomástica celtibérica Las tres inscripciones cuya lectura hemos completado pertenecen al pequeño conjunto de las que expresan explícitamente la filiación de su fórmula onomástica celtibérica en sus textos, que ahora está integrado por, al menos, nueve: siete que fueron realizadas en signario paleohispánico: K.0.2, K.12.1, K.16.1, K.17.1, K.18.2, CT-23A y CD-1, y dos que fueron escritas usando el alfabeto latino: K.3.14 y K.26.1 28. La función y el tipo de objeto en el que fueron realizadas estas inscripciones corresponden a una tipología muy variada, así como también es muy dispersa su distribución geográfica (fig. 11). Entre las seis inscripciones escritas en signario paleohispánico hay cuatro téseras de hospitalidad, de las cuales tres fueron escritas en la variante oriental del celtibérico y sólo una en la occidental, K.0.2 29, K.18.2, CD-1 y CTmás económica no sería aceptable para la mayoría de mis colegas y es efectivamente muy hipotética, pero no veo otra salida; sería un genitivo de plural con conservación arcaizante de /o/ sin pasar a /u/ y evolución moderna de la nasal labial a dental, es decir rasgos contradictorios pero abundantes en las fórmulas onomásticas en epigrafía latina (en el libro de M.a C. González, 1986, p. En cuanto a la tercera línea, parece que tras el nombre en genitivo al grabador le faltó espacio y escribió el último signo encima del final de línea, como ocurre en un caso en Botorrita 1; el signo me parece claramente ke en su posición regular. En resumen, una fórmula clara: kamasios uen / ikenion / setantunos / ke'Camasios, del grupo familiar de los Uenikenios, hijo de Setantu'». 28 Nuevamente, sin contar con la citada posibilidad de que esta relación también pueda figurar en el primer bronce de Contrebia Belaisca (K.1.1), etc. 29 La lectura de esta inscripción es lubos (:) alizo / kum (:) aualo (:) ke (.) / kontebiaz / belaiskaz (.). 49, Beltrán 2004, pp. 51 y 54-55), hasta que este último planteó la posibilidad de que no fuera así y que correspondiera a la segunda parte de un pacto bilateral entre un individuo y una ciudad. 123, la ha mantenido e incluso aplicado a la interpretación de la tésera de Caminreal, cuya lectura es lazuro (:) Kosokum (:) Tarmestutez (:) Kar y que junto con su propuesta de relacionar Tarmestutez con la ceca Tarmeskom, leída antes como Bormeskom, le condujo a localizar ambas en Termes (Montejo de Tiermes, Soria), cf. Vicente y Ezquerra 2003, pp. 262 y 264-265. Tres de éstas son de origen desconocido, K.0.2, CT-23A y CD-1, aunque esta última podría proceder de Viana, como K.18.2, y la primera se supone que procedía de Contrebia Belaisca o, al menos del valle del río Jalón o del Huerva. También hay dos lápidas funerarias, K.12.1 y K.16.1 30, una escrita en la variante occidental del celtibérico y que procede de Langa de Duero y la otra hallada en Ibiza (Baleares), cuyo estilo de escritura y contenido también están relacionados con el valle del Jalón (figs. 9 y 2); así como un plato de bronce dedicado que, aunque por su estilo de escritura parece que procedía de la región oriental de Celtiberia, fue hallado en el pecio de un barco que naufragó en Gruissan, puerto romano de Narbona, K.17.1 31 (fig. 3). Mientras que las dos inscripciones realizadas en alfabeto latino corresponden tanto a un grafito que se hallaba en la pared rocosa del santuario rupestre de la turolense Peñalba de Villastar, K.3.14 32 (fig. 4), como a la dedicatoria a favor o en contra de considerar que la referencia a la población en las citadas téseras de hospitalidad sea parte de la onomástica celtibérica de quien otorgó dicho pacto, posibilidad que también recogió Velaza 1999, p. 671, achacándola a «una imitación de los hábitos romanos y una cierta ostentación del prestigio que suponía pertenecer a una ciudad o comunidad determinada», o si se trata del que con éste hizo dicha población. También considerado por Olcoz y Medrano, e. p. 30 La lectura de esta inscripción es tirtanos / abulokum / letontun / os ke beli/ kios, hallada por un vecino mientras realizaba labores agrícolas, en 1946. 13, era ]ikum (:) steniotes (:) ke (:) rita, aunque se puede corregir por ]likum (:) steniotes (:) ke (:) rita, donde cabe la posibilidad de que la primera l pudiera tratarse también de una u y que, en cualquier caso y antes de este signo, hubiera una o, lo que llevaría a la lectura ]olikum, u otro signo cuya lectura parcial junto a la pérdida de los del comienzo de esta palabra impiden conocer de qué grupo familiar se trata. El texto parece que mantiene la fórmula de la onomástica celtibérica, tratándose de un miembro de un grupo familiar que era hijo de steniotes, pero como no se conoce el caso nominativo concreto al que corresponde el genitivo de este antropónimo y tampoco hay consenso acerca de si la última palabra hace referencia al origo o si pudiera tratarse del nombre del utensilio, el plato, o incluso de un verbo, como también dudan los lingüistas al tratar acerca de la inscripción K.26.1 y la relación de ésta con otras inscripciones, no es posible decir nada más. Cabré 1910. existente en un sillar que fue hallada en Iuliobriga (Retortillo-Campoo de Enmedio, Cantabria), K.26.133 (fig. 5). Esperamos que la revisión y nueva lectura completa de los textos que hemos comentado sea de utilidad para los lingüistas y que, tras su correspondiente análisis, quizá, aporten información que también sea relevante para interpretar mejor los propios textos, la fórmula o fórmulas de la onomástica celtibérica en general y, concretamente, la variante en la que se menciona expresamente la filiación en su fórmula onomástica celtibérica, así como el contexto histórico y arqueológico de los yacimientos en los que estos objetos fueron encontrados. Debemos reiterar nuestro agradecimiento a Francisco Beltrán por facilitarnos las fotografías de la tésera Fröhner que se halla en la Biblioteca Nacional de Francia (París) (fig. 1), cuya propuesta de revisión hemos presentado recientemente; a Jordi Hernando Fernández y al Museo Arqueológico de Puig des Molins (Ibiza) por la fotografía de la estela funeraria (n.o 4967) (fig. 2); a Dominique Moulis y al Museo Arqueológico de Narbona (Aude, Languedoc-Roussillon, Francia) por las fotografías del plato de Gruissan (fig. 3); a Josep M.a Bonet Girona y al Museo Arqueoló-gico de Cataluña (Barcelona) por la fotografía de la inscripción rupestre procedente de Peñalba de Villastar (Teruel) (fig. 4); a Raúl Gutiérrez Rodríguez y al Museo de Prehistoria y Arqueología de Cantabria por la fotografía adjunta correspondiente a la inscripción hispanocelta o celtibérica (n.o 12396) (fig. 5); a Francisco Javier Zubiaur por las facilidades para el estudio así como por la cesión de las fotografías del Museo de Navarra (n.o 6107), Pamplona, que adjuntamos (fig. 6); a Jesús Sesma por las oportunidades ofrecidas para poder completar este trabajo y por las fotografías que nos facilitó el Museo de Navarra (n.o 6108) para el estudio de la inscripción K.18.2 (fig. 8); a Elías Terés, Marian Arlegui y al Museo Numantino (Soria), por las facilidades ofrecidas para el estudio de la estela con la inscripción K.12.1 (n.o C860) (fig. 9); a Antonio José Marques de Faria que nos facilitara las fotografías de la tésera de hospitalidad que perteneció a la colección del anticuario Rainer Daehnhardt (fig. 10).
The nomination of the Roman spectacles in Latin epigraphy from West Provinces Existen 279 espectáculos mencionados en 234 inscripciones latinas, de cronología altoimperial, que provienen de las provincias del Occidente romano, excluida Italia. El objetivo de este artículo es establecer qué fórmulas latinas se utilizan para nominar la edición de los diferentes espectáculos. Se organizaban principalmente cinco tipos de espectáculos: munus gladiatorum, uenatio, ludi scaenici, circenses y certamina pugilum. Antes de la romanización, la arqueología documenta la práctica de competiciones de origen griego entre los pueblos helenizados de la costa mediterránea occidental. Asimismo, referencias de autores clásicos nos informan de la existencia de pruebas lúdicas entre los pueblos celtas 1. Estos mal conocidos divertimentos colectivos, tras la romanización, caen en el olvido y las fuentes sólo reflejan la celebración de espectáculos romanos en las ciudades del Occidente provincial. Cavallaro 1984, pp. 22-24, considera que Augusto normalizó los tipos de espectáculos que se darán a lo largo del Alto Imperio. 4, se diferencia entre ludi, munera gladiatorum, uenationes, athletae y naumachiae. II 38, por su parte, aclaraba que los ludi podían ser de dos clases en función del lugar de celebración: el circo, donde además de las carreras de carros había competiciones de boxeo y carreras pedestres; y el teatro, donde se desarrollaban los espectáculos escénicos de música y danza. Hasta al menos la época severiana existía una diferencia de naturaleza/ origen entre los munera y los ludi, lo que se traduce en que son términos no intercambiables a la hora de definir los spectacula. De esta manera, los ludi eran juegos organizados con motivo de festividades religiosas oficiales, es decir, ofrecidos a los dioses en nombre de la comunidad, presididos por magistrados y pagados en parte con dinero público; mientras que los munera eran organizados, en principio, para honrar públicamente la memoria de una persona ilustre con luchas gladiatorias, aunque desde finales de época republicana ya podían verse dentro del programa regular de festejos. Así, por ejemplo, en la lex Vrsonensis (Hispania), del año 44 a. C., al legislar sobre los espectáculos que debían organizar los magistrados en la colonia se contraponía el término munus al de ludi scaenici2. No obstante, con el paso del tiempo estos términos se fueron haciendo sinónimos, predominando el de ludi para nominar los espectáculos3. Ahora bien, sus profesionales fueron siempre designados de forma específica, no existiendo un concepto común de profesional de los espectáculos, sino los de auriga, histrio, saltator, pugil, gladiator, uenator, etc. El objetivo de este artículo es estudiar qué fórmulas se utilizaban para nombrar la edición de los espectáculos organizados en las ciudades provinciales hasta el reinado de Diocleciano. Para ello la epigrafía es la fuente más fiable y directa. Actualmente conservamos 234 inscripciones que conmemoran la edición de 279 espectáculos en ciudades del Occidente provincial hasta finales del siglo III (v. apéndice). En la epigrafía del Occidente latino podemos distinguir a la hora de nominarlos cinco tipos principales de espectáculos: munus gladiatorum, uenatio ferarum, circenses, ludi scaenici, certamina pugilum. A ellos añadimos dos categorías más: una de espectáculos menores y otra de festivales. Existen 62 epígrafes que conmemoran ediciones de combates gladiatorios y cacerías anfiteatrales en las ciudades provinciales de Occidente antes del siglo IV: 38 proceden de áfrica, 15 de Galia y 9 de Hispania. El término más común para definir este tipo de espectáculo es munus, en singular. En 28 inscripciones, casi la mitad, aparece empleado este término en singular (17 casos en genitivo, 9 en acusativo y 2 en ablativo), a las que se pueden añadir 2 más incompletas. En cambio, munera, en plural, es empleado en 7 ocasiones: 5 en acusativo y 2 en genitivo 4. El uso preferente del término munus en singular se comprueba también en Italia: de las 206 inscripciones gladiatorias italianas anteriores al siglo IV, en 78 se usa el término munus en singular (37 en genitivo, 28 en acusativo y 13 en ablativo), frente a 4 de munera, en acusativo plural, y ninguna en genitivo plural 5. No obstante, en la denominada oratio de pretiis gladiatorum minuendis hallada en Italica (Hispania) del año 177-178 se emplea este término en todos los casos, tanto en singular (l. 30: munus edent) como en plural (l. Por otro lado, 18 inscripciones recuerdan a otros tantos munerarii (3 de ellos ya citados al contener en su texto también el término munus). A estos hay que sumar 5 curatores muneris (todos ellos ya citados). Estos munerarii proceden de áfrica (14 casos) y Galia (9 casos) 7. De Hispania no se conserva ninguna referencia, salvo un epígrafe perdido de Mellaria, donde aparecía el término muneris, restituyendo algunos autores la palabra curator delante, pero todo parece indicar que el munus al que se refiere es la construcción del acueducto que conmemora la inscripción 8. 4 No obstante, EAOR V 6 pudiera ser desarrollado como ob edit[ionem ludorum], en vez de ob edit[ionem muneris], ya que también en Nemausus (Galia) hay constatado un curator ludorum (CIL XII 3290). Asimismo, del siglo IV se conserva una inscripción africana con la expresión pro editione muneris (CIL VIII 8324). Así pues, en 52 de las 62 inscripciones aparece el término munus/munera o munerarius/curator muneris. De las 10 restantes, la mitad incluyen sólo cacerías de fieras, y en las otras 5 se emplean 3 términos diferentes: 1) En 3 inscripciones, procedentes de Cartago (áfrica) y datadas en los siglos II y III, se emplea la misma expresión: spectaculum gladiatorum et Africanarum. El término spectaculum referido a los gladiadores, en vez de munus, también aparecía en otras 2 inscripciones africanas ya mencionadas: en ablativo absoluto (spectaculo edito) en un pedestal de época de tetrárquica de un munerario y bajo la fórmula muneris gladiatori spectaculum en una inscripción honoraria del siglo II 9. En Italia, este término es empleado 4 veces, siempre en acusativo singular: spectaculum gladiatorum 10. 2) En segundo lugar, en una inscripción de Ceret (Hispania), de época augustea, se usa la fórmula paria gladiatorum. Esta expresión es muy común en Pompeya (51 veces), siempre en acusativo, y con cronología evidentemente del siglo I 11. 3) En tercer lugar, en una inscripción de Castulo (Hispania) del año 154 se emplea la fórmula editis in amphitheatro gladiatoribus bis. Usar la palabra gladiator es muy infrecuente y normalmente se le asigna mayor antigüedad que a la palabra munus. En este sentido aparece en la ley de Vrso (Hispania) del año 44 a. C. En Italia únicamente en 5 ocasiones y otras 2 dudosas (incompletas) aparece este término 12. Por último, en una inscripción fragmentaria de Aragenuae (Galia), fechada en el año 238 y ya recogida entre los munerarios, se cita este espectáculo como gladiatorum certamina, tomando el término que normalmente en Occidente es usado para las competiciones de boxeo en el siglo III. Por otro lado, en 21 casos aparece el adjetivo gladiatorius o el genitivo plural gladiatorum, acompañando a un término que designa el espectáculo, para especificar el tipo de evento y evitar confusiones. Puesto que los com-9 Por otro lado, otra inscripción de Cartago (áfrica) del siglo II-III, conservada incompleta, acaba con la palabra spectaculum, por lo que es posible que continuase como éstas (CIL VIII 24640). En Oriente, también aparecen ambas expresiones: gladiatoribus paribus y gladiatorum paria (Robert 1971 2, pp. 75 y 140). En 12 ocasiones se emplea el genitivo gladiatorum dependiendo de los términos munus/munera (7 veces), paria (de época augustea), spectaculum (3 veces en Cartago, de los siglos II-III) y certamina (del siglo III). En cambio, el adjetivo es empleado en 9 inscripciones; seis de ellas con la expresión en genitivo muneris gladiatori(i) seguida de los términos curator, spectaculum, ob magnificentiam, ob euentum, ex pollicitatione y otra incompleta. En los otros tres casos, en uno de ellos aparece en acusativo (munus gladiatorium) y en los otros dos en ablativo (munere gladiatorio). El uso del adjetivo no aparece antes del siglo II, a diferencia del sustantivo. Y de otra parte, si en áfrica la palabra munus, en acusativo, va acompañada tanto del adjetivo como del sustantivo, en cambio, cuando está declinada en genitivo va siempre con el adjetivo gladiatorius (nunca con el sustantivo en genitivo plural). En Italia casi todas las referencias de paria van precedidas del genitivo gladiatorum (60 casos; en los otros 8 casos aparece sólo el término paria/paribus). En cambio, con munus se suele usar el adjetivo (sólo en un caso se usa el sustantivo plural) 14. Munus es una palabra genérica que puede llevar a confusión, como en la muneris tessera de Alcolea (Hispania), que se discute si se refiere a un espectáculo gladiatorio, a un pacto de hospitalidad o a una ofrenda religiosa15. Por ello, si no va acompañada del adjetivo gladiatorius o del genitivo plural gladiatorum, el verbo que se emplea resulta decisivo para saber si se trata de espectáculos. El verbo edere es específico de la edición de espectáculos, por lo que cuando aparece no hay duda de que se trata de una conmemoración de combates gladiatorios. Este verbo conjugado o bajo el sustantivo editio es usado en 20 inscripciones; la mayoría de las que presentan verbo. Menos frecuentemente aparecen dare (4 veces) y remittere. En Italia también se aprecia la supremacía de edere y editio sobre dare. Asimismo en la oratio de Italica también predomina el uso del verbo edere o del sustantivo editio; en cambio, en la ley de Vrso, de época cesariana, se usa el verbo facere16. Vinculadas con los gladiadores están las uenationes o cacerías de fieras. Ville 1981, pp. 155-158, defendía en su tesis que desde época flavia el término munus podía incluir tanto a las fieras, por la mañana, como a los gladiadores, por la tarde. Así, munus es usado en varias inscripciones africanas de los siglos II-III con este doble valor: en Theueste, donde se aclara que se había organizado un munus cum occisionibus ferarum, en Ammaedara, donde se dio munus gladiatorum et Africanarum, en Cartago, donde consta en tres ocasiones la organización de un spectaculum gladiatorum et Africanarum, y en Rusicade e Hippo Regius, donde el editor financió ambos eventos (munus gladiatorum y uenatio). Esta secuencia del espectáculo anfiteatral es asumida hoy en día por la mayoría de los investigadores. De hecho, la expresión uenatio legitima, que aparece cuatro veces en la epigrafía italiana, se entiende como una cacería matutina desarrollada dentro de un munus que incluye por la tarde combates gladiatorios 17. De los 62 espectáculos del anfiteatro atestiguados epigráficamente, 22 sabemos que fueron gladiatorios, frente a 13 que incluyeron una uenatio. Ahora bien, en 7 de esos casos, como hemos visto, se trata de un mismo espectáculo que incluyó ambos tipos de eventos; las otras 6 cacerías no aparecen asociadas con gladiadores. Así pues, las uenationes podían organizarse como un espectáculo independiente o asociadas a otros divertimentos que no fueran los gladiatorios, como lo habían hecho en época republicana. De este modo, el término munus puede referirse únicamente a fieras y puede no incluir gladiadores, como ocurre en un mosaico de Smirat, del siglo III, donde sólo se representan leopardos y al espectáculo dado se le denomina munus; y en segundo lugar, en una pintura aquitana, donde sólo aparecen bestiarios, el evento es definido como spectaculum 18. Por consiguiente, no es seguro que los 23 munerarii o curatores muneris constatados en el Occidente provincial diesen juegos de gladiadores; de hecho, sólo es seguro en 2 casos galos, donde se especifica que contrataron gladiadores 19. Particularmente esta duda surge en áfrica, ya que en esta zona del Imperio es donde más evidencias de cacerías han aparecido: 11 de las 13 inscripciones (las otras 2 son de la Galia). En cambio, Hispania, Britania y Germania no han aportado hasta la fecha ninguna edición venatoria, sino sólo nombres de bestiarios. Dos inscripciones, una gala y otra africana, fechadas entre los siglos II y III, nos informan de que un editor uenationem dedit junto con ludi, sin ninguna referencia a combates gladiatorios, que, teniendo en cuenta su alto valor, de haberse organizado, el editor ciertamente los habría hecho constar en la inscripción. Esto demuestra que las cacerías podían ser también espectáculos independientes de los gladiadores, aunque como vemos eran asociados a otros tipos de divertimentos, seguramente porque no llenaban todas las horas del día como marcaba la ley. Las otras 2 referencias de cacerías provienen de inscripciones fragmentarias, donde aparecen respectivamente los términos en genitivo plural ferarum y Africanarum. Por otra parte, se conservan 3 inscripciones más referentes a cacerías en áfrica datadas ya en el siglo IV, donde este espectáculo aparece aislado y denominado como ferae (2 veces) o uenatio20. Por tanto, a la hora de denominar las cacerías, aparte de los genéricos munus y spectaculum, se utilizan en la epigrafía 4 veces el término uenatio en singular, 5 veces el genitivo plural Africanarum (lugar de procedencia de las bestias más apreciadas) y 3 veces más ferarum (a las que se pueden sumar 2 referencias más del siglo IV), -dependiendo en los 2 últimos casos de los sustantivos spectaculum, munus o uenatio (en el siglo IV se añade además el término exhibitio)-. En Italia predomina más el término uenatio, debido a los edicta de Pompeya (de donde proceden 34 de las 48 referencias), mientras que el término ferae es usado 5 veces y el de bestiae 4 veces (2 de ellas Africanarum) 21. En todo caso, uenatio aparece siempre en singular (salvo en un caso italiano), mientras que los términos ferae, Africanae y bestiae en plural, normalmente en genitivo. En cuanto al verbo utilizado, son los mismos que en los combates gladiatorios: edere o dare. na el término ludi sólo a los teatrales: circensibus et ludis scaenicis, spectaculum aurigarum et ludorum scaenicorum y ludorum (scaenicorum) et circensium spectacula 23. En áfrica y Galia, a diferencia de Hispania, predomina el uso del acusativo a la hora de expresar este tipo de espectáculo, precedido además del término ludi/spectaculum (salvo en dos ejemplares africanos) 24. Los verbos utilizados en estas provincias son dare (con cronología más antigua), edere, iubere y exhibere (con cronología más tardía). La diptongación circiensibus es bastante frecuente (a diferencia de en los textos literarios): 7 de los 22 casos del ablativo absoluto (30%), todos ellos procedentes del interior de la Bética (Corduba, Castulo, Astigi, Illipula y Segeda). Asimismo, en el acusativo aparece en 2 ocasiones circienses (en Calagurris y en Cartago), otorgándole una cronología anterior al siglo II, y circuenses en 1 inscripción del siglo III de Auzia (áfrica), frente a 4 veces donde se escribe correctamente circenses. Por otra parte, el término circensibus aparece en ocasiones abreviado (al menos 8 veces, ya que otras 2 están incompletas), a diferencia del acusativo que no suele sincoparse. Se conocen hasta la fecha 9 referencias de espectáculos pugilísticos, 2 hispanos y 7 del áfrica Proconsular, todas ellas fechadas entre mediados del siglo II y la segunda mitad del siglo III25. En Italia y Galia, por el contrario, se conservan referencias a agones y ludi gymnici que acaso sean semejantes a los pugiles o a las competiciones de atletas26. Este tipo de evento nunca se denomina ludi, si bien sabemos que estaban vinculados con los circenses. Así, en Maragui Sara (áfrica) se organizaron junto a circenses y ludi scaenici 27. Los torneos de boxeo son denominados en las inscripciones de tres maneras diferentes: spectaculum pugilum (3 veces), certamen/certamina pugilum (3 veces) o simplemente pugiles (3 veces). Es decir, se conocen por los profesionales que intervenían en ellos. En cuanto al verbo empleado es mayoritariamente edere (6 veces), frente a exhibere, insumere y otra incompleta sin verbo. Por otra parte, la edición de Barcino (Hispania) va acompañada de oleum in thermis y cuatro africanas de gymnasium, que creemos que hacen referencia al reparto gratuito de aceite para las termas durante el espectáculo pugilístico, el cual solía celebrarse en la palestra, y no a otro tipo de evento gímnico 28. En cuanto a las otras cuatro ediciones, las tres africanas están incompletas, por lo que pudieran contener esa misma evergesía menor (gymnasium), y en la otra de Hispania el torneo va acompañado de una regata naval (certamen barcarum). Es decir, se trata de un espectáculo barato y de no muy larga duración, que necesita ser complementado con otras liberalidades. Conocemos por la epigrafía 73 ediciones seguras de espectáculos teatrales en las provincias occidentales. En 62 de esas inscripciones figura la expresión ludi scaenici, en plural siempre, que es por tanto la forma canónica de nombrarlos. De esta manera, en la lex Vrsonensis, del 44 a. C., siempre son nominados bajo la fórmula ludi scaenici. Además, no suele sincoparse el adgymnicum (CIL III 295). En las ciudades galas de Massalia, Vienne, Nemausus y Lyon había agones a la griega, que seguramente incluían pruebas atléticas (Caldelli 1997). II 38, y Dionisio de Halicarnaso VII 73, incluían el boxeo dentro de los espectáculos del circo, y asimismo están constatados en programas circenses tardoimperiales (Nelis-Clément 2002). 28 Gymnasium, como evergesía menor destinada a la dedicación de una estatua u obra (muchas veces también junto con epula), aparece acompañando a ediciones de ludi scaenici en 21 ocasiones en áfrica y 2 en Hispania (Fagan 1999; AE 1999, 1828). G. Fagan plantea que gymnasium en alguna ocasión pueda referirse a espectáculos menores en la palestra o campus. Pero creemos que en todos los casos se refiere a repartos de aceite, siendo sinónimo de la expresión barcelonesa oleum in thermis. A este respecto, cabe señalar las ánforas olearias encontradas en el teatro de Italica (Hispania), que para A. Canto pudieran ser indicio de reparto gratuito de aceite durante los espectáculos escénicos (HEp 13, 274-275). jetivo scaenicus, y únicamente 7 casos (más otro del año 40229 ), todos ellos africanos salvo uno hispano y posteriores a la primera mitad del siglo II, no presentan diptongación (scenicus). Respecto de las otras 11 inscripciones que no contienen la fórmula canónica, en una de Arelate (Galia) aparece el extraño término de operas scaenicas, en otra de Nemausus (Galia) la inusual expresión liberalitates spectaculorum... in theatro, y en las otras 7 inscripciones sólo el término ludi, pero sabemos con certeza que se trata de eventos escénicos porque todas ellas se sitúan en el teatro según se desprende de lugar de hallazgo o de la lectura completa del texto. A estas 73 inscripciones se pueden sumar otras 46 más de forma bastante probable ya que, aunque en ellas sólo figure el término ludi, hemos comentado que el término munus es opuesto hasta al menos época severiana al de ludi, que los certamina pugilum tampoco se definen como ludi, y que los circenses o no llevan el término ludi (particularmente en Hispania) o, si lo llevan, se especifica siempre que son circenses, ya que su coste era más elevado que los teatrales. En cambio, las ediciones escénicas están preferentemente calificadas como ludi. Por tanto, las ediciones genéricas de ludi las adscribimos todas a los espectáculos escénicos30. 500, sin negar que sean teatrales, interpreta las ediciones genéricas de ludi como «jeux sans professionnels et surtout sans scène». Por otro lado, se conservan 4 epígrafes fragmentarios donde es posible leer el verbo edere de manera aislada, verbo específico para referir la organización de un espectáculo. Por tanto, estos cuatro ejemplares podrían asociarse a cualquiera de los eventos lúdicos citados. No obstante, en uno de ellos al verbo edere le sigue el adverbio adsidue, el cual sólo aparece en la edición de obras teatrales, ya que eran más económicas que los espectáculos del anfiteatro y del circo, por lo que esta inscripción habría que asociarla con ludi scaenici con gran probabilidad31. En otros 8 epígrafes aparece sólo el término spectaculum. Al menos 2 de esos casos se pueden relacionar con la gladiatura, ya que son dados por munerarios. Están incompletos 3, por lo que se pueden asignar a cualquier tipo de espectáculo; pero el ejemplar de Cartago (áfrica) cabe desarrollarlo como spectaculum [gladiatorum et Africanarum], fórmula constatada en tres inscripciones de esta ciudad; el ejemplar de Ammaedara (áfrica) parece pertenecer a una sodalitas, por lo que el spectaculum organizado pudiera ser también anfiteatral; y en el ejemplar de Reii (Galia) junto a los spectacula se repartió oleum en las termas, evergesía menor que normalmente se asocia a los pugiles o a los ludi scaenici, por lo que pudiera ser cualquiera de estos dos eventos. En cuanto a las otras 3 inscripciones, en las cuales se conserva más o menos el texto completo, se trataría probablemente de espectáculos escénicos, ya que son los más comunes y baratos, y consiguientemente, el editor no tenía tanto interés por precisarlos en el pedestal 32. Así pues, podemos establecer en 123 inscripciones, entre seguras y probables, las referidas a ludi scaenici en el Occidente provincial durante el Alto Imperio. Estas provienen en su mayoría (tres cuartas partes) de áfrica (94 ejemplares), seguida de Hispania (18), Galia (8) y Germania (3) 33. El término ludi aparece siempre en plural, salvo en una inscripción africana, donde se lee ludum, seguramente por error del lapicida. La fórmula más común a la hora de mencionar la edición de espectáculos teatrales es en acusativo con los verbos edere o dare: ludos (scaenicos) edidit/dedit. Esto sucede en el 40% de los ejemplares: 45 casos seguros, a los que se pueden sumar otros 3 más en los que no se conserva el verbo, aunque seguramente sea uno de estos dos. La práctica totalidad de estas inscripciones son africanas (salvo dos hispanas), por lo que el porcentaje dentro de las ediciones africanas supone casi el 50% de las conservadas. 33 Los tres testimonios germanos presentan problemas de interpretación, ya que uno está incompleto y sólo se conserva la palabra scaeni[---], y los otros dos contienen expresiones raras: ludos uarios y mancipibus sacrorum ludorum. Por otra parte, en Britania no se ha encontrado ninguna edición teatral, salvo una posible referencia a la obra Andria en un mosaico de Colchester (AE 2005, 887). En Italia una veintena de epígrafes recuerdan ediciones escénicas (Diz. Los casos en que ludi aparece en acusativo ascienden a 62. En las otras 14 inscripciones donde no se emplea ni edere ni dare, aparecen verbos dispares (siempre en pasado): en inscripciones anteriores a finales del siglo I se emplean curare, ornare y facere (2 veces), a finales del siglo II celebrare (2 casos galos), erogare y procurare, y posteriores a mediados del siglo III exhibere (3 casos africanos); a los que hay que añadir 2 casos antecedidos de amplius y 1 de praeter. Se puede vincular con la nominación en acusativo la fórmula spectaculum/diem ludorum (scaenicorum). Aparece en 12 ejemplares que usan los mismos verbos que hemos visto anteriormente: edere (5 veces), dare (2 veces), exhibere, celebrare y facere; y 2 de ellos con la preposición de acusativo ob y super respectivamente. A estos se pueden añadir 4 fórmulas atípicas: liberalitates spectaculorum... edidit... in theatro (Nemausus, Galia), ob ludorum magnificentiam (Thugga, áfrica) y ob editionem ludorum y ob liberalitatem editionis ludorum (Sufetula, áfrica) 34. El ablativo absoluto es frecuente sobre todo en Hispania, como ya ocurría en el campo de los espectáculos circenses. Así, de las 20 veces que aparece la expresión ludis (scaenicis) editis/factis, nueve pertenecen a inscripciones hispanas (el resto a áfrica). Es decir, casi la mitad de los ejemplares en ablativo proceden de Hispania, a pesar de que áfrica tenga cinco veces más de inscripciones teatrales. Otras fórmulas en ablativo, más infrecuentes y de cronología preferentemente severiana, son: in theatro ludis... editi (del año 154), ludis scaenicis... edidit, cum ludis scaenicis dedit, edito die ludorum scaenicorum (3 veces) y edito spectaculo ludorum scaenicorum (2 veces); ninguna de Galia o Germania35. Así pues, la fórmula dies/spectaculum ludorum (scaenicorum), ya sea en acusativo (16 veces) o en ablativo (5 veces), aparece en 21 ocasiones, siempre datada en los siglos II y III. Otras fórmulas que contienen ludi en genitivo plural son: cum editione ludorum (áfrica), curator ludorum (Galia) y mancipibus sacrorum ludorum (Germania). Por último, el nominativo (ludi scaenici) es empleado en 9 ocasiones con un verbo en voz pasiva: daretur (6 veces), edantur, ederentur y praestentur. La forma ederentur proviene de un ejemplar hispano que conmemora la edición, en época flavia o en el siglo II, de ludi cum uasis luminum, acaso unos festivales teatrales nocturnos. Los otros 8 ejemplares son africanos y de los siglos II y III. La expresión en nominativo es la menos frecuente también en los otros espectáculos. De hecho, aparte de estos 9 casos escénicos, sólo se observa en un caso galo donde se lee: spectaculum athletarum aut circensium darentur. Incluimos en esta categoría espectáculos que nunca aparecen solos, sino acompañando a ludi y munera o como apéndice: 1 certamen barcarum, 4 lusiones, 4 uoluptates, 21 missilia, 2 spectacula athletarum, 2 acroamata y 1 pompa. A ellos se pueden sumar los enigmáticos ludi cum uasis luminum de Ebussus, que hemos asimilado a unos juegos escénicos nocturnos 36. En un pedestal de Balsa (Hispania), del siglo III, se cita, junto a un torneo de boxeo, un enigmático certamen barcarum, que algunos autores han traducido como naumachia. Sin embargo, preferimos interpretarlo como una regata, dado que se emplea el término certamen (= competición), al igual que en los encuentros pugilísticos. Por otro lado, en Occidente hay tres testimonios seguros de lusiones y otro más posible. Este término se usa tanto en singular como en plural. En tres de los cuatro casos la lusio está asociada con el anfiteatro, y la otra es dada por un flamen, que es el sacerdocio más vinculado con el munus gladiatorum. Asimismo, las ediciones italianas también están asociadas con el anfiteatro. Por ello, a pesar de que la definición de esta palabra latina es bastante genérica (actio uel effectus ludendi), atribuyéndole Hübner el valor de ludi scaenici y Bücheler el de uenationes, para EAOR VII, p. 79, no cabe duda de que es un espectáculo anfiteatral, identificándolo con combates incruentos, preparatorios o clasificatorios de los oficiales. 451, traduce lusio por 'un espectáculo gladiatorio de menor duración que el munus', atendiendo a la interpretación que Malavolta hace de este término en los Fasti Ostienses 37. En cuanto a las uoluptates, son un espectáculo menor típico de áfrica y de cronología tardía: los 4 ejemplares son de época severiana. A ellos se pueden añadir 5 más de Leptis Magna del siglo IV 38. Se nominan siempre en plural, salvo en el ejemplar del circo de Thugga. Por ello, seguramente en el epígrafe de Thugga ha de entenderse uoluptas en su concepto general de diversión, y no como un espectáculo particular. En otros 3 casos (uno del siglo IV) las uoluptates están asociadas al anfiteatro: una la da un munerario, otra es la ampliación de una lusio y en el ejemplar del siglo IV están asociadas a una uenatio. Asimismo, en Cures Sabini (Italia) un magistrado, que se define como primus omnium exhibitorum uoluptatium organizó un spectaculum a finales del siglo II que incluía 5 paria de gladiadores 39, lo que corroboraría la vinculación de estos divertimentos con el anfiteatro. En cambio, en la literatura tardía este término se emplea para referirse a espectáculos teatrales 40. Por otro lado, en la otra inscripción severiana las uoluptates son pagadas (4.000 HS) por un magistrado que antes había financiado ludi por valor de 6.000 HS. Por tanto, las uoluptates podían ser costosas y seguramente bajo este término se esconda una mezcla de divertimentos que abarcaría todas las horas de un día festivo, como marcaba la ley, y que podía celebrarse en cualquier recinto lúdico, aunque de preferencia en el anfiteatro, por lo que es 37 EAOR IV 11, 30; TLL VII/2, col. 1866; Diz. Acaso las lusiones incluían los ejercicios de calentamiento de los gladiadores (Cic., De or. II 78.316) o la probatio armorum ante los editores (Suet., Tit. IX 3 y D.C. LXVIII 3.2), o tal vez fueran prolusiones o peleas ficticias donde podría intervenir incluso el público, contexto en que bajarían a la arena los emperadores o senadores de los que tenemos constancia que intervinieron en estos espectáculos (EHR, p. En este sentido, en sendas inscripciones de Pinara y Xanthos (Oriente) aparece el término προκυνήγια, que acaso se refiera a una uenatio incruenta frente a la verdadera uenatio definida como κυνηγέσιον o θηριομαχίαι (Robert 1971 2, pp. 310-311). Un ejemplar más del siglo IV, proveniente asimismo de Leptis Magna, donde se lee exquisistis editionum generibus, seguramente tenga que ver con las uoluptates, ya que en dos inscripciones se utiliza esta palabra (genus) para nominar este espectáculo: genus uoluptatum; y en otras dos la fórmula diuersarum uoluptatum exhibitiones. Pero Casiodoro también emplea el término referido a uenationes (Cassiod., Chron. a.519). probable que entre esos divertimentos hubiese cacerías (seguramente de fieras menores), las cuales eran bastante frecuentes en áfrica. Se conservan 20 inscripciones que mencionan missilia, más una posible de Thugga de restitución dudosa (ILT 1416). Provienen todas de áfrica, mayoritariamente de las colonias numidias de Cirta y Rusicade (13 ejemplares), y además su cronología, al igual que los pugiles y las uoluptates, es severiana. De aquellos, 2, de Ziqua, no se llegaron a celebrar, sino que, in compensatione missiliorum, los ediles se gastaron la summa honoraria en una estatua y púgiles. En otros 4 casos sólo se cita la edición de missilia, por parte también de unos ediles. El resto de missilia son evergesías menores que acompañan a ludi scaenici, como un apéndice de éstos; la fórmula más común de nombrarlos en ese caso es: cum missilibus. Normalmente son organizados por ediles, o también por triunviros. Desconocemos la entidad de esos regalos y su función dentro de los ludi scaenici; acaso sean sorteos u otros juegos que implicasen al público 41. En quinto lugar, están atestiguadas dos ediciones de acroamata, siempre en plural, una hispana y otra africana. En Roma y Pompeya son citados como un oficio teatral (cantores o músicos) en varias inscripciones 42. Así pues, de este espectáculo no cabe duda de que está vinculado con el teatro; de hecho, en la edición hispana se celebra en ese recinto y en la africana como un complemento de ludi (scaenici) cum missilibus. Serían, pues, espectáculos escénicos menores para ser escuchados, una especie de recitales de música o canto. 500, los define como juegos llevados a cabo por actores ambulantes. En todo caso, eran de escaso valor, ya que el seuir hispano los dio frequenter y el edil africano como un apéndice. Dos inscripciones, una de Arelate (Galia) y otra de Limisa (áfrica), recuerdan la celebración de un spectaculum athletarum en la ciudad 43. El es-41 Los missilia se han interpretado tradicionalmente como lanzamientos durante los espectáculos de restos de comida o vino (excedentes de los banquetes o sacrificios) o incluso de objetos fabricados para la ocasión (Simon 2008, p. En cambio, para Briand-Ponsart 2007 son un tipo de divertimento y no un simple lanzamiento de regalos. Por otra parte, a inicios del siglo V en Aradi (áfrica) se organizaron unos ludi sc(a)enici praemiales; acaso el epíteto praemiales sea la traducción tardía de missilia (AE 2004, 1798). 43 Spectaculum se escribe más en singular, a diferencia del genitivo que le sigue (athletarum, circensium, gladiatorum, pugilum), y se emplea durante toda la época altoimperial. pectáculo galo está relacionado con los circenses, por lo que no sería una competición a la griega, sino más bien atletas que intervenían en los intermedios entre las carreras de carros, según se aprecia en programas circenses conservados en Oriente44. En cuanto al espectáculo africano, va acompañado de gymnasium, al igual que los pugiles. Además, estos espectáculos tienen también en común con el boxeo, aparte de su vinculación con el circo y con las termas, que no emplean el término ludi para definirse. Por consiguiente, cabe la posibilidad de que estas dos competiciones de atletas incluyesen boxeadores, que son profesionales mucho más frecuentes en Occidente que el resto de atletas. Por último, en una inscripción tardorrepublicana, del siglo I a. Así pues, se encargaron de tres asuntos diferentes, pero relacionados con ceremonias dedicadas al genio de la ciudad: una columna donde pondrían la estatua del genio, unos ludi, que ya hemos dicho que creemos que fueron escénicos, y una pompa o desfile de carácter religioso, diferente de los ludi. Siete inscripciones nos informan de la celebración de festivales en otros tantos municipios. De esta manera, conocemos por una cerámica del siglo I que en Calagurris se celebraba un festival erótico; también en Vindonissa (Germania) tenemos constancia de la celebración de unos juegos eróticos, en este caso definidos como ludi uarii, dados con ocasión de un banquete 45. Por otro lado, en Saguntum (Hispania) el colegio religioso de los salios organizaba festejos el uno de marzo (los Salia), ya que se autodenominan conlusores; en el pagus Veneriensis (áfrica) se celebraban fiestas en honor a Fauno, seguramente en diciembre; en Vallis (áfrica) Liberalia, acaso el 17 de marzo, con missilia y ludi scaenici; y en Treueris (Galia) posiblemente se organizaban Neptunalia el 23 de julio (tal como son recordados en una pintura mural) 46. Asimismo, en una placa votiva de Mirobriga (Hispania) se menciona la organización de un Quinquatrium, festival que se sitúa en el circo de la localidad, aunque EAOR VII, p. 21, pone en duda de que se trate del festival que se dedicaba en Roma a Minerva, ya que además el santuario lusitano está dedicado al dios Esculapio 47. Finalmente, en una fragmentaria inscripción de Vrgauo (Hispania) es posible restituir la expresión festae dierum, lo que pudiera corresponder a un festival puesto que hay constancia de la celebración de ludi en la localidad 48. A estos festivales se pueden añadir otros ya citados entre los ludi scaenici. Se trata de unos ludi iuuenum celebrados en el teatro de Singilia Barba (Hispania) 49. En segundo lugar, en Cirta (áfrica) un magistrado organizó un día de ludi floralium, que también creemos que son teatrales. En Nemausus (Galia) tenemos constancia de unos ludi seuirales. En Barcino (Hispania) un antiguo duovir legó una suma para que se financiase todos los años un torneo de púgiles con gymnasium a cambio de que se exonerase a sus libertos de los espectáculos que debían dar los séviros en la ciudad, y también en Roma están constatados los ludi seuirales 50. Así pues, es posible que en cada ciudad los séviros tuviesen asignada la organización de un festival concreto. Asimismo, se conocen dos casos de celebración de ludi publici llevados a cabo por magistrados, en Singilia Barba (Hispania) y Apta Iulia (Galia). En la lex Vrsonensis los magistrados tenían asignada la organización de espectáculos en honor de la Tríada Capitolina, y los ediles además un día a Venus, la diosa protectora de la colonia. También en Italia conocemos festivales pagados por magistrados, como los ludi uictoriae Caesaris en Iguuium o los Apollinares en Pompeya en época augustea 51. Finalmente, podemos incluir unos discutibles ludi sacri de los Nomagensios (Germania). En Vindolanda (Britania) una tablilla contiene gastos ad sacrum, una ceremonia religiosa que acaso también pudiera contener algún espectáculo 52. 47 Un mosaico del siglo V de Thuburbo Maius (áfrica) pudiera indicar la celebración de Asclepia (AE 1993, 1740), acaso como el Quinquatrium de Mirobriga. 49 En cambio, EAOR VII 16 los incluye como gladiatorios, a pesar del lugar de celebración, de ser definidos como ludi (no lusus iuuenum) y de ir acompañados de gymnasium. 51 Aunque los principales espectáculos, los normalizados por Augusto, se organizaban en todas las provincias del Imperio, lo cierto es que, a pesar de la limitación de las fuentes epigráficas, si consideramos que el número de ejemplares es un indicador del interés de los provinciales por tales eventos, se aprecia que la pasión por los mismos no era igual en todas las zonas. Cabe destacar, en primer lugar, que áfrica concentra más de la mitad de los testimonios, prueba de su más profunda romanización, y ello a pesar de que durante el imperio cartaginés carecemos de informaciones sobre la existencia de festivales lúdicos prerromanos. Además, áfrica a partir de época severiana experimenta una revitalización de sus espectáculos con el surgimiento de nuevas formas de divertimento, si bien como eventos menores: pugiles, missilia o uoluptates. Por otra parte, sorprende el elevado número de ediciones circenses en Hispania, que concentra más de la mitad de todas las ediciones epigráficas. De hecho, casi la mitad de las evidencias lúdicas hispanas se refieren al circo. En cambio, en áfrica las uenationes y los ludi scaenici son mucho más frecuentes que en cualquiera de las demás provincias. Asimismo, en áfrica llama la atención la abundancia de las cacerías anfiteatrales frente a los gladiadores. Por contra, en la epigrafía italiana los combates gladiatorios son con mucho los más recordados. En la Galia destacan las inscripciones en griego o en latín referentes a agones. Y por último, de Germania y Britania apenas hay testimonios. Estos espectáculos a la hora de ser nominados en las inscripciones lo son empleando términos en singular (munus, uenatio, lusio, spectaculum) o en plural (ludi scaenici, uoluptates, pugiles, acroamata, circenses, certamina, ferae, gladiatores, missilia). Pero siempre que se cita a sus profesionales se hace en plural, dado que intervenían varios cada día de espectáculo, normalmente en genitivo dependiendo del término munus o spectaculum: gladiatorum, ferarum Africanarum, pugilum, aurigarum, athletarum... Lo normal es que la edición se exprese en acusativo dependiendo del verbo edere o dare, y menos frecuentemente de los verbos facere o exhibere (el uso de los demás verbos es puntual), o tras una preposición (la más habitual es ob). Los verbos facere y dare predominan en las inscripciones más tempranas, mientras que exhibere es más tardío. En segundo lugar, se utiliza el ablativo absoluto (editis), particularmente con los ludi y en Hispania, ya que muchas ediciones se dan aprovechando la inauguración de una estatua u obra, que consume la mayor parte del dinero de la evergesía. El nominativo con un verbo en voz pasiva es bastante raro (8 de las 94 ediciones teatrales africanas y 1 espectáculo circense galo).
Este trabajo ha contado con la financiación del Ministerio de Educación y Ciencia a través de un proyecto de investigación subvencionado (HUM2006-07163) y mediante el Programa Nacional de Movilidad de Recursos Humanos del Plan Nacional de I+D+i 2008-2011. Así mismo, agradezco a la Dra. M. Quijada (Universidad del País Vasco/Euskal Herriko Unibertsitatea) y al Dr. M. Hose (Ludwig-Maximilians Universität München) la ayuda que me han prestado con la atenta lectura de este trabajo y sus sugerencias al respecto. The messenger 's speech in Euripides' Orestes Orestes incluye dos relatos de mensajero, cada uno de ellos situado en cada una de las dos partes en que se puede dividir la tragedia. Ambos son singulares frente a los habituales relatos de mensajero de la escena griega, porque se produce en ellos la unión de los rasgos convencionales con los propios de otros elementos trágicos (agṓn y monodia respectivamente), lo que repercute en ambos casos en la autoridad del discurso. Dado que las dos partes de Orestes representan respectivamente diferentes planos temporales y espaciales, las peculiaridades de los relatos de mensajero apuntan también, en mi opinión, a cuestiones de contenido en diferentes niveles (no sólo en el nivel literario, sino también en el histórico y político). Palabras clave: tragedia griega; Eurípides; Orestes; relato de mensajero; narración. Quizás el único punto en el que los estudiosos están en gran medida de acuerdo en lo referente al Orestes de Eurípides es el hecho de que la obra se puede dividir esencialmente en dos partes 1 separadas por el planteamiento dos discursos son muy diferentes entre sí, hay un rasgo que comparten y que los singulariza frente a los habituales relatos de mensajero 6. Me refiero al hecho de que en ambos se produce una combinación de los rasgos convencionales 7 con los propios de otros elementos trágicos (agṓn y monodia respectivamente), lo que repercute negativamente en la autoridad del narrador. Mi intención en este trabajo consiste en analizar ese rasgo peculiar en estos dos relatos de mensajero, para intentar descifrar la función del mismo en esta tragedia. Dicha función está relacionada, en mi opinión, con la estructura bipartita de Orestes y los diferentes planos representados en cada una de sus partes, lo que conduce a conclusiones no sólo en el nivel literario, sino también en el histórico o político. Primer relato de mensajero (vv. El primer relato de mensajero es el relato de la asamblea 8 convocada en Argos para decidir sobre la vida o muerte de Orestes (y Electra) 9. El mensajero se presenta como un campesino afín a la casa de Orestes y, sobre todo, dado que su presencia en la asamblea es casual (vv. Lo primero, su vinculación con una de las partes, es una característica de muchos mensajeros trágicos; lo segundo, en cambio, la insinuación tácita de su inexperiencia oradora, es un rasgo más propio de quien interviene en un agṓn que de la figura del mensajero, cuya función consiste esencialmente en transmitir con fidelidad 6 Me refiero en este trabajo al relato de mensajero en el sentido tradicional, aunque ya Goward, 1999, pp. 26-32, puso de relieve la conveniencia de considerar este relato tan sólo como un subtipo dentro de un grupo más amplio. 7 Para una explicación sucinta de los rasgos fundamentales y convencionales de la narración del mensajero cf. Quijada 1991, pp. 47-51. 8 Esta temática es extraña en un discurso de mensajero. Yates 1995, pp. 181-184, considera la posibilidad de que Eurípides introdujera esta asamblea en Orestes como alusión a la asamblea celebrada tres años antes en Atenas por los hoplitas para decidir si marchar sobre la ciudad. 9 En realidad, cuando el heraldo anuncia el comienzo de la asamblea y expone el tema por tratar, limita la decisión a Orestes (vv. Sin embargo, tanto en el resto de la rhêsis como en el resto de la tragedia se asume que el proceso se incoa contra los dos hermanos. El contexto de la asamblea, y el hecho de que el mensajero es ahí un ciudadano que participa en una institución altamente retorizada, lo convierte en algo muy diferente del mensajero típico, lo que se refleja posteriormente en el modo en que transmite los hechos. En su relato el contenido agonístico se opone a la forma convencional de la narración del mensajero trágico generando una marcada tensión entre forma y contenido. Como es habitual en el comienzo de este tipo de relatos el campesino utiliza repetidamente el verbo 'ver' y la primera persona del singular dejando claro que fue testigo presencial de los hechos que relata (v. Al mismo tiempo opone la forma ὁρῶ (v. 872), con lo que marca la oposición entre lo que sabe por haberlo visto y lo que sabe de oídas, perteneciente al pasado remoto. Todo esto se utiliza para subrayar la autoridad de su discurso. Ahora bien, esa autoridad establecida al modo tradicional queda inmediatamente cuestionada cuando el mensajero reproduce un diálogo con un ciudadano, en el que éste apela al verbo 'ver' («¿No ves [οὐχ ὁρᾷς] a aquel, Orestes, avanzando cerca...?», vv. 877-878), pero para poner de relieve el hecho de que ver no implica necesariamente comprender. Así, la larga introducción subraya tácitamente la posibilidad de que, aunque un mensajero esté en condiciones de ofrecer un relato fiable, eso no implica necesariamente que lo haga. Y el relato presente es precisamente un ejemplo de dicha situación 12. En el relato de la asamblea, que tiene que decidir si Orestes ha de ser condenado a muerte o no (vv. 884-887), intervienen cuatro personajes, además de Orestes, formando dos parejas, en las que cada miembro defiende una 11 Una de las características que tradicionalmente se han señalado en los relatos de mensajero es su objetividad, o, cuando menos, la apariencia de objetividad que les confieren sus rasgos esenciales (empleo del discurso directo, narración en primera persona por ser el mensajero testigo principal de cuanto narra, etc.). Precisamente la contradicción entre esa aparente objetividad y el hecho incontestable de que el mensajero es un personaje del drama y, por tanto, focalizador de los hechos narrados es un punto esencial a tener en cuenta. 12 Jong 1991, pp. 9-12, explica que el énfasis del mensajero tradicional en su cualidad de testigo presencial surge del tópos que considera que lo que se conoce por haberlo visto es más fiable que lo que se conoce tan sólo de oídas. Precisamente por este motivo, creo que la constatación de que el mensajero de Orestes ve pero no comprende lo que está viendo es una manera implícita de llamar la atención sobre un punto convencional y esencial de los relatos de mensajero. postura diferente13: la primera pareja la constituyen Taltibio y Diomedes, ambos relacionados de algún modo con los hechos de Troya; la segunda la conforman un demagogo y un campesino, ambos personajes anónimos y que remiten a la realidad ateniense contemporánea. El primer miembro de cada pareja, es decir, Taltibio y el demagogo, se muestra contrario a los jóvenes; los otros dos, Diomedes y el campesino, se manifiestan en su favor. Diomedes y el campesino están en marcada oposición entre sí por razones de estatus social14. Pero, además, lo están también formalmente por el espacio que el mensajero les dedica (cuatro versos y medio frente a catorce) o el modo en que dicho mensajero presenta su postura (posición objetiva frente a subjetiva). A pesar de ello, no obstante, ambos defienden que Orestes siga vivo, mostrando que desde sectores muy distantes se puede reaccionar en favor del joven 15. Taltibio y el demagogo, por su parte, presentan similitudes entre sí, pues los dos se relacionan, aunque no de la misma forma, con el manejo del lógos: el primero como transmisor de la palabra de un rey 16, el segundo como creador de discursos ante el pueblo. El primero es considerado habitualmente un transmisor fiel de palabras; el segundo, alguien que utiliza el lenguaje interesadamente para persuadir. Los dos, sin embargo, según la visión particular del mensajero de Orestes, actúan de modo similar. Eurípides rompe la distancia que media entre quien transmite fielmente información y quien crea un discurso persuasivo, enfatizando nuevamente, esta vez desde dentro del pro-pio discurso, la pugna que se da en esta rhêsis entre el contenido agonal y la forma de relato objetivo convencional. Las intervenciones de estos cuatro personajes se presentan de un modo muy distinto al de la intervención de Orestes, el último en tomar la palabra (vv. No voy a entrar a valorar la argumentación de éste17. Lo que sí quiero destacar es que en este caso no hay descripción del personaje y sus palabras son reproducidas en estilo directo. La presentación de Orestes y de su postura es escrupulosamente objetiva. La excepción es el verso final, acabado ya el discurso directo, en el que el mensajero alude a la audiencia interna, contraria al joven, y muestra su propia opinión, en favor de éste 18. Frente a la absoluta objetividad de que hace gala el mensajero al reproducir la postura de Orestes, la presentación de los otros cuatro participantes en la asamblea es muy distinta, pues se trata de una presentación subjetiva (el caso de Diomedes es la excepción), de la que el discurso directo está por completo ausente. 887-897) hemos de entender, por razones estructurales de paralelismo, que se posiciona a favor de condenar a muerte a Orestes, aunque esto realmente no se dice de manera expresa. El mensajero no sólo evita aquí el discurso directo, sino que ni siquiera incluye una reproducción indirecta de su postura concreta, limitándose a transmitir una valoración subjetiva de ésta. Aunque los argumentos de Taltibio sí se especifican (esencialmente, este personaje reprocha a Orestes haber establecido «unas costumbres nada honestas hacia los progenitores», vv. En el caso del demagogo 20 (vv. El mensajero especifica la sentencia que éste propone, a saber, la lapidación de los hermanos, pero, en cambio, no indica cuáles son los argumentos concretos que esgrime para defender esa postura. La presentación de ambos personajes se complementa en ese sentido y así, en cierto modo ambos, representantes, como he dicho, del discurso fiel y de la palabra persuasiva respectivamente, se convierten en una misma unidad funcional dentro del discurso. Tanto en el caso de Taltibio como en el del demagogo, el mensajero dedica más espacio a la descripción del personaje y a mostrar su opinión al respecto que a explicar la intervención de cada uno en la asamblea. En ambos casos, además, el personaje es presentado a la sombra de otro. Así, según el mensajero, Taltibio hace guiños a los amigos de Egisto y el demagogo se deja guiar por Tindáreo. Ambas uniones son llamativas. Taltibio, que fue heraldo de Agamenón, se acerca a los amigos del asesino de éste; el demagogo parece representar a Tindáreo, quien inicialmente defendía la legalidad estricta (vv. El hecho de que estos dos personajes estén vinculados a otros pone de relieve la lucha de facciones en la Atenas contemporánea22, pero, además, el tipo concreto de uniones apunta una vez más a la ruptura de los límites establecidos y a la unión de lo aparentemente irreconciliable. Al contrario que Taltibio y el demagogo, Diomedes y el campesino abogan por que Orestes y su hermana no sean condenados a muerte23. La presentación de la intervención de Diomedes (vv. 898-902) es con diferencia la más breve de todas; la del campesino, por el contrario, es la más larga. Si asumimos que los vv. 907-913 del demagogo son una interpolación, como parece, entonces la intervención de Taltibio y el demagogo suman dieciocho versos y la de Diomedes y el campesino dieciocho y medio. Es decir, existe un equilibrio en el discurso entre las dos posturas enfrentadas. Diomedes propone obrar de manera piadosa y castigar a Orestes y Electra con el destierro (v. En la audiencia interna hay quien está a favor y quien está en contra. Ahora bien, esto último no implica necesariamente apoyar la pena de muerte, pues también puede estar en contra quien, como el campesino, aboga por no castigar de ningún modo a los hermanos. En cualquier caso, el mensajero presenta a Diomedes sin hacer juicios de valor, a diferencia de lo que hace con los otros tres personajes que toman la palabra en la asamblea 24. Diomedes habla de manera moderada y sensata, desde su autoridad de rey y teniendo en cuenta también lo piadoso. Su intervención, no obstante, se describe de manera muy breve y objetiva, lo que parece indicar una falta de interés personal por parte del mensajero. De hecho, la intervención resulta posteriormente ignorada, como si esa forma de pensar, a pesar de ser apropiada, no fuese apreciada por el pueblo 25. Cuando, más adelante, el campesino defiende a los jóvenes, lo hace desde una postura absolutamente diferente a la de Diomedes. Si entre quienes están en contra de los hermanos se advierte una sintonía, e incluso complementariedad, entre quienes están a su favor hay un marcado desacuerdo. La falta de emociones que inspira Diomedes contrasta con la absoluta simpatía que el campesino suscita en el mensajero. 917-930) es presentado, por razones obvias, de la mejor manera, pero, sobre todo, el campesino y también Diomedes son partidarios de la salvación del joven, aunque lo que ambos proponen sea distinto. 24 La ausencia de juicios de valor respecto a Diomedes se puede deber a que su postura es intachable. 69, sugiere que el discurso de Diomedes no es sensacionalista y por eso precisamente es ignorado. como alguien no asiduo al ágora y por tanto no habituado a hablar en público. Esto es similar a la presentación que el mensajero ha hecho tácitamente de sí mismo al comienzo de la rhêsis. En realidad, existe una similitud extraordinaria y buscada entre ambos personajes. La diferencia es la distinta función que cada uno cumple. El campesino participa en un foro de debate donde la capacidad para utilizar persuasivamente el lógos es relevante. El mensajero cumple dentro de la tragedia con una función de transmisión de información, que no exige esa habilidad y que, de hecho, en gran medida se contradice con ella. Pero la propia similitud entre los dos personajes, ambos campesinos y defensores de idéntica postura, ayuda a establecer una identificación entre ellos, que enfatiza de nuevo la pugna en esta rhêsis entre su contenido agonístico y su forma narrativa tradicional. De hecho, la relación entre estos dos personajes es paralela a la que existe entre Taltibio y el demagogo. El campesino se manifiesta a favor de mantener vivos a los hermanos, pero, además, pide que se premie con una corona a Orestes por su acción, ya que considera que ésta redunda en el beneficio de la ciudad. Esta propuesta es radical, pues Orestes es de facto el autor de un matricidio y merece un castigo, como todos reconocen, incluido Apolo. El mensajero, sin embargo, la valora del modo más positivo, llevado de sus propios sentimientos 26. En el juego de parejas establecido el demagogo y el campesino son un reflejo más radical de Taltibio y Diomedes. Puesto que estos últimos son nombres vinculados con la guerra de Troya y los otros dos personajes, el demagogo y el campesino, se asocian, más bien, con la Atenas del siglo V a. C., da la sensación de que en esta rhêsis Eurípides apunta a una radicalización de posturas en la sociedad contemporánea. El resultado de la asamblea es una victoria del demagogo, «que habló a gusto de la masa» (v. A través de la alusión a la audiencia interna el mensajero parece realizar una crítica de la ciudadanía de Atenas. Pero el propio mensajero es un ejemplo de esa ciudadanía. Su relato muestra un cuerpo de ciudadanos que se deja llevar por las posturas más radicales, ya sea porque son expresadas de manera persuasiva por seres hábiles y sin escrúpulos o porque, como es el caso del mensajero, se ve cegado por sus sentimien-tos personales. En cualquier caso, es una ciudadanía que pasa por alto la única postura moderada que se plantea; me refiero a la de Diomedes. En conjunto, este primer relato de mensajero ofrece una visión negativa de la sociedad, formada en su gran mayoría por personas que lo someten todo a sus intereses particulares27. Las opiniones están viciadas por las ambiciones (caso de Taltibio y del demagogo) o por las gratitudes y las simpatías (caso del campesino de la asamblea y del propio mensajero) 28. Casi todo es subjetivo y parcial, lo que implica que hay poco a lo que asirse. Y si existe algo válido a lo que aferrarse, el pueblo no lo detecta. El hecho de que la postura de Diomedes se explique con tanta brevedad y de manera tan «aséptica», muestra que el pueblo no es capaz de apreciar adecuadamente lo correcto. A través de la presentación de los hechos, dedicando más espacio a quien más simpatía (campesino) o aversión (demagogo) le produce y menos a quien defiende una postura más moderada y, por ello, menos apasionada o apasionante, el propio relato del mensajero se convierte en un ejemplo de los problemas que afectan a la sociedad ateniense de finales del siglo V a. Un esclavo frigio cumple con la función del exángelos en el Orestes de Eurípides 30. Como mensajero, este personaje es peculiar por muchos motivos: desde el punto de vista de su caracterización31, especialmente por su afeminamiento32 y los rasgos cómicos que en él se adivinan33; desde el punto de vista de las convenciones dramáticas, por el hecho de que en la obra se ha hablado previamente de estos esclavos frigios que acompañan a Helena, con lo que se ha roto en cierta medida el anonimato absoluto propio del mensajero en la tragedia griega. Ahora bien, no sólo el personaje es singular. También lo es su relato, fundamentalmente por tratarse de un relato lírico34 y por estar entrecortado por intervenciones del Corifeo. Mi intención aquí consiste en poner de relieve la tensión entre esa forma excepcional y el contenido narrativo convencional 35. Efectivamente, desde el punto de vista formal este relato del frigio es un amebeo con partes monódicas de notable entidad. No obstante, en lugar del contenido trenético característico de la monodia trágica 36, esta forma tiene en este pasaje un contenido narrativo. De hecho, se trata incuestionablemente de un relato de mensajero y, como tal, el relato está sujeto a las mismas convenciones que otros relatos al uso. Sin embargo, esas convenciones del contenido se hallan en tensión con las que impone la forma monódica, lo que da lugar a un resultado muy peculiar37. Si el relato de mensajero es, dentro de las partes recitadas de la tragedia, la que más se somete a criterios de objetividad, la monodia, por el contrario, es dentro de las partes líricas del drama, la que mayor preeminencia concede a lo personal38; frente al discurso racional de la expresión recitada, la monodia es, sobre todo, emocional. Así pues, la tensión entre forma y contenido apunta a cuestiones relacionadas con la posición del orador frente al contenido de su discurso. El relato consta de cuatro partes (vv. Siguiendo las indicaciones del Corifeo (v. 1393), que apunta implícitamente a la necesidad de seguir las convenciones propias del relato de mensajero, el frigio señala en la primera parte de su narración su intención de realizar un relato detallado de los hechos (vv. Esto, que constituye una característica habitual de los relatos de mensajero al uso39, lleva al espectador a esperar una narración en cierta medida convencional, pero lo que recibe no es exactamente eso. Lo primero que llama la atención en el relato del frigio es la descripción que éste ofrece de Pílades (vv. Si el frigio, que acaba de llegar a Argos junto con Helena, sólo conoce a Pílades y Orestes por lo que acaba de ver dentro de la casa, sorprende la descripción tan detallada del primero. Generalmente los mensajeros justifican al comienzo de su relato el conocimiento que tienen de los hechos. El frigio no lo hace y, además, ofrece un retrato de Pílades que excede aparentemente los límites lógicos de su conocimiento. Por supuesto, siempre se puede aducir que el frigio está reproduciendo algo que ha oído. No obstante, el contexto es el de un relato de men-sajero, donde es habitual especificar la fuente para establecer la autoridad del discurso. Aquí Eurípides no lo hace. Tampoco queda clara la posición de este mensajero con respecto al relato cuando reproduce el desacuerdo entre la audiencia interna, formada por el conjunto de esclavos. El frigio utiliza aquí una tercera persona, manteniéndose al margen de los hechos expuestos (vv. En realidad, en toda la primera parte de la narración del frigio no se encuentra ninguno de los recursos de autoridad propios de los relatos de mensajero y el frigio se comporta en cierto modo como un narrador omnisciente. Se puede decir que la forma de la monodia, donde, por sus propias características, no es relevante el establecimiento de autoridad alguna40, se impone inicialmente. El Corifeo nota la ausencia de información personal y le pregunta al frigio dónde se encontraba él en ese momento (v. Así, el Corifeo nuevamente guía al frigio poniendo de manifiesto implícitamente las convenciones de la escena de mensajero. Al mismo tiempo, indirectamente consigue que el espectador/lector cobre conciencia de la ruptura de las mismas. En esta descripción de sus actividades el frigio recalca que él seguía costumbres bárbaras 41. Esto enfatiza, de un lado, el hecho de que él es un extranjero (en ningún momento se permite que el espectador/lector olvide este dato); de otro lado, que él se adapta a lo que es propio en su tierra, no en Grecia. Así, también su forma de relatar es distinta y es el Coro formado por mujeres griegas quien tiene que aludir a las convenciones propias de la tragedia. En cualquier caso, en esta segunda parte de la narración finalmente se establece la autoridad del discurso (el frigio estaba presente cuando se desarrollaban los hechos que narra). Sin embargo, cuando parece que el relato se encauza dentro de lo convencional, se introduce un punto que desconcierta: Pílades encierra a los esclavos lejos de Helena (ἀποπρὸ δεσποίνας) (vv. 1448bis-1451), pero el frigio vuelve a omitir la referencia a su propia posición respecto a los hechos. Se podría deducir que Pílades encierra a todos menos a él, para no despertar las sospechas de Helena, a la que él abanica. Pero si esto es así, ¿cómo puede saber el frigio lo que sucede con el resto de los esclavos? O bien él está con Helena y no sabe lo que sucede fuera, o bien está con los otros esclavos y no sabe lo que sucede con Helena. La autoridad del discurso se hace añicos justo después de ser establecida. 1453-1472bis) parece responder a esta cuestión, pues el frigio comienza precisamente enfatizando su visión de los hechos (ἔδρακον ἔδρακον, v. 1456), lo que hace suponer que él no fue encerrado por Pílades. A continuación, sin embargo, el frigio incluye un detalle significativo, a saber, que los jóvenes, en el momento en que se disponen a atacar a Helena, miran a su alrededor para asegurarse de que nadie los ve (vv. Pero si nadie los ve, ¿dónde debemos suponer que está el frigio? El esclavo acaba de presentarse como testigo presencial de lo que cuenta, pero acto seguido muestra a los jóvenes comprobando que no hay nadie presente. Él no ha utilizado ningún verbo de 'ver' hasta esta tercera parte del relato. Justo entonces, además de subrayar su propia visión, subraya también la visión de otros personajes, y curiosamente la visión del frigio y la de los otros personajes se contradicen e incluso se excluyen. El Corifeo no parece advertir esta contradicción, pues se limita a preguntar dónde estaban los frigios para defender a Helena (v. Es curioso, sin embargo, que el Corifeo pregunte por los frigios, de los que antes se ha dicho que Pílades los encerró, y, sin embargo, no pregunte concretamente por el narrador, de cuya situación exacta no se ha dado información. Con su pregunta el Corifeo, sin duda, hace avanzar el relato. No obstante, las dudas sobre el narrador se mantienen. Si en un principio el Corifeo apunta a las convenciones de la escena y llama la atención del espectador/lector sobre ese punto, después, cuando éstas están siendo absolutamente socavadas, se aleja de esa postura, quizás para no quebrar la verosimilitud de la narración. La situación se complica aún más a continuación cuando el frigio en la cuarta parte de la narración (vv. 1473bis-1502) utiliza la primera persona del 42 El frigio incluye aquí un discurso directo en el que Orestes le dice a Helena que su marido, no él, la mata (vv. Esto es reminiscente de Coéforas 923, donde Orestes le dice a Clitemnestra, en el momento de la muerte, que ella, y no él, es quien la mata. Así, en el momento de matar queda claro que Orestes está reproduciendo en Helena el asesinato de su madre. No obstante, el hecho de que Helena perezca por culpa de Menelao y no por sus propias acciones, como moría Clitemnestra, muestra que Helena es presentada como víctima en esta parte de la tragedia. 1475), que lo sitúa indudablemente junto a los esclavos encerrados. Esto se contradice con lo que ha relatado anteriormente43. Efectivamente, si él estaba encerrado junto al resto de esclavos y lejos de Helena, como antes apuntaba (ἀποπρὸ δεσποίνας, v. 1451), entonces no ha podido ser testigo presencial, como también ha afirmado (v. En esta cuarta parte de su discurso el esclavo narra el enfrentamiento entre los frigios y Pílades, donde a pesar de su superioridad numérica los primeros son derrotados por el joven en una reconstrucción ridiculizadora de la guerra de Troya. En la descripción de ese enfrentamiento el frigio compara a Pílades con Héctor y áyax (vv. Es la segunda vez que el frigio utiliza un verbo de 'ver' en primera persona (v. La primera vez, su cualidad de testigo presencial quedó seriamente cuestionada. También en esta segunda ocasión se generan dudas al respecto. La comparación de Pílades con Héctor y áyax es llamativa. Pílades no destaca habitualmente por sus acciones en el campo de batalla. Su equiparación, por lo tanto, con los más grandes guerreros de Troya muestra hasta qué punto el frigio está poco avezado en la guerra y dominado por el temor. Indirectamente pone de relieve, además, que el modo de apreciar la realidad depende de la situación y de la subjetividad de cada uno. Por otra parte, el hecho de comparar a Pílades con áyax, al que el frigio dice haber visto en Troya, hace que el espectador, consciente de la diferencia entre ellos, se pregunte si realmente esa apelación a la visión del frigio será cierta. Según el relato del frigio, algunos esclavos huyen. El empleo de la primera persona del plural (ἐφεύγομεν, v. 1489) indica que el frigio-narrador pertenece a ese grupo. Sin embargo, a continuación este personaje narra la entrada de Hermíone y su apresamiento. Si el frigio ha huido, ¿cómo puede aún saber lo que sucede en el palacio? La expresión «Y nuevamente colocaban a la hija de Zeus para el sacrificio» (vv. 1493bis-1494) remite a la tercera parte de la narración, que termina precisamente cuando Orestes se dispone a clavar la espada en el cuello de Helena. El texto ahí deja claro que Pílades se encuentra junto a Orestes cuando atacan a Helena y el ataque termina en el momento en que Orestes se dispone a matarla. Pero luego el frigio narra la lucha entre Pílades y los esclavos, el apresamiento de Hermíone, realizado por los dos jóvenes en conjunto, y finalmente vuelve al punto en que quedó el relato en un momento anterior. Desde luego, es difícil aceptar que esa secuencia de hechos así presentada pueda ser real. El relato del sacrificio de Helena es el de su inexplicable desaparición (vv. La oscuridad respecto a su final parece ser un efecto buscado conscientemente por Eurípides. Primero el trágico utiliza la convención de los gritos provenientes del interior que se oyen en el escenario para insinuar su muerte (v. Dados los precedentes literarios 45, por ejemplo el del asesinato de Clitemnestra en la Electra de Sófocles, el espectador, sin duda, como el Coro (v. Después, en el relato del frigio se sugiere que el asesinato se ha producido ya (v. Sin embargo, finalmente se dice que Helena ha desaparecido 47. Justo después de explicar esto, el frigio dice no saber más (v. 1499). ésta es una observación frecuente en los relatos de mensajero, que implica tácitamente que lo dicho hasta ese momento se conoce de primera mano 48. En este caso, sin embargo, el empleo de este recurso no supone ninguna garantía. El frigio dice no saber más, porque huyó del palacio (vv. 40, recoge todos los precedentes. 46 La suggestio falsi de que Helena está muerta es favorecida también por el hecho de que el mensajero no explica en el diálogo introductorio, en contra de lo que es habitual, este punto esencial; cf. Jong 1991, p. 220, explica, la duda sobre lo sucedido con Helena se mantiene incluso después del relato del frigio. Hay que tener en cuenta, además, que el mito no proporcionaba solución en este caso, ya que la salvación de Helena por parte de Apolo es invención de Eurípides. 48 El relato en primera persona propio de los mensajeros trágicos tiene una serie de consecuencias. Una de ellas es que los conocimientos del mensajero-narrador están sujetos a restricciones; cf. Jong 1991, pp. 12-30. La alusión explícita al final del relato a esa restricción, como hace el frigio, pone de relieve nuevamente la cualidad de testigo presencial del mensajero. Este énfasis en el relato del frigio choca, sin embargo, con el hecho ineludible de que es difícil creer que él haya podido presenciar los hechos, si éstos han sucedido como él los ha narrado. esto se contradice con el v. 1489, donde ha dicho que escapó anteriormente junto con los otros esclavos. Por supuesto, se podría entender que el frigio escapó, pero se quedó en algún sitio escondido observando. Ahora bien, aunque ése fuera el caso, lo propio habría sido que Eurípides lo dejase claro. Sin embargo, no lo ha hecho y con ello, yo creo que conscientemente, Eurípides ha socavado, como en otros momentos, la autoridad de esta narración. Así pues, que la presentación de los hechos en la narración del frigio socava la autoridad habitual del mensajero en ese tipo de discursos es algo innegable y que se refleja en el simple hecho de que, al terminar el relato de mensajero, cuya finalidad es explicar el ataque de Orestes a Helena, no se sabe realmente lo que ha sucedido con Helena. Convencionalmente el relato de mensajero proporciona datos y genera certidumbre, pero en este caso las dudas permanecen49. Y permanecen incluso entre los propios personajes que reciben la información en el drama, como es el caso de Menelao, que ha escuchado la información pero no la cree (vv. La falta de autoridad del frigio no sólo es algo que se percibe desde fuera en función de las convenciones formales, sino que también dentro de la tragedia queda patente 50. Ahora bien, la interpretación de las intenciones del autor al componer este relato de ese modo es algo bastante más complejo. Desde el punto de vista técnico, las convenciones de la monodia son empleadas para dar forma a un contenido narrativo. Además, la información esencial del relato no es anticipada en el diálogo previo, como es propio de las escenas de mensajero, y se trata de una información nueva, pues es invención de Eurípides. Es decir, existe un interés real por parte del autor en producir desconcierto. La acción de Orestes contra Helena se ha interpretado como una repetición del matricidio. Y en ese sentido este relato es un relato del pasado. Al mismo tiempo, el contexto con el frigio, Helena, la alusión a Héctor y áyax, todo lleva de algún modo el relato igualmente hacia un momento más lejano. A eso contribuye también la forma cantada, cuyas características alejan la narración en cierta medida de lo inmediato y expanden el significado de los hechos. Gracias a esa forma es más fácil establecer una resonancia implícita de lo sucedido en la antigua Troya dentro de este relato de hechos recientes. Y el interés de apuntar hacia el pasado entronca, creo, con la voluntad de poner de relieve la existencia de diferentes planos de contenido en esta tragedia. Si el primer relato de mensajero pone de relieve, a través de su contenido agonístico, los problemas contemporáneos de los foros de discusión públicos, el relato del frigio muestra, a través, en parte, de su forma monódica, el modo en que se puede distorsionar la transmisión objetiva de los hechos pasados y/o míticos. Las interpretaciones del Orestes de Eurípides son muchas y muy diferentes 51. Aquí no niego su validez; simplemente trato de aportar una reflexión sobre el significado de la obra basada en la forma y función de sus relatos de mensajero. Orestes presenta dos escenas de mensajero, una en cada una de las dos partes en que se divide la tragedia. Cada uno de los relatos de mensajero muestra una discrepancia entre forma y contenido. En el primer caso, porque la forma narrativa convencional se utiliza al servicio de un contenido agonal, que provoca alteraciones inevitables en el modo del relato. En el segundo caso, porque el contenido narrativo se subordina a una forma monódica, que también impone en parte sus propias convenciones. En ambos casos la mezcla de géneros distintos rompe los límites de la narración y afecta a la auto-51 Por ejemplo, Mullens (1940) ve la obra como un estudio patológico de la criminalidad. Scarcella 1956, pp. 270, 272, opina que la obra representa un delirio, moral y físico, sin esperanza y profundamente pesimista. 106, Orestes representa la catástrofe de la tragedia. 251, ve en Orestes una apelación a los atenienses para que reconozcan en el trío de bandidos (Orestes, Electra y Pílades) sus propios problemas. ridad del narrador, que es llevado bien al subjetivismo interesado del agṓn, bien a la actitud personal y emocional de la monodia. En todo caso, la figura del mensajero neutral y objetivo, propia de estas escenas 52, no existe en Orestes. Y esta situación se puede vincular, en mi opinión, con la división de la obra en dos partes, que representan, entre otras cosas, dos momentos temporales y espaciales distintos. El relato del campesino-mensajero, centrado en el presente y vinculado con la realidad política de Atenas, muestra que las instituciones de la polis están viciadas. La autoridad del mensajero queda claramente establecida al principio, pero posteriormente se somete a sus intereses y opiniones subjetivas. El discurso en su conjunto se subordina a la postura parcial del narrador, del mismo modo que el discurso de quienes intervienen en la asamblea se somete a sus intereses. Hay dos planos, la asamblea y el relato de mensajero, que adolecen del mismo problema. Los intereses personales se han impuesto sobre los generales y la objetividad apenas existe. Y cuando existe, como es el caso de Diomedes, el pueblo, representado no sólo por la audiencia interna, sino también por el propio narrador, ni siquiera es capaz de apreciarlo. El relato del frigio, que narra el modo en que Orestes y Pílades tratan de matar a Helena en una acción que reproduce el matricidio ya ejecutado, conduce al espectador/lector a la esfera del pasado y al contexto de Troya. El problema en este caso es la imposibilidad de establecer adecuadamente la autoridad del mensajero, pues cada intento en esa dirección fracasa inmediatamente. La forma monódica lleva el discurso hacia una desautorización significativa como relato de hechos acaecidos. Si el conocimiento del presente está viciado por la subjetividad y la parcialidad imperantes, el conocimiento del pasado parece ser necesariamente imperfecto, porque depende de la autoridad del narrador que transmite los hechos y ésta no resulta fácil de establecer. Pasado y presente son cuestionados en Orestes a través de la narración. Por su parte, el futuro es llevado a escena finalmente por Apolo, en una intervención muchas veces sujeta a objeción 53. 396, opina que el final es precipitado. A Eurípides le gusta situar la historia en la perspectiva legendaria del pasado y el futuro, pero en este caso no puede hacerlo sin incongruencias, ya que el futuro conocido de estos personajes no se adapta a su situación en esta tragedia. Los tres momentos temporales son sometidos a un cuestionamiento rotundo. Así, no queda nada sólido a lo que el hombre pueda asirse. Orestes representa un mundo, el de finales del siglo V a. C., en el que todo se tambalea 54, lo que se manifiesta también formalmente en la mezcla de géneros y la ruptura de las convenciones dramáticas más firmemente establecidas. La división temporal (entre pasado y presente; el futuro aparece brevemente al final), así como la división espacial (entre Atenas y Troya) de Orestes llevan, según lo anteriormente expuesto, al desasosiego más absoluto. Ahora bien, junto a esas divisiones hay otra que tampoco se puede desdeñar. El contexto de Orestes es el de la guerra de Troya y los hechos que se han producido como consecuencia de la misma. C., cuando la obra se representa por primera vez, Atenas está también inmersa en una guerra, la del Peloponeso, que la enfrenta con Esparta. Pues bien, en la obra Orestes y la casa de Tántalo representan a Atenas, mientras que Menelao y Helena, como Hermíone y Tindáreo, están vinculados con Esparta. La estructura bipartita, que tantas veces se ha señalado, lo es en muchos sentidos (no sólo formal, sino también temporal o espacial en diferentes planos) y los ecos que se producen entre los ámbitos enfrentados contribuyen al significado de la obra. La oposición entre Atenas y Esparta al comienzo de la tragedia es clara. Orestes (Atenas) recibe una valoración positiva; Helena (Esparta) la recibe negativa 55. A medida que la obra avanza, sin embargo, los hechos se invieropinión de Vellacott 1975, p. 79, el final de la obra es una burla. Eurípides declara en la obra que la sed de sangre es insana y suicida. Su propósito queda iluminado por el hecho de que ésta es la última tragedia que escribió antes de dejar Atenas, cuyos ciudadanos se encontraban en una posición análoga a la de Orestes, el antihéroe. 53, cree que la intervención de Apolo es una demostración triunfante del poder de Zeus y de su apoyo a los mortales que obedecen sus órdenes. En su opinión (ibíd., p. 55 Además de Helena, también Tindáreo es un exponente relevante en la primera parte de la tragedia de Esparta. Este personaje, de hecho, es presentado enfáticamente como «el espartiata Tindáreo» (ὁ Σπαρτιάτης Τυνδάρεως, v. 457) y su caracterización es claramente negativa. ten. Orestes no deja de canalizar las simpatías de la audiencia56, pero muestra también su lado más salvaje e irracional. Helena pasa a ser una víctima, reivindicada finalmente por los dioses, que, además, confieren legitimidad a su acción inicial, la que motivó la guerra (vv. Si se extrapola esto a la guerra del Peloponeso, parece que Eurípides reduce la distancia moral entre ambos bandos, poniendo de relieve la irracionalidad del enfrentamiento. Siendo esto así, la solución que propone Apolo no resulta tan ilógica, pues esa propuesta consiste en la unión de las partes. En Pílades y Electra se unen un extranjero y una ciudadana de Argos (Atenas). En Orestes y Hermíone se unen Atenas y Esparta. La acción de Helena, que motivó la guerra, es explicada y ella reivindicada. La acción criminal de Orestes también es justificada y así él, a pesar de todo, exonerado. Los dos actuaron mal, pero los dos tuvieron sus motivos. ¿Quiere decir Eurípides que la solución está en perdonarse y unirse? Desde luego, la unión no es fácil, como muestra el hecho de que la propuesta de Apolo ha sido considerada por muchos ilógica57. Tampoco a los atenienses la paz con Esparta debía de parecerles en estos momentos la mejor idea, pues poco antes habían rechazado sus propuestas en ese sentido 58. Pero Eurípides muestra en Orestes que sólo hay dos opciones: o bien, continuar la escalada de violencia y salvajismo que conduce a la destrucción del otro, incluso del inocente, así como de uno mismo y del propio linaje, o bien, la aceptación del otro, la unión y el olvido de las afrentas. Esta solución quizás parezca ilógica, como muchos han destacado, pero llegados al punto en que Atenas se encontraba en el año 408 a. C., ¿había una opción mejor?
Tradicionalmente se ha supuesto que las piezas que componen el Epistularium de Braulio de Zaragoza ( † 651) no están organizadas siguiendo ningún patrón concreto. Como prueba de esta afirmación se ha aducido el hecho de que la correspondencia entre Braulio y Eugenio III de Toledo, que se fecha cuando este último desempeñaba ya el cargo de obispo de la sede toledana, anteceda a la que Braulio intercambió con el rey Chindasvinto antes de la consagración episcopal de Eugenio, que provocó un enfrentamiento entre el obispo de Zaragoza y el monarca. Este trabajo parte del análisis global del orden del Epistularium de Braulio, que demuestra que está organizado según una estructura altamente elaborada. Dentro de esta compleja disposición, las epístolas de Braulio, Eugenio y Chindasvinto adquieren nuevos significados derivados de su lectura anticronológica y de su relación con las otras piezas de su entorno. En conclusión, se intentará demostrar que, mediante la cuidadosa organización de las epístolas y otros mecanismos formales y literarios, Braulio proyecta una imagen determinada del poder real y expresa su opinión sobre su relación con el rey Chindasvinto. Palabras clave: Braulio de Zaragoza; Epistularium; rey Chindasvinto; Eugenio II de Toledo; clero visigodo; monarquía visigoda. El Epistularium de Braulio de Zaragoza ( † 651) 1 es uno de los documentos más importantes para el conocimiento de la historia de la Hispania del siglo VII, especialmente en lo que respecta a las relaciones entre el clero y la monarquía. En esta colección epistolar se nos ha conservado la correspondencia de los reyes Chindasvinto (642-653) y Recesvinto (649-672 2 ) con Braulio sobre asuntos de gran relevancia histórica, como la corrección de un códice que puede ser identificado con el Fuero Juzgo (Miguel Franco 2006), o la petición que el obispo de Cesaragusta y otros personajes, entre ellos el obispo Eutropio y el dux Celso, dirigen a Chindasvinto para que asocie al trono a su hijo Recesvinto 3. Además de personajes históricos, entre los corresponsales de Braulio se cuenta lo más florido de la erudición de la época: Isidoro de Sevilla, Tajón, que sería más tarde obispo en la misma sede que ocupó Braulio (García Moreno 1974, núm. 592) o el abad Fructuoso (García Moreno 1974, núm. 383). Dentro de este conjunto epistolar son especialmente interesantes misivas como las que entre el 646 y el 647 se enviaron, por una parte, Braulio de Zaragoza y el rey Chindasvinto (642-653) y, por otra, Braulio y Eugenio ( † 657), que había sido arcediano en Zaragoza y discípulo de Braulio, después de su ordenación episcopal como Eugenio II de Toledo en 646 (García Moreno 1974, núm. 248; Alberto 2005, p. En las ediciones las primeras cartas reciben los números 31, 32 y 33, y las últimas, las que se escribieron Braulio y Eugenio, los números 35 y 36 4. El único testimonio completo del Epistularium brauliano es el manuscrito León, Archivo Capitular, 22, siglo IX 5, que contiene las cartas intercambiadas entre Isidoro de Sevilla y Braulio entre los folios 38v-44r y el resto del epistolario en los folios 51r-88v; en este ejemplar, las epístolas 31-36 presentan un problema, ya que están dispuestas en el orden contrario al esperable, es decir, encontramos en primer lugar las epístolas 35 y 36, fechadas en el 646/647, poco después de la ordenación episcopal de Eugenio, y, a continuación, 31, 32 y 33, que remontan al periodo inmediatamente anterior a esta consagración como obispo y que tradicionalmente se han fechado entre el 645 y el 646 (Madoz 1945, pp. 51-52; Lynch 1950, pp. 80-81). Esta ruptura de la sucesión cronológica de las piezas ha sido aducida tradicionalmente como prueba de la falta de ordenación lógica del Epistularium. Ya la primera vez que estas epístolas salieron a la luz, su editor, Manuel Risco (1775, pp. 363-373), decidió reorganizarlas en orden cronológico, obviando la disposición en la que se encuentran en el manuscrito de León. La numeración con la que se conocen y que aquí utilizaremos remonta a esta primera edición, cuyos criterios en lo que al orden de las piezas se refiere no han sido cuestionados hasta la fecha aunque, como se podrá comprobar, el número asignado a las epístolas en las ediciones difiere en muchos casos de su colocación original en el manuscrito 6. En este artículo trataremos de analizar los contenidos y la disposición de estas epístolas en el citado manuscrito León 22, así como sus relaciones con algunas de las otras cartas para apuntar posibles soluciones a los problemas creados por la curiosa ordenación anticronológica de estos elementos en el Epistularium de Braulio de Zaragoza. de Sevilla, A, B, I-VI (1-8 según la numeración que les impuso Risco), que preceden a las Etymologiae del Hispalense, se citarán según la edición de Lindsay 1911. 5 Este valioso códice ha recibido la atención de numerosos estudiosos y existe gran cantidad de bibliografía sobre él; la puesta al día más reciente la realiza Martín 2006, pp. 104-105. 6 Por este motivo se proporcionará, junto con el número identificativo de la epístola, que se mantiene en todas las ediciones del Epistularium completo, la referencia a los folios que esa epístola ocupa en León, Archivo Capitular, 22. Estado de la cuestión. La disposición de las epístolas de Braulio de Zaragoza en el manuscrito León, Archivo Capitular,22 En primer lugar, debemos advertir que el manuscrito presenta un problema en los folios donde están copiadas estas epístolas. 75ra se interrumpe el texto de la epístola 32 y se inserta el fragmento final de una epístola que Tajón dirige a Braulio, en la que le consulta algunas cuestiones sobre la autenticidad de las reliquias (Riesco 1975, p. Tras esta, encontramos una epístola consolatoria dirigida a un personaje llamado Nebridio, con motivo de la muerte de su esposa (Riesco 1975, pp. 136-138). Sin embargo, esto no afecta a la sucesión de las epístolas de las que nos ocupamos. 75ra encontramos el siguiente aviso: hic minus abet per errantia scriptoris, sed in quinta folia pergameni, ubi signam inueneris, recte legebis. Si eliminamos la interpolación de las dos epístolas y el fragmento, la sucesión es tal y como se ha descrito más arriba, sin que haya ningún tipo de omisión en los textos ni duda sobre su organización 8. Como se puede deducir de la tabla que se presenta a continuación, la inserción de elementos procedentes de otras partes de Epistularium pero ajenos a este subconjunto se produce en la cuarta pieza de la sucesión, la 32: es obvio que 32 sigue a 36, aunque su texto se interrumpa, y el orden lógico de 31-32-33 es, a pesar de este problema, incontestable. Por tanto, este «error del copista» no afecta al estudio de la disposición de estas cinco epístolas, ya que se hace evidente que se han copiado en un orden preciso y que su particular sucesión no ha sido motivada por el problema textual que acabamos de mencionar; creemos, pues, poder analizar la organización de estas epístolas sin tenerlo directamente en cuenta. Presentamos a continuación un esquema detallado de los contenidos de este grupo de epístolas y de su disposición en el ms. 22 de León y en las ediciones del Epistularium de Braulio, su incipit y una referencia a sus contenidos: Este grupo de epístolas se divide, como se puede apreciar en la tabla anterior, en dos subgrupos. Las epístolas 35 y 36 datan de los primeros tiempos del episcopado de Eugenio, esto es, a partir del 646, ya que describen una situación que se le presentó al obispo recién llegado y que remontaba a los tiempos de su predecesor 9. Eugenio había encontrado irregularidades en la ordenación de un presbítero de su sede y escribió a su maestro, solicitando consejo sobre cómo actuar. Braulio responde a la consulta mediante el recurso a las Escrituras y a la literatura patrística; podemos suponer que esta contestación se envió casi inmediatamente, por la gravedad del asunto tratado (con consecuencias teológicas y pastorales de gran importancia) y por los ruegos de Eugenio, que en varias ocasiones apremia a Braulio a que le proporcione una solución urgente: El siguiente grupo de tres epístolas (dos enviadas por Braulio al rey Chindasvinto y la respuesta de este) deben datarse forzosamente en el período inmediatamente anterior a la elevación episcopal de Eugenio, esto es, en el 645/646. Braulio, ya anciano, no puede prescindir de la ayuda de su arcediano Eugenio para sus labores pastorales y, tras recibir seguramente una orden de Chindasvinto, que no se nos ha conservado, expresando sus deseos de consagrar a Eugenio obispo de Toledo, contesta intentando que el rey cambie de opinión para conservar a su lado a su querido discípulo. El monarca no cede e insiste, en la epístola 32, en que Eugenio se presente en Toledo para su consagración episcopal. En la epístola 33 Braulio, aunque entristecido por la separación de su amigo, accede a las órdenes reales y envía a Eugenio a la corte toledana. Se hace obvio de este pequeño resumen de los argumentos que este grupo de tres epístolas, 31-33, debe preceder a 35-36; esta ruptura extremadamente violenta del orden de envío de la correspondencia es única en el Epistularium. Una cosa es que un grupo de piezas epistolares no respete una sucesión cronológica cuando no existen indicaciones que permitan datarlas, como sucede en gran parte de la correspondencia de Braulio de Zaragoza, y otra muy diferente es una alteración del orden lógico que se puede percibir mediante una simple lectura de las epístolas. Este problema es difícilmente explicable como un accidente de la tradición manuscrita, ya que absolutamente todos los demás grupos de epístolas que suponen el desarrollo lógico y cronológico de un argumento se hallan en el epistolario dispuestas en perfecto orden. Véanse, por ejemplo, el grupo de cuatro epístolas intercambiadas con Recesvinto sobre la corrección del Forum Iudicum (Miguel Franco 2006), dispuestas en orden cronológico y respetando lo que debió de ser la alternancia del intercambio epistolar: Braulio, en la epístola 38, pide disculpas por la tardanza en el envío de un códice cuya corrección le había sido encargada. En la 39 el rey Recesvinto se muestra comprensivo con las dificultades de Braulio y le anima a que continúe con su labor. La epístola siguiente (40) acompañó sin duda al envío del códice ya corregido por el obispo; en la última de la serie (41), Recesvinto agradece a Braulio su esfuerzo y alaba los resultados de su corrección (Riesco 1975, pp. 152-154). Sirve como ejemplo asimismo la sucesión de consultarespuesta en las epístolas 43 y 44 (Riesco 1975, pp. 162-182), que son respectivamente una serie de cuestiones de exégesis bíblica que Fructuoso de Braga propone a Braulio y la respuesta de este último. Por este motivo, el primer editor del Epistularium, M. Risco (1775, pp. 363-373), dispuso estas epístolas en el orden cronológico en el que han sido editadas hasta nuestros días, comentando los motivos para esta ordenación en el prólogo antepuesto a su edición (Risco 1775, sin paginación). 44, en su estudio de la cronología y la disposición de las piezas del Epistularium, sigue principalmente la autoridad de Risco en lo que respecta a la datación de las piezas y su consiguiente reorganización dentro del conjunto, de acuerdo con la progresión lógica de la sucesión del intercambio epistolar. Para estas epístolas, que estaban «enteramente dislocadas» en el manuscrito, se impone la «recta ordenación» que llevó a cabo el anterior editor (Madoz 1945, pp. 52-53). L. Riesco conserva también este orden tradicional y considera la disposición irregular de estas cinco epístolas una prueba de que la ordenación cronológica que se aprecia en el Epistularium no es ni mucho menos rigurosa (Riesco 1975, pp. 10-11). Sin embargo, la resolución del problema que plantea la disposición de estas epístolas va más allá de su reorganización por parte del editor para recrear el orden en el que debieron de ser enviadas. Este es el único caso en el que el Epistularium, en el manuscrito 22 de León, presenta una alteración de este tipo en el orden cronológico de sus piezas, por lo que se hace necesario tratar de encontrar un motivo para esta particular organización antes de descartarla en las ediciones como un mero error. Para ello, se puede tomar como punto de partida el análisis del orden general de las piezas de este Epistularium y, en concreto, de los contenidos de estas epístolas, así como la comparación de los significados creados por esta curiosa sucesión dentro del contexto del Epistularium completo. EL ordEn dEL epistvlarivm: La EstrUctUra bimEmbrE Antes de comenzar con nuestra argumentación, debemos puntualizar que, aunque las epístolas que Braulio e Isidoro intercambiaron sobre la redacción de las Etymologiae y su envío a Braulio se han editado juntas, como si forma-sen parte de una sola colección epistolar, es probable que en origen no fuesen un conjunto unitario. El primer grupo, de epístolas isidorianas, que fue añadido por Braulio a su recensión de las Etymologiae (Codoñer 2005, pp. 274-299); como ya hemos dicho, este primer grupo se encuentra entre los ff. 38va-44rb de León 22, además de en una gran mayoría de los ejemplares de las Etymologiae que han llegado hasta nosotros. El resto de la correspondencia del obispo de Cesaraugusta está contenido entre los ff. Entre los dos conjuntos se insertan otras obras de Braulio: en los folios 44ra-48va encontramos las actas del proceso entre los obispos Marciano y Habencio y, entre los folios 48va y 51ra, la Professio fidei (cPL, núm. 1233) propuesta a los judíos toledanos. Por otra parte, ambos grupos, el conjunto isidoriano y el de la correspondencia general, parecen tener una entidad propia, basada en características compartidas por todas las piezas que los componen, sin que en principio se puedan englobar en una superestructura común. Nos centraremos, por tanto, en este segundo grupo de epístolas, dejando de lado las ocho primeras intercambiadas con Isidoro (Miguel Franco 2010). Los escrúpulos que surgen al analizar el orden de las epístolas según las encontramos en León 22 derivan principalmente de lo poco que sabemos sobre este manuscrito y sobre su modelo de copia: ¿quién dispuso así las epístolas? ¿Podemos hacer remontar este orden a Braulio o se debe a un mero accidente de la transmisión? Paradójicamente, la disposición de las obras en este valioso testimonio manuscrito es demasiado caprichosa para deberse al sentido común del copista y tiene demasiada coherencia para deberse al azar. En general, los editores han coincidido en que las piezas que componen el Epistularium brauliano están organizadas en un esquema bimembre. Madoz afirma que, aunque no se aprecia una distribución lógica en la colocación de las epístolas, el epistolario parece sin embargo estar dividido en dos mitades: la primera está ocupada por cartas familiares y consolatorias; la segunda, por cartas de negocios y doctrinales (Madoz 1945, p. Pero se podrían realizar ulteriores matizaciones a esta apreciación de Madoz. La frontera entre las dos mitades la marca una de las epístolas más importantes del conjunto: la carta que Braulio redacta en el 638 en nombre del VI Concilio de Toledo para refutar las acusaciones del papa Honorio I, que había reprochado a la Iglesia hispana su poco rigor hacia los judíos y judaizantes 10, y que recibe el núme-ro 21 en las ediciones (Riesco 1975, pp. 108-114). Esta posición de la epístola 21 responde a las convenciones tradicionales sobre la estructura de las obras compuestas de elementos individuales, como los poemarios o los epistolarios: el inicio, el centro y el final son los lugares marcados, reservados a las piezas más relevantes o que por algún motivo se quieren destacar. Pero la organización de las epístolas no se limita a la división en dos grupos de extensión semejante en torno a una pieza central que sobresale por importancia y posición. Existen otros elementos que proporcionan a este Epistularium una gran cohesión interna a la vez que construyen la particular progresión narrativa: la ligazón entre las piezas se consigue incluyéndolas en una estructura que las engloba y las sitúa de modo que se creen relaciones entre ellas. En la segunda parte del Epistularium, a la citada epístola 21 a Honorio I (ff. Ambos religiosos intercambian delicadezas y palabras de admiración y afecto; además, el de Cesaraugusta solicita el envío del tratado sobre el Apocalipsis de Apringio de Beja, que Emiliano dice no haber podido encontrar. Tras estas, se insertan tres epístolas consolatorias a diversos destinatarios: en el f. A continuación, en los ff. Varios puntos parecen importantes de esta sucesión. En primer lugar, los destinatarios religiosos (el papa Honorio I, el abad Emiliano, el obispo Eugenio) están agrupados y, en especial, destaca que se presenten seguidas las epístolas a destinatarios religiosos relacionados con Toledo, como Emiliano y Eugenio. 39. ocupamos, cuyo tema reviste gran importancia y que tienen que ver con la relación de Braulio con la monarquía. Estas tres epístolas consolatorias quedarían directamente enfrentadas, considerando la estructura bimembre del Epistularium, a otras tres (18-20) que ocupan el mismo lugar en la primera parte, esto es, contando a partir de la epístola central a Honorio, tendrían el cuarto, quinto y sexto puesto. Parecen tener la misma función: se intercalan entre grupos de misivas dirigidas a destinatarios religiosos, una de ellas, la de Wiligildo, que trata, como veremos más adelante, un tema de importancia relativo a la ordenación de un diácono, y las cartas a Eutropio y Valentín, en las que se discuten asuntos de índole intelectual y personal. Las epístolas a destinatarios religiosos quedan agrupadas y, a continuación, las misivas que Braulio intercambió con los reyes forman también un grupo homogéneo. Esta disposición de las epístolas responde a un patrón preciso; el cuidado que se aprecia en la estructura de la colección y en la agrupación de los elementos no puede sino haber sido motivado por un deseo de construir una obra cerrada y significativa en su conjunto, así como un intento de subrayar determinadas características de algunas piezas. iii. cronoLogía y narración En Las EPístoLas 31 a 36 dEL epistvlarivm dE braULio dE zaragoza Creación de las imágenes de Braulio y de Eugenio Como hemos apuntado más arriba, en esta segunda parte se concentran las epístolas que Madoz definió epístolas de negocios, en las que Braulio trata temas relacionados con las tareas administrativas de su episcopado. En esta época Braulio, como obispo de Cesaraugusta y gracias a su prestigio intelectual, estaba en una posición desde la que podía intervenir en asuntos legislativos y políticos 12. En la epístola 32, entre las razones que el rey Chindasvinto aduce para reclamar la presencia de Eugenio en Toledo leemos: ción de los méritos de Braulio, encontramos la correspondencia con el rey, en la que Braulio se autocalifica de anciano, enfermo e incapaz de cumplir con las obligaciones del episcopado y menciona en modo emotivo el cariño que le une a Eugenio. El rey, tras negar que el de Cesaraugusta esté perdiendo facultades, a juzgar por el contenido y elaboración retórica de su epístola, reclama nuevamente a Eugenio, asegurándole que la fama del maestro es un motivo para la elección del discípulo y que el apoyo a Eugenio redundará en mayor gloria de Braulio. La presentación de estos elementos se hace de modo que parezca que esta exaltación de la figura de Braulio se realiza «a su pesar»: él parece interesado solamente en la continuación de su labor pastoral, preocupado por sus achaques e inseguro por lo delicado de la consulta de Eugenio, mientras que Eugenio y Chindasvinto apelan a su sabiduría y valía y actúan en consecuencia con la alta opinión que tienen de Braulio. En el pasaje que acabamos de citar, el rey asegura a Braulio que su gloria será mayor si su sabiduría viene en apoyo de la Iglesia Católica: esta afirmación tiene carácter universal, se refiere al conjunto de la Iglesia por la expresión y no sólo a la Iglesia de Zaragoza, como se deduce del sintagma sancta catholica... ecclesia. Es decir, los méritos de Braulio aumentarán no tanto si él es capaz de dirigir sin la ayuda de Eugenio la diócesis zaragozana, sino, muy especialmente, si su doctrina se añade a aquellas que constituyen los cimientos sobre los que se sustenta el conjunto de los católicos. Esta interpretación se apoya también en las palabras de Eugenio en la Epist. Mediante el adjetivo posesivo tua se subraya la responsabilidad de Braulio sobre la Iglesia de Toledo y su ascendente sobre Eugenio14. La legitimación de la intervención de Braulio en los asuntos de la Iglesia de Toledo es doble: se justifica por la petición del propio Eugenio y por la frase del rey, que, al hacer derivar los méritos de Eugenio de la doctrina de su maestro Braulio, coloca al de Cesaraugusta en una posición de responsabilidad en lo que respecta a la Iglesia de Toledo. No podemos saber si esta afirmación se debe a una confianza real en las capacidades y la fama de Braulio o es una mera excusa para evitar el enfrentamiento con él. De este modo, las epístolas 35 y 36 adquieren un nuevo sentido: en ellas se concreta la sublimior... laudatio de Braulio. La brusca ruptura del orden temporal de las epístolas puede ser en este caso un poderoso mecanismo narrativo, que permite comenzar in medias res la narración de la historia de la elevación episcopal de Eugenio y el papel que en ella tuvieron Braulio y Chindasvinto, así como la influencia de Braulio sobre el rey y sobre Eugenio, para después proporcionar los elementos que permiten darle sentido al conjunto. Tomando como punto de partida la estructura bimembre del Epistularium, las epístolas 31, 32 y 33, situadas en la segunda parte, se corresponderían con la epístola 17 de la primera parte, que ocupa el noveno lugar de la sucesión en el manuscrito y está situada más o menos en el centro de la primera parte; contando a partir de la pieza central, la número 21, que sería la decimosexta en el Epistularium de León 22, las epístolas 31 a 33 ocuparían los puestos noveno a undécimo, estando situadas asimismo en el centro del segundo bloque de cartas. La equivalencia se apoya también en la recurrencia del léxico y la semejanza de los contenidos. El análisis de esta epístola, como veremos más adelante, nos puede dar algunas de las claves para la interpretación de la correspondencia de Braulio con Chindasvinto. La epístola 17 a Wigildo es la disculpa de Braulio a un obispo, cuya sede no ha sido identificada15, por haber ordenado diácono sin su autorización expresa a un monje de su diócesis (Martin 2007, pp. 215-216). Esto iba en contra de los cánones de numerosos concilios 16. Si comparamos las epístolas 33 a 36 con esta epístola 17, que ocupa la novena posición de la primera parte, vemos que tratan del mismo tema: de la ordenación de un religioso en contra de la voluntad de su superior. En un caso, es Braulio el que ordena un presbítero sin consultar con el obispo del que depende; en el otro, es Chindasvinto el que dispone la consagración episcopal de Eugenio haciendo caso omiso de las súplicas del obispo Braulio. En el primer caso, Braulio pide disculpas y afirma que actuó guiado por el amor que une a todos los cristianos y que está por encima de cualquier otra regla, incluidas las que derivan de las jerarquías eclesiásticas; también en el segundo grupo apela al vínculo del cariño que le une con Eugenio. En el plano léxico, se aprecia en todas estas epístolas la recurrencia del término ordinatio y del verbo ordinare, tanto con el significado específico de 'consagrar a un religioso' como en sentido más general, aunque siempre dentro del contexto eclesiástico, que hace referencia al tema común de los textos. Estos términos no se encuentran con este sentido más que en estas dos piezas de la correspondencia de Braulio. 136) Del mismo modo, encontramos los verbos sacrare y consacrare: cum monacum uestrum de asili monasterio... et subdiaconem et diaconem sacrasse (Braul., Epist. 134) Se hace obvio de esta comparación que la disposición enfrentada de estas epístolas fue planeada cuidadosamente por Braulio; el sutil juego de alusiones a un tema que podría ser delicado, por tratarse del cumplimiento de una orden del monarca, deja entrever que Braulio, aun habiendo obedecido, no había olvidado el asunto, ni se había conformado con la negativa de Chindasvinto, ya que procuró subrayar que la ordenación episcopal de Eugenio se había realizado en contra de la voluntad del superior que debía autorizarla. El enfrentamiento con el poder y la posición de Braulio: mecanismos de expresión La utilización de fuentes semejantes o las referencias intertextuales a deteminados autores pueden funcionar como mecanismo de cohesión entre diversas piezas. Una de las fuentes identificadas de la epístola 33 parece confirmar esta interpretación. Se trata de las Enarrationes in psalmos, de Agustín de Hipona, obra que Braulio conoce y utiliza a menudo: Si aceptamos que Braulio no tomó estas palabras por su simple belleza formal, sino por su adecuación al contexto, vemos que podríamos además relacionarlas con las afirmaciones del rey en la carta precedente: Nec enim, sub hac uestra postulatione, nostra est praetermittenda iustitia, quod ipse hic extiterit oriundus, ubi nunc eum consecrandum speculatorem optamus. Se deduce de la frecuente utilización de esta obra agustinana que Braulio la conocía bien; que se contaba entre los fondos de la biblioteca de Cesaraugusta es obvio por una petición de Isidoro en la epístola B, que precede a las Etymologiae, en la que el Hispalense solicita: Dum pariter essemus, postulaui te ut mihi decadam sextam sancti Agustini transmitteres (Lindsay 1911, p. La expresión disrupto uinculo no es frecuente en la literatura latina; el contexto de donde Braulio sin duda lo tomó es además coherente con el contexto donde lo inserta. Se aprecia también la reiteración de otros términos significativos como iustitia en la carta a Chindasvinto (nostrae parti procul dubio patet iustitia) y en el texto agustiniano (inflati iustitiae nomine persuadent...). Es, con toda probabilidad, un reproche a la actuación del rey al llevarse a Eugenio a Toledo, reforzado además por los paralelismos establecidos por la posición de la epístola 17. Braulio deja ver más de las epístolas de lo que las epístolas mismas nos dicen, mediante alusiones solapadas que, en este caso en concreto, no habría podido manifestar explícitamente, por respeto tanto al rey como al ministerio de Eugenio. Se ha sugerido ya que las palabras de Ildefonso de Toledo en su De uiris illustribus dejan entrever cierta hostilidad hacia el rey: unde principali uiolentia reductus atque in pontificatum adscitus (Ildeph., Vir. 5-6; Codoñer 2007, pp. 485-616), aunque podría igualmente tratarse de un tópico que subraya la humildad de Eugenio ya que sólo a la fuerza y en contra de su voluntad aceptó el cargo de obispo y los honores que conllevaba (Alberto 2005, pp. 13-14, n. Sin embargo, combinadas con el contenido de las epístolas y otras informaciones insertadas de diversos modos en el Epistularium, las palabras de Ildefonso de Toledo podrían recoger no un tópico, sino un enfrentamiento real de Chindasvinto no con Eugenio, sino con Braulio. Como se ha dicho anteriormente, las cartas de Eugenio y Braulio están próximas a las que Emiliano y Braulio intercambiaron. Emiliano, importante personaje estrechamente relacionado con el poder real, responde de la siguiente manera a Braulio, que había solicitado le enviase el tratado sobre el Apocalipsis de Apringio de Beja: Cuando Chindasvinto alcanzó el trono, llevó a cabo diversos actos de represión contra sus opositores; la dispersión de los libros del conde Loren-zo es consecuencia de la caída en desgracia de este personaje al comienzo del reinado de Chindasvinto (García Moreno 1976, núm. 90). La expresión sicut nostis es una alusión velada a los problemas políticos y sociales que se desencadenaron al comienzo del reinado. Las epístolas a Emiliano sirven de introducción al enfrentamiento que más tarde tendría lugar entre Braulio y el monarca, presentando el contexto del reinado de Chindasvinto y algunos de los acontecimientos negativos que trajo consigo. De este modo se nos ofrece una descripción no sólo de las relaciones de Braulio con Chindasvinto, sino de la opinión que Braulio y otros intelectuales de la época tuvieron sobre la figura del monarca y algunas de sus actuaciones. A pesar de que Braulio mantenía una relación bastante cordial con la corte toledana, sus ideas sobre determinados asuntos no coincidían con las de Chindasvinto (Castellanos 2004, pp. 291-300, v. especialmente p. 295): la imagen del rey que Braulio crea mediante la disposición de las epístolas y sus contenidos es ilustrativa de los mecanismos de los que la intelectualidad visigoda se valió para expresar sus opiniones y su descontento con el poder. Un análisis cuidadoso del orden del Epistularium de Braulio de Zaragoza puede proporcionar datos importantes no sólo sobre la estructura de la obra, sino sobre las intenciones de Braulio y sus opiniones acerca de los hechos expuestos en sus epístolas. Este estudio ha de realizarse sin aplicar ideas apriorísiticas sobre el orden deseable o esperable en un conjunto de epístolas, sino observando simplemente los datos que poseemos, tanto cronológicos como codicológicos y combinándolos con el análisis léxico, de fuentes y narratológico de las epístolas. De este modo, aparece ante nuestros ojos no sólo la cuidada arquitectura de la antología epistolar brauliana, sino también el juego de significados creado por esta disposición. Estos significados pueden tener gran relevancia para el conocimiento de la historia del periodo; de este modo, la particular disposición de las epístolas que Braulio intercambió con Chindasvinto nos informa del enfrentamiento entre el poder real y el obispo de Cesaraugusta debido a lo que este sintió como una intrusión en el terreno de exclusividad del poder episcopal, esto es, la ordenación de un presbítero de su diócesis, con el que además mantenía una relación de amistad. Así, Braulio crea una imagen de Chindasvinto y expone su opinión sobre lo sucedido de un modo que, a pesar de su sutileza, no deja lugar a dudas. Se pone asimismo de manifiesto la relación de afecto y admiración intelectual entre Braulio y Eugenio, es más, se potencia por encima de la difícil relación con el monarca mediante un mecanismo simple y efectivo, como es la inversión del orden lógico de la correspondencia. En resumen, Braulio, utiliza lo que en esta época hemos dado en llamar ready made: conjuga realia (es decir, epístolas reales) con mecanismos artístico-literarios para crear una obra en la que se combinan de modo efectivo verdad histórica, narración personal y expresión de la subjetividad. bibLiograFía
The conjugal-bed motif in the Alcestis Barcinonensis: two notes En este trabajo se estudia la centralidad del motivo amatorio del lecho conyugal en el poema anónimo Alcestis Barcinonensis, a la luz de lo cual se ofrecen dos nuevas interpretaciones de los versos 21-22 y 83-85. En el primer pasaje, beato... toro ha de interpretarse como una sutil alusión al amor conyugal, tema central del poema; en el segundo, uestigia alude a un conocido motivo literario relacionado con el lecho de amor y permite una interpretación más certera de la petición de fidelidad post mortem que hace Alcestis a su marido. La obra conocida como Alcestis Barcinonensis 1 es un poema anónimo de 122 hexámetros conservado en un papiro misceláneo (P) que se encuentra en la Fundació Sant Lluc Evangelista de Barcelona (Barcinonensis Inv. Compuesto en el siglo IV d. C. -se ha propuesto también el III 2 -, el epilio 3 versa sobre el mito de Alcestis, que ofreció su vida a cambio de la de su esposo Admeto. Si bien son evidentes los paralelismos con la Alcestis de Eurípides, el mito era bien conocido en la Antigüedad y el autor anónimo del poema lo recibe tamizado por la experiencia literaria romana, inspirándose en los grandes poetas latinos (como Virgilio, Propercio, Ovidio, Lucano o Estacio). La composición puede estructurarse en varias partes claras: 1-20: Plegaria de Admeto a Apolo y respuesta del oráculo: su muerte está cercana pero la evitará si encuentra a alguien dispuesto a ocupar su lugar. Alcestis se presenta como modelo de amor conyugal, de esposa devota capaz de sacrificar su vida por su marido. Dentro de este marco conceptual, en el poema son recurrentes las alusiones al lecho conyugal como símbolo de la unión de los esposos 4, incluso más allá de la muerte. En efecto, Alcestis asegura en dos ocasiones que, después de morir, seguirá yaciendo con su esposo (vv. Podría afirmarse, incluso, que, con la excepción de la escena inicial del oráculo de Apolo (vv. 1-20), el resto de la acción del poema tiene lugar en torno al lecho de Admeto: postrado en él, recibe la visita del padre (v. 23 ad natum genitor... concurrit) y, justo después del parlamento de Alcestis (vv. 72-102), se describe su última noche y la vigilia de ambos; él no puede reprimir las lágrimas y ella las contempla en el tálamo, convertido en lecho de muerte: ducción general, traducción italiana y comentario); Liberman 1998 (con traducción francesa). Sigo aquí la edición de Nosarti. 2 Para la datación del poema, véase Nosarti 1992, pp. XIV-XVIII. 3 No hay unanimidad entre los críticos en cuanto al género: se han propuesto otras definiciones genéricas, como etopeya en verso, e incluso se ha visto en él un componente dramático. 4 Sobre esta idea véase López Gregoris 2011 (s. u. «lecho conyugal»). La importancia del motivo del lecho de amor5 ha de tenerse en cuenta, además, en los dos pasajes que se discuten a continuación. Beato... toro: el amor conyugal como leitmotiv El lecho aparece por primera vez en los versos 21-22: tras escuchar el oráculo de Apolo, Admeto regresa a su morada; acostado, no puede dormir y llora de aflicción. A mi juicio, hay en este pasaje un pequeño detalle al que no se le ha prestado atención, la frase beato... toro, una sutil alusión al amor conyugal. La yuxtaposición de dos términos contradictorios (maestus y beato) es sin duda efectista y provoca un aparente contrasentido que los traductores han tratado de solventar dando diversos giros al adjetivo beato6. Marcovich prefiere traducirlo en su acepción de 'rico','suntuoso' (1984b: «suntuoso lecho»; 1988: «rich couch» 7 ) y en su comentario subraya que la antítesis refleja la idea de que la riqueza no puede comprar la felicidad (1988, p. Es cierto que se trata de una idea extendida en la Antigüedad -también el insomnio se relaciona con la infelicidad producida por la riqueza-, pero tales reflexiones no parecen relevantes en el contexto del poema que nos ocupa. Así lo entiende Nosarti, que, sin embargo, emplea una larga perífrasis que trata de solucionar la contradicción alterando un poco el sentido del original (1992, p. 8, había propuesto ya esa interpretación relacionándolo con los versos 177-178 del drama euripideo. Según Nosarti, el poeta contrapone además la actitud de Admeto (maestus) con la de Alcestis (cf. 110 laeta); para la frase beato... toro aduce como paralelo un pasaje del epicedio de Priscila (Stat., Silu. A mi juicio la juntura beato... toro anticipa ya el tema central del poema, la pietas de Alcestis, con una sutil alusión al motivo del amor correspondido (amor mutuus) 9. La frase se documenta solamente en el pasaje citado de Estacio, precisamente en un contexto luctuoso en el que la mujer muere antes que el marido 10. Pero podemos encontrar otras frases similares, con sinónimos de los dos términos (lectus en lugar de torus y felix en lugar de beatus). II 15.2 el poeta se dirige al lecho, feliz pues ha sido el escenario de una noche de amor: 1-2 O me felicem! nox o mihi candida! et o tu / lectule deliciis facte beate meis 11. También Marcial llama felix al lecho en el contexto del disfrute sexual de la noche de amor: Mart. El epigrama es una celebración del amor conyugal de Caleno y Sulpicia, que llevan casados quince años. Una juntura muy similar se conserva también en un fragmento del poeta Ticidas, en un epitalamio 13, según la noticia de Prisciano (I 189): Felix lectule talibus / sole amoribus (Courtney 1993, p. Si volvemos a Propercio, encontramos un verso en el que se alude a Alcestis junto a otra esposa modélica por su fidelidad, Penélope: Prop. Felix es el epíteto de Alcestis y del lecho de Ulises 15, guardado por Penélope, ambas símbolos de amor conyugal. En definitiva, teniendo en cuenta la recurrencia del motivo del lecho matrimonial como símbolo del amor de los esposos en la Alcestis así como los antecedentes aducidos, creo que puede sostenerse que la alusión al lecho feliz anticipa en el mismo comienzo del poema la noción del amor conyugal de la esposa, que será lo que libre a Admeto de la muerte y que constituye el tema central de la obra. El debate que ha centrado la atención ha sido la cuestión de si Alcestis se refiere en este pasaje a un nuevo matrimonio de su esposo. Marcovich 1988, pp. 66-67, sostiene que el poeta ignotus de la Alcestis de Barcelona se separa de la versión euripidea del mito 19, ya que, según él, la protagonista contempla la posibilidad de que Admeto vuelva a casarse: 17 También hay antecedentes griegos de las promesas de fidelidad tras la muerte: Teseo, al saber del suicidio de Fedra, promete no volver a casarse nunca más (E., Hipp. Nótese que tanto en esta como en otras promesas de fidelidad después de la muerte del cónyuge es recurrente la alusión al lecho. 18 El pasaje recuerda a Ou., Epist. XII 86 (thalamo nisi tu nupta sit ulla meo), una promesa de fidelidad en vida, en este caso traicionada por Jasón. Marcovich se basa en los versos 181-182 del drama euripideo para asegurar que tampoco allí Alcestis excluye la posibilidad del matrimonio, pues en ellos la heroína se dirige al lecho, que será ocupado por otra mujer. Precisamente porque Alcestis teme que su lecho -con toda su carga simbólica-sea usurpado por otra, pide a su marido que no tome nueva esposa. En la Alcestis de Barcelona la invocación al lecho no está presente, pero sí su valor simbólico como leitmotiv. Otro argumento que se ha usado para defender que Alcestis contempla aquí la posibilidad de un segundo matrimonio de Admeto es la comparación con una de las fuentes del poema, la elegía IV 11 de Propercio (Marcovich Su romántica interpretación se completa con una traducción que no se ajusta al texto latino: «Before I die, I have only one wish for you. Nosarti 1992, pp. 130-131, explica todas las soluciones que se han dado al pasaje y se inclina, en cambio, por la idea de que Alcestis no quiere que ninguna mujer ni ninguna esposa ocupe su lugar 21 y así lo refleja en su traducción: «Questo solo ti chiedo mentre mi appresto a morire, che dopo la mia morte per nessun'altra donna tu provi dulcezza, che nessuna esposa, di me a te più cara, ricalchi le mie orme» (p. También Corsi 1996 ha refutado con acierto el planteamiento de Marcovich: según él, el poeta de la Alcestis de Barcelona no se separa ni del modelo euripideo ni de otras versiones del mito 22. Sea como fuere, los editores han pasado por alto el verdadero sentido de uestigia, que puede arrojar luz sobre la interpretación del pasaje. 26, que propone legat aduciendo el paralelo de Ou., Met. En los versos 85-90, en efecto, Cornelia habla a sus hijos del comportamiento que han de tener con su madrastra en el caso de que su padre contraiga segundas nupcias. Pero también menciona la alternativa de que el esposo se mantenga célibe y fiel a su recuerdo tras su muerte (vv. 366, defiende también esta interpretación. 21 Lebek 1983 excluye la posibilidad de que Alcestis se esté refiriendo a un nuevo matrimonio haciendo que coniux sea vocativo y se refiera a Admeto. El resto de su reconstrucción, con añadidos al original, es absolutamente innecesaria. Véase también Mueller-Goldingen 2004, que defiende la originalidad del poema. Para las diferencias entre el drama euripideo y esta versión poética, léase además Nosarti 1992, pp. XIX-XXI. 76 legere como 'seguir los pasos' está fuera de lugar en este pasaje24. Sin embargo, tampoco acierta a mi juicio en la interpretación de uestigia: en la traducción menciona las 'pisadas' y en el comentario explica que «le orme, le tracce stanno a indicare in senso traslato il ricordo di lei Alcesti, che non debe cadere nell 'oblio» 25. Sigue en este punto a Lechi, quien defiende el sentido general de uestigia como 'recuerdos' y rechaza -sin investigar su viabilidad-la interpretación de uestigia que va a defenderse a continuación 26. A mi juicio sí puede y debe mantenerse la interpretación de uestigia en el contexto del lecho conyugal. Como es bien sabido, uestigium puede aludir a cualquier marca dejada por la presión de un cuerpo sobre una superficie (OLD s. u. 6), como un colchón o una cama27, y en la tradición elegíaca los uestigia son las huellas de los amantes en el lecho, un motivo literario muy extendido28. Los uestigia pueden ser de un rival (Tib. 250-), y su ausencia es señal, pues, de fidelidad (Prop. También pueden ser las huellas del ser amado ausente, como en el siguiente pasaje de las Heroidas, en que Ariadna acaricia el hueco vacío dejado en el lecho por Teseo: Ou., Epist. En estos versos los uestigia de Teseo ausente son todo lo que le queda a Ariadna31, una situación fácilmente comparable con el lecho de Admeto cuando quede viudo. El lecho vacío, en efecto, es un topos que se relaciona con muchísima frecuencia con la viudedad, como en el siguiente pasaje de la Consolatio ad Liuiam, donde Antonia busca a Druso, su marido difunto, en la parte del lecho que antes ocupaba: 27-28 et subito temptasque manu sperasque receptum, / quaeris et in uacui parte priore tori? También Alcíone, después de soñar con que Céix le habla lecto incumbens (Ou., Met. XI 657), busca en el lecho sus huellas (693 et quaerit, uestigia siqua supersint). Pero fuera de la poesía amorosa encontramos otro pasaje que confirma definitivamente la interpretación de uestigia en la Alcestis de Barcelona: Quint., Decl. Ahí aparecen la esposa muerta y la nueva esposa, tomada cuando aún el hueco de la difunta en el lecho está caliente32. La mención al lecho en el pasaje de Quintiliano es, claro está, simbólica: alude al nuevo matrimonio. Teniendo en cuenta estos antecedentes, podemos concluir que en el pasaje de la Alcestis que nos ocupa los uestigia no tienen el sentido general que han querido ver los estudiosos del texto, sino un sentido muy concreto, reforzado además por el propio contexto: recuérdese que en los versos subsiguientes Alcestis asegura que seguirá yaciendo con Admeto tras su muerte (86 meque puta tecum sub nocte iacere; 90 si redeunt umbrae, ueniam tecum‹que› iacebo). Lo que la heroína pide a su marido, en definitiva, es que respete el tálamo, y que ninguna mujer cubra (tegat) su hueco vacío (uestigia) en el
Catón, en un pasaje del tratado De agri cultura (8.1) en el que prescribe el terreno adecuado para cada especie de higuera, y que es citado por Plinio el Viejo (Nat. XV 72), menciona las higueras Sacontinas: Las higueras mariscas, plántalas en terreno arcilloso y descubierto; las africanas y las herculáneas, las sacontinas, las de invierno y las telanas negras de peciolo largo, plántalas en terreno más graso o estercolado. La insólita forma Sacontinas -lectura de la mejor tradición manuscrita y aceptada en todas las principales ediciones desde la de Keil 1884 (18952 ) 1 -se ha entendido unánimemente como si fuera equivalente a Saguntinas, lo que implica suponer: a) la existencia de una higuera originaria de Sagunto y cultivada por el agricultor romano desde, por lo menos, la primera mitad del siglo II a. C. (cuando Catón escribió su tratado) 2; 10 Peter: Saguntinorum) y del de las emisiones monetales de Sagunto del último tercio del siglo II a. C. (coetáneas de la obra de Celio), en las que empieza a aparecer el etnónimo Saguntinu(m) acompañando al topónimo ibérico Arse, que fue definitivamente abandonado a mediados del siglo I a. Considerado, pues, como una fuente de la historia antigua de España, el pasaje de Catón fue recogido por Schulten, FHA III, p. 5 s.; y el de Plinio en el que se cita a Catón, por Bejarano, FHA VII, p. Lo mismo han hecho quienes han recogido las fuentes griegas y las latinas relativas a las tierras valencianas en la Antigüedad4. En cuanto a las traducciones, la de Castresana 2009, que es la más reciente, sigue diciendo «de Sagunto». García y Bellido 1977 2, pp. 170 y 267, nota 223, fue más cauto: tradujo «los [higos] sacontinos» (no se atrevió a escribir «saguntinos») y comentó: «Los higos sacontini han de ser los de Saguntum». La duda, que también yo tuve al leer el pasaje por primera vez, se justifica tanto por razones lingüísticas como porque ningún otro autor antiguo -y son bastantes los que enumeran las variedades de higos5 -menciona los de Sagunto. Desde el punto de vista lingüístico, no está nada claro que la forma Sacontinas equivalga a Saguntinas, aunque tal equivalencia se dé como segura en los diccionarios y aunque se la haya considerado como algo tan obvio que casi nadie la haya explicado: Keil 1894, p. 44, se limitó a citarla como una de las formas escritas antiquo more y pertenecientes, por tanto, al original; Till 1968, p. 91, la recogió en una lista alfabética de las palabras documentadas por primera vez en la obra de Catón. La única explicación -que yo sepa-la dio Santiago 1990, pp. 132 y 138, quien supuso que se trataba de una adaptación catoniana al latín de Ζακανθαῖοι, la denominación de los habitantes de Sagunto que, junto con Ζάκανθα (la del topónimo), está atestiguada por primera vez en Polibio. Pero esta explicación, insuficientemente razonada desde el punto de vista lingüístico, no me parece satisfactoria. El problema se resuelve, según creo, si se tienen en cuenta dos hechos: a) la gran semejanza casual existente entre los topónimos Saguntum y Ζάκυνθος, en la que se basó el mito de la fundación de Sagunto por colonos procedentes de la isla griega de Zacinto 6; y b) la referencia de Plauto, Merc. 943 s., a la buena calidad de los higos de Zacinto: -Hospes respondit Zacynthi ficos fieri non malas. / -Nihil mentitust... («-Mi huésped me respondió que en Zacinto se producen buenos higos. -No te dijo ninguna mentira...»). El pasaje de Plauto ya fue puesto en relación con el de Catón, pero equivocadamente: seguramente por un lapsus, Olck, RE VI.2, 2125 (s. u. «Feige»), da por sentado que tanto Catón como Plauto se refieren a las higueras de Sagunto7, cuando es indudable que Plauto se refiere a los higos de Zacinto (precisamente de allí es el hospes cuyas palabras se reproducen); en el mismo error cayó André 1960, p. 101, al comentar el pasaje de Plinio (Nat. Los hechos que acabo de traer a colación permiten afirmar que son las higueras zacintias, y no las saguntinas, las mencionadas por Catón. Pero es que, además, tal afirmación se sustenta en la explicación lingüística y gráfica que propongo a continuación, y que me parece más satisfactoria que la que pudiera darse para demostrar la supuesta equivalencia Sacontinas = Saguntinas. Es arriesgado analizar lingüísticamente una grafía transmitida por los manuscritos, y más tratándose de un autor arcaico como Catón, cuya obra se nos ha conservado, en líneas generales, con una ortografía modernizada y muy distinta de la original, que sería imposible restituir íntegramente. Pero, al menos, es seguro -como las inscripciones latinas arcaicas y testimonios como el de Cicerón, Orat. 160, nos enseñan-que Catón, como Plauto, no empleaba ni las letras z e y ni los dígrafos ph, th y ch para transcribir las palabras griegas8; por lo que el topónimo griego Ζάκυνθος (Zacynthus [-os] en latín a partir de la época clásica) lo transcribiría como Sacuntos o -latinizando la desinencia-Sacuntus (cf., p. ej., CIL I 2 1290, 1: Setus = Ζῆθος). Dado que este topónimo se distingue de Saguntum precisamente por la oposición c/g, es preferible considerar la forma Sacontinas, que presenta c y no g, como la de un adjetivo derivado de él. Ahora bien, habida cuenta de que el latín arcaico reproduce normalmente mediante u la υ de los préstamos griegos (cf., p. ej., cuminum = κύμινον, atestiguado en el propio Catón 9 ) y que la única forma latina conocida hasta ahora del etnónimo de Zacinto es la clásica Zacynthius, transcripción de Ζακύνθιος y caracterizada, pues, por el sufijo -ius (-ιος), la forma esperada sería Sacuntias (Sacuntius, -a, -um); de la que Sacontinas (Sacontinus, -a, -um) se diferencia tanto por la vocal -o-(frente a -u-) como por el sufijo -īnus (frente a -ius). Pero ninguna de estas diferencias es argumento suficiente, según creo, para afirmar que ambas formas -Sacuntius y Sacontinus-fuesen los etnónimos correspondientes a dos topónimos distintos. Según la explicación lingüística (fonética y morfológica) que propongo a continuación, se trata de una doble forma que el etnónimo de Sacuntus (Zacinto) presentaba en el latín arcaico. En cuanto a la fonética, hay otros grecismos antiguos que, por una u otra razón, presentan el vocalismo ŏ en vez de ŭ correspondiente a υ; como, p. ej., ancora (ἄγκυρα) y storax (στύραξ)10. Con todo, la vocal o de Sacontinas podría explicarse también como un testimonio temprano de un cambio fonético más general: el paso de ŭ a o (para ser más exactos: la confusión de ŭ y ō en una o cerrada, paralela a la de ĭ y ē en una e cerrada), que se consumó en el latín vulgar y tardío pero que aparece documentado ya en algunas inscripciones de la época republicana: en formas como erodita (CIL I 2 1214) y colomnas (CIL I 2 1834; cf. App. Formas antiguas como éstas, atribuibles a una pronunciación dialectal o popular, pueden considerarse como los inicios de un proceso que, con el paso del tiempo, acabó generalizándose 11; por ejemplo: en cuanto al grecismo cuminum, que he citado antes, en latín tardío aparecen formas como cominum y cominus, que explican las romances esp. comino y cat. comí. En cuanto a la morfología, el adjetivo Sacontinus (Sacuntinus) puede explicarse como una derivación -equivalente a la mera transcripción del griego: Sacuntiusa partir del topónimo Sacontus (Sacuntus) y mediante el sufijo -īnus, de manera análoga a como, también en la época arcaica, frente a Aegyptius (Αἰγύπτιος) se creó Aegyptinus (Plaut., Poen. Ello puede entenderse como la latinización de un grecismo, dado que -īnus era, junto con -ānus, un sufijo verdaderamente vivo y productivo para la formación de derivados de topónimos 12 y que, como tal, aparece en muchos etnónimos, como Praenestinus, Tiburtinus (que sustituyó al antiguo y ya inmotivado Tiburs), Lanuuinus, Amiterninus, Amerinus, etc. Pero puede entenderse también como el resultado de la analogía de los etnónimos de ciudades griegas de la Magna Grecia y de Sicilia como Tarentinus (de Tarentum) y Agrigentinus (de Agrigentum), que también en griego presentaban el mismo sufijo (Ταραντῖνος, Ἀκραγαντῖνος) 13. En cuanto al sufijo -ānus, obsérvese que el propio Catón, Agr. 18.9, presenta la forma Punicanus en vez de Punicus. En conclusión: según creo haber demostrado, hay que dejar de considerar el pasaje en cuestión como fuente de la historia antigua de España; debe considerarse, en cambio, como testimonio de un doblete del latín arcaico: Sacuntius/Sacontinus, dos formas distintas que el etnónimo de Zacinto podía presentar. Sólo Sacuntius, que reproducía más fielmente el término griego correspondiente, se erigió en norma (con la grafía culta Zacynthius) y desplazó a Sacontinus. ¿Pero por qué la tradición manuscrita no alteró la forma Sacontinas de Catón modernizándola y convirtiéndola en Zacynthias? Ello era lo esperable, habida cuenta de que los manuscritos nos han transmitido formas modernizadas como, p. ej., Cypria (Agr. 102, modernizada sólo parcialmente: conserva u en vez de y) y amphora (p. ej., Agr. Puede suponerse que la forma Sacontinas no fue modernizada en su momento porque, ya desde la época clásica, no se entendió o porque era un término técnico (el nombre de una variedad de higuera y de higo). 64, quien, a propósito de la ortografía catoniana, se refiere a dicha forma -pero sin interpretarla-como una de las que se libraron de la revisión que el tratado de Catón sufrió en la época de Augusto y que vino a sumarse a las anteriores alteraciones de los copistas. Pero quizá se debió a que ya entonces se entendiera falsamente como equivalente a Saguntinas pero no se modificara por la influencia de la moda de referirse a Sagunto mediante formas artificiosas y helenizantes, empleadas para subrayar su supuesta vinculación con Zacinto14, como Sacynto (ablativo), atestiguada por la propia epigrafía saguntina (CIL II 6254 9, datable como del siglo I a.
Manteniendo el carácter de esta revista, desde su creación en 1933, como Revista de Filología Clásica y Lingüística Indoeuropea, es decir, dedicada a estudios críticos y filológicos de la Antigüedad y a reseñas de igual tipo, nos parece oportuno abrir en estas «Notas» un hueco a miradas esta vez poéticas, desde nuestro mundo sobre el mismo Mundo Clásico. Es la mirada que lanza Luis Alberto de Cuenca, y que recogemos a través del libro de Luis Miguel Suárez Martínez. Luis Alberto de Cuenca, a su calidad de filólogo clásico, contrastada por varias obras y por su labor, durante varios años, como Secretario de esta Revista, une su calidad de poeta que nunca pierde su conexión con el mismo mundo clásico. Nos parece oportuno presentar aquí un libro que se ocupa de este tema. Es lógico que su autor (desde ahora LMS) comience su libro presentando una necesaria introducción sobre la evolución de la poesía española en el último tercio del siglo XX. Es importante, desde nuestro punto de vista, el hecho del conocimiento y reflexión sobre los textos clásicos por parte de tantos ilustres poetas a partir de Gil de Biedma, José ángel Valente, Pere Gimferrer, ángel González, Claudio Rodríguez, Francisco Brines, etc. Testimonia la capacidad siempre renovada del mundo clásico de inspirar a los poetas de todas las edades. Por lo que se refiere a España, es realmente importante la huella que el cultivo de los clásicos en la enseñanza, en la fecha citada, ha dejado en nuestros escritores y poetas. Señala LMS que posteriormente ese influjo fue bajando según se deterioraba nuestra enseñanza con la LOGSE y demás. No así en el caso de Cuenca, por razones obvias. Desde su primer libro poético de 1971, como señala LMS, aparece dentro de un grupo de poetas que escriben poemas entre los que abundan los de tipo culturalista, entre ellos los clásicos. Y también el esteticismo, el irracionalismo, el brillo «veneciano». El autor de este libro lo abre con una interesante «Introducción» dedicada, primero, a Luis Alberto de Cuenca como «poeta filólogo» y, luego, a «La tradición clásica en el último tercio del siglo XX». De 1971 a 1978 aparecieron sus tres primeros libros poéticos, mientras hacía su libro filológico sobre Euforión de Calcis y otros estudios. Era el tiempo en que, superada la poesía realista, dominaba la poesía «novísima» o «veneciana», con mucho brillo imaginativo y frecuente influjo de la poesía alejandrina y de temas griegos y latinos en general, con influjos, sobre todo, de los alejandrinos, Catulo y Marcial, también Homero. A esta línea se sumó, en sus inicios, De Cuenca. Ello se estudia en la «Introducción», que tiene tres capítulos: el primero sobre «Poética alejandrina y poética novísima», importante estudio sobre la influencia ale- Emerita LXXIX 1, 2011, pp. 189-198 ISSN 0013-6662 jandrina (en sentido muy amplio) en la poesía española. Siguen tres capítulos sobre los tres primeros libros de De Cuenca. Como el propio Cuenca dice, son profundamente culturalistas, sus fuentes están en los clásicos, greco-latinos o no, desde Cavafis y Villon, Keats, Ezra Pound, etc. Evolucionan hacia una mayor sobriedad, disminuye la dependencia directa de los clásicos. Pero mantiene una relación estrecha, mientras va disminuyendo, a veces, en sus contemporáneos. Y hay ciertos anticipos del grupo siguiente, sobre todo en Scholia o «Escolios». Los libros suyos que a continuación LMS estudia y que comentaré, a partir de 1985, son los que él mismo califica «de línea clara»: libros menos románticos e irracionalistas, de estructuras métricas regulares y cerradas. En ellos brillan, no menos que en los anteriores, los temas clásicos, muchas veces como alusión, punto para saltar a nuevas visiones, ampliar, llevar la idea o el sentimiento más allá, contradecir sacando la punta epigramática. Algo muy antiguo y muy moderno. Los temas, los de siempre, cómo no: el amor, la mujer, el desengaño, la muerte, la lucha siempre perdida y siempre renovada del hombre que se niega a desesperar. Con añadido, con frecuencia, de la ironía, hasta el sarcasmo. Con la frecuente partición del poema en dos mitades, haciendo de contraste o cierre la segunda con respecto a la primera. Digámoslo de una vez: es el epigrama, bien conocido por De Cuenca en sus estudios sobre la Antología Palatina, Catulo y Marcial sobre todo, su principal punto de lanzamiento. Pero añadamos, entre los griegos, el otro punto que es Homero, también Heráclito, Calímaco, Esquilo, etc.; entre los latinos, Catulo, Virgilio, Ovidio, Marcial, Argentario y otros poetas más. Con máxima frecuencia renovando su sentido, actualizándolo, cargándolo de ironía y aun sarcasmo. Son los clásicos que Cuenca lee y en los que encuentra apoyo para nuevos desarrollos humanos, satíricos, críticos. Siempre es breve y punzante, siguiendo el calimáqueo μέγα βιβλίον, μέγα κακόν. Un mundo de posibilidades, de formas y contextos nuevos estaba presente en la vieja cantera de los clásicos, el poeta no hace más que descubrirlos, desarrollarlos: a veces en direcciones imprevistas, en contextos nuevos, hasta con conclusiones contrapuestas. El clásico despierta su imaginación, él crea una nueva forma y contenido, que con frecuencia llega hasta la sátira, hasta el sarcasmo. No es un universo cerrado, es al tiempo la cantera de un nuevo universo. Daré, libro por libro, algunos ejemplos, tomándolos del autor de esta obra. Una nueva sentimentalidad aparece en La caja de plata (p. 39 ss.), lleno de escaramuzas con el amor, el deseo, la muerte, lo lábil de lo que el poeta creía firme, descrito con ironía y aun cinismo: «también ésta se ha ido. Con un mapa de Egipto y con las llaves de mi coche». Y, en cambio, aquello de Píndaro de que «el hombre es el sueño de una sombra» es un alivio en la miseria. Cuenca hasta puede ser cruel: en «La malcasada», canción de adulterio, en «Degollada»: «Tu cadáver en el baño. Déjame ser feliz, ahora que puedo», en «Isabel», «Isabel ha dejado de molestarme». Recomienda el recuerdo del gozo, «no lo que sufriste». Y en otros poemas la visión es la del soñado paraíso, la de resistir pese a todo, quizá de Arquíloco. En todo ello hay una angustia disimulada, escondida. 91), en «Caída de Bizancio en poder de los godos» hay casi una liberación de antiguos horrores: quizá se transmute en positivo el desespero de Cavafis porque no llegan los bárbaros, eran «una solución». Y son positivos poemas como «Julia» o «La despedida»: «Mientras haya ciudades, iglesias y traidores, leyes injustas... yo te estaré esperando». Es el amor o la ilusión de amor el último refugio, pese a todo. Tiene que ver con el «Epitafio de Cleobulo». Y los dedos de la Aurora, los dedos homéricos, alcanzan ahora al poeta en su lecho, le anuncian un nuevo día, «con sus caricias». La vida y el amor tienen sus derechos. Hay lo bueno y lo malo -y son iguales, según Heráclito y nuestro poeta («Contra las canciones»)-. Pero el consuelo no es sin sátira. A la malcasada, frustrada por la vida, el poeta le recomienda «ve a un gimnasio, píntate más, alisa tus arrugas (y ponte ropa sexy) y no seas tonta». Es un cierre epigramático un poco amargo. También sufre el poeta, pide consuelos un tanto inútiles. Me refiero a «el poeta a su amada para que no le tire bombas». Hay la frustración inevitable -y la un tanto grotesca esperanza-. Y Píndaro: «vuelve a ser lo que fuiste». «El juicio de Paris» es paradigma del cambio de plano, de lo heroico a lo cotidiano: son solo los prolegómenos del juicio, la toilette de las diosas y Paris que llega silbando «una leve tonadilla». Es casi un juego eso de traer el mito a lo cotidiano. O el de llamar Venus a una mujer que en realidad se parece a la de Willendorf. Alterna la fe en el paraíso («volveremos a vernos donde siempre es de día») con el aburrimiento de Ulises, al que Nausícaa desea, con los «Remedia amoris»: una botella tras otra «y de pronto me puse tan enfermo que conseguí olvidarte». Al poeta, feliz en la inacción del verano, le duele el contrapunto: «y volver hecho polvo a la barbarie del otoño en Madrid, a los puñales». El poeta está amargo, casi siempre, en este libro. 148), igual que Pilatos, no sabe qué es la verdad. Y en la «Teichoscopia» Helena hace sátira de los héroes: Odiseo es un fullero, Agamenón un hombre insoportable, Menelao un idiota que no comprende a las mujeres. Y el poeta rehace el collige, uirgo, rosas y a Ronsard, pero con una vulgaridad buscada («córtalas a destajo», «púlete los rosales», «te quite lo bailado»). Y es demoledor el «vamos a ser felices»: un epitafio, el autor dice no saber cómo los huesos de una mujer y un hombre «lograron ser felices». Y, sin embargo, en «Variaciones», sobre una oda de Horacio, la mujer concluye: «Aunque él es más hermoso / que el sol, y tú la sombra de una sombra / a tu lado, mi vida, he / de morir». Es un consuelo que lo que Píndaro dijo, alguien lo repita. Estos y otros son los versos en los que De Cuenca juega con griegos y latinos, les saca nuevo jugo: con nuevo pesimismo a veces, otras con ilusión y esperanza. Pero en su misma negación, en su negativa, el poeta «busca una esperanza». Cree en ella o busca creer en ella. En «Sobre una carta de John Keats», el poeta describe esa felicidad, la mente en paz, el cuerpo desnudo de la amada, las lilas. En «Las tres hermanas» describe la luminosidad de las Parcas. En «Demasiado tarde» busca a la amada fugitiva aunque bien sabe que es «demasiado tarde». Pese a todo, sigue buscando. Más vitalista, menos libresco, con desenfado escéptico: «De la bestia bibliófila surgió un príncipe bellísimo, analfabeto. Habría que intentar adaptarse». El libro de Luis Suárez hace justicia a los versos de Cuenca, he hecho solo una pequeña selección de ellos. Y siguen unas «Referencias bibliográficas».
Esta obra es la adaptación de la tesis doctoral que el autor (F.) presentó en mayo de 2002 en la Fordham University de Nueva York bajo el título: P. Vergili Maronis Aeneidos Liber Undecimus with a Commentary. Dos diferencias fundamentales mantiene, sin embargo, respecto de aquella publicación: la actual no presenta texto latino ni tampoco introducción. Esta decisión se justifica en las páginas de «Preface and Acknowledgments» (pp. 5-8). Respecto del texto, el autor reconoce (p. Es cierto que el libro XI presenta un volumen de escollos textuales menor que el de otros libros, pero, como tal, la afirmación inicial resulta temeraria: por ejemplo, F. no considera necesario abordar la interpretación del texto de los vv. Sin embargo, me parece claro que algo no va bien en esos versos (Heyne incluso condenó parte importante del texto), ya sea por una deficiente transmisión, ya porque el propio Virgilio dejara el texto apenas esbozado. Además de la rara fisonomía del v. 170, con la extraña reiteración del prosaico (et) quam, y de su dura braquilogía (también en el v. 171 presenta la anomalía de ofrecer la primera copulativa de una correlación (Tyrrhenique) pero no la segunda forma que necesariamente debe aparecer (descarto, por dar lugar a una expresión alejada del usus poético virgiliano, interpretar exercitus omnis como genitivo dependiente de duces). No vale, en mi opinión, la justificación de Wagner, quien sostenía que la repetición suple la aparición de esa segunda copulativa (y a esta socorrida tesis se han venido a sumar otros valiosos comentaristas), aduciendo para ello paralelos que no son tales, pues en todos ellos cabe otra explicación más razonable (e. g. Nada de esto merece el comentario de F., no sé si por dejación del autor o por falta de intimidad misma con el texto, lo que es peor. Y es que este distanciamiento respecto de los problemas del texto se hace patente en la ausencia de comentarios a pasajes difíciles, como el recién comentado, pero Emerita LXXIX 1, 2011, pp. 199-223 ISSN 0013-6662 también en la presencia de informaciones de escasa relevancia. 536 se permite denominar «A crux» la ambigüedad del referente de o uirgo, que F. asegura «applies to all three women» (i. e. Diana, Opis y Camila). Naturalmente, la expresión virgiliana excluye una autoinvocación de Diana, y la referencia a Camila solo debe ser considerada secundariamente como uno más de los «enriquecimientos» expresivos de la «ambivalencia virgiliana». Nada que ver, pues, con una auténtica crux textual o de interpretación (otros ejemplos de información banal, en vv. A veces este distanciamiento se percibe en la ligereza con que algunos pasajes son abordados. Así, por ejemplo, pueden tener más o menos fundamento (véase el prudente escepticismo de Horsfall ad loc.) las reticencias expresadas por muchos estudiosos desde hace siglos en torno a los vv. 537-584, cuya ubicación en este lugar habría podido resultar de un error de los primeros editores o bien de la redacción, en el último momento y con algunos desajustes que quedaron desatendidos, por parte del propio poeta, pero en modo alguno pueden ser abordadas así (p. Es desalentador comprobar que uno debe recurrir, no ya al reciente y bien documentado comentario de Horsfall, sino también a las siempre lúcidas notas de Conington, cuyas líneas ayudan al menos al lector a interpretar las claves del pasaje y sus dificultades. En este mismo verso 537 F. opta, sin embargo, por aportar una interpretación nueva del vocablo Dianae: «More an objective than a subjective genitive», justificando a continuación su tesis sobre la base de que «C.'s love for the chase and the world of the forest is not some recently acquired fancy, but rather a lifelong trait». Por contra, me parece claro que iste amor recoge claramente lo afirmado en la primera parte del verso: cara mihi ante alias. Más aún, no es solo que la interpretación de F. prive al mostrativo iste de toda su función anafórica, sino que Dianae es más bien un dativo (así expresamente ya en Conington, así en Fairclough: «love... that has come upon Diana»), según el gusto generalizado de Virgilio, y solo el encabalgamiento nouus iste Dianae / uenit amor puede invitar al lector momentáneamente a interpretarlo como genitivo (subjetivo, huelga decirlo). He aquí otro ejemplo de lo mismo. 882 comenta así las variantes inter/intra: «manuscript confusion as evidence of the complicated battle situation» (¡?), y sigue una breve observación sobre la relajación de la escritura en estos versos «so as to reflect better the chaos of the moment», con lo que se nos dice poco sobre el pasaje en cuestión y aún menos sobre el peso de las variantes (para este, hay que volver una vez más al comentario de Conington). Pero el caso es que tampoco aprovecha oportunidades de exégesis sobre paralelos literarios. En su comentario al v. 855 silencia el claro eco de V 162 y 166 (es cierto que otros comentaristas como Conington, Gransden y Horsfall se habían limitado a señalarlo), pues es precisamente la equiparación latente de Arrunte engallado (y he Emerita LXXIX 1, 2011, pp. 199-223 ISSN 0013-6662 aquí un argumento más para defender laetantem animis en 854, como de hecho hace F.) con el «miedoso» piloto Menetes la que nos da la clave de la real falta de coraje del asesino de Camila. Respecto de la ausencia de toda introducción al libro (el comentario comienza in medias res en la página 9), F. la justifica (p. 6) argumentando que esta información ya estaba disponible en su primer libro, recién publicado: Madness Unchained: A Reading of Virgil's Aeneid, Lanham (MD), Lexington Books, 2007 (reseña de Wolfgang Polleichtner disponible en BMCR, de 19.12.2007). Pero el lector de «este» comentario habría agradecido una mínima síntesis de la aportación de este undécimo libro al conjunto del poema virgiliano, libro que F. había definido (p. Esta elevada consideración del libro tiene mucho que ver con su protagonista (p. Y, en efecto, esta orientación del trabajo está en la base de sus propias limitaciones como comentario: F. está fundamentalmente interesado en el personaje de Camila y a ella se dirige buena parte de sus observaciones (véase por ejemplo su observación ad 39 sobre Palante en p. Los pasajes seleccionados lo son en gran medida en función de su relevancia en el conjunto de la trama del libro, y no por su valor intrínseco ni por el número de dificultades que pueda presentar para su interpretación. Por ejemplo, en el v. 530 comenta el uso de regio con su sentido propio originario, pero no se toma la molestia de recordar que una expresión muy cercana a la de este pasaje (regione uiarum) se encuentra ya en VII 215 (como sí hace debidamente Horsfall), probablemente porque no puede extraer de ello ninguna conclusión que enriquezca su tesis sobre Camila. Sí había puesto en relación, en cambio, los vv. Señales de lo mismo se detectan al observar que, a medida que se acerca la muerte de Camila, aumenta la atención del autor. Así, resulta sintomático que en p. Véanse también las casi tres páginas (pp. 261-263) dedicadas a femineo en v. Se diría que F. ha reunido una cantidad de información muy abundante y en ocasiones bastante valiosa (véase por ejemplo el v. 675, o su buena nota al símil de 721-724) para la interpretación del libro XI en general y del personaje de Camila en particular, pero ha errado al disgregarla en notas aisladas en lugar de aunarla a lo largo de una monografía específica. La «Bibliografía» (pp. 311-322) recoge en un único listado alfabético ediciones, comentarios y estudios sobre Virgilio, así como otros muchos títulos, relativos a otros autores o asuntos, citados a lo largo de la obra. Entre ellos es revelador que falten algunos de los mejores nombres, empezando por J. L. de la Cerda (1617), N. Heinsius (1676) y P. Burman (1746), siempre válidos; o bien la monumental edición de Ribbeck (cuyos Prolegomena sí se citan), de la que han bebido todas las ediciones posteriores, auténtico referente para la transmisión directa e indirecta del texto (1894-1895 2, I-IV); o, en fin, la notable edición de R. Sabbadini (1930), modelo directo de la también importante edición de M. Geymonat, cuya edición paraviana de 1973 sí se cita, pero parece que no llegó a tiempo la reedición romana de enero de 2008 (disponible mi reseña en ExClass 12, 2008, pp. 351-359). Pero, además, da la impresión de que algunas de estas ediciones y comentarios no han sido consultadas por F. directamente. Así, por ejemplo, cuando a propósito del v. 525 F. defiende, no sin cierto fundamento, la variante recessus frente a receptus (siguiendo en ello a Wagner y a Conington), toma de Horsfall el error de asignar recessus a la edición de Geymonat (también de Horsfall toma la noticia, probablemente errónea, de que Tib. Donato ofrezca en el v. Por lo demás, la edición del libro muestra bastante cuidado y las erratas son muy escasas: e. g. ad 7 (magne), donde repite y defiende -suponemos que inconscientemente-el amétrico magnae por magna (véase en p. 27 ad 30 su defensa, métricamente sospechosa, de la variante ¿adverbial? exanime); ad 35 matrones (¡?); ad 718 pernicibus al [t]is; ad 895 moenibus ardent (precisamente la palabra clave es audent). Las primeras palabras del libro decían así (p. No me cabe duda de que el presente trabajo ha recibido mucha atención ulterior y se ha beneficiado de nuevas aportaciones (entre ellas destaca sobremanera la del comentario de Horsfall, de 2003, como el propio F. reconoce en p. 6), pero el resultado viene a demostrar que la interpretación del texto de Virgilio requiere de bastante más sosiego. El autor sabrá sin duda encontrarlo en el futuro y dar mejores muestras de la sensibilidad que aflora en estas páginas. Emerita LXXIX 1, 2011, pp. 199-223 ISSN 0013-6662 Rubén Bonifaz Nuño nos tiene ya acostumbrados a sus trabajadas versiones rítmicas de poesía latina y, en el caso de Rutilio Namaciano, nos ofrece una versión muy elegante y bastante precisa de los poco más o menos setecientos cincuenta versos supérstites. Y precisamente esta traducción provoca una sensación de desasosiego en el lector, porque no se ve claro cuál es la intención y cuál podría ser el alcance de este libro. La distribución de la materia en él es la siguiente: 65 pp. de introducción, 30 pp. de texto latino y traducción, 22 pp. de notas al texto latino, 91 pp. de notas al texto español, 51 pp. de índice de nombres. Está, pues, en la línea de algunas de las ediciones bilingües más conocidas en el ámbito europeo, y no hay nada extraño en ello; sin embargo, al tener en cuenta la cuestión de que todo libro tiene (o busca) un público, surgen dudas acerca de la entidad del público de este Rutilio Namaciano. Supongamos que el público ha de ser culto. La traducción, en este caso, es adecuada al tenor del texto que se ofrece; pero ambos elencos de notas resultan entonces desequilibrados: un lector capaz de entender y apreciar los vericuetos del hipérbaton de Bonifaz Nuño y de sus casi barrocas concesiones en aras de la literalidad, no precisa de las explicaciones a veces infantiles que se dan en las notas (al texto y a la traducción). Emerita LXXIX 1, 2011, pp. 199-223 ISSN 0013-6662 Supongamos ahora que el público ha de ser escolar: si, por el contrario, se dirige este hermoso libro (porque el libro es bonito y está muy cuidado en cuanto tal) a un público escolar, sucede entonces que desaparece el sentido de las notas (de ambos elencos también) que explican minucias elementales pero que, de manera casi injustificable, apoyan la doctrina con citas y referencias en latín o en griego, sin traducción. El peculiar criterio que se ha seguido aquí me ha hecho recordar aquello de don Hermógenes en El sí de las niñas de Moratín: «Pero lo diré en griego, para mayor claridad». Resulta evidente que si alguien que lea a Rutilio Namaciano en esta edición necesitare información sobre todo lo relativo al mare clausum, mucho me temo que iba a acabar perdido, porque ni acerca de esto, ni acerca del problema de las menciones de los monjes y de la apreciación del fenómeno monacal hay la menor anotación y, sin embargo, son algunos de los grandes asuntos para los que la obra de Rutilio es fuente de valor; tan solo acerca de los judíos y, por ende, de los cristianos hay una magra información (pp. xxxi-xxxii y xxxiii-xxxiv). No voy a detenerme en el tratamiento que se da a la figura capital de Estilicón: tanto en la introducción (pp. xxxv-xl) como en las notas (p. clxxi) da la impresión de que se ha prescindido de todo lo aportado por la investigación desde, cuando menos, la primera edición moderna del De reditu suo. De la voluntad, una de las tres facultades del alma por antonomasia, derivan nuestros deseos, y de estos la adquisición de la facultad lingüística que nos permite expresarlos para que se dé su cumplimiento. Desde nuestro nacimiento, necesitamos la colaboración ajena para conseguir nuestros objetivos, de ahí que se creen expresiones apropiadas que, a su vez, aseguren la estabilidad de las relaciones sociales. Este es precisamente el origen de la petición: se desgaja de la orden en función de nuestro carácter social. José manUEL díaz dE bUstamantE La presente obra nace de una profunda revisión de la tesis doctoral del mismo autor -Latine petere. Aspectos léxicos semánticos y pragmáticos de la petición y la plegaria en latín arcaico y clásico-, dirigida por el Prof. D. Benjamín García-Hernández, autor, a su vez, del prólogo a esta edición. A lo largo de todo el libro prima la claridad expositiva con que el autor ha querido hacer accesible su obra a un público no experto; esta pretensión está ampliamente conseguida gracias, en parte, a la incorporación de índices y gráficos que facilitan en todo momento la comprensión de los complicados esquemas conceptuales implícitos en la materia sobre la que versa la obra. Ya en la introducción, el autor define la noción de petición: «la pretensión, basada en un movimiento de voluntad, de influir sobre el comportamiento ajeno en beneficio propio, y ello valiéndose de una emisión lingüística» (p. El objetivo fundamental del presente trabajo es ofrecer una visión conjunta del amplio panorama que ofrece la expresión de la petición en la lengua latina: mecanismos morfológicos y sintácticos, cuestiones de enunciación, modo y modalidad o fuerza elocutiva; a estos elementos se ha de unir la realidad extralingüística, es decir, cuestiones de interacción social, tales como la jerarquía o la cortesía. El autor pretende aunar todos estos elementos a través de un tratamiento integrador; dada esta pretensión, la obra se estructura según unas líneas generales claras que se resumen a continuación: En el capítulo II, titulado «La petición, acto de habla», se contempla la petición desde la perspectiva pragmática de la teoría de los actos de habla. El autor comienza ofreciendo las formulaciones de los pioneros Austin y Searle: Austin, con su conocida distinción tripartita entre acto locutivo-ilocutivo-perlocutivo, aborda el tema de la relación entre palabras y acciones, rompiendo así con la preeminencia del estudio del mismo como mera representación. Searle desarrolla la teoría de Austin construyendo un modelo teórico más complejo: la teoría de los actos de habla. De aquí se pasa a la determinación del lugar que le corresponde a la «petición» dentro de la taxonomía de la función ilocutiva directiva. El capítulo III, titulado «La expresión de la directividad en lengua latina», se centra en la exposición de la multiplicidad de formas de expresión de la directividad en latín: en el plano gramatical se puede articular a través de enunciados imperativos, interrogativos o declarativos; en el plano léxico, se analizan los distintos tipos de verbos, facultativos, volitivos, desiderativos y deónticos. La fuerte estratificación de la sociedad romana determina, por otro lado, los ámbitos en que resulta funcional el criterio de cortesía: esta se ve excluida de la comunicación cuando el emisor se encuentra en una posición de superioridad, mientras que permanece en las relaciones en términos de igualdad. En los capítulos siguientes, el autor se centra en el estudio concreto de los mecanismos léxicos que ofrece el latín para la expresión de la petición propiamente dicha. Así, en el capítulo IV, titulado «Marcadores parentéticos de petición», se analiza cómo la lengua latina ha desarrollado un esquema tripartito en el que se da un término propio del lenguaje elevado y culto (obsecro), un término opuesto a este (quaeso), más ade- Emerita LXXIX 1, 2011, pp. 199-223 ISSN 0013-6662 cuado para el lenguaje coloquial y familiar, y un verbo característico del lenguaje de las mujeres en las comedias (amabo). En el capítulo V, titulado «La petición, proceso lexemático», basándose en el estudio sobre lexemática latina del profesor García Hernández, el autor se ocupa del análisis actancial de los lexemas verbales de petición, así como de las secuencia intrasubjetiva no aspectual o «yuxtaposición de procesos», que permiten establecer los límites precisos del campo léxico que conforman estos lexemas. Una vez analizados todos estos aspectos, se aborda el estudio de la materia desde un plano más puramente semántico: en el capítulo VI, titulado «Análisis de los lexemas verbales de petición», basándose en la semántica estructural, se lleva a cabo un análisis individual de cada uno de los verbos que componen el campo de «la petición»: este campo léxico se ha ido conformando, fundamentalmente, en torno a un grupo de verbos derivados de la raíz indoeuropea *prk-(apta para la expresión de la idea de solicitud formularia y solemne). Pero junto a estos verbos, «la petición» se ha ido nutriendo de otros términos asociados a nociones muy afines a la petitoria: relacionados con el acto de enunciación, como orare; con la interrogación, como rogare o poscere; verbos volitivos, como petere, postulare, etc. La petitoria se nutre también de lexemas modificados mediante procesos de prefijación, observándose una fuerte tendencia de los derivados de tipo ablativo: deposcere, expostulare, efflagitare, etc., y de los formados por el preverbio re-: repetere, reposcere, etc. Como recapitulación a ese capítulo, el autor realiza un excepcional esfuerzo de síntesis con la elaboración de un diagrama del campo léxico de la petición; en este, petere se erige como archilexema, mientras que los demás lexemas se organizan en base a su dimensión coactiva o no-coactiva -dentro de la que se distingue una subdimensión rogativa/ no-rogativa-y a su aspecto intensivo o no-intensivo. También puede observarse cómo este esquema cambia con la evolución a las lenguas romance. Este completo estudio léxico, semántico y pragmático se cierra con un breve apartado dedicado a las conclusiones generales de la obra. En menos de dos páginas, el autor consigue ofrecer una síntesis clara y precisa de los aspectos más destacados de su investigación. Subraya, por ejemplo, cómo el fenómeno de la petición supera lo puramente lingüístico para acercarnos a la comprensión de buena parte de los criterios rectores de la sociedad romana: la existencia, por ejemplo, de un verbo especializado en la petición a la divinidad implica una fuerte preeminencia de la plegaria en el ámbito religioso romano; por otro lado, la observación de determinadas tácticas de cortesía negativa dentro de este ámbito lingüístico, es prueba fehaciente del fortalecimiento de la distancia social en época imperial. El autor concluye, por tanto, que un fenómeno lingüístico como la petición infiere en otros muchos ámbitos y cierra su obra afirmando, junto a F. Saussure, que la esencia de la lengua es básicamente social. Universidad Complutense de Madrid Ramos Jurado, E. A. y Sancho Royo, A. (edición, traducción y notas), Léxico de terminología retórica griega: figuras y tropos. El libro que tenemos delante, a pesar de su título, no es lo que generalmente entendemos por un Léxico, es decir, una relación de términos griegos de un deter minado vocabulario ordenados alfabéticamente con su correspondiente traducción, contexto y cita del autor o del texto en el que tal término se halla; no solemos llamar Léxico a aquello que no da traducción de las palabras, bien al latín, bien a alguna lengua moderna. En el caso del Léxico que aquí se presenta, se propone este «realizar un léxico de terminología retórica griega» con el objetivo de cubrir el estudio de un vocabulario muy especial y difícil, poco o muy mal estudiado por ningún lexicógrafo que lo haya vertido a lenguas modernas. Sin embargo la realidad es que, quien desee saber el significado y traducción de los nombres de las figuras y tropos griegos en español por ahora va a quedarse sin esa información. Habría que dejar claro desde el principio que el título de este libro mueve a confusión: a mí, al menos, me ha sorprendido. La sorpresa llega cuando uno espera encontrarse, al fin, con un léxico de terminología retórica griega y pronto se da cuenta de que lo que se ofrece es más una antología de textos de autores de obra retórica; una antología selectiva que recoge los pasajes en que aquellos autores definen, clasifican o describen determinadas figuras del estilo. La base la forman una serie de autores griegos, todos ellos tardíos, y cuya obra retórica está en ediciones generalmente decimonónicas, a saber, los Rhetores Graeci de L. Spengel, Leipzig, 1853-1856(Fráncfort, 1966) y Rhe tores Graeci, de C. Walz, Stuttgart, 1832-1836(Osnabrück, 1968). Los autores del libro que tenemos a la vista no dan una traducción de los lemas que encabezan cada artículo, aunque a cambio traducen todo el texto en el que el autor griego define las distintas figuras y tropos más comunes en la retórica griega antigua. De ahí la sorprendente aclaración que, tras el título, que encabeza el libro, dice «edición, traducción y notas», lo que no da sentido si de un verdadero Léxico se tratara. Así pues, como antología de textos de retórica sea bienvenido el libro pues es un paso más hacia la comprensión de ese dificilísimo vocabulario. No obstante, por mucho que se nos ofrezca una traducción de los textos en los que se define o explica determinada figura, seguiremos sin saber cómo llamar en español a esa figura y sin poder traducir abstractos tan difíciles como ἐπιμονή, ἐπίζευξις o διόρθωσις, por poner algún ejemplo. ¿Cómo traducir algunos de esos términos al español? Ahí está la dificultad que este Léxico no acaba de solventar al ofrecer la mera transcripción del término griego y no su traducción a nuestra lengua. Así Διόρθωσις diórthosis se da cuando...; Ἐπιμονή epimoné es cuando nos detenemos... Bien es verdad que en el preámbulo del libro los autores dicen que se trata de una primera aproximación, lo que nos hace suponer que habrá una segunda fase en Emerita LXXIX 1, 2011, pp. 199 Como expone su autor en un breve prefacio, el presente libro estudia el funcionamiento en el hexámetro homérico de la amplia categoría de los adjetivos y nombres en sigma, a los primeros de los cuales había dedicado ya su tesis doctoral, presentada en La Sorbona en 1987, y otros trabajos, y que en un futuro libro promete estudiar en su desarrollo conjunto en la lengua griega. El prefacio se cierra con una tabla de abreviaturas y símbolos que incluye obvias abreviaturas gramaticales y otras métricas menos obvias, pero que, curiosamente, también comprende las ediciones de Homero utilizadas (de las cuales excluye las de West remitiendo a su reseña por Nagy), las traducciones (parte de las cuales afirma que son propias, sin señalarlo en cada caso) y una llamada presentación de los versos citados que en realidad consiste en su división en metros y que esperaríamos unida a los apartados de símbolos métricos. Sigue un sumario que es una versión abreviada y como tal innecesaria de la tabla de materias o índice final, más detallado pero igualmente estructurado y dispuesto. Tras una breve introducción sobre la composición del verso homérico y un primer capítulo sobre la estructura del hexámetro y los cortes de palabras, el estudio divide la materia en tres secciones, de las cuales la primera está dedicada a las posiciones ocupadas por los sustantivos sigmáticos neutros y comprende una introducción y dos capítulos, uno dedicado a los sustantivos de radical en sílaba breve (tipo βέλος) y otro a los sustantivos de radical en sílaba larga (tipo τεῖχος); la segunda sección está dedicada a las posiciones ocupadas por los adjetivos y los antropónimos sigmáticos y comprende una introducción y tres capítulos, uno dedicado a la característica sigmática precedida de sílaba larga, otro dedicado a la característica sigmática precedida de dos sílabas breves y otro dedicado a la característica sigmática precedida de sílaba larga más sílaba breve; la tercera sección, más larga que las dos anteriores juntas, está dedicada al empleo de los sustantivos y adjetivos sigmáticos en el hexámetro y comprende trece capítulos, que abordan respectivamente: su localización en el hexámetro, la adaptación de las palabras al metro dactílico, el final de dativo singular, los dativos plurales en -έεσσι, formas lativas con posposición de δε, formas en -φι, compatibilidades entre sustantivos sigmáticos y adjetivos, los adjetivos sigmáticos epítetos, sustantivos sigmáticos y preposiciones-preverbios, sustantivos sigmáticos y partículas de liaison, sustantivos sigmáticos y coordinación, posición del sustantivo sigmático en la proposición y los encabalgamientos. Termina con una amplia conclusión, una lista de bibliografía en la que se echan en falta, entre otros, nombres y obras tan importantes sobre la dicción formular homérica como los de Fenik, Latacz, Janko, Foley, el New Companion to Homer y el The Cambridge Companion to Homer (2004) o el libro de E. Visser Homerische Versifi ka tions technik, Fráncfort (1987), que introdujo una nueva visión de dicha técnica, o, en el campo de la métrica, estudios tan relevantes como los de West, Gentili o el fundamental libro sobre el hexámetro editado por Fantuzzi y Pretagostini Struttura e storia dell'esametro greco, Roma (1995, 2 vols.), y siguen índices de materias, de autores antiguos y modernos, de formas griegas y de pasajes citados, concretamente de Ilíada, de Odisea y de algunas otras obras, siendo con mucho los más amplios el de formas griegas y el de pasajes citados de Ilíada. La introducción consta de una somera síntesis de las distintas cuestiones concernientes a la composición de los poemas homéricos, seguida de una rápida exposición de los fines y método del estudio. Los primeros se proponen ver cuáles son las formas sigmáticas que pueden entrar en el hexámetro y cuáles no, cuáles son las soluciones aportadas (alargamientos y abreviaciones métricas, empleo de sinícesis y contracciones, sufijos alternativos...) para hacer entrar a estas, el estadio lingüístico alcanzado por la lengua homérica de acuerdo con el uso de la sinícesis y la contracción, cuáles eran en fin las posibilidades de empleo de que disponían los aedos al respecto y la incidencia de la forma métrica de los adjetivos y antropónimos sigmáticos en la constitución de los sintagmas y de la frase homérica. El método consiste en la clasificación de todos los sustantivos y compuestos adjetivales sigmáticos según el ritmo de su raíz y la observación de su presencia y lugar de empleo en el verso, citando un ejemplo del verso completo para cada posición, perfectamente indicada en el verso, y dando de los demás casos análogos solo su referencia. Las conclusiones más destacables del amplio análisis llevado a cabo son las siguientes: en el empleo de las formas sigmáticas los aedos han buscado siempre las cesuras pentemímeres y trocaica y en menor medida la diéresis bucólica o las cesuras Emerita LXXIX 1, 2011, pp. 199-223 ISSN 0013-6662 trihemímeres y heptemímeres, y han respetado el zeugma de Hermann, usando únicamente aquellas formas que podían entrar sin modificación del hexámetro, salvo en muy contados casos de contracción de sus desinencias; el hecho de que expresiones compuestas de un sustantivo y un epíteto repartidos en dos versos funcionen como expresiones similares situadas en el primer colon o en el segundo hace pensar que no hay pausa en fin de verso como no la hay en el primer colon ni en el segundo; los rasgos lingüísticos recientes que ocasionalmente se observan en los textos, como la flexión contracta de los temas sigmáticos, pertenecen a la lengua vernácula de los aedos y han sido introducidos por estos cuando la lengua tradicional no les proporcionaba el equivalente, solución que, no obstante, han adoptado con extrema parsimonia, ya que la lengua homérica está repleta de arcaísmos que eran necesarios a los aedos para sus recitaciones; no es necesario, sin embargo, recurrir a una fase eolia de dicha lengua para explicar los dativos largos de los temas en -s-(tipo βελέεσσι) o el genitivo en -οιο, sino que se trata de formas desarrolladas y aprovechadas métricamente por esta; los rasgos recientes, mezclados con los rasgos antiguos, prueban que los poemas emanan de poetas que recuperan elementos antiguos para crear algo nuevo y el examen de los temas sigmáticos permite extraer conclusiones sobre el carácter predominantemente jónico de la lengua hablada por los aedos. Como vemos, no se puede decir que se trate de unas conclusiones espectaculares, sino que lo más valioso del libro está sin duda en los muchos análisis de los diversos juegos de posiciones a que cada uno de los términos y sintagmas estudiados da lugar en el verso, así como en sus frecuentes conclusiones parciales y puntuales análisis lingüísticos, un gran número de los cuales ilustran por sí solos algo que sin embargo la conclusión final no recoge, que es el alto grado de formularidad de la dicción homérica así como las restricciones que la métrica interna del hexámetro impone en su uso. Aparte de los fallos señalados, apenas he visto errores (Introduccíon, p. 30; dérèse por diérèse, p. Este libro recopila varios trabajos de la conocida estudiosa plautina, algunos más recientes que otros y, como es natural, algunos de mayor trascendencia, dentro de una muestra en la que no decae nunca la excelencia ni el saber hacer de quien lleva toda su vida profesional dedicada a la perspicaz interpretación filológica del teatro plautino. Ha sido la autora la que ha decidido repartir sus artículos en tres secciones, la primera dedicada a la metáfora y la trama; la segunda, a la poética cómica y la cultura romana; y la última, a las mujeres. Abre la recopilación «Nomen/omen. Poetica e funzione dei nomi nelle commedie di Plauto», uno de los trabajos más conocidos de la autora, que puso al descubierto el potencial cómico y sobre todo gramático de los nombres parlantes plautinos, y descubrió a los filólogos toda una poética razonada del uso de los nombres. Es un trabajo ya clásico, que dio y sigue dando sus frutos y que cambió la óptica de los lectores y traductores de Plauto a la hora de interpretar las acuñaciones de nombres propios. José antonio FErnándEz dELgado 13 ss.)», trabajo de profunda indagación filológica, que tiene por objetivo alumbrar el significado de una alusión plautina oscura y problemática, «los campos de gorgojos» del Miles gloriosus. Después de un inteligente repaso de la semántica animalesca plautina y los soterrados lazos que las metáforas de animales contraen con el saber popular latino, la autora revela que el terrible enemigo con el que se batió heroicamente Pirgopolinices no es otro que un ejército de insectos barrido con el soplido ya menos heroico del soldado. A continuación viene «Neptuno gratis habeo...». Después de un repaso completo a todos los pasajes de acción de gracias a la divinidad marina, una vez de vuelta a casa de un largo y peligroso viaje, la autora confirma el valor teatral de estas entradas de personajes nuevos que, comúnmente, ponían en marcha la acción dramática. Además, servían para contar aventuras sobre el viaje, siempre exótico, sin desprenderse del tono ritual y religioso, propio de la plegaria, que está en su origen. 335-339», la autora propone un cambio de lectura de los manuscritos para hacer más comprensible el pasaje en cuestión; para ello, es necesario que el joven Calidoro intervenga en el diálogo entre Pséudolo y Balión y atribuirle una maldición que, normalmente, se atribuye a Pséudolo. 318)», sostiene la autora que los dos objetivos de Mercurio para dejar sin identidad a Sosia son desdibujarle el rostro, a fuerza de puñetazos; y arrebatarle el nombre de Sosia, que, en juego antifrástico, ya no garantiza 'estar a salvo', sino todo lo contrario. Y el nudo entre 'perder el nombre' y 'perder el rostro' se halla, según la autora, en la expresión exossare os, que, por gracia de la unión sintagmática, desarrolla el significado inédito de 'privar del rostro'. Los ecos de Ulises resuenan constantes en el intento de Sosia por no perder su identidad. Scherzi e drammaturgia nell 'Epidicus», cree la autora poder demostrar que las llamadas escenas mímicas de humor constituyen en esta comedia el verdadero hilo de la tortuosa trama, escenas de palizas y castigos, tan habituales en el teatro plautino, sufridas aquí por el esclavo Epídico. Es Emerita LXXIX 1, 2011, pp. 199-223 ISSN 0013-6662 cierto que es el esclavo el que monta todos los engaños y que difícilmente se habría librado del castigo final que se cernía sobre su cabeza, de no haber sido por el golpe de suerte de propiciar el reconocimiento final. La sección segunda se abre con «Temi epici nel teatro plautino», donde las dos referencias épicas repetidas en la obra del sarsinate son aquí consideradas en toda su amplitud: la toma de Troya y los viajes de Ulises. El relato mítico de Anfitrión recubre más bien la actuación de un imperator romano. Sigue «Echi polemici in Plauto», análisis de algunos prólogos plautinos, antecedentes del carácter de crítica literaria que tendrán poco después los terencianos. Además del argumento, la definición de su trabajo con la conocida frase uortit barbare, constituye, según la autora, un manifiesto literario. Y algunas otras huellas del debate literario entre crear comedias griegas y comedias farsescas se deja ver en los prólogos de Trinummus, Poenulus, Menaechmi y Curculio. En la inevitable tensión entre las dos corrientes que configuran el teatro plautino -la literaria y griega, la improvisada y latina-, la autora, gracias a su profundo conocimiento de los datos, matiza en «Scene mimiche in Plauto», en qué medida las famosas escenas mímicas plautinas (las danzas, las palizas, las caricaturas gestuales, etc.) fueron literalizadas previamente por Plauto para conseguir convertirlas en elementos funcionalmente teatrales y no meras boutades fuera de obra. La selección continúa con la sutil reflexión contenida en «Vivere alla greca: rappresentazione del banchetto e mediazione culturale nelle commedie di Plauto»; «vivir a la griega» tiene como corolario en Plauto emborracharse en un banquete, lo que efectivamente ocurre con Pséudolo y Estico en sus respectivas comedias. Ahora bien, este caer en los excesos griegos se predica de esclavos, nunca de hombres libres, por mucho que sepamos de manera indirecta que más de un jovenzuelo ha cometido alguna locura bajo los efectos de la embriaguez. Pero Plauto se cuida mucho de mostrar de forma exagerada las costumbres griegas, y con su proceder desarrolla una mediación sutil e integradora de las dos culturas en contacto, dejando que las costumbres de los antepasados sigan teniendo auctoritas social. De nuevo el equilibrio de valores sociales centra el interés de G. Petrone en «La menzogna nella cultura della fides»; la cultura republicana romana se define por un vasto espacio concedido a la fides, y, frente a ella, la mentira, cualquiera que sea su designación, se ve socialmente rechazada. Ahora bien, los textos literarios, y entre ellos los de Plauto, han conseguido crear un lugar para la ficción «donde se explica la actividad del poeta y se realiza por excelencia su arte»; pero, además, las mentiras, los engaños y las falsedades normalmente aparecen en boca de esclavos, porque llevar a puerto un engaño es, de alguna manera, demostración de la fides del esclavo. Esta segunda parte concluye con «Plauto e il vocabulario della filosofia»; a pesar de que la filosofía no ocupaba un lugar claro en la sociedad romana republicana, la autora repasa la obra plautina para llegar a la conclusión de que, en la definición de Emerita LXXIX 1, 2011, pp. 199-223 ISSN 0013-6662 los caracteres y en la discusión ética, Plauto y el teatro en general se convirtieron en la puerta de atrás por donde determinados sistemas de pensamiento penetraron en Roma y, además, sirvieron de instrumento de creación léxica. De igual trascendencia que el pensamiento filosófico griego, añado yo, lo es el acervo popular, verdadero conocimiento romano, aquí no tratado. La tercera parte se inaugura con el trabajo «La verecundia di Alcmena», sutiles reflexiones contextuales para justificar la lectura nimis uerecunda, refiriéndose a Alcmena, frente a nimis iracundia, corrección que se ha impuesto. Según la autora, la alusión a la virtud femenina de la timidez tendría la consecuencia buscada por el impostor Júpiter: ablandar su rechazo. Didot I» es una de las pocas muestras del conjunto de trabajo de crítica textual, en este caso para defender la hipótesis de que el fragmento del papiro Didot I procede de la obra menandrea Ἀδελφοί αʹ, modelo de la comedia Stichus de Plauto. Habitualmente se considera que este fragmento pertenece a la comedia de Menandro Epitrépontes. Se trata de un discurso femenino. El tema femenino se retoma desde un punto de vista social en «Due paragoni antifemministi in Plauto»; el pasaje I 2 de Poenulus, de claro contenido misógino, puesto en boca de dos jóvenes prostitutas aún no iniciadas, recubre el debate social de la famosa Lex Oppia sobre el lujo de las matronas, abolida en el año 195 a. C. contra la opinión de Catón y, según la autora, de Plauto. Por último, el libro se cierra con «Ridere in silenzio. La autora afirma que los habituales chistes misóginos forman parte del elenco cómico que todo el público espera oír y de un pensamiento habitual, unido a otros lugares comunes. Frente a ello, Plauto ofrece imágenes de mujeres fuertes, orgullosas y moralmente superiores a los hombres a los que pertenecen, maridos, padres o proxenetas. Esto no quiere decir que Plauto alentara una revolución, sino que exploraba, como también ocurre con el esclavo, la discusión de las normas regladas y de los comportamientos socialmente establecidos, en una indagación de situaciones radicales y ciertamente marginales. Si no buscaba alentar la rebeldía femenina, al menos planteaba cómicamente situaciones inimaginables socialmente. Este trabajo es otra de las perlas de la selección, que, junto al primero, enmarcan una obra que debe leerse para aprender mejor las claves culturales y filológicas del funcionamiento del teatro plautino. El único pero que se le puede poner a este florilegio es el de no explicar con claridad el criterio de selección seguido. Por último, el libro se cierra con una útil, que no completa, bibliografía. Universidad Autónoma de Madrid Emerita LXXIX 1, 2011, pp. 199 Dorota M. Dutsch, profesora assistant del Departamento de Clásicas de la Universidad de California, nos sorprende con un estudio interesante sobre un tema difícil, el discurso femenino, en un género literario que es igualmente difícil por sí mismo, la comedia romana, añadiéndole el incentivo de plantearse el estudio desde múltiples aspectos, dentro de un marco que ella misma define en el Prefacio: «In the present study I track a Latin version of the mythical "feminine idiom" in Roman comedy, showing how it might have functioned for Roman audiences and readers, and asking how modern readers can engage with it» (p. Los razones que mueven a la investigadora son, en primer lugar, acudir a los procedimientos del discurso femenino que forman el idioma de las mujeres y, en segundo, analizar por qué su idioma es una ficción. El corte existente entre el actor cómico y su discurso femenino es un problema central y fundamental a la hora de estudiar el lenguaje femenino en la comedia antigua. El estudio se divide en cinco capítulos, el primero de los cuales es una Introducción (pp. 1-48), donde se exponen motivos y planteamientos entre los que me ha gustado especialmente el estudio que lleva por epígrafe: «The History of "Female Latin"» (pp. 4-12), con la revisión de escoliastas como Carisio, Aulo Gelio y el comentario de Donato a Terencio. Otro de los epígrafes significativos es «Reading towards the Other» (pp. 18-40), con diferentes lecturas confrontadas de Terencio con Donato, Plauto con Terencio, Plauto con Plauto, incluyendo varios pasajes de las obras de este comediógrafo. Un amplio estudio sobre Poenulus (pp. 41-46) precede a la conclusión de todo el capítulo, en la que se refuerza la opinión planteada en la investigación precedente y que se sintetiza en que los cuerpos y voces de las mujeres de la comedia son masculinos y la propiedad de los retratos femeninos podría haber tenido un resultado más múltiple. La autora, sirviéndose de la terminología utilizada por Genette, interpreta que el latín empleado por las mujeres en la conversación cotidiana es el hipotexto y el latín de las mujeres imitado en textos cómicos el hipertexto. A lo largo del capítulo II, «Plautus' Pharmacy» (pp. 49-91), se estudian las diversas acepciones de blanditia, partiendo de una mayor frecuencia de empleo en lo que a las mujeres se refiere frente a los hombres, hecho que se comprueba en las comedias de Plauto y Terencio. Se revisan además términos como amabo, mucho más frecuentemente usado por mujeres que por hombres, siendo los jóvenes amantes los que se dirigen con dicho término a las mujeres. La excepción es la comedia de Plauto Asinaria, donde un joven utiliza amabo para dirigirse a otro hombre. Igualmente se analizan los posesivos mi/mea y otros que, según Donato, son agrupados en los blandimenta. Partiendo del poder de seducción que blanditia lleva consigo, puntualiza su proximidad con ueneficum, mostrando el efecto de persuasión maligna que se desprende de tal hecho, revisando las comedias desde este punto de vista. La autora acude a la literatura griega para fundamentar sus puntos de vista, en un epígrafe que titula «Greek Pharmakopeia» (pp. 67-71), donde por ejemplo aparecen similares utilizaciones con el término griego pharmakon, empleado en relación con la palabra en sentido positivo y negativo. Interesante resulta la confrontación mulier blanda/canis rabiosa, donde se revisa el comportamiento de las uxores dotatae que con su arrogancia desean controlar a sus maridos. El capítulo III «Of Pain and Laugther» (pp. 92-148) nos muestra las diferentes tipologías de pena que representan a mujeres y hombres, con sonidos, vocabulario y temas. Es el capítulo más largo del libro, con una cuidada estructura que comienza recorriendo las teorías sobre pena y humor, llevándonos por diversos autores para acabar en la comedia desde presupuestos de género. Se hacen comparaciones con otros discursos, entre los que se incluyen los tratados médicos y las reflexiones ciceronianas acerca de la pena en las Tusculanae disputationes. La conclusión a la que llega Dutsch se puede sintetizar diciendo que la pena de las mujeres es caricaturizada como excesiva, irracional y algunas veces manipuladora. Las quejas de las mujeres obligan a los hombres a ofrecerles ayuda y protección y dichas quejas de mujeres, simuladas o exageradas, son reminiscencias de los casi mágicos poderes que se pueden deducir del término blanditia, estudiado en el capítulo II. Los capítulos IV, «(Wo)men of Baccus» (pp. 149-186), y V, «Father Tongue, Mother Tongue: The Back-Story and the Forth-Story» (pp. 187-227), completan la investigación de Dutsch. En el IV, desde presupuestos lingüísticos, la autora analiza la comedia para corroborar que limitación, estabilidad y moderación son siempre atributos de los hombres y que la falta de autocontrol y de moderación nunca se plantea como esencial para su virilidad. En el caso de las mujeres es una característica intrínseca, que cambia en contextos en los que se contrastan mujeres virtuosas frente a hombres que se comportan sine modo. En esta misma línea se lee el texto de Livio 39.18.4, sobre las Bacanales, y la referencia a las bacantes en las comedias de Plauto, que sirven al autor de metáfora para la trama; la autora llama nuestra atención sobre el hecho de que el teatro es un espacio en el que toda clase de límites de género se cambian constantemente. Emerita LXXIX 1, 2011, pp. 199-223 ISSN 0013-6662 El capítulo V se ocupa de reflexionar sobre la ontología del discurso femenino compuesto por los autores griegos y romanos y de debatir sobre el camino que lleva a la exclusión del pensamiento clásico del mencionado discurso, desde la razón y el lenguaje. Se comienza por Donato para el latín, donde se muestra cómo el discurso femenino es diferente del estándar, siendo causa de impropiedad lingüística. Además se estudian las anomalías desde consideraciones morales asociadas por el autor con las mujeres del teatro. Cicerón, Quintiliano, Plutarco, Aristóteles y Platón definen a la mujer por sus supuestas deficiencias. El capítulo finaliza con el apartado «Mother Tongue», que se ofrece desde las perspectivas de la investigación de lingüistas actuales de dar explicación al término platónico chora. Sus conclusiones nos llevan a explicar que tanto el escritor de comedia como el actor podrían reproducir sus propias percepciones de lo que es el habla de las mujeres. No existen escritoras de comedia ni actrices que nos puedan ofrecer sus propios discursos. No nos es posible conocer su voz propia, pero la introducción en el análisis del concepto chora puede ser una herramienta para examinar el lenguaje de mujer en la comedia romana. Finalmente se presenta un Epílogo (pp. 228-231), que recoge las aportaciones de la investigación que la autora considera más importantes. En suma, nos encontramos ante un estudio muy interesante, con lecturas que no dejan de asombrar a lectoras y lectores, pero que suponen un amplio esfuerzo de interpretación y de manejo de bibliografía sobre el tema. Las lecturas de los clásicos griegos y latinos se ven contrastadas con las de investigadores e investigadoras cuyas teorías son analizadas por la autora detalladamente. Las voces de Judith Butler, Julia Kristeva y Luce Irigaray, sobre todo la de la última, están continuamente presentes en las reflexiones de Dorota Dutsch. Señalado interés tienen los datos aportados en las tablas que se incluyen en los capítulos 2 y 3, con conceptos muy bien estructurados y que se presentan para los dos comediógrafos romanos principales, Plauto y Terencio, únicos tomados por la autora como punto de referencia (no se utiliza el abundante corpus de los cómicos fragmentarios), así como los términos y su índice de frecuencias, divididos de acuerdo con su utilización por mujeres o por hombres. Debe subrayarse la notable capacidad de síntesis de Dutsch, junto con una también notable capacidad de estructuración de un material complicado, hecho que se percibe por ejemplo en los diversos epígrafes en los que se subdividen los capítulos. En esa línea la autora presenta un utilísimo Índice General, que incluye no solo una relación de conceptos estudiados, sino también el de los autores que los reflejan, desde los griegos hasta nuestros días, así como las referencias a sus obras. Es un instrumento valioso para quien se acerca a este libro, en cuya organización reside, como ya he señalado, uno de los logros principales. Es igualmente de agradecer el Index locorum de autores clásicos. La bibliografía es abundante y significativa; sin embargo, no me resisto a señalar que se ignora absolutamente toda la bibliografía española, portuguesa o iberoamericana. Encuentro en esta ausencia no sé si desconocimiento, economía de tiempo y esfuerzo, o, lo que sería totalmente inadmisible, desprecio por las investigaciones realizadas en otras latitudes y en otras lenguas que no sean el inglés. No es defecto exclusivo de la señora Dutsch, que probablemente se quedaría sorprendida al ver que también en español y portugués existen trabajos que le ayudarían a tratar con más profundidad y riqueza de perspectivas el muy interesante tema que trata en esta obra. La biografía personal, política y literaria del Arpinate (tales son los aspectos que trata este libro) es expuesta por Narducci en veintiséis capítulos ordenados cronológicamente, con una excepción de relieve que constituye un feliz recurso narrativo: la muerte de Cicerón es objeto del primer capítulo de la obra, no del último. A continuación, narrados los orígenes familiares y los primeros años de Cicerón (capítulos II-III), pasa a exponer -por mencionar los aspectos más significativos de su carrera como hombre público-los primeros éxitos en los tribunales (IV), el inicio de su actividad política (VI), el proceso contra Verres (VII), el consulado (IX), el exilio (XIII), la relación con los triunviros (XVIII) y la lucha final contra Antonio (XXVI). Entre los capítulos que tratan las obras literarias del Arpinate, podemos destacar los dos de mayor extensión, dedicados al De oratore (XIX) y a los diálogos políticos (XXI). Esta obra se abre al gran público en una medida mucho mayor que las precedentes contribuciones de Narducci en el ámbito de los estudios ciceronianos. A ella, en efecto, responde el que los textos latinos y griegos únicamente aparezcan traducidos al italiano, y que no haya notas a pie de página. La erudición y los vastos intereses de Narducci han dado lugar a un libro de amplias dimensiones, que contradice la aparente voluntad de ofrecer al público un ágil prontuario (compárese, a este respecto, con las 128 pp. del libro de W. Stroh, Cicero. Redner, Staatsmann, Philosoph, Múnich, 2008-recientemente traducido al italiano: Cicerone, Bolonia, 2010). Por otra parte, el autor no trata con la misma extensión y profundidad todos los aspectos de la vida y la obra del Arpinate: esto es inevitable en una obra de esta naturaleza, dado el gran número y la disparidad de los aspectos que Narducci pretende ilustrar. Con todo, creemos que quizás habría merecido la pena detenerse más en algunos puntos. En el capítulo IX, dedicado al consulado (pp. 146-176), habría sido útil examinar las alianzas políticas que hicieron posible la elección de Cicerón (vivazmente descritas, por citar una obra similar dentro del ámbito italiano, en E. Ciaceri, Cicerone e i suoi tempi, vol. I, Milán, 1926, pp. 165-191). También habríamos querido ver tratado en el capítulo XXIII («Storia dell 'eloquenza e polemiche di stile», pp. 365-382) el importante punto de historia literaria que versa sobre la relación entre Catón y los neoaticistas, y que parte de Cic., Brut. 64-67 (para la cual remito a G. Calboli, «Cicerone, Catone e i Neoatticisti», en A. Michel y R. Verdière [eds.], Ciceroniana: Hommages à Kazimierz Kumaniecki, Leiden, 1975, pp. 51-103). Pero, como decimos, ausencias de tal clase son casi necesarias en una obra como esta. El principal valor de la obra de Narducci es presentar al gran público una síntesis de la vida y de la obra de Cicerón, subrayando además diversos aspectos de gran interés que la investigación ha sacado a la luz en el último medio siglo, y que no se encuentran en obras similares de más antigua data. Así, en el capítulo V («Lo spettacolo dell 'eloquenza», pp. 57-82), Narducci no solo aborda el viejo problema de la relación entre el discurso publicado y el discurso realmente pronunciado (cf. J. Humbert, Les plaidoyers écrits et les plaidoiries réelles de Cicéron, París, 1925, convenientemente citado por Narducci), sino que además, siguiendo a J. M. David (Le patronat judiciaire au dernier siècle de la République Romaine, Roma, 1992), trata con gran eficacia el aparato escenográfico de la oratoria judicial. De modo similar, en las pp. 132-134, se nos describe a Cicerón en su faceta de comprador (más que coleccionista) de arte, y se nos informa de cómo, para adornar su villa de Túsculo, al Arpinate le bastan los productos de los talleres neoáticos contemporáneos, en los que busca, más que un valor intrínseco, la capacidad de evocar el mundo intelectual de la Hélade. Observaciones como esta última dan prueba de la gran sensibilidad y erudición de Narducci, y de su capacidad de dotar de vida a la figura de Cicerón, acercándolo a la sensibilidad del lector moderno; en este aspecto, es patente la herencia del Cicéron et ses amis de G. Boissier (París, 1865), profusamente estudiado por el autor en contribuciones anteriores. Narducci, por otra parte, no duda en presentar tanto las luces como las sombras del biografiado. Por poner algún ejemplo de estas últimas, diremos que Narducci se atreve en varios pasajes (por ejemplo, en la p. 132) a tildar de racista la actitud de Cicerón hacia las poblaciones no romanas, una acusación que ciertamente no dejará de hacer mella en los lectores, como el propio autor reconoce. De manera análoga, en la p. 359, después de alabar el gobierno de Cilicia por parte de Cicerón, no oculta su actitud conciliante con los publicanos y las no despreciables ganancias que aquel le procuró. En resumen, Narducci ofrece una imagen equilibrada del Arpinate, que en muchos aspectos coincide con la recientemente delineada por otro gran estudioso de Cicerón, Andrew Lintott (en su Cicero as Evidence, Oxford, 2008). Ciertamente, en una obra de este valor y amplitud no faltan aspectos que, a gusto de los especialistas en los diversos temas tratados, pueden resultar menos logrados o discutibles. Así, desde nuestro punto de vista, Narducci (p. 38) no está acertado (aunque seguramente es inducido a error por A. Corbeill, «Rhetorical Education in Cicero 's Youth», en J. M. May [ed.], Brill's Companion to Cicero. 34) cuando, para explicar las similitudes entre el De inuentione y la Rhetorica ad Herennium, propone no solo la hipótesis de la fuente común (que es la solución generalmente aceptada), sino también la de un maestro común. Esto último es algo que debe descartarse absolutamente, teniendo en cuenta importantes divergencias doctrinales entre ambas obras, sobre todo la que versa sobre el sistema de los status, de la cual el Auctor ad Herennium hace responsable a su maestro; sobre este punto, que sería largo de tratar, no podemos aquí más que remitir al examen que de la tesis de Corbeill hace G. Calboli, «Introduzione alla inuentio», en B. Santalucia (ed.), La repressione criminale nella Roma repubblicana fra norma e persuasione, Pavía, 2009, pp. 185-221 (en concreto, pp. 217-218 y n. Hemos, en resumen, de agradecer la publicación de una obra que, en palabras de Mario Citroni (p. El libro que tenemos en nuestras manos es la cuarta de las monografías que, desde 1996, viene publicando la Universidad de Salamanca en la ya bien consolidada colección «Classica Salmanticensia». Precisamente es a uno de sus fundadores, el profesor López Eire, fallecido poco antes de su publicación, al que está dedicado este cuarto volumen. De su lectura podríamos destacar los muchos aspectos de interés que ofrece, ya que el libro es fruto de las distintas colaboraciones de varios profesores y estudiosos de nuestra antigüedad greco-romana. En él podemos descubrir cómo la oralidad va dando paso a la escritura como vehículo de expresión y, desde ese momento, cuál fue el alcance y la importancia que para las sociedades, ya lectoras, tuvo ese medio de expresión. Entre sus páginas podemos descubrir temas sobre cómo se leía en la antigüedad greco-latina, qué se leía o para qué se leía en los círculos literarios o entre personas cultas. En un primer capítulo, «¿Sócrates lector?» (pp. 13-40), M. Brioso ofrece un buen conspectus de lo que supuso el paso de la oralidad a la escritura y lectura, de los momentos en que ambas formas convivieron, de lo que ello colaboró a la extensión y formas de educación, de la relación existente entre la democratización en la polis ateniense y la evolución hacia la imposición de la escritura como medio de trasmisión cultural. Respecto a un Sócrates lector, no hay duda de que lo era: era un hombre muy culto que gustaba de aprender, quizá no tanto de libros como de los hombres, y que, a tono con lo que era lo normal en su tiempo, probablemente aún tenía una sabiduría y una cultura basada en la trasmisión oral. El debate entre los filólogos actuales se enfoca hacia determinar si en la Atenas de los siglos V y IV estaba ya suficientemente extendida la cultura escrita como para poder hablar de una mayoría de atenienses que disfrutaran de sus beneficios. En opinión de Brioso no era así, todavía faltaba mucho para eso y más bien hay que hablar, en esta época, del predominio de la antigua cultura oral. Enlazando con este tema de la oralidad, M. Quijada se adentra en la cuestión de la alfabetización como proceso todavía ligado a esa cultura oral en «Oralidad y cultura escrita en Grecia antigua: el testimonio de la comedia archaia» (pp. 41-62). Y más concretamente enfoca el tema desde la literatura, especialmente el teatro del siglo V, centrándose en cómo va construyéndose la identidad del actor en ese paso de la representación puramente oral, momento en que actor y autor solían ser una misma persona, a la planificación previa de la obra escrita por un autor en la comedia o la tragedia. El ateniense de la época, poco dado a las novedades, es reflejado en la comedia como muy reacio a la posesión de libros y al creciente conocimiento que ellos le podían reportar. No obstante, entendemos que ya en las comedias, por alusiones a la lectura de oráculos, decretos, etc., entre los atenienses se iba extendiendo el conocimiento de las letras y la lengua escrita. En cuanto a los trágicos, Esquilo supone lo antiguo de la tradición oral, mientras que Eurípides va dando paso a la penetración de la cultura escrita. En cualquier caso, en opinión de la autora, la hipótesis de la lectura y la existencia de lectores de obras de teatro en número considerable en el último tercio del siglo V a. C. choca con las condiciones de producción y difusión literarias propias de la época: entre los actores deberían circular unas cuantas copias, o incluso para uso privado, pero no podemos pensar que la producción escrita fuera mucho más allá. Un tercer capítulo se dedica, igualmente, a ese crucial momento de la historia de la lectura en el que paulatinamente se estaba pasando de una cultura oral a la obra escrita. M. A. Santamaría en «Dos tipos de profesionales del libro en la Atenas clásica: sofistas y órficos» (pp. 63-81) opta por presentar a esos dos grupos ligados claramente, así lo indican las fuentes clásicas, a los libros. Los sofistas, eruditos, racionalistas y maestros del discurso oral, contribuyeron sin embargo en muy gran medida a la circulación de libros. Al igual que ellos, los órficos, con sus ritos de iniciación y purificaciones privadas, dieron un gran impulso a la escritura, al poner todas sus creencias por escrito en poemas. Fue tal entre ellos la difusión de los libros que se llegó a hablar de religión del libro. No fueron los únicos profesionales ya que igualmente físicos o médicos empezaron a utilizar los libros para difundir sus enseñanzas. Fuera ya de la Grecia continental M. P. de Hoz, en un interesante trabajo de epigrafía, «Escritura y lectura en la Anatolia Interior. Una forma de expresar etnicidad helénica» (pp. 89-107), estudia los distintos recursos literarios que pueden descubrirse en la muy abundante producción de poemas funerarios que se encuentran en Frigia. Recursos poéticos, referencias mitológicas o incluso conocimientos de tipo filosófico, por no hablar de las numerosas alusiones a autores griegos, nos hablan del grado de alfabetización que pudieron llegar a tener las sociedades anatolias del interior. Los testimonios epigráficos estudiados muestran que el texto escrito tenía una función clave en la cultura funeraria y cultual y que su éxito radicaba en que la mayor parte de la comunidad los leía, bien directamente, bien mediante intermediarios. Al mismo tiempo, en opinión de la autora, su estudio abona la idea del auténtico afán de esas sociedades por demostrar, mediante un mayor o menor conocimiento de la lengua griega, la helenidad de Anatolia, esa región lejana que busca su identidad en Emerita LXXIX 1, 2011, pp. 199-223 ISSN 0013-6662 el mundo greco-romano. El ejemplo de la gran inscripción descubierta en Enoanda, la que nos ha legado parte de la filosofía del epicúreo Diógenes, que recorría la vía de entrada a la ciudad y su estoa, y que todos los ciudadanos podían leer, demuestra que el texto escrito era una vía normal de comunicación. Con una referencia a la comedia nueva griega, en la que la lectura y la escritura están ya bien asentadas, S. G. Marín en «La representación de la composición y la lectura en Bacchides» (pp. 109-129) piensa que comparativamente con la comedia de Plauto en Roma el fenómeno de la lectura y la escritura todavía está en una fase bastante incipiente. Las constantes referencias de las comedias plautinas, sus alusiones, chistes y juegos de palabras relativos a las letras y demás actividades relacionadas con textos escritos le llevan a deducir que todavía era algo novedoso. De todas formas, tomando la comedia Bacchides como modelo de comedia en la que es precisamente la escritura la que pone en marcha la obra, la autora se propone revisar la opinión de una gran parte de la crítica que siempre ha visto a Plauto como un autor falto de técnica, desmañado y simple, sin prácticamente elaboración literaria o, al menos, muy por debajo de Terencio. Nos propone una nueva visión del autor que no improvisa sino que planifica y determina sus personajes. En «Género y lectura en las Consolationes de Séneca» (pp. 131-142) Rosario Cortés Tovar observa cómo esas consolationes -aquí se trata de las dedicadas a Marcia y a Helvia-, por su carácter de escrito privado eran un género muy adecuado para la lectura de las nobles y patriotas mujeres romanas. Cree la autora que, más allá de estas obras en las que podían encontrar la exhortación a los studia, las mujeres se debían de interesar por otros textos filosóficos. Probablemente a partir de las consolationes el filósofo supo ver las posibilidades que el género consolatorio ofrecía para iniciar a las mujeres en la lectura de tratados éticos. Lo más normal es que las mujeres se identificaran con estas matronas singulares a las que el filósofo se dirigía y con los ejemplos del pasado que les proponía como modelos. El capítulo «Lectura del texto como compañera de la lectura de imágenes en época latina medieval: momentos didácticos de una analogía» estudia las relaciones y la interacción entre lectura de palabralectura de imagen. Según el autor esa relación jugó un importantísimo papel en los contextos didácticos medievales, con matices propios de cada época medieval: imagen y escritura, sin confundirse, teniendo cada una su modo de expresión estaban, no obstante, íntima y estrechamente trabadas en la Edad Media; como aún lo siguen estando hoy. Volviendo al tema de la oralidad, pero ya no en la antigüedad greco-romana, Pilar Fernández álvarez y Teodoro Manrique Antón desarrollan el tema «El ocaso del recitador de leyes: reflexiones en torno a la oralidad en la cultura islandesa antigua» (pp. 167-179). Nos hablan los autores del cambio radical que se produjo entre los siglos XII y XIII en el aprendizaje y trasmisión de los conocimientos considerados Emerita LXXIX 1, 2011, pp. 199-223 ISSN 0013-6662 útiles por la sociedad en Islandia. Las tradiciones traídas por los noruegos, en el siglo IX, en la colonización de Islandia sobrevivieron en forma oral durante siglos. Y hasta muy entrado el siglo XII la poesía oral siguió jugando un papel decisivo porque fue instrumento funcional del almacenamiento de información cultural y su función fue, en principio, didáctica. En adelante, la progresiva introducción del libro inició en Islandia un proceso de trasformación cultural y mental que llevó incluso a perder las antiguas runas a favor del alfabeto latino, especialmente con la llegada del cristianismo. Con ello se empezaron a perder formas tradicionales, aunque la interacción de esa tradición oral con lo escrito fue realmente larga y perduró después de mucho tiempo en que ya había llegado la escritura. El libro se cierra con un verdadero «broche de oro», el capítulo 10, en el que una de sus editoras, la doctora Martínez Manzano, ha hecho un gran esfuerzo de síntesis, realizando un compendio de las principales directrices y perspectivas del libro de Guglielmo Cavallo Leggere a Bisanzio. La época bizantina recibe una herencia que para ella y para la modernidad posterior es fundamental: esa herencia la hizo receptora y continuadora de la gran época clásica. Y pienso que un libro como el presente, dedicado a la lectura en el mundo antiguo, no podía haber tenido un final más oportuno. Así que quiero desde aquí felicitar a los editores por el tema propuesto para esta nueva monografía de los «Classica Salmanticensia», y a los autores por la calidad de sus distintos temas y, por supuesto, por el interés que tiene no solo para los estudiosos del mundo antiguo, sino para cualquier persona interesada por las raíces clásicas de nuestra cultura occidental.
Relación de libros recibidos durante el primer semestre de 2011 Historia de los monjes egipcios. Introducción, traducción y notas a cargo de dámaris romEro gonzáLEz e israEL mUñoz gaLLartE, Córdoba
LA EDUCACIÓN DE LAS ÉLITES EFESIAS * MARÍA PAZ DE HOZ Universidad de Salamanca El objetivo de este trabajo es estudiar la epigrafía helenística e imperial de Éfeso sobre la institución educativa, analizando sobre todo los siguientes aspectos: etapas de la educación, centros de enseñanza, profesores, otros cargos relacionados con la educación, actividades sociales como fiestas y agones que indirectamente reflejan distintas facetas de la enseñanza, las instituciones del Museo y la biblioteca de Celso. El estudio refleja el alto grado de implicación pública en la educación de los jóvenes, al menos de las clases superiores, y una preocupación especial de la ciudad por la cultura, a diferencia de lo que la ausencia de información literaria sobre el tema y los testimonios epigráficos aislados han llevado a pensar. Palabras-clave: educación griega, gymnásion, cultura, instituciones, epigrafía, Asia Menor, Éfeso Keywords: Greek education, gymnasium, institutions, culture, epigraphy, Asia Minor, Ephesus Casi todos los estudios modernos sobre la educación en la antigüedad griega basados en fuentes epigráficas están dedicados a la época helenística, MARÍA PAZ DE HOZ EM LXXII 1, 2004 1 Cf. M.P. Nilsson (Die hellenistische Schule, Munich 1955, pág. 34ss.) para la idea de que la efebía empezaba entre los griegos a los 15 años, con el comienzo de la pubertad, y no a los 18 como establece H.I. Marrou (Historia de la educación en la antigüedad, Madrid 1985 (trad. del francés de 1971), pág.138s.) basándose en la efebía ateniense. Aparte de este testimonio de Jenofonte de Éfeso en sus Efesíacas, una inscripción funeraria de Esmirna (ISmyrna 552), del s. I d.C., dedicada a un joven de 16 años que acaba de pasar a la categoría de efebo, confirma la idea de Nilsson para Asia Menor imperial. Cf Pleket, Mnemosyne 39 (1986), pág. 555 para la suposición de que la baja edad de los efebos en las ciudades helenísticas y romanas se deba a la participación cada vez más temprana de los hijos de la élite urbana en la política ciudadana. y no es de extrañar, puesto que a ésta pertenecen los textos más llamativos, que proporcionan valiosa información sobre los maestros, salarios, asignaturas etc., como las fundaciones de Eudemo de Mileto o Politro de Teos, la ley gimnasiástica de Berea, o algunas listas de vencedores en las špideíceij o pruebas escolares. Los testimonios para la educación en las grandes ciudades del oriente romano resultan mucho más parcos en comparación. Sin embargo, un estudio conjunto de la información sobre este aspecto a través de las fuentes epigráficas puede revelar un panorama muy diferente del que se obtiene a primera vista, y ser precisamente la escasez y dispersión de la información indicio de una base educativa bastante sólida. Para obtener conclusiones fiables y una visión general coherente del panorama educativo imperial es necesario estudiar en conjunto el material epigráfico sobre este tema en las distintas ciudades y Éfeso es, por su calidad de metropolis y capital de Asia, y por la gran cantidad de material epigráfico que ha proporcionado, una buena ciudad para empezar un estudio sistemático. En la Éfeso del s. II d.C., época de la que data la mayor parte de la información epigráfica, vivió el joven Habrócomes, protagonista de la novela de Jenofonte de Éfeso Las Efesiacas. Cuando comenzaron sus aventuras era un efebo de unos 16 años, y un efebo sobresaliente en el que «florecían la belleza absoluta del cuerpo y todas las virtudes del alma, pues se ejercitaba en todo tipo de educación y practicaba las más variadas artes» (I 1.2). No sabemos nada de la educación que debió recibir Habrócomes en su tierna infancia, posiblemente privada en su casa, ya que pertenecía a una familia distinguida, pero sin duda en algún momento entre los 7 y 14 años empezó la enseñanza secundaria en la categoría de paîj 1. No hay ningún testimonio de escuelas públicas en las que se impartiera esta enseñanza y es muy probable que los paîdej acudieran al gumnásion como los efebos, siguiendo una tradi-2 El rey Eumenes aparece a menudo asociado con los dioses del gymnásion, como es frecuente entre los soberanos helenísticos (v. Para las fuentes literarias que atestiguan la existencia de un gymnásion helenístico en Éfeso (Jenofonte [Hell. 3 Una inscripción (1128) fechada en este año gracias a la mención del cónsul atestigua el primer gimnasiarco. Cf. no 461, encontrada en la pared de la sala del gumnásion del puerto. Probablemente en este gimnasio estaba hablando Apolonio de Tiana a la ciudad de Éfeso cuando tuvo la visión del asesinato de Domiciano en el 96 d.C. (Philostr., VA 8.26). 5 Para la identificación del gimnasio con el Sebastón cf. Malalas (p. 200 Bonn), según el cual Antonino Pío construyó los baños en distintas ciudades de Asia Menor, entre ellas Éfeso de Asia, y les puso su nombre. Al sur de las termas de Vario podría haber existido una palestra, lo que convertiría estas termas en un gumnásion más de la ciudad. Éste y no el oriental sería entonces, por su situación, el gumnásion "alto" (ƒnw gumnásion: 661, 839). Sobre los gumnásia de Éfeso v. La Torre, ÖJh 70, 2001, pp. 221-244. sobre el de Vedio. ción atestiguada en el s. II a.C., donde la dedicación a [Hermes], Heracles y el rey Eumenes II de una lista de vencedores en pruebas escolares de paîdej (1101) hace pensar en la existencia de un gumnásion donado por este rey a Éfeso, como hizo por ejemplo en Mileto 2. Habrócomes seguramente asistió como paîj y luego como efebo al gumnásion del puerto o'rxaîon (1618), con sus termas, palestra y la gran peridromíj rodeada de una colonada (custoí) y construido en época de Domiciano, antes del 92 d.C. 3, aunque por lo menos desde el 105 ya estaba en construcción el kainòn gumnásion en el templo de Ártemis. La existencia de un gumnásion en un santuario es una novedad y hasta hace poco el kainón (3066, del 105 d.C.) se identificaba con el del teatro, pero una inscripción fechada por el špimelhtÈj prÔtoj šleoqesíaj tÊj šn tÔ7 kainÔ7 gumnasíw7 šn tÔ7 ¶erÔ7 tÊj 9Artémidoj (938, cf. 938A) parece no dejar lugar a dudas 4. Los niños de finales del siglo tenían muchas más posibilidades, pues la expansión constructiva tan bien conocida en las ciudades minorasiáticas del s. II había llevado a la existencia por lo menos de tres gumnásia más: el de Vedio o sebastón (633, 661), junto al estadio, construido en época de Antonino Pío 5; el oriental, situado junto a la puerta de Magnesia y donado por el sofista Damiano; y el del teatro, ambos de finales del siglo 6. Lo que no sabemos es si los paîdej y efebos podían Para no 702 y 1587 cf. Oliver, Sacred gerusia, p. 9 Para la relación de la gimnasiarquía de la diosa con el gumnásion del templo v. Fontani, ob. cit. La inscripción 3066, encontrada en el agora y fechable en el 105 d.C., aparte de mencionar esta gimnasiarquía, alude a la contribución para la construcción de este nuevo gumnásion. Además hay otra inscripción procedente del área del Artemision, del 115-6 d.C. realmente elegir entre todos ellos para recibir su educación, o si existía una distribución según edades, como parece que se da en otras ciudades, y sólo la existencia de un gimnasiarco de los néoi (6, 1102, ambos de época helenística), uno de los presbúteroi (702) y uno de la filosébastoj gerousía (442, 1587; ÖJh. 116s., no 8 y 9) podría, aunque no necesariamente en los dos últimos tipos dado el carácter principalmente litúrgico de este cargo en época imperial, estar relacionada con gumnásia especiales para presbúteroi y néoi 7. Cuando se especifica la función del gimnasiarco se trata casi siempre del suministro de aceite (šlaioqesía), y en algún caso de la participación en la construcción de algún elemento del gumnásion (661, 3066) o la financiación de espectáculos (702). Sólo en los dos testimonios mencionados de gumnasiárxoi de los néoi, ambos de época helenística, podemos suponer una función realmente educativa de este cargo, sobre todo en el caso de Diodoro Mentoros (6), que recibe una dedicación honorífica en el s. II a.C. por encargarse, además de de la šlaioqesía, del buen comportamiento de los néoi, de su sentido del respeto y humildad y de su buena condición física y mental, y de prepararles para adquirir la fama y gloria propia del gumnásion. La gimnasiarquía perpetua nació, según atestigua la numismática, como donación de Domiciano para el gumnásion del puerto 8. Los testimonios demuestran que en general era el Artemision el que sufragaba los gastos de esta gimnasiarquía y que ésta estaba relacionada, al menos en algunos casos, con el llamado kainòn gumnásion, que como ya hemos señalado se encuentra en el templo según una inscripción 9. Pero existen ciertos problemas de difí (1500), en la que dos gimnasiarcos de dicha gimnasiarquía aparecen como epónimos en la dedicación de una estatua a Trajano, y en la que muy probablemente se pueda suplir "templo" en gumnasiarxoúntw [ cil solución, empezando por el de la existencia de un gumnásion en un templo, para la que no hay ninguna huella arqueológica ni paralelo. Pero además, si se cotejan la inscripción publicada por Engelmann y la no 1143, ambas halladas en la calle del puerto y con un listado de diversas gimnasiarquías de la diosa y de los efebarcos y nearcos en la primera inscripción y de nearcos en la segunda relacionados con dichas gimnasiarquías, destaca el hecho de que el nearco de la decimocuarta gimnasiarquía (la única bien conservada a la vez en las dos inscripciones), no coincide. ¿Podemos pensar en una nueva gimnasiarquía que comienza con la construcción del nuevo gumnásion? La a±Ónioj gumnasiarxía tò j ́, es decir, por sexta vez, de la inscripción del 115-6 d.C. hallada en el templo (no 1500) ¿hace referencia a la sexta gimnasiarquía en esta segunda fase, atestiguando quizá la puesta en marcha del nuevo gumnásion en el 109-110 d.C., o se refiere a la sexta vez que detentan el cargo los dos gimnasiarcos mencionados? Por otra parte, la mención de un sacerdote de los efe[bos?] y gimnasiarco (836), y de un sacerdote que se encarga de la [paidi]à šfhbiká (1145) 10 hacen pensar en una relación especialmente estrecha de los efebos y néoi con el templo. Gimnasiarcos de Ártemis están atestiguados también en época de Antonino Pío (1041) y en época de Cómodo (1061), en este último caso como epónimo en listas de kourétej, lo que hace muy probable su relación con este supuesto gumnásion del templo. En las Efesiacas (I 5. 2-3), Jenofonte de Éfeso dice que, después de haberse visto los dos jóvenes en la procesión, Habrócomes volvió a sus ejercicios acostumbrados y Antía a celebrar el culto de la diosa como solía y que eso ocurrió durante mucho tiempo, y más adelante añade que se pasaban el día en el templo de la diosa contemplándose el uno al otro. ¿Quiere eso decir que Habrócomes iba diariamente a hacer sus ejercicios a ese supuesto gumnásion del templo? Si todavía existían en su época, Habrócomes pasaría por las dos fases en las que, al menos en el s. II a.C. (1101), se dividía la etapa de paîj en Éfeso: la de los neÓteroi y la de los presbúteroi 11. Quizá fuese normal que algu- nos neÓteroi pasaran directamente a formar parte de los efebos, como le ocurrió a Nicolás (1144: Neikoláij neÓteroj sunefÉboij'potacámenoj pa[îj?] ---) 12. Siendo ya efebo, a los 15 o 16 años 13, Habrócomes sin duda participó, como era normal entre los efebos de todas las ciudades, en muchos actos sociales importantes. El canto de los himnos al emperador había sido adjudicado por Claudio a los efebos ca. «A éstos -dice -se ajusta especialmente esta leitourgía debido a su edad, su dignidad y su disposición para aprender» (17, l.55). Por eso, cuando Adriano visitó la ciudad, Habrócomes le cantó himnos en el teatro con sus compañeros (1145) 14. También participó durante sus años de efebo en la gran procesión que iba de la ciudad al templo con motivo de la gran fiesta de Ártemis, en la que conoció, entre las doncellas que precedían la comitiva de los efebos, a su futura mujer Antía (Efesíacas, I 2.2ss.). El papel de los efebos en la vida social y religiosa de la ciudad queda reflejado en la famosa fundación de Vibius Salutaris (27), del 104 d.C., quizá el testimonio más interesante sobre los paîdej y efebos de Éfeso. A estos jóvenes y los paidonómoi y efebarcos a su cargo estaba dedicada la donación, junto con Ártemis, el pueblo, la boulÉ, la gerousía, las seis fúlai de Éfeso y los qeológoi, ×mnodoí, neopoioí y skeptoúxoi. El texto, estudiado con detalle por G.M. Rogers 15, demuestra que paîdej y efebos, sobre todo los últimos, eran considerados dos de los representantes principales de la población. De las nueve estatuas de la diosa que dedica Salutaris, una, a imagen de las que ya existen en las exedras efébicas, está dedicada a los efebos, y de las otras 20 estatuas una representa a la efebía. También los paîdej, aunque en un añadido posterior, reciben una estatua de Atenea Pammousos para que sea colocada en su bloque del teatro. Las bases de las esta-16 Cf. Rogers, ob. cit., cuadro en p. Aunque el autor no justifica el número, parece claro que se deduce a partir de las cantidades señaladas en la donación para paîdej y paidonómoi, si se tiene en cuenta que por ases se entiende unas monedas de plata que equivalen a una decimoctava parte del denario (cf. ob. cit., p. En un caso el paidonómoj es newpoiój, además de boulárxhj, strathgój, grammateúj, etc. (SEG 34.1103), y en otro, además de desempeñar otros cargos, también fue efebarco (SEG 34.1093). tuas de los efebos y la de Atenea se conservan todavía, la primera dedicada a los efebos y a Ártemis (no 34), la segunda a los paîdej, paidonómoi y paideutaí (no 33). Además un porcentaje alto de los intereses de la fundación estaban destinados a ser distribuidos entre 250 efebos, y uno más bajo entre 49 paîdej (63 en un añadido posterior según la lectura de Rogers) en el día del cumpleaños de la diosa. A cambio, los efebos tenían que acompañar a las estatuas de la diosa parte del recorrido cuando eran llevadas del templo al teatro en ocasión de las asambleas o agones. A juzgar por esta inscripción, todos los efebos de cada año estaban a cargo de un solo efebarco, lo que confirman otros testimonios (1550), los paîdej en cambio a cargo de varios paidonómoi. Si como cree Keil, los cinco paidonómoi atestiguados en la dedicación de Eumenes del s. II a.C. están relacionados con las cinco tribus existentes entonces en la ciudad, la costumbre debió de cambiar, pues parece que en época de Salutaris, en que el número de tribus había aumentado a seis, los paidonómoi eran 7 16. No tenemos información sobre el papel de los efebarcos. Su relación en algunos casos con el cargo de'goranómoj (3014, 3016, 936B) o con cargos cultuales (965, 1579) como ocurre con los gimnasiarcos, y el hecho de que proporcionen aceite a los gumnásia (3014) hace pensar que el cargo evoluciona hacia una leitourgía y tiende a confundirse con el de gimnasiarco. Su papel en la celebración del cumpleaños de la diosa está atestiguado, además de en la inscripción de Salutaris, en otra donde figura junto al'gwnoqéthj y los efebos (1151) 17. De las funciones de los paidonómoi efesios tampoco tenemos ninguna huella. Sólo sabemos que pertenecían a la élite efesia a juzgar por otros cargos que desempeñaban 18. En Mileto, un testimonio de una mujer paidonómoj (Milet I 7. 265) hace pensar en un cargo de tipo litúrgico, pero a la vez, un testimonio de Iasos (IIasos 99) y otro de Milasa (IMyasa II 909) apuntan la posibilidad de que todavía los paidonómoi de Éfeso se encargasen no sólo Se trata de una dedicación de los néoi a Domitia Sebasté, fechable gracias a la mención de P.Calvisio Ruso, bien conocido en la prosopografía efesia. Cf de los agones, ƒqla y qeoríai, sino también de la'gwgÉ y paideía de los paîdej. Por desgracia no conocemos los nombres de los compañeros de Habrócomes, pues las listas efébicas conservadas (899, 903, 905A, probables; 904 A, la única segura) datan del s. I a.C. A partir de aquí tenemos que imaginarnos lo que hubiese sido de Habrócomes si la vida no le hubiese deparado un derrotero tan complicado, o quizá lo que fue de él después de esa larga interrupción. En primer lugar tendremos que preguntarnos si pasó a la categoría de néoj, y con esta pregunta nos enfrentamos a un problema. Al parecer, el más tardío data del 92-3 d.C. 19, y no son mencionados en la fundación de Salutaris aunque según Estrabón (XIV 1.20) destacaban en los banquetes que se celebraban en la fiesta anual de la diosa en Ortigia. Por otra parte existe una lista de nearcos y otra de nearcos y efebarcos fechados mediante diversas gimnasiarquías de la diosa (1143, ÖJh 69, 2000, p. 84, no 17) a comienzos del s. II, y el nombre de un nearco figura junto al de un efebarco en la inscripción sobre los efebos que cantan himnos a Adriano (1145). El término, nuevo como nombre común, se deja entender fácilmente a partir del de efebarco pero implica lógicamente la existencia de néoi ¿Por qué no hay testimonios de néoi en esta época? Diversos testimonios minorasiáticos nos hacen pensar que amenudo néoi y efebos no estaban separados en la práctica. En Éfeso imperial no parece que hubiera gumnásia diferentes para los dos grupos; en un poema funerario los sunefÉboi lloran a un joven muerto a los 21 años (edad que corresponde a la categoría de néoj) porque tiene que abandonar la téxnh y sofía 20. Las instituciones educativas y los términos no eran comunes a todas las ciudades y tampoco fijos en cada una. Es posible que en Éfeso se generalizase el término efebo para referirse a ambos grupos a la vez. Parece que un aspecto en el que sí tenían funciones diferentes era el religio-21 Un testimonio muy fragmentario y por tanto dudoso de néoi es la inscripción 1992. Rogers (ob. cit., pág. 69) explica la ausencia de los néoi en la donación de Salutaris, igual que la de muchos cargos cultuales importantes, basándose en su interpretación de la donación como un acto principalmente educativo, no dirigida por tanto a los que ya habían sido educados previamente y ya estaban iniciados en las fiestas de la diosa. En la carta de Caracalla a Éfeso en la que alude a uno de los embajadores de la ciudad, el orador Elio Antípatro, como amigo y didáskaloj suyo (2026), el término probablemente tenga el sentido amplio de preceptor (sobre este orador v. VS 2 24, 25.4; G.W. Bowersock, Greek sophists in the Roman Empire, Oxford 1969) y quizá tenga la misma acepción en el caso de L. Ouetios Seoueros, el didáskaloj del famoso cónsul Manio Aquilio Glabrio del s. II (611; cf. R. Merkelbach, ZPE 7 (1971), p. 43s. para el cónsul, llamado so-fistÉj por Elio Arístides). Sekoundinos de Tralles, el didáskaloj del filósofo platónico Koilos Markellinos (4340), era probablemente un maestro de filosofía o retórica que, como era frecuente, se había ido a otra ciudad a abrir su escuela. Cf. un decreto honorífico milesio de época antonina dedicado a un didáskaloj por su ocupación de los eÐgeneîj paîdej (Milet I 7. P. Herrmann (Milet VI 1, Nachtrag zu I 7, no 25, pp. 203-6) considera la posibilidad de que se mencione en el texto algún tema de sus clases o de una conferencia u obra literaria, lo que hace pensar que quizá se tratara de un grammatikój. so, y curiosamente los testimonios de nearcos que tenemos están relacionados con la gimnasiarquía de la diosa Ártemis, aunque en inscripciones procedentes de la calle del puerto, es decir, probablemente del gumnásion del puerto y no del supuesto gumnásion del templo 21. De la educación intelectual que recibió Habrócomes tenemos una huella en las exedras que se encuentran en casi todos los gumnásia en un lado de la palestra, enfrente de la exedra de culto al emperador. Sin embargo no hay ni un solo testimonio epigráfico sobre el tipo de enseñanzas que se impartían, sobre las clases regulares, conferencias, posibles profesores de paso. Los términos sxolÉ y'króasij no aparecen ni una sola vez en los documentos de Éfeso (sólo sxolázw en un epitafio). Si se mantenía la tradición helenística, Habrócomes recibió clases de educación física, dibujo, música y gramática mientras perteneció a la categoría de paîj, y además participó en las pruebas o špideíceij en las que alumnos y maestros demostraban sus cualidades (1101). Para imaginar lo que aprendió, veamos en primer lugar los testimonios sobre maestros. El término didáskaloj es vago en exceso y por tanto de información poco valiosa 22. Un sentido ligeramente más concreto tiene el término paideutÉj, que en la lista de vencedores de pruebas para los paîdej de época helenística (1101) abarca a los paidotríbai, grammatikoí, zwgráfoi y mousikoí. El decreto (cf. Suet., Diu. Aug. 42) lo cita el propio Bringmann (ob. cit., p. Por otra parte Antonino Pío, en su carta al Koinon de Asia (Dig. 27.1.6), habla de la limitación de la exención de impuestos a un número determinado de médicos, sofistas y grammatikoí según el tamaño de las ciudades, pero en un caso sustituye estos términos por los de qerapeúontej para los médicos y paideúontej ¡katéran paideían para los gramáticos y sofistas. Tenemos ejemplos de privilegios concedidos a ±atroí y paideutaí en decretos de Curiosamente en las inscripciones aparecen los paideutaì perì tò Mouseîon pero los el término también haga referencia a todos los maestros de los paîdej en la base de la estatua de Atenea Pammousos que Fabio Salutaris dona a la ciudad en el 104 d.C., dedicada a Ártemis, a los paîdej, paidonómoi y paideutaí, que corresponden a los puerii, paedonomii y paedeutae de la versión latina que precede a la griega (33). En las otras cuatro inscripciones de Éfeso en que se menciona el término, éste está asociado al de sofistaí en un edicto muy mutilado del gumnásion del teatro que parece ocuparse de los derechos de estos dos colectivos (216) y en la inscripción del Museo en la que se conceden diversos privilegios a sofistaí, paideutaí e ±atroí (4101), que data de época de Trajano pero que según Bringmann sería una traducción de un texto latino de época del segundo triunvirato, en el que se hablaría de grammatici et rhetores 23. Según la interpretación de este autor, el término paideutaí designaría en esta época a los grammatikoí. Aparte de la ausencia de paralelos para esta acepción tan restringida, sería raro que un griego tradujera el latín grammatici con un término distinto de grammatikój, el técnico y de origen griego para designar a los profesores de lengua y literatura. Para traducir el término griego paideutaí en latín del s. II d.C. se utilizaba paedeutae como se puede ver en la inscripción no 33 del 104 d.C. ¿No sería más lógico que paideutaí, de ser realmente una traducción del latín, tradujera un término como praeceptor, que aparece por ejemplo en un decreto de Augusto del año 6 a.C. en el que a causa del hambre que asola la ciudad obliga a todos los extranjeros y otros grupos a salir de Roma, eximiendo de esta orden expresamente a los medici et praeceptores? 24 En Éfeso los paideutaí se agrupaban, igual que los médicos, en un colegio asociado al Museo (o ¶ perì tò Mouseîon paideutaí) atestiguado por dos inscripciones de época romana (2065, 3068) 25. ¿Los médicos sólo enseñan en el Mousion y los paideutaí en cambio en otras instituciones de la ciudad, quizá también en el Museo? La aplicación del término paideutaí a los profesores de enseñanza superior la confirma su relación con los efebos y néoi, además de los paîdej, por ejemplo en Iulia Gordos (ya en el s. I a.C.), Pérgamo y Gallipoli en los Dardanelos, o con efebos y paîdej en la zona del Caico, o sólo con los efebos en Milasa o con los néoi en Esmirna (J. y L. Robert, Hellenica VI, París, 1948, p. Con el término genérico de paideutaí son denominados los funcionarios (no sólo profesores) de los gymnásia atenienses en época helenística (IG II/III 2 1.1039-43). También son denominados paideutaí en general los profesores del gumnásion de Priene (I Priene 112, 110ss.). Cox, Cameron y Cullen (MAMA IX 477), para quienes el término parece cubrir, además de la profesión de maestro, las más especializadas de grammatikój y ßÉtwr. 206s.) entiende por paideutaí todos los profesores, tanto los de educación física como los de letras ¿Será por iniciativa de los paideutaí de educación física por lo que la agrupación mencionada del Museo dedica una inscripción a una lampadárxhj de la diosa (3068)? deutaí eran probablemente todos los profesores de paîdej y efebos, incluidos los de educación física, como ocurría ya en época helenística (1101) 26. Es posible que el texto fuese una traducción de un texto latino anterior, como opina Bringmann, y que los cambios terminológicos e incluso institucionales planteasen ciertos problemas. Posiblemente la mención de sofistaí se debiese a un deseo de traducir expresamente rhetores del latín, o quizá a que los sofistas no estaban incluidos entre el resto de los paideutaí en Éfeso, a pesar de que no esté atestiguada una asociación específica de sofistas en relación con el Museo. Habrócomes recibió clases de un grammatikój, aunque probablemente, por razones cronológicas, no del único atestiguado epigráficamente con toda seguridad en Éfeso imperial, Isidoro hijo de Isidoro (956a), que tenía el privilegio de ser uno de los cinco grammatikoí que disfrutaban de la exención de la leitourgía en las grandes ciudades desde que Antonino Pío (138-161 d.C.) puso límites a la concesión de este privilegio 27. El único otro posible EM LXXII 1, 2004 Menandrou y su hijo de igual nombre, ambos asiarcas (3062) y el famoso Ti. Phlaouianós Dionysios, de origen milesio que muere en época de Adriano (426, 3047; cf. Philostr., VS I 22; Bowersock, ob. cit. en n. 39 Sobre este famoso sofista de época de Adriano, oriundo de Mileto pero que ejerció la última parte de su carrera en Éfeso, donde murió, v. La importancia del aspecto moral es un elemento común a todas las escuelas filosóficas, pero por otra parte son frecuentes, sobre todo referidas a artistas, palabras sobre su destacada técnica y comportamiento en la vida (v. ejemplos en Nollé, ob. cit., p. Para numerosos testimonios epigráficos de filósofos platónicos, varios de ellos así denominados expresamente, y otros de demos a uno de ellos, el famoso Ti. Phlaouianós Dionysios (3047), éste aparece como rétor y sofista, quizá para destacar su doble faceta de orador además de profesor de retórica 39. De los atestiguados sólo como rétores en las inscripciones no habla Filóstrato en sus Vidas de los sofistas, sí en cambio de Dionysios, Lollianos y Soteros, sofistas según la epigrafía. Habrócomes pudo recibir clases de un sofista en una escuela privada, cuyo funcionamiento quizá fuera parecido al de la escuela del sofista Proclo en Atenas que nos describe Filóstrato (VS 2.21), pero no podemos descartar la posibilidad de que el Museo fuese un centro de enseñanza 40. La importancia de Éfeso como centro de retórica puede verse en las procedencias de los alumnos que asistieron a las clases de Sotero. No sabemos a qué edad empezaría un joven su enseñanza superior, sólo tenemos el testimonio de un efesio que murió en Lesbos en el s. I d.C. a los 20 años, que desde hacía poco aprendía ßhtorikÊj oerga (2101). Pero Habrócomes pudo inclinarse por la filosofía, o posiblemente estudiarla además de retórica, y pudo elegir entre las principales escuelas filosóficas del momento. Al menos existen testimonios en Éfeso de un filósofo ecléctico procedente de Alejandría (789), un filósofo peripatético (616) y dos filósofos platónicos, uno de ellos, Sekoundinos, procedente de Tralles (4340) y otro el famoso Ophellios Laitos (3901), al que se le dedica una estatua en la que se alaba su técnica (špideicámenon lógwn kaì ¤qÔn pâ[san]'retÉn) y un dístico igual al que recibe en una inscripción de Atenas (IG II 2 3816), por el que se le considera el mejor filósofo platónico: «si como dice Pitágoras, el alma pasa a otro, en tí, Laitoe, vive Platón, de nuevo liberado», versos que proceden de una larga tradición literaria 41. Un fragmento recien Bitinia que murió en Éfeso a los 20 años no se le llama filólogo, pero se dice de él que llevaba estudiando (sxolázw) lógoi más de cinco años (1627). El término lógoi debe tener aquí el mismo sentido general que su correspondiente en el compuesto filólogoj. Ya hemos visto que Habrócomes participaba en algunos actos sociales importantes de la ciudad, pero no hemos hablado de los numerosos agones en los que pudo competir ya desde que pertenecía a los paîdej. Los testimonios de estos agones, sin estar directamente relacionados con el sistema educativo, proporcionan una valiosa información por la infraestructura cultural que reflejan. Aunque la mayoría hacen referencia a pruebas físicas (agones gumnikoí), también nos hablan de numerosos agones de tipo artístico: musical, escénico y literario (musikoí). La importancia de los agones como reflejo de la cultura de las ciudades ya ha sido puesta en relieve en los libros de Wörrle y Ziegler 48. Además de participar en agones gumnikoí, Habrócomes intervino en algunas de las pruebas que incluían los agones musikoí. Al menos en la fundación de Demóstenes de Oinoanda, cuyo programa, aunque más reducido, coincide en líneas generales con el de los Lisimaqueia de Afrodisias, estos agones seguían un orden de importancia de menor a mayor a juzgar por la calidad de los premios y el momento de la fiesta en que tienen lugar 49. Después de los salpiktaí 50 y los kÉrukej, figuran en los Demostheneía los logikoí šgkwmiográfoi y los poietaí, es decir, los autores de encomios en prosa y verso. En Éfeso existía una prueba encomiográfica en los Megala Artemisia (1104A). La composición de encomios era uno de los primeros y más importantes ejercicios que se hacían en las escuelas de retórica y ya incluso con los grammatikoí en la enseñanza secundaria. Se sabe que muchos rétores famosos seguían componiendo encomios como obras literarias 51. Athenaios, quizá el rétor de la inscripción 3057. Para los problemas de que sea periodoníkhj siendo victorioso sólo en competiciones de la provincia de Asia v. comentario correspondiente en IEphesos. 54 L. Robert, R.Phil., 1930, pp. 54 ss. (=OMS II, Amsterdam, 1969, pp. 1154s.), que presenta testimonios de la categoría de paîdej en agones musicales sobre todo de citarodos, y afirma que los aÐlhtaí apenas están atestiguados. 55 L. Robert (REG 79, 1966, pp. 752s.) considera que no atestiguan la existencia de agones específicos para paîdej, sino la presencia de niños desempeñando papeles de niños en agones generales de tragedia y de comedia, aunque cf. id., Bull.Épigr., 1971, no 307, referido a testimonios similares de Corinto. Una inscripción recientemente publicada, escrita por un rétor un poco alambicado, parece testimoniar, si la interpretación de Debrunner Hall es correcta, además de un ejemplo de enseñanza retórica, la existencia de un festival público celebrado regularmente y llamado por el autor ¡ortÈ toû bÉmatoj, en el que este rétor debió ganar con un encomio a la ciudad 52. Un [ßÉt]wr periodoníkej (4114) atestigua una prueba similar además de en los Artemisia, en los Ephesia, Barbilleia y Hadrianeia, todos ellos festivales agonísticos de Éfeso 53. También había en Éfeso agones musicales (1618) y, más concretamente, pruebas de aÐlhtaì puqikoí (1149 y 1137, que atestiguan el mismo aÐlhtÉj, Tit. Según el comentario de IEphesos, el término pítico implica que es un agón para paîdej entre 12 y 14 años, pero según L. Robert, los puqikoí o puqaúlai son solistas frente a los kúklioi aÐlhtaí o xoraúlai, que son flautistas con coro 54. A los agones musicales seguían en importancia los escénicos, primero de comedia, atestiguados en los Megala Artemisia en el s. II d.C. (1606, cf. 1147), y luego de tragedia (3814: s. III). Los agones de citarodos, al parecer los más importantes, están atestiguados en los Megala ( ¶erà e±selastiká) Ephesia ca. En Éfeso había incluso agones médicos que se celebraban regularmente en los Megala Asklepieia con pruebas de cirugía, instrumental, tesis y problema (1116, 1162 y add. 58 Éste aventaja a todos en su šnpeiría tÔn lógwn y en la capacidad de transmisión de su ciencia. Destaca igualmente su ¥qoj considerándole el más indicado para ocuparse de un joven, y señala que es evidente para todos que los kalokagaqoí por naturaleza de entre los jóvenes ambicionan tàj'gwgàj tÔn špistatÔn. Lifshitz (ZPE 6, 1970, pp. 57-60) considera el término traducción del latín officina, que aparece a menudo en Cicerón en el sentido de "escuela de rétores" y que en Libanio (Or. 60 Al evergetes Herakleides Didymos, posiblemente un paideutÉj, por su perì pánta'retÉn, su eÐsebeía hacia Artemis y su šn maqÉmati dúnamin kaì pístin y su eÐnoía hacia el pueblo (683A); al neocoro Gn. Kouarteinos por su eÐnoía hacia el pueblo y por su šn paideía7 dóca (710); a M. Ant. Aristides Euandres probablemente (?), ×mnwdój, grammateúj,'goranómoj etc. ¥qouj kaì paideíaj ¢neken (742). nado que los médicos formaban un colegio con sede en el Museo y disfrutaban de las mismas prerrogativas que los sofistas y los demás paideutaí. Son numerosas las pruebas de que Habrócomes vivía en una ciudad preocupada por la cultura. A finales del s. II a.C. la ciudad decreta una dedicación honorífica (5) a los astipaleos por haber vencido a los piratas que habían invadido la zona de Pygela, perteneciente a Éfeso, y haber acogido en sus casas a los niños raptados preocupándose de su educación ('gwgÈ kaì paideía). Un siglo más tarde, Átalo II de Pérgamo mandó llamar a un efesio para que se encargara de la educación de su sobrino, el futuro Átalo III, y en una carta que escribe a los efesios alaba las virtudes del educador 58, y en el s. III d.C., en una carta (212) que envía a los efesios y que ha sido encontrada en el gumnásion del teatro, Iulia Domna desea que sean beneficiarias de actos evergéticos de su hijo Caracalla a todas las ciudades y pueblos, pero especialmente a Éfeso por ser, entre otras cosas, paid[agwgeîon] (o paid[eutÉrion]) para los que desde toda partes acuden a su šrgastÉrion, palabra que parece tener el sentido de 'escuela' 59. No son pocos los efesios que reciben dedicaciones honoríficas por haber promovido de una manera u otra la educación 60. En un caso los ciudadanos se alegran de que Ártemis les haya proporcionado una prútanij sofÉ, que ofreció a la población espectáculos escénicos y musicales 61. Además de los docentes y vencedores en agones mencionados, también hay testimonios de profesionales que dedican su vida a la cultura, como poetas (1136, 1149, 3067a), un tañedor de syrinx (al que dedica una inscripción 62 L. Robert, «Le Musée de Smyrne», Études anatoliennes, París, 1937, pp.146-8, con testimonios de Museos en otras ciudades. 63 Para los testimonios epigráficos de la Biblioteca v. IEphesos VII 2, pp. 515ss.; para un estudio más arqueológico, v. H. Engelmann, «Celsusbibliothek und Auditorium in Ephe-funeraria su auletés, con una representación de un hombre sentado tocando el instrumento: 1672), actores clásicos y de mimo representados en dibujos para funciones teatrales y de mimo (2091-2093), y son numerosas las inscripciones funerarias que, sin hablar de instituciones concretas, reflejan el valor que se daba en la ciudad a la cultura, a la sabiduría, a tener experiencia en el mundo de las Musas, como reflejan la frecuente aparición de términos como paideía, lógoi, špistÉmh, didáskein, sofój, sofía. La institución del Museo, en torno a la que se asociaban maestros y médicos, y la famosa biblioteca de Celso sin duda jugaron su papel y a la vez son reflejo de la cultura de la ciudad. El edificio del Museo está atestiguado epigráficamente por una estatua honorífica dedicada en la primera mitad del s. II d.C. a Ga. El Museo de Alejandría parece haber servido de modelo para la creación de una institución de igual nombre en varias ciudades, y son frecuentes los testimonios de filósofos, literatos o médicos'pò Mouseíou. Ya hemos visto que esta designación reciben en Éfeso los colegios de médicos y, con una pequeña variante, los de paideutaí (que quizá incluyan a sofistas y filósofos). No se sabe sin embargo nada de las funciones que tenía realmente la institución, si era un lugar de enseñanza o de reuniones, o centro de trabajo de los profesionales, o simplemente una sede de los distintos colegios. El paralelo del Museo de Esmirna, que como ha demostrado Robert, estaba centrado en la faceta jurídica y servía además de archivo de la ciudad, nos hace pensar en una especialización similar en Éfeso 62. Aparte de los numerosos testimonios de o ¶'pò toû Mouseíou ±atroí (1162: ép. Antonino Pío; 2304, 4104A), que formaban el sunédrion tò perì tò Mouseîon como demuestra una inscripción de la aldea de Boniton en el territorio de Éfeso (3239), tenemos los testimonios de los agones médicos ya mencionados, cuyos concursantes pertenecen a dicho synédrion, a juzgar por otra inscripción (1162). Sin duda relacionada con la educación está la famosa biblioteca llamada de Celso que el hijo de éste, Ti. Ioulios Akylas hizo construir en honor a su padre, el cónsul y luego procónsul Ti. inscripciones, grabada en un sillar de la fachada del edificio, que atestigua la donación, además de la construcción con todo el ornamento, de un dinero para la compra de libros. Los intereses servirían para comprar libros nuevos y para pagar a los bibliotecarios 64. Parece que la biblioteca tenía cabida en su sala de lectura para 12.000 volúmenes. Es significativo que varias otras inscripciones efesias, algunas por desgracia muy lagunosas, hagan mención de libros (22, 964, 5114). El intento de reconstrucción de la educación en la Éfeso antigua revela inmensas lagunas en la información y deja muchas cuestiones sin resolver: algunas de tipo léxico y muchas de tipo institucional, pero creo que revela la existencia de una educación pública para los jóvenes por lo menos desde los 12 o 14 años, en el gumnásion y quizá en otro tipo de escuelas, y una preocupación constante de la ciudad por sus paîdej y efebos. La existencia de pruebas agonísticas en las distintas ramas artísticas, en muchos casos para los paîdej, demuestra que se seguía dedicando una atención especial, quizá más que antes, a la música y literatura. Los testimonios demuestran que los docentes y encargados de la educación, al menos secundaria y superior, pertenecen a menudo a las clases más altas y reciben honores especiales de su ciudad o incluso del emperador mediante la concesión de privilegios y ayudas económicas. La ausencia de más información y sobre todo de información más concreta no debe verse como un síntoma de la ausencia de un sistema educativo. En Éfeso sólo está atestiguado un grammatikój y sin embargo sabemos por la ley de Antonino Pío ya mencionada que había más de cinco en las ciudades grandes. Posiblemente en esta época el sistema estaba más o menos estabilizado en ciudades con una larga tradición griega, como las jonias, lo que explicaría que haya más información concreta interesante en ciudades de Licia o Cilicia, como la hubo en general en la época helenística. Por otra parte, tampoco podemos esperar que las artes y las letras estuvieran en boca de todos y protagonizaran los actos sociales de las ciudades. Si dentro de unos siglos intentan reconstruir nuestro sistema educativo mediante telediarios o periódicos actuales, llegarían a la conclusión de que nuestra educación es fundamentalmente deportiva. Mucho más difícil es la respuesta a cómo habría sido educado Habrócomes si hubiese sido hijo de un jornalero o alguien de profesión semejante. Es posible que para un niño de clase muy humilde el acceso a la educación sí fuese más difícil en este mundo grecorromano claramente elitista que en la alta edad helenística, pero en cualquier caso, los asuntos de las clases humildes, al menos en las grandes ciudades, no tenían cabida en las inscripciones públicas. Aunque Habrócomes seguramente era demasiado pequeño o no había nacido aún, y aunque posiblemente acudir a una conferencia de Apolonio de Tiana no fuese necesariamente un síntoma de madurez intelectual, cuando éste tuvo la visión del asesinato de Domiciano en el 96 d.C. durante una charla en un gumnásion de Éfeso, la ciudad se quedó estremecida, porque "toda la ciudad" estaba presente: škpeplhgménhj dè tÊj 9Efésou, parÊn gàr dialegoménw7 pâsa (Philostr., VA 8.26).
Debo expresar aquí mi agradecimiento a Joaquín Gorrochategui, José María Vallejo, Koldo Sainz y Mikel Martínez por sus comentarios y aportaciones bibliográficas al respecto de este trabajo. Los errores que puedan quedar en él son de responsabilidad únicamente mía. 1 Otras formas hititas que hay que citar aquí son: el derivado saknuwant-'sucio'; el neutro za-as-ga-ra-is 'anus', compuesto de esta palabra para "excrementum" más ao is 'boca'; el adjetivo hit. isgasuwantprob.'provisto, es decir, pringado, de excrementum' y que implica una base *isgas-'excrementum'. Para más detalles sobre estas formas y sobre su explicación histórica, cf. § 3. En este artículo se estudian algunas formas hititas que muestran una grafía >z- s- z-<, entendida como la representación efectiva de una africada /t s -/, se debe al valor fonosimbólico que este sonido reciente, creado en época anatolia, puede recibir en una situación de oposición sistemática a la /s-/ previamente existente y aislada. Se aducen para ello paralelos muy cercanos de lenguas ibéricas, vasco y español. El sustantivo heteróclito hitita que se suele citar como sakkar 'excrementum' nom./acus.sg. neutro [URL]. saknas) aparece dos veces testimoniado con una grafía que indica la zcomo el sonido inicial de la palabra (en concreto la forma de nom./acus. zakkar; cf. Kimball 1999, p. 295 para testimonios) 1; es decir, que esta palabra puede tener como grafía inicial tanto la que sirve para reflejar la /s/ (en principio silbante dental o alveolar sorda 2 ) como la que sirve para el sonido /t s / (en principio, africada dental sorda 3 ). La sólida relación etimológica de esta palabra con el también heteróclito gr. skÔr skatój y, por otro lado, con el germ. isl.a. skarn 'excrementum', entre otros (basada en la correspondencia fonética, semántica y, lo que es altamente probatorio, flexiva), permite afirmar que las formas con srepresentan el resultado que en principio se ha de considerar regular, mientras que los testimonios con zsuponen un desarrollo que no se puede considerar regular a partir de la *s-inicial protoindoeuropea que se puede asumir como originaria. Se puede considerar con seguridad el mismo fenómeno en el par hit. zama(n)kur 'barba' / samankurwant-'barbado, barbudo' (este último, un derivado en -want-, cf. Kimball 1999, p. 452), término que se puede insertar en una correspondencia clara junto con ia. s ́más ́ru n.'barba, perilla', lit. smãkras 'barba', smakrà 'barbilla', irl.a. smech 'barbilla', etc. Por lo demás, se han planteado otras formas hititas en las que la ztestimoniada habría sustituido a una supuesta soriginaria, aunque en la mayor parte de los casos no se puede observar en sus testimonios una alternancia s-/z-, ni en general se dispone de una etimología indoeuropea lo suficientemente segura como para garantizar una *s-originaria. Me remito aquí en lo básico a la recopilación que ofrece Kimball 1999, pp. 452-453 (con detalle de testimonios), quien establece esta misma diferencia valorativa entre las dos formas vistas para 'excrementum' y 'barba' y, por otro lado, las que siguen a continuación. zalug(a)nu-'alargar, posponer', zalukeo ss-(pero también dalukeo ss-)'alargarse': Oettinger 1993[94], pp. 323-324 considera la contaminación de dos formas originarias, *s(a)lug-nu-'demorarse' > z(a)lug-nu-(raíz *sleh 2 g-, cf. gr. λ ήγω'dejar, desistir', aor. λαγα ́σαι, lat. langueo re 'estar dormido') y, por otro lado, dalugi-'largo'; se podría suponer una contaminación efectiva, es decir, dalugi-/ s(a)lug-› ds(a)lugi-. zinni/a-'terminar, acabar (algo)': Oettinger 1979: Oettinger, p. 324 n.76 (junto con el pres. zeo (y)a-'cocerse', cuyo sentido ha de entenderse a partir de'hacerse, terminarse') y Kimball 1999, p. 453 sugieren < *sinéh 1 -(cf. lat. sinere 'permitir'), 4 Otras formas que se han citado en este contexto pueden ser consideradas como extremadamente dudosas o directamente como no pertinentes: así zashi-/zazhi-'sueño' es considerado por Melchert 1994, p. 65; cf. tb. z(ik)ke/a-/ z(as)ke/a-'colocar, poner' iter., que se deriva de *tske/a-< *d h h 1 -ske/o-), en cuyo caso habría que considerar esa forma de modo parecido al citado zasgarais-'anus', cf. n.2; para hit. zah(h)-'luchar' se ha propuesto *ds-eh 2 -(de una raíz *das-que estaría en gr.hom. daÍ 'en la batalla'; cf. Melchert 1994, p. 118 considera posible la relación entre el citado zeo (y)a-con el lat. tÀtio 'tea'. zao i-'atravesar (un río, una frontera)' y el causat. zainu-(tb. zinu-/zanu-)'desterrar': según Melchert 1984, p. zeo na-'otoño': según Oettinger 1979según Oettinger, p. 323 de un *séno-'año' (con PIE *sen-en ia. sána-, gr. ¢noj 'antiguo', lat. senex 'anciano'). zankilai-'recompensar', zankilatar 'recompensa' (según Tischler 2001 s.u.'multar'): Oettinger 1979: Oettinger, p. 453 Por último, se observa en ocasiones una alternancia parecida entre >s z< en formas que implican un préstamo de otras lenguas: así Melchert 1994, p. 121 señala nahsi-/nahzi-(cantidad pequeña de un alimento) como préstamo hurrita; Kronasser 1966, pp. 50-51 ofrece en este mismo lugar las formas alternantes de topónimos (Lihsina / Lihzina, hurr. Zapinuwa) y teónimos (Simagi / Zimagi) 4. El sonido africado dental sordo hitita que se supone que reflejan los signos cuneiformes transcritos como >z< tiene en una cantidad grande de casos un origen claro basado en un proceso secundario con respecto a la situación heredada del protoindoeuropeo. Existe en este sentido un consenso general en asumir los siguientes orígenes para este sonido 5: No es irrelevante recordar aquí que se observan casos en hitita en los que una silbante tras -l,r-aparece en algunos testimonios como africada (cf. Melchert 1994, p. 121: hit. hasteo rz(a)'estrella' < *h2(a)steo r-s, hit. gulzi-'dibujo' vs. *gul(as)s-'grabar, marcar'); para este mismo fenómeno en palaíta y en luvita, cf. Melchert 1994, pp. 194,272. --En osco-umbro se encuentra el mismo fenómeno (cf. umbro menzne < *mensneÉ, uze onse < *omeseÉ, anzeriatu anseriato < *an-serÉao -, osco Fenzei < *u3⁄4 eneseÉ; Meiser 1986, p. 163: «ein euphonischer Dental»), aunque puede que el contexto de cada uno de los cambios referidos sea diferente. El umbro zerēf, con /ts-/ inicial en vez de la esperable /s-/ de otros testimonios del mismo verbo (cf. impv. sersitu, de la raíz *sed-'sentarse') se debe con toda probabilidad a la influencia analógica de una forma preverbada del estilo de la citada anzeriatu. Conviene recordar aquí que los sustantivos hititas citados no aparecen como segundos términos de un compuesto o con algún tipo de prefijo. (1) la palatalización de -t-ante -i-e -É-(cf. hit. des. de 3a sg. act. *-ti > -zi, 3a pl. act. *-nti > -nzi), probablemente no cuando precedía -s-; a partir de su interpretación de hit. zeo (y)a-vista en §1, Melchert 1994, pp. 117-118 añade la posibilidad del contexto ante una -eo -cerrada producto de *-eÉ-(frente a la-ea -, que no sería cerrada); Melchert 1994, p. 54 ubica en el protoanatolio el establecimiento de ese sonido, al que otorga el status de alófono (*[ts]); (2) un antiguo grupo *-t/d-s-(cf. hit. azzikcomo pres. en -sk-del tema hit. ed-/ad-'comer' < PIE *h 1 ed-); 33 plantea una larga lista de términos hititas (sobre todo términos técnicos relativos al ritual o la construcción) como préstamos hurritas: zahrai-'portapunzón' (o similar), zalhurti-'asiento', zalhao i-'recipiente ritual', zulki-(tb. zuluki-, zululki-, sulki-)'auspicio (mediante la inspección del hígado)', zalmi-'estatua' (cf. Tischler 2001 s.u.) entre otros; Rieken 1999, p. 359 da hit. zarzur 'mezcla' como préstamo luvita (donde la * del PIE evolucionó a africada) y de este modo se pueden considerar hit. zakki-'cerrojo' (cf. luv. zakkit-'cerrojo'), zamman ¿'perjuicio'?, entre otros; Kimball 1999, p. 452 señala que la alternancia -s-/-z-puede deberse al sustrato hático (y explica así alternancias en topónimos como la arriba citada Lihsina / Lihzina; forma que Melchert 1994, p. 194 da como palaíta en contexto hitita). Una cantidad muy considerable de formas que comienzan por zse puede explicar de esta manera. Para propuestas más dudosas o aisladas que intentan retrotraer la (-)z-de formas hititas a partir de orígenes distintos a los citados, y que además son distintos a los estudiados en este trabajo, cf. Kimball 1999, pp. 454-455. La unanimidad desaparece precisamente con los ejemplos que se tratan de modo específico en este trabajo, que no pueden ser explicados directa-8 Además de hitita, luvita cuneiforme y palaíta, el hático. 12 defiende en este sentido la idea de que hitita, luvita cuneiforme y palaíta seguían las mismas convenciones ortográficas, dado que eran escritos por los mismos escribas dentro de la misma tradición gráfica. mente mediante ninguna de las opciones anteriores y para los que se han propuesto una variedad notable de explicaciones. En primer lugar, y a partir precisamente de formas con etimología indoeuropea sólida como hit. sakkar / zakkar y zama(n)kur / samankur-, algunos autores han considerado que las grafías con >z z- s s ́ z z-< en las formas hititas. La posición de partida de este trabajo es que el conjunto de grafías que tienen >z z< surgen precisamente con las formas que están siendo ahora tratadas, conviene posponer este tipo de asunciones sobre la grafía misma y valorar explicaciones que intentan entender un fenómeno lingüístico antes que gráfico. Otra cuestión gráfica que afecta a las formas objeto de estudio en este trabajo, aunque no de modo esencial a su discusión, es la representación de los grupos iniciales /s-/ más consonante. 30 9 lo normal es que los grupos iniciales de silbante más oclusiva /sT-/ sean transcritos como >is-T- sa-T- sa-N-<. En este sentido, la forma isgasuwantse mantiene dentro de lo esperable 10, pero sakkar y zasgarais requieren una explicación: en sakkar, Kimball l.c. asume una transcripción alternativa de /sT-/, mientras que Melchert 1994, pp. 121-122 se decanta más bien por /sak-/ (Rieken 1999, p. 295: *só-r1⁄2 / *sé-n1⁄2 -s, con extensión del vocalismo radical de los casos fuertes a los casos débiles y asunción en el gen. sg. de la des. *-os > -as habitual en hitita). 107 entiende también un grupo inicial /sk-/, mientras que Melchert l.c. transcribe /tsk-/, y aclara que es una forma con grado cero proveniente de la forma de colectivo (Rieken l.c.: *sé-oo r / *s-n-és) y que habría sido base para la extensión de /ts-/ a zakkar. Parece menos probable, por razones morfológicas, la idea de Szemerényi 1979de Szemerényi (1991)), p. 620 de una forma inicialmente reduplicada *zazakar > (síncopa) *zazgar (= tsatskar) > (simplificación) /tsaskar/. Como ya se ha dicho, en la explicación de la alternancia z/s-, que es el problema que quiere tratar este trabajo, no resulta necesariamente decisivo cuál sea el vocalismo radical (pleno o cero) de las formas que tienen o implican el sentido "excrementum". Las formas ahora estudiadas tienen también un peso notable en la propuesta de Benveniste 1954, pp. 37-38, quien planteaba la existencia de un sonido proto-indoeuropeo *c [ts], distinto al fonema silbante sordo *s que se puede reconstruir sin problemas; la diferencia entre esa *c y la segura *s habría sido mantenida en anatolio y eliminada en el resto de las lenguas indoeuropeas. Es claro que, tanto desde el punto de vista de la reconstrucción como de la explicación histórica de las lenguas anatolias, se trata de una propuesta que hay que rechazar (cf. Szemerényi 1996, p. Previamente Petersen 1937, pp. 473-474 había retrotraído la zde una cantidad considerable de formas hititas de etimología poco clara al grupo consonántico *kþ-supuesto para el PIE, mientras que hit. zakkar es derivado de una raíz *kak-(de donde también gr. κακκα ́ω, lat. cacare; como también propone Josephson 1979, p. 94) que se habría contaminado con *tsar < *ksar < *skar (la forma que se considera en general, y aquí también, antecedente directo). Dado que, al menos en hitita, la *k que se reconstruye para el PIE evoluciona como una velar (Melchert 1994, p. 119), es preciso descartar la implicación directa de una tal raíz *kak-. Razones de índole comparativa hacen rechazables propuestas como la de Benveniste (por la poco económica suposición de un fonema tal para el PIE) y como la de Petersen (por la solidez de la correspondencia léxica planteada). Ello lleva a suponer un fenómeno irregular o esporádico dentro del hitita, que es lo que -de un modo u otro -ha sido propuesto por distintos autores. Una de estas explicaciones es la que hace referencia a algún tipo de interferencia o influencia dialectal: Laroche 1959, p. 133 señala zakkar / sakkar y zama(n)kur / samankur(-) como formas luvitas, dado que en esta lengua se observan fenómenos de paso de -s-a -z-(cf. la marca de caso -sa en ao dduwao lza = adduwal-sa 'maldad'); pero este fenómeno es también hitita, como se ha visto arriba (cf. otra vez (3) de §2), y se entiende en un contexto determinado. 454 se muestra dispuesta a aceptar que la alternancia z/s en una forma como hit. nahsi-/ nahzi-(citada en §1) pueda deberse a la influencia (o ser directamente un préstamo) luvita o palaíta. Se trata de una explicación que ha sido contemplada arriba, pero hay que señalar aquí que el carácter netamente patrimonial (es decir, indoeuropeo) de las Oettinger 1993[94], p. 308 sopesa aquí la explicación de Carter 1979, para quien la nasal velar, es decir, la nasal que precede a una oclusiva velar (cf. por ejemplo el pres. hit. hiik-zi / hi-in-ik-zi'divide, reparte'), podía tener o no representación en una convención gráfica no estabilizada; este fenómeno habría sido el inicio de una situación paralela con otros grupos de nasal más consonante. 370 en especial para las secuencias -NCC-que surgen en presentes con nasal (orgánica o infijada) ante la última consonante radical. 124, Kimball 1999, pp. 316-319. --Se puede constatar en (la grafía de) otras lenguas indoeuropeas fenómenos en los que esta nasal velar, en principio sólo un alófono motivado por la posición ante oclusiva velar, adquiere una relevancia que -se podría decir -lo acerca al status de fonema: así en indio antiguo, el hecho de que la n • [ ], en principio sólo un alófono, pueda aparecer en la -en general -restrictiva posición final absoluta (a partir de un grupo final [-g] o [-k], cf. pratyán •, nom.sg. del tema pratyáñc 'enfrentado'), y el hecho de que pueda aparecer la grafía -n • Cpara -n • k/gC-(cf. yun • dhí junto a yun • gdhí, impv. del pres. nasal de yuj-). Así quizá tambien la diferencia gráfica en la misma forma, el imperativo II o de futuro, de dos muy probables presentes nasales del umbro, anstintu y (a)fiktu, ambos en principio la representación o el resultado del grupo secundario [-Úkt-] < *[-Úget-], cf. García Castillero 2000, p. Así, por último, el hecho de que el alfabeto rúnico antiguo tenga una grafía para [ ] (Miller 1994, p. palabras ahora en estudio hace muy poco creíble cualquier interferencia directa de una lengua no-indoeuropea, mientras que las lenguas anatolias indoeuropeas circundantes tampoco muestran dichos fenómenos en posición inicial. Es preferible considerarlas como variaciones intrahititas (como plantea Melchert 1987, p. Èop 1969, pp. 43-45 modifica la propuesta citada de Benveniste, y propone para una forma como zalug(a)nuun grupo inicial originario (es decir, PIE) tal que /*ts-/. La zde zakkar (frente a sakkar) es explicada (1969, p. 47) como de origen expresivo. La explicación que parece tener hoy en día una aceptación más general es la de Oettinger 1993[94], p. Este autor parte del fenómeno de la aparición en hitita de una nasal en lugares en los que no es esperable desde un punto de vista etimológico: su propuesta general consiste en suponer una especie de asimilación de nasal a distancia (1993[94], p. 309: «eine Art Fernassimilation»), que haría surgir dicha nasal ante oclusivas (cf. hit. acus. sg. nahsarantan vs. nahsarattan 'miedo') 11 y ante silbantes (cf. hit. gen. sg. hansannas vs. nom. sg. hassatar 'familia'), aunque en este último caso lo normal es que tras nasal no aparezca la silbante, sino -como ya se ha visto antes -la africada (cf. así pron. pers. 2a pl. gen. sumenzan < *sumensan < *sumeo san). Oettinger asume entonces que este último fenómeno estaría en el origen de la zinicial de z/sama(n)kur-'barba' y de otras formas citadas arriba: en ese ejemplo concreto, se trataría de un proceso de adelantamiento de nasal basado en la nasal surgida también secundariamente en esa misma palabra (cf. otra vez ia. s ́más ́ru 'barba'), de modo que *smakur-> *smankur-> *nsmankur-> *ntsmankur-> *tsmankur-. 121), se debería al contacto de la scon la -k-en la forma que empieza con sk-), y por Rieken 1999, p. 295 + n.1411 (quien supone expresamente para zakkar/sakkar que la forma de casos oblicuos *sakn-> *nsakn-> *n t sakn-> *tsakn-, y con zakkar de los casos rectos como analógico según las formas oblicuas). 219 es: «No tenemos sin embargo motivos para descubrir ninguna alteración condicionada de esta /s/ [en hitita], ya que algunos dobletes aislados entre s ́ y z (cuya pronunciación era /dz/), del tipo de s ́akkar / zakkar, zas ́hiya-/ zazhi-no han sido satisfactoriamente explicados hasta ahora». Respecto a la propuesta de Oettinger sobre esas formas hititas con zinicial inesperada, hay que decir que el surgimiento de una nasal, el cambio que le sirve de base, es un fenómeno en general bien conocido: el propio Oettinger cita el ejemplo del lat. hibernus > español invierno. Otros ejemplos ilustrativos: lat. (mala) mattiana 'una variedad de manzana' > maçana (Mío Cid) > esp. mod. manzana (Corominas-Pascual III 797); lat. macula > esp. mancha; en sonreír, sonsacar, se encuentra el prefijo esp. so-< lat. subque se va a tratar en §7. 91), permiten aceptar también para el hitita ese fenómeno de surgimiento de una nasal, en especial (pero no exclusivamente) en palabras que contienen otra nasal. Sin embargo, hay que señalar aquí que el caso de las formas en las que hay que suponer que la nasal habría surgido en posición inicial absoluta (*smankur-> *nsmankur-etc.) es netamente distinto. A este respecto, se pueden hacer las siguientes observaciones críticas: 1) No se aportan otros ejemplos (anatolios o extra-anatolios) en los que se observe de modo directo esa misma afección nasal en posición inicial absoluta; la conclusión provisional que se puede extraer de los ejemplos ofrecidos (anatolios y extra-anatolios) es que esa afección nasal ocurre en posición medial, en concreto en final de sílaba y ante otra consonante. 2) En cualquier caso, y aunque el hecho de tratarse de un fenómeno irregular no permite aquí ninguna objeción radical, parece excesiva una doble afección nasal en la misma palabra (es decir, *smakur-> *smankur-> *nsmankur-). 3) En relación con las dos objeciones anteriores, y aunque tampoco se puede plantear como argumento definitivo, hay que reconocer que tampoco carece de problemas suponer el surgimiento o adelantamiento de una nasal que luego va a desaparecer: tal vez sea esta una buena prueba -por cierto -de que ese lugar no era (es decir, no es) el más propicio para la aparición de una nasal. También aquí se pueden recordar las palabras de Jespersen (citadas por Pfister 1969, p. 197) sobre un caso parecido en el que la suposición de una -n-en el antepasado del al. mod. schwellen'hinchar(se)' para explicar la -ll-(es decir, la suposición de *-ln-) implica que «ein n aus dem Totenreich heraufbeschworen wird, um es dann auf einmal wieder verschwinden zu lassen». Otro de los argumentos en contra de esta teoría, que en sí mismo tampoco resulta definitivo, es la necesidad de suponer en ocasiones que la zen formas que no tienen nasal se debe a la extensión analógica a partir de la forma o las formas que sí la contienen: así en el heteróclito zakkar; también entre los ejemplos citados arriba en §1 como inseguros zinni/a-/ zeo (y)a-(si estas dos formas están relacionadas), zalug-/ zaluganu-, zappiya-/ zap(pa)nu-. En este último caso, el presente nasal es uno de entre varios temas de presente y habría que suponer que la zoriginada en ella -según Oettinger -habría sido extendida a todos los demás, e incluso a la forma nominal de la que parece que se derivan. No se puede considerar como un argumento válido el de Kimball 1999, p. 454, quien señala que siempre hay sÀna (o seo na)'figura, representación figurada', y no **zina, dado que -como el propio Oettinger señala -hay que considerar que estamos ante un cambio irregular. Como conclusión a este apartado, se puede decir que el intento de explicación de la aparición de zinicial en vez de sinicial en los ejemplos hititas vistos mediante el recurso al mismo cambio -s-> -z-en posición medial tras nasal se basa en una semejanza aparente, dado que precisamente la diferente posición implicada en cada caso (inicial frente a medial tras nasal) hace muy difícil aceptar que lo que vale en un caso vale también en el otro. En otras palabras, el aducido surgimiento o adelantamiento asimilatorio de la nasal 12 Como plantean Kassian-Yakubovich 2001 para el desarrollo de los grupos consonánticos iniciales en hitita, según se ha visto arriba. ante una silbante en inicial absoluto es un fenómeno realmente difícil de encontrar y, además, en este caso hay que suponer el establecimiento y posterior desaparición de dicha nasal. La hipótesis de este trabajo es que el surgimiento de la africada inicial en el lugar en el que también hay o se espera la silbante heredada del protoindoeuropeo en casos como sakkar / zakkar 'excrementum' y zama(n)kur-/ samankur o 'barba', se debe al uso fonosimbólico (expresivo, afectivo) que puede tener dicha africada con respecto a la silbante. No se trata de una explicación nueva, como se ha visto, pero trabajos posteriores al de Èop 1969 ofrecen datos y consideraciones teóricas que justifican la vindicación de esta hipótesis. Esta justificación se basa en el comportamiento de esos mismos sonidos observable en lenguas de la Península Ibérica. Por un lado, se trata de ver la evolución histórica de la única silbante (-(s))s-del latín en el románico peninsular, evolución para la que se puede tener en cuenta -entre otros factores -el mismo hecho de que ese sonido pudiera interactuar en palabras concretas con las silbantes de una lengua como el árabe, con la que estuvo en contacto aproximadamente entre los ss. Por otro lado, otra lengua peninsular como el vasco muestra una oposición sistemática entre silbantes y africadas. Todo ello permite completar un cuadro que, tanto en general como en numerosos aspectos particulares, muestra un parecido bastante llamativo con lo que se puede observar en hitita. Para evitar cualquier tipo de malentendido, hay que decir cuanto antes que la relación que se pretende defender aquí es meramente tipológica. Hoy en día, y en esto se puede decir que la lingüística indoeuropea ha experimentado un avance, los parecidos que uno pueda o quiera establecer entre dos o más lenguas pueden ser contemplados no sólo desde el punto de vista exclusivo de la relación genética (como parece que sucedía en una época), sino también a través de la hipótesis de un contacto efectivo entre dos lenguas no necesariamente emparentadas genéticamente (relación areal 12, de sustrato, adstrato o similar) y, como tercera posibilidad, desde el punto de vista de la mera relación tipológica. Como es claro, la potencialidad explicativa de cada uno de estos tres tipos de hipótesis varía: a grandes rasgos y sin entrar en Por cierto, la conclusión de este trabajo de Lühr respecto a la expresividad es claramente restrictiva y plantea una explicación diferente a la expresiva para una cantidad grande de casos de geminación del germánico; Lühr acepta sin embargo que puede haber formas cuyo fonetismo no regular puede deberse a este tipo de usos. otras especificaciones que se podrían hacer, es más fuerte en el caso del establecimiento de una relación genética, menos en el caso de que se opte por defender una relación areal, y menos todavía cuando se plantea una relación tipológica. Como contrapartida, el establecimiento de esos tipos de relación tiene un nivel de exigencia directamente proporcional al de su potencialidad explicativa. El del paralelo tipológico, en este sentido, no es un ámbito excesivamente comprometedor y su valor como argumento depende en buena parte del paralelismo que se pueda establecer en los elementos concretos y en el ámbito sistemático de los fenómenos que se ponen en relación. En cualquier caso, es el único que se puede considerar cuando se pretende comparar el románico y el vasco (o proto-vasco más probable) con el hitita, si se dejan aparte relaciones léxicas como la establecida recientemente por Katz 1998, pp. 70-71 entre hit. tasku-(*'tejón, almizcle' >)'penis o testiculus o anus' (de un PIE *tazgos, cf. lat. taxo, aaa. dahs 'tejón' < proto-germ. *þahsu-, irl. nombre propio Tad(h)g) con el vasco azkoin-a 'tejón' (Michelena 1989, pp. 580-581); Katz supone que es el celta la lengua que ha prestado la forma al protovasco, pero la -n-del supuesto *(t)askone-indicaría una relación más cercana con el latín). En segundo lugar, se requiere un breve comentario sobre los términos "uso expresivo" de un sonido o "palabra expresiva". 57 plantea emplear los términos "expresividad" para sonidos a los que se da capacidad de expresar sentimientos y afectos («Gefühle und Affekte») y "fonosimbolismo" para la semejanza entre sonidos y cosas, aunque acepta que no siempre se puede diferenciar entre ambos 13. Lühr no deja completamente explicitado cuáles son el tipo o los tipos de conceptos que en concreto se pueden ver afectados por dichos fenómenos de "expresividad": es claro que no se puede adjudicar ese carácter a cualquier 14 Stang 1966, pp. 79-80 considera que la vocalización de *r1⁄2, *l1⁄2, *n1⁄2, *Ô en báltico -ur-,ul-, -un-, -um-respect. es un resultado de carácter expresivo frente al resultado regular -ir-, -il-, -in-, -im-: observa que el sentido de las palabras que muestran el supuesto resultado expresivo es (1)'pesado, romo, vago' (lit. gurdùs'calmoso, débil', dùlbis, lum ̃bis 'torpe'), (2)'masivo, denso' (lit. grum ̃slas'terrón, mazacote', gum ̃bus 'protuberancia'), (3)'curvo' (lit. kum ̃pas 'torcido', prus. a. lunkis 'esquina'), (4) con defecto físico o afección (lit. kùlza 'persona con una pierna más larga que la otra', kurcīas 'sordo'), (5)'oscuro, sucio' (lit. drum ̃sti 'enturbiar', pur ̃vas 'suciedad'). Formas de este tipo han mantenido en letón la nasal preconsonántica (frente al desarrollo regular consistente en la eliminación de la nasal con nasalización de la vocal anterior). Se pueden tener en cuenta aquí las observaciones teóricas de Kehrein 2002, p. 65, quien defiende la idea de que término, y que en cualquier caso no se puede establecer un conjunto con límites nítidos, pero parece relativamente seguro (cf. las referencias de Lühr 1988, p. 87) que los ámbitos semánticos referentes a la suciedad, a la magnitud (diminutivos o aumentativos), o a (determinadas) partes del cuerpo, entre otros, tienen aquí una justificación suficiente 14. 371 reconoce igualmente una frontera borrosa entre "expresivo" y "no expresivo", y plantea diferenciar entre "expresivo" y "cuasi-expresivo", este último para palabras neutras, entre lo netamente expresivo y lo netamente neutro, que pueden tener eventualmente una evocación expresiva. Nichols 1971 ofrece casos de lenguas indígenas del noroeste americano en los que se emplean alternancias sistemáticas de consonantes en el mismo elemento léxico con el fin de expresar una semántica aumentativa o diminutiva. Aunque Nichols se limita a los cambios consonánticos que expresan esa semántica, se observan a estos efectos no pocos ejemplos claros del cambio de silbante -s-a africada -t s -, que Nichols 1971, pp. 828-829 entiende en general, junto con otros cambios como el de lenis a fortis, como cambio de "dureza" («hardness»). Respecto al origen y desarrollo histórico de este tipo de alternancias, Nichols 1971, pp. 838-841 acepta la posibilidad de que se pueda prestar de una lengua a otra, pero no avanza ninguna hipótesis concreta acerca de cómo ha podido establecerse dicho fenómeno en el mismo desarrollo diacrónico interno de una lengua, que es algo que antes o después se debería intentar explicar, al menos en la medida de lo posible. Sí señala, respecto al tipo de sonidos implicados, que «in general, the normal and the affective phoneme both belong to the same abstract consonant type» 15. El corolario teórico es que "africado" queda eliminado como rasgo fonológico (pero no como rasgo fonético). En cualquier caso, el autor no deja de reconocer que africadas y silbantes pueden coincidir en el "lugar" de articulación (en vasco hay tanto fricativas como africadas laminales, apicales y postalveolares) y en el modo (en concreto adjudica a ambos el rasgo de estridentes), y esta base opositiva puede ser considerada suficiente en este contexto; se trataría entonces de una oposición entre oclusiva estridente (la africada) y fricativa estridente (la silbante). Como señala McCray 1988, pp. 84-85, el énfasis o expresividad es un elemento efectivo y vigente en las lenguas y en su desarrollo diacrónico (y además en todos sus ámbitos, fonético, morfológico, sintáctico y semántico); el problema metodológico que se plantea aquí es el de la demostración efectiva de una hipótesis de ese tipo, dado que su mismo carácter hace que esto sea posible casi sólo en fases lingüísticas testimoniadas y con ejemplos suficientemente claros. El resultado de la sibilante lat. /s/ inicial que se puede considerar regular en el romance peninsular es /s/. El manual clásico de Menéndez Pidal 1973, pp. 120-121, sin embargo, ofrece ya un grupo de formas en las que se encuentra (o se puede suponer) una sibilante palatal o una africada, que son sonidos no esperables a partir de esa sibilante latina. Para explicar estas irregularidades se han tenido en cuenta una variedad notable de factores. De este modo, se acepta en general la interferencia del árabe en el desarrollo no esperable de la silbante inicial del latín para el esp.mod. jugo, jeringa, jabón con /x-/ hoy en día, y con /s-/ palatal en cast.med. (de lat. sucus, syringa y lat.tard. saponrespec.); topónimos como Játiva, Jarama < Xátiva, Xarama (< Saetabis, Saramba respect.) son de origen preárabe, pero la forma que muestran se debe probablemente a su paso por esa lengua. En préstamos directos del árabe encontramos el mismo desarrollo: esp.mod. jaque, jarabe < cast. med. xaque, xarabe < árabe šah, šarao b'bebida, poción' respectivamente. Por otro lado, topónimos castellanos como San Zadornil deben su z-/θ-/ al sonido establecido tras el surgimiento de una -t-entre la -n y la sde una forma anterior *San Sadurnin (< Sanctus Saturninus; cf. también San Çalvador Mío Cid; comunicación personal de J. Ma Vallejo). Martínez Álvarez 1976, pp. 226-227 acepta, entre otras, esta explicación para los resultados palatales castellanos de la -s-latina. Lloyd 1993, pp. 423-426 se atiene básicamente a la interferencia lingüística y al fonosimbolismo, aunque también añade la posibilidad de que algunas formas como cast.med. xabón, debiera su /s-/ palatal a la influencia analógica de un compuesto como enxabonar; en cualquier caso, es claro que no todas las formas con resultado no regular de spueden ser explicadas de este modo. 19 En relación con lo señalado antes sobre la asimilación como modo de surgimiento de sibilantes palatales y africadas inicial a partir de la sibilante dental o alveolar, se puede contemplar aquí el proceso de surgimiento de nasales cerebrales en indio antiguo, y su posterior establecimiento en el sistema fonológico. nocidos, en vez de pasearnos por las lejanías del tiempo y del espacio» 18. En apariencia de modo independiente, Fudge 1970, p. Michelena 1985Michelena (1972)), pp. 248-249 añade casos eslavos de x-(cuyo surgimiento regular se debe en principio al efecto de la ley "ruki" sobre la *s del PIE) en vez de la sregularmente esperable (así eea. chromъ, ruso xromój 'cojo', cf. ia. srao má-'inválido, cojo'). 92 extrae las mismas consecuencias de la situación estructural del sonido /p/ en alto alemán 19. 80 señala que la "expresividad" del vocalismo -uR-(frente al regular -iR-; cf. arriba n.14) no es la razón de que surgiera dicho vocalismo, sino un uso secundario del resultado que parece que se da tras consonantes velares y -m-. 81 observa asimismo que, en una cantidad considerable de formas lituanas, la aparición del -por lo demás -raro grupo consonántico -m-se puede relacionar con el carácter expresivo que se puede detectar en la semántica de esas formas. 20 En el vasco actual se constata un fenómeno semejante que implica la serie de consonantes palatalizadas. En este sentido, se puede decir que sigue siendo válida la afirmación de Michelena (1995Michelena ( [1957]], p. En el vasco encontramos casos comparables a los vistos para el romance de la Península Ibérica. En lo que se refiere a la mera aparición de una africada en vez de una fricativa silbante, remito a Michelena (1990Michelena ( [1964]], p. 286): «A veces un dialecto tiene formas con sibilante africada frente a la fricativa más difundida, sin que se conozcan las causas: ¿una especie de intensificación expresiva? El verbo que significa 'arder' y su causativo, con formas fuertes, se diferencian en los textos más antiguos del que vale 'estar adherido' principalmente por tener -xe-frente a -txe-: Leiç. iechequi 'arder'..., pero Leiç. etchequi'estar pegado, adherido'». (p. 288): «En posición inicial la mayor parte de los dialectos sólo emplean fricativas... En los orientales hay unas pocas variantes expresivas con tz-: sul. tzintzárri 'campanilla', sal. tzimur 'arrugado', ronc. Este estado de cosas parece que era ya aquitano, pues, si admitimos que x(s) indica africadas conforme a la opinión común, esta inicial no se encuentra más que en el nombre de una divinidad: Xuban deo». Por otro lado, se testimonia en vasco la africación de la silbante tras una nasal de modo paralelo a como sucede en hitita (cf. arriba §2). Se puede decir que es una regla de amplia aplicación, también en la actualidad (cf. Hualde 2003, p. 23), y préstamos que se pueden considerar (relativamente) recientes muestran su efecto: por ejemplo, esp. manso › vasc. mantso(a)'manso, suave'. Un préstamo probablemente más antiguo es lat. (h)anser › vasc. antzarr(a)'ganso'; la forma del esp. ganso se debe a la influencia germánica o es directamente un préstamo de una lengua de este grupo. Con independencia de otras consideraciones, se puede observar aquí que el vasco muestra el cambio -ns-> -nt s -al lado de otros fenómenos como este en el que la africada puede tener carácter expresivo o fonosimbólico con Observable con claridad en préstamos romances antiguos: lat. corona › vasc. koroa, lat. honorem › vasc. ohorea (Michelena 1977(Michelena [1990]], pp. 300-301); lat. angelum › vasc. aingerua, lat. gula › vasc. gura 'deseo' (Michelena 1977(Michelena [1990], pp. 311-312;], pp. 311-312; en general, Hualde 2003, p. 65). respecto a la fricativa. Se trata de dos fenómenos que, en el caso del vasco, se pueden además ubicar e interpretar en un contexto estructural concreto. 128) reconstruye para el protovasco un sistema consonántico en el que predomina la oposición general entre fortis y lenis (así también Hualde 1999, p. 90): dicha oposición puede ser todavía observada en la diferencia entre fricativas y africadas (lamino-alveolar z/tz, apico-alveolar s/ts). Por lo demás, esta oposición se puede suponer en las nasales y en las líquidas a partir del distinto resultado de una y otra en posición intervocálica (así, por ejemplo, lenes -Vn/lV-> -VØ, rV-21 frente a fortes -VN, LV-> -Vn, lV-22 ). La suposición de la misma oposición antigua para las oclusivas se basaentre otras observaciones -en los resultados que muestra el vasco de las consonantes de préstamos tempranos de -sobre todo -el latín o romance, donde se observa lo que se puede interpretar como neutralización de la oposición sorda/sonora en posición inicial: lat. pacem › vasc. bakea (junto a lat. ballaena › vasc. balea), lat. tempora › vasc. denbora (junto a vasc. dekuma 'diezmo'), lat. cella › vasc. gela (junto a lat. gaesum › vasc. gezia; cf. Michelena 1977[1990], p. Un argumento importante para suponer que dicha oposición lenis/fortis es general, estriba en que se pueden observar paralelos entre el comportamiento del par fricativa/africada y, por otro lado, el de las oclusivas, en especial en lo que se refiere a la neutralización de dicha oposición en determinadas posiciones de la palabra. 115), mientras que en posición medial intervocálica se mantiene esta diferencia, en final tiende a aparecer la africada (fortis), y en inicial tiende a aparecer la fricativa (lenis). Desde este punto de vista, una africada inicial en vasco puede ser considerada como un elemento fuera de la norma estructural y, en ocasiones, susceptible de un uso o valor añadido como el expresivo. También desde este punto de vista el paso -ns-> -nts-del vasco se puede considerar como la 23 Hay que decir que no se trata, claro está, de un cambio regular y que palabras susceptibles de experimentar dicho cambio como el también heteróclito hit. sehur'orina, suciedad' muestran la sde modo consistente. Si es correcta la idea de que el fonema /b/, que se puede reconstruir para el PIE a través de pocas y por lo general muy parciales correspondencias (cf. Bernabé 1995, pp. 186-neutralización de la oposición fricativa/africada tras nasal. Aquí, como por cierto también en hitita, no se observa un comportamiento consecuente al completo, dado que parece que la diferencia entre -rz-y -rtz-sí se mantenía en el vasco antiguo (Michelena 1995(Michelena [1957], p. Respecto a la relación entre las silbantes del vasco y del castellano, cf. Michelena 1968. El paralelo concreto de las lenguas de la Península Ibérica tratadas en § §7,8 permite entender la z-/ts-/ inicial de hit. sakkar / zakkar y zama(n)kur / samankurcomo producto del uso o carácter fonosimbólico que dicho sonido africado zpuede adquirir con respecto al fricativo s-23. El sonido africado /ts-/ -por cierto -es también una innovación de las lenguas anatolias que ha tenido inicialmente una distribución restringida, como ha sucedido en el románico. Esto es perfectamente compatible, como se ha visto en las situaciones del romance peninsular y del vasco, con las explicaciones del surgimiento del mismo sonido en otros contextos (como el que parte del grupo secundario -ns-), o por influencia de pronunciaciones de otras lenguas en contacto (así en los topónimos y préstamos citados). Se evita así la suposición de un cambio *sk-> *nsk-> *ntsk-> tsko *sm-> *nsm-> *ntsm-> tsmen inicial de palabra, que no parece tener paralelos. 15 defiende para una cuestión semejante a ésta. Que la palabra para "excrementum" (y un compuesto de esta palabra con el sentido "anus") sea susceptible de una pronunciación expresiva no requiere ningún esfuerzo argumentativo. Ejemplos del vasco como los aducidos por Michelena (cf. garganta) permiten, entre otras razones 24, aceptar que la EM LXXII 1, 2004 188), podía por ello mismo tener o adquirir un valor afectivo o fonosimbólico, bien en el propio PIE (algo que tampoco se puede dar como seguro), bien en algunas lenguas indoeuropeas particulares (y pares como al.mod. slap'flojo, débil', lit. slãbnas 'débil'; lat. luo bricus 'deslizante', al.mod. schlüpfen 'resbalarse'; lat. lÀbare, gr. leíbw 'libar' permiten sospechar algo así, cf. Wescott 1988), entonces tal vez se pueda aducir aquí la misma forma del lat. barba, en vez de la esperable *farba (< PIE *b h ard h -, cf. germ. aaa. bart, eea. brada, let. bàrda 'barba'; para la /b-/ del latín, se puede tener en cuenta la nota introductoria de Ernout-Meillet 1959, p. 47 con dudas al respecto de esta palabra. palabra para "barba" podía recibir en hitita una pronunciación expresiva. El resto de los ejemplos considerados en §1 tiene en este sentido una etimología más dudosa, y ello impide hacer afirmaciones seguras al respecto. Como quiera que sea, un término como zappi-'gotera (en el tejado)', con independencia de que tenga o no un correlato etimológico más o menos exacto en otra lengua indoeuropea, puede ser un buen indicio del carácter fonosimbólico que podía recibir ese sonido africado en hitita (así Èop 1969, p. 47); en este mismo sentido se puede considerar una forma española como chapotear (sobre la que se puede ver Malkiel 1990Malkiel [1987]], p. Por otro lado, es lícito preguntarse aquí además si los fenómenos en los que están involucradas la silbante y la africada del hitita permiten una clasificación sistemática (es decir, fonológica) de esos sonidos análoga a la que se plantea en el protovasco. Se acepta hoy en día que la notación gráfica de las oclusivas de las lenguas anatolias cuneiformes (es decir, hitita, luvita cuneif. y palaíta) no refleja una oposición de sonoridad, sino una oposición distinta aunque derivada de ella, que se suele interpretar como una oposición fortis / lenis (Melchert 1994, pp. 16-18). El hecho en el que se basa esta interpretación es que la escritura cuneiforme acadia disponía de grafías para distinguir entre oclusivas sordas y sonoras, por lo que se espera que se hubiesen empleado si esa hubiese sido la oposición en las lenguas anatolias citadas. En vez de ello, se observa una diferenciación sistemática entre grafía simple y grafía doble de las oclusivas, que es lo que ha llevado a suponer que esas lenguas han efectuado una reinterpretación sistemática en los términos generales señalados de la oposición sordo/sonoro que se puede suponer que prevalecía en el PIE. En concreto, Melchert 1994, pp. 20-21 plantea que el contraste entre sorda (< PIE sorda) y sonora (< PIE sonora y sonora aspirada, según la ley de Sturtevant, cf. Kimball 1999, pp. 90-91) se mantendría sólo en posición in-tervocálica, donde se realizaría como una oposición geminada (a partir de la sorda) vs. simple (a partir de la sonora). Se añade aquí la complicación de la existencia de algunas oclusivas geminadas sonoras en posición intervocálica. Esta circunstancia, junto con el supuesto ensordecimiento de oclusivas sonoras en inicial de palabra, lleva a Melchert a establecer el siguiente esquema distribucional de oclusivas sordas y sonoras para la prehistoria del anatolio cuneiforme: -, -TT-/-D-(-DD-), -D#. De este modo, ya no habría contraste sorda vs. sonora, sino «long vs. short» en posición interna. Melchert 1994, pp. 21-22 incluye en este mismo esquema la oposición entre las fricativas faringales -hh-y -h-. 94 considera que la diferencia lenis / fortis se habría neutralizado además en posición pre-y postconsonántica. En apoyo de esta interpretación, Melchert observa los cambios observables en las oclusivas de términos prestados a y por las lenguas anatolias: así, luv. arkamman-'tributo' aparece en acad. como argammanu (con /g/ a partir de una */k/ etimológica); acad.. tuppu 'tablilla', bao bilu 'babilonio' aparecen en hit. como tuppiy papilili (es decir, aparentemente con interpretación de la geminada y de la sonora intervocálicas acadias como geminada y simple intervocálicas respec. en hitita). 23 señala que la diferencia gráfica en medial entre -s-y -ss-obedece no a una oposición sonoro/sordo, sino a la diferencia entre simple y geminada (en este sentido también Kimball 1999, p. En la diferencia gráfica -z-y -zz-, sin embargo, no parece haber sino una variante puramente gráfica (Kimball 1999, p. Si se ensaya entonces la interpretación del par /fricativa silbante/ vs. /africada/ en los términos de la oposición fortis / lenis, el paso de fricativa a africada tras nasal y líquida, que fonéticamente se puede interpretar como el surgimiento de una -t-epentética, puede tener una interpretación fonológica en términos de neutralización o tendencia a la neutralización con realización fortis, de modo paralelo a como se observa en vasco. (Ello podría formar un conjunto coherente en hitita con la neutralización de las oclusivas en situación pre-y postconsonántica que supone Kimball e incluso con alternancias entre z y s en contacto con -h-.) Del mismo modo, hay que tener en cuenta que la oposición intervocálica entre uno y otro sonido puede ser entendida como oposición entre fortis (africada) / lenis (silbante), si se acepta que la Yoshida 1998, pp. 208-209 plantea que ese grupo inicial *d i -evolucionó en protoanatolio a africada sonora (el supuesto equivalente 'laxo' o 'lene' de la africada sorda producto de *t i -). Esta suposición tiene -como su propio autor reconoce -pocos sustentos claros y, en cualquier caso, no afecta a la interpretación de las formas testimoniadas: no parece que haya un fonema /z-/ sonoro en hitita (cf. Melchert 1994, p. geminada que representaría la grafía doble -ss-ocupa el lugar que puede ocupar la geminada sonora (-DD-en el esquema anterior). En contra de esa interpretación está el hecho de que el comportamiento de la fricativa silbante y de la africada en inicial y final de palabra no se corresponde con la asumida neutralización de la oposición lenis / fortis en esas posiciones para el hitita (contraria por cierto a la asumible para el vasco). Tanto la silbante como la africada pueden aparecer en principio en posición inicial; es más, algunas palabras mostrarían una sinicial proveniente quizá de una silbante sonora /z-/ (como Melchert 1994, pp. 23,118 supone para hit. siuna-'dios', siwat-'día', derivados de la conocida raíz *d i u-'(dios del) día' 25 ). Los paralelos aportados de las lenguas de la Península Ibérica (sobre todo castellano y vasco) permiten conceder validez a la explicación de la africada inicial inesperada de los ejemplos hititas citados en el título de este trabajo como de carácter fonosimbólico, sin que ello implique además rechazar la validez de otras explicaciones como la de la africación de /s/ en interior de palabra tras determinadas consonantes, o incluso debidos a la adaptación de términos (referentes a objetos, topónimos) tomados en préstamo de otras lenguas. Aunque no sean fijables con exactitud los límites del conjunto de elementos léxicos susceptibles de recibir una pronunciación fonosimbólica, y aunque -por otro lado -en casos concretos se puedan plantear explicaciones alternativas (que no necesariamente habrían de ser excluyentes), es decir, aunque el fonosimbolismo tenga que ser invocado con la debida prudencia, no puede sin embargo ser excluido del conjunto de explicaciones que puedan dar cuenta de la irregularidad fonética, que es el ámbito en el que Oettinger 1993[94], p. 307 declara que se inscribe su hipótesis de cambio fonético. La razón básica de este comportamiento bien puede estar en la situación estructural precaria que inicialmente tenía el sonido africado, una situación con la que se puede contar tanto en el románico peninsular como en fases prehistóricas del hitita. Aunque este llamativo paralelo es planteado aquí sólo como tipológico, no se puede considerar como completamente casual, dado que en ambos casos nos encontramos al fin y al cabo con desarrollos derivados de la situación asumible para el protoindoeuropeo, donde no hay lugar para la reconstrucción de este tipo de sonidos africados. Desde un punto de vista más general se puede observar que, si los datos de Nichols 1971 son representativos, no es raro que el sonido africado, en especial cuando se opone al sonido silbante, aparezca implicado de una manera más o menos sistemática en fenómenos relacionados con el fonosimbolismo. Es por ello lícito plantearse el alcance de algunas concomitancias observables entre el comportamiento de africadas y silbantes en hitita y en vasco; plantearse en concreto si esos dos sonidos se han ubicado estructuralmente en hitita en el modo en que se supone que lo estaban en vasco antiguo (y que -por cierto -se puede observar hoy en día de manera clara). Aunque hay indicios positivos, la respuesta aquí no puede ser segura. Esto permite una última reflexión, que -no obstante -queda ya fuera del tema inicial de este trabajo y que habría que plantear en un ámbito más general. Si se pudiera establecer que existe un camino entre la situación observada para el romance peninsular y la que se observa en el vasco en este respecto, es decir, si se considera que un sistema de oposición africada/silbante como el del vasco puede establecerse a partir de una situación en la que el "nuevo" sonido africado tiene una distribución limitada, entonces parece que habría que suponer estadios intermedios en los que dicho sonido "nuevo" iría ganando extensión mediante distintos procesos de cambio fonético (como, por ejemplo, la asimilación) hasta disponer de una presencia suficiente en el léxico como para ser merecedor de un lugar propio en el sistema fonológico. Si esta consideración meramente hipotética (hay que reconocerlo así) tiene validez, se podría entonces considerar la situación vista para el hitita como uno de esos estadios intermedios. También desde esta perspectiva se podría comenzar a ensayar una explicación histórica interna para sistemas de oposición como los descritos por Nichols 1971.
Puede consultarse desde hace un tiempo la recopilación de estos nombres llevada a cabo por A. Lozano Velilla, Die griechischen Personennamen auf der iberischen Halbinsel, Heidelberg, 1998. Cabe señalar que algunas de las lecturas incluidas en este estudio han sido modificadas a raíz de la reedición del volumen del CIL II 2 dedicado a Hispania. Hasta la fecha han salido a la luz los volúmenes del Conventus Tarraconensis (pars meridionalis) CIL II 2 / EMERITA. Palabras clave: onomástica, antroponimia griega, inscripciones latinas de Hispania. INNOVACIÓN Y CONTINUIDAD EN LOS NOMBRES PROPIOS GRIEGOS PROCEDENTES DE HISPANIA: EL CASO DE MELEPONUS Y MELPHONE * ARACELI STRIANO UAM Meleponus y Melphone son dos nombres propios atestiguados en incripciones latinas procedentes de Hispania. Ambos proceden, en nuestra opinión, del adjetivo melífwnoj, -on 'de voz suave', con el mismo significado que melífqoggoj, -on, más frecuente que el anterior. Las grafías en lugar de y en lugar de en el caso de Meleponus pueden explicarse en términos fonéticos. En consecuencia, estos nombres, a pesar de ser semejantes a melífqoggoj, empleado como nombre propio en Italia, podrían reflejar una cierta innovación y originalidad teniendo en cuenta que ninguno de los dos está atestiguado fuera de Hispania. Sabemos que una gran parte de las palabras que aparecen en las inscripciones latinas de Hispania está formada por nombres propios y dentro de éstos cabe destacar la presencia de nombres de origen griego 1. La explicación es, sin lugar a dudas, preferible a la de J. M. Abascal, Los nombres personales en las inscripciones latinas de Hispania. 427, para quien Melphone respondería al femenino parte de estos nombres coincide, como es natural, con los que proceden de otros lugares como Roma o la propia Grecia. Es el caso de Heliodorus, Elpis, Eugenia, Euphron, Evaristus, Demosthenes, Hermogenes, etc., que se corresponden con 9Hliódwroj,'Elpíj, EÐgéneia, EÑfrwn, EÐáristoj, Dhmosqénhj, 9Hrmogénhj, etc., todos ellos frecuentes tanto en Roma como en Grecia 2. Sin embargo, junto a los nombres propios (NP) que reconocemos inmediatamente, se encuentra un grupo de formas cuya interpretación no resulta tan evidente. Es el caso, por poner un ejemplo, de los antropónimos Odephorus ( CIL II 2 / 14, 400, Sagunto, s. I) y de Laurotiche ( CIL II 2 /5, 936, Lora de Estepa, Sevilla, s.II) bajo cuya apariencia hemos querido reconocer la presencia de dos apelativos desconocidos hasta este momento como NP 3. Dentro de este último grupo de NP, pretendemos analizar dos formas concretas. Se trata del NP femenino Melphone ( CIL II 4431, Tarragona, s.II-III) y del NP masculino Meleponus ( CIL II 4118, Tarragona, aet. inc.). El primero de los nombres ha sido interpretado correctamente por A. Lozano, en nuestra opinión, quien reconoce en él una forma sincopada de Meliphone 4. Por nuestra parte, proponemos ver en el caso de Meleponus una forde Melpon atestiguado en Roma (cf. Solin 1982, p. Sin embargo, el NP Melpon es una forma de participio (Mélpwn del v. mélpw 'celebrar con cantos y danzas') que en femenino es Melpusa (cf. Solin 1982, p. La transcripción que ofrece A. Lozano para este NP Meleponus es la de Melepónoj, carente de paralelos en griego. 427, se pregunta si el NP Meleponus pudiera estar emparentado con Melpomenus. 6 Así, en el diccionario de Bailly y en la última versión del Liddell-Scott-Jones, en el suplemento. El ejemplo figura en el tomo III.A de la serie LGPN. 8 Basta con echar una ojeada a la sección dedicada a los "übrigen Namen" del manual de Bechtel, ob. cit., y de Solin 1982, ob. cit. ma similar, a pesar de la grafía, es decir, equivalente a Meliphonus 5. Nos encontraríamos en ambos casos con el adjetivo melífwnoj, -on'que tiene una voz dulce, de voz dulce' compuesto de méli, -toj 'miel' y de fwnÉ, -Êj 'voz', de uso poco frecuente y poético, como señalan los diccionarios al uso que mencionan únicamente un poema de Safo para ejemplificar la voz 6. Junto a este adjetivo, existe otro, de significado similar y de carácter poético también (atestiguado por primera vez en una oda de Píndaro), pero, al parecer, un tanto más frecuente: se trata de melífqoggoj, -on, compuesto en su segundo elemento de fqóggoj'sonido articulado, voz'. Contamos con algunos NP derivados de este último adjetivo, no en territorio griego, pero sí en Italia: se trata de Melífqoggoj, presente en una inscripción de Regio (IG XIV 617, 8, aet. imp. Asimismo, también en Roma contamos con dos formas de este NP, Melipthongus (cf. Solin 1982, p. Además, las formas simples Pthonge (Solin 1982, p. 1130) y Pthongus (cf. Solin ibid.) y lo que es para nosotros más importante, Phone (Solin 1980, p. Sin embargo, carecemos de NP que ilustren las formas de Hispania Melep(h)onus, Melephone. Podríamos hallarnos, en nuestra opinión, ante dos formas ligeramente innovadoras con respecto a Roma en las que únicamente se ha sustituido el segundo término del compuesto -fqoggoj por otro similar. Nos encontraríamos, en consecuencia, ante dos hapax, hecho que, sin duda, puede resultar llamativo, pero no inverosímil, dada la riqueza de los apelativos que se utilizan en la antroponimia griega 8. Desde el punto de vista de la grafía que presentan las formas que nos ocupan, cabría hacer algunas reflexiones. En el caso del NP femenino Melphone podríamos encontrarnos ante un hecho ocasional o esporádico de apócope de la vocal breve /i/ en interior de palabra, o bien, ante un simple error El NP femenino atestiguado en una inscripción de Sevilla Memmesis ( Elia Memmesis, CIL II 2 / 5, 966, s.III) es una buena prueba del mismo fenómeno: se trata en realidad de una grafía bajo la que se esconde Mimesis, como se interpreta en en la reedición de la inscripción. Se trata de un NP raro y poco frecuente, pero que está presente en Roma, cf. Fabiae Mimesi, Solin 1982, ob. cit., p. La transcripción de A. Lozano del NP como Mémnhsij carece de paralelos en griego. gráfico del lapicida. En cambio, en el caso de Meleponus tenemos que dar cuenta de dos hechos: por una parte, la presencia de Meleen lugar del esperable Meli-, y por otra, de -ponus en lugar de -phonus como en Melphone. El hecho de que la vocal breve latina /i/ se haya abierto en /e/ justifica plenamente la fluctuación gráfica / que hallamos en otros ejemplos del mismo corpus 9 y que a partir de ese momento se convierte en un hecho banal. No ocurre lo mismo en el caso de la presencia de la grafía para la transcripción en la lengua latina de lo que fue en origen una consonante oclusiva labial aspirada griega /p h /. En efecto, sabemos que el sonido dejó de ser oclusivo en griego ya en época helenística y pasó a ser una consonante fricativa. Otro tanto sucedió con las otras dos consonantes aspiradas del griego, la dental y la velar. La ausencia de consonantes similares en latín provocó que en un primer momento las aspiradas griegas se transcribieran con el signo de la consonante sorda correspondiente, es decir, mediante una grafía aproximada como era la de la consonante más próxima desde el punto de vista fonético de las aspiradas. Sin embargo, con estas grafías confluyen posteriormente otras de carácter culto que pretenden reflejar (únicamente en la grafía) la aspiración de estos sonidos. Así, nos encontramos con, y 10 también en las inscripciones de Hispania, y en este contexto se justifica nuestro ejemplo femenino Melphone que acompaña a otros muchos como Stephanus, Staphylus, Theophilus, Thalamus, Chrysanthus, Chresimus, etc. 11 Con todo, la consonante aspirada labial presenta en su adaptación al latín su propia particularidad debido al hecho de que la lengua latina poseía un sonido muy parecido al de la fricativa bilabial del griego como era la labiodental fricativa /f/ con la que, sin duda finalmente, se fundió e identificó plenamente. Por ello, pueden aparecer hasta tres grafías diferentes en las 12 ¿De una época en la que en griego la consonante era todavía oclusiva, o simplemente por paralelismo gráfico con las otras aspiradas? 13 Ephagathus (Solin 1982, ob. cit., p. Phoebas.Este último ejemplo presentaría una grafía similar a nuestro ejemplo Meleponus: en ambos, serviría para la transcripción de /p h /. inscripciones latinas para la representación de este sonido: la que sería la grafía no fonética, conservadora 12, paralela a la empleada para la transcripción de las otras dos aspiradas griegas que carecían de paralelos en latín; la grafía de carácter culto paralela a y, y finalmente, la grafía fonética. Los ejemplos de la alternancia de las tres grafías no son desconocidos en las inscripciones de Roma y de Hispania 13. Si nuestra explicación para estas dos formas fuera correcta, nos encontraríamos con hapax innovadores desde un punto de vista formal, pero no desde un punto de vista semántico puesto que los NP Melífqoggoj, Melifqóggh serían prácticamente sinónimos de nuestros ejemplos que formarían parte, en consecuencia, de la originalidad que puede presentar la antroponimia griega de Hispania. Para la consulta de los nombres
Las observaciones que constituyen la base de este artículo proceden de una edición de los fragmentos, aún no publicada, para la cual me han sido muy útiles algunas conversaciones con el profesor Felipe Martínez Marzoa (Universidad de Barcelona). HERÁCLITO SOBRE LA MUERTE: šqélein móron oexein * MIGUEL LIZANO Los fragmentos de Heráclito relativos a la muerte son interpretados aquí no como expresiones de las creencias del filósofo acerca de la otra vida, sino como meras descripciones fenomenológicas. Piensa el autor que los fragmentos 27,25,20,21,29,24,63,98,62, and 96 (DK) forman un todo coherente cuyo tema principal, o único, es la asunción de la muerte (con lo que su significado se pone en relación con la historia de Creso en Heródoto). Se presta especial atención al vocabulario de los fragmentos, resolviendo algunas dificultades críticas, y se toman en consideración también algunos otros fragmentos. El presente trabajo se propone interpretar los fragmentos de Heráclito sobre la muerte, liberándolos de toda carga de "opiniones" acerca del "más allá" y mostrándolos como simples descripciones de los fenómenos. Ese enfoque se plasma en una interpretación bajo la cual todos ellos, incluso los que mayor perplejidad causan a los intérpretes, como los núms. 20, 63 y 98 DK, encajan en un todo coherente centrado en la asunción de la muerte. Se partirá del fragmento de referente fenomenológico más claro, el 27, para extraer de él el precepto hermenéutico que, negativamente, guiará toda la interpretación. El problema que plantea su aplicación al fr. 25 nos llevará a descubrir en el fr. 20 la formulación más explícita del tema de la asunción de la muerte, que a continuación se explorará con ayuda de los fragmentos 21 y 29, para concluir interpretando otros dos fragmentos problemáticos, el Observemos de entrada que 'muertos' no es en el texto griego un perfecto, sino un aoristo,'poqanóntaj. Y es que el fragmento no presupone ningún estado de muerte, del mismo modo que no dice que a los hombres después de morir les pase tal o cual cosa (¿de dónde podría sacarlo?), sino que a los hombres ménei, les aguarda...: es la inminencia de la muerte, siempre futura, nunca presente. Y 'nunca presente' es precisamente lo que dice la continuación: a los hombres aguarda muertos "lo que no esperan ni se imaginan": la muerte (la muerte propia) es lo nunca presente, lo no esperable ni imaginable en cuanto tal 3. En el espíritu del fragmento 47, mÈ e±kÊ7 perì tÔn megístwn sumballÓmeqa, "no vayamos haciendo conjeturas al azar sobre las cosas más grandes", toda afirmación que determinara el "contenido" de la muerte queda tácitamente prohibida. Ese elemental precepto de sobriedad fenomenológica puede formularse también como regla hermenéutica: toda interpretación bajo la cual la muerte aparezca de un modo u otro como representable debe rechazarse. El problema de una comparación entre móroi: fr. 25 y 20 Ello tiene consecuencias inmediatas para el fr. 25: móroi mézonej mézonaj moíraj lagxánousi, "a destinos-de-muerte mayores mayores destinosde-vida" tocan, pues habremos de rechazar las interpretaciones que lo toman 4 K. Reinhardt, Parmenides und die Geschichte der griechischen Philosophie, Frankfurt a. 5 En el caso de Telo a la vida previa se dedican tres líneas de la ed. de Oxford y a la muerte cuatro, en el de Cléobis y Bitón, otras tres líneas a la vida previa y a la muerte diecinueve. En ambos casos es la muerte el único acontecimiento que se menciona. I 30.4), teleutÈ toû bíou'rísth špegéneto (I 31.3), "acabamiento de la vida le sobrevino el más brillante,...el mejor": teleutÉ significa en griego a la vez 'fin' y 'cumplimiento'. como alusión a recompensas en una «Fortdauer der Seele nach dem Tode» 4. Móroj es en principio el 'destino de muerte', es decir, el modo de muerte que a uno toca, y que puede ser más o menos "grande", más o menos brillante o valioso. El fragmento nos dice entonces, en principio, que ese mayor o menor brillo o valor determina de algún modo el valor total de la vida. Lo cual no es ocurrencia de Heráclito, sino constatación general de la poesía griega. Así, en Heródoto (I 30 s.), cuando Solón, en diálogo con Creso, preguntado por el hombre más feliz, concede el primer lugar a Telo y el segundo a Cléobis y Bitón, en ambos casos el modo en que tuvo lugar la muerte es un dato relevante, o, más exactamente, el dato más relevante 5. Es fácil imaginar de dónde procede ese privilegio: se trata de que los demás acontecimientos están siempre sometidos a reinterpretación, pues pueden adquirir un nuevo sentido a la luz de acontecimientos posteriores, mientras que el acontecimiento de la muerte, justamente por ser el último, ya no puede ver modificado su sentido por nada más: es él el que debe dar acabamiento a la vida, y si, confirmando la vida pasada, consigue hacerlo del modo más brillante y mejor 6, habrá conseguido dar figura a una buena vida, a una moîra, brillante, "grande". Pero ¿puede ser eso lo que de verdad nos quiere decir el fragmento? ¿No supone tomar la muerte como algo que puede aparecer e imaginarse, es decir, justamente como lo que no es (fr. Pues en realidad ningún acontecimiento ni ningún momento aparece como el último. A diferencia de lo que hace Solón en su diálogo con Creso, a nuestro fragmento le está prohibido tomar la muerte como acontecimiento, como algo que cabe representar, narrar y comparar (por lo demás, si Solón puede hacer todo eso con Telo, Cléobis y Bitón, es porque la única muerte que en ese momento importa es justamente la de Creso). Todo esto parece privarnos de la posibilidad de entender en qué sentido se habla de móroi "mayores". Aún peor: incluso la designación móroi aparece ahora como problemática. Pues, como moîra también móroj significa de entrada 'parte asignada','porción','lote', y, si T. M. Robinson, Heraclitus. 90. cabe concebir la vida como lote mayor o menor, mejor o peor, ¿cómo la muerte, lo no esperable ni imaginable en cuanto tal, va a designarse con una palabra que significa 'lote'? Si decimos que el lote del hombre es la muerte, con ello queremos indicar una vida finita. Pero quizá es justamente a eso a lo que el fragmento con su juego de palabras entre móroi y moíraj nos apunta: con él nos dice, en efecto, que la muerte es móroj porque sólo gracias a ella la vida es moîra. Pues sólo en virtud de la muerte recibe la vida el límite que la convierte en porción ya cortada y completa, los contornos que hacen de ella "una" vida. En esa constatación habremos de buscar el sentido en que un móroj puede ser "mayor" o más valioso que otro, pero en esa tarea el fragmento 25 nos abandona. Será el otro fragmento en el que se habla de móroi el que acuda en nuestro auxilio. Lo cita Clemente para mostrar que los herejes marcionitas han tomado de los filósofos paganos su rechazo de la procreación: "Así, Heráclito es patente que maldice de la generación, puesto que, dice,..." Llegados a ser, acceden a vivir y a tener su muerte, o más bien a descansar, y dejan hijos... (por el momento, dejamos sin traducir mórouj genésqai). Antes de entrar en una cuestión de crítica textual acerca de mâllon dè'napaúesqai, convendrá aclarar la sintaxis de la construcción de infinitivo mórouj genésqai. En DK, como en la mayoría de las ediciones, se traduce como «daß wieder Todeslose entstehen», como si el sujeto de genésqai fuera mórouj y se tratara de una proposición consecutiva (¡sin ñste ni ãj!), pero como observa T. M. Robinson, algo así parece lingüísticamente sin paralelo y «should for that reason probably be rejected» 7. Y podemos decir más: como muestra el paralelo de Od. III 270 s.'oidòn... kállipen o±wnoîsin ¢lwr kaì kúrma genésqai, el sujeto del infinitivo genésqai debe buscarse en el objeto directo de la correspondiente forma personal de kataleípein, que en nuestro caso es paîdaj. Tenemos, pues, por extraño que parezca: "y dejan hijos, que lleguen a ser muertes". Veamos ya la cuestión de crítica textual. K. Reinhardt defendió la atribución a Clemente del inciso mâllon dè'napaúesqai argumentando que ese citador suele utilizar el giro mâllon dé «wo es gilt, ein Wort auf seinen ei- 1986, p. 11 Palabras que suscitan extrañeza, pues ¿no parecen admitir que hay un hacerse vivos los muertos y un hacerse jóvenes los viejos? El fragmento que estamos comentando nos dará la solución. Pero si Clemente cita a Heráclito como origen de una herejía, es decir, si se está citando una dóca errónea, ¿qué objeto tiene reducir una palabra a su auténtico sentido? Pero «der Ewige Frieden» no es para un cristiano lo mismo que la muerte, que es de lo que en el fragmento se trata: la argumentación de Reinhardt muestra más bien que el inciso pertenece a Heráclito. De tal parecer es M. Conche en su edición de los fragmentos, pero sólo observando que «l 'hésitation est toutefois permise» 10. Mostraré a continuación que no hay hesitación posible, pues el inciso es indispensable para que el fragmento tenga sentido, y por cierto justamente para que lo tenga su extraño final. El fragmento comienza y acaba con formas del mismo verbo: genómenoi y genésqai; a esas dos ocurrencias de la noción de "nacer" y "llegar a ser" en los extremos corresponden entre medio (mórouj..., mórouj) dos alusiones a la muerte. Parece, pues, que se remite a la trabazón de vida y muerte, a eso mismo que, por ejemplo, se enuncia en el fr. Y así, en nuestra sentencia, el haber nacido lleva de por sí a consentir en la vida, y la vida es porción que sólo se recibe en virtud de la muerte (cf. fr. 25): estar dispuesto a vivir implica estar dispuesto a morir: zÓein šqélousi mórouj t' oexein. Pero en este punto Heráclito se corrige: mâllon dè, "o, más bien..." no acceden exactamente a tener su muerte, sino a descansar. ¿Qué quiere decir eso? A los hombres aguarda en la muerte "lo que no esperan ni se imaginan", pero ésos de los que aquí se trata sí parece que proyectan en ella un contenido perfectamente imaginable, tan imaginable como el descanso, que es un modo de encontrarse, de sentirse, de estar. La corrección "o, más bien, a descansar" significa que a la muerte no se la acepta en su sola calidad de Por eso no se formula en primera persona como el fr. 21 (qánatój šstin Àkósa šgerqéntej Àréomen...), sino en tercera, como el fr. 2 (...zÓousin o ¶ polloì ðj ±dían oexontej frónhsin). Seguramente si también el fr. 27 se formula en tercera persona es por la alusión al "pensamiento privado" que hay en oelpontai y dokéousin, la misma que en el fr. 20 tenemos en mâllon dè'napaúesqai. Así desaparece la extrañeza del fr. 88: ya no se trata de que los muertos se hagan vivos (ni los viejos jóvenes), sino sólo de que, puesto que lo vivo es esencialmente no-muerto y lo muerto esencialmente no-vivo, de modo que cada uno de ellos sólo es lo que es gracias al otro, ha de haber un tránsito del uno al otro (sobre cuya apariencia óntica el fragmento no se compromete). Considérese el argumento, perfectamente válido, con el que el Sócrates platónico deduce un tránsito de la muerte a la vida (Phaedo 72a-d): de las correspondientes mediaciones ónticas no se ha dicho nada. 14 LSJ acepta para móroj la acepción 'corpse', aunque es verdad que los únicos pasajes del corpus griego arcaico y clásico que aduce son Sófocles Ant. Nuestro propio fragmento podría aducirse como documentación si no fuera porque ello sólo se hace evidente tras la interpretación filosófica. límite de la vida, sino que se le da un sentido positivo, siquiera sea tan poco positivo como el descanso. Es el modo de asumir la muerte propio de los más. Y es que es la vida de los más lo que el fragmento describe 12. El "acceden a vivir" traía consigo "y a tener su muerte", con la corrección que a continuación se hacía. Pero en virtud de la trabazón de vida y muerte se requiere a su vez (cf. pálin, fr. 88) el paso inverso, de la muerte a la vida. Pues la muerte ha de ser compensada: porque hay muerte hay reproducción: kaì paîdaj kataleípousi, "y dejan hijos"... ¿para qué? Para que la vida siga perpetuándose 13. Sólo que, como esa vida proviene de una muerte no asumida como tal, sino sólo como un descanso, como una especie de vida, ahora la vida que nace no va a ser tampoco verdadera vida, sino a su vez una especie de muerte: "y dejan hijos que se hagan móroi", que en este contexto, seguramente, más bien que 'muertes' ha de significar 'cadáveres' 14. Sólo si la muerte se asume como tal, como impenetrable oscuridad, puede la vida de verdad ser vida. Y esto nos da la respuesta a la cuestión que desde el fragmento 25 teníamos pendiente: en qué sentido puede un móroj ser "mayor" que otro. Pues ahora podemos decir: un móroj que se toma como mero descanso hace de la correspondiente moîra algo trivial, "pequeño": es él mismo un móroj "pequeño"; para que un móroj sea "grande" es preciso que se tome verdaderamente como móroj. Queda resuelto, pues, el fragmento 25. En cuanto al 20, queda claro que la corrección mâllon dè'napaúesqai no es inciso de Clemente, pues sólo ella nos permite entender su final, 15 Cf. la acertada traducción de B. Snell: «nehmen Sie auf sich [...] den Tod zu haben» (Heraklit, Fragmente, griechisch und deutsch, hrsg. von B. S., Múnich, 1989Múnich, [1965]], p. 16 Así, en Parménides el ser sólo aparece recortándose contra el no-ser. mórouj genésqai. Por cierto, es en contraste con ella como las palabras šqélousi mórouj oexein adquieren la capacidad para designar lo que en el fragmento está en juego: la asunción de la muerte 15. Ese esencial tema, rastreable también en los otros fragmentos del grupo, es aquí donde se nombra explícitamente: šqélein móron oexein: "asumir la muerte". Otras presentaciones del šqélein móron oexein: fr. En el fragmento 21 leemos: qánatój šstin Àkósa šgerqéntej Àréomen, Àkósa dè eØdontej Øpnoj, Muerte es cuanto vemos despiertos, cuanto durmiendo sopor. "Sopor" es Øpnoj, el "sueño" de "dormir", no de "soñar", de modo que el fragmento empieza con "muerte" y acaba con su hermano y semejante el "sueño" (cf. Il. Por otra parte, la extrañeza de la frase "muerte es cuanto vemos despiertos" sugiere que no se alude con ella a la vigilia corriente: parece más bien prolongarse la imagen del fr. 1: si allí los que no entienden el lógoj se comportan "como dormidos", aquí se prescinde ya del símil y "entender el lógoj" se representa literalmente como "estar despierto". Y como de acuerdo con el lógoj tiene lugar todo (fr. 1), lo que "vemos despiertos" habrá de ser algo así como el "juego" en el que todo tiene lugar. Se trata, pues, de ver ese juego, pero esa tarea es sumamente problemática, pues sólo es posible ver cuando hay figura, y para que haya figura se precisa algún fondo contra el que recortarla, pero ¿contra qué podrá recortarse el juego dentro del cual todo tiene lugar? Parece que sólo contra la absoluta nada 16. Todo esto parece muy abstracto, pero, si cabe identificar el juego total con la vida como totalidad, tenemos ahí una descripción del fenómeno de la muerte. Mientras vivimos el juego total no está nunca presente, porque la vida no está aún completa, no lo estará hasta que no llegue la muerte. La muerte constituye, así, el límite que confiere al juego total figura, acabamiento, es decir, justamente totalidad. De ahí que ese juego sólo sea visible "desde la muerte" (no podemos ser más precisos por ahora). Eso no explica todavía que "todo lo que vemos despiertos" sea muerte; es preciso tomar en consideración además el que sólo dentro de ese juego y en virtud de él le es Cf. de nuevo lo que Solón da a entender a Creso en Hdt. I 30 ss.: el sentido de cada circunstancia de la vida permanece indeciso hasta la muerte. Ese sentido resulta si se puntúa tras'nélpiston. Remito al respecto a mi edición de los fragmentos. 19 Ese lado de muerte que se insinúa en los fr. 76, y cuyo origen está en que a la fúsij misma es inherente algo así como un lado de muerte (cf. fr. 123). adjudicada a cada cosa su determinación y carácter propio, por lo que, al dar acabamiento al juego y así determinarlo, la muerte determina todas y cada una de las cosas: define, da contornos netos a cada cosa 17, y posibilita así que haya visión nítida: "vigilia" (ver claro el límite entre cuándo sí y cuándo no: saber, respecto de cada cosa, qué hacer). Todo lo que vemos despiertos es muerte porque todo adquiere contornos netos en virtud de la muerte. Pero ¿cómo es posible una tal "visión nítida" si decimos que ha de darse "desde la muerte" y la muerte es lo nunca presente, lo no experimentable? Es ciertamente imposible... a no ser que "desde la muerte" signifique "desde la asunción de la muerte". Pues ¿cómo puede haber una visión de lo que el juego total al acabarse determina, si ese juego aún no está acabado? Lo que puede haber es justamente un cierto sentido por lo nunca presente, por el "aún no". Tal sería el único modo posible de experimentar lo no experimentable: percibir cómo a toda experiencia le falta aún algo, cómo nada está todavía decidido por completo. Se trataría, entonces, de tener en cuenta que en cada cosa hay algo que se sustrae y no se deja calcular ni predecir: que en rigor las cosas no son nunca del todo "esperables". Tener en cuenta eso constituiría ese "esperar lo no esperable" (oelpesqai'nélpiston, cf. fr. 18 18 ) de cuya necesidad el propio Heráclito nos habla: a partir del fragmento 27 es claro que nuestra expresión "asumir la muerte" no hace más que parafrasear ese giro. Y por cierto que ahí no puede tratarse de "esperar" en el sentido de pensar en la muerte, porque de ese modo justamente se traicionaría su esencial irrepresentabilidad. Más bien ha de tratarse de, sin pensar en absoluto en la muerte, ser en todo momento capaz de distanciarse del papel que a la cosa con la que tratamos toca (o más bien parece tocarle) en un juego que en realidad aún está indeciso. Así, Creso asumiría la muerte si toda su riqueza y prosperidad fuera capaz de percibirla también como pobreza y miseria: una tal sensibilidad por lo no esperable constituye ya la capacidad de tomar en consideración en cada cosa su lado de muerte y oscuridad 19: de ver "muerte" en todo lo que uno ve. Por paradójico que parezca, gracias a ese tomar en 20 Entender un'ntí ante qnhtÔn, como si los mejores eligieran "la gloria perenne de las cosas mortales" sería sin duda forzar mucho la gramática. consideración lo oscuro, y sólo gracias a él, es posible ver cada cosa en sus contornos nítidos. La historia de Creso testimonia por cierto de ello: basta contrastar su tendencia a caer una y otra vez en espejismos e ilusiones (Hdt. I 34-45, 55 y 71) con la perspicacia que muestra (I 88 s.) a partir del momento en que, en un trance de crisis (I 86.3), ha experimentado por sí mismo aquella no esperabilidad y no calculabilidad de ninguna circunstancia a la que Solón le remitía (I 32). Ese trance de crisis es interpretable como un despertar, que no por casualidad ha sido provocado por un riesgo de muerte: la historia de Creso se nos ofrece así como ilustración del fragmento 21. Es posible, pues, asumir la muerte como tal, y "como tal" es justamente como lo nunca presente, como lo no experimentable. Por eso, porque se trata de lo no experimentable, si ese asumir es un cierto despertar, en esa vigilia no cabe instalarse (y así, a ella se alude en aoristo, no en perfecto): de ella caemos inevitablemente en la visión cotidiana que carece de nitidez. Estamos, entonces, en la vida adormilada que Heráclito designa como Øpnoj,'sueño". Tal es, entonces, el sentido del tránsito de "muerte" a "sueño" que en la letra del fragmento se esboza: que porque la vigilia requiere la visión de la muerte el hombre tiene que caer en el sueño. Aunque su referencia a la muerte no sea de entrada evidente, también el fragmento 29 debe examinarse aquí: a ¶reûntai ¢n'ntì ‰pántwn o ¶ ƒristoi, kléoj'énaon qnhtÔn: o ¶ dè polloì kekórhntai Ákwsper ktÉnea, Eligen una sola cosa en vez de todas los mejores, la gloria perenne de los mortales 20, mientras que los más están saciados como ganado. Se nos dice que los mejores eligen la gloria, ciertamente, pero antes que nada que "eligen una sola cosa en vez de todas", y eso no puede significar simplemente que la gloria es una sola cosa, ni que la eligen en vez de todo lo demás, porque todo eso no hace falta decirlo. Hay que tomar en serio esas palabras literalmente: lo que los mejores eligen es antes que nada ¢n,'una sola cosa','uno': algo que tiene carácter de unidad, y eso lo eligen no en vez de todas las demás cosas, sino en vez de todas las cosas. Un "uno" que puede contraponerse a todas las cosas no es cosa alguna, en cierto modo no es "nada". ¿En qué sentido puede algo así identificarse con la gloria? Reparemos en que esa gloria aparece como algo "de los mortales": la gloria mayor es, como en el caso de Aquiles, la de una muerte gloriosa, que mues-Eso explica por otra parte el fr. Ya en Homero, a propósito de Aquiles, el más eminente de los'reÍfatoi, el que literalmente elige la muerte, encontramos eso mismo. Y ya en Homero un reconocimiento por dioses y hombres remite a alguna presentación del juego total: cf. Od. XXII 346 a propósito de la maestría de un aedo, (el oepoj, que no en vano es lo mismo que el lógoj, está comprometido con el juego total). Y en Heráclito cf. fr. Y es que en la distancia o contraposición entre dioses y hombres está nombrada la distancia o contraposición misma, el lógoj. tra la capacidad del hombre de asumir su propia muerte. ¿No cabrá, entonces, identificar ese asumir la muerte con el "elegir uno en vez de todo"? Los mejores elegirían aquello que en la muerte al perderlo todo se gana, y que es en efecto "uno" en el sentido de que es la unidad o totalidad de la vida. Es, una vez más (cf. fr. 21), el juego total 21, que por otra parte en algún fragmento aparece como "uno" (fr. La importancia de "elegir" esa unidad radica en que, como hemos visto, precisamente ella, la unidad acabada de la vida, es lo que confiere a cada cosa y cada circunstancia su definitiva determinación. Por eso ese "uno" se designa, más o menos en los mismos fragmentos, como tò sofón,'el saber','la inteligencia': el discernimiento. Y no es casual que de tò sofón se diga en el fr. 108 que está "separado de todo": aquí nos aparece como esa unidad que sólo se gana a costa de perderlo todo. Pero si cabe identificar lo que los mejores eligen con el discernimiento, entonces es que cabe identificarlo con la elección misma, con la decisión. Pues, por el distanciamiento y la capacidad de renuncia que hay en ese "elegir uno en vez de todo", el hacer del hombre adquiere filo y nitidez: es decisión firme. Quedará más claro si consideramos la otra alternativa. "Los más están saciados como ganado": obsérvese cómo, a diferencia de la escogida por los mejores, no aparece ya significada con un 'eligen', como constituida que está justamente por la ausencia de todo verdadero elegir; aparece como un 'estar saciado', pero se trata de un estar saciado esencial, "como ganado". Pues, si el ganado suele tener la alimentación asegurada, previamente a ello le pertenece otra saciedad que ya no depende de pastos y pastores: la res está saciada porque, como nada sabe de la muerte, nada sabe de la nada, del vacío, de la carencia: no puede distanciarse de las cosas para "elegir... en vez de...". Pues toda elección y decisión es corte, trazamiento de límite, y supone por ello asumir la finitud: asumir la mortalidad. En la medida en que el hombre corriente elude esa asunción participa también de la saciedad esencial, y no es capaz propiamente de elegir, de decidir. 23 Cf. el papel del cuantificador pleîstoi/pleîsta en fr. 212. las asociaciones que tiene kekórhntai: kóroj,'saciedad', evoca 'exceso' y 'desmesura' 22: es carencia de sentido del límite. Y como sin límite no hay unidad, entregados al sin-límite, los más, o ¶ polloí, son incluso uno por uno algo que tiene carácter de "mucho", algo carente de unidad 23. A ellos también la muerte les sobreviene y corta entera su vida, pero esa unidad que entonces alcanzan no se la habían ganado: es postiza. Es, por ello, la unidad de una mala figura, carente de armonía. Al contrario, a quienes eligen en vida la unidad que se alcanza en la muerte, esa muerte les concede una buena figura: son ƒristoi 'los mejores'. Y en reconocimiento reciben algo que en cierto modo reproduce esa buena figura: la "gloria de los mortales", algo que tiene carácter de discernimiento -es habla: lógoj -y a la vez distancia (está referida a un muerto). Y, como el discernimiento era decisión firme, el lógoj que lo reconoce es kléoj'énaon: gloria perenne. La cuestión de la asunción de la muerte nos ha aparecido bajo otras formulaciones: "estar despierto" (fr. 21), "esperar lo no esperable" (fr. 18), "elegir uno en vez de todo" (fr. Se está revelando como lo esencial que ese grupo de fragmentos nos tiene que decir, lo que permite conectarlos con los temas centrales del filosofar de Heráclito. Veremos ahora que también puede rastrearse en otros dos fragmentos problemáticos: el 63 y el 98. El fragmento 63 lo introduce Hipólito (Ref. IX 10.6) del siguiente modo: "Y dice también la resurrección ('nástasij) de la carne ésta visible en la que hemos nacido, y al Dios lo sabe causa de esa resurrección diciendo así (oØtwj légwn): [...]". Sigue el fragmento: oenqa d' šónti španístasqai kaì fúlakaj gínesqai šgertì zÓntwn kaì nekrÔn. Pero como el oØtwj légwn de Hipólito parece incompatible con una cita en estilo indirecto, los dos infinitivos debían de figurar en el original, con valor imperativo 24 o tal vez dependiendo de un xrÉ,'es preciso'. En Lug. cit. en nota precedente. III 62.4: Prexaspes a Cambises: "si los muertos están resucitados ('nestéasi), espera que también Astiages el medo va a levantar (španastÉsesqai) contra ti". 28 Dado que en el citado pasaje de Píndaro šnqáde se varía con šn tâ7 de Diòj'rxâ7, "en éste, en el reino de Zeus", ¿cabría tomar šnqád' šónti como masculino y referirlo a Zeus para hallar en el fragmento la referencia a un dios que Hipólito ve en él? Ello cuadraría con la alusión a la sublevación, pero el profesor Martínez Marzoa me hace observar que un adverbio de lugar de cercanía como šnqáde en modo alguno es apropiado para aludir a un dios. F. Martínez Marzoa, Historia de la filosofía antigua, Madrid, 1995, p. 27. cuanto a la interpretación del citador, eliminado de ella todo lo que es proyección cristiana, lo que queda es que el fragmento debía de referirse a la muerte. Suele suponerse que describía el destino post mortem de ciertas almas (así Diels), pero nuestro precepto de sobriedad fenomenológica nos prohíbe tales interpretaciones. Es preciso, pues, reconocer la referencia a la muerte sin por ello abandonar el único suelo fenomenológicamente válido, el de la vida. Con este problema planteado, observemos que, como advirtieron Bollack y Wismann 25, španístasqai rigiendo dativo, que es frecuente en Heródoto, no significa 'levantarse' ('nístasqai), sino'sublevarse, levantarse contra' 26. Con ello llegamos a una noción que implica distanciarse de un principio sin abandonar el suelo sobre el que rige. Y algo así era lo que buscábamos: ¿No podríamos resolver nuestro problema siguiendo ese hilo? Para ello sería preciso que la sublevación en cuestión se dirigiera contra la vida: el distanciamiento de la vida ahí implicado podría ser ya la buscada referencia a la muerte. Pero ¿cómo reconocer una alusión a la vida en el giro oenqa d' šónti, "y para el que está allí"? Parece, en efecto, imposible, pero sucede que oenqa d' šónti es una enmienda de algo, oenqa déonti, que también cabría enmendar en šnqád' šónti, "para quien está aquí", con lo que obtendríamos, en ese "aquí", la usual mención poética del reino de la vida en contraposición con el de la muerte -"allí" (škeî), "abajo" (kátw) 27 -, y seguramente habría que tomar el giro como neutro: tò šnqáde šón:'el estar aquí','el mantenerse en vida','el mantenerse bajo el sol' 28. Porque el mero mantenerse bajo el sol es presencia unilateral que no parece saber nada del ocultamiento, porque es un "acá" necesitado de referencia a un "allá" 29, por eso es preciso levantarse contra ello, asumir el otro lado, la muerte. Ello es literalmente vital, pues ya a propósito del fr. 20 hemos visto que cuando la muerte no logra asumirse como muerte tampoco la vida es vida. El resto del fragmento no hace más que describir la estructura de esa asunción:...kaì fúlakaj gínesqai šgertì zÓntwn kaì nekrÔn: "y (sc.: y eso quiere decir) hacerse guardianes en vela de los vivos y de los cadáveres "pues en prosa jónica nekroí no significa' muertos' sino 'cadáveres' 30 -, o bien, pues aquí hay una ambigüedad, "... guardianes de los vivos en vela y de los cadáveres". El plural fúlakaj puede asimilarse al de'rhïfátouj (fr. 29), y la alusión al velar se entiende a partir del fr. 21: se trata de la nitidez de visión, esto es, del saber qué hacer que la asunción de la muerte genera. Pero ¿por qué "guardianes de los vivos y de los cadáveres"? "Guardar los cadáveres" evoca las escenas de batalla de la Ilíada en que los guerreros deben evitar a todo trance que el enemigo profane los cadáveres de los caídos: nos remite al contexto heroico del fr. Pero "los cadáveres son más de desechar que estiércol" (fr. 96): no puede tratarse de un guardar corriente, sino más bien de aquello que constituye la esencia del guardar: cuando el guardián paradigmático, el centinela, guarda algo, ante todo guarda un límite y cuida de que no se trasponga, de que en todo caso se trasponga bajo ciertas condiciones (que son entonces ellas mismas límite que no cabe trasponer); guardar algo es trazar unos límites en torno e impedir su transgresión. Y ahora vemos que en la frase "guardianes de vivos y cadáveres" está expreso el límite en cuestión: se trata del límite entre vivos y muertos, del límite de la muerte. Pues la muerte misma presenta, en efecto, carácter de límite, y hacerse cargo de ella implica guardar ese límite: para hacerse cargo de la finitud, de la propia figura y determinación de la vida, es preciso, en efecto, cerrar el paso a toda indulgencia en eventuales anhelos de inmortalidad, es decir, de ilimitación 31. Pero ¿por qué precisamente "cadáveres"? Pues parecería más natural hablar de un límite entre vivos y muertos (cf. fr. 88), como traducen DK y otros muchos editores. Lo que sucede es que al término opuesto a 'vivos' se le hace desempeñar una ulterior función para la que "muertos" ya no es tan apropiado. Pues recuérdese que la función sintáctica de šgertí,'en vela', era ambigua: si lo construimos no con fúlakaj sino con zÓntwn, el término que se oponía a zÓntwn habrá de oponerse ahora a šgertì zÓntwn: habrá de referirse a un tipo de vivos, para lo cual teqneÓtwn o teqnhkótwn es menos apropiado que nekrÔn sencillamente porque los muertos están del otro lado, A. García Calvo, Razón común. Edición crítica, ordenación, traducción y comentario de los restos del libro de Heraclito, Madrid, 1985, p. 33 LSJ remite a pasajes como Od. del que nada sabemos, mientras que los cadáveres aparecen "aquí". Contrapuestos, no a todos los vivos, sino a los "vivos en vela", ha de tratarse de hombres que viven como dormidos (cf. fr. 1, 34, 73, 21): que se les mencione como cadáveres no presenta problemas desde que en el fr. 20 los que no son capaces de šqélein móron oexein aparecen reducidos a móroi genésqai, a llevar una vida que en verdad es más muerte que vida. Así, quienes se hacen cargo de la propia muerte (los guardianes en vela de los vivos y de los muertos) se convierten por ello mismo en "...guardianes de los vivos en vela y de los cadáveres": guardan el límite que separa la vida de sus sucedáneos. Y podemos pasar ya, para finalizar, al fr. La traducción en DK reza: «Die Seelen atmen Geruch ein im Hades». Pero semejante afirmación viola, una vez más, nuestro precepto de sobriedad fenomenológica, pues pretende saber qué suceda o deje de suceder en el Hades. Sólo que es posible reconocer en el fragmento, siguiendo a A. García Calvo 32, el uso de katá con acusativo que en LSJ se consigna como «direction towards an object or purpose» 33: "las almas husmean en pos de Hades". Que se nos hable de 'almas', yuxaí, se debe simplemente a que está en juego la relación con el Hades. Esa relación es un "husmear en pos de": hay en ella a la vez discernimiento y deseo. El discernimiento del olfato no es tan claro como el de la vista (por eso puede aquí referirse a algo tan oscuro como Hades, el "Invisible"), pero esa relativa oscuridad tiene por contrapartida un mayor poder evocativo y, por decirlo así, una mayor hondura: al percibir un olor nos parece a veces como si nos devolvieran algo que desde siempre había sido nuestro y teníamos olvidado, como si lo percibido por el olfato se identificara más con nosotros. Con ello cuadra muy bien la noción de deseo, pero ¿qué puede tener de deseable el Hades? En la conversación con Creso dice Solón que "así demostró el dios cómo para el hombre era mejor estar muerto que vivir" (Hdt. I 31.3): dado que durante la vida el sentido de todo acontecimiento está aún a la espera de nuevos datos para definirse, resulta que sólo cuando la vida está acabada -sólo en el Hades -puede lo bueno ser decididamente y sin ambigüedad bueno. (Nos lo dice por otra parte el fragmento 62:'qánatoi qnhtoí, qnhtoì'qánatoi, zÔntej tòn škeínwn qána-34 En las dos frases de la primera parte se enuncia un aparente absurdo que, en la segunda, está recogido en un par de giros muy concretos, zÔntej tòn... qánaton y tòn... bíon teq-neÔtej, y no hace falta ni por lo tanto es lícito buscarlo más allá: cualquier otra combinación que dé lugar a un absurdo debe rechazarse justamente por absurda. Ahora bien, sucede que es absurdo hablar de la muerte de los inmortales, por lo que zÔntej tòn škeínwn qánaton significa "viviendo la muerte de los mortales"; por lo mismo tòn škeínwn bíon teq-neÔtej ha de tener el sentido de "la vida de los inmortales muriendo ". škeínwn cambia, pues, de referencia tras el dé. ¿Por qué, entonces, no haberlo alternado con toútwn, "de éstos"?, ¿por qué esa extraña sucesión de dos škeínwn? Simplemente porque era pertinente un énfasis en la noción de lejanía y distancia (la distancia entre mortales e inmortales: cf. nota 21), y eso puede venir señalado por demostrativos del tipo "aquél", pero no del tipo "éste" ni "ése". En ese contexto se aclara también el sentido del fr. Si sólo en el ámbito del ocultamiento halla el hombre una determinación definida, ¿qué queda entonces en el ámbito de la presencia? Sólo lo que en ese definitivo determinar es excluido y rechazado: un residuo de pura indeterminación, que, como indeterminación que es, tiende a disolverse y descomponerse. Y así como todo lo determinado requiere del hombre un recoger (légein), así lo indeterminado, lo que se deshace, requiere un desechar (škbállein): nékuej kopríwn škblhtóteroi. ton, tòn dè škeínwn bíon teqneÔtej, es decir: "Inmortales mortales, mortales inmortales, viviendo la muerte de aquéllos, la vida de aquéllos muriendo " 34. De él nos interesa aquí sólo el último miembro, tòn dè škeínwn bíon teqneÔtej: cuando los hombres han muerto, entonces "mueren"... la vida de aquéllos, de los inmortales. Y los inmortales son justamente "los felices".) Eso es, entonces, lo que de deseable tiene el Hades 35. Que las almas husmean en pos de Hades será, según eso, que oscuramente disciernen, que presienten, la definición que en lo invisible alcanzarán (admitamos ese futuro para aludir a algo que nunca será presente), y que tienden a ella. Pero, si se tratara de "las almas" en general, lo propio sería que Heráclito escribiera simplemente yuxaí, y aquí tenemos a ¶ yuxaí: debía de haber por contexto una referencia a cierto tipo de hombres. Ello cuadra con el elemento de deseo e incluso de activo 'ir en pos de' presente en 1⁄2smÔntai katá. Pues la definición total de que aquí se habla toda alma oscuramente la presiente 36, y no por ello se esfuerza en pos de ella. Tal cosa es privilegio de "los mejores" (fr. 29), los "guardianes en vela" (fr. "Husmear en pos de Hades" se identifica, pues, con el "elegir uno en vez de todo" del fr. 29, con el "levantarse contra el estar aquí" del 63: es asumir la propia muerte, šqélein móron oexein.
En este artículo se ofrece una interpretación de los adjetivos relacionados con acerbus, en los textos literarios y en las inscripciones métricas (en las que adquieren un sentido especializado en relación con la mors immatura) con arreglo a la Teoría Contemporánea de la Metáfora y según la metodología ya ensayada en un trabajo anterior de la misma autora sobre acerbus. El estudio de estos adjetivos permite proponer una traducción satisfactoria de los mismos en los textos literarios y epigráficos. El recorrido por los distintos diccionarios 4 nos explica el origen de immitis como una forma compuesta por el preverbio privativo in y el adjetivo mitis. Presentaría, pues, un significado literal, opuesto a mitis ('dulce', aplicado en general al sabor y en particular a los frutos, al que se le une una idea de 'maduro' y 'tierno'), que bien podría ser, por tanto,'inmaduro','verde','áspero al gusto, etc. y que se aplica sobre todo (como en el caso del adjetivo simple) a los frutos (a la uva en Hor., C. II 5.10) y a los vinos. Tendría además un significado metafórico en relación con la percepción sensorial (como también lo tenía acerbus en los autores literarios), llegando a También mitis se usaba con frecuencia como sinónimo de placidus, tranquillus, lenis, etc. (v. Ernout-Meillet, s. v.) 6 Seleccionamos también aquí los mismos poetas cuyos textos habíamos rastreado en el caso de acerbus, es decir, aquellos que compartieron, de un modo evidente y demostrable, un universo común de referencias culturales con los autores, las más de las veces 'desconocidos', de poesía epigráfica (a saber: Plauto, Lucrecio, Catulo, Virgilio, Horacio, Tibulo, Propercio, Ovidio, Marcial, Apuleyo, Silio Itálico y Estacio). Se excluyen de los respectivos cuadros sinópticos los autores que no presenten ocurrencias del adjetivo en cuestión. Para ambos tipos de significado, el literal y el metafórico, se nos ofrecen ejemplos literarios en prosa y en verso. Como se ve, ninguno de los diccionarios menciona la posibilidad de que immitis haya dado lugar a una derivación metafórica relacionada con la duración de la vida del hombre, ni su consecuente significado de 'prematuro', que sí tenía acerbus, aunque de modo incipiente, en la literatura, y, en exclusiva, en la poesía epigráfica. Su búsqueda en los autores literarios 6 nos ofrece, sin embargo, resultados interesantes: En primer lugar, y mirando el número total de ocurrencias en los poetas seleccionados, vemos de entrada un uso considerablemente inferior de este adjetivo, en comparación con su 'sinónimo' acerbus (75 frente a 104). Por lo que respecta a su significado literal, podemos abundar en una de las conclusiones a que llegábamos en el estudio de acerbus: también immitis perdió casi del todo su significado originario y literal que hacía referencia al 'sabor amargo o ácido que produce una reacción de aspereza en la lengua'.Y en el caso de immitis esta pérdida podría decirse que es más acusada (sólo uno de los 75 textos conserva su significado originario), si bien el número de ejemplos puede no ser lo suficientemente elevado como para poder extraer conclusiones más definitivas. También aquí, fue este significado tan concreto y palpable el que facilitó el uso 'metafórico' del adjetivo dentro de otros campos significativos menos concretos, más difíciles de aprehender y que necesitaban, por tanto, recurrir a algún concepto mejor estructurado y más fácilmente inteligible. Desde LOS ADJETIVOS LATINOS RELACIONADOS CON ACERBVS... 8 De dudosa interpretación son los casos de Ov.,Nux 69, Cat. 9 De hecho, por ejemplo, Bücheler y Lommatzsch señalan en su índice de pasajes de Virgilio citados o recordados en los CLE un total de 360 casos de correspondencias, mientras que en el caso de Tibulo estas correspondencias se reducen a 24. EMERITA (EM) LXXIV 1, enero-junio 2006 pp. 113-144 ISSN 0013-6662 una realidad concreta como es la amargura del fruto inmaduro, se pueden llegar a entender, al menos parcialmente, las sensaciones -nada concretas -de amargura, enemistad, crueldad, etc.; pues producen en nuestro interior una reacción similar a la que experimenta nuestra lengua al probar un fruto inmaduro. A este respecto, resulta especialmente ilustrativo de los mecanismos mentales capaces de generar este tipo de derivaciones metafóricas, un ejemplo de Virgilio en el que se establece una contraposición entre una dulce comida y unos nidos crueles, amargos, despiadados (Georg. IV 17: ore ferunt dulcem nidis immitibus escam); significado mayoritario del adjetivo, que incluso con frecuencia se coordina a (o se pone en relación con) adjetivos como saeuus, cruentus, inuidus o ferus: Tib. I 3.48: Inmiti saeuus duxerat arte faber; III 4.74: Inmitem dominam coniugiumque ferum; Stat., Theb. II 3.38: immitem Bromium, stagna inuida et inuida tela, etc. En relación con la segunda de las derivaciones metafóricas con que se utilizó acerbus, la situación es considerablemente distinta en el uso de immitis. Si bien 25 de los 104 textos literarios con acerbus, desarrollaban un significado metafórico relacionado con el paso del tiempo en la vida del hombre (si un fruto caído o arrancado prematuramente resulta acerbus o immitis, también la muerte acaecida antes de tiempo será acerba o immitis), ahora los textos en los que podemos descubrir esta segunda acepción se reducen a 4 7, entre los cuales cabe destacar un texto de Tibulo 8, concretamente en su autoepitafio literario: Tib. Un hexámetro que no tuvo la fortuna de aquel otro virgiliano (Aen. VI 429: abstulit atra dies et funere mersit acerbo), que contribuyó al éxito y expansión de este uso de acerbus en la literatura y en la epigrafía, sin duda por la mucha menor difusión de un poeta como Tibulo 9. En definitiva, podemos concluir que también para immitis, y en mayor medida que para acerbus, prevalece la primera de las acepciones en la literatura. Una vez más, como así ocurría en el caso de acerbus, es precisamente la derivación metafórica menos usual en los autores de poesía 'conocidos' (apenas un ejemplo seguro y tres dudosos que recurren al símil frutal frente a los 70 que establecían una relación conceptual con el plano de la percepción sensorial), la única que acti-118 CONCEPCIÓN FERNÁNDEZ MARTÍNEZ 10 Frente a los 61 que hallábamos de acerbus. Y es esta uniformidad la que nos permitiría hablar, también para immitis, de una especialización epigráfica del adjetivo. Sólo que, curiosamente, immitis es un adjetivo de uso escasísimo en la poesía epigráfica: tres únicos ejemplos, uno de los cuales está en un texto corrupto, de forma que quedan en realidad reducidos a dos 10 (CLE 1057,4: E[leuthe]ris haeret et puer, inmites que[em rapuere]... y 2125,2: consumpta inmiti morte sepulta iacet); ambos referidos claramente a una mors immatura y que, en todo caso y con todas las cautelas a que nos obliga ese reducidísimo número de ejemplos, confirman nuestra hipótesis de especialización epigráfica. Las razones para tal especialización en este caso (además de que en uno de los textos podemos llegar a reconocer ecos inequívocos del autoepitafio de Tibulo: CLE 2125,2: consumpta inmiti morte sepulta iacet, adaptado al ritmo del pentámetro), podrían estar en la similitud de ambos adjetivos, acerbus e immitis, que comparten, en la literatura y en la epigrafía, el mismo significado literal y las mismas derivaciones metafóricas. El adjetivo amarus tiene el significado básico de 'amargo al gusto', por oposición a dulcis y es definido por Lewis & Short (en su versión electrónica) como sinónimo de acerbus. A partir de este significado inicial, puede desplazarse hacia el sentido del oído y aplicarse de hecho a sonidos penetrantes y agudos (Stat., Theb. 553); o hacia el sentido del olfato, llegando a expresar olores desagradables (Plan. Desde esa amargura concreta asociada a los sentidos del gusto, oído u olfato, el adjetivo pudo establecer relaciones conceptuales con sensaciones igualmente desagradables o amargas que afecten a otros sentidos ya no tan concretos; de ahí el significado metafórico, frecuente en la literatura, como veremos, de'amargo, triste, desagradable, molesto, irritable', etc., que puede calificar tanto a personas como a hechos, palabras, etc. uso ligeramente inferior al primero y superior al segundo (97 ejemplos frente a 104 y 75, respectivamente), presenta ya a simple vista una notable diferencia con respecto a ambos: la gran abundancia de usos con su acepción más literal y concreta, referida a los sentidos del gusto o del oído; un total de 45 ejemplos que casi alcanzan la mitad del total, entre los que destacamos, a modo de muestra: Pl., Cas. En el estudio que habíamos hecho sobre sus sinónimos acerbus 11 e immitis nos llamaba la atención la pérdida casi absoluta de su significado originario y literal que hacía referencia al sabor amargo de los frutos inmaduros; este significado literal era el que facilitaba la derivación metafórica de los adjetivos hacia otros campos significativos menos concretos, de tal modo que ambos dejaron de usarse con su significado básico, para lo cual, naturalmente, habría que echar mano de otros adjetivos sinónimos; uno de los cuales, como nos muestran los textos de los autores seleccionados, fue sin duda amarus. La otra mitad son usos metafóricos relacionados con otras sensaciones de amargura o crueldad, mucho menos concretas. 10.591: quem pius Aeneas dictis adfatur amaris; Hor., S. I 7.7: confidens, tumidus, adeo sermonis amari, etc., sin que tal adjetivo, a diferencia de los restantes que venimos estudiando, se asocie -salvo muy excepcionalmente 12 -a contextos de muerte. Usado tan sólo en dos ocasiones, por lo que no podemos ser nada concluyentes en nuestros comentarios, amarus ha desarrollado en la poesía epigráfica la misma derivación metafórica que en los textos literarios, sin que se pueda relacionar de modo directo con contextos de mors immatura: 1554,5: lacrimis meorum amaris (donde se llora la muerte de una mujer de 39 años, en un poema sin ningún tópico de los usados en casos de mors immatura) y 186,5: numquam inter nos fecimus uerbum amarum. Da la impresión, pues, de que precisamente por el hecho de conservar en los autores literarios su significado literal (para suplir la ausencia de acerbus o immitis en esos mismos contextos), se ha alejado más de sus usos metafóricos, hasta el punto de que, por una parte, amarus apenas sí se ha usado en la poesía epigráfica, y, por otra, no ha llegado a desplazarse, como sus sinónimos, hasta llegar a asumir el significado de 'prematuro' o 'anticipado', en contextos de mors immatura. Para los problemas que plantea la cantidad de la Á de Ácer, cf. Ernout-Meillet s.v. Su uso en los autores seleccionados resulta, como vemos, tan escaso que no nos permite extraer conclusiones fiables. Obsérvese, no obstante, cómo el número de usos concretos (del tipo Verg., Georg. III 380: fermento atque acidis imitantur uitea sorbis) supera (en el doble, si bien estos números deben manejarse con gran cautela) al de sus derivaciones metafóricas hacia el ámbito de las sensaciones hirientes o acuciantes (Hor., Ep. Si escaso era el número de ejemplos en los autores literarios, nulo es su uso en la poesía epigráfica. En este caso, puesto que el significado del adjetivo no se relaciona etimológicamente con el paso, más o menos rápido, del tiempo, ni su más concreta 'acidez' parece haberse empleado de un modo especializado para los frutos inmaduros (no es así, de hecho, en ninguno de los ejemplos de los autores seleccionados), no es de extrañar su ausencia en los contextos de mors immatura que venimos revisando. Con este recuento de ejemplos, el adjetivo acer se convierte en uno de los más usados de la serie que estudiamos (si exceptuamos el caso especial de durus que cuenta, como veremos infra, con 617 ocurrencias). Cabe destacar sobre todo la extensión mayoritaria de su acepción metafórica relacionada con la fiereza, la enemistad o la amargura, pues 202 de los 244 se reparten entre ejemplos como: Pl., Bacch. 628: multa mala mi in pectore nunc acria atque acerba eueniunt (obsérvese en este ejemplo su coordinación con acerba); Lucr. III 540: nunc sinitis sine Marte capi? uosne, acrior aetas, etc. No debemos pasar de largo, por otra parte, el hecho de que muy pocos de esos significados 'concretos' se relacionen con el sentido del gusto y que en ninguno de ellos sirva para calificar el sabor de los frutos que no han madurado, encontrándose más bien junto a alimentos 'agrios' o 'podridos' (cf., por ejemplo, Lucr. IV 637: ut quod aliis cibus est aliis fuat acre uenenum; Hor., S. II 4.59: potorem coclea; nam lactuca innatat acri); de ahí que no haya tenido un ámbito de aplicación en contextos de mors inmatura ni en la literatura ni en la epigrafía, como veremos. Frente al uso abundante de este adjetivo entre los poetas seleccionados, llama la atención el hecho de que acer sólo se emplee tres veces en los CLE (569,2: [inque 122 CONCEPCIÓN FERNÁNDEZ MARTÍNEZ EMERITA (EM) LXXIV 1, enero-junio 2006 pp. 113-144 ISSN 0013-6662 acr]es luctus conuertit uota parentum; 488,2: acri homini adque alacri forti fido...; 629,2: inde regrediens incidi febribus acris); todos ellos, como puede comprobarse, con su acepción metafórica y sin que lleguen a formar parte (salvo en el primer ejemplo, que no es más que una reconstrucción) de contextos de mors immatura. Es indudable que este adjetivo debió de sufrir la competencia de otros similares, tanto para la derivación metafórica de la crueldad, acritud o dolor acuciante, como para la que podría haberlo relacionado -desde el amargor de los frutos -con la mors immatura. Adjetivo con un significado originario muy concreto y referido al sentido del tacto, se usó en primer lugar para expresar algo desagradable al tacto; de ahí los significados frecuentes de'rugoso, rocoso, áspero', etc. Se le conocen también otras acepciones, no menos concretas, relacionadas con los sentidos del gusto (con el significado de 'amargo' o, en definitiva,'desagradable'), del oído (con el significado de 'áspero' o 'chillón') e incluso del olfato, para olores que resultan penetrantes (cf., por ejemplo, Ernout-Meillet, OLD, Lewis & Short, s.v.). Desde estos significados concretos de desagrado, ha desarrollado también, como otros adjetivos similares que venimos estudiando, una derivación metafórica relacionada con sensaciones abstractas de violencia, fiereza, amargura, dureza o adversidad, como vemos en un buen número de textos de los poetas seleccionados. Su frecuencia de uso es similar a la de acer, si bien se documenta un cierto incremento en el número de ejemplos con sus más concretos significados originarios. Entre ellos, destacan muy especialmente los textos referidos a cualquier tipo de aspereza al tacto (así, Verg., Ecl. 2.348: horrebant densis aspera crura pilis y otros muchos ejemplos similares); aunque no faltan algunos aplicados al sentido del gusto y referidos a alimentos amargos (aunque en ninguno de los casos se usa para los frutos inmaduros), con una acepción muy cercana a la de amarus, hasta el punto de aparecer ambos adjetivos coordinados (Lucr. IV 277: asper in ore sapor, entre otros). Algunos de los ejemplos nos dejan ver con facilidad los mecanismos conceptuales que hicieron posible el desplazamiento de este adjetivo hacia LOS ADJETIVOS LATINOS RELACIONADOS CON ACERBVS... EMERITA (EM) LXXIV 1, enero-junio 2006 pp. 113-144 ISSN 0013-6662 las sensaciones nada concretas ya de desagrado o 'exasperación' (quizá la traducción más adecuada para esta acepción metafórica); es así como en Verg., Georg. IV 245: aut asper crabro imparibus se immiscuit armis, nos encontramos con un abejorro áspero al tacto y capaz al mismo tiempo de proporcionarnos desagradables sensaciones, transmitiéndonos en definitiva una conceptual blending 14, es decir, un espacio mental que incorpora elementos procedentes de variadas fuentes; similar interpretación podrían tener los casos en que asper se aplica al mar a la vez 'encrespado' y 'fiero' (Ov., Met. Finalmente, la mayor parte de ejemplos expresan ya, en exclusiva, la derivación metafórica de la fiereza, lo desapacible, la exasperación (así en: Verg., Aen. Reducidísimo resulta el uso epigráfico de asper frente al literario; cuatro ejemplos, uno sólo de los cuales (CLE1365,7: iam dudum castum castigans aspera corpus delituit uestis) conserva el significado originario de la aspereza al tacto, mostrando los otros tres la conocida derivación metafórica (1,4; 546,1 y 1189,7). Como vemos, su significado concreto en relación con el sentido del tacto, si bien en ocasiones ha podido aplicarse a algunos alimentos, no ha llegado nunca a usarse para la sensación de 'aspereza' que producen los frutos inmaduros; de ahí que no se haya desplazado, metafóricamente, hasta contextos de mors immatura, como sí lo hicieron acerbus o immitis. El adjetivo crudus, relacionado etimológicamente con cruor y crudelis, tiene el significado básico de 'sangrante'. De ahí que, además de aplicarse, en sentido propio, a las heridas (cf. Lewis & Short, s. v.), se haya aplicado también, desde el principio, a los alimentos 'crudos','sin cocinar'. Desde este sentido de 'inacabado' se ha extendido igualmente a los frutos 'verdes' y a todo lo inacabado o inmaduro. Los distintos diccionarios nos muestran además un uso 'poético' con el sentido de 'cruel','amargo', que ha podido sobrevenirle desde su originario significado de 'sangrante' (con uulnera en Ov., Tr. III 11.19), o bien a partir de su frecuente uso para los frutos verdes, por los mismos caminos conceptuales descritos ya para casos como el de acerbus o immitis. Asciende, como vemos, el número de casos de este adjetivo, hasta igualarse, por ejemplo, con immitis. Llama la atención, en comparación con los restantes adjetivos, el hecho de que conserve con mucha frecuencia, en los autores literarios (otra cosa será, como veremos, su uso en poesía epigráfica), su significado originario de 'sangrante' o 'crudo'; precisamente el que le ha facilitado su aplicación a los frutos inmaduros, valor a partir del cual, ha podido dar lugar a las mismas dos derivaciones metafóricas, trasladando, por un lado, la aspereza del fruto inmaduro al campo de la percepción sensorial 15 (y éste es su uso mayoritario, como puede apreciarse en el cuadro), y utilizándolo en relación con cualquier hecho que aún no ha llegado a su término (en sólo 14 ejemplos 16 ). Este adjetivo está muy escasamente representado en la poesía epigráfica: sólo dos ejemplos (lo que nos tiene que llevar a valorar con cautela las posibles conclusiones), 526,7: set crudum indignumque nefas et triste... y 1355,6: soror trieteride quinta Taenareas crudo funere uidit aquas; en ambos se trata de casos de mors immatura, sin que aparezca, por tanto, con los otros dos significados con que se documenta en los textos literarios. Su comportamiento, en definitiva, es muy comparable al de acerbus o immitis estudiados supra. Formado a partir de crudus y relacionado, por tanto, etimológicamente con cruor, los distintos diccionarios recogen, sin embargo, un uso bastante regular y unitario de este adjetivo, que parece tener el único significado de 'cruel' o 'salvaje', bien aplicado a las personas, bien a las acciones o sucesos. El adjetivo tomaría, pues -en exclusiva, según parece deducirse de los distintos diccionarios -, uno de los significados derivados que había desarrollado crudus. Así, tanto en prosa como en Adjetivo muy usado, presenta un significado regular y mayoritario (128 de 146) -pero no único -relacionado con la crueldad; el mismo que uno de los que había desarrollado crudus a partir de su aplicación a los frutos verdes, cuyo sabor resulta desagradable. Pero, además de esta acepción, que es la única que recogen los diccionarios, crudelis ha conservado su sentido etimológico de 'sangrante' (el mismo que tenía también crudus) en un pequeño grupo de ejemplos de Virgilio (4 casos) y Ovidio (3 casos); así, por ejemplo, en: Ov., Met. Pero sobre todo (y de esto tampoco se hacen eco los diccionarios) resultan especialmente interesantes los ejemplos en que Virgilio (en 9 ocasiones 17 ) y Marcial (en 2 18 ), usan este adjetivo con la acepción de 'prematuro' (derivación metafórica que también conocía crudus a partir de su extensión a los frutos verdes y a todo lo inmaduro o inacabado, como veíamos supra); y lo hacen curiosamente en contextos de mors immatura. III 263: nec moritura super crudeli funere uirgo, etc; sintagma éste repetido no sólo en distintos versos virgilianos sino en muchos de los poemas epigráficos, como veremos infra. Esta última acepción, casi desconocida en la literatura e ignorada por los diccionarios al uso, será, en efecto, la que prevalecerá en la poesía epigráfica. Llama la atención, en primer lugar, el amplio uso que de este adjetivo se hace en la poesía epigráfica, 68 ejemplos; un número sólo comparable a los 70 casos de Se trata de la conocida conceptual blending mencionada supra. Pero las acepciones y los contextos en que encontramos este adjetivo, distan mucho de los hallados en los autores literarios examinados; en efecto, la acepción de 'crueldad' o 'amargura del alma' que encontrábamos de modo mayoritario y casi único en la poesía de autores conocidos -y que era la única que registraban los diccionarios -, ahora queda reducida a 6 ejemplos, 4 de ellos, además, en contexto de mors immatura (1212,5; 702,5; 702,9; 1971,6); otro aplicado como epíteto al dios de los infiernos (971,8: crudelis Pluton, nimio saeuite rapinae) y sólo uno sin relación alguna con la muerte (307,1: Eutychius martyr crudelia iussa tyranni). Además, y como también habíamos detectado en algunos poetas conocidos (Virgilio, Ovidio y Estacio), en un pequeño grupo de poemas epigráficos el adjetivo recupera su valor etimológico de 'sangrante', para ser aplicado, por ejemplo -como vimos que lo era crudus-, a las heridas; se trata de un par de ejemplos que se mantienen, no obstante, dentro de un contexto de mors immatura, de tal manera que hablan de 'heridas sangrantes precisamente por ser prematuras' 19 (1612,18: dolebunt crudeli mortis meae uulnere y 1639,1: amissum mater crudeli uolnere natum). Pero son los 60 ejemplos restantes los que resultan especialmente interesantes, al utilizarse sistemáticamente en contextos claros de mors immatura, combinados con las expresiones más usuales para este tópico (verbos como rapio, propero, en epitafios de padres a hijos, mencionando a las Parcas que rompen sus hilos antes de tiempo, etc.: 1281,1: una dies adimit crudeli clade peremtas; 1143,2: compleras nubilis Nahum Vibia, crudeli funere rapta uiro; 1026,1: Itala me rapuit crudeli funere tellus; 493,8: dura peregistis crudelia pensa sorores); o en sintagmas muy similares a los que se usaban con el adjetivo acerbus (cuyo significado de 'inmaduro' o 'prematuro' había quedado demostrado en el trabajo citado al comienzo de estas páginas); e incluso en combinación con él (1591,8: matris eripuerunt immeritum Parcae crudeles funere acerbo; 971,5: uerbis maledicere acerbo. crudele pater funus nati uidisse uideris; y llegando a recordar el conocido verso virgiliano que tanto contribuyó a la extensión del sintagma funus acerbum 20 (588,6: funere mersit, suiusque reuersum crudeli funere corpus; 1011,1: inuida mors rapuit fato crudelis iniquo). Es interesante a este respecto, recordar el importante papel de Virgilio como difusor, aunque no necesariamente iniciador, de determinados versos, hemistiquios o sintagmas, en esa 'civilización epigráfica' en la que convivieron poetas reconocidos y autores anónimos de poesía epigráfica. Podríamos, pues, hablar, a la vista de los resultados, de un uso especializado de crudelis en los CLE, para los casos de mors immatura, tal y como habíamos visto y demostrado para el adjetivo acerbus. Una especialización semántica en la que preci- Llamo la atención sobre el carácter "provisional" de esta interpretación, puesto que, por el momento, no he podido hacer la autopsia de la inscripción y ni siquiera observar una foto de ella. Sólo su lectura sobre el soporte podría darnos la solución e interpretación definitivas. samente acerbus ha podido jugar un papel importante, al entenderse, en cierta medida y en este contexto concreto de mors immatura, como sinónimo de crudelis, tras haber sufrido ambos el mismo proceso de derivación metafórica a partir de su aplicación a los frutos que aún no han madurado. No olvidemos que poetas como Virgilio, Marcial o Estacio habían hecho uso también de esta misma acepción -como vimos supra-, lo que nos confirma nuestra idea, desarrollada en el citado trabajo sobre acerbus, de ese universo cultural que compartieron, como fuente de inspiración, los autores epigráficos y los literarios. Esta especialización de que hablamos no deja de tener una cierta importancia, por variados motivos. En primer lugar, porque, como en el caso de acerbus, nos confirma igualmente el acierto de las nuevas teorías de la metáfora (la tendencia natural a recurrir a una realidad concreta e inmediata para tratar de explicar otra mucho más abstracta y difícil de entender); pero sobre todo por la clarificación e incluso ampliación de las acepciones tradicionalmente admitidas para este adjetivo, con todo lo que ello supone a la hora de interpretar y traducir los textos epigráficos en los que se inserta. Nos ayuda además a distinguir definitivamente lo que significa crudelis en la literatura latina en general y en la poesía epigráfica en particular. Por último, el conocimiento exhaustivo del significado de este adjetivo en las inscripciones en verso puede, en algún caso, proporcionarnos claves para la interpretación de textos oscuros; es el caso precisamente del verso 8 del carmen 1515, procedente de Ammaedara: iam te non Tartara crudelem tenebunt; un texto difícil en el que Bücheler corrige crudelem en crudele, para poder entenderlo como un adverbio; mientras que el editor del CIL prefiere leer crudelia, para asignárselo a Tartara, una corrección sin fundamento, que convertiría este endecasílabo mal compuesto (y ya con 12 sílabas) en uno igualmente mal compuesto y de trece sílabas. Ninguna de estas correcciones se hace necesaria tras nuestro conocimiento de que crudelis tiene en poesía epigráfica un uso especializado para la mors immatura, que lo convierte en sinónimo de acerbus, de tal modo que el texto africano, sin sufrir correcciones 21, podría interpretarse de la siguiente manera: "no te retendrá antes de tiempo el Tártaro" 22 en relación con *druros, reconstruido a partir del sánscr. darunah ('rudo, fuerte'), del irl. dron ('sólido') o del gr. droón y drûj ('árbol, encina'), a través de una disimilación sin precedentes y poco verosímil. El Thesaurus Linguae Latinae (s.v.), después de relacionarlo con el gr. sklerós y stereós y de oponerlo a mollis y a facile penetrabilis, menciona su primer ámbito de aplicación (de corporeis) y su relación inicial con el sentido del tacto (pertinet ad tactum). Asimismo, y en relación también con el sentido del tacto, se describe cómo han podido ser calificados como durus la tierra, los árboles, las hierbas, las plantas o los alimentos; e incluso los frutos, a los que les confiere el significado opuesto a bene in arbore maturata. En segundo lugar durus puede afectar también al sentido del gusto, y así se aplica a los alimentos o al vino, con el significado opuesto a suauis. Se describe después un uso no ya propio sino derivado, que redefine el adjetivo como difficilis perpessu, toleratu uel factu; y en este sentido sirvió para calificar algunas desgracias, injusticias, mandatos, palabras, etc., hasta llegar a igualarse con adjetivos como intractabilis, obduratus e incluso con crudelis o immitis. Raimundo de Miguel (s.v.), sin embargo, establecía una relación etimológica con douron ('leño') y definía durus como'duro, sólido, cruel, áspero, rígido, rudo, dificultoso, adverso, etc.'; además señalaba también su aplicación a los alimentos o al vino, cuyo mejor ejemplo tal vez sea el sintagma durum acetum (Seren., Med. Finalmente, completa una ilustrativa lista de sinónimos que nos ayuda a perfilar bien su significado: solidus, firmus, grauis, ponderosus, acer, laboriosus, difficilis, arduus, calamitosus, aduersus, noxius, asper, molestus, rudis, impolitus, saeuus, immitis, rigidus. Gaffiot (s.v.) da como primer significado 'duro al tacto' y como segundo 'áspero al gusto'; y desde ahí pasa a una serie de acepciones menos concretas, relacionadas con el esfuerzo, la crueldad, la dificultad, etc. El Oxford Latin Dictionary (s.v.) enumera las siguientes acepciones: en primer lugar'referente al tacto, duro, sólido'; con una segunda acepción se aplica al sentido del gusto, pasando a significar 'fuerte', por lo que sirve para calificar los distintos alimentos, sabores, bebidas, etc. Por último, y en sentido figurado, puede aplicarse al ámbito de la percepción sensorial, con el significado de'duro, implacable, severo, difícil,', etc. Una descripción paralela -aunque menos completa-que la que recibe este mismo adjetivo en el ThLL. Lewis & Short (s.v., en su versión electrónica) son quienes nos proporcionan -como también ocurría en el caso de acerbus -una descripción quizá más acertada. Para empezar, nos ofrecen una serie de palabras latinas con definiciones similares (algunas de las cuales coinciden con las que leíamos en Raimundo de Miguel): acerbus, immitis, rigidus, difficilis, y su correspondiente en griego kraterój). El adjetivo se define directamente como 'duro' (hard). Después, detallan su significado ori- ginal y concreto en relación con el sentido del tacto, por lo que se aplicó desde el principio a las rocas, piedras, armas de hierro, etc. Desde su primitiva relación con el sentido del tacto se ha desplazado hacia el sentido del gusto; por eso, y con el significado opuesto a suauis se ha aplicado al vino (Verg., Georg. IV 102) o al vinagre, como veíamos supra. Igualmente se ha desplazado también hasta el sentido del oído y se ha aplicado a los sonidos, las consonantes, las sílabas, etc. Tras los significados propios se enumeran los figurados, los transferidos, es decir, las derivaciones metafóricas; y es así como durus ha podido llegar a significar'rudo, vigoroso, resistente, insensible, desagradable, adverso', etc., y aplicarse al frío, a las enfermedades, al hambre, a las costumbres, a las personas, etc. Sea cual fuere su etimología, podemos deducir de este recorrido por los distintos diccionarios un primer significado concreto, relacionado con "la dureza al tacto". De nuevo aquí, como en el caso de acerbus, llama la atención el carácter excesivamente descriptivo de la mayor parte de los diccionarios, pues, junto a este primer significado, y sin establecer ninguna relación de parentesco, dependencia o derivación metafórica, se enumeran, como hemos visto, algunos otros, ya sea concretos (relacionados con el sentido del gusto o el oído), ya sea abstractos (aplicados a situaciones adversas, mandatos crueles, personas dañinas, etc.). Una vez más también, constituye una excepción parcial el tratamiento que recibe durus por parte de Lewis & Short (en su versión electrónica), que, al menos, distinguen con claridad los usos literales de los transferidos, explican cómo pudo desplazarse un mismo significado concreto desde el sentido del tacto a los del gusto u oído, y cómo, por último, llegó a significar 'rudo','desagradable' o 'adverso', por derivación metafórica desde lo concreto y tangible a lo abstracto e intangible. Dentro del estudio que venimos realizando y que ahora emprendemos para durus, nos interesan muy especialmente algunos de estos usos. En primer lugar, el desplazamiento semántico que ha facilitado la acepción relacionada con la 'crueldad' que también tenía acerbus-, a través de unos mecanismos de derivación que -como bien explicaba la TCM 23 -nos permiten conocer las relaciones conceptuales que rigen nuestro lenguaje y nos llevan a conceptualizar un dominio mental (sobre todo si éste es abstracto) en términos de otro (mucho más concreto). Pero nos interesan sobre todo aquellos casos en que el significado de durus se ha desplazado desde el ámbito del sentido del tacto al del gusto y se ha podido aplicar, por tanto, a los frutos que no han madurado en el árbol, al vino de sabor fuerte, al vinagre, etc. Un significado que lo ha convertido en sinónimo de acerbus y que puede haber facilitado -como veremos que ocurre en la poesía epigráfica -la misma derivación metafórica de aquél, hacia la vida truncada antes de tiempo y su consiguiente uso en los epitafios en verso que recrean el tópico de la mors immatura. Sorprende en primer lugar -y en comparación con el resto de los adjetivos estudiados -la elevadísima frecuencia de uso de este adjetivo en la selección de poetas con la que trabajamos. Su primer significado concreto y etimológico, relacionado con la 'dureza al tacto' parece tener aquí una mayor fuerza que en el resto de los adjetivos estudiados, ya que es el que se conserva en un tercio de los casos (Lucr. Un número simbólico y poco representativo de ejemplos (concretamente tres) registra el desplazamiento de ese mismo significado concreto, desde el sentido del tacto al del gusto; así en Verg., Georg. IV 102: et liquida et durum Bacchi domitura saporem, en un fragmento en el que se enfrentan sabores dulces y fuertes; o en Ov., Met. VII 594: concipit et fundit durum inter cornua uinum, y sobre todo Fast. II 253: stabat adhuc duris ficus densissima pomis; ejemplo este último especialmente interesante, pues desde ese significado de dureza aplicado al sentido del gusto, vemos cómo se ha aplicado a los frutos inmaduros, identificándose con acerbus y facilitando, también en literatura, pero sobre todo -como veremos-en poesía epigráfica, la derivación metafórica que le ha conferido el significado de immaturus. Apenas un ejemplo registra el mismo significado de dureza aplicado al sentido del oído (Prop. II 33a.10: et pecoris duro perdere uerba sono) y la mayor parte de los casos (¡dos tercios del total!) desarrollaron de modo preferente una derivación metafórica del adjetivo desde la que pudo expresar situaciones desagradables, adversas, crueles, etc. Así, por ejemplo, en: Lucr. Pero una vez más, como en el caso de crudelis, es un pequeño grupo de ejemplos (9 en total, 5 de los cuales son de Virgilio) el que nos llama especialmente la atención, pues se usan con el significado de 'prematuro' y se asocian a contextos de muerte anticipada; el mismo significado que ya habíamos encontrado en crudus y crudelis, discretamente en la literatura y de modo especializado en la epigrafía (cf. supra). Un significado muy alejado, en apariencia, del valor originario y concreto de durus, pero que ha podido llegar a adquirir fácilmente a través de sus 24 Verg., Aen. 21 explica cómo el verso virgiliano tiene su origen en expresiones epigráficas y sobre todo "en la utilización especializada que suele hacerse en los CLE del adjetivo acerbus" (p. Valgan como ejemplos los siguientes: Verg., Aen. Desciende el número de usos de durus con respecto a crudelis, pero su presencia en 43 poemas epigráficos sigue siendo considerable (el segundo en frecuencia de los que estudiamos) y nos permite extraer conclusiones fiables. Una vez más el uso epigráfico dista del literario a la hora de seleccionar sus distintas acepciones. Sin embargo, a diferencia de lo que venimos encontrando en el resto de los adjetivos, el significado literal, asociado a la dureza al tacto (que ya era importante en la literatura, pues alcanzaba a un tercio de los textos), se conserva también en la epigrafía y no de modo simbólico ni del todo excepcional, llegando a aparecer en 8 ejemplos como los que siguen: 1135.4: grata magis Terrae quam tibe, dure lapis y 965,2: incisum et duro nomine erit lapide. La derivación metafórica que lo ha llevado a expresar la crueldad, dureza o amargura del alma, que era el uso más abundante (dos tercios del total) en los autores literarios seleccionados, se reduce aquí a ocho textos, porque estos anónimos poetas epigráficos han preferido la derivación metafórica que, desde el significado concreto asociado a los frutos sin madurar, ha servido para enriquecer una vez más el tópico de la mors immatura (que alcanza a los 27 restantes). Unos ejemplos en los que se detecta la influencia de acerbus y que nos dejan ecos, directos o indirectos, del conocido verso virgiliano que tanto tuvo que ver en la especialización epigráfica de acerbus y algunos de sus sinónimos (Aen. El uso epigráfico de durus nos muestra, en definitiva, una clara tendencia a la especialización de este adjetivo para los casos de mors immatura, como ya venimos viendo que sucede en no pocos de los adjetivos que estamos sometiendo a estudio. La especialización se ha operado aquí, como en otros casos similares, a partir de la aplicación de su significado concreto de dureza, al sentido del gusto, sirviendo, pues, para designar los frutos aún no madurados. Desde ahí, ya no resulta difícil imaginar las relaciones conceptuales que se han podido establecer entre durus, acerbus, immitis, etc., y que, en contextos relacionados con la muerte, han facilitado y extendido su uso metafórico para la vida humana que se trunca antes de tiempo. Esta tendencia a la especialización de durus para los casos de mors immatura es paralela a la ya comentada de crudelis y nos permite extender aquellos comentarios y conclusiones, también al caso de durus (las referidas a la común fuente de inspiración de autores epigráficos y literarios, las que destacan el importante papel que debió jugar acerbus en la extensión de su acepción metafórica, y las que nos ayudan, en fin, a conocer de modo exhaustivo el significado de todos estos adjetivos y a interpretarlos, por tanto, en los textos epigráficos en que se insertan). Adjetivo deverbativo, formado a partir de rigeo, tiene el significado de 'rígido','duro', usado con mucha frecuencia para expresar, como idea accesoria (cf. Ernout-Meillet, s.v. rigeo), el efecto del frío (rigida tellus: tierra helada), o para cualquier dureza o rigidez causada por tensión (rigida mentula). Desde cualquiera de estos significados concretos, por derivación metafórica relacionada con la dureza de los sentimientos, ha podido llegar a usarse con los significados de'cruel, inflexible, fiero, severo', etc. Así se explica la diversidad de sinónimos que le asigna Raimundo de Miguel en su Diccionario: desde su significado concreto y originario aparecería como sinónimo de rigens, gelidus, stans, rectus, erectus, durus, inflexibilis, etc., y desde sus signifcados metafóricos resultaría intercambiable (además de con durus, por ejemplo) con inmitis, saeuus o crudelis. Los resultados, como puede observarse en el cuadro, son muy similares a los de amarus, tanto en la frecuencia de uso como en la distribución de sus dos únicas acepciones, la más concreta y originaria y la derivación metafórica, más abstracta, en relación con la dureza de los sentimientos o con el carácter más o menos severo o inflexible de las personas. Así, abundan por un lado los ejemplos como Verg., Georg. II 6.4: et rigido teneras unge notate genas, o aplicados a las aguas heladas, como Ov., Tr. El mismo paralelismo con amarus, en frecuencia y acepciones, advertido en los autores seleccionados, encontramos en la poesía epigráfica: de nuevo dos únicos ejemplos (tampoco en este caso podremos ser concluyentes), y ambos con la misma derivación metafórica que en los textos literarios, sin que en ninguno de ellos aparezca la menor relación con el tópico de la mors immatura: 704,8: scriptorum custos rigidus ('severo guardián de las escrituras') y 899,7: qui potuit rigidas Tothorum subiere mentes ('capaz de dominar el inflexible valor de los godos'). Parece confirmarse la hipótesis de que precisamente los adjetivos que de un modo mayoritario conservan en la literatura su significado más literal (en este caso la rigidez o dureza), desarrollan menos derivaciones metafóricas; es así como rigidus, además de su significado literal ampliamente documentado, ha servido también para expresar, metafóricamente, la dureza de los sentimientos, pero su significado de 'dureza física o material' no ha llegado a relacionarse nunca con los alimentos ni con los frutos inmaduros, de forma que no ha llegado a desplazarse, como muchos de sus sinónimos, hasta los contextos de mors immatura, ni en la literatura convencional ni en la poesía epigráfica. El adjetivo immaturus, compuesto como lo era immitis, en este caso a partir de maturus ('que llega a su pleno desarrollo', incluso 'viejo','de edad'), se aplica, en su primera acepción 26 a los frutos y plantas que aún no han madurado. En el mismo sentido se aplica también a personas o animales jóvenes y a hechos sucedidos antes de tiempo. Vemos, pues, que su significado, como en los casos anteriores, también se ha ido desplazando desde lo concreto hasta lo abstracto. Desde la información que nos proporcionan los diccionarios, es fácil deducir, como de hecho nos demostrarán los textos, que este adjetivo desarrolló una sola de las derivaciones metafóricas conocidas por acerbus e immitis, es decir, la relacionada con el paso del tiempo, muy cercana en este caso al significado originario de índole temporal del tema en -u-*matu-, del que procede y que se reconoce también en palabras como matutinus, maturitas, etc. El hecho de que la raíz de este adjetivo esté tan fuertemente vinculada a una noción temporal originaria, facilitaría el desplazamiento de su significado desde los frutos (inmaduros) hasta los jóvenes (también inmaduros) y hasta la propia muerte, si ésta acaecía antes de lo previsto; pero impediría al mismo tiempo que se desarrollase esa otra derivación metafórica relacionada con la percepción sensorial, que había hecho que adjetivos (como acerbus o immitis) que tenían un significado originario relacionado con el sabor amargo de los frutos inmaduros llegasen a poder expresar también la amargura del alma. El número total de usos de este adjetivo vemos que desciende considerablemente respecto a acerbus o immitis. Escasos igualmente resultan los textos en que immaturus se usa con su primera acepción (Apul., Met. XV 533); significado que facilitó, también para este adjetivo, su uso 'metafórico' en otro campo significativo no tan concreto como el de los frutos, el de la duración de la vida del hombre. Pero los doce textos que desarrollan este último significado no son totalmente idénticos; cinco de ellos se refieren sencillamente a hechos sucedidos antes del tiempo previsto o a personas jóvenes, que aún no han madurado (Pl., Per.315, Mart. Es de esperar que, puesto que su significado está muy relacionado con contextos de mors immatura, sea éste un adjetivo muy usado en las inscripciones funerarias en verso, donde este tópico de la muerte prematura recibe un amplio y variado desarrollo literario. Nos encontramos, en efecto, con 38 ejemplos epigráficos 27, todos ellos en inscripciones funerarias y con el mismo significado ('prematuro','antes del tiempo previsto'), y siempre con el mismo tipo de sustantivo (mors o similares). También aquí, como ya habíamos advertido para acerbus, encontramos en un par de textos el punto de partida, no cronológico pero sí conceptual de estos usos metafóricos. En ellos se ejemplifica la mors immatura, no mediante la metáfora sino recurriendo Para el estudio detallado de los orígenes y expansión, literaria y epigráfica, de este símil frutal, cf. Fernández 2003, esp. pp. 327-328. Fuera ya del símil frutal explícito, los ejemplos restantes hacen un uso metafórico de este adjetivo en textos muy similares a los siguientes: CLE 167,2: mors inmatura fecit mater faceret filio; 995B,13: quodque mihi eripuit mors inmatura iuuentae. Se entiende, pues, que este adjetivo (y los dos que siguen) se hayan englobado en un grupo en cierta manera distinto al que pertenecen acerbus, immitis, etc., pues su significado originario no tiene relación con el sabor amargo de los frutos inmaduros y no es, de hecho, tan concreto. De ahí que no desarrolle esa derivación metafórica relacionada con la amargura no ya del fruto sino del alma. Igualmente compuesto a partir de maturus, también praematurus (que significa 'precoz','prematuro','temprano') se aplica principalmente a los frutos que aún no han madurado; y de ahí, por extensión, a todo lo que suceda o llegue antes de tiempo. Es, pues, de prever, que vayamos a encontrarlo también aplicado a la mors immatura y que muestre el mismo comportamiento que su 'sinónimo' immaturus estudiado supra. Si ya resultaba escaso el número de usos literarios de immaturus (14 ejemplos), el caso de praematurus apenas sí se usa en los autores seleccionados, de forma que muy pocas conclusiones se pueden extraer. En todo caso, la situación es muy similar en ambos casos. Un solo texto con el significado más concreto de 'fruto inmaduro' 29 y en los otros dos con el más abstracto y relacionado con su significado temporal originario de 'prematuro' (Sil. Tres también son los ejemplos de praematurus en la poesía epigráfica, si bien en uno de ellos se trata del adverbio praemature y no del adjetivo. Tampoco, como en immaturus, su significado originario tiene relación con el sabor amargo de los frutos inmaduros, ni ha desarrollado, por tanto, la derivación metafórica relacionada con la amargura del alma. Adjetivo verbal de propero, tiene el significado único de'presuroso, acelerado, rápido'; de manera que parece previsible que vayamos a encontrarlo también aplicado a la mors inmatura y que muestre un comportamiento similar al de sus 'sinónimos' immaturus o praematurus estudiados supra. Sin embargo, y a diferencia de lo que sucedía con sus mencionados sinónimos, properatus no tuvo en su origen ningún ámbito de aplicación concreto relacionado, por ejemplo, con los frutos que aún no han madurado; su única acepción es siempre abstracta y hace referencia al paso apresurado del tiempo, lo cual, como veremos, influirá en sus usos literarios y epigráficos. Si resultaba escaso el número de usos literarios de immaturus (14 ejemplos) y praematurus (sólo 3 ejemplos), los usos de properatus se ven algo acrecentados en los autores seleccionados, y con el significado mayoritario y fundamental de 'apresurado' o 'rápido', sin que apenas llegue a aplicarse a contextos de mors immatura. Con todas las precauciones a que el número escaso de ejemplos (sobre todo para los dos primeros) nos obliga, y dada la fuerte tendencia a la especialización en contextos de mors immatura que muestran los primeros frente al último, podríamos llegar a concluir que estos tres adjetivos se distribuyeron sus ámbitos de aplicación entre la mors inmatura (immaturus y praematurus) y la 'precipitación de algún hecho' (properatus). Cuatro son los ejemplos de properatus en la poesía epigráfica, los cuales, frente a la situación descrita en el párrafo anterior, aparecen en un indiscutible contexto de mors immatura (CLE 1402,8: quem mihi tam subito mors properata tulit; 2005,2; 1260,3; y 1550,2). Properatus nos muestra, pues, en la poesía epigráfica, un uso idéntico al de sus 'sinónimos' immaturus y praematurus: el que se refiere, como hemos visto, a la muerte que llega antes de tiempo. Del estudio pormenorizado de estos dos grupos de adjetivos, relacionados con acerbus, bien desde su significado originario y concreto (el amargor de los frutos inmaduros), bien a través de algunas de sus dos derivaciones metafóricas (la que sirvió para describir sensaciones amargas o para designar la muerte anticipada), podemos extraer, además de las conclusiones globales, fácilmente previsibles desde la afinidad demostrada entre sus distintos campos significativos (concretos y/o metafóricos), una serie de conclusiones parciales que vale la pena destacar, a modo de recapitulación final. Por lo que respecta al primero de los grupos (es decir, aquellos cuyo significado originario hace referencia a cualquier sensación concreta relacionada con los frutos inmaduros y pueden emplearse, en principio, además de con su significado concreto, con las dos derivaciones metafóricas conocidas), conviene insistir en que no todos ellos presentan el mismo grado de especialización epigráfica para contextos de mors immatura, y ahondar en las razones para una especialización total, parcial o nula. Entre los adjetivos cuyo significado originario y concreto estaba relacionado con el sentido del gusto, con el sabor más o menos amargo o desagradable de los alimentos (immitis, amarus, acidus, acer, asper), se observa lo siguiente: 5.1.1.1. Existe una relación demostrable entre la disminución (o pérdida) del significado más concreto y originario de los adjetivos, y la mayor variedad y frecuencia de sus usos metafóricos. Es así como immitis, cuyo significado concreto en relación con la inmadurez de los frutos se ha perdido casi del todo en la literatura, desarrolló dos derivaciones metafóricas, la de los sentimientos amargos (ampliamente documentada en los textos literarios) y la de la muerte anticipada (apenas esbozada en la literatura y única en la poesía epigráfica); amarus, en cambio, que conservó en la literatura sus usos más concretos y literales, sólo llegó a establecer relaciones conceptuales con las sensaciones, mucho menos concretas, de amargura o crueldad, sin que se le conozca -ni en los textos literarios ni en los epigráficos -la segunda de las derivaciones metafóricas, que lo hubiera hecho apto para calificar a la mors immatura. Algunos de estos adjetivos (acidus, acer, asper), pese a su relación con el sentido del 'gusto', no llegaron nunca a aplicarse al sabor de los frutos que no han madurado, especializándose más bien para alimentos de sabor penetrante, agrio, etc. Precisamente por ello, porque ninguno de ellos sirvió para calificar el sabor de los frutos inmaduros, no llegaron a tener un ámbito de aplicación en contextos de mors immatura, ni en la literatura ni en la epigrafía, como hemos visto supra. En un par de adjetivos, crudus y crudelis, su aplicación a los frutos 'verdes' no ha sido tan directa, sino procedente de su significado etimológico de 'sangrante', a partir del cual pudo aplicarse a los alimentos 'crudos', es decir, sin terminar de cocinar, y extenderse a los frutos 'verdes', es decir, sin terminar de madurar. Desde ahí, una derivación metafórica facilitó su uso para todo lo inacabado o inmaduro. Crudus conoció además en la literatura una segunda derivación metafórica hacia significados mucho más abstractos relacionados con la 'crueldad'; un significado que pudo sobrevenirle desde su etimología 'sangrante', o incluso -¿por qué no?-desde su frecuente uso para los frutos verdes (por los mismos caminos conceptuales descritos ya para acerbus o immitis). Sea como fuere, también crudus, como acerbus o inmitis, muestra en la poesía epigráfica (aunque su baja frecuencia nos impida ser concluyentes) un uso especializado para la mors immatura. El caso de crudelis, relacionado etimológicamente con crudus y, en consecuencia, con el mismo significado de 'sangrante', ha resultado especialmente interesante, pues su estudio detallado, en la literatura y en la epigrafía, nos ha llevado a proponer la ampliación de las acepciones que para el mismo admiten tradicionalmente los distintos diccionarios. Hemos podido ver, en efecto, que junto a su significado regular y mayoritario relacionado con la crueldad (¡único que recogen los diccionarios!), crudelis, además de conservar su sentido etimológico de 'sangrante' (que no registran los diccionarios) en un pequeño grupo de ejemplos literarios, ha llegado a usarse con la acepción de 'prematuro' en contextos de mors immatura, tras haber sufrido el mismo proceso de derivación metafórica que crudus o acerbus, a partir de su aplicación a los frutos que aún no han madurado. Pues bien, esta última acepción, casi desconocida -¡pero no ausente!-en la literatura e ignorada por los diccionarios al uso, es la que prevalece -según hemos podido comprobar y demostrar-en la poesía epigráfica. Dicha especialización ha resultado fundamental a la hora de interpretar y traducir los textos epigráficos en los que se inserta crudelis y nos ha proporcionado claves definitivas para la comprensión de algunos pasajes oscuros. Durus y rigidus, relacionados ambos con 'la dureza al tacto', desarrollaron de modo preferente en la literatura una derivación metafórica desde la que llegaron a expresar situaciones desagradables, adversas, crueles. Pero al mismo tiempo, muestran, en relación con la mors immatura, un comportamiento regulado fundamentalmente por su aplicación o no a los frutos inmaduros. Es así como durus, para el que detectábamos, ya en la literatura, un desplazamiento desde el ámbito del sentido del tacto al del gusto, se ha podido aplicar de hecho a los frutos que no han madurado en el árbol; lo cual lo convierte en 'sinónimo' de acerbus y facilita la derivación metafórica hacia la vida truncada antes de tiempo. Su uso epigráfico, como hemos visto, muestra, por una parte, el notable abandono de la derivación metafórica más frecuente en la literatura (la dureza de los sentimientos) y, por otra, una clara tendencia a la especialización para casos de mors immatura, similar a la que ya hemos descrito para crudelis. Rigidus sin embargo, tal vez por el mayor peso de su significado más literal, pero sobre todo porque su 'dureza física o material' no llegó a relacionarse nunca con los alimentos en general ni con los frutos inmaduros en particular, no conoció -como muchos de sus sinónimos-el desplazamiento hasta los contextos de mors immatura, ni en la literatura de autores conocidos, ni en la poesía epigráfica. Por lo que respecta al segundo grupo, es decir, a aquellos adjetivos que hacen referencia al paso del tiempo en relación con la madurez de los frutos (immaturus, praematurus), podemos deducir que su etimología, tan fuertemente vinculada a la noción temporal, condiciona su única derivación metafórica, desde el símil frutal, y facilita su especialización epigráfica para contextos de mors immatura. Especial resulta en este grupo el caso de properatus, pues, si bien nunca se relacionó con los frutos inmaduros, pudo especializarse en la poesía epigráfica para contextos de mors immatura por presión de sus 'sinónimos' immaturus y praematurus. Los diversos autores considerados: su uso de toda la serie de adjetivos estudiados. Recapitulación final y propuestas de traducción. Las conclusiones extraídas en su momento del estudio del adjetivo acerbus y su especialización epigráfica para la mors immatura, resultan igualmente válidas para el conjunto de adjetivos estudiados a los largo de estas páginas. Así, desde una realidad tangible y cercana a nuestra experiencia ('los frutos inmaduros son amargos'), hemos llegado a la comprensión de otras dos realidades no tan concretas ni fáciles de entender: la amargura del alma y la duración de la vida del hombre. De manera que el campo semántico de estos adjetivos se ha ido configurando en torno a una, otra o ambas derivaciones metafóricas, regulándose dicha configuración según la mayor o menor presencia de sus acepciones más concretas, y de acuerdo a su aplicación o no a contextos de mors immatura. Por último, y puesto que el estudio de esta serie de adjetivos desde la perspectiva de la TCM, resulta de gran utilidad de cara a la interpretación (y, por tanto, traducción) exacta, desde el punto de vista semántico, de todas sus acepciones (la literal y originaria, la metafórica de la percepción sensorial y la metafórica relacionada con el paso del tiempo), ofrecemos, a modo orientativo, una propuesta de traducción para cada una de las acepciones:
Este trabajo se ha realizado en el marco del Proyecto de Investigación BFF 2000-0085 de la DGICYT. Revista de Lingüística y Filología Clásica (EM) --LXXII 1, 2004 pp. 95-119 SEXTO EMPÍRICO Y LA MOUSIKH * PEDRO REDONDO REYES Este artículo revisa algunos de los tópicos de la teoría musical griega a comienzos de nuestra era, tal y como son enunciados y tratados por Sexto Empírico en el libro VI de su Aduersus mathematicos: sonido, notas, géneros melódicos y carácter. En su definición es posible rastrear no sólo el estado de la teoría musical en su época sino estudiar el tratamiento que les da este autor. El libro VI de Aduersus mathematicos de Sexto Empírico constituye la única evidencia de la preocupación por la ‰rmonikÈ špistÉmh o ciencia harmónica por parte de la escuela filosófica escéptica. La teoría musical en la Antigüedad helénica fue abordada siempre desde el seno de escuelas filosóficas: sobre todo la pitagórica y la aristoxénica, de matriz aristotélica, pero también la estoica, la epicúrea y los desarrollos neoplatónicos. La atención que Sexto Empírico prestó a la música nos interesa no tanto por su intención de refutarla como por su manejo de los elementos de la teoría musical de finales del siglo II y comienzos del III d.C. Un siglo antes el alejandrino Claudio Ptolomeo había escrito su Harmónica, adoptando una posición propia frente a las escuelas musicales de la época; y el siglo III ve-1. Aduersus musicos y su aportación a la ciencia harmónica. Aduersus musicos (como es conocido el libro sexto) no es un tratado musical al modo en que son entendidas las producciones de Aristóxeno, de Ptolomeo o de Arístides Quintiliano. Es precisamente lo contrario: dedicado a la música como parte de un programa que incluye otros componentes de la šgkúklioj paideía, trata de negar lógicamente los conceptos que conforman la ‰rmonikÉ y la ßuqmikÉ, partes fundamentales de la música. Sexto Empírico no sólo trata de los conocidos constituyentes básicos (la nota, el acorde, el ritmo, etc.), sino que va más allá al traspasar el plano teórico y negar los pretendidos efectos éticos atribuidos a la música, como consecuencia de la refutación teórica del sonido como primer constituyente. En su refutación, Sexto se muestra como un conocedor solvente de la teoría musical griega; este conocimiento procede, como vamos a mostrar, de la tratadística cuyo exponente más preclaro en la Antigüedad fue Aristóxeno de Tarento. Sexto incorpora los elementos de la ciencia tal y como son abordados por aquél, sobre todo en lo que a su articulación se refiere: el tarentino fue, si no el origen, el representante más eximio de un sistema de "inclusión" de elementos, que, partiendo desde la nota o fqóggoj como constituyente nuclear, sigue a lo largo de los intervalos, los géneros, los sistemas y las escalas hasta llegar a la melopoiía o arte de componer melodías 2. Es evidente que si cae el primero de estos elementos el edificio se vendrá abajo, y por ello la refutación del sonido (y por tanto de la nota) es clave en el discurso escéptico. 3 Como ha enumerado Greaves, ob.cit., pp. 24 ss. 4 Sexto repite en boca de los músicos de su época (134.7 fasin) el viejo tópico repetido desde la época de Platón de la superioridad moral de la música "antigua" frente a la que desarrollaron a finales del siglo V a.C. los poetas-músicos del "Nuevo Ditirambo". No obstante, a principios de nuestra era Dionisio de Halicarnaso mantiene la superioridad de la música sobre la palabra (Comp. Al no ser un tratado de investigación musical -como lo son los de Aristóxeno o Ptolomeo -, Sexto Empírico no tiene interés en discutir los puntos principales de la ‰rmonikÉ; se limita, así, a ofrecer una definición escueta de cada asunto: cf. 126.7 ss., Áqen kaì ameîj ×pèr toû mÈ dokeîn ti tÊj didaskalíaj xrewkopeîn, tòn ¡katérou dógmatoj § prágmatoj xaraktÊra kefalaiwdésteron šfodeúsomen, mÉte šn toîj parélkousin ×perekpíptontej e±j makràj diecódouj ktl. Este interés por la brevedad no deja de revelar el manejo de Sexto de sus fuentes: Filodemo, Quintiliano, Aristóteles, Aristóxeno y Plutarco 3, siendo identificables algunos tópicos de la ‰rmonikÉ en la versión de Arístides Quintiliano, Gaudencio y otros. Por esto el libro VI de Sexto Empírico no contiene novedades en lo que al tratamiento de los dogmas musicales se refiere, como sí podía encontrarse, en cambio, en Ptolomeo. El procedimiento de Sexto es aludir someramente a los "principales" asuntos de la mousikÉ -y en el camino se deja algunos tan importantes como los tónoi, irrelevantes desde el punto de vista de la skÊyij -, así como ciertos problemas, viejos ya en época imperial, cuales son la contraposición entre "música antigua" y "música nueva" (134.7-138.13) 4. De este modo, el libro VI de Aduersus mathematicos es un testimonio esencial para conocer el estado de la teoría en el siglo II d.C. El libro no está dedicado a refutar ninguna "escuela musical", sino a la esencia de la mousi-kÉ: no se puede probar la existencia del sonido; no hay, pues, ninguno de los elementos que la teoría examina; por fin, no existen las virtudes terapeúticas sobre el alma, ya que todo depende de nuestra propia dóca 5. Al ser, entonces, una refutación de ninguna escuela y de todas, advertimos el uso indiferenciado de un léxico corriente en la época y que podía tener procedencia diversa pero que -a fuerza de epítomes y del prestigio de los autores más antiguos-se había constituido como patrimonio de la ciencia musical postclásica. Es notable, además, que en este libro VI no aparezca la terminología matemática propia del pitagorismo y que determinó la perspectiva de este De ahí que en el libro VI no se hable de los intervalos de cuarta (dià tessárwn), quinta (dià pénte) u octava (dià pasÔn) y sus proporciones matemáticas (lógoi): cf. M. IV 6 ss., HP III 155. 7 Sobre la necesidad de dar varias definiciones que ayuden a la refutación, cf. Greaves, ob.cit., p.28 sobre Arist., Top. 111b12-16. grupo sobre la música, pues ya Sexto había refutado a los aritméticos en el libro IV de esta misma obra 6. El cometido de las líneas que siguen será revisar algunos de estos dógmata musicales, sobre todo los referidos a la ‰rmonikÉ, y comparar su enunciación en la tratadística con la propia de Sexto Empírico. La definición de mousikÉ. Comencemos, pues, por la definición técnica de la mousikÉ que ofrece Sexto 7, sin olvidar, por otra parte, el valor epistemológico que daba a los Ároi 8. Nuestro autor adelanta tres tipos diferentes en su libro VI: špistÉmh tij perì melw7 díaj kaì fqóggouj kaì ßuqmopoiíaj kaì tà paraplÉsia kataginoménh prágmata. 4-5) La primera y la segunda inauguran el libro VI, y su contraposición es típica del pensamiento helénico sobre la consideración de la música, que privilegió siempre la investigación teórica sobre la práctica musical. En cambio, la tercera se encuentra ya en la segunda sección del libro, más ocupada de los aspectos técnicos de la disciplina 9. Laso de Hermíone (en el siglo VI a.C.) pasa por ser, según la Suda (L 139 Adler), el primero en escribir sobre música; su organización de ésta fue transmitida por Marciano Capella (IX 936 = fr. Para Laso, la música se divide en tres aspectos: ×likón, que incluye harmonica, rhythmica y metrica;'pergastikón, con la melopoiía, lÊyij y plokÉ; y šcaggeltikón, dividida en 1⁄2rganikón, ã7 dikón y ×pokritikón. Dependiente de este esquema de Laso es la enumeración que podemos leer ya en Aristóxeno, Harm. 41.9-12 da Rios, méroj gár šstin a ‰rmonikÈ pragmateía tÊj toû mousikoû ¢cewj, kaqáper ¬ te ßuqmikÈ kaì a Un pasaje atribuido por Ps.Plutarco (de Mus. Precisamente Aristóxeno es mencionado por Sexto al ofrecer la definición de 120.1-3. metrikÈ kaì a 1⁄2rganikÉ, además de en fuentes posteriores dependientes de él en esto: así Porfirio (in Harm. Jan) o los Anónimos de Bellermann ( § 13). De estas partes enumeradas por Aristóxeno y sus seguidores la ‰rmonikÉ goza de un lugar privilegiado (así Anon. 5.25-26 perì dè tÊj ‰rmonikÊj skeptéon, tácei mèn ×párxei prÓth); de hecho, en algunos tratados se comienza por la definición inmediata de ‰rmonikÉ (como en los de Cleonides y Ptolomeo). Desde Aristóxeno, la ‰rmonikÉ está dividida en siete partes (cf. la relación de Harm. 44.10-48.10: notas, intervalos, escalas, géneros, sistemas, modulación y melopeya), repetida luego en orden diverso por muchos autores. Greaves 12 relaciona la definición de Sexto de 120.1-3 con la enumeración de las siete partes (o mérh) de la ‰rmonikÉ según Aristóxeno (Harm. Pero esas partes son de la ‰rmonikÉ, no de la mousikÉ, una identificación no tan inmediata como pudiera suponerse. Sexto define la mousikÉ en 120.1-3 y 156.4-5 como špistÉmh, lo que conlleva rechazar la šmpeiría de 120.4, si bien a veces leemos špistÉmh en las definiciones como equivalente a téxnh (cf. Arist. En realidad lo que tenemos en 120.1-3 es una definición poco exacta y poco cuidadosa: Sexto pone al mismo nivel aspectos de la mousikÉ con aspectos de la ‰rmonikÉ. Es deliberadamente elusivo, según las intenciones expuestas por él mismo en 126.7-12, cuando añade a esta primera definición kaì tà para-plÉsia kataginoménh prágmata. En las versiones más exactas de la tratadística, fqóggoj es un elemento de la ‰rmonikÉ mientras que la ßuqmopoiía lo es de la mousikÉ; melw7 día puede estar referida por Sexto a melopoiía (que pertenece a la ‰rmonikÉ aunque parece estar usada aquí por el genérico méloj (cf. Bacch. Cf. igualmente Aristox., Harm. La definición de 120.4 es un contrapunto a la que acaba de ofrecer, y la opinión que le merece a Sexto refleja la preeminencia de la vertiente teórica de la música sobre la práctica en la Grecia antigua. No obstante, la 1⁄2rganikÉ es una parte aceptada en las definiciones de la mousikÉ, junto a la ‰rmonikÉ (por ejemplo, Anon. 13): la "música perfecta" incluye el estudio teórico junto con el práctico, y sabemos que los maestros de música impartían ambas facetas. Los autores de tratadística musical desechan la práctica como ƒlogoj, pues es la parte praktikÉ de la música (así, Cleonid. En tiempos de Sexto, lo opuesto a la ‰rmonikÉ es ya claramente la 1⁄2rganikÉ, sin que tengamos ni siquiera mención de los mérh poihtikón o ×pokritikón (Anon. Muestras del rechazo por la práctica instrumental la vemos ya en Aristóxeno (quien sin embargo parece que escribió sobre los aÐloí, cf. fr. 52.5-9 y su crítica a los ‰rmonikoí; Ptolomeo (Harm. 5.27-6.13 Düring) enfrenta con pitagóricos y aristoxénicos a quienes se dedican a la mera práctica, o ¶ mèn oÐdólwj šoíkasi pefrontikénai mónh7 tÊ7 xeirourgikÊ7 xrÉsei kaì tÊ7 yilÊ7 kaì'lógw7 tÊj a±sqÉsewj tribÊ7 prosxóntej (cf. ibíd. 5.24-26); autores recogidos por Porfirio como Ptolemaide y Dídimo (in Harm. Los 1⁄2rganikoí, esto es, la 1⁄2rganikÉ de Sexto, ni siquiera participa de la discusión de los kritÉria en música tan relevante en esa época. La definición de 156.4-5, sin oponerse a la primera de las tres, tiene como objetivo la refutación de los "principios de la música" (156.3 tÊj mou-sikÊj'rxÔn). Está claro por 156.6-7 que Sexto entiende por tales'rxaí tanto tà mélh como o ¶ ßuqmoí, melodía y ritmo 14. Para refutar la existencia del méloj hay que ocuparse del sonido (fwnÉ, los intervalos (diastÉmata), los géneros (tà génh), elementos pertenecientes a la ‰rmonikÉ. Al final, si no existe ni el sonido ni la nota (172.8), no habrá ni diásthma, ni sumfwnía, ni melw7 día, ni génh, y por tanto tampoco mousikÉ (172.9-11) ya que de ésta špistÉmh gàr šlégeto šmmelÔn te kaì škmelÔn (172.11-12). La distinción entre šmmelÉj y S. Michaelides, The Music of Ancient Greece. Lo normal es la consideración de la música como reunión de melodía más ritmo: cf. Arist., Pol. I 13, donde también se distinguen melodías sin ritmo: 31.24-25 méloj mèn gàr noeîtai kaq' aÐtò mèn toîj diagrámmasi kaì taîj'táktoij melw7 díaij así como ritmo solo, ibíd. 25-26 metà dè ßuqmoû mónou ðj špì tÔn kroumátwn kaì kÔlwn. A esta unión de ritmo y melodía la llama Ps. 9EmmelÉj es, en general, la cualidad de aquello que guarda las leyes propias del méloj 15: así, Aristox. Lo šmmeléj es precisamente lo que caracteriza al méloj (entendido como kínhsij diasthmatikÉ); distinguida la cualidad šmmelÉj y su opuesto škmelÉj, se dividen entonces en la tratadística los sonidos šmmeleîj en homófonos, disonantes, consonantes y paráfonos: Gaud. Éste es, pues, el sentido del par de opuestos škmelÊ -šmmelÊ en Sexto, equivalente a melw7 día o méloj en su sentido musical, no verbal, y musicalmente bien dispuesto, armosménon. Pero lo interesante de la definición de 156.4-5 es la reunión de melodía más ritmo como integrantes nucleares de la mousikÉ: al par de opuestos considerado, Sexto añade šnrúqmwn te kaì škrúqmwn. Como ya hemos visto, la ßuq-mikÉ es una disciplina constituyente, junto a la ‰rmonikÉ, la 1⁄2rganikÉ y otras, de la mousikÉ; no obstante, merece recordarse aquí la definición ofrecida por los llamados Excerpta Neapolitana (= Ps. 412.17-19 Jan) 17, que reúnen especificamente los mismos elementos que Sexto: mousi-kÉ šsti ßuqmoû kaì mélouj kaì páshj 1⁄2rganikÊj qewríaj špistÉmh 18. Observamos por el tratamiento que hace Sexto del material a su disposición que no se siente en absoluto atado a la "normativa" establecida en torno a lo que se entiende por mousikÉ; en su expresión condensada se distinguen de un lado la preeminencia tradicional de la mousikÉ teórica frente a la prác-Una refutación que sigue el tercer trópoj de Enesidemo para la suspensión del juicio, cf. Rodeia Pereira, art.cit., p.131. M. VI 168.1-4, pâsa a katà melw7 díaj qewría parà toîj mousikoîj oÐk šn ƒllw7 tinì tÈn ×póstasin eμxen e± mÈ toîj fqóggoij. kaì dià toûto'nairouménwn aÐtÔn tò mhdèn oestai a mousikÉ. tica -pues quiere refutar los dogmas, no la mera práctica; de otro lado, aísla como elementos fundamentales la melodía y el ritmo. En dos lugares se ocupa Sexto de los conceptos de sonido (fwnÉ) y nota (fqóggoj): El sonido queda enmarcado por Sexto entre los demás sentidos (Árasij, 3⁄4sfrhsij, etc.) que sólo proporcionan un conocimiento subjetivo. Su refutación afectará a los dogmas que se sustentan en él, y entre éstos el ©qoj 19. Ahora bien, el sonido y su naturaleza es abordado por Sexto desde dos vías de origen diferente. La definición de 156.10-11 es la del "sonido" (fwnÉ) cuando aún no es una "nota" (fqóggoj), una diferenciación importante en la teoría griega y de la que aquí hay un eco evidente 20; en general, un sonido puesto en relación con otros dentro del sistema constituirá una nota. La precisión tò 2dion a±sqhtòn'koÊj que leemos tiene una procedencia estoica según el testimonio de Diógenes Laercio (VII 55) acerca de Diógenes de Babilonia (ca. 240-152 a.C.), oesti dè fwnÊj'Èr peplhgménoj § tò 2dion a±sqhtòn'koÊj; para Greaves 21 es Aristóteles la fuente concreta de Sexto en este caso: de An. 418a11, légw d' 2dion mèn à mÈ šndéxetai ¡téra a±sqÉsei a±sqánesqai kaì perì à mÈ šndéxetai'pathqÊnai, pero la identidad verbal con el estoico Diógenes es demasiado evidente como para no postular tal dependencia. Diógenes de Babilionia está en el origen de una teoría sobre el origen del sonido -como aire percutido -que será compartida tanto por pitagóricos como peripatéticos. La expresión vuelve a aparecer tal cual (como en el caso de a±sqhtòn'koÊ7 ), o con modificaciones (cf. Ptol., Harm. Sobre el pasaje de 158.7-11, tenemos la visión aristoxénica de la fwnÉ entendida como nota 22: cf. Aristox., Harm. La definición "textual" de Sexto (158.10 ×pográfontej evidencia que el autor utiliza fuentes escritas) no es exactamente la propia de Aristóxeno, sino la de sus epígonos, pues incorpora el adjetivo šmmelÉj que podemos leer, por ejemplo, en Cleonid., Harm. La concepción aristoxénica de la fwnÉ se enmarca en la distinción entre méloj logÔdej y méloj diasthmatikón (que Nicómaco atribuirá a los pitagóricos), pues éste último asegura la distinción neta de cada tensión o tásij, frente a la continuidad del habla normal. Además, la noción está relacionada con la idea musical de dúnamij, o función de cada nota en el sistema (cf. Aristox., Harm. La idea de nota como sonido articulado en el sistema es señalado por Aristóxeno, 20.17-19 tóte gàr faínetai fqóggoj eμnai toioûtoj o1⁄4oj e±j méloj táttesqai armosménon ¡stánai špì miâj tásewj 24. Evidentemente, esta noción central de la harmónica aristoxénica no es puesta de relieve por Sexto, a quien sólo interesa refutar las'rxaí: en el caso del sonido, dice Sexto, apoyándose en los filósofos cirenaicos (168.8 ss., cf. M. VII 191, HP 1.215; D.L. II 92), que éste no es una afección: 168.9-10, tÈn fwnÈn mÈ oÖsan páqoj,'llà páqouj poihtikÉn. Precisamente la tratadística musical considera (en la acústica compartida por pitagóricos y peripatéticos) el yófoj como páqoj: cf. Aristid. 5.20-22, tÈn dè fwnÈn o ¶ mèn'éra peplhgménon, o ¶ dè'éroj plhgÈn oefasan, o ¶ mèn aÐtò tò sÔma tò peponqòj Los teóricos musicales habían incorporado, procedente de la filosofía (así Diógenes de Babilonia, los peripatéticos, etc.) la noción de la fwnÉ como sÔma (o bien como algo'sÓmaton) y como páqoj: Arístides Quintiliano dice que la mejor definición de sonido es "la afección del cuerpo". Sexto toma en consideración la definición de Aristóxeno para fwnÉ, pero no la versión de la tratadística sobre su naturaleza física; sobre ello acude a la discusión filosófica, en dos vías: 1) El sonido no es páqoj, sino tan sólo su productor. Entonces, de acuerdo con los cirenaicos (que sólo admiten el páqoj), no existe el sonido. El sonido como sensible ya lo rechazaron Platón y Demócrito. 2) El sonido no es sÔma (según los estoicos) ni es'sÓmaton (según Platón, Aristóteles y Pitágoras). La tratadística musical sigue a Diógenes de Babilonia en su idea -ampliamente extendida, como hemos visto-del sonido como afección del aire, pero también las teorías pitagórico-aristotélicas en las mejoras y desarrollo de esta concepción 26. Los llamados "géneros melódicos" (génh tÊj melw7 díaj) vienen dados por las distintas configuraciones interválicas del intervalo fundamental de cuarta. La triple distribución de los intervalos (enarmónica, cromática y diatónica) y sus variantes, es un componente de la estructura de la música griega que las fuentes mismas atribuían a una época casi mítica 27. Veamos cómo desarrolla Sexto este aspecto: tÊj dè koinÊj melw7 díaj taúthj tò mén ti xrÔma légetai tò dè ‰rmonía tò dè diátonon, ön a mèn ‰rmonía aÐsthroû tinoj ¥qouj kaì semnóthtoj kataskeuastikÉ pwj Los libros I y II de la Harmonica de Ptolomeo es fuente no sólo de los géneros aristoxénicos, sino también de los de Arquitas, Dídimo y Eratóstenes, además de los propios del autor. No tiene importancia que Sexto no emplee el término técnico génoj, que parece nacer con Aristóxeno (A. Brancacci, «Alcidamante e PHibeh 13 'De Musica'. Sexto se refiere a melw7 día o a méloj, no a génoj; cf. Aristox., Harm. A pesar de las diferentes medidas interválicas que conocemos desde Filolao y Arquitas 28, la división y distribución de nombres que leemos en Sexto Empírico es la aristoxénica: ello demuestra que desde el principio de la era cristiana la clasificación aristoxénica había quedado como canónica en los escritos teóricos, debido a la enorme influencia de este autor. Confróntense los siguientes pasajes de Aristóxeno con las palabras de Sexto: Sexto emplea los sustantivos ‰rmonía, xrÔma y diátonon, como Aristóxeno (las formas antiguas) frente a los adjetivos šnarmónion, xrwmatikón, diatonikón, que en la tratadística posterior es lo normal: cf. Cleonid., Harm. La aceptación de los géneros aristoxénicos tiene dos vertientes: por un lado se sigue la tendencia de la época, observable en los epítomes tardíos -incluso el mismo Ptolomeo siente la necesidad de combatir al de Tarento -, de adoptar la doctrina aristoxénica; por otro, facilita la intención que tiene Sexto de tratar los elementos de la ciencia musical de un modo nuclear, sin entrar en distinciones sutiles: de hecho, la propia división en géneros es aquí irrelevante, pues sólo apunta al variado edificio conceptual que está fundado en la noción de sonido (fwnÉ). Si la división es aristoxénica, otro problema es su caracterización en cuanto al ©qoj. Aristóxeno no trata, en su obra conservada, de los ¥qh de los géneros melódicos; la crítica ha señalado la compleja posición de este autor, que no coincidía del todo con Damón, Platón o Aristóteles por sus restricciones más sutiles sobre el poder de la música 30. No obstante, las fuentes ofrecen una caracterización "ética" de los géneros, y en este aspecto Sexto no discrepa de ellas. En efecto, la ‰rmonía es presentada como aÐsthrój y semnóthtoj kataskeuastikÉ; por su parte, xrÔma como ligurón y qrhnÔdej, y el género diátonon como oentraxu y ×págroikon. La historia de las atribuciones éticas a los géneros debe de remontarse hasta Diógenes de Babilonia 31, que es citado para esto por el epicúreo Filodemo. Según esta fuente, Diógenes habría calificado al enarmónico de semnÉn, gennaían, ‰plÉn y kaqarán (Mus. Esta caracterización del enarmónico es interesante porque con el tiempo se produjo un desplazamiento de las características éticas de los géneros, pasando los rasgos del enarmónico a caracterizar al diatónico 32. Tendríamos así un grupo de testimonios con una cierta homogeneidad en el tratamiento de estos dos géneros, testimonios en los que hay que insertar a Sexto Empírico: en ellos, el enarmónico tiene un marcado carácter "solemne" (semnój) y "austero" (aÐsthrój): Probablemente este cambio se debió al menor uso y la práctica desaparición del enarmónico como género práctico, según atestiguan, entre otros, Ps.Plutarco y Ptolomeo 33. Está claro que quedó como un género "difícil de cantar" y por tanto "necesitado de hábito" (Adrasto, citando a Aristóxeno), o "más exacto" por su microtonalidad (Paquimeres) 34. Sexto Empírico se si-EM LXXII 1, 2004 guientes atribuciones: diátonon súntonon: semnón ti kaì šrrwménon kaì eÑtonon ©qoj šmfaínein; diátonon Àmalón: ®tton ¤réma (...) diaireîn tò ©qoj tÊj yuxÊj kaì eÑtonon poieîn; malakòn oentonon: asuxastikón te kaì šleuqérion; malakòn diátonon: dià tò asuxastikón te kaì e±rhnikòn ©qoj šmfaínein kaì toû šntónou ¤réma pwj tapeinóteron; xrÔma súntonon: goe-rÓterón te kaì paqhtikòn ©qoj; xrÔma malakón: paqhtikÓterón te kaì goerÓteron. El Papiro Hibeh 13, que también ataca la idea de la mejora ética mediante la música, mantiene la misma línea: de la ‰rmonía dicen los ‰rmonikoí que poieî'ndreíouj, mientras que del xrÔma, por su parte, que poieî deiloúj (I 16 Crönert). No parece válido aceptar la simple inversión de atribuciones éticas, esto es, admitir como procedentes del diatónico los nuevos ¥qh del enarmónico: Proclo tilda a éste de paideutikón y Arístides (en el pasaje interpolado de 92.19-30) de diegertikón; pero no es seguro que procedan de él. Otros autores no nos ayudan: además de la mera enumeración de Aristóxeno (Harm. 98.17) habla de šláttwsij y sustatiká en el caso del enarmónico y de tácij, Àmoióthj y diastatiká en el del diatónico (pero califica de'groikóteron al teórico género diatónico Àmalón, un ©qoj que no debe de estar relacionado con el ×págroikon de Sexto); Vitruvio (V 4, 3) llama al enarmónico modulatio ad artem concepta, et ea re cantio eius maxime grauem et egregiam habet auctoritatem, mientras que respecto al diatónico apunta: quod naturalis est, facilior est interuallorum distantia; Boecio (I 21, 212.26-213.2 Friedlin), por su parte, habla del enarmónico como optime, apte coniunctum y del diatónico como durius y naturalius; Arístides Quintiliano, en un pasaje de corte metafísico, llama al enarmónico ƒogkon,'meréj (111.21), ‰ploûn,'paqéj (111.23-24), y al diatónico sklhrón y'peiqéj (111.12). túa, pues, en la estela de quienes consideraron al enarmónico como el génoj más noble, que es precisamente lo más antiguo, muy probablemente debido a la misma consideración que mantenía Filodemo, una de sus fuentes principales 35. Si tal es el ©qoj del enarmónico, no sorprende que Sexto hable del diatónico como oentraxu y ×págroikon, pues son las características opuestas. Desgraciadamente no tenemos la opinión de Diógenes o de Filodemo sobre este género, pero tampoco las de los otros autores que son similares en este aspecto a Sexto 36. Podemos sospechar que nuestro autor está transmitiendo el ©qoj antiguo del género, que no sería sino el mero contrario de la solemnidad enarmónica; si Sexto ha caracterizado al enarmónico de un modo convencional, sin contradecir las convenciones, no hay razón para suponer que se guiara de modo distinto en el caso del diatónico 37. No obstante, hay que notar que el ©qoj del enarmónico es de tipo moral, pero el del diatónico lo es estético: todo esto refuerza la sensación de la mayor antigüedad del enarmónico sobre el diatónico -contra la opinión de Aristóxeno-y la ausencia en las fuentes de una caracterización ética clara del diatónico. Que Sexto tratase los géneros ateniéndose a sus fuentes y no a la realidad es razonable-38 Recordemos algunas: para Diógenes es ƒnandron, fortikÉn,'neleúqeron; Filodemo lo califica de ¬meron y piqanÉn; según Plutarco, diaxeî; el pasaje interpolado de Arístides Quintiliano habla de un género ¬diston y goerón (así también Anon. Bellerm.); Proclo lo califica de oekluton y'genéj; Vitruvio (V 4, 3) dice de él que subtili sollertia ac crebritate modulorum suaviorem habet delectationem, mientras que Boecio se refiere a él como in mollius decidens. Más tarde Paquimeres lo tilda de texnikÓteron, tápeinon y ƒnandron. 21.11 ss., donde delimita tres clases de composición -diaforaì tÊj sunqésewj -, que denomina aÐsthrá, glafurá y eÑkraton. El paralelo con los génh tÊj melw7 díaj es evidente. mente sostenible si recordamos al más realista Ptolomeo, cuando se refiere a los diatónicos (Harm. En cuanto al género cromático, las fuentes están de acuerdo en asignarle un carácter relajado pero también más sofisticado; es también más patético y trenódico. Los adjetivos que emplea Sexto no los emplea otro autor, pero en la tratadística los encontramos con un valor equivalente (hay que notar que Sexto no coincide en el cromático con Filodemo) 38, sobre todo con el testimonio de Adrasto (ap. Theo Sm. No obstante, merece la pena señalar un pasaje de Dioniso de Halicarnaso, donde se refiere a dos tipos de ‰rmonía que se emplea en la dicción, cuando se busca 1⁄2nomásai tà noÉmata kalÔj,'llà kaì aÐtà eÐkósmw7 sunqései perilabeîn: cf. Dem. Aunque Dionisio se referirá a los géneros más adelante (ibid. 48.44), aquí es posible ver una contraposición basada en los mismos valores que mantiene el par enarmónico-cromático. La contraposición de testimonios muestra que Sexto coincide con la tradición más antigua sobre las virtudes éticas del enarmónico. No es posible identificar con exactitud su fuente, pues aunque sigue de cerca a Filodemo, sin embargo en el caso del diatónico Sexto se limita a una contraposición estética al enarmónico; en el del cromático, no se desvía de la caracterización normal de este género, es decir, un ©qoj menos varonil (ƒnandron). Para lo primero, véanse las fuentes reunidas en Barker, Greek Musical Writtings..., ob. cit., p. 42 F. Pérez Cartagena, La Harmónica de Aristóxeno de Tarento. Para este autor, el hecho de que Aristóxeno acepte como algo dado por la naturaleza de la melodía (×p' aÐtÊj tÊj toû mélouj fúsewj) se debe a que «intentar dar una definición de la consonancia y la disonancia le llevaría a adentrarse en el terreno de la acústica o en el de la matemática», doctrinas no relevantes para él en harmónica. La clasificación de las notas. La "clasificación de las notas" es otra forma de aludir a la clasificación de intervalos (diastÉmata) que encontramos en diferentes autores, atendiendo al criterio estético de la consonancia (sumfwnía). No nos importa tanto aquí la noción de consonancia / disonancia y las condiciones físicas y estéticas que las condicionan, cuanto qué intervalos son considerados como tales 40. Muchos son los autores que han tratado la clasificación de las notas. La idea de su distribución la presenta ya Aristóxeno, aunque no de una manera desarrollada. El tarentino divide los intervalos en consonantes y disonantes (Harm. 25.8, diafwnía te kaì sumfwnía); pero el criterio de la distribución parece huir de la exactitud de la causa física o matemática: Harm. La razón es, pues, el tamaño (mégeqoj) 41, y esto, "aparentemente" (faínetai) 42, pues el criterio rector es el oído. Según Aristóxeno, todos los intervalos por debajo del de cuarta son disonantes (Harm. No obstante, Sexto introduce el reagrupamiento lógico de los disonantes y consonantes en las notas oÐx Àmófwnoi, algo que indica la importancia ya del intervalo Àmófwnon como categoría propia. Pero Sexto también nos esboza las causas, en el segundo pasaje de 160.12-13, de la distinción entre Àmófwnoi y oÐx Àmófwnoi, en la línea de los teóricos musicales, que ofrecen la explicación física de la consonancia como la calidad de la "mezcla" del sonido. Es un tópico que se originó en la investigación pitagórica y que fue recogido por los peripatéticos. Sexto afirma que las notas consonantes "mueven" el oído ÀmalÓteroi, mientras que las disonantes'nwmálwj kaì diespasménwj. Este "movimiento" es el del sonido según expone Platón en el Timeo (80a-b), la euclidiana Sección del Canon (149.3-4 Jan) o Aristóteles (Sens. Todas las fuentes coinciden en señalar que la consonancia es tal por el efecto estético producido en el oído 48 por la mîcij de los sonidos (Arist., Metaph. 104.12-13) afirma que fueron los seguidores de Arquitas los que hablaban de la "sensación de un único sonido para los oídos" 49. A esa "sensación" se refiere Sexto también con los adverbios utilizados, en un pasaje que en su referencia anterior a las notas "agudas" y "graves" es similar a Cleonid., Harm. -4) a la sensación ocasionada por una percusión fragmentada, que produce un sonido traxúj; el mismo tratado asocia las mismas cualidades que menciona Sexto, al referirse a la lengüeta del aÐlój, cf. Aud. La percusión sobre el aire es el origen, en la acústica griega, del sonido; en última instancia, una razón consonante se cifra en el número de percusiones, que son las que establecen la relación o lógoj. Por ello es verosímil pensar que Sexto pudo extraer su caracterización de los intervalos consonantes o disonantes de alguna fuente que asociase la cualidad perceptiva de la sumfwnía a los factores de producción del sonido, factores que pasan al sonido mismo. El ©qoj de la música. El problema del ©qoj o "carácter" es uno de los problemas más interesantes de la música griega; está presente, hoy día, en la música oriental en general. Puesto que el ©qoj se deriva de las notas, la refutación del sonido servirá también para rechazar cualquier opinión sobre aquél; en esto Sexto Empírico no está solo, pues ya otros antes que él, como Filodemo o el autor del Papiro Hibeh 13 desecharon cualquier influencia ética de la musica en el alma humana, si bien desde presupuestos diferentes 52. La conexión entre la música y el alma o el carácter del individuo fue desarrollada por Damón ya en el siglo V a.C., y tras su recepción por los pitagóricos, Platón y Aristóteles, su éxito estaba asegurado 53. EM LXXII 1, 2004 que los pitagóricos se apropiaron de la teoría del ©qoj de Damón desde ca. 300 a.C. gracias a su noción del alma como ‰rmonía y a que Platón la adoptó. Es evidente que el ©qoj de la música no depende tan sólo de los intervalos de la escala (los e2dh toû dià pasÔn); la propia altura tonal absoluta de ésta confiere un cierto carácter. Se define el ©qoj como género (o tipo) de melodía 55; pero, al igual que los intervalos nacen de la unión de las notas, el carácter también viene provisto por ellas. Esto es común en la tratadística, que entre las diferencias entre los sonidos cuenta aquélla según el carácter: cf. Aristid. Queda claro que no hay afectos sin notas; por ello Sexto se dedicará a la refutación de la fwnÉ, como ya hemos visto antes. Pero lo que aquí nos interesa es la manera en que nuestro autor formula estos afectos. Los términos diegertiká y katastaltiká son típicos del léxico de la medicina, pero son utilizados en alguna ocasión para descubrir el efecto sobre el alma de una melodía, como vemos en Jámblico, VP 113.6-8 (= Emp. 9EmpedoklÊj) ðj eμxe tÈn lúran kaì pepautikón ti méloj kaì katastaltikòn metaxeirisámenoj eÐqùj ktl. (aquí el ©qoj procede de la melodía y contagia a un joven oyente) 57. Pero quizá mata dià toútwn prÔton šqewreîtó te kaì diwrqoûto. Sexto se mantiene escéptico sobre esto (toîj mousikoîj) pero la forma verbal diwrqoûto contiene el pensamiento pitagórico de la música como španórqwsij tÔn ¤qÔn (Abert, ob. cit., p. Aunque la teoría musical no lo hace, es razonable que conectemos la "altura" tonal de la melodía (tal y como dice Ptolomeo) con estos ¥qh que menciona Sexto. Este pasaje es una mención muy somera de lo que la tratadística conoce como metabolÈ katà melopoiían o katà ©qoj: ya Filodemo se había referido a esto con rechazo, en términos similares a los que leeremos en autores posteriores: cf. Mus. Hay coincidencias léxicas con el texto de Sexto en el caso del ©qoj sustaltikón tan sólo, pero está claro que es a estos tres tipos de caracteres a lo que se refiere, sin decirlo, nuestro autor. Baquio habla de la posibilidad de pasar de un ©qoj a otro (así también Anon. 27) pero Cleónides los relaciona con determinados géneros literarios o formas líricas. Ahora bien, veremos mucho mejor el tipo de discurso alusivo que emplea Sexto si recordamos que los cuatro adjetivos que él utiliza aparecen en las fuentes para caracterizar los ¥qh de diferentes componentes de la mousikÉ, como el ritmo, la melopoiía o una simple escala. 65 Igualmente cf. 76.21 ss. sobre las mezclas silábicas. éticos de los génh tÊj melw7 díaj: recordemos que Diógenes de Babilonia tildaba al enarmónico de semnÉn kaì gennaían, dos adjetivos comunes en muchos autores, tanto para el enarmónico como para el diatónico. Una ‰rmonía o escala musical puede ser semnój como la doria (cf. Aristox., fr. 1136F4), y como consecuencia una melw7 día en general puede ser semnÉ, como bien dice Arístides Quintiliano 60.1-3, kaì tÊ7 semnÊ7 melw7 día7 te kaì xoreía7 ¥toi qewménouj § kaì aÐtoùj šnergoûntaj toùj šndocotérouj, tÊ7 dè adeía7 toùj 'gelaíouj' níesan. El mismo Arístides habla de utilizar las ‰rmoníai para trocar el ©qoj del alma; aquí la ‰rmonía se entiende, por extensión, como melw7 día: cf. 80.14-16, kaì peiqÓ poiÉseij, e± mèn'gennèj § sklhròn ×peíh, dià mesóthtoj ƒgwn šj toÐnantíon, e± d''steîon kaì xrhstón, di' Àmoióthtoj aÑcwn šj súmmetron. No obstante, las mayores coincidencias con la descripción de Sexto vienen dadas por los ¥qh atribuidos tradicionalmente a los ritmos, pues éstos también son capaces de modificar el alma ya desde Damón 64: por ejemplo, en el siguiente pasaje de Dionisio de Halicarnaso, la caracterización de la composición mediante sus ritmos contiene los mismo términos: Comp.18.4-8 dià mèn tÔn gennaíwn kaì 'ciwmatikÔn kaì mégeqoj šxóntwn ßuqmÔn' ciw-matikÈ gínetai súnqesij kaì gennaía kaì megaloprepéj, dià dè tÔn 'gennÔn te kaì tapeinÔn' megéqhj tij kaì ƒsemnoj, cf. Dem. Más tarde, de nuevo Arístides Quintiliano emplea la misma terminología en su propia caracterización de los ritmos. Ejemplo de ello es, entre otros pasajes, 76.22-28'steióteroí te kaì semnóteroi (...) ±sxnóteroí te kaì tapeinóteroi 65. De esta manera, Sexto se refiere a la melw7 día de un modo no solamente melódico (mediante dos tipos de ¥qh más dependientes del sonido y del género) sino también rítmico, al dar cabida a la nomenclatura común en la descripción ética de los ritmos, si bien del ritmo y su refutación se ocupará al final del libro VI. Pero está claro que allí se dedicará a la refutación del "tiempo" como productor del ritmo, mas no a sus caracteres. Para Sexto, la negación de éstos en la melw7 día conlleva la negación de los ¥qh rítmicos. De ahí la ambivalencia del léxico empleado: recuérdese la definición de mousikÉ que ofreció en 156.4-5, a mousikÈ špistÉmh tíj šstin šmmelÔn te kaì škmelÔn šnrúqmwn te kaì škrúqmwn. Tal inadecuación se puede ver así mismo en otros fragmentos musicales conservados (como en el papiro de Ifigenia en Áulide 69 ). A pesar de que ambos testimonios entran en contradicción, es factible añadir el pasaje de Sexto al de Dionisio como testimonio de la práctica de la transmisión del texto junto a la notación musical (con independencia de la cuestión de la autoría de la música). Es indudable que Dionisio puede leer la parashmantikÉ o notación musical mediante letras; al menos cabe la pregunta de por qué pensaba Sexto que el fragmento de Eurípides contenía un fusikòj lógoj: probablemente suponía que esta relación natural era una característica incuestionable de toda la poesía antigua, incluido el mismo Eurípides, o se encontraba ante un ejemplo euripideo de perfecta adecuación (con o sin parashman-tikÉ). Parece, no obstante, que las fuentes, tanto griegas como romanas, indican que los maestros de coro disponían de textos con parashmantikÉ y que las ediciones alejandrinas de los dramaturgos eran, con seguridad, notadas musicalmente 70. Hemos visto así cómo Sexto utiliza determinados elementos de la ‰rmoni-kÉ para sus propios intereses. Su manejo de las fuentes es notable, tanto a nivel léxico como en la exactitud: exacta es la definición aristoxénica de fqóggoj o la división de los géneros melódicos, pero difuso es su informe sobre los ¥qh de la melodía, toda vez que no sólo integra las disposiciones de la melopoiía sino también las de la ßuqmopoiía. De todo esto se desprende que la ciencia musical griega había consolidado como programa de estudios determinados elementos de importancia crucial: las notas, los géneros, los intervalos, el ©qoj, etc. En aquéllos de los que Aristóxeno se había ocupado triunfa la perspectiva de este discípulo de Aristóteles, señal de que ocupaba un lugar preeminente en la parte correspondiente de la šgkúklioj paideía así como en el acercamiento filosófico a la música 71; en otros de los que el tratamiento aristoxénico no existe o quizá se ha perdido, Sexto utiliza el material que las obras de teoría musical le ofrecía.
En este trabajo analizo la tésera celtibérica de Sasamón (K.14.1). La inscripción es un documento de hospitalidad bilateral entre IroreKiios, calificado de monituuKoos, y Nemaios. Es verosímil que monituuKoos, base de derivación del epíteto de las Matres Monitucinae, sea un adjetivo étnico; no obstante también podría explicarse como un apelativo compuesto de los elementos *moni-'tutela' y *tuk(o)-'descendencia, hijos'. En la segunda cara de la inscripción aparece aleTuures, que podría ser un nominativo plural, en concordancia con IroreKiios y Nemaios; pero un tema aleTur-presenta tantos problemas formales que hay que buscar otra solución. AleTuures podría ser también un nominativo singular, en concordancia con Nemaios, pero su identificación como étnico (¿*alleto-reo gs = allot-rÀg-es?) es más que problemática. Finalmente, podría ser un nombre de persona (aunque sin paralelos en el repertorio onomástico hispanocéltico), y entonces el pacto habría tenido dos partes, por un lado el individuo llamado aleTuures, sorprendentemente sin más identificación, y por otro IroreKiios el *Monitucense junto con Nemaios, cuya relación mutua vendría a ser en ese caso más bien obscura. También se proponen o discuten etimologías para los topónimos Munébrega y Monesma (de *mono-'montaña'), étnicos como autrigones, allotriges y palabras celtibéricas como sToTeroi. Palabras clave: lingüística céltica, hispano-céltico, celtibérico, hospitalidad, téseras, etimología. La tessera hospitalis K.14.1, llamada por su procedencia de Sasamón, es una pieza de bronce en forma de silueta de cuadrúpedo, escrita por las dos caras, con repetición de la vocal correspondiente a cada silabograma, EM LXXII 1, 2004 1 Al respecto, v. la crítica de D. Wodtko, 1999, p. 739. algo que se produce en otras inscripciones procedentes de Burgos (K.13.1 y 2, lápidas de Clunia; K.24.1, tésera de Belorado) y en una de Numancia (K.9.2, sobre cerámica). Por lo general, se ha interpretado la última palabra como un compuesto con -res < *reo g® -s 'rey' (p. ej., J. De Hoz 1986, pp. 71, 77;W. Meid 1993, p. 71), destino que sufre al parecer toda palabra celtibérica que acaba en -res 1. En principio, parece más económico entender, con Lejeune (1955, p. 405) entre otros, que aleTuures es un nominativo plural en aposición a las palabras de la otra cara, iroreKiios, moniTuuKoos y nemaios, en apariencia tres nominativos singulares; al menos el último es claramente un antropónimo ( § 7). No obstante, es necesario examinar en detalle otras posibilidades, ya que no aparecen fórmulas onomásticas claras y con ese análisis (tres antropónimos en nominativo, sin filiación y en asíndeton, calificados por el mismo adjetivo) no queda clara la función de los diversos individuos nombrados en la tésera; ésa es una estructura sin paralelos en la tipología de los documentos celtibéricos de hospitalidad. Y además, también es la única tésera celtibérica plana escrita por las dos caras, hecho que pone de manifiesto de modo elocuente la singularidad de esta inscripción: sea cual sea su explicación, estará fuera de lo usual; es algo a lo que hay que enfrentarse sin obviar ninguna de las posibles explicaciones, por fatigoso que resulte. Como posible paralelo de una tésera escrita por las dos caras tenemos la inscripción latina de Herrera de Pisuerga (Valladolid), un documento de hospitalidad en el que la ciuitas Mag(g)auiensium inscribe su versión del pacto en una cara y en el reverso hace lo propio el otro contrayente, un particular llamado Amparamus Nemaioq [um] -casualmente, Nemaioq [um] es un NF derivado del NP nemaios de nuestra tésera -; incluso se detectan diferencias gráficas entre las dos caras, v. También la estructura de la tésera de Herrera de Pisuerga es única; ¿sería ése un modelo aplicable a K.14.1? Desde luego, sólo lo sería de modo genérico: en caso de que al menos alguna de las cuatro palabras de K.14.1 se refiriese a un ciudad o etnia, esta inscripción podría entenderse como el pacto entre los individuos consignados una cara, con constancia de su origo, y el o los ale-El inicio de K.0.7, donde aparece el mencionado alaPoi, podría entenderse así como una oración nominal con omisión del verbo copulativo: ]kuPos (var. lect. ]rPos): oPoi: Kor-Tono: alaPoi "para X (dat. pl.): (que sean) oboi de Kortono los Alabenses". Pero no hay diferencias gráficas entre ambas caras, en ambas se dan las mismas singularidades (Ü tu, É e, variantes únicas en la epigrafía celtibérica), lo cual garantiza que toda la inscripción se debe a una sola mano. Si se toma como modelo la tésera latina de Herrera de Pisuerga, necesariamente aleTuures habría de identificar a una de las partes: sólo podría ser o un étnico, o un antropónimo. En cierta medida, los problemas de K.14.1 recuerdan a los de K.18.3, en la cual también aparecen formas en -es de interpretación conflictiva, especialmente el NP PunTunes (*Bunduo n-, cf. NP PunTalos K.0.7, NF BVNDALICO, CIL II 2785, Clunia). Pero K.18.3 es una tésera poliédrica, formada por cuatro "dientes" o, por emplear el término de Untermann, "dedos" ortoédricos, destinados a encajar en otra pieza simétrica, así que no cabe hablar de "dos caras", como tampoco es el caso en otras téseras poliédricas. El texto aparece en las caras contiguas de tres de los "dedos", y aunque posiblemente en cada cara se hace referencia a un partícipe del pacto distinto (ueniaKum vs. PunTunes), no se puede descartar por completo que parte del texto de B (irulases o PunTunes) siga o encabece el texto de A. PunTunes puede ser un genitivo singular de un antropónimo en -uo n, con una desinencia *-eo s < *-eÉs tomada de los temas en -i-, monoptongada como en sTenioTes K.17.1, STENIONTE... O puede ser el nominativo plural de un étnico similar a Berones, Vascones, Pelendones, Lusones, etc., lo cual proporciona una morfología menos problemática; precisamente Vascones y Berones son las dos etnias próximas a Vareia, muy cercana a Viana, de donde procede K.18.3. El problema para ver un nom. pl. en PunTunes es que se suele identificar PunT-con el tema antroponímico presente en PunTalos, BVNDALICO(m) que acabamos de citar. Ciertamente, hay nombres de ciudad que son temas en -uo n, v.gr. Purzau ~ Bursao(nenses), Turiazu ~ Turiasso; así, si PunTunes fuese un étnico nom. pl., hay que presuponer que un NL *Buntuo ~ *Bunduo se pudiese emplear, en pl. y sin sufijos, como étnico; así, frente al modelo de derivación usual NL oilaunu, -ez › etn. oilaun-ikum (A.56), el caso de *Bunduo › PunTunes sería comparable con el del NL 4Alaba (Ptol. En K.18.3 irulases (o iteulases) puede estar concertado con PunTunes, como gen. sg. de un tema en -i-, o como nomina-EM LXXII 1, 2004 3 Genitivos plurales de adjetivo en -ko-: K.0.13 KorToniKum: TuiniKuKuei: Kar (var. lect. Vennenses Plin., N.H. III, 26); en K.0.6 aTuliKum es la designación de un grupo familiar como partícipe de un pacto de hospitadad, cfr. el NP Atullus como base de derivación. Algo similar puede estar presente en K.14.2 TRI- DONIECV: CARA|CA: DESSVAEONA | NEMAIOSQ, si se admite una lectura TRIDONIECV(m), como gen. pl. de un NF derivado de la base onomástica *Trito-(no-); en cambio para Untermann, 1995, p. 203, «Tridoniecu nombra... a los habitantes de la ciudad que participan en el hospitium»: el paralelo se establece entonces entre K.0.13 KorToniKum (..) Kar y TRIDONIECV(m) CARA|CA. Pero el bronce de Medinaceli (K.0.7) donde aparecen oPoi... alaPoi (v. nota 2) es una tabula, no una tessera. Hay buenos ejemplos de genitivo singular, tanto en téseras unilaterales: reTuKeno: uisal|iKum (K.0.9), lenTioKo: slaniaz (Villar, 1999), como en bilaterales: areKoratiKa Kar | seKilaKo: amiKum...( K.0.11). tivo plural, pero la forma en sí es muy obscura. Así pues, si consideramos la posibilidad de que K.14.1 sea una tésera bilateral y que los integrantes del pacto se hayan consignado cada uno en una cara, como en la tésera de Herrera de Pisuerga, aleTuures se referirá a una parte, iroreKiios moniTuuKoos nemaios a la otra. Formalmente, aleTuures puede ser un nominativo plural, y designaría así a uno de los grupos que emite la tésera; pero esto tropieza con el hecho de que en el corpus celtibérico -dejando al margen la fórmula mayoritaria X-Ka Kar (uel X-ina Kar), donde X es un nombre de ciudad -, predominan en esa función los NNP de individuo en genitivo o nominativo singular, o los genitivos de plural de adjetivos étnicos o gentilicios en -ko-3; nunca los nominativos plurales (los únicos ejemplos en un documento de hospitalidad serían, llegado el caso, PunTunes irulases y oboi... alaPoi 4 comentados en § 3). Por tanto, no se puede excluir que aleTuures sea el nominativo singular de un tema en dental o gutural (-es < *-ets, *-exs), o un genitivo singular 5 en -eo s < *-eÉs de un tema en -i-o, con menor verosimilitud, en consonante: entonces estamos ante el pacto de un individuo con iroreKiios moniTuuKoos nemaios, secuencia que en absoluto resulta inequívoca. La hipótesis de que iroreKiios, moniTuuKoos y nemaios sean los nombres propios de tres individuos distintos parece poco plausible, ya que los pactos de hospitalidad se establecen entre dos particulares, o entre una comunidad y un individuo (y sus descendientes, como en la tésera de Herrera de Pisuerga), o entre dos comunidades (ciudades, etnias, familias; v.gr. 6 Tésera de la Mesa del Almendro, J. Remesal Rodríguez, 1999. 7 F. Villar y J. Untermann, 1999, pp. 727-731; para la lectura TARVODVRE (SCA aparece en la línea superior, sobre las letras RE de -DVRE), v. p. CAAR • ICVRBICA | SALVANTICA | QVE) 6, no entre una comunidad (aleTuures como nominativo plural) o un individuo (aleTuures como singular) y tres individuos sin filiación. Existen téseras itálicas de fecha republicana entre particulares, un ciudadano romano y un extranjero, por las que se establece un pacto en pie de igualdad, extensivo a los descendientes de las dos partes (cf. Beltrán, 2001, pp. 37-38); algunas de las téseras latinas de Hispania «verosímilmente... sancionan acuerdos interindividuales entre ciudadanos romanos y peregrinos» (Beltrán,l.c.,p. Como es sabido, en las téseras celtibéricas suele aparecer una designación local, por lo general un adjetivo formado a partir del nombre del lugar o etnia que emite el documento de hospitalidad, o en su defecto, se señala la origo del titular del documento, al que en pocos casos se le designa sin un NF. Evidentemente, únicamente en las téseras celtibéricas unitaterales en las que sólo aparece un nombre de individuo, con o sin expresión de origo (K.0.2, K.0.9; lenTioKo slaniaz (Villar, 1999), K.24.1, ¿K.0.6, cf. nota 3, K.0.10, K.18.4?), se puede pensar que siguen el modelo itálico de pacto entre un romano y un peregrinus; pero no necesariamente en todos esos casos, ya que una buena parte de las téseras celtibéricas son documentos públicos: pueden ser el documento identificativo del particular que establece un pacto con una comunidad. En las téseras bilaterales, como K.0.11, se menciona claramente a un individuo y una ciudad; en téseras unilaterales esa expresión de la origo puede aparecer en ablativo, acompañando al nombre del posesor del documento de hospitalidad (luPos: alizo|Kum: aualo: Ke | KonTePiaz | PelaisKaz, K.0.2; lentio-Ko slaniaz, F. Villar, 1999; quizá K.24.1 seKeeios: saileTiiKoo: meTaama, si se admite la pérdida de *-ð final en *metamao d), o puede expresarse mediante un adjetivo, como sucede al parecer en DVREITA TARVODVRE LIGORIQ [um], con la lectura TARVODVRE como adjetivo derivado de un topónimo *Tarvo-durom 7, y acaso también en la tésera de Ubierna, posiblemente bilateral AMBATO • VIROVARCO (...) 8. También puede incluirse el NP de un magistrado, como en la tésera latina de Las Merchanas (tesera Cauriensis magistratu Turi), o en la de Arecorata (K.0.11, PisTiros: lasTiKo: ueizos), en cuyo caso se señala el cargo (magistratu, ueizos). En ausencia de fórmulas onomásticas claras, habrá que suponer que en la tésera de Sasamón al menos EM LXXII 1, 2004 alguna de las palabras indica la origo de una de las partes, o, dado el caso, que se nombra a un magistrado con un término todavía no documentado. Así, una opción es suponer que iroreKiios y monituuKoos fuesen adjetivos o substantivos, o un substantivo y un adjetivo, en aposición al nombre propio nemaios; pero en ese caso habrá que explicar porqué aparecen antepuestos y no postpuestos, como es usual en los epítetos étnicos o en la designación de magistraturas (K.1.1, b.1 luPos: KounesiKum: melmunos: P i n t i s; K.0.11, PisTiros: lasTiKo: u e i z o s ); ya hemos visto que en la tésera latina de Las Merchanas basta con señalar el centro emisor (Cauriensis) y el nombre de un magistrado. En principio, al menos moniTuuKoos parece un posible candidato como designación étnica, v. infra § § 7-10. Entonces, dos individuos, uno llamado iroreKiios, calificado de moniTuuKoos (¿étnico? ¿designación de una magistratura?), y un nemaios, sin calificativo alguno, establecen un pacto de hospitalidad con el o los aleTuures. Ahora bien, si se prescinde del paralelo con la tésera latina de Herrera de Pisuerga, el hecho de que aleTuures aparezca en la otra cara sólo implicará que hay que leer aleTuures a continuación de iroreKiios moniTuuKoos nemaios; este desplazamiento de uno de los términos a la segunda cara puede ser casual, o intencionado, en caso de que aleTuures se refiera a todos los individuos enumerados en la otra cara. Así las cosas, las opciones son las siguientes: a) K.14.1 es una tésera bilateral entre un individuo llamado iroreKiios, calificado de moniTuuKoos (¿étnico?), y otro, nemaios, calificado de aleTuures; ambos partícipes se mencionan en asíndeton y en nominativo singular. b) K.14.1 es una tésera bilateral entre iroreKiios, calificado de moniTuuKoos (¿étnico?), y nemaios, sin calificar; aleTuures, en el reverso, es un nominativo plural referido a ambos partícipes del pacto. c) Con menor verosimilitud, sólo en el caso de poderse demostrar que irore-Kiios moniTuuKoos fuesen apelativos concertados con nemaios -lo que explicaría la ausencia de conjunciones -, K. G(entis) ('hijo de Viamus') es problemático: o se admite la intrusión de un genitivo latino en una inscripción por lo demás en lengua indígena, como hace Untermann, o se admite una forma dialectal, algo que resulta arriesgado, v. sobre todo J. Untermann, 1995, pp. 204-205. Si es una inscripción indígena, dado que en las téseras de Tiermes MONIMAM aparece acompañado de un cativamente aparece también en otra tésera procedente del mismo lugar, en alfabeto latino, NEMAIOSQ (K.14.2) 9 y como base de derivación del NF Nemaioq [um] de la tésera de Herrera de Pisuerga 10, v. El otro segmento con una correspondencia clara es moniTuuKoos, que se identifica 11 con un epíteto de las Matres en una inscripción de Salas de los Infantes (Burgos): MATRIBVS MONITVCINIS. 177) entendió que moniTuuKoos era un cognomen de tipo gentilicio, y las Matres serían las protectoras de esa gentilidad. Pero como señala Untermann (MLH IV, p. 688), si el epíteto de las dioses deriva de *monituko-, entonces *monituko-ha de ser más bien un étnico; entre las advocaciones de las Matres no se encuentran epítetos derivados de antropónimos ( § 13). El étnico caracterizaría a iroreKiios mediante un nominativo singular, no con el genitivo plural; formalmente habría que compararlo con el adjetivo Peli-Kios que expresa la origo en la estela de Ibiza (K.16. Todo esto nos lleva, en primera instancia, a las opciones a) o b): o bien aleTuures es un étnico en nominativo singular que califica a nemaios como el probable étnico moniTuuKoos a iroreKiios, o bien nemaios aparece sin filiación ni origo, quizá porque el "extranjero" que precisaba de ulteriores calificativos era iroreKiios. Hay en el corpus hispánico dos palabras que se pueden relacionar con moniTuuKoos / MONITVCINIS (v. 265): por un lado el término MONIMAM, que aparece en las dos páteras de Tiermes: s) o G(entei ~ -eo ): la inscripción seria "monimam para Z, de X [..]lic(um), hijo de Viamos" o "monimam para X [..]lic(um), hijo de V."; X y, dado el caso, Z estarían en la parte perdida de la inscripción. 13 Gorrochategui partía del sufijo *-mn1⁄2 > *-man > -MAM, bien por asimilación de nasales, bien por analogía con los neutros temáticos. Ciertamente, es más fácil trabajar con un nom. sg. neutro que con un acusativo femenino, que obliga a suponer un verbo elidido (posuit, dedicauit, cf. Untermann, MLH IV, p. 14 Sobre las pocas formas en -uko-atestiguadas en celtibérico, cf. Rubio Orecilla, 2001, p. En indio antiguo, báltico y eslavo se dan diversas formaciones en *-uko-, *-uo ko-, cuyo origen se remite sin dificultad a formantes primarios en *-u-(frecuentemente residuales), recaracterizados con el sufijo *-ko-: esas formaciones en *-uko-posteriormente tuvieron éxito como sufijos secundarios más o menos productivos de diminutivos y nombres postverbales; ninguna de ellas es heredada. Precisamente, en el epíteto teonímico hispanooccidental (matribus) SVLEIS NANTVGAICIS (Orense) se esconde un derivado en *-ko-de un tema en -u-: NANTVGAICIS, derivado en -aÉko-de *nantu-ko/ao -, v. infra § 13. II 4.29) una etimología *ad-u3⁄4 ao tu-kao -'lieu où l 'on prophétise', con interrogante; pero parece que la lectura correcta es Atuatuca, y el nombre es de origen germánico, como otros nombres con -uk-de la zona, v. Y por otro lado, el teónimo lusitano MVNIDI (dat., Talaván, Cáceres, HAE 2393), como ya señalara Untermann (1990, p. 364), quien sugería un tema *monit-o *munit-(l.c. nota 89). Wodtko (l.c.) subraya la posibilidad meramente formal de que *mon-À-tu-sea una formación postverbal, de la misma manera que MONIMAM puede analizarse también como un nombre verbal en *-mao -de una formación causativa *mon-eÉe-, en la línea de lo que ya propuso Gorrochategui (1990, p. Ahora bien, si se parte de un tema en dental, entonces en *monit-uko-estamos ante una derivación en -uko-más bien incómoda; *-uko-/*-uo ko-suele funcionar como sufijo diminutivo o hipocorístico, cf. p. ej. galés -ug (P. Russell, 1990, p. 85), y tampoco está atestiguado con seguridad ni en celtibérico, ni en céltico hispano-occidental 14. Una solución "elástica" sería suponer que estamos ante una variante, dialectal o expresiva, del sufijo productivo -oko-; cf. el caso muKuKaiau (K.13.2, Clunia): muKoKaiKo (K.9.1, Numancia, con sufijo occidental -aiko-), si es que efectivamente esas dos formas están en relación. Partir de un tema en -tu-permitiría explicar el vocalismo presufijal, pero implica suponer un abstracto postverbal como base de la que deriva un adjetivo en -ko-, antes que una base puramente onomástica o étnica. Por lo que respecta a la vinculación de moniTuuKoos, MONITVCINIS con el teónimo galaico MVNIDI (dat. sg. latino), recientemente B. Prósper (2002, p. Por lo general se identifica *tou3⁄4 to-en TOVDOPALANDAI- GAE con *tou3⁄4 tao -'pueblo, nación' [URL]., K. H. Schmidt, 1985, p. 378-379, Prósper, l.c.); para ello hay que suponer que se produce la sustitución de -ao -por la -o-en unión de compuestos, como en galo (K. H. Schmidt, 1957, p. No obstante, cf. irl. ant. túath < *tou3⁄4 to-/-ao -'izquierdo, al norte'. Si se acepta esa semántica para el TOVDO-de Talaván, el significado de la inscripción sería "para el o la MVNID-de la Eberóbriga (situada) al norte o a la izquierda del /la *palanto/ao -", con lo cual estaríamos ante un epíteto de la ciudad de Eberóbriga, y es indiferente ver en -brigae un genitivo latino de -brigao (substantivo) o el dativo de un adjetivo *-bri-kao -. Sólo si MVNID-fuese femenino (extremo que no garantizan las otras inscripciones donde supuestamente aparece, escasamente legibles -un ejemplo en la nota 17-), el adjetivo femenino *tou3⁄4 to-palantaÉkao -podría concertar con él. 359 señala la existencia de un MVNIDE en Chaves (Tras-os-Montes), sin epíteto, que quizá documenta un dativo indígena < *-eÉ; Prósper, l.c., no menciona este epígrafe. A. Carnoy (1906, pp. 54-55) señala que munimentum es más frecuente en Lusitania que en otras provincias, aunque en todo caso se inclina por una contaminación de monumentum con muo nimentum; además, v. Carnoy, l.c. pp. 61-62, acerca de -orC-, -oNC-, también con por o cerrada (PVNPONIVS, MVNTANVS, FVRTVNA). 17 Inscripción de Mieres (Asturias), v. Debido a que todas las letras están ligadas no se puede valorar el controvertido testimonio de NÎMÎDÎ vel MVNÎDÎ FIDVENARVM (Paços de Ferreira, Oporto, CIL II, 5607) -solo está clara la ligatura DÎ -; también es controvertida la lectura NEME-DECO ~ NEN(N)EOECO (CIL II, 2375 = 5552), cf. B. Prósper, 2002, p. Ella define MVNIDI como «tema en -id-», y propone como etimología la base *mon-'montaña', presente en el britónico *moniÉo-> gal. mynydd 'montaña', y, con dental (*-t->*-ti-) en lat. mons, montis y, según propone ella, en el epíteto de la Iuo no Moneo ta (tradicionalmente derivado de moneo), todo lo cual en principio no es imposible. Desde el punto de vista formal la relación entre un celtibérico *monit-y un hispanocelta occidental MVNID-no es problemática, aunque tampoco concluyente. La sonorizaciónt-> -d-en MVNID-sigue el modelo general en el Occidente peninsular; el ejemplo típico es precisamente la citada inscripción de Talaván, MVNIDI EBEROBRIGAE TOVDOPALANDAIGAE de MVNIDI sí que puede ser una grafía por *[moņid-], ya que en la zona occidental se da una vacilación gráfica O ~ V, p.ej.: ALBVCELAICO / ALBOCELO, APVLVSEAECO / APOLOSEGO, COSEI, COSSVE, COHVE / CVSEI, CVSVE, CVHVE; además en la epigrafía latina peninsular la representación de oa, oo o por (¿= [o]?) no es rara en sílabas abiertas pretónicas [URL]. munimentum) 16, lo que podría implicar una pronunciación *moņÃdi. Pero tampoco la ha de reflejar necesariamente una vocal larga: cf. p. ej. NIMMEDO (A)SEDDIACO, 17 de *nemeto-, donde una *e EM LXXII 1, 2004 pp. 314-317; las respectivas lecturas "anticeltizantes" o "celtizantes" dependen de lo cada investigador quiera demostrar. Nótese que Munnius, Munninus son también nombres de origen latino. posiblemente tónica aparece representada como, así como las variantes gráficas del teónimo VIRRORE / VERORE y de los antropónimos de la base pent-/pint-; v. además infra nota 32. En definitiva, la forma occidental no proporciona información segura sobre el vocalismo: es difícil establecer en qué casos una representa una *o ̧ procedente de *o, o una *u antigua; una vacilación O ~ V en sílaba átona puede implicar también un paso *u > *o. Eventualmente, hay que preguntarse si MVNIDI no estará en relación con los antropónimos MVNIGALICVS (León, CIL II 5717, gen. -IGI VAD(iniensis); dat. - ICO Albertos, 1966, p. 161, Orense), MVNILLA (Evora, CIL II 117), MVNNA (Lisboa, CIL 238), MVNEIA (Meixedo, Bragança); en zona celtibérica, MVNERIGIO (Calderuela, Soria, CIL II 2834) y muniKa (K.1.3, passim) y en la Beturia Céltica, MVNA, MVNE, que con toda verosimilitud presentan -uantigua 18; en ese caso, habría que separarlo del cib. moniTuukoos, MONITV- CINIS. Aun dando por buena la identificación *monit-: MVNID-, que no es más dudosa de lo usual en la Hispania Prerromana, la relación de ese *monit-(¿*monÀt- Monesma, localidad que se encuentra en un llano desde donde se divisa la cadena Pirenaica en toda su majestuosidad. La relación de esos topónimos, que parecen remitirse a *mono-/ao -, con un tema en dental *mon-(À)t-sólo podría mantenerse postulando toda una cadena de hipótesis: dado que el romance aragonés conoció la simplificación de -nd-en -n-(v. gr., arag. med. quano *-nd-que postula Villar (1995, pp. 75-76). Admitido esto, la -o-sería una mera vocal de unión entre los miembros del compuesto, como la que aparece en los compuestos galos del tipo Ver-cinget-o-rix, donde -cinget-en un tema en dental (*keng-et-, irl. ant. cing, gen. cinged); por su parte, el superlativo *mond-isama > Monesma se habría formado directamente a partir del mismo tema *mon-t-. Esto parece conducir a un tema alternante a partir de la raíz *men-'elevarse, sobresalir' (lat. eo -, proo -mineo re; mentum 'mentón'): nom. sg. *mon-eo t-s > lat. Moneo t-a, cib. monÀt-, con generalización del grado largo del nominativo (como en los temas en *-oo n-> cib. -uo n-), e hisp.-occ. MVNID-'monte' (divinizado); obsérvese que tendríamos un ejemplo de *eo > À. Los casos débiles presentarían grado cero del sufijo: *mon-t-és > lat. gen. sg. montis, reinterpretado como tema en -i-; cf. también gr. moûsa < *mónt-ja. Dejando al margen lo excesivamente larga que es la acumulación de hipótesis requerida, esta teoría presenta otros inconvenientes formales. En primer lugar, no existe en indoeuropeo una alternancia del tipo propuesto, **CoC-eo t-/ **CoC-t-: en las lenguas célticas los temas del tipo CéR(C)-e± t-, un modelo flexivo normalizado que resulta de la mezcla de los antiguos temas histero-y proterodinámicos, conocieron una cierta productividad (p. ej. *keng-et-'guerrero', *u3⁄4 el-Àt-'poeta', *oÉg-et-'huésped' < *h 3 eÉg h -et-'que va', cf. gr. o±xnéw, o2xomai, LIV 2 p. 296), y hay restos de otros tipos indoeuropeos de temas en *-t-(*(p)luk-ot-'ratón', irl. ant. luch; *nepot-, lat. nepos, irl. ant. nia 'sobrino', ogam gen. sg. NIOTTA; necht 'sobrina' < *nept-; *neÉ-t-'campeón', irl. ant. nia), todos ellos con grado e o cero en la raíz; nunca con grado *-o-. Así las cosas, habría que postular todavía más hipótesis suplementarias: una posibilidad es considerar que el hispano-celta *monÀt-, *mont-fuese la substitución de un acrostático **món-t-s, gen. sg. **mén-t-s: en latín, habría sufrido la misma tranformación que *nók u3⁄4 -t-s, *nék u3⁄4 -t-s: nox, noctium; mons, montium. El tema con grado e se habría conservado en el epíteto teonímico MENTOVIACO atestiguado en dos inscripciones procedentes de Zamora (v. Pero de ser así, no se entiende por qué en céltico no se creó a El avéstico mati-citado por J. Pokorny, 1959, p. 3, 20 upa maitÀm; que ha de reinterpretarse como *matiÉ@ @ @ = véd. matyà-(n.)'garrote para machacar terrones', de mant(h)-, cf. Mayrhofer, EWAIA II, p. El tema *moni-'protección' está relacionado con lat. manus *BaCV-(B = *m, *u3⁄4, *K u 3⁄4, ¿*l?) propuesta por P. Schrijver, 1991, pp. 454-474, así como con germ. *mundoo (< *mn1⁄2 -taμ -, la dental no puede ponerse en relación con la de *monÂt-): isl. ant. mund 'mano', ingl. ant. mund, a.a.ant. munt 'mano' y también'caución, garantía', y pervive en al. mod. Mund (f.)'protección, tutela', Vormunt (m.)'tutor', Mündel 'pupilo', cf. los NNP gót. La base para la evolución semántica la proporcionan conocidas expresiones latinas como in manu o sub manu esse. En lat. in manu esse hace refencia al poder del marido sobre la esposa, o del pater familias; cf. además manumittere, etc.; en irl. y en germ. *moni-, *mono-, *mundoo, hacen referencia a una tutela legal, no al resguardo que pueda ofrecer una fortificación. Por ello, para los topónimos celtibéricos *Mono-brig-, *Mon-isamao -( § 9), y para la isla de Mona (Anglesey), caracterizada por un promontorio (Rivet y Smith, 1979, p. 420), sigue pareciendo más adecuado partir de un *mono-'montaña'; Munébrega se encuentra en la conjunción de dos barrancos, y en las cercanías, camino de La Viñuela, se encuentran los restos un poblado celtibérico situado sobre un altozano. partir del grado -e-un *menÀt-~ *menet-, según el modelo de los temas en dental más productivos. Habrá que suponer entonces que el lat. mons (¿acaso Moneo ta?), el brit. *moniÉo-y el hispano-céltico *monÂt(o)-, *mont-o *mono-son la substitución, independiente en cada lengua, de un nombreraíz *moo (n), *mon-21. Y en cualquier caso, el tema en dental, sea cual sea su origen, nos lleva a trabajar con el sufijo *-u± ko-: si éste tuviese un valor meramente diminutivo como en galés y balto-eslavo, *monÀt-u± ko-vendría a ser 'montañita', que no encaja en una tésera de hospitalidad, ni semántica ni sintácticamente. Podríamos darle al sufijo un matiz despectivo, y traducir *monÀt-u± ko-por "montaraz, salvaje"; pero un sentido despectivo también parece fuera de lugar en una tésera de hospitalidad y, más aún, en un epíteto teonímico (Matres Monitucinae: "propias de los montaraces / salvajes"), así que el adjetivo en -uko-, despectivo en su origen o no, tendría que haberse convertido previamente en una designación étnica concreta. Todavía se puede postular una etimología alternativa y, a mi juicio, más verosímil: moniTuuKoos puede contener el tema *moni-que aparece en irl. ant. muin (f.)'protección', muinter'familia, miembro del grupo familar; esposa legítima' < *moni-terao - 22; existe una variante de muinter sin palatalizar, más antigua, montar, de *mono-terao - 23. Formalmente también ese El tipo derivativo está presente en céltico, p. ej. irl. ant. slond (tema en -o-)'indicación, expresión' › verbo denominativo sluindid (A II)'indicar, nombrar' › abstracto postverbal en *-tu-slondud, sloinded (tema en -u-)'acto de nombrar, mención'; compuesto disluindi 'negar' › díltud 'negación'. El supino lat. monitum es formalmente similar al *monitu-propuesto, pero de *men 'pensar'. 141 restituye respectivamente CONTVCIVS (podría ser -tucus) y CONTVCIANCO(n), entendido como gentilidad en gen. pl. Sin el preverbio, cf. VALERIVS TVCCO (CIL II 2763, Duratón, Segovia) y quizá lo atestigua también Marcial (III, 14): Romam petebat esuritor Tuccius | profectus ex Hispania. Pero Tuccius es también el conocido cognomen de una famila senatorial romana; no obstante, v. nota 28. *moni-podría ser la base de derivación de MONIMAM, pero la semántica *mon-À-'recordar' (irl. ant. muinithir) propuesta por Gorrochategui, 1990, p. 309 sigue pareciendo más convincente. Se puede postular así un abstracto verbal *mon-Â-tu-'protección', formado a partir de un verbo denominativo en *-(e)Ée-derivado de *mono-(cf. irl. ant. montar) 24, distinto del tema*mon-À-'recordar' de MONIMAM: Es decir: de *mono-'mano / protección' se derivaría un verbo *mon-(e)Ée-ti > * monÂti'él tutela, protege', y de éste un abstracto verbal *mon-Â-tu-'protección legal, tutela'. Así pues, *monÂtu-ko-vendría a significar más o menos'tutelar, tutelado'; en nuestra tésera podría tener valor apelativo. Ciertamente, como la derivación en *-tupropuesta es poco económica, pues obliga a postular la hipótesis suplementaria de un verbo denominativo, todavía se puede encontrar otra alternativa: *moni-tuk-(o)-podría entenderse como compuesto de *moni-'familia / tutela', y de un segundo miembro *tuk-o-cuya raíz aparece en indoiranio con el sentido de'generación, descendencia': cf. el nombre-raíz ved. túc-(f.)'descendencia, hijos' (RV), substituido en la lengua postrigvédica por toká-(n.)'id.'; tókman-(n.)'brote de cereal', av. rec. taoχman-(n.)'simiente, parentela', pers. ant. taumao -(f.)'familia', pers. mod. tuχm'id.' Quizá esa raíz está presente en los antropónimos celtibéricos CON- TVCI CIL II 3198 (Valeria de Arriba, Cuenca), NF CONTVCIANCO CIL II 3120 (Cabeza de Griego, Segóbriga), en composición con el preverbio *kom-. De ser cierta la lectura de éste último, acaso sería un resto del nombre-raíz, lo que a su vez deja abierta la posibilidad de que *monituk-os sea el genitivo de un tema en consonante. Quizá el nombre de individuo Antiguamente leído DOVATACIS; posiblemente masculino, ya que aparece latinizado en la misma inscripción como (gen. sg.) 28 El primer miembro dova-es un derivado temático *dubu3⁄4 -o-de *dubu, irl. ant. dub 'oscuro'; *dubu3⁄4 o-> pc. *duu3⁄4 o-> *dou3⁄4 o-; para el detalle de la evolución fonética v. 108) lo entendía como un conglomerado sufijal, que, como señala Sabine Ziegler (1994, p. 170), no es analizable y carece de paralelos en irlandés. Ella parte de un derivado en -ao ko-, *dubu3⁄4 ao t-ao ko-, del nombre verbal dubad para [@ @ @ @] en *dubu3⁄4 ao t-ao ko-> *dou3⁄4 aq@ @ @ -, resultado del debilitamiento de ciertas vocales, lo que no es inverosímil; pero no hay buenos ejemplos de ese procedimiento ortográfico. Los ejemplos más claros que aduce (Ziegler,l.c.,p. 51) presentan una como grafía del debilitamiento vocálico: *i, *e > [@ @ @ @], escrito en CARRTTAC [@ @ @ @], y procede claramente de *e, VOR(R)TIGURN, y además en ambos casos la vocal debilitada es una *a = [@ @ @ @] sea aplicable a la grafía latina Dubtuci, también con -u-. Por lo que respecta al tema en ao masculino °TUCEAS, acaso haya que compararlo con el cognomen de uno de los amigos de Virgilio y Horacio, Plotius Tucca: Wilhelm Schulze (1900, p. 375) incluyó Tucca, Tuccius en el listado de cognomina etruscos, pero quizá no se pueda rechazar un origen céltico al menos para una parte de los antropónimos en (-)tuc(c)-. Dubthach, contenga un segundo miembro -tuk(ao ), -tuko-, es decir: *dubu3⁄4 -o-tukao 'cuya descendencia es oscura' 28. En resumen, por un lado moniTuuKos puede ser un adjetivo étnico, determinando a iroreKiios; en ese caso tendría que ser un derivado en -ko-o -u± ko-de un topónimo, pero ya hemos visto en § § 9-10 la gran cantidad de dificultades formales que implica vincular directamente moniTuuKos con los topónimos *Mono-brig-, *Monisamao, que sí parecen contener un elemento léxico *mono-'monte'; por lo dicho en la nota 23, tampoco parece verosímil derivar los topónimos del supuesto *moni-(tu-)'tutela'. Dado que en cualquier caso un NF en -ko-tendría que aparecer en genitivo plural o singular (kum, -ko), sólo queda la posibilidad de entenderlo como apelativo: o un compuesto moni-tuko-'descendiente bajo tutela' (¿equivalente a 'hijo adoptivo', quizá referido a una institución similar a la daltacht irlandesa?), o un derivado en -ko-de un abstracto postverbal *monÂtu-'protección, tutela', es decir,'tutelado'. Con mucha menor verosimilitud, podría ser genitivo singular de 29 V. gr.: Ambirenses › etn. Eburones, Treverae...; es muy conocida la dedicatoria de Winchester (RIB 88): MATRIB(us) ITALIS GERMANIS GAL(lis) BRIT(anis). El epíteto de las MATRIBVS OMNIVM GENTIVM (CIL VII, 887) es traducción exacta del epíteto céltico de las MATRIBVS OLLOTOTIS (RIB, 1030; < *ollo-tou3⁄4 t-o-/-ao -). V. la lista de J. Gómez-Pantoja, 1999, pp. 422-423; TERMEGISTE en el epígrafe de Duratón (Segovia) es oscuro: puede ser un antropónimo (¿Ter(entius/a) Megiste?), a no ser que se restituya †Termegiste(nsis), de un topónimo emparentado con Termes ~ Termeste (¿*term-ik-isto-?). Las Matribus Suleis Natugaicis no aparecen en la lista de Gómez Pantoja. *monituk-, bien apelativo -"iroreKiios, de la descendencia-bajo-tutela" -, bien NP como CON(T)VX, esto es, "iroreKiios, (hijo) de *Monituxs". Pero la explicación como nombre de persona queda excluida, como ya hemos dicho ( § 7), con el hecho de que *monituk(o)-es la base de la que deriva el epíteto de las Matres Monitucinae; como veremos a continuación, encaja mejor con las Matres un epíteto derivado de un étnico -que es lo usual -o, dado el caso, de un apelativo referido a una institución familiar. Las Matres o Matronae de la Galia y Britania reciben en su mayoría epítetos derivados de étnicos 29 o de nombres de lugar 30. Pero también reciben otros calificativos: así, la dedicatoria G-65 de Glanum se dirige a las (*matrebo) rokloisiabo < *(p)ro-klou3⁄4 -es-'las famosas' o, con M. Lejeune, RIG I, p. 79,'las que escuchan, las que atienden'; y en Britania son típicas las Matres Transmarinae, advocación geográfica que tampoco es de origen propiamente étnico. En Hispania, dejando al margen los epítetos que reflejan cultos importados y que se dan en la Bética (MATRIBVS VETERIBVS en Porcuna, Jaén, AVFANIABVS en Carmona, Sevilla, AVGVSTIS en Reina, Badajoz), los epítetos de las Matres que se documentan son (siempre en dat. pl.) 31: VSEIS (dos veces en Laguardia, Álava) BRIGAECIS (Clunia, Burgos) ENDEITERIS (dos veces en Clunia) GALLAICIS (Clunia). SVLEIS NANTVGAICIS (Orense) Dos de los cinco son claramente étnicos (Gallaicae, Brigaecae); las Matres Sule(v)iae de Orense también son un culto de origen extranjero, pero están provistas de un segundo epíteto de carácter étnico-geográfico (¿*nantu-ko-'valle(cito)' /'habitantes del valle'?, v. nota 14). Igualmente, el epíteto Brigaecae (así en Gómez-Pantoja, l.c., var. lect. 132, nota 31) puede referirse a un topónimo *Brig(ao ) ~ *Bri-La grafía por e cerrada < *e, *i átonas no es rara en la zona occidental: MEIDV(G)EN(I)VS < *medu-geno-; VECIVS (Lugo): VEICIVS (El Bierzo, León), ARREINVS: ARRENVS (ambas variantes en Hispania Occidental), etc.; v. Además, cf. el antropónimo ENDEGVS (Zamora), posiblemente [endeģus]< *endikos. Las *-i-de *enditeros, *endikos son puramente sufijales:: *endiko-es banal, para end-i-tero-cf. p. ej. el NP Doviterus, a no ser que se quiera suponer un preverbio *endien el que se habría producido un cruce analógico entre endo° < *(h 1 )en-do (cf. el famoso teónimo lusitano Endovellicus, v. Aunque hubiera existido una conexión entre el culto cluniense a las Matres (siete altares en total) y las prácticas de fangoterapia en el santuario subterráneo de la "Cueva de Román", como postula Gómez-Pantoja (1999, pp. 428-430), no parece posible que *endeţeroprovenga de un *andi-tero-'inferior', una innovación del céltico cluniense que habría tenido que substituir a *andero- eNC-, evolución que no está documentada en hispanocelta; los contraejemplos son legión: cib. amPi-K.1.1 passim, KamParoKum K.5.2, KanTom, -KanTam K.1.1, (es)anKios K.1.1, anTiom K.1.1, anToros K.0.10...; en la onomástica hisp.-occ.: Ambatus, Cantibidon(ensi), Cantunaeco, Nantugaicis...Para ARENTIO, -TIAE vs. ARANTA, ARANTO°, cf. B. Prósper, 2002, p. 159, propuso una relación de VSEIS de Laguardia con el NF VSSEITICV(m) (Clunia). El NF parece derivar de un pp. *uxs-ito-'subido, alzado' > *ússeto-(con *i átona > *e cerrada grafiada con ), o de una formación similar a lat. comes, -itis < *kom-i-t-"que va con": *uxs-i-t-o *uxs-eÉ-t-(en ese caso, quizá con el diptongo conservado)'que sube'. giao, o quizá al propio brig-(= arx, cidadela) de Clunia: las Matres *Brig-aÉkao s / -Éao kao s serían en ese caso las "Matres Oppidanas". Y de los otros dos epítetos, uno es un adjetivo en -tero-, *endi-tero-> *endeţero-, con por e cerrada 32; posiblemente, *endeţero -'interior' hace alusión a unas Matres propias de la ciudad (cf. las frecuentes dedicatorias británicas a las MA- TRIBVS SVIS, Holder II,, por oposición, p. ej., a las Matres Gallaicae, foráneas pero también veneradas en Clunia 33. Y finalmente, VSEIS también parece ser un adjetivo derivado de un preverbio, *us(s)eo- *-ll-. En escritura ibérica hay dos formas en -rk-de difícil esclarecimiento: la primera, muTorKe K.9.7: si no es ibérico (que es lo más probable, al menos para el final en -e, que es la iberización usual de los nombres indoeuropeos en -os, -us), quizá proviene de un *mutoŗ(r)ikeÉ / -os relacionado con el NF muturiskum K.1.3, passim, derivado en -isko-del NP MVTVRRAE CIL II 5330; pero bajo la grafía muTorKe también podría suponerse un /mu(n)troko-/. La segunda es VIROBARCO ¿< *-ariko-?, junto a VIROBACOM en la misma inscripción (Ma A. Castellano y H. Jimeno, 1999) ¿Se trata de un error del grabador? 36 La interpretación roTurKo-= *Rodur(i)ko-encontraría algún apoyo si ueizos (K.0.11, -ui K.6.1, 4): ueiTui (K.0.7) = */u3⁄4 eÉðo-/, elazunos (K.1.3): elaTunaKo (K.9.4) se admiten como casos de vacilación gráfica, cosa que no hace Untermann, v. Naturalmente, esto no constituye un problema para quienes rechazan la lenición de d intervocálica. fuesen unas Matres *Familares (cf. las MATRIBVS DOMESTICIS, CIL VII, 915, 939 inter alia), o más bien *Tutelares. La decisión final en torno a la función de moniTuuKos depende en parte de la interpretación que se le dé a aleTuures, y a la inversa. 83) supuso, con muchas dudas, que aleTuures era el nominativo plural de un tema en -r *are-dur-es, con disimilación *r-r > l-r, formado como Ar(e)-morica a partir del nombre del río Duero (Durius), propuesta que recoge Untermann (MLH IV, p. Esta interpretación obliga a pasar por la hipótesis suplementaria de la disimilación y, además, un adjetivo étnico derivado de un *duriÉo-debería presentar algún tipo de sufijación (¿*aredur(i)Éo-(ko)-, *are-dur-iko-?), como es típico en los numerosos derivados de esa clase formados a partir de nombres de ciudad que conocemos; cf. además los étnicos Super-y Praestamarici, derivados en -iko-del nombre del río Tamaris. Como apoyo de la explicación de Lejeune, Untermann (MLH IV, p. 688) aduce la leyenda monetal roTurKom (A.87) < *ro-dur-ko-«vor dem Durius», que al menos presenta un sufijo -ko-. En esta forma, que al ser una leyenda monetal en principio habría de tener un origen étnicogeográfico, se puede admitir una síncopa de *ro-duriko-35, forma en la que se habría producido una substitución sufijal similar a la que se da en Kon-Te(r)Pia [kontreb-(i)Éao ] frente a KonTePaKom [kontreb-ao kom], es decir, *Dur-(i)Éo-› *-dur-iko-. Pero, con o sin síncopa, según la ley fonética postulada por Villar (1995, pp. 19-82) Sobre la alternancia -ns-: -nd-y sobre la alternancia -ur(r)-: -or-en este topónimo, v. La relación etimológica que estos autores plantean entre Consabur(r)a y la Sabora de la Bética (conservada al parecer en el topónimo actual Cerro de Sabora, sin diptongación románica), plausible como es, queda en el aire, ya que la epigrafía documenta las formas CONSABVRENSES (CIL II 4211): SABORENSES (CIL II 5450), con -ur-yor-respectivamente; si hemos de hacer caso a los resultados romances, el topónimo actual Sabora implica **Sabáu3⁄4 ra o**-boo ra (= SABORENSES); tanto la forma epigráfica latina como el topónimo romance son difíciles de explicar a partir de *-búrra. En cambio, Consabura, hoy Consuegra (Toledo), ha sufrido los efectos de la etimología popular y no es una buena fuente de información: parece ser la sustitución de un *Co(n)suebra < *Co(n)sób(Va )ra, antes que del esperado *Consáb(Va )ra (cf. Consabrum, It. IV 5.19); la síncopa, quizás antigua, nos escamotea la vocal original, que debió de ser breve. Según el acento romance, la forma con -rr-de Plinio no parece genuina; también en la atestiguación epigráfica aparece -r-simple y no doble. Ciertamente, en la atestiguación de Calagurris y Gracc(h)urris, tanto literaria como epigráfica, se da una oscilación entre -rr-y -r-, pero el testimonio romance es claro: Calahorra < *-gúrra. original del hidrónimo: un *du± r(i)Éo-abogaría al menos en favor de **rodur(i)ko-, pero también puede haber sido *do± r(i)Éo-, si están en lo cierto los romanistas que reconstruyen *doo rÉo-37 para las formas actuales del nombre del río (castellano Duero, leonés, gallego Doiro, portugués Douro), lo que haría preferibles, en principio, las formas con -o± -que se documentan en parte de las fuentes griegas 38. Ahora bien, lo cierto es que la llamada "inflexión de yod cuarta" -entre otros casos, lat. -órÉ-> romance *-o¿ rÉ-> *-óȨr-, con vocal cerrada -hace que el resultado de *o± (tanto larga como breve) en ese contexto sea similar al de *u: *corium > cast. cuero, port. coiro; *a(u)guriu > cast. agüero, le. agüiro/agoiro. Y junto a -too riu(s) > cast. med. -duero > mod. -dero (que sospecho es el modelo que sirve a los romanistas para su reconstrucción del hidrónimo), cf. Coria, de Caurium, que representa una monoptongación secundaria a partir del mozárabe *Kauria. Todos estos factores hacen difícil determinar cual fue la forma original del hidrónimo. En cualquier caso, no hay que otorgarle demasiado peso a la forma latina Durius, en las fuentes clásicas son comunes los casos de vacilación u ~ o, especialmente ante r: II 6, 7) 39 Consaburrensis (Plin., N.H. III 25) 40 Cf. el grafito sobre cerámica procedente de Numancia K.9.3 nouanTiKum, si es que hay que leerlo †nomanTiKum, posibilidad que excluye Untermann, MLH IV, p. 666, aunque menciona la otra opinión. Estas vacilaciones en la transmisión literaria de topónimos y etnónimos se deben sobre todo a los rasgos específicos de las dos lenguas de recepción: el latín se inclina por el timbre u, el griego por el timbre o -lo que a veces, por casualidad, puede estar más cerca de una forma celta original, pero no necesariamente -. Por su parte, el material antroponímico de las inscripciones latinas hispánicas proporciona por lo general grafías consistentes que, dado el caso, coinciden con el testimonio celtibérico, p. ej.: Dados casos como Clunia (Plin., N.H. III 27), Klounía (Ptol., Geo. II 6, 56N), que en las fuentes indígenas aparece con diptongo ou3⁄4 (A.67 Kolounio-Ku, CLOVNIOQ [klou3⁄4 n-]), cabría postular incluso **dou3⁄4 r(i)Éo-> *doo ŗio-, (interpretado por los latinos como u, por los griegos como o) > romance *doŗÉu. Sea cual sea la explicación para roTurKom, desde el punto de vista formal el modo más simple de interpretar un tema celtibérico aleTur-dentro de la morfología indoeuropea sería postular un nombre de agente en *-too r-, en el cual el vocalismo del nominativo se habría extendido a todos los casos, como sucede en latín (actor, -oo ris), y también en celtibérico en los nombres en -u(n)-: leTonTu (K.1.1, b.1, 3), gen. sg. leTonTunos (K.1.3, II.60). 366) he sugerido que aleTurquizá pueda reflejar un *[allextuo r-] (m.)'príncipe', irl. med. lá(i)th 'guerrero', fáith 'vidente'...). 102 (con bibliografía), señala que el proto-eslavo *kua motrua 'colega' podría reflejar un préstamo céltico oriental *kom-atr-o-'com-padre'. 308) propone además dos posibles ejemplos de temas de agente en -ter-en galo, ambos con una derivación ulterior formada al parecer a partir del grado pleno del sufijo: arKanToKo maTereK[o]s / ARGANTOCOMATERECVS (E-2: RIG II, pp. 26-37, bilingüe de Vercelli; el texto galo está en alfabeto de Lugano) y el NP LVXTIIRIO(S) (RIG IV,, Lucterius (Caes., B.G. VII, 5.1); ambos casos son discutibles. En general se suele admitir que el primero puede tratarse de un cargo público, paralelo al ARCANTODAN(nos) de las monedas de los Lexouii, los Mediomatrici y los Meldi. 12, puso en relación o COMATERECVS -TEREC-) con i.e. *meh 1 -'medir', aduciendo el paralelo mesápico argora-pandes < *arguro-pondÉo-. Para De Bernardo l.c., †°kom(m)ater-provendría en cambio de *kom-m@ @ @ @-ter-, paralelo al persa antiguo fra-mao tao ram (ac. sg.)'mandatario, el que ordena'; la forma persa es un tema en *-tor-, con grado pleno de la raíz. Pero son posibles otras segmentaciones: P.-Y. Lambert (1994, p. 78) en principio no excluye la comparación evidente con el etnónimo Medio-matrici, pero finalmente explica o COMATERECVS con mucho ingenio como compuesto de *kom-'con-' y *ater-iko-'senador, noble', que a su vez sería un derivado de *ater-'padre' 45 similar a lat. patricius, y con un desplazamiento semántico parejo. Así, el arganto-kom-ateriko-sería el pater (o patricius) con(scriptus) encargado de la acuñación de moneda; obsérvese que en cambio, si se recurre a un nombre de agente en -ter-como hacen Meid y De Bernardo, queda sin explicación la función del sufijo -iko-. Por lo que respecta a Lucterius, al tratarse de un NP habría que descartar antes su pertencia a las series antroponímicas formadas con sufijos -er(i)o- (Tritanerus, KidÉrioj, Daverius...), -ar(i)o-(Carnarus, Cambarius...), -ir(i)o-(Caciros, Meððirius...), -ur(i)o-(Vimpurilla, Caturus...), quizá sobre la base *luk(o)t-'ratón', que también aparece en otros nombre propios, cf. LVCO-TIOS (RIG IV, n° 201), Loukotiknoj (RIG IV, n° 200), B.G. V,22,2). O, porqué no, se podría suponer así mismo una síncopa o haplología a partir de comparativos *luk-itero-, *lug-itero-, *luk(o)t-itero-. Así pues, tanto -komater-ecus como Lucter-ius son ambiguos y distan mucho de servir como testimonio de la existencia en céltico de nombres de agente en -ter-, -tor-. Posibles lecturas como **stoxtero-, **st(r)o(n)xtero-, etc., no conducen a etimologías viables; suponer una monoptongación a partir de un **stou3⁄4 (x)-ter-implicaría de nuevo un grado pleno en la raíz, y se plantearían problemas fonéticos, ya que el paso ou3⁄4 > o carece de buenos paralelos en la epigrafía celtibérica. F. Rodríguez Adrados, 2002, pp. 5-6 recurre a *sto-h 2 ter-(«en pronunciación disilábica»); pero cf. nota 48 sobre el vocalismo de los derivados en *-ter-. Como siempre que se menciona el bronce "Res", no creo inoportuno subrayar las dudas que subsisten en torno a la autenticidad de dicha pieza, como F. Villar 1996, p. 558 («la autenticidad de la inscripción sólo a sToTeroi..., y únicamente si se admite una acentuación *[stao °téroÉ] o *[-teróÉ], cosa por desgracia indemostrable: el argumento peca de circularidad. Por lo que respecta al tratamiento de ao, recientemente el propio Villar (1999) publicaba una tésera con un caso plausible de ao en sílaba no finalposiblemente tónica -que preserva el timbre, slaniaz *-ð, de «una de las muchas raíces ter» que el diccionario de Pokorny ofrece; *oo no ha pasado a protocelta *ao en sílaba interior pues para Villar (1997, p. Esto puede ser una restricción fonética razonable, especialmente si se encontrasen más ejemplos, pero: 1) los perfectos en vocal larga no tienen tema reduplicado (cf. supra nota 49 la etimología de Villar para KomPalKez); 2) una reduplicación plena no nos lleva a un perfecto, sino a un presente intensivo (tipo lat. murmurare, gr. pamfaínw). TerTurez sería, formalmente, un imperfecto intensivo temático de un tema verbal Tur-(cf. quizá Tures ¿3a sg. *-s-t? en los bronces de Medinaceli (K.0.7) y Torrijo, v. nota 53). El problema de la reduplicación se eliminaría si Ter-fuese un preverbio: con una lectura /treo -/ cib. *-e(t)s *eo s. Es una posibilidad que resulta interesante si en el bronce "Res" se lee (7)5res como †(Pi)Peres = [bereo s] o [bibreo s] *-eķo-) + *-iÉo-) que un compuesto *(M)une-rÀg-Éo-, (¡en contraste con el vocalismo de ir(r)o-reo g-(o-)!), como supuso Albertos, 1966, p. Aunque se podría sortear el problema de la *eo ( = *reo g, forma antigua vs. *rÀg, en epigrafía latina, reciente), un primer miembro †[m]une-tampoco resulta transparente (¿deformación de moni-?). iroreKiios sea un adjetivo en -iÉo-basado sobre un antropónimo **ir(r)o-re± g-(o)-o **ir(r)oreķo-(esto es, "la descendencia tutelada de iroreK(o)-, la descendencia *ir(r)oregia"); esa formación antroponímica en -iÉo-tendría al menos un paralelo, el MVNERIGIO(n) de Soria (citado en § 8), si efectivamente este último es un NF como supone Ma L. Albertos, 1975, p. Y sólo se podría explicar la posición sintáctica del adjetivo antroponímico, ante moniTuuKoos, debido a lo específico de ese término, sin paralelos. ¿O es que moniTuuKoos es un adjetivo concertado con nemaios, y el documento se establece entre iroreKiios y su "descendiente tutelado" nemaios por un lado -en asíndeton -, y el o los aleTuures, al reverso de la tésera, por el otro? La falta de conjunciones impide cualquier análisis sintáctico definitivo: por la tipología del documento, la interpretación de moniTuuKoos como étnico sigue siendo más verosímil en definitiva (sobre todo, dada su relación con el epíteto de las Matres Monitucinae) que la admisión de un apelativo, por vistosa o verosímil que sea su etimología. Tampoco es posible dilucidar de modo definitivo el valor y posición sintáctica de aleTuures: hay que forzar bastante las cosas ( § § 21-23) para leer un nominativo singular *[alletoreo xs], homófono de un presunto †Alle orix, antropónimo, o, más aún, identificarlo con los'llótrigej de Estrabón, que sería la única baza para ver en aleTuures un étnico, ya que no presenta sufijo alguno (en -ko-, enuo n-, siquiera en -io-) que lo caracterice como tal. En definitiva, las opciones son: o bien aceptar con todo un NP *[alleto-reo xs](¿equivalente al NP galo †Alle orix?), o más bien *[ad-lextu-reo xs] como único ejemplo de NP en *-reo xs del celtibérico, o bien, pese a la falta de buenos paralelos para los nombres de agente en *-too r- ( § 17-19), explicar aleTuures como nominativo plural de un *al(l)e(x)-tuo r-, referido a iroreKiios el *monitucense y a nemaios. Siguen en pie las palabras que cierran el comentario de Lejeune (1955, p.
ALVARO D'ORS D. Alvaro d' Ors, que acaba de dejarnos -falleció en Pamplona el pasado 1 de febrero -, es un nombre de máximo significado en las Ciencias Humanísticas en España y, más concretamente, en esta revista. En ella ha escrito sin interrupción, hasta los últimos tiempos, a partir del número 7, de 1939, cuando la publicación de la revista, que estaba en riesgo tras la guerra civil, fue reanudada dentro del Consejo Superior de Investigaciones Científicas. Y fue reanudada, muy principalmente, gracias al esfuerzo y las gestiones de d' Ors y de Antonio Tovar. Es justo reconocerlo ahora. Continuaba siendo miembro de nuestro Comité Asesor. Ha sido una larga y fructífera vida la de d' Ors, nacido en 1915 y enamorado de la Antigüedad a raíz de sus visitas al Museo Británico de Londres en 1931 y de su estudio del Griego y el Latín durante su Bachillerato. Fue catedrático de Derecho romano en Granada, Santiago y, desde 1961, en Pamplona. Antes de esta última fecha dirigió la delegación en Roma del Consejo. Desde el año 39 trabajó, intermitentemente, en el Instituto "Antonio de Nebrija", que en el Consejo sucedió a la Sección de Estudios Clásicos del Centro de Estudios Históricos, en el cual nuestra revista fue fundada en 1933 por D. Ramón Menéndez Pidal. Comenzó a publicar, como digo, en EMERITA. En el Nebrija -que luego cambió su nombre y no por intervención de los que en él trabajábamos -le conocí en 1944, y fueron él y Tovar los que me introdujeron en la revista. Era un hombre de vocación, entusiasmo, trabajo y honestidad intelectual, respetado y admirado por todos. Sus campos principales han sido, aparte del Derecho Romano, la epigrafía romana (a ella dedicó su primer artículo en EMERITA), la papirología (que, realmente, fundó en España) y la historia romana en general. Era uno de los mejores conocedores del imperio romano desde el punto de vista político y, en realidad, desde todos. Dejó discípulos y continuadores en estos campos. Algunos de los primeros libros más conocidos que publicó sobre ellos fueron Presupuestos críticos para el estudio del derecho romano (1943), Introducción al estudio de los documentos del Egipto romano (1948) y Epigrafía jurídica de la España romana (1953). Pero luego continuó trabajando incansablemente, principalmente en revistas como la nuestra y como los Studia et Documenta Historiae Iuris, de Roma, en la que también me introdujo. Su obra más reciente es Derecho y sentido común (3a ed., 2001). Recibió en vida diversos premios y distinciones, así como doctorados honoris causa. Ultimamente estaba muy decaido, no pudo asistir al homenaje a Carmen Castillo, en Octubre pasado, en Pamplona. Era el último representante de la generación que, en nuestros estudios, hizo la transición de la época de la República y la guerra a la posterior, tras tantas pérdidas traumáticas. Gracias a ellos salimos adelante y la Filología Clásica acabó por tomar nuevo vuelo en España. Su ejemplo nos sirvió a muchos.
Valoración de EMERITA Consideramos de interés para nuestros lectores y colaboradores recoger aquí, muy abreviadamente, la parte que se refiere a nuestra revista del estudio Valoración de las revistas españolas de Humanidades ( 2003), resultado de un proyecto dirigido por Adelaida Román, investigadora del Centro de Información y Documentación Científica (CINDOC) del C.S.I.C., y financiado por la Dirección General de Universidades en el marco del Programa de Estudios y Análisis. Dicho estudio puede consultarse y "descargarse" en la página web del CINDOC ( Valoración de todas las revistas españolas de su especialidad de acuerdo con los siguientes parámetros: A (revista muy buena, fundamental para la disciplina). B (revista buena, importante para la disciplina). C (revista de interés general). D (revista de interés marginal para la disciplina). Revistas, nacionales o extranjeras, consideradas más relevantes para su disciplina por los encuestados (máximo, 3 títulos). En una segunda parte del estudio, complementaria y más objetiva, pero al mismo tiempo más experimental en su enfoque metodológico, se analizan una serie de números de las publicaciones más valoradas de cada especialidad para recontar el número de citas a esas mismas revistas, con el fin de disponer de "indicadores" de su "impacto". Por lo que se refiere a Filología Griega, se ha consultado a 169 profesores e investigadores, de los cuales han contestado 92 (el 54%); para Filología Latina, a 257, de los que han contestado 127 (49,4%). Es señalable que estas "tasas de respuesta" son las más elevadas entre las de las siete especialidades a que se refirió la encuesta. VALORACIÓN DE EMERITA EM LXXII 1, 2004 En el punto 1 de la encuesta, EMERITA resulta ser, tanto para Filología Griega como para Filología Latina, la revista más valorada por los encuestados. El 100% de los cuales otorgó a nuestra revista una puntuación porcentual del 77,17% para la valoración A (revista muy buena, fundamental para la disciplina) y del 98,91% para la suma de A y B (revista buena, importante para la disciplina) en Filología Griega. La valoración es muy semejante en Filología Latina: para el 99,21% de los encuestados, EMERITA merece una puntuación de 82,03% (A) y de 96,87% (A+B). En el punto 2 de la encuesta -revistas nacionales o extranjeras más relevantes para cada disciplina -, EMERITA ocupa, tanto en Filología Griega como en Filología Latina, el primer lugar. Pasando a las valoraciones objetivas, EMERITA es para Filología Griega la segunda revista más citada, y la primera para Filología Latina. Aunque ni la encuesta ni el estudio consideraron la difusión de las revistas, que a todas luces es también un "indicador" infalible del "impacto", es sin duda oportuno señalar que, según un informe interno del Departamento de Publicaciones del C.S.I.C., nuestra revista ocupa también el primer lugar entre las del Área de Humanidades del Consejo por lo que se refiere al número de intercambios con publicaciones extranjeras (164), muy por delante de otras revistas también muy prestigiosas y más antiguas que EMERITA. Tan solo nos queda expresar lo agradecidos que estamos a los filólogos clásicos españoles por la valoración que han hecho de nuestra revista. Procuraremos corresponder a su aprecio elevando, en lo que de nosotros dependa, su calidad científica.
Esta cuidada publicación es una muestra más del interés por traducir los clásicos -grecolatinos y europeos -al euskera, en la idea de salvar el retraso de siglos con respecto a otras lenguas. El traductor de la presente obra, que fue Presidente del Parlamento Vasco, siente un especial compromiso con esta labor, fruto del cual son sus dos traducciones previas de la República platónica y de los Caracteres de Teofrasto. En una primera versión, esta obra constituyó el trabajo y lección de ingreso del traductor en la Real Sociedad Bascongada de los Amigos del País. Para su publicación se ha antepuesto una introducción a cargo de kera y tercera en castellano de las Imágenes, que viene a sumarse a la de Luis Alberto de Cuenca y Miguel Ángel Elvira en Siruela (1993) y a la de Francesca Mestre en Gredos (1996). HELENA RODRÍGUEZ SOMOLINOS ANTONINO LIBERAL, Metamorfosis. Edición de José Ramón del Canto Nieto. Del mitógrafo griego Antonino Liberal no se conoce más que este nombre, que se ha trasmitido junto a su propia obra, los Sufrimientos de amor de Partenio y otras en un único manuscrito, el Palatinus Graecus Heidelbergensis 398. Se supone que pudo vivir en el siglo II o III d.C. Lo que nos ha llegado de él son cuarenta y un relatos de metamorfosis en forma bastante breve: apenas pasan de la página cada uno de ellos. La mayoría versan sobre temas poco conocidos. Se trata, como su propio título indica -MetamorfÓsewn sunagwgÉ -de una recopilación de mitos tomados en forma de compendio de diversos autores, sobre todo Beo y Nicandro, y acompañados de unas anotaciones que dan cuenta del origen de cada una de las historias. La autenticidad de estas últimas ha sido muy debatida. El interés de Antonino Liberal radica en varios factores: por una parte, proporciona noticias valiosísimas sobre obras perdidas; a la vez, reproduce versiones preciosas para comparar y aquilatar otras obras posteriores como las Metamorfosis de Ovidio -así los capítulos sobre Cicno o Múnico (XII, XIV) -; finalmente, es la única fuente de otras historias que, de no ser por él, se habrían perdido. Constituye el único testimonio, por ejemplo, de las numeradas como IV (Cragaleo), V (Egipio) o XIII (Aspalis). Curiosamente, Antonino Liberal ha tenido bastante fortuna en España en los últimos años: esta es la tercera traducción moderna, aunque la única que se ocupa exclusivamente de él. En 1989 apareció en la Biblioteca Clásica Gredos una primera versión de María Antonia Ozaeta Gálvez con introducción de Esteban Calderón Dorda acompañada de las Alegorías de Homero de Heráclito; hace poco, en 2002, se publicó también en Akal un volumen misceláneo de Mitógrafos griegos a cargo de Manuel Sanz Morales que reunía traducciones de Eratóstenes, Partenio, Antonino Liberal, Paléfato, Heráclito y un llamado Anónimo Vaticano. Ambos libros, magníficos en general, traducen el texto griego de la edición bilingüe de Papathomopoulos en la colección Budé (Antoninus Liberalis, Les Métamorphoses, París, 1968). José Ramón del Canto Nieto se ha basado también en el trabajo de Papathomopoulos, del que ha realizado igualmente una excelente versión. La mayor novedad de este libro la constituyen sin duda los comentarios que acompañan a cada una de las historias y que amplían enormemente las notas aclaratorias de los libros anteriores. El punto de partida han sido, naturalmente, las abundantes y magníficas anotaciones de la edición francesa, que, además, se han enriquecido en este caso con otros materiales procedentes de estudios más modernos. De esta manera, a cada capítulo le siguen unos textos que duplican o triplican como mínimo la traducción del original y que sitúan las leyendas en sus fuentes, tratan de las relaciones con otros mitos y apuntan a interpretaciones y valoraciones de las historias. En general, tales comentarios resultan muy interesantes y, por cierto, mucho más cómodos de leer que el sistema de notas de las demás ediciones. Por otra parte, el griego de esta colección de extractos combina la sencillez de la sintaxis con cierto rebuscamiento en el léxico: lo primero se refleja bien en la presente traducción. El libro cuenta con dos prólogos: el primero, quizá demasiado abstracto, es el más largo y versa sobre las metamorfosis en general; aunque no carece del todo de interés, posiblemente resulte superfluo como introducción a la obra de Antonino Liberal. Más acertado y pertinente es el segundo estudio, dedicado, ya más concretamente, al autor, a su obra y a situar esta en su contexto literario. Después de dar noticia sobre ediciones y trasmisión, acaba esta parte del libro con una bibliografía dividida también en dos partes: la segunda, más extensa, sobre mitología y generalidades ocupa diez páginas, mientras que la primera, centrada en Antonino Liberal apenas llega a las tres. La verdad es que en este caso no hay mucho más que citar: los estudios sobre nuestro escritor son muy escasos, pero por esto mismo sorprende que la lista no sea exhaustiva y llaman la atención algunas ausencias recientes como, por ejemplo, la de J. Davidson (Mnemosyne 50.2, 1997). Rematan este cuidado volumen cuatro índices: de leyendas en el manuscrito original, de metamorfosis, de autores a los que extractó Antonino Liberal y, por último, el de nombres. En resumen, un volumen interesante, no tanto, como ya se ha apuntado, por la novedad de las traducciones cuanto por lo útil de los estudios y comentarios que las acompañan. JUAN J. MARTOS PROCLO, Himnos y epigramas. Traducción, introducción y notas de J. Ma Álvarez Hoz y J. M. García Ruiz. Este libro constituye la primera traducción al español de los himnos de Proclo, de los que contábamos con la versión italiana de 1975, debida a E. Pinto y con la más reciente al inglés de 2001 a cargo de R. M. Van den Berg. La obra se abre con una breve introducción, que podría calificarse de divulgativa si no fuera por la especialización del tema, sobre la utilización de los himnos entre los neoplatónicos y el carácter, la lengua y el estilo de los himnos de Proclo, y concluye con una bibliografía. Hubiera sido deseable, por la complejidad y la escasa bibliografía que sobre este tema hay en español, una mayor discusión sobre el carácter teúrgico de estos himnos, y la relación de éstos con la jerarquía divina que Proclo establece en su obra, especialmente en su Teología Platónica.Luego sigue el texto (que presenta variantes mínimas respecto a la edición de Vogt) y la traducción de los himnos propiamente dicha. Los autores incluyen, además de los siete himnos que la tradición y la crítica reconocen de Proclo, otros tres himnos ("A Ares", "Al Dios Trascendente" y "Al Dios Caldeo") de más que dudosa atribución; es más, los argumentos en contra de esta autoría son más convincentes que los que la defienden, y los autores no explican suficientemente por qué se oponen a lo que es hoy día doctrina común, sino que se limitan a mencionar las tesis a favor y en contra. Por último, incluyen tres fragmentos breves de himnos atribuidos a Proclo, dos por autores antiguos y el tercero recogido en el comentario de Proclo al Crátilo platónico. La traducción de cada himno, que es muy fiel al texto griego, está precedida de una breve introducción que contiene un comentario formal y estilístico. Acompañan a la versión notas aclaratorias, que resultan insuficientes, dada la complejidad y la riqueza de la teología teúrgica. A los himnos siguen el texto y la traducción de cuatro epigramas de Proclo, de los que se hace un comentario estilístico y métrico muy completo, y concluye con un breve apéndice en que se recogen himnos y epigramas de otros autores que aparecen en la obra de Proclo y un índice de nombres. Como reza la contraportada, ciertamente este libro supone una contribución al conocimiento de la himnografía neoplatónica de la escuela de Atenas en el s. V d.C., aunque a los interesados en el tema nos hubiera gustado encontrar un análisis más profundo de la himnografía neoplatónica y un comentario más detallado de cada uno de los himnos. Probablemente no sea esto culpa de los autores, que dan muestras sobradas de conocer perfectamente el tema, sino de las propias limitaciones de la colección en que la obra se publica. Habrá que esperar al libro Proclo de los mismos autores, que está citado en la bibliografía y aún en prensa. Ma REGLA FERNÁNDEZ GARRIDO II. MARTÍN PUENTE, CRISTINA, Las oraciones concesivas en la prosa clásica. Zaragoza, Departamento de Ciencias de la Antigüedad, Universidad de Zaragoza, Monografías de Filología Latina, 12, 2002, 172 pp. El libro que presentamos recoge y actualiza las principales conclusiones de la tesis defendida por la doctora Martín Puente en la Universidad Complutense en 1998 con el título La expresión de la concesividad en latín clásico: su análisis y distribución sintáctica. Dicha tesis se inscribe en la línea de la descripción funcional de la lengua latina, con pertinentes consideraciones de carácter pragmático. Desde un punto de vista meramente formal, podemos destacar la claridad organizativa de la obra presentada; tras la introducción y un primer capítulo dedicado al concepto de "concesividad", a la distinción entre concesividad gramatical y contextual, y a un estado de la cuestión acerca de los intentos de clasificación de las conjunciones concesivas en latín realizados hasta la fecha, los contenidos se distribuyen en cuatro bloques en función de los elementos introductores de oraciones concesivas, como es tradicional en las gramáticas latinas 1: quamquam (pp. 35-70), quamuis (pp. 71-93), etsi, tametsi, tamenetsi (pp. 95-119), etiam si (pp. 121-140). A su vez estos capítulos presentan estructuras similares entre sí, lo cual dota al trabajo de una unidad que favorece la lectura e interpretación de los datos ofrecidos. Además el libro cuenta con un índice general (pp. 9-10), una presentación firmada por el doctor J.M. Baños -director de la tesis doctoral de la autora -(pp.11-14), un índice de cuadros (p. 149), un índice de pasajes citados (p. 151-157), y una bibliografía (pp. 159-172), que proporcionan al lector un acceso rápido a los datos particulares y a la interpretación que de ellos hace la autora. No obstante, en la exposición de las tipologías de I.3 habría sido útil, en mi opinión, que la autora aportara su propia valoración de cada propuesta, para que el lector pudiera entender si la frase «dentro de esta tradición... trataré de establecer los distintos tipos de oraciones concesivas» (p. 33) significa que va a ofrecer una nueva clasificación más que añadir a la lista dada, o si por el contrario va a seguir el camino abierto por alguno de los autores mencionados. Por otra parte en los apartados II.1 y III.1 el hecho de que el listado de los aspectos tratados en las gramáticas acerca de quamquam y de quamuis lleve 2 Al hilo del comentario de otros fenómenos, encontramos algunos ejemplos de cum concesivo en el texto: ej. 10 (p.105) y ej. 3 (p.124). la misma numeración que el de los aspectos tratados en los estudios específicos produce una cierta sensación de desorden en la lectura. Con respecto al contenido, esta obra realiza aportaciones considerables al estudio de la concesividad en latín, que voy a ir señalando y comentando a continuación. a) En primer lugar destaca la incorporación a la revisión del material latino de consideraciones teóricas y metodológicas de los estudios más recientes de lingüística general y de lenguas románicas particulares acerca de la concesividad. En este sentido el libro se convierte a su vez en fuente de datos para lingüistas que se ocupen de otras lenguas, para lo cual la traducción al castellano de todos los ejemplos latinos que ofrece la autora se convierte sin duda en otro acierto de la obra. b) A partir de los estudios mencionados, la autora aplica con éxito al latín la distinción entre "concesividad gramatical" -la expresada mediante marcas gramaticales -y "concesividad lógica o contextual" -cuando la idea de concesividad se infiere del contexto por medio de una implicatura conversacional. Esto constituye un novedoso criterio de clasificación de las marcas de concesividad, que en las gramáticas parecen tener todas el mismo carácter. De acuerdo con esta distinción este libro se dedica concretamente al estudio de la concesividad gramatical, es decir, al de aquellas oraciones introducidas por una de las tradicionalmente consideradas conjunciones concesivas: quamquam, quamuis, etsi, tametsi, tamenetsi y etiam si. En cambio la expresión de la concesividad mediante adjetivos calificativos, adverbios, sustantivos en ablativo, participios concertados, ablativos absolutos, y oraciones como las de relativo, las condicionales, las de cum 2 y las de ut -sobre todo estas tres últimas siempre estudiadas en el capítulo de la concesividad-pertenecientes al ámbito de la concesividad contextual han quedado fuera de este estudio (cf. Martín Puente, 2000). El caso de licet se encuentra a medio camino: no es aún una marca gramatical, pero la autora identifica en latín clásico contextos en los que se origina su proceso de gramaticalización (p.29). c) Precisamente el empleo del concepto de "gramaticalización" en el estudio de los conectores concesivos constituye la siguiente aportación que me gustaría resaltar de este trabajo. De acuerdo con las conclusiones de este estudio, basado en un corpus de obras de César, Cicerón y Salustio, dentro de las construcciones consideradas tradicionalmente concesivas de la lengua latina de la prosa de época republicana, encontramos conectores plenamente gramaticalizados (quamquam, etsi, tametsi), estructuras concesivas contextuales en un avanzado proceso de gramaticalización (quamuis, etiam si), y procesos de gramaticalización que se están iniciando (la estructura yuxtapuesta introducida por licet o la que presenta como primer elemento las formas sane, esto o fac).La descripción de los diversos usos de quamvis ( § § III.2.1, III.2.2) y etiam si ( § § V.2.2, V.2.3) demuestra que ambas marcas se encuentran en el estadio intermedio del proceso gramaticalizador. Por ello la descripción sintáctica de quamuis concesivo en § III.3 o de etiam si concesivo en § V.3, se refiere a elementos aún no gramaticalizados por completo, mientras que en los apartados paralelos de los otros capítulos de la obra encontramos ejemplos de conectores plenamente gramaticales. Sin embargo la autora no explicita los criterios en los que se basa para definir el grado de gramaticalidad de estas estructuras. 75 aparece el listado que da Schaffner de los rasgos que cumple quamuis cuando se trata de una auténtica conjunción. Sin embargo no queda claro si son los criterios que EM LXXII 1, 2004 ella usa. De ser así, habría sido muy aclarador que, además de decirlo explícitamente, hubiera dado ejemplos relacionados con cada una de estos criterios en el corpus analizado.En cuanto a los conectores quamquam, etsi o tametsi, la autora menciona varias veces (pp. 57, 59, 111) que su plena gramaticalización se puede deducir del hecho de que todos ellos se puedan usar con subjuntivo, además del indicativo esperado, o con formas no personales del verbo e incluso con sintagmas nominales. De este modo se identifica la consolidación gramatical de estos elementos con la pérdida de las restricciones de selección. Pero ¿significa esto, por ejemplo, que siempre que una conjunción condicione el modo verbal empleado en la oración que introduce nos encontramos ante un elemento no gramaticalizado, como en el caso de quamuis con subjuntivo (p. No hallamos respuesta a esto. En mi opinión una descripción o una explicación teórica de este aspecto del concepto de gramaticalización, que es una de las claves para la argumentación en este punto del estudio presentado, habría ayudado al lector. En cualquier caso este criterio no siempre resulta fácilmente aplicable: en la p. 110, por ejemplo, se observa que la propia autora no puede afirmar a partir de sus datos que el uso de etsi con subjuntivo se deba a su consolidación como conjunción concesiva -lo que haría que su uso ya no estuviera restringido a aparecer con verbos en indicativo -o si por el contrario se explica por un uso regular del conector como introductor de condicionales hipotéticas en un nivel sincrónico anterior. Por otra parte, a pesar de que en la p. 57, por ejemplo, se afirma que en el ej. 13 de Salustio «quamquam ha dado un paso más en su gramaticalización», el estudio no nos permite asegurar que en etapas anteriores nunca aparezca un subjuntivo potencial. Todo esto muestra que, a pesar de que en un mismo corte sincrónico coexisten siempre restos del sistema anterior con elementos del nuevo sistema que comienza y que esto nos permite rastrear procesos de gramaticalización, es difícil llegar a conclusiones definitivas sin un análisis diacrónico.No obstante las conclusiones de este estudio sí son suficientes para demostrar que un estudio diacrónico no sólo ofrece un elenco de fechas a partir de las cuales cada elemento lingüístico cobra un nuevo significado, sino que puede explicar determinados fenómenos y oposiciones, y ayudar a ordenar la clasificación e interpretación del material. d) Otro aspecto procedente de la lingüística general que enriquece este estudio del latín es la distinción entre oración concesiva propiamente dicha -prótasis subordinada que refuerza el sentido y la validez de la oración principal o apódosis -, y oración correctiva -aquella que constituye un nuevo acto de habla y consiste en un comentario o corrección a lo que se acaba de decir. De todas las marcas de concesividad analizadas, las que pueden introducir también oraciones correctivas son quamquam, etsi y tametsi. Con estas conclusiones Cristina Martín aclara definitivamente que una serie de oraciones tradicionalmente interpretadas como concesivas principales o adversativas en realidad no son concesivas y que además no son en absoluto excepcionales en los textos. En este sentido hay que señalar que éste es uno de esos estudios en los que paradójicamente el resultado del análisis de parte del material (concretamente muchos de los periodos introducidos por quamquam, etsi y tametsi) es que dicho material debería quedar excluido del objeto de estudio, todo lo cual queda bien documentado y expuesto en el libro.Por otra parte, el hecho de que sean precisamente las únicas marcas plenamente gramaticalizadas las que introduzcan también oraciones correctivas induce a pensar que existe una relación entre el grado de gramaticalización y la capacidad de estos conectores para presentar un uso correctivo. ¿Quiere esto decir que existe un desarrollo del uso correctivo paralelo a la gramaticalización del valor concesivo o existe alguna otra razón para que quamvis o etiam si, independientemente de su grado de gramaticalización, no presenten usos 3 No entiendo bien el significado de las casillas vacías del cuadro. 4 Para las gramáticas tradicionales la única diferencia entre etiam si y etsi o tametsi era una especie de refuerzo semántico que presentaría etiam si y el hecho de que etiam si se use con subjuntivo más a menudo que las otras. correctivos? ¿Podemos usar este hecho como criterio de gramaticalización, es decir, se puede afirmar que cualquier marca que tiene un uso correctivo ha concluido previamente su proceso de gramaticalización? ¿Podemos explicar de algún modo que en latín las marcas correctivas siempre sean a la vez concesivas, mientras que en otras lenguas no siempre se da esta condición (p.46)? Naturalmente todas éstas son preguntas que deben responderse desde la lingüística general, es decir, desde una óptica comparativa. Sin embargo la autora no dice nada al respecto, por lo que no nos permite saber si se trata de un trabajo no abordado aún, si no lo menciona para no sobrecargar la obra con consideraciones teóricas o si simplemente considera que estas preguntas han quedado implícitamente respondidas. e) A partir de las premisas anteriores llegamos a la principal conclusión del estudio, que consiste en la descripción del sistema que subyace a la expresión de la concesividad gramatical en el latín de época clásica, sistema esquematizado en el cuadro con el que la autora concluye su exposición (p. En él se recoge una distinción fundamental: quamquam, etsi y tametsi expresan concesividad real, etiam si expresa concesividad hipotética, y quamuis es un elemento intensificador. En el caso de la concesividad real el modo habitual es el indicativo y en la apódosis aparece frecuentemente tamen. Otra conclusión importante al respecto es que etsi y tametsi concesivos son meras variantes formales, dado que funcionan igual, tienen el mismo sentido y pueden coordinarse (p. Debemos suponer, aunque no se diga, que esta equivalencia se da también en su uso correctivo.Las concesivas hipotéticas por su parte podían presentar indicativo o subjuntivo. En este punto es importante resaltar que este estudio establece una clara diferenciación entre etiam si y el resto de las marcas de origen condicional 4 (p. 136 y ss.): las oraciones de etiam si no introducen correctivas, presentan libertad de posición, apenas aparece tamen en la apódosis y usan de forma general el subjuntivo (aunque su carácter hipotético se mantiene incluso cuando van con indicativo). 139), etiam si no aparece necesariamente con subjuntivo, y cuando lo hace, tiene un valor diferente al subjuntivo con quamuis; por otra parte etiam si establece una concesividad hipotética que afecta a toda una predicación, y quamuis una concesividad intensificadora que afecta por lo general a un término graduable. f) Por último podemos señalar otras aportaciones de la obra, empezando por la revisión del carácter léxico de los conectores, tradicionalmente denominados "conjunciones". Me refiero por ejemplo a la aclaración de que tanto quamquam (p. 61), como etsi y tametsi (p. 113) correctivos no son conjunciones subordinantes ni adverbios, sino conectores, porque encabezan siempre una oración independiente; o a la definición de tamen como conector adverbial contraargumentativo que aparece en la apódosis del periodo concesivo, siempre anafórico (por eso no aparece si la apódosis precede a la prótasis) y especialmente útil para marcar que se trata de un periodo concesivo y no de una oración correctiva.Un detalle novedoso perteneciente al capítulo de las conjunciones de origen condicional es la demostración de la improductividad de tamenetsi (pp. 97-98), que lleva a la autora incluso a dudar de su existencia.Y otro hallazgo consiste en establecer las diferencias funcionales y de frecuencia de uso entre En p. 105 no veo clara, por ejemplo, la diferencia entre lo que puede decir Kühner-Stegmann o Pinkster y lo que dice la autora acerca del valor y el uso de certe en la apódosis. ¿O pretende decir la autora que se trata de perspectivas diferentes, pero no excluyentes? 6 Cuando en la p. 67 se afirma que la aparición de sed tras una oración de quamquam correctivo "podría hacernos pensar que sed y quamquam correctivo pueden desempeñar funciones similares", no queda claro si la autora acepta o niega dicha afirmación. De aceptarla, podríamos hablar también de la relación entre las adversativas y las correctivas. las partículas que aparecen en la apódosis: tamen frente a certe, uerum, nihilo minus y at (pp. 105-107), a pesar de que las gramáticas suelen admitir que se trata de partículas prácticamente sinónimas. Sin embargo, mientras que la casi obligatoriedad de tamen hace que tengamos abundante material para ofrecer una descripción precisa de ella, las demás sólo aparecen una vez cada una en el corpus, por lo que las conclusiones que la autora puede ofrecer sobre ellas no son muy significativas 5. Quisiera mencionar para terminar una serie de planteamientos teóricos apuntados en la presentación, pero no desarrollados luego en el libro a la luz de los ejemplos, sin duda porque esto desbordaría su objetivo: me refiero a la relación que guardan las oraciones concesivas con otras como las causales (p. 21) o las adversativas (p. 22), de las que semánticamente se hallan muy próximas dentro del ámbito semántico de la contraargumentación, la oposición o el contraste 6. Del mismo modo sería necesario profundizar en el campo de la relación entre las concesivas con las de relativo o las condicionales, relación apuntada en este caso por la etimología de los conectores. En mi opinión trabajos futuros en esta línea pueden enriquecer la visión que el libro de la doctora Martín Puente ofrece acerca del concepto de concesividad en latín.Para el final, por ser lo menos relevante, dejo la mención de aquellas erratas que pueden provocar ambigüedades al lector, y que no deben dar una impresión de descuido o de falta de rigurosidad en el contenido de la obra: en el ej. (2a) de p. 53 el subrayado debería ser homo en vez de ferre; en la p.96 a nihilhominus le sobra la segunda h (cf. la variante separada nihilo minus en p.105); en «para de los niños» (p. 112, ej. 16) sobra el «de», para el lector que no siga el texto en latín; en p.131, ej. ( 13), «incluyo» debería ser «incluso»; y por último advertiré que en la p. 73 «finales de siglo» sigue siendo el XIX. JUAN JOSÉ CARRACEDO DOVAL Esta obra colectiva recoge las aportaciones presentadas en 1998 por profesores del ámbito francés y de su entorno con el tema común de "las modalidades en latín" al coloquio bianual del Centre Alfred Ernout. En la misma colección Lingua Latina del Centre A. Ernout han aparecido antes otras seis obras colectivas centradas la mayoría en aspectos del léxico y la 1 Véanse por ejemplo los comentarios terminológicos que hacen acerca del concepto de modalidad y su clasificación Thomas (p. 95) y Sánchez-Manzano (p.111), entre otros, al comienzo de sus artículos. 2 En el prólogo se mencionan también los aspectos morfológicos de la modalidad, pero sólo el artículo de Calboli, incluido en el apartado general, aborda el estudio específico de los modos. En este caso el objeto de estudio recorre todos los niveles del lenguaje, porque, como sugiere en el título el plural del término "modalidad", en estos artículos subyacen diversas interpretaciones de dicho concepto 1. Además de las ponencias de cada participante, el libro contiene un pequeño prólogo (pp. 5-6) y el índice final (pp. 309-310). Los textos se han agrupado en cinco apartados. En el primero se aborda el tema desde la perspectiva teórica de la lingüística general y la lingüística histórica, mientras que en el resto se trata la modalidad del latín en particular, tanto desde el nivel del enunciado o la sintaxis (apartados II y V), como del léxico (III y IV) 2. A continuación presento cada una de las colaboraciones siguiendo el orden en el que aparecen en la obra y dejo para el final las consideraciones generales. Dentro del apartado I "Problèmes généraux" (pp. 9-63) se recogen los siguientes artículos: Alessandra Bertocchi y Anna M. Orlandini, con un amplio abanico de presupuestos teóricos desde la lógica aristotélica hasta los más recientes estudios semánticos y pragmáticos, reflexionan sobre la expresión de lo "posible" y lo "imposible" en latín y concluyen: a) los adjetivos possibile / impossibile, al contrario que en las lenguas modernas, no expresan en latín modalidad deóntica o epistémica, sino radical; b) dentro de la posibilidad unilateral o probabilidad (uno de los tipos de modalidad epistémica), los adverbios fortasse, profecto y certe expresan la escala de la posibilidad epistémica subjetiva, mientras que probabile o necesse est expresan modalidad epistémica objetiva o inferencial (p.12); los modales oportet y debet pueden expresar tanto la subjetiva como la objetiva; y c) dentro de la posibilidad bilateral -quizá, según Horn, implicatura conversacional de la unilateral -, los verbos potest o fieri potest expresan modalidad epistémica objetiva. Junto al resumen del sistema aristotélico, se echa de menos una definición clara y ejemplificada de algunos términos como "posibilidad unilateral / bilateral", "bornage vers le haut", etc. La argumentación se sigue con dificultad y a veces incluso confusión 3. Pero la visión escalar de la modalidad (admitida sólo para el caso de la modalidad epistémica unilateral) es muy acertada. Gérard Fry, sin tratar de aportar novedades semánticas, profundiza en el mecanismo lógico que subyace a la constitución de un verbo modal, partiendo de la idea de Martinet de que los marcadores de modalidad son la marca de cantidad (inserta en el dominio de la lógica predicativa) y la de temporalidad (en el nivel menos profundo de la proposición), es decir, la indicación de la probabilidad de la realización del contenido proposicional en un tiempo determinado. En los verbos modales (modalidad analítica) el significado emanaría del cálculo que se establece entre los marcadores de cantidad y temporalidad de cada uno de los miembros de la proposición. Precisamente las diversas combinaciones de estos elementos y sus significados es lo que analiza Fry. Sin embargo no se han incluido muchos aspectos de la modalidad, como la doble interpretación epistémica-deóntica de algunos modales (debere, posse), y la argumentación, tremendamente formalista, es difícil de seguir cuando no hay ejemplos, como en §XV. Michèle Fruyt a partir de la lingüística general y de conceptos cognitivos, con-Hasta aquí todas serían, de acuerdo con Núñez (1991:64), expresiones de modalidad radical. sidera originaria la modalidad negativa, por oposición a las modalidades declarativa e interrogativa, y no secundaria o mero reverso de las modalidades afirmativas. Fruyt recorre los diversos mecanismos latinos de negación para demostrar que las categorías "enunciado afirmativo" -"enunciado negativo" no son en absoluto simétricas. En este caso hay que señalar que se habla de modalidad oracional, no de modalidad semántica, como en los artículos anteriores. Este artículo destaca por su claridad. Gualterio Calboli se refiere a los modos verbales en las lenguas indoeuropeas antiguas y su relación formal con otras categorías gramaticales. Supongo que su aparición en el apartado de cuestiones generales se debe a la referencia a las lenguas indoeuropeas por oposición al latín en particular. Su opinión acerca de la evolución modal se resume así (p. Pero en mi opinión la idea más relevante es la relación entre los modos y los mecanismos de subordinación. Lamentablemente no da detalles al respecto y remite a sus artículos de 1996 y 1997 acerca de las condicionales latinas y griegas respectivamente, sin dejar claro si considera que los modos han surgido en paralelo a las marcas de subordinación, o si el hecho de convertirse ellos en marcas de subordinación ha sido el motivo de su conservación, extensión y reorganización en los sistemas de las lenguas particulares. El bloque II «Les différents types d 'énoncés modalisateurs» (pp. 67-130) recoge aproximaciones a mecanismos de expresión no verbales de modalidades concretas: De los tres tipos de modalidad distinguidos por Le Querler, subjetivas (epistémicas y apreciativas), intersubjetivas (injuntivas) y objetivas (implicativas), Françoise Gaide identifica en los textos médicos latinos los dos primeros, y menciona como marcas de modalidad epistémica la referencia a una autoridad (auctor est) y la referencia indefinida (tradunt, aliqui tradunt, aiunt, dicitur, etc.), porque distancian al autor respecto del contenido expresado. Por otra parte la intervención del autor como testigo de la validez del enunciado indica tanto modalidad epistémica como apreciativa. Por último Gaide ofrece un inventario de mecanismos morfológicos, léxicos e incluso pragmáticos que expresan la modalidad injuntiva que caracteriza las prescripciones médicas. En resumen, se trata de una relación de las peculiaridades textuales que ofrecen los textos médicos de cara a la expresión de la modalidad.Dominique Longrée estudia las expresiones parentéticas con uerba sentiendi (credere, putare, arbitrari, opinari, existimare, sentire y censere) en los historiadores latinos, como reflejo del compromiso del emisor con la verdad del enunciado, es decir, como marcadores de modalidad epistémica. Longrée demuestra que en estos textos el empleo de estos verbos es comparable al de las cartas de Cicerón, aunque la intervención del hablante es en ellos más limitada, y que cada uno de los esquemas textuales analizados (diálogo, discurso en estilo directo y narración) se caracterizan por el uso que hacen de estas expresiones modalizadoras. Jean-François Thomas revisa las expresiones de obligación en Plauto: formas verbales que léxicamente implican un valor deóntico, sobre todo oportet y los adjetivos verbales en -ndus; y verbos o expresiones cuyo valor modal es secundario (opus est, decet, aequom est, melius est) 4. También recoge como elementos susceptibles de interpretación deóntica los valores contextuales de los modos verbales, las fór-5 En este caso se refiere a cuestiones claramente pragmáticas, aunque ni lo menciona ni alude sorprendentemente a una obra tan relevante como la de Risselada (1993). mulas de juramento o los substantivos abstractos en -tio 5. En definitiva el autor ofrece un completo inventario formalmente clasificado, pero del que no extrae conclusiones que nos ayuden a explicar y ordenar esta variedad de mecanismos expresivos. María Asunción Sánchez Manzano describe la modalidad impresiva del latín por oposición a la modalidad declarativa -terminología empleada en España entre otros por Mariner -, diferenciando por un lado la "modalidad", como concepto situado en el nivel de la semántica proposicional, de los diversos tipos oracionales que la expresan; y por otro, relacionando la modalidad impresiva con las perspectivas deóntica y epistémica de los estudios de semántica modal. Además describe los rasgos sintácticos que caracterizan la llamada modalidad impresiva. Sin embargo en el fondo se trata de una reordenación de los datos en función de una terminología diferente. La contribución de Bernard Bortolussi se ocupa desde una perspectiva histórica del giro arcaico "ne uelis, ne uelit + infinitivo perfecto" como construcción de impedimento o prohibición. El autor concluye que ne uelit en esta construcción es un desarrollo analítico del verbo modal nolo y que dicha construcción ocupa en el sistema general de la orden y la prohibición una posición marginal que condujo a su desaparición. En general puede destacarse la claridad de la exposición y la argumentación de todo el artículo, así como la pertinencia de los ejemplos aportados.El apartado III se ocupa de los llamados "Les verbes de modalité" (pp. 133-183), entrando, por lo tanto, en la expresión de la modalidad a nivel textual: El trabajo de Claude Moussy compara los verbos nequeo y possum y concluye que el primero es un semimodal, porque muy pocas veces tiene valor deóntico y no presenta en ningún caso usos epistémicos, por lo que presenta un espectro de valores modales mucho más reducido que el de possum: nequeo se limita a expresar los valores radicales de incapacidad y, con menos frecuencia, imposibilidad material. Sin embargo debe considerarse como verbo plenamente modal porque nunca aparece con valores no modales. Antonio Martín Rodríguez explica el desarrollo de los valores deónticos y epistémicos del verbo debeo y la idea de obligación común al debeo "propio" (adeudar) y al debeo deóntico. Para ello recurre a una descripción antropológica del concepto de intercambio con tres fases ("donner-recevoir-rendre") en las sociedades antiguas (p.158). En este sentido "avoir de quelqu 'un" (etimológicamente *de-habeo) implicaría un "sentiment d 'obligation corresponsive", del cual habrían derivado tanto el valor propio de debeo como los valores modales deóntico y epistémico. El autor plantea esta propuesta como una hipótesis, y, aunque resulta atractiva, existen en ella pasos evolutivos no documentados, lo cual dificulta su demostración. En cambio, es meritoria la combinación de teorías diversas como la lexemática de García Hernández o el funcionalismo de Bolkestein, con consideraciones incluso cognitivistas. Por su parte, Marie Dominique Joffre analiza las perífrasis formadas por el adjetivo verbal en *-ndo-y la cópula esse como expresiones ocasionales de modalidad deóntica. Encuentro interesante en este sentido el análisis de los posibles valores etimológicos del adjetivo verbal, así como la conclusión de que el significado modal viene dado principalmente por el contexto, por factores extralingüísticos y por las condiciones de la enunciación. Podría objetarse, sin embargo, que el papel preponderante concedido al dativo personal que aparece en la construcción (p. 169) contrasta con las restricciones de aparición de dicho dativo en los textos (p. Por otra parte, la supuesta paradoja de que en una expresión deóntica el emisor no ejerza influencia Bertocchi-Orlandini afirman al contrario que estos adverbios son propios de la modalidad epistémica subjetiva (p. 13), aunque quizá se trate de una mera diferencia terminológica. sobre el interlocutor (p.172), quizá se deba a que en realidad se trate de una expresión de modalidad radical, caracterizada precisamente por la falta de implicación del emisor en el enunciado. Michel Banniard aborda la transición de los verbos modales del latín a las lenguas romances en el período merovingio. Se fija en la expresión de lo virtual y lo irreal y, concretamente, en la reconstrucción diacrónica de las categorías verbales del futuro y del modo condicional a partir de la evolución de la estructura condicional con si. El resultado es una presentación exclusivamente teórica en la que nos faltan los datos textuales y los ejemplos para poder valorar la validez de los argumentos empleados. El apartado IV «Les adverbes et les adjectifs de modalité» (pp.187-246) insiste en el nivel léxico de expresión de la modalidad: Salvador Núñez analiza los adverbios profecto y certe, que, como cualquier adverbio modal, sólo expresan en su opinión modalidad epistémica. En función de la división de los operadores modales entre los que afectan al enunciado (modalidad radical y epistémica objetiva) y los que afectan a la enunciación y sus connotaciones (modalidad epistémica subjetiva y deóntica), la mayoría de los adverbios modales lo son del enunciado y por lo tanto expresan modalidad objetiva, aunque a veces pueden expresar modalidad subjetiva (p. En ese caso se sitúan más cerca de los verbos modales y pueden ser sustituidos por ellos, aunque, frente a la expresión verbal, la adverbial estaría más cerca de la llamada modalidad evidencial que de la modalidad epistémica. Por último se describe el uso de estos adverbios como focalizadores de uno de los constituyentes de la predicación o como conector discursivo. Chantal Kircher-Durand no estudia los adjetivos en sí, sino una serie de marcadores que "modalizan" a los adjetivos calificativos en la obra de Lucrecio: adverbios y locuciones adverbiales de intensidad, sufijos de intensidad y de disminución y ciertos prefijos y lexemas. Del estudio se deduce que las modalidades que pueden afectar a los adjetivos (no sabemos si sólo en Lucrecio o si las conclusiones son extensibles a otros niveles de la lengua) son aléticas, epistémicas, axiológicas o afectivas. Pero, como reconoce la propia autora (p. 210), esto presenta un problema de concepción de la modalidad, debido a la dificultad para definir qué es lo que puede expresar "l' attitude, le sentiment ou l 'appréciation du sujet parlant" (p. Carmen Arias Abellán por el contrario estudia ciertos adjetivos deverbativos, que pueden ellos mismos expresar modalidad, y trata de identificar en ellos el significado modal paralelo al que en el verbo expresa el "modo". Unos reflejan la necesidad (-ndus 8 ) o la posibilidad (bilis, -ilis) de realización del contenido de su base verbal y por lo tanto se sitúan en la esfera de lo no-real, de lo ficticio. En este punto no me parece que se pueda afirmar que estas modalidades lexicalizadas en los adjetivos correspondan con la esfera semántica del subjuntivo o del imperativo (p. 217), porque la posibilidad y la necesidad transmitida por ellos son modalidades radicales, raramente expresadas por modos verbales, sino por procedimientos léxicos. En cambio otros deverbativos (bibax, credulus, facundus, irriguus, plenus, integer...) nos 9 Frente a la opinión de Nadjo (p.226), Le Bourdellés defiende la diátesis pasiva de este adjetivo (p.242). llevan a la esfera de lo real, estableciendo una oposición privativa [+/-ficción] entre ellos y el grupo -bilis / -ndus (que constituyen el término marcado y entre los cuales se establece a su vez una oposición equipolente). En la misma línea del estudio anterior Léon Nadjo se concentra en los adjetivos en -bilis y a partir de un detallado análisis filológico deduce que el significado básico del sufijo es el de "posibilidad", valor que deriva a su vez del significado etimológico de "instrumento", aunque este punto no queda convincentemente argumentado en la exposición. En cambio los textos parecen demostrar que la diátesis le viene dada por la interpretación global del sintagma del que forma parte. Su cercanía semántica con el verbo "poder" explicaría que el sufijo seleccione casi exclusivamente bases léxicas verbales sobre las que puede aportar su valor modal.-También a los adjetivos se dedica el estudio de Monique Crampon sobre el discurso de Sosias en el Anfitrión de Plauto, en el que la autora rastrea el valor modal de ciertos lexemas (audax, audere) que generalmente no se consideran modales. Sin embargo no aclara la conclusión última ni el concepto de modalidad en el que se inscribe la intensidad expresada por estos lexemas. El comentario de los textos mezcla lo estilístico con lo semántico, no dejando ver con claridad los objetivos del trabajo. Siguiendo en el campo del adjetivo, Henri Le Bourdellès reflexiona acerca de los que expresan posibilidad y obligación en latín tardío -en este caso definiendo claramente el concepto empleado de "modalidad" (p. La observación de los textos desde una perspectiva diacrónica le lleva a atribuir al llamado "adjetivo de posibilidad" (en -bilis 9 con su contrapartida negativa) la "designación de una actitud lógica que confirma una posibilidad, pero también una actitud del hablante acerca de una realidad", mientras que el llamado "adjetivo deóntico" (-ndus) tendría un significado "prospectivo que puede entrar en la esfera deóntica" (p.246). Por último el apartado V «Modalités, syntaxe, types d 'énoncés» (pp. 249-308) aborda el estudio de la modalidad desde el nivel de la sintaxis. Colette Bodelot analiza, en un corpus de Plauto, Cicerón (cartas), César y Tácito, la estructura semántico-lógica de las subordinadas finales en ut y les atribuye un carácter ambiguo e híbrido: por un lado identifica en ellas una orientación volitiva y por lo tanto deóntica, pero por otro, en la medida en que el deseo de que algo se realice implica la virtualidad del contenido de la predicación final, dicha predicación contendría un significado epistémico implícito resultado del sentido contextual. Considero importante además la conclusión de la necesidad de sustituir la definición de modalidad como "actitud del hablante" por la de "actitud de los participantes en el acto enunciado" para dar cuenta de estructuras semánticas complejas como las subordinadas. Más novedosa -y arriesgada, como muestra el signo de interrogación del título -es la propuesta de Guy Serbat. A partir de una revisión de los textos latinos y la comparación con otras lenguas indoeuropeas, especialmente el eslavo, el autor concluye que el genitivo partitivo adverbal no es un caso real, porque puede ocupar cualquier posición sintáctica, sino una marca semántica de "atenuación" (p. 272), según la cual puede aportar una visión fraccionaria de la "cosa" expresada por el sustantivo o bien una atenuación del proceso expresado por el verbo. En este sentido se trataría de una de las marcas de modalidad que afectan a todo el enunciado y el único EM LXXII 1, 2004 10 Compárese por ejemplo la perspectiva generalista y teórica del artículo de Sánchez-Manzano con el estudio limitado de una determinada construcción en un corte sincrónico preciso de Bortolussi. 11 La mayoría (16) enumera las referencias al final del capítulo, pero algunos (7) las dan a pie de página. ejemplo de modalidad expresada por un caso nominal. Es cierto que los datos no son concluyentes, pero la explicación es tan atractiva que merece tenerse en cuenta. Frédérique Biville interpreta las interjecciones como marcas de modalidad, en la medida en que permiten al hablante expresar sus opiniones, emociones, aceptaciones y rechazos, esperanzas y deseos, así como actuar sobre el interlocutor. 288) expresan la dificultad de atribuir valores propios a las interjecciones y debilita, diría yo, gran parte de las conclusiones de este trabajo. Por otra parte no parece que la artificiosidad de la Eneida sea el contexto más adecuado para un estudio sobre el lenguaje expresivo como éste. El trabajo que cierra el libro, obra de Jacqueline Dangel estudia el lenguaje onírico como tipo textual por excelencia de la modalización, entendida ésta como la tonalidad particular y la actitud del hablante hacia su propia enunciación, en vista de una recepción concreta (p. La narración onírica mezcla explícitamente un mundo real y un mundo fantástico, los dos mundos a los que implícitamente alude la modalidad gramatical. El hablante narra un sueño dudando de su realidad, de modo que todos los elementos que enlazan un mundo con el otro y que son característicos de este tipo de textos oníricos pueden considerarse de alguna manera marcadores modales del texto. En cuanto a la clasificación de los textos, no entiendo los criterios empleados para configurar el apartado II: los artículos de Gaide sobre los médicos y de Longrée sobre los historiadores son similares al de Dangel acerca de los sueños; a su vez el de Bortolussi, como reconocen los propios editores (p.5), podría ir en el apartado III, y la perspectiva teórica general del de Sánchez Manzano bien podría situarlo en el I. Por otra parte hay que destacar la heterogeneidad de los trabajos, incluso dentro de cada uno de los apartados, tanto en cuanto al método 10, como en cuanto al contenido: algunos aportan nuevas propuestas o perspectivas para determinados problemas, pero en general abundan las revisiones de cuestiones terminológicas o teóricas que no añaden datos novedosos y significativos que hagan avanzar la investigación en el campo. Por último, desde el punto de vista formal destacaré la unidad del estilo de los diferentes capítulos. No obstante hay diferencias en la forma de dar la bibliografía 11 y en el criterio de traducir los ejemplos al francés. Hay que decir que en una obra de estas características la traducción puede ser de gran ayuda para el lector no latinista, y se echa especialmente de menos en casos como los ejemplos griegos del artículo de Calboli.
LITERATURA, FILOSOFÍA Y RELIGIÓN. Athens, 2002, 423 pp. La profesora Georgia Xanthakis-Karamanos ha recogido en este libro, muy oportunamente, una serie de contribuciones suyas al conocimiento del drama antiguo, de la tragedia fundamentalmente, en la época postclásica. Son artículos publicados entre 1979 y 2001 en Grecia y en diversos países, unos en griego, otros en inglés. Su recolección aquí constituye un suplemento muy bien venido al anterior libro de la autora Studies in Fourth Century Tragedy (Atenas 1980), en el que ofrecía un panorama general de la tragedia en el siglo IV, así como ediciones, traducciones y comentarios de los fragmentos conservados. Los dos libros, juntos, ofrecen una perspectiva muy al día sobre el tema. El que ahora comentamos, referente, como digo, a la tragedia griega en el siglo IV a. C. y en época helenística, forma un conjunto muy coherente y muy novedoso sobre este tema, bastante olvidado. Pero antes de dirigir mi atención a este sector del libro, realmente central en él, quiero decir algo sobre otras dos contribuciones importantes. La primera es lexicográfica: se refiere a tres artículos sobre Addenda Lexicis de Esquilo y Sófocles (p. 9 ss.), sobre el vocabulario de la tragedia postclásica (p. 183 ss.) referente al léxico de diversos fragmentos trágicos. Se trata siempre de voces o de variantes no recogidas en los léxicos, procedentes las más veces de fragmentos papiráceos y de lexicógrafos antiguos. Es una aportación importante a la recogida del léxico griego, una ayuda a los nuevos diccionarios como el DGE. A la tragedia clásica se dirigen tres artículos que considero importantes y que se refieren, fundamentalmente, a Eurípides: una reconstrucción de su tragedia perdida Arquelao (p. 21 ss.), un estudio de algunas influencias de Esquilo sobre Eurípides (p. 47 ss.) y otro sobre las diferencias que Eurípides, en su Cíclope y sus Bacantes, introdujo en los tratamientos homéricos. La reconstrucción del Arquelao, una pieza de circunstancias en honor del rey Arquelao, que acogió al poeta en Macedonia, es modélica. Se realiza a partir de los fragmentos y los testimonios, más el relato del mito en Higino. La intención de la obra es clara: presentar los orígenes míticos de la helenidad de Macedonia. Arquelao, el fundador, habría venido de Argos, siendo descendiente de Témeno y de Heracles; acogido por el rey de Tracia Ciseo y traicionado por él, le habría dado muerte, yendo de allí a Macedonia guiado por una cabra, de donde el nombre de Egas, la antigua capital macedonia fundada por él. También son interesantes los otros dos artículos. Parece sin duda cierta la influencia en las Bacantes de Eurípides de varias obras de Esquilo de carácter dionisiaco, unas contenidas en la tetralogía Licurgia y otras en la llamada tetralogía tebana. Diversos elementos como son el carácter afeminado de Dioniso, su conversión en toro, el terremoto, el sparagmós, la descripción de los misterios báquicos, así como el léxico en que todo está expresado, son coincidentes. Y también es notable ver cómo, en cambio, el tema del cíclope en la Odisea varía en la tragedia euripídea. El personaje es tratado un poco a la manera de la comedia media, paródi-EM LXXII 1, 2004 camente. Y también varía, naturalmente, el de Hécuba respecto al de la Ilíada. La especial atención de nuestra autora a Eurípides es sintomática, puesto que el grueso de su volumen está dedicado a la tragedia posterior, del siglo IV y siguientes que, como ella misma hace ver, depende muy especialmente de Eurípides. A partir de aquí se produjo una evolución que ella no deja de señalar. Son, en efecto importantes, pienso, los artículos de carácter general dedicados a la caracterización de la tragedia del siglo IV y de la helenística. Escribe sobre el influjo de la retórica en la tragedia del siglo IV (p. 89 ss.), sobre las diferencias de esta con la tragedia clásica (p. 103 ss.); y hay otros tratamientos genéricos de la tragedia postclásica (p. 293 ss.), así como una exposición de los mitos tebanos en la tragedia postclásica (p. 255 ss.) y otra de los principales textos papiráceos de la misma (p. También, un examen de las doctrinas de Aristóteles en su Poética 271 ss.: la verdad, siempre he pensado que sus especulaciones, se interpreten como se interpreten, tienen mayor interés para conocer el pensamiento de Aristóteles que para conocer la tragedia. Pero sí es importante la caracterización de la tragedia postclásica. Con ayuda de nuestra autora, sabemos hoy de ella más de lo que pudiera pensarse: es una tragedia retórica y patética, muy moralizante, con escasa función del coro e insistencia, en cambio, en tramas que tienden a lo novelesco más que a lo propiamente trágico. Sabemos también de las diferencias, respecto al siglo anterior, en la organización de los festivales: presentación ya de reposiciones ya de tragedias nuevas, a cargo de unos mismos actores (interesante sobre esto la inscripción de Tegea, p. 239 ss.); cada autor presentaba una sola tragedia. Más notables aún son los desarrollos helenísticos. Sabemos de la protección de la tragedia por Ptolomeo II, de la "pléyade" de los siete trágicos, de su carácter más cortesano, poético y erudito que propiamente trágico. Y de los nuevos desarrollos en cuanto a la existencia, ahora ya, de una escena a la manera romana, al papel del coro, a la música (hay una documentación importante), a la búsqueda de nuevos mitos, a la resurrección del drama satírico. Junto a estos estudios generales los hay particulares que revisten especial importancia. Así, la reconstrucción del Héctor de Astidamas (a partir de textos papiráceos), cf. p. 115 ss.; del Aquiles matador de Térsites de Queremón (a partir, entre otras cosas, de un vaso de Apulia), cf. Todo esto es valioso, así como estudios particulares como el relativo al origen de la cultura en Mosquión (p. 129 ss.) y otros más, uno de ellos sobre un fragmento cómico. Particularmente notable es la tragedia judía, en griego, en la Exagogé de Ezequiel, nuestro más extenso fragmento de una tragedia helenística, ¡realizada sobre el tema de Moisés siguiendo modelos áticos del siglo V, como Los Persas de Esquilo! El conjunto constituye, como puede verse por las anteriores referencias, un conjunto de estudios verdaderamente valioso desde diferentes puntos de vista. Subrayo la aportación, verdaderamente esencial a la tragedia postclásica. F. R. ADRADOS El volumen es el resultado de una serie de trabajos realizados durante el curso 1998-1999 en el Seminario de Filología Latina de la Scuola Normale Superiore di Pisa, dirigido por Franco Bellandi y está dedicado al estudio y comentario puntual de los excursus sobre el mito de la Virgen (Dike-Iustitia) y de la edad del mundo contenidos en los poemas de Germánico (s. I d.C.) y de Avieno (s. IV d.C.) titulados Arati Phaenomena. Ambos textos están íntimamente relacionados entre sí como reelaboraciones latinas que son de un mismo texto griego, el poema helenístico de Arato de Soli Fainómena 96-136 quien, a su vez, reescribe el texto arcaico y arquetípico de Hesíodo, TD 106-201. Este episodio dedicado al catasterismo de la Virgen ha sido muy estudiado, como afirma Bellandi en el prólogo, en lo que respecta a Arato, pero ha merecido mucha menor atención en cuanto a los traductores latinos. A llenar este vacío se dedica el presente trabajo, que supone un actualizado comentario de estos dos pasajes.Ambos textos revisten un gran interés tanto por la temática afrontada como por el evidente esfuerzo que ponen ambos autores en lograr una reelaboración literaria respecto al texto de Arato, así como respecto a toda la tradición relativa al célebre mito de la pérdida de los valores morales en la humanidad. Para llegar al nuevo texto Germánico y Avieno recurren a constantes remisiones y alusiones a modelos intermedios o secundarios que producen lo que el autor denomina "interferencias", muchas veces difíciles de descifrar, sobre todo en Germánico, como se hace evidente en el capítulo I, «'Interferenze' virgiliane nella traduzione aratea di Germanico». Se opta por aceptarlas como tales antes de intentar intrincadas explicaciones exegéticas o, en último caso, introducir variaciones en el texto. Este modelo secundario no es otro que la extensa literatura augústea que ha desarrollado el mito de la edad con Virgilio a la cabeza. El comentario, que comienza con el texto latino y la traducción, seguida de un descripción de la estructura del texto, discurre por cada uno de los versos que son desmenuzados mediante un examen pormenorizado y detallado en el que se pasa revista a la forma, contenido e ideario del texto latino, -basándose para ello en las principales aportaciones científicas al respecto -, a fin de poner en evidencia los recursos de que dispone Germánico para replantear novedosamente el sentido del mito a través de lo que formalmente no deja de ser una traducción del texto griego. Muchos de estos recursos se encuentran en estos modelos secundarios, como Virgilio u Ovidio, no siempre identificables con facilidad. También en Avieno se pueden reconocer fenómenos de género pero de forma más clara y elemental. El capítulo II «Contemplare sacros subiectae Verginis artus Il mito della Vergine negli Arati Phaenomena di Avieno», siguiendo el mismo método aplicado al texto de Germánico, analiza la forma en que el poeta, en este caso, ha tomado la estructura externa del original arateo para insertar motivos de diferente origen entre los que se incluyen desarrollos de puntos ofrecidos por el modelo o por los traductores latinos anteriores al influjo de la tradición literaria romana, para lo que se sirve de la ayuda que le presta la poesía latina anterior. Los modelos clásicos que parecen haber influido más son Virgilio y Ovidio, aunque también están presentes otros autores. La época de composición permite a Avieno contar con toda la herencia latina de los siglos precedentes para poder ofrecer, mediante una traducción del texto de EM LXXII 1, 2004 Arato, una reformulación de un mito emblemático de la civilización clásica compuesta a partir de una gran erudición y embebida de toda la tradición literaria y filosófica. Respecto al tronco arateo que oficialmente los dos autores latinos traducen, los responsables de este trabajo se han limitado a poner el texto en un apéndice final junto con los escasos fragmentos que quedan de la traducción ciceroniana; si bien, en la práctica, en el interior del comentario, y al hilo del mismo, se han sometido a revisión la casi totalidad de los problemas textuales y exegéticos que presentan tanto el texto de Arato como la traducción ciceroniana. Era necesario saber cómo los traductores podían interpretar a su modelo y modificarlo ideológica y formalmente. Al final se ofrece una bibliografia distribuida en cuatro apartados que diferencian ediciones, obras generales, comentarios y estudios.El trabajo se cierra con un índice de cosas destacables y otro de pasajes citados. El alcance de esta interesante obra, surgida de la tesis del autor, va más allá de lo que en principio sugiere su título, ya que aparte de analizar la posible existencia de una forma primitiva de farsa doria, así como la influencia de Epicarmo sobre la comedia ática, incluye un amplio estudio sobre la autenticidad de determinados fragmentos epicarmeos, lo que constituye una aportación a esta espinosa y discutida cuestión. En la primera parte se plantea Kerkhof el análisis de los testimonios que pueden apoyar la existencia en la Grecia continental de habla doria, especialmente en Mégara, de un tipo de representación teatral primitiva, precursora tanto de la comedia ática como de la siciliana. Tras un estado de la cuestión (pp. 1-12), en el que se repasan las diversas teorías surgidas al respecto desde finales del s. XIX en el ámbito alemán y anglosajón, el autor se centra en cinco puntos concretos: las reivindicaciones de los megareos sobre la invención de la comedia (pp. 13-17); la mención por parte de algunos comediógrafos áticos de los «chistes megareos» (pp. 17-24); el análisis iconográfico de la cratera Dümmler (pp. 24-30); los personajes de Mesón y Tétix (pp. 30-38); y la figura de. Como el mismo Kerkhof reconoce, la mayoría de los datos que maneja, ya muchas veces discutidos por autores anteriores, no tienen valor probatorio tomados aisladamente, pero todos sumados sí parecen apuntar en la dirección de que existió en Mégara un tipo preliterario de representación teatral improvisada, parte de cuya temática y elementales recursos cómicos pueden vislumbrarse a partir de ciertos testimonios. Además (pp. 18-20) resulta inequívoca la mención de la MegarikÈ kwmw7 día en el fr. 3 de Ecfántides, transmitido en un escolio a Arist. eth. 1128 a 19, cuya fuente, según ha demostrado P. Moraux, es una monografía del peripatético Adrasto de Afrodisiade, buen conocedor de la historia de la literatura griega, y muy exacto en sus citas. También resulta convincente la interpretación de diversos pasajes de la comedia antigua en los que se alude a los chistes megareos (por ejemplo Ar. 261), como la reivindicación por parte de los comediógrafos áticos de la superioridad de sus propias creaciones sobre un tipo de farsa de inferior categoría, representante de un estadio primitivo de la composición cómica ya superado por ellos (pp. 20-24). La segunda parte de la obra, mucho más extensa, versa sobre la posible influencia de Epicarmo sobre la comedia ática. Tras un estado de la cuestión (pp. 51-55), Kerkhof organiza su estudio en dos bloques, uno dedicado a la vida y obra de Epicarmo (pp. 55-133), y otro bastante más breve, centrado propiamente en el tema del posible influjo del siciliano sobre la comedia antigua (pp. 133-177). Comenzando por el primer bloque, el capítulo inicial, referente a la vida del poeta (pp. 55-59) no añade nada nuevo a lo ya sabido (cf. por ejemplo. L. Rodríguez-Noriega, Epicarmo de Siracusa. Edición crítica bilingüe, Oviedo, 1996, pp. IX-XIII). El grueso de este primer bloque (pp. 59-115) está dedicado al corpus pseudoepicarmeo, en un análisis que en ocasiones se aparta del tema central de la obra, pero que tiene un interés intrínseco como aportación a la problemática cuestión de la autenticidad de numerosos fragmentos (cf. al respecto las pp. XXXIII-XXXVII de nuestra edición). En la introducción a este capítulo (pp. 59-63) se trata la evolución de la fama de Epicarmo de comediógrafo a poeta sabio vinculado con el pitagorismo. Tras un breve apartado (pp. 63-65) dedicado a la importancia de Apolodoro de Atenas para la transmisión del texto (cf. así mismo las pp. XXXI-XXXII de nuestra edición), Kerkhof entra en uno de los puntos más interesantes del libro, pero también más discutibles, el análisis de los fragmentos empleados por el historiador siciliano Alcimo para demostrar la deuda intelectual de Platón con el comediógrafo (pp. 65-78). Kerkhof los considera todos espurios, y procedentes, como dirá más adelante (p. 107), del KanÓn de Axiopisto, pero los argumentos que aduce en defensa de esta hipótesis no son irrefutables. Para empezar, como el propio Kerkhof reconoce, tanto el dialecto como la métrica de los fragmentos en cuestión se corresponden perfectamente con los del auténtico Epicarmo. Por lo que se refiere al primer pasaje (fr. 7, siguiendo a Diels), Kerkhof rechaza su autenticidad alegando básicamente que su contenido es totalmente serio, y que muy difícilmente podría encajar en una comedia; además, considera sospechoso el verbo ×poleípein del v. 1, pues con el sentido de «faltar», «dejar de estar ahí», no se encuentra otro testimonio del mismo hasta Aristóteles. Respecto al primer argumento cabe decir que el fragmento no es tan largo (mucho menos si se divide en dos) como para que entorpeciera con su «formalidad» el tono de una comedia; su aparente seriedad se vería contradicha por el propio contexto global de la obra cómica, que sitúa al público en una situación que rechaza cualquier interpretación seria o respetuosa de lo que se dice, y quedaría desenmascarada tanto por el argumento en su conjunto, como por las actitudes, tonos, o atuendo de los actores (cf. nuestro artículo «La parodia en Epicarmo de Siracusa», Actas del VII Congreso Español de Estudios Clásicos II, Madrid, 1994, pp. 385-390). Contra lo que afirma Kerkhof, nos parece perfectamente concebible un giro cómico final si, prescindiendo de prejuicios y ateniéndonos a lo que nos dicen Plut. Theat. col. 71,12-40 (cf. al respecto nuestra contribución «Plutarco y Epicarmo», Actas del III Simposio Español sobre Plutarco, Madrid, 1994, pp. 659-669), vemos aquí el diálogo entre un deudor «listillo» y su acreedor, cortado por Alcimo justo antes de que el deudor saque las conclusiones que le interesan (él ya no es el mismo que contrajo la deuda), y de que el acreedor lo agreda; en el juicio posterior, es el acreedor el que reutiliza el mismo argumento. Con respecto al verbo ×poleípein, la propia antigüedad de los dramas de Epicarmo, así como la pérdida de buena parte del legado literario griego en el transcurso de los siglos, hacen que el siciliano nos ofrezca el primer testimonio de gran número de palabras o significados, y que a veces éstos no reaparezcan hasta más adelante, pero ello es puramente casual. (171 Kai., nuestro 249), Kerkhof rechaza su autenticidad acudiendo a los argumentos de Diels, que lo consideraba una imitación de Platón, y de Webster, que veía en el texto la expresión de la teoría socrática de que el conocimiento es virtud, y cuestionaba las expresiones tò'gaqón (vv. 1 y 4), en su uso como afirmación categórica a una pregunta, no cuenta, como indica Denniston, con otros testimonios anteriores a Platón, y que casi todos los ejemplos de su época son justamente de este último autor. Sin embargo, los argumentos de Diels y Webster ya fueron analizados y rebatidos en su día por N. Demand, «Epicharmus and Gorgias», AJPh 92, 1971, pp.453-463 (artículo que Kerkhof incluye en su bibliografía, pero que sorprendentemente no menciona ni discute aquí), quien ha hecho notar las indudables semejanzas de este fragmento con Pl. 460b-c, y cómo parece reflejar la teoría gorgiana del conocimento, no la socrática. Propone la autora que tanto este fragmento como el 280 K.-A. (cf. infra) serían parte de un drama que contenía una parodia de Gorgias, quizás el titulado lógoj kaì Logína; las semejanzas formales con Platón quedarían perfectamente explicadas si se considera que éste, que conocía y admiraba a Epicarmo, tuvo realmente una deuda con él, pero de tipo literario, formal, y no filosófico (lo mismo que con Sofrón). En cuanto al uso de pánu mèn oÖn, añadamos a lo dicho anteriormente a propósito de ×poleípein que se trata evidentemente de una expresión coloquial, por lo que no es raro que su primer testimonio esté en el primer comediógrafo conocido, ni que aparezca con cierta frecuencia en los diálogos de Platón. Por lo que se refiere a los dos últimos fragmentos de Alcimo, 278 y 279 K.-A. (172-173 Kai.; 250-251 de nuestra edición), Kerkhof, pese a reconocer que no hay datos fehacientes para establecer su carácter espurio, considera más verosímil su engarce en una obra de temática filosófico-médica que en una comedia, pero ése no es un argumento de peso. Nótese además que en el fr. 278,3 la expresión tò qÊlu tÔn'lektorídwn génoj contiene una parodia de Protágoras, al que remontan las etiquetas de género, génoj, masculino, y femenino, qÊlu (cf. Prot. Así las cosas, la afirmación de Kerkhof de que no es pertinente para probar su autenticidad el hecho de que los frs. 277, 278 y 279 K.-A. aparezcan en trímetros yámbicos, frente al resto de los fragmentos pseudoepicarmeos, que están todos en tetrámetros trocaicos (según él eso tendría que pasar a explicarse como un desarrollo reciente), es una petitio principii que no podemos compartir. Viene a continuación un apartado (pp. 79-108) en el que se ocupa Kerkhof sucesivamente del supuesto carmen physicum, cuya existencia rechaza con razón, según pensamos; de las GnÔmai y el KanÔn, cuyo autor fue, según Ateneo, un tal Axiopisto; y del Epicarmo de Ennio. Destaca aquí la defensa de la idea de que en la Atenas del s. V circuló un compendio de sentencias sacadas de los dramas de Epicarmo, a las que posteriormente pudo unirse material de diversa procedencia, y que habría sido conocido por Eurípides, además de quizás por Jenofonte y Platón, y más tarde por autores latinos como Ennio y Cicerón. Sería este florilegio el que habría dado la idea a Axiopisto para componer sus GnÔmai, aunque según Kerkhof dicho autor ya habría escrito anteriormente el KanÔn, lo que explicaría la acusación de prolijidad de que se habla en el fr. También es de destacar el análisis del fr. 280 K.-A. (254 Kai., 323 de nuestra edición), que Kerkhof, sin aportar ningún dato definitivo sobre su carácter espurio, y rechazando con buenos argumentos que proceda de las GnÔmai, propone atribuir al KanÔn (al igual que los fragmentos de Alcimo transmitidos junto con éste por Diógenes Laercio). Pero esta propuesta deja sin contestar convincentemente la cuestión de a quién se refiere el tij del v. 3, y qué quiere decir la "profecía" contenida en el texto. Aunque como siempre en estos casos se impone obrar con mucha prudencia (lo que personalmente nos ha llevado a colocar el fragmento entre los de autenticidad dudosa), nos parece más sugerente, y está apoyada en buenos argumentos, la propuesta desarrollada por N. Demand en el artículo antes mencionado (que sorprendentemente tampoco cita aquí Kerkhof). Esta autora ha hecho notar que el pasaje contiene una clara parodia de Gorgias, proponiendo que estaría en boca de Palamedes (que en un parlamento de claras reminiscencias gorgianas «profetizaría» que en un futuro alguien pondría sus palabras en prosa retórica, invirtiéndose cómicamente la reivindicación de originalidad), y que tal vez proceda del drama Lógoj kaì Logína. Añadamos a los datos de la autora que el anacoluto del v. 1, que sugiere también el estilo oratorio, tendría así mismo perfecta cabida en una comedia. En los dos apartados siguientes, con los que se cierra este capítulo, se ocupa Kerkhof del Xeírwn (pp. 108-111), al que siguiendo a Handley y Thesleff propone atribuir el fr. 295 K.-A (*335 de nuestra edición), y de la República de Crisógono (pp. 112-115), que contra la communis opinio considera el más reciente, y no el primero de los tratados pseudoepicarmeos, identificando a su autor con un personaje de mediados del s. IV a.C. al que se menciona en Didym. in Desmosth. col. 12,55 (ed. Diels, BTK I 1904, p. El tercer y último capítulo de este bloque, dedicado a repasar el contenido de los dramas de Epicarmo según contuvieran parodias del mito (pp. 116-129) o no (pp. 129-133), no añade gran cosa a lo ya conocido (cf. la introducción a cada obra en nuestra edición). A la bibliografía manejada por el autor cabe añadir, entre otras contribuciones más o menos recientes, las de R. Lessi, «Note ad Epicarmo», MCr 10-12, 1975-77; M. Caccamo Caltabiano-P. El segundo bloque de este apartado aborda finalmente la cuestión del posible influjo de Epicarmo sobre la comedia ática antigua, estructurándose en seis capítulos. En el primero de ellos se analizan los datos no procedentes de textos cómicos referentes al conocimiento de Epicarmo en la Atenas del s. V (pp. 133-143); Kerkhof concluye que los dramas de Epicarmo pudieron tal vez ser llevados a Atenas por Esquilo, e inspirar quizás algunos dramas satíricos de Eurípides (El cíclope, Escirón, Busiris) y Sófocles (Ámico). El segundo capítulo (pp. 144-150) se enfrenta al posible aprovechamiento de algunos elementos cómicos de Epicarmo en la comedia antigua, analizándose los diversos ejemplos, sobre todo aristofaneos, que tradicionalmente se vienen esgrimiendo en defensa de esta idea; la conclusión del autor es que no hay pruebas irrefutables de que en ninguno de ellos se imite a Epicarmo. En el capítulo tercero (pp. 151-155) se discute la posible existencia de coro en los dramas de Epicarmo, cosa que Kerkhof se inclina por rechazar, al tiempo que desvincula este hecho de la cuestión de la influencia del siciliano sobre la comedia ática. El capítulo cuarto (pp. 155-162) se ocupa de los distintos pasajes de obras cómicas áticas de tema mítico en los que se ha querido ver la influencia de Epicarmo; en un análisis quizás demasiado escéptico Kerkhof considera que ninguno ofrece datos concluyentes de la misma, salvo tal vez el tratamiento de Polifemo en el 9OdussÊj de Cratino. El capítulo quinto (pp. 162-167), en el que aborda el autor la posible EM LXXII 1, 2004 adopción por parte de la comedia antigua de personajes típicos tomados de Epicarmo, no arroja resultados más alentadores: ni en los fragmentos de Epicarmo ni en la comedia antigua hay trazas del miles gloriosus; el parásito de Epicarmo no es un «tipo», sino una figura real, y no se puede asegurar que haya imitación suya en obras áticas posteriores; y con respecto al alazon doctus únicamente cabe pensar que tal vez Aristófanes en Las nubes pudo inspirarse de algún modo en el sofisma del aÐcanómenoj lógoj genialmente desarrollado por Epicarmo. El panorama más bien pesimista de los capítulos precedentes queda compensado, no obstante, en el último, titulado «Aristóteles: Epicarmo y Crates» (pp.173-177), en el que se analiza muy acertadamente el conocido pasaje de Arist. Las palabras de Aristóteles indican claramente que Epicarmo influyó al menos en una determinada rama de la comedia ática, introducida en Atenas por Crates, y continuada por Ferécrates, que adoptaron el modelo de composición siciliano, renunciando a la invectiva personal. Puesto que no cabe duda de que Aristóteles en sus estudios sobre la comedia manejaba todo el material disponible en su época, incluyendo las obras de Epicarmo, su testimonio es la prueba más segura de que dicha influencia se dio realmente. El problema es que la verificación de ese influjo resulta prácticamente imposible, porque para ser puesto en evidencia requeriría la conservación de obras enteras de todos esos autores; además, las obras del siciliano que mayor influencia debieron tener sobre Crates, en el que no se dan argumentos de tipo burlesco-mitológico, tuvieron que ser las de temas basados en la vida cotidiana, cuyo argumento no estamos en condiciones de reconstruir. Estamos, en definitiva, ante una obra que realiza una interesante revisión y análisis de los datos tradicionalmente discutidos sobre el tema, aunque sin manejar exahustivamente toda la bibliografía reciente sobre Epicarmo, y que, pese a no aportar novedades espectaculares, sí contiene muchas ideas interesantes y aprovechables, además de invitar a la reflexión y al debate. LUCÍA RODRÍGUEZ-NORIEGA GUILLÉN Universidad de Oviedo IV. IRIARTE GOÑI, ANA, De amazonas a ciudadanos. Pretexto ginecocrático y patriarcado en la Grecia antigua. El libro que voy a reseñar se debe a una especialista bien conocida en el tema tratado en él, Ana Iriarte Goñi, Profesora titular de Historia Antigua de la Universidad del País Vasco, cuya actividad investigadora viene centrándose, desde hace años, en el estudio de la Grecia arcaica y clásica desde una perspectiva antropológica, con tres ejes primordiales de atención: las instituciones político-religiosas, las nociones de civilización y de barbarie, y la distribución de los roles sexuales en la sociedad griega. Obras suyas bien significativas, sobre temas y aspectos muy relacionados con los de la que tenemos entre las manos, son Las redes del enigma. Voces femeninas en el pensamiento griego (Madrid, 1990), Safo. La poetisa y su mundo (Madrid, 1997), Los dioses olímpicos. El libro De amazonas a ciudadanos resulta, en cierto modo, continuación y consecuencia de la línea de investigación relativa al status de las mujeres de la Grecia antigua, emprendida con notable acierto por Ana Iriarte, una década antes, en Las redes del enigma (1990). De hecho, como la propia autora señala con detalle en la p. 11, buena parte de los ocho capítulos que constituyen la parte central y fundamental del libro responden a trabajos independientes, presentados en conferencias y congresos diversos, y publicados previamente en revistas científicas, entre los años 1995-2000. Hago esta precisión porque explica la estructura del libro, en modo alguno como una crítica del mismo: en efecto, los trabajos originales, reunidos y revisados, tienen entre sí el lazo de unión que les proporciona su semejanza en los temas y su tratamiento, de tal manera que encontramos reunidos en un solo volumen, de innegable unidad, trabajos cuya consulta no resultaba fácil, en primer lugar por encontrarse en revistas y libros de escasa difusión hasta época reciente, y en segundo porque su unión incrementa sensiblemente el valor del conjunto. Pero vengamos ya al argumento central, que, como se plantea con claridad en «A modo de introducción: adorable diferencia» (pp. 13-31) se centra en torno a la dimensión femenina del universo religioso griego, para analizar a partir de su examen si en el campo divino existía una igualdad entre dioses y diosas, y si esa situación de los dos sexos en el plano divino tenía una correspondencia en el humano. En efecto, el panteón griego presenta un gran número diosas de importancia relevante (Iriarte recuerda que en el friso del Partenón se encontraban siete dioses, Zeus, Posidón, Ares, Apolo, Hermes, Dioniso y Hefesto, y a su lado cinco diosas, Deméter, Hera, Afrodita, Atenea y Ártemis), con papeles relevantes, que, en principio, no se limitan al status de las griegas de la polis, reducido a su condición de hijas, esposas y madres. Con todo, es indudable que las prácticas religiosas sin duda «llegaron a constituir una opción de equilibrio entre hombre y mujer»; a partir de ahí, incluso el poeta Hesíodo, en su Teogonía, llegaba a plantear la primacía de las divinidades femeninas en los orígenes. Desde este punto, pasa Iriarte a una presentación, sucinta pero muy clarificadora, de la teoría de la ginecocracia, o matriarcado, formulada en el siglo XIX ante todo por Johann Jakob Bachofen, en especial en su bien conocida obra Das Mutterrrecht (Stuttgart, 1861), en la que se propone una "infancia de la humanidad" esencialmente ginecocrática, con tres momentos sucesivos: el heterismo, el período amazónico, el matriarcado. Una teoría que fue recibida con los brazos abiertos por el Materialismo Histórico y por las primeras fases del Movimiento Feminista, hasta ser rechazada posteriormente en el s. XX por la mayoría de los estudiosos la realidad histórica del matriarcado. Porque, insiste Iriarte, «las religiones clásicas, con sus triunfales diosas, permitieron un verdadero acceso de la mujer a la cosa pública, pero... dicho acceso jamás se materializó en verdadera igualdad política» (p. En la línea de estos presupuestos se articulan los contenidos de los ocho capítulos del libro, donde se analizan con detalle y excelente documentación tantos aspectos y pormenores de la religiosidad y mitografía de la Grecia antigua, desde la perspectiva de las más modernas corrientes de la antropología y los estudios de género. Los temas estudiados se agrupan bajo los siguientes títulos: La memoria primigenia y la conquista del poder, El espejismo del héroe, La pesadilla y el hombre político, Del tirano como esfinge, Los espejos del Partenopeo, La semejanza de los contrarios, Ser madre o el valor de la paternidad, La guerra y la doncella. El conjunto, en cuyo detalle no puedo entrar por razones de extensión, se cierra con un interesantísimo epílogo, titulado «Matriarcado y etnocentrismo» (pp. 161-186), que nos trae de la mano de Estrabón (Geografía, libro III) al mito del matriarcado cántabro, cuyos defensores y EM LXXII 1, 2004 detractores hasta nuestros días son presentados por Iriarte, para luego pasar al no menos mito de la «sempiterna ginecocracia vasca», utilizada como diferenciadora de etnias, en sentido semejante a como Estrabón lo había hecho, oponiendo griegos y cántabros. Un fascinante análisis de Mari, la diosa vasca santo y seña de la ginecocracia originaria de los vascos, pone el punto final a este libro. Quizá me he entretenido excesivamente en la presentación de los contenidos del libro de Ana Iriarte, de los que, sin embargo, he tenido que pasar bastante por encima, dado su elevado número; por ello, creo que será preciso señalar los valores principales de la obra. En primer lugar, me gustaría destacar el rigor de los análisis, de acuerdo con los métodos de estudio habituales de esta investigadora, en la línea más moderna de la antropología y los estudios de género. Sobre ellos trabaja Iriarte con un manejo de la documentación clásica y de una abundante bibliografía moderna que completan el rigor de sus aportaciones. Pero, además de estos valores que me parecen fundamentales, hay otros no menos importantes que quiero señalar. Ana Iriarte tiene la no excesivamente frecuente habilidad de saber combinar la situación del pasado de unas mujeres determinadas, las griegas de la Antigüedad, con la de las mujeres actuales, y ello sin incurrir en anacronismos rechinadores, tan numerosos en este tipo de estudios. La historia como uitae magistra es algo que subyace como final esencial de su investigación, en su preocupación, como mujer, por el status de las mujeres de su tiempo, de nuestro tiempo; ella lo expresa así: «Pero cabe preguntarse si la práctica religiosa llegó alguna vez a constituir una verdadera opción de igualdad entre hombre y mujer. La perspectiva histórica nos permitirá, en adelante, responder a esta pregunta señalando los matices diferenciales entre nuestra cultura y una civilización en la que la práctica religiosa, presidida por buen número de divinidades femeninas, era un aspecto determinante del ámbito social» (p. Quienes nos ocupamos, con procedimientos iguales o semejantes, del estudio de las mujeres de Grecia y Roma, sabemos muy bien que no es fácil, ni tampoco recomendable, trabajar en este campo sin tener presente en el horizonte la injusticia histórica, todavía perdurable, de las desigualdades de género. Por último, quiero señalar que el libro está muy bien escrito, con lo que resulta de lectura sumamente agradable, cosa a la que colabora también el hecho de que la autora, sin abandonar nunca el rigor y la enjundia científica, nos trae a menudo del mundo clásico al nuestro con apreciaciones como ésta: «Poderosa y vivaz como la propia naturaleza, de la que apenas se distingue, la Méter Cibeles de los griegos es, por una parte, un paradigma femenino de carácter exótico, que remite a un mundo pre-civilizado. Un principio femenino ajeno donde los haya -permítanme un apunte puramente anecdótico -al ideal de feminidad, escuálido y envarado, que sacraliza la madrileña pasarela de moda a la que la diosa da nombre en la actualidad» (p. Con algo más de veinte años de retraso se publican los resultados de las excavaciones realizadas en el Mina de la Loba (Fuenteobejuna, Córdoba. El equipo interdisciplinar, que se hizo cargo de la excavación en 1978, vio interrumpido su trabajo en 1981 ante la inadecuada decisión de la Junta de Andalucía, que acababa de recibir las transferencias de las competencias en materia de cultura, que se negó a continuar prorrogando el permiso de excavación al equipo. En aquella época fueron muchos los proyectos y los yacimientos que estaban trabajando a plena satisfacción, que se vieron obligados a dar por finalizados los trabajos apresuradamente sin poder concluirlos, y que luego han quedado así, inconclusos para siempre, pues, en numerosos casos, ningún investigador, ni andaluz ni de otra procedencia los ha continuado. Este es el caso de la Mina de la Loba, cuyos excavadores esperaron durante años les fuera permitido continuar los trabajos. Abandonada toda esperanza, en los últimos años decidieron, al menos, sacar a la luz los estudios que habían podido realizar durante las campañas llevadas a cabo entre 1978 y 1981.A pesar de que como hemos dicho los trabajos de campo se realizaron a finales de la década de los 70 y los primeros 80, las conclusiones a las que llega el equipo investigador no pueden ser más interesantes. La región en la que esta situada la mina de La Loba era de gran riqueza minera y desde antiguo atrajo a las poblaciones cercanas, probablemente ya desde el calcolítico. La actividad romana en la mina arranca del año 120 a.C., y se mantiene hasta el primer decenio del siglo I. Las excavaciones sacaron a la luz una extensa colección de utensilios, que proporcionan una magnífica información referente a los métodos y los sistemas de explotación empleados por los mineros. En torno a la mina se levantó un pequeño poblado que sirvió durante años como lugar de residencia a los trabajadores. Los sistemas de construcción eran el tradicional muro de adobe sobre base de piedra. No se puede establecer con exactitud cual era el tipo de empresa que explotaba la mina, si era una sociedad de publicanos a algún otro tipo de compañía. Sin embargo sí sabemos que la mano de obra procedía de otras regiones, de zonas ya romanizadas, que hasta la mina llegaron constantemente productos manufacturados desde Italia; que en la mina existían grandes cantidades de monedas acuñadas en distintas ciudades de la Alta Andalucía, destinadas a pagar la mano de obra.El libro que coordinan los profesores Blázquez, Domergue y Sillières se articula en torno a trece trabajos: «Geología de la zona N.E. de Fuenteobejuna. Origen, morfología y Paragenesis de los filones de La Loba» (R. Hernando En esta obra, los profesores J. Alvar y J. M. Blázquez, se encargan de coordinar una serie de trabajos, quince en total, sobre la figura del emperador Trajano.Los dos editores, en la introducción, dicen seguir la estela del libro Alejandro Magno, hombre y mito (2000), tam-EM LXXII 1, 2004 bién coordinado por ellos y publicado en la misma editorial. Con el conjunto de trabajos que presentan sobre Trajano pretenden ahondar en la personalidad del emperador hispano, pensando en aquellos que no tienen un buen conocimiento del personaje, pero también quieren que los diferentes trabajos sirvan para establecer el necesario debate entre historiadores al tratarse todos los aspectos importantes del periodo, algunos de los cuales se hacen de manera totalmente innovadora.El trabajo inicial se debe a la pluma del profesor J.M. Roldán Hervás y lleva por título "M. Ulpio Trajano: perfil de un emperador", en poco más de veinte páginas realiza una síntesis biográfica del personaje. Alicia Ma Canto centra su trabajo en "Los Traii béticos. Novedades sobre la familia y los orígenes de Trajano", un excelente y extenso trabajo en el que intenta arrojar algo de luz sobre los puntos oscuros que presentan la familia del emperador hispano, poniendo en duda el posible origen itálico de la familia de Trajano, e intentando rastrear a través de las fuentes todo lo relativo a los orígenes familiares. Maria José Hidalgo de la Vega realiza un estudio sobre "La imagen de la realeza en Trajano", dando especial importancia a la información proporcionada por las fuentes literarias y por la numismática. Jorge Martínez-Pinna analiza "La expansión romana bajo Trajano", en lo que, en palabras del propio autor, sólo pretende ofrecer una perspectiva muy general sobre Trajano como protagonista de la última gran expansión romana. J.M. Blázquez centra su atención en "Hispania en tiempos de Trajano", trabajo en el que aparte de estudiar todos los aspectos de la obra de Trajano en Hispania, analiza la influencia del clan hispano en Roma. "La revuelta judaica en Cirene bajo Trajano. Testimonios epigráficos y arqueológicos" es el tema elegido por el eminente epigrafista italiano Lidio Gasperini.De gran interés es el trabajo de Sabino Perea Yébenes, dedicado a "Los últimos años de Trajano y los judíos de Oriente, centrándose en los dos últimos años de la vida del emperador. Excelente también, al igual que todos los que componen este volumen, el estudio de J. Alvar dedicado a "Trajano y las religiones del Imperio", la influencia de la tradición y la asimilación de los cultos extranjeros, unido a los problemas que comenzaba a plantear el cristianismo a la sociedad romana, son el hilo conductor del estudio. Manuel Salinas de Frías también se centra en un tema religioso: "Trajano y los cultos romanos en Hispania", tomando la epigrafía como principal fuente de información. Víctor Alonso Troncoso se centra en "Las bibliotecas en Roma en tiempos de Trajano", instituciones que se vieron muy favorecidas por el humanismo de los Antoninos. Los estudios sobre la edilicia no podían estar ausenten en una obra de estas características, El primero se debe a la pluma de Markus Trunk al tratar "La actividad constructora de Trajano en Roma"; J.M. Campos Carrasco realiza un estudio general sobre "Los programas edilicios de época Trajana". Guadalupe López Monteagudo es el estudio "Mosaicos hispanos de época de Trajano", donde demuestra sus amplios conocimientos sobre musivaria romana en general, e hispana en particular, fruto de sus numerosos años de investigación dedicados a estos temas. El libro se cierra con un último trabajo que rememora el título de la inmortal obra de Paribeni. "Trajano, Optimus Princeps" se debe a Juan Manuel Cortés Copete, se trata de un estudio de corte biográfico de gran interés que como valor añadido tiene su facilidad de lectura.En resumen, un excelente libro a través de cuyas páginas se hace una interesantísima aproximación a la vida y la obra de Trajano, que sin duda no debe ser considerado uno más y debe ocupar un lugar preponderante entre los libros de referencia sobre el emperador hispano.
RODRÍGUEZ ADRADOS, FRANCISCO, De nuestras lenguas y nuestras letras. ---Defendiendo la enseñanza de los clásicos griegos y latinos: casi unas memorias. Madrid, Ediciones Clásicas-Fundación Lexis, 2003. No hay nada más terrible para un artículo de opinión que no despertar ninguna en quien lo lee, bien sea por la inanidad de la argumentación, bien por la futilidad del tema elegido. Lamentablemente, hoy en día son harto habituales las colaboraciones en la prensa diaria que adolecen de tan fatal defecto. Hay autores que, en cambio, consiguen escapar regularmente a esa paradoja. Es el caso de D. Francisco Rodríguez Adrados. Resulta llamativo en qué medida sus artículos suelen suscitar en la mayoría de sus lectores una reacción, como mínimo de reflexión cuando no de abierto posicionamiento, ante lo que en ellos plantea o ante cómo lo plantea. Hace poco, alguien me comentaba, sin poder ocultar cierto fastidio por cierto, que «Adrados crea opinión». Efectivamente, a juzgar por las respuestas que a veces he observado en algunos de sus lectores, más que crear opinión podría decirse que la provoca. Sin ir más lejos, baste recordar el animado foro de discusión a que dio lugar, en internet [URL], su tercera de ABC (26-II-2002) sobre «Bibliotecas y ciencia española» (recogido con el n.o 40 en el primer libro aquí reseñado). Incluso en ocasiones he visto fotocopiar sus artículos para colgarlos de tablones o distribuirlos entre lectores (y no lectores) habituales de otros periódicos. Ahora bien, más llamativos aún que las reacciones que despiertan sus artículos resultan los temas elegidos y los recursos, o mejor, el recurso, que emplea para afrontarlos. Porque, la verdad, que en un momento como el actual despierte ese interés alguien que habla de lenguas y letras es sorprendente. Y más aún cuando el autor no es foráneo, y no trata de dar a sus palabras más trascendencia de la que tienen, ni menos tampoco. Adrados emplea con destreza un arma de rotundos efectos: la sinceridad. Se podrá estar o no de acuerdo con sus argumentos, pero lo que no cabe negarle es la sinceridad de cuanto expone. Hasta el punto de que, incluso la selección de los temas objeto de su pluma responde no a razones de oportunismo o efectismo, sino simplemente de manifestación abierta y de respuesta a sus propias inquietudes personales. Y entre ellas hay acontecimientos presentes, inmediatos, de diverso tipo, pero destacan sobremanera las inquietudes básicamente vocacionales, que en él se identifican plenamente con las profesionales, y que a veces también gozan del marchamo de actualidad. En su condición de filólogo y lingüista, entre los múltiples temas que Adrados ha tratado en sus artículos a lo largo de los años destacan, por encima de cualquier otro denominador común, los que afectan a la relación entre hombre y lengua, en sus múltiples ámbitos y manifestaciones, pero con especial atención a lo que nos es más inmediato, y no por ello menos representativo de los efectos de una dialéctica universal entre lengua, cultura y entorno. De modo que en De nuestras lenguas y nuestras letras, el primer libro que aquí reseño, se reúnen EM LXXII 1, 2004 setenta y ocho artículos relativos a muy diversas facetas del papel de la lengua y literatura en la sociedad en general, con detalles más precisos sobre nuestro entorno español. Son artículos publicados, los más, en los principales diarios nacionales (ABC sobre todo, El Independiente, El País, La Razón, La Vanguardia), aunque también se incluyen colaboraciones en publicaciones periódicas de distinto carácter (Revista de Libros, Boletín de la API del CSIC, Boletín de la Real Academia Sevillana de Buenas Letras, EMERITA, Estudios Clásicos, Ínsula, Revista Española de Lingüística, etc.), amén de sendos prólogos a las nuevas ediciones de los ilustres diccionarios de Raimundo de Miguel y Eseverri Hualde (cuya edición, por cierto, resultó finalmente fallida), así como dos trabajos inéditos (los numerados como 23 y 29) y su emotiva contribución a la Miscelánea Léxica en honor de Conchita Serrano (n.o 65). La inmensa mayoría de estos trabajos han sido publicados en los últimos quince años, aunque también hay algún trabajo anterior (mención especial merece la inclusión de la interesante y contundente crítica que en 1945 publicó en El Español sobre una versión de Pemán de la Antígona de Sófocles, así como sus reflexiones sobre «Teatro griego y adaptaciones modernas», aparecidas en 1983 en Ínsula). Los artículos se agrupan en cinco grandes divisiones: I. «Hombre, lengua y literatura»; II. «Las lenguas de Europa»; III. «La lengua española»; IV. «La cuestión del catalán»; V. «El teatro greco-latino y su influjo y puesta en escena»; VI. «Recuerdo de escritores y filólogos muertos». Todos ellos responden a la polifacética personalidad de Adrados, ya que fijan su atención sobre cuestiones que surgen al aplicar el prisma plural de los estudios filológicos y lingüísticos a la realidad que nos rodea. Los que le conocen saben que rasgo distintivo del autor ha sido, precisamente, su inagotable curiosidad e interés por observar la relación entre hombre, lengua y entorno desde múltiples ángulos o enfoques. A lo largo del libro esto queda patente, de modo explícito, en sus fundadas críticas al especialismo --«especialismo rampante, que impide ver las conexiones, comprender simplemente» (p. 61)--, tan de moda y tan en alza actualmente en los estudios y ciencias humanísticas. «Siempre he pensado que desde un rincón poco se ve», nos dice al contraponer a esta tendencia general la condición de humanista, abierto a múltiples puntos y manifestaciones de interés, de uno de sus más distinguidos y recordados discípulos, Alberto Díaz Tejera (p. El libro se inicia con un primer capítulo (artículos 1 a 15), en el que, tal y como se compendia en el prólogo introductorio de la obra, Adrados aborda el papel de la lengua y la literatura en las esencias de lo humano. Desde el primer artículo, («¿Qué es ser hombre?») manifiesta su visión dinámica y positiva: «ser hombre no equivale a la existencia de unos universales: consiste en la capacidad de crearlos e innovarlos», «la apertura y el aprendizaje casi sin límites es lo propio del hombre» (p. Y por todas partes emerge su descreimiento y rebeldía ante la imposición de límites ficticios a lo humano, y a la expresión de sus realizaciones. A sus reflexiones sobre la esencia de lo humano, se unen, a lo largo de estos quince artículos iniciales, las que lleva a cabo sobre la definición de literatura o de semántica, o sobre el amor y el erotismo. Pero el descreimiento a que aludo le conduce, a lo largo de estos textos, a una amarga crítica de las limitaciones autoimpuestas por el supuesto desarrollo de nuestra sociedad actual, sobre todo por los logros que parecen deslumbrar hoy en día a la mayoría de los mortales. Así, el gigantismo de los nuevos medios y tecnologías de la información, y la gran paradoja a que han dado lugar: «el exceso de información mata la información» (p. Su voz se une, así, a las que, a ambos lados del Atlántico, están llamando la atención sobre este sinsentido desde hace tres lustros. Cuanta más información nos es accesible, más desinforma-dos parecemos estar, dada la gran dificultad que supone asimilar esa avalancha de datos y el enorme esfuerzo crítico que exige su jerarquización. Este tema es recurrente a lo largo del libro. También es grande la preocupación que le causa la sustitución de la cultura del libro por la cultura de la imagen, con el consiguiente empobrecimiento de los conocimientos humanos y el trágico abocamiento a la zafiedad y el simplismo a que está dando lugar. Adrados, con el apoyo que le proporciona la experiencia acumulada en toda una vida dedicada a la investigación y la docencia, no restringe sus críticas, como es habitual cuando se plantean estos problemas, a una masa social informe y anónima. No renuncia a incluir claras alusiones a ciertos sectores de nuestra sociedad, generalmente excluidos de tales críticas, en cuyos comportamientos cabe encontrar, si no las causas directas de algunos de estos fenómenos, sí lamentables connivencias que los refuerzan y amplifican. Por ejemplo, los sectores que, por lo que respecta al exceso de información de baja calidad y sin jerarquización, han propiciado el publish or perish reinante en la actualidad, con una obsesión por el número y la cantidad en detrimento de la calidad (por ejemplo con el famoso «impacto» evaluador: es fundamental que te citen, aunque se trate de citantes mutuos de un mismo círculo cerrado; pero «cuando a uno le silencian, o le copian o le ponen a parir, ¿cómo va a contabilizarse?»). Y hay un postergamiento de los grandes proyectos, de los grandes artículos, de las grandes monografías, frente a las colaboraciones cortas, de rápida publicación, o a las apresuradas participaciones en innumerables congresos, simposios y mesas redondas sobre los temas más rebuscados. Es lo que podríamos denominar el síndrome curricular. En relación con él, Adrados reprueba también con tristeza ese papanatismo por lo extranjero que inunda nuestras universidades y centros de investigación. Así, se envía a los doctorandos a los grandes centros internacionales (lo que está muy bien), sin que en muchos casos importe demasiado lo que hagan o, peor, lo que dejen de hacer allí. Las consecuencias de toda esta absurda vorágine son demoledoras. En el campo de las Humanidades, falta tiempo, «se lee poco y se escribe mal», y cada vez se hace más currículo y menos ciencia básica. Adrados levanta su voz contra todas estas modas e imposiciones. Ciertamente nada contra corriente. Y a pesar de todo, nos avisa, la lengua sigue teniendo una gran trascendencia en este mundo inundado por la imagen. «Las palabras son peligrosas: arrastran conceptos, crean maneras de pensar», «la danza de las palabras no debe confundir nuestros conceptos ni degradarlos», «no nos entendemos sin las palabras; nos entendemos mal con las palabras» (pp. [19][20]31). Como fruto de su mirada pluridimensional, podemos tropezar con la visión del lingüista general o el filólogo, con la del comparatista, el indoeuropeísta (así en el segundo capítulo, que contiene los arts. 16-20), el académico (especialmente en el tercer y cuarto capítulos, arts. 21-40 y 41-45), y en todas partes con la prospección, apoyada y justificada por una auténtica perspectiva histórica, que le confiere su adscripción a la Filología Clásica. Evidentemente, todo su bagaje intelectual y científico, unidos a su franqueza, pueden dar lugar a consideraciones que sean tachadas, a veces lo han sido, de poco prudentes en distintos ámbitos. Adrados no sólo es consciente de ello, sino que huye constantemente de las medias tintas, de los complejos absurdos, de las prudencias imprudentes. Así en sus comentarios sobre el español, sobre sus relaciones con el resto de lenguas nacionales, sobre el absurdo o interesado comportamiento de los políticos al respecto, sobre el erróneo uso de palabras como cultura y educación, sobre el redivivo Protágoras en los manuales de estilo no sexistas, sobre la tremenda carencia de un Gran Diccionario de la Lengua Española, al estilo del Oxford English Dictionary o el Trésor de la langue française, sobre el traslado de la sede del CSIC de Medinaceli o EM LXXII 1, 2004 sobre la desaparición de las bibliotecas de departamento, fagocitadas por las macrobibliotecas. Y no se contenta con quejarse, plantea soluciones: como su solicitud de una ley de uso del español, o la defensa de un bilingüismo real, estricto y posible (no obstante, aunque franqueza y sentido común se unen aquí, no parece que puedan ser suficientes para entablar un diálogo con esa compleja e inextricable amalgama de hechos, ficciones, pensamientos y sentimientos constituida por los nacionalismos). Y con todo, hasta parece que en alguna ocasión se le ha hecho caso. Por ejemplo, con la creación de los bancos de datos CREA y CORDE de la Academia, que responde a las preocupaciones expresadas en un artículo --«La exploración y normalización de nuestra lengua» (n.o 26, = ABC 19-II-1992)--, que resultó realmente programático. Para finalizar mi comentario sobre este libro quisiera llamar la atención sobre los dos capítulos que lo cierran. De un lado, el capítulo V reúne diversos artículos con reflexiones sobre el teatro griego, fundamentalmente desde la perspectiva de su relación con el teatro moderno. Su atención se fija para ello en la pervivencia de temas en autores contemporáneos, como Lorca, o en el polémico asunto de las adaptaciones modernas de las obras clásicas, sobre el que versan los artículos ya citados de los año 1945 y 1962. En ellos se evidencia la coherencia de sus planteamientos a lo largo del tiempo. De otra parte, el capítulo VI reúne una serie de notas necrológicas que ha ido publicando en distintos lugares sobre grandes escritores y filólogos muertos, y constituye un emotivo y notable epílogo de la obra. La misma franqueza que creo que cabe reconocer en De nuestras lenguas y nuestras letras, es uno de los rasgos distintivos de Defendiendo la enseñanza de los clásicos griegos y latinos. Adrados ha expuesto repetidamente en diversos lugares sus preocupaciones y experiencias sobre el difícil diálogo entre Humanidades y enseñanza. En 2002 publicó en Taurus Humanidades y Enseñanza. Una larga lucha, en donde se recopilaban artículos aparecidos en periódicos nacionales, de modo equivalente a la primera obra que he reseñado, pero cuyo contenido se restringía al tema que servía de título al volumen. Ahora recopila, en un libro de setecientas páginas, una parte importante de la historia reciente de la educación y la cultura en este país. Se trata del periplo, a lo largo de sesenta años, de los estudios clásicos en España. Fundamentalmente, de la continua lucha que ha supuesto su existencia frente a los resortes del poder, manejados por intereses de muy diverso signo y procedencia, que, pese a ello, y pese a los grandes cambios históricos, sociales, políticos o económicos que nuestro país ha experimentado a lo largo de ese período, han observado una sorprendente identidad en fines y métodos. No es habitual este tipo de recorridos históricos, pero menos aún que se cuenten en primera persona, por un testigo de excepción, con el aporte de documentación directa de cada uno de los momentos principales a que se alude. Esa documentación se adjunta en un apéndice que va desde la página 449 hasta la 692. Además, le precede un curioso apéndice gráfico, y contiene también el libro unas útiles listas de artículos de periódico publicados por el autor sobre el tema de las Humanidades y de sus publicaciones sobre enseñanza, así como un completo índice de nombres propios al final. Precisamente este final suele ser el principio para una mayoría de sus lectores; porque éste es el típico libro que muchos empiezan a leer por ese final. Y es que son numerosos los personajes que discurren por sus páginas. Personajes protagonistas, personajes secundarios, figurantes... Encabeza el libro una primera parte («Perspectiva general»), que, a modo de introducción contiene un compendio general de la obra. Con un estilo repetitivo que delata la importancia trascendental que tiene para él cuanto dice, Adrados anticipa los hitos básicos de esta pequeña historia, así como el armazón de su propio análisis. Un análisis conscientemente subjetivo, como señala de modo explícito. Por este motivo, explica, ha escogido el momento actual para su publicación, una vez que ha abandonado el cargo de presidente de la Sociedad Española de Estudios Clásicos (lo ha sido seis veces, amén de haber sido el primer secretario de la sociedad y de ser, en la actualidad, presidente de honor), lo que le permite evitar confusiones acerca de la representatividad, puramente personal, de sus palabras. Los hitos básicos a que hago referencia, son las tres reformas que ha sufrido nuestro sistema educativo a lo largo de todo este tiempo: la primera, la de Ruiz Jiménez; la segunda, la de Villar, que abarca los años 1968-1982; la tercera, la socialista de Maravall, bajo la que se incluye el período que va de 1983 a 1995. A ellos se une, finalmente, la reciente reforma (o "contrarreforma", como acertadamente la denomina Adrados) del Partido Popular. Con arreglo a esas cuatro etapas se configura el libro desde su segunda parte hasta la quinta, para cerrarse con una sexta parte de conclusiones y un colofón. El libro está escrito en primera persona, y Adrados juzga oportuno simultanear, con su relato de los acontecimientos, el de su propia experiencia vital. De ahí el subtítulo: Casi unas memorias. Y también se detiene en la historia de la universidad española, aunque a la luz de lo que sucedió en la Complutense, así como del antiguo Instituto Nebrija, hoy Departamento de Filología Griega y Latina, del Consejo Superior de Investigaciones Científicas. Traza por lo tanto varias líneas narrativas paralelas que permiten hacerse una idea más clara de cómo sucedieron los hechos. A pesar de que, al leer el libro, resulta evidente que no es intención de su autor que la parte autobiográfica sobresalga sobre el resto, resulta inevitable que ésta tenga un gran atractivo para un buen número de lectores. Son muchos, incluso más allá del ámbito de la Filología Clásica, los que han escuchado contar múltiples versiones de lo acontecido a lo largo de los años en la Facultad, en los departamenteos, en la SEEC, en el Nebrija, en los diversos ámbitos en los que han desarrollado su actividad las grandes figuras de la Filología Clásica en nuestro país. Ámbitos en los que ha habido fuertes choques, probablemente ni más ni menos que como en otros departamentos universitarios, pero que, al tener como protagonistas a quienes han conseguido dar una pujanza y un vigor a estos estudios difícilmente equiparable, parecen haber recibido un eco acrecentado de cuanto acontecía en ellos. A muchos de esos episodios se nos hace referencia aquí, por boca de quien ha sido no ya testigo, sino protagonista directo. Ciertamente, como en el resto del libro, nos encontramos con un visión personal. Sin embargo, lo subrayo una vez más, intenta ser en todo momento veraz, lo que permite hacerse una idea bastante aproximada de lo sucedido. Con sus diversas anécdotas (buena parte de ellas de carácter tragicómico, acentuado por la ironía de que hace gala el autor), con sus hechos obvios, su exposición no deja de causar un sentimiento agridulce al lector, que comprueba, una vez más, en qué medida confluyen virtudes y defectos, grandezas y miserias, en quienes son o han sido nuestros modelos. Pero, dejando aparte este tipo de consideraciones, lo cierto es que el relato de esos episodios contribuye a una mejor comprensión de la complejidad de cada una de las situaciones en las que se desarrolla la narración principal, ayuda a calibrar las distintas fuerzas, internas y externas, que han jugado su papel en la historia de los Estudios EM LXXII 1, 2004 Clásicos en España. Porque su crítica se extiende también a la forma mezquina en que a veces estos estudios han recibido ataques externos, motivados por el posible beneficio -al menos así se ha concebido -que podía deparar su ruina. Y a pesar de ello se ha dado una gran paradoja en los estudios de griego y latín. Aunque han sido objeto de restricciones cada vez mayores en cada nueva reforma educativa, con el consiguiente e inevitable descenso de alumnos, han gozado de un desarrollo incomparable durante ese mismo tiempo, hasta el punto de contar con el gran número de filólogos y departamentos universitarios que hay en la actualidad, y con el enorme nivel y prestigio de que gozan. Como he dicho, el hilo conductor del libro son las grandes reformas educativas. Adrados trata de darnos una visión completa de la situación y de cómo sucedieron los hechos. Analiza para ello la enmarañada concurrencia de circunstancias y tendencias que motivan y condicionan esas reformas. Y la lucha continua y el esfuerzo que ha supuesto hacerles frente. Habla, así, de la convergencia de distintas ideologías, que abogan demagógicamente por la extensión de una enseñanza cuyos niveles no les importa rebajar completamente, o que postulan saberes puramente prácticos en detrimento de los humanísticos, o que dan lugar a una alarmante infantilización de la enseñanza, desprovista de contenidos. Habla también de la penosa extensión y fracaso de múltiples experimentos, potenciados por pedagogos y sicólogos, en cuyas manos abandonaban los políticos lamentablemente las líneas generales de los programas educativos, mientras solían hacer oídos sordos a los profesionales de cada disciplina. Habla de la catástrofe cultural que supone el triunfo del especialismo, por el que las lenguas clásicas, de ser un instrumento de cultura humanística general, pasaron a ser consideradas como cosa de especialistas. Y habla de condicionantes coyunturales, como el cambio político y la revolución cultural de finales de los sesenta y de los setenta, las posteriores políticas autonómicas, etc. Un escenario realmente muy complejo, donde cada parte, cada elemento influyente podía o puede disponer de varias caras. Por eso, precisamente, no puedo evitar el convencimiento de que también aquí las actuaciones de los políticos, o de quienes obran como tales, se rigen tanto o más que por cuestiones ideológicas de fondo, por hechos meramente coyunturales. De modo que es cierto que, por más paños calientes que quieran ponerse, en su anterior etapa de gobierno la gestión socialista en lo tocante a la reforma educativa y a los estudios de griego y latín fue absolutamente decepcionante y aciaga, tal y como subraya Adrados. También lo es que la gestión de los populares parecía haber enderezado en cierta medida las cosas, aunque era mucho el daño heredado en nuestro sistema de enseñanza. Pero no conviene olvidar tampoco que en el pasado algunos sectores, desde luego bastante alejados de los planteamientos socialistas, como la FERE por ejemplo, obraron de un modo absolutamente funesto para los intereses de los estudios de griego y latín -ésta constituye una de las grandes revelaciones del libro (p. 126) -, o que en determinadas universidades privadas, en cuya gestión tampoco parece que dominen los planteamientos de izquierdas, se observan algunos de los grandes males que Adrados critica, y con razón, en sectores de la universidad pública, como es el caso de la vergonzante disminución de los niveles de exigencia, que tiene su resultado más claro en la "táctica del aprobado general". En estos dos ejemplos que cito, son sin duda razones económicas las que se imponen, dentro de un marco sociocultural de competitividad que puede llegar a ser tan negativo como la ideología igualitaria, de signo contrario, que dio lugar a los errores socialistas. Además, no deja de resultar curioso el fluctuante pasado ideológico de alguno de los personajes involucrados en reformas y contrarreformas. Por otra parte, en la minuciosa exposición que de los hechos hace Adrados, llega a descender hasta el nivel de los pequeños detalles y de la enorme trascendencia que pueden llegar a tener. Por ejemplo, la supresión (quizá incluso involuntaria) de un etc. en el BOE (p. 91), o el valor del factor tiempo, a la hora de impartir clase en una época de agitación política y social -«yo tenía una ventaja: daba clase a las nueve y la revolución solía empezar a las once» (p. 105) -, o de defender una postura en una reunión importante -«sólo hacia las tres de la tarde, cuando los asistentes empezaban a mirar el reloj y a levantarse, logré resultados: es cuando se logran en esa clase de reuniones, a base de resistir más que los demás» (p. Quizá haya que incluir aquí también la detallada relación que Adrados recoge de increíbles manifestaciones y comportamientos de políticos y altos cargos, tan aficionados a la boutade. Baste recordar el «más deporte y menos latín» de José Solís (p. 130), el «Píndaro está muy bien, pero no los aoristos» del rector y posterior Director General Luis Suárez (p. 137), o la mala enseñanza que del latín había recibido, según decía, Villar Palasí (de lo que parece evidente que intentó tomarse la revancha). No quisiera finalizar sin poner de relieve otro dato. Dado el medio en el que esta reseña va a aparecer, me parece oportuno llamar la atención acerca de las continuas y acertadas menciones que también hay, a lo largo de la obra, de la historia del antiguo Centro de Estudios Históricos, hoy Centro de Humanidades del CSIC. Porque a él están muy estrechamente ligadas tanto la historia general de los estudios clásicos en España, como la personal de Adrados. Se cita el especial interés que mostrara D. Ramón Menéndez Pidal para que en él se desarrollara, como así fue, el cultivo de los estudios griegos y latinos. También se cita que la constitución de la propia Sociedad Española de Estudios Clásicos tuvo lugar en Medinaceli 6, o las numerosas reuniones que, para hacer frente a las sucesivas maniobras en su contra, se celebraron en la misma sede. De hecho, en ella residió durante muchos años la Secretaría de la Sociedad. Por otra parte, de su historia es testigo privilegiado Adrados, que fue becario aquí, y que aquí ha estado trabajando ininterrumpidamente desde su llegada en 1944 a Madrid, dirigiendo el proyecto del Diccionario Griego-Español, así como la revista EMERITA y la Colección Alma Mater. Como puede inferirse de cuanto he dicho, éste es un libro singular a la vez que interesante por múltiples razones. Quizá sea el libro en el que más abiertamente se nos muestre la personalidad de su autor. Incluso para quienes ya nos es conocido, no deja de sorprendernos su carácter incansable, inasequible a cualquier pesimismo. También su notable pragmatismo, que no puede confundirse con la adopción de posturas timoratas, que, como él mismo nos recuerda, han sido tan perjudiciales en algunas ocasiones -«una vez más, la prudencia había sido lo más imprudente», nos dice a propósito de un lance en que esto queda de manifiesto (p. Supongo que a ese pragmatismo obedece un hecho desconcertante para algunos: su desinterés por cualquier cargo de relevancia que pudiera obstaculizar su labor docente y científica. De todos modos, quizá la única explicación que quepa para éste, como para otros comportamientos o rasgos suyos que pueden resultar sorprendentes, sea la que a veces he oído, al tratar alguien de dar cuenta creíble de su increíble actividad: «Adrados... es Adrados».
Como ya señalábamos al reseñar en esta misma revista 12 la edición crítica de las Medicinae de Gargilio Marcial realizada por B. Maire, también han visto la luz, a cargo de la citada autora, las concordancias basadas en este texto y también en el De hortis gargiliano. Según es habitual en la serie de concordancias publicadas por la editorial Olms-Weidmann el volumen comienza con una breve introducción o prolegómenos donde se indican las ediciones empleadas y los criterios seguidos en su elaboración. Para las Medicinae, B. Maire emplea su propia edición crítica y para el De hortis utiliza la edición de Innocenzo Mazzini ('De hortis'. Tras esta parte, tenemos el grueso de la obra, que contiene las concordancias lematizadas según la presentación y formato corriente en esta colección. Al final de la obra tenemos las lagunas, los términos griegos escritos con caracteres griegos y dos índices, uno de nombres propios y otro donde se recogen las formas según su frecuencia de aparición en orden decreciente. Los estudiosos de este tipo de literatura contamos, pues, con un nuevo e importante instrumento de trabajo para el estudio y análisis del léxico gargiliano.
Aunque relativamente escasas, las menciones del caballo y el arte ecuestre en la Odisea, aunque queden fuera de la acción central, revelan temas profundos que afloran a partir de la compleja estructura del poema. características del poema de todos conocidas, logicamente breve. Y sin embargo, las menciones, relativamente escasas, del preciado animal y del arte ecuestre en la Odisea, aunque queden fuera de lo que se considera la acción central del poema, revelan temas profundos, que afloran incardinados en la complejísima estructura del poema. Se trata de pasajes engranados en el poema que ponen de relieve la integración de la Odisea en la tradición épica de la que la Ilíada también forma parte, en ese continuum 2 en el que en cualquier momento el aedo podía «tomar el hilo» oenqen ¡lÓn (Od. VIII 500), como Demódoco en el palacio de Alcínoo. El caballo en el viaje de Telémaco Es en los cantos III, IV y XV de la Odisea, los que abarcan el viaje de Telémaco, donde se encuentra el núcleo más importante de citas en relación con el caballo y la caballería. Se ha hablado mucho de la aparente ineficacia de este viaje para el curso de la acción 3. Podría decirse, incluso, que lo menos relevante es el protagonismo de Telémaco, siendo más importante mostrar a un público que ya no lo conoce el recuerdo de la brillantez de una era caballeresca que enlaza con épocas anteriores. Solo el aedo está capacitado para, actuando sobre el 4 Parry, L'épithète traditionelle dans Homère, ob. cit.,p.1. 5 Kirk, The songs of Homer, ob. cit. concede que el viaje provee conocimientos procedentes de tiempos y tradiciones micénicas, pp. 273-274, cf. p. 7 Odiseo y su entorno controlarían además de Ítaca las importantes islas de Leúcade, Cefalenia y Zacinto (M. I. Finley, The world of Odysseus, ob. cit.,p. 46); I. Malkin, «Geometric Ithaca, Odysseus and Hellenism», OMHPIKA (Proceedings of the 8th International Symposium on the Odyssey (1-5 Sept., 1996), Ítaca, 1998, pp. 335-348, explica la importancia de Ítaca en las rutas de protocolonización griega hacia el oeste especialmente, en relación con la expansión de Eubea, que se destaca como un microcosmos homérico; ver M. L. West, «The rise of the Greek epic», JHS 108, 1988, pp. 151-172, pp. 166 ss. cf. P. Blome, «Die dunklen Jahrhunderte-aufgehellt», Zweihundert Jahre Homer-Forschung (ed. J. Latacz), Stuttgart y Leipzig, 1991, (pp. 45-60), esp. p.48. 8 M.A. Hammond, The physical geography of Greece and the Aegean, en A. J. B. Wace y F. H. Stubbings, A companion to Homer, Londres, 1962, pp. 275-277, define la fondo común de experiencia entre él y su público 4, evocar por medio de técnicas tradicionales algo de ese mundo pasado. Es en ese sentido que creemos puede hablarse de la aventura de Telémaco como un viaje al pasado 5. Por inspiración de Atenea, Telémaco resuelve pasar al Peloponeso desde su Ítaca natal para conseguir noticias sobre su padre, Odiseo. Aunque ni siquiera cuenta con una nave propia y debe prestársela el también itacense Noemón, hace la travesía, incluso durante la noche, como patrón y piloto avezado con la seguridad de algo acostumbrado y casi rutinario (Od. Ello indica que la isla, presentada como pequeña y de escasos recursos, gozaba de una situación estratégica que le permitía proyectarse particularmente hacia la Élide, Mesenia y Esparta, fundamentales en el viaje de Telémaco 7. Aunque ni las distancias ni la localización de los lugares respondan a una topografía exacta, los ambientes regios de los dos palacios del Peloponeso, los de Néstor y Menelao, visitados por Telémaco reflejan un arcaico esplendor, en el que se mantiene costosamente un elemento básico: la cría, doma y mantenimiento de caballos para la guerra con carros o también para alarde de poder en forma de suntuosos cortejos. Pero además, la Odisea ofrece una gran novedad: la descripción de un viaje por tierra en carro tirado por la biga. Junto a los lugares visitados, Mesenia y Esparta, el epíteto ¶ppóbotoj confiere a la Élide y Argos, un status especial de regiones peloponesias con condiciones suficientes para mantener esa riqueza fundamental que es la cría caballar 8. EM LXXI 2, 2003 llanura cerealista de Argos, Esparta con su especial microclima, y Élide y Mesenia conformando el «Peloponeso húmedo», como regiones aptas para la cría caballar. Mesenia podría ser uno de los mas antiguos hogares del caballo en la Hélade, F. Schachermeyr, Poseidon und die Entstehung des griechischen Götterglaubens Berna, 1950, pp. 53-54; cf. también Delebecque, Le cheval dans l'Iliade, p. 9 A pesar de los problemas de ubicación de Pilos, es casi seguro que en los textos que estudiamos ccorrespondería a la ciudad micénica descubierta en Ano Englianos, C. W. Blegen, «The principal homeric sites, IV, Pylos» A companion to Homer, cit., pp. 422 ss., cf. 276 -en cuyas tablillas está abundantemente testimoniado el topónimo Pu-ro -, E. L. Bennett, y J.P. Olivier, The Pylos tablets transcribed, Roma, 1973-6, II, p. 1, la aplicación del epíteto ¶ppóta a Néstor, a Fuleúj, O±neúj o Phleúj, como el de ¶ppioxármhj (pp.188, 212), se debe solamente a la métrica. Concede al epíteto un significado caracterizador del personaje cuando considera, p. ej. en el Catálogo de la Ilíada, que el número de epítetos especiales remonta a un antiguo fondo «presque historique» (pp. 191-192). Aunque hay que agradecer a Parry el haberse planteado el problema semántico de los epítetos en la ars poetica por él descubierta, creemos que fué excesivamente rigorista en el vaciamiento del significado que postula: todos los héroes del ejemplo mencionado comparten en Homero el epíteto de ¶ppóta (y salvo Fuleúj, también el de ¶pphláta) y además, una región o familia con fuertes connotaciones ecuestres: Fuleúj es padre del héroe Meges y procedente de ¶ppóbotoj Élide; O±neúj es el primero de una estirpe que se traslada a ¶ppóbotoj Argos, donde su hijo Tideo, también ¶ppóta, ¶pphláta e ¶ppódamoj, será el padre de Diomedes, famoso por sus caballos antropófagos; Phleúj es el primer dueño de los maravillosos e inmortales caballos que su hijo Aquiles llevará a la guerra de Troya. Aunque la aplicación del epíteto pueda deberse a motivos métricos, el poeta lo elige intencionalmente de un determinado conjunto que refuerza el significado global, lo que nos lleva a la relación entre fórmula y tema propuesta por G. Nagy, «Homeric questions» ob.cit., p. Néstor, el rey de Pilos 9, presentado ya en la Ilíada como el gran experto en la lucha con carros (Il. IV 322 ss.) y en procedimientos de apropiación de caballos muy próximos al abigeato, mantiene en la Odisea su epíteto fijo iliádico de GerÉnioj ¶ppóta Néstwr 10. Será él, quien ya en la Ilíada recuerda varias veces tiempos pasados, el primero que confirme y amplíe a Telémaco rumores sobre desastrados "nostoi" de los héroes compañeros de su padre. Para adquirir más noticias, Néstor aconseja a Telémaco visitar a Menelao (Od. Propone, bien viajar con la misma nave con la que el joven 11 A modo de ejemplo, ver Od. V 366, XXII 400, etc. Paralelos formulares en la épica yugoeslava de varios versos del viaje de Telémaco en M. Parry, «Whole formulaic verses in Greek and Southslavic heroic poetry», The making of the Homeric verse. 12 Uso probablemente arcaico y particular del viaje de Telémaco, LfgrE s.u. ρμα 3a (col.1317-8). III 324), prestados por el propio rey de Pilos, ofreciéndole sus hijos como guías, pompÊej. Pero será Atenea/Mentor la que inducirá a Néstor a prestar a Telémaco para esa visita un carro, sus más veloces caballos y la compañía de uno de sus hijos (Od. Ya no se vuelve a consultar para nada a Telémaco. A la mañana siguiente Néstor ordena a sus hijos los preparativos para un viaje exclusivamente en carro tirado por caballos, verdaderamente iniciático para Telémaco, que parece ignorarlo todo de este transporte y debe depender totalmente del nestórida Pisístrato. Hay que decir que de todas las interpretaciones que se han dado sobre el viaje de Telémaco, hay una explícita y concreta. Se trata del aprendizaje de la ¶pphlasía o conducción de carros: el joven sale de Pilos dependiendo totalmente de Pisístrato nestórida y, como veremos, vuelve dando el fustazo inicial a la salida de Esparta. El viaje de Telémaco es narrado mediante un denso entramado de elementos formulares y escenas típicas, comunes a la Ilíada y a la Odisea 11. Sin embargo hay usos específicos y particulares referentes al vehículo utilizado. Desde el momento en que Néstor y Atenea sugieren el transporte rodado se trata de dífroj (Od. III 324, 369), pero cuando se describan los preparativos para enjaezar y uncir los caballos, se habla de plurales Šrmata ya que debían ser armados y ensamblados 12 (Od. III 475 ss.): Estos versos marcan el fin del canto III y comienzo del IV. La ruta seguida hasta llegar a Esparta topa con montes y escarpados puertos, sobre todo al llegar al Taigeto. Ello ha hecho que los estudiosos se pregunten por qué la utilización del carro tirado por caballos en lugar viajar a lomo de mulas, o incluso a pie. Según algunos, tal vez se trata de resaltar el carácter extraordinario de los caballos de Néstor, la "majestad" que ello conlleva, pero también se ha pensado que esta ruta vital, con obligada detención en Feras a la ida y a la vuelta, podría estar acondicionada en forma de calzada o carretera 15. considera factible en la Odisea. La necesidad de la circunnavegación del Peloponeso y superar el Ática y Eubea (Alcínoo, en algún lugar del oeste de Grecia dice de Eubea tÉn per thlotátw fás' oemmenai Od. VII 321; en ello consistiría también la "larga navegación" del padre de Hesíodo, Op. 632 ss.) en los milenios anteriores al canal de Corinto, pudo forzar la construcción de rutas continentales en época micénica. De hecho se han encontrado, precisamente en la ruta Pilos-Feras-Esparta, restos de una calzada de anchura suficiente para el tráfico rodado: W.A. McDonald, «Overland communications in Greece during LH III», Mycenaean studies (ed. E. L. Bennet), Madison, 1964, pp.217-240, y en general Wiesner, Fahren und reiten, J.H. Crouwel, Chariots and other means of land transport in Bronze Age Greece, Amsterdam, 1981, p.17, 29 y n.5, 58. 16 Todos los versos en esta serie pueden aparecer formularmente en la Iliada salvo el 40. La secuencia de los actos realizados sigue en forma resumida (atención al caballo sudoroso, es atado al pesebre, recibe alimentación variada, en la que es básica la cebada, etc.) pautas ya descritas minuciosamente en manuales asiáticos como la Hippologia hethitica (ed., trad., comm. IV 41 (St. West) ver infra y nn. El proceso finaliza con el cuidadoso almacenamiento de Šrmata (ya no dífroj), para lo que podrían encontrarse precedentes micénicos, ver supra n. Los dos jóvenes y sus caballos se detienen (aÐtÓ te kaì 1ppw, Od. IV 20) al llegar ante las puertas del palacio, admirando al entrar la suntuosidad del mismo. El criado Eteoneo avisa a Menelao de la llegada de los viajeros y le pregunta si desenjaezan sus caballos como señal de bienvenida, a lo que accede Menelao con cierta energía (Od. Y verdaderamente, aun antes de que sean recibidos los pasajeros, sus caballos reciben un trato preferencial que refleja la categoría de los huéspedes, tanto de los que llegan, como de quienes los reciben (Od. Transcurrido un tiempo de la estancia en el esplendoroso palacio de Menelao se iniciará la vuelta de Telémaco, que en la compleja estructura del poema no se produce hasta el canto 15. Telémaco, instado por Atenea, despierta en medio de la noche al nestórida Pisístrato para que se levante y enjaece los caballos y poder partir (Od. Esta impaciencia de Telémaco demuestra una vez más su desconocimiento del arte ecuestre: cree que conducir en medio de la noche una biga por los puertos del Taigeto, a pesar de eventuales calzadas micénicas, es compara-La travesía marítima de Ítaca a Pilos y viceversa es en gran parte nocturna, presentándose como algo rutinario salvar esta distancia de casi 200 Km., si es que Pilos se encuentra próxima a la bahía de Navarino. La brevedad de la travesía puede tener un motivo «artísticamente... opportuno» aunque «stremadamente temerario» Om.Od. Sobre esta navegación nocturna por los astros, ver nuestro La Península Ibérica en los autores griegos: de Homero a Platón (Testimonia Hispaniae Antiqua II A, eds. ble a las técnicas de navegación nocturna por las estrellas que, como hemos visto, facilitaron una rápida travesía de Ítaca a Pilos, permitirán su vuelta (Od. XV 296-7) y tendrán su mayor exponente en la travesía de su propio padre (Od. V 269 ss.) tras zarpar de la isla Ogigia siguiendo las estrictas instrucciones naúticas de Calipso 17. El experimentado Pisístrato trata de calmar la desatinada impaciencia de Telémaco (Od. Thlémax', oÑ pwj oestin, špeigoménouj per Àdoîo, núkta dià dnoferÈn šláan ¡Telémaco¡ No se puede conducir un carro, por mucha prisa que nos corra el viaje, en medio de la noche oscura. Al amanecer, Menelao, como experto viajero, trata igualmente de apaciguar a Telémaco (Od. XV 75 ss.): hay que colocar regalos en el carro dÔra férwn špidífria qeíw; contemplarlos con calma, esperar a que las mujeres preparen una comida con los abundantes manjares que hay en el palacio. Además, si el joven Telémaco quiere dar una vuelta por la Hélade y Argos, el propio Menelao está dispuesto a acompañarle, para lo cual ×pozeúsw dé toi 1ppouj, ƒstea d''nqrÓpwn agÉsomai. Y en estas ciudades, malo será que no consigan excelentes regalos de hospedaje: trípodes, calderas, un par de mulas o una copa de oro. Menelao concibe para este viaje el carro tirado por caballos como medio de transporte adecuado entre ciudades, evidentemente unidas por cierta infraestructura viaria, en las que podrían existir albergues como la casa de Diocles en Feras o, como veremos, la de su padre Ortíloco. Todo ello dentro de una economía premonetal basada en el trueque de regalos, que debió llevar a una desatada emulación entre grandes señores que coloca a Menelao a un paso del desacreditado "rey devorador de regalos" hesiódico. A pesar de las instancias de Menelao, Telémaco decide partir (Od. Aún quedan ciertos "rituales" de la despedida en los que se pone de nuevo de manifiesto un protagonismo de los caballos semejante al del momento de la llegada de los pasajeros a Esparta. Menelao se detiene delan-18 Sobre el don profético del caballo, cf. infra y n. 19 La escena revela que 1ppwn de los pasajes citados sigue siendo 'carro con sus caballos' como tantas veces en la Ilíada, cf. Delebecque, Le cheval dans l'Iliade, p. 141 ss., te de la biga con una libación de despedida (Od. El mismo protagonismo se revela en el augurio inmediatamente anterior a la partida, cuando delante de los animales aparece la "corneja diestra" (Od. Finalmente arrancan los caballos, siendo significativamente el propio Telémaco el que ahora maneja la fusta (Od. Como a la ida, los viajeros deben hacer obligada escala nocturna en Feras (Od. XV 186), de donde, tras la escena típica de uncir los caballos a Šrmata reanudan su camino al alba (Od. A partir de este punto, Telémaco rompe la simetría del viaje de ida y vuelta, porque no vuelve a Pilos, sino que antes de llegar abandonará el transporte rodado y se desviará hacia donde le espera el barco para volver a Ítaca. Condicionamientos de la presencia del caballo en la Odisea Un elemento esencial para el mantenimiento de caballos es la existencia de terreno apto para desarrollar su cría y doma, encauzadas a servir de tiro al carro, para la guerra y como vehículo de transporte. En lo que se refiere a la guerra, las evoluciones de la caballería en los poemas homéricos tienen como escenario básicamente el campo abierto, especialmente la llanura situada junto al mar. La Odisea provee escasos datos en este sentido: en una de sus aventuras ficticias Odiseo describe una masa de caballería e infantes junto al mar en Egipto (Od. XVII 436): plÊto dè pân pedíon pezÔn te kaì 1ppwn. En esta batalla sin campeones, muy diferente de las de la Iliada, Odiseo se salva, no muy heroicamente, tirando casco, escudo y lanza y corriendo al encuentro del carro del rey egipcio para abrazar sus rodillas como suplicante. Caballerescamente, el rey/faraón le ayuda a sentarse en el carro junto a él (Od. Diferencia entre el ataque con caballería en este pasaje y los combates cuerpo a cuerpo en la Ilíada, Om.Od. Probable aclimatación de caballos precisamente en las praderas que bordean el delta de Nilo tras las invasiones de los hicsos, R. Lion Valderrábano, El caballo y su origen, Santander, 1970, pero posiblemente animales en gran parte importados, A history of the animal world in the Ancient Near East (ed. B. J. Collins), Leiden, Boston, Colonia, 2002, p.448 y cf. 471. Correspondencias globales de grupos formulares homéricos en relación con el caballo y el carro con la épica india, M.L. West, «The rise of the Greek epic», ob.cit., p. En lo que se refiere al transporte rodado, como ya hemos dicho, el viaje de Telémaco está narrado en términos muy tradicionales. Pero pequeñas indicaciones del sentido de la ruta permiten romper este entramado y conllevan a la vez una información significativa. III 484) y la de Feras a la vez que la llegada a Esparta se expresan en el viaje de ida (Od. III 494) con el mismo verso formular mástizen d' šláan, tÒ d' oÐk'ékonte petésqhn 20. Pero el verso que sigue expresa la dirección con una referencia a la "llanura", šj pedíon de la salida de Pilos (Od. III 485), modificado como μcon d' šj pedíon purhfóron (Od. III 495) para indicar la llegada a Esparta. A su vez, la dirección tras la salida de Esparta es expresada por pedíonde (Od. Cuando en el viaje de vuelta los viajeros salen de Feras, se vuelve a utilizar el verso mástizen d' šláan, tÒ d' oÐk'ékonte petésqhn pero ya la dirección en lugar de pedíon es la a±pú 'ciudadela' de Pilos (Od. XV 193), lo que marca la salida del entramado formular para la apresurada vuelta de Telémaco a su entorno insular. Es evidente que Homero trata de llamar la atención sobre el hecho de que las dos importantes ciudades visitadas por Telémaco, Pilos y Esparta, tienen en su entorno llanuras. III 495) de Esparta, además de poner de relieve una región particularmente opulenta por oposición a la también rica pero mas rústica y caballera Pilos, evidencia que Menelao tiene capacidad no solo para mantenerse con sus súbditos en la abundancia sino también, entre otras cosas, mantener caballos, que, junto con sus correspondientes carros son enviados o hechos desfilar como regios objetos de exhibición de riqueza. Así, la llegada de Telémaco a Esparta coincide con la boda concertada entre la hija de Menelao y el hijo de Aquiles. "El don que tu me dieres, que sea un objeto para ser atesorado. No me llevaré caballos a Ítaca, sino que los dejaré aquí para tu ornato. Tu reinas sobre una amplia llanura, en la que hay mucho trébol, también juncia y trigales, espelta y blanca cebada de anchas espigas. Pero en Ítaca no hay ni anchas pistas ni pastizal. Es buena para la cría de cabras y mucho mejor que para la cría de caballos. Ninguna isla es buena para conducir carros ni de buenos prados, ninguna de las que están sobre el mar, pero sobre todas, Ítaca". enviada a la ciudad de los mirmidones con gran comitiva de caballos y carros (1ppoisi kaì Šrmasi, Od. También en la versión que Telémaco cuenta a su madre de la despedida de Nestor cuando los viajeros salen camino de Esparta se describe un cortejo semejante (Od. XVII 117) 1ppoisi proÑpemye kaì Šrmasi kollhtoîsin "me despidió con un cortejo de caballos y ensamblados carros". IV 533) que, en otra región del Peloponeso, Argos ¶ppóbotoj (Od. IV 99, cf. IV 561), envía Egisto maquinando males al encuentro de Agamenón que vuelve de Troya. Estas marchas continentales, como hemos dicho en relación con el proyectado viaje de Menelao por "la Helade y Argos", pueden ser posibles por la existencia de una mínima infraestructura viaria, por el mantenimiento de cabañas equinas en fértiles llanuras y por la doma especializada del tiro de caballos. Los condicionamientos necesarios para la existencia del caballo reciben formulación concisa y exacta en los versos de Od. Menelao ofrece a Telémaco prolongar su estancia en palacio y anuncia los espléndidos dones que tiene la intención de regalarle (Od. Entre otras cosas treîj 1ppouj kaì dífron šúcoon "tres caballos y un bien pulido carro". Telémaco explica juiciosamente por qué renuncia al extraordinario don ecuestre 21 (Od. 22 En estos versos se exponen las condiciones para el mantenimiento y Delebecque, Le cheval dans l'Iliade, p. 25; ya en la Hippologia hethitica cit. passim, el caballo debe recorrer cada día el equivalente a varios "campos", también F. Starke, Ausbildung und Training von Streitwagen Pferden: eine hippologische orientierte Interpretation des Kikkuli-Textes (Studien zu den Bogazkoy-Texten 41), Wiesbaden, 1995. Frente a esta compleja infraestructura, necesaria para el carro, los caballos de Hispania domados para recorrer terrenos abruptos fueron motivo de asombro en la antigüedad, cf. J.M. Blázquez, «La economía ganadera de la España Antigua a la luz de las fuentes», EMERITA 25, 1957, pp. 158-184, Lión Valderrábano, El caballo y su origen, cit., p. 308 ss.; discusión sobre estos cereales en W. Richter, Die Landwirtschaft in homerischen Zeitalter, Archaeologia homerica II H, Gotinga, 1968, p. Lión Valderrábano, El caballo y su origen, cit., pp. 82-83 reconoce la importancia de la cebada, de origen anatolio, en esta estudiada dieta de los caballos en el momento de esplendor de la caballería entre los hititas; también en Egipto, A history of the animal world in the Ancient Near East, cit., p. 42. doma de caballos en el reino de Menelao y el por qué de su reducida presencia en otras regiones de Grecia. Telémaco señala en el verso IV 609, la falta en Ítaca de drómoi eÐréej "anchas pistas", indispensables para la circulación de caballos y carros 23. Pero sobre todo, Menelao posee amplias llanuras, así como frescos prados donde se cultivan las especies que componen el variado forraje de los caballos homéricos 24. De las plantas mencionadas, ya en la Ilíada encontramos lwtój 'variedad de trébol' (Il. Pero, tanto en el discurso de Telémaco, como en la recepción de los caballos al llegar los jóvenes viajeros al palacio de Menelao (Od. IV.41), la Odisea ofrece pequeñas pero significativas divergencias. Se trata de algunos componentes desconocidos o no utilizados en la Ilíada como pienso para los caballos: variantes del trigo como la "espelta" zeiaí (Od. Ello nos retrotrae a dietas prescritas de manera minuciosa y estricta al caballo desde épocas arcaicas. El complejo régimen equino de la Hippologia hethitica presenta los básicos trigo y cebada, alguna forma de avena o también espelta, hierba fresca, heno, paja y otros ingredientes no identificados, cuidadosamente elaborados y rigurosamente dosificados. Es especialmente llamativo el verbo utilizado para "mezclar" (immiÉa-) la cebada con otros ingredientes en forma totalmente comparable a lo que hacen los palafreneros de Menelao: pàr d' oebalon zeiàj,'nà dè krî leukòn oemeican en Od. Sobre la pervivencia de este fitónimo pre-griego con diferentes usos según la literatura griega posterior, L. A. Stella, La civiltà micenea nei documenti contemporanei, Roma, 1965, p. 37; F. Rodríguez Adrados, «Sobre el aceite perfumado: Esquilo, Agam. Como forraje, se da a las vacas junto con lwtój en H.Merc.107, cf. LfgrE s. uu.; cf. J. L. Melena, «ku-pa-ro en las tablillas de Cnoso», Emerita 42, 1974, pp. 305-336, esp. 334 ss.; F. Aura Jorro, Diccionario Micénico, ob. cit., s.u.; J. Fortes Fortes, Los fitónimos griegos (Estudios de lingüística y paleobotánica, Tesis Doctoral inédita, Barcelona, 1980; P. H. Halsted, «Texts, bones and herders», Studies presented to J.T. Killen (eds. 27 Sin querer entrar en la uexata quaestio de la identificación de la Ítaca odiseica, la Ølh pantoíh señalada en v. 246 por Atenea, recuerda más a la isla de Zacinto, con «remains of extensive woods» según M.A. Hammond, «The physical geography of Greece and the Aegean», A companion to Homer, ob. cit., p. Ello permitiría, aunque la isla no fuera apta para el arte ecuestre, la fabricación de ruedas de carro Za-ku-si-ja Zakúnsia "de la isla de Zacinto" suministradas a Pilos, ver Bernabé, A. y AA.VV., «Estudios sobre el vocabulario micénico 1: términos referidos a las ruedas», ob. cit. pp. 150 y 166. Tampoco la isla de Alcínoo conoce el caballo, aunque sí el transporte con mulas; sin embargo, historicamente, las mayores islas griegas, Eubea y Creta, aprovecharon sus condiciones para el mantenimiento casi homérico, aristocrático, de caballos: Richter, Die Landwirtschaft im homerischen Zeitalter ob. cit., p. Para kúpeiron, la "juncia", tendríamos documentación que remontaría al micénico ku-pa-ro, con variantes. Aunque en la cultura micénica esta planta aparece aprovechada en general para preparados aromáticos, no se descarta que hubiera una variedad utilizada como forraje para caballos y otros animales de tiro 26. La negación de la cualidad de ¶ppÉlatoj a Ítaca, extensiva a todas las islas, se repite en Od. XIII 242 ss., cuando Atenea transformada en muchacho describe Ítaca, aunque en forma algo mas halagüeña, a Odiseo que arriba a la playa y no reconoce su propia patria 27: Frente a la situación de la fragmentada realidad insular, los que controlan las posibilidades de mantener una cultura ecuestre costosa y sistemáticamente organizada que entronca con el mundo micénico y asiático, son vistos como en una esfera especial que puede incidir sobre su futuro en el Más Allá. 49-50; sobre Telémaco en relación con ello, ver infra y n. Desde época muy antigua hay en Argos enterramientos de caballos: P.H. Halsted, «Texts, bones and herders», ob. cit., p.181. 9Hlúsion (a partir de un *wl-nu-tiyo > *valnú-tio > ¤lúsio-), ha sido relacionado con het. welluel "prado" del otro mundo al que marcha el rey hetita, ver J. Puhvel, «Meadow of the Otherworld in Indo-European Tradition», Analecta indoeuropaea. (Innsbrucker Beiträge zur Sprachwissenschaft, 35), Innsbruck 1981, pp. 210-215), donde se pasa revista a gran número de etimologías propuestas; entendido casi como la transcripción de un het. welu-siya, O. Szemerenyi, «Reseña a Chantraine Dict.Etym.» 670, cf Cabe dar a este archiconocido pasaje una interpretación, que incide en las que reflejan el valor casi sacral de la cultura del caballo. Ser enviado por los dioses šj 9Hlúsion pedíon está opuesto a 4Argei šn ¶ppobótw7 qanéein: e.d. si el destino de los reyes argivos es morir en una región extraordinaria por la cría caballar, las circunstancias que concurren en Menelao, por su boda con Helena hija de Zeus, le elevan a una dimensión escatológica, al pedíon o el campo de enigmático nombre, ya no comprensible al que se suponía accedían poderosos reyes del prestigioso mundo ecuestre 29. Recesión del caballo en la Odisea Los versos pronunciados por Telémaco y Atenea/Muchacho en Od. IV 600 ss. y XIII 242 ss. respectivamente, coinciden en negar la cualidad de ¶ppÉlatoj, e.d. del arte ecuestre al fragmentado mundo insular odiseico. Ello revela un vacío respecto a la cultura del caballo que en ciertos aspectos afecta a toda la Odisea. Mientras que la onomástica en la que aparece el elemento -ippo-, es muy frecuente en la Ilíada, especialmente en el campo troyano tanto para hombres como para mujeres, ello no se da practicamente en la Odisea 30: solamente se da en el patronímico de Eolo 8Ippotádhj Od. X 435), J. Puhvel, Comparative mythology Baltimore, Londres, 1987, nuestros «La potnia equina», pp. 29-30, y «La potnia equina y el Cercano Oriente», en prensa. Según un pasaje muy citado de Aristóteles (Pol. 1289 b 16 ss.), en Magnesia del Meandro y en otras ciudades de las fértiles llanuras asiáticas, además de las euboicas Eretria y Calcis, gobernarían oligarquías guerreras basadas en la ¶ppotrofía. Y efectivamente, ya F. Bechtel -«Das Wort 1ppoj in den eretrischen personenamen», Hermes, 35, 1900, pp. 327-331 -se fija en el extraordimario número de nombres propios con el prestigioso semantema -ippo-que reaparece a lo largo de generaciones como señal de identidad aristocrática; cf también F. Solmsen y E. Fraenkel, Indogermanische Eigennamen als Spiegel der Kulturgeschichte, Heidelberg,1922, pp. 114-5. Sobre Eubea, ver también supra nn. 31 ¿Cautivas enviadas de Troya? La ausencia en la Odisea de esta onomástica extendida desde la India al extremo occidente europeo tiene cierto precedente en el micénico, donde estos antropónimos son escasos y dudosos, ver O. Landau, Mykenisch-griechische personennamen, Göteborg, 1958, p. 32 Rebaños de ganado menor propiedad de Odiseo, atendidos en el continente por pastores itacenses y también peloponesios, Od. Según W.B. Stanford -The Odyssey of Homer, Londres, 1947-48, 2 vols. -comm. ad loc., el uso de pasar los ganados al continente está todavía vivo en la Grecia noroccidental, cf. Om.Od. 2, 36 y en dos nombres de mujeres relegadas a la servidumbre, 8Ippodámeia (Od. Por otro lado, hay pasajes de la Odisea que indican que los itacenses encastillados en su isla 32 se permitían, con la misma normalidad que Telémaco en su viaje, hacer la respetable travesía entre Ítaca y el Peloponeso para atender allí rebaños mantenidos en un régimen mínimamente estable, no exento de pleitos y robos mutuos. Mientras Telémaco se hospeda en el palacio de Menelao, los pretendientes de Penélope comentan la ausencia del hijo de Odiseo. Noemón, el que prestó a Telémaco la nave, comienza a preocuparse, pues (Od. IV 634 ss.): šmè dè xreÒ gígnetai aÐtÊj 4Hlid' šj eÐrúxoron diabÉmenai, oenqa moi 1ppoi dÓdeka qÉleiai, ×pò d' amíonoi talaergoì'dmÊtej: tÔn kén tin' šlassámenoj damasaímhn Pues tengo necesidad de ella (de la nave) para pasar a la Élide de anchas llanuras; allí tengo doce yeguas, amamantando bajo ellas muletos sin domar, buenos para el trabajo. Cruzando con la nave domaría alguno de ellos. Igualmente, para justificar por qué el arco de Odiseo estaba guardado en Ítaca y no fué llevado a la guerra de Troya, se trae a colación una historia de la juventud de Odiseo (Od. Pasó al Peloponeso, para exigir compensaciones por trescientas ovejas con sus pastores que algunos Ver Finley, The world of Odysseus, ob. cit., pp. 115-8. Un paralelo estaría en las "juntas" de pastores y ganaderos para evitar litigios en el origen de las "mestas" en nuestra Península, ver L. García de Valdeavellano, Curso de historia de las instituciones españolas. De los orígenes al final de la Edad Media, Madrid, 1968, p. Efectivamente, tales yeguas, descritas con la misma fórmula de Od. IV 636, son motivo de muerte para Ifito, pues Heracles le mató y se quedó con ellas (Od. Pero antes, Ifito, reconociendo en el joven Odiseo un igual, le había donado el gran arco que luego se usaría en la matanza de los pretendientes. Hay aquí varios rasgos ya antes vistos: a) la donación de preciados presentes que significan el reconocimiento del otro como de estirpe noble o real, pero procurando superar esa igualdad con un regalo de gran calidad, como en el caso de Menelao en relación a Telémaco cuando quiere regalarle "tres caballos y un bien pulido carro". b) El papel esencial de Ortíloco y su familia: en su casa se produce el encuentro de Odiseo e Ifito y más tarde, en Feras, el hijo de Ortíloco, Diocles, acoge a los viajeros Telémaco y Pisístrato. La casa y familia de Ortíloco cumplen el papel de hospitalidad institucionalizada en las rutas peloponesias, pero además ofrecen un foro de encuentro neutral donde se solventan pleitos y diferencias que afectan a la móvil economía ganadera 33. c) Aunque se viva en una isla rocosa es posible criar ganado en zonas del continente llanas y aptas para el ganado caballar como eÐrúxoroj Élide (también llamada ¶ppóbotoj Od. XXI 347) o Mesenia 34, con procedimientos, como hemos dicho, coercitivos y violentos de apropiación de ganado, o de piratería en gran escala, como los efectuados por los mesenios con los ganados de Odiseo o los narrados por Néstor el ¶ppóta (GerÉnioj) y su padre Neleo en Il. 36 Animales indudablemente preciados, Om.Od. 562.; cf. nuestro «La potnia equina», p. Frente a los datos de las tablillas micénicas, en los "siglos oscuros" se produce en beneficio de la agricultura un gran descenso de la ganadería, especialmente la caballar, a pesar de lo frecuente de su representación figurada, A.M. Snodgrass, The Dark Age of Greece, Edimburgo, 1971, pp. 378 ss., 414-5; abandono de la fabricación de carros en gran escala, A. Bernabé et al., «Estudios sobre el vocabulario micénico 1: términos referidos a las ruedas», p. 161; en forma paralela, en España se intenta reiteradamente frenar la producción de mulas a finales de la Reconquista para salvar la cabaña caballar, pero se llega a su "abatimiento" casi irrecuperable tras la guerra de Sucesión, M. Abad Gavín, El caballo en la historia de España, León, 1999, pp. 77 ss. y 84 ss. 38 Sin embargo, fuera de Grecia, en Tracia ¶ppotrófoj, Hesíodo sabe que siguen manteniéndose grandes yeguadas y la presencia equina es muy importante en el Escudo y los Fr., lo que evidenciaría una recuperación y datación mas tardía, cf. J. K. Anderson, Ancient greek horsemanship, Univ. of California Press, 1961, p. 7 Pero en la Odisea se refleja una situación nueva: las ricas explotaciones dedicadas en la Ilíada a la reproducción y cría controlada de caballos para la selección de castas extraordinariamente veloces destinadas a la guerra o a su banco de pruebas, la competición, parecen ahora estar reconvirtiéndose para la cría de mulas 36. El fenómeno de despoblación del final de la Edad del Bronce, debido a las guerras o al colapso del mundo micénico tuvo también efecto en el hundimiento de la cabaña de ganado mayor, lo que afectaría máximamente al caballo, animal costoso y delicado 37. Ello recuerda la situación que presenta Hesíodo, quien salvo en el hidrónimo 1Ippou krÉnh o refiriéndose al mítico Pegaso (Th. VI 281), menciona el caballo solamente en Op. 816 y junto con otros animales (bueyes, mulas) susceptibles de ser uncidos para utilización agrícola (oerga boÔn... kaì amiónwn, Hes., Op.46), lo que conviene al epíteto talaergoí 'buenos para el trabajo agrícola', e.d.'animales de labor' 38. Los itacenses mantendrían yeguas para la cría de mulos, no sólo porque serían más útiles en Ítaca que los caballos 39, sino porque el noble animal había dejado de ser rentable, perdiendo el gran «valeur marchand», que antes de la guerra de Troya le convertía en enorme fuente de riqueza para su poseedor 40. A pesar del epíteto ãkupódwn se trata aquí, como en otras ocasiones, de "carros" en vez de "caballos", ver Delebecque, Le cheval dans l'Iliade, p. 10) pone de relieve los testimonios abundantes de restos de caballos en Troya VI, indicio de su fama ecuestre hasta la destrucción de Troya VIIA (1240 a.C.) y que disminuyen en Troya VIIB. EL CABALLO EN LA GUERRA DE TROYA VISTO DESDE LA LA ODISEA 1. Prestigio de las artes ecuestres de los troyanos A la luz de la Odisea, la famosa expedición a Ilión se traduce en un éxito relativo. Antes de la marcha de Odiseo a Troya, habían llegado a Ítaca noticias de poderosas técnicas de guerra derivadas de la cultura troyana del caballo, cuyos exponentes máximos estarían en los caballos de Tros (Il. špistámenoi pedíoio kraipnà mál' oenqa kaì oenqa diwkémen ¤dè fébesqai Enseñados a perseguir y retirarse rapidamente de acá para allá en la llanura. Así, Penélope relata a los pretendientes las palabras de despedida de Odiseo cuando parte para la guerra de Troya. En ellas, con cierta "ironía trágica", el héroe predecía que la mayoría de los que fueran a esa guerra no volverían, pues (Od. XVIII 263) "los troyanos son buenos guerreros y lanzadores de dardos", pero además son "guerreros montados sobre carros tirados por caballos de ágiles remos, que rapidamente deciden la gran contienda de una batalla disputada" 41: ¶ppÔn t' ãkupódwn špibÉtoraj, oo ke táxista oekrinan méga neîkoj ÀmoiÍou polémoio Frente a las palabras de Odiseo, que, desde su Ítaca natal ayuna de las técnicas ecuestres, se apresta a luchar contra algo novedoso a lo que no se sabe muy bien como enfrentarse, están los héroes aqueos y troyanos que hacen la guerra totalmente inmersos en la cultura regia y sacra de la caballería. En la llamada "Pequeña Nekuía" de la Odisea, Aquiles aprende cómo fueron su propia muerte y funerales por boca de Agamenón, recién llegado al Hades. Contrariamente a lo que pensarían los insulares itacenses, una de las más terribles circunstancias de la muerte de un héroe como Aquiles es la terrible pérdida de la conciencia de su actividad ecuestre, de la ¶pposúnh, don divino impartido nada menos que por Zeus y Posidón (a mente integrada en la vida troyana, acompañada de su nuevo marido Deífobo, dió tres vueltas en torno al "caballo de madera" palpando el cóncavo cuerpo a la vez que llamaba a los héroes argivos imitando persuasivamente las voces de sus esposas. La enérgica y decisiva actitud de Odiseo impide que los aqueos en el interior del caballo sean descubiertos al intentar responder a estas llamadas hechiceras sensu stricto. Helena, que unos versos antes ha practicado una forma de magia consistente en poner en las copas de los comensales cierto ingrediente, ejerce en este relato la ventriloquia, vista por los antiguos como próxima al encantamiento, practicada especialmente por mujeres en la actividad oracular y evocadora de los muertos 45. En la despedida de Telémaco y Pisístrato de vuelta a Pilos (Od. XV 172), Helena manifestará inspiración oracular (šgÒ manteúsomai) cuando aparece "la corneja diestra" ante los caballos cuando parten de Esparta. El conocimiento de remedios y el don de la profecía, facultades compartidas con el elemento sacral equino, relacionan a Helena con la esfera de la potnia equina 46. Además, el curioso ritual público en el que Helena, esposa de un príncipe troyano, Deífobo, en momentos considerados decisivos para la comunidad y el poder real, da tres vueltas abrazando 47 y dirigiendo palabras de amor a un simulacro de caballo sacralizado, recuerda algunos rasgos del ritual indio del As ́vamedha 48 Telémaco parece huir de un sistema de hospitalidad casi enfadoso, lo que le lleva a no despedirse del anciano Néstor, rayando en la descortesía, a rechazar el regalo ecuestre de Menelao (Od. IV 600 ss.), y a no tomar siquiera en consideración la propuesta de viaje por la Hélade y Argos (Od. Hasta aquí hemos tratado de diseñar algunas líneas del ámbito ecuestre en la Odisea. Creemos que en general evocan situaciomes de gran antigüedad pero muy ceñidas a cantos concretos y concebidas casi exclusivamente como el arte de conducir carros tirados por caballos. Pero en la gran acción del poema hay que hablar de ausencia de la cultura ecuestre, justificada en general por los argumentos expuestos en los discursos de Telémaco y Atenea en Od. A pesar de ello, hay toda una faceta que revela las inmensas posibilidades de la cultura ecuestre, precisamente en relación al único referente comparable, la navegación 49. El caballo como alternativa a la navegación. Existen en la Odisea ciertos momentos en los que los personajes deben enfrentarse a la alternativa del transporte marítimo o por tierra mediante el caballo 50. La impaciencia de Telémaco por volver a casa y, tal vez, un rechazo del transporte terrestre, para el que ha dependido casi absolutamente del pilio Pisístrato nestórida, se evidencia al aproximarse los viajeros de vuelta a Pilos. Telémaco decide apartarse de la ruta que lleva a la ilustre ciudad e ir directamente adonde le espera su nave. Pisístrato le acompaña hasta la nave (Od. XV 205 stréy' 1ppouj špì nÊa qoÈn kaì qîna qalásshj) y se vuelve solo a la ciudadela de Pilos (Od. XV 216 oelasen kallítrixaj 1ppouj/ "y Pulíwn šj ƒstu), maniobras que ponen fin a la expedición de Telémaco por las ciudades del Peloponeso y al descubrimiento de un mundo, que, creemos, le parece sobrepasado 51. La tripulación de la nave de Telémaco lleva a cabo la "escena típica" de una nave que zarpa, expresada en sus versos formularios (Od. Un buen viento impulsa la nave, que mantiene el rumbo a pesar de que, también formulariamente, se ponga el sol (Od. XV 296 dúsetó t' ¤élioj skiówntó te pâsai'guiaí). Se produce lo que Telémaco impacientemente demandaba del viaje de noche con tiro de caballos por terrenos montuosos, a lo que se negó su compañero Pisístrato (Od. Frente a la audaz navegación que se practica aquí y en otras ocasiones en la Odisea, que permite de día y de noche salvar grandes distancias, el viaje terrestre se revela insuficiente 54. El caballo identificado con la nave Otras veces en vez de alternancia, se postula una identidad casi completa entre el transporte con tiro de sangre y la navegación, siendo el vehículo marino equiparado al tiro de caballos. XX 229 se decía que los potros nacidos de Bóreas y de las yeguas de Erictonio eran capaces de galopar no solo sobre su medio más preciado, los campos de cereal, sino sobre la rompiente de la canosa costa. Pero además de esta cualidad divina, encontramos en la Odisea símiles que equiparan totalmente los caballos a la nave, como la descripción de la vuelta de Odiseo en la nave de los feacios a Ítaca (Od. 99, señala que Odiseo recorre en sentido descendente todas las posibilidades del transporte sobre agua: conductor de flotilla inicial de naves con su tripulación; barco único; balsa; salvación sobre un tablón; natación. Añadimos que la «tabla de salvación» es vista como coincidente con la equitación, que Homero conoce pero silencia ante el prestigio de la conducción de carros: ver Delebecque, Le cheval dans l' Iliade, Wiesner, Fahren und reiten, cit.,p. Kirk, The songs of Homer, cit.,, opina que las menciones homéricas de la equitación, así como ciertas técnicas de la lucha de carros no son tradicionales, apareciendo generalmente en símiles. Sin embargo, imágenes de jinetes y amazonas aparecen desde época muy antigua: Greenhalgh, Early Greek Warfare, cit., p. 45 ss., considera que Od. V 371 revela un conocimiento generalizado de la equitación, p. 53; ver también nuestro «La potnia equina», cit., n. 59 Considerada junto con la descripción de la vuelta de Odiseo en la nave (= cuadriga) de los feacios a Ítaca de Od. XIII 81 ss. por I. Waern, ΓHΣ OSTEA. The Kenning in pre-seguros reconocimientos de la equitación. Se trata de cuando Odiseo tras el naufragio de la balsa (Od. V 371)'mf' ¡nì doúrati baîne, kélhq' ðj 1ppon šlaúnwn "se montó a horcajadas en un tronco, como quien cabalga un caballo de silla". Sin embargo, no hay que olvidar, que aún en esta forzada situación, Odiseo es uno de los pocos héroes que se manifiesta como consumado jinete, junto con Diomedes en la hazaña del robo de los caballos de Reso (Il. Cuando Penélope se entera de que su hijo vuelve de un viaje del que ella nada sabía, formula la siguiente comparación (Od. oÐdé tí min xreÒ nhÔn ãkupórwn špibainémen, a ¶ q' ‰lòj 1ppoi'ndrási gígnontai, perówsi dè poulùn šf' ×grÉn No le hacía ninguna falta (a Telémaco) subir a bordo de naves que viajan veloces, que son para los hombres caballos del mar, pues atraviesan la gran extensión de agua. Tanto sean 1ppoi 'caballos' como 'carro tirado por caballos' (habría que hablar aquí y en otros casos de "neutralización" semántica) la manifestación de Penélope es extraordinaria por lo que dice y por quien lo dice. Ella muestra seguridad en su opinión sobre las características de ambos medios de transporte y para ella la oposición caballo/navegación parece resolverse a favor del primero. Hay que decir que aunque aparentemente aislada en la isla de su marido, Penélope es argiva, hija de Icario, a veces considerado hermano de Tíndaro (Apollod., Bibl. III 10.5), lo que la relaciona, entre otros, con los Dioscuros, figuras sacras de grandes connotaciones ecuestres. La frase de Penélope tiene un trasfondo muy antiguo que ella es la primera en expresar verbalmente 59. En esos versos la nave queda totalmente identi ficada con el caballo y además se formula cómo la velocidad y resistencia del caballo permiten un acceso rápido a grandes distancias y control permanente, de manera equiparable en su momento solamente a la navegación 60. Existe en el museo de Heraclion o Candía un sello cretomicénico muchas veces reproducido en el que puede contemplarse un caballo y un barco. Parece que dicho sello está formado por dos improntas superpuestas, siendo la del caballo la superior 61. Ello haría aún mas extraordinaria la habilidad del artista que se esforzó en que no hubiera solución de continuidad entre las riendas y las jarcias amarradas a lo alto del mástil. También los cascos del animal, enjaezado para ser uncido al carro, coinciden por fuera con la quilla perfectamente delineada. De ninguna manera creemos que se trate simplemente de la imagen del transporte de un caballo 62, sino que el animal aparece intimamente entrelazado con el navío, constituyendo el conjunto el emblema de una identidad ideal. Su talla enorme en relación al propio barco y sus remeros, lo traslada a una dimensión "caballo de Troya", la efigie que aparece solitaria, cuando se alejan todas las naves que llegaron a Troya: (Od.
Jean Irigoin, miembro del Consejo Asesor de EMERITA, murió el 28 de enero de 2006. Quienes lo conocieron querrán saber que afrontó la muerte con serenidad; la enfermedad, con su muerte anunciada, le había concedido algo de tiempo para organizar sus papeles y su biblioteca. Alguien que lo visitó poco antes de su muerte, lo encontró todavía de pie organizando el traslado de sus libros y haciendo comentarios sobre el valor de algunos de ellos; al comprender la emoción del visitante, Irigoin le dijo: "Tout s' achève ainsi, voyez-vous. Sorprendente prueba de su modestia, no se estaba refiriendo a su obra, sino a su biblioteca. Quizá por sus lejanos orígenes vascos, Irigoin siempre expresó una simpatía incondicional a los españoles que a él acudíamos y a los que siempre brindó su apoyo. La celebración de un Congreso internacional de paleografía griega en España era una propuesta que Irigoin formulaba una y otra vez a los españoles que estudiamos códices griegos y su deseo se cumplirá en 2008, cuando se celebre en la Comunidad de Madrid la VII edición de ese Congreso, que organiza el Prof. Antonio Bravo García. Sin duda, el VII Congreso Internacional de Paleografía griega será un homenaje a su figura. Desde 1986 hasta 1992, Jean Irigoin ocupó la Cátedra de Tradición y Crítica de los Textos Griegos del Collège de France, puerta con puerta con Jacqueline de Romilly; desde 1965, fue Directeur d 'études de Philologie grecque à l' École Pratique des Hautes Études (IVème section), donde tuve la suerte de asistir a sus clases, que él impartía con una claridad y un tempo insuperables, manifestando su penchant por lo que se podría llamar "el establecimiento de los hechos", la reconstrucción de lo sucedido, ya fuera la corrupción de un pasaje, la elaboración de un manuscrito o el recorrido geográfico y temporal de una constante codicológica. Eran seminarios en los que se nos invitaba a acudir a la Bibliothèque Nationale a ver manuscritos griegos y se nos enseñaba a formular ante el códice los interrogantes adecuados; el maestro nos invitaba a ir más allá del texto y contemplar en toda su complejidad el testimonio escrito, valorándolo no como mero soporte de la literatura antigua sino como testimonio de una civilización que gracias a él es también la nuestra. Irigoin tenía un estilo incomparable en su sencillez y en su precisión a la hora de afrontar estos retos, que estuvieron caracterizados por una gran amplitud de miras y EMERITA (EM) LXXIV 1, enero-junio 2006 pp. 145-146 ISSN 0013-6662 por la capacidad de implicar a los demás, de hacer ciencia en común, sumando esfuerzos e ideas: se interesó así por la encuadernación bizantina y por la métrica de los poetas antiguos, pasando por la cultura griega en el Sur de Italia. Sus contribuciones más teóricas en el ámbito de la paleografía nos han hecho reflexionar una y otra vez sobre qué hemos de considerar pertinente en nuestros análisis de la escritura griega y por qué no podemos estudiarla fuera del contexto cultural que la explica. Sus estudios sobre el papel de los manuscritos griegos son utilizados por cualquier historiador de este material escriptorio. Su análisis del fenómeno de la transliteración y las consecuencias de éste en la historia de los textos es simplemente imprescindible para cualquier helenista; lo mismo se puede decir de su reconstrucción del enigma paleográfico de este proceso, es decir, el paso de la escritura mayúscula a la minúscula, que él consiguió resumir en un puñado de leyes, buen ejemplo -en mi opinión, el más brillante-de la nitidez con la que pretendía explicar los hechos del pasado. Su reconstrucción de la historia del texto de Plutarco es una espléndida ofrenda en el altar de la filología, pero lo mismo podríamos decir de sus lecciones sobre la transmisión de los filósofos o los historiadores antiguos. El legado de Jean Irigoin excede, como apuntábamos, el de su trabajo personal, el de sus libros. Parte de su labor, la más difícil de reconocer, fue difundir el trabajo de los demás, por ejemplo, auspiciando la publicación del libro de Berthe van Regemorter sobre la encuadernación bizantina o de las actas del Primer Congreso Internacional de Paleografía griega, cuya preparación corrió a su cargo, aunque en la propia publicación no queda explícita tal circunstancia. En realidad, su legado incluye también el de sus colaboradores, discípulos o alumnos, no sólo porque nos animó a realizarlo o nos proporcionó información para sacarlo adelante, sino porque sin su apoyo más de una vez habríamos renunciado. Por esta razón, aunque pueda parecer que los que seguimos aquí caminando hacia la muerte olvidamos a los que ya se fueron, no es así: de Irigoin no sólo quedan sus libros, él sigue viviendo en nosotros, que le estaremos por siempre agradecidos, y nuestro trabajo lleva consigo el reflejo, aunque pálido, del suyo. INMACULADA PÉREZ MARTÍN P.S. Se puede consultar el currículum de Jean Irigoin en: http://www.college-de-france.fr/media/ins_pro/UPL7525_BIBLIO-IRI.pdf
Las gracias son también debidas a los Profesores Gabriel Laguna y Ana Pérez Vega, colegas y amigos, por sus críticas, sugerencias y correcciones. 4 Baehrens, Catulli Veronensis liber, II, ob. cit.,; el uso catuliano exigiría el patronímico en genitivo dependiendo de unda, como en LXIV 2: Neptuni...per undas;357: unda Scamandri; XCV 4: Satrachi...ad undas; cf. Verg. georg. En efecto, el texto reclama un epíteto que adorne y, a la vez, defina a undae. Las propuestas han sido variadas. Iosephus Scaliger en sus Castigationes 5 propuso leer ludiae, de la que Baehrens 6 apostilló: «insolenter pro 'ludentes'». 11 Lucrecio presenta tres casos (en los demás es breve) de i larga (I 349, III 427 y IV 1259, donde es curioso que se pueda leer el adjetivo liquidus con las dos escansiones: crassaque conueniant liquidis et liquida crassus). En Fedro se encuentra un ejemplo de i larga en I 26, 4: Vulpes ad cenam dicitur ciconiam / prior inuitasse et illi in patina liquidam / posuisse sorbitionem, quam nullo modo / gustare esuriens potuerit ciconia. 13 Fundamental es la excelente monografía de J. H. Gaisser, Catullus and his Renaissance Readers, Oxford, 1993, pp. 82-5 (B. Guarinus) y pp. 52-65, 301-9, 409 (G. Avantius). escansión es dudosa, pues si se relaciona el término con Libia la primera sílaba es breve (cf. Lebékioi en Polibio, II 27, 4), como nos recuerda Fröhner 7. Heyse propuso incitae apoyándose en el mismo Catulo (LXIV 270: horrificans Zephyrus procliuas incitat undas) y en Silio Itálico (III 307: cui cesserit incitus amnis; III 450: ac propere in pontum lato ruit incitus alueo), pero los pasajes citados tienen poco que ver con el contexto catuliano del poema XXXI. 30) volvió a leer Lydiae. Fröhner, por su parte, propuso luteae con el sentido de "aguas rojizas" (cf. Gell. II 26, 14:'luteus' contra rufus color est dilutior), pero no he hallado ningún paralelo del adjetivo luteus aplicado a unda 8. Munro 9, el fino comentarista de Lucrecio, se inclinó por uiuidae, del que no he encontrado tampoco paralelos. Poco después, Posgate 10, estimó también que «the learning of Lydian or Libuan allusions is out of place in this sample poem of 'home again'» y sugirió liquidae a partir de la siguiente corrupción paleográfica: uosquoquelidie for uosqueoliquide i.e uosque, o liquidae. Pero el problema que presenta el adjetivo liquidus no es tanto de sentido, sino de escansión, pues en los tres ejemplos en que aparece en Catulo la primera i es breve (LXIII 46: liquidaque mente uidit sine quis ubique foret; LXIV 2: dicuntur liquidas Neptuni nasse per undas; y LXIV 162: candida permulcens liquidis uestigia lymphis) 11. La solución podría estar, pace Ellis 12, en las propuestas de dos grandes lectores y editores de Catulo en el Renacimiento 13. La conjetura de B. Guarinus ha sido aceptada por Bergk 14 y Thomson 15, pero el adjetivo lucidus no es empleado ni una sola vez por Catulo y, además, se aplica más bien a la brillantez y claridad de la atmósfera, pues deriva de lux (cf. OLD s.v. lucidus). Por otra parte, en la editio Aldina de 1502 al cuidado de Hieronimus Avantius (Girolamo Avanzi, m. ca. 1534) aparece la lectura que creo más acertada: limpidae. Catulo empleó el mismo adjetivo en IV 24 (ad usque limpidum lacum), el cual se aplica, como aquí, al agua en Frontino, aq. No sería descabellado suponer que algún copista pudiera haber omitido una sílaba de limpidae y para darle sentido escribiera lidie o lydie (lipide > lide > lidie). Goold aceptó la propuesta de Avantius en su edición de 1983 16, pero cinco años más tarde la relegó a una nota crítica en su edición revisada para la Loeb Classical Library 17. Leeríamos, pues, con signos de admiración incluidos, así:
La conjunción kaqóti, resultado de la fusión de kaq' Á ti "según lo cual, de la manera que", sirve para introducir subordinadas comparativas de cualidad o manera. Según los suplementos al diccionario de LSJ, kaqóti tendría además una función locativa que se atestiguaría en Pausanias. Otro posible ejemplo de este kaqóti locativo aparece en un pasaje de Heródoto tal como ha sido transmitido por los códices de la familia romana. Esta función podría compararse con la función pseudolocativa de ðj, que, en realidad, resulta de una ilusión creada por el contexto semántico y pragmático. Sin embargo, hay otros argumentos que sugieren que en los ejemplos en cuestión kaqóti no es un simple sucedáneo de un adverbio relativo de lugar, sino que posee un significado espacial por sí mismo. Todo indica que este kaqóti locativo es una mala grafía de los manuscritos que debería corregirse en kaq' Á ti. La preposición katá combinada con acusativo (katá-Ac) expresa en griego la idea de perlativo: del valor original específico de perlativo sublativo "a lo largo de hacia abajo" (1a) se pasó al de perlativo en sentido amplio "por" con un significado cada vez más difuso en (1b), en (1c) y, finalmente, en (1d), donde en combinación con un verbo de estado hay un valor de Además de otros valores que no hacen al caso (duración, distribución, etc), katá-Ac sirve para expresar fuente de información ("según, de acuerdo con") (2a) o referencia ("en relación a") (2b-c). Como en otras preposiciones, los valores espaciales, cognitivamente más básicos, han debido preceder en la diacronía a los usos traslaticios, que, por lo demás, ya se atestiguan en los poemas homéricos (Chantraine 1953, p. Licas], reflexionando sobre lo que le habían dicho, iba sacando la conclusión de que, de acuerdo con el oráculo, ese era [el cadáver de] Orestes (Hdt. Tras presentarse en el palacio de Creso, él [sc. un frigio] pedía obtener una purificación con arreglo a los ritos locales, y Creso le purificó (Hdt. De los fenicios, todos aquellos que tienen contacto con Grecia ya no imitan a los egipcios en lo que se refiere a los genitales y no circuncidan a sus descendientes (Hdt. Cuando una vez estaba pastoreando y desde su atalaya nos vio jugar a la orilla del mar en las estribaciones del Etna por la parte en que el litoral se ensancha entre el monte y el mar, a vosotras ni siquiera os dirigió una mirada (L., D. Mar. I 2.5). Pues en el Sandalario, por la zona en que está la mayor parte de las librerías de Roma, vimos a algunos dudar de si el libro que habían comprado era mío o de algún otro (Gal. Regresando desde allí los britanos hasta la orilla del río Támesis, por la zona en que desemboca en el océano y que empantana cuando se desborda... Como se sabe, las grafías Á ti y Á, ti permiten diferenciar el relativo generalizador de la conjunción Áti. Las otras formas del paradigma se escriben convencionalmente juntas (Ástij, Ántina, oÞtinoj, etc.), aunque a efectos de la acentuación (ley de limitación, ley de swtÊra) funcionan como dos palabras. Lo mismo sucede con kaqá (< kaq' Š), kaqáper (< kaq' Šper) y el híbrido kaqÓj (< kaq' ðj); cf. también di' Á ti "por lo que" (relativo) frente a dióti "porque" (conjunción causal); gr. mod. molonóti "a pesar de que" (< me ólon óti), esp. porque (< por que), aunque (< aún que), fr. quoique (< quoi que). este desciende hasta el mar (L., D. Mar. VI 1.14). Los eruditos de Persia aseguran que se llamaba -conforme con lo mismo que cuentan los griegos -Ino, hija de Inaco (Hdt. Esa genealogía está establecida conforme con lo que cuentan los griegos (Hdt. [Esto es] un decreto, conforme al cual debes venir a mi casa (Ar., Ecc. Una combinación destinada a adquirir vida propia era katá + el neutro del relativo generalizador Á ti (también escrito Á, ti o Áti) (5a-5b) 3. Como sucede a menudo en sintagmas de este tipo, los componentes de kaq' Á ti (jón. kat' 3⁄4 ti) tendieron a fusionarse en un subordinador adverbial no analizable que, en consecuencia, puede aparecer escrito kaqóti en una sola palabra 4 En principio, kaqóti expresa fuente de información ("como, según, de acuerdo con"), manera ("como, según, de la manera que") o comparación ("como, igual que"), valores idénticos a los de los (2a-b) y (4a-c). Por simplificar la exposición, en lo que sigue, todos estos valores quedarán agrupados bajo la rúbrica general "de manera". También celebran en la eclesía elecciones de estrategos, hiparcos y otras magistraturas enfocadas a la guerra, según lo que decida el pueblo (Arist., Ath. Así que es mejor que tú ahora ya practiques de esa manera, conforme con lo que señalábamos en las secciones anteriores, no a partir de las palabras, sino de los hechos (Gal. Es evidente que, salvo cuando la oración principal incluye un antecedente expreso del relativo, no es fácil decidir si estamos ante sintagma de preposi-5 A diferencia de otros autores de su época, Pausanias nunca emplea kaqÓj, forma censurada por los aticistas: cf. kaqóti AttikÔj: kaqÓj EllhnikÔj, Moer. 196. ción + relativo (kaq' Á ti légousi "según lo que dicen") o ante un subordinador que ya no es analizable (kaqóti légousi "según dicen"). No es, pues, de extrañar que la norma ortográfica de los copistas medievales y de los editores modernos sea bastante variable y que el diccionario de LSJ, s.v., manifieste dudas al respecto: «kaqóti, Ion. kat-for kaq' Á ti (which sh[oul]d perh[aps] be written)». Por supuesto, el problema no existía para los autores y los copistas antiguos, que escribían un texto continuo sin separar las palabras. En la Periegesis de Pausanias (s. II d.C.), kaqóti exhibe toda la gama de significados ya señalados ("según, como, del modo que, igual que") (6a-b) y compite con ðj (7a-7b, 10) y con otras conjunciones que también resultan de la fusión de katá y un relativo neutro: kaqá (< kaq' Š) (8a-b) y kaqáper (< kaq' Šper) (9a-b) 5; cf. también el único ejemplo del sintagma kaq' Á en (10) en claro paralelismo con un ðj con valor de manera: 6a. a ¶ dé e±sin a ¶ Megálai qeaì DhmÉthr kaì Kórh, kaqóti šdÉlwsa ¥dh kaì šn tÊ7 Messhnía7 suggrafÊ7. Ellas son las grandes diosas Deméter y Core tal como ya expuse en la descripción de Mesenia (Paus. En Egio, todavía en nuestra época se reúne el consejo de los aqueos, igual que los anfictíones en las Termópilas y en Delfos (Paus. Esténelo, como he expuesto en los capítulos anteriores, era de una casa más ilustre (Paus. Allí se alza también una imagen antigua de Ifigenia, la hija de Agamenón, según aseguran los de Egira (Paus. La estatua de ahora es, según cuentan, obra de Alcámenes (Paus. También él fue tirano de Epidauro igual que su yerno lo fue de Corinto (Paus. por un hombre llamado Misias, quien, según cuentan los argivos, también dio alojamiento y protección a Deméter (Paus. De entre los griegos, los que más rivalizan con los Atenienses sobre su abolengo y los dones que aseguran que han recibido de los dioses, son los argivos igual que, entre los bárbaros, los egipcios con los frigios (Paus. Así pues, Io la hija de Iaso llega a Egipto, ya sea según lo escribió Heródoto o tal como lo que cuentan los griegos (Paus. Junto a esos valores poco llamativos, los dos suplementos a la 9a edición del Greek-English Lexicon de Liddell-Scott-Jones (LSJ), el Supplement de Barber et al. (1968) y el más reciente Revised Supplement de Glare (1996), s.v., atribuyen a kaqóti una acepción espacial que se atestiguaría en la Periegesis de Pausanias: «III. where Paus. No parece que esta acepción se mencione en otros diccionarios, ni en los tratados de sintaxis. Tampoco parece haber suscitado el interés de los comentaristas de Pausanias, más atentos -como es lógico -a los datos históricos y arqueológicos. En cambio, este presunto valor espacial de kaqóti encuentra acomodo en las traducciones de la Periegesis a diversas lenguas modernas. Todas las que he consultado coinciden en emplear giros de sentido inequívocamente locativo en los pasajes relevantes: Jones (1933), Philologikí Omáda Káktou (1992), Herrero Ingelmo (1994) Ingelmo (1994). Por supuesto, la traducción a una lengua moderna puede servir como indicio para identificar la función sintáctica del elemento correspondiente en griego, pero no puede considerarse en ningún caso un argumento definitivo. Antes de proceder al examen de los datos, conviene recordar que los manuscritos de Pausanias conservados proceden de un único códice hoy perdido (b), del que son copia directa el Marcianus graecus 413 (V; ca. El pasaje que citan los suplementos al LSJ (11a-b) incluye dos posibles ejemplos de kaqóti locativo, pero hay que tener presente que el primero es una simple conjetura de Bekker en su edición de 1826-1827. Las lecturas de los manuscritos kaqótou (VF) y kaq' Átou (P) son manifiestamente erróneas. Aunque los editores la relegan al aparato crítico, la grafía kaq' Áti de Schneider (1822) debe ser la lectura correcta, como se verá más adelante. Pasando el estadio, por donde se sientan los helanódicas hay un lugar aparte para las carreras de caballos y también el lugar de salida de estos. La salida tiene la forma de la proa de una nave, y su espolón mira hacia la carrera. En el punto por donde la proa está próxima al pórtico de Agnapto se ensancha y en el extremo del espolón hay un delfín de bronce sobre un vástago (Paus. A estos dos ejemplos se suman otros diez (11c-l). Es preciso señalar que (11j) es un caso muy distinto del resto por cuanto que kaqóti introduce una interrogativa indirecta. En la parte más poblada de la ciudad de Elis hay una estatua de bronce no más alta que un hombre alto (Paus. Y los de Hiperesia cambiaron el nombre a su ciudad y le pusieron el actual [sc. Egira ] por las cabras, y en el lugar donde dobló la rodilla la más hermosa de ellas que dirigía a las demás, levantaron un santuario a Artemis Agrótera (Paus. En las fronteras de la región de Pelene con los sicionios está el río Sitas, el último de los ríos aqueos, que desemboca en el mar de Sición (Paus. El lugar donde el Ladón desemboca en el Alfeo se llama "isla de Cuervos" (Paus. El lugar donde su corriente se une con el Alfeo lo llaman Réteas (Paus. Dicen los tebanos que el lugar de su acrópolis donde está el ágora actual antiguamente era la casa de Cadmo (Paus. Así pues tan pronto como llegó la noche, no donde el río tenía sus antiguos puentes, sino hacia abajo, para que los griegos no se diesen cuenta de los que lo cruzaban, y por donde el Esperqueo se extendía sobre el llano y formaba una marisma y una laguna en lugar de una corriente violenta y estrecha, hacia este punto envió Breno unos diez mil gálatas (Paus. Dado que en todos estos pasajes los códices coinciden en transmitir kaqóti, es lógico suponer que esta lectura figuraba ya en el arquetipo perdido. Existen, sin embargo, otros dos pasajes de sentido muy próximo a los anteriores, donde los códices -y, en consecuencia, las ediciones modernas -presentan la lectura kaq' Á ti (12a-b): Fue llamada Zeugma una ciudad en la parte de la región donde fue ponteado el Éufrates, y en mi tiempo existe allí todavía el cable con el que unió el río (Paus. Donde este camino y el directo de Anficlea a Drimea se unen en el Cefiso, los de Titronio tienen un bosque sagrado y altares de Apolo (Paus. Una fluctuación similar entre kat' Á ti y kaqóti se detecta en el texto de Heródoto. En el pasaje citado en (13a), donde el sentido es incuestiona-6 Según Rosén (1962, p. 38), la fusión de una secuencia de preposición + relativo se trasluce en la presencia de una oclusiva aspirada: así,'f' oÞ [ap h o:] sería una conjunción no analizable "desde que" frente a 'f' oÞ [apo:] secuencia analizable de preposición [ap] + pronombre relativo [o:] "desde el cual". Sin embargo, al menos en el caso concreto de kaqóti / kat' Á ti, esta conclusión no encuentra refrendo en los códices. blemente espacial, los códices de la familia romana (DRSV) transmiten kaqóti, mientras que en los de la florentina (ABC) se lee la variante kat' Á ti (katóti) que prefieren los editores modernos. Con sentido no espacial encontramos una vacilación semejante en (13b). En (13c), en cambio, los manuscritos son unánimes en transmitir kat' Á ti 6. [Se cuenta que el ave fénix]... emplasta con más mirra aquella parte del huevo por la que, tras hacerle hueco, había introducido a su padre (Hdt. Artobázanes, dado que era el mayor de toda la prole... Entonces, al preguntar los jonios a Istieo por qué había mandado con tanto empeño a Aristágoras que hiciera defección del rey de Persia... El pretendido valor locativo de kaqóti sería comparable al valor espacial que el LSJ y algunos tratados de sintaxis atribuyen a la conjunción ðj en un par de pasajes de Teócrito (14a) y en textos epigráficos de carácter catastral (14b). Lo mismo vale para ñsper y kaqÓj en casos como (14c) y (14d). Y desde ese punto, siguiendo la inclinación natural del terreno hasta llegar a la cumbre, (la distancia es de) unos... pies (IG V 1, 1431, 35-36; Mesene, 78 d.C.). Estas construcciones pseudolocativas sólo se dan en contextos muy restringidos. Se trata de enunciados en los que, generalmente, no hay movimiento real y en los que, por metonimia, se atribuye a un accidente del terreno (un camino, una cadena de montañas, una pendiente, etc.) o a una serie de objetos que marcan un itinerario (una fila de estacas o de mojones), un movimiento ficticio que propiamente corresponde a un viajero imaginario capaz de recorrer ese trayecto. En un trabajo anterior (Méndez Dosuna 1999), intenté mostrar cómo el supuesto valor locativo -o, para el caso, perlativo -de ðj, ñsper y kaqÓj no es más que un espejismo inducido por el contexto semántico-pragmático. Pese a las apariencias, ðj mantiene intacto su sentido original de manera ("tal como, de la forma en que, según"). Así, oraciones como ðj À 9Akmeùj šmbállei šn tòn EÐrwpón, ñsper o ¶ spóloi oexousin y kaqÒj a fúsij perineúei no significan "(por) donde el Acmeo desemboca en el Europo", "(por) donde están las estacas", "(por) donde va el declive natural del terreno", sino "según desemboca el Acmeo en el Europo", "tal como están las estacas", "tal como va el declive natural del terreno". Como la idea de recorrido está implícita en el contexto, la manera de hacer este recorrido ("según desemboca el Acmeo") presupone un itinerario o una localización ("por donde desemboca el Acmeo "). El español tolera sin dificultad una traducción literal. Lo mismo vale en mayor o menor medida para otras lenguas europeas actuales. El griego moderno conoce giros similares con las conjunciones san (< ðj ƒn), kaqÓj, ópwj. Los ejemplos (15a-b), que, como puede verse, corresponden a dativos de punto de vista en el texto original de Pausanias, se han tomado de una traducción reciente de la Periegesis (Philologikí Omáda Káktou 1992): To mégeqoj touj eínai lígo mikrótero ap' autó twn alhqinÓn alógwn kai, ópwj mpaínoume ston prónao, eínai sthména sta deciá.. Su tamaño [sc. de las estatuas] es algo más pequeño que el de los caballos reales y están colocadas a la derecha según entramos en el pronaos. I 1.1). kaqÓj perná kaneíj to akrwtÉrio, upárxei limáni kai naój thj Souniádaj Aqhnáj sthn korufÉ tou akrwthríou. Según dobla uno el cabo, hay un puerto y un templo de Atenea Souníade en el punto más alto del promontorio. Incidentalmente, las construcciones pseudolocativas con adverbios de manera admiten en griego moderno un referente [+humano]: la 1a persona de plural en (15a), el indefinido kaneíj con lectura genérica en (15b). No se atestiguan construcciones de este tipo en griego antiguo aunque es posible que su ausencia en los textos sea fortuita. Es fundamental insistir en que, en estos giros pseudolocativos, la idea de espacio es secundaria y resulta de una inferencia contextual sin que realmente llegue a integrarse en el significado de ðj, ñsper o kaqÓj en griego antiguo, ni en el de san, kaqÓj o ópwj en griego moderno. En cuanto no se dan las condiciones favorables para que la manera se interprete en clave de espacio, la verdadera naturaleza de ðj y de las otras conjunciones queda al descubierto. Así, un ðj pseudolocativo no podría suplantar a adverbios relativos de lugar auténticos como oenqa, Ápou, oÞper o ®7 en (16a-b) ya que las hipotéticas subordinadas *ðj À Púrroj šteleúthsen y *oÐx ðj légousin o ¶ Qhbaîoi no permitirían inferir nada sobre la situación del santuario de Deméter y el lugar donde desapareció el carro de Anfiarao. Y el nombre de la primera [sc. la ciudad de Harma] se debe a que, según aseguran los de Tanagra, allí desapareció el carro de Anfiarao, y no donde dicen los tebanos (Paus. La vía que conduce de las nociones de perlativo y locativo a la de manera es un camino trillado en la evolución diacrónica de las lenguas: cf. gr. katà tòn potamón "río abajo" (perlativo), katà krátoj "por la fuerza" (manera); šn gÊ7 "en tierra" (locativo), šn táxei "deprisa" (manera). Siendo el espacio una noción cognitivamente más básica, una expresión de lugar es capaz de fagocitar las inferencias contextuales y metamorfosearse en una expresión de manera. Por contra, una expresión de manera difícilmente puede asimilar esas inferencias y transformarse en expresión de lugar. En definitiva, el camino de la manera al espacio es diacrónicamente una vía muerta (para más detalles, Méndez Dosuna 1999). Sin embargo, en (14a) Teócrito establece una correlación entre el adverbio de lugar teîde y un ðj pseudolocativo. No existe el menor indicio de un uso pseudolocativo de ðj en Pausanias, pero, puesto que kaqóti es sinónimo de ðj con el valor de manera (cf. 6a-b y 7a-b), no sería imposible que Pausanias hubiera recurrido a kaqóti como sucedáneo de un adverbio de lugar. Con todo, hay argumentos que invitan a rechazar esta hipótesis: a) En cinco de los pasajes en cuestión (11a, 11b, 11c, 11e, 11i), kaqóti (sc. kaq' Á ti) aparece en correlación con un katà toûto en la oración principal. Aunque, en principio, no sería descartable un valor de manera para katà toûto, un valor de locativo aproximativo parece más natural a la vista de numerosos pasajes como (17a-b): 17a. katà toûto tÊj xÓraj faínetai púrgoj Tímwnoj. Por esa parte de la región se ve la torre de Timón (Paus. Dado que el valor espacial tanto de šj tò kátw como de ®7 es indiscutible (nótese cómo ®7 está en correlación con katà toûto), podemos deducir que también kaqóti expresa una localización espacial. Una correlación análoga entre kaq' Á ti y el adverbio šntaûqa se da en (12a) y (12b); cf. también oenqa... šntaûqa en (18) 7: La Pitia ordenaba [a Corebo] que, donde se le cayera el trípode que llevaba, allí construyera un templo de Apolo y se quedara a vivir (Paus. No parece que esta construcción sea posible con un sucedáneo de adverbio de lugar como ðj. Por supuesto, es posible la aglutinación con adverbios relativos de lugar: cf. esp. donde (< de unde), it. dove (< de ubi). Pero, en estos casos, el núcleo del sintagma (unde, ubi) ya tenía previamente un significado espacial. De Parapotamios no había ya ni ruinas, ni recuerdan en qué lugar de la región estuvo situada la ciudad (Paus. X 33.8). d) Los ejemplos (11f) y (11g) responden a un esquema muy similar al tipo tò xwríon oenqa..., 1⁄2nomázousin... "el lugar donde (hay o sucede algo), se llama X", del que no faltan muestras en Pausanias (20a-b). Hay construcciones equivalentes con kaq' Á ti en (12a) y con kaq' Á en (3c). En Amiclas las mujeres tejen todos los años un manto en honor de Apolo y el edificio donde tejen, lo llaman Quitón (manto) (Paus. El lugar donde brota [el agua] se llama Reuno (Paus. VIII 23.2). e) Como señalé más arriba, en (11j) kaqóti introduce una interrogativa indirecta. No se conoce nada comparable con ðj pseudolocativo. Todos estos argumentos parecen indicar que kaqóti en (11a-l) no es un adverbio de manera que, por inferencia, haga las veces de un adverbio relativo de lugar, sino que la propia idea de localización forma parte del núcleo de su significado. Podría pensarse que kaq' Á ti se fusionó conservando su valor espacial. En otras palabras, se habría pasado de kaq' Á ti a kaqóti sin que mediase el valor de manera. Pero esta opción no resulta convincente ya que es poco verosímil que los hablantes no hubieran reconocido el valor espacial de kaq'. Por regla general, los fenómenos de fusión tienden a coincidir con una reinterpretación del significado (MacWhinney 2001, p. Todo apunta a que kaqóti sea simplemente una grafía inadecuada en (11a-l) y (13a). No hay una conjunción, ni mucho menos aún un adverbio relativo de lugar como creen los compiladores de los suplementos del LSJ. Se trata de una construcción trivial de katá con un relativo con valor espacial, que debe escribirse kaq' Á ti como en (12a-b). Construcciones análogas (21a-b) se documentan en un contemporáneo de Pausanias, el historiador y geógrafo Arriano de Nicomedia (ca. En conclusión, a la vista de los argumentos expuestos, la grafía kaqóti debería quedar reservada única y exclusivamente para los casos en que la conjunción expresa referencia o manera (el tipo kaqóti légousin). Contra lo que defienden los suplementos al LSJ, es improbable que la amalgama haya tenido sentido locativo o perlativo. Por consiguiente, las futuras ediciones de Pausanias deberían corregir la lectura kaqóti en los pasajes citados en (11a-l) y generalizar la grafía analítica kaq' Á ti como en (12a-b).
Este artículo pretende mostrar cómo Virgilio innova en el tratamiento mítico de Eurídice, la mujer de Orfeo, y Creúsa, esposa de Eneas. El poeta mantuano asienta la versión canónica de éstas para la posteridad, asimilando las dos figuras míticas (a partir de evocadoras imágenes y recursos estilísticos) en virtud de una primitiva homonimia entre sus nombres. Si atendemos a la tradición mitológica tal y como nos ha llegado hoy, no vemos ningún punto de contacto entre dos heroínas míticas aparentemente bien conocidas: Eurídice, esposa de Orfeo, y Creúsa, esposa de Eneas. La primera aparece vinculada al mito de Orfeo y, más en concreto, al mitema de la catábasis órfica: tras la muerte de su esposa, el héroe tracio, gracias a los sones de su lira, consigue descender al mundo de los muertos en su busca. Cautiva a los dioses infernales y consigue de ellos la recuperación de su amada con la condición de no mirar hacia atrás hasta no haber salido de las moradas infernales. Pero en el último instante Orfeo se vuelve y pierde a su amada. Vanos serán los nuevos intentos por recuperarla. El héroe se queda triste y solo, manteniéndose fiel al recuerdo de su amada. Las mujeres tracias, sintiéndose ofendidas porque Orfeo no les hacía ningún caso, lo despedazan durante un ritual báquico. La segunda es la hija de Príamo y Hécuba, reyes de Troya. Es, además, la esposa de Eneas, el héroe troyano que consigue escapar de Ilión la fatídica noche de la destrucción con su padre Anquises sobre los hombros y su hijo. Creúsa había sido raptada por Afrodita y su esposo la busca. Eneas vuelve a Troya para encontrarla y se le aparece su sombra que le predice sus viajes en pos de una nueva patria. Para saber algo de estas dos heroínas griegas debemos recurrir a la obra del poeta romano por excelencia: Virgilio. Así, leemos en Georg. Será el autor de Mantua quien dé forma y figura a estas dos heroínas para la posteridad. Ya se ha señalado que, en los relatos míticos, las mujeres y sus nombres no aparecen con la misma precisión que los héroes masculinos. En estos aspectos se ha detenido D. Lyons 1 que señala que muchos personajes míticos femeninos figuran con nombres diversos según las versiones. Las dos heroínas ante las que estamos son una buena prueba de ello. Eurídice es nombrada en la obra del poeta elegíaco helenístico Hermesianacte (frag. 2) como Argíope y, por lo que se refiere a Creúsa, como luego veremos, no era conocida en principio por este nombre. Es más, siempre que aparecen en las obras de la literatura griega, especialmente arcaica y clásica, las referencias que encontramos a ellas son "hija de", "esposa de", "madre de", sin llegar a tener una verdadera autonomía 2. En cierto modo, es una manera de decirnos que el nombre de estas mujeres carece de importancia. Los nombres "Eurídice" y "Creúsa" son cotidianos y habituales en el imaginario y en el mundo griego. Si en los textos literarios no tenemos los nombres de nuestras mujeres, esto significa que no tienen historia. Posteriormente, cuando el nombre entra a formar parte del mito literario, presentan homonimia con el de otras heroínas. Me he detenido en el personaje de Eurídice en un trabajo anterior 3. En él había recopilado trece personajes mitológicos bajo este mismo nombre. Con Creúsa sucede lo mismo pero en una cantidad menor. Estos mismos personajes son los que aparecen s. u. P. Grimal, en su Diccionario de mitología griega y romana (trad. cast., Barcelona, 1981, página 118), recoge estos mismos personajes excepto la amazona. V. en estos manuales las citas literarias donde se pueden encontrar las referencias. Esto nos lo confirma S. B. Pomeroy, Diosas, rameras, esposas y esclavas, trad. cast., Madrid 1987, pp. 141-142. aparecen seis personajes diferentes con este nombre, cinco mitológicos y uno histórico: la esposa del arcadio Casandro, según Quinto de Esmirna, VIII 82. Entre los personajes de la mitología se encuentran: una náyade tesalia hija de Gea y amada por el dios Peneo; la hija de Erecteo y Praxitea; la hija del rey corinto Creonte; el nombre de una amazona inscrito en un vaso de Cumas (que representa las amazonas contra Teseo); la hija de Príamo y Hécuba, personaje que aquí nos ocupa 4. Será Virgilio quien bautice a las dos heroínas de una manera definitiva para la posteridad. Tal vez la aparición del nombre de la mujer y la importancia que ésta va cobrando en el mito literario tenga que ver con la situación del sexo femenino en el mundo helenístico y, posteriormente, en el mundo romano. La mujer adquiere una posición más relevante, en todo caso, que en épocas anteriores 5. El contexto histórico es importante e influye claramente en el mito. La situación de la mujer mejora considerablemente en el mundo helenístico y romano: al menos los textos virgilianos tienen más consideración con las heroínas. Las versiones canónicas de las historias de estas dos heroínas -resumidas muy brevemente al inicio de estas páginas -se corresponden con los retratos realizados por Virgilio. Debemos, por tanto, mirar hacia el mundo heleno anterior al legado virgiliano para saber algo más de ellas. El personaje de Eurídice responde a una creación del mito literario. La mujer de Orfeo, sin citar, aparece aludida en la literatura griega en Alcestis 357-364 de Eurípides, aunque para saber su nombre tenemos que esperar hasta el siglo IV, cuando los testimonios iconográficos (algunos vasos apúlicos de la Magna Grecia y el bajorrelieve ático que representa a Orfeo, Eurídice y Hermes) y literarios (De incredibilibus 21, del mitógrafo Pseudo-Heráclito) nos lo ofrecen. Hermesianacte nos dice que es tracia, pero la denomina Argíope. El anónimo autor del Epitaphius Bionis recupera su antiguo nombre, pero no dice nada más de ella. Por lo tanto, es un personaje V. R. González Delgado, El mito de Orfeo y Eurídice en la literatura grecolatina hasta época medieval, Oviedo, 2001, pp. 232-244. sin historia y solamente es conocida por ser la mujer del vate tracio. En el mito primigenio, Orfeo era conocido por traer muertos al mundo de la luz y, con posterioridad, la literatura vinculó su viaje al Hades con la búsqueda de su mujer, a la que el héroe rescataría. Será Virgilio quien modifique el mito y nos cuente algo más de ella: por lo menos nos dice que es una moritura puella, una muchacha destinada a morir 6. Creúsa parece tener un poco más de historia al estar vinculada al ciclo mítico troyano y, sin embargo, no aparece en Ilíada ni en los poemas de la caída de Troya. Es una de las princesas de Ilión y las diferentes versiones discuten su situación después de la caída de la ciudad. En los grandes cuadros históricos de Lesque en Delfos, Polignoto la representaba entre las troyanas cautivas. Sin embargo, se creía que había logrado escapar al ser arrasada Troya. Lo que nadie puede negar es que, a partir de las versiones virgilianas, las dos heroínas cobran entidad propia y, al menos en la literatura, aparecen más citadas y se les presta una mayor atención. Pues bien, parece que los nombres de estas dos heroínas coincidían. Pausanias señala que existe una tradición que decía que Creúsa, nombre de la esposa de Eneas en Eneida, también era conocida en la antigüedad como Eurídice 7, según refieren los lesques anteriormente referidos y los Cantos Ciprios (fr. Pausanias se queda estupefacto porque Virgilio ha impuesto el nombre de Creúsa y éste se ha quedado asentado para la posteridad. Creúsa es una denominación romana, ya que en la tradición griega la heroína era conocida como Eurídice. Virgilio, que sin duda conocía este dato, lo aprovecha para identificar y relacionar las dos historias y, en concreto, a las dos heroínas. Llega incluso a modificar e innovar en el tratamiento de los dos mitos para acercarlos. Vamos a verlo y comenzaremos haciendo algunas alusiones a sus maridos. En la antigüedad griega, era de sobra conocido que Orfeo había logrado descender a los infiernos e indagar en los misterios del mundo paralelo. Del mismo modo que el héroe tracio holla el terreno de la muerte, Virgilio hará En Aen. VI se alude constantemente al sueño y a la muerte, al profundo parentesco entre ambos y a la muerte en sueños que facilita un camino por las sombras seguido de un renacimiento. a Eneas descender a los infiernos. El poeta sabe muy bien que no es una historia real y que responde, en todo caso, a una aventura épica más, al modo de las catábasis que aparecían en la literatura griega. Se ha señalado que el descenso de Eneas al Hades es un auténtico gozne en el que giran las dos partes de la obra. Si hasta entonces era un héroe indeciso, sin personalidad, iactatus, al mostrarle su padre en el Más Allá la grandeza del pueblo romano, sale como un héroe nuevo, transfigurado. La historia de Roma, que es la única parte real en la Eneida, es contada a Eneas, héroe legendario, por su padre, un muerto que ha alcanzado la eternidad, en un viaje que el primero realiza al Más Allá y que acaso no fuera más que un sueño (VI 893 y ss.). Parece que ha vuelto de un viaje iniciático 8 ya que, a partir de la entrevista con su padre y de la contemplación de los futuros héroes romanos, sale fortalecido, lleno de confianza y de seguridad en su misión. En Eneida este episodio no es un relato más: es una configuración de una misión, la configuración de la historia, de carácter religioso, de todo un pueblo. El descenso a los infiernos de Eneas combina pintoresquismo y metafísica, alusiones al pasado de Troya y al futuro de Roma y sus hombres. Debemos señalar que el libro VI es, por su contenido, el más romano de los primeros libros de Eneida. Parece que la inclusión del motivo temático del descensus ad inferos en la literatura va restando interés a la importancia religiosa que este tema tenía en Grecia, al menos en el estadio mítico más primitivo. En el mundo romano, religión y mitología no son equiparables y el viaje al Más Allá se convierte literariamente en una aventura más que el héroe ha de soportar. Prueba de este carácter aventurero son las enigmáticas palabras que la Sibila le dice a Eneas antes de su catábasis, pues le transmiten más información sobre sus enemigos en Italia que las revelaciones de su padre Anquises. Un rasgo que comparten Orfeo y Eneas es que ambos descienden a los infiernos sin hacer uso de la fuerza, como también había hecho Pólux. Si el primero lo logra por amor conyugal, el segundo será por amor filial, junto al tercero, que responde a un motivo fraternal. Entre los dos héroes virgilianos se establecen, además, paralelismos y coincidencias manifiestas: no solamente el viaje al Más Allá, sino también la búsqueda de la mujer, los hechos parecidos que les ocurren en la historia, la homonimia que antiguamente Estos puntos en común han sido estudiados por L. Bocciolini Palagi en «Enea come Orfeo», Maia 42. La referencia a Homero corresponde a Od. 11 Annales I 61-63: Talia tum memorat lacrimans, exterrita somno: | Eurydica prognata, pater quam noster amauit, | Vires uitaque corpus meum nunc deserit omne. hubo entre sus esposas, el tono elegíaco que se respira en los relatos... Con toda seguridad, los dos pasajes virgilianos fueron compuestos en el mismo año, produciéndose un acercamiento del personaje de Eneas al de Orfeo 9. Virgilio tiene en mente la identificación de los dos héroes míticos. También, según Pausanias, aparece Orfeo en una pintura situado junto a Patroclo, sentado y sujetando una lira en su mano izquierda, mientras en la derecha tiene una ramita de sauce 10, como Eneas en Aen. VI 406, apoyado en el árbol de Perséfone. Por otra parte, debemos hacer mención, aunque no sea griega, a la heroína por excelencia de Eneida: Dido. El desarrollo de los amores de Dido y Eneas termina siendo trágico -del mismo modo que los amores de Orfeo y Eurídice en Georg. -y proyecta sobre la obra la atmósfera de una tragedia de Eurípides. Ambas mujeres, como también Creúsa, terminan pereciendo por culpa de su amante. El tema del amor y la muerte era muy del gusto de los escritores alejandrinos, así como de los romanos que siguen sus preceptos estéticos. A Virgilio le resulta fácil conciliar en una obra géneros literarios dispares (tal vez porque poéticamente sigue una estética helenística). Pero lo que aquí nos interesa es ver las relaciones que Virgilio establece entre las mujeres de Orfeo y Eneas. Respecto a la homonimia de la que ya habíamos hablado, debemos señalar un dato importante para Virgilio. La mujer de Eneas era denominada Eurídice por uno de los poetas arcaicos romanos, Ennio 11. Ambos nombres, Eurídice y Creúsa, significan "la que gobierna". Virgilio no podía denominar a la mujer de Eneas según la antigua tradición romana -es decir, como aparece en Ennio -, porque este nombre traería a sus lectores la imagen de la ninfa que Orfeo pierde en el libro IV de sus Georg. y que en Italia, por lo menos en el Sur, era de sobra conocido por las representaciones órficas de los vasos apúlicos (s. IV a.C.), además de 12 I 3.2: hicine fuerit Ascanius an maior quam hic, Creusa matre Ilio incolumi natus comesque inde paternae fugae, quem Iulum eundem Iulia gens auctorem nominis sui nuncupat. 14 Higino 90; Apolodoro III 12 5; encontramos el nombre de la heroína en la enumeración que se hace de los hijos e hijas de Príamo (va situada en último lugar). 15 Sobre la problemática de las Laudes Galli han corrido muchos ríos de tinta. Todo surge cuando Servio, a la hora de hacer sus comentarios a Virgilio (en concreto al referirse al carmen X de Ecl. y al libro IV de Georg.), señala que en el lugar que ocupa la historia de Aristeo había anteriormente un elogio a Galo que Virgilio suprimió por orden de Augusto. Nosotros somos partidarios de la veracidad del testimonio de Servio: v. Sobre este asunto puede verse la completa bibliografía que cita P. Domenicucci en la nota primera de su estudio «L 'elegia di Orfeo nel IV libro delle' Georgiche'», Giornale Italiano di Filologia 16, 1985, pp. 239-248. La mayoría de los estudiosos son partidarios de la existencia de dos ediciones antiguas para Georg., aunque hay otros que niegan el valor de las palabras de Servio con argumentos no decisivos. También está el grupo de indecisos que no abogan por ninguna de las dos posturas. ofrecer también su nombre un lamento fúnebre en honor a un poeta siciliano al que se compara con Orfeo: Epitaphius Bionis (v. Es Virgilio quien asienta para la tradición el nombre de la mujer de Eneas ya que, posteriormente, el nombre de Creúsa aparece en Tito Livio 12, Dionisio de Halicarnaso 13, Higino o Apolodoro 14. La antigua homonimia ha influido en la construcción literaria que Virgilio hace de estas dos figuras míticas. Recordemos que el mantuano estaba embarcado en su obra épica cuando cambia el final de Geórgicas: la inserción del episodio de Orfeo en Georg. data del año 26 15 y en el 24 o 23 a.C. Virgilio lleva a Augusto tres cantos de Aen. entre ellos el segundo. Pues bien, en el final de este libro se narra la salida de Eneas de Troya. En las dos historias, Virgilio hace un tratamiento de las heroínas que difiere con la tradición que le viene desde antiguo. Eurídice, la mujer de Orfeo, no tenía entidad en la literatura griega anterior. El poeta de Mantua hace a la mujer perecer por una picadura de serpiente y forja su historia en los infiernos. El héroe tracio tiene que superar la prueba que le imponen los dioses para poder recuperarla: no mirar hacia atrás. Pero el héroe se vuelve y 16 Respecto a las relaciones intertextuales, la denominación "arte alusiva" pertenece al campo de la Filología Clásica, sobre todo a partir de Pasquali; actualmente la crítica literaria prefiere el término "intertextualidad" (G. Genette). Por "referencias internas" traducimos el término (self-reference) que emplea, para referirse en la obra de Virgilio a casos como el que aquí vamos a comentar, R. F. Thomas en «Virgil 's Georgics and the Art of Reference», Harvard Studies in Classical Philology 90, 1986, pp. 171-198 [= en Virgil. Critical assessments of classical authors, vol. II, P. Hardie (ed.), Londres-Nueva York, 1999, pp. 58-82]. la pierde para siempre, no sin antes mostrarnos un pequeño y trágico diálogo entre los personajes y a un Orfeo desconsolado que quiere apresar a su amada y no puede. El dramatismo que adquiere esta historia en el legado virgiliano es innegable. Con Creúsa sucede algo parecido. La historia mítica anterior de esta mujer nos decía que permanecía en Troya y que después moría. Sin embargo, para dar también un mayor efecto dramático a la historia, Virgilio hace que Eneas se vuelva a Troya para recuperarla. Allí solamente encuentra su sombra, a la que intenta apresar y no puede: su mujer ya está muerta. Ciertamente, Virgilio no sólo modificó las dos historias, sino que las acercó. El hacer que Eneas vuelva a Troya en busca de su esposa se corresponde simbólicamente con Orfeo descendiendo a los infiernos también en busca de su mujer. Los paralelismos que se producen en la narración de estos episodios parecidos son una buena prueba de ello. Estamos ante lo que se ha llamado "arte alusiva" o, más bien, ejemplos de "intertextualidad" o de "referencias internas" 16. El poeta de Mantua ha identificado y hecho confluir las dos historias, como vamos a ver a continuación. Si situamos a los dos héroes en su contexto, Orfeo en los infiernos y Eneas en Troya, vemos que ambos quieren salir de allí en compañía de su esposa (la forma coniunx aparece en Georg. Cuando están a punto de lograr la salida (superas ueniebat ad auras en Georg. II 730), en su distracción (dementia en Georg. II 735), el marido mira hacia atrás (la forma verbal respicio en tema de perfecto en Georg. II 741) y se da cuenta de que ha perdido a su esposa, censurándose por ello (Quis tantus furor en Georg. IV 495 y quid tantum insano iuuat indulgere dolor en Aen. Intentarán apresar a 17 Las traducciones que ofrecemos son nuestras: "Y ya volviendo sobre sus pasos había escapado de los peligros todos y la recuperada Eurídice volvía al mundo de los vivos". 18 "Y ya me acercaba a las puertas y me parecía que había recorrido todo el camino, cuando de repente a mis oídos un repetido...". una mujer convertida en fantasma (umbras en Georg. II 792), pues desaparece como humo en el aire (ceu fumus in auras... tenuis en Georg. Los héroes no volverán a verla de nuevo (neque... praetera uidit en Georg. II 740) y sus lamentos se escuchan por todo el espacio que les rodea (Orfeo, al igual que sucede en la historia de Filomela, maestis late loca questibus implet en Georg. IV 515 e impleui clamore uias, maestusque en Aen. Vemos que las historias se han construido siguiendo un esquema paralelo. Podríamos estar ante el paso a la literatura escrita de una historia popular que conocería Virgilio por la transmisión oral. Prácticamente todas estas secuencias son novedosas en ambos mitos. Estos paralelismos en la trama de las historias se corresponden con otros paralelismos léxicos y morfológicos, como hemos acabado de ver. Así, cuando Orfeo, en el infierno, se dispone a salir con su recuperada mujer (Georg. IV 485-486) y Eneas, en otro infierno -la fatídica noche de la destrucción de Troya -, emprende la huida (Aen. Los paralelismos que podemos apreciar son evidentes: la forma iamque, el verbo euado con la raíz de perfecto, el adjetivo omnis, la preposición ad, la raíz homófona aur-... Vemos que las alusiones intertextuales entre ambos pasajes son significativas. También leemos en Aen. II 735-741 unos versos que nos recuerdan el mito de Orfeo y Eurídice (especialmente Georg. IV 488-491), producién-19 "Entonces yo no sé qué divinidad enemiga aprovechando mi miedo me privó totalmente de mi confusa razón. Pues, mientras a la carrera avanzo por lugares extraviados y me aparto del lugar conocido del camino, ¡ay! no sé si mi esposa Creúsa se detuvo arrebatada por un desgraciado destino, o se equivocó de camino, o agotada se sentó; desde entonces no fue devuelta a mis miradas. Yo no advertí su pérdida, ni pensé en ella...". 20 "Cuando una locura repentina se apoderó del imprudente amante, ciertamente perdonable si los Manes supiesen perdonar. Se detuvo y a su Eurídice ya al borde mismo de la luz, olvidándose, ¡ay! y vencido en su espíritu, se volvió a mirarla". 21 "Incluso atreviéndome a dar gritos en la oscuridad, llené con mi chillido las calles y afligido, repitiendo en vano su nombré, llamé a Creúsa una y otra vez. Y mientras la buscaba y recorría sin parar las casas de la ciudad, apareció ante mis ojos un triste fantasma, la sombra dose de una forma muy clara la identificación entre Orfeo-Eneas y Eurídice-Creúsa. Se trata del momento en que los héroes se dan cuenta de que han perdido a su esposa: Eneas, despistado, mira hacia atrás y ve que su mujer no va en pos de él; Orfeo, desconfiado -y también despistado -, lanza la fatídica mirada hacia atrás: hic mihi nescio quod trepido male numen amicum confusam eripuit mentem. namque auia cursu dum sequor et nota excedo regione uiarum, heu misero coniunx fatone erepta Creusa substitit, errauitne uia seu lapsa resedit, incertum; nec post oculis est reddita nostris. nec prius amissam respexi animumque reflexi... En versos posteriores, la pasión y el sufrimiento aparecen notados en las expresiones más simples (heu non tua en Georg. Eneas, en primera persona, nos cuenta su salida de Troya en el transcurso de la cual pierde a su mujer y el desgraciado se siente enloquecer (amens en Aen. II 745) cuando se percata de que Creúsa no está a su lado. Decide volver a la ciudad en su busca, pronunciando y repitiendo su nombre a voces, hasta que se encuentra con su fantasma, semejante al fásma que señala Platón (Symp. 179 d) cuando hace mención de la catábasis órfica, (Aen. 21 de la misma Creúsa, una aparición más grande que la conocida". 22 "Ella se pasa la noche llorando y, posándose sobre una rama, repite su melancólica canción"; "... volvía, la misma voz y la lengua fría gritaba'Eurídice, ¡ay, desgraciada Eurídice', escapándosele el alma". 23 "Adiós ya y guarda cariño a nuestro hijo común'. Dicho esto, me abandonó cuando deshecho en lágrimas deseaba decirle muchas cosas y se desvaneció en los tenues aires. Tres veces intenté rodear su cuello con mis brazos y tres veces, apresada en vano, la sombra huyó de entre mis manos, igual que un ligero viento, como un sueño fugaz". También Orfeo se lamenta de la pérdida de su esposa y repite su nombre a voces constantemente, tanto antes de haber descendido a los infiernos como después de la segunda pérdida de Eurídice. IV 514-515, cuando Virgilio realiza la comparación del lamento de Orfeo con los quejidos del ruiseñor (el mito de Filomela), y con los versos 525-526 cuando la cabeza de Orfeo navega Hebro abajo clamando por su esposa y mostrando un héroe enamorado después de haber sido despedazado: flet noctem ramoque sedens miserabile carmen integrat et maestis late loca questibus implet. Ese simulacrum que vemos en el verso 772 de Aen., antes de desvanecerse, le dirige unas palabras al esposo, como también Eurídice se las dirige a Orfeo, aunque éstas, en lugar de reproche, resultan ser todo lo contrario: dan ánimos al hombre en la empresa que le habían designado los dioses. Eneas trata en vano de retenerla, como también el vate tracio, y, estilísticamente, las semejanzas que el autor quiere hacer entre las dos historias son más evidentes al utilizar el juego de la triple repetición, como leemos en Georg. cuando Orfeo nombra a su esposa el mismo número de veces o por el terque fragor del verso 493: iamque uale et nati serua communis amorem'. haec ubi dicta dedit, lacrimantem et multa uolentem dicere deseruit, tenuisque recessit in auras. ter conatus ibi collo dare bracchia circum; ter frustra comprensa manus effugit imago, par leuibus uentis uolucrique simillima somno. Dixit et ex oculis subito, ceu fumus in auras commixtus tenuis, fugit diuersa, neque illum EM LXXI 2, 2003 24 "...'Adiós ya; la inmensa noche me lleva envuelta mientras tiendo hacia ti, ¡ay! sin ser tuya, mis débiles manos'. Dijo, y de repente escapó de su vista en dirección contraria, como el humo impalpable se mezcla con la luz del día, y no vio más al que trataba de apresar sombras en vano y quería decirle muchas cosas". 25 Esta expresión indica que el poeta se estaba inspirando en los poemas homéricos. XI 207: trìj dé moi šk xeirÔn skiÊ7 e2kelon § kaì 1⁄2neírw7, cuando Ulises se despide de su madre, y, mucho más evidente Il. Esta expresión es semejante a la que el autor utiliza en el episodio de Dido y Eneas (Aen. 27 "Madres y esposos y cuerpos sin vida de magnánimos héroes, niños, doncellas y presantem nequiquam umbras et multa uolentem dicere praeterea uidit... La expresión iamque uale aparece en las dos obras. También la idea de ceu fumus in auras. En el libro II de Aen. leemos tenuisque in auras, pero en V 740 la encontramos literalmente. Vale es una expresión muy utilizada por Virgilio y con un fuerte contenido de tristeza. En su obra lo podemos comprobar en Aen. en el adiós de Creúsa (II 789), en el de Anquises (V 738), en el de Eneas y Palante (XI 98), en el de Camila (XI 827) y, en Bucólicas, en el adiós de Fílide y Menalcas (III 79). Un "adiós" tierno y un silencio que demuestran el amor por el esposo. En Georg. vemos a una Eurídice con mayores rasgos vitales y que incluso evoca unas palabras de reproche a Orfeo, aunque se aparezca ceu fumus in auras 25. Además, vuelve a ser semejante -y en la misma posición métrica -et multa volentem dicere 26. II 794) nos lleva al campo semántico de los pájaros y quizá aquí el poeta nos esté haciendo un guiño y tenga en mente la philomela de Georg. IV 511-513, con la intención de mostrarnos el dolor del héroe por la falta de su esposa y unirlo de forma muy sensitiva al amor maternal. Por otra parte, los tres versos que se refieren al dolor aparecen repetidos en las dos obras del poeta de Mantua: Georg. 27 jóvenes colocados en la hoguera ante los ojos de sus padres". Un breve comentario a estos versos podemos leerlo en las pp. 5-6 de G. Lee, «Imitation and the Poetry of Virgil», en Virgil, I. Mc Auslan & P. Walcot (ed.), Nueva York, 1990, pp. 1-13, en donde se destaca el patetismo de la escena, la relación que en la sociedad de la época esta imagen podía tener con las guerras civiles y la relación con el pasaje de Od. Virgilio supera el patetismo de su modelo. La interpretación que ofrece de la catábasis de Eneas es muy curiosa (p. 28 V., por ejemplo, la nota anterior. También W. W. Briggs en «Eurydice, Venus and Creusa: a note on structure in Virgil», Vergilius 25, 1979, pp. 43-44, señala que Virgilio adapta el pasaje de Georg. en Aen. describiendo las entrevistas de Eneas con Venus y Creúsa. Para este autor, el libro II de Aen. estaría compuesto con posterioridad al epilio de Orfeo y Eurídice de Georg. 29 La forma moritura aparece en la obra virgiliana referida a Eurídice (Georg. IV 458), a Hero, la trágica amante de Leandro (Georg. III 263), a Dido, en mayor número de veces (Aen. Además, cuando los héroes se dan por vencidos, deciden emprender el camino hacia las montañas y refugiarse en ellas. Virgilio no ofrece en Aen. una composición con visos tan dramáticos como en Georg., pero los recursos que utiliza para mostrar en este pasaje de su obra épica el patetismo son los mismos que vemos en su poema dedicado a la agricultura. Creemos que Virgilio en Georg. está anticipando el desenlace del episodio de Dido y Eneas 28. Ambos héroes pierden a su amada y son víctimas de Amor. Dido y Eurídice son unas moriturae puellae y están destinadas, lo quieran o no, a morir 29. 30 Este sería el caso, por ejemplo, de la homérica Nausícaa y la Medea de Apolonio de Rodas. V. el estudio de M. Pérez López sobre estas dos heroínas míticas: «Od. Sin embargo, existe una antítesis fundamental: Orfeo ve desvanecerse a Eurídice porque respexit (Georg. El primero transgrede el tabú impuesto por los dioses infernales y será castigado. El segundo la perdió por un descuido: si hubiese mirado hacia atrás y hubiese estado pendiente de su esposa, no la habría perdido. La primitiva homonimia ha inspirado a Virgilio para realizar este duplicado. El poeta mantuano ya debía de conocer la semejanza que presentaban algunas heroínas en la literatura griega 30. Por tanto, en nuestro caso, a partir de evocadoras imágenes y recursos estilísticos, Virgilio innova en el tratamiento mítico de las dos heroínas, dotándolas de más personalidad e importancia que la que poseían en el mundo griego, y, a la vez, unifica estas figuras míticas, pese a la aparente disparidad de las historias. Son, por tanto, dos heroínas distintas que se miran en un mismo y único espejo, que refleja la imagen de una sola mujer, víctima del amor de su marido: un sutil juego de espejos que ya habría sido apreciado por los lectores latinos.
Debemos al prof. Melero sagaces observaciones que nos han ayudado a corregir y mejorar aspectos diversos de una versión avanzada de este trabajo. Cualquiera deficiencia existente es atribuíble únicamente al autor. 1 En este sentido, véase el utilísimo artículo de Ramon Palerm (1996), imprescindible, en nuestra opinión, para quien desee tener una visión de conjunto, rica a la vez en detalles y sagaz en la interpretación de los hechos. La numeración de los fragmentos es la adoptada en nuestra edición de los mismos bajo el sello de la Fundació Bernat Metge, en prensa. de vista estrictamente lingüístico 3; incorporaremos al final un breve apartado dedicado a cuestiones estilísticas. Procederemos por comparación sistemática con lo que conocemos de la caracterización de la lengua del llamado orador 4. Procuraremos con ello arrojar algo más de luz sobre tan controvertida cuestión. La comparación de ambos corpora está sujeta a diversos obstáculos; el más importante se deriva de la extensión de los mismos, que sólo permite, en la mayoría de los casos, interpretar las diferencias porcentuales como meras tendencias. El carácter indirecto de la transmisión de los fragmentos del sofista 5 obliga, por otro lado, a cuestionar la fiabilidad de la misma; con todo, cabe no descartar que el testimonio de un autor pueda haberse ajustado al original. Tampoco el papiro puede quedar exento de duda, en cuanto al testimonio lingüístico que representa: un dato registrado en el mismo puede haber sido sometido a un proceso de homogeneización formal por parte del copista; en este aspecto es necesario no olvidar que el fragmento papiráceo data probablemente de las primeras décadas del siglo III (Hunt 1915, p. 92) y que, con gran seguridad, ha estado sometido a un número indeterminado de contingencias. Respecto a la estilística, resulta especialmente rentable para nuestros objetivos la comparación entre las Tetralogías y los fragmentos agrupados bajo el título Sobre la Concordia; los discursos reales y Sobre la Verdad se encuentran en un plano diferente de las obras anteriores, en este respecto: su lenguaje más técnico obedece a una selección que debe atender a cuestiones de género. Asibilación dental + nasal: El Ramnusio (Redondo 1985, p. 50), se sitúa en la corriente literaria y científica jonia, es decir, conservación del grupo -dm-. También podemos suponer dicha tradición para el sofista, a raíz del testimonio del fragmento B8. La forma con -i-intervocálica es la única que podemos encontrar antes del 450 a. C. vemos convivir formas con y sin dicha -i-. Los corpora que nos ocupan dan buen testimonio de esta situación. Tenemos testimonio en el sofista de una forma'eiestÓ B24 (= B22 D-K). A±Ôna B48, sin embargo, no puede ser usado como base de comparación dada la inexistencia de una forma sin -i-con ese mismo significado. En el sofista se respeta la distribución oØtw + consonante vs. oØtwj + vocal -B54 (= B49 D-K)-, que rige también para el caso de smikrój v. mikrój, donde tenemos por dos veces vocal + sm-. En el orador los datos parecen concordar, dada la constancia en la evitación del hiato (Redondo 1985, p. En el corpus del sofista tenemos 47 casos de elisión frente a 24 donde no se produce, en idénticas condiciones fonéticas. En las inscripciones se da una situación similar (Meisterhans 1900, p. En el orador la relación de elisiones aumenta en un porcentaje de 3:1; cabe pensar que la diferencia de uso atiende a una distinción de género. Por ejemplo, en cuanto a la forma oelatt-que aparece en el papiro, tenemos, en dos fragmentos transmitidos por Estobeo -B60 y B54 -, oelasson y šláttouj, respectivamente. El hecho de que un mismo autor cite a otro y dé, para una misma palabra, dos formas divergentes permite otorgar cierta credibilidad a lo transmitido, a no ser que la cita se realice de memoria y ésta falle; para ambos fragmentos B60 y B54, por otro lado, podemos pensar que la cita no se ha hecho de memoria, dada su extensión. Los 27 usos de n šfelkistikón en el sofista -quince de ellos en el papiro -respetan la regla estricta de aparición ante vocal o ante pausa, con una sola excepción, perteneciente al fragmento papiráceo: 1⁄2nínhsin tÈn fúsin (B48 Pap. IV), en total concordancia con los datos del orador (Redondo 1985, p. En el sofista tenemos 10 6 casos de e±j frente a uno solo de šj (B54). 91) dejaría de serlo, en el caso de una solución unitaria. El sofista registra cinco veces -ss-: K). El análisis de los datos exige tener muy en cuenta en este caso particular, primero, el carácter fragmentario del corpus del sofista, y después la fiabilidad de la transmisión indirecta. Si otorgamos confianza al testimonio papiráceo, habría que decantarse por admitir en el sofista el uso de la forma ática; sin embargo, debe tenerse en cuenta que el dato numérico que arroja dicho testimonio está en relación directa con su extensión, que es excepcional con respecto al resto de testimonios; luego, una consideración relativa de los datos permite equiparar los usos de -tt-a los de -ss-. Debemos cuestionarnos si lo transmitido por el papiro se ajusta al original -no se observan en él rasgos de corrección -, o bien si el empleo regular de -ss-que presenta puede ser consecuencia de un proceso de regularización ortográfica por parte del copista. Si así fuera, deberíamos dar crédito a la transmisión indirecta. Esto último parece lo más probable, porque 1) los testimonios lingüísticos ajenos a Antifonte y coetáneos muestran también una situación alternante, y 2) los datos de los fragmentos indirectos están a favor de dicha situación 7. šláttouj, la forma dissÔn. Si la variación responde al original, el sofista está en la línea de la alternancia -ss-/-tt-. El primer ejemplo es propio de la lengua jurídica, tradicionalmente más conservadora. 9 Del fragmento B54 se deduce que la situación en el sofista debió ser alternante. En dicho fragmento tenemos cullogÉn y sullogÉ, casi de forma consecutiva, aunque Sauppe quiso atetizar la primera de las dos formas. Quizás debieran tenerse en cuenta también aquí las consideraciones hechas en 7. Para cún-, forma más antigua y propiamente ática (Threatte 1980, p. 553), tenemos en el orador menos registros que para sún-, forma que acabará imponiéndose 8. Se ha de advertir que en el papiro no tenemos ningún ejemplo con -s-, lo cual pone en tela de juicio el porcentaje indicado. Este rasgo es dudoso también por la escasez de datos. No tenemos ejemplos de o + a o de ou + a, que sí encontramos en el orador. Reducción del grupo -gn-. La situación hallada en el orador en cuanto a este rasgo es muy irregular 10. En el caso de I 16, Blass propone ¢neka, que es la forma mayormente utilizada y más antigua. En el caso de III b 10, el orador parece realizar una elección encaminada a caracterizar un uso elevado del lenguaje, quizás poetizante (Threatte 1980, p. 256 y s.), que no aprovecha en otros pasajes citados de las Tetralogías; v. nota 11. 14 Los ejemplos de este último fragmento han sido utilizados por parte de la crítica analítica para atribuir el Político al orador, bajo el argumento de la frecuencia en el uso de la perífrasis (Rosenkranz 1930, p. Dada la escasez de testimonios, no nos parece prudente tomar una decisión al respecto. Antes bien, creemos que el dato no sólo no representa una prueba a favor de una diferente adscripción de la obra, sino que puede constituirse en argumento adicional para defender la identidad de los dos autores. 8, inf. con artículo 18, adj. sust. 20, sintagmas sust. con el artículo 2, otras formaciones 8. V., infra, el apartado dedicado a las características léxicas. comparable: Antipho I 13, II d 3,V 95, VI 20,46. Adverbios en -qen / -qa. El uso de adverbios en -qen en el sofista puede equipararse al que se detecta en la obra del orador (Redondo 1985, p. 252), donde no se registra ni una sola vez -qa. El sofista sólo usa ¢neka, mientras el orador registra ¢neka, ¢neken y e1neka 13. Dada la exigüidad del corpus del primero y el hecho de que, en el segundo, ¢neka se da con carácter generalizado, puede tratarse de un rasgo compartido. Uso de perífrasis verbales. El rasgo es compartido por orador y sofista 14, con la diferencia de que en el segundo no se registran perífrasis de futuro con oesomai o méllw. El uso de la terminología abstracta es proporcionalmente superior en el sofista 15; sin embargo, esto puede ser debido a una cuestión de género, y no implicar necesariamente una diferencia de autor. Forma de la preposición e±j. En el orador registramos la forma considerada como ática e±j, aunque no faltan ejemplos de la forma jonia šj. Dicha distribución resulta similar a lo detectado en el sofista: en B54 tenemos dos veces e±j y una šj. No tenemos ningún ejemplo de dual en el sofista, ni allí donde 16 B48 Pap. 20 La forma genésqwsan ha sido objeto de corrección (Gernet 1965, ad. loc.), en genésqwn. La forma -sqwsan aparece de forma esporádica y en la lengua coloquial (Rosenkranz 1930, p. C., en casos como ferétwsan o ferésqwsan, que se generalizan a lo largo del s. IV a. C.; a nuestro entender, la forma genésqwsan podría considerarse, además de legítima, como una filtración, en una obra literaria, de una forma popular sería posible utilizarlo 16. Expresión del grado comparativo. De la tabla de construcciones formales -13 en total -que se registran en el orador (Redondo 1985, p. 32), el sofista registra sólo -íwn absoluto, -teroj absoluto, -íwn adverbial, -teroj adverbial y -teroj con sintagma elativo 17; -teroj + sintagma elativo es más frecuente en el orador que -íwn + sintagma elativo; en el sofista sólo está registrada la primera de ambas distribuciones; las relaciones de -teroj e -íwn como absolutos son inversas entre orador y sofista; sin embargo, ambos comparten la tendencia a utilizar la forma del acusativo singular con valor adverbial comparativo y el uso abundante de construcciones de carácter absoluto. Expresión del grado superlativo. El sofista coincide con las inscripciones áticas de la época en el uso predominante de la forma no contracta ¡aut-18; dado que en el orador no resulta uniforme la distribución entre el uso de la forma combinada tipo sfâj aÐtoúj y del tema ¡aut-preferimos mantener el caso como dudoso 19. Desinencia de tercera persona del plural del imperativo -sqwsan. En el orador sólo V 64 šrwtÓntwn. que está en fase de regularización o dignificación. Este uso sintáctico es equiparable al de complementos preposicionales en similar distribución (B54 y B67). En el orador se registran las tres formas šán, ƒn y ¥n; el sofista registra de manera sistemática la forma no contracta šán -B48 ter, B60, B73 bis y B108 (= B92 D-K)-, en la línea de lo que podemos encontrar, en general, en las inscripciones. Sólo es destacable la forma e±án en B48 Pap. II, que debemos ver como una licencia literaria, de carácter artificial. La falta de datos y la diversidad formal respecto del orador hacen dudoso este rasgo. En ambos corpora alternan una y otra formas; en el sofista parece predominar la variante jonia qélw -cinco ejemplos, B64 y B58 4ies, por dos de šqélw, B54 y B60 -, y en el orador la ática šqélw (Redondo 1985, p. En el fragmento B65 (= B57 D-K) tenemos un caso de dativo -oisi, en una fórmula de carácter arcaizante y poético (Rosenkranz 1930, p. 380), en la línea del tono general de Sobre la Concordia. Se trata de un caso aislado. Sustantivación del adjetivo en género neutro. La frecuencia del adjetivo sustantivado en el sofista, con hasta 27 registros, es, en términos porcentuales, tan elevada como en el orador. En la misma línea del rasgo anterior, en el sofista se dan hasta 52 registros, 44 en Sobre la verdad y 8 en Sobre la concordia. Las cifras concuerdan sobre todo con el orador de las Tetralogías, donde tenemos 185 registros en total (Redondo 1985, p. Adverbios como adjetivos predicativos y atributivos. El rasgo parece compartido si atendemos a la ausencia de registros en el sofista y a la escasez de los mismos en el orador (Redondo 1985, p. Expresión de la relación mediante el acusativo, el instrumental, el genitivo y el sintagma preposicional. En el sofista hemos contabilizado 15 casos, todos en B48, excepto uno en dativo en B70. La comparación con los datos del orador (Redondo 1985, p. 337) La coincidencia entre orador y sofista aumenta si se analiza como locativo el dativo de B70, que puede depender del preverbio šn-: kaì gàr tÊ7 gÊ7 o1⁄4on ƒn tij tò spérma šnarósh7, ktl. Un ejemplo en el sofista -B52 (= B47 D-K)-parece corresponderse con la escasez registrada en el orador, donde sólo se detectan ocho casos, todos ellos localizados en las Tetralogías 22. En el sofista es frecuente este sintagma 23; tenemos casos donde se verifica una relación condicional -B60 -, sin poder negar cierto valor de finalidad. Es ambiguo el ejemplo de B48 Pap. H. 38. e±j con valor inesivo. El valor locativo de este sintagma se registra en el sofista cuatro veces 24, un registro que casa con la lengua del orador (Redondo 1985, p. Este apartado está relacionado con el no 17. Observamos en los fragmentos rasgos que hacen pensar en la inconsistencia del sistema diatético y de la base morfológica que lo sustenta 25, en particular en relación con el uso del morfema -qh-(García Gual 1970, p. 93) y la expresión de la voz media con el reflexivo. Contamos también con pasajes donde se usa de forma correcta dicha voz 26. La desaparición progresiva de la misma (García Teijeiro 1983, p. 355) se hace patente con el uso, para su expresión, de la activa acompañada por pronombre reflexivo 27, construcción que caracterizará posteriormente a la koiné 28; el uso neutro de la voz media se percibe bien en los ejemplos con formas de futuro -B56 (= B53a D-K) -; la desintegración de su sistema se aprecia allí donde se combina dicha voz con pronombre reflexivo -B69 (= B59 D-K)-. En otros casos la voz media está por la pasiva (B7). El infinitivo con artículo se registra en el sofista en 17 pasajes 29, de los que en un 70% desempeña la función de sujeto, casi siempre en oraciones nominales puras o con el verbo copulativo 30. El infinitivo sin artículo se registra 67 veces en el sofista; de ellas, en 24 tiene función de objeto verbal; en el resto funciona como sujeto 31. No faltan el infinitivo consecutivo-final o propiamente final 32. En general, los datos coinciden con los del orador, salvo en que en éste el uso del infinitivo con artículo resulta proporcionalmente inferior (Redondo 1985, p. Abunda en la obra del sofista: registramos 48 casos de participio concertado, 52 sustantivados por el artículo, 3 casos de predicativo o completivo y 3 de genitivo absoluto. Las funciones semánticas que adoptan los concertados, así como la casuística en la combinación con preposiciones y funciones oracionales del participio sustantivado, son muy amplias; ello por no hablar de las posibilidades expresivas de los usos asindéticos (B60, B67, B72). Se da una gran similitud sintáctica y estilística con el orador (Redondo 1985, p. Sintaxis de la coordinación. Los datos son escasos en el sofista, pero de nuevo coinciden con el orador (Redondo 1985, p. Pronombres reflexivos en genitivo como posesivos. Conservación del valor colectivo del neutro plural. Este rasgo ya fue puesto de manifiesto por Rosenkranz (Rosenkranz 1930, p. H. Véase otro ejemplo en Pap. El sofista utiliza 30 veces este recurso, que suele tener carácter enfático y estar motivado por razones estilísticas 34. 429); en términos proporcionales, la frecuencia en el sofista es mayor. Para las frecuencias de los órdenes SOV y SVO sólo se han tenido en cuenta los casos donde son explícitos los tres términos; tenemos 15 registros para la primera distribución y 12 para la segunda. El equilibrio entre estas cifras impide definir preferencia alguna por uno u otro orden. La posición del infinitivo es posterior a la del verbo regente, no sólo en los casos en que tiene función de objeto, sino también allí donde es sujeto 35; ésta es la posición generalizada y compartida también por el orador (Redondo 1985, p. El objeto del infinitivo suele ir situado detrás del mismo: contamos aquí con cuatro ejemplos, frente a dos del orden inverso 36. No hay coincidencia, en este caso, con lo que podemos leer en el orador, como tampoco la hay en el de la posición del objeto respecto al participio (Redondo 1985, p. 439), donde tenemos en el sofista dos casos de objeto-participio, y ninguno del orden contrario 37; tampoco hay acuerdo en el grupo verbo y sint. prep., del que tenemos tantos ejemplos en un sentido como en el otro 38. Los datos expuestos no permiten establecer una relación directa entre orador y sofista. Debemos tener en cuenta que el orden de las palabras, no siendo en general fijo en griego, está sujeto a las necesidades de la expresión, las características del género o las preferencias estéticas del autor; variables que con dificultad se someten a un proceso de tipologización (Dover 1968, p. Expresión de la causa. Véase el número registrado de cada recurso formal para la expresión de la causa en orador y sofista: diá šk'pó ¢neka špí Or. Si tenemos en cuenta las veces que una misma forma se repite, el número asciende a 175 casos. El catálogo de formas que presenta el sofista es el siguiente: formas en -ma:'díkhma, ƒmblwma, špinóhma, špiqúmhma, špitÉdeuma, qélhma, ktÊma, lúphma, nóhma, peîsma, prágma, skírthma. Formas en -ia:'glwttía,'dunasía,'lÉqeia,'narxía,'ndreía,'peiqarxía, bía, ghrotrofía, eÐkleía (2), eÐodmía, zhmía, kataqumía, kathgoría, paidotrofía, panoikesía, summetría, timwría, ×gieía (3), filía. Otras formaciones:'eiestÓ, mÊkoj, mísoj, nósoj, peiqÓ, pónoj, tà tÊj fúsewj (2), tà tÔn nómwn (2), filóthj, frontíj.Vale la pena mencionar el uso que se hace de los términos con'privativa: ƒbion,'déhtoj,'diástaton,'qeÓrhtoj,'nombría,'peiqarxía, ƒpeiroj. 42 Además de las formaciones deverbativas en -ma ya mencionadas, cabe señalar la presencia de términos como B80 La brevedad del corpus del Sofista obstaculiza una comparación positiva. El orador utiliza la distribución ×pér + gen. en el sentido "en favor de, en defensa de", de acuerdo con los usos específicos de la lengua judicial (Redondo 1985, p. 379 y ss.); este uso no se registra en el sofista; véase frg. El sofista presenta, en términos absolutos, un total de 119 formaciones diferentes de carácter abstracto 41. Cabe destacar también el uso de formaciones innovadoras y/o especializadas 42, poetismos y expresiones de carácter poético o elegante, expresiones de tipo eufemístico y Špac legómena 43. El elevado porcentaje de términos especializados y de poetismos registrados en los fragmentos del sofista pone en relación las obras de éste con las del llamado orador, en particular con las Tetralogías (Redondo 1985, p. En cuanto a los participios sustantivados en neutro usados en lugar de los correspondientes sustantivos abstractos, de los En el papiro podemos encontrar las siguientes formas: tà'lgunoûnta, tà ¬donta, tà keímena, tà lupoûnta, tà marturhqénta, tà cumféronta; en singular: tò keleuómenon en B72 y tò 1⁄2yómenon en B7. que Bignone sabe que abundan en el orador y en Tucídides, parece no haber tenido en cuenta las formaciones en plural y en singular que menudean en el fragmento papiráceo 45. 32) que antítesis, aliteración y homeotéleuta son elementos de discrepancia entre orador y sofista, pero no por las diferencias numéricas, sino por la forma en que son utilizados estos recursos 46. En nuestra opinión, resultan aquí determinantes las convenciones del genero al que se adscribe una obra. 32) al sofista de mostrar una excesiva sencillez en la construcción de los períodos, hecho que lo sitúa en claro contraste con el orador. Creemos que también en este caso se pretende equiparar obras de género diferente; habría que tener en cuenta, además, la extensión de los respectivos corpora. Es evidente que Sobre la Verdad presenta un estilo más austero, que puede atribuirse a exigencias de contenido. Contra el carácter de esta obra, observamos que en Sobre la Concordia aflora cierta cadencia poética, sobre todo en los fragmentos de mayor extensión, donde se registra una construcción periodológica más compleja; en este sentido forman grupo Sobre la Concordia y Tetralogías, por el rendimiento que se otorga al uso de recursos estilísticos. En cuanto al orden de palabras, Bignone centra su atención en el fragmento papiráceo (Bignone 1974, p. 33) y no tiene en cuenta los fragmentos extensos asignados al tratado Sobre la Concordia. Es evidente que si se comparan realidades dispares, el resultado de la comparación no puede ser otro que divergente. De la observación sobre los fragmentos del sofista, y a la luz de lo que sabemos respecto al orador, hemos hallado los siguientes puntos de relación: a nivel fonético hay 7 rasgos compartidos, 2 dudosos y 1 no compartido; a nivel morfológico, 12 rasgos compartidos, 6 dudosos y 2 no compartidos; a nivel sintáctico, 13 rasgos compartidos, 5 dudosos y 1 no compartidos; los usos léxicos y estilísticos pueden considerarse compartidos. En relación con estos datos, debemos tener en cuenta algunas consideraciones: 1) Muchos rasgos han sido considerados dudosos por la escasez de datos, no porque sus características formales o funcionales diferenciaran al orador del sofista. 2) Unos pocos rasgos han sido considerados dudosos porque arrojan datos divergentes entre el testimonio directo y los fragmentos de transmisión indirecta -caso del no 8 -, o porque se ha producido una coincidencia parcial (caso del no 26). 3) Sobre algunos de los datos coincidentes cabe decir que puede tratarse de cifras derivadas de un valor de sistema y no de autor; por ejemplo, 39, quizás 47. En conclusión, las tendencias de uso de la lengua que se manifiestan de la observación de las obras atribuidas al orador y de los fragmentos trasmitidos bajo el nombre del sofista avalan la hipótesis unitaria mucho antes que la analítica.
Deseo agradecer a mis compañeros los Dres. Juan Antonio Estévez y Antonio Ramírez de Verger la lectura y discusión de este trabajo; al segundo de ellos debo, además, el aparato crítico del verso que aquí reproduzco, y que pertenece a su edición teubneriana de los Carmina amatoria ovidianos (2003). tam bene conuenias quam mecum conuenit illi - ------------------------------------illi PYS, recc.: illa T, recc. aliquot La elegía II 15 de los Amores de Ovidio presenta aún serios escollos para su cabal comprensión, lo que se traduce en la consiguiente aparición de numerosas variantes en el texto transmitido. Como he defendido en otra parte (Rivero García 2003), dos son las principales dificultades inherentes al texto en su conjunto: su complejidad dramática o de interlocución, de un lado, y su juego de dobles sentidos y veladas insinuaciones sexuales, de otro. El pequeño detalle textual que ahora pretendo comentar tiene que ver con lo segundo, con esa tensión de "insinuar sin estar diciendo". Situémonos: Ovidio, al enviar su anillo como regalo para su amada viene 1 Es cierto que el verbo castellano acoplar, aplicado a personas, hace muy fácil esa evocación sexual. Lo he elegido aquí para poder mantener la construcción de mecum. Utilícese, si se prefiere, un verbo más neutro, como adaptar, ajustar o quedar bien [algo a alguien]: la evocación permanece. utilizando una lengua intencionadamente ambigua, llena de dobles sentidos que sin embargo no llegan a hacerse explícitos, como jugando a sugerir a sus oyentes en estos primeros dísticos del poema el principio de honni soit qui mal y pense!, aunque el fundamento de esas sospechas se verá confirmado durante la fantasía erótica que se desarrolla en los vv. Sin entrar ahora en dobles interpretaciones de este comienzo de la elegía, asistimos objetivamente a la manifestación por parte del poeta-amante de sus deseos de que la amada reciba con buena disposición el anillo (v. 3), que lo ponga en sus dedos de inmediato (v. 4) y que este anillo se acople a la puella "tan bien como ella se acopla conmigo" (v. 5) 1, expresión en la que se hace evidente la simbología sexual anulus/uagina || digitus/penis (y compárese en este sentido Luc. II 172-3 cum qua ceruice recisum / conueniat... caput), equivalencia ya oportunamente puesta de relieve por los comentaristas (Booth,p. 319 ad loc.), quienes zanjan, a mi entender, la cuestión con el paralelo de Pl., Ps. Pues bien, aclarado el contexto, veamos el texto: la lectura illi, que cuenta con el significativo aval de los mejores manuscritos, ha sido aceptada por todos los editores y traductores del texto. Frente a ella algunos códices recentiores también autorizados nos han transmitido illa. Tratando de hallar regularidad en el texto aceptado, los comentaristas (así Booth, p. 319 ad loc.) defienden una construcción'pò koinoû de illi con la forma personal conuenias (sc. anulus) y con un conuenit que debe así entenderse como impersonal, y aducen para esta última construcción el paralelo de Fasti III 95-6 et tibi cum proauis, miles Paeligne, Sabinis / conuenit (al que podríamos inicialmente añadir los ejemplos de Rem. 471 bene conuenit illis y Fasti IV 811-2 contrahere agrestes et moenia ponere utrique / conuenit: ambigitur moenia ponat uter, en los que el verbo también es impersonal) y Ter. Siendo válido este último pasaje (aducido únicamente por Booth), por cuanto ilustra la conjunción del verbo conuenio con dativo y cum con ablativo, su valor probatorio es sin embargo débil por tratarse de otro autor y sobre todo por aparecer el verbo en construcción personal. En todo caso, es evidente que el pasaje 2 Naturalmente, hablo de elipsis del dativo (y no, por ejemplo, de cum + ablativo), porque, con este mismo sentido, la de dativo es una construcción que aparece nada menos que en 37 ocasiones sólo en Ovidio: Am. I 1, 2; I 9, 3; II He aquí algunos ejemplos (las cursivas son mías): "Sois fait pour elle, comme elle est del tercer libro de Fasti resulta mucho más ilustrativo, aunque la misma Booth advierte que el paralelo es meramente formal y no del sentido con que el verbo es utilizado. McKeown, además, aduce previamente paralelos sintácticos y de sentido para la construcción de conuenias (algo de agradecer, aunque innecesario, tratándose de lo habitual en Ovidio) como Am. Este mismo autor tiene que reconocer, en fin, que la construcción impersonal de conuenit + dativo + cum con ablativo sólo aparece en Ovidio en el citado pasaje de Fasti III 95-6, quedando por lo demás relegada a la prosa. Coincidiendo finalmente en la decisión textual, como veremos, creo sin embargo que conviene matizar algunas apreciaciones y extraer de esos matices el sentido preciso que Ovidio quiso imprimir a su texto. Por lo pronto, me parece que cualquiera puede percibir que la expresión más natural -por su construcción sintáctica y por la ordenación de sus elementos -en este pasaje habría sido illa: tam bene conuenias quam mecum conuenit illa. De hecho, de las cerca de 60 ocasiones en que Ovidio utiliza este verbo, en tres cuartas partes tiene este sentido de "ajustarse, ir bien, cuadrar", y como hemos visto su construcción casi exclusiva es la construcción personal. Por su parte, la construcción cum aliquo conuenire es de sobra conocida en latín (cf. e.g. VI 4 conuenit harundinetum cum corruda). Según esta lectura habría elipsis del dativo (illi [sc. puellae]) que debería acompañar al primer miembro (conuenias), que no aparecería por venir sobreentendido tras lo dicho en los dos dísticos precedentes 2. No es casual, además, que los traductores, a pesar de seguir la lectura illi, hayan en su mayoría traducido illa 3. En realidad, tan sólo encuentro afán por recoger con precisión el texto en la traducción de von Albrecht: "Mögest du ihr so gut passen, wie sie und ich zusammenpassen". La misma precisión puede percibirse en la versión que McKeown (p. Incluso Booth, quien, como hemos visto, opta en su traducción por la versión más habitual, en el comentario ad loc. (p. Finalmente, en la edición de Ramírez de Verger-Socas el traductor parece haber querido evitar la traducción de illa ("Que le vengas tan bien como le vengo yo a ella"), pero sin darse cuenta ha roto con ello la clara equivalencia simbólica que venimos comentando. No debemos perder de vista, además, el hecho de que illa es en este caso lectio impudicior, por cuanto proporciona de forma más explícita que illi esa evocación sexual, hecho que, unido a su mayor naturalidad sintáctica, podría hacernos pensar que, en efecto, era ésta la lectura genuina que algún escriba pacato "oscureció" en illi. Sin embargo, creo que no es así. Comencemos por la segunda collera del zeugma, la construcción conuenit illi. Aunque es cierto que es prácticamente única en Ovidio, tiene ya precedentes en autores como Cicerón y Nepote, y pasó a ser muy del gusto de prosistas de época postaugústea como ambos Sénecas, Plinio el Joven o Quintiliano (v. Ovidio, pues, podría valerse de ella como expresión al fin y al cabo latina: o dicho de otra forma, en los oídos del público la asociación sintáctica conuenit illi sonaría extraña pero posible. Pero en todo caso creo que debemos prestar más atención al primer elemento del zeugma (conuenias... illi), o mejor dicho, a su traiectio misma 4. Porque no es en absoluto irrelevante que toda la discusión que arrastramos venga referida a la última letra, al último fonema de este verso. Al comienzo de este trabajo me permitía recordar al lector que la técnica expositiva de Ovidio en los primeros versos de esta elegía consistía en hacer crecer en el lector expectativas de una evocación 5 No olvidemos que, si bien el dativo acabaría rebajando en los oídos de los romanos la obviedad de la evocación sexual que sí habría proporcionado illa, al final, sin embargo, seguiría habiendo la misma frivolidad subyacente, aunque difuminada por la extrañeza sintáctica de esa construcción impersonal que, por ello mismo, da a la expresión un toque de abstracción interpretable como espiritualidad, como unanimidad de los amantes. Para apreciar estos matices y entender la "frustración de expectativas" del auditorio, invito al lector a considerar detenidamente el texto latino, ya que su versión castellana nos obligaría a modificar en ese cambio el sentido mismo con que el verbo es utilizado ("acoplar" o "ajustarse" > "ir bien"). sexual que, sin embargo, no acababa de hacerse explícita. Visto así, estoy convencido de que la aparición final del dativo en lugar del esperable nominativo no es otra cosa que el conocido recurso al'prosdókhton, destinado como es habitual a tensar aún más las incipientes expectativas de sexualidad en los oídos del público 5. Este matiz es, creo, el que convierte a illi en la lectio difficilior, la genuina, aquélla que una parte de la tradición "regularizó" en illa.
El trabajo propone revisar la "atétesis" y las enmiendas aplicadas a diversos pasajes de Medea, sosteniendo que muchas de ellas son innecesarias si se entiende la venganza como una decisión cuyo método no está establecido desde el comienzo sino que se construye gradualmente. Esa gradación provoca aparentes contradicciones. El texto de la Medea de Eurípides, conservado en cinco códices de los siglos XII-XIV y parcialmente en tres papiros del siglo II a. C., ha sido objeto de cuestionamientos por parte de la crítica, la cual marcó pasajes como pasibles de ser considerados espurios. Francisco Rodríguez Adrados realizó y publicó un estudio sobre tales pasajes, con las opiniones Sobre el tema del divorcio cf. nuestro trabajo «Actualidad humana de la Medea de Eurípides: el tema del divorcio», en vías de publicación; Borges 1987, Buis 2001. 6 Aunque algunos críticos opinan que esta pieza está centrada en cuestiones domésticas y carece de orientación política, pensamos que esto último no es así: Eurípides, a través del asunto de esta tragedia, está criticando también la discriminación social y legal de la mujer, ciertos defectos de las leyes y costumbres relativas al matrimonio y cómo ellas afectan negativamente la vida de la pólij. También Aristófanes parte de una cuestión doméstica en las deudas de Strepsiades, pero Nubes, con su tema de la educación, tiene gran trascendencia política. Véase nuestro trabajo «Querer-poder-deber en el Dýskolos de Menandro. Fartzoff 1996 sostiene que el vocabulario relativo al poder y a lo tiránico no tiene significación política sino que se aplica a lo familiar: la única tiranía es la del qumój de Medea. El valor político, pensamos, surge de las consecuencias que los sucesos tienen para la sociedad más allá del caso particular. 7 Ya se han señalado en Medea la presencia de valores heroicos y masculinos, como el de la timÉ. Hay masculinización de Medea también por otros rasgos, como su lenguaje político, su habilidad retórico-judicial, el empuñar la espada; en el uso activo de gaméw con sentido irónico (489), el de spérma en 816 y el de fúw transitivo en 1241, normalmente aplicados a varones. Tiene similitudes con las figuras de Ayante (la importancia de la deshonra, la idea de suicidio) y de Clitemnestra (el asesinato; el ser llamada odiosa, leona y Escila). 18, los rasgos heroicos de Medea cuestionan el ©qoj heroico: Ayante y Heracles eran guerreros pero útiles a la sociedad; Medea cuestiona incluso el valor del soldado frente a la maternidad (p. Para Boedeker 1997 Medea se asimila a sus enemigos para destruirlos; de ahí surgiría su masculinización heroica. Frente a esto, se ha visto una feminización de Jasón (Segal 1996 pp. 39 s.). 8 nouqetouménh tiene el doble valor de 'ser aconsejada' (por la nodriza, por las sirvientas) y de 'tener algo en mente' (meditar sobre su situación). Por estar ensimismada, Medea no pactos contraídos con garantía divina 4, lo cual constituye una traición 5, y en haber sido reemplazada por otra mujer que queda por encima de ella 6; para Medea, si ella no se vengara de alguna manera, sería el hazmerreír de sus enemigos (383,404,797,1049,1355,1362), una mujer cualquiera sin las actitudes heroicas y masculinas de su carácter 7, un personaje de comedia costumbrista, no una heroína trágica que, voluntariamente y a sabiendas de la desgracia que le espera, afronta un proceder que por su propio carácter no puede eludir. El prólogo ofrece una especie de síntesis-anticipo de la tragedia, pues si bien presenta los datos necesarios para plantear el asunto o situación básica, también da a entender que el carácter de Medea es capaz de todo y sugiere líneas posibles de acción. Si Medea yace ayuna y en llanto (24-25) y no aparta del suelo su mirada (27)(28), no escucha ningún consejo 8: es inconmovible EM LXXI 2, 2003 escucha a nadie, como si fuera una piedra o un mar. Sobre estas comparaciones y el papel de la nodriza cf. Rodríguez Cidre 1998. 9 Nauck los suprimió; Méridier los conserva. 10 La aparición de ¥, en correlación con póteron de 378 impide que puedan suprimirse 379-380. como una roca o un oleaje (28-29); se arrepiente de la traición perpetrada contra su familia y su patria (31)(32)(33)(34)(35); no disfruta el ver a sus hijos (36): el motivo de todo esto es que los hijos son el fruto de eso que ahora le causa dolor, su marido y su propia traición por amor a él. La culminación de esta presentación son los vv. 44-45, cuando la nodriza dice "es tremenda; no fácilmente, al poner enemistad con ella, alguien se llevará la bella victoria", lo cual presagia el triunfo de Medea en su lucha. Inmediatamente antes de esta culminación aparece el primer locus discutido. El problema surge cuando la nodriza expresa su temor ante todo lo descrito: Temo que ella planee algo nuevo, pues pesado es su sentir y no soportará padecer mal; yo la conozco y le tengo miedo, no sea que empuje la espada aguzada en el hígado, entrando en silencio a la habitación donde está tendido el lecho, o mate también al soberano y al que se desposó y luego acoja una desgracia mayor. El pasaje plantea como temor de la nodriza: 1) que Medea se suicide; 2) que mate a sus enemigos, destinatario expresado de un modo ambiguo al decir túrannon, 3) que alcance una mayor desgracia. Salvo el suicidio, el resto es ambiguo: para algunos, teme que mate a Creonte y a Jasón, en tanto negociantes responsables del agravio contra Medea; para otros, teme que mate a la princesa (túrannon) y a Jasón, en tanto beneficiaria y causante, respectivamente, de su divorcio; Hermann enmendó túrannon en turánnouj, para incluir a Creonte y a su hija conjuntamente. Sin embargo, la expresión ambigua podría tener la ventaja de aludir a ambos de modo difuso. El tercer temor de la nodriza también es ambiguo, pues "una desgracia mayor" puede ser algún otro crimen o un castigo que resulte para Medea más penoso que el abandono de Jasón. La razón de suprimir estos versos es que 40-41 se repiten, con cambio de persona verbal y modo y con reemplazo de mÈ por ¥ 10, en 379-380, ya en el primer episodio, cuando en un monólogo Medea, no la nodriza, discurre sobre el modo de vengarse: en esta ocasión, Medea ve la posibilidad de atravesar con la espada a sus enemigos; es decir, ya no 11 Rodríguez Cidre 1997 p. 250 hace una oposición entre eÐnázetai v. 18, que supone un lecho usado por Jasón y la princesa, y oestrotai de 41, que sugeriría el lecho tendido, sin uso, de Medea. En 41, la mención aludiría entonces a que Medea se suicida por el abandono que sufre. Pero en 380, el lecho tendido está en la habitación de la nueva pareja. Podemos pensar que Eurípides reutiliza ahora la misma expresión queriendo aludir a que en realidad la pareja todavía no consumó el matrimonio y el eÐnázetai de v. 18 es fruto de la indignación de la nodriza, o que Medea prevé que al matarlos el lecho quedará tendido, sin uso. Para Rodríguez Cidre, tanto la idea de oestrotai como el singular mortuorio léxoj sugieren que Medea desconoce la nueva boda (p. Se acepte una u otra explicación, oestrotai léxoj de 380 no invalida la autenticidad del verso. 13 González de Tobia 1983 funda toda una interpretación precisamente a partir de este pasaje. se trata allí de suicidio sino de asesinato y como variante de un posible incendio de la habitación 11. Méridier pone entre corchetes el grupo de 40-43, siguiendo a Nauck y considerándolo una anticipación de segunda mano; Rodríguez Adrados, en cambio, justifica como auténticos ambos loci: «el curso de los pasajes y la sintaxis de los mismos excluyen la idea de la interpolación" (p. Coincidimos con esta postura, pensando que la función general del prólogo, como apertura de líneas a desarrollar a lo largo de la pieza, justifica el pasaje, como asimismo la ambigüedad de 42-43 favorece la creación de expectativa. Hay que tener en cuenta que la nodriza presenta sus temores, vagos, inciertos, pero posibles dado el carácter de Medea. A continuación entra el pedagogo, quien anuncia que a la desgracia del abandono se suma ahora la decisión de expulsar a Medea y a sus hijos. La nodriza se indigna contra Jasón y entonces el instructor lanza una reflexión general sobre el egoísmo de la gente: "¿Quién de los mortales no [es malo con sus amigos]? ¿Sólo ahora sabes esto, que toda persona se quiere más a sí misma que al vecino, unos justamente, otros por ventaja, si un padre no ama a éstos a causa de una cama?". En este pasaje, Brunck condenó el verso 87, "los unos justamente, los otros por ventaja". Méridier lo sigue, si bien reconoce que puede ser defendido y que el escoliasta lo comenta; pero considera superflua la reflexión y advierte que a los tres versos de la nodriza deberían responder tres del pedagogo y no cuatro 12. Pensamos que la reflexión no es para nada superflua 13: la referencia a los que se quieren más a sí mismos que al vecino, pero justamente, alude a Medea; los que lo hacen por propia conveniencia aluden a Jasón; el mejor ejemplo es que éste descuide a sus hijos por una nueva boda. En cuanto al paralelismo en la extensión de versos, si Rodríguez Adrados 1993 p. 260 opina que el verso puede ser prosaico e innecesario, pero que no es irrelevante; prefiere seguir los manuscritos y no rechazar lo que parece digno del poeta. fuera tan rígido habría que ver lagunas o añadidos al menos desde el verso 61, pues la relación de versos pronunciados por el pedagogo y la nodriza es: 2/1, 1/2, 7/2, 2/2, 2/3, 4/7; es decir, no hay una clara voluntad de equilibrio de extensión. Por lo tanto, no creemos que haya que suprimir el verso: su función sigue siendo la propia de un prólogo, es decir, caracterizar la situación y abrir líneas de interpretación, sugerir advertencias y crear expectativa 14. El protagonismo por alusión culmina en 90-95, cuando la nodriza, tras recomendar que se resguarde a los niños, explica que lo aconseja porque la vio... hecha un toro en su mirada hacia ellos, como si tuviera ganas de hacer algo; y no cesará su cólera, lo sé claramente, antes de lanzarse sobre alguien. Ojalá tenga ganas de hacer algo contra enemigos, no contra amigos. Queda así planteada la posibilidad de que los niños sufran una agresión por parte de la ofendida. Inmediatamente comienza el protagonismo de Medea en off, es decir, comienza a oírse su voz desde el interior. Y lo primero que Medea dice en su queja es "¡ay de mí! ¿Cómo podría perecer?" (v. 97), lo cual sugiere que ella orienta su dolor hacia la autodestrucción. La nodriza interpreta esto como la movilización de la cólera y redobla el resguardo de los niños (98-105). Medea exclama entonces:... oh malditos hijos, ojalá perezcáis por la odiosa madre junto con el padre y que la casa toda se vaya a la ruina. (112)(113)(114) Medea, indignada contra Jasón, se arrepiente de todo lo hecho con él y quisiera aniquilar todo lo que se vincula a él, incluidos los hijos, que recuerdan a Medea su error de haberlo amado y la ofensa que él le inflige. Ésta sería la respuesta a las preguntas que se hace luego la nodriza (116-117) acerca de qué tienen que ver los niños con el extravío del padre, por qué ella los odia. La nodriza repite que la gente del nivel de Medea, por ser poderosa, no oye consejos y no cambia su ira (119 ss.) Y aconseja la mesura contra el exceso, advirtiendo que éste puede traer mayores castigos (125-130). Esta idea de destrucción de todo lo que la vincula con el marido traidor le genera un conflicto con su afecto de madre: esto surge no sólo de que Medea se diga a sí misma stugeràj matrój (113) sino de que la nodriza se refiera a su mirada de leona parturienta (187), situación en que las hembras son particularmente defensoras de su cría. 16 No nos parece acertada la interpretación del escoliasta acogida por Méridier p. 113, en el que Medea lanzaría una imprecación contra sus hijos porque los ve llegar. Pensamos que Medea está en el interior, no se la ve ni ve ella lo que ocurre en escena. El 'lecho' en singular puede tener valor referido a la muerte. 4Aplatoj es en principio 'inabordable': Medea no puede acceder al lecho matrimonial y, a la vez, el lecho de muerte debería no ser abordado, de ahí la acepción 'terrible' (cf. Bailly s.v.). Entonces se inicia la párodoj, original por su estructura aestrófica con špirrÉmata intercalados; este canto coral reelabora los sentimientos del prólogo: dolor, miedo, ansiedad, amenaza, desesperación. En las quejas de Medea reaparece la idea de autodestrucción, con deseo de la propia muerte: ¿Qué ventaja es para mí vivir todavía? ¡Ojalá con la muerte me disuelva abandonando esta vida odiosa! (144-147). Algunos críticos interpretan que Medea le hace creer al coro que quiere suicidarse 15. Sin embargo, no hay razones para pensar que este depresivo deseo de la propia muerte no sea verdadero: Medea está confundida y sopesa esta posibilidad, así como la misma nodriza la había previsto (40-41), alternándola con su deseo de que se destruya la casa de Jasón. Recordemos que Medea está en el interior de la casa y el coro pide llamarla afuera sólo en v. 184, de modo que Medea no conoce la presencia de las mujeres 16 y no puede hablar de suicidio como una mera treta para ganarse su simpatía. El coro entiende esta posibilidad de suicidio ("se apurará el fin de la muerte", v. 154) y por ello tiene valor ambiguo su pregunta "¿Qué deseo de la terrible cama tienes, oh loca?" (153), donde la'plátou koítaj es a la vez la cama matrimonial perdida y el lecho de muerte deseado 17. El coro opina que no vale la pena que se consuma por Jasón. Entonces Medea alterna su anhelo de muerte con el de la muerte de sus enemigos: ¡A él [maldito esposo] y a su novia alguna vez ojalá los vea yo desgarrados con el palacio mismo! (163-164). Donde aparece una interpretación posible de aquel temor de la nodriza en el prólogo, v. 42, túrannon tón te gémanta, es decir, que Medea mate a la princesa y a Jasón. También el coro teme que el dolor de Medea se vuelque contra los suyos, pues exhorta a la nodriza a que la haga salir "antes de que perjudique en algo a los de adentro" (182-183). 19 Si se acepta la enmienda de Porson (¬ en nominativo); de todos modos, la lección de los manuscritos (¬n en acusativo) puede defenderse como atracción de caso o, como hace Ro-mor diciendo que la mirada de Medea "se transforma en un toro para las sirvientas, cada vez que alguna se pone cerca aportándole una palabra" (188-189). Los temores, pues, tienen como objeto a cualquiera que se tope con Medea, porque "no hay modo de que con poca cosa mi patrona cese su cólera" (172-173). Ni Medea ni la nodriza ni el coro tienen claro cuál va a ser el proceder; sólo saben que la domina la cólera y que a partir de odiosas penas, "tremendas muertes y fortunas derriban moradas" (197)(198), es decir que, dada la situación, pueden prever desgracias. La queja de Medea se orienta luego contra Jasón, según declara el coro en 204-212, y precisamente entonces Medea sale de la casa, supuestamente para ser calmada por el canto (199)(200) y evitar que dañe a alguien (182-183); en realidad, Medea abandona el oμkoj literal y simbólicamente 18 y, más que resignar una venganza, la pone en marcha. Se inicia aquí el protagonismo visible de Medea, que permanece en escena constantemente hasta el v. Medea reconoce que el abandono la arruinó: A mí este hecho me cayó inesperado, me destruyó el alma; me voy y, tras perder la gracia de la vida, deseo morir, amigas (225-227). La posición de "amigas", a final de verso, es enfática y se opone a la que tendrá dos versos después o×mòj pósij, de modo que el coro quede enfrentado al marido traidor, a quien Medea se refiere muy diplomáticamente. Es posible que el deseo de la propia muerte acentúe la predisposición benevolente del coro, pero si Medea busca este efecto, eso no quiere decir que, antes de salir del oμkoj no haya pensado en el suicidio como modo de restablecer su timÉ ultrajada. Entre esa posibilidad y otro modo de vengarse de Jasón, Medea se está inclinando por esto último: de ahí que su última queja, comentada por el coro (204-212), se dirija contra él y de ahí que inicie un discurso sobre las desventajas de la mujer en el matrimonio (230-251) y una descripción de su propia soledad e indefensión (252-258). Entonces Medea expresa claramente su inclinación a castigar al marido:...si acaso es descubierto por mí un paso y mecanismo para hacer pagar con un castigo por estos males a mi esposo y al que le dio a su hija que 19 lo desposó. 257, como objeto del verbo šgémato cuyo sujeto sería el rey padre, aunque habría cierta tautología: "al que le dio a su hija que entregó en matrimonio". Todos aceptan el verso 261 donde Jasón es objeto de castigo; en cambio, el verso 262 fue condenado por Lenting como una anticipación de lo que se dirá en 288. Es cierto que en 267, cuando el coro responde, dice que "justamente harás pagar a tu esposo", como desconociendo la alusión al rey, lo cual haría pensar que el verso 262 es espurio. Pero tampoco se menciona aquí a la princesa, a pesar de que en 163 Medea la había mencionado expresamente (númfan) como objeto de su mal deseo. Es decir, podemos interpretar que Medea sigue con su indecisión, sus dudas, sus vaivenes: siente cólera y quiere vengarse y va pasando su odio de uno a otro destinatario, inclusive a sí misma, porque se acusa de haber traicionado a su familia y su patria. Además, en el ya discutido verso 42, túrannon tón te gémanta era una expresión ambigua que podía entenderse como "a la princesa y al que la desposó" o como "al rey y al que se desposó"; en este último sentido, sería un antecedente de este verso 262. Por otra parte, creemos que la referencia al rey es aquí auténtica, pues sirve además como anticipo de la entrada en escena que él va a hacer ocho versos después. Veremos luego que ocurre algo similar en la entrada de Egeo. Asimismo, se puede pensar que Medea ve el castigo de Jasón y su nueva esposa como un castigo indirecto para el rey y que por eso incluye a éste aquí. En cuanto a la respuesta que da el coro, podemos pensar que, como mujeres que no se ocupan de lo político y legal, no se interesa por el soberano y por eso no lo menciona, o que prefiere concentrar la justicia del castigo en Jasón. Si tenemos en cuenta estas valencias del texto, no es necesario suprimir el verso 262, que Page considera añadido para lograr coherencia con el v. Oigo, porque me lo anuncian, que tú amenazas hacer algo al que la da, al que la desposa y a la desposada. Según los rumores en los que Creonte se funda, los que corren peligro son él, su hija y Jasón: no hay incoherencia con lo que hemos visto. Al marido se refiere Medea expresamente; túrannon puede ser entendido como 'princesa' o como 'rey'; y en el castigo de la princesa va implícito un castigo indirecto a su padre. Los tres, pues, estaban ya involucrados, en el contexto previo, como posibles receptores de la venganza, que Medea misma no tiene aún clara, salvo en que Jasón debe ser el eje de su concreción. Lo cierto es que Medea pide al coro que guarde silencio (263) y el coro acepta Para Arnott 1984-5 p. 153, el coro acepta expresa y no tácitamente para que se justifique su lealtad pese al horror de la venganza. El coro es leal en no delatar a Medea, pero no acepta su crimen e intenta disuadirla. Un análisis psicopatológico de Medea encuentra que no es loca porque no pierde contacto con la realidad, no delira ni es autista; Medea no puede elaborar el duelo de la decepción respecto del ser idealizado y, en vez de hacer una mentalización, pasa a una desvalorización y actúa; tiene fragilidad narcisista e identitaria pero determinación implacable, impulsividad, inestabilidad afectiva, depresión siniestra entre neurosis y psicosis, todo lo cual es un atenuante. 22 Hay pocos usos del término 'violencia'. Medea dice en 242 que es una suerte llevarse bien con el marido, sin violencias (bíai). Creonte le pregunta por qué se violenta ella negándose a marcharse (biázei 339). Y en 1216 Creonte intenta desprenderse de los venenos pròs bían pero eso le produce desgarros de la carne. Puede ser paradójico que un texto como el de Medea tenga tan baja ocurrencia de este vocablo; sin embargo, la violencia surge del asunto mismo, de la traición, del conflicto, de la acción vengativa; violencia espiritual más que física, como opina Ranger 1996p. 124 sostiene que no aparece en el texto el término bía, pero que la violencia se manifiesta en el cumplimiento del ser, en el juego de ser-tener que es su causa. En cuanto a la violencia verbal, cf. Mattiace 1993. Creonte mismo sabe que el centro del odio de Medea es Jasón: así dice en 271, "tú la de rostro sombrío y animosa contra el esposo"; sin embargo, su temor se refiere a su propia hija como posible víctima de Medea: no sea que me hagas algún mal irremediable a mi hija (283). Allí introduce como explicación los vv. 287-289 antes traducidos, que justifican el miedo de que Medea se vengue de Jasón y de él, autores de la nueva boda, en la persona de la novia, beneficiaria de ella. Medea dice a Creonte que no debe temerle porque...a mi esposo lo odio; mas tú, creo, hiciste esto siendo prudente, y ahora no envidio que lo tuyo esté bien. Posiblemente, contra lo que declara, Medea toma la decisión de dañar a la princesa e, indirectamente, a su padre, precisamente por la actitud que Creonte tiene hacia ella al sentenciar su destierro y al amenazarla con el uso de la violencia (335) 22. El negar su fama, su sabiduría, su animadversión hacia él, es un recurso para lograr que no la expulse; cuando no da resultado, acude a la súplica (324, 326), invoca a Zeus (332) y reduce el petitorio a un solo día destinado a preparar la salida y su sustento (340-347). Creonte comete conscientemente la ‰martía de aceptar (348-351) creyendo que unas horas no bastarán a Medea para dañarlo: de ahí que amenace 23 1993 p. Quizás el monólogo funcione como un "aparte". matarla si permanece más tiempo (354). Los versos 361-362 también fueron condenados como un añadido contradictorio: y ahora, si es necesario que te quedes, permanece por un día; pues no harás algo tremendo de lo que tengo miedo. Rodríguez Adrados 23 los defiende siguiendo a Page p. 99: si bien dio a entender que el amanecer no debe encontrarla allí (352), la concesión se funda en que un día no bastará para hacerle mal. Uno podría preguntarse si no se desprende eso ya de la concesión previa y si no hay una contradicción entre "la llama del dios que está viniendo" (352), o sea, una aurora ya cercana, y el hablar ahora de un día šf' améran mían (355), si bien se puede entender esta expresión como una sinécdoque. Resulta extraño que tras decir en 354 "queda dicha esta palabra no mendaz", que parece cerrar el discurso como ocurre en Epitrépontes 292 de Menandro e2reka tòn g' šmòn lógon, Creonte añada dos versos más. Sin embargo, el rey no cierra con esa frase el discurso: sólo afirma que no es mendaz su amenaza de que la matará. Luego añade por qué hace la concesión. Dada la circunstancia de disponer ahora de unas horas, Medea retoma su idea de venganza. En 366-7 dice "Todavía hay luchas para los novios recientes y no pequeñas penas para los que hicieron la alianza". Los'gÔnej o "luchas" se refieren específicamente a la nueva pareja, Jasón y la princesa; los pónoi "para los que hicieron la alianza" es, de nuevo, un término ambiguo. 137 considera que el plural es mayestático y se refiere sólo a Creonte, pero también puede aludir a Jasón y la princesa en tanto contrayentes o a Jasón, Creonte y su hija en tanto negociantes y partícipe. A la princesa la considera enemiga porque, si bien no es responsable de la negociación normalmente acordada por los hombres, es concretamente la "reemplazante": Medea se ve desplazada como esposa y como patrona del hogar y, para colmo, por una mujer más joven (445, 694, 967, 970; cf. 1150). Medea es poco clara en la expresión de su idea, posiblemente porque sabe que el coro la apoya en su venganza contra Jasón (267) pero no está segura de que las mujeres corintias estén acordes en que la venganza alcance a otros. Sin embargo, tras declarar que halagó a Creonte con astucia (368) y que el rey actuó tontamente (371), se atreve a expresar su resolución de castigar a los tres 24: Sobre el uso de la retórica en este pasaje cf. Schamun 2001.... a tres de mis enemigos haré cadáveres, al padre y a la muchacha y a mi esposo (374-375). Aquí Medea toma una primera decisión; sin embargo, sabemos que en el curso de los acontecimientos la cambiará, pues no hará de Jasón un cadáver o, al menos, no en sentido literal. Además, tampoco decidió el método. 376 discurre si usará el fuego, la espada o las hierbas, y opta por éstas para evitar ser atrapada en el palacio. A tal punto está decidida que en 386 dice kaì dè teqnâsi, "ya están muertos", como hecho consumado. Pero luego discurre una opción de máxima y una de mínima: si encuentra un refugio, asilo o protección, actuará con dolo y en silencio (de hecho prevé que quizás aparezca alguna ayuda, 389-391); si no lo consigue, los matará a espada aunque ella muera a consecuencia de ello (392-394). Que en su castigo quiere llegar incluso al rey queda confirmado por los versos 399-400: Yo les haré amargas y lúgubres las bodas, amarga la alianza y mis exilios del suelo Pues aquí las bodas, gámouj, se vinculan con los novios, la alianza kÊdoj incluye al padre que la concede y los exilios fugáj son responsabilidad directa de Creonte. Hasta aquí, pues, Medea decidió matar a Jasón, Creonte y la princesa, y decidió hacerlo con venenos o con espada. Veremos cómo "Medea, planeando y tramando artificios" (402), actividad propia de su nombre, irá modificando gradualmente el proceso de la venganza. El estásimo de 410-445 confirma la capacidad de Medea para vengarse y la justicia de su causa. El'gÔn que le sigue, 446-626 25, fija la posición psicológica de los contendientes y permite, por la hipocresía de Jasón, que Medea confirme su venganza, cosa que expresa ambiguamente en 608 ("También para tu casa soy funesta") y 626 ("desposarás de tal modo que reniegues tú de la boda"). En este pasaje se discute la autenticidad del verso 468, que fue condenado por Brunck: a la frase "viniste hasta nosotros, viniste como enemigo", tal verso añade "contra los dioses y contra mí y contra toda la raza de los hombres". 259 opina que debe ser suprimido porque es redundante en boca de Medea, mientras que es lógico que Jasón se lo diga a Medea al final. Es posible, sin embargo, verlo como un modo que tiene Eurípides de variarse a sí mismo y de mostrar que una idea puede tener distintos puntos de vista y distintas aplicaciones. Para Medea, la traición de Jasón es hostil no sólo para ella sino también para los dioses, por haber violado pactos refrendados por ellos, y para toda la raza humana porque desestabiliza la sociedad, su confianza en los acuerdos y su relación con la qémij. En el caso de Jasón, Medea es hostil a él por el castigo que le inflige, a los dioses por osar matar a consanguíneos (las Erinias actuarán) y a la raza humana por violar el vínculo natural madre-hijos y destruir la institución familiar, aunque por supuesto, también Jasón descuidó el vínculo padre-hijos y destruyó la familia que había construido. En fin, no es indispensable suprimir el verso 468, teniendo en cuenta además que Medea está argumentando su defensa y justificando, sin que Jasón lo sepa, la venganza que desea. Jasón alega que él actuó...queriendo salvarte a ti y, de la misma simiente, engendrar para mis hijos hijos soberanos, defensa de la casa Lo cual genera un comentario de Medea que dice: Ojalá no se me haga triste una vida feliz ni una opulencia que hace escocer mi sentir. Con un tono irónico, Medea sugiere que no quiere esa vida que Jasón propone para sus hijos, pero también puede dar lugar a pensar que tuvo una ocurrencia: si a Jasón le interesan los hijos, sería un castigo que ya no los tuviera; este podría ser el sentido del deseo de Medea de que su vida feliz (tener a sus hijos) no se le haga triste (tener que matarlos). Que se le ocurrió esta idea quedaría confirmado por las alusiones de los versos 608 y 626 ya citados: ser funesta para la casa de Jasón es ser destructora de los niños; que Jasón reniegue de su boda es que tome conciencia de que le valió quedarse sin hijos. De tal modo, Medea añade ahora en su plan gradual de venganza la idea del filicidio, con el cual no hará cadáver a Jasón literalmente sino simbólicamente, porque lo deja sin futuro. En el segundo estásimo, 627-662, el coro opone el exceso de los oerotej a la mesura de Kúprij, que puede entenderse como una condena de la infidelidad pasional, carente de swfrosúnh. Es importante su sentencia final, cuando dice "ojalá muera el ingrato a quien le es posible no honrar a los amigos, abriendo la llave de puros sentimientos; para mí nunca será un amigo" (656-662): la maldición se dirige contra Jasón pero a la vez anuncia la figura Adóketon lo considera Bordaux 1996 p. Ambos pasajes, sin embargo, tienen algún anuncio (para el carro, no sólo la insistencia en Helio como ancestro de Medea sino también el v. Sin embargo, Medea no lo trata honestamente, pues Egeo no sabe qué piensa hacer ella; de ahí que el coro, en el tercer estásimo, distinga entre ella y otros refugiados en Atenas. Egeo había sido, si no previsto 26, al menos esperado como una posible salvación cuando Medea evaluaba las posibilidades de los métodos de venganza. Además, aparece de modo similar a como en Edipo, rey aparece el mensajero, inmediatamente después de que Yocasta afirma la invalidez de los oráculos. Aquí, el coro lamenta la deslealtad e ingratitud de supuestos amigos y tiene como respuesta la venida de un amigo leal 27. La escena de Egeo, mal vista ya por Aristóteles 28 y por muchos críticos modernos, es ahora revalorizada 29. Ciertamente tiene posición central, no sólo desde la estructura externa sino también desde la interna. Egeo busca hijos, en oposición a Medea que matará a los suyos y a Jasón que, en busca de otros que son excusa para su propio beneficio, se desentiende de los que tiene; Egeo está casado, aparentemente sin problemas conyugales, a diferencia de Medea y Jasón, pero carece de hijos (no sabe que al visitar a Piteo engendrará extramatrimonialmente uno en Etra, hija de Piteo) 30. La figura de Egeo sirve para la venganza de Medea en dos aspectos: por una parte, le hace ver cuán importante es para un hombre su descendencia, de modo que aquella idea naciente de vengarse de Jasón en sus hijos se muestra confirmada ahora para Medea como la más cruelmente efectiva; por otra parte, la benevolencia y el juramento de Egeo le aseguran a Medea un refugio o asilo, la protección que ella necesitaba para actuar según la opción de máxima, es 31 Cf. 122. decir, con dolo, secretamente, mediante venenos y sin exponerse a ser muerta en palacio. Además, desde el punto de vista mitológico, la aparición de Egeo alude y prepara su vínculo futuro con Medea y el nacimiento de Medo, aludido también en v. 1385, lo cual acentúa la contraposición con Jasón, que queda sin posibilidad de herederos. En este pasaje se discute la pertinencia de los versos 725-726, bien defendidos por Page y Rodríguez Adrados: la insistencia del personaje no es razón para suprimirlos; Egeo añade que acepta recibirla pero no llevarla él mismo, pues hacer esto significaría un agravio a la tierra que él ahora visita. Habría que añadir como argumento que esta advertencia prepara el final de la pieza: Medea consigue un refugio contra su castigo pero no un salvoconducto para llegar a él; debe salir de Corinto por sus medios. ¿Cómo escapar sin ser atrapada por Jasón o por los guardias de palacio? Sólo podrá escapar en el carro de Helio. Por lo tanto, no sólo la escena es fundamental para la trama de la concreción de la venganza sino que además prepara y justifica el final ex machina. A continuación, mediante la repetición anafórica de nun en 765 y 767, Medea expresa que llegó el kairój, la ocasión adecuada 31: obtenido el refugio, puede iniciar la venganza. Cumplidos los requisitos, puede revelar el plan. Entonces anticipa que engañará a Jasón, que enviará a sus hijos con regalos para la princesa con los cuales, envenenados, matará a ésta. Aquí expone, pues, abiertamente su intención de matar a la princesa, con lo cual piensa castigar indirectamente también a su padre; sin embargo, queda anunciada y abierta la posibilidad de que también él muera, porque Medea dice (788) "morirá malamente todo el que toque a la muchacha". Medea lo anuncia con dolor y con plena conciencia tanto de la impiedad del crimen como del sufrimiento que le acarreará (796). Este aspecto de la venganza fue el último en ser incluido en el plan y como variante de la muerte de Jasón. Lo justifica con tres razones: 1) que tras matar a la princesa no tendrán provecho en vivir ni tiene ella nada que ofrecerles (798-799); 2) que de tal modo Jasón pagará su culpa, la cual queda sugerentemente enlazada con la propia culpa de Medea ("me Sobre éste, cf. Most 1999, a cuya plausible propuesta para la interpretación de los vv. 258. equivoqué otrora cuando abandoné la morada paterna", 800-801); 3) que así ella es fiel a su carácter, "pesarosa para los enemigos y benévola para los amigos" (809). Quizás tomando la implícita contradicción de esta razón (los hijos son amigos y, sin embargo, los matará cruelmente), el coro intenta vanamente disuadirla y pasa luego a cantar, en el tercer estásimo 32, la oposición entre un amor constructivo y un furor destructivo. En la escena que acabamos de comentar se discute la autenticidad del verso 782, suprimido por Brunck en razón de que se repite en 1061. Mas pediré que mis hijos permanezcan, no como para abandonarlos en tierra adversa para ultrajar a mis hijos con enemigos, sino para matar con dolos a la hija del rey. (780-783) Medea explica que logrará de Jasón que sus hijos no sean exiliados, pero no porque piense dejárselos sino porque los usará para matar a la princesa. La idea de que si se quedan en Corinto serán ultrajados por los enemigos es coherente con su previo temor de ser atrapada ella misma (381-383) y con la versión mítica de haber sido ellos muertos por los corintios. Hay que observar que el verso 1061 no es formalmente igual al 782 sino que tiene la misma idea, como no lo será el verso 1380 a pesar de reiterarla y menos aún 1238-1239: tiene razón Rodríguez Adrados al defender la autenticidad del verso alegando que obsesiona a Medea la idea de que sus hijos queden a merced de los enemigos 33. El primero es considerado interpolación por Valckenaer y el segundo es suprimido por Elmsley; se fundan en una semejanza formal con los versos 949-950, aunque en realidad son iguales solamente 786 y 949. El pasaje dice, refiriéndose a los niños: Pues los enviaré con regalos en las manos para que, llevándoselos a la novia, no se exilien de este suelo: una túnica sutil y una tiara trabajada en oro; y si acaso, tomando el adorno, se lo viste en el cuerpo, morirá malamente todo el que toque a la muchacha: ungiré los dones con estas hierbas. Rodríguez Adrados 34 defiende el pasaje alegando su sintaxis perfecta y que, si se suprime lo cuestionado, el locus queda débil. Que Medea insista cuando habla con Jasón no es un obstáculo. Ciertamente, el verso 785 no puede faltar porque se refiere al favor que se pretender obtener; el 786 explica cuáles son los regalos mencionados en 784 y 789, aclaración necesaria para entender por qué la princesa puede ponerse un adorno en el cuerpo, que terminará dañándola a ella y a quien la toque. El regalo podría haber sido algo más externo o independiente del cuerpo de la destinataria, mientras que el relato que hará el mensajero explana por qué los dones debían ser algo que la princesa pudiese ponerse encima (cf. 1159 ss., 1186 ss.). Por otra parte, que al hablar con Jasón Medea le explique, en 949, que los dones son una túnica y una diadema de oro no es algo fuera de lugar, sobre todo teniendo en cuenta que, después, Medea explica que la tiara es un adorno legado por Helio a su descendencia, y observando también que el mismo Jasón mencionará los dones como túnicas y oro (960-961); si bien éste puede ya verlos porque una sirvienta los aportó (cf. 951 y 956), no es un exceso que Medea los haya mencionado ni es reiterativo respecto de 786 porque en esa ocasión Jasón no estaba presente. Además, estos objetos cumplen un papel tan importante en el desarrollo de la venganza que no es dramáticamente inadecuado insistir en ellos. Tengamos presente que también los versos 1163 y 1190 repiten en el centro del verso el giro 'nastâs' šk qrónon y esto no sugiere, sin embargo, que alguno de ellos sea espurio. En el cuarto episodio (866-975), Medea pone en marcha la concreción de la venganza mediante su engañosa actuación ante el marido y el envío de los objetos envenenados, cuando Jasón incurre en ‰martía (908 ss.). Medea, empero, sigue con ciertas dudas: llora y teme al ver cómo los niños estrechan la mano de su padre (899-903), llora porque planea matarlos y teme por el dolor que padecerá al hacerlo, a la vez que el ademán le recuerda el pacto violado por Jasón, lo cual acentúa el conflicto; también llora y torna el rostro cuando Jasón ruega que sus hijos lleguen sanos a la juventud (920-924), porque este deseo, que sería también el suyo, redobla el conflicto contra su decisión criminal. 182, este monólogo es central no sólo porque en él Medea decide matar a sus hijos sino también porque en él se subsumen todos los motivos destacados por el poeta. Lejos está, pues, de suprimirlo. Rodríguez Adrados acepta que se supriman 1006-1007, considerando allí rápida y directa la pregunta del mensajero. Pensamos que en ambos pasajes son necesarios estos versos. Para el público, el único indicio de lo que siente Medea son estas descripciones; Medea llora (dakrúoij téggeij 922) y está confundida (suncuqeîsa 1005), pero la máscara no permite observarlo; que se torne el rostro para ocultar el llanto no es extraño (recordemos a Odiseo, que se cubre al oír el relato de Demódoco); en ambos pasajes se acaba de hablar de los hijos, causa del conflicto de Medea, lo cual le produce consternación, una perturbación emotiva expresada con lenguaje corporal. Además, como ya señalamos, en 1163 y 1190 se reitera una escena (el levantarse del trono), como también en 1148 y 1152 se repite y comenta respectivamente la actitud de tornar el rostro, esta vez en la persona de la princesa, alterada por la presencia de los niños ante ella, y el verso 1148 36 es muy parecido al 923, sin que, por lo que sabemos, nadie lo cuestione. Eurípides gusta de recrearse y de hacer guiños a las escenas repetidas de Homero. En el canto coral de 976-1001, las mujeres prevén la muerte de los niños y de la princesa y asimismo la miseria de Jasón y de Medea. El coro no hace referencia a la muerte de Creonte porque no está planeada ni anunciada como segura: Medea piensa en un castigo indirecto para el rey (el quedarse sin descendencia) o quizás, en su muerte, en caso de que toque a su hija. También Jasón podría hacerlo y morir con ellos. Es una posibilidad incierta que el coro no prevé ni afirma. 41 En 1073, en cambio, škeî se refiere ambiguamente al Hades y šnqáde a la vida en Corinto ("Ojalá seáis felices allí škeî; lo de aquí šnqáde, vuestro padre lo quitó"). Los niños, si es que entienden algo de estos vaivenes oscuros de su madre, pueden pensar que škeî es el lugar de exilio. 131 señaló que, mientras que en Homero la duda es clara e intelectual, en Eurípides es pasional, dividida del alma: Medea duda por la ternura que siente por sus hijos. Es cierto que el afecto hace dudar a Medea, pero para resolver el conflicto "argumenta razones" que tienen base afectiva (no dejarse burlar, no librar a los hijos a los enemigos). Habría que rever si, cuando Aquileo desiste de matar pasionalmente a Agamenón por su afrenta, no "argumenta razones" que son también de base afectiva: lograr una mayor timé. Recordemos que los principios que mueven a Medea coinciden con los de los héroes iliádicos. Para Romilly sólo son heroicos en Eurípides personajes como Alceste, Macaria, Polixena y Meneceo, jóvenes que se sacrifican por un ideal (cf. p. 306, estos jóvenes carecen de la base de sustento que tenían los héroes. El famoso verso 1079 "mi animosidad es más fuerte que mis deliberaciones (bouleúmata)" hace referencia a todas estas disquisiciones. 24 plantea la interpretación de bouleúmata 'planes' como una contradicción, un conflicto interno contra el proyecto de asesinato. Creemos que šmÔn bouleumátwn no se refiere a los planes de asesinato sino a'deliberaciones, argumentaciones' en contra de esos planes, enfrentadas al impulso de venganza, a Adiós a mis determinaciones de antes: conduciré a mis hijos fuera de esta tierra. ¿Por qué es necesario que yo, afligiendo a su padre con males de éstos, adquiera dos veces tantos males? (1044-1047) Medea se cuestiona por qué debe tener doble daño, ser asesina y verse privada de sus hijos. Se plantea la posibilidad de irse con sus hijos al exilio, aunque antes pensó que no tenía nada que ofrecerles allí (798-799). Si Medea no aclara que se los llevará, es incoherente con su declaración de no querer dejar a sus hijos en manos de sus enemigos para que los ultrajen o maten (782, que reaparece en 1061, 1238-1239 y 1380): si decide no matarlos, debe llevárselos consigo. El verso es necesario. El škeî de los mss. en 1058 se refiere a Corinto y no necesita ser enmendado, porque en esta nueva posibilidad que Medea evalúa, el no matar a los niños implica dejarlos en la ciudad 41; pero inmediatamante rechaza esta idea, coherente consigo misma, porque eso significaría que los corintios los maltrataran o mataran. En su conflicto afectivo, Medea tiene en cuenta razones 42. EM LXXI 2, 2003 ese qumój o 'animosidad' triunfante: no hay una oposición entre razón y pasión porque Medea usa, a lo largo de la pieza, la razón para facilitar la venganza, por ejemplo en la búsqueda de la simpatía del coro, en el forzar a Egeo a una alianza juramentada, en la escena del engaño a Jasón; sino que hay un sometimiento de la razón a la pasión. El conflicto por el que Medea delibera (bouleúmata) es entre el triunfo de la pasión vengativa o el triunfo del afecto maternal. Rodríguez Adrados 1993 pp. 258-259 los defiende alegando una "sutil gradación" entre ambos pasajes: en el primero Medea sólo aludiría a la muerte y hablaría de despedida; en el segundo sería más explícita respecto de la acción que cometerá. 110 destaca que el discurso de Medea no es "un artilugio psicológico sino un continuum dramático": hasta allí, el personaje había sido incapaz de hacer una decisión interna. Torna entonces a opinar que debe matarlos (1062 ss.). Que en este segundo lugar Medea diga Realmente es necesario que ellos mueran. Dado que es necesario, los mataremos nosotros, quienes los engendramos No está de más, pues en el monólogo de 1019 ss., aunque esté presente el coro, Medea ignora su presencia: habla consigo misma y con sus hijos; en 1240-1241, en cambio, expresa abiertamente al coro su decisión 43. Realmente esto está hecho y no será rehuido Donde el pronombre demostrativo se refiere a lo que acaba de decir (que los niños morirán y los matará ella) y no a que no se los dejará a los enemigos (1060-1061). El uso del perfecto pépraktai en 1064 señala decisión tomada como cosa hecha, así como dijo teqnâsi en 386 con el mismo valor, y lo que oÐk škfeúcatai, lo que "no será rehuido", no es el no dejar a los niños sino el matarlos. No parece válido el argumento. Ellos transmiten la decisión definitiva de matar a los niños, decisión interior tomada tras largo conflicto y que le permite ya superar la duda afectiva (1071-1077); Medea comunica esa decisión a sus "aliadas" en 1240-1241 44. 811 el coro "comienza a retirarle su alianza". Jouan 1996 pp. 94-95 sostiene que el coro, mudo durante el monólogo de Medea, sale de su pasividad para criticarla como asesina en 1253-4: "El coro se deslizó de la simpatía a la reprobación, luego al horror". Segal 1996 pp. 19-20 sostiene que la simpatía del coro llega al horror por cuatro razones: la muerte de la princesa, el uso de los niños como instrumento, la preparación del escape y la identificación de los niños con su propio honor. 20 destaca el horror del coro y su insistencia en que la intención de Medea es una osadía (816, 859): el coro se va distanciando gradualmente de Medea hasta el final. También el público pudo ir perdiendo simpatía por ella: se dice que la derrota de la pieza se debió a un rechazo general, vinculado con la impopularidad de Eurípides. Según Stevens no hubo tal, al menos no completa ni general. Quizás sea comparable al caso de nuestro J. L. Borges, elogiado por muchos por su obra pero un tanto impopular entre otros por sus actitudes e ideas. La crítica suele considerar que Medea no es castigada por su crimen debido al final "triunfante" y que esta falta de harmonía universal es el comienzo de la tragedia moderna, donde reinan fuerzas inconciliables (cf. por ej. Citti 1996). En realidad, Medea se autocastiga con su propio sufrimiento y es consciente de ello (1250, 1397): pero no puede rehuir el crimen y eso la hace personaje trágico. 267 el coro se abstiene de condenar a Medea en el momento del filicidio, porque se compadece de ella, y usa entonces el lecho como interlocutor. Recordemos que Medea entra a la casa (1250) por lo que el coro no puede hablarle; si bien la considera "desdichada, malafortunada" (1272) como a Ino (1286), quiere detenerla (851 ss., 1251 ss.), no la exime de su culpa y no deja de sentir horror por su crimen: "¿Qué cosa, en efecto, podría ser aún más tremenda?" (1290). tándose de la princesa, pero no acepta el asesinato de los niños: si no pudieron detener ellas, las mujeres corintias, a Medea, intentan que la detengan las divinidades; proponen intervenir y salvar a los niños (1275-1276) pero no lo concretan, quizás porque las puertas están cerradas (1314, 1317), en parte porque Eurípides reelabora la actitud del coro en el Agamenón de Ésquilo, en ocasión del asesinato del rey 51. La adhesión del coro a Medea (próqumon 179) tiene un proceso inverso a la construcción de la venganza: a medida que ésta crece y se hace explícita y más horrorosa, el coro va perdiendo su simpatía por ella 52; acepta que es injusto lo que le ocurre y que Jasón merece un castigo, pero ve la marcha creciente de la venganza como un exceso que se hace consecuencia de anteriores excesos y que se torna castigo para la misma Medea 53. Es extraño que algunos críticos consideren que la adhesión del coro se acrecienta a medida que transcurre la obra 54. 173 que al quedar Medea fuera de la ciudad, sin esposo ni hijos, tal final es la paradoja trágica de la venganza como fracaso triunfante. El pasaje se centra en el tema del castigo. Jasón quiere evitar el de los niños, que podrían sufrir la cólera de los parientes de Creonte (1301-1305); no le importa que se venguen de Medea (1299-1301) sino que él mismo quiere castigarla (1316) al enterarse de que cometió el filicidio. Jasón creía que las mujeres le advertían sobre la posibilidad de que Medea lo matara a él (1308), pero comprende que con la muerte de sus hijos también lo mató a él, no físicamente pero sí en sus intereses: la posteridad y el beneficio material (1310, 1325). En este pasaje se cuestiona el verso 1316: Soltad las trabas cuanto antes, sirvientes, liberad las juntas para que vea el doble mal, a los muertos por una parte, a la que haré pagar su culpa, por otra. (1314)(1315)(1316) Schenkl lo suprimió alegando oscuridad de la frase; Rodríguez Adrados 55 lo defiende justificando por la pasión del personaje la falta de lógica, es decir, la falta de un subordinante que introduzca el verbo teísomai. Ya al comienzo del episodio Jasón mostró perturbación en su modo de expresarse, de modo que puede darse también aquí. Medea, por su parte, que es ahora protagonista apoteótica, triunfante y salvada divinamente 56, expresa con claridad a quiénes consideró enemigos y de quiénes quiso vengarse: Tras deshonrar mi lecho, tú no ibas a pasar una agradable vida riéndote de mí, ni la princesa ni Creonte que te añadió bodas para echarme de este suelo, impunemente. (1354)(1355)(1356)(1357) Medea sintetiza todo: se la deshonró como mujer-madre, este ultraje es una burla para ella, lo cual motiva su venganza contra los implicados, el marido, la novia y el suegro, venganza que consiste en punirlos. En este pasaje, Verral y Diggle, alegando que pédon 'llanura' no es adecuado para aludir al hábitat del monstruo, suprimen el verso 1359: y [llámame] Escila, la que habitó la llanura tirrénica Bien señala Rodríguez Adrados 57 que puede haber alguna corrupción en ese vocablo o que, simplemente, "llanura tirrénica" aluda a toda Italia, en general; se trataría, pues, de una sinécdoque poética. Bothe, seguido por Méridier, condenó el verso 1387, que es una aclaración de cómo Jasón katqanÊ7 kakòj kakÔj, de acuerdo con el mito conocido (lo habría golpeado el mástil de la nave): golpeado en tu cabeza por un resto de la Argo tras ver los amargos finales de mis 58 bodas (1387-1388) Rodríguez Adrados no hace referencia a esta propuesta. Pensamos que tampoco hay razones de peso para eliminar el verso: para Bothe es aclaración excesiva y le parece espurio que haya dos participios en versos sucesivos (peplhgménoj e ±dÓn). La aclaración hace retornar el final de la pieza a su primer verso, que menciona la Argo, y los participios se refieren a dos momentos diversos cronológicamente, de modo que la muerte poco heroica de Jasón será adecuada culminación de su frustrado matrimonio. La venganza de Medea, construida gradualmente, tendrá de tal manera un apéndice futuro. Nos resta analizar cómo dos imágenes tienen vinculación con la venganza, tanto en su motivación, como en el conflicto que ocasiona y en su concreción. Son imágenes que surgen, por un lado, de vocablos referidos al ánimo y la animosidad (qumój), la cólera (xóloj), la ira (1⁄2rgÉ), los afectos del corazón (kéar, kardía, kradía); y que surgen, por otro, del uso del vocablo mano (xeír) o diestra (deciá). Este último aspecto ha sido reiteradamente mencionado y particularmente estudiado por Flory. Qumój 'ánimo' aparece en v. Qumóomai 'estar animoso contra', se aplica a Medea en 271, a los reyes en 455. Dusqumía 691 'mal ánimo', referido a Medea. Barúqumoj 176 'de profunda animosidad', califica la ira de Medea. 9Ocúqumoj 319 'de aguda animosidad', aplicado a Medea. Vemos, pues, que predomina la idea de una mala disposición anímica y notoriamente centrada en Medea. También observamos que estos usos cesan en 1079, es decir, al final del quinto episodio, una vez que Medea concluye su conflicto interior y decide el filicidio. Por lo tanto, también la ira se aplica predominantemente a Medea y aparece así hasta 909. También esta idea predomina en el personaje central y su uso concluye en 1266, inmediatamente antes del filicidio. Es claro que estos vocablos se refieren principalmente a la heroína y que concluye la aplicación a ella cuando Medea anuncia que cometerá filicidio. Sobre la base de este análisis, pensamos que estos vocablos apuntan a expresar el sentimiento de Medea, su afección, que la motiva a la venganza, y el conflicto que ello le produce cuando incluye a los hijos como instrumento. Este aspecto se desarrolla hasta el momento del filicidio 60. Poco antes, la ira pasa a la princesa, a quien disgusta como madrastra ver los hijos ajenos, y la afección del corazón se traslada a Jasón una vez ocurridas las muertes. En cuanto a la xeír 61, aparece como deciá 'diestra' (sin xeír) en 21 y en 1365; en el primer caso son las manos de Jasón y Medea que hicieron el pacto matrimonial; en el último, es la diestra Jasón, que se exime del asesinato. En 377 šgxeirÔ'emprenderé, tomaré entre manos' se aplica a Medea cuando empieza a sopesar métodos de venganza. En 733 dusxeréj 'inmanejable' es el asunto que tiene Medea, según Egeo. De este recuento se desprende que, en contrario a los vocablos que tienen que ver con la motivación y el conflicto,'mano' se hace más frecuente en la segunda mitad de la pieza; se refiere a la mano criminal de Medea en nueve ocasiones (once si le sumamos la figura de Ino) y todas a partir de 857, después de revelar su plan inicial; sus usos se mezclan con los referidos a las manos de los niños, usados por ella como instrumentos de la venganza, y a los relativos a la princesa, que acoge los dones como víctima de la venganza. Si primero la mano prevalece como signo de pacto, súplica y afecto, gradualmente va tomando el valor de signo de crimen, de hecho que se va consumando y que lleva a una ruptura total: Jasón no puede tocarla a ella ni a los niños (1320, 1412) 62. Pensamos, pues, que Eurípides acentúa los usos de qumój, 1⁄2rgÉ, xóloj, kardía en la primera parte de la obra para orientarlos a establecer la motivación de la venganza y el conflicto que ella genera; en cambio, acentúa en sentido inverso los usos de xeír con connotación criminal en la segunda parte, para connotar que, justificada la motivación y resuelto el conflicto, se con-Most 1999 p. 32 observó que kardía debe ser el motor y xeír el instrumento del asesinato. En ambos casos Medea concentra el mayor número de referencias. Los niños, en cambio, están presentes o aludidos a todo lo largo de la pieza, como fuente de dolor, objeto de amor, interés paterno, motivo de compasión, instrumento de venganza: están indirectamente vinculados con la traición de Jasón y la deshonra de Medea pero pasan a ser directo recurso de venganza contra esa traición y de reparación de la honra injuriada. Como bien ha señalado Bordaux 64, Medea no dice qué va a hacer (salvo en 793 ss.) sino que simplemente lo hace y así Eurípides nos muestra su plan en acción, representa los movimientos secretos de Medea antes de decirlos: no dice "ahora voy a conseguirme un refugio aliándome con Egeo"; simple y eficazmente lo va concretando y mostrando en la escena. Pero este "hacer la venganza" no es un plan preconcebido en todas sus partes, sino que se va construyendo gradualmente a medida que los acontecimientos se van dando favorables. Pruebas claras de ello es que aparezca Egeo, persona no prevista por Medea pero que responde a sus esperanzas y resulta fundamental para dar lugar a la venganza (pues Medea no quiere quedar ni prisionera ni muerta), y que Creonte se abrace a su hija de modo que muera también él. Medea sabe desde un comienzo que quiere vengarse, que necesita restaurar su timÉ ultrajada; pero no sabe si lo hará, al modo de Ayante, mediante el suicidio o matando a su marido, o a los reyes, o a los tres, o si dejando a Jasón sin hijos y sin posibilidad de ellos; no sabe si le conviene matar con fuego, con espada o con venenos. El resultado es una mezcla de estas posibilidades: el matar a sus hijos es en parte una forma de suicidio; hacerlo es mejor castigo contra Jasón que matarlo a él mismo físicamente; para dejar a Jasón sin posibilidad de hijos, debe matar a la princesa, con lo cual se venga a la vez de ella y de su padre el rey; la muerte del rey le viene por añadidura. La venganza, pues, se va construyendo gradualmente, superando dudas y a medida que se van presentando situaciones ventajosas e inesperadas; las imágenes del corazón y sus sentimientos construyen la motivación y la justificación de la venganza y señalan el conflicto hasta la toma de decisión, de modo que se dé lugar, a su tiempo, a la concreción de la venganza, denotada por las imágenes de la mano que pasan de suplicantes y acariciadoras a transmisoras de muerte: a medida que decrecen los usos de las imágenes de sentimiento cre-
Este trabajo se ha realizado dentro del proyecto PB 96-1188 de la DGICYT del MEC, titulado "Poesía Epigráfica Latina en Hispania: edición y comentario". Es justo mencionar aquí las muchas y largas conversaciones sobre la metáfora mantenidas con mis compañeros Emilia Ruíz Yamuza y Rafael Martínez Vázquez, profesores de griego en la Universidad de Sevilla, así como sus completas y acertadas recomendaciones bibliográficas. A Xaverio Ballester (de la Universidad de Valencia) y a su amplio conocimiento de lenguas exóticas y olvidadas, debo también algunos ejemplos esclarecedores sobre la metáfora; por último, agradezco a Miguel Rodríguez-Pantoja (de la Universidad de Córdoba) sus precisiones cronológicas sobre los CLE. ACERBVS: LA AMARGURA DE MORIR ANTES DE TIEMPO * CONCEPCIÓN FERNÁNDEZ MARTÍNEZ A Alberto Díaz Tejera, in memoriam Universidad de Sevilla En este artículo, se ofrece una interpretación de la palabra acerbus en los textos literarios y en las inscripciones métricas (en las toma siempre un sentido especializado, referido a la muerte prematura) con arreglo a la Teoría Contemporánea de la Metáfora (TCM). El estudio de acerbus desde ese punto de vista permite proponer una traducción satisfactoria de ese término en los textos literarios y epigráficos. Por último, el estudio comparativo de acerbus en la literatura y los Carmina Latina Epigraphica proporciona elementos de juicio para arrojar luz sobre el interesante tema de los loci similes en los textos de una y otra clase. Palabras-clave: Latín, Literatura, Epigrafía, Metáfora, Semántica 1. Definición y teoría tradicional de la metáfora (TTM). El diccionario de la Real Academia Española define la metáfora como un «tropo que consiste en trasladar el sentido recto de las voces a otro figurado, en virtud de una comparación tácita», definición que no es más que un buen resumen de la TTM expuesta, por ejemplo, por Lausberg 1. La TTM entiende ésta, en efecto, como un tropo que consiste en tomar una palabra y ponerla en el lugar del uerbum proprium, sin que ambas estén emparentadas semánticamente. El tropo comunica a la palabra empleada trópicamente una nueva significación, que el hablante expresa mediante su uoluntas semántica y que el oyente reconoce por el contexto de la frase y situación. Entre la designación metafórica y lo así designado tiene que existir una similitudo. De acuerdo también a la TTM, el tropo se halla al servicio del ornatus y ayuda especialmente a evitar el taedium; pero algunos tropos se han hecho corrientes en el lenguaje cotidiano, es decir, han caído, léxicamente, en el nivel del uerbum proprium. El tropo, que suele llamarse también uerbum translatum o metáfora, no es algo caótico: el trasplante semántico se hace dentro de determinadas relaciones semánticas, de tal modo que las metáforas traídas muy de lejos y "atrevidas" han de presentarse mediante alguna fórmula preventiva (si licet dicere). Si observamos nuestro lenguaje de cada día, no tardaremos en concluir que resulta mucho más metafórico de lo que pudiéramos sospechar; no sólo porque con frecuencia nos hallemos "en un callejón sin salida", "hayamos llegado demasiado lejos en nuestras apreciaciones" o andemos continuamente "metiendo la pata" y "al borde del abismo", sino porque además nos sorprendemos a nostros mismos utilizando éstas y otras expresiones (como "la falda de la montaña" o "el tiempo es oro", por seguir con ejemplos habituales), irreflexivamente y sin ninguna intencionalidad retórica. Lo cierto es que no resulta difícil advertir que nuestro lenguaje cotidiano (el de los adultos y el de los niños, y en cualquiera de los niveles diastráticos o diafásicos) está impregnado de metáforas y que éstas son inconscientes, automáticas, usadas sin esfuerzo, sin la mencionada uoluntas semántica, sin pretensiones de ornatus. Basta con que nos alejemos un poco de cualquier experiencia física concreta ("el perro está en su caseta") y comencemos a hablar sobre abstracciones o emociones ("amor", "tiempo"), para que nuestra norma expresiva cambie desde lo literal hacia lo metafórico, sin que estas expresiones metafóricas, no literales, resulten raras en comparación con el lenguaje lite-2 Cf., por ejemplo, G. Lakoff & M. Johnson, 1980;G. Lakoff, 1987. 3 Los ejemplos están tomados de Lakoff 1980. ral más "normal" y sin que se requiera para ellas ningún talento especial, alejado, por tanto, de los hablantes corrientes. La metáfora, pues, más que un embellecimiento retórico, nos parece una parte del lenguaje cotidiano relacionada con el modo en que percibimos, pensamos y actuamos. Tal es nuestra familiaridad con las metáforas, que a menudo no llegamos a percibirlas como tales (valgan como ejemplo las recientemente mencionadas). Todo lo cual nos debe llevar a desechar definitivamente la idea tradicional de que la metáfora pertenece fundamentalmente al reino del lenguaje figurativo, al ámbito de lo literario. Teoría contemporánea de la metáfora (TCM). Desde la constatación de que la metáfora es una gran e indispensable parte de nuestro modo habitual de conceptualizar el mundo, cognitivistas como Lakoff 2 se preguntaron qué tipo de generalizaciones gobiernan las expresiones lingüísticas que tradicionalmente se entienden como metáforas poéticas y llegaron a una serie de conclusiones sobre las que vale la pena detenerse. En primer lugar y frente a las definiciones y teorías tradicionales que ofrecían una simple descripción de la metáfora, demasiado centrada en su resultado final, en su estructura de superficie, el nuevo enfoque cognitivista fija su atención en los mecanismos conceptuales de generación de este tipo de expresiones metafóricas. La mayoría de los conceptos importantes para nosotros (emociones, ideas, tiempo, causa, etc.) son abstractos o, al menos, no están claramente definidos en nuestra experiencia; así que tratamos de entenderlos y expresarlos a través de otros conceptos más concretos o mejor estructurados que entendemos con más claridad (orientaciones espaciales, objetos, etc.). Por ejemplo 3, experiencias como el amor, el tiempo y la discusión son conceptualizadas y definidas por nosotros en los términos de otros dominios fundamentales de experiencias, tales como los viajes, el oro y la guerra. Estas experiencias más concretas suelen proceder de nuestro cuerpo, de nuestro alrededor, de nuestra cultura, etc. La metáfora resulta, pues, uno de los instrumentos más importantes para tratar de comprender, al menos parcialmente, lo que no puede ser comprendido totalmente: nuestros sentimientos, nuestras experiencias estéticas, nuestra conducta, etc. Lakoff 1991, pp. 11-12. Todos ellos reflexionan sobre un proceso cognitivo (Conceptual Blending) que contiene estructuras procedentes de dos espacios mentales que se proyectan en un espacio separado y distinto que, además de heredar estructuras parciales de estos espacios, tiene una estructura emergente propia. Concretando, según la TCM, la metáfora no está en el lenguaje, sino en el modo en que nosotros conceptualizamos un dominio o espacio mental en términos de otro. La metáfora, mediante una proyección a través de dominios o espacios conceptuales, nos permite entender un asunto relativamente abstracto o mal estructurado en términos de otro más concreto o al menos mejor estructurado. Es así, por ejemplo, como, para entender nosotros mismos un dominio mental abstracto y difícil como el "amor", recurrimos a otro dominio más concreto de nuestra experiencia: un "camino" o un "viaje", de tal forma que una situación irreversible en una experiencia amorosa puede ser entendida y expresada como "un callejón sin salida" o "un punto sin retorno". Contamos, pues, con una red de relaciones conceptuales que se sobreponen ("cross-domain mapping in the conceptual system"), siendo la metáfora la expresión visible de ese trazado de relaciones y constituyendo "una realidad nueva (...) que altera la interpretación tanto del paisaje de fondo como del elemento extraño" 4. Gracias a la TCM las expresiones corrientes de nuestro lenguaje de cada día logran una explicación adecuada: los tropos que utilizamos en nuestras expresiones habituales no tienen por qué proceder del lenguaje literario, no son, de hecho, creaciones literarias caídas léxicamente en el nivel del uerbum proprium e incorporadas a nuestro lenguaje diario 6. Tampoco se entiende la metáfora como una violación, por parte del hablante, de las reglas de la competencia; muy por el contrario, gracias a la metáfora, que está motivada por un intento de comprensión y la usan tanto los niños como los adultos, incluso las áreas más intangibles y abstractas de nuestra experiencia pueden ser conceptualizadas en términos de otras más familiares y concretas. No hace falta, pues, ningún requisito, ni ninguna intencionalidad re-7 Cf. el trabajo electrónico de Nerlich citado en la bibliografía. 8 Así lo expusieron Millán y Narotzky en su traducción e introducción a la obra de Lakoff y Johnson (v. 9 Puesto que gran parte de nuestros usos metafóricos están basados en nuestras experiencias más concretas y éstas, en el fondo, son siempre culturales, hay que considerar siempre la importancia de este factor cultural en el proceso de generación del lenguaje metafórico. De hecho, por ejemplo, este mismo adjetivo, "acerbo", en nuestra lengua, además de su significado concreto y literal, sólo conoce una de las dos derivaciones metafóricas que se desarrollaron en la cultura latina, la de la percepción sensorial; tal es la definición que de esta palabra nos proporciona el Diccionario de Ma Moliner: 1) (no frec.) 2) (liter.; aplicado a un sufrimiento particularmente moral) "amargo, cruel". tórica o artística para que todos podamos expresarnos y entendernos metafóricamente y lo hagamos desde nuestro pensamiento, de modo inconsciente, automático, sin esfuerzo y sin reflexión; como si estuviésemos programados, de forma innata, para ver ciertas similitudes y explotarlas después metafóricamente 7. En definitiva, parece más que verosímil aquella intuición que compartieron Johnson y Lakoff 8 de que la metáfora no es una cuestión de interés periférico, sino de interés central, acaso la clave para dar cuenta adecuadamente (y tendremos ocasión de demostrarlo a lo largo de estas páginas) de la comprensión. Aplicación de la TCM al caso concreto del adjetivo latino acerbus. Con el estudio de los distintos usos del adjetivo acerbus en una serie de textos, epigráficos y literarios, pretendemos, en primer lugar, mostrar una confirmación del acierto de las nuevas teorías sobre la metáfora además de ofrecer un ejemplo más, muy ilustrativo, de cómo para entender una realidad abstracta y difícilmente aprehensible como "la vida del hombre", determinadas culturas 9 han podido recurrir, de modo natural y nada pretencioso, a los términos de otra realidad más concreta y fácilmente observable: "la vida de las plantas o los frutos"; y lo han hecho tras haber establecido una serie de relaciones conceptuales entre ambos planos, pues en el curso natural de las cosas, hombres y plantas se marchitan y mueren. Por otra parte, el estudio del adjetivo acerbus desde esta nueva TCM nos permitirá proponer una traducción adecuada, en cada caso, para un término latino que, como veremos, no ha sido siempre bien entendido. Distinguiremos, además, definitivamente lo que significa acerbus en la literatura latina en general y en la poesía epigráfica en particular. Y encontraremos, por último -desde la comparación entre el uso de acerbus en la literatura y en los CLE -, argu-10 Sobre el que volveremos en repetidas ocasiones a lo largo del trabajo. mentos de peso para aclarar el difícil problema de las citas, los loci similes y, en definitiva, el universo cultural compartido por los autores epigráficos y los literarios. El tratamiento que recibe acerbus en los distintos diccionarios. En el diccionario etimológico de Ernout y Meillet (s.u) se parte, para el estudio de la palabra, de una raíz -ac, con el significado de 'picante','agudo','puntiagudo', etc., que dio lugar a una serie de palabras de significado "próximo" al original. Una de ellas fue precisamente acerbus, cuyo primer significado documentado fue 'ácido','agrio'; con este significado se aplicó de inmediato a los frutos no maduros, que tienen siempre este tipo de sabor ácido, amargo, áspero, etc. El Thesaurus Linguae Latinae (s.u.) menciona, como primer significado, el de sapore: acrius acetum. Valor que, con mucha frecuencia, se aplica a los frutos inmaduros (a tal respecto se nos ofrecen ejemplos de Catón, Plinio, etc.). En ese mismo apartado se habla de odore, de auditu, etc. Un segundo significado (II) es el de immaturus. Éste se usa "propiamente" para los frutos y "figuradamente" para las cosas que aún no han alcanzado su estado último de perfección. En este punto el ThLL aporta el ejemplo de Pl. 595: acerbum funus filiae faciet e, inmediatamente detrás, el conocido verso virgiliano 10 Aen. 6.429: quos (infantes)... abstulit atra dies et funere mersit acerbo, con el comentario de Servio: acerbo: immaturo. A continuación, se incluye una serie de ejemplos similares procedentes de la poesía epigráfica. Un tercer significado (III) es iniucundus, tristis, que se explica como 'lleno de dolor','amargo'. Se aplica a las heridas y enfermedades en primer lugar, y, además, a los sentimientos, a las voces, al rostro, a las acciones y, sobre todo, a la fortuna, destino, muerte, etc. y, en general de uariis rebus tristibus, como guerras, etc. Raimundo de Miguel (s.u.) comenzaba explicando el origen de acerbus a partir de acer, que significaba 'agrio'. Sus primeros significados serían, pues,'áspero','acerbo','amargo al gusto'; desde ahí a 'verde','agrio','desabrido','sin sazón', significados todos referidos a las frutas no maduras y por extensión a las cosas que no han llegado aún a su desarrollo. Continúa otra serie de significados como 'agudo','duro','rechinante','discordante', ha-blando de los sonidos; referido a los hombres, puede significar también 'rudo','feroz','salvaje','grosero'; y, hablando de cosas,'triste','penoso','cruel','amargo','calamitoso'. Por último, ofrece una serie interesante de lo que el autor del diccionario llama "sinónimos": acer, asper, praematurus, crudelis, saeuus, infensus, infestus, inimicus, iratus, molestus, incommodus, grauis, tristis, durus, rigidus, luctuosus, lacrimabilis, deplorandus (una lista que ilustra los distintos significados que ha ido adquiriendo acerbus). Gaffiot (s.u.) da como primer significado el de 'áspero','agrio' (1), lo cual se aplica a frutos y olores; a partir de ahí se aplicaría también a todo lo que no está maduro (2), por una parte, y, por otra (3), a todo lo que en sentido figurado puede significar 'duro','amargo' o 'cruel'. El Oxford Latin Dictionary (s.u.) enumera las siguientes significaciones: en primer lugar'sabor ácido, amargo'; referido a sonidos,'estridente','discordante'. Una segunda acepción se aplica a la fruta,'inmadura','verde'; también para personas se usa con este mismo significado de 'inmaduro' (el mismo con que se emplea para cosas en estado inacabado). En tercer lugar, puede significar, aplicado a personas,'amargamente hostil';'sin piedad','cruel'. Tiene además un significado especial para la muerte:'a destiempo','prematura'. Y, por último, puede referirse a los sentimientos con el significado de 'amargo'. Como se ve, recibe un tratamiento muy similar, aunque resumido, al que recibía en el ThLL. Lewis & Short (s.u.) son quienes nos proporcionan una descripción quizá más acertada. Para empezar, nos ofrecen una serie de palabras latinas con definiciones similares (algunas de las cuales coinciden con las que leíamos en Raimundo de Miguel): amarus, immitis, acidus, asper, durus, y sus correspondientes en griego (ãmój, xalepój, stúfeloj, austhrój, pikrój). El adjetivo se define como "de gusto áspero o que tiene un efecto astringente en la lengua" y se opone a suauis. Después, dan una serie de usos propios, con el significado invariable de 'amargo', de donde especialmente se usa para frutas verdes; y puesto que la acidez o aspereza del fruto son siempre un signo de inmadurez, se utiliza como un sinónimo de crudus, immaturus, tanto en sentido literal como figurado: impolitae res et acerbae relictae. Desde esta acepción se justifican expresiones como uirgo acerba, para la joven que todavía no es casadera; y, especialmente en poesía, funus acerbum, con el sentido de muerte prematura. Además, se usa, mediante transferencia, para sonidos agudos o estridentes. Por último, con un significado no propio sino figurado, se aplica a los hombres:'crueles','repulsivos'. Con este mismo sentido figu-rado se aplica también a las cosas:'desagradable','amargo','triste'; y también a la muerte, pero con un significado distinto al antes mencionado: una muerte amarga, muy dolorosa. Desde el recorrido por los distintos diccionarios, descubrimos en primer lugar el significado que, etimológicamente, le corresponde a acerbus ('ácido','agrio'), que es, además, el más antiguo que se documenta. Pero algunas cosas llaman la atención; en concreto, el carácter excesivamente descriptivo de la mayor parte de los diccionarios, pues, junto a este primer significado, enumeran algunos otros (como el de immaturus o tristis, fundamentalmente), sin llegar a establecer vínculos (desde la derivación o la metáfora, por ejemplo) entre el primer significado y los otros, ni a determinar las posibles relaciones entre todos ellos. Constituye una excepción parcial, como hemos visto, el tratamiento que recibe acerbus por parte de Lewis & Short, que, al menos, explican el significado immaturus desde la acidez o aspereza que presentan los frutos cuando aún no han madurado. A lo largo de estas páginas, sin embargo, trataremos de esclarecer los mecanismos que han hecho posible que un adjetivo como acerbus, que tiene el significado concreto y preciso 'de sabor ácido o amargo', se use, de hecho, con no poca frecuencia con significados menos concretos y en principio diferentes, como los de immaturus o tristis e incluso (como trataremos de demostrar) con ambos significados a la vez. Naturalmente, trabajaremos siguiendo los planteamientos de la TCM, que nos permitirá conocer las relaciones conceptuales que rigen nuestro lenguaje y nos llevan a conceptualizar un dominio mental (sobre todo si éste es abstracto) en términos de otro (mucho más concreto), posibilitando así tales desplazamientos semánticos o derivaciones metafóricas. Reconoceremos, pues, una serie de relaciones comunes en el seno de realidades diferentes y veremos cómo el campo semántico de cualquier palabra puede ir configurándose en torno a diversos conceptos, cada uno de los cuales destaca un aspecto determinado, dejando a un lado, o no, los restantes. El uso del adjetivo acerbus en la literatura de autor. Antes de centrarnos en el significado concreto, sistemático y especializado que adquiere el adjetivo acerbus en la poesía epigráfica, en virtud de una serie de relaciones conceptuales y derivaciones metafóricas, conviene cono-11 Cf. 12 De este autor Bücheler-Lommatzsch señalan en su índice de pasajes citados o recordados en los CLE sólo tres casos de correspondencias. 13 Sólo una vez con este significado originario. 15 De este autor Bücheler-Lommatzsch señalan en su índice de pasajes citados o recordados en los CLE dieciséis casos de correspondencias. 16 II 410, 472, III 53, 889, IV 661, 670, V 33, 1195. cer el uso que hicieron de él los autores "reconocidos" de poesía latina; al menos aquellos que compartieron, de un modo evidente y demostrable, un universo común de referencias culturales con los autores, las más de las veces "desconocidos", de poesía epigráfica. Sólo desde el conocimiento exacto de estos usos literarios, podremos fijar después las posibles influencias o vías de comunicación -desde la literatura a los CLE o viceversa -entre los poetas reconocidos (con Virgilio a la cabeza) y los desconocidos (autores de CLE). Sin pretensiones de exhaustividad, sino tratando de ofrecer, simplemente, un muestreo significativo y veraz, hemos procedido a una selección de aquellos poetas que suelen presentar expresiones literarias coincidentes con las epigráficas, ya sea porque éstas hayan alcanzado el nivel literario, ya porque aquéllas hayan adquirido un alto grado de aceptación social y hayan llegado a hacerse de uso común. De entre todos los significados documentados para acerbus en la literatura, nos fijaremos sobre todo en aquéllos insertados en algún contexto relacionado con la "muerte", pues éste será, como veremos, el único ámbito significativo en el que lo utilicen los poetas epigráficos, cuyas composiciones fueron mayoritariamente funerarias 11. Plauto 12, a lo largo de sus veinte comedias, sólo utiliza este adjetivo en 11 ocasiones, que ilustran, en diversa medida, las acepciones recogidas en los diccionarios; desde el originario sabor agrio o ácido 13, como en el sintagma acerbo aceto (Truc. 179), pasando por la sensación de amargura, dolor o crueldad, a través de una derivación metafórica en el plano de la percepción sensorial 14, y registrando sólo dos ejemplos en los que acerbus califica a la muerte (de hecho va junto a funus), tratándose en ambos casos de una muerte sucedida antes de tiempo, es decir, prematura: Am. Nos encontramos precisamente con el sintagma funus acerbum, que resultará, como iremos viendo, uno de los más productivos en la poesía epigráfica, a la hora de recrear el tópico de la mors immatura. Lucrecio 15, que usa en ocho ocasiones el adjetivo acerbus 16, sólo en dos de ellas le aplica el significado literal "de sabor amargo" (IV 661, IV 670), mientras que en los seis restantes ha funcionado la metáfora de la percepción sensorial, de modo que el adjetivo sirve para expresar sensaciones internas de amargura y dolor (así, por ejemplo, en III 53: inferias mittunt multoque in rebus acerbis). En ningún caso, pues, se aplica a la muerte. Sólo tres ejemplos en Catulo 17, uno de los cuales es el adverbio acerbius usado con el significado no literal de 'crueldad' (73.5). Los otros dos, sin embargo, se insertan en un contexto de mors immatura, a través de una derivación metafórica relacionada con el paso del tiempo: el fruto que no ha madurado es acerbus, y acerba resulta la vida del hombre truncada antes de tiempo o la muerte sucedida prematuramente. Así en 68.1, junto al sustantivo casus: quod mihi fortuna casuque oppressus acerbo, y en 68a.90, junto a cinis: Troia uirum et uirtutum omnium acerba cinis. Especialmente interesante resulta el caso de Virgilio 18, que utiliza en quince ocasiones el adjetivo acerbus. El mantuano ha abandonado de un modo absoluto el significado originario y literal de acerbus (recurriendo para tal significado'de sabor ácido, agrio o amargo' a sinónimos como asper, amarus o acidus: georg. En la mayor parte de los casos, el autor ha destacado, de entre los diversos conceptos que han ido configurando el campo semántico del adjetivo, sólo uno de los aspectos: el dominio de la percepción sensorial, de modo que el adjetivo acerbus tiene en Virgilio, fundamentalmente, el significado metafórico de 'cruel','odioso','penetrante','duro','funesto', etc. 19 En tres ocasiones, sin embargo, ha prevalecido, dentro del mismo campo semántico, la metáfora "la vida del hombre es como la de los frutos", de forma que si un fruto recogido o caído antes de tiempo resulta acerbus, también la muerte prematura (así como el dolor o las heridas causadas por ésta) resultará acerba. Es lo que entendemos en Aen. XI 823, cuando, al quejarse Camila a su confidente Acca de su herida mortal y prematura, el poeta utiliza la expresión uulnus acerbum; y es lo que entendemos, sobre todo, en Aen. 21 De este autor Bücheler-Lommatzsch señalan en su índice de pasajes citados o recordados en los CLE veintisiete casos de correspondencias. de la muerte de niños o jóvenes. Ha tenido precisamente este último sintagma, usado antes y después de Virgilio (aunque con mucha más frecuencia después), ya tenga su procedencia en el lenguaje cotidiano o en la literatura, ya haya sido generado con o sin intencionalidad retórica, no poca responsabilidad en la especialización, como veremos infra, del significado de acerbus en la poesía epigráfica. En ésta, además de incrementarse su uso, sólo se asocia a contextos de muerte prematura. Una especialización provocada por las exigencias propias del género epigráfico, que pone en marcha determinados mecanismos tendentes a lograr un léxico más formular y técnico 20. Tampoco Horacio 21, que sólo usa en seis ocasiones el adjetivo acerbus, tiene en cuenta su significado literal y originario. En todos los casos se ha activado el espacio metafórico de la amargura del alma, dando lugar a expresiones de odio o crueldad 22; salvo, en todo caso, en uno de ellos, en que el poeta menciona el destino amargo que acecha a los romanos (epod. 7.17: sic est: acerba fata Romanos agunt), pero está haciendo referencia a una muerte acaecida antes de tiempo, a una mors acerba en definitiva, la del joven Remo. Ninguno de los tres ejemplos de Tibulo 23 tiene el significado "de sabor amargo" ni "prematuro"; de nuevo, como ya venimos viendo que suele suceder mayoritariamente en estos autores literarios, es la derivación metafórica de la "crueldad" la que ha seleccionado el poeta. Así, por ejemplo, en II 6.41: desino, ne dominae luctus renouentur acerbi 24. El único ejemplo de Propercio 25 hace referencia a una cruel enemistad: II 8.3.: nullae sunt inimicitae nisi amoris acerbae. Algo distinto es el caso de Ovidio 26, pues de entre sus dieciséis ejemplos, uno de ellos es no sólo literal sino modélico: Am. Casi por primera vez encontramos el uso originario del adjetivo, es decir, su referencia al fruto que aún no está maduro y que, por Epist. 32 De este autor Bücheler-Lommatzsch señalan en su índice de pasajes citados o recordados en los CLE diecisiete casos de correspondencias. tanto, resulta amargo o áspero. En el mismo contexto frutal y con igual significado no derivado, lo encontramos en med. También es usado por Ovidio, desde el ya conocido símil frutal, para plasmar con este término más concreto el abstracto concepto del tiempo. IV 647, con partus acerbos se hace referencia a nacimientos abortados; y, en contextos de muerte prematura, asociado a la propia Perséfone, que a veces golpea antes de tiempo nuestras puertas (Epist. 21.48: Persephone nostras pulsat acerba fores!) o a heridas, que sin dejar de ser crueles son también prematuras, pues proceden de una vida truncada (Met. En los demás, ha funcionado, como suele ser habitual, el sentido figurado que se aplica a la sensación de amargura interior 27. En esta misma línea metafórica se enmarcan los tres únicos ejemplos de Marcial 28 y tres de los cuatro casos de Juvenal 29, que recurre, sin embargo, en una ocasión, al ya mencionado sintagma funus acerbum en un texto interesante en el que se coordina este adjetivo con praematurus: 11.44: non praematuri cineres nec funus acerbum. Apuleyo 30 no utiliza ya el adjetivo acerbus con su sentido literal, sino recurriendo a las dos derivaciones metafóricas habituales: la más frecuente en los textos literarios, que desplaza el significado concreto original al ámbito más abstracto de lo sensorial 31, y la que más nos interesa aquí: en relación con la muerte siempre que ésta suceda antes de tiempo. Así, concretamente, en Met. VII 27.6: mortem deplorans acerbam filii, y en Met. IV 745, VIII 344, XI 526; mientras que en los cinco restantes el adjetivo se ha asociado a mensajes de muerte prematura: Theb. acerbus cruel y enemigo, en textos como IX 130: Poenus eram. uerum castris elapsus acerbis 33, pero seleccionando en cuatro ocasiones la metáfora procedente del símil frutal, todos ellos en contextos de muertes prematuras: VI 207: ingemuit casus iuuenum misertus acerbos 34. Y similar es, finalmente, el caso de Estacio 35, cuyos ocho usos de acerbus se distribuyen (de modo desigual, pues sólo tres se refieren a una sensación de amargura) entre los dos contextos metafóricos ya conocidos 36. Un muestreo, como decíamos, no exhaustivo pero sí suficientemente ilustrativo del uso del adjetivo acerbus en poetas latinos de distintas épocas, que han convivido culturalmente con los autores anónimos de la poesía epigráfica; uso que puede quedar bien plasmado en el siguiente cuadro: Los ejemplos y su distribución por autores se han detallado supra. En ambos se ha producido una derivación metafórica similar a la del símil frutal, pese a no estar insertos en un contexto de muerte prematura. El primero de ellos hace referencia, como hemos visto supra a unos nacimientos abortados (OV., fast. 2.624) y el segundo lo utilizó Estacio al hablar de castigos no apropiados para un joven (Ach. De sus datos podemos extraer ya algunas conclusiones provisionales: el adjetivo acerbus apenas sí fue utilizado por los poetas latinos más conocidos con su significado originario y literal que hacía referencia al "sabor amargo o ácido que produce una reacción de aspereza en la lengua". Sin embargo, este significado tan concreto y palpable facilitó el uso "metafórico" del adjetivo dentro de otros campos significativos menos concretos, más difíciles de aprehender y que necesitaban, por tanto, recurrir a algún concepto mejor estructurado y más fácilmente inteligible. Desde una realidad concreta como es la amargura o aspereza del fruto inmaduro, se pueden llegar a entender, al menos parcialmente, las sensaciones -nada concretas -de amargura, enemistad, crueldad, etc.; pues producen en nuestro interior una reacción similar a la que experimenta nuestra lengua al probar un fruto inmaduro. Del mismo modo, para entender y expresar el paso del tiempo en la vida del hombre, resulta bastante inmediato recurrir al símil frutal, de manera que si un fruto caído o arrancado prematuramente resulta acerbus, también la muerte acaecida antes de tiempo será acerba, immatura. Y entre estas dos derivaciones metafóricas se distribuyen, mayoritariamente, los usos del adjetivo. En todos los autores revisados prevaleció, como puede verse en el cuadro, la primera de ellas; pero en todos ellos también (salvo en Lucrecio, Tibulo y Propercio) se conocen algunos usos (en aumento con el paso del tiempo) en contextos de muerte prematura. Y puesto que estos últimos usos constituyen el auténtico objetivo de nuestro trabajo, observaremos de cerca sus contextos, el tipo de sustantivo a que se adscriben y el posible poder de difusión de un sintagma tan afortunado, por distintas razones que ya detallaremos, como resultó ser funus acerbum. En ellos, como es fácilmente previsible, el adjetivo acerbus acompaña, de un modo mayoritario al sustantivo funus 37 (5 casos) o a alguno de sus sinónimos (4 ejemplos con mors, 1 referido a la propia Persephone, uno con letus; repartiéndose los demás entre cinis, stragis, caedes, tumulus, casus, fatum, uulnus (con cuatro ejemplos), partus y poena. En todos ellos (salvo en los dos últimos 38 ) se nos habla, de un modo u otro, de una muerte sucedida antes de tiempo, de un destino truncado por una muerte repentina, de una herida causada por la muerte de algún joven. Vemos, pues, que, pese a que 39 Para más detalles sobre el tema, v. 87. en un contexto funerario también el adjetivo podría haberse usado con la derivación metafórica de la percepción sensorial (cualquier muerte es amarga, dolorosa y causa malas sensaciones entre los vivos), encontramos de hecho un uso "especializado", en el que el adjetivo toma el significado procedente de la metáfora del símil frutal; especialización sobre cuyas razones (de variada índole) volveremos más adelante. Uso y valores de acerbus en los autores de poesía epigráfica. Grupos de sustantivos con los que concierta. Precisamente es la derivación metafórica menos usual en los autores de poesía "conocidos" (25 ejemplos que recurren al símil frutal frente a 74 que establecían una relación conceptual con el plano de la percepción sensorial), la única que activan los autores "desconocidos" de poesía epigráfica. Y es esta uniformidad la que nos permite hablar de la especialización epigráfica del adjetivo acerbus. En la colección de Bücheler-Lommatzsch (2299 poemas de variada extensión, no siendo casi ninguno excesivamente largo, dada su naturaleza epigráfica y las limitaciones que impone el soporte) el adjetivo es usado en 61 ocasiones. Conviene aclarar que todos los poemas en que aparece son funerarios (éstos son mayoría, como sabemos, dentro de la producción epigráfica conservada), de manera que es natural que se mencionen la muerte, sus causas o sus consecuencias. Pero resulta especialmente significativo, como ya sucedía entre los autores reconocidos, que en todos ellos se nos hable, de hecho, de una mors immatura (aunque no siempre acerbus signifique "prematuro", pues la naturaleza del sustantivo a que se refiere condiciona en buena medida la concreción de su significado). El punto de partida, no cronológico pero sí conceptual, lo encontramos en un par de textos en los que se ejemplifica la mors immatura, no mediante la metáfora sino recurriendo explícitamente al símil frutal: 1490.2: aut matura cadunt aut cito acerua ruunt; 1542.8: (poma) aut matura cadunt aut cito acerba ruunt. Este símil entre la caducidad de los frutos y la de la vida de los hombres no es ninguna novedad epigráfica, no es ninguna creación retórica reciente, sino que remonta muchos siglos atrás, hasta un viejo pasaje de Homero 39 (Il. 6, 146 ss.) que compara la vida y evolución de los hombres con la de las hojas de los árboles. 44 Los textos son, además de los citados, 103C.6, 498.5, 1339.13, 1574.5, 1823.10, 2013.3. páginas iniciales de nuestro trabajo, cuando destacábamos cómo la TCM había fijado su atención, por vez primera, en los mecanismos y relaciones conceptuales que facilitaban las expresiones metafóricas, de forma que, sin ningún requisito literario o condicionante retórico, podíamos, de modo inconsciente y automático, reconocer ciertas similitudes (sería el caso de Homero o de los dos CLE que acabamos de citar) y explotarlas después metafóricamente (como venimos viendo que sucede con acerbus en la literatura de autores conocidos y desconocidos). Este tópico de los frutos (con o sin acerbus) fue usado con frecuencia como consolatio 40 (CLE 465, 1543, además de los citados). El propio Séneca 41 había también comparado la muerte de los hombres con los frutos que caen: rem. Y el mismo símil se conoce también en las inscripciones griegas (KB 147,538), donde parece indiscutible el arquetipo citado de Homero. La comparación de la vida del hombre (y su duración) con los frutos o con los árboles o sus hojas, lograba ejemplificar de un modo visible y concreto los puntos fundamentales de una de las doctrinas filosóficas más importantes en la antigüedad (el epicureísmo), que residiría, siquiera de un modo llano, en el sentir popular 42; de manera que no resulta raro que, entre ambos campos, se establezcan relaciones conceptuales que hayan dado lugar a las derivaciones metafóricas del adjetivo acerbus que venimos comentando. Fuera ya del símil frutal explícito y centrándonos sólo en los usos metafóricos de acerbus, observamos algunos ejemplos 43 en los que se habla de un día prematuro (acerba dies) que arrebata la vida de algún joven y lo priva de seguir disfrutando de la luz: CLE 1169.8 (ss. Otras veces 44 es el propio difunto, o sus restos mortales, los que, como el fruto, son calificados de inmaduros: 80.1: aceruam Ditis rapuit infantem domus; 1080.1 (a. I/II): lachrimis impleret acerbis. Sustantivos varios 45, siempre en contexto de mors immatura, acompañan, en ocasiones, a este adjetivo, confiriéndole algún significado específico. C.) es la urna funeraria que contiene los restos de dos jóvenes, la que es calificada de acerba: Nicen et Phoeben arcula acerba tenet; o la alegría de una madre, que se ha visto truncada por la muerte repentina de su hijo: 2121.11 (non post s. II): gaudia matris acerba. Pero, naturalmente, en la mayor parte de los casos, el adjetivo se adscribe a sustantivos que, de un modo literal o derivado, tengan el significado de "muerte" o "destino" 46 (funus, mors, Ditis, Parcae, fatum). I/II): uenit iniqua dies et acerbae terminis hora; 404,6 (non post s. II): fato moriuntur acerbo; y, sobre todo, un número abundantísimo de versos con distintas formas del sintagma funus acerbum, entre los que debemos hacer mención especial de las citas literales o recreaciones del conocido verso virgiliano (Aen. El sintagma funus acerbum en la poesía epigráfica. Las razones de su especialización. El verso virgiliano abstulit atra dies et funere mersit acerbo, repetido por el poeta en un par de pasajes (Aen. VI 429, XI 28) y su difusión evidente (aunque moderada, según demostraremos) en algunas composiciones epigráficas versificadas, ha transmitido la idea de una influencia virgiliana absoluta en el uso del sintagma funus acerbum en contextos de muerte prematura, como si esa especialización del término fuese debida a Virgilio 47. Llegados a este punto, conviene precisar cuál fue el grado exacto de influencia virgiliana, cuánto hay de original en el uso de este sintagma por parte de los au-Todos ellos se insertan en composiciones dactílicas. tores anónimos y dónde está el origen de esa especialización semántica. En primer lugar, debemos recordar que el adjetivo acerbus, que apenas sí aparecía en la literatura con su valor literal y concreto, era en cambio utilizado con dos acepciones metafóricas diversas y en distinta medida: muy frecuentemente con el significado derivado de "doloroso o cruel" y en no demasiadas ocasiones (25 frente a 74) para expresar la inmadurez de la vida del hombre, es decir, su muerte prematura. En el caso concreto de Virgilio, esta proporción es de 3 a 12, de manera que el uso de acerbus asignado a contextos de muerte prematura podemos decir que es, en Virgilio, algo esporádico y marginal. Frente a esta situación literaria, nos encontramos con que en los 2299 poemas epigráficos analizados (muy pocos versos en comparación con la obra poética de los autores seleccionados y revisados), se incrementa el uso de este adjetivo (contamos un total de 61 usos de acerbus), refiriéndose, además, todos ellos, como hemos visto, a una mors immatura (en distintas cronologías, en diferentes esquemas métricos y sin que, en la mayor parte de los casos, lleguemos a ver huellas del famoso pasaje virgiliano). En principio, parece difícil de admitir que un uso marginal de Virgilio (por muy afortunado que fuese su verso) vaya a ser responsable absoluto de la expansión y especialización del adjetivo acerbus. Dicha dificultad se ve agravada por determinados factores, entre ellos, la cronología temprana (anterior a Virgilio) de algunos de los ejemplos; o la variedad de sustantivos a que acompaña (que hacen imposible reconocer siquiera, en muchos de ellos, ecos virgilianos); o su presencia en esquemas métricos ajenos al hexámetro virgiliano. El examen detenido de los versos epigráficos que contienen el sintagma funus acerbus (y la mención de algunas otras expresiones sinónimas) nos reafirma en esta idea. Poco de Virgilio podemos ver, de hecho, en los ejemplos ya citados en que acerbus, aun sin abandonar el contexto de muerte prematura, se unía a sustantivos varios (dies, lacrimae, arcula, etc.). Pero incluso en los textos en que se encuentra el sintagma funus acerbum (u otros similares, con sustantivos como mors, letus o fatum, por ejemplo) no siempre resulta fácil rastrear la huella virgiliana. En algunos casos, principalmente, por razones cronológicas, como en 2003.1: +++funu]s acerb[um y en 403.7: nomen erat puero Pagus, at nunc funus acerbum (ambos del s. I a. C.), o en 362.1: eheu heu Taracei, ut acerbo es deditus fato (de la 1a mitad del s. I a. Pero, aunque tales poemas pudieran fecharse en épocas de difusión indiscutible de la Eneida, resultaría difícil (no hay más que compa-49 1972, pp. 55-58. 21 explica cómo el verso virgiliano tiene su origen en expresiones epigráficas y sobre todo "en la utilización especializada que suele hacerse en los CLE del adjetivo acerbus" (p. rar cualquiera de estos versos con Aen. 6.49, 11.28) buscar para ellos una paternidad, siquiera parcial o indirecta, virgiliana. Tales sospechas de independencia respecto al patrón virgiliano pueden recaer también sobre textos de otras cronologías, claramente posteriores a Virgilio, en los que, como podemos ver, sería muy forzado pensar en una influencia, directa o indirecta, del verso en cuestión. Así, versos como 629.7 (poema no anterior al s. IV d. C.): f]unere acerbo iace [o] sedibus istis; 1111.3: perlege, sic nunquam doleas pro funere aceruo (s. I/II); 737.1: o Rhode, dulcis anima, aceruo mihi funere rapta (non ante s. IV), entre otros muchos, no evocarían, con toda probabilidad, ni el propio verso de la Eneida ni cualquiera de sus reelaboraciones posteriores. Ya hemos mencionado el origen del símil frutal y el proceso de generación conceptual de este uso metafórico de acerbus, de manera que ese sintagma, fruto de una relación mental entre dos campos semánticos diversos (uno más abstracto y otro muy concreto), pudo haber sido generado en cualquier momento y por cualquier persona, sin necesidad, siquiera, de intencionalidad literaria o retórica. A ese proceso responderían el uso de funus acerbum que vimos que ya hacía Plauto (Asin. 190), el que encontramos en la poesía epigráfica funeraria y los versos del mismo Virgilio. Todo lo cual nos coloca en un lugar filológicamente privilegiado para poder distinguir, en la línea en que ya lo hizo Chevallier muchos lustros atrás 49, las llamadas citas, de los loci similes y de las simples reminiscencias a partir de una memoria auditiva. Partiendo de ese afortunado símil frutal que arrancaba desde Homero y que reflejaba con claridad un sentir popular respecto de la mors immatura, el sintagma funus acerbum (y otras expresiones más o menos sinónimas) llegaría a ser una fórmula corriente, que algunos autores desconocidos y otros más conocidos (Plauto, entre ellos, y, sobre todo Virgilio) "promocionarían" al nivel literario 50. No se trataría, pues, de una expresión originariamente literaria que se hubiera "degradado" y convertido en una expresión epigráfica; no sería un tropo o uso metafórico caído, léxicamente, en el nivel del lenguaje cotidiano (como hubiera interpretado la TTM). Pero no quiere esto decir, sin embargo, que vayamos a negar los méritos literarios de un poeta tan indiscutible como Cf. 52 Cf. en Zarker 1958, pp. 119-121 Virgilio, que fue capaz de tomar un sintagma de uso corriente, una metáfora popular, para expresar sus sentimientos, seleccionando con exactitud su vocabulario y haciendo gala de un profundo genio y talento literario. Creó, así, un perfecto hexámetro (abstulit atra dies et funere mersit acerbo), que habría de ser recordado (íntegro o en sus distintas partes) y rememorado (no siempre tal y como era) durante muchos siglos 51. Aun así, y como ya expresó Zarker 52, el número de repeticiones exactas de este conocido verso virgiliano es más bien exiguo. Concretamente, en la colección de Bücheler-Lommatzsch sólo encontramos 3 versos idénticos al de Virgilio: 687.7 (a. 403), 732.4 (cristiana) y 2002.2 (africana), en la que se observan, además, otros ecos virgilianos: p]arua quid[e]m subolis, [q]uam cito ab ubere matri[s] / abstulit atra dies et funere mersit acerbo 53. Este mismo verso, alterado en su orden, en su grafía o en alguno de sus elementos (bajo el efecto de una transmisión oral y memorística), se repite en otros tres poemas (posteriores todos a Virgilio): 2001.3: abstulit atra di[es et a]cerbo funere mersit; 813.2 (con una interpolación que destroza el esquema métrico): abstulit a luce atra dies et funere mersit aceruo; y 608.4: abstulit atra dies et aceruo funere mersit. Como resultó ser un verso afortunado, de indiscutible poder literario y conceptual, llegó a independizarse de su contexto y de su propio autor y a someterse a un proceso de recreación y fragmentación, pasando a formar parte de ese fondo cultural común del que se nutrirían los poetas de las distintas épocas. Ecos indudables del pasaje virgiliano, a través de una transmisión directa o indirecta, encontramos, por ejemplo, en el poema 695 (a. 359): hic est Simplicius nam funere mersus acerbus; en el 430.2 (de época tardía): quam Parcae insontem merserunt funere acerbo; y en 1355.2 (a. C.), con un uso metonímico de Lachesis: quos uno Lachesis mersit acerba die. Fuera de estos contadísimos casos (no más de diez versos en una colección de 2299 poemas, siendo más del 75% de carácter funerario y utilizándose en más de 60 ocasiones el adjetivo acer-54 Resulta atractiva y sugerente, además de verosímil, la citada idea de Gómez Pallarès 1993 (así como la hipótesis de trabajo de Chevallier 1972) de que Virgilio pudiera inspirarse en los CLE y, desde su logrado verso, ser él mismo una nueva fuente de difusión del sintagma. bus), los variados poetas anónimos, compositores de carmina epigraphica, debieron recurrir a su propia capacidad innata para relacionar conceptualmente los ámbitos significativos de la evolución de árboles y frutos y la de la vida del hombre, o bien, a ese fondo cultural común (filosófico, literario, tradicional, coloquial, etc.) del que podían nutrirse, por igual, hablantes del pueblo llano y autores de diversa fortuna literaria 54. De manera que el grado de responsabilidad de Virgilio en el uso especializado del adjetivo acerbus en la poesía epigráfica (donde, como hemos visto y demostrado, sólo se asocia a contextos de muerte prematura), no es más que relativo y parcial. La fortuna de su verso (repetido por él mismo en dos ocasiones distintas), que logra expresar el sentir popular ante una mors immatura, dotando de genio literario a sintagmas o palabras de uso corriente, fue, sin duda, un elemento más, de entre los varios que contribuyeron a su difusión. Por lo demás, no tiene por qué extrañarnos esta especialización epigráfica que había mostrado ya sus primeros síntomas antes de Virgilio, y que se habría visto favorecida, además, por una serie de factores: entre ellos, la mencionada filosofía popular, que propiciaría primero el símil frutal (desde Homero) y después el uso metafórico de acerbus; pero, sobre todo, por las propias características del lenguaje epigráfico y las exigencias de su género, tendente, como ya muy bien vieron Ricci, Carletti y Gamberale 55, a la "formularizzazione e alla tecnicizzazione del lessico". Significado literal y derivaciones metafóricas del adjetivo acerbus en la poesía latina firmada y anónima. Conviene, a estas alturas de nuestra investigación, delimitar la situación exacta, desde el punto de vista del significado, del adjetivo acerbus en la poesía latina, principalmente en la epigráfica, en la que, como hemos podido comprobar, el adjetivo conoce, de modo exclusivo, un sólo uso metafórico en relación con el tópico de la mors immatura. Cumpliríamos así, con ello, uno de los principales objetivos de nuestro trabajo: aclarar el significado de acerbus en la literatura latina en general y en la poesía epigráfica en particular y proponer, en consecuencia, una traducción adecuada para cada caso. Las páginas 16 y 17 de la Introducción a la edición española de la obra de Lakoff & Johnson 1980, insisten en esta capacidad humana para relacionar realidades diferentes. 57 El propio Lakoff ya hablaba de la metáfora people are plants, pues, en el sentido natural de las cosas, hombres y plantas se marchitan y mueren. En definitiva, de acuerdo a la TCM, el hombre, para entender y expresar mejor realidades abstractas y difícilmente aprehensibles, suele recurrir de manera natural, inconsciente y automática a los términos de otra realidad más concreta y palpable, que forma parte de nuestra propia experiencia, cultura, etc.. Entre ambas realidades, la intangible y la física, se establece una red de relaciones cuya expresión visible es, precisamente, la metáfora. Así pues, se puede decir que el campo semántico de una palabra se va configurando en torno a diversos conceptos que destacan determinados aspectos 56, sin dejar necesariamente de lado los demás. El caso del adjetivo acerbus, que se refiere, literal y originariamente, a una realidad tangible de nuestra experiencia inmediata (el sabor amargo o ácido de los frutos arrancados cuando aún están verdes), ha permitido, en la lengua latina, establecer, al menos, dos tipos distintos de relaciones conceptuales. Por una parte, se ha equiparado su propio significado con el campo semántico de la percepción sensorial: la sensación de aspereza y rechazo que experimenta nuestra lengua al probar un fruto inmaduro es equiparable a la sensación de amargura o dolor punzante que experimenta el alma de cualquier ser humano. Y este primer uso metafórico lo hemos visto ampliamente ejemplificado en la poesía latina de autores reconocidos (así, por ejemplo, en Virg. 1.668: litora iactetur odiis Iunonis acerbae). Pero, por otra parte, también su significado literal se equiparó conceptualmente con el campo semántico de la vida humana en proceso 57. Así, si el fruto arrancado prematuramente resulta amargo (acerbus), una mors immatura será fácilmente una muerte acerba. Y este segundo uso metafórico, presente ya en los autores reconocidos (aunque no en gran medida) fue el que activaron en exclusiva los autores desconocidos de la poesía epigráfica funeraria (como, por ejemplo, en CLE 168.2: genitores eius acerba mors facere impulit, "la muerte prematura obligó a sus padres a hacerlo"). Cabe también la posibilidad, en pura teoría, de que cada una de las proyecciones metafóricas mencionadas incorpore elementos no sólo del campo semántico básico, sino además de la otra proyección alternativa, de forma que una experiencia humana como la muerte, además de prematura (acerba) puede resultar amarga (acerba); resultando así una conceptual blending, es decir, un espacio mental capaz de incorporar elementos procedentes de variadas fuentes. Tal vez pudiéramos ver una blend de este tipo en ejemplos como Hor. 7.17: sic est: acerba fata Romanos agunt, donde se menciona un destino amargo que tiene mucho que ver con la muerte prematura del joven Remo. Todo lo cual podría tener la siguiente representación gráfica: Proyección metafórica de la vida humana en proceso: acerbus ='prematuro' FUSIÓN acerbus ='doloroso y a la vez prematuro' 5. Llegados a este punto de nuestra investigación, podemos concluir ya, de acuerdo a las premisas de la TCM, que en nuestro lenguaje habitual utilizamos con frecuencia, de modo automático y gracias a nuestras capacidades innatas, tropos y derivaciones metafóricas, que no tienen por qué proceder del lenguaje literario ni tener intencionalidad artística o retórica. Nuestras expresiones metafóricas (inconscientes hasta tal punto que, a veces, ni siquiera reparamos en ellas) facilitan, además, la comprensión, en la medida en que nos permiten conceptualizar realidades abstractas y difíciles en términos de otras procedentes de nuestras experiencias concretas. Contribuyen, pues, a mejorar nuestro nivel de comprensión. Todo lo cual queda demostrado en el caso concreto del adjetivo latino acerbus, que, procedente, como hemos visto, de una realidad tangible y cercana a nuestra expreriencia ("los frutos inmaduros son amargos"), ha facilitado la comprensión de otras dos realidades no tan concretas ni fáciles de entender: la amargura del alma y la duración de la vida del hombre. De manera que el campo semántico de acerbus se ha configurado en torno a una u otra de estas dos derivaciones metafóricas e incluso, como hemos visto, ha podido tomar aspectos de la una y de la otra al mismo tiempo. Sus derivaciones metafóricas han tenido tan alto grado de aceptación y difusión que el adjetivo ha dejado, prácticamente, de usarse con su significado básico (para lo cual se ha echado mano de otros adjetivos sinónimos). Así, en la literatura de autores reconocidos se conoce muy mayoritariamente, como hemos podido comprobar, el uso metafórico de la percepción sensorial, mientras que en la poesía epigráfica (donde no se conoce ni ésta ni su significado básico) se produce una especialización absoluta del término de acuerdo a la derivación metafórica de la duración de la vida del hombre. Son variadas las razones de la mencionada especialización epigráfica. Por una parte, es natural que, siendo la mayor parte de las inscripciones de carácter funerario, sea la muerte (sobre todo la sucedida antes de tiempo, la que interrumpe bruscamente el hilo de la vida) uno de sus temas centrales. Así pues, se entiende que el uso metafórico de acerbus, que se apoyaba en un símil frutal vivo en la competencia lingüística de los hablantes de entonces, llegase a ser el único en este tipo de composiciones. Por otra parte, el sintagma funus acerbum, que conoce desde antiguo usos literarios y epigráficos y que muy probablemente procede del lenguaje de la calle, fue adquiriendo un grado de aceptación literaria cada vez mayor, hasta que en manos de Virgilio se insertó en un afortunado hexámetro que habría de irse propagando de generación en generación. A todo lo cual tendríamos que añadir, como elemento primordial, la naturaleza del lenguaje epigráfico, las exigencias y características de su género, que, por las limitaciones de su propio soporte y su carácter "propagandístico" recurrió con frecuencia a expresiones en cierto modo formulares y estereotipadas. Por último, el estudio del adjetivo acerbus desde la perspectiva de la TCM, resulta de gran utilidad de cara a la interpretación (y, por tanto, traducción) exacta, desde el punto de vista semántico, de todas sus acepciones: la literal y originaria, la metafórica de la percepción sensorial, la metafórica relacionada con el paso del tiempo y, por qué no, la posible fusión conceptual de ambas derivaciones metafóricas.
El Teages pertenece a la clase de diálogos platónicos cuya autenticidad nunca ha sido puesta en duda en la Antigüedad, pero que la crítica moderna, casi de manera unánime, ha considerado apócrifo. Si creemos el testimonio de Albino (Isagoge 149.5.) el Teages era la primera obra que leían los estudiantes de Platón. Tampoco en el Renacimiento se puso en duda que el diálogo hubiera sido escrito por Platón. La convicción de su carácter apócrifo data sólo del nacimiento de la crítica superior. En efecto, son dos de sus representantes más importantes, L. Heindorf (1802) y A. Böckh (1806), en su célebre trabajo sobre el carácter espurio del Minos, quienes por primera vez lo excluyen en una publicación del corpus Platonicum. No obstante, esta convicción se origina en F. Schleiermacher, el célebre traductor de Platón, cuya obra revolucionó la interpretación del filósofo. A pesar de la opinión mayoritaria, hasta hoy dura el debate acerca de la autenticidad del pequeño escrito que ha encontrado defensores de renombre tanto en el siglo XIX como en el XX (Grote, Friedländer, Strauss y Pangle, entre otros). La edición y comentario que ahora presenta M. Joyal es un excelente trabajo en la tradición de la crítica superior que muestra a la vez los logros de esta disciplina, así como sus falencias, podríamos decir, estructurales. No cabe duda de que cualquier investigador de la obra platónica y, en especial, de los diálogos apócrifos, se verá beneficiado con el estudio de este prolijo trabajo. El autor ofrece una extensa introducción (pp. 9-172) en la que se discuten distintos aspectos del pequeño escrito (ocupa sólo 10 páginas en la edición de Estienne): la estructura del diálogo (pp. 12-57), el tema, la unidad y el propósito (pp. 57-63), el δαιμόνιον socrático, que J. interpreta como signo divino y analiza extensamente tanto en Platón como en Jenofonte, para luego compararlo con el Teages (pp. 65-103), los tres personajes del diálogo (pp. 105-119), la autenticidad (pp. 121-134), su datación (pp. 135-157) y la transmisión del texto (pp. 159-172), donde J. sostiene que los testimonios principales, B T y W, descienden del mismo arquetipo de manera independiente. Siguiendo la opinión de la mayoría de los intérpretes, J. se decide contra la autenticidad La tesis central es que el diálogo se escribió en el interior de la Academia entre el 345 y el 335 a. C. (155), probablemente después de la crítica de Teopompo a la paideia académica (153). Las tesis de J. no se caracterizan tanto por su originalidad como por la habilidad con la que defiende las tesis tradicionales. No se limita a aceptar opiniones ya establecidas, sino que critica con razón la mayoría de las interpretaciones que dieron por apócrifo el diálogo sobre la base del estilo, la estructura o el contenido. Correctamente nota que un análisis más minucioso muestra con claridad que los intérpretes que rechazaban la autoría platónica se equivocaron en su apreciación. Cuando pasa a la defensa de sus posiciones, no obstante, no tiene la misma agudeza crítica. Sus argumentos más importantes se basan en la naturaleza de τ δαιμόνιον (cf. especialmente 131)? y en la supuesta utilización de fuentes platónicas por parte del autor. No es posible analizar aquí en detalle las diferentes argumentaciones construidas en hábiles combinaciones de supuestos con muy escasa o ninguna base objetiva. Una de las dificultades de la crítica superior consiste en que el intérprete suele proyectar una imagen arbitraria acerca de lo que puede o no puede haber dicho, pensado o escrito un autor determinado. Esa dificultad se acrecienta, cuando el texto atribuido durante más de dos mil años a un autor no presenta rasgos estilísticos evidentes de fraude o falsificación. Si se trata de un caso como el del Teages, en el que el mismo J. reconoce que es imposible detectar algún rasgo lingüístico o estilístico que lo caracterice como apócrifo ni siquiera por medio del análisis con ordenador, es lógico preguntarse cuáles pueden ser las características de la imitación que demuestren fehacientemente que una persona que puede imitar incluso los rasgos estilísticos inconcientes no está en condiciones de detectar características elementales del pensamiento platónico que son evidentes para un intérprete actual, pero no para un griego del siglo IV a. C. La respuesta no puede ser otra que la que da J.: el interés del autor era más biográfico y literario y carecía de capacidad filosófica (p. Para llegar a esta interpretación, J. cree detectar una vuelta a las creencias populares en lo que hace al signo divino, τ δαιμόνιον, de Sócrates. Para Platón se trataría de una fuerza impersonal fundamentalmente apotropaica, mientras que el autor del Thg. lo confundiría con un δαίμων, e incluso con un dios, representaciones más personales, una concepción para J. claramente menos filosófica. No es necesario fundamentar demasiado que el grado filosófico de una y otra concepción, tal como lo presupone J., no deja de ser una petitio principii muy discutible. Más relevante es destacar que los diálogos platónicos están repletos de mitos y referencias religiosas que podríamos considerar "populares", pero los intérpretes de los dos últimos siglos siguen insistiendo en una imagen de Platón más semejante a un filósofo kantiano que a un pensador ateniense. Cuán difícil resulta establecer el verdadero significado de la relación con lo divino lo muestran pasajes como Apol. 36c4-8, donde Sócrates aparece empujado también a la acción positiva por la θεία μο ρα e incluso por un dios, ambos términos utilizados como sinónimos a lo demónico que analiza J. En el Timeo (90a-c) se identifican intelecto humano, demon y dios. Al final de las Leyes (12, 969c4-7) hay claras referencias mágico religiosas, pero quién diría que Platón carece de profundidad filosófica. No obstante, la visión evolutiva de la filosofía platónica no ha cejado jamás en su empeño en afirmar que las Leyes representan una caída en la profundidad del filósofo. La argumentación principal de J. es sólo posible a partir de una visión prejuiciosa del objeto de estudio. La tendencia a simplificar los textos platónicos lo lleva a sostener que una demostración de la no autenticidad de la Epínomis (143) consiste en que esta obra incluye a los démones como una quinta clase de seres (981b3ss.), mientras que para Platón sólo hay cuatro (Tim. J. parece desconocer que en ese mismo pasaje (40c7), Timeo deja explícitamente de lado la consideración de estas entidades y de los dioses habituales. Puede considerarse ese pasaje irónico, pero en ese caso nos encontraremos en el típico círculo vicioso de la exégesis anglosajona, en la que los textos son utilizados para justificar cualquier tipo de proyección arbitraria y no son punto de partida para la formulación y verificación de hipótesis de trabajo. En prácticamente todos los diálogos pueden encontrarse referencias a los démones y de ellas no puede deducirse escepticismo o descreimiento respecto de la existencia de estas entidades. La interpretación de J. adolece en éste y en otros casos de una rigidez excesiva que le impide notar los matices de los textos platónicos y del mismo diálogo que analiza (cf., por ej., su ajustada crítica a las interpretaciones de 125e8-126a4, que pasan absolutamente por alto lo que para este reseñante es una clara alusión al tema de la imitación de dios, finalidad de toda actividad filosófica, un tema claramente platónico). La hipótesis de que tras la muerte de Platón hubo una degeneración hacia una concepción más popular y menos filosófica, sea cual fuere el significado que se le atribuya a ese adjetivo, no deja de ser -a la luz del estado de nuestras fuentes-una mera suposición carente de rigor filológico. Estos argumentos, que podrían extenderse ad infinitum, no están destinados a defender la autenticidad del Teages, sino a sostener que el trabajo de J. está muy lejos de demostrar que sea apócrifo. En absoluto invalidan la importancia del estudio que ofrece un nuevo texto superior a todos los que poseíamos, acompañado de un comentario que esclarece muchos aspectos de un diálogo que hasta el presente no había gozado de la consideración que merece. Una de las tareas urgentes de la investigación del pensamiento platónico consiste precisamente en la edición y comentario de todos los diálogos considerados apócrifos y del cuerpo transmitido como espurio ya en la tradición manuscrita. FRANCISCO L. LISI EM LXXI 2, 2003 dieciocho volúmenes, entre griegos y latinos; esto me parecía especialmente penoso, teniendo en cuenta que la literatura gallega del siglo XX es sensible al influjo de los escritores de Grecia y de Roma de una manera verdaderamente llamativa, en medida mucho mayor que otras literaturas vecinas, lo cual hace suponer que sus cultivadores beben en las fuentes antiguas sobre todo a través de traducciones al castellano, situación que a estas alturas resulta poco admisible. Dentro de semejante panorama, las traducciones de autores latinos son escasas, las de autores griegos contadísimas. A esta penosa situación parecía que podría ponerle remedio una colección aparecida en el año 1988, con el nombre de Clásicos en galego, propiciada por la Xunta de Galicia, bajo la dirección del prestigioso latinista M. C. Díaz y Díaz. En el nombre de "clásicos" se incluirían autores no sólo griegos y latinos, sino los maestros de otras literaturas, excluidas la española y la gallega; su finalidad iría más allá de la importante de ofrecer ediciones bilingües, pues pretendía al mismo tiempo someter al gallego «á presión benéfica da traducción, medio usual para lle arrincar á lingua tódalas súas posibilidades expresivas e engadirlle outras coas que recollé-las que os séculos descubriron e gustaron sentir naquelas grandes obras» (texto que se lee en la solapa de todos los volúmenes). Sin embargo, semejante labor va cumpliéndose con muy poco entusiasmo: después de quince años, cuando aparecen estos Diálogos de Luciano que tenemos en las manos, tan solo se han publicado 21 volúmenes, de los cuales doce de traducciones latinas (Catulo, Fedro, Tibulo, tres comedias de Plauto, Petronio, Poesía bucólica, dos comedias de Terencio, De senectute y De amicitia de Cicerón, una selección de sus Cartas, O asno de ouro de Apuleyo), y tan sólo dos volúmenes de textos griegos (Nubes y Asamblearias de Aristófanes, y la novela Dafnis e Cloe de Longo). En situación tan poco alentadora, la profesora de Filología griega de la Universidad de Santiago María Teresa Amado (que previamente había publicado estas dos ediciones bilingües que acabo de recordar, la de Aristófanes en 1991, la de Longo en 1994, hecho que la convierte en única traductora habitual del griego clásico al gallego), nos ofrece ahora Diálogos de deuses y Diálogos de prostitutas de Longo, con Introducción, texto griego y traducción gallega, presentando de este modo, por primera vez según mis datos, en la lengua de Rosalía dos obras de este curioso autor griego que tan grande influencia tuvo en las literaturas europeas, según es bien sabido. Ya sólo por esta razón merece un fuerte aplauso y un profundo reconocimiento no solo esta obra, sino toda la labor de traducción y de difusión de los autores griegos que viene desarrollando la doctora Amado. Pero esta obra tiene muchos otros méritos. En primer lugar, la Introducción. En general, las introducciones de la colección Clásicos en galego pecan de muy cortas, muy escuetas, con una información pobre sobre el autor y la obra u obras traducidas. En el caso de este Luciano, la Introducción general es bastante amplia, y realizada con mucho rigor y adecuada documentación; en efecto, contiene un resumen biográfico de Luciano, tocando los principales problemas que plantea; una aproximación a su obra, sin evitar incluso la referencia a obras auténticas y apócrifas en el amplio corpus de los 86 escritos que la tradición le atribuye al escritor; siguen apartados interesantes sobre características literarias de su obra, las ideas de Luciano, la tradición manuscrita, ediciones y traducciones, por último la influencia de Luciano (apartado de inmenso alcance, que ha sabido afrontar muy bien la autora, si bien yo echo en falta alguna nota alusiva a la posible influencia de Luciano en la literatura gallega, campo acerca del cual María Teresa Amado tiene sobrados conocimientos para adentrarse, a juzgar por sus diversos trabajos sobre tradición griega en escritores gallegos). Sigue una utilísima bibliografía selecta, muy bien organizada, lo cual también es novedad en la colección Clásicos en galego, en cuyas introducciones el aspecto bibliográfico suele quedar bastante descuidado. Los dos diálogos van encabezados por introducciones específicas, que preparan al lector de forma conveniente para su lectura. Las traducciones son excelentes, muy ajustadas al original griego que llevan enfrente, pero con un gallego fluido, muy rico en léxico y en matices, adecuado al espíritu de ambos diálogos; leyéndolo, uno llega a olvidarse de que se trata de una traducción. Todo esto que digo son razones de peso para felicitar a María Teresa Amado por el espléndido trabajo realizado, y para animarla a que siga colaborando con sus traducciones de clásicos griegos a cubrir, en la medida de lo posible, este campo tan relegado en la cultura literaria gallega. ANDRÉS POCIÑA Universidad de Granada GARCÍA TRABAZO, J. VIRGILIO, Textos religiosos hititas. Mitos, plegarias y rituales, Edición bilingüe, Madrid, ed. Trotta, Biblioteca de ciencias bíblicas y orientales, 2002, 685 pp. El doctor García Trabazo, especialista en textos religiosos hititas, presenta en esta antología la primera edición bilingüe hitita-castellano de algunos de los textos más representativos de la concepción mitológica y religiosa del pueblo hitita. Dicha edición aparece acompañada además por un estudio introductorio que sitúa filológica e históricamente los textos y que, por su calidad y su organización, bien puede ser empleado a modo de instrumento de consulta independiente del resto de la obra. Por todo ello podemos afirmar que se trata de un trabajo especialmente útil para cualquier estudioso de la civilización hitita. Los textos incluidos en esta publicación son una selección de los editados y traducidos por el autor en su tesis doctoral, que a su vez, como señala el profesor Tischler en el prólogo (p. 9), continuaba la línea iniciada por Götze en el ya clásico ANET editado por Pritchard, aportando la edición crítica de algunos de los grupos de textos que Götze daba a conocer en traducción inglesa. 34 García Trabazo da una clasificación tripartita de los textos literarios hititas en "históricos", "himnos y plegarias" y "mitos, epopeyas y otras narraciones". De acuerdo con dicha clasificación podemos decir que ya disponemos de versión castellana de los principales textos de la literatura hitita: al primer apartado está dedicada la obra Historia y leyes de los hititas, de los doctores Bernabé y Álvarez-Pedrosa, mientras que los Textos literarios hetitas del mismo Bernabé abarcarían los grupos segundo y tercero. La selección que ahora presentamos contiene una nueva versión de algunos de los textos de estos dos mismos apartados y la primera traducción de un grupo de textos rituales y un texto oracular, no recogida en obras anteriores y que no están dentro de la clasificación indicada, es decir, no son textos estrictamente literarios. En cuanto a la edición bilingüe, en cambio, es la primera de estos textos con traducción al castellano. Con traducción al francés conocíamos hasta ahora los Hymnes et prières hittites de René Lebrun, obra a la que curiosamente García Trabazo no hace ninguna alusión explícita a la hora de situar científicamente su trabajo. Lebrun estudia todos los textos que aparecen clasificados como "plegarias" en el catálogo de EM LXXI 2, 2003 Laroche. No obstante hay que señalar que la obra de Lebrun es fundamentalmente de índole religiosa. Los textos seleccionados y los estudios que los acompañan están exclusivamente enfocados al análisis de la plegaria religiosa en el mundo hitita. En cambio la obra de García Trabazo emplea la religión en sentido amplio como mero criterio de selección de los textos, en función de los cuales gira todo el conjunto del trabajo. Una vez situada la obra en su contexto, describiré a continuación su estructura. La sección titulada "Introducción general" (pp. 21-71) contiene el estudio al que ya he hecho alusión y que constituye un utilísimo instrumento de consulta para el lector que trabaje con los textos editados en las secciones siguientes. Dicha introducción se divide a su vez en tres grandes apartados: "Los hititas" (pp. 21-34) incluye una sencilla pero completa exposición del proceso de descubrimiento y desciframiento de los documentos anatolios; un somero recorrido por la historia del pueblo hitita con continuas referencias en nota a cada uno de los textos editados, los cuales quedan así enmarcados con claridad en su contexto histórico; y una presentación de las líneas generales de la literatura hitita, exposición esta última que resulta en mi opinión demasiado apresurada e incluso confusa para lectores no especializados. En el apartado "Breve esquema de la religión hitita" (pp. 35-40) García Trabazo describe las diferentes concepciones de la "divinidad" en el ámbito cultural hitita y expone la complejidad tanto de su panteón de dioses como del mundo mitológico de esta civilización, formado por asimilación de leyendas de procedencias muy diversas. En "Las relaciones con el Antiguo Testamento" (pp. 40-61) el autor se detiene, quizás excesivamente dada la desproporción con el espacio dedicado al tratamiento de los temas anteriores, en aclarar en qué consisten las relaciones que se pueden encontrar entre el pueblo hitita y el hebreo y que justificaron la inclusión de estos textos en la mencionada obra de Pritchard. Para ello acude a diversos métodos, de los que destaca claramente el análisis lingüístico de préstamos léxicos de una lengua a otra, pero que abarcan también el estudio de todo tipo de paralelismos literarios, religiosos o culturales. Gracias a este estudio, por cierto, el lector encuentra también en estas páginas breves exposiciones de aspectos tan relevantes como el ritual o el derecho. De todo ello García Trabazo concluye que "muchos de los paralelos se explican por la existencia de un continuum cultural que se extendía desde el Asia Menor meridional hacia el sur, a lo largo de la costa de Levante" (p.61), negando así la influencia directa de un pueblo sobre el otro. Por último, las pp. 61-71 están dedicadas a describir la presentación del trabajo, donde cabe destacar la claridad con la que el autor expone los criterios y los signos empleados en la edición de los textos para todos los lectores que desconozcan las convenciones de la hititología. Y a continuación se dan los textos, cada uno de ellos precedido por una presentación, que contiene las referencias que permiten localizarlo en las publicaciones correspondientes; una bibliografía de obras secundarias para cada texto, a la que remiten las referencias que aparecen en las notas a la traducción; y una introducción al contenido. En páginas enfrentadas se disponen la edición del texto con el aparato crítico y la traducción con sus notas, respectivamente. Esta ordenación de los textos difiere de la de ANET pero sigue el orden en el que aparecen numerados en el CTH de Laroche, igual que en la edición de Lebrun. La obra se completa, por una parte, con el ya mencionado prólogo del profesor Jochann Tischler (pp. 9-10), que no sólo es el director de la tesis doctoral del autor y por lo tanto inspirador último del trabajo, como reconoce el propio autor (p. 11), sino uno de los hititólogos de mayor prestigio en la actualidad, lo que avala la calidad de la obra de García Trabazo. Por otra parte el volumen cuenta con un índice esquemático de contenidos (p. En cuanto a la labor de edición el propio autor menciona las limitaciones que le ha ofrecido el trabajar con autografías de los textos (p.65), es decir, con las copias cuneiformes manuscritas de las tablillas. Sin embargo, señala también cómo, a pesar de ello, hay numerosas adiciones al aparato crítico, tanto por las correcciones que hace a ediciones anteriores, como por el hecho de incluir todas las lecturas y referencias precedentes (p. Pero además de la comparación directa entre las ediciones, la colación de traducciones nos permite deducir diferencias de lectura subyacentes a las versiones que los diferentes traductores han hecho de determinados pasajes: por ejemplo el texto LÚ MEŠ hap-pí-na-]a-ante-eš (p. 63) que García Trabazo edita y traduce por "ricos" no puede ser el mismo que Götze tradujo por "pobres". En cuanto al estilo adoptado para la traducción, el autor declara que ha buscado una traducción "equilibrada entre la máxima literalidad posible y el respeto a la sintaxis castellana" (p. 68), entendiendo "sintaxis" en este caso básicamente como orden de palabras. Sin duda la disposición gráfica paralela al texto original exige un orden de palabras que permita relacionar las líneas de cada una de las dos versiones sin dificultad. Pero el mismo afán de simplificar la comparación de las dos versiones exige también que el contenido traducido se ajuste lo más posible al texto original, aunque para entenderlo haya que añadir una explicación en nota. Se aprecian muy bien las diferencias que esto implica con relación a la versión de Bernabé, por ejemplo, donde el objetivo es aportar una traducción literaria que permita disfrutar del texto sin distracciones eruditas, lo que justifica la introducción de las interpretaciones directamente en la traducción. En el Mito de El, Ašertu y el dios de la Tempestad (p. 21), por ejemplo, García Trabazo da la traducción estándar del ideograma D U "dios de la Tempestad" y explica en nota que se trata de Ba'al, mientras que Bernabé traduce directamente "Ba 'al". En esa misma línea, García Trabazo indica en la traducción las lagunas textuales y traduce el texto de forma literal dando en notas las posibles interpretaciones propias o ajenas que de alguna expresión concreta cabe hacer: "E Impaluri comenzó a decir de nuevo (estas) palabras al Mar: «Lo que mi señor me ha [ ], a la orilla del Mar [ ]... (lo) conservé. [K]umarbi, el padre de los dioses, está sentado [en (su) trono].»" y en nota explica que la última frase puede interpretarse como «Kumarbi debe permanecer sentado en el trono» (p. En cambio Bernabé traduce el fragmento de la siguiente manera: "Impaluri comenzó a repetir estas palabras al Mar: Lo que mi Señor me ha dicho, lo traigo al lado del Mar. Lo que me dijo lo conservé en la memoria: «Kumarbi, el padre de los dioses, debe seguir sentado en su trono»." (p. Hay ejemplos incluso en los que el traductor fuerza la norma del castellano para mantener en la traducción la estructura hitita: "que tú seas viviente" (p. 5) frente a la correspondiente de ANET: "Long life to thee!". 7 se opta por "¡que estés vivo, Ea!", prefiriendo una traducción menos forzada. Y hay que señalar que este último no es el único ejemplo donde el autor abandona el prurito de literalidad: traducción de indicativos hititas por imperativos en 1 Indicativo en Lebrun, p.215. Comentario aparte merece la solución dada al problema que presenta la traducción de textos fragmentarios como muchos de los traducidos en esta obra. A pesar de que aquellas partes que coinciden con la versión del ANET siguen con fidelidad la traducción de Götze, existen pasajes en los que se aprecia claramente que en la traducción ha primado el rigor científico sobre la interpretación o el sentido del contenido. En las diferentes ediciones encontramos diferentes soluciones motivadas o bien por la diferencia en el texto original de salida, o bien por el carácter del traductor, o bien por el tipo de lector al que va dirigida la edición. En las plegarias, por ejemplo, García Trabazo se muestra más cauto que Lebrun a la hora de reconstruir y traducir fragmentos especialmente dudosos. También al comienzo de El reinado en el cielo (p. 161) García Trabazo, al contrario que Götze, opta por no traducir un pasaje especialmente corrupto para no recurrir en exceso a la conjetura. En cambio no podemos olvidar que cuando se edita el texto original, la traducción que lo acompaña está en función de dicha edición y le sirve hasta cierto punto de apoyo: la reconstrucción de un fragmento ha de estar justificada por la interpretación que aporta al texto y, por lo tanto, por la posibilidad de ofrecer una traducción, mientras que en una versión literaria sin el texto original, como las de Bernabé o Götze, se puede optar por el criterio contrario y no dar traducciones fragmentarias. En este sentido García Trabazo añade fragmentos en los textos mitológicos que Götze había dejado de traducir porque su estado de conservación los hacía ininteligibles, como el final del Canto de Ullikummi, por ejemplo o la columna IV del Mito de Illuyanka 3. Por último, en cuanto a la presentación de la obra hay que destacar la escasez de erratas (p. 219 "dirigie"), fruto sin duda de la rigurosidad con la que trabaja siempre la editorial Trotta. Al autor corresponde la conservación de la doble grafía Goetze / Götze, que si bien concuerda con el rigor citado, hay que admitir que produce una cierta impresión de vaguedad en el lector español. En resumen la aparición de esta obra aporta un instrumento de trabajo básico para lingüistas y filólogos de las diversas especialidades que trabajan con los documentos legados por el territorio anatolio en particular y por el Próximo Oriente en general.
PRÓSPER, BLANCA MARÍA, Lenguas y religiones prerromanas de la Península Ibérica. Este libro representa un trabajo considerable de recogida y estudio de materiales que interesan tanto a las religiones como a las lenguas del Occidente de nuestra Península. Estos materiales provienen en principio de nomina sacra, inscripciones dedicatorias, nombres de ríos y montañas, etc.; se añaden otros muchos etimológicamente conexos. A partir de aquí, se intenta sacar conclusiones sobre el universo lingüístico a que pertenecen y, también, sobre cultos y religiones: lugares de origen y difusión, interpretaciones. Creo que se trata de una colección de datos, interpretados con frecuencia en forma novedosa, absolutamente importante. Habrá de ser tenida en cuenta en cualquier estudio sobre la totalidad de las lenguas prerromanas de tipo indoeuropeo de la Península. Pues el corte entre el «Occidente» y el resto no es en absoluto limpio, formas celtas o de varia indoeuropeidad lo rebasan con frecuencia. Y tampoco veo claros los límites entre lo celta y diversos tipos de "paracelta" que es difícil unificar bajo el manto del "lusitano". Ni siquiera se pueden individualizar subtipos, unir bajo un nombre preciso un elenco también preciso de formas y evoluciones fonéticas. Como parece -y en esto la autora está de acuerdo -que bajo el concepto de "alteuropäisch" se encierran cosas diferentes. La organización del libro es complicada. Comienza por una «Introducción» sobre presupuestos y objetivos, selección del material y la pregunta de cuántas lenguas prerromanas hubo en el Occidente de nuestra Península. Rechaza (con razón) la tesis de Renfrew y habla, en Europa, de un maremagnum de dialectos con fronteras en continuo desplazamiento. También en esto le doy la razón y lo veo en Hispania; la fé (p. 20) en que la pérdida de la p es celta y su conservación no celta, me parece demasiado simplista en cuanto que no hay una serie suficiente de rasgos aliada a lo uno y lo otro con coherencia geográfica. La «Introducción» se ocupa también de la naturaleza de la religión lusitana. Siguen luego una serie de capítulos que se ocupan de las inscripciones de Cabeço das Fraguas, de Lama de Moledo y de Arroyo de la Luz. No puedo entrar en el detalle, pero creo que la autora logra notables avances en la interpretación. Así, en la primera inscripción: trebopala 'arroyo del pueblo', trebarune (dat. de *-ei)'arroyo del poblado', laebocomaiam 'preñada de lechoncitos'. En la segunda: ancom un animal (probable), radom porgom 'un puerco regular'. Pero no creo en ioveai 'al dios', es una divinidad femenina, cf. mic. diuja, divija; ni creo en caelobricoi como dat., pienso que es un nom. plu. (otras veces monoptonga en -i). En la tercera inscripción me parecen bien praisom 'promulgado', rueti 'fluye' y la interpretación de varias aglutinaciones, pero praedondo me parece difícil que no sea un impvo. como sungeieto. Sigue luego una serie de capítulos que se refieren a nombres de divinidades fluviales, de peñascos y valles, campos, bosques y praderas, divinidades de la confluencia y el pasaje, etc., a epítetos sin teónimos, etc. Un gran recorrido por un vocabulario en buena parte religioso. Importante, por ejemplo, el estudio de nombres fluviales como abne, arantio, reve, salamae y EM LXXI 2, 2003 de tantos otros nombres: es importante no solo para la religión y para el Oeste peninsular, con frecuencia desborda estos límites. Las conclusiones son importantes muchas veces para la toponimia de la meseta en general: así en el último caso. Aunque las conclusiones lingüísticas no siempre puedo seguirlas: no creo que la equiparación de *abnis con lat. amnis indique una relación prehistórica; dudo que en Mainake y Langa-haya una lengua precelta que confunde o y a; el culto lusitano a las confluencias (coso, cossue, collovesei, de la zona astur a Portugal) está testimoniado también en formas celtas Condati, Kompleutica (Gallaecia Bracarensis, cf. Complutum en Alcalá de Henares y Compludo actual, que no cita, en el NO de León). La oposición de celta y lusitano se me escapa, una vez más. Este culto y estos términos eran muy generales. Hay otras aportaciones notables, como la relativa a bandue, bandi, dios de los caminos (de *g w em); a Ataecina (lo original es -t-, viene de la ciudad de Turóbriga, cuya etimología extrañamente no intenta la autora, cf. mi artículo «Torreadrada y Turégano: sobre tur-/turr-, adrado y danom», en Religión, lengua y cultura prerromanas de Hispania, Salamanca, pp. 571-579); a bris, brigos (material muy útil, pero no veo consecuencias claras para el reparto dialectal). El libro debe estudiarse en detalle, salvo estudios monográficos sobre tal o cual punto no existe nada comparable. Siguen luego capítulos relativos a la fonética, desde p. 383: primero, de la del lusitano, luego (p. 422) del «celta del Occidente peninsular». Ya dije que, personalmente, veo difícil la separación. Ya se sabe que al lusitano se atribuye la conservación de la p, y así es, pero no faltan ejemplos sin ella. Y hay tanto e como i a partir de ei. Fiarlo todo en la evolución r > ur, de que hay unos pocos ejemplos lusitanos, mientras que no hay diferencia en la vocalización de las nasales, me parece arriesgado, siendo tan escasa nuestra documentación y hallándose ur incluso en lenguas en que el timbre regular de la vocalización es otro (cf. mis Estudios sobre las sonantes y laringales indoeuropeas, 2a ed., Madrid 1973, p. Y me parece confuso lo relativo a la labiovelar: el perkuneta de Botorrita (que, por cierto, me anticipé a considerar como asimilación de la p-a la labio-velar, cf. «Propuestas para la interpretación de Botorrita I», Emerita 63, 1995, p. 5 ss., la autora no lo conoce) es celtibérico, en el Occidente peninsular no hay nada comparable pero tampoco nada contrario (no lo es la conservación de la labiovelar). En este caso y en otros (por ej., el dat. pl. -bo, cf. lugubo en Lugo, que no veo motivos para negar al lusitano) la autora tiende a emparentarlo con el itálico o el báltico. Esto no lo veo nada claro, otras veces es el celta el comparable, eso es bien sabido desde antiguo. En fin, en la definición del lusitano, la autora vacila. A veces lo opone tajantemente al celta, otras habla de "celta occidental", sin distinciones territoriales claras. También se habla de arcaísmo, por ej., en p. 427 a propósito de blaetis(ama), aunque en algún lugar (p. 20) se rechaza el carácter arcaico de la conservación de la p. Y de localizaciones reducidas, a veces con proyección secundaria fuera. Y de "alteuropäisch", por lo demás no uniforme. Cuando no se habla simplemente de "prerromano". La verdad, no creo que estemos en condiciones de delimitar exactamente las lenguas indoeuropeas de la meseta y del occidente (y Noroeste) peninsular. La única más o menos regularizada es el celtibérico de Botorrita, Soria, etc. Fuera de esto debía de haber una multiplicidad de dialectos, variantes y vacilaciones: en las monoptongaciones, sonantes, tratamiento de la p y las labiovelares, etc. Por mucho que se diga que el celta común había perdido la p y 1 Gnomon 1959, pp. 1-30 = Opera Minora Selecta. Para las colecciones de inscripciones sigo las abreviaturas del Diccionario Griego-Español, Madrid 1980 ss. que donde hay p no hay celta, esto hay que matizarlo. El celta no es sino una cristalización de un universo paracelta que a veces conservaba la p y otros arcaísmos más. Separar el lusitanogalaico del celta y aproximarlo al itálico, como la autora propone (p. En todo caso, el libro, que se cierra con una bibliografía y unos muy útiles índices y mapas, representa, como dije al comienzo, una reunión de importantes materiales, estudiados críticamente y con frecuencia con buenos resultados. Otras veces, me parece, el material se exprime demasiado. Pero para cualquier estudio ulterior, habrá que partir de este libro, que ocupa un buen lugar dentro de la notable floración de estudios que sobre las lenguas prerromanas se publican en España. Muchos de sus autores vienen de la Complutense de Madrid y continúan estudios de Antonio Tovar y su escuela. Cuando a finales de los años cincuenta Louis Robert publicó una extensa reseña 1 del volumen de epigramas funerarios de W. Peek, una de las primeras (y más suaves) críticas que formulaba el gran epigrafista francés era precisamente la ausencia de índice en una obra de tan considerable extensión. En efecto, el plan original de Peek aplazaba la publicación de los índices de palabras al cuarto volumen de la obra, tras un segundo volumen dedicado a los epigramas no funerarios (dedicatorios, honoríficos, etc.) y un tercero de comentarios. Opinaba además Robert que un libro como éste requería un índice propio, en el que el vocabulario poético característico de los epigramas funerarios no estuviese mezclado con el de otros subgéneros, como los himnos, los oráculos, los epigramas honoríficos, etc. Pues bien, aquí lo tenemos, más de cuarenta años después, por obra de los mismos autores del Index to the Anthologia Graeca (Amsterdam 1985-90), y con muy similares normas de organización y casi idéntica presentación («Questo indice è stato compilato... con gli stessi criteri adottati per l 'Indice dell' Antologia Graeca»). En este caso, sin embargo, nos encontramos con una introducción todavía mas escueta. Tan solo una hoja suelta que acompaña al primer fascículo informa de las siguientes normas empleadas: La iota siempre se da suscrita, nunca adscrita. No se recogen los puntos bajos las letras (indicando lectura dudosa). Las palabras que aparecen en crasis son registradas por separado. Los lemas se dan por su forma ática, si bien vienen registradas todas las distintas formas que aparecen. Paréntesis y cruces enmarcan el número de verso en el que el término a que se remite aparece entre paréntesis o cruces. Un doble asterisco (**) identifica los lemas que faltan en LSJ. Lo cierto es que Peek seguía la norma, habitual en los corpora epigráficos, de adscribir la iota cuando figuraba en la piedra y suscribirla cuando faltaba. Con respecto al punto 2 habría sido preferible en mi opinión mantener los puntos bajo las letras o al menos indicar de algún modo junto a la referencia que la lectura es dudosa en los casos más problemáticos, por ejemplo añadiendo la indicación (dud.) tras la cita. Daré un par de ejemplos seleccionados entre otros muchos similares: En este caso Peek daba las cinco primeras letras con punto debajo. De hecho, en la más reciente edición de este epigrama, basada en una nueva lectura del mismo (IArykanda 108), lo que se lee en lugar de λείπει es δ' γνω, que, como se puede ver, no tiene nada que ver. -s.u. θρησκεύω: θρησκε σαι 1059.4 (es la única cita de este lema). En este caso Peek, que basaba su edición en una fotografía, daba el texto qŗḩş[keûsai. En la edición más reciente, basada en la lectura del original (IG 10(2).1.299), lo que se lee es κληρωθ[ε ]σ[α. Sobre el punto 3 obviamente tampoco hay nada que objetar, si bien en algún caso un incorrecto análisis de la crasis ha dado lugar a lemas aberrantes. La secuencia kË 9 pámeron (= κα φήμερον) ha dado lugar al lema citado (curiosamente no identificado como ausente de LSJ, diccionario en el que naturalmente falta), en lugar de φήμερος. En la crasis κ γκονε ς lo que hay es a todas luces una forma del verbo γκονέω, como sí vieron los mismos autores en el Index de la Antología Palatina. Sobre el punto 4 diré que en mi opinión habría sido preferible respetar en el lema la forma transmitida cuando no es la ática y es la única que documenta la palabra, como es el caso por ejemplo de δυβόας (lematizado bajo δυβόης) o ε νάλιος. En este caso nos encontramos dos lemas, por un lado ε νάλιος (con dos citas) y por otro νάλιος (con esas mismas dos citas, más una tercera). Las tres citas presentan en realidad la forma ε ν-. En el caso de compuestos con la preposición ε σ-hay varios casos en los que todas las citas presentan la forma con σ-(e.g. ε σακούω, ε σέρχομαι, etc.). Además, para ser consecuente, no habría que haber lematizado ξύνετος (aparece una sola vez) bajo σύνετος y habría que haber lematizado λλάττω, πράττω en lugar de λλάσσω, πράσσω, etc. En cualquier caso, este asunto es opinable, pero en términos generales digamos que para este tipo de cuestiones y otro tipo de variantes ( ταρπός / τραπός, etc.) habría hecho falta emplear referencias cruzadas, que faltan totalmente en el libro. Sobre el punto 5, los autores advierten que ponen la referencia entre «paréntesis» cuando es un suplemento de una laguna (corchetes cuadrados para lagunas en la piedra y angulares para olvidos del lapicida o correcciones del editor). Los ejemplos podrían multiplicarse ad infinitum. Esto llega incluso al caso de palabras que son hapax conjeturados por Peek o por otros epigrafistas. - Sorprende todavía más que apliquen esta norma también a los corchetes angulares cuando identifican no ya palabras completas suplidas para restituir un olvido del lapicida, sino letras aisladas dentro de una palabra suplidas o corregidas por el editor. Basten unos pocos ejemplos: s.u. δεκάς se remite a 1477.‹2› para la secuencia δεκά‹δ›ας (ΔΕΚΑΤΑΣ lap.); s.u. Pero sin duda la verdadera medida de la falta de acribía con que está hecho este índice hay que buscarla en el punto 6, es decir, en el uso del doble asterisco (**) para identificar lemas ausentes del diccionario de LSJ y en general en la lematización adoptada en una serie de casos más o menos problemáticos. Los errores encontrados pueden agruparse grosso modo en los siguientes grupos: a) Palabras fantasma derivadas de un análisis morfológico erróneo. Esta cita figura además en Rev.Suppl.; ** ιστεον: bajo esta forma, que por si misma no es nada, en principio podría pensarse que se esconde (con un error de acentuación) la palabra στέον `hay que cantar', conocida de LSJ (y que no da ningún sentido). En realidad en la piedra se lee ιστεα, que todos los editores están de acuerdo en considerar el ac. plu. de στυ con una iota de más debido a un error del lapicida. Este tipo de errores se dan también en lemas no identificados como ausentes de LSJ. En algunos casos el lema existe, en otros es un simple fantasma: Δεσσαρεώτην (518.1) no es ac. de Δεσσαρεώτη (fem.), sino de Δεσσαρεώτης (masc.); κκαιδεκέτους (1269.1) y κκαιδεχέτη (1352.1) no son formas de un κκαιδέκετος inexistente, sino de κκαιδεκέτης; ναγκάλισαι EM LXXI 2, 2003(1542.10) Por otra parte, en muchos casos los autores han identificado como ausentes de LSJ lemas que sí se encuentran. Así, en la novena edición de 1940 y en sus dos Suplementos de 1968 y 1996 podemos encontrar sin problemas los siguientes lemas, en los que la cita del epigrama figura en casi todos los casos, unas veces citada por otra edición anterior o posterior y otras veces por la propia edición de Peek: 1. Otros no se encuentran porque no deben estar, especialmente cuando se trata de suplementos puramente exempli gratia (ya he mencionado antes los casos de ** ποθάπτω y ** ρίστερνος). e) Erratas. Basten algunos ejemplos: Eπαφόδιτος al lado de Eπαφρόδιτος, κεδεύω en lugar de κηδεύω, ε πγω en lugar de ε ργω, Διατητικός en lugar de Διαιτ-, etc. En ocasiones, estos simples errores de copia llegan a constituirse en verdaderas palabras fantasma al ir alfabetizadas por el lema equivocado y al ir además señaladas como lemas ausentes de LSJ. Por ejemplo: **στελίς en lugar de στηλίς o ** ρρηνόπαις en lugar de ρρενόπαις. f) Otros problemas de lematización. Las formas con itacismo inicial vienen lematizadas como lemas propios y también bajo el lema regularizado: la forma ε ητ ρα (1574.1) puede encontrarse junto a otras bajo ατήρ y Véase por ejemplo su modélico trabajo «El DGE y la epigrafía griega: el problema de las "palabras fantasma" (ejemplificación y tipología)», T ς φιλίης τάδε δ ρα. también como única cita bajo ε ητήρ; lo mismo cabe decir de ε θύντορος (461.1), única cita bajo ε θύντωρ e θύντωρ o ε οβόρος (973.4), lematizado simultaneamente bajo οβόρος y ε οβόρος. Habría sido mejor, como mínimo, hacer una referencia cruzada en el lema con la grafía vulgar al lema con la grafía correcta. Por otra parte, vienen lematizadas como palabras independientes secuencias de letras que son parte de palabras cuyo inicio, final o parte central se ha perdido, como ανε[, ]ας, ]σεν, σ[...]ης, πε[, ]που), ]ρος, ]ρου, etc. ¿Qué sentido tiene esto? Además, los lemas con digamma inicial da la sensación de que lisa y llanamente han desaparecido, como es el caso por ejemplo del nombre propio ίσον = Ισων. Pero de hecho la crítica mayor que se le puede hacer a este libro es una crítica de principio. Aparte del hecho de que en cuestiones de detalle se hayan cometidos errores (demasiados), ¿hasta qué punto es lícito después de varias décadas hacer un índice de un libro que presenta unos textos en gran medida desfasados, prescindiendo por principio de toda la bibliografía posterior al año 1955, especialmente nuevas ediciones basadas en nuevas lecturas de los originales que han permitido mejorarlos y también nuevas ediciones a cargo de editores más prudentes y sin el ímpetu poético de Peek a la hora de completar lagunas? Para ejemplificar este hecho me bastará con presentar dos ejemplos escogidos casi al azar: El epigrama 1319 estaba grabado en una piedra encastrada en una pared de una iglesia. Aparte de varias palabras mas comunes en cuyo artículo ahora habría que incluir o eliminar la cita de este epigrama, cabe destacar algunas palabras poéticas que faltaban: πηετανός, λυσίπονος y μελίθρους (estas dos últimas extremadamente raras). La edición de Peek del epigrama 667 remonta a una mediocre copia hecha en 1849, en la que se basaron los sucesivos editores, intentando con mejor o peor fortuna corregir el texto. El original se suponía «verschollen», desaparecido. En 1989 S. Sahin tuvo ocasión de volver a leer el epigrama, que todavía se encontraba en su ubicación original. De resultas de esta nueva lectura, que permitió restituir el epigrama en su integridad, ahora habría que incluir en este Index las palabras ργός, εροσύνη, λαοδόμος y τεχνοδ τις (estas dos últimas addenda lexicis) y asimismo habría que eliminar del Index y de los diccionarios ναοδόμος, que resulta ser una palabra fantasma. Como conclusiones, diré en primer lugar que, a pesar de todo lo dicho, es un libro útil, pero sin duda alguna, tantos años después de la edición de Peek, habria que haberlo planteado de otro modo. La regla básica habría debido ser acudir a las más recientes ediciones de los textos, una tarea que ahora resulta bastante sencilla gracias, entre otros recursos, a la base de datos Claros que puede encontrarse en la página web del DGE. Helena Rodríguez Somolinos, responsable de la revisión del material epigráfico en varios volúmenes del DGE, critica en varios sitios el hecho de que los índices de las colecciones de inscripciones se hacen a veces con poco cuidado y en ellos abundan las formas erróneas 2. En efecto, hay quien parece considerar que es éste un trabajo tedioso y de importancia secundaria EM LXXI 2, 2003 que puede dejarse en manos de estudiantes o personas en formación (como sospecho que ha sido aquí el caso). Sin duda es un trabajo que se presta a ello y tiene un alto componente formativo, pero eso sí, siempre que esté convenientemente revisado. Por último, no quiero dejar de decir que resulta triste que el nombre de un filólogo de la talla del recordado Enzo Degani venga unido a un libro hecho con tan poco cuidado y en el que imagino que puso muy poco de su parte. El libro es la tesis doctoral del autor (Lund University, 2001) dedicada a la hipótesis de la existencia de un dialecto peculiar del griego de la Septuaginta empleado por autores judíos y cristianos en el contexto de la sinagoga y de la iglesia. Esta investigación se basa en un estudio comparativo de textos griegos relacionados con la sinagoga y otros textos griegos externos a la misma. El marco cronológico de esta edición abarca desde el siglo III a. C hasta el siglo III d. C. En el capítulo primero dedicado a la introducción, el autor define las metas de su estudio y presenta una descripción del método a emplear y la clasificación de fuentes para su investigación. La parte central de la investigación que está dedicada a un estudio morfo-sintáctico de la lengua griega de la Septuaginta, está divida en tres capítulos: El uso de los participios predicativos (capítulo II) en tiempos del aoristo y del presente y sus funciones sintácticas en la traducción, el capítulo III está dedicado al uso de las conjunciones (¢wj, aníka, 1na, mÉpote, Ápwj, Áte, ñste) y el capítulo IV a las partículas (ƒge,'mélei, aÖ, dÊqen, eμen, etc.) y la aplicación de las mismas en la sintaxis de la frase. Estos tres capítulos se basan en un minucioso estudio comparativo de los textos seleccionados. El capítulo quinto está dedicado al estudio de la influencia del hebreo en la lengua de la sinagoga (vocabulario y sintaxis). En este capítulo el autor presenta una aplicación de de las conclusiones elaboradas en los capítulos segundo, tercero y cuarto. En el último capítulo (capítulo VI), el autor investiga la variante dialectal del griego de la Septuaginta en el marco de del griego de la Koine y la aplicación del término diaglosa para este fenómeno linguístico. La conclusión de esta investigación es que realmente existió una variante peculiar del griego de la Koiné que está testimoniada en la aplicación de las técnicas de la traduccción de los Setenta, y en la creación literaria relacionada con la sinagoga. El estudio está basado en un determinado corpus literario, en la aplicación de modernas técnicas de investigación linguística y de estadística además de una clara presentación de ejemplos y de tablas comparativas. Es de destacar que para este estudio el autor dedicó una especial atención a la morfología y a las construcciones sintácticas de la traducción y no se limitó al estudio de las influencias del hebreo en el vocabulario. Cada capítulo está acompañado de una detallada presentación del estado de la investigación y una bibliografía complementaria al estudio actualizada hasta la edición del libro. No obstante del valioso aporte de este trabajo, nos vemos obligados a agregar algunas observaciones. En primer lugar el título 'Sinagoga' exige una adecuada definición cronológica. La sinagoga como institución religiosa surge sólo después de la destrucción del Templo de Jerusalén (70 d.C), y su liturgia y normas de la lectura de los textos bíblicos y traducción fue RB 75, 1968, pp. 368-377. En esta inscripción se presenta una interesante variante entre la versión del griego de la Septuaginta y la versión del griego de la sinagoga en la traducción del mismo párrafo del texto bíblico hebreo. Greenfield, Jerusalén, 1989. un proceso que abarcó varios siglos 1. La información sobre la sinagoga en la diáspora y en Palestina antes de la destrucción del Templo (siglo I) aún es difusa e incierta. Muy probablemente la primera función de la sinagoga, como su nombre lo indica, fue constituir un centro comunitario cuya función principal era el estudio de la Biblia y ayuda social a los miembros de la comunidad. Esta información es accesible a través de la inscripción de Theodotus 2. La primera inscripción de la sinagoga está escrita en griego. Es una pena que el autor no la haya incluído en su estudio. Es indudable que si existió una lengua griega peculiar de la sinagoga es indespensable por lo menos definir estos dos períodos. Con respecto a la selección de textos se presentan varios interrogantes. El primero es la cronología de los mismos. Los textos relacionados con la sinagoga (primer grupo) fueron traducidos o redactados a partir del siglo III a. C. (Pentateuco de la Septuaginta, Judith, Daniel) hasta el siglo II d.C. (Testamento de Abraham, la Revelación etc) es decir un extenso período de quinientos años. Más aún dificulta la comparación del primer grupo (textos relacionados con la sinagoga) con el segundo grupo (los textos externos a la sinagoga). En este grupo de textos se incluye Herodoto (siglo V a.C), Xenophonte (siglo V a.C) y otros autores hasta el siglo segundo d. C. Es decir, que tenemos un marco cronológico que supera a los seis siglos y que dificulta el estudio sincrónico de un determinado dialecto. La diversidad geográfica de los textos que incluyen Asia Menor (Herodoto), Palestina ( Judith, Macabeos I, el Nuevo Testamento), Egipto (la Septuaginta, Filón), y Roma (Josefo Flavio), también presenta sus dificultades. Una de las características más destacadas de este período es la presencia de distintas corrientes religiosas y políticas en las comunidades judías, ya sea en Palestina como en la diáspora. Por esta razón, también surgen interrogantes con respecto a los autores seleccionados y el contenido de los textos. Por ejemplo, la Apocalipsis de Moisés y Los Testamentos de los doce Patriarcas son textos que surgieron de comunidades sectarias, marginales a la tradición rabínica. El libro primero de los Macabeos y gran parte de la obra de Josefo Flavio surgieron de crónicas oficiales de la dinastía de los Macabeos y de la administración romana. Filón fue un autor griego con un dominio absoluto de la lengua. Los comentarios bíblicos de Filón generalmente se refieren a aquellos versículos a los que fue sensible a la disonancia del griego traducido del texto bíblico hebreo. Indudablemente la elección de la colección de los papiros de Yadin 3, por su claridad y autenticidad son los que presentan las mayores dificultades. Esta colección de papiros perteneció a Babatha, una mujer hebrea que residía con su familia en una comunidad de Nabateos. Los textos judiciales están en griego y arameo y reflejan un sistema judicial romano y naba-4 Walser, p. 5 Veáse por ejemplo el trabajo de V. Spottorno, «Some Lexical Aspects in the Greek of Ezekiel», en Ezekiel and his Book, edited by J. Lust, Leuven 1986, pp. 78-84, especialmente p. 80, nota 4 y allí la lista de hapax del libro de Ezekiel. 6 N. Fernández Marcos, Introducción a las Versiones Griegas de la Biblia. Segunda edición revisada y aumentada, Madrid, CSIC, 1998. Capítulo I «El Griego Bíblico y su puesto dentro de la Koiné», pp. 17-28, especialmente p. La relación de Babatha con la comunidad judía es unicamente a través de los nombres y algunas palabras prestadas del hebreo. Cuando estalló la guerra de Bar Kokhba (132 d. C.), Babatha huyó con sus familiares a un centro de población judía y murió durante esta guerra. Aunque la sintaxis de los documentos de Babatha es semita, no testimonian la presencia de una activa sinagoga ni el estudio de la Septuaginta. Los papiros de Babatha si reflejan las dos lenguas de contacto en pleno uso en el Oriente Helenista: el arameo y el griego. La problemática en la elección de los textos surge en las conclusiones de los fenómenos linguísticos estudiados, que no fueron uniformes 4. En el estudio de la Septuaginta y de la creación literaria relacionada con ella es necesario tener presente que este texto surgió de la necesidad de una traducción de un texto hebreo a una población cuya primera lengua era el griego. También es necesario tener presente que la traducción ofreció un aporte especial y único al conocimiento del griego oriental, por ejemplo a través de un vocabulario griego desconocido en otras fuentes 5. Para una mejor comprensión y definición de esta literatura griega que surgió en la cuenca oriental del Mediterráneo es necesario tener siempre presente la constante influencia de las lenguas semíticas (el hebreo y por su amplia difusión el arameo), y otras lengua que estaban en uso en Egipto (el copto y el demótico). Por último, por las múltiples dificultades metodológicas que crea este intento de definir una variante de la Koine relacionado con las sinagoga, sería adecuado citar las palabras de N. Fernández Marcos 6: «Puesto que no es lo mismo el griego del Pentateuco, un griego de traducción escrito en el s. III a. C. en Egipto, que el del Nuevo Testamento o del griego palestinense de las Vidas de los Profetas del s. I-II d.C. Y con todo, sus numerosos rasgos comunes permiten estudiarlo como un complejo linguístico unitario que tiene una entidad propia a pesar de las múltiples matizaciones, porque el influjo de las primeras traducciones de los LXX se extiende incluso a los libros que no están traducidos del hebreo-arameo como el Nuevo Testamento o algunos escritos pseudoepigráficos». Esta madura definición de Fernández Marcos justifica el presente estudio siempre que se observe una clara diferenciación entre un dialecto peculiar y una creación literaria (la Septuaginta) que imprimió sus huellas en autores posteriores. Hemos presentado aquí algunas de las dificultades que presenta el marco general de este trabajo. Pese a ellas, agradecemos a este autor por el valioso estudio de construcciones sintácticas, el intento de definición de un variedad linguistica de la Koiné y por los nuevos interrogantes que este trabajo hace surgir en sus lectores.
A ellos remitimos para cuestiones de metodología). En la referencia a autores y obras seguimos las del DGE (vol. III, pp. XXIII-CIV), pero nos servimos de las ediciones contenidas en la base de datos TLG (versión 8.0, 1999) que incluye autores que no contenía la versión que pudimos manejar en aquellos trabajos. Al leer las comedias de Aristófanes, nos encontramos con numerosos epítetos que por su formación y significado se parecen a los que caracterizan al lenguaje de la épica. A nuestro entender, ese hecho demuestra la vigencia de la épica en tiempos de Aristófanes y la facilidad del público para captar las alusiones a ese género, lo que da pie al cómico para provocar la risa a su costa. Al analizar esos aparentes epicismos, encontramos algunos que, en efecto, son tradicionales, están ya en la épica y, ocasionalmente, en la lírica o en el drama anteriores o contemporáneos de Aristófanes, otros, catalogables como epicismos aristofánicos, que solo están en la épica tardía o carecen total o parcialmente de representación fuera del cómico y algunos, en fin, que no son más que aparentes epicismos, pues no están en la épica, sino en la lírica, particularmente en la poesía hímnica. Palabras clave: Aristófanes; parodia épica; epítetos épicos. Es frecuente, sobre todo en pasajes que incluyen himnos 1 o invocaciones a los dioses, la aparición de algunos términos, particularmente epítetos, que nos recuerdan los que encontramos en la épica arcaica, en Homero sobre todo, en la lírica de esa misma época o en ambos géneros. La intención de dicho empleo es casi siempre paródica y está al servicio de la comicidad, como señalaremos al estudiar los ejemplos que aportamos. Asumimos que la identificación de los términos apelando al recuerdo tiene un componente de subjetividad que puede llevar a excluir términos -no me refiero a algunos, como βασιλεύς y otros del estilo, de empleo demasiado común fuera de la poesía, que deberían entrar-pero también permite encontrar otros que tienen efectivamente cabida en la poesía anterior a Aristófanes y otros que, o bien son de empleo exclusivo en este poeta, o bien, y son uno de los puntos que consideramos más interesantes de este trabajo, no aparecían en la poesía anterior pero se vuelven a emplear en la épica postclásica, como si Aristófanes fuera un creador de epicismos. Razones subjetivas también, unidas a la conveniencia de ajustarse a las dimensiones de un artículo de revista, nos mueven a seleccionar algunos ejemplos del conjunto. Semejante restricción se apoya además en el hecho de que los ejemplos encontrados se pueden distribuir en tres grupos, en los que podremos comprobar hasta qué punto es Aristófanes deudor de la poesía anterior en el uso de esos términos o independiente de ella y creador de términos que consideramos épicos por su presencia en la épica postclásica. Analizaremos en este grupo los adjetivos que tienen presencia ya en los poemas homéricos y de otros épicos antiguos y también -aunque el hecho es poco frecuente-en los poetas de los siglos VIII-V a. C. y que muchas veces tienen continuidad en la épica postclásica. Los llamamos tradicionales porque estamos convencidos de que la división entre la épica y la lírica arcaicas es 1 Respecto a la adscripción de la poesía hímnica al género épico o al lírico, véase lo dicho en la n. Añádase que no todos los pasajes hímnicos de las once comedias presentan epítetos de apariencia épica. En el largo pasaje de Ranas (vv. 342-460) que contiene himnos a distintos dioses apenas encontramos tres o cuatro epítetos dignos de mención y, salvo error por nuestra parte, tan solo καρποφόρος (v. 475), tiene representación en la épica, aunque, eso sí, en Juan de Gaza, un poeta del siglo VI d. C. mucho menos tajante de lo que las denominaciones sugieren, ya que, sobre todo en el léxico, presentan con frecuencia rasgos comunes2. 197, 204: ἀγκυλοχήλης Forma parte de un pasaje en el que se parodia un oráculo por medio de unos versos cuyo parecido con algunos de Homero es notable3. El epíteto que estudiamos aparece solamente en tres versos de Homero: Il. XXII 302 (integrado en el pseudohesiódico Escudo, v. XIX 538, referido a los buitres y, como en Aristófanes, al águila; la épica tardía no utiliza el epíteto ni tampoco lo hace ningún autor entre los siglos VIII-V. Aristófanes es, pues, el único conservador de un homerismo en el elenco de autores y géneros literarios que consideramos. 347: Τριτογένεια Epíteto de Atenea4, se presenta en Aristófanes en tres contextos métricos distintos: tetrámetros anapésticos catalécticos en Caballeros, trímetros yámbicos en Nubes y parte de un himno, como ya hemos dicho, en Lisístrata. Su estructura prosódica es apta para la poesía dactílica, que, en esta ocasión, ofrece numerosos ejemplos del adjetivo. III 378), ejemplos casi iguales, Τριτογένεια ocupa el adonio final; en los otros dos (Il. En Hesíodo son dos los ejemplos, Th. 895 y en el pseudohesiódico Escudo, v. 197, muy parecido, por cierto, al ejemplo de la Odisea recién mencionado. En ambos el epíteto ocupa el adonio final. En último término, aparece en h.Min. 4, en acusativo a comienzo de verso. La tendencia a que el epíteto constituya el adonio final del hexámetro, apreciable ya en la épica antigua, se confirma en la épica tardía, siempre proclive a la fijación de esquemas. Τριτογένεια, en distintos casos, es la última palabra en los diez ejemplos en que la usa Nonno5, en ocho de los once en que aparece en los Posthomérica de Quinto de Esmirna6 y en sus dos apariciones en las Argonáuticas Órficas (vv. Entre los siglos VIII y V a. C., descontados los tres ejemplos de Aristófanes, no encontramos el epíteto más que en Heródoto (VII 141 τεῖχος Τριτογενεῖ ξύλινον διδοῖ εὐρύοπα Ζεύς), en el que el de Halicarnaso reproduce una respuesta de la Pitia a los atenienses, transcrita en los hexámetros dactílicos propios de ese tipo de mensajes. Como resultado de nuestra búsqueda, parece aceptable afirmar que estamos ante un epíteto claramente épico y que entre Homero y Aristófanes es solamente el cómico el que se hace eco de él, pues no creemos que pueda añadirse a la nómina de los que lo conservan a Heródoto, quien, a diferencia del cómico, que usa voluntariamente el epíteto, lo transmite literalmente en su narración como palabras ajenas. Con estas palabras concluye un supuesto oráculo en hexámetros dactílicos 7, que Lisístrata lee a las mujeres que han ocupado la Acrópolis para darles confianza en el éxito final de su empresa. El oráculo aquí parodiado ofrece algunos aspectos dignos de comentario. Por una parte, comparte casi literalmente la forma de expresar la inversión de situaciones con un verso de Teognis (1.843, ἀλλ ̓ ὁπόταν καθύπερθεν ἐὼν ὑπένερθε γένηται); por otra, lo que se refiere al uso de ἀλλ ̓ ὁπόταν como comienzo de un verso oracular, pues con en esa posición y con ese contenido aparece en treinta y dos ejemplos de los Oráculos sibilinos y también en el pasaje de Eq. 197, ya comentado y, como principio de verso pero sin formar parte de un oráculo, en V. 715. En la épica antigua, ὁπόταν, cuyos miembros suelen editarse, además, por separado, aparece muy poco. En Homero, donde lo más frecuente es ἀλλ ̓ ὅτε δή (ciento seis ejemplos, siempre a comienzo de verso), la encontramos en Il. X 508, XI 17, en ninguno de los cuales es apreciable un contenido oracular ni es ὁπόταν comienzo de verso; los Himnos Homéricos ofrecen dos ejemplos, h.Ap. 287 con características similares a los de Homero; solo en Hesíodo (Op. 571) hallamos un ejemplo similar por posición y contexto al de esos comienzos oraculares parodiados por Aristófanes. En cuanto a la poesía de los siglos VIII-V, la presencia de ὁπόταν es relativamente amplia, pero el contexto métrico y de contenido es completamente distinto. Las peculiaridades de empleo señaladas permiten concluir que en su empleo de ἀλλ' ὁπόταν Aristófanes parodia directamente a los oráculos. En cuanto a ὑψιβρεμέτης, es un claro ejemplo de epicismo antiguo conservado por Aristófanes. Repetidos exactamente, nombre y epíteto encabezan verso en seis ejemplos de Homero (Il. V 4 y XXIII 331), posición que se mantiene en los tres ejemplos de Hesíodo (Th. Sorprendentemente, la épica tardía no ofrece más que un ejemplo, en las Argonáuticas Órficas (v. 1278), en igual caso y sede métrica que en el ejemplo de Aristófanes. El cómico es, además, el único testigo de un empleo épico antiguo, ya que el epíteto no es utilizado por ningún autor entre los siglos VIII y V a. Son palabras que pronuncia el criado de Agatón cuando Eurípides y su pariente acuden a casa de aquel en busca de vestimenta femenina que permita que este último se pueda introducir sin que lo reconozcan como varón en la fiesta de Deméter y Perséfone, exclusiva de las mujeres. Aparte de los ejemplos del cómico, lo vemos en un verso de Homero (Il. caso, en una asociación de epítetos y palabras que se aleja de la que se da en Homero y la épica en general. Reduciendo el análisis a ἑπταβοείους, encontramos que se trata de un epíteto épico con representación tanto en la épica antigua (Il. El epíteto no aparece en ninguno de los autores del período VIII-V a. C., lo que hace una vez más al cómico testigo único de un epicismo, aunque sea deformado para adaptarlo a sus intereses. Se trata de un epíteto que por sí solo o acompañando al nombre sirve para referirse a Ártemis. Tanto en la épica antigua como en la postclásica su representación se reduce a un ejemplo: el de Homero, en nominativo, está en Il. También hay ejemplos en la literatura de los siglos VIII-V. Uno lo hallamos en Baquílides (11.37, Ἄρτεμις ἀγροτέρα) y dos en Jenofonte: HG 4.2, palabra muy común en ella), pero los encontramos, aunque escasamente, salvo en Nonno, en la épica tardía, en la que, sin embargo, no aparece jamás ἱππολόφος/-φα17. Como en otros ejemplos analizados en este grupo, Aristófanes se comporta prácticamente como un creador de epítetos épicos. Es preciso señalar ante todo que la pareja constituida por el epíteto πολιοῦχος y la denominación Παλλάς para Atenea, que aparece en un himno dentro de esta comedia, no es integrable en el esquema métrico del hexámetro, por lo que no cabe encontrarla literalmente en el género épico; pero sí lo podría ser la unión del epíteto con el nombre propio de Atenea 19. La épica antigua no conoce ejemplos de ese adjetivo, por lo que, excluidas como se ha dicho las razones métricas, el hecho podría obedecer a que en la época que reflejan los poemas épicos antiguos no se conocen aún las ciudades-estado y sus divinidades políades20, emparejamiento que surgió tras las guerras Médicas, de cuyo resultado victorioso atribuyeron los griegos buena parte a los dioses y a los héroes y se sintieron impelidos a tributarles honras especiales, inmersos en un estado de exaltación religiosa que Nilsson llamó «religión patriótica nacional». La épica antigua ni siquiera ofrece adjetivos compuestos sobre πόλις, aunque se cuentan por centenares los ejemplos de esa palabra. En la épica tardía sí los hay y, aunque no son muy numerosos, en todas las ocasiones se trata de πολι(σσ)οῦχος, precisamente la forma que hallamos en Aristófanes. Los ejemplos tardíos pertenecen a Opiano Apamense (C. 4.4, πολισσούχων βασιλήων), a Trifiodoro (v. Esta presencia en la épica tardía de un término aparentemente épico usado por Aristófanes sin presencia en la épica antigua es un buen ejemplo de la primera clase que incluimos en este grupo 22. La búsqueda de πολι(σσ)οῦχος entre los siglos VIII-V proporciona datos interesantes. Esquilo, paradigmático ejemplo del sentimiento religioso recién descrito, ofrece ocho ejemplos en los que el adjetivo se les aplica a los dioses en general 23; pero fuera del trágico de Eleusis -y del ejemplo de Platón que citamos a continuación-la pareja del adjetivo es constantemente la diosa Atenea. A ella se refiere el único ejemplo de Heródoto (I 160.9, ἐξ ἱροῦ [en Quíos] Ἀθηναίης Πολιούχου), los tres de Aristófanes (Nu. 345 25, dentro de un himno a cargo de las mujeres jóvenes de Atenas en el que se mencionan otros tres epítetos de la diosa, a saber, κλῃδοῦχος, Τριτογένεια y χρυσολόφα, analizados en este trabajo) y el de Androción (fr. En el ejemplo de Platón (Lg. En resumen: πολιοῦχος como epíteto épico tiene solo un uso tardío y no sabemos hasta qué punto pudieron influir en su extensión a la última épica Aristófanes y la poesía hímnica que encontramos en los ejemplos del drama 26. Los ejemplos señalados en último lugar, con su mayoritaria referencia a Palas Atenea, lo que puede ser otra razón para explicar su ausencia de la épica homérica 27, apuntan al empleo por Aristófanes de un epíteto ateniense posteriormente acogido por la épica tardía. Zeus) Forma parte de un himno clético dentro de la parábasis de esta pieza 28. Pese a que su estructura prosódica permitiría su sencilla integración en un verso dactílico, el hecho es que la épica antigua apenas ofrece dos ejemplos en Hesíodo29 y que entre VIII y V a. C. lo encontramos en un ejemplo de Píndaro (N. 2.19) y en dos de Baquílides (Ep. En la épica tardía -exclusivamente en Nonno30 -volvemos a encontrarnos con ese epíteto, por lo que puede que estemos ante un caso de empleo por Aristófanes de un epicismo nuevo que tendría éxito posterior, aunque también podría pensarse que Píndaro y Baquílides son el modelo del uso épico postclásico. 321: Λατοῦς χρυσώπιδος ἔρνος Solamente el primer verso de la Titanomaquia, un poema épico arcaico anónimo, ofrece un ejemplo de ese epíteto31, referido allí a los peces, por lo que parece que estamos ante un epicismo aristofánico; pero si documenta un epicismo anterior, lo ha hecho adaptándolo a sus necesidades, cambiando el referente, por lo que entendemos que se trata de un epicismo propio, no de una imitación. 818: κορυθαίολα νείκη, 822: λασιαύχενα χαίταν Palabras del coro, alusivas al lenguaje de Esquilo, antes de que él y Eurípides compitan por el trono de la tragedia en el Hades32. Excepto por el dorismo χαίταν, ambas expresiones son perfectamente utilizables en un hexámetro épico; sin embargo nos encontramos con una situación curiosa: κορυθαίολος es un epíteto épico que aparece solo en Homero y en Nonno; en el primero es epíteto exclusivo de la Ilíada y de Héctor, seguido de cuyo nombre en nominativo se da en treinta y seis de un total de treinta y ocho ejemplos 33, en tanto que en los dieciocho ejemplos que ofrece el de Panópolis no hay ninguna regularidad semejante, aunque jamás, como sucede en el ejemplo aristofánico, se atribuye a una entidad abstracta. Aparentemente, Aristófanes ha creado un epicismo mediante el emparejamiento del adjetivo con νείκη para parodiar el grandilocuente lenguaje de Esquilo. En cuanto a λασιαύχενα χαίταν, la situación es parecida, pues, aunque no se da en Homero, lo encontramos en los Himnos Homéricos (h.Merc. 46) y hay un ejemplo en Opiano Apamense (C. 1.183), pero lo propio de Aristófanes es su emparejamiento con χαίταν 34. Epicismos aparentes pero no confirmados Pese a su apariencia y sus posibilidades prosódicas, hay que pensar que los epítetos de este grupo aluden al ambiente de la lírica o al de la tragedia y que son esos géneros los que el poeta trata de sugerir a su público y con los que probablemente intenta provocar su risa. Como veremos, en este grupo hay ejemplos susceptibles de ser analizados también en otros, particularmente en el de los epítetos épicos aristofánicos. Aunque por su contenido la expresión podría entrar en el contexto bélico de la Ilíada, la estructura prosódica no se ajusta al hexámetro, de modo que no encontramos en Homero ningún ejemplo semejante 35; en cambio, hallamos 33 Excepciones son XX 38, en interior de verso como epíteto de Ares, y XXII 471, separado del nombre del héroe por ἠγάγεθ'. 34 Las circunstancias de uso de los dos términos de ese epíteto son notables: en la épica antigua hay un empleo abundante del adjetivo λάσιος, pero no se usa en composición, cosa que sí hace la segunda parte de nuestro epíteto, que da lugar al compuesto ἐριαυχήν (cinco ejemplos en Homero, con ἵπποι/-ους y un ejemplo en el h.Hom. 32.9, con πώλους, igual que sucede en el muy tardío Juan de Gaza). La épica postclásica, como acabamos de señalar, apenas conoce ejemplos de composición de epítetos con αὐχήν, pero ofrece algunos con θρίξ como segundo formante precedido de λάσιος en cinco casos (Opp., H. 4.369; Opp., C. 1.474, 3.327; Nonn., D. 6.185, 7.275). 35 Cabría quizá la posibilidad de pensar en un eco lejano del πάταγος δέ τε γίνετ ̓ ὀδόντων de Il. En cuanto a ἀσπίδων, crético inevitable, no entra en ninguna posición del ver-esa expresión en el v. 832 de los Heraclidas de Eurípides: πόσον τιν ̓ αὐχεῖς πάταγος ἀσπίδων βρέμειν, dentro de un pasaje en trímetros yámbicos, como el ejemplo de Aristófanes 36. En Homero, pues, la presencia del conjunto y de ἀσπίδων es nula, y lo mismo vale para el género épico 37. La situación no es mucho mejor en Homero respecto a πάταγος, cuya estructura prosódica (tríbraco) admite la conversión en anapesto mediante el alargamiento por posición y, en consecuencia, su presencia en distintos segmentos del hexámetro. Se encuentra tan solo en cuatro versos de la Ilíada (XIII 283, XVI 769, XXI 9≈387), siempre inmediatamente detrás de la cesura pentemímeres y acompañado de diversos genitivos subjetivos. Tampoco en la épica encontramos apenas nada semejante al uso aristofánico, si exceptuamos el ἀσπίδος ἐν πατάγῳ de Opiano Apamense (C. 4.131) que, visto lo visto, supone una auténtica novedad en el género. Los ejemplos de Nonno, que emplea el sustantivo veintitrés veces, frecuentemente asociado al adjetivo βρονταῖος, no son comparables al aparente homerismo (o epicismo) del ejemplo de Aristófanes. Por último, la búsqueda de πάταγος entre los siglos VIII-V a. C. nos proporciona unos resultados semejantes, con escaso empleo del término: ejemplos sin relación con el nuestro (Pi., P. 1.24; A., Th. 239; Anacr., PMG 11b.2) y ejemplos relativamente similares en tragedia, uno en Esquilo (Th. Este detalle nos induce a pensar en que la imitación -o el uso común e independiente de una expresión determinada-de estas palabras por Aristófanes tiene como referente a la tragedia so. La palabra ἀσπίς aparece noventa y una veces en Homero (dos en la Odisea) en diferentes casos que proporcionan siempre un dáctilo; aparece también dos veces (Il. II 554, XVI 167, ambas en final de verso) el compuesto ἀσπιδιώτας y ὑπασπίδια, con -α alargada ante πρ-, en tres ocasiones, Il. C. Ya que el 425 es la de Acarnienses, es posible, dada la comunidad de sentimientos antiespartanos que se perciben en ambas obras, que este verso de Aristófanes contenga una parodia de Eurípides, aunque el hecho no se señala ni en comentarios de Eurípides (véase, por ejemplo, Calderón 2007) ni de Aristófanes (véase Rodríguez Monescillo 1985; Gil 1995). La posibilidad de una imitación voluntaria por parte del cómico quizá se vea reforzada por el hecho de que πάταγος ocupa la misma sede métrica, entre la pentemímeres y la heptemímeres, en este verso y en su posible modelo. 37 En Nonno, que usa ἀσπίς sesenta veces, hay once ejemplos de ἀσπιδιώτης en distintos casos, siempre, como en Homero, en final absoluto de verso. (todas las recién mencionadas son de fecha más antigua que Acarnienses) más que a Homero y la épica. En los Caballeros y en Lisístrata hay algunos himnos a Posidón y Atenea, dioses estrechamente relacionados con la ciudad de Atenas, lo que justifica que se les eleven himnos en las comedias de Aristófanes, unas piezas de fuerte carácter local ateniense. En el caso de los Caballeros, además, se les invoca porque su protección resulta necesaria, pues tanto la acción dramática como su trasunto, la situación de la ciudad, pasan por un momento delicado en el que se decide su futuro. En este ejemplo la épica se nos sugiere en la apelación ἵππι ̓ ἄναξ, cuya estructura prosódica, además, se ajusta al ritmo dactílico 38 y en el adjetivo χαλκόκροτος, igualmente adaptable a ese ritmo, si bien la necesidad de aplicar la correptio attica ante -κρ-podría suponer alguna dificultad 39. En último término, incluso la mención misma del dios podría entrar en consideración, pero no lo creemos oportuno, ya que la presencia de semejantes entidades es posible en cualquier contexto, no solo en la épica. Ni en esas formas compuestas ni en la simple se aplica a Posidón, si bien Nonno (D. 37.393) se acerca con su ἵππιος Ἐννοσίγαιος. Solamente los épicos tardíos, que no usan las formas compuestas, emplean el adjetivo, pero lo refieren a Ares (Trifiodoro, v. La situación cambia en los ejemplos datables entre VIII y V a. C. En todos ellos el adjetivo se muestra en su forma simple y, además, su relación con Posidón es constante. Considerando que la mitad de esos ejemplos se encuentran en la tragedia, entendemos que el posible eco aristofánico lo es de ese 38 Pero que no muestra conciencia de la ╒ inicial de ἄναξ. 39 La correptio attica es un fenómeno que apenas tiene representación en los yambógrafos jonios y que en Homero es también poco frecuente. En la mayoría de los pocos ejemplos en que se produce las dos consonantes implicadas pertenecen al mismo morfema o semantema, por lo que es más rara en palabras como la aquí implicada, donde el grupo -κρ-pertenece a la segunda parte del compuesto (cf. Korzeniewski 1968, p. Por lo que se refiere al adjetivo χαλκόκροτος, no lo encontramos en la épica hasta Nonno, en cuyas Dionisiaca acompaña a ἠχώ/ (-ος en 24.153, -ον en 15.55 y 39.127) en tres ocasiones. Entre los siglos VIII y V no hay ejemplos más que en Píndaro, χαλκόκροτον... En las apariciones del nombre de Posidón no nos detendremos por las razones apuntadas más arriba, que se ven confirmadas por el rastreo mediante el TLG 41. En resumen, podemos decir que el conjunto no apunta directamente a imitación épica y que, entre sus integrantes, dejando aparte la mención de Posidón, el empleo del adjetivo simple, ἵππιος, apunta más a la lírica y al drama que a la épica, y el de χαλκόκροτος no se acerca a ninguno de esos géneros especialmente, sino que parece una palabra plenamente independiente en el cómico. Podría entenderse como uno de los casos a los que aludíamos en la presentación de este epígrafe de «epicismo aristofánico» dentro de un conjunto mayor y no aislado en el comentario. 559: ὦ χρυσοτρίαινα Como ἵππιος del ejemplo anterior, es un epíteto dedicado a Posidón. Solo en este verso utiliza Aristófanes un compuesto para mencionar el tridente, que 40 Los ejemplos de la lírica son ἵππιος Ποσειδ‹έω›ν de Arquíloco, fr. El propio Aristófanes repite la referencia en el v. 41 El detalle es complicado. Como hecho curioso indicaré, no obstante, que hay ciento noventa y un ejemplos en la épica, de los que ciento uno están en la épica temprana, con Homero (ochenta y cinco) a la cabeza, muy lejos de los dieciséis de Hesíodo o Apolonio y de los treinta de Nonno. Igualmente curiosa es la presencia o ausencia de epítetos de acompañamiento para el nombre del dios, diferente en la épica antigua y en la tardía. En los treinta ejemplos de Nonno ni una sola vez aparecen epítetos (lo mismo, salvo en 2.3, Ποσειδάωνι Γενέθλιῳ, un epíteto único, puede decirse para Apolonio de Rodas), en tanto que en los ejemplos de la épica antigua la presencia de un epíteto es constante, bien sea ἄναξ, bien γαιήοχος, o bien ἐνοσίχθων, κυανοχαῖτα o εὐρυσθενής. Las mismas diferencias de empleo o carencia de epíteto se aprecian en Píndaro, con solo dos epítetos (O. 6.58 y P. 4.45) en veintitrés empleos del nombre, o en Eurípides, con otros tres (Hipp. 1585 e IT 1415) entre quince, frente a Sófocles, con cuatro epítetos en cinco empleos. simboliza al dios marino y con el que, por otra parte, lo identifica constantemente. En los otros dos ejemplos en que se menciona ese atributo, el v. 839 de esta comedia, donde el corifeo le dice al Morcillero que ἔχων τρίαιναν (como Posidón) mandará sobre los aliados, y Nu. 566, τόν τὲ μεγασθενῆ τριαίνης ταμίαν, el sustantivo aparece en su forma simple. Dentro de la épica encontramos tres menciones del tridente en Homero (Il. En ese género la palabra se presenta siempre en su forma simple y alude a Posidón. Asimismo en la épica tardía τρίαινα aparece exclusivamente en forma simple y siempre con el mismo referente42 y otro tanto sucede en la tragedia, donde los tres ejemplos de Esquilo (Supp. La situación cambia radicalmente si observamos los ejemplos de la lírica de los siglos VII-V. En todos los casos, el tridente se presenta no solo referido a Posidón, sino en forma compuesta como equivalente al nombre mismo del dios. Lo vemos así en los seis ejemplos de Píndaro (cuatro veces Ὀρσοτρίαινα y una Ἀγλαοτρίαινα y Εὐτρίαινα) y en dos fragmentos adespota 43. A la luz de lo dicho, parece evidente que la coincidencia en el empleo de este epíteto (o, simplemente, en el empleo de un epíteto compuesto que incluya la palabra tridente como referencia a Posidón) por parte de Aristófanes hay que buscarla en el terreno de la poesía lírica, con exclusión total de la épica (y de la tragedia), sin apelar a las no decisivas dificultades prosódicas -la aplicación de la correptio a la que hemos hecho ya referencia en un ejemplo anterior-que el uso de una forma como χρυσοτρίαινα llevaría consigo en ese género. Se trata de un epíteto bien representado en la poesía griega, aunque con pocos ejemplos, en general, en los autores que lo documentan44. La épica reduce sus ejemplos, en su forma jonia desde luego45, al v. 947 de la Teogonía (aplicado a Dioniso) y a un par de ejemplos de Pablo Silenciario (VI d. C.) no referidos a dioses. Varios autores entre VIII y V a. C. lo emplean, si bien, salvo en Píndaro, su presencia se reduce a un ejemplo; entre los trágicos, Eurípides es el único que lo documenta46. Semejante distribución nos mueve a pensar que el ámbito que se sugiere en esta ocasión con ese epíteto no es el de la épica, sino el de la lírica. El parricida que, entre otros impostores, pretende aprovecharse del éxito de la empresa de Pistetero y Evélpides, recita unos versos que ya en los escolios se identifican como de Sófocles47, por lo que es preciso asumir que es al trágico a quien se parodia. No obstante, el epíteto que analizamos ahora, lo mismo que otros del pasaje, como ἀτρύγετος, tiene amplia representación en la épica. En Homero lo encontramos, siempre referido al águila, en seis versos (Il. Por el contrario, los poetas de los siglos VIII-V apenas lo documentan, salvo un ejemplo de Píndaro (P. 3.105) y otro de Eurípides (Hec. Apolo) El epíteto de Zeus carece de representación en la épica, sin que dicha ausencia pueda achacarse a imposibilidad métrica. Su presencia en la literatura de los siglos VIII-V es muy escasa. 34 col. 1.3, Κρονίδαι μεγαλωνύμωι), a un ejemplo, reconstruido, en Baquílides (Ep. Νίκα); hay además otro ejemplo en el propio Aristófanes, V. 1518, donde se aplica el epíteto, con fines claramente cómicos, a los hijos de Carcino, un poetastro, a juicio de Aristófanes. Sea porque lo toma de la lírica, o sea porque lo comparte con ella, el empleo paródico recién señalado del epíteto en las Avispas es coherente con el uso aristofánico de palabras y expresiones que sugieren otro tipo de obras: es receptor y transmisor de términos de otros géneros literarios y ocasionalmente los emplea para situar a su auditorio en esos géneros y para provocar la risa a su costa. En cuanto a χρυσολύρα, se trata de un completo hápax, tanto en Aristófanes como en el género literario y período temporal que analizamos, por lo que sería susceptible de incluirse entre los epicismos aristofánicos, analizados en el grupo anterior. Lo mismo sucede con ἀπειρολεχῆ, otro epíteto referido a la misma diosa, que encontramos en el v. 119 de esta misma pieza y con el uso de μεγαβρόντης como epíteto de Zeus en el v. 323 de Las avispas (pese al amplio empleo en cualquier época y autor del sustantivo βροντή y del verbo βροντάω). Semánticamente muy cercano a πολιοῦχος, ya analizado, este epíteto, perfectamente aplicable a una divinidad políade, podría constituir unido al nombre de Atenea en diversos casos un final de hexámetro desde la heptemímeres, con espondeo en 4.o pie y respeto del puente bucólico, un final alternativo al que conformaría con πολιοῦχος. Sin embargo, el segundo hemistiquio que proporcionaría el ejemplo que comentamos iría precedido de la evitadísima diéresis media48, lo cual, en principio, le hace poco apto para usarse en poesía épica. Si unimos a esa dificultad (ausente en el posible empleo de πολιοῦχος) la de tipo histórico-cultural apuntada en ese otro epíteto, menor en este caso, porque, como veremos, no es Atenea la destinataria habitual del mismo, no nos sorprenderá que las condiciones de uso se parezcan en ambos adjetivos. La épica antigua, y en este caso también la tardía, no usa nunca el epíteto κλῃδοῦχος, y en el período que media entre los siglos VIII-V su empleo es muy escaso y solo en el ejemplo de Aristófanes se aplica a Atenea, en tanto que los otros, todos en los poetas trágicos, lo refieren a distintos personajes: a Ío, Esquilo (Supp. 291); a Licurgo, a Eros y a la guardiana de las llaves del templo (de Dictina, es decir, de Ártemis), Eurípides (Hypsip. fr. Todas esas razones nos inducen a incluir este ejemplo en este grupo de falsos epicismos. A lo largo de este trabajo hemos descrito un modo constante de proceder por parte de Aristófanes en su utilización de adjetivos que por su forma y su significación hacen pensar en los de la épica a cualquiera que esté familiarizado con ese género. Al igual que en el empleo de citas literales y versos o hemistiquios homéricos, que hemos analizado en trabajos anteriores, el poeta sabe que su público es capaz de captar la referencia. Fuera de su contexto natural, esas palabras pueden resultar ridículas y con ello el poeta consigue el efecto cómico que persigue. Algunos epítetos se presentan en forma «doria», lo que en principio podría hacer suponer que la lírica (sobre todo la hímnica) y no la épica es el referente al que apuntan. Así sucede, en efecto, en unos pocos casos, que hemos agrupado en el apartado correspondiente, si bien es preciso señalar que algunos de esos epítetos líricos formaban parte de contextos más amplios donde otros podían ser catalogados como épicos.
Desde hace ya unos años, la figura de Estacio está siendo objeto de una constante rehabilitación. Ello, sin embargo, no ha tenido como contrapartida una mejor comprensión del aparato divino de la Tebaida ni, concretamente, de las incoherencias (o indecisiones) en que Júpiter incurre a la hora de definir su relación con el fatum. Obviando el hecho de que el estatuto ontológico y teológico de Zeus-Júpiter es altamente inestable desde el momento fundacional del género épico, hay una tendencia clara a seguir apelando hoy día a la similitud que este padre de los dioses guarda con la Providencia estoica que, casi aporéticamente, semper paret, semel iussit (Sen., Dial. En el presente estudio, plantearemos como alternativa a esta perspectiva el estudio de ciertos pasajes de Ovidio y del Séneca pensador político, no teólogo. Veremos cómo el Júpiter estaciano guarda inopinadas similitudes con el ovidiano rector Olympi y con el senecano ciuitatis rector. Los tratamientos que de la casa tebana hicieron los poemas homéricos, la épica arcaica, la tragedia ática y el conjunto de la literatura romana no permiten establecer si la series malorum (Ou., Met. I 17) que atenaza la historia mítica de la estirpe de Cadmo se debe a la causalidad divina o a la humana. Tampoco en las ocasiones en que son aducidos la βουλὴ Διός o el designio de Júpiter es posible llegar a una conclusión cierta sobre las relaciones que el padre de dioses y hombres guarda respecto a ese destino que aflige indefectiblemente a la familia sidonia. En realidad, podría decirse que el rasgo más significativo que tienen en común todas las documentaciones literarias de temática tebana es, precisamente, tanto el reconocimiento de la inextricable relación de Zeus-Júpiter con el destino como la también impenetrable relación de la divinidad con el ser humano. ¿Es posible que la presencia coercitiva del modelo homérico haya posibilitado que durante siglos la teología épica haya sufrido una tan escueta evolución? A ello parece apuntar el pesimismo que al respecto emana de las composiciones de Ovidio y Estacio, dos de los más conspicuos reescritores de la historia mítica de Tebas. Sus teodiceas son, en su pesimismo, homéricas. Parecería que la épica postaugustea se retrotrajese a los orígenes del género. Conviene, en todo caso, matizar. En sentido estricto la teodicea de los autores de las Metamorfosis y de la Tebaida es iliádica pero en forma alguna odiseica. Precisamente en la Odisea se encuentra, por primera vez en la literatura occidental, la explicación del origen del mal en boca de un dios. Al menos desde la perspectiva de un lector moderno, su contenido es anacrónico pues anticipa, aunque en sentido lato, las conclusiones a las que llegará el racionalismo moral de la Grecia filosófica. A raíz de la muerte de Egisto a manos de Orestes, Zeus afirma que el hijo de Tiestes recibió su merecido por no escuchar las advertencias de los dioses de que no matase a Agamenón ni se desposase con Clitemnestra. Zeus hace preceder tales reflexiones de una explicación sobre el origen del mal que los hombres sufren. Sus palabras suponen una drástica superación del pesimismo inherente al concepto del destino y del mal que permeaba la Ilíada 1. El hado dictado por la divi-nidad o por las otras fuerzas arcaicas del destino ya no tiene el poder de contemplar la totalidad. El hombre, afirma Zeus, posee una cierta capacidad de actuación y será este ejercicio de libertad lo que lo lleve a soportar penalidades ὑπὲρ μόρον (Od. La responsabilidad humana, pues, tiene un importante papel en la parte de mal que al hombre toca. Es sorprendente la proximidad de las palabras del Zeus homérico con el contenido del Himno a Zeus de Cleantes en cuyo verso 17 el filósofo afirma que todo procede del designio de Zeus, excepto las malas acciones que los hombres malvados perpetran (SVF I 537: πλὴν ὁπόσα ῥέζουσι κακοὶ σφετέραισιν ἀνοίαις). También es obvia su cercanía con el fragmento que Calcidio, ya en fechas tardías, atribuyó a Cleantes. Según dicho testimonio, frente al punto de vista ortodoxo mantenido por Zenón y Crisipo, Cleantes habría defendido que el concepto de destino era más amplio que el de Providencia ya que, mientras todo lo que sucede por mandato de la Providencia también proviene del destino, hay cosas que provienen del destino pero no de la Providencia (SVF I 551 = II 933 = Chal., Comm. Lógicamente, antes de dar fe a esta iconoclasta matización de Cleantes sobre la εἱμαρμένη, tendría que quedar establecida sin sombra de duda la autoridad de Calcidio sobre el temprano estoicismo. Pero lo cierto es que si, recurriendo a una legítima πολυωνυμία, llamamos Zeus o Júpiter a la Providencia 2, la noción cleantea sobre la relación entre divinidad suprema y destino es la que, con la excepción de Hesíodo, parece primar en la épica desde los tiempos homéricos y, de forma palmaria, en Ovidio y Estacio. Todavía más llamativa es la seguridad que el Zeus homérico, obviamente prefilosófico, ostenta sobre una noción que se transformará en una de las cuestiones más arduas y aporéticas de los distintos sistemas filosóficos helenísticos: la problemática coexistencia de responsabilidad humana y libertad, por un lado, y destino fatal (o, en términos estoicos, determinismo causal 2 Platón identificó al creador de las cosas (Ti. 41a5: ὁ τόδε τὸ πᾶν γεννήσας) o Demiurgo con la divina Providencia (Ti. Será el estoicismo, en todo caso, el que confiera fuerza de ley a la πολυωνυμία aplicada a la divinidad suprema. De hecho, Cleantes invoca a Zeus como el πολυώνυμε (SVF I 537 v. I 1.12) y, en el sentir de Zenón universal), por otro 3. De hecho, habrá que esperar casi cuatro siglos para que un estoico, el esclavo Epicteto, haga la formulación más sistemática y depurada (Bobzien 1998, p. 388) del compatibilismo que posibilita cohonestar libre albedrío y determinismo (Arr., Epict. Es inevitable que esta afirmación traiga a la mente la autoconsciencia poética del Ovidio de la sphragís de las Metamorfosis, convencido de que su opus no podrá ser destruido ni por la Iouis ira (Met. XV 870-871), en el bien entendido de que el Júpiter ovidiano es tanto el rey del Olimpo como su homólogo humano, Augusto 4. En todo caso, ¿gozan los personajes ovidianos y estacianos de esa cuota de libertad que Zeus reconoce en la Odisea? En mi opinión, rotundamente no 5. Júpiter lo confiesa en la asamblea del libro I de la Tebaida: mens cunctis imposta manet (I 227). Ni los personajes ovidianos ni los estacianos disfrutan del planteamiento teodiceico con el que Zeus en la Odisea superaba tanto la 3 El mal como el resultado de la elección errónea de un ser libre lo encontramos ya en Pl., Ti. 42a3-b2, así como las medidas que el Demiurgo toma para no convertirse en culpable de los males humanos (Ti. Frente a las críticas epicúreas, Crisipo sostenía que el determinismo no negaba al hombre su carácter moral pues no destruía su libre albedrío. Comparaba la voluntad humana con el movimiento de un cilindro al que, tras serle imprimido un impulso externo, lo sigue en virtud de su propia naturaleza (SVF II 974 = Cic.,43.9). Los esfuerzos estoicos por conciliar determinismo y libre albedrío no satisficieron, sin embargo, a Carnéades (Cic.,Fat. Séneca mismo se mostró renuente a enfrentar el problema. En Sobre la Providencia y en Cuestiones Naturales (II 32,35), el hispano acepta en el sentido crisipiano el carácter necesario e inmutable del destino y nuestra sujeción a él (Dial. Sin embargo, llegado el momento de abordar el punto crucial, esto es la conciliación teórica de fatum y libre albedrío, el filósofo romano se limita a posponer sine die una clara toma de postura al respeto (QN II 38.3). 4 Aunque la seguridad en la inmortalidad de la propia obra se había transformado en un lugar común en la poesía augustea (Verg., Aen. Como creo que quedará claro a lo largo del presente artículo, en esta contestación a la teología épica canónica ha debido de tener más peso el posicionamiento ideológico de los poetas que el filosófico. 5 No obstante, una importante parte de la investigación sobre Estacio defiende que la Tebaida enfatiza, igual que la Eneida, la libertad del hombre. De este modo, los estudiosos logran eximir a Júpiter/fatum de responsabilidad alguna en la maldad que exhalan los personajes del epos estaciano. 60. relación dios (destino)-hombre como la noción del origen del mal que la Ilíada (XXIV 525-533) había establecido y que el mismísimo Eurípides, con gran efectismo intertextual6, ya había declarado obsoleta. Durante décadas el aparato divino estaciano ha sido virulentamente criticado por su inoperancia e incongruencia. Claro está que hasta fechas muy recientes la Tebaida fue estudiada exclusivamente a la luz de Virgilio. La coerción de este virgilianocentrismo (sobre cuyos peligros recientemente alertaba Wheeler 2002, pp. 361-365) ha sido en gran medida la responsable de que el napolitano haya sido considerado un imitatore pedissequo del mantuano (Venini 1961a, p. Hemos de admitir, sin embargo, que si la filología tradicional hubiese sometido a tan escudriñador y parcial análisis la figura del Júpiter virgiliano, se tendría que haber llegado a la conclusión de que sus contradicciones e irresoluciones pusieron seriamente en peligro el cumplimiento del plan glorioso de ese fatum que sancionaba la fundación de Roma7. No es mi intención ahora contribuir a rehabilitar la figura de Estacio sino, meramente, constatar que su máquina divina adquiere significados inesperados si metemos en lid a Ovidio. Ciertamente, no cabe pensar que el autor de la Tebaida, uno de los poetas más conscientes de que la inspiración es una cuestión de intertextualidad (Rosati 2002, p. Naturalmente, por temática, Estacio tenía muy buenas razones para adscribirse con contundencia ya desde su proemio a la poética lucanea o senecana o, incluso, a la antimaquea (Carrara 1986, y Criado 1999ay 1999b). Ahora bien, los dos primeros versos de la Tebaida (fraternas acies alternaque regna profanis / decertata odiis), ven comprometida una filiación poética unilateralmente lucanea9, ya que el poeta afirma inmediatamente que va a soslayar, precisamente, aquellos pasajes de la historia cadmea que ya habían sido objeto de la atención pormenorizada de Ovidio. En efecto, la sección tebana de las Metamorfosis (II 836-IV 603)10 es un pasaje sin cuya presencia como hipotexto, las oscuridades del proemio de la Tebaida resultan, simplemente, ininteligibles (Delarue 2000, p. Indudablemente el concilio divino del libro I es «a magnificently Ovidian moment» (Feeney 1991, p. Estacio, tras una dilatada presentación en la que amplifica la identificación ovidiana entre el Olimpo y el Palatino, reescribe su Júpiter a la luz de la atmósfera política contemporánea y lo presenta, también ovidianamente, como un autócrata. Tras la contundencia de los argumentos esgrimidos por W. Schubert 1984, es difícil hoy día no consentir en la malignidad cósmica del Júpiter de la Tebaida. En ella, de un modo muy trágico, ovidiano y lucaneo, el aparato divino (infernal y olímpico) es el principal motor de un mal ante el que el ser humano se encuentra impotente 11. Como es sabido, la idea de una divinidad que, más o menos inmotivadamente pero siempre de forma deliberada, arrostra la tarea de castigar o de destruir el género humano era nuclear en los prototipos sumerios y babilónicos de la inundación periódica. Así lo documentan tanto la tablilla de Nipur (ed. Poebel 1914, pp. 9-70) como los babilónicos Poema de Atra-hasis y Poema de Gilgamés. Sin embargo, el motivo de un plan divino para exterminar a la humanidad recibió en Grecia un desarrollo llamativamente marginal (Cypr.,fr. En realidad, los poemas homéricos y hesiódicos demuestran que, a pesar de la clara diferenciación entre los planos divino y humano establecidos por la religiosidad olímpica de la Grecia arcaica, la noción mesopotámica del hombre como siervo de los dioses debió de ser siempre extraña al pensamiento griego. Los dioses en la literatura griega podían ser benignos, siempre y cuando fuesen tratados adecuadamente, o, en el peor de los casos, distantes o indiferentes (Kirk 1992(Kirk [or. 80), pero nunca sus ataques iban dirigidos a la destrucción de la humanidad. Y esta idea, con poquísimas excepciones, fue admitida de forma prácticamente unánime por la literatura y la producción filosófica romanas. Dejando a un lado las dudas que se ciernen sobre las intenciones de Apolo en el fragmento de Lucilio12, es Ovidio el primer autor romano que introduce una divinidad, Júpiter, cuyo designio es la aniquilación del género humano. El medio del que se servirá será el diluvio universal. Sólo Licaón es culpable de haber cometido un acto blasfemo contra Júpiter; a pesar de ello, el padre de los dioses consigue el asentimiento de todo el panteón olímpico a su plan de que la humanidad perezca (Met. Posteriormente Séneca también recurrirá a la inundación y emulará a Ovidio en la descripción de su alcance apocalíptico (QN III 27-30). Ahora bien, aunque comparte con Ovidio el énfasis en la fragilidad humana frente al poder de la divinidad, su planteamiento teológico es radicalmente distinto y de todo punto respetuoso con la finalidad correctiva que la ortodoxia estoica atribuía a la ἐκπύρωσις (SVF I 107 = Stob. 29, 33), Estacio asumió claramente la problemática teodicea del Júpiter ovidiano. Rompiendo claramente con la tradición virgiliana, el designio de su padre de dioses y hombres es maligno Según sus propias palabras, el dios se encuentra cansado de los terrarum delicta y del ingenium mortale (Theb. I 214-215) y, tras aducir como ejemplo de ello la arrogancia de, hace también una brevísima alusión al diluvio (vv. Aunque no conviene restar importancia al hecho de que ya Horacio había aludido al motivo de la inundación (C I 2.1-20), llenándolo de inquietantes vinculaciones con las guerras civiles romanas, lo cierto es que tanto el episodio del hijo del Sol como el de Decaulión y Pirra habían sido tratados por Ovidio con dilación (Met. Estamos, por tanto, ante una de las numerosas ocasiones en que el napolitano hace suya la técnica ovidiana de «expanding on a model 's brevity and abbreviating a model' s expansion» (Feneey 1991, p. Sin pretender agotar todos los hechos ovidianos que se encuentran en el inicio de Tebaida, permítaseme añadir que, antes de enumerar los crímenes actuales de la casa de Cadmo (esto es, el incesto de Edipo y la falta de pietas de sus hijos hacia éste), Júpiter hace un rápido recorrido por los primordia de Tebas: quis funera Cadmi nesciat et totiens excitam a sedibus imis Eumenidum bellasse aciem, mala gaudia matrum erroresque feros nemorum et reticenda deorum crimina? Estos versos, como los de la praeteritio proemial (I 4-16), constituyen un magnífico extracto del conjunto de la ya mencionada sección tebana de las Metamorfosis, que se situaba en el preciso parámetro cronológico de la arqueología de Tebas. Los momentos fundacionales de la estirpe cadmea, sin embargo, no van a ser objeto del canto de Estacio. Por sus importantes implicaciones teológicas, ha sido largamente debatida la cuestión de si el genitivo del infrecuente sintagma deorum crimina que Júpiter profiere en este pasaje (vv. En mi opinión, se trata de un genitivo subjetivo como subjetivos son los de Lucano (V 59: pudor crimenque deorum, VIII 55: crimenque deum crudele y VIII 800: crimine plena deum) en las ocasiones que recrea el caelestia crimina ovidiano (Met. En todo caso, no es tan importante determinar este punto cuanto reconocer que Estacio busca la anfibología porque tal era la enseñanza de Ovidio. En las Metamorfosis, Aracne borda caelestia crimina, esto es, ocasiones en que los dioses, valiéndose de su poder omnímodo, ultrajaron a diosas y humanas. Su trabajo es contestación a la labor de Palas que previamente había bordado episodios que glorificaban a los dioses (VI 70-102). La propia persona narrativa reconoce que la obra de Aracne es superior a la de la diosa (vv. 129-130); aun así, es derrotada en la contienda «textil» y castigada por su jactancia. Poco antes se producía otra competición entre unas divinidades y unas mortales. Dicha escena se produce, precisamente, en uno de los momentos en que Tebas aparece de forma externa a la Tebaida ovidiana. El cadmeo monte Helicón aparece como el escenario adecuado para que la Tritonia escuche por boca de las Musas el relato de la blasfemia de las Piéridas con ocasión del certamen poético establecido entre las diosas y las hijas del rey macedonio. A juicio de la Musa, éstas osaron entonar un canto que extenuat magnorum facta deorum (Met. De hecho, invierten el papel asignado por la tradición a los dioses en la Gigantomaquia, episodio que, junto a la Titanomaquia, la literatura había transformado en el símbolo canónico del incuestionable y legítimo poder alcanzado por Júpiter tras las luchas por la sucesión en el reino de los cielos. En justa contrapartida, cuando le toca el turno a la Musa Calíope, ésta asume el punto de vista pro-olímpico. Con la disculpa de narrar los avatares de Ceres en busca de su hija Proserpina (V 346-661), su canto se transforma en una contestación a la perspectiva humana de la divinidad que las Piéridas habían ofrecido. Para su rehabilitación del Olimpo, Calíope ofrece la lectura ortodoxa del mito de los Gigantes y de Tifoeo (V 346-358) e introduce el relato de la blasfemia del humano Ascábalo contra. Ambos pasajes ovidianos tienen una importancia radical para la comprensión de la evolución que la teología épica (no sólo en su aspecto teodiceico) sufrió en la épica postaugustea. En estos episodios, como en el resto de la composición, el de Sulmona «discute e fissa il superiore potere degli dèi nei confronti degli uomini» (Rosati 2001, p. También Estacio (y, por supuesto, Lucano) presentará unos personajes que están siempre predestinados a enfrentar una lucha desigual contra un destino ineluctable y contra unos dioses arbitrarios y petulantes (Ten Kate 1955, p. Así, abandonando la participativa interferencia de plano divino y humano que encontramos en la Eneida, Ovidio y Estacio resultan retrotraerse al concepto arcaico de divinidad y asumen, en un sentido iliádico y esquileo, la absoluta contraposición entre la naturaleza y suerte de dioses y hombres; en definitiva, la radical separación entre el ser humano, condenado a morir y a sufrir, y los inmortales y beati dioses 16. Pero, inesperadamente, al osar calificar moralmente el comportamiento divino, ambos autores adoptarán una perspectiva racionalista que, por supuesto, no es homérica pero tampoco esquilea. La insistencia ovidiana en este aspecto no tenía antecedentes en la épica romana; las raíces de tal pensamiento son, sin duda, trágicas, con-cretamente euripideas17. En todo caso, Estacio, no encontrando satisfactorias las lecturas que los precedentes poetas épicos romanos hicieron del misticismo de los sistemas filosóficos helenísticos, parece abrazar, quizá inconfesadamente, la opción ovidiana (Criado 2000, p. Así, el énfasis no omnipresente (Rosati 2001, pp. 41-42) pero absolutamente sistemático, según veremos, que Ovidio hace sobre el fatum y sobre la existencia de un poder superior al de Júpiter tiene una clara continuidad en el autor de la Tebaida, aunque ésta aparezca desdibujada por su fidelidad a múltiples modelos. Respecto a este último punto, tal como Legras 1905, p. 185, notó, no cabe negar que el concilio del libro I de la Tebaida (vv. 197-311) tiene fuertes reminiscencias de la asamblea del libro X de la Eneida (vv. No obstante, en lo que toca a la cuestión de las relaciones del Saturnio con el destino, los contenidos son opuestos. Mientras el Júpiter estaciano afirma su poder omnímodo sobre el fatum, el virgiliano comienza a replegarse respecto a la tajante seguridad que había mostrado en la conversación con Venus en el comienzo de la Eneida. En la asamblea de la Tebaida un autocrático Júpiter decretará, como en Ovidio, la destrucción pero, a diferencia de éste, Estacio atribuye al dios la condición de indiscutible fatorum conditor: graue et inmutabile sanctis / pondus adest uerbis, et uocem fata sequuntur (I 212-213). 213) se deja notar la presencia del mantuano pues Estacio reescribe el juego etimológico entre for y fatum al que Júpiter, todavía muy consciente de su omnipotencia sobre la existencia de hombres y dioses, recurría en su contestación a Venus en el libro primero de la Eneida: fabor enim, quando haec te cura remordet, / longius et uoluens fatorum arcana mouebo (I 261-262). En la Tebaida, vienen a continuación los ruegos de Juno para que su esposo no convierta a Argos en el blanco de sus iras. Las palabras con que Júpiter le contesta son coherentes con lo que, virgilianamente, afirmaba en el pasaje precedente, esto es en I 212-213: Stygia aequora fratris / obtestor, mansurum et non reuocabile uerbum / nihil fore quod dictis flectar (Theb. Y lo mismo sucede en Theb. Pero aquí acaban las semejanzas con el Júpiter del primer libro de la Eneida pues, como es sabido, estos claros asertos se contradicen con el contenido de las dos únicas ocasiones en que el dios estaciano vuelve a hacer De nuevo, corrobora su supeditación al fatum en la escena en que consuela al tebano Baco. El padre de los dioses declara que no es el resentimiento personal el que lo induce a sacrificar a los hijos de Edipo sino que immoto deducimur orbe Fatorum (Theb. En estos dos últimos pasajes Júpiter, haciendo dejación del destino en manos de las Parcas, no lo dicta sino que se limita a asegurar su cumplimiento. Ni el propio Saturnio ni ninguna otra deidad pueden variar los designios del fatum. Quiero llamar la atención sobre la ocurrencia de deducimur. No es frecuente el verbo deduco en sintagmas en los que el destino es sujeto u objeto. La expresión habitual, muy frecuente en Séneca18, es ducere fatum o fata. Sin embargo, deducere es, junto con ducere, un término común en contextos de hilado o bordado (Mozley 1969(Mozley [or. 147, n. e.) y, a su vez, la labor de hilar está tradicionalmente relacionada con la trama del destino que las Parcas tejen. El estaciano immoto deducimur orbe Fatorum es, entonces, una metáfora de la labor de hilar, concretamente del hilado de las Parcas o Moiras. Orbe es, pues, el vellón de lana no cardada, no siendo necesario pensar en alusión alguna a la rueda de la fortuna. En el episodio de las hilanderas Aracne y Palas (Met. VI 36-145), a través del verbo deduco, Ovidio asociaba la acción de bordar o hilar a la labor poética (Rosati 1999, p. 250), tal como ya había hecho en el programático y proemial deducite carmen (I 4), iunctura que, como es sabido, remite al refinamiento estilístico de la preceptiva calimaquea 19. Ahora bien, a la luz del verso estaciano que nos ocupa, yo pienso que la intención de Ovidio es llegar más lejos: está declarando que él, en cuanto poeta, ostenta la labor demiúrgica que Estacio, precisamente, le usurpa a su Júpiter en los dos pasajes arriba mencionados. ¿Será que Estacio, también como poeta, quiere apropiarse de la potestad del hilandero destino? A pesar de estas declaraciones de Júpiter en los libros III y VII de la Tebaida, existe práctica unanimidad respecto a que en la composición el padre de los dioses -con mayor o menor coherencia narrativa-gobierna sobre el destino, con el que mantiene una relación de interdependencia. Aceptar lo contrario implicaría admitir una inadmisible ruptura con toda la tradición poética anterior, tanto épica como trágica (Delarue 2000, p. Yo creo, sin embargo, que son justamente los precedentes épicos y trágicos los que aconsejan no hacer una tan tajante afirmación ya que, con la excepción de Hesíodo, el estatuto teológico de Zeus-Júpiter es altamente inestable en toda la tradición literaria grecorromana. Según hemos visto, Júpiter confiesa en la asamblea del libro I de la Tebaida que mens cunctis imposta manet (I 227). La herencia genética posee, entonces, una fuerza coercitiva semejante a la que el Júpiter virgiliano confería a los fata en su réplica a Venus (Aen. I 257-258: manent immota tuorum / fata tibi) y similar también a la que padecen los personajes de Ovidio en los que, a pesar de la actividad transformadora de la divinidad, su natura anterior permanece inmutable. Un eco verbal cercano al verso estaciano se encuentra en Met. II 485: mens antiqua tamen facta quoque mansit in ursa, pero es un hecho que recurre a lo largo de las Metamorfosis20 y al que Ovidio parece haber conferido un valor teológicamente programático. A mi modo de ver, ello lo demuestra la insistencia que sobre este hecho el poeta hace al principio y al final de la composición. En el libro I, Júpiter convierte la sangre de los sacrílegos Gigantes en figuras humanas. Su gestualidad correctiva, no obstante, cristaliza en un acto antropogénico bastante desafortunado pues también esta descendencia contemptrix superum saeuaeque auidissima caedis / et uiolenta fuit: scires e sanguine natos (vv. A pesar de que Ovidio presenta a Júpiter como la viva imagen del poder real incontestable (vv. 230: uindice flamma) y punitiva del dios queda sin efecto pues, como él mismo reconoce, una vez transformado en lobo, todavía en Licaón conserva su avidez de matanza y las trazas de su antigua figura. En el último libro -posición que ha de ser forzosamente significativa desde el punto de vista metaliterario-Pitágoras, explicando el eterno cambio, afirma que el alma permanece inmutable a pesar de que adopte diversas apariencias; se asemeja a la cera que nec manet ut fuerat nec formam seruat eandem, / sed tamen ipsa eadem est, animam sic semper eandem / esse (Met. Tampoco en la Tebaida el padre de los dioses tendrá poder alguno sobre la culpa hereditaria21. La herencia del crimen es un tema nuclear en la composición estaciana, pero ya era intensamente funcional en la épica ovidiana 22, sobre todo en sus libros tebanos 23, y sin duda hay que buscar sus raíces en la tragedia griega de tema cadmeo (Criado en prensa). Tanto en las Metamorfosis como en la Tebaida, el pecado de Cadmo permanecerá indeleble como transmisión genética en forma de predisposición al crimen, al error y a la arrogancia frente a los dioses que será heredada por sus descendientes. Pero si tal es el destino de los personajes ovidianos y estacianos, y Júpiter no puede hacer nada para cambiarlo, hay que consentir que la perspectiva adoptada es muy distinta a la creada por el optimismo teológico de la Grecia helenística que aceptaba la dependencia del fatum respecto a una divinidad personal, entendida por supuesto en sentido platónico, esto es como inteligencia moralmente positiva 24. Pero incluso queda lejos de esa suerte de lata sinonimia e intercambiabilidad (bien es cierto que inconstante) entre la figura personal de Zeus y el destino (Magris 1985, p. 83) que es todo lo más que, en mi opinión, los poemas homéricos permiten deducir sobre la cuestión. De forma pertinaz las contradicciones en que el Júpiter estaciano incurre han sido explicadas apelando a la formulación que Séneca hace de una de las más arduas antinomias estoicas que, presuntamente, encontrarían reflejo en los pasajes estacianos 25: en asuntos éticos, políticos, físicos y teológicos (Schiesaro 2002, pp. 62-63 y 73) 29. Y en segundo lugar, inmediatamente después, Lucano no deja dudas de su dubitante estoicismo, pues vacila en atribuir la acción nefasta al designio estoico o a la no teológica aleatoriedad de los epicureos 30. Prescindamos, pues, de la filosofía. Realmente, ¿no es posible que, a pesar de nuestros esfuerzos por demostrar lo contrario, el conjunto de la épica posthesiódica haya sido, en cierta medida, literariamente incapaz de sustraerse al asistemático conglomerado teológico que caracterizaba la épica homérica? A ello parecen apuntar las «contradicciones» de los épicos postaugusteos, pero incluso las del propio Virgilio. En mi opinión, intentar explicar el comportamiento de un Zeus-Júpiter literario en términos filosóficos es prácticamente estéril; todavía más, si tenemos que vérnoslas con el género trágico o épico y, más si cabe, si los autores objeto de estudio son concretamente Ovidio, Séneca trágico, Lucano o Estacio. Además, aunque Séneca sacrifica la claridad de la exposición filosófica en aras del efectismo de su ingenium, con su afirmación de que el dios semper paret, semel iussit (Dial. I 5.8.9) está, simplemente, reelaborando la idea estoica de que el dios es Ley para el Cosmos pero también Ley para sí mismo. Dicha formulación ya se encuentra en Zenón (SVF I 162 = Schol in Luc. II 9) y quizá en el heracliteo κοινός λόγος del Himno a Zeus de Cleantes (SVF I 537 = Stob. De este modo, según ya hemos apuntado, el racionalismo estoico lograba superar el pesimismo inherente a la ambigüedad que emanaba del Zeus de la religiosidad olímpica predemocrática. El dios, o Ley natural, rige sin duda sobre un mundo moral y él mismo es no sólo moral, sino benevolente. Por ello ha de plegarse a la legalidad de la Fatorum series que él mismo ha establecido. Ello no implica que el dios tenga menos poder sino que, como le corresponde, salvaguarda la coherencia del Cosmos que ha fundado. La legalidad de la potestas de la divinidad es, en todo caso y tal como el propio Séneca afirma, absoluta 31. A mi modo de ver, poco tiene que ver esta moralización del panteón olímpico con la malignidad de la teodicea que Ovidio y Estacio plantean y con las coincidencias de los decretos del Júpiter estaciano con los de las deidades infernales (Dominik 1994, pp. 1-33; Criado 2000, pp. 196-204, y McNellis 2007, pp. 9 y 26-27). Tanto la tragedia griega como la senecana pero, sobre todo, la épica ovidiana y lucanea 32 dan más cumplida explicación que las teorizaciones filosóficas sobre alguno de los aspectos de la idiosincrasia del Júpiter estaciano. Por razones de espacio, me centraré en Ovidio. Precisamente en una de las ocasiones en que Tebas aparece en las Metamorfosis de forma externa a la sección tebana, Temis hace una profecía en la que anuncia que los hijos de Calírroe y Alcmeón envejecerán para así poder vengar la muerte de su padre. Entre los habitantes del Olimpo se produce un verdadero intento de motín (Rosati 2001, pp. 52-53, y Galasso 2009, pp. 121 y 129), ya que todos ellos querrían modificar la edad de sus respectivos hijos humanos y así aliviar su vejez. Hay un fuerte contraste entre la autoridad con que Júpiter acalla la rebelión de los dioses (IX 428: o! nostri si qua est reuerentia) y sus palabras, que son una declaración -sin precedentes épicos-de su sumisión al fatum; la más trágica, honesta, clara y sistemática del conjunto de la literatura romana. Así, después de amonestar a los dioses, confiesa que también él está sometido al hado. Parecería que Ovidio anticipa el Zeus de Luciano 33 y que se muestra inmune a la presión de los modelos literarios que, sin embargo, atenazarán al Júpiter estaciano: uos etiam, quoque hoc animo meliore feratis, me quoque fata regunt. quae si mutare ualerem, nec nostrum seri curuarent Aeacon anni, perpetuumque aeui florem Rhadamanthus haberet cum Minoe meo, qui propter amara senectae pondera despicitur, nec quo prius ordine regnat. 212) y nunca menciona el advenimiento de un nuevo ciclo tras la destrucción universal (cf. Narducci 1979Narducci, p. Para Ovidio, Dios deja de ser una pregunta sin respuesta. Es muy significativo que en un poema que es la canción quintaesenciada de la mutatio constante e indefectible, lo único immobiles e immutabiles sean, precisamente, la herencia genética y el fatum. A todos los efectos, ello supone la práctica afirmación de la imposibilidad del cambio. Cuando éste se produce, parece advertir el poeta, no es más que mera apariencia 35. En todo caso, es Ovidio el primer autor en el que es el propio Júpiter (en cuya persona ya la literatura poshesiódica progresivamente había hecho confluir todas las figuras arcaicas del destino) el que reconoce su subordinación a la fuerza inamovible del fatum. Los dos pasajes son pronunciados por el rey del Olimpo y, lo que es más importante tratándose de Ovidio, no hay intermediarios a la voz autorial ya que las palabras del padre de los dioses no se producen en ninguna ocasión en el nivel hipodiegético. En realidad, tal sistematicidad en la noción del fatum no tiene precedentes ni en la épica griega ni en la romana. Intratextualmente, el poder del amo de los cielos resulta ser incluso inferior al de Medea quien, recurriendo únicamente a su magia, fue capaz de de rejuvenecer a Esón (Met. Baco, admirado por tal prodigio, acudirá a ella para devolver la juventud a sus nodrizas. El Júpiter de Ovidio, que no puede devolver la juventud a sus hijos Éaco, Minos y Radamantis, ni salvar de la muerte a César, está lejos del Zeus de Homero y del Júpiter de Virgilio. Soy consciente de que el estudio de las relaciones del padre de los dioses homérico y virgiliano con el destino ha hecho correr muchos ríos de tinta, por lo cual mi anterior afirmación pudiera resultar simplificadora. Obviamente, no es mi intención contribuir a la resolución de un aspecto de la teología homérica que considero, simplemente, inextricable. Pero es innegable que Zeus en la Ilíada se declara capaz de salvar a su hijo Sarpedón (XVI 434-438) y a su amado Héctor 34 Sola insuperabile fatum, / nata, mouere paras? intres licet ipsa sororum / tecta trium: cernes illic molimine uasto / ex aere et solido rerum tabularia ferro, / quae neque concursum caeli neque fulminis iram / nec metuunt ullas tuta atque aeterna ruinas; / inuenies illic incisa adamante perenni / fata tui generis: legi ipse animoque notaui / et referam.. Como es sabido, tras escuchar las advertencias respectivamente de Hera y Atenea, no lo hace. No obstante, la ineludible realidad textual es que puede hacerlo. 307), un poema en el que, inopinadamente y de forma súbita, Júpiter adquiere un cierto sabor ovidiano 36. El de Sulmona, al contrario, no deja lugar a dudas y hace gala de una claridad que emula la del Prometeo de Esquilo 37. Ahora bien, está del todo punto ausente del interés de Ovidio sumarse a la dialéctica que el drama esquileo plantea entre la religiosidad arcaica y la religiosidad democrática. Sorprendentemente, en la teología ovidiana no hay lugar para las paradojas a las que el poeta era tan adepto. Consciente de que pudiera parecer que incurro en contradicción, apelaré ahora a Séneca; pero no al Séneca teólogo sino al pensador político. En Sobre la clemencia es constante el énfasis del filósofo en que el princeps ha sido elegido para desempeñar en la tierra el papel de los dioses (Cl. La potestas de Nerón, como la de Júpiter, es incontestable (Cl. Séneca, de hecho, en sus profilácticos consejos de cómo alcanzar la ἀπάθεια no parecía tener demasiados problemas en equiparar el sistema de gobierno divino al de una monarquía humana: in regno nati sumus: deo parere libertas est (Dial. No obstante, toma las debidas precauciones en el sentido contrario. Así, se cuida de señalar los límites de esta divinización del poder absoluto del princeps humano. En primer lugar, la cólera de Nerón, al contrario que el fatum, ha de ser revocable (Cl. En segundo lugar, el emperador no tiene poder sobre su propia vida: errat enim, si quis existimat tutum esse ibi regem, ubi nihil a rege tutum est (Cl. Y en tercer lugar, la condición del rector lleva implícita la subordinación. Esta supeditación, obviamente, guarda similitudes con la condición del Júpiter providencial que, aporéticamente, 36 Cf. Pero ahora la cuestión de los límites del poder de Nerón no se presta a formulaciones anfibológicas. Todo es ovidianamente mucho más sencillo. Su poder es, de forma inconcusa, limitado: En mi opinión, este princeps, divino pero mortal, tiene un exacto correlato en el Júpiter ovidiano y estaciano. Estoy lejos de poder demostrar que el rector Olympi o rector deum de Ovidio (Met. Lo que sí parece obvio es que Ovidio, con mucha más contundencia que ninguno de los poetas augusteos, expresa una ideología del principado que tiene clara continuidad en Séneca y en Lucano, pero también en Estacio. En este sentido, cabría preguntarse si la explícita presentación que tanto Ovidio como Estacio hacen del exiguo poder de Júpiter sobre el fatum en los pasajes analizados tiene algo que ver con la recurrente identificación que ambos poetas establecen entre las asambleas divinas y el Palatino a lo largo de sus composiciones 39 y, más concretamente, entre Júpiter, Augusto y Domiciano 40. Es decir, en 38 El propio poeta lo explicita: Júpiter y Augusto son ambos «padres y caudillos» (Met. 39 Por citar algún ejemplo, Ou., Met. 40 La bibliografía sobre esta última cuestión es muy abundante. 141, y Romano 2009, pp. 246-250. el sentir de Ovidio y Estacio, el poder de los emperadores tiene que ser limitado pues incluso es limitado el poder de su alter ego divino. Es más, Estacio habría llegado incluso más lejos que el propio Ovidio. Aunque el sintagma rectorque paterque que el de Sulmona refiere a Júpiter y Augusto (Met. 53), Estacio sólo se refiere a Júpiter como rector en una ocasión (Ach. II 53) y opta por escamotear a Domiciano el calificarlo abiertamente como tal 41. No obstante, de forma reiterada aplica el apelativo rector al rey del infierno, Plutón 42. Y en el infierno estaciano habitan las Euménides, pero sin duda también las Parcas 43 que, según el conocimiento privilegiado de un Anfiarao que ha descendido vivo al Hades, obedecen las órdenes del nigri Iouis o del Tartarei rectoris (Theb.
El presente trabajo es un estudio de los verbos de movimiento empleados en las «construcciones de mo vimiento virtual» en griego antiguo. Los autores proponen que estas construcciones implican una proyección metafórica y estudian la incidencia de la metáfora en la construcción sintáctica y el empleo de las voces. Por otra parte, las referencias genérica y de estado asociadas a los verbos de movimiento virtual se explican a partir de su carácter descriptivo y el tipo textual descriptivo en que tienden a aparecer. Palabras clave: virtualidad; movimiento virtual; verbos de movimiento; tipo textual descriptivo; referencia temporal-aspectual genérica; activa anticausativa. cia en el mundo real y se toma como referencia para describir una entidad real que constituye el referente indirecto de la construcción. Estas expresiones son frecuentes en distintas lenguas, como puede apreciarse en (1-4)2: XI 230 est sinus Haemoniae curuos falcatus in arcus, | bracchia procurrunt (in mare) «El golfo de Hemonia tiene forma de hoz curvada; sus brazos se lanzan (al mar)». (2) Fuero de Oreja, año 1139, é dende fasta dentro en las Alcarrias asi commo descende Tajuna en Jarama «Desde allí hasta la Alcarria según baja el Tajuña al Jarama». La descripción de un objeto inerte en términos de un movimiento constituye una expresión compleja en la que el hablante evoca un desplazamiento y recorre mentalmente el trayecto evocado. El movimiento sólo tiene lugar como parte del proceso que siguen hablante y oyente al configurar un sentido para la expresión. Estudios psicológicos sobre hablantes reales parecen confirmar esta tesis (Matlock 2004), pero la idea en sí no es novedosa ni reciente. Las construcciones de movimiento virtual han sido objeto de detallado estudio en el marco de la lingüística cognitiva en los últimos años 4. En los estudios sobre griego antiguo apenas hay aportaciones relevantes hasta fecha bastante reciente, sólo observaciones aisladas en estudios específicos5, gramáticas6 y algún que otro léxico7. En su estudio sobre el sentido de preposiciones y casos, Luraghi 2003, pp. 56-57, apela a los trabajos sobre el «movimiento ficticio» de Talmy y Langacker para explicar los usos locativos del acusativo de extensión que expresa la distancia entre dos referentes estáticos, así como algunos empleos de acusativo con preposición con función aparentemente locativa. 19, y 2008b, pp. 148-149, en sendos estudios sobre la diátesis y el marco predicativo del verbo griego, trata sobre el empleo metafórico de verbos agentivos para expresar un estado como la situación real descrita con el movimiento virtual. Martínez Vázquez 2008b, pp. 98-99, presenta varias explicaciones complementarias del empleo de φέρω en expresiones con sentido de movimiento virtual. Recientemente, Méndez Dosuna 2009 ofrece un interesante estudio en que examina «algunas de las características del movimiento fictivo en griego antiguo» (p. Aunque el tratamiento que hace de los verbos de movimiento es parcial, enriquece estudios anteriores con abundancia de ejemplos tomados de inscripciones y aborda el tratamiento de expresiones que nadie hasta entonces había vinculado con el movimiento virtual. En este trabajo presentamos una explicación de las construcciones con «verbo de movimiento virtual», que son las únicas en que hay un movimiento virtual explícitamente atribuido a una entidad estática. Para ello, ofrecemos en primer lugar una clasificación de las construcciones que de una forma u otra se han vinculado con el movimiento virtual, tipología que se torna imprescindible para delimitar el objeto de nuestro estudio. A continuación argumentamos que el sentido figurado de todos estos verbos se explica mejor a partir de una proyección de base metafórica que de un desplazamiento de base metonímica, como han sostenido algunos autores, y ofrecemos una breve descripción del papel de los verbos de movimiento en estas proyecciones. Finalmente, mostramos que en líneas generales el empleo de estos verbos está restringido a los usos gramaticales propios del tipo textual descriptivo en que estas expresiones aparecen. ii. tipoLogía dE Las constrUccionEs dE movimiEnto virtUaL Las expresiones que han sido vinculadas con el movimiento virtual son de distinto tipo. Unas hacen referencia a un movimiento puramente imaginario y otras a un movimiento real, pero referido a un desplazado no específico. Se pueden distinguir tres tipos básicos que exponemos a continuación. Construcciones de desplazado virtual En estas construcciones se describe la ubicación de una entidad, típicamente un accidente geográfico, evocando el desplazamiento de una persona no específica en una dirección determinada. Hay varias expresiones diferentes8, pero en todas ellas la ubicación del accidente en cuestión se describe en términos literales, es decir, mediante verbos que no expresan movimiento, sino reposo. Dos tipos bien conocidos en la tradición gramatical griega son el empleo del genitivo del punto de vista y el dativo «corográfico» con participio: VI 4.3 ὁ δὲ Κάλπης λιμὴν ἐν μέσῳ μὲν κεῖται ἑκατέρωθεν πλεόντων ἐξ Ἡρακλείας καὶ Βυζαντίου «El puerto de Calpe se sitúa en medio de los que navegan desde Heraclea y desde Bizancio». I 24.1 Ἐπίδαμνός ἐστι πόλις ἐν δεξιᾷ ἐσπλέοντι ἐς τὸν Ἰόνιον κόλπον «Epidamno es una ciudad a la derecha para el que navega hacia el interior del golfo Jónico». Los verbos κεῖται y ἐστι tienen su sentido propio de estado, de modo que su empleo carece de interés para un estudio sobre verbos que expresan movimiento virtual9. Construcciones con verbo de estado y un adjunto que implica un movimiento virtual Otro tipo, del que hay ejemplos abundantes en griego antiguo, se da cuando se combinan expresiones preposicionales de dirección con verbos de referencia estativa10: Luraghi 2003 explica estos usos como casos de movimiento virtual, retomando las tesis de Talmy y Langacker sobre ejemplos semejantes en inglés. Ahora bien, aunque el movimiento implícito en el giro preposicional es puramente virtual, el sentido del verbo sigue siendo literal, ya que no es un verbo de movimiento, y, por tanto, también carece de interés para este estudio11. Construcciones de movimiento virtual en sentido propio: el «verbo de movimiento virtual» En las construcciones de movimiento virtual en sentido propio se describe la posición de un objeto evocando un desplazamiento atribuido explícitamente al propio objeto, que se construye como sujeto de un verbo de movimiento. Podemos identificar cuatro tipos de acuerdo con las propiedades del objeto que se pretende describir mediante la referencia al movimiento virtual. El primer tipo describe la posición del objeto: II 1.24 ἡ γὰρ Θάψακος πολὺ τῶν ὀρῶν ἀφέστηκε, συμπίπτει δὲ καὶ τὸ ὄρος καὶ ἡ ἀπὸ Θαψάκου ὁδὸς ἐπὶ τὰς Κασπίου πύλας «Pues Tápsaco está muy apartada de las montañas, pero la cordillera y el camino (que viene) de Tápsaco se encuentran en las Puertas del Caspio». Con frecuencia se expresa la posición relativa de dos objetos, accidentes naturales en este caso, evocando el movimiento imaginario de uno de ellos con relación al otro. Obsérvese que en todas estas construcciones el sentido del verbo de movimiento no es literal en ningún caso. El segundo tipo expresa la orientación del objeto o una de sus partes: XII 81 μέσσῳ δ ̓ ἐν σκοπέλῳ ἐστὶ σπέος ἠεροειδές, πρὸς ζόφον εἰς Ἔρεβος τετραμμένον «En mitad del escollo hay una cueva nebulosa, girada a poniente hacia el Érebo». El tercer tipo es el esquema conceptual más representativo y mejor estudiado entre las construcciones de movimiento virtual, identificado por Talmy 2000, p. 138, como «trayectos de coextensión» (coextension paths), que describen la forma, orientación o ubicación de una entidad en términos del trayecto recorrido a lo largo de la extensión que ocupa en el espacio: Finalmente, existe un tipo mixto con referencia a un viajero genérico y a un movimiento virtual atribuido al objeto localizado12. En este tipo se invierten los papeles del observador en movimiento y el objeto localizado, de modo que el objeto es presentado en movimiento saliendo al paso ante un observador hipotético: (12) Ael., NA X 25.1 ὄασιν τὴν Αἰγυπτίαν διελθόντι ἀπαντᾷ ἑπτὰ ἡμερῶν ὅλων ἐρημία βαθυτάτη «Al que atraviesa el oasis egipcio le sale al encuentro un profundo yermo de siete días completos». EL sEntido FigUrado dE Los vErBos dE movimiEnto virtUaL En las construcciones de movimiento virtual propiamente dichas el sentido del verbo es un sentido figurado, precisamente porque el sujeto de la construcción refiere un ente inanimado e inerte (Rodenbusch 1911, p. En la medida en que se adscribe un movimiento a una entidad inerte todas estas construcciones tienen una base metafórica13. En general, el sentido de las expresiones metafóricas se construye mediante el choque de dos estructuras semánticas, la literal y la figurada, y, como toda metáfora conceptual, el movimiento virtual implica la «proyección» (mapping)14 de una estructura conceptual sobre otra. Con todo, no todas estas expresiones son idénticas, sino que se pueden distinguir dos casos distintos que examinamos a continuación. En primer lugar, el sujeto puede referir una entidad que está asociada con el movimiento evocado. Es el caso del camino que «va» o «conduce» de un lado a otro: La metáfora pivota sobre una relación real que existe entre el camino y la acción de recorrerlo. Estos casos son los que han recibido una mayor atención. Martínez Vázquez 2008b, pp. 98-99, da una explicación del empleo virtual de φέρω en (14) partiendo de la concepción del camino como un guía metafórico. Pero se trata de una metáfora con proyecciones dentro del mismo dominio conceptual, ya que el objeto descrito por la expresión está asociado a un movimiento. Sobre la base de esta relación propone que, alternativamente, podría pensarse en una metonimia que promueve el prosecutivo a la posición del sujeto agente, ya que en su descripción interesa focalizar el camino y no el guía eventual. Méndez Dosuna (2009, pp. 8-9) propone asimismo una metonimia, aunque aduce un desplazamiento diferente: «son entidades estáticas, preferentemente de configuración longitudinal, y corresponden a un Trayecto que puede recorrer una persona. Por metonimia, el movimiento de esa persona se transfiere a la entidad inmóvil15 ». Una relación metafórica entre términos contiguos evoca la figura de la metonimia con facilidad, ya que esta figura se basa en relaciones de contigüidad nocional. Pero hay que advertir que no se trataría, en ningún caso, de una metonimia común. El caso común en que se transfiere metonímicamente el movimiento al camino es el que se observa en expresiones como «el camino es de piedra» (literal) / «el camino es muy duro» (metonímico). El sentido de estas construcciones de movimiento virtual es más complejo, porque implican una concepción metafórica del sujeto como ser que se desplaza. En segundo lugar, las expresiones de movimiento virtual se emplean también para describir accidentes geográficos y partes del cuerpo, entre otros muchos objetos, que a priori no tienen ninguna relación con el movimiento evocado por el verbo: 11 ἓν (ζεῦγος) μὲν αὐτέων (τῶν παχυτάτων τῶν φλεβῶν) ἀπὸ τῆς κεφαλῆς ὄπισθεν διὰ τοῦ αὐχένος, ἔξωθεν ἐπὶ τὴν ῥάχιν ἔνθεν τε καὶ ἔνθεν παρὰ τὰ ἰσχία ἀφικνέεται καὶ ἐς τὰ σκέλεα «Un par de ellas (las venas más gruesas) llega desde detrás de la cabeza a través del cuello, por fuera por encima de ambos lados de la columna vertebral, junto a las caderas y hasta las extremidades». II 8.1 ταύτῃ μὲν λῆγον ἀνακάμπτει ἐς τὰ εἴρηται τὸ ὄρος «El monte, terminando allí, dobla hacia las zonas mencionadas». En estas expresiones el movimiento metafórico por parte del sujeto resulta más evidente, pues para que se dé un desplazamiento semántico de base metonímica es necesario que haya una relación previa entre los términos que no existe en el caso de las venas ni de los montes 16. EL vErBo dE movimiEnto En La constrUcción dE movimiEnto virtUaL El papel de los verbos de movimiento en la metáfora del movimiento virtual presenta algunas peculiaridades respecto a la relación con sus participantes, tal y como describimos brevemente a continuación. Es frecuente que los verbos de movimiento sean intransitivos, pues tienen un único actante que designa la entidad que se desplaza. Si el sentido de las expresiones figuradas se construye sobre la base de la proyección de dos estructuras semánticas, cuando se usa un verbo de movimiento intransitivo ambas estructuras presentan un solo participante o actante principal, de modo que no hay restricciones y su empleo es abundante, tanto en voz activa17 como en voz media 18: XIII 547 (φλέψ) ἥ τ̓ ἀνὰ νῶτα θέουσα διαμπερὲς αὐχέν̓ ἱκάνει «La (vena) que corriendo espalda arriba de un extremo a otro alcanza el cuello». 12 οὐκ ἄρα ἡ ἀπὸ τοῦ Ζ ἐπὶ τὸ Η ἐπιζευγνυμένη εὐθεῖα διὰ τῆς κατὰ τὸ Α ἐπαφῆς οὐκ ἐλεύσεται «Entonces la recta trazada de F a G no pasará por el punto de contacto en A». Menos frecuentes son los verbos de movimiento transitivos con un acusativo que designa el camino recorrido. Un ejemplo de movimiento virtual con este tipo de verbos es el siguiente: 16 (φλέψ) περᾷ τὸν μηρὸν παρὰ τὴν πρὸς τὸ γόνυ καμπήν «(Una vena) atraviesa el muslo junto a la articulación de la rodilla». La estructura semántica de estos verbos tampoco plantea ningún problema en su empleo como expresiones de movimiento virtual. Se identifica el sujeto del movimiento con la entidad inerte cuya localización se pretende describir; el objeto, por su parte, describe una parte de la ruta, que se entenderá como un referente de la localización del sujeto inerte en cuestión 19. La mayor parte de los verbos de movimiento transitivos son verbos de movimiento inducido, en el sentido de que la entidad que se mueve se expresa en la construcción activa mediante el objeto, no mediante el sujeto, que es inductor del movimiento. Estos verbos también se emplean con frecuencia en construcciones de movimiento virtual, pero su empleo es algo más complejo y está sujeto a restricciones, ya que el inductor del movimiento no tiene ninguna utilidad para la metáfora del movimiento virtual. De modo que, para acomodar su estructura a la del referente indirecto de la construcción, se hace abstracción de éste escogiendo la construcción intransitiva del verbo, en la que el sujeto designa la entidad inducida a movimiento. Esta construcción es muy natural en el sistema del verbo griego antiguo con el verbo en voz media, una media intransitiva opuesta a una activa transitiva causativa20. Hallamos ejemplos abundantes de ella21: 1016 a τῆς δ ̓ εὐθείας... οὐδὲν μόριον ἔχον μέγεθος τὸ μὲν ἠρεμεῖ τὸ δὲ κινεῖται «Ninguna sección de la línea recta que tenga magnitud está quieta mientras que otra se mueve». Curiosamente, junto al empleo de la voz media es posible en griego el empleo de una activa intransitiva anticausativa (por oposición a la activa de movimiento inducido). Puede decirse que la referencia estativa de estas expresiones, que describen entidades cuyo papel es indiferente a nociones como la actividad y la pasividad, favorece la neutralización de las voces y el empleo de la activa con diátesis secundarias (Jiménez Delgado 2008a). Este hecho explica la relativa frecuencia con la que se emplea la activa anticausativa en las construcciones de movimiento virtual en griego antiguo 22. De hecho, uno de los verbos que expresa movimiento virtual con más frecuencia es τείνω, que puede aparecer en voz media y tema de perfecto 23, pero que se emplea mayoritariamente en activa intransitiva 24: (22) Hp., Oss. 22 La gramática griega no ha prestado apenas atención a la activa anticausativa, dado que no es frecuente. 91 ss., la incluyen dentro de los casos de intransitivización de los verbos transitivos. Méndez Dosuna 2009 la estudia en el caso de los imperativos παῦε y ἔγειρε. Jiménez Delgado 2008a es un estudio de los casos que se documentan en Heródoto. Fuera de un mismo paradigma tenemos la denominada tradicionalmente «pasiva léxica», que es la oposición de un verbo de proceso intransitivo como ἀποθνῄσκω 'morir' a otro causativo como ἀποκτείνω 'matar'. 23 En voz media el presente es raro: Arist., HA 513 b 3 ἡ μὲν οὖν μεγάλη φλὲψ... εἶτα διὰ τοῦ κοίλου τοῦ μέσου τείνεται πάλιν φλέψ «así pues, la gran vena... luego se extiende a través del ventrículo medio de nuevo como vena». 24 Otros verbos transitivos empleados en activa intransitiva son los siguientes: κάμπτω (Hdt. Nótese que la mayor parte de ellos también se construyen en media intransitiva, en concreto, todos salvo στρέφω y χρίμπτω. κατεῤῥίζωνται ἐς τοὺς ὄρχιας καὶ ἐς τὸν ἀρχὸν, καὶ περὶ τὸ ἱερὸν δὲ ὀστέον λελεπτυσμέναι ἡνωμέναι περιτέτανται «Y también tiene ramificadas hacia la corva venas muy entrelazadas, que desde allí, extendiéndose del lado de los nervios de debajo del muslo, están bien enraizadas en los testículos y en el ano, y adelgazadas y unidas están extendidas alrededor del hueso sacro». Un último caso se da con los verbos ἄγω y φέρω, que se usan con mucha frecuencia en voz activa intransitiva para describir la extensión, orientación o localización de un objeto, esté o no esté asociado a un movimiento: (24) X., HG VII 2.7 οἱ δὲ χαμόθεν ἠμύνοντο καὶ κατὰ τὰς ἐπὶ τὸ τεῖχος φερούσας κλίμακας προσεμάχοντο «Se defendían desde el suelo y luchaban desde las escaleras que llevaban al muro». Se entiende que esta construcción es intransitiva por elisión de un objeto que designaría el caminante, que puede expresarse con una segunda persona impersonal en otras lenguas: this road takes you to the city «esta carretera te lleva a la ciudad», Priap. 86.21 semita haec deinde vos feret ipsa «que esta senda luego os lleve ella misma». La construcción adquiere entonces un sentido semejante a la de cualquier verbo transitivo que se construye de forma absoluta por elipsis de un objeto genérico. Esta construcción tiende a dotar al verbo de sentido estativo25 y lo hace más apto para la expresión del movimiento virtual, que en realidad expresa estado. Característico de las construcciones de movimiento virtual es el empleo del tema de presente, la forma habitual para expresar estados permanentes, es decir, propiedades constantes e inmutables en el tiempo. Los verbos de movimiento virtual alternan con el empleo de verbos estativos, lo que confirma esta apreciación: En los tratados de anatomía puede pensarse que la referencia es asimismo genérica, en la medida en que se describen propiedades referidas no a un órgano o a un cuerpo concreto, sino a todos los miembros de su categoría: 1 ἥπατος πέντε λοβοί• ἐπὶ δὲ τοῦ τετάρτου λοβοῦ ἐπίκειται ἡ χολὴ, ἣ τὸ στόμα ἐπὶ φρένας καὶ καρδίην καὶ πλεύμονα φέρει• καρδίην ὑμὴν περίεστι «Cinco lóbulos del hígado: sobre el cuarto lóbulo se encuentra la vejiga de la bilis, que lleva su abertura al diafragma, el corazón y el pulmón. Hay una membrana alrededor del corazón». En cuanto a la temporalidad de estas formas cabe decir que es la propia de las formas estativas y genéricas, descrita por las gramáticas como presente general30, no como presente actual. Prueba de ello es que en este tipo de descripción se emplean con frecuencia oraciones nominales puras31: En efecto, los territorios que tienen minas es necesario que sean quebrados y poco fértiles, como los que lindan con la Carpetania y, sobre todo, los que lindan con los celtíberos. De esta manera es también la Beturia, que tiene llanuras secas que van paralelas al Anas». 1 ἃ δ ̓ ἡμεῖς αὐτοὶ ἐξ ἀνθρώπου ὀστέων κατεμάθομεν, σπόνδυλοι οἱ ἄνω τῆς κληῗδος σὺν τῷ μεγάλῳ ἑπτά• οἱ δὲ κατὰ τὰς πλευρὰς ὅσαι περ αἱ πλευραὶ δώδεκα• οἱ δὲ κατὰ κενεῶνας ἐκτὸς, ἐν ᾧ τὰ ἰσχία, ἐν τῇ ὀσφύϊ πέντε. τὸ δὲ σπέρμα οἷον κηρίον ἑκατέρωθεν τῆς κύστιος• ἐκ δ ̓ αὐτῶν φλέβες ἑκατέρωθεν τοῦ οὐρητῆρος ἐς τὸ αἰδοῖον τείνουσι «Y lo que nosotros mismos hemos aprendido de la observación de los huesos humanos, que las vértebras de encima de la clavícula con la grande son siete, las que están a la altura de las costillas, conforme al número de costillas, doce, las que están a la altura de las ijadas por fuera, donde las caderas, en la zona lumbar, cinco. El esperma es como cera de ambos lados de la vejiga y las venas (que parten) desde ellos se extienden de ambos lados de la uretra a los genitales». Este presente es propio de situaciones que se dan en cualquier momento incluido el de la enunciación. En la descripción de objetos concretos se percibe un valor temporal de presente. En la formulación de axiomas científicos el sentido es atemporal. En las construcciones de movimiento virtual es frecuente el uso del tema de perfecto expresando estado resultante de un movimiento imaginario: El tema de perfecto es muy natural para expresar una situación estativa, pero hemos observado en la sección anterior que algunos verbos documentan indistintamente el empleo del presente y del perfecto. El verbo τείνω es uno de los más frecuentes en griego para expresar movimiento virtual y se emplea tanto en tema de perfecto y voz media como en tema de presente y voz activa. La proximidad de sentido entre los dos temas se aprecia en (32-33): (32) Arist., HA 497 a Ἐκ μέσου δὲ τῶν νεφρῶν ἑκατέρου φλὲψ κοίλη καὶ νευρώδης ἐξήρτηται, τείνουσα παρ ̓ αὐτὴν τὴν ῥάχιν διὰ τῶν στενῶν• εἶτα εἰς ἑκάτερον τὸ ἰσχίον ἀφανίζονται, καὶ πάλιν δῆλαι γίνονται τεταμέναι πρὸς τὸ ἰσχίον «Del medio de cada uno de los riñones está suspendida una vena cava y fibrosa que se extiende a lo largo de la propia columna vertebral a través de los pasos; luego desaparecen en cada una de las ancas y de nuevo se hacen visibles extendidas junto a la cadera». II 8.1-2 ἀπὸ δὲ Ἡλίου πόλιος ἄνω ἰόντι στεινή ἐστι Αἴγυπτος. τῇ μὲν γὰρ τῆς Ἀραβίης ὄρος παρατέταται, φέρον ἀπ ̓ ἄρκτου πρὸς μεσαμβρίην τε καὶ νότον, αἰεὶ ἄνω τεῖνον ἐς τὴν Ἐρυθρὴν καλεομένην θάλασσαν... τὸ δὲ πρὸς Λιβύης τῆς Αἰγύπτου ὄρος ἄλλο πέτρινον τείνει, ἐν τῷ αἱ πυραμίδες ἔνεισι, ψάμμῳ κατειλυμένον, τεταμένον τὸν αὐτὸν τρόπον καὶ τοῦ Ἀραβίου τὰ πρὸς μεσαμβρίην φέροντα «Y desde Heliópolis, para el que va hacia arriba, Egipto resulta estrecho, pues allí está extendida a lo largo la cadena montañosa de Arabia, que lleva desde el norte al mediodía y el sur, siempre extendiéndose hacia arriba al mar llamado Rojo... Y en la parte de Egipto que linda con Libia se extiende otra cadena rocosa, en la cual hay pirámides, cubierta de arena, extendida de la misma forma que las montañas de Arabia que llevan al mediodía». El presente con valor próximo al de perfecto se usa en griego con cierta frecuencia32. 412, precisamente a propósito del empleo de presente por perfecto en griego, «un estado implica siempre una acción pasada: si uno yace, está echado, es que se ha echado previamente». 270, explicaba las expresiones de movimiento virtual como presentes por perfectos con valor resultativo33. No es una tesis que explique todos los casos tratados aquí, pero sí un testimonio de que en algunos contextos presente y perfecto del verbo de movimiento virtual se distinguen sólo por matices ligeros. También se emplea el tema de perfecto en los textos descriptivos con un valor descrito como perfecto general por las gramáticas34. Como en el caso del presente, puede tener referencia genérica cuando va referido a órganos del cuerpo, ya que lo dicho es aplicable a todos los individuos de una especie: 19 ἐντεῦθεν δὲ κάτω καὶ ἡ δεξιὴ καὶ ἡ ἀριστερὴ (φλὲψ) ὑπὸ τὸν πνεύμονα ἐλήλαται «Desde ese punto por debajo la vena derecha y la izquierda están conducidas bajo el pulmón». 14 ἐντεῦθεν τε ἡ φλὲψ αὕτη κατέχει τὸν πλεύμονα, καὶ διὰ τῶν λοβῶν τῶν δύο τῶν μεγάλων τῶν ἔσω τετραμμένων ὑπὸ τὰς φρένας ἐπιτέταται τῇ ἀκάνθῃ λευκὴ καὶ νευρώδης «Y desde allí esta vena ocupa el pulmón y, a través de los dos lóbulos grandes que están vueltos hacia dentro, está extendida blanca y provista de nervios bajo el diafragma hacia la espina dorsal». Las expresiones de movimiento virtual pueden describir entidades ubicadas en el pasado o en un tiempo mítico. En tales casos se emplean las formas de imperfecto que las gramáticas suelen tipificar como descriptivos 35. 12, ofrece un ejemplo de la descripción de la Atlántida: 117d-e καὶ τὰ μὲν δὴ περὶ τὴν τῶν βασιλέων οἴκησιν οὕτω κατεσκεύαστο• διαβάντι δὲ τοὺς λιμένας ἔξω τρεῖς ὄντας ἀρξάμενον ἀπὸ τῆς θαλάττης ᾔειν ἐν κύκλῳ τεῖχος, πεντήκοντα σταδίους τοῦ μεγίστου τροχοῦ τε καὶ λιμένος ἀπέχον πανταχῇ, καὶ συνέκλειεν εἰς ταὐτὸν πρὸς τὸ τῆς διώρυχος στόμα τὸ πρὸς θαλάττης «Y la zona alrededor de la morada de los reyes estaba dispuesta de la siguiente manera: para el que atravesaba los tres puertos exteriores iba un muro en círculo que empezaba desde el mar, separado cincuenta estadios del círculo mayor y del puerto en todos sus puntos, y se cerraba en el mismo punto junto a la embocadura del canal en el mar». Con frecuencia el morfema de pasado no expresa tanto la datación del estado como el punto de vista que el hablante adopta respecto a su descripción, y se usa este imperfecto para describir entidades que siguen existiendo en el tiempo del autor. Un ejemplo clásico es 36: II 13.7 τοῦ τε γὰρ Φαληρικοῦ τείχους στάδιοι ἦσαν πέντε καὶ τριάκοντα πρὸς τὸν κύκλον τοῦ ἄστεως «Pues desde el muro de Falero había treinta y cinco estadios hasta el recinto de la ciudad». No hemos hallado ejemplos de imperfecto en la descripción de objetos que subsistan en el tiempo del hablante con referencia a movimiento virtual, pero no hay motivo para descartarlos. Por su parte, el carácter atemporal de los axiomas científicos hace inviable el empleo del imperfecto. En los tratados de anatomía, junto a presentes y perfectos, se emplea también el tema de aoristo. Es un aoristo muy próximo al uso etiquetado como «gnómico» en los manuales37. Dicho valor genérico es perfectamente armónico con la construcción de movimiento virtual, en la que alterna con el presente y el perfecto de referencia igualmente genérica. Así se aprecia en el siguiente pasaje hipocrático, en que a una secuencia de tres perfectos siguen cinco aoristos y un presente: Una de ellas atravesando por la parte alta y por la piel está descubierta por el ombligo, la otra tras presionar en la espina dorsal y el riñón está anclada en la vejiga y los genitales. Empezando a subir desde la cadera hacia el abdomen distribuye muchas venas y rodea las costillas y las vértebras en dirección a la espina dorsal, introduce estas ramificaciones y envuelve los intestinos y el vientre. Y las que se elevan desde el abdomen a las mamas por encima del cuello y de la parte superior de los homóplatos se entrecruzan. Por otra parte, la que llega junto a la parte ancha del hígado y hace de con-ducto a la bilis ocupa la parte de arriba bajo la espina dorsal, tras realizar su trayecto por el diafragma». El empleo de aoristos dota a la descripción de viveza y ritmo, evocando una secuencialidad y, en suma, una temporalidad tan metafórica como el propio movimiento atribuido a las venas. Las gramáticas refieren que este uso del aoristo es propio de máximas y sentencias, de comparaciones épicas, de la descripción de costumbres y de la formulación de verdades de carácter general. Tal vez debería añadirse a esta nómina las construcciones de movimiento virtual. Futuro general o «gnómico» En los tratados científicos que describen principios de geometría abundan los futuros «gnómicos» 38, que alternan con otras formas de referencia genérica en la formulación de axiomas: 12 ἐὰν δύο κύκλοι ἐφάπτωνται ἀλλήλων ἐκτός, ἡ ἐπὶ τὰ κέντρα αὐτῶν ἐπιζευγνυμένη διὰ τῆς ἐπαφῆς ἐλεύσεται «Si dos círculos se tocan externamente, la recta ligada a ambos centros pasará por el punto de contacto». Estas frases hacen referencia a un futuro meramente abstracto e hipotético, frecuentemente en periodos condicionales que refieren un axioma atemporal cuyo contenido es actualizable en cualquier momento. 1, citan el uso de un futuro de valor semejante en la descripción de costumbres por parte de Heródoto: I 173.5 εἰρομένου δὲ ἑτέρου τὸν πλησίον τίς εἴη, καταλέξει ἑωυτὸν μητρόθεν καὶ τῆς μητρὸς ἀνανεμέεται τὰς μητέρας «Y si uno pregunta a un vecino quién es, se identificará a sí mismo a partir de su madre y nombrará las madres de su madre». También se utiliza un futuro de segunda persona impersonal en descripciones geográficas con el formato de instrucciones a un viajero virtual, uso descrito por Méndez Dosuna 2009, p. 141, explica el uso del futuro en la idea de que es previsible que los hechos se repitan a partir de la experiencia del hablante. Otro rasgo característico de los textos descriptivos es el empleo de subjuntivos eventuales en subordinadas relativas, condicionales y temporales39. En el periodo condicional de (39) el subjuntivo tiene referencia genérica. Además, hemos hallado bastantes casos de subjuntivo en temporales introducidas por ἐπειδάν, ἔστε y ἕως. En las oraciones temporales se emplea subjuntivo con partícula tras una forma primaria cuando tiene sentido habitual, genérico o de verdad con carácter general (Goodwin 1889, p. En (40) es posible una interpretación genérica: 10 ἔπειτα ὑποκάτω τῆς ἀρτηρίης, ἔστ ̓ ἂν καταναλωθῇ καὶ ἔλθῃ ὅθεν ἡ ἡπατῖτις ἐμετεωρίσθη «Luego (avanza) por debajo de la arteria hasta que desaparece y llega a donde la vena hepática se eleva». Pero en (42-43) la expresión no es genérica, porque no hace referencia a la disposición de todos los miembros de una categoría hacia una actuación determinada. Se describe una entidad concreta y definida: V 1.3 (τὰ Ἀπεννίνα ὄρη) εἶτ ̓ ἀναχωροῦντα εἰς τὴν μεσόγαιαν κατ ̓ ὀλίγον, ἐπειδὰν γένηται κατὰ τὴν Πισᾶτιν, ἐπιστρέφει πρὸς ἕω καὶ πρὸς τὸν Ἀδρίαν ἕως τῶν περὶ Ἀρίμινον καὶ Ἀγκῶνα τόπων, συνάπτοντα ἐπ ̓ εὐθείας τῇ τῶν Ἑνετῶν παραλίᾳ «(Los montes Apeninos) luego retirándose hasta casi la parte central, cuando se hallan frente a la Pisátide, se vuelven hacia oriente y hacia el Adriático hasta los lugares que rodean Arímino y Ancona, encontrándose en línea recta con la costa de los vénetos». II 5.15 ταύτης (τῆς Λιβύης) δὲ τὰ δυσμικώτατα μικρῷ τῶν Γαδείρων πρόκειται μᾶλλον, εἶτ ̓ ἄκραν ποιήσαντα στενὴν ἀναχωρεῖ πρὸς ἕω καὶ νότον, καὶ πλατύνεται κατ ̓ ὀλίγον ἕως ἂν τοῖς ἑσπερίοις Αἰθίοψι συνάψῃ «Y la parte más occidental (de Libia) está ligeramente más a occidente que Cádiz, luego formando un cabo estrecho se retira hacia oriente y el sur y se ensancha ligeramente hasta que se encuentra con los etíopes occidentales». Tampoco son habituales en sentido estricto, porque no indican la disposición a actuar de una forma determinada según se deduce de un comportamiento sistemático previo. Sin duda apunta en la dirección correcta Méndez Dosuna 2009, p. 20, cuando explica que «se trata de presentes habituales, que indican que el Trayecto en cuestión está siempre en disposición de ser recorrido». Aunque, como hemos comprobado, el sentido habitual no explica todos los usos que hemos tratado, ciertamente es el sentido más próximo al de estas estructuras que tratamos ahora. Es natural que los griegos hayan recurrido a la estructura propia de la descripción de costumbres para describir las propiedades permanentes de un objeto evocando metafóricamente una actividad meramente abstracta. Pensar que el movimiento se evoca como un hábito metafórico acaso sea ir demasiado lejos. Si autores como Goodwin hubieran tenido en cuenta ejemplos como éstos en la redacción de sus gramáticas, tal vez habrían incluido junto al matiz habitual y genérico el sentido virtual de estas expresiones. En todo caso el empleo de estos subjuntivos es, como los anteriores, un uso propio de la formulación de verdades de carácter general y este valor engloba tanto los usos genéricos, como los habituales y los estativos de base virtual. A modo de conclusión ofrecemos una reformulación de la tesis central y aportación original de este trabajo. El sentido de los verbos de movimiento virtual implica un proceso metafórico que consiste en la proyección de un movimiento ficticio sobre una entidad inherentemente estática, proyección que permite la concepción de la entidad inerte como un ser que se desplaza. El carácter metafórico, junto a la función descriptiva o explicativa de esa metáfora, enmarca y explica al menos gran parte de las peculiaridades sintácticas y semánticas de los verbos de movimiento virtual y de sus restricciones y valores concretos en el plano de las categorías de voz, aspecto, tiempo y modo. Y lo hemos tratado de demostrar utilizando ejemplos y citando usos que no están descritos ni en las gramáticas al uso ni en estudios precedentes sobre el movimiento virtual.
Este artículo analiza el uso que hace el poeta latino Marcial del procedimiento lingüístico-estilístico de la antonimia en la agudeza final de sus doce libros de Epigramas, como recurso de «humor intelectual». Marcial recurre a la antonimia, ya sea de naturaleza léxica (dare/accipere), ya sea de naturaleza gramatical (voz activa frente a voz pasiva: dare/dari; afirmación frente a negación: dare/non dare), en algo más de un tercio de sus epigramas (36 %). En el estudio se analizan tres diferentes estructuras de los epigramas de Marcial en relación con el uso de los antónimos. Uno de los recursos estilísticos más frecuentemente empleados por Marcial en la punta epigramática de sus composiciones es la figura retórica de la antítesis 1. En la práctica, dicha figura se concreta en el empleo de dos procedimientos básicos: la «antonimia léxica» y la «antonimia gramatical». En un trabajo anterior nos ocupábamos del estudio de la antonimia léxica en la punta epigramática del libro I de los Epigramas 2. En el presente estudio nos proponemos extender el análisis de la antonimia léxica al conjunto de los doce libros de Epigramas, al tiempo que ampliaremos la investigación al uso de la antonimia gramatical en ese mismo corpus 3, prestando especial atención a las diferentes estructuras de los epigramas de Marcial en relación con el uso de la antonimia. En el libro I de los Epigramas la antonimia léxica afectaba aproximadamente a la cuarta parte de las composiciones (24,5 %). Pues bien, Marcial mantuvo esa misma proporción en el total de sus doce libros, en donde la antonimia aparece en 298 epigramas, de un total de 1175 4 (25,3 %). Ello confirma, de manera definitiva, la enorme importancia que alcanza el uso de la antonimia léxica -como procedimiento de estilo y como recurso humorístico-en el conjunto de la obra epigramática del poeta latino. A este respecto, hay que subrayar que el recurso de la antonimia en Marcial se halla casi siempre al servicio de lo que Kruuse denominó en su día «humor intelectual» 5. Así, frente al «humor sensorial» o «poético» (propio de la descripción de tipos y caracteres presente en la primera parte del epigrama), en donde el lector se limita a recibir las impresiones sensoriales que el poeta pone ante sus ojos mediante imágenes risibles, metáforas y comparaciones jocosas o hipérboles increíbles, en el humor intelectual (propio de la segunda parte del epigrama, es decir, de la agudeza final) el pensamiento del lector es conducido por el autor por determinadas vías hasta llegar, súbitamente, a una conclusión distinta de la que esperaba. De ello deriva una decepción, pero una decepción divertida, que es la que termina provocando la satisfacción cómica del lector. De acuerdo con ello, en la inmensa mayoría de los casos, Marcial reservará el empleo de la antonimia para la punta epigramática de sus composiciones, 2 V. Galán Sánchez 2000. 3 Dejamos fuera del estudio tanto el Liber de spectaculis como Xenia y Apophoreta, por tratarse de obras que se sitúan al margen de la unidad representada por los doce libros de Epigrammata. Sobre las múltiples diferencias (de metro, extensión, tema, tono, función y estructura) de Xenia y Apophoreta (libros XIII y XIV, respectivamente) con respecto a los otros doce libros v. 4 Incluimos en la nómina Epigr. 5 V. Kruuse 1941, pp. 265-271. lugar en el que aparecerán también otras figuras típicas del humor intelectual, como la anfibología, la polisemia, la paradoja, los juegos de palabras antitéticos, etc., recursos todos ellos muy apropiados para dar forma al aguijón final o fulmen in clausula característico de la mayoría de las composiciones de Marcial6. Desde el punto de vista estructural, en el epigramista latino se pueden diferenciar tres tipos de composiciones en relación con el uso de la antonimia léxica7. Así, de forma minoritaria, en veintitrés ocasiones (7,7 % del total de los 298 epigramas), la antonimia se presenta como el recurso clave y fundamental del poema, en el sentido de que en unos cuantos versos (no más de seis) se acumulan dos, tres y hasta cuatro parejas de antónimos que recorren el epigrama de principio a fin8. Veamos un ejemplo de este primer procedimiento estructural al que podríamos denominar de «antonimia total» (Epigr. IV 83) 9: En el breve espacio de solo seis versos el epigramista latino ha acumulado hasta cuatro parejas de antónimos: securo/sollicito (por dos veces), peius/ melius; nullum/omnes y resalutas/salutas. Además, la primera y la última palabra del epigrama recogen, justamente, la oposición antonímica vertebradora de toda la composición: securo/sollicitus. Y el poema, en su conjunto, se construye sobre una clara paradoja (o antítesis conceptual):'tu tranquilidad es mala; tu intranquilidad, buena'10. Por lo demás, en este tipo de epigramas el efecto de la antonimia es aún mayor cuando la composición se reduce a un monodístico, como ocurre en el siguiente epigrama (Epigr. XII 46), en donde en solo dos versos se acumulan hasta tres parejas de antónimos: difficilis/facilis, iucundus/acerbus y cum/ sine11. Eres al mismo tiempo difícil y fácil, amable y desabrido: ni puedo vivir contigo ni sin ti. Un segundo tipo de composiciones de Marcial -también minoritario-se caracteriza por el hecho de que los antónimos se encuentran estratégicamente ubicados justo al comienzo y al final del epigrama. En ocasiones se trata de poemas muy extensos, como el siguiente (Epigr. «Ríe, si sabes, jovencita, ríe», había dicho -me parece-el poeta pelignio.... Tú, más bien, siguiendo mi consejo, llora, si sabes, jovencita, llora. En este epigrama -de veintitrés versos-el paralelismo entre el comienzo y el final de la composición es absoluto, con la salvedad de que la elegante epanadiplosis del primer verso, ride si sapis, o puella, ride se ve sustituida en el último por otra distinta en la que los imperativos ride... ride son reemplazados por sus antónimos correspondientes: plora... plora. Y, de ese modo, Marcial acumula en la punta epigramática, en relación con el comienzo del poema, hasta cuatro recursos estilísticos: paralelismo, epanadiplosis, antítesis y -en el terreno de la intertextualidad-deformación humorística de la cita ovidiana14. En otras ocasiones, la «antonimia inicial y final» se encuadra en poemas breves, como ocurre, por ejemplo, en el siguiente epigrama de solo cinco versos, en donde los términos uetulas y turpes, ubicados al comienzo de la composición, encuentran sus correspondientes antónimos en el último verso de la misma: puella y formosa (Epigr. Todas tus amigas o son viejas o son feas, o más horrorosas incluso que las feas. Tú haces que te acompañen y las arrastras contigo por convites, pórticos y teatros: de ese modo, Fabula, eres tú guapa, de ese modo, Fabula, eres tú joven. De parecida, aunque no idéntica factura, es este otro epigrama (Epigr. Basso, te ponen las viejas, te repugnan las jóvenes, y no te gustan las guapas, sino las moribundas. Y yo me pregunto: ¿no es esto una locura, no es esta una polla estúpida?: ¡Pudiendo con Hécuba, no puedes con Andrómaca! Marcial se sirve aquí de una de las parejas antonímicas que aparecían en el epigrama anterior ('viejas/jóvenes'), pero en esta ocasión los antónimos no se ubican -como ocurría en el ejemplo precedente-en el primer verso y el último, sino que ahora, tras colocar los antónimos en el verso inicial (uetulas... puellas), lo que Marcial hace en el último es repetir esa misma pareja antonímica mediante el empleo de la figura retórica de la antonomasia (Hecaben... Andromachen), en donde el nombre propio Hécuba (madre de Héctor) remite a 'vieja' y el nombre propio Andrómaca (esposa de Héctor) equivale a 'joven'. El mismo procedimiento, «antonimia inicial y final», se da también en el siguiente epigrama compuesto únicamente por tres versos (Epigr. Marcial juega en esta ocasión con la paronomasia existente entre el nombre propio latino Sotas y el adverbio griego de la misma raíz ἀσώτως 15. Ahora bien, el juego de palabras no es de tipo meramente fónico, sino también semántico. En efecto, el prefijo privativo α-del adverbio griego denuncia que el autor ha buscado una «antonimia artificial» con el término Sotae, ubicado al comienzo de la composición: el vocablo Sotae alude claramente a la raíz del verbo griego σώζω ('salvar'), el adjetivo σωτήρ ('salvador') o el sustantivo σωτηρία ('salvación','curación'), raíz muy apropiada, dicho sea de paso, para el nombre de un médico. Y, de este modo, se establece una antonimia implícita entre el concepto de 'salvar' presente en Sotae y el concepto de 'echar a perder' presente en ἀσώτως ('perdidamente','disolutamente'). Si quisiéramos mantener el efecto antonímico, deberíamos buscar una traducción como la siguiente: «Labula, hija del médico Salvador,... actúas perdidamente». Pero tal traducción arruinaría por completo el efecto cómico presente en la paronomasia Sotae/ἀσώτως. Por ello, dando prioridad en este caso a la forma sobre el contenido, tal vez sería mejor una traducción de este tipo: Labula, hija del médico Soluto, abandonando a tu marido te vas con Clito y te entregas y te enamoras de él: actúas disolutamente. En todo caso, los dos procedimientos estructurales señalados -la «antonimia total» y la «antonimia inicial y final»-son minoritarios en Marcial, pues la suma de ambos representa únicamente el 19,1 % del total de los 298 epigramas que recurren al empleo de términos antonímicos. En la inmensa mayoría de los casos Marcial reservará el uso de la antonimia léxica únicamente para la agudeza final con la que suele cerrar sus epigramas. Y, de este modo, el tipo estructural fundamental en la obra del epigramista latino es el que podríamos denominar de «antonimia final». El autor recurre a este procedimiento en el 80,9 % de los casos 16. Los epigramas en cuestión pueden ser largos o breves, de carácter serio o humorístico, de tono grave o jocoso, de aliento festivo o burlesco, de contenido decoroso u erótico, de finalidad celebratoria o satírica, de estructura unitaria, bipartita o tripartita, de forma narrativa o dialogada. En definitiva, la antonimia se presenta en Marcial como un recurso universal, válido para todo tipo de epigramas, independientemente de su forma, estructura, extensión, finalidad, tono o contenido. Veamos un ejemplo de «antonimia final», ubicada en la punta epigramática de 16 Epigr. V 65.15-16) Veamos ahora un ejemplo de «antonimia final» en un epigrama de solo dos versos, de carácter humorístico, tono jocoso y contenido erótico (Epigr. Afirmas, Senia, que te han follado unos bandidos: pero los bandidos lo niegan. Una vez establecido el triple uso que hace Marcial de la antonimia léxica desde el punto de vista estructural («antonimia total», «antonimia inicial y final» y «antonimia final»), y una vez comprobado, asimismo, que la antonimia léxica es un recurso universal, aplicable a todo tipo de epigramas, nos detendremos a continuación en el tipo de antónimos concretos empleados por el epigramista latino. A este respecto, y dado que nuestro estudio es, más bien, de naturaleza estilística (no propiamente lingüístico), hemos tenido en cuenta no solo los antónimos propiamente dichos, sino cualquier tipo de expresión antitética. En este sentido, se pueden distinguir en Marcial tres tipos de oposiciones antonímicas: a) «Antónimos propios», del tipo malas/bonas, facilis/difficilis, emis/ uendo, prope/longe, etc. Es el tipo de antonimia al que Marcial recurre la inmensa mayoría de las veces. De todos modos, hay que advertir que en esta nómina incluimos algunas oposiciones cuya naturaleza antonímica no es del todo estricta, sino que se trata de «antónimos aproximados, relativos o periféricos» 18: cruciat/satiat, nullus/turba, offendere/uin-dicare, esurit/uorat, lassa/studiosa. O bien de «antónimos interactivos» 19: promittis/nega, petis/nego, rogabo/neges. O bien la antonimia se establece no a partir de los lexemas, sino a partir de la oposición de uno o varios «semas» concretos de los vocablos enfrentados 20: puer/uirum ('niño/adulto'), ueram/pictam ('verdadera/falsa'), aestatis/Decembri ('verano/invierno'), Gallum/uerna ('extranjero/indígena'), urbem/rus ('ciudad/campo'), rus/domus ('casa de campo/casa urbana'), gallus/uir ('afeminado/viril'), emptos/suos ('ajenos/propios'), orbos/patres ('sin hijos/con hijos'), unguentum/garum ('perfumado/maloliente'), hominum/dei ('mortales/inmortales'), cubili/lupanari ('casto/impúdico'), puerum/Giganta ('de pequeña envergadura/de gran envergadura'), pecudes/ferae ('domésticos/salvajes'), spectant/recitare ('ser espectador/actuar'), metuas/optes ('aborrecer/desear'), barbare/ciue ('extranjero/romano'), captiuam/uictrix ('vencida/vencedora'). O bien la antonimia surge a partir del uso de términos metafóricos o metonímicos: messes/hibernum:'mieses' (= verano)/'invierno'; auena/tubas:'caramillo' (= poesía menor)/'trompetas' (= poesía mayor); uiuum/luteum:'vivo' (= natural)/'de barro' (='artificial'). O bien la antonimia, en fin, se establece «por antonomasia». Veamos un ejemplo de este último tipo, situado en el aculeus de una composición de veintidós versos (Epigr. Si te agrada la seriedad, vale que seas una Lucrecia todo el día, pero por la noche quiero una Lais. considerarse como antónimos "relativos" o "periféricos" (detestable, horrible, repugnante/ bonito). Ello es especialmente frecuente en los "contextos literarios"». 19 Los pares antonímicos promittis/nega, petis/nego, rogabo/neges entran dentro del esquema que Cruse 1986, pp. 198-207, denomina «antónimos interactivos», es decir, aquellos en los que un término se opone conceptualmente a dos vocablos que, a su vez, son antónimos entre sí. Por ejemplo,'pedir' se opone globalmente al par antonímico'conceder/denegar', si bien el antónimo propiamente dicho de 'pedir' es únicamente 'conceder', de acuerdo con la doble oposición:'pedir/conceder' y'conceder/denegar'. 20 Este tipo de «antonimia sémica» (no lexemática) a veces puede darse incluso entre vocablos sinónimos, como ocurre por ejemplo en español'hospital/clínica', sinónimos desde el punto de vista lexemático, pero antónimos atendiendo a la oposición sémica'público/ privado'. En esta ocasión, la punta epigramática contiene dos parejas antonímicas: una de ellas formada por antónimos propios ('día/noche') y otra por antónimos por antonomasia:'Lucrecia' (= casta)/'Lais' (= impúdica)22. b) «Antónimos impropios»: en este caso la oposición no se establece entre clases de palabras idénticas (como exigiría la antonimia propiamente dicha), sino diferentes: adverbio/adjetivo (indecenter/decentior), adverbio/ sustantivo (ἀσώτως/Sotae), adverbio/verbo (gratis/numerare), sustantivo/ adjetivo (egestas/diues), sustantivo/verbo (silentia/loqui) o adjetivo/verbo (nigra/albescere). Este tipo de oposición antonímica impropia constituye el 7,8 % del total (28 casos) 23. Veamos un ejemplo (Epigr. Avito, aunque Filipo está bueno, lo llevan en una litera de ocho porteadores. Si te piensas que él está bueno, Avito, es que tú estás loco. En esta ocasión, la fuerza humorística del epigrama deriva de la conjunción de dos procedimientos semánticos: la polisemia y la antonimia. Por un lado, el adjetivo sanus ofrece, en el nivel paradigmático, dos acepciones,'sano' y 'cuerdo', en función de que el contexto haga referencia a la salud física o la mental. Pues bien, en el nivel sintagmático, el primer verso de Marcial actualiza el primero de los dos significados:'Filipo, aunque está bien de salud, es llevado en una litera de ocho porteadores'; en el segundo verso, en cambio, y gracias a la oposición antonímica del adjetivo sanus con el verbo furo, se actualiza la segunda de las acepciones:'si te piensas que él está cuerdo, es que tú estás loco'. Y, de este modo, el término antonímico furis ('estás loco'), colocado estratégicamente al final del epigrama, modifica en el último momento el primer significado del adjetivo sanum ('sano'), haciéndole adquirir el segundo ('cuerdo'). En la traducción habría que intentar recoger el doble juego de Marcial: la anfibología (derivada de la polisemia) y la antonimia. Ello puede lograrse traduciendo sanus por 'bueno', ya que la expresión 'estar bueno' remite en español -lo mismo que el vocablo latino sanus-tanto al plano físico como al mental:'estar bien de salud' o 'estar bien de la cabeza' 24. c) «Expresiones antonímicas»: en este caso uno o los dos términos de la oposición están conformados por un sintagma de dos o tres palabras: heredem reliquit/exheredauit; non facis gratis/accipis; lacrimas intus habet/ridet; post fata/uiuus, etcétera 25. Marcial recurre al empleo de expresiones antonímicas en veintiocho ocasiones (7,8 % del total) 26. Veamos el siguiente ejemplo, en el que la antonimia'delgada/gorda' queda plasmada mediante la oposición subtilem/mille librarum (dentro de un esquema de «antonimia inicial y final»), en el que el último verso termina, a su vez, con una antonimia gramatical del tipo «afirmación/negación» (sum/non sum) y con la oposición de los vocablos «cohipónimos» carnarius/pinguiarius (Epigr. Habitualmente se habla de «antonimia gramatical» para referirse a los antónimos morfológicos, es decir, aquellos que establecen el significado antonímico por la presencia o ausencia de un prefijo de valor negativo sobre la base de un mismo lexema: utilis/inutilis. Pero lo cierto es que tal oposición, basada en un mecanismo meramente formal, no es en realidad demasiado relevante; además, no parece muy adecuado denominarla «antonimia gramatical», pues la oposición'útil/inútil' sigue siendo tan lexical como, por ejemplo, la oposición'beneficioso/perjudicial'. Para estos casos sería más oportuno hablar de «antonimia morfolexical» 27. Por «antonimia gramatical» se ha de entender, más bien, la oposición semántica llevada a cabo no por procedimientos léxicos, sino por procedimientos gramaticales. Y así, los «antónimos gramaticales» serían aquellos que -al no encontrarse lexicalizados-basan su relación antonímica bien en la oposición gramatical de voz: «activa/pasiva» (dare/dari), bien en el mecanismo de la «afirmación/negación» (dare/ non dare). El primer tipo de «antonimia gramatical» tiene su equivalencia, en el plano léxico, en los antónimos denominados «inversos» o «recíprocos» (dare/ accipere). En efecto, la oposición que se da en el plano gramatical entre dare/ dari es semejante a la existente, en el plano semántico, entre dare/accipere28. En ambos casos se trata de la expresión de una misma acción desde dos perspectivas inversamente polarizadas:'dar/ser dado' ='dar/recibir'. En los dos pares antonímicos se da una relación de «reciprocidad necesaria y simultánea», que es justamente lo que caracteriza a los denominados «antónimos inversos». De hecho, con relativa frecuencia conviven en una misma lengua los dos procedimientos -el léxico y el gramatical-para expresar la «antonimia inversa»: Pues bien, este primer tipo de antonimia gramatical no es demasiado utilizado por Marcial, ya que solo aparece en la punta epigramática de 17 composiciones (1,4 % del total de 1175 epigramas). Pero, de todos modos, tal procedimiento no deja de estar presente en casi todos los libros 29. Por lo general, la fuerza estilística mayor de esta clase de antonimia tiene lugar cuando el sujeto gramatical de los dos antónimos es el mismo, como ocurre, por ejemplo, en el siguiente monodístico, en el que la oposición «activa/pasiva» se erige no solo en el único recurso de agudeza, sino en la propia razón de ser del poema (Epigr. Te pido, Rufo, que Quíone no lea este libro. Fue herida por mis versos: también ella puede herir. O como ocurre en la agudeza final del siguiente epigrama, basada en una sentencia gnómica formulada mediante la oposición «activa/pasiva» (Epigr. ¿quieres que yo, vestido con un sayo, te ame a ti, Marco, que vistes de púrpura? Para mostrarme yo como un Pílades, que alguien se me muestre a mí como un Orestes. Eso no se logra con palabras, Marco: para ser amado ama. Y lo mismo ocurre también en el cierre de esta otra composición (Epigr. VII 28.9-10): Emerita LXXIX 2, 2011, pp. 301-324 ISSN 0013-6662 doi: 10.3989/emerita.2011.13.1012 El segundo tipo de «antonimia gramatical» (basado en el mecanismo de la «afirmación/negación»:'hablar/no hablar') tiene su equivalencia, en el plano léxico, en la antonimia denominada «complementaria» (loqui/tacere) 30, oposición gramatical que, en este caso concreto, se halla lexicalizada en muchas lenguas, como ocurre, por ejemplo, en español o en latín ('hablar/callar', loqui/tacere). De hecho, con frecuencia las lenguas, para designar una misma realidad conceptual, se sirven de los dos procedimientos, dependiendo de la clase de palabra en cuestión 31: -Sustantivos: lat. uisus/caecitas (esp.'vista/ceguera'): antonimia léxica. -Adjetivos: lat. uidens/caecus (esp.'vidente/ciego'): antonimia léxica. Pues bien, este segundo tipo de «antonimia gramatical» («afirmación/ negación») es ampliamente utilizado por Marcial en su obra epigramática, ya que aparece en la agudeza final de 145 composiciones (12,3 % del total de 1.175 epigramas) 32. En dicha nómina incluimos los antónimos gramaticales introducidos por las marcas de negación típicas de la lengua latina (non, nec y ne), pero también los introducidos, esporádicamente, por una serie de partículas negativas que presuponen implícitamente la negación de toda la frase (nemo, nullus, nihil, nunquam, nondum, nusquam o nil unquam), así como los introducidos por las perífrasis negativas «nolo + infinitivo» (carpis/noli carpere; nega/noli negare), «desino + infinitivo» (miraris/desine mirari) y «desum + infinitivo» (coepit fingere/desit fingere), ya que todas estas expresiones dan lugar, en última instancia, a una expresión antitética. En el tipo estándar de esta clase de antonimia gramatical los dos términos de la oposición antonímica se hallan normalmente expresos (Epigr. 3-4): en esta ocasión la antonimia gramatical se realiza por medio de sinónimos (non tondet/radit), y no mediante antónimos puros (non tondet/tondet), debido a que el doble significado del verbo rado ('cortar el pelo o la barba'/'desplumar o dejar pelado') le permite a Marcial jugar con esa dilogía, en torno a la cual se condensa toda la gracia del epigrama. en lo que se refiere a la construcción de la antonimia gramatical del tipo «afirmación/negación», encontramos, como era de esperar -por tratarse de recursos estilísticos equivalentes-, las mismas tres estructuras que aparecían a propósito de la «antonimia léxica», a saber: «antonimia total», «antonimia inicial y final» y «antonimia final». la «antonimia total» aparece únicamente en cinco ocasiones (3,4 % del total de los 145 epigramas)37, siempre en composiciones muy cortas (de dos a cuatro versos), en las que la «afirmación/negación» se presenta como el recurso clave y fundamental del poema, de modo tal que todo el epigrama se vertebra en torno a dichas expresiones antonímicas. Veamos como ejemplo el siguiente monodístico, en el que aparecen dos pares de antónimos gramaticales (Epigr. i 91): cum tua non edas, carpis mea carmina, laeli. aunque tú no publicas tus versos, criticas, lelio, los míos: o no critiques los míos o publica los tuyos38. las expresiones antonímicas aparecen colocadas en estructura quiástica (non edas -carpis/carpere noli -ede), lo mismo que la oposición entre los posesivos de primera y segunda persona (tua -mea/nostra -tua). Por su parte, la modalidad enunciativa de los verbos del primer verso se opone a la modalidad imperativa de los del segundo (non edas/ede; carpis/carpere noli), al tiempo que los conceptos 'criticar' y 'publicar' se oponen entre sí en el último verso mediante una disyunción exclusiva (uel... uel). en definitiva, en el apretado espacio de solo dos versos Marcial acumula varios artificios estilísticos de naturaleza puramente lingüística. La misma estructura de «antonimia total» constituye el armazón sobre el que se construye el siguiente epigrama de cuatro versos (Epigr. No te ha legado nada Fabio, ese al que tú le dabas, Bitínico -si no recuerdo mal-, seis mil sestercios al año. No te quejes, Bitínico, a nadie le ha dado Fabio más que a ti: te ha legado seis mil sestercios al año. De nuevo, las expresiones antonímicas se encuentran colocadas en estructura quiástica (nil legauit -dabas/nulli dedit -legauit). Pero en esta ocasión la fuerza humorística del epigrama surge, sobre todo, a partir de la sorprendente paradoja (o «antonimia conceptual») según la cual 'no legar' ='legar'. Y tal paradoja se articula no solo a partir de la doble «antonimia gramatical» (non legare/legare, non dare/dare), sino también a partir de la «sinonimia» existente entre los términos dare ('dar') = legare ('dar en herencia'). En efecto, como señala B. García Hernández, el contraste entre el archilexema o término neutro dare y el lexema marcado legare conduce a la paradójica conclusión de que 'no dar Bitínico' es igual a 'dar en herencia Fabio' 39. En lo que se refiere a la «antonimia inicial y final», tal estructura compositiva aparece constatada en 15 composiciones (10,3 % del total de los 145 epigramas) 40. En ocasiones se trata de poemas muy extensos como el siguiente, compuesto mediante un claro esquema de priamel (Epigr. Nada está más desgastado que los mantos de Hédilo: ni las asas de los viejos vasos de Corinto, ni el pie desollado por unos grilletes de diez años, ni el pescuezo despellejado de una mula derrengada, ni las rodadas que surcan la vía Flaminia, ni las piedrecillas que brillan en las playas, ni el azadón pulido por el viñedo etrusco, ni la toga descolorida de un pobrete difunto, ni las ruedas gastadas de un carretero negligente, ni los costados de un bisonte raspados por la jaula, ni los colmillos ya añosos de un fiero jabalí. Pero sí, sí hay una cosa -él mismo no podrá negarlo-: el culo de Hédilo está más desgastado que sus mantos. En esta ocasión la «antonimia inicial y final» adquiere toda su fuerza humorística debido al contraste violento que se produce entre dicha «antonimia» (nil est/est) y el «paralelismo» casi absoluto de los versos que abren y cierran la composición (nil est tritius Hedyli lacernis/culus tritior [est] Hedyli lacernis) 42; paralelismo roto abruptamente por medio del aprosdóketon representado por el vocablo -inesperado, grotesco y grosero-culus. Y en medio de todo ello, Marcial inserta, a modo de sabia y morosa preparación para el aculeus final, una de sus típicas cumulationes (cargada del característico realismo del autor), en la que a lo largo de diez versos consecutivos -introducidos todos ellos por la anáfora non... nec... nec... nec-enumera un abigarrado elenco de objetos muy heterogéneos, pero que comparten un rasgo en común: su profundo desgaste 43..., pero no tan profundo, en todo caso, como el «desgaste» sufrido por el culus de Hédilo. Por lo demás, de acuerdo con una técnica muy frecuente en Marcial, el significado último de la composición habrá de completarse fuera ya del poema, en la mente del lector, quien a partir del concepto expreso de culus tritus podrá llegar con facilidad a la acusación tácita de Marcial, objeto último del chiste del epigrama: la homosexualidad pasiva de Hédilo. En otras ocasiones, la «antonimia inicial y final» aparece en epigramas breves, como el siguiente de cuatro versos (Epigr. Eres guapa, Fabula, lo sabemos, y joven, es cierto, y rica, ¿quién puede negarlo? Pero, cuando te alabas tantísimo a ti misma, no eres ni rica ni guapa ni joven. En todo caso, los dos procedimientos estructurales señalados para la antonimia gramatical del tipo «afirmación/negación» («antonimia total» y «antonimia inicial y final») son de nuevo minoritarios en la obra de Marcial, pues la suma de ambas estructuras únicamente supone al 13,7 % del total de 145 epigramas. El tipo estructural fundamental en la obra del epigramista latino vuelve a ser aquí el que hemos denominado «antonimia final», presente en 126 composiciones (86,9 %) 44. A veces se trata de poemas extensos; otras, de poemas breves; otras, de composiciones de mediana extensión. Veamos, a modo de ejemplo, la agudeza final del siguiente epigrama de ocho versos, en cuyo último dístico se acumulan dos parejas de antónimos gramaticales del tipo «afirmación/negación»: uideam/non uideam; piget/non piget (Epigr. II 5): te'47, que es el significado que finalmente acaba actualizándose en la mente del lector, quien en el último momento comprende que no es la avaritia (las ansias de recibir) el mayor defecto de la esposa de Gala, sino la luxuria (las ansias de entregarse sexualmente) 48. En una ocasión incluso Marcial combina en el epigrama los tres tipos de antonimia analizados en este trabajo (Epigr. Que se te conceda, Zoilo, el «derecho de los tres hijos» (y hasta de siete), con tal de que nadie te conceda a ti ni un padre ni una madre. Toda la composición se halla montada sobre el recurso lingüístico-estilístico de la antonimia: natorum/pater, mater («antonimia léxica»); detur/det (antonimia gramatical del tipo «activa/pasiva»); detur/nemo det (antonimia gramatical del tipo «afirmación/negación»). La antonimia léxica y la antonimia gramatical constituyen, en Marcial, las dos caras de un mismo procedimiento estilístico. Ambos mecanismos lingüísticos son profusamente explotados por el poeta latino -como elemento de «humor intelectual»-a lo largo de toda su producción poética. De hecho, seguramente estemos ante el recurso literario más frecuentemente empleado por el bilbilitano en la punta epigramática de sus composiciones. Así, en el total de los 1175 epigramas analizados, la antonimia léxica se halla presente en la agudeza final de 298 composiciones, mientras que la antonimia gramatical aparece 162 veces (17 casos de oposición «activa/pasiva» + 145 casos de «afirmación/negación»), lo que ofrece una suma total de 460 epigramas. Ello ofrece un total de 434 composiciones que presentan en su punta epigramática algún tipo de antonimia. En muchas ocasiones, como es natural, no se trata del único recurso de agudeza presente en el acumen, sino que a menudo Marcial emplea la antonimia en combinación con otros artificios literarios (anfibologías, polisemias, paradojas, antonomasias, paronomasias, sentencias, ironías, repeticiones, anáforas, aliteraciones, quiasmos, paralelismos, neologismos, grecismos, figuras etimológicas, juegos de palabras, etc.), pero, en todo caso, la altísima frecuencia de uso del procedimiento antonímico -empleado unas veces como recurso exclusivo, otras como elemento principal, otras como secundario-lo convierten en un procedimiento estilístico de capital importancia en la obra de Marcial. Concretamente, el epigramista latino recurre a la antonimia (léxica o gramatical) en la punta epigramática del 36,9 % de sus composiciones, es decir, en algo más de un tercio (¡!) de sus doce libros de Epigramas, ya sea mediante un esquema de «antonimia total», de «antonimia inicial y final» o de «antonimia final».
El presente artículo examina Sulp. 3, Halm, pasaje en el que el rétor latino, siguiendo sin duda a su fuente, el rétor griego Zenón, consigna una serie de ejercicios progimnasmáticos. Tras estudiar cada uno de ellos a la luz de los manuales retóricos (fundamentalmente griegos) y ver sus puntos de unión con los conceptos de tesis e hipótesis en Sulpicio Víctor, proponemos la enmienda hypothesin en p. 315.3, considerando como tesis los ejercicios conocidos como ἀνασκευὴ καὶ κατασκευή, χρεία, ἐγκώμιον καὶ ψόγος y θέσις; e hipótesis, a su vez, los ejercicios llamados νόμος y τόπος. Palabras clave: Sulpicio Víctor; Retórica; progymnasmata; crítica textual. Los progymnasmata, como es bien sabido, eran una serie de ejercicios graduados que los alumnos habían de presentar por escrito y que tenían como fin la guía en el paso de la gramática a la retórica, así como el entrenamiento en la composición de cada una de las partes del discurso 1. Por más que no se sepa con seguridad cuándo comenzaron a practicarse estos ejercicios, sin duda tuvieron su origen en época helenística, a la vez que las declamaciones 2. El conocimiento que de ellos se tiene se debe fundamentalmente a las fuentes griegas, que en su aspecto preceptivo están representadas por los manuales de Elio Teón (ss. II Spengel), del Pseudo-Hermógenes (ss. XI Felten), y por los comentarios de Juan de Sardes (s. X: Rh. II Walz) a la obra de Aftonio 3. En el ámbito latino los testimonios que se tienen de los progymnasmata son escasos y fragmentarios: aparte de algunas alusiones, no carentes de problemas, en Cicerón (De inuentione, De oratore) y en la Rhetorica ad Herennium (para las cuales remitimos a Reichel 1909, pp. 12-19, y Calboli Montefusco 1996, p. 4), las fuentes latinas para estos ejercicios se reducen a Suetonio (Gramm. I 9-II 4),, los Excerpta rhetorica (pp. 585-589 Halm), algunos capítulos de las Etimologías de san Isidoro (I 24,25;, el fragmento De chria presente en el códice Vat. VI, y la traducción latina hecha por Prisciano de los Progymnasmata de Hermógenes (pp. 551-560 Halm) 4. El pasaje que estudiaremos (Sulp. 3, Halm) es de interés no sólo por la mención de estos ejercicios, que viene a sumarse a las escasas fuentes antes señaladas, sino muy Patillon a las ediciones de Teón, Aftonio y el Pseudo-Hermógenes (Patillon 1997, pp. XXXI-CXIV;2008, pp. 52-105). Una rica bibliografía sobre estos ejercicios se encontrará en Pirovano 2008, p. Menor influencia, al menos en el mundo helénico, tuvo la lista presente en Teón, quien en el texto griego conservado de sus Progymnasmata da un elenco de diez ejercicios: 1. χρεία, 2. μῦθος, 3. διήγημα, 4. τόπος, 5. ἔκφρασις, 6. προσωποποιία, 7. ἐγκώμιον καὶ ψόγος, 8. σύγκρισις, 9. θέσις, y 10. νόμος. A éstos hay que añadir los conservados en la versión armenia (y ausentes en los otros escritores progimnasmáticos): 11. lectura, 12. audición, 13. paráfrasis, 14. elaboración, y 15. contradicción. El Pseudo-Hermógenes convierte en un solo ejercicio los núms. Como veremos, no todos ellos están presentes en Sulpicio. 4, ofreciendo también una extensa bibliografía. especialmente por el hecho de que los progymnasmata se integran en la división de la materia artis en tesis e hipótesis. Esta bipartición, por otra parte, ha de entenderse conforme a la peculiar doctrina de Sulpicio Víctor, para quien la circumstantia (contrariamente a la doctrina hermagorea)5 no es ya pertinente para establecer la distinción entre ambos tipos de quaestiones, siendo únicamente la inspectio y la actio et iudicatio las que caracterizan, respectivamente, las tesis y las hipótesis6. Cabría, por otra parte, preguntarse si la alusión a los progymnasmata en este pasaje de las Institutiones oratoriae constituye un reflejo de las prácticas de la escuela griega o bien de la latina. En efecto: Sulpicio Víctor (el cual, en nuestra opinión, escribió sus Institutiones a finales del siglo IV o principios del V, no en el siglo II, como viene últimamente defendiendo Heath)7 hace constar en el prefacio a su obra que ha seguido como fuente principal al rétor griego Zenón (quien ejerció su magisterio en el siglo II d. C.)8, al cual se ciñe en la casi totalidad de la obra, apartándose de su modelo sólo para dejar de lado unas pocas cosas y añadir algunas otras9. En general, se estima que Sulpicio ha obrado del modo que afirma10, y es realmente significativo el cuidado que pone en señalar cuándo está dejando de lado su fuente principal11. Por tanto, dado que en el pasaje dedicado a los progymnasmata (pp. 314.34-315.4 Halm) Sulpicio no indica lo contrario, podemos suponer que la doctrina en él presente es atribuible a Zenón y que, en sustancia, los ejercicios preparatorios que se mencionan en este pasaje son, en principio, los practicados en tiempos del rétor griego. Ahora bien, no cabe olvidar que Sulpicio Víctor dirige su manual a un público latino, en la persona de su yerno Marco Silón (p. 313.1 Halm), y que esta obra, pese a estar basada en una doctrina que se califica como griega12, no deja de tener como objetivo, si no el de satisfacer todas las necesidades de la escuela y del foro, al menos el de ser compatible con la teoría retórica romana y la declamación latina 13. Así pues, si en la obra de Zenón se hallaba una referencia a los progymnasmata y Sulpicio la conservó, hemos de suponer que este último la encontró de interés para sus contemporáneos, sin duda porque los ejercicios por él mencionados o unos similares se practicaban en el ámbito latino: y, de hecho (como iremos señalando caso por caso), pueden encontrarse en la literatura romana, en diversas épocas, referencias a los progymnasmata citados por Sulpicio. ii. sULpicio víctor y La tEoría progimnasmática griEga Entre Sulpicio Víctor y los escritores progimnasmáticos griegos que también se interesaron por determinar la naturaleza de estos ejercicios preparatorios (fundamentalmente Teón y Nicolao) pueden establecerse, a grandes rasgos, similitudes y divergencias. Un punto de unión es el incluir entre las hipótesis los discursos de género judicial y deliberativo (junto con las suasorias y las controversias) 14. A su vez, como divergencias, pueden señalarse dos hechos importantes: el primero es que, a diferencia de Sulpicio, Teón y Nicolao identifican el ejercicio del encomio con el género epidíctico, dándole naturaleza de hipótesis15; en segundo lugar, mientras que en Sulpicio una parte de los progymnasmata se define claramente como tesis, Teón y Nicolao prefieren ver una oposición entre controversias, suasorias y encomio, en cuanto verdaderas hipótesis, y el grueso de los ejercicios progimnasmáticos, entendidos como «hipótesis incompletas» por carecer de partes del discurso o de la circumstantia 16. Ahora bien, toda comparación de Sulpicio Víctor con Teón y Nicolao, en lo que respecta a este punto, es problemática: el tecnógrafo latino no sólo difiere de los progimnasmáticos griegos en lo que respecta a la admisión de la circumstantia para distinguir tesis e hipótesis, sino en el propio concepto de estas últimas. En efecto: para Teón los tres γένη τῶν λόγων aristotélicos (Rhet. 1358 b 7-8) pasan a subordinarse a la hipótesis como εἴδη τῆς ὑποθέσεως, y por ello tesis e hipótesis, aun conservando la referencia a la circumstantia, pasan a referirse, en cuanto εἴδη, no a la materia artis, sino a los λόγοι17: de aquí la necesidad de que las τέλειαι ὑποθέσεις cuenten no sólo con la circumstantia, sino con todas las partes del discurso (como claramente exige Juan de Sardes) 18. En Sulpicio, en cambio, por más que se haga referencia a los géneros deliberativo y judicial 19, no parece haberse dado, como en los progimnasmáticos griegos, una fusión de la clasificación aristotélica de los discursos y la hermagorea de la materia, siendo preponderante esta última, y pudiendo por ello Sulpicio situar en el ámbito de la tesis o de la hipótesis cualquier tipo de λόγος, aun incompleto. Retornando al pasaje de Sulpicio que nos hemos propuesto estudiar, empezaremos por decir que su oscuridad la hizo ya notar Throm 1932, p. Sin duda Throm tiene en parte razón, sobre todo en lo que respecta al carácter meramente asertivo de este párrafo, en el cual Sulpicio no da razón de la doctrina expuesta (salvo, como veremos, en el caso del lugar común); con todo, nos parece que el examen de este pasaje, tanto desde el punto de vista doctrinal como desde el crítico-textual, puede aportar luz a tanta confusión. Ésta (dicho sea ya de antemano) nace de la corrección de poesin por thesin en p. 315.3, debida a F. Pithou, que hace ininteligible la función de nam en p. Comencemos por ofrecer el texto de Halm, acompañado de un aparato crítico, que hemos redactado colacionando las diferentes ediciones de esta obra, empezando por la princeps 20: Sulp. Ambas series están unidas por un nam, el cual, dada la corrección de poesin en thesin en p. Pero éste no da sentido al período, como puede verse claramente en la traducción del mismo: así pues, sabremos que la hipótesis se da en las controversias y en los juicios, o en las acciones judiciales y en las causas; la tesis, a su vez, en las ἀνασκευαί y en las κατασκευαί, y también en lo que los griegos llaman χρείαι, cuando se disputa si Diógenes o Sócrates han dicho algo con acierto; también las alabanzas y los vituperios parecen pertenecer a la tesis. Es asimismo propio de éstas lo antes dicho, «si hay que tomar esposa», «si hay que navegar»: pues las ἀνασκευαί y las κατασκευαί de una ley, es decir, su rechazo o su defensa y propuesta, es necesario que pertenezcan a la tesis; también los lugares comunes, pues las invectivas son parte de la acusación. Nam no puede aparecer en p. 113), ya que el hecho de que la segunda serie de ejercicios pertenezca al ámbito de la tesis no justifica la inclusión en éste de la primera; tampoco es convincente ver en este nam un valor de adición ('ferner, ebenso') propio del latín tardío, en el que el valor causal de esta conjunción acaba casi por desaparecer (Kühner y Stegmann 1914 2, p. La única solución, a nuestro parecer, es leer en p. 315.3 hypothesin en lugar de thesin: una enmienda, dicho sea de paso, paleográficamente más probable 21, y que aparece como conjetura latente en la paráfrasis que Reuter 1893, p. Esto permitiría mantener el valor causal de nam en p. 119), ya que la causalidad sería de este género: «sólo la primera serie de progymnasmata son tesis, pues los pertenecientes a la segunda son hipótesis». Intentaremos ahora justificar esta interpretación y enmienda del pasaje estudiando cada uno de los ejercicios mencionados. La primera serie Los primeros progymnasmata que Sulpicio asigna al ámbito de las tesis son las ἀνασκευαί ('refutaciones') y las κατασκευαί ('confirmaciones'; p. Éstas aparecen en Teón como partes de la χρεία (Rhet. 29.16-18 Felten); dentro del ámbito latino, el ejercicio de la ἀνασκευή y κατασκευή aparece en Quint., Inst. Dado que el fin de este ejercicio (tal como lo conciben los escritores progimnasmáticos a partir del Pseudo-Hermógenes) era argumentar la verosimilitud o inverosimilitud de un relato, su inserción en el ámbito de la tesis inspectiva es fácilmente comprensible. En segundo lugar, Sulpicio menciona la χρεία, ejercicio que glosa como cum disputatur, rectene quid dixerit Diogenes uel, palabras que, a grandes rasgos, recogen el objetivo principal de este progymnasma (que tratan Theon, Rhet. Así pues, si para Sulpicio la χρεία consiste en argumen-tar por qué las palabras de un personaje han de considerarse dichas o no con acierto, no es extraño que haya incluido este ejercicio entre las tesis, al estar en él presente sólo la inspectio 24. 314.38) corresponden al ἐγκώμιον y al ψόγος, que Teón y Nicolao tratan conjuntamente (Theon, Rhet. Felten), y Aftonio, en dos capítulos separados (Aphth., Rh. De estos ejercicios tenemos referencias en el ámbito latino en Quint., Inst. La adscripción de las laudes et uituperationes a las tesis no presenta ningún problema, como dejan claro las definiciones que ofrecen los escritores progimnasmáticos: en ellas está presente sólo la inspectio, al restringirse este ejercicio a la exposición de las acciones y cualidades positivas o negativas de un determinado sujeto, animado o inanimado 26. palabras de un personaje, sin mencionar aquéllas que tratan una acción, o ambas cosas a la vez (v. Por otra parte, Sulpicio no menciona la parte gramatical de este ejercicio, presente en Teón y en Quintiliano: Teón, Rhet. Un ejemplo de χρεία gramatical se encontrará en Diom., Gramm. Cabe mencionar que los textos progimnasmáticos relativos a la χρεία han sido editados, traducidos y comentados por Hock y O'Neil 1986. 24 No podemos menos que señalar la particular doctrina de Juan de Sardes, para quien el provecho moral (ὠφέλεια) que la χρεία reporta a los oyentes sería una acción, comparable al voto de los jueces en el lugar común: v. 25 El Pseudo-Hermógenes sólo trata el ἐγκώμιον (Rh. 38.18-19 escribe: ἐν δὲ τῷ ψόγῳ ἀκροαταὶ πρὸς μῖσος κινοῦνται αὐτοῦ καθ' οὗ ἡ διαβολὴ γίνεται). gimnasmáticos consideran θέσεις πρακτικαί y que, al menos en cuanto al nombre, parecen hacer referencia a la actio. Con todo, la cuestión de las θέσεις πρακτικαί en los progymnasmata no es simple. La definición que en ellos se da de las tesis, que se conciben como una simple ἐπίσκεψις, parece excluir toda acción31; y, ciertamente, Teón dice, al distinguir la tesis del lugar común, que el fin de aquélla es el persuadir de algo, mientras que el de éste es lograr un castigo para alguien32. Consecuentemente, en Teón la relación de las θέσεις πρακτικαί con la acción se reduce a una «referencia» (ἀναφορά) 33. En esta misma línea se mueve Nicolao, quien, además de no dividir las tesis en teóricas y prácticas, niega rotundamente toda acción en las tesis, restringiéndola a las hipótesis34 (en contraste con éstos, el Pseudo-Hermógenes afirma que la acción en las θέσεις πρακτικαί es posible, y Aftonio acepta sin reticencias la presencia de ésta en el ámbito de la tesis) 35. En todo caso, no resulta problemático, como decimos, el que Sulpicio incluya las tesis progimnasmáticas en el ámbito de la tesis. 315.2-3) alude al ejercicio al que los escritores progimnasmáticos dan el nombre de νόμος (Teón) o νόμου εἰσφορά (Pseudo-Hermógenes, Aftonio, Nicolao). Tratan este ejercicio Teón, Rhet. Felten; en el ámbito latino, se testimonia en Quint., Suet.,Gramm. Este progymnasma podría entrar en el ámbito de las tesis de Sulpicio, si se considera que su fin consiste únicamente en el examen 37 de una ley en vigor o de una propuesta de ley, y en su ulterior justificación o refutación. Pero también podría considerarse (como Sulpicio hace sin duda en el caso del lugar común, al que une el ejercicio que ahora tratamos) que la legis uel ἀνασκευαί uel κατασκευαί no se agota en la mera discusión de una ley, sino que su propósito es mantenerla o hacerla entrar en vigor o, por el contrario, derogarla o impedir su sanción, con lo que estaríamos en el ámbito de la actio. El locus communis (τόπος), que Sulpicio introduce en p. 315.3-4, no sólo lo tratan los escritores progimnasmáticos griegos (Teón, Rhet. Felten), sino que de él quedan amplios restos en las obras retóricas latinas, sobre todo en las dos más antiguas, la Rhetorica ad Herennium (I 30.47-31.50) y el De inuentione (I 100-109; II 48-49), que para el lugar común ofrecen una tópica exhaustiva que sin duda responde a la preceptiva de un manual progimnasmático, como lo prueba la comparación con Teón 38; también aparece en Quint., Prisc.,Empor., Halm. En las fuentes, el lugar común se define constantemente como un ejercicio consistente en la amplificación de un hecho (sea éste un delito o una acción honrosa) 39, y por al νόμος, sino una terminología diversa. Citaremos a modo de ejemplo: Ps.-Hermog., Rh. 37 Cf. ἐξέτασις y ἐξετάζειν en Teón y en Aftonio, concretamente en Teón, Rhet. Es de gran interés el testimonio de Juan de Sardes (Rh. 231.6-8 Rabe οὐδὲ γὰρ ἀναμένει πρᾶξίν τινα ἡ θέσις, ὥσπερ ὁ κοινὸς τόπος τὴν ψῆφον τῶν δικαστῶν), el cual considera el voto de los jueces como una acción, oponiendo el lugar común a la tesis, meramente inspectiva. 43 Sobre la amplificación y los lugares comunes, v. Así pues, sólo cabe entender «pues las invectivas (= lugares comunes) son partes de la acusación», afirmación con la que Sulpicio quiere subrayar el carácter «activo» del lugar común. Si, como hemos intentado argumentar, las legis uel ἀνασκευαί uel κατασκευαί y los loci communes pueden concebirse como hipótesis, la conjetura hypothesin para p. 315.3, que antes hemos justificado por motivos paleográficos, cobra total sentido desde el punto de vista de la doctrina retórica, restituyéndose por otra parte la sintaxis y el equilibrio del período. Así pues, habrá de leerse: Sulp. A su vez, la traducción de todo el pasaje que hemos estudiado podría ser la siguiente: así pues, sabremos que la hipótesis se da en las controversias y en los juicios, o en las acciones judiciales y en las causas; la tesis, a su vez, en las ἀνασκευαί y en las κατασκευαί, y también en lo que los griegos llaman χρείαι, cuando se disputa si Diógenes o Sócrates han dicho algo con acierto; también las alabanzas y los vituperios parecen pertenecer a la tesis. Es asimismo propio de éstas lo antes dicho, «si hay que tomar esposa», «si hay que navegar»: pues las ἀνασκευαί y las κατασκευαί de una ley, es decir, su rechazo o su defensa y propuesta, es necesario que pertenezcan a la hipótesis; también los lugares comunes, pues las invectivas son parte de la acusación. Esta lectura permite, por otra parte, poner orden en el aparente cajón de sastre que la crítica veía en este pasaje 44; ahora, en efecto, puede verse en él una aplicación consecuente a los progymnasmata de la doctrina de las tesis y de las hipótesis en Sulpicio Víctor.
For dating Chariton's novel: the figure of Demetrius the Cynic, a reverse of the true philosopher Sobre la datación de la novela de Caritón: la figura de Demetrio el Cínico, lo contrario del verdadero filósofo
Lucian tries out the scenes-novel: episodic appearance and unitary structure of the Dialogues of the Dead La especificidad de los Diálogos de los muertos de Luciano junto con el desorden con que los manuscritos han transmitido estas breves escenas ha provocado que se los considere piezas individuales, no interrelacionados entre ellos más allá de sus protagonistas y del contexto en el que se sitúan. Sin embargo, el examen detallado de las alusiones internas y de su estructura típica de novela de viajes permite reconsiderarlos como una estructura unitaria y cerrada, proponer un cambio de orden e, incluso, señalar como posibles interpolaciones a tres de los diálogos de la serie. Gracias a la mezcla innovadora de distintos géneros literarios Luciano ocupa un papel destacado entre los autores griegos de su época. Los Diálogos de los muertos son parte de esta nueva clase de productos formados a partir de piezas de distintos modelos 1. Estos textos, a los que se podría estar refiriendo sin ningún problema quien dijo aquello de «Eres un Prometeo», son ciertamente una mezcla original de la comedia -producida generalmente en Luciano por la parodia, la sátira y la ironía 2 -con el diálogo, forma prototípica con que se presentaba generalmente la filosofía. En efecto, los Diálogos de los muertos están formados por pequeñas escenas dramatizadas donde intervienen distintos moradores del Hades. En ellas Menipo y Diógenes, principalmente, protagonizan breves charlas cómicas con las que Luciano quiere mostrar cuán efímeras y vanas resultan ser las riquezas, la fama, el poder, la belleza y el resto de aspectos que la mayoría considera importantes en la vida, así como cuán falsas son las otras escuelas filosóficas en su concepción del momento de enfrentarse a la muerte. Los treinta diálogos que componen esta obra de Luciano se consideran, habitualmente, una colección abierta de piezas independientes, sin más relación las unas con las otras que la temática común y sus protagonistas. De esta misma manera los presenta el manuscrito B, arquetipo de la familia β, o el manuscrito ω, uno de los mejores representantes de la familia γ 3. A pesar de que todos los diálogos están precedidos del epígrafe general Νεκρικοὶ διάλογοι que anuncia el principio de la obra, el título de cada uno de ellos está rubricado como si de una nueva pieza se tratara y no como un subtítulo englobado en el conjunto de la colección. Incluso la numeración que computa las obras avanza con cada uno de los diálogos. Así, desde la edición de Jacobitz 4 en el orden B para Teubner hasta la de Macleod 5 en el orden Γ no se pudo poner en duda esta consideración 6, ya que este manuscrito, el otro principal la imitación retórica. Fue Anderson (1976a y 1976b) quien mostró los mecanismos concretos de la creación literaria a partir de la constante variación de unos mismos temas. Camerotto 1998 para un estudio detallado de la técnica de la parodia en la obra de Luciano. 3 Para el estudio de la tradición de las obras de Luciano en los manuscritos remitimos a la introducción general de la colección «Oxford Classical Texts» (Macleod 1972, pp. xii-xix) y a las más modernas y detalladas introducciones de las colecciones «Budé» (Bompaire 1993, pp. Lvi-cxxii) y «Alma Mater» (Jufresa, Mestre y Gómez 2000, pp. xxi-xxvii). 272. representante de la familia γ, introduce cada diálogo con un subtítulo emplazado dentro del conjunto de la obra. La separación habitual entre obras distintas empleada en este manuscrito, una larga línea de puntos suspensivos, se encuentra únicamente entre el primer diálogo y la obra precedente, el Cínico, y el último diálogo y la obra que le sigue, los Diálogos marinos. Además, los diálogos aparecen ordenados de manera distinta en los manuscritos de esta familia que en los pertenecientes a la familia β7. Así pues, hasta el texto de Macleod 1987 en «Oxford Classical Texts» no aparecieron los primeros estudios sobre la estructura unitaria de esta obra. Navarro identificó unas secciones temáticas que distribuían los diálogos en tres partes, dedicadas la primera a Menipo, la segunda a personajes contemporáneos y la tercera a un conjunto misceláneo 8. Ureña en su tesis doctoral profundizó en el estudio de los primeros diálogos de la colección también como secuencia introductoria 9. Más tarde, Vilardo vislumbró una serie de estructuras argumentales que le hacen afirmar que las treinta piezas que constituyen los Diálogos de los muertos no son piezas independientes, sino una única obra sobre el mundo subterráneo de la que se pueden observar pequeños extractos constituidos por las escenas dramatizadas en los diálogos 10. Sin embargo, tan sólo afirmó la unidad de la obra a partir de las semejanzas entre los personajes participantes y de los bloques temáticos que la integran, sin aducir ningún argumento complementario. La técnica de la narración también había suscitado en Luciano un interés de ensayo y renovación 11. El caso más llamativo son los Relatos verídicos, en los que Luciano retoma los principales tópicos de las obras periegéticas y novelescas para modelar una pieza narrativa sin igual en la literatura antigua, de tal modo que la crítica no llega a un acuerdo sobre su naturaleza 12. Los Diálogos de los muertos, según nuestro parecer, constituyen un atrevimiento tan innovador como lo pueden ser los Relatos verídicos. En ellos, Luciano no sólo fusiona de manera ejemplar la filosofía cínica con las convenciones formales del género cómico, sino que también añade a esta mezcla un tercer elemento, el narrativo. Cada una de las piezas se entrelaza con las demás creando una narración que solamente se distingue de otras novelas de viajes por el punto de vista desde el que se presenta la historia13. En efecto, la concepción unitaria de todas las piezas que forman los Diálogos de los muertos y el análisis conjunto de su contenido, de su forma y de la técnica con la que están compuestos permiten percibir cuáles son las uniones que cohesionan esta novela de apariencia dramática14. Una primera lectura de los Diálogos de los muertos permite observar cinco bloques temáticos que estructuran la obra: la llegada de Menipo al Hades, la situación de los semidioses una vez muertos, los lamentos de los humanos por la pérdida de sus bienes, los recuerdos de los héroes homéricos y, finalmente, un breve conjunto recapitulatorio y conclusivo. Sin embargo, esta secuenciación, que no presenta una cohesión argumentativa mayor que las propuestas aportadas hasta ahora, adquiere más consistencia si analizamos detalladamente la función de cada diálogo dentro del conjunto 15. Los primeros diálogos están destinados a presentar a los personajes principales, mostrar el programa de intenciones de la obra así como el escenario en que sucede la acción. Empieza la colección una conversación entre Diógenes y Polideuces (DMort. El cínico, aprovechando que el Dióscuro va a subir al mundo de los vivos para intercambiarse con su gemelo, le encarga que le transmita un mensaje a Menipo. Para que Polideuces lo reconozca, Diógenes le proporciona la descripción típica de un filósofo cínico que sirve de presentación para el lector (1.1-2). Diógenes quiere proponerle que baje a reírse de los habitantes del submundo, antes ricos y poderosos, lo que constituye el verdadero programa de intenciones de la obra (1.1). El primer diá-logo sirve también como introducción a los tipos de personajes que aparecerán a lo largo de la obra. Diógenes menciona a los filósofos (1.2), a los ricos y a los que se vanaglorian de su belleza (1.3), ejes principales hacia los que los cínicos dirigirán sus dardos. En el segundo diálogo Hermes y Caronte presentan a Menipo. Uno de los muertos se niega a pagar el óbolo a Caronte. Alega no tenerlo porque en vida no utilizaba el dinero. Desesperado, Caronte pregunta a Hermes quién es ese «perro» que se ríe de todos los que se lamentan de haber muerto (2.3). Se reproducen aquí las mismas características con las que Diógenes había presentado en el diálogo anterior a Menipo. Además, otra referencia alusiva entre los diálogos permitía reconocer quién era esa figura que discutía con el barquero: los altramuces y la cena de Hécate (2.3), que, precisamente, le había encargado Diógenes a través de Polideuces en el diálogo primero (1.1). También aquí Luciano, usando su característica técnica de retrasar la información a modo de juego para el lector, calla el nombre de Menipo hasta el final del diálogo en la culminación de su presentación (2.3) 16. En el tercer diálogo, tres de esos ricos y poderosos en vida de quienes Diógenes anunciaba a Menipo en el primer diálogo que se podría mofar, Creso, Midas y Sardanápalo, presentan sus quejas a Plutón por el trato que reciben de Menipo. Las referencias internas entre el primer diálogo y éste son numerosas. Luciano repite las mismas expresiones utilizadas para mencionar los lamentos de los muertos al recordar la vida (μεμνημένοι τῶν ἄνω 1.1 y 3.1), para definir en qué se han convertido los muertos (οἱμωγάς y ἀγεννεῖς 1.1 y 3.1), y para describir las burlas del cínico (καταγελῶν 1.1, 2.3 y 3.2). La alusividad y referencialidad interna entre los diálogos es uno de los factores más importantes de cohesión entre todas las piezas del conjunto; constituyen el procedimiento principal que permite un avance progresivo entre un tema y el siguiente sin cortes bruscos o repentinos dentro del hilo argumental 17. En numerosas ocasiones, serán el elemento esencial que conduzca el eje temático. Estas alusiones y referencias internas son lo bastante numerosas y recurrentes para emplazar, además, cada diálogo en su lugar adecuado dentro de la obra. Los diálogos 4, 5 y 6 completan el grupo introductorio. En ellos Menipo descubre la topografía del Hades y encuentra a sus principales moradores: el resto de dioses que lo regentan, los héroes más bellos, los más afamados, los personajes más ricos y los filósofos más ilustres. El descenso de Menipo se presenta de forma narrativa como cualquier otro descenso al Hades de la literatura griega, sin obviar las resonancias que se desprenden en este recorrido de otras obras lucianeas 18. El protagonista llega con Hermes hasta el barquero Caronte. En el cuarto diálogo, Menipo se encuentra con Cerbero, después realizará su primera vista del Hades, acompañado por Hermes, a modo de guía, en DMort. 5 y, seguidamente, se topará en DMort. 6 con el último personaje del Hades que faltaba por presentar, el juez Éaco. También los diálogos cuarto, quinto y sexto tienen referencias internas que refuerzan su unión argumental. 4 empieza con una clara alusión a los diálogos anteriores en los que se presentaba a Menipo como perteneciente a la secta de los cínicos (4.1). Sirve esta pieza como el fin de la presentación de ambos protagonistas. Además, ya que con ellos se compara la actitud de Sócrates, se forma una pequeña estructura circular que terminará en 6.5 con la aparición de éste. Los diálogos quinto y sexto ponen sucintamente en escena a algunos de los personajes más ilustres. La belleza mítica de Aquiles y Helena es parodiada en una situación en que sus calaveras no conservan ya ninguno de sus rasgos distintivos (5.1). Los grandes héroes homéricos han perdido su grandeza (6.1), los reyes y tiranos -que aparecen aquí calificados como καθάρματα del mismo modo que en 1.1-han perdido sus posesiones (6.2), y los filósofos, sus creencias: Pitágoras ya come habas (6.3), Empédocles desmitifica su suicidio en el Etna (6.4) y Sócrates ya sólo se dedica a pasar el tiempo acompañado de jóvenes (6.6). Estos diálogos muestran claramente el mecanismo de progresión a través del argumento común de los Diálogos de los muertos: el viaje por el Hades. Como hemos dicho, Luciano construye esta colección de escenas con una técnica muy parecida a la empleada en los Relatos verídicos. Entre las coin-cidencias de ambas obras, llama especialmente la atención el mecanismo de cohesión de las diversas y heterogéneas situaciones que se plantean. Nadie osaría decir que las distintas situaciones presentadas en los Relatos verídicos no forman parte de una misma pieza, ya que todos los elementos que los integran están coordinados por un único narrador que organiza las aventuras a través de un viaje con el que se va desplazando de un lugar a otro 19. Éste es, pues, el mismo mecanismo que opera en los Diálogos de los muertos. Es un mecanismo más sutil y elaborado que en los Relatos verídicos, que se reproduce en todos aquellos momentos en los que se debe hacer un cambio de bloque temático demasiado fuerte para que la leve alusividad lo soporte. Sin embargo, la falta de un narrador característica de los géneros dramáticos que anuncie los movimientos de los personajes y los cambios de escena no impide que éstos se puedan llevar a cabo de la misma manera 20. Luciano, recreando magistralmente las convenciones del género, consigue que sean los propios personajes de sus diálogos los que dibujen el viaje por la topografía subterránea, a partir de los desplazamientos descritos por sus palabras. Así, después de descubrir de boca de Hermes que girando hacia la derecha tras cruzar las puertas de Cerbero se encuentran los héroes homéricos (5.1), Menipo recurre a Éaco para saber más de la topografía por la que se desarrollará el viaje de los Diálogos de los muertos. Menipo le pide al juez que le haga una περιήγησις del Hades (6.1) 21. Éaco, como si hubiera leído los anteriores diálogos, enumera los lugares por los que ha pasado Menipo, constatando que ya conoce al barquero Caronte, a Cerbero, la laguna y el Piriflegetonte (6.1). Seguidamente, Éaco le muestra dónde están los héroes, los reyes y los filósofos y le permite proseguir en solitario su viaje. Menipo decide ir a dar una vuelta para seguir riéndose de los muertos, en especial de Creso y Sardanápalo, que siguen llorando por las posesiones que han perdido (6.6). El verbo usado tanto por Menipo como por Éaco es ἄπειμι,'marcharse', un verbo de movimiento que denotará el desplazamiento y, a la vez, un cambio de escena y de bloque temático 22. La principal razón nos remite al final de DMort. Allí, Menipo decide ir a reírse de Creso, Midas y Sardanápalo, precisamente los personajes que intervienen en el tercer diálogo. Por otro lado, es el propio Éaco quien presenta, en el diálogo sexto, estos tiranos a Menipo, ya anteriormente en escena quejándose ante Plutón por las burlas de Menipo. Tampoco resulta incoherente el recorrido topográfico que implica este diálogo, ya que, según la descripción del Hades de Éaco, entrando a la derecha, están los héroes, después Creso, Midas y Sardanápalo, y, finalmente, los filósofos. En su recorrido, Menipo se había parado a mofarse de los héroes y de los filósofos. Ahora, Menipo retrocede y se encuentra con los tiranos, antes de regresar hacia la entrada donde hallará de nuevo las figuras legendarias. Además, la aparición aquí de Plutón concluiría la presentación gradual de los personajes principales del Hades: Hermes, el barquero Caronte, el portero Cerbero, el juez Éaco y, al fin, el rey Plutón. Por otra parte, el diálogo con los tiranos termina con una mención al célebre dicho délfico retomado por Sócrates «Conócete a ti mismo» (3.2). La técnica de la alusividad aportaría aquí un nuevo nexo entre escenas, ya que este final retomaría la figura del filósofo ateniense, que Menipo ha dejado atrás en el diálogo anterior, al lado de la laguna. Este diálogo sería una escena de transición entre bloques, representando una parte del desplazamiento espacial dentro del Hades y cerrando el bloque introductorio, ya que el diálogo termina con la conclusión de que Menipo seguirá burlándose de los moradores del inframundo. Estos diálogos de transición aparecerán también entre los siguientes grandes bloques temáticos 23. Después de separarse de los tiranos, Menipo encuentra a Tántalo, su primera víctima entre los héroes, a los pocos pasos, siguiendo el camino marcha atrás por la orilla de la laguna (7.1). Este diálogo inaugura una serie de piezas, que se extienden hasta DMort. 13, centradas en la relación de los héroes con la muerte. La alusividad intertextual de estos diálogos volverá a ser el elemento que los cohesione y permita, a través de pequeñas asimilaciones entre los personajes, trazar un progreso argumental que va más allá de la coincidencia temática. En el primero de ellos, Menipo intenta hacer ver a Tántalo que su suplicio no es del todo trágico, porque ningún muerto puede beber en el Hades; todos comparten con él la condena de no volver a tomar jamás agua como lo hacían en la Tierra (7.2). Éste es, precisamente, el nexo que une este diálogo con el siguiente y, a la vez, une esta pieza con la anterior: Menipo se propone que Tántalo se dé cuenta de cuál es la naturaleza de los muertos, al intentar que se comprenda a sí mismo -al modo socráticoen tanto que fallecido. 8 Quirón argumenta, ante las preguntas de Menipo, que dejó de ser inmortal porque ya había tenido bastante con la monotonía de la vida. Añade, además, que estando muerto ya no tiene algunas de las preocupaciones propias de la vida, como la sed y el hambre (8.2), palabras que, pronunciadas inmediatamente después de las quejas de Tántalo por su suplicio (7.2), no dejan de acrecentar la ligazón entre ambos diálogos en una mutua potenciación del valor humorístico de cada pieza24. En este caso, el resultado conseguido por Luciano no hubiera sido el mismo de haber presentado los diálogos independientemente o colocados en algún otro orden. El diálogo octavo, a su vez, forma también un nexo contextual con el diálogo que le sigue. 9, Menipo interroga a Tiresias acerca de la tradicional cuestión sobre qué género humano vive mejor 25. Estamos ante un personaje completamente contrario al del diálogo anterior. Quirón llegó al Hades aburrido de la monotonía que le apesadumbraba en vida, mientras que Tiresias gozó de una innumerable cantidad de vivencias. El contraste entre ambos personajes acrecienta de nuevo el valor cómico de cada uno de los diálogos y crea un nexo a contrario entre ambas piezas. Tiresias, además, era en vida un adivino y se caracterizaba, como rasgo de gran sabiduría, por su ceguera. No obstante en el Hades no es ésta una característica que permita reconocerle, ya que incluso los personajes con mejor vista, como Linceo, están privados de sus ojos (9.1). 10, ante una pregunta de Menipo sobre su naturaleza después de muerto, afirma ser héroe y adivino (10.1). Luciano, después de burlarse de la práctica de la adivinación 26, le cuestiona la naturaleza heroica. Menipo, pues, pregunta a Trofonio qué es un héroe (10.2). El adivino responde con la definición tradicional: un héroe es mitad hombre y mitad dios (10.2). Menipo, fiel a su estilo, ironiza sobre su respuesta y bromea diciendo que no sabe dónde ha ido a parar la mitad divina ya que le ve como un cadáver completo (10.2). El diálogo siguiente recupera el personaje de Diógenes, probablemente para preparar la presentación en escena de uno de los cínicos más antiguos, Antístenes, en DMort. 22 y retrasar la cronología real de los personajes que aparecerán en los diálogos posteriores. La reciente muerte de Alejandro -que aparecerá a continuación-no puede suceder en el mismo ambiente de Menipo o Crates 27 y, más aún, la lejanía temporal de los héroes del cuarto bloque, en que Odiseo aún no ha muerto, se debe preparar con una progresión escalonada. A pesar de este cambio de personaje y época, el hilo argumental de la obra continúa a través de la problemática suscitada a raíz de la naturaleza heroica. El gran salto que a primera vista provoca el cambio de personaje principal y de su interlocutor es rápidamente salvado por Luciano con el uso de la misma expresión con que se cerraba el diálogo anterior. Heracles es descrito por Diógenes como un cadáver completo (11.1). También este cínico cuestiona la ubicuidad de la figura heroica identificando completamente al cadáver de Heracles con el personaje que protagonizó todas las gestas. Como estaba previsto en el programa de intenciones de la obra, esta disputa agonística lleva también a Diógenes a la prevista burla de los mejores personajes épicos (11.5). Cierran este segundo gran bloque dos diálogos dedicados a Alejandro. 12 y 13, siguiendo el hilo argumental de los diálogos anteriores, le 26 Entre las críticas de Luciano a su sociedad contemporánea, ocupan un lugar destacado las creencias en los falsos adivinos, especialmente en Alejandro o el falso profeta. C., mientras que Menipo de Gádara vivió durante el siglo III a. C. Asimismo, se sitúa el floruit de Crates de Tebas en el año 325 a. C. Por contra, Diógenes de Sínope puede entablar conversación con Alejandro en el Hades porque, según cuenta la tradición (D.L. VI 79 y Plu., Mor. 717c), ambos murieron en la misma fecha. Antístenes, considerado el fundador de la escuela cínica, había muerto en el año 365 a. C., a los ochenta años de edad. sitúan en una aporía al indagar sobre su pretendida inmortalidad. Alejandro se encuentra en el Hades con su verdadero padre, quien le espera para recriminarle que hubiera fomentado la leyenda que decía que era hijo de Ammón. Filipo argumenta que, ante la evidencia de su muerte, él debe ser su verdadero padre (12.1). Alejandro sólo puede escudarse en la falsa profecía que le ofreció uno de esos adivinos de los que Menipo se ha burlado en DMort. La historia sirve a Luciano para concluir definitivamente que los héroes no son más que personas que tienen su fin, como las demás, en forma de cadáver en el Hades. Filipo también pregunta a Alejandro si no cree que la ayuda divina resta méritos a sus gestas. Alejandro, desconocedor de que Diógenes acaba de burlarse de Heracles en el diálogo anterior, presenta a este héroe como argumento de autoridad para su reputación al considerar que los humanos les ponen en parangón. Este parangón, que Alejandro aduce con fines positivos, no hace más que disminuir sus cualidades heroicas, puesto que, como Heracles, Alejandro es únicamente un cadáver y así precisamente es descrito por su padre en su última intervención (12.6). Diógenes toma el relevo de Filipo para burlarse de Alejandro en el siguiente diálogo. Esta pieza enlaza con la anterior por la primera intervención de Diógenes, quien se admira también de que Alejandro esté muerto como los demás. No tendría sentido, sin embargo, para el conjunto de la obra, que Luciano incorporara otro diálogo para tratar los mismos temas que el anterior, repitiendo las mismas chanzas. Este diálogo, pues, actúa a modo de engranaje temático. Es una sutil transición que enlaza la temática heroica analizada en los diálogos anteriores con un nuevo bloque de contenido. Después de recordar a Alejandro todos los bienes de que disponía en vida, Diógenes le advierte que no es posible recuperar todo lo que uno ha dejado arriba después de cruzar la laguna y le aconseja, además, que no rememore todas las riquezas, la felicidad, la fama o el poder que tenía, ya que todo ello no le traerá nada más que sufrimiento (13.3-4). Por ello, debe beber el agua de la fuente Lete, del olvido, que ayuda a no sufrir por los bienes perdidos (13.6). Gracias a Alejandro, Luciano ha conseguido dejar atrás la problemática heroica y ha introducido plenamente el nuevo contexto que ocupará el siguiente bloque de diálogos, centrados en el recuerdo de la vida pasada, en especial, por parte de personajes mundanos obsesionados por sus herencias. Narrativamente, el cambio está denotado por una fuerte imagen de movimiento. Diógenes ve a Clito y a Calístenes, que han descubierto la llegada de Alejandro al Hades y se dirigen contra él no con buenas intenciones. Diógenes exhorta a Alejandro a marcharse de allí (13.6). Aunque el movimiento no corresponde al cínico, la fuerza cinética de la expresión τὴν ἑτέραν σὺ ταύτην βάδιζε (13.6) impregna la visión escénica de la obra y arrastra al público a un lugar distinto de aquel en que se han producido las conversaciones sobre la naturaleza heroica. 14, Caronte y Hermes están conversando. La escena nos reconduce marcha atrás hacia el mismo lugar donde Menipo inició su recorrido por el Hades. Nos acompaña Diógenes, observando como nosotros la escena representada hasta DMort. Aparecerá en escena de nuevo en DMort. 20 para mofarse, junto con Antístenes y Crates, de los personajes que protagonizan los diálogos intermedios. En ellos, varios difuntos narran entre lamentos las circunstancias de su muerte, todas ellas, relacionadas con la ambición desmesurada por recuperar una herencia que perdieron estúpidamente. El doloroso recuerdo de los bienes perdidos de que Diógenes advertía a Alejandro se muestra en este bloque en la más despiadada sátira de Luciano. Los testamentos históricos29, así como la ficción basada en hechos reales conservada en las declamaciones sobre desheredados, madrastras o envenenamientos30 corroboran la realidad de las situaciones presentadas en DMort. Inician la serie, pues, Hermes y Caronte haciendo cuentas de las deudas del barquero. Caronte no puede pagar lo que debe a Hermes porque, en tiempos de paz, no hay suficientes clientes para cubrir los gastos31. Hermes, sin embargo, no se muestra apesadumbrado, sino que se lamenta de que el dinero sea la causa de la mayoría de las muertes más recientes, mientras que los muertos habían perecido antaño por causas más nobles (14.2). Con sus lamentos, Hermes termina la primera introducción a este bloque temático. 15, el interlocutor de Hermes ha cambiado. Hermes está ahora con Plutón, el cual, sin embargo, mantiene el mismo tema de conversación. Plutón está tomando decisiones sobre el fallecimiento de un grupo de jóvenes avariciosos y deseosos de herencias, burlándose él mismo de las falsas expectativas que se habían creado (15.1). Hermes, obedeciendo las órdenes de Plutón, se dirige a buscar a algunos de estos hombres corrompidos por el afán de riquezas obtenidas en herencias a costa de la muerte de otros. Los cuatro diálogos siguientes ponen en escena los lamentos de esos hombres al perder el dinero que habían estado buscando. A primera vista son cuatro diálogos en los que Luciano ha repetido el mismo argumento y ha jugado con un mismo tema para crear una serie de variaciones independientes -citando a Anderson32 -, colocados en esta posición por la coincidencia temática con las dos piezas precedentes. No obstante, estos cuatro diálogos se deben entender como una única escena que continúa la situación de los diálogos anteriores, vista desde cuatro ángulos distintos. La última intervención de Hermes en DMort. 15 computa en siete el número de fallecidos que bajan al Hades a causa del decreto contra los buscadores de herencias que acaba de pronunciar Plutón (15.2). En efecto, son cinco los hombres que aparecerán en fila en los próximos tres diálogos, sumándose a Carino y Damón, los dos jóvenes que Plutón había pedido a Hermes al principio de DMort. Terpsión, Zenofanto, Calidémides, Cnemón y Damnipo son los desafortunados que sufren la desdichada muerte. El primero de ellos conversará con Plutón sobre la decisión que ha tenido de hacerles perecer antes que sus testadores. Los otros cuatro se narrarán entre ellos su inesperado y característico fin, ya que cada uno representa una situación particular. 16, ha muerto a sus treinta años antes que el anciano del que pretendía obtener la herencia. 17, Calimedes narra a Cneofanto que murió atragantado a causa de un excesivo afán en su parasitismo, ya que preparó un veneno para un anciano durante un convite, pero por error bebió él mismo de la copa envenenada. 18, Cnemón cuenta cómo decidió hacer testamento en favor de Hermolao para que éste hiciera lo mismo y Cnemón pudiera obtener su herencia. Desafortunadamente, el techo de una casa le cayó encima a Cnemón y toda su herencia pasó, al contrario de lo que pretendía que sucediera, a las arcas de Hermolao. 19 presenta la situación desde un punto de vista contrario. No puede, por tanto, ser contado entre ellos. Sin embargo, el contrapunto que este personaje ofrece permite a Luciano resumir en pocas palabras y entre burlas los peligros que acechan a los buscadores de herencias (19.3)33. El viejo mismo propone la enseñanza moral al reconocer de qué modo jugaba con sus aduladores cambiando su testamento hasta el último momento para dejarles a todos bien (19.3). Diógenes y Crates han podido observar en primera persona la escena que Luciano nos ha presentado de manera tetrangular. 21 y 22 funcionan como un nuevo engranaje entre bloques temáticos. 21, los cínicos recuperan el protagonismo. La escena que acaban de presenciar les hace rememorar otro caso parecido. Crates narra cómo dos hombres ricos que testaron en favor el uno del otro murieron al mismo tiempo y quedaron ambos privados de sus riquezas. Esta desdichada historia hace reflexionar a Diógenes sobre las herencias que se podrían dejar los cínicos entre ellos: un bastón, un tonel y una alforja con pocos altramuces34. Crates se congratula de que la pobreza sea la mejor herencia que Diógenes pudo haber recibido de él mismo, y que él la heredó de Antístenes (21.3). Gracias a ello, los cínicos no tienen de qué lamentarse en el momento de la muerte. Habiendo sido mencionado Antístenes, puede aparecer ya en escena. 22 representa un verdadero diálogo de transición, de nuevo con una imagen de movimiento que cambia la escenografía en que se sitúa la acción (22.1). Diógenes propone a sus compañeros que vayan a ver a los nuevos muertos. Este diálogo se presenta como una charla de tiempo libre que servirá como digresión a la novela, como un intervalo de descanso ubicado entre el fin de un tema intenso y otro de gran trascendencia, los héroes homéricos. Crates y Diógenes explican cómo descendieron al Hades, y cómo se lamentaban sus compañeros. Y entre historia e historia, los tres cínicos se acercan a la orilla de la laguna donde llegan los nuevos muertos (22.8). Las palabras de los protagonistas nos sitúan en un nuevo espacio escénico, diferente al de la escena anterior. Es el justo momento en que están desembarcando nuevos moradores del Hades. Lamentándose todos, un anciano35 es escogido por los cínicos para averiguar los motivos de sus llantos. El viejo no les da ninguna razón en especial; solamente se lamenta, dice, porque la luz del día es más grata que el estar muerto (22.9). Después de responderle que esas son preocupaciones más propias de los jóvenes y de dejarle marchar, los cínicos deciden nuevamente cambiar de emplazamiento para que nadie sospeche que están planeando una fuga. 23 inicia el bloque más heterogéneo, parecido a un cajón de sastre donde se acumulan una serie de diálogos sin relación mutua y de contenido muy dispar. No obstante, también un sutil hilo argumental enlaza las piezas. 22 no constituye una digresión tan banal como puede parecer. Su final abre el camino a un nuevo episodio que da coherencia a los diálogos DMort. 23, 26 y 27, y permite enlazar a estos la conclusión final del conjunto de la obra. Diógenes, Crates y Antístenes se han marchado y han dejado solo al lector en las puertas del Hades (22.9). 5, cuando Menipo está entrando en el mundo subterráneo, lo primero que se atisba son los héroes homéricos, emplazados a su derecha, al lado de la laguna. Sin la necesidad de un gran desplazamiento escenográfico, a ellos se dirige de nuevo la atención de la obra. Áyax, Agamenón y Aquiles son los principales personajes que ocupan estos tres diálogos. La unión con el hilo argumental dejado en suspense en DMort. 22 se retoma inmediatamente. La alusividad metatextual de las últimas intervenciones del viejo y de Diógenes en el diálogo anterior están dirigidas a clarificar el nexo argumental con los diálogos sucesivos y eran fácilmente reconocibles para las personas instruidas de la época 36. Las palabras con las que el anciano hace prevalecer la luz sobre la muerte están llenas de resonancias épicas; son palabras que según Diógenes son más propias de un joven (22.9), de alguien que termina los días antes de tiempo; son, en definitiva, las palabras con las que Aquiles se dirige a Odiseo en la νέκυια homérica37. Aquiles y Odiseo centrarán el eje temático de los siguientes diálogos. En el primero de ellos (DMort. 23) Aquiles y Odiseo, a pesar de su ausencia, están muy presentes. El descenso al Hades de Odiseo, motivo que sirve de nexo argumental entre el anterior diálogo y el nuevo, había puesto de manifiesto en el Hades las rivalidades entre los héroes. Agamenón pregunta a Áyax las razones por las que no dirigió la mirada a Odiseo en su descenso. Áyax le explica las acciones de Odiseo que le provocaron la locura que le llevó al suicidio. En este diálogo (23.1), al igual que en 26.3, se explicita que Odiseo aún no está muerto. Esto implica que la narración ha realizado un salto cronológico, un viaje también en el tiempo. La ausencia de personajes históricos permite a Luciano imaginar las conversaciones que debieron tener los héroes homéricos después de morir. Después de cuatro diálogos, el hilo argumental conducirá de nuevo la narración hacia el presente con la reaparición de los cínicos en DMort. Mientras tanto, el descenso de Odiseo marcará también el paso a DMort. 26, ya que Antíloco pregunta los motivos por los que Aquiles pronunció la célebre frase a la que alude el final de DMort. Luciano resuelve aquí la alusividad suspendida entre los diálogos haciendo que Antíloco, en su primera intervención, reproduzca las palabras de Aquiles (26.1). Él mismo es el encargado de plantear la paradoja que atormenta a todos estos héroes homéricos en el Hades: escogieron una muerte temprana a cambio de una buena fama (26.1), pero, como reconoce el propio Aquiles, el recuerdo de la vida es muy difícil de sobrellevar (26.4). Antíloco, como si hubiera escuchado las intenciones de Diógenes y Menipo al principio de la obra, hace callar a Aquiles, porque teme que alguien pueda reírse de su malestar (26.4). El Pélida se lamentaba de haber sido tan ingenuo de creer a los aedos, quienes le empujaron a preferir una vida corta pero afamada sin advertirle que después de la muerte nadie conserva la grandeza de la vida, sino que la muerte trata a todos por igual y los equipara (26.2). Las palabras de Aquiles bien podrían haber sido pronunciadas por los Menipos o Licinos de cualquier obra de Luciano. Aquí, sin embargo, la enseñanza moral cínica es reforzada por la autoridad del protagonista del principal libro escolar del sistema educativo grecorromano38. Las dos sentencias pronunciadas por Aquiles y Antíloco en DMort. 26 inician la conclusión de la obra, que se hará patente, especialmente, en los tres últimos diálogos del conjunto. Se hace necesaria, no obstante, una pieza que armonice el desenlace y que ayude a recoger los últimos elementos aportados en los diálogos homéricos para que Diógenes y Menipo puedan cerrar los Diálogos de los muertos. El primero está unido al anterior por la incapacidad del héroe de olvidar su pasado. Ahora es Protesilao quien no puede dejar de pensar en la mujer que dejó viuda para ir a luchar a Troya, lugar donde, ansioso de la fama del combate, desembarcó en primer lugar y también el primero encontró la muerte. Y ya que Éaco, su interlocutor en este diálogo, no sucumbe a sus súplicas, Protesilao dirige sus peticiones en el segundo diálogo a Plutón y Perséfone. Protesilao desea volver a subir (28.1) por el amor que siente. No es el único, alega, ya que a otras, como Eurídice o Alcestis, también se les concedió la subida por causas amorosas (28.3) 39. La anábasis tiene aquí una triple función. Protesilao utiliza como argumento en su favor las otras anábasis que tanto los reyes del Hades como la audiencia conocen. En segundo lugar, la subida de Protesilao cohesiona este subgrupo intermedio con el resto de diálogos homéricos centrados en la νέκυια de Odiseo. Finalmente, al concedérsela Plutón y Perséfone, Luciano construye una estructura circular que engloba y da coherencia a todas las piezas de la obra desde que, en el primer diálogo de la colección, Polideuces lleva al mundo el encargo de Diógenes para Menipo. La obra debe terminar con una conclusión que sirva de recapitulación de los principales argumentos filosóficos del cinismo que han aparecido esparcidos entre las distintas escenas de esta narración episódica, y que, a su vez, despida a sus protagonistas. Esta conclusión está también ligada al hilo argumental a partir de la intertextualidad entre diálogo y diálogo. Plutón concede a Protesilao que suba a buscar a su esposa, pero, puesto que al morir se ha convertido en una calavera irreconocible, le ayuda a recuperar su antigua fisonomía (28.3). Los cuerpos, en efecto, pierden en el Hades la belleza y la fuerza de que gozaban en la vida y que les hacía destacar (29.2-3). Por lo tanto, Mausolo, el interlocutor de Diógenes en el penúltimo diálogo pp. 194-197 y Bouquiaux-Simon 1968 para un estudio completo de las alusiones homéricas en Luciano. 39 Luciano retomará estos mitos en Luct. Mausolo, exasperado por tener la misma consideración en el Hades que el cínico Diógenes, es el objeto de la última y conclusiva mofa del cínico: mientras Mausolo llore lo que ha dejado arriba, Diógenes se burlará de él. Se cumple así el programa de intenciones que el cínico había pronunciado al principio de los Diálogos de los muertos. Únicamente queda la conclusión del protagonista de la obra. 30 mantiene el fin del hilo argumental centrado en el aspecto cadavérico de los muertos. Aquí Tersites y Nireo están disputándose la primacía en la belleza física. Menipo resuelve la disputa mostrando que en el Hades nadie conserva la belleza que caracteriza los cuerpos vivos y que allí todos son calaveras indistinguibles las unas de las otras (30.2). Si Aquiles, unos diálogos atrás, increpaba a los aedos por haberle engañado al hacerle preferir la fama a la vida, Homero vuelve a ser aquí el bastión tradicional franqueado por el pensamiento cínico de Luciano41. Las bondades contadas por Homero no tienen ninguna importancia para Nireo y Tersites tampoco ahora; fueran como fueran, deben comprender, ellos pero también nosotros, el destinatario de la obra, la conclusión que se desprende de las últimas palabras de Menipo: en el Hades, donde impera la ἰσοτιμία, todo el mundo es igual y merece la misma honra (30.2) 42. Ante la evidencia que proporcionan cada una de las piezas de los Diálogos de los muertos, el lector, como Tersites (30.2), no puede hacer más que aceptar la admonición que Luciano ha desarrollado a través de la historia del último viaje de Menipo. Tres diálogos, pues, parecen no tener cabida dentro de este conjunto unitario cohesionado a partir del motivo del viaje y de las referencias intertextuales. El primero ellos, DMort. 20, pone en escena a Caronte y Hermes obligando a distintos personajes tipo a deshacerse de sus bienes terrenales para poder cruzar la laguna. Son tres, principalmente, los problemas estructurales que plantea. En primer lugar, este diálogo está situado entre el gran bloque de personajes que han perdido sus herencias, interrumpiendo la clara secuencia compositiva. Asimismo, después de diecinueve diálogos, Menipo es de nuevo presentado, ya que Hermes le pide que se identifique antes de subir a la barca de Caronte (20.2). Además, Menipo declara en este diálogo que ha tirado, antes de subir a la embarcación, el bastón y la alforja que traía consigo (20.2), mientras que en el segundo diálogo de la obra, Menipo es caracterizado, precisamente, porque en la alforja llevaba lo que Diógenes le había pedido, los altramuces y algo de la cena de Hécate (2.3). Finalmente, pese a que a lo largo de los Diálogos de los muertos se repite constantemente que una vez se ha entrado al Hades no se puede regresar al mundo superior (8.2), Menipo, que ha cruzado la laguna en DMort. 2, debe cruzarla de nuevo, lo cual no resulta coherente con el recorrido descrito en la obra. 24 presenta un problema semejante. A pesar de poner en escena al pirata Sóstrato que se defiende ante Minos de sus crímenes argumentando el determinismo de las decisiones de las Moiras, este diálogo está situado en medio del bloque dedicado a los héroes homéricos. No se puede relacionar a Sóstrato con ningún grupo de los personajes que aparecen en el resto de los diálogos. Del mismo modo, al contrario del resto de los Diálogos de los muertos en que Éaco es el juez principal del Hades, en este diálogo es Minos quien toma el papel preponderante43. Por otro lado, el motivo del determinismo de la Moira se encuentra también en 27.2, en el que Protesilao explica a Éaco los motivos por los que desembarcó el primero de las naves en Troya. La repetición de este tema en dos diálogos distintos tampoco parece coherente con la estructura del conjunto. 25 presenta dificultades a causa de repeticiones temáticas. Colocado entre el bloque dedicado a los héroes homéricos, en este diálogo Aníbal y Alejandro discuten por saber cuál de los dos merece la primacía entre los generales. Para tal propósito, uno y otro detallan sus principales gestas militares. Se repite, pues, la escena de DMort. 12, en la que Alejandro relataba sus mejores batallas a su padre Filipo. Incluso en la ordenación de la familia β en la que el diálogo se emplaza al lado de los otros dos centrados en la figura del rey macedonio, la repetición de contenido nos hace pensar que no parece probable que este diálogo formara parte de la concepción unitaria original de la obra. Según esta hipótesis DMort. 20 y 24 tienen el aspecto de ser paráfrasis 44 de las obras menipeas de Luciano, como La travesía, Caronte, Menipo, y, en especial el diálogo entre Sóstrato y Minos, de Júpiter Rebatido. El tercer diálogo puesto en duda, DMort. 25, parece ser un ejercicio escolar de nivel avanzado, una synkrisis 45, basada en lengua y estilo en los Diálogos de los muertos de Luciano 46 y en la famosa escena de la literatura grecolatina en que Aníbal y Escipión conversan sobre los mejores generales de la historia 47. Posiblemente, estas interpolaciones podrían haber sido incorporadas a la colección en el momento en que los copistas recopilaron las obras de Luciano. No resulta inverosímil pensar que las miniaturas que forman los Diálogos de los muertos, al tener suficiente entidad humorística y de sentido cada una de ellas, pudieran haber sido leídas en ocasiones de manera individual o seleccionadas para crear antologías, de manera que el conjunto unitario se fuera debilitando y las piezas pasaran a circular independientemente. Esto podría explicar, también, el distinto orden que presentan las dos familias. Es posible que, mientras que la familia γ mantuvo el orden original a pesar de haber incorporado las tres interpolaciones, la familia β agrupara de manera distinta los diálogos que habrían sido hallados por separado. Fuera como fuera, los Diálogos de los muertos contienen suficientes evidencias internas para que consideremos que fueron concebidos y presentados en público por Luciano -no sabemos si en audiciones o en forma de librocomo una obra unitaria y cerrada, donde las distintas piezas que la forman 44 Cf. 45 Tal como explican los manuales de Theo, Prog. 31-33, la synkrisis es el ejercicio escolar basado en la comparación de dos personas u objetos con el fin de determinar cuál es mejor; cf. Webb 2001, p. 46 A pesar de la fama de anticristiano que Luciano tenía entre los bizantinos, Johannes Georgides y Tomás Magister ya lo utilizaron como fuente para sus materiales docentes, lo que propició que algunas de las obras del Sirio, especialmente los Diálogos de los muertos, se utilizaran en las escuelas de Bizancio; cf. Robinson 1979, pp. 68-80, Wilson 1983, p. Baldwin 1990. están interrelacionadas las unas con las otras, de manera que cada diálogo se une al anterior y al siguiente por un hilo narrativo común y por referencias metatextuales que enlazan las conversaciones. Luciano dibuja, de este modo, un viaje por el Hades en una historia completa de principio a fin, donde cada diálogo tiene su lugar. Así pues, Luciano reelabora una vez más los géneros literarios de su época, ayudando a desarrollar un tipo de novela que, en su aspecto, resulta más parecida a una obra dramática que a una narración.
Resumen: Frente a la explicación tradicional del alargamiento en vocal inicial de segundo miembro de compuesto, conocida como «ley de alargamiento de Wackernagel», es posible llevar a cabo una propuesta diferente, que se ha apuntado ya en algunos lugares al intentar explicar dicha ley. Según este análisis alternativo, habría que reconocer un proceso de pérdida de la primera vocal mediante elisión o conversión en glide y alargamiento compensatorio, en lugar de, o junto a, la primitiva contracción vocálica y posterior extensión analógica de su resultado propuesta por Wackernagel. Este proceso de resolución de hiato vocálico cuenta con paralelos en otras lenguas, y permite un examen más adecuado de los ejemplos disponibles. Palabras clave: alargamiento en compuestos; ley de Wackernagel; resolución de hiato; contracción; elisión; formación de glide; alargamiento compensatorio. Un fenómeno de mención habitual en gramáticas y manuales del griego antiguo, aunque de modo dispar y poco claro, es el que se da en compuestos como στρατηγός, en los que, en el punto de unión del primer miembro del compuesto con el segundo, se sustituye la secuencia de vocal final del primer miembro y de vocal inicial del segundo por una única vocal larga: *στρατο-+ αγ-> στρατᾱγός > στρατηγός. El análisis del fenómeno, que se remonta ya a autores como Lobeck, Brugmann o Wackernagel, ha recibido explicaciones y tratamientos diversos a lo largo del tiempo. En el trabajo que dio pie a la denominación que habitualmente recibe, Wackernagel (1889) mencionaba que la explicación más antigua que había encontrado para lo que él describía como «alargamiento inicial de segundo miembro de compuesto» (Anlautdehnung zweiter Compositionsglieder) era la que había propuesto Lobeck en su Phrynichus, según la cual, estaríamos ante un alargamiento rítmico. Esta idea la siguieron también autores como Brugmann o Ferdinand de Saussure -con la aceptación de Curtius, Meister o J. Schmidt-1, quien intentó demostrar que en una época remota la lengua griega no habría tolerado la sucesión de tres sílabas breves, por lo que habría corregido tal esquema por medio de procesos de alargamiento, geminación o síncopa, de modo que, en época histórica, los ejemplos en griego de secuencias de tres breves únicamente responderían a formas motivadas por diferentes influencias analógicas. Frente a este tipo de interpretación, que en su tiempo contaba con una aceptación bastante general, Wackernagel llevó a cabo una modélica y muy documentada descripción del fenómeno, en la que criticó con argumentos irrebatibles que se intentara buscar una explicación en motivos rítmicos. Entre las razones que Wackernagel consideró acertadamente que podían esgrimirse en contra de tal interpretación, estaba el hecho de que tal alargamiento solo aparecía en la sílaba de unión de un compuesto cuando el segundo miembro empezaba por vocal, restricción que no podía explicarse para un alargamiento de carácter rítmico. Esta misma objeción cabía hacerla también a otras propuestas alternativas, como la que intentaba ver en él una suerte de alternancia vocálica. Es más, ante tales circunstancias condicionantes de su análisis, Wackernagel llegó a la conclusión de que la motivación fundamental de este fenómeno era precisamente el encuentro de la vocal final del primer miembro de compuesto con la inicial del segundo, dado que, como se ha indicado, cuando la inicial de este era consonántica no tenía lugar el alargamiento. Por otra parte, aunque el alargamiento se documentaba en circunstancias diversas y con extensiones y excepciones variadas, que dificultaban en gran medida su interpretación, el lingüista suizo trató de establecer una cronología de estos alargamientos, así como una explicación fonética. Básicamente, Wackernagel partía de la idea de que el proceso respondía a la contracción de las dos vocales que entraban en contacto en la composición, de modo que regularmente el resultado final era una vocal larga, cuyo timbre coincidía con el de la segunda vocal. Dado que este resultado de contracción no se correspondía con los resultados de las contracciones de época histórica, cabía pensar en que el fenómeno debía de retrotraerse a época prehistórica, y Wackernagel trató de buscar posibles paralelos o evoluciones equivalentes en otras lenguas. Además, el resultado de esas contracciones coincidía con el que cabía constatar para la unión de aumento y verbo con vocal inicial en el llamado aumento temporal (ἄγω/ἤγον, ἐρίζω/ἤριζον, ὄζω/ὤζον), lo que no hacía sino confirmar la suposición sobre su datación (ob. cit., p. Wackernagel también trató de establecer en qué circunstancias contextuales concretas se habría producido la contracción: básicamente en compuestos cuyos miembros acababan y empezaban, respectivamente, por vocales no cerradas (α, ε, ο). Además, la vocal inicial de segundo miembro debía ser breve y no podía ir seguida de grupo consonántico o ser primera parte de diptongo. De tales contextos iniciales, el alargamiento se habría extendido a otras formas, como por ejemplo compuestos cuyo primer miembro acababa en una vocal cerrada -ι, -υ, en los que, al ser habitual la elisión de esa vocal, el mecanismo de formación se habría reinterpretado como uno consistente en pérdida de la vocal final del primer miembro y alargamiento de la inicial del segundo. Por otra parte, la falta de alarga miento también podría haberse extendido analógicamente, a partir de contextos originales que no se acogían a esos parámetros, a formas que teóricamente sí podrían haberse visto regularmente alargadas. De este modo, Wackernagel intentó explicar un amplio número de ejemplos que no encajaban en su descripción del proceso fonético de alargamiento a partir de una primitiva contracción. ahora bien, dada la amplia casuística de ejemplos, con una notable complejidad y número de formas susceptibles de ser tenidas en cuenta, el detallado trabajo de Wackernagel es reiteradamente citado y el enunciado del fenómeno recibe, en forma de ley, su nombre2, pero las menciones o explicaciones más o menos escuetas, que se incluyen en manuales o trabajos que aluden a él, suelen mostrar diferencias de concepto. Por no extenderme en demasía, de los múltiples lugares en los que es posible encontrar referencias voy a aludir muy brevemente solo a algunos de los trabajos especial mente conocidos y significativos que, en mi opinión, muestran diferencias en el examen de este alargamiento. si acudimos a la gramática de schwyzer (1939, pp. 397-398) o al manual de fonética de Lejeune (1972, pp. 243, 375 n. Sin embargo, en otros lugares es posible encontrar explicaciones sobre el proceso de alargamiento que, aunque a primera vista puede parecer que se acogen al punto de partida de Wackernagel, realmente ofrecen diferencias llamativas. Las diferencias del enunciado de Collinge con los de Wackernagel, Schwyzer y Lejeune se hacen todavía más patentes en el enunciado que hace Trask (2000, p. 82, de la ley de Wackernagel, se recoge claramente la idea de que la ley se originó fonéticamente partir de una antigua contracción, pero fue reinterpretada secundariamente como un proceso de elisión y alargamiento: 80), al distinguir varias etapas cronológicas para las contracciones que es posible reconocer en las formas del griego antiguo, considera que, tras las contracciones de época IE y antes de las contracciones de época histórica, sería posible reconocer las que se encuadrarían bajo el efecto de la ley de Wackernagel. Por otra parte, el concepto de contracción lo recogía también, como hemos visto, Lejeune, quien para su interpretación general en su manual remitía a la definición y la descripción de Grammont 1948, quien al tratar el encuentro de vocales en hiato, mencionaba como medio habitual para su eliminación: Por lo tanto, de acuerdo con el concepto habitual de contracción empleado tanto en los estudios de fonética griega como indoeuropea, con él se describe el fenómeno por el que dos vocales en hiato, formando parte así de sílabas diferentes, desembocan en una pronunciación monosilábica que se obtiene mediante un proceso por el que ambas vocales se unifican4. de las múltiples realizaciones a que da lugar en el griego histórico. Sin embargo, al tratar el supuesto motivo del aumento temporal y del alargamiento en composición, los mismos autores que proponen una contracción como su origen, recurren al empleo del concepto de elisión de la primera vocal y alargamiento de la segunda, para explicar descriptivamente su posterior extensión a otros compuestos, producto probablemente de una reinterpretación de la ley. En enunciados como los de Wackernagel, Schwyzer, Risch, Sihler, Meier-Brügger o del Barrio puede comprobarse esto. Sin embargo, en la definición que recogen Collinge o Trask, aunque presumiblemente siguen la de Wackernagel, en realidad ya no aparece mención en su enunciado del concepto de contracción, sino solo del de elisión de la primera vocal y alargamiento de la segunda, lo que implícitamente podría llevar a replantear su origen. Aunque la diferencia pueda parecer sutil, en mi opinión es importante para la interpretación de estos alargamientos y puede tener además consecuencias importantes en el reanálisis de otros casos. Por lo pronto, en el caso de compuestos como στρατηγός u ὠμηστής, el hecho de partir para su explicación de una antigua contracción (στρατηγός < στρατο-αγός, ὠμηστής < *ōmo-ed-t-) o de una antigua elisión en una vocal con alargamiento de la otra (στρατηγός < στρατ-ᾱγός < στρατ-αγός < στρατο-αγός), no afecta realmente a la antigüedad relativa de esas formaciones con respecto a la génesis del fenómeno. Pero en el caso de otros muchos términos, como por ejemplo ἐπήκοος'oyente, que escucha', ἐπηετανός'que dura todo el año, inagotable', τῆτες'este año, en este año', etc., el tipo de explicación aplicado modifica completamente su análisis. Para estos términos habitualmente se ha recurrido a una explicación analógica, en la que el alargamiento del segundo término de compuesto, detrás de un primer miembro formado por un preverbio/adverbio (*epi-, *ki-), respondería a la extensión, ya en forma de ley morfológica, de ese alargamiento que tendría origen fonético en otros contextos. Si partimos de la idea de que el alargamiento en compuestos procede fonéticamente de antiguas contracciones, no cabe otra explicación, dado que las contracciones, como señalaba Grammont, se contemplaban en el caso de vocales medias o abiertas, pero no en el de vocal cerrada + vocal abierta. Sin embargo, si partimos de una elisión de la vocal final del preverbio, con un alargamiento compensatorio de la vocal inicial del segundo miembro, su explicación etimológica es radicalmente diferente. En otros lugares he propuesto, para esos términos, étimos (ἐπήκοος < *ep-ākowos < *epiakowos, ἐπηετανός < *ep-ā-wet-< *epi-a-wet-, τῆτες < *k y -ā-wet < *ki-a-wet-) 5 que no contemplan extensiones analógicas, tal y como ha sido habitual para su reconstrucción hasta la fecha, sino un proceso de elisión de la primera vocal y alargamiento compensatorio de la segunda. Como hemos visto, de acuerdo con la interpretación previos, bien con preeminencia de uno de ellos, o bien con un timbre intermedio producto de tal aproximación. 5 Para mayor claridad, incluyo etapas intermedias, sin retrotraerlas a otra etapa en la que las laringales con las que probablemente se iniciaría el segundo miembro no hubieran caído todavía. Remito a Berenguer-Sánchez 2011 y en prensa, para tales recons trucciones. de Wackernagel, schwyzer y otros autores, la elisión + alargamiento respondería a una reinterpretación de carácter secundario dentro del propio griego. Pero, ¿por qué no plantear la posibilidad de que realmente en ese proceso se encuentre el origen del fenómeno? De hecho, si examinamos las estrategias que se siguen en distintas lenguas para resolver secuencias de vocales en hiato, podremos comprobar que, junto a su sustitución por una vocal larga, producto de la contracción de ambas, también hay ejemplos evidentes, en distintas lenguas, de un proceso de elisión de la primera vocal en hiato, lo que en ocasiones implica un alargamiento compensatorio de la segunda vocal. El resultado puede ser semejante, pero el mecanismo es distinto. Entre las diferentes estrategias que las lenguas adoptan para resolver el encuentro de dos vocales en hiato, casali ha descrito efectivamente lo que él denomina «coalescencia vocálica», y que puede equipararse a la contracción descrita para lenguas como el griego6. Pero también ha descrito otras estrategias posibles, como la elisión de una de las vocales o la formación de un glide, mediante la pérdida de carácter vocálico, y por tanto del rasgo de silabicidad, de una de las vocales. Es más, menciona la posibilidad7 de que alguna de esas estrategias, como la elisión, concurra con otros procesos, como la formación de glide, o de que junto a la elisión, dependiendo de las características de la lengua, aparezca un alargamiento compensatorio8. Por lo tanto, en otras lenguas es posible constatar la concurrencia de elisión o formación de glide y alargamiento compensatorio de la siguiente vocal, que hemos visto que podría aplicarse claramente en el caso de los compuestos griegos con alargamiento de Wackernagel. así pues, como he señalado, si la génesis de la ley de alargamiento se reinterpreta como un fenómeno de elisión y alargamiento compensatorio, no solo es posible dar explicación de formas como στρατηγός < στρατ-ᾱγός < *στρατο-αγός, sino también de los ya citados ἐπήκοος < *ep-ākowos < *epi-akowos y ἐπηετανός < *ep-ā-wet-< *epi-a-wet-. En el caso de τῆτες (micénico za-we-te'en este año, en el año en curso') < *k y -ā-wet < *ki-a-wet-, estaríamos ante una formación de glide y alargamiento compensatorio de la segunda vocal. Evidentemente, en el caso de στρατηγός, en principio, es posible tanto esta explicación como la tradicional, que parte de una antigua contracción, en cuyo caso, como Casali subraya, habría habido una confluencia de estrategias diferentes de resolución de hiato9. No obstante, la regularidad con la que el resultado final del encuentro de las dos vocales responde al timbre alargado de la segunda -a diferencia de lo que aconteció con las contracciones de fecha histórica-, unido a un mero planteamiento de economía lingüística, podría justificar una preferencia por contemplar en todos los casos el mismo proceso. Por lo tanto, la ley de alargamiento de Wackernagel no reflejaría sino una de las tendencias habituales, constatable en distintas lenguas, para la resolución de vocales en hiato, circunscrita a un contexto muy concreto: el del encuentro de vocales en composición. Este planteamiento permitiría una interpretación fonética de un mayor número de ejemplos y además favorecería que el análisis se desarrollara en un contexto más amplio, susceptible de ser puesto en relación tanto con procesos equivalentes de resolución de hiato en otras lenguas, como con procesos de resolución de hiato en otros contextos dentro del griego antiguo. Con respecto a lo primero, mencionaré solo que el análisis de los procesos y estrategias lingüísticas de resolución de hiato en diferentes lenguas es un tema que ha despertado y sigue despertando el interés de muchos lingüistas, con tratamientos recientes, como por ejemplo los ya citados de Casali y los que este autor cita en su bibliografía, o los de Baltazani 2006 para el griego moderno, Chitoran y Hualde 2007 para las lenguas romances, Hualde, Simonet y Torreira 2008 para el español, etc. Sin duda, un replanteamiento del tema de la resolución de hiato en griego antiguo puede enriquecerse con los análisis planteados en ese tipo de trabajos, a la vez que, probablemente, aportar también datos de interés al examen general de la resolución de hiato. Por otra parte, y dentro de esa ampliación de enfoque en el tratamiento del tema, y ya dentro del propio griego antiguo, puede resultar interesante establecer semejanzas y diferencias con los procesos de resolución de hiato en otros contextos y en distintas etapas de desarrollo de la lengua, como por ejemplo los procesos de crasis, o los procesos de «sinícesis». A este respecto, baste recordar, por ejemplo, la propuesta de Méndez Dosuna 1993 -que cuenta con una aceptación cada vez más generalizada, como p. ej. por parte de Colvin 2007, p. 38-de interpretar la metátesis de cantidad como un proceso de «sinícesis», o, lo que es lo mismo, de conversión de la primera vocal en un glide, con pérdida de su silabicidad y alargamiento compensatorio de la segunda vocal: -ᾱο [-a:o] > -ηo [-ε:o] > -εω [-ḙo:]. Es decir, empleando una terminología más habitual en los trabajos sobre otras lenguas, en el caso de la metátesis de cantidad estaríamos también ante una estrategia de resolución de hiato consistente en el desarrollo de un glide y del alargamiento com-pensatorio de la segunda vocal, aunque, a diferencia de lo que aconteció mucho antes con gr. τῆτες, mic. za-we-te (< *ky-āwe-te < *ki-awe-te-), la primera vocal tendría en un primer momento mayor abertura. Por lo tanto, resumiendo lo expuesto hasta aquí, me parece que la ley de alargamiento de compuestos en griego antiguo, o alargamiento de Wackernagel, merecería una revisión en su planteamiento, a la luz de los trabajos desarrollados sobre resolución de hiato en otras lenguas. Tal replanteamiento permitiría un análisis más adecuado de diversos casos de alargamiento, sin necesidad de tener que recurrir, como es habitual cuando se carece de explicación mejor, a los efectos de las refecciones analógicas. También aportaría sin duda nuevos datos al propio estudio general de las estrategias de resolución de hiato, así como a una mejor comprensión y delimitación de una serie de procesos fonéticos desarrollados en griego antiguo. Aunque espero abordar en otro lugar un análisis más detallado de este fenómeno, me ha parecido interesante llamar aquí la atención sobre estos aspectos básicos y de planteamiento que hasta el momento o no se han tenido en cuenta en su tratamiento, o tan solo mínimamente. En mi opinión, su encuadre adecuado tanto en el marco de la fonética y morfología general del griego antiguo, como en el del análisis general de otras lenguas, puede contribuir a su mejor comprensión, así como al análisis adecuado de otros hechos que, en realidad, no son sino variaciones, bajo diferentes condiciones, de este mismo fenómeno. En este sentido, en contra de lo que podría parecer cuando se consultan los manuales y gramáticas, este no es un fenómeno exclusivo del griego, aunque en el tratamiento que recibe en algunos lugares parece advertirse este enfoque. Como he mencionado, responde a un proceso general en prácticamente todas las lenguas, si bien cabe encontrarlo bajo la denominación habitual de «resolución de hiato», término poco habitual al describirlo en griego antiguo. Este puede constituir, además, un buen ejemplo de cómo a veces la variación terminológica puede condicionar la percepción del alcance y contexto de un determinado proceso lingüístico en una lengua concreta.
Con origen en una tesis doctoral defendida en abril de 2006 en la Universidad de Catania y dirigida por Maria Cannatà Fera, la edición de los escolios del Reso euripideo llevada a cabo por Grazia Merro va acompañada, como se indica en el título del libro, del correspondiente aparato crítico, de un comentario, así como de una introducción amplia. Las cuestiones que plantea la autora en la introducción se refieren a la tradición del Reso dentro del corpus euripideo, la tradición manuscrita de los escolios y de las hypotheseis, las ediciones y estudios anteriores, los contenidos y modalidad exegética de los escolios, los escolios del manuscrito V y la historia de la exégesis, las hypotheseis, y, finalmente, la hypothesis B, el problema de la autenticidad y el prólogo del Reso. La obra va acompañada de cinco índices, referidos a las fuentes, los loci similes, los autores, los pasajes y las ilustraciones. Por lo que se refiere a la edición, esta se basa, según señala la autora, en una lectura autóptica de los testimonios, es decir, de los manuscritos Vat. gr. 909, Vat. Pal. gr. 287 y Laur. pl. 32, 2, depositados en la Biblioteca Apostólica Vaticana y la Biblioteca Medicea Laurenciana, así como del códice Harley 5743 de la British Library, leído en microfilm. La numeración de los escolios se corresponde con la que estos tienen en la edición teubneriana de Zanetto y sigue el modelo de las modernas ediciones de escolios, en las que una letra minúscula indica el escolio relativo a un determinado lemma, acompañándolo de un número volado en el caso de existir más escolios o códices diversos relativos al mismo lemma (cuando no hay referencia al mismo en el escolio el lemma aparece aislado con un paréntesis cuadrado). El comentario abarca cuestiones diversas relativas a la práctica ecdótica, las distintas lecturas del escolio, sus coincidencias o peculiaridades con otros escolios en cuanto al tipo de exégesis que proporciona, así como aquellas que permiten aclarar el sentido del comentario que el escolio aporta o pretende aportar. En relación con esto último, los escolios de V se caracterizan por la presencia en ellos de partes de lo que podría considerarse un comentario erudito, con numerosos testimonios de autores por lo demás perdidos, y otras de lo que podría considerarse un comentario menos substancial, dispuesto en los márgenes o entre líneas, que van desde la simple glosa a la exégesis generalmente perifrástica de versos enteros. En cuanto a la introducción, se recoge en ella un tratamiento pormenorizado de las cuestiones fundamentales que una edición crítica comporta; a ellas se añaden las específicas de los escolios y, en particular, de los escolios del Reso, donde la atención ha estado dirigida de un modo casi inevitable a la cuestión de la autenticidad euripidea de la obra. La tesis de U. von Wilamowitz (De Rhesi scholiis disputatiuncula, Griphiswaldiae, 1877 [= Kleine Schriften I, Berlín, 1935, pp. 1-26]) de dos comentarios antiguos, uno escrito para rebatir la autenticidad euripidea del drama, el otro para confirmarla, no ha permanecido indiscutida y primero W. H. Porter («The Euripidean Rhesus in the Light of Recent Criticism», Hermathena 17, 1913, pp. 348-380) y luego W. Ritchie (The Authenticity of the Rhesus of Euripides, Cambridge, 1964) han excluido la idea de una edición antigua κεχιασμένη de esta tragedia, como sostenía Wilamowitz, demostrando que los escolios del Reso no ofrecen ningún apoyo a la tesis de la no autenticidad, sino que, por el contrario, «hablan» ex silentio en favor de la misma en cuanto no se encuentra en ellos ninguna señal de duda ni se separan del tipo de comentario propio de los demás escolios euripideos. Sin poder decir que la cuestión de la autenticidad del Reso es hoy en día una cuestión cerrada, la autora señala que tras el estudio de Ritchie se ha registrado una substancial disminución de interés por el corpus de anotaciones que acompañan estos escolios, con alguna excepción, como la que comporta el escolio 895a1 (que ofrece una explicación mitológica del origen del término ἰάλεμος). La edición de Grazia Merro pretende salir al paso de esta tendencia. La cantidad de citas de otro modo ignoradas y cuyo texto reclamaba una revisión tras el siglo transcurrido desde la publicación de la edición de los escolios de Eurípides llevada a cabo por Eduard Schwartz (Scholia in Euripidem, Berlín, 1887-1891) 1 justificaba, según la directora de la tesis que está detrás de este trabajo, un nuevo estudio. Este es, pues, el objetivo principal de Merro, dentro de los límites que impone una edición crítica. El comentario que acompaña la edición se mueve igualmente dentro de estos límites, por lo que quedan de lado cuestiones específicas diversas que están recibiendo una atención creciente en los estudios más recientes sobre escoliografía y escolios. De hecho, a partir de los años ochenta del siglo XX y en la década inicial de este siglo se puede decir que el interés por la escoliografía ha crecido de forma notable. Este interés está dirigido en muchos casos al papel de la cita en los escolios; en otros, al estudio de una terminología técnica relacionada con frecuencia con la teoría y crítica literarias de la Antigüedad. Los límites que el comentario de una edición crítica impone explican la ausencia en el libro de Merro de referencias bibliográficas emerita lXXiX 2, 2011, pp. 391-439 issN 0013-6662 a ciertas publicaciones específicas sobre estas cuestiones u otras, interesantes, pero de un alcance más general -como el conjunto de estudios editados por Wilhelm Geerlings y Christian schulze bajo el título Der Kommentar in Antike und Mittelalter. Beiträge zu seiner Erforschung, leiden-boston-Colonia, 2002, y su continuación, leiden-boston, 2004-; la proximidad de fechas podría explicar el que alguna edición del Reso reciente -como la de arne Feickert, Euripidis Rhesus. einleitung, Übersetzung, Kommentar, Fráncfort, 2005-no se mencione en la bibliografía. Universidad del País Vasco Leganés Moya, M. P. y Hernández Muñoz, F. G., Demosthenis «In Midiam», León, Universidad, 2008, 183 pp. el presente volumen supone la culminación en edición crítica de la tesis doctoral de M. P. leganés, dirigida por el profesor Hernández Muñoz y titulada El texto de Demóstenes en los manuscritos españoles: los discursos in Midiam y De falsa legatione. Dicha tesis, tras ser defendida en el año 2003, obtuvo el Premio de la sociedad española de estudios Clásicos un año después, lo que habla de la calidad que atesora el trabajo de ambos estudiosos. Un trabajo que, como ellos mismos confiesan (p. 74), tiene por principal objetivo «contribuir al estudio y difusión de los manuscritos griegos conservados en nuestro país, a menudo tan olvidados». así, tras una breve presentación del discurso (pp. 11-12) y de las principales cuestiones relativas a la transmisión del texto demosténico (pp. 13-18), entre las que se encuentran: 1) la imposibilidad de hablar de «familias» en nuestro autor, al estilo lachmanniano; 2) la rebaja del tradicional valor del manuscrito s como vetus principal, superior a a; y 3) «la progresiva revalorización de los manuscritos considerados recentiores», los autores consideran las relaciones entre los manuscritos españoles y las arengas (pp. 19-25) y el «problema de la(s) fuente(s) de las aldinas en las arengas» (pp. 26-27), tomando como ejemplo la Cuarta Filípica. el tercer apartado del libro, «el texto del discurso Contra Midias: los manuscritos españoles» (pp. 29-62), entra en profundidad en la clasificación y valoración de los manuscritos que transmiten la obra. De ellos, contamos con seis en nuestras bibliotecas, siglados como M, ñ, J, e, G, H, en un arco temporal que va desde el siglo XiV (manuscrito e) hasta el XVi (manuscrito G). se nos ofrece su genealogía (pp. 32-45), al tiempo que se observa una cordial crítica a D. MacDowell, último editor del discurso, por no haber utilizado ninguno de estos manuscritos españoles en su, por otra parte, magnífica edición del Contra Midias, publicada en el año 1990 (p. Este apartado del volumen, además, es rico en tablas y cuadros, llegándose a ofrecer un stemma tentativo del discurso (p. 48) y unas estadísticas de las principales faltas y variantes de cada manuscrito. Asimismo, es digno de elogio el esfuerzo pedagógico que ambos autores llevan a cabo por explicar conceptos y términos propios de la crítica textual, no siempre al alcance de los «no iniciados», como se puede comprobar (p. 33, nota 21), con una excelente explicación a «coincidencias exclusivas» y «significativas». Los principios metodológicos de los autores quedan asentados en este mismo apartado (pp. 53-54), al afirmar su interés por «la lectura en sí», por el «qué», en lugar del «cómo», optando por un «prudente recentiores non semper deteriores». Por tanto, y ya en el apartado «Nuestra edición» (pp. 63-74), para asuntos tan controvertidos como la restitución o no de la scriptio plena y el tratamiento de la «ν efelcística» eligen el camino marcado por los propios manuscritos, especialmente los ueteres, dejando de lado criterios apriorísticos que no respeten el testimonio de los papiros o de la epigrafía contemporánea de los propios discursos (pp. 71-74). Finalmente, una «Bibliografía» (pp. 75-80), «Abreviaturas y Conspectus Siglorum» (pp. 81-88), así como la edición -casi maior, por su amplio aparato crítico-del discurso (pp. 89-176), de exquisita presentación (maquetada materialmente, como declaran los autores, por Sandra Romano) y unos «Indices Testimoniorum» (pp. 177-183) redondean un volumen completo, riguroso y útil, pensado para el especialista, tanto como para el estudiante o el mero aficionado a los textos antiguos. Universidad Complutense de Madrid Filón de Alejandría, Obras Completas. Volumen V. Edición dirigida por José Pablo Martín, Madrid, Editorial Trotta, 2009, 358 pp. Con este quinto volumen, el segundo publicado, se continúa la edición de las Obras Completas de Filón de Alejandría. Cuatro son los tratados que ocupan este volumen, Vida de Moisés, I y II, La vida contemplativa, Contra Flaco y Embajada a Gayo, los dos primeros a cargo de José Pablo Martín y los otros dos por Sofía Torallas Tovar, autores ya conocidos por sus estudios y traducciones de escritos filonianos. Los autores agrupan estas obras bajo la etiqueta de escritos histórico-teológicos, si bien en la introducción explican los problemas de esta etiqueta. Realmente es muy complejo el tema de la clasificación de la obra filoniana. Por ejemplo, la edición completa de Filón de Alejandría en la conocida colección inglesa Loeb hace una distribución distinta de estas obras: en los cinco primeros volúmenes se recogen los tratados alegóricos, en el VI, como introducción a las Leyes, que ocuparán del VII al VIII, están las biografías de Abrahán, José y la Vida de Moisés. En el X se incluye la Embajada a Gayo, y en el IX seis obras de diferente tipo, entre ellas Contra Flaco, Vida contemplativa, Sobre la eternidad del mundo, Todo hombre bueno es libre, los fragmentos de Hipotética y la versión armenia de Sobre la providencia. Filón es conocido fundamentalmente por sus múltiples escritos bíblicos, aunque dentro de ellos son muy diferentes aquellos que realizan una interpretación alegórica de las Sagradas Escrituras y aquellos que relatan de un modo expositivo diferentes pasajes bíblicos. Filón de Alejandría también contribuyó a la historiografía judía en lengua griega, como también lo hará Flavio Josefo. A Filón le interesó en especial la historia pasada de su pueblo, pero aportó mucho al conocimiento de la historia contemporánea, como se puede ver en los tratados incluidos en este volumen V. En Sobre la vida contemplativa da interesantes datos y noticias sobre la secta hebrea de los terapeutas, una de las comunidades ascéticas de los judíos egipcios en el siglo I de nuestra era. Como le sucede a todo buen historiador judío, la apología impregna su relato histórico. Compuso diversas biografías, de las que solo conservamos las de Abrahán, José y Moisés. La Vida de Moisés, que se incluye en el presente volumen, tiene poco de obra histórica en sentido estricto, aunque se haga un repaso de la historia de Israel, su pasado, su presente e, incluso, su futuro, destacando la superioridad de la Legislación de los hebreos. En la Vida de Moisés se elogia a este personaje como al hombre más grande y divino de todos los tiempos por ser el artífice de la legislación judía con gran fidelidad a las Escrituras, sin recurrir a las habituales interpretaciones filonianas, y también con una finalidad defensiva y apologética. Los dos tratados históricos, que yo llamaría apologéticos, Contra Flaco y Embajada a Gayo, recuerdan las sangrientas revueltas de Alejandría durante la cuarta década del siglo I y las diferentes embajadas al emperador para interceder por los judíos. Ambos tratados son dos versiones de un mismo asunto histórico-político. En el primero de ellos Filón responsabiliza de la situación a Avilio Flaco, mientras que en el segundo acusa directamente al emperador Calígula. Faltaría, dentro de este grupo de obras apologéticas, no tanto históricas, el escrito perdido Sobre los judíos, conocido también como Apología de los judíos o Hipotética, del que quedan dos extractos citados por Eusebio de Cesarea (HE II 18.6; PE VIII 6-7 y 11.1-18) en los que se sale al encuentro de la crítica gentil contra los judíos, en creciente expansión en el siglo I de nuestra era, a través de una visión racional de la historia del pueblo hebreo. Los dos autores de este volumen V en las introducciones de cada tratado analizan la situación del texto en el conjunto de la obra de Filón, su transmisión, el género literario, su contenido, con un amplio esquema, y una nota sobre la traducción. Básicamente se repite este esquema con variantes en los cuatro tratados, como el apartado sobre los terapeutas en las escuelas judías, en La vida contemplativa, o las reflexiones históricas de los enfrentamientos y sucesos referidos en los dos tratados propiamente históricos, que tienen una introducción común a ambos. Emerita LXXIX 2, 2011, pp. 391-439 ISSN 0013-6662 El volumen se completa con un índice de citas bíblicas, otro de pasajes de Filón y de autores antiguos, y un índice de términos griegos y otro de materias tratadas, en espera de los índices generales que se anuncian para el volumen VIII. Se sigue la edición de Cohn y Wendland (solo se explicita en los dos primeros tratados, aunque se supone que se sigue el mismo texto para todos ellos), y las variantes se indican en nota. Las notas a pie de página, que son más numerosas en los tratados históricos, recogen términos griegos de difícil traducción o precisión, referencias bíblicas y a otros autores y obras de Filón, y se ilustra y explica el contenido con abundante bibliografía. En lo relativo a las citas de autores antiguos no se observa una total homogeneidad: por ejemplo, hay abreviaturas como Leg. de Platón (nota 84, página 57), frente a Leyes (nota 22, página 84), Metaph. de Aristóteles (nota 22, página 33) junto a Metafísica (nota 75, página 171), o las obras de Homero, con abreviatura y sin ella, Od. frente a Ilíada, etc. Aplaudimos esta iniciativa de la editorial Trotta por sacar a la luz una versión española completa, en los ocho volúmenes programados, de las obras de un autor fundamental para los estudios sobre el judaísmo, la Biblia, la Patrística y, en general, sobre el cristianismo, y deseamos ver pronto los nuevos volúmenes con el mismo rigor, nivel y esfuerzo por verter al castellano un texto griego difícil por la complejidad de muchos de sus términos y conceptos. El editor nos ofrece en el presente trabajo solo la parte del primer libro dedicada a las cartas de san Pablo, como resultado inicial de un proyecto que prevé editar la obra completa. Entre tanto, las Complexiones dedicadas a los Hechos de los Apóstoles pueden verse en la edición deficiente de M. R. Capelleri (Roma, 1985) y las dedicadas al Apocalipsis en la más rigurosa de R. Gryson (CCSL 107, Turnhout, 2003). Casiodoro desarrolló una actividad política y cultural solo comparable en su tiempo con la de Boecio y la del papa Gregorio Magno. Desempeñó importantes cargos públicos durante los reinados de Teodorico, Atalarico, Teodato y Vitiges, incluida la regencia de Amalasunta. 540) se retiró al monasterio de Vivarium (Calabria), que él mismo había fundado, para dedicar el resto de su vida a la oración y al estudio. Como escritor ocupa así un lugar sobresaliente en la literatura profana y religiosa de los reinos surgidos en Occidente tras la caída del Imperio romano. Si en el siglo V esos reinos habían comenzado a establecerse y consolidarse, en medio de una situación todavía confusa y fluida, en el siglo VI configuraron una división más clara de territorios: los visigodos en Hispania, los francos en las Galias, los vándalos en África y los ostrogodos en Italia. Aquí, y especialmente bajo el reinado de Teodorico ( † 526), inició Casiodoro una importante carrera pública y esbozó el proyecto político más ambicioso en su tiempo para fusionar los restos del mundo romano con los nuevos pueblos dominadores. En ese reinado también inició una amplia trayectoria literaria, marcada por su tiempo, pues en todas las antiguas regiones del Imperio la literatura comenzó ya a no ser solo greco-romana para volverse progresivamente más «nacional», peculiar de un reino y ligada a sus circunstancias. Este hecho ha quedado reflejado en algunas de sus obras, especialmente en sus cartas oficiales en nombre del rey o de sí mismo (Variae) y en dos escritos profanos de finalidad política: la Crónica, que redactó por encargo del cónsul Eudarico, yerno de Teodorico y candidato a sucederle en el trono; y el De rebus Gothorum, amplio trabajo histórico en honor de la estirpe goda de los Amalos, a la que pertenecía Teodorico, y conservado solo en los fragmentos recogidos por el historiador Jordanes en su Getica. La larga vida de Casiodoro le permitió asistir a cambios de gran importancia en la Italia de su tiempo y en su propia historia personal. En el orden político conoció la paz y prosperidad del reinado de Teodorico; la guerra greco-gótica que sometió Italia a Bizancio; y la dominación longobarda, que provocó miseria y decadencia. En el orden personal pasó de la vida laica de alto funcionario regio con los máximos poderes a la vida retirada monástica, donde escribió sus obras religiosas, para enseñanza de los monjes. Tanto su vida pública como la monacal han determinado y explican su obra literaria. Las Complexiones forman parte del grupo de obras que Casiodoro dedicó a comentar los textos bíblicos para instruir a los monjes de Vivarium, empezando por Emerita LXXIX 2, 2011, pp. 391-439 ISSN 0013-6662 las Institutiones diuinarum et humanarum lectionum, para introducir en el estudio de la Sagrada Escritura. Personalmente elaboró un amplísimo comentario a los Salmos y otros comentarios exegéticos menos ambiciosos, inspirándose en los escritos de Hilario de Poitiers, san Cipriano, Ambrosio de Milán, san Agustín y otros; pero encomendó a sus discípulos espigar notas breves y sintéticas sobre el contenido de las cartas paulinas y elaborar la primera parte de las Complexiones; la segunda, relativa a los Hechos y al Apocalipsis, fue compuesta por Aimón de Halberstadt o de Auxerre, aunque ambas partes figuran a nombre de Casiodoro porque fueron revisadas por él y completadas en algunos casos con notas explicativas personales. A diferencia de otras de sus obras, esta es de naturaleza sintética más que verdade ramente exegética, por lo que ha sido prácticamente desconocida de los comen taristas posteriores. El escrito nos ha llegado solamente en un códice conservado en la Biblioteca Capitular de Verona y datado a fines del siglo VI o comienzos del VII; se debe a la mano de tres copistas distintos y contiene correcciones cuya autoría no ha podido ser determinada. El deterioro que ha sufrido con el tiempo hace que algunos pasajes sean de lectura muy difícil, cuando no imposible. Para ofrecer un texto suficientemente fiable, Paolo Gatti se ha servido de la deficiente edición princeps de S. Maffei (Florencia, 1721, recogida en la Patrologia Latina 70, 1309-1422) y del texto sustancialmente mejorado por P. F. Donelin, en su tesis de la Catholic University of America (Washington, 1971). Una minuciosa confrontación con el original del código de Verona y una sistemática reflexión sobre cada pasaje dudoso han dado como resultado un texto lo más fiel posible, dada la inexistencia de otros códices de la obra. Las palabras e incluso las letras imposibles de descifrar han sido subrayadas por el editor. El aparato crítico que acompaña al texto es necesariamente sencillo, pues para establecer las lecciones variantes de interés, el editor se ha podido servir casi exclusivamente de los textos fijados por los ya citados S. Maffei y P. F. Donelin, cada uno de ellos con sus propios defectos y limitaciones. Se echa en falta en la presente edición un breve estudio de las fuentes patrísticas utilizadas por Casiodoro y sus discípulos en la elaboración de las Complexiones. Con ello el lector dispondría de datos de interés para saber el conocimiento de la tradición exegética cristiana en la Italia del siglo VI, ya sometida a importantes transformaciones de orden político y cultural. Igualmente hubieran sido deseables algunas indicaciones del editor sobre la versión de la Vetus Latina usada por Casiodoro y sus monjes, pues los estudios de esas versiones usadas hasta la implantación de la Vulgata en la Iglesia latina han avanzado notablemente en las últimas décadas y pueden ofrecer interesantes elementos de comparación. Quizá convendría subsanar estas lagunas en la edición prevista del resto de la obra. He aquí dos voluminosos tomos, dedicados a reunir gran parte de la obra menor de un gran maestro, e. P. Poccetti, que fue discípulo suyo en la Universidad de Pisa, ha reunido en ellos 73 de sus escritos menores sobre el latín y las otras lenguas itálicas; los del primero de temas específicamente latinos y los del segundo itálicos, de acuerdo con el enunciado inicial del título. Una colección anterior de trabajos (Saggi di linguistica comparativa e ricostruzione culturale) fue publicada ya en 1999 por otros discípulos. el editor de esta no ha renunciado a incluir aquí algunos de ellos referidos a la italia antigua. el primer tomo, que termina en la p. 599, comprende 39 títulos que se distribuyen en seis grupos bajo los epígrafes de «la preistoria e la protostoria del latino», «latino preletterario e repubblicano», «Varietà del latino», «Contatti con altre lingue», «Questioni petroniane» y «il latino nell 'impero». lo de escritos menores es ciertamente relativo. ahí está el primer trabajo («studi sulla posizione dialettale del latino») que alcanza 115 páginas. importante en el apartado segundo es el titulado «su alcuni caratteri arcaici dell 'onomastica latina»; en el tercero los titulados «elementi dialettali nella fonetica e nella morfologia del latino» y «Due studi sul latino volgare»; en el quinto «osservazioni sulla lingua di Petronio», etc. son excepcionales una intervención ocasional que se reduce a una página y alguna reseña que no cubre las tres. el trabajo inicial sobre la posición dialectal del latín marca la pauta del rigor metodológico con que se implica el autor en las cuestiones tratadas y el buen talante con que interviene en las disputas científicas, alejándose de posiciones radicales. así, el que la hipótesis italocéltica carezca de una base sólida no supone que céltico y latín no compartan notables innovaciones comunes. De la posición del latín en el conjunto indoeuropeo se desciende a sus variedades sociolingüísticas y dialectales, a la vez que se va desgranando conexiones múltiples de su gramática y vocabulario con las itálicas. estas son una cantera inagotable para comprenderlos mejor y a este fin contribuyen también los dialectos latinos. No se trata solo de cuestiones de fonética y de morfología, sino a menudo de significados; p. ej., el testimonio falisco de la palabra socia con el valor de'amante, concubina' ayuda a entender el significado de 'esposa' que alcanza en salustio (p. Ni que decir tiene que el tiempo no pasa en balde y algunas cuestiones han sido replanteadas después con otros criterios. la investigación etimológica ha avanzado y hoy emerita lXXiX 2, 2011, pp. 391-439 issN 0013-6662 sacaríamos algunas palabras de la lista (p. 19), extraída del diccionario de ernout & Meillet, con etimología incierta. el segundo volumen contiene en 400 páginas 34 títulos agrupados en ocho capítulos que versan sobre el concepto de «itálico», problemas metodológicos de clasificación y edición, análisis del texto de numerosas inscripciones oscas, instituciones políticas, jurídicas y religiosas de oscos y umbros, convergencia y contactos en las áreas itálica y mediterránea, los procesos de asimilación lingüística y cultural al mundo romano, las huellas de las lenguas itálicas fuera de italia y diversas relaciones que refleja la onomástica. No hay estudios tan extensos como en el primer tomo; salvo dos reseñas y dos breves trabajos de tres y cuatro páginas, los treinta restantes artículos alcanzan un promedio de doce páginas. Más breves o más largos, todos despiertan un gran interés. el de tres páginas («Un fenicio a roccagloriosa») está dedicado precisamente a una defixio osca publicada y comentada por P. Poccetti. Desde el variopinto solar itálico se multiplican las conexiones con otras lenguas indoeuropeas o preindoeuropeas, como en el caso de *falerno- (lat. palatum, etr. falad-'caelum', ibér. balux 'arena aurífera', etc., p. en suma, entre tantos escritos de épocas diferentes que inciden en una materia común, por amplia que esta sea, no puede menos de haber ciertas repeticiones; p. ej., la alternancia de f-/h-en las pp. 68, 90 s., 95 s., 277 ss., 281, 302 s., 306; pero eso, lejos de entorpecer la lectura, ayuda a consolidar ideas y posiciones. reuniendo este conjunto de trabajos desperdigados por revistas y homenajes, el editor ha rendido un favor impagable a cuantos investigadores se ocupan del mundo itálico antiguo. los dos tomos constituyen todo un monumento a la historia de la lengua latina y de las otras centromeridionales. el segundo tomo se completa con una serie de índices analíticos, distribuidos por conceptos, palabras y nombres propios, autores modernos y autores antiguos. es un amplio conjunto de cuarenta páginas de utilidad imponderable. Universidad autónoma de Madrid Zucchelli, Βruno, Scritti minori. Una simple lectura del índice que precede a los escritos de Zucchelli recogidos en el libro que reseño nos enfrenta con su diversidad; en efecto, los trabajos que se recogen en el volumen, editados con anterioridad en publicaciones diversas entre los años 1962 y 2006, tratan, según el índice, de lingüística (griega y latina), de literatura griega, latina y humanística y de «cultura local» (?); aparentemente demasiados temas para una sola reseñadora. Todos estos trabajos de tan diversa índole, si consideramos el índice, pero, como veremos, no tan diversa como el índice sugiere, van seguidos de un índice analítico, otro de palabras y expresiones griegas, y un tercero de palabras y expresiones latinas. De lingüística griega nos encontramos con un estudio del participio con ἄν en los prosistas áticos en el que se dedica una especial consideración a Tucídides, y a lo novedoso del uso de esta construcción por dicho historiador y con un segundo trabajo, muy breve, solo dos páginas, en el que defiende la composición sustantivo + sustantivo para βιοθάνατος y adjetivo + sustantivo para βιαιοθάνατος. No se ve por qué los editores han intercalado este capítulo entre los dedicados a lingüística latina. En cuanto a los trabajos de lingüística latina son fundamentalmente morfológicos. De ellos, el que estudia la función diminutiva de -lo-, tras presentar un estado de la cuestión, analiza los procesos seguidos por otros sufijos indoeuropeos hasta adquirir el valor diminutivo. También remite el autor al indoeuropeo y lenguas derivadas en el capítulo que estudia las formaciones latinas en -tlo-, -tro-, -dhlo-y -dhro-de género animado, mientras que en el trabajo sobre discolor/concolor se mueve en el ámbito de la lengua latina propiamente dicho. A propósito de la formación misericors/misericordia, que ocupa un nuevo capítulo, el análisis de nuestro autor rechaza la remodelación sobre el griego εὔσπλαγχνος. Concluye negando también la etimología miser + cor para relacionar el primer miembro del compuesto con misereor/ miseret. De literatura griega hay un capítulo en el que el autor muestra su desacuerdo con la teoría sobre el origen de la tragedia, mantenida por H. Schreckenberg en su libro Δραμα. Von Werden der griechischen Tragödie aus dem Tanz, no aceptando fundamentalmente las consideraciones de este último sobre los términos δρᾶν y δρᾶμα, publicado ya en 1962, y un estudio de la existencia, o no, de un «apuntador» en las obras trágicas. El resto de los capítulos analizan respectivamente textos de Polibio, Quión de Heraclea, Plutarco y Apiano. Los dedicados a la literatura latina son más numerosos (diecinueve) y tratan de Lucilio, del anticuario M. Junio Gracano, de Varrón, de Asinio Polión, de Catón y la cultura augústea, de la égloga 7 de Virgilio, de una traducción de la Eneida, de la Triste 2 de Ovidio, que Zucchelli compara con una epístola dirigida por Zamjàtim a Stalin; de Quintiliano y su relación con los Flavios, así como de la fecha de publicación de la Institutio oratoria; en otros capítulos trata de la libertad de expresión, o no, en época de Tito, del teatro del siglo II, de las cartas de Ausonio, y de los escritores y el poder político en la Roma antigua, durante la república y en el periodo augústeo. Pasando a la parte correspondiente a la literatura humanística, el autor se ocupa en uno de los capítulos de una epístola de Petrarca (fam. 24, 9) a Asinio Polión; en otro encontramos un trabajo sobre «Petrarca, Plutarco y la Institutio Traiani»; un tercero estudia el Orfeo de A. Telesio atribuido a Casio Parmense; y en un último Emerita LXXIX 2, 2011, pp. 391-439 ISSN 0013-6662 capítulo titulado «Un uomo per tutte le stagioni» se hacen consideraciones sobre la película de Zinneman del mismo título (A Man for All Seasons) de 1966 sobre Tomás Moro. No se ve muy bien por qué los editores incluyen la consideración del trabajo de Zinneman en la sección correspondiente a literatura humanística. El artículo estudia el recorrido literario de la expresión omnium horarum homo, presente en Asinio Polión, al que alude Quintiliano. Expresiones alusivas a la citada se encuentran en Cicerón y en Suetonio y también, como señala Zucchelli, en la epístola introductoria al Elogio de la locura de Erasmo dirigida a Tomas Moro, en la que hace referencia a la facilitate... cum omnibus omnium horarum hominem agere del destinatario. Y encontramos de nuevo la expresión referida al inglés en una carta que Erasmo escribió en 1521 a G. Budé: uix alium reperies, qui magis omnibus omnium horarum homo... La definición erasmiana de Moro fue traducida al inglés como a man for all seasons, y esta expresión inglesa fue recogida por Robert Bolt como título de una obra teatral escrita para la BBC y emitida en 1959, representada después en Londres en 1960. Posteriormente Zinneman trasladó al celuloide el drama de Bolt. Estamos, pues, a mi juicio, ante un trabajo sobre tradición clásica o pervivencia y no ante un trabajo de literatura humanística. Menos clara, aún, es la presencia en el libro de una sección relativa a «cultura local»; el hecho de que alguno de los autores estudiados proceda de Parma, de que se hable de circunstancias políticas, sociales y culturales de la Galia Cisalpina, de que se interpreten inscripciones romanas encontradas en Parma y de que se considere un topónimo de época medieval relativo a dicha ciudad no justifica la existencia de tal sección; creo que la circunstancia de que el autor haya sido en un momento dado ordinario de la Universidad de Parma no da pie para incluir en «cultura local» trabajos que, como veremos, son de literatura romana, de historia antigua y de epigrafía y toponimia romanas, respectivamente; de ahí que la lectura del índice del libro haga pensar inicialmente en algo más ajeno a nuestro mundo clásico y mucho más misceláneo. El capítulo «Cassio Parmense, poeta e difensore della libertà reppublicana» considera las relaciones políticas de dicho autor con sus contemporáneos César, Cicerón, Bruto y Casio, Sexto Pompeyo, Marco Antonio y Octaviano, destacando su constante oposición al dictador, a la vez que reflexiona sobre su obra literaria, tragedia, elegía y epigrama; creo que a este trabajo le correspondería la inclusión en la sección «Civiltà letteraria latina». Un segundo capítulo analiza la cultura de la Galia Cisalpina durante la tardía república, reflexionando sobre la romanización del territorio, sus circunstancias históricas en el siglo I a. C., sus relaciones con César y la política posterior de Augusto, así como aspectos religiosos y lingüísticos, sus logros literarios en los distintos géneros y la existencia de personalidades literarias procedentes de esta provincia, como Valerio Catón, Furio Bibáculo y Volusio entre otros; creo que este capítulo, junto con los capítulos que estudian inscripciones latinas sobre romanas de bronce encontradas en un colegio de Ursulinas y depositadas posteriormente en el Museo Arqueológico de Parma y un capítulo final que se ocupa de un antiguo nombre de Parma, Chrysopolis, corresponde, más que a «cultura local», a una sección, esta sí miscelánea, que se titulase, por ejemplo, «Historia Antigua, epigrafía, toponimia, etc.» y que no despistaría a quien, nada más abrir el libro, se encuentra en el índice un «Cultura locale» que no hace pensar en el mundo clásico. Pero es mi opinión que, evidentemente, no coincide con la de los editores. Universidad de Santiago de Compostela Con un título más bien ambiguo y enigmático, aclarado por el subtítulo, el profesor A. Camerotto, de la Universidad de Venecia, ha escrito un bonito libro en que especifica las características del héroe en la tradición griega arcaica y las características, también, de su tratamiento literario. El libro presupone todo lo que se ha escrito sobre dicción formularia y oralidad, y se centra en la Ilíada. La Odisea figura solo en segundo plano y el resto de la épica (y de su descendencia en la lírica y el teatro) apenas es tocado. Es un libro erudito, lleno de citas griegas con notas igualmente eruditas, que se lee bien. El tema central es el de enlazar la leyenda tradicional sobre el héroe y su personalidad con la literatura de base oral y tradicional, pero ya escrita: la Ilíada sobre todo, como he dicho. Parte de la leyenda heroica (κλέα ἀνδρῶν), para pasar a ocuparse de las tramas tradicionales (οἶμαι), siempre bajo la inspiración divina de la Musa, que confiere al cantor un carácter social privilegiado. Estas οἶμαι se centran en nuestro caso, en primer lugar, en la μῆνις y el χόλος, la ira y la cólera; en la ἅλωσις y πέρσις, la toma y destrucción, de las ciudades; y en el tema del νόστος o retorno de los héroes. 31) estudia la ἀοιδή o canto, realización concreta de una οἴμη. Hay esquemas narrativos ampliamente difundidos, tales como la πρότασις o proe mio, exposición previa de la trama que a continuación va a desarrollarse. Todo esto en el capítulo I. El II se centra en el gran tema de la ἀριστεία, las hazañas de un héroe determinado. Los elementos integrantes se multiplican a veces, por ejemplo, la comparación con los dioses (con Ares especialmente). La ἀριστεία es la estructura temática fundamental de la épica, organiza motivos tradicionales. Tiene constantes que van de la armadura del héroe, los encuentros secundarios, la fuga del enemigo, la herida del héroe, la intervención del dios, la monomaquia, a la lucha en torno al cuerpo del caído (p. Todo a través de infinitas variantes que nuestro autor persigue. 83 ss.) se refiere a los epítetos de los héroes y su significado en la acción. Se recuerda su expresión formularia. Pasan, a veces, de recoger rasgos característicos de un determinado héroe y de su acción, a cobrar un valor más bien decorativo, simplemente épico. Pero no se trata solo de epítetos, también a veces de rasgos de comportamiento como el lanzar el grito de guerra (p. 92) o comparaciones divinas. Todo esto nos lleva a un plano muy especial, épico en general, dentro del cual se mueven los héroes individuales y los dioses. Se estudian muy particularmente (pp. 100 ss., 129 ss.) los símiles con Ares en varios momentos de la acción de Héctor. De todos modos, siempre se está, en el caso de los grandes héroes, en el tema del furor del ἀριστεύων victorioso. Y en rasgos comunes, epítetos como ὄβριμος. Es muy notable el capítulo IV, p. 141 ss., sobre los animales «heroicos», ejemplificados con el jabalí. Hay, pues, la superior humanidad del héroe, comparado al dios y a animales como el jabalí o el león. Todo esto es importante para la caracterización de la epopeya y del propio héroe, así como del mundo a que pertenecen, que es humano y más que humano. Habría que completarlo con referencias al mundo oriental (el Gilgamés, etc.), a la continuidad posthomérica, a la humanidad no heroica en Homero y, como se ha hecho varias veces por varios autores, a la creación de una nueva humanidad en personajes como Héctor y Patroclo y el mismo Aquiles en la escena final con Príamo. 169 ss.) se refiere al retorno del héroe, el νόστος, muy especialmente el de Odiseo. Nuestro autor busca similitudes con la Ilíada, pero no deja de señalar grandes diferencias. Insiste en la repetición de la presentación de los relatos y en el hecho de que el principal νόστος, el de Odiseo, termina en realidad cuando arriba, el único tripulante vivo, a la ribera del país de los feacios, si bien es cierto que sigue otra ἀριστεία: la victoria sobre los pretendientes, que culmina con la recon quista del reino. En ella hay una serie de episodios bastante disímiles. En realidad, la Odisea es un poema muy diferente de la Ilíada, quizá esto no se subraye sufi cien temente en nuestro libro. El último capítulo, el VI (p. 195 ss., «Los signos épicos, las historias y la gloria»), toca un tema emparentado, el de los «signos» del héroe, entre ellos el κλέος o fama, gloria. Concluye el autor afirmando que el mismo hecho de que la Ilíada y la Odisea sean obras escritas, aunque de base tradicional, les da un carácter extraño a la diná-mica compositiva del canto. Los «signos» del episodio de Belerofontes, por ejemplo, im plican una calificación más compleja dentro de poemas «largos». Libro interesante este si los hay, merecedor de lectura por quien se sienta atraído por el tema de la épica. Tema más amplio, por lo demás, ya dije, que la Ilíada, que es el central del libro. En ella el mundo especial de los héroes, entre el simplemente humano, el de los dioses y el de los animales heroicos, es el que destaca. Aunque no, insisto, el único, menos en la Odisea. Para quienes estamos convencidos de que cuanto más sepamos sobre el contexto en el que se representó una composición lírica en la antigua Grecia, mejor la entenderemos, nos debe resultar interesante la propuesta que se plantea Arlette Neumann-Hartmann en el libro que reseñamos: intentar determinar de la manera más precisa posible el «lugar de representación» (Aufführungsort) y, dentro de él, el «contexto o marco de representación» concreto (Aufführungsrahmen) de los epi nicios. El libro (tesis doctoral revisada de la autora) se propone estudiar, en conjunto y de manera sistemática, un tema ya suscitado por los pindaristas decimonónicos y objeto de numerosos y excelentes trabajos parciales en las últimas décadas. Emerita LXXIX 2, 2011, pp. 391-439 ISSN 0013-6662 debemos tener en cuenta otros dos posibles «marcos de representación», que son los dos propuestos habitualmente para la lírica arcaica en general, es decir, por un lado la ceremonia festivo-religiosa pública (la proclamación del vencedor en el lugar de la victoria y la fiesta de recepción y/o la ofrenda de acción de gracias cuando el vencedor regresa a su patria) y, por otro lado y con un carácter más privado o grupal, el banquete de celebración del triunfo (ya sea el que tenía lugar en el propio santuario, ya el que celebraba el vencedor o su familia en su ciudad). Y la autora se plantea también, con buen tino, la posibilidad de que un mismo epinicio fuera representado más de una vez, en lugares o marcos de ejecución diferentes, aunque lo cierto es que, como Neumann-Hartmann reconoce, nuestra información al respecto es prácticamente inexistente. En cada epinicio, Neumann-Hartmann intenta deducir datos que le puedan servir para su propósito estudiando los siguientes aspectos: el «modo de representación» (fundamentalmente, el carácter coral o mixto de la ejecución, lo que supone ya por sí mismo un muy difícil problema); las alabanzas que se hacen del vencedor; el relato mítico que elige el poeta; los dioses que aparecen mencionados en el poema; las alu siones al público; y, finalmente, el empleo de ciertas expresiones verbales que pueden servir de apoyo para la determinación del lugar y el marco de representación, como el uso de pronombres deícticos y adverbios locales y temporales (por ejemplo, expresiones como τάνδε νᾶσον en el v. 65 serían indicio de que la Istmica 6 de Píndaro se habría representado en Egina), las metáforas empleadas (por ejemplo, relacionadas con el banquete en el caso de epinicios repre sentados en ese marco), etc. En nuestra opinión, el método utilizado permite conducir a conclusiones especialmente válidas en los casos de los epinicios en los cuales la suma de los diferentes argumentos apunta a un mismo lugar y contexto de representación (y a este respecto, como ya se indicó anteriormente, la autora muestra una prudente cautela al centrar su estudio en aquellos epinicios cuyo lugar y contexto de representación es posible precisar con menor inseguridad). Porque, obviamente, no todos los argu mentos tienen el mismo peso ni pueden aplicarse con la misma seguridad. Muy importantes son las alusiones que, ya sea en el relato mítico o en otras partes del epinicio, permiten relacionar su representación con un determinado dios y un determinado culto, una línea de investigación que en las últimas décadas ha sido particularmente fructífera y que la autora explota convenientemente en su estudio. También pueden ser de utilidad los criterios meramente formales, como la extensión y complejidad de los epinicios. En efecto, un poema largo y complejo difícilmente podría haber estado destinado a ser representado en el propio lugar de la victoria atlética, poco después de obtenido el triunfo, pues el tiempo necesario para su composición invita más bien a pensar en una representación en la patria del vencedor. Esto es claro especialmente en los casos en que un mismo triunfo atlético Emerita LXXIX 2, 2011, pp. 391-439 ISSN 0013-6662 es cantado en dos epinicios, uno breve representado en el lugar de la victoria y otro largo destinado a una fiesta privada o pública en la patria del vencedor (Baquílides 1 y 2; Baquílides 4 y Píndaro, Pítica 1; Píndaro, Olímpicas 10 y 11). Más complicadas resultan las cosas cuando nos encontramos con dos epinicios breves que celebran la misma victoria (6 y 7 de Baquílides). En este caso, además, el proemio del poema más extenso (7) parece apuntar a una representación en Olimpia, lo que significaría que, en contra de lo que es habitual y esperado, Baquílides habría compuesto para ser representado en la gran fiesta de celebración en la patria del vencedor un brevísimo epinicio de un par de estrofitas (6). Neumann-Hartmann no discute este problema, a pesar de que en Baquílides 6.14 encontramos una de esas expresiones que la autora considera especialmente significativas para ubicar la representación de un epinicio en un determinado lugar y contexto: el poeta afirma que su himno celebra a Lacón de Ceos προδόμοις ἀοιδαῖς («con cantos entonados ante tu casa»), lo que implicaría una representación en la casa del vencedor (cf. Nemea 1.19-20 ἔσταν δ ̓ ἐπ ̓ αὐλείαις θύραις / ἀνδρὸς φιλοξείνου καλὰ μελπóμενος, con el comentario de Neumann-Hartmann en pp. 40-42 y 139; y sobre todo Nemea 9.3 ὄλβιον ἐς Χρομíου δῶμα, con el comentario de pp. 42-43 y 135)1. También son problemáticos los casos en los que una misma victoria es cantada en dos epinicios largos, obras respectivas, además, de dos poetas diferentes. Es lo que ocurre con la Olímpica 1 y el epinicio 5 de Baquílides, que celebran una misma victoria ecuestre de Hierón obtenida en el año 476; Neumann-Hartmann asigna a Olímpica 1 una representación en un «Festmahl im Haus des Siegers», mientras que para Baquílides 5 defiende también una representación en Siracusa, aunque en un «Aufführungsrahmen unbekannt», y no discute el problema de si Hierón encargó ambos poemas o bien Baquílides envió espontáneamente su epinicio a Hierón para ganarse el favor del tirano, como han sostenido, entre otros, Wilamowitz, Schadewaldt, Körte, Steffen o Brannan a partir del proemio del poema, que inter pretan como una presentación de Baquílides a Hierón. Un problema similar e igualmente difícil de resolver se plantea en el caso de la Nemea 3 de Píndaro y el epinicio 13 de Baquílides, que también celebran un mismo triunfo, el conseguido por Píteas de Egina; Neumann-Hartmann asigna como contexto de representación al epinicio 13 un genérico «Feier in Heimat», mientras que para la Nemea 5 propone, con dudas, la representación en el egineta santuario de Eaco2. También se ha discutido si fue o no un encargo formal de Hierón a Baquílides la composición del epinicio 4, destinado a celebrar la misma victoria que canta Píndaro en su Pítica I; en este caso, sin Emerita LXXIX 2, 2011, pp. 391-439 ISSN 0013-6662 embargo, parece indudable que el breve poema de Baquílides fue representado en Delfos, inmediatamente después del triunfo, mientras que la repre sentación del más largo epinicio de Píndaro tuvo lugar ya en la recién fundada ciudad de Etna, donde probablemente fue cantado también, como defiende Gentili, un encomio compuesto por Baquílides para la ocasión (fr. 20C), aunque no en una gran ceremonia pública, como la Pítica I, sino en un más restringido banquete privado3. Así pues, muy a menudo resulta complicado determinar con exactitud el lugar y el contexto de representación de un epinicio. No es infrecuente que los argumentos de más peso, como los que acabamos de comentar, ofrezcan problemas de inter pretación; y tampoco es infrecuente que otros argumentos adicionales que podrían apoyar una determinada conclusión no resulten del todo definitivos, si se consideran aisladamente. Por ejemplo, Neumann-Hartmann observa que en los epinicios cuya representación pudiera ubicarse en un banquete en casa del vencedor hay una cierta tendencia a la presencia de alusiones al banquete o al uso de metáforas relacionadas con él (es claro, por ejemplo, en Nemea 9.48 ss. o en Istmica 6.1 ss.); pero, por sí sola, la presencia de alusiones a banquetes no es indicio de representación en ese contexto (cf., por ejemplo, Istmica 4.61, epinicio para el que se propone una representación en un santuario). De manera semejante, tampoco deben entenderse necesariamente en sentido literal determinadas expresiones que forman parte del lenguaje tópico del epinicio, como ya estudiara Schadewaldt (cuyo Der Aufbau des pindarischen Epinikion, Halle, 1928, es la única ausencia notable que hemos apre ciado en un libro magníficamente documentado como el de Neumann-Hartmann); así, de expresiones del tipo «he venido para celebrar» (Olímpicas 7. Y, en fin, tampoco del estudio de las alabanzas que se hacen del vencedor, su familia o su patria se puede deducir una información que sea determinante para precisar el lugar y el contexto de representación de un epinicio, como creemos que se deduce del estudio de Neumann-Hartmann y nosotros ya defendimos en los capítulos de nuestra tesis doctoral que dedicamos a esas partes del epinicio (Estructura de la oda baquilidea, Madrid, 1986). Así pues, la interpretación de los datos individuales que, dentro de un epinicio, pudieran informarnos sobre el lugar y el contexto en que fue representado resulta Emerita LXXIX 2, 2011, pp. 391-439 ISSN 0013-6662 a menudo insegura. Si tenemos en cuenta, además, que apenas contamos con informaciones externas al propio epinicio que nos puedan ayudar, concluiremos que el único camino para obtener conclusiones verosímiles sobre el lugar y el contexto de representación de los epinicios es llevar a cabo un estudio global como el que ha realizado Arlette Neumann-Hartmann, un estudio en el que se analizan de manera precisa y sistemática todos los datos (los de más peso y también los que pueden ofrecer un apoyo adicional) y, a partir de su consideración de conjunto, se intenta llegar a conclusiones lo mejor fundadas que sea posible. Y en este sentido creemos que el libro cumple plenamente los objetivos que su autora se había propuesto. Aunque no se presenten así mediante una enumeración (tampoco esta existe para los capítulos), está conformado en dos partes: una, predominantemente analítica, pero no exenta de interpretación, y otra, predominantemente interpretativa, en la que se aborda el conjunto de las dos piezas, se seleccionan determinados temas y quedan puestas en justo relieve las conclusiones más originales de la investigación. La primera parte, en cuya lectura debo confesar que he sentido un especial deleite, se compone de un primer capítulo de carácter histórico-contextual, bajo el título «Tra elogio ed ekphrasis», que, aun precediendo a lo que es la introducción propiamente dicha, es reflejo anticipado de la interpretación global y conclusiva del estudio; en Emerita LXXIX 2, 2011, pp. 391-439 ISSN 0013-6662 dicho capítulo se trata la génesis del díptico formado por Imagines y Pro imaginibus y se hace una presentación breve de las obras de Luciano con ekphrasis. Siguen dos capítulos centrales en los que se lleva a cabo el análisis de las dos obras, partiendo de una detallada paráfrasis que es acompañada de una traducción del texto, ambos progresivamente introducidos para una cómoda lectura, y elevándose en la interpretación a lo que pudiéramos calificar de comentario, pero que no lo es en el sentido tradicional, desde el momento en que se evidencia una lectura «interesada» y se privilegian unos aspectos sobre otros. Aflora en este análisis la insistencia en la forma cerrada como díptico de las dos obritas, con continuos reclamos de la una a la otra, que, aunque especialmente evidentes en la segunda respecto a la primera, se dan en ambas direcciones. A ello contribuye también la intervención «quiasmática» de los personajes del diálogo: Licino -Polístrato (Imagines) -Polístrato -Licino (Pro Imaginibus). La estructura de Imagines y los materiales de la mímesis procedentes de fuentes iconográficas y literarias son presentados cuidadosamente en el segundo capítulo. En cuanto que en este opúsculo es central la ekphrasis de Pantea, la ekphrasis como procedimiento literario ocupa el centro del capítulo, con evocación de las teorías de los rétores respecto a su definición, con un cuidadoso análisis lingüístico de la mímesis artística y literaria (es muy interesante la presentación de los términos de la ekphrasis que son bivalentes para las dos) y con continuas referencias a las limitaciones del arte frente a la escritura o la palabra en la representación de la realidad, preconizando Luciano la superioridad de las segundas. La figura de Pantea es el producto de una mímesis ecléctica y, a pesar del «aparente» intento de los dos interlocutores, Licino y Polístrato, de dibujar una figura «excepcional» y «sobrehumana», pero de rasgos precisos, físicos el primero y psíquicos el segundo, el resultado es una figura desdibujada y etérea, voluntariamente querida así por Luciano. El tercer capítulo está dedicado al Pro imaginibus, cuya forma de dos discursos enfrentados, con un breve interludio de intercambio verbal, evoca claramente un proceso judicial. Es aquí donde Luciano incorpora el enjuiciamiento de su propio quehacer literario y de su proyecto concreto para la primera obra del díptico, Imagines; también de Pro imaginibus se obtiene para Imagines el juicio del propio Luciano, que parece definirla como «encomio». Es como si todo el díptico estuviera en función del discurso de Licino en la segunda parte de Pro imaginibus, discurso en el que las dotes retórico-sofísticas y el bagaje literario de Luciano -la «prueba judicial» mayor, utilizada en su propia defensa, es la propia práctica literaria de Homero-son puestos en juego en la defensa del «elogio ecfrástico» realizado en Imagines, con el máximo rendimiento y el mejor resultado. La debilidad del acusador -la figura híbrida de Polístrato (que asume un nuevo papel) y Pantea-y de sus argumentos -la hipérbole en la presentación de los méritos físicos y psíquicos puede devenir en kolakeía, no en elogio-se revelan en un discurso que resulta plano; en cambio, emerita lXXiX 2, 2011, pp. 391-439 issN 0013-6662 el nivel estilístico, los recursos verbales y dialécticos para desbaratar los argumentos esgrimidos en lo que más que una acusación es una änaskeu¤, refutación del elogio físico y psíquico elaborado en Imagines por ambos interlocutores, son explotados al máximo en el de licino, una verdadera kataskeu¤ o confirmación, resultando una defensa del propio proceder creativo de luciano y de su resultado en el «encomio ecfrástico» de Pantea, que se desvela eficaz. Creemos que aquí luciano, aunque Cistaro no los haya evocado en el libro, está haciendo uso de los recursos proporcionados por estos dos ejercicios progimnasmáticos que ocupan un importante lugar en la propedéutica retórica. Varios temas son explotados brillantemente en la que yo considero la segunda parte del libro: uno, de gran alcance, el de la recepción de Imagines y Pro Imaginibus y las reflexiones de luciano, expresadas también en otras obras, sobre el lector, los distintos tipos de lector y el lector reclamado por él para sus obras: el πεπαιδευμένος, que sabe recuperar los materiales de los que una obra está hecha, figurarse el proceso de creación de la misma y valorar los elementos que contribuyen al resultado de obra literaria artística, no quedándose solamente con la «novedad» de lo creado; todo lo cual tiene implicaciones muy claras en estos dos opúsculos. Οtros temas son la hábil recreación de un proceso legal en el Pro imaginibus y las evocaciones del mundo del teatro en este mismo opúsculo. el último capítulo presenta las claves de la interpretación del díptico a la que M. Cistaro se adhiere. la frase inicial, a modo de pórtico, del capítulo, «un messaggio, di qualunque natura esso sia, non ha ragione di esistere se non in funzione della sua ricezione», que delata su adherencia a la Rezeptionsästhetik, en la que la relación texto-lector, como objeto de estudio, desplaza a la de autor-texto, es elocuente. a poner de relieve la intertextualidad integrativa en la elaboración de la figura de Pantea, pero también a una reflexión metatextual sobre la mixis, sobre el híbrido que resulta ser la figura de Pantea y que resultan ser también Imagines y Pro imaginibus, con la evocación por parte del lector de diversos híbridos metaliterarios, está destinado este capítulo. las «Conclusiones» finales son clarificadoras del método y de los resultados del estudio. entre ellas queremos destacar, para finalizar esta reseña, la de que la imagen resultante de Pantea es una imagen desvanecida (el título del libro «sotto il velo di Pantea» parece querer evocar ese carácter, aunque también alude a otros referentes artísticos de la ekphrasis). la comparación entre los procedimientos utilizados en Imagines y los cánones del discurso encomiástico han llevado a la autora a ilustrar de qué modo la identidad y particular estatus del destinatario de la alabanza (la favorita del emperador) habían condicionado todo el díptico. la estructura dialógica y la «impostazione ad enigma» resultan funcionales para connotar cualquier apreciación respecto a la favorita de lucio Vero como algo absolutamente gratuito y desinteresado, y la incómoda identidad del laudandus ha inducido a luciano a omitir de manera casi Emerita LXXIX 2, 2011, pp. 391-439 ISSN 0013-6662 completa los topoi biográficos y a privilegiar la sección ecfrástica, resultando la obra literaria un divertissement. C., año de la estancia en Antioquía de Luciano, así como del emperador Lucio Vero y de Pantea, señalada en el capítulo introductorio como de posible referencia para el encomio, deja pues de tener interés para una datación, así como para la finalidad de los opúsculos. Siguen una bien nutrida «Bibliografía» y un «Índice» de pasajes citados. En el interior del volumen, en el capítulo relativo a la ekphrasis de las cualidades físicas de Pantea, se han incorporado cuatro «Tavole» relativas a esculturas. Mestre, Francesca y Gómez, Pilar (eds.), Lucian of Samosata. Excelente y muy oportuna la idea de celebrar un simposio, que tuvo lugar en Barcelona en 2010, sobre Luciano en su doble perspectiva de escritor griego y ciudadano romano. Quizá no haya otro ejemplo, si se prescinde de Plutarco, para estudiar este juego, sofisticado y difícil, de las dos mentalidades, griega y latina, que convivían dentro del imperio romano. No estuve en el Congreso, sencillamente no tenía nada adecuado a mano, y casi lo celebro, así puedo verlo en conjunto desde fuera. Un prefacio de Francesca Mestre relaciona el Congreso y el trabajo sobre Luciano en Barcelona con el hecho de que empezáramos a publicar el Luciano de «Alma Mater» con ellos, en realidad fue una iniciativa de Alsina y también de Bassols, que fundó la colección en el Consejo Superior de Investigaciones Científicas, yo no he hecho más que suceder y continuar la relación con el grupo, la empresa va adelante. Pero debo repetir lo que dice Carles Miralles en otro trabajo introductorio: que el mérito primero fue de José Alsina, dedicándose a Luciano y creando un grupo de estu diosos en torno a sí. Y de él mismo, yo añadiría, cuando continuó esa dedicación al morir Alsina, excelente helenista y amigo. Si yo tengo algún mérito en este tema es que contribuí a hacer a Alsina catedrático de Barcelona (a mí, antes, Bassols, del Cardenal Cisneros de Madrid, y director de «Alma Mater»). Alguna relación hemos tenido y me alegra poder decirlo ahora. El libro recoge 16 excelentes trabajos en inglés, francés, italiano, catalán y español, tras los tres trabajos de presentación iniciales. Y al final incluye uno, muy bien ilustrado, sobre Luciano en la Biblioteca Universitaria de Barcelona, a cargo de Lluís González y Laura Bofill. Y se cierra con una «Bibliografía», un «Index Locorum» y un «Index Nominum». La edición es excelente. Quizá es más fácil en el caso de los de la segunda parte «Lucian the citizen»: la relación de Luciano con Lucio Vero y Marco Aurelio (Alain Billault), los problemas de un ciudadano romano de lengua griega (Catherine Darbo-Peschanski, Francesca Mestre y Eulalia Vintrò), su relación, en tanto que sofista y conferenciante, con los viajes (Javier Gómez Espelosín), el tema de Anacarsis (David Konstan), su relación con Egipto y sus dioses (Alain Martin), la problemática de las lenguas extranjeras (Bruno Rochette). Son buenas aportaciones a los respectivos temas. Pero los problemas de la parte primera, «Lucian the writer», son más complicados. Porque Luciano es un escritor aparentemente simple, pero en realidad muy complejo: se nos escapa entre sus bromas. Es escéptico, pero también crítico del escepticismo (Maurο Bonazzi, Baudouin Decharneux), habla del pseudos o ficción, pero hay en ello mil matices (Isabelle Gassino) y otros tantos en lo relativo a la última realidad del simposio: la comida, que es la verdad, más que tanta sutileza (Pilar Gómez y Monserrat Jufresa), el cómo entender que llame sofista a Cristo (Orestis Karavas), el uso complejo de los supuestos nombres de autor (Karen Ni-Mheallaigh). ¿Y qué decir del tema de la meta morfosis en el relato de Lucio y el asno, que tiene tantas interpretaciones y sentidos (Tim Whitmarsh)? En fin, se trata de un libro interesante en torno al pensamiento burlón y serio, sin duda un tanto amargo, de Luciano. Volumen 312 de la prestigiosa «Collection Latomus», fundada por M. Renard en 1939, dos años después que la revista del mismo nombre consagrada a los estudios latinos, la monografía de Gordon L. Fain supone una certera reflexión sobre el desarrollo de la composición formal del epigrama clásico, desde las inscripciones arcaicas griegas hasta Marco Valerio Marcial. El primer capítulo está dedicado a Catulo, modelo par excellence de la escritura epigramática antigua y ejemplo, por encima de todos, de rigor en la construcción. Luego, a partir del segundo capítulo, se aborda la diacronía del género, empezando por el epigrama prehelenístico y la elegía breve (Simónides, Sylloge Theognidea), siguiendo con Calímaco y terminando con Marcial. De cada una de esas fases se estudia con detenimiento la organización interna del epigrama, sus comienzos y sus finales, cualquier detalle compositivo que ayude a ver cómo funciona su estructura, cuál es su mecanismo, cuáles son las claves últimas de su entidad. La elección de Calímaco de Cirene me parece esencial, pues su corpus de 63 epigramas es una referencia inexcusable al respecto, dado que representan la quinta esencia de lo epigramático. Con Calímaco nace, además, el epigrama erótico, que tal vez tenga su culminación expresiva en el epigrama 13 Gow-Page (43 Pfeiffer, AP XII 134), aquel que cuenta cómo el huésped tenía una herida oculta y cómo el poeta la descubre porque conoce bien los síntomas de ese mal («ladrón yo, reconozco las huellas de un ladrón»). El análisis formal de esa pieza revela en el poeta un abanico de elecciones sintácticas y semánticas que se harán tópicas e imprescindibles a partir de ahí en la evolución del epigrama grecolatino. Los cierres son importantísimos, hasta el punto de que constituyen uno de los elementos fundamentales, si no el fundamental, de la estructura epigramática. Calímaco es la piedra angular del epigrama antiguo (junto a Meleagro y Leónidas de Tarento, Asclepíades y Posidipo). Sin el de Cirene, Catulo no hubiese llevado el género al cielo conceptual y formal en que lo sitúa, dejando en manos de Marcial, tan deudor del poeta de Verona, el impulso definitivo. En el itinerario, los diferentes engranajes compositivos han ido ampliándose -aunque, quizá, no mejorándose, pues los tres grandes maestros colocan el listón igual de alto, sin que existan criterios objetivos para clasificarlos en un ranking que no sea el del gusto personal-, hasta crear un repertorio de ingenios retóricos auxiliares que configuran el espacio propio del epigrama, su específica geografía, los rasgos que definen su carácter. Resulta muy original y novedosa la perspectiva formal desde la que Fain enfoca el hecho epigramático, acudiendo con provecho a la estadística en diferentes ocasiones, como cuando señala que el 19% de los epigramas de Catulo terminan con un vocativo, mientras que la presencia de este caso en los cierres es mucho mayor en Asclepíades (39%) y en Calímaco (47%). Este tipo de análisis nos conduce a mejorar nuestro conocimiento de los resortes que mueven el epigrama clásico, ayudándonos a identificarlos y a calibrar su relevancia o irrelevancia según su grado de influencia en este o en aquel epigramatista. Writing Epigrams es, en resumen, una muy valiosa contribución a la historia del poema breve, que, sub specie epigrammatis, adquirió en Grecia y Roma, con el paso del tiempo (desde la Sylloge Theognidea hasta Marcial), unos matices estilísticos y unas derivaciones formales que convertirían el género en un dechado de perfecciones expresivas. Una lista de obras citadas de forma abreviada, una amplia y actualizada bibliografía, un índice de poemas citados y un índice temático general -especialmente bien trazado-clausuran un volumen de gran interés para profundizar, desde el punto de vista de la composición, en una de las grandes aportaciones de la cultura clásica a las letras universales: el epigrama grecorromano. A razón de una por año, desde 1997 se celebran en Sársina, patria de Plauto, las Lecturae Plautinae Sarsinates, encuentros dedicados monográficamente a una de sus comedias. Este duodécimo volumen está dedicado a una de las obras más conocidas de su autor y seguramente la más representada en la actualidad: Miles gloriosus. LUis aLBErto dE cUEnca Tras una breve presentación, Renato Raffaeli, en «A proposito del Miles gloriosus», ofrece a modo de prólogo una traducción del argumento acróstico de la comedia, cuyo contenido es, además, brevemente comentado. Editada con esmero por sus responsables, la publicación presenta siete contribuciones de extensión e interés desigual. La primera de ellas es el exhaustivo y muy documentado trabajo «La maschera del miles gloriosus: dai Greci a Plauto» (pp. 17-40), en el que G. Mastromarco analiza con pormenor la figura de Pirgopolinices, el más representativo de los milites gloriosi, y aborda el asunto de los antecedentes de la máscara del soldado en el teatro latino: evidentes en la comedia nea y en la media, resultan menos claros en la comedia arcaica, pues, si bien podemos encontrar el personaje de Lámaco en los Acarnienses, según pretende la crítica, estaríamos más bien ante la parodia de una figura histórica. Sin embargo, según defiende Mas tromarco, el objetivo de Aristófanes habría sido más bien caricaturizar el prestigiado estereotipo del héroe épico, con el referente casi seguro de Tersites, quien anticipa algunos de los rasgos que caracterizan a este personaje-tipo en Plauto. Con una orientación del todo diferente, W. de Melo se ocupa en «Scies (Mil. 1365): variazioni accidentali?» (pp. 41-52) de algunas variaciones morfológicas en el paradigma verbal latino, en concreto de la alternancia del futuro simple de la cuarta conjugación: scies/scibis (que también ofrece alternancia en el pretérito imperfecto), para tratar de identificar si las formas scibis y seruiebas eran ya sentidas como arcaicas en tiempos de Plauto. La situación, compleja, es descrita con gran claridad y acierto, si bien esta lección de morfología histórica posee una relación muy tangencial con la temática del volumen. Y otro tanto cabe decir de la contribución de G. Guastella, «Pirgopolinice, Trasone, Ralph Roister Doister: evoluzioni di un paradigma classico» (pp. 53-109), que, como es habitual en esta serie, se ocupa de la pervivencia de la obra plautina en la literatura posterior. Si bien es apreciable este amplísimo análisis -que ocupa casi un tercio del número total de páginas del libro e incluye ¡142! notas a pie de páginaacerca de la presencia del elemento teatral latino en Ralph Roister Doister, importante obra de Nicholas Udall tanto para el teatro inglés como para la recepción del teatro latino en las literaturas europeas, uno no acierta a comprender la pertinencia en este volumen de un trabajo de la extensión mencionada que se dedica a entresacar Emerita LXXIX 2, 2011, pp. 391-439 ISSN 0013-6662 elementos del Eunuco de Terencio en el drama inglés e insiste hasta la saciedad en la idea de la escasa presencia de la obra de referencia en la comedia de Udall. También a la recepción del Miles gloriosus -en refacciones quizá de menor calidad artística pero más fieles al original-, se ocupa A. Torino, quien, bajo el título «Pirgopolinice nella Compagnia» (pp. 111-121), aborda algunas obras escritas en el seno de la actividad educativa jesuítica. A pesar de los condicionantes que imponía la moral religiosa, la representación de comedias constituía una herramienta insustituible para el aprendizaje del latín hablado, por lo que la erudición de los padres jesuitas supo sacar buen partido al corpus plautino, convenientemente expurgado de cualquier contenido obsceno o escabroso. Dos de las tres comunicaciones presentadas a la Lectura se ocupan de la exégesis de algunos versos del Miles de especial complejidad. 787)» echa mano de un fragmento varroniano para explicar el significado «húmeda», obsceno y poco usual, que asume lauta y que se recupera gracias a el consuccida que aparece poco después. 818-823», analiza la expresión que utiliza Lurción para referirse al sueño ebrio al que se ha entregado Esceledro, en la que sorbere, además de asumir el significado común de «beber a sorbos» (vino en este caso), constituye, según defiende la autora, una acotación teatral que introduciría la imitación del sonido del ronquido por parte de Lurción. Por último, R. Raffaelli, en su trabajo de literatura comparada «Un racconto arabo, l 'Elena di Euripide e la struttura del Miles di Plauto» (pp. 135-156), retoma y actualiza la tan debatida cuestión de la unidad estructural del Miles gloriosus. En contra de los defensores de la contaminatio, Raffaelli reivindica la necesidad de tener en cuenta otras obras en las que aparecen los dos motivos (la pared horadada y la huida feliz de los dos amantes), supuestamente procedentes de comedias griegas diferentes, a partir de las cuales Plauto habría creado la suya. Raffaelli estudia con pormenor el cuento de Qamar az-Zamán y la mujer del joyero, incluido en Las mil y una noches, y la tragedia euripidea Helena, para, con independencia de las posibles vías de influencia, demostrar que existen obras que combinan los motivos mencionados; por ello, su presencia en el Miles ha de entenderse más el resultado de una conservación que de una innovación. Y ello debería invitar a un replanteo de los problemas de composición a los que la crítica plautina ha dedicado sus esfuerzos durante demasiado tiempo, puesto que, mientras no dispongamos de más originales en los que el comediógrafo basó la composición de sus obras, resulta ocioso embarcarse en hipótesis que empobrecen las múltiples posibilidades de exégesis que ofrecen sus obras, tal y como demuestran, año tras año, muchos de los trabajos recogidos en estas lecturas de Plauto. En un mundo gobernado tradicionalmente por los hombres, los puntos de vista de las mujeres, si son distintos, no dejan de ser un factor de fractura social. El contraste entre la visión masculina, no necesariamente machista, de la realidad y la visión femenina, no necesariamente feminista, era mucho más cruda en las civilizaciones antiguas que en la nuestra. Pero si nuestra civilización ha avanzado, con inevitables altibajos, hacia la equiparación de uno y otro sexo, se debe en no corta medida al camino de ruptura social que hace dos milenios y medio comenzaron a representar las heroínas trágicas griegas. Quizá se haya tenido la impresión de que los elementos trágicos introducidos por Plauto se reducen a poco más que Anfitrión. Sin duda, se concentran en esa tragicomedia, por el origen mítico de su argumento; pero también en otras comedias plautinas hay episodios de extracción trágica, más o menos importantes. Por si hubiera alguna duda, en este libro se examinan varios de ellos, sin agotar su amplia diseminación en el corpus plautinum. Son elementos paratrágicos que se insertan en textos cómicos; aunque el rigor trágico decae en ellos, contribuyen a realzar el tono de la comedia, como reza el verso de Horacio (interdum... uocem comoedia tollit, Ep. El trasvase de contenido trágico fue iniciado por Aristófanes, se acrecentó en la Comedia Media, menos conocida por culpa de una tradición huraña en la transmisión de datos, y continuó su andadura en la Nueva. A esta se hace referencia particular en las breves páginas de la conclusión. En la introducción el autor esboza esa corriente literaria que discurre de la tragedia, sobre todo de la euripidea, en la que las mujeres ganan mayor espacio, y cuya irrigación alcanza plenamente la comedia plautina. El sarsinate explota ante un público notoriamente masculino la idea paratrágica de la mala mulier que amenaza con sus artes mágicas, su astucia y maquinaciones o su enamoramiento -detrás están los paradigmas de Helena, Medea, Fedra, etc.-el poder del hombre y el patrimonio familiar. En el capítulo primero («Vt paratragoedat! Tragico e paratragico in Plauto») el autor se detiene lo imprescindible en el prólogo de Amphitruo, para dejar sentado cómo el de Sársina, sin olvidar sus antecedentes, crea la tragicomedia como un subgénero mixto (commixta... tragico comoedia, v. También en el fondo argumental de Captiui se respira un ambiente trágico que emana de la situación de guerra de que parte la acción. El recurso aristofánico de la paratragedia lo introduce Plauto, de forma expresa, en Pseudolus en una invocación triunfal del protagonista que el joven Carino apostilla así: Vt paratragoedat carnufex! (vv. El primer verso (Io, Io, te, te turanne, te rogo qui imperitas Pseudolo) recuerda la insistente aliteración del verso 104 de los Anales de Ennio: O Tite, tute, Tati, tibi tanta, tyranne, tulisti. Esta es una especie de la parodia que, como técnica general de remedo literario, trasciende los límites del género dramático. Comparable en varios aspectos con la intriga de la Helena de Eurípides es el engaño paratrágico de Filocamasia, urdido por Palestrión, en el que ella sigue el ingenium y la ars propia de mujer (cap. 3. «Le donne del Miles...»)1. La larga sombra de la maga Medea planea sobre ciertos personajes de Mercator, según se expone en el capítulo tercero («Il Mercator e l' ombra di Medea. El eco paratrágico de las palabras de la heroína euripidea se oye en las lamentaciones proferidas por el protagonista Carino en su angustiosa situación de adulescens amans. Y el mismo parangón mítico se extiende a Doripa, que en su papel de matrona arde en deseos de venganza por creerse vilmente traicionada. El capítulo más extenso versa sobre Rudens («I lamenti di Palestra ed Ampelisca »). El naufragio que sufren las jóvenes Palestra y Ampelisca hasta alcanzar la costa de Cirene contiene claros paralelos con la Helena de Eurípides. A ello se unen notables analogías con el modelo trágico de Andrómeda, establecido por Sófocles y Eurípides y recreado por Livio Andronico y Ennio. Las reflexiones de Palestra se asemejan a las de la Medea de Eurípides y sus lamentos tienen el tono melodramático de la Ariadna abandonada. Si algo se echa de ver en estos y otros casos es la dificultad para pasar de la analogía de situaciones y de pensamiento a la relación intertextual directa; pero, aun sin poder concretar esta, no es poco dejar constancia del curso de una rica tradición literaria. El capítulo penúltimo se dedica a Amphitruo, donde hay materia abundante para desgranar motivos paratrágicos. El autor concentra su atención en sendos cantica de Alcmena y Bromia. La célebre monodia de la primera en que elogia la uirtus del marido (vv. 633-653) sigue un esquema trágico y es comparable con parecida loa ejecutada por el coro de la Andrómaca de Eurípides. A su vez, el relato final de Bromia (vv. 1053-1075), en su función de mensajera al estilo trágico, guarda notables paralelos con un pasaje de las Bacantes (v. El capítulo final («La "cagna" ovvero Ecuba») consta de dos partes. En la primera se considera el papel de la Matrona de Menaechmi (v. 714 ss.) que parece exhibir la furiosa rabia de la Hécuba de Eurípides, que protagoniza también una tragedia de Ennio. En la segunda se muestra cómo la transformación de la vieja Leaena de Curculio (v. 96 ss.) en una especie de perra, por la sagacidad con que sigue el olor del vino, trae ecos euripideos sobre la fidelidad canina que las bacantes sienten por Baco. Esta monografía comenzó siendo una tesis doctoral, trabajo que por el esfuerzo que requiere suele ser un buen punto de partida de investigaciones excelentes, sobre todo si han ganado la sedimentación y perfección necesarias que echamos de ver aquí. El autor consigue mostrarnos sobre el texto plautino una amplia reescritura de imágenes y episodios que arrancan de la gran enciclopedia épico-tragica griega y en parte ya romana. Con todo, sigue vigente el reto fraenkeliano de descubrir lo plautino en Plauto. Dadas las incógnitas que se ciernen sobre sus modelos, la desaparición de estos y el estado fragmentario de la literatura latina precedente, en muchos casos persiste la dificultad de dar con el hilo conductor de la relación intertextual. Una amplia relación bibliográfica y un útil índice de lugares citados cierran el libro. Este libro de D. Roussel es la versión revisada de su tesis doctoral, defendida en la Universidad de Tours en 2003. La monografía se propone, como se desprende evidentemente del propio título, el ambicioso proyecto de estudiar de forma transversal la forma epistolar del corpus ovidiano, englobando los experimentos de las Heroidas y los de la obra del exilio. El trabajo, tras un prólogo (pp. 5-6), seguido de los agradecimientos (p. 7) y de una pequeña introducción (pp. 9-14), se divide en cuatro partes. La primera, «L 'oeuvre d' Ovide et la forme épistolaire» (pp. 15-78), tiene como objeto mostrar, a través de dos capítulos («Les traits d 'une véritable correspondance» [pp. 17-56] y «Les limites de la vraisemblance épistolaire» [pp. 57-78]), que, si en los versos analizados existen características diseñadas para hacer creer en una correspondencia real (detalles materiales, destinatarios, motivos «épistolographiques»), hay indicios para no fiarse de la verosimilitud de estas cartas. R. se sustenta en la tasa de autenticidad en las epístolas, intentando demostrar cómo, en el caso de Heroidas, la presencia de referencias a situaciones concretas confiere un rasgo auténtico a las misivas (p. En realidad, el recurso al lugar y al tiempo es el único modo que tienen las heroínas para mostrar su «situación» mitológica en un nuevo contexto como el epistolar, cuyas convenciones aprovechan. Así, las frecuentes referencias al «contexte d 'énonciation» en el caso, por ejemplo, de la tempestad de Her. Y no basta el segundo capítulo para cambiar la impresión de una cierta inconsistencia del capítulo precedente. Pues, aunque es cierta la observación sobre la naturaleza oscilante de las cartas ovidianas (sobre todo Ponto) a medio camino entre monólogo y discurso público (p. 72), sin embargo esta constatación habría producido un mayor beneficio si estuviera incluida en una argumentación más extensa sobre la literariedad del producto epistolar, que exige, la mayoría de las veces, un lector literaria, más que históricamente, atento. R. reconoce, al final, la naturaleza no verosímil de las cartas, pero después de ochenta páginas. La cuestión de la verosimilitud se debe afrontar, como la de la literatura, mediante la convención de un código compartido por el autor y el lector. La segunda parte analiza «L 'art épistolaire d' Ovide dans les Héroïdes» (pp. 79-153), desde tres puntos de vista, tratados en otros tantos capítulos; el retórico (pp. 81-105), en el que, aunque con un enfoque un poco tradicional, basado en inuentio, dispositio y elocutio, y sin lograr siempre conciliar el aspecto estilístico con el más propiamente literario, realiza buenas consideraciones sobre las relaciones entre fábula y trama en las Heroidas y sobre la presencia de verdaderos ciclos mitológicos, localizados en cartas diversas, pero inmediatos desde el punto de vista del personaje que escribe (pp. 81-93). Desde el punto de vista elegíaco (pp. 106-142) examina los temas tradicionales (militia amoris, seruitium amoris), el empleo del dístico elegíaco y las figuras poéticas, las lágrimas y la expresión subjetiva, pero sin aportar demasiadas novedades y sin tener en cuenta los resultados más recientes, y no tanto, de la crítica al respecto (las omisiones bibliográficas son quizá la mayor carencia de la obra). Adecuadas son las observaciones sobre el poder metalingüístico de Her. XV y sobre la definición de elegía que transparenta versos de Safo, doble literario del poeta. Por último, estudia las Heroidas como «Une épître distanciée et ironique» (pp. 143-153), donde, entre otras cosas, no comparto la «pointe humoristique» que R. ve en Her. XV 83-84, cuando Safo atribuye su inspiración elegíaca a Talía, verda deramente la musa de la comedia, pero también de la poesía ligera. Cierto es que el libro de R. no es un comentario, pero le habría bastado una pequeña exégesis para superar la banalidad de una interpretación que cae más por el sentido común que por la crítica literaria. Le hubiera sido suficiente consultar cualquier diccionario mito lógico (p. ej., Ruiz de Elvira, Grimal) para darse cuenta de que Talía, como las restantes musas, no tenía asignada en principio ningún arte en concreto, sino que, con el paso del tiempo, se convirtió en la patrona de la comedia, pero también de la lírica, como se desprende ya desde Verg., Ec. VI 2, donde la poesía humilde, que después en Ovidio pasa de pastoral a elegíaca, es justamente contrapuesta a la retumbante producción épica y Thalea (v. 2) precede inmediatamente a los reges et proelia del v. De hecho, Ovidio, siguiendo este pasaje virgiliano, pone en escena en Her. XV una verdadera oposición genérica entre los fila seuera (v. 82) y el ingenium molle que, como en Am. La tercera parte, «Les Tristes et les Pontiques, de nouvelles Héroïdes?» (pp. 155-252), analiza las obras del exilio siguiendo la estructura anterior: retórica, elegía y distanciamiento irónico. Está bien el estudio sobre la presencia elegíaca en las cartas del exilio (pp. 196-237), especialmente las pp. 214-215 sobre la fusión entre vieja y nueva elegía en los Tristia (elegía lieta y elegía triste de las que ya hablaba hace años Labate, en su ya clásico artículo «Elegia triste ed elegia lieta. Un caso di riconversione letteraria», MD 19, 1987, pp. 91-129, que no cita), aunque con un enfoque algo tradicional, sin explorar los efectos del reconocimiento intertextual y, como en otros muchos caso, con la falta, o al menos sin la utilización, de una bibliografía al respecto, en la que ya se trataba de este tema. Este hecho, las carencias biblio gráficas, lleva a R., sobre todo en esta parte, a acometer un trabajo ya realizado con anterioridad o a no completarlo adecuadamente. Este último motivo, ya desarrollado con anterioridad por Ovidio en Met. XV 876, astra ferar, nomenque erit indelebile nostrum, se autorrefleja de obra en obra, y el atípico legar de Tr. Cierra el ensayo las conclusiones (pp. 315-319) en las que la autora, después de haber constatado que las funciones tradicionales de la epistolografía, informar y persuadir, son relegadas a un segundo plano, subraya que una carta permite la introspección. R. plantea la hipótesis (p. 14 de la «Introducción») de que la forma epistolar es para Ovidio «le cadre privilégié d 'une réflexion personnelle sur sa propre écriture». 318) que «la lettre, mi-poème, mi-discours, apparaît comme le genre métapoétique par excellence», porque a Ovidio le gusta «l 'extraordinaire plasticité de la lettre» y la utiliza cuando quiere convencer, encantar e, incluso, divertirse, reafirmar su identidad y existencia. En efecto, la carta por su propia esencia permite superar el espacio y el tiempo y ofrece la posibilidad de estar presente en otros lugares y para la eternidad. R. concluye que Ouidius exul solo puede escribir epístolas poéticas. El valor del estudio es la abundancia de material analizado del sulmonense, algunos de cuyos desarrollos ponen de manifiesto un sentido literario muy fino y una gran maestría de comentario, pero que se ve empañado por la carencia bibliográfica, no ya en la propia «Bibliografía», sino en su uso. Evidentemente, este hecho provoca que el ensayo, como dije antes, esté incompleto o que llegue a conclusiones expuestas con anterioridad. Así, por ejemplo y sin querer ser exhaustivo, en el «Ovide épistolier» la forma epistolar no podía prescindir del contenido elegíaco, siguiendo Emerita LXXIX 2, 2011, pp. 391 31, 1985, pp. 13-32 [esp. pp. 15 y 28]), también tenemos que Tristia es una reescritura en el exilio de las Heroidas y que el lector deberá leer la nueva obra elegíaca como el lamento del desterrado alejado de su esposa y del mundo de los afectos. Ovidio, además, compone realmente elegía amorosa subjetiva en los poemas del destierro, pero cambiando la amante de mala reputación de la elegía amorosa juvenil por una esposa respetable (cf. P. Fedeli, «L 'elegia triste di Ovidio come poesia di conquista», en R. Gazich [ed.], Fecunda licentia. Tradizione e innovazione in Ovidio elegiaco, Milán, 2003, pp. 3-35; S. Citroni Marchetti, «La moglie di Ovidio: codici letterari e morali per un 'eroina», Aufidus 52, 2004, pp. 7-28;M. Amann, Komik in den Tristien Ovids, Basilea, 2005, pp. 109-111) tanto en Tristia como en Ponto, llegando así a crear verdaderas elegías de amor marital y, consecuentemente, un auténtico epistolario conyugal dentro de un tipo de elegía también nuevo, cual es la del destierro (existían ciertos precedentes en la lírica y la elegía romanas para presentar el amor matrimonial siguiendo los motivos del amor libre elegíaco: Cat. III 12 y IV 3, y Lígdamo, si se acepta la datación ante aetatem Ouidianam. Los poemas del exilio, intérpretes fieles de la utilitas, no se limitaron solo al autoconsuelo y a alcanzar el perdón imperial, sino que persiguieron fines de conquista amorosa (cf. W. Stroh, Die römische Liebeselegie als werbende Dichtung, Ámsterdam, 1971, pp. 250-253): estos poemas no tenían ya que convencer, como en la elegía amorosa, a una puella insensible y pérfida, sino reconquistar el afecto de su propia esposa. Ovidio, muy consciente de que el amor hay que construirlo y de que no camina solo, se impone edificarlo y reforzarlo con cada carta que le escribe a su amada Fabia. En cuanto a las traducciones propias, en general elegantes, que ofrece R., quisiera, aunque no soy francófono, señalar que existen algunas inexactitudes en ellas, como, por ejemplo, Ponto II 10.1-2, donde la versión francesa «qui a écrit», no recoge con precisión el tibi latino de Ovidio,... haec tibi Nasonem scribere uerba. 248 otro desliz destacable, aunque esta vez provocado por un error métrico o anacrónico: la confusión de la palabra liber en Tr. Liber en singular y con la i breve solo puede significar 'libro', nunca 'hijo', porque para ello dicha i tendría que ser larga y porque, además, en singular es utilizada solo a partir de Quintiliano. La bibliografía, como se ha dicho más arriba, presenta, en mi opinión, carencias que han repercutido en el resultado final de la obra. Además de las referencias ya mencionadas y para no alargarme más, solo citaré algunos comentarios que la autora no ha tenido en cuenta. Por último, quisiera destacar que el Index locorum es muy preciso para la obra ovidiana, pero olvida las restantes citas, aunque muy pocas, de los demás autores latinos. Aparte de estas imprecisiones y errores, este libro, a pesar de que se puede calificar como poco innovador, maneja una gran cantidad de material epistolográfico ovidiano y resulta muy agradable de leer. La obra de Marcial descansa, acaso como ninguna otra en la vasta Antigüedad, sobre la tensión de los contrarios. Desde su estructura hasta el cambiante tono adoptado por el poeta según dicte la ocasión, todo en los epigramas parece articularse atendiendo al irrenunciable principio de la uarietas. A partir de aquí, numerosos han sido los esfuerzos de la crítica por dilucidar si esa aparente confusión de caracteres, objetos y espacios, tonos y metros respondía al descuido que cabría esperar de una redacción Emerita LXXIX 2, 2011, pp. 391-439 ISSN 0013-6662 que se desarrolla a lo largo de dos décadas (las últimas del siglo I de nuestra era), a la propia naturaleza del género epigramático, a los posteriores azares editoriales o, por el contrario, al propósito consciente de quien construye una ambiciosa obra poliédrica en la que desempeñan un papel crucial el contraste, el vuelco, lo inesperado (aprosdóketon). La unidad, en una obra de tales características, se fundaría así en una meditada disparidad, y el poeta únicamente vería cumplido su objetivo en la medida en que sus epigramas lograsen ofrecer al lector la imagen de un abigarrado paisaje humano y anímico. El estudio de Daniel Vallat -desde una perspectiva eminentemente lingüística que se complementa, no obstante, con los hallazgos de la historiografía, la epigrafía o la filología-ordena ese ingente catálogo de nombres propios que cruza la obra de Marcial, constituido a medias por personas reales y entes de ficción, esbozando al cabo «un tableau des possibilités onomastiques dont un auteur latin dispose» (p. La notoriedad, comprobable, según Vallat, mediante índices que revelarían si a cierto nombre corresponde o no un referente conocido por el autor, pero también frágil, toda vez que, en ocasiones, es imposible llegar al fondo de la cuestión, vertebra este volumen. Así, la primera parte, «Le monde de Martial: société et rhétorique», está dedicada al estudio de los antropónimos «notorios», «les noms que Martial prend tels qu' ils sont, imposés par la société et la culture» (p. Se despliega aquí el mundo que rodea al poeta, reunido en dos esferas: la social y la cultural. En la primera se cuentan su propia persona, sus allegados, esclavos y amigos, sus posibles parientes y patronos, conocidos, personalidades de la corte, emperadores, artistas, médicos e intelectuales, etc., mientras que en la esfera cultural se agrupan los antropónimos mitológicos, históricos y literarios. Del estudio del nombre propio de carácter notorio se desprende, claro está, valiosa información sobre la época, acerca del género epigramático, de cómo es asumido por Marcial, así como de las tendencias onomásticas imperantes, heredadas o impuestas, por así decirlo, frente a la relativa libertad creativa de que gozará el poeta en el ámbito de los nombres de referente ficticio. Particularmente interesantes nos parecen las conclusiones parciales contenidas en «Du bon usage de la notoriété» y en «Nom propre, culture et écriture», zanjando, respectivamente, las secciones dedicadas a las esferas social y cultural del capítulo primero. Posteriormente, se analizan las modificaciones metafóricas y metonímicas del nombre propio notorio, único susceptible de alteración referencial1. Emerita LXXIX 2, 2011, pp. 391-439 ISSN 0013-6662 En la segunda parte, «Les choix de Martial: onomaturgie et satire», consagrada al estudio de los antropónimos de referente ficticio, vemos desplegarse sin trabas la inventiva del poeta. Se trata ahora de «sus» personajes. En este ámbito, Marcial, onomaturgo, se sirve fundamentalmente de dos procedimientos de denominación: la mímesis y el nombre significante (que no «parlante» 2 ). Es aquí donde el estudio de Vallat afina, a nuestro parecer, y profundiza decisivamente en el esclarecimiento de los recursos onomásticos de que dispone Marcial, y en cuyos límites se desenvuelve su poderosa creatividad. Marcial escoge hábilmente, más que inventa, y su elección determina, como bien dice Vallat (p. «Le nom propre», afirmaba en la introducción, «est au coeur de l 'épigramme» (p. Dilucidar su naturaleza nos permitirá, pues, aproximarnos al propósito literario y moral de Marcial. Distingue Vallat cabalmente nombre significante de nombre parlante, empleo mimético de empleo significante, y entre otras justas advertencias señala el abuso, practicado ad nauseam en índices y comentarios, del apelativo «ficticio», aplicado al nombre propio y no al referente. Añadiríamos, por otra parte, cómo con frecuencia se emplean, al parecer sin distinción, los apelativos «ficticio» y «desconocido», añadiendo a la confusión lingüística apuntada por Vallat otra de orden epistemológico. V. también D. Vallat, «Bilingual Plays on Proper Names in Martial», en J. Booth y R. Maltby (eds.), What's in a Name? Emerita LXXIX 2, 2011, pp. 391-439 ISSN 0013-6662 Vallat contribuye a desentrañarla avanzando considerablemente en la comprensión de los mecanismos de denominación, incurre alguna -rara-vez en una cierta ligereza, por no decir petición de principio, como cuando afirma, acerca de un grupo de médicos (los Cascellius, Hyginus, Fannius, Eros y Hermes de X 56): «On ne connaît pas ces Cascellius, Hyginus... ¿De veras despejan estos factores toda duda al respecto? Por lo demás, el estudio de Vallat supone una inestimable aportación al estudio de la onomástica, una lectura imprescindible en la creciente bibliografía sobre los Epigramas de Marcial. ¿Es la obra de Marcial irreductible, en definitiva, a una total sistematización? ¿Lograremos desentrañar aquella «ilusión de autenticidad» a la que aludía Giegengack (ob. cit., p. Sea como fuere, la obra de Marcial se renueva, con cada lectura, como un inagotable juego de espejos, gozando, como escribe Vallat (p. Universidad Pablo de Olavide Una dicotomía resuelta: esta es, en suma, la tesis del autor, expresada en los dos primeros capítulos en los que traza, a modo de prefacio, el perfil de Marcial. Primero, el hombre, que se mueve entre la realidad de Roma y el deseo (o el sueño, como lo llama) de Bílbilis. Marcial vive la mayor parte de su vida en Roma; la gran ciudad lo envuelve, lo seduce, lo hace vibrar, le causa la inspiración de buena parte de sus epigramas, y al mismo tiempo le causa desasosiego con su perpetuo trajín, su inaguantable ruido, su falsedad, su desprecio por las buenas personas, lo que le lleva a añorar a su natal Bílbilis, la tranquilidad de sus campos, la vida reposada y sin necesidad de aparentar. Todo eso es así, pero no es solo Bílbilis el objeto de su añoranza: también lo son Bayas o Tíbur o cualquier otro lugar de reposo de las cercanías de la capital. Esta dicotomía la ve el autor (siguiendo a Citroni) representada por las dos tendencias de la crítica marcialesca: la alemana, encabezada por Lessing, que centra su interés exclusivo en el llamado epigrama escommático, el jocoso, el de Emerita LXXIX 2, 2011, pp. 391-439 ISSN 0013-6662 la presentación de la situación y el remate agudo, al que se aplica un análisis esencialmente estructural y que lleva a considerar a Marcial como un maestro de retórica empeñado solo en la búsqueda formal de los efectos cómicos y en el hallazgo del aguijonazo final. Y por otro lado, la crítica italiana, con Croce al frente, que fija su atención en los epigramas serios, en los momentos de intimismo y de abandono lírico que constituyen la vena más genuina del poeta, esto es, la seria. Pero el autor resuelve esta primera dicotomía volviendo a su idea inicial: ambas caras de su poesía tienen su origen en un mismo ambiente: Roma y su consecuente sueño de una existencia libre, que forman una perpetua contradicción que es la cruz del poeta. El segundo aspecto del perfil versa sobre el poeta. La unidad psicológica de origen parece desmentirse con la fractura existente entre las dos corrientes críticas, la que apunta al epigrama jocoso y la que lo hace hacia el serio. Vuelve el autor a refutar: no todos los epigramas escommáticos presentan la típica estructura bipartita que había codificado Lessing: Erwartung y Aufschluss, porque el segundo elemento, aun estando por lo general en correspondencia interna con el primero, no se puede reducir a ser siempre la solución a lo planteado en este y, además, no siempre hay una estructura bipartita; en el remate de sus epigramas Marcial consigue una gran variedad de brillantes soluciones. Y, desde la otra orilla, en el epigrama serio no es en absoluto extraño un remate que da un resalte particular al contenido o al sentido de lo representado, sino que más bien muestra en esa parte final una particular y expresiva concentración sentimental, con lo que se puede advertir una afinidad de tendencia con el escommático. Y este mismo análisis lleva al autor a negar a Marcial como poeta-rétor cuyo único objetivo es la brillantez de la conclusión, porque esta no es siempre superior al planteamiento, cuyo cuadro descriptivo se impone a veces. Vuelve Rapezzi al ataque contra los críticos modernos que niegan un interés realista a Marcial y que afirman que toda descripción es un medio para provocar el remate, que es lo que le interesa, y vuelve a su teoría inicial: el propósito de Marcial, cada vez más definido y consciente, de acoger en su poesía todas las manifestaciones de la vida pone de manifiesto de nuevo la unidad que se había visto en el plano psicológico. Al principio consideró Marcial al epigrama un género menor, pero poco a poco se dio cuenta de que el mosaico de los suyos constituía una especie de antipoema con respecto al épico-mitológico. Epigramas serios y jocosos, contra puestos, son voces indisociables de la gran variedad de la vida. Dicotomía otra vez resuelta. Pero es aquí, precisamente en el remate de su teoría, donde, a mi entender, falla un poco lo propuesto por el autor. Creo que en los epigramas de Marcial no hay datos objetivos que demuestren su idea inicial sobre el epigrama y, menos, que al final se diera cuenta de que había construido un antipoema. Como tampoco aparece en el libro un dato que me parece capital: Marcial se ganaba la vida, en buena parte, escribiendo epigramas a petición de otros, que le pagaban por ello, por lo que la voz lírica no tiene por qué ser siempre la del propio Marcial. Emerita LXXIX 2, 2011, pp. 391-439 ISSN 0013-6662 A continuación Rapezzi dedica varios apartados a tratar brevemente los temas principales: el campo, la vida verdadera, el carpe diem, la amistad, el cliente, la cena, la poesía funeraria, la celebración imperial, incluyendo entre ellos unas características de la poesía escommática, y tras una nota bibliográfica (en la que los estudios aparecen por orden cronológico, con demasiada representación italiana) añade 45 epigramas (con el texto de Lindsay y su propia traducción) en orden numérico. Universidad Pablo de Olavide Luque Moreno, Jesús, VERSVS QVADRATVS. Crónica milenaria de un verso popular, Granada, Editorial Universidad de Granada, 2009, 244 pp. Preceden al trabajo propiamente dicho unas breves palabras de presentación (cf. pp. 9-10), que persiguen estos dos cometidos fundamentales: a) Proporcionar el marco de referencia general en el que se encuadra este estudio. b) Precisar la perspectiva básica desde la que se encara y orienta el análisis del septenario trocaico latino. Por lo que se refiere al marco de referencia general, hemos de decir que este trabajo formaba parte de un proyecto mucho más ambicioso, que se centra en el estudio «de la versificación popular latina desde la Antigüedad hasta nuestros días» (p. 9); precisamente el septenario trocaico, el uersus quadratus por antonomasia, constituye una muestra muy significativa de esa versificación popular latina de todas las épocas. Y, por lo que se refiere a la perspectiva básica desde la que se aborda el análisis del septenario trocaico latino, hay que decir que lo que principalmente se pretende es ofrecer una amplia panorámica histórica de esta singular forma de la versificación popular latina. Los materiales o contenidos (= res) del cuerpo del trabajo propiamente dicho se organizan y articulan (= dispositio) en los siguientes tres apartados: Carácter popular y autóctono del septenario trocaico latino. El septenario trocaico en los tratados de métrica latina. Crónica general del septenario trocaico. El primer apartado (cf. pp. 11-79) pretende aquilatar el sentido exacto de los términos popular, autóctono y quadratus, todos ellos habitualmente aplicados al septenario trocaico latino. Emerita LXXIX 2, 2011, pp. 391-439 ISSN 0013-6662 a) Con la expresión «verso popular» (cf. pp. 11-46) hay que entender, sobre todo, una forma versual paralela y al margen de la versificación culta, como lo demuestran ciertas peculiaridades tanto en el nivel de los esquemas como en el nivel de la composición de los septenarios populares conservados (cf. pp. 23-39), sobre todo de los también conocidos como septenarios «cesarianos » (cf. pp. 39-46). b) El septenario trocaico latino es, además, una forma de versificación autóctona (cf. pp. 47-60), de innegable ascendencia indoeuropea, constituida por un período o verso más largo de estructura bimembre, esto es, integrado por dos cola o versos más cortos (octosilábico y de cadencia suave el primero; heptasilábico y de cadencia brusca el segundo), que se articulan en torno a la juntura medial; a su vez, cada uno de los miembros, muy en especial el primero, es susceptible de articularse en otros dos incisos o commata menores, habitualmente tetrasilábicos, separados por una diéresis entre ambos. c) Con alto grado de probabilidad semejante articulación cuatripartita del septenario trocaico latino debió de ser la que pudo hacerle acreedor de la etiqueta de uersus quadratus por antonomasia (cf. pp. 61-79). El segundo apartado (cf. pp. 81-158) analiza la presencia y consideración del septenario trocaico latino en los escritos de teoría métrica, tanto de época tardoantigua y medieval (cf. pp. 81-151), como de época renacentista (cf. pp. 151-158). Especialmente, el material ejemplificatorio adjuntado por los tratados de métrica tardo-antiguos y medievales, en mayor medida incluso que la doctrina en ellos vertida, constituye un claro y preciso testimonio de la presencia y el éxito alcanzado en estas épocas por tan destacado representante de la versificación popular latina. Todo lo contrario de los manuales renacentistas (a título de muestra, se toman en consideración los De prosodia libri IIII de Petrus Baudozanius o el Ars versificatoria de Johannes Despauterius), que en su decidido propósito de recuperación de las primigenias esencias clásicas y cultas, rechazan todo aquello que suscite reminiscencias o evocaciones populares y vulgares; de donde se deduce la escasa atención que por línea general prestan al uersus quadratus, en cuanto que señalado representante de la versificación popular. El tercer apartado (cf. pp. 159-228) se propone desarrollar el subtítulo del libro «crónica milenaria de un verso popular». En primer lugar (cf. pp. 159-162), se efectúa un rápido recorrido histórico, de carácter meramente enumerativo, por los septenarios literarios conservados, desde los tiempos de Livio Andronico (s. III a. C.) hasta la época de Venancio Fortunato (ya en las postrimerías del VI d. En ese largo intervalo de tiempo hay que situar cronológicamente el Psalmus contra partem Donati de san, a lo que parece, una variante singular del septenario trocaico, que documenta nuevamente la extraordinaria capacidad de adaptación (cf. pp. 180-185) y la asombrosa fecundidad de esta forma versual Emerita LXXIX 2, 2011, pp. 391-439 ISSN 0013-6662 popular, presente siempre en la versificación latina tardía, medieval y moderna (cf. pp. 188-228), bien sea por la vía de la imitación consciente, bien sea por la vía de la evolución natural. Y, así, vemos muy extendido el empleo del septenario trocaico completo, tanto en su versión cuantitativa como en su versión silábico-acentual, bien sea en tiradas, bien sea en estrofas (cf. pp. 187-189); igualmente, también resulta muy frecuente la progresiva autonomía que van alcanzando sus miembros integrantes (cf. pp. 189-196) En los últimos veinte años se ha producido en España un aumento exponencial de los estudios e investigaciones acerca de la traducción y, en particular, acerca de la historia de la traducción. No obstante, los trabajos publicados hasta la fecha han versado normalmente sobre cuestiones puntuales (por ejemplo, un determinado autor traducido), por lo que sigue existiendo una carencia de obras de referencia, carencia que el diccionario que ahora reseñamos pretende paliar. Los profesores Francisco Lafarga y Luis Pegenaute, editores del diccionario, son dos de los estudiosos más activos en el ámbito de la traducción en España. Entre sus publicaciones cabe destacar la Historia de la traducción en España (Salamanca, Ambos Mundos, 2004), en la que los autores establecen el panorama de la actividad traductora en nuestro país desde una perspectiva histórico-cronológica. Pues bien, el diccionario que reseñamos Emerita LXXIX 2, 2011, pp. 391-439 ISSN 0013-6662 pretende ser un complemento a esta Historia, arrojando luz sobre la personalidad y la actividad de los traductores y sobre la recepción de los grandes autores y obras de la cultura universal en el contexto hispánico -tanto en el ámbito del castellano como en los ámbitos del catalán, del gallego y del euskera-. El volumen se estructura en torno a dos ejes: el de la cultura receptora, constituido por los traductores españoles más significativos (al castellano, catalán, gallego y euskera), los agentes e intermediarios de la traducción y las modalidades de traducción no literaria practicadas en España; y el de las culturas emisoras, constituido por los grandes autores y obras de la literatura universal y los ámbitos culturales que más presencia han tenido en la cultura receptora. Por tanto, el diccionario presenta, en orden alfabético y de forma combinada, artículos de muy diversa índole: entradas relativas a las literaturas extranjeras que han tenido especial repercusión en España a lo largo de su historia, entre ellas la literatura latina y la literatura griega antigua; lemas relativos a los grandes autores de la literatura universal -entre ellos los autores griegos y latinos-que se han traducido a una de las cuatro lenguas oficiales del Estado, en los que se incluye una breve biografía del autor y se mencionan las traducciones de que ha sido objeto; artículos relativos a obras anónimas de singular importancia (como la Biblia), en las que se describen las versiones que de ellas se han hecho en el contexto receptor; entradas sobre traductores españoles al castellano, catalán, gallego y euskera, en las que se presenta una breve biografía del traductor y sus principales traducciones; lemas relativos a agentes e intermediarios de la traducción en España, como editoriales, premios de traducción e instituciones relacionadas con la traducción; y artículos referentes a las modalidades de traducción no literaria. Estas entradas, que suman más de 850, han sido elaboradas por 373 redactores, coordinados a través de un consejo asesor compuesto por 20 reconocidos especialistas. Estos 20 especialistas se han encargado de establecer la lista de lemas, de contactar con los redactores y de supervisar su labor. En lo que respecta a los ámbitos griego y latino, Javier Martínez García se ha encargado de establecer los artículos relativos a la literatura griega, y José Luis Vidal de los artículos relativos a la literatura latina. En cuanto a los traductores de obras latinas y griegas, el diccionario contiene entradas relativas a Miquel Dolç, Antonio Fontán, Agustín García Calvo, Carles Riba Bracons y Francisco Rodríguez Adrados, así como a otros traductores de épocas más antiguas (del siglo XIV al siglo XIX) que cuentan con traducciones de autores clásicos, como Juan Fernández de Heredia, Ignacio García Malo, Rodrigo de Oviedo y Portal y Antonio Ranz Romanillos. Así pues, este volumen, concebido como un gran diccionario enciclopédico y cuya característica más novedosa es la presentación combinada de voces procedentes de los focos emisores y receptores, constituye a todas luces una herramienta de consulta útil para quienes estén interesados en la traducción y para los comparatistas ocupados en el rastreo de influencias y fuentes extranjeras en nuestras literaturas. No obstante, en lo que respecta a los ámbitos latino y griego, adolece en nuestra opinión de algunas carencias que deseamos señalar. En primer lugar, el diccionario es tan ambicioso que, por falta de espacio, en ocasiones resulta incompleto. Así, la entrada relativa a la literatura latina omite todas las traducciones de autores latinos realizadas en España en los siglos XX y XXI y el nombre de los traductores correspondientes. En segundo lugar, se echa de menos la inclusión de artículos individuales respecto de algunos traductores de obras griegas y latinas que han desarrollado una actividad traductora de gran calado y han contribuido a difundir las literaturas griega y latina en España. Entre ellos cabría señalar a Manuel Fernández-Galiano (quien tradujo a Sófocles, Eurípides, Lisias, Platón, Aristóteles, Teofrasto, Licofrón, Horacio y Columela), Sebastián Mariner Bigorra (quien tradujo a Julio César, Tito Livio y Lucano y fue director de la sección latina de la Biblioteca Clásica Gredos), Antonio López Eire (quien tradujo a Homero, Demóstenes, Aristófanes, Aristóteles, Dioscórides y Diógenes Laercio), Antonio Ruiz de Elvira Prieto (quien tradujo a Platón, Propercio, Ovidio, Apuleyo y Museo), Luis Gil Fernández (traductor de Aristófanes, Platón y Lisias), Carlos García Gual (quien ha traducido a Homero, Eurípides, Hipócrates, Platón, Aristóteles, Luciano de Samosata, Apolonio de Rodas, Diógenes Laercio y Pseudo-Calístenes; ha sido galardonado con el Premio de Traducción Fray Luis de León por su versión de Pseudo-Calístenes y con el Premio Nacional de Traducción por el conjunto de su obra de traducción, y es asesor de la sección griega de la Biblioteca Clásica Gredos) y José Luis Moralejo Álvarez (quien ha traducido a Horacio y Tácito, ha sido galardonado en una ocasión con el Premio Nacional de Traducción y es asesor, junto a José Javier Iso, de la sección latina de la Biblioteca Clásica Gredos). Asimismo, creemos que habría sido conve niente incluir lemas referentes a las siguientes editoriales y colecciones que tanto han contribuido a la transmisión de los autores griegos y latinos en España: la Biblioteca Clásica Gredos, que con casi 400 títulos publicados es la colección más completa del mundo de autores griegos y latinos traducidos a una lengua viva (en este caso el castellano), la Colección Hispánica de Autores Griegos y Latinos (Alma Mater), la Biblioteca de Clásicos de Grecia y Roma de la editorial Alianza y la colección Clásica de la editorial Akal. Por otro lado, sorprende la inclusión de entradas sobre determinados autores, como Juvenal y Persio, de quienes se indica que no han gozado de gran fortuna entre los traductores españoles, y la ausencia de entradas sobre otros, como Píndaro, Safo o Nepote. Asimismo, la extensión dedicada a cada autor o traductor es desigual. A este respecto, llama la atención el poco espacio dedicado a Eurípides y la omisión de los cinco volúmenes de tragedias del autor aparecidos en el último decenio en la editorial Alianza a cargo de prestigiosos especialistas (Antonio Guzmán Guerra, Luis Macía Aparicio, Ramón Irigoyen, Francisco Rodríguez Adrados y Ger- Emerita LXXIX 2, 2011, pp. 391-439 ISSN 0013-6662 mán Santana Henríquez). Por último, en lo que respecta a la estructura del volumen, habríamos deseado que este incluyera un índice de nombres propios en el que se indicaran todas las referencias que se hace de cada autor y traductor, lo que habría facilitado enormemente su consulta. Pese a las carencias señaladas, conviene poner de manifiesto que el diccionario proporciona en su conjunto una útil visión panorámica de la traducción en España en los distintos momentos de su evolución y constituye un instrumento general de referencia para los estudiosos en la materia. maría dEL mar pUEBLa manzanos Aparece dividido el trabajo en dos grandes apartados: el mito griego y el mito literario, y, a su vez, cada apartado está subdividido en dos atendiendo el contenido que se estudia. Así vemos que en el «mito griego» el autor trata, por una parte, las distintas menciones de Orfeo y Eurídice en el mundo griego (tragedia, prosa, poesía helenística y representaciones iconográficas) y, por otra parte realiza un análisis comparativo de los testimonios griegos («Aspectos chamánicos de Orfeo», «Orfeo y catábasis órfica», «La persuasión de los dioses infernales», «Un final feliz», «Espacios míticos» y «Personajes»). En el otro apartado, «El mito literario», se nos ofrece un estudio del mito virgiliano y del mito en la literatura postvirgiliana («Las Metamorfosis de Ovidio», «El Culex», «Las tragedias de Séneca», «Otros testimonios de Orfeo y Eurídice en la literatura latina» y «El mito de Orfeo y Eurídice en la literatura griega d. C.») y, por otra parte, un análisis intertextual de las versiones latinas («Los suplicios infernales», «Los elementos populares del mito literario» y «Principios de mani pulación mítica e intertextualidad»). Termina la obra con unas conclusiones: de «mito griego» a «mito literario» en la literatura latina a partir de la versión canónica virgiliana. En primer lugar, por el análisis de las fuentes grecolatinas del mito: el estudio mitográfico muestra cómo un mito de origen griego como el presente puede llegar a tener una versión canónica en las Geórgicas de Virgilio determinante en la tradición latina y griega posterior. Más allá de su documentación literaria e iconográfica, hay referencias chamánicas en el mito de Orfeo «que además, es el fundador de una doctrina mistérica» (p. El viaje espiritual de Orfeo al más allá en busca de almas, la literatura y el arte convierten en un viaje en búsqueda de su mujer. Lugar destacado en el trabajo es el estudio de la creación virgiliana del mito literario de Orfeo y Eurídice con la inclusión, v. gr., de elementos populares (la serpiente, por ejemplo, y la prueba impuesta al héroe por un ser superior, etc.). Como colofón del libro aparece, como era de esperar, una selecta bibliografía en la que podemos encontrar estudios modernos junto a otros tradicionales y a repertorios bibliográficos. Tiene esta obra diversos aspectos que lo hacen muy recomendable para el estudio de la mitología, la literatura, la tradición, el arte... y voy a citar algunos: el estudio iconográfico nos parece fundamental como punto de apoyo a los datos literarios (no solo en cuanto a los diversos elementos citados, sino también respecto a su datación); importante es, también, «el análisis comparativo de los testimonios griegos» (p. 63) y, no menos, «el análisis intertextual de las versiones latinas» (p. 156), pero especial mención merecen, a nuestro entender, los cuadros (v. gr. p. 86, pp. 159-162, etc.) que el autor nos ofrece y que pueden llegar a ser muy útiles a la hora de abordar algún detalle parcial del mito. Libro, pues, que hemos de agradecer a su autor, al tiempo que le animamos a seguir en esta línea de los estudios de la Filología Clásica, tan necesitados hoy en día de estudios de este tipo. Historia, religión y sociedad Sprache, Literatur und Gesellschaft im grie chischen Es una búsqueda que el autor justifica de mil modos, hasta con novelas modernas desarrolladas en paisajes no europeos. Podríamos hablar también de identidades políticas o culturales modernas desarrolladas en paisajes no europeos. O de identidades políticas o culturales modernas proyectadas a veces al pasado. En una revista de Filología Clásica prefiero dejar esto de lado, apoyarme solo en los datos antiguos. Por lo demás, el estudio de interferencias, préstamos e hibridaciones entre las lenguas de la Sicilia antigua (pp. 16-40) es un recordatorio apreciable. Pero hablar de «una koiné avant la lettre» no lo parece demasiado. Se impuso el griego a otras lenguas, pero no hubo una koiné griega, si acaso, más o menos, dos koinés, una jónica y otra doria. Así procede nuestro autor en realidad, pese a que insiste en la eliminación de ciertas variantes. 57 ss.) es un buen estudio, aunque sobre la ejecución de los poemas (recitado o coral) discrepe de mí. Pero no creo que esto tenga relación con la existencia de ciudades jonias y otras dorias. La homerización de la lírica coral doria se da en toda ella: en Píndaro, en Simónides, en la tragedia griega. Estesícoro no es poeta colonial, es un poeta coral como otros. Coincido más con nuestro autor en su exposición de la lengua de Epicarmo («Die Literarisierung des Alltags», pp. 119-161). Pero se trata de comedia, aquí sí que es usual usar la lengua propia, aunque sea mezclándola con otras por razones literarias. También es un buen estudio el que sigue a continuación (pp. 162-192) sobre la relación entre Epicarmo, la épica y la retórica. Fácil también es tomar posición favorable sobre lo que sigue, sobre Empédocles (caps. 7 y 8, pp. 193-263), por ejemplo, sobre el papel de los kennings y los polyptota en su poesía. O con la relación de la misma con viejas tradiciones poéticas, incluidos los oráculos, sobre su crítica de la lengua humana. Y sobre la exigencia de que los oyentes sean «eine Elite der Geistgeshaltung». Pero es diferente lo relativo a Gorgias. Sería difícil proponer algo así como un pansicilianismo en el caso de un hombre cuya carrera literaria se desarrolló en Atenas. Pero para mí es igualmente inverosímil lo que propone el capítulo relativo a esto (9. «Die Entdeckung der Kommunikation», pp. 265-305): las grandes aportaciones de Gorgias a la teoría de la comunicación, que subrayan la importancia del kairós, no veo que tengan relación con una «demokratisierung der Elite», se trata de una técnica que debe aplicar todo orador ante cualquier público, el de cada ocasión, independientemente del criterio de verdad. Por supuesto, aquí no hay ninguna referencia a Sicilia, sí en el capítulo siguiente (10. La relación entre retórica y democracia es, por supuesto, evidente, así como la redacción de códigos. Pero no creo que arrastre convicción lo que propone el autor sobre las defixiones sicilianas: el uso del verbo γράφω subrayaría la autoridad social del autor. 323 ss.: el libro tiene cosas muy interesantes, pero exprime demasiado los textos a favor de una tesis preconcebida. La que es muy interesante y útil es la «Appendix: Die vorgriechischen Sprachen Siziliens». Esta obra ofrece una visión general de la figura del dios Dioniso fundamentalmente en época clásica, como el propio autor indica en el prólogo, dando especial relevancia a la tragedia euripidea Bacantes. Aunque también recurre a fuentes más arcaicas (p. ej. Homero, Hesíodo, Alceo, Anacreonte y Arquíloco) y algunas posteriores (p. ej. Diodoro Sículo, Plutarco y Apolonio Rodio). El resultado es un estudio útil como «manual» general sobre Dioniso para aquellos lectores que quieran introducirse en su conocimiento, pues presenta los aspectos más relevantes de este dios, siempre a través de las fuentes más importantes, y ofrece continuas referencias a las diversas inter pre taciones que otros autores han ido dando en cada caso. El libro está estructurado de forma sistemática y clara, lo que permite un fácil manejo de la obra. Se divide en cinco grandes capítulos, que a su vez se subdividen en distintos apartados. El primer capítulo, «Vida y milagros», se ocupa de lo que podríamos denominar la «biografía» mítica del dios, tratando en diferentes apartados algunos de los más relevantes episodios en los que Dioniso participa, como son su nacimiento, su infancia, su periplo, la gigantomaquia o los enemigos a los que hace frente. El segundo capítulo, «Poderes, atributos, dominios», se centra en estos tres temas, destacando en el primero de ellos el vino, la locura y su relación con el teatro. Respecto a los atributos que permiten identificar a Dioniso hace especial hincapié en la hiedra, el séquito y los animales con los que el dios guarda relación, sobre todo el toro. Y en cuanto a los dominios, se ocupa de los ámbitos en los que Dioniso actúa con mayor intensidad, como son el monte y el mar, o desde el punto de vista ctónico, el Hades. El tercer capítulo se ocupa del culto dionisíaco, centrándose en las principales fiestas en honor a este dios, sobre todo atenienses, y en el menadismo y la visión que de este ofrece Eurípides en Bacantes. El cuarto capítulo, titulado «Dionisismo y antidionisismo», es el más amplio del libro. En él interpreta la problemática y las contradicciones inherentes a la figura de Emerita LXXIX 2, 2011, pp. 391-439 ISSN 0013-6662 Dioniso en relación a aspectos tan diferentes como la política, la sociedad, la imagen del dios, su sexualidad o su patria. El libro termina con el capítulo quinto, dedicado al orfismo, donde el autor hace una somera presentación de esta corriente religiosa, en la que Dioniso era de gran importancia. La obra se complementa con un índice de pasajes citados, donde quedan señalados en negrita aquellos que aparecen traducidos, un índice de nombres antiguos y otro de ilustraciones que recoge las representaciones iconográficas que han sido incluidas en la obra. En general el libro no profundiza demasiado en los aspectos tratados, ni en el comentario de las fuentes presentadas, dejando fuera elementos que resultan interesantes para los especialistas en el tema. Y, sobre todo, acusa una falta de actualización bibliográfica, pues esta se detiene en torno al año 2004. Faltan monografías y artículos, anteriores y posteriores a esta fecha, bastante relevantes en temas tan variados como el orfismo, Eleusis o el dionisismo. A pesar de esto, se trata de una monografía útil para quienes comienzan a interesarse por la figura de Dioniso, tanto por estar en español como por lo compacto y organizado de su estructuración. El tricolon del título de esta nueva monografía del Prof. John F. Miller (M.) encierra no una yuxtaposición de planos sino su interrelación: los mecanismos mediante los cuales la esfera religiosa del culto romano a Apolo aparece reflejada en la poesía augústea y las implicaciones políticas que tal reflejo comporta en función de la forma de aparición de esta divinidad favorita de Octavio Augusto. Dicho de otra forma, este libro puede leerse como un análisis de la poesía de Virgilio, Horacio, Tibulo, Propercio y Ovidio desde la perspectiva política de su relación con Augusto y ello a través de la utilización de la figura de Apolo. Se trata de una labor compleja por cuanto precisa de un amplio dominio de un corpus poético tan amplio y tan rico como el recién mencionado, al tiempo que forzosamente ha de atender a los aspectos históricos del culto a Apolo. M. demuestra aquí su solvencia como gran conocedor de la poesía augústea en general y como experto en distintas facetas de la religión romana: el análisis de los textos es panorámico y se sustenta saludablemente en los mejores comentarios ad hoc al tiempo que en válida bibliografía reciente. Gracias a ello M. consigue aislar la relación concreta de cada Emerita LXXIX 2, 2011, pp. 391-439 ISSN 0013-6662 uno de estos poetas respecto del Princeps, por un lado, al tiempo que la permanente interlocución que se da, pongamos por caso, entre Propercio y Virgilio u Horacio, o entre Ovidio y Virgilio o Propercio. Para la perspectiva religiosa, a su vez, M. aprovecha su experiencia de años como estudioso de los Fasti ovidianos y demuestra su familiaridad en el manejo de fuentes historiográficas, arqueológicas y numismáticas con que situar en su momento y aun en su decorado concreto cada uno de los textos poéticos analizados. Tras una «List of illustrations» (pp. viii-ix) y los esperables «Acknow ledgements» (pp. x-xi), la obra se divide en una «Introduction» (pp. 1-14), donde se resume el objetivo y espíritu que anima la obra (sintomático resulta que se comience por el análisis de una pintura mural de Apolo como citaredo, procedente de la residencia de Augusto en el Palatino), y siete capítulos: 1) «Octavian and Apollo» (pp. 15-53). Se analiza aquí la vieja vinculación del futuro Princeps con esta divinidad, paralela a las de otros personajes coetáneos como Sexto Pompeyo con Neptuno o Marco Antonio con Dioniso, vinculación que asimismo entraba en competencia con la de Bruto con el propio Apolo y aun con la de Marco Antonio con símbolos solares, tradicionalmente identificados también con este dios. Especial atención se presta a la llamativa cena dodekatheos ofrecida por Augusto, en la que este apareció ataviado como Apolo y en la que cabe reconocer algunos de los conocidos rasgos de impietas del que, con el pasar de los años, se convertiría en restaurador de la moral y de la religión de Roma. También se analiza la situación de Horacio en estos años posteriores a Filipos, a través de sus referencias tanto a Apolo como a Mercurio. En el siguiente capítulo: 2) «Apollo at Actium» (pp. 54-94) la figura del dios se presenta en su forma más combativa mediante los respectivos retratos que de él hacen Virgilio (Aen. A continuación viene el capítulo más extenso: 3) «Apollo and the Legend of Aeneas» (pp. 95-184), en el que se estudia la siempre compleja y poliédrica significación de un personaje en la obra épica de Virgilio, en este caso la del dios Apolo en persona o a través de sus distintos «representantes» (Héleno, Celeno, la Sibila, Arrunte, Yápige...), así como su recepción y respuesta por parte de Horacio (C. 4.6). 4) «Apollo Palatinus» (pp. 185-252) se centra en el emblemático templo de Apolo que Octaviano inauguró el 9 de octubre del 28 a. C. en el Palatino, junto a su propia residencia, así como en su simbología y en su relación, por ejemplo, con el templo de Júpiter Capitolino. Se estudia a continuación con detenimiento su reflejo en la obra de los cinco poetas mencionados más arriba. El siguiente capítulo, 5) «Apollo and the New Age» (pp. 253-297), vuelve sobre uno de los textos analizados en las páginas inmediatamente anteriores, el Carmen Saeculare, para centrarse en la figura de Apolo como promotor de una nueva era más favorable para los romanos, si bien el análisis parte oportunamente del arranque de la Égloga 4 de Virgilio y del poema 34 de Catulo, y al estudio del C.S. sigue otro del himno a Febo en el también Emerita LXXIX 2, 2011, pp. 391-439 ISSN 0013-6662 horaciano carmen 4.6. El capítulo 6) «Apolline poetics and Augustus» (pp. 298-331) adopta una perspectiva algo más general, en consonancia con el objetivo y título de la obra, y aborda las implicaciones ideológicas (e. e. su relación con el Princeps) de aquellos poemas o pasajes de los poetas elegíacos y de Horacio en que se alude a Apolo en su calidad de promotor del canto y la poesía. El último capítulo, 7) «Ovid 's Metamorphoses and Augustan Apollo» (pp. 332-373), se detiene en otra relación -también compleja, como la de Virgilio, aunque de naturaleza distinta-entre un poeta y Augusto, a quien Ovidio sigue relacionando con Apolo -por más que este aparezca disminuido-al tiempo que lo presenta como Júpiter, como temible y todopoderoso dios del rayo. Siguen 24 cumplidas páginas de «Bibliography» (pp. 374-397), de las que se excluyen referencias a las ediciones utilizadas y en las que puede apreciarse la sólida cimentación sobre la que se apoya el trabajo, así como el carácter transversal al que hemos hecho referencia. El volumen se cierra con los muy oportunos índices: un siempre útil «Index locorum» (pp. 398-405) y un «General index» (pp. 406-408), consistente básicamente en un index nominum. Desde el punto de vista externo, se trata de una magnífica edición, de lectura cómoda y prácticamente libre de erratas (he aquí las que he detectado: p. El estilo rico y a la vez claro de M. contribuye asimismo a hacer placentera la lectura de este buen ejemplo de «classical scholarship».
Ahora, ha llegado a nuestras manos un extenso comentario al libro II que será un libro de obligada referencia para los estudiosos de Ovidio y de la poesía augustea. También acaba de publicarse el comentario del libro III a cargo de R. K. Gibson (Ovid. Ars amatoria book 3, Cambridge: Cambridge University Press 2003, pp. 446) de la Universidad de Manchester, ya iniciado en su tesis doctoral. Por cierto, los españoles dedicados a la filología clásica (los que se dedican al humanismo latino es otro cantar) andamos perdidos en esta fundamental faena de filólogo: el comentario filológico de los textos clásicos. El volumen se inicia con una completa bibliografía (pp. 13-29), en la que falta, como es usual allende nuestras fronteras, referencias bibliográficas españolas (¡ni siquiera una!). Al menos, podría haber sido de no poca utilidad para el mismo Janka la monografía de E. Montero, 159 Clara alusión a los irritamenta Veneris o "excitaciones en el amor"; cf. Am. V 6; léase también el comentario (muy útil, pero muy desconocido) de G. Némethy, P. Ovidii Nasonis Amores, Budapest, 1907, p. 278 El tema de la amada codiciosa (puella auara) es propio de la diatriba y aparece frecuentemente en la comedia; cf. Plaut. La crítica a la codicia de la amada es frecuente en los elegíacos latinos: Am. 326) El trabajo que el profesor Laguna presenta en esta publicación tiene su origen en una Tesis de Licenciatura defendida en la Universidad de Sevilla hace algunos años, pero que no ha perdido originalidad ni frescura. Es bien sabido entre los estudiosos de Catulo que el poema 67 ha resultado desde siempre de difícil interpretación, hasta el punto de que algunos de los concienzudos críticos que últimamente abordaron su examen (Forsyth 1986, Murgatroyd 1989y Thomson 1997), o bien renunciaron al entendimiento global de la composición o bien se dejaron llevar por errores fácilmente detectables; esta es la razón por la que debemos saludar con agradecimiento el esfuerzo del autor que, tras un detenido trabajo, ha podido aportar los frutos de su propia investigación, resultados que en este caso quieren ser definitivos. A estos apartados se añaden una bibliografía bastante actualizada y unos índices de cosas notables, de autores modernos y de pasajes citados, que resultan de gran utilidad. El poema es un diálogo, entre un interlocutor anónimo y la puerta de una casa, por el que a ésta se le piden explicaciones acerca de su deslealtad para con el actual propietario. La puerta se defiende de la acusación aludiendo a una oscura historia de incesto y adulterio, según la cual la culpa debe recaer sobre la dueña de la casa, que se ha entregado a toda clase de escándalos. El conjunto de los 48 versos catulianos que componen el carmen considerado, ofrecen a lector, con vistas a su interpretación, dificultades tanto de tipo textual como de carácter léxico-semántico y literarias. Entre los problemas de tipo textual, los más difíciles se refieren a los vv. Los problemas de carácter léxico-semántico que, en opinión del autor, requieren una mayor atención, son los siguientes: Identidad de un varón llamado Cecilio -actual dueño de la casa -, al que se nombra en el v. Interpretación de la secuencia non illam uir prior attigerit (v. Alcance de dos expresiones insólitas: porrecto sene y facta marita (v. Indagación de las causas que explican el proceso judicial al que aluden los vv. Aunque es cierto que para la resolución del primer caso Laguna acude a la semántica del nombre propio, cabe pensar que los puntos 1 y 5, así como el problema de la identificación de la puerta misma, habrían podido incluirse -quizá más adecuadamente-en un apartado destinado a aclarar la situación de los personajes. Con respecto al estudio en sí, hay que reconocer que las soluciones que aplica el autor de la monografía, aunque a veces un poco arriesgadas, son atractivas, sobre todo si se acepta la interpretación satírica y obscena de algunos términos, y la conjunción e interacción incluso de un triple sentido en un solo vocablo, como es el caso de ianua, lo que justificaría que se le pudiera aplicar el adjetivo marita. En cuanto a las dificultades literarias que subraya Laguna, se encuentran algunas cuestiones genéricas y de interpretación estilística y global. La primera, y quizá más importante, sería en qué tradición genérica habría de inscribirse el poema. El autor, que trata el tema en pp. 27-57, concluye la existencia y superposición de tres parodias genéricas en los versos que se estudian, la del epitalamio, la elegíaca (con el tema del exclusus amator) y la hímnica: "todo un prodigio -en expresión de Laguna -de condensación literaria que en Catulo no es exclusiva de este poema, y que ha dado pie a caracterizar su poesía como Musa Poliédrica: arte de múltiples facetas, niveles y perspectivas" (p.56). En este mismo sentido, resulta también interesante la explicación de la ékphrasis geográfica de los vv. 31-34, que no concuerda exactamente con la realidad, y que ha de entenderse acudiendo a una interpretación paródica y obscena del pasaje (pp. 97-103). En definitiva se trata de un trabajo muy detallado con el que se intenta contribuir a la comprensión global de un poema catuliano de compleja significación. En él se discuten numerosos problemas y de muy variada índole, lo que, sin duda, dificulta una presentación más sistemática de los mismos. El texto latino se acompaña de aparato crítico y la traducción resulta ágil a la vez que sugerente. La presencia de las inevitables erratas y de alguna expresión castellana fácilmente mejorable, no empañan, sin embargo, el mérito de una publicación que contribuye al más perfecto entendimiento de la poesía de Catulo en general, y de este poema 67 en particular. Ma LUISA ARRIBAS HERNÁEZ FANTUZZI, M. -HUNTER, R., Muse e modelli. La monografía que reseñamos no es un nuevo manual de la poesía de época helenística, pues no pretende ser exhaustiva, ni presenta una catalogación u ordenación precisa de los autores y obras postclásicas. Es más bien la exposición de un modo o método de interpretar la poesía helenística. Se trata de un libro ambicioso y novedoso. Tradicionalmente la poesía helenística se ha venido caracterizando por la contaminación de los géneros literarios y su carácter erudito. Los autores de esta monografía, sin desmentir estos postulados básicos, destacan que lo primero no es un rasgo exclusivo de la época helenística, sino que se manifiesta ya antes, y lo segundo no es un fin en sí mismo, sino una consecuencia del deseo de actualizar o contemporaneizar la literatura clásica. Para ello, tal como los autores de esta monografía ilustran perfectamente, lo que los poetas helenísticos hicieron fue sustituir o compaginar la tradicional invocación a la musa con la elección de un modelo o modelos literarios, primando la técnica literaria frente a la inspiración divina. Partiendo de estos principios, expuestos y ejemplificados en el primer capítulo («Occasioni di performance e generi letterari» [pp. 3-60]), poco a poco van desgranando una relectura personal de las principales creaciones literarias de época helenística. El capítulo segundo («L 'eziologia degli Aitia di Callimaco» [pp. 61-120]) se dedica a Calímaco pues su figura domina «la poesia e la vita intellettuale del III secolo a. Apolonio de Rodas es el objeto del siguiente capítulo («Le argonautiche di Apollonio Rodio e la tradizione epica » [pp. 121-175]). Los autores analizan la influencia de su labor como filólogo en su poesía y se centran en la consideración por parte de su autor de las Argonáuticas como poema épico, partiendo de consideraciones lingüísticas del propio texto (p. En el capítulo cuarto, dedicado a Teócrito («Teocrito e il genere bucolico» [pp. 177-262]), se destaca la ausencia de precedentes directos y la originalidad de combinar contenido agreste y metro épico, y se analiza el uso de exempla mitológicos, siendo especialmente original el estudio de su presencia como paradigma de las historias de amor en los seguidores de Teócrito. En el siguiente capítulo («Racconti epici, ma non troppo» [pp. ) se señalan los rasgos propios del epilio -la extensión, los aspectos formales y el metro -, deteniéndose en el estudio de la Hécale de Calímaco (pp. 269-274), el Heracles niño de Teócrito (pp. 275-286), el Heracles matador del león, atribuido a Teócrito (pp. 286-291), la Europa de Mosco (pp. 291-302) y los Fenómenos de Arato (pp. 302-322). Partiendo de la conciencia que se tenía de las peculiaridades del estilo homérico ya en el siglo IV, se dedica un capítulo («Stili epici,) al estudio de la huella del estilo y la lengua de Homero en los poetas helenísticos que escribieron en hexámetros, situando y analizando los homerismos detectados en relación con su contexto y destacando cómo estos autores seguían a Homero de forma velada con la intención de superarlo imitándolo. Especialmente interesante es el análisis del uso irónico de expresiones y giros homéricos por parte de Teócrito (pp. 344-359) y el estudio de las fórmulas homerizantes en. El epigrama es el objeto del siguiente capítulo («L 'epigramma» [pp. 389-481]). Tras un breve recorrido histórico en el que con acierto se omite cualquier alusión a las supuestas escuelas de epigramatistas de época helenística, se analiza lo que los autores del período hicieron con los tradicionales epigramas funerarios y dedicatorios (pp. 397-448), deteniéndose en la principal aportación helenística a la historia del epigrama: la invención del epigrama de amor (pp. 448-462). El capítulo octavo se dedica al teatro («Teatro e forme letterarie para-teatrali» [pp. 483-532]), tanto a la comedia nueva (los autores la incluyen en una monografía de poesía helenística -una uexatissima quaestio -porque, en su opinión, debido a la deuda de la comedia de Menandro con respecto a la filosofía y la ética de Aristóteles, ésta se mueve dentro de lo que era la doctrina común en época helenística), como a la tragedia. Por último, siguen unas consideraciones sobre la literatura latina de época EM LXXI 2, 2003 republicana («Epilogo romano» [pp. 533-565]), época en la que la literatura helenística era considerada ya literatura clásica e imitada como tal. Además de la comedia nueva, se destaca la huella de Calímaco, Herodas, la epigramática, Teócrito, Apolonio y Arato. La monografía se cierra con una bibliografia muy actualizada (pp. 567-580), donde hay que lamentar la ausencia total de estudios en español -algunos muy pertinentes como los de E. Fernández-Galiano, Posidipo de Pela, Madrid, 1987, J. G. Montes Cala, Calímaco. La renuncia a presentar un manual completo de poesía helenística, rehuyendo convertirse en mera repetición de conocimientos, es sin duda un acierto. Los autores ofrecen a cambio una selección personal a través de la cual pueden aportar su visión de la literatura del período con la confianza de que, en el caso de que ésta sea aceptada, pueda trasladarse a aquellos autores u obras no tratadas. La selección permite además que el análisis de las obras sea minucioso. Su estudio destaca por basarse íntegramente en la lectura directa de los textos -generalmente se presentan en versión original, pero siempre se ofrece traducción al italiano a pie de página con lo que se amplía la potencial recepción del libro-sin despreciar la bibliografía secundaria, pero situándola en su justo lugar. No se discuten en esta monografía diferentes interpretaciones de la poesía helenística, sino que se ofrece una visión personal relegando a nota las referencias eruditas. Llama especialmente la atención la recurrente alusión a doctrina de crítica literaria de la Antigüedad como apoyo de las reflexiones que se plantean y la permanente búsqueda de fuentes o modelos. Los autores no se detienen en detectarlas, sino que rastrean su relación con la obra y su repercusión en la interpretación del conjunto. Al estudiar las creaciones literarias, artísticas y culturales de esta época es imposible abstraerse de sus modelos de época arcaica y clásica. Los poetas helenísticos los conocían a la perfección, admiraban e imitaban o se distanciaban conscientemente de ellos. Su producción constituye de hecho la primera manifestación literaria que surge con plena conciencia de suceder a un pasado glorioso y, por tanto, se desarrolla bajo la sombra de éste. Sin embargo, los autores de este período, como se demuestra a lo largo de las 600 páginas de esta monografía, tienen entidad por sí solos y, además, no hay que olvidar que si la literatura de los siglos V y IV se considera 'clásica' es precisamente gracias a ellos. Sin su aportación muchas de las grandes creaciones de aquella época no habrían ejercido tan profunda influencia en la cultura griega posterior, en la romana y, en definitiva, en la europea. Es, pues, un período vital en la historia de la literatura universal que esta monografía, llamada a convertirse en referencia obligada, contribuye a iluminar. Hace ya cierto tiempo que Stavros Frangoulidis viene ocupándose de elementos teatrales en las Metamorfosis de Apuleyo: en realidad, varios de los capítulos de este libro son artículos publicados en diferentes revistas -CJ 95, 1999; AJPh 120, 1999; Drama 8, 1999; Scholia 9, 2000 -y que ahora, junto con otras partes originales, se presentan en una serie ordenada que pretende aportar una visión innovadora de la novela. El estudio del texto desde un punto de vista dramático, tal como hace prever el título, resulta especialmente atractivo, puesto que el mismo Apuleyo presenta así varios episodios (cf., por ejemplo, el uso de scaena en II 28.7, IV 20.3, VIII 8.5, VIII 11.1, por no hablar del Festival del dios de la Risa en el libro III o de la pantomima del Juicio de Paris) y la crítica, naturalmente, no ha dejado de advertirlo: véanse, entre las obras más recientes, los comentarios al libro IX de Hijmans et al. 1995, 387 y n. Así pues, los temas que propone Frangoulidis, es decir, el análisis de los papeles que asumen varios personajes de la novela, las interpretaciones que realizan y los cambios continuos que efectúan, constituyen, en principio, un excelente campo de investigación con un enorme interés. Pero el libro no se queda en un estudio general de las características teatrales de la novela, sino que se propone aplicar a episodios concretos del texto las categorías de Greimas (pp. 2-5) o, más bien, una adaptación de estas (pp. 5, 9); después de dejar constancia de esta intención y de definir su propio concepto de roles -"distinct features which the narrative endows the actors/characters with at any given point in the novel 's discourse" (p. 7) -, Frangoulidis acaba la introducción presentando la materia efectiva sobre la que versa el libro (pp. 11-14) y que se limita a algunos de los cuentos insertos, no a la trama central de la novela. El primer capítulo, titulado «Unwittingly Successful Performances: The Triumph of Magic», trata del cuento de Aristómenes sobre Sócrates (libro I 5-20; pp. 16-35), el que narra Telifrón sobre su propia mutilación y el festival de la Risa (III 1-11; pp. 49-68); el segundo -«Fatally Successful Performances» -estudia la historia de Plotina que cuenta Hemo-Tlepólemo (VII 1-13, pp. 70-82) y la narración del trágico final de Cárite (VIII 1-14, pp. 82-103); el tercero, bajo el rótulo de «Unsuccessful Performances», analiza la historia de la mujer del panadero contada por el burro Lucio (IX 14-31, pp. 105-119) y la de la madrastra (X 2-119-127); mientras que el cuarto -«Man and Animal» -se ocupa de la historia del bandido Trasileón contada por uno de sus camaradas (IV 14-21; pp. 129-147) y el espectáculo de Corinto (X 16-35; pp. 147-162). El quinto y último capítulo -«Successful Performances: Lucius' Spiritual Journey» -, con el que llegamos al libro XI (pp. 163-176) y a la culminación del libro, es indudablemente el más ambicioso, puesto que con las conclusiones (pp. 175-176) se pretende integrar todas las lecturas anteriores en una unidad de interpretación; precisamente por eso, hubiera resultado quizá conveniente tratarlo con mayor amplitud y detenimiento. Lo que resulta desconcertante es que en todos estos episodios la adaptación de las categorías de Greimas se limite a alguna pincelada terminológica (p. 176, p. ej.) y, la mayoría de las veces, a un pequeño párrafo (pp. 76, 136, 165-166, por ejemplo) en el que se les aplica a los diversos personajes las conocidas oposiciones sujeto/objeto, destinador/destinatario, adyuvante/oponente, etc. Apenas se presta más atención a las ideas de Greimas que a ciertos análisis freudianos que aparecen un par de veces (pp. 47 y 101) y que adolecen de la misma superficialidad. En general, para la mayor parte de la argumentación que desarrolla Frangoulidis, el análisis de Greimas es perfectamente superfluo y no se comprende el sentido de invocarlo al principio como la herramienta fundamental del estudio. Resultan interesantes, si bien no novedosas en parte, otros facetas de su análisis como su resumen de los paralelos entre las historias de Plotina y Tlepólemo o Cárite y su interpreta-EM LXXI 2, 2003 ción como contrapunto a las historias de bandidos (p. Pero en otros casos ciertas conclusiones hubieran necesitado, como mínimo, una argumentación muchísimo más detallada: tal como aparece, puede parecer caprichoso y falto de fundamento, por ejemplo, interpretar la mutilación de Telifrón como una castración (pp. 47, 49) o la consideración de que Lucio sufre la metamorfosis porque no acepta su integración en la comunidad de Hípata mediante el festival del dios de la Risa (una idea fundamental en el libro, cf. pp. 65, 164, 170) con la curiosa idea -y contraria a todo lo anterior-de que «in successfully passing the test, he (sc. También resulta interesante advertir elementos que recuerdan a los de una boda romana (p. 92; una idea ya expresada por el autor), pero resultan sorprendentes afirmaciones como las de que los ojos de Trasilo, al quedar cegado, son un sustituto de los órganos sexuales femeninos (p. 97) y, después, adquieren el significado simbólico de los testículos (p. 98), la de que este castigo refuerza el comportamiento marital admisible en la sociedad o, más adelante, la de que Trasileón encuentra la muerte por no haber sabido atraerse la simpatía de su audiencia (p. Tampoco parece del todo convincente la consideración de la historia de la madrastra (X 2-12) como variante del cuento de Telifrón (pp. 119-127), puesto que hay demasiadas diferencias y las semejanzas no son muy significativas. Por otro lado, la mención de la muerte de Tlepólemo con respecto a la de Trasileón (p. 144) es demasiado simple y la idea de que el asno Lucio se salva finalmente por renunciar al sexo en el espectáculo de Corinto (fundamental en pp. 160-162) está sencillamente en contra del testimonio del protagonista (X 34.5-35.1). Otro serio inconveniente es que gran parte del libro, poco voluminoso además, se consume en la descripción de los diversos episodios de la novela. Tanto por el contenido del libro en sí como, por ejemplo, por el empleo constante de citas del texto latino sin traducción, se trata de una obra destinada más bien a un público especializado; por lo tanto, el autor podría haber supuesto cierto conocimiento del tema en el lector y haber reducido las partes dedicadas simplemente a narrar los diversos pasajes. De acuerdo con un criterio irreprochable, la bibliografía es muy selectiva: los estudios sobre las Metamorfosis de Apuleyo son numerosísimos y el autor ha estado muy acertado en limitarse a lo más pertinente a su campo de estudio y a obras muy recientes, como los libros de Harrison o Zimmerman, por ejemplo, y los estudios de Repath, Slater o Lateiner, todos del 2000. Al final, se tiene la sensación de que este libro no agota precisamente las posibilidades de estudiar las Metamorfosis ni desde el punto de vista teatral ni desde el de la teoría de Greimas: indudablemente queda mucho por hacer. Pero el autor ciertamente ha acertado en muchas ocasiones al descubrir la importancia de los disfraces, los engaños, las transformaciones y los cambios de rol en la trama de la novela, subrayando al mismo tiempo la complejidad y el sutil entramado de la obra. Desde esta perspectiva el trabajo de Frangoulidis resulta muy útil, aunque su interpretación final de la obra no sea, por supuesto, indiscutible. JUAN MARTOS Universidad de Sevilla BRASETE, Ma F. (coord.), Máscaras, vozes e gestos: nos caminhos do teatro clássico, Centro de Línguas e Culturas, Universidade de Aveiro, Coimbra, 2001, 372 pp. Cada vez es más frecuente encontrarse en la bibliografía reciente dedicada al teatro clásico grecolatino estudios, como el que aquí nos ocupa, en los que desde la voz de diversos especialistas se abordan con nuevas perspectivas cuestiones candentes, y también añejas, de un género tan lábil como el dramático. En este compendio de aportaciones, editadas por la Profa MaF. Brasete con motivo del IV Coloquio Clássico organizado por la Universidad de Aveiro, se ponen sobre el tapete asuntos de tradicional controversia en relación con el teatro clásico y, asimismo, se abren nuevas sendas de análisis y reflexión en torno al hecho teatral antiguo. En total, son diecisiete intervenciones recogidas aquí las que canalizan las reflexiones de sus autores en aquel coloquio abarcando un abanico cronológico que va desde la tragedia griega hasta la comedia latina y, aún más allá, desde el teatro en época imperial romana hasta sus huellas en nuestros días. Las contribuciones dedicadas al teatro griego se abren con la ponencia de Ma H. da Rocha Pereira ("Lexis e opsis na tragedia grega", pp. 9-25) en la que, sobre la base de los elementos constitutivos de una tragedia especificados por Aristóteles, se analiza el sentido que dos de ellos, lexis y opsis, tienen de cara a la difusión de los textos dramáticos escritos y su representación en la Grecia clásica. Por su lado, J.A.A. Torrano ("Mito e dialética na tragedia Agamêmnon de Ésquilo", pp. 27-37) plantea la dialéctica trágica que se establece entre pensamiento mítico y filosofía a tenor de la identidad que en determinados aspectos representa la interrelación que, sobre el ejemplo del Agamenón de Esquilo, se observa entre esos dos conceptos. Asimismo, J.P. Serra ("Do gesto ao silêncio: Ésquilo e a herança trágica", pp. 39-49) realiza un análisis de cómo se materializa el proceso creador de una tragedia en la Grecia antigua -para lo que centra su atención en el caso esquileo-y cómo lo hace en el teatro de hoy. Autognose e problematizaçâo do Eu na representaçâo do Outro", pp. 51-69) analiza las fronteras que la idea de lo bárbaro o ajeno y lo griego o propio se aprecian en la tragedia de Esquilo, apuntando la relatividad con que tal binomio aparece en las obras estudiadas y la identidad que, a veces, se atisba a vislumbrar entre una y otra cosa. Por su lado, J.A. López Férez ("Observaciones sobre los mitos en el Heracles de Eurípides", pp. 71-114) estudia el tratamiento -bastante negativoque las figuras de los dioses, especialmente Zeus y Hera, reciben en la tragedia de Eurípides con respecto a la imagen -claramente positiva -que en ella se nos da del héroe protagonista, Heracles. Por último, J. Lins Brandâo ("Electra no expelo", pp. 115-129) se centra en estudiar y poner en relación con otras manifestaciones artísticas las escenas de reconocimiento de las Coéforas de Esquilo, la Electra de Sófocles y la de Eurípides. Los trabajos que se centran en el teatro latino se abren con el estudio que A. Pociña ("O amor de Medeia, visto por Eurípides e Séneca", pp. 131-152) dedica a comparar el comportamiento amoroso de Medea por Jasón en las tragedias de Eurípides y Séneca, señalando que la del primero se mueve en la obra por el rencor enquistado hacia el héroe y la del segundo por un todavía vivo amor hacia el argonauta. Sobre Séneca versa también el trabajo de J.A. Segurado e Campos ("Tragedia e justiça no teatro de Séneca", pp. 153-177), aunque en este caso el autor se dedica a escudriñar los elementos del derecho romano que se pueden atisbar en las tragedias senequianas, hasta el punto de que algunos incluso pueden ayudar a entender el componente filosófico de las tragedias y explicar incongruencias dramáticas de éstas. En el marco de la comedia latina se engloba ya la ponencia de Ma de Fátima Silva ("A voz do Autor na comédia greco-latina", pp. 179-199), quien pone en relación, salvando las distancias temporales, las actitudes de Aristófanes y Terencio por cuanto ambos fueron objeto de las críticas de sus contemporáneos en su afán por renovar la escena a fuerza de ingenio y destreza dramatúrgica. Os fingimentos do poeta e o sorriso da Fortuna", pp. 201-209) pondera la figura de Pséudolo en la homónima comedia de Plauto dándole el total protagonismo de la obra frente al personaje de Balión. Una aproximación desde el ámbito de la lingüística al texto plautino la encontramos en el trabajo de C. de Miguel Mora ("Juegos de palabras en el Rudens de Plauto", pp. 211-240), quien lleva a cabo una aproximación pragmática al Rudens para destacar cómo, incluso en comedias de no especial comicidad, es posible descubrir juegos de palabras con fines humorísticos, mientras que desde un punto de vista semiológico G. Mazzoli ("Semántica della porta nella commedia di Plauto", pp. 241-258) intenta desvelar el papel que, no ya como mero instrumento de la tramoya teatral, la puerta desempeña en la escena romana, llegando a tener una función decisiva en el desarrollo de la acción o, al menos, a contribuir a aumentar la intriga planteada en la trama de la pieza. Al personaje del parásito en la obra de Terencio dedica su estudio A. Pereira do Couto ("O parasita na obra de Terêncio -Gnatâo vs Formiâo", pp. 259-284) y en él valora la importancia que los dos personajes de este tipo tienen en las comedias en que aparecen, señalándose la especial relevancia que en la comedia que lleva su nombre tiene la figura de Formión como motor e impulsor de la acción. Por último, saltando los márgenes del teatro latino de época clásica contamos con los trabajos de M.-H. Garelli-François ("Le geste et la parole: mime et pantomime dans l 'Empire romain", pp. 285-303), quien analiza las características de estos subgéneros dramáticos en la época de referencia a partir de la importancia que en ellos cobra, y que los distingue, la retórica gestual; Fco. de Oliveira ("O mundo do teatro em Plínio-o-Antigo", pp. 305-327), que analiza, interpreta y comenta las referencias al género dramático en la obra de Plinio el Viejo (cosa que parece evidenciar que el teatro como tal seguía teniendo una vital importancia en la época del autor); MaC. de Castro-Maia ("Teatro, actores e público no Alto Império romano", pp. 329-348), que intenta demostrar que el hecho teatral en Roma no entró en decadencia tras la muerte de Terencio, para lo que se basa en el persistente uso que se hizo de los teatros y del éxito cosechado en época imperial por algunos afamados actores; y Ma E. Pereira ("A força inquietante dos objectos na Máquina Infernal de Jean Cocteau", pp. 349-365), quien aborda la manera con que Cocteau, sin dejar de ser un autor profundamente moderno y decisivo para el devenir de la dramaturgia del siglo XX, renueva el antiguo mito de Edipo en La máquina infernal desde su concepción de "poesía teatro". Cierran, para terminar, el volumen las palabras de apertura y clausura del Coloquio que pronunciaron J. M. Nunes Torrâo y Ma F. Brasete, respectivamente. En fin, el lector puede comprobar, a la vista de la relación de trabajos y de sus contenidos que hemos hecho, cuáles son las perspectivas con que los participantes en este libro se han acercado al teatro de Grecia y Roma. Mucho más nutrida la parte romana que la griega, cabe decir también que quizá la novedad de enfoques hacia el hecho teatral antiguo se decanta asimismo más hacia la parte romana, siendo los estudios dedicados al teatro latino (tal vez acaso por ser más) los que plantean mayores novedades con respecto a la doble naturaleza que define el género dramático, tanto en su faceta de texto literario como en su faceta de espectáculo visual. El mensaje de los estoicos de la Antigüedad no ha dejado en ninguna época de atraer, de uno u otro modo, a los seres humanos del momento, y ello sigue siendo así todavía. Una rápida incursión en Internet, gran escenario de nuestros días, nos ofrece buenos testimonios de este neoestoicismo actual. Hay una curiosa página que propone incluso un registro de estoicos, donde podemos encontrar, junto a un Zenón o a un Séneca, las fichas de hombres y mujeres corrientes (psicólogos, profesores, hombres de negocios etc.) que se reconocen a sí mismos hoy como estoicos. Pues bien, en toda esta pervivencia, que ha tenido desde luego a lo largo de la historia los más variados matices, el mensaje del gran pedagogo estoico que fuera Epicteto brilla y ha brillado con una fuerza especial desde que hacia el año 95 de nuestra era fundara su escuela en Nicópolis de Epiro. El libro del Prof. Long, con su recorrido fascinante por el paisaje seductor de la obra de Epicteto, es un tributo que la filología clásica debía hace tiempo a este singular filósofo. El resultado no podía ser más fructífero y brillante. Los treinta años que el filólogo inglés (nacionalizado estadounidense) lleva dedicados al estudio serio y revelador de los textos de los filósofos griegos, muy en particular de época helenística, lo situaban desde luego en una posición inmejorable para comprender la obra de Epicteto en todos sus presupuestos y consecuencias. Pero, lejos de contentarse con el frío conocimiento, el estudioso ha sabido también extraer de dicha obra toda su actualidad, desplegando, sin merma de rigor, un proceso de "apropiación simpatética" que confiere al libro gran frescura y sensibilidad, y lo hacen atractivo también para el lector no especialista. No en vano, gestado como fue en un seminario impartido en la Universidad de California (Berkeley), está inspirado por un claro espíritu pedagógico, que armoniza muy bien al mismo tiempo con el talante del autor estudiado. En la introducción (pp. 1-6), se avanzan algunos de los hilos conductores del libro y se explican su configuración y dinamismo. A este respecto, es un acierto indudable del autor presentar con generosidad los textos (en traducción propia) que van ilustrando las enseñanzas de Epicteto en cada momento analizadas. Además, todo este corpus de extractos (numerados del 1 al 146) aparece reunido por temas al comienzo del libro (p. XIII s.), lo que lo convierte en un instrumento útil para una lectura antológica de la obra del estoico. Otro acierto es dejar de lado, en el texto de los capítulos, los detalles críticos y bibliográficos de las cuestiones planteadas, reduciéndose al mínimo las notas a pie de página y trasladándose aquellos detalles a notas complementarias al final de los capítulos. El lector no especialista puede más fácilmente así recorrer esta obra, que permite incluso una lectura selectiva, en función de los intereses de cada lector. 1-5: pp. 1-141) aborda la vida de Epicteto y su contexto intelectual y cultural, para centrarse luego en su estilo didáctico y metodología, así como en los fundamentos psicológicos de su filosofía (deseo-orexis/aversión-ekklisis, donde entran en juego las pasiones-pathê; impulso positivo-hormê/repulsión-aphormê, donde se dilucida lo apropiado-kathêkon; asentimiento-synkatathesis, que es la facultad de aplicación más delicada y que requiere una previa buena preparación en el uso de las otras), fundamentos vinculados al tema de los tres campos de estudio (topoi), coincidentes (según la reconocida tesis de P. Hadot) con las tres partes tradicionales de la filosofía: la física, la ética y la lógicadialéctica. El cap. 5 presenta un formato especial: es un comentario minucioso de dos de las EM LXXI 2, 2003 lecciones de Epicteto representativas de cada uno de sus estilos: doctrinal-didáctico (I 20: Sobre cómo la razón es especulativa de sí misma) y protréptico-refutatorio (IV 9: Al que ha perdido la vergüenza). Por lo general, los textos de Epicteto, sobre todo los del segundo tipo, que son mayoría, resultan bastante accesibles, pero muchos aspectos de su filosofía quedarían sin duda más definidos y se verían más enriquecidos si pudiéramos contar con un similar comentario para el conjunto de lo conservado. Esperamos que nos lo proporcione algún día el mismo Long. En cualquier caso, como resultado de un estudio ya lo suficientemente profundo y exhaustivo, en la segunda parte del libro (capp. 6-9: pp. 142-258) Long analiza con detenimiento los conceptos principales que, según él, confieren a la filosofía de Epicteto toda su coherencia y unidad (en su doble dimensión individual y social); a saber: libertad (eleutheria), juicio (dogma), acto de voluntad o volición (expresión con la que Long ofrece una aquilatada lectura del concepto capital de prohairesis) e integridad (donde se combinan las ideas de aidôs y pistis vinculadas a su vez con la noción de deber o lo apropiado). No podemos aquí entrar en los detalles de un libro tan rico en aportaciones. Nos limitaremos a señalar algunas de ellas, y añadir eventualmente algún comentario de nuestra parte. En primer lugar, respecto a la naturaleza y al género de los textos de las Diatribai de Epicteto y al papel jugado en ellos por su discípulo Arriano, Long se acoge a la hipótesis más razonable hoy, que concede a este último un cierto papel en la organización literaria del material de las lecciones de su maestro. Evita, sin embargo, hablar de Diatribas y prefiere el término neutro de Discursos (Logoi). La razón de ello es sin duda el rechazo completamente justificado de la nefasta tradición de la diatribomanía, pero sobre todo la voluntad de apartar a Epicteto de todo peligro de asimilación con la diatriba cínica, que se suele identificar con una exhortación más severa y un rechazo más directo de las opiniones contrarias. La de Epicteto, en cambio, es más elaborada y se combina normalmente con el estilo refutatorio propio de Sócrates. Es un acierto de Long enfatizar esta diferencia, basada en declaraciones del propio Epicteto que vinculan a Diógenes con el estilo protréptico, a Sócrates con el refutatorio y a Zenón con el doctrinal. Ya O. Halbauer lo había dejado claro en 1911, y creemos que Long no pondera suficientemente esta aportación del filólogo alemán, uno de los primeros en reaccionar contra la diatribomanía, que no dejó por ello de reivindicar el término diatriba, por supuesto bien entendido, es decir, como referido a un discurso de origen o destino pedagógico. En efecto, Halbauer distinguía entre diversos géneros de diatriba según el método pedagógico seguido. En el caso de Epicteto, distinguía entre conversaciones a la manera erística de un cínico, diálogos socráticos y discursos en general, a medio camino entre ambos, categoría en la que incluía la mayor parte de las diatribas del filósofo. Es más o menos el esquema seguido por Long, aunque éste insiste, como decíamos, en la diferencia entre la protréptica cínica y la epictetea, ésta tendente siempre al estilo refutatorio propio de Sócrates. No en vano, la aportación principal de Long, reflejada en el título del libro, es el énfasis en el carácter socrático de la filosofía de Epicteto: el estudio en profundidad del modo como éste hace suyo, reinterpretándolo, el paradigma y el estilo socráticos. Otra de sus aportaciones es superar la vieja afirmación que hace de Epicteto un estoico ortodoxo desde el punto de vista doctrinal. Una y otra vez, Long matiza esta afirmación, poniendo de manifiesto cómo aquél es a menudo muy original en el modo como selecciona y enfatiza más o menos los distintos elementos doctrinales de la Estoa. En este sentido, su estoicismo debe ser entendido desde luego en un marco donde el referente de Sócrates es fundamental. Pero tampoco debemos olvidar el referente cínico, que Long (nos da la impresión) tiende a marginar un poco en relación con el más puramente socrático. Creemos que se podría haber puesto más de manifiesto aquel otro referente, por supuesto con toda la carga idealizadora (reinterpretativa, de nuevo) que conlleva en Epicteto, analizándose más abiertamente en qué medida puede haber contribuido también a forjar las peculiaridades de su filosofía. Pensamos, por ejemplo, en la importancia que da Epicteto a la permanente ejercitación-askêsis (frente al énfasis tradicional de los estoicos en la figura del sabio ideal-perfecto); o en el paralelo énfasis en la idea del progreso formativo (donde también se adivina más o menos indirectamente el referente aristotélico, puesto de relieve por Long en otros puntos). Pensamos también en su rechazo a establecer distinciones sutiles en la esfera de lo moralmente indiferente (ta adiaphora), lo que nos recuerda a un discípulo disidente de Zenón, Aristón de Quíos, que ya los antiguos pusieron por ello en conexión con los cínicos (cf. DL VI 103-105). En cualquier caso, lo que Long parece haber querido es superar el esquema tradicional de Epicteto como estoico-cínico, que sin duda no da cumplida cuenta de toda la trascendencia de su obra. Sin embargo, es evidente también que los cínicos no sólo están en los orígenes de la Estoa sino en la misma tradición socrática ya invocada a menudo por los propios estoicos cuando se afanan en apartarse de los que a menudo sienten como sus molestos antecesores perrunos. Como bien concluye Long en el epílogo en que repasa una vez más la extraordinaria pervivencia del mensaje de Epicteto (p. 259-274), condensado en el célebre Manual confeccionado por Arriano, el objetivo principal de nuestro filósofo no es la perfección o la sabiduría ideal sino la formación y mejora del modo de pensar de personas corrientes como nosotros: Epicteto acepta que no somos infalibles (él mismo a menudo no se considera tal), pero está profundamente comprometido con la creencia optimista de que estamos dotados de un modo innato y "divino" para vivir bien (ser felices), incluso en las situaciones desfavorables, si consideramos que son nuestros pensamientos y deseos, y no nuestras circunstancias, los responsables de cómo nos conducimos y actuamos en relación con nosotros mismos y con nuestros allegados (p. Son especialmente interesantes los datos reunidos por Long sobre la influencia de Epicteto en ámbito anglosajón, sobre todo en Norteamérica. En cambio, no podemos dejar de echar de menos una mención a España, donde, pese a que la personalidad de Séneca oscureció algo la influencia de Epicteto, ésta también se dejó sentir, y no en vano contamos con tres históricas "traducciones" del Manual realizadas por otros tantos discípulos (entre ellos Quevedo) del célebre flamenco J. Lipsio, padre del neoestoicismo cristiano de los siglos XVI-XVII. El libro, de lectura tan amena como provechosa, comporta un glosario de términos filosóficos (pp. 275-276), un breve repertorio de los filósofos mencionados (pp. 277-279) y una completa bibliografía (pp. 281-290), a la que, sin embargo, nos permitimos añadir el extenso artículo que modestamente dedicamos nosotros a Epicteto en Dictionnaire des Philosophes Antiques III (2000), pp. 106-151, cuyo conocimiento habría quizá matizado la afirmación de Long en su prefacio (p. VIII) sobre la no existencia de una introducción actualizada y de conjunto a Epicteto. Por último, el libro completa su enorme utilidad con un índice de pasajes citados (pp. 291-301) y otro general que reúne nombres de autores antiguos, modernos, y numerosos conceptos (pp. 303-310). PEDRO PABLO FUENTES GONZÁLEZ Universidad de Granada EM LXXI 2, 2003 MUÑOZ LLAMOSAS, VIRGINIA, La intervención divina en el hombre a través de la literatura griega de época arcaica y clásica. Realmente admirable y meritorio el monumental trabajo que se encierra en las páginas de este voluminoso y denso libro, fruto de la reelaboración de la tesis doctoral de la autora. Nos ofrece un exhaustivo estudio (más de 3.700 entradas tiene el índice de pasajes citados) del fenómeno de la intervención divina en el hombre, que se estructura en siete grandes bloques de acuerdo con el amplísimo corpus de textos analizado: 1o. Épica arcaica (Homero, Himnos homéricos, Ciclo épico y Hesíodo); 2o. Lírica arcaica (elegíacos, yambógrafos, poetas mélicos y poetas corales); 3o. Los Filósofos presocráticos; 4o. El Corpus hippocraticum; 6o. La Tragedia (Esquilo, Sófocles y Eurípides) y 7o. La Historiografía (Heródoto y Tucídides). La autora procede con un riguroso método filológico basado en una atenta, detallada y competente lectura personal de los textos originales griegos a los que "se deja hablar" sin imponerles concepciones apriorísticas. Presta atención al léxico nominal y verbal empleado en la descripción de las intervenciones divinas detectadas lo que supone un continuo y sagaz ejercicio de análisis semántico a lo largo de todo el trabajo (724 términos aparecen en el índice final; véase, entre otros muchos ejemplos, el caso de κ κυς, que aclara el pasaje de Od. XI 393), y por otro lado profundiza aún más en la dimensión ideológica, en la concepción subyacente de las relaciones entre el hombre y los dioses, lo que equivale en realidad a hacer un estudio del desarrollo del pensamiento griego, en el que la autora evidencia una muy loable mezcla de agudeza y prudencia que huye de elucubraciones gratuitas e infundadas. La madurez intelectual del análisis, complementada con el manejo crítico de una bibliografía realmente ingente (más de 1000 entradas entre ediciones y comentarios, léxicos, monografías y artículos) permite precisar y matizar diversas ideas tradicionales sobre esa evolución del pensamiento griego además de aportar algunas sugestivas e interesantes novedades. En el estudio de Homero, muy elaborado y donde el plano divino interviene de continuo en la vida de los hombres, se establece una tipología de dichas intervenciones tanto en el plano físico (la fuerza, la protección y ayuda, la enfermedad y el dolor, la guía, el sueño -πνος -y el aspecto físico) como en el plano psíquico, donde se distinguen los sentimientos y sensaciones (fuerza moral, miedo y huida, deseo, desgracias y males) y la esfera de lo intelectual (sueños -ναρ, νειρος -, decisiones e ideas, perturbaciones mentales y la inspiración poética) y que sirve de sólida base para el análisis del desarrollo del fenómeno estudiado en los siglos y autores siguientes. En el mundo de los líricos sigue viva la creencia en las intervenciones divinas dentro la religión olímpica tradicional, aunque ya se apuntan algunas otras formas de religiosidad, y hay una profundización (anunciada en Hesíodo) en algunos campos como el del deseo y el de la inspiración poética, concebida ya, con evidente avance del plano humano, como una acción conjunta del hombre y la divinidad. En este capítulo, y en la línea de exhaustividad de todo el trabajo, está todo lo fundamental y más, pero quizá merecía también mención la actitud irreverente e irónica presente en los Frs. 32, 34 y 36 W. del efesio Hiponacte a propósito de las frustradas intervenciones divinas de Hermes y de Pluto (cf. el vbo. δίδωμι), o su referencia a los efectos del vino (Fr. 67 W. ολίγα φρονέουσιν ο χάλιν πεπωκότες) como se hace con otros autores (cf. pp. 114, 125), y debe revisarse la afirmación hecha en p. 111, pues el término μερος, sí se encuentra, calificado como γλυκύς, en Arquíloco (cf. Fr. En contraste con la épica y la lírica encontramos en el capítulo dedicado a los filósofos presocráticos la aparición de un nuevo concepto de divinidad, más depurado, o abstracto, a lo que seguirá el giro antropocéntrico y el relativismo de los Sofistas que se dejará sentir en la obra de otros autores. Los avances intelectuales de los presocráticos se reflejan asimismo en el corpus hippocraticum donde se buscan ya fuera del mundo divino las causas de las enfermedades rechazando la visión tradicional que solía ver en ellas un castigo fruto de la intervención divina. Excelente el capítulo dedicado a la tragedia que con sus casi 300 páginas, en las que se analizan con detalle y hondura 32 obras, podría constituir por sí mismo una interesantísima monografía. Se destaca en Esquilo la doble motivación, la conjunción de los planos humano y divino, reflejada en el léxico en términos como συνάπτω, μεταίτιος, συλλήπτωρ, etc., la aparente lejanía del elemento divino en Sófocles, pero que al final se revela dando una nueva dimensión a las acciones humanas, y las intensas pasiones que están por encima de la razón junto a lo complejo y contradictorio de las relaciones entre dioses y hombres que se desprende del análisis de los textos de Eurípides, que no transmiten un pensamiento sistemático en materia religiosa que pueda reducirse a una interpretación unilateral: junto a las frecuentes críticas hechas desde una visión racionalista a la divinidad por su injusticia, crueldad y comportamiento inmoral, también se insiste (cf. Bacantes) en la necesidad de aceptar el poder de los dioses y lo sabio de esta actitud. Interesante el estudio de Heródoto en cuya obra coexiste una visión inmoral, amoral (o "premoral") y moral de la divinidad, y excelente y revelador resulta el apartado final del libro, dedicado a Tucídides, donde se aprecia el alto grado de irracionalidad existente en los acontecimientos humanos. El plano humano pasa a ser primordial frente al divino, pero de los dos polos opuestos presentes en la φύσις νθρωπεία es el irracional, realizado en λπίς, ργή, θυμός, etc., el que se impone al final de la obra al elemento racional. Y junto a él, el factor irracional externo e incontrolable, el complejo concepto de la τύχη (ya insinuada en Eurípides) del que se hace un agudo análisis y que tan distinta se revela en el Pericles de 1.140 del de 2.64 ante el fracaso de la razón frente los elementos irracionales e inesperados. En definitiva se evidencia lo mucho que de Homero a Tucídides se ha avanzado desde un pensamiento teocéntrico a uno antropocéntrico, pero no estamos sin más ante un paso del mito al logos, entendidos como dos modos de pensar excluyentes en los que lo racional supera definitivamente a lo mítico, concebido como irracional, sino que, en la línea de Duch, llegamos más bien a una coexistencia de ambos planos. Eurípides y Tucídides, autores tradicionalmente considerados representantes del racionalismo, alcanzan, como resalta la autora, ese punto de fusión entre mito y logos, comprendiendo por primera vez que la razón es sólo una forma de mirar el mundo que no puede explicarlo todo, sino que necesita complementarse con el mito para ofrecer una visión justa y acabada de la realidad y de las fuerzas que dominan al hombre: la razón ni lo explica todo, ni puede eliminar esos poderes superiores al hombre que se vinculan en mayor o menor grado con los dioses. En el aspecto puramente formal, el reducido tipo de letra usado, sin duda por economía, resulta un tanto fatigoso para el lector. Las erratas, bastante escasas en proporción al número de pp., son a veces simples despistes (e.g.: n. 163 "de los hombres" por "de los dioses"; p. 205 "nos reconocen" por "no reconocen"; p. 2221 "Esto debe..." por "Esto no debe...") y otras nacen, sin duda, del proceso de reelaboración informática: palabras que quedan aisladas (p. 1019 a una traducción dada que en realidad no se ofrece. En ocasiones hay en la exposición cierta insistencia en EM LXXI 2, 2003 aspectos o cosas ya señaladas, reminiscencia del estilo "de tesis", y en algunas notas podría hacerse uso de referencias cruzadas (nn. Pero estos detalles en modo alguno empañan la calidad y los logros de este concienzudo y esforzado estudio en el que el ejercicio de honestidad intelectual realizado por la autora en busca de λήθεια se complementa con altas dosis de σοφία. LUIS ALFONSO LLERA FUEYO CHUAQUI, C., Musicología griega, Cuadernos del Centro de Estudios Clásicos 45, Instituto de Investigaciones Filológicas, Universidad Autónoma Nacional de México, Méjico, 2000. Constituye el presente volumen una rara auis dentro de la filología clásica en lengua española por diversos motivos: uno es la escasez de estudios y traducciones sobre teoría musical griega en nuestro idioma, con las dificultades que ello implica para el nuevo traductor; otro, son las exigencias que plantea al estudioso la musicología griega: no basta con ser un filólogo preparado para comprender textos técnicos y a menudo obscuros, sino que es necesario además poseer conocimientos de teoría musical por lo que respecta a la acústica, armonía e instrumentos musicales. Y Carmen Chuaqui añade a estas disciplinas una de no poca complejidad: la etnomusicología. La obra está dividida en dos partes: la primera, concebida como introducción teórica a la musicología griega, compuesta a su vez por un capítulo dedicado a la praxis musical y otro a la teoría. En este último se analiza, además de la teoría griega, los orígenes de las culturas musicales india, semítica, árabe y cristiana primitiva. En la segunda parte se ofrece la traducción de tres obras de teoría musical griega (Elementa harmonica y Elementa rhythmica de Aristóxeno, De musica de Ps.Plutarco). La propuesta de Carmen Chuaqui surge de la constatación por su parte de dos lagunas fundamentales en los estudios sobre la música griega antigua: la primera (ya sugerida por obras musicológicas clásicas como las de Salazar o Bake) se refiere al estudio de la teoría musical griega en su entorno histórico y cultural desde Egipto y el Próximo Oriente hasta Mesopotamia y la India, así como de las que pueden haber recibido influencias de ella, especialmente la árabe. En el prólogo, la autora muestra su rechazo al tipo de estudio filológico predominante en este campo, demasiado apoyado en la conjetura (p. 11) y demasiado cerrado a posibles influencias externas en la música griega (p. En nuestra opinión, la autora exige a los filólogos algo que cae más bien en el ámbito de los musicólogos. En cualquier caso, la necesidad es un hecho y este cambio de óptica puede ofrecer resultados interesantes. En los dos capítulos introductorios, resultan especialmente claros y útiles al filólogo clásico los apartados dedicados a la composición (pp. 44-49, en las que el "método comparativo" ofrece datos interesantes), a la notación e interpretación de partituras (p. 49, aunque su explicación de las causas por las que la notación se ha perdido en los textos musicales resulta en exceso simplificadora sobre una cuestión tan sujeta a debate; a su afirmación de que la notación se utilizaba sólo como recurso mnemotécnico en las escuelas musicales cabría replicar preguntando por qué los fragmentos musicales conservados nos han llegado a menudo en forma epigráfica), la teoría pitagórica (pp. 75-85) y la distinción entre rítmica y métrica (pp. 95-102). Resulta, por el contrario, demasiado prolija su exposición de las teorías de Parry acerca de la dicción formular épica (pp. 32-44), sobre todo si se pretende extraer de ella no sólo un método de composición para la poesía, sino también para la musica; según Chuaqui (p. 46), lo que las fórmulas son al poema épico, lo son los nomoi a la música, sugerente paralelismo que queda desvirtuado por la posterior identificación entre nomoi y tropoi, que más bien corresponden a distintas etapas en la evolución de la música griega (cf., p. ej., G. Comotti, La música en la cultura griega y romana, vol. 1 de Historia de la Musica, ed. Turner Música, Madrid, 1986, pp. 16-27). Cabe, además, reprochar algunos deslices causados, aparentemente por una lectura poco rigurosa de las fuentes y de sus exegetas modernos: por ejemplo, en la p. 94, se aplica a toda la teoría musical griega una noción muy sofisticada que sólo existe a partir de Tolomeo, como es la distinción κατ θέσιν / κατ δύναμιν en las tonalidades. El que su exposición de la teoría musical tenga carácter introductorio puede disculpar esta clase de generalizaciones. Sin embargo, no es en absoluto aceptable una afirmación como la que encontramos en la página 74: "Aristóxeno dividió la octava en 22 microintervalos", que viola, en su intento de establecer una comparación con la teoría india, no sólo la letra, sino también el espíritu de la teoría aristoxénica; la gravedad del error aumenta si pensamos que una de las obras por ella traducida es la de Aristóxeno. La otra novedad de la obra de Chuaqui consiste precisamente en la traducción a nuestra lengua, por vez primera, de dos tratados de gran interés en la historia de la teoría musical: los Elementa harmonica y los Elementa rhythmica de Aristóxeno de Tarento. Junto a éstos se ofrece otra traducción, igualmente interesante: el pseudoplutarqueo De musica (Carmen Chuaqui, que anuncia su traducción de esta obra como la primera al español [p. 12], ignora la realizada por M. García Valdés en Plutarco: obras morales y de costumbres, Madrid, 1987). Estos tres tratados ocupan la segunda parte del libro. El propósito que ha guiado a Chuaqui al concebir su obra es, según sus palabras, acercar la materia "al lector común" y ofrecerle "una idea general pero bien documentada" (p. 11) al modo de las introducciones a esta materia ya existentes en otras lenguas, añadiendo tres traducciones; la autora muestra también su esperanza de que "un análisis de los principios básicos de la música griega y de su entorno cultural permita al estudiante o al experto en filología clásica comprender y disfrutar mejor las obras literarias originariamente dotadas de música" (p. Dicho propósito queda patente en las traducciones, en general fieles al significado (siendo más lograda la del Ps. Plutarco) aunque alejadas del estilo del original. Es de lamentar, en cualquier caso, el descuido y la carencia de una norma clara a la hora de transcribir y acentuar los nombres propios y tecnicismos griegos, pues lo que la autora expone (p. 21) y utiliza no es propiamente un sistema de transcripción, sino de transliteración que no distingue cantidades en las vocales e ignora los problemas de acentuación, dando lugar a numerosas incoherencias. La exigencia de un criterio sólido en este sentido se torna mayor en traducciones que pueden ser la referencia para estudios posteriores sobre el tema en nuestro idioma. Pero si un rasgo destaca en estas traducciones es la parquedad, cuando no ausencia, de notas en ellas, que la autora justifica, en el caso del Ps. Plutarco, porque "la argumentación teórica es tan pobre y mal hilvanada que realmente no vale la pena detenerse a poner notas explicativas" (p. En la obra de Aristóxeno, la justificación es igualmente peregrina: "no entorpecer la lectura de un texto de por sí bastante difícil" (p. En ambos casos se remite a los capítulos introductorios para que el lector solvente las dudas sobre teoría musical que EM LXXI 2, 2003 puedan surgir, pero éstos resultan insuficientes. No sabemos si la lectura de estas obras podrá llevar a saborear mejor los poemas de Safo o los coros de Píndaro, pero sin las notas debidas puede desanimar incluso a quien se acerque a ellas con un interés científico. La propuesta de Carmen Chuaqui es estimulante, además de necesaria. Posee el valor innegable de ofrecer unas traducciones inéditas y abrir nuevas perspectivas al estudio de la teoría y la práctica musical de la Grecia antigua. Y su autora da en ella muestras del entusiasmo y la amplitud de miras necesarios para progresar en la tarea. Pero habrá de cuidarse de no caer en la falta de rigor en aras del afán de hacer accesible la materia al lector menos especializado. FRANCISCO JAVIER PÉREZ CARTAGENA IV. Este librito del prof. Beekes argumenta a favor del origen asiático, lidio, de los etruscos, tal como dicen autores antiguos como Heródoto y Dionisio de Halicarnaso y como parece evidente por mil razones, bien explicadas por el autor. Solo los excesos nacionalistas de Pallottino y su escuela se han negado a aceptarlo, diciendo que los lidios venían de Etruria o que unos y otros eran una rama común del preindoeuropeo. El argumento negativo de que el reino lidio de época clásica, con capital en Sardes, no tenía salida la mar, es refutado con la hipótesis de que en fecha anterior los lidios estarían asentados en torno a la Propóntide y la cosata del Helesponto. Serían los antiguos meonios (como los nombra Homero entre otros), en torno a la Propóntide y no en su asiento posterior) y tendrían relación con la tierra de Masas, cuya raíz Ma (el nombre de la reina madre) sería la misma de Meonia. Este no es sino el comienzo de la argumentación, que lleva, en definitiva, a la propuesta de que los lidios, empujados por la invasion frigia en torno al 1.200 a. C., habrían emigrado desde esa región lidia hacia Italia en la fecha mencionada. El nombre de pelasgos, a veces dado a los tirrenos, se refería en principio a todos los pueblos no indoeuropeos, de ahí su significado ambiguo (tirrenos o no), en ocasiones. El lidio quizá se hablaba en Troya (aunque el autor evita la equiparación de Truisa con -turs-). Se añaden múltiples argumentos, resumidos en p. 36: el nombre de tirsenos, conocido en Asia y equivalente al de tirrenos; huellas de su lengua y población en Lemnos, Plakié y Skilaké; nombres de sus jefes como Tarchon y Nanas, cf. el dios hetita Tarhun(t); el sufijoanos; la evidencia arqueológica de que un pueblo llegó a Italia en torno al 1.200; etc. No puedo sino decir que me encuentra completamente de acuerdo. Solo encuentro en el libro una laguna, y grande: el etrusco (y la lengua emparentada de Lemnos) son lenguas indoeuropeas de tipo minorasiático, ni más ni menos que el lidio, licio y demás, pero no hetita, como creo haber demostrado en una serie de artículos: «Etruscan as an IE Anatolian (but not Hittite) Language», JIES 17, 1989 (1990), pp. 363-383 El libro de Antonio Aguilera se enmarca dentro de los trabajos que la misión de la Real Academia española realiza en el Monte Testaccio desde hace ya algunos años. Aguilera estudia la formación e historia del Monte Testaccio a partir de los nuevos datos extraídos por la excavación española que allí se desarrolla desde 1989. Pero el libro no sólo se limita a estudiar la formación del Monte si no que también pretende insertarla en su contexto topográfico, esto es, en la Regio XIII de la Roma clásica, estudiando de paso las vías de acceso a ésta desde el mar, por lo que el trabajo está dividido en tres capítulos claramente diferentes entre sí y sin embargo muy relacionados. En efecto, el primer capítulo, titulado "Ostia y el Tíber", se introduce con un estudio exhaustivo de las fuentes existentes para conocer la fundación y localización del primitivo asentamiento de Ostia, decantándose el autor por la reciente teoría de Coarelli que lo sitúa en la orilla derecha de la desembocadura del Tíber. En el mismo capítulo Aguilera estudia la evolución del río como vía de transporte hacia Roma y en particular el autor plantea la existencia de un camino de sirga desde mediados de la segunda centuria a.C. que cambió de orilla varias veces en el tiempo según las necesidades del abastecimiento. Así, desde mediados del siglo II a.C. hasta la fundación de Portus el camino de sirga transcurrió por la orilla izquierda, mientras que dicha fundación comportó el traslado del camino a la orilla derecha. En el segundo capítulo, dedicado al Emporio y al complejo portuario fluvial de la llanura subaventina, Aguilera estudia los orígenes de ese puerto y su evolución a lo largo del tiempo, dividiendo las construcciones allí existentes en tres grandes bloques cronológicos que constituirían tres impulsos distintos a la edilicia de la zona. El primer momento edilicio coincidiría con la fundación misma del puerto subaventino, hecho relacionado con la creación del portorio de Puteoli del año 194 a.C. y materializado en Roma con la construcción del Emporio y la Porticus Aemilia tras la segunda guerra púnica. Un segundo momento estaría constituido por la creación del camino de sirga de la orilla izquierda del Tíber, la reestructuración del portus Tiberinus en la zona del Foro Boario y la construcción de los horrea Galbana, todo ello realizado a mediados del siglo II a.C. El tercer momento constructivo estaría constituido por la edificación de los horrea Seiana y los horrea Lolliana, ambos a finales de la década del 70 a.C. En este tercer momento también habría sido constituido el vertedero que hoy conocemos como Monte Testaccio, mientras que las primeras descargas del EM LXXI 2, 2003 mismo no habrían estado constituidas por ánforas de aceite bético si no por ánforas aceiteras brindisinas. Según Aguilera, la creación de la muralla aureliana sofocó la viabilidad de la zona, por lo que el fin del monte Testaccio estaría relacionado con dicha construcción. Este segundo capítulo no sólo abarca la zona del puerto fluvial subaventino si no que se amplia para proponer una nueva teoría sobre la disposición de los vici de la Regio XIII en base a los Regionarios, la Base Capitolina (CIL VI 975) y el Itinerario de Einsiedeln. De forma muy convincente, el autor dispone sobre el plano los vici de dicha región, topónimos de los que hasta la fecha se desconocía su localización exacta. Es el caso, por ejemplo, de lugares como el Forum Pistorum, la Porticus Fabaria, el Armilustrium, el Loreto mayor y el menor, el Platanonis, etc. En el tercer capítulo se estudian en un primer apartado las noticias históricas que tenemos del Testaccio hasta nuestros días. Más tarde, Aguilera revisa la cronología de los diversos sondeos realizados en el siglo XIX por Dressel y Bruzza y rectifica diversas dataciones propuestas por ellos. Una vez depurados los datos aportados por ambos, los recogidos en su día por las prospecciones de Rodríguez Almeida y los nuevos datos aportados por la excavación que actualmente sigue la Real Academia en el Testaccio, el autor plantea una hipótesis evolutiva del Testaccio, desde su creación hasta hoy. Según Aguilera, el Testaccio habría sido constituido como vertedero hacia el año 74 a.C. y se utilizó hasta que la construcción de la muralla aureliana interrumpió la viabilidad de la zona. El Monte habría dispuesto de tres plataformas: la primera construida entre el año 74 a.C. y el 149 d.C.; la segunda, añadida a occidente de la primera, que funcionó entre los años 161 y 224 d.C. y finalmente, una tercera plataforma, a oriente de la primera, que se dataría entre los años 224 y 265, siendo éste el año aproximado de abandono del Monte, clausurado por la construcción de la muralla aureliana. Por ello, los curatores del vertedero se verían obligados a buscar un nuevo lugar donde acumular las ánforas aceiteras que obviamente seguirían llegando a Roma. Ese nuevo lugar debió estar sin duda en la orilla contraria del río, aunque desconozcamos aún su situación exacta. El libro destaca también por sus ilustraciones, muy interesantes, así como la planimetría de la zona, de gran precisión. Los índices son muy útiles y la calidad de la publicación muy agradable. Dentro del programa PETRAE (Programme d'Enregistrement, de Traitement et de Recherches Automatiques en Épigraphie) y del proyecto de edición de las Inscriptions Latines d'Aquitaine (I.L.A.) salió a la luz en el año 2000 el volumen correspondiente a Lactora, pequeño municipio de derecho latino situado en el interior de la provincia. Se trata de un reducido corpus compuesto por 38 inscripciones de la ciudad + once realizadas en lo que se sigue denominando instrumenta domestica + doce inscripciones del territorio de los lactorates. Un número reducido cuya variedad queda aún más limitada tanto en la temática (existen nada menos que 22 altares dedicados M(atri) D(eum)), como en la cronología (nueve aras están fechadas por datación consular el 8 de diciembre de 241). Se trata de otros tantos taurobolia (escrito tauropolivm, salvo el no 3 que se encuentra perdido y que probablemente también lo tenía escrito con ‹p›), localizados en el tiempo en dos momentos precisos (en torno al 175, en época de Marco Aurelio; y en 239 y 241, en tiempos de Gordiano II). La mayor parte de las inscripciones se encuentra ya publicada en CIL XIII, obra de O. Hirschfeld (1899 y 1916). Tan sólo se incluyen 4 nuevas inscripciones, que corresponden a un instrumentum domesticum (no 42), y 3 pequeños fragmentos (48-50). ¿Qué sentido o qué novedades presenta, pues, la obra? Desde luego la visión de conjunto, que excede toda buena recopilación. Pero además, con sus continuas puntualizaciones corrige morfología de soportes (30,44,45), lectura del texto (v. aparato crítico en casi todos los epígrafes), datación de algunas inscripciones, etc. El trabajo consta de una muy buena introducción, generosa en contenido, completa, donde se aborda gran número de temas concernientes a la historia antigua de la ciudad a partir de la epigrafía (pp. 15-107). Así, se van estudiando el territorio, la evolución de la ciudad en el tiempo, las instituciones políticas y administrativas, el culto de Cíbele, la onomástica... pero también los soportes con sus perfiles, la tradición manuscrita, la escritura, la lengua y la cultura... Especialmente interesante resulta el capítulo dedicado al taller epigráfico de Lactora, donde se estudia en primer lugar la dificultad para incluir un texto largo en un campo epigráfico reducido, previamente preparado, lo que provoca en varios epígrafes que las últimas líneas del texto invadan molduras, zócalo, etc. o se escriban en un tamaño notablemente menor. Los autores -dos especialistas en estudios sobre Hispania desde su vinculación hace ya muchos años a la Casa de Velázquez -, que tienen sobre sí una larga experiencia en la edición de inscripciones, y que reúnen en sus personas conocimientos de arqueología, epigrafía, historia antigua, etc. realizan aquí un trabajo exhaustivo e impecable. Dentro del corpus es muy destacable la inclusión de fotos de cada pieza junto a la ficha correspondiente. Y decimos fotos en plural porque de algún altar se reproducen hasta seis (no 8) y cinco fotos (no 4, 6), algo que parece necesario e imprescindible cuando se considera que una inscripción es algo más que el texto latino, y se observan distintas partes del soporte (focus, iconografía en laterales, texto, detalles del mismo), pero que el deseo de economizar la edición priva habitualmente al lector de esta visión de conjunto. Son interesantes los dos carmina del corpus. El no 30, que corresponde a un hexámetro dactílico donde corrigen la edición de Bücheler-Lommatzsch (CLE 825, no citada sorprendentemente ni en la bibliografía ni en el aparato crítico), cuya última palabra parentes es corregida por sodales a partir de la tradición manuscrita del epígrafe. Un septenario trocaico con algunas dificultades métricas (CLE 247 c), cuya cita de Bücheler es también omitida por los autores y de la que se da el interesante artículo de Cumont en la bibliografía. Las dificultades de introducir este texto en el campo epigráfico hace que no se distinga de forma gráfica la parte versificada de la prosaica, hecho excepcional puesto que en los carmina habitualmente la presentación gráfica indicaba de alguna manera al lector que se encontraba ante un epígrafe que tenía algo que rompía las fórmulas habituales. Al cuerpo escrito hay que añadir el conjunto de gráficos (mapas, fotos) e, índices que completan la edición. A pesar de que la obra nos parece impecable, a partir de las fotos (de gran calidad, por otra parte), podríamos hacer alguna observación a la edición de los textos. Por la foto parece que no. En no 51, en l. 1 conservada editan FILE, cuando parece que se debería haber editado FIL. E, puesto que se ve parte del signo de interpunción, y además el espacio entre la L y la E es muchísimo mayor que entre las demás letras que pertenecen a la misma palabra, por lo que aun no viéndose el signo de interpunción, se intuye que ahí debe haber separación de palabras. JAVIER DEL HOYO En una época como la nuestra, impregnada de espectáculos de todo tipo, especialmente de los deportivos, es de agradecer la publicación de obras como la que comentamos para hacernos una idea de los profundos cambios que a este respecto ha sufrido la humanidad desde los lejanos tiempos de los griegos antiguos hasta nosotros. La obra tiene como eje central la edición latina, traducción castellana y notas de dos obritas de los siglos II y III de nuestra era que llevan por título De spectaculis y que corresponden a los Padres de la Iglesia Tertuliano y Novaciano, la de éste considerada hasta hace poco como obra de San Cipriano. En palabras de sus autores, la publicación pretende hacer una reflexión "sobre el fenómeno del deporte entendido como juego y espectáculo" (p. 9) y para tal fin estructuran su trabajo en tres grandes capítulos, dedicados a una introducción histórica (cap. I), a la evolución de los juegos a los espectáculos deportivos (cap. II) y a la edición, traducción y notas de las obritas citadas (cap. III). El libro viene precedido de un interesante prefacio, cuyo autor es nada menos que D. Juan Antonio Samaranch, quien fuera durante tantos años Presidente del Comité Olímpico Internacional (COI), organismo que, en palabras de tan ilustre personalidad, "estimula y apoya siempre los trabajos de investigación sobre el deporte" (p. El capítulo primero (pp. 15-40) es una más que interesante introducción histórica a la evolución del deporte, de los juegos y del espectáculo en general hasta el comienzo de la Edad Media. Aquí se hace patente que el origen y desarrollo del deporte es algo consustancial a la historia de la civilización clásica hasta el punto de poder afirmarse, como hacen sus autores, que una de las "diferencias substanciales entre el mundo griego y las otras culturas vecinas viene determinada justamente por la práctica sistemática de los ejercicios deportivos" (p. En este capítulo introductorio se abordan cuestiones tan interesantes como el deporte en la polis griega (pp. 16-19), el choque entre el universalismo cosmopolita heleno y la religiosidad israelita (pp. 19-21), la paideia griega frente a la paideia Christi (pp. 21-24), las metáforas del deporte pagano trasladadas a la nueva religión cristiana (pp. 24-28), la condena de los espectáculos (pp. 28-37), la renuncia a las pompa diaboli (pp. 38-38) y la ascética cristiana (pp. 39-40). Se hace, pues, en este capítulo toda una historia desde una concepción y práctica de los juegos desde el punto de vista agonal, tal y como caracterizaba a la sociedad griega antigua, hasta el total rechazo, y condena subsiguiente, por parte de Tertuliano y Novaciano, al considerar los juegos atléticos como idolátricos, dado que fueron instaurados en honor de los dioses paganos. El segundo capítulo tiene como título "De los juegos a los espectáculos deportivos" (pp. 41-83) y en él se hacen unas sugestivas reflexiones sobre cuestiones tan profundas como la predisposición natural del hombre hacia el juego y la fiesta (pp. 41-43), con una curiosa incursión en las fiestas de la cosecha de los antiguos pobladores de las Islas Canarias (p. 43), una concesión al origen canario de los autores de la monografía que comentamos. El capítulo tercero (pp. 85-205) ocupa la edición y traducción de los mencionados escritos de Tertuliano y Novaciano que llevan por título De spectaculis. En el caso del escritor de Cartago se ofrece una rica introducción referida a su vida y obra, así como al análisis de su De spectaculis (detallada capítulo a capítulo), treinta en total, y a la repercusión que tuvo posteriormente en otros autores cristianos como San Cipriano, Comodiano, Arnobio, Lactancio, San Jerónimo, Salviano, etc. No se hace lo mismo con el tratadito de Novaciano, cuando, a nuestro entender, por tratarse de un autor mucho menos conocido, más necesidad habría de alguna referencia a su vida y obra. No obstante, las traducciones castellanas de ambos están muy bien hechas, con una prosa castellana muy clara y ajustada al texto latino. En el caso, igualmente, de Tertuliano la traducción se acompaña de unas doscientas notas a pie de página que explican todo tipo de cuestiones escabrosas que el texto original pueda presentar: de léxico, de gramática, de estilo, de mitología, de realia, etc. Para el texto latino se han tenido en cuenta las ediciones de E. Dekkers (para Tertuliano) y G. F. Diereks (para Novaciano). Los textos de Tertuliano y Novaciano son de los más rigurosos en contra de los espectáculos y juegos que tenían lugar en el teatro, anfiteatro y carreras de circo. Su intransigente postura a los mismos le llevaron a un enfrentamiento dentro del seno de la propia Iglesia cristiana. Desde los primeros capítulos de sus obras ambos autores se esfuerzan en demostrar la incompatibilidad de los espectáculos con la verdadera religión, sobre la base de una triple argumentación: los juegos son idólatras, los juegos pecan contra la verdad y los juegos son contrarios a la disciplina contenida en las Escrituras. Por todo ello, la presente obra se hace imprescindible para ver cómo ha evolucionado en estos siglos la Iglesia Católica desde los tiempos de Tertuliano hasta el nacimiento del moderno Movimiento Olímpico y sus relaciones con el Vaticano. Hay algunos deslices que, sin embargo, no desmerecen en nada el alto nivel valorativo que concedemos a esta obra. Por ejemplo, en la nota preliminar (p. 9) que la obra consta de cuatro capítulos, cuando en realidad son tres; citar un trabajo de D. Pedro Laín Entralgo dos veces en la bibliografía, una por la entrada Laín y otra por Entralgo; poner entre las fuentes antiguas consultadas el nombre de W. G. Leibniz (en todo caso sería Monadología el título que debiera figurar en orden alfabético). Frente a estas minucias es, en cambio, mucho lo que EM LXXI 2, 2003 los autores ofrecen al lector que quiera hacerse una idea del cambio de perspectiva que la valoración de los juegos deportivos y espectáculos ha tenido desde los primeros años de nuestra era a la actualidad. Universidad Complutense de Madrid MARTÍNEZ, MARCOS, Ensayos de Filología Clásica, La Laguna, Servicio de Publicaciones de la Universidad, 2001. Los doce trabajos recogidos en este volumen constituyen una buena muestra de la labor que se puede hacer actualmente en la moderna investigación en Filología Clásica, disciplina que requiere, según el autor, un nuevo planteamiento tanto en sus métodos de trabajo como en los de su enseñanza, y para la cual defiende un nuevo enfoque renovador. Es concebida más como una disciplina educativa idónea para la formación mental, moral, estética y literaria de las personas, que como lo que tradicionalmente se ha considerado, una ciencia del texto. Este enfoque conlleva una concepción global y unitaria de la Filología Clásica que abarque la Filología Griega y la Filología Latina, y que el autor entiende como el estudio de toda la Antigüedad clásica, tanto griega como latina, a través, principalmente, de los textos originales. En ese estudio de los textos es necesario que se haga ver siempre su valor de referencia con la realidad actual. Este concepto de la Filología Clásica lo desarrolla el autor en los ensayos que analizamos y que giran en torno a algunas de las líneas de investigación que ha venido desarrollando, a saber, literatura erótica griega, lingüística y semántica griega, tradición y pervivencia de la cultura clásica en la literatura canaria y el periodismo español actual, historia de la Filología Clásica, mitología e historia de las Islas Canarias, islas poéticas en la literatura grecolatina antigua y medieval, y didáctica de la Filología Clásica en general y de la Filología Griega en particular. Como se puede observar, algunos de estos ámbitos han atraído el interés de la actual investigación española, o han sido tratados parcialmente, pero no la gran mayoría. En los últimos -me refiero a los estudios semánticos, la historia y mitología de las Islas Canarias, la literatura erótica y el estudio de las islas poéticas o mitológicas-el profesor Martínez establece por primera vez un método de trabajo riguroso, válido y serio para su estudio, llegando en todos ellos a una serie de resultados y conclusiones que constituyen puertas abiertas para futuras investigaciones. El libro se inicia con un breve prólogo en el que el autor justifica el título del mismo, realiza una breve reseña del contenido de cada ensayo e indica finalmente el lugar y fecha de la publicación original. Le siguen los doce ensayos sin que aparezca al final ningún tipo de apéndice o relación de términos, nombres o temas tratados. Del primer ensayo («La Filología Griega en tiempos de crisis: hacia un nuevo planteamiento») señalamos las sugerentes ideas que plantea el autor con la intención de construir la Filología Clásica del siglo XXI: aplicación de nuevos métodos didácticos en enseñanza secundaria y Universidad, reforma de los planes de estudios y sus contenidos, nueva selección de autores (mitógrafos, paradoxógrafos, biógrafos, autores de cartas, etc.), modernidad y actualización de la Antigüedad, interdisciplinaridad enfocada al estudio de la recepción y tradición de las obras clásicas en otras literaturas y que puede llegar a ser la clave de la supervivencia de la disciplina. Relacionado con este ensayo está «La selección temática de los textos griegos», pues en él desarrolla todo un canon de autores griegos y temas diversos a estudiar que se alejan sustancialmente de los tradicionales y que se ha de regir por los siguientes principios: temas interesantes, textos bien seleccionados y breves con buenos estudios teóricos que apoyen el comentario de los mismos, y textos relacionados con el entorno vital de los lectores. Sirva como ejemplo su publicación Textos griegos sobre el amor (1988). La selección propuesta puede ser ideológica o conceptual, puede realizarse en el ámbito de la mitología y centrarse en la historia de un mito determinado y su tratamiento literario desde Homero hasta el final de la Antigüedad; si se hace en el dominio de la filosofía se puede abordar la temática de algunos movimientos filosóficos, las frases más famosas de algunos filósofos, cuestiones filosóficas de eterna actualidad. Por último, en el caso de que se haga por autores, el autor propone el estudio de escritores como Ateneo de Náucratis, Plutarco, Menandro, Eurípides y pasajes concretos de las obras de Homero, Heródoto y Luciano que pueden suscitar la curiosidad y un vivo interés por la literatura griega. Otro ámbito literario que puede ser sumamente atrayente y sugerente es el de la literatura erótica. En «Cultura Clásica y literatura erótica griega: cartas de amor» el autor, tras analizar el concepto de 'cultura', propone un acercamiento a la cultura clásica por otro camino como es el de las cartas de amor de Filóstrato, Alcifrón y Aristéneto, autores de época imperial. Pensamos que esta nueva temática permite hacer ver que los sentimientos y pasiones generados por el amor son iguales en todas los periodos históricos de la humanidad. En algunas de ellas incluso podemos identificarnos con alguno de los personajes y, con ello, conseguir hacer más próxima a nosotros la cultura griega. Relacionado con la Cultura Clásica está también «Textos de ayer, temas de hoy: la cultura clásica en el periodismo español contemporáneo». Es una buena muestra de cuán viva y vigente está la cultura clásica hoy en día y un buen ejemplo de cómo se puede rastrear la prensa diaria en busca de ideas, citas y pensamientos de la Antigüedad utilizados por los periodistas para desarrollar sus artículos y apoyar sus tesis. Este trabajo es novedoso y sumamente enriquecedor por cuanto se aleja de otras propuestas ceñidas exclusivamente a la búsqueda y estudio de citas latinas en la prensa escrita. La Cultura Clásica también está presente en «Cultura Grecolatina y literatura canaria: el mundo clásico en Manuel Verdugo». Con la excusa del poeta modernista-parnasiano canario Manuel Verdugo, el profesor Martínez expone todo un plan de trabajo para estudiar la pervivencia de la Antigüedad clásica en la literatura canaria, cuestión abordada de forma esporádica y no de manera metódica todavía. El profesor Marcos Martínez es actualmente uno de los mayores especialistas españoles en la investigación semántica aplicada al griego antiguo. No en vano fue el introductor en España, allá por los años setenta del siglo pasado, de la escuela alemana Sprachinhaltsforschung o «investigación del contenido lingüístico» en la línea de los filólogos Trier-Weisgerber, que conjugó con la semántica estructural funcional o lexemática de E. Coseriu para estudiar el concepto "dolor" en Sófocles en su tesis doctoral. Remitimos a su manual Semántica del griego antiguo (1997), para comprobar los frutos que sus investigaciones semánticas han generado, así como a Cien años de investigación semántica: de Michel Bréal a la actualidad, Actas del Congreso Internacional de La Laguna, Madrid, 2 volúmenes, 2000, editadas por el profesor Martínez y otros colegas. Hoy en día estas actas son un instrumento imprescindible para una actualización en los estudios semánticos. En su ensayo «Para una semántica del griego EM LXXI 2, 2003 antiguo» realiza una puesta al día de los estudios semánticos aplicados al griego antiguo desde el año 1984, en el que hiciera una actualización científica de los mismos, hasta el presente y -lo más novedoso-establece todo un programa de investigación semántica del griego antiguo que se recoge en cinco apartados: semántica de las unidades inferiores a la palabra o fonosemántica, semántica de la palabra, la semántica de la frase u oración, la semántica del texto y semántica contrastiva. Trabajos del autor y de alumnos suyos ya han aportado conclusiones muy esclarecedoras en algunos de los apartados citados. Otro ensayo semántico es «Las interjecciones de dolor en Sófocles» en el que se analiza uno de los sectores del léxico más importante del dolor por medio del estudio de las catorce interjecciones que en los dramas sofocleos expresan dolor moral o físico. Relacionado también con el estudio del léxico griego está el trabajo «Generalidades sobre el lenguaje coloquial griego». En él se precisa el concepto de lenguaje coloquial por oposición a otros términos como lengua popular, lengua escrita, etc. La cultura griega, inicialmente oral, fue eminentemente coloquial y es a partir del s.V a.C., en las inscripciones y autores cómicos, cuando empezamos a hallar numerosos ejemplos de coloquialismos. Le seguirán el drama satírico, la tragedia, Platón y los oradores áticos. De todos ellos el autor analiza los recursos y mecanismos de que dispone la lengua para expresar este tipo de registro lingüístico. Una de las líneas de investigación abierta por el profesor Martínez y de la que ya ha dicho cosas definitivas es la relación entre 'mito grecolatino' e 'historia' presente en la primera historia de las Islas Canarias. Y es que desde los comienzos de su historia, el archipiélago canario ha sufrido un proceso de mitificación debido a su condición de límite del mundo antiguo conocido, por ser islas, por tener montañas y por tener un buen clima y ser sus habitantes muy afables. Este proceso de mitificación se sustenta sobre la base de una serie de textos griegos y latinos y ha sido bautizado por el autor como 'imaginario clásico canario'. En «Islas Canarias y mitología» se analiza esos temas míticos que han contribuido a conformar esa historia mítico-legendaria de Canarias, entre los que destacamos Islas de los Bienaventurados, Campos Elisios, Islas Afortunadas, Jardín de las Hespérides, San Borondón y Atlántida. Estos aspectos míticos y otros históricos ya habían sido tratados en sus libros Canarias en la mitología (1992), Las Islas Canarias de la Antigüedad al Renacimiento. Nuevos aspectos (1996) y Las Islas Canarias en la Antigüedad clásica. En relación con esta temática de las islas, el profesor Martínez, un apasionado del universo de las islas, en «Las islas poéticas en la literatura greco-latina antigua y medieval», destaca la relación isla-mitología en el mundo grecolatino, estudia su presencia en las literaturas clásica, románica y celta, en los islarios de los siglos XV y XVI, y propone una tipología de islas poéticas en el mundo grecolatino. Así, habla de islas escatológicas, míticas, utópicas, fantástico-imaginarias, flotantes, legendarias, etc. Por último, el libro contiene otros dos ensayos que se centran en el drama griego: «El teatro griego», una síntesis muy aprovechable desde el punto de vista didáctico, y en los métodos de selección literaria que existían en las culturas griega y latina de época antigua y que han condicionado la transmisión de la literatura clásica: «El arte de la selección literaria en la Antigüedad: canon, antología-florilegio y centón». Agradecemos al autor el estricto orden y sistematización en sus exposiciones que permite al lector una cómoda y ágil lectura, -cosa de agradecer en este tipo de obras -, la cuidadísima edición del texto del que sólo hemos encontrado seis erratas, la bien documentada bibliografía presente en las numerosas y exhaustivas notas, así como los comentarios complementarios que en ellas hay y que sugieren ideas para trabajos posteriores. Para resumir, podemos decir que con este libro se ha contribuido a renovar la Filología Clásica española en sus contenidos y en su investigación, al presentarnos el autor nuevos caminos abiertos en su estudio y enseñanza para un futuro. Deseamos que estos ensayos despierten el necesario interés en el seno de los filólogos clásicos, y que su lectura propicie la reflexión y el debate sobre el futuro de estos estudios. JOSÉ MARÍA PÉREZ MARTEL MARTÍNEZ, MARCOS, Las Islas Canarias en la Antigüedad clásica. Mito, historia e imaginario. Santa Cruz de Tenerife, Centro de la Cultura Popular Canaria, 2002. Ya alguien ha dicho en alguna parte que este país no es pródigo en obras de investigación. Menos aún en obras que inicien un tema de investigación. El profesor Martínez tiene en su haber el gran mérito de ser el iniciador de una línea de investigación que necesitaba con urgencia la Historia de las Islas Canarias que hasta ahora se ha estado escribiendo. La moderna historiografía canaria sostiene que la historia propiamente dicha de las Islas comienza justo en el momento en el que genoveses y mallorquines empiezan a arribar a las costas insulares a partir del siglo XIV, y se deshecha toda la serie de noticias y referencias que autores griegos y latinos como Homero, Hesíodo, Platón, Estrabón, Horacio, Pomponio Mela, Plutarco, Solino, Capela y algunos más, supuestamente dan del Archipiélago. Esas noticias, presentes ya en los primeros cronistas de los siglos XV y XVI, utilizaban denominaciones y temas procedentes de la mitología clásica al hablar de nuestras islas, y con el paso del tiempo han ido conformando una historia mítico-legendaria de la primera historia de las Islas Canarias. En los últimos años, con gran precisión, rigor y sistematización, como corresponde a un profesional de los textos, el autor ha analizado científicamente todos los textos griegos y latinos que contienen noticias relacionadas tradicionalmente a las Islas Canarias. Después ha organizado, por primera vez, toda la información mitológica de los textos para posteriormente separar lo que corresponde propiamente al mito y lo que es histórico en esos textos grecolatinos. Esa labor, entre otros aspectos más como el estudio del nombre de las islas -para cuyo estudio ha acuñado el término 'nesonimia'-, autores humanistas renacentistas que hablan de las Canarias -Silvestri, Nebrija y Lucio Marineo Sículo-etc., ya se ha visto plasmada en dos obras suyas: Canarias en la mitología (1992) y Las Islas Canarias de la Antigüedad al Renacimiento. Nuevos aspectos (1996), además de numerosas colaboraciones en enciclopedias, diccionarios y artículos de prensa sobre historia y cultura canarias. Ahora nos presenta un nuevo libro que recoge más trabajos suyos, algunos ya publicados, con los que pretende, según confiesa en el prólogo, sentar las bases de lo que podría ser el legado cultural canario de procedencia grecolatina presente en la literatura, mitología, historia y arte, principalmente, de las Islas Canarias. Con esta necesaria trilogía del profesor Martínez, se contribuye al estudio de uno de los aspectos culturales canarios que junto con otros más conformarían esa rama del saber que el autor ha venido llamando 'Canariología'. El libro contiene ocho capítulos, un apéndice documental y una bibliografía final sobre el tema estudiado. En el primer capítulo («El trasfondo mítico de la historia y literatura cana-EM LXXI 2, 2003 rias») el autor explica la razón por la cual las Islas Canarias han experimentado un proceso de mitificación, analiza el conjunto de temas míticos vinculados a Canarias -Océano, Campos Elisios, Islas de los Bienaventurados, Islas Afortunadas, Jardín de las Hespérides, Paraíso, Jardín de las Delicias, Atlántida y San Borondón -que denomina 'imaginario canario grecolatino' y que distingue del 'imaginario canario aborigen', conformando ambos una 'Mitología canaria' como parte, a su vez, de una 'Mitología atlántica' derivada de una oceanización u occidentalización de ciertos mitos griegos. Concluye el estudio con un repaso somero de la presencia de los temas míticos grecolatinos en la historia y literatura canarias, que es analizado con mayor profundidad, ahora en el ámbito literario exclusivamente, en el siguiente estudio: «El imaginario mítico-literario de las Islas Canarias». El autor, en la línea de Durand y García Gual, entiende por imaginario el conjunto de imágenes mentales y visuales posibles, o el repertorio de las imágenes o representaciones simbólicas de una cultura o una época. La cultura canaria ha conformado su propio imaginario mitológico de raigambre clásica, y desde sus primeras manifestaciones literarias son numerosas las muestras de su presencia como en los casos de Cairasco de Figueroa, Antonio de Viana, Domingo J. Manrique, Tomás Morales, Manuel Verdugo, Luis Álvarez Cruz y otros más. El sexto capítulo («Eros en la poesía canaria») estudia la presencia del dios Eros bajo sus tres denominaciones posibles -Eros, Cupido y Amor -en once poetas comprendidos entre los siglos XVI y XX. Podemos comprobar en él que las letras canarias no han sido ajenas desde sus comienzos a una temática eminentemente helénica. Como una parte más del imaginario atlántico que defiende el profesor Martínez, puede hablarse de un imaginario macaronésico ceñido a las Islas Azores, Madeira y Canarias, ya que muestran una unidad cultural en sus mitos, literatura y arte. La cartografía medieval dio buena cuenta a partir del siglo XX de estos archipiélagos macaronésicos junto a los cuales y por todo el Atlántico, como fruto de la fantasía e imaginación, se situaron islas no reales creadas algunas ya desde la misma Antigüedad como Tule o Cerne. Eran islas míticas (Eritía, Hespérides, de los Bienaventurados), escatológicas (isla de Cronos, de Avalón), utópicas (Atlántida, Elíxoia), legendarias (Casitérides, Purpurarias), etc. Todas conforman un imaginario atlántico insular, de entre las cuales destaca por su repercusión en la cultura canaria la isla fantasma de San Brandán o San Borondón. Todas estas apreciaciones se recogen en una serie de artículos recogidos en el capítulo tercero denominado «El imaginario macaronésico». En el capítulo cuarto, «Canarias: Historia y Mito», el autor profundiza más sobre la relación mito-historia en la cultura canaria analizando cuestiones varias como el estudio de los nombres de las islas, cuestión polémica sobre la que el autor se posiciona en algunos aspectos, y lo que para nosotros es una de las cuestiones de más valor en libro como es la relación de datos verdaderamente históricos de las Islas Canarias en la Antigüedad y Renacimiento (p.105) de entre los que destacamos: posible conocimiento de las Islas por parte de los fenicios (siglo V a.C.) y cartagineses (siglos IV y III a.C.), conocimiento de las Islas por parte de marineros gaditanos que solían pescar por ellas (siglos III y II a.C.), descripción de real de algunas islas hecha por Plutarco en Vida de Sertorio, mención y parcial descripción que hacen el romano Estacio Seboso y el rey Juba II, según refiere Plinio en el s.I, creación de la palabra Canaria al denominar así Juba II a una isla, nacimiento de 'Islas Canarias' en el s.IV por obra de Arnobio, presencia de ánforas y grabados romanos de los siglos III y IV descubiertos en las islas orientales que evidencian contactos entre ellas y la civilización romana. El contacto directo de las fuentes originales, los textos, y su análisis científico, distinguiendo en ellos las noticias reales de las míticas y fantasiosas era lo que necesitaba con urgencia la historiografía canaria para aclarar muchos aspectos de la primera historia de Canarias. El profesor Martínez es el primero que la ha realizado de forma completa por lo es de justicia que la comunidad científica reconozca esa meritoria labor. Precisamente estas relaciones entre el estudio del mito y la historia más la arqueología, lengua, cartografía y literatura canarias, conformarían una parcela del saber denominada 'Canariología' para la que el autor sienta las bases de su estudio con la relación de la bibliografía aparecida entre los años 1994 y 1997 en el capítulo séptimo. La figura del geógrafo y naturalista alemán Alejandro de Humboldt en relación su visita en junio de 1799 a las Islas Canarias está ya bien estudiada, pero su relación con el mundo clásico no del todo. La formación humanística del sabio alemán fue muy completa y en sus obras relacionadas con las Islas, gracias a los análisis del profesor Martínez, se puede apreciar cómo ha recibido gran parte de la tradición mítico-literaria que sobre ellas ya se había gestado. Sobresalen cuestiones de geografía mítica relacionadas con el imaginario atlántico insular antes descrito y sus apreciaciones lingüísticas sobre 'nesonimia' o estudio de los nombres de las islas, bien estudiadas en el capítulo quinto («En torno a Humboldt y las Canarias»). El último capítulo («Humanidades clásicas») recoge artículos de prensa y una colaboración en CFC (egi). Todos tratan aspectos relacionados con el mundo clásico como la reforma educativa y su relación con las lenguas clásicas, reseña de un libro de Ma Rosa Alonso, y notas sobre la vida del recordado profesor Alberto Díaz Tejera, dos ilustres 'canariólogos', así como aspectos culturales varios derivados de la organización de cursos por parte del autor. El apéndice documental aporta diecisiete extractos de diversos trabajos del autor y de otros escritores que desarrollan y justifican las tesis del autor expuestas en los capítulos del libro. De la lectura de este libro se desprende la imagen de un autor dotado de una gran inquietud cultural y curiosidad, la fuente del conocimiento y del saber, que tiene tras de sí innumerables lecturas sobre el tema tratado vertidas en las numerosas referencias y citas bibliográficas de cada ensayo. Además, la amplia actividad cultural que desplegó en su estancia en las Islas Canarias se ve perfectamente plasmada en la celebración de congresos, conferencias y colaboraciones en prensa local relacionadas con las Humanidades clásicas y sus líneas de investigación, y que han quedado recogidas en este libro. Aporta también, como suele hacer en sus trabajos, campos de trabajo para futuras investigaciones, especialmente en el estudio de la pervivencia de la cultura grecolatina en la literatura canaria, y el rastreo y análisis de los mitos clásicos en los historiadores canarios. Es, en suma, una obra que continúa aportando gran cantidad de estudios y análisis científicos serios, rigurosos y muy necesarios sobre la presencia de la cultura grecolatina en la historia y cultura de las Islas Canarias, y que, junto a sus anteriores estudios, están llamados a ser la base sobre la que el autor construirá su anunciada Historia mitológica del Archipiélago canario, y punto de partida imprescindible para ulteriores estudios sobre este tema. JOSÉ MARÍA PÉREZ MARTEL
ÍNDiCe DeL tOmO LXXiX (2011) artÍCuLOs aLbertO CebaLLOs HOrNerO y DaviD CebaLLOs HOrNerO: La nominación de los espectáculos romanos en la epigrafía provincial del Occidente latino rafaeL gONzáLez ferNáNDez y JOsé aNtONiO mOLiNa gómez: Precisiones a las menciones de origo con la fórmula domo + topónimo/gentilicio en la epigrafía romana de Hispania
E~to~tres cstudios ticncn por objeto analizar el método con quc los poetas elcgiacos latinos han utilizac10 los tópicos eróticos de la poesía griega, y en particular de la poesía erótica helenística. Como punto dc partida, examinarc1llos en esta primera lección la primera elegía de Propercio (1 1). qne con razón Rothstcin ha definido como un «Pro-gra1l11llgedichb> 1, Cosa sintomática: los versos eIllc forman cl principio de la elegía son intencionada y abierta reproducción de un motivo programático de lVIc1cagro. Las palabras de Properdo: CyntJ¡ia prima SIIl:S miSeYltllL me ccpit ocellis contactu1IL 1tullis ante Cupitiini bus reflejan el modelo gricgo (il. P. XII 101) T6v ~E nó.90\S e:í: TpwTov UTTO O "TÉPVOICjl MviO" KOS OIJIJOCJ! 123 ss.) * Este artlcnlo es fUJldaniel1tulllJcnte el texto de lres lecciones que he dado en la Ulli"ersiclacl «lIeIlénl1ez Peluyo.) cn el \'cra1,0 de 1973. Pertenecer a la Universidad Inlernacional, fue para mi una experiencia particularmente agra, laiJle. a cansa dclnivc1 científico cxcepcionaltnelllc aIlo y ele la af mósfera lal1 cordial y hospitalaria que caracterizan los cursos. (¿ncelo mu)' agr; ulcriclo a mi colega y amigo 1'rof.:vI. F. Galiano pUl' Sil cariilOsa indtaciÚIl a participar cn estos cursos, y quien) expresar \111 \ ¡vo agradccimiento a los l'rofs. F. Galiano por habcr corregido mi espailol. oura que Ics costÓ 1I1ucho trabajo, tiempo y paciencia.
La canclOn rodia de la golondrina es citada con mucha frecuencia como uno de los raros ejemplos de poesía popular griega: C01110 se sabe. la canta Ull grupo de niños que anuncian la llegada del ave, esto es, de la primavera. y que con este motivo hacen cuestación de casa en casa. Así se explica Ateneo 360 n, nuestra fuente, que se apoya en el testimonio de Teognis en su nepi TWV EV'PÓ5~ 6vO"Iwv l. Los comentarios modernos se limitan generalmente 2 a citar como paralelos tantos pasajes de la literatura griega en que la llegada de la golondrina indica el comienzo de la primavera: desde Hesíodo, Op. 564 ss. a través de Estesícoro 2II y Simóllides 597 (que llama al ave 'mensajera de la primavera') a pasajes diversos del teatro y de la literatura posterior 3. En cuanto 1 La datación de la coleda eu el mes Boedromióll, septiembre-octubre, es siH duda algll¡ta llll error; como dice E<lmollds, L)'ra Graeca ILI, Loudres 1952, p. 2, debe de tratarse de una mala traducción del calendario radio al ático. El texto de la caucióu la refiere sin la más mÍllÍma duda a UUa fiesta de primavera.
C. * Texto ¡cilio eJl el VII Sylllposiltlll de Prehistoria PClLillslIlar (lla<lalolla, mayo de 1973). Lumo sabel! los por ulla labla de hrunce (L 'I'~ jlu1Jlicú hace UIlOS cuarenla ailOS Sena RMols 1 y luego estudié yu en lC)J9 2, lus Lie Badaluna otorgaron el patronato de la ciudad, con pacto de hospitalidad paT:1. l~l y sus hijos,:t Quinto Lieinio Silvano Graniuno, Il1l caoallero oriundo probablemente de Tarragona. El título tiene una fecha exacta: 8 de junio del 98. Ese es un momento de especial importancia para esa rcgiún de la Espaüa Citerior o Tarraconense. El (,Jl1Jlerador Trajano ha sido elevado pur la influencia de un tarraconense, Licinio Sura (el del Arco de 13ará), y muchos ámigos son atraídos a la capital y colocados ca altos cargos de la corte y de la administración elel Imperio. Que la familia de nuestro Licinio c: stuviera emparentada con la del poderuso Licillio Sura, no cOlista 3, pero, en todo caso, sí sabel1l(J~; que la familia del Licinio patrono de Badalona fue promovida a altos cargos en esta época de la privanza de Licinio Sura. No: tellelllos seguridad para poder identificar exactamente lluestro Quinto Licillio Silvano Graniano, pues hay dos personajes del lIIiSlllO llombre, un padre y un hijo, y quizá un supuesto tercero, que sería el nieto. Este último sería el que aparece honrado en UJla lápida de Ba-
Universidad del Centro de la Provincia de Buenos Aires, Tandil Desde fines la última dictadura militar, la historia del catolicismo dejó de ser una cuestión confesional para ingresar en el ámbito académico. Esto permitió el desarrollo de nuevas perspectivas y nuevos planteos teóricos y metodológicos. A pesar de los avances, aún quedan vacíos. Uno de ellos es el estudio de las minorías religiosas que integran el campo religioso argentino. Este dossier presenta algunas de las últimas líneas de investigación. PALABRAS CLAVE: Historia del catolicismo, investigaciones, minorías religiosas. La historia de la Iglesia católica argentina, sobre todo para el período que cubría los siglos XIX y XX, fue durante mucho tiempo una cuestión confesional. Eran los mismos actores de la institución eclesiástica los sujetos y los objetos de una producción historiográfica marcada por un fuerte sesgo apologético. Dentro del campo académico, con excepción de aquellos dedicados a la época colonial, los investigadores desdeñaban el tema y en su actitud parecía subyacer cierto prejuicio: la religión era un tema menor, una cuestión residual que bien podía dejarse en manos de sociólogos y/o antropólogos. Sin embargo, a partir del fin de la última dictadura militar (1983), el panorama comenzó a cambiar. Los problemas vinculados al catolicismo fueron retomados por la investigación académica -posibilitada además por la normalización de las Universidades y la mayor apertura de los centros de investigación-abriendo nuevos problemas, nuevos temas y, funda-mentalmente, nuevas perspectivas de análisis. El momento en que se produjo el cambio no fue azaroso: el papel desempeñado por la Iglesia católica durante la dictadura, que puso de relieve su rol político y social constituyó sin duda un importante aliciente. En un primer momento, el eje de las investigaciones se concentró en la relación entre el Estado y la Iglesia. 1 También se incursionó en aspectos de la historia social, pero los tácitos interrogantes apuntaban a esclarecer la misma cuestión 2. Y el mismo desarrollo de las investigaciones abrió nuevos planteos y nuevos problemas que se prolongaron a otros períodos históricos. Las investigaciones recibieron un fuerte impulso a través de la formación de Grupos de Trabajo, que funcionaban en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires 3, pero que reunían y buscaban articular a investigadores de distintas universidades. En 1996, en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires comenzó a funcionar el Grupo de Trabajo "Religión y Sociedad en la Argentina contemporánea", coordinado por Luis Alberto Romero y Susana Bianchi, y que se planteaba como objetivo ampliar el área de problemas a tratar dentro del complejo siglo XX argentino así como las perspectivas de análisis abriendo nuevos interrogantes. Ese mismo año también se organizó el Grupo de Estudios "Historia de la Iglesia (siglos XVIII y XIX)", coordinado por Roberto Di Stefano, que prolongaba el interés por el período colonial y las primeras décadas de la independencia, centrado en los aspectos institucionales y políticos de la historia eclesiástica desde una perspectiva teórica y metodológica renovada. Posteriormente se formó el "Grupo de Estudios sobre religiosidad y evangelización" (GERE), coordinado por Patricia Fogelman, centrado en el análisis de los discursos religiosos y la 1 En esta línea, ver Lila M. Caimari: Perón y la Iglesia católica, Buenos Aires, Ariel, 1995; Loris Zanatta: Del Estado liberal a la Nación católica. Iglesia y Ejército en los orígenes del peronismo, Bernal, Universidad Nacional de Quilmes, 1996; Loris Zanatta: Perón y el mito de la Nación católica. Iglesia y Ejército en los orígenes del peronismo, 1943-1946, Buenos Aires, Editorial Sudamericana, 1999; Susana Bianchi: Catolicismo y Peronismo. Religión y política en la Argentina, 1943-1955, Tandil-Buenos Aires, IEHS-Prometeo, 2001 2 Ver artículos sobre catolicismo en Leandro H. Gutiérrez y Luis A. Romero: Sectores populares, política y cultura: Buenos Aires en la entreguerra, Buenos Aires Sudamericana, 1995 3 La locación institucional de dichos grupos corresponde al Instituto de Historia Argentina y Americana "Dr. Emilio Ravignani" iconografía desde un enfoque multidisciplinario -historia, historia del arte, antropología-en una síntesis que bien puede denominarse historia cultural. 4 Si bien la conformación de estos grupos constituyó un fuerte impulso para la renovación de los estudios sobre el tema, también pueden señalarse otras iniciativas que permitieron ampliar las líneas de investigación. Una de ellas la constituye la que trabaja sobre la relación entre inmigración y religión. En este sentido pueden destacarse los aportes realizados desde el Centro de Estudios Migratorios Latinoamericanos (CEMLA), centrados fundamentalmente con el impacto de la inmigración italiana en el catolicismo argentino. 5 También conocieron avances los estudios regionales, 6 enriqueciendo los matices los enfoques que aspiraban a un análisis global. A pesar de los avances son todavía numerosas las cuestiones pendientes. Fundamentalmente, es notable la ausencia, desde el campo académico de trabajos sobre las minorías religiosas que también conforman el complejo campo religioso argentino. El protestantismo es un campo prácticamente inexplorado, aunque algunas tesis vinculadas con el tema inmigratorio, sobre todo en aquellos grupos donde la religión se confunde con la etnicidad, han comenzado a despejar el camino. 7 Si bien la comunidad judía es 4 Esta línea de investigación queda ejemplificada en Patricia Fogelman: La omnipotencia suplicante. El culto mariano en la ciudad de Buenos Aires y campaña en los siglos VII y XVIII (Tesis de doctorado) EHESS, París-Facultad de Filosofía y Letras, Universidad de Buenos Aires, 2003. El GERE publica además El Vitral, un boletín virtual con útil información, sobre publicaciones, estado de las investigaciones, jornadas y congresos, etc. sobre historia de la religión y la Iglesia. 5 Ver entre una múltiple bibliografía, G. Rosoli: "Las organizaciones católicas y la inmigración italiana en la Argentina", en F. Devoto y G. Rosoli: La Inmigración italiana en la Argentina, Buenos Aires, Biblos, 1985: Néstor T. Auza y Luis V. Favero: Iglesia e Inmigración (tres volúmenes); Buenos Aires, CEMLA, 1991-1997, Fabio IEHS, 17, Tandil, 2002, e "Inmigración e identidad. Las tensiones internas de la Iglesia Anglicana en la Argentina", IX Jornadas Interescuelas y Departamentos de Historia (CD), Córdoba, Universidad Nacional de Córdoba, septiembre de 2003 la que más se ha estudiado a sí misma y desde sus organizaciones puede señalarse una amplia producción, es también un tema adeudado por la investigación académica. Pero también en este caso se pueden registrar algunos avances referidos a las comunidades marroquí y alepina.8 Con respecto al islamismo y a las religiones orientales en la Argentina el vacío historiográfico es casi total. En esta ausencia tal vez subyace el mito de la "nación católica" que confunde al catolicismo con la nacionalidad. Indudablemente son muchas más las omisiones que las menciones. Pero esta presentación no aspira a ser un estado de la cuestión de los estudios sobre catolicismo,9 sino que su intención es mostrar algunos desarrollos significativos. En esta línea, los artículos aquí presentados que intentan mostrar algunas de las nuevas líneas de investigación, cubren un amplio período, así como una variada gama de cuestiones. Son trabajos que revén algunas de las tesis tradicionales, como las referidas a la relación entre el Estado y la Iglesia, y analizan los mecanismos de la lenta y dificultosa construcción de la institución eclesiástica, las transformaciones del catolicismo a mediados del siglo XX, y el disciplinamiento católico en los años de la última dictadura. Centrado a mediados del siglo XIX, un período cuya historiografía ofrecía un amplio vacío, Roberto Di Stéfano analiza la política religiosa desarrollada por Juan Manuel de Rosas en Buenos Aires. La hipótesis central del trabajo es que Rosas intentó implementar una política religiosa inspirada en elementos provenientes de tradiciones ideológicas dispares que lo condujo a un laberinto del que no logró encontrar salida. El artículo también pone en tela de juicio una imagen que la historiografía tradicional había consolidado: la de Rosas restaurador de la tradición católica colonial, debilitada durante la experiencia rivadaviana de la década de 1820. Dentro del análisis de la construcción de la Iglesia católica argentina, Miranda Lida polemiza con quienes, desde su perspectiva, sostienen la tesis de una temprana romanización en la segunda mitad del siglo XIX. En su artículo señala, en cambio, el modo en que en la construcción de la Iglesia participaron tanto la sociedad como el Estado. En ese proceso analiza particularmente el papel jugado por la prensa católica, papel que no se agota en su dimensión política e ideológica, sino que se desarrolla a la par de la vida asociativa que acompañó la construcción de la institución eclesiástica. Lucía Lionetti se refiere al debate surgido a comienzos de la década de 1880, en la definición de un proyecto educativo, donde dos posturas quedaron claramente definidas: la de aquellos que defendieron la enseñanza de la religión y la de quienes asumieron el compromiso de garantizar una educación laica para todos los habitantes de la nación. De esta manera, parecía trasladarse a la Argentina el clásico conflicto europeo entre católicos y liberales. El trabajo de Lionetti muestra, sin embargo, como las posiciones inconciliables alcanzaron un tácito punto de acuerdo, el modelo de buen comportamiento que se proyectó desde la escuela laica recuperó los valores y las normas de las enseñanzas católicas. En síntesis, hubo una convivencia que no sólo habrá que buscarla en términos institucionales -en la relación Estado-Iglesia-sino fundamentalmente en valores y pautas culturales. Muestra como se afirmó una nueva generación de intelectuales portadora de una mirada crítica hacia el modelo de la cristiandad, apartándose del espíritu de cruzada que había marcado a los intelectuales católicos de los años cuarenta. Querían llevar adelante (y no sólo declamarlo) una verdadera separación entre lo profano y lo sagrado, juzgando al mundo desde una óptica independiente. Su discurso seguía emitiéndose desde una posición religiosa, pero integraba el aporte del otro. Sin embargo, también muestra como el desarrollo de una conciencia crítica, llevó a que la forma de autoridad tradicional perdiera efectividad. Martín Obregón se refiere a un período particularmente conflictivo: la década de 1970. Analiza el "giro a la derecha" de la jerarquía de la Iglesia católica, tras la crisis interna producida por el impacto del Concilio Vaticano II y la Conferencia de Medellín, con el objetivo de una reorganización sobre bases claramente conservadoras que apuntaban a disciplinar a los sectores católicos más radicalizados. A lo largo de su trabajo, indaga las características de ese proceso de disciplinamiento del campo católico -que se acentúa en el contexto favorable de la dictadura militar-en los ámbitos de la teología, la liturgia y la pastoral. En síntesis, con la presentación de estos artículos -avances de investigación-de procura mostrar las nuevas líneas y los nuevos problemas que aborda la nueva historiografía sobre el catolicismo.
El interés de nuestro trabajo reside en el deseo de conocer mejor la corporación municipal guanajuatense y profundizar en la significación que alcanzó en la villa. Para ello intentaremos mostrar en qué medida el Cabildo se constituyó como un reflejo de la red socio-económica que formó la élite minera de la villa. No debemos olvidar que los gobiernos locales acabaron siendo la viva imagen de la sociedad a la que representaban, por lo que las oligarquías locales los utilizaron para la defensa de sus intereses particulares. Por tanto, el análisis del ayuntamiento de Guanajuato se convierte en el mejor instrumento para entender los comportamientos de la élite capitular y, en general, de la oligarquía de la villa en esa época. Y es que el hecho de que la actividad minera fuera el eje central de la economía guanajuatense hacía lógico que los mineros conformaran el grupo más representativo y más poderoso de la cúspide social de la villa. Por todo ello, estudiar a los mineros que componían el cabildo de Guanajuato es estudiar la historia de los intereses de la minería guanajuatense y, en definitiva, la historia de la actividad que dio renombre universal a la ciudad en el siglo XVIII. La evolución del cabildo de la villa El período estudiado en este trabajo corresponde al tiempo en el que el real de minas de Guanajuato fue reconocido como villa y su consistorio disfrutó de unas preeminencias que condicionaban la estructura interna de la institución municipal y, por tanto, las posibilidades de acceso a la misma por parte de las élites sociales. El proceso que llevó a Guanajuato a obtener oficialmente el título de villa en 1679 y el de ciudad en 1741 ya es conocido. Pero, aunque se señale 1679 como fecha de la elevación a la categoría de villa del real, en realidad, el tratamiento como villa y algunos de sus correspondientes oficios capitulares fueron logrados algunos años antes. 1 En la pretensión de lograr el título de villa jugó un papel determinante la oligarquía local, que buscaba mayor protagonismo y cauces más directos de expresión para defender sus intereses. Esta oligarquía, en el caso de Guanajuato, estaba representada, primordialmente, por los mineros, que eran los que, lógicamente, estaban más interesados en alcanzar el título de villa, pues así podrían ver aumentadas las competencias del Cabildo, una institución que estaba prácticamente controlada por ellos. Se daba, por tanto, en el real guanajuatense una clara identificación entre las élites económicas y políticas, algo que también se producía en casi todos los lugares del virreinato y de la América española y que sería una constante durante todo el período colonial. 2 El proceso se inició al solicitar el cabildo provisional la categoría de villa a mediados del siglo XVII, concretamente en 1655, cuando apareció en la población el oidor Antonio Lara Mogrovejo, comisionado por el virrey para beneficiar cargos en el obispado de Michoacán. La real cédula de 1654, que ordenaba la venta de oficios en Nueva España, propició que en septiembre del siguiente año llegara el comisionado a Guanajuato. Fue entonces cuando erigió al real en villa y formó el primer consistorio, procediendo a vender algunas regidurías, como la correspondiente al alférez real, que recayó en Damián de Villavicencio. Hasta entonces la costumbre en Guanajuato había sido que el gobierno municipal estuviera constituido por el alcalde mayor, que en ese momento lo era Bernardo Pérez de Aspeliqueta, el alguacil mayor, oficio ejercido en esa fecha por Diego de Sotomayor, y dos diputados mineros elegidos anualmente que hacían las veces de regidores. Estudio de un grupo de dominio", en Solano, Francisco (Coord.): Estudios sobre la ciudad iberoamericana, CSIC, Madrid: 1975, págs. 161-215.-Liehr, Reinhard: Ayuntamiento y oligarquía en Puebla 1687-1810, Sepsetentas, México, 1976.-Alvarado Morales, Manuel: "El cabildo de México en el siglo XVII. Un ejemplo de oligarquía criolla", Historia Mexicana, núm 112, (México, abril-junio, 1979), págs. 489-514.-Kruguer, H.: "Función y estructura social del cabildo colonial de Asunción", Jahrbuch für Geschichte von Staat, Wirtschaft und Gesellschaft Lateinamerikas, núm. 18, Koln, 1981, págs. 31-44.-Gelman, Jorge Daniel: "Cabildo y élite local. 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Tras diecisiete años de utilización incorrecta del título de villa por parte del cabildo guanajuatense, una real cédula de concesión de 1677 y otra de confirmación de 1678 acabaron sancionando tal distinción a Guanajuato. De todas formas, la merced no sería plena hasta el 23 de septiembre de 1679, cuando se procedió al pago de los 1.000 pesos que eran habituales para conseguir dicha prerrogativa y de 500 pesos más para recibir la confirmación de los nuevos regidores. Se revela así que la fecha de institución de la villa de Guanajuato fue en 1679, como ya adelantaran Lucio Marmolejo y José Guadalupe Romero, y no en 1619, como algunos trabajos sobre la historia de Guanajuato han venido señalando. 4 Los cargos reconocidos fueron el de depositario general y el de provincial de la Hermandad, con calidad de regidores, más otros tres regidores, con lo que se alcanzaba el número establecido de seis regidurías, si tenemos en cuenta la del alférez real, cuyo título ya había sido confirmado a Damián Villavicencio. A ellos se sumaban los cargos electivos, como los dos alcaldes ordinarios que debía haber en todas las poblaciones de españoles, mientras que el título de alcalde de la Santa Hermandad quedaba en propiedad del cabildo y sería ocupado por turnos por los regidores de la institución municipal, como ya se venía haciendo tradicionalmente. 5 4 Marmolejo, Lucio: Efemérides guanajuatenses o datos para formar la historia de la ciudad de Guanajuato, Imprenta del Colegio de Artes y Oficios, Guanajuato, 1883-1884, vol. I, pág. 102.-Romero, José Guadalupe: Noticias para formar la historia y estadística del obispado de Michoacán (Estado de Guanajuato) presentadas ante la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística en 1860, Gobierno del Estado de Guanajuato, Guanajuato, 1992, pág. 37.-Serrano Espinoza, Luis A. y Cornejo Muñoz, Carlos: De la plata, fantasías: la arquitectura del siglo XVIII en la ciudad de Guanajuato, INAH y Universidad de Guanajuato, México, 1998, pág. 47.-Como defensa de la fecha de 1619 véanse, como ejemplos: Williams, Sara y Sims, Harold: Las minas de plata en el distrito minero de Guanajuato: una perspectiva histórica, Guanajuato, 1993, pág. 15; Lanuza, Agustín: Guanajuato gráfico e histórico, Guanajuato, 1922, pág. 4; González Leal, Mariano: Crónica de un palacio guanajuatense, Gobierno del Estado de Guanajuato, Guanajuato, 1985, pág. 18; León Barajas, Rogelio (et alii): Consideraciones para la reglamentación de la construcción de la ciudad de Guanajuato, 450 años de historia constructiva, Tesis profesional, Facultad de Arquitectura de la Universidad de Guanajuato, 1981, pág. 21. Archivo General de la Nación de México (AGN), Oficios Vendibles, 20, exp. Esa estructura de cabildo se mantuvo hasta que fueron llegando a la villa algunos de los privilegios de ciudad en las primeras décadas del siglo XVIII. De hecho, no sería hasta 1737 cuando el concejo daría inicio a las diligencias para la obtención del título de ciudad. 6 El retraso no era casual, ya que en 1710 Guanajuato tuvo de nuevo que afrontar el que se cuestionara su tratamiento de villa, originándose una controvertida situación que ahora no es posible detallar. Conviene, sin embargo, reseñar que fue entonces cuando se logró que las varas del término municipal llegaran a 1.000, superando así las 500 apuntadas por algunos autores. 7 Tras la solicitud del Ayuntamiento, llegaría pronto, en 1740, la orden del Consejo de Indias de que se procediera a vender los regimientos propios de una ciudad, título que conseguiría el 28 de febrero de 1741. 8 El gobierno municipal se constituyó entonces con doce regidores, a los que había que sumar los dos alcaldes ordinarios, el escribano y el procurador, además de otros empleos auxiliares. Pero sólo dos años más tarde ya contaba el cabildo con 16 regidores y cuatro escribanos que acudían a las labores capitulares. Además, en 1747, Felipe V concedió al consistorio la merced de nombrar dos maceros, oficios de privilegio solicitados para dar realce a los festejos preparados en 1746 por la consecución del anhelado título. 9 Por tanto, desde aquel primer núcleo capitular anterior a 1660, constituido sólo por el alcalde mayor, el alguacil mayor y dos diputados mineros, hasta llegar al compacto cabildo de 16 regidores, habían pasado más de 80 años. Pero qué duda cabe que en tan dilatado proceso habían sido decisivos la influencia, tesón e intereses de los mineros locales. Lo prueba el hecho de que, como se verá a continuación, fueron los mineros quienes desde un principio coparon gran parte de los oficios del Ayuntamiento de la villa, constituido por seis regidores, dos alcaldes ordinarios, un alcalde de la Santa Hermandad, un procurador general y un escribano de cabildo. Mineros en el cabildo de la villa Antes de proceder al análisis del papel desempeñado por los mineros en el cabildo de Guanajuato, conviene hacer algunas aclaraciones y precisiones metodológicas. Es necesario señalar que cuando se habla de mineros o comerciantes, se está haciendo alusión al propio calificativo que cada una de las personas estudiadas se daba en los documentos que produjeron, de forma que si algún capitular desarrolló varias actividades, pero sólo se denominó con una de ellas, ha sido considerado como él mismo dejó claro que era su principal actividad. También, si se da el caso de que un mismo capitular se definió dentro de varias profesiones, dependiendo del testimonio, ha sido catalogado como partícipe de todas ellas. Asimismo, se ha conceptuado como cabildantes mineros a todos aquellos que ejercieron esa actividad económica tanto antes, como durante, y después de su paso por el consistorio, pues creemos que en los tres supuestos tuvo mucho que ver el que en algún momento de sus vidas lograran llegar a cualquiera de los cargos de gobierno local. De hecho, practicar la minería de forma fructífera antes de llegar al ayuntamiento, permitió a muchos adquirir la capacidad económica necesaria para comprar una regiduría, o el prestigio suficiente para que los capitulares tuvieran en cuenta a esos individuos a la hora de preferirlos en los cargos electivos. Asimismo, desde el poder que otorgaba el desempeño de una parcela del gobierno o la justicia municipal, así como por la influencia e información privilegiada que se podía obtener, era mucho más fácil acceder a la actividad económica que mayores beneficios reportaba en la localidad, tanto en el momento de ocupar el puesto, como después del paso por el oficio capitular. Un ejemplo de esto último fue Juan de Sopeña y Laherrán, quien en 1692 consiguió uno de los asientos de regidores del cabildo, y en 1694 y 1696 fue alcalde ordinario. Al menos, hasta 1699 Sopeña y Laherrán fue mercader, pues ese año creó una compañía comercial por valor de más de 1.000 pesos con Francisco de Travecedo, para abrir una tienda, y en las escrituras que firmaba así se hacía llamar. Ya en 1696 Sopeña y Laherrán había abierto otra tienda con Juan Fernández de la Riba por valor de más de 12.000 pesos.10 Como mercader, Sopeña y Laherrán tenía contactos con los mineros, a los cuales abastecía de partidas de azogue para el beneficio del metal. En 1700, como muy tarde, esa vinculación con la minería se consolidó al entrar a formar parte de ella como propietario de minas. Efectivamente, para esa fecha Sopeña y Laherrán era dueño de la mitad de la mina de Rayas, una de las más importantes del real, y el propietario de la otra mitad, Lorenzo Cano Cortés, le era deudor de más de 9.000 pesos. Había conseguido, al fin, integrarse en la producción minera, la actividad más importante y, aparentemente, más rentable de la villa. 11 Otro ejemplo como el anterior puede encontrarse en Pedro de la Rea, quien en 1699 aparecía como mercader fiando a Martín Liceaga. Sus negocios le llevaron al cabildo de la villa, al ser elegido alcalde ordinario en 1700. Una vez instalado en el consistorio quiso consolidar su situación en el mismo pujando por el cargo de fiel ejecutor. Más adelante, tras conseguir emparentar con la rica familia de los Moya Monroy por medio de su matrimonio con María de Moya Monroy, ya figuraba como minero en 1708 comprando nueve barras de la mina El Calichal de la que en 1710, a su muerte, poseía 12 barras. 12 Otros nombres de la historia de Guanajuato de esos años, como los de José Gorostiza y José Noriega, podrían ser mencionados para servir de modelos de lo que venimos exponiendo, pero su relación sobrepasaría las dimensiones del presente trabajo. Con todo, tales casos no impidieron que, como venía siendo habitual en Guanajuato desde los años precedentes a la venta de los regimientos propios de una villa, los oficios capitulares continuaron ocupados por miembros pertenecientes al gremio de minería. Ello no debe extrañar si se tiene en cuenta que, como real de minas, dicha actividad económica era la principal de la población y la que favorecía que quienes la controlaban pudieran acceder con su riqueza y prestigio a los puestos más altos del gobierno local. Que los mineros lograron el control del cabildo guanajuatense desde 1660, lo pone de manifiesto el que todos los cargos que integraban el Ayuntamiento tanto enajenables como electivos fueron ejercidos por personas dedicadas a la actividad extractiva hasta 1696, al menos los que han podido conocerse. Dicha regla fue confirmada por las excepciones que supusieron la ocupación en 1681 de una alcaldía ordinaria por parte del mercader Juan Díaz de Posada, y el ejercicio de la escribanía de Cabildo desde 1690 a 1694 por Salvador de Perea, quien también ejerció de mercader y aviador. 13 Por tanto, durante los primeros 37 años de gobierno municipal, la administración y la justicia de la villa, que eran competencias del Cabildo, fueron de absoluto monopolio por parte de los mineros. Ahora bien, es conocida la dificultad que suponía ejercer la actividad minera sin buenas líneas de crédito y el abasto de los insumos necesarios para las minas. Estas actividades de suministro de capitales, materiales e ingredientes indispensables para el beneficio de los metales estaba en manos de aviadores y mercaderes. Por tanto, los intereses de ellos también entraban en juego a la hora de las posibles decisiones que pudiera adoptar el cabildo de la villa, especialmente en aquellas cuestiones que afectaran a la actividad minera. Si se tiene en cuenta lo anterior, es lógico que el gremio de comerciantes también quisiera jugar algún papel en la institución municipal, intentando que algunos de sus miembros pudieran acceder a ella. Pero los comerciantes durante el siglo XVII, parece que no tuvieron la suficiente influencia como para desplazar de su monopolio político a los mineros, quienes en los albores de la siguiente centuria aún seguían siendo los hombres más poderosos y ricos del mineral, como se desprende de la relación de los que poseían cargos capitulares esos años. 14 A ello debe añadirse que, al tratarse las regidurías de oficios enajenables, era imposi-ble el acceso a ellas sin que se diese su previa situación de plazas vacantes y puestas de nuevo a la venta, o la renuncia expresa de algunos de los regidores en los posibles candidatos a ocuparlas. Así, pues, mientras los oficios capitulares fueron ocupados por los mineros, que desde años atrás los ostentaban en propiedad, la entrada estuvo vedada a los mercaderes que anhelaban alguno de ellos. También existía la posibilidad de entrar a formar parte del Ayuntamiento por medio de los oficios electivos cadañeros, es decir, las alcaldías ordinarias, la alcaldía de la Santa Hermandad y la procuraduría general. Pero, como los únicos con capacidad de voto en esas elecciones eran los regidores propietarios, también en este caso el aspirante debía ganarse primero la voluntad de los mineros que poseían tales puestos. De todas formas, parece que algo debió empezar a cambiar desde 1697, año a partir del cual fue más habitual encontrarse a un mercader en el asiento de uno de los dos alcaldes ordinarios. A veces, incluso, los comerciantes acapararon las dos alcaldías ordinarias, como en 1704 y 1716, consiguiendo entonces controlar la mayor parte de los asuntos judiciales que, en primera instancia, se trataban a nivel local. Esos años ocuparon dichas alcaldías Juan Acebedo Martínez Delgado de León y Francisco Guirles en 1704, y Juan Valzátegui y José Sardaneta Legaspi en 1716. 15 Tal control significaba una gran dosis de poder, puesto que tenían en sus manos la capacidad de decisión en todos los pleitos que pudieran resultar del trato de mercaderías, compras, ventas, préstamos, hipotecas y, por supuesto, en asuntos criminales, todo ello siempre que no excediera de 50 pesos la cantidad en litigio. 16 También, en 1724, 1727 y 1728, los comerciantes accedieron a otro de los cargos electivos del cabildo, la procuraduría general, por lo que la presencia de este gremio en el ayuntamiento parecía estar empezando a insti-tucionalizarse. Los mercaderes que tuvieron el privilegio de ostentar esta dignidad capitular fueron, Domingo Alegre en 1724 y Juan Porrúa en 1727 y 1728.17 Desde esta parcela del gobierno local podían manejar las cuentas municipales, los ingresos y las partidas de gastos de los propios y rentas de la villa. 18 Probablemente, la influencia que los comerciantes y aviadores ejercían sobre los mineros, merced a las fuertes deudas que éstos acumulaban con aquellos, les permitió comenzar a integrarse en el gobierno local con el beneplácito de los mineros, los únicos que en esos momentos podían facilitar su acceso. La tendencia ascendente dentro del poder local, que iniciaron los comerciantes desde 1697, prosiguió su curso hasta 1732, aunque todavía se mantuvieran inaccesibles para ellos los puestos más apetecibles del cabildo, los regimientos en propiedad. En ese período de tiempo, 35 años, el gremio de la minería siguió disfrutando de las mayores cotas de poder municipal, desde las atalayas que suponían las regidurías que habían seguido consiguiendo a lo largo de esas décadas. Efectivamente, en ese tiempo los mineros continuaron siendo los mejores postores cada vez que salían a la venta las plazas que iban vacando o, sencillamente, se mantuvieron como herederos o beneficiarios de traspasos en los oficios y propiedad de las minas. Así, en 1704 era propietario de la fiel ejecutoría el minero Pedro Flores Collar, quien traspasó el cargo al también minero Miguel de Victoria Figueroa. 19 Por otra parte, la entrada al oficio de alguacil mayor en 1726 de Domingo Pardo Verastegui fue resultado de una herencia familiar tras la muerte de su hermano ese mismo año. 20 En cualquier caso, ese poder casi monopolístico que habían ejercido los mineros durante más de 72 años, desde que Guanajuato contó con el Cabildo propio de una villa, tenía sus días contados. En 1732 se pusieron a la venta cuatro regidurías, algunas que habían quedado vacantes y otras de nuevo cuño, tras la solicitud que había hecho ante la Audiencia un grupo de nueve mineros que querían otros tantos oficios capitulares. Las cuatro plazas fueron a parar de nuevo a cuatro ricos mineros de la villa, Francisco Yguerategui, Ignacio Uribarren, Manuel González Cedillo y José Sardaneta Legaspi. Los dos primeros acompañaron sus regimientos, además, con los empleos añadidos de depositario general y alcalde de la Santa Hermandad, respectivamente. Pero se produjo una novedad: José Sardaneta Legaspi, quien en varias ocasiones había ocupado una alcaldía ordinaria, como la ya comentada de 1716, además de minero también se hacía llamar comerciante. Era el primero que entraba a formar parte del exclusivo grupo de regidores propietarios con esa condición, aunque fuera añadida a la de minero y nadie dudara de que sus principales ingresos e intereses se asentaban en el ramo extractivo. Ese mismo año de 1732, casualmente, dos mercaderes, Diego Franco de Toledo y Antonio Fernández Cevallos, eran elegidos como alcalde ordinario de segundo voto y procurador general, respectivamente. Quizá, fue el dinero del gremio de comerciantes el que, a través del préstamo, hizo posible esa compra múltiple de oficios por parte de los mineros. 21 Por otra parte, en 1735 entró a formar parte del Ayuntamiento como alguacil mayor Joaquín Velasco Duque de Estrada, sobrino del anterior propietario, Juan Pardo Verastegui. Al contrario que su tío, del que suponemos que era minero al igual que sus dos hermanos que también ocuparon el cargo, de Velasco Duque de Estrada desconocemos su profesión. Pero sería significativo, si hubiera sido minero, que no hubiera dejado constancia de ello en ninguno de los testimonios que produjo, como era habitual entre los del gremio. En cualquier caso, tampoco se ha podido aún averiguar si era comerciante. 22 Al año siguiente, 1736, ejerció de alcalde ordinario el apoderado del comercio de la villa y diputado de las reales alcabalas Juan de Porrúa, quien recordemos que ya ocupó la procuraduría general en 1727 y 1728. No deja de ser sintomático que ese año de 1736 Porrúa fuera acompañado en la procuraduría, precisamente, por otro mercader, Domingo Llorente. 23 La minería terminaría perdiendo su lugar de privilegio en el cabildo de Guanajuato a partir de 1737, fecha en la que empezaron a equilibrarse las influencias de ese gremio y el de comercio. Ese año entró a formar parte como miembro de pleno derecho del consistorio el comerciante Agustín Septién Montero. Éste se había adjudicado la fiel ejecutoría pagando al anterior propietario tres cuartas partes del valor del oficio y una cantidad muy superior de forma encubierta por medio del exagerado valor otorgado a una casa que el mismo Septién Montero compró también al fiel ejecutor saliente. Dicha compra revela las nuevas posibilidades económicas que empezaban a tener los comerciantes, y cómo estaban ya dispuestos a invertir su dinero en los oficios capitulares para la obtención de mayores plusvalías, poder y prestigio. 24 De hecho, también en 1737 accedió al cabildo como depositario general el minero y mercader José Liceaga, tras quedar vacante el puesto por la sanción que impusieron al minero Francisco Yguerategui, su antiguo poseedor. El cargo, que necesitaba ser afianzado para su obtención, logró los avales de un minero y de un mercader, Bernardo Fernández Riaño y Manuel Bueno respectivamente, lo que pone de manifiesto la intención del nuevo cabildante de compaginar el favor e intereses de ambos gremios. Aparte, Liceaga había conseguido ser elegido como alcalde ordinario ese mismo año de 1737, con lo que el poder de los comerciantes en el consistorio se iba extendiendo cada vez más, en detrimento del gremio de mineros que, aunque representado también con Liceaga, debía compartir ahora esa parcela de poder. Tanto Agustín Septién Montero como José Liceaga, permitieron con sus votos que la procuraduría general fuera ocupada en esa misma fecha, de nuevo, por el mercader Domingo Llorente. 25 Finalmente, la presencia desde 1738 de un nuevo comerciante, Alfonso García Malabear, como regidor del cabildo de Guanajuato, posibilitó que los mineros, por primera vez desde 1660 no fueran mayoría entre 24 AHUG, PCL, 1737, fols. Renuncia de la fiel ejecutoría que otorga Miguel de Victoria Figueroa a favor de Agustín Septién Montero, 26 de enero de 1737; Venta de una casa que otorga Miguel Victoria Figueroa a favor de Agustín Septién Montero, 12 de febrero de 1737. Poder que otorga José Liceaga para pujar por la regiduría y depositaría general de Guanajuato, 28 de junio de 1736. Fianza al cargo de depositario general que otorgan Bernardo Fernández Riaño y Manuel Bueno. Compra de una casa por parte de José de Liceaga, depositario general y alcalde ordinario de Guanajuato, 2 de abril de 1737; Poder general que otorga Domingo Llorente, procurador general de Guanajuato, 30 de enero de 1737; Recibo a favor de Domingo Llorente, procurador general y depositario de Guanajuato, 1 de marzo de 1737, respectivamente. los capitulares con derecho a voto en la junta de gobierno. 26 Ahora, los únicos tres mineros del Cabildo, el alférez real Francisco Bluet Higuiño, que ejercía de heraldo real desde 1720, y los regidores Agustín Torre, a quien le había traspasado el cargo Manuel González Cedillo, e Ignacio Uribarren, debían negociar todas sus iniciativas con los comerciantes Agustín Septién Montero y Alfonso García Malabear. En este juego, aparte de los intereses que pudieran entrar en juego, como negocios comunes o relaciones de amistad y parentesco, tenían una situación de privilegio los dos restantes regidores, Joaquín Velasco Duque de Estrada, de quien ya dijimos que hasta ahora se desconoce su vinculación gremial, y el minero y mercader José Liceaga. Este equilibrio de intereses empezó a funcionar ese año de 1738 y, a partir de entonces, a condicionar la futura composición de la institución municipal. Tanto es así que, pronto, los comerciantes llegaron a un acuerdo en la rotación de los puestos electivos, de tal manera que ese mismo año Agustín Septién Montero y otro comerciante, Antonio Pacheco, se repartieron las alcaldías ordinarias, recayendo la de primer voto en el primero. Al año siguiente, en 1739, quien ocupó al mismo tiempo la regiduría y la alcaldía ordinaria de primer voto fue García Malabear, que en 1740 logró, además, situar a su hermano José, también mercader, como procurador general. Ya en 1737, el ambivalente José Liceaga había sido el precursor de este sistema, al ocupar él la regiduría y la alcaldía de primer voto con el apoyo de Septién Montero. Las actuaciones conjuntas de los mercaderes de la villa con los miembros de su gremio, que habían logrado encajar en un cabildo minero, quedan puestas de manifiesto en poderes como el que en septiembre de 1738 otorgaban todos juntos. 27 Bien es cierto que, en 1740, los mineros habían conseguido situar al también minero Pedro de Caracena como alcalde ordinario de segundo voto, pero ya era evidente la falta de poder que estaban experimentando en 26 AGN, Oficios Vendibles, 22, exp. Remate de dos oficios de regidores a favor de Vicente Manuel Sardaneta Legaspi y Simón Francisco Arroyo. Incluye la valoración que se hizo de los regimientos a partir de la venta efectuada en 1738 a favor de Alfonso García Malabear, 1743. Fianza que otorga José Liceaga, alcalde ordinario, a favor de Bernardo Fernández Riaño para el remate del oficio de regidor, 30 de diciembre de 1737. Poder general que otorgan Agustín Septién Montero, fiel ejecutor, Antonio Pacheco, alcalde ordinario, Alfonso García Malabear, regidor, y otros mercaderes a un receptor del número de la Audiencia de México, 3 de septiembre de 1738. Recibo de poder que otorga Alfonso García Malabear, alcalde ordinario, 6 de agosto de 1739. Poder general que otorga José García Malabear, procurador general y depositario, 12 de enero de 1740. Aprobación y confirmación de la elección de procurador general de Guanajuato, 27 de enero de 1740. el cabildo que durante tantos años habían dominado. 28 Ahora, los mineros deberían esperar con impaciencia la concesión del título de ciudad a la villa, momento en el que saldrían a la venta un número considerable de regimientos para alcanzar los doce que correspondían, por ley, a las ciudades. Quizá confiaban en que ello les brindaría la oportunidad de recuperar el poder político que tradicionalmente habían disfrutado desde la creación del Cabildo. González Leal lo identifica como natural de Monestrí: Crónica de un palacio Guanajuatense, Gobierno del Estado de Guanajuato, Guanajuato, 1985, pág. 30. AGN, Oficios Vendibles, 5, exp. Nombre Cargo y año Origen Oficio Penins. Pedro Aguirre Acharán 29
Estos conflictos surgieron después de las denuncias y quejas interpuestas por diferentes individuos, todos descontentos con la política realizada por aquéllos. Se les acusó de abuso de poder, cohechos y prácticas fraudulentas. El presidente-regente García Pizarro fue el blanco principal de las críticas, mientras que su yerno y sucesor Villalengua trabajó para frenar los ataques. Dentro de la Audiencia, el oidor Fernando Cuadrado encabezó el movimiento opositor. La Corona no pudo evitar que este tribunal atravesara una grave crisis, que recordaba sucesos similares en la primera mitad del siglo XVIII. Este artículo analiza algunas claves del conflicto y revela los intereses particulares que animaban a cada uno de los bandos en litigio. en su seno y un fiel exponente de los conflictos que enfrentaron a sus miembros. La imagen que ofreció aquel alto Tribunal no fue desde luego la más edificante y pone en entredicho la integridad, pureza y buen hacer que su propia normativa y ordenanzas establecían. Por aquel tiempo sus integrantes parece que estuvieron más atentos a resolver sus diferencias que al ejercicio de la administración de justicia y también más preocupados por sus intereses particulares que por el servicio público. No era la primera vez que las tensiones afloraban, puesto que ya en la primera mitad de la centuria -particularmente durante la presidencia de José de Araujo y Río-la situación llegó a ser bastante convulsa y la rivalidad entre facciones alcanzó graves extremos. 2 En las líneas que siguen se expondrán algunas de las claves que desencadenaron los enfrentamientos en aquella Audiencia y que obligaron a la Corona a intervenir para detener su deterioro. En 1788, a instancias del monarca Carlos III, una iniciativa del virrey de la Nueva Granada, Francisco de Gil y Lemos, encaminada a esclarecer ciertas denuncias y acusaciones vertidas contra José García de León y Pizarro durante el tiempo de su presidencia y contra su hermano Ramón, gobernador de Guayaquil desde 1779, puso en marcha la pesquisa que terminaría desvelando abusos, cohechos y rivalidades que salpicaron a todos los protagonistas. El proceso generó una ingente masa documental, cuyo valor radica en el hecho de aportar nuevos puntos de vista sobre el ejercicio del poder y las pautas de comportamiento de aquellos funcionarios reales. 3 Bajo aparentes conductas de respeto a la legalidad, se atisban gestiones que rozaban lo ilegal o que eran moralmente indefendibles. Junto a ello, no faltan estrategias dirigidas a satisfacer egoísmos individuales y de grupo. En suma, esta documentación ofrece un panorama poco alentador acerca del normal funcionamiento de la institución judicial y, por otro lado, permite dibujar una realidad marcada por las pugnas y las tensiones que enfrentaron a sus ministros. 2 Sobre este momento véanse los siguientes trabajos de Ramos Gómez, Luis Javier: "La estructura social quiteña entre 1737 y 1745 según el proceso contra Don José de Araujo", Revista de Indias, LI, 191, Madrid. 3 La mayor parte de ella puede consultarse en el Archivo General de Indias de Sevilla (en adelante AGI), Quito, 267, 271 y 272. La Audiencia de Quito era a finales de los ochenta el escenario en el que se dirimieron asuntos que comenzaron a gestarse una década antes y, en gran medida, propiciados por el singular comportamiento de José García de León y Pizarro. Éste había accedido a ella investido de amplios poderes. A su condición de visitador general, unía la de presidente-regente de la Audiencia, cargo de reciente creación, la de superintendente de Real Hacienda y la de capitán general. En realidad ninguna parcela de poder escapaba a su control; tal era el perfil de funcionario que la Corona había diseñado para acometer un vasto programa reformista en el reino de Quito. A diferencia del militar que le había precedido, José Diguja, José García de León y Pizarro era un hombre letrado poseedor de una sólida formación, experimentado y de carácter fuerte. Presumía de tener generosos apoyos en la Corte, en especial del ministro José de Gálvez, y de otros personajes influyentes como el virrey de la Nueva Granada, Caballero y Góngora, o el marqués de Loreto, virrey del Río de la Plata. No debe sorprender, por tanto, que su posición privilegiada le condujera a practicar un despotismo del que no escaparon las instituciones, los cargos y las personas de su entorno. Había nacido José García de León en octubre de 1738 en Motril (Granada), en el seno del matrimonio formado por el coronel José García de León y la motrileña Francisca Pizarro y Rivera. Más inclinado por las letras que por las armas, cursó los estudios de Derecho en la Universidad de Granada doctorándose en 1760. Intervino en la audiencia granadina y en 1775 fue promovido a la de Sevilla en calidad de fiscal. Apenas llevaba desempeñando este cargo un año cuando Carlos III le nombró regente y presidente de la Audiencia de Quito; en este destino permaneció hasta 1784, fecha en la que regresó a Madrid para ocupar una plaza de consejero de Indias. 4 Su afán por escalar posiciones en la carrera administrativa le llevó a solicitar una plaza en la Cámara de Indias, 5 que finalmente obtuvo.6 Murió el 30 de marzo de 1798 y fue enterrado en la madrileña iglesia de los Santos Justo y Pastor. Su labor en Quito ha sido destacada favorablemente por aquellos historiadores que se han ocupado de su estudio. González Suárez afirmó que García de León y Pizarro fue "unos de los gobernantes más activos y diligentes del tiempo de la Colonia".7 Reig Satorres lo consideró un funcionario muy cualificado, que con decisión y competencia "realizará el primer empadronamiento general de la Presidencia; lleva al detalle la fiscalización de las Cajas Reales como nunca se había logrado; mejora y ordena con buen conocimiento la administración de justicia, reajusta divisiones territoriales inter-nas... logra un repunte fiscal tan asombroso, en un territorio empobrecido, que el mismo Gálvez en nombre del Rey, no podrá menos de felicitarle". 8 Los mismos elogios le ha dispensado Martiré al afirmar que "a la variada competencia demostrada en el ejercicio del gobierno se agregaba su versación jurídica... Es un conocedor de la materia que trata, maneja con soltura la legislación vigente y ha recogido a su paso por los tribunales de la Península una preciosa experiencia que vuelca en el escenario americano... Sus disposiciones son precisas y firmes, se ve en ellas la mano enérgica del magistrado acostumbrado a poner orden en pleitos y expedientes y a manejar con buen método los papeles de los tribunales".9 El hecho de que el Rey le otorgara la Cruz de la Orden de Carlos III y lo acogiera entre los miembros de su Consejo de Indias avala la idea de que fue un funcionario que cumplió satisfactoriamente los objetivos de su gobierno en Quito, particularmente los económicos y fiscales. Su visita general tuvo efectos indudables sobre el estado de la región y su gobierno no dejó indiferente a nadie. ¿Dónde están entonces las críticas? ¿Por qué despertó tanta animadversión? La naturaleza del problema habría que buscarla fundamentalmente en la forma en que gestionó los asuntos de gobierno y en sus actitudes prepotentes, que con frecuencia rozaban el límite de la legalidad o se percibían simplemente como inmorales. Por otro lado, la impopularidad de sus medidas le acarreó un coste social nada desdeñable y, en fin, la arbitrariedad de muchas de sus decisiones conformó un nutrido grupo de descontentos, dispuestos a vengarse en la primera ocasión que se presentara. La habilidad del presidente-regente para rodearse de amigos y deudores corrió paralela a su capacidad para ganarse enemigos y en este contexto resulta fácil entender las tensiones que fue generando, hasta el punto de que al término de su mandato nadie dudaba de la existencia de un partido que le apoyaba incondicionalmente y de otro que le censuraba sin paliativos. En el primero se incluían, además de sus familiares, todos aquellos que de una forma u otra se habían sentido beneficiados por sus disposiciones; en el otro, por el contrario, quienes se consideraban perjudicados o relegados por las mismas. No fue García de León hombre que ocultara sus preferencias o que se recatara ante determinados actos que pudieran parecer impropios de su elevada condición. En este sentido, el nombramiento de su hermano Ramón como gobernador de Guayaquil resulta incomprensible sin tener en cuenta las influencias y maniobras que llevó a cabo cerca de las autoridades competentes. 10 Lo mismo cabe decir de la sorprendente designación del fiscal Juan José de Villalengua para sucederle al frente de la Audiencia. No se trata sólo de que considerara a éste como un incondicional y fiel servidor suyo en la fiscalía del tribunal quiteño, sino que una calculada alianza matrimonial le llevó a casarlo con su hija Josefa García Pizarro y Frías en 1784, poco antes de su regreso a España. Así Villalengua vino a convertirse en el mejor valedor de su suegro y, al mismo tiempo, en el personaje idóneo para conservar la herencia recibida.11 De todo ello resultó que entre 1778 y 1789 el clan de los García y León desempeñó los más altos cargos en Quito y Guayaquil. Los directos vínculos familiares existentes entre aquellas autoridades favorecieron el surgimiento de intereses comunes encaminados a la promoción y consolidación del grupo. En torno a ellos se tejió una notable red de influencias que inevitablemente no tardó en despertar la oposición de otro amplio sector de la sociedad. Las noticias sobre el malestar que la conducta del gobernador García Pizarro había suscitado durante su presidencia en Quito llegaron al Consejo de Indias -del que por cierto ya formaba parte-a finales de 1787 mediante sendas representaciones. 12 La redactada por Joaquín Pareja era la más dura y grave, ya que las críticas no sólo le implicaban a él, sino también a su hermano Ramón y a su yerno, el presidente de la Audiencia Juan José Villalengua. El autor de la denuncia comenzaba señalando que la lastimosa situación por la que atravesaba la ciudad de Guayaquil se debía a la pésima gestión realizada por José García de León durante el tiempo de la visita general. Consideraba que los estancos de la pólvora, tabaco y naipes que estableció entonces tuvieron efectos muy negativos para la población, al tiempo que reportaron pingües beneficios al visitador gracias a las cuantiosas gratificaciones recibidas de quienes fueron nombrados para su administración. Por otro lado, acusaba al obispo de Quito, Blas Sobrino y Minayo, de haber concedido al hijo del presidente, en concepto de capellanías, una cantidad que oscilaba entre los 70.000 y 80.000 pesos y de haber consentido que, siendo aún menor de edad, disfrutase el beneficio de la sacristía mayor de Guayaquil para arrendarla después por 1.000 pesos anuales. Estas denuncias no eran sino la punta de un iceberg que alcanzaría enormes proporciones más tarde, durante el desarrollo del proceso que se inició en 1788. Entonces los testigos manifestaron su descontento contra el presidente en una cascada de denuncias que lo dejaban muy mal parado. Un amplio sector de la opinión coincidía en la idea de que no había puesto ni cargo que pudiera obtenerse sin gratificación o soborno y que la venalidad se había instalado en todos los niveles de la administración. Tampoco se dudaba de que el presidente obtenía abundantes beneficios para sí mismo y sus familiares mediante estrategias de dudosa legalidad; aún más, que su mujer acumuló una inmensa fortuna en metálico, joyas y otros objetos valiosos gracias a su intermediación en los asuntos de gobierno y al margen de cualquier conducta moral. 13 Las críticas contra su hermano Ramón ponían de manifiesto un enriquecimiento ilegítimo a costa del gasto de las tropas y de los propios de la ciudad de Guayaquil; de manera especial, se denunciaba el control abusivo que el gobernador había implantado en el Cabildo y que no dudaba en tachar de despótico. Pareja expuso con total franqueza las difíciles relaciones en las que se encontraban inmersos la institución municipal y el gobernador por las injerencias de éste en aquélla. Como ejemplo señalaba que Tras su estudio y debate en el Consejo, la Corona cursó orden al virrey de la Nueva Granada para que indagase sobre la veracidad de los hechos denunciados, lo que fue comunicado mediante reales disposiciones de 6 de junio y 8 de julio de 1788. El entonces virrey Francisco Gil de Taboada y Lemos cumplió el encargo con celeridad y designó a Fernando Cuadrado y Valdenebro, oidor de la Audiencia quiteña, para acometer la empresa. 16 Éste se había señalado como un claro opositor de los García de León y Pizarro y nunca perdonó al presidente que le relegara como juez decano del tribunal ni que se interpusiera en su carrera profesional para promocionar a su yerno Villalengua. La decisión de Gil y Lemos de nombrarle para una investigación de tal naturaleza y que implicaba a personas tan relevantes no pareció la más adecuada y únicamente puede ser entendida desde el desconocimiento que el propio virrey tenía de la situación quiteña. 17 Teniendo en cuenta estos condicionantes, no era previsible que Cuadrado actuase con la debida imparcialidad. Cuando la Corona intervino para reconducir la crisis desatada ya era demasiado tarde y para entonces los escribanos habían dejado extensa constancia de cohechos, malversaciones y conductas inmorales de la familia García de León y Pizarro. Unas veces fundadas y ciertas; otras, simples especulaciones con ánimo de medrar. El oidor Cuadrado fue consciente, desde el mismo momento que recibió la notificación del virrey, de la oportunidad que se le ofrecía para dar satisfacción a sus intereses; sin embargo, no se le escapaban las dificultades que habría de superar para cumplir la misión que se le había encomendado y daba por sentado que el presidente Villalengua haría cuanto estuviese en su mano para frustrarla. En efecto, a mediados de marzo ya se lamentaba de que era imposible mantener en sigilo sus actuaciones a pesar de las precauciones tomadas y así se lo hacía saber al virrey. 18 El 21 de marzo, con la citación de los primeros testigos, Cuadrado puso en marcha la pesquisa para la que contó con la ayuda del también fiscal José Merchante. Como era previ-sible, la familia Pizarro movió todos los resortes a su alcance, que no eran pocos, con el fin de obstaculizar su desarrollo. De ello se hacía eco Cuadrado cuando manifestaba a Gil y Lemos con total claridad sus temores acerca de la fuerte resistencia que había encontrado y de las barreras que debía superar. Al respecto ya anticipaba lo que unos y otros plantearían: "pues el último [Villalengua] en Quito donde es presidente se ha hecho temer y respetar hasta un extremo que toca en despotismo, siguiendo la máxima de su antecesor y suegro...; que Pizarro en Madrid, astuto y sagaz en disfrazar sus maldades y aparentarse inocente, no omitirá medio de sincerarse aunque sea a costa de indisponer al comisionado..., maquinará cuanto pueda para su destrucción y desconcepto". 19 Estas sospechas no tardaron en hacerse realidad ya que fue proverbial la diligencia con que reaccionó el presidente de la Audiencia ante las pretensiones de Cuadrado. En efecto, Villalengua procuró frenar desde el primer momento la pesquisa sin reparar en medios ni amenazas, tal como se quejaba el fiscal al asegurar "que por medio de sus emisarios ha hecho correr la voz de terror contra los declarantes, recordándoles la residencia del presidente Araujo, en que se pusieron varias penas al juez y declarantes". 20 La actuación de Villalengua no quedó sólo ahí, sino que en una extensa carta también dirigida al virrey le hacía saber el cúmulo de irregularidades que concurrían en aquel proceso y el error en el que había incurrido al nombrar a Fernando Cuadrado. El panorama que dibujaba en su misiva en nada coincidía con el que pretendían ofrecer los denunciantes. Tras presentarse como un fiel vasallo, cuyo "ascenso a la presidencia fue como un sacrificio de su sumisión a la real voluntad por no incurrir en el desagrado del Soberano", arremetía con dureza contra el bando contrario. 21 El centro de su crítica era precisamente Cuadrado, del que trazaba un negro retrato para concienciar a Gil y Lemos de que en absoluto era la persona apropiada para realizar la pesquisa. Éstos eran sus términos: "Inclinado a novedades y especies exóticas, siendo tenaz y caprichoso en lo que comprende, de modo que para seguir su dictamen se necesita separarse de los preceptos legales y soberanas disposiciones, teniendo prurito por llevar la contraria particularmente en asuntos de policía y decoración de la ciudad... Que le faltan las prendas de un corazón noble y exento de envidia, por tanto no puede disimular el disgusto que le causa ver al Presidente en silla superior cuando antes tenía la de fiscal de aquella Audiencia inferior a la suya; que como tiene genio pueril, todo le hace impre-sión...". 22 Concluía Villalengua que Cuadrado era un "enemigo declarado del Sr. D. José Pizarro mi padre político, de su hermano D. Ramón y de mí" y que su meta última no sería otra que sucederle al frente de la Audiencia sin reparar en medio alguno. Su odio -explicaba-provenía de las diferencias surgidas con el visitador general quien nunca lo recibió como hombre de su confianza. Además, alertaba sobre su comportamiento con el interesado argumento de que "es protector del famoso Don Eugenio Espejo, lo que prueba su modo de pensar". Tampoco el fiscal Merchante salía mejor parado de los ataques de Villalengua, tal como se deduce de las siguientes palabras: "Que su poco genio se reconoce de su insustancial locuacidad; que su genio es demasiado interesado y mísero, comiendo diariamente con Cuadrado y dándose un trato indecente a su carácter, en persona y casa; que patrocina tenazmente todas las instancias contra el gobernador de Guayaquil y obispo de Cuenca; haciendo traición a su ministerio... que todo esto le hace demasiado culpable sino disculpa sus yerros con la ignorancia en el Derecho...". 23 Por todas estas razones y teniendo en cuenta el carácter de ambos personajes, el presidente Villalengua solicitaba al virrey que se les separase de la pesquisa. No satisfecho con ello, dos días después volvía a insistir sobre lo mismo. Su principal preocupación era en esta ocasión salvar a toda costa la honestidad e inocencia de su suegro, de su tío político y de él mismo. "No hallo -comenzaba señalando-expresiones con qué significar a V.E. la consternación y sorpresa que me ha causado la noticia divulgada en esta ciudad de hallarse el oidor D. Fernando Cuadrado con comisiones de V.E. para sindicar, pesquisar...". 24 Disculpaba Villalengua al virrey por el erróneo nombramiento de Cuadrado sobre la base del desconocimiento que tenía de sus actos y comportamiento. Para el presidente el origen de la pes-22 Ibídem. El obispo de Cuenca al que alude no es otro que José Carrión y Marfil, a la sazón primo hermano de Villalengua. Fue el primer titular del recién creado obispado, desempeñando la mitra entre 1787 y 1798, año en el que fue promovido a la diócesis de Trujillo. Carta de Juan José de Villalengua a Gil y Lemos, Quito, 28 de marzo de 1789. quisa no respondía más que a un desenfrenado espíritu de venganza, ya que sus autores "han sido precisamente causados, reprehendidos, castigados o perseguidos en justicia por el visitador general mi antecesor, por su hermano o por mí en nuestros respectivos gobiernos". En aquel grupo señalaba directamente a Francisco Borja, "sujeto de clase distinguida, pero que olvidado de ella no se le ha conocido otra ocupación en su vida que la de murmurar, herir y desconceptuar a sus jefes inmediatos, a los de más alta jerarquía y sus convecinos". 25 Del oidor Manuel Urrutia -valedor de Borja y amigo de Cuadrado-decía que actuaba movido por el resentimiento hacia el visitador general a quien atribuía el motivo de su salida de la Audiencia de Quito con destino a la de Guadalajara. En su opinión, los verdaderos móviles de los pesquisidores estaban bien claros y los expresó en términos tan directos como reveladores: "El Sr. Cuadrado, con su parcial y amigo el fiscal D. José Merchante creen haberles llegado el día de su completa venganza, y por conseguirla ponen en práctica cuantos inicuos medios le sugiere su odio hacia nosotros". 26 La misma desconfianza le merecían los testigos llamados a declarar en la pesquisa, todos, según decía, descontentos con el gobierno; un malestar que él consideraba fruto de las necesarias reformas emprendidas por el visitador y su deseo de reactivar la economía de la región y poner orden en la administración. 27 Confesaba Villalengua sentirse vilipendiado en público y temía que el alboroto suscitado entre la población pudiera desembocar en sucesos más perniciosos, que no podría remediar "por hallarse tan débil mi autoridad". Resulta notable su habilidad para mostrarse como una víctima y transmitir a Gil y Lemos la idea de que el territorio se encontraba en situación crítica buscando el efecto de provocar en el virrey una reacción que pusiese fin a la pesquisa. Además, justificaba su postura como un acto de responsabilidad en defensa de su honor y del de su familia "porque de no hacerlo sería culpable mi silencio a vista de este público". Para contribuir a la necesaria estabilidad no dudaba en brindar alternativas para que Cuadrado no siguie-25 Francisco de Borja era alcalde ordinario de Quito. En 1782 envió al virrey Caballero y Góngora una representación plagada de quejas contra León y Pizarro por su conducta irregular. Enterado éste de la misma, no dudó en ofrecer su versión de los hechos de la que resultaba ser Borja un intrigante y especulador con los precios de la sal y otros frutos por lo que mereció el castigo y amonestación del presidente. Carta de José García de León y Pizarro a Caballero y Góngora, Quito 18 de octubre de 1782. Se trataba, afirmaba en su misiva, de medidas que llevaban aparejado "un conjunto de cosas y sucesos que ofrece pocos amigos y sí bastantes enemigos inexorables". Entre ellas, apuntaba la conveniencia de sustituir aquella intervención por una residencia, de conformidad con la ley, y proceder a la nulidad de todo cuanto hubiese actuado el oidor, "imponiendo perpetuo silencio sobre el asunto" hasta que nuevamente resolviera el rey. 28 A la luz de estas informaciones, resulta obvio que la Audiencia de Quito vivía en 1789 una conflictiva situación en la que dos bandos pugnaban por imponer sus ideas. Por un lado, el grupo encabezado por el presidente Villalengua y el oidor decano, Luis Muñoz y Cubero; por otro, el del oidor Fernando Cuadrado y el fiscal Merchante. Esta última facción procuraba por todos los medios desacreditar ante el gobierno al clan García de León y Pizarro con sucesivas denuncias y quejas; aquélla, por su parte, se esforzaba en demostrar lo infundado de semejante campaña y la baja condición de sus autores. El problema vino a agravarse con motivo de la presentación de una denuncia por parte de Manuel Núñez Balboa contra Ramón García de León y Pizarro al que acusaba de introducir mercancías de contrabando en Guayaquil y de malversación de fondos. 29 La razón última de la denuncia parecía guardar relación con los sucesivos conflictos que enfrentaban a ambos protagonistas. El retrato que Villalengua ofrecía de su enemigo Núñez Balboa no dejaba dudas sobre su carácter ruin, un hombre que había sido acusado criminalmente por Pizarro, descubierto por malversación cuando ejercía de alcalde de barrio e implicado en sublevaciones y extorsiones a indios durante el tiempo que fue teniente de Puerto Viejo. 30 Como era previsible, la admisión de la denuncia por el tribunal dio paso a nuevos enfrentamientos que acrecentaron la ya muy deteriorada vida de la Audiencia. Sus miembros volvieron a defender posiciones encontradas siempre de acuerdo con los intereses del bando al que se adscribían, lo cual implicaba dejar en un segundo plano la correcta administración de justicia. Por un lado, Cuadrado se apresuró a poner la causa en marcha e iniciar el turno de testigos que confirmasen los términos de la delación. Por 28 Apoyaba su demanda dibujando una situación extrema capaz de hacer reaccionar al virrey a quien rogaba que tomase en consideración el "delicado estado en que me ha reducido el inesperado golpe, el espíritu de venganza que anima el procedimiento del Juez comisionado, la despreciable calidad de los sujetos que con sus libelos han motivado la providencia, y lo que es más, las funestas consecuencias que de continuarse dicha comisión se han de seguir". 29 El contenido de la misma puede seguirse en la "Causa de capitulación puesta por Núñez de Balboa contra el gobernador de Guayaquil, Ramón García de León y Pizarro, y su teniente gobernador, José Mexía". Carta de Juan José de Villalengua a Gil y Lemos, Quito, 3 de abril de 1789. El desarrollo del expediente se contiene en los "Autos seguidos por la Real Justicia contra Manuel Núñez de Balboa". AGI, Quito, 271. otro, el oidor Cubero, con anuencia del presidente, se ocupó de frenarla y, en cualquier caso, de poner al corriente al virrey de las intenciones maliciosas de sus oponentes. Núñez Balboa acusó al gobernador de Guayaquil, Ramón Pizarro, de comerciar fraudulentamente con mercancías prohibidas y dinero sin registrar procedentes del puerto de Acapulco en el contexto de los negocios de cacao en los que participaba. Los efectos denunciados y que se transportaban en la nao "La Guayaquileña" podían ascender, según el delator, hasta el millón de pesos lo que representaba un grave perjuicio para la Real Hacienda. Con objeto de impedir que esta operación quedara impune, Cuadrado, con anuencia del fiscal Merchante, proveyó que el barco fuese inspeccionado a la mayor brevedad posible y siempre antes de que pudieran intervenir los oficiales reales a quienes suponía fieles al gobernador. Tal misión le fue encomendada a José Vallejo, intendente de Cuenca, a cuyo distrito pertenecía Guayaquil; éste debía intervenir con toda celeridad con el fin de que no se produjera ninguna pérdida de la carga y se evitara el fraude. Para ello se le invistió de tan amplios poderes que incluso podía, si era necesario, confinar al gobernador y a su teniente. 31 Ante tal providencia, Villalengua reclamó para sí el desarrollo de los autos, argumentando que los asuntos de descamino y comiso eran privativos del gobernador y oficiales reales del puerto y si éstos estaban impedidos, era competencia suya proveer cuanto fuera necesario; además, sostenía que la Audiencia era incompetente para conocer en aquel asunto. 32 Pensaba que la denuncia de Núñez Balboa no se había hecho en forma y, en todo caso, sólo sería admisible una vez hubiese sido realizada la visita del barco y no antes. Resulta cuanto menos sorprendente la justificación de Cuadrado para esta designación: "no hallándose alguno a propósito y libre de toda conexión ni en Guayaquil ni aún en esta ciudad a quien pudiera encargarse con satisfacción tan interesante confianza". Bajo semejante apariencia de imparcialidad ocultaba que Vallejo estaba enfrentado a los García de León y Pizarro y era enemigo declarado del obispo de Cuenca, quien, como se ha señalado, estaba emparentado familiarmente con Villalengua. 32 Le asistía la razón a tenor de lo que establecían las leyes IV y V, Título XVII, Libro VIII de la Recopilación de Leyes de Indias. La primera, sobre "que los gobernadores, corregidores y alcaldes mayores conozcan y determinen juntos con los oficiales reales las causas de comisos"; la segunda, sobre "que las Audiencias no advoquen causas de los descaminos antes de sentenciar los jueces de primera instancia". 33 Así lo contemplaba la ley IX, del mismo título y libro: "Mandamos a los dichos nuestros oficiales que visiten los bajeles, y reconozcan los negros y mercaderías que llegare a su distrito, y aprehendan por descaminadas las que se hubieren llevado fuera de registro, procediendo de oficio, sin admitir denunciaciones de terceras personas hasta después de hecha la visita, y entonces permitimos que la admitan...". ISSN: 0210-5810 mente, y esto era lo más importante, sostenía que no había impedimento alguno para que él condujese la pesquisa a pesar de que el principal inculpado fuera hermano de su suegro y tío carnal de su esposa. El motivo de esta afirmación y que justificaba su intervención directa en la causa no era otro que su condición de superintendente subdelegado de Real Hacienda y que los hechos denunciados correspondían a su jurisdicción. 34 El presidente Villalengua consideró que la actuación del oidor Cuadrado y de quienes le apoyaban era totalmente contraria a las ordenanzas y, sobre todo, la creyó un intento de vulnerar su autoridad y de ridiculizarle ante la población. Usando su poder logró reconducir la situación y pudo anular la providencia de la Audiencia y dictaminar que la visita del barco denunciado fuese realizada por Agustín Martín de Blas, Director General de Rentas Reales, en lugar del intendente de Cuenca. 35 Convencido de que había acertado con estas medidas, esperaba del virrey un gesto de aprobación "con la conveniente demostración que tenga a bien hacer con estos ministros para reducirlos a subordinación". 36 Villalengua consiguió mediante una rápida y eficaz movilización poner freno a la denuncia urdida por los enemigos de Ramón García León y Pizarro y que a todas luces consideraba falsa; al mismo tiempo creyó haber impuesto su autoridad sobre los oidores díscolos y haber repuesto la legalidad en el alto Tribunal. La opinión de sus rivales, sin embargo, era muy distinta. Según ellos, el interés mostrado por la Audiencia para hacerse cargo de la denuncia con tanta celeridad obedecía a impedir que se consumara el delito; estaban persuadidos de que éste se habría cometido por la connivencia existente entre los oficiales reales y el propio gobernador de Guayaquil. El oidor Cuadrado estaba totalmente convencido de que la Audiencia tenía pleno derecho para entender en aquella causa; argumentaba que era legítimo obviar la legislación a la que antes se ha aludido teniendo en cuenta unas circunstancias tan especiales como aquéllas y cuando el principal objetivo de la intervención se encaminaba a la salvaguardia de los intereses de la Hacienda Real. Su punto de vista era el siguiente: "lo extraordinario del caso pedía alguna declinación de las reglas comunes; siendo así que los sucesos extraordinarios requieren extraordinarias medidas y providencias; ni las leyes habían previsto y resuelto la extraordinaria casualidad de comprenderse el gobernador del Puerto en el comiso y ser éste tío del Presidente Superintendente, hermano de un consejero y superior de las justicias ordinarias y oficiales reales". 37 Concluía que Villalengua, por sus vínculos familiares con el denunciado, debía inhibirse de la causa "para que no se pensase que obraba con designio y a fin de solapar el comiso de su tío". Remataba su discurso señalando que el interés mostrado por el presidente de la Audiencia en el caso constituía el mejor síntoma de que se movía impulsado más por razones personales que legales. En una tensa reunión celebrada en la Audiencia el 12 de junio los dos bandos expusieron sus tesis. A los fundamentos jurídicos esgrimidos por el presidente replicó Cuadrado con la cita de otras leyes que parecían acomodarse a sus pretensiones. En primer lugar, negó que su actuación contraviniera la mencionada ley V, Título XVII del Libro VIII, señalando que la Audiencia no advocaba ninguna causa iniciada con anterioridad por los oficiales reales, sino que daba curso a una denuncia presentada ante ella. En segundo lugar, invocó la ley VI del mismo título y libro que señalaba a las Audiencias como organismos competentes en estos casos. 38 Del mismo modo, adujo la ley XI donde se consideraba a los oidores, alcaldes del crimen y otros ministros como jueces de contrabando, extravíos y comisos y se les señalaba una recompensa para que resolviesen con apremio y diligencia. Pese a su esfuerzo, Cuadrado no logró convencer a los miembros de aquella reunión y se avino a que el alto Tribunal se inhibiera y que los autos fueran remitidos al Gobierno Superior. Con todo, dejó constancia de que la Audiencia aceptaba aquella decisión "no porque se estime incompetente para el juicio de tan grave negocio, ni que repute al Presidente juez privativo de él... sino tan solamente en cumplimiento de la ley XXXVI del citado Título XV". 39 Fue así cómo Cuadrado aceptó que Villalengua nombrase un nuevo visitador y se apresuró a poner en conocimiento del Superior Gobierno todo lo sucedido. Cuando lo hizo no perdió la ocasión de manifestarle la gravedad del comportamiento interesado de aquél y la tesitura en que había colocado a la Audiencia. "Esta -escribía-ha cumplido cuanto debía al servicio del Rey en tan importante negocio. El Presidente le ha puesto impedimentos insuperables al ejercicio de su celo. Tiene mucho de singular su empeño en advocarse el proceso principiado contra pariente suyo dentro de los grados prohibidos...; el comiso denunciado trastornaría por entero la fortuna del Gobernador su tío y perjudicaría al concepto del mismo Presidente y de su suegro". 40 En consecuencia, lamentaba que la Audiencia hubiera sido ultrajada y sus competencias invadidas, sentenciando que "este ejemplar funesto a la libertad y autoridad del Tribunal repone al Gobernador de Guayaquil en su antigua tranquilidad y seguridad en todas sus empresas". 41 Gil y Lemos pidió la causa el 16 de octubre de 1789 pero poco pudo hacer ya en la resolución del problema, toda vez que por entonces fue nombrado nuevo virrey del Perú. Sin embargo, en el Consejo de Indias, a donde llegaban las representaciones de unos y otros, se siguió debatiendo el asunto. Fue de este modo cómo la Corte pudo tomar conciencia del alcance y gravedad de lo que acontecía en Quito. Nada hacía suponer que cuando se ordenó a Gil y Lemos que comprobase la veracidad de las quejas presentadas por algunos vecinos de Guayaquil contra su gobernador, se hubiese abierto el camino a un conflicto de grandes proporciones. La designación del oidor Cuadrado para dicha comisión facilitó sobremanera que emergieran a la luz pública las rivalidades y odios que venían fraguándose 39 Alude a la ley XXXVI, Título XV, Libro II de la Recopilación, sobre los excesos de virreyes o presidentes y la actuación de la Audiencia. En concreto, señala: "Mandamos que sucediendo casos en que a los oidores pareciere que el Virrey o Presidente excede y no guarda lo ordenado y se embarca y entromete en aquello que no debía, los Oidores hagan con el Virrey o Presidente las diligencias, prevenciones que según calidad del caso o negocio pareciere necesario... y si hechas las diligencias e instancias sobre que no pase adelante el Virrey o Presidente perseverare en lo hacer y mandar ejecutar... se cumpla y guarde lo que el Virrey o Presidente hubiere proveído, sin hacerle impedimento, ni otra demostración, y los Oidores nos den aviso particular de lo que hubiere pasado, para que Nos lo mandemos remediar como convenga" 40 AGI, Quito, 271. Como se ha dicho, la elección del virrey no fue la más acertada; además, el oidor rebasó con creces lo que se le había encomendado, ya que se extralimitó en sus funciones al tratar de incluir en la misma causa a toda la familia García de León y Pizarro. Nada de extraño tiene, por tanto, que una de las primeras medidas adoptadas por el Consejo fuera la separación total de Cuadrado en lo tocante a este caso. Sin embargo, no fue el único que se vio afectado por tan sonados incidentes. Ramón Pizarro fue removido de su plaza de Guayaquil y trasladado a la provincia de Salta en Tucumán en calidad de nuevo gobernador 42 al tiempo que se ordenaba el inicio de la residencia correspondiente al cargo que acababa de dejar. Por su parte, Juan José de Villalengua fue sustituido al frente de la Audiencia con la intención de destinarlo a otro tribunal, que a la postre sería el de Guatemala. 43 Con estas medidas el Consejo creyó poner fin al conflicto y abrigaba la esperanza de que cesaran las continuas recusaciones o, lo que era lo mismo, "la fermentación en dicha Audiencia con perjuicio del Real servicio y escándalo del público". 44 Por la misma razón se ordenó al nuevo virrey José de Ezpeleta que archivara toda la documentación recogida por el oidor Cuadrado y que éste cesase en todas las actividades relacionadas con la pesquisa, 45 lo que cumplió de inmediato. 46 En Quito, no obstante, los ánimos estaban lejos de calmarse y las disputas judiciales proseguían. Tanto el oidor decano Muñoz Cubero como Cuadrado, el oidor comisionado por el virrey, y el fiscal Merchante habían sido objeto de recusación por las partes contrarias. Los argumentos esgrimidos por ambas eran similares y basaban su denuncia en la parcialidad manifiesta a favor de parte. Nada de extraordinario había en ello conociendo la pertenencia del primero al clan de los Pizarro y, por otro lado, la connivencia de los últimos con Núñez Balboa. La recusación contra Cuadrado evidenciaba que las verdaderas motivaciones de la misma iban más allá de su implicación en la denuncia de Núñez Balboa. Ésta no pasaba de ser más que otro episodio en el contexto de una rivalidad que se remontaba años atrás. Como reconocía el Consejo más tarde, el origen del problema tenía "enlace íntimo con la pesquisa contra D. José García de León y Pizarro en la que ha entendido el mismo oidor de orden de S.M." 47 También lo entendía así el propio Cuadrado cuando relacionaba todo lo que estaba sucediendo con la persecución de que era objeto desde los tiempos de la visita general; el mismo sentido que atribuía a los sobornos, chantajes, regalos y todo tipo de estrategias puestas en práctica contra su persona por los familiares y deudos del Visitador. 48 La Corona designó a Juan Moreno Avendaño para que tomara la residencia de Ramón Pizarro como gobernador de Guayaquil mediante Real Orden de 29 de enero de 1790. Había sido nombrado oidor de la Audiencia de Quito en 1788, aunque no tomó posesión del cargo hasta julio de 1789. 49 Llegó, por tanto, a aquellas tierras en un tiempo en el que las tensiones en el seno del alto Tribunal alcanzaban uno de sus momentos más álgidos. Lo delicado de aquella situación motivó que tal designación se hiciera con el mayor sigilo. Se aconsejó al monarca que ni siquiera debía darse noticia del nombramiento en el Consejo 50 y que sólo de forma muy reservada se comunicara la misión al virrey y al propio comisionado, con la prevención de que "el Rey había tenido por conveniente, por justos y graves motivos, el que se ejecutara en esta forma, esto es, dirigiéndose por esta vía reservada la Real Orden para tomar dicha residencia". Aún más, para evitar mayores contratiempos y otros problemas el monarca tomaba la precaución de que Avendaño no comenzara sus pesquisas hasta que Villalengua se encontrara ya fuera del territorio. En cualquier caso, el nuevo presidente de Quito, Antonio Mon y Velarde, sí debía estar al corriente de todas estas novedades y se le exhortaba a que colaborase con Avendaño para el buen término de la residencia. 51 Desgraciadamente todas aquellas prevenciones sirvieron de poco. Desde su llegada a Guayaquil, Avendaño fue captado por el clan de los Pizarro y, ya en Quito, el mismo bando trabajó para tenerlo de su parte. Cuadrado denunció la formación de expedientes secretos contra él y la falsificación de otros con el fin de aparecer totalmente culpable ante el Consejo de todo cuanto sucedía. Asimismo, denunció que el gobernador de Guayaquil estaba presionando a los testigos que habían sido llamados a declarar en aquella causa ofreciendo cien pesos a quien facilitara noticias sobre su paradero. Véase Burkholder, Mark A., y Chandler, D.S.: Biographical Dictionary..., pág. 222. 50 Lo excepcional de esta medida sólo parece cobrar sentido si se tiene en cuenta que el hermano del residenciado era miembro de dicho Consejo y cabría esperar alguna reacción suya para ganar tiempo. Interesadamente Cuadrado filtró la vieja amistad que le unía con Muñoz Cubero y el trato privilegiado que le dispensaba el presidente y su esposa. 52 Que Avendaño había dejado de ser la persona imparcial capaz de lograr la tranquilidad y la estabilidad en la Audiencia vino a confirmarlo el mismo presidente Mon y Velarde. Éste confesó al virrey sus dudas y reservas acerca de la idoneidad de aquella persona para culminar con éxito la misión que se le había encomendado, pues aunque le constaba la "integridad y justificación del comisionado y su aptitud para el desempeño", lo consideraba "no bien libre de imparcialidad por su particular adherencia al denunciado y decidida estimación de toda su familia". 53 Impresión ésta que Mon decía haber formado "con la diaria asistencia al Tribunal". Triste espectáculo el de aquellas sesiones en las que los oidores de uno y otro bando se recusaban mutuamente. Cuando el Consejo tuvo noticias de la posición de Avendaño no tuvo más remedio que desconfiar de la idoneidad del nombramiento y, a la vista de los antecedentes, expresar su pesimismo porque "es mucho de temer que no sólo se frustre el buen deseo de S.M. de que se averigüe la verdad, sino que se encienda nueva guerra". 54 Las sinceras reflexiones de Mon acerca de la crisis a la que había conducido el conflicto de la Audiencia ponen de relieve la gravedad del asunto y las serias dificultades que concurrían para la resolución del conflicto entre los jueces. Con pesimismo y desilusión reconocía haber fracasado en "aplacar el fuego de la discordia que ha devorado aquella capital y toda su provincia". Y ello fue así "por las mortales llagas que ha causado un punible espíritu de parcialidad de que nadie ha quedado exento...; se han dividido en bandos los ministros hasta llegar al escandaloso procedimiento de recusarse unos a otros, usando de medios indignos del decoro y circunspección de unos ministros del Rey". 55 Estaba convencido de que su antecesor Villalengua era responsable de buena parte del problema, ya que "el que había de contener el fuego lo atizaba, siendo hijo político de uno y sobrino de otro de los acusados". Mon y Velarde estuvo al frente de la Audiencia sólo once meses y en ese breve tiempo apenas pudo contribuir a la resolución del conflicto. Carta de Antonio Mon y Velarde a José de Ezpeleta, Quito, 18 de julio de 1790. Sin embrago, falleció en Cádiz cuando se dirigía a la Corte. Casi dos años después de que estallaran las desavenencias el panorama resultaba todavía desolador. Las primeras medidas implementadas por la Corona resultaron fallidas y el nuevo estudio de la causa volvió a demostrar que los testimonios y expedientes reunidos contenían demasiadas falsedades, lo que dificultaba llegar a una comprensión más o menos exacta de lo que realmente ocurría. Todas las denuncias contra los García de León y Pizarro estaban firmadas por individuos que por diversas razones se oponían a su gobierno. Las acusaciones de Joaquín Pareja, alférez real de Guayaquil, eran un compendio de quejas que evidenciaban el descontento de aquel Cabildo por las reiteradas intrusiones de Ramón Pizarro en la gestión municipal. Las de Núñez de Balboa culminaban un largo historial de desencuentros entre uno y otro. De dudosa legalidad puede considerarse su denuncia sobre el cargamento clandestino del barco "La Guayaquileña" que presentó ante la Audiencia de Quito y aún más sospechoso resulta que el oidor Cuadrado encontrara de inmediato en aquella misma ciudad testigos dispuestos a confirmar punto por punto la veracidad de aquella denuncia. Preocupado cada bando por conducir el pleito hacia el terreno que más convenía a sus intereses, cobra sentido que este oidor designara para la realización de la pesquisa al intendente de Cuenca, José Vallejo, cuya oposición a los García Pizarro era notoria y, como se ha dicho, mantenía una persistente hostilidad hacia el obispo de aquella provincia, Carrión y Marfil, que además era primo hermano del presidente Villalengua. De igual modo, se comprende que éste dejara sin efecto tales medidas y recondujera la situación con el nombramiento de Agustín Martín de Blas, deudo del clan García Pizarro, a quien debía su cargo de Director General de Rentas. 57 El Consejo de Indias resumió tal estado de cosas en una frase a la que le sobra cualquier comentario: "Que los testimonios que se han tenido a la vista se hallan tan imperfectos a la verdad, que no se puede llegar a formar juicio exacto del mérito, ni aún del último estado de los negocios a que son relativos". 58 Y reflexionaba: "Tales gentes, tales enredos y tales prevaricatos andan en el asunto; arderán en discordias los ministros, insultarán los de un partido a los del otro impunemente. Qué remedió a tan urgente ne-cesidad...". 57 Todas las diligencias llevadas a cabo por Villalengua en relación a la denuncia de Núñez Balboa merecieron la aprobación del virrey. Carta de Juan José Villalengua al ministro de Hacienda y Guerra, Quito, 18 de septiembre de 1789. Quizás por esta razón terminó cayendo en la cuenta de que la solución pasaba "por enviar un sujeto de todas calidades y que no tenga conexión en la Provincia de Quito, ni permanecer allí para estar expuesto a los tiros de la emulación". Había quedado demostrado que todos los funcionarios del distrito resultaban inhábiles para acometer una empresa tan delicada como compleja. No sólo porque cada uno a su manera estaba implicado en alguno de los bandos, sino fundamentalmente porque los encausados eran personas poderosas y habían logrado tejer una inmensa red de influencias. Con todo, a finales de noviembre de 1790 el Rey remitía las órdenes pertinentes al virrey de Santa Fe y al regente de la Audiencia quiteña, Estanislao Joaquín de Andino, para que por fin se pusiera en marcha la residencia de Ramón Pizarro. 59 La misión fue encomendada en esta ocasión a Anacleto de Casas Alcalde, un juez procedente de Panamá y al que se le suponía ajeno a las rivalidades que venían consumiendo la región. Sólo se presentaron trece testigos para declarar toda vez que sagazmente impidió el concurso de los amigos y enemigos del gobernador. A su conclusión únicamente resultaron contra Ramón García dos cargos de los que fue absuelto luego. El fallo definitivo exculpatorio no lo dio el Consejo de Indias hasta primeros de octubre de 1794. Para entonces los ánimos estaban ya más calmados en Quito. Alejados de aquel escenario los principales protagonistas del conflicto, las tensiones fueron remitiendo y la Audiencia pudo superar la crítica situación a la que había estado sometida. 59 Por entonces la Audiencia tenía una nueva organización, estando separada la regencia de la presidencia. Esta la ocupaba ahora el militar Luis Antonio de Guzmán. La composición del alto Tribunal en aquella época seguía, no obstante, conservando el juego de fuerzas que la dividió años atrás: Estanislao de Andino, regente; Lucas Muñoz y Cubero, oidor decano; Fernando Cuadrado y Juan Moreno Avendaño, ministros; fiscal, José Merchante y Contreras. El presidente, Guzmán, carecía de voto por no ser letrado.
El artículo examina la ambigua relación entre textos constitucionales y prácticas políticas en tres estados sudamericanos durante la primera mitad del siglo XIX. La realidad estatal en la Cuenca del Plata en la primera mitad del siglo XIX El propósito de este trabajo consiste en explorar una serie de problemas y cuestiones relativas a los vínculos entre prescripciones constitucionales y prácticas políticas en tres organizaciones estatales de la Cuenca rioplatense durante la primera mitad del siglo XIX. Se trata de la provincia de Corrientes que, entre 1820 y 1853, constituye un estado autónomo y las Repúblicas del Paraguay y Uruguay. Como se sabe, tras la disolución del Virreinato del Río de la Plata en 1816 y la caída del gobierno central de las llamadas Provincias Unidas del Río de la Plata en 1820, el panorama estatal y político de la región estuvo dominado por un conjunto de estados autónomos que mantuvieron distinto tipo de vínculos y asociaciones entre sí sin llegar a integrarse en una única estructura institucional. Esos estados dictaron sus propias constituciones, siendo éstas la base sobre la que establecieron la forma de gobierno y la administración de su territorio, organizando de esta manera su funcionamiento interno hasta la segunda mitad del siglo XIX. En este trabajo examinamos especialmente las Constituciones correntinas de 1821, 1824 y 1855, la Constitución de la República del Uruguay sancionada en 1830 y la ley que estableció la Administración política de la República del Paraguay en 1842.2 Nos proponemos analizar aquí cómo, a través de estas Cartas, las distintas fracciones de las elites dirigentes rioplatenses trataron de resolver los problemas que planteaba la conformación de un nuevo orden político en la era postindependentista y los obstáculos que debieron afrontar en este intento. Como acabamos de señalar, el Virreinato del Río de la Plata, que contenía prácticamente a la totalidad de los actuales territorios del Uruguay, Paraguay y de la provincia argentina de Corrientes, se desintegró a partir de 1810 y los ensayos para conformar un único estado independiente sobre el espacio que había ocupado el Virreinato fracasaron, al igual que el intento de establecer una Constitución que rigiese sobre ese mismo espacio. Las Cartas Magnas de 1819 y 1826, sancionadas por Congresos que reunían representantes de diversas regiones del Río de la Plata, encontraron una fuerte oposición y fueron rechazadas por las provincias, en gran medida por su orientación unitaria. En consecuencia, las únicas que gozaron entonces de vigencia efectiva prácticamente hasta 1853 fueron justamente las Constituciones provinciales. 3 El origen de las provincias ha sido analizado con relativa profundidad en los últimos años en diversos trabajos. Después de la caída de la Monarquía española se suscitó un claro problema de legitimidad política en el espacio rioplatense, como en otras regiones de Hispanoamérica. Como ha señalado José Carlos Chiaramonte, conocidos los sucesos de la Península, se planteó entre los principales protagonistas de la vida política rioplatense un conflicto que puede sintetizarse a partir de la existencia de dos posiciones. Por un lado se encontraban quienes consideraban que las decisiones sobre la organización y conducción del Estado debían ser tomadas por el conjunto de los pueblos soberanos que, de acuerdo a los principios del derecho de gentes, eran personas morales en condición de igualdad. Frente a esta postura se definió otra que insistía en la necesidad de organizar un nuevo Estado encabezado por la antigua capital del virreinato, a la que debían subordinarse el resto de los pueblos. 4 Progresivamente se fue imponiendo la idea de que existían tantas entidades soberanas como pueblos entendiendo a estos, en principio, como las ciudades y sus Cabildos. Estas ciudades fueron ampliando progresivamente su papel político, redefinieron su jurisdicción y regularon, finalmente, los derechos políticos de los habitantes de la campaña. Así, a partir de la disgregación de las antiguas provincias, del régimen de Intendencias nacieron los nuevos estados provinciales. 5 Este proceso de definición de las provincias culminó, en casi todos los casos, con la sanción de Cartas constitucionales a través de las cuales las elites que controlaban esos estados buscaron legitimar su poder y organizar su estructura institucional interna. Desde mediados del siglo XIX, sobre la base de diferentes tipos de acuerdos y pactos, catorce de estos estados autónomos o provincias, entre ellos Corrientes, conformaron el Estado nacional argentino, el cual se rigió por una Constitución, sancionada en 1853 y reformada en 1860, de carácter netamente federal. A partir de entonces, los estados provinciales debieron reformar sus propias normativas para adaptarlas al nuevo orden legal de carácter nacional y federal. Uruguay y Paraguay, cuyos territorios también habían pertenecido al antiguo Virreinato, permanecieron como estados independientes. La Banda Oriental del Uruguay constituyó, como se sabe, un ámbito de disputa entre las fuerzas de los imperios coloniales español y portugués. Su capital, Montevideo, dependía de Buenos Aires y mantenía con ésta viejas disputas vinculadas con el control del comercio y la navegación. Tras la caída de las autoridades coloniales de Buenos Aires en 1810, Montevideo se mantuvo como un baluarte de los españoles. El apoyo a la revolución surgió de la zona rural y estuvo conducido por José Artigas, un antiguo jefe miliciano de fronteras que se convirtió en líder de la campaña. La Banda Oriental ingresó entonces en un estado de guerra permanente, siendo Artigas un defensor entusiasta de la idea federal. Sostenía, además, que toda Constitución debía basarse en la voluntad popular, en la solución republicana, en la división de poderes y en el sistema federal. A partir de 1814, con la retirada de los españoles de Montevideo, Artigas logró el control de toda la Banda Oriental. En 1815 impulsó, a través de un Reglamento Agrario, una profunda transformación de la campaña, propiciando la rápida distribución de la tierra. Este proceso debía llevarse a cabo bajo el principio de que "...los más infelices serán los más privilegiados...". Señalaba además, expresamente, en lo referido al reparto de las tierras, que "los negros libres, los zambos y los criollos pobres, todos podrán ser agraciados con suertes de estancias...". El programa artiguista ha sido percibido como expresión de uno de los movimientos más igualitarios surgidos del seno de la revolución rioplatense. Pero este proceso fue interrumpido en 1816 por la invasión portuguesa que se hizo presente, además, en el marco de un severo enfrentamiento de Artigas con el gobierno central de Buenos Aires que, de alguna manera, propició la incursión de los portugueses para así terminar con la influencia del caudillo, que debió exiliarse en el Paraguay a partir de 1820. En julio de 1821, un Congreso Provincial votó la anexión de la Provincia al reino de Portugal, adoptando la denominación de Estado Cisplatino Oriental. Cuatro años más tarde un movimiento revolucionario, encabezado por Juan Antonio Lavalleja y apoyado desde Buenos Aires, se propuso la reintegración del territorio oriental a las Provincias Unidas, lo que provocó una guerra entre éstas y el Brasil que terminó, con la mediación inglesa, en 1828. Como resultado de la Convención Preliminar de Paz de ese año se estableció la independencia del Estado Oriental del Uruguay. También a consecuencia de lo estipulado en la citada Convención se convocó a un Congreso que elaboró la Constitución política del nuevo Estado jurada en 1830 y que rigió prácticamente hasta la entrada en vigor de una nueva en 1918. 6 Los efectos de las guerras y la inestabilidad política y militar que se vivió intensamente en los territorios de la Banda Oriental y parcialmente en el de Corrientes a partir de la revolución se hicieron sentir de manera muy limitada en el del Paraguay. Los intentos de la Junta revolucionaria de Buenos Aires por obtener la adhesión del Paraguay a través del envío de una expedición militar fracasaron. En 1811 un movimiento revolucionario logró conformar una Junta de gobierno con hegemonía criolla y amplias facultades, la cual convocó a un Congreso General que se reunió en septiembre de 1813. Dicho Congreso, compuesto por unos mil diputados electos en "comicios libres" por todos los naturales del país a excepción de los "...procesados por delitos graves que merezcan nota de infamia...", estableció un régimen de gobierno basado en la forma republicana y en un sistema ejecutivo a cargo de dos cónsules. Un nuevo Congreso reunido en octubre de 1814 designó a Gaspar Rodríguez de Francia, un prestigioso letrado egresado de la Universidad de Córdoba, como dictador supremo y otro, en mayo de 1816, lo designó dictador perpetuo. Durante los gobiernos del doctor Francia y, en menor medida, durante el de su sucesor, Carlos Antonio López, el Paraguay se mantuvo relativamente aislado del resto de las provincias y estados rioplatenses. El objetivo de sus gobernantes radicaba en evitar que los efectos derivados de las guerras de la independencia y de los procesos de movilización social y política que los acompañaron se trasladasen al territorio paraguayo. De todas formas hubo a lo largo de aquellos años un intenso tráfico comercial con el exterior que estaba concentrado básicamente en el puerto de Itapúa, sobre el Paraná. Este tráfico se encontraba, además, estrictamente supervisado por el estado, que obtenía de él los recursos que le permitían sostener su rudimentario sistema burocrático. 7 Gaspar Rodríguez de Francia falleció en 1840 y tras un breve período de inestabilidad fue electo presidente de la República Carlos Antonio López. En 1842 se convocó un Congreso General integrado por trescientos diputados elegidos entre los "...propietarios con capacidad, honrados y de buenos sentimientos...", que sancionó la "Ley que establece la Administración Política de la República del Paraguai". Esta norma es considerada la primera Constitución del país. En 1856 fue reformada y, en 1870, después de la derrota del Paraguay en la llamada Guerra de la Triple Alianza, se aprobaría una nueva Carta inspirada en la Constitución Argentina sancionada en 1853.8 Durante esta misma década el Paraguay reafirmó su condición de estado independiente que había ya establecido tajantemente en la década de 1840. Obtuvo entonces el reconocimiento de ese status por parte del Imperio del Brasil en septiembre de 1844 y por parte de Bolivia, Inglaterra y Francia, poco tiempo después. La provincia de Corrientes, durante estos mismos años, experimentó un acelerado proceso de cambio vinculado a la progresiva extensión de su frontera y a la incorporación de nuevos territorios. Su capital, fundada en 1588, había ampliado su jurisdicción gradualmente hacia el sur siguiendo el trazo del río Paraná, a lo largo de la etapa colonial, constituyéndose así como un paso en la ruta entre Asunción y Buenos Aires y en los últimos tiempos del período virreinal se conformó en ella una comunidad mercantil vinculada al negocio de los astilleros y al comercio de la yerba mate, el tabaco y la madera. Con el inicio del proceso revolucionario Corrientes se vio gravemente involucrada en las guerras y conflictos entonces desencadenados. La ciudad fue escenario de las luchas en las que tomaron parte las fuerzas criollas, provenientes de Buenos Aires y las del Paraguay, que resistían a las primeras. Las desavenencias entre los propios grupos revolucionarios también se desenvolvieron en el futuro territorio de la provincia. La influencia artiguista, por otro lado, aquí, como en otras provincias rioplatenses, se hizo sentir con fuerza hasta la derrota militar definitiva del caudillo oriental en 1820. Si bien Corrientes se había convertido en provincia por resolución del director supremo de las Provincias Unidas en 1814, las autoridades de la vecina Entre Ríos hicieron sentir su dominio sobre esa provincia. En octubre de 1821, tras la muerte del líder entrerriano Francisco Ramírez, Corrientes recuperó su condición de provincia inde-pendiente, convirtiéndose, a raíz de la disolución del poder central de las Provincias Unidas en el año anterior, en una entidad con autonomía y personalidad política. Durante las décadas de 1820 y 1830 consolidó su estructura institucional y experimentó un importante proceso de expansión territorial y crecimiento económico. En este marco, incorporó a gran parte de la provincia de Misiones que había sido organizada sobre los territorios ocupados por las antiguas reducciones jesuíticas. Esto le posibilitó, además, agregar a su territorio un amplio litoral sobre el río Uruguay. Es importante recordar aquí que una característica peculiar del territorio de la provincia de Corrientes radica en la multiplicidad de ríos y esteros que surcan su territorio. En este contexto, el complejo determinado por los esteros del Iberá y el río Corrientes cobra particular importancia ya que determinó una división natural del territorio muy difícil de superar, sobre todo en épocas de creciente, con la tecnología e infraestructura disponible en la época. Esto comprometió la capacidad de la capital para ejercer su jurisdicción en toda la región sudeste correntina. Desde aquí el poder de la ciudad fue jaqueado en forma intensa y permanente. A partir de la década de 1840, la provincia de Corrientes fue cabeza de algunas de las revueltas más intensas contra el gobernador de la provincia de Buenos Aires, Juan Manuel de Rosas, lo que provocó que perdiese la estabilidad política y financiera que la había caracterizado durante las dos décadas anteriores. Esa circunstancia, a su vez, acentuó los procesos de militarización y de autonomización de las regiones de frontera provincial, en particular las situadas en el sur y en el litoral del río Uruguay. En realidad, nuestro propósito aquí no reside en reseñar la evolución histórica de las organizaciones estatales mencionadas sino, simplemente, en plantear algunos problemas relativos a diversos aspectos de su trayectoria y que remiten, de manera más o menos directa, a temas como el ejercicio de la ciudadanía, el sufragio, la participación política, la organización territorial interna, la percepción de tributos y la estructura miliciana. Para todas estas cuestiones las Constituciones previeron algún tipo de respuesta. Una vez más, es preciso reiterar en este contexto que en el ámbito rioplatense existieron diversos intentos de fundar distintos tipos de organizaciones estatales y políticas muy amplias sobre la base de Cartas constitucionales. Éstas constituyeron fuentes y modelos de referencia para los ensayos los años que nos ocupan. Todas ellas eran, además, conocidas por quienes pensaban la organización política de los nuevos estados y provincias rioplatenses. Los intentos fallidos de 1819 y 1826, en el ámbito de las Provincias Unidas del Río de la Plata, fueron especialmente tenidos en cuenta en este contexto. En el caso de la Banda Oriental es preciso tener presente, asimismo, que en Montevideo se juró la Constitución gaditana, que el mismo Artigas había elaborado un proyecto de Constitución inspirado en la de Massachusetts de 1779 y que incluso rigieron allí las Constituciones portuguesa de 1820 y brasileña de 1824. 9 Las Cartas Constitucionales aquí examinadas adoptaron sistemas republicanos de gobierno y admitieron el principio de la división de poderes, aunque la del Paraguay concentró amplias facultades en el Poder Ejecutivo conformando un régimen que sería calificado por varios constitucionalistas de la época como autoritario y paternalista. 10 Con matices establecieron sistemas de sufragio calificados y relativamente restrictivos e impusieron modelos de organización territorial interna unitarios y centralizados. Todas ellas se fundaron en el principio de la soberanía popular y procuraron reconstruir el poder gubernamental sobre la base de ideas modernas de la representación política. Por otro lado, dichas Constituciones expresaron, en muchos casos, los proyectos de transformación de la sociedad que procuraban implementar las elites rioplatenses gobernantes. Sin embargo, la realidad de estas regiones se mostró, a menudo, difícilmente maleable a los proyectos de dichas elites. El análisis del contraste entre algunos de los postulados constitucionales, las realidades regionales y las prácticas políticas constituye, como ya hemos señalado, uno de los ejes de este trabajo. La conformación del orden político, la ciudadanía y el problema del sufragio Como en la mayor parte de Hispanoamérica, las elites o grupos de notables gobernantes se plantearon, a través de estas constituciones, entre otros desafíos, legitimar la construcción de un nuevo orden político fundado en la soberanía popular. Las Constituciones estatales definieron las condiciones del ejercicio de la soberanía y delimitaron claramente el uso del sufragio, principal mecanismo de legitimación de las autoridades públicas, aunque en muchos casos hubo leyes complementarias que reglamentaron ese mismo ejercicio. Las Cartas Magnas correntinas de 1821 y 1824 definieron el sufragio en un sentido muy amplio en el llamado nivel activo, es decir en el referido a aquellos que podían sufragar o elegir. Según estos textos constitucionales eran todos los nativos de la provincia mayores de veinticinco años y todos los extranjeros, siempre que hubiesen afincado en el país al menos un patrimonio por valor de cuatro mil pesos o ejerciesen algún arte o profesión útil y supiesen leer y escribir. Más restrictivos eran estos mismos textos constitucionales al determinar quienes podían recibir los sufragios y ser electos, es decir en el nivel pasivo. Para esto era preciso ser "residente" en el departamento donde se elegía y además "propietario". La Constitución de 1856 fue más restrictiva ya que estableció una serie de condiciones inhibitorias para el ejercicio del sufragio. Excluyó a deudores insolventes, a analfabetos y a los condenados por la justicia. La Constitución uruguaya de 1830 también creó un gobierno representativo, pero lo fijó, desde un principio, en manos de una clase electoral mucho más reducida. Algunos historiadores han interpretado este hecho como una reacción contra el igualitarismo que había caracterizado el experimento artiguista signado por su radicalismo en materia agraria. Esta Carta Magna prohibía el voto del peón jornalero, del sirviente a sueldo y del soldado de línea, con el propósito de asegurar la autonomía del sufragante. Exigía, por otro lado, para ser electo diputado o senador, es decir para el voto pasivo, un capital mínimo o, en su defecto, profesión u arte que produjese una renta equivalente a dicho capital. Similares exigencias definían a la ciudadanía en el Paraguay. Aquí el sufragio experimentó una evolución que, sólo parcialmente, fue condensada en los textos constitucionales. Como ya señalamos, el Congreso General de 1813 estaba compuesto por unos mil diputados electos en comicios libres por todos los "naturales" independientemente de su estado, clase o condición. Sin embargo, progresivamente, el sufragio fue restringido, como puede advertirse en las convocatorias posteriores. En 1842, ese sufragio pasivo fue limitado a los propietarios de tierras y la Reforma Constitucional de 1856 redujo el número de diputados del Congreso de doscientos a cien y decretó la abolición del sufragio universal masculino estableciendo que también los electores debían ser propietarios de tierras. En gran medida, la evolución de la cuestión del sufragio en estas Cartas constitucionales y en las leyes correspondientes refleja el agotamiento de los modelos igualitarios y jacobinos que pueden encontrarse en las primeras etapas de la revolución en Hispanoamérica. Ya a finales de la década de 1810, en muchos lugares de América del Sur, estas posturas fueron reemplazadas por otras más conservadoras que buscaban, de alguna forma, limitar los márgenes de la participación política. 11 ¿Cómo era la realidad del ejercicio del sufragio en estas regiones? Tal vez pueda extraerse una forma de entender aspectos sustanciales relativos a la participación y a la construcción del poder político de algunas de las reflexiones vertidas por el gobernador de la provincia de Corrientes en la década de 1850, Juan Pujol. Éste era un típico letrado de los tiempos postindependentistas, formado en la Universidad de Córdoba, al igual que Gaspar Rodríguez de Francia, y cuyo capital principal eran sus conocimientos y habilidades políticas. Pujol elaboró un proyecto para reformar institucionalmente la Provincia de Corrientes fundado en la idea, común a muchos ilustrados rioplatenses, de que era posible, desde el ejercicio del poder gubernamental, modelar la realidad institucional, política y social de la provincia. El ámbito en el que estos proyectos iban a desarrollarse sería el municipal o departamental. Éste era, en definitiva, el espacio para la creación de una nueva ciudadanía política, signada por la presencia de inmigrantes y pequeños propietarios y el ámbito natural en el que debía asegurarse la extensión y el ejercicio de las libertades civiles y políticas. Pujol concebía al sufragante en términos estrictamente individuales, como hombres independientes y autónomos para emitir su opinión. Lo entendía libre de toda coacción derivada ya fuese de lazos patronales o de organizaciones milicianas. Advertía claramente, sin embargo, que, en cambio, la realidad electoral estaba protagonizada y monopolizada, como en otros puntos del espacio sudamericano, por actores colectivos fuertemente militarizados, lo que inhibía, desde su perspectiva, la participación electoral del conjunto de los ciudadanos. En octubre de 1853, por ejemplo, en una de las primeras elecciones realizadas en la provincia bajo su gobierno, Pujol manifestaba a los presidentes de la Mesa electoral su preocupación 11 Sobre la evolución del voto en la Hispanoamérica del siglo XIX pueden verse los trabajos compilados por Sábato, Hilda: Ciudadanía política y formación de las naciones, FCE, México, 1999 y Annino, Antonio: Historia de las elecciones en Iberoamérica, FCE, Buenos Aires, 1995. ISSN: 0210-5810 por la legitimidad de las nuevas autoridades ya que, sobre dieciocho mil almas habilitadas para votar, sólo lo habían hecho ciento veintitrés personas. Para él, la ausencia de votantes y la falta de participación generaba un problema de legitimidad política que, a la vez, dejaba peligrosamente abierto el espacio para que el conflicto interno de las elites se resolviera únicamente a través de las armas. ¿Quiénes eran los que en Corrientes organizaban y canalizaban la movilización política y controlaban los actos electorales, que, como ya señalamos, eran los principales mecanismos de legitimación de la autoridad pública? Los políticos y letrados a cargo del gobierno destacaban cómo, a menudo, cuando la Guardia Nacional se movilizaba, los "paisanos" no iban a votar. El peso de las milicias departamentales, al mando del comandante de cada localidad, cumplía aquí un papel central ya que eran quienes canalizaban en la mayor parte de la provincia la movilización de los habitantes del departamento. La expresión del voto siguió siendo aquí, hasta finales del siglo XIX, un fenómeno esencialmente colectivo y ligado directamente a la organización miliciana. En los últimos años, muchos de los estudiosos de la política latinoamericana del siglo XIX han visto en estas formas de integración en la milicia uno de los mecanismos centrales de canalización de la participación política. Los testimonios del caso correntino nos presentan una imagen más matizada del problema. Para muchos de los protagonistas del proceso político provincial, la hegemonía miliciana era, justamente, el principal factor que impedía el ejercicio pleno de los derechos políticos por parte de los "vesinos". Así lo revela, por ejemplo, un debate en la legislatura correntina en una fecha tan tardía como junio de 1866. Una discusión sobre la validez del acto electoral en un departamento cercano a la capital mostraba un claro problema de legitimidad también vinculado al escaso número de votantes. Se denunciaba allí la coacción abierta de los jefes milicianos a los sufragantes, lo que había provocado la abstención del vecindario. Estos testimonios permiten advertir, además, cómo la expresión del voto, todavía en esos tiempos, constituía un fenómeno esencialmente colectivo y manifestaba con claridad el fracaso de los proyectos diseñados durante la década anterior, que veían en el sufragante a un individuo autónomo y desvinculado de lazos de dependencia. Los mecanismos de movilización política en la Banda Oriental no eran, en este sentido, muy distintos. Diferentes caudillos, asentados en las zonas rurales, organizaban la movilización electoral. Como en el caso correntino, aquí también se evidenciaban las dificultades de la ciudad para ejercer el control sobre la campaña. Una larga confrontación, conocida justamente como la Guerra Grande, se inició en 1839 y culminó en 1852. El conflicto uruguayo se articuló fuertemente con los problemas políticos rioplatenses y brasileños en términos generales. Al respecto, los bajos índices de participación electoral se verificaban también en la Banda Oriental. Según Carlos Real de Azúa, en elecciones realizadas en 1842, sólo ejercía el sufragio en la capital, Montevideo, menos del 7% de la población y la proporción era mucho más baja en el resto del país. De acuerdo con el mismo autor, esta democracia "censitaria" llevó a que la "masa popular" adoptase otras formas de expresión política diferentes a las electorales.12 Esta circunstancia explica, en gran medida, el estado permanente de guerras civiles que recorre la historia uruguaya hasta 1870. La organización interna de los Estados El ejercicio de los derechos políticos y del sufragio estaba estrechamente vinculado con los aspectos relativos a la organización interna del Estado. Es preciso señalar que muchos de estos territorios estaban prácticamente "vacíos" y que las comunidades indígenas que los habitaban fueron expulsadas o experimentaron un rápido proceso de declinación demográfica. Las ciudades que organizarían y estructurarían estos territorios ejercían durante la etapa colonial una jurisdicción territorial muy restringida y se encontraban subordinadas a Buenos Aires. Tras la disolución del poder central fueron afirmando y definiendo su jurisdicción a la vez que extendieron el espacio sobre el que ejercían ese mismo dominio. El problema de la territorialidad constituía, en verdad, un tema de construcción y de verdadera "ingeniería institucional" que se resolvió a partir de la creación y organización de las estructuras departamentales. Estas últimas estaban controladas, al menos desde el punto de vista constitucional, por el Poder Ejecutivo asentado en la ciudad capital. Las estructuras departamentales han sido escasamente estudiadas, a pesar de que sobre ellas se canalizaban y organizaban los actos electorales, las milicias e incluso gran parte del sistema de percepción de impuestos. Tanto Corrientes, como Uruguay y Paraguay establecieron una organización institucional interna unitaria sobre la base de la división departamental. Al frente de cada uno de esos departamentos había un funcionario que recibía la denominación de jefe político en Uruguay o comandante departamental en Corrientes,13 siendo designado en todos esos Estados por el Poder Ejecutivo. En algunos casos, como en la Banda Oriental, estos jefes eran asesorados por Juntas Municipales cuyos miembros debían reunir requisitos en términos patrimoniales que, a menudo, eran más exigentes que los que se pedían a diputados o senadores. Los jefes tenían atribuciones amplias que podían abarcar, además de las ya mencionadas, la administración de justicia de carácter local o la instrumentación de las obras públicas. Una de las claves del desarrollo de estos Estados remite, a nuestro entender, también aquí, a la capacidad del Poder Ejecutivo, asentado en la ciudad capital, y de las elites gobernantes para llevar a cabo las designaciones de los comandantes y controlar la vida política en los departamentos. Desde el punto de vista constitucional, puede advertirse así cómo la centralización política y administrativa prevista por la Constitución uruguaya era sumamente rigurosa. Las Juntas económicas administrativas incluidas en el documento de 1830 e integradas por vecinos del Departamento que asesoraban al jefe político tenían un margen de acción muy restringido. Prácticamente se desconocía aquí el poder municipal autónomo. Un abogado y constitucionalista colombiano, Justo Arosemena, que examinó las constituciones sudamericanas en 1870, señalaba, comentando precisamente la Constitución uruguaya, que la opresión que se ejercía sobre los distritos locales constituía un viejo resabio del sistema colonial español. 14 Es preciso, de todos modos, tener en cuenta que la capacidad para modelar y actuar sobre el territorio era diferente en las distintas regiones de Hispanoamérica. En el Río de la Plata, el carácter de territorio de frontera, en muchos casos caracterizado por una extremadamente baja densidad de población y por la ausencia de corporaciones o estamentos en condiciones de esgrimir derechos de jurisdicción sobre la misma región, permitía la puesta en marcha de verdaderos procesos de "ingeniería territorial" con, al menos en teoría y en principio, un severo control desde la ciudad que organizaba los intentos de colonización. Sin embargo, como señalamos, aunque las constituciones fijaban regímenes fuertemente centralizados, la realidad política de cada uno de los Estados analizados presentaba panoramas distintos. Fue probablemente en el Paraguay donde el poder del gobierno asentado en la ciudad capital se ejerció con mayor eficacia hasta 1870. El Paraguay fue dividido en 1820 en veinte delegaciones territoriales y a la cabeza de cada una de ellas había un comandante militar. A la vez, estas delegaciones estaban subdivididas en partidos controlados por jueces que reunían amplias atribuciones legales administrativas y económicas. Allí pudo entonces constituirse un régimen fuertemente centralizado y supervisado desde la cúspide del gobierno asentado en Asunción. Dentro de esta reducida elite de funcionarios había, además, fuertes diferencias internas. Los asentados en regiones de frontera o enclaves comerciales recibían el nombre de subdelegados y eran, por lo general, hombres de estricta confianza del "dictador perpetuo" de la República. Estos funcionarios, además de ocuparse de la gestión del gobierno local, protegían el comercio, coordinaban la defensa militar e incluso desempeñaban funciones relacionadas con el cobro de impuestos y la organización miliciana. Tanto los comandantes como los jueces eran periódicamente desplazados y rotaban entre partidos y departamentos. Hasta 1870, claramente, las autoridades del Estado conservaron el poder suficiente para controlar la actividad de estos jefes que se encontraban insertos en una estructura militarizada. 15 No sucedió lo mismo en la Banda Oriental del Uruguay ni en la provincia de Corrientes, sobre todo a partir de que ambos estados se involucraran activamente en las guerras civiles rioplatenses desde el ya mencionado año de 1839. En este sentido puede señalarse que el Uruguay se caracterizó, durante toda la primera mitad del siglo XIX, por la imposibilidad de la capital, Montevideo, para controlar el territorio sobre el que ejercía, al menos en teoría, su jurisdicción. Los departamentos rurales eran el sitio por 15 Véase al respecto, Williams, John Hoyt: The Rise and Fall of the Paraguayan Republic, 1800-1870, University of Texas Press, Austin, 1979, págs. 81 y siguientes. excelencia de organización de la movilización política y militar y manifestaron una capacidad notable para neutralizar en diversas oportunidades a la capital. Hasta 1870 el poder central se manifestó incapaz de hacer sentir decididamente su dominio sobre la zona rural, dependiendo entonces del favor de los jefes políticos rurales. En este caso, la debilidad del Poder Ejecutivo asentado en Montevideo fue atribuida también a la Constitución, que otorgaba poderes demasiado amplios a las cámaras legislativas. Fructuoso Rivera, uno de los principales líderes políticos del Uruguay del siglo XIX, llegó a publicar un manifiesto en el que proponía la reforma de la constitución señalando que en ésta, al igual que en otras sancionadas en Hispanoamérica, se había debilitado excesivamente al Poder Ejecutivo reduciendo de manera peligrosa su esfera de acción. 16 En el caso de Corrientes, la ciudad estaba controlada por una pequeña elite de mercaderes y burócratas. Este grupo gobernante manifestó una capacidad notable para controlar el territorio hasta finales de la década de 1830. A partir de entonces las circunstancias se modificaron sustancialmente a raíz de la extensión de su territorio y la incorporación de nuevas regiones en el marco de un proceso de expansión capitalista. Por otro lado, la provincia se involucró activamente en las guerras civiles del período a finales de esa misma década. Todas estas circunstancias alteraron fuertemente las jerarquías de poder territorial en la provincia. Es preciso recordar aquí que, al menos en teoría, el gobernador, como sucedía en el Uruguay y el Paraguay, tenía el derecho de designar al comandante departamental o jefe político. Los Departamentos se encontraban al mando de un jefe militar, designado desde la década de 1820 por el gobernador y considerado agente y auxiliar de éste. Hacia 1853 la provincia de Corrientes se encontraba ya dividida en 18 Departamentos que estaban bajo el control de un comandante militar. También aquí, teóricamente, cada uno de estos comandantes era auxiliado por unos pocos funcionarios, en particular por uno o varios jueces de paz, aunque en el sur de la provincia, sobre todo al principio del proceso colonizador, el primero acumulaba las funciones de los jueces. Estos últimos además operaban como autoridades en las distintas divisiones del Departamento; en otros puntos del espacio rioplatense actuaban como mediadores y árbitros en los conflictos suscitados en las zonas rurales. Era de particular relevancia en este contexto su intervención en las disputas vinculadas con derechos de posesión y propiedad de la tierra. De su actuación dependía entonces, a menudo, el mantenimiento de la paz y el orden en estas regiones. Los jefes departamentales, por su parte, ejercían en Corrientes atribuciones muy amplias que incluían desde el reclutamiento de tropas y las funciones policiales hasta las responsabilidades por la higiene y las obras públicas. En épocas de guerra tenían también facultades discrecionales para aplicar contribuciones forzosas. El jefe departamental aseguraba entonces el poder del estado en las áreas de frontera (actuaba en representación del gobernador) y oficiaba como intermediario entre la sociedad local y el poder asentado en la capital. En las áreas de frontera o de reciente colonización, además, podía manejarse con un alto grado de discrecionalidad a partir de la acumulación de cuotas considerables de poder en lo fiscal, judicial y militar. Como ya señalamos, también allí, los representantes de la autoridad pública actuaban sobre un vacío institucional y social, sobre un espacio en torno al cual no había elites o grupos de notables fuertemente arraigados ni instituciones con raíces antiguas como las vinculadas con las corporaciones eclesiásticas. Además, estos jefes, en tanto máximas autoridades municipales, podían ejercer el control de las elecciones a partir de las cuales se designaba a los miembros de la legislatura local, ya que el Reglamento Provisorio Constitucional de 1824 había establecido que el juez y el comandante de cada Partido presidiesen y organizasen los actos electorales.17 Ya las autoridades nacidas de la revolución contra el dominio de la provincia de Entre Ríos de diciembre de 1821 habían dispuesto que los comandantes militares de los departamentos se ocupasen de la elección de los diputados por parte de los miembros del vecindario, encareciéndoles entonces que se ajustasen a la "libre y espontánea voluntad de los ciudadanos". 18 Pero el gobierno provincial pudo ejercer plenamente sus atribuciones para nombrar y controlar a los jefes departamentales en las localidades más cercanas a la capital de la provincia. Una vez más debemos recordar que ese gobierno incorporó toda la región de las antiguas misiones jesuíticas situadas al sur del río Corrientes. Sobre toda esa zona hubo, en la década de 1830, un intenso proceso de ingeniería estatal ejercido desde la capital. Sin embargo, por razones de índole diversa, en particular geográficas y vinculadas con la imposibilidad de superar ciertos límites territoriales con la tecnología existente, el poder del gobierno provincial en aquella zona encontró fuertes limitaciones y éstas se acentuaron con el proceso de militarización de la región. La intensidad allí de las guerras civiles de la primera mitad del siglo XIX hizo que la provincia experimentase un fuerte proceso de descentralización interno y de alteración profunda de la jerarquía territorial. A mediano plazo esto se expresó en la consolidación de una estructura en la que se articularon fuertemente el poder político local, la representación de la autoridad pública, la jefatura miliciana y la propiedad de grandes extensiones de tierra. Es preciso tener en cuenta tanto en el caso correntino como en el de la Banda Oriental que, a menudo, la misma dinámica de la sociedad de frontera provocaba la aparición de nuevas elites que, en algunos casos, ascendían como agentes del gobierno central pero, por diferentes razones, derivadas de la misma dinámica económica de la región, de su aislamiento, en algunos casos, y en otros de su posición estratégica en relación a los procesos de militarización, adquirían márgenes notables de autonomía. En la gran mayoría de los casos, estas circunstancias se tradujeron en un estado permanente de inestabilidad política. Constituciones, prácticas políticas y vicisitudes institucionales: algunas reflexiones sobre el caso correntino En esta perspectiva creemos particularmente útil realizar algunas observaciones sobre al caso correntino, que remiten a las consecuencias de la consolidación de esta estructura signada por la alteración de las jerarquías territoriales internas ya en el marco de integración de la provincia en el Estado nacional. Como señalamos anteriormente, las autoridades del gobierno provincial asentado en la capital correntina no lograron ejercer su dominio sobre las regiones de frontera del sur de la provincia. Allí se verificó un proceso en el que coincidieron, a mediano y largo plazo, el poder miliciano, la representación de la autoridad pública y la posesión de inmensas extensiones de tierra. Esto hizo, como ya hemos visto, que estas regiones conservaran cuotas relevantes de autonomía. A la vez, esto se tradujo en inestabilidad política, rebeliones permanentes resueltas a menudo, durante la segunda mitad del siglo XIX, a través de la intervención federal. Por otro lado, esta estructura departamental, impregnada de las características que acabamos de señalar, impidió que la provincia pudiese construir un sistema viable de recursos propios. Su principal fuente de recursos hasta 1853 provenía del impuesto aduanero pero con la sanción de la Constitución nacional se abolieron las aduanas interiores. El impuesto aduanero pasó a ser patrimonio del Estado nacional y este último construyó así su base fiscal sobre los recursos generados por las aduanas. Los estados provinciales debían obtener los fondos para su funcionamiento interno a partir de impuestos sobre la producción o la tierra y, al menos en teoría, el principal de ellos era la contribución directa, fijada en un cuatro por mil de los capitales en giro. La formación del catastro, la valuación de los bienes, la percepción de los impuestos quedó a partir de entonces en manos de comisiones departamentales, fortalecidas a raíz de la alteración de las jerarquías territoriales antes mencionadas. Esto tuvo consecuencias negativas para el sistema fiscal de la provincia a mediano plazo, ya que ese sistema se reveló escasamente eficiente a la hora de lograr el cobro de los impuestos. Como lo expresaba el mismo gobernador Pujol en 1858, la contribución directa "....que por sí solo debía costear gran parte de los gastos de la administración..." no producía más que la cuarta parte del monto asignado en el cálculo de recursos. Dicho mal tenía su origen, para el gobernador, en la deficiencia de la ley que dejaba "...al arbitrio de los capitalistas, la avaluación de los capitales...". Esto implicaba, sostenía Pujol, imponer una contribución voluntaria, "... es decir que el contribuyente dé lo que quiera, no lo que debe dar en proporción a la masa de bienes que posea....". 19 Esta circunstancia tuvo, a la vez, consecuencias fuertemente negativas para el futuro provincial, puesto que el estado debió buscar mecanismos para sortear sus crecientes déficits y uno de ellos fue la venta de la tierra 19 Juan Pujol, en Corrientes en la Organización Nacional, Editorial Kraft, Buenos Aires, 1911, tomo IX, págs. 21-34. pública. El estado se desprendió en forma rápida y desordenada a lo largo de gran parte de la segunda mitad del siglo XIX de su patrimonio territorial, lo que dio lugar a un proceso acelerado de concentración de la propiedad. Esto impidió, a mediano plazo, la constitución de una red de pequeños propietarios autónomos con capacidad política para intervenir de forma independiente y autónoma en los actos electorales, tal como lo había imaginado el mismo Pujol. Otro mecanismo utilizado para sortear el problema del déficit redundó en la estrecha dependencia del subsidio del Estado argentino. La Constitución nacional de 1853 contempló el otorgamiento de subsidios ordinarios de la Nación a los estados provinciales y Corrientes fue beneficiaria de este sistema. Éste fue uno de los factores que conspiró contra la autonomía del estado provincial y contra su capacidad para incidir en las decisiones nacionales. Varios intelectuales de la provincia cuestionaron, sobre esta base, a finales del siglo XIX la existencia misma de un sistema federal. No era posible, se sostenía, en este contexto, caracterizado por la imposibilidad de los estados provinciales de recaudar lo suficiente para afrontar sus gastos ordinarios, conformar un verdadero sistema federal. La dependencia del Estado nacional impedía, desde esta perspectiva, la concreción de un verdadero federalismo.20 Durante el período de las guerras de independencia, las sociedades rioplatenses experimentaron un intenso proceso de movilización política que abrió cauces a la participación de sectores que habían ocupado hasta entonces un lugar marginal en términos regionales e incluso sociales. También en este contexto se vivieron algunas experiencias signadas por un tono fuertemente igualitario, como las acaecidas durante la hegemonía artiguista en la Banda Oriental. A partir de 1820, después de la fragmentación del antiguo Virreinato y el surgimiento de un conjunto de estados autónomos, fueron sancionadas una serie de Cartas constitucionales en un contexto signado por el predominio de las orientaciones conservadoras que siguió al proceso de radicalización y democratización que trajo la primera déca-da revolucionaria. Las elites políticas procuraban, a partir de estas Constituciones, controlar y canalizar los procesos de movilización política y esto se expresó, entre otros aspectos, a través de limitaciones al ejercicio del sufragio activo y pasivo con base en calificaciones vinculadas con la propiedad, el oficio, la edad y la residencia. Por otro lado, en términos generales, estas Cartas constitucionales adaptaron formas políticas centralistas que, en muchos casos, constreñían fuertemente y, en otros, directamente anulaban la autonomía municipal, aunque veían, en ocasiones, en este ámbito el espacio natural para el ejercicio de los derechos civiles y políticos. Muchos de quienes participaron activamente en la elaboración de estos textos constitucionales ejercieron al mismo tiempo el Poder Ejecutivo y ocuparon puestos relevantes en la justicia o en las legislaturas de dichos estados. Participaban a menudo de la idea de que era posible una transformación sustancial de las estructuras económicas, sociales y políticas a partir del ejercicio del gobierno. De acuerdo con esta concepción, esas sociedades tenían que ser moldeadas, en la mayoría de los casos, según los ideales modernos: el sufragante, por ejemplo, debía ser un individuo autónomo, con capacidad para tomar decisiones en el marco de un municipio más actual. Como en muchos lugares de Hispanoamérica, también aquí, la realidad se mostró difícilmente maleable, mostrando la supervivencia y el predominio de actores colectivos y de una ciudadanía política más relacionada con el ejercicio conjunto de las armas que con el sufragio individual. La participación se canalizó por vías y a través de modalidades distintas a las postuladas por una parte de estas elites. Los ideales modernos, expresados a menudo en la letra de las Constituciones, se vieron así contrastados aquí con prácticas políticas que remitían a las tradiciones propias del Antiguo Régimen concebido como una sociedad integrada más bien por actores corporativos que individuales. En este, como en otros casos, podía advertirse una compleja articulación de ideas, prácticas y tradiciones de diferente origen. Como ha señalado Hilda Sábato, entre los derechos definidos por leyes y constituciones y las expectativas de los diferentes sectores de la sociedad se configuró un amplio terreno para el conflicto y la negociación. 21 La organización y control del territorio fue uno de los problemas centrales que las elites políticas procuraron resolver a partir de los textos cons-21 Sábato, Hilda: "Introducción", en Sábato, Hilda: "Ciudadanía...", págs. 11-29. Es preciso tener en cuenta que el problema de la territorialidad asumía aquí características peculiares vinculadas al hecho de que gran parte de los espacios físicos sobre los que dichas elites procuraban ejercer su control estaban prácticamente deshabitados como consecuencia del exterminio y desaparición de extensas comunidades indígenas o del proceso de expulsión de poblaciones como resultado de las propias guerras de la independencia. Por otro lado, toda la región había vivido muy recientemente, con la creación del Virreinato del Río de la Plata en 1776, un proceso de reorganización del territorio que no había terminado de cristalizar. Todas estas circunstancias permitían un verdadero proceso de ingeniería territorial que posibilitaba, a la vez, planificar la organización administrativa de los territorios y su proceso de repoblación. Para esta administración se organizó, además, una estructura de gobierno generalmente unitaria al mando de comandantes departamentales o jefes políticos auxiliados, en muchas ocasiones, por jueces de paz. Las Constituciones postulaban el dominio del territorio del estado desde las capitales. Sin embargo, la capacidad del centro urbano capitalino para controlar el territorio sobre el que ejercía teóricamente su jurisdicción fue cuestionada, con éxito en muchos casos. En el correntino, la ciudad experimentó, en el contexto de un proceso de extensión significativa del espacio de su jurisdicción, notorias dificultades para ejercer dicho dominio debido a impedimentos de carácter geográfico. En la Banda Oriental, el estado de guerra civil permanente que caracterizó su vida institucional y política revela también, en parte, el aislamiento de la ciudad y su incapacidad para controlar su territorio. El caso del Paraguay es probablemente el más exitoso. El control que Asunción ejerció, prácticamente sin trabas, sobre el conjunto del territorio terminaría más tarde, a consecuencia de los efectos de la guerra del Paraguay. 22 En este contexto, cabe también formular la pregunta en torno a la vigencia de ciertos principios básicos del orden constitucional liberal sancionado en estas Constituciones como el de la división de poderes. Desde esa perspectiva, la cuestión del funcionamiento del régimen republicano en estas regiones constituye un tema que indagar. Parece evidente, en muchos casos, que los habitantes de todo este espacio defendían, por ejemplo, su acceso a la tierra, apelando a derechos de raigambre muy antigua y tenían éxito en sus reclamaciones ante distintas instancias judiciales, sobre todo a principios del siglo XIX. Pero también, muchos de los episodios y conflictos desatados aquí revelan la incapacidad de los sistemas institucionales para hacer efectivas las garantías republicanas consagradas en los textos constitucionales. Esta falta de vigencia de dichas garantías, particularmente de las vinculadas con la existencia de una justicia independiente, se prolongaría en muchos estados provinciales de la Argentina hasta entrado el siglo XX. Uno de los politólogos más destacados de la época del centenario, Rodolfo Rivarola, denunciaba, todavía en 1908, cómo en muchos de esos estados se hacía notar la intromisión sistemática, pública y abusiva del Poder Ejecutivo en el Poder Judicial. 23 Finalmente, una variable clave para explicar muchas de las vicisitudes de estos proyectos constitucionales remite al carácter de zona de frontera de los estados aquí analizados, los cuales asumieron como una de sus tareas centrales durante todo el siglo XIX el control de amplios territorios. En el conflictivo contexto de aquellos años estos territorios debían ser fuertemente militarizados lo que implicó, a menudo, la conformación de focos de poder que alcanzaron una autonomía relevante y significativa. La construcción del orden político fue entonces, por esta razón, resultado siempre de un proceso de negociación permanente entre distintos actores. Por un lado, las elites políticas y letradas asentadas en las distintas ciudades capitales y, por otro, los actores sociales ubicados en las regiones de frontera, dueños del poder militar y con capacidad para movilizar a los sectores subalternos. Estas circunstancias generaron un estado de inestabilidad permanente, hasta la consolidación de los estados nacionales avanzada la segunda mitad del siglo XIX y con la integración en el sistema capitalista internacional pudo ingresarse en una etapa de mayor estabilidad. La posibilidad de contar con recursos económicos y financieros adicionales permitió, en gran medida, que los estados lograsen ejercer, finalmente, el "monopolio de la violencia legítima" y eliminar las distintas expresiones del caudillismo mediante la consolidación, entre otras instituciones, de los ejércitos nacionales. De todos modos, también debe señalarse que, en muchos casos, estos actores fuertemente militarizados fueron integrados en las nuevas constelaciones de poder surgidas con los Estados nacionales. La consolidación de éstos implicó a menudo la represión de las disidencias locales, pero también la integración y negociación con algunos de estos actores. El espíritu y la índole de las Constituciones no se modificó sustancialmente a partir de entonces pero sí lo hizo, a menudo, la relación de éstas con las realidades estatales y políticas. Pero el análisis de dicha relación a partir de finales del siglo XIX y principios del XX requiere de la presentación de otro tipo de preguntas y la formulación de nuevos problemas.
Lea Geler 1 Departamento de Historia de América, Universidad de Barcelona El trabajo se centra en la prensa afroporteña en el período comprendido entre 1873 y 1882, estudiándola como un conjunto particular dentro del proceso general de consolidación del Estado-nación argentino. Indagamos en su funcionamiento, circulación y formas y, especialmente, en la relación entre los directores y redactores de los periódicos entre sí y con sus lectores. Sostendremos que, a través de la acción de los periodistas y con las herramientas poderosas que daba la prensa, se promovieron las ideas de "progreso" en una comunidad afroporteña que, asimismo, se vio progresivamente controlada por sus intelectuales. Durante la segunda mitad del siglo XIX, y siguiendo una tendencia que afectaba a los países europeos y americanos, la Argentina se vio inmersa en una corriente ascendente y aparentemente imparable de profusión de 1 Con el apoyo del DURSI (Generalitat de Catalunya). Este trabajo forma parte de la tesis doctoral en curso sobre la población afroporteña y se inscribe en el proyecto de investigación del Ministerio de Educación y Ciencia de España (HUM2006-12351), coordinado por la doctora Pilar García Jordán. Agradezco sus comentarios a los evaluadores anónimos de la revista. publicaciones escritas, en la que los periódicos fueron protagonistas. Leer o sostener periódicos se transformaron en maneras fundamentales de participación en la vida social, permitiendo la creación de una imaginación nacional 2 al involucrar a los lectores en los eventos de su país -o del país al que hacía poco se había arribado-fomentando la intervención y la opinión individual y colectiva. 3 Como ha señalado Sábato, 4 diarios, periódicos y revistas eran herramientas primordiales de comunicación, vehículos de cohesión social y de acción sobre lo cotidiano que influían en una opinión pública que simultáneamente generaban y llegaban, en ocasiones, a afectar la toma de decisiones a nivel político. Esto era así porque lograban mediar entre la sociedad civil y el Estado, constituyéndose como un "actor político colectivo". 5 Y era el mismo Estado el que defendía la libertad de prensa, porque se consideraba que el sistema republicano de gobierno, el grado de civilización de los pueblos y los valores liberales estaban ligados con la expresión de las ideas a través de este medio. Dentro de este proceso se puede apreciar el desarrollo de una prensa de carácter popular, 6 parte importante de la cual era publicada por y para la población afrodescendiente de la ciudad, a la que denominaremos genéricamente "prensa afroporteña". Como señalara Chamosa, 7 estas publicaciones afrodescendientes circulaban por un ámbito localizado y relativamente pequeño y, en general, de forma paralela a la esfera pública por la que discurrían los periódicos nacionales o locales pertenecientes a los grupos hegemónicos (que incluía a los afroporteños entre sus lectores) y a periódicos de otros grupos subalternos. Conformaban así lo que hemos llamado en otra parte, siguiendo la propuesta de Nancy Fraser, "contra esfera pública 2 Anderson, Benedict: Comunidades imaginadas. Reflexiones sobre el origen y la difusión del nacionalismo, Fondo de Cultura Económica, México, 1993. 3 Este tema es profundamente abordado por Sábato, Hilda: La política en las calles. Entre el voto y la movilización. 4 Sábato: La política... 5 Díaz, César Luis: "Tras las huellas de un periodismo «desaparecido»", Oficios Terrestres. Publicación de la Facultad de Periodismo y Comunicación Social de la Universidad Nacional de La Plata, año X, n.o 15/16, La Plata, 2004, págs. 62-69. 6 González Bernaldo de Quirós detectaba este fenómeno durante el gobierno rosista de las primeras décadas del siglo XIX. González Bernaldo de Quirós, Pilar: Civilidad y política en los orígenes de la Nación Argentina. 7 Chamosa, Oscar: Asociaciones africanas de Buenos Aires. Introducción a la sociabilidad de una comunidad marginada. Tesis de Licenciatura en Historia, Universidad Nacional de Luján, 1995. 8 Esa esfera pública subalterna, de potencial poder contrahegemónico pero también espacio de recreación identitaria, ofrecía en momentos puntuales la posibilidad de visibilización en la esfera pública burguesa y asimismo podía llegar a mediar con el Estado frente a demandas concretas que pudiera tener la comunidad. 9 En este trabajo se analiza, durante el período entre 1873 y 1882, la prensa afroporteña como un conjunto con una dinámica particular dentro del proceso histórico hacia la consolidación del Estado nacional. Utilizamos para ello los periódicos afroporteños La Broma, La Igualdad, La Perla, La Juventud, El Unionista, La Luz y El Aspirante. 10 A través del análisis de estas siete publicaciones proponemos que los periódicos afroporteños -con una determinada acción de sus periodistas-tuvieron un papel destacado en el disciplinamiento de la comunidad y en la introducción de determinados ideales de civilización y progreso que el Estado y los grupos hegemónicos sostenían. Así, en primer lugar, estudiaremos los objetivos que los propios periódicos explicitaban tener para salir a la luz pública. En segundo lugar, indagamos en las formas que adoptaban y las maneras en que circulaban los periódicos. En tercer lugar, se analizan los diversos posicionamientos de sus directores y redactores. A continuación, abordamos la relación que estas publicaciones establecían con sus lectores y, por último, en quinto lugar, el gran poder de control y coerción social que detentaban, y ejercían, quienes estaban a cargo de ellos. En busca del cambio y del progreso En la ciudad de Buenos Aires del período que se estudia, las ideas sobre la importancia de la opinión pública, de la prensa y de la relación 8 Fraser, Nancy: "Rethinking the Public Sphere: A Contribution to the Critique of Actually Existing Democracy", en: Calhoun, C. (ed.): Habermas and the Public Sphere, The MIT Press, Cambridge, 1992, págs. 109-142 y Geler, Lea: "La sociedad «de color» se pone de pie. Resistencia, visibilidad y esfera pública en la comunidad afrodescendiente de Buenos Aires, 1880", en: Dalla Corte, G.; García Jordán, P., et al. (coords.): Homogeneidad, diferencia y exclusión en América Latina, Publicacions de la Universitat de Barcelona, Barcelona, 2006, págs 141-153. 9 En otra ocasión estudiamos un caso de discriminación en un local bailable, ocurrido en 1880, en el que la movilización afroporteña guiada desde la acción de la prensa comunitaria y apoyada por los periódicos La Tribuna y El Porteño forzó a la municipalidad y a la policía a extender una orden antidiscriminatoria a favor de la libre entrada de los afroporteños a los salones. 10 Estas publicaciones se encuentran en la Sala del Tesoro de la Biblioteca Nacional Argentina. ISSN: 0210-5810 entre ésta y el progreso y la civilización eran fundamentales, y los periodistas afroporteños las compartían cabalmente. De hecho, se exponía de forma continuada que los periódicos eran herramientas de cambio que debían ser utilizadas por el bien de la comunidad. Y donde mejor quedaba plasmada la idea de la relación entre prensa e ilustración, cambio y progreso era en los propios objetivos que se fijaban los periódicos. El primer número de La Juventud, por ejemplo, estaba encabezado por un artículo donde se detallaban los objetivos y razones que tenían sus fundadores para publicar este periódico. En él se proclamaba como un instrumento sin divisas políticas, destinado a promover la unión de la comunidad y el abandono de hábitos que supuestamente la desmembraban, para ubicarla en la senda de la verdadera libertad y progreso: "Contribuyamos de una vez por todas para que nuestra unión social sea un hecho, y habrá llegado el momento en que deba hacerse práctica nuestra deseada libertad política (...). Nace pues La Juventud, (...) sin más divisa que la del bien común, y sus columnas las ponemos a disposición de todas las personas sin distinción de sexos". 11 El ofrecimiento de sus páginas a toda la comunidad -y a ambos sexos-es importante, ya que estos periódicos se proponían como parte activa de la vida comunitaria, como lugar de discusión pública, como espacio de unión y como motor de cambio. Unos años más tarde, La Juventud volvía a explicitar el poder que para sus redactores tenían los periódicos: "El periódico es un gran medio para introducir remodificaciones profundas; fue él quien pudo vencer a la Santa Alianza, con igual facilidad a la que tuvo Franklin para emancipar la América...". 12 Los objetivos de La Juventud no diferían mucho de los propuestos por La Broma, que aparecía unos meses más tarde. Aunque esta última se posicionaba en principio casi exclusivamente como relatora de la crónica social, 13 posteriormente señalaba: "Parece que va despertando nuestra sociedad del letargo en que yacía (...) Esto nos demuestra que nuestro trabajo no es estéril (...) Hemos de sostener La Broma cueste lo que cueste, porque sabemos que ella es necesaria para batallar en los futuros días 11 La Juventud, "Nuestra misión", 1 de enero de 1876. de la lucha ardiente de la inteligencia contra la ignorancia (...) Cuenta con esforzados paladines y militan en sus filas hombres de corazón y voluntad de hierro". 14 El lenguaje tan ligado al ámbito de la lucha política que utilizaba La Broma no debe pasar desapercibido. Para estos redactores, la política que decían rechazar constituía una parte muy importante de su vida cotidiana. 15 El interés de La Broma en "batallar contra la ignorancia" y hacer "despertar del letargo" a la comunidad, la situaba como forjadora de cambios comunitarios, a la vez que como elemento unificador y posibilitador de la comunicación intragrupal -relatando los sucesos que acontecían en la comunidad, por ejemplo-, ayudando a crear "imaginación" comunitaria. 16 Al igual que La Juventud, se proponía como un periódico no político, independiente y redactado para promocionar el bien y el progreso de toda la comunidad, con sus páginas disponibles para quienes quisieran colaborar en ellas. Cuando en mayo de 1878 aparecía el primer número de La Luz, se establecía el carácter independiente del periódico, y más adelante se exponía: "El que vive sumido en la ignorancia ¿acaso podrá llamarse racional e inteligente, hombre ni ciudadano? (...) Es indispensable hacer que desaparezca esta rémora vergonzosa, con el estímulo literario, con la mayor propagación posible de las bibliotecas y con las publicaciones de obras populares; moralizando la prensa; perfeccionando a la par y corrigiendo en sus defectos orgánicos el arte tipográfico. Preciso será pues, que la prensa se haga cargo de vulgarizar hasta los arcanos más recónditos de la ciencia, dando a cada uno y a todos aquel alimento intelectual que pueda serle útil en la vida práctica". 17 Vemos claramente que para el redactor de La Luz el periódico también se constituía como un elemento de cambio fundamental, necesario para la comunidad afroporteña debido a su "ignorancia". En la misma línea, declaraba que "La Luz viene al vasto escenario de la prensa con el deseo de ilustrarse, y si es posible ilustrar a nuestros hermanos" 18 y, como en los casos anteriores, ofrecía sus columnas: 14 Ibídem, "Nuestra misión", 21 de enero de 1878, cursivas en el original. 15 Geler, Lea: "«Aquí... se habla de política». ISSN: 0210-5810 "... para tratar de los intereses de nuestra comunidad y para prepararnos en el provenir que nos espera. A nuestra redacción pueden enviarse las producciones literarias y cualquier trabajo que tienda al adelanto de nuestra clase (...) Cualquier escrito que esté conteste con las ideas de la Redacción será acogido con la benevolencia que merezca, pues nos dará también una idea para apreciar el desenvolvimiento de nuestro progreso. Ánimo, ánimo; no os dejéis matar por la apatía y nuestros esfuerzos y los vuestros coronarán la grandiosa obra de civilización que emprendemos con fe". 19 Como podemos observar, el poder de la prensa para la educación y el correspondiente cambio social que ésta traería aparejado eran ideas muy arraigadas que servirían para propagar "los principios cosmopolitas de unión, igualdad y fraternidad". 20 Casi calcado de los anteriores, el programa que aparecía con motivo de la refundación de La Perla en junio de 1879 decía: "La Perla, como hemos dicho tantas veces, es y será el órgano genuino entre nosotros, y ella hoy más que nunca sabrá cumplir al pie de la letra su marcada misión. La Perla sabrá llenar su objeto primordial; y él debe ser el de propagar (...) la realización de todas aquellas instituciones que tiendan a nuestros engrandecimientos sociales. (...) Ella marchará por la vía del progreso marcando lentamente la obra de nuestra reorganización: que debe abrir paso a nuestro porvenir futuro". 21 Por tanto, la inserción de la comunidad en la vía del progreso protagonizaba también los objetivos de La Perla, según lo que exponían sus redactores. De este modo, los cuatro periódicos aquí reseñados, en diferentes años y momentos, tenían claro que la prensa era una herramienta de cambio social, de moralización y educación para una comunidad a la que decían representar pero a la que veían desunida, apática y alejada del "progreso", debido a supuestas viejas costumbres y malos hábitos. En este sentido, Stolcke 22 señala que una de las paradojas de la modernidad es la "culpabilización" de los menos "exitosos", casualmente en su mayoría personas racialmente diferenciadas gracias a categorías surgidas para ordenar la fuerza de trabajo en la economía-mundo capitalista. 23 Una paradoja basada en la insistencia del liberalismo en la libertad e igualdad de oportunidades 19 Ibídem, "A la Juventud", 3 de mayo de 1878, cursivas en el original. 20 Ibídem, "Una palabra...", cursivas en el original. 22 Stolcke, Verena: Racismo y sexualidad en la Cuba colonial, Alianza, Madrid, 1992. 23 Wallerstein, Immanuel: "El conflicto de clases en la economía-mundo capitalista", en: Balibar, E., y Wallerstein, I. (coords.): Raza, Nación y Clase, IEPALA, Madrid, 1991, págs. 179-193. Así, quienes no logran el "éxito" socioeconómico son conminados a buscar en sí mismos las razones de su fracaso, ocultándose las relaciones de dominación existentes. Completamente inmersos en esta línea de pensamiento que se imponía en un mundo encaminado con paso firme al capitalismo, quienes redactaban los periódicos deseaban o sentían tener la oportunidad de cambiar el presente y supuesto destino de su comunidad, ya que dirigirían instrumentos que podrían llevar al éxito o al fracaso del grupo. Básicamente, era a través de los editoriales donde se indicaban enfáticamente las ideas a ser inculcadas y los pasos que debían seguirse para alcanzar el deseado "progreso". Si bien no trabajaremos aquí estos editoriales, podemos decir que los ejes sobre los que insistían eran la fundación de asociaciones, la educación y confinamiento de la mujer al hogar, la motivación por el trabajo y el alejamiento del "vicio", el pulido de los modales y la mejora de la educación general, entre otros. 24 Estos planteamientos eran acordes con los que se realizaban desde los grupos hegemónicos, que ponían en la "civilización" y el "progreso" los valores más preciados, desarrollando junto a ellos una serie de normativas acordes, de lo correcto y lo incorrecto.25 Esferas públicas en diálogo pero en paralelo Si los afroporteños compartían con la sociedad en su conjunto la esperanza en el progreso social y confiaban en la prensa como motor de cambio, no se entendían menos importantes las reglas que debían utilizarse para poder discutir en la esfera pública. Sábato hablaba de una "liturgia laica" 26 que precedía y abarcaba todos los actos públicos y movilizaciones, que también incluía las fórmulas que eran seguidas por los periódicos que formaban parte del entramado que permitía la construcción de la esfera pública burguesa. En general, la emergencia o refundación de un nuevo periódico imponía a sus redactores un cordial saludo a la prensa que ya ocupaba espacio público, lo que era respondido por las publicaciones aludidas anunciando la salida del nuevo compañero. Siguiendo esta línea, los "saludos a la prensa" eran casi obligados y aparecían en los periódicos afroporteños cada vez que éstos se fundaban o reaparecían. También se hacían en retribución al saludo de un colega, lo que provocaba que a su vez se agradeciera, respondiendo a esos parabienes en el periódico en cuestión. Por ejemplo, si La Igualdad saludaba expresamente a los periódicos de su facción ("Tenemos el placer de retribuir a este distinguido colega y correligionario su cortés saludo a la prensa..."), 27 La Juventud dedicaba su saludo a la prensa en general, una línea que seguirían todos los periódicos afroporteños que se conservan y que se declaraban independientes políticamente: "Saludamos a toda la prensa en general, sin distinción de bandera ni color político, pidiendo tan sólo que traten con indulgencia a nuestros pobres escritos"28. El saludo a la prensa no era un hecho a pasar por alto. En 1876, La Broma debía pedir disculpas por no haberlo incluido en su primer número, habiendo sido anunciada su aparición en otros periódicos: "Desde las microscópicas columnas de nuestro semanario, nos hacemos el honor de saludar a los grandes atletas y pequeños periódicos de la prensa, especialmente a los que han tenido la fineza de anunciar nuestra aparición. Pedimos disculpas por no haber usado de esta debida cortesía en nuestro primer número, -involuntariamente, pues aunque tarde creemos ahora cumplir con un deber impuesto por las regla sociales. 29 La Broma no volvería a olvidarse de la "debida cortesía". A partir de ese momento, cada una de sus reapariciones en la luz pública fue oportunamente acompañada del saludo de rigor y de los agradecimientos a los periódicos que dieran cuenta de ella. Pocas veces, sin embargo, podemos leer estos agradecimientos dedicados a los grandes periódicos, que parecían pasar por alto la fundación de las publicaciones afroporteñas. Existían, por supuesto, excepciones puntuales. La Nación anunciaba la reaparición de La Broma en diciembre de 1880, y en 1877 ya se había agradecido a El Porteño por dar el aviso respectivo. 30 De hecho, cada vez que surgía alguna referencia a las publicaciones afrodescendientes o a algún afrodescendiente en particular en los periódicos más importantes, como La Nación, La Tribuna, etc., se agradecía la deferencia, a veces incluso se reproducía el artículo, denotando tanto el escaso alcance que tenía la prensa afroporteña en un círculo más amplio, como también la importancia que se le otorgaba al hecho de ser nombrada en la esfera pública burguesa. Un ejemplo interesante de esto se dio en 1882, cuando se recogieron las rectificaciones realizadas por La Nación, La Tribuna Nacional y El Plata de una noticia en la que se acusaba a un grupo de afroporteños de participar en hechos delictivos, trascribiéndose la totalidad de los desmentidos, con sentimiento de gran alivio por parte de los periódicos por poder limpiar el nombre de los amigos en la esfera pública porteña en general y por supuesto en la afroporteña. 31 Asimismo, en 1881, cuando en La Nación se anunció la fundación de una sociedad de socorros mutuos de la "clase de color", se reprodujo el artículo en su totalidad, agregando: nada queja que reproducía La Broma y que dejaba constancia de la marginalidad de la esfera pública afroporteña: "[a] nuestros poetas (...) nadie los conoce y se ignoran, por consiguiente, sus obras (...) ¿Quiénes, más que nosotros, leen (...) nuestros humildes periódicos, que jamás salen tampoco de nuestra fracción social?". 34 La capacidad de circulación de los periódicos afroporteños estaba limitada a la propia comunidad, ante una sociedad que solía ignorar lo que sucedía en ella. Sin embargo, este frustrado deseo de ingresar en la esfera pública burguesa promocionaba que las estructuras de los periódicos comunitarios y extracomunitarios fueran bastante similares. Ambas, además de los saludos de rigor, incluían los editoriales, las noticias varias, las de última hora, las crónicas sociales (en los periódicos afroporteños todas estas secciones estaban siempre referidas a la comunidad) y los anuncios. Así, aún dirigiéndose a un público reducido y siendo publicaciones en general marginadas del círculo de discusión más amplio, la prensa afroporteña seguía las formas "correctas" y establecidas de discusión en la esfera pública burguesa. Este cuidado formal posibilitaba que, llegado el caso, ambas esferas pudiesen coincidir e, inclusive, que si los periódicos de los grupos hegemónicos prestaban su apoyo, la esfera pública afroporteña pudiera llegar a mediar con el Estado y también mostrar un potencial poder contrahegemónico, como había sucedido con las protestas contra la discriminación de 1880. 35 Simultáneamente, seguir las normas adecuadas permitía "educar" en los valores de la civilidad y participación ciudadana a la comunidad a la que estaban dirigidos. Pero más allá de sus puntos en común, entre los periódicos se constatan continuas peleas y enfrentamientos que quedaban plasmados en grandes luchas editorialistas y en los desafíos y denuncias constantes que los periódicos se hacían entre sí. Periodistas, directores y redactores Tanto los directores como los redactores y colaboradores de los periódicos afroporteños mostraban actitudes personales muy beligerantes, tal vez debidas al compromiso que asumían de llevar a su comunidad a la senda del "progreso". Aunque en general lo hacían de forma anónima, 36 desde sus publicaciones defendían las propuestas que ellos mismos emitían con ahínco, por lo que se les solía acusar de utilizar a esos periódicos como elementos personalistas, instrumentos para ganar espacio público e influencia en las decisiones que hacían a la comunidad. En esta línea, Casildo G. Thompson, uno de los personajes con mayor prestigio y visibilidad dentro de la comunidad afroporteña, escribía en una carta dirigida al director de La Perla: "La misión del periodista no se ha comprendido entre nosotros o ha sido adulterada cuando no radicalmente trocada. La misión del periodista ha sido corrompida por la podredumbre de las personalidades, desprestigiada por la ausencia de la ilustración y, en la mayor parte de las veces anulada por la usurpación ridícula que han hecho de ella hombres que no tienen ni tuvieron jamás la más simple noción de los deberes que impone, puesto que la prensa es la tribuna privilegiada desde donde se emiten las más serias y trascendentales ideas y no el circo en que los polichinelas excitan la hilaridad popular". 37 Las ideas vertidas por Thompson nos recuerdan a la "misión apostólica del periodista" de la que hablara Halperín Donghi 38, aceptadas y retomadas por los periodistas afroporteños, al igual que la importancia de la prensa. Con una marcada autocrítica, La Broma se hacía eco de estas ideas que circulaban por la comunidad en un editorial publicado con motivo del anuncio de la reaparición de La Perla y de El Aspirante, a quienes quería aleccionar con su ejemplo sobre cómo hacer buen periodismo: "Provocados algunas veces con injusticia e impropiedad no hemos podido resistir a la violencia del ataque (...) Pero bien lo comprendemos, esa no es la misión del periodista, la prensa nunca debe servir de arma para ensañarse en una personalidad ni levantar la propia. Los intereses comunes no se pueden olvidar ni un solo instante y a ellos debe ser nuestra contracción, porque ellos reclaman el deber de nuestra lealtad". 39 36 Aunque podemos identificar a la mayor parte de los dueños y directores de los periódicos, casi todas las noticias se publicaban de forma anónima. De este modo, si el periodismo se pretendía como un apostolado para servir a la comunidad, el reverso de este ideal era que los periódicos se utilizaban como herramientas de discusión y defensa de ideas personales, provocando debates y luchas permanentes. Y si bien existían momentos de acercamiento, las peleas entre ellos siempre reaparecían. De hecho, buena parte de los relatos de sucesos locales consistían en criticar a los otros periódicos o en anunciar sin falta las desapariciones o los retrasos en la aparición o distribución de alguno de ellos, sobre todo si se trataba de rivales. También se informaba si se producían renuncias o cambios en sus redacciones, o cualquier hecho que se considerara relevante, muchas veces con sorna o complicidad, demostrando que el periódico que seguía en circulación era mejor y contaba con mayor número de suscriptores que sus competidores. En varias ocasiones a lo largo de los diez años de prensa afroporteña que estudiamos surgieron propuestas de unir en uno solo a todos los periódicos de la comunidad. Esa concentración era el principal argumento que se esgrimía para pedirlo, en contra de la utilización personalista de las publicaciones que "dividía" a la comunidad y la enfrentaba. La Juventud había instado a esa unificación en 1878, entendiendo que en la multiplicidad de periódicos se encontraba la causa de los males que sufría la sociedad, ya que forzaba la desunión y el "verdadero atraso moral": "... nosotros pensamos que esos elementos dispersos, fraccionados, que nada dicen y a nada responden, son precisamente un inconveniente para nuestro futuro progreso (...). Un periódico serio, de responsabilidad, que debidamente nos represente ante la opinión sensata del país, es lo que necesitamos. Es necesario pues, trabajar para reunir en un solo punto y bajo una sola aspiración, esos elementos dispersos y fraccionados, y entonces, recién entonces, tendremos el derecho de darle al cuerpo reposo y al corazón descanso". 40 Si por un lado el artículo hacía hincapié en que la prensa representaba a la comunidad ante la opinión pública, una posibilidad de ingreso en la esfera pública burguesa o por lo menos el único medio de visualizarse en ella, por el otro criticaba la diversidad de medios existentes -que es lo que caracterizaría en general al juego de la opinión pública-y llamaba a la unión comunitaria, una de las banderas más importantes que los periódicos afroporteños no se cansaban de agitar, aún en los momentos más álgidos de 40 La Juventud, "La hora del trabajo", 10 de febrero de 1878. No se hizo nada desde La Juventud por lograr esta unión, sino todo lo contrario, y los periódicos siguieron sus caminos rivales. Casi un año más tarde, volvía a salir a la luz pública la petición de que hubiera sólo un periódico en beneficio de la unión de la comunidad afroporteña. Lo hacía el articulista cuyo seudónimo era "Genaro" para La Broma, donde insistía en el problema del personalismo: "Si se trata de un periódico sucede lo mismo. «Pedro» no quiere escribir en el semanario que dirige «Juan» por no ocupar un puesto secundario, y como cada uno quiere ser redactor en jefe, es necesario den a luz varias publicaciones, a fin de satisfacer la vanidad de cada aficionado (...) Empecemos por ejemplo, por reducir a una sola las explotaciones semanales que ven la luz entre nosotros. Hagamos un esfuerzo en este sentido; olvidemos nuestras rencillas y llamemos al trabajo a todos los jóvenes inteligentes de nuestra sociedad, de entre ellos nombremos el más capaz para que dirija en jefe esta publicación, en que colaboremos todos". 41 El deseo de Genaro despertó la respuesta enérgica de La Broma y también de La Perla. Si el primero comenzaba aceptando que tener una sola publicación sería más sencillo, puesto que los periódicos afroporteños debían afrontar serias dificultades económicas para continuar apareciendo, después, sin embargo, insistía en que eso sería "imposible" y "ridículo". Las razones que esgrimía era que deberían hacer un periódico más grande y con mayor frecuencia de aparición, y por lo tanto más caro, lo que perjudicaría a los bolsillos de las familias afroporteñas. "Le garantimos a Genaro (...) que es más adecuado que pague quien pueda veintiséis pesos mensuales y tenga tres publicaciones diferentes, y no que paguen quince o veinte por un periódico que lo repetimos: sería ridículo porque las diferentes manifestaciones de la juventud que dedica a hacer algunos ensayos, tendrían que estar sujetas al juicio del director o redactor en jefe". 42 Si bien La Broma intentaba dar una explicación económica a su negativa a la existencia de un único periódico afroporteño, terminaba admitiendo que el problema era la dirección de él, tal como había expuesto Genaro en su artículo. La respuesta de La Perla fue más enérgica: "...supongamos que existiesen ahora dos o tres periódicos, o cinco, todos estos no podrían manifestar más que una sola idea, y con ese motivo la suya misma que la viniera a exponer por medio de la prensa, no tendría aceptación por parte del redac-41 La Broma, "Colaboración", s/f de diciembre de 1878. tor; nombrar un redactor en jefe, según Vd. propone y cada uno de los demás fuese fulano, zutano o mengano, tendría que someter su idea y voluntad a la del redactor en jefe (según el articulista Genaro) único modo de poder darle una marcha regularizadora a nuestra prensa periodística (...). [E]l señor yenaro no sólo nos da un consejo absurdo, sino que se desmanda groseramente (...), porque sólo una cabeza hueca puede verter de su mente una tan mal inspirada creencia". 43 Nuevamente el tema del único redactor en jefe se mostraba como el obstáculo principal a la propuesta. Así, aunque el personalismo era criticado, no se entendían a los periódicos sin ese elemento, lo que contribuía a erigir a sus directores o redactores en personajes de importancia, que a su vez luchaban por captar la mayor cantidad posible de público lector que sostuviera económicamente a las publicaciones. De hecho, la forma tan contundente en que La Perla contestaba al articulista -incluso acentuando la pronunciación italiana ("yenaro") 44 del seudónimo que éste había elegido para escribir, extranjerizándolo-llama la atención. Curiosamente, La Perla y La Broma unieron sus redacciones en el año 1879 durante un tiempo, pasando Dionisio García (director de La Broma) a la redacción de La Perla. Este experimento duró sólo unos meses (de marzo a junio), y no tenemos constancia de que sucediera en alguna otra ocasión y con algún otro periódico. Otra de las denuncias que se solían hacer los periódicos entre sí era la de querer obtener beneficios materiales con las "empresas periodísticas". Si bien esta denuncia parece irrisoria debido a las constantes quiebras y cierres de los periódicos por falta de dinero, debemos examinarla con atención. En líneas generales, Quesada 45 indicaba que la redacción, la dirección y la administración de los periódicos solían ser gratuitas, ya que las empresas aspiraban a que la suscripción alcanzara simplemente para cubrir los gastos materiales. Los anuncios eran, según Quesada, el quid del mantenimiento de los periódicos, a todas luces una empresa que no rendía frutos económicos ya que, tal como sucedía con las publicaciones afroporteñas, debían superar la falta de pago de las suscripciones. En nuestro caso, además de cobrar por la publicación de los artículos enviados por los lectores y de los anuncios que solían aparecer con bastantes altibajos, existían diversas maneras de ingresar o de ahorrar dinero a las 43 La Perla, "Don Genaro", 15 de febrero de 1879, cursivas en el original. 44 Recordemos que en Buenos Aires las letras "ye" tienen la misma pronunciación que las letras "ge" en italiano. Una de ellas era que, en muchos casos, la impresión y/o distribución de los periódicos eran realizadas directamente por los redactores, con el ahorro consiguiente de dinero de sueldos en ese rubro. En La Broma se aludía comúnmente a que la distribución era realizada por el mismo director o por sus colaboradores, que cobraban personalmente las suscripciones atrasadas. Por ejemplo, en una noticia muy interesante por la comparación que establecía y porque dejaba claro el alto grado de compromiso que tenían los redactores con su periódico, se relataba que el New York Herald había comenzado siendo repartido por su redactor, quien además lo imprimía, para agregar: "Hoy como todo el mundo sabe, el New York Herald es el diario más popular del Universo y su redactor goza de una gran renta diaria (...) [P]or cierto que nosotros no llegaremos a esa altura, pero se nos ocurrió hacer esta especie de cuento porque alguien critica nuestro proceder cuando nos ve con el hermoso paquete de Bromas debajo del brazo, repartiéndolas a nuestros favorecedores. Hemos dicho y repetiremos, siempre que se nos dispense la protección que actualmente se nos presta, no tendremos inconveniente en hacer todo lo que esté a nuestro alcance con tal de que nuestra comunidad tenga un periódico como sus exigencias lo reclaman. 46 Entre las distintas estrategias para ingresar dinero con el objetivo de mantener en circulación las publicaciones se cuentan la utilización de los periódicos para promocionar los propios negocios paralelos de los periodistas o la impresión de los ejemplares en los lugares de trabajo. Si Juan Finghlay -director de La Luz-era él mismo tipógrafo y trabajaba en una imprenta, los directores de La Perla -Camilo Olivera y los hermanos Luis y Guillermo Ramírez-se anunciaban en su periódico ofreciéndose para la realización de trabajos de impresión. Asimismo, se publicitaban cigarrerías (como la de Juan Pablo Balparda, redactor de La Juventud), pomos para el carnaval (negocio de Dionisio García, director de La Broma), etc. Del mismo modo, los periódicos realizaban frecuentes intercambios, como lo muestran las repetidas publicidades de las distintas imprentas donde se iban confeccionando. Pero creemos que no debemos subestimar el móvil económico a la hora de tratar de entender las peleas entre los periódicos afroporteños. Si hacemos cuentas rápidamente con los datos que tenemos, es posible que los directores y redactores de periódicos sí estuvieran interesados en la publicación de éstos como medio de vida. Según el cálculo hecho por un redac-46 La Broma, "Noticias varias", 3 de agosto de 1879, cursivas y francés en el original. tor de La Broma en 1878, con 400 pesos había suficiente dinero para hacer dos tiradas del periódico. 47 Si aceptamos las cifras de suscriptores que ellos mismos daban (lo veremos específicamente en próximos apartados) y suponemos que cada impresión se hacía por 300 ejemplares, entonces la impresión de cada periódico rondaría los 0,66 pesos. Hipotetizando una suscripción media -a la baja-al periódico de 200 personas, y con una suscripción mensual de 10 pesos (lo que costaba en 1879) y cuatro periódicos por mes, imprimiendo 300 ejemplares el gasto de producción sería de 792 pesos, mientras que el ingreso total sería de 2.000. Si bien es obvio que los periódicos no eran una empresa continuadamente rentable -y esto se ve claramente en los cierres e interrupciones constantes de los mismostambién es cierto que podían llegar a serlo. La diferencia entre el costo y la entrada de dinero en el cálculo anterior alcanzaría para que algunos de los redactores hicieran si no un sueldo completo, por lo menos una ayuda complementaria en sus ingresos mensuales. La referencia la tomamos aquí del presupuesto elaborado por la Legislatura de la Ciudad de Buenos Aires para el año 1879, que fijaba el sueldo de un ordenanza en 750 pesos. 48 Pensamos que el interés y la lucha que entablaban los distintos directorios de los periódicos entre sí, además de enfrentar a hombres con posiciones políticas fuertes, con ideas muy personales sobre su comunidad y con cierto ansia de prestigio, bien podía deberse también a que el periodismo se considerara una empresa rentable -tal vez como el New York Herald-, por lo menos durante algún tiempo, algo que se contradice con las denuncias que se hacían entre sí. Para los periodistas afroporteños la prensa era tanto una posibilidad de conseguir el éxito personal -económico y simbólico-como un camino de progreso y civilización para la comunidad a la que querían conducir, lo que multiplicaba el número de publicaciones y aumentaba las peleas entre ellas. Así, aún invistiéndose del apostolado periodístico y trabajando por el cambio y "regeneración" de los afroporteños, los directores y redactores de los periódicos no cedían espacio en su lucha por la representación de la comunidad en la contra esfera pública subalterna y, en última instancia, en la esfera pública burguesa. En una sociedad que tejía sus redes según la lógica de la discusión en la esfera pública, quien poseyera la posibilidad de acceso a ella detentaría una gran cuota de poder, especialmente si nos cen-tramos en una comunidad marginada social y económicamente. El nivel de prestigio que otorgaba dirigir un periódico ubicaba a sus directores, fundadores y colaboradores en un lugar privilegiado en la sociedad afroporteña y posicionaba a sus redactores en la situación de ejercer de "intelectuales subalternos", 49 sujetos capaces de coordinar acciones colectivas y con capacidad de negociación con los otros grupos, incluidos los hegemónicos. De este modo, los intelectuales subalternos pugnaban por hacer oír sus opiniones -y por vender más periódicos-y cada cual desde su lugar exhortaba, generaba o proponía cambios desde sus páginas (fundación de asociaciones, de colegios, participación en distintos eventos, difusión de obras literarias, etc.) de acuerdo con la idea de que los periódicos eran instrumentos potenciadores del cambio social, lo que erigía y visibilizaba a ciertos personajes relacionados con el mundo periodístico que comenzaban -de esta manera-a detentar poder sobre su comunidad. Los periódicos y sus lectores Como parte de su tarea educadora y civilizadora, los periódicos afroporteños ofrecían sus columnas a la participación de los lectores -hombres y mujeres-para que enviaran artículos que tuvieran que ver con el "bien común", pero también sus producciones artísticas (poemas, versos, cuentos), opiniones y cartas personales. Igualmente, se brindaban para que las asociaciones -que asimismo eran consideradas una forma de socialización ligada al progreso y a la civilización-50 pudieran tener un espacio para convocar a sus socios o aspirantes a las reuniones, asambleas, votaciones, manifestaciones, etc. Sin embargo, los periódicos establecían una diferencia tajante entre las aportaciones que tuvieran que ver con el "bien común" y las que fueran de carácter personal: los artículos que hicieran un servicio a la comunidad se publicarían gratis, el resto no. Esto sucedía y era aclarado en todos los periódicos. Incluso La Broma advertía directamente de que retendría originales hasta que se pagara por la publicación de los mismos: 50 Sábato, Hilda: "El fervor asociativo", en: Di Stefano, Roberto; Sábato, Hilda; Romero, Luis Alberto, y Moreno, José Luis: De las cofradías a las organizaciones de la sociedad civil. "Les hemos observado mil veces! A los que piden la publicación de solicitadas, que si estas no vienen en forma, es decir, con sus correspondientes Gastelumendis, no les daremos publicidad". 51 Encontramos aquí una primera dificultad para esta "igualdad" de acceso al espacio de participación -a la esfera pública subalterna-que se proponía desde las páginas de las diferentes publicaciones, tanto como sucedía con el acceso a la esfera pública burguesa. Una segunda dificultad, muy relacionada con la primera, era la posibilidad de suscripción a los periódicos para una comunidad que, en líneas generales, contaba con muy poco poder adquisitivo. Las constantes quejas que se pueden leer durante los diez años de publicaciones afroporteñas acerca de la falta de pago de muchos de los suscriptores dan ejemplo de ello. Por ejemplo, en La Juventud se increpaba a los morosos: "A los suscritores morosos-Les ponemos en conocimiento que la empresa de este semanario ha dispuesto que todo suscriptor que no abone hasta los dos meses vencidos, se suspenderá inmediatamente la remisión del periódico". 52 O en La Broma, que exponía claramente las consecuencias de los impagos: "Hoy cumple seis meses nuestro periódico, durante su existencia han fallecido otros. Al hacer esto presente se nos ocurre recomendarle a los suscriptores morosos más exactitud en el pago". 53 Estos impagos provocaban, como se puede leer en la cita anterior, el cierre abrupto de las publicaciones, que lograban reaparecer mediante nuevas suscripciones o gracias a la organización de bailes a beneficio, de los que también hay ejemplos para todos los periódicos y para todos los años. La Broma hacía su beneficio anual que daba aparentemente buenos resultados. Lo mismo hacían La Juventud, El Aspirante y La Perla y las descripciones de los preparativos y de los bailes ocupaban varias páginas de las crónicas sociales cuando se producían. Si nos preguntamos cuántos suscriptores tenían los periódicos, existen pocas cifras. La que más hablaba de esto era La Broma, que nos ofrece varios datos que hay que considerar casi sin dudarlo "inflados", ya que eran 51 La Broma, "Sueltitos de costumbre", 25 de noviembre de 1881, cursivas en el original. un modo de hacer propaganda frente a los periódicos rivales. Así, el 8 de noviembre de 1877 La Broma anunciaba que tenía 486 suscriptores, supuestamente el mayor número en toda la historia de la comunidad. A comienzos de 1878, exponía que "los quinientos abonados que religiosamente la sostienen, están poseídos y poseídos están de que esta publicación es necesaria". Tenemos datos también de La Perla, que el 8 de mayo de 1879 (en circunstancias en que La Broma y La Perla se habían unido en una sola publicación) anunciaba 329 suscriptores, hecho que animaba a los directores a intentar editar el periódico semanalmente. Estos números, aún tomándolos a la baja, nos están hablando de un gran interés en la comunidad por acceder a la información y a las discusiones que se veían reflejadas en los periódicos, por participar, en definitiva, de la imaginación comunitaria que permitían crear. Además, la pobreza de los lectores era paliada en parte con estrategias que -aunque condenadas desde los periódicos-permitían a una buena parte de la comunidad acceder a este medio de comunicación, generando a su vez más vínculos solidarios y nuevas prácticas de sociabilidad grupal. Estamos hablando del "leer de ojito", es decir, leer el periódico de prestado, o en grupo, o por encima del hombro ajeno. Este "problema" se solía exponer con bastante ironía. Por ejemplo, en la cita que sigue se lo comparaba con fumar "de prestado", según una discusión ocurrida en el club social al que pertenecían los redactores de La Broma, el Club Retirada: "... en la última asamblea del mencionado Club, tratándose de los lectores de ojito, se acordó también en las precauciones generales, observar por regla de conducta no invitar a nadie con fumantes ¡a nadie! Es un golpe mortal para los fumadores de ojito. Si pudiéramos hacer lo mismo con los lectores". 55 Para el caso de las lectoras femeninas, también se había detectado este comportamiento en la lectura de La Broma, al que se solía llamar "el chiche" de la comunidad: 54 Ibídem, "Un paréntesis", 3 de enero de 1878. "... estoy seguro que si todas las señoritas no son suscriptoras del Chiche, por lo menos lo leen todas, tu sabes, de que en una casa que hay dos o más personas es imposible, que todos lo tomen, pero que lo lean es indispensable". 56 La lectura de "ojito" siguió molestando al periódico en los años sucesivos, como vemos en este suelto de La Broma de 1881: "Hacemos presente a los suscriptores que nos adeudan más de dos meses, que aunque con sentimiento nos vamos a ver en la necesidad imperiosa de pasarles una... rayita, pues no es propio que haya suscriptor que se esmere de todos modos para sostener este papelito, como cariñosamente le llaman nuestros amigos, mientras otros siguen apareciendo suscriptores y leyéndolo de ojo". 57 Pero no eran solamente los periódicos los que condenaban esta práctica, sino que los propios lectores interesados en el sostenimiento de las publicaciones comunitarias se organizaban y llevaban adelante iniciativas para romper con ella. Sucedió con un grupo de lectoras de La Juventud en 1878. "...con el mayor número posible que sea de personas, para no dar PRESTADO, NI POR EL MOMENTO, al periódico «La Juventud», obligando de cuyo modo a los que se interesan en leerlo, se suscriban a él, o bien compren el número suelto, (...) no permitiendo desde ya, que ninguna persona lea el periódico de ojito. Igualmente se previene que esta prohibición la pueden hacer los caballeros buenos amigos, que han compartido los trabajos con los miembros de la Comisión Directiva. Confiamos en el éxito". 58 La Juventud acababa de volver a la arena periodística después de un 1877 casi sin publicar, y obtenía por medio de la suscripción popular los medios para su reimpresión. Seguramente ésta era la razón por la que sus suscriptoras velaban con tanto celo su continuidad y deja ver además un alto grado de "fidelidad" entre suscriptores. Así, si consideramos que la lectura de "ojito" era un hecho, se puede multiplicar la cifra de lectores de los periódicos, conformando un número muy amplio de personas integradas "imaginariamente" en la comunidad. Esto también lo sabía La Broma, cuando calculaba irónicamente: 56 Ibídem, "Varillazos", 24 de octubre de 1878, cursivas en el original. "... la suscripción aumenta notablemente, pues si antes lo leían mil quinientas o dos mil personas, hoy garantimos que cuenta con doble cantidad de lectores, por cierto, un ocho por ciento de ojito". 59 Esta gran masa lectora de los periódicos afroporteños se veía identificada de algún modo u otro por estas publicaciones, las cuales lograban que sus suscriptores los apoyaran. Más allá del evidente interés que podía generar el intercambio de información sobre la propia comunidad, creemos que un interesante modo de acercamiento de los periódicos a sus lectores era el lenguaje que se utilizaba en sus columnas. Si bien en las editoriales el tono era en general severo y rígido, había pocos errores gramaticales y estaba más cuidada la elección del vocabulario que se utilizaba -que además tenía un tono plenamente educativo y disciplinador (en consonancia con los objetivos que se fijaban los periódicos en sus manifiestos fundacionales)-, el resto se escribía en un lenguaje muy coloquial e irónico que incluía el voceo (hablar de "vos"), y muchas expresiones del habla cotidiana, constituyéndose en un reservorio vastísimo del habla popular de la Buenos Aires que recibía a miles de inmigrantes y cambiaba por minutos. Venimos leyendo muchas de estas maneras "de hablar" que quedaban plasmadas en sus hojas pero queremos, sin embargo, hacer notar que este lenguaje no se deslizaba al azar en las publicaciones. Por el contrario, los redactores de los periódicos verificaban cada una de las cosas que se publicaban y corregían, de ser necesario, los originales que llegaban de los lectores. Justamente, nos enteramos de esta situación porque La Broma accedió repetidas veces al pedido de publicar "tal cual" unos poemas de Tomás Rivero, al que llamaban sarcásticamente "el vate": "Leed, mis bellas, leed: -que Rivero me encarga que tenga mucho cuidado con el cajista, que se le publiquen sus versos, tal cual el original, sin errores, como están, para que según él puedan leerse" 60. Estos versos solían estar escritos con muchas faltas de ortografía y sin seguir regla gramatical alguna. Un ejemplo de los de Tomás Rivero se puede ver en la siguiente estrofa de uno de sus poemas: "yo asisti adicho vaile/ que me en vitaron ami/ y era triste que un desaire/ tuve pronto que sufril// mi amor no me sujecta/la pacion de un mosó honrrado/el continuo la flor de un poeta/ sera, amante triste y desairado (sic)". 61 Durante todos los años de publicación de La Broma, los versos de Rivero fueron objeto de risas y burlas. No solamente las faltas de ortografía y gramática se hacían graciosos -aún para la época-, sino los contenidos de sus poemas aparecían como hilarantes: "Conduélete de mí, ¡caro Rivero! Que te vea yo parar las orejas y abrir... la boca, para lanzar tu canto sonoro y vibrante como el rebuzno, cadencioso como el rugido del tigre, rumoroso, como el gruñido del chancho, armonioso, como el balido de un toro (sin alusión)". 62 Que los poemas de Rivero siguieran publicándose a petición y forma del autor era porque éste pagaba sin falta al periódico, según los propios dichos de La Broma. Suponemos que no escribía de este modo a propósito -como un divertimento-ya que a menudo se publicaban versos "en pardo" 63 pero con una clara intención jocosa y para los que no se indicaba que no habían sido corregidos o que habían sido publicados textualmente por petición del autor. El cuidado que se ponía en la edición de los periódicos se retrataba también en las disculpas que se solían pedir cuando había errores de imprenta, como sucedía en 1878: "A nuestros lectores-Motivos ajenos a mi voluntad me impiden que aparezca este semanario con las correcciones debidas; por tanto pido a los lectores de La Broma tengan a bien salvar la multitud de errores de que plagado va este número, prometiéndoles que en adelante pondrá todos los medios a su alcance la redacción de que formo parte". 64 La corrección de errores tipográficos, ortográficos y gramaticales muestra que las ediciones eran pensadas, diseñadas y revisadas esmerada-61 Ibídem, "Varillazos", 22 de noviembre de 1877. 63 Suplantar la "r" final de las palabras por la "l", como en "sufril", era una de las características del "habla parda", una forma de hablar que caracterizaba a la población más humilde entre los afroporteños; "una media lengua", según la describe Rodríguez Molas, que era exaltada en los años de gobierno de Rosas. Pero el caso de los chistes que se gastaban a Rivero nos retrotrae también al tema del poder que ejercían los periódicos desde sus columnas, de exponer en la esfera pública, de denunciar, vapulear, criticar, engrandecer o ensombrecer tanto a personas como a hechos. Sus denuncias tenían consecuencias, y esto les permitía ejercer un gran control social. El "panóptico" de la regeneración El extraordinario poder que, creemos, acumulaban estos periódicos como propulsores de cambio los llevaba asimismo a erigirse en "guardianes" de las conductas apropiadas para efectuarlo. Al pensar en el dispositivo panóptico detallado por Foucault 65 nos imaginamos un centro de vigilancia omnipresente, que todo lo ve pero cuya función de vigilancia comienza a hacerse invisible por el grado de generalización y de introyección que su uso provoca. Y no encontramos esto tan diferente a lo que sucedía con los periódicos afroporteños. De hecho, cuando el autor describía el sistema de vigilancia y control del panóptico enfatizaba cuán amplificado y difundido en el cuerpo social se encontraba ya desde el siglo XVII, acentuando su función generalizada y de soporte para la consolidación de la sociedad disciplinaria, en la que el Estado actuaba con un poder invisible y diseminado. Para los lectores de los periódicos afroporteños era importante aparecer mencionados en los relatos de los bailes y tertulias, por ejemplo, y no lo era menos el hecho de aparecer evaluados de forma positiva -o por lo menos sin comentarios alusivos-, ya que los periódicos se dedicaban número tras número a amonestar a quienes consideraran que se habían comportado incorrectamente, o por fuera de las normas. La idea de que se tenía "derecho" a denunciar, y de que ese derecho se utilizaba en beneficio de la comunidad, quedaba retratada en las siguientes frases: "[L]os asuntos sociales que tocamos es porque los conocemos, las cuestiones que en la sección correspondiente se ventilan y que no dejan de tener su interés común con nuestras necesidades, son perfectamente garantidas y pertenecen a apersonas idóneas que saben donde les aprieta el zapato, como vulgarmente se dice, con que así creemos que nuestro servicio satisfará a nuestros favorecedores". Nacimiento de la prisión, Siglo XXI, Madrid, 2005. "Ventilar" las cuestiones sociales era algo que los periódicos afroporteños hacían cada vez que se publicaban, a través de las distintas secciones de noticias sociales. Asimismo, los que informaban y los denunciados sabían donde les "apretaba el zapato". Ambas expresiones son muy elocuentes y muestran que la denuncia pública estaba dentro de las actividades que las publicaciones se proponían llevar adelante sin ningún tipo de autolimitación, como parte incluso de la misión periodística para guiar el cambio social. En general, los señalamientos públicos se hacían tanto directamente como de forma solapada, comúnmente en tonos irónicos y en composiciones burlescas que mencionaban nombres con iniciales o seudónimos. Algunos ejemplos son los "sueños" que aparecían en La Broma: "Soñé de que Pancho López/con su reverenda calva,/hablaba a cierta chiquilla/de corazón y de alma.// Y que el tal chico quería/comer una cierta fruta/que aunque le está prohibido/comerla, siempre le gusta (...)// Soñé que el chinito Carlos/que se apellida Delzar/ocurrió a hacerse inscribir/con un cierto juez de paz. // Mas viéndolo tan bonito/el señor juez se negó/a inscribirlo, y el chinito/tomó la puerta y volooó!". 67 O las "bromas de La Broma": "Advertencia -A quien corresponda. Se asegura (...) que una señora encargada de (...) ciertos objetos destinados a un fin humanitario, reúne personas (...) para censurar mordazmente la mayor parte de las obras [donadas] (...). Con más datos volveremos sobre el asunto, si fuese necesario, para extirpar estos abusos indignos". 69 La amenaza de El Unionista mostraba el poder que se sabía detentaban los periódicos. Dar a la publicidad un caso o una situación, exponer en la contra esfera pública era un poder del que se hacía gala y que se utilizaba abiertamente. No publicar nombres en principio parecía ser la primera advertencia dada a los que no cumplían con las reglas de conducta adecuadas. Y esta coacción indudablemente era sentida por los implicados. En La Juventud, después de una denuncia expresa que el periódico había publicado contra alguien que "difamaba" a uno de sus colaboradores, se divulgaba una carta aclaratoria firmada por el acusado: "Un arrepentido -Nuestros lectores han de recordar del hecho local que dimos cuenta en esta misma sección. Pues a efecto de lo mismo hemos recibido (...) una carta del caballero ese, que con tanta valentía insultaba (...). En ella manifiesta que él jamás una cosa tal cometió, agregando (...) estas palabras que las hemos trascripto (...):-«Yo caballero soy víctima de una infame calumnia; (...) [no soy] denigrador de un joven que la posteridad lo ha de respetar» (...) Si ahora no lanzamos a la picota el nombre de la persona; es por respeto a sus nobles sentimientos". 70 Evidentemente, una pelea con el redactor de un periódico podía ser muy perjudicial y llevaba a los acusados a realizar arrepentimientos públicos para lavar su nombre. Como vemos, "lanzar a la picota", "extirpar abusos", etc., eran las imágenes que ilustraban el gran poder desarrollado por estos periódicos y sus redactores, amenazando con exponer a la publicidad ciertos hechos o personas. Una sociedad del control cuyo dispositivo para "mirar" eran los periódicos. La conciencia de esa fuerza quedaba clara también en noticias que nada denunciaban, escritos jocosos que se publicaban como cuentos o como relatos, pero que podían incluir diálogos como el que sigue: "Eduarda -Hay visitas Dorila? Dorila -Sí, están los REPORTERS de "La Perla" Ramonita -¿Vengo bien che Dorila?, ay que no me vayan a sacar en el....... que nada se les escapa. (...) 69 El Unionista, "Noticias varias", 9 de diciembre de 1877. Eduarda -Perfectamente, no me arrastra la cola, fijáte no sea que estos de....... tengan algo que criticarme" 71. Era una advertencia, en tono risueño, de la omnipresencia de los periódicos. El sistema de reporteros que todos decían tener, y que eran enviados a la mayor cantidad posible de tertulias y bailes que se realizaban en la comunidad, garantizaba que la información de todo lo que sucediera en ella llegara a ser relevada y evaluada por los redactores. Las listas de los asistentes a los bailes y los relatos pormenorizados de todo lo que allí sucedía no podían faltar en la prensa afroporteña. A veces, incluso, se publicaban relatos en los que se indicaba que los reporteros no habían sido invitados, seguidos de la amonestación por esa actitud. Sin embargo, este poder no siempre se utilizaba para denunciar. Muchas veces se usaban las páginas periodísticas para ensalzar a alguien o aplaudirle por sus acciones o méritos. "Nuestro amigo Nicasio F. de Latorre merece nuestra más cara manifestación de aprecio. Nicasio, como siempre activo, reunió el domingo (...) una cantidad (...) para hacer frente a los gastos de conducción del cuerpo de D. Giles". 72 Las publicaciones constantes de distintas listas de suscripción, ya fueran para sostener un periódico o para ayudar económicamente a algún enfermo o a la familia de un fallecido, seguramente redundaban en aumentar el prestigio de quienes allí figuraban. Igualmente, aparecer en las páginas de los periódicos parecía ser un aliciente para la cooperación, como se puede entrever del siguiente pedido: "Volvemos a repetir: esperamos de la filantropía de nuestra comunidad. Cada uno contribuya con lo que pueda o lo que quiera. Los nombres y la cantidad con que contribuya cada persona se publicarán sucesivamente en este periódico". 73 Estas listas muchas veces eran iniciadas y recogidas por los mismos redactores de los periódicos, quienes, además, no sólo supervisaban el material que se editaba sino que también decidían qué se publicaba y qué no, introduciendo modificaciones a su antojo que podían afectar a los lectores, o hacerlos enojar: 71 La Perla, "Cosas", 25 de agosto de 1878, mayúsculas y en inglés en el original. "... por los enojos de cierto caballerito de la calle de Estados Unidos, que le fueron motivados porque los pícaros de los cajistas carnerearon sin razón el nombre del aludido de la lista [de un baile]". 74 Como broma o seriamente, escribir en el periódico otorgaba capacidad de decidir sobre cómo se quería que se juzgara a la gente en el espacio público. Esto hacía que posiblemente no fuera buena idea pelearse con estos redactores, como ya se había demostrado en el caso mencionado de La Juventud, en que todo el periódico salió en defensa de su redactor. Así, si los redactores y directores de los periódicos eran figuras que tenían influencia y poder en la vida de su comunidad debido a sus ideas y propuestas, se debía también a que poseían el control de un dispositivo que permitía denunciar y aplaudir conductas y personas en la contra esfera pública afroporteña, y por ende, con cierta posibilidad de figurar en la esfera pública hegemónica. No creemos que fuera esto último lo más importante a la hora de amenazar disciplinariamente, pero tampoco hay que omitirlo. La tiranía de la opinión pública de la que hablaba Quesada en 1883 75 era también implacable en la comunidad afroporteña. De otro modo, estas amenazas no hubieran tenido sentido. Las ideas que circulaban en la Argentina decimonónica acerca de la importancia de la prensa escrita, de la tarea del periodista y de la importancia del "progreso" de los pueblos, aparecían también en las publicaciones de la comunidad afroporteña. La proliferación de periódicos que encontramos allí es impactante, sobre todo tratándose de una comunidad relativamente pequeña y en general con pocos recursos económicos. También son muy notables los números de suscriptores que estos periódicos decían tener, mostrando la importancia que éstos tenían para la comunidad y la efectividad de las formas de acercamiento a los lectores de sus escritos. Sin embargo, la comunidad afroporteña erigía una esfera pública que le era propia, paralela a la esfera pública burguesa a la que no podía acceder libremente, una esfera pública subalterna con potencial poder emancipatorio. Las formas que tomaba esta última eran similares a la esfera pública bur-74 Ibídem, "Varillazos", 3 de septiembre de 1881, cursivas en el original. 75 Quesada: "El periodismo...". guesa, hecho que le permitía acoplarse a la opinión pública general y -en momentos puntuales-influir en ella, pero, sobre todo, llevaba a que esa comunidad se imbuyera de las "reglas apropiadas" de discusión pública. Los periódicos afroporteños -empresas de algunos pocos convencidos de estar contribuyendo al bien común-se proponían como espacio abierto de discusión y como lugar de intercambio de información referente a la comunidad, a la que querían representar pero que veían "atrasada" y dividida. En ese contexto, los directores y redactores de los periódicos afroporteños luchaban por llevar adelante los cambios y peleaban por conservar su estatus de portavoces y guías de su comunidad. Los periódicos reflejaban esas luchas y formaban parte imprescindible de ellas, tomando la palabra para discutir y convencer de la idoneidad de sus ideas. Quienes estaban a cargo de las publicaciones ocupaban un lugar de poder muy singular. Se transformaron en agentes de cambio o intelectuales subalternos, haciendo acopio de poder y de prestigio. Imbuidos del apostolado del periodismo iniciaron cruzadas por la "regeneración" y confiaron en que los periódicos eran armas potentes para llevarla a cabo, siendo sus objetivos educar, civilizar, ilustrar, pero también ordenar y disciplinar. Como toda arma, el doble filo estaba en su poder de señalar públicamente a quienes se considerara que actuaban por fuera de las normas. Para ello, se constituyeron en un nodo que acumulaba y evaluaba información sobre la comunidad, que abría espacios de discusión y de reintegración identitaria pero que también censuraba y denunciaba a los "desviados", instituyéndose como un dispositivo panóptico que era manejado por unos pocos y que generalizaba el control y la disciplina a todos los niveles de la sociedad. En el interjuego establecido entre unos editoriales que fijaban las pautas ideológicas que debían seguirse y las denuncias que se hacían desde el resto de las secciones, los periódicos iban facilitando, en última instancia, la tarea del Estado en construcción de imponer su ideología y administrar a sus sujetos. La prensa afroporteña de finales del siglo XIX constituyó, así, un conjunto significativo en un momento de crucial importancia en la consolidación del Estado nacional argentino. Como tal, coadyuvó a que los descendientes de esclavizados y esclavizadas que habitaban en Buenos Aires se formaran dentro de las pautas disciplinarias del Estado y de la imaginación que promovía la nación civilizada, una nación de ciudadanos con derechos, que estos periódicos pregonaban -y muchas veces lograban-defender.
que tan ligada estuvo en otro tiempo a América. Se trata, en definitiva, de intentar un acercamiento a la imagen que la sociedad española, y más concretamente la sevillana, tuvo de aquellas relaciones, a través del único medio de que disponía: la prensa de su ciudad, la que le llegaba por suscripción desde Madrid, y los escritos de algunos intelectuales de la época preocupados por la cuestión. Y es que los problemas entre ambos países no terminarían con la llegada de Carranza al poder, a pesar de que lo hubiera logrado éste, al menos en parte, con la ayuda de Washington. 2 De hecho, en virtud del "nacionalismo" del mandatario mexicano, que entraba en colisión con poderosos intereses norteamericanos, durante su mandato se llegó a algunos de los momentos más tensos en las relaciones bilaterales. Y como había ocurrido antes, especialmente a raíz de la muerte de Madero, las ingerencias estadounidenses en la política mexicana no podían ser bien vistas desde España, cuya prensa, con escasas excepciones, y en concordancia con los intelectuales de la época, tenía que denostar esta actitud del coloso del norte que tanto le recordaba a la guerra de Cuba. En esta fase del proceso, los Estados Unidos utilizaron, esencialmente, dos bazas -aunque sin descartar otras como el empleo de tropas-para conseguir sus propósitos en México; por una parte, y como habían hecho antes en Cuba y harían después en otros lugares, la propaganda, intentando disfrazar su actuación ante la opinión pública internacional con supuestos motivos humanitarios. Por otra, la presión política que, con frecuencia, sobrepasó todos los límites en cuanto a las normas que deben regir las relaciones diplomáticas cuando no existe, como era el caso, un conflicto armado entre países. 3 Como muestra de ello, cuando a comienzos de 1915 Álvaro Obregón ocupó la capital tras la marcha de Huerta, el Departamento de Estado le hizo llegar una nota, "insolentísima" a juicio de muchos observadores, en la que se le comunicaba que se le haría responsable, junto al primer jefe, de "cualquier desmán que cometiera el pueblo de México en contra de los extranjeros". 4 Y desde entonces la situación no haría sino empeorar ya que, en la medida en que algunos "jefes revolucionarios" seguían en rebeldía y la lucha proseguía, se mantenía la inquietud en Washington; apenas sus tropas habían salido de Veracruz tras una larga y complicada negociación, cuando Wilson, afirmando que la situación mexicana era tan grave como antes de la caída de Huerta, "avisaba" a las autoridades mexicanas sobre la necesidad de acabar cuanto antes con todo tipo de enfrentamiento armado. A partir de ese momento las advertencias irían subiendo de tono, hasta el punto de que poco después, en el mes de junio, los Estados Unidos amenazaban claramente al país vecino; la administración norteamericana llegó a fijar un plazo a Villa y Carranza para acabar con sus diferencias, si no querían que ella tomara medidas drásticas. Sin parecer ofendido por semejante intromisión, Villa se mostró dispuesto a aceptar las consignas de Washington y, al menos en teoría, a negociar con los constitucionalistas. Carranza, por el contrario, protestó enérgicamente por lo que resultaba ser, en el mejor de los casos, una intromisión en los asuntos internos mexicanos y, en el peor, y así lo entendió él, una especie de ultimátum que llevaba implícita la amenaza de una nueva intervención armada. 5 La respuesta del líder constitucionalista a las "recomendaciones" de los Estados Unidos le creó en ese país enemigos poderosos que, probablemente, condicionaron, al menos en parte, la política de su administración respecto a México. Ciertos grupos de presión estadounidenses intentaron que su gobierno apoyara las aspiraciones de Villa frente a las de Carranza; 6 y es posible que el presidente Woodrow Wilson se dejara influir por ellos a la hora de retrasar el reconocimiento al gobierno carrancista hasta que su líder fuera ratificado en unas elecciones; pero no se dejó llevar por el camino que querían marcarle en cuanto a Villa y, al terminar el plazo que él mismo había señalado para que ambos líderes entablaran conversaciones sin que éstas hubieran siquiera empezado, no sólo no tomó las "drásticas medidas" que había anunciado sino que, como veremos más adelante, llegó a reconocer a Carranza sin esperar a su elección en unos comicios. 7 Sólo cuando en el mes de agosto tuvo lugar un enfrentamiento entre tropas de ambos países en la zona fronteriza, el presidente norteamericano amagó de nuevo; pero, en lugar de intervenir militarmente como le pedían los sectores citados, y aunque no desechara por completo tal posibilidad, optó por recurrir en primer lugar a la vía diplomática. En esa línea, propuso la celebración de una conferencia de países latinoamericanos, con la 5 Knight, Alan: La Revolución Mexicana. Del porfiriato al nuevo régimen constitucional, t. 6 Sobre el enfrentamiento Villa-Carranza, ver Meyer, Lorenzo: La Revolución Mexicana. 7 Duroselle, Jean Baptiste: Política exterior de los Estados Unidos. ISSN: 0210-5810 idea de que éstos pudieran presionar a los caudillos mexicanos y conseguir que terminaran con los conflictos armados. Su iniciativa se plasmó en una invitación a Argentina, Brasil, Chile, Guatemala, Bolivia y Uruguay a apoyar su proyecto de pacificación. Dicho proyecto, decían los medios de comunicación españoles, contemplaba la posibilidad de una intervención del ejército norteamericano en el caso de que las conversaciones entre los líderes mexicanos fracasaran; eso sí, para que no pareciera una invasión estadounidense, se pretendía que los citados países hicieran alguna aportación de tropas, aunque fuera simbólica, para transmitir la imagen de que se trataba de una operación conjunta. Sin embargo, los participantes en la conferencia, añadían los diarios, no quisieron adquirir semejante compromiso; sólo accedieron a enviar un mensaje a los "jefes mexicanos" -que no tuvo demasiado éxito por cierto-, en el que se les conminaba a reconocer al gobierno provisional encabezado por Carranza y a deponer las armas. 8 Ante el fracaso de su estrategia, Wilson decidió actuar en solitario para imponer sus condiciones. La primera de ellas sería, afirmaban los rotativos, la de "hacer reconocer que la presidencia de la república corresponde, con arreglo a la Constitución, a un miembro del antiguo gabinete del general Madero"; ese presidente, seguían diciendo, debería ser "aprobado por todas las facciones políticas" y por "las naciones participantes en la reunión" ya mencionada; contando con el aval internacional, el citado gabinete debería proceder a conceder una "amnistía general", y a la convocatoria de unas elecciones presidenciales que pudieran desarrollarse con normalidad. Para conseguir su propósito no dudó en utilizar la amenaza, advirtiendo directamente a los constitucionalistas que estaba "dispuesto a intervenir en México"; y para hacer creíble esa amenaza llegó a concentrar tropas en la frontera.9 Pero si la amenaza de que hablaba la prensa existió, no se llegó a cumplir; entre otras cosas porque, para entonces, las fuerzas constitucionalistas habían logrado reducir el movimiento zapatista a Morelos, mientras Villa, tras varias derrotas frente a Obregón, perdía incluso Ciudad Juárez, en su feudo de Chihuahua, y se veía obligado a retirarse en las montañas. Por otra parte, al tiempo que mejoraban las relaciones de los constitucionalistas con los países europeos, fundamentales también para su estrate-gia, la marcha de la guerra en el viejo continente forzó a los Estados Unidos a intentar conseguir la adhesión o, al menos, la neutralidad de su vecino, y Wilson no sólo disminuyó su presión sobre el gabinete carrancista sino que, en contra de lo afirmado poco antes por las publicaciones peninsulares, se mostró dispuesto a reconocer a la administración mexicana; ellas mismas contaron que el secretario de Estado norteamericano, "Mister Lansing", había "declarado que los representantes de Estados Unidos, Argentina, Brasil, Chile, Bolivia, Uruguay y Guatemala", reunidos en Nueva York, habían acordado "reconocer el gobierno de Carranza como gobierno de facto de México". No obstante, decían los periódicos, ese reconocimiento sólo se haría efectivo si se concedía una amnistía a todos los condenados por delitos políticos y se respetaba la "vida y hacienda" de los extranjeros residentes en el país. 10 Detrás de esas exigencias latía la preocupación del gabinete Wilson no sólo, como argumentaba, por la vida de sus ciudadanos, sino por los efectos que podían tener en sus intereses las medidas legislativas constitucionalistas, de las que ya había tenido indicios en noviembre de 1914; en esa fecha Venustiano Carranza promulgaba un decreto por el que se cancelaban las concesiones mineras otorgadas en la etapa huertista. Ese decreto no fue aceptado por los Estados Unidos, que protestarían, además, por las posteriores medidas impositivas de las nuevas autoridades. Pero Carranza, consciente de que el mandatario estadounidense se enfrentaba en aquellos momentos a otros problemas en el ámbito internacional, no se dio por aludido; y aquél, efectivamente comprometido con los asuntos europeos, terminó por ceder. El 19 de octubre de 1915, antes de que fuera ratificado en unas elecciones como había pedido en un principio, Washington reconocía a Carranza como jefe del Estado mexicano; 11 y con los Estados Unidos lo hicieron también los gobiernos latinoamericanos y, poco después, la mayor parte de los europeos, incluidos los de España y Gran Bretaña. Ver también Duroselle: Política exterior..., pág. 81. 12 En este aspecto, la presión de los Estados Unidos y el desarrollo de la Guerra europea fueron decisivos para que gobiernos como el británico, enemigo declarado de los constitucionalistas, lo reconocieran. Ver sobre ello Meyer, L.: Su majestad británica contra la Revolución Mexicana. Sobre las variables relaciones con España, ver Sevilla Soler, R: La Revolución Mexicana..., y Meyer, L.: El cactus y el olivo. Las relaciones de México y España en el siglo XX, Océano, México, 1991. Aunque la campaña del Bajío dejaba a Carranza como la única alternativa de poder viable, sus tropas no habían llegado a controlar por completo el territorio de la república. Villa había sido derrotado; pero con su paso a la guerrilla dificultaba la normalidad. Además, al contrario de lo que había ocurrido hasta entonces, entre los objetivos de sus ataques se encontraban también intereses norteamericanos; y es que el reconocimiento de éstos al gobierno carrancista había implicado, como es lógico, el embargo de armas con destino a los villistas, entre los que se creó un fuerte sentimiento "antiyanqui". Los asaltos a ciudadanos y empresas estadounidenses se convirtieron en algo normal, y los rumores sobre esas agresiones, supuestas o reales, se multiplicaron. Como resultado de ello, los que, como el antiguo presidente Teodoro Roosevelt o el periodista William Randolph Hearst, reclamaban una acción armada en México en apoyo de los intereses petroleros fueron ganando adeptos en el Senado. 13 La fuerza de esos grupos que presionaban a Wilson para que interviniera militarmente en México era considerable; y quedaría patente en enero de 1916, con motivo del asesinato de 16 ingenieros norteamericanos en Chihuahua a manos de las bandas villistas. 14 Que tal suceso tuviera gran impacto en la opinión pública estadounidense puede considerarse normal; pero la dimensión que se dio a aquel hecho, alentada por los rotativos de aquel país -especialmente por los pertenecientes al periodista citado-, desborda todos los límites de lo razonable. El "alboroto" ocasionado en los Estados Unidos con ese pretexto fue tal, que, según decía la prensa española, llevó a la presentación en el Senado de "una proposición, solicitando la intervención armada de los Estados Unidos en el país vecino"; su fin sería, añadían, "terminar de una vez con las revueltas y las luchas internas que asolan dicho país". Desoyendo tales pretensiones, Wilson se limitó a presentar las consabidas protestas formales; pero cuando en el mes de marzo los villistas se atrevieron a atacar la población estadounidense de Columbus, aunque lo 13 Duroselle: Política exterior..., pág. 81. hicieran sin apenas consecuencias, la administración norteamericana cambió de opinión respecto a la intervención que se le estaba demandando. A pesar de que los asaltantes fueron rechazados sin problemas, en ese momento se había sobrepasado el límite de la paciencia de Washington, que decidió responder a la agresión ordenando que una división del ejército, compuesta, contaban los rotativos peninsulares, por "cinco mil hombres al mando del general Tiniston [sic], que fue el que capturó a Aguinaldo en Filipinas",16 entrara en México con el fin de detener a Villa. En esta ocasión, como en tantas otras a lo largo del conflicto, la prensa española estaba informada sólo a medias, ya que, como sabemos, tal expedición, conocida como la "expedición Pershing", estuvo dirigida por este último general, y no por el artífice de la captura de Aguinaldo cuyo nombre (Funston), por otra parte, ni siquiera se transcribe bien. Los estadounidenses declararon que habían informado a Carranza sobre el envío de estas tropas, que contaban con la aprobación de éste para entrar en territorio mexicano, y que el único propósito de la expedición era detener a Villa. Pero los estudiosos del tema afirman que la consulta no se hizo hasta después de que los soldados estadounidenses cruzaran la frontera. Consciente de la imposibilidad de hacer nada para impedirlo, aun en el caso de que la entrada no se hubiera producido ya, el primer jefe terminaría por conceder la autorización que se le pedía. A cambio, exigió algunas contrapartidas que evitaran ponerlo en evidencia ante sus gobernados; entre ellas estaba, al parecer, que los soldados mexicanos pudieran, a su vez, perseguir a los villistas en territorio norteamericano, y que la citada expedición actuara siempre en colaboración con sus tropas; y los Estados Unidos accedieron, al menos en teoría, a ellas. 17 La expedición terminaría, como sabemos, en un rotundo fracaso, y su estancia en México se prolongaría bastante más de lo que se había previsto, convirtiéndose en permanente fuente de conflictos entre ambas administraciones. Aunque las autoridades de Washington declararan, una y otra vez, que su objetivo no era la invasión del territorio mexicano sino la captura de Villa, al que, decían, entregarían después al "presidente legítimo de Méjico", 18 su presencia ponía a éste en una situación complicada ante sus conciudadanos, haciéndolo parecer débil frente a sus vecinos; Villa, por el contrario, pasaba a ser entonces el "héroe" que resistía al invasor. 19 En ese contexto, los problemas con los militares norteamericanos no tardaron en surgir; muchos de ellos, sin embargo, estarían provocados, al menos en parte, por los propios constitucionalistas, que los utilizarían como justificación ante la opinión pública de su país. Los roces entre los soldados de las dos repúblicas se hicieron tan frecuentes, que las publicaciones sevillanas, como otras muchas españolas e internacionales, comenzaron a especular sobre las condiciones en que los norteamericanos habían entrado en México. En este sentido informaban, aunque sin indicar sus fuentes, que la autorización de Carranza se había concedido sólo para que las tropas "yanquis" ayudaran a las mexicanas a capturar a Villa, pero "dejando" que fueran éstas las que lo detuvieran; y decían, también, que el primer jefe había indicado con claridad que si la expedición se excedía en su misión y originaba "un conflicto internacional", él sabría "defender la dignidad de su patria". 20 Ese conflicto internacional, afirmaban los medios de comunicación peninsulares, estaba ya a apunto de estallar; por una parte, decían, los soldados constitucionalistas "se mostraban amenazadores" con los estadounidenses, mientras Carranza pedía a Wilson, que hacía caso omiso a sus requerimientos, que los retirara. 21 Por otra, la expedición tenía que hacer frente también a la hostilidad de la población. Los incidentes con ésta eran casi constantes, y algunos de ellos, como el de El Parral, ocasionaron varias bajas entre el cuerpo expedicionario. Pasaba el tiempo, el objetivo de Washington no se cumplía, y los sentimientos antinorteamericanos en la zona eran cada vez mayores; y, a la vista de que la situación se enrarecía cada vez más, Carranza terminó por "exigir" la inmediata retirada de los soldados estadounidenses, alegando que, a pesar del tiempo transcurrido desde su llegada a México, habían sido incapaces de apresar al caudillo de Chihuahua. 22 Wilson no parecía dispuesto, sin más, a ello, y propuso iniciar negociaciones sobre el asunto. A su juicio, la retirada no podía hacerse de forma inmediata, como pedían los mexicanos, sino paulatinamente, y siempre que cesaran los ataques de los rebeldes a sus ciudadanos y propiedades. Para muchos observadores, sin embargo, lo que realmente pretendía era que, a cambio de la evacuación de los soldados, Carranza aceptara paralizar las reformas legislativas constitucionalistas que perjudicaban los intereses de su país. El resultado fue que dos meses después de iniciarse las conversaciones en Ciudad Juárez no sólo no se había llegado a acuerdo alguno sobre la cuestión, sino que aquéllas se interrumpieron. Carranza ordenó entonces a su ejército que impidiera cualquier movimiento de los soldados norteamericanos que no tuviera como fin su partida, y que hiciera frente con las armas a cualquier otro destacamento que pretendiera entrar en el país. 23 Por aquellos días muchos comentaristas internacionales estaban seguros de que se iba a la ruptura de relaciones, especialmente al tener noticias de una supuesta nota de protesta de Carranza en la que, según contaban los diarios, afirmaba que la presencia de las tropas extranjeras era un atentado contra "el honor y la soberanía de México", y pedía, "por última vez", a Woodrow Wilson, que las retirara de inmediato. Real o no, esa nota fue considerada por amplios sectores de la prensa internacional como muy dura e, incluso, descortés, ayudando a acrecentar los rumores de ruptura y de la existencia de algunos "planes" norteamericanos para invadir México. 24 La supuesta "movilización de la milicia" en los Estados Unidos no hacía sino confirmar, a juicio de las publicaciones conservadoras peninsulares, lo que ellas venían señalando desde mucho antes: que la política norteamericana en México estaba dictada por sus intereses petroleros, que los había llevado, en los primeros momentos de la Revolución, a abrir "las fronteras a la insurrección para que ésta pudiera armarse, y después, desangrado y dividido el país, en nombre de la paz, los sentimientos humanitarios, y de la necesidad de defender a los súbditos extranjeros, anexionarse... lo que convenga...". 25 Tratando de apoyar esta teoría, que los llevaba a afirmar que en el origen de la caída de Porfirio Díaz se encontraba la intervención estadounidense, esos periódicos hacían un relato de los conflictos que habían enfrentado a ambas naciones, para concluir que todos habían terminado con merma territorial para México. Lo que estaba sucediendo en aquellos momentos no era, para la mayor parte de los comentaristas, sino un paso 23 Ver Richmond: La lucha nacionalista..., pág. 269, y Alessio: Historia política..., 216-217. Cit. por Delgado Larios, Almudena: La Revolución Mexicana en la España de Alfonso XIII (1910-1931), Junta de Castilla y León, Valladolid, 1993, pág. 284. más, tras lo ocurrido con Texas y Nuevo México, en la política expansionista estadounidense. Algunos observadores peninsulares dejaban a un lado los pretendidos deseos territoriales norteamericanos y hablaban sólo de su política de expansión económica; pero, como los anteriores, culpaban también a los Estados Unidos del clima de enfrentamiento que se vivía en México; según ellos, para conseguir el ambiente de seguridad política y jurídica que querían para sus inversiones, habían caído en la contradicción que significaba "multiplicar el desorden" en esa república, para hacer caer un mandatario que ya no les era útil para la mejor marcha de aquéllas. 26 Por eso, aunque el presidente norteamericano afirmó, una y otra vez, que su país no tenía aspiraciones territoriales en México y que, desde luego, no pensaba en una guerra, gran parte de la prensa internacional, especialmente a raíz de que las tropas de ambas repúblicas protagonizaran una escaramuza en Carrizal, consideraba que ésta era inevitable. La situación, sin embargo, estaba muy lejos de llegar a ese punto. Lo cierto es que, como se dijo más arriba, una parte considerable de los incidentes que se estaban produciendo eran, en cierto modo, artificiales, y originados deliberadamente por los constitucionalistas como forma de presionar a las autoridades estadounidenses para que retiraran sus tropas. Pero siempre se detenían en el límite a partir del cual podría entrarse en un enfrentamiento bélico que, desde luego, no entraba en sus planes. Son muchos los estudiosos que sostienen que el primer jefe usó repetidamente esta estrategia en sus relaciones con los Estados Unidos, utilizando la "amenaza yanqui" y el incremento de la tensión con aquel país con un doble fin; por una parte, no aparecer ante la ciudadanía como un líder débil frente la injerencia extranjera, y, por otra, conseguir, como había intentado Victoriano Huerta, la unión de todos los revolucionarios contra el enemigo exterior. Sobre la forma de actuar del mandatario mexicano en este sentido, ironizaba, no hace mucho, el conocido escritor mexicano Sealtiel Alatriste, en su novela Conjura en la Arcadia. 27 Pero ya en su época fue señalada por algunos intelectuales de prestigio de la época, como Vicente Blasco Ibáñez. 26 Ver sobre ello el libro de Carlos Pereyra: Tejas, la primera desmembración de Méjico, Editorial América, Madrid, sin fecha. Ver también "Nuestra política en América", La Unión Iberoamericana, Madrid, julio de 1916, pág. 27. Cit. por Delgado Larios: La Revolución Mexicana..., pág. 284. 27 Sealtiel Alatriste recrea magistralmente las dilaciones carrancistas en sus relaciones con los Estados Unidos, en la citada novela (Tusquets, Barcelona, 2003), centrada en el supuesto secuestro del cónsul norteamericano en Puebla. Blasco Ibáñez contaba en sus artículos que cuando Carranza recibía una nota de protesta de sus vecinos, "sonreía..., Ya tenía su incidente y no iba a soltarlo con facilidad. Los diarios del mundo entero hablarían de él durante meses". Para conseguir sus propósitos retrasaba la respuesta hasta el último minuto, para luego dar una tan vaga que ocasionaba una nueva nota cuya contestación volvía a demorar; y así, en una sucesión de réplicas y contra réplicas. Los "periódicos hablaban y hablaban; en los Estados Unidos se hacían suposiciones sobre una guerra posible; en Méjico se daba por segura la intervención". Al final, cuando esa estrategia podía volverse contra él, respondía en un tono adecuado o accedía a lo que se le había pedido; eso sí, entre tanto había hecho creer en su país que se le había exigido mucho más, y que sólo su firmeza había logrado salvar la situación. 28 Y, efectivamente, no se llegó a ese enfrentamiento armado que la prensa pronosticaba; según las informaciones aparecidas en ella, a comienzos del mes de julio, pensando que ya había tensado la cuerda todo lo que podía, Carranza cedió, en parte, a las pretensiones estadounidenses, comprometiéndose, eso sí vagamente, a no realizar "grandes expropiaciones"; a cambio, Wilson ordenaría, decían los diarios, el regreso de la expedición Pershing.29 Hacia el "reconocimiento" definitivo La salida de los soldados norteamericanos se demoró, no obstante, considerablemente; pero desde ese momento los incidentes disminuyeron y se volvió a la negociación para resolver los problemas que enfrentaban a las autoridades de ambos lados de la frontera. Y en esta ocasión, aunque se hiciera lentamente, sí se logró avanzar; un mes después de iniciadas las conversaciones los medios de comunicación peninsulares afirmaban que, aunque las diferencias entre las dos administraciones no habían desaparecido, al menos se había llegado a un consenso sobre la manera en que debían tratarse aquéllas; Washington nombraría, como hizo de inmediato, tres representantes, "que con tres mexicanos" formaran la comisión encargada de arreglar las cuestiones pendientes entre ambos. 30 Las negociaciones que iniciaron no serían tampoco fáciles ya que, si quería mantener su prestigio en el interior, Carranza no podía ceder en algunos de los puntos que más interesaban a los estadounidenses. Es lo que ocurría, por ejemplo, con la autorización para perseguir a los villistas en territorio mexicano que pedía el gabinete de Washington, consciente de que, como ya había sucedido, podrían atacar algunas de sus poblaciones fronterizas. El primer protocolo que se presentó al mandatario mexicano sobre esta cuestión, informaba la prensa española, incluía el compromiso de éste de "llamar" a las tropas norteamericanas, en un plazo de cuarenta días a partir de la firma, para que, colaborando con las mexicanas, intervinieran en Chihuahua; su objetivo sería conseguir que las partidas insurrectas dejaran de representar un peligro para las poblaciones del área y, en definitiva, pacificar la zona. Pero una nueva entrada de tropas extranjeras hubiera colocado al mandatario mexicano en una situación comprometida ante su pueblo y, como es lógico, la rechazó. En esta ocasión, sin embargo, probablemente porque, como apuntaban los periódicos, las dos partes estaban interesadas en seguir negociando, "la contestación del general Carranza a la petición de los Estados Unidos para que firme el protocolo", había "sido redactada amistosamente" 31 y no en los términos en que solía hacerlo. Y aunque algunos sucesos, como la detención del "cónsul general" de México en los Estados Unidos, acusado, decían los diarios, "de complicidad en el contrabando de armas y municiones para Veracruz", 32 dificultaran el proceso, la negociación continuó. Lo cierto es que la estrategia de tensión que tanto gustaba a Carranza estaba dando frutos; tras su rechazo a aquel primer protocolo, Washington terminó por aceptar que el líder constitucionalista no iba a hacer concesiones que pusieran en cuestión la soberanía nacional; en consecuencia, a finales de enero de 1917, los periódicos sevillanos daban cuenta a sus lectores de que el gabinete Wilson había dado, por fin, "las oportunas órdenes", para que la expedición Pershing regresara a su país; 33 habían pasado seis meses desde que el diario El Liberal había informado, por primera vez, de la decisión del ejecutivo norteamericano de retirar esas tropas. La vuelta a la normalidad, sin embargo, no sería bien aceptada por todos; para un sector de la prensa norteamericana, que incluía, entre otras publicaciones, al New York Times, el regreso de la expedición era necesa-31 Ibídem, lunes 1 y martes 2 de enero de 1917. Se encontraba en el país vecino para "ayudar" a sus tropas a terminar con las incursiones villistas; y como, según ese mismo rotativo, no sólo no lo había conseguido sino que su líder contaba en aquellos momentos "con más de ocho mil hombres" y seguía "reclutando adeptos para atacar a las fuerzas de Carranza", no parecía que hubiera tenido demasiado éxito. En esa situación, además, si las tropas no salían inmediatamente de México corrían peligro de verse envueltas en una verdadera guerra civil. 34 Pero no todas las publicaciones compartían esa opinión; la orden de retirada no fue demasiado bien vista por algunos grupos de presión, y sus críticas a la administración Wilson, con especial dedicación al propio presidente, encontraron hueco en numerosos medios de comunicación. Haciéndose eco de esas críticas, los periodistas peninsulares manifestaban que si algunos de sus colegas norteamericanos estaban siendo excesivamente duros con Carranza, del que hablaban como si fuera un simple bandido incapaz de gobernar México, todavía lo estaban siendo mucho más con su propio presidente, al que acusaban de debilidad por no hacer frente al mandatario mexicano con la fuerza apropiada. Según alguno de esos rotativos, lo único que había conseguido Wilson con su falta de energía era el fracaso de la expedición; se había enviado, decían, "contra los generales mejicanos Villa y Carranza", y ambos seguían "en completa libertad" gracias a la política "pusilánime" de su administración, incapaz de hacer nada "ante la guerra de exterminio que llevan a cabo Villa y Carranza", frente a la cual, afirmaban, "todos los mexicanos deben cerrar los ojos y abandonar el territorio nacional". 35 Dejando en evidencia la poca seriedad de tales comentarios, aunque los asaltos de las tropas villistas continuarían hasta la presidencia provisional de Adolfo de la Huerta en 1920, lo cierto es que la actividad bélica disminuyó considerablemente en la zona fronteriza y que, en consecuencia, las relaciones bilaterales ofrecieron un panorama mucho más tranquilo desde comienzos de 1917; y, según informó la prensa española, en febrero de ese año el departamento de Estado norteamericano enviaba un nuevo diplomático, "Fletcher", para que actuara "como árbitro en las cuestiones aún pendientes entre el gobierno de Washington y Méjico". 35 Sobre esas críticas, ver las referencias aparecidas en El Liberal de Sevilla del viernes 19 de enero de 1917 y en El Noticiero Sevillano del sábado 20 del mismo mes y año. 36 Ver los ejemplares de El Liberal de Sevilla del jueves 18 de enero de 1917, del domingo 28 del mismo mes y año, y del viernes 2 de febrero del mismo año. Se trataba, sin embargo, de algo más que eso; Henry P. Fletcher no iba a México como un negociador más, sino como embajador en un país considerado ya "amigo" por Washington. Los propios medios de comunicación que lo habían presentado como un simple negociador, publicaban al día siguiente lo que ofrecían como "las últimas noticias recibidas de Nueva York" sobre las relaciones mexicano estadounidenses: que el gabinete de Wilson había reconocido definitivamente a Carranza como jefe del Estado mexicano y que, en consecuencia, había nombrado ante él un nuevo embajador, con el objeto de normalizar "las relaciones diplomáticas", rotas, decían, desde 1914. 37 También se equivocaban en cuanto a esto ya que, como vimos, en 1915 los Estados Unidos habían aceptado ya al gobierno constitucionalista, aunque sólo fuera como "gobierno provisional" de la República. De todos modos, los problemas entre ambos gobiernos no desaparecerían con el reconocimiento definitivo a Venustiano Carranza; por una parte, la violencia en la zona fronteriza no desapareció por completo; y, por otra, las inversiones extranjeras se estaban viendo afectadas por la legislación que se estaba poniendo en marcha en México. Por lo que se refiere al primer punto, aunque Villa se encontrara debilitado, continuaba en armas; utilizando fuentes estadounidenses, los periódicos españoles hablaban de lo que llamaban "furiosos ataques en Chihuahua", a la vista de los cuales, afirmaban recogiendo rumores que circulaban tanto por la capital mexicana como por Washington, el general Pershing, "en contra de lo acordado" entre ambos países, había ordenado "suspender la retirada de sus tropas y vigilar las fronteras". "En las esferas oficiales yanquis", añadían, aumentaba la preocupación por la posibilidad de que tuvieran lugar "nuevos desórdenes" o, incluso, por que se produjera un "ataque contra los Estados Unidos". 38 Dando mayor fuerza a ese rumor, algunas informaciones procedentes de Texas indicaban que "cinco mil soldados de Villa, con éste a la cabeza", habían tenido ya algún "encuentro con las tropas Yankis" en aquella zona. 39 Y aunque esos rumores no tuvieron confirmación oficial, lo cierto es que las publicaciones sevillanas se hicieron eco de algunos enfrentamientos armados en los que, en ocasiones, aparecían implicados soldados estadou-37 El Liberal de Sevilla, sábado 3 de febrero de 1917. nidenses, algo digno de destacar si tenemos en cuenta que, al menos en teoría, la expedición Pershing tenía que haber salido ya de territorio mexicano. Como muestra de ello, los medios de comunicación hablaban de uno de esos incidentes, ocurrido "cerca de Nogales", donde "unos bandidos" atacaron a las tropas norteamericanas que, tras hacer varios prisioneros, habían logrado rechazarlos sin bajas. 40 Muy poco después contaban también, que una partida de cuarenta hombres pertenecientes a "las tropas del general Villa", tuvieron un "encuentro" con "una patrulla de caballería yanqui", que habría terminado con la muerte de algunos de aquéllos. 41 Pero se trataba ya de incidentes aislados que no justificaban que Washington tomara medidas que, a la larga, podían resultar peligrosas. Mayor inquietud provocarían en los Estados Unidos las reformas legislativas que pretendían los constitucionalistas e, incluso, los propios debates que originaron la aprobación de la Constitución de 1917. Con motivo de esos debates, en Washington se decía que el propósito de las nuevas autoridades mexicanas era, simplemente, actuar contra sus intereses, comenzando por la incautación de "los pozos de petróleo sin explotar" que estuvieran en manos extranjeras, para avanzar después hacia otras expropiaciones. La Guerra Europea y las presiones diplomáticas Aunque tanto este temor como los incidentes fronterizos causaban fricciones entre las autoridades de los dos lados de la frontera, ambos problemas pasarían a ser, no obstante, cuestiones menores, en unos momentos en que las verdaderas tensiones vendrían provocadas por la posición de México ante el conflicto europeo. El gobierno de Venustiano Carranza, que siempre buscó alianzas exteriores que permitieran contrarrestar la excesiva influencia de los norteamericanos en México, declaró su neutralidad desde los primeros momentos de la contienda. Esa declaración le valió ser acusado de germanófilo en amplios sectores sociales y políticos del país vecino, no sin cierto regocijo entre los conservadores españoles, como se aprecia con sólo echar un vistazo a los periódicos de esa ideología. 42 El Correo de Andalucía, miércoles 21 de febrero de 1917. rechazo a la intervención norteamericana en México se diera sólo en un sector de la prensa ya que, como se ha dicho, fue algo general desde el principio del movimiento revolucionario. Pero es que, en este caso, la problemática se vio afectada, además, por el debate entre aliadófilos y germanófilos que tenía lugar entonces en la sociedad española, y que tuvo amplio eco en los distintos diarios. En este sentido, es representativo el título -"A Wilson le ha salido un grano"-con el que El Correo de Andalucía abría su información sobre la supuesta cercanía del gobierno mexicano al bando alemán. El hecho de que "trescientos reservistas alemanes" hubieran llegado a México para colaborar con sus autoridades, impidiendo un supuesto "desembarco yanki en Tampico con el fin de apoderarse de los pozos de petróleo", era sólo una muestra, decían, de las simpatías del mandatario mexicano. 43 Aunque esa información nunca fue confirmada, lo cierto es que los alemanes desplegaban una intensa actividad diplomática en México, y que los Estados Unidos, conscientes de la hostilidad que habían despertado allí con su actuación, no parecían estar demasiado tranquilos al respecto. 44 Los rotativos de todo el mundo se hacían eco de la preocupación que existía en los "centros oficiales norteamericanos", ante los intentos alemanes de involucrar a México en el conflicto europeo. Prueba de esa preocupación, indicaban los diarios, era su denuncia ante las "repúblicas americanas" de lo que llamaron "complot" de los alemanes en México, y de su petición de ayuda a aquéllas para conseguir que el gabinete de Carranza se inclinara por el bando aliado. 45 Las publicaciones españolas contaban que, según informaciones procedentes de Washington, oficiales alemanes instruían al ejército mexicano, "particularmente realizando prácticas de aviación"; a cambio, sus submarinos se abastecían allí y se preparaban para detener la "exportación de aceites de América a Inglaterra". 46 Y añadían que Wilson, preocupado por ello, había remitido una nota al presidente mexicano, haciéndolo "responsable... de cuantos acontecimientos perjudiciales para la dignidad de los Estados Unidos se desarrollen en Méjico". 47 temor por lo que pudiera ocurrir en Tampico, donde los responsables de los pozos de petróleo habían pedido protección a las fuerzas norteamericanas, convencidos de "que los alemanes procurarán incendiarlos para que se rompan las relaciones entre los Estados Unidos y Méjico". 48 También en este último país corrían fuertes rumores sobre la posición de Carranza en la contienda europea. Recogiendo algunos de ellos, los rotativos peninsulares afirmaban que, "en caso de que estalle la guerra entre los Estados Unidos y Alemania", Carranza podía abandonar su supuesta neutralidad. Y aunque no informaban claramente en qué sentido lo haría, sí indicaban que los agentes alemanes estaban haciendo "supremos esfuerzos" para que fuera a favor de su país. 49 De nada servían las repetidas declaraciones de las autoridades mexicanas reafirmando su neutralidad. En toda Europa se especulaba sobre la "alianza germano-mejicana" aunque, en ocasiones, esas especulaciones resultaran contradictorias. 50 La falta de fuentes fiables sobre el asunto haría surgir rumores disparatados; parte de ellos, como el que señalaba que en algunos círculos militares norteamericanos se hablaba, incluso, de un posible ataque mexicano "contra los Estados Unidos", fueron recogidos por los diarios españoles. La prensa sevillana, confusa, como tantas otras veces a lo largo del proceso revolucionario, no tenía, sin embargo, nada claro, si ese ataque vendría "del ministro de guerra mexicano" o de "los generales Obregón o Villa", 51 ignorando que mientras el primero de los caudillos citados estaba, todavía -aunque abandonara su cargo en la Secretaría de Guerra-, en el bando constitucionalista, Villa se había declarado en rebeldía hacía tiempo. Pero lo que sí tenían claro los rotativos era el empeño alemán por conseguir apoyos en México. Preferían contar, decían, con el del gobierno; pero si éste no llegaba estaban dispuestos a aceptar el de Villa. En esta línea, algunos telegramas recibidos desde El Paso, y que eran recogidos en sus páginas, daban cuenta del "recrudecimiento de la actividad" de los villistas que, "mandados por reservistas alemanes", se preparaban para marchar contra los Estados Unidos, 52 algo que no sería sino uno de los muchos rumores surgidos al amparo de la falta de noticias más fiables. Hablaban también esos días de que, a la vista de los "manejos" de los alemanes, Wilson había remitido al mandatario mexicano una nueva nota, que no dudaban en calificar como "preliminares de ultimátum", en la que le pedía que expulsara del país al ministro alemán, porque su actividad representaba "un peligro para la tranquilidad de la república yanki". 53 Consciente de que si quería gobernar sin excesivos sobresaltos debía conjurar la posibilidad de una nueva intervención norteamericana, Carranza intentó acabar con la riada de murmuraciones, aclarando, de una vez por todas, las directrices de su política exterior. Y lo haría, según afirmó la prensa sevillana, "en la apertura del Parlamento" que se inauguró una vez aprobada la Constitución. Ante esa cámara, el primer jefe afirmó, rotundamente, que observaría "una neutralidad rigurosa en el conflicto mundial"; 54 y lo mismo harían, en los días siguientes, sus diplomáticos destacados en el extranjero. En el caso de España, el representante mexicano en Madrid trasladó a los medios de comunicación "un cablegrama de su gobierno", en el que éste reiteraba su propósito "de seguir observando neutralidad". 55 No por ello cesarían los rumores, más o menos interesados, sobre el asunto; no obstante, también comenzaron a surgir otros en sentido contrario. Algunos medios de comunicación internacionales, incluidos algunos sevillanos, afirmaban que México no mantendría su posición de neutralidad; pero no porque su presidente decidiera apoyar a Alemania como se venía diciendo, sino porque, por el contrario, terminaría aliándose "con las potencias de la Entente". 56 Por otro lado, sucesos tan al margen del problema como la renuncia de Obregón a la Secretaría de Guerra daban pie a todo tipo de especulaciones; algunos comentaristas llegarían a ver en su dimisión, como hemos comprobado, no sólo el propósito del general de sublevarse contra Carranza, sino también el de "ponerse al frente de una expedición contra los Estados Unidos, apoyada por Alemania". 57 Aparentemente ajeno a esos rumores, el primer jefe se mantuvo firme a pesar de las presiones internacionales para que modificara su postura, presiones que se incrementarían considerablemente cuando, finalmente, los Estados Unidos entraran en la guerra europea e, insatisfechos con una neu- tralidad que podía quebrarse en cualquier momento, redoblaran sus esfuerzos para incorporar a México a su causa. Además, esas presiones se harían también desde algunos sectores mexicanos. La prensa sevillana, recogiendo noticias aparecidas en algunos diarios estadounidenses, contaba a sus lectores que "las Cámaras mejicanas" iban a "pedir al gobierno" que declarara "una neutralidad benévola para los Estados Unidos y sus aliados". Según esas mismas fuentes, mientras los alemanes ponían "todos sus medios en juego" para impedirlo, los rotativos norteamericanos descalificaban lo que llamaban "campañas" de los alemanes y celebraban el texto que, supuestamente, pretendían aprobar los parlamentarios mexicanos, calificándolo como "un llamamiento a la conciencia mejicana, para que no permanezca indiferente a la gigantesca tragedia que se desarrolla en el mundo". Pretendiendo ganarse las simpatías mexicanas, los diarios norteamericanos elogiaban en sus páginas, por primera vez desde el inicio de la Revolución, al país vecino, del que decían que "honrando su pasado y sus ideales", debía "estar al lado de aquellas naciones que combaten por la justicia, la civilización y la libertad". 58 Indiferente tanto a los halagos como a las presiones, y a pesar de que algunas informaciones señalaban que era "inminente la ruptura de relaciones" de México con Alemania, 59 Carranza no varió un ápice su postura que, desde luego, no fue entendida por muchos, y que le valió seguir recibiendo acusaciones de germanófilo; pero el gabinete de Washington, contando, probablemente, con garantías que la prensa desconocía, se desentendió, al menos en apariencia, de los asuntos mexicanos, mientras participaba en la guerra europea. Entre la diplomacia y el enfrentamiento El interés por el "problema mexicano" retornaría, sin embargo, con el fin de aquélla; y con él volverían también los choques entre ambas administraciones, ocasionados, en su mayor parte, por las consecuencias de la legislación que había ido naciendo de la Constitución de 1917. Aunque las explicaciones que se dieran en cada caso fueran distintas, y a pesar de que se utilizaran diferentes pretextos para justificar determinadas actuaciones, 58 Ibídem, viernes 26 de octubre, de 1917. el origen de casi todos los problemas estaba en esa legislación y en la propia Carta Magna, cuyo artículo 27 declaraba el subsuelo propiedad nacional. Hay que tener en cuenta que a comienzos de la Revolución el capital norteamericano controlaba el 78% de la industria minera mexicana, el 72% de las fundiciones, el 58% de las empresas petroleras, y el 70% de las inversiones realizadas en ferrocarriles. En consecuencia, tanto la propia Constitución -muy especialmente el artículo citado-como las medidas legislativas emanadas de ella fueron duramente contestadas por los inversores estadounidenses que, además, no dejaron de presionar a su gobierno para que los apoyara frente a la administración carrancista. 60 La actitud de las compañías petroleras desde que se aprobó la Carta Magna sería, en este sentido, una de las principales fuentes de tensión. Durante los diez años siguientes se opusieron con todos los medios posibles a las nuevas normativas legales, aunque éstas no afectaran directamente a la propiedad. Así, cuando en febrero de 1918 las autoridades mexicanas emitieron un decreto que incrementaba, de forma progresiva, los impuestos sobre la perforación y la producción de petróleo, y autorizaba la confiscación de las explotaciones que no los pagaran, las empresas, contando con la ayuda de su gobierno para hacer frente al mexicano, se negaron a hacerlo. La administración norteamericana no sólo presentó la correspondiente nota de protesta a la mexicana, sino que, según algunos autores, el secretario de Estado llegó a barajar la posibilidad de enviar tropas a México para ocupar los pozos; no obstante, la situación en Europa demandaba todavía la atención estadounidense y si aquel proyecto era cierto, no llegó, afortunadamente, a realizarse. Pero con el fin de la guerra europea, como se ha dicho, los Estados Unidos se vieron más libres para actuar en defensa de los intereses de sus inversores en México y, por lo tanto, los afectados tuvieron menos dudas a la hora de hacer frente a las autoridades autóctonas, contribuyendo con sus actuaciones a enrarecer el clima de entendimiento. La rebeldía de los empresarios a los decretos carrancistas fue constante, y alcanzó su punto máximo cuando, en 1919, iniciaron nuevas perforaciones sin contar con la autorización que marcaban las leyes; se ponía en entredicho la autoridad del gobierno mexicano, y éste se vio obligado a enviar tropas para detener la actividad, llegándose con ello al borde de la guerra. 61 60 Para esta decisiva problemática ver Meyer, L.: México y los Estados Unidos en el conflicto petrolero. La gravedad de estas cuestiones pasaba desapercibida, no obstante, para la prensa española; la única información sobre el sector que apareció en las páginas de los diarios sevillanos en los meses inmediatamente posteriores a la aprobación de la Carta Magna fue una breve alusión a una huelga que tuvo lugar a mediados de 1917 en los pozos de Tampico, en la que, decían, habían participado "quince mil" obreros. 62 A lo largo de todo ese año comentaron en sus páginas que existían graves dificultades para la vuelta a unas relaciones más o menos normales entre ambos países; pero las achacaron a la situación de inestabilidad que, según ellos, se vivía en la frontera, con una supuesta intensificación de los ataques villistas. Los rotativos peninsulares decían, en este sentido, que ante "los graves sucesos" ocurridos allí entre el 15 y el 24 del mes de agosto de 1919, sucesos que no detallaban, el presidente Wilson había decidido hacerse "cargo personalmente de la dirección de los asuntos con Méjico". 63 El resultado de ello fue el envío de un destacamento de caballería estadounidense al otro lado de la frontera, con la consiguiente protesta del gabinete mexicano por la violación del territorio de su país y la subida de un nuevo peldaño en la escalada de tensión. Pero, en una aparente contradicción, este incidente sirvió, decían algunas publicaciones, para que las autoridades mexicanas, con el fin de terminar de una vez por todas con las disputas con sus vecinos, iniciaran en serio "la caza de los bandidos que buscan refugio en la frontera". 64 Entre tanto, consciente de que fuera de México se ignoraba el origen de su contencioso con los Estados Unidos, que propagaban internacionalmente su propia versión, interesada desde luego, de aquél, y en la que se daba una imagen nada favorable del país y de sus dirigentes, Carranza intentaba neutralizar el efecto de los comunicados de prensa de sus vecinos. Siempre había mostrado su preocupación por la imagen de la República en el exterior; muestra de ello fueron las "misiones divulgativas" que envió a Europa ya desde el momento en que se sublevó contra Victoriano Huerta. Esa labor de propaganda se había visto interrumpida por la guerra europea; y cuando ésta terminó no tardó en reanudarla. Como primer paso para ello, informaban los periódicos españoles, envió una emba-jada a París, "con objeto de capturar las simpatías de Francia a favor de Méjico", y otra a Londres, destinada al restablecimiento de relaciones. 65 En esta misma línea, tras la crisis desatada por la nueva entrada de tropas norteamericanas en México, y ante la deformada visión que se tenía en Europa de semejantes acciones, decidió remitir a España otra de esas misiones, "portadora de un documento relativo al conflicto entre México y los Estados Unidos". Su fin, decían los diarios peninsulares, era ofrecer su versión sobre la problemática "a los gobiernos europeos", 66 en cuyos países seguían circulando, todavía, los rumores sobre su simpatía con Alemania. 67 Sus esfuerzos se verían dificultados, sin embargo, por algunos incidentes que afectaron a ciudadanos norteamericanos, el más conocido de los cuales quizás sea el oscuro episodio del supuesto secuestro del cónsul norteamericano en Puebla, William O. Jenkins. El suceso fue muy "sonado" en su momento, y mostrando, una vez más, la pervivencia de la Revolución a través de medios como la narrativa o el cine, ha sido recreado recientemente por Sealtiel Alatriste en su novela, ya citada, Conjura en la Arcadia. En octubre de 1919 tenía lugar ese supuesto secuestro a manos, aparentemente, de "una banda revolucionaria" que pidió el correspondiente rescate. Los Estados Unidos consideraron responsable del mismo a la administración mexicana, a la que exigieron el pago de aquél. Carranza no sólo no accedió a ello, sino que ni siquiera pareció demasiado inquieto por el asunto. Lo peor, no obstante, estaba por llegar. Sin que nadie llegara a saber cómo se había llegado a su liberación, Jenkins apareció; y las sospechas, bastante justificadas por otra parte, sobre la veracidad de su retención que, según él, sólo terminó cuando él mismo pagó el rescate que habían pedido sus captores, fueron inevitables. El asunto no terminaría ahí porque, de inmediato, fue detenido por las autoridades mexicanas bajo la acusación de haber participado en un falso secuestro, que formaría parte, alegaron, de una amplia conspiración destinada a desprestigiar el carrancismo. 68 El gobierno de Washington exigió su inmediata liberación, a lo que los dirigentes mexicanos respondieron que Jenkins estaba preso "por un asunto que está sometido al fallo de las autoridades judiciales" y que, por tanto, nada podían hacer al respecto. 68 Cline, Howard F.: The United Satates and Mexico, Cambridge, Harvard University Press, 1967, págs. 190-191, y Richmond: La lucha nacionalista..., pág. 273. nete Wilson fue convocado a una reunión de urgencia para tratar la cuestión; y aunque las publicaciones españolas reconocían desconocer lo que se había decidido en ella, afirmaban que, según todas las noticias que se recibían de allí, "los departamentos de guerra y marina" estaban preparados para "toda eventualidad". 69 Y no fue éste el único caso que, además de oscurecer la campaña propagandística de Carranza, dificultó las relaciones con los Estados Unidos. En la zona fronteriza se multiplicaban los incidentes que afectaban a ciudadanos norteamericanos, y los Estados Unidos pedían reparaciones por ellos. Es lo que ocurrió, por ejemplo, con la muerte "del súbdito americano Wallace", una de las víctimas de las bandas rebeldes, que llevó a Wilson, aseguraban los periódicos, a exigir a las autoridades mexicanas "el castigo del asesino", y a amenazar con romper las relaciones diplomáticas, dejando "de reconocer", en caso contrario, "al gobierno de Carranza". Al mismo tiempo, se difundían una serie de rumores sobre esos incidentes, que indicaban que los ataques a estadounidenses no siempre eran realizados por partidas rebeldes; según algunos de ellos, "varios soldados del ejército de Carranza" habían "matado a un soldado yanqui". 70 Se decía, también, que ante tal estado de cosas Pershing había "recibido la orden de ir", de nuevo, "a la frontera mejicana", en teoría, para "inspeccionar las tropas que hay allí"; pero eran muchos los que pensaban que Wilson estaba preparando una nueva intervención. Otras informaciones señalaban, sin embargo, que aunque a la vista de los atentados cometidos contra ciudadanos de su país "los miembros republicanos de la comisión senatorial" habían pedido al presidente "la urgente ruptura de relaciones", éste no se mostraba partidario de llegar a tales extremos. Por una parte, el acuerdo del gobierno mexicano de liberar al "vicecónsul Jenkins a cambio de 200 dólares" hizo bajar la tensión algunos grados; por otra, la enfermedad del presidente norteamericano, decían los diarios, había hecho que se detuviera o, al menos, que se aplazara, cualquier respuesta violenta. 71 En esta ocasión, a diferencia de otra muchas como hemos visto, lo que transmitía la prensa española no se alejaba demasiado de la realidad; como decía aquélla, en el Senado se había presentado una petición de ruptura con México, que no sería sino el primer paso para una declaración de guerra. 71 Ver El Correo de Andalucía del lunes 8 de diciembre de 1919, y El Liberal de Sevilla del mismo día, así como el del martes 2 del mismo mes y año. Una delegación de esa cámara visitó a Wilson, que, efectivamente, estaba enfermo, intentando que asumiera sus pretensiones. Pero la noticia de la liberación de Jenkins pesó en el ánimo de éste, que, haciendo caso omiso a las presiones, decidió aplazar cualquier medida militar, manteniendo las conversaciones secretas que se desarrollaban paralelamente, y que pensaba podían darle mejor resultado. Como siempre, cuando la situación parecía haber llegado al límite Carranza había cedido, al menos en parte, excarcelando a Jenkins y concediendo algunos nuevos permisos de perforación petrolífera; pero con sus tácticas dilatorias había logrado a cambio que los norteamericanos terminaran por reconocer el derecho de su país a establecer su propia política petrolera. Epílogo: el fin de un mandatario "incómodo" Las relaciones entre los dos países parecían entrar en una vía de relativa normalidad cuando la rebelión sonorense, de la que Álvaro Obregón terminaría por ponerse al frente, pondría de nuevo a todos en situación de alerta. El gobierno estadounidense, decían los diarios, ordenó "que varios contratorpederos" marcharan a Veracruz y Tampico "para proteger la vida de los soldados yanquis, recogiéndolos a bordo, así como a cuantos extranjeros estuvieran en peligro". Con una nueva revuelta de consecuencias imprevisibles, la administración Wilson dispuso, además, "que un acorazado yanqui" y "mil doscientos fusileros" salieran hacia aguas mexicanas, probablemente, contaban los rotativos, "para efectuar un desembarco". 73 De nada sirvieron las opiniones del representante norteamericano en México, contrario a unas medidas que, a su juicio, sólo podían ocasionar incidentes con un ejecutivo al que se había reconocido oficialmente y con el que se mantenían relaciones diplomáticas. 74 El gobierno de Washington, pensando, probablemente, que la victoria de los sublevados podría representar un giro favorable para ellos en lo que consideraban excesivo nacionalismo de la política constitucionalista, no jugó, a juicio de algunos observadores, con demasiada limpieza en este asunto. Su posición en aquellos momentos, desde luego, no estuvo clara para muchos; casi todas las informaciones que llegaban del otro lado del 72 Cline: The United States..., págs. 191-192, y Richmond: La lucha nacionalista..., pág. 274. Atlántico señalaban que no sólo no se mostraba preocupado por el que parecía seguro triunfo de los rebeldes, sino que, según algunos rotativos españoles, daba la impresión de que apoyaba la insurrección. El Liberal de Sevilla decía, en este sentido, que "en los centros oficiales yanquis" se afirmaba "que el ministerio de Estado no tendría escrúpulos en negociar con el general Obregón si se comprobaba" la derrota de Carranza. 75 Al margen de que ese apoyo fuera cierto o no, las relaciones entre ambos países mejoraron tanto con el triunfo de los sublevados, que algunos periódicos llegaron a afirmar que Washington había "reconocido al presidente de la república mejicana", aunque todavía no tuvieran claro de quién se trataba y señalaran como tal al "general Herrera". 76 No era así, desde luego; pero la situación económica con que se encontraron las nuevas autoridades las obligó a ceder, finalmente, en algunos de los puntos planteados por el gobierno norteamericano que Carranza había considerado innegociables. La prensa informaba sobre este asunto que el secretario de Hacienda del gobierno provisional, "el general Alvarado", negociaba con los Estados Unidos un préstamo "de ochenta millones de libras", para cuya obtención estaba ofreciendo a los banqueros condiciones similares "a las concedidas por el ex presidente Porfirio Díaz en un empréstito semejante", 77 en lo que no sería, para ella, sino un paso atrás en la política nacionalista de Venustiano Carranza. En esa misma línea, los medios de comunicación de la capital andaluza recogían otras noticias que inducían a sospechar un posible acuerdo entre los rebeldes y la administración Wilson, a la que, apuntaban, aquéllos habrían tranquilizado en cuanto al futuro de las inversiones extranjeras. Algunos diarios informaban, en este sentido, que "el presidente interino" nombrado por los insurrectos, Adolfo de la Huerta, había "invitado a los súbditos extranjeros" a que depositaran "sus fondos en los bancos mejicanos". 78 Daban cuenta, también, de que los revolucionarios habían convocado una reunión "con los directores" de varias compañías petroleras, para pedirles, en nombre del gobierno provisional, "un anticipo de 500.000 libras esterlinas para hacer frente a la situación". 79 Ibídem, domingo 16 de mayo de 1920. que si los sublevados pretendían conseguir apoyo financiero de los petroleros, tenía que ser a cambio de algunas cesiones a las que Carranza se había negado. Lo cierto es que para un sector importante de la prensa española, y desde luego para la sevillana, tanto Adolfo de la Huerta como Álvaro Obregón se mostraron mucho más dispuestos que Carranza a negociar con las empresas petroleras, que desde hacía tiempo venían desafiando al gobierno mexicano. Comenzaron por comprometerse a "estudiar" con tranquilidad algunas medidas que afectaban al sector, como la subida de impuestos sobre la exportación de petróleo que pretendieron imponer a comienzos de 1921, 80 y terminaron por llegar, en septiembre del mismo año, "a una avenencia" con aquéllas -no se especificaba en qué términos-, que "permitiría reanudar la explotación de los pozos de petróleo". 81 A pesar de ello -y probablemente algo tuvo que ver en la cuestión la muerte violenta de Carranza-, los Estados Unidos nunca llegaron a reconocer al gobierno provisional encabezado por de la Huerta; y, durante el mandato de Wilson, tampoco al posterior presidente electo Álvaro Obregón. Además, y pese a las sospechas de la prensa extranjera ya señaladas sobre el supuesto apoyo estadounidense a los sublevados, los problemas económicos seguirían produciendo, como en la etapa carrancista, importantes enfrentamientos entre las autoridades de ambos países. Por mucho que desearan el entendimiento con sus vecinos, algunas de las condiciones que Washington ponía para reconocer al nuevo ejecutivo, entre ellas, la anulación total de lo que llamaba "legislación confiscatoria" de Carranza, no podían ser aceptadas por los mexicanos. 82 Pero parece evidente que, como señalaba la prensa sevillana, los sucesores del primer jefe fueron mucho más flexibles que él a la hora de negociar con sus vecinos; y que aunque los Estados Unidos no consiguieran terminar con la legislación que perjudicaba a sus intereses, aprovechándose de la difícil situación financiera por la que atravesaba México, lograron ventajas que le habían sido negadas por aquél, y que serían sancionadas por la firma de los acuerdos de Bucareli en 1923. Por ese acuerdo, decía la prensa española, los Estados Unidos reconocían al gobierno de Obregón que, 80 El Correo de Andalucía, viernes 28 de enero de 1921. 82 Castro Martínez, Pedro: Adolfo de la Huerta y la Revolución Mexicana, Instituto de Estudios Históricos de la Revolución Mexicana, México, 1992, pág. 61. por su parte, se comprometía a no aplicar la legislación sobre el petróleo de manera retroactiva, sacrificando así principios que eran considerados por muchos como esenciales para el nacionalismo mexicano. En definitiva, como hemos visto, la prensa española y, por supuesto la sevillana, que, en general, parecía sentir más simpatía por Venustiano Carranza que por otros líderes de la Revolución mexicana demasiado radicales para ella, como Villa, o más "complacientes" con las inversiones estadounidenses, como Obregón, ofreció a sus lectores una visión parcial y limitada sobre sus relaciones con los vecinos del norte, aunque poco tuviera que ver en ello la ideología de cada periódico. Los utilizados como fuente básica para este trabajo (El Correo de Andalucía, El Noticiero Sevillano y El Liberal de Sevilla) representaban en aquellos momentos las posiciones de distintos sectores ideológicos y políticos de la sociedad (conservador-católico el primero, monárquico el segundo y republicano el tercero). Pero todos tenían algo en común: su visión de las relaciones entre los Estados Unidos y la administración carrancista estuvo más determinada por la preocupación por los intereses de los españoles residentes en México y por su rechazo al "imperialismo yankee" que por sus principios ideológicos. 84 Serán otras, pues, las causas de que esa visión fuera incompleta y parcial. Por una parte, la falta de fuentes fiables sobre lo que estaba sucediendo en ese campo y el lógico deseo de ofrecer las noticias a sus lectores cuanto antes llevó a los distintos diarios a suministrar informaciones erróneas, como hemos indicado, y a especular sobre determinadas actuaciones de unos y otros. Y, al mismo tiempo, a reflejar en sus páginas algunos incidentes sin importancia real para la marcha de las relaciones bilaterales, obviando otros que, en cambio, resultaron fundamentales para aquéllas. En este sentido es curioso el hecho de que, si bien a la hora de editorializar, las distintas publicaciones, y especialmente las más conservadoras, nunca dejaron de señalar que en el fondo de los problemas bila-83 Ver sobre ello el editorial "Méjico y los Estados Unidos", publicado en El Sol de Madrid el viernes 6 de julio de 1923. ISSN: 0210-5810 terales estaba la cuestión del petróleo y, en definitiva, la marcha de los negocios estadounidenses en México, las informaciones que nos trasladan sobre ella se reducen a un par de editoriales. Las noticias que aparecen en sus páginas, las transmitidas por los reporteros y las agencias, se centran mucho más en los incidentes fronterizos, y especialmente en los asaltos de Villa -muchos de ellos falsos-, a los que culparon, en gran parte, del deterioro de las relaciones bilaterales y, sobre todo, de la intervención militar norteamericana. Por otra parte, sus sentimientos sobre los Estados Unidos tras la Guerra de Cuba llevan a los rotativos españoles -incluidos muchos de los que no comulgaban con el mandatario mexicano-a defender las posiciones de Carranza ante los norteamericanos, aunque sólo fuera porque, al menos aparentemente, supo hacer frente a las pretensiones de sus vecinos. De hecho, la intervención norteamericana fue, prácticamente, el único aspecto del proceso revolucionario que se vio reflejado en las páginas de los diarios sevillanos en forma de editoriales que, en general, coincidieron en la repulsa a los Estados Unidos y en su recuerdo -al que se recurre una y otra vez-de la guerra de Cuba. A pesar de que algunos intelectuales españoles, como Vicente Blasco Ibáñez, no dejaran en buen lugar la tarea gubernativa del dirigente constitucionalista, los rotativos sevillanos, al margen de ideologías, siempre parecen observar con mayor benevolencia las posiciones de Venustiano Carranza que las de las autoridades estadounidenses. En éstas no ven sino un deseo de intervención en los asuntos internos de otro país, ya fuera, como señalaban algunos, con fines de expansión territorial, o para, como indicaban otros, defender sus negocios y, en definitiva, para lograr el dominio económico de la república. El nacionalismo de Venustiano Carranza era suficiente para que la prensa española, incluida la conservadora, estuviera de su lado cuando el enemigo no era un líder interno más o menos cercano a la ideología de uno u otro periódico, sino un país que, poco antes, había despojado a España de uno de sus más preciados territorios, la isla de Cuba. Este hecho, que desde la península se tardaría en perdonar a la nueva potencia, se dejaría sentir con fuerza en las publicaciones de este lado del Atlántico a la hora de valorar el papel de ésta no sólo frente a Carranza, sino a lo largo de toda la Revolución mexicana, situándolo, incluso, en el origen del proceso. En este sentido es significativo un editorial publicado por El Liberal de Sevilla ya en 1914, en el que se afirmaba que "tal vez en el momento actual Méjico